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Edicion 2017

Edición Web Limitada

Autora: Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1835 Carta Pastoral sobre el origen de las elecciones de pastores y ministros en la Iglesia. Juan Cayetano Portugal.

Febrero 2 de 1835
 

 

Juan Cayetano Portugal, por la gracia de, Dios y de la Santa Sede Apostólica Obispo de Michoacán, a mi venerable clero, y a todos los fieles de mi santa Iglesia paz, salud y bendición del Señor.

[Derechos de la Iglesia en las elecciones]

Desde que se vieron entre nosotros proyectos y. decretos, que fueron considerados como anuncios de un Cisma, empecé a escribir esta Pastoral. La han retardado los trabajos de la persecución que sufrí, y el despacho de .los negocios que después estuvo a mi cargo en la república, por espacio de cinco meses. Al fin voy a presentar en pocas páginas las pruebas e este raciocinio muy sencillo: el origen de las elecciones de pastores y ministros es divino y su objeto es espiritual; luego el derecho de hacerlas es propio solamente de la autoridad  eclesiástica, que es de institución divina, y de un orden espiritual.

De diversas maneras ha ejercido la Iglesia sus derechos sobre elecciones. Su conducta en este particular no ha sido inmudable sino en punto de salvar sus libertades. Desde principios del siglo trece se vio a los cabildos de las catedrales en posesión de elegir a los obispos, sin participación del resto del clero, ni del pueblo, y a los metropolitanos en posesión también de confirmar las elecciones sin llamar a sus sufragáneos. Esta nueva disciplina no fue de mucha duración. Las elecciones hechas por los cabildos no podían tener el crédito que tenían las que se celebraban por los concilios de obispos; y además muchas veces eran injustas y viciosas, lo cual hizo que las apelaciones a Roma fueran mucho más frecuentes, y que las más de las provisiones se hicieran por el Papa. Llegó a hacerse notorio, que muchas elecciones de los cabildos eran obra de la facción y de la simonía, singularmente en los países donde los obispos eran señores temporales. Los tumultos y las violencias, y muchas veces las guerras civiles, daban motivo para que los soberanos eligieran como por autoridad propia. Estos males hicieron que los Papas ejercieran por sí mismos la función santa de dar conductores al pueblo de Dios. Se reservaron primero la provisión de las iglesias donde era mayor el riesgo de que se dieran aquellos escándalos; se establecieron reglas generales para la reservación de otras, y al fin los sucesores de San Pedro, a quienes en la persona del Príncipe de los apóstoles, les fue dada por nuestro Señor Jesu-Cristo potestad plena, para apacentar, regir y gobernar la Iglesia universal, se reservaron la provisión de todas las iglesias; y las elecciones, que se habían hecho en muchos siglos por los obispos, reunidos en concilios provinciales, y en poco tiempo por los cabildos, quedaron abolidas. Desde entonces las provisiones para los obispados se hacen por el Papa, o por sí solo, o con la intervención de la autoridad civil, en virtud de letras apostólicas, concedidas por tiempo determinado, o por concesiones más amplias, en premio de singulares servicios hechos a la religión del Señor. La parte, pues, que los soberanos han tenido en el negocio de elecciones, se debió en los siglos pasados a la condescendencia de los obispos, quienes por la disciplina entonces vigente debían poner pastores, y hoy se debe a la condescendencia del vicario de nuestro Señor Jesu-Cristo, quien por obligación de su dignidad pone obispos, y les entrega el gobierno de las iglesias. Los otorgamientos de esta condescendencia es lo que llamamos concordatos, o convenios, en que consiente el sumo pontífice, haciendo de la plenitud de su potestad apostólica el uso que demandan las circunstancias de los tiempos, la paz, y la necesidad de estrechar los vínculos de la caridad, para asegurar más la unidad de la Iglesia, salvos siempre sus derechos.

