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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1847 El nuevo Bernal Díaz del Castillo o sea Historia de la invasión de los angloamericanos en México

Carlos María de Bustamante

MÁS NOTICIAS TRISTES DE VERACRUZ

Las que el día 27 se recibieron de aquella plaza, y cuenta El Republicano, lo son en efecto refiérense al 24 del presente febrero y dicen que el día 22 los enemigos rompieron el fuego, y hasta la fecha calculamos en más de mil bombas las que nos han dirigido. El general con sus ayudantes está en el cuartel del octavo a donde han dirigido más de cuarenta de aquellas. ¡Cuánta desolación! Por todas partes se ven charcos de sangre, huesos y pedazos de carne de las infelices víctimas del fuego enemigo.

En este momento se han aproximado los buques, y en unión de las baterías que tienen en tierra hacen fuego vivísimo de balas y bombas. Imposible parece que sean tan bárbaros los americanos que en lugar de venir a medir sus fuerzas cuerpo a cuerpo con nosotros, incendien la ciudad como lo están haciendo. En Santo Domingo han caído cinco bombas, las cuales mataron a muchos de los heridos que allí estaban. A toda prisa se han pasado a esos infelices a San Francisco y la Parroquia, pero también en estos templos han caído proyectiles.

Los cónsules de Francia, Inglaterra y España pasaron una comunicación a nuestro valiente general Morales, pidiéndole se le permitiera mandar una comisión a Scott para que suspendiera los fuegos por veinticuatro o treinta horas, con el objeto de sacar a las familias de los súbditos de las naciones neutrales. El general contestó: "Que de la plaza no saldría bandera alguna de parlamento aunque fuera pidiendo la gracia que ellos solicitaban: que la plaza se arruinaría antes que demostrar ni aun indirectamente que él cedía; que si los cónsules querían, que fuesen a la isla de Sacrificios, y que desde los buques de sus naciones se entendieran con Scott, y que si éste quería en obsequio de ellos conceder esa entrega, que la diera, porque a él le era enteramente indiferente cesaran o siguieran los fuegos".

Justo es aplaudir esta energía y decisión qué le haría mucho honor en nuestros fastos militares, así como vituperar altamente el modo bárbaro, atroz y salvaje con que nos hacen la guerra nuestros enemigos por medio del incendio y la devastación. Siempre se ha tenido por reprobado en las naciones apelar a este arbitrio, al de envenenar las aguas y las carnes; pero en el siglo llamado de las luces y de la filosofía se ha recurrido a él. Éstos no son los hijos de Penn que al hacer su independencia de la Inglaterra protestaba no apelar a las conquistas. Éstos, los que merecieron la indulgencia y consideración de sabios seducidos y engañados, como Covarrubias, Filangieri, etc. Mas no será duradera ni sólida su gloria; México triunfará algún día cuando aplacado el Eterno vuelva su vista hacia nosotros y perdone nuestras aberraciones que justamente merecen mucho castigo... ¡Que llegue, Señor, que llegue el periodo de tu misericordia!

La posición del general Morales es sumamente difícil. Cerrado casi herméticamente Veracruz, parece imposible que emprenda una salida de la plaza sin parecer abrumado con la fuerza sitiadora mayor tres tantos que la suya...

Esta tarde (dicen de Veracruz) han pasado revista tres mil hombres, que mañana marchan en auxilio de la plaza. "La libertad de Inglaterra se defiende en los campos de Castilla", decía Wellington, y a este modo digo yo. "La libertad de México, salvo contingencias, acaso se defenderá en las llanuras del Encero donde Iturrigaray nos descubrió el secreto de ser independientes, o en el punto de Corral falso."

El día 28 de marzo salió la tropa de México destinada a la defensa de Veracruz en buen orden, a la que ayer pasó revista Santa Anna en la Viga.

El día 31 de marzo (Jueves Santo) salió Santa Anna para Veracruz, pero esa plaza ya estaba tomada por Scott y cuya relación se ve en la carta siguiente venida de Jalapa que dice así:

Toma de Veracruz

Después de lo que había dicho a V. en mi carta del 13 sobre las operaciones de los sitiadores, hasta que colocaron la caza de su línea en el Médano de los Pocitos, no ocurrió más sino que conforme iban desembarcando fuerzas para Mocambo, continuaban prolongando su línea hasta que llegaron a la punta gorda, componiendo sus fuerzas cosa de trece mil hombres.

Desde el día 9 empezaron el desembarco, hasta el 22 no hicieron ningún fuego sobre la plaza, pues no merece el nombre de tal los disparos que hacían de vez en cuando con un obús colocado en el Médano de los Hornos, mientras que de la plaza de Ulúa se les estuvo haciendo constantemente fuego con buen éxito.

Durante estos días se ocupó el enemigo de los trabajos de sitio, estableciendo su campo, haciendo fosos y trincheras, y fortificando algunos puntos, como el Camposanto nuevo, el Médano llamado del Encanto, el Molino de viento, promedio, etc., tanto a vanguardia como a retaguardia, y en sus flancos, sin ser molestado a retaguardia más que por algunas escaramuzas de los jarochos y de la poquísima caballería que tenemos por estos rumbos, cuyas escaramuzas, hechas sin orden, plan ni concierto (como cosas de negros) no produjeron otro resultado que el de algunos muertos y heridos cuyo mayor número es de nuestra parte a causa de la superioridad de la tropa enemiga, pues se ocupaba en eso la de línea y también de sus armas como que son rifles de cuatro tiros.

A la vez que el enemigo construía sus baterías, que son de a doce morteros, cada una de a doce cañones para abrir la brecha frente al lienzo de muralla que queda entre los baluartes de Santa Bárbara y Santa Gertrudis...

 

PÉRDIDA DE VERACRUZ

El día 22 concluidas ya estas operaciones, el general Scott envió un oficial parlamentario a la ciudad intimando la rendición, y a poco rato el general Morales envió al teniente coronel don Manuel Robles con su negativa al campo enemigo. Como le vendaron los ojos a Robles para entrar al campo y salir de él, movido de la curiosidad, a la vuelta, luego que se hubo alejado de la línea, se cubrió en un matorral y se puso a observar con un anteojo las fortificaciones enemigas, y como lo distinguiesen los enemigos, le dirigieron simultáneamente varios cañonazos que lo obligaron a retirarse aunque sin herirlo, ni tampoco a su caballo.

Inmediatamente a las cuatro y media de la tarde del día 22, empezó el bombardeo con vigor, y hasta las diez de la noche del 24, a que alcanza una carta del mismo Veracruz, seguía sin interrupción aun de noche. Sólo unas cuantas horas llevaban de tirar bombas, pues las otras horas sólo usaron del cañón a bala rasa; pero en éstas sostenían tres bombas por minuto, y se calculaba que habían disparado mil quinientas, y como eran incendiarias y habían arrojado también balas rojas, habían reducido a escombros las manzanas que hay desde la parroquia hasta la Merced, y también muchas calles, e incendiado veinte edificios, entre ellos nuestro hermoso teatro, la casa del cónsul inglés, la de la botica de enfrente de Santo Domingo, la de don Miguel Carrau, la de don Manuel Muñoz, la de doña Merced Coz, la de don Domingo Cabrera y otras que no recuerdo. Los muertos, que eran como ciento cincuenta entre los soldados y cívicos, fuera de los que había en la población, estaban hacinados en las calles para enterrarlos en la noche del 24, y los hospitales están llenos de heridos, la mayor parte de la guardia nacional, entre ellos se cuentan a José María Cárdena, Francisco Hernández, Manuel Mayol, muchachos todos hijos de familias notables, los dos últimos gravemente.

La desolación y el terror se habían apoderado de las familias que no han podido salir; mas no de la tropa de la guardia nacional que estaba muy entusiasmada, particularmente la última, que cantaba canciones mexicanas, españolas y francesas, al retumbo de la artillería y resplandor de las llamas, victoreando a la libertad e independencia, cada vez que el general Morales se presentaba en los puntos para visitarlos. Ese general lloraba algunas veces de ternura, al presenciar el valor indomable de tanto joven imberbe que deseaba antes la muerte que la ignominia.

Entre tanto el coronel don Manuel Robles se hacía acreedor a los mayores elogios, porque con mucha serenidad, a la cabeza de cien zapadores y cien bomberos, recorría a caballo todos los puntos dirigiendo los trabajos, ya para reparar las fortificaciones, ya para apagar los incendios, exponiendo su vida por todas partes con tanto valor, que se le victoreaba por la juventud, y entregándose a la fatiga con tan inusitado ardor, que tuvo que acostarse varias veces en la arena para tomar descanso.

Es probable que ya se haya dado el asalto, e indudable que el enemigo triunfe por su inmenso poder y número.

En El Republicano de hoy, de donde se han tomado estas noticias, se da por supuesto la rendición de Veracruz y Ulúa, a discreción, porque habiéndose enfermado de fiebre el general Morales, entregó el mando al general Landero, que hizo la rendición teniendo víveres y tropa a su disposición.

 

PROCLAMA DE SANTA ANNA

Publicada en vista de estas noticias

"¡MEXICANOS! Veracruz está ya en poder del enemigo. Ha sucumbido, no bajo el peso del valor americano, ni aun bajo la influencia de su fortuna... nosotros mismos, por vergonzoso que sea decirlo, hemos atraído, con nuestras interminables discordias, esta funestísima desgracia.

"El gobierno nos debe toda la verdad, árbitros sois de la suerte de nuestra patria: si ha de defenderse, vosotros seréis los que detengáis la marcha triunfal del enemigo que ocupa a Veracruz; un paso más que avanzara, la independencia nacional se hundiría en el abismo de lo pasado;resuelto estoy a salir al encuentro del enemigo. ¿Qué es la vida ennoblecida por la gratitud nacional, si la patria sufre un baldón, cuya mancha resultará sobre la frente de todo mexicano? Mi deber es sacrificarme, y lo sabré cumplir. Acaso las huestes americanas pasarán orgullosas a la capital del imperio Azteca... Yo no he de presenciar tal oprobio, porque estoy decidido a morir antes peleando.

"Han llegado los momentos supremos para la República Mexicana. Tan glorioso es morir lidiando, como declararse vencido sin pelear; y vencido por un enemigo cuya rapacidad dista tanto del valor como de la generosidad.

"¡Mexicanos! ¿Tenéis religión? Protegedla. ¿Tenéis honor? Libraos de la infamia. ¿Amáis a vuestras esposas, a vuestras hijas? Libertadlas de la brutalidad americana. Pero son los hechos, no vanos ruegos ni estériles deseos los que han de oponerse al enemigo. La causa nacional es infinitamente justa. ¿Por qué Dios parece haberla abandonado? Su ira se aplacará si presentamos como expiación de nuestros crímenes los sentimientos de una sincera unión, de un verdadero patriotismo. Así el Eterno bendecirá nuestros esfuerzos y seremos inexpugnables, porque contra la decisión de ocho millones de mexicanos, ¿qué valen ocho o diez mil americanos cuando hayan de ser el instrumento de la justicia Divina? Quizá os hablo por última vez (faltaban muchas), por Dios, creedme. No vaciléis entre la muerte y la esclavitud; y si el enemigo os vence, a lo menos que respete el heroísmo de vuestra defensa. Ya es tiempo de que cese todo pensamiento que no sea la común defensa; la hora de los sacrificios ha sonado... Despertad... ¡Una tumba se abre a vuestros pies! Conquistad siquiera un laurel que colocar sobre ella.

