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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1632 Historia verdadera de la conquista de la Nueva España

Bernal Díaz del Castillo

BERNAL DIAZ DEL CASTILLO, vecino y regidor de la muy leal ciudad de Santiago de Guatemala, uno de los primeros descubridores y conquistadores de la Nueva España y sus provincias, y Cabo de Honduras e Higueras, que en esta tierra así se nombra; natural de la muy noble e insigne villa de Medina del Campo, hijo de Francisco Díaz del Castillo, regidor que fué de ella, que por otro nombre le llamaban el Galán, y de María Diez Rejón, su legítima mujer, que hayan santa gloria: Por lo que a mi toca y a todos los verdaderos conquistadores, mis compañeros, que hemos servido a su majestad así en descubrir y conquistar y pacificar y poblar todas las provincias de la Nueva España, que es una de las buenas partes descubiertas del Nuevo Mundo, lo cual descubrimos a nuestra costa, sin ser sabidor de ello Su Majestad, y hablando aquí en respuesta de lo que han dicho y escrito. personas que no lo alcanzaron a saber, ni lo vieron, ni tener noticia verdadera de lo que sobre esta materia propusieron, salvo hablar a sabor de su paladar, por oscurecer si pudiesen nuestros muchos y notables servicios, porque no haya fama de ellos ni sean tenidos en tanta estima como son dignos de tener; y aun como la malicia humana es de tal calidad, no querrían los malos detractores que fuésemos antepuestos y recompensados como Su Majestad lo ha mandado a sus virreyes, presidentes y gobernadores; y dejando estas razones aparte, y porque cosas tan heroicas como adelante diré no se olviden, ni más las aniquilen, y claramente se conozcan ser verdaderas, y porque se reprueben y den por ninguno los libros que sobre esta materia han escrito, porque van muy viciosos y oscuros de la verdad; y porque haya fama memorable de nuestras conquistas, pues hay historias de hechos hazañosos que ha habido en el mundo, justa cosa es que estas nuestras tan ilustres se pongan entre las muy nombradas que han acaecido. Pues a tan excesivos riesgos de muerte y heridas, y mil cuentos de miseria, pusimos y aventuramos nuestras vidas, así por la mar descubriendo tierras que jamás se había tenido noticia de ellas, y de día y de noche batallando con multitud de belicosos guerreros; y tan apartados de Castilla, sin tener socorro ni ayuda ninguna, salvo la gran misericordia de Dios nuestro Señor, que es el socorro verdadero, que fué servido que ganásemos la Nueva España y la muy nombrada y gran ciudad de Tenuztitlán México, que así se nombra, y otras muchas ciudades y provincias, que por ser tantas aquí no declaro sus nombres; y después que las tuvimos pacificadas y pobladas de españoles, como muy buenos y leales vasallos y servidores de Su Majestad somos obligados a nuestro rey y señor natural, con mucho acato se las enviamos a dar y entregar con nuestros embajadores a Castilla, y desde allí a Flandes, donde Su Majestad en aquella sazón estaba con su corte. Y pues tantos bienes como adelante diré han redundado de ello, y conversión de tantos cuentos de ánimas que se han salvado y que cada día se salvan, que de antes iban perdidas al infierno; y demás de esta santa obra, tengan atención a las grandes riquezas que de estas partes enviamos en presentes a Su Majestad, y han ido y van cotidianamente, así de los quintos reales y lo que llevan otras muchas personas de todas suertes; digo que haré esta relación, quién fué el primero descubridor de la provincia de Yucatan y cómo fuimos descubriendo la Nueva España, y quiénes fueron los capitanes y soldados que lo conquistamos y poblamos, y otras muchas cosas que sobre las tales conquistas pasamos, que son dignas de saber y no poner en olvido, lo cual diré lo más breve que pueda y sobre todo con muy cierta verdad, como testigo de vista.

Y si hubiese de decir y traer a la memoria, parte por parte. los heroicos hechos que en las conquistas hicimos cada uno de los valerosos capitanes y fuertes soldados que desde el principio en ellas nos hallamos, fuera menester hacer un gran libro para declararlo como conviene, y un muy afamado coronista que tuviera otra más clara elocuencia y retórica en el decir, que estas mis palabras tan mal propuestas para poderlo intimar tan altamente como merece, según adelante verán en lo que está escrito; mas en lo que yo me hallé y vi y entendí y me acordare, puesto que no vaya con aquel ornato tan encumbrado y estilo delicado que se requiere, yo lo escribiré con ayuda de Dios con recta verdad, allegándome al parecer de los sabios varones, que dicen que la buena retórica y pulidez en lo que escribieren es decir verdad, y no sublimar y decir lisonjas a unos capitanes y abajar a otros, en especial en una relación como ésta que siempre ha de haber memoria de ella. Y porque yo no soy latino, ni sé del arte de marear ni de sus grados y alturas, no trataré de ello; porque como digo, no lo sé, salvo en las guerras y batallas y pacificaciones como en ellas me hallé, porque yo soy el que vine desde la isla de Cuba de los primeros, en compañía de un capitán que se decía Francisco Hernández de Córdoba; trajimos de aquel viaje ciento y diez soldados; descubrimos lo de Yucatán y nos mataron, en la primera tierra que saltamos, que se dice la Punta de Cotoche, y en un pueblo más adelante que se llamaba Champotón, más de la mitad de nuestros compañeros; y el capitán salió con diez flechazos y todos los más soldados a dos y a tres heridas. Y viéndonos de aquel arte, hubimos de volver con mucho trabajo a la isla de Cuba, a donde habíamos salido con el armada. Y el capitán murió luego en llegando a tierra, por manera que de los ciento y diez soldados que veníamos quedaron muertos los cincuenta y siete.

Después de estas guerras volví segunda vez, desde la misma isla de Cuba, con otro capitán que se decía Juan de Grijalva; y tuvimos otros grandes rencuentros de guerra con los mismos indios del pueblo de Champotón, y en estas segundas batallas nos mataron muchos soldados; y desde aquel pueblo fuimos descubriendo la costa adelante hasta llegar a la Nueva España, y pasamos hasta la provincia de Pánuco. Y otra vez hubimos de volver a la isla de Cuba muy destrozados y trabajosos, así de hambre como de sed, y por otras causas que adelante diré en el capítulo que de ello se tratare. Y volviendo a mi cuento, vine la tercera vez con el venturoso y esforzado capitán don Hernando Cortés, que después, el tiempo andando, fué marqués del Valle y tuvo otros dictados. Digo que ningún capitán ni soldado pasó a esta Nueva España tres veces arreo, una tras otra, como yo: por manera que soy el más antiguo descubridor y conquistador, que ha habido ni hay en la Nueva España, puesto que muchos soldados pasaron dos veces a descubrir, la una con Juan de Grijalva, ya por mi memorado, y otra con el valeroso Hernando Cortés: mas no todas tres veces arreo, porque si vino al principio con Francisco Hernández de Córdoba, no vino la segunda con Grijalva, ni la tercera con el esforzado Cortés.

Y Dios ha sido servido de guardarme de muchos peligros de muerte, así en este trabajoso descubrimiento como en las muy sangrientas guerras mexicanas; y doy a Dios muchas gracias y loores por ello, para que diga y declare lo acaecido en las mismas guerras; y, demás de esto, ponderen y piénsenlo bien los curiosos lectores, que siendo yo en aquel tiempo de obra de veinte y cuatro años, y en la isla de Cuba el gobernador de ella, que se decía Diego Velázquez, deudo mío, me prometió que me darla indios de los primeros que vacasen, y no quise aguardar a que me los diesen; siempre tuve celo de buen soldado, que era obligado a tener, así para servir a Dios y a nuestro rey y señor, y procurar de ganar honra, como los nobles varones deben buscar la vida, e ir de bien en mejor. No se me puso por delante la muerte de los compañeros que en aquellos tiempos nos mataron, ni las heridas que me dieron, ni fatigas ni trabajos que pasé y pasan los que van a descubrir tierras nuevas, como nosotros nos aventuramos, siendo tan pocos compañeros, entrar en tan grandes poblaciones llenas de multitud de belicosos guerreros. Siempre fui adelante y no me quedé rezagado en los muchos vicios que había en la isla de Cuba, según más claro verán en esta relación, desde el año de quinientos catorce que vine de Castilla y comencé a militar en lo de Tierra Firme y a descubrir lo de Yucatán y Nueva España. Y como mis antepasados y mi padre y un mi hermano siempre fueron servidores de la Corona Real y de los Reyes Católicos, don Fernando y doña Isabel, de muy gloriosa memoria, quise parecer en algo a ellos; y en aquel tiempo, que fué año de mil quinientos catorce, como declarado tengo, vino por gobernador de Tierra Firme un caballero que se decía Pedrarias Dávila, acordé de venirme con 61 a su gobernación y conquista. Y por acortar palabras no diré lo acaecido en el viaje, sino que unas veces con buen tiempo y otras con contrario, llegamos a el Nombre de Dios, porque así se llama.

Desde a tres o cuatro meses que estábamos poblados, dió pestilencia, de la cual se murieron muchos soldados, y demás de esto todos los más adolecíamos y se nos hacían unas malas llagas en las piernas. Y también había diferencias entre el mismo gobernador con un hidalgo que en aquella sazón estaba por capitán y había conquistado aquella provincia, el cual se decía Vasco Núñez de Balboa, hombre rico, con quien Pedrarias Dávila casó una su hija, que se decía dona tulana Arias de Peñalosa, y después que la hubo desposado, según pareció y sobre sospechas que tuvo del yerno se le quería alzar con copa de soldados, para irse por la Mar del Sur, y por sentencia le mandó degollar, y hacer justicia de ciertos soldados. Y desde que vimos lo que dicho tengo y otras revueltas entre sus capitanes, y alcanzamos a saber que era nuevamente poblada y ganada la isla de Cuba, y que estaba en ella por gobernador un hidalgo que se decía Diego Velázquez, natural de Cuéllar, ya otra vez por mí memorado, acordamos ciertos caballeros y personas de calidad, de los que habíamos venido con Pedrarias Dávila, de demandarle licencia para irnos a la isla de Cuba, y él nos la dió de buena voluntad, porque no tenía necesidad de tantos soldados como los que trajo de Castilla, para hacer guerra, porque no había qué conquistar, que todo estaba de paz, que Vasco Núñez de Balboa, su yerno de Pedrarias, lo había conquistado y la tierra de suyo es muy corta. Pues desde que tuvimos la licencia nos embarcamos en un buen navío y con buen tiempo llegamos a la isla de Cuba, y fuimos a hacer acato al gobernador, y él se holgó con nosotros y nos prometió que nos daría indios, en vacando.

Y como se habían ya pasado tres años así, en lo que estuvimos en Tierra Firme e isla de Cuba, y no habíamos hecho cosa ninguna que de contar sea, acordamos de juntarnos ciento y diez compañeros de los que habíamos venido a Tierra Firme y de los que en la isla de Cuba no tenían indios, y concertamos con un hidalgo que se decía Francisco Hernández de Córdoba, que ya le he nombrado otra vez y era hombre rico y tenía pueblo de indios en aquella isla, para que fuese nuestro capitán porque era suficiente para ello, para ir a nuestra ventura a buscar y descubrir tierras nuevas para en ellas emplear nuestras personas. Y para aquel efecto compramos tres navíos, los dos de buen porte y el otro era un barco que hubimos del mismo gobernad Diego Velázquez, fiado, con condición que primero que nos lo désenos habíamos de obligar que habíamos de ir con aquellos tres navíos a unas isletas que estaban entre la isla de Cuba y Honduras, que ahora se llama, las islas de los Guanaxes, y que habíamos de ir de guerra y cargar los navíos de indios de aquellas islas, para pagar con indios el barco, para servirse de ellos por esclavos. Y desde que vimos los soldados que aquello que nos pedía el Diego Velázquez no era justo, le respondimos que lo que decía no lo manda Dios ni el rey, que hiciésemos a los libres esclavos. Y desde que supo nuestro intento, dijo que era mejor que no el suyo, en ir a descubrir tierras nuevas, que no lo que él decía, y entonces nos ayudó con cosas para la armada. Hanme preguntado ciertos caballeros curiosos que para qué escribo estas palabras que dijo Diego Velázquez sobre vendernos su navío, porque parecen feas y no habían de ir en esta historia. Digo que las pongo porque así conviene por los pleitos que nos puso Diego Velázquez y el obispo de Burgos, arzobispo de Rosano, que se decía don Juan Rodríguez de Fonseca.

Y volviendo a nuestra materia, y desde que nos vimos con tres navíos y matalotaje de pan cazabe, que se hace de unas raíces, y compramos puercos, que costaban a tres pesos, porque en aquella sazón no había en la isla de Cuba vacas ni carneros, porque entonces se comenzaba a poblar, y con otros mantenimientos de aceite, y compramos cuentas y cosas de rescate de poca valía, y buscamos tres pilotos, que el más principal y el que regía nuestra armada se decía Antón de Alaminos, natural de Palos, y el otro se decía Camacho de Triana, y el otro piloto se llamaba Juan Alvarez el Manquilla, natural de Huelva; y asimismo recogimos los marineros que habíamos menester y el mejor aparejo que pudimos haber, así de cables y maromas y guindalezas y anclas, y pipas para llevar agua, y todas otras maneras de cosas convenientes para seguir nuestro viaje, y esto todo a nuestra costa y mención. Y después que nos hubimos recogido todos nuestros soldados, fuimos a un puerto que se dice y nombra en lengua de indios Axaruco, en la banda del norte, y estaba ocho leguas de una villa que entonces tenían poblada que se decía San Cristóbal, que desde ha dos años la pasaron adonde ahora está poblada la Habana.

Y para que con buen fundamento fuese encaminada nuestra armada, hubimos de haber un clérigo que estaba en la misma villa de San Cristóbal, que se decía Alonso González, el cual se fué con nosotros; y además de esto, elegimos proveedor a un soldado que se decía Bernardino Iñiguez, natural de Santo Domingo de la Calzada, para que si Dios nos encaminase a tierras ricas y gente que tuviese oro o plata, o perlas, u otras cualesquier riquezas, hubiese entre nosotros persona que guardase el real quinto. Y después de todo esto concertado y oído misa, encomendándonos a Dios Nuestro Señor y a la Virgen Santa Maria Nuestra Señora, su bendita Madre, comenzamos nuestro viaje de la manera que diré.

COMO DESCUBRIMOS LA PROVINCIA DE YUCATAN

EN OCHO DIAS DEL MES de febrero del año de mil quinientos diez y siete salimos de la Habana, del puerto de Axaruco, que es en la banda del norte, y en doce días doblamos la punta de Santo Antón, que por otro nombre en la isla de Cuba se llama Tierra de los Guanahataveyes, que son unos indios como salvajes. Y doblada aquella punta y puestos en alta mar, navegamos a nuestra ventura hacia donde se pone el so, sin saber bajos ni corrientes ni qué vientos suelen señorear en aquella altura, con gran riesgo de nuestras personas, porque en aquella sazón nos vino una tormenta que duró dos días con sus noches, y fué tal que estuvimos para perdernos; y desde que abonanzó, siguiendo nuestra navegación, pasados veintiún días que habíamos salido del puerto, vimos tierra, de que nos alegramos y dimos muchas gracias a Dios por ello. La cual tierra jamás se había descubierto, ni se había tenido noticia de ella hasta entonces, y desde los navíos vimos un gran pueblo que, al parecer, estaría de la costa dos leguas, y viendo que era gran poblazón y no habíamos visto en la isla de Cuba ni en la Española pueblo tan grande, le pusimos por nombre el Gran Cairo. Y acordamos que con los dos navíos de menos porte se acercasen lo más que pudiesen a la costa, para ver si habría fon do para que pudiésemos anclar junto a tierra; y una mañana, que fueron cuatro de marzo, vimos venir diez canoas muy grandes, que se dicen piraguas, llenas de indios naturales de aquella poblazón, y venían a remo y vela. Son canoas hechas a manera de artesas, y son grandes y de maderos gruesos y cavados de arte que están huecos; y todas son de un madero. y hay muchas de ellas en que caben cuarenta indios.

Quiero volver a mi materia. Llegados los indios con las diez canoas cerca de nuestros navíos, con señas de paz que les hicimos, y llamándoles con las manos y capeando para que nos viniesen a hablar, porque entonces no teniamos lenguas que entendiesen la de Yucatán y mexicana, sin temor ninguno vinieron, y entraron en la nao capitana sobre treinta de ellos, y les dimos a cada uno un sartalejo de cuentas verdes, y estuvieron mirando por un buen rato los navíos. Y el más principal de ellos, que era cacique, dijo por serias que se quería tornar en sus canoas e irse a su pueblo; que para otro dia volverían y traerían más canoas en que saltásemos en tierra. Y venían estos indios vestidos con camisetas de algodón como jaquetas, y cubiertas sus vergüenzas con unas mantas angostas, que entre ellos llaman masteles; y tuvímoslos por hombres de más razón que a los indios de Cuba, porque andaban los de Cuba con las vergüenzas de fuera, excepto las mujeres, que traían hasta los muslos unas ropas de algodón que llamaban naguas.

Volvamos a nuestro cuento. Otro día por la mañana volvió el mismo cacique a nuestro navío y trajo doce canoas grandes, ya he dicho que se dicen piraguas, con indios remeros, y dijo por señas, con muy alegre cara y muestras de paz, que fuésemos a su pueblo y que nos darían comida y lo que hubiésemos menester, y que en aquellas sus canoas podíamos saltar en tierra; y entonces estaba diciendo en su lengua: Cones cotoche, cones cotoche, que quiere decir: Andad acá, a mis casas, y por esta causa pusimos por nombre a aquella tierra Punta de Cotoche, y así está en las cartas de marear. Pues viendo nuestro capitán y todos los demás soldados los muchos halagos que nos hacia aquel cacique, fue acordado que sacásemos nuestros bateles de los navíos y en el uno de los pequeños y en las doce canoas saltásemos en tierra, todos de una vez, porque vimos la costa toda llena de indios que se habían juntado, de aquella población; y así salimos todos de la primera barcada. Y cuando el cacique nos vió en tierra y que no íbamos a su pueblo, dijo otra vez por señas al capitán que fuésemos con él a sus casas, y tantas muestras de paz hacía que, tomando el capitán consejo para ello, acordóse por todos los demás soldados que con el mejor recaudo de armas que pudiésemos llevar fuésemos. Y llevamos quince ballestas y diez escopetas, y comenzamos a caminar por donde el cacique iba con otros muchos indios que le acompañaban. Y yendo de esta manera, cerca de unos montes breñosos comenzó a dar voces el cacique para que saliesen a nosotros unos escuadrones de indios de guerra que tenía en celada para matarnos; y a las voces que dio, los escuadrones vinieron con gran furia y presteza y nos comenzaron a flechar, de arte que de la primera rociada de flechas nos hirieron quince soldados; y traían armas de algodón que les daba a las rodillas, y lanzas y rodelas, y arcos y flechas, y hondas y mucha piedra, y con sus penachos; y luego, tras las flechas, se vinieron a juntar con nosotros pie con pie, y con las lanzas a manteniente nos hacían mucho mal. Mas quiso Dios que luego les hicimos huir, como conocieron el buen cortar de nuestras espadas y de las ballestas y escopetas; por manera que quedaron muertos quince de ellos.

Y un poco más adelante donde nos dieron aquella refriega esraba una placeta y tres casas de cal y canto, que eran cues y adoratorios donde tenían muchos ídolos de barro, unos como caras de demonios, y otros como de mujeres, y otros de otras malas figuras, de manera que al parecer estaban haciendo sodomías los unos indios con los otros; y dentro, en las casas, tenían unas patenillas de medio oro y lo más cobre, y unos pinjantes y tres diademas y otras piecezuelas de pescadillos y ánades de la tierra; y todo de oro bajo. Y después que lo hubimos visto, así el oro como las casas de cal y canto, estábamos muy contentos porque habíamos descubierto tal tierra; porque en aquel tiempo no era descubierto el Perú ni aun se descubrió de ahí a veinte años. Y cuando estábamos batallando con los indios, el clérigo González, que iba con nosotros, se cargó de las arquillas e ídolos y oro, y lo llevó al navío. Y en aquellas escaramuzas prendimos dos indios, que después que se bautizaron se llamó el uno Julián y el otro Melchor, y entrambos eran traslabados de los ojos. Y acabando aquel rebato nos volvimos a los navíos y seguimos la costa adelante descubriendo hacia donde se pone el sol, y después de curados los heridos dimos velas. Y lo que más pasó, adelante lo diré.

