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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1834 México durante 1832 y 1833

C.C. Becher

CARTA XXXIII

México, a 12 de Octubre de 1832

Los acontecimientos bélicos se nos aproximan ahora, de pronto, a pasos agigantados y en forma tan seria que casi me temo que no podré escribirte de ningún otro asunto; por lo tanto, no me quedaría otra cosa mejor por hacer sino esperar a que todo pasase, si no supiese que los sucesos de aquí son por lo general conocidos por los diarios y que, por consiguiente, debe redundar a favor de tu tranquilidad el que sepas por mí mismo la verdadera situación de este país. Creo que no podré darte una mejor descripción ni proporcionarte un cuadro más fiel de lo que aquí sucede, que transcribiéndote el boletín que me siento obligado a enviar a muchos de mis amigos de Europa.

Helo aquí:

8 de octubre. Después de que Santa Anna se hubo asegurado el regreso de Pedraza y después de haber terminado sus preparativos, pasó de la defensiva, que hasta ahora había observado, al ataque, y tras de haber derrotado en parte a Facio en una acción donde perdió la vida uno de los mejores generales artilleros del gobierno, se presentó de repente ante los muros de Puebla después de haber realizado osadamente al través de las montañas una marcha que se juzgaba imposible. Intimó a Andrade, comandante general de la plaza, a que le entregara la ciudad, lo cual no sólo rechazó este valiente soldado sino que, por el contrario, se lanzó con sus setecientos soldados de guarnición sobre Santa Anna para impedirle la entrada. Andrade fue con todo totalmente rechazado, su tropa derrotada y él mismo herido.

Santa Anna penetró en Puebla con no menos de tres mil quinientos hombres, un número que asombra a todo el mundo. Fuera del saqueo de la casa donde había vivido el gobernador Andrade, no hubo por cierto mayor desmán. Santa Anna ha restablecido en seguida la calma y el orden en la ciudad, y se ha comportado en ella con tanta moderación, en algunas ocasiones hasta con tal magnanimidad, que incluso ha hecho enmudecer a aquellos de sus contrarios que de buena gana no lo rebajaban de salteador de caminos.

Ahora lo que se trata de saber es qué es lo que sucederá en primer lugar aquí. Las Cámaras se reunieron ayer y han resuelto suspender las sesiones e investir al presidente (hasta que termine la revolución) con los poderes excepcionales de la dictadura; se duda, sin embargo, que Múzquiz los acepte. Entre tanto éste ha enviado dos negociadores (amigos personales de Santa Anna, pero de ideas moderadas) a Puebla para intentar llevar a cabo un convenio por medios pacíficos; pocos días deben ser precisos para resolverlo. Si Santa Anna, en lugar dehaber hecho alto en Puebla, hubiera marchado de una buena vez hasta aquí, habría tomado México sin disparar un tiro, tan grande era la consternación al saberse cuán cerca estaba y cuán escasos eran los preparativos de defensa tomados; pero ahora se concentran tropas entre esta ciudad y la de Puebla para hacer aún resistencia en caso de que fracasen las negociaciones. Sin embargo la ciudad de México no será defendida, porque esto se tiene justamente por cosa tan imposible cuanto inútil. El Ayuntamiento considera la cosa de la misma manera, y hoy mismo, en la propia ciudad, ha interpuesto una solemne protesta contra el gobierno declarándose contrario al acuerdo tomado de defender la capital.

Día 11. Nada esencial ha acontecido hasta el día de hoy; por lo menos nada que sepamos. Entre tanto se ha confirmado todo lo que se ha dicho respecto a la ocupación de Puebla. No ha habido allí, en lo absoluto, ningún desorden de importancia; al herido general Andrade se le ha permitido salir libremente de Puebla, y ya ha llegado aquí para hacerse curar sus heridas. Santa Anna, con la llegada a Puebla de muchos jefes insurgentes, se ha podido reforzar con algunos miles de hombres más, y encima de eso ha levantado nuevas tropas, parte de las cuales se hallan ya en San Martín, en camino hacia México. Contra esta concentración las tropas del gobierno, unos tres mil hombres, aguardan en Ayotla, a ocho leguas de aquí, provistas de mucha artillería, de la cual deben por contra carecer los insurgentes. Ayer en la tarde regresaron los comisionados que se habían enviado a Puebla, acompañados por cuatro delegados de Santa Anna, y todo el día se lo han pasado en negociaciones sin llegar a un resultado. Yo abandono ahora la esperanza de que se logre por este camino un arreglo pacífico. ¡Creo que Santa Anna entrará solamente aquí en plan de guerrero vencedor! Pero a pesar de todo tengo fe en que las acertadas medidas tomadas en la ciudad nos preservarán de excesos y desórdenes; quiera Dios que no me equivoque. Hasta el momento todo ha estado por aquí tranquilo; entre tanto, algunos de los principales enemigos de Santa Anna han salido de la ciudad, como por ejemplo el anterior ministro Alamán, con el que efectivamente no es de esperarse una reconciliación puesto que él representa todo el partido contrario. Es lástima, porque Alamán es un hombre muy instruido y diestro, un agradable socio y, dicho sea de paso, su esposa e aún más amable que él. Por lo demás, Alamán es asimismo un hombre riquísimo y por lo tanto sabrá componérselas para salirse del affaire.

