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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1848 El Sr. Peña y Peña al abrir las Sesiones del Congreso en Querétaro

Mayo 7 de 1848

¿Puede haber, Señores Diputados y Senadores, un acto más augusto, una ceremonia más nacional, que la presente instalación del Congreso Mexicano? y ¿Podría yo esperar un beneficio más señalado de la: Providencia, que el de anunciaros hoy, que la República sobrevive á su desgracia, que se conserva su unidad, y que puede adquirir todavía nobles títulos á la estimación del mundo? ¿Se esperaba hace siete meses que, perdida la capital y sus puertos y ciudades principales, desorganizado su Ejército y encendidas las pasiones, cesaran las calamidades de la guerra exterior y alimentáramos la esperanza de un porvenir de paz y de felicidad?

Vosotros habéis visto, señores, y comprendido también, las circunstancias en que nos encontrábamos, y podéis apreciar todo el valor de un suceso que nos coloca en tan ventajosa situación. Lo que parecía imposible se realiza hoy: el Congreso está reunido con total arreglo á la Constitución, y el Gobierno viene á entregar los destinos de la República á la sabiduría de sus representantes. ¡Cuán nacional relevada es vuestra misión, y cuán enorme y gloriosa vuestra responsabilidad!

Podría hablaros de graves e interesantes puntos de la administración interior, y referir brevemente la historia del actual Gobierno en el corto período de su existencia. Y sin exagerar nada, podría aseguraros que, en la crisis más difícil en que se ha visto la República y sin ninguna clase de medios para atender á sus más indispensables necesidades, ha mantenido el orden legal, resistido con la ley, más bien que con la fuerza el embate de las facciones, conservado la moralidad del Gobierno, precavido compromisos ruinosos para la Hacienda y, sobre todo, que no ha permitido que se rompa el lazo de la unión federal. Un respeto sincero á las instituciones, un ardiente deseo de evitar motines vergonzosos á la vista del enemigo exterior, una resolución constante de reunir las Cámaras y entregar las riendas de la Administración al nuevo Presidente, os explicarán bien las pocas medidas severas que ha tomado el Gobierno, y principalmente su conducta, constitucional é indispensable, después de los sucesos de San Luís Potosí. Pero, señores, estos puntos no merecen, cualquiera que sea su preferencia y circunstancias comunes, distraer vuestra atención de los extremos de la tremenda situación del momento presente: ó la guerra ó la paz con los Estados Unidos.  

Penetrado, hace algunos años, de que á la República no podía convenir el primero de aquellos dos extremos, hice cuantos esfuerzos fueron posibles y cuanto caviar en mi lealtad Y en mis procedimientos legales, para que las diferencias suscitadas entre ambas Repúblicas se terminasen por una negociación pacifica. Al formar mi opinión y al sostenerla en 1845, no me ocurrió nunca que ella fuera incompatible ni con los intereses ni con el honor bien entendido de la Nación. Siempre he estado persuadido de que los pueblos todos, aun los más belicosos del mundo, se han encontrado alguna vez en circunstancias en que no han tenido poder para resistir al enemigo que los ha invadido. Ellos, así como los hombres, tienen períodos de vigor y de debilidad, y no pueden eximirse de las leyes de la condición humana. Un conjunto de circunstancias que no es necesario referir, pero que puede explicarse muy bien por nuestra discordia interior y por la falta de administración pública, me convenció íntimamente de las graves dificultades en que se hallada el país, de sostener, con buen éxito. una guerra contra los Estados Unidos. El que, teniendo esta convicción, quiera encontrar una ofensa á nuestro nombre y á nuestro honor, no discurre como político, ni mucho menos como hombre de bien.