COMO SEGUIMOS LA COSTA ADELANTE HACIA EL PONIENTE. DESCUBRIENDO PUNTAS Y BAJOS Y ANCONES Y ARRECIFES

CREYENDO QUE ERA ISLA, como nos lo certificaba el piloto Antón de Alaminos, íbamos con muy gran tiento, de día navegando y de noche al reparo, y en quince días que fuimos de esta manera vimos desde los navíos un pueblo, y al parecer algo grande; y había cerca de él gran ensenada y bahía. Creímos que habría río o arroyo donde pudiésemos tomar agua, porque teníamos gran falta de ella, a causa de las pipas y vasijas que traíamos, que no venían estancas; porque como nuestra armada era de hombres pobres, y no teníamos oro cuanto convenía para comprar buenas vasijas y cables, faltó el agua y hubimos de saltar en tierra junto al pueblo, y fué un domingo de Lázaro, y a esta causa pusimos a aquel pueblo por nombre Lázaro, y así está en las cartas de marear; y el nombre propio de indios se dice Campeche. Pues para salir todos de una barcada acordamos de ir en el navío más chico y en los tres bateles con nuestras armas, no nos acaeciese como en la Punta de Cotoche. Y porque en aquellos ancones y bahías mengua mucho la mar, y por esta causa, dejamos los navíos anclados más de una legua de tierra y fuimos a desembarcar cerca del pueblo. Y estaba allí un buen pozo de agua, donde los naturales de aquella población bebían, porque en aquellas tierras, según hemos visto, no hay ríos, y sacamos las pipas para henchirlas de agua y volvernos a los navíos. Y ya que estaban llenas y nos queríamos embarcar, vinieron del pueblo obra de cincuenta indios, con buenas mantas de algodón y de paz, y a lo que parecía debían de ser caciques, y nos dicen por señas que qué buscábamos, y les dimos a entender que tomar agua e irnos luego a los navíos, y nos señalaron con las manos que si venían os de donde sale el sol, y decían: Casrilan, castilan, y no miramos en lo de la plática del castilan.

Y después de estas pláticas nos dijeron por señas que fuésemos con ellos a su pueblo, y estuvimos tomando consejo si iríamos o no, y acordamos con buen concierto de ir muy sobre aviso. Y lleváronnos a unas casas muy grandes, que eran adoratorios de sus ídolos y bien labradas de cal y canto, y tenían figurado en unas paredes muchos bultos de serpientes y culebras grandes, y otras pinturas de ídolos de malas figuras, y alrededor de uno como altar, lleno de gotas de sangre. En otra parte de los ídolos tenían unos como a manera de señales de cruces, y todo pintado, de lo cual nos admiramos como cosa nunca vista ni oída. Y según pareció en aquella sazón habían sacrificado a sus ídolos ciertos indios para que les diesen victoria contra nosotros, y andaban muchas indias riéndose y holgándose, y al parecer muy de paz; y como se juntaban tantos indios, temimos no hubiese alguna zalagarda como la pasada de Cotoche. Y estando de esta manera vinieron otros muchos indios, que traían muy ruines mantas, cargados de carrizos secos y los pusieron en un llano, y luego, tras éstos, vinieron dos escuadrones de indios flecheros, con lanzas y rodelas, y hondas y piedras, y con sus armas de algodón, y puestos en concierto y en cada escuadrón su capitán, los cuales se apartaron poco trecho de nosotros; y luego en aquel instante salieron de otra casa, que era su adoratorio de ídolos, diez indios que traían las ropas de mantas de algodón largas, que les daban hasta los pies, y eran blancas, y los cabellos muy grandes, llenos de sangre revuelta con ellos, que no se pueden desparcir n; aun peinar si no se cortan; los cuales indios eran sacerdotes de ídolos, que en la Nueva España comúnmente se llaman papas, y así los nombraré de aquí adelante. Y aquellos papas nos trajeron sahumerios, como a manera de resina, que entre ellos llaman copal, y con braseros de barro llenos de ascuas nos comenzaron a sahumar y por señas nos dicen que nos vamos de sus tierras antes que aquella leña que allí tienen junta se ponga fuego y se acabe de arder; si no, que nos darán guerra y matarán. Y luego mandaron pegar fuego a los carrizos y se fueron los papas, sin más nos hablar. Y los que estaban apercibidos en los escuadrones para darnos guerra comenzaron a silbar y a tañer sus bocinas y atabalejos. Y desde que los vimos de aquel arte y muy bravos, y de lo de la Punta de Cotoche aún no teníamos sanas las heridas, y aun se nos habían muerto dos soldados, que echamos a la mar, y vimos grandes escuadrones de indios sobre nosotros, tuvimos temor y acordamos con buen concierto de irnos a la costa, y comenzamos a caminar por la playa adelante, hasta llegar cerca de un peño que está en la mar. Y los bateles y el navío chico fueron la costa tierra a tierra con las pipas y vasijas de agua, y no nos osamos embarcar junto al pueblo donde habíamos desembarcado, por el gran número de indios que allí estaban aguardándonos. porque tuvimos por cierto que al embarcar nos darían guerra.

Pues ya metida nuestra agua en los navíos y embarcados, comenzamos a navegar seis días con sus noches con buen tiempo, y volvió un norte, que es travesía en aquella costa, que duró cuatro días con sus noches, que estuvimos para dar al través; que tan recio temporal había que nos hizo anclar, y se nos quebraron dos cables, que iba ya garrando el un navío. ¡Oh en qué trabajo nos vimos, en ventura de que si se quebraba el cable íbamos a la costa perdidos. y quiso Dios que se ayudaron con otras maromas y guindalezas! Pues ya reposado el tiempo, seguimos nuestra costa adelante, llegándonos a tierra cuanto podíamos para tornar a tomar agua, que, como ya he dicho, las pipas que traíamos no venían estancas, sino muy abiertas, y no había regla en ello, y como íbamos costeando creíamos que doquiera que saltásemos en tierra la tomaríamos de jagueyes o pozos que cavaríamos. Pues yendo nuestra derrota adelante, vimos desde los navíos un pueblo, y antes de él, obra de una legua hacia una ensenada, que parecía río o arroyo, y acordamos de surgir; y como en aquella costa mengua mucho la mar y quedan muy en seco los navíos, por temor de ello surgimos.

Tomando nuestra agua, vinieron por la costa muchos escuadrones de indios del pueblo de Potochan, que así se dice, con sus armas de algodón que les daba a la rodilla, y arcos y flechas, y lanzas, y rodelas, y espadas que parecen de a dos manos, y hondas y piedras, y con sus penachos, de los que ellos suelen usar: las caras pintadas de blanco y prieto y enalmagrado; y venían callando. Y se vienen derechos a nosotros, como que nos venían a ver de paz, y por señas nos dijeron que si veníamos de donde sale el sol, y respondimos por señas que de donde sale el sol veníamos. Y paramos entonces en las mientes y pensar qué podía ser aquella plática que nos dijeron ahora y habían dicho los de Lázaro; mas nunca entendimos al fin lo que decían. Sería cuando esto pasó, y se juntaron, a la hora de las avemarías; y como en tales casos suele acaecer, unos dicen uno y otros dicen otro, hubo parecer de todos los más compañeros que si nos íbamos a embarcar, como eran muchos indios, darían en nosotros y habría riesgo en nuestras vidas, y otros éramos de acuerdo que diésemos esa noche en ellos, que, como dice el refrán, que quien acomete, vence; y también nos pareció que para cada uno de nosotros había sobre doscientos indios.

Y estando en estos conciertos amaneció, y dijimos unos soldados a otros que estuviésemos con corazones muy fuertes para pelear y encomendándolo a Dios y procurar de salvar nuestras vidas. Ya de día claro vimos venir por la costa muchos más indios guerreros, con sus banderas tendidas, y penachos y atambores, y se juntaron con los primeros que habían venido la noche antes; y luego hicieron sus escuadrones y nos cercaron por todas partes, y nos dan tales rociadas de flechas y varas, y piedras tiradas con hondas, que hirieron sobre ochenta de nuestros soldados, y se juntaron con nosotros pie con pie, unos con lanzas y otros flechando, y con espadas de navajas, que parece que son de hechura de dos manos, de arte que nos traían a mal andar, puesto que les dábamos muy buena prisa de estocadas y cuchilladas, y las escopetas y ballestas que no paraban, unas tirando y otras armando. Ya que se apartaron algo de nosotros, desde que sentían las grandes cuchilladas y estocadas que les dábamos, no era lejos, y esto fué por flecharnos y tirar a terreno a su salvo. Y cuando estábamos en esta batalla y los indios se apellidaban, decían: Al calachuni, calachuni, que en su lengua quiere decir que arremetiesen al capitán y le matasen; y le dieron diez flechazos, y a mí me dieron tres, y uno de ellos fué bien peligroso, en el costado izquierdo, que me pasó lo hueco, y a todos nuestros soldados dieron grandes lanzadas, y a dos llevaron vivos, que se decía el uno Alonso Boto y otro era un portugués viejo. Y viendo nuestro capitán que no bastaba nuestro buen pelear, y que nos cercaban tantos escuadrones. y que venían muchos más de refresco del pueblo y les traían de comer y beber y mucha flecha, y nosotros todos heridos a dos y a tres flechazos, y tres soldados atravesados los gaznates de lanzadas, y el capitán corriendo sangre de muchas partes, ya nos habían muerto sobre cincuenta soldados, y viendo que no teníamos fuerzas para sustentarnos ni pelear contra ellos, acordamos con corazones muy fuertes romper por medio sus batallones y acogernos a los bateles que...teníamos en la costa, que estaban muy a mano, el cual fué buen socorro. Y hechos todos nosotros un escuadrón, rompimos por ellos; pues oír la grita y silbos y voceria y prisa que nos daban de flechazos y a manteniente con sus lanzas, hiriendo siempre en nosotros.

Pues otro daño tuvimos: que como nos acogimos de golpe a los bateles y éramos muchos, no nos podíamos sustentar e íbamos a fondo, y como mejor pudimos, asidos a los bordes y entre dos aguas, medio nadando, llegamos al navío de menos porte, que ya venia con gran prisa a socorrernos; y al embarcar hirieron muchos de nuestros soldados, en especial a los que iban asidos a las popas de los bateles, y les tiraban al terreno, y aun entraban en la mar con las lanzas y daban a manteniente, y con mucho trabajo quiso Dios que escapamos con las vidas de poder de aquellas gentes. Pues ya embarcados en los navíos, hallamos que faltaban sobre cincuenta soldados, con los dos que llevaron vivos, y cinco echamos en la mar de ahí a pocos días, que se murieron de las heridas y de gran sed que pasábamos. Y estuvimos peleando en aquellas batallas obras de una hora. Llámase este pueblo Potonchan, y en las cartas de marear le pusieron por nombre los pilotos y marineros Costa de Mala Pelea. Y después que nos vimos en salvo de aquellas refriegas, dimos muchas gracias a Dios. Pues cuando nos curábamos los soldados las heridas se quejaban algunos de ellos del dolor que sentían, que como se habían resfriado y con e agua salada, estaban muy hinchados, y ciertos soldados maldecían al piloto Antón de Alaminos y a su viaje y descubrimiento de la isla, porque siempre porfiaba que no era tierra firme. Donde lo dejaré y diré cómo acordamos de volvernos a la isla de Cuba y tuvimos grandes trabajos hasta llegar al puerto de la Habana, que en otro tiempo Puerto de Carenas se solía llamar. Y cuando nos vimos en tierra dimos muchas gracias a Dios.

Volvamos a decir de nuestra llegada a la Habana, que luego tomó el agua de la capitana un buzo portugués que estaba en aquel puerto. Y escribimos a Diego Velázquez, gobernador, muy en posta, haciéndole saber que habíamos descubierto tierras de grandes poblaciones y casas de cal y canto, y las gentes naturales de ellas traían vestidos de ropa de algodón y cubiertas sus vergüenzas y tenían oro y labranzas de maizales, y otras cosas que no me acuerdo. Y nuestro capitán, Francisco Hernández, se fué desde allí por tierra a una villa que se decía Santispiritus, donde era vecino y donde tenía sus indios, y como iba mal herido, murió de allí a diez días. Y todos los más soldados nos fuimos cada uno por su parte, por la isla adelante. Y en la Habana se murieron tres soldados de las heridas, y nuestros navíos fueron al puerto de Santiago, donde estaba el gobernador, y después que hubieron desembarcado los dos indios que hubimos en la Punta de Cotoche, que se decían Melchorejo y Julianillo, y sacaron el arquilla con las diademas y anadejos y pescadillos y otras pecezuelas de oro, y también muchos ídolos, sublimábanlo de arte, que en todas las islas, así de Santo Domingo y en Jamaica y aun en Castilla hubo gran fama de ello, y decían que otras tierras en el mundo no se habían descubierto mejores. Y como vieron tos ídolos de barro y de tantas maneras de figuras, decían que eran de los gentiles. Otros decían que eran de los judíos que desterró Tito y Vespasiano de Jerusalén, y que los echó por la mar adelante en ciertos navíos que habían aportado en aquella tierra. Y como en aquel tiempo no era descubierto el Perú ni se descubrió de ahí a veinte años, tenían se en mucho. Pues otra cosa preguntaba Diego Velázquez a aquellos indios: que si había minas de oro en su tierra, y por señas a todo le dan a entender que si. Y les mostraron oro en polvo, y decían que habla mucho en su tierra, y no le dijeron verdad, porque claro está que en la Punta de Cotoche, ni en todo Yucatán, no hay minas de oro ni de plata. Y asimismo les mostraban los montones donde ponen las plantas de cuyas raíces se hace el pan cazabe, llámase en la isla de Cuba yuca, y los indios decían tlati por la tierra en que las plantaban; por manera que yuca con tlati quiere decir Yucatán, y para decir esto decíanles los españoles que estaban con Velázquez, hablando juntamente con los indios: "Señor, dicen estos indios que su tierra se dice Yucatlán". Y así se quedó con este nombre, que en su lengua no se dice así.

Dejemos esta plática y diré que todos los soldados que fuimos en aquel viaje a descubrir gastamos la pobreza de hacienda que teníamos, y heridos y empeñados volvimos a Cuba; y cada soldado se fué por su parte, y el capitán luego murió. Estuvimos muchos días curando las heridas, y por nuestra cuenta hallamos que murieron cincuenta y siete; y esta ganancia trajimos de aquella entrada y descubrimiento. Y Diego Velázquez escribió a Castilla, a los señores oidores que mandaban en el Real Consejo de Indias, que él lo había descubierto y gastado en descubrirlo mucha cantidad de pesos de oro, y así lo decía y publicaba don Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos y arzobispo de Rosano, porque así se nombraba, porque era presidente del Consejo de Indias, y lo escribió a Su Majestad a Flandes, dando mucho favor en sus cartas a Diego Velázquez, y no hizo memoria de nosotros que lo descubrimos. Y quedarse ha aquí.

COMO DIEGO VELAZQUEZ. GOBERNADOR DE LA ISLA DE CUBA. ORDENO DE ENVIAR UNA ARMADA A LAS TIERRAS QUE DESCUBRIMOS. Y FUE CAPITAN GENERAL DE ELLA UN HIDALGO QUE SE DECÍA JUAN DE GRIJALVA. PARIENTE DEL DICHO GOBERNADOR VELAZQUEZ. Y OTROS TRES CAPITANES QUE MAS ADELANTE DIRE SUS NOMBRES

EN EL AÑO DE MIL QUINIENTOS diez y ocho, viendo el gobernador de Cuba la buena relación de las tierras que descubrimos, que se dice Yucatán, acordó de enviar una armada, y para ella se buscaron cuatro navíos; los dos fueron de los tres que llevamos con Francisco Hernández, y los otros dos navíos compró Diego Velázquez nuevamente de sus dineros. Y en aquella sazón que ordenaba la armada, halláronse presentes en Santiago de Cuba, donde residía Velázquez, un Juan de Grijalva y un Alonso Dávila, y Francisco de Montejo y Pedro de Alvarado, que habían ido a ciertos negocios con el gobernador, porque todos tenían encomiendes de indios en la misma isla y eran hombres principales. Concertóse que Juan de Grijalva, que era deudo de Diego Velázquez, viniese por capitán general, y que Alonso Dávila viniese por capitán de un navío, y Pedro de Alvarado de otro, y Montejo de otro; por manera que cada uno de estos capitanes puso bastimentos y matalotaje de pan cazabe y tocinos, y Diego Velázquez puso los cuatro navíos y cierto rescate de cuentas y cosas de poca valía y otras menudencias de legumbres.

Y entonces me mandó Diego Velázquez que viniese con aquellos capitanes por alférez, y como había fama de las tierras que eran ricas y había en ellas casas de cal y canto, y el indio Julia, dijo que llevamos de la Punta de Cotoche decía que había oro, tomaron mucha voluntad y codicia los vecinos y soldados que no tenían indios en la isla de venir a estas tierras, por manera que de presto nos juntamos doscientos y cuarenta compañeros. y pusimos cada uno de la hacienda que teníamos para matalotaje y armas y cosas que convenían.

Ya que estábamos recogidos todos nuestros soldados, y dadas las instrucciones que los pilotos habían de llevar y las señas de los faroles para de noche, y después de haber oido misa, en ocho días del mes de abril del año de quinientos diez y ocho dimos vela, y en diez días doblamos la Punta de Guaniguanico, que por otro nombre se llama de San Anton, y dentro de diez días que navegamos vimos la isla de Cozumel, que entonces la descubrimos, porque deseaueron les navíos con las corrientes más bajo que cuando vinimos con Francisco Hernández de Córdoba. Yendo que íbamos boiando la isla por la banda del sur, vimos un pueblo de pocas casas, y allí cerca, buen surgidero y limpio de arrecifes, saltamos en tierra con el capitán buena copia de soldados. Y los naturales de aquel pueblo se habían ido huyendo desde que vieron venir el navío a la vela, porque jamás habían visto tal. y los soldados que saltamos a tierra hallarnos en unos maizales dos viejos que no podían andar, y los trajimos al capitán; y con los indios Julianillo y Melchorejo. que trajimos cuando lo de Francisco Hernández, que entendían muy bien aquella lengua, les habló, porque su tierra de ellos y aquella isla de Cozumel no hay de travesía de lo uno a lo otro sino obra de cuatro leguas. y todo es una lengua. Y el capitán halagó a los dos viejos que les dió unas contezuelas, y les envió a llamar a los caciques de aquel pueblo; y fueron y nunca volvieron.

Pues estándoles aguardando, vino una india moza, de buen parecer, y comenzó a hablar en la lengua de la isla de Jamaica, y dijo que todos los indios e indias de aquel pueblo se habían ido huyendo a los montes, de miedo. Y como muchos de nuestros soldados y yo entendimos muy bien aquella lengua, que es como la propia de Cuba, nos admiramos de verla y le preguntamos que cómo estaba allí, y dijo que habría dos años que dio al través con una canoa grande. en que iban a pescar desde la isla de Jamaica a unas isletas diez indios jamaicanos, y que las corrientes les echó en aquella tierra, y mataron a su marido y a todos los más indios jamaicanos, sus compañeros, y que luego los sacrificaron a los ídolos. Y el capitán, como vió que la india sería buena mensajera, envió con ella a llamar a los indios y caciques de aquel pueblo y dióla de plazo dos días para que volviese; porque los indios Julianillo y Melchorejo tuvimos temor que si se apartaban de nosotros que se irían fa su tierra que está cerca; y a esta causa no osábamos enviarlos a llamar con ellos. Pues volvamos a la india de Jamaica; que la respuesta que trajo, que no quería venir ningún indio por más palabras que Ies decía. Pusimos nombre a este pueblo Santa Cruz, porque fué día de Santa Cruz cuando en él entramos. Había en él muy buenos colmenares de miel y buenas batatas y muchos puercos de la tierra, que tienen sobre el espinazo el ombligo. Había en Nél tres pueblos; este donde desembarcamos era el mayor, y los otros pueblezuelos más chicos estaban en cada punta de la isla el suyo. Y esto yo la vi y anduve cuando volví por tercera vez con Cortés; y tendrá de bojo esta isla obra de dos leguas. Y volvamos a decir que como el capitán Juan de Grijalva vió que era perder tiempo estar allí esperando, mandó que nos embarcásemos, y la india de Jamaica se fue con nosotros, y seguimos nuestro viaje, por las derrotas pasadas cuando lo de Francisco Hernández.

