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Edicion 2017

Edición Web Limitada

Autora: Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1685 Historia de la Conquista de la Nueva España

Antonio de Solís

Libro I

Capítulo I

Motivos que obligan a tener por necesario que se divida en diferentes partes la historia de las Indias para que pueda comprenderse

Duró algunos días en nuestra inclinación el intento de continuar la historia general de las Indias occidentales que dejó el cronista Antonio de Herrera en el año de 1554 de la reparación humana. Y perseverando en este animoso dictamen, lo que tardó en descubrirse la dificultad, hemos leído con diligente observación lo que antes y después de sus Décadas escribieron de aquellos descubrimientos y conquistas diferentes plumas naturales y extranjeras; pero como las regiones del aquel nuevo mundo son tan distantes de nuestro hemisferio, hallamos en los autores extranjeros grande osadía y no menor malignidad para inventar lo que quisieron contra nuestra nación, gastando libros enteros en culpar lo que erraron algunos para deslucir lo que acertaron todos; y en los naturales poca uniformidad y concordia en la narración de los sucesos: conociéndose en esta diversidad de noticias aquel peligro ordinario de la verdad, que suele desfigurarse cuando viene de lejos, degenerando de su ingenuidad todo aquello que se aparta de su origen.

La obligación de redargüir a los primeros, y el deseo de conciliar a los segundos, nos ha detenido en buscar papeles y esperar relaciones que den fundamento y razón a nuestros escritos: trabajo deslucido, pues sin dejarse ver del mundo consume oscuramente el tiempo y el cuidado; pero trabajo necesario, pues ha de salir de esta confusión y mezcla de noticias pura y sencilla la verdad, que es el alma de la historia: siendo este cuidado en los escritores semejante al de los arquitectos que amontonan primero que fabriquen, y forman después la ejecución de sus ideas del embrión de los materiales, sacando poco a poco de entre el polvo y la confusión de la oficina la hermosura y la proporción del edificio.

Pero llegando a lo estrecho de la pluma con mejores noticias, hallamos en la historia general tanta multitud de cabos pendientes, que nos pareció poco menos que imposible (culpa será de nuestra comprensión) el atarlos sin confundirlos. Consta la historia de las Indias de tres acciones grandes que pueden competir con las mayores que han visto los siglos: porque los hechos de Cristóbal Colón en su admirable navegación y en las primeras empresas de aquel nuevo mundo; lo que obró Hernán Cortés con el consejo y con las armas en la conquista de Nueva España, cuyas vastas regiones duran todavía en la incertidumbre de sus términos; y lo que se debió a Francisco Pizarro, y trabajaron los que le sucedieron en sojuzgar aquel dilatadísimo imperio de la América meridional, teatro de varias tragedias y extraordinarias novedades, son tres argumentos de historias grandes, compuestas de aquellas ilustres hazañas y admirables accidentes de ambas fortunas que dan materia digna a los anales, agradable alimento a la memoria, y útiles ejemplos al entendimiento y al valor de los hombres. Pero en la historia general de las Indias, como se hallan mezclados entre sí los tres argumentos, y cualquiera de ellos con infinidad de empresas menores, no es fácil reducirlos al contexto de una sola narración, ni guardar la serie de los tiempos sin interrumpir y despedazar muchas veces lo principal con lo accesorio.

Quieren los maestros del arte que en las transiciones de la historia (así llaman al paso que se hace de unos sucesos a otros) se guarde tal conformidad de las partes con el todo, que ni se haga monstruoso el cuerpo de la historia con la demasía de los miembros, ni deje de tener los que son necesarios para conseguir la hermosura de la variedad; pero deben estar, según su doctrina, tan unidos entre sí, que ni se vean las ataduras, ni sea tanta la diferencia de las cosas, que se deje conocer la desemejanza o sentir la confusión. Y este primor de entretejer los sucesos sin que parezcan los unos digresiones de los otros, es la mayor dificultad de los historiadores; porque si se dan muchas señas del suceso que se dejó atrasado, cuando le vuelve a recoger la narración se incurre en el inconveniente de la repetición y de la prolijidad; y si se dan pocas se tropieza en la oscuridad y en la desunión: vicios que se deben huir con igual cuidado porque destruyen los demás aciertos del escritor.

Ese peligro común de todas las historias generales es mayor y casi imposible de vencer en la nuestra; porque las Indias occidentales se componen de dos monarquías muy dilatadas, y éstas de infinidad de provincias y de innumerables islas, dentro de cuyos límites mandaban diferentes régulos o caciques: unos dependientes y tributarios de los dos emperadores de Méjico y el Perú; y otros que amparados en la distancia se defendían de la sujeción. Todas estas provincias o reinos pequeños eran diferentes conquistas con diferentes conquistadores. Traíanse entre las manos muchas empresas a un tiempo; salían a ellas diversos capitanes de mucho valor, pero de pocas señas: llevaban a su cargo unas tropas de soldados que se llamaban ejércitos y no sin ninguna propiedad por lo que intentaban y por lo que conseguían: peleábase en estas expediciones con unos príncipes y en unas provincias y lugares de nombres exquisitos, no sólo dificultosos a la memoria sino a la pronunciación; de que nacía el ser frecuentes y oscuras las transiciones, y el peligrar en su abundancia la narración: hallándose el historiador obligado a dejar y recoger muchas veces los sucesos menores, y el lector a volver sobre los que dejó pendientes, o a tener en pesado ejercicio la memoria.

No negamos que Antonio de Herrera, escritor diligente (a quien no sólo procuraremos seguir, pero querríamos imitar), trabajó con acierto una vez elegido el empeño de la historia general; pero no hallamos en sus Décadas todo aquel desahogo y claridad de que necesitan para comprenderse; ni podía dársele mayor habiendo de acudir con la pluma a tanta muchedumbre de acaecimientos, dejándolos y volviendo a ellos según el arbitrio del tiempo y sin pisar alguna vez la línea de los años.

 

Capítulo II

Tócanse las razones que han obligado a escribir con separación la historia de la América septentrional o Nueva España

Nuestro intento es sacar de este laberinto y poner fuera de esta oscuridad a la historia de Nueva España para poder escribirla separadamente, franqueándola (si cupiere tanto en nuestra cortedad) de modo que en lo admirable de ella se deje hallar sin violencia la suspensión, y en lo útil se logre sin desabrimiento la enseñanza. Y nos hallamos obligados a elegir este de los tres argumentos que propusimos; porque los hechos de Cristóbal Colón, y las primeras conquistas de las islas y el Darien, como no tuvieron otros sucesos en que mezclarse, están escritas con felicidad y bastante distinción en la primera y segunda década de Antonio de Herrera; y la historia del Perú anda separada en los dos tomos que escribió Garcilaso Inga, tan puntual en las noticias y tan suave y ameno en el estilo (según la elegancia de su tiempo) que culparíamos de ambicioso al que intentase mejorarle, alabando mucho al que supiese imitarle para proseguirle. Pero la Nueva España, o está sin historia que merezca este nombre, o necesita de ponerse en defensa contra las plumas que se encargaron de su posteridad.

Escribióla primero Francisco López de Gómara con poco examen y puntualidad, porque dice lo que oyó, y lo afirma con sobrada credulidad, fiándose tanto de sus oídos como pudiera de sus ojos, sin hallar dificultad en lo inverosímil, ni resistencia en lo imposible.

Siguióle en el tiempo y en alguna parte de sus noticias Antonio de Herrera, y a éste Bartolomé Leonardo de Argensola, incurriendo en la misma desunión y con menor disculpa; porque nos dejó los primeros sucesos de esta conquista entretejidos y mezclados en sus Anales de Aragón, tratándolos como accesorios, y traídos de lejos al propósito de su argumento. Escribió lo mismo que halló en Antonio de Herrera con mejor carácter, pero tan interrumpido y ofuscado con la mezcla de otros acaecimientos, que se disminuye en las digresiones lo heroico del asunto, o no se conoce su grandeza como se mira de muchas veces.

Salió después una historia particular de Nueva España, obra póstuma de Bernal Díaz del Castillo, que sacó a luz un religioso de la Orden de Nuestra Señora de la Merced, habiéndola hallado manuscrita en la librería de un ministro grande y erudito, donde estuvo muchos años retirada, quizá por los inconvenientes que al tiempo que se imprimió se perdonaron o no se conocieron. Pasa hoy por historia verdadera ayudándose del mismo desaliño y poco adorno de su estilo para parecerse a la verdad y acreditar con algunos la sinceridad del escritor, pero aunque le asiste la circunstancia de haber visto lo que escribió, se conoce de su misma obra que no tuvo la vista libre de pasiones, para que fuese bien gobernada la pluma: muéstrase tan satisfecho de su ingenuidad, como quejoso de su fortuna: andan entre sus renglones muy descubiertas la envidia y la ambición; y paran muchas veces estos afectos destemplados en quejas contra Hernán Cortés, principal héroe de esta historia, procurando penetrar sus designios para deslucir y enmendar sus consejos, y diciendo muchas veces como infalible no lo que ordenaba y disponía su capitán, sino lo que murmuraban los soldados; en cuya república hay tanto vulgo como en las demás; siendo en todas de igual peligro, que se permita el discurrir a los que nacieron para obedecer.

Por cuyos motivos nos hallamos obligados a entrar en este argumento, procurando desagraviarle de los embarazos que se encuentran en su contexto, y de las ofensas que ha padecido su verdad. Valdrémonos de los mismos autores que dejamos referidos en todo aquello que no hubiere fundamento para desviarnos de lo que escribieron; y nos serviremos de otras relaciones y papeles particulares que hemos juntado para ir formando, con elección desapasionada, de lo más fidedigno nuestra narración, sin referir de propósito lo que se debe suponer o se halla repetido, ni gastar el tiempo en las circunstancias menudas que, o manchan el papel con lo indecente, o le llenan de lo menos digno, atendiendo más al volumen que a la grandeza de la historia. Pero antes de llegar a lo inmediato de nuestro empeño, será bien que digamos en qué postura se hallaban las cosas de España cuando se dio principio a la conquista de aquel nuevo mundo, para que se vea su principio primero que su aumento; y sirva esta noticia de fundamento al edificio que emprendemos.

 

Capítulo III

Refiérense las calamidades que se padecían en España cuando se puso la mano en la conquista de Nueva España

Corría el año de mil y quinientos y diez y siete, digno de particular memoria en esta monarquía, no menos por sus turbaciones, que por sus felicidades. Hallábase a la sazón España combatida por todas partes de tumultos, discordias y parcialidades, congojada su quietud con los males internos que amenazaban su ruina; y durando en su fidelidad más como reprimida de su propia obligación, que como enfrenada y obediente a las riendas del gobierno; y al mismo tiempo se andaba disponiendo en las Indias occidentales su mayor prosperidad con el descubrimiento de otra Nueva España, en que no sólo se dilatasen sus términos, sino se renovase y duplicase su nombre: así juegan con el mundo la fortuna y el tiempo; y así se suceden o se mezclan con perpetua alteración los bienes y los males.

Murió en los principios del año antecedente el rey don Fernando el Católico; y desvaneciendo con la falta de su artífice las líneas que tenía tiradas para la conservación y acrecentamiento de sus estados, se fue conociendo poco a poco en la turbación y desconcierto de las cosas públicas la gran pérdida que hicieron estos reinos; al modo que suele rastrearse por el tamaño de los efectos la grandeza de las causas.

Quedó la suma del gobierno a cargo del cardenal arzobispo de Toledo, don fray Francisco Jiménez de Cisneros, varón de espíritu resuelto, de superior capacidad, de corazón magnánimo, y en el mismo grado religioso, prudente y sufrido: juntándose en él sin embarazarse con su diversidad, estas virtudes morales y aquellos atributos heroicos; pero tan amigo de los aciertos, y tan activo en la justificación de sus dictámenes, que perdía muchas veces lo conveniente por esforzar lo mejor; y no bastaba su celo a corregir los ánimos inquietos tanto como a irritarlos su integridad.

La reina doña Juana, hija de los reyes don Fernando y doña Isabel, a quien tocaba legítimamente la sucesión del reino, se hallaba en Tordesillas, retirada de la comunicación humana, por aquel accidente lastimoso que destempló la armonía de su entendimiento; y del sobrado aprender, la trujo a no discurrir, o a discurrir desconcertadamente en lo que aprendía.

El príncipe don Carlos, primero de este nombre en España, y quinto en el imperio de Alemania, a quien anticipó la corona el impedimento de su madre, residía en Flandes; y su poca edad, que no llegaba a los diez y siete años, el no haberse criado en estos reinos, y las noticias que en ellos había de cuán apoderados estaban los ministros flamencos de la primera inclinación de su adolescencia, eran unas circunstancias melancólicas que le hacían poco deseado aún de los que le esperaban como necesario.

El infante don Fernando, su hermano, se hallaba, aunque de menos años, no sin alguna madurez, desabrido de que el rey don Fernando, su abuelo, no le dejase en su último testamento nombrado por principal gobernador de estos reinos, como lo estuvo en el antecedente que se otorgó en Burgos; y aunque se esforzaba a contenerse dentro de su propia obligación, ponderaba muchas veces y oía ponderar lo mismo a los que le asistían, que el no nombrarle pudiera pasar por disfavor hecho a su poca edad, pero que el excluirle después de nombrado, era otro género de inconfidencia que tocaba en ofensa de su persona y dignidad: con que se vino a declarar por mal satisfecho del nuevo gobierno; siendo sumamente peligroso para descontento, porque andaban los ánimos inquietos, y por su afabilidad, y ser nacido y criado en Castilla, tenía de su parte la inclinación del pueblo, que, dado el caso de la turbación, como se recelaba, le había de seguir, sirviéndose para sus violencias del movimiento natural.

Sobrevino a este embarazo otro de no menor cuerpo en la estimación del cardenal; porque el deán de Lobaina Adriano Florencio, que fue después sumo Pontífice, sexto de este nombre, había venido desde Flandes con título y apariencias de embajador al rey don Fernando; y luego que sucedió su muerte, manifestó los poderes que tenía ocultos del príncipe don Carlos, para que en llegando este caso tomase posesión del reino en su nombre, y se encargase de su gobierno; de que resultó una controversia muy reñida, sobre si este poder había de prevalecer y ser de mejor calidad que el que tenía el cardenal. En cuyo punto discurrían los políticos de aquel tiempo con poco recato, y no sin alguna irreverencia, vistiéndose en todos el discurso de el color de la intención. Decían los apasionados de la novedad que el cardenal era gobernador nombrado por otro gobernador; pues el rey don Fernando sólo tenía este título en Castilla después que murió la reina doña Isabel. Replicaban otros de no menor atrevimiento, porque caminaban a la exclusión de entrambos, que el nombramiento de Adriano padecía el mismo defecto; porque el príncipe don Carlos, aunque estaba asistido de la prerrogativa de heredero del reino, sólo podía viviendo la reina doña Juana, su madre, usar de la facultad de gobernador, de la misma suerte que la tuvo su abuelo: con que dejaban a los dos príncipes incapaces de poder comunicar a sus magistrados aquella suprema potestad que falta en el gobernador, por ser inseparable de la persona del rey.

Pero reconociendo los dos gobernadores que estas disputas se iban encendiendo, con ofensa de la majestad y de su misma jurisdicción, trataron de unirse en el gobierno: sana determinación si se conformaran los genios; pero discordaban o se compadecían mal la entereza del cardenal con la mansedumbre de Adriano: inclinado el uno a no sufrir compañero en sus resoluciones, y acompañándolas el otro con poca actividad y sin noticia de las leyes y costumbres de la nación. Produjo este imperio dividido la misma división en los súbditos; con que andaba parcial la obediencia y desunido el poder, obrando esta diferencia de impulsos en la república lo que obrarían en la nave dos timones, que aun en tiempo de bonanza formarían de su propio movimiento la tempestad.

Conociéronse muy presto los efectos de esta mala constitución, destemplándose enteramente los humores mal corregidos de que abundaba la república. Mandó el cardenal (y necesitó de poca persuasión para que viniese en ello su compañero) que se armasen las ciudades y villas del reino, y que cada una tuviese alistada su milicia, ejercitando la gente en el manejo de las armas y en la obediencia de sus cabos; para cuyo fin señaló sueldos a los capitanes, y concedió exenciones a los soldados. Dicen unos que miró a su propia seguridad, y otros que a tener un nervio de gente con que reprimir el orgullo de los grandes: pero la experiencia mostró brevemente que en aquella sazón no era conveniente este movimiento, porque los grandes y señores heredados (brazo dificultoso de moderar en tiempos tan revueltos) se dieron por ofendidos de que se armasen los pueblos, creyendo que no carecía de algún fundamento la voz que había corrido de que los gobernadores querían examinar con esta fuerza reservada el origen de sus señoríos y el fundamento de sus alcabalas. Y en los mismos pueblos se experimentaron diferentes efectos, porque algunas ciudades alistaron su gente, hicieron sus alardes, y formaron su escuela militar: pero en otras se miraron estos remedos de la guerra como pensión de la libertad y como peligros de la paz, siendo en unas y otras igual el inconveniente de la novedad; porque las ciudades que se dispusieron a obedecer, supieron la fuerza que tenían para resistir; y las que resistieron se hallaron con la que habían menester, para llevarse tras sí a las obedientes y ponerlo todo en confusión.

 

Capítulo IV

Estado en que se hallaban los reinos distantes y las islas de la América que ya se llamaban Indias occidentales

No padecían en este tiempo menos que Castilla los demás dominios de la corona de España, donde apenas hubo piedra que no se moviese, ni parte donde no se temiese con alguna razón el desconcierto de todo el edificio.

Andalucía, se hallaba oprimida y asustada con la guerra civil que ocasionó don Pedro Girón, hijo del conde de Ureña, para ocupar los estados del duque de Medina Sidonia, cuya sucesión pretendía por doña Mencía de Guzmán su mujer; poniendo en el juicio de las armas la interpretación de su derecho, y autorizando la violencia con el nombre de la justicia.

En Navarra se volvieron a encender impetuosamente aquellas dos parcialidades beamontesa y agramontesa, que hicieron insigne su nombre a costa de su patria. Los beamonteses, que seguían la voz del rey de Castilla, trataban como defensa de la razón la ofensa de sus enemigos. Y los agramonteses, que, muerto Juan de Labrit y la reina doña Catalina, aclamaban al príncipe de Bearne su hijo, fundaban su atrevimiento en las amenazas de Francia; siendo unos y otros dificultosos de reducir, porque andaba en ambos partidos el odio envuelto en apariencias de fidelidad; y mal colocado el nombre del rey, servía de pretexto a la venganza y a la sedición.

