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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1821 Manifiesto al mundo sobre la justicia y la necesidad de la independencia de la Nueva España. Manuel de la Bárcena.

1821

 

[España y Anáhuac: dos mundos incompatibles]

El antiguo y e! nuevo continente eran dos mundos enteramente desconocidos el uno al otro, y los reinos de España y Anáhuac nada habían tenido nunca. de común entre sí, pero nació un Colón y la América fue descubierta; siguióse un Cortés, que conquistando a México agregó la corona de Moctezuma II a la corona de Carlos V. Jamás vieron los siglos una tan injusta y repugnante unión de reinos; pues separados por un inmenso océano, parece' que la misma naturaleza los había destinado, no sólo a una mutua independencia, sino también a un eterno olvido.

Por otra parte el clima, la índole, el idioma y las costumbres de las dos naciones, eran tan diferentes cuanto no cabe más en la especie humana; pero la fuerza de las armas trastornó los planes de la naturaleza, y reuniendo bajo un cetro pueblos tan distantes y tan heterogéneos, formó un monstruo político. Si no se hubiera visto, parecería increíble que estado tan violento hubiera podido durar trescientos años; los duró en efecto; pero ya gastados por el tiempo y por la tirantez se rompieron los fierros con que la injusticia había encadenado a la inocencia.

[El problema de la guerra justa]

Si jamás hubo en el mundo alguna guerra injusta, ninguna lo fue tanto como ésta. ¿Qué injurias le había hecho la nación mexicana a la española? ¿Qué le había quitado? ¿Qué le debía? Otras guerras cuando les han faltado causas legítimas, han tenido siquiera pretestos; pero en ésta no hubo ni causa ni pretesto, pues eran dos naciones recíprocamente incógnitas desde la creación. Faltó también la autoridad legítima: ningún súbdito sin anuencia del Soberano, puede mover armas contra otro. El declarar la guerra pertenece solamente a los que tienen la autoridad suprema, si no, no habría orden ni paz entre los mortales. [2]

Pero aquí un particular que no tenía ningún carácter público, y que en rigor era un alzado, por sí y ante sí, emprende y concluye una solemne guerra pública, ¿y esto se quiere defender? ¿Dónde está el derecho de gentes? ¿O se cree todavía que los indios no pertenecen al género humano? Lo que el Monarca español debía haber hecho era castigar al conquistador y restituir la corona a su dueño; pero no suele hallarse tanta probidad en los hombres. Respecto a Cortés, no es mi ánimo infamarle, admiro sus virtudes políticas y militares; mas, en cuanto a las morales, fue otra cosa.

Ni se diga que las circunstancias le obligaron a la guerra, porque ¿ quién le compelió a entrar de mano armada en país extraño? ¿Quién le mandó penetrar hasta México contra la voluntad de Moctezuma? Ni era embajador, como él se fingía, ni los embajadores hacen su entrada con ejércitos; y si las circunstancias le obligaron, él buscó las circunstancias que le obligaran.

[Evangelización no es título de conquista]

¿Cuál fue, pues, el derecho con que la España se apoderó de México? ¿Acaso la propagación del Evangelio? Pero el Evangelio no es Alcorán, que se propaga con los alfanges; no hay cosa más opuesta al espíritu evangélico que la violencia; ya se acabaron los tiempos del fanatismo, cuando se creía que la Religión católica autorizaba a los que la profesaban para atropellar a los que no la profesaban. Este modo de pensar, dice Montesquieu, fue el que alentó en sus crímenes a los destructores de América; ésta fue la bella idea sobre que fundaron el derecho de hacer esclavos tantos pueblos; porque estos hombres, que querían absolutamente ser cristianos y ser ladrones, eran muy devotos? 3

¿Acaso la donación de Alejandro VI? Pero los Papas no tienen dominio temporal sobre los reyes; Jesucristo dijo: "Mi reino no es de este mundo." Éste es el dogma; lo contrario es error. Óigase lo que respondió Atahualpa al padre Balverde, cuando éste le anunciaba que el Sumo Pontífice había dado el reino del Perú a los Reyes de España: "Yo no sé, dijo el Inca, yo no concibo como ese Pontífice que dices pudo dar a otro lo que no era suyo".

