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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1846 Mensaje del Presidente Polk al Congreso de EU

James Knox Polk, Washington, 11 de Mayo de 1846

Al Senado y a la Cámara de Representantes:

El estado actual de las relaciones entre los Estados Unidos y México constituye una materia que debo someter a la consideración del Congreso. El estado de estas relaciones, las causas que condujeron a la suspensión del trato diplomático entre los dos países en marzo de 1845, y los prolongados, continuos y no reparados errores e injurias cometidos por el gobierno mexicano en perjuicio de los ciudadanos de los Estados Unidos, en sus personas y propiedades, fueron informados por escrito, en mi mensaje entregado al principio de la presente sesión.

Como los hechos y opiniones fueron expuestos ante ustedes para que fueran cuidadosamente considerados, no puede expresar mejor mis convicciones presentes acerca de la condición que guardaban los asuntos en ese tiempo, más que refiriéndolos a ustedes a esa comunicación.

El fuerte deseo de establecer la paz con México en términos generosos y honorables y la buena voluntad de este gobierno para regular y ajustar nuestra frontera, sí como otras causas de diferencia con ese poder, con base en principios justos y equitativos que nos condujeran a relaciones permanentes de la más amistosa naturaleza, me indujeron en septiembre último, a buscar la reapertura de las relaciones diplomáticas entre los dos países. Cada medida adoptada de nuestra parte tuvo por objeto contribuir a estos resultados deseados. Al comunicar al Congreso un sucinto estado de los daños que hemos sufrido por parte de México, y los cuales se han ido acumulando durante un periodo de más de veinte años, fue cuidadosamente evitada toda expresión que pudiera provocar el odio del pueblo de México, o la derrota o demora de un resultado pacífico. Se envió una misión diplomática a México con plenos poderes para arreglar todas las diferencias existentes. Pero esta misión no ha sido aprovechada, a pesar de estar presente en suelo mexicano, teniendo el consentimiento de los dos gobiernos, investida de plenos poderes, y llevando evidencia de las más amistosas disposiciones. El gobierno mexicano no sólo se rehusó a recibirla o escuchar sus proposiciones, sino después de una larga serie de amenazas, ha invadido finalmente nuestro territorio, y ha derramado la sangre de nuestros conciudadanos en nuestro propio suelo.

Ahora asumo la tarea de establecer más en detalle el origen, progreso y falla de esa misión. En cumplimiento de las instrucciones dadas en septiembre último, se formuló una pregunta el 13 de octubre de 1845, en los términos más amistosos, a través de nuestro cónsul en México, al ministro de asuntos extranjeros: “si el gobierno mexicano recibiría a un enviado de los Estados Unidos, investido con plenos poderes para arreglar todas las cuestiones en disputa entre los dos gobiernos”, con la garantía de que “si la respuesta era afirmativa, tal enviado sería inmediatamente despachado a México”. El ministro mexicano, el 15 de octubre, dio una respuesta afirmativa a esta pregunta, solicitando, al mismo tiempo, que nuestra fuerza naval apostada en Veracruz, debía ser retirada, para que su continua presencia no pudiera dar la apariencia de una amenaza y coerción antes de las negociaciones. Esta fuerza fue inmediatamente retirada. El 10 de noviembre de 1845, el señor John Slidell, de Lousiana, fue comisionado por mí como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de los Estados Unidos a México y fue investido con plenos poderes para tratar tanto la cuestión de la frontera de Texas como la indemnización para nuestros ciudadanos. El remedio de los errores contra nuestros ciudadanos, natural e inseparablemente en sí mismos, se mezcló con la cuestión de la frontera. El convenio de una cuestión, en cualquier visión correcta de la materia, implica a la otra. Yo no podía, ni por un momento, admitir la idea de que las demandas de muchos de nuestros ciudadanos dañados y largamente sometidos a sufrimientos, muchas de las cuales han existido por más de veinte años, debían ser pospuestas, o separadas del convenio sobre la cuestión de la frontera.

