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Seneca Falls, Nueva York, verano de 1848
Declaración de sentimientos
Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario para una parte de la familia del hombre asumir entre los pueblos de la Tierra una posición diferente a la que había ocupado hasta entonces, pero una a la que las leyes de la naturaleza y las de Dios avalan un conveniente respeto al juicio de la humanidad exige que declare las causas que lo impulsan en otra dirección.
Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres y mujeres han sido creados iguales; que están dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para asegurar estos derechos se instituyeron los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados. Siempre que cualquier forma de gobierno se vuelva destructora de estos principios, quienes sufren tal cambio tienen el derecho de negar su lealtad hacia él y de insistir en la institución de un nuevo gobierno que se funde en estos principios, así como de organizar sus poderes en la forma que juzguen ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y su felicidad. La prudencia, claro está, aconseja que no se cambien gobiernos de probada estabilidad por motivos ligeros y transitorios; y, en efecto, la experiencia muestra que la humanidad está más dispuesta a padecer, mientras los males sean tolerables, que a hacerse justicia aboliendo las formas de gobierno a que está acostumbrada. Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, dirigida invariablemente al mismo objetivo, demuestra el designio de someter al pueblo a un despotismo absoluto, es su deber derrocar ese gobierno y establecer nuevos resguardos para su futura seguridad. Tal ha sido el paciente sufrimiento de las mujeres bajo este gobierno, y tal es ahora la necesidad que las obliga a exigir la igualdad de condición a la que tienen derecho.
La historia de la humanidad es una historia de repetidos agravios y usurpaciones por parte del hombre hacia la mujer, encaminados directamente hacia el establecimiento de una tiranía absoluta sobre ella. Para probar esto, sometemos los hechos al juicio de un mundo imparcial:
Nunca le ha permitido ejercer el derecho inalienable del sufragio.
La ha obligado a someterse a leyes en cuya formación no ha tenido voz alguna
La ha privado de los derechos que se otorgan a los más ignorantes y degradados de los hombres: trátese de naturales como de extranjeros.
Habiéndola privado del primer derecho de todo ciudadano, el sufragio, dejándola sin representación en las cámaras legislativas, la ha sometido de innumerables formas.
Si ha contraído matrimonio, le ha dado muerte civil ante la ley.
Le ha quitado todo derecho de propiedad, hasta del salario que ella devenga.
Ha hecho de ella un ser moralmente irresponsable, pues puede cometer muchos crímenes impunemente, mientras se hayan cometido en presencia de su esposo. En el contrato matrimonial, ella está obligada a jurar obediencia a su esposo, siendo él, para todo efecto y propósito, su amo: la ley le confiere a éste el poder de privarla de su libertad y de administrarle castigos.
También ha formulado las leyes del divorcio, así como cuáles son sus causales, y en caso de separación, a quién se dará la custodia de los hijos, de modo que no existe consideración alguna respecto de la felicidad de la mujer, estando la ley, en todos los casos, fundada sobre la falsa superioridad del hombre, y recayendo todo el poder en sus manos.
Después de privarla de todos los derechos como mujer casada, si es soltera y dueña de propiedades, se le grava con impuestos para sostener a un gobierno que sólo la reconoce cuando su propiedad puede reportar ganancias.
El hombre ha monopolizado casi todos los empleos lucrativos, y aquellos que se le permiten ejercer a ella, le retribuyen muy escasa remuneración.
Ha cerrado para ella todos los caminos a la riqueza y la distinción que por considerar más honorables los reserva para él. No es reconocida como maestra de teología, de medicina o de leyes.
Le ha negado la oportunidad de obtener una educación completa: todas las universidades están cerradas para ella.
Le permite entrar a la Iglesia y pertenecer al Estado, pero en una posición subordinada, reclamando para él la autoridad apostólica para excluirla del ministerio y, con ciertas excepciones, de toda participación pública en los asuntos de la Iglesia.
Ha creado un falso sentimiento público, dándole al mundo un código moral distinto al hombre del de la mujer, por el que el delito moral que excluye a la mujer de la sociedad no sólo es tolerado, sino que se le juzga de poca monta en el hombre.
Ha usurpado la prerrogativa del mismo Jehová, reclamando que es su derecho asignarle a ella un ámbito de acción, cuando éste pertenece a su conciencia y a su Dios.
Se ha esforzado por todos los medios por destruir la confianza en sus facultades, disminuir el respeto por sí misma y hacerla que asuma una vida de dependencia y abyección.
Ahora, en vista de esta completa privación de derechos de la mitad de la población de este país, de su degradación social y religiosa; en vista de las injustas leyes antes mencionadas, y dado que la mujer se siente agraviada, sometida y fraudulentamente privada de sus derechos más sagrados, insistimos en que de inmediato sea admitida a participar de todos los derechos y privilegios que le pertenecen como ciudadana de los Estados Unidos.
