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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1821 Entrada de Iturbide a la Ciudad de México.[1831]

Lorenzo de Zavala
 
Entrada de Iturbide en México

El día 27 de septiembre de 1821, once años once días desde el grito dado en el pueblo de Dolores, entró en México el ejército trigarante en medio de las aclamaciones del pueblo y de una alegría general. Iturbide era el ídolo a quien se tributaban todos los homenajes, y los generales Guerrero y Bravo, nombres venerables por sus antiguos servicios, casi estaban olvidados en aquellos momentos de embriaguez universal. Se percibían algunas veces los gritos de viva el emperador Iturbide; pero este jefe tenía la destreza de hacer callar aquellas voces, que podían alarmar a los dos partidos que ya comenzaban a pronunciarse, y eran el de los republicanos y el de los borbonistas. Ya se habían despertado estos recelos cuando la entrada en la Puebla de los Ángeles, con motivo de los gritos del pueblo, que pedía por emperador al generalísimo del ejército nacional, y más que todo porque se sabía que el obispo D. Joaquín Pérez, a quien hemos visto tomar tantos colores, había aconsejado a Iturbide que se coronase. Es evidente que en aquellos momentos hubiera sido fácil la empresa, porque no se habían organizado los partidos que después hicieron la guerra a este caudillo desgraciado. Si desde el principio concibió el proyecto de hacerse emperador, cometió una falta muy grave en no haber preparado los medios, y en crear obstáculos a la realización de su empresa. Dentro de poco veremos a este hombre rodeado de embarazos que él mismo se formó, de manera que no pudo hacer ninguna cosa útil a su patria, ni menos satisfacer su ambición, que no podía ocultar a pesar de las fingidas demostraciones de desprendimiento, que servían más para descubrir que para ocultar sus intenciones. Iturbide se parecía a aquellos herederos de grandes caudales, que no conociendo el valor de sus riquezas las desperdician. Muy poco había costado a este jefe el triunfo sobre los enemigos de su patria y la conquista de la opinión pública que anteriormente le era enteramente contraria, y creyó que podía disponer de ella como se usa de un capital para compras y ventas. Su superioridad facticia le causó una ilusión funesta; porque pensaba que ninguno se atrevería a disputarle ni la primacía, ni sus derechos al reconocimiento público. Olvidaba tantos héroes desgraciados que le habían precedido, y su mayor desgracia y desacierto fue proponerse por modelo al hombre extraordinario que acababa de desaparecer en Santa Elena. ¡Cuántos hombres se han perdido por estas ridículas pretensiones!

Ocupada la capital, se trató inmediatamente de organizar un gobierno provisional mientras se reunía el congreso, conforme a la convocatoria que debía formar una junta nombrada por Iturbide, encargada interinamente del poder legislativo. Se nombró una regencia, compuesta del mismo Iturbide, como presidente, del señor D. Manuel de la Bárcena, del obispo de Puebla D. Joaquín Pérez, D. Manuel Velázquez de León, y D. Isidro Yáñez. Este cuerpo debía ejercer el poder ejecutivo, y se procedió al nombramiento de una asamblea, compuesta de cuarenta miembros, que, como he dicho, debía ejercer el poder legislativo, mientras el congreso se reunía. En esta asamblea entraron personas que no podían sufrir que Iturbide se atribuyese la gloria y quisiese recoger los frutos de la empresa conseguida. Fuesen celos, fuese un deseo desinteresado de oponerse a la usurpación de un poder arbitrario, o ya un convencimiento de que convenía una dinastía extranjera; fuese, en fin (como sucedía sin duda en algunos), un entusiasmo ciego, pero sincero por la libertad, Iturbide encontró enemigos poderosos en varios miembros de la junta llamada soberana. D. José María Fagoaga, personaje conocido por sus padecimientos, por su adhesión a la constitución española, por sus riquezas y buena moral; D. Francisco Sánchez de Tagle, igualmente estimado por sus luces y otras cualidades; D. Hipólito Odoardo, D. Juan Orbegozo; estos individuos se pusieron desde luego en el partido de la oposición y formaron una masa en que se estrellaban todos los proyectos de Iturbide.

Oigamos al mismo jefe explicarse sobre este particular.

 

Yo entré en México [dice en sus Memorias] el 27 de septiembre. En el mismo día fue instalada la junta de gobierno de que se habla en el plan de Iguala, y tratado de Córdoba. Yo mismo la nombré; pero no de una manera arbitraria, porque procuré reunir en esta asamblea los hombres de cada partido que gozasen de la mas alta reputación. En circunstancias tan extraordinarias, éste era el solo medio a que podía recurrir para satisfacer la opinión pública.

Mis medidas hasta entonces habían obtenido la aprobación general, y no se habían frustrado mis esperanzas en ningún caso. Pero luego que la junta entró en el ejercicio de sus funciones, alteró los poderes que le habían sido acordados, y pocos días después de su instalación, ya yo preví cuál sería probablemente el resultado de todos mis sacrificios. Desde este momento temblé por la suerte de mis conciudadanos. Tenía en mi mano tomar de nuevo el poder, y me preguntaba a mí mismo por qué no lo hacía, si semejante medida era necesaria a la salvación de mi patria. Consideré, sin embargo, que por mi parte sería temerario tentar esta empresa por mi solo juicio. Por otra parte, si consultase a otras personas, podía traspirarse el proyecto, y en este caso, intenciones que no habían tenido otro origen que mi amor por la patria, y el deseo de asegurar su felicidad, se hubieran quizá  atribuido a miras ambiciosas, e interpretado como violación de mis promesas. Lo cierto es, que aun cuando yo hubiese conseguido hacer todo lo que me proponía, me hubiera extraviado del plan de Iguala, cuya religiosa observancia me había propuesto, porque lo miraba como el escudo del bien público. Ved aquí los verdaderos y principales motivos, que juntos a otros de menor importancia, me impidieron tomar ninguna medida decisiva. Si lo hubiese hecho, habría chocado con los sentimientos favoritos de las naciones civilizadas, y hubiera venido a ser, al menos por algún tiempo, un objeto de execración para los hombres infatuados de ideas quiméricas, y que nunca habían sabido o habían olvidado muy pronto que la república más celosa de su libertad había tenido sus dictadores. Puedo añadir, que siempre he procurado manifestarme consecuente a mis principios, y que habiendo ofrecido establecer una junta, había cumplido mi promesa y que me repugnaba destruir mi misma obra.
 

Aunque oscuro y embarazado en el estilo, se ve en este rasgo la situación en que se hallaba este jefe a los pocos días de su entrada triunfante en México, y al mismo tiempo se descubre una parte de su carácter y de sus intenciones.

El generalísimo creó un ministerio compuesto de las personas menos a propósito para conducirlo, ni menos para sostenerlo. D. José Pérez Maldonado, anciano octogenario, sin otro género de conocimientos que los de oficina subalterna en un ramo de alcabalas, era ministro de la hacienda; D. Antonio Medina, marino honrado y con algunos conocimientos en este ramo, fue nombrado secretario de la guerra; en justicia estaba D. José Domínguez, uno de aquellos hombres cuyo único mérito es plegarse a todas las circunstancias. En el ministerio de relaciones interiores y exteriores se colocó a un eclesiástico de quien es necesario hablar con mas extensión, por la influencia que ha tenido en la caída de Iturbide, y posteriormente del general Guerrero. D. José Manuel de Herrera fue hecho prisionero por los insurgentes en la primera revolución, y tomó el partido de éstos. Algunos estudios de colegio, un talento claro y una lentitud o frialdad muy notable en sus maneras, trato y resoluciones, han contribuido a darle reputación de hombre ilustrado. En 1813 fue diputado del congreso de Chilpancingo, y posteriormente enviado por el gobierno de los insurgentes a los Estados Unidos del Norte, con el objeto de entablar relaciones, y proporcionar recursos para hacer la guerra. El señor Herrera se quedó en Nueva Orleans, en donde es claro que nada podía hacer de importancia por la causa que representaba. Regresó a su patria sin haber dado ningún paso, y tuvo la suerte que los demás en aquella época, que fue la de indultarse. Iturbide le llamó a su lado poco después del grito de Iguala, y desde entonces tuvo una influencia muy notable sobre este jefe desgraciado. Herrera es un hombre, de quien no se puede hacer una descripción positiva: es necesario para darle a conocer, sin que se ofenda la verdad, definirle negativamente, por decirlo así: no tiene conocimientos en ningún género, no tiene actividad para ninguna empresa, ni capacidad para decisiones atrevidas, ni mucho menos para resoluciones que pueden tener grandes resultados. Si tuviese una fibra fuerte, yo diría que su sistema era el fatalismo; pero si prácticamente sigue esta doctrina, es más por abandono y pereza, que por haber fundado su conducta sobre algún principio. De consiguiente, no se sabe si tiene buenas o malas intenciones; si el mal que ha hecho a su patria y a las personas que han tenido la desgracia de dejarse dirigir por él, ha sido efecto de miras tortuosas, o más bien de una absoluta carencia de acción y de toda energía, que en tiempos de convulsiones es el mayor mal que puede acontecer a un gobierno. Éste era el ministro de relaciones interiores y exteriores de la regencia. D. Agustín de Iturbide la gobernaba casi enteramente, mucho más después de la muerte de O'Donojú, que aconteció pocos días después.

Los individuos de la oposición de que he hablado, formaron un partido que adquirió mayor fuerza con el establecimiento de logias masónicas, que bajo el título de rito escocés se establecieron por ellos o sus adictos. Se filiaron en estas asambleas secretas una porción de gentes que esperaban por ellas llegar a ser diputados o empleados de cualquier género: los empleados existentes se filiaron también para conservar sus destinos. Por medio de estas sociedades se circulaban las opiniones de los grandes directores. Los republicanos, que temían por parte de Iturbide el peligro más próximo de ver establecida la monarquía, se alistaron en las filas de los borbonistas, cuyos planes tenían el grande obstáculo de la oposición de las cortes de España, y el no consentimiento de la familia llamada. Los republicanos eran los que con más exactitud discurrían: conocían la rapidez con que se propagaban los principios de igualdad, y de consiguiente sus esfuerzos debían dirigirse a evitar que entrase la monarquía de Iturbide, que estaba a la puerta. Se agregaron a este partido, que llamaremos escocés, todos los peninsulares cuyo influjo era todavía poderoso. Muchos por odio a Iturbide, como jefe de la independencia que detestaban, y esperando como último asilo su familia querida de los Borbones. Increíble era el furor con que estos restos de los conquistadores de América se expresaban contra el hombre que estaba al frente de los destinos de la nación. Parecía que su primer deber era sacrificar esta víctima a los manes de Cortés, y de consiguiente no omitían ningún medio para arruinar a Iturbide. Esta aserción tiene sus excepciones, aunque pocas. Hubo algunos que no entraron en esta coalición, pero los miembros españoles de la junta, los militares españoles que se agregaron al ejército mexicano, los propietarios y comerciantes, que eran todavía muchos, todos formaban una masa que insensiblemente fue haciéndose más formidable en proporción de que se disminuía el prestigio del que mandaba. La junta era dirigida por los doctrinarios, esos hombres de sistema que creen infalibles sus principios, y lo que es peor, que hacen tan mala aplicación de ellos. Fagoaga, Odoardo, Tagle, el conde de Heras, y otros hombres como éstos, que habían leído obras de política, sin haber visto nunca la práctica de gobernar, tenían la verbosidad que se necesita para hacer callar a los que, aunque sintiesen lo contrario que ellos, no podían contestarles. Entraron halagando al pueblo con decretos que suprimían varias contribuciones, con particularidad sobre minas. Ni era el momento de disminuir los recursos al gobierno, que tenía sobre sí graves atenciones, ni era racional tomar ninguna medida en aquel ramo, sin examinar antes los presupuestos de gastos y de ingresos; ni mucho menos una junta provisional, que debía esperar dentro de tres meses la reunión del congreso, podía, sin incurrir en una falta grave, tomar medidas de tanta trascendencia. Pero el objeto era adquirirse popularidad; y en su estrecho modo de ver, hacer palpables al pueblo los beneficios de la revolución. ¡Cuánto mejor hubieran hecho en preparar los trabajos al congreso en vez de tomar resoluciones! Mas se crearon empleos, se concedieron premios y recompensas, se asignó un sueldo de ciento cincuenta mil pesos al generalísimo, de ochenta mil a O'Donojú, y en proporción se elevó el presupuesto de salidas, con los costos de conducción y manutención de las tropas españolas, y necesidad de tener en pie un ejército que se había aumentado hasta sesenta mil hombres. De manera, que habiendo crecido los gastos una tercera parte más, se tomó la resolución de disminuir las contribuciones, al menos en una cuarta. No se deben perder de vista estas observaciones para poder entender las causas de los posteriores acontecimientos.

