Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1847 Nota de Justo Sierra al ministro de Estado J. Buchanan y otros documentos relativos a la propuesta de la incorporación de Yucatán a los EU.

Noviembre 24 de 1847

 

NOTA DEL SR. SIERRA AL MINISTRO DE ESTADO MR. BUCHANAN. (1)

 “Washington, noviembre 24 de 1847. Señor: En la audiencia que se sirvió Ud. concederme el lunes 22 del corriente (2), puse en sus manos la credencial de mi nombramiento como comisionado y agente especial del gobierno de Yucatán anta el de los Estados Unidos, que Ud. se dignó aceptar con su característica atención y bondad. En la breve conferencia que tuvimos, aceptó Ud. como más expedito y simple, el plan de que yo presentase los puntos que el gobierno de Yucatán tuviese qué exponer a la justa consideración del de los Estados Unidos, en una serie de memoriales, a fin de que estando tanto Ud. como el gobierno nacional minuciosamente informados acerca de ellos, se pudiese tomar las medidas que se considerase como las más justas y en concordancia con la política de los Estados Unidos. Conforme a este acuerdo, vengo a presentarle el primer memorial; pero antes de hacerlo, me va Ud. a permitir que haga un ligero bosquejo de la situación política de Yucatán, que es necesarísimo, pues observo con pena en algunos periódicos de la Unión que parece no prevalecer una idea exacta de ella, o que cuando menos se ha echado en olvido la dignidad y buena fe del pueblo, así como la magnitud de los sacrificios que ha hecho y sigue liberando para conservar su actual posición, manteniendo la neutralidad más rígida y honrada en la guerra que existe entre México y los Estados Unidos.

“Yucatán, Señor, ha sido parte integrante de  la nación Mexicana desde la consumación, en 1821, de su independencia política de España, de la que era como las otras provincias de Nueva España, una colonia. Estando en completa y absoluta libertad para hacer cuanto le pareciese más conveniente a sus intereses y bienestar, Yucatán se incorporó espontáneamente a la nueva nación, hasta la disolución del efímero imperio fundado por D. Agustín de Iturbide. No sabiendo el curso que podían tomar los asuntos de México, permaneció entonces independiente, marchando en todo su administración interior conforme al sistema republicano, en tanto que esperaba con serenidad y prudencia la terminación de las discusiones del Congreso Constituyente Mexicano que se había reunido a fines del año de 1823. El resultado de estas discusiones fue el pacto de 4 de octubre de 1824, que fundó la confederación de los Estados Unidos Mexicanos; y este pacto fue deliberadamente aceptado por Yucatán, que quedó incorporado a la nueva república. Si por este acto, verdaderamente precipitado, dejó de gozar de todas las excepciones, a que podía aspirar y hubiera aspirado, por su posición geográfica, por su pobreza y por otras varias circunstancias morales y materiales que concurren en el mismo, se creyó no obstante que así podía desarrollar mejor los principios de la bella teoría que ha hecho de la república fundada por el inmortal Washington, una nación libre, grande, feliz y poderosa, y que su condición social seguiría mejorando. Su decisión en esto fue funesta. Ud., señor Secretario, sabe bien a qué extremo han conducido a la república vecina la insensatez y las delincuencias de los que han tenido a su cargo la dirección de los negocios de México. El destino del pueblo mexicano, digno a la verdad de mejor suerte, ha dependido constantemente de las facciones militares que se han sucedido sin interrupción, derrocando la república, saqueándola y destinándola a su propia conveniencia en todos conceptos, hasta que al fin la han dejado sin sangre y sin vida. Una de estas facciones destruyó el pacto federal, y por el más bajo e indigno abuso de la fuerza, por los excesos de una soldadesca brutal, mandada por una caterva de generales y oficiales, hombres valientes principalmente cuando se trata de oprimir a sus conciudadanos, la República Mexicana yace postrada e impotente. Yucatán corrió la misma suerte que los otros Estados; pero no fue sin un poderoso esfuerzo. En 1840, su pueblo se insurreccionó, batió a las fuerzas de México y proclamó el sistema federal compatible con la Unión. Entre tanto, se separó de México, formó una constitución digna del pueblo más civilizado y proclamó los principios más sanos y claramente definidos, prefiriendo sufrir todos los actos de injusticia del gobierno mexicano, todas las represiones y abusos de la facción que estaba en el poder, antes que desistir de una sola de sus justas pretensiones. ¿Qué hizo en estas circunstancias el gobierno mexicano, o mejor dicho el General Santa Anna que se había constituido por sí mismo en el supremo dictador de la República? El mundo entero lo sabe, los Estados Unidos bien lo saben, pues unánimemente aplaudieron y tributaron su más alto encomio al honor, al valor, a la enérgica constancia de Yucatán al resistir un ejército de once mil hombres y una flota como nunca la había tenido México; más todavía que resistirlo, pues el enemigo fué derrotado y le fueron impuestas las condiciones de paz.

“Esta paz estaba basada en el convenio de 14 de diciembre de 1843, que aseguraba a Yucatán la primera y más esencial excepción a que tenía pleno derecho y que la libraba especialmente de la influencia inmediata del poder militar, único medio empleado por el gobierno mexicano para oprimir al pueblo. En aquéllas bases aceptó la incorporación, consintiendo en seguir la suerte de México; pero el General Santa Anna violó ciega y obstinadamente el convenio de diciembre. En la primera oportunidad hizo que se diera la orden de 21 de febrero de 1844, cerrando los puertos de la República a los principales productos del suelo y de la industria de Yucatán y sujetó al Estado a nuevas y más injustas vejaciones. Yucatán protestó contra estos actos de violencia. Lo hizo en la forma más solemne y no se empeñó en otra guerra porque quedaba alguna esperanza de que se le haría justicia. ¡Vana esperanza! En vez de obtener lo que con justicia pedía, el pueblo supo con indignación que el convenio de diciembre, aunque contenía la condición expresa de que no estaría sujeto a alteración, había sido discutido en la Cámara de Diputados, y que este Cuerpo había llegado hasta a declararlo nulo y sin valor. Entonces Yucatán hizo una solemne declaración el 1° de enero de 1846, por la que reasumía su soberanía y convocó a un Congreso extraordinario para fijar definitivamente el destino del país.

“Surgió entonces la guerra que hoy existe entre México y los Estados Unidos. El gobierno mexicano tomó algunas medidas y hasta envió al Coronel D. Juan Cano para inducir a Yucatán a tomar parte en la guerra. Yucatán desechó abiertamente una pretensión tan absurda como extemporánea y rehusó hacer un sacrificio que a más de ser completamente inútil para México e inmensamente perjudicial a Yucatán, toda vez que éste deseaba conservar su comercio y relaciones amistosas con los Estados Unidos, no tendría otro resultado que la renovación de la guerra, tan pronto como México se hallase en condiciones de atacar a Yucatán, pues se vio y quedó probado plenamente que sólo por la crítica situación en que el gobierno mexicano se había colocado para con los Estados Unidos, procuró arrastrar a Yucatán y comprometerlo en la infortunada lucha. Don Juan Cano regresó a México llevando la negativa decisiva del gobierno de Yucatán.

“Por aquel tiempo, desgraciadamente para mi pobre Estado, el hombre funesto que había causado la desgracia de México, se hallaba desterrado en la vecina Isla de Cuba. Por medio de intrigas y manejos el  General Santa Anna indujo a algunas personas influyentes en Yucatán a creer que se necesitaba cierta fuerza moral y el apoyo de la opinión pública, para derrocar al General Paredes que trabajaba por el establecimiento de una monarquía extranjera y hacer una paz honrosa con los Estados Unidos, lo que estaba seguro de poder conseguir. Los hombres del poder lo creyeron de buena fe e hicieron que el Congreso Extraordinario diera el decreto de 25 de agosto de 1846, proclamando a Santa Anna Presidente de la República de México. Sin embargo, el pueblo (3) de Yucatán se opuso a tal declaración, que lo envolvía de nuevo en los disturbios de México. Se alzó y proclamó el programa de 8 de diciembre último, declarando que no tenía el deseo de correr la misma suerte de México, en la actual guerra. Se organizó entonces el gobierno actual, que mandó primero al Juez D. José Robira y luego a mí a repetir estos sentimientos al gobierno de los Estados Unidos. Porque aunque una u otra facción insignificante e insensata se haya esforzado en oponerse al progreso del gobierno legítimo de Yucatán, ha sido reprimida inmediata y enérgicamente SIN CONSEGUIR CON SUS PLANES OTRA COSA QUE EXCITAR A ALGUNAS TRIBUS BÁRBARAS A HACER UNA GUERRA SALVAJE A LA RAZA BLANCA. Tengo en mi poder despachos de mi gobierno fechados el 26 de octubre pasado, que prueban plenamente esta aseveración.

“He presentado a Ud., Señor, un bosquejo ligero, pero exacto, de la situación política de Yucatán, la que probablemente terminará con una declaración formal de su absoluta independencia que puede acordarse en una convención para la que se ha citado de acuerdo con el plan de 8 de diciembre último, pero cuya fecha no llega aún.

“Don José Robira cumplió la honorable misión que le fue confiada a entera satisfacción de mi gobierno. Habló franca y extensamente con Su Excelencia; declaró, en nombre del gobierno de Yucatán, la firme resolución de aquel pueblo, de no seguir la suerte de México y permanecer neutral en la actual contienda, prometiendo obrar en este asunto, de la manera más franca y honorable y oponerse a cualquier facción que, ya sea influenciada por los insensatos propósitos de Santa Anna guiada por su propio interés y pasiones personales, intentase perturbar el orden de cosas existente en el Estado o poner en peligro las relaciones pacíficas con los Estados Unidos. El gobierno de Yucatán ha obrado así, no con idea o por motivos deshonrosos, sino para asegurar los intereses del Estado; no por temor servil, del que nadie tiene derecho de acusar a un pueblo que ha dado tan heroicas y repetidas pruebas de valor civil y militar, sino porque su deber primordial es ver por su propia conservación, siempre que no sea por medios deshonrosos; y ciertamente no es ruin o deshonroso resistirse a compartir los funestos resultados de una guerra con aquéllos de quienes Yucatán no ha recibido sino repetidos actos de injusticia. ¿En qué terreno puede reprochársele a mi Estado semejante conducta?

