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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1828 Sobre los medios que se vale la ambición para destruír la libertad

José María Luis Mora

Nada más importante para una nación que ha adoptado el sistema republicano inmediatamente después de haber salido de un régimen despótico y conquistado su libertad por la fuerza de las armas, que disminuir los motivos reales o aparentes que puedan acumular una gran masa de autoridad y poder en manos de un solo hombre dándole prestigio y ascendiente sobre el resto los ciudadanos. La ruina de las instituciones populares ha provenido casi siempre de las medidas que se han dictado indiscretamente para su conservación, no porque no se haya intentado ésta de veras y eficazmente, sino porque los efectos naturales e invariables de las causas necesarias, no puedan alterarse por la voluntad de quien los pone en acción. El mal de las repúblicas consiste ahora y ha consistido siempre, en la poquísima fuerza física y moral que se confía a los depositarios del poder.

 Esta necesidad que la trae consigo la naturaleza del sistema, tiene, como todas las instituciones humanas, sus ventajas e inconvenientes, que deben pesarse fielmente antes de adoptarse; porque una vez admitidas es necesario arrostrar con todo, antes que hacer una variación que, por ligera que sea o se suponga, abre la puerta al cambio total del sistema y es un sacudimiento que aunque ligero, si se repite, socava lentamente las bases del edificio social hasta dar con él en tierra. ¿Qué cosa más halagüeña que estar lo más lejos de la inspección de la autoridad y someter lo menos que sea posible la persona y acciones propias a la vigilancia y disposiciones de los agentes del poder? ¿Y en qué sistema si no es en el republicano, se goza con más amplitud y se da más ensanche a semejantes franquicias? En ninguno ciertamente.

Pues este bien inestimable está más expuesto a perderse que en cualquiera otra clase de gobierno, si los libres no están muy alerta para prevenir toda especie de pretensiones que tiendan, aunque sea por pocos instantes, a disminuir su libertad y a aumentar con estas pérdidas la fuerza del que empieza por dirigirlos y acabará indefectiblemente por dominarlos.

El amor del poder, innato en el hombre y siempre progresivo en el gobierno, es mucho más temible en las repúblicas que en las monarquías. El que está seguro de que siempre ha de mandar, se esfuerza poco 'en aumentar su autoridad; mas el que ve, aunque sea a lo lejos, el término de su grandeza, si la masa inmensa de la nación y la fuerza irresistible de una verdadera opinión pública no le impone freno, estará siempre trabajando con actividad incansable por ocupar el puesto supremo, si se cree próximo a él, o por prolongar indefinidamente su dirección y ensanchar sus límites, si ha llegado a obtenerlo.

Son infinitos los medios que se ponen en juego para llegar a este término; pero entre ellos los más trillados consisten en hacerse popular para proporcionarse el ascenso; darse por necesario para mantenerse en el puesto y suponer; tiara destruir la Constitución, la imposibilidad o ineficacia de las leyes fundamentales.

En un pueblo nuevo que por su inexperiencia jamás ha conocido la libertad, los demagogos tienen un campo inmenso en qué ejercitar sus intrigas, dando rienda suelta a su ambición. Buscar las pasiones populares y una vez halladas adularlas sin medida, proclamar los principios ]levándolos hasta un grado de exageración que se hagan odiosas, e infundir la desconfianza de todos aquellos que no hayan pasado tan adelante y profesen o persuadan máximas de moderación; he aquí el modo de hacerse de popularidad en una nación compuesta de hombres que por primera vez pisan la senda difícil y siempre peligrosa de la libertad.

¿Qué es lo que se ha hecho en Inglaterra, en Francia, en España y finalmente en todas las que fueron colonias españolas y ahora naciones independientes de América? Considérese atentamente el primer periodo de sus revoluciones; sigamos sin perder de vista todos los pasos de los que después han sido sus señores y se verá, sin excepción, que la popularidad que les ha servido de escalón para elevarse a la cumbre del poder no la han debido a otros medios.