En Aragón se movieron cuestiones poco seguras sobre el gobierno de la corona, que por el testamento del rey don Fernando quedó encargado al arzobispo de Zaragoza don Alfonso de Aragón su hijo, a quien se opuso, no sin alguna tenacidad, el justicia don Juan de Lanuza, con dictamen, o verdadero o afectado, de que no convenía para la quietud de aquel reino que residiese la potestad absoluta en persona de tan altos pensamientos: de cuyo principio resultaron otras disputas, que corrían entre los nobles como sutilezas de la fidelidad, y pasando a la rudeza del pueblo, se convirtieron en peligros de la obediencia y de la sujeción.

Cataluña y Valencia se abrasaban en la natural inclemencia de sus bandos; que no contentos con la jurisdicción de la campaña, se apoderaban de los pueblos menores, y se hacían temer de las ciudades, con tal insolencia y seguridad, que turbado el orden de la república se escondían los magistrados y se celebraba la atrocidad tratándose como hazañas los delitos, y como fama la miserable posteridad de los delincuentes.

En Nápoles se oyeron con aplauso las primeras aclamaciones de la reina doña Juana y el príncipe don Carlos; pero entre ellas mismas se esparció una voz sediciosa de incierto origen, aunque de conocida malignidad.

Decíase que el rey don Fernando dejaba nombrado por heredero de aquel reino al duque de Calabria, detenido entonces en el castillo de Játiva. Y esta voz que se desestimó dignamente a los principios, bajó como despreciada a los oídos del vulgo, donde corrió algunos días con recato de murmuración, hasta que tomando cuerpo en el misterio con que se fomentaba, vino a romper en alarido popular y en tumulto declarado, que puso en congoja más que vulgar a la nobleza, y a todos los que tenían la parte de la razón y de la verdad.

En Sicilia también tomó el pueblo las armas contra el virrey don Hugo de Moncada con tanto arrojamiento, que le obligó a dejar el reino en manos de la plebe, cuyas inquietudes llegaron a echar más hondas raíces que las de Nápoles, porque las fomentaban algunos nobles, tomando por pretexto el bien público, que es el primer sobrescrito de las sediciones, y por instrumento al pueblo, para ejecutar sus venganzas, y pasar con el pensamiento a los mayores precipicios de la ambición.

No por distantes se libraron las Indias de la mala constitución del tiempo, que a fuer de influencia universal alcanzó también a las partes más remotas de la monarquía. Reducíase entonces todo lo conquistado de aquel nuevo mundo a las cuatro islas de Santo Domingo, Cuba, San Juan de Puerto Rico y Jamaica, y a una pequeña parte de tierra firme que se había poblado en el Darien, a la entrada del golfo de Uraba, de cuyos términos constaba lo que se comprendía en este nombre de las Indias occidentales. Llamáronlas así los primeros conquistadores, sólo porque se parecían aquellas regiones en la riqueza y en la distancia a las orientales que tomaron este nombre del río Indo que las baña. Lo demás de aquel imperio consistía no tanto en la verdad, como en las esperanzas que se habían concebido de diferentes descubrimientos y entradas que hicieron nuestros capitanes con varios sucesos, y con mayor peligro que utilidad: pero en aquello poco que se poseía, estaba tan olvidado el valor de los primeros conquistadores, y tan arraigada en los ánimos la codicia, que sólo se trataba de enriquecer, rompiendo con la conciencia y con la reputación: dos frenos sin cuyas riendas queda el hombre a solas con su naturaleza, y tan indómito y feroz en ella como los brutos más enemigos del hombre. Ya sólo venían de aquellas partes lamentos y querellas de lo que allí se padecía: el celo de la religión y la causa pública cedían enteramente su lugar al interés y al antojo de los particulares, y al mismo paso se iban acabando aquellos pobres indios que gemían debajo del peso, anhelando por el oro para la avaricia ajena, obligados a buscar con el sudor de su rostro lo mismo que despreciaban, y a pagar con su esclavitud la ingrata fertilidad de su patria.

Pusieron en gran cuidado estos desórdenes al rey don Fernando, y particularmente la defensa y conversión de los indios, que fue siempre la principal atención de nuestros reyes, para cuyo fin formó instrucciones, promulgó leyes y aplicó diferentes medios que perdían la fuerza en la distancia; al modo que la flecha se deja caer a vista del blanco, cuando se aparta sobradamente del brazo que la encamina. Pero sobreviniendo la muerte del rey antes que se lograse el fruto de sus diligencias, entró el cardenal con grandes veras en la sucesión de este cuidado, deseando poner de una vez en razón aquel gobierno; para cuyo efecto se valió de cuatro religiosos de la Orden de San Jerónimo, enviándolos con título de visitadores, y de un ministro de su elección que los acompañase, con despachos de juez de residencia, para que unidas estas dos jurisdicciones lo comprendiesen todo; pero apenas llegaron a las islas, cuando hallaron desarmada toda la severidad de sus instrucciones, con la diferencia que hay entre la práctica y la especulación; y obraron poco más que conocer y experimentar el daño de aquella república, poniéndose de peor condición la enfermedad con la poca eficacia del remedio.

 

Capítulo V

Cesan las calamidades de la monarquía con la venida del rey don Carlos: dase principio en este tiempo a la conquista de Nueva España

Este estado tenían las cosas de la monarquía cuando entró en la posesión de ella el rey don Carlos, que llegó a España por septiembre de este año, con cuya venida empezó a serenar la tempestad y se fue a poco introduciendo el sosiego, como influido de la presencia del rey, sea por virtud oculta de la corona, o porque asiste Dios con igual providencia tanto a la majestad del que gobierna, como a la obligación o al temor natural del que obedece. Sintiéronse los primeros efectos de esta felicidad en Castilla, cuya quietud se fue comunicando a los demás reinos de España, y pasó a los dominios de afuera, como suele en el cuerpo humano distribuirse el calor natural, saliendo del corazón en beneficio de los miembros más distantes. Llegaron brevemente a las islas de la América las influencias del nuevo rey, obrando en ellas su nombre tanto como en España su presencia. Dispusiéronse los ánimos a mayores empresas, creció el esfuerzo en los soldados, y se puso la mano en las primeras operaciones que precedieron a la conquista de Nueva España, cuyo imperio tenía el cielo destinado para engrandecer los principios de este augusto monarca.

Gobernaba entonces la isla de Cuba el capitán Diego Velázquez, que pasó a ella como teniente del segundo almirante de las Indias don Diego Colón, con tan buena fortuna que se le debió toda su conquista y la mayor parte de su población. Había en aquella isla (por ser la más occidental de las descubiertas, y más vecina al continente de la América septentrional) grandes noticias de otras tierras no muy distantes, que se dudaba si eran islas, pero se hablaba en sus riquezas con la misma certidumbre que si se hubieran visto, fuese por lo que prometían las experiencias de lo descubierto hasta entonces, o por lo poco que tienen que andar las prosperidades en nuestra aprensión para pasar de imaginadas a creídas.

Creció por este tiempo la noticia y la opinión de aquella tierra con lo que referían de ella los soldados que acompañaron a Francisco Fernández de Córdoba en el descubrimiento de Yucatán, península situada en los confines de Nueva España, y aunque fue poco dichosa esta jornada, y no se pudo lograr entonces la conquista porque murieron valerosamente en ella el capitán y la mayor parte de su gente, se logró por lo menos la evidencia de aquellas regiones, y los soldados que iban llegando a esta sazón, aunque heridos y derrotados, traían tan poco escarmentado el valor, que entre los mismos encarecimientos de lo que habían padecido se les conocía el ánimo de volver a la empresa, y le infundían en los demás españoles de la isla, no tanto con la voz y con el ejemplo, como con mostrar algunas joyuelas de oro que traían de la tierra descubierta, bajo de ley y en corta cantidad, pero de tan crecidos quilates en la ponderación y en el aplauso, que se empezaron todos a prometer grandes riquezas de aquella conquista, volviendo a levantar sus fábricas la imaginación, fundadas ya sobre esta verdad de los ojos.

Algunos escritores no quieren pasar este primer oro o metal con mezcla del que vino entonces de Yucatán: fúndanse en que no le hay en aquella provincia, o en lo poco que es menester para contradecir a quien no se defiende. Nosotros seguimos a los que escriben lo que vieron, sin hallar gran dificultad en que pudiese venir el oro de otra parte a Yucatán, pues no es lo mismo producirle que tenerle. Y el no haberse hallado, según lo refieren, sino en los adoratorios de aquellos indios, es circunstancia que da a entender que le estimaban como exquisito, pues le aplicaban solamente al culto de sus dioses y a los instrumentos de su adoración.

Viendo, pues, Diego Velázquez tan bien acreditado con todos el nombre de Yucatán, empezó a entrar en pensamientos de mayor jerarquía, como quien se hallaba embarazado con reconocer por superioridad en aquel gobierno al almirante Diego Colón: dependencia que consistía ya más en el nombre que en la sustancia, pero que a vista de su condición y de sus buenos sucesos le hacía interior disonancia, y tenía como desairada su felicidad. Trató con este fin de que se volviese a intentar aquel descubrimiento, y concibiendo nuevas esperanzas del fervor con que se le ofrecían los soldados, se publicó la jornada, se alistó la gente, y se previnieron tres bajeles y un bergantín con todo lo necesario para la facción y para el sustento de la gente. Nombró por cabo principal de la empresa a Juan de Grijalva, pariente suyo, y por capitanes a Pedro de Alvarado, Francisco Montejo y Alonso Dávila, sujetos de calidad conocida, y más conocidos en aquellas islas por su valor y proceder: segunda y mayor nobleza de los hombres. Pero aunque se juntaron con facilidad hasta doscientos cincuenta soldados, incluyéndose en este número los pilotos y marineros, y andaban todos solícitos contra la dilación, procurando tener parte en adelantar el viaje, tardaron finalmente en hacerse a la mar hasta el ocho de abril del año siguiente de mil quinientos dieciocho.

Iban con ánimo de seguir la misma derrota de la jornada antecedente, pero decayendo algunos grados por el impulso de las corrientes, dieron en la isla de Cozumel, primer descubrimiento de este viaje, donde se repararon sin contradicción de los naturales. Y volviendo a su navegación cobraron el rumbo, y se hallaron en pocos días a la vista de Yucatán, en cuya demanda doblaron la punta de Cotoche por lo más oriental de aquella provincia, y dando las proas al Poniente, y el costado izquierdo a la tierra, la fueron costeando hasta que arribaron al paraje de Potonchan, o Champoton, donde fue desbaratado Francisco Fernández de Córdoba, cuya venganza aún más que su necesidad los obligó a saltar en tierra, y dejando vencidos y amedrentados aquellos indios, determinaron seguir su descubrimiento.

Navegaron de común acuerdo la vuelta del Poniente sin apartarse de la tierra más de lo que hubieron menester para no peligrar en ella, y fueron descubriendo en una costa muy dilatada y al parecer deliciosa, diferentes poblaciones con edificios de piedra, que hicieron novedad, y que a vista del alborozo con que se iban observando parecían grandes ciudades. Señalábanse con la mano las torres y capiteles que se fingían con el deseo, creciendo esta vez los objetos en la distancia; y porque alguno de los soldados dijo entonces que aquella tierra era semejante a la de España, agradó tanto a los oyentes esta comparación, y quedó tan impresa en la memoria de todos, que no se halla otro principio de haber quedado aquellas regiones con el nombre de Nueva España: palabras dichas casualmente con fortuna de repetidas, sin que se halle la propiedad o la gracia de que se valieron para cautivar la memoria de los hombres.

 

Capítulo VI

Entrada que hizo Juan de Grijalva en el río de Tabasco. Sucesos de ella

Siguieron la costa nuestros bajeles hasta llegar al paraje donde se derrama por dos bocas en el mar el río Tabasco, uno de los navegables que dan el tributo de sus aguas el golfo mejicano. Llamóse desde aquel descubrimiento río de Grijalva; pero dejó su nombre a la provincia que baña su corriente, situada en el principio de Nueva España, entre Yucatán y Guazacoalco. Descubríanse por aquella parte grandes arboledas y tantas poblaciones en las dos riberas, que no sin esperanza de algún progreso considerable resolvió Juan de Grijalva, con aplauso de los suyos, entrar por el río a reconocer la tierra, y hallando con la sonda en la mano, que sólo podía servirse para este intento de los dos navíos menores, embarcó en ellos la gente de guerra, y dejó sobre las áncoras con parte de la marinería los otros dos bajeles.

Empezaban a vencer no sin dificultad el impulso de la corriente, cuando reconocieron a poca distancia considerable número de canoas guarnecidas de indios armados, y en la tierra algunas cuadrillas inquietas que al parecer intimaban la guerra, y con las voces y los movimientos que ya se distinguían, daban a entender la dificultad de la entrada: ademanes que suele producir el temor en los que desean apartar el peligro con la amenaza. Pero los nuestros, enseñados a mayores intentos, se fueron acercando en buena orden hasta ponerse en paraje de ofender y ser ofendidos. Mandó el general que ninguno disparase ni hiciese demostración que no fuese pacífica; y a ellos les debió ordenar lo mismo su admiración, porque extrañando la fábrica de las naves, y la diferencia de los hombres y de los trajes, quedaron sin movimiento, impedidas violentamente las manos en la suspensión natural de los ojos. Sirvióse Juan de Grijalva de esta oportuna y casual diversión del enemigo para saltar en tierra: siguióle parte de su gente con más diligencia que peligro: púsola en escuadrón, arbolóse la bandera real, y hechas aquellas ordinarias solemnidades, que siendo poco más que ceremonias se llamaban actos de posesión, trató de que entendiesen aquellos indios que venía de paz y sin ánimo de ofenderlos. Llevaron este mensaje dos indios muchachos que se hicieron prisioneros en la primera entrada de Yucatán, y tomaron en el bautismo los nombres de Julián y Melchor. Entendían aquella lengua de Tabasco por ser semejante a la de su patria, y habían aprendido la nuestra, de manera que se daban a entender con alguna dificultad, pero donde se hablaba por señas se tenía por elocuencia su corta explicación.

Resultó de esta embajada el acercarse con recatada osadía hasta treinta indios en cuatro canoas. Eran las canoas unas embarcaciones que formaban de los troncos de sus árboles, labrando en ellos el vaso y la quilla con tal disposición, que cada tronco era un bajel, y los había capaces de quince y de veinte hombres: tal es la corpulencia de aquellos árboles, y tal la fecundidad de la tierra que los produce. Saludáronse unos y otros cortésmente, y Juan de Grijalva, después de asegurarlos con algunas dádivas, les hizo un breve razonamiento, dándoles a entender por medio de sus intérpretes cómo él y todos aquellos soldados eran vasallos de un poderoso monarca, que tenía su imperio donde sale el sol, en cuyo nombre venían a ofrecerles la paz y grandes felicidades si trataban de reducirse a su obediencia. Oyeron esta proposición con señales de atención desabrida; y no es de omitir la natural discreción de uno de aquellos bárbaros que poniendo silencio a los demás, respondió a Grijalva con entereza y resolución: «que no le parecía buen género de paz la que se quería introducir, envuelta en la sujeción y en el vasallaje; ni podía dejar de extrañar como cosa intempestiva el hablarles en nuevo señor hasta saber si estaban descontentos con el que tenían; pero que en el punto de la paz o la guerra, pues allí no había otro en qué discurrir, hablarían con sus mayores y volverían con la respuesta».

Despidiéronse con esta resolución, y quedaron los nuestros igualmente admirados que cuidadosos; mezclándose el gusto de haber hallado indios de más razón y mejor discurso con la imaginación de que serían más dificultosos de vencer, pues sabrían pelear los que discurrir; o por lo menos se debía temer otro género de valor en otro género de entendimiento: siendo cierto que en la guerra pelea más la cabeza que las manos. Pero estas consideraciones del peligro en que discurrían variadamente los capitanes y los soldados, pasaban como avisos de la prudencia que no tocaban o tocaban poco en la región del ánimo. Desengañáronse brevemente, porque volvieron los mismos indios con señales de paz, diciendo: «que sus caciques la admitían, no porque temiesen la guerra, ni porque fuesen tan fáciles de vencer como los de Yucatán (cuyo suceso había llegado ya a su noticia), sino porque dejando los nuestros en su arbitrio la paz o la guerra, se hallaban obligados a elegir lo mejor». Y en señas de la nueva amistad que venían a establecer, trajeron un regalo abundante de bastimentos y frutos de la tierra. Llegó poco después el cacique principal con moderado acompañamiento de gente desarmada, dando a entender la confianza que hacía de sus huéspedes, y que venía seguro en su propia sinceridad. Recibióle Grijalva con demostraciones de agrado y cortesía; y él correspondió con otro género de sumisiones a su modo en que no dejaba de reconocerse alguna gravedad afectada o verdadera; y después de los primeros cumplimientos, mandó que llegasen sus criados con otro presente que traían de diversas alhajas de más artificio que valor, plumajes de varios colores, ropas sutiles de algodón, y algunas figuras de animales para su adorno, hechas de oro sencillo y ligero, o formadas de madera primorosamente con engastes y láminas de oro sobrepuesto. Y sin esperar el agradecimiento de Grijalva, le dio a entender el cacique por medio de los intérpretes: «que su fin era la paz, y el intento de aquel regalo despedir a los huéspedes para poder mantenerla». Respondióle: «que hacía toda estimación de su liberalidad, y que su ánimo era pasar adelante sin detenerse ni hacerles disgusto»; resolución a que se hallaba inclinado, parte por corresponder generosamente a la confianza y buen término de aquella gente, y parte por la conveniencia de tener retirada, y dejar amigos a las espaldas para cualquier accidente que se le ofreciesen; y así se despidió y volvió a embarcar, regalando primero al cacique y a sus criados con algunas bujerías de Castilla, que siendo de cortísimo valor llevaban el precio en la novedad: menos lo extrañarán hoy los españoles hechos a comprar como diamantes los vidrios extranjeros.

Antonio de Herrera y los que le siguen, o los que escribieron después, afirman que este cacique presentó a Grijalva unas armas de oro fino con todas las piezas de que se compone un cumplido arnés, que le armó con ellas diestramente, y que le vinieron tan bien como si se hubieran hecho a su medida; circunstancias notables para omitidas por los autores más antiguos. Pudo tomarlo de Francisco López de Gómara, a quien suele refutar en otras noticias; pero Bernal Díaz del Castillo que se halló presente, y Gonzalo Fernández de Oviedo, que escribió por aquel tiempo en las islas de Santo Domingo, no hacen mención de estas armas, refiriéndose menudamente todas las alhajas que se trajeron de Tabasco. Quede a discreción del lector la fe que se debe a estos autores, y séanos permitido el referirlo sin hacer desvío a la razón de dudarlo.

