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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1828 México en 1827

22 de Febrero de 1829

Henry George Ward

LA REPÚBLICA de México, que abarca todo el vasto territorio anteriormente sujeto al virreinato de la Nueva España, está limitada al este y al sudeste por el Golfo de México y el mar Caribe, al occidente por el Pacífico, al sur por Guatemala, que ocupa una parte del istmo de Darién, y al norte por los Estados Unidos.

La línea exacta que separa las provincias de las Chiapas y de Tabasco, del territorio de Guatemala, aún no ha sido fijada y actualmente es motivo de una amistosa discusión entre los dos gobiernos. Hacia el norte, la frontera está definida con exactitud suficiente por el tratado de Washington, cuya validez, desde la declaración de la Independencia, ha sido tácitamente reconocida tanto por México como por los Estados Unidos.

De acuerdo con el tercer artículo de este tratado, la línea divisoria entre México y Louisiana (cedida entonces por España a los Estados Unidos) comienza en el río Sabina que desagua en el Golfo de Méxido, aproximadamente a los 29º de latitud norte y los 94º de longitud oeste, y sigue su curso hasta su unión con el río Rojo de Natchitoches, que sirve a su vez para demarcar la frontera hasta los 100º de longitud oeste, donde la línea corre directamente hacia el norte hasta el río Arkansas, al cual sigue en su curso hasta su nacimiento en los 42º de latitud norte, desde donde se traza otra línea directa (inmediatamente sobre el paralelo 42º) hasta la costa del Pacífico; queda así dividida la totalidad del continente septentrional de América entre las dos repúblicas rivales, con excepción de las colonias británicas.

Una ojeada al mapa que se acompaña explicará este arreglo al parecer complicado, y actualmente de poca importancia, excepto por lo que respecta a la costa oriental, ya que entre la frontera fijada y los últimos establecimientos de los americanos y de los mexicanos en el norte y occidente media un vasto espacio, ocupado únicamente por tribus indígenas que nunca hasta ahora han sido dominadas y sobre las que ninguno de los dos gobiernos posee la menor autoridad. Con excepción de una estrecha faja de misiones en la Nueva California, en la costa occidental, que termina en el puerto de San Francisco en la latitud 36°, y de la aislada provincia de Nuevo México, cuya capital (Santa Fe) se encuentra situada en el mismo paralelo que San Francisco, de todo el país comprendido entre los 28° y 42° de latitud norte no ha tomado posesión ninguna población blanca; siendo casi desconocido, deberán transcurrir siglos antes que la civilización de América pueda aumentar lo suficiente como para darle algún valor. Probablemente será uno de los últimos reductos de los hombres en estado de semibarbarie, pues hacia esta dirección se están retirando los indios, desalojados del valle del Mississippi por las rápidas emigraciones que han tenido lugar durante los últimos veinte años desde los antiguos estados angloamericanos del Atlántico.

En la frontera noreste el caso es distinto, ya que allí la rica y bella provincia de Texas puede convenirse en una fuente de discordias, si es que ambos gobiernos no logran remover con habilidad todos los motivos de diferencias, ateniéndose al arreglo antes mencionado, al cual (directa o indirectamente) cada una de las partes ha dado ya su consentimiento.

Según puede percibirse por esta descripción del territorio mexicano, entre los puntos más distantes al SSE y NNO (el extremo sur de Yucatán y la línea divisoria en donde corre hacia el Pacífico) se extiende por más de 27° de latitud, o sea 1876% millas oficiales inglesas. Su mayor anchura se encuentra en el paralelo 30° de latitud norte, en donde, desde el Red River (río Colorado) de Texas hasta la costa de Sonora, Humboldt da la distancia de 364 leguas, de 25 leguas por grado.

Nada puede haber más imperfecto hasta ahora que nuestro conocimiento de este vasto país. Incluso muy pocos de los principales pueblos y ríos están correctamente localizados, y consecuentemente, ni siquiera existen los elementos de un buen mapa. Humboldt hizo mucho por corregir los errores que prevalecían en su tiempo; pero sus observaciones personales estuvieron confinadas a un círculo relativamente reducido, y en las de otros no podía confiar. En poco tiempo, sin embargo, se obtendrán adiciones considerables a nuestro acervo de información, ya que entre los extranjeros que actualmente exploran el territorio mexicano hay algunos hombres de ciencia que emplean sus horas de esparcimiento en hacer observaciones y trazar su ruta a través de las varias partes del país que se ven obligados a visitar con motivo de sus ocupaciones.

El resultado de estas investigaciones, al combinarse con la información estadística que están recabando los gobiernos de los diferentes estados y con los estudios topográficos militares del Estado Mayor, será en extremo valioso; y probablemente no pasarán muchos años antes de que el interior de México sea tan bien conocido como el de la mayor parte de los países del Viejo Mundo.

El territorio de México presenta, de acuerdo con Humboldt, una superficie de 118 478 leguas cuadradas, de 25 por grado; pero esta estimación no incluye el territorio entre el extremo norte de Nuevo México y Sonora y la línea divisoria según ha sido fijada más recientemente por el tratado de Washington, cuya extensión aún no ha sido bien definida. Treinta y cinco mil quinientas leguas cuadradas, que comprenden los estados de Zacatecas, Guadalajara, Guanajuato, Valladolid, México, la Puebla, Veracruz, Oaxaca y Mérida, se encuentran en los trópicos o lo que usualmente se denomina la zona tórrida, mientras que Nuevo México, Durango, la Nueva y la Vieja California, Sonora y gran parte de la antigua intendencia de San Luis Potosí, que comprenden en total 82 mil leguas cuadradas, se encuentran fuera de los trópicos o bajo la zona templada. Toda la extensión de la República es igual a una cuarta parte de Europa, o igual a Francia, Austria, España, Portugal y la Gran Bretaña juntas; y la diferencia de latitud por sí sola, sobre una superficie tan enorme, tiene el efecto natural de causar cambios considerables en el clima de los puntos más distantes.

Sin embargo, no se debe tanto a esta circunstancia como a la peculiaridad de su estructura geológica el que México tenga tan singular variedad de climas, razón por la cual se diferencia de la mayoría de los países.

Debo llamar particularmente la atención de mis lectores sobre este punto, ya que, si no se tiene una comprensión adecuada de sus causas, gran parte de este bosquejo resultaría ininteligible.

La cordillera de los Andes, después de atravesar la totalidad de América del Sur y el istmo de Panamá, se separa en dos ramales al entrar en el continente norte, y éstos, al dirigirse hacia el oriente y hacia el occidente conservando siempre su dirección al norte, dejan en el centro ana plataforma inmensa o Mesa Central, atravesada por los puntos más altos y los riscos de la gran cadena montañosa en la cual se apoya, pero que se eleva, en las partes más centrales, hasta la enorme altura de siete mil pies sobre el nivel del mar.

Esta elevación la pierde, en parte, al acercarse al norte, por la desaparición gradual del ramal oriental de los Andes, que desciende casi hasta ponerse al nivel del océano cerca del paralelo 26° de latitud norte, como para dar lugar a los poderosos ríos que bañan Texas, Louisiana y las Floridas pero hacia el occidente la cordillera continúa en una línea casi ininterrumpida a través de Durango y Sonora, hacia las fronteras de los Estados Unidos, en donde se divide en varias ramificaciones hasta que se pierde su curso en las regiones desconocidas del norte.

En la totalidad de esta Mesa Central, el efecto de la situación geográfica se neutraliza por la extrema rarificación del aire, mientras que en los declives orientales y occidentales recupera su influencia natural al aproximarse al nivel del mar, hasta que la faja o cinturón de terreno llano que se extiende desde la base de la cordillera hasta el océano queda sujeta al mismo grado de calor que prevalece en las Indias Orientales u Occidentales o en cualquier otro país similarmente expuesto a los rayos de un sol tropical.

Por consiguiente, México, Guanajuato, Zacatecas y las otras grandes poblaciones que están en la Mesa Central disfrutan de una temperatura totalmente diferente de la que priva en Veracruz, Tampico, Acapulco y San Blas, que están situadas casi sobre los mismos paralelos en las costas oriental y occidental; mientras que el espacio intermedio está sujeto a casi cualquier cambio posible de temperatura.

Conforme se asciende desde Veracruz, los climas (parafraseando la expresión de Humboldt) se suceden en capas ("se suivent par couches"), y así en sólo el transcurso de dos días el viajero pasa revista a toda la escala de la vegetación.

Las plantas parásitas de los trópicos desaparecen prontamente para dar cabida al roble perenne, y la atmósfera mortífera de Veracruz se transforma en el dulce y suave aire de Jalapa. Un poco más adelante, el roble se ve sustituido por el pino, el aire se vuelve más penetrante, el sol, a pesar de que pica, ya no tiene el mismo efecto nocivo sobre el cuerpo humano, y la naturaleza adquiere unaspecto nuevo y peculiar. Bajo un cielo sin nubes y en una atmósfera brillantemente pura, hay gran escasez de humedad y una vegetación poco exuberante; las vastas llanuras se suceden interminablemente, cada una separada del resto por una pequeña cordillera, que divide al país a intervalos regulares, y parecen haber formado, en algún período distante, los lechos de una cadena de lagos. Tal es, con algunas ligeras variantes, el carácter de la Mesa Central desde México hasta Chihuahua. Dondequiera que hay agua, hay fertilidad; pero los ríos son pocos e insignificantes en comparación con las majestuosas corrientes de los Estados Unidos; y en los intervalos, el sol reseca el suelo en vez de enriquecerlo. Planicies áridas y elevadas ocupan una inmensa porción del centro del país entre Zacatecas, Durango y Saltillo; y la naturaleza no recobra su acostumbrado vigor hasta que las corrientes que se filtran poco a poco desde la cordillera se han formado lo suficiente como para proporcionar humedad en su paso hacia el océano. Al desaparecer la rama oriental de la cordillera, o más bien, cuando se repliega hacia el occidente, el espacio fertilizado por estas corrientes se vuelva más extenso, hasta que, en Texas, una región baja, pero poblada de bosques y dotada de hermosos ríos, toma el lugar de las monótonas estepas del interior.

El río Grande de Santiago, que atraviesa el Bajío y desagua en el Pacífico cerca de San Blas, y el Río Bravo del Norte, que entra al Golfo de México a los 26° de latitud norte, son los dos ríos principales de la Mesa Central, y este último, de hecho, a duras penas merece dicho título, ya que continúa su curso a través de una parte del país en donde se pierde la cordillera Oriental, mientras el primero de los mencionados nace en el propio centro de México y el distrito a través del cual pasa es uno de los más ricos del mundo conocido.

Humboldt dice que la temperatura media de la costa es de 25° del termómetro centígrado (o 76° de Fahrenheit) y la de la Mesa Central es de l7° centígrados (64° Fahrenheit). Pero en un país tan extenso como México, una teoría general sobre este tema debe estar sujeta a grandes excepciones. Una ubicación de tal manera resguardada que da fuerza adicional a los rayos reflejados del sol u otra demasiado expuesta a los vientos del noroeste que a veces barren el país con violencia increíble; el acceso más cercano por el lado del Pacífico (en donde el aire es perceptiblemente más suave); la falta o la abundancia de agua; todas éstas son circunstancias que afectan la temperatura de la manera más opuesta, inclusive a la misma altura y en el mismo paralelo, y que, por lo tanto, hacen imposible, basándose únicamente en la elevación, formarse una idea exacta del clima de la Mesa Central. Humboldt señala que en el valle de río Verde, en donde se cultiva con éxito el azúcar aproximadamente a cuatro mil pies más arriba del grado de elevación que experimentos previos le habían inducido a fijar, se produce el calor mínimo requerido para su cultivo; y yo mismo he visto un pequeño lugar, en las ce&canías de Guadalajara, que ofrece un fenómeno semejante. Además de estas peculiaridades locales, que se presentan sin haber ninguna diferencia sensible de elevación que las pueda ocasionar, cada pequeño quiebre o descenso en la superficie de la Mesa Central produce un aumento de calor, del mismo modo que un ascenso desde la costa produce una disminución del mismo.

La transición es a veces extremadamente repentina, ya que una barranca profunda, o cañada, es motivo suficiente para ocasionarla. Así ocurre con la cañada de Querétaro y la famosa barranca de Regla, en Real del Monte, que se encuentran ubicadas en el centro de la Mesa Central y casi al mismo nivel que la capital, donde la faz de la naturaleza cambia completamente en unos cuantos cientos de yardas. La exuberancia de la vegetación tropical remplaza el crecimiento raquítico peculiar de la Mesa Central; los pájaros ostentan un plumaje más abigarrado; los habitantes ofrecen una expresión más calmada e indolente; y todo el escenario presenta las características de otro mundo.

Los mismos efectos se producen dondequiera que ocurren las mismas causas; y ya que en una cadena montañosa las desigualdades de la superficie son por naturaleza muy grandes, es casi imposible avanzar cualquier distancia, ya sea hacia el este o al oeste de la capital, sin experimentar estas transiciones, que a veces se presentan repetidamente en el curso de un solo día. Los nativos, sin penetrar en su origen, expresan esta realidad al denominar a estas barrancas cálidas y poco profundas como "tierra caliente", término que implica siempre una porción del país en la que (cualesquiera que sean las causas) siempre hay el suficiente calor para producir los frutos y, con los frutos, las enfermedades de los trópicos. El nombre de "tierra fría" se aplica a los distritos montañosos que se elevan por encima del nivel de la capital, hasta los límites de la nieve eterna; mientras que la "tierra templada" abarca, en su acepción más general, todo ello que no está incluido bajo las otras dos divisiones. Muchos piensan, sin embargo, que se aplica más particularmente a climas como el de Jalapa y Chilpancingo (sobre el ascenso oriental y occidental desde la costa), que se encuentran mucho más abajo del nivel de la Mesa Central; y yo, por mi parte, he averiguado que siempre que un habitante de cualquier lugar lo aplicaba a la temperatura de cualquier otro, implicaba un aumento y no una disminución de calor. De acuerdo con lo anterior, un nativo de México seguramente diría que Jalapa es tierra templada, a pesar de que, probablemente, un nativo de Jalapa no diría lo mismo de México; mientras que ambas serían designadas de la misma manera por un habitante de tierra fría, a cuyo distrito la naturaleza le ha asignado un grado de calor muy inferior al de cualquiera de los otros dos.

No obstante la forma tan arbitraria en que se usan estos ténninos, los emplearé frecuentemente en el curso de este trabajo, ya que, en tanto no se lleve a cabo una medición barométrica de todo el país y se fije la altura relativa de los principales puntos, requeriría una explicación tediosa el dar la idea correcta de lo que significan con seguridad las palabras tierra caliente y tierra templada. A fin de ilustrar todavía más el carácter peculiar del país, para lo cual temo no se puedan encontrar palabras que den una idea adecuada, adjunto aquí un bosquejo de México, que, aunque es una vista a ojo de pájaro, sin pretensiones de exactitud geográfica, puede servir para mostrar la posición relativa de la tierra caliente y de la Mesa Central, y para explicar la variedad de climas en el espacio intermedio.

La atteror división de la Nueva España en lo que se llamó el Reino de México y las Provincias Internas de Oriente y de Occidente, nunca estuvo muy bien definida; y hoy en día es de poca importancia, ya que, bajo el sistema actual, la República está distribuida en estados que componen el gobierno federal. El número de estos estados es de diecinueve; comienzan al sur, con la península de Yucatán o Mérida hacia el este, y Tabasco, las Chiapas y Oaxaca hacia el sur y el oeste; siguen sucesivamente hacia el norte Veracruz, Tamaulipas, San Luis Potosí, Nuevo León, Coahuila y Texas, que comprenden todo el territorio hasta las fronteras de los Estados Unidos, por el lado del Golfo; la Puebla, México, Valladolid, Guadalajara, Sonora y Sinaloa, cuyos extremos occidentales lindan en el Pacífico; y Querétaro, Guanajuato, Zacatecas, Durango, Chihuahua y Nuevo México, que ocupan el centro del país y se extienden entre los dos océanos hacia la frontera del norte. Todavía más allá de éstos están la Vieja y la Nueva California (las cuales en algunos mapas aparecen con el nombre de Nueva Albión) y el territorio indio, cuya extensión y cuyos habitantes son desconocidos casi por igual. Las dos Californias y Nuevo México todavía no reciben el rango de estados independientes, ya que el número de sus habitantes no les permite tener representación en el Congreso. Cada uno de los otros envía una cuota de diputados, en proporción al número de sus habitantes.

Ya que es el carácter general del país y no el de los estados en sí lo que forma el tema considerado en el presente capítulo, reservaré para otra parte de mi trabajo los detalles estadísticos que recopilé durante mi visita al interior y procederé a indicar aquí algunas de las circunstancias por las que el destino de México como país tiene mayores probabilidades de verse influido.

La naturaleza le ha concedido un suelo muy fértil y un clima bajo el cual casi todas las producciones del Viejo y del Nuevo Mundo encuentran el grado exacto de calor para producirse a la perfección. Sin embargo, la peculiaridad de su configuración, en la que se origina tal variedad de climas, neutraliza en cierta medida las ventajas que de otra manera se derivarían de ella, volviendo extremadamente difícil la comunicación entre la Mesa Central y la costa, y confinando a muy estrechos límites los intercambios de los estados del interior entre sí. En la Mesa Central no hay canales (con excepción del que va de Chalco a México, con una extensión de siete leguas) ni ríos navegables; ni tampoco la naturaleza de los caminos permite un uso general de los carruajes, y por consiguiente, todo se acarrea en mulas de un punto a otro; y esta forma de transporte, al aplicarse a los productos agrícolas más voluminosos del país, aumenta enormemente el precio de los artículos de consumo más general antes de que puedan llegar a los principales mercados. Así, por ejemplo, en la capital, que recibe sus abastecimientos de un círculo de probablemente sesenta leguas, que comprende el Valle de México y las fértiles llanuras de Toluca al igual que las grandes tierras maicera del Bajío y de la Puebla, el trigo, la cebada, la paja, el maíz y la madera no solamente son caros, sino que su suministro es incierto; mientras que en los distritos inmediatamente afuera de este círculo, pero que por su distancia están excluidos del mercado, los mismos artículos son sencillamente abundantes y se pueden comprar a un precio muy inferior.

El mismo efecto se produce en los alrededores de cada una de las grandes poblaciones del interior y más particularmente en los distritos mineros, en donde, en atención al número de animales empleados, la demanda es muy grande. Pero para el grueso de la producción del país no hay mercado nacional, y por consiguiente no hay incentivos para la industria, excepto para la producción de lo necesario para la manutención.

No hay duda de que en la Mesa Central podrá remediarse en cierta medida esta desventaja, y los puntos distantes se pueden poner más en contacto estableciendo líneas de caminos que atraviesen el país de norte a sur, o inclusive canales, tan pronto como la civilización y la población de la República estén lo suficientemente avanzadas para intentarlo. La naturaleza del suelo más bien favorecería el proyecto que oponerse a él; pero hacia el oriente y hacia el occidente, los obstáculos a vencer son muy serios. En el lado oriental, en especial, el descenso desde la Mesa Central es tan precipitado que me parece muy dudoso el que se pueda construir un camino lo suficientemente bueno para abrir una comunicación entre la costa y los hacendados de la Mesa Central; quiero decir, una comunicación tal que les permitiera llevar sus productos a los mercados de las Indias Occidentales, e inclusive al europeo, al mismo precio que la harina proveniente de los Estados Unidos. Cierto es que, debido al extraordinario rendimiento y a lo bajo de los salarios en México, se podría absorber el mayor gasto del transporte; pero, ya que los americanos están en posesión del mercado, dicho costo debe ser tan reducido como para disminuir el precio del trigo mexicano, en primera instancia, a una cifra más baja de la que pueda ser ofrecida por los agricultores de Kentucky y por los estados occidentales angloamericanos.

Comprobar y llevar a cabo lo anterior (de ser practicable) debería ser el gran objetivo del gobierno mexicano, ya que nada tendría un efecto tan inmediato sobre los intereses generales del país. Los barcos que abastecen a México de las manufacturas europeas se regresan en lastre u obtienen con dificultad una carga de palo de Campeche o de café; y en no habiéndolos, los envíos se hacen únicamente en numerario. Los caminos, en caso de construirse con éxito —como el barón de Humboldt y muchos otros hombres de ciencia opinan que puede hacerse—, darían un carácter muy diferente al comercio, proporcionando gran cantidad de materias primas para la exportación, con lo que se incrementarían inmediatamente el consumo del país (al darle a la propiedad un valor que por ahora es relativamente nulo) y las ventajas del comerciante extranjero. permitiéndole invertir sus ganancias inmediatamente en una segunda aventura. Nada de esto se ha hecho hasta ahora. Las proposiciones formuladas en 1825 por casas extranjeras respetables, para el establecimiento de una línea de caminos entre Veracruz y la capital, no fueron aprovechadas porque el gobierno creía que la manía inglesa de hacer inversiones extranjeras sería eterna; y cuando en 1826 se percató de su error, ningún capitalista extranjero estuvo dispuesto a invertir ni un chelín en el proyecto. Por consiguiente, con excepción de algunas mejoras temporales hechas por la Compañía del Real del Monte para la conducción de sus máquinas de vapor, la principal comunicación con la costa está actualmente en el mismo estado en que se hallaba en 1815, cuando la soberbia calzada de piedra construida por los negociantes de Veracruz en 1803 fue destruida por los insurgentes a fin de cortar las comunicaciones entre la Península y las autoridades españolas y los negociantes de la capital. Cuando esta calzada esté completamente reparada y se continúe a través de la Mesa Central hasta las inmediaciones de las tierras de cereal de la Puebla, se puede esperar que se produzca un gran cambio en la prosperidad agrícola del país, si las opiniones de aquellos que piensan que es posible llevar harina mexicana al mercado de La Habana a un precio más bajo que el de los Estados Unidos muestran ser correctas. Yo por mi parte me inclino a dudar de que México pueda encontrar una fuente de riqueza en la exportadón de sus cereales o 'materiales para pan', como se les llamaría en los Estados Unidos; y no por ninguna deficiencia para producirlos casi en cualquier cantidad, sino por la falta de un mercado para el producto una vez que éste se coseche. El consumo de las islas de las Antillas es extremadamente limitado, y gran parte de las naciones europeas han estado tratando por varios años de independizarse de los abastecimientos externos, mediante el expediente de cultivar granos suficientes para su consumo doméstico. Los efectos que este sistema ha producido ya en los Estados Unidos prueban la poca confianza que México puede depositar en el mercado extranjero. Las exportaciones de 'materiales para pan desde los Estados Unidos montaron en 1817 20 388 000 dólares y en 1821 5 296 000 (véase United States de Mellish); y la consecuencia de este brusco descenso hubiera sido la ruina inevitable para los estados que cultivaban granos, si no hubieran utilizado inmediatamente en manufacturas el capital y la población empleados antes por la agricultura. Pero la necesidad de hacer esto, en un país donde la navegación interna proporcionaba al terrateniente todas las facilidades para poder disponer de sus producciones, no presenta a los propietarios de un país donde no existen dichas facilidades casi ningunaperspectiva de intentar llevar al mercado productos de una descripción similar, por más apropiada que pata su crecimiento sea la naturaleza del suelo.

Por consiguiente, creo que las exportaciones de México en granos nunca serán muy considerables; pero en aquellos artículos que denominamos producciones coloniales, para los que existe una demanda constante en Europa y para cuya producción está tan admirablemente dotada una gran porción de su territorio, tiene una fuente de riqueza tan inagotable como la de sus propias minas. Toda la costa oriental de México, que se extiende en longitud desde el río Coatzacoalcos hasta la frontera norte y en anchura desde el océano hasta el punto sobre la falda de la cordillera en donde los frutos tropicales dejan de producirse, es susceptible de muy gran cultivo; y ninguna parte de las hoy agotadas islas puede competir con la fertilidad de su suelo virgen.

El estado de Veracruz por sí solo es capaz de abastecer de azúcar a toda Europa. Humboldt estima que la producción de su tierra más rica es de 2 800 kilogramos por hectárea, mientras que la de Cuba no excede de 1 400 kilogramos; así que el balance es dos a uno a favor de Veracruz.

El café se produce en una proporción casi igualmente extraordinaria. El añil y el tabaco tienen similar éxito, y un poco hacia el norte, el estado de Texas, que goza del mismo clima que Louisiana o Carolina del Sur, está igualmente bien adaptado para el cultivo del algodón, la gran materia prima de los Estados Unidos. México nunca podrá carecer de mercado para estos artículos tan preciosos, hacia los que está dirigida ahora la atención de los terratenientes. Se han establecido inmensas plantaciones de café, durante los últimos cuatro años, en las cercanías de Córdoba y Orizaba; en Texas, los colonos americanos han plantado considerables extensiones con algodón; y el restablecimiento de trapiches para la caña, que crece ahora casi espontáneamente por todo Veracruz, será uno de los primeros efectos de la recuperación del país de ese estado de estancamiento absoluto en el cual ha quedado todo, durante los últimos quince años, a causa de la guerra civil.

La perspectiva de un abastecimiento tan abundante de muchos de estos artículos, que hasta ahora han sido considerados como de lujo, es de interés para Europa y para la Gran Bretaña en especial. No puede haber duda de que la apertura del continente americano tendrá el efecto de convertir casi en universal el uso de muchas cosas que han esta, in reservadas por largo tiempo a unos pocos privilegiados; mientras que el consumo de estos mismos artículos en el Viejo Mundo conducirá a un uso más generalizado de las manufacturas europeas en el Nuevo Mundo, entre gentes que hasta ahora han estado excluidas de los beneficios de la civilización.

La mejor prueba que de esto puede ofrecerse es el cambio que yo mismo he presenciado, en el curso de tres años, en los vestidos y la apariencia de las clases bajas en México. Antes de la revolución, las calles de la capital estaban infestadas con una casta de léperos desnudos, cuyo número se suponía de casi veinte mil, y que fueron en algún tiempo la desgracia y la ruina de todos los lugares públicos. Esta clase ha desaparecido casi totalmente en la actualidad; la ropa se ha vuelto de uso tan común, que nadie aparece sin ella. En los distritos mineros se ha presentado un cambio similar; y al irse desarrollando los recursos del país, hay muy poca duda de que este cambio se vaya extendiendo gradualmente hasta las provincias más remotas.

Durante el presente siglo, México no puede ser un país manufacturero y probablemente no intente serlo. Sus minas y su agricultura le permitirán, contando únicamente con industria común, gozar de todas las ventajas de las artes trasatlánticas y llevar a su propia puerta los lujos de la civilización más avanzada. México está provisto abundantemente, dentro de él mismo, de lo indispensable para subsistir, como se verá en las siguientes secciones, que contendrán una descripción general de su población y de sus productos.

Tampoco puede ser una gran potencia marítima, ya que sus puertos en el lado del Atlántico son apenas suficientes para los propósitos del comercio y ciertamente la naturaleza no los dotó para servir de depósitos navales. La mayor parte de ellos, son inseguros y algunos son simplemente lugares de escala. La entrada a sus principales ríos está obstruida por bancos de arena, y a pesar de que por medio del arte se pueden corregir en cierta medida estas deficiencias, no puede dárseles, sin embargo, lo que la naturaleza les ha negado; esto es, una bahía de suficiente magnitud para convertirse en estación apropiada para cualquier fuerza marítima considerable. Afortunadamente, esto no es de ninguna manera esencial para la prosperidad del país, ya que la cercanía con los Estados Unidos, así como la multitud de barcos europeos que buscan los puertos de México con los productos manufacturados de sus respectivos países, le proporcionarán suficientes facilidades para la exportación de sus materias primas, en la cantidad que se desee.

En la costa occidental el caso es diferente. Desde Acapulco hasta Guayaras (en el golfo de California) hay una serie de magníficos puertos en muchos de los cuales no ha entrado todavía barco alguno. El mismo Acapulco (probablemente el mejor fondeadero de todo el mundo) es muy poco frecuentado; su importancia cesó al desaparecer el comercio de los galeones, y no es probable que vuelva a recobrar su anterior fama. El comercio con China y la India ha seguido una línea diferente, y la mayoría de los barcos que en él descargaban, ahora lo hacen en los puertos de San Blas, Mazatlán y Guaymas, ya que la demanda por las mercancías de China ha resultado ser mayor en la parte norte y occidental de la Mesa Central, la cual todavía no está suficientemente abastecida con las manufacturas europeas, en tanto que el mercado de la capital está absolutamente saturado. Sin embargo, deberán transcurrir muchos años antes que el comercio de la costa occidental de México pueda adquirir siquiera parte de la importancia que tiene el del lado oriental, ya que, habiendo muy poca diferencia entre las producciones agrícolas de los países con los cuales puede mantener relaciones a través del Pacífico (Guayaquil, Perú y Chile, China y Calcuta) y las suyas propias, todos los envíos se deben hacer en numerario, con excepción de las pieles, sebo y trigo de California, de los que ya se realiza un gran comercio.

He tratado hasta ahora los principales rasgos que caracterizan a México como país, con excepción de su riqueza mineral. La plata se puede considerar como uno de los principales artículos de la Nueva España, pero como ya tendré ocasión de penetrar en este tema de manera más extensa en el Libro Cuarto de este bosquejo, libro que está dedicado al tema minero, sería superfluo afirmar algo aquí, a no ser el hecho de que el promedio anual de la plata extraída antes de la revolución era de 24 millones de dólares; suma por sí sola bastante (sin tomar en cuenta las producciones agrícolas) para convertir al paíz capaz de producirla en un mercado valioso para las manufacturas europeas.

Cuando se agrega esto a las fuentes de riqueza que ya he mencionado, y a las que me referiré más ampliamente en la Sección rII, México se coloca casi en el primer lugar entre las naciones consumidoras, y su progreso en tal sentido hacia el sitio que está destinado a ocupar entre las grandes comunidades del mundo debería ser objeto del más profundo interés para todos. En caso de que mi presente empeño tenga el efecto de atraer sobre ese tema la atención que alguien mejor calificado que yo para hacerle justicia, todo lo que puedo esperar de este bosquejo se verá ampliamente recompensado.

EL PRIMER censo que se hizo de la población de México fue el levantado en el año 1793 por órdenes del virrey, conde de Revillagigedo, y en él puede verse que el numero de habitantes registrados sumaba 4 483 529. Éste era el mínimo de la población, ya que, independientemente de la dificultad que siempre acompaña a las investigaciones estadísticas, es bien sabido que en América a un censo siempre se le considera como el preludio de algún nuevo sistema de contribuciones, que los nativos tratan de eludir disminuyendo el número de aquellos sobre los cuales ha de operar. Humboldt añade una sexta parte a fin de cubrir la deficiencia y estima un total de 5 200 000 almas (en 1794). Piensa que, en diecinueve años, esta población se debería duplicar de acuerdo a la proporción promedio de nacimientos contra muertes dada por los registros parroquiales de todas partes del país (170%), a menos que su progreso se vea detenido por la peste o por el hambre; y él considera más que probable que, para la época de su visita (1803), la población ya hubiese ascendido a 6 millones y medio.

Desde entonces, sólo se ha levantado un censo muy imperfecto (en 1806) y, a pesar de su imperfección, demostró que la estimación de Humboldt era correcta, ya que se obtuvo un mínimo (o sea, la cantidad registrada) de 6 millones y medio de población. Las guerras civiles que han asolado desde entonces al país deben haber hecho imposible cualquier aumento considerable, no sólo por la mortandad que ocasionaron en el campo de batalla sino también al privar a la población agrícola de sus medios de subsistencia; durante esta contienda, los distritos más fértiles fueron los que más sufrieron y el viajero que ahora atraviese por las llanuras del Bajío a duras penas se podrá imaginar, si no es por las ruinas visibles a su derredor, que en algún tiempo estuvieron densamente pobladas y florecientes de cultivos.

Sin embargo, los habitantes, a pesar de haber sido expulsados de sus antiguas asientos, no fueron exterminados; ni existe razón alguna para suponer que más de trescientas mil personas en total hayan perecido durante la guerra. El resto, de acuerdo con el curso ordinario de las cosas, debe haber aumentado. Por consiguiente, si, en lugar de suponer que la población se haya doblado de 1806 a 1826 (lo cual ciertamente no ha sucedido), añado un millón y medio al mínimum de 1806, como la proporción de aumento durante los últimos veinte años, y estimo la totalidad de la población de México en 1827 como de 8 millones, creo estar haciendo un cómputo muy moderado, en lo cual seré confirmado por el censo que ahora se está levantando en los diferentes estados.

Antes de la revolución, esta población estaba dividida en siete castas diferentes: 1) los antiguos españoles, llamados gachupines en la historia de las guerras civiles; 2) los criollos o blancos de raza europea pura, nacidos en América y considerados por los antiguos españoles como nativos; 3) los indios o raza indigena de color cobrizo; 4) los mestizos o casta mezclada de blancos e indios, que gradualmente se fueron fusionando con los criollos al volverse más remota la mezcla con la raza indígena; 5) los mulatos o descendientes de blancos y negros; 6) los zambos o chinos, descendientes de negros e indios; y 7) los negros africanos, ya fuesen manumitidos o esclavos.

De estas castas, las tres primeras y la última eran puras y, en sus varias combinaciones, dieron lugar a las otras, que a su vez estaban subdivididas ad infinitum en designaciones que expresaban la relación guardada por cada generación de sus descendientes con los blancos (cuarterones, quinterones, etc.), ya que era deseable cualquier aproximación a ellos por ser el color reinante.

El principal asiento de la población blanca de México es la Mesa Central, hacia cuyo centro está igualmente concentrada la raza india (en las intendencias de la Puebla, México, Guanajuato, Oaxaca y Valladolid), mientras que la frontera norte está habitada casi completamente por blancos y descendientes de blancos, ante los cuales, según se supone, se retiró la población indígena en tiempos de la Conquista. En Durango, Nuevo México y las Provincias Internas, la raza indígena pura es casi desconocida; en Sonora vuelve a encontrarse, ya que los conquistadores atajaron allí a las últimas tribus de los habitantes originales, que no alcanzaron a poner al río Gila (a los 33° de latitud norte) entre ellas y las armas españolas. Las costas están habitadas, tanto hacia el oriente como hacia el occidente, por mulatos y zambos, o cuando menos por una raza en que predomina la mezcla de sangre africana. Era en estas insalubres regiones donde se empleaba principalmente a los esclavos importados antes a México, pues los nativos de la Mesa Central no eran capaces de resistir el clima tan extremadamente caluroso.

Se han multiplicado allí de una manera extraordinaria por matrimonios con la raza indígena; ya forman una raza mezclada adaptada admirablemente a la tierra caliente, pero que no posee, en su apariencia, ni las características del Nuevo Mundo ni las del Viejo.

Los mestizos (descendientes de nativos e indios) se encuentran en cualquier parte del país y lo más seguro es que, dado el número tan reducido de mujeres españolas que llegaron en un principio al Nuevo Mundo, la gran masa de la población tenga alguna mezcla de sangre indígena. Pocos entre las clases medias (licenciados, curas o clerecía parroquial, artesanos, soldados y pequeños propietarios de tierras) podrían probar que están exentos de ella, y ahora que una conexión con los aborígenes ha cesado de ser desventajosa, pocos tratan de negarla. En mi bosquejo de la revolución siempre incluyo a esta clase bajo la denominación de criollos, ya que comparten con los blancos descendientes de españoles puros las desventajas de la privación de derechos políticos a que estaban condenados todos los nativos y sienten, junto con ellos, esa enemistad contra los gachupines (o españoles antiguos), que la preferencia de que constantemente estos últimos eran objeto no dejaba de excitar.

Después de los indios puros, cuyo número en 1803 se suponía que excedía de los 2 millones y medio, los mestizos eran la casta más numerosa; sin embargo, es imposible precisar la proporción exacta que guardaban con el total de la población, ya que muchos de ellos, como lo he dicho antes, estaban incluidos entre los blancos puros, a los que se estimaba, sirtes de la revolución, en 1 200 000, incluyendo de 70 a 80 mil europeos establecidos en diferentes partes del país.

De los mulatos, zambos y otras castas mezcladas no se sabe nada cierto.

Por este bosquejo se puede ver que la población de la Nueva España está compuesta de elementos muy heterogéneos; y, de hecho, todavía no están correctamente determinados los innumerables matices de diferencia que existen entre sus habitantes.

Por ejemplo, los indios, que a primera vista parecen formar una gran masa y comprenden casi las dos quintas panes del total de la población, están divididos y subdivididos entre sí de la manera más extraordinaria.

Consisten en varias tribus, semejantes por su color y por algunas características generales que parecen anunciar un origen común, pero que difieren completamente en lengua, costumbres y vestimenta. Se sabe que en el territorio mexicano se hablan no menos de veinte lenguas diferentes, y muchas de ellas no son dialectos cuyo origen se pueda encontrar en una raíz común, sino que difieren tan enteramente entre sí como las lenguas de origen eslavo y teutónico en Europa. Algunas tienen letras que no existen en otras y en la mayoría hay una diferencia de sonido que llama la atención inclusive del oído no acostumbrado. La pronunciación gutural baja del mexicano o azteca contrasta singularmente con el sonoro otomí, que prevalece en el vecino estado de Vallodolid, y éste a su vez se dice que es totalmente distinto al dialecto de algunas tribus del norte. Probablemente no haya un problema más digno de la consideración de los filósofos que la dilucidación de esta extraordinaria anomalía en la historia de la raza indígena: no se conoce nada acerca del modo como se pobló América, aparte del hecho de que el reflujo de población ha ido constantemente de norte a sur. Se dice que se han descubierto analogías entre la lengua de algunos indígenas de las partes del sur de Chile y la usada por la raza azteca en México; pero el espacio intermedio está lleno de dialectos de un carácter enteramente distinto, y tampoco existe la más ligera conexión entre la lengua peruana y la mexicana, no obstante la preeminencia, en cuanto a civilización se refiere, lograda por cada una de estas naciones. Ciertamente sería interesante descubrir algún modo de explicar estos hechos tan singulares e indicar la región de donde deben haber procedido estas olas sucesivas de emigrantes y la Babel donde se haya originado su confusión de lenguas. Yo no creo que hasta ahora se haya hecho ni siquiera una probable conjetura sobre este asunto.

La política de España consistía en promover una constante rivalidad entre los diferentes grupos de habitantes de sus colonias, creando pequeños matices imaginarios de superioridad entre ellos, con lo cual se evitaba que dos cualesquiera pudieran tener un interés común. De las causas de enemistad que prevalecían entre los criollos y los gachupines ya tendré ocasión de hablar más extensamente al tratar de la política colonial de la madre patria; entre el resto, el rango, que se originaba en una conexión más cercana o más remota con el color predominante, era la cuestión en contienda. La blancura de la piel era la norma general de nobleza, y de ahí la expresión tan frecuente en una disputa: "¿Es posible que se crea usted más blanco que yo?" Pero el rey se reservaba para sí el poder de conferir los honores de la blancura a cualquier individuo de cualquier grupo, y esto se hacía por un decreto de la Audiencia, concretado en las palabras: "Que se tenga por blanco", y se tomaban los más grandes trabajos para impresionar a la gente con la importancia de estas distinciones, que equivalían de hecho a una patente de nobleza. Realmente, durante mucho tiempo hicieron el efecto de conservar las desavenencias entre las diferentes castas mezcladas; cada una de ellas tenía miedo de descastarse por una alianza con su inferior, mientras que el criollo blanco, orgulloso de la pureza de su propia sangre, supuestamente veía mas abajo al resto de sus conciudadanos, con un desprecio muy similar al que tenía el español antiguo por él.

De tal manera prevalecía este sentimiento en 1803, que Humboldt, observador sumamente inteligente y filosófico, expresa sus temores de que un gobierno criollo (en caso de que pudiera existir) trataría de establecer una línea de demarcación entre ellos y las castas todavía más fuerte que la fijada por un gobierno que no tenía interés en favorecer a ninguna de las partes y únicamente pretendía mantenerlas a todas abajo. Los sucesos de los últimos diecisiete años han probado que esos temores eran infundados. Desde los primeros albores de la revolución, los criollos se vieron obligados a procurar una alianza de las clases mezcladas, y en todas sus proclamas se encuentra que presentan su propia causa y la de los aborígenes como una sola. Las distinciones de castas se aglutinaron en la grande y vital distinción de americanos y europeos; y contra éstos (los europeos), apoyados como estaban por toda la fuerza de España y ocupando, como lo hacían, casi todos los empleos públicos del país, no se podría haber hecho nada sino a través de una coalición general de los nativos. De ahí lo aparentemente absurdo que es oír a los descendientes de los primeros conquistadores (ya que, estrictamente hablando, eso eran los criollos) acusar gravemente a España de todas las atrocidades que sus propios antepasados cometieron; oírlos invocar los nombres de Moctezuma y de Atahualpa, explayándóse sobre las miserias que habían sufrido los indios y esforzándose por descubrir alguna afinidad entre los sufrimientos de esa sumisa raza y la suya propia.

Es consolador, sin embargo, pensar que esta necesidad de identificarse a sí mismos con los aborígenes, sin importar lo absurdo del argumento, ha llegado a buenos resultados prácticos. Ya no puede decirse que existan castas en México ni tampoco, creo yo, en ninguna otra parte de la América española: muchos de los personajes más distinguidos de la guerra revolucionaria pertenecían a las razas mezcladas y, bajo el sistema ahora establecido, todos tienen igual derecho a la ciudadanía y están igualmente capacitados para ocupar las más altas dignidades del Estado. Varios curas de extracción indígena pura han sido ya diputados; y tengo amistad con un hombre joven, de notables habilidades, que es miembro del Supremo Tribunal de Justicia en Durango. También el general Guerrero, que en 1824 era uno de los miembros del Poder Ejecutivo y es ahora candidato a la presidencia, tiene una fuerte mezcla de sangre africana en sus venas y ello no se considera como desgracia. Lo anterior no es poca indicación de la mejoría que, según puede esperarse, se produciría en poco tiempo. Rescatado el país de la degradación política y habiendo despertado a un sentido de existencia política, espero no ser considerado como un teórico al suponer que se realizará en él una mejoría sensible y que muchos de los miembros más valiosos de la comunidad, de aquí en adelante, procederán precisamente de las clases que antes estaban excluidas de cualquier participación en la dirección de los asuntos de su país.

No puedo concluir este bosquejo de la población de México sin llamar la atención hacia la gran ventaja de que goza la Nueva España sobre sus vecinos, tanto del norte como del sur, con la ausencia casi total de población africana pura. La importación de esclavos a México fue siempre poto considerable y su número en 1793 no excedía de 6 mil. De éstos, muchos han muerto, muchos han sido manumitidos, y el resto escapó de sus amos en 1810 y buscó la libertad en las filas del ejército insurgente; de tal manera que creo tener razón al declarar que difícilmente se puede encontrar un solo esclavo en la porción central de la República.

En Texas (sobre la frontera norte), los colonos norteamericanos han introducido unos cuantos, pero todas las importaciones posteriores están prohibidas por ley y se han tomado providencias para asegurar la libertad de la descendencia de los esclavos actuales. El número de éstos debe ser excesivamente pequeño (probablemente no excedan de 50 en total), ya que en la solemnidad anual que se lleva a cabo en la capital el 16 de septiembre para conmemorar la proclamación de la Independencia por Hidalgo en Dolores y parte de la cual consiste en que el propio presidente dé la libertad a cierto número de esclavos, en 1826 hubo gran dificultad para hallar personas a quienes conferir esta gracia, y dudo mucho que se pueda encontrar alguna para el presente año.

Las ventajas de tal posición sólo pueden apreciarse por aquellos que conocen los inconvenientes y los peligros que acompañan a un orden contrario de cosas. En los Estados Unidos, donde esclavos, mulatos y negros libres constituyen más de una sexta parte de la población, son una fuente constante de inquietud y de alarma. En un país donde se invoca incesantemente la libertad civil y donde todo se hace en su nombre y para su perpetuación, son una casta proscrita y degradada, sin esperanzas de ninguna mejoría. La esclavitud descansa sobre la supuesta inferioridad natural del esclavo respecto a su amo; conceder al esclavo manumitido una participación en los derechos políticos, junto con su antiguo señor, destruiría del todo esta base, y por consiguiente, el negro libre no solamente está desterrado de la sociedad de los blancos, sino que se halla excluido muy cuidadosamente del poder; y no ciertamente por la ley, sino en virtud del uso común, ya que la ley, en general, no reconoce diferencias de color ni establece distinciones, excepto entre dueño de esclavos y esclavo. La consecuencia de esto es que la hostilidad existente entre los negros libres y los blancos, en los Estados Unidos, es todavía más inveterada que la de los esclavos hacia sus amos; y que en alguno de los estados (Virginia en especial) se ha estimado necesario promulgar leyes que obligan a todos los esclavos manumitidos a abandonar el estado; mientras que en otros se prohibe, bajo pena de severas multas e inclusive de castigo corporal, enseñar a un esclavo a leer o a escribir.

México se halla exento de todos estos males. En su territorio, la raza africana está ya amalgamada con la indígena y cuando la educación haya preparado a sus descendientes para ejercer los altos derechos de la ciudadanía, no habrá ni leyes ni costumbres que los aparten de obtener los primeros puestos del Estado. Entre tanto, proporcionan a las tierras calientes una raza muy útil de trabajadores, que, como no es atacada por el vómito (o fiebre de Veracruz), ejecuta la mayor parte de las faenas en las poblaciones de la costa y cultiva, en el interior, las producciones que son peculiares de la tierra caliente.

La cuestión del trabajo libre se puede enarbolar cuanto se quiera en otras partes, pero en México ya está decidida. El azúcar, el café y el añil, que abundan en muchas partes del país y que a pesar de que no se exportan actualmente se cultivan en cantidades suficientes para un consumo doméstico muy grande, son cultivados en su totalidad por hombres libres. No hay un solo esclavo en el valle de Cuernavaca o en los alrededores de Orizaba y de Córdoba, que son las grandes zonas productoras para el azúcar y el café. Toda la labor es ejecutada allí por los indios y por las razas mixtas, y la falta de mano de obra es casi desconocida. Sobre este asunto daré algunos detalles adicionales en la sección siguiente, que trata de las producciones del suelo mexicano. Aquí sólo me resta añadir que, tanto en el Nuevo Mundo como en el Viejo, la Gran Bretaña ha hecho todo lo que está a su alcance para mejorar la condición de la raza africana. La abolición del tráfico de esclavos fue una condición sine qua non de su relación con los nuevos estados americanos. Es reconfortante reflexionar sobre la presteza con que se cumplió en México este deseo; sin embargo, no dudo de que llevará en ello su propia recompensa, ya que la política no está menos interesada que la humanidad en la supresión de aquellas leyes que, al perpetuar la diferencia entre amo y esclavo, ponen en peligro la seguridad de todo el cuerpo político, colocando los intereses de una porción de la sociedad en oposición directa a los de todo el resto.

 

NARRACIÓN PERSONAL

PRIMERA VISITA A MÉXICO EN 1823.

VIAJE DE VERA CRUZ A LA CAPITAL

EN EL otoño de 1823, tuve el honor de ser nombrado miembro de la comisión que el gobierno de Su Majestad estaba por enviar a México, a fin de indagar el estado de los asuntos de ese país, cuya separación política de España había sido anunciada al mundo en 1821, por el Tratado de Córdoba y la subsecuente elevación de Itur bide al trono imperial.

El grupo estaba compuesto por el señor Hervey, que encabezaba la primera comisión; por el señor O'Gorman, ahora cónsul general de Su Majestad en México; por el señor Mackenzie, quien residió algún tiempo como cónsul en Jalapa; por el señor Thompson, secretario de la comisión; por el doctor Mair, y por mí mismo. Nuestro viaje fue monótonamente satisfactorio; por consiguiente, sólo es necesario decir que nos embarcamos en Plymouth el 18 de octubre de 1823, a bordo del buque de Su Majestad Thetis, comandado por sir John Phillimore, y anclamos en la isla de Sacrificios el 11 de diciembre, ya que nos impidieron la entrada a la bahía de Vera Cruz las hostilidades que habían comenzado unos dos meses antes entre la ciudad y el castillo de San Juan de Ulúa.

En nuestra travesía solamente tocamos Madeira, donde pasamos cuatro días deliciosos.

Esta isla es un punto de contacto entre el Viejo y el Nuevo Mundo y posee muchas de las características de ambos. La cortina de vides, que se extiende por toda la ladera de la montaña arriba de Funchal y se eleva gradualmente hasta el pie de la eminencia sobre la que está situado el convento de Nuestra Señora de la Soledad, es digna de Italia o de Andalucía; en tanto que el interior recuerda algunas veces los restos volcánicos tan frecuentes en América, y otras, el maravilloso escenario de Suiza o del Tirol.

Esto a su vez contrasta singularmente con las bellezas de orden menor del cultivo en la vecindad de la población: los emparrados que se extienden por todo el empinado y pavimentado camino, cuyos muros están cubiertos de la Camellia japonica, la salvaje exuberancia de las huertas y el brillante blanco de las casas resplandecientes al sol, con porches protegidos de sus rayos por algún árbol grande o por un platanar. Todo forma una escena que no es fácil olvidar, y probablemente quedó aún más impresa en mi memoria por su total desemejanza con la que le siguió, las sombrías dunas de Veracruz.

En la mañana de nuestra llegada a Sacrificios fui comisionado por el señor Hervey para ir a tierra a fin de empezar nuestras comunicaciones con los mexicanos. No teniendo conocimientos de que, desde que comenzó el fuego desde el castillo, las grandes puertas de la población se habían cerrado y tódo intercambio con ella se realizaba por un camino que partía de Punta Mocambo (casi frente al lugar donde anclamos), aprovechamos un silencio momentáneo de las baterías de ambos lados, y remamos derecho hacia la punta del muelle, pasando a un cuarto de milla del astillo, cuyos muros estaban cubiertos de hombres. Al llegar al muelle desembarcamos y nos dirigimos a la puerta que se encuentra en el otro extremo, en donde, después de muchas demoras, logramos ser admitidos a través de una portezuela, tras de la que encontramos un parapeto de sacos de arena hasta la altura del pecho, y unos cuantos soldados dispersos, junto con un oficial, quien, al darle la debida explicación, nos condujo a casa del general Victoria, entonces gobernador de la provincia y comandante en jefe del ejército ocupado en el sitio de Ulúa.

Nada más triste que el aspecto de las calles por donde pasamos. Un pueblo completamente abandonado por sus habitantes debe presentar siempre una vista extraña y dolorosa; pero cuando a esta inusitada soledad se añaden las huellas de recientes guerras, casas acribilladas a balazos, iglesias semiderruidas y bandadas de buitres congregándose alrededor de los huesos de algún animal muerto en la calle, es difícil concebir una imagen de desolación más sobrecogedora.

Ni tampoco había ningún bullicio militar de los que generalmente acompañan a un sitio, que aliviase la monotonía del escenario. La guarnición de San Juan de Ulúa era tan reducida y el clima de Veracruz tan peligroso, que la fuerza mexicana consistía únicamente en los hombres suficientes para trabajar las baterías, construidas con la esperanza de hacer alguna mella sobre el castillo, cuyas casamatas a prueba de bombas habrían resistido cualquier intento semejante si el hambre y las enfermedades no hubiesen prestado su poderosa ayuda a la fuerza sitiadora.

No creo que hayamos encontrado una sola criatura viviente desde la orilla del mar hasta la casa de Victoria, en donde, para nuestra gran sorpresa, nos encontramos de repente en medio de ruidosas muestras de regocijo. Era el día de su santo (día de la Virgen de Guadalupe) y todos los oficiales de la guarnición comían con él para celebrarlo. Una magnífica banda de música estaba tocando en el patio; había diseminados alrededor numerosos hombres musculosos y de color oscuro; y a pesar de que el aspecto de muchos de ellos era bastante vulgar, tanto entre ellos como entre los oficiales a quienes fuimos presentados después había cierto intento de uniformidad en el vestir, de lo cual no habíamos visto ni trazas en la guardia que en la puerta nos permitió el acceso.

No hace falta hablar del placer que la noticia de la llegada de una comisión británica a México causó al general Victoria, quien salió en persona a darnos la bienvenida. Después de la Independencia de su, país, el primer deseo de su vida era ver establecido un intercambio con Inglaterra; y por fin se le cumplía ese deseo. Luego de una larga conversación, nos condujo al cuarto donde estaban reunidos los oficiales, que nos recibieron con estruendosos "vivas"; la banda estaba en el corredor; hubo brindis en honor de Inglaterra y de su rey, en los que no se olvidó la feliz casualidad de que nuestro arribo se hubiese efectuado el día consagrado a la patrona de México y a Guadalupe Victoria. Algunas de las improvisaciones hechas por los oficiales sobre esta "feliz casualidad" fueron hábiles y los versos de ninguna manera mal hechos; aunque su principal mérito consistía naturalmente en transmitimos los sentimientos del momento.

Después de hacer arreglos para desembarcar nuestro equipaje en Macambo y recibir la promesa de que se nos enviarían mulas para nuestro transporte al interior, regresamos al bote acompañados por una guardia de honor, de aspecto muy superior al de la que nuestros encontrado de guardia, y en la puerta nos despedimos de los nuevos amigos. Gustosamente nos hubiéramos podido pasar sin la última atención con que nos favorecieron, ya que, deseando honramos con un saludo, al empujar nuestra lancha olvidaron que sus cañones estaban cargados y dirigidos contra el castillo, que inmediatamente contestó con sus baterías, de suerte que durante algún tiempo tuvimos el placer de encontrarnos entre dos fuegos. Las granadas y las bolas pasaban muy por encima de nosotros, pero vimos más de una que pegó en el muelle que acabábamos de dejar y muchas más enterrarse en las arenas cerca de un bastión al extremo sur del pueblo.

No obstante el deseo del general Victoria de apresurar nuestra partida, pasaron varios días antes de que se pudieran completar los arreglos para el viaje. Tuvimos muchas dificultades para conseguir mulas para nuestro equipaje o caballos para nosotros, ya que al trasladarse el comercio de Veracruz a Alvarado había tenido lugar una emigración general de la población, excepto unas cuantas familias macilentas que se habían instalado en tiendas de campaña en medio de lo que una vez fue una plantación de cacao, un poco fuera del alcance de los disparos del castillo. En tanto, se mantenía comunicación constante entre el Thetis y la población, a través de Mocambo; el señor Hervey y el general Victoria intercambiaron visitas, y el 14 toda la comisión cenó en casa del general, la que, por la tarde, presentaba una escena curiosa; pues a pesar de que no había una sola mujer en Veracruz, toda la música de los regimientos estuvo tocando en el sitio, hasta muy tarde, mientras los soldados bailaban el jarabe y otros bailes nacionales. Como a las ocho de la noche se desató un violento viento del noroeste, que hizo imposible que regresáramos a dormir a bordo, pero el general Victoria nos proveyó de camas a todos y durante la noche el viento amainó lo suficiente como para poder llegar al Thetis a la mañana siguiente después del desayuno. Allí hicimos nuestros últimos preparativos para desembarcar y bajamos a tierra lo último de nuestro equipaje con la esperanza de poder comenzar nuestra jornada temprano el 16; pero las mulas tanto tiempo esperadas no llegaron hasta tarde, y cuando lo hicieron fue tanta la confusión que se produjo entre los arrieros para distribuir las cajas y paquetes, pocos de los cuales eran apropiados para el lomo de una mula, que a pesar de que empezamos a trabajar a las seis de la mañana, no fue sino hasta las cuatro de la tarde cuando más o menos logramos organizarnos para salir. En un momemo de desesperación, yo estaba ya decidido a abandonar la tarea de supervisar, pues teniendo que poner en orden cincuenta mulas de carga y tres carruajes ingleses, cada uno tirado por siete maltrechos animales, no veía cuándo llegaba la hora de poder abandonar la playa. Ninguno de nuestros sirvientes ingleses nos fue de la menor utilidad, ya que con excepción del mío, que había estado cuatro años conmigo en España, ninguno hablaba español; pero si hubieran dominado la lengua de nada hubiera servido, porque ni los regaños ni la persuasión, ni los insultos, producían el más mínimo efecto sobre el desaforado grupo que nos rodeaba. Sólo las heces de la población habían permanecido en Veracruz, y, por supuesto, de entre ellas tuvimos que escoger a nuestros arrieros y cocheros. Casi nidos eran negros o descendientes de negros, con mezcla de sangre indígena, y parecía que nunca hubiesen conocido los frenos de la promiscuidad. Algunas veces se intenta una subdivisión, colgando una o dos esteras, de manera de aislar un rincón del cuarto; pero usualmente se piensa que esto es superfluo. La cocina ocupa un jacal separado. A veces las camas están colocadas sobre una armazón de caña, pero más frecuentemente consisten en una estera cuadrada puesta en el suelo; mientras unas calabazas para guardar agua, algunos vasos grandes para naranjada, un metate para moler maíz, y una pequeña vasija de barro, componen el repertorio de utensilios domésticos. Sin embargo, encontramos provisiones en abundancia: aves de corral, arroz, tortillas y piñas, junto con un copioso suministro de naranjada, nos proporcionaron una cena excelente, después de la cual comenzamos nuestros preparativos para pasar la noche. Todos habíamos tenido la precaución de proveemos de camas de campaña de latón, que son en América una de las necesidades vitales: son tan pequeñas, que dos de ellas hacen una carga liviana para una mula; y una vez armadas, lo cual requiere muy poco tiempo o trabajo, aseguran al viajero los medios para descansar, después de las fatigas del día, con todas las conveniencias y comodidades posibles. Sobre todo, no se debe olvidar el mosquitero; ya que sin él hay pocas panes del Nuevo Mundo en que esos molestos insectos no den cuenta de un nouveau debarqué no solamente como para privarlo de descanso sino para ocasionarle fiebre por unos cuantos días. Colocamos nuestras camas a cielo raso, bajo el cobAiSizo que sobresalía del frehte de la posada, en tanto que el doctor Mair y el señor Thompson, cuyos equipajes no habían llegado, colgaron de las vigas dos lonas que habían sacado de a bordo. Agrupamos nuestros caballos cerca del cobertizo y los abastecimos abundantemente de zacate; los sirvientes durmieron en el exterior, envueltos en capas, usando nuestras monturas como almohadas; y más allá estaban estacionados los hombres y caballos de la escolta, con una hoguera y dos o tres centinelas para evitar robos durante la noche. En resumen, casi nunca he presenciado una escena más curiosa y ninguno de nosotros pudo menos de comentar, al contemplarla, que si esa era una cabal muestra de la introducción a la diplomacia americana, se encontrarían pocos candidatos para las misiones a los nuevos estados entre los más antiguos sirvientes diplomáticos de Su Majestad en Europa.

Por la mañana del 17 de diciembre salimos de Santa Fe como a las nueve, después de haber enviado por delante algunas horas antes los carruajes y el equipaje pesado. Nuestra jornada del día iba a ser sólo de doce leguas, pues se nos había aconsejado dormir en Puente del Rey, una aldea grande, famosa por haber sido escenario civilización, o en todo caso, que los hubieran perdido de vista entre las salvajes escenas de la revolución; en tanto que entre nosotros ciertamente no reconocían más superioridad que la del cabo de la escolta, cuya espada, aplicada sin escrúpulos de plano sobre sus espaldas, lograba a veces lo que era imposible conseguir tratándolos de otra manera.