¿ Acaso la conquista? Pero ella fue efecto de la guerra, y en una guerra injusta todos sus efectos son injustos. [4] Además, para la conquista se necesita aún mayores causas que para la guerra; muchas veces es lícito el defenderse, y el ofender; pero no el matar. En fin, el derecho de conquista es el de la fuerza, lo mismo que el derecho de los ladrones.

[La cuestión del juramento]

No tuvo pues la Península título legítimo para la adquisición de estos países; ni tampoco le tiene para retenerlos. Alegará la prescripción, pero la prescripción se ha introducido solamente por ley civil, y no tiene lugar, ni entre los pueblos libres, ni entre los Reyes. La libertad del hombre y la soberanía de las naciones son cosas imprescriptibles. Además, para que la prescripción sea legítima ha de haber buena fe, justo título y posesión pacífica; y aquí todo ha faltado. Faltó la buena fe, pues la corona de México tenía dueño conocido, y si Carlos V la miró desde luego como corona mostrenca, gracias a su moralidad. Faltó también título justo, pues la cesión de Moctezuma fue tan legal como la de un caminante que cede su bolsa a los salteadores. Faltó en fin la posesión pacífica; díganlo si no las crueles guerras que se siguieron a la renuncia de Moctezuma. Si después ha estado este reino en paz, ha sido la paz de las mazmorras, y no ha dejado de haber de cuando en cuando sus centellas de guerra.

Alegará también el juramento de fidelidad; y éste es el Aquiles de los contrarios. Podía responderse, primero: que el tal juramento no es obligatorio, porque fue efecto de miedo grave; segundo, que la mayor parte del pueblo no juró, y por consiguiente no contrajo ninguna obligación; tercero, que la necesidad es sobre toda ley, y no hay religión que obligue a cosa injusta o imposible. Pero con más claridad y solidez: ¿ qué fue lo que juramos? ¿Fidelidad al Rey? Se la guardamos; que nos gobierne el Rey, eso es lo que queremos: fidelidad al Rey; pero no a los virreyes serviles y despóticos, no a los intrusos y temerarios; juramos obediencia a las leyes, pero no a los tiranos; a las leyes, no a las arbitrariedades; juramos cumplir la Constitución, pero ella (después lo veremos) no se ha cumplido con nosotros. La España con su proceder nos ha dispensado el juramento. El pacto está disuelto. Además, en la misma Constitución hemos jurado ser ciudadanos, ser iguales ante la ley; hemos jurado no ser esclavos, no se nos quiera pues eludir como a niños, no se nos quiera fascinar con juramentos, que los juramentos no se instituyeron para vínculos de iniquidad; respetamos como el que más la religión del juramento: somos cristianos por la gracia de Dios; pero no somos fatuos. En una palabra: hemos jurado ser leales; pero no hemos jurado ser bestias.

Ahora decidme, hermanos peninsulares: ¿ tuvisteis vosotros por justa la conquista de España por los moros, aunque para ello hubo, no diré razones, pero sí pretestos?

¿ Tuvisteis por prescriptiva la posesión moruna, aunque ella pasó de setecientos años? ¿Tuvisteis por válida la renuncia de Fernando VII que no fue tan violenta como la de Moctezuma? ¿ Tuvisteis por obligatorio el juramento prestado a José Bonaparte, y el que hicisteis a Fernando antes que fuese Rey Constitucional? ¿No decíais también que un pueblo no es un rebaño de ovejas que pueda donarse? ¿ Que la soberanía de una nación reside en ella, y que no puede perderla por ningún caso? Pues hermanos míos, seamos justos y consecuentes, y confesemos de buena fe, que la España no tiene derecho para dominar al pueblo mexicano, y que éste sí la tiene para reclamar contra la usurpación de su soberanía y recobrar su independencia.

