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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1834 Valentín Gómez Farías defiende la Vicepresidencia

13 de Julio de 1834

Nota: En abril 24 de 1834, Antonio López de Santa Anna asume la presidencia de la República. El centralismo retorna y los estados federales pasan a ser departamentos. Gómez Farías es desterrado a Nueva Orleáns.

VALENTIN GOMEZ FARIAS
defiende la vicepresidencia*

Interior Parte oficial Gobierno general
Primera Secretaría de Estado.
Departamento del Interior.
Excelentísimo señor:

Las voces que en el movimiento del 13 del próximo pasado junio se hicieron resonar contra mí en esta capital, según se me informó, las debí desde entonces considerar como el término lejano que anuncia una tempestad, y por eso desde entonces esforcé la solicitud que tenía hecha para que el excelentísimo señor presidente se sirviese concederme pasaporte para salir de la República por un año.

Ya veo sobre mi la nube, porque en el parte que con fecha 4 de este mes da don Manuel F. Castrillón de su expedición contra los disidentes que habían invadido a Tlalpan y desarmado su poca guarnición, asienta que entre los infames tomados sin expresar de quién, se le dijo que los pronunciados, cuya fuerza presentada era de 60 a 65 hombres, se hallaban socorridos y dirigidos por mí.

En acta del cabildo de Cuernavaca, celebrada en 30 del mencionado junio a excitación del comandante militar, se aprobaron los tres artículos que había acordado aquella guarnición, dirigidos sustancialmente a desconocerse como vicepresidente de la república y a integrar, a efecto de que esta protesta se realice, la protección del excelentísimo señor presidente.

En decreto de 8 de este mes expedido por don José María Esquivel, decano del Supremo Tribunal de Justicia del Estado de México, después de insultarme en los términos más desmedidos e indecorosos, resuelve como si fuese autoridad competente, que no se [me] reconoce en aquel estado como vicepresidente de la República.

Por último con el mismo objeto de desconocerme se ha preparado y está muy próximo a verificarse en esta capital otro movimiento, para hacer pasar por voluntad de los pueblos, lo que no es más que obra de unos pocos seducidos o comprados por mis enemigos.

Por más que el primero de estos actos ofenda a la razón y a la justicia, y los otros a la Constitución federal y todos sus principios, a mi no me causa extrañeza, porque los considero como resultados necesarios de los trastornos y de la inquietud que toman en ellos los odios y resentimientos personales para precipitarse a la venganza.

Si el general que manda no puede preservarse de contraer muchos enemigos, el que ha tenido la desgracia de hallarse al frente de un gobierno en tiempos turbulentos y de revolución, ¿cómo habrá podido evitarlos? ¿Y cómo, menos todavía, podría yo dejar de tener que experimentar sus acechanzas, cuando por sólo la idea de que había de contrariar sus planes revolucionarios, tenía gratuitos enemigos que me habían proscrito y decretado que se me asesinara con todos los miembros de la Cámara, antes de entrar en el mando, según el excelentísimo, señor, presidente se dignó comunicármelo al tiempo que me lo entregó en junio del año próximo anterior?

Desde luego se deja entender que todos los que sufrieron la energía de las providencias tomadas por mi para enfrentar la revolución que ya existía cuando me encargué del gobierno, y todos los que empeñados en ella tuvieron que sucumbir a aquellos esfuerzos con que cooperé a su aniquilamiento, deben haberme declarado una enemistad capital, y aprovechar la ocasión de vengarse, que los trastornos han puesto en sus manos, convirtiéndose de reos que eran en calumniadores, acusadores o árbitros de mi suerte y de la dignidad a que la nación se dignó elevarme constitucionalmente.

