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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1848 José Joaquín de Herrera al retomar el poder ejecutivo

18 de Junio de 1848

EL CIUDADANO JOSE JOAQUIN DE HERRERA, PRESIDENTE CONSTITUCIONAL DE LOS ESTADOS UNIDOS MEXICANOS, A LA NACION.

Mexicanos: Al encargarme del Poder Supremo en acatamiento de la voluntad de la Nación, expresada por sus órganos legítimos, sabía que el estandarte de la guerra civil estaba ya enarbolado, y eran públicas las maquinaciones de los que no aguardaban más que el término de la guerra exterior para anunciar la destrucción de las leyes fundamentales de la República.

Antes de dirigirme para esta Capital, donde llamaban al Gobierno intereses nacionales muy importantes, se tomaron para sofocar la revolución, las providencias que permitía la situación de las cosas. Sin embargo, la defección de algunas fuerzas, aunque pequeñas, del Ejército, y la sedición del General Paredes, han entregado la ciudad de Guanajuato á los sublevados.

Ninguna autoridad popular los ha reconocido: ningún Estado ha olvidado cuáles eran sus deberes, ninguno de los partidos que tienen por principio la nacionalidad de México, abrazó su causa. Todos contemplan llenos de dolor y de indignación, el crimen de unos cuantos, y fuerzas muy superiores á las suyas los cercarán casi en estos momentos.

Yo revelo á la Nación lo que ha ocurrido, lleno de un pesar profundo, pero sin temor ni desconfianza. Triste es por cierto que no hayamos de gozar de un momento de reposo; que en vez de dedicarnos á reparar nuestros inmensos infortunios, se abran nuevas heridas en el seno de nuestra patria desgraciada. Los enemigos de México se aprovechan de este escándalo para decir que no tenemos remedio.

Cualesquiera que sean los peligros y las dificultades de la situación actual, tócame aceptarla tal como ella sea, y comprendo bien los terribles deberes que me impone. Cierto del deseo general por la consolidación del orden, persuadido de que en el Gobierno están la fuerza y las esperanzas de la Nación, emplearé aquélla en toda su plenitud para realizar éstas. Nunca he ambicionado el Poder; la revolución jamás lo colocó en mis manos, y ahora mismo lo tengo porque no se admitió mi reiterada renuncia. ¿Cuáles son los hombres que el orden actual excluye, las clases que persigue, los intereses que sacrifica? Mis pensamientos dominantes son la justicia y la moderación. La República me conoce.

Pero una vez puesto al frente de los negocios, la Constitución y las supremas autoridades que ella establece no serán un objeto de irrisión; ni puedo, sin atraer sobre mí una responsabilidad inmensa, permitir que un General revolucionario dé el ejemplo inaudito de atacar un tratado que la fe de las naciones reconoce como la primera ley.

La guerra yo no la provoqué: por evitarla, por ahorrar las desgracias que en ella sufrimos, por conservar los terrenos que hemos perdido, fuí arrojado de este puesto. En su prosecución no falté en el lugar donde mi deber me llamaba como militar. El día que acepté el cargo de Presidente, la cuestión estaba decidida. Por mí no se aumentarán esos infortunios que legamos para el duelo de nuestros últimos días.

Yo no puedo transigir con la revolución, ni variar mi marcha por el peligro. En el estado á que las cosas han llegado no hay término medio. Si hubieran de continuar nuestros abusos, nuestros despilfarros, nuestros desórdenes, la inmoralidad que en todo puso sus elementos de disolución; si todos estos males no se atacan hoy con incontrastable energía, la República perece, y al desaparecer nuestro nombre del de los demás pueblos de la tierra, nada se salvaría del naufragio.

La causa no es mía ni de ciertos hombres, ni de un partido; es la causa de la Nación, de todo lo que hay en ella de noble y respetable. Yo cuento, pues, con ella, para salvarla. Es la causa del hombre honrado que quiere gozar en paz del fruto de su trabajo; del republicano que espera del orden la consolidación de las instituciones liberales; de los que han derramado su sangre por la Independencia y la vieron al perderse por estos crímenes; de cuantos saben que si tal causa sucumbiera, sus nietos no podrían llamarse mexicanos.

Con tal apoyo, con una causa tan justa, con el sostén de todas las opiniones nacionales, con la cooperación de los Estados, con el valor de la Guardia Nacional y la decisión de los buenos militares, y leales unos cuantos centenares de hombres sin disciplina, no podrán arrancar á la Nación sus leyes, ni arrebatarle sus últimas esperanzas.

Dije en el acto de recibir el Poder, que consagraba á mi país los últimos restos de una vida ennoblecida con su confianza El único voto que dirijo á Dios, es el de que lo haga grande, libre y dichoso.

México, Junio 18 de 1848. José Joaquín de Herrera.