Home Page Image
 

Edición-2020.png

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

Este Sitio es un proyecto personal y no recibe ni ha recibido financiamiento público o privado.

 

 
 
 
 


1796 Discurso de despedida. George Washington.

Filadelfia, septiembre 19 de 1796

 

 

Amigos y conciudadanos: *
Al acercarse el periodo de una nueva elección de un ciudadano que administre el gobierno ejecutivo de los Estados Unidos, y llegado ya el tiempo de pensar en la persona que debe desempeñar este cargo importante, me parece oportuno, especialmente pudiendo contribuir a una expresión más distinta de la opinión pública, el imponeros de la resolución que he tomado, de excluirme del número de los candidatos.

Os pido al mismo tiempo que me hagáis la justicia de creer que no he formado esta resolución sin examinar detenidamente las obligaciones que ligan a un ciudadano a su patria; y que al retirarme de este cargo, no estoy movido por la falta de celo por vuestros intereses futuros; ni por el olvido de vuestras bondades pasadas, pero estoy apoyado por la convicción absoluta de que este paso es compatible con ambos.

Si acepté y continué en el cargo a que me llamaron dos veces vuestros votos ha sido un sacrificio de mi inclinación a la opinión de mis deberes, y a una obediencia a lo que me ha parecido ser vuestro deseo. Me animaba la continua esperanza de que pronto pudiera volver a aquel retiro que dejé con repugnancia. La fuerza de mi inclinación me había guiado a formar un discurso para declararlo antes de la última elección, pero la madura reflexión sobre la situación crítica de nuestras relaciones con las potencias extranjeras, y la opinión unánime de las personas que merecen toda mi confianza, me movieron al abandono de este proyecto.

Me regocijo de que el estado actual de nuestros asuntos, tanto del interior como del exterior, no hace mis inclinaciones incompatibles con el sentimiento de mi deber, y estoy persuadido de que cualquiera que sea la parcialidad que mostráis para mis servicios, en las actuales circunstancias de nuestra patria no desaprobaréis la determinación que he formado.

Las ideas con las que emprendí este cargo tan importante os son conocidas. Sólo diré que en su desempeño he contribuido con las mejores intenciones, y con todos los esfuerzos de que es capaz un juicio muy falible, a la organización y administración del gobierno. Conociendo desde el principio la inferioridad de mis luces, la experiencia ha aumentado la desconfianza de mí mismo, y el peso de los años cada día me hace advertir que el retiro me es tan necesario como apetecible. Convencido de que si alguna circunstancia ha dado un valor particular a mis servicios, ha sido sólo temporal, tengo el consuelo de creer que al paso que mi voluntad y la prudencia me convidan a dejar el teatro político, no lo prohíbe el patriotismo.

Al considerar el momento que debe terminar la carrera de mi vida política, mi corazón no me permite diferir por más tiempo el manifestar el agradecimiento que debo a mi amada patria, por los muchos honores que me ha conferido; por la confianza inalterable con que me ha sostenido y por las ocasiones que me ha presentado de manifestar mi afecto inviolable con servicios leales y continuados, aunque en cuanto a su utilidad desproporcionados a mi celo. Si de estos servicios ha resultado algún bien a nuestra patria, acordaos siempre, y sea un ejemplo instructivo en nuestros anales, que en circunstancias en que las pasiones, agitadas por todas partes, tendían a extraviarse; en medio de las apariencias a veces dudosas, de los reveses de la fortuna que con frecuencia nos acobardan; en situaciones en las que el mal éxito ha dado lugar al espíritu de crítica, la constancia de vuestro auxilio ha sido el apoyo esencial de los esfuerzos y la garantía de los planes que los efectuó. Profundamente penetrado de esta idea, bajará al sepulcro conmigo, como un aliciente fuerte de mis deseos incesantes de que el cielo os continúe las más escogidas pruebas de su beneficencia; que vuestra unión y amor fraternal sean perpetuos; que la Constitución, obra de vuestras manos, sea inviolablemente conservada; que su administración en todos los departamentos sea conducida con sabiduría y virtud; y, en fin, que la felicidad del pueblo de los Estados Unidos, bajo los auspicios de la libertad, sea completa, y que por el uso prudente y conservación de esta inestimable bendición, alcancen la gloria de recomendarla al aplauso, al afecto y a la adopción de todas las naciones que aún la ignoran.

