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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1632 Relación del descubrimiento del Reino de la California, por el capitán y cabo Nicolás de Cardona (Fragmento)

 

La California es un reino extendido y largo, que no se le conoce fin, si no es por conjeturas geográficas y noticias demostrativas que lo señalan isla echada de norueste sueste, que hace un mar mediterráneo conyunto a la tierra de Nueva España, Galicia, Nueva Vizcaya y la incógnita contracosta de la Florida. Divídela un brazo de mar, que en distancia de cincuenta leguas es bermejo. Principia en altura de veinte y tres grados y un tercio, que es el cabo de San Lucas, y por él pasa el trópico de Cancro. Está por la parte de afuera, y desde éste al cabo Bermejo, que está por la parte de adentro, hay veinte leguas de rumbo de nordeste sudoeste. Continúase aquella costa de fuera, desde dicho cabo de San Lucas al noroeste, hasta altura de cuarenta y cuatro grados, que es la parte que hasta hoy se sabe estar descubierta. Es la costa brava, pero tiene muy buenos puertos, ríos, serranías nevadas, volcanes, muchos sitios llanos para sementeras, grandes y frondosas arboledas, innumerables aves de volatería, y diversas frutas. El temple es sanísimo, y el puerto que llaman de Monterrey, el mejor de aquella costa; y está en altura de treinta y ocho grados, y otros muchos, como por su planta se demuestra.

Desde la altura de cuarenta y cuatro grados, según las relaciones del general Sebastián Vizcaíno y del padre fray Antonio de la Ascensión, carmelita descalzo, que por orden del santo conde de Monterrey, virrey entonces en la Nueva España, salieron del puerto de Acapulco para hacer el descubrimiento de la California, pareció correr aquella tierra al nordeste, cuarta del este, siendo la costa desde el cabo de San Lucas hasta el cabo Blanco o Mendocino de norueste sueste, de manera que viene a declinar la tierra a la vuelta del este, y hasta hoy no se sabe a dónde va a parar.

Desde el otro cabo Bermejo, que es principio de la parte de adentro de la California, por el seno arriba corre de norueste sueste y casi de norte sur hasta treinta y cuatro grados de altura, paraje adonde llegué y descubrí por ambas costas así de la California como la incógnita de la Florida, como por la planta y demarcación del descubrimiento se puede ver.

Los antiguos y modernos que han escrito de este seno de la California, lo han considerado y consideran cerrado en altura de veinte y ocho grados, según parece por los mapas generales y cartas de marear de la costa del mar del Sur; y parece error, porque aquel seno o brazo de mar, va pasando continuadamente hacia la vuelta del norte, y desde los treinta y cuatro grados queda más mar por correr y tierra por andar; y es tan fondable aquel seno, que no le alcanza sonda; de suerte, que habiendo yo pasado de veinte y ocho grados adelante, y llegado a los treinta y cuatro, no hallando fondo y descubriendo a lo largo mar, bien probada queda mi opinión.

Coadyuvan a ella algunas relaciones que me dieron los capitanes Gerónimo Márquez, Francisco Vaca y otros que han bajado desde el Nuevo Méjico a la mar del Sur, en que dicen que salieron veinte y cuatro españoles debajo del gobierno de don Juan de Oñate, y fueron caminando casi docientas leguas hacia el poniente, y pasando los pueblos de Moqui, que están ochenta leguas del Real, de donde habían salido en altura de treinta y siete grados.

