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Edicion 2017

Edición Web Limitada

Autora: Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1780 Historia Antigua de México (Seleccción)

Francisco Xavier Clavijero

SELECCION

 

LIBRO VII

GOBIERNO POLÍTICO, MILITAR Y ECONÓMICO DE LOS MEXICANOS.SUS REYES Y SEÑORES, EJECUTORES, EMBAJADORES, DIGNIDADES Y MAGISTRADOS.SUS JUICIOS, LEYES Y PENAS.SU MILICIA, AGRICULTURA, CASA, PESCA Y COMERCIO.SUS JUEGOS, SUS TRAJES, ALIMENTOS Y UTENSILIOS.SU LENGUA, POESÍA, MÚSICA Y DANZAS.SU MEDICINA.SU HISTORIA Y PINTURA.SU ESCULTURA, SUS OBRAS DE FUNDICIÓN Y DE MOSAICO.SU ARQUITECTURA Y OTRAS ARTES.

Así en el gobierno público como en el doméstico de los mexicanos, que vamos a exponer en este libro, se dejan ver tales rasgos de discernimiento político de celo por la justicia y de amor al bien público, que serían absolutamente inverosímiles si no nos constaran por la fe de sus mismas pinturas y por la deposición de muchos autores imparciales y diligentes que fueron testigos oculares de mucha parte de lo que escribieron. Los que neciamente pretenden conocer a los mexicanos en sus descendientes o en las naciones del Canadá y de la Luisiana, tendrán desde luego por imaginario un sistema político y calificarán de patrañas inventadas por los españoles cuanto diremos de sus luces, de sus leyes y de sus artes. Pero yo, por cumplir con las leyes de la historia y con la fidelidad que debo al público escribiré llanamente la verdad sin temor alguno a la censura. La educación de la juventud, que es el fundamento principal de un estado y el que da mejor a conocer el carácter de una nación, fue tal entre los mexicanos que ella por si basta confundir el orgulloso desprecio de ciertos críticos que imaginan reducido a los limites Europa el imperio de la razón. En lo que diremos sobre este asunto seguiremos a las pinturas antiguas de aquellas naciones y a los autores más bien instruidos.

"Ninguna cosa dice el P. Acosta me ha admirado más ni parecido más digno de alabanza y memoria que el cuidado y orden que en criar a sus hijos tenían los mexicanos. En efecto, difícilmente se hallará nación que en tiempo de su gentilidad haya puesto mayor diligencia en este artículo de la mayor importancia para el Estado." Es verdad que viciaban sus instrucciones con la superstición; pero el celo que tenían en la educación de sus hijos debe confundir la negligencia de nuestros padres de familia, y muchos de los documentos quedaban a su juventud pueden servir de lecciones a la nuestra.

1. CRIANZA DE LOS HIJOS

Los niños mexicanos se criaban todos a los pechos de sus propias madres, y eran estos tan general que ni las reinas se dispensaban por su grandeza de criar ellas mismas a sus hijos. Si por enfermedad o pro otro motivo no podía la madre cumplir con esta obligación, no lo fiaba a otro pecho hasta haber examinado la calidad de la leche. Desde la infancia los acostumbraban a sufrir el hambre, el calor y el frío. En llegando a cinco años o los entregaban a los sacerdotes para que los educasen en los seminarios (lo cual hacían casi todos los nobles y aún los mismos reyes) o, si se habían de criar en casa de sus padres, comenzaban a imponerles en el culto de los dioses y a enseñarles las fórmulas de orar y de implorar su protección.

Llevaban frecuentemente a los templos para aficionarlos a la religión, y les ponían en las manos un braserillo para que incesasen a los ídolos. Inspirábanles horror al vicio, recato en sus acciones, respeto a sus mayores y amor al trabajo. Hacínales dormir en una esfera: no les daban más alimento que el que exigía la necesidad de la vida, ni más vestido que el necesario para el reparto de la honestidad.

Cuando llegaban a edad competente los enseñaban el manejo de las armas, y si eran militares sus padres los llevaban consigo a la guerra para que perdiesen el miedo y se fuesen instruyendo en el arte militar. Si sus padres eran labradores o artífices, les enseñaban su propio oficio. A las niñas enseñaban a hilar y a tejer, las obligaban a bañarse con mucha frecuencia para que estuviesen limpias, y generalmente procuraban que sus hijos estuviesen siempre ocupados. Una de las cosas que más les encargaban era la verdad en sus palabras, y si alguno de los hijos se deslizaba en alguna mentira le herían los labios con púas de maguey. A las hijas que mostraban demasiada inquietud por salir de casa, les ataban los pies. Al hijo avieso y desobediente azotaban con ortigas o daban otro castigo proporcionado, según su modo de pensar, a la gravedad de la culpa.

2. EXPOSICIÓN DE 7 PINTURAS MEXICANAS SOBRE LA EDUCACIÓN

De las siete pinturas que hay en la Colección de Mendoza desde las 49 hasta la 56 inclusive, se puede rastrear el sistema de educación que daban a sus hijos los mexicanos y el sumo cuidado con que velaban sobre sus acciones. En ellas se expresa la cantidad y calidad del alimento que se les suministraba, según su edad, los empleos en que los ocupaban y las penas con que corregían sus descuidos. En la pintura 50 se representa un niño de 4 años a quien ocupan sus padres en cosas fáciles para irlo imponiendo al trabajo, un niño de 5 años que, cargado de un ligero hacecillo, acompaña a su padre al mercado; una niña de la misma edad que comienza a aprender a hilar, y un niño de 6 años a quien ocupa su padre en recoger los granos del maíz y otras menudencias que casualmente se desperdiciaban en el mercado.