 

Capítulo VII

Prosigue Juan de Grijalva su navegación, y entra en el río de Banderas, donde se halló la primera noticia del rey de Méjico, Motezuma

Prosiguieron su viaje Grijalva y sus compañeros por la misma derrota, descubriendo nuevas tierras y poblaciones sin suceso memorable, hasta que llegaron a un río que llamaron de Banderas, porque en su margen y por la costa vecina a él andaban muchos indios con banderas blancas pendientes de sus astas; y en el modo de tremolarlas, acompañado con las señas, voces y movimientos que se distinguían, daban a entender que estaban de paz, y que llamaban al parecer más que despedían a los pasajeros. Ordenó Grijalva que el capitán Francisco de Montejo se adelantase con alguna gente repartida en dos bajeles, para reconocer la entrada y examinar el intento de aquellos indios; el cual hallando buen surgidero, y poco que recelar en el modo de la gente, avisó a los demás que podían acercarse. Desembarcaron todos, y fueron recibidos con grande admiración y agasajo de los indios; entre cuyo numeroso concurso se adelantaron tres, que en el adorno parecían los principales de la tierra; y deteniéndose lo que hubieron menester para observar en el respeto de los otros cuál era el superior, se fueron derechos a Grijalva haciéndole grandes reverencias, y él los recibió con igual demostración. No entendían aquella lengua nuestros intérpretes, y así se redujeron los cumplimientos a señas de urbanidad, ayudadas con algunas palabras de más sonido que significación.

Ofrecióse luego a la vista un banquete que tenían prevenido de mucha diferencia de manjares, puestos o arrojados sobre algunas esteras de palma que ocupaban las sombras de los árboles: rústica y desaliñada opulencia; pero nada ingrata al apetito de los soldados: después de cuyo refresco mandaron los tres indios a su gente que manifestase algunas piezas de oro que tenían reservadas; y en el modo de mostrarlas y de tenerlas se conoció que no trataban de presentarlas, sino de comprar con ellas la mercadería de nuestras naves, cuya fama había llegado ya a su noticia. Pusiéronse luego en feria aquellas sartas de vidrio, peines, cuchillos y otros instrumentos de hierro y de alquimia, que en aquella tierra podían llamarse joyas de mucho precio; pues el engaño con que se codiciaban era ya verdad en lo que valían. Fuéronse trocando estas bujerías a diferentes alhajas y preseas de oro no de muchos quilates, pero en tanta abundancia, que en seis días que se detuvieron aquí los españoles, importaron los rescates más de quince mil pesos.

No sabemos con qué propiedad se dio el nombre de rescates a este género de permutaciones, ni por qué se llamó rescatado el oro que en la verdad pasaba a mayor cautiverio, y estaba con más libertad donde le estimaban menos; pero usaremos de este mismo término por hallarle introducido en nuestras historias, y primero en las de la India oriental; puesto que en los modos de hablar con que se explican las cosas, no se debe buscar tanto la razón como el uso: que según el sentir de Horacio, es árbitro legítimo de los aciertos de la lengua, y pone o quita como quiere aquella congruencia que halla el oído entre las voces y lo que significan.

Viendo, pues, Juan de Grijalva que habían cesado ya los rescates, y que las naves estaban con algún peligro descubiertas a la travesía de los nortes, se despidió de aquella gente, dejándola gustosa y agradecida; y trató de volver a su descubrimiento, llevando entendido a fuerza de preguntas y señas, que aquellos tres indios principales eran súbditos de un monarca que llamaban Motezuma; que las tierras en que dominaba eran muchas y muy abundantes de oro y de otras riquezas, y que habían venido de orden suya a examinar pacíficamente el intento de nuestra gente, cuya vecindad le tenía al parecer cuidadoso. A otras noticias se alargaron los escritores; pero no parece posible que se adquiriesen entonces, ni fue poco percibir esto, donde se hablaba con las manos y se entendía con los ojos, que reemplazaban el oficio de la lengua y de los oídos.

Prosiguieron su navegación sin perder la tierra de vista; y dejando atrás dos o tres islas de poco nombre, hicieron pie en una que llamaron de Sacrificios; porque entrando a reconocer unos edificios de cal y canto que sobresalían a los demás, hallaron en ellos diferentes ídolos de horrible figura, y más horrible culto; pues cerca de las gradas donde estaban colocados había seis o siete cadáveres de hombres recién sacrificados hechos pedazos y abiertas las entrañas; miserable espectáculo que dejó a nuestra gente suspensa y atemorizada, vacilando entre contrarios afectos, pues se compadecía el corazón de lo que se irritaba el entendimiento.

Detuviéronse poco en esta isla, porque los habitadores de ella andaban amedrentados; con que no rendían considerable fruto los rescates; y así pasaron a otra que estaba poco apartada de la tierra firme, y en tal disposición, que entre ella y la costa se halló paraje capaz y abrigado para la seguridad de las naves. Llamáronla isla de San Juan por haber llegado a ella el día del Bautista, y por tener su nombre el general, en que andaría la devoción mezclada con la lisonja; y un indio que señalando con la mano hacia la tierra firme, y dando a entender que la nombraba, repetía mal pronunciada la voz culúa, culúa, dio la ocasión del sobrenombre con que la diferenciaron de San Juan de Puerto-Rico, llamándola San Juan de Ulúa, isla pequeña de más arena que terreno; cuya campaña tenía sobre las aguas tan moderada superioridad, que algunas veces se dejaba dominar de las inundaciones del mar; pero de estos humildes principios pasó después a ser el puerto más frecuentado y más insigne de la Nueva España en todo lo que mira al mar del Norte.

Aquí se detuvieron algunos días, porque los indios de la tierra cercana acudían con algunas piezas de oro, creyendo que engañaban con trocarle a cuentas de vidrio. Y viendo Juan de Grijalva que su instrucción era limitada, para que sólo descubriese y rescatase sin hacer población, cuyo intento se le prohibía expresamente, trató de dar cuenta a Diego Velázquez de las grandes tierras que había descubierto, para que en caso de resolver que se poblase en ellas, le enviase la orden, y le socorriese con alguna gente y otros pertrechos de que necesitaba. Despachó con esta noticia al capitán Pedro de Alvarado en uno de los cuatro navíos, entregándole todo el oro y las demás alhajas que hasta entonces se habían adquirido, para que con la muestra de aquellas riquezas fuese mejor recibida su embajada, y se facilitase la proposición de poblar a que estuvo siempre inclinado por más que lo niegue Francisco López de Gómara que le culpa en esto de pusilánime.

 

Capítulo VIII

Prosigue Juan de Grijalva su descubrimiento hasta costear la provincia de Panuco. Sucesos del río de Canoas, y resolución de volverse a la Isla de Cuba

Apenas tomó Pedro de Alvarado la vuelta de Cuba, cuando partieron los demás navíos de San Juan de Ulúa en seguimiento de su derrota; y dejándose guiar de la tierra, fueron volviendo con ella hacia la parte del Septentrión, llevando en la vista las dos sierras de Tuspa y de Tusta, que corren largo trecho entre el mar y la provincia de Tlascala; después de cuya travesía entraron en la ribera de Panuco, última región de Nueva España, por la parte que mira al golfo mejicano, y surgieron en el río de Canoas, que tomó entonces este nombre, porque a poco rato que se detuvieron en reconocerle, fueron asaltados de diez y seis canoas armadas y guarnecidas de indios guerreros, que ayudados de la corriente embistieron al navío que gobernaba Alfonso Dávila; y disparando sobre él la lluvia impetuosa de sus flechas, intentaron llevársele, y tuvieron cortada una de las amarras: bárbara resolución, que si la hubiera favorecido el suceso, pudiera merecer el nombre de hazaña; pero acudieron luego al socorro los otros dos navíos, y la gente que se arrojó apresuradamente en los bateles, cargando sobre las canoas con tanto ardor, que sin que se conociese el tiempo que hubo entre el embestir y el vencer, quedaron algunas de ellas echadas a pique, muertos muchos indios y puestos en fuga los que fueron más avisados en conocer el peligro o más diligentes en apartarse de él.

No pareció conveniente seguir esta victoria por el poco fruto que se podía esperar de gente fugitiva y escarmentada; y así levantaron las áncoras y prosiguieron su viaje hasta que llegaron a un promontorio o punta de tierra introducida en la jurisdicción del mar, que al parecer se enfurecía con ella sobre cobrar lo usurpado, y estaba en continua inquietud porfiando con la resistencia de los peñascos. Grandes diligencias se hicieron para doblar este cabo; pero siempre retrocedían las naves al arbitrio del agua no sin peligro de zozobrar o embestir con la tierra; cuyo accidente dio ocasión a los pilotos para que hiciesen sus protestas, y a la gente para que las prosiguiese con repetidos clamores: melancólica ya de tan prolija navegación, y más discursiva en la aprensión de los riesgos. Pero Juan de Grijalva, hombre en quien se daban las manos la prudencia y el valor, convocó a los pilotos y a los capitanes para que se discurriese en lo que se debía obrar según el estado en que se hallaban. Consideróse en esta junta la dificultad de pasar adelante y la incertidumbre de la vuelta: que una de las naves venía maltratada y necesitaba de repararse; que los bastimentos empezaban a padecer corrupción; que la gente venía desabrida y fatigada; y que el intento de poblar tenía contra sí la instrucción de Diego Velázquez, y la poca seguridad de poderlo conseguir sin el socorro que habían pedido; y últimamente se resolvió, sin controversia, que se tomase la vuelta de Cuba, para rehacerse de los medios con que se debía emprender tercera vez aquella grande facción que dejaban imperfecta. Ejecutóse luego esta resolución, y volviendo las naves a desandar los rumbos que habían traído, y a reconocer otros parajes de la misma costa con poca detención y alguna utilidad en los rescates, arribaron últimamente al puerto de Santiago de Cuba en quince de noviembre de mil y quinientos y diez y ocho.

Había llegado pocos días antes al mismo puerto Pedro de Alvarado, y fue muy bien recibido del gobernador Diego Velázquez, que celebró con increíble alborozo la noticia de aquellas grandes tierras que se habían descubierto; y sobre todo los quince mil pesos de oro que apoyaban su relación sin necesitar de su encarecimiento.

Miraba el gobernador aquellas riquezas, y no acertando a creer a sus ojos, volvía a socorrerse de los oídos, preguntando segunda y tercera vez a Pedro de Alvarado lo que le había referido, y hallando novedad en lo mismo que acababa de oír, como el músico que se deleita en las cláusulas repetidas. No tardó mucho este alborozo en descubrir sus quilates, mezclándose con el desabrimiento; porque luego empezó a sentir con impaciencia que Juan de Grijalva no hubiese fundado alguna población en aquellas tierras donde le hicieron buena acogida: y aunque Pedro de Alvarado intentaba disculparle, fue de los que sintieron que se debía poblar en el río de Banderas; y siempre se dice flojamente lo que se procura esforzar contra el propio dictamen. Acusábale Diego Velázquez de poco resuelto; y enojándose con su elección, confesaba la culpa de haberle enviado, proponiendo encargar aquella facción a persona de mayor actividad, sin reparar en el desaire de su pariente, a quien debía aquella misma felicidad que ponderaba; pero lo primero que hace la fortuna en los ambiciosos, es cautivar la razón para que no se ponga de parte del agradecimiento. Ya nada le hacía fuerza, sino el conseguir apriesa y a cualquiera costa toda la prosperidad que se prometía de aquel descubrimiento, elevando a grandes cosas la imaginación, y llegando con las esperanzas adonde no llegaba con los deseos.

Trató luego de prevenir los medios para la nueva conquista, acreditándola con el nombre de Nueva España, que daba grande recomendación y sonido a la empresa. Comunicó su resolución a los religiosos de San Jerónimo, que residían en la isla de Santo Domingo, con palabras que se inclinaban más a pedir aprobación que licencia; y envió persona a la corte con larga relación y encarecidas señas de lo descubierto, y un memorial en que no iban oscurecidos de mal ponderados sus servicios; por cuya recompensa pedía algunas mercedes, y el titulo de adelantado de las tierras que conquistase.

Ya tenía comprados algunos bajeles y empezado el apresto de nueva armada, cuando llegó Juan de Grijalva, y le halló tan irritado como pudiera esperarle agradecido. Reprendióle con aspereza y publicidad, y él desayudaba con su modestia sus disculpas, aunque le puso delante de los ojos su misma instrucción, en que le ordenaba que no se detuviese a poblar; pero estaba ya tan fuera de los términos razonables con la novedad de sus pensamientos, que confesaba la orden, y trataba como delito la obediencia.

 

Capítulo IX

Dificultades que se ofrecieron en la elección de cabo para la nueva armada, y quién era Hernán Cortés, que últimamente la llevó a su cargo

Pero conociendo entonces Diego Velázquez cuánto importa la celeridad en las resoluciones, y que si se deja perder el tiempo suele desazonarse la ocasión, ordenó luego que se diese carena a los cuatro bajeles que sirvieron en la jornada de Grijalva; con los cuales, y con los que se habían comprado, se juntaron diez de ochenta hasta cien toneladas: y caminando al mismo paso en el cuidado de armarlos, pertrecharlos y bastecerlos, se halló brevemente indeciso y receloso en la dificultad de nombrar cabo que los gobernase. Era su intento buscar persona tan resuelta que supiese desembarazarse de las dificultades, y tomar partido con los accidentes; pero tan apagada, que no supiese dar unos celos, ni tener otra ambición que de la gloria ajena. La cual, en su modo de discurrir, era lo mismo que buscar un hombre de mucho corazón y de poco espíritu; pero no siendo fáciles de juntar estos extremos, tardó la resolución algunos días. La gente se inclinaba a Juan de Grijalva, y la voz común suele hacer justicia en sus elecciones, porque le asistían sus buenas partes, lo que había trabajado en aquel descubrimiento, y la noticia con que se hallaba de la navegación y de la tierra.

Salieron a la pretensión Antonio y Bernardino Velázquez, parientes más cercanos del gobernador, Baltasar Bermúdez, Vasco Porcallo, y otros caballeros que había en aquella isla capaces de aspirar a mayores empleos; y cada uno discurrió en éste como si estuviera sola su razón: que ordinariamente quien dilata la provisión de los cargos, convida pretendientes, y parece que trata de atesorar quejosos.

Pero Diego Velázquez duraba en su irresolución, hallando en unos que temer, y en otros que desear; hasta que aconsejándose con Amador de Lariz, contador del rey, y con Andrés de Duero, su secretario, que eran toda su confianza, y conocían su condición, le propusieron a Hernán Cortés, grande amigo de los dos, alabándole con moderación por no hacer sospechoso el consejo: y dando a entender que hablaban por el acierto de la elección más que por la conveniencia de su amigo. Fue bien oída la proposición, y ellos se contentaron con verle inclinado, dándole tiempo para que lo meditase y volviese persuadido a la plática, o mejor dispuesto para dejarse persuadir.

Pero antes que pasemos adelante, será bien que digamos quién era Hernán Cortés, y por cuántos rodeos vino a ser de su valor y de su entendimiento aquella grande obra de la conquista de Nueva España, que puso en sus manos la felicidad de su destino: llamamos destino, hablando cristianamente, aquella soberana y altísima disposición de la primera causa que deja obrar a las segundas, como dependientes suyas y medianeras de la naturaleza, en orden a que suceda con la elección del hombre, lo que permite o lo que ordena Dios. Nació en Medellín, villa de Extremadura, hijo de Martín Cortés de Monroy y doña Catalina Pizarro Altamirano, cuyos apellidos no sólo dicen, sino encarecen lo ilustre de su sangre. Diose a las letras en su primera edad, y cursó en Salamanca dos años, que le bastaron para conocer que iba contra su natural, y que no convenía con la viveza de su espíritu aquella diligencia perezosa de los estudios. Volvió a su casa resuelto a seguir la guerra; y sus padres le encaminaron a la de Italia, que entonces era la de más pundonor, por estar calificada con el nombre del Gran Capitán; pero al tiempo de embarcarse le sobrevino una enfermedad que le duró muchos días, de cuyo accidente resultó el hallarse obligado a mudar de intento aunque no de profesión. Inclinóse a pasar a las Indias, que como entonces duraba su conquista, se apetecían con el valor más que con la codicia. Ejecutó su pasaje con gusto de sus padres el año de mil quinientos y cuatro, y llevó cartas de recomendación para don Nicolás de Obando, comendador mayor de la Orden de Alcántara, que era su deudo y gobernaba en esta sazón la isla de Santo Domingo. Luego que llegó a ella y se dio a conocer, halló grande agasajo y estimación en todos, y tan agradable acogida en el gobernador, que le admitió desde luego entre los suyos, y ofreció cuidar de sus aumentos con particular aplicación. Pero no bastaron estos favores para divertir su inclinación, porque se hallaba tan violento en la ociosidad de aquella isla, ya pacificada y poseída sin contradicción de sus naturales, que pidió licencia para empezar a servir en la de Cuba, donde se traían por entonces las armas en las manos: y haciendo este viaje con beneplácito de su pariente, trató de acreditar en las ocasiones de aquella guerra su valor y su obediencia, que son los primeros rudimentos de esta facultad. Consiguió brevemente la opinión de valeroso, y tardó poco más en darse a conocer su entendimiento; porque sabiendo adelantarse entre los soldados, sabía también dificultar y resolver entre los capitanes.

Era mozo de gentil presencia y agradable rostro; y sobre estas recomendaciones comunes de la naturaleza, tenía otras de su propio natural que le hacían amable porque hablaba bien de los ausentes; era festivo y discreto en las conversaciones, y partía con sus compañeros cuanto adquiría con tal generosidad, que sabía ganar amigos sin buscar agradecidos. Casó en aquella isla con doña Catalina Suárez Pacheco, doncella noble y recatada; sobre cuyo galanteo tuvo muchos embarazos, en que se mezcló Diego Velázquez, y le tuvo preso hasta que ajustado el casamiento fue su padrino, y quedaron tan amigos que se trataban con familiaridad; y le dio brevemente repartimiento de indios y la vara de alcalde en la misma villa de Santiago: ocupación que servían entonces las personas de más cuenta, y que solía andar entre los conquistadores más calificados.

En este paraje se hallaba Hernán Cortés, cuando Amador de Lariz y Andrés de Duero le propusieron para la conquista de Nueva España; y fue con tanta destreza, que cuando volvieron a verse con Diego Velázquez, prevenidos de nuevas razones para esforzar su intento, le hallaron declarado por Hernán Cortés, y tan discursivo en las conveniencias de fiarle aquella empresa, que se les convirtió en lisonja la persuasión que llevaban meditada, y trataron sólo de obligarle con asentir a lo mismo que deseaban. Discurrióse en la conveniencia de que se hiciese luego el nombramiento para desarmar de una vez a los pretendientes; y no se descuidó Andrés de Duero en pasar por diligencia de su profesión la brevedad del despacho, cuya sustancia fue: «que Diego Velázquez, como gobernador de la isla de Cuba, y promovedor de los descubrimientos de Yucatán y Nueva España, nombraba a Hernán Cortés por capitán general de la armada, y tierras descubiertas y que se descubriesen», con todas aquellas extensiones de jurisdicción y cláusulas honoríficas que la amistad del secretario puede ingerir, como primores de la formalidad.

