Home Page Image
 

Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

El contenido de la Memoria está a disposición como apoyo didáctico para los docentes de historia. Solicítelo en el siguiente enlace:

Solicitud de Descarga

Contacto:
MemoriaPoliticadeMexico@gmail.com

 

Comentarios:
MePolMex@gmail.com

 
 
 
 


1845 Informe del presidente de Estados Unidos James K. Polk. (Fragmento).

Diciembre 2 de 1845

Lamento informarles que, desde la última sesión del Congreso, nuestras relaciones con México no han revestido el carácter de amistad que deseamos cultivar con todas las naciones extranjeras. El 6 de marzo último, el enviado extraordinario y ministro plenipotenciario mexicano en los Estados Unidos eleva una protesta formal en nombre de su gobierno en contra de la resolución conjunta adoptada por el Congreso "por la anexión de Texas a los Estados Unidos", que él decidió considerar como una violación de los derechos de México y, como consecuencia de ello, exigió sus pasaportes. Se le informo que el gobierno de los Estados Unidos no consideraba dicha resolución conjunta como una violación a derecho alguno de México, o que la misma representara algún motivo justo de ofensa a su gobierno; que la república de Texas era una potencia independiente, que no le debía lealtad a México y no constituía parte de su territorio o de su legítima soberanía o jurisdicción. Se le aseguró asimismo que el sincero deseo de este gobierno era mantener con el de México relaciones de paz y buen entendimiento. No obstante, el referido funcionario, pese a dichas declaraciones y seguridades, repentinamente puso fin a su misión y, poco tiempo después, abandonó el país. A nuestro enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en México se le negó toda relación oficial con dicho gobierno, y después de permanecer allí durante varios meses, previa autorización de su propio gobierno, regresó a los Estados Unidos. Así, a instancias de México, se suspendió todo intercambio diplomático entre los dos países.

Desde entonces, México ha mostrado hasta el día de hoy una actitud de hostilidad hacia los Estados Unidos: ha estado reclutando soldados y organizando ejércitos, emitiendo proclamas y manifestando su intención de hacer la guerra a los Estados Unidos, ya sea mediante una declaración abierta o invadiendo Texas. Tanto el Congreso como la convención del pueblo de Texas instaron a este gobierno a despachar un ejército a dicho territorio para protegerlos y defenderlos de la amenaza de ataque. A partir del momento en que Texas acepto los términos y condiciones de la anexión ofrecida por los Estados Unidos, a tal punto forma parte de nuestro propio país, que es deber nuestro proporcionar dicha protección y defensa. En consecuencia, considero oportuno despachar, como medida de precaución, una fuerte escuadra a las costas de México y concentrar una eficiente fuerza militar en la frontera occidental de Texas. Se ordenó a nuestro ejército tomar posiciones en la región comprendida entre el Nueces y el Río del Norte, así como repeler cualquier invasión al territorio texano que llegasen a intentar las fuerzas mexicanas. Se ordenó a nuestra escuadra destacada en el Golfo cooperar con el ejército. Pero sí bien nuestro ejército y marina fueron colocados en posición de defender nuestros derechos y los de Texas, se les ordenó no cometer ningún acto de hostilidad contra México a menos que este país declarara la guerra o se convirtiera en agresor dando el primer golpe. El resultado ha sido que México no ha realizado ningún movimiento agresivo y que nuestros comandantes militares y navales han ejecutado las órdenes con tanta discreción que la paz de las dos repúblicas no se ha visto perturbada. Texas ha declarado su independencia y la ha defendido con sus armas durante más de nueve años. Cuenta con un gobierno organizado que ha venido funcionando en forma exitosa durante ese lapso. Su existencia separada como estado independiente ha sido reconocida por los Estados Unidos y por las principales potencias de Europa. Diferentes naciones han celebrado con Texas tratados de comercio y navegación, y es ya evidente para el mundo entero que cualquier otro intento por parte de México para conquistarla o derrocar su gobierno sería vano. Aun el propio México ha aceptado este hecho, y mientras el tema de la anexión fue sometido a la consideración del pueblo de Texas el verano pasado, el gobierno de México, mediante acto formal, convino en reconocer la independencia de Texas a condición de que no se anexara a ninguna otra potencia. La anuencia a reconocer la independencia de Texas, acompañada o no de esta condición, es concluyente contra México. La independencia de Texas es un hecho que el propio México ha concedido, y este no tiene derecho o autoridad para establecer limitaciones en cuanto a la forma de gobierno que posteriormente decida adoptar Texas. Pero, pese a que México no puede quejarse de los Estados Unidos por causa de la anexión de Texas, es lamentable que sigan existiendo graves motivos de desavenencia, que tienen su origen en perjuicios no reparados, infligidos durante largos años por las autoridades y el pueblo mexicanos contra las personas y bienes de ciudadanos de los Estados Unidos. México ha aceptado estos perjuicios, pero ha descuidado repararlos o se ha rehusado a ello. Tal es la naturaleza de los agravios y tales son los insultos dirigidos por México, en repetidas ocasiones, a ciudadanos estadounidenses y a la bandera de nuestro país, en violación palpable del derecho de gentes y del tratado celebrado por los dos países el 5 de abril de 1831, que repetidamente mis antecesores han expuesto ante este Congreso. Ya desde el 6 de febrero de 1837, el presidente de los Estados Unidos declaró en un informe al Congreso