En la pintura 51 se muestra un padre que enseña a pescar a su hijo de 7 años y una madre que hace ya hilar a su hija de sea edad; unos niños de 8 años a quien amenazan con el castigo si no hacen su deber; un niño de 9 años a quien su padre pica varias partes del cuerpo por indócil, y una niña de la misma edad a quien también punza su madre, pero no más de las manos; un niño y una niña de 10 años a quien azotan sus padres con una vara porque no quieren ocuparse en lo que se les ordena. En la pintura 52 se representan unos niños de 11 años a quienes, por no haberse enmendado con otros castigos, obligan a sus padres a recibir en las narices el humo del chile o pimiento; un niño de 11 años a quien, en castigo de sus travesuras y descuidos, tiene su padre atado y tendido un día entero en un lugar inmundo, y una niña de la misma edad a la cual obliga a su madre a barrer de noche toda la casa y parte de la calle; un muchacho de 13 años a quien hace su padre conducir un barquillo o pequeña canoa cargada de enea, y una muchacha de la misma edad a quien hace su madre moler maíz; un joven de 14 años a quien ocupa su padre en la pesca y una doncella de la misma edad a la cual emplea su madre en tejer.

En la pintura 53 se representa dos jóvenes de 15 años de los cuales al uno pone su padre en poder de un sacerdote para que le enseñe los ritos de la religión y al otro en poder de un achcauhtli u oficial de ejército para que lo instruyan el arte militar. La pintura 54 representa los jóvenes de los seminarios ocupados por sus superiores en barrer el templo y en llevar ramas y hierbas para el adorno de los santuarios, leña para los braseros, enca para la fábrica de taburetes y piedra para reparo del templo. En la misma pintura y en la siguiente se representan diferentes castigos ejecutados en los jóvenes delincuentes por los tlepochtlatos o superiores de los seminarios, uno punza a un joven con púas de maguey por haberse descuidado en lo que era su obligación; dos sacerdotes arrojan tizones encendidos sobre la cabeza de otro joven por haberlo hallado en conversación sospechosa con una mujer; a otro; por el mismo delito, punzan el cuerpo don estacas de pino, y a otro por desobediente queman los cabellos. Finalmente en la pintura 56 un joven del templo lleva el bagaje de un sacerdote que va al ejército a alentar a los soldados y a practicar ciertas ceremonias supersticiosas.

Criábanse los hijos con tanto respeto a sus padres, que aun ya grandes y puestos en estado apenas osaban hablar en su presencia. Las instrucciones y consejos que sus padres le daban eran tales, que no puedo menos de copiar casi a la letra una u otra de las exhortaciones que les hacían, las cuales supieron de los mismos mexicanos los primeros apostólicos religiosos que se emplearon en su conversión, especialmente Motolinia, Olmos y Sahagún, que aprendieron perfectamente su lenguaje y se ocuparon son suma diligencia en inquirir sus costumbres.

3. INSTRUCCIONES DE UN PADRE A SU HIJO

"Hijo mío le decía su padre nacido del vientre de tu madre como el polluelo del cascarón, y que creciendo como él te vas habilitando para ir por el mundo: no sabremos por cuánto tiempo nos concederá el cielo gozar de la preciosa joya que en ti poseemos: pero sea cuanto fuere, tú procura vivir con sumo cuidad, pidiendo continuamente a Dios que te ayude. Él te crió y te posee, él es tu Padre que te ama más que yo; pon en él pensamiento y suspira a él de día y de noche. Reverencia y saluda a tus mayores y a nadie desprecies. Con lo pobres y afligidos no seas mudo, sino consuélalos con buenas palabras. Honra a todos, especialmente a tus padres a quienes debes obediencia, temor y servicio. El hijo que en esto fallare no será bien logrado. No sigas el ejemplo de aquellos malos hijos que como brutos privados de razón ni reverencia a sus padres no obedecen a su corrección, porque el que los imitare tendrá mal fin; morirá desesperado o despeñado o lo matarán y comerán las fieras. "No te burles, hijo mío, de los viejos, ni de los inválidos, ni del que se deslizó en alguna culpa o error; no los afrentes ni quieras mal, sino humíllate y teme, no te suceda lo mismo que en otro te ofende. No seas disoluto porque se indignarán contra ti los dioses y le cubrirán de confusión. No vayas a donde no seas llamado ni te entrometas en lo que no te toca, porque te tendrán por intruso. En las acciones y palabras procura siempre mostrar tu buena crianza. Al hablar no des a otro con la mano, ni hables demasiado, ni cortes o perturbes las razones que otro dijere.

Si alguno habla desconcertadamente y no te toca a ti corregirlo, calla; si está a tu cargo el advertirle, considera antes lo que has de decir, y no le hables con muestras de presunción, porque así apreciará lo que le dijeres. "No te detengas más de lo necesario en el baño y en el mercado, porque son lugares muy ocasionados a algún exceso. No andes demasiadamente pulido, porque te tendrán por disoluto. Al andar no hagas gestos ni lleves a otro trabado del brazo. Guarda recato en los ojos y mira por dónde vas, porque no te lleves a alguno de encuentro. Cuando alguno viniere por donde tú vas, no te pongas delante sino hazte para un lado para que pase. Cuando te encargaren en algún empleo hazte cargo que quizá te lo dan para probarte; y así no lo admitas luego aunque te reconozcas más hábil que otros para ejercerlos, sino espera a que te hagan fuerza, para que así seas más estimados y te tengan por cuerdo. No pases por delante de tus mayores sino por necesidad o instancias suyas, y cuando comieres en su compañía no comas ni bebas antes que ellos, y sírveles en cuanto convenga para granjearte su gracia.