Al dejar la playa con toda nuestra caravana lista para la marcha, seguimos un sendero que, después de serpentear por espacio de una legua entre las dunas que rodean a Veracruz, se unió al camino a Veracruz, Santa Fe, villa en donde, aunque está sólo a tres leguas habíamos convenido en encontramos y pasar la noche. No fue sino las once de hasta como a una legua de Veracruz y al cochero tendido cuan largo era al lado de las mulas y completamente dormido, práctica a la que recurrían, según me dijeron nuestros sirvientes ingleses, en cualquier momento en que se presentaba una dificultad para avanzar. Con ayuda de la guardia se tomaron las medidas conducentes a despertarlos; pero viendo que era inútil que me quedara, seguí cabalgando, tras dejar a un sosas oí ficier y a cuatro hombres para que los pusieran en camino; y regocijándome al pensar que no obstante lo necesario que pudieran sernos los carruajes en la capital, todos los miembros de nuestro grupo eran jóvenes y suficientemente activa para prescindir de ellos en el camino. Aun en el mejorado estado actual de las comunicaciones, son una fuente continua de dificultada durante un viaje, porque los ejes ingleses no están adaptados a los caminos mexicanos y en caso de rotura de una rueda o de una muelle no hay posibilidad de repararlos. Y en aquel 1823 casi no avanzábamos una legua entre Veracruz y Perote sin que ocurriera alguna irritante demora que nos hiciera lamentarnos por haber cargado con tales estorbos.

En Santa Fe encontramos la primera muestra de la clase de alojamiento que hallaríamos en nuestro viaje por la tierra caliente de México. El pueblo estaba compuesto de cinco o seis jales, construidos poco más espaciosos que algunos que hallamos después, pero de bambú y techados con hojas de palma, además de tener un pórtico de materiales parecidos frente a la puerta. Las cañas que componen los lados están colocadas entre sí a distancia tan respetable como para admitir tanto luz como aire, y ello hace innecesarias las ventanas. Hay, sí, una puerta, que conduce inmediatamente al principal apartamiento, en donde el padre y la madre, los hermanos y las hermanas, los puercos y las gallinas se atajan juntos; pero a pesar de que el terreno se eleva muy poco en el espacio intermedio, encontramos suma dificultad al avanzar debido a lo extremadamente malo del camino, que era en muchos lugares un desierto de arena. Las mulas de los carruajes estaban rendidas, y los cocheros se amotinaron, tanto en el Manantial como en Paso de Ovejas, dos ranchos en cualquiera de los cuales parecían estar decididos a pasar la noche; y a pesar de que los obligamos a seguir adelante y de que por último dejamos un guardia con ellos con órdenes estrictas de no dejarlos detenerse, no llegaron al Puente sino hasta las dos de la mañana. Nosotros llegamos al atardecer, apenas con luz suficiente para poder admirar el precioso escenario que nos rodeaba. El puente tendido en este punto sobre el río Antigua, como la mayoría de los trabajos españoles de esta naturaleza, está admirablemente construido. Los arcos son de piedra y el propio puente se comunica con una calzada, que, por un lado, serpentea por una bajada empinada y por el otro forma un camino elevado a lo largo del cual están dispersas las chozas, que componen la villa del Puente, entre algunos grandes árboles y considerablemente separadas entre sí. Pero al mirar hacia el rumbo de Veracruz es cuando queda uno pasmado con el pintoresco aspecto del puente, porque allí se percibe claramente la curva que le da su peculiaridad; en tanto las magníficas masas de roca qóé, lo dominan y la rápida corriente que afluye por abajo, abriéndose paso por entre mil obstáculos, forman una escena muy superior a cualquiera que hubiéramos encontrado desde nuestro desembarco. Nada más monótono que el carácter general del país desde Veracruz hasta el Puente; de hecho, las dunas no se extienden más de tres millas hacia el interior, pero por algunas leguas parecen luchar entre sí la vegetación y la esterilidad. Los espacios de rico y exuberante verdor son cortados por largos intervalos de rocas y arena, y no es sino hasta que se llega a Paso de Ovejas cuando se descubre algo parecido a un cultivo regular. Allí pasamos por las ruinas de una gran hacienda de azúcar, abandonada durante la revolución, y vimos trazas evidentes de un suelo rico y productivo. Pero al dejar atrás el río. al que debe su fertilidad, nos encontramos de nuevo en un desierto arenoso en donde había poco que ver aparte de la mimosa, excepto en los lugares en que una corriente aparentemente insignificante daba vida de improviso a la exuberante vegetación de los trópicos. En ellos nos quedamos realmente maravillados por la variedad de plantas, todas nuevas a los ojos europeos y generalmente amontonadas en confusión tan caprichosa que el botánico más experimentado hubiera tenido dificultades para clasificadas; ya que como en cada árbol hay dos o tres enredaderas, cuyos frutos y flores no difieren para nada en tamaño de las ramas delgadas de la planta madre, no es fácil distinguirlas a primera vista de los frutos del árbol por el que trepan. A veces el aire está perfumado intensamente por gran profusión de flores, muchas de las cuales tienen unos colores exquisitos (en particular las variedades de la especie comaslvul:u); mientras el plumaje de los pájaros, que llenan los bosques en algunos lugares, apenas es menos brillante que las mismas flores. Por todos lados se ven bandadas de pericos y guacamayas, junto con cardenales, cenzontles y miles más cuyos nombres no puedo pretender dar en ningún idioma; también vimos ocasionalmente venados a la vera del camino; pero no encontramos ni jaguares ni otros animales salvajes, a pesar de que nos enseñaron sus pieles en abundancia. En toda la tierra caliente no se ha cultivado ni la centésima parte del suelo; sin embargo, en los jacales, a muchos de los cuales entré, hallé siempre una provisión abundante de maíz, arroz, plátanos, naranjas y piñas, que a pesar de no ser ciertamente de igual sabor a las de La Habana, nos parecían, cuando estábamos acalorados por el viaje, una fruta de lo más delicioso. No soy un admirador del plátano; su sabor me recordaba el del camote y lo dejé después de apenas probarlo. Todos esos frutos se producen, con muy poco o nada de trabajo, en un pedazo de terreno en la vecindad del jacal, que aunque aparentemente muy pequeño para sostener a un solo individuo, es generalmente suficiente, con ayuda de unos cuantos frijoles y un poco de chile del interior, para proporcionar la subsistencia a toda la familia. Ciertamente, no se requiere mucho para esto. Casi nunca comen carne: sus aves de corral los abastecen abundantemente de huevos y les permiten, al enviarlas al mercado de la población más cercana, comprar algo de vestimenta; sin embargo, la belleza del clima y una noción bastante primitiva de lo que exige la decencia les permiten, en gran medida, pasarse sin ella. Si el establecimiento cuenta también con un caballo, indispensable dondequiera que haya mezcla de sangre blanca, el bosque proporciona pastura abundante y no se causa un gasto adicional. Una montura y un machete, que casi siempre se llevan consigo, son ciertamente artículos costosos; pero se transmiten como legados familiares de generación en generación; y cuando los jóvenes logran la posesión de dichos tesoros, en vida de su padre, por sus propios esfuerzos, se puede decir que adquieren inmediatamente su independencia.

El viernes 18 salimos de Puente, donde nuestros alojamientos habían sido muy semejantes a los que tuvimos en Santa Fe, ya que de nuevo nos agrupamos al frente de la casa, que no era suficientemente grande para cobijarnos. Antes de salir, echarnos una última ojeada al puente, así como a la pequeña eminencia sobre la cual se había atrincherado Victoria. Es lo bastante escarpada para hacer extremadamente difícil cualquier intento de tornarla por asalto; pero como posición militar es insostenible, ya que está expuesta tanto a ser flanqueada como a verse privada del agua que le suministra el río que corre abajo. Esto fue lo que ocurrió a Victoria al ser atacado por una fuerza regular a las órdenes de Miyares (según se mencionó en el bosquejo de la revolución), a quien en vano intentó resistir. La posesión de Puente del Rey era de importancia como reducto en una guerra de guerrillas, ya que permitía a los insurgentes cortar la comunicación ordinaria con la capital y desafiar a pequeños destacamentos de tropas realistas. En el Libro Segundo de esta obra se encontrará un bosquejo del puente y de las rocas que lo rodean, que, a pesar de estar en escala reducida, indica suficientemente las bellezas y dificultades del paso.

La distancia del Puente a Plan del Río no excede de seis leguas, pero a nuestra llegada encontrarnos que, como de costumbre, los carruajes se habían quedado tan atrás que sin mulas frescas era inútil intentar la subida al Encerro, que comienza un poco más allá de Plan del Río. Como no había posibilidad de obtenerlas, inmediatamente decidimos hacer alto. El lujo de una posada de ladrillo, subdividida en cierto número de cuartos separados, cada uno on una puerta que se abría hacia el patio, sin ventanas, pero encalados y provistos de una pequeña mesa y una silla, nos compensó por la demora. Tales placeres eran bastante inesperados.

Hay un magnífico puente en el Plan, tendido sobre una rápida corriente, que sin él sería infranqueable durante la estación de llu 1 vias. Consiste en un solo arco de muy grandes dimensiones y que, como en Puente del Rey, comunica con una calzada, anteriormente parte del gran camino pavimentado construido a expensas de los comerciantes de Veracruz. No existen ahora sino fragmentos de dicho camino, uno de los cuales se extiende unas dos leguas hacia el interior desde Puente del Rey. El resto o fue destruido por las partes contendientes durante la guerra civil o se arruinó por falta de reparaciones; que son de necesidad constante debido a la impetuosidad de los torrentes que bajan de las montañas durante la estación de lluvias.

La villa del Plan, en la época de nuestra visita, era un lugar salubre, pero se encuentra dentro del radio de acción del vómito o fiebre de Veracruz, del que tendré ocasión de hablar después, y no es, por consiguiente, una residencia segura durante los meses más calurosos. De noviembre a abril, el único inconveniente que se debe padecer son los jejenes, bastante insoportables. Son, tan pequeños que no los detiene ningún mosquitero y pican con tanta fuerza que generalmente una pequeña gota de sangre es la primera indicación de que se han parado sobre la mano o en la cara. Afortunadamente, difieren de los mosquitos en un aspecto: desaparecen al caer la tarde, peculiaridad a la que deben agradecer los viajeros tener la oportunidad de dormir, que de lo contrario no podrían disfrutar.

Se puede decir que al salir de Plan del Río (diciembre 19) comienza la subida a la Mesa Central de México. La altura del Plan sobre el nivel del mar es insignificante, pero en las seis leguas que median entre él y el Encerro, se alcanza una altura de 3 043 pies, suficiente para imprimir un carácter completamente nuevo al clima y a las producciones. El aire se enrarece considerablemente; desaparecen los frutos y las flores de la tierra caliente; y las mimosas son remplazadas por el encino mexicano; lo cual debe constituir una vista grata durante el verano, porque se supone que indica al viajero su llegada a regiones más saludables, en las que, si no lleva consigo la infección, ya no tiene por qué temer el vómito. Con excepción de este cambio, para el cual nos había preparado el trabajo de Humboldt, no encontramos casi nada digno de mención en el camino al Encerro, en donde nos detuvimos a desayunar para dar tiempo a que subieran nuestros carruajes. Tuvimos mucha razón de alegrarnos por no haber cedido a la tentación de elegirlo como alojamiento la noche anterior, ya que la casa era pequeña e incómoda y combinaba todos los desagradables olores peculiares de una tienda hispanoamericana, donde los del ajo y el tasajo son los más agradables, con una apariencia de suciedad, que no hubiéramos podido evitar durmiendo al aire libre, ya que el cambio de clima era suficiente para hacer indispensable dormir bajo techo. Como pequeña compensación, la vista distante de Orizaba y Perote, desde la puerta de la posada, era magnífica, como lo era la de la vasta extensión del país que habíamos recorrido en nuestro viaje desde la costa.

Tan pronto llegaron nuestros carruajes, nos dirigimos hacia Jalapa, donde teníamos entendido que había algunos preparativos para recibirnos. Después de una subida constante de unas dos horas, por un camino escarpado y peligroso, llegamos a la meseta sobre la que se encuentra la población, y proseguimos nuestro camino a lo largo de un tramo de la antigua calzada de Veracruz, a través de campos de maíz y huertas que se sucedían rápidamente, rodeados a veces con cercas de magueyes y plátanos, mezclados con chirimoyas y mil árboles más; y a veces con una cerca de carrizos que apenas nos permitía percibir la variedad de flores que casi sepultaban a las casas. A poca distancia del pueblo fuimos recibidos por varios oficiales a caballo que habían sido comisionados para ello y quienes nos condujeron a una casa que se nos había preparado en la calle principal y donde encontramos al gobernador con algunos de los principales miembros del Ayuntamiento; se nos había, dispuesto un banquete, al cual nos sentamos todos con gran pompa; había una banda de música a la puerta; pusieron sirvientes a nuestra disposición; y nos presentaron a un mayordomo que tenía órdenes, según se nos informó, de proporcionarnos cualquier cosa que llegáramos a necesitar durante nuestra estancia. En resumen, nada pudo ser más grato que la recepción que nos tributaron: las calles, a nuestro paso, estaban llenas de gente, y, a pesar de que los "vivas" con que nos saludaron nos hicieron ver que aún tenían una idea más bien vaga de nuestro carácter real, demostraban por lo menos que se nos vitoreaba como huéspedes no indeseables.

Ciertamente era una nueva época de la historia de México la que comenzaba con nuestra llegada. Era el primer paso hacia ese creciente intercambio con Europa, cuya importancia para ellos y para nosotros se sentirá más cada día; y como tal, justificaba el entusiasmo con que se recibió la decisión del gobierno de Su Majestad en ambos lados del Atlántico, antes de que los males a que dio lugar en Inglaterra el desenfrenado espíritu de especulación hicieran a los desilusionados atribuir a esta sabia política los infortunios procedentes sólo de su propia culpa.

Permanecimos tres días completos en Jalapa, esperando hora tras hora la llegada de las mulas que se habían mandado traer a la Puebla para nuestros carruajes, ya que era imposible seguir adelante con las que con tanta dificultad habían traído desde Veracruz. Por fin llegaron, y el 24 proseguimos nuestro viaje. Entre tanto, habíamos tenido amplia oportunidad de admirar tanto la belleza del escenario en los alrededores de Jalapa como la hospitalidad de los nativos. Todos los criollos tenían inmensos deseos de conocemos y no escatimaron cuanto pudiera hacer agradable nuestra estancia; pero de los comerciantes españoles de Veracruz creo que no vimos a ninguno. Era esta una mala política de su parte; ya que si era natural que renunciaran de mala gana a su dominio del país, el demostrarlo únicamente servía para proporcionar a sus enemigos un pretexto para las violentas medidás con que desde entonces se ha intentado su expulsión de la República. Nadie más que yo lamenta esa violencia: desacredita a México, ya que es una violación de las garantías públicas que en la Declaración de Iguala se prometieron a los españoles, sobre la seguridad de las personas y de la propiedad de todos los que decidieran quedarse; y es desventajosa para los intereses generales del Estado, porque disminuye el capital que no acabó la guerra civil y que en 1827 apenas era suficiente para imprimir actividad al comercio; pero al mismo tiempo la justicia me obliga a añadir que era casi imposible llevar a cabo una amalgama de intereses tan diametralmente opuestos. Muy pocos españoles podrían aprender a tratar como iguales a hombres sobre los que habían ejercido una autoridad casi absoluta durante tanto tiempo; muchos regalaron este sentimiento de la manera más imprevista y su imprudencia contribuyó no poco a aumentar, por parte de los criollos, esa irritación que había echado raíces tan profundas durante doce años de guerra civil. Es lamentable, sin embargo, pensar en el número de hombres respetables y útiles que se verán envueltos en la ruina común. Pero basta de digresión.

No pueden encontrarse palabras para dar una idea apropiada del país que rodea a Jalapa. Está en el centro mismo de uno de los más magníficos escenarios montañosos de que se pueda ufanar el mundo. Nada más espléndido que el Pico de Orizaba cuando el velo de nubes que con demasiada frecuencia lo oculta durante el día desaparece ante los últimos rayos de una gloriosa puesta de sol. Tal ocaso y tal montaña sólo se pueden ver en los trópicos, en donde todo es a escala gigantesca y donde, por lo puro de la atmósfera, aun el torrente de luz que viene desde arriba parece proporcionado a la magnitud de los objetos sobre los que se derrama.

El Pico de Orizaba se encuentra a 17 375 pies sobre el nivel del mar; está conectado con el Cofre de Perote (así llamado por una masa rocosa en forma de cofre que distingue la cresta de la montaña) por una larga cadena de cimas intermedias, y ambos forman un bello término cuando se tiende la vista en dirección a la Mesa Central. El Cofre está cosa de 4 mil pies más abajo que el Pico y parece casi diminuto cuando éste se puede ver al mismo tiempo, aunque cuando no se ven a la vez la mirada se posa con satisfacción en tan magnífico objeto.

En el terreno inclinado que va desde el pie del Pico de Orizaba hasta el mar, están situados los poblados de Córdoba y Orizaba, famosos por el tabaco y el café que se cultivan en sus alrededores. El mismo distrito produce la mejor vainilla, al igual que la jalapa y la zarzaparrilla ya mencionadas entre las exportaciones de Veracruz.

Unas cuantas aldeas de indios se hallan diseminadas por este rico país, en todo el cual se requiere muy poco esfuerzo por parte del hombre para ganar la subsistencia, debido a la exuberante fertilidad del suelo. Bosques inmensos ocupan el espacio intermedio y abundan en todas las variedades de madera, pero raramente son visitados, excepto por los indios en la temporada de cosecha de la vainilla; los riegan las corrientes que bajan de la falda de la cordillera y durante la mayor parte del año producen los frutos de los trópicos, en tal profusión que Victoria subsistió casi por completo de ellos durante los dieciocho meses que pasó allí sin ver a ser humano alguno. Hay muchas indicaciones de que tuvieron una población mucho mayor en la época de la Conquista, ya que se han descubierto ruinas de pueblos y fortificaciones que sólo pudieron haber sido levantadas por tribus muy numerosas; pero, como todo lo relacionado con la raza indígena, su historia está envuelta en la oscuridad y de algunas no queda rii siquiera tradición.

Jalapa debe su clima extremadamente agradable a lo peculiar de su posición. El pueblo se encuentra sobre una pequeña meseta a 4 335 pies sobre el nivel del mar, y, por consiguiente, estaría aún más expuesto que el Encerro a los vientos del noroeste, que tienen el efecto de impedir el crecimiento de la vegetación tanto arriba como abajo de este favorecido lugar, si no estuviera protegida contra su violencia por una cadena intermedia de montañas; en tanto que siendo exactamente ésta la altura a la cual las nubes suspendidas sobre el océano tocan la cordillera, hay una constante humedad en la atmósfera, que hace que el aire sea tonificante y da una frescura deliciosa a todo lo que se encuentra alrededor. Después de la tediosa subida desde Plan del Río, que se encuentra casi toda en un país triste y monótono, el pequeño declive que forma la última milla y media del acceso a Jalapa semeja un paraíso en todas las estaciones; pero su belleza desaparece tan pronto se aleja uno de los límites de la tierra encantada. Este es más especialmente el caso en la subida hacia la Mesa Central, que se vuelve en extremo empinada casi inmediatamente después de salir de Jalapa y continúa ininterrumpidamente así hasta las Vigas. La distancia entre los dos puntos no excede de dieciocho millas, pero la diferencia en elevación alcanza 3485 pies; por consiguiente, estábamos preparados para un gran cambio de temperatura, aunque muy lejos de pensar en una transición tan repentina y completa como la que experimentamos.

Salimos de Jalapa como a las doce del día 24 de diciembre, bajo un cielo sin nubes y con el termómetro a 70°; pero antes de llegar a la mitad del camino a las Vigas se desató un norte sobre la costa y en un instante nos encontramos rodeados de nubes que se parecían sorprendentemente, tanto en apariencia como en efectos, a una niebla escocesa de noviembre. Nuestras capas no eran suficientes para protegernos del penetrante frío; y en cuanto a la humedad, pronto nos dimos cuenta de que nuestra única posibilidad era avanzar tan rápidamente como lo permitiera el camino y así logramos llegar, sin estar completamente mojados, hasta el alojamiento donde pasaríamos la noche. El cambio de escenario a nuestro alrededor era, en todos aspectos, igual al que se había presentado en la atmósfera. Muy temprano por la mañana perdimos de vista las huertas de Jalapa; y a pesar de que las cercas de chirimoyas se extendían como una legua más allá del pueblo, pronto cedieron su lugar a plantas más resistentes. Éstas a su vez dejaban su lugar al encino mexicano y posteriormente este último a su vez al abeto, que reinó durante las últimas millas en solitaria preeminencia. Las frágiles chozas de bambú de los indios, que no obstante mis objeciones contra ellas como lugares de alojamiento eran bonitas y fantásticas, fueron remplazadas por edificios de estructura más sólida y consecuentemente mejor adaptados al clima, pero sin pretensión alguna de belleza. Según yo, eran muy parecidas a las casas de algunas partes de Suecia y especialmente a las de Dalecarlia, que están compuestas de troncos de árboles sin labrar, toscamente unidos entre sí, y rodeadas de cercas de doce pies de altura, a fin de proteger de los lobos al ganado. Pero, en medio de este poco característico escenario, hay muchas circunstancias que recuerdan al viajero el carácter singular del país por el que está pasando. Como a dos leguas de las Vigas hay un distrito cubierto de lava vesicular: hasta donde alcanza la vista, el terreno está tapizado con masas de roca negra calcinada, cuyo aspecto anuncia evidentemente su origen volcánico. En algunos lugares, tales masas son de tamaño enorme; en otros, parece como si hubieran sido pulverizadas por alguna gigantesca máquina de vapor; pero, en resumen, se diría que hubieran pasado sólo unos cuantos años desde que tuvo lugar la erupción que las produjo, a pesar de que no existe ahora ni siquiera una tradición con respecto a la fecha en que ocurrió.

Encontramos la antigua calzada de Veracruz en bastante buen estado de conservación entre Jalapa y las Vigas, lo que permitió el paso fácil aun de los carruajes; sin embargo, por la dificultad para afirmar la pisada en el duro pavimento, los caballos y las mulas sufren excesivamente en las partes más empinadas de la cuesta. Después de pasar por las villas de la Cruz, la Cuesta, la Hoya y San Miguel el Soldado, entre las cuales se nos había dicho que encontraríamos algunos paisajes pintorescos que no pudimos contemplar debido a la niebla, al atardecer llegamos a las Vigas, donde hallarnos que nos habían preparado alojamientos muy cómodos en la casa del cura y obtuvimos suficientes aves de corral para una cena aceptable. No se podía contar con otra clase de carne en la villa, ni tampoco con pan; pero nuestros carruajes llegaron a tiempo para abastecemos de este último, así como de las piñas y chirimoyas de que nos habíamos provisto en Jalapa. La chirimoya, creo yo, es un fruto desconocido en Europa: su tamaño es mayor que el de la naranja más grande; la cáscara es verde y llena de irregularidades, pero la pulpa es de un blanco maravilloso y tan suave que se debe comer con cuchara, ya que toma un color herrumbroso si se corta con cuchillo; su sabor es el de la fresa, combinado con el de otras frutas.

Casi no recuerdo haber sufrido tanto por el frío como en las Vigas: probablemente sentimos más la severidad del clima por haber permanecido durante un mes en un clima extremadamente caluroso durante nuestra travesía de Madeira a Veracruz. A los habitantes casi no les afecta; pues aunque los cuartos están entablados y se toman algunas precauciones para evitar la entrada del aire, las chimeneas son cosa desconocida e inclusive el brasero español parece no ser de uso común. Sin embargo, había algo más que imaginación en el frío que nos embargaba, ya que a las siete de la mañana siguiente el termómetro estaba a 41º (unos 30º abajo de la temperatura de Jalapa), y durante la noche el terreno se cubrió de escarcha. Nuestros caballos, muchos de los cuales habían sido criados en tierra caliente, sufrieron aún más que nosotros; porque aunque logramos conseguirles establos, estaban completamente ateridos por la mañana y no recobraron el uso completo de sus patas hasta haber hecho la mitad de nuestra jornada diaria.

El camino desde las Vigas hasta Perote es muy empinado y malo. En una ocasión casi se concluyó, a expensas del consulado de Veracruz, en el mismo magnífico estilo que el resto de la calzada; pero de aquellas labores ya no queda ningún vestigio. Durante la guerra civil, el terreno entre Jalapa y Perote era disputado obstinadamente por los insurgentes, quienes, en sus intentos por cortar la comunicación entre la capital y las costas, destruían todo el camino que no estaba en posesión de las fuerzas realistas, estacionadas en considerable número en Jalapa. De entonces provienen las marcas de la devastación, que comienzan a igual distancia arriba y abajo del pueblo. Hicimos cuatro horas a caballo hasta Perote, a pesar de que la distancia no es mayor de cuatro leguas; y en cuanto a los carruajes, como de costumbre, los dejamos muy atrás. El camino serpentea casi continuamente a través de un bosque de pinos, con claros ocasionales, y las cercas que los rodean vienen a mostrar el poco valor de la madera en esos distritos, pues están construidas con troncos completos de árboles apilados a lo largo, uno sobre otro, con enorme despilfarro. Estas señales de la presencia del hombre aumentaban conforme nos aproximábamos a Perote. Después de pasar por la villa de Cruz Blanca, cruzamos dos grandes haciendas rodeadas de extensos campos de trigo, cebada y maíz, que, antes del tiempo de la cosecha responden, me atrevería a afirmarlo, a la descripción que Humboldt hizo de su belleza. Cuando nos tocó verlos, habían adquirido el monótono colorido peculiar de la Mesa Central durante los meses de sequía, y consecuentemente muy poco había que atrajera la atención o agradan a la mirada

Siendo Perote, San Juan de Ulúa, Acapulco y San Blas las únicas fortalezas con que contaba el virreinato de México, teníamos curiosidad de ver un lugar al que parecía que los nativos concedían no poca importancia y pensábamos naturalmente que estaría situado como para dominar alguno de los principales pasos de la montaña, a través del cual pudiera pretender penetrar al interior un ejército invasor. Por consiguiente, quedamos decepcionados al encontrar que el castillo está situado más allá de la última cordillera, sobre los límites de uno de esos inmensos llanos que se extienden casi sin interrupción por cincuenta millas en dirección a la capital. Es, de hecho, un mero depósito para armas y barras de oro; ya que, aunque está fortificado regularmente con cuatro bastiones y abundante artillería pesada, es demasiado pequeño para ser importante y probablemente ni siquiera sería tomado en cuenta por una fuerza enemiga en su marcha hacia las provincias centrales. El pueblo, como a media milla de la fortaleza, consiste en una calle larga, con casas que casi nunca tienen más de un piso, de techos planos, ventanas bajas, en su mayoría sin vidrios, y paredes encaladas. Proporciona en conjunto una muestra fiel del estilo arquitectónico introducido por los españoles en todas sus colonias americanas, en donde, con excepción de las capitales, casi nunca se ven casas de dos pisos. Fuimos recibidos con gran hospitalidad por el gobernador y los oficiales de guarnición, pero proseguimos casi inmediatamente hasta la villa de Tepeyahualco (unas siete leguas más adelante), a donde llegamos poco antes del atardecer.

Se puede considerar a Perote como el extremo oriental de la Mesa Central; situado a 7 692 pies sobre el nivel del mar, como está muy poco protegido de los vientos del noroeste, su clima es a veces excesivamente severo. En la vecindad inmediata del pueblo, la tierra es fértil y los cereales se dan magníficamente; pero conforme se avanza hacia el interior, la esterilidad del suelo aumenta a cada paso. Los bosques depinos están confinados casi por completo a las montañas; no prosperan en las extensiones de país llano que separan entre sí a las cordilleras que los cortan a intervalos. Éstas forman una sucesión de cuencas, que en algún período anterior evidentemente deben haber sido extensos lagos. La acción del agua al pie de las montañas que rodean a estas cuencas es bastante visible e inclusive se puede localizar el nivel hasta donde parece haberse elevado. Participa de la naturaleza del lago de México en que, al retroceder, ha dejado el suele cubierto de una gruesa capa de tequesquite o carbonato de sodio, que gradualmente está destruyendo cualquier vestigio de vegetación. Actualmente todo el llano produce sólo una escasa provisión de alimento para los rebaños de ovejas que ocasionalmente se ven vagando por allí; y como el agua que todavía queda es salobre y cada año se vuelve más escasa, es probable que este distrito se convierta en último término en desierto.

Difícilmente conozco algo más lúgubre que la travesía de Perote a Tepeyahualco; la uniformidad del cuadro es rota únicamente por pequeños cerros que se alzan abruptamente de vez en cuando, cubiertos de magueyes y nopales y de unas cuantas palmas enanas, que casi ocultan las masas de lava que los componen. Ninguno de nosotros se sentía inclinado a discutir la justicia de la designación con que se conoce dicha región, "el Mal País", aunque haya algunos lugares a los que el viajero europeo puede volver los ojos con interés y aun con placer. En primer lugar, la vista de Orizaba, que desde ese lúgubre llano se ve mucho más ventajosamente que desde Jalapa; y en segundo, la frecuencia con que pueden admirarse espejismos de un grado de perfección que aun el mismo gran Sahara difícilmente puede sobrepasar. No obstante lo preparados que estábamos para la ilusión óptica, más de una vez fuimos completamente engañados por ella y en realidad creímos mirar delante de nosotros una gran extensión de agua, con árboles, casas y todos los objetos que la rodean, magníficamente reflejados en ella. Los remolinos de arena que ocasionalmente se elevan en majestuosas columnas desde el centro del llano constituían algo nuevo a mi vista; y quedamos todos muy sorprendidos al ver una montaña cónica aislada, llamada el cerro de Pizarro, que había atraído nuestra atención casi al salir de Perote, y al acercamos más encontramos que estaba compuesta totalmente de masas de lava, tan negras y lúgubres que daban al conjunto apariencia de acabar de emerger de las entrañas de la tierra.

La casa en que nos alojamos en Tepeyahualco consistía en una sala grande, que nos sirvió de recámara, de comedor y de todo; sin embargo, no había más en nuestro alojamiento, no se podían obtener provisiones de ninguna clase y, como los sirvientes habían descuidado abastecerse en Perote, nos tuvimos que racionar considerablemente. Por fortuna, traíamos con nosotros un par de latas con carne en conserva, con la que hicimos caldo, y esto, junto con unas cuantas hogazas de pan que descubrimos en uno de los carruajes, nos salvó de una comida a base de tortillas y chile, con la que tuvieron que conformarse los sirvientes, ad libitum, como justa recompensa por no haber sido mejores proveedores.

Al principio pocas gentes gustan de este platillo, aunque constituye el alimento de los dos tercios de la población de México. El maíz tiene un sabor desagradable, por lo que, si agregamos lo extremadamente picante del chile, se requiere algún tiempo para acostumbrarse. Nunca pude comerlo con placer, a pesar de que a veces he recurrido a él en ausencia de alimentos más sabrosos.

Después del más detestable desayuno, partimos a hora temprana del 26 con rumbo a Nopaluca (pueblo como a doce leguas de Tepeyahualco), no sin haber tenido la precaución de enviar de avanzada a uno de los soldados de nuestra escolta para evitamos, de ser posible, una segunda escasez. Nuestro camino se extendía por una continuación de los llanos ya descritos, donde con excepción de unos cuantos gavilanes y zopilotes, de algunos coyotes y de uno o dos lobos, que se encuentran siempre merodeando cerca de algún rebaño de ovejas, no divisamos criatura viviente. Fue así como con considerable satisfacción, cerca de la una de la tarde, cruzamos una pequeña cordillera de cerros que forman el límite noroeste del Mal País, y vimos que estábamos por entrar en un escenario menos lúgubre. Desde esta cordillera hasta el Ojo de Agua, solitaria posada que toma su nombre de un magnífico manantial cercano a la casa, hubo un mejoramiento muy sensible. Unos cuantos árboles y haciendas, con pequeños pedazos de terreno cultivados a su alrededor, rompían a intervalos la monotonía del paisaje; vimos grandes rebaños de ovejas, una o dos vacas, algunos caballos, y al acercarnos a la corriente responsable de tales indicios de fertilidad, encontramos en gran abundancia patos y otras aves acuáticas.

Es una vista muy singular la de Orizaba desde el patio de la posada del Ojo de Agua. La montaña se halla directamente frente a la entrada, desde donde un largo pasillo cubierto conduce al patio. Este pasillo tiene el efecto de limitar la vista de modo que la mirada descansa exclusivamente sobre el Pico, que, visto de tal manera, parece estar aislado, separado de la cadena de cerros más bajos que lo conectan con el Cofre. En un día claro, el efecto es sorprendente, pues debido a la pureza de la atmósfera el perfil de la enorme masa se define con perfección; pero creo que es muy difícil trasladar este efecto al papel para dar una idea de la magnificencia del objeto. Es un cuadro tan natural al que mucho dudo que el poder del arte pudiese hacer justicia.

La línea divisoria de los estados de Veracruz y la Puebla corre muy cerca del Ojo de Agua, y a consecuencia de ello, la guardia que nos había acompañado desde la costa fue remplazada por una escolta de lanceros, destacada allí por las autoridades de la Puebla para esperar nuestro arribo. Los hombres estaban sorprendentemente bien montados y equipados, y en el oficial, don Juan Gómez, encontramos a un joven criollo de modales caballerosos y de conversación agradable, con cuya compañía quedamos muy complacidos durante el resto de nuestro viaje. Después de pasar una hora en la posada, en donde había abundancia de provisiones para resarcirnos de la escasez de nuestra comida de la mañana, nos dirigimos a Nopaluca, y observamos con placer, al avanzar, cómo un número de pequeñas haciendas era el mejor aviso posible de suelos más fértiles. En Santa Ana, villa distante unas dos leguas del Ojo de Agua, fuimos recibidos con gran cortesía por el cura, un anciano que salió a nuestro encuentro vestido con sus ropas sacerdotales. Tal ejemplo de cortesía para con herejes era demasiado notable para no ser reconocido con mucho agradecimiento, y nos detuvimos algún tiempo recibiendo y devolviendo cumplidos, para gran edificación de una multitud de espectadores que nos observaban con mucha curiosidad. No llegamos sino hasta el atardecer a Nopaluca, en donde encontramos excelentes alojamientos en casa de uno de los regidores del pueblo, don Raymundo González, cuya esposa y tres hijas se estaban ocupando de prepararnos la cena con sus propias manos. Nos complació mucho el aspecto del pueblo, limpio y bonito: las casas están construidas únicamente de tapia o tierra apisonada; pero como las paredes se mantienen encaladas y bien reparadas, nada denota los humildes materiales de que están hechas. El terreno aledaño se subdivide en multiplicidad de pequeños corrales, que nos complació mucho ver nuevamente, después de los desiertos sobre los que se había posado nuestra vista por dos días completos. Indicaban hábitos de industria, de que habíamos visto pocas trazas; ya que en la tierra caliente habíamos admirado más bien la exuberancia de la naturaleza que los esfuerzos de los habitantes: su indolencia parecía aumentar proporcionalmente a la facilidad con que satisfacían sus necesidades.

Por la tarde de nuestra llegada a Nopaluca, vino de la capital un correo con cartas que nos informaban de disturbios habidos en la Puebla, capital de la provincia, lugar donde teníamos pensado dormir la noche siguiente, y que aunque no serios, indujeron al Supremo Gobierno a desear que la comisión tomara otra ruta, la que ramificándose hacia el norte, a través de los llanos de Apan (distrito sorprendente por su fertilidad), entra en el Valle de México por Otumba y San Cristóbal, dejando la Puebla lejos hacia el sur y el oeste. Por supuesto que acatamos este deseo y se despacharon dos dragones de la escolta a fin de preparamos alojamientos en cualquier hacienda, en el rumbo de Otumba, donde pudieran y quisieran proporcionarnos hospitalidad por la noche. Nosotros no salimos sino hasta las diez de la mañana y tomamos el camino a Huamantla (pequeño pueblo a cuatro leguas de Nopaluca), el cual nos condujo a través de una sucesión de extensos campos de trigo, cebada y maíz, entremezclados con plantaciones de magueyes (Agave americana), de los que se extrae el pulque, la bebida de los nativos. Habiendo presentado ya una relación detallada del proceso que sirve para preparar este licor (Libro Primero, Sección III), sería superfluo repetirla; por consiguiente, sólo me limitaré a decir que en ninguna parte se encuentra mejor pulque que en el distrito que estábamos por cruzar y en donde las plantaciones de maguey, por su cercanía a la Puebla y a México, constituyen una gran fuente de prosperidad para los habitantes.

Aunque apenas había llegado a Huamantla la noticia de nuestra intención de visitar ese lugar, encontramos a gran parte de la población en las calles esperando recibirnos; y no nos fue posible resistir los requerimientos del cura, en cuya casa nos vimos absolutamente obligados a desmontar. Inmediatamente recibimos la visita del Ayuntamiento, con el alcalde a la cabeza, así como la de los oficiales de un regimiento destacado en la población; después de lo cual fuimos conducidos a un cuarto, en donde había preparada una comida para treinta personas, con tal hospitalidad que hubiera hecho honor a cualquier país del mundo. Tan pronto como abandonamos la mesa, nuestros amables anfitriones, que estaban decididos a no hacer las cosas a medias, mandaron por todos nuestros sirvientes y por la escolta y les regalaron los innumerables platillos que nos habíamos visto obligados a dejar sin tocar; en tanto que a nosotros, por ser grandes personajes, se nos pidió que nos mostráramos desde el balcón ante la multitud abajo reunida. Menciono estas circunstancias, por insignificantes que puedan parecer, porque sirven para demostrar los sentimientos con que los mexicanos aclamaban las perspectivas de un intercambio con la Gran Bretaña. Nada más decisivo al respecto que nuestra recepción, particularmente en los pueblos más pequeños, en donde todo lo hacían espontáneamente los mismos habitantes y no bajo la dirección del gobierno, como era el caso en Jalapa o Veracruz.

La población de Huamantla no excede de tres mil almas. El pueblo es el segundo en importancia en el distrito de Tlaxcala, al que pertenece; y de hecho apenas es menos importante que la misma capital, la cual ahora "ha caído de su encumbrada situación", y no tiene más de cuatro mil habitantes: un triste cambio desde los días en que desafió todo el poderío de Moctezuma, e impidió por algún tiempo los esfuerzos de Cortés para encontrar un paso a través de su territorio.

Al salir de Huamantla, lo que no logramos hasta muy tarde, ya que dieron las tres antes de que concluyera la comida, tomamos el camino para Acocotlán, una gran hacienda como a cinco leguas del pueblo, en donde supimos que tendríamos que pernoctar. Nuestro viaje fue delicioso; nuestro guía nos condujo a través de un país rico, al pie de la Malinche, una montaña que forma el eslabón entre los volcanes de México y el de Orízaba, y que al mismo tiempo derrama fertilidad por todo el distrito circundante con las incontables corrientes que bajan de su cumbre. Desde cualquier lado que se vea la Malinche, su forma e: siempre la de un cono perfecto: en sus laderas se produce parte del mejor trigo conocido en la Puebla: y más abajo, dondequiera que los torrentes de la montaña facilitan la irrigación, se recogen cosechas de maíz que, en un año bueno. rinden 400 fanegas por cada una sembrada en el terreno.

La hacienda de Acocotlán tiene muy poco que la recomiende. aparte de su situación; sin embargo, ésta es realmente inmejorable. El balcón de la gran sala en que fuimos albergados domina una vista de cinco montañas, dos de las cuales se elevan dos mil pies más arriba que la montaña más alta de Europa. Vimos Orizaba con su Pico couleur de rose reflejando los últimos rayos del sol poniente, el Cofre de Perote, medio sumergido en la oscuridad; la Malinche frente a nosotros y ya casi en sombras; y los dos grandes volcanes que separan la Puebla de México (el Popocatépetl y el lztaccíhuatll. con un rayo de luz ocasional jugando sobre sus cumbres nevadas.

Todos estábamos admirando la magnífica escena, cuando el silencio que nos envolvía fue roto de la manera más inesperada. Una larga fila de indios que regresaban de sus labores del día se alineó frente a la casa y empezó a cantar el Ave María o himno vespertino. La música era muy sencilla y pocas de las voces buenas y, sin embargo, el conjunto, como los rae: das oaches de los suizos, captaba el interés debido al espléndido escenario que nos rodeaba y causaba una impresión que en otras circunstancias no hubieran producido acentos más dulces.

Nuestro anfitrión en Acocotlán era un hombre muy respetable; miembro de la numerosa clase de propietarios menores que continúan durante toda su vida cultivando el lugar que los vio nacer y transmiten de generación en generación una hacienda, que los sostiene a ellos y a sus hijos con comodidad y en una opulencia relativa. Nos recibió con suma hospitalidad y nos dio una cena excelente, acompañada con pulque, que la mayoría del grupo encontró excesivamente agradable, a pesar de que no estábamos acostumbrados a dicha bebida. No sucedió lo mismo con el chile, poderosa especie de capsicum, tanto verde como rojo, del que abusan los mexicanos en la mayoría de sus platillos: el sabor no es desagradable, pero pica tanto, que un extranjero encuentra difícil probarlo sin inconvenientes. Robinson dice, en el relato de la expedición de Mina, que muchos de los oficiales americanos que en su marcha hacia el interior se vieron obligados a vivir algunos días a base de tortillas y chile, como consecuencia sufrieron de escoriaciones.

Nuestra siguiente parada después de Acocotlán fue Cuautmanzingo, donde se nos aconsejó pasar la noche, a pesar de haber recorrido sólo siete leguas, debido a la dificultad de llegar a cualquier otro lugar de descanso adecuado para recibir a un grupo tan grande. El camino era geners}lmente bueno, pero al ir serpenteando por las faldas de la Malinche era cortado ocasionalmente por profundas barrancas, que, aunque perfectamente transitables para jinetes, retardaban considerablemente el avance de los carruajes. En cierto lugar Regamos a una bajada perpendicular de casi doce pies, que no había posibilidad alguna de evitar, ya que la barranca, tanto arriba como abajo, era excesivamente profunda y escabrosa. Los carruajes iban delante de nosotros cuando se descubrió el obstáculo que nos impedía proseguir, y un dragón regresó a galope para anunciarnos la imposibilidad de seguir adelante. Sin embargo, al llegar al lugar descubrimos tal abundancia de piedras sueltas por todas partes de la barranca, que pensamos que no sería difícil construir un plano inclinado por el que pudieran bajar los carruajes; y nuestros esfuerzos combinados pronto lo lograron, habiendo ayudado parte de la escolta en traer materiales, en tanto que el resto rompía con sus lanzas los lados de la barranca. En cosa de media hora construimos un puente bastante aceptable, y tuvimos el placer de ver que todos los carruajes llegaban sanos y salvos al fondo.

En Cuautmanzingo, a donde llegamos a temprana hora, fuimos recibidos con la misma hospitalidad que había caracterizado a nuestras recepciones en todos los lugares durante nuestra marcha por el país. La porción más valiosa de la hacienda consistía en extensos campos de maíz regados por la Malinche y en las plantaciones de maguey más inmediatamente cercanas a la casa. Nos dio mucho gusto tener la oportunidad de visitar estas últimas; y parte de la tarde la pasamos inspeccionando todas las fases del proceso para hacer el pulque. No hay nada desagradable en el olor ni en el aspecto de la bebida en el lugar donde se prepara. Se presta mucha atención a la limpien de los edificios correspondientes y proporciona una sensación muy refrescante debido al ligero estado de fermentación en que siempre debe beberse. Es sólo por la exposición al sol y por el descuido en los medios de transporte a las grandes poblaciones, que• se encuentran a considerable distancia, por lo que adquiere ese desagradable aroma que Humboldt compara al olor de carne pútrida. En tal estado es realmente repulsivo; aunque para los aficionados de la capital, que no están acostumbrados al pulque original, se dice que es un atractivo más. Siguiendo el mismo principio, en Madrid se prefiere la mantequilla irlandesa, a la fresca, que, según se piensa, es insípida.

Salimos de Cuautmanzingo temprano por la mañana del 29 de diciembre, pero nos detuvimos a desayunar en San Nicolás, magnífica hacienda perteneciente al conde de Santiago, a cuya familia tuvimos el placer de conocer, ya que en ese tiempo estaba residiendo en el país. Este fue nuestro primer contacto con la nobleza criolla y nos complació sobremanera la franca cortesía de sus modales. Después de una acogida por demás suntuosa, se nos permitió seguir nuestro viaje, pero no sin que antes nuestra escolta y sirvientes hubiesen participado de la hospitalidad del conde, que se hizo extensiva aun a les caballos de nuestro muy numeroso grupo. Como a las cuatro de la tarde llegamos a la venta de las Indias, cuyo magnífico nombre nos había inducido a esperar mejores alojamientos que los que la casa, muy pequeña realmente, podía ofrecernos. Se encuentra la posada a unas once leguas de Cuautmanzingo y a siete de San Nicolás. Todo el espacio intermedio está cubierto de campos de maíz, frijol, trigo y cebada o de plantaciones de maguey, cuyo valor aumenta en proporción a su cercanía a la capital. El país, como lo dice su nombre (los llanos de Apan), es plano y sin interés. Hay diseminadas unas cuantas grandes haciendas a intervalos en el llano; pero no vimos ni un solo árbol en todo el distrito. Encontramos caza en abundancia, especialmente liebres, que solamente difieren de las nuestras en el color, por una mayor porción de blanco y, a veces, manchas de un azul grisáceo.

Al acercamos a Otumba (30 de diciembre), la aparición de una gran especie de pimiento peruano, llamado el árbol del Perú, y de un terreno un poco quebrado, nos anunciaron nuestra cercanía a la cordillera que todavía nos separaba del Valle de México. Creo que el árbol del Perú se conoce en Europa, aunque en Madrid, lugar donde lo he visto, es un arbusto bonito pero diminuto; en México, donde es muy común, alcanza un tamaño considerable, es sorprendentemente ornamental y de apariencia muy airosa.

Otumba, como la mayoría de los pueblos pequeños que habíamos pasado, tenía todas las apariencias de haber sufrido considerablemente durante la revolución. Debido a su cercanía tanto a la capital como a los llanos, donde se organizó una formidable fuerza insurgente durante la guerra civil, pasaba frecuentemente de una a otra facción, permaneciendo muy poco tiempo en poder de alguna y siendo siempre igualmente maltratada por las dos. Se requerirán muchos años de tranquilidad para borrar las huellas de ese período de sufrimiento universal.

Como de costumbre, al entrar al pueblo hallamos que nos tenían preparada una cena en la casa del alcalde, de la que nos vimos forzados a tomar parte, a pesar de que lamentamos una demora que retrasaba nuestra llegada a San Juan de Teotihuacán (lugar donde dormimos) hasta después del atardecer, y, por consiguiente, nos privaba de visitar las antigüedades mexicanas en la vecindad del lugar. Esos antiguos monumentos consisten en dos inmensas pirámides, dedicadas al Sol y a la Luna, truncadas, al igual que todas estas pirámides, y considerablemente desfiguradas tanto por la acción del tiempo como por el fanatismo de los primeros conquistadores, quienes parece que hicieron cuanto les fue posible por destruir todos los monumentos de la primitiva religión del país. Sin embargo, es tal la solidez de esas estructuras que no ha sido posible su completa destrucción. Están a poca distancia del camino y ya era casi de noche cuando pasamos por ellas; pero aun vistas así, hay algo que impone en el enorme tamaño de esas moles, que se levantan conspicuamente en medio del valle como en testimonio de tiempos ya idos y de gente cuyo poderío sólo ellas recuerdan. Reflexiones como éstas se apoderan con fuerza de la imaginación después de atravesar los llanos de Otumba, en donde los mexicanos libraron una de sus más gallardas luchas contra la superior habilidad y armamento de sus invasores. No pudo menos de venírseme a la mente la descripción dada por Solía de ese llano —descripción con la que ine deleitaba de niño, mucho antes de que siquiera pudiera soñar en la suerte de visitar el lugar—, "con los rayos del sol jugueteando sobre los penachos de los guerreros mexicanos, adornados con plumas de mil colores", y el contraste entre la imagen que él trazó de tan brillante ejército con el estado de ignorancia, abandono y abyecta sumisión a que se han visto reducidos sus descendientes desde la Conquista. Cualesquiera que sean las ventajas que pueden derivar de los recientes cambios (cuya naturaleza sólo el tiempo puede determinar), los frutos de la introducción de nuestra cacareada civilización en el Nuevo Mundo han sido hasta ahora ciertamente amargos. En toda América se ha sacrificado a la raza indígena y no puedo descubrir que se haya dado en la Nueva España un solo paso para su mejoramiento. En la vecindad de la capital nada hay más desastroso que su apariencia; y a pesar de que, bajo una forma republicana de gobierno, deben gozar, cuando menos en teoría, de una igualdad de derechos con todas las otras clases de ciudadanos, en la época de mi visita parecían estar prácticamente a las órdenes de cualquiera, ya fuese oficial, soldado, eclesiástico o civil que quisiera honrarlos con su mando.

Salimos de San Juan a hora temprana del 31 de diciembre y comenzamos, no sin mucha curiosidad, a acercarnos a la capital. Casi inmediatamente fuimos complacidos con una vista del Valle de México, pero como el día estaba inusitadamente nublado, no se podían distinguir bien ni los lagos ni la ciudad. Después de bajar de la cordillera que forma el límite hacia el noreste y de viajar por una larga calzada de piedra que separa el lago de Texcoco del de San Cristóbal, llegamos a las doce del día a la puerta de Guadalupe, donde nos recibió el señor Alamán, ministro de Relaciones Exteriores. Este caballero, después de hacernos subir en una gran carroza que había sido de Iturbide y que el gobierno había destinado para nuestro uso, nos condujo a una casa en la Alameda o gran paseo público, preparada para recibimos, en donde nos dejó para que hiciéramos nuestros propios arreglos, después de rogarnos que nos consideráramos completamente como en nuestra casa y añadiendo que encontraríamos todo cuanto posiblemente pudiéramos desear.

Inmediatamente nos aprovechamos con gusto de tan inesperada cortesía, pues todo el equipaje pesado lo habíamos dejado en Jalapa, y sólo nos habían acompañado a la capital unas cuantas mulas,con nuestras camas, portamantas y una cantina. Esta es una disposición necesaria al viajar en México, ya que el paso ordinario de un arriero cuando las mulas llevan su carga completa de doce arrobas (300 libras) no excede de cuatro leguas por día; con una carga de 200 libras se mantienen sin dificultad al paso de un carruaje, y entonces son preferibles a cualquier otra forma de conducción para el equipaje, ya que no hay camino, por malo que sea, que las detenga, en tanto que para cualquier cosa sobre ruedas se presentan constantes dificultades.

Ninguno de los del grupo había sufrido enfermedad durante el viaje, y sin embargo todos nos encontrábamos sumamente fatigados al llegar a la capital. Hay algo al principio muy molesto en el clima de los trópicos, especialmente cuando, como en nuestro caso, se pasa de la vida sedentaria de un barco a otra de ejercicio repentino y violento. Había sido también demasiado dura para nosotros la transición del calor relajador de la costa a la atmósfera enrarecida de la Mesa Central. Habíamos desdeñado tomar las precauciones que generalmente adoptan los nativos al viajar, tapándose la parte inferior de la cara con un pañuelo blanco, y como consecuencia teníamos los labios partidos por el sol y por la peculiar agudeza del aire, de tal manera que por largo tiempo nos recordaron dolorosamente nuestro viaje. En todos los otros aspectos sólo podíamos recordarlo con placer. Habíamos atravesado un país visitado hasta entonces por muy pocos de nuestros compatriotas, y en el cual, a pesar de sus pocas bellezas, había muchas novedades que atrajeron nuestra atención, y habíamos recibido a cada paso las pruebas más inequívocas de que la comisión que se nos había encomendado era vista con muy buenos ojos por la gran masa de los habitantes. Muchos de ellos llamaban a este principio de un intercambio menos restringido con Europa "el segundo descubrimiento del Nuevo Mundo", y realmente eso era para nosotros, ya que en los tres últimos años obtuvimos más información respecto a América y mayor visión de las capacidades del país y del carácter de sus habitantes, que las conseguidas durante los tres siglos precedentes.

 

ESTANCIA EN LA CAPITAL Y REGRESO A LA COSTA

LA LLEGADA a México no nos dejó una idea muy favorable ni de la capital ni de sus alrededores. Por el lado de Otumba, el valle no posee ninguna de las bellas características tan sorprendentes hacia el este y el sur; ya que habiendo formado recientemente parte del gran lago de Texcoco, que durante la estación de lluvias se extiende hasta San Cristóbal, las aguas al retroceder han dejado una extensión árida, cubierta con una capa de carbonato de sosa. Con pocas interrupciones prevalece la esterilidad, desde la villa de San Juan de Teotihuacán hasta el convento de Guadalupe, en el que la Virgen de Guadalupe, patrona de México, ha establecido su sede. Es difícil decir a qué estilo arquitectónico pertenece este singular edificio, porque todas las pretensiones de uniformidad han sido destruidas por las capillas erigidas en la vecindad del edificio principal por los devotos más ricos de la Virgen, una de las cuales es muy sorprendente, pues fue mandada construir por alguien que quiso conmemorar haber escapado de un naufragio, y en consecuencia, se le ha dado en lo posible la forma de las velas de un buque.

La avenida que va desde Guadalupe hasta las puertas de la capital está trazada sobre la línea de una de las antiguas calzadas mexicanas; es ancha, está pavimentada en el centro y tiene una hilera de árboles a cada lado; pero el suburbio a que conduce no corresponde de ninguna manera a su magnificencia. Es sombrío y está desolado, ya que la población indígena que anteriormente lo ocupaba fue destruida por un mal epidémico, en tanto que sus casas, construidas meramente de adobe, se hallan enteramente en ruinas.

Tal escena no correspondía con la imagen de México descrita por Humboldt, y nos ocasionó por lo mismo una desilusión considerable, y tampoco nos convencían las seguridades recibidas de que no habíamos pasado por ninguna de las calles principales de la población en nuestro viaje desde la puerta, hasta que una vista de la espléndida calle de San Francisco, que desemboca en la Alameda cerca de la casa en que estábamos alojados, nos convenció de los inconvenientes de formarnos una opinión a la ligera. El segundo día hizo unos conversos de todos nosotros: en su transcurso tuvimos ocasión de visitar la mayoría de las partes centrales de la ciudad, y después de ver la gran plaza, la catedral, el palacio y las nobles calles que a ellos conducen, nos vimos obligados a confesar no solamente que las alabanzas de Humboldt se apegaban a la verdad, sino que entre las diversas capitales de Europa pocas podrían soportar ventajosamente una comparación con México.

En el estilo general de la arquitectura hay algo muy peculiar. Las calles son anchas, airosas y trazadas en ángulos rectos, de manen que mirando a dos cualesquiera de ellas, en el punto donde se intersectan, se domina una vista de casi toda la extensión de la ciudad. Las casas son espaciosas, pero bajas, y pocas veces exceden de un piso; los techos son planos, y como a veces se comunican uno con otro durante tramos considerables, vistos desde una elevación semejan terrazas inmensas, ya que se pierden en la distancia los parapetos que las separan. Pocos edificios públicos alcanzan la altura que estamos acostumbrados a ver los europeos en construcciones de tal índole. Esto se debe en parte a la dificultad de poner un buen cimiento en el Valle de México, donde se halla agua uniformemente a muy pocos pies de la superficie, y en parte a la frecuencia de los terremotos. Lo primero hace necesario que todos los edificios grandes se construyan sobre pilotes, en tanto que lo segundo, a pesar de que los sacudimientos casi nunca son severos, pondría en peligro la seguridad de edificio& muy altos, pues serían los primeros en resentir los efectos.

Todo el que ha residido en un clima meridional sabe cuánto tiende a acortar las distancias la pureza de la atmósfera; pero aun en Madrid, donde el cielo de verano es maravillosamente claro, nunca vi que se produjera dicho efecto en grado tan extraordinario como en México. Todo el valle está rodeado de montañas, que en su mayoría se hallan cuando menos a quince millas de la capital, y sin embargo, al ver a lo largo de cualquiera de las calles principales (particularmente en dirección de San Ángel o San Agustín), parece como si terminaran en una masa de socas, y éstas se alcanzan a ver tan bien, que en un día despejado se pueden observar todas las ondulaciones de la superficie, y contar casi los árboles y las pequeñas manchas de vegetación diseminadas sobre ella.

El aspecto general de la ciudad en la época en que llegamos era aburrido; excepto a temprana hora de la mañana, cuando las grandes calles se animaban vivamente, en particular las cercanas a la catedral y a la plaza mayor, en donde están situados el parián y las tiendas principales. En ellas encontramos muchos artículos de manufactura doméstica: sombreros y telas de algodón y de lana de la Puebla y de Querétaro; gran variedad de mantas de color, llamadas mangas y usadas como capas por la mayoría de la gente al cabalgar, y como substituto de cualquier otra clase de vestimenta por las clases bajas; piel, ingeniosamente labrada? de Guadalajara; así como monturas, espuelas, reatas y todos los arreos con que usualmente se desfigura al caballo mexicano. Todo lo anterior estaba concentrado en un solo punto; cerca del cual, en la calle de Plateros, había gran cantidad de orfebres. En otras partes de la ciudad ocasionalmente se encontraba uno con muebles estorbosos, como cabeceras de cama, armarios, mesas pintadas, barnizadas y trabajadas a gran costo, pero de forma muy burda y generalmente tan poco indicada para proporcionar comodidad como para servir de ornamento. Todas las otras cosas que contenían las tiendas parecían europeas, pero su existencia era escasa y el precio muy elevado. La naturaleza, por otra parte, como para compensar la carencia de los lujos del Viejo Mundo, parecía munífica en sus dádivas. Por muchos días después de mi llegada, no podía pasar frente a alguna frutería sin detenerme para admirar la variedad de frutas y flores que la adornaban. Durante la mayor parte del año hay abundancia de piñas, naranjas, plátanos, chirimoyas, melones, granaditas de China y mil otras deliciosas frutas, junto con peras, manzanas y todas las producciones de climas más septentrionales. Cierto es que muchos de esos frutos no se dan en la Mesa Central; pero siempre se debe tener presente que México, debido a la peculiaridad de su estructura geológica y a la forma como con la altitud modifica la temperatura en cualquier parte de su territorio, combina, a veces en un círculo de muy pocas leguas, la más grande variedad de climas. Por ejemplo, en el camino a Acapulco hay una bajada, tan súbita como la de las Vigas a Jalapa, que comienza a pocas millas de la capital, de manera que al llegar a los llanos de Cuernavaca se encuentra uno en una tierra caliente, con todas sus diversas producciones, de donde recibe México un abastecimiento constante y muy numeroso. En la Mesa Central se encuentran flores en todas las estaciones, pero particularmente de mano a junio, cuando brotan las rosas en tal profusión, que en los días de fiesta se ve regresar a cientos de hombres y mujeres, de las clases más humildes, cubiertos con guirnaldas de las chinampas. Los árboles, a su vez, conservan su follaje durante diez meses del año.