[Concordatos]

La Iglesia con el fin santo de facilitar el remedio de los abusos, y la observancia exacta de sus leyes, asegurando al mismo tiempo su buena armonía con los gobiernos de las naciones, ha querido que los príncipes tengan, concedida por la silla apostólica, la facultad de elegir o presentar, con la precisa condición de hacerlo en sujetos que lo merezcan, a quienes el Papa apruebe. El primer concordato celebrado así entre el Papa León X y Francisco I rey de Francia se aprobó solemnemente por el Concilio Lateranense quinto; y cuantos se han celebrado después, están dictados por el mismo espíritu de paz del Padre común de los fieles, por su pastoral vigilancia para todas las iglesias, y sus vehementes deseos de cortar todo motivo de disgusto entre las autoridades eclesiástica y secular de las naciones católicas, sin perjuicio de las facultades que como a soberano pontífice le corresponden. Las medidas que dictó el Concilio de Trento, para que en cualquier caso que se suponga, pueda proveer con acierto, bien lo prueban. Si después de informes, averiguaciones, y exactas diligencias halla que son dignos los nombrados por aquellos que por la silla apostólica gozan de ese derecho, hace las provisiones; mas si halla que los nombrados no son dignos, se abstiene de proveer, para hacerlo después, y no causar males a la grey del Señor.

Para las provisiones de obispados ésta es la disciplina hoy vigente, disciplina recibida de muchos siglos atrás, y confirmada y perfeccionada por los dos últimos Concilios ecuménicos, el de Florencia, y el de Trento. Los discípulos de Lutero declaman con furor contra este orden de cosas porque él mantiene la unidad, la indivisibilidad, y la perfecta unión de los fieles y de los pastores; hacen encomios de la disciplina antigua, no porque deseen que la Iglesia use de sus derechos en los términos que regían, sino por el empeño que tienen de que absolutamente y de ninguna manera los ejerza. Despojarla de todo su poder, para destruirla viéndola indefensa, ése es su designio; y por lo menos someterla a la autoridad civil, con el fin de desfigurarla, y alterarla, que también sería lo mismo que destruirla. A los discípulos de Lutero, se juntan los ateístas, y todos los que se dan el nombre de filósofos, para dictar leyes al mundo. El orgullo de éstos, infinitamente mortificado al ver la inestabilidad de sus obras, por una parte, y por la otra, la duración eterna de la Iglesia, se esfuerza para convertirla en una cosa perecedera.

[Disciplina antigua y nueva]

Los católicos que de buena fe buscamos la justicia y la verdad hablando de la antigua y de la nueva disciplina, formamos este juicio: en cualquier lugar y solio que resida la jurisdicción suma de las Iglesias, ella está en los sucesores de los apóstoles; la potestad de éste, era tan amplia en los primeros tiempos, como lo es hoy; el ejercicio de esa potestad es el que ha variado. Las pruebas de todo esto se tienen en la constante subordinación de los obispos al papa, y en la preeminencia del papa en el asunto mismo de elecciones, durante la disciplina antigua. Haciendo Nuestro Señor Jesu-Cristo a San Pedro el primero en autoridad y jurisdicción sobre todos los apóstoles, lo hizo responsable, y a los que le habían de suceder de la unidad de la Iglesia, de la pureza de la fe, y de la santidad de la moral, porque éstos son los objetos de aquella espiritual primacía; y ¿se podrán imaginar tan grandes responsabilidades en el sucesor de San Pedro, si no se pone en sus manos la facultad de nombrar por sí los pastores de toda la Iglesia, cuando lo crea conveniente?

De la inviolabilidad de estas reglas depende en la nueva disciplina la unidad católica, y por esto el romano Pontífice las guarda con aquella constancia cual corresponde al que es la piedra fundamental de la Iglesia. Pío VI tuvo que defenderlas con toda su autoridad apostólica, primero en los disturbios causados en Alemania y en la Toscana por los escritos febronianos, y después en la persecución que se hizo a una de las más florecientes porciones del catolicismo. La revolución de Francia, comenzada al fin del siglo pasado, pretendió hacer en la Iglesia grandes mudanzas de disciplina. Con la que se llamó constitución civil del clero se mudaban los límites de los obispados y de las parroquias; se dejaban las elecciones de curas y de obispos en manos de electores legos, como si se tratase de oficios de la república, se suprimían los antiguos cabildos de las catedrales, y se erigían otros. En esa borrasca el venerable Pío VI manifestó gran fortaleza y serenidad de ánimo, y particular vigilancia en proveer a las necesidades de toda la Iglesia. Condenó los excesos de las nuevas autoridades de la Francia ; clamó con vigor contra el nuevo método de elecciones, las declaró nulas e ilegítimas, y sacrílegas las consagraciones de obispos, y suspensos los nuevos consagrados, y sus consagrantes, y también los curas; y advirtió a los prevaricadores, que si se mostraban contumaces, lanzaba contra ellos el anatema, y los denunciaría a la Iglesia, como cismáticos, y separados de su comunión. Pío VII siguió los pasos de su digno predecesor. Hablando a los antiguos obispos de Francia en la encíclica que les dirigió con motivo de su exaltación al trono pontificio, alabó su celo y su ,firmeza; y los felicitó por los trabajos que sufrieron, antes que mancharse con el juramento de obediencia a la cismática constitución civil del clero, juramento que calificó de execrable e impío.