“Sin embargo, Señor Secretario, el puerto de Laguna de Términos, perteneciente al Estado de Yucatán, y todas sus dependencias han sido ocupadas militarmente por las fuerzas navales de los Estados Unidos, desde que se supo y aceptó la neutralidad de Yucatán; y lo que es más perjudicial para nuestras pequeñas e insignificantes embarcaciones y los productos de nuestro suelo y de la industria, se les ha impuesto una contribución tan exorbitante y ruinosa, que en muchos casos es mayor que el valor de los efectos que se introducen. Este es uno de los puntos que el gobierno de Yucatán me ha encargado que someta a la justicia y correctos principios del gobierno de los Estados Unidos y a este objeto va dirigida la presente nota; la que encarecidamente ruego al Honorable Mr. Buchanan que considere y me haga saber en la forma que juzgue más conveniente, la resolución que el gobierno nacional torna en asunto de la más vital importancia para Yucatán.

“La ciudad del Carmen, (Laguna) por su posición insular, está separada de la mayor parte del territorio de Yucatán; y el pueblo de Yucatán tiene allí grandes intereses invertidos en casas de comercio y empresas industriales. Sus relaciones se extienden a todos los vecinos pueblos y haciendas de Yucatán y hasta a los de la Provincia del Petén y la República de Guatemala. Considere Ud., Señor, cuán ruinosa y destructora ha de ser la tarifa de impuestos, tan extremadamente onerosa a los efectos y mercancías que se introducen por absoluta necesidad en El Carmen porque de tal introducción depende, literalmente hablando, la conservación de las empresas que los ciudadanos de Yucatán tienen en aquel lugar. En las dependencias de Laguna de Términos lo único que se produce es palo de Campeche y todo lo que se necesita para la subsistencia del pueblo tiene qué ser traído del continente. La condición de Laguna y de los intereses que allí se encuentran se ha vuelto infinitamente peor que la de  los puertos de México ocupados por las fuerzas de los Estados Unidos.

“He estado últimamente en Veracruz y Tampico y sé por informes que allí recogí de fuentes ciertas y seguras, que todos los productos y mercancías que vienen del interior de México, de lugares sujetos a México y por consiguiente, enemigos de los Estados Unidos, pagan allí los impuestos más bajos; mientras que en Laguna, por la mera necesidad física y natural de cruzar un pequeño brazo de mar, los frutos de nuestro suelo y los productos de nuestra industria, así como nuestras pequeñas embarcaciones, tienen impuestos tan pesados y ruinosos. ¿Por qué esta diferencia, Señor Secretario? ¿Por qué Yucatán, cuya neutralidad está reconocida, es tratado de un modo en nada igual al que se ve en lugares ocupados por el enemigo, cuando, por el contrario tiene tanto derecho a la consideración de los Estados Unidos? Aun cuando la ocupación militar de Laguna tuviese explicación, no puede en modo alguno defenderse una tarifa cuyos productos no vienen a ser sino un átomo en la inmensidad de los vastos y poderosos recursos de los Estados Unidos, pero que a mi país causa incalculables pérdidas y daños, no siendo el menor el de los pretextos a que puede dar lugar a una u otra facción para poner obstáculos al gobierno de Yucatán en la senda que se propone seguir y seguirá en la presente guerra. Todo esto ha sido explicado verbalmente y por escrito al Comodoro Perry, a quien por orden de mi gobierno tuve el honor de visitar a bordo de la corbeta “Germantown”, en aguas de Veracruz, a fines de septiembre. (4) Sin duda el Señor Comodoro habrá tomado en consideración las poderosas razones alegadas por el gobierno de Yucatán y espero que sarán recibidas favorablemente por el gobierno de los Estados Unidos.

“Otros inconvenientes, no menos serios e importantes, surgen de este estado de cosas. En Laguna no hay Tribunal de Justicia, ni Juez de Distrito, ni de Circuito, ni nada, en fin, equivalente a una institución tan necesaria para garantizar los derechos individuales. Las decisiones sobre confiscaciones emanan de la autoridad del gobernador militar, sin recurso o apelación a tribunal alguno. No quiero decir con esto que el caballero que ahora desempeña el cargo de Gobernador de Laguna falte a la observancia de los principios más rígidos de equidad o no siga puntualmente las reglas que están en vigor en tales materias; pero, a más de la inconveniencia de este estado de cosas, el gobernador puede incurrir en error al aplicar las reglas; en cuyo caso no queda recurso a la parte agraviada. Esto precisamente ha sucedido; y la víctima es un infortunado y honorable comerciante de Yucatán, (José Jesús Cotaya) que de improviso ha sido reducido a la miseria, después de muchos años de trabajo, por una emisión casi involuntaria de su parte, al declarar las mercancías que llevaba da Campeche a Laguna en una canoa o barco pequeño que estaba a su cuidado. Sobre este asunto me dirigiré a Su Excelencia por separado en otra nota, acompañada de las pruebas de la reclamación de Cotaya.

“El Gobernador de Yucatán sabe que el motivo alegado para la ocupación militar de Laguna es prevenir el contrabando, que pudiera hacerse por los caminos interiores con el vecino Estado de Tabasco. Este contrabando no es imposible, pues Su Excelencia bien sabe que el propio interés y el deseo de lucro son tan fuertes en muchos individuos que no se detienen a considerar los daños que su conducta puede acarrear al país. No puede por esto culparse a ningún gobierno desde el momento que pone todos los medios para evitarlo. Si hubiera hecho esto sin dar motivo al gobierno y al pueblo da Yucatán para considerar la ocupación de la Isla del Carmen, como un ataque moral a su honor y a su dignidad y un ataque físico a sus intereses materiales; por otra parte se considera esa ocupación ineficaz e inútil para el objeto que se proponen los Estados Unidos en su actual guerra con México. En consecuencia el gobierno de Yucatán me autoriza a solicitar de la justicia del gobierno de los Estados Unidos que desocupe la Isla, prometiendo desplegar el mayor celo, actividad y eficacia en la represión del contrabando, dejando en libertad de cooperar en tal represión a los buques de la escuadra americana que el gobierno de los Estados Unidos crea conveniente dejar en aquél puerto y sus dependencias. Nuestro gobierno desea la desocupación de la Isla, no sólo porque lo considera justo en todos respectos, sino porque con ella se acabará la ominosa tarifa de impuestos que pesa sobre nuestros pequeños barcos y los productos del suelo de Yucatán, cuyos ciudadanos sufren en su propia casa una carga ruinosa impuesta por una nación amiga, de cuya justicia esperan la reparación de esos males.

“Tengo el honor de hacer esta solicitud a Vuestra Excelencia y al mismo tiempo ofrecerle el respeto y consideración con que soy su obediente servidor, Justo Sierra. — Al Honorable James Buchanan, Secretario de Estado.”

 

 

NOTA DE MR. BUCHANAN AL DR. SIERRA.

“Departamento de Estado. — Washington, diciembre 14 de 1847. Señor: Deberes importantes y urgentes relacionados con la reunión del Congreso, han demorado mi respuesta a su nota de 24 del próximo pasado. Hoy he recibido instrucciones del Sr. Presidente sobre el asunto de que ella trata y me apresuro a comunicar a Ud. su resolución.

“Después de un interesante bosquejo histórico de Yucatán desde que terminó allí la dominación española, hace Ud. dos solicitudes al gobierno de los Estados Unidos.

“1.—Que sean abolidos los impuestos creados en Laguna, bajo la autoridad de los Estados Unidos, sobre los barcos y productos de Yucatán.

“2.—Que las fuerzas navales de los Estados Unidos no sigan ocupando el puerto de Laguna y la Isla del Carmen.

“Informaré a Ud. primero respecto de su segunda solicitud.

“El Sr. Presidente se halla en la mejor disposición de conceder al gobierno y al pueblo de Yucatán toda indulgencia que no se oponga al ejercicio oficial cíe nuestros derechos de beligerancia contra México. Con todo el deseo de cultivar con ellos los más amistosos sentimientos, cree, sin embargo, que el deber que tiene para con su propio país, le impide, por ahora, renunciar a la posesión de Laguna. La posición de Yucatán es especial. El Sr. Presidente no puede reconocerlo como Estado soberano e independiente. Tiene que ser considerado como una porción de la República Mexicana, pero neutral en la actual guerra. Si hubiese guardado neutralidad desde el principio de las hostilidades hasta la fecha, es más que probable que las fuerzas navales de los Estados Unidos nunca se hubieran apoderado de Laguna. Es un hecho que se ha llevado a efecto un contrabando de armas y municiones de guerra entre este puerto y la vecina provincia de Tabasco. Hubiéramos soportado este daño antes que ejercitar el incuestionable derecho de evitarlo, secuestrando una porción de un Estado que era neutral. Pero el congreso extraordinario de Yucatán, por su decreto de 25 de agosto de 1846 (5), cambió su neutralidad en guerra abierta contra los Estados Unidos. Después que de este modo se había hecho por sí mismo nuestro enemigo, el puerto de Laguna se rindió incondicionalmente a nuestras fuerzas navales el 21 de diciembre de 1846. Cierto es que Yucatán ya es otra vez neutral; pero no puede negarse que desde entonces está perturbado por disecciones civiles y que LOS ENEMIGOS DE LA NEUTRALIDAD Y PARTIDARIOS DE MÉXICO ESTÁN EN ABIERTA REBELIÓN CONTRA SU GOBIERNO. En estas circunstancias, el Sr. Presidente no puede consentir en abandonar Laguna. Ese puerto, por su posición peculiar, ofrece extraordinarias facilidades para un comercio ilícito de armas y municiones de guerra con Tabasco. Según informes en que el Sr. Presidente tiene plena fe, sería imposible a las autoridades de Yucatán impedir este tráfico ilícito, por mejores intenciones que tuviesen. Abandonar Laguna sería, por tanto, proporcionar a México medios de molestar seriamente a las fuerzas de los Estados Unidos y prolongar la guerra existente.