Aquí, quizá, debía detenerme. Pero una solicitud por vuestra prosperidad, que terminará únicamente con mi vida, y la aprensión del peligro que excita esta solicitud, me mueve a ofrecer a vuestra consideración y recomendar a vuestra constante atención, algunos sentimientos que son el resultado de mucha reflexión y observación y que me parecen muy importantes a la permanencia de vuestra felicidad. Los ofreceré con la mayor franqueza, como el aviso desinteresado de un amigo que os va a dejar, y a cuyos consejos no puede influir ninguna mira personal. Ni tampoco puedo olvidar la bondad e indulgencia que en otra e igual ocasión encontraron en vuestros corazones mis sentimientos.

El amor de la libertad está tan enlazado entre los más íntimos afectos de vuestros corazones, que mi débil voz y recomendación no pueden fortalecer el apego que le profesáis.

La unidad del gobierno que os constituye un pueblo también os es cara, y debe serlo; pues es una columna principal en el edificio de vuestra independencia; el apoyo de vuestra tranquilidad, de la paz, de vuestra seguridad, de vuestra prosperidad y de aquella misma libertad que tan altamente apreciáis. Pero como es fácil prever, que se emplearan muchos artificios en diferentes partes y por diferentes causas para debilitar en vuestros ánimos la persuasión de esta verdad; como éste es el punto de vuestra fortaleza política a que se dirigirán las baterías de vuestros enemigos internos y externos, es de la mayor importancia que aprendéis a apreciar el valor inestimable de vuestra unión social, que constituye vuestra felicidad colectiva e individual; que fomentéis un afecto cordial e inmutable a ella, acostumbrándoos a hablar y pensar de ella como el baluarte de vuestra seguridad y prosperidad política; velando sobre su conservación con la ansia más celosa, y desechando con indignación cualquier atentado de separar una porción de nuestra patria del resto, o de debilitar los vínculos sagrados que al presente reúnen sus varias partes.

Todos los alicientes que pueden ofrecer la simpatía y el interés os animan. Ciudadanos, por nacimiento o por elección, de una patria común, esta patria tiene el derecho de concentrar vuestros afectos. El nombre de americano que os pertenece por vuestro carácter nacional, siempre ensalzará el justo orgullo del patriotismo, más que cualquier otro nombre tomado de distinciones locales. Con muy poca diferencia, tenéis la misma religión, las mismas maneras, los mismos hábitos y principios políticos. Habéis peleado y vencido juntos. La libertad e independencia de que gocéis son la obra de los consejos y de los esfuerzos unidos, y de peligros, sufrimientos y sucesos comunes.

El Norte, en un comercio libre con el Sur, protegido por las justas leyes de un comercio común, halla en las producciones de éste muchos recursos adicionales para fomentar las empresas marítimas y mercantiles, y materiales preciosos para la industria de sus fábricas. El Sur, con el mismo comercio, aprovechándose de la agencia del Norte, ve progresar su agricultura y extenderse su comercio. Volviendo a sus propios canales los marineros del Norte, halla que su navegación particular adquiere vigor, y al paso que contribuye en varios modos, a atender y alimentar la masa general de la navegación nacional, atisba la protección de una fuerza marítima a la cual ella misma está igualmente adaptada. El Este, en igual comercio con el Oeste, encuentra en la mejora progresiva de sus comunicaciones interiores por tierra y por agua, una salida ventajosa para los géneros que trae de afuera o para los de sus propias fábricas. El Oeste saca del Este las provisiones necesarias para su prosperidad y acomodo, y lo que es quizá de mayor importancia, no puede disfrutar de las salidas indispensables de sus producciones sino en virtud del peso, del influjo y de la futura fuerza marítima de los estados Atlánticos de la Unión, dirigidos por un interés común e indisoluble, como una sola nación. Cualquier otro modo que adopte el Oeste para disfrutar esta ventaja esencial, ya sea tomado de sus propias fuerzas aisladas o de una conexión apóstata y desnaturalizada con una potencia extranjera, debe ser intrínsecamente precario.

