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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1808 Ensayo político sobre el reino de la Nueva España (Fragmento)

Alexander von Humboldt

 

CAPITULO VII
BLANCOS, CRIOLLOS Y EUROPEOS. SU CIVILIZACIÓN. DESIGUALDAD DE SUS FORTUNAS. NEGROS. MEZCLA DE LAS CASTAS. RELACIÓN DE LOS SEXOS ENTRE SÍ. MÁS O MENOS LARGA VIDA SEGÚN LA DIFERENCIA DE LAS RAZAS. SOCIABILIDAD.

 

Entre los habitantes de raza pura ocuparían el segundo lugar los blancos, si no se hubiese de atender sino al número de ellos. Divídense en blancos nacidos en Europa y en descendientes de europeos nacidos en las colonias españolas de la América o en las islas asiáticas. A los primeros se da el nombre de chapetones o de gachupines, a los segundos, el de criollos. Los naturales de las islas Canarias, a quienes se designa generalmente con la denominación de isleños y que son los capataces de las haciendas, se consideran como europeos. Las leyes españolas conceden unos mismos derechos a todos los blancos; pero los encargados de la ejecución de las leyes buscan todos los medios de destruir una igualdad que ofende el orgullo europeo. El gobierno, desconfiado de los criollos, da los empleos importantes exclusivamente a naturales de la España antigua, y aun de algunos años a esta parte, se disponía en Madrid de los empleos más pequeños en la administración de aduanas o del tabaco. En una época en que todo concurría a aflojar los resortes del estado, hizo la venalidad espantosos progresos: las más de las veces no era una política suspicaz y desconfiada, sino el mero interés pecuniario el que distribuía todos los empleos entre los europeos. De aquí han resultado mil motivos de celos y de odio perpetuo entre los chapetones y los criollos. El más miserable europeo, sin educación y sin cultivo de su entendimiento, se cree superior a los blancos nacidos en el Nuevo Continente; y sabe que con la protección de sus compatriotas, y en una de tantas casualidades como ocurren en parajes donde se adquiere la fortuna tan rápidamente como se destruye, puede algún día llegar a puestos cuyo acceso está casi cerrado a los nacidos en el país, por más que éstos Se distingan en saber y en calidades morales. Los criollos prefieren que se les llame americanos; y desde la paz de Versalles y, especialmente, después de 1789 se les oye decir muchas veces con orgullo: "Yo no soy español, soy americano"; palabras que descubren los síntomas de un antigua resentimiento. Delante de la ley todo criollo blanco es español; pero el abuso de las leyes, la falsa dirección del gobierno colonial, el ejemplo de los estados confederados de la América Septentrional y el influjo de las opiniones del siglo, han aflojado los vínculos que en otro tiempo unían más íntimamente a los españoles criollos con los españoles europeos. Una sabia administración podrá restablecer la armonía, calmar las pasiones y resentimientos, y conservar, acaso aún por mucho tiempo, la unión entre los miembros de una misma familia tan grande y esparcida en Europa, y en la América desde la costa de los Patagones hasta el norte de la California.

El número de los individuos que constituyen la casta de los blancos, o de los españoles, asciende probablemente en toda la Nueva España a 1.200,000, de los cuales una cuarta parte habita las provincias internas. En la Nueva Vizcaya, o intendencia de Durango, no hay ningún individuo sujeto al tributo. Casi todos los habitantes de estas regiones más septentrionales pretenden ser de pura casta europea.

En 1793 se encontró que había sobre la población total,


Así resulta del censo, sin hacer ninguna variación de las que exige lo imperfecto de esta operación, de que hemos hablado en el capítulo V. Por consiguiente en las cuatro intendencias vecinas a la capital, se encontraron 272,000 blancos, ya europeos, ya descendientes de europeos, en una población de 1.737,000 almas. Por cada cien habitantes había:

Estas diferencias, harto notables, indican el grado de civilización a que habían llegado los antiguos mexicanos del sur de la capital. Estas regiones más australes fueron siempre las más habitadas. Ya hemos observado varias veces, en el curso de esta obra, que al norte la población india era menos densa, y la agricultura no ha hecho por allí progresos conocidos sino después de la conquista.

Merece atención el comparar el número de blancos en las islas Antillas y en el reino de México. La parte francesa de Santo Domingo, aun en su época más feliz, esto es, en 1788, tenía en una superficie de 1.700 leguas cuadradas de 25 al grado, menos población que la intendencia de la Puebla. Page calcula la primera en 520,000 habitantes, entre los cuales había 40,000 blancos, 28,000 horros y 452.000 esclavos. Resulta de aquí que en Santo Domingo había por cada cien almas, 8 blancos, 6 hombres de color libres y 86 esclavos. En 1787 contaba la Jamaica por cada cien habitantes, 10 blancos, 4 hombres de color y 86 esclavos, y con todo, esta colonia inglesa tiene un tercio menos de población que la intendencia de Oaxaca. Resulta, pues, que la desproporción entre los europeos o sus descendientes y las castas de sangre india o africana, es aún mayor en las partes meridionales de Nueva España que en las Antillas Francesas e Inglesas. Por el contrario, la isla de Cuba ofrece, hasta el día de hoy, una diferencia muy grande y consoladora en la distribución de las castas. Según varias indagaciones estadísticas que tuve ocasión de hacer con sumo cuidado durante mi mansión en La Habana, en 1800 y 1804, he encontrado que en la última de estas épocas, la población total de la isla de Cuba era de 432,000 almas, entre las cuales había:

o sea, por cada cien habitantes 54 criollos y europeos, 21 habitantes de color y 25 esclavos. Los hombres libres son a los esclavos como 3 a 1, mientras que en la Jamaica son como 1 a 6. Por consiguiente, el número de blancos es mucho mayor en la isla de Cuba que en México aun en las regiones en que hay menos indios.

El estado siguiente indica la preponderancia media de las otras castas sobre la de los blancos en los diferentes parajes del Nuevo Continente. Por cada cien habitantes se cuenta:

En la capital de México, según el censo del conde de Revillagigedo, hay por cada cien habitantes 49 españoles criollos, 2 españoles nacidos en Europa, 24 indios aztecas y otomíes, y 25 individuos mestizos. El exacto conocimiento de estas proporciones es de grande interés político para los encargados de velar sobre la tranquilidad de las colonias.

Sería difícil estimar con exactitud cuántos europeos hay en un millón y doscientos mil blancos que habitan la Nueva España. Como en la misma capital, en donde, por ser la residencia del gobierno, se reúne el mayor número de españoles, no hay entre sus 135,000 habitantes, 2,500 individuos nacidos en Europa, se hace muy probable que apenas haya en todo el reino más de 70 a 80,000. Por consiguiente, no componen sino la septuagésima parte de la población total; y la proporción de los europeos a los criollos blancos es como 1 a 14.

Las leyes españolas prohíben la entrada en sus posesiones americanas a lodo europeo que no haya nacido en la península. En México y el Perú se han hecho sinónimos los nombres de europeos y españoles; y de ahí es que los habitantes de las provincias lejanas no conciben fácilmente que haya europeos que no hablen su lengua; consideran esta ignorancia como una prueba de baja extracción, porque en cuanto les rodea, sólo la última clase del pueblo deja de saber el español. Más instruidos en la historia del siglo XVI que en la de nuestro tiempo, se imaginan que la España continúa ejerciendo una declarada preponderancia sobre lo demás de Europa; y la península es para ellos el centro de la civilización europea. No sucede lo mismo con los americanos que habitan la capital. Los que han leído las obras de la literatura francesa o inglesa, caen fácilmente en el defecto contrario; pues tienen de su metrópoli una idea aún menos ventajosa que la que en Francia se tenía, cuando eran menos comunes las comunicaciones entre España y el resto de la Europa. Prefieren los extranjeros de los otros países a los españoles; y llegan a persuadirse de que el cultivo del entendimiento hace más rápidos progresos en las colonias que en la península.