En efecto; un pueblo que ha vivido bajo un régimen opresor, no se cree libre con sacudir las cadenas que lo tenían uncido al carro del déspota, sino que quiere romper todos los lazos que lo unen con la autoridad y aun la dependencia necesaria que trae consigo la desigualdad de clases, debida no a las leyes sino a las diversas facultades físicas y morales con que la naturaleza ha dotado a cada uno de los hombres. De esto proviene que escuchen con entusiasmo y eleven a todos los puestos públicos a los que predican esa igualdad quimérica de fortunas, goces y habilidad para serlo todo y se enardezcan contra todos los que procuran curarlos de esta fiebre política, prodigándoles los apodos más denigrativos, los más insultantes desprecios y las persecuciones más bárbaras y forjando sin advertirlo las cadenas que han de reducirlos a la nueva servidumbre.

Robespierre y Marat no se hicieron dueños de los destinos de Francia ni derramaron tanta sangre sino por estos medios y fueron mil veces más perniciosos que lo habían sido todos juntos los reyes cuya raza destronaron. Ellos al fin cayeron como caerán todos los de su clase, pero dejando abierto el camino para la elevación de otros que aunque más sordamente pero con éxito más feliz logran por algún más tiempo realizar sus miras colocándose en la cumbre del poder, violando todas las garantías sociales y perpetuando la desgracia de los pueblos, que por un círculo prolongado de miserias y desventuras, vuelven al mismo punto de esclavitud de donde partieron para emprender el camino de la libertad.

Los pueblos, después de mil oscilaciones y vaivenes, pasado el terror de la anarquía, forman una mala o mediana Constitución y entonces es otra la suerte que le espera. Desde luego aquellos que han debido ocasionalmente su engrandecimiento el régimen de las facciones procuran darse una importancia exorbitante, aparentando el aprecio público por todas las anterioridades que parezca conciliárselo y trabajando en persuadir a los demás que la estabilidad de la república pende de la suerte adversa o favorable que corra su existencia personal. Este error se insinúa con una facilidad extraordinaria y tiene un éxito feliz, especialmente entre aquellos que no han conocido más patria que un suelo mancillado con la abyección y esclavitud, más derechos que las gratuitas y escasas concesiones de un señor, ni más leyes que los vanos e inestables caprichos de un dueño absoluto. La suerte de la libertad y la existencia de la república se hallan al borde del precipicio desde el momento en que cree o afecta creerse que reconocen por base la existencia política de un solo hombre. Entonces se tendrá con él toda clase de condescendencias; se procurará apartar todas las miradas de los ciudadanos, de las leyes e intereses nacionales, para fijarlas en el ambicioso cuyo engrandecimiento se procura; se profanarán los nombres sagrados de patria y libertad, y se cultivará la raíz emponzoñada que andando el tiempo no producirá sino frutos venenosos.

Si, pueblos y naciones que habéis adoptado un sistema de gobierno tan benéfico como delicado; estad muy alerta contra todo aquel que pretenda hacerse necesario y darse más importancia que la que permiten a los que ocupan los puestos públicos, la Constitución y las leyes. El empezará por adularos prometiéndolo todo y acabará por sumiros en la servidumbre, sobreponiéndose a las leyes que afianzan las libertades públicas y arrancando si es posible de vuestros corazones todos los sentimientos generosos que haya arraigado en ellos la independencia de un alma verdaderamente libre: sumid a esos monstruos abominables, a esos

hijos desnaturalizados en el abismo de la nada y transmitida a la posteridad su odiosa memoria cargada de la execración pública.

Adquirida por estos hombres una importancia que no merecen y confiados a su dirección los destinos de la patria, sus miras se fijan desde luego en ensanchar su poder para ponerse en estado de prolongarlo en seguida indefinidamente. ¿Mas de qué medios valerse? ¿Cómo conseguirlo de un pueblo que ha adoptado con entusiasmo las instituciones que destruyen todo régimen arbitrario? Aquí entra toda la táctica, toda la habilidad y destreza de los déspotas de nueva denominación y de origen reciente; los protectores, libertadores, directores, etc.

No hay hombre tan poco precavido que pretenda desde los primeros pasos seducir a todo un pueblo o insultarlo abiertamente por el desprecio claro y manifiesto de los deberes a que acaba de sujetarse, este sería el medio seguro de frustrar cualquier proyecto y los ambiciosos proceden con más tiento. ¿Qué es pues lo que hacen? Procuran formarse un partido considerable, familiarizar al público con la transgresión de las leyes y fingir o excitar conspiraciones.