Con estas ventajas, el valle alrededor de la capital se podría convertir en un paraíso; sin embargo, casi no se ve una sola casa de campo, excepto en los pueblos de San Angel y San Agustín, que han sido casi abandonados desde el comienzo de la revolución. La principal característica en los pueblos más modestos es una pequeña capilla blanca, que, vista a distancia a través de los árboles, produce un bello efecto; pero al acercarse se rompe el hechizo, ya que usualmente no está rodeada más que de jacales en ruinas, que proporcionan techo a unas cuantas familias de indios, junto con todos sus animales, apiñados en el menor espacio posible. Sin embargo, hay paseos muy bonitos en diversas direcciones: Chapultepec y Tacubaya (de los que tendré ocasión de hablar más tarde) se encuentran a corta distancia; y tomando el camino del Paseo de las Vigas, se ven los restos de las chinampas o jardines flotantes que se encuentran a poca distancia del canal de Chalco. Me parece dudoso que hayan flotado alguna vez, pues lo cierto es que actualmente. todas están bien fijas, tan sólo rodeadas de una ancha zanja llena de agua, sobre la que se tiende un pequeño puente levadizo para mantener comunicación con tierra firme. No pudimos juzgar si era correcta la descripción que da Humboldt de sus bellezas, ya que, en enero, buscábamos en vano, naturalmente, las cercas de flores, que, según dice, las adornan; a nosotros nos pare cían meras huertas, y de hecho, de allí recibe la capital su principal abastecimiento de verduras. El jacal del propietario indígena, lejos de realzar los atractivos del escenario, es por lo general una miserable choza, aunque muy de acuerdo, en cuanto a su apariencia, con el aspecto escuálido y las andrajosas ropas de sus habitantes.

El canal de Chalco presenta un aspecto mucho más animado. Tanto por la tarde como por la mañana está cubierto de canoas, en que los nativos transportan las producciones de sus huertas —frutas, flores y verduras— al mercado mexicano. Chalco es un pueblo grande, situado sobre un lago del mismo nombre, como a veinte millas al sureste de la capital; el canal que conduce hasta allí es muy angosto. Las canoas más usadas son de dos clases: una de ellas es una trajinen impulsada con pértigas por hombres y que a veces conduce las pertenencias de dos o tres familias; y la otra, una canoa muy estrecha y ligera, como de doce pies de largo y apenas de suficiente anchura para dar cabida a dos personas sentadas cada una en uno de los extremos, con la pequeña provisión para el mercado apilada entre ellas. Las canoas son manejadas principalmente por mujeres, que usan un solo canalete, y, sin embargo, las impulsan sobre el agua a gran velocidad. Las gesticulaciones de estas damas, cuando se hallan animadas por un poco de pulque, de regreso a sus casas, su extrema volubilidad y la energía que despliegan en sus peleas con las tribus de chamacos que llevan consigo, forman un curioso contraste con su triste aspecto y su extrema taciturnidad en cualquier otra ocasión. Son, sin embargo, de una raza muy resistente y capaces de soportar grandes fatigas. Frecuentemente me encontré, al volver de mis paseos a caballo, largas filas de hombres y mujeres, todos cargados, los unos con canastas y las otras con un par de chamacos cada una, saliendo de México a las cinco de la tarde de regreso a sus aldeas, las cuales, después de preguntar, supe que se encontraban como a siete u ocho millas; y tal distancia la cubren en una hora y media, a un trote largo y continuo, que muchos de ellos pueden mantener por distancias considerables. Cuando se hace una pregunta al jefe se detiene todo el grupo, y una vez contestada, todos siguen adelante con el mismo paso uniforme.

Entre las muchas y curiosas escenas que presentaba México a fines de 1823, no sé de ninguna que nos haya impresionado más que la de la Alameda. Comparada con el Prado de Madrid, ciertamente estaba privada de su adorno más brillante: las mujeres, pues pocas damas de México, o ninguna, aparecen en público a pie; pero para compensar lo anterior, tenía el mérito de ser completamente diferente a cuanto pudiéramos haber visto antes. En domingo o en día de fiesta las avenidas estaban llenas de enormes carruajes, la mayoría sin muelles, pero sumamente barnizados y esplendorosamente adornados con extraordinarias pinturas en lugar de escudos de armas, y en cada uno de ellos iban sentadas dos o más damas vestidas de gran gala, que mataban el tiempo con un cigarro en attendant la llegada de alguno de los numerosos caballeros que se encontraban caminando o cabalgando cerca de ellas. Y no eran menos sorprendentes los jinetes: la mayoría estaban equipados con todo el atuendo de montar del país, que difiere únicamente del usado por las clases bajas en la riqueza de los materiales. Cuando se manda hacer para lucirlo en la capital, es sumamente caro. En primer lugar, los cuartos traseros del caballo están cubiertos con una capa de piel (llamada la anquera), a veces estampada y dorada y a veces ingeniosamente labrada, pero siempre, terminando en un ribete del que cuelgan pequeñas piezas de latón, de fierro o de plata, que producen un tintineo prodigioso a cada paso. La silla de montar, que forma una sola pieza con la anquera, y está adornada de una manera similar, se eleva en la parte delantera para formar una perilla incrustada, a la que se amarra en ese país el lazo; en tanto que la cabeza plateada de la brida va unida por medio de grandes ornamentos de plata al poderoso bocado árabe. A veces se usa una piel en la anquera: y aquélla, cuando es de la clase cara (como de piel de oso negro o de nutria) y está recamada, como lo está generalmente, con galones de oro y plata, hace que el valor de todo el equipo se eleve a cuatrocientos o quinientos dólares (alrededor de 100 libras esterlina)

Una silla de montar de cuero ordinaria cuesta de cincuenta a ochenta dólares. El jinete lleva puesto un sombrero mexicano, con una ala de unas seis pulgadas de ancho, ribete de encaje de oro o plata y copa muy baja; también lleva una chaqueta, igualmente bordada de oro o adornada con rica piel, y un par de calzones abiertos a la altura de la rodilla y que terminan en dos puntos considerablemente abajo de ella, de algún color extraordinario (verde chícharo o bleu céleste) y profusamente tachonados a los lados con grandes botones de plata. La parte inferior de la pierna va protegida por un par de botas de piel estampada de Guadalajara, singularmente envueltas alrededor de aquélla y sujetas a la rodilla con ligas bordadas; bajan hasta el tobillo; donde se encuentran con zapatos de una forma muy peculiar, con una especie de ala que se proyecta en el lado de la silla; y para completar lo anterior llevan espuelas (hechas en Lerma o en Toluca) de tal tamaño, que muchas de ellas pesan una libra y media, y cuando, por casualidad, su portador se ve forzado a desmontar, cada una de las rodajas deja huella en el suelo. Frecuentemente traen una manta o capa de montar colocada al frente de la silla y cruzada por detrás del jinete de manera que se vea la pieza circular de terciopelo verde o azul del centro, a través de la cual se pasa la cabeza cuando se usa la manga, que por lo general está bellamente bordada. El costo de todo el equipo, cuando la silla es de piel, con armas de agua de los mismos materiales, no es fácil de calcular y depende enteramente del gasto que la persona quiera hacer en el bordado. Una muy buena silla de montar puede comprarse en trescientos dólares. He sabido de casos en que se han pagado doscientos dólares por un par de botas de Guadalajara (trabajadas con plata), pero ochenta dólares se pueden considerar como precio bastante justo. Una chaqueta, no muy fina, costaría el doble. El sombrero cuesta veinte dólares; las calzoneras, si son finas, cincuenta o sesenta; las espuelas, con estribos de cuero bordado, veinte; la brida plateada, treinta y dos; en tanto que una manta de la clase más común no se puede conseguir por menos de cien dólares, y en caso de ser muy fina, no podrá comprarse en menos de trescientos. El caballo que generalmente se monta en tales ocasiones debe ser un braceador, gordo, zalamero y lento, pero sobre todo con mucho garbo en los brazos; lo que se cree que tiende a hacer lucir tanto más ventajosamente al animal como al jinete. El tour ensemble es sumamente pintoresco; y los paseos públicos de México perderán en gran parte su atractivo cuando el traje de montar de Inglaterra o el de Francia substituyan, como probablemente sucederá, al traje nacional de tan peculiar carácter.

La Alameda, situada casi en un extremo de la ciudad, se comunica con el Paseo Nuevo, ancha avenida de árboles, desde cuyo extremo se bifurcan los caminos a Chapultepec y a Tacubaya. El primero es un palacio de verano, construido por el famoso conde de Gálvez durante su virreinato, que se encuentra sobre una roca, hasta cuya falda se extendían anteriormente las aguas del lago de Texcoco. Nada más bello que su situación ni más maravilloso que la vista del Valle de México que desde allí se domina. El camino a Chapultepec está dividido por un acueducto que separa la porción destinada a las carretas y mulas de la destinada a carruajes y jinetes. La estructura del acueducto es sólida; consiste en novecientos arcos y el manantial que lo abastece produce el agua más clara y límpida vista por mí alguna vez. Al entrar a los jardines de Chapultepec, lo primero que llama la atención es el magnífico ciprés (sahino, ahuehuete o Cupressus disticha) llamado árbol de Moctezuma. Ya había alcanzado su madurez cuando el monarca estaba en el trono (1520), de manera que ahora debe tener por lo menos cuatrocientos años, y, sin embargo, conserva todo el vigor de la vegetación joven. El tronco tiene un perímetro de cuarenta y un pies, y su altura es tan majestuósa que hace que tan enorme masa se vea esbelta. Al examinarlo más de cerca, parece estar formado por tres árboles, cuyos troncos se unen tan íntimamente hacia la raíz, que se confunden en uno solo; sin embargo, esta circunstancia nos hizo preferir un segundo ciprés, no de circunferencia tan vasta como el primero (tiene treinta y ocho pies de diámetro), pero igual de añoso y de alto, y que se distingue por una ligera curvatura hacia la mitad del tronco, que le da una apariencia singularmente airosa. Ambos árboles están cubiertos, en parte, por una planta parásita (Tillandria usneoides) semejante al musgo largo y gris, que hace resaltar sorprendentemente sus oscuros follajes. Anteriormente los rodeaba todo un bosque de sabinos igualmente venerables; pero la revolución, que no perdonaba nada, no los respetó. Se acuarteló un destacamento de tropas en Chapultepec, que debido a su altura es una fuerte posición militar; y a pesar de que nunca fue atacado, estos bárbaros le causaron más daño que el que hubiera podido recibir al ser tomado por asalto. Cortaron cantidad de magníficos y añosos árboles para usarlos como leña, y como no se hacía caso de tan pequeños excesos en una época en que el desenfreno estaba a la orden del at lo sorprendente es que hayan escapado algunos. La vista desde la azotea de Chapultepec abarca en toda su extensión el valle de Tenochtitlán, con sus lagos y villas y sus campos extensamente cultivados, cruzados aquí y allá por rocas de las formas más extrañas, que a veces se encuentran aisladas y a veces se agrupan en manera tan singular que dan un carácter inusitado al paisaje. Más allá de ellas, la mirada descansa en las dos espléndidas montañas que forman el límite del valle hacia el sureste. La más distante de ellas, el Popocatépetl, es más alta que cualquier montaña de la parte septentrional de América, excepto el monte San Elías. El Iztaccíhuatl, mucho más cercano, tiene dos mil pies menos; pero, desde cualquier parte del valle que se las vea, destacan orgullosamente; y, por la tarde, es maravilloso observar el efecto de los últimos rayos de luz jugueteando en sus cumbres, mientras todo a su alrededor se hunde en la oscuridad.

En el interior de Chapultepec, no hay nada digno de mención, ya que las principales habitaciones no son ni espaciosas ni altas; pero el edificio, visto desde fuera, es hermoso, y sobre él se posa la vista con placer casi desde cualquier parte del valle.

El gran camino hacia Lerma y Toluca, que se bifurca hacia el suroeste desde Chapultepec, pasa a través de Tacubaya, villa como a cuatro millas de las puertas de la capital, que anteriormente era la residencia de campo del arzobispo de México. El palacio episcopal está situado sobre un lugar elevado, con una gran plantación de olivos y un jardín en tomo. Las ventanas de los cuartos principales dominan una extensión casi igual a la que se ve desde Chapultepec, pero todo el lugar tiene un aspecto desolado y triste, ya que se le ha descuidado por completo desde la revolución.

Entre los pocos edificios públicos de la ciudad de México que es preciso describir, la catedral es uno de los más espléndidos. Cubre un inmenso espacio de terreno, pero para quienes están acostumbrados a la hermosa imposta del arco que distingue a las antiguas iglesias góticas de Europa, nada puede substituir la falta de altura, que es, como ya lo he dicho, un efecto inevitable en la arquitectura mexicana. Se han prodigado las riquezas en el interior de la catedral; pero no hay nada grandioso o imponente en el efecto del conjunto. Su característica más sobresaliente es la balaustrada que ocupa el centro de la iglesia; está hecha de un metal llevado desde China (de donde proviene su nombre, metal de China), a través de las islas Filipinas, y que parece ser una aleación de latón y plata, maciza, pero no agradable; sin embargo, debe haber costado una suma muy cuantiosa, ya que se pagó por su peso en dólares. En el muro exterior de la catedral se encuentra una piedra circular, cubierta de jeroglíficos, con los cuales acostumbraban los aztecas representar los meses del año y que se supone formaba un calendario perpetuo. A poca distancia, hay una segunda piedra, sobre la que se ejecutaban los sacrificios humanos que tan frecuentemente maculaban el gran templo de México; se encuentra en perfecto estado de conservación y los pequeños canales para que chorreara la sangre, así como el hueco central, en que se insertaba la pieza de jade sobre la que descansaba la espalda de la víctima en tanto se le abría el pecho y se presentaba su palpitante corazón al gran sacerdote para que lo examinan, todavía le dan a uno, después de un lapso de tres siglos, idea muy viva del desarrollo de tan repugnante operación. Cualesquiera que sean los males que las conquistas de España hayan acarreado sobre el Nuevo Mundo, por lo menos la abolición de sacrificios tan terribles se puede registrar como beneficio que se confirió a la humanidad.

La catedral forma parte del lado norte de la Plaza Mayor. Otro lado completo está ocupado por el palacio que era antiguamente la residencia del virrey, pero en el que ahora se aloja el Poder Ejecutivo, los ministros que tienen allí sus oficinas y las principales cortes de justicia; de suerte que a todas horas presenta un aspecto muy animado. En el interior, la parte que más llama la atención es el jardín botánico, que era tan extenso como rico hasta antes de la revolución, cuando parte de él fue convertido en barracas para la guardia personal de los virreyes, a quienes la suerte de Iturrigaray enseñó la necesidad de tener constantemente a mano una fuerte escolta militar. Algunos de los especímenes más valiosos fueron removidos después por orden de la señora Calleja cuando fue virreina, para dejar lugar a ciertas verduras europeas por las que tenía especial predilección; pero en 1823 se suponía que el jardín aún conservaba casi trescientas especies de plantas poco conocidas en Europa. De ellas no intento dar ninguna descripción. Sin embargo, me impresionó mucho un árbol de tamaño considerable, llamado el árbol de las manitas (Cheirostemon platanifolium), que da una hermosa flor roja, cuyo centro tiene la forma de una mano con los dedos un poco doblados hacia adentro. En México solamente existen tres árboles de éstos: dos en el jardín botánico y otro, la planta madre, en las montañas de Toluca, donde se descubrió accidentalmente. Las mismas montañas producen una especie muy rara de cactácea, que ha sido igualmente trasplantada al jardín botánico. Tiene la forma exacta de una cabeza de anciano, ya que está cubierta de un pelo largo y gris que oculta completamente las espinas; se cultiva en cajas rellenas de pedazos de la escoria entre la que originalmente se encontró. En el jardín abundan los colibríes? que se alimentan de la flor del árbol de las manitas y que para el visitante europeo realzan aún más lo novedoso del cuadro.

Como la mayoría de las poblaciones españolas, México abunda en iglesias y conventos, cuyos interiores son espléndidos, en especial el de la Profesa y el gran convento de San Francisco. El colegio de Minas es igualmente un magnífico edificio, cuyo diseño hace honor al gusto del arquitecto (el célebre Tolsá); aunque, debido a algún defecto radical en su ejecución, toda la estructura está deteriorándose. Se supone que los pilotes sobre los que se pusieron los cimientos no se sumergieron hasta la profundidad especificada en el contrato, como consecuencia de lo cual toda la superestructura ha cedido y la planta baja se ha hundido por abajo del nivel de la calle. Es muy triste ver completamente fuera de la perpendicular tan magníficas hileras de columnas, de ventanas y puertas, y las paredes y las escaleras cuarteándose en todas direcciones. También se están cayendo el techo en algunos lugares y casi en todas partes los cielos rasos, y unos cuantos años completarán la destrucción de tan noble edificio, que debería servir de monumento a la riqueza y munificencia de los mineros de la Nueva España, a cuyas expensas fue erigido. La colección de minerales que tiene el colegio es rica, pero está completamente desordenada; como lo están los modelos y los instrumentos, aunque parece ser que se ha prestado un poco más de atención a éstos. Se hallan a cargo de un profesor que imparte alternadamente las cátedras de química y mineralogía, anteriormente muy concurridas. Sus oyentes se reducen ahora a dos o tres solitarios alumnos, y lo sombrío de los vastos departamentos interiores corresponde bien con el ruinoso estado del exterior.

Con mucho, la parte más desagradable de México, a fines de 1823, era su población de léperos (lazzaroni), que convertían los suburbios en una escena continua de miseria y suciedad. Veinte mil de tales léperos infestaban las calles en ese tiempo, exhibiendo una imagen de infortunio que no pueden reflejar fielmente las palabras. La extraordinaria fealdad natural de los indígenas, particularmente de los entrados en años, resaltaba aún más por la repugnante combinación de suciedad y harapos. No llevaban vestido alguno: una cobija llena de agujeros para el hombre y unas enaguas andrajosas para la mujer constituían todo el atuendo; y el aspecto de sus personas, como consecuencia natural de tal escasez de vestimenta, era realmente intolerable para un extraño. Sin embargo, entre esas degradadas criaturas se encuentran hombres dotados de facultades naturales, que apropiadamente dirigidos, pronto cambiarían su situación por otra muy diferente. Las figuras de cera, familiares para la mayoría de la gente de Londres debido a la exposición de Bullock, son hechas en su totalidad por los léperos, con los instrumentos más primitivos. Algunas de ellas están bellamente terminadas, en particular las imágenes de la Virgen, que en su mayoría tienen una dulce expresión en el semblante, y que inicialmente se deben haber copiado de algún cuadro de Murillo, pues es difícil creer que los hombres que las hacen puedan haber nunca imaginado tal rostro. Creo que es Humboldt quien señala que las facultades de la raza cobriza se limitan a la copia; ciertamente, en eso no tienen rival, ya que mientras estuvo abierta la academia de San Carlos (una institución muy liberal, pues se daban clases de dibujo y de modelado en las que el erario proveía todo lo requerido para uso de los alumnos), algunos de los estudiantes más prometedores se contaban entre los menos civilizados de la población indígena. Para usar las palabras del profesor que estaba a la cabeza del establecimiento, parecían dibujar por instinto y copiar con la mayor facilidad cualquier cosa que se les pusiera enfrente; pero no tenían perseverancia y pronto se cansaban de las pocas restricciones impuestas por los reglamentos de la academia, y desaparecían, después de unas cuantas lecciones, para no regresar más. Todavía está por verse si acaso con un mejor sistema de gobierno se puede hacer algo por una clase de hombres compuesta de elementos tan heterogéneos. En 1824 no eran más que una calamidad pública. Difícilmente se podía andar por los barrios de que ellos estaban posesionados en las poblaciones; y si no hubiese sido por la extrema pureza del aire, la acumulación de suciedad frente a sus puertas infaliblemente hubiera producido una peste. El temor de meternos por error en sus territorios, lo que aconteció una o dos veces al regreso de largas excursiones, nos orilló a preferir posteriormente el camino de Tacubaya a cualquier otro. porque conducía inmediatamente al campo abierto y proporcionaba comunicación fácil con las espaciosas avenidas que en diversas direcciones parten de la puerta de Chapultepec, casi por dos leguas alrededor de la ciudad.

Es innecesario hablar aquí del estado de la sociedad en 1824. ya que vimos a la capital en circunstancias muy desfavorables. La guerra civil, sestenida con sin igual crueldad por ambos bandos. desoló el país durante trece años; y a pesar de que la contienda con España ya se había decidido hacía tiempo, los disturbios surgidos a consecuencia del ascenso de Iturbide al trono habían terminado sólo unos cuantos meses antes de nuestra llegada. La forma de gobierno por adoptarse todavía no se había determinado, ya que, aunque las provincias se habían unido en un cordial repudio del yugo de la metrópoli, prevalecían grandes diferencias de opinión respecto a la conveniencia de substituir su autoridad por una república central o federal. La composición del Ejecutivo era excesivamente singular: lo formaban los generales Victoria, Bravo y Negrete, y como cada uno de ellos estaba ocupado de diferentes comisiones en el interior, los remplazaba un substituto nombrado por el Congreso, que ejercía la autoridad suprema, junto con sus colegas, en tanto no regresara el propietario (el miembro originalmente nombrado) a la capital. Los substitutos, en enero de 1824, eran los señores Michelena y Domínguez, más el general Guerrero, quien condujo los asuntos del país durante algún tiempo. No era tarea fácil para un gobierno así constituido frenar el espíritu licencioso generado en la guerra civil; y, consecuentemente, había desorden en la apariencia de las tropas y no poca insubordinación por parte de los oficiales, de lo cual proporciona un ejemplo memorable la insurrección de Lobato. Se encontraron los medios para reprimir tanto éste como otros intentos similares para resistir la autoridad del Supremo Gobierno, pero el tiempo era indispensable para borrar los desmoralizadores efectos de la revolución, y todo se hallaba todavía en estado incipiente. Las calles de la capital no tenían alumbrado; el pavimento estaba destruido en muchos sitios y cerradas las casas principales; en tanto que la apariencia general de la población era señal de pobreza y desgracias. Casi no había un solo extranjero residente, con excepción de dos caballeros (el señor Ruperti, de la casa de Creen y Hartley, y el señor Staples) que se habían establecido en la ciudad de México unos cuantos meses antes de la llegada de nuestra comisión. El comercio estaba en completo estancamiento, pues la mayoría de los antiguos capitalistas españoles habían salido del país y no se había abierto ningún nuevo canal de comunicación con Europa para remplazarlos. Las minas estaban igualmente abandonadas, y los innumerables individuos que dependían para su subsistencia de estas dos grandes fuentes de prosperidad nacional se veían reducidos a la indigencia más absoluta.

Los efectos de tal estado de cosas eran sentidos por todas las clases sociales, ya que la consecuencia de la desgracia general era una gran depreciación en el valor de las producciones agrícolas; y muchos hacendados, cuyos ingresos, en tiempos mejores, excedían de cincuenta y sesenta mil dólares, se vieron obligados a residir constantemente en sus haciendas, por la imposibilidad de establecerse en la capital. Sin embargo, las semillas de la prosperidad futura existían, y resultaba evidente que el tiempo y la tranquilidad era lo único que hacía falta para hacerlas madurar. Todas nuestras indagaciones tendían a crearnos una alta opinión de los recursos del país; y después de la Independencia, el deseo general y más vivo de la población parecía ser la paz. Por consiguiente, me alejé de la capital, en donde mi estancia no excedió de tres semanas, con la convicción de que si fuese mi destino volver a visitarla, encontraría las cosas en un estado muy diferente; y no sin satisfacción recuerdo la manen en que los sucesos subsecuentes justificaron tal creencia.

Antes de dejar México tuve oportunidad de verificar la naturaleza exacta de las sensaciones producidas por un terremoto, y no puedo decir que las haya encontrado suficientemente agradables como para desear que se repitieran con frecuencia. En la mañana del 14 de enero de 1824 experimentamos una sacudida de lo más desagradable, que duró unos seis segundos: el movimiento fue perpendicular y no horizontal, y los diversos ruidos que lo acompañaron, el crujir de las puertas, el golpeteo de las ventanas y el triste ladrido de los perros, que usualmente son los primeros en sentir y anunciar la proximidad de un temblor, fueron muy a propósito pan alarmar inclusive al menos tímido. La primen sacudida, que ocurrió a las cuatro de la mañana, fue seguida por otras que, a pesar de ser muy suaves, sirvieron para conectarla con una segunda muy fuerte, que tuvo lugar al amanecer. Se contaron otras diecisiete vibraciones durante las siguientes veinticuatro horas, tan suaves como para hacerlas casi imperceptibles a los extranjeros; después cesaron, y desde entonces no he experimentado nada igual. Los temblores casi nunca causan daños serios en México; a veces una o dos iglesias pierden un poco su perpendicularidad, pero sus efectos frecuentemente no van más allá. El pasado no es ninguna garantía para el futuro, ciertamente, en un país que tiene abundantes vestigios de grandes erupciones volcánicas; y sin embargo, lo capacita a uno para enfrentarse a un terremoto incipiente con cierta compostura infinitamente mayor a la que, por lo menos yo, pudiera sentir en circunstancias similares en Caracas o sobre las ruinas del Callao. Los nativos son más sensibles que los extraños a las sacudidas ligeras y se alarman más; en tanto que los animales dan muestras evidentes de inquietud cuando sienten su proximidad.

Habiendo hecho una relación tan detallada del primer viaje de la comisión entre Veracruz y la capital, no me será necesario decir más con respecto a mi regreso a la costa, excepto que, sin el estorbo de un carruaje, lo pude hacer en un tiempo muy corto. Llevé conmigo unas cuantas mulas con muy poca carga y dos buenos caballos para mí y para mi sirviente. Mi escolta, que se hacía indispensable por la situación inestable del país, cambiaba en cada uno de los pueblosque pasábamos, de suerte que viajaba con gran rapidez. Tomé el camino de la Puebla (para entonces ya se habían calmado completamente los disturbios), y mi primera etapa alcanzó hasta la venta de Córdoba, como a ocho leguas de México, pues había salido de la ciudad ya muy entrada la tarde. El segundo día llegué hasta la Puebla; el tercero, a Ojo de Agua; el cuarto, a Perote; el quinto, a Jalapa, donde pasé la mañana del sexto día, y desde donde llegué a Veracruz en veinticuatro horas, incluyendo unas cuantas de descanso en Plan del Río y Puente del Rey. Encontré al Thetis todavía anclado, pero no me pude embarcar debido a un violento norte que, así como otras circunstancias, me obligó a permanecer en Veracruz casi por una semana. Afortunadamente, la estación era salubre y habían cesado los disparos desde el castillo por haberse suspendido las hostilidades, cansadas ambas partes de una contienda tan sin objeto. Me alojé en la casa del señor Smith (quien después fue nombrado vicecónsul de Su Majestad), que estaba directamente frente a la gran batería de San Juan de Ulúa y, por la cantidad de balas que la habían atravesado, presentaba huellas evidentes de la precisión con que los cañones habían estado apuntando hacia la ciudad. Debe haber sido una residencia muy incómoda, por lo que pude apreciar una tarde, al abrir fuego las baterías durante mi estancia; fue un efecto lo bastante desagradable como para haberme inducido a buscar inmediatamente otro alojamiento, pero la violencia del norte que soplaba hacía imposible pensar en un cambio de morada. Nada más triste que el aspecto de Veracruz durante uno de esos vientos. El aire está lleno de arena y el cielo cubierto de nubes negras, en tanto que las olas se arrojan con tal ímpetu contra la playa, que toda la costa parece una capa de espuma. Queda suspendida toda comunicación entre los buques y la ciudad, aun con los que se encuentran anclados bajo los muros del castillo, que no están a más de media milla de la cabeza del muelle. La rapidez con que llegan estas galernas es igual a su violencia. Una suave brisa del norte es el primer indicio de su proximidad, y si hay botes en el mar o en la playa, no se debe perder un solo momento para ponerlos a cubierto. Cinco minutos después he visto a toda la tripulación de un bote desplegar en vano toda su fuerza a fin de mantener la proa hacia el mar; a veces lograban llevarlo a través del agua poco profunda más allá de Punta Mocambo, pero tan pronto como se confiaban a sus remos eran regresados y se veían obligados a abandonar el intento. El único consuelo en tales ocasiones es pensar que en tanto dura el norte no hay peligro al encontrarse en tierra. Purifica la atmósfera y parece destruir por un tiempo las semillas de esa terrible enfermedad, el vómito, que en otras estaciones ha demostrado ser tan fatal para los extranjeros en toda la costa oriental de la Nueva España. Esta fiebre, muy similar a la peor especie de fiebre amarilla común en las Antillas, toma su nombre de uno de sus síntomas, el vómito prieto, que precede usualmente a la muerte. En Veracruz se ha buscado su causa en las peculiaridades locales de la ubicación, y hay muy poca duda de que las emanaciones de los pantanos contiguos a la ciudad contribuyan a aumentar la virulencia del mal. Pero en el Golfo de México, el vómito ha hecho su aparición dondequiera que un grupo de europeos se haya congregado para comerciar. En Tampico, donde se conocía muy poco, o donde por lo menos prácticamente no se le hacía caso antes de 1821, domina casi como en Veracruz; y ya que Nueva Orleáns está sujeta a él durante los meses calurosos del año, es probable que toda la línea costera intermedia se encuentre expuesta a este azote cuando la llegada de los extranjeros ponga en actividad la malaria latente, que parece no actuar con tanta violencia sobre los nativos. En ellos produce fríos, de los que muchos sufren durante los meses de verano y a los que son igualmente susceptibles los europeos que han sobrevivido al vómito; en tanto que a otros los conduce a una fiebre biliosa de naturaleza tan virulenta que, a menos que se empleen inmediatamente los remedios más poderosos, es muy poco lo que puede hacer la medicina. Quienes sobreviven, el quinto día están casi fuera de peligro, si tienen la energía suficiente para soportar su convalecencia; pero se presenta una postración tal, que frecuentemente la naturaleza falla en el momento en que se sienten las mayores esperanzas de recuperación.

Una peculiaridad de esta enfermedad es la facilidad con que se contrae. Se han dado casos de individuos que ni siquiera atravesaron la población de Veracruz, sino que fueron transportados en litera por la playa y tomaron el camino a Jalapa un cuarto de hora después de haber abandonado el barco, y quienes, no obstante, se llevaron con ellos las semillas del mal y murieron de él en el camino. Sin embargo, yo me inclinaría a pensar que deben haber sido personas de disposición particularmente nerviosa, cuya misma angustia los exponía a un peligro adicional, creándoles gran irritación mental y, con ello, predisposición a la fiebre. Ciertamente no deben eliminarse las precauciones, pero las mejores son la templanza y la abstinencia de vino durante el viaje, a fin de que se fortalezca el cuerpo antes de llegar a la costa. También debe evitarse cualquier estancia innecesaria en Veracruz, y demasiada exposición al sol; pero en todos los otros aspectos, un partidario de la predestinación tendría mayores probabilidades de escapar que un hombre demasiado ansioso de apresurar los preparativos para su salida en un país en donde, sin ejercitar la paciencia un poco más allá de lo ordinario, es muy poco lo que puede hacerse. Se supone que al llegar al nivel del Encerro cesa todo peligro de infección. Por lo menos es cierto que el vómito nunca se propaga entre los habitantes de Jalapa o entre los de las villas situadas en las partes altas del camino a dicho lugar, en el que a vetes se detienen a morir los viajeros más pobres. A veces se sienten sus estragos hasta en Plan del Río; es probable que allí la enfermedad sea nativa, como lo es en Veracruz, ya que Humboldt niega que se pueda comunicar por infección o por contagio y dice que no hay nada en el aire del cuarto de un hombre enfermo que pudiera hacer peligrosos, para los que están a su alrededor, los miasmas que de él se pudieran exhalar. Sea como fuere, el enrarecimiento del aire en las regiones más altas las exime de tales visitas; y aunque el mal pueda resultar fatal para el paciente, nunca se ha sabido que se extienda a los que lo atienden.

Sin embargo, una vez contraído el mal, el traslado a una región más salubre no sirve de nada; el vómito sigue su curso con igual violencia en Jalapa que en la costa, y el resultado depende enteramente de las fuerzas del paciente. En general, se observa que los de apariencia más robusta son los primeros en ser atacados: las mujeres son menos susceptibles a él que los hombres y creo que no se ha sabido de ningún niño que haya sido afectado. También hay una diferencia entre los habitantes del sur de España o de Italia y otros europeos; son atacados por el mal menos frecuentemente los primeros, en tanto que se ha sabido de muy pocos nativos de un clima nórdico que al residir durante algún tiempo en Veracruz escapen de contraer el vómito. Al igual que la viruela, casi nunca da dos veces a la misma persona. Quienes sobreviven al primer ataque, particularmente si fue muy fuerte, se consideran aclimatados y ya no estiman necesaria ninguna precaución. Los habitantes de la Mesa Central de México son aún más susceptibles que los extranjeros a ser atacados por el vómito al visitar la costa. Ello se debe probablemente a la transición tan repentina: la rapidez de la bajada desde Perote no da tiempo al cuerpo para acostumbrarse al calor húmedo de los trópicos, tan diferente de la atmósfera seca y enrarecida del país más alto; todos los poros se abren a la vez y por fuerza la general relajación del sistema los hace especialmente susceptibles al mal. Pocos de los arrieros del interior bajan más allá de Jalapa durante los meses calientes (desde fines de abril hasta principios de octubre) y cuando lo hacen es lamentable ver a los pobres desventurados muriéndose en el camino, como me ha tocado verlos en más de una ocasión. Cuando ya no pueden montar en sus mulas, se tienden bajo el primer árbol o arbusto que los resguarde de los rayos del sol, se envuelven la cabeza con su sarape y afrontan su suerte con esa resignación que, en todas partes del Nuevo Mundo, parece ser característica de la raza indígena.

Durante esa estación, los correos del gobierno son relevados en Jalapa y nadie piensa en visitar la tierra caliente, a menos que se vea obligado por negocios de naturaleza muy apremiante. El comercio está casi estancado; y sólo cuando se aproxima el equinoccio de verano entran los negocios de nuevo en alguna actividad. Desde mediados de octubre hasta fines de marzo, en caso de que el invierno no sea desusadamente benigno, Veracruz, a pesar de no ser nunca un lugar seguro, se convierte por lo menos en una residencia no muy peligrosa.

Los nortes, aunque inconvenientes para los buques,. son infinitamente preferibles a la destrucción casi cierta de la tripulación que traería aparejada la fatiga producida al descargar un barco mercante durante el verano; y mientras duran, casi no se ha sabido que comience la estación insalubre. Es cierto que se han dado casos de muerte por vómito durante los meses de noviembre y diciembre, pero son muy raros, y de investigarse probablemente se encontraría que se debieron a alguna exposición imprudente o algún exceso por parte del atacado. En un año ordinario yo no me opondría a pasar por Veracruz en cualquier fecha entre octubre y mano; de hecho, creo que con las debidas precauciones esto se podría hacer sin mucho riesgo más entrado el año. Las personas con más probabilidades de sufrir serían los sirvientes y otros de su clase, a. quienes frecuentemente no se les puede inducir a prepararse antes del desembarco, y que, una vez en tierra, son o demasiado aprensivos o innecesariamente imprudentes. Entre ellos, la mortalidad es a veces muy alta. En 1826, cierto número de franceses, en su mayoría de la clase baja, que habían ido a Veracruz pour chercher fortune, fueron atacados inmediatamente; y la falta de hospitales, pues no han sido reorganizados apropiadamente desde la revolución, hizo doblemente rápido el progreso de la enfermedad.

En noviembre de 1826, el señor Oxley, caballero que había estado viajando durante algún tiempo por México por cuenta de algunas grandes casas de Manchester, murió de vómito en Veracruz, después de haber demorado deliberadamente su partida de la capital de julio a octubre, tratando de elegir el tiempo más favorable para ella.ejemplo de los efectos del clima cuando resulta inevitable la exposición al sol. Como consecuencia de ciertas demoras para terminar las máquinas de vapor de Real del Monte, la expedición encargada de la tarea de conducirlas país adentro, a las órdenes del capitán Colquhoun, no llegó a Veracruz hasta comienzos de la estación insalubre; y quince hombres del pequeño grupo tuvieron que ser enterrados cerca del lugar donde se desembarcó la maquinaria. Por supuesto que el intento de llevarla tierra adentro fue pospuesto hasta el comienzo del invierno, pero es triste reflexionar sobre el desperdicio de vidas ocasionado por un pequeño error de cálculo con respecto al tiempo en este lado del Atlántico.

Es completa mi ignorancia del sistema de tratamiento adoptado en Veracruz en casos de vómito. Los nativos no recurren de buen grado a las violentas medidas habituales en las Antillas que, cuando el paciente es bastante fuerte para soportarlas, indudablemente cortan de raíz la enfermedad. Generalmente emplean medicamentos de carácter menos enérgico, tales como aceite de oliva e infusiones de varias clases, que no son muy efectivos como remedios, pero cuando menos no hacen daño. En tales casos, el paciente, si sobrevive, debe su recuperación a la calidad de su propia constitución. Tal es, por lo menos, el sentir de nuestros médicos ingleses, aunque he visto que las constantes sangrías y el uso aún más abundante del calomel, que soportan nuestros marineros en Jamaica, han sido inmediatamente fatales al probarse en la constitución menos robusta de un español. Todavía no ha practicado su profesión en Veracruz ningún eminente hombre de ciencia. Un médico americano, que tuvo mucho éxito durante la primera parte de 1826, fue víctima de la enfermedad al final de la estación; y ni él ni nadie más ha explicado suficientemente la razón del cambio que la reciente afluencia de extranjeros ha producido en la proporción del número de muertes en relación con el de las personas atacadas por la fiebre, que Humboldt señala no haber excedido de dieciséis en cien, en el mejor de los hospitales de Veracruz (en 1804). Creo que el vómito se ha hecho más peligroso, en general, desde que los nativos de tantas partes del norte de Europa se han visto expuestos a sus efectos; conozco, sin embargo, casos de personas que han escapado y cuya salud general inclusive ha mejorado como consecuencia de la temible crisis padecida.

El señor Carrington, quien fue a México en abril de 1826 y que después residió casi un año conmigo, se sobrepuso al vómito en Jalapa, siguiendo un tratamiento negativo de esta naturaleza. Llegó allí en estado de delirio, pues había sido atacado por el mal en el camino, e inmediatamente fue obligado por el ventero a tomar un gran vaso de aceite y de jugo de limón. Probablemente su juventud (únicamente tenía diecinueve años) y sus buenas costumbres corporales contribuyeron con más eficacia a salvarlo, lo que ocurrió después de una dura lucha.

Ni los nativos de Veracruz ni la población negra están expuestos al vómito. Por nativos no quiero decir los habitantes de toda la provincia (pues los que viven en las faldas de la cordillera temen un viaje a la costa tanto como quienes bajan directamente desde la Mesa Central), sino los nacidos en la ciudad de Veracruz o en la tierra caliente inmediatamente aledaña. Éstos parecen gozar de una exención especial de los peligros del clima y, por extraño que parezca, no la pierden aunque se alejen a temprana edad de su litoral nativo y pasen varios años en países cuyos naturales no pueden soportar el calor de los trópicos sin peligro inminente. Conozco a un joven dé familia veracruzana muy respetable, que después de recibir su educación en París, Hamburgo y Madrid, regresó a Veracruz en el peor período de la estación insalubre de 1821 (que fue sumamente violenta), tras una ausencia de diez años, y permaneció allí, sin la menor aprensión de peligro, durante casi seis semanas. Si la regla es general o si su caso ha sido una acepción, debida probablemente a que se sentía libre de cualquier temor, lo que le daba la convicción de su propia seguridad, es cuestión que bien vale la pena investigar; la opinión general del país se inclina decididamente a favor de la primera suposición.

Me he visto obligado a entrar en detalles que por derecho corresponden a un período posterior al comprendido en esta sección, por mi deseo de relatar hilvanadamente todos los hechos que me son familiares con relación a un mal cuya naturaleza será sumamente importante conocer, a medida que nuestro intercambio comercial con México se haga más intenso.

Es de esperarse que el tema atraiga pronto la atención de alguna persona competente; pues aunque casi no es posible esperar que el arte logre hallar remedio para un mal cuyas semillas parecen encontrarse en la acción del sol sobre la masa vegetal en descomposición, como sucederá en un clima tropical dondequiera que haya agua, no puede dudarse de que sus efectos sobre la constitución humana se volverán menos peligrosos conforme se le conozca mejor. Grande será por cierto el beneficio hecho a la humanidad por aquel a quien primero se deba el mérito de encontrar un tratamiento, aunque sea moderadamente eficaz. Por fortuna, sus estragos se hacen sentir exclusivamente en la tierra firme, ya que pocos o ninguno de los barcos en que se hayan tomado las precauciones ordinarias y cuyos. hombres no se hayan expuesto innecesariamente han sufrido la fiebre.

Lo anterior se ha observado sobre todo en nuestros barcos de guerra, muchos de los cuales han permanecido anclados en Veracruz, en diferentes ocasiones, durante cinco o seis semanas, y a pesar de ello han zarpado con un limpio certificado de sanidad. En barcos en que se han presentado casos aislados de vómito, éste no se ha propagado a bordo sino cuando varios de los hombres han estado expuestos a la acción de causas similares de excitación, en cuyo caso el propio buque se convierte en último término en un foco o receptácub de los miasmas que se supone propagan el mal. La tripulación toda queda expuesta entonces al mayor de los peligros; pero tales casos son sumamente raros, y con la atención que ahora se presta a la ventilación y la limpieza más bien se puede esperar que disminuyan y no que aumenten. El Thetir sepultó únicamente a un hombre durante las siete semanas que permaneció anclado en Sacrificios, y ese hombre murió de una enfermedad del corazón.

El 5 de febrero de 1824 regresé a bordo y zarpamos para Inglatem la misma mañana. Al cruzar el Golfo nos topamos con un fuerte norte, cuyos efectos fueron mucho más desagradables que el mismo temporal, pues agitó de tal manera las aguas que posteriormente no tuvimos momento de quietud durante varios días. Todavía recuerdo con placer el alivio que experimentamos tras haber pasado cinco días completos con nuestros cuadros de popa a veces bajo el agua, al deslizamos frente al Morro y entrar en la magnífica bahía de La Habana, donde no se observaba el menor rizo en la superficie ni se sentía tampoco el más mínimo movimiento del buque. Para un marinero novato como yo, la transición a tan perfecto estado de quietud fue inexpresablemente deliciosa, y tres viajes subsecuentes no me han hecho olvidarla.

Hicimos diez días de Veracruz a La Habana y estuvimos otros diez en la isla, no obstante lo cual anclamos en la escollera de Plymouth el 17 de marzo, después de una travesía de veintiún días. Pocos buques han hecho el viaje en tan corto tiempo. únicamente estuvimos treinta y un días en el mar entre Veracruz y Devonport.

 

 

SEGUNDA VISITA A MÉXICO EN 1825. ESTADO DE LA PUEBLA.

DESCRIPCIÓN DE HUEHUETOCA Y TEXCOCO. RUTA A

CUAUTLA DE AMILPAS

Pasé todo el verano y el otoño de 1824 en Inglaterra, pero en diciembre recibí órdenes de prepararme de inmediato para mi regreso a México, donde posteriormente tuve el honor, junto con el señor Morier, de que se me confiara la negociación del tratado que el gobierno de Su Majestad tenía la intención de celebrar con la Nueva España, así como con los otros estados sudamericanos.

El 8 de enero de 1825 salí de Londres y el 18, después de haber demorado varios días nuestra partida de Devonport a causa de los vientos contrarios, nos embarcamos a bordo del Egeria, buque de Su Majestad al mando del capitán Roberts, y comenzamos, por segunda vez, una travesía, que, según supongo, en unos cuantos años se convertirá en algo tan común como es ahora la travesía de Dover a Calais. Considerando el tamaño del buque, nuestro grupo era incómodamente grande, pues además de la señora Ward, del señor Ball y del doctor Wilson, que, junto conmigo, éramos los pasajeros para México, estaban el coronel Campbell y otros dos caballeros pertenecientes a la misión en Colombia, a quienes el Egeria tenía órdenes de desembarcar en Cartagena, etapa en el camino a Bogotá. Solamente a fuerza de muy buen humor, de amabilidad por parte del capitán Roberts y de un espíritu de mutua comprensión entre todos los otros miembros del grupo pudimos por fin acomodarnos, y cuando llegamos a latitudes más calurosas sufrimos no poco los efectos de ir tan aglomerados.

Tuvimos muy mal tiempo al principio de la travesía, pero lo dejamos atrás al salir del golfo de Vizcaya y llegamos a Madeira a la octava mañana después de nuestra partida de Devonport. Estuvimos allí sólo veinticuatro horas. Salimos de Funchal y tardamos veintiún días en llegar a Barbados, donde hay muy pocas novedades o bellezas que describir; pues aunque las plantaciones de cocoteros en la playa son bastante pintorescas, al aproximarse a la población el efecto se destruye por la mescolanza de casas inglesas del peor estilo con las producciones de un clima al que están particularmente mal adaptadas. Nada más incómodo, en un día caliente y húmedo, que los pequeños cuartos entarimados, las ventanas de guillotina y los estrechos pasillos en que se divide una morada de éstas; sin embargo, tanto en Gibraltar como en las Antillas, parece que hemos preferido este sistema de completo trasplante arquitectónico a la adopción de los porches y corredores de nuestros vecinos españoles y franceses. En las residencias campestres de los plantadores se observa más gusto y tiene mejor idea de la comodidad; pero en el poblado solamente la población negra y un cielo brillante sirven para indicar que lo separan a uno de Inglaterra 37 grados de latitud y unos cuantos miles de millas de mar.

Cinco días a la vela nos llevaron de Barbados a Cartagena, el lugar más caliente, aburrido, seco y sombrío que me haya tocado ver. Sin embargo, se dice que no es insalubre, y a pesar de ser muy frecuentado por los extranjeros, se han presentado muy pocos casos del vómito que tanto prevalece en Veracruz. El mal que mostró ser tan fatal pan el Scylla en 1826 (perdió en Cartagena a su capitán, a dos tercios de sus oficiales y a casi toda la tripulación), se supone que se haya originado a bordo, ya que se ha comprobado que en ese tiempo no existía la enfermedad en la población. Esta exención se debe probablemente a lo extremadamente seco de la atmósfera, en comparación con la de la costa mexicana. Cuando estuvimos en Cartagena se decía que no había llovido en dos años y los pantanos cercanos a la población estaban casi secos. El coronel Campbell se separó aquí de nosotros para comenzar su viaje corriente arriba por el Magdalena. Por su descripción del calor, las privaciones y las molestias. ocasionadas por insectos de todas clases que se deben soportar durante las seis semanas de reclusión a bordo de una de las largas lanchas fluviales en que se efectúa el viaje hasta Honda antes de comenzar la subida a Bogotá, parece evidente que se debe empezar a contar una nueva época en la diplomacia desde el inicio de nuestras comunicaciones con el Nuevo Mundo. Hasta entonces se consideraba una especie de métier bastante fácil y de lujo; pero un diplomático en América necesita tanta resistencia como cerebro, pues debe tener habilidad lo mismo para soportar gran cantidad de trabajo muy laborioso como para manejar una negociación delicada. El coronel Carhpbell gozaba la bendición de poseer una constitución de hierro, y ejecutó por segunda vez, perfectamente a salvo, lo que para muchos hubiera constituido una ardua tarea; pero uno de los caballeros que lo acompañó (el señor Wood) sucumbió víctima del clima, en un viaje desde Guayaquil —lugar donde residió como cónsul cena de un año— hasta Quito. Desde Cartagena no tocamos tierra hasta avistar la isla de Pinos (frente a la costa de Cuba), pues el capitán Roberts se había mantenido expresamente al sur de los cayos de Pedro para evitar Port Royal. Particularmente en una estación rica e insalubre, pocos de los barcos que navegan a las órdenes del almirantazgo gustan de pasar demasiado cerca de una capitanía, donde existe la posibilidad de ser detenido y la certeza de verse obligado a pagar diezmo por cualquier carga que se haya conseguido para Europa. El 5 de marzo llegamos a cabo de San Antonio, desde donde hay dos maneras de dirigirse a Veracruz. La primera consiste en subir hasta los 24º de latitud norte, con lo que se dejan al sur todos los bancos y escollos que se hallan entre la isla de Cuba y tierra firme, con los que ya estamos más familiarizados; y la segunda, en mantenerse dentro de los bancos, y muy próximos a la costa, pasando entre el banco de Sisal y el pueblo, con la costa de Yucatán constantemente a la vista, desde los 88º hasta casi los 91º de longitud oeste. Si se toma el primer rumbo, se requiere un viento oblicuo del norte para llegar a Veracruz, y sería vano tratar de esperarlo entre los meses de mayo y octubre; pero en cualquier otro tiempo, hasta donde un hombre de tierra pueda pretender opinar sobre tal asunto, me inclinaría a pensar que es con mucho el rumbo más seguro que se puede tomar; debido a la poca profundidad de las aguas cerca de la costa de Yucatán y a la forma tan imprecisa en que las cartas señalan los arrecifes entre Campeche y Veracruz. El 6 de marzo (a los 88º de longitud oeste) la sonda indicó 214 brazas, y por la noche del día 8 estábamos casi por finalizar nuestro viaje a poca distancia del lugar de nuestro destino original. Habíamos perdido de vista la tierra por más de veinticuatro horas e íbamos avanzando en dirección a Veracruz con una magnífica brisa de unos ocho nudos, cuando repentinamente uno de los sondeadores, a quien el capitán Roberts había tenido la precaución de mantener en el cabrestante con fines de continuar los sondeos cada cuarto de hora, encontró fondo a ocho brazas; al echar de nuevo la sonda, ésta indicó siete brazas; a la tercera, seis; y a pesar de que todos los brazos se ocuparon en hacer virar el barco, si no hubiera obedecido inmediatamente al timón probablemente ninguno de nosotros habría vuelto a ver tierra. El mar estaba bastante picado y el Egeria era un buque viejo, de suerte que al chocar se hubiera despedazado. Desde entonces se ha comprobado que sólo hay una braza de agua en el centró de este peligroso banco, desconocido durante largo tiempo por los mismos españoles. Me dijeron en Veracruz que su descubrimiento explicaba, tal vez, la desaparición de una cantidad de pequeños buques usados en el comercio de Campeche y perdidos sin que nunca después se supiera nada de ellos. Las Arcas (como está señalado en nuestras cartas) se encuentra a los 19.35º de latitud y 92.32º de longitud, a 36.15 millas en dilección norte y 40 millas en dirección este.

El 11 de mano llegamos a Veracruz sin más interrupciones. Las nuevas del tratado que se proyectaba se habían recibido dos días antes por el correo de Jamaica y ciertamente nada podía exceder al entusiasmo despertado en todas partes del país por las noticias de una resolución del gobierno de Su Majestad que se consideraba naturalmente como el reconocimiento definitivo de la Independencia mexicana. Desde Veracruz hasta la capital vimos externarse el mismo sentimiento y en cada una de las villas por las que pasamos recibimos pruebas de su sinceridad, pues los deseos del gobierno eran secundados por los habitantes, que se esforzaban en colmarnos de atenciones y amabilidades.

Desde el momento en que nos aproximamos a la costa de Veracruz, se hizo visible una asombrosa diferencia en el estado y la apariencia de cuarto nos rodeaba. De hecho, el castillo todavía estaba en poder de una guarnición española y, consecuentemente, la bahía se hallaba cerrada para los buques extranjeros, pero el fuego había cesado hacía tiempo, y el sitio se había convertido en un bloqueo del que estaban encargadas varias goletas y cañoneras mexicanas, en tanto que el castillo era abastecido ocasionalmente de provisiones frescas por la flotilla española de La Habana. La isla de Sacrificios, donde volvimos a anclar, y que al dejarla yo un año antes era un lugar árido y desolado en donde sir John Philimore acostumbraba soltar los bueyes comprados para su tripulación, se había convertido en una fortificación regular, en la que buscaban protección las cañoneras mexicanas al aproximarse la flotilla española. También Mocambo había adquirido una apariencia formidable. En ambos lugares ondeaba la bandera independiente, y en el fondeadero había congregados más buques mercantes de diferentes países que los que habían entrado en los puertos de México en todo el año de 1823. En la mañana de nuestro desembarco, nada podía ser más bonito que tal escena; los barcos todos estaban engalanados con sus colores y las baterías de la playa y de la isla se disparaban alternativamente sus cañones, mientras remábamos hacia la punta del muelle, donde fuimos recibidos por el gobernador del puerto de Veracruz, general Rincón, y todo su personal. El general Victoria había sido mandado llamar unos meses antes, a fin de asumir el muy difícil puesto de presidente.

Una pequeña parte de los habitantes de la ciudad había regresado a ésta cuando cesaron las hostilidades con el castillo, pero su aspecto era todavía triste y desolado; eran muy pocas las casas de los habitantes más ricos que estaban ocupadas.

El tiempo empezó a ponerse caluroso y húmedo, pero el pueblo estaba salubre, lo que fue una circunstancia afortunada para nosotros, que nos vimos forzados a quedarnos allí dos días completos antes de poder desembarcar el equipaje y completar nuestros preparativos para comenzar el viaje a la capital.

Sin embargo, antes de dejar Inglaterra tomé cuantas precauciones creí necesarias a fin de que todo viniera en paquetes de tamaño adecuado para ser cargados por las mulas; y de esta suerte, como no traíamos con nosotros grandes baúles que tuviéramos que dividir para distribuir su contenido en otros dos o tres (como fue el caso, más de una vez, en nuestro primer viaje), logramos estar listos para la marcha en menos tiempo del que hubiéramos podido esperar debido a lo grande del grupo y a la cantidad del equipaje necesario ante las perspectivas de una larga residencia.

La señora Ward hizo el viaje en una litera (cuya descripción hará innecesaria el boceto adjunto). De ninguna manera es un medio incómodo de transporte en un país escabroso, particularmente cuando el cabalgar o el violento movimiento de un carruaje sobre caminos cruzados por cañadas y cubiertos con fragmentos de rocas hubiera resultado peligroso; tal era el caso de la señora Ward, en aquel entonces tan cerca de su primer parto que difícilmente se podía esperar que llegara sana y salva a la capital. Todo el resto del grupo cabalgamos. En el Manantial nos recibió un oficial que el general Barragán, gobernador del estado de Veracruz, había enviado a nuestro encuentro junto con una carga completa de vino,cerveza y refrescos de todas clases. En Puente del Rey, donde dormimos la primera noche, nos estaba aguardando una cena muy abundante y se nos tenían preparados alojamientos en la única casa de ladrillo del lugar, que se había construido después de mi primera visita. En Plan del Río recibimos las mismas atenciones; y en Jalapa, donde estuvimos lujosamente alojados en casa de la señora Santa Anna, nos dieron la bienvenida el propio general Barragán y su muy agradable esposa, con una amabilidad y una hospitalidad que pocas veces he visto igualadas.

Permanecimos un día en Jalapa a fin de asistir a una comida ofrecida por el general Barragán, en la que conocimos a todas las autoridades, tanto civiles como militares, y a casi todas las personas de consideración de la ciudad o de sus cercanías. La mayoría de los presentes habían ido ya a saludarnos en el transcurso de la mañana, y en toda ella la casa en que nos alojábamos había estado literalmente abarrotada de visitantes. Nada podía ser más placentero para un inglés que los sentimientos externados en esta ocasión. Hubo brindis y se recitaron versos para celebrar el lazo que estaba por establecerse entre los dos países; y a pesar de que muchas de las visiones doradas de entonces todavía no se realizan, México e Inglaterra han ganado lo bastante para demostrar las ventajas que ambos podrían obtener de este contacto, de acuerdo a como cada uno de ellos se adaptase a las necesidades y recursos del otro.

La escena en conjunto era de excitación general y nacional, y siempre la recordaré con gusto como una de las más gratas para mí, por hacer tanto honor a mi país.

El 18 salimos de Jalapa, siendo todavía huéspedes del estado de Veracruz, a cuya hospitalidad tuvimos que agradecer alojamientos excelentes tanto en las Vigas como en Tepeyahualco, que se nos proveyeron por órdenes del gobernador. En Nopaluca, donde dormimos la noche del 20, hallamos que las autoridades de la Puebla, en cuyos territorios estábamos, habían tomado providencias similares; y cuando llegamos a la capital del estado el 21, después de una excelente comida que nos aguardaba en el camino en Amozoque, fuimos alojados por el gobernador, don José María Calderón, en su propia casa, donde insistió en albergarnos a todos no obstante lo grande que era nuestro grupo.

Anteriormente, la Puebla era una ciudad únicamente inferior a la capital en extensión y pobladores. En la actualidad tiene unos 50 000 habitantes, y es un lugar importante, tanto por ser el asiento del obispado más rico del país como por sus grandes manufacturas de algodón, loza y lana. Sus calles, como las de México, son rectangulares, espaciosas y despejadas. Las casas son bajas, pero amplias, las habitaciones generalmente tienen pisos de porcelana y las paredes estucadas se adornan con pinturas al fresco. La comarca en torno es rica, pero desnuda, ya que está completamente desprovista de árboles, con excepción de un bosque de pinos (como su nombre lo indica), el Pinal, que se extiende desde una milla y media de Nopaluca hasta como a cinco leguas de las puertas de la Puebla, donde vuelve a comenzar el cultivo. La distancia total es de unas doce leguas. El camino que cruza el Pinal es extremadamente malo y es peligroso en tiempos de revuelta, ya que el bosque es guarida favorita de los bandidos, quienes a veces se congregan ahí en gran número para un coup de main; pero nuestra escolta era demasiado fuerte para que sintiéramos temores de un ataque.

Permanecimos todo el 22 en la Puebla, ya que el gobernador, de quien siempre he visto que muestra la misma hospitalidad y amistosa disposición para cualquier inglés respetable que visita la ciudad, no aceptaba que estuviéramos menos tiempo con él del que habíamos pasado en Jalapa con el general Barragán. La demora nos proporcionó la oportunidad de ver la catedral, magnífico edificio en cuya construcción se dice que los mismos ángeles tuvieron parte muy activa. Entre los indios y entre la mayoría de la población femenina española se tiene por comprobado el hecho de que, durante el tiempo en que se estaban construyendo los muros del edificio, descendían cada noche dos mensajeros del cielo que agregaban a su altura exactamente otro tanto de lo que habían levantado los esfuerzos unidos de los trabajadores durante el día. Con tal ayuda, el trabajo avanzaba a ritmo prodigioso y se completó en mucho menos tiempo de aquel.en que hubiera podido hacerse sólo mediante los esfuerzos humanos. En conmemoración de tal suceso, la ciudad tomó el nombre de Puebla de los Angeles; y como todos los detalles de ello están archivados con singular cuidado en los conventos levantados desde entonces en punto tan favorecido, es insignificante el riesgo de que no pasen a la posteridad en toda la pureza con que hasta ahora se han conservado.