Son ciertamente muy notables estos progresos en México, La Habana, Lima, Quito, Popayán y Caracas. De todas estas grandes ciudades, La Habana se asemeja más a las de Europa en cuanto a sus usos, lujo refinado y tono del trato social. En La Habana se conoce mejor la situación de los negocios políticos y su influjo en el comercio. Con todo, a pesar de los esfuerzos de la Sociedad Patriótica de la isla de Cuba que protege las ciencias con el más generoso celo, prosperan éstas con lentitud; porque el cultivo y precio de los frutos coloniales atraen en aquel país toda la atención de sus habitantes. El estudio de las matemáticas, química, mineralogía y botánica está más extendido en México, Santa Fe y Lima. En todas partes se observa hoy día un grande impulso hacia la ilustración, y una juventud dotada de singular facilidad para penetrarse de los principios de las ciencias. Hay quien pretende que esta facilidad se nota más en los habitantes de Quito y Lima, que en México y Santa Fe: aquellos parecen dotados de un ingenio más fácil y ligero, de una imaginación más viva; al paso que tos mexicanos y los naturales de Santa Fe tienen la opinión de ser más perseverantes en los estudios a que una vez llegan a dedicarse.

Ninguna ciudad del Nuevo Continente, sin exceptuar las de los Es-lados Unidos, presenta establecimientos científicos tan grandes y sólidos como la capital de México. Citaré sólo la Escuela de Minas, dirigida por el sabio Elhuyar, y de la cual hablaré cuando trate del beneficio de los metales; el Jardín Botánico y la Academia de pintura y escultura conocida con el nombre de Academia de las Nobles Artes. Esta academia debe su existencia al patriotismo de varios particulares mexicanos y a la protección del ministro Gálvez. El gobierno le ha cedido una casa espaciosa, en la cual se halla una colección de yesos más bella y completa que ninguna de las de Alemania. Se admira uno al ver que el Apolo de Belvedere, el grupo de Laocoonte y otras estatuas aún más colosales, han pasado por caminos de montaña que por lo menos son tan estrechos como los de San Gotardo, y se sorprende al encontrar estas grandes obras de la antigüedad reunidas bajo la zona tórrida, y en un llano o mesa que está a mayor altura que el convento del gran San Bernardo. La colección de yesos puesta en México ha costado al rey cerca de 40,000 pesos. En el edificio de la Academia, o más bien en uno de sus patios, deberían reunirse los restos de la escultura mexicana y algunas estatuas colosales que hay de basalto y de pórfido, cargadas de jeroglíficos aztecas y que presentan ciertas analogías con el estilo egipcio e hindú. Sería una cosa muy curiosa colocar estos monumentos de los primeros progresos intelectuales de nuestra especie, estas obras de un pueblo semibárbaro habitante de los Andes mexicanos, al lado de las bellas formas nacidas bajo el cielo de la Grecia y de la Italia.

Las rentas de la Academia de las Bellas Artes de México son de 24,500 pesos, de los que el gobierno da 12,000, el cuerpo de mineros mexicanos cerca de 5,000 y el consulado, o junta de los comerciantes de la ciudad, más de 3,000. No se puede negar el influjo que ha tenido este establecimiento en formar el gusto de la nación; haciéndose esto visible más principalmente en ¡a regularidad de los edificios y en la perfección con que se cortan y labran las piedras, en los ornatos de los capiteles y en los relieves de estuco. Son muchos los buenos edificios que ya en el día hay en México, y aun en las ciudades de provincia, como Guanajuato y Querétaro. Son monumentos que a veces cuestan 300,000 pesos, y que podrían figurar muy bien en las mejores caites de París, Berlín y Petersburgo El señor Tolsá, profesor de escultura en México, ha llegado a fundir allí mismo una estatua ecuestre de Carlos IV; y es obra que, exceptuando el Marco Aurelio de Roma, excede en primor y pureza de estilo cuanto nos ha quedado de este género en Europa. La enseñanza que se da en la Academia es gratuita, y no se limita al dibujo del paisaje y figura; habiéndose tenido la buena idea de emplear otros medios a fin de vivificar la industria nacional, la Academia trabaja con fruto en propagar entre los artistas el gusto de la elegancia y belleza de las formas. Todas las noches se reúnen en grandes salas, muy bien iluminadas con lámparas de Argand, centenares de jóvenes, de los cuales unos dibujan al yeso o al natural, mientras otros copian diseños de muebles, candelabros u otros adornos de bronce. En esta reunión (cosa bien notable en un país en que tan inveteradas son las preocupaciones de la nobleza contra las castas) se hallan confundidas las clases, los colores y razas; allí se ve el indio o mestizo al lado del blanco, el hijo del pobre artesano entrando en concurrencia con los de los principales señores del país. Consuela, ciertamente, el observar que bajo todas las zonas el cultivo de las ciencias y artes establece una cierta igualdad entre los hombres, y les hace olvidar, a lo menos por algún tiempo, esas miserables pasiones que tantas trabas ponen a la felicidad social.

Desde fines del reinado de Carlos III, y durante el de Carlos IV, el estudio de las ciencias naturales ha hecho grandes progresos no sólo en México, sino también en todas las colonias españolas. Ningún gobierno europeo ha sacrificado sumas más considerables que el español, para fomentar el conocimiento de los vegetales. Tres expediciones botánicas, a saber, las del Perú, Nueva Granada y de Nueva España, dirigidas por los señores Ruiz y Pavón, don José Celestino Mutis y los señores Sessé y Mociño, han costado al Estado cerca de 400,000 pesos. Además, se han establecido jardines botánicos en Manila y en las islas Canarias. La comisión destinada a levantar los planos del canal de los Güines, tuvo encargo también de examinar las producciones vegetales de la isla de Cuba. Todas estas investigaciones hechas por espacio de veinte años en las regiones más fértiles del Nuevo Continente, no sólo han enriquecido el imperio de la ciencia con más de cuatro mil especies nuevas de plantas, sino que también han contribuido mucho para propagar el gusto de la historia natural entre los habitantes del país. La ciudad de México tiene un jardín botánico muy apreciable en el recinto del palacio del virrey; y allí el profesor Cervantes hace todos los años sus cursos, que son muy concurridos. Este sabio posee, además de sus herbarios, una rica colección de minerales mexicanos. El señor Mociño, que acabamos de nombrar como uno de los colaboradores del señor Sessé, y que llevó sus penosas excursiones desde el reino de Guatemala hasta la costa N. O. o la isla de Vancouver y Cuadra; el señor Echeverría, pintor de plantas y animales, cuyas obras pueden competir con lo más perfecto que en este genera ha producido la Europa, son ambos nacidos en la Nueva España, y ambos ocupaban un lugar muy distinguido entre los sabios y los artistas antes de haber dejado su patria.

Los principios de la nueva química, que en las colonias españolas se designa con el nombre algo equívoco de Nueva Filosofía, están más extendidos en México que en muchas partes de la península. Un viajero europeo se sorprendería de encontrar en lo interior del país, hacia los confines de la California, jóvenes mexicanos que raciocinan sobre la descomposición del agua en la operación de la amalgamación al aire Ubre. La Escuela de Minas tiene un laboratorio químico, una colección geológica clasificada según el sistema de Werner, y un gabinete de física, en el cual no sólo se hallan preciosos instrumentos Ramsden, Adams, Le Noir y Luis Berthoud, sino también modelos ejecutados en la misma capital con la mayor exactitud, y de las mejores maderas del país. En México se ha impreso la mejor obra mineralógica que posee la literatura española, el Manual de Orictognosia, dispuesto por el señor Del Río según los principios de la escuela de Freiberg, donde estudio el autor. En México se ha publicado la primera traducción española de los Elementos de Química de Lavoisier. Cito estos hechos separados, porque ellos dan una idea del ardor con que se ha abrazado el estudio de las ciencias exactas en la capital de la Nueva España, al cual se dedican con mucho mayor empeño que al de las lenguas y literatura antiguas.