DE COMO LLEGAMOS AL RIO DE TABASCO, QUE LE LLAMAN RIO DE GRIJALVA. Y DE LO QUE ALLI NOS AVINO

NAVEGANDO COSTA A COSTA la via del poniente, y nuestra navegación era de día, porque de noche no osábamos por temor de bajos y arrecifes, a cabo de tres dias vimos una boca de río muy ancha y llegamos cerca de tierra con los navíos; parecía un buen puerto, y como nos fuimos acercan vimos reventar los bajos antes de entrar en el río, y allí sacamos los bateles y con la sonda en la mano hallamos que no podían entrar en el puerto los dos navíos de mayor porte. Fué acordado que anclasen fuera, en la mar, y con los otros dos navíos, que demandaban menos agua, que con ellos y con los bateles fuésemos todos los soldados el río arriba, por causa que vimos muchos indios estar en canoas en las riberas, y tenían arcos y flechas y todas sus armas, según y de la manera de Champotón, por donde entendimos que había por allí algún pueblo grande; y también porque viniendo como veníamos navegando costa a costa, habíamos visto echadas nasas con que pescaban en la mar, y aun a dos de ellos se les tomó el pescado con un batel que traíamos a jorro de la capitana. Este rio se llama de Tabasco porque el cacique de aquel pueblo se decía Tabasco, y como lo descubrimos en este viaje y Juan de Grijalva fue el descubridor, se le nombra río de Grijalva, y así está en las cartas de marear.

Tornemos a nuestra relación; que ya que llegábamos obra de media legua del pueblo, bien oímos el gran rumor de cortar madera de que hacían grandes mamparos y fuerzas y palizadas y aderezarse para darnos guerra, por muy cierta; y desde que aquello sentimos, desembarcamos en una punta de aquella tierra, adonde había unas palmeras, que será del pueblo media legua, y desde que nos vieron entrar vinieron obra de cincuenta canoas con gente de guerra, y traían arcos, flechas y armas de algodón, rodelas y lanzas, y sus tambores y penachos. Y estaban entre los esteros otras muchas canoas llenas de guerreros, y estuvieron algo apartados de nosotros, que no osaron llegar como los primeros. Y desde que los vimos de aquel arte, estábamos para tirarles con los tiros y con las escopetas y ballestas, y quiso Nuestro Señor que acordamos de llamarlos; con Julianillo y Melchorejo, que sabían muy bien de aquella lengua, se les dijo que no hubiesen miedo, que les queríamos hablar cosas que desde que las entendiesen habrían por buena nuestra llegada allí y a sus casas; y que les queríamos dar de las cosas que traíamos. Y como entendieron la plática, vinieron cerca de nosotros cuatro canoas, y en ellas obra de treinta indios, y luego se les mostró sartalejos de cuentas verdes y espejuelos y diamantes azules. Y desde que lo vieron parecía que estaban de mejor semblante, creyendo que era chalchiuites, que ellos tienen en mucho.

Entonces el capitán les dijo, con las lenguas Julianillo y Melchorejo, que veníamos de lejas tierras y éramos vasallos de un emperador que se dice don Carlos, el cual tiene por vasallos a muchos grandes señores y caciques, y que ellos le deben tener por señor, y que les iría muy bien en ello, y que a trueque de aquellas cuentas nos den comida y gallinas. Y respondieron dos de ellos, que el uno era principal y el otro papa, que son como sacerdotes que tienen cargo de los ídolos, que ya he dicho otras veces que papas los llaman en Nueva España, y dijeron que darían el bastimento que decíamos y trocarían de sus cosas a las nuestras, y en lo demás, que señor tienen, y que ahora veníamos y sin conocerlos ya les queríamos dar señor, y que mirásemos no les diésemos guerra como en Potonchán, porque tenían aparejados sobre tres xiquiples de gente de guerra, de todas aquellas provincias, contra nosotros; son cada xiquipil ocho mil hombres. Y dijeron que bien sabrán que pocos días había que habíamos muerto y herido más de doscientos hombres en Potonchan, y que ellos no son de tan pocas fuerzas como fueron los otros, y por esta causa habían venido a hablar para saber nuestra voluntad, y aquellas palabras que les decíamos que se las irían a decir a los caciques de muchos pueblos que están juntos para tratar guerra o paces. Y luego el capitán les abrazó en señal de paz y les dió unos sartalejos de cuentas y les mandó que volviesen con la respuesta con brevedad, y que si no venían, que por fuerza habíamos de ir a su pueblo, y no para enojarlos.

Y aquellos mensajeros que enviamos hablaron con los caciques y papas, que también tienen voto entre ellos, y dijeron que eran buenas las paces y traer comida; y que entre todos ellos y los más pueblos comarcanos se buscaría luego un presente de oro para darnos y hacer amistades, no les acaezca como a los de Potonchan. Y lo que yo vi y entendí después el tiempo andando, en aquellas provincias y otras tierras de la Nueva España se usaba enviar presentes cuando se tratan paces, como adelante verán. Y en aquella punta de los palmares donde estábamos vinieron otro día sobre treinta indios, y entre ellos el cacique, y trajeron pescado asado y gallinas, y frutas de zapote y pan de maíz, y unos braseros con ascuas y con sahumerios y nos sahumaron a todos; y luego pusieron en el suelo unas esteras, que en esta tierra llaman petate, y encima una manta, y presentaron ciertas joyas de oro, que fueron unas como diademas y ciertas joyas como hechura de ánades, como las de Castilla, y otras joyas como lagartijas, y tres collares de cuentas vaciadizas, y otras cosas de oro de poco valor, que no valían doscientos pesos, y más trajeron unas mantas, y camisetas de las que ellos usan, y dijeron que recibamos aquello de buena voluntad, y que no tienen más oro que nos dar; que adelante, hacia donde se pone el sol, hay mucho; y decían: Colúa, colúa, y Mexico, Mexico, y nosotros no sabíamos qué cosa era colúa ni aun México. Y puesto que no valía mucho aquel presente que trajeron, tuvimoslo por bueno por saber cierto que tenían oro. Y desde que lo hubieron presentado, dijeron que nos fuésemos luego adelante. Y el capitán Juan de Grijalva les dio gracias por ello, y cuentas verdes, y fué acordado de irnos luego a embarcar, porque estaban a mucho peligro los dos navíos, por temor del norte, que es travesía, y también por acercarnos a donde decían que había oro.

COMO SEGUIMOS LA COSTA ADELANTE, HACIA DONDE SE PONE EL SOL, Y LLEGAMOS AL RIO QUE LLAMAN DE BANDERAS, Y LO QUE EN EL PASO QUE DIRE ADELANTE

VUELTOS A EMBARCAR, SIGUIENDO la costa adelante, de allí a dos días vimos un pueblo junto a tierra que se dice el Ayagualulco. Y andaban muchos indios de aquel pueblo por la costa, con unas rodelas hechas coltconcha de tortuga, que relumbran con el sol que daba en ellas, y algunos de nuestros soldados porfiaban que eran de oro bajo. Y los indios que las traían iban haciendo pernetas, como burlando de los navíos, como ellos estaban en salvo, por los arenales y costa adelante. Y pusimos por nombre a este pueblo La Rambla, y así está en las cartas de marear. Y yendo más adelante, costeando, vimos una ensenada, donde se quedó el río de Tonalá.

Volvamos a nuestra plática. Pues como vió el general que no traían más oro que rescatar y había seis días que estábamos allí y los navíos corrían riesgo, por ser travesía el norte y nordeste, nos mandó embarcar. Y corriendo la costa adelante, vimos una isleta que bañaba la mar y tenía la arena blanca y estaba, al parecer, obra de tres leguas de tierra; y pusímosle nombre isla Blanca. y así está en las cartas de marear. Y no muy lejos de esta isleta blanca vimos otra isla que tenía muchos árboles verdes y estaba de la costa cuatro leguas, y pusímosle por nombre isla Verde. Y yendo más adelante vimos otra isla algo mayor que las demás, y estaría de tierra obra de legua y media, y allí enfrente de ella había buen surgidero. Y mandó el general que surgiésemos. Y echados los bateles en el agua, fué Juan de Grijalva, con muchos tramos en el, y le pusimos nombre de río de Santo Antón, y así está en las cartas de marear. Y yendo más adelante, navegando, vimos adónde quedaba el paraje del gran río de Guazacalco, y quisiéramos entrar en la ensenada, por saber qué cosa era, si no por ser el tiempo contrario. Y luego se parecieron las grandes sierras nevadas que en todo el año están cargadas de nieve, y también vimos otras sierras que están más junto a la mar, que se llaman de San Martin. Y pusímosle este nombre porque el primero que las vió desde los navíos fué un soldado que se decía San Martín y era vedno de la Habana, que iba con nosotros.

Y navegando nuestra costa delante, el capitán Pedro de Alvarado se adelantó con su navío y entró en un río que en nombre de indios se dice Papaloaba, y entonces le pusimos nombre río de Alvarado, porque entró en é1 el mismo Alvarado. Allí le dieron pescado unos indios pescadores, que eran naturales de un pueblo que se dice Tacotalpa. Estuvímosle aguardando en el paraje del río donde entró con todos tres navíos hasta que salió de él; y a causa de haber entrado en el río sin licencia del general, se enojó mucho con él, y le mandó que otra vez no se adelantase de la armada porque no le viniese algún contraste en parte donde no le pudiésemos ayudar. Y luego navegamos con todos cuatro navíos en conserva hasta que llegamos en paraje de otro río, que le pusimos por nombre río de Banderas, porque estaban en él muchos indios con lanzas grandes y en cada lanza una bandera de manta grande revolándola y llamándonos, como que parecía era señal de paz, que fuésemos adonde estaban. Y desde que vimos desde los navíos cosas tan nuevas, nos admiramos, y para saber qué podían ser fué acordado por el general con todos los más capitanes que echásemos dos bateles en el agua y que saltasen en ellos todos los ballesteros y escopeteros y veinte soldados de los más sueltos y prestos, y que Francisco de Montejo fuese con nosotros, y que si viésemos que era gente de guerra los que estaban con las banderas, que de presto se lo hiciésemos saber, o otra cualquiera cosa que fuese. Y en aquella sazón quiso Dios que hacía bonanza en aquella costa, lo cual pocas veces suele acaecer, y como llegamos en tierra hallamos tres caciques, que el uno de ellos era gobernador de Montezuma, y con muchos indios de su servicio. Y tenían allí gallinas de la tierra y pan de maíz, de lo que ellos suelen comer, y frutas que eran pifias y zapotes, que en otras partes Ilaman a los zapotes mameyes. Y estaban debajo de una sombra de árboles y puestas esteras en el suelo, y allí, por señas, nos mandaron sentar, porque Julianillo, el de la punta de Cotoche, no entendía aquella lengua, que es mexicana, y luego trajeron braseros de barro con ascuas y nos sahuman con una como resina.

El capitán Montejo lo hizo saber todo lo aquí memorado al general, y como lo supo acordó de surgir con todos los navíos. Y saItó en tierra con los capitanes y soldados. Y desde que aquellos caciques y gobernadores le vieron en tierra y entendieron que era el capitán general de todos, a su usanza le hicieron gran acato, y él les hizo muchas quericias y les mandó dar diamantes azules y cuentas verdes, y por señas les dijo que trajesen oro a trocar a nuestros rescates. Lo cual luego el indio gobernador mandó a sus indios que de todos los pueblos comarcanos trajesen de las joyas de oro que tenían a rescatar, y en seis días que allí estuvimos trajeron más de diez y seis mil pesos en joyezuelas de oro bajo y de mucha diversidad de hechuras.

Dejemos esto y pasemos adelante. Y es que tomamos posesión en aquella tierra por Su Majestad, y después de esto hecho habló el general a los indios diciendo que se querían embarcar, y les dió camisas de Castilla. Y de allí tomamos un indio, que llevamos en los navíos, el cual después que entendió nuestra lengua, se volvió cristiano y se llamó Francisco, y después le vi casado con una india de nosotros los soldados, a ver la isleta, porque había humos en ella, y hallarnos dos casas hechas de cal y canto, bien labradas, y en cada casa unas gradas, por donde subían a unos como altares, y en aquellos altares tenían unos ídolos de malas figuras, que eran sus dioses. Y allí hallarnos sacrificados de aquella noche cinco indios, y estaban abiertos por los pechos y cortados los brazos y los muslos, y las paredes de las casas llenas de sangre. De todo lo cual nos admiramos en gran manera, y pusimos nombre a esta isleta de Sacrificios, y así está en las cartas de marear. Y allí enfrente de aquella isla saltamos todos en tierra y en unos arenales grandes que allí hay, adonde hicimos ranchos y chozas con rama y con las velas de los navíos, habían venido y allegádose en aquella costa muchos indios que traían a rescatar oro hecho piecezuelas, como en el río de Banderas. Y según después supimos, lo mandó el gran Montezuma que viniesen con ello, y los indios que lo traían estaban temerosos, y era muy poco; por manera que luego el capitán mandó que los navíos alzasen anclas y diesen velas y fuésemos a surgir enfrente de otra isleta que estaba obra de media legua de tierra. Y esta isleta es donde ahora es el puerto de la Veracruz. obra de media legua de tierra. Y diré también lo que allí nos avino.

COMO LLEGAMOS A AQUELLA ISLETA QUE AHORA SE LLAMA SAN JUAN DE ULUA, Y A QUE CAUSA SE LE PUSO AQUEL NOMBRE. Y DE LO QUE ALLI NOS ACONTECIO

DESEMBARCAMOS EN UNOS arenales, hicimos chozas encima de ríos más altos médanos de arena, que los hay por allí grandes, por causa de los mosquitos, que había muchos. Y con los bateles sondaron muy bien el puerto y hallaron que con el abrigo de aquella isleta estarían seguros los navios del norte y había buen fondo. Y hecho esto fuimos a la isleta con el general treinta soldados bien apercibidos en dos bateles, y hallamos una casa de adoratorios, donde estaba un ídolo muy grande y feo, el cual le llamaban Tezcatepuca, y, acompañándole, cuatro indios con mantas prietas muy largas, con capillas que quieren parecer a las que traen los dominicos o los canónigos. Y aquellos eran sacerdotes de aquel ídolo. que comúnmente en la Nueva España llamaban papas, como ya lo he memorado otra vez. Y tenían sacrificados de aquel día dos muchachos, y abiertos por los pechos, y los corazones y sangre ofrecidos (a aquel maldito ídolo. Y aquellos sacerdotes nos venían a sahumar con lo que sahumaron aquel su Tezcatepuca, porque en aquella sazón que llegamos lo estaban sahumando con uno que huele a incienso, y no consentimos que tal sahumerio nos diesen: antes tuvimos muy gran lástima de ver muertos aquellos dos muchachos, y ver tan grandísima crueldad. Y el general preguntó al indio Francisco, por mi memorado y que trajimos del río de Banderas. que parecía algo entendido, por qué hacían aquello: y esto se lo decía medio por señas, porque entonces no teníamos lengua ninguna, como ya otra vez he dicho, porque Julianillo y Melchorejo no entendían la mexicana. Y respondió el indio Francisco que los de Culúa los mandaban sacrificar; y como era torpe de lengua, decía: Ultia, Ulúa, y como nuestro capitán estaba presente y se llamaba Juan, y era por San Juan de junio. pusimos por nombre a aquella isleta San Juan de Ulúa; y este puerto es ahora muy nombrado y están hechos en él grandes mamparos para que estén seguros los navíos para mar del norte, y alli vienen a desembarcar las mercaderías de Castilla, para México y Nueva España.

Volvamos a nuestro cuento. Que como estábamos en aquellos arenales vinieron indios de pueblos comarcanos a trocar su oro de joyas a nuestros rescates; mas era tan poco lo que traían y de poca valía, que no hacíamos cuenta de ello. Y estuvimos siete días de la manera que he dicho. y con los muchos mosquitos que había no nos podíamos valer, y viendo que el tiempo se nos pasaba en balde, y teniendo ya por cierto que aquellas tierras no eran islas, sino tierra firme, y que había grandes pueblos y mucha multitud de indios, y el pan cazabe que traíamos muy mohoso, y sucio de fátulas, y amargaba, y los soldados que allí veníamos no éramos bastantes para poblar, cuanto más que faltaban ya trece soldados que se habían muerto de las heridas, y estaban otros cuatro dolientes. y viendo todo esto por mí ya dicho, fue acordado que lo enviásemos a hacer saber a Diego Velázquez, para que nos enviase socorro, porque Juan de Grijalva muy gran voluntad tenía de poblar con aquellos pocos soldados que con él estábamos. y siempre mostró ánimo de muy valeroso y esforzado capitán, y no como lo escribe el coronista Gómara. Pues para hacer aquella embajada acordamos que fuese el capitán Pedro de Alvarado en un navío muy bueno que se decía San Sebastián, y fue asi acordado por dos cosas: lo uno porque Juan de Grijalva ni los demás capitanes no estaban bien con el, por la entrada que hizo con su navío en el río de Papalote, que entonces le pusimos por nombre río de Alvarado, y lo otro porque había venido a aquel viaje de mala gana y medio doliente. Y también se concertó que llevase todo el oro que se había rescatado, y ropa de mantas, y los dolientes: y los capitanes escribieron a Diego Velázquez cada uno lo que les pareció. Y luego se hizo a la vela, y fué la vuelta de la isla de Cuba, adonde lo dejaré ahora, así a Pedro de Alvarado y a su viaje. y diré cómo Diego Velázquez envió en nuestra busca a un Cristóbal de Olid, persona de valía y muy esforzado, y éste es el que fué maestre de campo cuando lo de Cortés. Y mandó Diego Velázquez que siguiese la derrota de Francisco Hernández de Córdoba, hasta topar con nosotros. Y Cristóbal de Olid, yendo su viaje en nuestra busca y estando surto cerca de tierra, en lo de Yucatón, le dió un recio temporal, y por no anegarse sobre las amarras, el piloto que traía mandó cortar los cables y perdió las anclas, y se volvió a Santiago de Cuba, donde estaba Diego Velázquez. Y desde que vió que no tenia nuevas de nosotros, si pensativo estaba antes que enviase a Cristóbal de Olid, muy mal lo estuvo después que lo vió volver sin recaudo. Y en esta sazón llegó el capitán Pedro de Alvarado a Cuba con el oro y ropa y dolientes y con entera relación de lo que habíamos descubierto. Y desde que el gobernador vió el oro que llevaba el capitán Pedro de Alvarado, que como estaba en joyas parecía mucho más de lo que era, y estaban con Diego Velázquez acompañándole muchos vecinos de la villa y de otras partes. que venían a negocios, y después que los oficiales del rey tomaron el real quinto. de lo que venía a Su Majestad, estaban todos espantados de cuán ricas tierras habíamos descubierto, porque el Perú no se descubrió de ahí a veinte años, y como Pedro de Alvarado se lo sabía muy bien platicar, dizque no hacia Diego Velázquez sino abrazarle, y en ocho días tener gran regocijo y jugar cañas. Y si mucha fama tenían antes de ricas tierras, ahora, con este oro, se sublimó mucho más en todas las islas y en Castilla, como adelante diré. Y dejaré a Dieoo Velazquez haciendo fiestas y volveré a nuestros navíos, que estábamos en San Tuan de Ulúa, y allí acordamos que fuésemos descubriendo más la costa adelante hasta la provincia de Pánuco.

Y luego se tomó consejo sobre lo que se había de hacer. y fué acordado que diésemos la vuelta a la isla de Cuba.