"Aun no muere la nación todavía, lo juro... Yo respondo del triunfo de México, si un esfuerzo unánime y sincero secunda mis deseos. Feliz mil veces el infausto suceso de Veracruz, si el incendio de aquella plaza comunica a los pechos mexicanos el entusiasmo, la dignidad y generoso ardor de un verdadero patriotismo, se habrá salvado dignamente la patria! Mas si sucumbe, ella legará su oprobio y su baldón a los que egoístas no quisieron defenderla, a los que traidores prosiguieron sus combates privados, pisoteando el pabellón nacional. ¡Mexicanos! La suerte de la patria os pertenece. Vosotros, no los americanos la decidiréis: venganza clama Veracruz; seguidme a lavar su deshonra.— México, 31 de marzo de 1847.— Antonio López de Santa Anna."

 

EXCESOS DEL GENERAL TAYLOR EN LO INTERIOR

Parece que había una emulación sobre quién de los generales, Taylor y Scott, se portaba con mayor crueldad en los países que ocupaban.

En El Republicano del 14 de abril, número 104, se refiere: "Que la mayor parte de la ciudad de Monterrey ha sido quemada, desde la esquina de la quinta del general Arista hasta la plaza del mesón: del lado del norte, hasta los puentes, sin quedar más que un cuadro de casas por los cuatro rumbos: tiraron la torre de la catedral y fundieron todas sus campanas. El convento de San Francisco lo han destruido completamente, y allí tienen toda la caballada".

Han quemado todos los pueblos desde Marín hasta cerca de Mier, sin dejar más que ruinas, y lo mismo han hecho desde la Estancia hasta Serralvo. No han dejado rancho que no hayan destruido, quemaron desde Reynosa todos los ranchos hasta Matamoros, y ha dicho el jefe de estos vándalos, que al acercarse allí Urrea, prenderá fuego a toda la población.

Todo esto lo han hecho en venganza de los muchos perjuicios que han sufrido de este bravo jefe que con sus triunfos les ha quitado el valor de dos millones de pesos, en carros, mulas y efectos que ha repartido entre sus tropas. Taylor ha publicado por bando que Urrea, Canales y tropas que les siguen son piratas, y no da cuartel a ninguno. Esta crueldad aumentará a Taylor sus enemigos, pues también aumentará la fuerza, las gentes han huido de sus hogares y vagan por los montes. Taylor ha dicho también que si no pagan la multa de tres millones que ha impuesto, mandará a los voluntarios, para que asolen y saqueen los pueblos, haciendas y rancherías de dichos estados. He aquí a los filósofos y filántropos angloamericanos que dizque buscan la paz, y que nos anuncian muchas felicidades, que se prometen los menguados mexicanos.

Concluido el ataque de Veracruz el general Scott ocupó la hacienda de Manga de Clavo a donde fue a vivir según se asegura, tomando de ella cuantas reses necesitaba para sí y su ejército. Si ha habido algo de compadrazgo con el dueño de esta finca, como es muy probable, habrá tenido gran satisfacción en que allí se haya regalado, y estoy seguro de que no lo habrá hecho de balde. Sabida la noticia de Veracruz, Santa Anna, dejando la presidencia en manos del general don Pedro María Anaya, en quien había recaído la elección del Congreso, pues la vicepresidencia había sido suprimida, marchó sin detenerse a recorrer la línea de México, fortificar el punto que creyese más conveniente para poder detener a los invasores, y se fijó en Cerro Gordo distante seis leguas de Jalapa, camino para Veracruz.

Yo le dije a Santa Anna que en la instrucción de Revillagigedo a su sucesor Branciforte le recomendó eficazmente para un caso como el presente el punto de Corral Falso. Mas él dijo, es mucho mejor Cerro Gordo, y como que soy originario de Veracruz, lo tengo muy revisto. El caso es que me dé tiempo el enemigo para fortificarlo, pues por allí no pasan ni las ratas: efectivamente, cuando se habían concluido las principales fortificaciones, se presentaron los yankees en número de diez mil hombres, y camparon en Plan del Río, poco distante de Cerro Gordo.

Por una fatalidad se descuido de fortificar una eminencia que se halla enfrente de la del telégrafo, o Cerro Gordo, llamada la Atalaya, que tomada por los enemigos les serviría de punto de apoyo, para atacar con mejor éxito al telégrafo.

El día 17 de abril a la una del día los americanos avanzaron sobre el telégrafo, sin cuidarse de las fortificaciones avanzadas que estaban sobre nuestra derecha sobre el camino carretero. Santa Anna mandó algunos batallones que les saliesen al encuentro, y en la falda del cerro se trabó un reñido combate, logrando los nuestros rechazarlos con bastante pérdida.

El día 18 a las siete de la mañana, cuando menos lo esperaban nuestros soldados del telégrafo, fueron sorprendidos por los enemigos; los que habiendo talado por la noche un bosque que cubría uno de nuestros flancos, y apoyados por una batería colocada en la Atalaya, acometieron de improviso a los nuestros, que apenas pudieron oponer una débil resistencia, y huyeron desbandados por todas partes. El general Canalizo, que mandaba la caballería, por no verse cortado tuvo que retirarse precipitadamente. Al tiempo que los americanos atacaban el telégrafo, una columna acometió vigorosamente las fortificaciones avanzadas, situadas en, el camino viejo, de donde fueron rechazados, con considerable pérdida; pero a pesar de esta ventaja, era imposible que se pudieran sostener, habiéndose hecho dueños los enemigos del telégrafo, y por consiguiente del camino: en consecuencia, se vieron obligados a rendirse, lo que se verificó a las once de la mañana.

El general americano se dedicó inmediatamente a cuidar de que se enterrasen los muertos, y de que se recogiesen los heridos, y a los tres días tomó posesión de Jalapa, en donde permaneció algún tiempo.

Ésta es la idea que generalmente se tiene de este lamentable suceso; pero, al mismo tiempo, cuantos la miran como exacta e incuestionable, convienen en que quedaron sin batirse cuatro cuerpos de infantería y toda la caballería compuesta de dos mil quinientos hombres... mas aquí entra una sencilla reflexión y es... Si todas esas fuerzas no entraron en acción, ¿cómo es que se perdió toda la infantería y artillería, y que la caballería echó a correr, y que Santa Anna no salvó más que a una muy pequeña parte de sus ayudantes? Es claro que, sean cuales fueren las causas de esta derrota, nunca jamás dejará de haber tenido la culpa Santa Anna. Siguióse a esto el abandono de la fuerte garganta de la Olla y del castillo de Perote que mandaba el general Gaona, y en cuya fortaleza tomó el enemigo más de cuarenta cañones, sus municiones y útiles, y también porción de armas y maestranza que debía haber allí, repitiéndose nuevamente el ignominioso pasaje de Tampico que llenó de escándalo a la nación, y a cuyo cargo no ha respondido Santa Anna, y sólo se ha limitado a increpar con palabras duras a los que se lo han hecho al modo que el que mal pleito tiene que a boruca lo mete. En brevísimos días se presentó Scott en Jalapa habiéndole pedido garantías aquel ayuntamiento por lo que se detuvo allí reponiéndose, y Santa Anna marchó a la Villa de Córdoba donde encontró la fuerza que mandaba el general don Antonio León, y que había venido de Oaxaca para situarse en el principio en el punto del Chiquihuite, y proporcionó a Santa Anna cuanto pudo para comenzar a organizar un cuerpo que no merecía otro nombre que el de cuadro de ejército, pues no pasó de cuatro mil hombres y cinco cañones, y en lo que trabajó asiduamente Santa Anna, y después pasó por el camino de Puebla para dar el espectáculo ridículo de querer batir con su caballería una sección del general Scott en la llanura de Amozoc. Santa Anna, en los momentos que estuvo en Puebla, procuró aprovecharlo tomando de por requisición algunos buenos caballos y dinero. Él asegura que la gente popular quería detenerlo para que defendiese la ciudad, a lo que no quiso acceder porque no encontró disposiciones para la empresa, ya porque venía con poca fuerza y ya porque la derrota de Cerro Gordo había sido escandalosísima, y ya finalmente, porque a un general victorioso todos lo siguen, así como a un derrotado todos lo abandonan, y del árbol caído todos hacen leña.

Se notó mucho en estos momentos que Scott se hubiese demorado mucho tiempo en Tepeyahualco, San Juan de los Llanos, Nopajucan y otras poblaciones y haciendas, dizque para hacerse de víveres y continuar su marcha a Puebla; no faltándole los que conducían sus carros. Sabido es por un principio elemental de la guerra, que un general victorioso debe continuar sin detenerse un momento sobre el vencido, principalmente cuando éste, aunque haya quedado con muy poca fuerza, puede asilarse en un punto tal que fácilmente se rehaga de su pérdida, y en breve de vencido se convierta en vencedor, y éste era puntualmente el caso en que se hallaba con Santa Anna, y por lo que no faltaron en México personas que le aplicaran el dicho de César a Pompeyo en la batalla de Dirachio: no sabe vencer Pompeyo. Presumieron que para obrar de ese modo, habría una combinación secreta, con Santa Anna, que el tiempo descubriría y que efectivamente los tiempos posteriores lo han puesto en claro. Santa Anna era el hombre único en quien neciamente había confiado toda la nación, y la mayor fiera siempre se da por vencida cuando se le toma la cabeza.

Tiempo es ya de que como un episodio de esta historia sigamos los pasos del general Scott hasta su entrada en Puebla, y refiramos el modo con que allí fue recibido, porque esta circunstancia ha engendrado un odio tal entre mexicanos y poblanos que me parece indeleble.

En El Republicano del 15 de mayo se lee, datada en Nopalucan y firmada por el mayor general Worth, la siguiente exposición:

Nopalucan, mayo 12 de 1847.— Al Exmo. gobernador y municipalidad de Puebla.—
Señores, el infrascripto avisa que, obedeciendo las órdenes de su superior el mayor general en jefe del ejército de la unión, que en la mañana del 15 del que rige con la fuerza de su mando tomará posesión militarmente de la ciudad de Puebla, si no hace aquella resistencia, desea antes de hallarse a sus inmediaciones, conferenciar con los funcionarios civiles, con objeto de concertar con ellos, y tomar las medidas convenientes y mejores para la seguridad de las personas e intereses, así como las propiedades de los vecinos. la santa religión que profesan, así como todas sus formas y observaciones, serán respetadas y sostendrán las autoridades civiles para el mantenimiento de las administraciones de las leyes. El infrascripto tiene el honor etc.— El mayor general Worth.

Sabemos, dice El Republicano, que le fue contestado que se dirigiese al general Santa Anna, y que respondió Worth que no lo haría.