La enseñanza de las matemáticas está más abandonada en la universidad de México que en la Escuela de Minas; los discípulos de este último establecimiento van más adelante en el análisis, y Les instruyen en el cálculo integral y diferencial. Cuando restablecida la paz, y libres las comunicaciones con Europa, lleguen a ser más comunes los instrumentos astronómicos (los cronómetros, los sextantes y círculos repetidores de Borda), se hallarán, aun en las partes más remotas del reino, jóvenes capaces de hacer observaciones y de calcularlas por los métodos más modernos. El gobierno podría sacar de esta singular aptitud un gran partido para hacer levantar el mapa del país. Además, el gusto por la astronomía es muy antiguo en México. Tres sujetos distinguidos, Velázquez, Gama y Alzate, ilustraron su patria a fines del último siglo. Los tres hicieron un sinnúmero de observaciones astronómicas especialmente de los eclipses de los satélites de Júpiter. Alzate, el menos sabio de ellos, era corresponsal de la Academia de Ciencias de París: observador poco exacto, y de una actividad a veces impetuosa, se dedicaba a demasiados objetos a un mismo tiempo. Prescindiendo aquí del mérito de sus tareas astronómicas, no puede negársele el muy verdadero de haber excitado a sus compatriotas al estudio de las ciencias físicas. La Gaceta de Literatura que publicó por largo tiempo en México, contribuyó muy particularmente a dar fomento e impulso a la juventud mexicana.

El geómetra más señalado que ha tenido la Nueva España después de la época de Sigüenza, ha sido don Joaquín Velázquez Cárdenas y León. Todas las tareas astronómicas y geodésicas de este sabio infatigable llevan el sello de la mayor exactitud. Nacido el 21 de julio de 1732, en lo interior del país, en la hacienda de Santiago Acebedocla, cerca del pueblo indio de Tizicapán, puede decirse que no tuvo otro maestro más que a sí mismo. Siendo de edad de cuatro años, pegó las viruelas a su padre, el cual murió de ellas. Un tío, cura de Jaltocan, se encargó de su educación y le hizo instruir por un indio llamado Manuel Asensio, hombre de mucho talento natural y muy versado en la historia y mitología mexicanas. Velázquez aprendió en Jaltocan varias lenguas indias y el uso de la escritura jeroglífica de los aztecas. Es de sentir que no haya publicado nada sobre este interesante ramo de antigüedades. Puesto en el colegio tridentino de México, casi no halló en él, ni profesor ni instrumentos. Con los pequeños auxilios que se pudo proporcionar por allí, se fortificó en las matemáticas y en las lenguas antiguas. Por una feliz casualidad cayeron en sus manos las obras de Newton y Bacon: aquéllas le inspiraron el gusto de la astronomía y éstas le dieron el conocimiento de los verdaderos métodos filosóficos. Siendo, como era, pobre y no encontrando, ni aun en México, instrumentos ningunos, se dedicó con su amigo Guadalajara, hoy maestro de matemáticas en la academia de pintura, a hacer anteojos y cuadrantes. Al mismo tiempo hacía de abogado, ocupación que en México, como en todas partes, es más lucrativa que la de observar los astros, y empleó las utilidades que le daba su trabajo en comprar instrumentos en Inglaterra. Nombrado catedrático en la Universidad, acompañó a don José de Gálvez en su visita a la Sonora; y habiendo sido enviado en comisión a la California, se aprovechó del hermoso cielo de aquella península, para hacer un sinnúmero de observaciones astronómicas. Fue el primero que observó allí el enorme error de longitud, con que todos los anteriores mapas habían marcado aquella parte del Nuevo Continente muchos más grados al O. de los a que realmente está. Cuando el abate Chappe, más célebre por su valor y declarado amor a las ciencias que por la exactitud de sus operaciones, llegó a California, ya encontró allí al astrónomo mexicano, el cual se había hecho construir, de tablas de mimosa, un observatorio en Santa Ana. Ya había determinado la posición de este pueblo indio, y así anunció al abate Chappe que el eclipse de luna del 18 de junio de 1769 sería visible en California. El geómetra francés dudó de esta aserción hasta que se verificó el eclipse. Por sí sólo Velázquez hizo una muy buena observación del paso de Venus sobre el disco del Sol el día 3 de junio de 1769, y al día siguiente comunicó el resultado al abate y a dos astrónomos españoles, don Vicente Doz y don Salvador de Medina. El viajero francés quedó sorprendido de la armonía que había entre la observación de Velázquez y la suya. Sin duda extrañó el encontrar en California a un mexicano, que sin pertenecer a ninguna academia, ni haber salido jamás de Nueva España, hacía tanto como los académicos. En 1773 hizo Velázquez el gran trabajo geodésico, del cual hemos dado algunos resultados en nuestro análisis del atlas mexicano, y aún volveremos a hablar cuando tratemos de la galería de desagüe de los lagos del valle de México. El servicio que este hombre infatigable hizo a su patria, fue el establecimiento del tribunal y escuela de minas, cuyos proyectos presentó a la corte. Acabó su laboriosa carrera el día 6 de marzo de 1786, siendo el primer director general del tribunal de minería, con los honores de alcalde de corte.

Después de haber citado las tareas de Alzate y Velázquez sería una injusticia no hacer mención de Gama, que fue el amigo y colaborador del último de aquellos. Pobre, y precisado a mantener su numerosa familia a costa de un trabajo penoso y mecánico, desconocido y casi olvidado en vida por sus conciudadanos que le llenaron de elogios después de muerto, llegó a ser por sí mismo un astrónomo hábil e instruido. Publicó muchas memorias sobre algunos eclipses de Luna, sobre los satélites de Júpiter, sobre el almanaque y la cronología de los antiguos mexicanos y sobre el clima de la Nueva España; en todas las cuales se ve una grande precisión de ideas y exactitud en las observaciones. Permítaseme el haberme detenido en tantas particularidades acerca del mérito literario de estos tres sabio mexicanos, para probar con su ejemplo, que esa ignorancia que el orgullo europeo se complace en echar en cara a los criollos, no es efecto del clima o falta de energía moral; sino que en la parte donde todavía se advierte esa ignorancia, debe atribuirse al aislamiento y falta de buenas instituciones sociales en que tienen a las colonias.