 

Capítulo X

Tratan los émulos de Cortés vivamente de descomponerle con Diego Velázquez: no lo consiguen, y sale con la armada del puerto de Santiago

Aceptó Cortés el nuevo cargo con todo rendimiento y estimación, agradeciendo entonces la confianza que se hacía de su persona, con las mismas veras que sintió después la desconfianza. Publicóse, y fue bien recibida entre los que deseaban el acierto, pero murmurada de los que deseaban el cargo: entre los cuales sacaron la cara con mayor osadía los parientes de Diego Velázquez, que hicieron grandes esfuerzos para desconfiarle de Hernán Cortés. Decíanle: «que fiaba mucho de un hombre poco arraigado en su obligación; que si volvía los ojos a su modo de obrar y discurrir, le hallaría de ánimo poco seguro, porque no solían andar juntas su intención y sus palabras; que su agrado y liberalidad tenían mucho de astucia, y le hacían sospechoso a los que no se gobiernan por las apariencias de la virtud; porque cuidaba demasiadamente de ganar voluntades; y los amigos cuando son muchos suelen abultar como parciales; que se acordase de que le tuvo preso y disgustado, y que pocas veces salen buenos los confidentes que se hacen de los quejosos; porque en las heridas del ánimo quedan cicatrices como en las demás, y suelen éstas acordar la ofensa cuando se mira como posible la venganza». A que añadían otras razones de más ruido que sustancia, sin acertar con el camino de la sinceridad, porque querían parecer celosos para disimular que lo estaban.

Cuentan que saliendo un día a pasearse Diego Velázquez con Hernán Cortés y con sus parientes y amigos, le dijo un loco gracioso, de cuyos delirios gustaba: «buena la has hecho, amigo Diego; presto será menester otra armada para salir a caza de Cortés». Y hay quien lo refiera como vaticinio, ponderando lo que suelen acertar los locos, y la impresión que hizo esta profecía (así se resuelven a llamarla) en el ánimo de Diego Velázquez. Dejemos a los filósofos el discurrir sobre si cabe el acierto de las cosas futuras entre los errores de la imaginación, o si es posible a la destemplanza del juicio el encontrar con la adivinación: que ellos gastarán el ingenio en fingir habilidades a la melancolía, y nosotros creeremos que lo dijo el loco porque le impusieron en ello los émulos de Cortés, y que andaba pobre de medios la malicia, cuando se llegaba a socorrer de la locura.

Pero Diego Velázquez mantuvo a rostro firme su resolución, y Hernán Cortés trató de ganar el tiempo en sus prevenciones. Fue la primera arbolar su estandarte, poniendo en él por empresa la señal de la cruz con una letra latina, cuya versión era: sigamos la cruz, que en esta señal venceremos. Dejóse ver con galas de soldado que parecían bien en su talle, y venían mejor a su inclinación; empezó a gastar liberalmente el caudal con que se hallaba, y el dinero que pudo juntar entre sus amigos en comprar vituallas y prevenirse de armas y municiones para ayudar al apresto de la armada, cuidando al mismo tiempo de atraer y ganar la gente que le había de seguir; en que fue menester poca diligencia, porque el ruido de las cajas tenían sus ecos en el nombre de la empresa y en la fama del capitán. Alistáronse en pocos días trescientos soldados, y entre ellos sentaron plaza Diego de Ordaz, criado principal del gobernador, Francisco de Morla, Bernal Díaz del Castillo, escritor de nuestra historia, y otros hidalgos que se irán nombrando en su lugar.

Llegó el tiempo de la partida, y se ordenó a la gente con bando público que se embarcase, lo cual se ejecutó de día concurriendo todo el pueblo; y aquella misma noche fue Hernán Cortés acompañado de sus amigos a la casa del gobernador, donde se despidieron los dos dándose los brazos y las manos con amigable sinceridad; y la mañana siguiente le acompañó Diego Velázquez hasta la marina, y asistió a la embarcación: circunstancias menores que hacen poco en la narración, y se pudieran omitir si no fueran necesarias para borrar la temprana ingratitud con que manchan a Cortés los que dicen que salió del pueblo alzado con la armada. Así lo refieren Antonio de Herrera y todos los que le trasladan, afirmando con poca razón que en el medio silencio de la noche convocó a los soldados por sus casas, y se embarcó furtivamente con ellos; y que saliendo al amanecer Diego Velázquez en seguimiento de esta novedad, se acercó a él en un barco guarnecido de gente armada, y le dio a entender con despego y libertad su inobediencia. Nosotros seguimos a Bernal Díaz del Castillo, que dice lo que vio, y lo más semejante a la verdad; pues no cabe en humano discurso que un hombre tan avisado como Hernán Cortés, cuando tuviera entonces esta resolución, se adelantase a desconfiar descubiertamente a Diego Velázquez hasta salir de su jurisdicción, pues había de tocar con la armada en otros lugares de la misma isla, para recoger bastimentos y la gente que le aguardaba en ellos: ni cuando diéramos en su entendimiento y sagacidad esta inadvertencia, parece creíble que en un lugar de tan corta población como era entonces la villa de Santiago, se pudiesen embarcar trescientos hombres llamados de noche por sus casas, y entre ellos Diego de Ordaz y otros familiares del gobernador, sin que hubiese uno entre tantos que le avisase de aquella novedad, o despertasen los que observaban sus acciones al ruido de tanta conmoción: admirable silencio en los unos, y extraordinario descuido en los otros. No negaremos que Hernán Cortés se apartó de la obediencia de Diego Velázquez, pero fue después, y con la causa que veremos.

 

Capítulo XI

Pasa Cortés con la armada a la villa de la Trinidad, donde la refuerza con número considerable de gente; consiguen sus émulos la desconfianza de Velázquez, que hace vivas diligencias para detenerle

Partió la armada del puerto de Santiago de Cuba el dieciocho de noviembre del año mil quinientos y diez y ocho, y costeando la isla por la banda del Norte hacia el Oriente, llegó en pocos días a la villa de la Trinidad, donde tenía Cortés algunos amigos que le hicieron grata acogida. Publicó luego su jornada, y se ofrecieron a seguirle en ella Juan de Escalante, Pedro Sánchez Farfán, Gonzalo Mejía, y otras personas principales de aquella población. Llegaron poco después en su seguimiento Pedro de Alvarado y Alonso Dávila, que fueron capitanes en la entrada de Juan de Grijalva, y cuatro hermanos de Pedro de Alvarado, que se llamaban Gonzalo, Jorge, Gómez y Juan de Alvarado. Pasó la noticia a la villa de Sancti Spíritus, que estaba poco distante de la Trinidad, y de ella vinieron con el mismo intento de seguir a Cortés, Alonso Hernández Portocarrero, Gonzalo de Sandoval, Rodrigo Rangel, Juan Velázquez de León, pariente del gobernador, y otras personas de calidad, cuyos nombres tendrán mejor lugar cuando se refieran sus hazañas. Con este refuerzo de gente noble, y con otros cien soldados que se juntaron de ambas poblaciones, iba tomando considerable cuerpo la armada, y al mismo tiempo se compraban bastimentos, municiones, armas y algunos caballos, ayudando todos a Cortés con su caudal y con sus diligencias, porque sabía granjear los ánimos con el agrado y con las esperanzas, y ser superior sin dejar de ser compañero.

Pero apenas volvió las espaldas al puerto de Santiago, cuando sus émulos empezaron a levantar la voz contra él, hablando ya en su inobediencia con aquel atrevimiento cobarde que suele facilitar los cargos del ausente. Oyólos Diego Velázquez, y aunque fue con desagrado, reconocieron en su ánimo una seguridad inclinada al recelo, y fácil de llevar hacia la desconfianza; para cuyo fin se ayudaron de un viejo que llamaban Juan Millán, hombre que sin dejar de ser ignorante profesaba la astrología; loco de otro género, y locura de otra especie. Éste, inducido de los demás, le dijo con grandes prevenciones del secreto algunas palabras misteriosas de la incierta seguridad de aquella armada, dándole a entender que hablaban en su lengua las estrellas; y aunque Diego Velázquez tenía entendimiento para conocer la vanidad de estos pronósticos, pudo tanto el hablarle a propósito de lo que temía, que el despreciar al astrólogo fue principio de creer a los demás.

De tan débiles principios como éstos nació la primera resolución que tomó Diego Velázquez de romper con Hernán Cortés, quitándole el gobierno de la armada. Despachó luego dos correos a la villa de la Trinidad, con cartas para todos sus confidentes, y una orden expresa para que Francisco Verdugo, su cuñado, que entonces era su alcalde mayor en aquella villa, le desposeyese judicialmente de la capitanía general; suponiendo que ya estaba revocado el título con que la servía, y nombraba persona en su lugar. Llegó brevemente a noticia de Cortés este contratiempo, y sin rendir el ánimo a la dificultad del remedio, se dejó ver de sus amigos y soldados para saber cómo tomaban el agravio de su capitán, y conocer si podía fiarse de su razón en el juicio que hacían de ella los demás. Hallólos a todos no sólo de su parte, sino resueltos a defenderle de semejante injuria, sin negarse al último empeño de las armas. Y aunque Diego de Ordaz y Juan Velázquez de León estuvieron algo remisos, como más dependientes del gobernador, se redujeron fácilmente a lo que no pudieran resistir; con cuya seguridad pasó después a verse con el alcalde mayor, sabiendo ya lo que llevaba en su queja. Ponderóle cuánto aventuraba en ponerse de parte de aquella sin razón, disgustando a tanta gente principal como le seguía, y cuánto se podía temer la irritación de los soldados, cuya voluntad había granjeado para servir mejor con ellos a Diego Velázquez, y le embarazaba ya para poder obedecerle; hablando en uno y otro con un género de resolución que sin dejar de ser modestia, estaba lejos de parecer humildad o falta de espíritu. Conoció Francisco Verdugo la razón que le asistía, y poco inclinado por su misma generosidad a ser instrumento de semejante violencia, le ofreció no solamente suspender la orden, sino replicar a ella y escribir a Diego Velázquez para que desistiese de aquella resolución, ya que no era practicable por el disgusto de los soldados, ni se podría ejecutar sin graves inconvenientes. Ofrecieron lo mismo Diego de Ordaz, y los demás que tenían con él alguna autoridad, cuyo medio se ejecutó luego, y Hernán Cortés le escribió también, doliéndose amigablemente de su desconfianza, sin ponderar su desaire ni olvidar el rendimiento, como quien se hallaba obligado a quejarse, y deseaba no tener razón de parecer quejoso, ni ponerse en términos de agraviado.

 

Capítulo XII

Pasa Hernán Cortés desde la Trinidad a La Habana, donde consigue el último refuerzo de la armada, y padece segunda persecución de Diego Velázquez

Hecha esta diligencia, que pareció entonces bastante para sosegar el ánimo de Diego Velázquez, trató Hernán Cortés de proseguir su navegación, y enviando por tierra a Pedro de Alvarado con parte de los soldados, para que cuidase de conducir los caballos y hacer alguna gente en las estancias del camino, partió con la armada al puerto de La Habana, último paraje de aquella isla, por donde empieza lo más occidental de ella a dejarse ver del Septentrión. Salieron los navíos de la Trinidad con viento favorable, pero sobreviniendo la noche se desviaron de la capitana donde iba Cortés, sin observar cómo debían su derrota, ni echarle menos, hasta que la luz del día les puso a la vista el error de sus pilotos; y empeñados ya en proseguirle continuaron su viaje, y llegaron al puerto donde saltó la gente a tierra. Hospedóla con agasajo y liberalidad Pedro de Barba, que a la sazón era gobernador de La Habana por Diego Velázquez; y andaban todos pesarosos de no haber esperado a su capitán o vuelto en su demanda, sin pasar entonces con el discurso a más que provenir sus disculpas para cuando llegase.

Pero viendo que tardaba más de lo que parecía posible, sin haberle sucedido algún fracaso, empezaron a inquietarse divididos en varias opiniones: porque unos clamaban que volviesen dos o tres bajeles a buscarle por las islas de aquella vecindad; otros proponían que se nombrase gobernador en su ausencia, y algunos tenían por intempestiva o sospechosa esta proposición; y como no había quien mandase, resolvían todos, y ninguno ejecutaba. El que más insistía en la opinión de que se nombrase gobernador era Diego de Ordaz, que como primero en la confianza de Diego Velázquez, quería preferir a todos, y hallarse con el ínterin para estar más cerca de la propiedad, pero después de siete días que duraron estas diferencias, llegó a salvamento Hernán Cortés con su capitana.

Fue la causa de su detención, que aquella noche navegando la armada sobre unos bajos, que están entre el puerto de la Trinidad y el cabo de San Antón, poco distantes de la isla de Pinos, tocó en ellos la capitana, como navío de mayor porte, y quedó encallada en la arena, de suerte que estuvo a pique de zozobrar: accidente de gran cuidado, en que se empezó a descubrir y acreditar el espíritu y la actividad de Cortés; porque animando a todos a vista del peligro, supo templar la diligencia con el sosiego, y obrar lo que convenía sin detenerse ni apresurarse. Su primer cuidado fue que se echase el esquife a la mar, y luego ordenó que en él se fuese transportando la carga del navío a una isleta o arrecife de arena que estaba a la vista, por cuyo medio le aligeró hasta que pudo nadar sobre los bajíos, y sacándole después al agua, volvió a cobrar la carga, y prosiguió su derrota; habiendo gastado en esta obra los días de su detención, y salido de aquel aprieto con tanto crédito como felicidad.

Alojóle Pedro de Barba en su misma casa, y fue notable la aclamación con que le recibió la gente, cuyo número empezó luego a crecer, alistándose por sus soldados algunos vecinos de La Habana, y entre ellos Francisco de Montejo, que fue después adelantado de Yucatán, Diego de Soto el de Toro, Garci Caro, Juan Sedeño, y otras personas de calidad y acomodadas que autorizaron la empresa, y ayudaron con sus haciendas al último apresto de la armada. Gastáronse en estas prevenciones algunos días; pero no sabía Cortés perder el tiempo que se detenía: y así ordenó que se sacase a tierra la artillería, que se limpiasen y probasen las piezas, observando los artilleros el alcance de las balas, y por haber en aquella tierra copia de algodón, mandó hacer cantidad de armas defensivas de unos colchados en forma de casacas, que llamaban escaupiles; invención de la necesidad, que aprobó después la experiencia, dando a conocer que un poco de algodón flojamente punteado y sujeto entre dos lienzos, era mejor defensa que el acero para resistir a las flechas y dardos arrojadizos de que usaban los indios, porque perdían la fuerza entre la misma flojedad del reparo y quedaban sin actividad para ofender a otro con la resulta del golpe.

Al mismo tiempo hacía que los soldados se habilitasen en el uso de los arcabuces y las ballestas, y se enseñasen a manejar la pica, a formar y desfilar un escuadrón, a dar una carga y a ocupar un puesto, adiestrándolos él mismo con la voz y con el ejemplo en estos ensayos o rudimentos del arte militar, como lo observaban los antiguos capitanes, que fingían las batallas y los asaltos para enseñar a los bisoños la verdad de la guerra; cuya disciplina, practicada cuidadosamente en el tiempo de la paz, tuvo tanta estimación entre los romanos, que de este ejercicio tomaron el nombre los ejércitos.

Al mismo paso y con el mismo fervor, se iba caminando en las demás prevenciones, pero cuando estaban todos más gustosos con la vecindad del día señalado para la partida, llegó a La Habana Gaspar de Garnica, criado de Diego Velázquez, con nuevos despachos para Pedro de Barba, en que le ordenaba, sin dejarle arbitrio, que quitase luego la armada a Cortés, y se le enviase preso con toda seguridad: ponderándole cuán irritado quedaba con Francisco Verdugo porque le dejó pasar de la Trinidad, y dándole a entender con este enojo lo que aventuraba en no obedecerle con mayor resolución. Escribió también a Diego de Ordaz y Juan Velázquez de León, que asistiesen a Pedro de Barba en la ejecución de esta orden. Pero no faltó quien avisase a Cortés con el mismo Garnica de todo lo que pasaba, exhortándole a que mirase por sí, pues el que le hizo el beneficio de fiarle aquella empresa, trataba de quitársela con tanto desdoro suyo, y le libraba del riesgo de ingrato, arrojándole violentamente de la obligación en que le había puesto.

Capítulo XIII

Resuélvese Hernán Cortés a no dejarse atropellar de Diego Velázquez; motivos justos de esta resolución y lo demás que pasó hasta que llegó el tiempo de partir de La Habana

Aunque Hernán Cortés era hombre de gran corazón, no pudo dejar de sobresaltarse con esta noticia, que traía de más sensible todo aquello que tuvo de menos esperada; porque estaba creyendo que Diego Velázquez se habría dado por satisfecho con lo que le escribieron y aseguraron todos en respuesta de la primera orden que llegó a la villa de la Trinidad. Pero viendo que esta nueva orden venía ya con señales de obstinación irremediable, empezó a discurrir con menos templanza en el modo de volver por sí. Considerábase por una parte aplaudido y aclamado de todos los que le seguían, y por otra abatido y condenado a una prisión como delincuente. Reconocía que Diego Velázquez tenía empleado algún dinero en la primera formación de aquella armada, pero que también era suya y de sus amigos la mayor parte del gasto, y todo el nervio de la gente. Revolvía en su imaginación todas las circunstancias de su agravio, y poniendo los ojos en los desaires que había sufrido hasta entonces, se volvía contra sí, llegando a enojarse con su paciencia, y no sin alguna causa, porque esta virtud se deja irritar y afligir dentro de los límites de la razón, pero en pasando de ellos, declina en bajeza de ánimo y en falta de sentido. Congojábale también el mal logro de aquella empresa, que se perdería enteramente si él volviese las espaldas, y sobre todo le apretaba en lo más vivo del corazón el ver aventurada su honra, cuyos riesgos, en quien sabe lo que vale, tienen el primer lugar en la defensa natural.

Sobre estos discursos, a este tiempo, y con esta irritación, tomó Hernán Cortés la primera resolución de romper con Diego Velázquez; de que se convence lo poco que le favoreció Antonio de Herrera, poniendo este rompimiento en la ciudad de Santiago, y en un hombre acabado de obligar. Estamos a lo que refiere Bernal Díaz del Castillo en esta noticia, y no es el autor más favorable, porque Gonzalo Fernández de Oviedo asienta que se mantuvo en la dependencia del gobernador Diego Velázquez, hasta que ya dentro de Nueva España llegó el caso de obrar por sí, dando cuenta al emperador de los primeros sucesos de su conquista.