Llamado por la Constitución á ejercer la Suprema magistratura, y precisamente cuando la capital acababa de ser desocupada y dispersado nuestro Ejército, mis ideas sobre la paz eran tanto más firmes, cuanto era deplorable nuestra desgracia. Sin mérito alguno para llevar las riendas de la Administración, y sin otro titulo que el de Presidente de la Suprema Corte de Justicia, yo no podía, sin embargo, resistirme á desempeñar el difícil puesto á que era llamado, sin exponer á la Nación á una horrorosa anarquía, y no podía tampoco dejar de conducirme en la cuestión extranjera según los sentimientos profundos de mi conciencia. La necesidad, pues, de depositar el Gobierno en una persona: tan decidida por la paz, me hizo creer (y permítaseme usar de esta franqueza) que la Providencia me llamaba para la obra que se había comenzado en 1845, que pudo entonces terminarse con gloria y provecho de la Nación, y que hoy, aunque costosa, salva todavía su honor y asegura su independencia.
...
Pero como los gobiernos representativos, muy particularmente bajo la forma republicana, deben conformarse con la verdadera opinión pública, quise explorar ésta, y prescindiendo de la mía, traté de buena fe de excitar y de saber hasta qué punto llegaría la cooperación de los Estados para continuar la guerra, si éste era el voto general de la República. Puedo aseguraros, señores, que después de este examen no he podido tener otra convicción que la de favorecer la paz.

Los pueblos y sus autoridades han previsto, como el Gobierno general, todos los males de una guerra. prolongada; y aunque dispuestos á un levantamiento que pudiera recobrar el brillo de nuestras armas, si no se les dejaba otro extremo que elegir, mientras haya medios y medios decorosos de paz, condenarán como imprudente la conducta del Gobierno que no ponga un pronto término á sus padecimientos. Los pueblos tienen un derecho incontestable para no sufrir más de lo que permite su situación actual, y no sólo es una grande injusticia, sino también una grande inhumanidad, hacerlos pasar por todos los horrores de una lucha encarnizada, después de largos años de guerra civil.

Tranquilo y satisfecho á un tiempo de que la conducta del Gobierno contaba con una inmensa mayoría de la Nación, accedí desde luego a los deseos del Comisionado americano, que propuso anudar las negociaciones suspendidas, por las circunstancias desgraciadas que sabe el Congreso, en Septiembre del año pasado. El Presidente interino, que me sucedió después del primer periodo de mi gobierno, nombré Comisionados que llenaran su confianza, desempeñando la comisión con todo el celo y la lealtad que eran consiguientes á su bien merecida reputación. Pero resolvió que no se procediese á nada, sino hasta principios de Enero; porque leal y consecuente con el sistema que yo mismo había adoptado, quiso examinar más los sentimientos de la República, y las modificaciones que hubieran podido tener, instruida del estado en que nos hallábamos y de la opinión de la prensa de ambos países, que presentaba la cuestión bajo mil formas diversas.

Nadie podrá culpar al Gobierno, en todo Este tiempo, de haber atacado la libertad del pensamiento y nadie podrá tampoco desconocer la sinceridad con que ha procurado el acierto y el apoyo de todos los ciudadanos en negocio de tanta trascendencia. Los cargos que se le han hecho porque no adopta el extremo de la guerra, los pesaréis vosotros, señores, con la calma y frialdad que conviene cuando se trata de los más caros intereses de una nación desgraciada; y el fallo de la historia imparcial no condenará, ciertamente, mis intenciones, por grande y notoria que sea la justicia que nos ha asistido desde el fatal rompimiento con los Estados Unidos.