Si en el estado actual de cosas, la casta de los blancos es en la que se observan casi exclusivamente los progresos del entendimiento, es también casi sola ella la que posee grandes riquezas; las cuales por desgracia están repartidas aún con mayor desigualdad en México que en la capitanía general de Caracas, en La Habana y el Perú. En Caracas los más ricos cabezas de familia tienen cosa de diez mil pesos de renta; en la isla de Cuba se encuentra quien tiene más de 30 a 35,000 pesos. En estas dos industriosas colonias, la agricultura ha consolidado riquezas más considerables que todo el beneficio de las minas ha acumulado en el Perú. En Lima hay pocos que junten arriba de 4,000 pesos de renta. No conozco en el día ninguna familia peruana que goce una renta fija y segura de 6,500 pesos. Por el contrario, en Nueva España hay sujetos que sin poseer minas ningunas, juntan, una renta anual de 200,000 pesos fuertes. La familia, por ejemplo, del conde de Valenciana, posee fincas en el lomo de la cordillera por valor de más de 5 millones de pesos, sin contar la mina de Valenciana, cerca de Guanajuato, la cual un año con otro deja un beneficio de 75,000 pesos. Esta familia, cuyo jefe actual, el conde de Valenciana, se distingue por su generosidad y noble deseo de instruirse, está dividida en tres ramas, que gozan en común, aun en los años en que no es muy ventajoso el beneficio de la mina, más de 140,000 pesos fuertes de renta. El conde de Regla, cuyo hijo menor, el marqués de San Cristóbal, se ha distinguido en París por sus conocimientos en física y fisiología, ha hecho construir en La Habana a sus expensas dos navíos de línea de las mayores dimensiones y de madera de caoba y de cederella, y se los ha regalado a su soberano. La riqueza de esta casa se debe a la vena de la Vizcaína, cerca de Pachuca. La familia de Fagoaga, conocida por su beneficencia, luces y celo del bien público, presenta el ejemplo de la mayor riqueza que una mina haya dado en tiempo alguno a sus dueños. Una sola vena que posee la familia del marqués de Fagoaga, en el distrito de Sombrerete, ha dejado en 5 ó 6 meses, deducidos todos los gastos, un beneficio neto de cuatro millones de pesos.

Según estos datos, se deberían suponer en las familias mexicanas capitales infinitamente mayores aún que los que se ven allí. El difunto conde de la Valenciana, primero de este título, sacó algunas veces de su única mina, en un año, hasta 1.200,000 pesos fuertes de producto líquido, y en los últimos 25 años de su vida jamás bajó esta renta anual de 400 a 600,000 pesos. Sin embargo, este hombre extraordinario, que había llegado a América sin fortuna ninguna, y que siempre vivió con grande moderación, no dejó a su muerte, fuerade su mina que es la más rica del mundo, sino unos dos millones de pesos fuertes entre fincas y capitales. Este hecho que es muy verdadero, no tiene nada de extraño para los que han examinado la conducta interior de las grandes casas mexicanas. El dinero ganado rápidamente, se gasta con la misma facilidad. El beneficio de las minas viene a ser un juego, en el cual se ceban con una pasión desenfrenada. Los ricos propietarios de minas dan a manos llenas el dinero a diversos charlatanes, que los meten en nuevas empresas, en las provincias más apartadas: y en un país donde los trabajos se hacen tan en grande que a veces el pozo de una mina cuesta 400,000 pesos duros, la equivocada empresa de un proyecto arriesgado, puede absorber en pocos años las ganancias del beneficio de las venas más ricas. Añádase a esto, que por el desorden interior que reina en la mayor parte de las grandes casas de la Vieja yNueva España, suele encontrarse empeñado un cabeza de familia, aunque tenga una renta de medio millón de francos, y aunque a la vista no tenga otro lujo sino el de muchos tiros de mulas.

No hay duda que las minas han sido el origen de los grandes caudales de México. Muchos mineros han empleado felicísimamente sus riquezas, comprando tierras y dedicándose con el mayor esmero a la agricultura; pero hay también muchas familias muy poderosas que nunca tuvieron minas muy lucrativas que beneficiar. Entre estas familias se cuentan los ricos descendientes de Cortés, o sea, del marqués del Valle. El duque de Monteleone, señor napolitano, que hoy posee el mayorazgo de Cortés, tiene excelentes posesiones en la provincia de Oaxaca, cerca de Toluca y en Cuernavaca. El producto neto de sus rentas no es en el día sino de 110,000 pesos, habiendo quitado el rey al duque las alcabalas y los derechos del tabaco; pero los gastos ordinarios de la administración pasan de 25,000 pesos, habiéndose enriquecido notablemente muchos administradores del marquesado. Si los descendientes del gran conquistador se resolvieran a vivir en México, muy en breve subiría su renta a más de 300,000 pesos.

Para dar una completa idea de las inmensas riquezas que hay en las manos de algunos particulares de la Nueva España, y que pudieran competir con las que presentan la Gran Bretaña y las posesiones europeas en el Indostán, añadiré algunas noticias exactas, así sobre las rentas del clero mexicano, como sobre los sacrificios pecuniarios que hace anualmente el cuerpo de minería para perfeccionar el beneficio de las minas metálicas. Este cuerpo, formado por la reunión de los propietarios de minas y representado por diputados que residen en el Tribunal de Minería, ha adelantado en tres años, desde 1784 hasta 1787, la suma de 800,000 pesos a varios individuos que carecían de los fondos necesarios para emprender grandes obras. En el país se cree que de este dinero no se ha hecho un buen uso, dándolo para habilitar; pero el haberlo entregado prueba la generosidad y opulencia de los que son capaces de hacer liberalidades de este tamaño. Cualquier lector europeo se sorprenderá, todavía más, si le refiero el hecho extraordinario de haber prestado, pocos años ha, la respetable familia de los Fagoagas, sin interés ninguno, una suma de más de 700,000 pesos duros a un amigo a quien creyó asegurar de este modo una fortuna sólida; y esta suma enorme se perdió irrevocablemente en la empresa de una nueva mina que salió mal. Las obras de arquitectura que se hacen en la capital para hermosearla son tan dispendiosas que, a pesar del bajo precio de los jornales, el soberbio edificio que el Tribunal de Minería hace construir para la escuela de minas, costará a lo menos seiscientos mil pesos, de los cuales se han aprontado casi los dos tercios desde que se principió a echar los cimientos. Para activar la construcción y, principalmente con el fin de que tuviesen desde luego los alumnos un laboratorio, para hacer experiencias metálicas sobre lo que allí llaman el beneficio de patio, el cuerpo de los mineros mexicanos había asignado 10,000 pesos por mes en sólo el año de 1803. Tal es la facilidad con que pueden llevarse a efecto proyectos vastos en un país en que las riquezas pertenecen a un corto número de individuos.

Aún es más notable esta desigualdad de fortuna en el clero, parte del cual gime en la última miseria, al paso que algunos individuos de él tienen rentas superiores a las de muchos soberanos de Alemania. El clero mexicano es menos numeroso de lo que se cree en Europa, componiéndose sólo de 10,000 personas, de las cuales casi la mitad son frailes. Comprendiendo en esta cuenta a los frailes legos, donados y criados de los conventos, esto es, todos los que no están destinados a los órdenes sagrados, se puede calcular el clero en 13 ó 14 mil individuos. La renta anual de ocho obispos mexicanos asciende a la suma total de 544,390 pesos, y son a saber:

El obispo de la Sonora es el menos rico de todos, no percibe diezmos, sino que es pagado directamente de las cajas reales, como el de Panamá: sus rentas son sólo la vigésima parte de las del obispo de Valladolid de Michoacán; y lo que verdaderamente desconsuela en la diócesis de un arzobispo, cuya renta anual asciende a 130,000 pesos, es que hay curas de pueblos indios que apenas tienen de 100 a 120 pesos al año. El obispo y los canónigos de Valladolid han enviado en diferentes ocasiones al rey, en calidad de dones gratuitos, sobre todo durante la última guerra contra la Francia, una suma de 162,000 pesos. Los bienes raíces del clero mexicano, no llegan a 2 y medio ó 3 millones de pesos; pero este mismo clero posee riquezas inmensas, en capitales hipotecados sobre las propiedades de los particulares. El total de estos capitales (capitales de capellanías y obras pías, fondos dotales de comunidades religiosas), de que luego hablaremos con más pormenor, asciende a la suma de 44 millones y medio de pesos fuertes: desde el principio de la conquista temió Cortés la grande opulencia del clero, en país donde es difícil de mantener la disciplina eclesiástica. En una carta al emperador Carlos V dice, muy francamente, “que suplica a S. M. envíe a Indias «religiosos y no canónigos, porque éstos ostentan un lujo desenfrenado, dejan grandes riquezas a sus hijos naturales y dan escándalo a los indios recientemente convertidos»." Este consejo, dictado por la franqueza de un militar viejo, no fue adoptado en Madrid. Este pasaje curioso lo hemos copiado de una obra que publicó, hace algunos años, un cardenal y no queremos acusar al conquistador de la Nueva España de predilección por los frailes o encono contra los canónigos.