Al paso que toda nuestra patria siente así un interés común y particular en la Unión, todas las partes combinadas no dejarán de encontrar en la masa unida de los medios y de los esfuerzos, mayores recursos, mayor fuerza, y proporcionalmente mayor seguridad respecto al peligro exterior, y una interrupción menos frecuente de la paz con las naciones extranjeras; y lo que es de un valor inapreciable, sacarán de la unión el verse libres de aquellas enemistades y guerras que tan frecuentemente afligen los países comarcanos a quienes no liga un mismo gobierno, producidas por su propia rivalidad y estimuladas y fomentadas por las intrigas de las alianzas extranjeras. De aquí resultará que evitarán la necesidad de los sistemas militares demasiado extensos, que bajo cualquier forma de gobierno son perjudiciales a la libertad republicana. Bajo este sentido debe considerarse esta unión como la columna principal de vuestra libertad, y el amor a ésta debe animarnos a la conservación de la otra.

Estas consideraciones deben influir en las almas virtuosas que reflexionen, y demuestran que la continuación de la unión debe ser el principal objeto de un deseo patriótico. ¿Existe acaso la duda de que un gobierno común pueda abrazar una esfera tan extensa? Lo decidirá la experiencia. Debemos esperar que una organización adecuada del conjunto, con el auxilio de los gobiernos de las respectivas divisiones, ofrecerá al ensayo un resultado feliz. Cuando existen tan justos y poderosos motivos para la unión, en tanto que la experiencia no lo demuestre, será impracticable, siempre habrá motivo para desconfiar del patriotismo de los que quieren debilitar sus vínculos.

Al considerar las causas que puedan inquietar a nuestra unión es un hecho de la mayor importancia, que hubiese motivo para caracterizar las partes, oír distinciones geográficas; las del Norte; las del Sur; las Atlánticas y las del Oeste, por cuyas distinciones los hombres intrigantes querrán hacer creer que existe una verdadera diferencia de intereses y miras locales. Uno de los expedientes de que se valen los partidos para adquirir influjo en los distritos particulares consiste en hacer representaciones falsas de las opiniones y miras de otros distritos. No podéis resguardaros bastante de la envidia y rencillas que nacen de estas falsas representaciones; pues su efecto es causar la separación de aquellos que deben ser ligados por un afecto fraternal. Los habitantes del Oeste acaban de recibir una lección utilísima sobre este importante punto. Han visto, en la reciente negociación que hizo el Ejecutivo y en la unánime ratificación del Senado del tratado con la España, y en la universal satisfacción que ha causado por todos los Estados Unidos, una prueba decisiva de la falsedad de las sospechas que se propagaron de que existía una política en el gobierno general y en los Estados atlánticos, opuesta a sus intereses, respecto al Mississippi. Han visto que se han formado dos tratados, uno con la Gran Bretaña y otro con España, que los aseguran cuanto podían apetecer, respecto de sus relaciones extranjeras, para la continuación de su prosperidad. ¿No resultará en su beneficio, si para la conservación de estas ventajas confían en la unión que les ha proporcionado? ¿No serán sordos a los consejos de aquellos (si acaso existen) que quieren separarles de sus hermanos y ligarles con los extranjeros?

Para la eficacia y permanencia de la unión es indispensable un gobierno general. Ninguna alianza, por extraña que sea, entre las partes, puede constituirse; inevitablemente experimentarán las infracciones e interrupciones que en todos tiempos han experimentado todas las alianzas. Penetrados de esta importante verdad, habéis mejorado vuestro primer ensayo, adoptando una Constitución más bien calculada que la primera para establecer una unión íntima y para el manejo eficaz de vuestros intereses comunes. Este gobierno, resultado de vuestra propia elección libre del influjo y de las amenazas; adoptado después de un examen serio y de una deliberación madura; enteramente libre en sus principios; uniendo, en la distribución de sus poderes, la seguridad con la energía, y conteniendo en sí mismo una cláusula para ser reformado, merece justamente vuestra confianza y vuestro apoyo. El respeto a sus autoridades, la obediencia a sus leyes y la conformidad a sus medidas son obligaciones que imponen las máximas fundamentales de la verdadera libertad. El derecho que tiene el pueblo de hacer y de variar las constituciones de su gobierno es la base de nuestros sistemas políticos. Pero la Constitución existente es obligatoria y sagrada para todos, hasta que se mude por un acto explícito y auténtico de todo el pueblo. La idea misma del poder y del derecho que tiene el pueblo de establecer su gobierno presupone la obligación que liga a todo individuo de obedecer al gobierno establecido.

