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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1846 Nuestra profesión de fe. Publicado en El Tiempo, periódico monárquico semioficial.

12 de Febrero de 1846

Hemos prometido una manifestación, esplícita y completa de nuestros principios políticos. Vamos a cumplir nuestra oferta. Nuestros artículos precedentes han demostrado, sin duda, nuestras ideas y convicciones. Pero ha aparecido, sin embargo, dudarse de nuestra decisión para expresarlas con franqueza y claridad. Si ahora lo hacemos, no es ciertamente porque sirva de estimulo a nuestro propósito el ridículo temor que algunos periódicos nos atribuyen; sino porque obramos con arreglo a un plan, y según él ha llegado el tiempo de descorrer la ultima punta del vela que pretenden los partidarios de antiguos abusos ocultar a los ojos del pueblo la situación del país. No cumplía a nuestro carácter arrojar grandes ideas, sin preparación alguna, en la miserable arena de los antiguos partidos: quisimos limpiar antes el campo, tantear la opinión, y satisfechos de este examen y seguros del terreno donde intentamos combatir, vamos a empezar nuestro trabajo y a plantar nuestra bandera.

Creemos que nuestra independencia fue un hecho grande y glorioso, un hecho necesario e inevitable además; por que cuando reinos y provincias situados a tal distancia de la metrópoli llegan a cierto grado de desarrollo y crecimiento, cuando la prosperidad y crecimiento, y la cultura han creado intereses y capacidades para gobernar a un país, entonces convenle desatar los lazos que unen a las naciones jóvenes con las más adelantadas y antiguas, que, como madres, les dieron educación y fuerza, iniciándolas en la vida de la civilización. Así, más tarde o más temprano había de llegar la independencia; diez años de guerra crueles no pudieron verificarla: un paseo militar de siete meses en 1821, bastó para que las palabras de Iguala fuesen la bandera del país. ¿Por qué? Porque las garantías de aquel plan consiliaron todos los ánimos, reunieron todas las simpatías; porque el clero, el ejercito, el pueblo veían asegurado un porvenir de gloria y de prosperidad para la patria, por esto muchos sacerdotes, militares y comerciantes españoles continuaron en México sus servicios y trabajos; por esto no hubo sangre ni ruinas para consumar la importante revolución, y la independencia reunió tantas simpatías, porque se consultaba al bien general, por que se desataron y no se rompieron los lazos que unían a lo pasado con lo presente y lo futuro.

El plan de Iguala no se verificó. Iturbide quiso fundar en provecho propio una dinastía; y este imperio sin cimientos, sin legitimidad, sin el respeto del tiempo y de las tradiciones, cayó en ruinas al primer vaivén revolucionario. La tragedia lamentable que le arrancó la vida, quitó también a la patria un servidor fiel, estraviado sólo por la inesperiencia y deslumbrado por las lisonjas. Los Estados Unidos empezaron entonces a levantar en México un imperio de otra clase: sus libros y sus ideas, las ofertas de sus representantes, y el engañoso espectáculo de su prosperidad, arrastrado por caminos nuevos y peligrosos nuestra generosa confianza. Las ideas republicanas se apoderaron al fin de la nación, y se formularon en el gobierno.

Entonces empezamos a entrar en esa senda fatal por donde caminamos todavía. No teniéndose en cuenta las diferencias de origen, de religión y de historia, no considerándose que nuestra unidad social, política y religiosa nos aconsejaba la forma monárquica de gobierno, como a ellos su diversidad de cultos, de pueblos y de idiomas, la forma republicana y la confederación federal, creímos que el camino más pronto para asegurar la libertad política, era arrojarnos en brazos de los Estados- Unidos, imitar servilmente sus instituciones y seguir exactamente sus pérfidos consejos. Formose, entonces, la absurda constitución de 1824, y el representante americano fundó, en nombre de la libertad, sociedades secretas que tiranizaron y consumieron al país. Desorganizse la hacienda: destruyose la administración: debiendo sobrarnos recursos para todas nuestras atenciones, se dilapidó el caudal del pueblo, y empezamos a contratar empréstitos cada vez mas ruinosos. Debilitose a la nación espulsando a los españoles pacíficos y laboriosos, arrojando con ellos a sus familias mexicanas y los inmensos caudales que poseían. La libertad civil se ahogó en continuas revueltas, y de un ejército sufrido y disciplinado, quiso hacerse un instrumento de ambición y anarquía. Los presidentes y los congresos cayeron precipitados por sangrientas revoluciones. La guerra civil en los campos, los desórdenes en las ciudades fueron desde entonces nuestro estado casi normal; mientras los indios bárbaros se atrevían a asolar impunemente nuestro territorio, y los Estados-Unidos nos arrebataban a Tejas y preparaban la usurpación de California.

