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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1844 Informe del presidente de los Estados Unidos John Tyler (Fragmento)

Diciembre 6 de 1844

En mi último informe presidencial consideré que era mi deber dar a conocer al Congreso, en términos llanos y a la vez enfáticos, mi opinión respecto a la guerra que durante tanto tiempo han librado México y Texas, y que desde la batalla de San Jacinto ha consistido enteramente en incursiones predatorias acompañadas de circunstancias que repugnan a la humanidad. Repito ahora lo que dije entonces: que después de ocho años de esfuerzos débiles e ineficaces por reconquistar a Texas ya es tiempo de que haya cesado esta guerra. Los Estados Unidos tienen intereses directos en la cuestión. La contigüidad de las dos naciones a nuestro territorio afecta necesariamente la paz de nuestro país. En las mentes de uno u otro beligerante se han engendrado sospechas injustas en contra nuestra y, como consecuencia necesaria, los intereses de los estadounidenses se han visto afectados y nuestra paz ha estado día con día en peligro; además, debe ser evidente para todos que el agotamiento producido por la guerra ha sujetado tanto a México como a Texas a la interferencia de otras potencias que, sin la interposición de este gobierno, pudieran resultar en los perjuicios más graves para los Estados Unidos. De tiempo en tiempo, este gobierno ha ejercido sus amistosos oficios para promover la conclusión de las hostilidades en términos honorables para ambos beligerantes. Sus esfuerzos en tal sentido han resultado infructuosos. México parece no tener objeto para persistir en esta guerra, y al Ejecutivo no le ha quedado otra opción que aprovechar la conocida disposición de Texas e invitarla a celebrar un tratado para la anexión de su territorio al de los Estados Unidos.

Desde la última sesión del Congreso, México ha amenazado con reanudar la guerra, y ha hecho, o se propone hacer, importantes preparativos para invadir Texas. Ha emitido decretos y proclamas previos al inicio de las hostilidades pletóricos de amenazas hacia la humanidad, que sí se pusieran en práctica, llamarían la atención de toda la Cristiandad. Esta nueva demostración de sentimientos -hay demasiados motivos para creerlo-- se ha suscitado a raíz de las negociaciones relativas al reciente tratado de anexión con Texas. Por consiguiente, el Ejecutivo no podría ser indiferente a dichos procedimientos, y ha considerado su deber, tanto para consigo como para con el honor del país, hacer una enérgica declaración al gobierno mexicano sobre esta cuestión. Se ha procedido al respecto en la debida forma, como se verá por la copia adjunta del oficio del secretario de Estado dirigido al enviado de los Estados Unidos en México. Este país no tiene derecho a poner en peligro la paz del mundo al seguir insistiendo en un conflicto inútil e infructuoso. Tal estado de cosas no sería tolerado en el continente europeo. ¿Por que habría de serlo en éste? Una guerra de desolación, tal como la que está amenazando llevar a cabo México, no puede ser librada sin que se vean implicadas nuestra paz y tranquilidad. Es inútil pensar que nuestros ciudadanos que habitan estados confinantes considerarían con indiferencia dicha guerra; por otra parte, nuestra neutralidad se vería violada pese a todos los esfuerzos del gobierno para evitarlo. EI país ha sido colonizado por emigrantes de los Estados Unidos a invitación de España y México. Dichos emigrantes han dejado tras sí amigos y parientes que van a continuar simpatizando con ellos en sus dificultades y que, en virtud de dichas simpatías, se verían conducidos a participar en sus luchas, sin importar lo enérgica que sea la acción del gobierno para evitarlo.

Tampoco es probable que permanezcan pasivas las numerosas y temibles tribus de indios, las más aguerridas de que se tengan noticias en cualquier tierra, que ocupan extensas regiones contiguas a los estados de Arkansas y Missouri, y que están en poder de grandes franjas de terreno en los límites de Texas. Las inclinaciones de esas numerosas tribus las conducen invariablemente a la guerra cada vez que existen pretextos.

México no tenía justificación para incomodarse con este gobierno, o con su pueblo, por negociar el tratado. ¿Cuál de sus intereses se ha visto afectado por el tratado? No ha sido despojado de nada, puesto que perdió a Texas para siempre. La independencia de Texas fue reconocida por varias de las principales potencias de la tierra. Tenía la libertad de celebrar tratados, de adoptar su propia línea política, de seguir el curso de acción que estimara más conveniente para garantizar su felicidad.