Cuando te den alguna cosa no la desprecies por ser de poco valor, ni muestres enojo, ni des ocasión a que se sienta el amigo que te favorece. "No llegues a mujer ajena ni hagas algún exceso en esta materia siguiendo los deseos de tu corazón; porque darás enojo a los dioses y te ocasionarás mucho daño. Contente, hijo mío, por algún tiempo, que aún eres niño; espera a que acabe de crecer la mujer que los dioses te tiene destinada; déjalo a su cuidado, que ellos lo ordenarán como convenga. Cuando llegue el tiempo de casarte, no oses emprenderlo en beneplácito de tus padres, porque te irá mal. No hurte jamás, ni te des al juego; porque incurrirás en deshonra y afrentarás a tus padres debiéndoles honrar por la educación que te han dado. Susténtate del trabajo de tus manos, que así te será mas gustoso el alimento. "Yo hijo mío, te he mantenido hasta ahora con el sudor de mi rostro; en nada te he faltado a lo que debo como padre; te he suministrado lo necesario sin quitarlo a otros; hazlo así tú. No mientas, porque la mentira es un gran pecado.

Cuando convenga referir a alguno lo que otro te contó, no añadas cosa alguna, sino si la pura verdad. De nadie murmures; calla lo más que vieras si no estuviere a tu cargo el remediarlo. No seas revoltoso ni siembre discordias entre amigos. "Cuando fueres envidiado con algún mensaje, si el que lo recibe se indigna y dice mal del que te envió, no vuelvas enojado con la respuesta ni la des a entender, y si el que te envió te pregunta cómo te fue, dale razón con sosiego y buenas palabras, callando el mal que oíste, porque no ocasiones enemistades y otros daños de que te después te arrepientas. Cuando hablares con otro y oyeres lo que dice, sea con asiento y reposo, no haciendo movimientos extraños con el cuerpo, ni jugando los pies, ni mordiendo la manta, ni escupiendo demasiado, ni mirando con inquietud a varias parte, ni levantándote con frecuencia si estuvieras sentado, porque todas estas acciones indica liviandad y mala crianza. "No te engrías si te vieres rico ni menosprecies a los pobres; porque lo que tienes quitaron a otros los dioses para darlo a ti, y con tu presunción y orgullo obligarás a los mismos dioses a quitarte lo que tienes para darlo a otros. Recibe con agradecimiento lo que te dieren y no te ensoberbezcas por ello si fuere mucho. "Cuando estés comiendo no des muestras de enojo ni desdeñes la comida, y si alguno sobreviniere, parte con él de lo que comes. Si comes con otro no le veas la cara, sino ten bajos tus ojos. No comas arrebatadamente porque no te ahogues o descompones. Si vivieres en compañía de otro, cuida mucho de lo que te encomendare y sírveles con diligencia para conciliarle su amor. "Si tú fueres bueno, tu buen ejemplo servirás de represión y confusión a los malos. Ya no más, hijo mío concluía el padre con lo que he dicho cumplo con la obligación de padre; con estos avisos fortifico tu corazón, mira no los deseches ni lo olvides, porque de ellos depende tu vida y todo tu bien".

Estas eran las máximas que inculcaban frecuentemente a sus hijos. Los labradores y los mercaderes daban a los suyos particulares avisos relativos a su profesión, los cuales omito por no cansar al lector; pero no puedo excusarme de copiar de las exhortaciones que hacían las madres a su hija para dar mejor idea de la educación y de sus costumbres.

4. INSTRUCCIONES DE UNA MADRE A SU HIJA

"Hija mía le decía yo te parí con dolor, te crié a mis pechos, he procurado educarte con el mayor cuidado, y tu padre te ha pulido como una esmeralda para que parezcas a los ojos de los hombres como una joya engastada en virtudes. Trata de ser buena, porque si no ¿quien te querrá por mujer? Serás el desecho de todos. La vida es trabajosa y es menester consumir nuestra fuerza para alcanzar los bienes que los dioses nos envían; por tanto no seas perezosa y descuidad sino muy diligente en todo. "Sé limpia y trabaja en tener bien concertada la casa; sirve el agua de manos a tu marido y haz el pan para la familia. Por donde quiera que vayas ve con mucho recato y mesura, no apresurando el paso ni riéndote con los que encuentres, ni mirando de lado, ni fijando la vista en los que vinieron hacia ti, sino ve tu camino, especialmente si vas acompañada; de esta manera alcanzarás mucha estimación y buen nombre. A los que te saludaren o preguntasen algo, responde cortésmente, porque si callas te tendrán por necia. "Sé muy diligente en hilar, tejer, coser y labrar, porque así serás amada y alcanzarás lo necesario para comer y vestir. No te des demasiado al sueño; huye de la sombra, la frescura y el descanso, porque el regalo enseña pereza y otros vicios. O estés en pie o sentada o andando, no pienses jamás en cosa mala, sino trata solamente de servir a los dioses y de ayudar a los que te engendraron. "Si fueres llamada de tus padres, no esperes a que te llamen dos veces, sino acude luego a saber lo que mandan para no darles pesar don tu tardanza; oye bien lo que te mandan y no lo olvides sino ejecútalo diligentemente. No des malas respuestas ni muestres repugnancia si no puedes hacer lo que se ordena excúsate con humildad. Si otra fuere llamada y no acudiere preste, acude tú, oye lo que se manda y hazlo bien, que así te harás estimar. "Nunca prometas hacer lo que no puedes: a nadie burles ni engañes, pues te están viendo los dioses. Vive en paz con todos y a todos ama honestamente y cuerdamente para de que todos seas amada. De los bienes que tuvieres no seas avarienta. No interpretes a mal lo que vieres dar a otras. ni lo envidies: porque los dioses cuyos son todos los bienes, los reparten como quieren. A nadie des motivo de enojo, porque si lo das a otro, tú también lo recibirás. "No tengas trato poco honesto con los hombres ni sigas los deseos malos de tu corazón; porque nos afrentarás y ensuciarás tu alma como el agua con el cieno. No te acompañes con malas mujeres, las callejeras, las mentirosas y las perezosas, porque ciertamente te pervertirán con su ejemplo.