Las instrucciones dadas por mi conducto, como Ministro entonces de Relaciones, á los Comisionados de la República, aunque mucho más favorables, como era natural, de lo que prudentemente debía esperarse de la negociación, nunca tuvieron el carácter de definitivas; y reservándose el Gobierno modificarlas según los informes que recibía sucesivamente, dejó al fin libertad a los Comisionados para que concluyeran la negociación, supuesto que ella no importaba, ni por su texto ni por su espíritu, ninguna ofensa á nuestro honor, ni ningún compromiso de que debiera avergonzarse un pueblo civilizado. Aunque muy decidido por la paz, y dispuesto á hacer el sacrificio que las circunstancias exigían, jamás tuvo el Gobierno un pensamiento de pasar por condiciones humillantes, que dieran á la negociación un carácter indigno de su independencia. La guerra tenia sus limites en concepto del Gobierno; la paz los tenia igualmente; y aun el extremo infortunio de la Nación no habría podido excusar que se olvidaran las consideraciones y mutuos respetos de nación a nación, de gobierno a gobierno, que si son necesarios en el curso ordinario de sus relaciones pacificas, lo son mucho más en la desgracia. Y aquí debo hacer notar, señores, que las invitaciones para la paz han venido directamente de los Estados Unidos; que éstos han mandado á la República sus Plenipotenciarios; que han iniciado las negociaciones; y que no hay un solo acto de parte del Gobierno mexicano, en el curso de las mismas, que pueda calificarse de bajeza ó debilidad.

El Ministerio de Relaciones transmitirá a las Cámaras todos los documentos que justifican, así el celo del Gobierno y de los Plenipotenciarios por los intereses nacionales, como los artículos el tratado firmado en Guadalupe el dos de Febrero. Vosotros quedaréis convencidos, como lo está el Gobierno, de que la cesión territorial era la menor en que podía convenirse; y que no era posible esperar que los Estados Unidos modificasen, en cuanto á esto, sus pretensiones. Tan considerables como son los terrenos de Texas, de la Alta California y de Nuevo México, el Gobierno de la Unión Americana había declarado ante su Congreso, que sin la cesión de dichos terrenos continuaría la guerra bajo el plan que indicó el Presidente en su último mensaje de seis de Diciembre del año pasado. No se puede, pues, condenar la negociación por no haberse disminuido la pérdida de territorio, supuesta la conveniencia de la paz; y quizá merecerá elogio por haberse conseguido que las primeras pretensiones no se hayan exagerado más, perdida ya la capital, y desorganizado el Ejército que la evacuó el 13 de Septiembre.

Si el Gobierno hubiera podido esperar fundadamente, que el de los Estados Unidos retrocediera de una exigencia para la cual carecía de títulos legítimos, otra habría sido su conducta, ó habría reservado el tratado para tiempo más oportuno. Pero una declaración tan solemne y las repetidas que hizo el Ministro americano no permitieron dudar que era imposible la paz, si no se convenía en la cesión de los territorios mencionados. El Gobierno y sus Plenipotenciarios, sin embargo, han esforzado la justicia de la Nación; y puedo declararos que nada, de cuanto han debido hacer, se ha omitido. Sucesos posteriores y bien conocidos justifican, de la manera más clara, que el Gobierno obró con tino al designar el tiempo en que debían comenzar y concluir las negociaciones.

El armisticio que se celebró á consecuencia del tratado y restablecimiento inmediato del orden constitucional en todos sus ramos; las amplias garantías que se obtuvieron para los ciudadanos mexicanos que, conservando este carácter ó tomando el de ciudadanos americanos, residiesen en los territorios cedidos; la represión de "las tribus bárbaras, que pudieran hacer incursiones sobre nuestra Frontera; la indemnización de quince millones de pesos y el pago que debe hacerse por el Gobierno de los Estados Unidos á ciudadanos americanos por reclamaciones liquidadas y pendientes contra la República: el solemne compromiso de suavizar, si alguna vez llega el caso, las calamidades de la guerra, y de respetar los más conocidos derechos de la humanidad y de las sociedades; y, por último, la estipulación terminante de que jamás podrá variarse la línea divisoria establecida por el Art. V, sino de libre y expreso consentimiento de ambas Repúblicas, otorgado por sus Gobiernos generales conforme á sus Constituciones respectivas, dan á la negociación todo el decoro y también toda seguridad que pueda exigirse en esta clase de transacciones.

Si el Gobierno se ha visto obligado a respetar hechos consumados y á no insistir en el cumplimiento de nuestros aranceles y de nuestras leyes de Hacienda, cuando se ha tratado de efectos introducidos en nuestras Aduanas ó en el interior de la República, esto sólo ha dependido del principio reconocido de que los tratados no se consideran con fuerza ni valor alguno sino después de estar debidamente ratificados.