Su gobierno y su pueblo se decidieron por la anexión a los Estados Unidos y el Ejecutivo advirtió en la adquisición de dicho territorio un medio para perfeccionar su felicidad y gloria permanentes. ¿Qué principio de buena fe fue violado? ¿Qué regla de moral política fue pisoteada? En cuanto a México, debió haber considerado la medida como en sumo beneficiosa. Su incapacidad para reconquistar a Texas había sido exhibida, repito, por ocho años (nueve ya) de conflicto infructuoso y destructivo. Mientras tanto, la población y los recursos de Texas han seguido creciendo. La emigración ha fluido a su territorio de todas las partes del mundo en una corriente que sigue fortaleciéndose. México requiere una frontera permanente entre ella y la joven república. En un día no lejano, sí Texas sigue siendo independiente de México, inevitablemente tratará de consolidar su fortaleza, agregando a sus dominios las provincias mexicanas confinantes. El espectro de la rebelión ante el control del gobierno central se ha manifestado ya en algunas de esas provincias, y es justo inferir que se inclinará por aprovechar la primera oportunidad favorable para proclamar su independencia y establecer alianzas con Texas. La guerra no tendría fin entonces, o, sí ocurriera el cese de hostilidades, no sería duradero. En consecuencia, los intereses de México no se verían más favorecidos sino en un estado de paz con sus vecinos que diera por resultado el establecimiento de una frontera permanente. Una vez ratificado el tratado, el Ejecutivo estaría en la mejor disposición de tratar a México en la forma más generosa posible. Por ello, las fronteras de Texas no fueron definidas en el tratado. EI Ejecutivo se propuso llegar a acuerdos respecto a las mismas en condiciones que todo el mundo considerase justas y razonables. No hubiera podido procederse a negociación alguna respecto a ese punto, entre los Estados Unidos y México, con anterioridad a la ratificación del tratado. No hubiéramos tenido derecho, poder o autoridad para llevar a cabo tales negociaciones, y, de haberlas emprendido, hubiese sido una arrogación igualmente ofensiva para el orgullo de México y de Texas y nos hubieran tachado de arrogantes, mientras que de haber propuesto satisfacer a México, con anterioridad a la anexión, por cualesquiera intereses contingentes que pudieran tener en éste, hubiera significado tratar a Texas no como potencia independiente sino como una mera dependencia de México. El Ejecutivo no hubiese podido tomarse esta arrogación sin desafiar la declaración solemne de ustedes según la cual dicha república constituya un estado independiente. México había amenazado -es cierto- con declarar la guerra contra los Estados Unidos en caso de ratificación del tratado de anexión. El Ejecutivo no podía dejarse influir por esta amenaza. En ello esta implicado el espíritu de nuestro pueblo, listo para sacrificar mucho por la paz, pero nada por la intimidación. Una guerra en esas circunstancias debe ser enérgicamente deplorada, y los Estados Unidos son la última nación que desearía que se librara; pero si como condición para la paz nos hubiera sido necesario anteponer nuestro derecho inalienable de tratar con una potencia independiente de nuestro propio continente respecto a asuntos que nos interesan sobremanera a ambos, y que ante una patente e insostenible pretensión de una tercera potencia que reclama el control de la libre voluntad del país con que celebramos un tratado, dedicados como estamos a la paz y deseosos de cultivar relaciones amistosas con todo el mundo, el Ejecutivo debe decir, sin ningún titubeo, que el pueblo de los Estados Unidos estaría listo para enfrentar todas las consecuencias, antes que someterse a dicha condición. Pero el Ejecutivo no abrigó aprensión de que fuera a declararse una guerra. Asimismo, debo expresar con toda franqueza la opinión de que si el tratado hubiera sido ratificado por el Senado, habría sido seguido por un pronto arreglo, a satisfacción plena de México, respecto a las diferencias entre los dos países. Viendo, pues, que México estaba a punto de proceder a nuevos preparativos para realizar una invasión hostil a Texas que obedecía al hecho de que Texas había adoptado las sugerencias del Ejecutivo respecto al tema de la anexión, no podíamos cruzarnos pasivamente de brazos y permitir que se librara una guerra contra ella, que amenazaba con ir acompañada de todo tipo de actos que nos hundirían en una época de barbarie, por el hecho de que se hubiera procedido a ello.

