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Edicion 2017

Edición Web Limitada

Autora: Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1806 Carta del señor D. Carlos IV sobre la enajenación de las Américas

San Lorenzo, 6 de Octubre de 1806

Habiéndose visto por la experiencia que las Américas estaban sumamente expuestas, y aún en algunos puntos imposibles de defenderse, por ser una inmensidad de costa, he reflexionado que sería muy político y casi seguro el establecer en diferentes puntos de ellas, a mis dos hijos menores, a mi hermano, a mi sobrino el infante D. Pedro, y al Príncipe de la Paz en una soberanía feudal de la España, con títulos de virreyes perpetuos y hereditaria en su línea directa, y en caso de faltar esta reversiva a la corona, con ciertas obligaciones de pagar cierta cantidad para reconocimiento de vasallaje, y de acudir con tropas y navíos donde se les señale, me parece que además de lo político, voy a hacer un gran bien a aquellos naturales así en lo económico como principalmente en la religión; pero siendo una cosa que tanto grava mi conciencia, no he querido tomar resolución sin ver antes vuestro dictamen, estando muy cerciorado de vuestro talento. Cristiandad y celo pastoral de las almas que gobernáis, y del amor a mi persona, y así espero que a la mayor brevedad respondáis a esta carta, que por la importancia del secreto va toda de mi puño, así lo espero del acreditado amor que tenéis al servicio de Dios y amor a mi persona, y os pido me encomendéis a Dios para que me ilumine y me dé su Santa Gloria.

Yo el Rey.

Muy reverendo arzobispo Abad de San Ildefonso Sobreescrito de letra también de S.M. Al muy reverendo arzobispo Abad de San Ildefonso.

Respuesta:

Señor por la suma dificultad o imposibilidad de defender las dilatadas costas de las Américas, parece a V.M., que sería político y casi seguro el establecer en ellas a los dos hijos menores de V.M., a su hermano y su sobrino el infante D. Pedro y al Príncipe de la Paz en soberanías feudales de la España con títulos de virreinatos perpetuos, hereditarios y reversivos a la corona en defecto de línea directa, y con ciertas obligaciones en reconocimiento de vasallaje.

Me manda V.M., decir mi dictamen sobre tan importante y delicado asunto, que me parece debe mirarse con respecto a la religión y a la prosperidad temporal, no sólo de aquellos pueblos, sino también de los de España.

La religión nada perderá seguramente en la península, y ganará muchísimo en los vastos continentes e islas de la América si se establecen en ellas algunas casas soberanas animadas de la religiosa piedad que caracteriza la real familia de V.M., pues la protección y los ejemplos de los soberanos tendrán a favor del culto de Dios tanta mayor eficacia, cuanto será mayor su inmediación a los pueblos.

Asimismo, en todas las regiones de América han de ser muy considerables los progresos de la agricultura, de las artes y de la población con las mutaciones consiguientes a la de estar a la vista de su propio soberano, y sin las limitaciones y la dependencia que exige en las colonias el bien de la metrópoli.

¿Pero por lo mismo no se habrán de temer tristes resultas en los pueblos de España si les faltan los auxilios que les vienen de tan ricas y dilatadas colonias? ¿No se ha de temer que se empañe la brillantez de la real corona si se ceden como feudos tan preciosas propiedades?

Señor, este temor sobresaltó mi corazón al recibir vuestra real carta; pero se ha tranquilizado meditando con detención tan grave asunto.

Ocurriéronme fácilmente varias observaciones que en todos tiempos se han hecho, de que las ventajasque ha sacado la España de las colonias de América han sido muchas veces más aparentes que reales, y han ocasionado notables perjuicios a la población y a la verdadera riqueza de las provincias de la metrópoli. Consideraba también que establecidas en América algunas soberanías feudales de Fspaña, aunque comerciasen con ellas más directamente que ahora las demás naciones, subsistían siempre a favor de los españoles la mayor facilidad y proporción que nacen de la uniformidad de idioma y de religión, y de la semejanza de legislación y costumbres, y de las relaciones de respeto y parentesco de los virreyes soberanos que allí se establezcan con V.M. y sus augustos sucesores.

De estas consideraciones nacen fundadas esperanzas de que la ideada mutación del gobierno de la América española causaría pocos o ningunos perjuicios a la riqueza de España, y por consiguiente disminuiría los cuidados y no el esplendor de su corona. Aunque estas esperanzas no llegan a tener toda la seguridad que sería necesaria para fundar sobre ellas solas la cesión feudal de aquellas colonias, deben alentar el justo y generoso corazón de v.ai. para completar el sacrificio, si le exige por otras causas el bien de la monarquía; y éste es el punto de vista en que me parece que debe considerarse tan grave asunto.

Porque señor, o bien se consideren las mismas Américas españolas, o bien los estados del norte de aquella parte del mundo, o bien se fije la atención en el actual estado de la Europa y en las extrañas revoluciones que en ellas se han visto, se debe tener por imposible que la España conserve por mucho tiempo sus dilatadas colonias en aquel grado de dependencia y de exclusión de las demás naciones, que es preciso para sacar de ellas ventajas que compensen los gastos y cuidados de su conservación; y supuesta la imposibilidad de la defensa útil de aquellas colonias que me parece cierta por las noticias públicas de América y de Europa, y mucho más por verla confirmada en las primeras líneas de la carta de V.M., no tengo duda que es muy justo y muy prudente el medio de las soberanías feudales para asegurar a la corona de España todo el esplendor, y a sus pueblos toda la prosperidad que pueden esperar.

Sé de la América. Y es gran ventaja de aquellos y de estos vasallos de V.M., el que puedan recaer las nuevas soberanías en personas tan propias de V.M.

Señor, cuando considero que Dios ha confiado a V.M. el gobierno de tan vastos reinos e imperios en tiempos tan difíciles en que es preciso alguna vez apartarse del orden regular de la prudencia humana, me reconozco muy obligado a dar al Altísimo rendidas gracias por haberse dignado infundir en el corazón de V.M. el espíritu de religión y de amor a sus pueblos que guían todas sus determinaciones. Dígnese ahora el Rey de los Reyes dirigir muy especialmente todas las deliberaciones de V.M., disponer de la variación que medita V.M. en el gobierno de las Américas le proporcione la gran satisfacción de dar una paz constante a sus pueblos, y sobre todo dígnese el Señor conservar la importante vida y robusta salud de V.M. los muchos años que la religión y la monarquía han menester.

Señor s. L. R. P. de v. M.        Félix, arzobispo abad de San Ildefonso.