No parezca digresión ajena del asunto el habernos detenido en preservar de estos primeros deslucimientos a nuestro Hernán Cortés. Tan lejos tenemos las causas de la lisonja en lo que defendemos, como las del odio en lo que impugnamos: pero cuando la verdad abre camino para desagraviar los principios de un hombre que supo hacerse tan grande con sus obras, debemos seguir sus pasos, y complacernos de que sea lo más cierto lo que está mejor a su fama.

Bien conocemos que no debe callar en la historia lo que se tuviese por culpable, ni emitir lo que fuere digno de reprensión, pues sirven tanto en ella los ejemplos que hacen aborrecible el vicio, como los que persuaden a la imitación de la virtud: pero esto de inquirir lo peor de las acciones, y referir como verdad lo que se imaginó, es mala inclinación del ingenio, y culpa conocida en algunos escritores que leyeron a Cornelio Tácito, con ambición de imitar lo inimitable, y se persuaden a que le deben el espíritu en lo que malician o interpretan con menos artificio que veneno.

Volviendo, pues, a nuestra narración, resuelto ya Hernán Cortés a que no le convenía disimular su queja, ni era tiempo de consejos, medios que ordinariamente son enemigos de las resoluciones grandes, trató de mirar por sí, usando de la fuerza con que se hallaba según la hubiese menester, y antes que Pedro de Barba se determinase a publicar la orden que tenía contra él, puso toda su diligencia en apartar de La Habana a Diego de Ordaz, de quien se recelaba más, después que supo los intentos que tuvo de hacerse nombrar por gobernador en su ausencia: y así le ordenó que se embarcase luego en uno de los bajeles y fuese a Guanicanico, población situada de la otra parte del cabo de San Antón, para recoger unos bastimentos que se habían encaminado por aquel paraje mientras él llegaba con el resto de la armada, y asistiendo a la ejecución de esta orden con sosegada actividad, se halló brevemente desembarazado del sujeto que podía hacerle alguna oposición, y pasó a verse con Juan Velázquez de León, a quien redujo fácilmente a su partido, porque estaba algo desabrido con su pariente, y era hombre de más docilidad y menos artificio que Diego de Ordaz.

Con estas prevenciones se dejó ver de sus soldados, publicando la nueva persecución de que estaba amenazado; corrió la voz y vinieron todos a ofrecérsele, conformes en la resolución de asistirle aunque diferentes en el modo de darse a entender: porque los nobles manifestaban su ánimo como efecto natural de su obligación, pero los demás tomaron su causa con sobrado fervor, rompiendo en voces descompuestas, que llegaron a poner en cuidado al mismo que favorecían, verificándose en su inquietud y en sus amenazas lo que suele perder la razón cuando se deja tratar de la muchedumbre.

Pero antes que tomase cuerpo este primer movimiento de la gente, conociendo Pedro de Barba lo que aventuraba en la dilación, buscó a Hernán Cortés, y entró desarmando todo aquel aparato con decir a voces que no trataba de poner en ejecución la orden de Diego Velázquez, ni quería que por su mano se obrase una sinrazón tan conocida; con que se convirtieron las amenazas en aplausos, y aseguró luego la sinceridad de su ánimo, despachando públicamente a Gaspar de Garnica con una carta para Diego Velázquez, en que le decía que ya no era tiempo de detener a Cortés, porque se hallaba con mucha gente para dejarse maltratar, o reducirse a obedecer; y le ponderaba, no sin encarecimiento, la inquietud que ocasionó su orden en aquellos soldados, y el peligro en que se vio aquel pueblo de alguna turbación, concluyendo la carta con aconsejarle que llevase a Cortés por el camino de la confianza, cobrando el beneficio pasado con nuevos beneficios; y se aventurase a fiar de su agradecimiento, lo que ya no se podía esperar de la persuasión ni de la fuerza.

Hecha esta diligencia, se puso todo el cuidado en abreviar la partida, y fue necesario para sosegar la gente, que mal hallada, al parecer, sin la cólera que había concebido, volvía nuevamente a inquietarse con una voz que corrió, de que Diego Velázquez trataba de venir a ejecutar personalmente aquella violencia, como dicen que lo tuvo resuelto, pero aventurara mucho, y no lo hubiera conseguido, porque suele ser flaco argumento el de la autoridad para disputar con los que tienen la razón y la fuerza de su parte.

Capítulo XIV

Distribuye Cortés los cargos de su armada; parte de La Habana y llega a la isla de Cozumel donde pasa muestra y anima a sus soldados a la empresa

Habíase agregado un bergantín de mediano porte a los diez bajeles que estaban prevenidos, y así formó Cortés de su gente once compañías, dando una a cada bajel, para cuyo gobierno nombró por capitanes a Juan Velázquez de León, Alonso Hernández Portocarrero, Francisco de Montejo, Cristóbal de Olid, Juan de Escalante, Francisco de Morla, Pedro de Alvarado, Francisco Saucedo y Diego de Ordaz, que no le apartó para olvidarle, ni se resolvió a tenerle ocioso dejándole desobligado: y reservando para sí el gobierno de la capitana, encargó el bergantín a Ginés de Nortes. Dio también el cuidado de la artillería a Francisco de Orozco, soldado de reputación en las guerras de Italia, y el cargo de piloto mayor a Antón de Alaminos, diestro en aquellos mares, por haber tenido esta misma ocupación en los dos viajes de Francisco Fernández de Córdoba y Juan de Grijalva. Formó sus instrucciones, previniendo con cuidadosa prolijidad las contingencias, y llegado el día de la embarcación, se dijo con solemnidad una misa del Espíritu Santo, que oyeron todos con devoción, poniendo a Dios en el principio para asegurar los progresos de la obra que emprendían; y Hernán Cortés, en el primer acto de su jurisdicción, dio para el regimiento de la armada el nombre de San Pedro, que fue lo mismo que invocarle y reconocerle por patrón de aquella empresa, como lo había sido de todas sus acciones desde sus primeros años. Ordenó luego a Pedro de Alvarado que adelantándose por la banda del Norte, buscase en Guanicanico a Diego de Ordaz, para que juntos le esperasen en el cabo de San Antón, y a los demás que siguiesen la capitana, y en caso que el viento o algún accidente los apartase, tomasen el rumbo de la isla de Cozumel, que descubrió Juan de Grijalva, poco distante de la tierra que buscaban, donde se había de tratar y resolver lo que conviniese para entrar en ella y proseguir el intento de su jornada.

Partieron últimamente del puerto de La Habana en diez de febrero del año de mil quinientos y diez y nueve, favorecidos al principio del viento, pero tardó poco en declararles su inconstancia, porque al caer del sol se levantó un recio temporal que los puso en grande turbación, y al cerrar de la noche fue necesario que los bajeles se apartasen para no ofenderse, y corriesen impetuosamente dejándose llevar del viento, y eligiendo como voluntaria la velocidad que no podían resistir. El navío que gobernaba Francisco de Morla padeció más que todos, porque un embate de mar le llevó de través el timón y le dejó a pique de perderse. Hizo diferentes llamadas con que puso en nuevo cuidado a los compañeros, que atentos al peligro ajeno, sin olvidar el propio, hicieron cuanto les fue posible para mantenerse cerca, forcejeando a veces, y a veces contemporizando con el viento. Cesó la tormenta con la noche, y cuando se pudieron distinguir con la primera luz los bajeles, acudió Cortés y se acercaron todos al que zozobraba, y a costa de alguna detención se remedió el daño que había padecido.

En este tiempo Pedro de Alvarado, que como vimos se adelantó en busca de Diego de Ordaz, se halló con el día arrojado de la tempestad más adentro del golfo que pensaba, porque el mismo cuidado de apartarse de la tierra que iba costeando le obligó a correr sin reserva, tomando como seguridad el peligro menor. Reconoció el piloto por la brújula y carta de marear que habían decaído tanto del rumbo que traían, y se hallaban ya tan distantes del cabo de San Antón, que sería temeridad el volver atrás; y propuso como conveniente el pasar de una vez a la isla de Cozumel. Dejólo a su arbitrio Pedro de Alvarado, acordándole con flojedad la orden que traía de Hernán Cortés, que fue lo mismo que dispensarla; y así continuaron su viaje y surgieron en la isla dos días antes que la armada. Saltaron en tierra con ánimo de alojarse en un pueblo vecino a la costa, que el capitán y algunos de los soldados conocían ya desde el viaje de Juan de Grijalva; pero le hallaron despoblado, porque los indios que le habitaban al reconocer el desembarco de los extranjeros dejaron sus casas, retirándose la tierra adentro con sus pobres alhajas, pequeño estorbo de la fuga.

Era Pedro de Alvarado mozo de espíritu y valor, hecho a obedecer con resolución, pero nuevo en el mandar para tomarla por sí. Engañóse creyendo que mientras llegase la armada sería virtud en un soldado todo lo que no fuese ociosidad, y así ordenó que marchase la gente a reconocer lo interior de la isla, y a poco más de una legua hallaron otro lugar despoblado también, pero no tan desproveído como el primero, porque había en él alguna ropa, gallinas y otros bastimentos que se aplicaron los soldados como bienes sin dueño, o como despojos de la guerra que no había; y entrando en un adoratorio de aquellos sus ídolos abominables, hallaron algunas joyuelas o pendientes que servían a su adorno, y algunos instrumentos del sacrificio hechos de oro con mezcla de cobre, que aun siendo baladí se les hacía ligero: jornada sin utilidad ni consejo, que sólo sirvió de escarmentar a los naturales de la isla y embarazar el intento que se llevaba de pacificarlos. Conoció aunque tarde Pedro de Alvarado que era licencia lo que tuvo por actividad, y así se retiró con su gente al primer alojamiento, haciendo en el camino tres prisioneros, dos indios y una india, desgraciados en huir, que se dieron sin resistencia.

Llegó la armada el día siguiente, habiendo recogido el bajel de Diego de Ordaz, porque Hernán Cortés le avisó desde el cabo de San Antón que viniese a incorporarse con ella, temiendo la contingencia de que se hubiese descaminado con la tempestad Pedro de Alvarado, que le traía cuidadoso; y aunque se alegró interiormente de hallarle ya en salvamento, mandó prender al piloto y reprendió ásperamente al capitán porque no había guardado ni hecho guardar su orden, y por el atrevimiento de hacer entrada en la isla y permitir a sus soldados que saqueasen el lugar donde llegaron: sobre lo cual le dijo algunos pesares en público, y con toda la voz, como quien deseaba que su reprensión fuese doctrina para los demás. Llamó luego a los tres prisioneros, y por medio de Melchor el intérprete (que venía solo en esta jornada porque había muerto su compañero) les dio a entender lo que sentía el mal pasaje que hicieron a su pueblo aquellos soldados, y mandando que se les restituyese el oro y la ropa que ellos mismos eligieron, los puso en libertad y les dio algunas bujerías que llevasen de presente a sus caciques, para que a vista de estas señales de paz perdiesen el miedo que habían concebido.

Alojóse la gente en el puerto más vecino a la costa, y descansó tres días sin pasar adelante por no aumentar la turbación de los isleños. Pasó muestra en escuadrón el ejército, y se hallaron quinientos y ocho soldados, diez y seis caballos, y ciento y nueve entre maestres, pilotos y marineros, sin los dos capellanes el licenciado Juan Díaz y el padre fray Bartolomé de Olmedo, religioso de la orden de Nuestra Señora de la Merced, que asistieron a Cortés hasta el fin de la conquista.

Pasada la muestra volvió a su alojamiento acompañado de los capitanes y soldados más principales, y tomando entre ellos lugar poco diferente los habló en esta sustancia: «Cuando considero, amigos y compañeros míos, cómo nos ha juntado en esta isla nuestra felicidad, cuántos estorbos y persecuciones dejamos atrás, y cómo nos han deshecho las dificultades, conozco la mano de Dios en esta obra que emprendemos, y entiendo que en su altísima providencia es lo mismo favorecer los principios que prometer los sucesos. Su causa nos lleva y la de nuestro rey, que también es suya, a conquistar regiones no conocidas, y ella misma volverá por sí mirando por nosotros. No es mi ánimo facilitaros la empresa que acometemos: combates nos esperan sangrientos, facciones increíbles, batallas desiguales en que habréis menester socorreros de todo vuestro valor; miserias de la necesidad, inclemencias del tiempo y asperezas de la tierra, en que os será necesario el sufrimiento, que es el segundo valor de los hombres, y tan hijo del corazón como el primero: que en la guerra más veces sirve la paciencia que las manos, y quizá por esta razón tuvo Hércules el nombre de invencible, y se llamaron trabajos sus hazañas. Hechos estáis a padecer y hechos a pelear en estas islas que dejáis conquistadas: mayor es nuestra empresa, y debemos ir prevenidos de mayor osadía, que siempre son las dificultades del tamaño de los intentos. La antigüedad pintó en lo más alto de los montes el templo de la fama, y su simulacro en lo más alto del templo; dando a entender que para hallarla, aun después de vencida la cumbre, era menester el trabajo de los ojos. Pocos somos, pero la unión multiplica los ejércitos, y en nuestra conformidad está nuestra mayor fortaleza: uno, amigos, ha de ser el consejo en cuanto se resolviere: una la mano en la ejecución; común la utilidad, y común la gloria en lo que se conquistare. Del valor de cualquiera de nosotros se ha de fabricar y componer la seguridad de todos. Vuestro caudillo soy, y seré el primero en aventurar la vida por el menor de los soldados: más tendréis que obedecer en mi ejemplo que en mis órdenes; y puedo aseguraros de mí que me basta el ánimo a conquistar un mundo entero, y aun me lo promete el corazón con no sé qué movimiento extraordinario, que suele ser el mejor de los presagios. Alto, pues, a convertir en obras las palabras; y no os parezca temeridad esta confianza mía, pues se funda en que os tengo a mí lado, y dejo de fiar de mí todo lo que espero de vosotros.»

Capítulo XV

Pacifica Hernán Cortés los isleños de Cozumel, hace amistad con el cacique, derriba los ídolos, da principio a la introducción del Evangelio y procura cobrar unos españoles que estaban prisioneros en Yucatán

Estaban los indios en pequeñas tropas discurriendo al parecer entre sí, como quien observaba el movimiento, y se animaba en la quietud de nuestra gente. Íbanse acercando los más atrevidos; y como éstos no recibían daño se atrevían los cobardes: con que en breve rato llegaron algunos al cuartel, y hallaron en Cortés y en los demás tan favorable acogida, que convocaron a sus compañeros. Vinieron muchos aquel día, y andaban entre los soldados con alegre familiaridad, tan hallados con sus huéspedes, que apenas se les conocía la admiración: antes se portaban como gente enseñada a tratar con forasteros. Había en esta isla un ídolo muy venerado entre aquellos bárbaros, cuyo nombre tenía inficionada la devoción de diferentes provincias de la tierra firme, que frecuentaban su templo en continuas peregrinaciones: y así estaban los isleños de Cozumel hechos a comerciar con naciones extranjeras de diversos trajes y lenguas; por cuya causa, o no extrañarían la novedad de nuestra gente, o la extrañaban sin encogimiento.

Aquella noche se retiraron todos a sus casas; y el día siguiente vino el cacique principal de la isla a visitar a Cortés con grande aunque deslucido acompañamiento; trayendo él mismo su embajada y su regalo. Recibióle con agasajo y cortesía, y por medio del intérprete le aseguró de su benevolencia, y le ofreció su amistad y la de su gente; a que respondió que la admitía, y que era hombre que la sabría mantener. Oyóse entre los indios que le acompañaban uno, que al parecer repetía mal pronunciado el nombre de Castilla; y Hernán Cortés, en quien nunca el divertimiento llegaba a ser descuido, reparó en ello y mandó al intérprete que averiguase la significación de aquella palabra; cuya advertencia, aunque pareció entonces casual, fue de tanta consideración para facilitar la conquista de Nueva España como veremos después.

Decía el indio que nuestra gente se parecía mucho a unos prisioneros que estaban en Yucatán, naturales de una tierra que se llamaba Castilla; y apenas lo oyó Cortés, cuando resolvió ponerlos en libertad y traerlos a su compañía. Informóse mejor, y hallando que estaban en poder de unos indios principales que residían dos jornadas la tierra adentro de Yucatán, comunicó su intento al cacique para que le dijese si eran indios guerreros los que tenían en su dominio aquellos cristianos, y con qué fuerza se podría conseguir el sacarlos de la esclavitud. Respondióle con pronta y notable advertencia que sería lo más seguro tratar de rescatarlos a trueque de algunas dádivas; porque entrando en guerra se expondría a que matasen los esclavos, y a no quedar airoso con el castigo de sus dueños. Abrazó Hernán Cortés su consejo, admirándose de hallar tan buena política en el cacique, a quien debió de enseñar algo de la razón que llaman de estado aquello poco que tenía de príncipe.

Dispuso luego que Diego de Ordaz pasase con su bajel y con la gente de su cargo a la costa de Yucatán por la parte más vecina a Cozumel, que serían cuatro leguas de travesía, y que echase en tierra los indios que señaló el mismo cacique, para esta diligencia: los cuales llevaron tarta de Cortés para los prisioneros, con algunas bujerías que sirviesen de precio a su rescate; y Diego de Ordaz orden para esperarlos ocho días, en cuyo término ofrecieron los indios volver con la respuesta.

Entretanto Cortés marchó con su gente unida a reconocer la isla, no porque le pareciese necesario ir en defensa, sino porque no se desmandasen los soldados, y recibiesen algún daño los naturales. Decíales: «que aquélla era una pobre gente sin resistencia, cuya sinceridad pedía como deuda el buen tratamiento, y cuya pobreza ataba las manos a la codicia: que de aquel pequeño pedazo de tierra no se había de sacar otra riqueza que la buena fama. Y no penséis, proseguía, que la opinión que aquí se ganare se estrecha a los cortos límites de una isla miserable; pues el concurso de los peregrinos que suelen acudir a ella, como habéis entendido, llevará vuestro nombre a otras regiones, donde habremos menester después el crédito de piadosos y amigos de la razón para facilitar nuestros intentos, y tener menos que pelear donde haya más que adquirir». Con estas y otras amigables pláticas los llevaba contentos y reprimidos. Iban siempre acompañados del cacique y de muchos indios que acudían con bastimentos, y pasaban cuentas de vidrio por buena moneda, creyendo que hacían a los compradores el mismo engaño que padecían.

A poco trecho de la costa se hallaron en el templo de aquel ídolo tan venerado, fábrica de piedra en forma cuadrada, y de no despreciable arquitectura. Era el ídolo de figura humana; pero de horrible aspecto y espantosa fiereza, en que se dejaba conocer la semejanza de su original. Observóse esta misma circunstancia en todos los ídolos que adoraba aquella gentilidad, diferentes en la hechura y en la significación; pero conformes en lo feo y abominable: o acertasen aquellos bárbaros en lo que fingían; o fuese que el demonio se les aparecía como es, y dejaba en su imaginación aquellas especies; con que sería primorosa imitación del artífice la fealdad del simulacro.

