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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1846 Manifiesto del excelentísimo señor presidente interino de la República, a la Nación, Mariano Paredes y Arrillaga.

Abril 23 de 1846

 

Palacio Nacional de México, Abril 23 de 1846

 

MANIFIESTO DEL EXCELENTÍSIMO SEÑOR PRESIDENTE INTERINO DE LA REPÚBLICA, A LA NACIÓN.

Cuando en principios del año tomé sobre mí la grave responsabilidad de regir los destinos de la Nación, por un corto tiempo, me propuse, con ánimo resuelto, sostener y defender sus derechos y prerrogativas, cambiando la política, débil y perniciosa de contemporización, que se había observado para con el Gobierno de los Estados Unidos de América, á pesar de la perfidia con que preparó la ocupación de Texas, del dolo con que violó los tratados existentes que garantizaban los límites de la República, del acto proditorio con que incorporó uno de nuestros Departamentos á los Estados de su confederación. La Nación mexicana no conquistó por medio de los más cruentos y heroicos sacrificios su independencia, ni tomó asiento entre las civilizadas del globo, para convertirse en el ludibrio de una potencia vecina, que explotando nuestras querellas, nuestros penosos disturbios, y la debilidad exagerada que produjeron, se anunció con el aparato de las conquistas, y comenzó á invadir nuestro territorio, para deleitarse en el sueño de que podría extinguir la raza varonil á que pertenecemos, aplicarnos el hierro que llevan sobre sus frentes los esclavos del Sur, extinguir nuestra nacionalidad, y abandonarnos al humillante infortunio del olvido. Este pueblo magnánimo que, en una lucha de once años de sangre y de exterminio, probó no menos su denuedo que su constancia, esperaba con impaciencia lanzarse á otra nueva guerra, á que la llamaban las agresiones escandalosas de un gobierno que se decía amigo, y que para envilecernos, descansaba en su poder y descuidaba de apoyarse en los títulos de equidad y de justicia, que respetan todas las naciones, que robustecen las esperanzas de la paz, y que mantienen la armonía del universo. Por esto es que la nación mexicana sancionó el movimiento que inicié en San Luís Potosí, no para buscar el angustioso ejercicio del poder, sino para que el de mi patria brillara con el triunfo de una causa qué es la de los principios conservadores de las sociedades humanas.

Los antiguos agravios, las ofensas que desde el año de 1836 ha reproducido incesantemente el gobierno de los Estados Unidos contra el pueblo de México, se consumaron con el insulto de enviarnos un ministro para acreditarlo cerca de nuestro gobierno con el carácter de residente, como si las relaciones entre las dos repúblicas no hubieran padecido alteración alguna al consumarse el acto definitivo de la incorporación de Texas. Al mismo tiempo que Mr. Slidell se presentó, las tropas de los Estados Unidos ocupaban nuestro territorio, sus escuadras amenazaban á nuestros puertos, y se preparaba la ocupación de la península de las Californias, de que no es más que un preliminar la cuestión del Oregón con la Inglaterra; y no admití á Mr. Slidell, porque la dignidad de la Nación repelía este nuevo insulto.

Entretanto, el Ejército de los Estados Unidos se acantonó en Corpus Cristi y ocupó la isla del Padre Vayín: se dirigió en seguida al frontón de Santa Isabel y tremoló el pabellón de las estrellas en la margen derecha del Río Bravo del Norte, frente á la ciudad de Matamoros, apoderándose antes de la navegación del río, con sus buques de guerra. La vía de Laredo fue sorprendida por una partida de sus tropas, y desarmado un piquete de las nuestras que se hallaba allí de descubierta. Las hostilidades, pues, se han roto por los Estados Unidos de América, emprendiendo nuevas conquistas sobre los territorios de la demarcación de los Departamentos de Tamaulipas y de Nuevo León, al paso que tropas de los mismos Estados Unidos amenazan á Monterrey en la alta California. No se dudará á cuál de las dos Repúblicas pertenece la responsabilidad de una guerra que pudo haber evitado un sentimiento de equidad y de justicia, y el respeto que la civilización ha introducido á los derechos y propiedades de todas las naciones. Si México sufriera con indolencia los reiterados avances de una potencia que ya se considera dueña y señora del Continente Americano, no solamente perdería la importancia que su población y sus recursos y su privilegiada situación le han dado desde que se erigió en Nación independiente, sino que caería en un vergonzoso desprecio, porque llamada al combate, dejaba perder, de una en una, las partes integrantes de su territorio. Tantos y tan duros ultrajes no podían tolerarse más tiempo, y he mandado al General en Jefe de la división de nuestra frontera del Norte, que hostilice al Ejército que nos hostiliza, que corresponda, con la guerra, al enemigo que nos la hace, y que invocando al Dios de las batallas, salve el valor de nuestros soldados, el derecho incuestionable á nuestro territorio y el decoro de unas armas que no más van á emplearse en defensa de la justicia. Modelándose nuestro General por los usos establecidos y con arreglo á terminantes prevenciones de mi Gobierno, intimó al General en Jefe de las tropas americanas, que retrocediera al otro lado del río de las Nueces, antiguo límite de Texas, y la intimación ha sido desechada.