que el largo tiempo transcurrido desde que se cometieron algunos de los agravios, las repetidas e infructuosas solicitudes de reparación, el carácter injustificado de algunas de las afrentas a bienes y a nuestros ciudadanos, a funcionarios y a la bandera de los Estados Unidos, sin contar los últimos insultos dirigidos a este gobierno y al pueblo por el anterior ministro extraordinario mexicano, justificarían a los ojos de todas las naciones la guerra inmediata.

Sin embargo, no recomendó recurrir de inmediato a esta medida extrema que, según declaró, "no debe ser adoptada por naciones justas y generosas, confiadas en su fortaleza, por perjuicios cometidos, sí es posible evitarla con honor", sino que, dando muestras de una actitud indulgente, propuso que se presentara otra demanda a México por la reparación que había sido negada durante largo tiempo y en forma por demás injustificada. Comités de ambas Cámaras del Congreso convinieron en este punto de vista, como puede verse en los informes dirigidos a sus respectivos cuerpos legislativos. Han transcurrido más de ocho años desde que se llevaron a cabo esas sesiones, durante los cuales, además de los agravios que a la sazón fueron objeto de quejas, se han cometido otros de naturaleza aun más grave en contra de las personas y bienes de nuestros ciudadanos. En el verano de 1838, se envió a México un agente especial con plenas facultades para presentar otra demanda terminante con el fin de obtener reparación. Se presentó la demanda; el gobierno mexicano prometió reparar los agravios de los que nos quejábamos y después de mucho retraso, el 11 de abril de 1839, se celebró un tratado, entre las dos potencias con ese fin, que fue debidamente ratificado por ambos gobiernos. Conforme a dicho tratado, se creó una comisión mixta para que diera su fallo con respecto a las reclamaciones de ciudadanos estadounidenses contra el gobierno de México. La comisión se formó en Washington el 25 de agosto de 1840. Su vigencia se limitó a dieciocho meses, y, al vencer dicho plazo, pronunciaron su fallo y adjudicaron reclamaciones que ascendían a los 2026139.68 dólares en favor de ciudadanos de los Estados Unidos contra el gobierno mexicano, quedando sin solución una gran cantidad de ellas. De estas últimas, los comisionados estadounidenses fallaron en favor de nuestros ciudadanos reclamaciones por un monto de 928627.88 dólares, que no fueron confirmadas por el árbitro facultado por el tratado. Posteriormente se sometieron a la comisión, demasiado tarde para ser consideradas, otras reclamaciones, que ascendían a entre tres y cuatro millones de dólares y que quedaron sin resolverse. La suma de 2026139.68 dólares, determinada por la comisión, representa una deuda cierta de México con los demandantes, y no existen motivos justificados para retardar su pago de conformidad con las condiciones del tratado. Sin embargo, dicha deuda no fue saldada. México nos solicitó más muestras de indulgencia y, con el espíritu de generosidad y refrenamiento que siempre ha caracterizado la política de los Estados Unidos hacia esa república, se otorgó la petición y, el 30 de enero de 1843, se celebró un nuevo tratado. Conforme a este último se convino en que los intereses pendientes sobre los montos fallados en favor de los demandantes, con arreglo a la convención del 11 de abril de 1839, deberían pagarse el 30 de abril de 1843 y, por otra parte, que

la suerte principal de los montos de dichos fallos y los intereses acumulados sobre ellos deberán pagarse en cinco años, en pagos parciales iguales cada tres meses, principiando dicho plaza de cinco año en la referida fecha del 30 de abril de 1843.