Si los derechos de la soberanía temporal para hacer o arreglar las elecciones de pastores y ministros, y mezclarse en su gobierno, se han de medir por el tamaño de sus fuerzas, nunca han sido tan grandes como los que quiso hacer valer la república francesa. La persecución contra los que resistieron las leyes cismáticas, excedió en la universalidad, atrocidad y perfidia a todas las persecuciones, que la Iglesia galicana había sufrido en los siglos anteriores. ¿Y qué hicieron los prelados y clero de aquella Iglesia? ¿Obsequiaron a los deseados derechos de soberanía? No. Cerca de cincuenta mil fueron los curas y vicarios que no prestaron el juramento fatal. De ciento treinta y ocho obispos, sólo cuatro juraron; y aunque cayeron sobre tantos ministros fieles atroces violencias, destierros y asesinatos, haciendo pasar como indicio cierto de aristocracia la resistencia a las innovaciones de disciplina, todo lo sufrieron por salvar la unidad católica. ¿Y el primer pastor, que preside y gobierna a toda la Iglesia, qué hizo? Lo que nuestro Señor Jesu-Cristo, que es el Príncipe de los pastores, le mandó en la persona de Pedro: confirmó en la sana doctrina a sus hermanos los obispos de Francia, animándolos a obrar con unión y constancia; y por su parte sostuvo con toda su autoridad suprema la disciplina y las santas libertades. La Iglesia tiene de su divino fundador la augusta prerrogativa de producir en todos los siglos pastores animados de un mismo celo por la unidad, por la pureza de los dogmas y por la gloria del Señor.

[El obispado de San Salvador, Centroamérica]

Todas las revoluciones pasan por unos mismos trámites. Recientemente y muy cerca de nosotros, se erigió un nuevo obispado, y se nombró al que lo había de regir, lo uno y lo otro por decretos del poder temporal. Diose cuenta al Papa León XII y su santidad lo condenó todo con palabras .llenas de energía y fuerza. "¿Cómo puede ser, dice al presidente de la República de Guatemala, que un congreso, o asamblea política, esto es, unas personas seglares, que como hijos deben respetar y obedecer a los decretos de la Iglesia, hayan introducido sus manos en el santuario con osadía sacrílega, y se hayan tomado la facultad de disponer a su arbitrio de un negocio el más grave de todos?"

Pío VIII, sucesor de León XII, observó la misma conducta en ese negocio. El párroco, nombrado obispo, murió en su obstinación, y nuestro actual santísimo Padre Gregorio XVI, en carta de 10 de diciembre de 1833 se aflige de esa desgracia, dándolo por muerto en el cisma. Ved aquí sus palabras: " ... Apenas se puede expresar cuánto es nuestro sentimiento por la contumacia obstinada en el cisma, en que hasta el fin de la vida estuvo dicho párroco. Nos, que veneramos por cierto los inescrutables juicios del sapientísimo Dios, que mueve todas las cosas, y que de quien quiere se apiada, y a quien quiere endurece, dirigimos al cielo nuestras súplicas en la oración, y Nos lamentamos por el alma de los hijos perdidos, y que aún están adheridos a las doctrinas, y ejemplos malignos del párroco difunto; y le pedimos con ruegos esforzados, que conociendo éstos su error vuelvan al seno y unidad de la Iglesia." Las palabras del Señor Gregorio XVI son una declaración terminante, de que las elecciones de la Iglesia y todo lo que es de su gobierno, son cosas tan propias de ella, que arroja de su seno a los aduladores impíos, que con doctrinas y ejemplos malignos las transfieren al poder civil, o las reciben de él.