¡ Y, pues bien, basta ya por hoy ! Estoy cansado de hablar de política y no puedo menos que deplorar bastante el que, en suma, tenga de aquí en adelante que decir algo sobre ella. Si el país hubiese estado este año tan tranquilo precisamente como estuvo el anterior, habría yo logrado alcanzar el objetivo que me trajo aquí, y hace ya tiempo que me encontraría de nuevo en casa y a solas con todos vosotros. No quiero sin embargo quej arme ni desalentarme, pues aunque cuando llegué aquí encontré un tiempo movidísimo e intranquilo, es mi deber esperar el fin del mismo. ¡ Pero a todo le llega su fin en este mundo, salvo al amor que te profeso a ti y a los niños ! Adiós.

CARTA XXXIV

México, a 5 de noviembre de 1832

Desde mi informe, clausurado el día 11, sobre la marcha de la revolución, los acontecimientos se han desarrollado nuevamente de manera distinta de la que se esperaba entonces, ¡ y en lugar de desembocar todo en una decisión rápida, incluso hoy carecemos de ella, de acuerdo con la lentitud mexicana ! Las negociaciones con Santa Anna se rompieron, pues que no pudo haber un acuerdo sobre las bases. La transigencia que mostró al presente el gobierno y que hace unos meses hubiera podido poner fin a la revolución, ya no satisfizo ahora a Santa Anna, y él mantuvo sus puntos los cuales fueron ciertamente aceptados por los negociadores y por algunos de los ministros; pero fueron rechazados por el presidente y por la mayoría del Congreso, el cual, a causa de estas negociaciones, había vuelto a reunirse. Los dos bandos prosiguen actualmente las operaciones militares, pero con una falta tal de energía que en Europa sólo difícilmente se han de dar una idea de semejante inopia. El general Santa Anna, como hace poco hice notar, si hubiese emprendido una rápida marcha desde Puebla sobre la capital, hubiese entrado entonces en esta última sin hallar resistencia; pero hizo alto de un modo inesperado y avanzó tan lentamente que el gobierno pudo reunir tropas, y se calcula que en este momento bien puede tener bajo su mando unos cinco mil hombres de todas las armas y cuerpos. Como entretanto Santa Anna fortalecía su ejército en un grado todavía mayor, de suerte que se cree ahora que tiene de ocho mil a diez mil hombres, el gobierno alteró de repente su plan, ¡ metió todas sus tropas en la ciudad, cortó los caminos de acceso a la misma y declaró con fecha 17 de octubre el estado de sitio de la capital federal! Santa Anna tampoco tardó mucho en hacer cierta dicha declaración, avanzó todavía más cerca y muy pronto tuvo a México cercado por todas partes. No tardaron en ponerse en vigor las habituales medidas de asedio. A pesar de todas las protestas del clero, todos los repiques de campanas, que en tiempo usual nos retumban en los oídos desde las cuatro de la mañana hasta bien entrada la noche fueron prohibidos, y la mayor parte de las iglesias, por tanto, enmudecieron sus campanas por orden de la autoridad (un alivio importante para los nervios); se cerraron los teatros y se suspendieron las corridas de toros; se prohibió pasear a caballo por las calles; se requisaron los caballos (el mío fue entregado a la autoridad); se decretaron préstamos forzosos, a los cuales tuvieron también que contribuir los extranjeros, pese a la protesta de nuestros respectivos diplomáticos y finalmente ¡ se dispuso un máximo aumento tope en los precios de los comestibles más indispensables ! Las tiendasy almacenes han sido cerrados, los más temerosos hasta han puesto barricadas en sus hogares; ¡los artesanos y la gente de trabajo han quedado ociosos, y para ellos todos los días son ahora domingo ! Por lo demás, todo sigue tranquilo hasta ahora en la ciudad, pues si de cuando en cuando no se oyesen algunos cañonazos y disparos de fusil hacia las puertas de la ciudad, y no se viesen desde las azoteas de las casas los movimeintos de las tropas asediantes, no se podría verdaderamente adivinar que hubiese guerra en el país, y menos aún que el enemigo se encontrara tan cerca de las puertas, porque cuando de tarde en vez ocurre algún pequeño combate (lo cual sucede raramente), éste puede ser observado a simple vista desde las azoteas. Cuánto durará aún esta situación, solamente el cielo lo sabe, porque parece ser que ninguno de los bandos quiere acometerse, con lo que entre tanto Santa Anna, con las comunicaciones libres hasta la costa y rodeado como está por todos los recursos que puede suministrarle una fértil comarca, se encuentra evidentemente en mejores condiciones que nosotros, que vivimos en una ciudad de ciento setenta mil habitantes, cuya entrada de víveres y de agua podrá cortar cuando quiera, cosa que con suma probabilidad, llevará pronto a cabo. Se teme ahora que el gobierno lleve adelante una fuerte salida para rechazar de este modo al enemigo, porque dada la situación de la ciudad resulta imposible resistir más tiempo, pues que escasean ya los artículos de primera necesidad, como por ejemplo el maíz, el carbón, etcétera. La gran masa de la población, que subsiste de su trabajo manual y que vive al día, se encuentra sin ocupación y se halla por consiguiente abandonada a la penuria, en tanto que el comercio y el tráfico estén paralizados; la circulación está asimismo estancada, ni va ni viene ninguna posta y nos encontramos hoy en la noche completamente encerrados tras el recinto amurallado de la ciudad.