También quiero decir cómo quedaron los indios de aquella provincia muy contentos, y luego nos embarcamos y vamos la vuelta de Cuba, y en cuarenta y cinco días, unas veces con buen tiempo y otras con contrario, llegamos a Santiago de Cuba, donde estaba Diego Velázquez, y 61 nos hizo buen recibimiento; y desde que vió el oro que traíamos, que serían cuatro mil pesos, y lo que trajo primero Pedro de Alvarado, sería por todo veinte mil; otros decían que eran más. Y los oficiales de Su Majestad sacaron el real quinto. Y también trajeron las seiscientas hachas que creímos que eran de oro bajo, y cuando las vieron estaban tan mohosas y, en fin, como cobre que era. Y allí Hubo bien que reir y decir de la burla y el rescate. Y el gobernador estaba muy alegre, puesto que pareció que no estaba bien con el pariente Grijalva, y no tenía razón, sino que Francisco de Montejo y Pedro de Alvarado, que no estaban bien con Grijalva, y también Alonso Dávila ayudó de mala. Y cuando esto pasó ya había otras pláticas para enviar otra armada y sobre quién elegirían por capitán. Y dejemos esto aparte, y diré cómo Diego Velázquez envió a España para que Su Majestad le diese licencia para rescatar y conquistar y poblar y repartir las tierras que hubiese descubierto, y a esta causa envió un su capellán que se decía Benito Martín, hombre de negocios, a Castilla, con probanzas y cartas para don Juan Rodriguez de Fonseca, obispo de Burgos y arzobispo de Rosano, que así se nombraba, y para el licenciado Luis Zapata, y para el secretario Lope de Conchillos, que en aquella sazón entendían en las cosas de Indias, y Diego Velázquez les era gran servidor, en especial del mismo obispo, y les dió pueblos de indios en la misma isla de Cuba, que les sacaban oro de las minas; y hacían mucho por las cosas de Diego Velázquez. Y en aquella sazón estaba Su Majestad en Flandes.

COMO VINIMOS CON OTRA ARMADA A LAS TIERRAS NUEVAS DESCUBIERTAS, Y POR CAPITAN DE LA ARMADA EL VALEROSO Y ESFORZADO HERNANDO CORTES. QUE DESPUES DEL TIEMPO ANDANDO FUE MARQUES DEL VALLE Y DE LAS CONTRARIEDADES QUE TUVO PARA ESTORBARLE QUE NO FUESE CAPITAN EL DICHO DON HERNANDO

DESPUES QUE LLEGO A CUBA el capitán Juan de Grijalva, ya por mi memorado. y visto el gobernador Diego Velázquez que eran las tierras ricas, ordenó de enviar una buena armada, muy mayor que las de antes; y para ello tenía ya a punto diez navíos en el puerto de Santiago de Cuba, donde Diego Velázquez residía; los cuatro de ellos eran en los que volvimos con Juan de Grijalva, porque luego les hizo dar carena, y los otros seis recogieron de toda la isla y los hizo proveer

de bastimento, que era pan cazabe y tocinos, porque en aquella sazón no había en la isla de Cuba ganado vacuno ni carneros, porque era nuevamente poblada. Y este bastimento no era más que para hasta llegar a la Habana, porque allí habíamos de hacer todo el matalotaje como lo hicimos. Y dejemos de hablar en esto y diré las diferencias que hubo para elegir capitán.

Para ir aquel viaje hubo muchos debates y contrariedades, porque ciertos hidalgos decían que viniese por capitán un Vasco Porcallo, pariente del conde de Feria, y temióse Diego Velázquez que se le alzaría con la armada, porque era atrevido; otros decían que viniese un Agustín Bermúdez o un Antonio Velázquez Borrego, o un Bernardino Velázquez, parientes del gobernador, y todos los más soldados que allí nos hallamos decíamos que volviese Juan de Grijalva, pues era buen capitán y no había falta en su persona y en saber mandar. Andando las cosas y conciertos de esta manera que aquí he dicho, dos grandes privados de Diego Velázquez, que se decían Andrés de Duero, secretario del mismo gobernador, y un Amador de Lares, contador de Su Majestad, hicieron secretamente compañía con un hidalgo que se decía Hernando Cortés, natural de Medellín, que tenía indios de encomienda en aquella isla, y poco tiempo hacía que se había casado con una señora que se decía doña Catalina Suárez, la Marcaida. Esta señora fué hermana de un Juan Suárez, que después que se ganó la Nueva España fue vecino de México, y a lo que yo entendí y otras personas decían, se casó con ella por amores, y esto de este casamiento muy largo lo decían otras personas que lo vieron, y por esta causa no tocaré más en esta tecla, y volveré a decir acerca de la compañía.

Y fué de esta manera: que concertasen estos privados de Diego Velázquez que le hiciesen dar a Hernando Cortés la capitanía general de toda la armada, y que partirían entre todos tres la ganancia del oro y plata y joyas de la parte que le cupiese a Cortés, porque secretamente Diego Velázquez enviaba a rescatar y no a poblar, según después pareció por las instrucciones que de ello dió, y aunque publicaba y pregonó que enviaba a poblar. Pues hecho este concierto, tienen tales modos Duero y el contador con Diego Velázquez y le dicen tan buenas y melosas palabras, loando mucho a Cortés, que es persona en quien cabe el cargo para ser capitán, porque además de ser muy esforzado, sabrá mandar y ser temido, y que le sería muy fiel en todo lo que le encomendase, así en lo de la armada como en lo demás, y además de esto era su ahijado, y fué su padrino cuando Cortés se veló con la doña Catalina Suárez: por manera que le persuadieron y convocaron a ello, y luego se eligió por capitán general, y el secretario Andrés de Duero hizo las provisiones, como suele decir el refrán, de muy buena tinta, y como Cortés las quiso, muy bastantes. Ya publicada su elección, a unas personas les placía y a otras les pesaba. Y un domingo, yendo a misa Diego Velázquez, como era gobernador íbanle acompañando los más nobles vecinos que había en aquella villa, y llevaba a Hernando Cortés a su lado derecho por honrarle. E iba delante de Dieqo Velázquez un truhán que se decía Cervantes el Loco, haciendo gestos y chocarrerías, y decía: "A la gala, a la gala de mi amo Diego. ¡Oh, Diego; oh, Diego! ¡Qué capitán has elegido, que es de Medellín de Extremadura, capitán de gran ventura, mas temo, Diego, no se te alce con la armada, porque todos le juzgan por muy varón en sus cosas!" Y decía otras locuras, que todas iban inclinadas a malicia, y porque lo iba diciendo de aquella manera le dió de pescozazos Andrés de Duero, que iba allí junto a Diego Velázquez. y le dijo: "Calla, borracho loco, no seas más bellaco, que bien entendido tenemos que esas malicias, so color de gracias, no salen de ti". Y todavía el loco iba diciendo, por más pescozazos que le dieron: "¡Viva, viva la gala de mi amo Diego y del su venturoso capitán, y juro a tal mi amo Diego que por no verte llorar el mal recaudo que ahora has hecho, yo me quiero ir con él a aquellas ricas tierras!" Túvose por cierto que le dieron los Velázquez, parientes del gobernador, ciertos pesos de oro a aquel chocarrero porque dijese aquellas malicias, su color de gracias, y todo salió verdad como lo dijo. Dicen que los locos algunas veces aciertan en lo que dicen.

Y verdaderamente fué elegido Hernando Cortés para ensalzar nuestra santa fe y servir a Su Majestad, como adelante diré. Antes que más pase adelante quiero decir cómo el valeroso y esforzado Hernando Cortés era hijodalgo conocido por cuatro abolengos: el primero, de los Corteses, que así se llamaba su padre Martín Cortés; el segundo, por los Pizarros; el tercero por los Monroys; el cuarto, por los Altamiranos. Y puesto que fué tan valeroso y esforzado y venturoso capitán, no le nombraré de aquí delante ninguno de estos sobrenombres de valeroso, ni esforzado, ni marqués del Valle, sino solamente Hernando Cortés; porque tan tenido y acatado fué en tanta estima el nombre de solamente Cortés, así en todas las Indias como en España, como fué nombrado el nombre de Alejandro en Macedonia, y entre los romanos Julio César y Pompeyo y Escipión, y entre los cartagineses Aníbal, y en nuestra Castilla a Gonzalo Hernández, el Gran Capitán, y el mismo valeroso Cortés se holgaba que no le pusiesen aquellos sublimados dictados, sino solamente su nombre, y así lo nombraré de aquí adelante. Y dejaré de hablar en esto y diré las cosas que hizo y entendió para proseguir su armada.

Y como Cortés andaba muy solícito en aviar su armada y en todo se daba mucha prisa, como la malicia y envidia reinaban en los deudos de Velázquez, que estaban afrentados, cómo no se fiaba el pariente ni hacía cuenta de ellos y de aquel cargo de capitán a Cortés, sabiendo que había sido su gran enemigo, pocos días había, sobre el casamiento de Cortés ya por mí declarado; y a esta causa andaban murmurando del pariente Diego Velázquez y aun de Cortés, y por todas las vías que podían le revolvían con Diego Velázquez para que en todas maneras le revocasen el poder, de lo cual tenía aviso Cortés, y no se quitaba de estar siempre en compañía del gobernador, y mostrándose muy gran su servidor, y le decía que le había de hacer, mediante Dios, muy ilustre señor y rico en poco tiempo, y demás de esto, Andrés de Duero avisaba siempre a Cortés que se diese prisa en embarcarse él y sus soldados, porque ya le tenían trastocado a Dieqo Velázquez con importunidades de aquellos sus parientes los Velázquez. Y desde que aquello vió Cortés, mandó a su mujer que todo lo que hubiese de llevar de bastimentos y regalos que las mujeres suelen hacer para tan largo viaje para sus maridos, se los enviase luego a embarcar a los navios. Y ya tenía mandado pregonar y apercibido a los maestres y pilotos y a todos los soldados que entre aquel día y la noche se fuesen a embarcar, que no quedase ninguno en tierra, y desde que los vió todos embarcados, se fué a despedir del Diego Velázquez, acompañado de aquellos sus grandes amigos y de otros muchos hidalgos, y todos los más nobles vecinos de aquella villa. Y después de muchos ofrecimientos y abrazos de Cortés al gobernador y del gobernador a él, se despidió, y otro día muy de mañana, después de haber oído misa, nos fuimos a los navíos, y el mismo Diego Velázquez fué allí con nosotros; y se tornaron a abrazar, y con muchos cumplimientos de uno al otro; y nos hicimos a la vela, y con próspero tiempo llegamos al puerto de la Trinidad. Y tomando puerto y saltados en tierra, nos salieron a recibir todos los vecinos de aquella villa, y nos festejaron mucho.

Y estando de la manera que he dicho, envió Diego Velázquez cartas y mandamientos, para que le detengan la armada a Cortés y le envíen preso, lo cual verán adelante lo que pasó.

Y como Cortés lo supo, habló a Ordaz y a Francisco Verdugo y a todos los soldados y vecinos de la Trinidad que le pareció que le serían contrarios y en favorecer las provisiones, y tales palabras y ofrecimientos les dijo, que les trajo a su servicio, y aun el mismo Diego de Ordaz convocó luego a Francisco Verdugo, que era alcalde mayor, que no se hablase más en el negocio, sino que lo disimulase; y púsole por delante que hasta allí no habían visto ninguna novedad en Cortés, antes se mostraba muy servidor del gobernador, y ya que en algo se quisiesen poner para quitarle la armada, que Cortés tenía muchos caballeros por amigos y estaban mal con Diego Velázquez, porque no les dió buenos indios. y demás de esto tiene gran copia de soldados y estaba muy pujante, y que sería meter cizaña en la villa, o que, por ventura, los soldados les darían sacomano, y la robarían y harían otros peores desconciertos; y así se quedó sin hacer bullicio. Y un mozo de espuelas de los que traían las cartas se fué con nosotros, que se decía Pedro Laso de la Vega; y con el otro mensajero escribió Cortés muy amorosamente a Diego Velázquez que se maravillaba de su merced de haber tomado aquel acuerdo, y que su deseo es servir a Dios y a Su Majestad y a él en su real nombre, y que le suplica que no oyese mas a aquellos señores sus deudos, ni por un viejo loco como era Juan Millón se hiciese se mudanza. Y también escribió a todos sus amigos, y a Duero, y al contador, sus compañeros. Y luego mandó entender a todos los soldados en aderezar armas y a los herreros que estaban en aquella villa que hiciesen casquillos, y a los ballesteros que desbastasen almacén e hiciesen saetas, y atrajo y convocó a los dos herreros que se fuesen con nosotros, y así lo hicieron. Y estuvimos en aquella villa diez días, donde lo dejaré y diré cómo nos embarcamos para ir a la Habana.

Y de allí, de la Habana, vino un hidalgo que se decía Francisco de Montejo, y éste es el por mí muchas veces nombrado, que después de ganado México fué adelantado y gobernador de Yucatán; y vino Diego de Soto, el de Toro, que fué mayordomo de Cortes en lo de Mexico, y vino un Angulo, y Garcicaro, y Sebastian Rodriguez, y un Pacheco, y un fulano Gutiérrez, y un Rojas (no digo Rojas el rico), y un mancebo que se decía Santa Clara, y dos hermanos que se decían los Martinez de Fregenal, y un Juan de Nájera (no lo digo por el Sordo, el del juego de la pelota de México), y todos personas de calidad, sin otros soldados que río me acuerdo sus nombres. Y cuando Cortés los vió, todos aquellos hidalgos juntos. se holgó en gran manera, y luego envió un navío a la punta de Guaniguanico, a un pueblo que ah estaba, de indios, adonde hacían cazabe y tenían muchos puercos, para que cargase el navío de tocinos, porque aquella estancia era del gobernador Diego Velázquez. Y envió por capitán del navío a Diego de Ordaz, como mayordomo de las haciendas de Velázquez, y envióle por tenerle apartado de M.

Volvamos a decir de Francisco de Montejo y de todos aquellos vecinos de la Habana, que metieron mucho matalotaje de cazabe y tocinos, que otra cosa no había; y luego Cortés mandó sacar toda la artillería de los navíos, que eran diez tiros de bronce y ciertos f alconetes, y dió cargo de ello a un artillero que se decía Mesa, y a un levantisco que se decía Arbenga, y a un Juan Catalán, para que lo limpiasen y probasen, y que las pelotas y pólvora que todo lo tuviesen muy a punto, y dióles vino y vinagre con que lo refinasen, y dióles por compañero a uno que se decía Bartolomé de Usagre. Asimismo mandó aderezar las ballestas, y cuerdas, y nueces, y almacén, y que tirasen a terreno, y que mirasen a cuántos pasos llegaba la fuga de cada una de ellas. Y como en aquella tierra de la Habana había mucho algodón, hicimos armas muy bien colchadas, porque son buenas para entre indios, porque es mucha la vara y flecha y lanzadas que daban, pues piedra era como granizo.

Y todo esto ordenado, nos mandó apercibir para embarcar, y que los caballos fuesen repartidos en todos los navíos; hicieron una pesebrera y metieron mucho maíz y hierba seca.

Y dejarlo he aquí, y diré de lo que allí nos avino, ya que estábamos a punto para embarcarnos.

COMO DIEGO VELAZQUEZ ENVIO A UN SU CRIADO, QUE SE DECÍA GASPAR DE GARNICA, CON MANDAMIENTOS Y PROVISIONES PARA QUE EN TODO CASO SE PRENDIESE A DON HERNANDO CORTES Y SE LE TOMASE LA ARMADA

PUES COMO A ORDAZ le había enviado Cortés a lo de los bastimentos, con el navío, como dicho tengo, no tenía Cortés en él contradictor, sino en Juan Velázquez de León; luego que le habló le atrajo a su mandado, y especialmente que Juan Velázquez no estaba bien con el pariente, porque no le había dado buenos indios. Por manera que si en la villa de la Trinidad se disimularon los mandamientos, muy mejor se callaron entonces, y con el mismo Garnica escribió el teniente Pedro Barba a Diego Velázquez que no osó prender a Cortés porque estaba muy pujante de soldados, y que hubo temor no metiesen a sacomano la villa y la robasen, y embarcase todos los vecinos y se los llevase consigo, y que, a lo que ha entendido, que Cortés era su servidor, y que no se atrevió a hacer otra cosa. Y Cortés le escribió a Velázquez con palabras tan buenas y de ofrecimientos, que lo sabía muy bien decir, y que otro día se haría a la vela y que le sería servidor.

COMO CORTES SE HIZO A LA VELA CON TODA SU COMPANIA DE CABALLEROS Y SOLDADOS PARA LA ISLA DE COZUMEL, Y DE LO QUE ALLI NOS AVINO LUEGO DIRE

HICIMOS ALARDE HASTA la isla de Cozumel, más de mandar Cortés que los caballos se embarcasen, y mandó a Pedro de Alvarado que fuese por la banda del norte en un buen navío que se decía San Sebastián, y mandó al piloto que llevaba en el navío que le aguardase en la punta de San Antón, para que allí se juntase con todos los navíos para ir en conserva hasta Cozumel; y envió mensajero a Diego de Ordaz, que había ido por el bastimento, que aguardase, que hiciese lo mismo, porque estaba en la banda del norte. Y en diez días del mes de febrero año de mil quinientos diez y nueve años, después de haber oído misa, hicímonos a la vela con nueve navíos por la banda del sur. Y llegamos dos días primero que Cortés a Cozumel, y surgimos en el puerto ya por mí otras veces dicho cuando lo de Grijalva. Y Cortés aún no había llegado con su flota.

Y estando en esto, llega Cortés con todos los navíos, y después de aposentado, la primera cosa que hizo fué mandar echar preso en grillos al piloto Camacho, porque no aguardó en la mar como le fué mandado. Y después que vió el pueblo sin gente y supo cómo Pedro de Alvarado había ido al otro pueblo, y que les había tomado gallinas y paramentos y otras cosillas de poco valor de los ídolos, y el oro medio cobre, mostró tener mucho enojo de ello, y de cómo no aguardó el piloto. Y reprendióle gravemente a Pedro de Alvarado, y le dijo que no se habían de apaciguar las tierras de aquella manera, tomando a los naturales su hacienda. Y luego mandó traer los dos indios y la india que habíamos tomado, y con el indio Melchorejo, que llevamos de la punta de Cotoche, que entendía bien aquella lengua, les habló, porque Julianillo, su compañero, ya por mi memorado, ya se había muerto: que fuesen a llamar los caciques e indios de aquel pueblo, y que no hubiesen miedo. Y les mandó volver el oro, y paramentos y todo lo demás, y por las gallinas, que ya se habían comido, les mandó dar cuentas y cascabeles. Aquí en esta isla comenzó Cortés a mandar muy de hecho, y Nuestro Señor le daba gracia, que doquiera que ponía la mano se le hacia bien, especial en pacificar los pueblos y naturales de aquellas partes, como adelante verán.

Y de ahí a tres días que estábamos en Cozumel, mandó hacer alarde para saber qué tantos soldados llevaba, y halló por su cuenta que éramos quinientos ocho, sin maestres y pilotos y marineros, que serian ciento; y diez y seis caballos y yeguas: las yeguas todas eran de juego y de carrera; y once navíos grandes y pequeños, con uno que era como bergantín, que traía a cargo un Ginés Nortes; eran treinta y dos ballesteros, y trece escopeteros, que asi se llamaban en aquel tiempo, y tiros de bronce, y cuatro falconetes, y mucha pólvora y pelotas; y esto de esta cuenta de los ballesteros no se me acuerda muy bien, no hace el caso de la relación.

No gasto ahora tanta tinta en meter la mano en cosas de apercibimiento de armas, y de lo demás, porque Cortés verdaderamente tenía gran vigilancia en todo.