Antes que él, el general Scott publicó desde Jalapa, en 11 de abril, la siguiente:

Proclama

¡Mexicanos! a la cabeza de un poderoso ejército cuya fuerza se duplicara bien pronto, y una parte del cual avanza ya sobre vuestra capital al mismo tiempo que otro ejército a las órdenes del mayor general Taylor esta en marcha del Saltillo con dirección a San Luis Potosí, creo de mi deber dirigiros la palabra.
¡Mexicanos! Los americanos no son vuestros enemigos por ahora, de aquellos que por su mal gobierno acarrearon un año hace esta guerra contranatural entre dos grandes? Repúblicas... somos amigos de los habitantes pacíficos del país que ocupamos... amigos de vuestra santa religión, de sus prelados y ministros. En nuestro mismo país se halla establecida la misma iglesia, y abundan allí los devotos católicos, siendo respetados por nuestro gobierno, nuestras leyes y nuestro pueblo. Desde un principio he hecho cuanto estaba en mi arbitrio para poner bajo la salvaguardia de la ley marcial y proteger contra los pocos hombres malos que hay en este ejército, a la iglesia de México, o a los habitantes inofensivos y sus propiedades.
Mis órdenes al efecto sabidas de todos, son terminantes y vigorosas. En virtud de ellas han sido ya castigados algunos americanos con multa impuesta a beneficio de los mexicanos, y con prisión, y ha sido ahorcado uno por rapto. ¿No es esto una prueba de buena fe y severa disciplina? Pues se darán otras siempre que se descubra que ha sido perjudicado algún mexicano.
Por otra parte, los perjuicios que hicieren los individuos o partidas de México que no pertenezcan a las fuerzas públicas a los individuos, partidas sueltas, trenes de carros, tiros de caballos o mulas de carga o cualquiera persona o propiedad de este ejército en contravención a las leyes de la guerra, serán castigados con rigor, y si los culpables mismos no fueren entregados por las autoridades mexicanas, recaerá el escarmiento en ciudades, villas y vecindarios enteros.

Permanezcan, pues, en sus casas, y entregados a sus pacíficas ocupaciones los buenos mexicanos, y se les invita a introducir para su venta, caballos, mulas, ganado, maíz, cebada, trigo, harina para pan y vegetales. Se pagará al contado por todo aquello que tomare o comprare este ejército, y serán protegidos los vendedores.
Los americanos se encuentran bastante fuertes para dar estas seguridades, que si son discretamente aceptadas por los mexicanos, harán que esta guerra tenga un término feliz con honra y ventaja de ambas repúblicas. Entonces los americanos, habiendo convertido a los enemigos en amigos, se tendrán por fieles en despedirse de México y regresar a su país.— Winfield Scott.

Parece que para aumentar el terror que pudiera crusar en ánimos débiles y ruines, se ha insertado en el diario de hoy del gobierno y también se ha puesto una circunstanciada relación de los regimientos veteranos que se están levantando en los Estados unidos, diciendonos su fuerza, sus nombres y jefes que los han de mandar.

 

ORDEN DE LA ENTRADA DE LOS "YANKEES" EN PUEBLA

El domingo l6 de mayo de 1847
HOMBRES
CAÑONES
Un piquete de caballería
Cuatro cañones ligeros
El general Worth con un cuerpo de infantería con música
Dos cañones
Otro cuerpo de infantería con música
Dos obuses
Un mortero
Dos cañones de a 24
Un cuerpo de infantería con música
Otro id. id.
Tres carros con gente
Dos cañones
Un cuerpo de infantería con su general
Otro id.
Doscientos carros
Infantería custodiándolos


1 320

560



640
350


480
440

400

4

2

2
1
2



2
TOTAL
4290
y cañones 13

El general Worth apareció desde muy temprano a la cabeza de su columna frente a la garita de Amozoc.

El vecindario no manifestó alteración ninguna. Toda la ciudad, excepto las tiendas de ropa que permanecieron cerradas, ofrecía su aspecto ordinario, y nadie habría dicho que se estaba esperando un ejército enemigo.

A las diez y media de la mañana una partida como de cien hombres de caballería se desprendió de la división y entró por las calles del Alguacil Mayor, San Cristóbal, etc. hasta la plaza, de donde se retiró por la carrera de Santo Domingo al cuartel de San José: la curiosidad de conocer a los yankees se sobrepuso a la momentánea alarma muy natural, y la plebe obstruyó todas las bocacalles, y aun casi todos los balcones se abrieron y llenaron de curiosos. Yo mismo cedí a la curiosidad, y quebrantando un propósito de reclusión, salí a conocer a nuestros futuros señores.

¿Cuál sería, pues, mi desengaño, y del mundo entero, cuando en vez de los Centauros que esperábamos, vi adelantarse una centena de hombres de facha patibularia uniformados con pobreza y mal gusto; muchos de ellos en camisa, armados con sable, carabina y pistolas de clase común, y sus caballos, si bien corpulentos, lerdos y desgarbados como todos los de su raza, mal montados, y por todo jaez un albardón, y una brida sin paramentos ni especie alguna de adornos? Por lo que hace a la gente, sólo diré que por diez buenas tallas, se podían señalar hombres enclenques, raquíticos y hasta lisiados; añadido a esto el manifiesto y asqueroso desaseo de estos hombres. Nada de esto es exagerado.

Con una hora de intervalo entró el grueso de la división, diré a usted algo de su aspecto general; los pormenores numéricos los encontrará usted en la nota adjunta. Cuantas relaciones nos hablan hecho de tallas hercúleas y formas elegantes y atléticas, han sido exageración de la malicia o del miedo. Hay de todo entre esta gente, pero a primera vista se echa de ver que la mayor parte del ejército está compuesto de emigrados irlandeses, extenuados por el hambre. El uniforme de todos los cuerpos consiste en una chaqueta y pantalón de paño burdo azul claro, y sin más adornos que los distintivos militares. Todos, aun los dragones, traen cachuchas de paño, chatas, bien que muchos las han sustituido con sombreros de petate del país, y aun alguno vimos entrar con tompeates en la cabeza.

Si no estuviera de prisa, enviaría a usted el croquis de un oficial de línea que se presentó en un desmesurado frisón con un chupiturco del más caprichoso corte, y sombrero de petate viejísimo, recortado como sombrero de tres picos. En suma, las menudencias que forman el aspecto general del ejército son cuanto el mal gusto y la economía pueden producir de ridículo, sórdido y asqueroso. En una palabra, exceptúe usted los caballos de tiro que son muy buenos, y lo general de las fachas que también merecen recomendación por otro aspecto, y aseguro sin exageración, que nada traen estos hombres que no hayamos visto mil veces.

Aun el crecido número de sus carros no crea usted que es indicio de un equipo por lo menos voluminoso. Los carros vienen casi vacíos, y yo entiendo qué su principal objeto es el transporte cómodo de la tropa. ¿Cómo pues, han derrotado sin cesar a nuestro ejército que les hace ventajas, a mi ver reales y positivas? Todos se han hecho esta pregunta, y sólo han hallado un modo de responderlas... sus jefes en especial, los coroneles de los cuerpos son viejos encanecidos, y sus canas son bastante explicación... Esto nos hace confiar todavía en nuestros soldados, y nos da para lo venidero algunas esperanzas que hoy más que nunca necesitamos; porque a nosotros sobre todo, poetas o con aspiraciones de tales, a nosotros que no sabemos separar las ideas de progreso en la civilización de cierta cordialidad, a manera de cierta cortesanía, y aun de cierto refinamiento en el lujo, estos hombres agrestes y groseros que sacrifican en todas sus cosas la elegancia a la economía, no pueden parecernos los Mesías de nuestra civilización.

Tal es la idea que nos da un escritor poblano del ejercito que está en marcha para México, y que hasta cierto punto nos inspira confianza de vencerlo.

Luego que la división entró, formó la artillería e infantería al derredor de la plaza, y los carros quedaron tendidos desde la calle de Mercaderes hasta el puente de Nochebuena. Los soldados formaron pabellones con las armas, y la mayor parte se tendió a dormir con toda confianza, porque aparentemente venían muertos de cansancio. La guardia nuestra que había en palacio se puso sobre las armas, y el pueblo en mucho número iba y venía confundido con la tropa, y más de cinco o seis mil hombres tenían cercada en la plaza a la división molida, descuidada y sin armas. Así permanecieron hasta las tres de la tarde en que la tropa ocupó los cuarteles y conventos de Santo Domingo y San Luis, y los carros se acomodaron acá y allá como mejor pudieron. La tropa permaneció acuartelada toda la noche. Los generales Worth y Quitman ocuparon el palacio, cuya guardia fue relevada, y la oficialidad se esparció por las posadas, fondas y cafés. En la fonda bajo de mi casa se formó una reunión de ellos, cuyo espíritu filarmónico, excitado por el vino, me dio el más desconcertado concierto que he oído en mi vida. Ayer ocuparon los cerros de Loreto y Guadalupe; y hoy el convento de la Merced, y parece que hoy ha salido alguna tropa y artillería para el cerro de San Juan. La población entre tanto no ha desmentido su estoicismo. El pueblo no manifiesta respeto, pero tampoco mucho odio a los invasores. Si hay algunos que se exaltan al contemplar el cuadro que ofrece la ciudad, hay otros que como si nada vieran en él de extraordinario, ni hablan de la materia. No ha dejado de haber sus riñas, ni uno o dos yankees matados por los léperos de Analco, pero la mayoría del pueblo no les tiene ni inclinación ni aversión, y necesitan de algunas vejaciones para salir de su apatía. Por desgracia lo conocen los hermanos y se manejan no sólo con circunspección y mesura, sino que violentan su carácter hasta mostrarse afables y deferentes. Muchos de ellos oyen misa con la mayor devoción, todos se descubren cuando encuentran un clérigo, y muchos de ellos han arrojado limosna en la alcancía de los santos lugares. Hoy Worth visitó al obispo, y al devolverle éste la visita recibió de la guardia los mismos honores que hacen a su general. Con esta política han comenzado la conquista moral por la parte de la población que más inaccesible me parecía, quiero decir, las viejas. Todos los oficiales traen aprendida como de memoria la última proclama de Scott que ya usted habrá visto, y a todo cuanto pudiera dar ideas de fraternidad que las de dos Repúblicas, y dicen: "Que sólo vienen a salvar aquel principio democrático amagado con la monarquía extranjera por los gabinetes de Europa".

