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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1848 Balance de la pérdida territorial de México. Discurso pronunciado en el aniversario de la proclamación de la Independencia Nacional. José María Iglesias.

Septiembre 16 de1848

 

“…Nessun maggior dolore,
Cha riecordarsi del tempo felice
 Nella misería ... "
Dante

En la serie de los días que forman la vida de los hombres, hay algunos que se distinguen de los demás por las impresiones vehementes de dolor ó gozo que sentimos, ó por la influencia que ejercen en nuestra suerte futura. El día en que venimos al mundo, el de la muerte de nuestros padres, el de nuestro enlace con la muger que amamos, el del nacimiento de un hijo querido, producen en nosotros sensaciones de diversas especies, pero tan fuertes todas, que siempre las recordamos conmovidos. Los años pasan ligeros; y en cada aniversario se renuevan en nuestro corazón el placer inefable, ó la pena aguda que en otros tiempos nos infundieron los sucesos, cuya memoria no desaparece nunca.

También ecsisten esos días en la vida de las naciones, siendo el más notable el en que se inscribieron en el catálogo de los pueblos libres. Las solemnidades con que se ha celebrado, han sido frecuentes, así en las antiguas como entre las modernas: la repetición de ese aniversario ha sido siempre un recuerdo gratísimo, que ha hecho comprender el valor inestimable de la independencia y estimulado el espíritu público para esforzarse por su conservación. Igualmente ha llevado por objeto tributar un homenage de gratitud a los que supieron, con abnegación heroica, sacrificarse por el bienestar de sus conciudadanos.

Tal es el motivo que en los años pasados nos ha reunido en este sitio, tal el que hoy nos congrega también; pero ¡que diferencia, compatriotas, entre los aniversarios anteriores y el que ahora habéis querido solemnizar! Hoy es la primera vez que el día más grande de nuestra historia no despierta emociones purísimas de júbilo, en las que se perdían los recuerdos amargos de infortunios que no bastaban a enturbiarlas: no, no es este día de regocijo: la memoria de lo pasado no hace más que avivar el dolor de las desgracias presentes: estamos tristes, melancólicos, abatidos. ¿Sabéis por qué, mexicanos? Porque traemos la vergüenza en la frente y el remordimiento en el corazón.

¿Os acordáis de aquellos días en que con la risa en los labios, con la alegría en el semblante, con el placer en el alma, veníais a saborear los gratos recuerdos de dichas que no había aun amargado un inmenso infortunio? Entonces si podíais entregaros a las suavísimas impresiones de una solemnidad, en que se abrían las páginas más gloriosas de nuestros anales: vuestros sentimientos eran grandiosos como los sucesos que los producían, tiernos como la memoria de los mártires de la patria. Y por eso es más notorio el contraste que ofrece este aniversario de duelo: en vano procuráis reproducir los goces que se perdieron, y que ahora os son más caros, porque, como dice el poeta florentino, ningún dolor iguala al del recuerdo que se hace en la des gracia, de los tiempos felices.

Grato era también en momentos tan venturosos el deber que tenía que llenar el orador del pueblo. El plan de su discurso salía de los acontecimientos de que os hablaba. A la pintura del cuadro funesto de desprecio y abandono que preguntaba México en la última época de la dominación española, se seguía la recapitulación de las causas que proclamaban la justicia de nuestra emancipación. Entraba luego la relación sucinta de los hechos más gloriosos que ocurrieron en los once años que duró la lucha entre la metrópoli y la colonia insurreccionada, sin olvidar el justo tributo a la memoria de los que iniciaron el movimiento, de los que sostuvieron la contienda, y del que consumó la obra. Os recordaba el arrojo del párroco que en los últimos días de su vida renuncia al descanso para dar principio a una revolución, en que no tenía más porvenir que el cadalso; la capacidad prodigiosa del eclesiástico, que en diferentes ocasiones desplega los talentos que distinguen a los generales más celebres, y a quien la posteridad contará sin disputa en el número de los grandes hombres; la fortaleza digna de los griegos y romanos del antiguo insurgente, que prefiere la vida salvage al indulto que lo humilla; la magnanimidad del caudillo del Sur, que conservó en sus montañas el fuego patriótico con tesón incansable, y en quien la misma falta de educación hacía resaltar más las virtudes eminentes de que Ie dotara pródiga la naturaleza; y la sabiduría, la destreza, el mérito del que inclinó la balanza de la fortuna en favor de la buena causa. Tampoco quedaban sin el homenage debido los otros héroes: si los nombres de algunos no se pronunciaban, el incienso que se quemaba en el altar de la patria, subía al cielo por la memoria de todos.