COMO CORTES SUPO DE DOS ESPAÑOLES QUE ESTABAN EN PODER DE INDIOS EN LA PUNTA DE COTOCHE, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO, Y DE OTRAS COSAS MAS

COMO CORTES EN TODO PONIA gran diligencia, me mandó llamar a mi y a un vizcaíno que se decía Martin Ramos, y nos preguntó qué sentíamos de aquellas palabras que nos hubieron dicho los indios de Campeche, cuando vinimos con Francisco Hernández de Córdoba, que decían: Castilan, castilan, según lo he dicho en el capítulo que de ello trata; y nosotros se lo tornamos a contar según y de la manera que lo habíamos visto y oído. Y dijo que ha pensado muchas veces en ello, y que por ventura estarían algunos españoles en aquella tierra, y dijo: "Paréceme que será bien preguntar a estás caciques de Cozumel si saben alguna nueva de ellos"; y con Melchorejo, el de la punka de Cotoche, que entendía ya poca cosa de la lengua de Castilla y sabia muy bien la de Cozumel, se lo preguntó a todos los principales, y todos a una dijeron que habían conocido ciertos españoles, y daban señas de ellos, y que en la tierra adentro, anda dura de dos soles, estaban y los tenían por esclavos unos caciques, y que allí en Cozumel había indios mercaderes que les hablaron pocos días había. De lo cual todos nos alegramos con aquellas nuevas. Y díjoles Cortés que luego los fuesen a llamar con cartas, que en su lengua llaman amales: y dió a los caciques y a los indios que fueron con las cartas, camisas, y los halagó, y les dijo que cuando volviesen les daría más cuentas. Y el cacique dijo a Cortés que enviase rescate para los amos con quien estaban, que los tenían por esclavos, porque los dejasen venir, y así se hizo, que se les dió a los mensajeros de todo género de cuentas. Y luego mandó apercibir dos navíos, los de menos porte, que el uno era poco mayor que bergantín, y con veinte ballesteros y escopeteros, y por capitán de ellos a Diego de Ordaz, y mandó que estuviese en la costa de la punta de Cotoche aguardando ocho días con el navío mayor, y entretanto que iban y venían con la respuesta de las cartas, con el navío pequeño volviesen a dar la respuesta a Cortés de lo que hacían, porque está aquella tierra de la punta de Cotoche obra de cuatro leguas, y se parece la una tierra desde la otra. Y escrita la carta, decía en ella: "Señores y hermanos: Aquí, en Cozumel, he sabido que estáis en poder de un cacique detenidos, y os pido por merced que luego os vengáis aquí, a Cozumel, que para ello envio un navío con soldados. si los hubiésedes menester, y rescate para dar a esos indios con quien estáis; y lleva el navío de plazo ocho días para os aguardar: veníos con toda brevedad; de mi quinientos soldados y once navíos; en ellos voy, mediante Dios, la seréis bien mirados y aprovechados. Yo quedo en esta isla con vía de un pueblo que se dice Tabasco o Potonchan".

Y luego se embarcaron en los navíos con las cartas y los dos indios mercaderes de Cozumel que las llevaban, y en tres horas atravesaron el golfete y echaron en tierra los mensajeros con las cartas y rescates; y en dos días las dieron a un español que se decía Jerónimo de Aguilar, que entonces supimos que así se llamaba, y de aquí adelante así le nombraré, y después que las hubo leído y recibido el rescate de las cuentas que le enviamos, él se holgó con ello y lo llevó a su amo eI cacique para que le diese licencia, la cual luego se la dió para que se fuese adonde quisiese. Y caminó Aguilar adonde estaba su compañero, que se decía Gonzalo Guerrero, en otro pueblo, cinco leguas de allí, y como le leyó las cartas, Gonzalo Guerrero le respondió: "Hermano Aguilar: Yo soy casado y tengo tres hijos, y tiénenme por cacique y capitán cuando hay guerras; idos con Dios, que yo tengo labrada la cara y horadadas las orejas. ¡Qué dirán de mí desde que me vean esos españoles ir de esta manera! Y ya veis estos mis hijitos cuán bonitos son. Por vida vuestra que me de esas cuentas verdes que traéis, para ellos, y diré que mis hermanos me las envían de mi tierra". Y asimismo la india mujer del Gonzalo habló a Aguilar en su lengua, muy enojada y le dijo: "Mira con qué viene este esclavo a llamar a mi marido; idos vos y no curéis de más pláticas". Y Aguilar tornó a hablar a Gonzalo que mirase que era cristiano, que por una india no se perdiese el ánima, y si por mujer e hijos lo hacía, que la llevase consigo si no los quería dejar. Y por más que le dijo y amonestó, no quiso venir; y parece ser aquel Gonzalo Guerrero era hombre de mar, natural de Palos. Y de que jerónimo de Aguilar vió que no quería venir se vino luego con los dos indios mensajeros adonde había estado el navío aguardándole, y después que legó no le halló, que ya era ido, porque va se habían pasado los ocho días y aun uno más. que llevó de plazo el Ordaz para que aguardase; porque desde que Aguilar no venía, se volvió a Cozumel sin llevar recaudo a lo que había venido. Y desde que Aguilar vió que no estaba allí el navío, quedó muy triste y se volvió a su amo, al pueblo donde antes solía vivir. Y dejaré esto y diré que cuando Cortés vió volver a Ordaz sin recaudo ni nueva de los españoles ni de los indios mensajeros, estaba tan enojado y dijo con palabras soberbias a Ordaz que había creído que otro mejor recaudo trajera que no viniese así, sin los españoles ni nuevas de ellos, porque ciertamente estaban en aquella tierra. Pues en aquel instante aconteció que unos marineros que se decían los Peñates, naturales de Gibraleón, habían hurtado a un soldado que se decía Berrio ciertos tocinos y no se los querían dar. y quejóse Berrio a Cortés, y tomando juramento a los marineros, se perjuraron, y en la pesquisa pareció el hurto; de los cuales tocinos estaban repartidos en los siete marineros, y a cuatro de ellos los mandó luego azotar, que no aprovecharon ruegos de ningún capitán. Donde lo dejaré, así de los marineros como esto de Aguilar, y nos íbamos sin él nuestro viaje, hasta su tiempo y sazón.

Y diré cómo venían muchos indios en romería a aquella isla de Cozumel, los cuales eran naturales de los pueblos comarcanos de la punta de Cotoche y de otras partes de tierra de Yucatán, porque según pareció había allí en Cozumel unos ídolos de muy disformes figuras, y estaban en un adoratorio en que ellos tenían por costumbre en aquella tierra, por aquel tiempo, de sacrificar. Y una mañana estaba lleno un patio, donde estaban los ídolos, de muchos indios e indias quemando resina, que es como nuestro incienso; y como era cosa nueva para nosotros, paramos a mirar en ello con atención. Y luego se subió encima de un adoratorio un indio viejo, con mantas largas, el cual era sacerdote de aquellos ídolos, que ya he dicho otras veces que papas los llaman en la Nueva España, y comenzó a predicarles un rato; y Cortés y todos nosotros mirándolo en qué paraba aquel negro sermón. Y Cortés preguntó a Melchorejo, que entendía muy bien aquella lengua, que qué era aquello que decía aquel indio viejo, y supo que les predicaba cosas malas. Y luego mandó llamar al cacique y a todos los principales, y al mismo papa, y como mejor se pudo dárselo a entender con aquella nuestra lengua, les dijo que si habían de ser nuestros hermanos que quitasen de aquella casa aquellos sus ídolos, que eran muy malos y les hacían errar, y que no eran dioses, sino cosas malas, y que les llevarían al infierno sus ánimas. Y se les dió a entender otras cosas santas y buenas; y que pusiesen una imagen de Nuestra Señora que les dió, y una cruz, y que siempre serían ayudados y tendrían buenas sementeras, y se salvarían sus ánimas. Y se les dijo otras cosas acerca de nuestra santa fe, bien dichas. Y el pava con los caciques respondieron que sus antepasados adoraban en aquellos dioses porque eran buenos. y que no se atrevían ellos a hacer otra cosa, y que se los quitásemos nosotros, y veríamos cuánto mal nos iba de ello, porque nos iríamos a perder en la mar. Y luego Cortés mandó que los despedazásemos y echásemos a rodar unas gradas abajo. y así se hizo. Y luego mandó traer mucha cal, que había harto en aquel pueblo, e indios albañiles; y se hizo un altar muy limpio donde pusimos la imagen de Nuestra Señora; y mandó a dos de nuestros carpinteros de lo blanco, que se decían Alonso Yáñez y Alvaro López, que hiciesen una cruz de unos maderos nuevos que allí estaban, la cual se puso en uno como humilladero que estaba hecho cerca del altar; y dijo misa el Padre que se decía Juan Díaz, y el papa y cacique y todos los indios estaban mirando con atención. Llaman en esta isla de Cozumel a los caciques calachiones, como otra vez he dicho en lo de Potonchan. Y dejarlo he aquí, y pasaré adelante y diré cómo nos embarcamos.

COMO CORTES REPARTIO LOS NAVIOS Y SEÑALO CAPITANES PARA IR EN ELLOS, Y ASIMISMO SE DIO LA INSTRUCCION DE LO QUE HABLAN DE HACER LOS PILOTOS. Y LAS SERALES DE LOS FAROLES DE NOCHE Y OTRAS COSAS MAS QUE EN AQUELLOS LUGARES ACONTECIERON

CORTES LLEVABA LA CAPITANA.

Pedro de Alvarado y sus hermanos, un buen navío, que se decía San Sebastián.

Alonso Hernández Puerto Carrero, otro. Francisco de Montejo, otro buen navío. Cristóbal de Olid, otro.

Y en cada navío su piloto, y por piloto mayor Antón de Alaminos, y las instrucciones por donde se hablan de regir, y lo que habían de hacer, y de noche las señas de los faroles. Y Cortés se despidió de los caciques y papas y les encomendó aquella imagen de Nuestra Señora y a la cruz, que la reverenciasen y tuviesen limpia y enramada, y verían cuánto provecho de ello les venia, y dijeron que así lo harían; y trajéronle cuatro gallinas y dos jarros de miel, y se abrazaron. Y embarcados que fuimos, en ciertos días del mes de marzo de mil quinientos diez y nueve años dimos velas, y con muy buen tiempo íbamos nuestra derrota: y aquel mismo dia, a hora de las diez, dan desde una nao grandes voces, y capean y tiraron un tiro, para que todos los navíos que veníamos en conserva lo oyesen. Y como Cortés lo vió y oyó, se paró luego en el bordo de la capitana y vido ir arribando el navío en que venia Juan de Escalante, que se volvía hacia Cozumel. Y dijo Cortés a otras naos que venían allí cerca: "¡Qué es aquello, qué es aquello?" Y un soldado que se decía Luis de Zaragoza le respondió que se anegaba el navío de Escalante, que era donde iba el cazabe; y Cortés dijo: "Plepa a Dios no tengamos alqún desmán". Y mandó al piloto Alaminos que hiciese señas a todos los navíos que arribasen a Cozumel. Ese mismo día volvimos al puerto donde salimos y descargamos el cabaze, y hallamos la imagen de Nuestra Señora y la cruz muy limpia y puesto incienso, y de ello nos alegramos. Y luego vino el cacique y papas a hablar a Cortés y le preguntaron que a qué volvíamos; y dijo que porque hacía agua un navío y le quería adobar, y que les rogaba que con todas sus canoas ayudasen a los bateles a sacar el pan cazabe, y así lo hicieron. Y estuvimos en adobar el navío cuatro días. Y dejemos de hablar en ello, y diré cómo lo supo el español que estaba en poder de indios, que se decía Aguilar, y lo que más hicimos.

COMO EL ESPAÑOL QUE ESTABA EN PODER DE INDIOS QUE. SE LLAMABA JERONIMO DE AGUILAR, SUPO COMO HABLAMOS ARRIBADO A COZMUEL, Y QUE LUEGO SE VINO A NUESTRO REAL, Y LO QUE DESPUES ACONTECIO

DANDO TUVO NOTICIA CIERTA el español que estaba en poder de indios que habíamos vuelto a Cozumel con los navíos, se alegró en gran manera y dió gracias a Dios, y mucha prisa en venirse él y los dos indios que le llevaron las cartas y rescate, a embarcarse en una canoa; y como la pagó bien, en cuentas verdes del rescate que le enviamos, luego la halló alquilada con seis indios remeros con ella; y dan tal prisa en remar, que en espacio de poco tiempo pasaron el golfete que hay de una tierra a otra, que serían cuatro leguas, sin tener contraste de la mar. Y llegados a la costa de Cozumel, ya que estaban desembarcando, dijeron a Cortés unos soldados que iban a cazar, porque había en aquella isla puercos de la tierra, que había venido una canoa grande allí, junto del pueblo, y que venía de la punta de Cotoche. Y mandó Cortés a Andrés de Tapia y a otros dos soldados que fuesen a ver qué cosa nueva era venir allí junto a nosotros indios sin temor ninguno, con canoas grandes. Y luego fueron; y desde que los indios que venían en la canoa que traían a Aguilar vieron los españoles, tuvieron temor y queríanse tornar a embarcar y hacer a lo largo con la canoa; y Aguilar les dijo en su lengua que no tuviesen miedo, que eran sus hermanos. Y Andrés de Tapia, como los vió que eran in dios, porque Aguilar ni más ni menos era que indio, luego envió a decir a Cortés con un español que siete indios de Cozumel son los que allí llegaron en la canoa. Y después que hubieron saltado en tierra, en español, mal mascado y peor pronunciado, dijo: "Dios y Santamaría y Sevilla". Y luego le fué ha abrazar Tapia: y otro soldado, de los que habían ido con Tapia a ver qué cosa era, fué a mucha prisa a demandar albricias a Cortés cómo era español el que venía en la canoa, de que todos nos alegramos. Y luego se vino Tapia con el español adonde estaba Cortés, y antes que llegasen ciertos soldados preguntaban a Tapia: "¿Qué es del español?", y aunque iba junto con él, porque le tenían por indio propio, porque de suyo era moreno y tresquilado a manera de indio esclavo, y traía un remo al hombro, una cotana vieja calzada y la otra atada en la cintura, y una manta vieja y muy ruin, y un braguero peor, con que cubría sus vergüenzas, y traía atada en la manta un bulto que eran Horas muy viejas. Pues desde que Cortés los vió de aquella manera también picó, como los demás soldados, que preguntó a Tapia que qué era del español, y el español, como le entendió, se puso en cuclillas, como hacen los indios, y dijo: "Yo soy". Y luego le mandó dar de vestir, camisa y jubón y zaragüelles, y caperuza y alpargates, que otros vestidos no había, y le preguntó de su vida. y cómo se llamaba, y cuándo vino a aquella tierra. Y él dijo, aunque no bien pronunciado, que se decía Jerónimo de Aguilar, y que era natural de Ecija, y que tenía órdenes de Evangelio; que había ocho años que se habían perdido él y otros quince hombres y dos mujeres que iban desde el Darién a la isla de Santo Domingo.

Y le dijo Cortés que de él sería bien mirado y gratificado, y le preguntó por la tierra y pueblos. Y Aguilar dijo que, como le tenían por esclavo, que no sabía sino servir de traer leña y agua y en cavar los maizales, que no había salido sino hasta cuatro leguas, que le llevaron con una carga, y que no la pudo llevar y cavó malo de ello: y que ha entendido que hay muchos pueblos. Y luego le preguntó por Gonzalo Guerrero, y dijo que estaba casado y tenía tres hijos, y que tenía labrada la cara y horadadas las orejas y el bezo de abajo, y que era hombre de la mar, de Palos, y que los indios le tienen por esforzado; y que había poco más de un año que cuando vinieron a la punta de Cotoche un capitán con tres navíos, (parece ser fueron cuando vinimos los de Francisco Hernández de Córdoba) que él fué inventor que nos diesen la guerra que nos dieron, y que vino él allí juntamente con un cacique de un gran pueblo, según he ya dicho en lo de Francisco Hernández de Córdoba. Y después que Cortés lo oyó, dijo: "En verdad que le querría haber a las manos, porque jamás será bueno". Y dejarlo he, y diré cómo los caciques de Cozumel, desde que vieron a Aguilar que hablaba su lengua, le daban muy bien de comer, y

Aguilar les aconsejaba que siempre tuviesen acato y reverencia a la santa imagen de Nuestra Señora y a la cruz, y que conocerían que por ello les venia mucho bien. Y los caciques, por consejo de Aguilar, demandaron una carta de favor a Cortés para que si viniesen a aquel puerto otros españoles, que fuesen bien tratados y no les hiciesen agravios; la cual carta luego se la dió. Y después de despedidos, con muchos halagos y ofrecimientos, nos hicimos a la vela para el río de Grijalva.

COMO LLEGAMOS AL RIO DE GRIJALVA, QUE EN LENGUA DE INDIOS LLAMAN TABASCO, Y DE LA GUERRA QUE NOS DIERON Y DE LO QUE MAS CON ELLOS NOS ACONTECIO

EN DOCE DIAS DEL MES de marzo de mil quinientos diez y nueve años, llegamos con toda la armada al río de Grijalva, que se dice Tabasco, y como sabíamos ya, de cuando lo de Grijalva, que en aquel puerto y río no podían entrar navíos de mucho porte, surgieron en la mar los mayores y con los pequeños y los bateles fuimos todos los soldados a desembarcar a la punta de los Palmares, como cuando con Grijalva, que estaba del pueblo de Tabasco obra de media legua. Y andaban por el río y en la ribera entre unos mamblares, todo lleno de indios guerreros. de lo cual nos maravillamos los que habíamos venido con Grijalva, y demás de esto, estaban juntos en el pueblo más de doce mil guerreros aparejados para darnos guerra; porque en aquella sazón aquel pueblo era de mucho trato, y estaban sujetos a él otros grandes pueblos, y todos los tenían apercibidos con todo género de armas, según las usaban. Y la causa de ello fué porque los de Potonchan y los de Lázaro y otros pueblos comarcanos los tuvieron por cobardes, y se lo daban en el rostro, por causa que dieron a Grijalva las joyas de oro que antes he dicho en el capítulo que de ello habla; y que de medrosos no nos osaron dar guerra, pues eran más pueblos y tenían más guerreros que no ellos; y esto les decían por a f rentarlos, y que en sus pueblos nos habían dado guerra y muerto cincuenta y seis hombres. Por manera que con aquellas palabras que les habían dicho se determinaron a tomar las armas.

Y desde que Cortés los vió puestos en aquella manera, dijo a Aguilar, la lengua, que entendía bien la de Tabasco, que dijese a unos indios que parecían principales, que pasaban en una gran canoa cerca de nosotros, que para qué andaban tan alborotados, que no les veníamos a hacer ningún mal, sino decirles que les queremos dar de lo que traemos como a hermanos, y que les rogaba que mirasen no comenzasen la guerra, porque les pesaría de ello; y les dijo otras muchas cosas acerca de la paz. Y mientras más lo decía Aguilar, más bravos se mostraban, y decían que nos matarían a todos si entrábamos en su pueblo, porque le tenían muy fortalecido todo a la redonda de árboles muy gruesos, de cercas y albarradas. Y volvió Aguilar a hablar con la paz, y que nos dejasen tomar agua, y comprar de comer, a trueco de nuestro rescate; y también a decir a los calachonis cosas que sean de su provecho y servicio de Dios Nuestro Señor. Y todavía ellos a porfiar que no pasásemos de aquellos palmares adelante, si no que nos matarían. Y de que aquello vió Cortés, mandó apercibir los bateles y navíos menores, y mandó poner en cada batel tres tiros, y repartió en ellos los ballesteros y escopeteros. Y teníamos memoria de cuando lo de Grijalva que iba un camino angosto desde los palmares al pueblo, por unos arroyos y ciénagas. Mandó Cortés a tres soldados que aquella noche mirasen bien si iba a las casas, y que no se detuviesen mucho en traer la respuesta. Y los que fueron vieron que sí iba. Y visto todo esto, y después de bien mirado, se nos pasó aquel día dando orden de cómo y de qué manera habíamos de ir en los bateles, y otro día por la mañana, después de haber oído misa y todas nuestras armas muy a punto, mandó Cortés a Alonso de Avila, que era capitán, que con cien soldados, y entre ellos diez ballesteros, fuese por el caminillo, el que he dicho que iba al pueblo: y que desde que oyese los tiros, él por una parte y nosotros por otra, diésemos en el pueblo. Y Cortés y todos los más soldados y capitanes fuimos en los bateles y navíos de menor porte por el río arriba. Y desde que los indios guerreros que estaban en la costa y entre los mamblares vieron que de hecho íbamos, vienen sobre nosotros con tantas canoas al puerto adonde habíamos de desembarcar, para defendernos que no saltásemos en tierra, que toda la costa no había sino indios de guerra, con todo género de armas que entre ellos se usan, tañendo trompetillas y caracoles y atabalejos.