Dicen que se llamaba este ídolo Cozumel, y que dio a la isla el nombre que se conserva hoy en ella: mal conservado, si es el mismo que el demonio tomó para sí; falta de advertencia que se ha vinculado en los mapas contra toda razón. Había gran concurso de indios cuando llegaron los españoles; y en medio de ellos estaba un sacerdote que se diferenciaba de los demás en no sé qué ornamento o media vestidura, de que tenía mal cubiertas las carnes: y al parecer los predicaba o inducía con voces y ademanes dignos de risa; porque desvariaba en tono de sermón, y con toda aquella gravedad y ponderación que cabe en un hombre desnudo. Interrumpióle Cortés, y vuelto al cacique le dijo: «que para mantener la amistad que entre los dos tenían asentada, era necesario que dejase la falsa adoración de sus ídolos, y que a su ejemplo hiciesen lo mismo sus vasallos». Y apartándose con él y con el intérprete, le dio a entender su engaño, y la verdad de nuestra religión, con argumentos manuables acomodados a la rudeza de sus oídos; pero tan eficaces, que el indio quedó asombrado sin acertar a responder, como quien tenía entendimiento para conocer su ignorancia. Cobróse y pidió licencia para comunicar aquel negocio a los sacerdotes: porque en puntos de religión les dejaba o les cedía la suprema autoridad. De cuya conferencia resultó el venir aquel venerable predicador acompañado de otros de su profesión, y el dar todos grandes voces que, descifradas por el intérprete, contenían diferentes protestas de parte del cielo contra cualquiera que se atreviese a turbar el culto de sus dioses, intimando que se vería el castigo al mismo instante que se intentase el atrevimiento. Irritóse Cortés de oír semejante amenaza, y los soldados, hechos a observar su semblante, conocieron su determinación y embistieron con el ídolo, arrojándole del altar hecho pedazos, y ejecutando lo mismo con otros ídolos menores que ocupaban diferentes nichos. Quedaron atónitos los indios de ver posible aquel destrozo; y como el cielo se estuvo quedo, y tardó la venganza que esperaban, se fue convirtiendo en desprecio la adoración, y empezaron a correrse de tener dioses tan sufridos: siendo esta vergüenza el primer esfuerzo que hizo la verdad en sus corazones. Corrieron la misma fortuna otros adoratorios; y en el principal de ellos, limpio ya de aquellos fragmentos inmundos, se fabricó un altar y se colocó una imagen de nuestra Señora, fijando a la entrada una cruz grande que labraron con piadosa diligencia los carpinteros de la armada. Díjose misa en aquel altar el día siguiente, y asistieron a ella, mezclados con los españoles, el cacique y mucho número de indios con un silencio que parecía devoción; y pudo ser efecto natural del respeto que infunden aquellas santas ceremonias, o sobrenatural del mismo inefable misterio.

Así ocuparon el tiempo Cortés y sus soldados, hasta que pasados los ocho días que llevó de término Diego de Ordaz para esperar a los españoles que estaban cautivos en Yucatán, volvió a la isla sin traer noticia de ellos ni de los indios que se encargaron de buscarlos. Sintiólo mucho Hernán Cortés; pero en la duda de que le hubiesen engañado aquellos bárbaros por quedarse con los rescates que tanto codiciaban, no quiso detener su viaje ni dar a entender su recelo al cacique; antes se despidió de él con urbanidad y agasajo, encargándole mucho la cruz y aquella santa imagen que dejaba en su poder, cuya veneración fiaba de su amistad, entretanto que mejor instruido pudiese abrazar la verdad con el entendimiento.

Capítulo XVI

Prosigue Hernán Cortés su viaje, y se halla obligado por un accidente a volver a la misma isla; recoge con esta detención a Jerónimo de Aguilar, que estaba cautivo en Yucatán, y se da cuenta de su cautiverio

Volvió Cortés a su navegación con ánimo de seguir el mismo rumbo que abrió Juan de Grijalva, y buscar aquellas tierras de donde le retiró su demasiada obediencia. Iba la armada viento en popa, y todos alegres de verse ya en viaje: pero a pocas horas de prosperidad se hallaron en un accidente que los puso en cuidado. Disparó una pieza el navío de Juan de Escalante; y volviendo todos a mirarle, repararon al principio en que seguía con dificultad, y después en que tomaba la vuelta de la isla. Conoció Hernán Cortés lo que aquellas señas daban a entender; y sin detener en el discurso la resolución, mandó que toda la armada volviese en su seguimiento. Fue bien necesaria la diligencia de Juan de Escalante para escapar el bajel; porque se iba llenando de agua tan irremediablemente, que llegó a la isla en términos de anegarse, aunque tardaron poco los que venían en su socorro. Desembarcó la gente; y acudieron luego a la costa el cacique y algunos de sus indios, que al parecer no dejaban de extrañar con algún recelo la brevedad de la vuelta; pero luego que entendieron la causa ayudaron con alegre solicitud a la descarga del bajel, y asistieron después a los reparos y a la carena de que necesitaba siendo en uno y en otro de mucho servicio sus canoas, y la destreza con que las manejaban.

Entretanto que esto se disponía, fue Hernán Cortés acompañado del cacique y de algunos de sus soldados, a visitar y reconocer el templo y halló la cruz y la imagen de nuestra Señora en el mismo lugar donde quedaron colocadas: notando con gran consuelo suyo algunas señales de veneración que se reconocían en la limpieza y perfumes del templo, y en diferentes flores y ramos con que tenían adornado el altar. Dio las gracias al cacique de que se hubiese tenido en su ausencia aquel cuidado: y él las admitía, y se congratulaba con todos, encareciendo como hazaña de su buen proceder aquellas dos o tres horas de constancia.

Digno es de particular reparo este accidente que detuvo el viaje de Cortés, obligándole a desandar aquellas leguas que había navegado. Algunos sucesos, aunque caben en la posibilidad y en la contingencia, se hacen advertir como algo más que casuales. Quien vio interrumpida la navegación de la armada, y aquel navío que se anegaba, pudo tener este embarazo por una desgracia fácil de suceder; pero quien viere que aquel mismo tiempo que fue necesario para reparar el navío, lo fue también para que llegase a la isla uno de los cautivos cristianos que estaban en Yucatán, y que se hallaba éste con bastante noticia de aquellas lenguas para suplir la falta del intérprete, y que fue después uno de los principales instrumentos de aquella conquista, no se contentará con poner todo este suceso en la jurisdicción de los acasos, ni dejará de buscar, a mayores fines, superior providencia.

Cuatro días tardaron en el aderezo del bajel; y el último de ellos, cuando ya se trataba de la embarcación, se dejó ver a larga distancia una canoa que venía atravesando el golfo de Yucatán en derechura de la isla. Conocióse a breve rato que traía indios armados, y pareció novedad la diligencia con que se aprovechaban de los remos, y se iban acercando a la isla sin recelarse de nuestra armada. Llegó esta novedad a noticia de Hernán Cortés, y ordenó que Andrés de Tapia se alargase con algunos soldados hacia el paraje donde se encaminaba la canoa, y procurase examinar el intento de aquellos indios. Tomó Andrés de Tapia puesto acomodado para no ser descubierto; pero al reconocer que saltaban en tierra con prevención de arcos y flechas, los dejó que se apartasen de la costa, y los embistió con la mar a las espaldas, porque no se le pudiesen escapar. Quisieron huir luego que le descubrieron; pero uno de ellos, sosegando a los demás, se detuvo a tres o cuatro pasos, y dijo en voz alta algunas palabras castellanas, dándose a conocer por el nombre de cristiano. Recibióle Andrés de Tapia con los brazos; y gustoso de su buena suerte le llevó a la presencia de Hernán Cortés acompañado de aquellos indios, que según lo que se conoció después, eran los mensajeros que dejó Diego de Ordaz en la costa de Yucatán. Venía desnudo el cristiano, aunque no sin algún género de ropa que hacía decente la desnudez: ocupado el un hombro con el arco y el carcax, y terciada sobre el otro una manta a manera de capa, en cuyo extremo traía atacadas unas horas de nuestra Señora, que manifestó luego, enseñándolas a todos los españoles, y atribuyendo a su devoción la dicha de verse con los cristianos: tan bozal en las cortesías, que no acertaba a desasirse de la costumbre, ni a formar cláusulas enteras, sin que tropezase la lengua en palabras que no se dejaban entender. Agasajóle mucho Hernán Cortés; y cubriéndole entonces con su mismo capote, se informó por mayor de quién era, y ordenó que le vistiesen y regalasen; celebrando entre todos sus soldados como felicidad suya y de su jornada el haber redimido de aquella esclavitud a un cristiano; que por entonces sólo se habían descubierto los motivos de la piedad.

Llamábase Jerónimo de Aguilar, natural de Écija: estaba ordenado de Evangelio; y según lo que después refirió de su fortuna y sucesos, había estado cerca de ocho años en aquel miserable cautiverio. Padeció naufragio en los bajos que llaman de los Alacranes una carabela en que pasaba del Darien a la isla de Santo Domingo; y escapando en el esquife con otros compañeros, se hallaron todos arrojados del mar en la costa de Yucatán, donde los prendieron y llevaron a una tierra de indios caribes: cuyo cacique mandó apartar luego a los que venían mejor tratados para sacrificarlos a sus ídolos, y celebrar después un banquete con los miserables despojos del sacrificio. Uno de los que se reservaron para otra ocasión (defendidos entonces de su misma flaqueza) fue Jerónimo de Aguilar; pero le prendieron rigurosamente, y le regalaban con igual inhumanidad, pues le iban disponiendo para el segundo banquete. ¡Rara bestialidad, horrible a la naturaleza y a la pluma! Escapó como pudo de una jaula de madera en que le tenían, no tanto porque le pareciese posible salvar la vida, como para buscar otro género de muerte: y caminando algunos días apartado de las poblaciones, sin otro alimento que el que le daban las yerbas del campo, cayó después en manos de unos indios que le presentaron a otro cacique enemigo del primero, a quien hizo menos inhumano la oposición a su contrario, y el deseo de afectar mejores costumbres. Sirvióle algunos años, experimentando en esta nueva esclavitud diferentes fortunas; porque al principio le obligó a trabajar más de lo que alcanzaban sus fuerzas; pero después le hizo mejor tratamiento, pagado al parecer de su obediencia, y particularmente de su honestidad; para cuya experiencia le puso en algunas ocasiones menos decentes en la narración, que admirables en su continencia: que no hay tan bárbaro entendimiento donde no se deje conocer alguna inclinación a las virtudes. Diole ocupación cerca de su persona, y en breves días tuvo su estimación y su confianza.

Muerto este cacique, le dejó recomendado a un hijo suyo, con quien se hizo el mismo lugar, y le favorecieron más las ocasiones de acreditarse; porque le movieron guerra los caciques comarcanos, y en ella se debieron a su valor y consejo diferentes victorias: con que ya tenía el valimiento de su amo y la veneración de todos, hallándose con tanta autoridad, que cuando llegó la carta de Cortés pudo fácilmente disponer su libertad, tratándola como recompensa de sus servicios, y ofrecer como dádiva suya las preseas que se le enviaron para su rescate.

Así lo refería él: y que de los otros españoles que estaban cautivos en aquella tierra, sólo vivía un marinero natural de Palos de Moguer, que se llamaba Gonzalo Guerrero; pero que habiéndole manifestado la carta de Hernán Cortés, y procurado traerle consigo, no lo pudo conseguir porque se hallaba casado con una india bien acomodada, y tenía en ella tres o cuatro hijos, a cuyo amor atribuía su ceguedad: fingiendo estos afectos naturales para no dejar aquella lastimosa comodidad que en sus cortas obligaciones pesaba más que la honra y que la religión. No hallamos que se refiera de otro español en estas conquistas semejante maldad: indigno por cierto de esta memoria que hacemos de su nombre; pero no podemos borrar lo que escribieron otros, ni dejan de tener su enseñanza estas miserias a que está sujeta nuestra naturaleza, pues se conoce por ellas a lo que puede llegar el hombre, si le deja Dios.

Capítulo XVII

Prosigue Hernán Cortés su navegación, y llega al río de Grijalva, donde halla resistencia en los indios, y pelea con ellos en el mismo río y en la desembarcación

Partieron segunda vez de aquella isla en cuatro de marzo del mismo año de mil quinientos diez y nueve; y sin que se les ofreciese acaecimiento digno de memoria, doblaron la punta de Cotoche que, como vimos, está en lo más oriental de Yucatán; y siguiendo la costa llegaron al paraje de Champoton, donde se disputó si convenía salir a tierra: opinión a que se inclinaba Hernán Cortés por castigar en aquellos indios la resistencia que hicieron a Juan de Grijalva, y antes a Francisco Fernández de Córdoba; y algunos soldados de los que se hallaron en ambas ocasiones, fomentaban con espíritu de venganza esta resolución; pero el piloto mayor y los demás de su profesión se opusieron a ella con evidente demostración, porque el viento que favorecía para pasar delante era contrario para acercarse por aquella parte a la tierra; y así continuaron su viaje y llegaron al río de Grijalva, donde hubo menos que discurrir, porque el buen pasaje que hicieron a su armada los indios de Tabasco, y el oro que entonces se llevó de aquella provincia eran dos incentivos poderosos que llamaban los ánimos a la tierra. Y Hernán Cortés condescendió con el voto común de sus soldados, mirando a la conveniencia de conservar aquellos amigos, aunque no pensaba detenerse muchos días en Tabasco, y siempre llevaba la mira en los dominios del príncipe Motezuma, cuyas noticias tuvo Juan de Grijalva en aquella provincia: siendo su dictamen que en este género de conquistas se debía ir primero a la cabeza que a los miembros, para llegar con las fuerzas enteras a lo más dificultoso.

Sirvióse de la experiencia que ya se tenía de aquel paraje para disponer la entrada: y dejando aferrados los navíos de mayor porte, hizo pasar a los que podían navegar por el río, y a los esquifes toda la gente prevenida de sus armas, y empezó a caminar contra la corriente, observando el orden con que gobernó su facción Juan de Grijalva. Reconocieron a breve rato considerable número de canoas de indios armados, que ocupaban las dos riberas al abrigo de diferentes tropas que se descubrían en la tierra. Fuese acercando Hernán Cortés con su fuerza unida, y ordenó que ninguno disparase ni diese a entender que se trataba de ofenderlos: imitando también en esto a Grijalva, como quien deseaba sin vanidad el acierto, y sabía cuanto se aventuraban los que se precian de abrir sendas, y tiran sólo a diferenciarse de sus antecesores. Eran grandes las voces con que los indios procuraban detener a los forasteros; y luego que se pudieron distinguir, se conoció que Jerónimo de Aguilar entendía la lengua de aquella nación, por ser la misma o muy semejante a la que se hablaba en Yucatán; y Hernán Cortés tuvo por obra del cielo el hallarse con intérprete de tanta satisfacción. Dijo Aguilar que las voces que se percibían eran amenazas, y que aquellos indios estaban de guerra; por cuya causa se fue deteniendo Cortés, y le ordenó que se adelantase en uno de los esquifes y los requiriese con la paz, procurando ponerlos en razón. Ejecutólo así, y volvió brevemente con noticia de que era grande el número de indios que estaban prevenidos para defender la entrada del río; tan obstinados en su resolución, que negaron con insolencia los oídos a su embajada. No quisiera Hernán Cortés dar principio en aquella tierra a su conquista, ni embarazar el curso de su navegación; pero considerando que se hallaba ya en el empeño, no le pareció conveniente volver atrás, ni de buena consecuencia el dejar consentido aquel atrevimiento.

Íbase acercando la noche, que en tierra no conocida trae sobre los soldados segunda oscuridad; y así determinó hacer alto para esperar el día: y dando al mayor acierto de la facción aquel tiempo que la dilataba, dispuso que se trajese la artillería de los bajeles mayores, y que se armase toda la gente con aquellos escaupiles o capotes de algodón que resistían a las flechas; y dio las demás órdenes que tuvo por necesarias sin encarecer el riesgo ni desestimarle. Puso gran cuidado en esta primera empresa de su armada, conociendo lo que importa siempre el empezar bien; y particularmente en la guerra, donde los buenos principios sirven al crédito de las armas y al mismo valor de los soldados: siendo como propiedad de la primera ocasión el influir en las que vienen después, o el tener no sé qué fuerza oculta sobre los demás sucesos.

Luego que llegó la mañana se dispusieron los bajeles en forma de media luna que se iba disminuyendo en su mismo tamaño, y remataba en los esquifes: para cuya ordenanza daba sobrado término la grandeza del río, y se prosiguió la entrada con un género de sosiego que iba convidando con la paz; pero a breve rato se descubrieron las canoas de los indios que esperaban en la misma disposición, y con las mismas amenazas que la tarde antes. Ordenó Cortés que ninguno de los suyos se moviese hasta que diesen la carga: diciendo a todos que allí se debía usar primero de la rodela que de la espada, por ser aquélla una gran guerra cuya justicia consistía en la provocación; y deseoso de hacer algo más por la razón para tenerla de su parte, dispuso que se adelantase Aguilar segunda vez, y los volviese a requerir con la paz, dándoles a entender que aquella armada era de amigos que sólo entraban a tratar de su bien en fe de la confederación que tenían hecha con Juan de Grijalva; y que el no admitirlos sería faltar a ella, y ocasionarlos a que se abriesen el paso con las armas, quedando por su cuenta el daño que recibiesen.

Respondieron a este segundo requerimiento con hacer la seña de embestir, y se fueron mejorando ayudados de la corriente, hasta que puestos en distancia proporcionada con el alcance de sus flechas, dispararon a un tiempo tanta multitud de ellas desde las canoas, y desde la margen más vecina del río, que anduvo algo apresurada en los españoles la necesidad de cubrirse y cuidar de su defensa; pero recibida la primera carga, conforme a la orden que llevaban, usaron luego de sus armas, y de sus esfuerzos con tanta diligencia, que los indios de las canoas desembarazaron el paso puestos en confusión, arrojándose muchos al agua con el espanto que concibieron del mismo daño que conocían en los suyos. Prosiguieron nuestros bajeles su entrada sin otra oposición: y acostándose a la ribera sobre el lado izquierdo, trataron de salir a tierra; pero en paraje tan pantanoso y cubierto de maleza, que se vieron en segundo conflicto; porque los indios que estaban emboscados, y los que escaparon del río, se unieron a repetir sus cargas con nueva obstinación; cuyas flechas, dardos y piedras hacían mayor la dificultad del pantano. Pero Hernán Cortés fue doblando su gente sin dejar de pelear, en tal disposición, que las hileras que formaba detenían el ímpetu de los indios, y cubrían a los menos diligentes en la desembarcación.