Pero sea de origen divino o humano, la catedral es un edificio magnífico y las riquezas de su interior son dignas de un país que ha producido anualmente, en los dos últimos siglos, casi las dos terceras partes de toda la plata extraída en el mundo. Los altos candelabros, la balaustrada, las lámparas y todos los ornamentos del altar principal son de plata maciza: y el efecto producido por tal magnificencia, aunada a la belleza de las columnas de mármol nativo que sostienen el techo, es realmente asombroso. Sin embargo. nopudimos admirarlo largo tiempo en paz, ya que, no obstante la presencia de la señora Calderón y de dos o tres edecanes del gobernador, la curiosidad despertada por la primera aparición de una mujer inglesa fue tan incontrolable que en un momento casi la mayoría de los concurrentes al gran mercado por donde habíamos pasado en nuestro carruaje se trasladó a la catedral, en donde pronto la multitud fue tan grande, que, a pesar de que no tenían intenciones de cometer ninguna descortesía, nos fue imposible permanecer más tiempo. La Puebla tenía, en aquel entonces, una población de lazzaroni casi tan numerosa como la de la capital; una raza desnuda y desagradable, a la que no se puede acercar uno sin contaminarse o siquiera contemplar sin repugnancia. No conozco nada más espantoso en la naturaleza que una india vieja que lleva puesto un vestido que generalmente deja al descubierto todas las deformidades de su persona, ya que a duras penas cubre una décima parte de su cuerpo; y en la Puebla, a consecuencia de los numerosos conventos en que se distribuían limosnas, estos sujetos eran especialmente numerosos. Nos dio mucho gusto poder escapar por una puerta distinta de aquella por la que habíamos entrado y hallar refugio en el carruaje.

Salimos de la Puebla el 22 de marzo y dormimos en San Martín; tomamos el camino de Cholula a fin de tener una mejor vista del antiguo teocalli o pirámide mexicana, de la que contiene una descripción tan detallada el trabajo de Humboldt. La base de la pirámide abarca un cuadrado de unos 1 773 pies; su altura es de 54 metros 177 pies. Es trunca, y en la espaciosa plataforma que la remata los conquistadores levantaron una capilla, como para indicar que otro credo y otra raza habían substituido a la nación cuyos esfuerzos unidos deben haber erigido tan estupendo monumento. Toda la mole está formada de capas alternadas de arcilla y de ladrillos sin cocer, y actualmente está cubierta de arbustos espesos, entre los que se encuentran parvadas de tórtolas (una pequeña paloma torcaz). El barón de Humboldt dice que su estructura presenta una curiosa analogía con la del templo de Belo en Babilonia y con las pirámides de Egipto.

El objetivo era indudablemente religioso, pero tamo su construcción se atribuye a los toltecas, nación que precedió a los aztecas en su emigración hacia el sur, sólo es posible hacer conjeturas en cuanto a la naturaleza exacta de los ritos a que estaba dedicada. Puede haber servido para efectuar sacrificios humanos a la vista de la tribu reunida o como lugar de defensa en caso de un ataque inesperado; probablemente se combinaban los dos objetos, ya que, en el sitio de México, la resistencia más obstinada se presentó en las cercanías el gran templo (que se asemejaba en su forma, aunque no en su tamaño, a los teocallis de Cholula y de Teotihuacán), desde cuya cúspide, se dice, los sacerdotes alentaban a los guerreros que defendían la gran escalinata y la plataforma.

La vista desde la pirámide de Cholula abarca los tres grandes volcanes y la Malinche, con una región magníficamente cultivada en el espacio intermedio. El pueblo de Cholula se encuentra inmediatamente abajo de la plataforma, reducido, como el estado rival de Tlaxcala, del que lo separa la Malinche, a una mera sombra de su anterior grandeza; pero todavía hay indicios, como el tamaño de su plaza, de la extensión de terreno que la ciudad cubría anteriormente. La fertilidad del llano circundante es muy vigorosa, porque, debido a la proximidad de las dos grandes montañas, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, se puede obtener un suministro constante de agua para irrigación; abunda en haciendas de trigo, muchas de las cuales, en años buenos, se dice que producen trigo en la proporción de ochenta por uno de semilla. Esta fertilidad termina un poco más allá de San Martín, donde comienza el paso de las montañas que separan a la Puebla de México.

Cortés, en su marcha hacia México, abrió un camino para su ejército entre las dos montañas, abandonado ahora desde hace largo tiempo, y la línea de comunicación corre al este del Iztaccíhuatl, por donde pueden pasar carruajes a pesar de que el terreno es muy escabroso y de que en cierta parte (la barranca de Juanes) alcanza una altura de 10 486 pies. Desde San Martín, a siete leguas de la Puebla por el camino directo, hasta la venta de Tesmelucos (unas tres leguas), la subida es muy suave, únicamente de unos 557 pies; pero en las siguientes cuatro leguas, que llevan hasta Río Frío y la barranca de Juana, hay una diferencia de 2 219 pies.

Desde la cumbre de la barranca hasta el Valle de Tenochtitlán o México hay una bajada gradual, que se vuelve casi imperceptible al llegar a la venta de Chalco, lugar donde Humboldt encontró que la elevación era exactamente la misma que la de San Martín en el lado opuesto de la montaña, o sea 7 711 pies.

Nada más espléndido que la primera vista del Valle de México al aparecerse ante uno un poco más arriba de la venta de Córdoba, con todos sus lagos, rocas, haciendas y villas diseminadas alrededor de la capital en una sola y vasta cuenca. Es imposible no quedar deslumbrado ante escena tan magnífica.

Habíamos tardado demasiado en cruzar las montañas como para pensar en llegar a México en la tarde del 24, y, consecuentemente, nos alojamos por la noche en la hacienda de Buena Vista, que, adiferencia de muchas otras haciendas con nombres igualmente prometedores, hacía plena justicia al suyo, dada la belleza de su situación. Se encuentra a justa distancia de la cordillera como para que el perfil de ésta se haga visible en tanto que tiene suficiente elevación sobre el valle para ofrecer un campo muy amplio a la mirada. Como de costumbre, los mejores cuartos de la casa fueron puestos a nuestra disposición; de suerte que hasta el último momento de nuestro viaje no disminuyeron las atenciones de que fuimos objeto desde su principio. No se me puede acusar de vanidad por dar cuenta de ellas, ya que no se me brindaron como a particular sino que trataban de expresar los sentimientos que en general tienen los mexicanos hacia el país que tenía yo el honor de representar; y sinceramente espero que tales sentimientos permanezcan largo tiempo inmutables.

En la mañana del 25 de mano llegamos a la capital. Fuimos recibidos como a dos leguas de sus puertas por un grupo de residentes ingleses, ninguno de los cuales, con excepción del señor Rupert, estaba establecido en el país al tiempo de nuestra primera visita, y su sola presencia bastaba para indicar los adelantos que me vi forzado a observar casi a cada paso. No había una sola casa desocupada, y la bulliciosa actividad de las calles formaba agradable contraste con su triste aspecto de enero de 1824.

En verdad, desde el momento en que desembarqué me sorprendió el progreso hecho por el país en un año. En todas panes había señales de hábitos más asentados, mayor subordinación entre los militares y más respeto hacia las autoridades civiles; en tanto que las largas filas de mulas que rebasábamos continuamente en el camino de la costa a la capital proporcionaban prueba evidente del aumento de las actividades comerciales. En la ciudad de México ya era difícil conseguir una casa habitable, sin tener que pagar el traspaso, cuyo monto se había elevado enormemente debido a la competencia. He sabido de buenos lugares en donde se han pagado ocho, diez, doce y hasta veinte mil dólares a fin de obtener la posesión de nada más que ventanas y paredes desnudas, teniendo probablemente que gastar la mitad de ese tanto antes de convertir aquello en una casa segura y habitable. En 1823, hubiera sido suficiente una quinta parte de esa suma.

La distancia de Río Frío a la venta de Córdoba es de cinco leguas; de allí a la capital hay ocho. La hacienda de Buena Vista está como a media legua del camino directo. La distancia de la Puebla hasta México se puede calcular en 27 leguas, o sea 70 millas inglesas. Durmiendo en Río Frío, la jornada puede dividirse en dos días fatigosos; pero no es fácil cubrirla sin hacer un cambio de mulas en la venta de Córdoba. A caballo, el tiempo empleado depende enteramente del número de postas.

En enero de 1826, cuando regresó de Inglaterra el señor Morier con el segundo tratado, concurrieron circunstancias que me inspiraron un deseo particular de verlo antes de su llegada a la capital; y a fin de lograrlo con la mayor pérdida posible de tiempo, estacioné mis propios caballos a distancias convenientes en el camino. El primero lo aposté en Istapaluca, el segundo en Río Frío y el tercero en San Martín, en tanto que en un cuarto recorrí las siete leguas que distan entre San Cosme e Istapaluca. Salí de las puertas de México a las siete y media de la mañana y llegué a la casa del general Calderón en la Puebla a las tres y cuarto; hice la jornada sin dificultad en ocho horas y cuarto, a pesar de que, por la naturaleza del terreno, se suponía imposible cubrir tal distancia en tan corto tiempo. Me quedé tres días en la Puebla, ya que la llegada del señor Morier se había demorado inesperadamente, y al cuarto día regresé a México en menos tiempo que antes, sin haber estado en el camino más de ocho horas.

Durante mi corta estancia en la Puebla, en 1826, tuve oportunidad de observar las mejoras que los esfuerzos del general Calderón habían logrado en el aspecto de la población. Había inducido al congreso del estado a aprobar una ley por la que a todo lépero que se encontrara desnudo o pidiendo limosna en las calles se le condenaba a laborar un mes en los trabajos emprendidos por el gobierno para el mejoramiento de la ciudad, a cuyo término se le ponía en libertad y se le proveía de un traje decente, ofreciéndole un empleo en caso de que eligiera trabajar y asegurándole un doble castigo si reincidía en sus anteriores hábitos.

Tal ley, aplicada rigurosamente en un principio, tuvo efectos maravillosos; y, como se acompañó con la formación de una excelente policía nocturna, pronto libró a la Puebla de la multitud de vagabundos que anteriormente la infestaban e introdujo la decencia y el orden, en lugar de la desagradable licencia que prevalecía entre las clases bajas cuando mi primera y segunda visitas.

Fui presentado en sesión de la legislatura estatal de la Puebla, que, a pesar de ser reducida, se conducía con toda la formalidad que acompaña en la capital a la apertura de las sesiones del Congreso General. En ambas se hace una exposición general del estado de los asuntos; y esto, en las entidades federativas, se puede considerar como el primer paso hacia un sistema regular de estadísticas; ya que el informe del gobernador abarca todos los detalles de la nueva división territorial y enumera las ciudades, pueblos y ranchos comprendidos en el territorio, con una estimación ue su población y de sus recursos. Me agradó sobremanera el entusiasmo con que se discutían muchos asuntos de importancia local a la mesa del general Calderón, donde conocí a la mayoría de los miembros del congreso el día en que se abrieron las sesiones. Eran principalmente hacendados; tal vez de educación no muy refinada (pues, bajo la tutela de España, hubo pocos mexicanos a quienes no se les negara dicha ventaja), pero de modales sencillos y con un conocimiento práctico de los males cuya remoción podría promover mejor sus propios intereses.

La cuestión más importante presentada hasta ahora ante la legislatura de la Puebla ha sido la de las reclamaciones de la Iglesia por el pago de los intereses atrasados sobre el dinero prestado en hipoteca, antes de la revolución, a los hacendados del estado, y que éstos no han podido pagar debido a la ruina general de sus haciendas durante la guerra civil. Dada la gran influencia de la Iglesia en la Puebla y el empeño con que al principio insistió en el pago completo de lo que se le debía, la discusión motivó dificultades considerables; ni hubiese sido fácil reconciliar intereses tan opuestos, de no ser porque el temor de que los hacendados dirigieran una apelación al Congreso Supremo indujo al clero a aceptar un arreglo por el que ambas partes sacrifican algo, de manera que cada una sufre casi la misma pérdida. La necesidad de tal concesión por parte del clero en una ciudad donde las grandes rentas del cabildo de la catedral y la influencia personal del obispo se unen para mantener su poderío sobre las mentes de las órdenes menores, se puede considerar como no poca prueba del progreso hecho por México para emanciparse de la esclavitud a que lo tenían sometido la Inquisición y el auge de las instituciones eclesiásticas. Don Antonio Pérez, actual obispo de la Puebla, posee las cualidades mejor calculadas para convertirlo en puntal, en su propia diócesis, del sistema del que es ahora casi el único representante en la Nueva España. De modales sumamente pulcros y porte muy distinguido, tiene grandes dotes de orador; y añade a estos méritos el de repartir con mano generosa las elevadas rentas de su sede. Además, es criollo (el primero en ser elevado por la corte de Madrid a la dignidad episcopal); y todas estas ventajas le han dado una influencia que ningún español hubiera soñado ejercer. En cualquier país que le hubiese tocado en suerte, habría sido un hombre distinguido, ya que posee la virtud de amoldarse a las circunstancias; probablemente el camino más seguro al ascenso, cuando va acompañado de suficiente penetración para aprovecharse del momento feliz pan un cambio. En España fue miembro activo de las Cortes de Cádiz; y sin embargo, al regreso del rey en 1814, su nombre estaba a la cabeza de los persas, partido que pedía a Su Majestad la inmediata disolución de dicha asamblea. Elevado en 1815 al obispado de la Puebla, dirigió, a su llegada una pastoral a los feligreses de su diócesis, exhortándolos a cuidarse de la peligrosa y herética tendencia de la Constitución española; y a pesar de ello, cuando por segunda vez se proclamó dicha Constitución, en 1820, se las ingenió para conciliar, en una segunda pastoral, cuanto antes había dicho sobre sus defectos con el panegírico que era necesario pronunciar acerca de sus ventajas.

Conozco muy pocos modelos de ingenio político mejores que este raro documento, que presenta Bustamante íntegro en su Cuadro histórico. Lo encabeza la siguiente frase: "Hay un tiempo para hablar, y hay un tiempo para callar" (Ecl, ny v. 7), y se debe admitir que en un país todavía envuelto en una gran contienda política, donde consecuentemente era necesaria toda precaución al elegir un tema y se requería mucho tacto para presentarlo, difícilmente hubiera podido hacerse mejor elección.

El estado de la Puebla está dividido en veinticinco partidos o distritos que, de acuerdo con un censo levantado después de la gran epidemia de 1825, tienen en total una población de 584 385 almas; o 681 751, si se agrega una sexta parte a la cantidad consignada, para subsanar los inevitables errores en los registros.

Los nombres de todos los partidos, cuya situación está perfectamente comprobada, se encontrarán en el mapa.

El principal es Atlixco, con una población de 3:1 657 habitantes, célebre tanto por sus tierras maiceras como por el famoso ahuehuete o ciprés (Cupressus disticha), que se encuentra cerca del pueblo. Es de la misma clase que los de Chapultepec, pero los excede con mucho en tamaño; su circunferencia es de setenta y tres pies. El distrito de Guauchinango tiene 26 086 habitantes; Ometepec, 25 151; la Puebla, 34756; Tepeaca, 43 713; Tehuacán de las Granadas, 43 248; Hapa, 38 383; y Zacatlán, 47 129. Todos producen en gran abundancia tanto los frutos de la tierra caliente (ya que el territorio del estado se extiende más allá de la cordillera occidental de la Sierra Madre, hasta las playas del Pacífico) como los comunes al resto de la Mesa Central. Así, se cultivan algodón, arroz, café, azúcar y algo de cochinilla (cerca de los confines de Oaxaca), junto con trigo, cebada, maíz, chile y frijol, al igual que las frutas de casicualquier clima. Con ellas está abundantemente provisto el mercado de la Puebla; pero la agricultura se halla, en general, en estado de gran depresión porque no existen minas para crear un mercado local. Sin embargo, en el informe del gobernador se asienta que la exportación de trigo a Veracruz y Oaxaca es considerable y posiblemente aumentará. Las rentas del estado durante el año que terminó en enero de 1826 fueron de 633 625 dólares, y los gastos (incluyendo todos los cargos del gobierno, tanto legislativo como ejecutivo, al igual que el contingente debido a la Federación, que se ha pagado muy puntualmente) fueron de 629 070 dólares; quedó así un balance de 4 555 dólares a favor del estado al final de los primeros doce meses de haberse intentado el experimento de un gobierno propio.

Dado el actual sistema de libre intercambio con Europa, la capital difícilmente puede esperar recobrar su antigua importancia, que dependía principalmente de las manufacturas nativas de lana y algodón.

Antes de la revolución, su población se elevaba a 67 000 habitantes; actualmente se ha reducido mucho, aunque no tanto como parece indicar el censo de 1825, ya que se supone que la Puebla tiene de cuarenta y cinco a cincuenta mil habitantes. Probablemente gran parte de ellos se verán obligados a recurrir a las labores agrícolas para su sostenimiento; y como los hacendados se quejan de falta de brazos, los intereses generales del estado se beneficiarán al suprimirse en los pueblos un ramo de la industria que solamente se podía sostener mediante un sistema de contribuciones sobre todo el resto. Durante sus mejores tiempos, las producciones de los telares de la Puebla eran infinitamente más caras que las manufacturas europeas que las han remplazado, aun bajo la presión de los elevados derechos que, según el antiguo arancel, se imponían a estas últimas.

Con excepción de mi viaje a la Puebla, durante los primeros doce meses después de mi regreso de Inglaterra no pude hacer una sola excursión fuera de la capital, a pesar de existir en sus cercanías muchos lugares que por su importancia, ya como distritos mineros, ya como asientos de las producciones agrícolas más valiosas del país, tenía deseos de visitar. Sin embargo, en febrero de 1826 comencé una serie de viajes que continué, a intervalos, durante todo el resto de mi estancia en México, en el transcurso de los cuales visité personalmente todos los lugares más interesantes de la República, al sur de Durango. Por consiguiente, no puedo menos de confiar en mis posibilidades para tratar de presentar a los lectores alguna información sobre el carácter general y los recursos de la Nueva España; y a pesar de que creo que un diario de viaje desprovisto, como lo está el mío, de incidentes extraordinarios y consistente sólo en una recapitulación de las dificultades diarias en la vida del viajero al pasar por un país agreste debe poseer muy pocos atractivos, como no conozco ninguna forma mejor de transmitir una idea de las peculiaridades que deseo describir, la adoptaré en la narración que voy a emprender; subdividiendo mis viajes en secciones, a fin de hacer más clara mi relación sobre los distritos más interesantes.

Pero, antes de comenzar con este plan, será conveniente mencionar unos cuantos detalles con respecto al país aledaño a la capital y describir mi ruta desde ella hasta los valles de Cuernavaca y Cuautla de Amilpas, en donde se encuentran las grandes haciendas azucareras, de las que ya he tratado en la Sección III del Libro Primero.

Lo más interesante en el Valle de México es el vasto sistema de desagüe que protege a la capital contra las inundaciones periódicas del lago de Texcoco, que la amenazaron repetidamente con la destrucción durante los dos siglos inmediatamente posteriores a la Conquista. El tercer libro del Ensayo político del barón de Humboldt contiene una descripción de tal sistema, con toda la exactitud que distingue a los trabajos de dicho viajero científico sobre cualquier punto al que se extiendan sus observaciones personales; y debo referir a dicho trabajo a mis lectores, que encontrarán su mayor parte de sumo interés. Sólo me atreveré a mencionar aquí algunos de los hechos principales, a fin de no dejar completamente sin mencionar un tema en todos sentidos tan digno de atención. El Valle de Tenochtitlán o México forma un vasto lago que, a pesar de estar situado a una elevación de unos 7 mil pies sobre el nivel del mar, sirye como receptáculo a la humedad que se filtra por todas partes de la elevada cordillera de rocas porfídicas que lo rodea.

Con excepción del arroyo de Tequisquiac, ni una sola de las corrientes se origina en el valle, sino que éste recibe las aguas de los ríos Papalotla, Texcoco, Teotihuacán, Guadalupe, Pachuca y Guautitlán, cuya acumulación forma los cuatro grandes lagos que se elevan sucesivamente al aproximarse al extremo norte de Chalco (y Xochimilco), Texcoco, San Cristóbal y Zumpango. Estos lagos se elevan sucesivamente al aproximarse al extremo norte del valle; las aguas del lago de Texcoco, en su condición ordinaria, están cuatro varas mexicanas a y ocho pulgadas más abajo que las aguas del lago de San Cristóbal, las que a su vez están seis varas más abajo que

[...]

 

El nivel de la plaza mayor de México es superior al del lago de Texcoco exactamente en una vara, un pie y una pulgada, y en consecuencia, está a nueve varas y cinco pulgadas más abajo que el del lago de Zumpango; desproporción cuyos efectos se sienten más gravemente, ya que el lago de Zumpango recibe las corrientes tributarias del río de Guautitlán, cuyo volumen es más considerable que el combinado de todos los otros ríos que desembocan en el Valle de México.

En las inundaciones provocadas por esta peculiaridad en la formación del Valle de México, siempre se ha observado una sucesión de hechos similares. El lago de Zumpango, crecido por el rápido aumento del río Guautitlán durante la estación de lluvias, forma una confluencia con el de San Cristóbal, y las aguas combinadas de los dos revientan los diques que las separan del lago de Texcoco. A su vez, las aguas de este último, crecidas repentinamente a más de una vara de su nivel usual, y no pudiendo extenderse hacia el este y hacia el sureste debido a la rápida elevación del terreno en esa dirección, se precipitan de regreso hacia la capital y llenan las calles que más se acercan a su propio nivel. Tal fue el caso en 1553, 1580, 1604 y 1607, años en que la capital fue cubierta enteramente por el agua, y se destruyeron la albarradones construidos para su protección. La rápida sucesión de estos infortunios obligaron por fin al gobierno a poner de nuevo su atención sobre algún otro medio de evitar el peligro; y, en 1607, un ingeniero llamado Enrique Martínez fue comisionado por el marqués de Salinas, entonces virrey, para intentar el desagüe del lago de Zumpango por medio del estupendo canal ahora conocido con el nombre de desagüe de Huehuetoca.

El plan de Martínez parece haber tenido dos aspectos distintos; en el primero abarcaba hasta los lagos de Texcoco y de San Cristóbal, en tanto que el segundo estaba confinado al lago de Zumpango, cuyas aguas superfluas habían de conducirse al valle de Tula por medio de un canal subterráneo, al que también se haría confluir al río Guautitlán.

El segundo de estos proyectos fue el aprobado por el gobierno, y habiendo trazado Martínez la línea del canal entre el cerro de Sincoque y la loma de Nochistongo, hacia el nornoroeste de Huehuetoca, donde las montañas que rodean al valle son menos elevadas que en cualquier otro lugar, se comenzó la gran galería subterránea de Nochistongo el 28 de noviembre de 1607. En dicho trabajo se emplearon quince mil indios, y ya que se perforaron cierto número de lumbreras a fin de que se pudiera trabajar en diferentes puntos a la vez, en once meses se concluyó un socavón de 6 600 metros de largo, tres metros de ancho y cuatro de alto.

Un tajo abierto de 8 600 metros conducía las aguas desde el extremo norte de este socavón (la Boca de San Gregorio) hasta el Salto del río Tula, en donde, al salir del Valle de México, las aguas se precipitan al de Tula desde una terraza natural de veinte varas mexicanas de altura y siguen su curso hacia la Barra de Tampico, por donde entran al Golfo de México. Empresa de tal magnitud, concluida con tan extraordinaria celeridad, difícilmente podía quedar libre de defectos; y Martínez pronto descubrió que el tepetate (adobe) de que estaba compuesto el interior del socavón no era capaz de resistir la acción del agua, cuando, confinada a límites tan estrechos, a veces era impulsada a través del túnel con violencia irresistible. Un revestimiento de madera mostró ser igualmente ineficaz, y por último se recurrió a la mampostería; pero inclusive ésta, a pesar de un éxito temporal, no respondió permanentemente al propósito a que estaba destinada, porque el ingeniero, en lugar de un arco elíptico, construyó sólo una especie de bóveda cuyos lados descansaban en un cimiento sin ninguna solidez. Como consecuencia, las paredes fueron minadas gradualmente por el agua y la bóveda misma se derrumbó en muchas partes.

Dicho accidente hizo que el gobierno se despreocupara de la suerte de la galería, que se descuidó y por último se abandonó en el año de 1623, fecha en la cual un ingeniero holandés, de nombre Adrián Boot, indujo al virrey a proseguir con el antiguo sistema de albarradones y terraplenes, y a ordenar que se cerrara el socavón de Nochistongo. Una repentina crecida del lago de Texcoco hizo que se revocaran estas órdenes y de nuevo se permitió a Martínez proseguir con su trabajo, que continuó hasta el 20 de junio de 1629, fecha en que acaeció algo cuyas causas reales nunca se han comprobado.

Habiéndose iniciado la estación de lluvias con inusitada violencia, Martínez, ya fuese porque estaba deseoso de convencer a los habitantes de la capital de la utilidad de su galería o temeroso (como lo declaró él mismo) de que los frutos de su labor fuesen destruidos por la entrada de un volumen de agua demasiado grande, cerró la boca del socavón sin haber comunicado a nadie sus intenciones. El efecto fue instantáneo; en una noche toda la población de México quedó cubierta por el agua, con excepción de la plaza mayor y de uno de los suburbios. En el resto de las calles el agua se elevó a más de tres pies, y durante cinco años (de 1629 a 1634) el único medio de comunicación entre ellas fueron las canoas. Los cimientos de muchas de las principales casas quedaron destruidos, se paralizó el comercio, las clases bajas quedaron reducidas a la más triste condición de miseria, y la corte de Madrid expidió órdenes para que se abandonan la población y se construyera una nueva capital en los llanos, entre Tacuba y Tacubaya, donde nunca se había visto que llegaran las aguas de los lagos, inclusive antes de la Conquista.

La necesidad de tal medida fue obviada por una serie de temblores en el año seco de 1634, cuando la superficie del valle se rajó y se abrió en varias direcciones, y gradualmente desaparecieron las aguas; milagro del que se debería dar crédito a la Virgen de Guadalupe, por cuya poderosa intercesión se afirma que tuvo lugar.

Martínez, encarcelado en 1629, fue soltado al terminarse los males que se dice ocasionó su imprudencia; y de nuevo fue puesto por un nuevo virrey (el marqués de Cerralvo) a la cabeza de los trabajos que tendían a impedir en el futuro situaciones similares. Bajo su supervisión se construyó el gran dique, o calzada de San Cristóbal, que divide al lago de dicho nombre del de Texcoco. Esta obra gigantesca que consiste en dos masas diferentes, la primera de una legua de largo y la segunda de 1 500 varas, tiene diez varas de anchura (o grosor) en toda su extensión, y de tres y media a cuatro varas de altura. Está hecha enteramente de piedra, con contrafuertes de mampostería sólida en ambos lados y con tres canalones, por medio de los cuales se puede efectuar al mismo tiempo la comunicación y la regulación entre los lagos en cualquier emergencia. Como la galería de Nochistongo, la obra se concluyó en once meses, a pesar de que actualmente se requerirían de igual número de años para tal empresa. Pero en aquellos días no se tomaba en cuenta el sacrificio de vidas (y en particular de vidas de indios) tratándose de trabajos públicos. Muchos miles de nativos perecieron antes de que se completara el desagüe; y a su pérdida, tanto como a las penalidades soportadas por los supervivientes, se puede atribuir el terror con que todavía pronuncian sus descendientes el nombre de Huehuetoca.

No es mi intención seguir el progreso del desagüe de Huehuetoca durante los diversos cambios que ocurrieron en los planes perseguidos con respecto a él desde 1637, cuando de nuevo se le quitó a Martínez la dirección de los trabajos y se confió a los monjes de la orden de San Francisco, hasta 1767, cuando, bajo el virreinato del marqués de Croix, el consulado, o cuerpo colectivo de los comerciantes de México, se comprometió a terminar esta gran empresa nacional. Por largo tiempo se había sentido la necesidad de convertir el socavón de Martínez en un tajo abierto, pues se había visto la imposibilidad de evitar que el socavón se obstruyen continuamente debido a la arena y a los desperdicios dejados a su paso por el agua; pero como los trabajos sólo se reanudaban activamente cuando era inminente el peligro de inundación y se suspendían casi en su totalidad en los años secos, 2 310 varas mexicanas de la parte norte de la galería seguían sin ser tocadas después de ciento treinta años, cuando se le confió al consulado la terminación de tan ardua tarea. Como debía conservarse la antigua línea de la galería, se hizo necesario dar al tajo, que había de perforarse perpendicularmente encima de ella, una enorme anchura en la parte superior, para evitar que se derrumbaran los lados; en las partes más elevadas, entre el cerro de Sincoque y la loma de Nochistongo y por un espacio de 2 624 pies, la anchura varía de 278 a 360 pies, en tanto que la profundidad es de sólo 147 a 196 pies. El largo total del tajo, desde el canalón llamado los Venideros hasta el salto del río Tula, es de 67 537 pies, o sea 24 530 varas mexicanas. El punto más alto de la loma de Nochistongo es la llamada Bóveda Real, y al ver desde arriba la corriente abajo y seguir con el ojo la vasta abertura. a través de la cual busca salida, sería difícil concebir que la obra es realmente trabajo del hombre, si no fuera porque los terraplenes a cada lado, ahora apenas imperfectamente cubiertos de vegetación, y el trazo regular de las tenazas denotan tanto lo reciente de su terminación como la imposibilidad de atribuirla a cualquier convulsión natural.

La Obra del Consulado, como se le llama al tajo abierto, se concluyó en el año de 1789. Costó casi un millón de dólares; y el gasto total del desagüe, desde 1607 hasta principios del siglo actual, incluyendo los varios proyectos comenzados y abandonados cuando estaban parcialmente en ejecución, los albarradones conectados con el desagüe y los dos canales que lo comunican con los lagos de San Cristóbal y de Zumpango, se calcula en 6 247 670 dólares o 1 249 534 libras esterlinas. Se supone que una tercera parte de dicha suma hubiera bastado para cubrir todos los gastos, si a Martínez se le hubiera provisto desde el principio de los medios para ejecutar su proyecto en la escala que había juzgado necesaria, pues todos los gastos subsecuentes se deben a las reducidas dimensiones de la galería de Nochistongo, que nunca fue igual al volumen de agua al que, en determinadas estaciones, debería proporcionar salida.

Las obras se encuentran ahora en muy mal estado, pues fueroncompletamente descuidadas durante la revolución. En un informe de don José María Moro, en octubre de 1823, se demuestra palpablemente la necesidad de reparaciones inmediatas; pero como los últimos años han sido especialmente secos, es probable que se siga el antiguo sistema español de aplazamiento y no se haga nada en tanto el temor de una inundación no obligue al gobierno a prestar atención al asunto. Unos cuantos miles de dólares bastarían para limpiar el tajo de las acumulaciones de tierra y rocas que actualmente impiden el paso del agua; pero como, si se dejan, hacen una especie de represa en cuya vecindad se acumula el agua hasta formar una presa o vaso, al irse minando los bordos de cada lado, en unos cuantos años las consecuencias serán muy serias y probablemente anularán toda la obra en el momento en que sus servicios sean más indispensables.

En toda su eficacia, se considera que el canal de Nochistongo es más que suficiente para proteger a la capital contra cualquier riesgo de inundación desde el norte; pero hacia el sur, como justamente lo observa Humboldt, no se han tomado precauciones; no porque no haya el peligro de una situación similar, sino porque dicho peligro no se ha presentado tan frecuentemente. El nivel de los lagos de Chalco y Xochimilco, que se distinguen por la peculiaridad de que sus aguas son dulces y no salobres como las de los otros tres lagos, es superior en una vara y once pulgadas al de la plaza mayor de la capital, y, consecuentemente, excede en dos varas y dos pies el nivel medio de las aguas del lago de Texcoco. Una unión entre estos dos lagos produciría, por tanto, exactamente los mismos efectos que la de los lagos del centro y del norte, contra los que se ha considerado necesario tomar tantas precauciones. En la gran inundación que tuvo lugar antes de la Conquista y cuya historia ha sido conservada por los historiadores aztecas, realmente se presentó tal caso y el agua se elevó, en las calles de México, a cinco y seis metros arriba de su nivel ordinario, no obstante que ni una sola gota de los lagos del norte entró en el de Texcoco. Se dice que, en ese tiempo, el agua brotó a torrentes de las laderas de las montañas y que en ella se encontraron peces peculiares de la tierra caliente y desconocidos, antes y después en la Mesa Central. No es probable que semejante fenómeno sea frecuente; pero causas con efectos menos extraordinarios serían suficientes para poner en peligro a la población. Por ejemplo, si las nieves del Popocatépetl se derritieran debido a una erupción violenta (evento de ninguna manera improbable, ya que recientemente se ha comprobado que el volcán está en actividad), inmediatamente tendría lugar una inundación de los lagos de Chalco y Xochimilco; y no existe ningún canal por el que sus aguas pudieran actualmente encontrar salida. En los años lluviosos de 1768 y 1764, México se vio en el mayor peligro y se convirtió por varios meses en una isla; en 1772 se hubiera visto reducido a una situación semejante, de no haber sido porque una manga de agua, que atravesaba el valle, afortunadamente descargó cerca del extremo norte y no en el extremo sur, y así su efecto fue aliviado por la cercanía del canal de Huehuetoca.

El virrey don José Iturrigaray se vio inducido por tan repetidas advertencias a renudar el proyecto de un canal de tal manera trazado que sirviera de comunicación entre el extremo norte del lago de Texcoco y el túnel de Nochistongo, y cuya longitud, desde la calzadte de San Cristóbal hasta el canalón de los Vertideros, sería de unas 34888 yardas o sea 37 978 varas mexicanas.

Esta idea fue sugerida originalmente por Martínez, pero el gobierno la rechazó por su alto costo, que se debía no tanto a la longitud del canal, cuanto a la necesidad de profundizar todo el tajo de Nochistongo, desde los Venideros hasta un poco más allá de la Bóveda Real (un espacio de 12 280 varas), a fin de ponerlo a nivel con las aguas del lago de Texcoco. A pesar de esta circunstancia, la empresa se comenzó en 1805, pero se suspendió en 1808 con el arresto de Iturrigaray y estuvo completamente olvidada durante la guerra civil. En el actual estado del país, es improbable que se reanude, cuando menos por algunos años, tiempo durante el cual los mexicanos deberán acogerse a la protección de la Virgen de Guadalupe, a cuyas amables atenciones tanto deben.

Yo visité Huehuetoca en febrero de 1826. La villa está en un estado desastroso y no ofrece ninguna clase de alojamientos; pero tuvimos la buena suene de encontrarlos en la hacienda de Xalpa, que se encuentra situada como a una milla del puente, donde el gran camino septentrional de tierra adentro cruza el canal de Nochistongo. La distancia de México a Huehuetoca es de once leguas; el camino atraviesa los pequeños pueblos de Tacuba o de Guadalupe (según la puerta por la que salga uno de la capital), Tlalnepantla y Guautalán; lugar este último que debido al número de columnas de madera que forman una serie de pórticos al frente de las casas, tiene, a distancia, cierto aire griego.

A la mañana siguiente de nuestra llegada a Xalpa cabalgamos a lo largo de todo el curso del desagüe hasta la hacienda del Salto (una distancia de casi cuatro leguas), abajo de la cual comienza el valle de Tula, al fondo de una tenaza natural muy abrupta. La situación de la hacienda es muy agreste y romántica; pero, después de haber observado la gigantesca obra descrita en las páginas anteriores, no puede reprimirse un sentimiento de desilusión al ver la relativa insignificancia del salto en que termina. La altura (como ya lo he dicho) es de unas veinte varas, o sea cuarenta y tres pies ingleses; pero el volumen de agua, considerable durante la estación lluviosa, estaba reducido, cuando lo vimos, a una pequeñísima corriente que parecía buscar su camino con dificultad por entre las masas de rocas que le obstruían el paso.

De Xalpa regresamos a México por una ruta completamente distinta, que nos condujo a través de la villa indígena de Silcaltepec, bordeando el lago de Zumpango, hasta el pueblo de este nombre, y de allí, cruzando las montañas, hasta San Juan de Teotithuacán, donde pasamos la noche. A la mañana siguiente visitamos las pirámides, que se encuentran como a dos millas del pueblo, y luego descansamos casi una hora en una avenida de cipreses que termina en una gran iglesia. Uno de los cipreses es de singular belleza: lo consideramos muy poco inferior a los de Chapultepec.

Nada puedo agregar a la descripción que de las pirámides hace Humboldt, cuya obra contiene infinitamente más de lo que hoy día saben con respecto a ellas los nativos. La primera (Tonatiuh Ytzaqual), la Casa del Sol, tiene una base de 682 pies de largo; su altura es de 180 pies. La segunda (Metzli Itzaqual), la Casa de la Luna, tiene treinta y seis pies menos de altura que la otra, y su base es mucho menor. Ambas son truncadas, como la pirámide de Cholula, y de origen tolteca; están compuestas de piedras y arcilla mezcladas, y a pesar de que su forma exterior está ahora casi perdida bajo la cantidad de magueyes, nopales y arbustos espinosos que las cubren, hay panes en que se pueden distinguir bastante bien las escalinatas o terrazas que se elevaban gradualmente hasta la cúspide.

Un grupo, o (como lo llama Humboldt) sistema de pequeñas pirámides, simétricamente trazadas, se extiende a cierta distancia en tornd de las Casas del Sol y de la Luna; y entre ellas se encuentran constantemente cuchillos y puntas de flecha de obsidiana, que prueban cómo debe haber sido frecuentado el lugar por los sacerdotes y guerreros de la tribu. No tengo conocimiento de que se haya examinado el interior de alguna de estas pirámides, a pesar de que por su nombre azteca, Mkoatl (Llano de la Muerte), es probable que se hayan usado como sepulturas, fuese para los jefes o para las víctimas sacrificadas en sus ritos religiosos.

De Teotithuacán nos dirigimos a Texcoco, pueblo que anteriormente era la residencia de un príncipe indio tributario, pero que ahora está casi en ruinas. Sin embargo, todavía hay huellas evidentes de su anterior importancia en los restos de fortificaciones, que deben haber sido formidables para enemigos armados solamente con flechas y hondas.

Cerca del pueblo hay también un puente raro, y aunque de fecha anterior a la Conquista, actualmente se encuentra en perfecto estado de conservación. Desde la hacienda de Chapingo, como a una legua más allá de Texcoco, donde fuimos recibidos de la manera más hospitalaria por el marqués de Vivanco, a quien pertenece, visitamos tanto el puente tendido sobre el río de Texcoco como el supuesto baño de Moctezuma, del que contiene una relación muy singular el libro del señor Bullock. Es difícil determinar lo que puede haber sido, pero por lo reducido de sus dimensiones y por la extremada incomodidad de la posición a que necesariamente debe haberse sometido el bañista imperial durante su limpieza, creo posible decir que con toda seguridad nunca se usó como baño. Parece más probable que haya servido para recibir las aguas de un manantial, más tarde seco, ya que su profundidad es considerable, en tanto que uno de sus bordes parece un vertedero.

Chapingo es una de las mejores muestras de las haciendas mexicanas. La casa fue construida por los jesuitas. a quienes pertenecía originalmente la hacienda, y comprada al gobierno, al disolverse la Compañía de Jesús, por el progenitor de la actual marquesa de Vivanco, con el producto de la mina de Brranco, en Bolaños. Las tierras en tomo son extremadamente ricas, ya que de una represa a la que llegan cantidad de pequeñas corrientes desde las montañas vecinas se obtiene abundante• abastecimiento de agua para irrigación. La vecindad de la capital asegura un mercado inmediato y esto da un valor tan grande a las cosechas, que los ingresos derivados de la hacienda casi nunca son menores de 60 mil dólares (12 mil libras) por año. Las trojes, o edificios erigidos para recibir el grano, están magníficamente construidas: son altas, aireadas y pavimentadas con grandes piedras lisas, y varían en longitud de 70 a 90 pies. Chapingo se halla como a nueve leguas de México y casi a la misma distancia de San Juan Teotihuacán. El camino a este último lugar corre por entre el lago de Texcoco y la cadena de cerros que forman el límite oriental del valle: el que va a la capital pasa cerca del extremo sur del lago y como a cuatro leguas de las puertasde la población se une al gran camino de la Puebla. Regresamos a México por esta ruta después de una ausencia de seis días, durante los cuales habíamos recorrido todo el valle, menos la porción que se encuentra entre Chalco y San Agustín de las Cuevas, que visité posteriormente en mi viaje de ida y vuelta a Cuernavaca y Cuautla.

Como ya estaba entrada la estación y el calor aumentaba todos los días en la tierra caliente, decidí diferir mi expedición a ese lugar y comenzar el viaje unos cuantos días después de mi regreso de Chapingo. La distancia de México a Cuernavaca no pasa de veinte leguas (cincuenta millas), pero es difícil cubrirla en un solo día, debido al paso de las montañas al sur del valle, pues tanto la subida como la bajada son excesivamente rocosas y escarpadas; por consiguiente, salí de la capital la tarde del 25 de febrero y dormí en la villa de San Agustín de las Cuevas, como a cuatro leguas, donde de nuevo tuve que agradecer el alojamiento a la hospitalidad del marqués de Vivanco. San Agustín era anteriormente la residencia favorita de la nobleza y de los grandes comerciantes de la capital, y sus casas y jardines formaron gradualmente una villa cuya apariencia, en 1803, describe Humboldt como singularmente hermosa. Fue abandonada durante la revolución, porque estaba expuesta a ser atacada desde las montañas por las partidas insurgentes, y ahora es frecuentada sólo durante la gran feria que se celebra anualmente en el mes de mayo. Como la diversión es el único objeto de dicha feria, acude a ella cualquier criatura de México que pueda ahorrar, mendigar o pedir prestado un dólar para la ocasión. Las casas de San Agustín se rentan con muchos meses de anticipación y frecuentemente se pagan de trescientos a quinientos dólares por los tres días. Entre las damas es de etiqueta cambiarse de vestido cuatro o cinco veces durante el día: para el paseo tempranero antes del desayuno, de nuevo para el palenque, que se abre a las diez de la mañana, por tercera ocasión para la comida, una cuarta para el Calvario, donde generalmente se hace rueda para bailar, y una quinta para el baile público, que comienza a las ocho de la noche y dura hasta las doce. Los hombres pierden y ganan inmensas sumas de dinero en el transcurso del día, apostando tanto a sus gallos como en las mesas de monte, de las que hay una en casi todas las casas. Hay montes de plata para las clases bajas, pero en todas las mesas respetables no se ve más que oro y no se permiten apuestas de menos de un doblón (una onza, alrededor de 3 libras y 4 chelines en dinero inglés). La banca en éstas varía de 1 500 a 3 000 doblones. Cincuenta o sesenta de ésms (como 200 libras) es una apuesta ordinaria al voltear una carta; pero he visto arriesgar y ganar hasta seiscientos veinte. No hay limite para la apuesta, y aunque no se puede pensar en trampas, las probabilidades a favor de la mesa son tantas, que pocas personas continúan de ganadores por mucho tiempo.

Mientras dura la feria, las calles y plazas de San Agustín están, de día y de noche, llenas de gente, que duerme a la bello étoile o busca refugio bajo los carruajes que abarrotan la plaza. Se encuentran provisiones de todas clases en los puestos levantados para la ocasión; los caballos y mulas están estacados en todas direcciones alrededor del pueblo; se construyen jacales provisionales con ramas y petates; y como se usa gran profusión de flores en todas estas estructuras, nada hay más pintoresco que el aspecto de esta escena tan abigarrada. Por la tarde se alfombra el palenque, se alumbra con candelabros, se colocan cojines sobre las bancas y se cuelgan espejos de los pilares de madera, y como la azotea, que es de tejas, está oculta en parte por la cantidad de ramas verdes, el conjunto forma un bonito salón de baile circular, en cl que se pueden ver, congregadas al mismo tiempo, a toda la élite y a toda la escoria de la sociedad mexicana. Sin embargo, los de las clases bajas quedan excluidos del centro de la casa, a donde no se permite entrar a nadie que no esté vestido correctamente, y se ven obligados a tomar asiento en las más altas filas de bancas. Aquí ejercen el privilegio usual de las galerías baratas, aclamando estruendosamente las piruetas de cualquier dama cuyo modo de bailar les agrada y pidiendo ocasionalmente el jarabe, la patinara y otros bailes del país, con una exhibición de los cuales son frecuentemente complacidos.

El 26 de febrero salí de San Agustín a muy temprana hora. La subida comienza casi de inmediato y se vuelve doblemente difícil debido al arenal, capa de arena de color azul profundo que se extiende por espacio de unas dos leguas y agota tanto a los caballos como a las mulas, dado el traicionero sostén que ofrece a las pisadas. El camino pasa por la villa de Ajusco y por la venta del Guarda, desde donde empieza a serpentear a través de una serie de rocas y de pinares hasta la Cruz del Marqués, como a 2 360 pies sobre el nivel de la capital. Allí comienza la bajada a Cuernavaca y continúa ininterrumpidamente por casi cuatro leguas hasta el pueblo de Juchilac. donde por primera vez aparecen indicios de que está uno aproximándose a la tierra caliente. tatos aumentan rápidamente en dirección a Cuernavaca, hasta que, en los llanos inmediatamente abajo de la población, el clima y las producciones de la costa remplazan de golpe a los de la Mesa Central.

La transición es más brusca, porque, por el lado del Pacífico, losvalles están protegidos de los vientos del norte, que tienen efecto tan extraordinario sobre la vegetación de la falda oriental de la cordillera. Es por esto que Cuernavaca, a pesar de estar 1 093 pies más arriba que Jalapa, posee todas las características del país que se encuentra alrededor de Plan del Río o de Puente del Rey. Los habitantes tienen la misma tez obscura, el cielo el mismo aspecto brillante, y a pesar de que no se conoce el vómito, en la estación de lluvias prevalecen los fríos, de naturaleza tan violenta que casi se asemejan al tifo, ya que sus efectos sobre la constitución humana apenas son menos dañinos.

El pueblo de Cuernavaca se halla 2 040 pies más abajo que México y 4 400 pies abajo de la Cruz del Marqués, el punto más alto de la cordillera intermedia. No es en sí un lugar de gran importancia, y su único interés se debe a la riqueza del distrito que lo rodea. Durante los dos días que pasé allí, visité dos de las grandes haciendas azucareras mencionadas en el Libro Primero, San Gabriel y Atlacomulco, la primera de las cuales pertenece a la familia de Yermo y la segunda a la del duque de Monteleone, actual representante de la casa de Cortés. En ambas encontré la misma fertilidad exuberante del suelo, la misma abundancia de agua para la irrigación e igual falta de atención para la comodidad o la limpieza en la vecindad de la casa, la cual, en los valles de Cuautla y de Cuernavaca, pocas veces denota con su apariencia el valor de la hacienda. La producción media de San Gabriel se calcula en cuarenta mil arrobas de azúcar (cada una de 25 libras); la de Atlacomulco no excede de treinta mil; además de ella, sin embargo, hay una plantación de café con cerca de cincuenta mil plantas jóvenes, que parecían estar en muy buen estado de desarrollo. La distancia de dichas haciendas a Cuernavaca varía de dos a tres leguas. El calor, agobiante después de las diez de la mañana, impidió que me extendiera más en mis excursiones, a pesar de que la belleza del país y la abundancia de caza (particularmente liebres y perdices) me hubieran inducido en cualquier otra ocasión a prolongar mi estancia.

El valle de Cuernavaca está separado del de Cuautla por un promontorio de terreno elevado, que comienza un poco más allá de Atlacomulco y se extiende por unas cuatro leguas hacia el sureste, donde termina en dos cerros muy singulares llamados, las Tetillas. Desde ellos se desciende inmediatamente hasta una terraza más baja, que empieza al pie de la cordillera en el pueblo de Yautepec, uno de los más bellos lugares que recuerde haber visto. La riqueza de los habitantes consiste en las huertas de naranjos que rodean sus casas y de las que se abastecen tanto la capital como la ciudad de la Puebla. Una de las numerosas corrientes que bajan de la Mesa Central atraviesa el pueblo, prodigando fertilidad por todos lados; cada vivienda tiene su huerta; y la brillante blancura de las casas contrasta, de manera muy agradable, con el verde obscuro de los naranjas atrás de ellas, roto a intervalos por el brillante color de la fruta. Yautepec está como a cinco leguas de Cuernavaca y a cuatro de Cocoyoc, hacienda perteneciente a don Antonio Velasco, suegro del general Terán, quien tuvo la gentileza de alojarme allí por unos cuantos días, por ser el lugar más conveniente para visitar tanto el pueblo de Cuautla como las haciendas vecinas, para la mayoría de las cuales tenía yo cartas del general Bravo y de otros amigos. Con excepción de algo así como una legua de roca sólida sobre la que no podían pisar sin dificultad nuestros caballos, todo el camino desde Yautepec atraviesa un país ricamente cultivado, regado por cientos de riachuelos y tachonado de haciendas, la más grande de las cuales (San Carlos) visitamos en nuestro camino. Nada más espléndido que aquel paisaje; y el vigoroso crecimiento de las cañas, aunque plantadas mucho más cerca de lo que se acostumbra en las islas de las Antillas, atestiguaba la riqueza del suelo, que, sin ayuda de abono, rara vez deja de dar cosechas muy abundantes. El doctor Wilson, un amigo que nos acompañó en dicha ocasión y que por haber residido largo tiempo en Jamaica estaba mejor calificado que yo para juzgar de las capacidades relativas de los dos países, quedó muy asombrado ante dicha circunstancia y me la señaló como muy digna de atención.

No obstante el calor, comenzando nuestras excursiones a hora muy temprana logramos visitar, durante los dos días que pasamos en Cocoyoc, el pueblo de Cuautla de Amilpas (que tenía curiosidad de ver por estar relacionado con la historia de la revolución y las hazañas de Morelos) y las haciendas de Pantitlán, Casasano. Santa Inés, Calderón y Cohahuistla. Esto fue suficiente para darnos una muy buena idea de la forma en que se manejan las grandes plantaciones de azúcar de México, así como de su extensión: pero los aspectos más esenciales sobre tales temas se encontrarán en la Sección III del Libro Primero, y la consulta de éste hará innecesario que yo entre aquí en mayores detalles.

La población del valle muestra evidentes trazas de una mezcla reciente con sangre africana. El color de la piel es más obscuro, y el cabello lacio, peculiar de los aborígenes, remplaza los bucles rizados o lanudos. Los hombres son de una magnífica constitución atlética, pero salvajes, tanto en su aspecto como en sus hábitos: se deleitan con los colores brillantes, al igual que con la música ruidosade los negros, y ofrecen un sorprendente contraste, al calor del licor y del baile después de las labores diarias, con el comportamiento humilde y sumiso de los indios de la Mesa Central.

Cuautla de Amilpas, que está a cuatro leguas de Cocoyoc y a trece de Cuernavaca, se ha recuperado completamente de los estragos de los primeros años de la guerra civil. El suburbio de los indios es sumamente bonito, pero el pueblo en sí, debido a la poca altura de las casas, que en su mayoría son de tepetate, y al ancho de las calles, parece muy poco adecuado para resistir el ataque de una fuerza regular. La defensa que allí presentó Morelos, con unos cuantos cientos de hombres, contra todo el ejército virreinal mandado por Calleja en persona, es difícilmente mayor prueba de determinación de su parte que de la falta de valor de sus adversarios.

El 4 de mano salí de Cocoyoc; no sin lamentarlo, porque aunque la casa es mala, nada hay más maravilloso que la vista del Popocatépetl desde el balcón donde acostumbrábamos sentarnos a gozar de la brisa de la tarde, después de las fatigas de nuestra cabalgata matutina. También constituye un bello objeto una plantación de café cruzada poravenidas de naranjos y conservada en el mejor orden; y para un ojo acostumbrado a la raquítica vegetación de la Mesa Central, debe ser siempre un alivio aun el follaje de los árboles más comunes de la tierra caliente.

La subida hacia la capital comienza muy abruptamente. En las afueras del valle de Cuautla hay dos pequeños ranchos, cerca de los cuales se cultiva gran parte de los plátanos que abastecen el mercado mexicano. El cambio desde los jacales de estos indios, sepultados entre las hojas del plátano hartan, a los bosques de pinos que ocupan la región inmediatamente superior es extremadamente brusco. A través de estos bosques se brega como por unas ocho leguas, en el curso de las cuales se atraviesan dos o tres pueblos sin interés, y luego comienza una bajada gradual hacia el Valle de México, al que entramos al sur del pueblo de Chalco, donde pasamos la noche. No hubiera sido imposible llegar a la capital la misma tarde, ya que la distancia no excede de nueve leguas, pero nuestros caballos se habían hartado de canutos de caña de azúcar durante su visita a la tierra caliente y estaban tan debilitados por este alimento cálido, que se encontraban exhaustos antes de que llegáramos a Chalco, a pesar de que no está a más de once leguas de Cocoyoc. Por tanto, nos vimos obligados a darles una noche de reposo y de comida fuerte, y después de ello llegamos a México a temprana hora de la mañana siguiente (5 de mano)

 

PREPARATIVOS PARA VIAJAR POR MÉXICO

VIAJE A LOS DISTRITOS MINEROS DE TLALPUJAHUA

SE CONOCÍA tan poco en la ciudad de México sobre la manera como se manejaban los negocios de las grandes compañías mineras inglesas y prevalecían informes tan contradictorios respecto al sistema por ellas empleado, que tomé la determinación de procurar, mediante observación personal, la información que me era imposible obtener de otra fuente. En esto influyó no sólo el interés que naturalmente sentía por el destino de empresas en las que se había invertido en tan grandes sumas capital británico, sino el deseo de no ser responsable más que de mis propios errores en los informes que sobre el tema se me pidiera transmitir al gobierno de Su Majestad.

En la capital, la opinión de la mayoría de la gente parecía estar influida por sentimientos de naturaleza meramente personal. Había tantas simpatías a favor de ciertos distritos, tantos prejuicios contra otros y tales rivalidades entre los agentes o amigos de las diversas compañías, que me di cuenta de que sería inútil intentar ninguna conclusión razonable respecto a sus perspectivas mientras no estuviera en el lugar de la acción; y, bajo esta impresión, decidí darme a mí mismo el gusto de saber que por lo menos había hecho cuanto me era posible para evitar cualquier error que pudiera cometer por falta de datos.

Al prepararme para ejecutar un plan que me obligaba a emprender una serie de viajes por un total de casi tres mil millas inglesas, me esforcé por disminuir, tanto como fuera posible, los inconvenientes propios de un viaje en México, tomando de antemano todas las pequeñas precauciones que, si se descuidan en un principio, ocasionan con toda seguridad demasiados disgustos y demoras posteriores. Por consiguiente, conseguí los mejores caballos que se podían obtener, tanto para mí como para mis sirvientes, y tuve igual cuidado para seleccionar mis mulas de carga, de las que de hecho depende toda la comodidad de un viaje.

Una posada mexicana, o aun una hacienda de segunda categoría, encierran muy poco o nada dentro de sus paredes desnudas. Si el viajero está muy fatigado, se puede tender cuan largo es en el suelo o puede probablemente darse el lujo de una mesa, que debido a lasuperficie menos irregular que presenta, constituye un mejor substituto para una cama. A nada más que esto debe aspirar, ni tampoco puede esperar encontrar, excepto en los pueblos, otras provisiones que tortillas y chile. Depende, por consiguiente, en cuanto a descanso y comida, de sus propios suministros, que nunca debería perder de vista. Para conseguirlo, las mulas de carga deben ser de la mejor raza de Durango, ligeras y activas, capaces de mantener un trote treinta o cuarenta millas adelante de los caballos, con una carga de 150 o 160 libras. Los mexicanos amarran esta carga al animal de la manera más descuidada, simplemente balanceando los bultos sobre una albarda de cueros y arpillera rellena de paja, y la cinchan después tan fuertemente que con frecuencia lastiman a la mula, ocasionándole mataduras bajo los cinchos o sobre la cruz, que soporta toda la carga al ir cuesta abajo. También los bultos requieren atención y reacomodo constantes, pues se pierde el equilibrio por lo agitado del movimiento cuando se viaja a paso rápido, aunque a un paso muy descansado son necesarios menos cambios. Durante mi viaje a Cuautla me di cuenta de que se presentaban tantos inconvenientes con la frecuencia de estas demoras, que de regreso a casa me decidí a introducir una innovación, contra la que protestaron todos mis sirvientes mexicanos hasta que la experiencia les enseñó cuánto contribuí a disminuir su propio trabajo.

Encargué a un talabartero francés recientemente establecido en la capital hacerme cuatro albardas inglesas, según el modelo de una que había sobrevivido a la Guerra Peninsular, y proveer a cada albarda con un fuste, para evitar que la carga descansara de plano sobre el lomo de la mula, dotando a su vez al fuste con ganchos de hierro a cada lado, de los que se sujeta un portamantas o una cama por medio de los correspondientes anillos y correas. En la estación de lluvias se cubre todo con una lona encerada y se asegura por medio de un ancho cincho de cuero; esto sirve para mantener firme la carga, en tanto que la retranca y el pretal evitan que la albarda misma se resbale aun en los caminos más empinados. Uno de los fustes estaba construido de manera diferente al resto, provisto de soportes de fierro adecuados para que cupiera una cantina que se metía entre ellos y que se sujetaba. con una sola correa. Desde el momento en que adopté tal sistema, me olvidé de todos los incómodos aparejos mexicanos y tuve la satisfacción de no volver a tener una sola mula con el lomo lastimado y de verlas hacer sus jornadas fácil y convenientemente. Mi equipaje consistía por lo común de una cantina que contenía utensilios de cocina, así como una pequeña vajilla para cuatro personas, lo que constituía carga ligera para una mula; uno de los pequeños catres de latón de campaña de Thompson, junto con un portamantas para balanceado, se asignaba a una segunda mula; la tercera llevaba dos cajas para vino, provisiones y otros artículos necesarios, de los que nos surtíamos en los pueblos más grandes; y la cuarta transportaba las camas del doctor Wilson y del señor Carrington, un amigo joven que generalmente me acompañaba. Un solo arriero, debidamente provisto de su sable y de su lazo, se hizo cargo de las mulas, con las que se adelantó al resto del grupo. Nos acompañaban generalmente tres sirvientes, dos mexicanos y un lacayo inglés, quienes, por estar armados como nosotros con pistolas y sables, y además con dos o tres escopetas de doble cañón, formaban un grupo suficientemente fuerte para protegernos contra el peligro de un ataque de bandidos. Una vez entrenados conforme a las necesidades inglesas, no conozco mejores sirvientes de viaje en el mundo que los mexicanos. Son de una magnífica raza varonil, excelentes jinetes, expertos en el uso de ese indispensable instrumento que es el lazo y capaces de soportar toda clase de fatigas. Comen cualquier cosa, se ven siempre respetables si van provistos, como los míos, con el traje de piel (traje de payo) del país, y duermen en el suelo, envueltos en la manga que cada hombre lleva en la parte posterior de su montura, alrededor de la cama de uno en caso de dormir al raso, o tendidos enfrente de las puertas del cuarto en las posadas, en donde, como todo está abierto, no tiene uno más seguridad que el auxilio de sus propios sirvientes. Yo tenía la mayor confianza en los míos, pues he observado que, cuando se les trata bien, son capaces de la mayor adhesión. y aunque no tuve oportunidad de someterlos a ninguna prueba dura, estoy convencido de que en una emergencia no me hubieran abandonado.