Alguna vez las circunstancias de la época ecsigian que al clamor del agradecimiento público, se agregase un grito de indignación contra los desaciertos cometidos. Caminando desde un principio por una senda de errores, rara vez ó nunca ha faltado motivo para deplorar las consecuencias de nuestros extravíos. Su penoso recuerdo suspendía por un momento el júbilo general: tristes presentimientos vagaban por los espíritus consternados; pero disipábalos pronto la aventura sin límites debida al acontecimiento importante que celebrabais, que no bastan las pequeñas miserias de la vida para hacer duradera la amargura con que suelen aminorar una dicha cumplida, ni alcanzan a interceptar la luz del Sol las ligeras nubecillas que nos lo ocultan por un instante.

Antes de que el más horrible desengaño hubiera puesto en claro nuestra impotencia, lisongeábamos la esperanza de que nuestros esfuerzos por conservar la independencia, el día que se viera amenazada, no desdecirían de los que hicieron nuestros padres para conseguirla. Amaestrados en continuas guerras civiles, se creía que en frente del estrangero no se desmentiría el valor de nuestros combatientes; que la esperiencia adquirida a costa de tanta sangre de hermanos, nos otorgaría la victoria en una lucha con una nación estrangera. Pensábamos que el peligro de la patria estrecharía los vínculos de una unión sólida entre los otros partidos, haciendo que los hombres de diversas comuniones políticas no reconociesen más enemigo que al que viniera con las armas en la mano a consumar un acto de escandalosa usurpación. No faltaban patriotas que, entre las calamidades sin número que debía ocasionar una guerra estrangera, veían el remedio, lejano si se quiere, pero probable, de los males que nos agobiaban: convencidos de la ineficacia de las reformas interiores, aguardaban la salvación de un fuerte sacudimiento que despertara el espíritu público adormecido. Las más halagüeñas esperanzas fundaba el orgullo nacional en honrosos antecedentes: se solemnizaba con entusiasmo la emancipación de México, porque había fe en los corazones, que ni un momento dudaban de nuestro valor para combatir en los campos de batalla, ni de nuestro patriotismo para ofrecer nuestra sangre toda en defensa de los derechos que afianzara la espada de Iturbide.

Reflecsionad ahora cuán doloroso me será el ecsamen de hechos que tan mal han correspondido a los más fervientes deseos. ¡Oh si en vez de derrotas y vilipendio tuviera que recordaros las hazañas más grandiosas y apreciables! jCon cuánto gusto levantaría hoy mi voz desde esta tribuna para ensalzarlas rejuveneciendo con su manifestación las glorias pasadas de los años del levantamiento contra el monarca de España! La imaginación se pierde al considerar el esceso de placer con que celebraríamos a la vez los sucesos de ambas épocas. La suerte lo ha querido de otro modo: no son victorias ni heroicos sacrificios, sino faltas y crímenes de lo que tengo que hablaros: mi voz doliente se conturba al emprender tan triste tarea; el himno de triunfo se convierte en un gemido de lamentación.