Ya han sido pagados los intereses que vencieron el 30 de abril de 1843, así como los tres primeros de un total de veinte pagos parciales. Restan por saldarse diecisiete de dichos pagos parciales, siete de los cuales ya están vencidos.

Las reclamaciones que la comisión mixta dejó sin resolver y que ascienden a más de tres millones de dólares, junto a otras reclamaciones por saqueos de bienes de nuestros ciudadanos, fueron presentadas posteriormente al gobierno mexicano y ya han sido reconocidas por un tratado, celebrado y firmado en México el 20 de noviembre de 1843, de acuerdo con el cual se disponía que una comisión mixta las examinase y resolviese. Dicho tratado fue ratificado por los Estados Unidos con ciertas modificaciones que no pueden ser objeto de justos reparos, pero aun no ha sido ratificado por el gobierno de México. Mientras tanto, nuestros ciudadanos, que han sufrido grandes pérdidas -algunos de los cuales han sido reducidos de la bonanza a la quiebra-, no han visto reparadas sus reclamaciones, a menos que su gobierno haga valer sus derechos. Tal serie de constantes e inmotivados agravios nunca habría sido tolerada por los Estados Unidos si hubiese sido cometida por una de las principales naciones de, Europa. Sin embargo, México es una república hermana y vecina que, siguiendo nuestro ejemplo, logró su independencia, y por la que profesamos, en su momento, toda nuestra simpatía y buenos deseos de éxito y prosperidad. Los Estados Unidos fueron el primer país en reconocer su independencia y en recibirla en la familia de las naciones, y siempre han deseado cultivar una relación de entendimiento mutuo. En consecuencia, hemos soportado con gran paciencia los repetidos agravios cometidos por ella, con la esperanza de que, en última instancia, el sentido de la justicia guíe sus asambleas y para, en lo posible, evitar con honor cualquier enfrentamiento hostil con dicho país. No contando con la previa autorización del Congreso, el Ejecutivo no tenia facultades para adoptar o poner en ejecución los recursos correspondientes ante los perjuicios que habíamos sufrido, y sólo le quedaba el de prepararse para repeler la agresión que México había amenazado con cometer. Luego de muchas semanas en que nuestro ejército y nuestra marina han permanecido en la frontera y costas de México, sin que este país haya incurrido en ningún movimiento hostil, y pese a que han continuado sus amenazas, considero importante poner fin, en la medida de lo posible, a este estado de cosas. En el mes de septiembre último, giré instrucciones para que se adoptaran medidas con el fin de determinar en forma clara y fidedigna las intenciones de México: si su intención era declarar la guerra o invadir Texas, o si estaban dispuestos a resolver y dirimir las diferencias pendientes entre los dos países en forma amistosa. El 9 de noviembre se recibió una respuesta oficial del gobierno mexicano en la que este señalaba que estaba anuente a reanudar las relaciones diplomáticas que habían sido suspendidas el pasado marzo y que, para tal fin, estaban en la mejor disposición de acreditar a un ministro de los Estados Unidos. Con el sincero deseo de preservar la paz y reanudar relaciones de buen entendimiento entre las dos repúblicas, renuncié a toda ceremonia en lo tocante a la manera de renovar el intercambio diplomático entre nuestras naciones y, tomando la iniciativa, nombre, el 10 de noviembre, a un distinguido ciudadano de la Luisiana como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en México, revestido de todas las facultades para resolver y dirimir, en forma terminante, todas las diferencias pendientes entre ambos países, incluidas las relativas a la frontera entre México y el estado de Texas. El ministro nombrado se ha hecho cargo de su misión y es probable que en este momento se encuentre en la capital mexicana. Ha recibido instrucciones para llevar a término la negociación de la que ha sido encargado en el lapso más breve posible, con la esperanza de que sea a tiempo para permitirme comunicar el resultado al Congreso durante la presente sesión. En tanto no se conozca dicho resultado, desisto de recomendar al Congreso medidas ulteriores para lograr la reparación de los agravios y perjuicios que hemos soportado durante tanto tiempo y que hubiese sido oportuno recomendar de no haberse procedido a dicha negociación.