Pocas sensaciones más agradables he conocido en la vida que las experimentadas al comenzar, así acompañado, una de mis largas expediciones, con todo mi grupo bien montado, con algunas mulas y caballos de repuesto adelante de nosotros, y con la certidumbre de encontrar, después de haber recorrido un nuevo país, lo suficiente para satisfacer la curiosidad y frecuentemente también para disipar desagradables dudas, con respecto al principal objeto de mi viaje. Hay algo tan primitivo y tan independiente en todo esto, que son pocas las gentes, de las que tienen suficiente energía para soportar fatigas, que no aprendan a disfrutarlo. Se olvida uno de Europa y de toda la mezcla de ventajas y frenos de la civilización, y confiándose en su caballo para llegar al lugar de su destino, y frecuentemente a su fusil para comer en la ruta, no se preocupa uno demontañas ni de ríos, sino que se toma inmediatamente el camino más corto y pintoresco o se desvía uno a placer, hacia el este o hacia el oeste, en caso de que en cualquiera de los lados haya algo que llame la atención. Los caballos mexicanos están admirablemente adaptados a tal modo de viajar. Son pequeños, pero activos y llenos de energía; de rienda muy suave y listos para arrancar a galope tendido al menor movimiento de la mano. Muchos poseen, además de estas buenas cualidades, ese requisito tan valioso para el camino, un buen paso, de cuyas ventajas no se puede formar una idea nadie que no lo haya probado. El paso consiste en un movimiento peculiar del caballo, por el cual los cuartos traseros se asientan en el suelo soportando casi todo el peso del cuerpo, en tanto que los cuartos delanteros se levantan en una acción alta y graciosa; el jinete, debido al suave movimiento de los cuartos traseros, apenas se mueve en su asiento, en tanto que el caballo que va delante parece ir al trote y, sin embargo, se mueve casi a la misma velocidad. Un caballo de buen paso puede caminar con facilidad seis millas en una hora y sostener dicho paso en terreno bueno por varias leguas consecutivas. Yo tuve uno, conocido en México con el nombre de Mascarillo (debido a una peculiar mancha blanca a un lado de la cabeza), cuyo paso era tan rápido que cualquier otro caballo casi tenía que ir al galope; cuando iba a galope tendido se pensaba que se movía a razón de diez u once millas por hora, pero este esfuerzo no lo podía sostener por mucho tiempo. El paso más común varía entre cuatro y seis millas por hora, casi nunca más de lo último ni menos de lo primero. Nunca tuve más de dos caballos de esta clase, uno de ellos era un pequeño alazán tostado que acostumbraba montar la señora Ward, y el otro, mi favorito, un ros&tlo muy rápido y con piernas como de venado, pero tan brioso que hacía todos mis viajes con menos daño para sí mismo que otros que tenían aparentemente tres veces su energía. El doctor Wilson tenía un tercer caballo de hechuras más torpes, pero con el mismo buen paso, y era curioso ver la facilidad con que recorrían el camino estas tres bestias, en tanto que el resto se agotaba esforzándose por mantenerse a la par de ellas. Los caballos de paso, como los descritos, son apreciados y su precio en cualquier parte del país es de ciento cincuenta a doscientos dólares (30 o 40 libras), en tanto que un trotón de la mejor clase se puede comprar por cincuenta dólares (10 libras), y se podía adquirir por la mitad en 1823, antes de que la afluencia de ingleses elevara los precios, como sucede siempre. Para viajes largos, mucha gente prefiere las mulas a los caballos, y en país muy montañoso ciertamente responden mejor: también son útiles para los sirvientes; pero a mí no me agradaría montarlas, ya que me gustaba detenerme dondequiera que hubiera caza cerca del camino, y después de cazar durante media hora, reunirme de nuevo a mi grupo a un medio galope, lo cual echaría a perder a una mula de paso, en tanto que a un caballo no lo daña. Sin embargo, si se mantienen a su paso regular, las mulas son animales realmente extraordinarios y parecen capaces de continuar, a razón de treinta millas por día y sin inconvenientes ni fatigas, desde enero hasta diciembre. Yo tenía un pequeño macho zaino que había ido con el señor Hervey al interior, y posteriormente tanto con él como con el señor Morier a la costa. Después fue traspasado al señor Baring, con quien fue a Tepic, de donde regresó justo a tiempo para que volviera yo a comprarlo al comienzo de mis propios viajes. En todos ellos llevó como jinete a mi arriero, un hombre muy pesado; y cuando, en abril de 1827, traspasé los dos al señor Stokes para que recorriera de nuevo una porción no despreciable del mismo camino, muy poco había en la mula, como en el arriero, que indicara las fatigas que habían soportado. Lo mismo puedo decir de un pequeño terrier negro, uno de los dos únicos perros que sobrevivieron al viaje desde la costa. Cuatro galgos y otro terrier murieron de rabia en las arenas, a una legua de Veracruz; pero esta pequeña criatura, debido a que era más joven, sufrió menos daño con el sol, y desde el momento en que llegamos a la Mesa Central se encariñó inmediatamente con las mulas y así continuó sin cambios durante todo el tiempo que duró mi estancia. Desafiando el calor y el polvo, el perro siempre acompañó a la mula delantera; por la noche dormía entre las albardas, donde su vigilancia era muy útil; y, excepto por la comida, nunca hubo nada que lo indujera a entrar a una casa. Creo gue todavía sigue la misma carrera, pues a mi regreso me dio lástima apartarlo de sus amigos, con quienes ha viajado desde entonces a Catorce y Tepantilán.

Terminaré este bosquejo general de cómo se viaja en México diciendo que en los meses calurosos de mayo, julio y agosto, en cuyo transcurso, dado lo extremadamente seco de la estación en 1826, pude visitar Tlalpujahua, Temascaltepec, Real del Monte y Zimapán, acostumbrábamos ponemos en camino mucho antes del amanecer; de suerte que generalmente terminábamos nuestra jornada diaria a las doce o la una de la tarde. En México nunca se hace alto en el camino para tomar un refrigerio, sino que se cubre de una vez toda la distancia, cualquiera que sea. Es mejor para los caballos y para las mulas, ya que así tienen más tiempo ininterrumpido para descansar y comer, lo que en un clima tan caliente no pueden hacersin agua, y ésta no se les puede dar hasta que termina el trabajo diario. Ni tampoco sufre inconvenientes el viajero con dicho arreglo, ya que le da tiempo para vestirse y bañarse antes de comer, y para pasearse luego con el fresco de la tarde dondequiera que haya algo que ver, hasta que la proximidad de la noche lo obliga a irse a la cama. Es entonces cuando en verdad se aprecian los lujos de los mosquiteros y de las camas portátiles, especialmente si la altura de las patas es suficiente (como siempre debería serlo) pan quedar más arriba de lo maximo que pueda saltar una pulga. Protegido contra toda esta clase de molestias y tendido pacífica y confortablemente sobre el catre elástico, pronto se olvida uno de las fatigas del día, y cuando es despertado por los arrieros a las tres de la mañana del día siguiente, está listo para enfrentarse a las que entonces vendrán. Siempre se requería una hora para ensillar y cargar las mulas, levantar las camas y preparar un poco de provisiones frías, que nos deteníamos a comer como a las ocho o nueve de la mañana dondequiera que pudiera conseguirse agua o pulque. En previsión de que llegáramos demasiado temprano, generalmente llevábamos con nosotros libros para pasar el rato, y los que no sentían dicha inclinación se podían ocupar en la cocina o el cuidado de los animales, puesto que para las dos cosas hacía falta una supervisión constante. En resumen, mís viajes fueron un descanso muy agradable después de mi confinamiento en la capital. Los terminé con tristeza; los recuerdo con placer, y volvería a emprenderlos de nuevo con gran satisfacción mañana mismo, en caso de que mi profesión me llevara otra vez a un país tan poco conocido como México y con tantas cosas dignas de atención que recompensan la curiosidad.

El primer distrito minero que visité, después de mi regreso de Cuautla, fue el de Tlalpujahua, que está situado en los confines del estado de Valladolid, como a 38 leguas, o sea 95 millas inglesas, de la capital. El camino atraviesa las montañas que limitan el Valle de México al oeste, y pasa por Tacubaya y Santa Fe hasta llegar a las Cruces, lugar donde en 1810 se libró la batalla entre los insurgentes al mando de Hidalgo y las tropas virreinales comandadas por Trujillo. Desde este alto cerro (está a 10882 pies sobre el nivel del mar), en donde todavía hay cantidad de cruces y montones de piedras que señalan las tumbas de los indios muertos en la acción, comienza la bajada hacia el valle de Toluca, 785 pies más alto que México. El pueblo de Lerma está como a una legua de la falda de las montañas, a orillas de la laguna donde nace el río Grande de Santiago. Al principio, este río toma el nombre de casi cualquier villa cerca de la que pasa, pero es el mismo que, después de fertilizar el Bajío y atravesar el extremo del lago de Chapala, corre a través de una gran porción del estado de Jalisco y por último desemboca por San Blas en el Pacífico. Lleva una considerable cantidad de agua y no se puede vadear, ni durante la estación seca, aun en las primeras millas desde su nacimiento.

El pueblo de Lerma no tiene nada extraordinario, excepción hecha de una posada, donde, debido a las frecuentes visitas de extranjeros, se pueden obtener tanto camas como provisiones, y donde se presta alguna atención a la limpieza.

El lugar tiene cerca de 4 mil habitantes y está rodeado de plantaciones de magueyes que producen muy buen pulque. La distancia a la capital es de doce leguas.

Desde Lerma hay dos caminos para Tlalpujahua, uno de los cuales atraviesa la ciudad de Toluca, en tanto que el otro, con cuatro leguas menos de extensión, se desvía hacia el noroeste y lleva directamente hasta el pueblo de Istlahuaca (como a doce leguas de Lerma y catorce de Tlalpujahua), lugar donde dormimos. Durante casi ocho leguas seguimos un camino de herradura llamado el Camino de los Cajones, a través de una región cubierta de haciendas de maíz y de grandes haciendas de pastizales, en donde hay desparramados inmensos rebaños de ganado. El plan es cruzado por varios canales de irrigación y la escena, matizada con muchas villas que se levantan a distancia y limitada por el Nevado de Toluca hacia el extremo sur, da una impresión de fertilidad y abundancia muy placentera. Durante unas cuatro leguas antes de llegar a Istlahuaca, recorrimos un cerro elevado y desnudo, pero los cultivos vuelven a aparecer en las cercanías del pueblo (situado sobre un pequeño promontorio en las márgenes del río Lerma) y continúan a través de los llanos de Tepetitlán hasta la hacienda del mismo nombre (a cinco leguas de Istlahuaca), donde comienzan las montañas del Oro y Tlalpujahua. De las restantes nueve leguas, las primeras cuatro son áridas y desoladas; las últimas cinco se extienden a través de una serie de bosques de pinos, en medio de los cuales se encuentra el real de Tlalpujahua.

La antigua villa de San Pedro y San Pablo, ahora llamada Tlalpujahua, donde residen los oficiales de la compañía que bajo ese nombre se formó en Inglaterra, está situada a los 19° 17' 30" de latitud norte y a los 100° 1' 15" de longitud oeste, sobre las márgenes de una pequeña corriente que serpentea por el valle de Tlalpujahua hasta el de Tepetongo, donde se une al río de Tepetongo, que posteriormente se une con el de Lerma. El pueblo está rodeado demontañas cubiertas de pinos, las más grandes de las cuales son la Somera, hacia el noreste, San Lorenzo hacia el sur y el cerro del Gallo hacia el este del pueblo; la primera de ellas se encuentra a 1 430 pies, la segunda a 1 160 y la tercera a 851 pies sobre el nivel del puente de Tlalpujahua, el que a su vez tiene una elevación de 822 pies sobre la ciudad de México y 8 581 pies sobre el nivel del mar.

Sobre las laderas de las montañas que rodean el valle de Tlalpujahua se encuentran situadas las principales minas de la compañía, en las cañadas de las Ánimas, los Zapateros y Laborda. Su situación es extremadamente favorable para ser desaguadas por medio de socavones; y los tiros no son de difícil acceso ni se hallan a distancia inconveniente del pueblo: la mayoría de ellos están dentro de un círculo de dos millas inglesas.

Las vetas metalíferas de este distrito se encuentran principalmente en la filita (Thornschiefer, o esquisto arcilloso), que contiene en estratos subordinados: 1) gres rojo (Grauwacke); 2) esquisto grauvaca (schief (rige Grauwacke); 3) calcárea (caliza de transición); 4) talquita (Talkschief er); 5) feldespato compacto (feldespato prismático de Jameson); 6) diabasa (compuesta principalmente de feldespato prismático y augita de bordes rectos de Jameson); y 7) cuarzo.

Las vetas de La Borda y Coronas varían en dimensiones de 16 1/2 a 5 1/2 y a 8 1/4 pies ingleses; la de las Vírgenes alcanza en algunas partes una anchura de 27 1/2 e inclusive de 33 pies ingleses; y no se ha observado ninguna disminución en la mayor profundidad a que hasta ahora se han explorado dichas vetas.

Los minerales contienen oro nativo (oro hexaédrico de Jameson), y plata nativa (plata hexaédrica), que se encuentran en pequeñas cantidades. La argentita romboidal (sulfuro de plata antimonial negro) es muy abundante; y le sigue la argentita hexaédrica o plata sulfurosa. La plata roja o sulfuro de plata antimonial rojo es menos común, pero se puede encontrar frecuentemente.

De la anterior producción del distrito de Tlalpujahua nada cierto se sabe. La gran veta de Coronas se descubrió hace mucho tiempó y ha sido trabajada, con interrupciones ocasionales, por más de dos cientos años. La cañada que lleva el nombre de La Borda y a la que éste debió su primera fortuna, se descubrió apenas en 1734; no hay estados de la plata extraída de ella durante la gran bonanza que la hizo célebre; pero si digo que fue de 12 000 000 de dólares en los ocho años que se trabajaron las minas, estoy dando solamente la mitad de la cantidad que generalmente se asigna en México al respecto. Tlalpujahua perdió mucha de su importancia cuando La Borda se trasladó a Taxco, pero las minas del distrito se trabajaron sin interrupción hasta el comienzo de la guerra civil, época, en la cual, según una relación estadística del estado de Valladolid publicada en 1822 por don Juan José Martínez de Lizarra, se gastaban de dieciocho a veinte mil dólares.semanales en la compra de minerales y en las rayas de los mineros.

También se ha comprobado que en 1824 los buscones extrajeron minerales hasta por la cantidad de 100 mil dólares; y en 1825, antes de la llegada de la compañía, el único minero del distrito que tenía capital disponible extrajo otros 60 mil dólares de manera semejante. Pero no habían de ser los esfuerzos aislados de un individuo los que pudieran reparar los daños causados por la revolución.

El estado de Valladolid era constante teatro de acción entre las partes contendientes; y como uno de los jefes insurgentes (Rayón) ocupó ros campamentos fortificados en las vecindades inmediatas de Tlalpujahua (el cerro del Gallo y Cóporo), dicho distrito estuvo expuesto durante varios años a todos los horrores de la guerra. Para escapar de ellos, los habitantes abandonaron sus hogares; y en junio de 1825, el señor de Rivafinoli encontró, a su llegada, la mayoría de las casas en ruinas y las minas sin edificios de ninguna clase que señalaran su existencia. La población era tan reducida, que con mucha dificultad se consiguieron ciento cincuenta trabajadores, y a pesar de que el país aledaño es extraordinariamente fértil, escaseaban los suministros de todas clases debido a la ruina total de las haciendas vecinas.

Fue muy satisfactorio observar el cambio producido al cabo de diez meses en todos estos aspectos. En mayo de 1826, Tlalpujahua presentaba uno de los cuadros de mayor actividad que puedan imaginarse: la población había aumentado de mil a cinco mil; se habían reparado o reconstruido más de ochenta casas; en la plaza abrieron tiendas para la venta de manufacturas inglesas; un mercado provisto con abundancia de todas las cosas de primera necesidad funcionaba durante cuatro días a la semana; y mil doscientas personas tenían empleo constante en las minas. Veintisiete de los principales tiros se habían ya reparado por completo y estaban rodeados de los edificios necesarios. En las minas de San Esteban, Coloradilla, los Olivos, Capulín, Concepción, Santos Mártires y Ocotes las labores ya habían llegado a la veta y se estaba extrayendo mineral en cantidades considerables. En las otras, se habían construido malacates de acuerdo con un plan muy avanzado y el. desagüe se estaba realizando activamente.

Sobre la extensión en que se llevan a cabo las obras de la compañía ya se ha dicho algo en la segunda sección del libro anterior; sin embargo, es necesario agregar que sus contratos son en su mayoría por el término de treinta y treinta y cinco años; que en todas sus minas tienen la mitad de las acciones, o doce barras; que los alimentos (o concesión hecha por la compañía a los propietarios) son de poca cuantía y que se discontinuarán en caso de que una mina no produzca en tres años; y que a pesar de que entre los muchos contratos firmados por la compañía indudablemente hay algunos de los que nunca se podrá sacar ventaja alguna, era indispensable estar en posesión de todas las minas del distrito a fin de excluir la competencia, cuyos ruinosos efectos se han sentido muy duramente en otras partes de México.

Tlalpujahua goza de muchas ventajas como distrito minero. Está situado a una distancia moderada tanto de la capital como de la costa, en medio de un país tan fértil, que el maíz, cuando en Guanajuato y en México se vende a cuatro y medio o cinco dólares por carga (de 300 libras), rara vez vale allí más de dos y medio o tres dólares. La madera es igualmente abundante y barata. El costo de la mano de obra minera de todas clases es menor que en cualquiera de los estados vecinos. Pocas de las minas tienen una profundidad que exceda de ciento cincuenta varas y casi todas están situadas de tal manera que se puede facilitar su desagüe por medio de un solo socavón, a muy considerable distancia por debajo de los más profundos de los actuales laboríos. Los minerales de algunas de ellas contienen una ley de oro tan considerable que eleva el valor del marco hasta doce y dieciséis dólares; y siempre se puede contar con agua para beneficiar estos minerales.

En la época de mi primera visita se habían completado dos haciendas de beneficio (Santa Rosa y el Chimal), en cada una de las cuales había doce morteros trabajando, capaces de pulverizar veinticinco cargas de mineral (de doce arrobas o 300 libras) en veinticuatro horas. Otra gran hacienda (San Rafael) estaba por completarse, con cuarenta y ocho morteros y veinticuatro arrastres, y se creía que beneficiaría de 600 a 800 cargas de mineral a la semana. Quedé sumamente impresionado con la apariencia de todas estas instalaciones, que fueron planeadas por el señor Moro, ingeniero de la compañía, y ejecutadas por completo por trabajadores mexicanos bajo la supervisión de otro oficial (el señor Enrico), cuya paciencia y asiduidad triunfaron sobre todos los obstáculos que al principio se presentaron dada la inexperiencia de los nativos. La rueda hidráulica de San Rafael tiene veintisiete pies de diámetro y nunca se ha empleado un solo europeo en ella, ni en la maquinaria conectada con ella, la cual mueve actualmente cuarenta y ocho morteros con una potencia que en otros tiempos se consideraba insuficiente para trabajar más de seis.

Pero tanto en este aspecto como en todos los otros, la Tlalpujahua Company ha sido atendida admirablemente. El director, señor de Rivafinoli, posee no sólo un espíritu activo e infatigable sino el arte de comunicar algo de este espíritu a quienes le rodean. Nunca vi más orden y regularidad que el que presentan todas las panes de su sistema; y a pesar de que los caballeros empleados para supervisar los trabajos son nativos de diferentes países, existe entre ellos un esprit dg corps que da gusto observar. Los propietarios mexicanos, a mucho% de los cuales se les ha confiado la supervisión de los trabajos en sus propias minas, se han convertido en muy útiles asistentes; y como siempre que se tiene la intención de cambiar maquinaria se recurre a la autoridad de la iglesia, echando el cura (hombre de gran talento e influencia) una bendición solemne sobre la nueva máquina antes de que empiece a trabajar, cada innovación es esperada por los nativos como una fbe, en la que reciben una recompensa pública quiec.es han estado empleados en la construcción de las nuevas instalaciones.

Se podrá pensar que algunos de estos detalles son triviales; pero mientras la naturaleza humana sea como es hasta ahora, se logrará hacer mucho más prestando atención a dichas insignificancias, que con los proyectos más benéficos introducidos sin ellas. El sistema conciliatorio adoptado por el señor de Rivafinoli le ha dado una autoridad casi absoluta en su distrito, y esto, en tanto que sean susceptibles de verse afectadas las perspectivas de una compañía (como siempre habrán de serlo) por las facultades que posean sus agentes para poner en ejecución sus proyectos, se podrá considerar siempre como un paso esencial hacia su progreso.

Se han expresado dudas con respecto a la calidad de las minas de Tlalpujahua, que me es imposible disipar, pues no existen estados de sus producciones anteriores. Sin embargo, es difícil suponer que en un distrito en que abundan las vetas metalíferas, ninguna de las cuales se ha trabajado a profundidad considerable aun cuando se sabe que todas han sido productivas en épocas pasadas, una compañía que se encuentra en posesión de todas las minas de importancia en el real y está a punto de ampliar sus trabajos a una gran extensión de terreno virgen, no recupere con creces los avíos que hasta ahora ha hecho. Sus probabilidades de éxito aumentan en proporción directa a la extensión de sus operaciones, ya que las vetas se exploran a la vez en todos los puntos esenciales; en tanto que los trabajos de minería, que están bajo la dirección del señor Burkart, hombre activo, cauteloso y científico, tienen la seguridad de ser llevados a cabo con economía y de ejecutarse con la mayor precisión posible. Con respecto al tiempo, unos cuantos meses más o menos son de poca importancia en una empresa de tal magnitud; y todavía tendría una mejor opinión de la que actualmente tengo con respecto a las perspectivas de la Tlalpujahua Company, si los directores en Inglaterra difirieran por un año la esperanza de obtener dividendos inmediatos y dedicaran todo ese tiempo a terminar el gran socavón, por medio del cual se podría llevar a cabo inmediatamente el desagüe de las dos terceras partes del distrito, y hacer en último término un ahorro inmenso en los gastos de la asociación.

Permanecí en Tlalpujahua casi una semana, durante la que visité todas las minas puestas en actividad hasta entonces, al igual que las haciendas, la más distante de las cuales, San Rafael, está situada como a tres leguas del pueblo. Para ese tiempo estaba sin terminar, pero en uno de mis viajes subsecuentes tuve el placer de verla completa, ya que regresé a Tlalpujahua en septiembre de 1826 y en enero de 1827, al volver de otros distritos a la capital.

 

 

DIARIO DE UN VIAJE A LOS DISTRITOS MINEROS DE ZIMAPÁN,

SAN FOSÉ DEL ORO, LA ENCARNACIÓN, EL CHICO, CAPULA Y REAL DEL MONTE

EL 12 DE julio por la mañana salí de México y me dirigí por el gran camino del norte a Huehuetoca, como a once leguas de la capital.

El día 13, después de seguir el mismo camino durante tres leguas en dirección a Tula, nos desviamos hacia el este y recorrimos unas cinco leguas de país desastrosamente desnudo y pedregoso, que se extiende hasta los llanos de San Pedro, en cuyo centro, en un lugar muy fértil, se encuentran la hacienda y villa del mismo nombre, a donde llegamos después de cinco horas de viaje.

Los llanos de San Pedro nos condujeron a otro pedregal, todavía de mayor extensión que el primero, en medio del cual, a cinco leguas de la hacienda, se levanta una solitaria venta, donde se nos había informado que podríamos pasar la noche, pero encontramos que no se podían obtener alojamientos de ninguna clase. Por consiguiente, nos vimos obligados a continuar el viaje, a hora muy avanzzda, hacia Itzriquilpan, un pueblo que está siete leguas más adelante y entre el cual y la venta del pedregal no hay ni un solo pueblo o hacienda. El camino sigue pedregoso y malo, con excepción de unas cuantas millas de arena cubiertas de maleza abierta. Como a dos leguas de Itzmiquilpan existe una bajada abrupta, de casi dos millas inglesas, cubierta de masas de rocas, entre las cuales es casi imposible que conserven su paso los caballos. No llegamos al pueblo sino hasta las ocho y media de la noche, a pesar de haber salido de la venta a las tres y media de la tarde.

Itzmiquilpan es notable por la belleza de su situación y la riqueza de la vegetación que lo rodea como por una legua en cualquier dirección. El pueblo se alza sobre las márgenes del río Tula y está tan completamente protegido por las montañas vecinas, que es casi una tierra caliente en la que todo parece participar de la exuberancia peculiar a ese clima. Las cercas estar compuestas de árboles peruanos de pimienta mezclados con rosas y cubiertos de vides que producen fruta abundante, ya que se ven racimos de uvas entre las ramas más altas de los árboles. En las márgenes del río hay algunos magníficos cipreses, casi de igual tamaño que los de Chapultepec; también se encuentran plantas parásitas en todas direcciones, e inclusive el plumaje de los pájaros parece más abigarrado. Itzmiquilpan fue un lugar de mucha importancia, pues había una manufactura de pita, que abastecía de cuerdas a la mayoría de los grandes distritos mineros; desde la revolución ha disminuido la demanda del artículo y los habitantes se han dedicado casi por completo a la agricultura, para la que cuentan con grandes ventajas locales debido a la facilidad de la irrigación y a lo benigno del clima. El pueblo tiene actualmente unos tres mil vecinos, o una población de entre nueve y diez mil almas; en caso de que las minas de los distritos aledaños recuperen su anterior importancia, Itzmiquilpan participará de las ventajas del cambio, ya que es la gran línea de comunicación entre Zimapán, el Cardonal, la Pechuga y la capital.

Pasamos todo el día 14 en Itzmiquilpan, a fin de dejar descansar nuestros caballos, muy fatigados por el esfuerzo del día anterior. El 15 nos dirigimos a Zimapán.

Desde el momento en que salimos de la vecindad inmediata de Itzmiquilpan empezamos a subir y así continuamos casi ininterrumpidamente por unas cinco leguas. La cadena de montañas que es necesario cruzar es escabrosa y desnuda. Apenas si se ve algún árbol de regular tamaño. Una especie de maleza chaparra y espinosa, entremezclada con una inmensa variedad de cactáceas de todas formas y tamaños, llenas de cenzontles y otras aves canoras, y que crece alternadamente en un suelo arenoso o en un suelo fuerte: tales son las características de la vegetación, donde se la pueda hallar. Ni tampoco es menos monótona y fatigosa la bajada por el lado de Zimapán. Es muy empinada, y la vereda, cubierta con piedras sueltas es tan angosta que casi nunca pueden pasar dos personas juntas. Durante todo el camino solamente cruzamos dos pequeñas corrientes, en una de las cuales nos detuvimos para desayunar.

El pueblo de Zimapán está situado como a doce leguas de Itzmiquilpan y a cuarenta y dos de la capital; es cabecera de un distrito cuyas minas eran anteriormente muy productivas. Durante la revolución se dejó que se arruinaran completamente, pues no sólo fueron abandonadas por sus verdaderos propietarios, sino que las trabajaron buscones o mineros comunes, quienes, deseosos de no abandonar un lugar donde habían residido por tan largo tiempo, subsistieron los últimos dieciséis años extrayendo minerales de los niveles superiores y los pilares de las principales minas, muchas de las cuales se han destruido completamente en el curso de esas operaciones.

Con respecto al máximo de plata anteriormente extraída en el distrito, no pude obtener ninguna información de confianza, ya que la mayor parte de los registros se perdieron durante la revolución, cuando el pueblo estaba cambiando constantemente de dueños. Sin embargo, tengo en mi poder un apunte de las principales minas, según el cual parece que varias de ellas produjeron en otros tiempos bonanzas formidables. Por ejemplo, Pamplona produjo 140 000 dólares en tres años; la Iglesia tomó su nombre de la iglesia que se construyó con sus utilidades; y la fortuna de la familia de Bustamante provino de Cerro Colorado. Existen muchas otras que no es necesario enumerar.

La única mina que trabajaba con regularidad durante mi visita era la de Santa Rita, perteneciente a la compañía alemana. Le estaban perforando un nivel sobre la veta y solamente esperaban que se terminara la hacienda de los Tolimanes, situada en una barranca abajo de la mina, para beneficiar setenta cargas de mineral rico que ya se habían extraído.

Esta hacienda fue anteriormente un antiguo convento; está construida a las márgenes de un río, en una profunda barranca, como a dos leguas de Zimapán. El lugar es muy hermoso, y abunda el agua; tiene una huerta y un patio, con algunos de los mejores naranjos, aguacates e higueras que me haya tocado ver. El clima es caluroso, debido a lo peculiar de la situación.

Las reparaciones necesarias en esta hacienda constituyen casi el único gasto en que los alemanes hayan incurrido en Zimapán.

La mina de Santa Rita no les costó nada y les indujo a seleccionarla el hecho de que casi inmediatamente empezaría a pagar sus propios gastos.

Su director, el señor Spangenberg, que también administra los distritos vecinos de San José del Oro y el Cardonal, es un hombre activo e inteligente, y parecía tener grandes esperanzas de éxito en las instalaciones confiadas a su inspección.

La Real del Monte Company no tiene minas de plata en Zimapan; sin embargo, se ve obligada a mantener allí un establecimiento a fin de supervisar los trabajos en la mina de plomo de Lomo del Toro, así llamada probablemente debido a la forma de la montaña en que se encuentra. Está como a cuatro leguas de Zimapán y su acceso es muy difícil. Desde la cima de una alta montaña, una vereda en zigzag, muy angosta y bordeada a un lado por un precipicio de dos a tres mil pies lo conduce a uno a la boca de la mina. La bajada es tan empinada, que en una gran parte se le han hecho escalones; sin embargo, es posible bajar a caballo hasta la entrada de la mina, pero desde allí hasta el río que se encuentra abajo (como a 1 700 pies) no se sabe que haya descendido animal alguno.

El mineral de Lomo del Toro se usa como liga de fundición, y anualmente se. consumían veinte mil cargas de él en la fundición de Regla. La producción de la mina se divide en cuatro diferentes clases: pepena, cuajado, arenillos y metales comunes. La pepena es mineral de plomo que relumbra y contiene de ocho a diez onzas de plata por carga. El cuajado es mineral de plomo opaco, pero igual de rico que la pepena. Los arenillos, tierra tamizada y con algunas partículas de plomo y plata, tienen como una onza por carga. Los metales comunes, tierra o desecho de la mina, no tienen partículas metálicas, pero se usan en la fundición. Inclusive estos últimos se venden en Zimapán a un dólar por carga de mula. La pepena vale quince y medio dólares por carga o cinco reales por arroba. Sin embargo, los costos de extracción le dejan actualmente a la compañía muy poca utilidad. La mina ha sido trabajada, desde tiempos inmemoriales, por buscones, quienes recogen el mineral donde les viene en gana y lo entregan en la boca del tiro a cieno precio. Debido a esta total falta de sistema, la montaña ha sido excavada muy extensamente y los laboríos más profundos se encuentran ahora tan distantes y su acceso es tan difícil, que el precio que se paga por cada arroba extraída por los buscones es de dos y medio reales, o sea la mitad del precio de mercado del mineral; la compañía sufraga además todos los gastos de herramientas, velas y pólvora, y emplea a un minero inglés para supervisar los trabajos. Ahora es muy difícil aplicar un remedio a dicho mal, ya que la ladera de la montaña es tan escarpada, que sería inútil efectuar una comunicación con los laboríos más profundos perforando un nivel como cien pies abajo de la actual entrada de la mina, a menos que los minerales se pudiesen elevar hasta la ima por medio de una pequeña máquina de vapor de unos veinticinco caballos de fuerza; y la carestía de combustible en la vecindad inmediata de Zimapán presentaría un serio obstáculo. Es lástima que una mina de tanta importancia se haya destruido por haber sido trabajada de manera tan irregular; pero como no existía método ni freno entre los buscones, se encuentra uno, a muy poca distancia de la superficie, pruebas de que no consultaban sino el interés del momento; pues los trabajos consisten en grandes excavaciones, sin soportes, y en muchos lugares ya en ruinas; mientras las galerías que las conectan son tan estrechas que frecuentemente es casi imposible pasar a través de ellas.

Hay otra mina, similar a la de Lomo del Toro, en Zimapán, pero de menor calidad. Los alemanes tienen una tercera parte en el Cardonal, de donde se abastecen de una liga para su fundición de Chico.

Sobre las minas pertenecientes a la Anglo Mexican Company en Zimapán, que subsecuentemente fueron abandonadas, sólo es necesario decir que, bajo la poco sensata administración de un minero de Cornualles, los edificios construidos por la compañía se erigieron al borde de un torrente de la montaña y fueron barridos por la impetuosidad de las aguas al comenzar la primera estación de lluvias; un suceso cuya probabilidad en vano habían señalado los nativos.

Ninguna de las minas fue desaguada mientras estuvieron en manos de la compañía; y cuando en México se empezaron a sentir los efectos del pánico de 1826, el señor Williamson determinó abandonarlas, y dedicarse a empresas más importantes en las cercanías de Guanajuato.

El 17 de julio por la mañana salimos de Zimapán para visitar las minas de hierro de la Encarnación, situada como a doce leguas hacia el noreste del pueblo, sobre la cima de uno de los picos más altos del ramal oriental de la sierra Madre o gran cordillera de los Andes.

Últimamente es cuando la atención pública se ha dirigido a estas minas, que eran desconocidas antes de la revolución. Creo que el general Wavell fue uno de los primeros en notar su importancia y todas las minas que ahora posee la New Mexican Company fueron denunciadas por él. Desde entonces, tanto las compañías alemanas como las inglesas han adquirido posesiones allí, para lo cual (según ya lo he dicho) no se requiere más trámite que abrir un tiro, que se denuncia, y mantener a cuatro hombres empleados en él durante ocho días. Esto da título legal a una pertinencia de doscientas varas en las inmediaciones del tiro.

La Real del Monte Company tiene ahora los tiros de las Animas, San Cosme, San Antonio y el Carmen, que, juntos, le dan derecho a ochocientas varas de terreno.

Los alemanes poseen Santa Matilde y otros nueve tiros, lo que les dará control sobre más hierro del que necesitan para el mayor establecimiento que puedan formar.

La Anglo Mexican Company había denunciado también varios tiros, pero probablemente los abandonará con el resto del establecimiento de Zimapán.

La montaña sobre la que están situadas dichas minas parece ser una masa de mineral de hierro tan rico, que contiene 75 y aun 85 por ciento de hierro puro, aparentemente de muy buena calidad y con grandes poderes magnéticos.

La roca es principalmente de mármol y caliza, similar (según me han informado) en casi todos los aspectos a las famosas minas suecas de hierro en Danemora. Sin embargo, el mineral mexicano es tan rico que se requerirá una liga para fundirlo y se teme que debido a ello habrá dificultades. La compañía alemana ha mandado traer de Silesia cincuenta hombres con experiencia en ferrerías y tiene planeádo establecer una fundición en muy gran escala cerca de la Encarnación. Es imposible elegir un lugar más favorable, en muchos aspectos, para tal empresa. Hay abastecimiento abundante de agua y la vegetación que cubre toda la cordillera es superior a cuanto yo haya visto hasta ahora en el Nuevo Mundo. Existe una variedad sorprendente de árboles. Observamos diez diferentes especies de encinos, junto con ocotes y oyameles (pináceas excelentes como combustible), y magníficos limoneros que cubren una extensión tan grande como alcanza la vista. Las provisiones eran escasas, pero un establecimiento minero, en caso de tener éxito, siempre crea una población alrededor de él, y, debido a la facilidad de irrigación, no cabe duda de que los valles que se encuentran entre las montañas se podrían cultivar fructíferamente. Los caminos son tan malos, empinados y susceptibles de verse afectados por las lluvias, que sería casi imposible hacer muy accesibles las minas; pero no hay duda de que en un país en donde la demanda de hierro es tan grande y donde los distritos mineros de Guanajuato y de Real del Monte están tan cerca, la especulación daría resultado.

Las compañías inglesas no comenzarán a trabajar en la Encarnación hasta que empiecen a redituar sus otras minas. Aún no se ha comprobado la profundidad que alcanza el mineral de hierro, tan rico en la superficie; y a pesar de que no sé que exista razón alguna para dudar sobre la abundancia del abastecimiento en Zimapán, he oído de otro distrito, cercano a San Luis Potosí, que presentaba apariencias similares y en el que, al perforar un tiro, se perdió todo vestigio de hierro unas cuantas yardas abajo de la superficie.

De la Encarnación proseguimos, el 18 de julio, a la mina de oro de San José del Oro, anteriormente muy productiva, pero que por muchos años ha estado abandonada y en ruinas.

Junto con la vecina mina de Chalina, ha sido tomada por los alemanes como una aventura, pues debido a su cercanía tanto a Zimapán como a las minas de hierro no requerirá de supervisión adicional, en tanto que si tuvieran la suene de encontrar la veta, con toda seguridad recuperarían los insignificantes avíos que piensan invertir en dicho experimento.

El mineral de San José está compuesto de feldespato y de cobre mezclados con oro, que se encuentra puro, en partículas muy pequeñas, y que se separa del cobre en unas cuantas horas usando azogue en los arrastres. El mineral de cobre se prepara después a fuego, hasta convertirlo en material valioso como magistral, ingrediente cuyo consumo es muy grande en la amalgamación de la plata. Vale de ocho a doce dólares la carga.

De San José regresamos la misma tarde a Zimapán, y de ahí salimos a la mañana siguiente para Itzmiquilpan, donde hay un camino que va a Chico y a Real del Monte.

Era mi intención no haber salido de Zimapán sin visitar las minas del Doctor, Maconi y San Cristóbal, que han sido adquiridas por la Catorce Company y por la Anglo Mexican Company; pero no lo hice debido a la incertidumbre de poder volver a cruzar d nuevo el río Tula, que casi no se puede vadear durante la estación de lluvias. De haber llovido en las montañas durante mi ausencia, no habría podido llegar de nuevo a Zimapán y hubiera tenido que renunciar a mi visita a Real del Monte y Chico, a fin de regresar a la capital por San Juan del Río y Tula, único lugar en donde existe un puente. En cualquier otro tiempo ciertamente hubiera emprendido el viaje, ya que el distrito del Doctor es de gran importancia y el camino desde Zimapán, a pesar de ser peligroso y lleno de precipicios, se describe como la porción más abrupta y pintoresca de la sierra Madre, al sur de Durango.

Para ir de México hasta el Doctor existen dos rutas, una por San Juan del Río y Cadereita, y la otra, un camino de herradura, señalado en mi mapa de rutas según las indicaciones que me dio uno de los agentes de la Catorce Company.

El distrito montañoso comienza al atravesar el río Tula, un poco hacia el sur de Tepetitlán (a catorce leguas de Huehuetoca), desde donde se extiende una sucesión de cerros empinados y áridos hasta la villa indígena de Tecosoutla, situada en un valle bien regado y con abundancia de fértiles huertas. Después de Tecosoutla el camino cruza el río Pata, en cuya vecindad hay manantiales de aguas minerales que despiden un denso vapor sulfuroso, y desde allí corre hasta el pie de una sombría y elevada montaña llanada Sombrerete, en la que se encuentra el rancho de Olveira. El rancho está a nueve leguas de Tecosoutla y a cuatro del Doctor, lugar al que sin embargo es imposible llegar en un solo día.

La primera de las cuatro últimas leguas atraviesa un llano árido y rocoso; la segunda serpentea por una montaña de pórfido y de mármol, tan empinada que se hace casi inaccesible; y la tercera cruza un valle cubierto con encinos, fresnos, álamos blancos y pinos, con porciones de terreno de suelo rico a intervalos. De la cuarta, la primera mitad es la subida a la montaña conocida como el Pinal, cuya cima se encuentra más arriba de los picos más altos de la cordillera que la rodea; inmediatamente abajo de ella, en una plataforma natural, se encuentra la villa del Doctor, aparentemente a no más de doscientas yardas de la cumbre del Pinal, pero de hecho casi a una distancia de media legua, ya que la bajada es por una vereda en zigzag, gran parte de la cual está sostenida por terrazas de mampostería; en tanto que, más allá de la villa y a muchos cientos de yardas abajo de ella, existe una cantidad de montañas menores, en su mayoría cónicas y cubiertas de árboles, con valles intermedios habitados por indios y sembrados de maíz.

La mina grande del Doctor se extiende casi abajo de la vida y tiene dos pertinencias en la línea de la veta, que corre casi de este a oeste con una inclinación de unos sesenta grados; varia en anchura de una a tres varas y rendía, cuando se trabajaba regularmente, trescientas cargas de mineral por semana. Los edificios conectados con la mina fueron destruidos durante la revolución, y la propia villa ha venido a menos. Sin embargo, todavía tiene una gran iglesia, junto con diez o doce casas de buen tamaño y unos cuantos jacales la boca de la mina está 4 875 pies arriba del nivel del río Tula, el cual, al pie de la montaña del Doctor se encuentra a 4 519 pies sobre el del Golfo de México; por consiguiente, la villa tiene una. elevación de 9 394 pies; y el Espolón, o cumbre de la montaña que se encuentra arriba de ella, alcanza la altura de 11019 pies. El socavón de la mina (comenzado en 1780 y concluido en 1794, con un gasto de 90 mil dólares) se encuentra 753 pies abajo de la villa. Tiene 966 varas de largo, pero, debido a cierto cálculos erróneos en las mediciones, no entró a la mina por debajo de los niveles inferiores y, consecuentemente, es de poco uso en la actualidad.

La creación de una populosa villa en un lugar como éste en que se encuentra el pueblo del Doctor es prueba de la influencia que ejercen las minas sobre la población siempre que tienen éxito. Todo el país aledaño se halla ahora tranquilo, y en caso de que al examinar la veta se encuentre que es suficientemente accesible para inducir a la Catorce Company a continuar allí sus operaciones, unos cuantos meses le asegurarán un abundante suministro de todo lo necesario para la vida. El distrito tiene muchos filones metalíferos, de los qua los indios que no practican la agricultura han ganado su adSS durante los últimos veinte años; y a pesar de que ninguno de los filones ha sido explorado extensamente, presentan suficientes... de riqueza como para hacer que se les examine con más... Las haciendas que antiguamente pertenecían a la mina se encuentran situadas en Maconi (cuatro leguas hacia el suroeste), donde hay agua en abundancia; y tres leguas al norte del Doctor están las minas de San Cristóbal, que abundan en minerales de plomo y proporcionan grandes cantidades de liga para la fundición. A dos y media leguas de estas últimas, en una profunda barranca, está la mina de azogue de San Onofre, con una veta como de nueve pies de anchura, compuesta de cinabrio y de otros óxidos de mercurio. Los minerales difieren de los de Almadén y de los de Huancavelica, ya que contienen mucho mercurio nativo, que casi nunca se encuentra en cantidades suficientes como para ser de mucho valor. Sin embargo, exuda en grandes gotas de los minerales que yo poseo, y la mina ha sido trabajada con éxito durante algún tiempo por su actual propietario.

El 20 de julio llegamos al pueblo de Actopan, como a diez leguas de Itzmiquilpan. La primera parte del camino es pedregosa y desnuda, pero después de atravesar la villa de Yolo (a cinco leguas de Itzmiquilpan) comienza el valle de Actopan, a cuyos lados hay algunas magníficas haciendas situadas según la línea de las montañas, de donde reciben su abastecimiento de agua. El país está habitado por indios otomíes y en las cercanías de Actopan se halla cubierto con ricas siembras de maíz y de cebada.

De Actopan al Chico el camino es abrupto y malo, especialmente en sus últimas seis leguas, dos de las cuales conducen, por una vereda Fasi inaccesible ladera abajo de una montaña muy escarpada, hasta una pequeña elevación al pie de la cual se encuentra el pueblo del Chico. Toda la distancia no excede de doce leguas.

La gran mina alemana de Arévalo se encuentra sobre otro pequeño cerro, casi frente al pueblo. No gozaba de celebridad hasta principios de este siglo, cuando cayó en manos de su actual propietario, don Antonio Revilla, quien, después de trabajarla en pequeño algún tiempo, tuvo la suerte, en 1803, de dar con una bonanza que le permitió efectuar sus operaciones en escala mayor. En 1811, de una parte del nivel llamado el Divino Pastor, obtuvo, en siete semanas, una utilidad líquida de 200 mil dólares.

Como todos los otros propietarios de minas, Revilla sufrió durante la revolución y se vio obligado a hipotecar las grandes haciendas que, en las cercanías de Arroyo Zarco, había comprado durante su prosperidad. No contando con los medios para pagar la hipoteca o para reanudar las operaciones mineras y reparar sus haciendas, aceptó con gusto las propuestas que le hizo la Compañía Alemana, que se comprometió a darle un adelanto de 100 mil dólaresy a comprarle sus existencias de mineral a precio justo con la condición de que le cediera la administración completa de la mina durante treinta años, más doce barras, o sea la mitad de su propiedad. Los 100 mil dólares adelantados a Revilla se le deducirán de su parte de las utilidades, así como la mitad del valor de la existencia disponible, que se elevaba casi a la misma cantidad.

Bajo estos términos, los alemanes tomaron posesión de la mina, que sin duda demostrará ser una inversión especialmente lucrativa, ya que la veta tiene en muchos lugares de catorce a diecisiete varas de anchura. La mina casi no tiene agua y en donde ésta existe es desalojada por un socavón que la penetra a la profundidad de 113 varas. Los laboríos más bajos no exceden de 168 varas y eso sólo en un punto en particular. Tuve la ventaja de visitar detalladamente la mina junto con los propietarios, que se pasaron casi tres horas bajo tierra con nosotros, y ciertamente nunca vi una masa tan enorme de mineral. Por supuesto que la calidad varía, pero a pesar de que hay minerales más ricos y más pobres, no hay ninguno tan pobre que no se pueda trabajar con utilidades.

Se ha encontrado que el mineral más valioso, llamado pepena, rinde al fundirse cinco marcos por arroba, o sea 162 onzas por quintal; pero esto es muy raro. Los minerales ordinarios, que vi amalgamados, producían siete onzas y cuarto por carga de tres quintales (iguala siete dólares y dos reales), y los gastos del proceso se elevaban a cuatro dólares y cuatro reales, dejando en cada carga una utilidad de casi tres dólares. La teoría del barón de Humboldt, en cuanto al ahorro que se podría obtener introduciendo en México el proceso de amalgamación de Friburgo, todavía no se ha verificado. Los alemanes simplemente acortan el proceso colocando la amalgama en hornos durante veinticuatro horas, lo que se considera equivalente a una semana de exposición en el patio. Cuando la hacienda esté completa, tienen la intención de hacer canales bajo todo el pipo, con lo cual se podrá amalgamar perfectamente una pequeña torta en cuatro o cinco días, en lugar de emplear casi igual número de semanas como sucede al presente.

Siendo absolutamente imposible evitar el uso de términos mineros mexicanos en una relación de las minas de ese país, puede ser aconsejable dar aquí una explicación concisa de sus significados. La torta contiene quince montones de mineral, que ya ha pasado por el proceso de molienda y de trituración; y cada montón contiene diez cargas de doce arrobas 425 libras) o tres quintales cada una.

Para extraer la plata contenida en esta masa se requieren setecientas libras de azogue, de las cuales se pierden de setenta y cinco a cien libras. Se agregan además once cargas de sal de roca o cuatro y media de sal de mar, y de tres a tres y media cargas de magistral (mineral de cobre rojo tostado), que en Chico cuesta de once a dieciséis dólares la carga, ya que se lleva desde Zacualpan, Angangueo o San José del Oro, que se encuentran a distancia de treinta leguas.

Todos los ingredientes anteriores se pierden por completo en el proceso, cuyo costo varía, en los diferentes distritos mineros, en proporción a la mayor o menor facilidad con que se puedañ obtener.

Los directores alemanes de Chico, señores Du Berg y ISloppenberg, me informaron que habían encontrado que no se podía aplicar una regla o teoría general para la amalgamación en México y que todavía no podían dar una explicación de las peculiaridades del proceso. Una larga práctica había dado a los antiguos amalgamadores mexicanos un perfecto conocimiento de la cantidad de los diferentes ingredientes requeridos por sus minerales y, a pesar de no poder dar la razón de lo que estaban haciendo, añadían a las tortas sal, magistral y a veces cal con una precisión que gustosamente alcanzaría un hombre de estudios. Las únicas mejoras que han podido introducir hasta ahora los alemanes consisten en preparar los minerales, por medio de la máquina concentradora, para fundición o amalgamación, y en recuperar más cuidadosamente el azogue que pueda quedar en las tortas después de que la amalgamación se ha llevado a cabo. Luego se lava el residuo de la torta y se conduce, por medio de canales construidos exprofeso, alrededor de toda la hacienda, hasta que se deposita en un patio abierto, donde, después de haber separado de nuevo las partículas terrosas por medio de agua, queda lo que se llama polvillos, que al fundirse frecuentemente produce, según se ha encontrado, de dos a tres marcos de plata por quintal. El poco azogue que pueda restar se pierde en esta última operación.

Los alemanes tienen otra mina, entre Actopan y Chico, llamada Santa Rosa, la cual, no obstante que sus instalaciones se hallan en estado ruinoso, está libre de agua (circunstancia a la que siempre han prestado gran atención) y produce mineral aún más rico que el de Arévalo.

En su hacienda pueden contar con la fuerza hidráulica que deseen; sus hornos de fundición ya están completos; el país circundanta abunda en madera y las provisiones no son especialmente caras. En oposición a estas ventajas, tienen un capital muy escaso, lo que los priva de adquirir la influencia apropiada sobre los nativos y los obliga a introducir sus mejoras con la mayor precaución; y la dificultad de conseguir trabajadores, excepto en los pocos razonables términos que se vio obligado a otorgar Revilla durante la revolución, cuando un tercio de la pepena sacada por cada baratero se le otorgaba para que la vendiera por su propia cuenta. Pero éstos son obstáculos que vencerá la compañía a base de tiempo y perseverancia; siempre han demostrado tener un conocimiento tan completo del negocio que han emprendido, tanta asiduidad y una economía tan extraordinaria, que no abrigo la menor duda respecto a su éxito.

Algunas de las compañías inglesas tienen minas en las cercanías de Chico, de las que sin embargo se espera muy poco. En Capula, la United Company está trabajando las minas de las Papas, Santa Ana y Santi Christi, la última de las cuales se cree que pueda resultar productiva. En general, tanto las minas de Capula como las de Chico (con excepción de Arévalo) son pobres; y a pesar de que donde se ha descubierto una buena mina se pueden encontrar otras, hay tantos distritos en donde son mayores las probabilidades de éxito que me parece que las inversiones hechas por la New Mexican Company, la United Mexican Company y la Anglo Mexican Company en las minas inferiores de Chico y de Real del Monte pertenecen a la clase de los poco juiciosos experimentos en que se embarcaron los inversionistas extranjeros, a comienzos de 1825, debido a la absurda competencia de contratos originada por la manía minera en Inglaterra.

En la mañana del 23 de julio salimos de Chico y proseguimos hacia Real del Monte. La distancia no es mayor de tres leguas y media, pero el camino es una subida continua y en muchas partes tan abrupta que se requiere casi igual número de horas para hacer la jornada.

Probablemente no exista ninguna compañía británica a la que los mexicanos hayan hecho tan poca justicia como a Real del Monte; circunstancia que debe atribuirse a un concepto erróneo del sistema que allí se sigue Muchas gentes creían que el capitán Vetch, su director, aun pudiendo hacer que las minas dieran fruto inmediatamente, no lo había hecho a fin de dar tiempo para que se completaran los trabajos superficiales, los cuales, a pesar de ser altamente ventajosos en un estado más avanzado de la negociación, no eran esenciales al principio. Yo había oído hablar tanto de lo anterior, que no podía menos de pensar que debía haber algo de cierto en lo que muchos estaban de acuerdo en afirmar. Sobre este punto me desengañó completamente mi visita a Real del Monte, ya que pude convencerme de que la demora ocurrida se debía exclusivamente a la enorme escala en la que se estaban haciendo las instalaciones y a la imposibilidad de efectuar el desagüe de ninguna de las principales minas antes de la llegada de las máquinas de vapor, cuya salida de Inglaterra infortunadamente se había retrasado.

La consulta del relato de las operaciones de la compañía, contenido en la segunda sección del libro anterior, probará suficientemente cómo se aprovechó el tiempo intermedio.

Siguiendo tenazmente un plan bien trazado, el capitán Vetch había adaptado para la aplicación de la fuerza de vapor todas las principales instalaciones que se encontraban en la propiedad del conde de Regla, incluyendo el antiguo socavón, que se puede considerar como el punto clave; tarea que requirió dos años para completarse. En la veta de Santa Brígida se habían reparado y vuelto a ademar hasta el nivel del socavón (213 varas) los tiros de San José y el Sacramento, al igual que los de San Juan, San Francisco, Guadalupe, Santa Teresa, San Cayetano, Dolores y el Zapatero en la veta de la Vizcaína, además de que se habían perforado otros dos tiros (San Jorge y San Patricio) como de cincuenta varas cada uno, a fin de hacer accesibles los laboríos de otros tiros antiguos, sobre una porción muy rica de la veta (entre la Palma y San Ramón), que se vio que era imposible abrir de nuevo.

Igualmente, en la veta de Acosta se había vuelto a ademar un tiro hasta el nivel del socavón. El tiro de San Esteban, despejado completamente, estaba empezando a producir minerales muy ricos.

La mina de Morán también fue limpiada hasta el nivel del agua (como unos ochenta pies) y se instaló allí una máquina horizontal de vapor, que debía empezar a trabajar el 12 de agosto. Tiene cincuenta caballos de fuerza al operarse a una presión de 45 libras por pulgada cuadrada, pero se calcula que puede soportar una presión de 200 libras.

Sin duda alguna, es absolutamente adecuada para desaguar la mina. Los laboríos más profundos de la mina de Morán no exceden de ciento sesenta varas, y, por consiguiente, unas cuantas semanas bastarían para desaguarla completamente si no fuera por la necesidad de volver a ademar todo el tiro conforme avanzan los mineros. Hay una circunstancia curiosa respecto a esta mina: siempre ha sido muy importante, y sin embargo, igual que para la de San José del Oro, no se puede obtener actualmente información exactacon respecto al estado o extensión de sus trabajos. Hace unos treinta años se intentó desaguarla, para lo cual se llevaron exprofeso algunos ingenieros alemanes, quienes fabricaron una máquina de alta presión diseñada por don Andrés del Río. A fin de obtener abastecimiento suficiente de agua, se construyó a gran costo una presa sobre la cumbre de una montaña vecina; pero el plan falló debido a que, habiéndose calculado la fuerza del agua durante la estación de lluvias, se vio que durante la estación seca era insuficiente para mantener trabajando la máquina por más de seis horas diarias.

Morán se puede considerar como uno de los puntos más interesantes en Real del Monte. El. antiguo socavón, de donde provino la riqueza del primer conde de Regla, comienza como a cien yardas del tiro. El nuevo socavón, cuyo nivel se toma en la hacienda de Sánchez (como a ochocientas yardas de distancia), se deberá perforar exactamente en la misma dirección, y el nuevo camino a Regla pasa cerca de la boca de la mina.

Este camino es uno de los trabajos por los que se ha culpado a la compañía, y sin embargo, sin él ni una sola máquina de vapor hubiera podido llegar hasta Real del Monte. En tiempos del viejo conde de Regla, cuando diariamente se empleaban seiscientas mulas para acarrear mineral de las minas a la hacienda de Regla, casi a seis leguas del Real, no existía más forma de comunicación que una vereda muy peligrosa a través de las montañas. Dicha vereda se ha transformado ahora en un camino, magníficamente trazado, para carruajes de rueda, por el cual se llevan a las minas maderas de un tamaño nunca antes transportado en México, usando para el caso los vagones que originalmente se enviaron a la costa para acarrear desde allí las máquinas de vapor. Otro camino, igualmente bueno y necesario, conduce a las haciendas de Guajolote y Zimbo, desde la última de las cuales se obtiene el principal abastecimiento de las maderas más grandes.

Cuando recuerdo que, además de los trabajos ya enumerados, se han transportado desde Veracruz hasta Real del Monte siete máquinas de vapor cuyo peso total se elevaba a mil quinientas toneladas; que una de ellas (la de Morán) ya casi estaba por principiar a trabajar y que otras dos (las de Guadalupe y Dolores) iban sumamente adelantadas, es imposible no confesar que son dignos del mayor encomio aquellos cuyos esfuerzos tanto han logrado en el corto espacio de dos años.

Los desilusionados inversionistas podrán quejarse de la falta de dividendos más rápidos, pero sus murmuraciones se pueden atribuir en primer término a su ignorancia de la naturaleza del negocio en que se comprometieron. No saben las penalidades que se han soportado ni las dificultades que se han tenido que vencer en su servicio; muchas de las cuales, tal es mi firme convicción, no hubieran podido allanarse de no ser por la ciencia y la energía desplegadas por el capitán Vetch y por el capitán Colquhoun, a quienes, afortunadamente para la compañía, se confió la dirección de esta ardua empresa. Los directores alemanes, dos de los cuales inc acompañaron de Chico a Real del Monte, quedaron asombrados al ver el tamaño de las calderas y de otras piezas de maquinaria que se habían llevado desde la costa, y confesaron que nunca hubieran considerado practicable el intento ni lo hubieran emprendido en ninguna forma.

Me dio gusto saber que dichos caballeros, cuya opinión como mineros y de acuerdo con lo hecho por ellos mismos era para mí de mucho peso, quedaron sumamente complacidos con lo que vieron en Real del Monte y expresaron, de la manera más ardiente, su aprobación al sistema que allí se seguía.

Su atención fue atraída particularmente por los planos para el nuevo socavón, el cual ciertamente es una estupenda empresa. Deberá comenzar 800 yardas más abajo de la boca del antiguo socavón de Morán y, consecuentemente, se tendrán que perforar 3 607 yardas antes de que penetre en la veta de la Vizcaína en el tiro de Dolores. En este tramo cruzará un número de pequeñas vetas entre Sánchez, Morán y el filón de Santa Erigida, cuyo curso seguirá 140 varas por debajo del nivel del antiguo socavón.