¿Qué pasaba hace un año en la capital de la república mexicana? ¿Qué solemnidades hubo para la celebración del día de más sublimes recuerdos? ¿Qué hacía el pueblo que acostumbraba venir a este lugar a derramar las flores del agradecimiento sobre las tumbas de los que lo hicieron libre? ….!Memoria dolorosa!... Dos días antes habían entrado en el recinto de la ciudad unos hombres venidos del Norte, que habían derramado en reñidos combates la sangre de los ciudadanos más distinguidos. Vencedores en las acciones del valle de México, entraban difundiendo el terror en la población, que la noche anterior habían abandonado los restos del ejército. La mayor parte de los habitantes, que dormían en sueño profundo, como el hijo de Laomedonte, cuando ya los griegos habían entrado en la ciudad de Troya, se despiertan bajo el yugo de las bayonetas estrangeras. Hay un momento en que el espíritu de Hidalgo y de lturbide se reanima en la gente sojuzgada; el clamor de venganza se escucha en todas partes; el pueblo cae sobre los invasores, comenzando una pelea en que no cuenta con más ventaja que la del número, suficiente sin embargo por sí sola para darle el vencimiento. ¡Espectáculo hermoso era el que presentaba la ciudad luchando a brazo partido por no sucumbir al yugo férreo del conquistador! Pero los esfuerzos acaban poco a poco; el desaliento se apodera de los ánimos; cesa la resistencia que unos cuantos valientes hacían enmedio de una sociedad de egoístas, que anhelaba ya como un beneficio el triunfo de los enemigos; y el Sol del día destinado a celebrar la consumación de la independencia, alumbra a un pueblo que acaba de perderla y de caer abatido a las plantas de quien se la arrebata.

Tal fue el 16 de Septiembre de 1847. Las calles, tan concurridas en los aniversarios anteriores por la multitud llena de júbilo, no eran transitadas más que por los nuevos habitantes, ó por los pocos mexicanos a quienes asuntos de suma entidad obligaban a salir de sus casas. Encerradas las familias, lloraban las desgracias públicas y las privadas, esperando por momentos ser víctimas de los desmanes y escesos de la soldadesca triunfante; las campañas no repicaban; no se oían los dulces ecos de las músicas militares; no las autoridades nacionales, sino una intrusa, dictaba órdenes a la ciudad; no era, en fin, el pabellón de Iguala, el pabellón tricolor, el que ondeaba sobre las cúpulas de nuestras torres y los techos de nuestros palacios.

La guerra con los Estados-Unidos del Norte, comenzada sin haber preparado los recursos necesarios para su prosecución, seguida sin dirección acertada, cometiéndose a cada paso por todos faltas de funestra trascendencia, terminada de una manera bien costosa, merece fijar nuestra consideración. El fallo de la posteridad nos será poco favorable, cuando sepa que un corto número de soldados sin disciplina ni otras precisas cualidades militares, dirigidos por gefes que más han debido su fama a la fortuna, que los ha protegido que a sus sabias combinaciones, alcanzaron triunfo sobre triunfo, llegando por último a arrojar a las autoridades supremas del lugar de su residencia.

Una nación de cerca de ocho millones de habitantes, que defendía sus hogares, su independencia, su religión, sus costumbres, hasta su idioma; que peleaba con todas las ventajas que ofrece una guerra defensiva por el conocimiento práctico de los terrenos, la facilidad de las comunicaciones, el ausilio de los pueblos, la seguridad de la subsistencia; que no carecía de elementos para levantar gente en número considerable ni para sostenerla, no pudo resistir al ejército invasor. Lejos de mí la idea de hacer responsable a una clase sola de faltas en que han tenido gran culpa todas las demás; si la conducta de aquella ha merecido censura, la de estas debe juzgarse con la misma severidad. La mayoría de la República es la que con justicia reporta el cargo de no haber hecho la guerra con el valor y la constancia que se requerían para nuestra salvación. Los congresos no dieron leyes oportunas para proporcionar con seguridad, así el levantamiento del número necesario de defensores de la independencia, como la colectación de las gruesas cantidades que se tenían que erogar; los gobiernos generales no organizaron el ejército, componiéndolo de soldados disciplinados y valientes, ni establecieron bajo bases sólidas la Guardia Nacional, ni invirtieron útilmente el dinero destinado para los gastos de la campaña; los gobernadores de los Estados y las legislaturas, casi en su totalidad, en vez de hacer los esfuerzos grandiosos que reclamaban las circunstancias, se negaron a dar aun los contingentes de sangre y numerario que les correspondían, atrincherándose para defender su negativa, en una soberanía que tomaba entonces el carácter de rebelión, y que se dejaban arrebatar sin defensa por el estrangero; los ciudadanos egoístas, en fin, sacrificaban a los pocos que cumplían con sus obligaciones, y asistían como espectadores, con indiferencia y sosiego, a la lucha en que se decidía la suerte de la patria, cual si fuera un combate en que no debieran tomar parte alguna.