[El desarrollo de la Colonia]

Y aunque no tuviera este derecho como nación tiranizada, le tendría como colonia poderosa. Toda colonia conserva en su seno la semilla de la independencia, que si la fecundan nace, y si la cultivan crece, hasta hacerse un árbol robusto. Son las colonias con respecto a las metrópolis, lo que los hijos con respecto a los padres les están sujetos mientras necesitan de su protección; mas cuando llegan a la edad varonil, entonces la misma naturaleza los llama a formar nuevas familias. Así las colonias, mientras son débiles, permanecen unidas con la madre patria; pero en llegando a tener fuerzas suficientes para subsistir por sí mismas, se emancipan, y es tan difícil que esto no suceda, como lo es el que un niño, si vive, deje de llegar a ser hombre. Lo mismo se ve en los brutos: el débil ternero se hace con el tiempo un toro vigoroso; el polluelo que se cría bajo las alas de la gallina, después de pocos meses ya es un gallo; el pajarillo no permanece en el nido más que hasta que empluma y le crecen las alas, que entonces luego se echa a volar y se hace independiente. Ésta es la ley de la naturaleza en todos los seres animados.

y éste ha sido igualmente el origen y la marcha de todas las naciones: todas en sus principios fueron niñas y ninguna nació de la tierra; todas han salido de un tronco, y se han ido haciendo independientes conforme iban llegando a un crecimiento suficiente; por eso dice bien Monseñor de Pradt: que la dependencia o independencia de las colonias, es cuestión que pertenece más a la naturaleza que a la política.[6] Y otros sabios habían dicho antes, que la emancipación de una colonia, puede pronosticarse por cálculos, casi con la misma certeza que un eclipse.

Falta demostrar que la Nueva España se halla ya en este caso. Su extensión es más de seis veces mayor que la de España, pues contiene 144,460 leguas cuadradas y como goza de toda clase de temperamentos, se encuentra en ella de cuanto produce la naturaleza en el globo terrestre; ciencias y artes posee las necesarias, y para el comercio tiene grandes ventajas, así por sus productos minerales, vegetales y animales, como por su situación geográfica. La población pasa de seis millones; y no llegaba a tres la de los Estados Unidos cuando se emanciparon. En cuanto a la guerra, no somos muy novicios, tenemos cerca de 50,000 veteranos, y más de 100,000 milicianos, todos decididos a cambiar la vida por la independencia, y todos ejercitados en las armas con una guerra de doce años. En fin, los varios intereses de las naciones nos darán aliados, y la misma naturaleza defenderá el país, como en Santo Domingo; ella combatirá por nosotros, oponiendo en las costas una atmósfera mortífera, y en lo interior estrechos más difíciles que las Termópilas, y montañas gigantes que dejan muy abajo a los Alpes. Tal es la situación de Nueva España.

[Derecho a la Independencia y gratitud]

En vano se diría que los españoles americanos no tienen más derecho, que el que les dejaron sus padres los conquistadores. Nuestros causantes fueron los primeros que esparcieron el germen de la independencia. Colón [7] fue acusado de que quería separarse de la España, bajo la protección de una potencia extranjera; y si esto no era verdad ¿por qué le prendieron y le engrillaron? Cortés fue degradado y perseguido, porque se temió de él que se alzase con este reino. Los Pizarros llegaron a declararse enteramente independientes, y se mantuvieron en ello hasta perder la. vida. Tan antiguo así es el proyecto de la independencia americana: él nació junto con la conquista. En segundo lugar, el derecho del hijo para emanciparse, no le hereda del padre sino de la misma naturaleza. ¿ De dónde les viene a los españoles peninsulares su derecho a la igualdad legal y a la libertad civil? ¿ Acaso de sus padres? No, porque sus padres no tuvieron ni una ni otra.

En vano también alegaría la Metrópoli, que ella fundó la colonia; que la hizo grandes beneficios; que la ha poseído largo tiempo, este símil lo esplicará: un padre dio el ser a su hija, la crio con mil esmeros, la ha tenido consigo muchos años; llega la joven a la edad competente, y quiere ser madre de familia; el padre-no la deja, ¿quién tiene más razón?