Atiende a las cosas domésticas y no salgas fácilmente de tu casa ni andes vagando por las calles, el mercado o los caminos; porque en esos lugares encontrarás el daño y la perdición. Mira que el vicio mata como las hierbas venenosas y que una vez admitido es muy difícil dejarlo. "Si yendo por la calle te encontrare algún joven atrevido y se riere contigo, no le correspondas, sino disimula y pasa adelante. Si te dijere alguna cosa no le contestes, ni atiendas a sus palabras, y si te siguiere no vuelvas a verle, porque no le enciendas mas la pasión; si así lo hicieres él se cansará y te dejará en paz.

No entres sin justa causa en casa alguna, porque no te levanten alguna calumnia, y lo padezca tu honor; pero si entras en casa de tus parientes salúdalos y con respeto y no te estés mano sobre mano, sino toma luego el huso para hilar y ayúdales en lo que se ofreciere. "Cuando te cases ten respeto a tu marido, obedécele con alegría y ejecuta con diligencia lo que te ordenare; no lo enojes ni le vuelvas el rostro, ni te le muestres desdeñosa o airada, sino recíbelo amorosamente en tu regazo, aunque viva, por ser pobre, a tus expensas.

Si tu marido te da algún pesar, no le manifiestes tu desazón al tiempo de ordenarte alguna cosa, sino disimula por entonces y después dile mansamente lo que sientes, para que con tu mansedumbre se ablande y excuse el mortificante. No te afrentes delante de otros porque tú también quedarás afrentada. "Si alguno entrase en tu casa a visitar a tu marido, muéstrate agradecida a la visita y obséquialo en lo que pudieres. Si tu marido fuere necio, sé tú discreta; si yerra en la administración de la hacienda, adviértele los yerros para que los enmiende; pero si lo reconoces inepto para manejarla, encárgate de ella y procura adelantarla cuidando mucho de las tierras y de la paga de los que en ella trabajaren; mira no se pierda alguna cosa por tu descuido. "Sigue, hija mía, los consejos que te doy, soy ya grande y tengo bastante experiencia del mundo, soy madre tuya y como tal te he criado y deseo que vivas bien. Fija estos avisos en tus entrañas, que así vivirás alegre y satisfecha. Si por no abrazarlos llovieren sobre ti desgracias, tuya será la culpa y tuyo el daño. No más, hija mía, los dioses te guarden".

5. ESCUELAS PÚBLICAS Y SEMINARIOS

No satisfechos los mexicanos con estas instrucciones y con la educación doméstica, todos enviaban sus hijos a las escuelas públicas que había cerca de los templos para que, por espacio de tres años, fuesen instruidos en la religión y buenas costumbres. Además de eso todos procuraban que sus hijos se educasen en los seminarios anexos a los templos, de los cuales había muchos en las ciudades del imperio mexicano, unos para niños, otros para mancebos y otros para doncellas. Los de los niños y mancebos estaban a cargo de unos sacerdotes únicamente destinados a su educación, los de las vírgenes estaban al cuidado de unas matronas respetables por su edad y sus costumbres.

No se permitía trato alguno o comunicación entre los jóvenes de uno y otro sexo, y cualquier falta en esa materia era rigurosamente castigada. Había seminarios distintos para la nobleza y para la plebe. Los mancebos nobles se ocupaban en los ministerios interiores y más inmediatos al altar, como el barrer el atrio superior del templo y en atizar los braseros que ardían delante de los santuarios; los otros entendían en llevar la leña necesaria para los braseros, la piedra y cal para los reparos que se ofrecían y en otros semejantes empleos. Unos y otros tenían sus superiores y maestros que los instruían en las cosas de la religión, la historia, la pintura, la música y en otras artes conveniente a su condición.

Las doncellas estaban encargadas de barrer el atrio inferior del templo, de levantarse tres veces en la noche a quemar incienso en los braseros, de preparar la comida que diariamente se presentaba a los ídolos y de tejer varias suertes de tela. Instruíanse en todos los oficios mujeriles, con lo cual se conseguía tenerlas ocupadas en edad tan peligrosa y habituarlas para las cargas del matrimonio. Dormían muchas en una gran sala a la vista de las ancianas que las gobernaban, que nada celaban tanto en ellas cuanto la molestia de sus semblantes y la compostura de sus acciones.