El objeto primario de la junta debía ser la formación de una ley provisional de convocatoria; y en esta materia es en la que manifestó más falta de conocimientos y menos disposición para organizar bien la nueva sociedad mexicana. En vez de fundar las bases de los colegios electorales y de los diputados sobre la población y la riqueza, imaginaron los medios menos adecuados para obtener estos resultados. La más monstruosa amalgama de elementos heterogéneos fue el principio de sus operaciones. Primeramente, no era proporcionado el número de diputados de las provincias a su población. Durango, por ejemplo, que tenía doscientos mil habitantes, eligió doce diputados, y Oaxaca o Guadalajara, que tiene triple población, nombraron seis. En segundo lugar, en vez de sentar como base la propiedad, si querían adoptar esta condición, ocurrieron al extravagante medio de hacer nombrar por clases y oficios; por ejemplo, un comerciante, un minero, un propietario, un clérigo, un título, etc., creyendo sin duda muy neciamente, representar de esta manera los diversos intereses de la sociedad, y haciendo una parodia ridícula de los testamentos de España, o de los estados generales de Francia en una sola cámara. Esto era poner en pugna intereses demasiado opuestos, y hacer nacer debates, cuyos resultados no podían ser los de la calma y de maduras deliberaciones. ¿Se creyó que no debían formarse dos cámaras para hacer la constitución? Muy equivocados estaban los que después de haber hecho jurar el plan de Iguala y tratados de Córdoba, creyeron que todavía era necesario formar una constitución, si el congreso constituyente estaba obligado a observar su juramento, lo que parece muy cuestionable. Pusieron, pues, en la ley de convocatoria el germen de la destrucción del congreso y de la guerra civil. Desenvolveré más esta materia, para que no se crea que formo sistemas, ni escribo para sostener más un partido que otro.

Es una cualidad esencial de los cuerpos deliberantes la discusión y el debate. Componiéndose de personas que tienen diversos intereses e ideas, es indispensable que en las cuestiones espinosas y profundas de la legislación social, cada miembro presente las materias como las ve o como quiere que las vean los otros. Mas como en las asambleas nacionales no se trata de cuestiones puramente metafísicas cuyos resultados no importan, ni versan las disputas acerca de fenómenos naturales, que cualesquiera que sean las opiniones de los contendientes no por eso dejan de verificarse, sino de los más caros e íntimos intereses de la comunidad, y de las diferentes clases que ejercen en ella su influencia, es claro que un cuerpo cuyos objetos son estas graves materias, será  necesariamente un conjunto de pasiones fuertes y animadas, un campo de batalla, por decirlo así, en el que cada partido, cada clase, cada persona va a trabajar en el sentido de la comunidad o sociedad a que pertenece. Estos son principios incontestables. Ahora bien, la junta provisional, al formar una convocatoria que establecía la división de clases y fueros, ¿no sancionaba al mismo tiempo la monstruosa institución feudal de jerarquías privilegiadas? ¿No fomentaba la separación establecida sobre usurpaciones de los unos, sobre los abusos de la superstición de los otros, y en suma, sobre las conquistas hechas por los pocos a expensas de la mayoría? Pero en un pueblo en donde la razón no había aún establecido su imperio; en una sociedad naciente para la civilización, en la que los hábitos de la obediencia y un sistema de educación calculado para hacer de los habitantes imbéciles esclavos, imposibilitaba los efectos de disertaciones tranquilas y luminosas, era una consecuencia el que se tramasen conspiraciones en vez de meditarse discursos, y que el poder por su parte se revistiese de una energía temible, para no ser destruido. En las dietas antiguas de Polonia se acababa algunas veces la discusión con el asesinato violento de un nuncio; en la convención de la ilustrada Francia, M. Ferrand fue sacrificado por un pueblo feroz en la misma tribuna. Ved aquí las pasiones desencadenadas, cuyos efectos se explicaron en México de otra manera. Pero la principal falta de esta convocatoria, como observa muy bien Iturbide en sus memorias, era la de haber dado a los ayuntamientos de las capitales el sufragio que se les concedió para la elección de diputados, resultando que en la mayor parte de las provincias, las elecciones fueron hechas por los ayuntamientos, que son compuestos de los regidores, cuyas funciones no son ciertamente las de formar colegios electorales. Pero esto convenía a las miras de los que querían dirigir la nación e influir en las elecciones, como sucedió. Los individuos de que he hablado, y que se pusieron al frente de la oposición, hicieron las elecciones en México, en Puebla, en Querétaro, en Veracruz, en Valladolid, en Durango, en Guanajuato y en otros puntos; siendo de consiguiente la mayor parte de los diputados nombrados en estas provincias adictos a sus opiniones, y lo peor de todo, muchas veces ciegos instrumentos de sus intrigas.

Después de cuatro meses de existencia en que, como hemos visto, la junta soberana provisional expidió leyes y decretos que disminuían los recursos, fomentaban la división de clases, consagraban los fueros y privilegios, creaban empleados, y amontonaban, por decirlo así, obstáculos sobre obstáculos al congreso constituyente, a fines de febrero de 1822 se reunió esta asamblea, compuesta, como se ha dicho, de los más heterogéneos elementos. En su cuna se manifestó desde luego el espíritu de que estaban animados los partidos. Se nombró presidente a D. Hipólito Odoardo, uno de los jefes de la oposición, y de los más obstinados enemigos de Iturbide. Odoardo era ministro de la audiencia, de algunos conocimientos en jurisprudencia, y con pretensiones de hombre de profundo saber en política: hablaba con facilidad; pero lo hacía como si estuviese en el foro, y no conocía el idioma de la tribuna. Aquello era ya mucho para un congreso, cuya mayor parte se componía de abogados medianos, de estudiantes sin carrera, de militares sin muchas luces, y de clérigos canonistas y teólogos. Muy pocos eran los que podían decir con exactitud que poseían conocimientos en algún ramo. La escuela práctica nos faltaba a los americanos, y al referir como historiador hechos notorios, y pronunciar un juicio severo sobre mis conciudadanos, es claro que estoy muy distante de disminuir el mérito de hombres, cuyos esfuerzos sobre su educación eran prodigiosos. Pero ¿en dónde podían haber adquirido la ciencia práctica de los negocios, sin la cual el hombre de Estado se pierde en el caos de las teorías? Las cortes de Cádiz y las de Madrid, en ambas épocas constitucionales, ¿no dieron también tristes ejemplos de su inexperiencia y ausencia de los grandes principios? ¿No las hemos visto tratar las materias más frívolas como los más importantes negocios del Estado, y los asuntos más graves abandonarlos? ¿Quién no se humilla delante de esa constitución española, documento de la ligereza, de la inexperiencia y frivolidad de sus autores? Y ¿qué diremos de las miserables parodias del Portugal, Nápoles y el Piamonte en 1821? La Francia había precedido a estos pueblos treinta años antes; pero tenía al menos el mérito de la originalidad. En el congreso mexicano se hubieran buscado inútilmente hombres que pudiesen oponer las lecciones de la experiencia al torrente de los partidos, al deseo de ver publicada una constitución en la nación, y al furor de hacer ostentación de doctrinas que se habían aprendido y se querían enunciar. ¿En dónde podían haber tomado los nuevos diputados esas lecciones del profundo arte de gobernar tan complicado como difícil? Era necesario que se propusiesen imitar lo que más estaba al alcance de sus conocimientos adquiridos: era necesario que tropezasen a cada momento con las dificultades que brotaban a cada instante. Todos deseaban ver consolidarse un orden de cosas; pero sus esfuerzos mismos eran otros tantos obstáculos al fin deseado. El grande objeto de la independencia estaba conseguido; en obsequio de ella habían enmudecido los partidos y sometídose las pasiones; ahora se presentaban con toda su energía, y nacían pretensiones de diferentes géneros. Vamos a ver su curso y su desenvolvimiento, y ésta no será  quizá  una lección perdida para los mexicanos.

Poco antes de la instalación del congreso, se formó una conspiración contra Iturbide, cuyo objeto no se sabía, aunque es de presumir que sería para privarle del poder y sustituir otro gobierno. Muy inciertos fueron los datos que resultaron contra los arrestados por este proyecto. Bravo, Barragán, Victoria, y otros jefes de menor graduación, fueron acusados como cómplices, aunque nada pudo probárseles. Fueron arrestados, y no contribuyó esto poco para aumentar los enemigos del generalísimo. Lo cierto es que se les puso en libertad poco tiempo después, dejando irritados a hombres, que si no eran delincuentes, fue una grave falta haberles atropellado. Victoria se fugó de la prisión y estuvo oculto, haciendo una vida oscura, hasta que salió después para figurar en la escena. Aunque fue nombrado diputado por Durango, nunca quiso pasar a desempeñar sus funciones, y a la verdad que su cálculo fue muy acertado, porque en un teatro semejante hubiera dado a conocer su nulidad, sin haber obtenido el delicado y alto puesto que le dio a conocer después. Aunque yo me hallaba en México cuando este suceso, por los informes que tomé he averiguado que no había en realidad un proyecto de conspiración formado, aunque los individuos arrestados tenían los deseos y las intenciones. Quizá  se propuso en las logias escocesas echar abajo a Iturbide, y éste, que tenía espías en ellas, tuvo viento del proyecto. Yo mismo oí en una de sus tenidas, a que concurrí una sola vez, decir a un coronel en una discusión acalorada en que había más de cien concurrentes, que si faltaban puñales para libertarse del tirano (este nombre se daba a Iturbide) ofrecía su brazo vengador a la patria. Semejantes baladronadas no tenían otro efecto que irritar a este jefe, que entonces era más oprimido que opresor. Sabía la existencia de las logias; no ignoraba lo que en ellas se trabajaba para desconceptuarlo; veía que aumentaban los prosélitos rápidamente, y no tenía la resolución suficiente para reprimirlas. Un hombre cuando tiene proyectos ambiciosos no debe ser débil en ningún paso. Pero ésta ha sido siempre la falta de los hombres medianos, y sin exceptuar al ilustre Bolívar, nuestros héroes americanos (no hablo de los Estados Unidos del Norte) nunca han adoptado un sistema con constancia. Si Iturbide no se sentía con toda la energía que inspira a una alma orgullosa el sentimiento de su fuerza, ¿por qué no resignó todo mando, y se retiró a la vida privada? Pero le faltaba la resolución aun para este acto de desprendimiento: quería ser llamado el Washington mexicano, sin las grandes virtudes de este padre de la independencia americana, y aspiraba a imitar a Napoleón, sin siquiera un solo rasgo del carácter del héroe. Todo eran pequeñas intrigas en palacio, círculos de gentes infatuadas con los gritos de la plebe, la guardia vestida de galones y con esperanzas de cruces: el pueblo se ofendía de todo aquel aparato, que no era sostenido por actos de firmeza, ni correspondía a las promesas de libertad. Todo esto lo hacían los enemigos, y se aprovechaban de los errores de esos hombres nuevos que se sobreponían a sus conciudadanos, insultando la pobreza pública con un lujo poco conveniente. Ved aquí lo que conducía a los Bravos, Barraganes, Victorias, Guerreros y otros, a mirar con repugnancia la marcha adoptada por Iturbide, a resistir unirse a él de buena fe. En efecto, este jefe no quería a su lado iguales, sí súbditos: su carácter altanero no sufría concurrencia, y la elevación de su genio no estaba a la altura de sus pretensiones; en suma, ni tenía las virtudes republicanas, ni la dignidad y energía que da el genio, o una larga serie de reyes progenitores.