Y desde que así vió la cosa, mandó Cortés que nos detuviésemos un poco y que no soltasen ballesta ni escopeta ni tiros; y como todas las cosas quería llevar muy justificadas, les hizo otro requerimiento delante de un escribano del rey que se decía Diego de Godoy, y por la lengua de Aguilar, para que nos dejasen saltar en tierra y tomar agua y hablarles cosas de Dios y de Su Majestad; y que si guerra nos ciaban, que si por defendernos algunas muertes hubiese, u otros cualquier daños, fuesen a su culpa y cargo y no a la nuestra. Y ellos todavía haciendo muchos fieros, y que no saltásemos en tierra, si no que nos matarían. Y luego comenzaron muy valientemente a flechar y hacer sus señas con sus tambores, y como esforzados se vienen todos contra nosotros y nos cercan con las canoas, con tan gran rociada de flechas, que nos hicieron detener en el agua hasta la cinta, y otras partes no tanto; y como había allí mucha lama y ciénega no podíamos tan presto salir de ella. Y cargan sobre nosotros tantos indios, que con las lanzas a manteniente y otros a flecharnos, hacían que no tomásemos tierra tan presto como quisiéramos, y también porque en aquella lama estaba Cortés peleando, y se le quedó un alpargate en el cieno, que no le pudo sacar, y descalzo de un pie salió a tierra; y luego le sacaron el al pargate y se calzó. Y entretanto que Cortés estaba en esto, todos nosotros, asi capitanes como soldados, fuimos sobre ellos nombrando a señor Santiago, y les hicimos retraer, y aunque no muy lejos, por amor de las albarradas y cercas que tenían hechas de maderas gruesas, adonde se mamparaban, hasta que las deshicimos y tuvimos lugar, por un portillo, de entrarles y pelear con ellos; y les llevamos por una calle adelante, adonde tenían hechas otras fuerzas, y allí tornaron a reparar y hacer cara, y peleaban muy valientemente y con gran esfuerzo, y dando voces y silbos, y decían: "Al calacheoni. al calacheoni", que en su lengua mandaban que matasen o prendiesen nuestro capitán.

Estando de esta manera envueltos con ellos, vino Alonso de Avila con sus soldados, que había ido por tierra desde los palmares, como dicho tengo, y parece ser no acertó a venir más presto por amor de unas caenegas y esteros; y su tardanza fué bien menester, segun habíamos estado detenidos en los requerimientos y deshacer portillos en las albarradas para pelear; así que todos juntos les tornamos a echar de las fuerzas donde estaban, y les llevamos retrayendo, y ciertamente que como buenos guerreros nos iban tirando grandes rociadas de flechas y varas tostadas. Y nunca volvieron de hecho las espaldas, hasta un gran patio donde estaban unos aposentos y salas grandes, y tenían tres casas de ídolos, y ya habían llevado todo cuanto hato había. En los pies de aquel patio mandó Cortés que reparásemos, y que no fuésemos más en seguimiento del alcance, pues iban huyendo; y allí tomó Cortés posesión de aquella tierra por Su Majestad, y él en su real nombre, y fué de esta manera: Que desenvainada su espada, dió tres cuchilladas en señal de posesión en un árbol grande que se dice ceiba, que estaba en la plaza de aquel gran patio, y dijo que si había alguna persona que se lo contradijese, que éI lo defendería con su espada y una rodela que tenía embrazada. Y todos los soldados que presentes nos hallamos cuando aquello pasó, respondimos que era bien tomar aquella real posesión en nombre de Su Majestad, y que nosotros seríamos en ayudarle si alguna persona otra cosa contradijere. Y por ante un escribano del rey, se hizo aquel auto.

Otro día de mallan mandó Cortés a Pedro de Alvarado que saliese por capitán de cien soldados, y entre ellos quince ballesteros y escopeteros, y que fuese a ver la tierra adentro hasta la andadura de dos leguas, y que llevase en su compañia a Melchorejo, la lengua de la punta de Cotoche, y cuando le fueron a llamar a Melchorejo no le hallaron, que se había ya huido con los de aquel pueblo de Tabasco; porque, según parecía, el día antes, en la punta de los Palmares, dejó colgados sus vestidos que tenía de Castilla y se fué de noche en una canoa. Que asimismo mandó Cortés que fuese otro capitán, que se decía Francisco de Lugo, por otra parte, con otros cien soldados y doce ballesteros y escopeteros; y que no pase de otras dos leguas, y que volviese a la noche a dormir en el real. Y yendo que iba Francisco de Lugo con su compañía, obra de una legua de nuestro real, se encontró con grandes capitanías y escuadrones de indios, todos flecheros, y con lanzas, y rodelas, y a tambores, y penachos: y se vienen derechos a la capitanía de nuestros soldados, y les cercan por todas partes y les comenzaron a flechar, de arte que no se les podia sustentar con tanta multitud de indios, y les tiraban muchas varas tostadas y piedras. Y Aguilar, la lengua, les preguntaba que por qué eran locos y que por qué salían a dar guerra, que mirasen que les mataríamos si otra vez volviesen. Y luego se envió un indio de ellos con cuentas para dar a los caciques que viniesen de paz. Y aquel mensajero que enviamos dijo que el indio Melchorejo que traíamos con nosotros, que era de la punta de Cotoche, que fué la noche antes a ellos y les aconsejó que diesen guerra de día y de noche, y que nos vencerían, y que éramos muy pocos, de manera que traíamos con nosotros muy mala ayuda y nuestro contrario. Aquel indio que enviamos por mensajero fué y nunca volvió, y de los otros dos supo Aguilar por muy cierto que para otro día estaban juntos todos cuantos caciques había en todos aquellos pueblos comarcanos de aquella provincia, con sus armas, aparejados para darnos guerra; y nos habían de venir otro día a cercar en el real, y que Melchorejo, la lengua, se lo aconsejó.

Después que Cortés supo que muy ciertamente nos venían a dar guerra mandó que con brevedad sacasen todos los caballos de los navíos, a tierra, que escopeteros y ballesteros y todos los soldados estuviésemos muy a punto con nuestras armas, y aunque estuviésemos heridos, y apercibió a los caballeros que habían de ir los mejores jinetes y caballos, y que fuesen con pretales de cascabeles; y les mandó que no se parasen a lancear hasta haberles desbaratado, sino que las lanzas se las pasasen por los rostros, y señaló trece de caballo, y Cortés por capitán de ellos; y fueron estos que aquí nombraré Cortés, Cristóbal de Olid, y Pedro de Alvarado, y Alonso Hernández Puerto Carrero, y Juan de Escalante, y Francisco de Montejo, y Alonso de Avila (le dieron un caballo que era de Ortiz el Músico, y de un Bartolomé García, que ninguno de ellos era buen jinete), y Juan Velázquez de León, y Francisco de Morla, y Lares, el buen jinete (nómbrolo así porque había otro Lares); y Gonzalo Domínguez, extremado hombre de a caballo; Morón el de Bayamo y Pedro González de Trujillo. Todos estos caballeros señaló Cortés, y él por capitán, y mandó a Mesa el artillero que tuviese muy a punto su artillería, y mandó a Diego de Ordaz que fuese por capitán de todos nosotros los soldados y aun de los ballesteros y escopeteros, porque no era hombre de a caballo.

Y otro día muy de mañana, que fué día de Nuestra Señora de marzo, después de oída misa, que nos dijo Fray Bartolomé de Olmedo, puestos todos en ordenanza con nuestro alférez, que entonces era Antonio de Villarrcel (marido que fué de Isabel de Deber de escuadrones de indios guerreros, que venían ya a buscarnos a los aposentos, y fué junto al mismo pueblo de Zintla, en un buen llano.

Y así como llegaron a nosotros, como eran grandes escuadrones, que todas las sabanas cubrían, y se vienen como rabiosos y nos cercan por todas partes, y tiran tanta flecha, y vara, y piedra, que de la primera arremetida hirieron más de setenta de los nuestros, y con las lanzas pie con pie nos hacían mucho daño; y un soldado murió luego de un flechazo que le dieron por el oído; y no hacían sino flechar y herir en los nuestros, y nosotros, con los tiros y escopetas y ballestas y a grandes estocadas no perdíamos punto de buen pelear; y poco a poco, desde que conocieron las estocadas, se apartaban de nosotros; mas era para flechar más a su salvo, puesto que Mesa, el artillero, con los tiros les mató muchos de ellos, porque como eran grandes escuadrones y no se apartaban, daba en ellos a su placer, y con todos los males y heridos que les hacíamos no los pudimos apartar. Yo dije: "Diego de Ordaz, paréceme que podemos apechugar con ellos, porque verdaderamente sienten bien el cortar de las espadas y estocadas, y por esto se desvían algo de nosotros, por temor de ellas y por mejor tirarnos sus tiechas y varas tostadas y tantas piedras como granizos". Y respondió que no era buen acuerdo, porque había para cada uno de nosotros trescientos indios; y que no nos podríamos sostener con tanta multitud; y así estábamos con ellos sosteniéndonos. Y acordamos de allegarnos cuanto pudiésemos a ellos, como se lo había dicho al Ordaz, por darles mal año de estocadas, y bien lo sintieron, que se pasaron de la parte de una ciénaga. Y en todo este tiempo, Cortés, con los de a caballo, no venía, y aunque le deseábamos temíamos que por ventura no le hubiese acaecido algún desastre.

Acuérdome, que cuando soltábamos los tiros que daban los indios grandes silbos y gritos y echaban pajas y tierra en alto, porque no viésemos el daño que les hacíamos, y tañían atambores y trompetillas y silbos, y voces, y decían: Alala, Alala. Estando en esto, vimos asomar los de a caballo, y como aquellos grandes escuadrones estaban embebecidos dándonos guerra, no miraron tan de presto en ellos como venían por las espaldas, y como el campo era llano y los caballeros buenos, y los caballos algunos de ellos muy revueltos y corredores, danles tan buena mano y alancean a su placer. Pues los que estábamos peleando, desde que los vimos, nos dimos tanta prisa, que los de a caballo por una parte y nosotros por otra, de presto volvieron las espaldas. Y aquí creyeron los indios que el caballo y el caballero eran todo uno, como jamás habían visto caballos. Iban aquellas sabanas y campos llenos de ellos, y acogiéronse a unos espesos montes que allí había.

Y desde que los hubimos desbaratado, Cortes nos contó cómo no habían podido venir más presto, por amor de una ciénega y cómo estuvo peleando con otros escuadrones de guerreros antes que a nosotros llegasen. Y venían tres de los caballeros de a caballo heridos, y cinco caballos. Y después de apeados debajo de unos árboles y casas que allí estaban, dimos muchas gracias a Dios por habernos dado aquella victoria tan cumplida; y como era día de Nuestra Señora de marzo llamóse una villa que se pobló, el tiempo andando, Santa María de la Victoria, así por ser día de Nuestra Señora como por la gran victoria que tuvimos. Esta fue la primera guerra que tuvimos en compañía de Cortés en la Nueva España. Y esto pasado, apretamos las heridas a los heridos con paños, que otra cosa no había, y se curaron los caballos con quemarles las heridas con unto de un indio de los muertos, que abrimos para sacarle el unto; y fuimos a ver los muertos que había por el campo y eran más de ochocientos, y todos los más de estocadas, y otros de los tiros y escopetas y ballestas, y muchos estaban medio muertos y tendidos, pues donde anduvieron los de a caballo había buen recaudo de ellos muertos, y otros quejándose de las heridas. Estuvimos en esta batalla sobre una hora, que no les pudimos hacer perder punto de buenos guerreros hasta que vinieron los de a caballo. Y prendimos cinco indios y los dos de ellos capitanes, y como era tarde y hartos de pelear, y no habíamos comido, nos volvimos al real, y luego enterramos dos soldados que iban heridos por la garganta y otro por el oído, y quemamos las heridas a los demás y a los caballos, con el unto del indio, y pusimos buenas velas y escuchas, y cenamos y reposamos.

COMO VINIERON A HABLAR CON HERNANDO CORTES TODOS LOS CACIQUES Y CALACHONIS DEL RIO GRIJALVA, Y TRAJERON UN PRESENTE, Y LO QUE SOBRE ELLO PASO

DENTRO DIA DE MAÑANA, que fueron a quince días del mes de marzo de mil quinientos diez y nueve años, vinieron muchos caciques y principales de aquel pueblo de Tabasco, y de otros comarcanos, haciendo mucho acato a todos nosotros, y trajeron un presente de oro, que fueron cuatro diademas y unas lagartijas, y dos como perrillos y orejeras, y cinco ánades, y dos figuras de caras de indios, y dos suelas de oro como de sus cotaras, y otras cosillas de poco valor, que ya no me acuerdo qué tanto valían. Y trajeron mantas de las que ellos hacían, que son muy bastas, porque ya habrán oído decir los que tienen noticias de aquella provincia que no las hay en aquella tierra sino de poca valía. Y no fué nada todo este presente en comparación de veinte mujeres, y entre ellas una muy excelente mujer que se dijo doña Marina, que así se llamó después de vuelta cristiana. Y dejaré esta plática y de hablar de ella y de las demás mujeres que trajeron, y diré que Cortés recibió aquel presente con alegría y se apartó con todos los caciques y con Aguilar, el intérprete, a hablar: y les dijo que por aquello que traían se lo tenía en gracia, mas que una cosa les rogaba; luego mandasen poblar aquel pueblo con toda su gente y mujeres e hijos, y que dentro de dos días le quiere ver poblado, y que en esto conocerá tener verdadera paz. Y luego los caciques mandaron llamar todos los vecinos, y con sus hijos y mujeres en dos días se pobló; y lo otro que les mandó, que dejasen sus ídolos y sacrificios, y respondieron que así lo harían; y les declaramos con Aguilar, lo mejor que Cortés pudo, las cosas tocantes a nuestra santa fe, y cómo éramos cristianos y adorábamos en un solo Dios verdadero, y se les mostró una imagen muy devota de Nuestra Señora con su Hijo precioso en los brazos, y se les declaró que en aquella santa imagen reverenciamos, porque así está en el cielo y es Madre de Nuestro Señor Dios. Y los caciques dijeron que les parecía muy bien aquella gran tececiguata, y que se la diesen para tener en su pueblo, porque a las grandes señoras en aquellas tierras, en su lengua, llaman tececiguatas. Y dijo Cortés que si daría, y les mandó hacer un buen altar, bien labrado, el cual luego hicieron. Y otro día de mañana mandó Cortés a dos de nuestros carpinteros de lo blanco, que se decían Alonso Yáñez y Alvaro López, que luego labrasen una cruz muy alta, y después de haber mandado todo esto, les dijo que fue la causa que nos dieron guerra, tres veces requiriéndoles con la paz. Y respondieron que ya habían demandado perdón de ello y estaban perdonados, y que el cacique de Champotón, su hermano, se lo aconsejó, y porque no le tuviesen por cobarde, y porque se lo reñían y deshonraban, y porque no nos dió guerra cuando la otra vez vino otro capitán con cuatro navíos, y, según parece, decíalo por Juan de Grijalva, y también que el indio que traíamos por lengua, que se huyó una noche, se lo aconsejó, y que de día y de noche nos diesen guerra. Y luego Cortés les mandó que en todo caso se lo trajesen, y dijeron que como les vió que en la batalla no les fué bien, que se les fué huyendo, y que no sabían de él, y aunque le han buscado; y supimos que le sacrificaron, pues tan caro les costó sus consejos. Y más les preguntó de qué parte traían oro y aquellas joyezuelas: respondieron que hacia donde se pone el so, y decían "Culúa" y "México", y como no sabíamos qué cosa era México ni Culúa, delábamoslo pasar por alto. Y allí traíamos otra lengua que se decía Francisco, que hubimos cuando lo de Grijalva, ya otra vez por mí memorado, mas no entendía poco ni mucho la de Tabasco, sino la de Culúa, que es la mexicana, y medio por señas dijo a Cortés que Culúa era muy adelante, y nombraba México y no lo entendimos.

Y en esto cesó la plática hasta otro día, que se puso en el altar la santa imagen de Nuestra Señora y la cruz, la cual todos adoramos, y dijo misa el padre fray Bartolomé de Olmedo; y estaban todos los caciques y principales delante, y púsose nombre a aquel pueblo Santa María de la Victoria, y así se llama ahora a la villa de Tabasco. Y el mismo fraile, con nuestra lengua, Aguilar, predicó a las veinte indias que se nos presentaron, muchas buenas cosas de nuestra santa fe, y que no creyesen en los ídolos que de antes creían, que eran malos y no eran dioses, ni más les sacrificasen, que las traían engañadas, y adorasen en Nuestro Señor Jesucristo. Y luego se bautizaron, y se puso por nombre doña Marina a aquella india y señora que allí nos dieron, y verdaderamente era gran cacica e hija de grandes caciques y señora de vasallos, y bien se le parecía en su persona; lo cual diré adelante cómo y de qué manera fué allí traída. Y las otras mujeres no me acuerdo bien de todos sus nombres, y no hace al caso nombrar algunas; mas éstas fueron las primeras cristianas que hubo en la Nueva España, y Cortés las repartió a cada capitán la suya, y a esta doña Marina, como era de buen parecer y entremetida y desenvuelta, dió a Alonso Hernández Puerto Carrero, que ya he dicho otra vez que era muy buen caballero, primo del conde de Medellin y después que fue a Castilla Puerto Carrero estuvo la doña Marina con Cortés, y hubo en ella un hijo que se dijo don Martin Cortés.

En aquel pueblo estuvimos cinco dias, así porque se curaran las heridas como por los que estaban con dolor de lomos, que allí se les quitó, y demás de esto, porque Cortés siempre atraía con buenas palabras a todos los caciques, y les dijo cómo el emperador nuestro señor, cuyos vasallos somos, tiene a su mandar muchos grandes señores, y que es bien que ellos le den la obediencia, y que en lo que hubieren menester, así favor de nosotros o cualquiera cosa, que se lo hagan saber dondequiera que estuviésemos, que él les vendrá a ayudar. Y todos los caciques le dieron muchas gracias por ello, y allí se otorgaron por vasallos de nuestro gran emperador; y éstos fueron los primeros vasallos que en la Nueva España dieron la obediencia a Su Majestad.

Y luego Cortés les mandó que para otro día, que era Domingo de Ramos, muy de mañana, viniesen al altar con sus hijos y mujeres para que adorasen la santa imagen de Nuestra Señora y la cruz, y asimismo les mandó que viniesen luego seis indios carpinteros y que fuesen con nuestros carpinteros y que en el pueblo de Zintla, adonde nuestro Señor Dios Fué servido darnos aquella victoria de la batalla pasada, por mi memorada, que hiciesen una cruz en un árbol grande que allí estaba, que entre ellos llamaban ceiba, e hiciéronla en aquel árbol a efecto que durase mucho, que con la corteza que suele reverdecer está siempre la cruz señalada. Hecho esto mandó que aparejasen todas las canoas que tenían para ayudarnos a embarcar, porque luego aquel santo día nos queríamos hacer a la vela, porque en aquella sazón vinieron dos pilotos a decir a Cortés que estaban en gran riesgo los navíos por la mar del norte, que es travesía. Y otro día, muy de mañana, vinieron todos los caciques y principales con todas las canoas y sus mujeres e hijos, y estaban ya en el patio donde teníamos la iglesia y cruz y muchos ramos cortados para andar en procesión. Y desde que los caciques vimos juntos, así Cortés y capitanes y todos a una con gran devoción anduvimos una muy devota procesión, y el padre de la Merced y Juan Díaz, el clérigo, revestidos, y se dijo misa, y adoramos y besamos la santa cruz, y los caciques e indios mirándonos. Y hecha nuestra solemne fiesta, según el tiempo, vinieron los principales y trajeron a Cortés hasta diez gallinas y pescado y otras legumbres. y nos despedimos de ellos y siempre Cortés encomendándoles la santa imagen y santas cruces, y que las tuviesen muy limpias y barridas, y enramado y que las reverenciasen y hallarían salud y buenas sementeras. Y después de que era ya tarde nos embarcamos, y otro día por la mañana nos hicimos a la vela, y con buen viaje navegamos y fuimos la via de San Juan de Ulúa, y siempre muy juntos a tierra.

Y yendo navegando con buen tiempo, decíamos a Cortés los que sabíamos aquella derrota: "Señor, allí queda la Rambla", que en lengua de indios se dice Ayagualulco. Y luego que llegamos en el paraje de Tonalá, que se dice San Antón, se lo señalábamos; más adelante le mostrábamos el gran río de Guazagualco; y vió, las muy altas sierras nevadas; y luego las sierras de San Martin, y más adelante le mostramos la roca partida, que es unos grandes peñascos que entran en la mar y tienen una señal arriba como manera de silla; y más adelante le mostramos el río de Alvarado, que es adonde entró Pedro de Alvarado cuando lo de Grijalva: y luego vimos el río de Banderas, que fue donde rescatamos los diez y seis mil pesos, y luego le mostramos la isla Blanca, y también le dijimos adónde quedaba la isla Verde; y junto a tierra vió la isla de Sacrificios, donde hallamos los altares, cuando lo de Grijalva y los indios sacrificados; y luego en buena hora llegamos a San Juan de Ulúa, jueves de la Cena, después de mediodía. Y acuérdome que se llegó un caballero, que se decía Alonso Hernández Puerto Carrero, y dijo a Cortés: "Paréceme, señor, que os han venido diciendo estos caballeros que han venido otras dos veces a estas tierras:

Cata Francia, Montesinos; cata Paris, la ciudad: cata las aguas del Duero do van a dar en la mar.