Así, por ejemplo, no es admirable que don Ángel Pérez Palacios que funciona de comandante, y algún otro u otros individuos de los que como él, sostuvieron con armas o fomentaron de otra manera la revolución de Arista, y que se hallan hoy empleados en la guarnición de Cuernavaca, influyan con todo el poder que les da su actual posición para asestar contra mi sus tiros por haberlos estrechado a someterse a la obediencia debida a las leyes y al gobierno, por no haberlos dispensado de cumplir las condiciones de sus capitulaciones, condiciones que fueron reclamadas por autoridades de diversos estados, por parecerles demasiado suaves, pero el fiel desempeño de las obligaciones que me imponía el alto carácter de que me hallaba investido, es hoy un delito en la estimación de los que tuve que tratar como rebeldes, de la misma suerte que lo seria en la de cualquier reo la sentencia del juez que lo hubiese condenado.

No es extraño tampoco que Toluca repitiese el eco revolucionario [de] lo que se había proclamado en Cuernavaca; pero si lo es que en una y otra parte, y más terminantemente en el decreto del que funciona gobernador de aquel estado, se me atribuye haber sancionado la ley que llaman de ostracismo, y las de reformas eclesiásticas, siendo así que el excelentísimo señor presidente fue el que dio la sanción a la primera, y el que intervino en la designación de muchas personas desterradas no habiendo yo concurrido a su despacho donde se formaron las listas sino cuando estaban casi concluidas, y siendo así también que dicho excelentísimo sancionó la que derogó la coacción civil para el cumplimiento de los votos monásticos, y la que declaró nulas las canonjías provistas en virtud de la ley del Congreso del gobierno anterior.

También es extraño que sin ninguna comprobación, (pues estoy seguro de que no la habrá) se haya estampado en El Telégrafo de 5 del presente, el parte oficial de que hablé al principio. En él se me acrimina, descansando en informes calumniosos, con que yo socorro y dirijo a los pronunciados que invadieron Tlalpan. Si sus jefes son Durán y Alquiciras, como se dice en el mismo periódico, yo ciertamente no conozco al segundo ni tengo relación alguna con él; y el primero, a quien no he visto hace muchos meses, debe estar tan distantes de tener comunicaciones conmigo, que según constará en la Secretaría del Despacho de Guerra y en la Comandancia General, por disposición mía, se le mandó formar causa, a resultas de la queja que me dio el Sr. José del Barrio, ministro de Guatemala, de que en su hacienda lo había insultado con la partida que mandaba, y se le habían hecho algunos robos.

Por todas estas acriminaciones, y particularmente la de haber sancionado la ley que llaman de ostracismo y las de reformas eclesiásticas, no las debo considerar sino como medios inventados para [concitarme] el odio de muchos, y prepararme una persecución. Si, como deseo persuadirme, el excelentísimo señor presidente ha de estar inclinado a evitarla y cortar sus progresos, no dudo que se servirá concederme el pasaporte que tenía desde entonces pedido por conductos verbales, y concedérmelo para que pueda salir por donde me convenga, puesto que en el orden que guardan las cosas públicas en los estados de lo interior, y especialmente San Luis Potosí y Zacatecas, cesan hoy los embarazos que se pulsaron para permitirme que saliese por esos rumbos, y se redime a mi inocente familia de los graves riesgos a que la expondría el tránsito por Veracruz.

Sólo el interés de que no corran sin contradicción las imputaciones falsas y calumniosas que me hacen en la acta de Cuernavaca y con el expresado decreto de Toluca, que se han publicado en varios periódicos de esta capital incluso El Telégrafo, puede haberme obligado a referir algunos hechos. El excelentísimo señor presidente, que sabe muy bien la certeza de ellos, conocerá la ligereza y el encono con que se escribe cuando las pasiones están exaltadas, y cuanto no se consulta a la razón sino al deseo impetuoso de la venganza.

Sírvase vuestra excelencia hacer presente todo lo expuesto al excelentísimo señor presidente, y tener la bondad de comunicarme con la brevedad posible su resolución.

Dios y libertad, 13 de julio de 1834.-

Valentín Gómez Farías.
Excelentísimo señor ministro de Relaciones Interiores y Exteriores.