“Con respecto a su primera solicitud de que no se cobre impuestos en Laguna a las embarcaciones y productos de otros puertos de Yucatán, el Sr. Presidente se inclina a dar respuesta favorable. Aunque estima necesario retener este puerto con el fin de impedir que México reciba por él provisiones militares para hacernos daño, quizá no hay motivo suficiente para que continúen estos gravámenes. En consecuencia, el Comodoro Perry recibirá instrucciones del Secretario de Marina para abolirlos, a menos que tenga motivos en contrario que el Sr. Presidente ignore por ahora. Debe, sin embargo, entenderse claramente, que tales instrucciones se limitarán a productos de Yucatán llevados a Laguna en sus propios barcos y que no tienen qué ver con la inspección de dichos barcos y la reglamentación de impuestos por oficiales de los Estados Unidos, ni autorizan cualquier otro comercio entre Laguna y alguno de los puertos de México.

“El privilegio acordado así, continuará todo el tiempo que Yucatán, de buena fe, conserve su neutralidad; pero cesará inmediatamente que ésta sea violada.

“La reclamación del Sr. Cotaya a que hace Ud. referencia, será transcrita al Secretario de Marina, cuando Ud. la presente en forma con los documentos en que se apoya.

“Aprovecho esta ocasión para ofrecerle las seguridades de mi más alto aprecio. James Buchanan. — Al señor don Justo Sierra.”

 

 

NOTA DEL SR. SIERRA A MR. BUCHANAN.

“Washington, marzo 7 de 1848. Señor: En algunas de mis precedentes notas he dado a saber al Gobierno de los Estados Unidos, por conducto del Secretario de Estado, los horribles e incalculables males y desgracias que sufre el pueblo de Yucatán a causa de una guerra que le hacen las tribus de indios bárbaros que habitan la frontera oriental de la Península, los que evidentemente han sido armados e incitados a ello por algún poder secreto. (6) Esta guerra salvaje y de exterminio ha tomado tan formidable aspecto, que en cumplimiento de mi deber no puedo contenerme más de invocar de manera franca y concluyente, la simpatía y humanidad de este Gobierno republicano altamente civilizado, hacia aquél pueblo, que es digno por todos conceptos de mejor suerte. En nombre de la humanidad y de la civilización, me veo obligado a pedir que este gobierno dicte cuantas medidas estén dentro de sus facultades; y si es posible, por medio de una intervención, poner fin a esta guerra que amenaza producir las más lamentables consecuencias en la política americana.

“Aunque no he recibido ningún despacho reciente de mi Gobierno, estoy en posesión de informes positivos de que la guerra hecha por aquéllos bárbaros ha tomado un giro espantoso; que numerosas hordas han avanzado hasta muy cerca de las puertas de la capital y están cometiendo los más inauditos excesos, arruinando y devastando cuanto encuentran delante. En estas circunstancias, un buque de guerra español se presenta espontáneamente y ofrece al pueblo de Yucatán, en nombre del Capitán General de la Isla de Cuba, ayuda y apoyo. Este ofrecimiento oportuno, patentizando la viva simpatía de España hacia sus antiguas colonias, fue aceptado sin vacilación; en virtud de lo cual una parte de las fuerzas, armas y municiones de guerra pertenecientes a la corona de España ha sido desembarcada en los puertos de Yucatán.

“He sabido estos hechos de fuente que me merece confianza y los considero indubitables; y si hemos de darles crédito, prueban que la situación de Yucatán es verdaderamente desesperada y le espera su total exterminio, a menos que una mano amiga se tienda para socorrerlo, librarlo y salvarlo de los horribles peligros que lo amenazan. En consecuencia, en virtud de instrucciones y órdenes recibidas de mi Gobierno, previendo los sucesos venideros; suplico que el Gobierno de los Estados Unidos se sirva tomar, sin pérdida de tiempo, las medidas que estime necesarias para proteger al pueblo de Yucatán de la brutal opresión de sus bárbaros asaltantes. No es necesario que yo recuerde al Honorable Secretario de Estado, que la humanidad, la civilización y la sana política, imponen acordes este deber a los Estados Unidos.

“Ayuda inmediata, dada con presteza y buena voluntad, que creo es característica del inteligente, libre, civilizado y sobre todo, eminentemente religioso pueblo de este país, producirá los resultados más benéficos y de una vez pondrá fin a la guerra que de otro modo se generalizaría.

“De conformidad con las órdenes de mi Gobierno, estoy autorizado para pedir en cuenta, el auxilio de dos mil soldados y medio millón de pesos, Si es posible proporcionar a mi infortunado y agotado país el socorro que aquí pido, no dudo que las condiciones serán humanas y razonables. Ni un momento vacilaré por tanto en aceptarlas en nombre de mi Gobierno. Si el honorable Secretario de Estado desea más amplios informes acerca de los anteriores puntos, será para mí el mayor placer darlos, ya sea verbalmente o por escrito, como lo crea más conveniente.

“Mr. Buchanan se dio inmediata cuenta de la gravedad y trascendental importancia de este asunto, en la entrevista que se sirvió concederme ayer. Reitero mi súplica con el mayor encarecimiento, a cuyo fin invoco el sagrado nombre de humanidad, de libertad y de civilización, para que se fije con atención y firmeza en  los sucesos que se están desarrollando en Yucatán y que seguramente envuelven cuestiones de la mayor magnitud.

“Suplico al honorable Secretario de Estado que tenga la bondad de favorecerme con su respuesta tan pronto como sea posible, a fin de que yo pueda comunicar a mi Gobierno la determinación del Gobierno de los Estados Unidos cualquiera que ella sea. Entretanto, renuevo a Mr. Buchanan el profundo testimonio de respeto de su obediente servidor, Justo SIERRA.”

 

 

NOTA DEL JEFE DEL DEPARTAMENTO DE MARINA DE EE. UU. MR. MASON, AL COMODORO MR. PERRY, COMANDANTE DE LA ESCUADRA AMERICANA EN EL GOLFO DE MÉXICO.

 

“Marzo 8 de 1848. Señor: Se ha recibido su despacho, No. 125, de 15 de febrero de 1848, con los documentos que incluye.

“Durante mi ausencia de Washington se recibió una comunicación del Honorable Secretario de Estado, con fecha 28 de diciembre de 1847, acompañando un despacho de Mr. Buchanan al Sr. Sierra, comisionado de Yucatán. He obrado bajo la impresión de que había sido comunicada a Ud. con instrucciones de conformarse a los deseos del Sr. Presidente, como se ha hecho saber al Sr. Sierra. Al recibir su despacho he hecho las averiguaciones procedentes y supongo que estaba equivocado. Me apresuro pues a enviar a Ud. esta comunicación y a enviarle copias de las cartas de Mr. Buchanan al Departamento y al Sr. Sierra. Es de desearse que los yucatecos tengan el beneficio del auxilio que se les ha acordado y por lo tanto, suplico a Ud. que dicte sus órdenes inmediatas para que se lleve a efecto el plan propuesto de eximir a las embarcaciones y carga de Yucatán del pago de impuestos en Laguna, como se indica en la carta de Mr. Buchanan; y hasta donde sea posible, devolver los impuestos cobrados en aquel lugar desde el 4 de febrero de 1848, los que no lo habrían sido si Ud. hubiese recibido estas instrucciones oportunamente, después de la carta del Secretario de Estado.

“El Sr. Presidente se ha enterado con pena del feroz y sangriento conflicto que existe entre los indios y los blancos de Yucatán. Mucho me alegro de su proyectada visita y espero que su presencia influirá favorablemente para impedir el avance de los indios a las ciudades y pueblos de la costa. Se ha hecho una solicitud a este Departamento y otra por el Sr. Sierra al Sr. Presidente, para que se permita un embarque de pólvora, con que los blancos puedan defenderse de los indios, el que se descargará en Sisal. Le acompaño copia de mi respuesta. Este Departamento no puede autorizar el  desembarque de efectos de contrabando sin conocimiento de su necesidad y sin la seguridad completa de que será destinado a aquel objeto. Pero la humanidad pide que no se prohíba la importación si Ud. se convence de que la pólvora no se usará para otros fines ni para hostilizarnos. Si cuando el barco que lleva el nombre de “María Ana” aparece en la costa, los indios han sido derrotados y dispersos y a juicio de Ud. no debe desembarcarse la pólvora, no imponga pena alguna o confisque dicho barco y déjelo retirarse sin dejar aquella parte de su cargamento. Si la lucha sigue y tiene Ud. la seguridad de que la pólvora no ha de ser empleada contra nosotros, no ponga obstáculos a su desembarco en Sisal.

“Este Departamento tiene plena confianza en su discreción y en su juicioso concepto sobre la mejor manera de mantener el tráfico con Yucatán.

“Soy, con todo respeto, su obediente servidor. J. Y. Mason.—Al Comodoro M. C. Perry, Comandante de la Escuadra Nacional en el Golfo de México.”

 

 

NOTA CONFIDENCIAL DEL DEPARTAMENTO DE MARINA DE EE. UU. AL COMODORO MR. PERRY.

 

Washington, mayo 12 de 1848. Señor: El curso de sus procedimientos, en su reciente visita a varios puntos situados a lo largo de la costa, tan distantes como Campeche, según ha informado en sus varios despachos, comenzando con el de 29 de febrero, ha sido altamente satisfactorio a este Departamento.