Hasta aquí alcanzaba lo que había escrito hasta el día 22 de octubre, cuando he aquí que a la mañana siguiente nos despertamos al tronar de los cañones. Por fin se habían avergonzado probablemente por no haber aventurado ni siquiera una vez una salida, contando la ciudad como cuenta con una guarnición de cinco mil hombres y no menos de treinta generales ! (que tenemos la felicidad de poseer) entre viejos y jóvenes. Salieron, pues, entre dos mil y tres mil soldados y marcharon por los llanos de Tacubaya, a dos leguas de aquí, y trataron desde tal lugar, al amparo de los cañones de Chapultepec, de sacar a Santa Anna de su posición y aproches; pero no lo lograron. Santa Anna se contentó con cañonear con sus baterías a las tropas del gobierno, con matarles o herirles algunos oficiales y soldados, y al llegar la noche las dejó retirarse sin que éstas hubieran conseguido nada. Nosotros pudimos ver toda la maniobra desde la azotea y nos maravillamos no poco, dadas nuestras ideas europeas sobre las operaciones guerreras, de que la caballería gubernamental, que es realmente buena y bastante mejor que la que tiene Santa Anna, no arriesgase ningún ataque contra Tacubaya, plaza totalmente abierta y cuartel general ahora del enemigo. Mas todo quedó, como ya se ha dicho, en una mera demostración que no condujo a ningún resultado práctico; con todo no se dejó de ponerle el pomposo nombre de "Combate de Tacubaya", tras haber intentado denominarlo de ocho modos distintos. Actualmente se abre paso la idea de lograr el socorro de la plaza sitiada por medio de Bustamante, del que se esperan y desean tener noticias, quien emprendería el regreso desde el norte y en una rápida marcha vendría a liberar la ciudad. ¡ No parece carecer este rumor de algún fundamento, puesto que Santa Anna se ha puesto en movimiento, y como lo que ya quiere es obtener la posesión de México por cualquier medio, hl mandado cortar uno de los acueductos, y los accesos a la capital se encuentran estrechamente vigilados y ocupados. Tan rígidamente se ha llevado esto último a cabo que el tope máximo legal en los precios de las subsistencias ha tenido que ser subido para sostener en resumidas cuentas el atractivo del elevado precio de éstas. En su mayor parte han subido ya al triple, pero el maíz y el carbón lo han hecho al séxtuplo. Santa Anna se puso también en ridículo hace unos días cuando le dio a la ciudad un plazo de veinticuatro horas para que se entregara; pero no se llevará a efecto la cosa tan fácilmente y en especial ahora que se espera a Bustamante como al Mesías y que se cree firmemente que éste aniquilará al receloso Santa Anna. Con esto se malogró también un reiterado intento de negociar la paz, que algunos bienintencionados habían iniciado estos días. Ninguna de las dos partes quiere ceder; en el ínterin plácense los actuales poderosos militares que rigen esta ciudad ¡ en molestar sobremanera a los extranjeros, que por lo general, como es sabido, son desafectos al partido gubernamental, y en tratarlos con arrogancia y grosería cada vez que encuentran comodidad para ello ! Por eso, nosotros los extranjeros no podemos sino ganar con el cambio y de buena gana convengo en que lo anhelo cuanto antes dado como están las cosas ahora; pero el asunto, una vez más, no marcha en este país tan rápidamente como es nuestro deseo. ¡ Por ejemplo, hoy está todo otra vez tranquilo y como antes ! El tiempo, desde por la mañana a la tarde, espléndido; en los negocios reina asimismo la máxima quietud de la mañana a la tarde, y la política más aburrida impera por consiguiente ¡ puesto que no acontece nada, pero que absolutamente nada ! ¡ Santa Anna sigue junto a las puertas de la ciudad y nosotros detrás de ellas ! Por lo demás él ha sido lo suficientemente cortés, a ruego de los encargados de negocios de Francia e Inglaterra, al permitir que los correos procedentes de los paquebotes europeos vengan a través de sus líneas, de suerte que sabemos de vosotros ciertamente y, como ves por la presente, también nosotros podemos escribir.