Al desentrañar las causas que produjeron un desconcierto tan completo, una apatía tan inconcebible, la mente del observador no tarda en encontrar la esplicacion de lo que al pronto parecía un enigma. El desquiciamiento producido por revoluciones que se sucedían unas a otras como los días del año, la desconfianza que infundían los funcionarios puestos a la cabeza de los negocios públicos, acusados unos de traición, otros de que defraudaban los caudales del erario en beneficio propio, estos de cobardía, aquellos de ignorancia; el poco interés de gran parte de los habitantes por conservar la independencia, bien que para ellos solo lo es de nombre; el egoísmo refinado de las clases acomodadas, para las que la esclavitud, la ignorancia, la degradación, eran preferibles a los peligros de la guerra, o a la pérdida de sus goces; la ignorancia de las clases bajas, que ni siquiera comprendían qué derechos eran los que se le hacían defender; todas estas causales reunidas debían dar precisamente por resultado que no se opusiera a los invasores más que una resistencia parcial, floja, insuficiente. Nada, pues, tiene de estraño que sucediera lo que hemos visto; pero si tales consideraciones esplican los acontecimientos, no prestan mérito para que nuestra aflicción disminuya; antes al contrario, al pesarlas con madurez, sube de punto la pena que sentimos, por el descubrimiento de que nuestros infortunios vienen de los vicios que carcomen hace tiempo nuestra sociedad.

Después de la entrada a México de los norte-americanos, lo que se llamó guerra, continuó haciéndose con languidez y sin esperanza. El ejército quedó casi destruido; los intrépidos chihuahuenses dispararon los últimos cañonazos en Santa Cruz de Rosales. En ninguna parte se hacían preparativos de defensa; la República entera se presentaba al invasor dispuesta a sucumbir a su yugo. Una espedicion que hubiera mandado a cualquier punto, pocas o ningunas dificultades habría tenido que vencer. El pueblo, que tantas pruebas de patriotismo dio en los días en que conquistaba su independencia, estaba entonces resignado a sufrir la afrenta más vergonzosa, esperando impasible la suerte que Ie deparara la Providencia.

En tal estado encontró a la nación el gobierno que se estableció en Querétaro.

No había ya ejército con que continuar la lucha, ni armamento para los defensores que aun quedaban a la nación, ni dinero para los gastos más urgentes. Nada hubiera importado tales desventajas, si el patriotismo no hubiese flaqueado; en las circunstancias más criticas se improvisan grandes recursos para la defensa, cuando aquella virtud no se abate; pero la verdad es que no había en la República voluntad decidida y enérgica para prestarse a los sacrificios de que pendía la recuperación del territorio usurpado. Las poblaciones temían dar asilo en su seno a las autoridades supremas, por no esponerse a la ocupación violenta de los enemigos, quienes se presumía que procurarían destruir la sombra de gobierno que nos quedaba. Para los encargados del poder era muy inseguro el acierto entre tantas contrariedades. Colocados en una posición dificilísima, no tenían más recurso que escoger uno de los estremos de este terrible dilema: ó una paz oprobiosa, ó una guerra sin elementos. Por cualquiera que se decidiesen, el resultado era tristísimo, como que la consumación de los daños, debidos en gran parte a faltas anteriores, se verificaba en su época. Adoptaron el partido de la paz, por la que también votó luego la mayoría del congreso; de una paz que aun sus más decididos partidarios no han podido defender sino como hija de la necesidad, pero confesando que era costosa para nuestros intereses, e indecorosa para nuestro honor.

Ese fue el término de la guerra estrangera. ¿Qué responderíamos satisfactoriamente a los héroes de la independencia, si volvieran a la vida por un momento para llamamos a juicio? Ellos nos dejaron un territorio vastísimo, y nosotros le hemos cercenado la mitad; ellos nos dejaron abiertas las fuentes de riquezas inagotables, y nosotros vivimos en la miseria; ellos nos dejaron tranquilidad, y nosotros nos estenuamos en continuos trastornos; ellos nos dejaron un nombre respetado de las naciones estranas, y nosotros arrastramos ya una ecsistencia envilecida. ¡Oh! si, semejantes al hijo pródigo que disipa en pocos días los bienes ganados por sus ascendientes a fuerza de tiempo y de trabajo, nosotros hemos convertido en un mezquino patrimonio la magnífica herencia que nos legaron nuestros padres!

