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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1821 Carta de Guerrero a Iturbide

20 de Enero de 1821

Señor don Agustín de Iturbide.-

Muy señor mío: Hasta esta fecha no llegó a mis manos la atenta carta de Vd. de 10 del corriente; y como en ella me insinúa que el bien de la patria y el mío le han estimulado a ponérmela, manifestaré los sentimientos que me animan a sostener mi partido. Como por dicha carta descubro en Vd. algunas ideas de liberalismo, voy a explicar las mías con franqueza, ya que las circunstancias van proporcionando la ilustración de los hombres, y desterrando aquellos tiempos de terror y barbarie en que fueron envueltos los mejores hijos de este desgraciado suelo. Comenzaremos por demostrar sucíntamente los principios de la revolución, los incidentes que hicieron más justa la guerra, y obligación a declarar la independencia.

Todo el mundo sabe que los americanos, cansados de promesas ilusorias, agraviados hasta el extremo, y violentados, por último, de los diferentes gobiernos de España, que levantados entre el tumulto, uno después de otro, sólo pensaron en mantenernos sumergidos en la más vergonzosa esclavitud, y privarnos de las acciones que usaron los de la península para sistemar su gobierno durante la cautividad del rey, levantaron el grito bajo el nombre de Fernando VII, para substraerse sólo de la opresión de los mandarines. Se acercaron nuestros  jefes a la capital, para reclamar sus derechos ante el virrey Venegas, quien asociado al real acuerdo deshechó toda propuesta, y el resultado fue la guerra. Esta nos la hicieron formidable desde sus principios, y las represalias nos precisaron a seguir la crueldad de los españoles.

Cuando llegó a nuestra noticia la reunión de las cortes de España creíamos que calmarían  nuestras desgracias en cuanto se nos hiciera justitia. ¡Pero qué vanas fueron nuestras esperanzas cuando dolorosos desengaños nos hicieron sentir efectos muy contrarios a los que nos prometíamos! ¡Pero qué decir en qué tiempos! Cuando agobiada España, cuando oprimida hasta el extremo por un enemigo poderoso estaba próxima a perderse para siempre; cuando más

necesitaba de nuestros auxilios para su restauración, entonces... descubren todo el daño y oprobio con que siempre alimentan a los americanos; entonces declaran su desmesurado orgullo y tiranía; entonces reprochan con ultraje las humildes y justas representaciones de nuestros diputados; entonces se burlan de nosotros y echan el resto a su iniquidad; no se nos concede la igualdad de representación, ni se quiere dejar de conocernos con la infame nota de colonos, aun después de haber declarado a las Américas parte integrante de la monarquía. ¡Horroriza una conducta como ésta, tan contraria al derecho natural, divino y de gentes! ¿Y qué remedio?

Igual debía ser a tanto mal. Perdimos la esperanza del último remedio que nos quedaba, y estrechados entre la ignominia y la muerte, preferimos ésta, y gritamos: ¡Independencia y odio a aquella gente dura! Lo declaramos a nuestros periódicos a la faz del mundo, y aunque desgraciados y que no han correspondido los efectos a los deseos, nos anima una noble resignación y hemos prometido ante las aras del Dios vivo ofrecer en sacrificio nuestra existencia, o triunfar y dar vida a nuestros hermanos.

En este número esta Vd. comprendido, ¿y acaso ignora algo de lo que llevo expuesto? ¿Cree Vd. que los que en el tiempo en que se trataba de su libertad y decretaron nuestra esclavitud, nos serán benéficos ahora que la han conseguido y están desembarazados de la guerra? Pues no, no hay motivo para persuadirnos que ellos sean tan humanos. Multitud de recientes pruebas tiene Vd. a la vista; y aunque el transcurso del tiempo le haya hecho olvidar la afrentosa vida de nuestros mayores, no podrá ser insensible a los acontecimientos de estos últimos días. Sabe Vd. que el rey identifica nuestra causa con los de la península, porque los estragos de la guerra, en ambos hemisferios, le dieron a conocer la voluntad general del pueblo; pero véase cómo están reputados los caudillos de ésta, y la infamia con que se pretende reducir a los americanos. Dígase con qué causa puede justificarse el desprecio con que se miran los reclamos demandados de Ultramar sobre innumerables puntos de gobierno, y en particular sobre la falta de representación en las cortes. ¿Qué beneficio le resulta al pueblo cuando para ser ciudadano requiérense tantas calidades que no se encuentran, maliciosamente, en la mayor parte de los americanos? Por último, es muy dilatada esta materia, y se podrían asentar multitud de hechos que no dejarían lugar a la duda; pero no quiero ser tan molesto, porque Vd. se halla penetrado de estas verdades, y advertido de que cuando todas las naciones del universo están independientes entre sí, gobernadas por los hijos de cada una, sólo la América depende afrentosamente de España, siendo tan digna de ocupar el mejor lugar del teatro universal.

La dignidad del hombre es grande; pero ni ésta ni cuanto pertenece a los americanos han sabido respetar los españoles. ¿Y cuál es el honor que nos queda dejándonos ultrajar tan escandalosamente? Me avergüenzo al contemplar sobre este punto, y declamar eternamente contra mis mayores y contemporáneos que sufren tan ominoso yugo.