Habiéndose encontrado que la calidad de los minerales no había sufrido menoscabo alguno en los laboríos más profundos del antiguo conde de Regla, quien, como único impedimento para profundizarlos más encontró la dificultad de mantener bajo el nivel de agua, existen todas las razones para esperar que, desde el momento en que el nuevo socavón llegue a la veta de Santa Erigida, no sólo cubrirá sus propios gastos sino que se convertirá en una inversión muy lucrativa. De hecho, si no fuera por dicha esperanza, ninguna compañía podría emprender un trabajo en tal escala y en terreno tan desfavorable, ya que parte del socavón se debe perforar a través de roca porfídica, en la que el costo de cada vara se elevará a veinticinco dólares.

En consideración a tal circunstancia, se ha suspendido esta empresa mientras las propias minas no proporcionen los medios para continuarla sin aumentar los desembolsos de los inversionistas, que ya se elevan a otro tanto del capital originalmente suscrito. Sin embargo, muchos opinan que si los recursos de la compañía se hubieran dedicado desde luego a dicha empresa. el resultado, al final del término de veinticinco años, tiempo estipulado en sus contratos, hubiera sido más ventajoso que el desagüe parcial que llevarán a cabo más inmediatamente las máquinas de vapor.

Es innecesario discutir ahora dicha cuestión, ya que se ha preferido el sistema opuesto, y probablemente tendrá éxito, en cuyo caso se podrá recurrir al socavón de Sánchez o al de Omitlán, cuando se demuestre la bondad de las minas a una profundidad por debajo de los niveles más profundos que fueron capaces de alcanzar los propietarios mexicanos. Esos niveles se extienden ahora de cuarenta a setenta varas por abajo del antiguo socavón, de manera que el nuevo haría accesibles de setenta a cien varas de terreno virgen, cuyo valor, en una veta extremadamente rica, se podrá apreciar fácilmente.

El país que rodea a Real del Monte abunda en bosques. Varios de ellos están incluidos en la concesión hecha a la compañía, la cual comprende igualmente las haciendas de Guajolote, Zimbo e Izutla. En esta última se tiene pensado introducir el sistema inglés de labranza (junto con semillas de pasto inglés, actualmente desconocido en México) y avena, alfalfa, nabos y clavo; un proyecto que no puede dejar de interesar altamente a los agricultores de la Nueva España.

Esas haciendas están situadas entre Real del Monte y la hacienda de Regla, que igualmente se ha cedido a la compañía. El 25 de julio visité este estupendo monumento de la magnificencia de los antiguos mineros mexicanos, que también puede considerarse como la mejor prueba del valor de sus minas. Se encuentra situada en una profunda barranca, como seis leguas hacia el sureste de Real del Monte, ya que no fue posible encontrar un abastecimiento suficiente de agua a menor distancia.

La hacienda se compone de un vasto conjunto de edificios construidos aparentemente sin plan o sin regularidad, pero con todo lo que puede requerir un establecimiento minero: inmensos almacenes abovedados para la recepción de los minerales; veinticuatro arrastres, movidos por medio de ruedas hidráulicas horizontales; varios hornos de fundición y dos patios cubiertos, cada uno de 200 pies de longitud, en los que se efectuaba el proceso de amalgamación. Todas las instalaciones están en un estado bastante aceptable, con excepción de los mazos para quebrar el mineral, que ahora se encuentran en ruinas. Serán remplazados por una gran rueda hidráulica, que actualmente construye la compañía, que tiene treinta y seis pies de diámetro y deberá mover cuarenta y ocho morteros.

Se supone que toda la hacienda haya costado casi un millón de dólares, cálculo que no me inclino a considerar exagerado. En 1795 se recibían allí cinco mil cargas de mineral cada semana. Sin embargo, aun este enorme establecimiento se estimaba insuficiente para las minas, y se construyó otra hacienda, llamada San Antonio, a poca distancia de Regla, que también es un espléndido conjunto de edificios, aunque no comparables en tamaño e importancia a los de Regla. San Antonio será abandonada completamente por la compañía, ya que, aun cuando las minas volvieran a producir lo que en 1764, un sistema de trabajo más metódico haría imposible que la utilizaran junto con la de Regla. En lugar de transportar los minerales en marre, como se hacía antes, desde la mina a la hacienda, se someterán a una preparación previa en Real del Monte, con cuyo propósito se está construyendo allí un gran establecimiento de trituración, en una posición central entre las vetas de Santa Brígida y la Vizcaína.

Usando la máquina concentradora, los minerales más pobres, ya concretados, se elevarán de dos y tres marcos a treinta y cuarenta marcos por carga, y únicamente se enviarán a Regla cuando estén en un estado conveniente para fundirse o amalgamarse con la mayor ventaja posible.

Además de dicho establecimiento de trituración, la compañía tiene en Real del Monte, en los edificios conectados con el tiro de Dolores, un tomo de patente y un aparato para aserrar, movidos ambos por una pequeña máquina de vapor de veinte caballos de fuerza. También tiene un taller de fundición, así como herreros, carpinteros, toneleros, fabricantes de ladrillos refractarios, fabricantes de cuerdas y hombres versados en cualquier oficio necesario para hacer que el establecimiento pueda valerse por sí mismo; y a pesar de que han surgido algunas dificultades para mantener el grado de disciplina apropiada dentro de un tren tan numeroso de dependientes, no podían ser mayores la actividad y el buen orden que prevalecían en todos los diferentes ramos al tiempo de mi visita.

La Anglo Mexican Company estaba en posesión de algunas minas muy inferiores en Real del Monte, cuyos contratos fueron firmados en Inglaterra por los directores en 1825. Como desde entonces todas han sido abandonadas, no hace falta que diga algo sobre ellas, excepto que había solamente una (la mina de la Reunión) de la que los mineros tenían una opinión favorable. El resto se consideraban como especulaciones en que se había comprometido la compañía por no haber sabido distinguir bien entre las minas de las dos vetas pertenecientes a la familia Regla en Real del Monte y las situadas sobre vetas inferiores en el mismo distrito. La mina de la Reunión debe su nombre y su existencia a una circunstancia muy curiosa. Enlos últimos dos tiros perforados por el antiguo conde de Regla en el extremo de sus pertinencias sobre la veta de la Vizcaína (San Juan y San José), perdió la dirección verdadera del filón y no se cortaron más que algunas pequeñas vetas o hilillos de mineral, que no compensaban el costo de trabajarlas.

Posteriormente, se volvió una teoría favorita entre los mexicanos suponer que el gran filón se había dividido en varias ramificaciones en este punto, las cuales se habían reunido de nuevo en el lugar donde se encuentra el tiro de la Reunión. Sin embargo, desde entonces se ha sospechado que la verdadera dirección de la veta de la Vizcaína se encuentra un poco hacia el norte de San Juan y San José, casi inmediatamente abajo del gran camino de Pachuca; y si así fuera, la Real del Monte Company poseería una gran extensión de terreno sin explorar sobre la parte más rica de la veta a donde proporcionará fácil acceso el nuevo tiro de San Andrés.

Al considerar las perspectivas de la Real del Monte Company, una breve historia de las minas que ahora posee podrá servir para precisar con respecto a su producción futura los cálculos que he dado ya en la tercera sección del libro anterior. Esta historia se ha repetido frecuentemente en Inglaterra desde que por primera vez nos fue dada a conocer por el barón de Humboldt, pero últimamente se ha puesto tan de moda no creer ninguna declaración sobre las minas que provenga de la Bolsa de Valores, que probablemente adquiera por confirmación el mérito de la novedad.

La veta de la Vizcaína se había trabajado casi ininterrumpidamente desde mediados del siglo XVII hasta principios del XVIII, fecha en que las dos principales minas (el Jacal y la Vizcaína), que en 1726 habían producido 542 700 marcos de plata (4341 600 dólares), fueron abandonadas por sus propietarios debido a la dificultad de mantener bajo el nivel del agua con la maquinaria tan imperfecta usada en aquellos tempranos días. En aquel entonces las minas tenían solamente ciento veinte varas de profundidad, y la reconocida riqueza de los minerales de los niveles más bajos indujeron a un individuo emprendedor, don José Alejandro Bustamante, a denunciarlas de nuevo y a intentar el desagüe por medio del socavón de Morán, del que sólo completó una parte antes de morir. En su lecho de muerte legó sus esperanzas y sus instalaciones a don Pedro Terreros, pequeño capitalista que lo había aviado para continuar sus operaciones y que, compartiendo con Bustamante las esperanzas de éxito, inmediatamente se fue a Real del Monte y dedicó todo el resto de su fortuna a proseguir la empresa. Debido a lo reducido del capital, el trabajo avanzó muy lentamente y no se completó hasta el año de 1762; pero en los doce años siguientes Terreros obtuvo de sus minas una utilidad líquida de 6 000 000 de dólares, o sea alrededor de 1 200 000 libras esterlinas. Logró el título de conde por la munificencia de sus donativos a la corte de Madrid, y nunca un título se compró más caro, ya que obsequió a Carlos III dos buques de guerra (uno de ellos de 112 cañones), construidos en La Habana con los materiales más costosos, enteramente de su peculio; y además hizo un préstamo de un millón de dólares, del que todavía no se le ha pagado ni una parte. También construyó las dos grandes haciendas de San Antonio y de Regla, que no pueden haber costado menos de 1200000 dólares en total (240 000 libras), y compró tal cantidad de bienes raíces, que aun en el actual estado de depresión de los intereses agrícolas de México las rentas del actual conde exceden de cien mil dólares, y en tiempos más favorables se deberían elevar casi a doscientos mil (40000 libras).

Desde el año de 1774 empezó a disminuir la producción de las minas de Regla, no porque haya habido algún cambio en la cantidad o calidad de los minerales, sino porque habiéndose profundizado las labores en algunos puntos hasta noventa varas por debajo del nivel del socavón de Morán, los gastos del desagüe, que se hacía por medio de veintiocho malacates, cada uno de los cuales requería cuarenta caballos durante las veinticuatro horas, se volvieron tan considerables que casi no dejaban utilidad alguna al propietario. En 1783 sólo el costo de extracción semanal excedía de nueve mil dólares, y, en consecuencia, se suspendieron los trabajos. Se volvieron a reanudar en 1794, y las minas continuaron activas hasta 1801, cuando, a pesar de que la producción en los siete años se había elevado a 6 000 000 de dólares, se abandonó la empresa porque no proporcionaba suficiente utilidad como para compensar el riesgo.

Desde entonces no se ha hecho ningún intento por llegar a los niveles más profundos; los trabajos parciales realizados se han limitado a las porciones de la veta que anteriormente no se habían tomado en cuenta. Inclusive estas últimas fueron abandonadas durante la revolución, época en que la cantidad de plata extraída (como ya se ha dicho) no excedía de 200 mil dólares.

La compañía se encuentra actualmente, con respecto al conde de Regla, en la misma posición en que se encontraban Bustamante y don Pedro Terreros (el antecesor del conde de Regla) con respecto a los propietarios originales de la veta de la Vizcaína. El valor de las minas es conocido y se ha comprobado la abundancia de minerales en los niveles inferiores, pero dichos niveles se han vuelto inaccesibles debido a un sistema de desagüe defectuoso, y la aplicación de la fuerza del vapor deberá llevar a cabo ahora lo que anteriormente se lograba con el socavón de Morán. No importa si la necesidad de un cambio de sistema se presenta a ciento veinte o a doscientas setenta yardas por debajo de la superficie, siempre y cuando la potencia de la maquinaria sea igual a la creciente dificultad de la tarea. En 1727, la empresa era de una escala relativamente pequeña y se realizaba por los esfuerzos perseverantes de un individuo. En 1827, cuando todas las vastas instalaciones a que había dado vida el éxito de esos esfuerzos llegaron a estar comprendidas en la negociación, se requirió el capital de una compañía para emprender la hercúlea tarea de ponerlas de nuevo en buen estado. Esto se ha logrado a un costo de dos millones de dólares.

El dinero se ha gastado, en cuando he podido observarlo personalmente, en una forma que hace honor tanto a Inglaterra como a los caballeros encargados de la dirección de los negocios de la compañía. Por consiguiente, la única interrogante es si la importancia de la empresa guarda justa proporción con los medios empleados, o dicho en otras palabras, si la anterior producción de las minas era tal como para justificar las esperanzas que tenía la compañía de hacer una inversión redituable, sabiendo, como lo saben ahora, que, llegando a cierto punto, encontrarán una abundancia de minerales de igual calidad a los que proporcionaron su enorme riqueza a los antiguos propietarios de la veta de la Vizcaína.

Sobre este tema, los datos presentados en el Libro Cuarto y en la presente sección serán suficientes para •que mis lectores se formen sus propias opiniones. Las mías siguen siendo las mismas, a pesar de la demora ocurrida en la realización de las esperanzas del capitán Vetch; y aunque indudablemente los propietarios de aquí pueden afectar considerablemente sus propias perspectivas de éxito por medio de frecuentes cambios en la administración, todavía me inclino a creer que, con el sistema hasta ahora seguido, en el presente año (1828) el resultado de la empresa estará por encima de toda duda.

El 27 de julio regresé de Real del Monte a la capital, a donde llegué después de una ausencia de dieciséis días. Mi grupo había sido excepcionalmente numeroso, ya que tanto el señor Ball como el doctor Wilson y el señor Carrington me habían acompañado durante el viaje, que hicimos no sin sufrir algunas pequeñas vicisitudes. No hubo una sola persona en México que nos pudiera dar una idea correcta ni de la distancia ni de la ruta a Zimapán, y como consecuencia de esta falta de información nos encontramos participando, al segundo día, en la fatigosa jornada a Itzmiquilpan, que el calor y la sequía hicieron casi insoportable. Desde la hacienda de San Pedro hasta el río abajo del pueblo (una distancia de doce leguas), no cruzamos una sola corriente de agua. Uno de los caballos del señor Ball (que salió de México demasiado gordo como pan viajar) se enfermó y murió; y uno de los míos, ya en la última parte del día, fue afectado por el sol de una manera extraordinaria. Se volvió completamente loco y cargaba con la mayor furia no solamente contra las personas que se le aproximaban, sino contra los otros animales, entre los cuales tratamos de soltarlo delante de nosotros. Como último recurso nos vimos obligados a sujetarlo con dos lazos, y en esta forma arrastrarlo entre otros dos caballos. Aun así se requería la mayor precaución, ya que, en las partes más empinadas del camino, donde necesariamente se aflojaban las cuerdas, trató de tirarse al precipicio, y en más de una ocasión casi lo logró. Al llegar a Itzmiquilpan fue desangrado casi hasta el agotamiento y finalmente se recuperó, aunque durante muchas semanas quedó débil e inservible.

Eran casi las nueve de la noche cuando entramos a Itzmiquilpan, como consecuencia de la demora ocasionada por el accidente, y nos hubiéramos acostado sin cenar, pues todas las tiendas estaban cerradas, de no haber ido provistos de una lata de carne en conserva, que nos proporcionó una excelente comida. En ningún otro país se siente tan frecuentemente como en México la ventaja de contar con provisiones. Se conservan por el tiempo que sea necesario sin que las afecte el calor, y como las latas están hechas de estaño comercial sólido, soportan sin daño el movimiento de la mula. Una lata de tres libras, junto con una ración de pan, unas cuantas papas (en caso de que se puedan conseguir) y carbón suficiente para hacer hervir durante quince minutos la tetera de la cantina, proporcionan una comida para seis u ocho personas, y la ventaja de esto se aprecia debidamente después de una cabalgata de cincuenta millas bajo un sol vertical.

Casualmente, la noche de nuestra llegada era la fiesta del santo patrono del pueblo y nada podía ser más curioso que el aspecto de la calle principal, que estaba alumbrada para la ocasión con grandes linternas de papel de brillante colorido, cubiertas con figuras de santos y ángeles, colgadas de cuerdas a distancias iguales una de otra; todas eran mecidas suavemente por el viento. Las calles estaban llenas de gente sentada pacíficamente a sus propias puertas, o de personas que habían llegado de las villas vecinas, cuya población entera se sentía atraída por una vista tan poco usual. La temperatura de Itzmiquilpan es mucho más benigna que la de México; el pueblo se halla a 1 205 pies abajo del nivel de la capital. Zimapán, que seencuentra 1 608 pies abajo de México, debido a su posición tan extremadamente protegida se asemeja más a la atmósfera de la tiesa caliente. La cadena intermedia de montañas tiene una altura de casi 9 000 pies.

Desde Zimapán hasta San José del Oro hay una subida de 3 477 pies y desde allí hasta la pequeña hacienda de la Encamación, donde pasarnos la noche después de visitar las minas de hierro, se suben unos mil pies más. Las montañas cercanas a Zimapáh han sido completamente desforestadas con ese espíritu destructivo e imprevisor que caracterizaba la conducta de los antiguos mineros mexicanos en todos los lugares en que no se aplicaban muy estrictamente las leyes de minería. No se encuentra un solo árbol en siete leguas a la redonda del pueblo, a pesar de que, por estar ubicado en el centro de la gran cadena de la sierra Madre, no puede haber lugar a dudas de que el sitio que actualmente ocupa era anteriormente parte del vasto bosque que comienza como cuatro leguas abajo de San José del Oro.

Una vez que se llega a dicho punto, no puede haber paisaje más espléndido: los bosques se suceden interminablemente y dondequiera que hay un claro en las montañas la vista se extiende sobre una inmensidad de árboles de crecimiento exuberante. Con excepción de. unos cuantos jacales en las cercanías de San José y de las haciendas alemanas de beneficio en la Encarnación, no existen vestigios de la mano del hombre en todo el distrito. La villa que había anteriormente cerca de San José ha desaparecido y los claros que proporcionaban un medio de sustento a los mineros están llenos de matorrales. Ciertamente será muy grande la transición si en unos cuantos años entran en actividad las minas de hierro y se forma un establecimiento europeo, con todo el alboroto de la actividad febril, donde actualmente reina la naturaleza en soledad y silencio.

Debido a lo extremadamente malo de los caminos entre Zimapán y la Encarnación, no intentamos llevar camas ni provisiones. El señor Spangenberg se preocupó de conseguirnos en el lugar un borrego, con abundancia de tortillas, y nuestras capas y una piel de búfalo nos sirvieron de cama. La casa era extremadamente pequeña, y grande la familia del propietario, que constaba de una esposa y cuatro hijas, aparte de dos o tres hijos. Estos últimos se acomodaron en los establos para dejarnos lugar, pero creo que no menos de catorce personas se alojaron en la sala, tendidas en doble hilera sobre el piso, con los pies tocándose en el centro. A no ser por lo extremadamente frío del aire a dicha altura, hubiéramos muerto sofocados, pues las columnas de niebla que pasaban ocasionalmente por la casa hacían imposible dejar abiertas puertas o ventanas. Era curioso observar la rapidez con que dichas columnas bajaban de las partes más elevadas, envolviéndonos repentinamente en un vapor frío y penetrante, acompañado de una fuerte corriente de aire, y sentir el contraste entre la temperatura de la región sujeta a su influencia y el cielo brillante de Zimapán, que se abrió por encima de nuestras cabezas, después de cosa de tres horas de una bajada casi cortada a pico.

Entre Zimapán y Actopan hay pocas cosas dignas de atención, excepto un peligroso paso que marca el término de la subida desde la villa de Yolo hasta el valle de Actopan, cuyo nivel está 320 pies abajo del de la capital. En la misma cumbre del cerro que conduce a este valle hay una capa de roca lisa y sólida, imposible de evitar debido a la naturaleza escarpada del camino, y que es casi intransitable con caballos herrados. Desmontamos y tomamos todas las precauciones posibles para ayudar a pasar a nuestros caballos, pero, a pesar de ello, tres se lastimaron seriamente en el intento.

Al llegar a la Mesa Central, que se encuentra después de esta cordillera, aparece inmediatamente ante la vista la singular montaña llamada los órganos de Actopan, que continúa viéndose durante varias leguas. Se eleva a 2 426 pies sobre el nivel del llano, y en su aspecto se asemeja a los capiteles de una catedral o al torcido crecimiento de cierta especie de cactácea (de la que toma su nombre). Esta cactácea se alza en columnas hasta gran altura y es muy usada por los indios para hacer corrales. En el camino de Real del Monte a México hay una villa en la que cada casa está tan completamente cercada con estas cactáceas, que es imposible ver algo más. Se pasa por avenidas de cactáceas que forman las calles, y como ninguna de las habitaciones comunica al camino por medio de una puerta al frente, solamente el ladrido de los perros y el llanto ocasional de algún niño indican la presencia del hombre.

Las cercanías de Chico no son menos sorprendentes que las de Actopan en cuanto a la singular configuración de las rocas que lo rodean. Siento mucho no haber podido obtener un dibujo ni de este lugar tan agreste ni de una columna natural que se alza intempestivamente del suelo en medio del bosque que se encuentra entre Chico y Real del Monte y que se eleva hasta una altura de casi 200 pies. La barranca de Regla, con el precioso salto un poco más arriba de la hacienda y la hilera de columnas basálticas que soportan el lecho de roca de donde baja la corriente, es también un magnífico terna para el lápiz; ningún dibujo de los que hasta ahora he visto le hace justicia. Pero en mis primeros viajes no me acompañó la señora Ward, y por consiguiente no pude comprobar si mis esfuerzos hubieran tenido mejor éxito.

Después de nuestro regreso del interior, tuve la intención de visitar de nuevo Real del Monte, pero ya estaba tan entrada la estación antes de que saliéramos de México y reinaba con tanta fuerza el vómito en la costa, que no creímos prudente permitir que las bellezas del escenario nos hicieran caer en la tentación de una demora, cuyo riesgo aumentaba día con día.

 

VISITA A LAS MINAS DE TEMASCALTEPEC, ANGANGUEO, TLALPUJAHUA Y EL RANCHO DEL ORO

EL 22 de agosto salí de nuevo de México y pasando por Lerma, Toluca, la hacienda de la Huerta y la villa de San Miguel llegué a Temascaltepec por la tarde del 23.

El pequeño pueblo, en cuya vecindad se encuentran las minas, está situado en el Estado de México, treinta y dos leguas al suroeste de la capital, en el declive de la cordillera hacia el Pacífico, a donde van a desembocar algunos de los ríos que nacen en las cercanías de Temascaltepec. Las minas de este distrito gozaron antiguamente de gran reputación por la riqueza de sus minerales (el ejemplar más magnífico de la colección del rey de España salió de la mina de San José), pero al profundizarse los trabajos aumentó tanto la dificultad para desaguados, que gradualmente se fueron abandonando, y durante algún tiempo antes de la revolución su producción fue muy poco considerable.

A pesar de que Temascaltepec nunca pudo dejar de ser un distrito de sexto orden, parece haber poseído ciertos atractivos fatales para los extranjeros a quienes las especulaciones mineras han llevado a México. Probablemente la delicia de su clima y las ventajas de su cercanía a la capital han tenido más influencia en su elección que las características de las minas, las cuales, temo, se encontrará que presentan perspectivas muy inciertas. Pero cualesquiera que hayan sido las causas, en 1826 estaban establecidas allí cinco compañías, dos inglesas, dos americanas y una alemana; no había una sola mina explotada por alguna compañía mexicana, a pesar de que el señor Septión (del Tribunal de Minería) es propietario de una, San Francisco de Paula, para la cual todavía está buscando quien le proporcione avío.

Las dos compañías inglesas son la United Mexican y la formada por el señor Bullock. La United Mexican Company posee tres minas, los Santos Reyes de la Sierra, la Magdalena y la Guitarra. Tiene también dos haciendas de beneficio, Guadalupe y San José. De las minas, solamente la Magdalena estaba produciendo mineral al tiempo de mi visita. Está situada al este del pueblo, sobre un cerro cuyas partes inferior y central están ocupadas por las minas de las compañías norteamericanas; se estaban haciendo considerables reparacionesal tiro, y se esperaba que cuando se hubieran terminado aumentaría !a cantidad de mineral; pero no creo que se incremente en proporción suficiente para cubrir los gastos que requiere un establecimiento con haciendas, caballos y un oficial responsable, para el único fin de explotar solamente esta mina. Las otras dos fueron abandonadas posteriormente.

La compañía poseía también dos minas (San Diego y San Antonio) en el real del Cristo, como doce leguas al sur de Temascaltepec, y estaba por contratar otra, la Golondrina. Se sabe que todas ellas producen mineral rico; pero las vetas son pequeñas y difícilmente se puede esperar que dé resultado el sistema de multiplicar y subdividir establecimientos en un país donde es tan necesaria la inspección personal. El real del Cristo está demasiado lejos de Temascaltepec como para que los minerales allí extraídos se puedan beneficiar en las haciendas de Guadalupe o de San José, y en consecuencia, se debe construir una nueva hacienda, a un costo que no pueden sufragar unas cuantas minas aisladas y pequeñas.

Se han invertido unos 150 mil dólares en estas empresas, de las cuales, según la opinión general, sólo muy poco se puede esperar.

La compañía del señor Bullock, ya disuelta, se llamaba The Mexican Mine Company y fue formada por el señor Baring y por sir John Lubbock para trabajar lá mina del Vado, denunciada en 1823 por el señor Bullock, como ciudadano mexicano, con todas las formalidades descritas en la relación de su visita a México, que ya salió a la luz pública. Las únicas circunstancias que no ha expuesto ante el mundo son los datos que al principio lo hicieron dirigir su atención a inversión tan infortunada. Algunos debe haber tenido, ya que el señor Bullock estaba realmente entusiasmado con su mina; pero sobre este particular nunca he podido obtener información verídica.

Si la mina hubiera sido realmente valiosa, de ninguna manera habría sido imprudente la forma en que el caballero a quien el señor Bullock traspasó sus derechos como propietario se proponía explotarla; pero, en agosto de 1826, el estado de sus asuntos no era nada prometedor. El señor Bullock había sido nombrado director de las instalaciones de la compañía, con un salario de 700 libras esterlinas. Los gastos de su viaje a México, junto con su familia, catorce mineros irlandeses, un fundidor, un jardinero y todo lo necesario para un gran establecimiento, se habían sufragado de la manera más liberal y se le había permitido construir una casa en un lugar muy hermoso, además de una hacienda de beneficio y tin jardín á Panglaise; pero en la propia mina no sólo no había vestigios de veta alguna, sino ni siquiera vestigios de que alguna vez hubiera sido de cierta importancia.

A fin de precisar su situación, se perforó un nuevo tiro como a noventa yardas del antiguo, en terreno mucho más bajo, y en él un ingeniero americano construyó una rueda hidráulica muy ingeniosa a fin de desaguar los niveles superiores: desde ahí se perforó luego, en la supuesta dirección de la veta, una sangría que, después de atravesar toda la distancia entre los dos tiros sin cortarla, sólo sirvió para demostrar su inexistencia. Luego se abandonó la empresa, pero no sin antes haber desperdiciado quince o veinte mil libras esterlinas en una mina de la que, desde el principio, todos los nativos habían pronosticado que nunca se sacaría una sola onza de plata. Afortunadamente, la pérdida incidió sobre personas para las que no tenía mayores consecuencias, pero es de lamentarse que, en un país en donde tanto se hubiera logrado con la aplicación juiciosa del mismo capital, la elección del agente administrativo se viera influida más por las bellezas del escenario que por el valor intrínseco de la mina que había de explotar. Parecía que todos los preparativos del señor Bullock hubiesen estado fundados en una certeza de éxito que ni aun la posesión de todo un distrito puede proporcionar, a pesar de que su probabilidad aumenta en proporción al número de diferentes puntos en que se explore una veta. En donde se conoce la bondad de la veta y está demostrada la posibilidad de desaguarla con la aplicación de una fuerza mecánica dada, se puede aprovechar el intervalo, como lo han hecho la mayoría de las grandes negociaciones, en completar las instalaciones sobre la superficie; pero en donde la misma existencia de la veta es dudosa, comenzar las operaciones con una gran inversión en dichas obras es, por tomenos, contrario a la práctica que una experiencia de tres siglos ha impuesto a los mineros mexicanos.

Las dos compañías norteamericanas establecidas en Temascaltepec son las de Baltimore y Nueva York. De la primera es director el señor Keating, caballero que estudió en Friburgo y fue profesor de mineralogía en los Estados Unidos. La compañía posee las minas de San José, San Luis y Santa Erigida, situadas una arriba de la otra, a pequeños intervalos, sobre la falda de la montaña, junto con seis pertinencias que se extienden lateralmente desde la última. En agosto de 1826 muy poco se había hecho en cualquiera de estas minas y el señor Keating vivía en un mísero jacal cercano a San José, donde unos contratistas americanos estaban construyendo una rueda hidráulica de.treinta y cuatro pies de diámetro, con la que se iba a efectuar el desagüe. Esta rueda comenzó a trabajar comoun año después de mi visita (julio de 1827), fecha en la cual el señor Keating no tenía aún razones para modificar la opinión que desde un principio se formó sobre las minas a su cuidado, o sea, que pagarían un interés de quince a veinte por ciento sobre el muy pequeño capital invertido en ellas. Esta opinión se fundaba en los registros de lo producido durante varios años antes de la revolución, y como no se había hecho gasto alguno en instalaciones de superficie, a excepción de un canal o corriente de agua que servirá para abastecer la rueda desde un manantial situado a considerable distancia, no hay razón para suponer que se frustren dichas esperanzas.

De la New York Company todavía no se puede decir que exista, ya que ninguno de sus agentes había llegado a México durante mi estancia en ese país. De las cuatro minas cuyos contratos le han sido asignados por el señor Wilcox, cónsul general americano, lo poco que se sabe no es de ninguna manera favorable. La importancia de San Juan de las Quebradillas se infiere del hecho de que hace cincuenta años, cuando los niveles superiores se derrumbaron, quedaron sepultados ciento cincuenta hombres entre sus ruinas; e igualmente se supone que la mina de Aguas sea valiosa, porque hace poco el Tribunal de Minería gastó 200 mil dólares en un vano intento por desaguarla.

Los alemanes son dueños de Temascaltepec, en el real de Arriba, de las minas llamadas del Rincón, que les fueron cedidas por el mismo Revilla al que compraron la mina de Arévalo en Chico. Estas minas son diez en total, o más bien hay diez tiros en la misma veta, y están desaguadas por un socavón perforado a profundidad de 120 varas y de más de 2 mil varas de largo. Se sabe que su anterior producción era muy considerable, pero los laboríos que se encuentran abajo del socavón están anegados y el mismo socavón es inaccesible debido a lo muy viciado del aire. Se debe perforar un nuevo tiro para lograr una libre circulación antes de intentar comprobar la posibilidad de desaguar las minas; de manera que es probable que, si se persevera en la empresa, aumenten los gastos más bien que los ingresos de la compañía durante unos cuantos años.

El poco interés que ofrecían las minas de Temascaltepec me disuadió de visitar los distritos vecinos del Cristo y Sultepec, en donde tanto los alemanes como la United Mexican Company han adquirido algunas minas, como especie de sucursales de las de Temascaltepec. Ambos lugares están situados en la tierra caliente; y en el Cristo, que se encuentra en un valle angosto cercado por todos lados de elevadas montañas, se dice que el calor es igual al de Veracruz.

Las minas de Tepantitlán. que se encuentran muy al sur, en las cercanías del río Balsas, estaban muy distantes para pensar en llegar hasta ellas. Propiedad de la Catorce Company, son famosas por haber dado al conde de Contramina su título y su fortuna. El camino hasta dicho distrito atraviesa el propio corazón del ramal occidental de la sierra Madre; el clima es malsano y hay gran escasez de madera en la vecindad inmediata de las minas. Pero dichas desventajas se compensan por la extrema riqueza de los minerales. algunos de los cuales producen cinco y seis marcos de plata por carga, en tanto que los metales comunes tienen un promedio de uno y medio marcos. Los tiros principales, sobre las dos grandes vetas de Guadalupe y Santa Ana,. casi no tienen agua (de ocho a diez varas), y se sabe que los trabajos se suspendieron únicamente durante la revolución, como consecuencia de que el general Guerrero decomisó minerales (que estaban en proceso de beneficio en la hacienda) por la cantidad de 500 mil dólares, suma que sirvió para pagar a sus tropas. Un espléndido socavón, de seiscientas treinta varas de largo y de cuatro varas de ancho por tres de alto, atestigua igualmente la anterior importancia de las minas; y no obstante las desventajas del clima y de la distancia, y la dificultad para hacer aun las reparaciones más comunes, casi no hay duda de que, si se dirige apropiadamente, esta negociación puede convenirse en algo sumamente ventajoso.

Sólo me resta añadir que los términos mineros en uso en Temascaltepec difieren considerablemente de los adoptados en otros distritos y ya explicados en la sección que antecede.

En las haciendas, la cantidad de minerales que se someten al proceso de amalgamación se calcula por tareas. La tarea consiste en cien quintales o cinco montones de veinte quintales cada uno. Esto resulta inconveniente, tanto porque los términos difieren de los más generalmente usados como porque la tarea no contiene un número exacto de cargas, como sucede con las tortas y los montones en otros distritos.

Con respecto al proceso de amalgámación. parece no haber una regla general. Las minas varían no sólo en la cantidad de azogue que requieren sus minerales sino en el tiempo necesario para el proceso y en la pérdida de azogue durante el mismo. Por ejemplo, los minerales de Santa Ana (pequeña mina trabajada por el administrador de la United Company) se pueden beneficiar por amalgamación en diez días, pero con una pérdida de veinticinco por ciento de azogue. Los minerales de San Bernabé requieren sesenta días. Los de la Guitarra y la Magdalena varían de veinte a veintiocho días, con una pérdida de solamente ocho por ciento de azogue.

Los costos del proceso se pueden computar de la siguiente manera:

La tarea requiere 30 libras de azogue;

Magistral, treinta cuartillos (a seis por arroba);

Sal de Ahahuistán, quince arrobas, o sal común, veinte arrobas.

Los amalgamadores mexicanos explican esta diferencia con sus términos favoritos de minerales fríos y minerales calientes, y no intentan dar más explicación científica de los cambios que ocurren. Ni tampoco es probable que se dé mientras no se establezcan algunos principios generales y se analicen los diferentes minerales de México, sobre lo que se puede fundamentar después una teoría para introducir mejoras sucesivas. Menciono estos hechos solamente para demostrar la necesidad de someter a la prueba de la experiencia, en gran escala, los secretos que para expeditar el proceso de amalgamación se han ofrecido a las compañías de Londres como descubrimientos invaluables, pero por medio de los cuales no tengo conocimiento de que se haya producido ningún efecto benéfico en la Nueva España. En donde existe una diferencia tan grande entre minerales de dos minas pertenecientes al mismo distrito y situadas algunas veces en la misma veta, hay muy poca razón para pensar que puede adoptarse un sistema general. De todos modos, el inventor lo debería probar ahí mismo, ya que un experimento químico que sale bien al hacerlo sobre una muy pequeña cantidad de mineral puede no dar resultado al aplicarse a las masas sobre las qué el amalgamador debe trabajar en México, lugar en donde la riqueza de las minas no depende de la calidad de los minerales sino de su abundancia.

 

Camino de Angangueo

De Temascaltepec proseguí mi viaje la mañana del 26 de agosto hasta Angangueo, un distrito minero en el estado de Valladolid, como a siete leguas de Tlalpujahua y a veintisiete de Temascaltepec.

El camino es sumamente variado, debido a la circunstancia de que bordea constantemente la tierra caliente, a donde lo conducen a uno casi todas las cañadas o valles profundos. En ellos se encuentran plantaciones de caña de azúcar, plátanos, chirimoyas y todas las frutas tropicales, mientras las laderas de los cerros cercanos están tapizadas con una magnífica especie de bosques de árboles septentrionales. La exuberancia de la vegetación sobrepasa aun a la que observé entre Zimapán y la Encarnación, y su variedad ciertamente es mayor.

Sin embargo, este magnífico trozo de país está deshabitado, excepción hecha de unos cuantos ranchos y villas, debido a la falta total de mercado pan las producciones. Desde la hacienda de Hoconusco, donde pasé la noche del 26 y que se encuentra a catorce leguas de Temascaltepec y a cuarenta y cinco de México, el trigo, que se puede cultivar casi en cualquier extensión, se debe enviar a la capital a fin de darle salida. Solamente el restablecimiento de las minas en Temascaltepec puede hacer importante la agricultura de esta parte del país, y de ahí la ansiedad con que los habitantes observan sus progresos.

Después de Hoconusco, el camino atraviesa Zitácuaro, anteriormente un pueblo floreciente, pero que durante la revolución fue destruido completamente por las tropas del rey, a las órdenes de Calleja; tuvo ese fatal honor por haber sido escogido como asiento de la primera Junta Independiente. Ahora está casi en ruinas y probablemente nunca recobre su anterior importancia.

Angangueo queda como a ocho leguas de Zitácuaro. La mayor parte del camino es una subida empinada. Nunca he visto un pueblo que tenga tan completa apariencia de distrito minero como Angangueo. Por más de una legua la cañada que conduce al pueblo está llena de arrastres (molinos para mineral), movidos por ruedas hidráulicas horizontales, y de pequeños patios, en verdad míseramente construidos, en los que se efectúa el proceso de amalgamación.

La compañía alemana es el único establecimiento extranjero en el real; pero hay varios mexicanos que explotan minas en pequeña escala, con capitales (si así se les puede llamar) de quinientos a dos o tres mil dólares, con los cuales, y con una inspección constante, logran ganar lo suficiente para mantener a sus familias.

Angangueo tiene cuatro vetas principales, que corren casi paralelas y están separadas por valles o cañadas, en uno de los cuales se encuentra el pueblo. La dirección de las vetas es de norte a sur. Únicamente dos de las cuatro tienen nombre: la veta del Carmen y la veta Descubridora (así llamadas por las minas principales que pe encuentran sobre cada una): varían en anchura desde dos hasta cinco e inclusive nueve varas.

En estas vetas existen multitud de minas, explotadas, como ya lo he dicho, por pequeños propietarios mexicanos, que se las ingenian para sacar de ellas lo necesario para ir viviendo. Pocas pasan de cien o ciento veinte varas de profundidad, y la mina más antigua no ha sido trabajada durante más de sesenta años.

La compañía alemana tiene tres minas: Nuestra Señora del Carmen (sobre la veta del mismo nombre, San Atenógenes (sobre otra veta que tiene una anchura de seis a veinte varas) y la Purísima (en un valle arriba del pueblo, hacia el norte).

La mina del Carmen era la única de que se sacaban minerales durante el tiempo de mi visita. Éstos daban un promedio de seis a din marcos por montón, y como había gran abundancia de ellos, la producción hubiera cubierto todos los gastos, de no haber sido porque se requería un establecimiento de doscientos cincuenta caballos para el desagüe. Desde entonces una rueda hidráulica ha remplazado a los malacates en que se empleaban dichos animales, y es muy probable que actualmente la compañía obtenga una utilidad considerable en dicha empresa.

El establecimiento alemán tenía dos pequeñas haciendas anexas, una, la Trinidad, con seis arrastres, y la otra, San Juan Nepomuceno, con una máquina de trituración de diez morteros. La raya, o pago semanal, no excedía de mil dólares, y casi era cubierta por la producción: cien marcos (igual a ochocientos dólares).

Se me dijo que Angangueo se hallaba en un estado mucho más floreciente dos años antes de mi visita: en aquel entonces estaban trabajando cuatro morteros y cuarenta y seis arrastres, que habían reducido a doce debido a la creciente dificultad de obtener minerales. En un principio se los encontró en abundancia en los niveles superiores de las antiguas minas abandonadas durante la revolución. Pero cuando se hizo necesario trabajar los niveles más profundos, pocos tenían el suficiente capital para mantener bajo el nivel del agua, a pesar de que con recursos muy moderados se puede lograr fácilmente.

Sin embargo, Angangueo puede considerarse como un distrito próspero en el que con muy poco riesgo se puede hacer mucho. Las minas más grandes no requerirían un capital mayor de treinta o cuarenta mil dólares y las riquezas metálicas de las montañas que lo rodean han sido tari poco exploradas que casi se pueden considerar vírgenes. La mano de obra es barata, el agua abunda y tiene una caída suficiente para cualquier clase de maquinaria, hay bastante madera y provisiones, y el clima es bueno, aunque frío.

Hay, sin embargo, algunas peculiaridades locales que contrarrestan estas ventajas. En primer lugar, casi nunca se encuentran los minerales en estado puro, sino que contienen una mezcla de metales sumamente rara, que varía en las diferentes vetas.

En la veta del Carmen, los minerales de plata contienen gran proporción de arsénico, con el que está tan impregnada toda la masa que cuando se rompe en los arrastres es de color azul gris opaco o pizarra, debido a lo cual se identifican fácilmente los montones de minerales de esta veta cuando están en proceso de amalgamación. Estos minerales se benefician en menos tiempo que cualesquiera otros y rara vez requieren más de ocho días para todo el proceso.

La veta Descubridora, así como aquella sobre la cual está situa da la mina alemana de San Atenógenes, contiene gran proporción de blcierze o plata mezclada con plomo. En todas hay considerable mezcla de zinc (hiende, estoraque) y de antimonio nativo (spiesglaserz), los que dan mucho trabajo porque tienen que ser separados por los pepenadores antes de triturar los minerales, puesto que ninguno de los dos favorece la acción del azogue. Además de éstos, hay mucha caparrosa (carbonato de hierro).

Para deshacerse de parte de estas substancias extrañas es necesario tostar los minerales después de molerlos. El proceso dura unos tres días y continúa hasta que catorce cargas de mineral se reducen a diez. El gasto es de cinco a seis dólares por montón.

Los minerales llamados colorados son otra de las peculiaridades de Angangueo. Por lo general, se les encuentra en los niveles más cercanos a la superficie, y son metales en estado de descomposición, fuertemente impregnados con un óxido rojizo de hierro. Generalmente son ricos y contienen hasta dieciséis, dieciocho e inclusive veinte marcos de plata por montón (de treinta quintales). Cuando se les amalgama requieren más tiempo y más azogue que los otros minerales de este distrito, pero no necesitan magistral. En todas las minas se observa que la plata mezclada con arsénico se encuentra únicamente en los laboríos más profundos.

Las piritas de hierro (schwe/elkies) abundan en los niveles superiores, y a ellas se debe atribuir el color rojo de los minerales extraídos de estos niveles; se preparan con fuego para los arrastres, y al evaporarse el azufre queda un óxido rojo de hierro, que distingue a estos montones como el color azul lo hace con aquellos en donde predomina el arsénico.

Los colorados, como ya he dicho, sólo aparecen a corta distancia de la superficie. En una nueva mina (San Severiano), explotada por el cura de Angangueo, la transición de los colorados a los metales comunes ocurre en un espacio de veinte varas a partir de la boca del tiro, y desde el momento en que se pasa esta línea se hace necesario el magistral para la amalgamación de los minerales, a pesar de que no se requiere un poco más arriba.

El siguiente es un cálculo justo de los gastos de extracción y amalgamación en Angangueo, por montón de diez cargas (cada una de tres quintales):

[...]

En total, veintitrés dólares y dos reales; en tanto que el valor de los minerales contenidos en el montón, tomándolos a un promedio de seis marcos (algunos son mucho más ricos y pocos o ninguno más pobres), es de cuarenta y ocho dólares, lo que deja una utilidad líquida de veinticuatro dólares y seis reales por montón.

Hay muy pocos distritos en donde el uso de arrastre en lugar de morteros esté tan generalizado como en Angangueo. En algunos aspectos son más económicos que los morteros, ya que requieren menos atención, pero también hacen menos trabajo, pues un arrastre no puede moler más de tres montones de mineral por semana, en tanto que un mortero de doce mazos pulverizará la misma cantidad en veinticuatro horas. Tienen, sin embargo, la ventaja de reducir inmediatamente el mineral a un polvo fino impalpable, libre de todas las substancias arenosas y perfectamente listo para someterse a la acción del azogue, estado al que casi nunca llega después de pasar una vez, y aun dos veces, por el mortero. No obstante, sus poderes son limitados y no serían de utilidad con los minerales duros de algunos distritos en donde predomina el cuarzo o el pórfido, para los que el poderoso golpe del mortero es absolutamente indispensable.

Respecto a la anterior producción de Angangueo me fue imposible obtener informaciones exactas, pues los registros se habían perdido y durante mucho tiempo los propietarios de minas han tenido el hábito de remitir su plata, en primer lugar, a Tlalpujahua, desde donde a muchos de ellos se proporcionaban, antes de la revolución, los medios para continuar sus trabajos. Sin embargo, es opinión general que a una compañía con un capital pequeño le podría ir bien allí, y las favorables perspectivas de los alemanes parece que confirmarán esta suposición.

El camino de Angangueo a Tlalpujahua atraviesa una montaña empinada y abrupta, con una subida de casi doce leguas a través de un bosque de magníficos pinos. Desde la cima hasta la hacienda de San Rafael la bajada es gradual, pero constante, y la distancia es como de cuatro leguas. No tuve el placer de ver completado este establecimiento, ya que las labores de los señores Moro y Enrico se habían retrasado un poco debido a la estación de lluvias, pero el progreso hecho desde mi primera visita era sorprendente, y a mi llegada a Tlalpujahua, donde de nuevo pasé unos días, encontré, tanto en el pueblo como en sus aledaños, abundantes motivos para admirar la diligencia desplegada. Se habían puesto en actividad varias minas más, a fin de explorar las vetas en el mayor número posible de puntos a la vez, y en el filón de las Vírgenes se había perforado un tiro completamente nuevo, llamado la mina de Arévalo por su propietario el cura, cuyos minerales parecían muy prometedores. En el pueblo se estaban haciendo mejoras con igual rapidez, y el mercado estaba lleno de nativos bien vestidos, muchos de los cuales, pocos meses atrás, no llevaban más ropa que una manta de Querétaro de la clase más ordinaria.

De Tlalpujahua regresé a la capital por el rancho del Oro, situado precisamente dentro de los confines del Estado de México. La United Mexican Company posee allí diecinueve minas, cuya anterior producción se sabe que era muy considerable. Nueve de estas minas están situadas sobre la veta Descubridora y se pueden considerar como una sola obra; hay otros cinco tiros perforados en las vetas de San Rafael y San Acasio.

El estado del conjunto, al tiempo de mi visita, proporcionaba un sorprendente ejemplo de los males que siempre ocurrirán en ausencia del ojo del amo. Bajo el poco juicioso manejo de un administrador mexicano, se habían gastado 130 mil dólares en dos años sin haber logrado el desagüe de ninguno de los tiros, a pesar de que no tenían más de 155 varas de profundidad. Una visita hecha por el señor Alamán, principal director de la compañía, llevó a la destitución de este sirviente tan improductivo, y para la administración se unieron un inglés, el señor Walkinshaw, y un minero mexicano de cierta reputación. Pero el tiempo era indispensable para suprimir los efectos del perezoso y lento sistema adoptado por su añtecesor, y los mismos hombres que en Tlalpujahua, bajo la mirada del señor de Rivafinoli, trabajaban con una energía difícilmente superable, parecieron perder toda su actividad al ingresar al distrito del Oro y ejecutaron sus varias tareas con una lentitud que daba pena observar.

En agosto de 1826, la mina del Rosario era el único tiro del que se sacaba mineral. La veta parecía rica, aunque pequeña. El oro se encuentra en partículas, imperceptibles a simple vista, en una matriz de cuarzo que contiene sulfuro de plata, diseminado en toda la masa en franjas tan angostas, que a menos que aumenten las dimensiones de la veta, difícilmente rembolsará lo que cueste trabajarla.

Las minas de oro en México generalmente disminuyen de valor conforme aumenta su profundidad, y es de temerse que el distrito del Oro no sea la excepción a la regla. Las minas, sin embargo, se trabajaron ventajosamente hasta fecha tan reciente como 1810, y consta en registros que en 1805 una sola carga de mineral se vendió en la boca del tiro por once mil dólares. Unos cuantos montones de mineral, de calidad muy inferior, servirían para que la compañía recuperara todos sus adelantos, a pesar de que lo más probable es que éstos aumenten debido a la construcción de una hacienda, indispensable si se persevera en la empresa de trabajar las minas, pues todos los edificios con ellas conectados fueron destruidos en 1811 para proveer de empalizadas el campamento de Rayón en el cerro del Gallo.

Los planes para esta hacienda todavía no quedaban listos cuando yo estuve en el Oro, pero desde entonces he sido informado de que estará situada en el valle de Tepetongo, donde se construyó el año pasado una presa de suficiente tamaño para almacenar una reserva de agua en la estación de lluvias y abastecer a la maquinaria durante los meses de sequía. Esta presa está construida en una cañada, tiene diecisiete varas de grosor en los cimientos y termina, a una altura de sesenta pies, en una pared de tres varas de grosor y 200 pies de largo. Está hecha en su totalidad de mampostería sólida, de suerte que el costo, además de los otros gastos. que acompañan a la construcción de una hacienda, debe ser muy considerable.

A mi regreso a México seguí el camino que ya había recorrido, atravesando Istlahuaca y Lerma, pues la estación de lluvias estaba ya muy avanzada para que fuese aconsejable explorar algún nuevo camino a través de las montañas. Saliendo muy temprano por la mañana habíamos logrado evitar las lluvias durante toda la expedición, aunque éstas dejaban casi intransitables muchas partes del camino, especialmente en las cercanías de Temascaltepec, donde hay gran cantidad de arcilla roja sobre la que no pueden mantenerse en pie ni los caballos ni las mulas. Sin embargo, excepto unas cuantas caídas en nuestro camino a la más inaccesible de las minas y la desgracia ocurrida a una mula de carga, que casi se ahogó al cruzar un torrente, no tuvimos más aventuras, y la frescura de la región nos compensaba ampliamente por las dificultades adicionales que como consecuencia de las lluvias habían acompañado toda nuestra marcha.

Nunca, en ninguna otra parte del mundo, he visto mayor variedad de bellos paisajes que los que se encuentra uno entre Temascaltepec y Zitácuaro, pero especialmente en la vecindad del valle de Temascaltepec, lugar donde el camino serpentea repetidamente arriba y abajo por una cañada de profundidad suficiente para producir, en capas alternadas, la vegetación de todos los diferentes climas.

Igualmente, recuerdo con gusto la barranca de Hoconusco, que nos condujo por una pendiente de casi una legua hasta el pie de un escarpado promontorio de rocas que nos parecía casi imposible de subir con nuestros cansados animales. En la cima hay una especie de meseta en donde se encuentra la hacienda, y desde ésta, otra bajada larga y resbalosa conduce a Zitácuaro, atravesando una sucesión de bosques, con claros ocasionales, tan naturales y al mismo tiempo tan variados que difícilmente se puede dejar de pensar que hayan sido hechos para servir de ornamento a algún magnífico parque. En Zitácuaro, lugar a donde llegamos en día de mercado, encontramos abundancia de provisiones de todas clases e hicimos un desayuno de lo más delicioso, con leche fresca, excelente pan de trigo y huevos, junto con naranjas, pifias y caña de azúcar, producciones todas del distrito circunvecino. Desde allí hasta Angangueo el país se vuelve más abrupto y los bosques de pinos, semejantes a los que rodean a Tlalpujahua y el Oro, marcan la transición entre la tierra templada de abajo y la atmósfera menos cordial de las regiones más elevadas.

Llegué a México el 5 de septiembre e inmediatamente empecé a hacer los preparativos para mi gran viaje al interior, el cual, sinembargo, no tuvo lugar hasta principios de noviembre, pues todos mis planes se trastornaron por la enfermedad de la mayor de mis hijas, que estuvo a las puertas de la muerte debido a un coup de soleil que le acarreó una fiebre cerebral, y, en una ocasión, nos quitó casi toda esperanza de que sobreviviera. A la habilidad y las constantes atenciones del doctor Wilson debemos su recuperación, pero durante mucho tiempo estuvo muy débil como para soportar las fatigas de un viaje, y ya que la señora Ward estaba resuelta a acompañarme y no podía hacerse a la idea de dejar a su hija por dos meses completos, nuestra salida se pospuso día tras día a fin de dar tiempo a nuestra pequeña inválida para que recuperan sus energías.

 

PRINCIPIO DEL VIAJE AL INTERIOR. ESTADO DE QUERÉTARO. CELAYA, EL BAJÍO, GUANAJUATO; MINAS DE LAS DOS COMPAÑÍAS AHÍ ESTABLECIDAS. RENTAS Y RECURSOS DEL ESTADO

POR LA mañana del 3 de noviembre de 1826, después de habernos despedido de todos nuestros amigos mexicanos, la mayoría de los cuales nos predijeron que no deberíamos alargar nuestro viaje al norte más allá de Guanajuato, dijimos adiós a San Cosme y tomamos el gran camino de tierra adentro hacia Huehuetoca, donde pasamos la noche. Hacía mucho que la venta no había abierto sus puertas a un grupo tan numeroso como el nuestro; pero, a pesar de lo malo de los alojamientos, nos decidimos a parar en ventas y no en casas particulares, excepto en lugares donde teníamos pensado pasar algunos días, debido a los inconvenientes que siempre ocasiona la recepción de grupo tan numeroso en cualquier otro lugar. Casi todas las ventas tienen cuatro o cinco cuartos pequeños que dan al patio; pero en las haciendas, donde el alojamiento consiste en una sala grande, único cuarto desocupado, es imposible intentar la subdivisión en apartamientos, y aunque nos habíamos provisto, para casos desesperados, con una gran cortina de lona, ideada para ser colgada fácilmente en un cuarto y así convertirlo en dos, el número de mujeres hacía deseable recurrir lo menos posible a este expediente.

La señora Ward iba acompañada de dos sirvientas mexicanas y junto con las niñas ocupaban un gran coche tirado por ocho mulas, que compré exprofeso a un caballero recientemente llegado de Durango. Como cerramos por completo nuestra casa en la capital, todos los sirvientes mexicanos nos acompañaron, aunque con algunos cambios de tareas, para atender mejor a nuestros propósitos en el camino. Por ejemplo, uno de los lacayos actuó como postillón, y, junto con el cochero, se hizo cargo por completo del coche, mientras que un muchacho que había estado ocupado algún tiempo en la cocina en México tenía el doble papel de arriero y cocinero, y en la primera de dichas obligaciones desplegó tal actividad y salía tan rápido a seguir a los animales dispersos y confiados a su cuidado, que pronto los sirvientes le pusieron por apodo el Cohete, con el que se le conoció en adelante.

Teníamos además otros tres sirvientes para que se encargaran de las tareas domésticas durante el camino, dos arrieros para las mulas de carga y dos caballerangos, y aunque su número pudiera parecer excesivos eran tantas las necesidades del grupo, tantas las varias camas que tender y que levantar, tan grande la dificultad de obtener provisiones, que todo lo que nuestros esfuerzos combinados podían lograr era estar listos para marchar a las siete de la mañana, pues resultaba casi imposible partir antes de dicha hora. Generalmente se enviaba por delante a un hombre para que consiguiera habitaciones y actuara como proveedor: esta tarea estaba confiada a un individuo atlético llamado Hilario, que había servido como artillero durante la guerra de Independencia y conservaba bastantes de sus antiguos hábitos militares como para convenirse en un incomparable avantcourrier. Montado en un magnífico caballo, recorría el país en todas direcciones, y en caso de que se pudiera encontrar leche, carne b legumbres, siempre las teníamos para nuestra cena. La leche era de la mayor importancia para nosotros, ya que las dos niñas eran demasiado pequeñas para poder vivir sin ella: la mayor tenía solamente un año y medio, y la segunda, a quien todavía estaba amamantando su madre, apenas cinto meses. En cuanto a nosotros mismos, una gran lata de carne en conserva y nuestras armas nos preservaban del hambre, y no creo que haya pasado un solo día en que no tuviéramos liebres, perdices o aves acuáticas de alguna clase que añadir a las costillas y al caldo de cantero que hallábamos en los principales pueblos.

El grupo estaba formado por la señora Ward, el señor Martin —cónsul general francés en México, a quien conocía íntimamente desde hacía tiempo y cuya compañía era un deleite—, el doctor Wilson, el señor Carrington y mi persona. Posteriormente se nos unió el mensajero de la legación, don Rafael Beraza, y formó con nuestros sirvientes un escuadrón de dieciséis hombres bien montados y armados, con ocho mulas de carga e igual número de caballos sueltos, que integraban la vanguardia, conducidos por el Cohete y los arrieros. En seguida venía el gran coche mexicano, del cual, ya cargado para el camino, dará una idea aceptable el dibujo anexo. Después seguían los sirvientes, con sus sables, fusiles y lazos, todos vestidos con el atuendo de piel del ranchero, que además de ser muy conveniente en otros aspectos, tenía la ventaja de ser el traje de viaje más barato; y nosotros formábamos la retaguardia, para recoger a los rezagados y mantener unido al grupo. En terreno muy malo invertíamos el orden de la marcha y nosotros mismos nos poníamos a la cabeza a fin de examinar las barrancas y asegurarnos en qué lugar podría pasar el coche con el menor daño posible. En esto era también de gran ayuda Hilarlo, pues poseía ojos de lince, y, acostumbrado a viajar con artillería, tenía cierta idea de la dureza de la madera y del hierro, y sabía que había algunas cosas que era absolutamente imposible que resistieran. En general, sus paisanos pasan sobre cualquier cosa y se sorprenden muchísimo cuando alguna infortunada rueda se rompe (como generalmente ocurre), con un crujido, después de resistir pruebas que harían, si las viera, que se le pusieran los pelos de punta a un cochero inglés. En un principio no me podía imaginar a qué se debía la resistencia de las ruedas mexicanas, ya que están aunadas de la manera más descuidada y con el aro de hierro compuesto de partes separadas en lugar de una sola pieza. Pero todo el conjunto está tan bien unido con correas de cuero crudo que se contraen al sol, que más bien se pandean en lugar de romperse y difícilmente se pueden despedazar en no importa qué circunstancias. A veces, tienen forma oval más que circular, pero esta falla se corrige por sí misma: las partes salientes se gastan en los caminos pesados y pedregosos; y en cuanto a cualquier pequeño movimiento adicional durante el proceso, unos cuantos saltos de más o de menos no son realmente perceptibles, ya que el viajero mexicano nunca tiene la suerte de deslizarse por el país con esa especie de suave balanceo a que los trabajos del señor Mac Adams han acostumbrado a la gente en Inglaterra.

Después de esta descripción, mis lectores no se sorprenderán al oír que ninguno de los de nuestro grupo subió en el coche en tanto pudo montar a caballo y que la señora Ward, lejos de encontrarlo cómodo, se esforzó desde el principio por prolongar sus cabalgatas diarias hasta que casi pudo viajar toda la distancia a caballo; lo que logró tan completamente, que yo creo que debe haber cabalgado mil cuatrocientas millas de las dos mil que seguramente sumaron todos nuestros viajes. No es posible titubear entre un caballo de paso y un carruaje en dichos caminos, excepto cuando el sol es tan fuerte que hace deseable la protección de un techo, y éste no es en general el caso en la Mesa Central durante los meses de invierno. El polvo, que a veces es demasiado molesto al cabalgar, no puede evitarse; era causa de que extendiéramos considerablemente nuestra línea de marcha, y en un día de viento con frecuencia había un espacio de casi media milla entre la vanguardia y la retaguardia de la columna. Esta necesidad aumentaba conforme crecía nuestra existencia de animales, lo cual sucedió prodigiosamente en el camino, ya que cuando llegábamos a las regiones de cría, donde los caballos y las mulas eran baratos, hacíamos nuevas compras a fin de dar descanso a nuestros fatigados animales; y a nuestro regreso entramos a México con cincuenta y seis bestias de diferentes clases.