Formado su escuadrón a vista de los enemigos, cuyo número crecía por instantes, ordenó al capitán Alonso Dávila que con cien soldados se adelantase por el bosque a ocupar la villa principal de aquella provincia, que también se llamaba Tabasco, y distaba poco de aquel paraje, según las noticias que se tenían de la primera entrada. Cerró luego con la multitud enemiga, y la fue retirando con igual ardimiento que dificultad; porque se peleaba muchas veces con el lodo a la rodilla: y se refiere de Hernán Cortés, que forcejeando para vencer aquel impedimento, perdió en el lodo uno de los zapatos, y peleó mucho rato con el pie descalzo sin conocer la falta ni el desabrigo: generoso divertimiento, dejar de estar en sí para estar mejor en lo que hacía.

Vencido el pantano se conoció flaqueza en los indios, que en un instante desaparecieron entre la maleza, parte atemorizados de verse ya sin las ventajas del terreno, y parte cuidadosos de acudir a Tabasco: de cuyo riesgo tuvieron noticia por haberse descubierto la marcha de Alonso Dávila; como se verificó después en la multitud de gente que acudió a la defensa de aquella población.

Teníanla fortificada con un género de muralla que usaban casi en todas las Indias, hecha de troncos robustos de árboles fijos en la tierra, al modo de nuestras estacadas; pero apretados entre sí con tal disposición, que las junturas les servían de troneras para despedir sus flechas. Era el recinto de figura redonda, sin traveses ni otras defensas; y al cerrarse el círculo dejaba hecha la entrada, cruzando por algún espacio las dos líneas que componían una calle angosta en forma de caracol, donde acomodaban dos o tres garitas o castillejos de madera que estrechaban el paso, y servían de ordinario a sus centinelas: bastante fortaleza para las armas de aquel nuevo mundo, donde no se entendían, con feliz ignorancia, las artes de la guerra, ni aquellas ofensas y reparos que enseñó la malicia y aprendió la necesidad de los hombres.

Capítulo XVIII

Ganan los españoles a Tabasco; salen después doscientos hombres a reconocer la tierra, los cuales vuelven rechazados de los indios, mostrando su valor en la resistencia y en la retirada

A esta villa, corte de aquella provincia, y de esta suerte fortificada, llegó Hernán Cortés algo antes que Alonso Dávila, a quien detuvieron otros pantanos y lagunas, donde le llevó engañosamente el camino; y sin dar tiempo a los indios para que se reparasen, ni a los suyos para que discurriesen en la dificultad, incorporó con su gente los cien hombres que venían de refresco: y repartiendo algunos instrumentos que parecieron necesarios para deshacer la estacada, dio la señal de acometer, deteniéndose a decir solamente: «aquel pueblo, amigos, ha de ser esta noche nuestro alojamiento: en él se han retraído los mismos que acabáis de vencer en la campaña. Esa frágil muralla que los defiende, sirve más a su temor que a su seguridad. Vamos, pues, a seguir la victoria comenzada, antes que pierdan estos bárbaros la costumbre de huir, o sirva nuestra detención a su atrevimiento». Esto acabó de pronunciar con la espada en la mano; y diciendo lo demás con el ejemplo, se adelantó a todos, infundiendo en todos el deseo de adelantarse.

Embistieron a un tiempo con igual resolución; y desviando con las rodelas y con las espadas la lluvia de flechas que cegaba el camino, se hallaron brevemente al pie de aquella rústica fortificación que cercaba al lugar. Sirvieron entonces sus mismas troneras a los arcabuces y ballestas de nuestra gente, con que se apartó el enemigo, y tuvieron lugar los que no peleaban de echar en tierra parte de la estacada. No hubo dificultad en la entrada, porque los indios se retiraron a lo interior de la villa; pero a pocos pasos se reconoció que tenían atajadas las calles con otras estacadas del mismo género, donde iban haciendo rostro y dando sus cargas, aunque con poco efecto, porque se embarazaban en su muchedumbre; y los que se retiraban huyendo de un reparo en otro, desordenaban a los que acometían.

Había en el centro de la villa una gran plaza donde los indios hicieron el último esfuerzo; pero a breve resistencia volvieron las espaldas, desamparando el lugar, y corriendo atropelladamente a los bosques. No quiso Hernán Cortés seguir el alcance, por dar tiempo a sus soldados para que descansasen, y a los fugitivos para que se inclinasen a la paz, dejándose aconsejar de su escarmiento.

Quedó entonces Tabasco por los españoles: población grande y con todas las prevenciones de puesta en defensa, porque habían retirado sus familias y haciendas, y tenían hecha su provisión de bastimentos, con que faltó el pillaje a la codicia; pero se halló lo que pedía la necesidad. Quedaron heridos catorce o quince de nuestros soldados, y con ellos nuestro historiador Bernal Díaz del Castillo: sigámosle también en lo que dice de sí, pues no se puede negar que fue valiente soldado, y en el estilo de su historia se conoce que se explicaba mejor con la espada. Murieron de los indios considerable número, y no se averiguó el de sus heridos porque cuidaban mucho de retirarlos; teniendo a gran primor en su milicia que el enemigo no se alegrase de ver el daño que recibían.

Aquella noche se alojó nuestro ejército en tres adoratorios que estaban dentro de la misma plaza donde sucedió el último combate; y Hernán Cortés echó su ronda y distribuyó sus centinelas, tan cuidadoso y tan desvelado como si estuviera en la frente de un ejército enemigo y veterano: que nunca sobran en la guerra estas prevenciones, donde suelen nacer de la seguridad los mayores peligros, y sirve tanto el recelo como el valor de los capitanes.

Hallóse con el día la campaña desierta, y al parecer segura, porque en todo lo que alcanzaba la vista y oído, ni había señal, ni se percibía rumor del enemigo: reconociéronse, y se hallaron con la misma soledad de los bosques vecinos al cuartel; pero no se resolvió Hernán Cortés a desampararle, ni dejó de tener por sospechosa tanta quietud; entrando en mayor cuidado cuando supo que el intérprete Melchor, que vino de la isla de Cuba, se había escapado aquella misma noche, dejando pendientes de un árbol los vestidos de cristiano: cuyos informes podían hacer daño entre aquellos bárbaros, como se verificó después, siendo él quien los indujo a que prosiguiesen la guerra, dándoles a entender el corto número de nuestros soldados, y que no eran inmortales como creían, ni rayos las armas de fuego que manejaban; cuya aprensión los tenía en términos de rogar con la paz. Pero no tardó mucho en pagar su delito, pues aquellos mismos que tomaron las armas a su persuasión, hallándose vencidos segunda vez, se vengaron de su consejo, sacrificándole miserablemente a sus ídolos.

Resolvió Hernán Cortés en esta incertidumbre de indicios, que Pedro de Alvarado y Francisco de Lugo, cada uno con cien hombres, marchasen por dos sendas que se descubrían algo distantes a reconocer la tierra y que si hallasen gente de guerra, procurasen retirarse al cuartel, sin entrar en empeño superior a sus fuerzas. Ejecutóse luego esta resolución; y Francisco de Lugo, a poco más de una hora de marcha, dio en una emboscada de innumerables indios que le acometieron por todas partes, cargándole con tanta ferocidad, que se halló necesitado a formar de sus cien hombres un escuadroncillo pequeño con cuatro frentes, donde peleaban todos a un tiempo, y no había parte que no fuese vanguardia. Crecía el número de los enemigos y la fatiga de los españoles, cuando permitió Dios que Pedro de Alvarado, a quien iba apartando de su compañero la misma senda que seguía, encontrase con unos pantanos que le obligaron a torcer el camino, poniéndole este accidente en paraje donde pudo oír las respuestas de los arcabuces: con cuyo aviso aceleró la marcha, dejándose llevar del rumor de la batalla, y llegó a descubrir los escuadrones del enemigo a tiempo que los nuestros andaban forcejeando con la última necesidad. Acercóse cuanto pudo, amparado entre la maleza de un bosque, y avisando a Cortés de aquella novedad, con un indio de Cuba que venía en su compañía, puso en orden su gente, y cerró con el escuadrón de su banda tan determinadamente, que los indios, atemorizados del repentino asalto, le abrieron la entrada, huyendo a diversas partes, sin darle lugar para que los rompiese.

Respiraron con este socorro los soldados de Francisco de Lugo y luego que los capitanes tuvieron unida su gente y dobladas sus hileras, embistieron con otro escuadrón que cerraba el camino del cuartel, para ponerse en disposición de ejecutar la orden que tenían de retirarse.

Hallaron resistencia; pero últimamente se abrieron el paso con la espada, y empezaron su marcha, siempre combatidos y alguna vez atropellados. Peleaban los unos mientras los otros se mejoraban: y siempre que alargaban el paso para ganar algún pedazo de tierra, cargaba sobre todos el grueso de los enemigos, sin hallar a quien ofender cuando volvían el rostro; porque se retiraban con la misma velocidad que acometían, moviéndose a una parte y otra estas avenidas de gente, con aquel ímpetu al parecer que obedecen las olas del mar a la oposición de los vientos.

Tres cuartos de legua habrían caminado los españoles, teniendo siempre en ejercicio las armas y el cuidado, cuando se dejó ver a poca distancia Hernán Cortés, que con el aviso que tuvo de Pedro de Alvarado, venía marchando al socorro de estas dos compañías con todo el resto de la gente: y luego que le descubrieron los indios se detuvieron, dejando alejar a los que le perseguían, y estuvieron un rato a la vista, dando a entender que amenazaban o que no temían; aunque después se fueron deshaciendo en varias tropas, y dejaron a sus enemigos la campaña. Pero Hernán Cortés se volvió a su cuartel sin entrar en mayor empeño; porque instaba la necesidad de que curasen los que venían heridos, que fueron once de ambas compañías, de los cuales murieron dos; que en esta guerra era número de mayor sonido, y se ponderó entre todos como pérdida que hizo costosa la jornada.

Capítulo XIX

Pelean los españoles con un ejército poderoso de los indios de Tabasco y su comarca; descríbese su modo de guerrear y cómo quedó por Hernán Cortés la victoria

Hiciéronse en esta ocasión algunos prisioneros: y Hernán Cortés ordenó que Jerónimo de Aguilar los fuese examinando separadamente, para saber en qué fundaban su obstinación aquellos indios, y con qué fuerza se hallaban para mantenerla. Respondieron con alguna variedad de las circunstancias; pero concordaron en decir que estaban convocados todos los caciques de la comarca para asistir a los de Tabasco; y que el día siguiente había de juntar un ejército poderoso para acabar con los españoles, de cuya prevención era un pequeño trozo el que peleó con Francisco de Lugo y Pedro de Alvarado. Pusieron en algún cuidado a Hernán Cortés estas noticias; y sin dudar en lo que convenía, resolvió preguntarlo a sus capitanes, y obrar con su consejo lo que se había de ejecutar con sus manos. Propúsoles «la dificultad en que se hallaban, el corto número de su gente, y la prevención grande que tenían hecha los indios para deshacerlos», sin encubrirles circunstancia alguna de lo que decían los prisioneros. Y pasó después a considerar por otra parte «el empeño de sus armas, poniéndoles delante de su mismo valor la desnudez y flaqueza de sus contrarios, y la facilidad con que los habían vencido en Tabasco y en la desembarcación». Y sobre todo cargó la consideración «en la mala consecuencia de volver las espaldas a la amenaza de aquellos bárbaros, cuya jactancia podría llevar la voz a la misma tierra donde caminaban: siendo de tanto peso este descrédito, que en su modo de entender, o se debía dejar enteramente la empresa de Nueva España, o no pasar de allí sin que se consiguiese la paz o la sujeción de aquella provincia; pero que este dictamen suyo se quedaba en términos de proposición, porque su ánimo era ejecutar lo que tuviesen por mejor».

Bien sabían todos que no era afectada en él esta docilidad, porque se preciaba mucho de amigo del consejo, y de conocer el acierto aunque le hallase en opinión ajena: siendo ésta una de sus mejores propiedades, y bastante argumento de su prudencia; pues no sobresale tanto el entendimiento en la razón que forma como en la que reconoce. Votaron con esta seguridad, y concordaron todos en que ya no era practicable el salir de aquella tierra sin que sus habitadores quedasen reducidos o castigados; con que pasó Cortés a las prevenciones de su empresa. Hizo luego que se llevasen los heridos a los bajeles, que se sacasen a la tierra los caballos, y que se previniese la artillería, y estuviese todo a punto para la mañana siguiente, que fue día de la Anunciación de Nuestra Señora: memorable hasta hoy en aquella tierra por el suceso de esta batalla.

Luego que amaneció dispuso que oyese misa toda la gente: y encargando el gobierno de la infantería a Diego de Ordaz, montaron a caballo él y los demás capitanes, y empezaron su marcha al paso de la artillería, que caminaba con dificultad por ser la tierra pantanosa y quebrada. Fuéronse acercando al paraje donde, según las noticias de los prisioneros, se había de juntar la gente del enemigo; y no hallaron persona de quien poder informarse, hasta que llegando cerca de un lugar que llamaban Cinthla, poco menos de una legua del cuartel, descubrieron a larga distancia un ejército de indios tan numeroso y tan dilatado que no se le hallaba el término con lo que alcanzaba la vista.

Describiremos cómo venían, y su modo de guerrear, cuya noticia servirá para las demás ocasiones de esta conquista, por ser uno en casi todas las naciones de Nueva España el arte de la guerra. Eran arcos y flechas la mayor parte de sus armas: sujetaban el arco con nervios de animales, o correas torcidas de piel de venado; y en las flechas suplían la falta del hierro con puntas de hueso y espinas de pescados. Usaban también un género de dardos, que jugaban o despedían según la necesidad, y unas espadas largas, que esgrimían a dos manos, al modo que se manejan nuestros montantes, hechas de madera, en que ingerían, para formar el corte, agudos pedernales. Servíanse de algunas mazas de pesado golpe, con puntas de pedernal en los extremos, que encargaban a los más robustos: y había indios pedreros, que revolvían y disparaban sus hondas con igual pujanza que destreza. Las armas defensivas, de que usaban solamente los capitanes y personas de cuenta, eran colchados de algodón mal aplicados al pecho; petos y rodelas de tabla o conchas de tortuga, guarnecidas con láminas del metal que alcanzaban; y en algunos era el oro lo que en nosotros el hierro. Los demás venían desnudos, y todos afeados con varias tintas y colores, de que se pintaban el cuerpo y el rostro: gala militar de que usaban, creyendo que se hacían horribles a sus enemigos, y sirviéndose de la fealdad para la fiereza, como se cuenta de los arios de la Germania: por cuya costumbre, semejante a la de estos indios, dice Tácito, que son los ojos los primeros que se han de vencer en las batallas. Ceñían las cabezas con unas como coronas, hechas de diversas plumas levantadas en alto; persuadidos también a que el penacho los hacía mayores y daba cuerpo a sus ejércitos. Tenían sus instrumentos y toques de guerra, con que se entendían y animaban en las ocasiones: flautas de gruesas cañas, caracoles marítimos, y un género de cajas que labraban de troncos huecos y adelgazados por el cóncavo, hasta que respondiesen a la baqueta con el sonido: desapacible música, que debía de ajustarse con la desproporción de sus ánimos.

Formaban sus escuadrones amontonando más que distribuyendo la gente, y dejaban algunas tropas de retén que socorriesen a los que peligraban. Embestían con ferocidad, espantosos en el estruendo con que peleaban, porque daban grandes alaridos y voces para amedrentar al enemigo: costumbre que refieren algunos entre las barbaridades y rudezas de aquellos indios, sin reparar en que la tuvieron diferentes naciones de la antigüedad, y no la despreciaron los romanos, pues Julio César alaba los clamores de sus soldados, culpando el silencio en los de Pompeyo; y Catón el mayor solía decir que debía más victorias a las voces que a las espadas: creyendo unos y otros que se formaba el grito del soldado en el aliento del corazón. No disputamos sobre el acierto de esta costumbre; sólo decimos que no era tan bárbara en los indios que no tuviese algunos ejemplares. Componíanse aquellos ejércitos de la gente natural, y diferentes tropas auxiliares de las provincias comarcanas, que acudían a sus confederados, conducidas por sus caciques, o por algún indio principal de su parentela, y se dividían en compañías, cuyos capitanes guiaban; pero apenas gobernaban su gente, porque en llegando la ocasión mandaba la ira, y a veces el miedo: batallas de muchedumbre, donde se llegaba con igual ímpetu al acometimiento que a la fuga.

De este género era la milicia de los indios, y con este género de aparato se iba acercando poco a poco a nuestros españoles aquel ejército, o aquella inundación de gente, que venía al parecer, anegando la campaña. Reconoció Hernán Cortés la dificultad en que se hallaba, pero no desconfió del suceso, antes animó con alegre semblante a sus soldados, y poniéndolos al abrigo de una eminencia que les guardaba las espaldas, y la artillería en sitio que pudiese hacer operación, se emboscó con sus quince caballos, alargándose entre la maleza, para salir de través cuando lo dictase la ocasión. Llegó el ejército de los indios a distancia proporcionada, y dando primero la carga de sus flechas, embistieron con el escuadrón de los españoles tan impetuosamente y tan de tropel, que no bastando los arcabuces y las ballestas a detenerlos, se llegó brevemente a las espadas. Era grande el estrago que se hacía en ellos: y la artillería, como venían tan cerrados, derribaba tropas enteras; pero estaban tan obstinados y tan en sí, que en pasando la bala se volvían a cerrar, y encubrían a su modo el daño que padecían, levantando el grito, y arrojando al aire puñados de tierra, para que no se viesen los que caían, ni se pudiesen percibir sus lamentos.

Acudía Diego de Ordaz a todas partes, haciendo el oficio de capitán sin olvidar el de soldado, pero como eran, tantos los enemigos, no se hacía poco en resistir, y ya se empezaba a conocer la desigualdad de las fuerzas, cuando Hernán Cortés, que no pudo acudir antes al socorro de los suyos por haber dado en unas acequias, salió a la campaña, y embistió con todo aquel ejército, rompiendo por lo más denso de los escuadrones, y haciéndose tanto lugar con sus caballos, que los indios heridos y atropellados cuidaban sólo de apartarse de ellos, y arrojaban las armas para huir, tratándolas ya como impedimento de su ligereza.

Conoció Diego de Ordaz que había llegado el socorro que esperaba, por la flaqueza de la vanguardia enemiga, que empezó a remolinar con la turbación que tenían a las espaldas, y sin perder tiempo avanzó con su infantería, cargando a los que le oprimían con tanta resolución que los obligó a ceder, y fue ganando la tierra que perdían, hasta que llegó al paraje que tenían despejado Hernán Cortés y sus capitanes. Uniéronse todos para hacer el último esfuerzo, y fue necesario alargar el paso, porque los indios se iban retirando con diligencia, aunque caminaban haciendo cara, y no dejaban de pelear a lo largo con las armas arrojadizas: en cuya forma de apartarse, y excusar concertadamente el combate, perseveraron hasta que estrechándose el alcance, y viéndose otra vez acometidos, volvieron las espaldas, y se declaró en fuga la retirada.