No dudo que aunque no sea más que por un principio de curiosidad agradará a mis lectores la lectura de este episodio. Voy a hablar ahora sobre el objeto a que se encamina, que es alejar toda idea de una odiosidad acerva que comienza a mentarse entre mexicanos y poblanos, y sepa Dios qué resultado tendrá al fin, demasiado funesto

¿De qué se acusa a los poblanos? Claro es que de haber allanado la entrada en su ciudad a sus enemigos. Mas yo pregunto ¿cómo se lograba este objeto? Sólo con un ejército, que no tenían ni podían tener; las milicias famosas que opusieron tan vigorosa resistencia contra Santa Anna, cuando se le destronó, ya no existen, la Puebla se hizo guerrera y aun muy temible en el año de 1810 hasta 1821, entre tanto el espíritu guerrero cambió en espíritu fabril, y ya nadie hablaba de guerras sino de talleres y máquinas; carecía de elementos para formar un ejército que pudiera resistir a la invasión enemiga; si teniéndolo y pudiendo oponer resistencia con él, se hubiese desentendido de auxiliar a aquella ciudad, el cargo sería justo y nada habría que responder: en el presente caso sólo con deseos no podía vencerse al enemigo, y yo estoy seguro de que todos los poblanos los tendrían, mirando entrar con la mayor petulancia del mundo a unos extranjeros que venían tratándolos como a unos hurang-hutanes: lo que sí he reprobado y reprobaré siempre es que Puebla haya sido un vivario de fieras encerrado dentro de sus muros; quiero decir, multitud de ladrones que de tiempos atrás han estado robando a las diligencias y aun dentro de la ciudad: que tomados presos, y a punto ya de fallar sus causas, por una clemencia mal entendida, han quedado tan impunes: que el Congreso de Puebla ha pedido por favor al general de la nación que se instale allí un tribunal de ladrones: aglomerados en la cárcel, han formado una falange de pícaros con quien se han convenido en darles libertad absoluta, con condición de que hostilicen de la manera más cruel a las guerrillas de nuestro ejército, sus corazones mal dispuestos y avezados con la iniquidad, ya sea por merecer lo que llaman buena gracia en el concepto de los jefes extranjeros, se han excedido hasta hacerse guerrilleros, cuicos, soplones, y diablos insufribles en la sociedad. Yo pregunto: ¿es ésta la nación poblana? ¿Y por esta odiosidad parcial se ha de turbar la paz de los pueblos amables y virtuosos? Ahí la pasión ha llegado a tal punto, que hasta el venerable obispo que con tanta prudencia se ha conducido ha sido denostado y tratado como lo pudieran hacer a un traidor. Como formado en la grande escuela del mundo, tuvo el talento necesario para conservarse en la línea que los cánones y leyes han trazado a los señores obispos en iguales circunstancias. Tratar en el mundo como si no se viviese en el mundo. Figúrome a este prelado en Roma contestando con aquella curia sobre que se nombrasen obispos en esta América, a cuya pretensión se opuso Fernando VII, y para contrariarla mandó al ministro D.P., labrador, creyendo que el verdadero modo de que los mexicanos volviesen a su antigua dominación era que se les negase los obispos que pretendían.

El señor Vázquez se mantuvo firme en su proyecto, y rehusó admitir el obispado in partibus con que se le brindaba. Permaneció en Puebla, y vio los estragos que rápidamente producía en su grey la inmoralidad; murió, pasando su cadáver por las mismas calles que se acababan de regar inútilmente con la sangre de sus poblanos, derramada en los ataques de los cerros inmediatos. ¡Mexicanos! Contemplad este asunto bajo este punto de vista, y yo estoy seguro de que alejaréis toda idea de odio. Confieso que ésta tiene su origen de la odiosidad de Tlaxcala; pero, ¿que serán indelebles cuando las generaciones se cruzan en la noche de los tiempos, y tal vez los huesos de hombres que fueron eternamente enemigos se hallan abrazados en una misma fosa?

ARMAMENTO INTERIOR

La llegada de Worth a Puebla y poco tiempo después del general Scott, y establecimiento allí del cuartel general del enemigo, exigía que en México sólo se tratara de engrosar la fuerza que ya contaba lo menos con siete mil hombres, y que se hiciese el correspondiente acopio de municiones y artillería: principalmente de que teníamos mucha necesidad, no menos que de fusiles, pues la gran copia que existía en febrero había desaparecido y robádosela los léperos a quienes indiscretamente se confiaron para que se mataran desde las azoteas y robasen impunemente. El gobierno tuvo que comprárselos hasta por diez pesos, y además, muchos casi inservibles, gastando en su recomposición, hizo circular una orden a los conventos e iglesias pidiendo con súplica se le diesen algunas campanas, a lo que se accedió con gusto regalándose excelentes campanas y esquilones en que se cree hubo malversación combinando o revendiendo el metal que la maestranza se puso en movimiento en todos los ramos, y en breve tiempo se fundieron obuses y cañones de muy grueso calibre, granadas y municiones que podían ladearse con las de Europa. Yo visité aquellos talleres y salí harto consolado. El mismo espíritu de energía y actividad se notó en las ciudades de lo interior. Yo tengo una carta de Morelia cuya lectura me saca lágrimas a vista del desengaño que nos ha dado Santa Anna inutilizando nuestros servicios que a la letra dice (su fecha es de 30 de abril): "Aquí todo es vida y movimiento de estar fundiendo cañones. Los herreros todos del estado están construyendo lanzas y machetes por cuenta del mismo. En la quinta conocida del Canónigo Gato hay una fábrica de pólvora. En varias partes se está construyendo metralla y balas de fusil. Se han bajado de las torres varias campanas que se han cedido para fundir cañones. Los sastres se ocupan sólo en construir vestuarios para la tropa, y los talabarteros fornituras y cartucheras. Se han dado ya algunas patentes a muchos de los que han venido de los pueblos con certificados de las autoridades respectivas pidiendo licencia para armar partidas de voluntarios que ansían por vengarse y marchar al campo a batirse, habiéndose repetido hasta cuatro leyes para proporcionarles recursos". Hasta aquí dicha carta.

Yo visitaba diariamente el convento de Santo Domingo de esta ciudad, donde vi acuartelados varios cuerpos de milicias recibiendo en el cementerio y aun en lo interior toda clase de instrucción: noté en la tropa mucha aplicación y mucho orden, jamás oí de sus bocas la menor insolencia... pero al salir veía tendidos doce o más pillos que se llamaban oficiales, desarrapados, vomitando blasfemias y chuleando a las señoras, que tomaron la providencia de no ir allí a misa... tales oficiales gobernados por Santa Anna. ¿Qué bienes ni triunfos podían proporcionar a la nación? Algo más ocurrió en Morelia... Que el día que marchó esta tropa, una parte de ella mostró tal cobardía y seducción, que fue necesario dejar parte de ella para que no corrompiese a la demás... Esto fue un efecto de los agentes secretos del enemigo y fruto de los tres millones de pesos aprontados por el enemigo para cohechar a nuestro ejército y a sus mandones. Sensible me es entrar en estas explicaciones, mas lo he hecho para mostrar a la posteridad que no la cobardía de los mexicanos sino la seducción y corrupción de costumbres nos han dado estos tristes resultados: para ser hombres necesitamos comenzar por ser bien educados.  

GUERRILLAS: SU UTILIDAD

Notorio es que las guerrillas son las que han opuesto una verdadera y tenaz resistencia al enemigo atacando y disminuyendo sus fuerzas y cercenando sus convoyes; pero las guerrillas no pueden organizarse con jovenetes relamidos de las capitales, y corrompidos en sus garitos: se necesitan hombres educados en los campos, robustos, de los que se identifican con los caballos, presentan el cuerpo a un toro, y con el lazo en la mano, entrelazados recíprocamente a gran galope desbaratan en un momento las filas; y los grupos que les siguen causan un terrible destrozo. Poca idea tienen de la milicia los que creen que los triunfos se deben a la muchedumbre de soldados. Vejecio, que siglos ha escribió del arte de la guerra, asienta esta verdad, como canon... "Non In multitudine copiarum, sed in virtute victoria consistit."

Pero el señor Santa Anna, que no ha leído a Vejecio (porque está en latín), ni al autor cuyo rubro es "Arte de economizar la sangre en la guerra", recargó de mucha tropa en el Cerro Gordo, y todo lo aventuró a un lance y se resistió a fortificar los puntos que le advirtieron en tiempo los ingenieros. Desengañémonos, no necesitamos numerosos ejércitos, nos bastan las guerrillas bien arregladas, pero apoyadas en algunos cuerpos de infantería veterana; y para que no se crea falta de razón esta conjetura, recuerdo que en la guerra de once años no hubo más batalla campal que la que dio el señor Matamoros en las inmediaciones de San Agustín del Palmar, y Cerro de las Cruces, junto a México; todas las demás se dieron en guerrillas apoyadas. Por otra parte, el gran descalabro que sufrió Santa Anna en Cerro Gordo, lo desconceptuó notablemente, e inspiró una desconfianza que el tiempo ha confirmado.

Aunque ya se tiene idea de esta batalla, será oportuno referir el modo con que la han contado aun nuestros amigos, en Veracruz, como se lee en El Republicano número 126 bajo este rubro: "El águila americana, abril 22".

CERRO GORDO

En las fortificaciones de Cerro Gordo (dice), los ingenieros estuvieron acordes sobre la necesidad de fortificar el de la Atalaya, por donde podía penetrar el enemigo y flanquear la posición; así lo manifestaron al general en jefe, pero éste insistió en que no era necesario, fundándose en su conocimiento del terreno, lo que expresaba diciendo: ni los conejos suben por ahí. Algunos generales, por insinuación de los mismos ingenieros y otros por su propio cálculo, repitieron igual súplica a Santa Anna, quien se negó de nuevo enojándose y profiriendo estas expresiones: los cobardes en ninguna parte se consideran seguros, lo que produjo el disgusto que debía esperarse; así fue que el abandono de este cerro y el peligro que por él se corría, no hubo quien lo ignorara en el ejército, y todos procuraban adivinar las razones que para este proceder tendría el general Santa Anna, no hallando otras que su excesivo amor propio, que lo hace creer que sabe más que todos, y no sufre observaciones ni oye consejos de ninguna especie.  

El día 17 atacaron los enemigos, mientras abrían caminos, que dirigían a flanquear la izquierda, y preparaban dos piezas de artillería de grueso calibre, que la noche de ese día subieron al mismo cerro que se había dejado sin defensa, y que los enemigos, sin ser conejos, habían tomado. El general Santa Anna mandó por extraordinario partes oficiales y cartas particulares, al gobierno y al gobernador de la fortaleza de Perote, avisando en los primeros un triunfo, y anunciando en las segundas una completa victoria y la derrota total del ejército enemigo, si éste, como lo indicaban sus movimientos, daba el ataque general al siguiente día, encargando que no se celebrara este triunfo hasta que fuera el parte de haber sido por completo; advertencia prudente pues consistió el triunfo en que los enemigos habían tomado el referido cerro, y nuestro general en jefe no lo sabía. En la misma carta pedía con urgencia al general Gaona bala rasa, cartuchería de cañón y botes de metralla. Cuando se recibió en Perote esta noticia, que fue en la madrugada del día 18, no faltó quien pronosticara que todo se habría perdido antes de las veinticuatro horas de principiado el siguiente ataque, fundándose en cálculos de nuestros ingenieros y en informes particulares de prácticos en el terreno; y en efecto, por lo que supimos el día 19, el enemigo rompió sus fuegos a las cinco y media de la mañana del día 18, desde el cerro tomado el día anterior, y antes de las siete se presentó por los puntos que comprendió el ataque al cerro principal fortificado, y a las siete y media, avisado Santa Anna por el general don Francisco Pérez de la pérdida del cerro, del abandono de la batería baja y de estar cortada la retirada, emprendió su escape con él. El señor Canalizo y el mayor general suponemos que corrieron antes que Santa Anna, porque a éste lo alcanzó en el camino del Chico doña Josefa Fiallo, la que habiendo salido a pie de Corral Falso, ya había dejado en huida en los llanos del Encero al general Canalizo con la caballería, y continuando a pie para el Chico, no hubiera podido alcanzar al general en jefe, si éste no hubiera salido de Cerro Gordo después de la fuga de la caballería. Lo cierto es que los enemigos tomaron el cerro, que defendieron bizarramente sin ser reforzados los veteranos; que los guardias nacionales de Zacapoastla y de otros puntos y el 11 de infantería se batieron muy bien; que las baterías bajas fueron abandonadas, siendo lo más vergonzoso que los cañones quedaron cargados, y que tres mil setecientos hombres mandados por los generales Díaz de la Vega, Noriega, Pinzón, Pavón y Jarero se rindieron a discreción, porque el último no quiso como querían los demás, que así lo han dicho, abrirse paso batiéndose, y no hubo uno que lo matara.