Aprovecho con este fin cada ocasión que se me presenta y sólo desearía poder escribirte cosas agradables. Adiós.

P. D. del 8 de noviembre de 1832.

La partida del correo ha sido demorada hasta hoy porque se observaron movimientos en las tropas del enemigo, cuyo resultado se quiso primero esperar para poder informarlo así a Europa. Este resultado lo tenemos, pues, ahora a la vista y es de índole absolutamente satisfactoria: ¡ el asedio ha terminado ! ¡ Santa Anna se ha puesto en marcha hacia el norte y va al encuentro de Bustamante; si logra derrotarlo regresará, naturalmente, y nada podrá por tanto impedirle que tome México y que ponga fin a la revolución ! ¡ Plegue al cielo que suceda esto pronto ! Mientras tanto respiramos aquí nuevamente libres, y el levantamiento del sitio ha llegado incluso como suceso estrictamente temporal a muy buena hora, porque la miseria era ya muy extremada entre la gente de la clase humilde. Todos los comestibles y demás están ya al precio de antes; el acueducto nuevamente está en uso y los surtidores de la Alameda lanzan el agua hacia arriba con tanta fuerza como si nunca hubieran sido interrumpidos. Nosotros mismos podemos ahora disfrutar de todo en el país; mas lo que queremos gozar rápida y plenamente cuanto antes por aquí es su deliciosa temperatura que para esta fecha es efectivamente distinta por completo de la que reina a la sazón entre vosotros. Adiós.

CARTA XXXV

México, a 9 de diciembre de 1832

Como no te he escrito desde mi última del 8 de noviembre, por consiguiente, lo hago hoy de nuevo, porque antes de esta fecha no se me presentó ninguna oportunidad para darte cuenta ciertamente del desenlace de nuestra situación. Desenlace, por cierto, que para que sea tal deberá mostrarse así de aquí a unos cuantos días no más; entre tanto te asiento en ésta, para decírtelo en unas pocas palabras, lo que ha sucedido hasta el día de la fecha; de dicha manera aprenderás asimismo el arte de la guerra tal como aquí se practica.