Verdad es que muchas veces una colonia, o por gratitud, o por amor, o por temor, o por conveniencia, no efectúa su emancipación tan pronto como pudiera; pero siempre le queda su derecho a salvo, para usar de él cuando le convenga, y se le ofrezca ocasión oportuna. No pudo ser ésta mejor que la que se nos presentó el año de ocho, con la entrada de los franceses en Madrid, y la renuncia de la corona hecha por el poseedor, y por sus inmediatos herederos; con esto se disolvió la monarquía, y aun cuando el pueblo español hubiera conservado su unidad, siempre quedaron rotos los lazos de la dependencia de este Reino, pues él no estaba sujeto al pueblo español, sino al, Rey de España, y éste faltó.

Hubo también después variación substancial en el estado, pues pasó de casi despótico, a casi democrático; hubo nuevo pacto, en el cual cada parte pudo entrar, o no entrar, y fue una presunción ridícula de la tumultuaria junta de Sevilla el titularse Soberana de España y de las Indias, porque éstas quedaron en plena libertad de constituirse a sí mismas. La Nueva España lo intentó desde luego, capitaneando el Ayuntamiento de México; pero un gobierno despótico, es un nudo gordiano, más fácil de cortar que de desatar. Varias causas detuvieron la empresa, hasta que el día diez y seis de septiembre de 1810 la precipitó Hidalgo con un pueblo bisoño en la guerra, y con sólo las armas que el furor ministraba; no aprobamos su conducta, fue impolítica y sanguinaria, y no se le halla disculpa sino en la misma desesperación que le arrebató, viendo repelidos y abandonados los derechos de su patria: el fin era justo, los medios fueron injustos y desordenados. Faltaba al reino un hombre, ya le tiene, ahora ya es otro el sistema y otros los medios; ahora ya son, como se ha visto, luminosos, y eficaces para la independencia; y aunque no lo fueran tanto, siempre la intentaríamos, porque la necesidad nos lo está mandando Imperiosamente.

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Déjanos pues, ¡oh España! déjanos gozar de nuestra libertad: si nos has hecho beneficios, corona tu obra, y sea la instalación de la monarquía Mexicana el último acto de tu autoridad paternal. Danos un Rey, y conviértase la cadena de la dependencia, en lazos de amor, piedad y gratitud; considera que el padre que nunca quisiera reconocer a su hijo como hombre, será injusto porque no se crece para no salir de niño.

Héroes de la España, Quiroga, Riego, Arcoaguero, y Vosotros Argüelles, Flores, Herreros,7 antorchas y columnas de la constitución española, vosotros nos habéis enseñado a ser libres, no neguéis vuestra doctrina, no contradigáis a vuestro ejemplo; no os opongáis a nuestra justa y necesaria independencia; ni menos os opongáis vosotros, europeos beneméritos, conciudadanos nuestros. ¡Ay! ¡Evitemos el que resucite una guerra como la pasada! No lo permita Dios: vivid seguros, que ésta es vuestra patria, y confiad en vuestros dulces compatriotas americanos; cada uno de ellos es otro José que os dice: no temáis que yo soy vuestro hermano; y vosotros sois los Benjamines.

 

1. Hugo Grotius, De Jure Belli ad Pacis, 1, 3, 4, 2.
2. San Agustín, Contra Fausto, lib. 22, cap. 74.
3. Montesquieu, Espíritu de las Leyes, lib. 5, cap. 4.
4. Grotius, De Jure Belli, 3, 10, 13.
5. Ibid., 2, 4, 1.
6. Dorninique Georges Pradt, De las Colonias y de la Revolución actual de América, 2 vols., Burdeos, 1817, II, p. 101.
7. Referencia a los más importantes líderes del movimiento constitucional de España: los generales Antonio Quiroga, Rafael Riego, Arco-Agüero; y los diputados Agustín ArgüeIles, Álvaro Flores Estrada y Manuel García Herreros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: Manuel de la Bárcena. Manifiesto al mundo. La justicia y la necesidad de la Independencia de la Nueva España. Puebla, Mariano Ontiveros, 1821. Ésta es una reproducción parcial. Los subtítulos son míos.
Tomado de: Morales Francisco. Clero y Política en México (1767-1834) Algunas ideas sobre la autoridad, la independencia y la reforma eclesiástica. México. Secretaria de Educación Pública. 1975. 198 pp.