En el día de la apertura del primer congreso nacional mexicano, se presentó el generalísimo D. Agustín de Iturbide a la cabeza de la regencia, para abrir las sesiones con las formalidades que en estos casos se acostumbran. Fuese por inadvertencia, fuese con estudio, ocupó la derecha del presidente del congreso. Pero D. Pablo Obregón, diputado suplente por México, reclamó el asiento de preferencia para el presidente del congreso. Esta incidencia fue sumamente desagradable en el momento en que el congreso constituyente de la nación mexicana recibía en su seno al hombre que se había puesto a la cabeza de su emancipación. El señor Iturbide tomó la izquierda, y leyó un discurso lleno de generalidades insípidas, que no tenía ciertamente ni siquiera el mérito de la novedad. Un acto tan augusto que debía señalarse de una manera no solamente brillante, sino singular, se redujo únicamente a consagrar abusos recibidos de los españoles, y a hacer elogios, si bien merecidos, pero inoportunos, de los que habían contribuido a la empresa. El presidente Odoardo contestó del mismo modo poco más o menos, y después de este acto el congreso, que debía levantar la sesión, la continuó para tratar las más graves e importantes cuestiones. Varios diputados, entre ellos con especialidad D. José María Fagoaga, comenzaron haciendo proposiciones cuya resolución tenía por objeto fijar de una manera estable, a su modo de ver, las bases de una monarquía constitucional. Fagoaga y su partido estaban de acuerdo con el de los iturbidistas, en que no debía adoptarse una forma republicana; pero diferían sobre la persona que ceñiría la corona imperial de México. Se concebirá  fácilmente hasta qué punto se podrían agriar partidos, cuyo objeto era la ocupación de un trono por una u otra dinastía. Se sentaron, pues, las bases de una monarquía constitucional, y de la forma representativa en el primer día. Ninguno en aquel momento osó pronunciar el nombre de república, aunque en el congreso había muchos republicanos. Si en aquella época la corte de España hubiese aprovechado la oferta que se hacía de la corona a un príncipe de la sangre, indudablemente se hubiera establecido en México la monarquía bajo la familia de los Borbones. Estaba muy reciente el juramento hecho al plan de Iguala, la nación se hallaba solemnemente comprometida, y los directores mismos de la revolución, cualesquiera que hubiesen sido sus intenciones y proyectos secretos, no podían volver atrás, a vista de los principios que habían establecido. Iturbide se habría contentado con ser uno de los grandes duques del imperio, y la virtud republicana de los Guerreros, Bravos y Victorias, o se hubiera plegado a los deseos de la nueva corte, o hubiera tenido necesidad de ceder al impulso de un gobierno enérgico y vigoroso. Pero el gabinete de Madrid, tan obstinado como falto de consejo, y lo que es más extraño, las cortes españolas, esa asamblea que había hecho profesión pública y solemne de la soberanía nacional, principio vital y que servía de base a su misma existencia, no quisieron reconocer la aplicación de su misma doctrina en la otra parte del Atlántico. Contradicción monstruosa, y evidente prueba de que los directores de aquellas asambleas no obraban por un profundo convencimiento de la certidumbre de sus ideas, ni tenían la conciencia de sus doctrinas! Al fin Fernando y su gabinete han sido consecuentes en sus principios y conducta. Su absurdo derecho divino era el que dirigía su marcha en uno y otro hemisferio.

Sentadas las bases del gobierno monárquico, se nombraron comisiones para entender en los diversos ramos que debían ocupar la atención del congreso. Hubo una de constitución, dos de hacienda, de justicia, de negocios eclesiásticos, de guerra y marina, de policía, y otras especiales para algunos ramos privilegiados. La constitución española regía, más bien por el hábito de obedecer las órdenes de ultramar, que por un decreto que se hubiese dado. Un mal reglamento de debates, formado por la junta provisional, embarazaba a cada momento las discusiones en vez de facilitarlas, y como los que lo hicieron estaban en el congreso, ellos mismos eran los intérpretes en los casos dudosos. El partido de los borbonistas, nombre que se daba al de los señores Fagoaga, Tagle, Odoardo, Mangino y otros notables, se había apoderado de las influencias de la asamblea. Las elecciones para los oficios salían de la casa en que se reunían estos individuos; y aunque los del partido de Iturbide hacían esfuerzos para contrabalancear, nunca consiguieron mayoría. El congreso, pues, estaba en su mayor parte en contradicción y lucha abierta con el jefe de la nación, que así puede considerarse a Iturbide. Los diputados que pertenecían a este partido no tenían, con pocas excepciones, las capacidades que en el otro; y como la tendencia de aquel era aparentemente a la libertad, y la de éste a restricciones que exigía el poder ejecutivo, tenía el primero más simpatías, y daba un campo más vasto a desplegar doctrinas en la tribuna. ¿Encontrábase por acaso el gobierno embarazado con la multitud de atenciones y escasez de recursos? El congreso empleaba largas discusiones sobre la necesidad de las economías, sobre lo gravoso de las contribuciones, sobre la miseria pública. Los oradores empleaban una o media hora en explayar lugares comunes, en declamaciones sin sentido común, en diatribas fuertes y en generalidades insulsas. Las discusiones se hacían durar sin ningún resultado, y el gobierno, que veía en los diputados en lugar de auxiliares, enemigos, se irritaba contra una asamblea cuyo poder se hacía más temible cada día. Entretanto la influencia de Iturbide se disminuía, la memoria de los beneficios hechos a la patria y sus últimos servicios, se debilitaban con el contraste de las nuevas ambiciones que se desenvolvían; se creaban desafectos de los que no eran colocados, de los que no recibían todo lo que creían haber merecido, y últimamente de los antiguos insurgentes, a quienes Iturbide tuvo la imprudencia de tratar siempre con cierta especie de menosprecio.

En estas circunstancias los francmasones escoceses crearon un periódico titulado El Sol, con alusión al nombre de una de sus principales logias. Ya se entenderá fácilmente que este periódico tenía por objeto atacar la administración de Iturbide, y halagar el partido que aspiraba por un gobierno liberal. La ineptitud del ministerio se demostraba con el silencio que guardaba en aquella época. Un periódico semanal, titulado El Noticioso, defendía con languidez al gobierno, que visiblemente perdía su prestigio. El ministro Herrera, que podía considerarse como el alma de aquella administración, se limitaba a pequeñas intrigas individuales, a conversaciones aisladas con diputados, los más de ellos incapaces de nada, y lo peor de todo, su principal ocupación era adular baja y servilmente a D. Agustín de Iturbide, inspirándole siempre ideas de dominación, pintándole como el ídolo del pueblo y como inaccescible a los ataques de sus enemigos. Iturbide en efecto era amado, y la nación mexicana no podía olvidar el inmenso servicio que acababa de hacerle. Pero el amor del pueblo es transitorio cuando no se procura consolidarle con grandes beneficios; es un amor que sólo se funda en un principio de egoísmo, porque los pueblos no tienen simpatías personales. Los partidarios de la oposición ofrecían bienes que se temían no recibir del héroe de Iguala. Su periódico era el nido de la abutarda, en donde todos podían poner sus producciones, y los republicanos permitían que se hablase en él de llamamiento de los Borbones como de una cosa esencial, con tal que ellos también pusiesen sus artículos contra el despotismo en favor de un sistema libre. ¡Qué nos importa, decían éstos, que los borbonistas escriban y trabajen por su monarquía borbónica, si el mal suyo consiste en que los mismos que son llamados no quieren ni querrán nunca venir! Unámonos con éstos para evitar que Iturbide usurpe el poder supremo y establezca una monarquía, y después de triunfar de este obstáculo, haremos desaparecer la soñada dinastía de los Borbones. Esto lo oía yo frecuentemente, entre los que después han figurado como los primeros motores de la federación. Ahora paso a hacer las calificaciones de las personas que pertenecieron a uno y a otro partido, y que por su influencia decidían del éxito de los negocios.

Entre los generales del ejército mexicano se declararon abiertamente por el partido de Iturbide, D. Anastasio Bustamante, D. Antonio Andrade, D. Luis Quintanar, D. Manuel Sota Riva, D. Zenón Fernández, D. Manuel Rincón y su hermano D. José, D. Francisco Calderón, D. Antonio López de Santa-Anna, D. Luis Cortázar y D. Vicente Filisola. Estaban en contra, aunque no abiertamente, D. Miguel Barragán, D. Juan Orbegozo, D. Guadalupe Victoria, D. Pedro Celestino Negrete, D. José Morán, D. Nicolás Bravo, D. Vicente Guerrero, D. Joaquín Parres, y unos cuantos oficiales de menor graduación. El general Echávarri era amigo íntimo de Iturbide y poseía todas sus confianzas. El general Santa-Anna, aunque no con la misma intimidad, tenía el aprecio de la familia: el señor Negrete era amigo también, y jugaban al tresillo con mucha frecuencia. Al general Guerrero le dispensaba consideraciones de otro género, y en el curso de esta historia veremos las distinciones hechas a D. Nicolás Bravo. Estoy seguro de que la conducta de todos estos generales no estaba fundada en ningún sistema fijo ni arreglado. La obediencia de los primeros era ciega y no conocía límites. Iturbide era el jefe, era el ídolo que reverenciaban, y no conocían otro deber que el de obedecerle. Entre los segundos, creo que Morán, Negrete y Orbegozo se proponían llevar al cabo el tratado de Córdoba, colocando una rama cualquiera de la familia de Borbón en el trono. Guerrero, Victoria, Bravo, Parres y Barragán, obraban por sentimientos republicanos, y ninguno podía llevar a bien que un hombre que había salido de México coronel un año antes, estuviese en la altura en que se hallaba Iturbide con sus excesivas pretensiones. El ejemplo admirable de Washington y el desprendimiento de que en aquella época hacía ostentación Bolívar, después de los inmensos servicios de ambos a la causa de la libertad, hacían parecer la conducta de Iturbide como manchada por una codicia sórdida y una ambición peligrosa. Para que se pueda formar juicio exacto sobre la conducta de algunos de estos jefes, voy a presentar sus diversos caracteres en cuadros rápidos, y a darlos a conocer como son, o al menos como a mí me parecen ser.

El general Guerrero es un mexicano que nada debe al arte y todo a la naturaleza. Tiene un talento claro, una comprensión rápida, y extraordinaria facilidad para aprender. No habiendo recibido ningún género de educación, y habiendo comenzado su carrera en la revolución, muy pocas lecciones pudo tomar de elocuencia y cultura en los cerros y bosques, entre indígenas y otras castas, a cuya cabeza hacía una guerra obstinada a los españoles. Su genio sólo pudo conducirle hasta el punto a que le hemos visto llegar, y su constancia es a la verdad un testimonio irrefragable de que posee virtudes sociales. Se dispensaba la poca urbanidad de su trato familiar y algunos resabios del hombre de los bosques, en obsequio de sus grandes servicios, y más que todo de su humanidad y de su amor constante por la libertad. D. Nicolás Bravo, compañero y antiguo amigo de Guerrero, ha sido el héroe de un partido, y por desgracia de la nación, su instrumento. Bravo recibió lo que se puede llamar educación primaria. No tiene conocimientos en ninguna materia, y su trato familiar es árido. Si hemos de juzgar por las apariencias, este general es de muy cortos alcances y de poca capacidad. Los españoles le colocaron a la cabeza de sus logias, y en su nombre se hacían todas las maniobras del partido. Pudieron lisonjear sus afecciones, y su mayor elogio era el de haber dado libertad a doscientos españoles que tenía prisioneros cuando hacía la guerra de independencia, el día mismo que supo que su padre había sido ejecutado en México. Virtud digna de un santo padre de la Iglesia, si se quiere; pero falta notable en un general, que podía sacar mayores ventajas de los enemigos, canjeándoles con otros, o armándolos entre sus filas. Algunos contestan este hecho; pero Bravo no lo ha desmentido. Sus enemigos le acusan de cruel y sanguinario, por algunos actos de severidad que se han cometido en su nombre; yo creo que obrando por sí este hombre se inclinaría generalmente al bien; mas todas sus acciones son efectos de influencias que él mismo no acierta a conocer.