Don Valentín Canalizo emprendió su fuga, porque le avisó el general Stáboli que todo estaba perdido, y sólo esperó ver cosa de cien voluntarios que venían por el camino, para poner en carrera cerca de tres mil caballos, que sólo recibieron por retaguardia dos tiros de piezas de montaña. Don Lino Alcorta, mayor general, estaba situado a muy larga distancia del peligro, en una casita de palma, en compañía del señor Gil y de dos frailes mercedarios, capellanes de caballería, cuyos individuos tuvieron lugar de salvar con tranquilidad sus equipajes. El general moderno don Benito Zenea, estuvo durante el ataque cuidando la retaguardia del ejército a una legua de Jalapa.

Conocerán nuestros lectores que, faltando los tres jefes principales, porque abandonaron el campo de la acción, era preciso que todo se perdiera; siendo notable que de estos tres jefes, sólo el primero corrió algún peligro de haber sido prisionero. Ésta es la causa porque el suceso de Cerro Gordo fue como un relámpago, sin que bastaran a contener a los soldados los buenos jefes que quedaban abajo, porque aquellos creían que el enemigo había tomado la retaguardia por una traición. A las nueve y media, ya había en Jalapa algunos generales y jefes de los que más lucen las fajas y presillas, contando lo que no habían visto, y como quiera que los infantes fugitivos que alcanzaron a la caballería que había hecho alto cerca de Jalapa dijeron que en su seguimiento venía el enemigo (que aún estaba a dos leguas), se dio la orden de reunión en la segunda línea y para allá continuó la huida; pero cuando llegaron a ésta, ya no había en ella cañones, porque el general don Gregorio Gómez los había inutilizado y puéstose en precipitada fuga a las primeras noticias verbales que tuvo de la derrota; y así fue necesaria nueva orden de reunión en Perote, para donde el día 19 marchó el general Canalizo con los restos del ejército, hasta entonces reunidos entre este punto y las Vigas; porque todos marchaban a su voluntad, sin orden ni jefes que obedecer, pues tenía que comer el que podía procurárselo. El enemigo tomó pacífica posesión de Jalapa el día 20.

Omitiendo reflexiones sobre la conducta de don Gregorio Gómez, diremos que la noticia de la derrota de Cerro Gordo se supo en la fortaleza de Perote el 18 en la tarde, por un extraordinario que mandó el referido don Gregorio, con un oficio en estos términos: "Todo se ha perdido en Cerro Gordo, todo, todo, y como no tengo gente con qué defender este punto, remítame usted inmediatamente la cabria y carros para desmontar los cañones y conducirlos a esa", a cuyo oficio contestó el general don Antonio Gaona que ya iban caminando los carros con la cabria, pero que salvaba toda clase de responsabilidad por el abandono de aquel punto; y en efecto puso inmediatamente en camino lo que se le pedía, pero inútilmente, porque el general Gómez, sin esperarlo, tiró los cañones abandonando el punto, antes que la cabria estuviese a la tercera parte del camino, y tomó el rumbo de Perote, adonde regresaron los carros.

Apenas amaneció el día 19, el pueblo de Perote empezó a ver llegar dispersos generales, jefes, oficiales y soldados; algunos de ellos levemente heridos. Las casas y los mesones se llenaron, de modo que no se podía averiguar ni lo que pasaba. A las tres de la tarde, el general Canalizo llamó al gobernador de la fortaleza y le ordenó "la evacuase enteramente en el resto del día", con cuya orden regresó Gaona a las cuatro; dispuso que sus hijos, don Antonio, que estaba allí, y don Maximiliano que acababa de llegar con Canalizo, se pusieran en camino para Puebla en aquel momento; lo que verificaron en buenos caballos. La referida orden produjo un movimiento general extraordinario en la fortaleza, cuya guarnición se componía de doscientos nacionales de Tlapacoya, Jalacingo y Perote, veinticinco artilleros, cincuenta enfermos, como treinta mujeres y unos ciento cincuenta presidiarios y sentenciados, algunos de ellos al último suplicio.

Grande era la confusión y el desorden: parecía que se huía de un incendio y que sólo se pensaba en salvarse; a las cinco montó a caballo el gobernador y se fue; poco después lo hizo el mayor de la plaza con su familia, y sucesivamente los demás; a las nueve de la noche no había en la fortaleza más que cuatro personas y el general Morales, todas las puertas abiertas, y ni una luz: tanto movimiento, miedo y confusión en tan pocas horas, había cambiado en un profundo silencio y soledad. Cerca de las once de la noche vinieron a la fortaleza los jefes de ingenieros Robles y Cano, y el teniente de zapadores don Manuel Fuentes, que se acostaron a la luz de la luna en los canapés de la casa del gobernador, porque en el pueblo no había dónde hospedarse.

"Ayer —dice el articulista de Veracruz —, a mediodía las fuerzas mexicanas, o a lo menos una gran parte de ellas, se rindieron a nuestro ejército. Los prisioneros fueron cinco generales, muchos oficiales subalternos y cinco mil soldados.

"A eso de las once de la mañana una parte de la división al mando del general Twiggs consiguió tomar la altura de Cerro Gordo, y entonces, el enemigo pidió un parlamento, que dio por resultado la rendición de todas sus tropas con sus armas, menos el general en jefe don Antonio López de Santa Anna, que como tiene de costumbre consiguió escaparse, y se escapó también la caballería en número de tres mil hombres."

La posición de Cerro Gordo es tan fuerte como podía haberla hecho la naturaleza unida al arte, y si ustedes la viesen tendrían por imposible que se hubiese rendido. El Cerro Gordo, que es el punto más elevado de los de defensa, domina el camino de Jalapa por dos o tres millas, y una artillería de calibre habría bastado no sólo para contener a un ejército por muchos años, sino para impedirle enteramente el paso. La importancia de este punto se conocerá bien pronto, y se tomó la posición; pero sin que el jefe mexicano se escapara caminando muchas millas por el camino de Jalapa.

Al mismo tiempo que se atacaba este punto se atacaban otros tan fuertes situados más cerca de nuestro campo, y sobre tres alturas adyacentes una a otra, y cada uno dominando las demás, fueron objetos de otros tantos ataques, y el haberlos tomado fue obra de los voluntarios; el del centro de estos fuertes se prolonga más que los otros, y como fue el objeto principal del asalto, nuestras tropas al avanzar tuvieron que sufrir el fuego de la izquierda, de la derecha y del centro, y prudentemente avanzaron sin tirar un tiro hasta que estaban a cosa de cuarenta varas de los cañones, y en ese momento, la muerte se soltó con tanta furia que nuestros hombres fueron arrojados de su posición con gran pérdida, y los que les secundaron sufrieron un gran número de muertos y heridos. Antes que los voluntarios tuvieran tiempo de renovar su ataque, el enemigo se había rendido porque había perdido su posición favorita de Cerro Gordo. Tomándolo todo en consideración, éste ha sido un gran combate, y una gran victoria calculada para brillar entre las primeras que nuestras tropas hayan obtenido en México. Los mexicanos no podrán ya decir como decían en Veracruz que los batimos desde lejos y con una superior artillería, porque aquí sólo se emplearon las más pequeñas armas, y se hizo contra fuerza superior, y en una posición en que la naturaleza les había proporcionado toda especie de ventajas para la defensa.

El soldado americano pelea con el corazón y con el alma en la causa de la patria, y la fuerza que pudiera detenerlo, se podía gloriar como de un milagro.

Las fuerzas mexicanas en la altura del Cerro Gordo, fueron el 3o. y 4o. ligeros, el 3o. y 5o. de línea. 6 piezas de artillería, y el número competente de caballería. Murieron allí don Ciriaco Vázquez, general de división, y el coronel Obando, comandante de artillería. Nuestra fuerza consistía en el 2o, 3o. y 7o. regimientos de infantería, los rifleros de a caballo y la batería de Steptoe. El capitán Mason de los rifleros fue herido gravemente y perdió la pierna izquierda. Lo fue igualmente el teniente coronel del 7o. de infantería. El capitán Patten fue herido en la mano. El día 11 fue herido Jabas al subir el cerro.

En la cima de Cerro Gordo la escena fue verdaderamente horrible. Desde el camino de Jalapa a cualquier punto que se dirigiese la vista, se veían cadáveres del enemigo, al punto de poderse decir sin exageración que cubrían todo el camino hasta la altura. Hay cosa de cien varas de terreno plano en la cima del cerro, y allí se reunieron todos los heridos de una y otra parte. Al lado de un americano estaba un mexicano, y nuestros cirujanos los asistían sin más preferencia que la que exigía la gravedad. Nuestras partidas de peones recogían los heridos de todos los puntos, y los llevaban a la altura. En el costado que da hacia el río en donde la división del general Twiggs dio la carga, hubo muchos heridos de los nuestros y del enemigo, porque éste hizo una resistencia desesperada; pero luego que cedieron precipitándose en dispersión hacia abajo del cerro, fue el momento en que más sufrieron porque recibían las balas por detrás. La carga dada en Cerro Gordo fue uno de esos cálculos fríos y determinados que caracterizan al soldado americáno. Nuestra victoria fue completa. Los enemigos que escaparon fueron seguidos en todas direcciones por nuestros perseguidores, y algunos fueron cogidos. El general Twiggs que los siguió después de haber tomado Cerro Gordo, llegó a tres millas de Jalapa, y no encontrando fuerza enemiga se acampó allí en la anoche, y ahora está en la ciudad.