Cuando se ha estipulado sobre estos puntos de Hacienda ó comercio, se explicará fácilmente con el principio mencionado y con la práctica generalmente adoptada en circunstancias semejantes por todos los países.

El Tratado, señores, concluido por nuestros Plenipotenciarios en la ciudad de Guadalupe, está sometido al fallo de la Representación nacional, al de la opinión pública, y también al juicio que formarán las naciones extranjeras. El término de una guerra como la que hemos sufrido, y los cambios que ha de producir, interesan á todo el mundo, merecen el examen de los filósofos y de los políticos, y forman por su propia naturaleza, un nuevo periodo de una importancia vital para la República. La justicia, la humanidad, la conveniencia y el honor presentan bajo diversos aspectos los tratados que celebran las naciones; y según el sentimiento dominante, así se califican de benéficos ó perjudiciales. Las opiniones, en consecuencia, varían considerablemente, y es muy difícil pesar los inconvenientes de los extremos, entre los cuales puede elegirse, en la balanza de una fría razón y de un cálculo desapasionado. Sin embargo, el Tratado de Guadalupe, cualquiera que sea la calificación que se haga de él, ó por la generación presente ó por las que hayan de sucederle, no será tachado de deshonroso, ni de ofensivo a la libertad y soberanía de la Nación, ni de indigno tampoco de una desgracia noble y de sentimientos generosos. La República mexicana ha tratado con la de los Estados Unidos, y éstos con aquélla, como pueblos independientes; y el texto y el espíritu de la negociación, pueden acreditar muy bien que no merecemos todos los cargos que se nos han hecho durante la guerra.

Verdad es que se cede una parte feraz y hermosa de nuestro suelo, que tiene una considerable extensión y cuantos elementos son necesarios para formar Estados florecientes. Yo no quiero ocultar la verdad en momentos tan solemnes, ni mucho menos el sentimiento profundo que me causa la separación de la unión nacional de los mexicanos de la Alta California y del Nuevo México; y quiero dejar consignado un testimonio del interés con que mi Administración ha visto á aquellos ciudadanos. Puedo aseguraros, señores, que su suerte futura ha sido la dificultad más grave que he tenido para la negociación; y que si hubiera sido posible se habría ampliado la cesión territorial con la condición de dejar libres las poblaciones mexicanas. La reflexión de que continuada la guerra empeoraría notablemente su estado, me ha procurado el consuelo de que los males que puedan sufrir nunca serán de la responsabilidad de mi Administración. Una guerra siempre hace necesarios los cambios más deplorables; y una guerra, tan desgraciada como la nuestra, no podía librarse de los sacrificios á que se ven obligadas todas las sociedades.

Por costosos que ellos puedan ser, como no importan más que una pérdida, y una pérdida conforme con los principios de una política previsora y justa, no sólo no se oponen, sino que son muy conciliables con el honor y dignidad de los pueblos más poderosos del mundo. El que quiera calificar de deshonroso el Tratado de Guadalupe por la extensión del territorio cedido, hará esos cargos á las primeras naciones, y no resolverá nunca cómo podrá terminarse una guerra desgraciada. El decoro de los gobiernos y de los pueblos tiene otras reglas invariables y otro carácter muy diverso del que le dan las pasiones, muchas veces nobles; pero generalmente bastardas y ruines. Poner un dique á un torrente que todo lo devasta, evitar el derramamiento inútil de sangre, volver á la Nación á su estado normal para que pueda gozar de los beneficios de la paz y del orden público, y hacer todo esto aunque sea satisfaciendo pretensiones injustas del enemigo, que ha sido feliz en la guerra, es un acto de sensatez, que aconsejan á un tiempo el cristianismo y la civilización. Los territorios que se han cedido por el Tratado no se pierden por la suma de quince millones de pesos, sino por recobrar nuestros puertos y ciudades invadidas; por la cesación definitiva de toda clase de males, de todo género de horrores; por consolar á multitud de familias, que, abandonando sus casas y giros, están ya sufriendo, ó expuestas á sufrir, la mendicidad; y, en fin, por aprovechar la ocasión que nos presenta la Providencia de organizar regularmente un pueblo que no ha cesado de sufrir durante el largo período de treinta y siete años. Seamos justos, señores: quitémonos el velo que nos ha impedido ver la realidad de las cosas; y esperemos que la paz, ese don precioso que no hemos sabido estimar, derrame sobre nosotros todos los bienes que hemos deseado y que tendremos ciertamente, si una vez somos firmes para oponer una resistencia incontrastable al desorden y á la anarquía.