D. Pedro Celestino Negrete es un general español que hizo la guerra cruelmente a los insurgentes; se unió a Iturbide en 1821, y sirvió bien a esta causa. Es hombre de un talento mediano, obstinado como sus paisanos, adicto a las ideas de monarquía moderada. Me parece afecto a la nación mexicana, en donde tiene una familia distinguida; y la poca parte que tomó en los sucesos posteriores a la constitución de 1824, hace creer que preferiría el retiro y la tranquilidad doméstica a una influencia peligrosa.

D. Miguel Barragán es uno de aquellos personajes que han entrado a figurar en la escena política sin grandes recursos mentales, sin instrucción, sin energía; pero con deseos positivos de hacer un bien a su patria. De consiguiente cooperó como pudo a la independencia en 1821, aunque anteriormente había hecho la guerra con los realistas. Introducido en las logias españolas, era en cierta manera como Bravo, el instrumento de los directores. Pero su carácter es suave, y no participa nada de la dureza y obstinación de este general. Barragán, por último, cometerá errores por condescendencia de partido o de familia; pero no por intención. D. Anastasio Bustamante hizo mucho tiempo la guerra a los patriotas entre las filas españolas. No es hombre de grandes capacidades ni de genio superior. Tiene mucha calma en sus resoluciones, y no se sabe si esto procede de meditación o de dificultad en comprender. Pregunta antes de entrar en un proyecto si será justo. Pero cuando una vez se ha convencido, o lo parece, se sostiene con constancia. Más le ha acomodado obedecer que mandar en grande, y por esto era tan ciego servidor de los españoles, y de Iturbide después. Tendré ocasión de hablar más adelante de este individuo.

No es necesario describir el carácter de otros generales subalternos, cuyos nombres no representan sucesos memorables. En presencia de las cuestiones generales ligadas al interés público y al honor nacional, que empiezan a nacer en esta época, los nombres propios no tienen valor sino en cuanto se ligan con las primeras por relaciones íntimas, y en cuanto estos nombres representan un sistema o un pensamiento político. Bajo este aspecto es como he considerado a los hombres de quienes hablo. No debo por consiguiente omitir los de los generales Terán, Santa-Anna y Guadalupe Victoria; que han hecho históricos sus nombres por sus acciones. A la nación importa conocer a sus ciudadanos, y a la posteridad deben pasar presentados con imparcialidad, para que su juicio no esté fundado sobre conjeturas vagas o mentirosas tradiciones. La presente generación dirá si al hablar de estos personajes que han figurado entre sus negocios de Estado, doy una sola plumada que parezca dictada por otro interés que el de la verdad.

D. Guadalupe Victoria es hombre del pueblo; porque su nacimiento, sus trabajos y su fortuna han sido del pueblo. Siendo estudiante en S. Ildefonso de México dejó el colegio en 1811 para alistarse entre los patriotas, en cuyas filas sirvió, si bien constantemente, no con el éxito que sólo corresponde a los grandes conocimientos, a la actividad y al continuo trabajo. Tuvo serios disturbios con D. Juan Nepomuceno Rosains y con D. Manuel Mier y Terán, nacidos de disputas sobre el mando. Sus fatigas todas fueron en la provincia de Veracruz y parte de Puebla; varias veces ocupó el Puente del Rey (hoy Nacional) e impidió el paso de las tropas españolas al interior y de los convoyes de platas al puerto; pero nunca dio una grande acción, ni sus empresas salieron de la órbita común. Sirvió como podía alcanzar a la causa de la independencia, y se manifestó contra los proyectos de Iturbide, como hemos visto. Los principales defectos de Victoria son, la irresolución e indolencia, y mucha presunción de poseer grandes conocimientos, que ciertamente no posee. ¿Y en dónde pudo haberles adquirido? Por lo demás es humano, amante de la libertad y sinceramente deseoso del bien de su patria. Como he de hablar en adelante de este personaje por el papel que ha hecho después, no me extiendo más sobre su carácter. Se ha dicho con mucha generalidad, que cuando Iturbide entró en Querétaro o San Juan del Río, Victoria le presentó un plan ridículo de monarquía, cuyas principales bases eran que el monarca fuese mexicano, que se casase con una india, cuyo nombre debía ser Malinche, aludiendo a la célebre Doña Marina de Hernán Cortés; que Iturbide le despreció y trató como un demente y que éste fue el principio del odio de Victoria contra este jefe. Yo no doy asenso a esta anécdota, aunque me la han referido personas caracterizadas. Lo que no deja duda es, que Victoria se presentó a Iturbide, y que éste no le consideró capaz de ningún empleo de mucha representación. Quizá esta circunstancia ha contribuido mucho a la elevación de Victoria.

D. Manuel Mier y Terán es uno de los personajes que más se han distinguido entre los antiguos patriotas y mexicanos independientes, por sus conocimientos, sus servicios patrióticos y constante aplicación al estudio. Es quizá el hombre menos franco y más difícil de ser conocido entre sus contemporáneos. Sea por desconfianza que tiene de los demás, sea por querer aparecer siempre incomprensible, se nota en sus conversaciones cierto embarazo, una oscuridad que no proviene evidentemente de falta de capacidad para explicarse. El modo con que disolvió el llamado congreso de Tehuacán explica su carácter. Por lo mismo no es hombre de voluntad fuerte, aunque esté algunas veces convencido de lo que debe hacerse. Esta reserva, esta ambigüedad no da lugar a las confianzas de la amistad, ni de los partidos, y quizá por esto Terán no tiene ni amigos ni partido. Aunque no era del de Iturbide, sólo le hacía la guerra con hipocresía y sordamente. Le veremos después aparecer en la escena, aunque nunca con mucho brillo.

D. Antonio López de Santa-Anna es uno de los generales de quien tendré que ocupar muchas veces a los lectores. Habiendo servido al gobierno español contra los antiguos insurgentes, tomó parte en el movimiento nacional de 1821, con el ardor y entusiasmo que pone en todas sus empresas. Sirvió útilmente en la plaza de Veracruz y otros puntos, y su valor manifestado en todas circunstancias le granjeó el favor, y aun la amistad de Iturbide. Es un hombre que tiene en sí un principio de acción que le impulsa siempre a obrar; y como no tiene principios fijos, ni un sistema arreglado de conducta pública, por falta de conocimientos, marcha siempre a los extremos en contradicción consigo mismo. No medita las acciones ni calcula los resultados; y ésta es la razón por que se le ha visto arrojarse a las más temerarias tentativas, aun sin apariencias de un buen éxito. Baste por ahora este pequeño bosquejo de un general, a quien darán a conocer sus acciones, descritas con la imparcialidad con que lo hacemos.

He dado algunas pinceladas anteriormente que dan a los lectores conocimiento del carácter y circunstancias de las personas civiles que tenían influencia en los negocios públicos en la época de que voy hablando. No omitiré dar descripciones más extensas conforme se vayan presentando en la escena nuevos individuos. En esta época llegó a México D. Miguel Ramos Arizpe, diputado que fue en las cortes de España por la provincia de Coahuila, y que se hizo tan notable por su caracter fuerte y tenaz. Sin conocimientos profundos en ningún género, este eclesiástico, con un talento claro y mucha actividad, ha sabido ganarse mucha influencia entre los liberales. Se decía de él que conocía la intriga, y que en las maniobras de los salones y de las juntas era muy diestro. Quizá en esto empleaba toda su actividad; lo cierto es que tenía sus subordinados, a quienes empleaba como le convenía, y entre los cuales deben ocupar un lugar los señores D. Pablo de la Llave, D. Mariano Michelena, D.F. Vargas y el canónigo Couto, que en España, y después en América, sirvieron mucho a sus miras. Tenía un carácter dominante que no sufría contradicción, y esto le daba ventajas sobre los hombres medianos; pero sabía muy bien plegarse, cuando veía que no podía sacar partido con la obstinación. Ninguno sostuvo con más calor y celo la independencia de la América, y es necesario decir en obsequio de la justicia, que cuando los diputados de México pidieron en las cortes en 1821 la creación de gobiernos en América y una rama de la dinastía, Arizpe se negó a entrar en ningún llamamiento de familia real. Su alma republicana repugnaba el nombre de monarquía en su patria; circunstancia tanto más notable, cuanto que es un eclesiástico, y canónigo de la catedral de la Puebla de los Ángeles.

Intrigas de los españoles

Los españoles no cesaban de mover resortes de su influjo para dividir a los mexicanos, para hacer odiosas las personas de sus principales jefes, para debilitar la fuerza moral del congreso y poner en choque a esta asamblea con el primer jefe. Mientras hacían esto por una parte, por la otra estaban en correspondencia con D. José Dávila, que ocupaba el castillo; procuraban inspirar al general Cruz, que estaba en la villa de Guadalupe, a una legua de México, preparando su viaje, el proyecto de ponerse a la cabeza de una contrarrevolución, para cuyo efecto tenían preparadas las tropas expedicionarias que existían en las cercanías de Cuautla, y en las de Toluca. Iturbide no ignoraba nada de esto, y el día 3 de abril (1822) pasó una nota al congreso exponiendo que tenía asuntos de mucha importancia que comunicar personalmente. La sesión fue ruidosa y acalorada; los diputados españoles y españolizados desplegaron todo su celo contra Iturbide. Presidía el general español Orbegozo, y se resolvió, después de una discusión en que las pasiones tuvieron más parte que la razón, que no se admitiría al generalísimo en el congreso como solicitaba. La resolución no era desacordada; pero negarse enteramente a dar oídos a este jefe, que aseguraba tener comunicaciones muy importantes que hacer al poder legislativo; comunicaciones que descubrirían grandes proyectos de reacción, que comprometían inminentemente la tranquilidad pública era obligarle a obrar solo; era declararse en hostilidad con él; era, en suma, hacer un servicio a los españoles. Iturbide no quería declarar a todo el congreso lo que sabía; desconfiaba de algunos de sus miembros, como luego manifestó; y su carácter violento e impaciente no le permitió esperar la contestación de la asamblea. Aún no se le había remitido el acuerdo, cuando se anunció que estaba a la puerta del salón de las sesiones. Ya no era posible resistir sin exponerse a un rompimiento escandaloso, cuyas consecuencias no se podían calcular. Se acordó que entrase, y que se le entregase el pliego que contenía la anterior resolución.