El hablar con la franqueza que lo hacemos es para algunos un delito, porque los aduladores del que manda son los patriotas furibundos que respiran sangre y muerte, y gritan guerra encerrándose en sus casas, sin conocer el peligro, sin arriesgarse para nada, ni servir más que para procurar medios de hacer fortuna. Entre estos hombres, cualquiera que no piense como ellos es un pícaro, y el pueblo, que ignora lo que pasa, acata inocentemente a algunos de estos personajes, porque andan despacio y con gravedad, y con semblante serio, que hablan poco y muy despacio, en tono sentencioso, nunca se quitan el sombrero para saludar, y si lo hacen es solamente inclinando un poco la cabeza con aire de protección; ¿qué harían estos hombres para defender a su patria, si se quedaran mudos? La servirían como ciertos guerrilleros del estado de Puebla que no han hecho mal alguno a los enemigos, y mucho a los pasajeros mexicanos, y que han convertido en especulación el patriotismo, favoreciendo en lugar de impedir la entrada de víveres a la ciudad, mediante la contribución que cobran de un peso por cada carga de maíz, etc. Sólo en nuestro estado se ha hostilizado al enemigo !Sólo nosotros hacemos la guerra, y nosotros solos sufrimos por ella!

Las autoridades militares han hostilizado a los pueblos con pretexto de la guerra, y ahora las autoridades civiles los hostilizan también con el mismo motivo. Los pueblos no tienen ya voluntad propia, y mucho menos una sola voluntad; porque a fuerza de azotes se están volviendo positivistas, que es una cosa nueva para los mayores de cuarenta y siete años de edad, y que ya no la pueden aprender. Este mal, con la experiencia adquirida, ha cundido a los estados internos del norte, y es la causa porque aquellos piensan tanto en sus conveniencias locales; porque después de muchos años de sacrificar sus intereses particulares por el bien común, no han recibido otra recompensa que la indiferencia y el abandono del gobierno general: así lo decían con fecha 8 de abril, en el Boletín de México.

Los estados de Chihuahua, Durango, Nuevo León, Coahuila, Tamaulipas, Zacatecas, Nuevo México, Sonora y California tienen hoy intereses distintos a los que prevalecen en los estados de Jalisco, Morelia, Querétaro, Guanajuato, San Luis y México; y lo mismo sucede respecto de éstos con los de Puebla, Oaxaca, Chiapas, Veracruz, Tabasco y Yucatán: los primeros tienen tendencias opuestas a las de los segundos, y los últimos propenden a separar su poder, su industria agrícola, su riqueza marítima, su perseguido comercio, sus estériles sacrificios, su despreciado valor y generosidad, del egoísmo, ambición, robo y revoluciones de los segundos, constituidos, sin derecho alguno, en árbitros de la suerte de todos, en foco de todos los males y en centro de todas las revoluciones.

Seguir la marcha del siglo no será cosa difícil para la juventud, que es la que entre nosotros ha de resolver el problema de su porvenir: volver atrás a la positiva abyección, aunque con halagüeñas teorías, ni pueden ni quieren los hijos de la libertad, y no les faltará valor para resistirlo. Los males de nuestra sociedad tienen remedio; pero no ciertamente retrocediendo de sus bellas esperanzas. La inmoralidad no ha emanado de los pueblos, sino de nuestros gobernantes: un gobierno justo puede moralizar pronto a sus subordinados.

La paz y la abundancia traen en pos de sí orden, felicidad e ilustración; y al contrario, a todo Estado violento le siguen desórdenes y desgracias; y la privación de lo necesario origina corrupción e inmoralidad. Ninguno a quien le falta lo preciso para cubrir las necesidades de la vida, puede ser feliz ni pacífico. Y ¿cómo podremos persuadimos que un pueblo desunido, y por consiguiente débil, puede producir los resultados de la unión que constituye la fuerza? ¿Cómo esperar que intereses contrarios y largo tiempo combatidos entre sí hoy se amalgamen con nuevos sacrificios para producir al fin el mismo mal de que se quejan? Si los pueblos que ya tienen el desengaño de no esperar bien alguno que no sea debido a sus propios esfuerzos no dan señales de querer combatir los trabajos, fatigas, peligros y privaciones de la campaña con aquellos que sólo han sabido perder, ¿quién podrá figurarse que en el caso de aceptar la situación a que aquellos los han reducido, y decidirse a pelear, no lo harán por sí solos y por su bien particular no más? ¿En qué razón se fundaría la idea de forzarlos a combatir contra su voluntad? ¿Querrán los pueblos, en este caso, contribuir a la creación de otro ejército que los oprima, los empobrezca y tenga a la nación en revoluciones continuas, y en una guerra extranjera no sepa ganar una sola victoria y huya, desamparando a los pueblos y gritándoles: "Defendeos vosotros mientras yo descanso, y dadme más gente para rehacer al que todo lo trastorna y todo lo consume"? Los pueblos desde ahora dicen: "Tú que nos has consumido todas las rentas sin provecho alguno; tú por quien hemos hecho tantos sacrificios; tú que de servidor, con nuestra propia sangre, te convertiste en nuestro señor, el mal que por tanto tiempo nos hiciste se ha vuelto contra ti: ahora conocerás que el soldado sale del pueblo, y que sin pueblo no hay ejército, y cuando te haga renacer, serás más fiel, más moral y más útil, sabrás respetar al que te paga, y no harán traición ni dejarás de obedecer al que te mande. Para que no me creas injusto, escucha, ejército, los recuerdos que hago de tus servicios. Desde la Independencia hasta la fecha has consumido quinientos millones: ¡qué ricos seríamos si así no hubiera sido! Tú solo has consumido el producto de las rentas de la nación, y por ti hemos padecido mil trastornos, y se ha derramado mucha sangre, casi toda inocente, sin que supiera por lo que peleaba. Desde aquella fecha has obedecido ciegamente la voz de cualquier caudillo que con cualquier pretexto te ha guiado a derrocar gobiernos, a disolver congresos, a cambiar personas, a trastornar las cosas, a contrariar las leyes, a sofocar la opinión y a ser en fin el único aprovechado del botín de las revoluciones, sin dar jamás cuentas a la nación de lo recibido y lo gastado. En los pronunciamientos militares siempre has invocado las leyes y has tomado la voz del pueblo. que ha sufrido hasta esta burla, siendo siempre el paciente, y mirando que en su nombre y por su salud, de la que ni siquiera se ha quejado, lo dejabas en cueros, cogiéndote su caudal para medicinas que ni tomaba, ni necesitaba, ni había solicitado. Estos pronunciamientos los has hecho siempre con la seguridad de ganar un premio, que, cuando menos, era el empleo inmediato; y por el contrario, los pueblos, a su vez, como en 1844, ganando pierden, porque son estériles sus sacrificios, y quedan expuestos a la venganza militar. Los militares, ya defiendan al gobierno y a las leyes, o ya los ataquen, todos ganan iguales, y algunos con el vencido y el vencedor, porque el gobierno, para contar con la fidelidad, tiene que comprarla, y premia antes de caer a los que le defienden; lo mismo que premia la infidelidad, después de triunfar el que lo ataca".

El ejercicio en la campaña de Texas marchó victorioso hasta San Jacinto, y allí perdió todo lo ganado, todo lo gastado, todas las esperanzas de la patria y, por último, el Estado entero, tan sólo por salvar la vida de un hombre, que no supo morir como un valiente, y se prostituyó hasta el grado de dar él mismo la orden de retirada, que el ejército no debió obedecer. ¿Cuántos millones importaron estas pérdidas, los donativos, las contribuciones, los subsidios y tantos caudales que se han perdido sin fruto alguno, en el abismo que todo lo absorbe, y tantas vidas sacrificadas en el Álamo y demás puntos? Y todo esto junto que se apreció en menos de la vida de un prisionero, ¿no pesará nada en la consideración del general Santa Anna, que a cada paso nos echa en cara sus ponderados servicios, demasiado recompensados y sin que él lo haya agradecido?

En Veracruz, unos cuantos marinos de la escuadra francesa sorprendieron la plaza; pusieron en fuga a la guarnición, se hicieron dueños de la ciudad y de sus baluartes, clavaron los cañones y se retiraron llevándose una piecesita de campaña; en cuyo tiempo, sabedor Santa Anna de que se retiraban, porque se lo avisó don Francisco Orta, que lo fue a buscar al Matadero, en donde estaba, vino a la ciudad sin. encontrar un enemigo hasta llegar al muelle: allí fue herido por la metralla de nuestro mismo cañón, en los momentos ya de irse las lanchas. Esta derrota nuestra, esta huida vergonzosa, ¿quién la pagó sino el pobre pueblo que tuvo que abandonar sus hogares, que desde entonces le presentan a cada paso un hueso, al que casi se ha pretendido que se le rinda adoración?

En la batalla de Angostura, el solo nombre de triunfo con que adornó su parte el general Santa Anna, costo a la nación más de dos millones de pesos gastados en alistarse para ir a ella, dos mil muertos y heridos, seis mil dispersos, otros tantos fusiles perdidos, más los que quedaron en el campo, mil empleos de paga dados en premio, muchas bandas verdes, una retirada en desorden, precipitada y desastrosa, el abandono a fuerzas inferiores, del campo y de muchos heridos, no haber obtenido ventaja alguna conocida, y haber sufrido el general en jefe, que en público y por la imprenta, lo trataran de embustero, con desdoro de su carácter como jefe, y de su honor como militar; porque le han probado con datos incontestables que mentía.

Esto es lo principal de este parte, pues lo demás contiene burletas contra Santa Anna y dicharachos de gente ruin y baladí. La pérdida de Scott fue grandísima, no se atrevió a fijarla, pero se puede asegurar que en dos acciones como ésta se queda sin ejército.

La juventud estudiosa ha tomado parte en el armamento, pues en la Universidad están todas las tardes haciendo ejercicios los practicantes de medicina y jurisprudencia, se aman mutuamente, y se emulan en la gloria.

Desde la madrugada del día 20 principió a ponerse en marcha el resto del ejército con mulas de carga y carros: a las nueve de la mañana vino a la fortaleza el general don Antonio Castro, con unos trescientos dragones, que se llevaron el tabaco y naipes que allí había depositados, y mil pesos que en el registro que hicieron halló escondidos un sargento, se los quitó un capitán y se fue con ellos no se sabe dónde. La plata labrada y ornamentos pertenecientes a la capilla de la fortaleza los remitió el comisario al cura de Perote el 19 al mediodía. Los enfermos mandó por ellos el alcalde, a quien le suplicaron hiciera esta caridad, para que no quedaran abandonados. Los presidiarios, no teniendo quien les impidiera la salida, se fueron todos, llevándose cada uno lo que pudo coger. Los criminales, incluso los sentenciados a la última pena, salieron custodiados por los nacionales de Jalacingo, cuyo alcalde por no tener con qué mantenerlos los puso en libertad.