Todos los obstáculos a la ejecución de las leyes, todas las combinaciones y juntas, bajo cualquier carácter plausible, que llevan el designio de dirigir, sujetar, oponerse o atemorizar las deliberaciones regulares y las operaciones de las autoridades constituidas, destruyen este principio fundamental y acarrean funestas consecuencias. Tienden a la organización de facciones; da una fuerza artificial y extraordinaria; en lugar de la voluntad delegada de la nación sustituyen la de un partido pequeño, pero artificioso y emprendedor; y según los triunfos alternativos de los partidos, hacen a la administración pública el instrumento de los proyectos mal concertados e incongruentes a la facción, más bien que el órgano de planes sanos y bien entendidos, dirigidos por consejos comunes y modificados por intereses mutuos.

Aunque estas combinaciones y juntas algunas veces sirven para los fines populares, en el transcurso del tiempo llegarán a ser máquinas poderosas de las que se valdrán los hombres astutos, ambiciosos y sin principios, para arruinar el poder del pueblo y usurpar para sí mismos las riendas del gobierno; destruyendo después las máquinas que les ensalzaron al dominio injusto.

Para conservar vuestro gobierno y hacer duradero vuestro actual estado de felicidad, es necesario que no solamente desaprobéis las oposiciones irregulares a sus autoridades constituidas, sino que también resistáis el espíritu de innovación sobre sus principios, por especiosos que sean sus pretextos. Un método de oposición querrá introducir en las formas de la Constitución algunas alteraciones que debilitarán la energía del sistema y mandarán así lo que no pueden demoler directamente. En todas las mudanzas a que se os puede incitar, acordaos que el tiempo y costumbre son tan necesarios para el establecimiento del verdadero carácter de un gobierno, como para la de toda otra institución humana; que la experiencia es la norma más segura con que se debe ensayar la verdadera tendencia de la actual Constitución de un país; que la facilidad de hacer mudanzas a influjo de la mera hipótesis o de la opinión conduce a una perpetua mudanza de estas mismas calidades; y acordaos, especialmente, que para el manejo eficiente de vuestros intereses, en un país tan extenso como la América, es indispensable un gobierno tan vigoroso como sea compatible con la seguridad perfecta de la libertad. En semejante gobierno, teniendo sus poderes propiamente distribuidos y arreglados, la libertad misma hallará su mayor baluarte. Cuando un gobierno no es bastante fuerte para oponerse a las empresas de la facción, para contener a cada miembro de la sociedad dentro de los límites prescritos por las leyes, y para mantener a todos en el goce seguro y tranquilo de los derechos de su persona y de su propiedad, no merece más que el nombre de gobierno.

Ya os he insinuado cuán peligrosos son los partidos de los Estados, refiriéndome particularmente a su establecimiento sobre distinciones geográficas. Echaré ahora una mirada más extensa, y os prevengo del modo más solemne contra los funestos efectos del espíritu de partido en general.

Desgraciadamente, este espíritu es inseparable de nuestra naturaleza, puesto que se arraiga en las pasiones más violentas del corazón humano. Existe bajo diversas formas en todos los gobiernos, ya oculto, sujeto o reprimido; pero en los gobiernos populares se halla con mayor virulencia y es realmente su peor enemigo.

El dominio alternativo de una facción sobre otra, irritado del espíritu de venganza natural a las disensiones de partido que en varios siglos y países ha cometido los crímenes más horribles, es en sí mismo un despotismo espantoso; pero conduce al fin a un despotismo más formal y más permanente. Los desórdenes y las miserias que produce gradualmente inclinan los ánimos de los hombres a buscar la seguridad y el reposo en el poder absoluto de un individuo; y tarde o temprano el jefe de algún partido dominante, más hábil o más afortunado que sus competidores, se entrega a los fines de su propia elevación sobre las ruinas de la libertad pública.