Esta descripción no es exagerada: los documentos oficiales, los discursos de todos los representantes del país, los artículos de todos los periódicos, contienen una pintura mucho más fuerte de nuestra situación.

¿Qué vemos ahora? ¿Cuál es nuestra situación en el interior y en el estranjero?

Una administración desorganizada, una hacienda perdida, deudas enormes que nos consumen, las rentas hipotecadas a nuestros acreedores, el soldado mendingando de la Usura su escasa subsistencia, los servidores del estado desatendidos, la justicia descuidada, los bárbaros haciendo retroceder las fronteras de la civilización, Yucatán emancipado, los Estados-Unidos ocupando nuestro territorio; y todo esto sin marina con que defender nuestras costas, y sin poder proporcionar los recursos necesarios a nuestro valiente ejército para espeler del suelo de la patria a sus osados invasores.

¿Qué somos en el esterior?

Nuestra opinión en Europa está perdida; se han acostumbrado los oídos a perpetuo escándalo de nuestras revoluciones, y se nos mira como una nación condenada a la suerte de las turbulentas y semibárbaras repúblicas del sur, o destinada a ser presa y esclava de la federación del Norte. Este país tan rico por sus recursos naturales, no tiene ya crédito en mercado alguno; y la inestabilidad de nuestros gobiernos, en descrédito de nuestras instituciones nos vedan todas las alianzas políticas que pudiéramos establecer en Europa para resistir las invaciones de los Estados-Unidos. Ninguna nación entra en tratos con las desgraciadas repúblicas de la América Española, condenadas por una suerte-fatal a arrastrarse en anarquías y convulciones; donde la diplomacia es imposible, el secreto Impracticable; donde no hay ni puede haber traiciones ni garantías en sus precarios Gobiernos.

Pues bien: nosotros conocemos esta triste situación y no tratamos, como tantos otros, de engañar a nuestro país; y como la nación mexicana tiene los mayores elementos de grandeza y prosperidad que ha tenido nación alguna del mundo, y como los hombres son aquí como en todas partes lo que los hacen de educación, las instituciones y los hábitos, no pensamos ni repetimos la vulgaridad de que somos incapaces de ecsistir políticamente, ni de gobernarnos a nosotros mismos. Por esto creemos que las instituciones republicanas nos han traído a semejante estado de abatimiento y de postración, como hubieran traído a la España, como hubieran traído a la Inglaterra, como hubieran traído a la Francia. Creemos que con lo presente caminamos no sólo a. la ruina, a la desmoralización, a la anarquía, sino a la disolución completa de la nación, a la pérdida de nuestro territorio, de nuestro nombre, de nuestra independencia.

La Holanda, la Francia, la Inglaterra han hecho también en épocas más atrasadas, sus ensayos de república, y han sacudido con disgusto y con espanto para no morir esa forma política, que, como entre nosotros les minaba la ecsistencia. Y en ellos, sin embargo, había dejado recuerdos globosos ya que no prósperos, la revolución republicana. La Holanda sacudió el yugo español y creó una marina: la Inglaterra, bajo la férrea administración de Cronwell, conquistó a Dunquerque y a Jamaica: la Francia hizo temblar a la Europa, y en su delirio revolucionario paseo triunfante por la Alemania, la Italia y la Suiza, su estandarte tricolor. Las tres naciones, sin embargo, cayeron consumidas por divisiones intestinas, y pidieron a la monarquía el remedio de sus males. Hoy, gozando de todos los beneficios de la libertad y del orden, con una civilización brillante y fecunda, miran esas vanas utopías como un delirio insensato: los partidos republicanos ni aun como partidos existen: han muerto. ¿Donde están los hombres ilustrados que en esos países de libertad proclamen sus doctrinas?

Pero si en ellos no pudo echar raíces la república, ¿qué será en México donde no trae a la memoria más que recuerdo de humillaciones y desastres? En vez de conquistar territorios agenos, las eternas disensiones de nuestra república nos han hecho a perder a Tejas, y a Yucatán, ambos países mexicanos al empezar nuestra independencia, Y estamos a cada día amenazados de perder más territorio, en vez de triunfar de nuestros enemigos, el estandarte francés ha ondeado en Ulúa y Veracruz, las estrellas americanas flotan sobre el Bravo. Nada ha creado la república, lo ha destruido todo; y la altivez de nuestro carácter nacional se rebela contra la impotencia a que se tiene sujeto a un gran país.