Quedaron en el pueblo de Perote el general Landero con su familia, el general Durán con su esposa, y el teniente coronel de artillería Velázquez; este último para hacer entrega de la fortaleza, según él mismo nos dijo después. Landero se fue al pueblo de Altotonga, Durán a un pueblo de la sierra, y Velázquez a Puebla. Los enemigos tornaron posesión de la fortaleza el día 24, admirados que se les hubiera abandonado de aquel modo: pronto metieron en ella gran cantidad de víveres, parque en abundancia y unos trescientos hombres de guarnición. A las diez del día 20, aún no acababan de salir los restos del ejército del pueblo de Perote, porque allí como en el camino no había más orden ni arreglo de marcha que la voluntad y posibilidad de cada uno, así es que desde las dos de la tarde hasta las nueve de la noche estuvieron llegando a Tepeyahualco, donde hubo muchas dificultades para encontrar alimento. Desde este punto hasta Nopalucan se caminó en dispersión, llegando cada uno cuando podía: en este pueblo alcanzamos a los generales Canalizo, Alcorta, Gaona, Juvera, Arteaga, Zenea y otros, y como cuarenta coroneles, jefes y oficiales: allí recibió Canalizo un extraordinario del gobierno que buscaba al general Santa Anna, de quien se ignoraba el paradero, aunque se sabía que estaba vivo, porque había despedido sobre su marcha a varios ayudantes que lo siguieron. Abiertos los pliegos por el segundo en jefe, en la suposición que vendrían órdenes relativas al ejército, se halló que el gobierno decía a Santa Anna que el revés sufrido no debía desanimarlo, confiando en su genio creador, su valor acreditado, sus talentos, actividad y pericia, etc.: que reuniría nuevamente un ejército brillante, con el que contendría y castigaría al osado enemigo, para lo cual debía contar con los grandes recursos de la nación, pues la patria todo lo esperaba de él, etcétera, etcétera.

No ha dicho lo mismo el gobierno, ni cosa que se le parezca, a otros generales cuando han perdido, porque no es lo mismo ser juez en causa propia que en causa ajena.

Antes de llegar a Puebla recibió el general Canalizo órdenes de Santa Anna para que protegiera la fortaleza de Perote, y el general Gaona para que se sostuviera en la referida fortaleza, mientras que podía auxiliarlo (después de que lo auxiliaran a él) poniéndole entretanto en el mejor estado de defensa. Desde Huatusco u Orizaba, dictaba estas medidas, llamando cuartel general al lugar de su fuga, un general en jefe que ignoraba la suerte y situación del resto de su ejército, que fugitivo también no supo de él en cuatro días, ni tenía órdenes anteriores para la conducta que debía observar en caso de derrota; cuando el general Santa Anna sabía, de una manera positiva, que el general Gaona no tenía pólvora para un solo tiro de cañón, y cuando el mismo Santa Anna en su parte al gobierno con fecha 22 en Orizaba, le dice que el enemigo, aprovechando su triunfo, se propone seguir hasta la capital, y que él estaba providenciando organizar una fuerza para poder hostilizarlo por su retaguardia. ¿Acaso se proponía este general ir a tomar Veracruz, o con menos fuerza que la derrotada, o atacar al enemigo que lo había vencido, y que suponía que podría detenérselo el general Canalizo en las cercanías de Perote, mientras él le buscaba la retaguardia entre este punto y Jalapa? Inconcebible parece tanta contradicción, tanta ignorancia en documentos oficiales de un hombre, que ya como general en jefe, ya como presidente debiera cuidarse de no mentir tan descaradamente, engañando de este modo estudiado a la nación entera.

Aunque nos abstenemos de comentar este parte porque nos avergonzamos de que un general en jefe no lo sepa hacer mejor, no podemos menos que indignarnos de los olvidos voluntarios y las ideas manifestadas en el referido documento. ¿Se olvida Santa Anna que la nación sabía, y él mismo había dicho con jactancia, la fuerza que tenía en Cerro Gordo? ¿Por qué la disminuye ahora, hasta el grado que cada compañía podía tener un general que la mandara? ¿Por qué culpa del funesto resultado a los guardias nacionales solamente? ¿Por qué aumenta el número de los enemigos a más del duplo, cuando los que lo atacaron ni igualaban con mucho la fuerza que él tenía? ¿Por qué, en fin, después de derrotado, nos dice que los pueblos están aturdidos, que él está admirado, y que son necesarias severas y ejecutivas providencias? ¿No conoce Santa Anna que a los pueblos no les agrada que los amenacen cuando triunfa y los culpen y regañen cuando pierden, y mucho menos que los burle, con decir: ya he mandado órdenes a Canalizo para que con una pequeña parte de los derrotados me detengan por Perote a los que nos han vencido, mientras que el gobierno me auxilia a mí, y yo puedo ir a hostilizar al enemigo por la retaguardia? ¿Qué, ha creído el señor Santa Anna que somos unos idiotas? Continuemos con el ejército y los sucesos posteriores.

Desde que llegaron a Puebla los primeros fugitivos de Cerro Gordo, esta ciudad se puso en consternación; las madres y parientes de los soldados del batallón de los Libres, y de los que fueron en la brigada de Arteaga, salieron al camino a esperar a sus deudos y a informarse de la suerte de los que aún llegaban; y como quiera que los primeros que regresaron a sus casas dijeron tantas mentiras, la consternación se convirtió en espanto; los cuentos que circulaban aumentaron el terror, y principiaron a salir muchas familias. Las monjas, a cuyos recintos llegaban estas noticias exageradas, estaban reducidas a la aflicción más amarga, rezando continuamente para que Dios las librara de la calamidad que se aguardaba. Los frailes y cofradías, en lugar de predicar en favor de la defensa de la patria induciendo al pueblo a que se defendiera, lo estimulaba a hacer oración y penitencia; y conducían por las calles en solemnes procesiones cargando cruces, medallas y escapularios, a cuatro o cinco mil hombres, que hubieran hecho mejor en cargar cada uno su fusil.

Éste era el estado de la ciudad de Puebla cuando llegó allí el resto de nuestro ejército. El gobierno dio órdenes a Canalizo para que se pusiera inmediatamente a las del general en jefe, que se hallaba en Orizaba, de quien las recibió para que al momento marchase con todas las tropas a San Andrés Chalchicomula, extrañándole, agriamente, que no hubiese obedecido sus órdenes anteriores de defender Perote, cuyo oficio contestó Canalizo en el mismo tono, extrañando al general en jefe otros procederes suyos.

Desde el primer general hasta el último soldado de los que entraron a Puebla, hablaban de Santa Anna en los términos más deshonrosos, protestando los primeros que no volverían a servir bajo sus órdenes; pero sólo fueron protestas de nuestros militares, por lo que después se ha visto.

Salieron las tropas para San Andrés, desmoralizadas y de muy mala gana, habiendo recibido en Puebla cuarta parte de paga, y llevando para Santa Anna 21 000 pesos en plata; porque desde que hizo alto en Orizaba no cesó de pedir dinero al gobierno, diciéndole que diariamente se duplicaba la fuerza que tenía, y que muy pronto presentaría otro ejército mayor que el perdido en Cerro Gordo; sumando todas las cantidades que le mandaron, las que recibió de Orizaba y Puebla, y el producto del maíz que vendió del Obispado, que en quince días había recibido para los pocos soldados que tenía, doce mil pesos; ésta fue la miseria con que luchó, según dijo al Congreso en el escrito que presentó para renunciar a la presidencia.

Después de la salida de las tropas para San Andrés, llegaron a Puebla los prisioneros de Cerro Gordo, generales Pinzón y Noriega, y oficiales de marina don Blas Godines y don Sebastián Holzinger, quienes confirmaron algunos noticias importantes, y entre ellas, que muchos cajones de nuestro parque en Cerro Gordo contenían cartuchos de instrucción sin balas, y otros con tierra en lugar de pólvora y balas de diversos calibres.

El general Bravo, que estaba en Puebla de comandante general, publicó una proclama invitando al pueblo a tomar las armas; pero éste manifestó el mayor desaliento, emigrando temeroso de que le forzaran a defender la ciudad, para lo que manifiestamente ninguna voluntad tenía.  

En Cerro Gordo, su parte y la carta particular del falso triunfo del 17 costó a la nación, el día siguiente, cuarenta piezas de artillería, todo el parque, trenes, víveres, dinero y vestuarios que allí tenía; mil quinientos muertos, heridos y dispersos; seis mil fusiles perdidos, la rendición a discreción de cinco generales con tres mil setecientos hombres que entregaron las armas, la deshonra de una división de casi tres mil caballos que huyeron a escape con el segundo en jefe, el mayor general, quince generales, cuarenta jefes y ciento cincuenta oficiales que apenas descansaron hasta Puebla, la fortaleza de Perote que se abandonó al enemigo con otras cuarenta piezas de artillería, cuatro morteros y todo lo que había en sus almacenes, y un espacio de cincuenta y dos leguas que se le dejó libre, cosa que no han hecho ni los argelinos. Todo esto, hasta los que no son veracruzanos capitulados, lo saben en Veracruz, y lo tienen a deshonra.

En Amozoc, el estruendo del tercer tiro de cañón del enemigo puso en huida a dos mil dragones mandados por Santa Anna, que continuó su fuga hasta México, con la infantería que había en Puebla, abandonando esta ciudad y el camino hasta México. ¿Qué más has hecho, ejército, te preguntarán los pueblos? ¿Para qué más nos has servido que redundara en provecho nuestro, general Santa Anna? Y tú dirás: "He derrotado un imperio y fundado una república, deshice ésta dejándole el nombre, proclamé una federación y la cambié en un gobierno central, mandé luego a mi capricho, lo perdí todo con el pueblo en 1844, y ahora lo quiero ganar todo engañándole y castigándolo después porque me desterró". Tan grandes méritos y servicios merecen ya descanso; los pueblos te lo dan, lo que te falte que hacer ellos lo harán solos, y ni aun necesitarán de ese otro ejército de treinta mil empleados en rentas, propagadores de la fe, defraudadores de la esperanza y sanguijuelas de la caridad pública; hijos reconocidos del general que paga tan bien a sus servidores con los caudales de la nación.