Es imposible que un hombre reducido a sus fuerzas individuales pueda adquirir el prestigio ni poder necesario para sobreponerse a una nación toda; sus miras y proyectos siempre serán sospechosos a la multitud y jamás llegarán a adquirir una extensión considerable, sino por el auxilio de una facción organizada que se reproduzca en todas partes, tome la voz de la nación, ataque a todos los que contraríen su intereses y los reduzca al silencio e inacción excitando los sentimientos del temor en aquellos que podrían hacerla frente por la reunión de sus esfuerzos y la legitimidad de su causa. Así pues, la primera necesidad de un ambicioso es la de formarse un partido de esta clase.

Después de una revolución de muchos años, en que las partes beligerantes se han perseguido de un modo desastroso, es muy fácil realizar este proyecto; entonces se hallan esparcidos por todas partes los elementos necesarios para llevarlo a cabo y su reunión no ofrece mayor dificultad.

Muchos hombres quedan sin destino ni ocupación y como la necesidad imperiosa de la subsistencia diaria es superior a todas las consideraciones políticas, se venderán necesariamente al primero que los compre. El temor que trae consigo toda persecución injusta desmoraliza a una nación, pues destruye la franqueza natural de los caracteres, obliga a los hombres a mentirse a sí mismos y a los demás, a ocultar sus sentimientos y disimular su ideas por una perpetua y constante contradicción con su lengua y a postergarse bajamente ante todos aquellos de quienes fundamente esperan o temen algo. Una nación, pues, que ha caminado muchos años por esta senda peligrosa y que además se halla empobrecida por la acumulación de propiedades en un corto número de ciudadanos, por su falta de industria y por la multitud de empleos que fomenta el aspirantismo, es un campo abierto a las intrigas de la ambición astuta y emprendedora y ofrece mil elementos para la organización de facciones atrevidas.

Sobre estos cimentos en efecto se levantan y partiendo de aquí los ambiciosos, pasan a hacer los primeros ensayos de arbitrariedad en personas desconocidas, que por su oscuridad no llamen la atención pública, ni fijen las miradas de la multitud. Generalmente acontece que esta clase de atentados quedan ocultos, o por la ignorancia de los que los sufren, o por falta de medios para hacerlos patentes y denunciarlos ante la opinión pública. Desde la última clase se va subiendo gradualmente, pulsando la resistencia que pueda oponerse y haciendo descansos que inspiren alguna confianza, destruyan la alarma y hagan concebir a los ciudadanos la posibilidad de ser atropelladas sus garantías sin reclamos, o a pasar de ellos. Aquí entra la facción en auxilio del que la paga; hace acusaciones que repite sin cesar, dispensándose de probarlas, desentendiéndose de lo que se contesta y suponiendo criminales gratuita aunque constantemente, a los que son el blanco de la persecución. Unas veces se atropella a los que reclaman las garantías sociales, castigándolos como revoltosos; otras se les ataca con armas pro hibidas, introduciéndole hasta en el sagrado del santuario doméstico, para hacer públicas y patentes sus debilidades; si no se les hallan, no importa, se les suponen y con esto se sale del apuro. De este modo se distrae la atención del público del asunto principal; se obliga a abandonar el campo a los hombres de mérito y probidad; se imprime el terror casi en la totalidad de los ciudadanos, aislándolos en sus casas; se impide la reunión de sus esfuerzos que harían temblar a los facciosos y se domina a un pueblo entero. como pone en contribución una cuadrilla de salteadores a toda una provincia. Así se forma un fantasma de opinión pública, se mete mucha bulla, se hace un gran ruido y se adquieren nuevos grados de poder, que conducen a los últimos y éstos al término deseado.

Uno de los medios de que más comúnmente se ha valido la ambición y que nada ha perdido de su eficacia a pesar de la frecuencia con que se ha usado, es el fingir conspiraciones o excitarlas para que sirvan de pretexto al ensanche y aumento de poder que se solicita. A un pueblo que ha conseguido a precio de sangre su libertad e independencia, es muy fácil volverlo a sumir en la esclavitud, por el mismo deseo que tiene de precaverse de estos males, desde luego se empieza por pretextar la existencia de conspiraciones poderosas y temibles; se hace mucho misterio de ellas, sin perdonar diligencia para hacer común y popular esta contrición. Cuando esto se ha conseguido, se aventura la distinción entre el bien de la república y la observancia de las leyes; después se pasa a sostener que aquél debe preferirse a éstas; se asegura que las leyes son teorías insuficientes para gobernar y se acaba por infringirlas abiertamente, solicitando por premio de tamaño exceso su total abolición.