Cuando salía algún alumno o alumna de los seminarios a visitar a sus padres, que era de tarde en tarde, no iba solo sino acompañado de otros alumnos y de su respectivo superior; estaba un breve rato con sus padres, oía con humildad y silencio las instrucciones y consejos que le daban y de allí volvían inmediatamente a sus seminarios, en los cuales se mantenían hasta el tiempo de tomar estado, que en los jóvenes era, como ya dijimos, de los 20 a los 22 años y en las doncellas a los 18 ó 18. En llegando a esa edad, o el mismo joven pedía licencia al superior para salir a casarse o, lo que era más común, sus padres lo recobraban para el mismo fin, dando al superior las gracias por el cuidado que había tenido en su instrucción.

El superior hacía al joven en la despedida una buena exhortación encargándole la perseverancia en la virtud y el exacto cumplimiento de las obligaciones del nuevo estado. Eran especialmente buscadas para mujeres las vírgenes que se educaban en los seminarios, así por sus costumbres como inteligencia en las artes propias de su sexo. El joven que pasados los 22 años no tomaba estado, se reputaba perpetuamente consagrado al servicio del templo; y si alguna vez, arrepentido de su celibato, intentaba casarse, era tenido por infame y no había mujer que lo quisiese por marido. En Tlaxcala trasquilaban a los que rehusaban a su tiempo el matrimonio, la cual pena era una especie de deshonra muy temida.

Los hijos aprendían en lo general el oficio de sus padres y seguían su profesión y así se perpetuaban las artes en las familias, con no pocas ventajas del Estado. A los que se destinaban para la Judicatura hacían asistir a los tribunales para que fueren aprendiendo las leyes del reino y la práctica y forma judicial. La pintura 60 de la Colección de Mendoza representa cuatro magistrados examinados una causa, y detrás de ellos cuatro jóvenes teuctlis oyendo atentamente su deliberación.

A los hijos de los reyes y señores principales se daban ayos que arreglasen su conducta, y antes de que pudiesen entrar en la posesión de la corona o del señorío, se les confería regularmente el gobierno de alguna ciudad o estado menor para que se ensayen en el arte difícil de gobernar hombres. Esto comenzó a practicarse desde los primeros reyes chichimecas; pues, como dijimos en otro lugar, Nopaltzin desde que tomó posesión de la corona de Acolhuacán encargó a su primogénito Tlotzin el gobierno de la ciudad de Texcoco. De Cuitláhuac, penúltimo rey de México, sabemos que antes de ocupar el trono fue señor de Iztapalapa, y su hermano Moctezuma fue antes, a lo que parece por la historia, señor de Ecatepec. Sobre este sólido fundamento de la educación levantaron los mexicanos el sistema político de su reino que vamos a exponer.

13. NOBLEZA Y DERECHO DE SUCESIÓN

La nobleza de México y de todo el imperio estaba dividida en varias clases que los españoles confundieron bajo el nombre general de cacique. Cada clase tenía sus fueros y usaba de particulares insignias, de tal manera que, aun siendo tan sencillo su vestido, se conocía a primera vista el carácter de cada persona. Los nobles solamente podían usar ornamentos de oro y de piedras preciosas en él vestido, y desde los principios del reinado de Moctezuma II ejercieron privativamente todos los empleos de la real casa y corte, de la magistratura y de la milicia, a lo menos lo más considerables

El grado más prominente de la nobleza en Tlaxcala, Huexotzinco y Cholula, era el de Teuctli. Para obtenerlo era necesario ser noble de nacimiento, haber dado suficientes pruebas de valor en algunas campañas, cierta edad y muchas facultades para soportar los gastos exorbitantes que se hacían en la posesión de esa dignidad. Debía también el pretendiente hacer un año de rigurosa penitencia, que consistía en un perpetuo ayuno, en frecuente efusión de sangre y en la privación de todo comercio con mujer, y tolerar con paciencia los insólitos, oprobios y malos tratamientos con que probaban su constancia.

Horadábanle la nariz con una uña de águila o con un hueso de tigre para colgarle de ella unos granos de oro, que eran la principal insignia de la dignidad. El día de la posesión le desnudaban del vestido pobre y ordinario de que había estado cubierto en el tiempo de su penitencia y le vestían de las mejores galas; atábanle el cabello con una correa colorada de que pendían curioso plumajes, y le colgaban de la nariz los granos de oro. Esta ceremonia se hacía por mano de un sacerdote en el atrio superior del Templo Mayor, el cual, después de conferirle la dignidad, le hacía una arenga graculatoria.

De allí bajaba el nuevo teuctli al atrio inferior, en donde asistía con los demás señores a un gran baile que se hacía para celebrarlo; al baile seguía el magnífico banquete que, a sus expensas, daba a todos los señores del Estado, en que, además de los muchos vestidos que les presentaba, era tan grande la abundancia de carnes que se les servía, que solían consumirse, según dicen algunos autores, 1,400 y aun 1,600 pavos, y muchos conejos, liebres, ciervos y otros animales; una gran cantidad de cacao en varias bebidas y las frutas más exquisitas y regaladas de la tierra. El dictado de teuctli se añadía al nombre propio de la persona, como Chichimecateuctli, Pilteuctli y otros. Precedían los teuctlis en el senado a todos los demás, así en el asiento como en el sufragio y podían llevar por detrás un criado cargado con el iepulli o taburete, que era un privilegio de mucho honor.

