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Edicion 2017

Edición Web Limitada

Autora: Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1815 Al ministro de Indias sobre el carácter de la insurgencia

Félix María Calleja

Excmo. Sr. Ministro Universal de Indias.

El estado de estos países en cuanto a la opinión y por lo respectivo a la guerra de los insurgentes, es el mismo que he manifestado a V. E. en mis últimas cartas relativas a este asunto. No hay en el día un cuerpo capaz, como los que se formaban en otro tiempo, de apoderarse de ninguna provincia. capital o pueblo en que estén nuestras tropas, por la actividad coro que se les persigue; ni cuentan con un solo país o territorio del que puedan llamarse dueños con propiedad; pero, en cambio, lo son casi exclusivamente de los campos. Infinitas gavillas de bandidos más o menos numerosas, sin dependencia ni reconocimiento entre sí y muchas veces haciéndose cruelmente la guerra las unas a las otras, vagan como árabes por todo el reino, robando, incendiando y talando el país, escaseándonos y aun privando a muchos pueblos de subsistencias e impidiendo los medios de regenerar los ramos arruinados. Tal es en sustancia el estado de la Nueva España...

Con un sistema tan bárbaro y cruel y con el de obligar a las gentes de los pueblos a que los abandonen a la llegada de las tropas, son indecibles los obstáculos que ofrece esta guerra; y puede decirse que sin presentar grandes masas, son dueños del país, del que se apoderarían en lo absoluto, sin la actividad con que se les persigue y sin este incesante cuidado de preparar los medios necesarios para frustrar sus designios y deshacer en su principo las reuniones que se forman con la mayor celeridad, apenas se les da tiempo paraello. Sin embargo, en su actual estado y con su privativa táctica de no empeñar acción alguna, de cuyo buen éxito no tengan una casi segura probabilidad, y de aumentar todo lo posible su caballería que en efecto es numerosa y la mejor del reino, por componerse de hombres de a caballo y gentes del campo, bastan para ocupar a muchas tropas, sin que éstas logren sino muy rara vez y a costa de mucha fatiga y actividad darles algún golpe considerable...

Por otra parte, este odio infame que ciertas clases especialmente los eclesiásticos, le han hecho concebir hacia el gobierno legítimo y los europeos en general, y que no han bastado a extinguir las proclamas, las estrechas medidas que he tomado, prohibiendo los destinos y empleos públicos a quienes no sean conocidos por adictos a la justa causa, ni los edictos pastorales y los escritos más luminosos que procuro fomentar, junto con la idea vaga pero lisonjera a un pueblo vicioso e ignorante de disfrutar con la independencia una libertad sin límites, y al ver lo arraigados que por desgracia están semejantes principios, me hacen desconfiar de que basten aquellos medios y motivos para establecer la tranquilidad apetecida, así como se engañaron mis esperanzas y las de todos los sensatos, creyendo que sería suficiente el regreso de nuestro amado soberano para obligarles a reconocerle y deponer las armas.

Por el contrario, puede decirse con verdad, que nunca se les ha visto más activos y empeñosos en formar reuniones, armarlas, vestirlas y disponerlas para la campaña, que en la ocasión en que el más amable de los soberanos hace oír su voz paternal, en lo que convienen todas las noticias que recibo de las provincias, dimanado sin duda de que saben la próxima venida de las tropas de esa península y el temor de ver frustrados sus proyectos, les obliga a hacer esfuerzos extraordinarios por realizarlos antes de su llegada.

Yo no sé qué otras medidas podrán alcanzar a destruir este espíritu de rebelión. Convencido de que ella tiene su principal origen y apoyo de la perversidad del estado eclesiástico, voy a tentar el medio de que se pongan los curatos como en los principios de la conquista, exclusivamente en manos de buenos religiosos y de los pocos clérigos adictos a la justa causa, y a excitar para ello a los respectivos diocesanos, recogiendo en las capitales y extrayendo del reino a todos los eclesiásticos malos o sospechosos, aunque algunas feligresías queden, como es natural, sin ministros; teniendo en mi concepto menos inconvenientes el que carezcan del pasto espiritual, que el que se alimenten con doctrinas subversivas y contrarias a los derechos del soberano y de la patria.

Si por este medio llegase a curarse la enfermedad, lo demás no deberá dar cuidado, pues las tropas de la península unidas a las fieles y valientes del país, bastarán con la prudencia necesaria en el gobierno para contener y disipar en poco tiempo las reuniones de los obstinados que quieran llevar adelante sus pretensiones y contra quienes no veo otro camino que el del rigor.