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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1821 Carta de Iturbide al señor Juan Ruiz de Apodaca

28 de Abril de 1821

Excelentísimo señor:

Penetrado de un vivo sentimiento he visto que mis sanas ideas de independencia y felicidad de estos países no se han insinuado en el corazón de Vuestra Excelencia, por el contrario, denigrando mis planes a la faz del mundo, llama hipocresía a mis sentimientos religiósos, ambición a mi desinterés, ingratitud a mi patriotismo y sedición a mi filantropía. Qué dolor Sr. Excelentísimo, que no pueda Vuestra Excelencia, contestar a la razón con razones, sino con sarcasmos y dicterios! Buena desdicha es por cierto tener que combatir de tan raro modo a la verdad y a la justicia, despreciando la moral por sostener un partido marcado por todas sus fases con el sello de la iniquidad. Concedo a Vuestra Excelencia, que es responsable Vuestra Excelencia, a la España de todo este continente, pero Vuestra Excelencia no me negará que también es responsable al cielo de todos los males que va a producir una guerra furiosa que puede evitar. Mas si en las responsabilidades que a Vuestra Excelencia se ofrecen entre Dios y la España, pesa más ésta, buen provecho le haga. Si se ve la cosa por el orden político, permítame Vuestra Excelencia le pregunte... ¿Qué espera Vuestra Excelencia, de la Corte de Madrid? ¿Qué podrá darle la miserable Península en la turbulenta época de su mayor trastorno y miseria?, y viceversa, ¿cuánto podrá ser la familia de Apodaca en la vasta y opulenta América, rica, franca y agradecida? Mas si ni la religión ni el lucro temporal bastan a convencer esos sentimientos del mal entendido honor en que se apoya Vuestra Excelencia, y cree que con mi muerte remachará los grillos de mi Patria, se engaña en ello, porque abundan aquí paisanos míos más aptos que yo para concluir mi empresa felizmente. Sea tarde o sea temprano el Septentrión de América debe separarse de España aunque pese al tiranismo: Y estoy persuadido, según lo que palpo, de que para concluir mi obra no necesitaré de los socorros que puedan franquearme las naciones extranjeras con quienes he cuidado de entablar relaciones. En ellas se parlará algún día la conducta con que me he gobernado, y aunque no aspiro a sus elogios, me congratulo de estar indemnizado ante Dios y los hombres, del modo y términos con que substraigo a mi Patria de sus asesinos y ladrones. Extrañará a Vuestra Excelencia este idioma, pero ya es preciso contestar en el mismo en que se me habla, y plegue a Dios que no haga lo propio con respecto a las armas, porque... en fin, no llegue el día en que pese a Vuestra Excelencia su obstinada resolución, sino que conociendo cuán iguales son los derechos de todo hombre, penetre cuán justas, racionales y ordenadas son las reclamaciones de los infelices americanos, y que su defensor amante ha convidado a Vuestra Excelencia, con su bien y la Paz que fueron los preludios y voces de mi empresa.

Deseo el bien de Vuestra Excelencia, y veo que será trascendental a mi Patria, en la que debiendo hacer inmortal su nombre reuna una suerte cual ninguno otro español había disfrutado. Mas si mis insinuaciones se desprecian, no por eso dejaré de cumplir mis deberes, pues estoy en la palestra comprometido a obrar con la energía y tesón que lo grande de la obra demanda. Vuestra Excelencia, por su parte, hará lo mismo, y repito sentiré el que sea una víctima desgraciada de su sistema, pues ciertamente apetece su bien este servidor atto. que besa su mano.

Agustín de Iturbide.