Si pudiera someterse á vuestra deliberación el Tratado, tal como salió de las manos de los Plenipotenciarios, mi satisfacción al ver próximo el término de la guerra no se disminuiría, como se disminuye hoy, por las modificaciones que ha introducido el Senado de los Estados Unidos, y que ha ratificado ya su Presidente. Habría deseado que nada se hubiera alterado en una negociación con la que estaba conforme en su parte substancial el Gobierno de la Unión Americana, no sólo porque no considero favorables las modificaciones, sino por evitar también que ellas se califiquen de una manera exagerada. Se os instruirá muy circunstanciadamente de las razones que ha manifestado el Ministerio de los Estados Unidos para justificarlas, y se pondrán también en vuestro conocimiento todas las noticias convenientes para que vuestro juicio sea más seguro y acertado. Por ahora sólo me toca deciros, que si en la opinión del Gobierno no ha habido justicia de parte del Senado y Gobierno de los Estados Unidos para introducir tales alteraciones, está persuadido, por otra parte, de que ellas no son de tal importancia que debe desecharse el Tratado. Cree, por el contrario, que debe ratificarse en los términos que lo está ya por aquel gobierno; y lo cree con tanto más fundamento, cuanto que no se espera, ni considera posible, una nueva negociación, ni mucho menos que ésta pudiera entablarse bajo bases más favorables para la República.

El carácter de este discurso, y la seguridad de que encontraréis en los documentos que pasará á las Cámaras el Ministerio de Relaciones, cuantos datos sean necesarios, no me permiten extenderme más sobre el Tratado ni ofender vuestra ilustración con observaciones que sin duda tendréis presentes al ocuparas de su examen. Pero permitidme que os asegure, que no un vano temor, ni mucho menos un concepto desfavorable de la fuerza moral y física del pueblo mexicano, me obligaron a decidirme por la paz. Nada menos que eso. He vivido bastante para presenciar los esfuerzos heroicos que hizo esta Nación para sostener una lucha desigual de once años, y conquistar al fin su independencia. En la misma guerra civil he podido observar cuántos elementos tiene este pueblo cuando se dirige por el valor y la energía. En la guerra extranjera acabamos de ver, aunque en pocos encuentros, cuál ha sido el valor y constancia de nuestros soldados, cuando han sido conducidos por jefes de honor y de confianza; y todos hemos notado que la guerra habría tenido otro desenlace con una conveniente organización del Ejército y de la Guardia Nacional. Ni he creído, ni creo, pues, que la República sea absolutamente incapaz de continuar la guerra, y de dar ejemplos que pudieran transmitirse con gloria á la posteridad. Pero con la misma franqueza y buena fe estoy convencido de que el estado en que se encuentra, atendidas todas sus circunstancias, reclama imperiosamente la paz; que, como asientan los políticos, la deliberación sobre la guerra no es asunto que pueda exponerse a pruebas o tentativas aventuradas; que el deseo de la gloria militar no puede justificar la continuación de las presentes calamidades; y, sobre todo, que por la distancia de los terrenos cedidos, y por la falta de una Marina nacional, no puede esperarse prudentemente que la guerra diera por resultado una negociación feliz que salvara la integridad territorial. Antes bien, creo que nuestra pérdida seria mayor, y que no se excusaría la conducta del Gobierno y del Congreso, no precaviendo nuevos y más horrorosos males. En este juicio nada hay que no sea conforme con la verdad, y sólo la pasión puede calificarla de tímida ó exagerada: los elementos de resistencia no pueden crearse momentáneamente, ni está concedido a la Administración más vigorosa hacer desaparecer las distancias en un territorio de tan vasta extensión, y aglomerar sobre los puntos litorales y fronterizos toda población central.