El señor Slidell llegó a Veracruz el 30 de noviembre y fue cortésmente recibido por las autoridades de la ciudad. Pero el gobierno del general Herrera se estaba entonces tambaleando hacia su caída. El partido revolucionario se había asido de la cuestión de Texas para efectuar o acelerar su derrocamiento. Su determinación de restaurar amigablemente las relaciones con los Estados Unidos, y recibir a nuestro ministro para negociar el arreglo de esta cuestión, fue violentamente atacada y se convirtió en el gran tema de denuncia en su contra. El gobierno del general Herrera, hay buenas razones para creerlo, estaba sinceramente deseoso de recibir a nuestro ministro, pero eso produjo la tormenta levantada por sus enemigos y el 21 de diciembre, se rehusó a acreditar al señor Slidell con los más frívolos pretextos. Esto está tan completa y hábilmente expuesto en la nota del señor Slidell del 24 de diciembre pasado, presentada al ministro mexicano de relaciones exteriores, que juzgo innecesario entrar en mayores detalles en esta parte de la materia.

Cinco días después de la fecha de la nota del señor Slidell, el general Herrera dejó el gobierno al general Paredes, sin luchar, y el 30 de diciembre renunció a la presidencia. Esta revolución fue ejecutada solamente por el ejército, el pueblo tuvo poca parte en la lucha, y así, el supremo poder de México pasó a las manos de un líder militar.

Determinado a no dejar esfuerzo alguno sin intentar para lograr un arreglo amigable con México, ordené al señor Slidell que presentara sus credenciales al gobierno del general Paredes y pidiera ser recibido oficialmente por él. Hubiera habido menos base para dar este paso si el general Paredes hubiera llegado al poder por una sucesión constitucional regular. En este caso, su administración habría sido considerada como una mera continuación constitucional del gobierno del general Herrera y el rechazo de este último, podría haber sido juzgado conclusivo, a menos que una notificación fuera dada por el general Paredes de su deseo de revertir la decisión de su predecesor. Pero el gobierno del general Paredes debía su existencia a una revolución militar, por la cual las autoridades constitucionales prevalecientes habían sido subvertidas. La forma de gobierno había cambiado completamente, así como todos los altos funcionarios que la administraban.

Bajo estas circunstancias, el señor Slidell, acatando mis instrucciones,  dirigió una nota al ministro mexicano de relaciones exteriores, con fecha 1º de marzo, solicitando ser recibido por ese gobierno en su carácter de diplomático con que había sido nombrado. Este ministro, en su contestación de fecha 12 de marzo, reiteró los argumentos de su predecesor y negó la solicitud del señor Slidell en términos que pueden ser considerados rayan en el terreno de la ofensa al gobierno y al pueblo de los Estados Unidos. Por consiguiente, nada quedó para nuestro enviado sino sólo reclamar su pasaporte y regresar a su propio país.

Así, el gobierno de México aunque solemnemente comprometido por sus actos oficiales de octubre pasado, de recibir y acreditar a un enviado americano, violó su fe comprometida y rechazó la oferta de un arreglo pacífico de nuestras dificultades. No sólo fue nuestra oferta rechazada, sino la indignidad de su rechazo fue aumentada por la manifiesta falta de confianza de admitir un enviado, que ellos mismos se habían comprometido a recibir. No puede decirse que la oferta era infructuosa dado el deseo de una oportunidad de discutirla: nuestro enviado estaba presente en su propio suelo. Ni puede atribuirse a un deseo de suficientes poderes: nuestro enviado tenía plenos poderes para tratar toda cuestión de diferencia.  Ni había lugar para quejarse de que nuestra propuesta era irrazonable: No se había dado permiso a nuestro enviado para hacer cualquier proposición. Ni se podía objetar que nosotros, de nuestra parte, no escucharíamos términos razonables que nos sugirieran: el gobierno mexicano rehusó toda negociación y no ha hecho proposición alguna.

En mi mensaje al comienzo de la presente sesión, informé a ustedes sobre el comunicado formal tanto al congreso como a la convención de Texas, de que había ordenado que una fuerza militar eficiente tomara una posición “entre el Nueces y el Del Norte”. Esto ha llegado a ser necesario para enfrentar la amenaza de invasión de Texas por las fuerzas mexicanas, las cuales han hecho extensas preparaciones militares. Se ha amenazado de invasión solamente porque Texas ha determinado, conforme a una resolución solemne del Congreso de los Estados Unidos, anexarse a nuestra Unión y, bajo estas circunstancias, era nuestro deber extender plenamente nuestra protección a sus ciudadanos y a su suelo.

Esta fuerza fue concentrada en Corpus Christi y permaneció ahí hasta después de que recibí información desde México, de que era probable, si no cierto de que el gobierno mexicano rehusaría recibir a nuestro enviado.