Sin anticipar una extremidad de esta naturaleza, la que no obstante no puede perderse de vista, los males comunes y continuos del espíritu de partido bastan para excitar el interés y obligación de cada individuo para debilitarlo y sujetarlo.

Siempre sirve para dividir los consejos públicos y para debilitar la administración pública; llena al pueblo de celos infundados y alarmas falsas; enciende la animosidad entre los partidos y fomenta el tumulto y las insurrecciones. Abre la senda al influjo y a la corrupción extranjera, que encuentran un acceso más fácil hasta el gobierno mismo, por medio de las pasiones de partido. Así resulta que la política y la voluntad de un país están sujetos a la política y voluntad de otros.

Prevalece la opinión de que los partidos, en los países libres, son frenos en la administración del gobierno y sirven para conservar el espíritu de la libertad. Esto hasta un cierto punto quizá sea verdad; y en gobiernos monárquicos el patriotismo puede mirar con indulgencia el espíritu de partido. Pero en las repúblicas, en los gobiernos enteramente electivos, es un espíritu que no debe fomentarse. Por su natural tendencia, siempre habrá lo suficiente de aquel espíritu para sus fines saludables. Y habiendo un peligro constante en el exceso, todos nuestros esfuerzos por medio de la opinión pública deben dirigirse a su disminución y sujeción. Como un fuego que no puede apagarse, exige la vigilancia más constante para impedir que reviente en una llama y cubra todo de destrucción.

Es igualmente importante que la costumbre de reflexionar, en un país libre, inspire precaución en aquellos que tienen a su cargo la administración, para que se contengan dentro de sus respectivas esferas constitucionales, evitando en el ejercicio de las obligaciones de un departamento, la usurpación de las de otro. El espíritu de la usurpación inclina a consolidar en uno los poderes de todos los departamentos, y de este modo, sea cual fuere la forma de gobierno, crea un verdadero despotismo. Un cálculo exacto del amor a la autoridad y de la inclinación de abusar de ella, que gobierna al corazón humano, es suficiente para convencernos de esta verdad. La necesidad de contrapesos recíprocos en el ejercicio del poder político, dividiendo y distribuyéndolo en varios depositarios y constituyendo a cada uno de éstos en el protector del bien público contra las invasiones de los demás, se ha mostrado claramente por la experiencia antigua y moderna. Si en la opinión del pueblo la distribución o modificación de los poderes constitucionales resulta defectuosa, debe enmendarse del modo que indica la Constitución. Pero que no cause mudanza la usurpación; porque aunque ésta en algún caso produzca el bien, es el instrumento que generalmente destruye a los gobiernos.

De todas las disposiciones y hábitos que guían la prosperidad pública, la religión y la moralidad son las bases indispensables. En vano pretenderá el tributo de patriotismo, el hombre, que intentase demoler estas grandes columnas de la felicidad humana, estos dos apoyos más firmes de los deberes del hombre y del ciudadano. Tanto el político como el religioso deben respetarlas y fomentarlas. Es imposible enumerar todas sus conexiones con la felicidad pública y privada. Pregúntese, ¿dónde existe la seguridad de la propiedad, de la reputación y de la vida, si un sentimiento de obligación religiosa no acompaña los juramentos que constituyen los medios de averiguación en los tribunales? No nos lisonjeemos de que la moralidad se puede conservar sin la religión. Sea cual fuere el influjo que tiene una educación refinada sobre las almas de un temple peculiar, la razón y la experiencia nos prohíben la idea de que puede existir la moral nacional sin los principios de religión.

No hay duda de que la virtud y la razón son los manantiales de un gobierno popular. Esta regla puede extenderse, con más o menos fuerza, a toda especie de gobierno libre. ¿Podrá llamarse un amigo verdadero del gobierno aquel que mira con indiferencia los atentados para minar los cimientos del edificio? Promoved, pues, como el objeto de primera importancia, las instituciones para la difusión de las luces y de la sabiduría. En la proporción en que el gobierno da fuerza a la opinión pública, es esencial que la opinión pública sea ilustrada.