Como si nuestra raza hubiera degenerado, los esfuerzos patrióticos de los años de la insurrección han hallado pocos imitadores; casi era tan difícil reconocer en nosotros a los descendientes de Morelos y los Bravos, como a los hijos de Milciades y Arístides en los griegos sometidos al yagatan del turco. Se nos podía preguntar, como lo hacía a aquellos el melancólico Byron, si no encontrábamos en las cenizas de nuestros abuelos ni una sola chispa del fuego que los animaba.... Y hoy pagamos con un castigo que nos sirve de expiación, las faltas que hemos cometido. Cual el amante que llora por la muger que la muerte arrebató de sus brazos; cual el israelita se desolaba en el cautiverio de Babilonia, así gemimos nosotros en este día de tinieblas por la falta del astro de gloria, que se ha eclipsado ya.
 
Nos queda aun, sin embargo, el consuelo de que varios rasgos de valor y patriotismo prueban que no estuvimos faltos de varones esclarecidos, que supieron preferir la muerte al vilipendio. Las hazañas de los que se distinguieron en la campaña, resaltan más por el contraste que forman con la conducta vergonzosa de los que se mostraron indiferentes a las desgracias de la patria. Nuestros anales pueden aun honrarse con las acciones más distinguidas: la muerte de Vázquez, Frontera, León, Palacios, Ramírez, Jicotencal, Cano, que pertenecieron al ejército permanente; la de Balderas, Peñuñuri, Martinez de Castro, de la Guardia nacional; la de tantos otros que como ellos sucumbieron gloriosamente en la guerra con los Estados-Unidos, nada tienen que envidiar a la de los defensores más ilustres de las otras naciones. Los nombres de esos martires están ya consig¬nados en la historia: su memoria no perecera mientras subsista la nación mexicana, y cada vez que se renueve este aniversario, participaran del homenage tributado a los antiguos héroes.

Después de la ratificación de los tratados de Guadalupe, la cuestión de la necesidad, de la conveniencia, de la oportunidad de la paz, era ya puramente especulativa. Aun cuando entonces se hubiera demostrado de una manera evidente que iba a originarnos grandes perjuicios, perfeccionados los convenios según las formulas legales, la prosperidad de la República en nada dependía ya de la esencia del negocio. El ecsamen de los fundamentos que se tuvieron presentes para decidir la contienda en el sentido que se hizo, correspondían, o a la nación para que juzgara a los que habían intervenido en la resolución, o al historiador para que ecsaminara y calificase su conducta; pero a los gobernantes ya no les tocaba sino buscar en la época de paz que comenzaba, el establecimiento de las mejoras que debían constituir la felicidad de la República.

La más urgente de nuestras necesidades era destruir la corruptela, primera causa de las calamidades públicas, de los frecuentes pronunciamientos, que por miras siempre rastreras, había habido en los años anteriores. La cordura aconsejaba que así se obrase: el golpe que acabábamos de recibir, debía decidirnos a reformar nuestra conducta, para no esponernos a otros iguales. Pues bien: lejos de que observáramos esas reglas, el día funesto en que se consumó nuestro infortunio nacional, ese día que debió ser el término de nuestras locuras, no era más que la víspera de nuevas revoluciones. Pisaba aun el estrangero vencedor el suelo profanado de la patria, cuando ya se había levantado contra las autoridades ecsistentes el estandarte de la rebelión, como para dar al mundo un testimonio reciente de que nuestros extravíos son incorregibles. Apenas termina esa revolución, cuando se anuncia otra; y si la debilidad que ya nos consume, no hace desaparecer a la República en el primer trastorno que ocurra, al nuevo pronunciamiento seguirán otros y otros, formando una serie interminable. ¿Qué corazón no se desconsuela al pensar en ese porvenir luctuoso? Hasta la idea halagüeña del remedio se pierde, porque no es con el envilecimiento y el crimen como se logra la regeneración de las sociedades. La nuestra acabará para siempre, si continúa entregada a los desórdenes que la han arruinado. ¿Qué esperar de un pueblo al que de nada han servido las lecciones de la más dura, de la más costosa esperiencia?