Mientras tanto, Texas, por la acción final de nuestro Congreso, había llegado a ser una parte integral de nuestra Unión. El Congreso de Texas, por su ley de 19 de diciembre de 1836, había declarado el Río del Norte como su frontera con esa república. Su jurisdicción se había extendido y ejercido más allá del Nueces. El área entre ese río y el Del Norte ha estado representado en el congreso y en la convención de Texas; ha tomado parte así en la propia ley de anexión y está ahora incluida dentro de uno de los distritos congresionales. Nuestro propio Congreso ha reconocido, con gran unanimidad, por ley aprobada el 31 de diciembre de 1845, el área más allá del Nueces como parte de nuestro territorio, incluyéndola dentro de nuestro propio sistema de ingresos; y un oficial de ingresos ha sido nombrado con el consejo y consentimiento del senado, para residir dentro de ese distrito...Ha llegado a ser urgente, por consiguiente, la necesidad de proveer la defensa de esa porción de nuestro territorio. De acuerdo con lo anterior, el 13 de enero último, se dieron instrucciones al general en jefe de estas tropas de ocupar el banco izquierdo de Del Norte. Este río, que es la frontera sur-occidental  del estado de Texas, es una frontera expuesta;  desde este banco, se amenaza con la invasión; sobre éste y su vecindad inmediata, según el juicio de la alta experiencia militar, procede establecer estaciones para las fuerzas protectoras del gobierno. Adicionalmente a esta importante consideración, varias otras ocurrieron para inducir este movimiento. Entre éstas, están las facilidades proporcionadas por el puerto de Brazos Santiago en la boca de Del Norte, para la recepción de abastecimientos por mar; las más fuertes y saludables posiciones militares;  la conveniencia de obtener un más rápido y abundante abasto de provisiones, agua, combustible y forraje; y las ventajas que proporciona el Del Norte para adelantar abastos a tales puestos que pueden establecerse en el interior y sobre la frontera india.

El movimiento de las tropas al Del Norte fue hecho por el general comandante bajo instrucciones positivas de abstenerse de todo acto agresivo hacia México o los ciudadanos mexicanos y de considerar las relaciones entre esa república y los Estados Unidos como pacíficas, a menos que ella declarara la guerra o cometiera actos de hostilidad que indicaran el estado de guerra. Especialmente se le ordenó proteger la propiedad privada y respetar los derechos personales.

El ejército se movilizó de Corpus Christi el 11 de marzo y el día 28, llegó al banco izquierdo del Del Norte, opuesto a Matamoros, en donde acampó en una posición de mando, la cual ha sido fortalecida por la erección de campos de trabajo. También se ha establecido un depósito en Point Isabel, cerca de Brazos Santiago,  treinta millas a la retaguardia del campamento. La selección de esta posición fue necesariamente confiada al juicio del general en jefe.

Las fuerzas mexicanas de Matamoros asumieron una actitud beligerante y, el 12 de abril, el general Ampudia, entonces al mando, notificó al general Taylor que debía levantar su campamento en veinticuatro horas y retirarse más allá del río de las Nueces, y en la eventualidad de que no atendiera estas demandas,  anunció que las armas y sólo las armas decidirían la cuestión. Pero ningún acto de hostilidad fue realizado sino hasta el 24 de abril. Ese día, el general Arista, quien asumió el mando de las fuerzas mexicanas, comunicó al general Taylor que “el consideraba comenzadas las hostilidades y debían proseguirse”. Una partida de dragones, de sesenta y tres hombres y oficiales, fueron ese mismo día despachadas desde el campo americano arriba del Río Norte, en su banco izquierdo, para averiguar si las tropas mexicanas lo habían cruzado o estaban preparándose para cruzarlo, el río “había sido ocupado  por un gran cuerpo de estas tropas, y, después de una breve escaramuza, en la que resultaron cerca de dieciséis muertos y heridos, pareció que habían sido derrotados y fueron obligados a rendirse.
Las heridas injustas perpetradas  por México sobre nuestros ciudadanos a través de un largo periodo de años, permanecen irreparadas; y tratados solemnes, comprometiéndose públicamente a su reparación, han sido desatendidos. Un gobierno incapaz o sin voluntad de hacer cumplir tales tratados, falla en desempeñar uno de sus deberes más elementales. Nuestro comercio con México ha sido casi aniquilado. Anteriormente fue de grandes beneficios para ambas naciones; pero nuestros mercaderes han sido impedidos de proseguirlo por el sistema de ultraje y extorsión que las autoridades mexicanas han seguido en contra de ellos, mientras que sus reclamos de indemnización a su propio gobierno han sido en vano. Nuestra paciencia ha llegado a tal extremo que se ha equivocado su carácter. Debimos  actuar con vigor para repeler los insultos y reparar los daños inflingidos por México desde el comienzo, debemos ahora, sin duda, salir de todas las dificultades en que estamos metidos.