Yo digo que mire las tierras ricas, y sabeos bien gobernar". Luego Cortés bien entendió a qué fin fueron aquellas palabras dichas, y respondió: "Dénos Dios ventura en armas, como al paladin Roldán, que en lo demás, teniendo a vuestra merced, y a otros caballeros por señores, bien me sabré entender". Y dejémoslo, y no pasemos de aquí. Y esto es lo que pasó, y Cortés no entró en el río de Alvarado, como lo dice GómAra.

COMO DONA MARINA ERA CACICA, E HIJA DE GRANDES SENORES DE PUEBLOS Y VASALLOS, Y DE LA MANERA QUE LA DICHA DOHA MARINA FUE TRAIDA A TABASCO

ANTES QUE MAS META LA MANO en lo del gran Montezuma y su gran México y mexicanos, quiero decir lo de doña Marina, cómo desde su niñez fué gran señora y cacica de pueblos y vasallos: y es de esta manera: Que su padre y madre eran señores y caciques de un pueblo que se dice Painala, y tenía otros pueblos sujetos a él, obra de ocho leguas de la villa de Guazacualco; y murió el padre, quedando muy niña, y la madre se casó con otro cacique mancebo, y hubieron un hijo, y según pareció, querianlo bien al hijo que habían habido; acordaron entre el padre y la madre de darle el cacicazgo después de sus días, y porque en ello no hubiese estorbo, dieron de noche a la niña doña Marina a unos indios de Xicalango, porque no fuese vista, y echaron fama que se había muerto. Y en aquella sazón murió una hija de una india esclava suya y publicaron que era la heredera; por manera que los de Xicalango la dieron a los de Tabasco, y los de Tabasco a Cortés. Y conocí a su madre y a su hermano de madre. hijo de la vieja, que era ya hombre y mandaba juntamente con la madre a su pueblo, porque el marido postrero de la vieja ya era fallecido. Y después de vueltos cristianos se llamó la vieja Marta y el hijo Lázaro, y esto sélo muy bien, porque en el año de mil quinientos veinte y tres años, después de conquistado México y otras provincias. y se había alzado Cristóbal de Olid en las Hibueras, fué Cortés allí y pasó por Guazacualco. Fuimos con él aquel viaje toda la mayor parte de los vecinos de aquella villa. como diré en su tiempo y lugar; y como doña Marina en todas las guerras de la Nueva España y Tlaxcala y México fué tan excelente mujer y buena lengua. como adelante diré, a esta causa la traía siempre Cortés consigo. Y en aquella sazón y viaje se casó con ella un hidalgo que se decía Juan Jaramillo, en un pueblo que se decía Orizaba, delante ciertos testigos, que uno de ellos se decía Aranda, vecino que fue de Tabasco; y aquél contaba el casamiento, y no como lo dice el coronista Gómara. Y la doña Marina tenía mucho ser y mandaba absolutamente entre los indios en toda la Nueva España.

Y estando Cortés en la villa de Guazacualco, envié a llamar a todos los caciques de aquella provincia para hacerles un parlamento acerca de la santa doctrina, y sobre su buen tratamiento. y entonces vino la madre de doña Marina y su hermano de madre. Lázaro, con otros caciques. Días había que me había dicho la doña Marina que era de aquella provincia y señora de vasallos, y bien lo sabia el capitán Cortés y Aguilar, la lengua. Por manera que vino la madre y su hijo, el hermano, y se conocieron, que claramente era su hija, porque se le parecía mucho. Tuvieron miedo de ella, que creyeron que los enviaba a hallar para matarlos, y lloraban. Y como así los via llorar la doña Marina, les consoló y dijo que no hubiesen miedo, que cuando la traspusieron con los de Xicalango que no supieron lo que hacían, y se los perdonaba, y les die) muchas joyas de oro y ropa, y que se volviesen a su pueblo; y que Dios la había hecho mucha merced en quitarla de adorar ídolos ahora y ser cristiana, y tener un hijo de su amo y señor Cortés, y ser casada con un caballero como era su marido Juan Jaramillo; que aunque la hicieran cacica de todas cuantas provincias había en la Nueva España, no lo seria, que en más tenía servir a su marido y a Cortés que cuanto en el mundo hay. Y todo esto que digo sélo yo muy certificadamente, y esto me parece que quiere remedar lo que le acaeció con sus hermanos en Egipto a Josef, que vinieron en su poder cuando lo del trigo. Esto es lo que pasó, y no la relación que dieron a Gómara, y también dice otras cosas que dejo por alto. Y volviendo a nuestra materia, doña Marina sabia la lengua de Guazacualco, que es la propia de México, y sabia la de Tabasco, como Jerónimo Aguilar sabia la de Yucatán y Tabasco, que es toda una; entendíanse bien, y Aguilar lo declaraba en castellano a Cortés: fué gran principio para nuestra conquista, y así se nos hacian todas las cosas, loado sea Dios. muy prósperamente. He querido declarar esto porque sin ir doña Marina no podíamos entender la lengua de la Nueva España y México. Donde lo dejaré y volveré a decir 'cómo nos desembarcamos in) el puerto de San Juan de Ulúa.

COMO LLEGAMOS CON TODOS LOS NAVIOS A SAN JUAN DE ULUA, Y DE LO QUE ALLI NOS ACONTECIO LUEGO

EN JUEVES SANTO DE LA CENA de mil quinientos diez y nueve años llegamos con toda la armada al puerto de San Juan de Ulúa, y como el piloto Alaminos lo sabía muy bien desde cuando vinimos con Juan de Grijalva, luego mandó surgir en parte que los navíos estuviesen seguros del norte, y pusieron en la nao capitana sus estandartes reales y veletas. Y después, obra de media hora que hubimos surgido, vinieron dos canoas muy grandes, que en aquellas partes a las canoas grandes llaman piraguas, y en ellas vinieron muchos indios mexicanos, y como vieron los estandartes y el navío grande, conocieron que allí habían de ir a hablar al capitán. Y fuéronse derechos al navío, y entran dentro y preguntan cuál era el tatuan, que en su lengua dicen el señor, y doña Marina, que bien lo entendió, porque sabia muy bien la lengua, se le mostró a Cortés, y los indios hicieron mucho acato a Cortés a su usanza, y le dijeron que fuese bien venido, y que un criado del gran Montezuma, su señor, les envía a saber qué hombres éramos y qué buscábamos, y que si algo hubiésemos menester para nosotros y los navíos, que se lo dijésemos, que traerán recaudo para ello. Y Cortés respondió con las dos lenguas, Aguilar y doña Marina, que se lo tenía en merced, y luego les mandó dar de comer y beber vino, y unas cuentas azules; y desde que hubieron bebido les dijo que veníamos para verlos y contratar, y que no se les haría enojo ninguno, y que hubiesen por buena nuestra llegada a aquella tierra. Y los mensajeros se volvieron muy contentos. Y otro día, que fué Viernes Santo de la Cruz, desembarcamos así caballos como artillería en unos montones y médanos de arena que allí hay, altos, que no había tierra llana, sino todos arenales y asestaron los tiros como mejor le pareció

al artillero, que se decía Mesa, e hicimos un altar, adonde se dijo luego misa; e hicieron chozas y ramadas para Cortés y para los capitanes, y entre trescientos soldados acarreábamos madera, e hicimos nuestras chozas, y los caballos se pusieron adonde estuviesen seguros, y en esto se pasó aquel Viernes Santo. Y otro día, sábado, víspera de Pascua de la Santa Resurección, vinieron muchos indios que envió un principal que era gobernador de Montezuma, que se decía Pitalpitoque, que después le llamamos Obandillo, y trajeron hachas y adobaron las chozas del capitán Cortés y los ranchos que más cerca hallaron, y les pusieron mantas grandes encima por amor del sol, que era Cuaresma y hacia muy gran calor, y trajeron gallinas y pan de maíz, y ciruelas, que era tiempo de ellas, y paréceme que entonces trajeron unas joyas de oro, y todo lo presentaron a Cortés y dijeron que otro día había de venir un gobernador a traer más bastimento. Cortés se lo agradeció mucho, y les mandó dar ciertas cosas de rescate, con que fueron muy contentos.

Y otro día, Pascua Santa de Resurrección, vino el gobernador que habían dicho, que se decía Tendile, hombre de negocios, y trajo con él a Pitalpitoque, que también era persona entre ellos principal, y traían detrás de si muchos indios con presentes y gallinas y otras legumbres; y a éstos que lo traían mandó Tendile que se apartasen un poco a un cabo, y con mucha humildad hizo tres reverencias a Cortés a su usanza, y después a todos los soldados que más cerca nos hallamos. Y Cortés les dijo con las lenguas que fuesen bien venidos, y les abrazó y les dijo que esperasen, y que luego les hablaría. Y entre tanto mandó hacer un altar, lo mejor que en aquel tiempo se pudo hacer, y dijo misa cantada fray Bartolomé de Olmedo, que era gran cantor, y la beneficiaba el padre Juan Diaz, y estuvieron a la misa los dos gobernadores y otros principales de los que traian en su compañía, y oído misa comió Cortés y ciertos capitantes y los dos indios criados del gran Montezuma, y alzadas las mesas, se apartaron Cortés con las dos lenguas y con aquellos caciques, y les dijo cómo éramos cristianos y vasallos del mayor señor que hay en el mundo, que se dice el emperador don Carlos, y que tiene por vasallos y criados a muchos grandes señores, y que por su mandado venimos a estas tierras. porque ha muchos años que tiene noticia de ellos y del gran señor que les manda y que le quiere tener por amigo y decirle muchas cosas en su real nombre; y después que las sepa y haya entendido, se holgará; y también para contratar con él y sus indios y vasallos de buena amistad; y que quería saber dónde manda su merced que se vean. Y el Tendile respondió algo soberbio, y dijo. "Aún ahora has llegado y ya le quieres hablar; recibe ahora este presente que te damos en nombre de nuestro señor, y después me dirás lo que te cumpliere". Y luego sacó de una petaca, que es como caja, muchas piezas de oro y de buenas labores y ricas, y mandó traer diez cargas de ropa blanca de algodón y de pluma, cosas muy de ver, y otras cosas que ya no me acuerdo, y mucha comida, que eran gallinas, fruta y pescado asado. Cortés lo recibió riendo y con buena gracia, y les dió cuentas torcidas y otras cuentezuelas de las de Castilla, y les rogó que mandasen en sus pueblos que viniesen a contratar con nosotros, porque él traía muchas cuentas a trocar por oro; y dijeron que así lo mandarían. Y según después supimos, estos Tendile y Pitalpitoque eran gobernadores de unas provincias que se dicen Cotustan y Tustepeque y Guazpaltepeque y Tatalteco y de otros pueblos que nuevamente tenían sojuzgados. Y luego Cortés mandó traer una silla de caderas con entalladuras de taracea y unas piedras margaritas, que tienen dentro de si muchas labores, y envueltas en unos algodones que tenían almizcle porque oliesen bien, y un sartal de diamantes torcidos, y una gorra de carmesí con una medalla de oro de San Jorge como que estaba caballo con su lanza, que mata un dragón, dijo a Tendile que luego enviase aquella silla en que se asiente el señor Montezuma, que ya sabíamos que así se llamaba, para cuando le vaya a ver y hablar, y que aquella gorra que la ponga en la cabeza, y que aquella piedra y todo lo demás le manda dar el rey nuestro señor en señal de amistad, porque sabe que es gran señor, y que mande señalar para qué día y en qué parte quiere que le vaya a ver. Y el Tendile lo recibió y dijo que su señor Montezuma es tan gran señor que holgara de conocer a nuestro gran rey, y que le llevará presto aquel presente y traerá respuesta.

Y parece ser Tendile traía consigo grandes pintores, que los hay tales en México, y mandó pintar al natural la cara y rostro y cuerpo y facciones de Cortés y de todos los capitanes y soldados, y navíos y velas, y caballos, y a doña Marina y Aguilar, y hasta dos lebreles, y tiros y pelotas, y todo el ejército que traíamos, y lo llevó a su señor. Y luego mandó Cortés a los artilleros que tuviesen muy bien cebadas las lombardas, con buen golpe de pólvora, para que hiciese gran trueno cuando lo soltasen. Y mandó a Pedro de Alvarado que él y todos los de a caballo se aparejasen para que aquellos criados de Montezuma los viesen correr, y que llevasen pretales de cascabeles. y también Cortés cabalgo y dijo: "Si en estos médanos de arena pudiéramos correr bueno fuera; mas ya verán que a pie atollamos en el arena; salgamos a la playa después que sea menguante y correremos de dos en dos". Y al Pedro de Alvarado, que era su yegua alazana de gran carrera y revuelta, le die) el cargo de todos los de a caballo; todo lo cual se hizo delante de aquellos dos embajadores, y para que viesen salir los tiros hizo Cortés que los quería tornar a hablar con otros muchos principales, y ponen fuego a las lombardas. Y en aquella sazón hacía calma, y van las piedras por los montes retumbando con gran ruido, y los gobernadores y todos los indios se espantaron de cosas tan nuevas para ellos, y todo lo mandaron pintar a sus pintores para que su señor Montezuma lo viese.

Y parece ser que un soldado tenía un casco medio dorado, y aunque mohoso; y vió el Tendile, que era más entremetido indio que el otro, y dijo que le quería ver, que parecía a uno que ellos tenían que les habían dejado sus antepasados y linaje de donde venían, lo cual tenían puesto a sus dioses Huychilobos, y que su señor Montezuma se holgaría de verlo. Y luego se lo dieron, y les dijo Cortés que porque querían saber si el oro de esta tierra es como lo que sacan en la nuestra de los ríos, que le envien aquel casco lleno de granos de oro para enviarlo a nuestro gran emperador. Y después de todo esto el Tendile se despidió de Cortés y de todos nosotros, y después de muchos ofrecimientos que le hizo Cortés se despidió de él y dijo que él volvería con la respuesta con toda brevedad. Y ya ido Tendile, alcanzamos a saber que, después de ser indio de grandes negocios, fue el más suelto peón que su amo Montezuma tenia. El cual fue en posta y dió relación de todo a su señor, y le mostró todo el dibujo que llevó pintado y el presente que le envió Cortés; y dizque el gran Montezuma, desde que lo vió, quedó admirado y recibió por otra parte mucho contento, y desde que vió el casco y el que tenía su Huichilobos tuvo percierto que éramos de los que le habían dicho sus antepasados que vendrían a señorear aquella tierra.

Aquí es donde dice el coronista Gómara muchas cosas que no le dieron buena relación. Y dejarlo he y diré lo que más acaeció.

COMO FUE TENDILE A HABLAR CON MONTEZUMA Y A LLEVAR PRESENTES, Y LO QUE SE HIZO EN NUESTRO REAL

DESDE QUE FUE TENDILE con el presente que el capitán Cortés le dió para su señor Montezuma, y había quedado en nuestro real el otro gobernador, que se decía Pitalpitoque, quedó en unas chozas apartadas de nosotros, y allí trajeron indias para que hiciesen pan de su maíz, y gallinas y fruta y pescado, y de aquello proveían a Cortés y a los Capitanes que comían con él, que a nosotros los soldados, si no lo mariscábamos o íbamos a pescar, no lo teníamos. Y en aquella sazón vinieron muchos indios de los pueblos por mí nombrados, donde eran gobernadores aquellos criados del gran Montezuma, y traían algunos de ellos oro y joyas de poco valor y gallinas a trocar por nuestros rescates, que eran cuentas verdes y diamantes y otras joyas. Y con aquello nos sustentábamos, porque comúnmente todos los soldados traíamos rescate, como teníamos aviso cuando lo de Grijalva que era bueno traer cuentas. Y en esto se pasaron seis o siete días. Y estando en esto vino Tendile una mañana con más de cien indios cargados; y venían con ellos un gran cacique mexicano, y en el rostro y facciones y cuerpos se parecía al capitán Cortés, y adrede le envió el gran Montezuma, porque según dijeron, que cuando a Cortés lo llevó Tendile dibujado su misma figura, todos los principales que estaban con Montezuma dijeron que un principal que se decía Qwntalbor se le parecía a lo propio a Cortés, que así se llamaba aquel gran cacique que venía con Tendile, y como parecía a Cortés, así le llamábamos en el real, Cortés acá, Cortés acullá. Volvamos a su venida, y lo que hicieron. Que en llegando donde nuestro capitán estaba, besó la tierra. y con braseros que traían de barro, y en ellos de su incienso, le sahumaron, y a todos los demás soldados que allí cerca nos hallamos. Y Cortés les mostró mucho amor, y asentólos cabe si.

Y aquel principal que venia con aquel presente traía cargo de hablar juntamente con el Tendile; ya he dicho que se decía Quintalbor. Y después de haber dado el parabién venido a aquella tierra y otras muchas pláticas que pasaron, mandó sacar el presente que traían, y encima de unas esteras que llaman petates, y tendidas otras mantas de algodón encima de ellas, y lo primero que de él fué una rueda de hechura de sol de oro muy fino, que sería tamaña como una rueda de carreta, con muchas maneras de pinturas, gran obra de mirar, que valía, a lo que después dijeron, que la habían pesado, sobre diez mil pesos, y otra mayor rueda de plata, figurada la luna, y con muchos resplandores y otras figuras en ella, y ésta era de gran peso, que valía mucho; y trajo el casco lleno de oro en granos chicos, como le sacan de las minas, que valía tres mil pesos. Aquel oro del casco tuvimos en más por saber cierto que había buenas minas, que si trajeran veinte mil pesos. Más trajo veinte ánades de oro, muy prima labor y muy al natural, y unos como perros de los que entre ellos tienen, y muchas piezas de oro de tigres y leones y monos; y diez collares hechos de una hechura muy prima, y otros pinjantes; y doce flechas y un arco con su cuerda, y dos varas como de justicia, de largor de cinco palmos; y todo esto que he dicho de oro muy fino y de obra vaciadizo. Y luego mandó traer penachos de oro y de ricas plumas verdes y otros de plata, y aventadores de lo mismo; pues venados de oro, sacados de vaciadizo, y fueron tantas cosas que como ya ha tantos años que pasó no me acuerdo de todo. Y luego mandó traer allí sobre treinta cargas de ropa de algodón, tan prima y de muchos géneros de labores, y de pluma de muchos colores. que por ser tantas no quiero en ello meter más la pluma porque no lo sabré escribir. Y después que lo hubo dado, dijo aquel gran cacique Quintalbor, y el Tendile, a Cortés, que reciba aquello con la gran voluntad que su señor se la envía, y que la reparta con los teules y hombres que consigo trae. Y Cortés con alegría lo recibió. Y dijeron a Cortés aquellos embajadores que le querían hablar lo que su señor le envía a decir, y lo primero que le dijeron que se ha holgado que hombres tan esforzados vengan a su tierra, como le han dicho que somos, porque sabía lo de Tabasco, y que deseará mucho ver a nuestro gran emperador, pues tan gran señor es, pues de tan lejanas tierras como venimos tiene noticia de él. y que le enviará un presente de piedras ricas, y que entretanto que allí en aquel puerto estuviéremos, si en algo nos puede servir que lo hará de buena voluntad; y cuanto a las vistas, que no curasen de ellas, que no había para qué, poniendo muchos inconvenientes,

Cortés les tornó a dar las gracias con buen semblante por ello, y con muchos halagos y ofrecimientos dio a cada gobernador dos camisas de Holanda, y diamantes azules y otras cosillas, y les rogo que volviesen por su embajador a México a decir a su señor, el gran Montezuma, que pues habíamos pasado tantas mares y veníamos de tan lejanas tierras solamente por verle y hablar de su persona a la suya, que si así se volviese que no le recibirá de buena manera nuestro gran rey y señor, y que adonde quiera que estuviere le quiere ir a ver y hacer lo que mandare. Y los gobernadores dijeron que ellos irían y se lo dirían, mas que las vistas que dice, que entienden que son por demás. Y envió Cortés con aquellos mensajeros a Montezuma de la pobreza que traíamos, que era una copa de vidrio de Florencia, labrada y dorada con muchas arboledas y monterías que estaban en la copa, y tres camisas de Holanda, y otras cosas, y les encomendó la respuesta. Y fuéronse estos dos gobernadores, y quedó en el real Pitalpitoque, que parece ser le dieron cargo los demás criados de Montezuma para que trajese la comida de los pueblos más cercanos.