Las dificultades que se han opuesto al establecimiento de la tranquilidad publica, se han encontrado también respecto de los demás ramos en que pudiera cimentarse el bienestar futuro de México. En los tiempos anteriores a la guerra, muchas reformas dejaron de plantearse por falta de la oportunidad de que por lo regular depende la escelencia de las leyes: mejoras evidentes, adelantos positivos hubieran podido alcanzarse, y no lo fueron en razón de que se temía perder, en el trastorno ocasionado por medidas violentas, bienes seguros por otros inciertos. Y así corrían los años, dejándonos en una posición estacionaria, que nos alejaba a cada momento del camino de la civilización; y así se oponía con buen resultado a las ideas de progreso el funesto sofisma: "No es tiempo todavía."

La ocasión tan deseada por los buenos mexicanos, se presentaba inmejorable, al terminar la guerra de invasión. a la manera que en las crisis de la naturaleza se espera el momento en que el mal toca a una gravedad estrema, para la aplicación de los más fuertes remedios, que no toleraría el estado de completa salud, así en las crisis políticas conviene igualmente aprovechar las circunstancias más difíciles y angustiadas para la introducción de las reformas radicales, que obren con energía sobre la sociedad desorganizada. Uniforme era la convicción que reinaba en todos los entendimientos, de que había llegado la época de la estirpacion de los vicios más influyentes en nuestras desgracias, de que ahora ó nunca serían satisfechas las ecsigencias nacionales, sin las que nuestra ecsistencia política sería efímera y poco duradera. Las ventajas del estado de paz, después de una guerra costosa, fueron el argumento más poderoso que se hizo valer para la ratificación de los tratados, y la última, aunque débil, esperanza de los que anunciaban ese hecho como el precursor de los funerales de nuestra nacionalidad.

La fatalidad que nos persigue no ha permitido que mejorase en nada nuestra situación. Se ha desaprovechado la oportunidad: el tiempo que hubiera debido emplearse en los graves asuntos de interés general, se ha perdido en miserables cuestiones: como siempre, nuestras esperanzas más lisongeras han salido frustradas, nuestros deseos más vivos no se han realizado. Se ha hablado mucha, eso sí, y a todas horas, de las grandes reformas en que se pensaba; pero ni se ha dado una buena ley de colonización, ni se ha arreglado la administración de justicia, ni se ha reorganizado el ejército, ni se ha comprendido la institución de la Guardia Nacional, ni.... ¿A dónde me lleva esta relación, conciudadanos? Si hubiera de deciros todo lo que se intentaba hacer, y lo que en realidad se ha hecho, por muchas horas tendría que molestar vuestra atención. Suspendamos esta desagradable tarea: básteme manifestaros que no se ha establecido una sola de las medidas salvadoras que tan urgentemente reclama nuestra situación actual, y que las pocas que hay iniciadas o propuestas, probablemente no llegarán nunca a ejercer su influencia saludable.

Agena de este lugar sería la investigación de quienes tienen la culpa de tales males, tanto más, cuanto que en esta parte, lo mismo que respecto de las faltas cometidas en la guerra estrangera, mi opinión es que la responsabilidad, más que de determinadas personas, es de la masa entera de la sociedad. Difícil cosa es comprender los obstáculos sin número que se encuentran en este país para legislar, para gobernar, para administrar justicia. Además de que los individuos en cuyas manos se deposita el poder, participan por lo regular de los vicios y defectos característicos de nuestra sociedad, se necesita una suma de conocimientos prodigiosa, una fuerza de voluntad irresistible, un conjunto de circunstancias favorables demasiado incierto, un apoyo firme poco seguro, para sacar algunos bienes de los elementos en desarreglo que ecsisten, formando un verdadero caos. La reunión de tantas cualidades y requisitos es bien difícil de lograr, o punto menos que imposible: de ahí resulta que el malestar público vaya a más todos los días.

Es necesario, pues, insistir en la idea de que la nación entera es la que debe pasar por un crisol de fuego, para salir limpia de las impurezas que encierra, y presentar entonces una materia blanda a la mano hábil del reformador. La empresa es tan necesaria como dificultosa: los esfuerzos unánimes de los buenos patriotas deben tender a ese fin, porque si la indolencia con que obramos en la guerra esterior no se destruye con medios que reanimen el espíritu público; si las faltas diarias que empeoran nuestra ya demasiado triste condición, no son violenta y radicalmente corregidas; si, en una palabra, continuamos nuestro camino por la senda de errores, de abusos, de crímenes, que nos apartan de la ruta de la felicidad, el desconcepto en que nos tienen las demás naciones subirá a tal grado, que el nombre de mexicanos acabará de convertirse en un título de oprobio y un dictado de mengua y humillación.