Los argumentos que hoy se han contra la paz son del mismo carácter que los que se hicieron en 1845: primero contra el reconocimiento de la independencia de Texas, y después contra las negociaciones con los Estados Unidos que quiso entablar aquella Administración. Hoy lamentamos que no hubiera prevalecido entonces el sistema de paz: el desengaño de los hombres que se opusieron á él, no ha podido librar á la República de su infortunio: ha sido tardío y estéril, pero nos da una lección que no debemos olvidar. No la olvidemos; señores, y hagamos un esfuerzo grandioso para que nuestros hijos no maldigan nuestra memoria.

Contemplad cuál seria la confusión y anarquía en que veríamos hundida á nuestra patria, si continuada la guerra exterior, se excitaran, como indudablemente sucedería, todos los gérmenes de la discordia, y se encendiera todo el fuego de las pasiones.

Demasiado sentimos ya la desorganización social, la inseguridad de las poblaciones y caminos, la paralización de todos los ramos de riqueza pública y la miseria general.

El Estado de Yucatán, que presenta hoy un aspecto de devastación y barbarie, ha afligido tanto más al Gobierno, cuanto que no puede prestarle, durante la situación actual, ninguno de los auxilios que reclama la humanidad. La clase indígena ha proclamado el exterminio de la raza blanca, ha cometido excesos que no tengo valor de referir, y apoderada de las principales ciudades, apenas quedará á las familias el recurso del puerto de Campeche, para ponerse á cubierto de aquellas hordas salvajes. Yo no he cesado de pensar en los medios que podrían adoptarse para salvar aquella parte del territorio; pero ¿qué ha podido hacer el Gobierno en las presentes circunstancias? Cualquiera que sea la suerte que reserve la Providencia á nuestro país desgraciado, á nosotros nos toca, señores, ponerlo en el camino de su prosperidad. Si hecha la paz, si dueña la nación de organizarse convenientemente, si con una larga experiencia, que tanto le ha enseñado, prevalece en las facciones el desorden y la desmoralización, nosotros no seremos responsables de estos escándalos. Los hombres no podemos prever el futuro destino de los pueblos; pero si debemos obrar con rectitud y prudencia, y cumplir con los augustos deberes que nos imponen la ley y la Nación.

¡Quizá la paz fijará el hasta aquí de nuestros desórdenes, y será el principio de una nueva época que pueda hacer un contraste glorioso con los desgraciados años que le han precedido!

La conmoción actual del mundo no podrá agitamos de una manera peligrosa, porque las tendencias de la República son evidentemente al sosiego, al orden legal, al fomento de todos los ramos y al bienestar general que hasta ahora ha buscado en vano. Si examinamos y aprovechamos la situación en que nos vamos á colocar, y si construimos un edificio que tenga por fundamento un patriotismo desinteresado, la República será grande, será poderosa y respetada. El sistema emprendedor y activo de nuestros vecinos, que tienen ya un territorio inmenso que administrar y que conservar, se contendrá por las ideas de justicia y de derecho internacional, que al fin se sobrepondrán á todo deseo y á toda política que haga necesario un rompimiento y dé lugar á nuevos sacrificios y nuevas calamidades. Yo creo, señores, que el tratado de Guadalupe, si la actual generación quiere aprovecharse de él, ha puesto un sello indestructible á la nacionalidad mexicana.