La fama, esparcida en Europa, de la grandeza de estas riquezas mexicanas, ha hecho concebir ideas muy exageradas sobre la abundancia de oro y plata, que se emplean en la Nueva España en vajilla, muebles, utensilios de cocina y jaeces. Un viajero que llevare su imaginación exaltada con estos cuentos de llaves, cerraduras y goznes de plata maciza, se hallará sorprendido, llegando a México, al no ver allí más metales preciosos empleados en el uso de la vida doméstica que en España, Portugal y otras partes de la Europa Austral; extrañará, cuando más, el ver en México, el Perú, o en Santa Fe, gentes del pueblo con los pies desnudos, pero guarnecidos de enormes espuelas de plata, o el encontrar el uso de vasos y platos de plata algo más común que en Francia e Inglaterra. Pero cesará la sorpresa del viajero, si tiene presente que la porcelana es muy rara en aquellas regiones modernamente civilizadas; que la naturaleza de los caminos de montaña hace sumamente difícil su transporte, y que en un país donde el comercio es poco activo, es muy indiferente el tener parados algunos centenares de pesos fuertes, o algún capital, en muebles de plata. Por lo demás, no obstante la enorme diferencia de riquezas que presentan el Perú y México, cuando se consideran separadamente las fortunas de algunos particulares, me inclinaría a creer que ha habido un bienestar más verdadero en Lima que en México, porque allí es mucho menor la desigualdad de fortunas. Al paso que en Lima, como hemos dicho antes, donde es más raro encontrar personas particulares que gocen más de 10 a 12,000 pesos de renta, se encuentra en cambio un gran número de artesanos mulatos y de negros libres, a quienes su industria da mucho más de lo necesario. Son bastante comunes en esta clase los capitales de 10 a 15,000 pesos, mientras que en México hormiguean de 20 a 30,000 zaragates y guachinangos, cuya mayor parte pasan la noche a la inclemencia, y por el día se tienden al sol, desnudos y envueltos en una manta de franela. Estas heces del pueblo, compuestas de indios y mestizos, presentan mucha analogía con los lazarones de Nápoles. Aunque perezosos, abandonados y sobrios los guachinangos como éstos, no tienen nada de feroz en su índole; nunca piden limosna; si trabajan un día o dos por la semana, ganan lo que han menester para comprar el pulque, o algún pato de los que cubren las lagunas mexicanas, y que comen asados con su propia grasa. El caudal de los zaragates rara vez pasa de dos o tres reales; pero el pueblo de Lima, más aficionado a lucirlo, a gozar y acaso también más industrioso, gasta muchas veces de dos a tres pesos en un día. Podría decirse que la mezcla de europeo y negro produce en todas partes una raza de hombres más activa y constante en el trabajo, que la del blanco con el indio mexicano.

Entre todas las colonias de los europeos bajo la zona tórrida, el reino de Nueva España es en donde hay menos negros; y casi puede decirse que no hay esclavos. Se cruza toda la ciudad de México sin encontrar una cara negra, y el servicio de las casas no se hace por esclavos. En esta parte México presenta un singular contraste con La Habana, Lima y Caracas. Según noticias exactas, tomadas por personas de las que trabajaron en el censo del año de 1793, apenas parece que hay seis mil negros en toda la Nueva España, y cuando más nueve o diez mil esclavos, cuya mayor parte se halla en los puertos de Acapulco y Veracruz, o en las tierras calientes. El número de esclavos es cuatro veces mayor en la capitanía general de Caracas, la cual no tiene la sexta parte de habitantes que México. Los negros de la Jamaica son a los de Nueva España como 250:1. En las Antillas, el Perú, y aun en Caracas, los progresos de la agricultura y de la industria, en el actual estado de cosas, dependen por lo común del aumento de los negros. En la isla de Cuba, por ejemplo, en donde la exportación anual de azúcar ha subido en 12 años desde 400,000 a un millón de quintales, se han introducido desde 1792 a 1803 cerca de 53,000 esclavos. En México por el contrario el aumento de la prosperidad colonial no depende, por ningún título, del aumento de introducción de negros. Hace 20 años que apenas se conocía en Europa el azúcar mexicano, y hoy día sólo Veracruz exporta más de 120,000 quintales; y a pesar de los progresos que, desde la revolución de Santo Domingo, ha hecho en Nueva España el cultivo de la caña de azúcar, no por eso se ha aumentado sensiblemente el número de esclavos. Entre los 74,000 negros con que el África abastece anualmente a las regiones equinocciales de la América y del Asia, los cuales equivalen en las colonias mismas a una suma de 111.000,000 de francos, apenas desembarcan ciento en las costas de México.

Según las leyes, no hay indios esclavos en las colonias españolas. Sin embargo, por un abuso bien extraño, dos especies de guerra, muy diferentes al parecer entre sí, dan ocasión a una suerte de hombres que se asemeja mucho a la del esclavo africano. Los frailes misioneros de la América Meridional hacen de cuando en cuando incursiones en los países ocupados por tribus pacíficas de indios, llamados indios bravos, porque no han aprendido todavía a hacer la señal de la Cruz como los indios, no menos desnudos, de las misiones a los que llaman indios reducidos. En estas incursiones nocturnas, dictadas por el fanatismo más criminal, se apoderan de todo lo que pueden coger, y principalmente de niños, mujeres y viejos; y separan sin compasión los hijos de sus madres, para evitar que busquen de acuerdo unos con otros los medios de escaparse. El fraile que hace de jefe de esta expedición distribuye la gente joven entre los indios de su misión, que más han contribuido al buen éxito de las entradas. En el Orinoco y en las orillas del río Negro portugués, se da a estos prisioneros el nombre de poitos, y son tratados como esclavos hasta la edad en que pueden casarse. El deseo de tener poitos y hacerlos trabajar durante ocho o diez años, da motivo a que los indios de las misiones inciten a los frailes para hacer entradas; bien que comúnmente los obispos han tenido la prudencia de reprobarlas, considerándolas como medios de hacer odiosa la religión y sus ministros. En México los prisioneros hechos en la guerrilla que casi de continuo se está haciendo en las fronteras de las provincias internas, tienen aún más desgraciada suerte que los poitos; porque aquéllos, que por lo común son de la nación india de los mecos o apaches, son llevados a México y encerrados en los calabozos de La Acordada. La soledad y la desesperación aumentan su ferocidad; deportados luego a Veracruz e isla de Cuba, perecen bien pronto, como todo indio salvaje trasplantado desde el alto llano central a las regiones más bajas y calientes. Ha habido ejemplos recientes de que estos prisioneros mecos, escapados de los calabozos, han cometido las más atroces crueldades en las campiñas inmediatas. A la verdad sería ya tiempo de que el gobierno llevase su atención hacia estos desgraciados, cuyo número es corto y cuya suerte sería por lo mismo muy fácil de mejorar.