“La deplorable situación a que el Estado de Yucatán parece haber sido reducido por la feroz e inhumana guerra emprendida por los indios contra el Gobierno y los habitantes blancos de aquél Estado, despierta más vivamente las simpatías del mundo civilizado y me es grato ver que Ud. ha empleado sus buenos oficios y usado las limitadas fuerzas que tiene a su disposición para proteger a los habitantes que huyen de sus moradas ante un enemigo sin piedad.

“Yo no quería mandar el “Albany” a La Guaira, porque su fuerza se había debilitado con la vuelta del “Mississipi”, “John Adams”, “Germantown” y “Saratoga” al norte; pero los despachos de Mr. Shields describían la condición de nuestros ciudadanos y sus intereses comerciales en Venezuela tan crítica, que el Presidente consideró indispensable la presencia de un buque de guerra para dar protección si era necesaria. Su pronto despacho del “Albany” para aquel interesante servicio es aprobado en alto grado. “El Germantown”, su comandante Loundes, salió de Norfolk para Veracruz el 25 de abril último y el “Saratoga”, al mando de Nicholson, tiene órdenes de tocar en Aux Cayes y dar a los intereses americanos en Haití cualquier protección que necesiten, dando a Ud. cuenta con la menor dilación posible.

“Los asuntos de que habla en sus despachos son de muy grave importancia. Le remito con ésta, copia de un mensaje que el Presidente se ha creído en el deber de dirigir al Congreso, el día dos del presente mes, con respecto a los asuntos de Yucatán. Observará Ud. que los considera desde el punto de vista de la política establecida por los Estados Unidos de no permitir ninguna colonización por monarquías europeas, de nuevo territorio en el Continente norteamericano; y recomienda al Congreso que se pongan a su disposición medios para la ocupación militar de Yucatán con el fin de librar a la población blanca de ser destruida por la raza indígena y evitar que el caso previsto ocurra por verse obligados los yucatecos a recibir protección de alguna potencia europea.

“Durante la actual guerra con México, conducida por nuestra parte con una humanidad de que debe enorgullecerse todo americano, nuestra política constante ha sido más bien repeler que alentar las depredaciones e incursiones de los indios hasta en terrenos de nuestro enemigo, y el trato liberal dado a Yucatán como justo premio a su posición neutral, hace acreedor a su pueblo a todos los beneficios de esta política.

“Bien sé que sin perder de vista la necesidad en que se encuentra de conservar los varios puntos que posee y con sus limitadas fuerzas, Ud. no reparará en los medios de dar ayuda eficaz a lo largo de la costa de Yucatán; y considerando el peligro a que los barcos se expondrían en su navegación por el Golfo, juzgará que será mayor el riesgo de su pérdida si sus tripulaciones fuesen desembarcadas para operar en tierra aunque fuesen en número suficiente o provistos de equipo de campamento y artillería de campaña.

“En consecuencia, no he esperado que Ud. haga con las fuerzas navales que tiene a su mando, más que  dar protección a los habitantes que huyen y sujetándose a mis instrucciones de mayo 8, renuncie a todo derecho de beligerante contra Yucatán como parte de México, nuestro enemigo, y permita Ud. que entren por sus puertos pertrechos de guerra si está seguro de que han de emplearse en la defensa de los blancos contra el salvaje enemigo. Será prudente que Ud. concentre sus fuerzas en el Carmen; y además de las que ha mandado Ud. a Laguna, me parece que sería conveniente mandar todo el destacamento de marinos que está en Alvarado con instrucciones de rechazar a los indios si se acercan a aquel lugar; pero no hay fuerzas suficientes ni cuenta Ud. con el equipo necesario para justificar una marcha al interior. Tal operación sólo podría llevarla a cabo una fuerza militar bien preparada.—J. Y. Mason.—Al Comodoro N. C. Perry, Comandante de la Escuadra de los Estados Unidos en el Golfo de México.”

 

 

NOTA DEL GOBERNADOR DE YUCATÁN D. SANTIAGO MÉNDEZ, AL SECRETARIO DE ESTADO DE LOS ESTADOS UNIDOS.

“Excelentísimo Señor: Los acontecimientos más desgraciados han colocado a Yucatán en una situación crítica y casi desesperada. Este gobierno ha empleado cuantos medios ha atenido a su alcance para la salvación del Estado y habiéndose agotado todos sin encontrar uno capaz de aliviar las dificultades que nos rodean, el inmenso cúmulo de desgracias que afligen a este Estado me obliga a apelar a ciertas medidas que la imperiosa ley de la necesidad y el derecho de la propia conservación autorizan.

“La raza blanca—la clase civilizada de este Estado—es ahora atacada de manera atroz y bárbara por la raza aborigen, que levantada simultáneamente en insurrección, con instinto de ferocidad, nos hace una guerra salvaje y de exterminio. (7) Todo es saqueado y destruido, las poblaciones son entregadas a las llamas y todo él que cae en las ensangrentadas manos de estos bárbaros sin distinción de sexo o edad, es muerto sin piedad y con las más crueles torturas. Sus montes, su agilidad, sus costumbres y otras circunstancias particulares hacen de los indios enemigos terribles; y si a esto se agrega su número, excesivamente superior a los de las otras razas, pronto se echa de ver la dificultad de reducirlos y la facilidad con que ellos pueden eludir los medios empleados para atacarlos y perseguirlos; y la dificultad aumenta por la falta de fondos para sostener los gastos y obtener los elementos para hacer la guerra. Se han agotado todos los recursos con que contábamos; la riqueza pública va desapareciendo día a día, tanto por el espíritu de destrucción de nuestros salvajes enemigos como por la paralización de todas las industrias, toda nuestra producción está perdida y el país entero va rápidamente a la más completa ruina.

“Por este fiel relato de las condiciones de Yucatán, Vuestra Excelencia comprenderá que es indispensable tomar una medida decisiva y hacer un último esfuerzo para salvar, si es posible, una porción del país, la parte que no ha caído en poder de los bárbaros; es decir, bajo su hacha destructora o su tea incendiaria.

“He resuelto, pues, apelar a la medida extrema aconsejada por nuestra gran necesidad—la de solicitar la intervención directa de naciones poderosas, ofreciendo el dominio y soberanía del país a la nación que tome a su cargo salvarlo. (8) Este es el objeto con que me dirijo a Vuestra Excelencia.

 “Son obvias las causas y antecedentes de la gran calamidad que aflige al pueblo de Yucatán. No gastaré el tiempo, por lo tanto, en referir tan penosas circunstancias. Hechos, públicos y notorios, ya habrán convencido a su gobierno de que el pueblo de este Estado, tan infortunado hoy, siempre ha tendido a adelantar en civilización y mejoramiento social. Hubo un tiempo en que este espíritu de progreso comenzaba a desarrollarse; pero una ciega fatalidad, un misterio de la fortuna, ha roto el curso de su gloria y lo ha envuelto en el infortunio y hasta en la humillación.

“La nación generosa que con tan noble resolución procuró mejorar sus condiciones físicas y morales, se encuentra ahora obligada a prestarle, a la ventura, cierta ayuda para su conservación, ciertos recursos para evitar que sea absolutamente borrada del mundo civilizado. ¡Ojalá cumpla su destino! Roma misma, la reina orgullosa del mundo ¿no desapareció rápidamente por uno de esos inexplicables y temibles caprichos de la ciega fortuna? En medio de las calamidades y peligros inminentes de Yucatán, me dirijo por medio de Vuestra Excelencia al gobierno de los Estados Unidos y solicito ayuda eficaz, pronta, potente y calculada para llenar su objeto. Esta nación puede apreciar en lo que vale servicio tan importante; Y EN SU NOMBRE OFREZCO A VUESTRA NACIÓN PARA TAL CASO, EL DOMINIO Y LA SOBERANÍA DE ESTA PENÍNSULA, USANDO LA FACULTAD QUE PARA HACERLO ME CONCEDE EL DECRETO QUE ACOMPAÑO. (9) Viendo, como ya he declarado con entera franqueza a Vuestra Excelencia, que Yucatán no tiene más esperanza de salvación que la determinación de una potencia extraña de favorecerlo con su auxilio tan pronto como sea posible, ME ENCUENTRO OBLIGADO DE IGUAL MANERA A ACUDIR CON ESTE OBJETO A LOS GOBIERNOS DE ESPAÑA Y DE INGLATERRA POR CONDUCTO DE SUS RESPECTIVOS MINISTROS EN MÉXICO, DEL CAPITÁN GENERAL DE CUBA Y DEL ALMIRANTE DE JAMAICA.

“Ruego a Vuestra Excelencia, en nombre de este pueblo infortunado, que obtenga de su gobierno la protección que me veo obligado a solicitar tan urgentemente; y que cualquier cuenta, explicación o declaración que Vuestra Excelencia juzgue necesario o conveniente con respecto a este importante asunto, los pida al representante de este gobierno, residente en Washington. (10)

“Para terminar, tengo el honor de ofrecer a Vuestra Excelencia, las seguridades de mi alta estimación y respeto.

“Dios y Libertad.—Maxcanú, marzo 25 de 1848.— Santiago Méndez—José R. Nicolín, Secretario de Gobierno.—M. F. Peraza, Secretario de Guerra y Marina.’'

 

 

NOTA DEL DR. SIERRA A MR. BUCHANAN.

“Comisión del gobierno de Yucatán en Washington.—Washington, abril 3 de 1848.—Señor: En cumplimiento de muy especiales órdenes que acabo de recibir de mi gobierno y siguiendo exactamente sus instrucciones, tengo hoy nuevamente el honor de dirigirme al honorable Secretario de Estado acerca de un asunto el más importante, grave, delicado y que no admite demora; pues de lo contrario resultarían las más fatales consecuencias al infortunado Yucatán, tan digno de mejor suerte. Seré breve, hasta donde me sea posible, en un asunto que reviste tan inmenso interés para mi- país.