Como te escribí últimamente Santa Anna levantó el sitio para marchar al encuentro del vicepresidente y general Bustamante, que desde el norte de la república acudía en socorro de la capital, y contra éste, como se pensaba, reunidas todas sus fuerzas con tal fin, fuerzas que resultaban inferiores en número a las de su adversario, dar un combate decisivo. Pero, conforme al buen estilo mexicano, se contentó con disputarle el paso a Bustamante, fortificándose para este objeto sobre un punto cercano a Huehuetoca (a 10 leguas de aquí), levantando y cavando defensas al lado de acá de una de estas barancas (sic) que son tan frecuentes en esta tierra. De este modo se produjo, pues, una nueva pausa en las operaciones guerreras, y nada sucedió fuera de algunos ataques de la caballería de Bustamante contra los atrincheramientos, desde los cuales fue rechazada dicha caballería con pérdidas. Entre tanto salió de aquí el general Quintana con dos mil hombres, no, como quizá se esperaba, para atacar a Santa Anna por la retaguardia, sino solamente para ver donde le era posible unirse con Bustamante; lo cual consiguió sin que Santa Anna procurase tampoco, de modo incomprensible, estorbarlo. Si en lugar de esto los dos cuerpos del ejército gubernamental se hubieran sentido suficientemente fuertes para desencadenar cada uno por su lado un ataque contra el enemigo a fin de tomarlo entre dos fuegos, se hubiese podido esperar ver de este modo el fin de la disputa. Pero tal cosa ocurrió únicamente en mínima escala y sólo tuvo lugar la reunión, a consecuencia de la cual Santa Anna reincidió sobre una fuerte posición cerca de Zumpango, de la cual tampoco le pudieron expulsar los dos reunidos cuerpos de ejército. Bustamante se encontró con sus tropas en una región muy desprovista de víveres y tuvo por ello que ser aprovisionado desde la capital. Durante toda una semana se molestó vanamente en atraer a Santa Anna a campo abierto, y solamente cuando fue sorprendida por las tropas del gobierno una conducta de plata que venía desde Puebla destinada a Santa Anna, abandonó éste su posición para reatrapar el dinero (lo cual logró también) y retrocedió. rápidamente con todas sus fuerzas en direccióna Puebla, hasta donde le siguió Bustamante pisándole los talones, de suerte que casi llegaron juntos. Allí, ahora, es decir ante las puertas de la ciudad y sobre un arrabal de la misma, debe haberse trabado entrambos bandos" una recia batalla, la cual tiene que haber terminado en efecto con desventaja para Bustamante. Se confirma así el rumor que corre aquí desde ayer, acerca del combate en el que tuvo el gobierno que sucumbir; pero también se indica, según se cuenta hoy, que Santa Anna ha perdido la jornada, de manera que el desenlace de la cosa todavía no ha tocado a su término, porque en tanto que él permanezca vivo y no se encuentre tan extenuado como para no poder llegar de nuevo a Veracruz, nos encontraremos y nos quedaremos donde nos hallábamos hace seis meses, y entonces el gobierno tendrá por fuerza que sucumbir primero a la consunción financiera. El carece en la actualidad de toda clase de recursos y se ve obligado a depender de la capital federal; por dos veces se ha recurrido ya, como remedio, a los empréstitos forzosos y se gravan ahora casas, puertas, ventanas, carruajes y caballos, etcétera, cada mes, porque se espera aún y siempre, de un día para otro, y hasta este momento, la victoria sobre Santa Anna y con ella el fin de la revolución. Pero se engañan, de eso estoy convencido, porque la revolución y la oposición contra el gobierno actual están por lo general muy extensamente difundidas para poder ser reprimidas, no siendo por tanto suficientes los recursos de la ciudad, arriba indicados, para proseguir la guerra ni para demorarla. Es decir: el único camino, en mi opinión, para traer la paz al país, consiste en la mediación de Pedraza; pero el testarudo gobierno y el más terco todavía Congreso no quieren saber nada de ello y los partidos se encuentran ahora tan tajantemente separados como no lo estuvieron nunca. Mas el llamado gabinete no está sobre este punto en modo alguno en acuerdo unánime, y algunos de los ministros aconsejaban la negociación con Pedraza, que no sólo ha llegado ya a Veracruz, en donde en desembarcando publicó una moderada pero sólida proclama, sino que está en Puebla desde el día 4 y por consiguiente se encuentra más cerca de nosotros; sin embargo las intenciones pacifistas son vencidas y se desea que sean las armas las que decidan definitivamente. Por consiguiente, aquí en la ciudad nos hallaremos perpetuamente bajo la ley marcial y por ello todavía hoy no ha sido revocada ninguna medida militar, y policiaca, si bien se observan ahora con menor rigor. En cambio el enemigo nos ha hundido de tal manera en el infortunio, que desde hace ya algún tiempo ni ha entrado ni salido ninguna posta del interior; sólo se recibe la correspondencia de Europa que es traída por medio de correos extra, los cuales pueden cruzar sin trabas las líneas entre los dos bandos.