Proteged el crédito público como un manantial importante de fuerza y seguridad. El mejor método de conservarlo es usarlo con la mayor economía, evitando la necesidad de los gastos, conservando la paz; pero acordaos al mismo tiempo que los desembolsos hechos oportunamente para prepararse contra el peligro evitan con frecuencia mayores desembolsos para rechazarlo; evitad la acumulación de deuda, no solamente excusando las ocasiones de gastos, sino haciendo los esfuerzos más vigorosos en tiempo de paz para pagar las deudas que se han contraído en las guerras inevitables; quitando de este modo, de nuestra posteridad, el peso que nosotros debemos llevar. La ejecución de estas máximas pertenece a vuestros representantes, pero es necesario que coopere con ellos la opinión pública. Para facilitarles el cumplimiento de su obligación es esencial que os acordéis que para pagar las deudas debe haber hacienda pública; para tener hacienda son indispensables las contribuciones; que ninguna se puede formar que no sea más o menos gravosa y desagradable; que el embarazo indispensable que ocasiona la elección de los objetos de las contribuciones debe ser un motive decisivo para interpretar con candor la conducta del gobierno, y para consentir las medidas que adoptare para obtener las ventajas que exigen las necesidades públicas.

Observad la buena fe y la justicia con todas las naciones; cultivad la paz y la armonía con ellas; la religión y la moralidad os obligan a ello: ¿y no os obliga igualmente la buena política? ¿No será digno de una nación libre, ilustrada, y que en corto tiempo será grande, dar al género humano el magnánimo, pero demasiado nuevo ejemplo de un pueblo guiado siempre por una justicia y benevolencia elevada? ¿Quién podrá dudar de que en el transcurso del tiempo los frutos de semejante plan compensarán cualesquiera ventajas temporales que se pierdan para seguirlo con firmeza? ¿Acaso no ha unido la providencia la felicidad permanente de una nación con su virtud? Todos los sentimientos que ennoblecen la naturaleza humana recomiendan, al menos, la prueba. ¿Acaso la hacen imposible los vicios?

En la ejecución de este plan, nada es más esencial que destruir las antipatías endurecidas contra naciones particulares y el afecto apasionado hacia otras, y que en su lugar se cultiven los sentimientos justos y amigables hacia otras. La nación que profesa a otra odio o un afecto habitual está en cierto modo esclavizada. Es esclava de su odio o de su afecto y cualquiera de estas dos pasiones podrán separarla de sus obligaciones y de su interés. Cuando existe la antipatía entre dos naciones, cada una se halla dispuesta a ofrecer insultos e injurias, y de portarse con altivez y orgullo cuando ocurran los motivos más frívolos de disputa.

De aquí nacen los choques, y las guerras obstinadas y sangrientas. La nación, instigada por la mala voluntad y por la venganza, impele a veces el gobierno a la guerra en oposición a los mejores cálculos de la política. El gobierno alguna vez participa de la propensión nacional, y adopta en un momento de exaltación las medidas que desaprueba la razón; otras veces hace que los odios de la nación sean el instrumento de los proyectos de hostilidad instigados por el orgullo, la ambición y otros motivos siniestros y perniciosos. La paz, y algunas veces la libertad misma de las naciones, ha sido víctima de estas pasiones.

Del mismo modo el afecto apasionado de una nación a otra causa variedad de males. La simpatía para la nación favorita, facilitando las ilusiones de un interés común imaginario cuando realmente no lo hay, e infundiendo en la una las enemistades de la otra, hace tomar parte en las querellas y guerras de su amiga, sin justificación o sin motivos suficientes. Conduce igualmente a la concesión de privilegios a la nación favorita, que se niegan a otras, y por lo tanto perjudica a la nación que hace las concesiones, privándose sin necesidad de lo que debía conservar, y excitando en la nación a la que se niegan iguales privilegios, la envidia, la malevolencia y el deseo de venganza; ofrece a los ciudadanos envidiosos, corruptos y alucinados, que se dedican a la nación favorita, la facilidad de arriesgar o sacrificar los intereses de su propio país, enmascarando con las apariencias de un sentimiento virtuoso de deber, de un respeto laudable a la opinión pública o de un celo ardiente para el bien común, las necias y bajas condescendencias de la ambición, de la perversidad y del engaño.