El presidente de la regencia entró en compañía de los otros miembros de ella. D. Juan Orbegozo le entregó la nota de contestación, y le dijo lo que contenía. Iturbide se comenzó a excusar, diciendo que el interés nacional le había obligado a tomar aquella resolución. Orbegozo le manifestó que no podía permitir explicaciones, y que la regencia debería salir en el momento de la sala de las sesiones, sin lo cual el congreso no se consideraba libre para deliberar. "Yo no puedo abandonar los intereses de mi patria en manos infieles, dijo Iturbide; el presidente mismo del congreso ha capitulado dos veces conmigo, defendiendo el gobierno español a que pertenece. Hay además en el seno del congreso otros españoles, de cuyo afecto a la independencia nadie puede responder." Indicó en seguida los nombres de los señores Fagoaga, Carrasco, Tagle, Odoardo y otros dos más. D. Isidro Yáñez reclamó, que siendo individuo de la regencia nada sabía de lo que el presidente anunciaba, y que era extraño que no se comunicase al cuerpo lo que exigía resoluciones de todo él. Iturbide manifestó desconfianzas del mismo señor Yáñez, su compañero en el poder ejecutivo. La escena fue muy ruidosa: los españoles expedicionarios combatían a quince leguas de la capital. Dávila expedía circulares desde el castillo de S. Juan de Ulúa invitando a la reacción; yo mismo recibí una larga carta de D. F. Cueto, español residente en el castillo de Ulúa, en la que me exhortaba a trabajar por el restablecimiento del gobierno de Fernando VII. ¡Cosa rara! Cueto había hecho guardias cuando yo estuve preso en el mismo fuerte por la causa de la libertad, y tenía la necesidad de invitarme para servir una causa contra la cual me había visto ser víctima. Las circunstancias eran críticas; pero Iturbide no sabía manejar los negocios, ni su inepto ministerio era capaz de nada. Los diputados sobre quienes recayó la acusación de Iturbide salieron del salón; se entregaron documentos al congreso, que pasaron a una comisión, y la regencia se retiró dejando a la asamblea en confusión. Entonces comenzaron a marcarse los partidos en el seno del cuerpo legislativo. D. Valentín Gómez Farías, diputado por Zacatecas, manifestó mucho celo en favor del presidente de la regencia, y temores de que se intentase una traición. Siete horas duró esta sesión memorable, que dio lugar a varios comentarios. Los iturbidistas decían que era necesario entregarse en manos de su héroe a ojos cerrados; que había una conspiración general de los españoles contra la independencia; que la prueba estaba en la insurrección de Juchi y Toluca, y en la carta de D. José Dávila a D. Agustín de Iturbide. Los del partido de la oposición alegaban que todas eran tramas de Iturbide para apoderarse del mando absoluto, disolver el congreso y proclamarse emperador. La nación estaba agitada en estos dos sentidos.

En la sesión secreta del día 4 de abril se leyó y aprobó el dictamen de la comisión, que declaraba no resultar ningún cargo contra los diputados que denunció el generalísimo por los documentos que presentó. Estos documentos eran una carta en que el comandante español Dávila le invitaba desde S. Juan de Ulúa a entregar la Nueva España al rey Fernando, haciéndole muchas ofertas, y varios partes que anunciaban los movimientos insurreccionales de los españoles en algunos puntos. Todo esto era alarmante. Pero ¿qué tenía de común con la imputación hecha a los diputados de quienes habló en la sesión anterior? El congreso aprobó el dictamen de la comisión, y declaró que estaba satisfecho de la conducta política de los diputados acusados por el presidente de la regencia. Se declaró además que se leyese en público esta resolución, y así se verificó en aquella misma mañana. En seguida se leyó una exposición de varios ciudadanos, que pedían la variación de los individuos de la regencia, y se remitió la decisión de este asunto para el sábado santo, 6 de abril. Así terminó por entonces este ruidoso acontecimiento, que no produjo otro efecto, que aumentar los odios recíprocos, y poner a Iturbide en presencia del público como un hombre que se dejaba arrebatar de sus pasiones. ¡Qué diferencia si el asunto se hubiera conducido de otro modo! Si en vez de pasar al congreso hubiese hecho una larga y razonada exposición a esta asamblea o a la nación, de la situación crítica en que se hallaban los asuntos; descubierto las intrigas de los españoles para volver a esclavizar el país; manifestado desprendimiento del mando, rodeándose de ciudadanos en vez de soldados; vestídose simplemente en lugar de galones; retirado aquel aparato de lujo que ofendía la miseria pública. Si en lugar de dirigirse a pequeñas juntas, a personas que creía capaces de alguna cosa, hubiese hablado a las masas, se hubiera entendido con el pueblo, Iturbide hubiera triunfado de sus enemigos. Mas se presentó al congreso, y expresó sus sentimientos; se atrajo su cólera, e hizo el papel de un acusador sin probar lo que decía. Sus contrarios encontraron una ocasión oportuna para hacer ostentación de un triunfo sobre el coloso que temían, y los españoles, a pesar de la publicidad de sus tramas, de la notoriedad de sus opiniones, y de la evidencia en que estaban sus ideas, presentaron a Iturbide como a un ambicioso que figuraba lo que no existía para darse importancia, engañar a la nación, y apoderarse del mando absoluto. Aunque no podían negar la perfidia de los capitulados en Juchi y Toluca, ni la carta de Dávila al generalísimo, atribuían estos movimientos a esfuerzos aislados, cuyos efectos se estrellarían en la oposición nacional. Los republicanos temían más la coronación de Iturbide, que el resultado de las maniobras españolas, que nunca creyeron ni probable. No se oculta a muchos que Iturbide tenía razón en desconfiar de los españoles, y que éstos volverían a imponer el yugo si estuviese a su alcance. Mas veían la nación entera declarada contra semejante tentativa; veían que las tropas capituladas salían ya de los puertos de la república, y que la tentativa de los de las Cuatro Órdenes y Lobera había terminado en un día, habiendo sido completamente derrotados por las tropas que estaban a las órdenes de los generales D. Anastasio Bustamante y D. José de Echávarri, oficial español. El número de los peninsulares residentes en la Nueva España disminuía diariamente, y aunque los que permanecían en el país conservaban influencia, riquezas y empleos que habían obtenido del gobierno español, todo esto no era capaz de comprometer la independencia.

El día 11 de abril, el diputado suplente por México, Iturralde, uno de los instrumentos del partido de la oposición, propuso en sesión secreta la variación de las personas de la regencia. Una proposición de tanta gravedad e importancia, debía necesariamente producir discusiones acaloradas. Se opusieron los del partido de Iturbide, a cuya cabeza estaba D. Toribio González, canónigo y diputado de Guadalajara. Cincuenta y tres individuos del congreso se declararon contra la proposición del señor Iturralde. El debate se prolongó hasta media noche, y el resultado fue aprobarse la proposición, entrando en lugar del señor Bárcena, el conde de Heras, y en lugar del obispo de Puebla, D. José Valentín, cura de Huamantla, quedando compuesto el poder ejecutivo de los señores Iturbide, Valentín, Velázquez de León, conde de Casa de Heras Soto, y Yáñez, a quien dejaron en su puesto por conocerle desafecto a Iturbide, y por otra parte, hombre de integridad y energía. Tampoco tuvieron la resolución de separar al generalísimo, reservando para tiempos posteriores este golpe, que preparaban, debilitando cada día más su prestigio. Él mismo conocía esto desde entonces, y, como hemos visto en otra parte, no se resolvía a dar un golpe de Estado.

 

Había en esta época en México [dice en sus Memorias] algunos diputados que hacían poco caso de la felicidad pública, cuando estaba opuesta a su interés personal, y que habían adquirido alguna reputación por acciones que parecieron generosas a los que habían sacado provecho de ellas, sin conocer las miras secretas de sus autores. Los hombres de quienes hablo se habían iniciado en todos los misterios de la intriga, siempre dispuestos igualmente a descender al último grado de servilidad cuando velan un azar poco favorable, como a desplegar la mayor insolencia cuando la suerte les era fausta. Ellos me aborrecían porque hasta entonces mi carrera había sido feliz, y no tardaron en suscitar contra mí los partidos que han sido conocidos más tarde bajo el título de republicano y borbonista; partidos que, si bien estaban opuestos en otros puntos, caminaban de acuerdo en su enemistad contra mí.

Los republicanos eran mis enemigos, porque sabían bien que no podían jamás conducirme a contribuir al establecimiento de un gobierno, que por más seductor que parezca a primera vista, no convenía a los mexicanos. [Nótese este modo de explicarse de Iturbide.] La naturaleza no produce nada repentinamente: obra por grados sucesivos. El mundo moral sigue las mismas leyes que el mundo físico. Intentar libertarnos de un golpe de Estado, del envilecimiento, de la servidumbre y de la ignorancia en que vivíamos después de tres siglos, durante los cuales no tuvimos ni libros, ni maestros; y en donde la adquisición de algunos conocimientos hubiera sido mirada como un motivo suficiente de persecución; pensar que podíamos instruirnos y civilizarnos como por encantamiento en un instante; que podíamos a la vez adquirir todas las virtudes, abjurar todas las preocupaciones, renunciar a todas las pretensiones irracionales, eran quimeras que sólo podían nacer de hombres visionarios y entusiastas. Los borbonistas por su parte deseaban mi caída. En efecto, inmediatamente que el gobierno de Madrid hizo conocer su decisión por su decreto de 13 de febrero de 1822, en el cual la conducta de O'Donojú era formalmente desaprobada, el tratado de Córdoba vino a ser nulo en la parte que llamaba a los Borbones al trono de México; y la nación entró en el pleno y entero goce de sus derechos de elegir por soberano al hombre que juzgase más digno de ser elevado a este rango supremo. Los borbonistas, no esperando pues que un Borbón fuese a reinar a México, no pensaban ya más que en restablecernos en el estado primitivo de dependencia de España. Movimiento retrógrado que era imposible, si se considera la debilidad de los españoles y la irrevocable decisión de los americanos.
 

Así se explica el mismo Iturbide en sus Memorias publicadas en 1824 por su amigo M. J. Quin, en Londres, al partir para México en mayo a su desgraciada expedición. El modo oscuro y poco franco de este personaje no es suficiente para cubrir sus miras e intenciones, tanto desde el principio de su nueva carrera en 1821, como de sus esperanzas en Europa. No convenía en su modo de ver la forma republicana en México. Los Borbones habían renunciado el derecho que les daba el tratado de Córdoba, por el decreto de 13 de febrero, en que el gobierno español declaraba

ilegales y de ningún efecto, por lo concerniente al gobierno español, todos los actos y estipulaciones habidos entre el general O'Donojú y D. Agustín de Iturbide; [agregando que el mismo gobierno] declaraba oficialmente a todas las potencias con las que conservaba relaciones amistosas, que consideraría en todos tiempos como una violación de los tratados existentes el reconocimiento parcial o absoluto de la independencia de las colonias españolas en América, entre tanto que las diferencias que existían entre algunas de estas colonias y la metrópoli no se hubiesen terminado; [añadiendo que] el expresado gobierno testificará de la manera más positiva que hasta el presente (13 de febrero de 1822), la España no ha renunciado a ninguno de los derechos que poseía sobre las expresadas colonias.
 

La consecuencia natural que Iturbide quería que se sacase de estas premisas, era que él era y debía ser el legítimo monarca de la nación mexicana. Los republicanos preveían esto en la época de que voy hablando, y por esta razón formaron su alianza con los enemigos más encarnizados de Iturbide, que eran los borbonistas, cuyos planes no temían, porque los consideraban inejecutables. Voy ahora a hablar de los que pertenecían al partido republicano, y más se distinguieron por sus luces.

D. Ignacio Godoy, diputado por la provincia de Guanajuato, y después ministro de la corte suprema de justicia, es uno de los que hacen honor a la República mexicana por su probidad, por sus luces y firmeza republicana. Constantemente adicto a los principios de igualdad, aborrecía en Iturbide la ambición, aunque respetaba y sabía apreciar sus servicios. Este diputado, al que únicamente faltaba la experiencia que da el mundo y los negocios, jamás ha desmentido el concepto bien merecido que se supo adquirir desde los primeros días en que se hizo conocer. Hablaba con alguna facilidad, aunque muchas veces era confuso y abstracto. D. Francisco García, diputado por Zacatecas, después senador, y en el día gobernador de aquel estado, se hizo notable por su aplicación a la ciencia económica. Ciudadano virtuoso, patriota desinteresado, manifestó una adhesión constante a la causa de la libertad, y votó siempre por la república. Escribía con acierto y facilidad; aunque su ciega profesión de las doctrinas no le permitía acomodarse a las circunstancias que se presentaban. D. Manuel Crescencio Rejón, diputado por Yucatán, en el día senador, es uno de los que más se hicieron notables por el calor con que hablaba en los más arduos negocios, aunque no tenía la experiencia ni los conocimientos que ha adquirido después. Su aplicación al estudio y sus excelentes disposiciones harán de este yucateco un verdadero hombre de Estado. Tendré ocasión de hablar en su lugar de D. Valentín Gómez Farías, D. Servando Mier, D. José María Becerra y otros más, cuyos nombres merecen ocupar lugar en la historia de un país en que han representado su papel con algún brillo.