Día 13. Finalmente hemos tenido informes oficiales sobre los acontecimientos de Puebla, y ellos, ¡ bendito sea Dios!, vienen a pedir de boca. ¡La revolución ha llegado a su fin! A saber, se ha producido la victoria. La lucha a las puertas de Puebla debe haber sido sangrienta y muchos soldados deben haber quedado muertos en uno y otro lado. Bustamante perdió ciertamente en el negocio; pero fue ahora tan sensato, o si se quiere tan patriota, como para no proseguir la lucha, pues como muy bien lo vio, al final tenía, con todo, que perder; comisionó por tanto al general Cortázar para que negociara, e inmediatamente se convino en que fraternizaran los dos ejércitos y en que ambos deberían contramarchar juntos hasta llegar a México para instalar en la capital al general Pedraza como presidente legítimo para el tiempo, todavía no expirado de su presidencia, por consiguiente hasta el 1º de abril, y proclamar además una amnistía general. La instalación del general Pedraza se llevará a cabo incluso, en caso necesario, contra la voluntad del Congreso. Los dos comisarios nombrados, uno por cada lado, han llegado para hacer participar al gobierno y al Congreso de la resolución acordada, y este último, con toda seguridad, se disolverá ahora aunque no sin protesta. ¡ Pero el Congreso ya no tiene nada más que decir; la revolución no estará por ello menos terminada, y en esto estriba, por consiguiente, el asunto principal ! Pues bien, como Pedraza es un hombre probo e imparcial, lo cual ni sus enemigos incluso niegan, serán también reconocidos ahora, sin duda alguna, todas las transacciones monetarias que como comerciantes fuimos constreñidos a contraer durante la guerra, lo mismo por imposición del gobierno que por presión de Santa Anna; y debe ser evidente para cualquiera que este reconocimiento es de máxima importancia. Realmente veo venir ahora una mejor época para el país; tú sabes que siempre fui de los que creyeron que sólo podría acabar felizmente todo por este camino, a saber por el de la mediación de un tercero, especialmente Pedraza, que representa sin duda alguna el bando más legítimo. Porque Bustamante debió su poder al pronunciamiento de Jalapa del año 1828, y Santa Anna al de Veracruz a comienzos de este año; en tanto que Pedraza, por ejemplo, fue elegido a la presidencia por cauce legal. ¡ Por consiguiente no me equivoqué, como puede probarse ahora ! Pero aunque al presente, con este cambio de las cosas, la ventaja para nosotros los extranjeros y para todo el comercio y tráfico en general es palmaria, el espíritu de partido ciega, sin embargo, tanto y de tal manera que los vencidos hubieran preferido prolongar la contienda y con ella alargar también las causas que ocasionan la ruina del país, antes que ver esta completa victoria del para ellos odiado Santa Anna. Yo no he compartido nunca esta opinión y me alegro de que haya sido así el resultado.

Aquí te va, pues, una misiva meramente política; pero te harás cargo de que en estos tiempos agitados no se tienen la posibilidad ni la idea de pensar de otro modo.

Con el fin de la revolución se acerca por consiguiente también para mí el final de mi estancia en esta tierra, y puedo ahora esperar que pronto os abrazaré de nuevo.

CARTA XXXVII

México, a 9 de enero de 1833

Pedraza, el presidente actual, y su colega Santa Anna, que hace ya bastante tiempo que se ha atribuido el sobrenombre de el liberator (sic), no se han hecho esperar mucho. Inmediatamente después de la invitación de la guarnición de esta plaza, de la cual ya te hablé en mi última, salieron de Puebla, mas de intento se dilataron y no llegaron a la capital sino hasta el día de Año Nuevo, porque justamente el día último de diciembre terminaba legalmente sus funciones el pasado cuerpo legislativo y de este modo ellos pueden convocar a un nuevo congreso sin haber tenido necesidad de disolver el anterior con un acto de violencia. Como ahora se cumple el día 2 de enero el aniversario de la revolución de Veracruz, se resolvió dedicar este día al desfile de entrada de los ejércitos unidos, lo cual tuvo lugar asimismo entre repiques y salvas; sin embargo, por parte del pueblo no hubo especialmente grandes manifestaciones de júbilo. Aproximadamente unos diez mil hombres de todas las armas y cuerpos fueron los que desfilaron en la susodicha fecha, y marcharon alternando cada cuerpo de Santa Anna con uno de Bustamante, no llevando otra señal que los distinguiese salvo un cordoncillo de seda de color verde que traían los soldados santannistas en los chascás y morriones, en tanto que los bustamantistas los traían de color rojo. Las tropas de Santa Anna eran reconocibles, además, por su color meridional más moreno y por la menos exacta uniformidad militar; se observaba especialmente esto en la caballería, formada a prisa y constituida por gente de campo, pues en este país, por cierto todos montan bien a caballo, en tanto que la caballería exgubernamental (la caballería, en resumidas cuentas, pasa por ser la mejor arma de los mexicanos) desfilaba con marcial y hermoso porte.