La mayor parte de la nobleza mexicana era hereditaria; hasta la ruina del imperio se mantuvieron con esplendor varia familias, descendientes de aquellos ilustres aztecas que fundaron a México, y aun hasta hoy subsisten algunas ramas de aquellas antiguas casas, pero abatidas en la mayor parte por la miseria y confundidos entre la ínfima plebe. No hay duda de que hubiera sido más acertada la política de los españoles si en vez de llevar mujeres de Europa y esclavos de África, se hubieran enlazado con las mismas casas americanas, hasta hacer de todas una sola e individua nación. Haría aquí una demostración de las incomparables ventajas que de semejante alianza hubieran resultado al reino de México y a toda monarquía, y de los daños que de lo contrario se han originado, si el carácter de esta obra me lo permitiera.

Sucedían en México y en casi todo el imperio, a excepción, como ya dijimos, de la casa real, los hijos a los padres y, a falta de los hijos, los hermanos, y, a falta de éstos, los sobrinos y así de los demás grados de parentesco.

14. DIVISIÓN DE LAS TIERRAS Y DIVERSOS TÍTULOS EN POSESIÓN Y PROPIEDAD

Las tierras del imperio mexicano estaban repartidas entre la corona, la nobleza, las comunidades y los templos, para lo cual tenían pinturas en que clara e individualmente se describía lo que a cada uno tocaba. Las tierras de la corona estaban pintadas con color purpúreo, las de la nobleza de encarnado y las de las comunidades de amarillo claro. No era menester más de extender un mapa de estos para conocer la extensión y linderos de la tierra, y lo que a cada uno pertenecía. Los jueces españoles después de la conquista se sirvieron de esta especie de instrumentos o títulos de propiedad para decidir algunos pleitos.

En las tierras de la corona que llamaban recpantlalli (tierras de palacio), reservado siempre el dominio al rey, gozaban del usufructo ciertos señores a quienes daban el nombre de tecpanpouhque o tecpantlacaque, es decir, gente de palacio. Estos no pagaban tributo alguno, sino ramilletes de flores en muestra de reconocimiento y varías especies de aves que presentaban al rey cuando le visitaban; pero tenían el gravamen de reparar las casas reales y de cultivar los jardines, concurriendo ellos con su dirección y costos, y los plebeyos de su distrito con su trabajo persona. Tenían también obligación de hacer corte al rey y de acompañarle siempre que se dejaba ver en público, por lo cual tenían mucha estimación entre los mexicanos. Cuando moría algún señor de éstos, entraba el hijo mayor en posesión de las tierras con el mismo gravamen que su padre; pero si iba a establecerse a otra parte las perdía, y el rey o por sí nombrada un nuevo usufructuario, o lo dejaba a arbitrio del pueblo en cuyo distrito estaban situadas las tierras.

Las tierras que llamaban pillalli (tierras de los nobles) o eran posesiones antiguas de la nobleza, que habían heredado los hijos de sus padres, o eran mercedes que el rey hacía a algunos de sus vasallos en premio de sus hazañas o de algún importante servicio hecho a la corona. Unos y otros podían por lo común enajenar sus posesiones; pero no podían darlas ni venderlas a los plebeyos. Dije por lo común, porque entre estas tierras había algunas que concedían el rey con la condición de no enajenarlas sino dejarlas como mayorazgo a sus hijos. Los mayorazgos eran muy antiguos y comunes entre aquellas naciones; pero no estaban tan anexos a la primogenitura que no fuese libre al padre el dejarlos al que mejor le pareciese de sus hijos, cuando el primogénito era inepto para gobernarlo. A los demás hijos señalaban fondos suficientes para su manutención. No heredaban, a lo menos en Tlaxcala, Las hijas, porque no recayese el mayorazgo en algún extraño. Fueron tan celosos los tlaxcaltecas aun después de la Conquista, de mantener en sus familias los mayorazgos, que repugnaron dar la investidura de uno de los señores de la república a don Francisco Pimentel, nieto del rey de Acolhuacán. Coanacotzin. Casado con doña María Maxixcatzin, neta del príncipe del mismo nombre, que, como veremos, era el principal de los cuatro señores que gobernaban aquella república cuando llegaron los españoles.

No eran menos antiguos en aquellos reinos los feudos. Comenzaron desde el rey Xólotl, que repartía las tierras de Anáhuac entre sus chichimecas y los advenedizos alcohúas con las propias condiciones feudales de una inviolable fidelidad, de cierto reconocimiento y de acudir con sus personas, bienes y vasallos en caso de rebelarse algún Estado. Los feudos propiamente tales eran muy pocos, a lo que parece, en el imperio mexicano, y si queremos hablar con rigor, ninguno; porque ni eran de su naturaleza perpetuos, sino a arbitrio del rey, que cada año en la fiesta del fuego los confirmaba, ni aunque los feudatarios fuesen exentos de paga tributos a la corona, lo eran sus vasallos.

Las tierras que llamaban alrepetlalli o tierras de los pueblos, eran las que poseía el común de cada ciudad o lugar, las cuales estaban divididas en tantas partes cuantos eran los barrios de la población y cada barrio poseía su parte con entera exclusión e independencia de los demás. Estas tierras no podían en manera alguna enajenarse. Entre ellas había algunas destinadas para proveer de víveres al ejército en tiempo de guerra, las cuales llamaban milchimalli y cacalomilli, según la especie de víveres con que debían contribuir. Los Reyes Católicos han señalado a los lugares de los mexicanos sus tierras propias y han expedido las órdenes convenientes para asegurarles la perpetuidad de la posesión; pero al presente se hallan muchos pueblos desposeídos de ellas por la avaricia de algunos poderosos, favorecidos de la iniquidad de algunos jueces.