Las disputas entre el generalísimo Iturbide y el congreso trascendían, como era natural, a toda la nación. Estaban por Iturbide el clero, la miserable nobleza del país, el ejército en su mayor parte, y el pueblo bajo, que no veía en este jefe más que al libertador de su patria. Se declararon contra él los españoles, una gran parte de los antiguos insurgentes, y los republicanos, que entonces eran los pocos hombres que habían podido leer algunas obras de política, especialmente El contrato social, de Juan Jacobo Rousseau, cuyas doctrinas habían causado una gran fermentación en América, como la produjeron en Francia cuarenta años antes. El calor con que se declamaba en la tribuna; las imprudentes expresiones que se vertían en los cafés contra este jefe; los papeles sueltos que se escribían en pro y en contra llenos de animosidad, en que a falta de doctrinas y raciocinios, como sucede en los países poco civilizados, se colmaban de injurias y baldones recíprocos, fueron aumentando progresivamente el germen de la división, y poniendo en choque abierto los poderes del Estado. Iturbide se lamentaba con sus generales de la conducta del congreso, y poco faltaba para que estas quejas produjesen el mismo efecto funesto que las imprudentes palabras de Enrique V de Inglaterra, que causaron la desastrosa muerte de Tomás Bequet. Los de la oposición por su parte amenazaban con puñales y motines, y era imposible que tal estado de cosas pudiese subsistir. Nunca pedía el poder ejecutivo al congreso cosa que se le concediese; por el contrario, se procuraba discutir y sacar a la palestra cuanto contribuía a despopularizar a este hombre, que nada hacía por sí mismo para mantener la ilusión que había causado los primeros días de su triunfo. Entre los militares, como hemos visto, había también algunos enemigos de Iturbide. El marqués de Vivanco, general de división, que a duras penas se declaró por el partido nacional, no podía pasar porque Iturbide fuese el jefe de la nación, y sólo quería, a falta de sistema colonial, una familia real de las que cuentan muchas centurias de ascendientes. Hago particular mención de este individuo, porque siendo criollo y casado con una señora sumamente rica, que llevaba el título de la casa, podía ejercer más influencia que otros jefes que profesaban las mismas opiniones. En su lugar veremos a este general tomar parte contra D. Agustín de Iturbide.

Principia Iturbide a descubrir sus proyectos ulteriores

Llegamos a la época memorable en que el generalísimo almirante, cansado de sufrir desaires, temiendo cada instante resoluciones del congreso que le despojasen de sus atribuciones y del mando, descubrió en un momento la ambición que inútilmente había querido ocultar desde el principio de sus empresas. Estaba pendiente la discusión de un proyecto de ley, en que se declaraba incompatible el mando del ejército con las funciones del poder ejecutivo que presidía Iturbide, con lo que se intentaba despojarle de una de las dos que entonces ejercía, y que causaba las alarmas de los liberales. En aquella época, aun las más prudentes precauciones parecían ataques dados al gobierno, por el modo con que se presentaban y el aspecto que se las daba. ¿Qué cosa más justa que separar el mando de las armas de las mismas manos encargadas del poder ejecutivo? Con todo, Iturbide veía en esta medida una agresión a sus derechos, y se queja de ella en sus memorias. Para hablar con documentos incontestables, debería transcribir en este lugar las actas del congreso y los papeles de aquella época; pero no siendo mi  ánimo escribir por ahora más que un ensayo o breves memorias de aquel tiempo, copiaré lo que el mismo Iturbide dijo, y después pronunciaré mi juicio, que vale tanto como el de uno de los principales actores en aquellos sucesos. He aquí lo que escribía:

 

(18 de mayo de 1822.) Este día memorable a las diez de la noche, el pueblo y la guarnición de México me proclamaron emperador. El aire resonaba en aquellos momentos con los gritos de viva Agustín I. Inmediatamente, y como si todos los habitantes estuviesen animados de los mismos sentimientos, aquella vasta capital se vio iluminada, los balcones se cubrieron de cortinas, y se ocuparon de los más respetables habitantes, que oían repetir con gozo las aclamaciones de la multitud que llenaba las calles, con especialidad las que estaban cercanas a la casa que yo ocupaba. Ni un solo ciudadano expresó la menor desaprobación, prueba evidente de la debilidad de mis enemigos y de la unanimidad de la opinión pública en mi favor. No hubo accidente ni desorden de ninguna especie. Mi primer deseo fue el de presentarme y declarar mi determinación de no ceder a los votos del pueblo. Si me abstuve de hacer esto, fue únicamente porque me pareció prudente deferir a los consejos de un amigo que estaba en aquellos momentos conmigo. Apenas tuvo tiempo para decirme. "Se considerará  vuestro no consentimiento como un insulto, y el pueblo no conoce límites cuando está  irritado. Debéis hacer este nuevo sacrificio al bien público; la patria está  en peligro: un rato más de indecisión por vuestra parte, bastaría para convertir en gritos de muerte estas aclamaciones". Conocí que era necesario resignarse a ceder a las circunstancias, y empleé toda esta noche en calmar el entusiasmo general y en persuadir al pueblo y a las tropas, que me permitiesen tiempo para decidirme, y entre tanto prestar obediencia al congreso. Me mostré muchas veces para arengar, y escribí una corta proclama que se distribuyó la mañana del 19, en la cual expresaba los mismos sentimientos que en mis arengas. Convoqué la regencia, reuní los generales y oficiales de graduación, y al mismo tiempo instruí al presidente del congreso de lo que pasaba, invitándole a reunir en el momento los diputados en sesión extraordinaria. La regencia fue de sentir que yo debía ceder a la opinión pública; los oficiales superiores del ejército añadieron también que aquélla era su opinión unánime; que era necesario que yo aceptase, y que yo no tenía facultad para obrar conforme a mis deseos, pues había consagrado mi existencia a la patria; que sus privaciones y sufrimientos serían inútiles, si yo persistía en mi negativa; y que habiéndose comprometido por mí, y prestádome una obediencia ciega [nótense estas palabras], tenían derecho a exigir condescendencia por mi parte. En seguida redactaron una representación al congreso, pidiéndole tomara en consideración este asunto importante. Este documento fue firmado también por el hombre que ejerció después las funciones de presidente de la reunión, de donde emanó el acta de Casa Mata [habla del general Echávarri], y por uno de los actuales miembros del poder ejecutivo [habla del general Negrete].

El congreso se reunió al día siguiente. El pueblo llenaba las galerías y las entradas del salón; sus aclamaciones no cesaban sino para comenzar de nuevo; se advertía una alegre agitación sobre todos los semblantes; los discursos de los diputados eran interrumpidos por manifestaciones de impaciencia de la multitud. Muy difícil es obtener orden en semejantes momentos; pero una discusión tan importante lo requería, y a fin de conseguirlo, el congreso me invitó a concurrir a su sesión. Se nombró una diputación para comunicarme esta resolución. Al principio me negué a este paso, fundado en que el congreso se iba a ocupar de cosas que me concernían personalmente, y que se podría mirar mi presencia como un obstáculo a la libertad de los debates, y a la expresión de la libre voluntad de cada miembro. Sin embargo, la diputación y varios oficiales generales consiguieron su objeto de decidirme a aceptar la invitación, y me dirigí al momento al lugar en que estaba reunido el congreso. Era casi imposible pasar por las calles; ¡tan llenas estaban de los habitantes de la capital! El pueblo desunció mis caballos y tiró de mi coche hasta el palacio del congreso, haciendo resonar el aire con las más vivas aclamaciones. Al entrar en la sala en que estaban juntos los diputados, el pueblo llevó sus aclamaciones hasta el entusiasmo, y salían de todas partes.

La cuestión de mi nombramiento se discutió inmediatamente, y ni un solo diputado se opuso a mi elevación al trono. La excitación que manifestó un corto número, provino de que no creían bastante amplios sus poderes para resolver esta cuestión, les parecía que era necesario consultar a las provincias, y pedirlas una adición a los poderes que habían acordado a sus diputados, u otros nuevos aplicables a aquel solo caso. Yo apoyé esta opinión, porque me ofrecía una ocasión de buscar un modo evasivo para no aceptar una dignidad que yo renunciaba de todo mi corazón. Pero la mayoría expresó una opinión contraria, y fui elegido por sesenta votos contra quince. Los miembros de la minoría no me rehusaron sus sufragios; se limitaron simplemente a expresar su opinión de que se consultase a las provincias, porque no se creían con poderes amplios. Me declararon al mismo tiempo que sus comitentes estarían de acuerdo con la mayoría, y pensarían que lo que se había hecho era bajo todos aspectos ventajoso al bien público. Jamás vio México un día señalado por una satisfacción más completa; y todas las clases de sus habitantes la manifestaron del modo menos equívoco. Volví a mi casa lo mismo que había ido al congreso; mi coche era llevado por el pueblo, y una multitud de ciudadanos a mi rededor me felicitaban y daban testimonios de la alegría que experimentaban al ver cumplidos sus votos.

La noticia de estos acontecimientos se trasmitió a las provincias por correos extraordinarios, y las respuestas que llegaron sucesivamente, no sólo expresaban, sin excepción de una sola ciudad, la aprobación de lo que se había hecho, sino aun añadían que aquello era puntualmente lo que deseaban, y que hubieran expresado sus votos mucho tiempo antes, si no se hubiesen considerado como impedidos de hacerlo por el plan de Iguala y tratado de Córdoba que habían jurado. Recibí también las felicitaciones de un hombre que mandaba un regimiento y ejercía un grande influjo sobre una porción considerable del país. Me decía que su satisfacción era tan grande, que no podía disimularla; pero que había tomado disposiciones para proclamarme en caso de que no se hubiese verificado en México. [Esto hace alusión a D. Antonio López de Santa-Anna.]
 

Los lectores han visto cómo refiere Iturbide este hecho. Daré algunas pinceladas a este cuadro, y la verdad aparecerá  desnuda; la verdad, que si siempre es interesante en la historia, lo es mucho más en la relación de los sucesos que han de influir notablemente en la suerte futura de un gran pueblo.

Hemos visto al general Iturbide en choque abierto con el congreso, y a una mayoría de esta asamblea preparando diariamente decretos para disminuir sus facultades. Las logias escocesas hacían progresos igualmente en las provincias que en la capital, y el primer artículo de su fe era hacer la guerra de todos modos al héroe de Iguala. Los antiguos insurgentes, ese partido numeroso que hizo por tantos años la guerra a los españoles, eran también enemigos de este jefe. Los españoles todos, las familias conexionadas con éstos, los abogados jóvenes, todos éstos le eran poco adictos, y aunque la masa de la nación le estaba agradecida, era muy dudoso si lo quería para monarca. En la noche del 18 de mayo, la plebe de los barrios de México, excitada por individuos que después fueron muy marcados, se juntó desde las ocho de la noche, y dirigiéndose hacia la casa del señor Iturbide, gritaba: Viva Agustín I ¡Viva el emperador! Se disparaban al mismo tiempo varios tiros, algunos con bala, y muchas casas se iluminaron, por simpatía y adhesión unas, y por temor otras. Los generales adictos a Iturbide coadyuvaron, y no faltaron cuerpos que se acalorasen en esta causa. Los enemigos de éste se acobardaron, y temieron ser víctimas aquella misma noche. Habían visto a Iturbide cruel e inexorable cuando hizo la guerra a los insurgentes, y temían que armado ahora de un poder absoluto resucitase su antigua ferocidad, y tomase una venganza ruidosa y sanguinaria. El sistema de lenidad que había adoptado este caudillo y seguido constantemente desde su nueva carrera, no les daba suficientes garantías para lo sucesivo. Debemos decir, en obsequio de la verdad, que jamás desmintió por ningún acto de crueldad las protestas que había hecho de respetar la sangre de los conciudadanos. Mas un hombre que se ha hecho temible por actos de severidad, es siempre considerado como capaz de repetir los mismos actos. Todos aquellos, pues, que habían hecho oposición a las pretensiones de Iturbide, temblaron aquella noche, y algunos vinieron a buscar asilo en mi casa. México estaba en el terror por parte de éstos, y en la exaltación y tumulto por la de los partidarios del héroe. La plebe ya se sabe la que es.