Mandó Hernán Cortés que hiciese alto su gente, sin permitir que se ensangrentase más la victoria: sólo dispuso que se trajesen algunos prisioneros, porque pensaba servirse de ellos para volver a las pláticas de la paz, único fin de aquella guerra, que se miraba sólo como circunstancia del intento principal. Quedaron muertos en la campaña más de ochocientos indios, y fue grande el número de los heridos. De los muertos murieron dos soldados, y salieron heridos setenta.

Constaba el ejército enemigo de cuarenta mil hombres, según lo que hallamos escrito; que aunque bárbaros y desnudos, como ponderan algunos extranjeros, tenían manos para ofender, y cuando les faltase el valor, que es propio de los hombres, no les faltaría la ferocidad de que son capaces los brutos.

Fue la facción de Tabasco, diga lo que quisiere la envidia, verdaderamente digna de la demostración que se hizo después, edificando en memoria de ella y del día en que sucedió, un templo con la advocación de nuestra Señora de la Victoria, y dando el mismo nombre a la primera villa que se pobló de españoles en esta provincia. Débese atribuir al valor de los soldados la mayor parte del suceso, pues suplieron la desigualdad del número con la constancia y con la resolución; aunque tuvieron de su parte la ventaja de pelear bien ordenados contra un ejército sin disciplina. Hizo Hernán Cortés posible la victoria rompiendo con sus caballos la batalla del ejército enemigo: acción en que lucieron igualmente las manos y el consejo del capitán, siendo tanto el discurrirlo antes, como el ejecutarlo después; y no se puede negar que tuvieron su parte los mismos caballos, cuya novedad atemorizó totalmente a los indios, porque no los habían visto hasta entonces, y aprendieron con el primer asombro que eran monstruos feroces, compuestos de hombre y bruto, al modo que, con menor disculpa, creyó la otra gentilidad sus centauros.

Algunos escriben que anduvo en esta batalla el apóstol Santiago peleando en un caballo blanco por sus españoles, y añaden que Hernán Cortés, fiado en su devoción, aplicaba este socorro al apóstol San Pedro, pero Bernal Díaz del Castillo niega con aseveración este milagro, diciendo que ni le vio, ni oyó hablar en él a sus compañeros. Exceso es de la piedad el atribuir al cielo estas cosas que suceden contra la esperanza o fuera de la opinión: a que confesamos poca inclinación, y que en cualquier acontecimiento extraordinario dejamos voluntariamente su primera instancia a las causas naturales; pero es cierto que los que leyeren la historia de las Indias, hallarán muchas verdades que parecen encarecimientos, y muchos sucesos que para hacerse creíbles fue necesario tenerlos por milagrosos.

Capítulo XX

Efectúase la paz con el cacique de Tabasco, y celebrándose en esta provincia la festividad del Domingo de Ramos, se vuelven a embarcar los españoles para continuar su viaje

El día siguiente mandó Hernán Cortés que se trajesen a su presencia los prisioneros, entre los cuales había dos o tres capitanes. Venían temerosos, creyendo hallar en el vencedor la misma crueldad que usaban ellos con sus rendidos; pero Hernán Cortés los recibió con grande benignidad, y animándoles con el semblante y con los brazos, los puso en libertad, dándoles algunas bujerías, y diciéndoles solamente: «que él sabía vencer, y sabría perdonar».

Pudo tanto esta piadosa demostración, que dentro de pocas horas vinieron al cuartel algunos indios cargados de maíz, gallinas y otros bastimentos, para facilitar con este regalo la paz, que venían a proponer de parte del cacique principal de Tabasco. Era gente vulgar y deslucida la que traía esta embajada; reparo que hizo Jerónimo de Aguilar, por ser estilo de aquella tierra el enviar a semejantes funciones indios principales con el mejor adorno de sus galas. Y aunque Hernán Cortés deseaba la paz, no quiso admitirla sin que viniese la proposición como debía; antes mandó que los despidiesen, y sin dejarse ver respondió al cacique por medio del intérprete: «que si deseaba su amistad, enviase personas de más razón y más decentes a solicitarla». Siendo de opinión, que no se debía dispensar en estas exterioridades de que se compone la autoridad, ni sufrir inadvertencias en el respeto del que viene a rogar, porque en este género de negocios suele andar el modo muy cerca de la sustancia.

Enmendó el cacique su falta de reparo, enviando el día después treinta indios de mayor porte, con aquellos adornos de plumas y pendientes, a que se reducía toda su ostentación. Traían éstos su acompañamiento de indios cargados con otro regalo del mismo género, pero más abundante. Admitiólos Hernán Cortés a su presencia asistido de todos sus capitanes, afectando alguna gravedad y entereza, porque le pareció conveniente suspender en aquel acto su agrado natural. Llegaron con grandes sumisiones; y hecha la ceremonia de incensarle con unos braserillos en que se administraba el humo del anime copal y otros perfumes, obsequio de que usaban en las ocasiones de su mayor veneración, propusieron su embajada, que empezó en disculpas frívolas de la guerra pasada, y paró en pedir rendidamente la paz. Respondió Hernán Cortés ponderando su irritación, para que se hiciese más estimable lo que concedía a vista de las ofensas que olvidaba; y últimamente se asentó la paz con grande aplauso de los embajadores, que se retiraron muy contentos, y fácilmente enriquecidos con aquellas preseas baladíes de que hacían tanta estimación.

Vino después el cacique a visitar a Cortés con todo el séquito de sus capitanes y aliados, y con un presente de ropas de algodón, plumas de varios colores, y algunas piezas de oro bajo de más artificio que valor. Manifestó luego su regalo como quien obligaba para ser admitido, y ponía la liberalidad al principio del rendimiento. Agasajóle mucho Hernán Cortés; y la visita fue toda cumplimientos y seguridades de la nueva amistad, dadas y recibidas por medio del intérprete con igual correspondencia. Hacían el mismo agasajo los capitanes españoles a los indios principales del acompañamiento; y andaba entre unos y otros la paz alegrando los semblantes, y supliendo con los brazos los defectos de la lengua.

Despidióse el cacique, dejando aplazada sesión para otro día; y dio a entender su confianza y sinceridad con mandar a sus vasallos que volviesen luego a poblar el lugar de Tabasco y llevasen consigo sus familias para que asistiesen al servicio de los españoles.

El día siguiente volvió al cuartel con el mismo acompañamiento y con veinte indias bien adornadas a la usanza de su tierra, las cuales dijo traía de presente a Cortés para que en viaje cuidasen de su regalo y el de sus compañeros, por ser diestras en acomodar al apetito la variedad de sus manjares, y en hacer el pan de maíz, cuya fábrica era desde su principio ministerio de mujeres.

Molían éstas el grano entre dos piedras, al modo de las que nos dio a conocer el uso del chocolate, y hecho harina lo reducían a masa, sin necesitar de levadura, y lo tendían o amoldaban sobre unos instrumentos como torteras de barro, de que se valían para darle en el fuego la última sazón: siendo éste el pan, de cuya abundancia proveyó Dios aquel nuevo mundo para suplir la falta del trigo, y un género de mantenimiento agradable al paladar sin ofensa del estómago. Venía con estas mujeres una india principal de buen talle y más que ordinaria hermosura, que recibió después con el bautismo el nombre de Marina, y fue tan necesaria en la conquista como veremos en su lugar.

Apartóse Hernán Cortés con el cacique y con los principales de su séquito, y les hizo un razonamiento con la voz de su intérprete, dándoles a entender: «como era vasallo y ministro de un poderoso monarca, y que su intento era hacerlos felices poniéndolos en la obediencia de su príncipe; reducirlos a la verdadera religión, y destruir los errores de su idolatría». Esforzó estas dos proposiciones con su natural elocuencia y con su autoridad, de modo que los indios quedaron persuadidos, o por lo menos inclinados a la razón. Su respuesta fue: «que tendrían a gran conveniencia suya el obedecer a un monarca, cuyo poder y grandeza se dejaba conocer en el valor de tales vasallos». Pero en el punto de la religión anduvieron más detenidos.

Hacíales fuerza el ver deshecho su ejército por tan pocos españoles, para dudar si estaban asistidos de algún Dios superior a los suyos; pero no se resolvían a confesarlo, ni en admitir entonces la duda hicieron poco por la verdad.

Instaban los pilotos en que se abreviase la partida, porque según sus observaciones, se aventuraba la armada en la detención. Y aunque Hernán Cortés sentía el apartarse de aquella gente hasta dejarla mejor instruida, se halló obligado a tratar del viaje. Y por venir cerca el Domingo de Ramos, señaló este día para la embarcación, disponiendo que se celebrase primero su festividad, según el rito de la Iglesia, observantísimo siempre en estas piedades religiosas; para cuyo efecto se fabricó un altar en el campo, y se cubrió de una enramada en forma de capilla, rústico, pero decente edificio, que tuvo la felicidad de segundo templo en Nueva España, y al mismo tiempo se iban embarcando bastimentos y caminando en las demás prevenciones del viaje. Ayudaban a todo los indios con oficiosa actividad, y el cacique asistía a Cortés con sus capitanes, durando todos en su veneración y convidando siempre con su obediencia, de cuya ocasión se valieron algunas veces el padre fray Bartolomé de Olmedo y el licenciado Juan Díaz para intentar reducirlos al camino de la verdad, prosiguiendo los buenos principios que dio Cortés a esta plática, y aprovechándose de los deseos de acertar que manifestaron en su respuesta: pero sólo encontraban en ellos una docilidad de rendidos, más inclinada a recibir otro Dios, que a dejar alguno de los suyos. Oían con agrado, y deseaban al parecer hacerse capaces de lo que oían, pero apenas se hallaba la razón admitida de la voluntad, cuando volvía arrojada del entendimiento. Lo más que pudieron conseguir entonces los dos sacerdotes fue dejarlos bien dispuestos, y conocer que pedía más tiempo la obra de habilitar su rudeza, para entenderse mejor con su ceguedad.

El domingo por la mañana acudieron innumerables indios de toda aquella comarca a ver la fiesta de los cristianos, y hecha la bendición de los ramos con la solemnidad que se acostumbra, se distribuyeron entre los soldados, y se ordenó la procesión, a que asistieron todos con igual modestia y devoción: digno espectáculo de mejor concurso, y que tendría algo de mayor realce a vista de aquella infidelidad, como sobresale o resalta la luz en la oposición de las sombras, pero no dejó de influir algún género de edificación en los mismos infieles, pues decían a voces, según lo refirió después Aguilar: «gran Dios debe ser éste a quien se rinden tanto unos hombres tan valerosos». Erraban el motivo, y sentían la verdad.

Acabada la misa, se despidió Cortés del cacique y de todos los indios principales, y volviendo a renovar la paz con mayores ofertas y demostraciones de amistad, ejecutó su embarcación, dejando aquella gente, en cuanto al rey, más obediente que sujeta, y en cuanto a la religión, con aquella parte de salud, que consiste en desear o no resistir el remedio.

Capítulo XXI

Prosigue Hernán Cortés su viaje; llegan los bajeles a San Juan de Ulúa; salta la gente en tierra y reciben embajada de los gobernadores de Motezuma; dase noticia de quién era doña Marina

El lunes siguiente al Domingo de Ramos se hicieron a la vela nuestros españoles, y siguiendo la costa con las proas al Poniente, dieron vista a la provincia de Guazacoalco, y reconocieron, sin detenerse en el río de Banderas, la isla de Sacrificios y los demás parajes que descubrió y desamparó Juan de Grijalva, cuyos sucesos iban refiriendo con presunción de noticiosos los soldados que le acompañaron; y Cortés aprendiendo en la infelicidad de aquella jornada lo que debía enmendar en la suya, con aquel género de prudencia que se aprovecha del error ajeno. Llegaron finalmente a San Juan de Ulúa el Jueves Santo a mediodía, y apenas aferraron las naves entre la isla y la tierra buscando el resguardo de los nortes, cuando vieron salir de la costa más vecina dos canoas grandes que en aquella se llamaban piraguas, y en ellas algunos indios que se fueron acercando con poco recelo a la armada, y daban a entender con esta seguridad y con algunos ademanes, que venían de paz y con necesidad de ser oídos.

Puestos a poca distancia de la capitana empezaron a hablar en otro idioma diferente, que no entendió Jerónimo de Aguilar; y fue grande la confusión en que se halló Hernán Cortés, sintiendo como estorbo capital de sus intentos el hallarse sin intérprete cuando más le había menester; pero no tardó el cielo en socorrer esta necesidad (grande artífice de traer como casuales las obras de su providencia). Hallábase cerca de los dos aquella india que llamaremos ya doña Marina, y conociendo en los semblantes de entrambos lo que discurrían o lo que ignoraban, dijo en lengua de Yucatán a Jerónimo de Aguilar, que aquellos indios hablaban la mejicana, y pedían audiencia al capitán de parte del gobernador de aquella provincia. Mandó con esta noticia Hernán Cortés que subiesen a su navío, y cobrándose del cuidado que venía de su mano la felicidad de hallarse ya con instrumento, tan fuera de su esperanza, para darse a entender en aquella tierra tan deseada.

Era doña Marina, según Bernal Díaz del Castillo, hija de un cacique de Guazacoalco, una de las provincias sujetas al rey de Méjico, que partía sus términos con la de Tabasco, y por ciertos accidentes de su fortuna, que refieren con variedad los autores, fue transportada en sus primeros años a Xicalango, plaza fuerte que se conservaba entonces en los confines de Yucatán, con presidio mejicano. Aquí se crió pobremente, desmentida en paños vulgares su nobleza, hasta que declinando más su fortuna vino a ser, por venta o por despojo de guerra, esclava del cacique de Tabasco, cuya liberalidad la puso en el dominio de Cortés. Hablábase en Guazacoalco y en Xicalango el idioma general de Méjico, y en Tabasco el de Yucatán, que sabía Jerónimo de Aguilar, con que se hallaba doña Marina capaz de ambas lenguas, y decía a los indios en la mejicana lo que Aguilar a ella en la de Yucatán, durando Hernán Cortés en este rodeo de hablar con dos intérpretes hasta que doña Marina aprendió la castellana, en que tardó pocos días, porque tenía rara viveza de espíritu y algunos dotes naturales que acordaban la calidad de su nacimiento. Antonio de Herrera dice que fue natural de Xalisco, trayéndola desde muy lejos a Tabasco, pues está Xalisco sobre el otro mar, en lo último de la Nueva Galicia. Pudo hallarlo así en Francisco López de Gómara, pero no sabemos por qué se aparta en esto y en otras noticias más sustanciales de Bernal Díaz del Castillo, cuya obra manuscrita tuvo a la mano, pues le sigue y le cita en muchas partes de su historia. Fue siempre doña Marina fidelísima intérprete de Hernán Cortés, y él la estrechó en esta confidencia por términos menos decentes que debiera, pues tuvo en ella un hijo que se llamó don Martín Cortés, y se puso el hábito de Santiago, calificando la nobleza de su madre: reprensible medio de asegurarla en su fidelidad, que dicen algunos tuvo parte de política; pero nosotros creeríamos antes que fue desacierto de una pasión mal corregida, y que no es nuevo en el mundo el llamarse razón de estado la flaqueza de la razón.

Lo que dijeron aquellos indios cuando llegaron a la presencia de Cortés fue: «que Pilpatoe y Teutile, gobernador el uno, y el otro capitán general de aquella provincia por el grande emperador Motezuma, los enviaban a saber del capitán de aquella con qué intento había surgido en sus costas, y a ofrecerle el socorro y la asistencia de que necesitase para continuar su viaje». Hernán Cortés los agasajó mucho, dioles algunas bujerías, hizo que los regalasen con manjares y vino de Castilla; y teniéndolos antes obligados que atentos les respondió: «que su venida era tratar, sin género de hostilidad, materias muy importantes a su príncipe y a toda su monarquía, para cuyo efecto se vería con sus gobernadores, y esperaba hallar en ellos la buena acogida que el año antes experimentaron los de su nación». Y tomando algunas noticias por mayor de la grandeza de Motezuma, de sus riquezas y forma de gobierno, los despidió contentos y asegurados.

El día siguiente, Viernes Santo, por la mañana, desembarcaron todos en la playa más vecina, y mandó Cortés que se sacasen a tierra los caballos y la artillería, y que los soldados repartidos en tropas hiciesen fajina sin descuidarse con las avenidas, y fabricasen número suficiente de barracas en que defenderse del sol, que ardía con bastante fuerza. Plantóse la artillería en parte que mandase la campaña, y tardaron poco en hallarse todos debajo de cubierto, porque acudieron al trabajo muchos indios que envió Teutile con bastimentos y orden para que ayudasen en aquella obra; los cuales fueron de grande alivio, porque traían sus instrumentos de pedernal con que cortaban las estacas y fijándolas en tierra, entretejían con ellas ramos y hojas de palma, formando las paredes y el techo con presteza y facilidad: maestros en este género de arquitectura que usaban en muchas partes para sus habitaciones, y menos bárbaros en medir sus edificios con la necesidad de la naturaleza que los que fabrican grandes palacios para que viva estrechamente su vanidad. Traían también algunas mantas de algodón que acomodaron sobre las barracas principales para que estuviesen más defendidas del sol; y en la mejor de ellas ordenó Hernán Cortés que se levantase un altar, sobre cuyos adornos se colocó una imagen de nuestra Señora, y se puso una cruz grande a la entrada: prevención para celebrar la Pascua, y primera atención de Cortés en que andaba siempre su cuidado compitiendo con el de los sacerdotes. Bernal Díaz del Castillo asienta que se dijo misa en este mismo altar el mismo día de la desembarcación, no creemos que el padre fray Bartolomé de Olmedo y el licenciado Juan Díaz ignorasen que no se podía decir en Viernes Santo. Fíase muchas veces de su memoria con sobrada celeridad; pero más se debe extrañar que le siga, o casi le traslade en esto Antonio de Herrera: sería en ambos inadvertencia, cuyo reparo nos obliga menos a la corrección ajena que a temer, para nuestra enseñanza, las facilidades de la pluma.

Súpose de aquellos indios que el general Teutile se hallaba con número considerable de gente militar, y andaba introduciendo con las armas el dominio de Motezuma en unos lugares recién conquistados de aquel paraje, cuyo gobierno político estaba a cargo de Pilpatoe; y la demostración de enviar bastimentos, y aquellos paisanos que ayudasen en la obra de las barracas tuvo, según lo que se pudo colegir, algo de artificio, porque se hallaban asombrados y recelosos de haber entendido el suceso de Tabasco, cuya noticia se había divulgado ya por todo el contorno, y considerándose con menores fuerzas, se valieron de aquellos presentes y socorros para obligar a los que no podían resistir: diligencias del temor que suele hacer liberales a los que no se atreven a ser enemigos.

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