Este ataque insidioso a las libertades públicas, es tanto más temible cuanto las toma por pretexto y se cubre con la máscara de su conservación. Casi nunca se ha dado sin la ruina del gobierno o de la república. Si los pueblos se dejan sorprender por el temor de las conspiraciones y toleran que se destruyan los principios del sistema para sofocarlas o prevenirlas, ya cayeron en el lazo y ellos mismos han anticipado con su disimulo o positivas concesiones el mal a que quieren poner remedio. El que trata de establecer el régimen arbitrario, lo primero que procura es que las personas de los ciudadanos estén enteramente a su disposición. Una vez alcanzado esto, camina sin obstáculo hasta llegar al término. Para conseguirlo supone la necesidad de aumentar la fuerza del gobierno, por la suspensión de las fórmulas judiciales, por las leyes de excepción y por el establecimiento de tribunales que estén todos a devoción del poder y bajo su dirección e influjo; para esto sirve admirablemente el sistema de abultar riesgos y peligros.

Cuando Bonaparte disolvió los Consejos de Francia y destruyó el Directorio se hablaba en París de una conspiración vasta y ramificada, en favor del realismo, que no existió jamás sino en el cerebro de los de su facción. Iturbide en los ataques que el 3 de abril y 19 de mayo dio a la representación nacional, cuando se echó sobre algunos miembros de ella y cuando la disolvió, no hizo mérito de otra cosa que de las conspiraciones que suponía habían penetrado hasta el santuario de las leyes. Sin embargo, el tiempo y los sucesos posteriores demostraron hasta la última evidencia, que no era el bien de la patria, ni el celo o cuidado de la seguridad pública, sino los principios de ambición, de aumento de poder y engrandecimiento personal, el móvil de los procedimientos de ambos.

Nada importa que este aumento se obtenga por la fuerza o por concesiones espontáneas, el efecto siempre es el mismo. La libertad se destruye por hechos contrarios a los principios, sea cual fuere el agente a quien deban su origen. Ella no es un nombre vano y destituido de sentido que pueda aplicarse a todos los sistemas de gobierno; es si el resultado de un conjunto de reglas precautorias que la observación y experiencia de muchos siglos ha hecho conocer a los hombres ser necesarias para sustraerse de los atentados del poderoso y poner en seguro las personas y bienes de los asociados, no sólo de las opresiones de los particulares, sino de las del poder; que aunque destinado a protegerlas, mu chas o las más veces declina en malhechor volviendo contra aquellas que las pusieron en sus manos para que los defendiese.

Persuádanse pues los ciudadanos que tienen la felicidad de pertenecer a una república que para su régimen ha adoptado instituciones libres, de la importancia de poner un freno al gobierno que traspase o pretenda traspasar los límites que ponen coto a su poder; desháganse por los medios legales de todos aquellos que manifiesten aversión a los principios del sistema y tengan el atrevimiento y desvergüenza de atacarlos; desconfíen de todas las solicitudes relativas al aumento o concesión de poderes extra constitucionales o contrarios a las bases del sistema, sea cual fuere su título o denominación, especialmente si para obtenerlos se alega la existencia o temores de conspiraciones; escuchen con suma desconfianza a los que de ellas les hablaren con el objeto de excitarlos a salir de las reglas comunes y del orden establecido; pues si esto llegase a verificarse alguna vez, los delitos políticos se reproducirán sin cesar y la libertad jamás sentará su trono en una nación que es el teatro de las reacciones y de la persecución, compuesta de opresores y oprimidos y que lleva en sí misma el germen de su ruina y destrucción.

Pueblos y Estados que componéis la Federación mexicana, escarmentad en la Francia, en las nuevas naciones de América y en los sucesos recientes de vuestra historia; temed el poder de los ambiciosos y de las facciones que llaman en su auxilio; reunid vuestros esfuerzos para destruirlas, así seréis invencibles; aislados os batirán en de tal. La ley y la voluntad nacional presidan a vuestros destinos y cese el imperio de las facciones, etc.

 

 

 

 

 

El Observador de la República Mexicana. la. época. Tomado de J. L. Mora. Obras sueltas. Ed. Porrúa, S. A. 2a. ed. México, D. F., 1963, 775 p.