Si este general pródigo de lo ajeno hubiera mandado en Veracruz durante el asedio, él habría calificado de heroica la defensa de esta plaza, y de héroes a su guarnición, premiándolos con un empleo como a los de Angostura, México y Cerro Gordo; pero los que murieron en esta defensa no han merecido ni un pobre responso de los mexicanos, ya que no exequias lujosas como las que se han hecho a las víctimas de la guerra civil, ni los heridos y pobres de esta plaza han recibido una prueba de afecto y de compasión de sus hermanos del interior, ni los arruinados han oído decir que los particulares, el gobierno, ni el Congreso, se hayan condolido de su desgracia. Los consuelos que han recibido son injurias; la justicia que se les ha hecho, agravios; y las gracias que se les han dado, ultrajes de Santa Anna y desprecios del gobierno, que ni los partes de nuestros generales han querido publicar. Cada uno pone la mano en su pecho y dice para sí: la conducta del gobierno desde antes del bloqueo, la del ejército en general y particularmente de los que se hallaban en México; la de muchos generales, jefes y oficiales que no eran de la guarnición sacrificada; la del Congreso general, la de las legislaturas de los estados, menos la de Puebla; y por último, la del general Santa Anna con los veracruzanos en este último conflicto, nos están diciendo: Ninguno de vosotros es considerado como mexicano, ninguno fuera de su estado y del de Puebla ha hallado fraternidad ni simpatías, aunque habéis contribuido más que ninguno a los cargos públicos, y en las calamidades fuisteis los que más habéis sufrido. Veracruz siempre ha perdido; franco y generoso, siempre ha dado; fiel y valiente, siempre se ha batido, y hoy tiene el sentimiento de decir que ninguno ha agradecido su proceder, ni ha compadecido sus emigraciones, sus quebrantos y desgracias. Hasta los mismos hijos del estado, cuando han vestido el uniforme del ejército, o subido a México a ocupar destinos del gobierno, en general se han convertido en azote cruel de Veracruz. México es el centro de las intrigas y de las maldades; es la vorágine de la República que absorbe cuanto ella produce; ese México lleno de los vicios de las cortes y sin conocer ninguna de sus virtudes, ese soñado señor de la nación, que sin antecedente ni mérito alguno, ha querido juzgarse él solo la República, y ha logrado embriagar a cuantos han gobernado, para persuadirlos de que su catálogo político no debía extenderse fuera de los suburbios de aquella ciudad, si no era para avasallar a ella los demás pueblos; por eso es que hace algún tiempo se le mira como a un padrastro y no como a un padre, y se le culpa como causa del abandono con que el gobierno ve a los estados, dejándolos entregados a sus solos recursos, para sangrarlos como y cuando le pluguiese.

¿Qué ha hecho esa corrompida capital en las guerras extranjeras? En la de 1829, preparar traidoramente la caída del general Guerrero; en 1838, concurrir a los espectáculos y olvidar a Veracruz que estaba atacada y no merecía un solo recuerdo de favor, aunque sí muchas promesas; en la presente... ¡vergüenza causa decirlo!, reñir por gobernar, llenarse de cieno levantando estandartes revolucionarios, en vez de volar en busca del invasor que pisaba el suelo sagrado de la patria... Ésta es virtud que México no conoce.

En México no hay ya más que corrupción, y de allí se trasmite a los demás estados, por conductores magnéticos, que son los malos militares y los malos empleados del gobierno; los que Veracruz ha llamado hombres de la Revolución, del robo y de las traiciones. ¡Veracruz! piensa en ti! ¡nadie pelea como tú! ¡nadie da como tú! ¡nadie se sacrifica ni sufre como tú, y a nadie se ultraja como a ti!

 

 

MANIFIESTO DE SANTA ANNA SOBRE LOS HECHOS ANTERIORES

Documento Histórico

"Los infaustos sucesos de la guerra me han conducido a la capital de la República, y obedeciendo la ley he empuñado otra vez, y por breve tiempo, las riendas del Estado: es mi deber explicar a la nación los graves y poderosos motivos de esta conducta, y la marcha que me propongo adoptar en los momentos solemnes en que se va a decidir de la vida o la muerte, la honra o la ignominia de la patria.

"Desde que se empeñó la lucha más injusta con los Estados Unidos la fortuna nos ha tratado con desdén y ha anulado los esfuerzos del patriotismo para hacer triunfar la más noble y santa de las causas que se haya defendido en la tierra: el revés de Cerro Gordo no ha sido más que una cadena de desgracias que nos abruma, para probar quizá si somos capaces de sobreponemos con la nuestra al destino de hierro que sin piedad nos ha perseguido.

"Apenas lograba humillar el orgullo de los americanos en los campos de la Angostura, y les arrancaba el valor de los soldados de la República los trofeos de la victoria, cuando la imperiosa necesidad de terminar las discordias que estaban destrozando a esta hermosa ciudad, me trajo a ella previa la invitación de la mayoría muy respetable del Congreso general. Conseguido este objeto, atendí ya al muy importante de impedir, si posible fuera, el avance del enemigo que posesionado de Veracruz y Ulúa buscaba climas para salvarse de los rigores de la estación. En estos días me trasladé de México hasta una posición de antiguo muy recomendada por los peritos en el arte de la guerra, y la fortifiqué cuanto lo permitió la premura del tiempo y la escasez de recursos, reuniendo allí dos brigadas de la división del norte, otras tropas sin disciplina y algunos cuerpos de reclutas. El enemigo combatió con la mayor y más selecta parte de sus fuerzas; y aunque ganó la batalla, ésta le ha costado sangre, y ha adquirido una prueba más de que los mexicanos no se excusan de la pelea aun cuando las circunstancias les son desfavorables. Por lo que a mí toca estoy satisfecho de que no perdoné diligencia ni fatiga para arrancar a la suerte un favor, de que mi existencia se expuso mientras mantuve alguna esperanza de rehacer lo perdido.

"Escapado por milagro de manos del enemigo, me dirigí a la ciudad de Orizaba con ánimo de reunir a los dispersos, de acopiar nueva tropas y de preparar otra resistencia al atrevido invasor, porque mi resolución más firme ha sido siempre no desconfiar de la suerte de la patria, ni abandonarla en sus grandes infortunios: veinte días me bastaron para formar un ejército, y con él me dirigí a la ciudad de Puebla, deseoso de adquirir mayores elementos para prestar más provechosos servicios.

"El enemigo entretanto emprendió su movimiento sobre la misma ciudad, satisfecho de que en ella no estaba organizada ninguna defensa, ni se había excitado convenientemente el espíritu público... Sensible y muy doloroso es para la nación que a una ciudad tan acreditada por su espíritu guerrero en las contiendas civiles se haya hecho aparecer indiferente en la crisis más peligrosa que ha pasado la República desde que conquistó su independencia.

"Sin entrar en el análisis de la causa que haya podido influir en tan lamentable acontecimiento, me limitaré a observar que su primera consecuencia fue mi retirada a San Martín Texmelucan para discutir y acordar allí lo que fuera más conducente al interés del servicio.

"Reunida por mí la junta de guerra, resolvió que el ejército de Oriente siguiera su marcha hasta esa capital para defenderla y salvarla a todo trance.

"Mi vuelta al ejercicio de la suprema magistratura por los pocos días que transcurrirán hasta la nueva elección, ha sido un accidente y también una necesidad por la renuncia a continuar en el mando, del modesto, del acendrado patriota que tan dignamente ha gobernado durante mi ausencia en la campaña. Obligado a pesar de mi más viva resistencia a encomendarme de la dirección de los negocios, sometí desde luego a la deliberación de todos los generales existentes en la capital la cuestión de su defensa, y ella fue acordada por unanimidad, consultándose no menos a las reglas del arte, que a la conveniencia de alejar de la población el riesgo de sufrir los proyectiles del enemigo.

"A la vez que recomiendo próximos sacrificios a la generosa capital de la República, los estados de la federación están comprometidos a auxiliarla prontamente con fuerzas, con dinero y con los demás recursos de que abundan. El sistema federal que reclamó con entusiasmo la nación, por cuyo restablecimiento con pureza y con lealtad multiplica los centros de acción, y lejos de servir para que el gran todo se debilite y desfallezca, le presta valor y energía cuando los esfuerzos se hacen de consuno.

"También es necesaria la cooperación de todas las clases de la sociedad, y de todos sus individuos. El clero no puede en conciencia consentir la dominación de un pueblo que admite como dogma de su política la tolerancia de todos los cultos religiosos. ¿Se resuelve ya a sufrir que frente al templo mismo en que se adora la hostia santa, se levanten las iglesias de los protestantes? El sacrificio de una porción de sus bienes lo libraría de perder el resto con los privilegios que respetan nuestras leyes y que no consienten las de los Estados Unidos. ¿Ignoran los propietarios cuán duros y exigentes son los decretos del conquistador? Si las altas conveniencias sociales, si los bienes de la independencia se estiman en poco, si nada vale para México el rango de nación independiente y soberana, ¿para qué luchamos once años continuos derramando torrentes de sangre, y devastando nuestro país para hacerlo libre? Ha llegado, pues, el momento de exponerlo todo, para salvarlo todo. ¡Ay del que no comprenda la gravedad de nuestra situación!

"Ahora es cuando estamos cosechando los amargos frutos de nuestra inexperiencia en los años en que nos hemos gobernado por nosotros mismos. Una nación proterva y avara de nuestros elementos de poder y riqueza ha estado asechando como el tigre asecha su presa, el momento en que las discordias civiles hubieran debilitado y postrado a la nación para sorprendería y sojuzgarla, y cuando el enemigo consuma sus depravados intentos, no escarmienta todavía. La desunión progresa, la sedición cunde, las pasiones políticas se agitan en el peor sentido, y como si fuera poco el que el enemigo extranjero nos combata, nos encargamos de desvirtuar a las autoridades, procuramos con funesta ceguedad y empeño que nada puedan en defensa de la patria.

"De estas verdades soy a la vez el testigo y la víctima. Desde la vuelta de mi destierro no he pensado más que en la salvación de la República. ¿No he volado a crear y organizar un poderoso ejército? ¿No he peleado con él sin economizar riesgos ni peligros? ¿No he atravesado toda la República para cerrar el paso al enemigo? Mi obligación era pelear, y he peleado. ¿Soy dueño de la victoria para detenerla como esclava? Mi ánimo no era más esforzado que en Cerro Gordo, y la fortuna que me permitió agregar allí un laurel a tantas glorias de la nación, ha rehusado que asegurase su dicha. Consuélame sin embargo que la injusticia de los hombres dura poco; más me consuela todavía que la mayoría de mis compatriotas es imparcial y sensata, y que sabrá perdonar mis yerros y estimar mi constante dedicación al servicio.

"Mas por lo que respecta al interés y defensa de la nación, he de ser inflexible. Yo contemplo que la guerra debe continuarse entretanto nuestra situación no mejor: el vencedor oprime al vencido y no acuerda con él, sino que le dicta una paz vergonzosa. ¿Permitiría la nación que se desmembrase una parte inmensa de su territorio? ¡Ah! los destinos de México sólo se salvarán con la fuerza de su acero, y con una resolución incontrastable.

"Cuando esté próximo el ocaso de mi vida pública aspiro a terminarla dejando altas lecciones de una consagración sin límites a la causa de la patria: mientras respire su voluntad soberana, ha de ser regla constante de mi conducta. Quiero servirla, y deseo que todos la sirvan con una firmeza y constancia que sea como el muro en que se estrellen los esfuerzos de todos sus enemigos.

"¡Mexicanos, compatriotas míos! Examinad mis hechos, y que ellos respondan de mis intenciones. Si el Árbitro Soberano de las sociedades nos ha probado en el crisol del infortunio, ya comienza a mostrar su piedad dejándonos formar una constitución que será la tabla de salvación en nuestras borrascas... La he jurado, la he firmado, y la defenderé... Por lo que respecta a la independencia e integridad del territorio de la nación, mi voto es uno solo, y es el íntimo de mi corazón... Pelear y morir por ellas.— México, mayo 22 de 1847.— Antonio López de Santa Anna."

 

 

 

Bustamante Carlos María de, El nuevo Bernal Díaz del Castillo o sea Historia de la invasión de los angloamericanos en México. México. FCE. 1997 [Fondo 2000].