Por lo demás, todas las tropas llevaban el mismo tipo de uniforme, las mismas armas, las mismas banderas, e inmediatamente recibieron el nombre de Ejército Mexicano Unido, tanto más cuanto que para este fin se le habían agregado algunos cuerpos del general Moctezuma. A las 3 de la tarde hicieron personalmente su entrada solemne Pedraza y Santa Anna. Todas las tropas estaban apostadas en la gran plaza en plan de revista y dando frente al Palacio Nacional; una sección de cada arma marchó al encuentro de los héroes del día, quienes, haciéndose acompañar por la magistratura y por los personajes más distinguidos de la ciudad, fueron recibidos por dichas secciones armadas, por decirlo así, en triunfo. Santa Anna, introducido en un opulento traje de general, y Pedraza en el suyo civil de color negro, iban por delanteen un carruaje del que tiraban cuatro caballos (Bustamante prefirió no asistir a esta entrada y en otro carruaje se fue solo a su casa). ¡ Los oficiales ayudantes iban a caballo y de esta manera se dirigió la comitiva a la Catedral, en donde el alto clero recibió y dio la bienvenida al presidente y al "libertador" a la entrada del templo ! ¡ ¡ Después de terminada la misa pasó la comitiva por entre una doble hilera de soldados en dirección al cercano palacio, acabando así la primera parte del festejo del día!! Ni qué decir tiene que durante todo este tiempo no cesaron los repiques de campanas y las salvas de cañón y de fusilería, y los vivas por doquiera. Por lo demás la entrada fue en efecto brillantísima; las tropas tenían un mejor porte militar que el que se podía esperar después de las marchas y fatigas precedentes; la música que tocaban sus bandas era a veces excelente. Por la noche hubo iluminación, teatro, etcétera. ¡ Pero aunque por aquí y por allá desfilaba algún que otro cortejo alegórico que prorrumpía con algún que otro viva al Libertador, se podía decir con todo que aquello era únicamente una celebración castrense y no una fiesta del pueblo ! La gran masa de la población permaneció justamente tan fría con la entronización del nuevo gobierno como antes lo estuvo con la caída del viejo, y tan pronto como terminó la entrada triunfal se fue todo el mundo de nuevo a sus negocios y quehaceres y sólo se quedó allí el que tenía algún empleo oficial. Sin embargo no puede negarse que la revolución no ha podido tener un fin más feliz que el que tuvo a través de la intervención, y ésta se consolida al presente por medio del reconocimiento unánime de Pedraza (como arriba hice anotar), en el fondo el único presidente legítimamente elegido. Solamente por este camino fue posible poner término a la guerra civil que parecía no poder acabar sino con la destrucción de uno u otro partido. Pero ahora, como una autoridad ha sido establecida y reconocida, la cual promete ser justa para las dos partes, ha prevenido para todos las desventajas que de ordinario trae consigo un violento movimiento subversivo o la victoria total de un partido sobre otro. A los comerciantes extranjeros de ésta tampoco les vendrá mal tal cambio en la situación, y gozarán de mayor seguridad personal que bajo el gobierno a la sazón derribado, que fue desafecto hacia todos los europeos no españoles y que se entregó a una gran intolerancia. Este odio contra los extranjeros no españoles fue ejercido por los gobernantes anteriores, por los influyentes, y especialmente por el malintencionado, aristocrático y teocrático Congreso ya disuelto, que en los últimos tiempos lo practicó con una intensidad tal que apenas si puede uno darse una idea de ello, lo que habría redundado ciertamente en peligro para conocidas personas y sus propiedades si el vanidoso y autonombrado legítimo partido hubiese alcanzado la victoria. Del gobierno actual se espera con razón lo mejor; tiene ideas liberales, da más importancia a una buena inteligencia y relación con las naciones europeas, y es más tolerante desde el punto de vista de las ideas y creencias religiosas. En resumidas, me parece que ésta ha sido la primera revolución en México que no cuenta como una mera querella personal entre dos jefes de partido, sino que hay que admitir que por sus causas y consecuencias ha tenido lugar un cambio total de principios. No yerro con esto; un hermoso y gran futuro aguarda en breve a este país; se autorizará la libertad religiosa, y por ese medio se provocará la inmigración. Una población en aumento elevara la renta de la propiedad territorial y producirá especialmente el alza de la industria agrícola, cosa que se tiene al presente por imposible.

El actual presidente Gómez Pedraza viajó en estos últimos años por una gran parte de Europa (visitó también entre otras nuestras hermosas provincias de Renania) y está persuadido de las ventajas de la civilización europea; no admira menos a los Estados Unidos, y la selección de sus ministros muestra que piensa gobernar con un espíritu tal que hace lamentar que sea tan corto el término que le queda aún de su administración constitucional. Sería de desear que se prolongase por excepción su período mediante un congreso nacional. Todo ha tomado ya una forma apacible; el país marcha efectivamente al encuentro de un futuro mejor, y como resultado natural de ello no disminuirá el comercio con Europa.