Vosotros podéis lisonjearos de estar llamados á resolver el negocio más grave que se ha presentado desde la Independencia, á mantener después, con vuestra firmeza y sabiduría, toda la dignidad y el prestigio que deben rodear á la Nación, y á dar las leyes que reclaman á un tiempo todas las clases y todos los pueblos. Se necesita una legislación rigurosa y justa que haga desaparecer de entre nosotros los abusos, que no pueden ser conciliables ya con ningún género de Gobierno. Obstinamos en seguir el mismo sendero, y no apelar á las saludables reformas que hace tiempo se piden en la administración pública, seria perdemos para siempre, hacemos indignos de la gratitud de la Nación, y manchar los títulos que adquirió en 1821. El Gobierno constitucional que va á establecerse, y que desempeñará un ciudadano distinguido por sus virtudes y amado de sus compatriotas, favorecerá vuestros esfuerzos, hará respetable la Nación y os indicará las medidas que, en su concepto, deben dictarse para inspirar esa confianza general, sin la cual no puede haber ni unión, ni verdadera libertad.

Por lo que a mi toca, muy poco tengo que decir, porque la conducta del Gobierno, en las circunstancias en que se ha encontrado es conocida de todos. He respetado las instituciones, y las he sostenido contra el espíritu revolucionario, que más de una vez las ha amenazado. A nadie he perseguido, y he estado muy lejos de que mi administración se haya resentido de ninguna clase de prevenciones contra las opiniones políticas. Inicié y he concluido la paz; y la República, que al ocuparse su capital parecía destinada a una completa disolución y á una guerra prolongada., no ha perdido ni su unidad, ni las esperanzas de una reorganización duradera y estable.

Si á pesar de mis deseos y de mi solicitud no han podido precaverse los males consiguientes á la invasión, á la miseria y al trastorno que han sufrido los Estados invadidos, no es la culpa del actual Gobierno, sino de las circunstancias y de la naturaleza de la guerra misma.

Con acierto y sin él, he realizado el plan que me propuse seguir al empuñar las riendas de la Administración: salvar la nacionalidad del país y guardar fiel y escrupulosamente las instituciones nacionales que me dieron el Poder. Me considero feliz, por que en medio de las dificultades y peligros he podido reuniros y entregar tranquilamente el depósito que se me confío. Si el Gobierno se ha equivocado, si otra es la solución que se debe dar á la crisis presente, la suerte de la República está en vuestras manos, y á vosotros corresponde salvada. La urgencia del negocio de que vais a ocuparos-se recomienda por sí misma: la libertad de vuestras deliberaciones será respetada y sostenida hasta el último extremo, y el Gobierno considerará como un traidor á la Nación, á todo el de que cualquier modo, ó por cualesquiera medios, promueva la disolución ó ataque la libertad del Cuerpo Legislativo. Las palabras guerra y paz se oirán por el Gobierno, cualquiera que sea su opinión, con todo el respeto que merecen los dignos representantes de la República. El Gobierno considera el tratado de Guadalupe como asunto de trascendencia más general; y las calificaciones que se hagan de él, favorables o adversas, serán el resultado de la diversidad de opiniones en que se dividen los ciudadanos de los pueblos libres. El Gobierno, al adoptado y pasado a las Cámaras, lo ha considerado como verdaderamente honroso para el país, después de tantas desgracias; pero ese juicio está sometido por la Constitución al falló de sus representantes.

Señores, estáis elegidos y llamados en circunstancias en que no puede extraviarse la opinión pública. Los pueblos no se engañan cuando obran por sentimientos nobles, y cuando se trata de su propia conservación. Si en los casos ordinarios y comunes el Congreso es siempre el órgano más legal y respetable de la Nación, hoy se realza ese título por el estado á que han llegado las cosas, y por la ilimitada libertad que ha prevalecido en las elecciones. La confianza con que os han distinguido vuestros compatriotas, merece una recompensa digna: la de salvar á la República. La salvaréis, señores, porque, ciudadanos de honor y de integridad, vuestros trabajos serán bendecidos por la Providencia. -He dicho.