Estaba de presidente del congreso D. Francisco Cantarines, que había sucedido a D. Juan Orbegozo en esta plaza, y pertenecía como él al partido de la oposición. Iturbide llamó al presidente del congreso, y le manifestó la necesidad que había de reunir la sesión, en lo que convino Cantarines sin ninguna dificultad. Los repiques de campanas, los tiros de fusilería y cohetes, la gritería de cuarenta mil léperos o lazaronis, las patrullas de tropas, todo formaba un laberinto, una confusión que no podía dar lugar a pensar con libertad. El congreso se reunió a las siete de la mañana; pero faltaron muchos diputados, que no consideraron deber concurrir a un acto, en que no se podía hablar ni votar con libertad. D. Francisco Antonio Tarrazo, D. Pedro Tarrazo, D. Manuel Crescencio Rejón, D. Fernando del Valle, D. José María Sánchez, D. Joaquín Castellanos, D. Juan Rivas Vértiz, D. José María Fagoaga, D. Francisco Sánchez de Tagle, D. Hipólito Odoardo y otros no concurrieron por la razón expresada. La discusión dio principio a las diez en presencia de Iturbide como se ha dicho. En los bancos de los diputados estaban mezclados oficiales, frailes y otras gentes que, juntamente con los de las galerías, gritaban: ¡Viva el emperador y mueran los traidores! ¡El emperador o la muerte! Varios diputados del partido de Iturbide pidieron, por una proposición firmada, que se procediese a elegirle emperador. Algunos se opusieron, y tuvieron bastante energía para subir a la tribuna y exponer las razones en que se fundaban; pero sus voces eran sofocadas por los gritos amenazadores de las galerías, y los diputados se veían obligados a descender en medio de los insultos y silbidos de una plebe que faltaba a todos los miramientos debidos al congreso. Iturbide, es verdad que hacía esfuerzos por mantener el orden, y procurar acallar a aquellos forajidos; mas el remedio era levantar la sesión, o por mejor decir, no haberla abierto. Pero ¿cómo había de tomarse semejante medida, cuando se quería sacar de la sorpresa y violencia una elección que después hubiese quizá sido imposible? Si como Iturbide dice en sus memorias, renunciaba de corazón a este malhadado imperio, ¿cómo consintió en que se hiciese aquella violencia al congreso? ¿Por qué la autorizó él mismo? ¿Creía de buena fe lo que le decía su ministro Herrera, de que el pueblo le sacrificaría si no aceptaba la corona? ¿Es posible que él mismo estuviese persuadido de que ni un solo diputado se opuso a su elevación al trono, como asegura en sus memorias, cuando sabía, y hemos visto, que la mayoría del congreso le era contraria? Lo cierto es, que no hubo libertad en aquel acto, y que fue únicamente obra de la violencia y de la fuerza.

No es esto decir que la nación no hubiera nombrado en aquellas circunstancias emperador a D. Agustín de Iturbide mejor que a otro alguno. Las ideas republicanas estaban en su cuna: todos parecían contentos con una monarquía constitucional. Cuando D. Lorenzo de Zavala, diputado por la provincia de Yucatán, salió para el congreso de México, circuló una nota a varios ayuntamientos proponiendo tres cuestiones: 1ª Qué forma de gobierno debería sostener en el congreso. 2ª En el caso de ser monárquico, qué familia sería la mejor para gobernar. 3ª Si se debería pedir y sancionar la tolerancia religiosa. ¿Quién creería que ni un solo ayuntamiento contestase más que el que se sujetase al plan de Iguala? Una de estas corporaciones hizo contra él una exposición al generalísimo Iturbide, porque había tenido la osadía de hacer aquellas cuestiones importantes. Tal era en lo general el estado del país. De consiguiente, no hubiera sido antinacional la elección de Iturbide para el trono, si se hubiese hecho por otros medios, después de conocer la nación que la familia llamada había faltado por su parte, y que los mexicanos se hallaban libres del pacto contraído al tiempo de hacerse la independencia. Yo por mi parte, hablando de buena fe, no sé qué era lo que más convenía a una nación nueva, que no tenía ni hábitos republicanos, ni tampoco elementos monárquicos. Todos debían ser ensayos o experimentos, hasta encontrar una forma que fuese adaptable a las necesidades y nuevas emergencias de la nación. Las cuestiones abstractas de gobiernos han causado en los estados americanos más males que las pasiones mismas de sus jefes ambiciosos.

No es extraño que las provincias felicitasen al nuevo monarca, si se considera lo que he dicho, y mucho más si se reflexiona que aquellas provincias eran representadas por ayuntamientos o diputaciones provinciales presididas por los jefes militares que dependían del nuevo emperador, que lo esperaban todo de él, y que no eran los órganos legítimos de la voluntad de los ciudadanos. Los habitantes de las provincias oyeron el advenimiento de Iturbide al trono, como un suceso que no les tocaba, como una sustitución de una familia en lugar de otra; y es natural que el sentimiento de nacionalidad hablase en favor del hijo del país. Si Iturbide en lugar de mendigar del congreso existente los sufragios para el imperio, hubiese apelado a la nación haciendo una nueva convocatoria, llamando diputados propietarios; o dueños de algún capital, y sujetando su elección a un escrutinio de esta nueva asamblea, que estuviese autorizada con poderes de sus comitentes ad hoc, quedando entre tanto con el mando en una especie de dictadura, es más que probable que se hubiera ratificado su elección y marchado en armonía con el nuevo congreso. Pero los medios de que se valió, y la absurda conducta de mantener el mismo congreso que había recibido la humillación de verse obligado a elegirle emperador, fueron las principales, causas de su caída. El terror subsistió por algunos días. En este intervalo, los agentes de la nueva dinastía hacían proposiciones que eran aprobadas al momento, para hacer la corona hereditaria, y declarar príncipes los parientes del nuevo monarca. La familia imperial existía; pero estaba como aislada en medio de un vasto océano. No había alta nobleza, no había aquella aristocracia que forma como los escalones al trono, y le sirve de sostén y de apoyo. Las monarquías en Europa se encuentran aclimatadas por la serie de siglos que cuentan, por los hábitos contraídos de veneración y respeto a los nombres históricos de que están llenos los anales de los pueblos cultos, por las relaciones diplomáticas, por las ceremonias y empleados de palacio, por los edificios mismos en que habitan los reyes. ¿Qué debe parecer en las Américas una familia real que necesita comenzar, para tener algún prestigio, creando esos adminículos, que si existen en el día es solamente por su antigüedad, y que sería ridículo pensar en hacerlos nacer en un tiempo como el nuestro? ¿En dónde tomar esos chambelanes, esos maestros de ceremonias, esos grandes cancilleres, esos caballerizos, y tantos otros personajes, cuyos nombres son desconocidos en nuestros diccionarios políticos? Y esa cámara hereditaria, esa nobleza cuyo origen se pierde en la oscuridad de los tiempos feudales, ¿cómo darle existencia? Estamos viendo que Napoleón, con todo su poder, con toda su gloria, no ha podido hacer un solo noble cuyo origen no lleve consigo la nota de su reciente fecha, a pesar de hablar en favor de éstos los hechos inmortales de Marengo, Austerlitz, Jena, Tilsit, y el nombre mágico del conquistador de Europa; ¿qué hubiera hecho sin la antigua nobleza que llamó a su lado?

Iturbide estaba, pues, como desairado, y todo parecía una comedia. Hablando de la imposibilidad que en su opinión había para que se pudiese establecer en México un gobierno republicano, dice en sus memorias, que esos amantes de teorías no consideran que en el orden moral como en el físico todo debe marchar lentamente, y que no estaba suficientemente ilustrado el país para aquella forma de gobierno. ¿No se le podía decir que este principio era más aplicable a su monarquía? En efecto, nada se había hecho y ya teníamos un emperador y una nueva dinastía. Desde un fantasma de guardias de corps hasta el trono había un intervalo inmenso que llenar: existía un vacío que hacía conocer y sentir lo poco natural de aquella posición. Se querían imitar las cortes de Europa, así como después se han querido imitar los Estados Unidos. ¡Parodias ridículas, cuya duración sólo depende del momento en que se conoce la extravagancia!. El tratamiento de Majestad, las genuflexiones de Madrid, el favoritismo, la camarilla, las libreas, hasta la unción prestada de los reyes de Francia y emperadores de Austria, todo esto había; pero lo había tan desairado, tan desaliñado, tan desnudo, tan cómico, que parecía que en cada acto, en cada paso, en cada ceremonia se ponían los representantes a recordar su papel. Se veía la estampa que representaba a Napoleón con sus vestidos imperiales, para que el sastre hiciese otros iguales; para que Iturbide tuviese la misma actitud, es decir, esa actitud inmóvil que tienen los cuadros. Se suscitaban cuestiones muy serias sobre los óleos, y se hubiera dado la mitad de las rentas de la corona para obtener una parte del de la redoma de S. Remigio. ¿Podía subsistir semejante establecimiento? Los más reservados y discretos se burlaban de esta farsa, en la que no veían más que un empeño temerario en querer trasplantar a América instituciones y ceremonias, cuya veneración en otras partes no puede venir sino de la tradición y de la historia. Pero no era solamente esa ausencia de elementos monárquicos la que oponía obstáculos a la creación de un trono vestido a la antigua como quería Iturbide. La tendencia de las naciones cultas de Europa a sacudir los hábitos e instituciones feudales; esa lucha entablada entre el pueblo y la aristocracia; esa guerra entre los partidarios de la libertad y los patronos de los abusos, presentada a los americanos en las obras clásicas que circulan entre sus manos, les hacían y hacen entender, que nada hay más absurdo que intentar levantar en las nuevas naciones esos edificios góticos, mientras en la Europa se trabaja constantemente en hacer desaparecer hasta sus vestigios. Los habitantes de los nuevos estados de América no conocen esos hábitos de respeto a la nobleza, ni las diferentes jerarquías creadas por las emergencias de la Europa bárbara. Destruido el sistema de terror, que era el principal resorte del gobierno colonial, era un delirio intentar reorganizar la sociedad sobre los modelos de los pueblos viejos del antiguo continente. Iturbide, imitando las ceremonias y ritos reales de Madrid o Saint-Cloud, no causó más ilusión que si hubiese tratado de representar el papel de Ulises o de Agamenón. Tan extrañas eran para los mexicanos unas como otras; y quizá el régimen patriarcal hubiera tenido más partidarios.

