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Edicion 2017

Edición Web Limitada

Autora: Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1835 La Guerra con Texas (Fragmento)

Antonio López de Santa Anna

En el año de 1835 los colonos de Texas (ciudadanos de los Estados Unidos), en posesión de vastos y pingües terrenos que el Congreso mexicano con imprevisión increíble les había acordado, y a pretexto de que no se les concedían más franquicias que pretendían, se declararon en revolución abierta, proclamando la Independencia. Pronto fueron auxiliados sin inconveniente alguno en New Orleans, Mobile y otros puntos de los Estados Unidos, y en tanto número acudían los filibusteros, que el Comandante General del Estado de Texas, don Martín P. De Cos, se vio estrechamente situado en San Antonio de Béjar y en necesidad de capitular, quedando así los colonos y filibusteros dueños de todo el Estado.

El gobierno, celoso como debía serlo, sostendría la integridad del territorio a toda costa. Una campaña difícil había que emprender indispensablemente, y buscábase un general experto para encargársela. En mi edad ardiente, dominándome una noble ambición, cifraba mi orgullo en ser el primero que saliera a la defensa de la Independencia, del honor y de los derechos de la nación sin que las dificultades me detuvieran. Conmovido por tales ideas, tomé a mi cargo esa campaña, prefiriendo los azares de la guerra a la vida seductora y codiciada del Palacio. El Congreso nombró interino al General de División don Miguel Barragán. En la ciudad de Saltillo reuní y organicé al ejército expedicionario de Texas, en número de ocho mil hombres, con el material correspondiente. Una grave enfermedad me postró en la cama dos semanas; pero restablecido no se perdió un día más. La marcha fue lenta, porque el bagaje en su mayor parte componíanlo carretas tiradas por bueyes; a la vez que los ríos se pasan en balsas que se construían, por falta de un equipaje de puente. La carencia de otras cosas aumentaban las penalidades del desierto; baste decir que los árboles suplían las tiendas de campaña y los animales silvestres completaban el rancho del soldado. Empero, nada hubo que lamentar; aquel ejército por su valor y constancia mereció bien la gratitud nacional. Los filibusteros, que creían que los soldados mexicanos no volverían a Texas, sorprendiérose mucho al avistarnos y corrían despavoridos a la fortaleza del Álamo (obra sólida de los españoles). En ese día la fortaleza tenía montadas diez y ocho piezas de diferentes calibres y una guarnición de seiscientos hombres, cuyo Comandante llamábase N. Travis, de gran nombradía entre los filibusteros. A las intimaciones que se le hicieron contestó siempre: que antes de rendir la fortaleza a los mexicanos preferían sus subordinados morir. Él confiaba en prontos auxilios. El llamado General Samuel Houston, en una carta que se le interceptó, decía al famoso Travis: "Animo y sostenerse a todo trance, pues yo camino en su auxilio con dos mil hermosos hombres y ocho cañones bien servidos". Noticia adquirida tan oportunamente, no era posible desaprovecharla: dispuse luego el asalto que no convenía prolongar un día más. Los filibusteros, cumpliendo su propósito, defendiéronse obstinadamente; ninguno dio señales de quererse rendir: con fiereza y valor salvaje, morían peleando hasta obligarme a emplear la reserva, para decidir una Lucha tan empeñada cuatro horas: uno no quedó vivo; pero nos pusieron fuera de combate más de mil hombres entre muertos y heridos. La fortaleza presentaba un aspecto pavoroso: conmovía al hombre menos sensible. Houston, al saber el término de sus camaradas, contramarchó velozmente. El General don José Urrea, con la brigada de su mando, derrotó completamente al titulado Coronel Facny (Fannin) en el Llano del Perdido. Facny ocupaba el pueblo de Goliat, y salió al encuentro de Urrea con mil quinientos filibusteros y seis piezas de batalla. Urrea participó su triunfo y al final de su parte decía: "Estando fuera de la ley los aventureros que se introducen en Texas atinados para favorecer la revolución de los colonos, los prisioneros se han pasado por las armas." Fundábase en la ley de 27 de Noviembre de 1835, en cuyo cumplimiento la guerra de Texas se hacía sin cuartel. El descanso en el cuartel general de Béjar fue de poca duración. El General Ramírez

Sesma seguía las huellas de Houston y desde el río Colorado dirigió un parte del tenor siguiente: "No ocurre novedad en esta brigada de mi mando. El Houston filibustero con su gavilla permanece al otro lado del río, como el que algo espera. Según sus movimientos, sospecho que prepara alguna operación hostil. A precaución un pronto refuerzo considero necesario..."