Llegaron al río Tizón, y en aquel paraje tomaron el sol, y se hallaron en treinta y seis grados y medio; y que fueron tras la corriente del río que iba hacia el sur, y llegaron hasta la mar; y en la parte que este río del Tizón sale, hace un famoso puerto; está en altura de treinta y cinco grados. Y a la parte del sur, está otro río que llaman del Coral, que su corriente viene de la parte del norte. Que en esta costa hallaron montones de conchas grandes de ostiones de perlas. Que por medio de los intérpretes que llevaban, tuvieron noticia de los naturales y moradores de la costa, que las perlas que dentro de estas conchas se criaban, eran grandes, señalando ser como buenas avellanas. Que les dijeron también, que en una isla que está en medio de aquella mar, hay una población famosa; y que es reina y gobernadora della, una muy alta mujer, que según señalaron, su altura es como de un gigante; y que ésta trae colgadas de la garganta, y que le cubren los pechos, muchas sartas trabadas unas con otras, a modo de gargantillas, destas perlas gordas. Y que la Reina suele hacer polvos dellas, y mezclar en las bebidas. Dijéronles también estos indios, que esta Reina o giganta tiene mucha plata; y que se la traen sus vasallos de la tierra de la California, que la sacan de unas sierras altas, que trepando por pegas, las sacan y cortan a pedazos, y se la llevan. Dicen más, que por lo que han visto de mar y tierra en este paraje, han colegido ser este brazo de la California, porque hasta allí llega la costa por el rumbo de norueste sueste, y que todos los que fueron a esta entrada son de parecer, que la mar del río del Tizón y la de la California es toda una.

Según esta relación, y lo que yo anduve y vi hasta los treinta y cuatro grados que no cerraba esta tierra; luego la California es isla muy grande; y que este seno o brazo de mar es el estrecho que llaman de Anian, tan deseado de ver y descubrir por su mucha importancia. La dicha tierra de la California, por la banda de adentro, es toda ella de grandes serranías dobladas y peladas, sin arboleda; al parecer quemadas, porque son todas de metales de plata; y los que se han llevado a Méjico y a otras partes a ensayar, han correspondido a quince o veinte onzas por quintal.

La costa de la mar, por la parte de adentro, en distancia de cien leguas, no se ve otra cosa que montes de ostias de perlas.

Una de las causas principales por que no se han sacado cantidad dellas, es porque los indios tienen librado su sustento en consumir estas ostias, sacarlas de la mar y entrarlas la tierra adentro por sustento y mercancía; y no las dejan criar; y es necesario quitarles el consumo dellas, por enseñarles a sembrar y criar ganados.

Los ostiales no son formados como lo fueron los de la isla de la Margarita y río de la Hacha, sino que en aquellos placeles se hallan las ostias a manchas, de veinte en veinte, más y menos. La causa es la que está dicha, si bien los granos de perlas que los indios comunican, son muy grandes, aunque quemados y rayados por medio, porque carecen de pulicía, y no los saben sacar si no es con fuego. Y en las hogueras donde ellos echan las ostias a asar, se han hallado muchos granos quemados de diferentes tamaños. Hállanse en toda esta costa y sus islas tan grandes rimeros de estas conchas de nácar vacías, que se pudieran cargar muchos navíos. Son del tamaño de un plato pequeño; llenas y enteras, pesarán a una y a dos libras.

Hay en la tierra de la California dos lagunas de sal naturales, que Dios proveyó allí para beneficio de las minas de plata; y si se trajinare a los reinos de la Nueva Vizcaya, Galicia y Nueva España, será de muy grande consideración para el aumento de la Real Hacienda, porque vale a cinco y a seis pesos el hanega, más y menos, conforme la distancia se llevare.

Toda la tierra cría unos árboles pequeños, que llaman mezquites, que echan una goma olorosa como incienso. Hay pita, hayas, ciruelas, palmas y otras frutas; mucho carrizoy manglares.

El puerto de la Paz, que es el mejor de California, está en altura de veinte y cinco grados. Allí se hizo alto por algunos días para inquirir y saber la calidad de la tierra y el de los naturales. Tiene muchas llanadas para sementeras, muy linda agua, y un estero que entra la tierra adentro seis leguas, para abrigo de las fragatas y barcos; mucho pescado y marisco. En este puerto de la Paz se plantó la cruz santísima de nuestra redención. La gente es apacible, fácil de reducir al Santo Evangelio. No se les ha conocido idolatría ni otro género, antes acudía gran suma de aquel gentío a oír misa, y se estaban con devoción, arrebatando de las manos de los soldados los rosarios, y con ellos se ponían de rodillas y hacían como que rezaban, queriendo imitar las acciones de nosotros.