Frecuentemente nos divertíamos imaginando la sensación que hubiera despertado la aparición de nuestra caravana en Hyde Park o en Longchamps, donde los caballos y mulas salvajes y los sirvientes arreándolos a galope con los lazos girando sobre sus cabezas, los fusiles y las pistolas, las cantinas y las camas de campaña, las mulas de carga y el coche del tamaño de una arca de Noé deambulando por algún accidente en tierra y no sobre las aguas, con festones de tasajo (pedazos de carne de res que se vende por yarda) y pañuelos llenos de cebollas y tortillas amarrados a sus diferentes partes por los sirvientes, hubieran formado un curioso contraste con la pulcra carroza, su tiro de cuatro caballos, sus grandes lámparas y sus sirvientes de librea, en que consisten generalmente los preparativos de un viaje por Europa. Ni tampoco hubieran sido menos extraordinarias las escenas nocturnas, con las albardas y los aparejos de los caballos acomodados en hileras en el corredor, las armas de los sirvientes colgadas cerca de ellos, los caballos amarrados alrededor y los arrieros tendidos en el suelo al lado de una gran hoguera haciendo su cena en un perol común o preparando sus camas bajo el coche, que servía de lugar general de reunión. Chapita, la nana india, supervisaba las operaciones culinarias del grupo, y frecuentemente la he visto, antes del amanecer, agachada sobre el fuego, preparando una olla de atolli o de champurrado, con la niña colgando de su espalda como acostumbran los indios, expuesta al tonificante frío del aire matinal, que no desaparece hasta que el sol está bastante arriba del horizonte, como a las nueve o diez de la mañana. A la pequeña criatura parecía probarle este sistema, y como todo era confusión a esa hora, ya que los sirvientes estaban ocupados haciendo los bultos y su madre cuidando a su menos saludable hermana, generalmente dejábamos que se arriesgara.

A las nueve o diez de la mañana, según la distancia, nos deteníamos a desayunar en algún rancho o nos sentábamos donde hubiese una sombra y pulque o un poco de agua, para comernos las provisiones que llevábamos con nosotros. Generalmente conseguíamos leche a esa hora y nos abastecíamos para el día y ésta se conservaba perfectamente bien, a pesar del sol y del movimiento del coche, en botellas que se llenaban hasta que se desparramaban y que después se tapaban. No sucedió lo mismo con la leche y la crema que había llevado conmigo desde Inglaterra, pues, no estando llenos los recipientes, frecuentemente observábamos al abrirlos que debido al trote de las mulas su contenido se había vuelto mantequilla, aunque en ese estado ocasionalmente proporcionaba una muy agradable adición a nuestra dieta. Después del desayuno, que duraba muy poco, proseguíamos sin más interrupciones hasta nuestro lugar de descanso, dondequiera que se encontrara. Entonces se descargaban las mulas y los caballos, y se les conducía a tomar agua y a bañarlos en el río más cercano, después de lo cual gozaban de descanso y comida por el resto del día. A las cuatro de la mañana comenzaban a lazarlos y a ensillarlos, pues como las bestias andaban todas desperdigadas en el patio o en algún establo inmenso (cuando se podía conseguir), no había forma de capturarlas. Esta operación, en la que generalmente se distinguía mi joven amigo Carrington (se volvió un experto en el manejo del lazo), llevaba un par de horas, después de lo cual se asignaban las cargas a las mulas, se acomodaba el resto del equipaje en el coche y todo el grupo se ponía gradualmente en movimiento. Perdimos mucho tiempo los primeros dos o tres días, debido a. la falta de un procedimiento sistemático, ya que los sirvientes eran neófitos en este trabajo, pero tan pronto como aprendieron a distribuirlo más convenientemente, cada uno se especializó, y, como todos ayudábamos para hacer los bultos, era curioso observar la rapidez con que los cuartos adquirían de nuevo su desolado aspecto después de estar animados por un tiempo con unos cuantos síntomas de civilización europea. He visto desarmar, enrollar y trasladar una cama al lomo de una mula en menos de cinco minutos, de suerte que todas nuestras pequeñas comodidades no ocasionaban de hecho ninguna demora. Sin embargo, pocas damas hubieran tenido la resistencia y la fuerza de voluntad necesaria para dar tan buen ejemplo a este respecto como la señora Ward, porque era una tarea pesada el levantarse, día tras día, dos horas antes del amanecer y quedarse sentada por lo menos una hora en un cuarto frío, envuelta en una manga o en una piel de búfalo, con la pequeña niña enferma a quien cuidar, en tanto que se efectuaban todos los complicados arreglos de empacar y cargar. Durante diciembre tuvimos heladas duras casi todas las noches, y como no era posible encender fuego en el interior de los cuartos, no se podía obtener calor ni comodidad en tanto no saliera el sol; y a pesar de que sabíamos que después nos picaría, saludábamos su salida como un verdadero alivio. Debido a la escasez de cuartos, la señora Ward, las dos niñas y las sirvientas generalmente se alojaban juntas; el señor Martin y yo dormíamos en otro apartamiento; el resto del grupo en un tercero; y si se podía obtener otro, lo que no era frecuente, servía para guardar la cantina y todo lo necesario para la cena, después de lo cual los sirvientes se amontonaban en él para pasar la noche, cada uno con una silla de montar y con un sarape por cama. Los arrieros y Chance (el terrier, a quien ya se ha citado con los debidos honores) quedaban muy bien acomodados entre las albardas; el coche se confiaba al cuidado de un gran buldog, cuyo fiero aspecto alarmaba mucho a los nativos, en tanto que en el interior de los cuartos un terrier blanco de mi propiedad, que me acompañó en todos mis viajes, remplazaba a las cerraduras que no tiene ninguna puerta mexicana. A nuestra llegada nos encontrábamos generalmente con una gran ración de carne cocinándose, en caso de que Hilario hubiese tenido éxito en sus labores de proveedor. A esto añadíamos la caza conseguida en el camino, lo cual era suficiente para proporcionarnos una abundante comida no sólo a nosotros, sino a los sirvientes. A las seis o siete de la tarde nos sentábamos, donde se podían conseguir o manufacturar asientos, a disfrutar de nuestros alimentos, y a las ocho de la noche nos alegrábamos de refugiarnos del frío en nuestras camas.

Después de esta descripción general de cómo procedíamos, haré una relación de la ruta, junto con algunas de nuestras pequeñas dificultades y angustias, cuya naturaleza se podrá entender claramente refiriéndose al mapa de rutas anexo, en donde aparece todo el viaje en rojo, con las montañas y otros obstáculos que impidieron nuestro progreso en algunas partes del país. También tiene los estados que atravesamos, y a pesar de que no incluye los pueblos que no visitamos en esos estados, de todas maneras da una idea de su posición y extensión relativas (los límites están correctos), y, por consiguiente, será una adición necesaria a cualquier información estadística que me sea posible comunicar.

El 4 de noviembre proseguimos el viaje por diez leguas de país desierto y desnudo hasta Tula, pequeño pueblo en cuyas cercanías hay un puente sobre el río Tula o Moctezuma y algunos magníficos campos de maíz. La iglesia es rara: fue construida en tiempos de la Conquista como puesto militar, con elevados muros, sin ventanas y coronada por pequeños torreones que le dan más la apariencia de un castillo antiguo. que de un edificio consagrado al culto divino. Hay otra iglesia de apariencia semejante en Jalapa, y el señor Martín pensó que ambas se parecían a algunas antiguas iglesias construidas por la orden de los templarios en Francia.

5 de noviembre. Llegamos a Arroyo Zarco después de viajar diez horas por un camino cubierto de lava y rocas de origen volcánico; algunos de sus tramos eran tan malos que el coche no podía avanzar más que muy lentamente, y no llegamos al mesón sino hasta después de la caída de la tarde. El lugar era tan pequeño y malo, que nos vimos obligados a buscar alojamiento para la noche en una hacienda vecina perteneciente a Revilla, el propietario de las minas alemanas en Chico. Su administrador nos recibió muy cortésmente y nos cedió los únicos dos cuartos disponibles. Uno de ellos estaba casi lleno de maíz, pero el señor Martin y yo encontramos un lugar vacío donde hacer nuestras camas, en tanto que nuestros compañeros tendieron sus colchones sobre el maíz que, según nos aseguraron por la mañana, constituyó un lecho muy cómodo, pues se amoldaba al cuerpo. Las tierras que pertenecen a la hacienda tienen una extensión de nueve leguas y son muy valiosas dada su cercanía a la capital. Las cosechas habían decaído considerablemente como consecuencia de la destrucción de las presas durante la revolución; pero como en el contrato que el propietario tiene con la compañía alemana se dice que las puede reparar. se espera que los ingresos de esta hacienda sean de nuevo muy grandes.

6 de noviembre. El camino a San Juan del Río es una baja continua de unas tres leguas a partir de Arroyo Zarco, después de las cuales se llega a Llano del Cazadero, así llamado por una gran cacería organizada por uno de los virreyes (don Antonio de Mendoza), en la que se mataron cientos de venados, liebres y conejos. Nuestros cocheros bajaron la pendiente a galope tendido, como siempre acostumbran hacerlo los mexicanos, y siguieron al mismo paso a través del llano hasta que se detuvieron al descubrir que una de las ruedas delanteras se había calentado tanto que todo el cubo había desaparecido c la rueda va no servía para nada. Estábamosa cinco leguas de Arroyo Zarco y a siete leguas de San Juan cuando sucedió esto; el sol era abrasador, y no había a distancia razonable ñinguna hacienda o rancho en que pudiéramos instalar a las niñas o reparar nuestros daños. Por consiguiente, nos vimos obligados a dejarlas en el coche en medio del llano y a cabalgar hasta San Juan, desde donde despachamos una mula con una rueda nueva, que nos costó un poco de trabajo conseguir. Como a las cuatro de la tarde llegamos al pueblo, en donde afortunadamente encontramos una venta excelente, y aguardamos con gran ansiedad la aparición del coche, que esperábamos para antes de las diez. Llegó la medianoche sin saber nada de él, y para las tres de la mañana la señora Ward estaba tan acongojada por su hija que todavía era de pecho, que decidí ir a caballo yo mismo en busca de ella. Por lo tanto, me puse en camino con un sirviente bien armado (pues nuestro huésped nos había alarmado con historias de ladrones) y después de galopar veinte millas encontré el coche precisamente donde lo habíamos dejado la mañana anterior. La rueda enviada desde San Juan no encajaba en el eje y habían tenido que llevar la rueda vieja a una hacienda, como a cinco leguas, en donde había una carpintería, a fin de que la repararan. Como no tenía muchas esperanzas de que esto se pudiera efectuar. rápidamente, tomé a la niña más pequeña, y haciendo una especie de pañoleta con un tápalo o chal indio largo que me prestó su niñera, deposité en ella a mi pequeña carga, la aseguré aún más con un ceñidor de seda y tomé de nuevo el camino hacia el pueblo, cabalgando a medio galope. Al principio la niña se asombró bastante por la novedad de su situación, pero el movimiento hizo que se durmiera, y, con uno o dos chillidos ocasionales, llegamos sanos y salvos a San Juan como a las nueve de la mañana, después de la cabalgata más larga que le pueda tocar en suerte emprender a una criatura de cinco meses. El carruaje no llegó sino hasta las dos de la tarde, y las pobres mulas estaban exhaustas después de treinta horas sin alimentos ni agua. Por fortuna, los sirvientes llevaban provisiones y consiguieron un poco de leche con un hombre que conducía una carga de ella a lomo de asno a un rancho vecino.

No salimos de San Juan sino hasta la mañana del 8. En las cercanías del pueblo abundan las huertas y los árboles frutales, que dan un aspecto alegre al paisaje que se ve desde la cima de una bajada empinada del lado de México, y que se llama la Bajada de San Juan; son unas dos leguas de camino abominable, cubierto de rocas sueltas y de piedras, y lo suficientemente peligroso, aun a caballo, como para inquietarme al bajarlo por la mañana con la niña en brazos. Después de atravesar un río, que corre al norte del pueblo (de donde el nombre, del Río) y que no aparece en ningún mapa, desayunamos en la hacienda de Sauz, a tres y media leguas de San Juan, lugar donde parecía comenzar toda la abundancia del Bajío. Encontramos provisiones de todas clases en un pobre ranchito: leche y huevos, excelente pan, tortillas, por supuesto, y grandes platos de frijoles, especie de haba negra de que los mexicanos hacen un platillo en extremo sabroso. En un potrero que está frente a la hacienda encontré liebres en abundancia: de dos en dos surgían en todas direcciones bajo mis pies y, de haberlo querido, hubiera podido matar cincuenta con la misma facilidad con que maté cinco.

A partir de Sauz, el aspecto de la región mejoraba a cada paso: los cultivos aumentaban rápidamente: vimos vastos llanos de maíz y pequeños grupos de jacales a cada vuelta del camino. Después de pasar por el Cazadero, hacienda muy valiosa que pertenece a don Pedro Acevedo, cruzamos un pedregal como de dos leguas de extensión y posteriormente seguimos nuestro curso a través de una serie de inmensos potreros, hasta que llegamos a la vista de Querétaro, vista que es muy hermosa desde una abertura entre dos cerros. La primera aparición del acueducto, que abastece de agua la ciudad desde un manantial en las montañas, a una distancia de casi tres leguas, es muy pintoresca. Sus arcos son elevados, ligeros y audaces, y su larga extensión le da un aire de gran magnificencia al prolongarse a través del llano.

Querétaro es la capital del estado del mismo nombre, cuyos territorios estaban anteriormente comprendidos en las vecinas intendencias de México, la Puebla y Guanajuato. Ahora están divididos en los seis partidos o distritos de Amealco, Cadereita, San Juan del Río, San Pedro Tolimán, Querétaro y Jalpan, con población total de unas 200 mil almas. La Constitución del estado es una copia en miniatura de la federal, de la que ha tomado todo el sistema de gobierno y toda la intolerancia religiosa. Los habitantes, con excepción de los de la capital, trabajan en su mayoría en la agricultura. Sin embargo, el distrito de Cadereita contiene las minas del Doctor, Maconi y San Cristóbal, y el gobierno abriga tantas esperanzas acerca de su futura importancia que, en términos muy favorables, se ha celebrado un contrato con la Ariglo Mexican Company para el establecimiento de una casa de moneda. El estado tiene abundancia de haciendas, tanto de ganado mayor y menor como de trigo, frijol y maíz. De acuerdo con el último censo, la población de la capital parece ser de 32 mil almas, pero se supone que el pueblo tiene por lo menos 40 mil habitantes. Durante la revolución, frecuentemente se congregaban en él 90 mil personas, ya que muy a menudo los propietarios de las haciendas cercanas se veían obligados a refugiarse allí con sus familias y sus sirvientes, mientras sus propiedades eran desoladas por las partes en conflicto.

Querétaro está dividido en cinco curatos, cuatro en la población y otro (San Sebastián) en los suburbios, separado del resto por una pequeña y sucia corriente, dignificada con el título de El Río. Algunas de las iglesias son magníficas, especialmente la de Guadalupe, como lo son los conventos de San Francisco y Santa Clara, este último con una población de doscientas cincuenta mujeres, compuesta de setenta monjas e igual número de jóvenes señoritas enviadas allí a educarse, más legas y ayudantes. Es un edificio inmenso, y se dice que en su interior se asemeja a un pueblo pequeño, con calles y plazas trazadas con regularidad; pero no tuvimos oportunidad de observar esto con nuestros propios ojos, ya que ni a los mexicanos se les permite entrar.

Quedamos muy impresionados con la actividad de Querétaro, cuyo aspecto se parece bastante al de un distrito manufacturero. Más de la mitad de las casas tienen talleres y toda la población se ocupa ya sea en pequeños comercios, ya en las fábricas de lana, que todavía son muy numerosas. Están divididas en dos clases, obrajes y trapiches. Los primeros comprenden todos los establecimientos que pueden emplear de diez a treinta telares; los últimos, aquellos en los cuales solamente hay uno o dos en actividad. En ambos se manufacturan telas burdas, tápalos y mangas de diferentes dibujos y tamaños, parte de los cuales se venden al menudeo en la gran plaza, donde todas las tardes se efectúa un mercado a la luz de las antorchas, y otra parte se envía a la capital o a otras grandes ciudades de la Federación. La demanda de estas manufacturas ha disminuido mucho desde que se abrieron los puertos a las importaciones europeas; de hecho, todo el comercio de la lana se sostiene principalmente por un contrato del gobierno para abastecer de vestimentas al ejército, lo cual ha proporcionado alivio temporal a una parte de la población y ha impuesto una contribución general al resto. El precio que se paga por telas escarlatas, verdes y amarillas, de la textura más burda, varía de veinticuatro reales (doce chelines) a dieciocho reales (nueve chelines) y quince reales (siete chelines y seis peniques) por vara, según el color; y no hay duda de que se podrían obtener de mejor calidad y a un precio mucho menor en el extranjero. La lana que se emplea se lleva principalmente de tierra adentro (los estados del norte), San Luis Potosí y Zacatecas; su precio varía de dieciséis a veinticuatro reales la arroba (de veinticinco libras), incluido el acarreo (unos cinco peniques tres cuartos o tres peniques tres cuartos por libra); pero la lana más apreciada es la que se produce en el mismo estado, la llamada lana de chinchorro. Su valor proviene no de superioridad alguna en la clase de las ovejas de Querétaro, sino de la circunstancia de que, siendo mucho más pequeños los rebaños que los del norte, se pueden cuidar mejor, alimentar con pasturas más ricas y mantener más libres de abrojos y de otras espinas que deterioran el vellón. Esta lana se vende a tres dólares y medio por arroba (treinta reales) y se espera que aumente su valor. En 1824, la lana de San Luis valía solamente catorce reales.

El gobernador del estado, don José Marina, propietario de la gran hacienda de Miranda, me prometió una relación de la cantidad de lana consumida en todos los obrajes de Querétaro durante un período de cinco años antes y después de la revolución; pero dicho documento nunca llegó a mis manos, y, por consiguiente, no estoy en posición de expresar el cambio que indudablemente ha producido el nuevo sistema. La agricultura, al tiempo de mi visita, apenas estaba empezando a recuperarse de los efectos de la guerra civil; la cosecha de maíz se había perdido a consecuencia de lo extremadamente seco de la región y el precio se había elevado de dos a cinco dólares por carga (de 300 libras). En años de abundancia, casi nunca vale más de doce reales por fanega. No había, sin embargo, temores de escasez, pues se sabía que se hallaban a la mano 300 mil fanegas dentro de los territorios del estado.

Pasamos todo el 9 de noviembre en Querétaro, a fin de visitar al gobernador y a algunos de los principales comerciantes para quienes llevábamos cartas. Por la tarde fuimos a la Cañada, a unas dos leguas del pueblo, la cual, al igual que la barranca de Regla, se sume repentinamente por debajo del nivel de la Mesa Central y adquiere, en unos cuantos cientos de yardas, todas las apariencias de la tierra caliente. Está habitada por una raza de indios que han residido allí desde la Conquista, y tiene abundancia de huertas y de árboles magníficos, junto con algunas aguas termales que se dice poseen grandes virtudes curativas.

Salimos de Querétaro el 10 de noviembre y desayunamos en un rancho llamado el Paseo, a unas seis leguas de las puertas. Desde allí hasta Celaya hay cuatro leguas. A poca distancia del pueblo cruzamos un magnífico puente sobre el río Laja, que en la estación de lluvias forma una impetuosa corriente. Cuando lo vimos, el nivel de sus aguas era muy bajo; cerca de Salamanca se une al gran río de Lerma o Santiago, junto con el que sigue su curso hasta el Pacífico.

Celaya, según el censo de 1825, tiene solamente 9571 habitantes; las calles están trazadas, como de costumbre, en ángulos rectos y las casas del centro del pueblo bien construidas; los suburbios son pobres y miserables; pero la gran plaza, uno de cuyos lados está ocupado por la iglesia del Carmen y el otro por el convento de San Francisco, es realmente magnífica y hace honor al gusto del arquitecto (un mexicano) que la diseñó.

El Bajío, tan famoso en México lo mismo como asiento de las grandes riquezas agrícolas del país. como por haber sido el escenario de los episodios más crueles de la guerra civil, comienza entre Querétaro y Celaya. Me tocó verlo en condiciones muy desventajosas, porque la región estaba reseca a causa de la larga sequía y probablemente debido a ello estuvo muy lejos de responder a mis ilusiones. Me había formado la imagen de una serie de haciendas, abundantemente provistas de agua para la irrigación y, en consecuencia, resplandecientes de verdor, y quedé no poco desilusionado al encontrar que las masas de cultivos, a pesar de su grandioso conjunto, se veían perdidas en la inmensidad del espacio circunvecino, y al ver que la comarca presentaba la misma librea de polvo que confiere tan monótono aspecto a todo el paisaje de la Mesa Central. Entre cada hacienda había un gran pedazo de terreno cubierto de mimosas y con abundancia de liebres, pero sin huellas de que alguna vez hubieran trabajado en él los labradores. Se me aseguró, sin embargo, que gran parte de esta tierra sólo quedó sin cultivo desde la revolución, cuando el fracaso de las minas de Guanajuato privó a los labradores de su mercado.

11 de noviembre. De Celaya a Irapuato la distancia es de catorce leguas. Desayunarnos en el rancho de los Huajes, a unas seis leguas de Celaya, y llegamos a Salamanca a las tres de la tarde. El pueblo, como la mayoría de los más pequeños del Bajío, está medio arruinado, pero el lugar es agradable y rico el suelo circunvecino. Poco después de haber salido de Salamanca fuimos sorprendidos por una violenta tormenta que en un momento convirtió los migajones finos sobre los cuales íbamos caminando en una masa de lodo, a través de la que nos desplazamos con gran dificultad. No llegamos a Irapuato sino hasta las ocho y media, a pesar de que la distancia a que se encuentra de Salamanca no es mayor de cinco leguas. Afortunadamente, nuestras camas estaban tolerablemente secas debido a sus cubiertas de tela impermeable, y nos alegramos de poder refugiarnos inmediatamente en ellas, ya que el mesón no ofrecía facilidades ni para secamos ni inclusive para cambiar nuestras húmedas vestimentas, pues los cuartos estaban completamente abarrotados con las monturas y otros bultos que nos vimos obligados a resguardar de la lluvia.

El pueblo de Irapuato tiene 16 054 habitantes, de acuerdo con el censo de 1825; según el de 1823, el número era de 21 030. Algunos de los edificios públicos son magníficos, especialmente el convento de monjas llamado de la Enseñanza. Existen unos cuantos hilanderos y tejedores, pero el grueso de la población es de labradores, que residen en el pueblo y cerca de él tienen sus haciendas. De éstos, hay 971 vecinos (cabezas de familia).

Salamanca tiene 485 labradores y 1 091 artesanos, de una población de 15 503 almas. En el distrito de Irapuato hay treinta haciendas de campo y dieciséis ranchos; en el de Salamanca, veintinueve haciendas y sesenta y nueve ranchos, muchos de los cuales, sin embargo, son muy pequeños. No existen informaciones similares acerca de Celaya.

12 de noviembre. De Irapuato a Guanajuato hay once leguas. Pero nosotros emprendimos ya tarde nuestra jornada, pues se nos había asegurado que la distancia no era mayor de siete leguas. Luego de desayunar en el rancho de la Calera, llegamos a Burras, una villa perteneciente al marqués de Rayas, a siete leguas de Irapuato, y nos encontramos, con gran sorpresa, que todavía nos faltaba recorrer cuatro leguas. La situación de Burras es extremadamente pintoresca. En medio de una región casi desierta, se topa uno súbitamente con las laderas de una barranca, que es toda una masa de verdor. La vegetación sigue el curso de una pequeña corriente que va por el centro de la barranca, y se extiende a cierta distancia por ambos lados. Su efecto me recordó algunos de los dibujos que aparecen en los viajes africanos de Denham, en donde se representa un pequeño punto, con algo como agua y frescura, en medio de un paisaje de desolación.

La comarca entre Burras y Guanajuato no tiene interés y del pueblo no se ve nada hasta llegar a la puerta de Marfil, lugar por donde se entra al suburbio del mismo nombre. Las casas siguen por casi una legua la dirección de una cañada, a ambos lados de la cual hay una larga hilera de haciendas de plata, entremezcladas con casas que varían en altura y forma según la naturaleza del terreno. En un lado existe una acera elevada para peatones, pero los coches, y los animales de todas clases, siguen el lecho del río, por el que, en la estación de lluvias, fluye ocasionalmente un torrente de peligrosa impetuosidad.

No pasan muchos años sin que ocurra algún accidente. Sin embargo, ninguna porción de la inmensa riqueza mineral que ha producido Guanajuato se ha dedicado al mejoramiento de la actual entrada al pueblo, y se cruza el torrente treinta veces entre la puerta y la calle principal.

Fuimos recibidos a alguna distancia de Marfil por el señor Williamson y el señor Jones, directores de las instalaciones de la Anglo Mexican Mining Association, quienes gentilmente se ofrecieron a alojar a todo nuestro grupo en una casa perteneciente a la compañía, donde tuvimos la alegría de volver a gozar de los lujos de la amplitud y la limpieza, después de haber estado por tanto tiempo confinados a los reducidos y sucios cuartos de las ventas del camino.

Como el objeto de este trabajo no es dar una descripción geológica de los distritos mineros, ruego a mis lectores referirse a las investigaciones científicas del barón de Humboldt respecto a cualquier información que deseen sobre dicho punto, y me limitaré a exponer unos cuantos hechos sin cuyo conocimiento sería ininteligible cualquier descripción de las operaciones de las compañías establecidas en Guanajuato.

La veta Madre de Guanajuato ha producido, desde el año 1766 (antes del cual no tengo estados de cuenta), 225 935 736 dólares. Está formada de varias vetas paralelas, que corren en dirección NO y se y varían en anchura hasta que se combinan para formar una sola masa, de cinco a ochenta varas. Los mineros distinguen los tres principales ramales de la veta designándolos como el Cuerpo Alto, el Medio y el Bajo, y se observa que los puntos en donde los tres cuerpos se aproximan más uno al otro, y en donde tienen mayor riqueza de plata, corresponden a los valles que cortan la dirección de la veta, en los que están situadas las ricas minas de Serena, Rayas y Cata. La ciudad debe su creación exclusivamente a las minas y está construida muy irregularmente, con las casas y las calles distribuidas más bien de acuerdo con las vacantes dejadas por las montañas que las rodean, que por cualesquiera reglas de arte. Éste es especialmente el caso con las haciendas de plata, una de las cuales ocupa toda una cañada, y los espacios superiores, a ambos lados, están totalmente llenos de jacales de los mineros. Las calles abundan en subidas y bajadas, muchas de ellas tan empinadas que se ha hecho casi universal el uso de cuatro mulas en los carruajes de los habitantes más ricos. Las iglesias, y algunas de las casas, son magníficas, y la Alhóndiga, gran edificio cuadrado usado como granero público, es un objeto sorprendente y visible desde cualquier parte.

Las minas están esparcidas en distintas direcciones alrededor de la ciudad, y en las cercanías de algunas de ellas se han formado pequeños pueblos, que se pueden considerar como suburbios de Guanajuato. Tal es el caso de la Valenciana (donde anteriormente la población se elevaba a 7 mil almas) y de Rayas, y en menor grado, de Serena y Villalpando. Las haciendas, en su mayoría cercanas a Guanajuato, a pesar de que ahora están en ruinas, atestiguan con su número y extensión tanto la anterior importancia de las minas como la opulencia de los rescatadores (amalgamadores) que levantaron estos costosos edificios. Pocos o ninguno poseían agua suficiente para trabajar su maquinaria y, por lo tanto, empleaban mulas, y había diariamente en uso catorce mil de estos animales antes de la revolución. Los rescatadores compraban sus minerales en la boca del tiro, confiándose completamente a su propia facultad de estimar á ojo el valor de los montones puestos a la venta, de manera de no hacer un negocio desventajoso. En esta ciencia lograron gran perfección, ya que en Guanajuato se hicieron más fortunas en las haciendas de plata que por los propios mineros; en tanto que el volumen a que se trabajaba con este sistema proporcionaba al aventurero afortunado los medios de realizar inmediatamente casi cualquier cantidad. Durante la gran bonanza de la mina de la Valenciana se hacían ventas hasta por la cantidad de ochenta mil dólares en un solo día; y a esta facilidad de obtener fondos se puede atribuir el rápido progreso de los trabajos en esa mina, después de su primer descubrimiento. Si hubiese sido necesario erigir haciendas de plata privadas a fin de aprovechar sus nuevas riquezas, deberían haber pasado muchos años antes de que el primer conde de Valenciana hubiera podido obtener ventajas de sus labores, pues cuando la fortuna le empezó a sonreír, el hombre destinado a distinguirse en ,unos cuantos años como uno de los particulares más ricos del mundo no poseía un solo dólar.

El sistema de rescatadores todavía existé en Guanajuato, pero en muy pequeña escala; la mayoría de los capitales anteriormente empleados de tal manera o se perdieron o se retiraron durante la revolución. Las compañías extranjeras desean unir a las utilidades del amalgamador las del minero, y por consiguiente han habilitado grandes haciendas de su propiedad. La Anglo Mexican Company posee ocho de estas haciendas de plata; la United Mexican, cuatro; e indudablemente que este nuevo plan, en caso de que responda, tenderá a desalentar por algún tiempo el restablecimiento de las haciendas independientes.

Por la mañana del 13 de noviembre visitamos la mina de Villalpando, situada en las montañas al este de Guanajuato, a unas cuatro leguas del pueblo, sobre una veta separada y totalmente desconectada de la veta Madre. Cierto número de minas pequeñas están reunidas en la negociación de Villalpando, pero. la profundidad de los niveles más hondos no pasa de doscientas varas; los minerales son ricos en oro, y en apariencia se asemejan a los del rancho del Oro; se ha encontrado que algunas piedras escogidas contienen hasta dos onzas de plata por libra de mineral, y la ley de oro combinada con esta plata es algunas veces de quinientos cincuenta granos por marco, cuyo valor en la casa de moneda se eleva, en estos casos, desde ocho y medio hasta treinta y treinta y cinco dólares. Los principales propietarios de la mina son el conde de Valenciana, la condesa de Ruhl y el conde de Pérez Gálvez. La Anglo Mexican Company, a la cual pertenece la explotación, poseía ocho barras o un tercio de la mina, pero todo el desembolso había de pagarse con los primeros frutos y se debería formar un fondo de reserva de 150 mil dólares para futuras contingencias, antes de efectuar ningún reparto de utilidades. El desagüe se hacía con cuatro malacates (tres ingleses y uno mexicano), y había avanzado, en tres meses, hasta veinte yardas del fondo del tiro, a un costo de 84 mil dólares. Los edificios conectados con la mina se habían reparado por completo, y como la producción semanaria se elevaba a trescientas cargas de mineral, se pensaba que las perspectivas de los inversionistas eran sumamente favorables. La mina era trabajada principalmente por buscones, a quienes la esperanza de un rico premio (debido al valor del oro en algunos de los minerales) atraía en gran número. Cada hombre recibía en pago la mitad de los minerales que hubiese extraído; y era curioso observar en las ventas semanales la vehemencia con que todos trataban de atraer la atención de los compradores, poniendo las mejores piedras en el lugar más favorable y regándolas con agua a fin de que se vieran las partículas metálicas. Dirige la venta el administrador de la mina, y conforme va de montón en montón, los rescatadores hacen sus ofertas en voz baja, y el nombre del mejor postor, con el precio pagado, se inserta en la lista. Inmediatamente, los cargadores que acompañan a cada rescatador toman posesión de los minerales, que se envían a la hacienda en el pueblo, donde al día siguiente reciben su dinero los buscones.

Nada puede ser peor que el camino a Villalpando: desde el momento en que se abandona Guanajuato, se pierde todo rastro de su cercanía y atraviesa uno cañadas tan escabrosas como las de Zimapán o Zitácuaro, que casi no recuerdan la proximidad del hombre. No se ve un solo árbol en todas las cuatro leguas, y muchas de las subidas son tan empinadas que nos alegramos de llevar animales acostumbrados a ellas, en lugar de confiarnos a los nuestros. La señora Ward iba montada en una mula magnífica y yo iba en un caballo que el señor Williamson tuvo la gentileza de regalarme después y que inmediatamente resultó ser la criatura más útil y peligrosa que me haya tocado poseer. Nunca lo vi cansado, pero aun cuando lo montaba con la mayor suavidad, era difícil mantenerlo quieto, y una vez fuera de control no había más remedio que dejarlo en paz durante veinticuatro horas.

Martes, 14 de noviembre. Visitarnos aI mina de Sirena, en la que la Anglo Mexican Company posee diez barras a perpetuidad y de la que había adquirido otras cuatro por doce años, mediante un avío adicional de 100 mil dólares. En seis meses la mina casi había sido desaguada con malacates, y de los niveles que ya estaban libres de agua al tiempo de mi visita, se estaban sacando minerales en cantidades suficientes para cubrir los gastos y dejar un excedente de 1 000 a 1 400 dólares semanarios. Sirena se encuentra como a una legua de Guanajuato; el camino, que ha sido reparado por la compañía, es bueno, y la propia mina, por estar situada en una de esas cañadas en donde, como ya he dicho, parece ser que la naturaleza ha depositado las grandes riquezas minerales del distrito y por no haberse trabajado en la misma extensión que las otras minas que se encuentran sobre la veta Madre, es considerada por los nativos como gran promesa. En septiembre de 1824 el desembolso efectuado en ella (incluyendo el precio de compra de las diez barras) era de 255 201 dólares.

De Sirena pasarnos a Pastita, hacienda de plata que la compañía ha habilitado con veintiocho arrastres y una rueda hidráulica para los morteros, que se espera trabaje seis meses al año; 42 860 dólares se han gastado en esta hacienda por la compañía, que actualmente están en posesión de ella pagando una renta nominal de quinientos dólares por año, hasta que se cubra todo el desembolso. Así que, de hecho, la puede rasar, libre de renta, durante ochenta. años.

La hacienda de San Agustín, que visitamos á continuación, es la propiedad de la asociación y en total ha costado 116 365 dólares. La cantidad en que se adquirió fue insignificante, pero hubo necesidad de hacer un gran desembolso adicional en los preparativos para introducir el sistema de lavar y beneficiar minerales desarrollado en Comualles —el nuevo establecimiento de fundición, que resultó un completo fracaso bajo la supervisión del señor Lucas— y los tambores rotatorios de Friburgo, que todavía no ha sido posible aplicar a las inmensas masas de mineral que se sujetan al proceso de amalgamación en la Nueva España. San Agustín era la residencia de todos los mineros de Cornualles, y por el buen nombre de, Inglaterra es de esperarse que no se considere a los que buscan su fortuna en México como dignos ejemplares de la población de esta parte de los dominios británicos. Había entre ellos hombres buenos y útiles, que han continuado al servicio de la asociación y se cuentan ahora entre sus agentes más eficaces; pero la generalidad de los nativos de Cornualles han dejado una estela de ignorancia, libertinaje, insubordinación e insolencia, que materialmente ha disminuido el respeto que tenían los mexicanos por la supuesta superioridad intelectual de los habitantes del Viejo Mundo. Ninguna indulgencia podría ser mayor que la mostrada por las autoridades de Guanajuato para dichos. hombres, a quienes frecuentemente se recogía borrachos en la calle en. grupos de seis o siete y se les llevaba "a la hacienda de San Agustín por el propio vigilante, quien de haber sido nativos, los hubiera reducido a prisión; pero su paciencia, como la de los propietarios de minas, que estaban obligados a pagar salarios enormes y a ver su trabajo mal hecho, estaba a punto de agotarse.

Afortunadamente, los directores en Inglaterra fueron inducidos a cambiar de Sistema y. a emplear nativos en todos los puntos donde operaban sus principales empresas. Ahora solamente la administración es europea,: y como las personas encargadas de ella han mostrado su buena disposición hacia los nativos aprendiendo su lengua y sólo modifican sus formas de trabajar cuando con el cambio se puede lograr una ventaja positiva y evidente, los propietarios de lasminas y la compañía siguen luchando por lograr el objetivo común, con un buen entendimiento mutuo y, consecuentemente, con mayores probabilidades de éxito.

Hay en San Agustín una pequeña máquina de vapor, destinada a usarse tanto para aserrar madera como para moler minerales.; pone en movimiento veinticuatro morteros, cada uno con un peso de tres quintales, y también se ha aplicado con muy buen efecto a los tambores rotatorios de Friburgo. Consume úna carga (300 libras) de madera por hora, que, a tres reales (a razón de ocho por dólar) por carga, hace un gasto total de nueve dólares en las veinticuatro horas. Otra máquina de catorce caballos de fuerza se había usado en la pequeña mina de la Purísima, en Santa Rosa, pero como durante el tiempo de mi visita no estaba trabajando, no creí necesario cabalgar tres leguas entre las montañas para verla.

Al regresar de San Agustín pasé toda la tarde en la hacienda de Salgado, en la que se benefician los minerales de la mina de la Valenciana. La hacienda tiene 42 arrastres y 36 morteros, y las instalaciones están bajo la dirección de un joven mexicano, don Pedro Belaunzarán, famoso por su habilidad como amalgamador, la que parece haber heredado de su padre, quien fue uno de los más distinguidos mineros y rescatadores de Guanajuato antes de la revolución. Bajo su tutela se esforzó por adquirir una idea de este complicado proceso, que expondré a mis lectores, sin que me haya sido posible encontrar en ningún tratado una descripción capaz de transmitir toda la información que yo deseaba obtener respecto a él.

Una vez extraído de la mina, el mineral se pone en manos de los pepenadotes, hombres y mujeres, que rompen con mazos los pedazos grandes y, después de desechar los que no contienen partículas metálicas, dividen el resto en tres clases, llamadas, en el lenguaje minero, azogues, apolvillados buenos y apolvillados ordinarios. Los azogues son minerales inferiores, en los que la matriz sólo contiene una delgada faja de plata. Si ésta aumenta, el mineral se denomina apolvillado ordinario, y apolvillado bueno si es muy rica. El sulfuro de plata, cuando se presenta poco mezclado con otras substancias, se designa como polvillo (debido probablemente a que cuando se reduce a polvo se encuentra que está ricamente impregnado de plata); y molonques o petanques son los nombres que se dan a las masas o cristalizaciones de plata pura, que se encuentran con no poca frecuencia. Los tres últimos son demasiado ricos como para someterse al proceso común de amalgamación; pero los azogues y los apolviUados se llevan en costales de 150 libras cada uno a la hacienda, en donde se entregan al administrador, que expide el recibo correspondiente. Allí se someten después a la acción de los morteros, uno de los cuales, que tiene ocho mazos, es capaz de reducir a polvo diez cargas de mineral (de 350 libras cada una) en veinticuatro horas. Cuando se cree que este polvo no es bastante fino para que, el azogue pueda actuar apropiadamente sobre él, se transfiere de los morteros a los arrastres, en donde se usa Cada uno de éstos reduce sn veinticuatro horas seis quintales de polvo a un lodo metalífero fino e impalpable. En Guanajuato, donde no se puede obtener fuerza hidráulica, los arrastres son movidos con mulas, que se mantienenconstantemente en marcha a paso lento y se cambian cada seis horas. Tanto las piedras de molienda como las paredes y el fondo del molino están hechos de granito, y en cada arrastre dan vueltas cuatro de dichos bloques, unidos a palancas de madera. Esta parte de la operación se considera de gran importancia, porque se supone que de la perfección de la molienda depende en gran medida la pérdida del azogue. Generalmente se efectúa en una galería que, en una hacienda grande como la de Salgado y debido al número de arrastres que trabajan al mismo tiempo, es por fuerza de considerable extensión. De los arrastres, el mineral se lleva de nuevo al patio, donde se acomoda en tortas cuyo tamaño varía de acuerdo con las dimensiones del patio o según la voluntad del administrador. El número de montones que contiene cada torta es, por consiguiente, incierto; pero el montón de Guanajuato consiste en nueve cargas y dos arrobas o treinta y dos quintales de mineral, ya que cada carga contiene catorce arrobas de 25 libras.

El montón necesita tres arrobas de sal (de Colima), a un dólar o nueve reales la arroba. La sal se agrega a la masa tres días antes que cualquier otro ingrediente. Una arroba de magistral común (de Tepesalá, cerca de Aguas Calientes) o 7 libras del de la mejor calidad (pepena). Azogue en proporción de 3 libras por cada marco de plata que suponga el amalgamador que puedan contener los minerales del montón, y variando, en consecuencia, según la calidad del montón, que se determina a ojo.

En la amalgamación de una gran torta siempre se observan las mismas proporciones; y la masa es movida repetidamente por hombres (repasadores) y mulas, a fin de favorecer la incorporación de la plata con el mercurio, operación que requiere de un mes en verano y de seis semanas en invierno. Cuando el amalgamador supone que la torta ha rendido toda la plata que contiene, se lava en grandes tinas hasta que desaparecen todas las partículas de tierra, momento en el cual la amalgama que queda en el fondo de la tina se exprime en bolsas de cuero hasta que ya no se puede separar por presión más azogue de la plata. El resto se corta en cuñas que se llevan al quemadero y se acomodan en un montón circular alrededor de un vaso de cobre, con un agujero en el centro y con un receptáculo abajo para agua, cuidando de que la cavidad en el centro del montón de amalgama corresponda exactamente con el agujero del vaso que se encuentra abajo. Todo se cubre después con una gran campana de hierro, llamada capella o capellina, que se sella perfectamente; alrededor se levanta una pared de adobes y el espacio intermedio se rellena con carbón. El fuego se mantiene durante doce horas, tiempo en el cual se sublima el azogue, que posteriormente se condensa en el agua, de donde luego se recoge. La plata pura (plata quemada) se corta de nuevo en cuñas o se funde en barras (de 135 marcos cada una), y en cualquiera de las dos formas se puede remitir a las casas de moneda.

En el año de 1825, la pérdida de azogue en Salgado, en todo el proceso, se elevaba a nueve onzas por cada marco de plata; pero se pensaba que éste era un éxito poco común atribuible a la administración del señor Belaunzarán, ya que en otras haciendas la proporción es de diez a once onzas. Él atribuía la diferencia a lo excelente de la molienda, que hacía continuar hasta que ya no hubiera nada áspero o terroso en la masa sobre la que iba a actuar el mercurio. Nos dijo, además, que el residuo de la torta, al lavarse, puede contener una pequeña porción de plata, pero que la cantidad no era suficiente para ameritar seguir procesándólo, como en Chico (véase la Sección IV, páginas 239267), y por consiguiente se tiraba. De los mejores montones que vi en Salgado se esperaba que produjeran catorce marcos de plata, y de los de calidad inferior, ocho marcos. Con dos marcos y medio se pagan los costos de beneficio, que se elevan a veinte dólares por montón. Suponiendo otro tanto para extraer el mineral más la parte de los gastos generales, quedaría una utilidad de tres marcos o veinticinco y medio dólares por cada montón de los azogues pobres; en tanto que en los montones más ricos se elevaría a setenta y seis y medio dólares, incluyendo la pérdida de azogue, que, en 1826, valía seis reales por libra.

15 de noviembre. Dedicamos todo este día a la mina de la Valenciana, pues en menos tiempo era imposible formarse una idea de la extensión e importancia de esta gran empresa. La historia de la Valenciana, al igual que la de la veta de la Vizcaína, nos fue dada a conocer por primera vez por Humboldt, y ahora está casi olvidada; por lo tanto, será aconsejable decir que la mina está situada al norte de la ciudad de Guanajuato, sobre una parte de la veta Madre, la cual, después de haberse trabajado un poco a fines del siglo XVI había sido abandonada como no prometedora hasta el año de 1760, cuando el señor Obregón, joven español de escasa fortuna, se decidió a explorar la veta en algunos de los puntos en que se creía que estaba emborrascada, es decir, desprovista de riquezas minerales. Durante seis largos años continuó trabajando en este punto, con una perseverancia que sólo puede explicar el presentimiento de que allí haría su fortuna; y en 1767, después de haber agotado tanto sus propios recursos como la paciencia de los que ocasionalmente lo habían aviado, formó una sociedad con un tendero de Rayas, llamado Otero, y empuñó, según se dice, las herramientas del minero con sus propias manos, hasta el año de 1786, cuando habiendo alcanzado los trabajos una hondura de ochenta metros, repentinamente la veta comenzó a producir enormes masas de mineral rico, que siguieron aumentando en valor y extensión a tal grado que las utilidades de los propietarios se elevaron, en varios años consecutivos, a un millón y medio de dólares. De 1788 a 1810 la producción promedió 1 383 195 dólares y 527 701 dólares las utilidades, según podrá verse consultando las tablas anexas a la Sección III del Libro Cuarto. Se formó un pueblo de 7 mil habitantes en la vecindad de la mina, en la que encontraban empleo diario 3 100 personas bajo la inspección inmediata de un administrador a quien pagaban los propietarios un salario de 12 mil dólares (2 500 libras), pensando, muy apropiadamente, que el valor del puesto era la mejor garantía para la buena conducta de quien lo ocupaba.

En la Valenciana se han unido un número de diferentes pertinencias; y las labores en el interior ocupan una extensión de casi media milla inglesa. A fin de permitir el acceso a los diferentes niveles, se han perforado varios tiros, el primero de los cuales, llamado el tiro Viejo de San Antonio, se dice que costó 396 mil dólares. De éste salió la primera bonanza. En seguida se compraron el tiro de Burgos y la Boca de San Ramón, que se incorporaron a la gran mina (costaron 82 mil dólares), y posteriormente se perforó el tiro hexagonal de Nuestra Señora de Guadalupe, a un costo de 700 mil dólares. Considerándose que todos éstos eran insuficientes, se empezó en 1801 el gran tiro octagonal, llamado el tiro General, que se siguió hasta el comienzo de la revolución, cuando ya había costado casi un millón de dólares y alcanzado la profundidad de seiscientas treinta y cinco varas mexicanas. Cuando la compañía tomó posesión de la mina, todo su interior estaba lleno de agua hasta ciento ochenta y cinco varas de la boca del gran tiro; por lo tanto era necesario desaguar cuatrocientas cincuenta varas, y no sólo perpendicularmente, sino a través de todos los laboríos, muchos de los cuales habían estado tanto tiempo bajo el agua que las comunicaciones se hallaban destruidas, el ademado se estaba cayendo y los niveles más hondos se encontraban llenos de masas de roca o tepetate, que se habían desprendido de los niveles superiores por la acción del agua. Si este volumen de agua hubiera procedido de manantiales internos, habría sido inútil intentar sacarla con no importa qué maquinaria; pero hasta el último periodo la mina de la Valenciana se había distinguido por su extrema sequedad, que era tanta que a veces los trabajadores se incomodaban mucho con el polvo. Se permitió que el agua, originada por una poco prudente comunicación con la vecina mina de Tepeyac, se acumulara durante toda la revolución, ya que la maquinaria fue sumamente dañada por las tropas de Hidalgo en 1810 y posteriormente destruida por los seguidores de Mina, después de su infructuoso intento contra Guanajuato en 1818. El efecto de tal acumulación en una región donde a causa de las lluvias tropicales con frecuencia en una hora se forma un río, difícilmente puede ser concebido por quienes no están familiarizados con su violencia. Era tal, que ningún particular hubiera podido emprender la tarea de reparar la ruina ocasionada por tan largo período de abandono. Aun para cualquier compañía se puede considerar como una de las inversiones mineras más audaces hasta ahora intentadas.

El desagüe comenzó el 1" de febrero de 1825. No. se emplearon máquinas de vapor, debido a la escasez de combustible; pero se instalaron ocho malacates de los más grandes alrededor del tiro General y se mantuvieron trabajando ininterrumpidamente noche y día durante veintiún meses; en ese tiempo el agua bajó 185 varas. Conforme bajaba, se reparaban los niveles que se volvían accesibles y se sacaban minerales dondequiera que aparecían vetas prometedoras; y fue tal la energía y la actividad con que se efectuaron estas operaciones, que (según ya lo he dicho) una barra o acción de la Valenciana, que en 1824 no se hubiera vendido por 20 mil dólares, según los nativos tenía un valor de 100 mil dólares al tiempo de mi visita. Cierto es que las dificultades del desagüe aumentan en proporción a la profundidad de donde se saca el agua pero disminuyen en otros aspectos, porque la mina se angosta abajo del nivel de la Soledad, hacia el cual iba descendiendo gradualmente el agua y en consecuencia disminuye el volumen de agua por sacar. En general, no vi razón para dudar de la probabilidad de resultados favorables; los nativos tenían muchas esperanzas al respecto, fijaban un término de dieciocho meses para completar el desagüe. Mucho antes de ese lapso, se abrirán otros niveles valiosos, lo que evitará que la prosecución de la empresa sea, como ha sido hasta ahora, una sangría para la asociación: ya que no es tanto en los niveles más hondos (los que se supone que han excedido los límites dentro de los cuales la veta Madre de Guanajuato ha mostrado hasta ahora ser más productiva) sino en la extensión de los trabajos laterales donde se piensa que radica el valor de la Valenciana como mina. El desembolso, en septiembre de 1826, era de 672 264 dólares, incluyendo los alimentos a los propietarios, que se elevan a 24 mil dólares anuales.

Entramos a la Valenciana por la Boca de San Cayetano, en donde empezó sus operaciones el antiguo conde de Valenciana. Unos cuantos escalones, que inclusive las damas pueden descender sin dificultad, conducen a la capilla, a unas sesenta varas de la superficie, de donde se separan varios ramales a diferentes laboríos en el interior de la mina. Aquí recita generalmente una oración el minero en jefe ante una gran imagen de la Virgen, después de lo cual comienza la parte más fatigosa de la excursión. Nos pasamos casi cinco horas explorando los diferentes laboríos, cuya extensión sobrepasa todo lo que pueda imaginarse una persona familiarizada sólo con minas ordinarias. Encontré que la ventilación era buena en general, excepto en algunas labores donde todavía no se había establecido comunicación con los tiros. En éstas, el termómetro se elevaba a 90º y 94º Fahrenheit, y el calor era sofocante; pero ni siquiera a la orilla del agua había aire viciado. La operación de volver a ademar, y en muchas partes abrir de nuevo la comunicación, avanzaba rápidamente, y de algunos niveles se extraían minerales que producían a veces plata suficiente para cubrir casi los gastos semanales de la mina. Estos se elevaban a seis mil dólares, incluyendo tanto las operaciones de minería como los caballos para los malacates usados en el desagüe, que eran más de trescientos en número; treinta caballos por cada malacate en las veinticuatro horas.

Al volver a subir de los niveles más hondos, visitamos el tiro General, que presenta una vista hermosa e imponente. Sus dimensiones son innecesariamente grandes, pero está perforado con una magnificencia no igualada en los anales de la minería europea; su diámetro es de once varas. Todo el tiro está construido o ademado de mampostería maciza, y los dieciséis cueros con que se saca el agua, a pesar de estar hechos cada uno con dos pieles de buey, se pierden en las inmensas dimensiones del tiro.

Se deben tributar los mayores elogios al señor Williamson, principal comisionado de la Anglo Metan Association, por la constancia que ha desplegado en continuar el desagüe de la Valenciana con los medios a su alcance. La opinión pública no favorecía la empresa hasta que él demostró que podía llevarse a cabo, y aunque en los niveles más profundos podrá ser necesaria la aplicación de vapor, en un contrato limitado con respecto a tiempo no puede haber duda de que ha prestado el más esencial servicio a los inversionistas, aprovechando hasta donde es posible la potencia de la maquinaria nativa, que se ha subestimado mucho en Europa. Lo que ha podido hacer con la debida aplicación de tal maquinaria, tanto en la Valenciana como en las minas de Sirena y Villalpando, servirá de aliento para quienes se hallan comprometidos en especulaciones en aquellos distritos, en donde, debido a la escasez de combustible o a la dificultad del acceso, nunca se podrá introducir maquinaria europea. Lo absurdo de su empleo indiferenciado, visto en 1824, se ha demostrado ya. Mediante el uso del malacate se puede hacer que muchas minas produzcan utilidades razonables por un tiempo dado, utilidades que nunca cubrirían los costos de una máquina de vapor, elevados al doble, como siempre debe ser, con el precio de acarreada desde la costa. Ciertamente existe un punto a partir del cual no sirven los malacates; pero aun así, con tantos obstáculos por vencer, solamente en minas cuya riqueza esté bien demostrada (como en Real del Monte o en Bolaños) será prudente o aconsejable arriesgarse a introducir maquinaria europea, con todo el tren de trabajadores y técnicos que la acompañan.

Además de las minas ya enumeradas, la Anglo Mexican Company posee la de Mellado, perteneciente a la familia de Ruhl. El contrato y los alimentos son iguales a los de Villalpando. La mina casi cubría sus propios gastos en 1826, con ventas semanales como de setecientos dólares; pero el desagüe avanzaba muy lentamente debido a la dificultad de llegar a un acuerdo con los propietarios de las minas vecinas. Los trabajos en Tepeyac también estaban suspendidos, por considerarse desventajoso el contrato con el propietario, coronel Chico; sin embargo, se creía que se podrían obtener términos más favorables. En 1826 los alimentos eran de 16 mil dólares, lo que hacía en total un desembolso anual de 88 mil dólares por parte de la compañía, cuya recurrencia periódica, junto con la inversión tan grandes requerida por algunas de las minas, ha mostrado ser una carga más pesada de lo que muchos accionistas estaban dispuestos a soportar.

Es indudable que hubieran podido comenzar sus operaciones en términos más favorables, de haber tenido del país el conocimiento que desde entonces han adquirido; pero aun ahora, deduciendo de sus utilidades futuras todos sus gastos innecesarios en salarios y maquinaria, y limitando por completo sus trabajos a las minas principales, es opinión de sus agentes que todo el desembolso se puede recuperar en tres años y que subsecuentemente sus utilidades se elevarán a veintiséis y medio por ciento sobre su capital nominal.

No garantizo lo correcto de tal cálculo: lo presento sólo como la opinión de un caballero extremadamente conservador en todos sus puntos de vista, sumamente admirado y respetado por los nativos e infatigable en sus esfuerzos para promover los intereses de quienes le han confiado la dirección de una empresa de mayor magnitud que cualquiera otra en que hasta ahora se haya empleado capital británico más allá de los dominios británicos.

Tanto el señor Williamson como el señor Jones hacen justicia a la liberalidad y buena fe demostradas por todos los propietarios mexicanos en sus transacciones con la compañía. Los estados de cuenta de cada mina se balancean y, por último, se cierran al final de cada año; y todavía no ocurre nada que interrumpa este buen entendimiento, que tan eficazmente promueve los intereses de ambas partes.

17 y 18 de noviembre. Pasé estos dos días visitando las minas trabajadas por la United Mexican Company en Guanajuato, las más importantes de las cuales son Rayas, Sechó y Cata.

La primera de ellas, San Juan de Rayas (así llamada por su propietario original), es una de las minas más valiosas sobre la veta Madre; y el documento más antiguo que existe en los archivos de Guanajuato es el certificado de su denuncio. Está situada en una de esas cañadas donde generalmente se han encontrado concentradas las grandes riquezas de la veta, inmediatamente abajo de las minas de Santa Anita y de San Vicente, que no pueden continuar hacia abajo sus trabajos, debido a niveles que se extienden desde la mina de Rayas por debajo de la totalidad de sus pertinencias según aparecen marcadas en la superficie. El derecho de interceptar así las labores de otra mina lo otorga el Código Minero, de acuerdo con el cual la pertinencia solamente se extiende doscientas varas en profundidad perpendicular. Abajo de esto el terreno es libre, y el deseo de apropiárselo en las porciones más ricas de la veta ocasiona frecuentemente una competencia de actividad entre los propietarios de dos tiros vecinos. El que logra éxito se dice que encampanó a su rival, y como el mal no se puede remediar, goza después de la posesión indisputada de la veta, desde un nivel inmediatamente abajo de la pertinencia de su adversario hasta la profundidad que considere conveniente trabajar.

La extraordinaria riqueza de los minerales de Santa Anita, algunos de los cuales, debido a su alta ley de oro, se vendieron por su peso en plata, durante la gran bonanza de esa mina en 1740, fue lo que primero impulsó al abuelo del actual marqués de Rayas (don José Sardaneta), quien había adquirido por avíos diez barras de la mina, a tratar de encampanar las pertinencias en la parte superior de la cañada, conduciendo sus propios trabajos por abajo de ellas. Después de emplear varios años en el intento, que se llevó adelante lentamente debido a la falta de fondos, murió sin haber logrado su objetivo, legando sus proyectos a su hijo, y asegurándole en su último suspiro que, a pesar de que él mismo terminaba su vida en la pobreza, un poco de perseverancia en sus planes aseguraría la opulencia de sus descendientes.

Esta profecía se cumplió. Se encontró que la veta de Santa Ana aumentaba en riqueza conforme crecía en profundidad, y habiendo obtenido Rayas la posesión exclusiva de ella, se perforó el tiro de Santa Rosa, donde se obtuvo la primera gran bonanza.

Habiéndose agotado este clavo rico o masa rica de minerales, se intentaron nuevos trabajos en dirección SE, y el padre del actual propietario perforó el tiro de San Miguel, a un costo de 700 mil dólares; por medio de éste la familia de Sardaneta obtuvo una segunda bonanza, que duró varios años y produjo una utilidad neta de once millones de dólares.

La mina se siguió explotando desde 1760 hasta 1780 con utilidades considerables; pero en ese año ocurrió un accidente, que casi ocasionó su completo abandono. Un torrente formado súbitamente en las montañas bajó por la cañada de Rayas y entró por la bocamina, que no tenía protección alguna contra peligro tan imprevisto, inundando inmediatamente los niveles más hondos y matando a casi todos los trabajadores que se encontraban laborando en ese momento. Fue tan grande el volumen de agua que penetró, que transcurrieron diecinueve años en el desagüe, el cual no se completó sino en 1799, cuando de nuevo la mina empezó a dar frutos, rindiendo en cada uno de los cuatro años subsiguientes una utilidad líquida de 400 mil dólares. Desde entonces, la mayor producción ha sido absorbida por la construcción del nuevo tiro General, comenzada por el actual marqués en 1805. Es una empresa estupenda; el tiro es un octágono, como en la Valenciana, pero sobrepasa en diámetro al de ésta por dos varas y media. La profundidad, sin embargo, es solamente de 450 varas, no de 635.