15. TRIBUTOS Y GRAVÁMENES DE LOS VASALLOS

Todas las provincias conquistadas por las armas mexicanas eran tributarias de la corona y pagaban de los frutos, animales y minerales de la tierra, según la tasa que se les había prescrito, y además de eso los mercaderes contribuían una parte de sus mercaderías y todos los artífices cierto número de las obras que trabajaban. En la capital de cada provincia había una casa destinada para depósito de las semillas, ropa y demás renglones que recogían los recaudadores reales de los lugares de su distrito.

Estos hombres eran generalmente aborrecidos por las vejaciones que hacían a los tributarios; su insignia era una vara que llevaba en una mano y un abanico de plumas en la otra. Los intendentes de la real hacienda tenían pinturas de los pueblos tributarios y de la cantidad y calidad de tributos. En la Colección de Mendoza hay 36 de estas pinturas y en cada una se representan los lugares principales de una o varias provincias del imperio.

Además de un número excesivo de vestidos de algodón y cierta cantidad de semillas y plumas, que eran renglones comunes a casi todos los lugares tributarios, contribuían otras muchas cosas diferentes según la calidad de las tierras. Para dar alguna idea a los lectores diremos algo de lo que contienen dichas pinturas. Los lugares de Xoconocheo, Huehuetlan, Mazatlán y otros, pagaban anualmente, fuera de la ropa de algodón, 4,000 puñados de plumas hermosas de diferentes colores, 200 cargas de cacao, 40 pieles de tigres. 160 pájaros de cierto color etc. Huaxyacac, Coyolapan, Tlalcucchahuayan y otros lugares de su distrito, 40 planchas de oro de cierta medida y 40 sacos de grana o cochinilla, Tlachquauhco, Ayotlan y Teotzapotlan 20 jícaras o vasos grandes llenos de oro en polvo. Tochtepec, Otatitlan, Cozamaloapan, Michapan y otros lugares de la costa des seno Mexicano, además de la ropa, oro y cacao, 24,000 puñados de pluma de diversas calidades y colores 6 gargantillas, dos de esmeraldas finísimas y cuatro de ordinarias, 20 zarcillos de ámbar claro guarnecidos de oro y 20 de cristal, 100 cantarillos de liquidámbar y 16,000 pelotas de hule o resina elásica Tepeyacac, Quecholac, Tecamachalo, Acatzinco y otros lugares 4,000 cargas de cal 4,000 de otates grandes o cañas sólidas para los edificios y otras tantas de otates menores para dardos; 8,000 cargas de acayetl o cañutos de olores, 91 espadas y otras tantas rodelas, una por cada 4 días Malinaltepec, Tlalcozauhtitlan, Olinallan, Lchcatlan, Cualac y otros lugares meridionales de tierra caliente, 600 cantarillos de miel de abejas, 40 lebrillos de tecozalmitlm o tierra mineral amarilla para pinturas, 160 hachas de cobre, 40 planchas redondas de oro de cierta magnitud y grosor, 10 pequeñas medidas de turquesas finas y una carga de ordinarias. Cuauhnahvac, Panchimalco, Atlacholoayan, Xiuhtepec, Huitzilac y otros lugares de los tlalhuicas 16,000 piezas de papel y 4,000 jícaras de diferente magnitud, Cuauhtitlan, Teohuiloyocan y otros lugares de sus contornos, 8,000 esferas de enea y otros tantos icpalles o taburetes.

Otros contribuían una cantidad excesiva de leña, otros un número exorbitante de vigas y planchones para los edificios y otros una gran cantidad de copal. Había pueblos que tenían obligación de dar a los viveros y parques reales cierto número de aves y de cuadrúpedos como Xilotepec, Michmaloyan y otras poblaciones de la tierra de los otomíes, que debían presentar anualmente al rey 40 águilas vivas. De los matlatzincas sabemos que, después que Axayácatl los sojuzgó, se les impuso, además del tributo se representa en la pintura 27 de la Colección de Mendoza, el gravamen de cultivar una sementera de maíz de 1,600 varas de largo y 800 de ancho para víveres del ejercito mexicano. En una palabra, se pagaba tributo a la corona de México de todas las producciones de la naturaleza y de todas las obras de arte que podían ser útiles en alguna manera al rey.

Estas excesivas contribuciones, juntamente con los cuantiosos regalos que le hacían los gobernadores de las provincias y señores de lugares, y los despojos de la guerra, formaban aquella inmensa riqueza de la corte que tanto asombro causó a los españoles conquistadores y tanta pobreza a los vasallos. Los tributos, que al principio eran tenuísimos, llegaron con el tiempo al exceso que hemos visto; porque con las conquistas se aumentó la sobriedad y el fausto de los reyes. Es verdad que una gran parte y por ventura la mayor de estas rentas se expendía en beneficio de los mismos vasallos, ya manteniendo tan gran número de ministros y de magistrados que les administrasen justicia, ya premiando a los beneméritos del Estado, ya socorriendo a los menesterosos, especialmente a las viudas, los huérfanos y los viejos inválidos, que eran las tres clases de gente que merecieron siempre particular compasión de los mexicanos, ya franqueando al pueblo las reales trojes en tiempo de carestía; pero cuántos infelices de aquellos que apenas podían con el sudor de su rostro pagar tan exorbitante tributo, parecían al rigor de la miseria por no poder participar de la real beneficencia. A lo excesivo de las contribuciones se allegaba el rigor con que se exigían. Al que no pagaban el tributo vendían por esclavo para sacar de su libertad lo que no podían de su industria.