Influyeron también en el Ejecutivo otras consideraciones decisivas. El tratado negociado no ha sido ratificado por el Senado. Una de las objeciones principales que se elevaron en su contra consistía en que el tema de la anexión no había sido sometido al dictamen de la opinión pública de los Estados Unidos. Por más insostenible que fuese dicha objeción, en virtud de la facultad incuestionable del Ejecutivo para negociar el tratado y de los importantes y permanentes intereses implicados en la cuestión, consideré mi deber someter todo este asunto al Congreso, como el mejor intérprete del sentimiento popular. AI no haber adoptado el Congreso una decisión definitiva al respecto, la cuestión debió ser referida directamente a la decisión de estados y del pueblo. La gran consulta popular que acaba de concluir nos ofreció la mejor oportunidad para determinar la voluntad de los estados y del pueblo sobre el tema. Estando pendiente dicha cuestión, el Ejecutivo consideró su deber imperioso informar a México que el tema de la anexión estaba aún en manos del pueblo estadounidense y, que hasta que éste se pronunciara sobre ello, cualquier invasión grave a Texas sería considerada como un intento de impedir su dictamen y que la misma no podía verse con indiferencia. Me complace informarles que tal invasión no tuvo lugar; y que confío en que, cualquiera que sea la decisión de ustedes al respecto, México reconocerá la importancia de resolver el asunto recurriendo a medios pacíficos con preferencia a los de las armas. El pueblo y los estados han manifestado, en forma terminante, su decisión sobre este grande e interesante tema. El asunto de la anexión fue sometido a su consideración en forma clara. Se evitaron cuidadosamente, conforme al propio tratado, todos los asuntos colaterales y accesorios que se pensaba pudieran dividir y distraer a las asambleas públicas. Se dejó que el futuro se hiciera cargo de determinar sabiamente estos asuntos. Se presentó, repito, el tema de la anexión en forma aislada, y así fue sometido al juicio del sentimiento del público. La mayoría del pueblo y una gran parte de los estados se han declarado en favor de la anexión inmediata. Así pues, se han dado instrucciones a ambas cámaras del Congreso, por parte de sus respectivos representados, en los términos más enfáticos. Es voluntad del pueblo y de los estados que Texas sea anexada a la Unión a la mayor brevedad. Puede esperarse que, al poner en ejecución la voluntad popular declarada de la manera expresada, se evitaran todos los temas colaterales. Los cuerpos legislativos que remplazarán a los actuales podrán decidir de mejor manera lo relativo al número de estados que deberán establecerse en el territorio en cuestión, llegado el momento para tomar una decisión al respecto. Así será con todos los demás temas. Conforme al tratado, los Estados Unidos asumieron el pago de todas las deudas de Texas por un monto máximo de 10 millones de dólares, que serán pagados, con excepción de una suma inferior a los 400 000 dólares, exclusivamente a partir del producto de la venta de sus predios públicos. No podríamos, sin faltar a nuestro honor, tomar las tierras sin asumir el pago total de todos sus gravámenes.

Desde la última sesión, nada ha ocurrido que nos induzca a poner en duda que la disposición de Texas no siga siendo la misma. EI Ejecutivo no tiene ningún indicio de que haya surgido alteración alguna en la decisión de su gobierno y de su pueblo. Aun desea ponerse al amparo de nuestras leyes y participar de las ventajas de nuestro sistema federativo, al tiempo que todos los intereses estadounidenses parecieran requerirlo. La extensión de nuestro comercio a lo largo de la costa y con el extranjero hasta una magnitud incalculable, la ampliación del mercado para nuestras manufacturas, un mercado cada día mayor para nuestros productos agrícolas, seguridad para nuestras fronteras, y mayor fortaleza y estabilidad en la Unión son los resultados que rápidamente se verán al consumarse la medida de la anexión.

En tal caso, no pongo en duda que México encuentre que su verdadero interés consista en responder a los avances de este gobierno con un espíritu de amistad. Tampoco tengo aprensiones acerca de ninguna queja grave proveniente de cualquier otro lugar; no existe fundamento suficiente para tal queja. No debemos interferir, en aspecto alguno, en los derechos de ninguna otra nación. No es posible deducir de este acto deseo alguno, de nuestra parte, de proceder a ello respecto a sus posesiones en este continente. No hemos puesto impedimentos en la forma en que se llevan a cabo las adquisiciones de territorios, grandes y extensos en muchos de los casos, que las principales potencias de Europa han realizado de tiempo en tiempo en todos los confines del mundo. No buscamos conquistar por medio de la guerra. No se ha recurrido a intriga alguna ni a ningún acto de diplomacia para lograr la anexión de Texas. Libre e independiente, pide ser recibida en la Unión. Sólo a nosotros compete decidir si lo será o no.

Para presentar el tema en toda su amplitud y todos sus ángulos, adjunto las notas que se han intercambiado respecto al mismo entre los Estados Unidos, Texas y México, desde la última sesión del Congreso.

Las reformas propuestas por el Senado a la convención celebrada entre los Estados Unidos y México, el 20 de noviembre de 1843, han sido transmitidas para conocimiento del gobierno mexicano por conducto de nuestro ministro; sin embargo, pese a que se le ha exhortado a ello, dicho gobierno no ha tomado ninguna medida al respecto, ni tampoco ha dado respuesta alguna que permita una conclusión favorable en el futuro.

EI decreto de septiembre de 1843, relativo al comercio de menudeo, la orden de expulsión de extranjeros y otra, de fecha más reciente, relativa a los pasaportes -todas las cuales se consideran violatorias del tratado de amistad y comercio entre los dos países- han dado lugar a un extenso intercambio de notas entre el ministro de Relaciones Exteriores y nuestros representantes en México, pero sin que se hayan obtenido resultados satisfactorios, y siguen sin solución. Muchos y graves inconvenientes han sufrido nuestros ciudadanos como consecuencia de ello.