Al acometer la gran empresa que tenemos ante nosotros, anticipamos no poca cantidad de malas interpretaciones, tergiversaciones y burlas; pero usaremos todos los medios que estén a nuestro alcance a fin de lograr nuestro objetivo. Emplearemos agentes, haremos circular volantes, presentaremos nuestras peticiones ante las legislaturas estatal y nacional y nos esforzaremos por conseguir el apoyo del púlpito y de la prensa. Esperamos que esta convención sea seguida por una serie de convenciones que abarquen todas las regiones del país.
Confiando firmemente en el triunfo del Derecho y la Verdad, estampamos nuestras firmas en esta declaración.
[Siguen los nombres de 68 mujeres y 32 hombres]
RESOLUCIONES
Por el contrario, se concede que el gran precepto de la naturaleza es “que el hombre buscará su propia verdad y sustancial felicidad”. Blackstone, en sus Commentaries, señala que esta ley de naturaleza, siendo tan antigua como la humanidad y habiendo sido dictada por Dios mismo, es por supuesto superior en obligación a cualquier otra. Se aprueba en todo el planeta, en todas las naciones y en todas las épocas; ninguna legislación humana tiene validez si le es contraria, y las que son válidas, derivan toda su fuerza, toda su validez y toda su autoridad, mediata e inmediata, de esta legitimidad. Por tanto:
Se resuelve: que toda la legislación que, en alguna forma, esté en conflicto con la verdadera y sustancial felicidad de la mujer, es contraria al gran precepto de la naturaleza, y queda sin validez, pues éste es “superior en obligación a cualquier otra”.
Se resuelve: que todas las leyes que impidan a la mujer ocupar su puesto en la sociedad, tal como su conciencia le dicte, o que la coloquen en una posición inferior a la del hombre, son contrarias al gran precepto de la naturaleza, y por tanto carecen de fuerza o autoridad.
Se resuelve: que la mujer es igual al hombre, que esa fue la intención de su Creador, y que el bien supremo de la especie exige que ella sea reconocida como tal.
Se resuelve: que las mujeres de esta nación deben ser ilustradas en las leyes bajo las cuales viven, que no deben manifestar más su degradación, al declararse satisfechas con su posición actual, ni su ignorancia, al aseverar que gozan de todos los derechos que desean.
Se resuelve: que ya que el hombre, en tanto reclama para sí superioridad intelectual, convenga superioridad moral a la mujer; él tiene como deber primordial alentarla a hablar, y a enseñar, en la medida en que ella tenga oportunidad, en todas las asambleas religiosas.
Se resuelve: que la misma cantidad de virtud, delicadeza y refinamiento en la conducta que se requiere de la mujer en la relación social, deba también demandarse del hombre, y que las mismas transgresiones sean castigadas con igual severidad tanto en el hombre como en la mujer.
Se resuelve: que las objeciones de falta de delicadeza y de conducta que con tanta frecuencia se señalan contra la mujer cuando se dirige a un auditorio, provienen de la mala voluntad de quienes alientan, con su consideración, la presencia de ésta en el escenario, en los conciertos o en los espectáculos circenses.
Se resuelve: que la mujer ha permanecido demasiado tiempo satisfecha en los circunscritos límites que las costumbres corruptas y la aplicación pervertida de las Escrituras le han señalado, y que ya es tiempo de que ella se mueva en el vasto ámbito que su excelso Creador le ha conferido.
Se resuelve: que es deber de las mujeres de este país salvaguardar su sagrado derecho al sufragio.
Se resuelve: que la igualdad de los derechos humanos proviene necesariamente del hecho de la identidad de la especie en capacidades y responsabilidades.
Se resuelve, por tanto: que al estar investida por el Creador con las mismas capacidades, y con la misma conciencia de responsabilidad para su ejercicio, es posible demostrar el derecho y la obligación de la mujer igual que el del hombre para promover toda causa justa por todos los medios honestos; y en especial en lo que concierne a los grandes temas de la moral y la religión, es evidente su derecho a participar con su hermano en la tarea de enseñarlos, tanto en privado como en público, escribiendo y hablando, por todos los medios que sea lícito emplear y en cualquiera asamblea que sea apropiado llevar a cabo; y siendo esto una verdad evidente que proviene de los principios implantados en la naturaleza humana por la divinidad, toda costumbre o autoridad contraria a ella, sea moderna o sancionada por la antigüedad, debe ser considerada como evidente falsedad y en guerra con los intereses de la humanidad.
[En la última sesión, Lucretia Mott se pronunció en favor de la siguiente resolución:]
Se resuelve: que el éxito inminente de nuestra causa depende de los entusiastas e incansables esfuerzos que acometan hombres y mujeres a fin de derrocar el monopolio del púlpito y salvaguardar para la mujer una participación igualitaria con los hombres en los diversos quehaceres, profesiones y comercio
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