“En ocasión anterior, y especialmente en mi nota de fines de marzo último, invoqué en favor de mi país los sagrados nombres de humanidad, libertad y civilización, sentimientos todos que caracterizan al pueblo de los Estados Unidos. Vuelvo, Señor, a invocar aquéllos nombres y además el de justicia.

“SOLICITO LA INTERVENCIÓN FORMAL, LA ACTIVA Y EFICIENTE COOPERACIÓN DE LOS ESTADOS UNIDOS A CONSECUENCIA DE LA GUERRA SANGRIENTA, LA MAS CRUEL QUE SUFRE EL PUEBLO DE YUCATÁN. Y SI CONFORME A LA CONSTITUCIÓN Y A LAS LEYES DE LA REPÚBLICA, EL PODER EJECUTIVO NO TIENE LA FACULTAD NECESARIA, PARA DETERMINAR ACERCA DE ESTE PUNTO, PIDO FORMALMENTE QUE ESTA MI NOTA JUNTO CON LAS QUE A ELLA SE REFIEREN Y QUE YA ENTREGUE AL DEPARTAMENTO DE ESTADO, SEAN SOMETIDAS A CUALQUIERA DE LOS CUERPOS DE LA LEGISLATURA, COMO MEMORIAL DIRIGIDO POR EL GOBIERNO DE YUCATÁN EN NOMBRE DE LA NACIÓN QUE REPRESENTA.

“La guerra de los bárbaros, la salvaje y atroz guerra en que ni el sexo ni la edad son reparados por aquéllas furias, reviste al presente para Yucatán un carácter verdaderamente formidable. Los bárbaros han destruido por medio de las llamas cuatro pueblos y más de cincuenta aldeas; han arrasado como doscientas haciendas y muchas otras plantaciones de algodón y de azúcar; han saqueado inmensos campos de cereales; han matado cientos de familias blancas y por último, son dueños de toda la parte oriental y casi toda la occidental de Yucatán. Obras que la civilización de trescientos años y los esfuerzos de nuestros abuelos levantaron, han desaparecido donde quiera que ha posado su sacrílego pie la raza maldita, que hoy paga con fuego y sangre los inmensos beneficios que ha recibido del pueblo de Yucatán.

“Las hordas numerosas de aquélla raza caen por sorpresa sobre las poblaciones indefensas, dejándolas reducidas a cenizas y después se ocultan en los montes impenetrables, burlándose de nuestras tropas, aniquilándolas, desalentándolas y entregándolas a la desesperación. Lo limitado de las necesidades de esta raza, la facilidad con que soporta toda clase de privaciones, la extraordinaria rapidez de sus movimientos, son circunstancias que le han dado una superioridad casi irresistible. Además, su número ha aumentado de modo extraordinario y sus elementos para sostener la guerra, en vez de disminuir han aumentado. Ciertamente mi gobierno envió al de Belice un comisionado para tratar de que se impidiese la venta de armas y municiones de guerra a aquellos bárbaros, y éste ofreció que así se haría. Pero, Señor, conociendo como conozco las condiciones de los indios de mi país, creo que allí nada se les vende. Las armas y municiones que tienen se las dan, y continuarán dándoselas, gratuitamente. El gobierno británico de Belice puede obrar como lo ha prometido, sin que por ello disminuyan en modo alguno, los recursos de los indios. Recuerde Ud., Señor, lo que está pasando en Centro-América relativamente a la indigna e intolerable farsa del reino de los Mosquitos.

“El resultado de esto ha sido paralizar todas las comunicaciones en el país; destruir una gran parte de los productos del suelo; extinguir los ingresos de las aduanas; hacer imposible el pago de las deudas públicas; aniquilar el comercio y la industria, y, finalmente, hundir al país entero en la miseria, prostitución y desaliento. El gobierno, sin recursos de ningún género, carente de los medios de hacer la guerra eficazmente a fin de terminarla, se encuentra ahora en la posición más embarazosa y difícil, a pesar de la activa cooperación de todos los ciudadanos que han puesto a su disposición sus personas y sus bienes, pero que se hallan imposibilitados de sacar nada de ellos por estar destruidos y arruinados. El gobierno no puede sostener el inmenso número de tropas que necesita; ni tiene armas y municiones para darles, porque se le han agotado; ni tiene modos de comprarlos fuera. En fin, Señor, el país está yendo a la ruina y su población blanca está a punto de ser exterminada por los salvajes, a menos que reciba la simpatía, protección y ayuda de las naciones civilizadas.

“El pueblo de Yucatán no puede permitir que se le mate y destruya sin emplear todos los medios que están a su alcance para evitarlo. Debe, por lo tanto, hacer un llamamiento a alguna potencia extranjera, invocando en su favor los derechos de humanidad y simpatía que un pueblo ilustrado y civilizado debe tener para otro de la misma clase; ¿y a qué nación podemos llamar, si no es a la poderosa República que se halla a la cabeza de la civilización americana, que tenemos en tanta estima y de la que esperamos derivar nuestra futura prosperidad y adelanto? México nos mira como enemigos suyos y además se halla postrado por los acontecimientos del año pasado; España nos ha ofrecido noble y generosamente su ayuda, pero todavía no hemos hecho uso de ella: Inglaterra probablemente se halla bien dispuesta a ayudarnos, como mi gobierno tiene poderosas razones para creer. Cualquier auxilio que alguna de aquellas dos potencias pudiera darnos, sería para ella de muy pequeña importancia y ocasionaría poco gasto, mientras que para Yucatán sería de infinito valor. Fíjese Ud. bien, Señor, y cuando vea que lo que pedimos no es mucho, se convencerá de que España e Inglaterra no necesitan gran esfuerzo para otorgarlo.

Pero a más de las razones que he expuesto para acudir de preferencia a los Estados Unidos, hay otras consideraciones, que Ud. me permitirá explicar concisamente. Hay una declaración hecha por Mr. Monroe, Presidente de los Estados Unidos en su mensaje al cuerpo legislativo en diciembre de 1823, en la que se establece que el gobierno americano considerará cualquier medida por parte de las potencias europeas para intervenir en los asuntos de las naciones independientes de América, intentando extender su sistema político a aquellas naciones, como dañosa y perjudicial a la seguridad y a la paz pública. En el mensaje anual dirigido al Congreso por el actual Presidente Mr. Polk, en diciembre de 1846, está repetido, y confirmado este mismo principio de no-intervención de las naciones europeas. De suerte que conforme a estas doctrinas el gobierno de los Estados Unidos se opondría a la intervención de Inglaterra, o España en los asuntos de Yucatán. Si, pues, tal intervención tuviese lugar, como es más que probable que suceda, Yucatán quedará envuelto en dificultades y su condición sería infinitamente más infortunada que ahora; pues a más de todas las calamidades de la presente guerra, estaría expuesto, por otro lado, a ser el teatro de otra guerra, desde el momento que aun siendo estas doctrinas de Mr. Monroe y Mr. Polk una declaración de los principios de los Estados Unidos, las otras potencias pueden aceptarlas o no, según sus propias miras políticas y fines.

“Con estas consideraciones, no puedo convencerme de que los Estados Unidos, obrando además por otros motivos más nobles que los de la política, no se apresuren a proteger a sus hermanos de Yucatán y redimirlos de la miserable condición en que están sumidos. La cooperación, la intervención directa, si la pidiese Yucatán, nada costaría a esta poderosa nación, si se compara con las infinitas ventajas que a Yucatán producirían.

“Aunque parezca importuno, haciéndolo gastar su tiempo, no puedo prescindir de copiar aquí, literalmente, un párrafo del último despacho de mi gobierno. Es como sigue:

“Considerando que se ha demostrado tanto entusiasmo, especialmente en los Estados Unidos, en favor de los griegos, cuya condición no era en manera alguna tan triste ni cuya perspectiva tan espantosa como las que hoy amenazan a Yucatán; Considerando que las más vivas simpatías se manifiestan ahora por Italia y no ciertamente para librar a este país de la destrucción, sino para mejorar su condición política, apoyando las miras generosas de un sabio pontífice; ¿es posible que Yucatán no reciba un auxilio que costaría tan poco, pero que sería de inmensa importancia para salvarlo de tan terrible peligro? Tal indiferencia sería indigna de las naciones civilizadas.”

“Señor: La situación actual de Yucatán es ciertamente precaria y miserable, pues está reducido a la absoluta necesidad de pedir extraña ayuda para salvar a su pueblo del exterminio. Pero en sus días de prosperidad, en aquellos días que creo en Dios volverán, tenía entradas anuales por un millón de pesos, suficientes para cubrir todos sus gastos. Todavía tiene una riqueza pública considerable y tierras fértiles y ricas, de las que puede disponer. Con esto quiero decir que si ese país está ahora arruinado y en la miseria, es a consecuencia de la guerra de los bárbaros; vendrá la paz y con ella todos los recursos del país se restablecerán y todos los gastos y contrariedades que los Estados Unidos tengan hoy por ayudarlo y protegerlo, serán repagados. (11)

“Así, pues, señor, termino mi solicitud en nombre del gobierno de Yucatán y con el mayor empeño y urgencia, de que se le dé auxilio a aquel país: 1 en armas y municiones de todas clases; y 2 en tropa armada, en el número y clase que este gobierno estime conveniente.

“Ruego al Honorable Mr. Buchanan que me favorezca con una respuesta, para calmar la ansiedad de mi gobierno y mi país. La situación de Yucatán es horrible y cada día que pasa esperando este auxilio es de agonía y desdicha.

“Tengo el honor de repetir al Honorable Mr. Buchanan la seguridad del respeto y gran consideración con que soy su más obediente servidor. Justo Sierra.— Al Honorable J. Buchanan, Secretario, etc.”