Al momento dispuse que una lucida división se pusiera en marcha, y yo tras de ella. El jefe de los filibusteros, al saber la aproximación de fuerzas mexicanas, desapareció: sus hombres desertaban y no pensaban en operación alguna. La campaña debía terminarse antes de las aguas; lo que hizo indispensable avanzar a la colonia rápidamente, Mediaba el río caudaloso de los Brazos, vigilado por los colonos, y vímonos precisados a sorprender el destacamento del Paso de Tompson; operación bien ejecutada que nos facilitó pasarlo cómodamente con el auxilio de los chalanes que tomamos. A cinco leguas, en el pueblecito Arrisburg, residía el gobierno de la titulada "República de Texas". No podía perderse un momento; marché al instante para aquel lugar con seis compañías de granaderos y cazadores y una pieza ligera; en una noche atravesamos la Llanura y tocábamos ya las habitaciones al dispararse un fusil casualmente cuya explosión alborotó a los perros y asustó a los mandarines, quienes corrieron a aislarse en el vaporcillo que a prevención tenían con la máquina encendida en el arroyo del Búfalo, que se incorpora en el río de San Jacinto; el cual baña la isla de Galveston. En la habitación de I. Bonnen (Burnett), el titulado Presidente de la República de Texas, encontróse correspondencia de Houston, llegada el día anterior. Este hombre no se encontraba bien. En uno de sus partes se expresaba así: "Las catástrofes del Alamo y el Llano del Perdido, con la deplorable pérdida de los bravos Travis y Facny, han desalentado a mi gente y desertan en pelotones creyendo la causa de Texas perdida. Esto me precisa a abrigarme en la isla de Galveston hasta mejor tiempo. Aprovecharé el primer vapor que se presente en el río San Jacinto. Los mexicanos siguen avanzando y el gobierno no debe descuidarse..."

La persecución de Houston la consideré importante: y no menos aumentar la fuerza que le acompañaba. A este fin previne luego al General de división don Vicente Filisola, mi segundo, pusiera en marcha al batallón de Zapadores en toda su fuerza, con prevención a su jefe de unírseme prontamente, guiado por el portador de mi orden. Filisola con fuerzas respetables había quedado en el paso de Tompson, esperando a la Brigada Urrea. Dos especiales prevenciones le dejé escritas: Primera. "Que no me enviara partes por escrito, ni correspondencia que el enemigo pudiera interceptar." Segunda. "Que incorporada la brigada Urrea, me alcanzara forzando sus marchas". Prevenciones dictadas con tanta previsión y oportunidad, que no evitaron el suceso lamentable que la desobediencia de Filisola causara: parecía haberse propuesto desgraciar una campaña feliz que tocaba a su término. Apreciador del tiempo, ni una hora quería yo perder. Por las orillas del río de San Jacinto busqué a Houston y lo encontré abrigado del bosque, preparado para retirarse a Galveston. Me propuse entretenerlo entretanto llegaba el batallón de Zapadores o el mismo Filisola, y acampé a su vista. Esperaba impaciente, al presentarse el general Cos con trescientos reclutas del batallón Guerrero mandado por su comandante don Manuel Céspedes. Vivameme disgustado al ver mi orden contrariada, presentí una desgracia y determiné contramarchar en el mismo día para residenciar a Filisola y reforzarme, pero ya era tarde: el mal estaba hecho. El desobediente Filisola había mandado a uno de sus ayudantes con correspondencia de México, y antes de llegar a mi campo fue interceptado; puesto en tortura, declaró cuanto sabia. Houston impuesto de ser superior en fuerza a la que tenían al frente, cobró ánimo y se decidió a atacarla. A las dos de la tarde del día 21 de abril de 1836, me había dormido a la sombra de un encino, esperando que el calor mitigara para emprender la marcha, cuando los filibusteros sorprendieron mi campo con una destreza admirable. Júzguese mi sorpresa al abrir los ojos y verme rodeado de esa gente amenazándome con sus rifles y apoderándose de mi persona. La responsabilidad de Filisola era evidente, porque él y solo él había causado catástrofe tan lamentable con su criminal desobediencia. Ni aun incorporada la brigada Urrea, se movió: parecía esperar algún acontecimiento incomprensible, según su inacción. Más al saber la ocurrencia de San Jacinto, todo fue actividad; no para favorecer a los prisioneros sino para abandonarlos a su suerte. Con la precipitación del que huye de su enemigo, se dirigió al puerto de Matamoros, (distante ciento sesenta leguas). Olvidó enteramente el honor, el deber y la humanidad; conducta censurada hasta de los filibusteros. Temiendo una residencia severa, publicó un manifiesto difuso, inexacto y sin comprobantes, que nadie le hizo caso, sabida bien su conducta en Texas. El gobierno no volvió a emplearlo. La Divina Providencia amparó visiblemente a los prisioneros abandonados a su destino. Samuel Houston nos trató como no podía esperarse; su conducta humana y generosa contrastaba con la de Filisola. Al reconocerme, me dirigió la palabra cortésmente, presentándome su mano. Con preferencia a su herida que recibió asaltando mi campo, se ocupó de mi persona; mandó armar mi catre y tienda de campaña, la que hizo situar cerca de la suya, y que me acompañara mi ayudante el Coronel Almonte, para servirme de intérprete, pues hablaba el inglés con perfección, y a los que le pedían represalias les decía seriamente: "No hay que abrigar rencor contra los prisioneros, ellos cumplieron con los preceptos de su gobierno." Siempre he recordado con emociones de gratitud cuanto merecí a este hombre singular en los momentos más tristes de mi vida.