En la última sesión, el Congreso asignó 275 000 dólares para el pago de los abonos de abril y julio correspondientes a la indemnización que México debía pagar en el año 1844.

Siempre y cuando se determine, a satisfacción del gobierno estadounidense, que dichos abonos han sido pagados por el gobierno mexicano al agente nombrado por los Estados Unidos con el fin de recibir los mismos, de tal forma que quede cancelada la reclamación contra el gobierno mexicano, y que dicho agente se retrase al remitir el dinero a los Estados Unidos.

El incierto estado de nuestras relaciones con México ha dado origen a que este tema se haya visto envuelto en un gran misterio. La primera información fidedigna que se tiene del agente de los Estados Unidos, nombrado durante la administración de mi antecesor, fue recibida por el Departamento de Estado el 9 de noviembre último. La misma está contenida en una carta, fechada el 17 de octubre, dirigida por él a uno de nuestros ciudadanos que a la sazón se encontraba en México, con objeto de que la hiciera llegar al referido Departamento. De ello se desprende que, el 20 de septiembre de 1844, dicho agente extendió un recibo a la tesorería de México por el monto correspondiente a los pagos parciales de la indemnización de abril y julio. En dicha comunicación, empero, él sostiene que no había recibido un sólo dólar en efectivo, pero que estaban en su poder documentos mediante los cuales se garantizaba dicho pago cuando extendió el recibo y que él no tiene dudas de que, en un momento dado, obtendrá el dinero. En virtud de que, como todo parece indicar, dichos pagos parciales nunca fueron efectivamente entregados al agente por el gobierno de México y, por tanto, dado que dicho gobierno no ha sido descargado de la referida obligación, no me siento por mi parte autorizado a girar instrucciones para que se pague a los demandantes con dineros del Tesoro sin que se legisle al respecto. El caso de los demandantes es sin duda harto difícil, y compete al Congreso decidir si procede otorgarles la reparación y por qué monto. Se han girado instrucciones a nuestro ministro acreditado en México para que determine, con el gobierno mexicano, los hechos relativos a este caso en forma fidedigna y oficial y, por otra parte, para que informe sobre el resultado a la mayor brevedad.

Tengo a bien remitir a ustedes el informe anexo del secretario de Guerra que contiene información respecto a la situación actual del ejército y de sus operaciones durante el pasado año, a saber, el estado de nuestras defensas, la condición de las obras públicas y nuestras relaciones con las diversas tribus indias dentro de nuestros límites y en las cercanías de nuestras fronteras. Reclamo su atención a las sugerencias contenidas en dicho informe relacionadas con estos importantes temas de interés nacional. Cuando el verano pasado se dio la orden de concentrar fuerzas militares en la frontera occidental de Texas, nuestras tropas estaban muy dispersas, en pequeños destacamentos, y ocupando puestos distantes unos de otros. La manera tan expedita en que se reunió, en una emergencia, a un ejército que abarcaba más de la mitad de nuestros establecimientos en tiempo de paz, les representa un gran crédito a los oficiales a quienes fue confiada la ejecución de estas órdenes, al igual que al propio ejército por su disciplina. Para contar con mayor fuerza con el fin de proteger y defender al pueblo y territorio de Texas, en caso de que México iniciase hostilidades o invadiese su territorio con un gran ejército, tal como ha amenazado hacer, autorizo al general asignado al mando del ejército de ocupación para que proceda a reclutar fuerzas adicionales en varios de los estados próximos al territorio texano, así como en aquellos que pudieran proporcionarlas con la mayor celeridad, en caso de que, a su juicio, se requiriera una fuerza mayor que la que está bajo su mando, además de las fuerzas de apoyo que, en circunstancias militares, está autorizado a recibir desde Texas. La contingencia de la que se dependía para el ejercicio de esta facultad no ha ocurrido. En el informe del secretario de Guerra se señalan en forma pormenorizada las circunstancias en las que fueron enviadas a Texas dos compañías de artillería estatal de la ciudad de Nueva Orleans, que fueron alistadas para el servicio de los Estados Unidos. Encomiendo al Congreso tomar las providencias correspondientes para disponer el pago de estas tropas, así como el de un pequeño número de voluntarios texanos que el general en jefe consideró necesario acoger o alistar en nuestro servicio.