El patriota realmente ilustrado e independiente no puede dejar de alarmarse ante estas amistades, puesto que abren la puerta de mil maneras al influjo extranjero. Cuántas ocasiones presentan de formar las facciones internas, de hacer uso de las artes de la seducción, de extraviar la opinión pública y de influir o atemorizar los consejos públicos. Semejante amistad de una nación pequeña y débil a otra grande y poderosa, la condena a ser su satélite. Creedme, conciudadanos, cuando os aseguro que los celos de un pueblo libre siempre debían estar despiertos a los engaños insidiosos del influjo extranjero; la historia y la experiencia demuestran que este influjo es uno de los enemigos más funestos del gobierno republicano. Pero estos celos, para que surtan el efecto deseado, deben ser imparciales; de lo contrario se convierten en el instrumento mismo del influjo que se desea evitar en vez de servir de defensa contra él. La excesiva parcialidad en favor de una nación y el odio excesivo a otra hacen que los que están movidos por estas pasiones vean el peligro solamente por un lado, y se presten para esconder y aun apoyar los artificios del influjo por el otro. Los verdaderos patriotas que resisten las intrigas de la nación favorita se exponen a ser sospechosos y despreciados, mientras los que le sirven de instrumento usurpan el aplauso y confianza del pueblo y hacen traición a sus intereses.

La gran regla de nuestra conducta con las naciones extranjeras es, al paso que extendemos nuestras relaciones mercantiles, tener la menor conexión política posible. Los contratos que ya hemos signado deben cumplirse escrupulosamente.

La Europa tiene muchos intereses primarios que no tienen ninguna o muy poca relación con nosotros. Necesariamente se hallará comprometida en disputas, cuyas causas nos son esencialmente extrañas. Sería pues mucha imprudencia si nos envolviésemos con vínculos artificiales en las vicisitudes ordinarias de su política o en las combinaciones o choques casuales de sus amistades y enemistades.

Nuestra situación remota y distante nos convida y nos permite seguir un curso diferente. Si nos conservamos unidos bajo un gobierno eficaz, no está distante la época en que podremos desafiar el daño que nos intenten hacer los extranjeros; en que podremos tomar una actitud que hará que se respete nuestra neutralidad y que las naciones beligerantes no nos provocarán; y que podremos elegir la paz o la guerra según lo aconseja nuestro interés guiado por la justicia.

¿Por qué, pues, renunciaremos a los derechos de una situación tan apetecible? ¿Por qué dejaremos nuestro propio terreno para pisar el extranjero? ¿Por qué ligaremos nuestro destino con él de cualquier parte de Europa, y enredaremos nuestra paz y nuestra prosperidad en las intrigas de la ambición, de la rivalidad, del interés, del humor o del capricho europeos?

Nuestra verdadera política exige que evitemos las alianzas permanentes con cualquier parte del mundo extranjero aunque estemos ahora en libertad de hacerlo; no quiero con esto inferir que debemos quebrantar las que actualmente existen. Soy del parecer de que la máxima “la honradez es la mejor política” es tan aplicable a los negocios públicos como a los privados; debemos pues cumplir nuestros compromisos, pero en mi opinión no es necesario ni prudente extenderlos.

Nuestros establecimientos militares deben ser suficientes para presentar una postura de defensa respetable; entonces podemos confiarnos a las alianzas temporales que exigen las urgencias extraordinarias.