[Peligros de cisma]

Queda manifestado que es espiritual, o que mira a la vida eterna, el fin de las elecciones de pastores y ministros, así como el que su origen es divino; y aunque no era necesario más para probar, que toda la facultad bastante para hacerlas es sólo de la Iglesia que fue divinamente establecida, y en un orden espiritual, quedan también presentados los títulos positivos que ella tiene en favor de sus derechos. Esos títulos están en la tradición de todos los tiempos; tradición que he puesto a la vista para cuantos quieran comprenderla. No hay más que echar una ojeada sobre las libertades de la Iglesia. Recórrase el camino que hemos traído hasta volver a su origen. Las cartas y decretos de nuestro santísimo Padre Gregorio XVI que actualmente ocupa la silla de San Pedro, y de sus predecesores Pío VIII, León XII y Pío VII en el siglo presente; las cartas de Pío VI en el siglo anterior, de Nicolás I en el siglo nono, de San Gregorio en el octavo y de San Gelasio en el quinto; los escritos de San Anselmo en el siglo undécimo y del Padre San Cipriano en el tercero; los cánones y decretos de los Concilios ecuménicos de Trento, de Letrán, de Florencia, de Constantinopla y del segundo y primero de Licea, celebrados en los siglos decimosexto y anteriores hasta el cuarto; los decretos de muchísimos Concilios particulares de diversos tiempos: los cánones apostólicos, que son los más antiguos, y antes que todo las cartas de San Pablo, éste es el camino que hemos traído; más allá no resta sino la institución toda divina de nuestro Señor Jesu-Cristo, éste es su origen; y lo uno y lo otro demuestran que en la Iglesia hay autoridad y derechos bastantes para hacer sus elecciones con independencia del poder civil. Los reformadores que ha producido la falsa filosofía, deciden sin conocimiento de la antigüedad y ya se ve que cuanto hemos alegado es muy antiguo, así como lo es también la Iglesia; pero a los incrédulos y a los cismáticos les es más fácil juzgar con la voluntad que con el entendimiento.

Las funciones del entendimiento cuestan mucho estudio y trabajo, si se han de hacer racionalmente; y para los actos de la voluntad, cuales son los de aquellos que no quieren creer al Evangelio, ni obedecer a los ministros de Dios, basta decir lo que decía el pueblo ingrato cuando se iba tras de la vanidad de los ídolos: Non serviam, no quiero servir al Señor.

Fieles de mi diócesis, que nadie os engañe con filosofías y vanos sofismas según los elementos del mundo. El espíritu de cisma, que en este siglo se desenfrena impíamente, emplea todos sus esfuerzos en destruir, o al menos en disminuir, alguna parte de las libertades de la Iglesia. La seducción de Satanás para perder a las almas, se ha presentado bajo diferentes formas. En los primeros siglos fue la idolatría, y para sostenerla, empleó todo el poder de los emperadores y magistrados. Bien establecida la unidad de Dios con tres siglos de sufrimiento, el demonio mudó de tentación; se sirvió de las herejías para hacer caer aquellos a quienes la idolatría, armada con todas las fuerzas del infierno, no había podido abatir. Claramente definida por la Iglesia la verdadera doctrina, el demonio empezó a valerse del espíritu de cisma, inspirando insolencia para despreciar a la autoridad eclesiástica, y exagerando los derechos de los pueblos y de los príncipes. Estad sobre ,aviso, la historia de las Iglesias que se hicieron cismáticas, se reduce a ésta: Dejaron perder sus libertades, y leyes civiles de pretendidas reformas las separaron de la unidad católica. Que nadie os engañe, vuelvo a decir. Hay algunos, dice San Pablo, que desviándose de la caridad que nace de un corazón puro, y de una buena conciencia, y de fe fingida, han venido a dar en charlatanería: queriendo hacer de doctores de la ley, sin entender ni lo que dicen, ni lo que afirman.

Hay otros, dice San Pedro, que son osados y pagados de sí mismos que blasfeman de las cosas que ignoran, y con halagos y profiriendo discursos pomposos y llenos de vanidad, atraen a las almas ligeras e inconstantes, prometiéndoles libertad, cuando ellos mismos son esclavos de la corrupción. Para que no se dejaran llevar de todos los vientos de opiniones humanas, por la malignidad de los hombres, que engañan con astucia para introducir el error San Pablo rogaba a los cristianos de Efeso que fuesen solícitos en conservar la unidad del espíritu con el vínculo de la paz; lo mismo os ruego yo a vosotros, quiero decir, que no os separéis jamás de la grey del Señor, que es la Iglesia Católica Romana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: Juan Cayetano Portugal, Pastoral de Michoacán. México. Cornelio C. Sebrín, 1835. Esta es una reproducción parcial. Los subtítulos son míos.
Tomado de Morales Francisco. Clero y Política en México (1767-1834) Algunas ideas sobre la autoridad, la independencia y la reforma eclesiástica. México. Secretaria de Educación Pública. 1975. 198 pp.