18. LEYES SOBRE ESCLAVOS

Por lo que mira al derecho de la servidumbre se ha de advertir que entre los mexicanos había tres especies de esclavos. La primera de los prisioneros de guerra; la segunda de los comprados, y la tercera de los que en pena de algún delito eran privados de su libertad. Los prisioneros de guerra morían por al mayor parte sacrificado a los dioses. El que en la guerra quitaba a alguno de sus conmilitones su cautivo, era reo de muerte, y lo mismo que ponía en libertad a alguno de los prisioneros. La compra de un esclavo no era válida si no se hacía delante de testigos ancianos que, por lo menos, debían ser cuatro; ordinariamente asistían más y se celebraban siempre con mucha solemnidad este contrato.

El esclavo entre los mexicanos podía tener peculio, adquirir posesiones y aun comprar esclavo que le sirviesen, sin que su señor pudiese estorbárselo ni aprovecharse de dichos esclavos; porque la esclavitud no se reducía propiamente a otra cosa que a la obligación del servicio personal y este contenido dentro de ciertos límites. Tampoco era hereditaria la esclavitud; todos nacían aunque fuesen esclavas sus madres. El hombre libre que así preñaba a una esclava ajena, si esta moría el tiempo de su preñez, quedaba esclavo del señor de la difunta; pero si llegaba a parir el padre y el hijo quedaban libres.

Los padres menesterosos podían vender algunos de sus hijos para socorrer su necesidad, y a cualquier hombre libre era lícito el venderse por si mismo; pero los amos no podían vender a otros sus esclavos contra su voluntad, si no eran de collar. Los esclavos fugitivos, rebeldes o viciosos eran por dos o tres veces amonestados de sus amos, quien para su mayor justificación hacía semejantes admoniciones delante de testigos; si con todo eso no se enmendaban, les ponían un collar de madera, y así podían ya venderlos en el mercado. Si después de mudar dos o tres amos persistían en su indocidad, eran vendidos para sacrificios; lo cual sucedía rara vez. Si el esclavo de collar se escapaba de la prisión en que su amo lo tenía y se refugiaba en el palacio real, quedaba libre; si alguno le embarazaba el tomar ese asilo perdía, en pena de su atentado, la libertad, a excepción del mismo amo y de sus hijos, que tenían derecho de impedírselo.

Las personas que se vendían por esclavos por lo común los jugadores para jugar el precio de la libertad, los que por ociosidad o por otro contratiempo se veían reducidos a miseria, y las malas mujeres para tener con qué costear sus galas; porque eso género de gente entre los mexicanos no buscaba, por lo común, otro interés en sus desórdenes que el del placer delincuente. No tenían mucha dificultad en venderse por esclavos, por no ser tan dura la condición de su esclavitud. Además de la moderación de su trabajo y de la facultad que tenía de adquirir, eran benignamente tratados de sus amos, los cuales al morir ordinariamente los dejaban libres. El precio común de un esclavo era una carga de mantas o vestidos de algodón.

Había también entre los mexicanos cierta especie de servidumbre que llamaban huehuetlatlacolli (servidumbre antigua), y era cuando una o dos familias por sus pobrezas se obligaban a un señor a mantenerle perpetuamente un esclavo. Entregaban a ese fin a uno de sus hijos, y después de haber servido algunos años lo sacaban de la servidumbre para que tomase estado o para que descansase, y le sustituían con otro de sus hijos; lo cual se hacían tan sin repugnancia del amo, que antes solía espontáneamente pagar alguna cosa por un nuevo esclavo. El año 1506, con ocasión de la carestía que hubo de grano por el tiempo adverso, se obligaron muchas familias a este género de servidumbre; pero a todas puso en libertad el rey de Acolhuacán Nezahualpili, por los inconvenientes que se experimentaron, y a su ejemplo hizo lo mismo en su reino Moctezuma.

Los conquistadores que se creían en posesión de todos los antiguos señores mexicanos, tuvieron a los principios muchos esclavos de aquellas naciones; pero habiendo sido informados los Reyes Católicos de personas celosas, doctas y bien instruidas en las costumbres de aquellos pueblos, los declaraban libres y prohibieron, bajo graves penas, el atentar contra su libertad, encargando sobre asunto tal grave la conciencia de los virreyes, las audiencias y los gobernadores. Providencia justísima y digna del cristianismo celo de aquellos soberanos; pues, como declararon después de un prolijo examen los primeros religiosos que trabajaron en la conversión de los mexicanos, entre los cuales había hombres de grande literatura, no se halló un solo esclavo de quien constase haber sido justamente privado de su libertad natural.

Lo dicho hasta aquí es lo que hemos podido averiguar de la legislación de los mexicanos. Apreciaríamos una más cumplida instrucción en la materia, especialmente en lo que mira a sus contratos, a la forma de sus juicios y a sus últimas voluntades; pero la pérdida lamentable de la mayor parte de sus pinturas y de algunos estimables manuscritos de los primeros españoles, nos han privado de estas luces.