Con el ejército de liberación vinieron asimismo muchos de los que habían salido huyendo de la ciudad por motivos políticos, y por supuesto pudimos ver también a nuestro compatriota H. [arkert] que, como tú sabes por mis últimas cartas, cayó prisionero en el combate de Tolome, pero después logró escapar, y en la artillería de Santa Anna está destinado como teniente coronel efectivo, por lo cual porta sobre los hombros un par de pesadas charreteras de oro. Un hombre muy importante para México, que había sido desterrado y que ahora ha vuelto, es por cierto don Lorenzo de Zavala, anterior ministro de Hacienda y gobernador civil del Estado de México, de cuyo último puesto ha tomado inmediatamente posesión de nuevo. Como hombre inteligente y diestro, ha viajado con provecho durante su destierro por Europa y los Estados Unidos y debe ahora, penetrado por las ideas liberales, estar resuelto a recurrir a todos los medios con tal de traer en parte a su patria la bendición de la tolerancia, de la civilización y del progreso. Ha escrito en Europa un libro sobre las revoluciones más recientes de este país, libro que está redactado con un espíritu liberal bastante amplio; nosotros lo recibimos desde Norteamérica, poco después del vuelco del gobierno precedente, y causó entonces una sensación extraordinaria. Si, como se cree, pudiese Zavala formar parte del ministerio (de eso estoy convencido) llevaría a cabo grandes cambios en el espíritu liberal y especialmente le cortaría las alas a la clerecía, lo cual ni siquiera le llevará mucho trabajo, como muchos piensan, porque, tan lejos como alcanzan mis observaciones, en la clase instruida (la cual por cierto aquí, como en todas partes, es la que al cabo gobierna y encauza el destino de una nación) no domina, de ningún modo, semejante, fanatismo religioso, como lo sostienen otros muchos, ¡e incluso entre los eclesiásticos aparecen de cuando en cuando ideas liberales y modernas frente a las cuales no muestran el menor escrúpulo ! ¡ Si Canning hubiese insistido por la fecha del reconocimiento de la independencia de Sudamérica sobre la libertad religiosa, la habría obtenido y estos países hubieran alcanzado un incalculable beneficio! Pero entonces valía menos el acatamiento de los principios de la libertad y los derechos del hombre que la imposición de la política sobre Europa, y por consiguiente el reconocimiento fue tan precipitado queen el tratado con México ni siquiera se reservó el privilegio logrado en otras partes para las embajadas inglesas (tener su propia capilla), lo cual hubiera sido ciertamente un primer paso en el camino hacia la libertad religiosa, gracias al poderoso influjo que hubiera podido ejercer tal hecho.

No obstante, la libertad de prensa y las relaciones con el extranjero hacen ya bastante. Roca fuerte, que fue en Europa reconocido como el primer embajador mexicano ante la corte inglesa, en un ingenioso escrito impreso aquí ha propuesto formalmente la generalización e introducción de la libertad religiosa; y si bien no ha triunfado en su intento, ha dado comodidad a la pública discusión y ha despertado ciertamente ideas que producirán buenos frutos.

En la observancia de las formas religiosas externas se es ya más tolerante que antes, y la falta de saludo a una imagen sagrada o el permanecer cubierto durante el toque de oración y otros actos semejantes ya no se toman en cuenta. Por supuesto se exige todavía, inclusive a los extranjeros, la genuflexión obligada ante el Santísimo, cuando a éste, como es costumbre, se le lleva en coche camino de la casa de algún moribundo. Pero se tolera ahora, por cierto sin réspice, si se deja de hacerlo estando uno en el interior de la casa o si bien estando uno en la calle elude el viático. Esto último, en efecto, se puede hacer ahora sin pérdida de mucho tiempo, puesto que el argentino tilín de la campanilla que va por delante y el estridente canto de la letanía que nunca falta en estas ocasiones ¡ pregonan de antemano y con bastante tiempo la aproximación de la Sagrada Forma ! Esta hostia, llamada aquí Nuestro Amo, es llevada por un sacerdote revestido, que va en un hermoso coche arrastrado por cuatro mulas, al que acompañan algunos sacristanes y monaguillos. ¡ Asóciase a éstos una doble hilera de gente del pueblo, jóvenes y viejos, que cantan la letanía y que si es ya noche llevan antorchas y velas con lo que dan al cortejo un aspecto completamente solemne. De los cuerpos de guardia sale el retén armado y forma al paso de la procesión, y destacan un par de hombres para que acompañen al cortejo, lo que hacen portando sus armas pero con la cabeza descubierta y el chacó en la mano, al igual que el cochero que lleva también su sombrero en la siniestra. Entonces, donde la procesión hace alto, cae todo el mundo de rodillas y permanece así hasta que el sonido de la campanilla casi se extingue. Ya podrás imaginarte con cuanta frecuencia sucede aquí esto, pues que se trata de una ciudad populosísima en donde muchas personas mueren diariamente y en donde casi todo el mundo recibe la extremaunción. El susodicho coche está casi siempre enganchado y listo en un lugar próximo a la catedral, para iniciar en cualquier momento el "último serio viaje". ¡ La paz sea con todo aquel que lo emprenda ! ¡Adieu, adieu!