Parece que al principio de la conquista se contaba en México un gran número de estos prisioneros de guerra a quienes se trataba como esclavos del vencedor. En el testamento de Hernán Cortés, monumento histórico digno de ser sacado del olvido, he hallado sobre este asunto una cláusula muy notable. Este gran capitán, que en el curso de sus victorias y en su pérfida conducta para con el desgraciado rey Moctezuma II, no había mostrado una conciencia demasiado delicada, cayó en escrúpulos al fin de sus días sobre la legitimidad de los títulos con que poseía sus inmensos bienes en México; y ordena a su hijo que haga las más exquisitas indagaciones sobre los tributos que habían percibido los grandes señores mexicanos, que habían sido propietarios de su mayorazgo antes de la llegada de los españoles a Veracruz; siendo su voluntad que se restituya a los indígenas el valor de los tributos que se habían exigido en su nombre, en cuanto excedían a los impuestos usados antiguamente. En las cláusulas 39 y 41 de su testamento, hablando de los esclavos, añade Cortés estas palabras memorables: "Como es muy dudoso si ha podido en conciencia un cristiano servirse como esclavos de los indígenas prisioneros de guerra, y como hasta ahora no se ha podido poner en claro este punto importante, mando a mi hijo don Martin, y a sus descendientes que le sucedan en mi mayorazgo y estados, que tomen todos los informes posibles sobre los derechos que pueden legítimamente ejercerse sobre los prisioneros. Los naturales a quienes después de haberme pagado los tributos se les ha forzado a prestar servicios personales, deben ser indemnizados, si se decidiere que no se pueden exigir tales servicios." Pero ¿de quién se habían de aguardar estas decisiones sobre puntos tan problemáticos sino del papa o de un concilio? Confesemos que tres siglos después, a pesar de las luces que derrama nuestra adelantada civilización, los ricos propietarios de América tienen menos estrecha la conciencia aun a la hora de su muerte. En nuestros días no son los devotos, sino los filósofos, los que mueven la cuestión de si es lícito tener esclavos. Pero la pequeña extensión que en todos tiempos ha tenido el imperio de la filosofía, hace creer que acaso habría sido más útil a la humanidad paciente, el que se hubiese conservado entre los creyentes aquella especie de escepticismo.

Por lo demás, los esclavos, que como se ha dicho, son muy pocos en el reino de México, están allí, como en todas las posesiones españolas, algo más protegidos por las leyes, que los negros que habitan las colonias de las otras naciones europeas. Estas leyes se interpretan siempre en favor de la libertad; y el gobierno desea ver que se aumente el número de los libertos. Un esclavo que con su industria ha llegado a juntar algún dinero, puede forzar a su amo a que le dé libertad, pagándole la suma de 300 ó 400 pesos. Ni puede negarse la libertad a un negro a pretexto de que fue triplicado el costo de su primera compra, o de que posee alguna habilidad particular para ejercer un oficio lucrativo. Al esclavo que haya sido maltratado con crueldad, le da la ley por este hecho su libertad, si es que el juez hace justicia al oprimido. Es fácil concebir que esta ley será eludida las más veces; pero con todo yo he visto en México por el mes de julio de 1803, el ejemplar de dos negras a quienes el alcalde de corte dio la libertad, porque su ama, que era una señora nacida en las islas, las había llenado de heridas con tijeras, alfileres y cortaplumas. En este terrible proceso, fue acusada el ama de haber roto los dientes con una llave a sus esclavas, cuando éstas se quejaban de una fluxión de muelas que no las dejaba trabajar. Las matronas romanas no eran más refinadas en sus venganzas. En todos los siglos es igual la barbarie, cuando los hombres pueden dar libre curso a sus pasiones, y cuando los gobiernos toleran un orden de cosas contrario a las leyes de la naturaleza, y por consiguiente al bienestar de la sociedad.

Acabamos de hacer la enumeración de las diversas razas de hombres que componen hoy la población de la Nueva España. Pasando la vista por los estados físicos contenidos en el Atlas Mexicano, se ve que la mayor parte de una nación de seis millones de habitantes puede considerarse como un pueblo de montaña. En el llano de Anáhuac, cuya elevación es por lo menos dos veces mayor que la de los nublados que en el verano vemos sobre nuestras cabezas, se hallan reunidos hombres de color bronceado venidos de la parte N. O. de la América Septentrional, europeos y algunos negros de las costas de Bonny, Calabar y Melimbo. Si se considera que lo que hoy llamamos españoles es una mezcla de alanos y de otras tribus de tártaros con los visigodos y los antiguos habitantes de la Iberia; si se tiene presente la singular analogía que existe entre la mayor parte de las lenguas europeas y el sánscrito y el persa; si por último se reflexiona sobre el origen asiático de las tribus errantes que penetraron en México desde el siglo séptimo, se hace creíble que aunque por caminos diametralmente opuestos, ha salido de un mismo centro una parte de esos pueblos, que errantes por mucho tiempo, y después de haber dado, por decirlo así, la vuelta al mundo, se vuelven a encontrar en el lomo de las cordilleras mexicanas.

Para acabar la descripción de los elementos que componen la población mexicana, nos falta indicar rápidamente la diferencia de las castas procedentes de la mezcla de las razas puras unas con otras. Estas castas forman una masa casi tan grande como los indígenas de México; pudiendo valuarse el total de individuos de mezcla en cerca de 2.400,000. Los habitantes de las colonias, por una refinada vanidad, han enriquecido su lengua, dando nombres a las más delicadas variedades de colores, nacidas de la degeneración del color primitivo. Será útil dar a conocer estas denominaciones, con tanta mayor razón, cuanto que muchos viajeros las han confundido; y esta confusión obscurece la lectura de las obras españolas que tratan de las posesiones americanas.

Al hijo de un blanco, sea -criollo o europeo, y de una indígena de color bronceado, se le llama mestizo. Su color es casi perfectamente blanco, y su piel de una transparencia particular. Su poca barba, manos y pies son pequeños, una ciertaoblicuidad de los ojos, anuncian la mezcla de la sangre india, más bien que la calidad del pelo. Si una mestiza se casa con un blanco, la segunda generación que resulta de esta unión apenas se distingue de la raza europea. Habiéndose introducido en la Nueva España poquísimos negros, los mestizos componen probablemente los 7/8 de la totalidad de las castas. En general se les tiene por mucho más dulces de genio que los mulatos, que son los hijos de blancos y de negras y que se hacen distinguir por la violencia de sus pasiones y por una particular volubilidad de lengua. Los descendientes de negros y de indias son conocidos en México, Lima, y aun en La Habana, con el extraño nombre de chinos: también se les llama zambos en la costa de Caracas; y aun en la Nueva España les dan las leyes el mismo nombre. En el día de hoy se aplica esta denominación principalmente a los descendientes de un negro y de una mulata, o de un negro y de una china. Se distinguen de estos zambos comunes, los zambos prietos, que son los que nacen de un negro y de una zamba. De la mezcla de un blanco con una mulata viene la casta de los cuarterones; y cuando una cuarterona se casa con un europeo o un criollo, su hijo lleva el nombre de quinterón. El nuevo enlace con la raza blanca hace perder de tal modo el resto del color, que el hijo de un blanco y de una quinterona es también blanco. Las castas de sangre india o africana conservan el olor que es particular de la transpiración cutánea de estas dos razas primitivas. Los indios peruanos que en la obscuridad de la noche distinguen por su delicado olfato las diferentes razas, han formado tres voces para el olor del europeo, del indígena americano y del negro: llaman al primero pezuña, al segundo posco, y al tercero grajo. Además, las mezclas en que el color de los hijos resulta más obscuro que el de su madre se llaman salta-atrás. Es claro que en un país gobernado por los blancos, las familias que se cree tienen menos porción de sangre negra o mulata, son naturalmente las más honradas. En España es una especie de título de nobleza el no descender ni de judíos ni de moros; en América la piel, más o menos blanca, decide del rango que ocupa el hombre en la sociedad. Un blanco, aunque monte descalzo a caballo, se imagina ser de la nobleza del país. El color constituye hasta cierta igualdad entre unos hombres, que allí, como en todas partes donde la civilización está poco adelantada, o que retrocede, se complacen en apurar las más pequeñas prerrogativas de raza y origen. Cuando un cualquiera del pueblo tiene algún altercado con uno de los señores de título del país, suele muy comúnmente decir el primero: ¿es que cree usted ser más blanco que yo? Expresión que caracteriza perfectamente el estado y origen de la aristocracia actual. Hay pues un grande interés de vanidad y aprecio público en valuar exactamente las fracciones de sangre europea que han cabido a cada cual de las diversas castas. Según los principios sancionados por el uso, están adoptadas las siguientes proporciones:

Sucede frecuentemente que algunas familias en quienes se sospecha mezcla de sangre, piden a la audiencia una declaración de que pertenecen a los blancos. Estas declaraciones no siempre van conformes con lo que dicen los sentidos. Se ven mulatos bien morenos, que han tenido la maña de blanquearse. Cuando el color de la piel es demasiado opuesto a la declaración judicial que se solicita, el demandante se contenta con una expresión algo problemática: concibiéndose la sentencia entonces así; que se tenga por blanco.

Sería muy interesante poder ventilar a fondo el influjo de la diversidad de las castas sobre la relación de los sexos entre sí. Por el censo de 1793 he visto, que en la ciudad de Puebla y Valladolid hay entre los indios más hombres que mujeres, al paso que entre los españoles o sea en la raza de los blancos, se ven más mujeres que hombres. Las intendencias de Guanajuato y Oaxaca presentan el mismo exceso de hombres en las castas. No he podido proporcionarme todos los materiales suficientes para resolver el problema de la diferencia de los sexos según las diferentes razas, según el calor del clima o la altura de las regiones que habita el hombre: me limitaré por consiguiente a dar algunos resultados generales.

En Francia, por un censo parcial hecho con el mayor esmero, se ha encontrado que sobre 991,829 almas, las mujeres existentes están a los hombres en la proporción de 9 a 8. El señor Peuchet se inclina más a la proporción de 34:33. Es cierto que en Francia hay más mujeres que hombres, y lo que es más notable, nacen más varones en el campo, y hacia el mediodía, que en las ciudades y en los departamentos comprendidos entre los 47° y el 52° de latitud.

En la Nueva España, por el contrario, estos cálculos de aritmética política presentan resultados opuestos. En general son allí los hombres en mayor número que las mujeres, según se ve por el estado anterior que he formado, y abraza ocho provincias, o una población de 1.352,000 habitantes.

Infiérese de mis cálculos, comparados con los que se han hecho en el ministerio de lo interior en París, que los hombres están respecto de las mujeres, tomando el total de la población de Nueva España, en la proporción de 100:95, y en Francia en la de 100: 103. Parece que estos números indican el verdadero estado de las cosas; porque no se presenta causa ninguna para que en el censo hecho por el conde de Revillagigedo, hubiesen tenido las mujeres mexicanas mayor interés que los hombres en ocultarse. Es tanto menos probable esta sospecha, cuanto que, según el mismo censo, en las grandes ciudades la relación de los sexos es enteramente diferente de la que se observa en los campos.

La vista de estas grandes ciudades es verosímilmente lo que ha hecho nacer la falsa idea, muy común en las colonias, de que en los climas calientes, y por consecuencia en todas las regiones bajas de la zona tórrida, nacen más muchachas que muchachos. Los pocos registros parroquiales que yo he podido examinar, dan un resultado diametralmente opuesto. En la capital de México hubo en cinco años desde 1797 a 1802.

En Pánuco y en Iguala, parajes ambos situados en un clima ardiente y malsano, en nueve años seguidos no hubo uno solo en que el exceso no estuviese a favor de los nacimientos varones. En general, la relación de estos nacimientos a los de hembras en Nueva España me parece estar de 100: 97; lo cual indica un exceso de varones algo mayor que en Francia, donde por cada 100 varones nacen 96 hembras.

Por lo que hace a la razón en que están los fallecimientos de los diferentes sexos, me ha sido imposible hacerme cargo de la ley que sigue allí la naturaleza. En Pánuco murieron en diez años 479 hombres y S09 mujeres. En México hubo en 5 años, y sólo en la parroquia del Sagrario, 2.393 fallecimientos de hembras y 1951 de hombres. Según estos datos, aunque son a la verdad bien pocos, el exceso de los hombres vivos debería ser mayor del que dejamos notado. Mas parece que en otros parajes los fallecimientos de hombres son más frecuentes que los de mujeres. En Iguala y en Calimaya, los primeros fueron a los últimos, en diez años, como 1,204 a 1,191 y como 1,330 a 1,232. El señor Pomelle observó ya que incluso en Francia es más notable la diferencia de los sexos en los nacimientos que en las muertes; según él nacen 7/17 más de varones que de hembras; y el pacífico estado del hombre del campo no ofrece sino 1/19 más de fallecimientos masculinos que femeninos. Del conjunto de estos datos resulta que en Europa, así como en las regiones equinocciales que gozan de una larga tranquilidad, debía haber un exceso de hombres, si la marina, las guerras y trabajos de riesgo a que nuestro sexo se dedica no disminuyesen continuamente su número.

La población de las grandes ciudades no es estable, ni se conserva por sí misma en un estado de equilibrio en cuanto a la diferencia de los sexos. Las aldeanas van a las ciudades para servir en las casas que no tienen esclavos; y un gran número de hombres salen de ellas para trajinar como arrieros, o para establecerse en los parajes donde hay trabajos de minas considerables. Sea la que fuere la causa de esta desproporción de sexos en las ciudades, ello es que existe. El estado siguiente, que sólo comprende tres ciudades, presenta un visible contraste con el que hemos hecho ya de la población general de ocho provincias mexicanas.

En los Estados Unidos de la América Septentrional, los recuentos o censos que comprenden toda la población, ofrecen como en México un exceso de hombres en vida. Este exceso es muy desigual en un país en que la emigración de los blancos, la introducción de muchos esclavos varones y el comercio marítimo concurren a turbar de continuo el orden prescrito por la naturaleza. En los estados de Vermont, de Kentucky y de La Carolina del Sur hay casi 1/10 más de varones que de hembras, al paso que en Pennsylvania y en el Estado de Nueva York no llega esta desproporción a 1/18.

Cuando el reino de Nueva España llegue a gozar de un gobierno que favorezca mayores conocimientos, entonces podrá la aritmética política facilitar datos de infinita importancia, así para la estadística en general, como para la historia física del hombre en particular. ¡Qué multitud de problemas habría que resolver en un país montañoso, que bajo una misma latitud presenta los climas más variados, habitantes de tres o cuatro razas primitivas, y la mezcla de estas razas en todas las combinaciones imaginables! ¡Qué de investigaciones podrían hacerse acerca de la edad de la pubertad, fecundidad de la especie, diferencia de los sexos y duración de la vida, que es mayor o menor según la elevación y temperatura de los parajes, según la variedad de las razas, según la época en que fueron transplantados los colonos a tal o cual región; en fin, según la diferencia de alimentos en donde, en un estrecho espacio, crecen a un tiempo el plátano, la mandioca, el arroz, el maíz, el trigo y las papas! Un viajero no puede dedicarse a estas investigaciones que exigen mucho tiempo, la intervención de la autoridad suprema y el concurso de muchas personas que se interesen en el mismo fin. Basta haber indicado aquí lo que queda por hacer al gobierno, cuando quiera aprovecharse de la feliz posición en que la naturaleza ha colocado a este extraordinario país.