¡Señor, que regís desde los cielos los destinos de las naciones; que decretáis su esterminio ó su grandeza, según los impulsos de vuestra cólera ó vuestra misericordia: si aun no hemos expiado nuestras faltas con el más duro castigo; si aun tenéis reservadas nuevas desventuras a mi cara patria, haced que se cierren mis ojos para siempre a la luz, antes que descarguéis de nuevo sobre su cabeza la espada de vuestra justicia!. ... Muy vivo es mi deseo, conciudadanos, de que esta súplica se realice, a causa de que, por más que procuro alucinarme, por más que quiero figurarme de paz y de ventura los tiempos en que vamos a entrar, la realidad, con mano despiadada, me arranca la venda de los ojos, y por su prisma desconsolador solo veo faltas y desgracias en lo pasado, faltas y desgracias en lo presente, faltas y desgracias en lo porvenir. Si una nueva guerra estrangera sobreviene, más debilitados, con más desconfianza, con menos reputación que en la pasada, aumentará el número de las probabilidades de perder; si tenemos la fortuna de vivir en paz con las demás naciones, nuestros pronunciamientos, desgobierno y estravíos acabarán con la República en más tiempo, pero con la misma seguridad. Regeneración, mexicanos, regeneración completa y absoluta en vuestras costumbres, si no queréis acabar de una de esas dos maneras, que no se distinguen entre sí sino en ser más ó menos violentas. Estamos ya en la orilla del abismo: un paso más, y nos precipitamos en la sima horrosa de nuestra destrucción.

Perdonadme, señores, si he llevado al estremo la descripción de los males públicos, tales como me los presentan mi imaginación dolorida y mi corazón despedazado. El cuerpo mutilado, sangriento, de la patria, hubiera podido presentároslo cubierto con un prestado ropage de hermosos colores y adornos esquisitos: mejor he querido desgarrar los pocos girones que lo cubrían, para que lo vierais en toda su espantosa deformidad. No el acento de la adulación, no mentidas promesas, no el falso brillo de la ilusión, son los alicientes que se deben ofrecer a la República, para que vuelva al sendero del bien. La verdad solo, la verdad desnuda, por triste y repugnante que sea, es el único recurso que queda para que retroceda de sus estravíos, horrorizada al contemplar los daños sin cuento que sufre, y de que acaso no tenía más que una confusa idea. Por lo demás, la situación casi desesperada en que vivimos, es el asunto más trillado de las conversaciones familiares: lo que falta es franqueza para decirlo en publico; yo la he tenido sobrada, porque no he venido aquí más que a espresar lo que pienso, y porque engañar al pueblo, es faltar a lo que ecsige su propia dignidad.

Cuando Bruto inmoló a Julio Cesar en el senado, Marco Antonio enseñó la túnica ensangrentada del dictador, y el pueblo romano prorrumpió en gritos de venganza contra los homicidas. Cuando Judit sedujo con falsos halagos a Holofernes para sacrificarlo, enseño la cabeza cortada del general enemigo, y el pueblo hebreo se sintió conmovido a la vista de aquel espectáculo. El objeto que yo os he enseñado, debe producir en vosotros impresiones más fuertes que el del triunviro de Roma ó la heroína de Betulia: os he presentado el cuerpo de la patria, desfallecida, convulsa, agonizante. Ved cómo nos tiende las manos, cómo se postra de rodillas, cómo llora, cómo nos suplica que no le demos el último golpe. Si somos sordos a sus lamentos, preciso es ya perder toda esperanza de remedio: si levantamos contra su seno nuestra mano parricida, fácil nos será acabar con su mísera ecsistencia; pero que espere entonces cada uno de nosotros, en la tierra, la maldición de los hombres; en el cielo, la justicia de Dios.- DIJE.

 

 

Fuente: Secretaría de Gobernación. Ideario del Liberalismo. México. Primera Edición. 2000. 298 pp.