Los que querían el bien efectivo del país no disputaban acerca del nombre, sino sobre la forma que se daría al gobierno y la dirección que tomarían los asuntos. Lamentaban la ceguedad de los partidos, que se hacían la guerra por nombres y por personas; querían garantías individuales, y sus consecuencias, que son: libertad de imprenta, libertad de cultos y gobierno representativo; querían que no se imitase a ningún país servilmente, ni se fuesen a copiar sus instituciones y tomar prestadas sus leyes; que las que se formasen naciesen de las necesidades, de las costumbres, de las relaciones y circunstancias de la nueva patria; querían que se rompiesen todas las cadenas que debieron desaparecer al hacerse la independencia; que esas tropas permanentes, instrumento de los tiranos bajo diferentes denominaciones, se retirasen a las costas o fronteras; que los ciudadanos obrasen bajo las inspiraciones de su interés social y no bajo el imperio de las bayonetas; que se retirase ese aparato militar de las casas o palacios de los supremos poderes, y no temiesen estos mismos ser el juguete de la fuerza armada. Esto querían; pero esto era muy difícil, muy arduo. ¿Qué se hubiera hecho entonces de esa multitud de nuevos legisladores, que venían de los colegios con sus conocimientos a la europea, y lo que es todavía peor, sin las luces que al menos se adquieren en el antiguo continente con una educación cuidada y aplicación constante? Jóvenes que acababan de leer las malas traducciones que llegaban a América de MM. B. Constant, de C. Filangieri, de Desttut de Tracy: abogados eclesiásticos que habían hecho sus estudios en esos colegios o universidades en que, como he dicho, no se enseñaba nada de sólido; éstos eran, y no podían ser otros los legisladores, consejeros, jueces y ministros. Iturbide y sus cortesanos se habían propuesto por modelo la corte de Napoleón y sus decretos: los borbonistas querían y quieren un vástago de la familia de Borbón, que consideran como una tabla de naufragio en la tempestad que agita aquellos países; los republicanos han echado mano de las voces, fórmulas, instituciones de un país vecino, manteniendo sin embargo los fueros y privilegios del clero y del ejército, la religión romana con intolerancia de otra alguna, y los abusos que nacen de estos principios destructores de su figurada república. Pero aún no es tiempo de hablar de esta materia. Iturbide, sus ministros y favoritos, tenían por modelo como he dicho a Napoleón. Los Cien días, el Memorial de Santa Helena, las Memorias del emperador; éstas eran las obras que dirigían la política del nuevo gabinete; éstas el manual de los cortesanos. El congreso se había trazado una línea, se había propuesto su modelo; éste eran las cortes de España y su constitución. ¿Qué debería resultar de esta marcha? Un funesto desenlace. Por supuesto se creó, a imitación de la España constitucional, un consejo de Estado nombrado como en la península por el congreso y el rey; un tribunal supremo de justicia, que ocasionó acaloradas disputas entre el poder ejecutivo y el congreso, acerca de quién debería nombrar estos magistrados. Aunque se habían retirado del congreso algunos diputados y no asistían a las sesiones, no por eso influían menos en las resoluciones de esta asamblea. Iturbide encontró una oposición obstinada, un sistema organizado de contradicción en que se estrellaban todos sus proyectos. Es verdad que el congreso había publicado una proclama en 21 de mayo, en la que reconocía la utilidad y necesidad de la elección de este caudillo para el trono; pero en este mismo documento, escrito sin fuego, sin solidez, sin coherencia, se notan estas palabras:

 

El congreso se disponía a comenzar de una manera grave y solemne la discusión de una cuestión tan importante; pero los gritos del pueblo, aumentándose a cada instante, la asamblea se convenció de la necesidad de tomar en consideración la dignidad y los derechos imprescriptibles de la nación mexicana, la que si había sido bastante generosa para ofrecer el trono a la familia reinante de España, estaba lejos de imaginar que semejante oferta se hubiese rechazado con menosprecio.
 

 

Aunque subsistía el miedo; pero sea la existencia de un suceso que todos habían presenciado, sea un artificio de parte del autor de esta proclama, lo cierto es que tres días después se consignó en ella la violencia que había obligado a la asamblea a obrar de aquel modo.

La guerra más atroz que se hacía a Iturbide era la de escasearle los recursos. No había ningún arreglo en la hacienda ni se presentaban ningunos medios de ponerlo. Las contribuciones estaban enormemente disminuidas como hemos visto, y los gastos se habían aumentado como era natural. El comercio se hacía cada vez más lánguido, por haber cesado las entradas de buques de la península, y aún no se había restablecido el giro con las naciones extranjeras, que apenas comenzaban a tentar muy pequeñas especulaciones. Muy pocos buques llegaban a las costas de México, y los ingresos se habían disminuido por esta escasez hasta una mitad. Muchos españoles salían con sus caudales, y los que quedaban en el país tenían entorpecidos sus giros. ¿Cómo podía ser de otra manera con la conducta seguida por el gobierno español, que declaraba a los mexicanos en estado de rebelión? Algunos buques españoles llegaban al castillo de Ulúa, y desembarcando allí sus efectos, pagaban los derechos al jefe español que lo mandaba, y se introducían después de contrabando en la plaza de Veracruz. Las minas no se trabajaban. Las más ricas habían quedado inutilizadas después de la anterior revolución, y no existían capitales para volverlas a poner en giro. Los antiguos insurgentes se presentaban todos los días pidiendo empleos, pensiones, indemnizaciones y recompensas por sus pasados servicios. No es fácil concebir cuántas ambiciones grandes y pequeñas era necesario satisfacer para no hacer descontentos. Todos los que habían tomado el título de generales, de coroneles, de oficiales, de intendentes, de diputados; todos los que habían perdido sus bienes defendiendo la causa de la independencia, por destrucción o confiscaciones hechas por el gobierno español; los que estaban inutilizados para trabajar por heridas recibidas; en fin, la mitad de la nación pedía, y el gobierno del emperador, en lugar de halagar a estos patriotas, manifestaba sus antipatías personales sin miramiento. Escaseces por una parte y exigencias por otra; ésta era la situación financiera de aquel gobierno. De consiguiente los diputados estaban sin dietas, y la miseria de algunos era tanta que no tenían para sacar sus cartas del correo. Los empleados no eran pagados con exactitud, y las tropas mismas, a pesar de que ésta era la principal atención de la administración, sufrían atrasos en sus pagas. Esta situación era muy desventajosa para un hombre que tenía que luchar contra el congreso y contra los españoles, que no podían perdonar a Iturbide haberse puesto a la cabeza de los independientes, y contribuido tanto al buen éxito de esta causa. Uno de los primeros cuidados del gobierno del señor Iturbide luego que se le eligió emperador, fue enviar a los Estados Unidos del Norte un ministro plenipotenciario, para que promoviese el reconocimiento de la independencia de México y de la nueva dinastía imperial. D. Manuel Zozaya, encargado de esta importante misión, partió para aquella república en julio o agosto de 1822, con D. Anastasio Torrens como secretario. El gobierno y el pueblo de los Estados Unidos, así como tenían simpatías fuertes para reconocer la independencia de los nuevos estados americanos y entrar en relaciones con ellos, sentían repugnancia al ver establecida una forma de gobierno monárquica. No se apresuraron, pues, a hacer el reconocimiento en el mismo año, aunque sea un principio de su derecho público el reconocer todos los gobiernos de hecho. Mas no pudieron disimular su disgusto al ver levantarse en un país vecino una monarquía, cuyos principales apoyos serían un ejército formidable y el influjo del clero, elementos corrosivos para los países libres y republicanos. El ministro mexicano fue acogido con distinción, y recibió todos los testimonios de afecto privado que eran compatibles con la política adoptada con respecto a México. En el año siguiente veremos al ministro Clay presentarse en el seno de la asamblea, pidiendo en nombre del presidente de los Estados Unidos M. Adams, el reconocimiento liso y llano de la independencia de México, a pesar de las protestas y esfuerzos del ministro español Anduaga. La escena había variado, y México no era ya gobernado por un monarca.

Por el mes de julio llegó a México el Dr. D. Servando de Mier, escapado del castillo de S. Juan de Ulúa, en donde le tuvo prisionero el general Dávila. Estaba nombrado diputado por su provincia, y entró desde luego a ejercer sus funciones, aunque siendo religioso dominico no era legal su nombramiento. Este eclesiástico había adquirido cierta celebridad por sus padecimientos, y por algunos escritos indigestos que había publicado en Londres sobre la revolución de Nueva España. Desde el momento de su llegada a México se declaró públicamente enemigo de Iturbide, contra cuya elevación al trono había ya manifestado sus opiniones desde que pisó el territorio. No faltaron quienes dijeron que Dávila le había dejado en libertad, con el objeto de lanzar este elemento más de revolución entre los mexicanos. En efecto, por tal debe reputarse a este hombre, cuya actividad era igual a su facundia y osadía. Hablaba del emperador con tanto desacato, ponía tan en ridículo su gobierno, que el tolerarle hubiera sido un principio de destrucción más entre tantos como existían. Declamaba en el congreso, en las plazas, en las tertulias, y predicaba sin embozo provocando la revolución contra la forma adoptada. En este mismo tiempo tuvo noticia Iturbide que en casa de D. Miguel Santa María, ministro plenipotenciario de Colombia, se reunían varias personas para formar un plan de revolución, cuyo objeto era el de proclamar la república. Los individuos que componían esta junta eran el mismo padre Mier, D. Luis Iturribaria, D. Anastasio Cerecero, el general D. Juan Pablo Anaya, y el mismo Santa María. No podía tener duda Iturbide de la existencia de este proyecto, porque dos individuos, llamados uno Oviedo y otro Luciano Velázquez, servían de espías aparentando tomar una parte activa en la conspiración. En realidad el plan era ridículo, y no podía comprometer la seguridad del gobierno, por la clase y número de personas, que no pasaban de ocho o diez. Pero Iturbide deseaba pretextos u ocasiones para dar un golpe de Estado, y esta circunstancia se los proporcionó. Se advertirá la torpeza que en esta ocasión manifestó su imbécil ministerio, lo que quizá contribuyó más que otra cosa a la caída del emperador y de la monarquía.

El 26 de agosto de 1822 por la noche, expidió órdenes el gobierno para que fuesen arrestados los diputados Fagoaga, Echenique, Obregón, Carrasco, Tagle, Lombardo, D. Carlos Bustamante, D. Servando de Mier; Echarte, D. Pablo Anaya, D. Francisco Tarrazo, D. José del Valle, D. Juan Mayorga, Zebadúa, D. José Joaquín Herrera, además de varios otros ciudadanos, entre ellos el general Parres, D. Anastasio Cerecero, D. Agustín Gallegos y otros. La prisión de un número considerable de representantes de la nación era una novedad que debía alarmar a los amantes de la libertad y del orden. Era de presumirse que el gobierno tendría causas muy graves para haber dado un paso tan importante, y que no querría incurrir en la inmensa responsabilidad que produciría el cargo de atacar las opiniones de los diputados, que es en el sistema representativo una de las bases esenciales de la constitución. Unos opinaban que no podía dejar de existir una vasta conspiración, que amenazaba no solamente las instituciones, sino la independencia misma de la nación; otros creían que Iturbide había fraguado o fingido creer la conspiración para destruir a sus enemigos. Los unos y los otros se equivocaban. Una sombra de conspiración existía en los acalorados cerebros del padre Mier, D. Anastasio Cerecero, D. Juan Pablo Anaya, el ministro de Colombia Santa María y un tal Iturribaria; pero aunque los datos que el gobierno tenía eran suficientes para proceder contra éstos, desde luego aparecía que la prisión de los demás diputados era una notoria injusticia y un acto de venganza por odio contra sus personas y opiniones, o un proyecto para eliminar de la asamblea legislativa aquellos diputados que habían manifestado más oposición a sus pretensiones. Las intrigas del ministerio fueron inútiles, así como los esfuerzos del poder para implicar en la causa de conspiración a más personas que las referidas, y era tan notoria la injusticia de este acto, después que se pasaron algunos días, que muy pocos dejaron de pronunciarse contra el gobierno que lo había cometido. No solamente se acusaba la arbitrariedad en la medida; pero se reflexionaba sobre el atentado cometido contra diputados cuyo crimen era el haber expresado con libertad sus opiniones en la tribuna. De consiguiente se veía oprimido en el seno mismo del congreso nacional el ejercicio de la facultad más esencial en los órganos de la voluntad del pueblo. D. Lorenzo de Zavala publicó entonces una traducción del tratado de garantías individuales de M. Daunou, y denunció desde el congreso a la nación, que aquel gobierno era arbitrario y despótico.