El trabajo que se hizo en 1793 sobre la población de la capital, presenta resultados de que debe hacerse mención al fin de este capítulo. En esta parte el censo ha distinguido, en las diferentes castas, los individuos menores y mayores de 50 años, y resulta que en esta época había de exceso 4,128 blancos criollos, en el total de una población de 50,371 individuos de la misma raza.

Estos cálculos, al paso que confirman la admirable uniformidad que reina en todas las leyes de la naturaleza, parecen indicar que la duración de la vida es mayor en las razas, mejor alimentadas y en las que es más tardía la época de la pubertad. De 2,335 europeos que había en México el año de 1793, no bajaban de 442 las personas de 50 años arriba; lo cual prueba poco que los americanos tengan tres veces menos probabilidad de llegar a viejos que los europeos, pues estos últimos no van a las Indias sino ya hombres hechos.

Después de haber examinado el estado físico y moral de las diferentes castas que componen la población mexicana, sin duda deseará el lector ver tocar la cuestión acerca de cuál es la influencia de esta mezcla de razas sobre el bienestar de la sociedad en general; y hasta qué punto puede encontrar cómoda y agradable la vida en aquel país, el hombre culto, en medio de ese conflicto de intereses, preocupaciones y resentimientos.

No hablamos aquí de las ventajas que ofrecen las colonias españolas por la riqueza de sus productos naturales, por la fertilidad de su suelo y por la facilidad con que el hombre puede escoger a su gusto, con el termómetro en la mano, y sin salir del recinto de pocas leguas cuadradas, la temperatura o el clima que crea ser más favorable a su edad, constitución física, o especie de cultivo a que quiera dedicarse. No vamos a delinear el cuadro de aquellos países deliciosos, situados a media falda en la región de los robles y pinabetes entre 1,000 y 1,400 metros de altura, en donde reina una perpetua primavera, se cultivan los frutos más deliciosos de las Indias al lado de los de Europa, y no vienen a turbar estos goces la multitud de insectos, el temor de la fiebre amarilla, ni la frecuencia de los temblores de tierra. No se trata aquí tampoco de ventilar, si fuera de los trópicos hay alguna región en donde con menos trabajo pueda el hombre proveer a las necesidades de una familia numerosa. La prosperidad física del colono no es la única cosa que suaviza o hace agradable su existencia intelectual y moral.

Cuando un europeo que ha gozado de todos los atractivos que ofrece la vida social en los países más cultos, se traslada a aquellas remotas regiones del Nuevo Continente, se lamenta a cada paso del influjo que siglos hace está ejerciendo el gobierno colonial sobre la parte moral de aquellos habitantes. Acaso padece allí menos el hombre instruido que sólo se interesa en los progresos intelectuales de la especie humana, que el que se halla dotado de una grande sensibilidad. El primero se pone en correspondencia con la metrópoli; las comunicaciones marítimas le proporcionan libros e instrumentos; ve con admiración los progresos que el estudio de las ciencias exactas ha hecho en las principales ciudades de la América española; y la contemplación de una naturaleza grande, maravillosa y variada en sus producciones recompensa en su ánimo las privaciones a que le condena su posición. Pero el segundo no halla en las colonias españolas vida agradable sino recogiéndose dentro de sí mismo. Allí es donde el aislamiento y la soledad le parecen preferibles a todo, si quiere disfrutar pacíficamente de los bienes que ofrecen la hermosura de aquellos climas, la vista de un verdor siempre fresco y el sosiego político del Nuevo Mundo. Al enunciar estas ideas con toda franqueza, no acuso el carácter moral de los habitantes de México o el Perú, ni digo que el pueblo de Lima sea menos bueno que el de Cádiz; antes bien me inclinaría a creer, lo que otros muchos viajeros han observado antes que yo, es a saber, que los americanos están dotados por la naturaleza de una amenidad y suavidad de costumbres que toca en molicie, así como la energía de algunas naciones europeas degenera fácilmente en dureza. Aquel defecto de sociabilidad que es general en las posesiones españolas, los odios que dividen las castas más aproximadas entre sí, y por efecto de los cuales se ve llena de amargura la vida de los colonos, vienen únicamente de los principios de política con que desde el siglo XVI han sido gobernadas aquellas regiones. Un gobierno ilustrado en los verdaderos intereses de la humanidad podrá propagar las luces y la instrucción, y conseguirá aumentar el bienestar físico de los colonos, haciendo desaparecer poco a poco aquella monstruosa desigualdad de derechos y fortunas; pero tendrá que vencer inmensas dificultades cuando quiera hacer sociables a los habitantes y enseñarlos a tratarse mutuamente como conciudadanos.

No olvidemos que en los Estados Unidos se ha formado la sociedad de un modo muy diferente que en México y en las demás regiones continentales de las colonias españolas. Al penetrar los europeos en los montes Alleghanys, encontraron bosques inmensos en los cuales andaban errantes algunas tribus de pueblos cazadores, que nada tenían por qué apegarse a un suelo inculto. A la llegada de los nuevos colonos se retiraron a las sabanas occidentales contiguas del Mississippi y Missouri; y así los primeros elementos del pueblo naciente fueron hombres libres y de un mismo origen. "En la América Septentrional, dice un estadista célebre, el viajero que sale de una ciudad principal en que el estado social está en su perfección, va encontrando sucesivamente todos los grados de civilización e industria; y los ve ir siempre a menos, hasta que en muy pocos días llega a la choza informe y grosera, construida con troncos de árboles recién cortados. Un viaje semejante es una especie de análisis práctico del origen de los pueblos y estados. Se parte desde el conjunto más complicado y se llega a los datos más sencillos; se viaja hacia atrás en la historia de los progresos del talento humano; y se vuelve a encontrar en la extensión del terreno lo que ha producido la serie de los siglos."

En ningún paraje de la Nueva España y del Perú, si exceptuamos las misiones, han vuelto los colonos al estado de la naturaleza, Al establecerse los europeos en medio de pueblos agrícolas que ya vivían también bajo gobiernos tan complicados como despóticos, se aprovecharon de la superioridad que les daba la preponderancia de su civilización, su astucia y la autoridad de conquistadores. Esta particular situación y la mezcla de razas con intereses diametralmente opuestos, llegaron a ser un manantial inagotable de odios y desunión. A medida que los descendientes de los europeos fueron más numerosos que los que la metrópoli enviaba directamente, la raza blanca se dividió en dos partidos entre los cuales ni aun los vínculos de la sangre pueden calmar los resentimientos. El gobierno colonial creyó por una falsa política poder sacar partido de estas disensiones. Cuanto más grandes son las colonias, tanto más desconfiado carácter toma el gobierno. Según las ideas que por desgracia se han adoptado hace siglos, estas regiones lejanas son consideradas como tributarias de la Europa: Se reparte en ellas la autoridad, no de la manera que lo exige el interés público, sino como lo dicta el temor de ver crecer la prosperidad de los habitantes con demasiada rapidez. Buscando la metrópoli su seguridad en las disensiones civiles, en el equilibrio del poder y en una complicación de todos los resortes de la gran máquina política, procura continuamente alimentar el espíritu de partido y aumentar el odio que mutuamente se tienen las castas y las autoridades constituidas. De este estado de cosas nace un desabrimiento que perturba las satisfacciones de la vida social.

 

 

 

 

 

 

Tomado de: Humboldt Alejandro de. Ensayo Político sobre el Reino de la Nueva España. México. Ed. Porrúa [Colecc. Sepan cuantos… Núm. 39]. pp. 76-97.