Las naciones, á las que interesa que no se turbe el reposo de tantos años, y que podrán ser perjudicadas en sus relaciones de comercio con la República Mexicana, penetran la dura alternativa á que la ha reducido la política invasora de los Estados Unidos, y que sucumbiría si no defendiera enérgicamente su existencia comprometida. Anuncio solemnemente que no decreto la guerra al Gobierno de los Estados Unidos de América, porque al Congreso augusto de la Nación pertenece, y no al Ejecutivo, resolver definitivamente la reparación que exigen tantas ofensas. Mas la defensa del territorio mexicano que invaden tropas de los Estados Unidos, es una necesidad urgente, y mi responsabilidad sería inmensa ante la Nación, si no mandara repeler á las fuerzas que obran como enemigas, y lo he mandado. Desde este día comienza la guerra defensiva, y serán defendidos esforzadamente cuantos puntos en nuestro territorio fueren invadidos ó atacados.

Ha llegado, en fin, el caso de que los Gobiernos de la Nación Mexicana procuraron sin fruto alguno alegar, debatiendo, los claros títulos de su justicia; y hollados como lo han sido éstos, entramos en una lid necesaria, que va á ganarnos las simpatías de los pueblos y de los gobiernos, que condenan las usurpaciones de los fuertes. Nosotros lo haremos por la santidad del propósito, y porque cuando todo se ve comprometido, los esfuerzos corresponden al tamaño de las exigencias. Entretanto, la Nación Mexicana resolverá exponerlo todo para salvarlo todo; y dará un ejemplo sublime de consagración, que sirva para reproducir aquella gloria que alcanzaron tantas veces los pueblos que sostuvieron en todos los siglos, su independencia y sus libertades.

Yo me envanezco de que la voluntad de la Providencia hubiera querido destinarme á ser el órgano por donde se aplique la enérgica voluntad de la República Mexicana. Probaremos en los combates, que los hijos de los héroes y de los mártires de la independencia, se alientan con los recuerdos de su pura gloria; que el valor no ha degenerado en sus pechos, y que están dispuestos á inmolarse en las aras de su patria.

¡Mexicanos! Yo alzo en este memorable día, el estandarte de la independencia, en que observáis inscriptos los nombres ilustres de Hidalgo y de Iturbide. Reuníos bajo esta sagrada insignia, dejando para tiempos de menor peligro, las cuestiones y las diferencias interiores. Yo os he ofrecido que la gloria que busco como premio de mi azarosa carrera, no es la del ambicioso que considera al Poder como una presa de rapiña. Yo he jurado mantener á la República todos sus derechos en la época breve de mi Gobierno; y ahora que os excito á la lucha y os advierto que son necesarios grandes sacrificios, también os prometo que no se esquivará el de mi sangre, si fuera necesario.

¡Mexicanos! Vuestro valiente Ejército va á pelear, y peleará con el valor de los héroes: anticipadle vuestras bendiciones y preparaos á coronar sus nobles frentes, ó sus venerables túmulos si sucumbieren, cuando el destino os convoque á reemplazar sus filas. ¡México vencerá ó no existirá!

Palacio Nacional de México, Abril 23 de 1846.—Mariano Paredes y Arrillaga.

 

República Mexicana. Informes y manifiestos de los poderes Ejecutivo y Legislativo de 1821 a 1904. México, Imprenta del Gobierno Federal. 1905. Tomo III, pp. 279-281