La noticia que han dado estos indios de la tierra y su población, es que se gobiernan por rey y caciques, y que asisten la tierra adentro, lejos deste puerto, señalando hacia la parte del norte. Andan todos desnudos; las mujeres traen ceñidos de la cintura abajo unos ramales torcidos de algodón y plumas de pájaros. Sus armas son arcos y flechas y estólicas tostadas. Sus embarcaciones de tres haces de cañas delgadas, dos a los lados y uno enmedio, muy bien atados, de suerte que en cada una destas van dos personas. También tienen otro género de embarcaciones, que son tres palos clavados de lo mismo. En cada una sale un indio a pescar. Bogan a dos manos, con remo de dos palas. Tienen arpones de palo, anzuelos de carey tostado y cordeles de pita. Son grandes nadadores y buzos. El cabello traen largo y cogido; las orejas horadadas; andan embarnizados de negro y rojo, y se componen con muchas plumas de diferentes colores, y conchas de ostras labradas. Son amigos de correr y luchar; son corpulentos, fuertes, membrudos y sanos; no tienen mantenimiento de consideración, pulicía ni sementeras, porque es gente pescadora y holgazana, que se mudan de un sitio a otro conforme anda el cordumen del peje y cría de ostiones. Hay muchos neblíes, aves de volatería de todo género y de cantos muy sonoros; liebres, conejos y animales de cuatro pies, como son cabras montesas, leones, tigres, venados y algunas vacas cíbolas.

Prosiguiendo la costa arriba, se descubrieron más indios domésticos de la misma calidad que los del puerto de la Paz, que bajaban de unas serranías altas a la voz de los regalos que se les daban, y ellos reciben de buena gana. En este paraje, entré la tierra adentro dos leguas con cinco compañeros, con ánimo de descubrir algún lugar o rancherías; no di con ninguno; los indios se retiraban y algunos vinieron de paz.

Salí deste paraje, y llegué a altura de veinte y siete grados a una playa amena, por la necesidad que llevaba de agua. Desembarqué con treinta arcabuceros y dos perros alanos. Improvisamente nos salieron más de seiscientos indios con sus arcos y flechas, que habían comenzado a disparar la primer rociada. Salí herido, y les eché los dos perros; y como cosa que nunca habían visto, nos volvieron las espaldas; con lo cual los trujimos de paz, y otro día vinieron a oír misa con muchos dellos; a correr y luchar, que en estoy en pescar se ejercitan. A este paraje llegó el general Sebastián Vizcaíno a hacer agua, por no haberse llevado bien con los indios, o por algún desmán que tuvieron sus soldados con ellos. Al tiempo del embarcar le mataron treinta hombres, y se quedaron con la barca, que yo he visto algunos pedazos della en la playa, y tuve en mi mano cinco cabezas cristianas, que los indios tenían guardadas como memoria de su victoria. Pasé adelante a treinta grados, y desde allí vimos tierra a la otra banda, que es la contracosta de la Florida, en distancia de ocho o diez leguas a la vuelta del este. Atravesé para reconocerla, llegué a dar fondo en ella, hallé que era una isla grande, poblada de indios pescadores, desnudos; y las mujeres traían delanteras de gamuzas, de venado, y cuentas de vidrio en las gargantas y orejas. Deseosos de saber por dónde podrían tener comunicación, si con cristianos o con enemigos, les hicimos repreguntas, mas no pudimos alcanzar a saber cosa de fundamento, si bien conjeturamos que pasarían desde el Nuevo Méjico. Esta tierra estaba distante de la tierra firme una legua, y se comunicaban con los indios della, porque al cabo de tres días que me detuve en hacer agua y leña, habían acudido muchísima gente.