La política, la humanidad y el interés recomiendan la armonía y un trato liberal con todas las naciones. Pero nuestra política mercantil es extender una mano igual e imparcial sin pedir ni conceder favores o preferencias exclusivas, consultando el curso natural de los negocios; difundiendo y variando por medios suaves los manantiales del comercio sin forzar nada; estableciendo tratados de comercio con las demás potencias que definirán los derechos de nuestros comerciantes, pero temporales, y sujetos a mudarse o a abandonarse según lo dicten la experiencia y las circunstancias; teniendo a la vista que es un absurdo pensar que una nación reciba favores desinteresados de otra; parte de su independencia estaría en peligro si lo aceptase, que por tal aceptación puede colocarse en la condición de tener dones equivalentes para los favores nominales y ser reprochada de ingratitud por no dar más, pues no puede haber un error más grande que esperar o contar con favores verdaderos de nación a nación. Es una ilusión que la experiencia curará y que debe disipar un justo orgullo.

Al ofreceros estos consejos de un antiguo y afectísimo amigo, no me atrevo a esperar que hagan la impresión durable que deseo, que sean un dique al torrente de las pasiones, o que impidan que nuestra nación siga la misma carrera que hasta aquí ha señalado el destino de otras naciones. Pero sí puedo lisonjearme de que producirán algún buen efecto, o algunas ventajas parciales; que contribuirán ocasionalmente a moderar la furia del espíritu de partido; que os advertirán contra los peligros de las intrigas extranjeras y os guardarán contra las falacias del falso patriotismo; esta esperanza será una recompensa amplia a mis ansias por vuestra felicidad, por la cual los he dictado.

Los archivos públicos y otros documentos os manifestarán los motivos que me han animado en el desempeño de los deberes de mi cargo y si me han conducido los principios que os acabo de exponer a ustedes y al mundo. En cuanto a mí mismo, al menos mi conciencia me asegura que me han guiado.

En cuanto a la guerra que subsiste en Europa, mi proclama del 22 de abril de 1793 es el índice de mi plan. Confirmado por vuestros sufragios y por el de vuestros representantes en ambas Cámaras del Congreso, el espíritu de aquella medida me ha gobernado continuamente sin que ninguna tentativa me haya podido desviar.

Después del examen más detenido, con el auxilio de las mejores luces que pude adquirir, estoy convencido de que nuestra patria, en todas las circunstancias del caso, tenía derecho de tomar y estaba enfrascado en el deber y el interés de tomar una posición neutral. Tomada ésta, me determiné a mantenerla con moderación, con perseverancia y con firmeza.

No es necesario detallar las consideraciones que instan el derecho de mantener esta conducta. Sólo observaré que, según mi opinión, las potencias beligerantes lejos de negar el derecho, lo han admitido.

El derecho de tener una conducta neutral se puede deducir de las obligaciones que imponen a todo pueblo la justicia y la humanidad de mantener inviolables las relaciones de paz y de amistad con las demás naciones.

Vuestras propias reflexiones e intereses os mostrarán los motivos que tenemos para observar semejante conducta. El motivo que me ha gobernado es el deseo de ganar tiempo para consolidar y perfeccionar las recientes instituciones de nuestra patria, para que se adelante sin interrupción hasta el grado de fuerza y de consistencia, necesarias para lograr ser señora de sus propias fortunas.

Aunque al recordar los distintos incidentes de mi administración estoy convencido de que no he cometido ningún error de intención, no obstante conozco demasiado mis defectos para suponer que no haya cometido muchos. Sean éstos los que fueren, humildemente suplico al Todopoderoso que se digne desviar o mitigar los males que puedan causar. También me animará la esperanza de que mi patria jamás cesará de ver mis errores con indulgencia; y que después de cuarenta y cinco años consagrados a su servicio con un celo honrado, se sepultarán en el olvido las faltas que hayan resultado de mi incapacidad.

Fiado de su bondad en éste, como en los demás casos, y animado de aquel ardiente amor que le profeso, amor tan natural de un hombre que la mira como su suelo nativo y el de sus antepasados, anticipo con el mayor gusto el retiro, en que me prometo realizar, en medio de mis conciudadanos, el doble placer de participar del benigno influjo de las buenas leyes de un gobierno libre: el objeto favorito de mi corazón y recompensa feliz de nuestros mutuos trabajos, cuidados y peligros.

 

 

[* El anuncio de Washington de no aspirar a un tercer periodo, se interpretó como una norma no escrita de la Constitución. Se considera que la “gran regla” es el antecedente de la Doctrina Monroe.]