En lugar de esto, sin embargo, hemos empleado nuestros mejores esfuerzos para propiciar su buena voluntad. Con el pretexto de que Texas, una nación tan independiente como la suya, está dispuesta a unir sus destinos con el nuestro, ha fingido creer que hemos amputado su legítimo territorio, y en proclamas oficiales y manifiestos ha amenazado repetidamente con hacernos la guerra con el propósito de reconquistar Texas. Entretanto, nosotros hemos intentado todo esfuerzo para la reconciliación. La copa de la paciencia ha quedado vacía, aun antes de la información reciente de la frontera de Del Norte. Pero ahora, después de reiteradas amenazas, México ha pasado la frontera de los Estados Unidos, ha invadido nuestro territorio y derramado sangre en suelo americano. Ha proclamado que las hostilidades han comenzado y que las dos naciones están ahora en guerra.

Como la guerra existe, a pesar de todos nuestros esfuerzos para evitarla,  existe por ley del mismo México, llamamos, conforme a todos los deberes y patriotismo, a defender con decisión el honor, los derechos y los intereses de nuestro país.

Previniendo la posibilidad de una crisis como la que ha llegado, dimos instrucciones en agosto pasado, “como una medida precautoria” contra la invasión o amenaza de invasión, autorizando al general Taylor, si la emergencia lo requería, para aceptar voluntarios, no sólo de Texas, sino de los estados de Lousiana, Alabama, Mississipi, Tenessee y Kentuky, y las cartas correspondientes fueron enviadas a los respectivos gobernadores de esos estados. Estas instrucciones fueron repetidas; y en enero pasado, inmediatamente después de la incorporación de “Texas a nuestra unión de estados”, el general Taylor fue además “autorizado por el Presidente para requerir del ejecutivo de ese estado su fuerza militar si fuera necesaria para repeler la invasión”. El dos de marzo se le advirtió que “en el caso de que se aproximara una considerable fuerza mexicana, rápida y eficientemente usara la autoridad con la cual estaba investido para llamar tal fuerza auxiliar como pudiera necesitarla”. La guerra realmente existe y nuestro territorio ha sido invadido, el general Taylor,  en cumplimiento de la autoridad que le otorgaron mis instrucciones, ha solicitado al gobernador de Texas cuatro regimientos de tropas estatales, dos montados y dos para servir a pie, y al gobernador de Louisiana cuatro regimientos de infantería, para que le sean enviados tan pronto como sea posible.

Para mayor defensa de nuestros derechos y de nuestro territorio, invoco la rápida acción del Congreso para reconocer la existencia de la guerra y para poner a disposición del Ejecutivo los medios para realizar la guerra con vigor, y así acelerar la restauración de la paz. A este fin recomiendo que se otorgue autoridad para llamar al servicio público a un gran cuerpo de voluntarios para servir no menos de seis o doce meses, a menos que sean licenciados más pronto. Una fuerza de voluntarios es, más allá de cualquier cuestión, más eficiente que cualquier otra descripción de ciudadanos soldados y no hay duda de que un número más allá de lo requerido, fácilmente acudiría del campo al llamado de su país. Además, recomiendo que una provisión generosa se haga para sostener nuestra fuerza militar y suministrarle abastecimientos y municiones de guerra.

Se recomiendan al Congreso medidas más enérgicas y rápidas y la presentación inmediata en armas de una fuerza grande y dominante, como los medios más seguros y eficientes de llevar a la colisión existente con México a una rápida y exitosa terminación.

Al hacer estas recomendaciones juzgo apropiado reiterar que es mi ferviente deseo no sólo terminar las hostilidades rápidamente, sino llevar todos los asuntos en disputa entre este gobierno y México a un acuerdo temprano y amigable; y desde este punto de vista, debo estar preparado para renovar negociaciones cuando México esté listo para recibir proposiciones, o para hacer proposiciones propias.

Transmito con el presente una copia de la correspondencia intercambiada entre nuestro enviado a México y el ministro mexicano de relaciones exteriores, así como de la correspondencia entre el enviado y el Secretario de Estado, y entre el Secretario de la Guerra y el general en jefe en el Del Norte, para la necesaria comprensión de la materia.