Hé aquí declarado brevemente cuanto puede justificar nuestra causa y la que llenará de oprobio a nuestros tiranos opresores. Convengamos en que Vd. equivocadamente ha sido uno de nuestros mayores enemigos y que no ha perdonado medios para asegurar nuestra esclavitud; pero si entra en conferencia consigo mismo, conocerá que siendo americano ha obrado mal; que su deber le exige lo contrario; que su honor le encamina a mayores empresas, dignas de su reputación militar; que la patria espera de Vd. mejor acogida; que su estado le ha puesto en sus manos fuerzas capaces de salvarla; y que si nada de esto sucediese, Dios y los hombres castigarán su indolencia.

Éstos a quienes Vd. reputa como enemigos, están tan distantes de serlo, que se sacrifican gustosos para solicitar el bien de Vd. mismo; y si alguna vez manchan sus espadas de sangre de sus hermanos, lloran su desgracia, porque se han constituido sus libertadores y no sus asesinos; mas la ignorancia de éstos, la culpa de nuestros antepasados y la más refinada perfidia de los hombres, nos han hecho padecer males que no debiéramos, si en nuestra educación varonil nos hubiesen inspirado el carácter nacional.

Usted y todo hombre sensato, lejos de irritarse con mi rústico discurso, se gloriarán de mi resistencia, y sin faltar a la racionalidad, justitia y sensibilidad no podrán regsargüir a estas, mis reflexiones, supuesto que no tienen otros principios que la salvación  de nuestra patria, por la que Vd. se manifiesta interesado. Si ésta inflama a Vd., ¿qué pues le retarda para declararse por la más pura de todas las causas? Sepa Vd. distinguir, y no se  confunda; defienda Vd. sus verdaderos derechos, y esto le labrará la corona más grande: entienda Vd. que yo no soy de aquellos hombres que aspiran a dictar leyes, ni pretendo erigirme en tirano de mis semejantes; decidase Vd. por los verdaderos intereses de la nación, y entonces tendrá la satisfacción de verme militar a sus órdenes, y conocerá un hombre desprendido de la ambición y que sólo aspira a sustraerse de la opresión, y no a elevarse sobre las ruinas de sus compatriotas.

Esta es mi decisión, y para ello cuento con una fuerza regular, disciplinada y valiente, que a su vista y con la opinión del general de los pueblos huyen despavoridos cuantos tratan de sojuzgarla; que está decidida a sacudir el yugo o morir, y con el testimonio de mi propia consciencia, que nada teme, cuando por delante se le presenta la justitia en su favor.

Comprenda Vd. que nada me sería más degradante como el confesarme delincuente, y admitir el indulto que ofrece a nombre del gobierno, del cual he de ser contrario hasta el último aliento de mi vida; mas no me desdeñaré de ser un subalterno de Vd. en los términos que digo; asegurándole que no soy menos generoso, y que con el mayor placer entregaría en sus manos el bastón con que la nación me ha condecorado.

Convencido, pues, de tan terribles verdades ocúpese Vd. en beneficio del país en que ha nacido, y no espere el resultado de los diputados que marcharon a la península, porque ni ellos han de alcanzar la gracia que pretenden, ni nosotros tendremos necesidad de pedir por gracia lo que se nos debe de justitia, por cuyo medio veremos prosperar este fértil suelo y nos eximiremos de los gravámenes que nos causa el enlace con España.

Si en ésta, como Vd. me dice, reinan las ideas más liberales que conceden a los hombres sus derechos, nada le cuesta en ese caso dejarnos el uso libre de todos los que nos pertenecen, así como nos los usurparon el dilatado tiempo de tres siglos. Si generosamente nos dejó emancipar, entonces diremos que es un gobierno benigno y liberal; pero si, como espero, sucede lo contrario, tenemos fuerza y valor para conseguirlo.

Soy de sentir que lo expuesto es bastante para que Vd. conozca mi resolución y la justitia en que me fundo, sin necesidad de mandar sujeto a discutir sobre propuestas algunas, porque nuestra única divisa es INDEPENDENCIA Y LIBERTAD. Si este sistema fuese aceptado por Vd. conformaremos nuestras relaciones; me explayaré más, combinaremos planes, y protegeré de cuantos modos me sea posible sus empresas; pero si no se separa del constitucional de España, no volveré a recibir contestación suya, ni verá más la letra mía.

Le anticipo a Vd. esta noticia para que no insista ni me note de impolítico, porque ni me ha convencer nunca a que abrace el partido del rey, sea el que fuere, ni me amedrentan los millares de soldados, con quienes estoy acostumbrado a batirme. Obre Vd. como le parezca, que la suerte decidirá, y me será más glorioso morir en la campaña que rendir la cerviz al tirano.

Nada es más compatible con su deber que el salvar la patria, ni tiene otra obligación más forzosa. No es Vd. de inferior condición que Quiroga, ni me persuado que dejará de imitarle osando emprender como él mismo aconseja. Concluyo con asegurarle, que en vista de las circunstancias favorables a que hemos llegado, la Nación está para hacer una explosión general; que bien pronto se experimentarán sus efectos; y que me será sensible perezcan en ellos los hombres que, como Vd.,deben ser sus mejores brazos.

He satisfecho al contenido de la carta de Vd. porque así lo exige mi crianza, y le repito, que todo lo que no sea concerniente A LA TOTAL INDEPENDENCIA, lo disputaremos en el campo de batalla.

Si alguna feliz mudanza de Vd. me diere el gusto que deseo, nadie me competirá la preferencia en  ser su más fiel amigo y servidor, como lo promete su atento

Q. S. M. B.- Vicente Guerrero.-

Rincón de Sto. Domingo, a 20 de enero de 1821.-