Cuando estalló la guerra civil ya se habían perforado 318 varas de este tiro, pero el marqués quedó demasiado empobrecido a causa de la revolución como para continuar con sus propios recursos labor tan hercúlea después de la declaración de Independencia en 1821, y por consiguiente se vio obligado a solicitar ayuda de la British United Company, de la que es director principal su primo, don Lucas Alamán. La compañía, viendo que era imposible intentar el desagüe de la mina por el tiro de Santa Rosa o por el de San Miguel que actualmente está por completo derruido, se comprometióa emprender la prolongación del tiro General, que, al quedar concluido, abrirá los ricos niveles llamados de la Sangre de Cristo y permitirá el acceso a un gran tramo de la veta no explorado hasta ahora.

En noviembre de 1826, la compañía había agregado cuarenta y nueve varas a las 318 perforadas por el marqués; faltaban todavía ochenta varas, pero el trabajo avanzaba a razón de una vara y media por semana y se esperaba que tan pronto como aumentara de seis a ocho el número de malacates que se pensaba aplicar se podría lograr media van más. Loe principales gastos de la empresa han consistido en la instalación de estos malacates, pues como la boca del gran tiro de Rayas está situada sobre una pendiente empinada, ha sido necesario excavar la montaña por un lado y levantar una plataforma por el otro, a fin de tener espacio suficiente para accionar la maquinaria. Uno de los malacates de Rayas es el más grande que se haya construido en América: con un cilindro o tambor de ocho y media varas de diámetro y una palanca de veinticuatro varas de largo, es movido por ocho caballos, que se remplazan cada tres horas, y ocupa la tonalidad de una enorme galería construida en las cercanías del tiro.

Cuando la compañía comenzó sus operaciones, el tiro General era inaccesible debido a la cantidad de agua que contenía. Suponiendo que ésta procedía de alguna comunicación interna con la mina, se hizo necesario, en consecuencia, efectuar simultáneamente el desagüe de ambos, para lo cual se instalaron tres malacates en el tiro de Santa Rosa. Por medio de ellos se bajó gradualmente el nivel del agua ochenta y un varas y tres cuartos, y se abrió el plan del nuevo tiro; pero no fue sino hasta octubre de 1825 cuando se hizo lo suficientemente accesible pára poder recomenzar el gran trabajo de ahondarlo. Inclusive entonces difícilmente se encontraban trabajadores dispuestos a emprender la tarea, ya que de todos los trabajos mineros no existe ninguno tan peligroso como el que se realiza en un tiro abierto de tan enorme profundidad, en el que la piedra más pequeña que se desprenda desde arriba, al caer, puede resultar fatal para alguno de los que se encuentren ocupados abajo. Además de esto, el agua se filtra continuamente por los costados del tiro, aflojando la tierra y haciendo que los mineros de abajo estén siempre mojados, y como no hay partido o parte del mineral extraído que compense estas desventajas, solamente con el expediente de dar sueldos adicionales elevados se puede conseguir el suministro de mano de obra.

Conozco pocas escenas más interesantes que la operación del cohetazo en los tiros de Rayas. Después de que cada barretero ha excavado la porción de roca que se le ha asignado, se le saca a la superficie; las cuerdas pertenecientes a cada malacate se enrollan a fin de que abajo quede todo libre, y se baja a un hombre llamado el pegador, cuya función es encender las lentas mechas que comunican con las minas de abajo. Como su probabilidad de escapar a los efectos de la explosión consiste en ser sacado con tal rapidez que quede fuera del alcance de los fragmentos de roca proyectados al aire, se prepara para ese fin el malacate más liviano y se le amarran dos caballos, escogidos por su velocidad y energía, que se llaman los caballos del pegador, por estar reservados para este propósito. El hombre baja lentamente, llevando consigo una luz y una pequeña cuerda, una de cuyas puntas es sostenida por uno de los administradores estacionado en la boca del tiro. Se mantiene un silencio completo hasta que se recibe la señal desde abajo, al jalar el pegador la cuerda de comunicación, momento en que los dos hombres que sujetan a los caballos les sueltan las cabezas, y éstos se arrancan a galope tendido hasta que los detienen, sea por el ruido de la primera explosión o al ver por la cantidad de cuerda enrollada alrededor del cilindro del malacate que el pegador ya ha sido levantado hasta una altura de sesenta o setenta yardas y se encuentra, por consiguiente, fuera de peligro.

Frecuentemente sucede que las mechas no prenden, en cuyo caso se vuelve a bajar al pegador y se repite toda la operación hasta que han explotado todas las minas. Pero a pesar de todas las precauciones, con frecuencia ocurren accidentes, y hay más pegadores lisiados o muertos que ninguna otra clase de trabajadores mineros. Adquieren, sin embargo, una gran presencia de ánimo en el desempeño de su ardua labor; el marqués de Rayas me platicó que, unas cuantas semanas antes de mi visita, el hombre a quien acababa de ver bajar, después de prender las mechas se encontró abandonado en el fondo de la mina debido a la excesiva ansiedad de los que se encontraban arriba, quienes, confundiendo con la señal una mera vibración de la soga, soltaron los caballos y enrollaron la soga del malacate sin darse cuenta del error. En lugar de acobardarse o perder tiempo en inútiles esfuerzos por hacerse oír hasta arriba, el pegador arrancó instantáneamente las mechas, y fue lo bastante afortunado para alcanzar a apagarlas todas (siete en total) a tiempo de evitar una explosión.

Después de comer en el tiro General, donde el marqués de Rayas nos atendió magníficamente, nos dispusimos a visitar la propia mina en compañía de don Domingo Lazo de la Vega, agente administrador de la United Company en el distrito de Guanajuato. Se baja a la mina de Rayas por una escalera, por la cual las señoras pueden ser llevadas por los indios en una silla de varas; la señora Ward escogió esta forma de transporte y de ninguna manera le fue desagradable. Sin embargo, había muy poco de interés que ver, excepto las grandiosas excavaciones de donde se dice que se extrajeron los clavos ricos de la primera bonanza. Los mejores niveles todavía se encontraban bajo el agua; y, de los que estaban desaguados, ya se habían extraído minerales por valor de 75 mil dólares para noviembre de 1826, fecha en la cual el desembolso total de la asociación en la mina se elevaba a 412 mil dólares. No puede abrigarse duda razonable de que se recuperen y de la probabilidad de obtener después muy grandes utilidades, puesto que se considera a Rayas como una de las minas más ricas del mundo, y los minerales que se encuentran en los niveles más profundos son abundantes y de tal calidad, dada su ley de oro, que unas cuantas cargas equivalen a una extracción mucho más copiosa en cualquier otra mina. Se ha encontrado que en algunas de las piedras más ricas la ley de oro se eleva a 2 100 granos por marco, y en los minerales llamados guija de oro se encuentra oro nativo diseminado en grandes cantidades en el cuarzo. Tuve oportunidad de observar en esta mina, al igual que en la Valenciana, el peso de las cargas de mineral acarreadas a la boca del tiro por los tenateros; yo mismo vi cargas de trece, quince y aun una de dieciséis y media arrobas (325, 375 y 412 libras inglesas), entregadas en el despacho por indios que no se distinguían por su apariencia musculosa, pero que están habituados desde su infancia a este ejercicio, con el que los músculos del cuello y de la espalda adquieren un desarrollo muy superior al de cualquier otra parte del cuerpo.

Desde su primer descubrimiento en 1556, Rayas, según los libros de los propietarios, parece haber pagado a la Tesorería Provincial, por derechos del quinto, la suma de 17 363 000 dólares. Todavía no se han acercado siquiera a la profundidad en que, según Humboldt, la producción de la veta Madre se vuelve menos valiosa; y como con el tiro General será abierta una gran extensión de terreno virgen, cabe considerarla casi como una mina nueva, con toda la garantía que de su futura productividad puede dar una experiencia de tres siglos. Es probable que se completen las instalaciones en el transcurso del presente año, y entonces la compañía podrá esperar ingresos inmediatos y valiosos.

La mina de Sechó se trabajó anteriormente sin utilidades y luego se abandonó. Los aventureros que la denunciaron de nuevo, y de quienes la United Company ha obtenido una acción por avío, descubrieron casi en la superficie un clavo rico, que había pasado inadvertido a los anteriores propietarios y que resultó suficiente para cubrir de inmediato gran parte de los avíos hechos por la compañía, ya que los mejores minerales (polvillos) se vendieron a ciento ochenta dólares el quintal o seiscientos dólares la carga de catorce arrobas. Esta pequeña bonanza fue interrumpida por lo que se conoce como un caballo de bronce, masa de roca de dureza casi increíble, para atravesar la cual se requirió de mucho tiempo. Después de haberlo logrado, se encontró que la veta producía de nuevo minerales excelentes, y cuando me tocó verla se sacaban unas doscientas cargas semanales de diferentes labores, que eran compradas con avidez por los rescatadores a treinta y cinco y a treinta y siete dólares la carga cuando eran azogues o minerales ordinarios, y a cuarenta y cinco dólares el quintal cuando eran polvillos.

Según todas las apariencias, hay razón para esperar que Sechó resulte una mina muy valiosa, ya que está situada sobre una parte de la veta Madre que ha producido riquezas inmensas en todas direcciones; pero no hay seguridad, en opinión de los mineros viejos, hasta que los trabajos alcancen cien varas de hondura, ya que ese es el nivel en que, hasta ahora, se ha encontrado que comienzan las grandes riquezas de la veta. Entre tanto, la especulación está libre de riesgos, pues la mina cubre sus propios gastos, y si da resultado, las utilidades netas aumentarán en la misma proporción que la producción adicional.

La tercera mina aviada por la United Company en Guanajuato, Cata, es una de las más antiguas en el distrito. No alcanzó gran celebridad hasta comienzos del siglo pasado, cuando fue trabajada, en combinación con Mellado, por don Francisco Matías de Busto, posteriormente marqués de San Clemente, y famoso como el hombre más rico de su época. Cata ocupa la totalidad del valle de dicho nombre; su mayor profundidad es de trescientas sesenta varas, no obstante lo cual la mina se desaguó y se reparó completamente en catorce meses, aplicando maquinaria mexicana, con un avío que no excedió de 225 mil dólares. En cuanto a su producción futura, se tienen muy diferentes opiniones. El señor Alamán y el agente administrativo, señor Lazo de la Vega, confían en el éxito, pero el público en general considera la mina como agotada y se cree insensato el intento de volver a trabajarla. De esto, sin embargo, no se puede sacar ninguna conclusión, ya que se ha pronunciado la misma frase contra muchas otras minas famosas, al acabarse sus primeras grandes bonanzas; minas que, al explotarse de nuevo después de unlapso de varios años, recompensaron ampliamente a sus nuevos propietarios. Tal fue el caso de la mina de la Quebradilla en Zacatecas, cuando La Borda se hizo cargo de su administración; del Pabellón en Sombrerete, al ser denunciada por la familia Fagoaga; y de la famosa mina de Barranco en Bolillos, la cual, después de haber sido abandonada por su primer propietario (Barranco), dio inmensas riquezas y un título al segundo (el marqués de Vivanco), y posteriormente rindió una enorme masa de plata al ser trabajada por una compañía formada con dicho propósito, aunque dio poca utilidad a los inversionistas debido a los gastos del desagüe. Es de esperarse que el nombre de Cata se pueda agregar a esta lista, aunque en 1826 la cantidad de plata extraída no pasaba de 19 mil dólares.

La United Company posee cuatro haciendas de beneficio, con sesenta y dos arrastres en total. La de San Matías, que visité, pertenece al marqués de Rayas, y es rentada por la asociación. Estaba perfectamente bien habilitada en todas sus partes, pero como el proceso de amalgamación es casi igual al de Salgado, resulta superflua toda descripción.

La necesidad de habilitar estas haciendas y de llevar toda la madera utilizada en ellas desde la sierra de Maravatío (en las cercanías de Tlalpujahua), a distancia de casi cuarenta y ocho leguas, han sido algunas de las grandes sangrías para la asociación. Esto ya ha terminado, y como los trabajos están bien hechos, se necesitarán muy pocas reparaciones durante el resto del tiempo que cubren los contratos.

La ciudad de Guanajuato, en cuya inmediata vecindad se hallan todas las minas mencionadas en este bosquejo, tiene muchos y espléndidos monumentos que atestiguan la anterior riqueza de sus habitantes. Las casas de las familias Otero, Valenciana, Ruhl, Pérez Gálvez, son magníficas, lo mismo que la iglesia, antes perteneciente a los jesuitas, construida por el marqués de Rayas. Lo son igualmente los ricos ornamentos donados a la parroquia por la familia San Clemente, el camino a la Valenciana y las numerosas capillas y edificaciones religiosas construidas en diversas partes en el distrito circunvecino. Muchas están todavía a medio construir, pues la piedad de los mineros comenzaba generalmente con una bonanza y ésta no siempre duraba lo suficiente para permitirles completar los trabajos emprendidos bajo su inspiración.

Gran parte de los bienes raíces, tanto de Guanajuato como de los estados vecinos, pertenece también a familias mineras. La condesa Ruhl tiene grandes posesiones cerca de Aguas Calientes. Las haciendas de la familia Pérez Gálvez ocupan una parte considerable de San Luis Potosí; y los Obregones (descendientes del primer conde de Valenciana) poseen algunas hermosas haciendas cerca de León, junto con muchas otras de menor importancia, que es innecesario enumerar.

Del gobernador del estado, don Carlos Montes de Oca, hombre de miras liberales y visionarias, han recibido las compañías extranjeras toda clase de estímulos y protección; y así por estos esfuerzos se han podido vencer rápidamente los prejuicios nacionales hacia los extranjeros, prejuicios contra los que tuvieron que luchar todas nuestras compañías al establecerse inicialmente. En noviembre de 1826 parecía que ya no quedaba rastro de este sentimiento. Es cierto que el marqués de Rayas, cuya familia es famosa por su piedad, todavía se oponía a emplear herejes en sus minas, pero con su cortesía para con nuestro grupo nos demostró que no le parecía objetable una amistosa comunicación con nosotros. A este respecto, el clero de Guanajuato ha dado un ejemplo admirable: muchos de sus miembros han abogado desde el púlpito por la causa de los extranjeros y se han esforzado en convencer a sus compatriotas de las ventajas que acompañarían a una comunicación abierta con ellos.

De acuerdo con el censo de 1825, el estado de Guanajuato tiene una población de 382 829 almas; o de 450 mil, si se agrega algo más de una sexta parte para cubrir las deficiencias en los registros oficiales. Se supone que éstos fueron sumamente incorrectos a consecuencia de un intento de aplicar el pago de una especie de impuesto sobre la renta al mismo tiempo que se estaba levantando el censo.

Las rentas provienen generalmente, como ya se ha dicho en la Sección IV del Libro Tercero, del monopolio del tabaco, las alcabalas, los derechos de acuñación y los derechos municipales pagaderos sobre varios artículos de producción y manufactura domésticas, más un tres por ciento sobre los bienes extranjeros consumidos en los territorios del estado. Dieron en total, en el año que terminó en enero de 1826, la cantidad de 247 810 dólares, en tanto que los gastos del gobierno (incluido el contingente) se elevaron a 264 010 dólares. El gobernador atribuía este déficit (16 199 dólares) a la falla de un impuesto sobre la renta o contribución directa que, a pesar de haberse calculado sobre el supuesto valor del trabajo de cada individuo durante tres días al año, sólo dio 5 042 dólares.

La fábrica de tabacos produjo 54 704 dólares, y éstos, después de deducir 22 266 dólares que se debían a la Federación por tabaco en rama, dejaron un balance de 32 438 dólares a favor del estado. Sin embargo, se pueden esperar grandes mejoras en los ingresos de este ramo, pues las utilidades anuales de las fábricas de tabaco de Guanajuato antes del año de 1810, en las ocho administraciones establecidas en los principales pueblos, promediaron 157 mil dólares.

138 119 dólares fue el producto de las alcabalas y 38 085 dólares el de los derechos municipales. Los ingresos de la casa de moneda no excedieron de 27 127 dólares, debido a que la cantidad de plata extraída en 1825 fue muy pequeña; pero era muy probable que ésta aumentan, al igual que la mayoría de los otros ramos de la renta, y se esperaba que para 1826 los ingresos cubrieran totalmente los gastos.

Guanajuato puede ser llamado un estado minero o un estado agrícola, ya que la prosperidad de los dos ramos está tan íntimamente ligada que difícilmente puede florecer uno sin el otro. La importancia de las grandes haciendas del Bajío cesó en el mismo instante en que terminó la de las minas y está reviviendo conforme los capitales invertidos en ellas crean de nuevo demanda para las producciones agrícolas; en tanto que, por otro lado, la creciente producción facilita todas aquellas complicadas operaciones, que son el único medio por el cual se pueden poner en total actividad las minas.

Las manufacturas de lana y algodón abundaban anteriormente en los pueblos de León, Irapuato, Silao, San Miguel y Salamanca (usualmente designadas como `las villas"); pero los rebozos, pañetes, mantas y jerguetillas, por los que eran famosas, ya han sido remplazados por artículos semejantes provenientes de Europa y de los Estados Unidos. Afortunadamente, su decadencia ha sido gradual durante los últimos quince años, de suerte que no requerirá de una transición muy violenta para dar empleo en algún otro oficio, en que no se deba temer la competencia, a las manos así ocupadas.

La Constitución estatal de Guanajuato se juró en abril de 1825. Desde la caída de Iturbide, la tranquilidad pública no ha sido alterada en ninguna forma, y durante la época de mi visita a la continuidad dq aquélla parecía el único requisito indispensable para desarrollar los recursos internos del estado y volver a sus habitantes a la prosperidad de que gozaron, en grado casi no igualado, antes de la revolución. Tal parecía ser la opinión de todos aquellos con quienes estuve en comunicación. La paz interior y exterior era el objetivo común, el deseo universal; y no obstante la apariencia tan desalentadora que puedan haber tomado los asuntos desde entonces, la existencia de tales sentimientos en todo el país permite esperar que cualesquiera disturbios que se puedan producir nunca se generalicen lo suficiente para afectar al grueso de la población o para reproducir las desastrosas escenas de la guerra civil de 1810. Un buen efecto que ya ha causado la revolución en el cuidado que se presta a la educación de la nueva generación. En 1824, Guanajuato no poseía ni una sola escuela; en 1826, los hijos de padres acomodados podían adquirir una educación decente inclusive en la Valenciana y en Rayas, donde los mismos mineros, para el mejoramiento de sus familias, habían establecido escuelas conforme al principio lancasteriano.

 

REGRESO A INGLATERRA POR LOS ESTADOS UNIDOS, CARÁCTER DE LOS CRIOLLOS. SENTIMIENTOS EN EL PAÍS CON RESPECTO AL SISTEMA ACTUAL. CONCLUSIÓN

Tras mi regreso del norte permanecí tres meses en la capital; y como al término de ese tiempo llegó mi sucesor, el señor Pakenham, salí para Veracruz en compañía del señor Rocafuerte y del señor capitán Vernon, de la corbeta Primrose de Su Majestad, que había sido comisionado para llevamos a Inglaterra, con la copia ratificada del tratado que acababa de ser aprobado por las Cámaras.

Salimos de México el 23 de abril y proseguimos por Otumba, Apan, Piedras Negras y Virreyes hasta Perote, pues la señora Ward no estaba ya en condiciones de viajar a caballo ni de soportar el violento movimiento de un coche al citízar las montañas entre México y la Puebla. En Jalapa, donde nos detuvimos varios días para dar tiempo a que se embarcara el dinero enviado en la conducta de abril, encontramos el más cómodo alojamiento en una casa que el coronel Dashwood había tenido la bondad de contratar para nosotros, en tanto que su hospitalidad proveyó a todas nuestras necesidades. Todos los días de nuestra estancia comimos con él; y bajo la dirección de la señora Dashwood realizamos varias excursiones deliciosas a los alrededores de la ciudad, cuyas bellezas nos parecían más admirables a medida que las explorábamos más de cerca.

El 6 de mayo, habiendo recibido noticias de que la Primrose estaba lista para zarpar, dormimos en Plan del Río, de donde salimos a las tres de la mañana del día 7, a fin de evitar el calor lo más posible. Cerca de las siete desayunamos en Puente del Rey y a las dos llegamos a Boca del Potrero, donde pasamos la noche. En la mañana del día ocho llegamos a muy temprana hora a Veracruz y nos embarcamos casi inmediatamente, después de tomar un refrigerio en la casa del señor Welsch, mientras se enviaba a bordo nuestro equipaje.

Cabalgué casi todo el camino desde Jalapa, a pesar del calor, que no me pareció tan opresivo como lo había esperado. El resto del grupo hizo el viaje en literas. Nos acompañaron Hilario y otro sirviente de la Mesa Central, y se ofrecieron así a hacernos un servicio por el que sus compatriotas sentían en general la mayor repugnancia, en una temporada en que la tierra caliente ciertamente no se atraviesa sin peligros.

Veracruz se hallaba excesivamente insalubre en la época de nuestra partida. Varias personas habían sido atacadas por el vómito, y el sirviente del señor Rocafuerte, un español, sufrió la misma suerte: se enfermó a bordo de la Primrose y murió al quinto o sexto día. Un joven guardiamarina (el señor Anson), que contrajo la enfermedad al estar durante una hora en la playa la mañana del día en que mandaron el bote que nos llevó al barco, fue más afortunado. Su juventud y una constitución vigorosa lo sacaron adelante; sin embargo, durante mucho tiempo estuvo muy débil y por varias semanas no se recuperó del todo del ataque.

La Primrose ya había levado anclas cuando nos embarcamos, y como el viento era bueno, en pocas horas perdimos de vista la costa mexicana. Sin embargo, en la tarde del día siguiente anclamos en Tampico, para embarcar más dólares, que no fueron llevados a bordo sino hasta la tarde del día 12, fecha en que definitivamente zarpamos hacia La Habana. Desde allí proseguimos hasta Nueva York, donde la Primrose permaneció durante una semana, pues tanto la señora Ward como las niñas se encontraban tan débiles a causa del mal tiempo que habíamos sufrido, que hubiera sido sumamente peligroso para ellas cruzar el Atlántico sin ningún descanso ni recreo en tierra. El capitán Vernon y yo aprovechamos el retraso para visitar Washington, en donde nos encontramos con una muy amable recepción por parte de mi antiguo amigo el señor Vaughan, bajo cuyas órdenes había pasado un año de mi vida cuando estuve destacado en la embajada de sir Henry Wellesley en Madrid.

Washington es poco digno de la reputación que tiene. Es sólo el esqueleto de una gran ciudad; y como las casas se construyen en su mayoría siguiendo el estilo de arquitectura que tanto ha desfigurado a nuestro propio país con altos aleros, puertas pequeñas y ventanas transversales en todas direcciones, hay poco que ver y menos que admirar. Las verdaderas capitales de los Estados Unidos son las grandes ciudades comerciales, y de ellas los americanos pueden estar justamente orgullosos. En nuestro viaje pasamos por Filadelfia y Baltimore, y en ambos lugares, así como en Nueva York, encontrarnos amplias pruebas de un país activo, próspero y poderoso, con abundancia de energía y riqueza, que sólo requiere ser conocido para ser debidamente apreciado. No caeré en el error, tancomún entre los viajeros, de juzgar un imperio tras una semana de examinar sus recursos; pero sí diré que los escritores que han fomentado los prejuicios que generalmente se tienen en Inglaterra respecto a las costumbres americanas, y en particular respecto a sus sentimientos personales hacia nosotros, han hecho a ambos países un gran perjuicio. El capitán Vernon y yo encontramos que nuestra condición de ingleses era suficiente para granjearnos cortesía y atenciones por parte de nuestros muchos compañeros de viaje a bordo de los buques de vapor en los que se hace gran parte del viaje a Washington; y ni en la capital ni en Filadelfia necesitamos ningún otro pasaporte para abrirnos las puertas de varias casas altamente respetables.

Sin participar del entusiasmo del señor Waterton respecto a las mujeres americanas, es difícil que su apariencia no 4te la atención aun del observador más casual; y no conozco ninguna parte del mundo (inclusive Inglaterra) en que el despliegue de belleza femenina sea más notable que en Nueva York y Filadelfia, donde debido a la tibieza del clima el vestido ligero del sur de Europa se ve junto a la frescura y los encendidos colores de una complexión del norte.

Encontramos a nuestras inválidas completamente restablecidas después de su estancia en Staten Island, de donde se mudaron, tras una cuarentena de cuatro días, a la hospitalaria casa del señor y la señora Buchanon, a quienes debemos múltiples atenciones. El 21 de junio nos embarcamos de nuevo y el 16 de julio anclamos en Spithead, después de un viaje tranquilo y venturoso, durante el cual tuvimos razones para agradecer cada día y cada hora la incesante bondad del capitan Vernon. La Primrose era demasiado pequeña para acomodar un grupo tan grande como el núestro; y como después de miles de ingeniosas maniobras sólo hubo lugar para una sirvienta, una mujer mexicana que casi constantemente estuvo indispuesta, las niñas, la mayor de las cuales apenas tenía dos años de edad, no podían ser atendidas adecuadamente y eran motivo constante de incomodidad y molestias. Yo creo que fueron cuidadas alternadamente por todos los marineros del barco, y crearon un vínculo personal no únicamente con los oficiales, que fueron muy bondadosos con ellas, sino también con el contramaestre y muchos de los marineros, quienes las cargaban por todas partes del buque y las introducían en lugares que las señoritas no acostumbran frecuentar. Para aumentar nuestros apuros, la señora Ward tuvo que guardar cama a bordo diez días antes de que llegáramos a Portsmouth, v, por supuesto, toda la atención de la sirvienta le estaba dedicada. Las niñas eran tras! dadas a mi camarote durante la noche, y en el día se mantenían en cubierta o en la única parte del barco que el capitán Vernon podía llamar suya: medio camarote de popa, donde él dormía y en el que todos dormíamos, separado de la señora Ward sólo por un ligero cancel, con una abertura abajo para permitir el paso de la caña del timón.

Me da gusto tener la oportunidad de expresar públicamente nuestros agradecimientos al capitán Vernon por la buena disposición con que soportó la pérdida de toda comodidad en su bonito alojamiento a bordo. Pocas personas hubieran aguantado por tanto tiempo una prueba tan dura, con la paciencia con que él lo hizo; y menos aún se hubiera esforzado como él en promover por medio de toda clase de atenciones la comodidad de sus pasajeros.

La señora Ward, a pesar de la falta de miles de cosas que su estado requería y que, por supuesto, no podían conseguirse a bordo, se recuperó muy bien, y el 17 pudimos transportarla en camilla a la isla de Wight, donde gradualmente recobró sus fuerzas, aun cuando quedó bastante débil por las fatigas que había sufrido.

Habiendo traído así a su término mi propia narración, sólo me resta agregar unas cuantas observaciones sobre puntos que o no han sido incluidos en las secciones anteriores o respecto a los cuales mis opiniones han sufrido alguna modificación como resultado de acontecimientos posteriores; señalando como excusa por esta irregularidad que, a fin de evitar pérdida de tiempo, mi manuscrito fue puesto en manos de mi editor tal y como estaba escrito, y que, por lo tanto, estoy terminando en 1828 un trabajo cuyo primer volumen se encontraba en la imprenta en diciembre de 1827.

Nuestra información con respecto a México ha sido hasta la fecha en extremo limitada que, en consideración a la novedad del tema, espero que perdonen los detalles que he incluido en los últimos 3 libros.

Para quienes hayan estudiado el Essai politiqus, será suficientemente claro el uso que de ese admirable trabajo he hecho en muchas partes del mío. En realidad, escribir un libro sobre México sin hacer referencia al barón de Humboldt casi a cada página es prácticamente imposible. Fue el primero en aplicar las luces de la ciencia al Nuevo Mundo. Descubrió y explicó las peculiaridades del clima y estructura que tanto favorecen a México, y trazó con mano maestra el contorno de una gran pintura que los viajeros presentes y futuros sólo pueden ayudar a llenar. Sin embargo, al echar mano de la sanción de esta gran autoridad, he tratado no únicamente de transferir a mis propias páginas la información mejor comunicada en las suyas, sino de traer hasta la actualidad el punto de vista sostenido por él acerca de cada tema y de establecer una comparación lo más exacta posible entre el estado de cosas presentado por él en 1802 y el presenciado por mí en 1827.

Antes de la aparición del Essai politique, lo único que se conocía en Inglaterra y en Europa eran los trabajos de Robertson respecto a las posesiones trasatlánticas de España, y de éstos se puede obtener poca información aplicable a la presente situación o perspectivas de los nuevos estados.

Siempre que el estudio diligente puede sustituir a la observación personal, los puntos de vista de Robertson son justos y su razonamiento excelente. Sus errores vienen de la imposibilidad de obtener información respecto a muchos temas sobre los cuales arrojaron luz por vez primera las obras de Humboldt. He tenido ocasión de señalar algunas singulares inexactitudes respecto al clima y a las minas; y Humboldt ha demostrado lo erróneo de sus cálculos respecto a la plata extraída y lo equivocado de sus conceptos acerca del valor de las rentas obtenidas en México por España. Pero muchas partes de su octavo libro (sobre la política colonial de la Península) son maravillosamente correctas; en especial sus observaciones sobre el benigno espíritu de las primeras Leyes de Indias y sobre la imposibilidad de hacerlas efectivas. Su elogio del Consejo de Indias, aunque correcto si se refiere a la teoría, no lo es si se aplica a la práctica. El Consejo no produjo ninguno de los buenos efectos que se esperaban de él cuando se instituyó. La responsabilidad de los altos funcionarios ante él en cuanto tribunal, era nominal meramente. Ninguno de los virreyes sufrió por el juicio de residencia, con excepción de Iturrigaray, que no merecía la severidad con que fue tratado. Los planes de mejoramiento que le fueron sometidos quedaron enterrados en el Archivo General de Indias en Sigüenza, donde todavía permanecen inadvertidos e incógnitos. Se obtenían los decretos más injustos por medio del soborno; y en los últimos tiempos la influencia de los miembros del Consejo se utilizaba sobre todo para acallar quejas y apoyar a los protegidos en las Audiencias coloniales contra cargos que deberían haber llevado a la dimisión inmediata. Por lo tanto, en lugar "de atribuir a las sabias reglas y vigilante inspección de este respetable tribunal, el grado de orden público y virtud que todavía quedaba en las colonias españolas", yo diría que nada había tendido tan directamente a destruir ambas cosas como la conducta del Consejo de Indias; que, envenenando la fuente misma de la justicia, convenció a los criollos de que, tanto en el Viejo como en el Nuevo Mundo, eta igualmente inútil que buscaran se les hiciera justicia.

Asimismo, Robertson está equivocado en lo que señala respecto a las castas y a la natural antipatía entre los indios y los negros. Dondequiera que haya habido esclavos africanos en América, se encontrará que no únicamente se casaron con aborígenes, sino que están positivamente mezclados en una nueva raza; y el grado a que esta mezcla se había llevado, y la imposibilidad (debido a sus numerosas ramificaciones) de probar que estaban libres de mancha de sangre negra, ocasionó el descontento universal de los criollos cuando las Cortes (en 1811) privaron de los derechos de ciudadanía a todos los que en alguna forma estuvieran contaminados de ascendencia africana.

Ni tampoco se puede confiar demasiado en el punto de vista de Robertson acerca del carácter de los criollos (Libro VIII, p. 32). Está sacado, no de la naturaleza, sino de una mala comparación, bosquejada por mano enemiga. Al considerar cómo eran, debemos tener en mente las prohibiciones bajo las cuales trabajaban y el muy reducido círculo al que estaba limitada su actividad natural. ¿Qué aliciente existía para adquirir información o para cultivar la ciencia en un país donde los esfuerzos de los primeros años podían ser reducidos a la nada en el ejercicio de la vida madura? Los jóvenes criollos estaban excluidos del foro y de la Iglesia; o, por lo menos, si abrazaban alguna profesión, sabían que nunca podrían prosperar en ella más allá de cierto punto. Ni podían esperar recompensa a sus esfuerzos en la aprobación de sus conciudadanos, ya que la prensa estaba cerrada al genio; y aun en la sociedad privada, debido a la celosa vigilancia de la Inquisición, la libertad de discusión era desconocida. Por tanto, sólo una absoluta sed de conocimientos, poco usual aun en los países más cultos, podría haberlos animado en la búsqueda de un saber del que, una vez obtenido, les estaba prohibido valerse; y a nadie puede extrañar que, con tan pocos alicientes para el esfuerzo, la complacencia en los vicios ocupara una porción muy grande de su tiempo. Pero la revolución ha probado que los criollos son capaces de mejores cosas. Los aspectos estimables de su carácter se están desarrollando rápidamente; y el campo ahora abierto para el despliegue de esa energía, de que han dado tan temibles pruebas durante la guerra civil, parece haber otorgado nueva vida a las cualidades necesarias para sacarle partido. Por lo que he visto de los mexicanos, yo diría que poseen una sagacidad y habilidad naturales; son valientes, hospitalarios, afeetuosos cuando se les muestra bondad y más que magníficos en sus ideas de lo que debe ser el trato social. Por el miedo de no hacer lo suficiente, con frecuencia hacen muy poco; pero todo lo que intentan lo ejecutan con un esplendor que en ocasiones resulta embarazoso.

En 1826, ansiosos de que nuestra hija mayor fuese bautizada, solicitamos al conde y a la condesa de Regla, con quienes teníamos íntima amistad, que fueran sus padrinos. Aceptaron con gran solicitud y satisfacción, a condición de que todos los arreglos para la ceremonia se les dejaran a ellos; y al recibir nuestra promesa al respecto (dada sin ninguna idea por parte nuestra de las consecuencias a que habría de llevar), se preparó una espléndida ceremonia en la iglesia, con cientos de velas y música y multitud de asistentes, y esto a su vez fue seguido al otro día por una cena para veinte personas, y por regalos de diamantes, a los que era imposible que nosotros correspondiéramos adecuadamente, mientras el rechazarlos se habría considerado como una ofensa mortal.

De don Pablo de la Llave (en esa época ministro de Asuntos Eclesiásticos), que fue quien realizó la ceremonia, recibimos asimismo un certificado de bautismo, impreso en seda y enmarcado en oro, con todos los nombres de la niña debidamente inscritos en él. Frances fue el único escogido por nosotros, pero a este se agregaron Guadalupe (en honor tanto de la Virgen de ese nombre como del presidente) y Felipa de Jesús, en conmemoración del único santo mexicano reconocido por la Iglesia de Roma.

Es innecesario agregar que nos sentimos muy agradecidos con la familia Regla por su bondad en esta ocasión. Sin embargo, ello tuvo el efecto de prevenirme contra bautizar otro hijo en México, pues estaba decidido a no comprometerme por segunda vez con obligaciones similares, y me sentía seguro de que si hubiera pedido lo mismo a cualesquiera otros amigos, nada hubiera podido obligarles a hacer menos de lo que el conde de Regla había hecho antes.

La administración de uno de los sacramentos de la Iglesia católica al hijo de un hereje notorio puede considerarse como prueba no escasa de la disminución de los sentimientos de intolerancia hacia los extranjeros, que, al principio de nuestras comunicaciones con México, se hallaban tan generalizados en todo el país. En fecha tan reciente como mayo de 1825, la misma capital no estaba libre de ellos; y durante la discusión con respecto al artículo religioso de nuestro primer tratado, algunos de los más devotos entre los senadores pusieron objeciones a la concesión del derecho de sepultura para los súbditos de Su Majestad, pues era un privilegio al que de ninguna manera tenían acceso los herejes. Y el asunto no hubiera podido resolverse sin alguna dificultad, si el señor Cañedo (senador muy distinguido) no hubiera analizado apropiadamente los argumentos de esas personas tan escrupulosas, diciendo que, "aunque en principio estaba perfectamente de acuerdo con sus dignos colegas, anticipaba algunas dificultades prácticas en el cumplimiento de sus deseos, lo cual lo obligaría, aunque con mucha renuencia, a votar contra ellos. No se podía negar la triste influencia de los extranjeros, ni se podía esperar que, entre tantos, algunos no fueran llamados, durante su residencia en la República, a recibir en el otro mundo la pena por su incredulidad en éste. Sin embargo, ¿qué se iba a hacer con los cuerpos? Él sólo veía cuatro maneras de disponer de ellos, a saber: inhumarlos, quemados, comérselos o exportarlos. A la primera, sus reverendos colegas parecían oponerse; la segunda podría resultar inconveniente debido a la escasez de combustible; en cuanto a la tercera, por lo menos él tendría que rehusarse a participar; y por lo que respecta a la cuarta, los herejes muertos no estaban incluidos entre los artículos exportables mencionados en la tarifa, por lo que temía que tal innovación podría poner en aprietos graves a los oficiales de la aduana de la costa. Por tanto, y en resumidas cuentas, él se inclinaba por la inhumación, ya que entre cuatro males graves éste parecíale el menor".

El discurso, del cual lo anterior no es sino una traducción literal, puso fin a toda discusión posterior, y el artículo se aprobó por una gran mayoría. Sin embargo, el hecho de que un asunto de esta naturaleza haya sido debatido en una de las Cámaras del Supremo Congreso señala suficientemente lo poco que podía esperarse de las clases bajas, cuando aun los más ilustrados no tenían empacho en externar opiniones tan en desacuerdo con las instituciones liberales del Estado y con la libertad de intercambio que ellos profesaban buscar.

En cuanto a la belleza del clima de México, yo creo que se ha hablado de ella en forma muy exagerada. Cierto que la Mesa Central está libre de las enfermedades que resultan fatales a los extranjeros en las costas occidental y oriental (el vómito y el cólera morbo), y que, debido a su gran altitud, la acción del sol sobre las ciénegas en las cercanías de la capital no produce /ríos ni otras fiebres a que están propensas las tierras calientes. Pero, por otra parte, la rarefacción de la atmósfera es fatal para todos aquellos que tengan alguna tendencia a afecciones pulmonares; mientras que, debido a la extrema dificultad de provocar transpiración, el reumatismo, al que los extranjeros son particularmente propensos, confrecuencia se apodera de tal manera del organismo, que desafía todos los medicamentos ordinarios. Las fiebres inflamatorias son asimismo muy comunes; y durante los meses en que el sol cae verticalmente, la aposición a sus rayos no está exenta de peligro. A mi primera llegada al país perdí un sirviente por un coup de soleil; mi hijita estuvo a punto de morir a causa de un ataque similar; y sospecho que la locura de un mozo, que me acompañó en varios de mis viajes, se debió en parte a la misma causa. Entre los nativos, la escarlatina y el sarampión se convierten con frecuencia en desórdenes epidémicos y ocasionan una extraordinaria mortandad. A causa de ello, en 1825 quince mil personas resultaron muertas tan sólo en la capital, y sus estragos se extendieron de norte a sur en toda la Mesa Central. Sin embargo, la cantidad de muertes fue atribuida por los médicos más a la falta de alimentación y cuidados convenientes, que a la virulencia de la enfermedad en sí, la cual raras veces iba acompañada de efectos fatales en familias que podían tomar las precauciones adecuadas.

Nada he dicho acerca de la organización oe la sociedad en México porque, de hecho, no existe ninguna. En la capital, las fiestas nocturnas y las cenas formales, excepto en las grandes ocasiones, son igualmente desconocidas. Después del paseo que tiene lugar entre las cinco y las siete, todo mundo va al teatro, y después del teatro, a la cama. Los mexicanos todavía no han adquirido la costumbre europea de reunirse con frecuencia en pequeños grupos para el fomento del trato social. Aceptan con placer las invitaciones de los extranjeros, pero no se pueden despojar de la idea de que, si ellos han de organizar algo, es necesario echar la casa por la ventana, lo cual hace que la repetición de fiestas de esta naturaleza resulte impracticable. Sólo en sus haciendas dan rienda suelta a la hospitalidad a que están naturalmente inclinados. De las mujeres, en general, no hace falta que hable con muchos detalles. Sus modales y educación son justamente los que una persona familiarizada con España espera encontrar en una colonia española. Se pide tan poco a las mujeres en la metrópoli, que sería injusto esperar una superioridad intelectual muy grande entre sus descendientes. Las damas mexicanas (con algunas brillantes excepciones, a quienes tal vez resultara odioso nombrar) leen y escriben más o menos en la misma proporción que las de Madrid; por lo general, no hablan otro idioma que el propio y no tienen mucha afición por la música, ni conocimiento de ella como arte. No se encuentran, ciertamente, entre las excepciones al célebre axioma de Madame de Staél, de que "hors de Paris, tont le monde parle de son voisin, ou de savoisine", ya que en este aspecto México es realmente una petite ville. Pero, por otra parte, no son afectadas ni altivas; son bondadosas y modestas en grado sumo, y hacen los honores de sus hogares con naturalidad y corrección perfectas. Poseen talentos naturales considerables; y aunque en 1824 sin duda les gustaba fumar, y en casa eran poco atentas a su apariencia personal en un grado mayor de lo que en Londres o París podría considerarse como de buen gusto, antes de mi salida del país en 1827 se había registrado un cambio magnífico. Se prohibieron los cigarros en todos los lugares de reunión pública, y aun en privado estaban cayendo gradualmente en desuso; mientras que, con respecto al vestido, las modas europeas habían tomado por completo el lugar de los colores chillantes con los que, cuando se iniciaron nuestras relaciones con la Nueva España, muchas de las más bellas mujeres parecían desfiguradas. Tampoco puedo dejar de señalar que, desde un principio, mostraron delicadeza de sentimientos y tacto con respecto a la señora Ward, por los que ella siempre se sintió agradecida, absteniéndose de fumar siempre que estaba presente (y no sólo en casa de la señora Ward, sino en las suyas propias), a fin de no lastimar de ninguna manera sus ideas inglesas de cortesía y decoro. En la buena sociedad siempre se muestra el respeto más marcado al sexo femenino y se ha mantenido toda la zalamería de la antigua galantería española, aunque entremezclada, en ocasiones, con una buena dosis de libertad de palabra, que, bajo el nombre de "franqueza", ha cambiado tanto el tono de la sociedad en la Península. Sin embargo, debe recordarse que esta licencia, por más repugnante que parezca al carácter de las naciones del norte, prevalece más o menos en todo el sur de Europa; y que en Italia, tanto como en España y Portugal, constantemente se hace alusión a temas que entre nosotros estarían proscrita., sin que se tenga idea de que inspiran ese disgusto con que un espíritu delicado los escucha siempre. Por tanto, no es justo culpar a los mexicanos por hacer algo de cuya impropiedad no tenían razón para sospechar sino hasta hace poco. Más bien deberíamos esperar que puedan encontrar entre sus nuevos amigos mejores ejemplos a seguir; en cuyo caso, debido a la mejoría que yo mismo he presenciado, casi no dudo de que en pocos años se habrá operado una reforma completa.

La moralidad es un tema que no me incumbe tocar. En México existe acaso no menos vicio, pero ciertamente no más que en muchos otros países de reputación sin tacha en el mundo; y hay muchos puntos en que como esposas y madres las damas de la Nueva España dan excelente ejemplo. Sé de pocos países en los que,hasta donde los medios al alcance lo permiten, se esmeren más con la nueva generación. Los hijos de casi todas las familias respetables están aprendiendo música, francés y dibujo; y aunque se padece una triste escasez de maestros, tan buenos deseos no pueden dejar de producir, dentro de poco tiempo, un efecto feliz.

Este afán de los padres por asegurar a sus hijos las ventajas que en muchos casos a ellos les fueron negadas forma parte de la revolución que los últimos años han impreso en los sentimientos y deseos de la raza criolla. Después de tres siglos de obediencia implícita y de penalidades ininterrumpidas, han buscado en un completo cambio de sistema el alivio que pudo haberse logrado mediante una sencilla modificación de las antiguas instituciones, si tal concesión hubiera sido compatible con los principios en que descansaba la política colonial de España durante su época de poder.

Es difícil concebir un país menos preparado que México en 1824 para la transición del despotismo a la democracia. Los principios que sirven de base al presente gobierno inicialmente no fueron bien apreciados, ni, por lo general, comprendidos; sin embargo, debido sólo a la fuerza de las circunstancias, han arraigado y han penetrado ya tan profundamente en el suelo, que difícilmente podrán ser arrancados.

Su arraigo en el país no está fundado en la difusión general de conocimientos ni en lo que podría llamarse patriotismo teórico; descansa en una base aún más segura: las pasiones e intereses de las clases más influyentes de los habitantes. Para la masa del pueblo, todas las formas de gobierno son indiferentes, y muchos todavía no saben bajo cuál de ellas viven; pero entre quienes tienen una personalidad política —propietarios de bienes raíces, comerciantes, militares, abogados y clero parroquial— las consideraciones de progreso local y personal han creado un sentimiento decidido en favor del sistema federal.

En cada estado, esto abre a cada ciudadano un camino en el que pocos se sienten demasiado oscuros para no aventurarse, aun cuando no aspiren a honores políticos más allá de los límites de sus propias provincias. Dentro de un pequeño círculo, todo es fuente de distinción; y así, la multiplicidad de oficinas menores creadas por las legislaturas estatales, aunque desventajosas en un sentido porque aumentan los gastos del país, son útiles en otro, pues hacen ver a todas las clases sociales las ventajas de un cambio que pone al alcance del individuo más humilde los empleos y el modo de ser alguien en el mundo.

Era natural que, en un país donde los nativos habían sido excluidos durante tres siglos de cualquier participación en la administración de sus propios asuntos, estas consideraciones fuesen de gran peso; pero confieso que no estaba preparado para ver que los intereses del Estado y los sentimientos del Estado se hicieran tan universalmente predominantes como lo han sido durante los últimos dos años.

Otra ventaja que ha acompañado a la subdivisión de la autoridad ha sido la neutralización de intereses rivales. La revolución dejó cierto número de oficiales tan revoltosos como influyentes, que bajo cualquier forma centralizada de gobierno hubieran resultado peligrosos candidatos al poder y que ahora han encontrado en sus respectivos estados el empleo que el Supremo Gobierno no hubiera podido darles a todos. En estas circunstancias, muchos se han convertido en servidores útiles y eficaces del público; pero si sus espíritus inquietos no hubieran sido provistos de una válvula de escape, se habrían visto envueltos en empresas fatales a la tranquilidad de sus conciudadanos.

En cuanto a los sentimientos del país en general con respecto a sus actuales instituciones, nada se puede deducir de los sentimientos mostrados en la capital o en sus alrededores, donde gradualmente se ha engendrado un violento espíritu de partido, que en un caso muy reciente ha llevado a disturbios de índole muy alarmante.

Con respecto al origen de estos disturbios, resulta difícil para mí entrar en detalles sin transgredir los límites en que debo mantenerme. Sin embargo, puesto que todas las perspectivas del país dependen del modo como se afecte su tranquilidad, espero se me permita señalar a mis lectores unos cuantos puntos, sin que se piense que me meto en terreno prohibido.

Los dos partidos, que con la denominación de escoceses y yorkinos se han constituido recientemente y se han contrapuesto, son los dos mexicanos por su origen y están completamente desvinculados de España. Se dice que el primero está formado por muchos de los más grandes propietarios del país (especialmente por quienes poseían títulos de nobleza antes de la revolución), junto con varios oficiales distinguidos e individuos de diferentes profesiones, congregados por los lazos de una sociedad masónica, supuestamente de origen escocés, de donde derivan su nombre.

Quienes pasan por miembros de. esta asociación (que es muy antigua) son en su mayoría personas de principios moderados y partidarios sinceros de la causa de la Independencia. Sin embargo, muchos pertenecieron al ejército criollo y, por consiguiente, se opusieron a los caudillos de la primera insurrección, mientras que otrostuvieron puestos en el gobierno español cuando se restableció la Constitución en 1820 y fueron enviados como diputados a las Cortes de España antes de la declaración de la Independencia por Iturbide en 1821. Sobre estas bases, sus adversarios, los yorkinos, los acusan de "borbonismo", o sea, de un apego a la metrópoli que los induce a desear que un príncipe de sangre real española sea rey constitucional de México. Tal proyecto no había sido impropio antes de que se adoptase la actual Constitución. Sin embargo, yo mismo no creo que ni siquiera antes de ésta tal proyecto haya atraído más que a un número muy limitado de individuos; y estoy convencido de que en la actualidad no es objetivo de ningún partido en México.

Los escoceses pueden compararse más apropiadamente con los federalistas de los Estados Unidos, quienes, al promulgarse la Constitución de 1787, pensaban que el gobierno fundado en ella era demasiado débil, y en consecuencia, fueron acusados por sus oponentes, los demócratas, de tener ideas aristocráticas y desear convertir la república en monarquía. Sin embargo, el general Washington fue federalista, lo mismo que su sucesor el señor Adams, padre del actual presidente. En la misma forma, muchas de las personas más moderadas y mejor intencionadas del país pueden hallarse en México entre los escoceses, cuyos intereses representó como candidato a la presidencia en 1824 el general Bravo (de su moderado pero firme patriotismo, ya he tenido ocasión de hablar al tratar de la historia de la revolución). Fue derrotado por la superior influencia del general Victoria; pero después del nombre de Victoria, ninguno destaca más que el de Bravo y ninguno merecía más de sus compatriotas.

Hasta 1825, los yorkinos no existían como partido. En el verano de este año, cierto número de individuos no vinculados a los escoceses, pero tampoco antes opuestos violentamente a ellos, se unieron en una secta rival, denominada de los yorkinos porque toma su origen de la logia masónica de Nueva York, que por medio del señor Poinsett, ministro americano, entregó los diplomas e insignias necesarios para el establecimiento de una rama de la misma en la capital de la Nueva España. Sin ningún menoscabo de sus miembros, muchos de los cuales son personas útiles y distinguidas, puedo decir que la mayor parte de los afiliados a esta sociedad eran los novi Nomines de la revolución. Son los ultrafederalistas o demócratas de México, y se hallan poseídos de la más violenta hostilidad hacia España y hacia los residentes españoles, a quienes los escoceses han protegido constantemente, tanto por creer que ya no pueden hacer año al país como porque, debido a la gran cantidad de capital todavía en sus manos, piensan que su destierro disminuiría los recursos y retrasará el progreso de la República.

Habiendo señalado las características de los partidos, no es mi deseo ni mi intención censurar la forma en que se ha llevado a cabo la lucha entre ellos. En un país que apenas está saliendo de una gran crisis política, siempre habrá en asuntos políticos sentimientos de encono que las naciones más antiguas apenas pueden comprender; aunque hace un siglo nuestra propia historia podría haber ofrecido un ejemplo de su violencia. Cierto es que en México este sentimiento ha ido muy lejos. Los yorkinos, como hombres nuevos que luchan para desposeer a sus adversarios de ese poder que es el verdadero objetivo de ambos, fueron sin duda los atacantes; pero tampoco ha faltado virulencia en el otro bando, y las alusiones personales a que durante dos años se han entregado los periódicos de los dos partidos prueban demasiado a las claras que, en circunstancias similares, la naturaleza es siempre la misma; mientras que la libertad, en su infancia, sólo tiende a desarrollar. con mayor premura las pasiones que, en todas panes, parecen estar más profundamente implantadas en el corazón humano.

Los yorkinos han compensado en número lo que originalmente les faltaba en influencia individual. Han llevado adelante sus planes con gran actividad, y como parece haber fallado totalmente el desesperado llamado al país que sus oponentes se vieron obligados a lanzar, si aprovechan su victoria con indulgencia, el éxito de su candidato (el general Guerrero) en la próxima elección para la presidencia parece asegurado. Es indudable que en la actual crisis todo depende de la indulgencia; porque la devoción del general Bravo por la causa de su país es unánimemente reconocida en toda la Nueva España. Por tanto, si se hace el intento de castigar muy severamente un paso que todos deben deplorar, aunque nadie pueda juzgar sus causas sin conocimiento de las circunstancias que han excitado las pasiones en ambos bandos y han hecho que la hostilidad política se convierta en personal, se verá que el derramamiento de sangre sólo conduce a más derramamiento de sangre y que una larga serie de calamidades puede todavía nublar las perspectivas de la República.

Sin embargo, confío en que estas calamidades serán evitadas. Existen en México hombres excelentes, no vinculados a los partidos cuya animosidad amenaza al país con la guerra civil. A la cabeza de ellos se encuentra el general Victoria, en cuya moderación y honorables intenciones se puede depositar la confianza más íntima. Deél y de sus amigos espero la preservación de la tranquilidad. Él está totalmente convencido de que es necesaria, y yo creo que si su influencia se utiliza adecuadamente, ello bastará para asegurarla.

A pesar de su corta duración, la reciente contienda ha hecho ya incalculable daño y ha destruido la buena reputación que México estaba empezando a adquirir en Europa, debido a la fidelidad con que al principio cumplía sus compromisos con los inversionistas extranjeros. Las disensiones, que bordean la guerra civil, cualesquiera que sean las causas que las originen, tenderán a disminuir la demanda comercial y, con ello, los recursos generales del país. Las aduanas deben ser consideradas como base de todas las rentas de México, no sólo porque en sí mismas constituyen su más importante ramo, sino porque facilitan la recaudación de todos los otros ramos, poniendo a disposición del Ejecutivo el dinero sin el cual en un nuevo país no se puede organizar ningún sistema de administración ni se puede exigir obediencia.

Lo que yo esperaba de ellas hace seis meses, está indicado en la Sección IV del Libro Tercero, en donde calculé que su producción probable durante el presente año sería de ocho millones de dólares. Ahora no existe la menor perspectiva de que esos cálculos resulten correctos. Se me ha informado que la tercera parte de los pedidos hechos por nuestros comerciantes para la presente temporada han sido cancelados, como consecuencia de la situación inestable y de la zozobra que la expulsión de los españoles antiguos ha ocasionado en el mundo comercial; y aunque ya parece haber pasado la tormenta, es dudoso que se restablezca totalmente la confianza en tanto no se decida la elección para la presidencia, que tendrá lugar en octubre.

Me despediré ahora del único aspecto desagradable de mi presente tema. No he esbozado las páginas anteriores sin sentirme afligido, pues estoy personalmente conectado con la mayoría de las personas de quienes me he visto obligado a hablar. Durante tres años completos, el general Victoria me honró con una amistad muy franca y confidencial, y me hallaba en términos de frecuente y amistosa comunicación tanto con el general Bravo como con muchos de los jefes de los partidos rivales. Por tanto, no trataré de negar que escribo bajo la influencia de estos recuerdos, y que sentimientos de naturaleza privada y pública me inducen a esperar que lo pasado quede en el olvido: ya que la única manera de evitar los males, que de otro modo caerán de seguro sobre el país, es que el partido victorioso, a través de su moderación, se muestre digno de la ascendencia que ha adquirido.

Ya he abusado de la paciencia de mis lectores a un grado mucho mayor del que esperaba al principio, cuando me eché a cuestas la tarea de preparar para su publicación mis notas sobre México. Sin embargo, confío en que no sea inútil pedir su indulgencia para unas cuantas reflexiones con que concluiré.

La falta de personas prestigiadas, o mejor dicho, de una persona tan noble que pueda ejercer, como Bolívar, una influencia universal, ha sido tan comentada en Europa como desventajosa para la Nueva España.

En un sentido tal vez sea así, ya que sin duda esa carencia retrasa el progreso de las regiones del país que se verían empujadas en la carrera de la civilización por ese impulso que sólo puede dar el poder concentrado en las manos de un individuo; pero, por otro lado, asegura la estabilidad de las actuales instituciones, haciendo que las innovaciones sean difíciles; pues, sean buenas o malas, no es por medio de cambios súbitos o violentos como esas instituciones se deben enmendar.

Esa situación es asimismo favorable para el desarrollo gradual de los recursos del país, porque elimina las trabas a la actividad de las personas, que generalmente son creadas por la preponderancia de un solo individuo. En territorio tan vasto y hasta la fecha tan poco explorado, ningún gobierno centralizado, no importa su energía ni lo benéfico de sus intenciones, podría poseer suficiente conocimiento de las circunstancias locales para lograr el bien que desea. Con el actual sistema, todos los asuntos internos de los estados se dejan a sus propios cuidados; y con excepción de unas cuantas limitaciones respecto al comercio extranjero, quedan en libertad de adoptar sin restricción cualquier plan de mejoramiento que juzguen adecuado a las peculiaridades dé sus respectivos territorios.

He tenido frecuentes ocasiones de investigar su aptitud para mantener este sistema. Hasta cierto punto, ha quedado ya demostrada; y el relato de mis visitas al interior comprobará que, dondequiera que se ha colocado al frente de los asuntos a una persona actis,a, las provincias han hecho buen uso de la libertad de acción que se les ha confiado. En Guanajuato, San Luis, Durango, Jalisco, la Puebla y Veracruz, así como en ótros estados del centro y del norte, han tenido lugar cambios importantes y se ha hecho mucho para lograr ese gradual advenimiento de un mejor orden de cosas, único del que se puede esperar un adelanto permanente.

Estoy consciente de que al emitir esta opinión me expongo a los ataques de dos diferentes clases de adversarios: primero, de aquellos que rehusan admitir el hecho de que se halla logrado algúnprogreso; y segundo, de aquellos otros que, debido a una admiración excesivamente entusiasta por las nuevas instituciones, no están dispuestos a esperar la benigna influencia del tiempo, y sostienen que mediante el ejercicio adecuado de la energía republicana se podrían haber construido caminos, trazado canales, convertido en navegables los ríos, reformado todo el sistema de administración de justicia del país, generalizado un sistema de educación y despachado el trabajo de un siglo en doce meses.

A los primeros objetaría que tal vez no han visto cuidadosamente la actual situación de la Nueva España, y que, en todo caso, al reflexionar sobre las cosas, como lo hacen, no toman suficientemente en consideración el punto en el cual los mexicanos empezaron su nueva carrera. A los segundos sólo puedo decirles que no soy de aquellos que creen en la posibilidad de reformas precipitadas. Me parece que es tan imposible forzar a la mente humana a avanzar con excesiva rapidez, como lo sería obligar a la presente generación a regresar a la supersticiosa credulidad del siglo wrr. Tampoco puede un cambio de gobierno producir un cambio simultáneo en las costumbres y opiniones de los gobernados. Puede, y de hecho debe, afectarlos en última instancia. Exaltará o degradará la reputación nacional, la fortificará o la enervará, ya sea que ofrezca más o menos campo para el desarrollo del talento individual o más o menos incentivos para su aplicación al servicio público; pero ninguna Constitución, ni aun venida del cielo con el sello de la perfección estampado en ella, podría de inmediato desarraigar los vicios engendrados por tres siglos de sumisión, ni darles el sentimiento de hombres libres a quienes, hasta ayer mismo, desconocían incluso el nombre de libertad.

Para mí, bastará con que se piense que, en este trabajo que ahora tengo el honor de someter a la consideración del público, he demostrado que en tres años realmente se ha hecho bastante, que los recursos del país son indiscutibles y que no sólo existen las simientes de su grandeza futura, sino que han empezado a desarrollarse en grado considerable. Sólo se necesita tranquilidad interna para que lleguen a la madurez; y sintiendo un interés muy vivo por el bienestar de México, tanto debido a mi larga estancia en el país como a mi convicción de que los intereses comerciales de Gran Bretaña están muy íntimamente conectados con la prosperidad del Nuevo Mundo, es mi ferviente esperanza que esta bendición no le sea negada. Si falta algo más, la naturaleza y el tiempo lo proveerán.