 

 

NOTA DEL DR. SIERRA A MR. BUCHANAN.

 

“Washington, abril 18 de 1848. Señor: Aunque no he tenido el honor de recibir respuesta alguna a las muy urgentes notas que dirigí al Departamento de Estado el 7 de marzo último y él 3 del presente mes, (12) nuevas y aun más urgentes órdenes de mi gobierno me obligan otra vez a dirigirme al gobierno de los Estados Unidos, aun a riesgo de ser considerado como importuno y echando sobre mí la responsabilidad de empeñarme en distraer la atención de ese Departamento de otros asuntos más urgentes e importantes. Pero la situación de Yucatán es tan apremiante, tan horrible y tan desesperada que no puedo obrar de otra manera. Dentro de dos meses la raza blanca de Yucatán habrá desaparecido a menos que los Estados Unidos extiendan su protección a aquel infortunado pueblo. (13)

“No necesito malgastar el tiempo en hacer la pintura de la situación alarmante y conmovedora que ofrece aquel país, según las últimas noticias que he recibido, fechadas el 27 de marzo, porque tendrían un carácter odioso y sanguinario. En el nombre sagrado de Dios vivo, el aterrorizado pueblo de Yucatán hace un llamamiento a la humanidad de sus felices y más afortunados vecinos, el pueblo de los Estados Unidos, que lo salve del completo exterminio. Yucatán sólo necesita armas, municiones, algunas tropas y una cantidad muy pequeña de dinero. Invoco esta ayuda por todos los sagrados lazos que unen a la familia humana y suplico que la solicitud se ponga en conocimiento del cuerpo representativo de la nación, y ante todo, pido a Ud. que tenga la bondad de darme una respuesta decisiva, por la que se guíe la futura conducta del pueblo de Yucatán. Hay momentos, Señor, en que cualquier dilación significa “muerte y exterminio.”

Tengo el honor de renovarle las seguridades dé mi respeto.—Justo Sierra.”

 

 

MENSAJE DEL PRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS, con comunicaciones del Gobierno de Yucatán, exponiendo el estado de sufrimiento a que está reducido aquel país debido a una sublevación de los indios, implorando la protección de los Estados Unidos, y ofreciendo para el caso de que se le otorgue, transferir a los Estados Unidos el dominio y soberanía de la Península. “Abril 29 de 1848—Leído, enviado a la Comisión de Relaciones Exteriores y mandado imprimir.

“Al Senado y a la Cámara de representantes de los Estados Unidos.—Someto a la consideración del Congreso varias comunicaciones recibidas en el Departamento de Estado, del Sr. Justo Sierra, comisionado de Yucatán, así como también una comunicación del gobernador de aquel Estado exponiendo la condición de extremo sufrimiento a que ha sido reducido su país, por una insurrección de los indios dentro de sus fronteras y solicitando la ayuda de los Estados Unidos.

“Estas comunicaciones dan a conocer un caso de sufrimiento y miseria humanas que no pueden menos que despertar las simpatías de todas las naciones civilizadas. Aparece de estas y otras fuentes de información que los indios de Yucatán están llevando a cabo una guerra de exterminio contra la raza blanca. En esta guerra civil, no reparan ni en la edad, ni en el sexo, y dan muerte sin distinción a cuantos caen en sus manos. Los habitantes, poseídos de pánico y sin armas, huyen de sus salvajes perseguidores dirigiéndose a la costa y su expulsión de su propio territorio o su exterminio será inevitable a menos que obtengan ayuda de fuera.

“En estas condiciones han implorado, por medio de sus autoridades constituidas, la ayuda de este gobierno para que los salve de la destrucción, ofreciendo para el caso de que se les conceda, transferir el “dominio y la soberanía de la península” a los Estados Unidos. Iguales llamamientos de ayuda y protección se han hecho a los gobiernos español e inglés.

“Aunque no es mi propósito recomendar la adopción de medida alguna tendente a adquirir el “dominio y soberanía” sobre Yucatán; conforme a la política que tenemos establecida, no podemos consentir que este “dominio y soberanía” sean transferidos ya sea a España, a la Gran Bretaña o a cualquier otra potencia europea. Usando el lenguaje del Presidente Monroe en su mensaje de diciembre de 1823, “consideraríamos todo intento de su parte para extender su sistema a cualquiera porción de este hemisferio, como peligrosa para nuestra paz y seguridad.” En mi mensaje anual de diciembre de 1845 declaré que “hacía cerca de un cuarto de siglo que se había anunciado al mundo dé una manera clara en el mensaje anual de uno de mis predecesores, el principio de que el continente americano, por su condición libre e independiente que ha alcanzado y conserva, no podrá en lo sucesivo ser considerado como objeto de futuras colonizaciones de parte de ninguna potencia europea.” Este principio se aplicará con mayor fuerza si alguna potencia europea intentase establecer una nueva colonia en la América del norte. En las circunstancias que hoy prevalecen en el mundo, la presente ocasión es propicia para reiterar y reafirmar el principio proclamado por Mr. Monroe y manifestar mi cordial acuerdo con su sabia y recta política. La reafirmación de este principio, especialmente en lo que concierne a Norte América, no es al presente otra cosa que la promulgación de una política que ninguna potencia europea se halle en disposición de resistir. Los derechos existentes de cada nación europea serán respetados: pero también es necesario a nuestra seguridad y a nuestros intereses que la protección efectiva de nuestras leyes alcance a todos los límites de nuestro territorio y que se dé a conocer claramente al mundo como política sentada por nosotros que ninguna colonia o dominio europeo podrá intentarse o establecerse con nuestro consentimiento en parte alguna del continente de Norte América.

“Nuestra propia seguridad exige que la política establecida, dada a conocer así, guíe nuestra conducta, y esto tiene mayor fuerza tratándose de la península de Yucatán. Está situada en el Golfo de México, en el continente norteamericano y por su proximidad a Cuba, a las costas de la Florida, a Nueva Orleans y a todas nuestras costas del suroeste (¿ ?), será muy peligroso para nuestra paz y seguridad que se convirtiese en colonia de alguna nación europea.

“Tengo informes auténticos de que si el auxilio pedido a los Estados Unidos no se consigue, probablemente se obtendrá de alguna potencia europea, la que podrá en el futuro alegar derecho al “dominio y soberanía” sobre Yucatán.

“Las relaciones que hoy tenemos con Yucatán son de carácter peculiar, como podrá deducirse de la nota del Secretario de Estado a su comisionado, fechada el 24 de diciembre último, de la que transmito copia. Yucatán nunca ha declarado su independencia y lo hemos tratado como un Estado de la República Mexicana. Por esta razón nunca hemos recibido oficialmente a su comisionado; pero a pesar de esto, lo hemos reconocido con bastante amplitud como neutral en nuestra guerra con México. Sin dejar de considerar a Yucatán como parte de México, si tuviéramos tropas destinadas a este objeto, me parecería conveniente, mientras dure la guerra con México, ocupar y tomar posesión militarmente de su territorio y defender a los habitantes blancos de las incursiones de los indios, de la misma manera que hemos empleado nuestras tropas en otros Estados de la República Mexicana que están en nuestro poder, repeliendo los ataques de los salvajes contra los habitantes que han mantenido su neutralidad en la guerra. Pero, desgraciadamente, por ahora, no podemos sin grave riesgo, retirar nuestras fuerzas de otras porciones del territorio mexicano ahora en nuestro poder y enviarlas a Yucatán. (14) Todo lo que puede hacerse en las actuales circunstancias, es utilizar nuestras fuerzas navales que se hallan en el Golfo y que no se necesitan en otros puntos, para prestarles auxilio; pero no puede esperarse que pueda prestarse así un auxilio adecuado, puesto que las operaciones de tales fuerzas navales tienen necesariamente, que estar limitadas a la costa.

“He creído conveniente comunicar la información contenida en la correspondencia adjunta y dejo al buen juicio del Congreso adoptar las medidas que crea convenientes para evitar que Yucatán llegue a ser colonia de alguna potencia europea, lo que en ningún caso podrá ser permitido por los Estados Unidos, y al mismo tiempo, para librar a la raza blanca del exterminio o expulsión de su propio territorio.—JAMES K. POLK. —Washington, abril 29 de 1848.” (15)

 

 

 

Notas:

* (1 ) Esta y todas las demás notas que aparecen en el presente Apéndice, son del autor del libro, quien se ha limitado a comentar con la brevedad posible lo más esencial y pertinente, en su concepto, para no fatigar la atención del lector.
(2) Juzgamos pertinente dar a conocer la impresión que produjo al ilustre yucateco su primera entrevista con el Ministro de Estado Mr. Buchanan. Hela aquí:
"Después de cruzar dos piezas más, fuimos por fin introducidos en el despacho del ministro. Yo no había visto anteriormente ningún retrato de Mr. Buchanan, ni tampoco oído hablar de su figura. La idea que acerca de ella se me presentaba, se parecía poquísimo al objeto real y efectivo. Tenía la aprehensión de que Mr. Buchanan era una especie de Talleyrand, de corta estatura, un si es no es jorobado, y algún tanto cojo. Pero imagínese cualquiera mi sorpresa, cuando al entrar en el gabinete del ministro, veo incorporarse a un hombre de elevada talla, formas robustas y bien contorneadas, de una tez brillante y sonrosada, de hermosas y prominentes facciones, vestido con una elegancia exquisita y mostrando en sus ademanes la más fina cortesía y civilidad. Aunque Mr. Buchanan tiene un ligero defecto en uno de los ojos, éstos son tan rasgados y vivos y de un azul tan singular, que al momento producen una cierta fascinación en la persona sobre quien se fijan. Mr. Buchanan se hallaba en un sillón cerca de la chimenea, hojeando un libro que me pareció ser el de Mr. Stephens sobre Yucatán. Dejólo sobre la chimenea cuando entramos, se dirigió a nuestro encuentro, nos saludó con mucha cortesía, e hizo que nos sentásemos en un sofá, quedando él en medio de ambos. La conversación fue de poco más de media hora; el acento de Mr. Buchanan es grave, su voz incisiva, sus palabras muy medidas y su pronunciación tan clara y distinta, que no dejaba perder una sola sílaba: no usaba de esas confusas abreviaturas de la locución inglesa, que exigen un oído muy práctico y ejercitado para entenderlas. Aunque después ví con mucha frecuencia a Mr. Buchanan, así en su despacho como en la sociedad de Washington, no se borró la primera impresión que produjo en mi ánimo, y siempre se me presentaba como una novedad. Hombres más célebres y notables en el país no me llamaron tanto la atención, y ni aun si quiera tuve empeño en conocerlos, siendo lo más singular, que aquél personaje no tenía una sola de mis simpatías, antes bien, preocupado justamente contra él, contra su política y contra sus maneras que me parecieron demasiado artificiosas, sentía cierta aversión instintiva cuando me ponía en contacto con él por cualquier motivo. A todo esto se añadían las quejas diarias, que en lo privado oía a los ministros sud-americanos contra la manera particular con que el ministro de estado trataba los negocios más serios, y eso fue haciendo aumentar gradualmente mi desafecto hasta convertirse después en una decidida aversión. Sin embargo, en la primera entrevista que tuvimos con él, salimos de su presencia sin ningún motivo de queja.”
(Impresiones de un viaje a los Estados Unidos de América y Canadá, por Justo Sierra.—Tomo II.—Campeche.—Por Gregorio Buenfil.—Páginas 168 a la 170.)·

(3) Debió decir el Dr. Sierra, "el partido que estaba en el Poder", pues el verdadero pueblo fue ajeno al movimiento y hubo otro fuerte partido que se opuso a la neutralidad, como se lo dio a entender Mr. Buchanan en la respuesta que más adelante verá el lector.

(4) He aquí cómo describió el Dr. Sierra su entrevista en Veracruz con el Comodoro Perry, a bordo de la Germantown, y el resultado práctico alcanzado en ella: “Para ser introducido con el comodoro Perry, llevaba yo cartas dirigidas al colector de la aduana Mr. Dimond, antiguo cónsul americano en Veracruz, y a quien poco tiempo antes habíamos conocido en Campeche después de su naufragio en el bajo de Alacranes a bordo del paquete inglés Tweed, en cuya catástrofe horrorosa perecieron nuestro infortunado compatriota D. Néstor Escudero y su esposa. La entrevista con Mr. Dimond fué breve y decisiva. Proveyome de una carta de introducción para el comodoro, que se hallaba en el puerto a bordo de la corbeta Germantown, y con semejante carta inclusa en un billete pedí a Mr. Perry una entrevista, que al momento me fue otorgada enviándome al efecto una lancha tripulada de doce marinos, y un guardia marina al timón, para ir a bordo.
"Mr. Mathie Perry, uno de los más distinguidos marinos de la escuadra americana, es hijo del famoso comodoro Perry que se granjeó tan brillante reputación en la última guerra que los Estados Unidos sostuvieron contra la Inglaterra, destruyendo en el Lago Erie la flotilla inglesa. El sucesor de ese nombre honroso y muy respetado en la Unión americana, disfrutaba de una reputación capaz de desconcertar al hombre de mayor aplomo y sangre fría, que por necesidad tuviese que entablar relaciones con él. Decíase que era de maneras bruscas, de carácter ríspido y que no conocía una sola de las reglas de cortesía y buena educación. Tanto había oído hablar de esto, que realmente me encaminaba disgustado a bordo de la Germantown, esperando alguna ruda y desagradable escena, tanto más probable, cuanto que el objeto de mi visita podía no agradar al comodoro.
“Tan recargado de estos coloridos estaba el retrato que se me había hecho de Mr. Perry, que casi no hallé uno solo de ellos, cuando me puse en contacto con ese hombre. Al llegar a bordo de la Germantown, formóse la tripulación de más de doscientos hombres y vino a darme la mano junto a los guarda-mancebos el comandante Mr. Buchanan. Sobre la explanada encontramos al comodoro, quien nos recibió con la mayor cortesía, y con modales tan decentes que bien podrían lucir hasta en un almirante francés. De la explanada nos encaminamos al alcázar de popa y fuimos introducidos en un espléndido gabinete de recibo, decorado de muebles y colgaduras de un lujo tan exquisito, que habrían hecho honor al más fashionable salón.
“La figura de Mr. Perry está muy lejos de ser elegante, pero no es desagradable. La nariz y boca prominentes, el abdomen bastante abultado y cierta dejadez de miembros, he allí lo que más caracteriza la presencia del comodoro. Pero a vuelta de eso,  un par de ojos relucientes y una frente espaciosa y casi noble, compensaban con mucho esas ligeras deformidades, si así pudieran llamarse. Su locución es fácil y rápida, aunque un poco saturada de la tecnología de su profesión. Sin la presencia de Rafael (D. Rafael Carvajal, compañero de viaje de D. Justo) que posee tan perfectamente el inglés, me hubiera sido imposible entenderme con es hombre, pues descubrí entonces por primera vez una circunstancia, en que yo realmente no hubiera antes sospechado, a saber, que todo mi inglés era enteramente inútil cuando se trataba de sostener una conversación rápida y animada. Yo estaba tan persuadido que podía hablarlo en cualquiera emergencia y me hallaba tan satisfecho de que había aprendido perfectamente el idioma, que no me imaginé que llegase a ocurrir una dificultad como la que estaba palpando. La conferencia con el comodoro Perry me hizo salir del encanto, y me convenció de que por mejor que se haya aprendido en casa un idioma extranjero, si cuatro o seis meses de constante práctica, por lo menos en el país en donde ese idioma es la lengua vulgar, no se puede hablar con alguna soltura. Sin el poco francés e italiano que hablo, este último con menor incorrección, las dificultades del principio de este viaje habrían sido infinitamente superiores a lo que yo me había imaginado. Ya se ve: yo había estudiado el inglés con mayor esmero y más recientemente que los otros idiomas.
“Concluida nuestra conferencia con el comodoro, en la cual, sea dicho de paso, sólo obtuvimos buenas palabras y vagas promesas, se nos sirvió un refresco muy decente. Despedímonos de aquel caballero haciéndosenos el mismo cumplimiento que a nuestra llegada, nos pagó la visita en el hotel al siguiente día, y poco después tuvimos con él otra conferencia en la aduana, con intervención de Mr. Dimond. Desde entonces, ya no volvimos a hablarle de negocios, por considerarlo inútil refiriéndose, como se refiría, a órdenes recibidas de Washington
(Justo Sierra. Obra citada. Tomo 1. Páginas 40 a la 44.)

(5) El siguiente es el decreto a que se refería Mr. Buchanan: “Miguel Barbachano, gobernador provisional de la península de Yucatán, a sus habitantes, sabed: que el congreso ha decretado lo siguiente:
"El congreso extraordinario de Yucatán, que existe reunido por la voluntad soberana de los pueblos para deliberar sobre su futura suerte, después de expedido el decreto de 2 de julio último, por el cual declara y protesta sus positivos deseos y constante propósito á la unión nacional, bajo la inviolabilidad de los tratados de 14 de diciembre de 1843 y garantías convenientes á su seguridad y firmeza; y considerando:
"1° Que en las circunstancias de aparecer como plan de regeneración política el proclamado por la ciudad de Guadalajara, es este el único medio salvador de los infortunios y calamidades que han sobrevenido á la república dividida en facciones que mutuamente se despedazan, conspirando á su desolación y ruina:
"2o. Que según principios reconocidos, de acuerdo la razón y experiencia, la verdadera causa y origen de tamaños males no es otro que el de haberse derrocado el primitivo código fundamental que libremente se dieron los pueblos, y queriéndose sustituir otros que le fueran contrarios, faltó el nivel de sus voluntades, único apoyo de su estabilidad:
"3o. Que por lo tanto no se presenta otro recurso que el de regresar á aquel soberana principio, como base fundamental de legítima organización social reconocido por el plan de Guadalajara:
"4o. Que Yucatán lejos de considerarlo opuesto á los derechos excepcionales que su localidad y demás circunstancias exigen y ha sabido conquistar con su sangre, antes bien lo reputa como muy análogo a su conservación y existencia, tanto mas, cuanto que dirimidos por él los respectivos derechos é intereses generales y particulares, coincidirá precisamente con los estipulados en 1843. Siendo requisito indispensable y condición precisa el que se mantengan y conserven intactos para su reincorporación, Yucatán, entre tanto, seguirá gobernándose por sí mismo, según y en los términos que se halla sancionado por decreto de 2 de julio último. En tal virtud, el congreso, inspirado de principios tan ciertos como nobles, ha venido en decretar, decreta y sanciona:
“Art. 1o. Yucatán reconoce y proclama el pronunciamiento de la ciudad de Guadalajara, de 20 de mayo último, como un movimiento nacional y eminentemente patriótico, que se desarrolla en favor de la libertad de la república y derechos imprescriptibles, de los pueblos.
"Art. 2o. Yucatán continuará en la posición en que actualmente se halla, gobernándose por sí mismo, hasta tanto que por ser reconocida solemnemente la inviolabilidad de los tratados de 14 de diciembre de 1843, con garantías convenientes á su estabilidad y firmeza, pueda volver á la unión nacional, según y en los términos ya sancionados por decreto de 2 de julio último.
"Art. 3o. Yucatán, íntimamente convencido de que el general D. Antonio López de Santa Anna en diversas épocas ha dado pruebas inequívocas de un vigoroso patriotismo, y que además abriga y se halla penetrado de vivos sentimientos á favor de Yucatán para llevar al cabo el reconocimiento solemne de los convenios de 14 de diciembre de 1843, que garantizan sus derechos de excepcionalidad y consiguiente bienestar, lo reconoce desde luego y proclama por su parte como jefe y caudillo de la heroica empresa de regeneración de la república según el presente decreto.
Art. 4o. El gobierno, sin pérdida de tiempo, procederá en esta capital á la publicación solemne de este decreto, y lo comunicará inmediatamente á los jefes políticos de los distritos para que así mismo lo verifiquen en todos los pueblos de su demarcación.
“Dado en Mérida, en el palacio del congreso, á 25 de agosto de 1846.—José E. Cámara, diputado presidente.—Manuel Barbachano.—Pedro de Souza.—Martín F. Peraza.—José Jesús Castro.—Juan José Hernández.—Manuel Cecilio Villamor.—José R. Bátes.—José Pérez.—Crescendo José Pinelo.—Gerónimo Castillo. —Juan de la Cruz Sosa.—Francisco Barbachano.—Joaquín Castellanos.—Manuel Sales Barahona.—Pablo Castellanos.—Francisco Martínez de Arredondo.—Justo Sierra.—Francisco Remírez.— Nicolás Dorantes y Avila, diputado secretario.—José María Delgado, diputado secretario.
“Por tanto &.—Miguel Barbachano.—Joaquín García Rejón, Secretario general.
(Colección de Leyes, decretos y órdenes, por Alonso Aznar Pérez.—Tomo III —Mérida.—1851.—Páginas 48 a la 50.)
(6) Ya demostramos en el discurso de este libro, hasta la evidencia, que fueron los blancos,     los políticos que se pronunciaban cada jueves y domingo, los que armaron irreflexivamente el brazo del maceual, para utilizarlo en provecho propio, haciéndole utópicas promesas que, por lo mismo, jamás le cumplieron.