Por eso, lo repetimos, creemos que nuestra república ha sido un ensayo costoso, un escarmiento duro; pero que tiene remedio aun. Ahora, si se nos pregunta que queremos, que deseamos, vamos a decirlo francamente. Queremos la Monarquía Representativa; queremos la Unidad de la Nación, queremos el orden junto con la libertad política y civil, queremos la integridad del territorio mexicano; queremos, en fin, todas las promesas y garantías del Plan de Iguala, para asegurar en cimientos estables nuestra gloriosa independencia. Sí la forma de gobierno que han adoptado, tras largas convulciones, los países más adelantados y civilizados del mundo, esa forma nos conviene a nosotros, lo que se prometió en Iguala por el ejército y por su heroico caudillo, eso puede ser nuestra felicidad y evitar nuestra destrucción: a eso deseamos caminar, eso anhelamos, eso defendemos.

Nosotros queremos un régimen de gobierno en que la Justicia se administre con imparcialidad, porque sea independiente de los partidos; en que el gobierno tenga estabilidad y fuerza para proteger la sociedad, y en donde las leyes, respetadas por todos, aseguren las garantías de los ciudadanos; en que las cámaras sean electivas y el poder real hereditario, para asegurar la libertad política y el orden existente. Deseamos un orden de cosas que dé regularidad al comercio, protección a la industria, que desarrolle la actividad intelectual de la nación, y en cuya ordenada gerarquía tengan un puesto todos los hombres eminentes.

Queremos, que, como suceden en todas las monarquías respectivas de Europa, no haya otra aristocracia que la del mérito, de la capacidad, de la instrucción, de la riqueza, de los servicios militares y civiles; que no se pregunte al hombre de qué padres viene, sino qué ha hecho, cuánto vale para admitirlo a todos los empleos y a todos los honores.

Queremos, sí, un ejercito fuerte y vigoroso que puede cubrirse de laureles defendiendo noblemente, a su país, en que sean respetadas las gerarquías militares y obtenga esa consideración a que son creedores los que derraman su sangre por la patria: deseamos para ese ejército, victorias en el esterior, y que se asegure al soldado un descanso cómodo y estable después de su fatigosa vida, no el abandono y la miseria conque pagan sus servicios las revoluciones.

Queremos el sostén decoroso y digno del culto católico de nuestros padres, no esa amenaza continua con que amaga sus propiedades la anarquía. Hemos nacido en el seno de su iglesia, y no queremos ver las catedrales de nuestra religión convertidas en templos de esas sectas que escandalizan al mundo con sus querellas religiosas; y en vez del estandarte nacional, no queremos ver en sus torres el aborrecido pabellón de las estrellas.

Deseamos una monarquía representativa que pueda proteger a los departamentos distantes, como a los cercanos, defenderlos de los salvajes que los asolan, y estender esas fronteras de la civilización que van retrocediendo ante la barbarie. Deseamos que haya un gobierno estable, que, inspirando confianza a la Europa nos proporcione alianzas en el esterior para luchar con los Estados-Unidos, si se obstinan en destruir nuestra nacionalidad.

Alrededor de esta bandera caben todos los partidos legales, cuantos deseen ver afirmada la independencia y la libertad de su país; cuantos deseen que se forme la primer nación de América, de nuestra triste y desgraciada patria. Nosotros tenemos fe en su porvenir, en su engrandecimiento: y no creemos que tan vasto, tan rico, tan privilegiado territorio ha de ser presa de la disolución y de la anarquía.

Pero nosotros no queremos reacción de ningún género. Conservadores por convencimiento y carácter, pedimos protección para todos los intereses creados cualquiera que sea su origen. Locura es creer que viniendo a México un príncipe de sangre real a establecer una dinastía, pudiese apoyarse en estrangeros. Eso podía hacerse hace tres siglos; eso no puede hacerse hoy, y menos en los gobiernos representativos. No queremos un empleo solo, un sólo grado militar, sino en manos mexicanas: en el ejército, en el pueblo mexicano debe apoyarse sólo lo que pretenda ser estable en nuestro país.

Hemos acabado nuestra profesión de Fe. Es clara al menos y completa. Convencidos de que nuestras ideas son las únicas que pueden salvar a la nación, las sostendremos con decoro, con comedimiento, pero también con decisión y. energía. Nada nos importa las calumnias con que se persigue siempre a los que combaten los desórdenes, las preocupaciones, los abusos: despreciaremos a los calumniadores y seguiremos sin temor en nuestra obra. Lo que es seguro, sí, es que nosotros no seremos jamás cómplices de la ambición estrangera, y jamás las estrellas de los Estados Unidos eclipsaran en nuestro periódico los colores de la bandera nacional.