A pocos días Houston se trasladó a New Orleans para atender a su curación, y en su lugar dejó al titulado General Rox (Rusk) que en nada se le parecía. Este mal hombre me redujo al cortijo de Orazimba bajo una guardia; y por segunda disposición me encadenó incluyendo a mi intérprete el Coronel Almonte. Trato rudo que animó a los colonos a pedir mi muerte a gritos, como necesaria para librar a Texas de otro conflicto, a la vez que disparaban pistoletazos al cuarto de mi prisión. Situación tan penosa cambió con el regreso de Houston. AI imponerse de lo que pasaba, caracterizó al proceder de Rox de bárbaro, y en el acto mandó que nos quitaran los pesados grillos que dejaron una marca en mis pies. En seguida pasó a visitarme llevándome provisiones de boca de que carecía. Con palabras sentidas fue pidió olvidase las demasías de Rox a quien había reprendido. Al despedirse, con emoción de contento me dijo: ¡General, no es usted ya un prisionero!, desde este momento queda en absoluta libertad, un solo favor le pido y he de merecerle; que antes del regreso a su patria visite al Presidente Jackson, mi protector y amigo; será usted muy bien recibido, él tiene deseos de conocerlo.

En aquel desamparo y sin esperanza de salir de los filibusteros, cualquier negativa me pareció imprudente, y con buen semblante ofrecí que obsequiaría gustoso el pedido. El 16 de noviembre del citado año de 1836 emprendí el viaje para Washington acompañado de mi ayudante el Coronel Almonte, y de dos Jefes de Houston. Atravesamos el río Sabina límite de Texas, algunos desiertos hasta el río Mississippi, el cual navegamos veinte días en el vapor Tennessee, y siguiendo el Ohio desembarcamos a tres leguas de Louisville, donde provistos de lo necesario, nos dirigimos a Washington, no obstante la nieve que nos molestaba.

Al Presidente General Jackson le merecí la más atenta recepción: entre tantas atenciones me dio una comida, concurrida de nobles personajes, nacionales y extranjeros, y para transportarme a Veracruz puso a mi disposición una corbeta de guerra en el puerto de Norfolk, cuyo Comandante me obsequió extremadamente.

El Presidente Jackson manifestó vivo empeño por el término de la guerra. Repetía: "México reconociendo la independencia de Texas será indemnizado con seis millones de pesos." Yo le contestaba: "Al Congreso mexicano pertenece únicamente decidir esa cuestión".

Fuente: Antonio López de Santa Anna,. Mi Historia militar y política. 1810-1874. Memorias Inéditas.