(7) Véase lo que decía en septiembre de 1847 “La Revista Yucateca”, de Mérida, en su editorial, páginas 12 y 13, Tomo 1 para que el lector contemporáneo se explique la ferocidad y el salvajismo de los indios alzados en armas:
"... y la justicia es el alma de los gobiernos.
“A propósito de justicia, ¿será conforme a sus principios lo que se hace hoy con esos mismos indios? Se les prende, enhorabuena: que se les examine, y si son criminales, se les castigue, muy arreglado: pero que se metan en sus casas, les quiten lo que es suyo y los atropellen con sus mujeres e hijas, ¿cómo se llama esto? ¿No tiene algo de la barbaridad que les echamos en cara?— No hay que proteger al perverso; pero no hay que oprimir y vejar al inocente... "

(8) El mismo periódico citado, la sesuda Revista Yucateca, decía en sus páginas 108 y 109, Tomo I, lo que sigue, que pone de relieve la exageración o el pesimismo del Gobernador Sr. Méndez, pesimismo que lo conducía al gravísimo trance de solicitar nada menos que la intervención extranjera para Yucatán, cuando México, la patria común, sostenía heroicamente la inicua guerra que le hacía el invasor yanqui:
“Todavía el país no está perdido. Los pusilánimes espíritus que no ven sino desgracias y calamidades por todas partes, y que con ojo triste y sentimientos melancólicos perciben en el provenir de nuestra patria una cadena de interminables males, no creemos que juzgan con aquélla exactitud que es la condición más apreciable de la libertad del raciocinio. Ya se ve que falta esa libertad, porque oprimida como lo está el alma con lo pasado y lo presente, no es extraño que al entrar en el vasto campo de las conjeturas, se pierda entre los amargos temores que naturalmente inspiran las lecciones pasadas y los golpes sufridos...”
Y más adelante, en el mismo editorial titulado sobre nuestras cosas, razonaba de esta suerte:
"Hoy estamos viendo, por ejemplo, que ha sido una grave equivocación, un error de terribles consecuencias, lo de haber llamado junto a nosotros y puesto armas a una raza que nunca debió mezclarse en nuestras interiores disputas, que nunca debió salir de su estado. El mal está hecho: hay qué llorar muchas víctimas y tendremos qué sufrir lo que sufrieron los romanos, que llamando en su auxilio a los mismos bárbaros que invadían la Europa, y enseñándoles la disciplina y el arte de la guerra, se volvían después contra, ellos, sirviendo así para aumentar la debilidad y facilitar la caída del Imperio, la medida que se había creído más oportuna para su conservación y sostenimiento.
“A pesar de todo lo expuesto, a pesar de las dificultades que se presentan para remediar nuestros infortunios, garantimos la proposición que sentamos al principiar este artículo: TODAVÍA EL PAÍS NO ESTA PERDIDO... "
Y que no lo estaba ni lo estuvo después, lo demuestra el hecho incontrastable de que se salvó sin la ayuda extranjera y con el esfuerzo de sus propios hijos.
Tenía pues, razón, el editorialista de La Revista Yucateca.

(9) He aquí el citado decreto:
"Su Excelencia el Sr. Gobernador se Ha servido dirigirme el decreto que sigue:
"El Gobernador Constitucional del Estado de Yucatán, á sus habitantes, sabed:
"Que el Congreso ha decretado lo siguiente:
"Art. 1o. Se faculta al gobierno para dictar cuantas providencias gubernativas ó legislativas juzgue necesarias al restablecimiento de la paz, á la consolidación del orden y á la mejora de todos los ramos que constituyen la administración pública.
“Art. 2o. Sin embargo de lo dispuesto en el artículo anterior, no podrá el gobierno: 1o. Aumentar ni disminuir las contribuciones establecidas; pero si lo creyese de absoluta necesidad para la salvación del estado, podrá verificarlo de acuerdo con el consejo: 2o. Ejercer funciones judiciales, ni imponer más penas por delitos políticos que la de extrañamiento del país, ó traslación de un punto á otro de la península, hasta por dos años.
"Art. 3o. Cesarán estas facultades el día 1º de septiembre próximo en que deben instalarse las cámaras en el segundo período constitucional.
"Art. 4o. Todos los actos que ejerza en virtud de las facultades que se le conceden, quedan sujetos al examen de las cámaras legislativas en sus primeras sesiones ordinarias.
"Art. 5o. El congreso cerrará sus sesiones extraordinarias el día que se reciba la comunicación del gobierno de haber sancionado el presente decreto.—Juan Antonio Remirez, diputado presidente.—Pantaleón Barrera, senador presidente.—José M. Mena, diputado secretario.—Alonso Aznar Pérez, senador secretario.
“Por tanto, mando se imprima, publique, circule y se le dé el debido cumplimiento.—Santiago Méndez.—A D. José R. Nicolín.— Maxcanú, enero 14 de 1848.”
“Y lo comunico á V. para su conocimiento y fines consiguientes. Maxcanú, Enero 14 de 1848.” (Colección de Leyes, decretos y órdenes por Alonso Aznar Pérez. Tomo III. — Mérida, 1851.—Páginas 174 y 175.)
(10.) Juzgamos pertinente hacer aquí esta última cita de La Revista Yucateca, del 19 de enero de 1849, página 86, Tomo II, que pone de relieve la fuerza de nuestras argumentaciones:
"No parece sino que el cielo, en castigo de nuestros desvaríos, nos condujo hasta el apurado trance en que nos vimos, de implorar auxilios extraños, porque llegamos a creer, equivocadamente también, que nuestras fuerzas no eran bastantes; Y ANTES QUE VOLVER AL SENO DE LA MADRE PATRIA, SE REGALABA LA DOMINACIÓN DEL PAÍS AL PRIMERO QUE ACUDIESE A DEFENDERLO, SIN AUTORIZACIÓN PARA HACER ESTE OBSEQUIO, QUE NADIE ACEPTO POR LO MISMO. Abrimos al cabo los ojos y los fijamos en la Nación: acudimos a ella y desde entonces ha correspondido a nuestros lamentos de angustia, con una generosidad digna de nuestra eterna gratitud... "
Así, pues, si hoy no somos yanquis, no es porque para ello no hubieran puesto todos los medios posibles los políticos que estaban en el Gobierno en 1847 y 1848, sino porque tanto las cancillerías de Madrid y Saint James, cuanto la de la Casa Blanca NO QUISIERON, SE NEGARON A ACEPTAR LA GRACIOSA DONACIÓN que de la Península se les hacía, porque ello NO ERA OBRA DEL PUEBLO YUCATECO, sino de UN GRUPO de hombres más o menos ambiciosos o equivocados, que se había apoderado del Poder...
(11) Dr. Sierra, como se ve, despertaba magistralmente el apetito del yanqui, haciendo un ardiente anuncio de la mercancía...
(12) Como se ve, Mr. Buchanan no tuvo a bien preocuparse por las apremiantes comunicaciones del Dr. Sierra.
(13) Ya se vio cómo no desapareció, lo cual indica que en el fondo de este desdichado negocio de solicitar la intervención extranjera al mejor postor, había, más que otra cosa, finalidades de fisonomía política antimexicana perfectamente definidas. Debe recordarse que el Dr. Sierra, fue Hijo político del Gobernador D. Santiago Méndez y nada amigo de los indios.

(14) A esta circunstancia debemos, tal vez, no ser ahora súbditos de los Estados Unidos; y a la llamada Doctrina Monroe, no haber sido aceptados, quizás, como súbditos de Inglaterra o de España...

(15) Este, y los documentos todos, anteriores, relativos a la misión del Dr. Sierra en EE. UU., constan en la Biblioteca del Senado en Washington, Tomo V de Documentos del Senado, la sesión del 30o. Congreso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Menéndez Carlos R. Historia del infame y vergonzoso comercio de indios vendidos a los esclavistas de Cuba por los políticos yucatecos, desde 1848 hasta 1861. Justificación de la revolución indígena de 1847. Documentos irrefutables que lo comprueban. Mérida, Yuc., México. Talleres Gráficos de “La Revista de Yucatán”. 1923.