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Edicion 2017

Edición Web Limitada

Autora: Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1660 Informe de la rebelión de los indios de Tehuantepec

 

 

"[...] El caso fue de los más graves, más escandalosos y de peores consecuencias, que han sucedido en esta Nueva España, porque, llevados los indios de estas provincias de Tehuantepec del sentimiento que les ocasionaron las cargas y pensiones de repartimientos que les impuso don Juan de Avellón, su Alcalde Mayor, o porque la codicia humana le estimulase, o porque, como el vulgo feroz quiere dar a entender, usase del valimiento y mano poderosa de su dueño, el Virrey [sobre cuyos créditos las más veces cargan las culpas de los criados, sin que obste su malicia, cuando la opinión común imaginada las acredita por ciertas], trataron de matarle y a todos los españoles de esta villa, si se opusiesen a sus depravados intentos, señalando en sus juntas hora y día y las disposiciones que habían de tener con tal secreto, como el que acostumbraban en todas las cosas que se ofrecen entre ellos mismos [de que son observantes sin segundo], no porque tan heroica parte, en que consiste el más seguro acierto del deseo, la pueda prevenir el entendimiento que los asiste, sino por naturaleza de su nación.

Ejecutáronlo el lunes santo, veinte y dos de marzo del año pasado de 1660, entre las once y doce del día, siendo el señalado de su deterrninación el siguiente jueves santo, anticipándolo con ocasión de llevarle unas mantas mal hechas para provocar la irritación de su ánimo, sobre que mandó el alcalde mayor azotar a un alcalde del pueblo de la Mixtequilla [que está distante de esta villa una legua]; cuyos habitadores se acercaron a ella prevenidos y divididos en tropas, habiendo primero dado aviso de su anticipada aceleración a los del barrio de Santa María Yoloteca y otros conspirados, que, armados de piedras y palos empezarona desembarazarlas contra las Casas Reales, dejando corto el encarecimiento de condensadas nubes que, despidiendo gruesos granizos, acabaron la tempestad con repetidos rayos, que, disipadores de las gentes, asolaron la fábrica de los más fuertes edificios [tal era la furia de la plebe y tal la rabia que los movía]; concitándose los unos a los otros con la emulación del que más se aventajaba. Intrínsecamente le amenazó su muerte al alcalde mayor, porque este día le notaron de mañana, sobrescrito en el semblante, mortales señas de su fatal ruina; porque piadosamente previenen los cielos nuestros peligros, para que, impulsados del espíritu, conozcamos lo que no merecemos, patente.

Pusieron inmediatamente fuego a las dilatadas caballerizas, que ocupadas de diez y seis brutos, gemían su fatiga con bramidos que correspondían a los estallidos del voraz elemento que los consumía sin remedio; y viendo que las puertas de las Casas Reales, fuertes por su materia, se resistían cerradas, ocultándoles a quien buscaban denodados, aplicaron en los quicios repetidas llamas [cuyo humo de unas y otras puertas turbaron los elementos y aumentaron, entre confusos alaridos, horror a los vecinos y espanto a la tierra], sin dar lugar a que ninguno pudiese socorrer a su alcalde mayor, porque a un tiempo cogieron las calles, ocuparon las plazas, cercaron las casas de su habitación y ganaron las eminencias de los cerros, sobrando para cada cosa muchos indios e indias, que eran las peores y las más obstinadas, osadas y valientes pedreras como ellos, que sin resistencia obraban como brutos y peleaban como desesperados, hiriendo y matando, amenazando y lastimando a cuantos se les oponían; cuyo temor espantoso retirara a los más constantes varones, hallándose sin cabeza, ni órdenes que ejecutar, expuestos a la culpa de sus propios motivos.

Fatigado del incendio, ahogado de las resultas, y sin recurso de socorro, salió el alcalde mayor, como pudo, a la puerta más próxima de la plaza, embrazado de una rodela y armado de un cortador espadín, para ganar la iglesia, y apenas le reconocieron el designio, cuando con ardid alevoso le hicieron campo, como que temerosos y acobardados le dejaban salir, en cuya confianza arrojado, tuvo lastimoso fin su vida, porque, estando ya en medio de su carrera, fue alcanzado de una piedra que sobre el oído, cerca de la sien, compelida del brazo y tirano que la despidió, hizo puerta franca a los sesos, sin apartarse de ellos hasta la sepultura, sin que a tan duro golpe asegurase en sus iras el desfallecimiento que a la fuerza de sus repetidos palos acreditó su desconfianza, y por si quedase alguna duda, con su propio espadín la desvaneció totalmente el primero que, levantándolo del suelo, se lo envainó en los costados, rompiendo inhumano el cadáver pecho que insensible daba a los vivos la causa del dolor con sus heridas. [...]"

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: Genaro García, Tumultos y rebeliones acaecidos en México, México, Librería de la Vda. de Ch. Bouret, 1907, 261 +[2] p. (Documentos Inéditos o Muy Raros para la Historia de México publicados por Genaro García, 10).