Tres días estuve en esta isla, y sobre tarde, me hice a la vela; y habiendo navegado cuatro leguas, por ser de noche y paraje desconocido, se dio fondo. En toda ella se oyeron unos aullidos, de tierra, que parecían de perros que guardaban ganado. Al amanecer, vimos una isla pequeña, blanca; tomé la barca con algunas personas, y fui a ella. Hallamos gran cantidad de lobos marinos; y tantos, que casi no podíamos llegar a tierra sin pasar por encima dellos. Matamos muchos, para sacar aceite para el embreado de las naos, que es maravilloso, y para alumbrar las lantias. Su Majestad podía ahorrar muchos ducados en las carenas que se dan a las naos de Filipinas, en el puerto de Acapulco, y navegando a Lima para las armadas, y a otras partes que con mucha facilidad se puede hacer, como siendo necesario se dirá más en forma. Este día, como a las dos de la tarde, vimos muchas humaredas en una playa de la Tierra Firme. Hacíanlas tan espesas y apriesa, que me obligaron a ir a ver lo que podía ser. Embarqueme en la chalupa con seis soldados, porque el barco grande o tartana que llevaba se había desaparecido la noche antes, y a cabo de dos meses pareció en Sinaloa. Habría cuatro leguas largas desde las naos a los humos. Habiendo llegado y desembarcado, hallé dos chicas hechas de cañas; el suelo estaba barrido y regado y colgadas muchas plumas de pájaros de varios colores. No había otra cosa. Pareciome que serían ranchos de pescadores. Un indio estaba allí, desnudo, si bien traía zapatos, a modo de abarcas, de piel de venado doblado, y no cesaba de bailar, desviado un trecho de nosotros. Hacía gran sol; y procuré con regalos traer al indio de paz; hízolo así, y preguntándole dónde estaban los compañeros, dio a entender que por la mañana vendrían, estando el sol sobre los montes; porque ellos no tienen otro reloj, ni más cuenta que conforme sube y baja. Considerose que aquellas humaredas que vimos, fueron muchas, y que un indio solo no las pudo haber hecho, mayormente sacando la lumbre con tanto trabajo, que es fregar un palo con otro. Por excusar inconvenientes, nos volvimos a embarcar a hora de las avemarías. Cogionos en la travesía gran tempestad de escurana, viento, truenos y aguaceros, que fueron los primeros que tuvimos al cabo de siete meses de navegación. Estuvimos a pique de ahogarnos, por habernos anegado la mar el barco, que fue necesario a toda priesa achicar el agua con los sombreros y con dos botijas quebradas. Arribamos a la isla grande que se ha dicho, por no poder montar. Reparamos la noche con harto silencio y trabajo, y al amanecer entramos la tierra dentro, y vimos muchos venados, palomas, liebres, perdices, tórtolas y mucha diversidad de aves; con lo cual, nos embarcamos para los navíos.

Hicimos a la vela, y desde esta costa de Tierra Firme, se iba pareciendo toda la tierra de la California, en distancia de ocho leguas, con unas serranías muy altas. Llegamos hasta treinta y cuatro grados a un puerto, que lo llamamos Santa Clara, y habiendo dado fondo en cuatro brazas, nos hallamos en seco; tales son las crecientes y menguantes de aquel paraje. No hallamos agua, aunque se hicieron infinitas diligencias y pozos. Vimos pájaros flamencos y medanos de arena, señal que vientan los nortes con rigor. Reconocimos infinidad de cerros de metales de plata. Desde este puerto parecía que la Tierra Firme se juntaba con la de la California; pero después de dado velas al viento y atravesado a la otra banda, se vio que la mar dividía las tierras, como adelante se verá en su pintura; por lo cual, imagino que éste sea el estrecho de Anian, o por lo menos, queda averiguado que la California es isla muy grande y no tierra firme. Cogíamos el invierno en esta altura. Los vientos y las tormentas eran muchas, la falta del bastimento y agua, mayor, y forzados de tantos enemigos, hubimos de dar la vuelta costeando la tierra de la Florida. Llegamos a veinte y ocho grados, en río que llaman de Mayo, doctrina de la Compañía de Jesús. La postrera tierra de paz que hay por aquella costa, a dos leguas la tierra adentro, está un pueblo grande, y congregados en él más de cuatro mil indios, que los administraba el padre Pedro Méndez, habiendo comido seis meses antes a su compañero y a dos soldados que llevaba de guarda.

Conocidamente estos padres de la Compañía de Jesús y de la seráfica Orden de San Francisco, a costa de sus vidas, han dilatado en aquellas tierras la doctrina del Santo Evangelio, pasando ochenta leguas más allá de Sinaloa, y granjeando mucha tierra y vasallos para aumento desta monarquía. Al pueblo dicho de Mayo fui, por haberme llamado el dicho padre Pedro Méndez por un papel que encarecidamente me pedía, poniéndome por delante el servicio de Dios y el del Rey nuestro señor, que llevase seis soldados con sus armas. Hícelo así; los indios como vieron soldados, y que estaban en la costa navíos, preguntaron al padre Méndez que a qué venía aquella gente; respondioles que el Rey nuestro señor les enviaba para castigarles el exceso de haber muerto a su compañero y soldados, y comídolos; pero si le daban palabra de enmendarse, y no hacerle mal, que los haría volver, y los disculparía con Su Majestad; con lo cual me volvía a embarcar, quedando esa tierra sujeta y de mejor condición. Navegué toda aquella costa hasta llegar a la isla de Maztlan, dejando en Sinaloa la fragata almiranta a tartana, para aderezar y invernar; y yo con la capitana iba al puerto de Acapulco, y en el paraje de Catatula me cogió el holandés, como ya queda dicho en su lugar.

Muchas noticias me dieron los indios de la California y los de tierra firme de la Florida, que hay una laguna muy grande con muchos pueblos al rededor, que tienen rey, que usa corona; y que desta laguna sacan mucha cantidad de oro. Formaban con arena unos hornillos para darnos a entender cómo lo refinaban. Enseñeles un candelero de azófar, y lo llegaron a la boca, y se rieron dello; y que hay gente barbada vestida que tiene caballos y arcabuces, que hay muchas ciudades torreadas, y una que llaman Quibira, que tiene rey, que es muy grande y populosa.

Verdaderamente excelentísimo señor, que si estas noticias que me han dado son verdaderas, como yo creo lo son, llega a ser esto una de las cosas mayores del mundo, y por ninguna parte se podía llegar a reconocer y sujetarlas, que por la California, y descubrir la navegación que hay para España, que será viaje muy breve. Lo que yo he visto della y considerado, hallo que por sí es una de las tierras más ricas del mundo, porque en ella hay plata, oro, perlas, incienso, salinas, vasallos domésticos que sólo falta hacer estimación deste reino, y poblar alguna parte dél; la que más conviniente fuere para el servicio de Su Majestad, y aumentar sus rentas reales, pues lo más está hecho, que es estar descubierto y reconocido; que además de lo mucho que promete la tierra, colléganse otras muchas correspondencias de reinos y aumentos para la monarquía de Su Majestad, que el tiempo lo irá sazonando y disponiendo todo a mayor facilidad.

Suplico humildemente a vuestra excelencia favorezca esta causa tan del servicio de Dios y de Su Majestad, mandando remitir su ejecución a donde con brevedad llegue a tener efecto, porque se puedan experimentar sus muchas riquezas, y se vea así mismo los medios tan suaves que doy, para que sin ninguna costa de Su Majestad se pueble el reino de la California, que con el amparo de vuestra excelencia, Dios Nuestro Señor lo encaminará como convenga a su santo servicio, etc.- Nicolás Cardona.- Hay una rúbrica.