Luego Cortés mandó ir dos navíos a descubrir la costa adelante, y por capitán de ellos a Francisco de Montejo, y le mandó que siguiese el viaje que habíamos llevado con Juan de Grijalva, porque el mismo Montejo había venido en nuestra compañía, como otra vez he dicho; y que procurase de buscar puerto seguro y mirase por tierras en que pudiésemos estar, porque ya bien veía que en aquellos arenales no nos podíamos valer de mosquitos, y estar tan lejos de poblazones. Y mandó al piloto Alaminos y a Juan Alvarez, el Manquillo, fuesen por pilotos, porque como ya sahían aquella derrota, y que diez días navegasen costa a costa todo lo que pudiesen. Y fueron de la manera que les fue mandado, y llegaron en el paraje del río grande, que es cerca de Pánuco: y desde allí adelante no pudieron pasar por las grandes corrientes: que fué el río donde la otra vez llegamos, cuando lo del capitán Juan de Grijalva.

Y dejarlo he ahora, y pasemos adelante y digamos que en aquellos arenales donde estábamos había siempre muchos mosquitos, así de los zancudos como de los chicos, que llaman xexenes, que son peores que los grandes, y no podíamos dormir de ellos, y no había bastimentos, y el cazabe se apocaba, y muy mohoso y sucio de las fátulas, y algunos soldados de los que solian tener indios en la isla de Cuba. suspirando por volverse a sus casas. en especial de los criados y amigos de Diego Velázquez; y como Cortés así vido la cosa y voluntades, mandó que nos fuésemos al pueblo que había visto Montejo y el piloto Alaminos, que estaba en fortaleza, que se dice Quiauiztlan, y que los navíos estarían al abrigo del peñol por mi nombrado. Y como se ponía por la obra para nos ir, todos los amigos y deudos y criados de Diego Velázquez dijeron a Cortés que para qué quería hacer aquel viaje sin bastimentos, y que no tenía posibilidad para pasar más adelante, porque ya se habían muerto en nuestro real, de heridas de lo de Tabasco y de dolencias y hambre, sobre treinta y cinco soldados, y que la tierra era grande y las poblazones de mucha gente, y que nos darían guerra un día que otro, y que sería mejor que nos volviésemos a Cuba y dar cuenta a Diego Velázquez del oro rescatado, pues era cantidad, y de los grandes presentes de Montezuma, que era el sol y luna de plata y el casquete de oro menudo de minas, y de todas las joyas y ropa por mi memoradas. Y Cortés les respondió que no es buen consejo volver sin ver por qué, y que hasta ahora que no nos podíamos quejar de la fortuna, y que diésemos gracias a Dios que en todo nos ayudaba, y que en cuanto a los que se han muerto, que en las guerras y trabajos suele acontecer. y que será bien saber lo que hay en la tierra, y que entretanto del maíz y bastimentos que tienen los indios y pueblos cercanos comeríamos o mal nos andarían las manos. Y con esta respuesta se sosegó algo la parcialidad de Diego Velázquez, aunque no mucho, que ya había corrillos de ellos y plática en el real sobre la vuelta a Cuba. Y delarlo he aquí, y diré lo que más avino.

COMO ALZAMOS A HERNANDO CORTES POR CAPITÁN GENERAL Y JUSTICIA MAYOR DE ESTAS TIERRAS HASTA QUE SU MAIESTAD MANDASE LO QUE HUBIERE MENESTER Y CONVINIERA. Y DE LO QUE EN ELLO SE HIZO

LA HE DICHO QUE EN EL REAL andaban los parientes y amigos de Diego Velázquez perturbando que no pasásemos adelante, y que desde allí, de San Juan de Ulúa, nos volviésemos a la isla de Cuba. Parece ser que ya Cortés tenia puesto en pláticas con Alonso Hernández Puertocarrero y con Pedro de Alvarado y sus cuatro hermanos, Jorge y Gonzalo y Gómez y Juan, todos Alvarados; y con Cristóbal de Olid, y Alonso de Avila, y Juan de Escalante, y Francisco de Lugo, y conmigo y otros caballeros y capitanes, que le pidiésemos por capitán. Francisco de Montejo bien lo entendió, y estábase a la mira, y una noche, a más de medianoche, vinieron a mi choza Alonso Hernández Puerto carrero y Juan de Escalante y Francisco de Lugo, que éramos algo deudos yo y Lugo, y de una tierra, y me dijeron: "¡Ah, señor Bernal Díaz del Castillo, salid acá con vuestras armas a rondar, acompañaremos a Cortés, que anda rondando!". Y desde que estuve apartado de la choza me dijeron: "Mirad, señor, tened secreto de un poco que os queremos decir, que pesa mucho, y no lo entiendan los compañeros que están en vuestro rancho, que son de la parte de Dieqo Velázquez". Y lo que me platicaron fué: ";Paréceos, señor, bien que Hernando Cortés así nos haya traído engañados a todos. y dió pregones en Cuba que venia a poblar, y ahora hemos sabido que no trae poder para ello, sino para rescatar, y quieren que nos volvamos a Santiaqo de Cuba con todo el oro que se ha habido, y quedaremos todos perdidos, y tomarse ha el oro Diego Velázquez, como la otra vez? Mirad, señor, que habéis venido ya tres veces con esta postrera, gastando vuestros haberes, y habéis quedado empeñado. aventurando tantas veces la vida con tantas heridas; hacémoslo, señor, saber porque no pase esto más adelante, y estamos muchos caballeros que sabemos que son amigos de vuestra merced para que esta tierra se pueble en nombre de Su Majestad, y Hernando Cortés en su real nombre, y en teniendo que tengamos posibilidad, hacerlo saber en Castilla a nuestro rey y señor, y tenga, señor, cuidado de dar el voto para que todos le elijamos por capitán, de unánime voluntad, porque es servicio de Dios y de nuestro rey y señor". Yo respondí que la ida de Cuba no era buen acuerdo, y que seria bien que la tierra se poblase y que eligiésemos a Cortés por general y justicia mayor, hasta que Su Majestad otra cosa mandase. Y andando de soldado en soldado este concierto, alcánzanlo a saber los deudos y amigos de Diego Velázquez, que eran muchos más que nosotros; y con palabras algo sobradas dijeron a Cortés que para qué andaban con mañas para quedarse en esta tierra, sin ir a dar cuenta a quien le envió para ser capitán, porque Diego Velázquez no se lo tendría a bien; y que luego nos fuésemos a embarcar, y que no curase de más rodeos y andar en secretos con los soldados, pues no tenía bastimentos, ni gente, ni posibilidad para que pudiese poblar.

Y Cortés respondió sin mostrar enojo, y dijo que le placía, que no iría contra las instrucciones y memorias que traía de Diego Velázquez, y mandó lueqo pregonar que para otro día todos nos embarcásemos, cada uno en el navío que había venido. Y los que habíamos sido en el concierto le respondimos que no era bien traernos así engañados; que en Cuba pregonó que venia a poblar, y aue viene a rescatar, y que le requerimos de parte de Dios Nuestro Señor y de Su Majestad que luego poblase y no hiciese otra cosa, porque era muy gran bien y servicio de Dios y de Su Majestad. Y se le dijo muchas cosas bien dichas sobre el caso, diciendo que los naturales no nos dejarían desembarcar otra vez como ahora, y que en estar poblada esta tierra siempre acudirían de todas las islas soldados para ayudarnos. y que Diego Velázquez nos ha echado a perder con nublicar que tenía provisiones de Su Majestad para poblar, siendo al contrario, y que nosotros queríamos poblar y que se fuese quien quisiese a Cuba. Por manera que Cortés aceptó, y aunque se hacía mucho de rogar, y como dice el refrán, tú me lo ruegas y yo me lo quiero; y fue con condición que le hiciésemos justicia mayor y capitán general, y lo peor de todo que le otorgamos que le diésemos el quinto del oro de lo que se hubiese, después de sacado el real quinto. Y luego le dimos poderes muy vastísimos, delante de un escribano del rey que se decía Diego de Godoy, para todo lo por mí aquí dicho. Y luego ordenamos de hacer y fundar y poblar una villa que se nombró la Villa Rica de la Vera Cruz, porque llegamos jueves de la Cena y desembarcamos en Viernes Santo de la Cruz, y rica por aquel caballero que se llegó a Cortés y le dijo que mirase las tierras ricas y que se supiese bien gobernar, y quiso decir que se quedase por capitán general, el cual era D. Alonso Hernández de Puertocarrero.

Y volvamos a nuestra relación. Y fundada la villa, hicimos alcaldes y regidores, y fueron los primeros alcaldes Alonso Hernández Puertocarrero y Francisco de Montejo, y a este Montejo, por que no estaba muy bien con Cortés, por meterle en los primeros y principal, Ie mandó nombrar por alcalde; y los regidores dejarlos he de escribir, porque no hace al caso que nombre algunos; y diré cómo se puso una picota en la plaza y fuera de la villa una horca, y señalamos por capitán para las entradas a Pedro de Alvarado, y maestre de campo a Cristóbal de Olid, y alguacil mayor a Juan de Escalante, y tesorero Gonzalo Mejia, y contador Alonso de Avila, y alférez a fulano Corral, porque el Villarroel, que había sido alférez, no sé qué enojo había hecho a Cortés, sobre una india de Cuba, y se le quitó el cargo; y alguacil del real a Ochoa, vizcaíno, y a un Alonso Romero.

Después que los de la parcialidad de Diego Velázquez vieron que de hecho habíamos elegido a Cortés por capitán general y justicia mayor, nombrada la villa y alcaldes y regidores, y nombrado capitán a Pedro de Alvarado, y alguacil mayor y maestre de campo, y todo lo por mí dicho, estaban tan enojados y rabiosos que comenzaron a armar bandos y chirinolas, y aun palabras muy mal dichas contra Cortés y contra los que le elegimos; y que no era bien hecho sin ser sabedores de ello todos los capitanes y soldados que allí venian, y que no le dió tales poderes Diego Velázquez sino para rescatar, y harto teníamos los del bando de Cortés de mirar que no se desvergonzasen más y viniésemos a las armas. Entonces avisó Cortés secretamente a Juan de Escalante que le hiciésemos parecer las instrucciones que traía de Diego Velázquez, lo cual luego Cortés las sacó del seno y las dió a un escribano del rey que las leyese, y desde que decía en ellas: "Desque hobiéredes rescatado lo más que pudiéredes, os volveréis", y venían firmadas de Diego Velázquez y refrendadas de su secretario Andrés de Duero, pedimos a Cortés que las mandase incorporar juntamente con el poder que le dimos, y asimismo el pregón que se dió en la isla de Cuba, y esto fué a causa que Su Majestad supiese en España cómo todo que hacíamos era en su real servicio, y no nos levantasen alguna cosa contraria de la verdad: y fué harto buen acuerdo, según en Castilla nos trataba don Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos y arzobispo de Rosano, que así se llamaba, lo cual supimos por muy cierto que andaba por destruirnos, como adelante diré.

Hecho esto, volvieron otra vez los mismos amigos y criados de Diego Velázquez a decir que no estaba bien hecho haberle elegido sin ellos, y que no querían estar bajo de su mando, sino volverse luego a la isla de Cuba. Y Cortés les respondía que él no detendría a ninguno por fuerza, y cualquiera que le viniese a pedir licencia se la daría de buena voluntad, aunque se quedase solo; y con esto los asosegó a algunos de ellos, excepto a Juan Velázquez de León, que era pariente de Diego Velázquez, y a Diego de Ordaz, y a Escobar, que llamábamos el Paje, porque había sido criado de Diego Velázquez, y a Pedro Escudero y a otros amigos de Diego Velázquez. Y a tanto vino la cosa, que poco ni mucho le querían obedecer, y Cortés, con nuestro favor, determinó de prender a Juan Velázquez de León, y a Diego de Ordaz, y a Escobar el Paje, y a Pedro Escudero, y a otros que ya no recuerdo; y por los demás mirábamos no hubiese algún ruido, y estuvieron presos con cadenas y velas que les mandaban poner ciertos días. Y pasaré adelante, y diré cómo fué Pedro de Alvarado a entrar en un pueblo cerca de allí, que se decía Cotastan. que eran de lengua de Culúa, y este nombre de Culúa es en aquella tierra como si dijesen los romanos o sus aliados; así es toda la lengua de la parcialidad de México y de Montezuma, y a este fin en toda esta tierra, cuando dijese Culúa, son vasallos y sujetos a México, y así se han de entender.

Y allí dormimos aquella noche, y no hubo qué cenar, y otro día caminamos la tierra adentro hacia el poniente, y dejamos la costa, y no sabíamos el camino, y topamos unos buenos prados, que llaman sabanas, y estaban paciendo unos venados, y corrió Pedro de Alvarado con su yegua alazana tras un venado, y le dio una lanzada, y herido se metió por un monte, que no se pudo haber. Y estando en esto vimos venir doce indios que eran vecinos de aquellas estancias donde habíamos dormido, y venían de hablar a su cacique, y traían gallinas y pan de maíz, y dijeron a Cortés, con nuestras lenguas, que su señor envía aquellas gallinas que comiésemos, y nos rogaba fuésemos a su pueblo, que estaba de allí. a lo que señalaron, andadura de un día, porque es un sol. Y

Cortés les dió las gracias y les halagó, y caminamos adelante y dormimos en otro pueblo chico, que también tenía hechos muchos sacrificios. Y porque estarán hartos de oír de tantos indios e indias que hallábamos sacrificados, en todos los pueblos y caminos que topábamos, pasaré delante sin decir de qué manera y qué cosas tenían, y diré cómo nos dieron en aquel poblezuelo de cenar, y supimos que era por Cempoal el camino para ir Quiauiztlan. que ya he dicho que estaba en una fuerza. Y pasaré adelante, y diré cómo entramos en Cempoal.

Y estando en él vinieron luego a decir a Cortés que venia el cacique gordo de Cempoal en andas y a cuestas de muchos indios principales. Y desde que llegó el cacique estuvo hablando con Cortés. juntamente con el cacique y otros principales de aquel pueblo, dando tantas quejas de Montezuma; y contaba de sus orandes poderes, y decíalo con lágrimas y suspiros, que Cortés y los que estábamos presentes tuvimos mancilla. Y demás de contar por qué vía les había sujetado, que cada año les demandaba muchos hijos e hijas para sacrificar, y otros para servir en sus casas y sementeras; y otras muchas quejas, que fueren tantas, aue va no se me acuerda; y que los recaudadores de Montezuma les tomaban sus mujeres e hijas si eran hermosas, y las forzaban; y que otro tanto hacían en toda aquella tierra de la lengua totonaque. que eran más de treinta pueblos. Y Cortés les consolaba con nuestras lenguas cuanto podia, y que les favorecería en todo lo que pudiese, y quitaria aquellos robos y agravios, y que para eso le envió a estas partes el emperador nuestro señor; y que no tuviesen pena ninguna, y que presto lo verian, lo que sobre ello haciamos. Y con estas palabras recibieron algún contento: mas no se les aseguraba el corazón, con el gran temor que tenían a los mexicanos.

Y estando en estas pláticas vinieron unos indios del mismo pueblo muy de prisa a decir a todos los caciques que allí estaban hablando con Cortés cómo venían cinco mexicanos, que eran los recaudadores de Montezuma. y desde que lo oyeron se les perdió la color y temblaban de miedo: y dejan solo a Cortés y los salen a recibir: y de presto les enraman una sala y les guisan de comer y les hacen mucho cacao, que es la mejor cosa que entre ellos beben.

Y cuando entraron por el pueblo los cinco indios vinieron por donde estábamos, porque allí estaban las casas del cacique y nuestros aposentos, y pasaron con tanta continencia y presunción que sin hablar a Cortés ni a ninguno de nosotros se fueron delante. Y traían ricas mantas labradas, y los ( bragueros de la misma manera (que entonces bragueros se ponían), y el cabello lucio y alzado, como atado en la cabeza, y cada uno con unas rosas, oliéndolas, y mosqueadores que les traian otros indios como criados; y cada uno un bordón como garabato en la mano, y muy acompañados de principales de otros pueblos de la lengua totonaque, y hasta que los llevaron a aposentar y les dieron de comer muy altamente, no los dejaron de acompañar. Y después que hubieron comido, mandaron llamar al cacique gordo y a todos los más principales y les riñeron que por qué nos habían hospedado en sus pueblos, y que tenían ahora que hablar y ver con nosotros, y que su señor Montezuma no sera servido de aquello, porque sin su licencia y mandado no nos habían de recoger, ni dar joyas de oro. Y sobre ello al cacique gordo y a los demás principales les dijeron muchas amenazas, y que luego les diesen veinte rodios e indias para aplacar a sus dioses por el maleficio que hablan hecho. Y estando en esto, Cortes preguntó a doña Marina y a Jeronimo de Aguilar, nuestras lenguas, que de qué estaban alborotados los caciques desde que vinieron aquellos indios, y quién eran. Y la doña Marina, que muy bien lo entendió, le contó lo que pasaba. Y luego Cortés mandó llamar al cacique gordo y a todos los más principales, y les dijo que quién eran aquellos indios que les hacían tanta fiesta; y dijeron que los recaudadores del gran Montezuma, y que vienen a ver por qué causa nos habían recibido sin licencia de su señor, y que les demandan ahora veinte indios e indias para sacrificar a su dios Huichilobos, porque les dé victoria contra nosotros, porque han dicho que dice Montezuma que los quiere tomar para que sean sus esclavos.

Como Cortés entendió lo que los caciques le decían, les dijo que ya les había dicho otras veces que el rey nuestro señor le mandó que viniese a castigar los malhechores, y que no consintiese sacrificios ni robos, y pues aquellos recaudadores venían con aquella demanda, les mandó que luego les aprisionasen y los tuviesen presos hasta que su señor Montezuma sepa la causa cómo vienen a robar y a llevar por esclavos sus hijos y mujeres y a hacer otras fuerzas.

Dejémoslo así, que luego que esto fue hecho todos los caciques de Cempoal y de aquel pueblo y de otros que se habían allí juntado de la lengua totonaque, dijeron a Cortés que qué harían, que ciertamente vendrían sobre ellos los poderes de Mexico, del gran Montezuma, y que no podrían escapar de ser muertos y destruidos. Y dijo Cortés con semblante muy alegre que él y sus hermanos, que allí estábamos, les defenderíamos y mataríamos a quien enojarlos quisiese. Entonces prometieron todos aquellos pueblos y caciques a una que serían con nosotros en todo lo que les quisiésemos mandar, y juntarían sus poderes contra Montezuma y todos sus aliados. Y aquí dieron la obediencia a Su Majestad, por ante un Diego de Godoy, el escribano. y todo lo que pasó lo enviaron a decir a los más pueblos de aquella provincia. Como ya no daban tributo ninguno y los recogedores no parecían, no cabían de gozo haber quitado aquel dominio. Y dejemos esto y diré cómo acordamos de nos bajar a lo llano, a unos prados, donde comenzamos a hacer una fortaleza. Esto es lo que pasa, y no la relación que sobre ello dieron al coronista Gómara.

COMO ACORDAMOS DE POBLAR LA VILLA RICA DE LA VERA CRUZ Y DE HACER UNA FORTALEZA EN UNOS PRADOS. JUNTO A UNAS SALINAS Y CERCA DEL PUERTO DEL NOMBRE FEO. DONDE ESTABAN ANCLADOS NUESTROS NAVIOS. Y DE OTRAS COSAS MAS QUE ALLI SE HICIERON

DESPUES QUE HUBIMOS hecho liga y amistad con más de treinta pueblos de las sierras, que se decían los totonaques, que entonces se rebelaronal gran Montezuma y dieron la obediencia a Su Majestad, y se profirieron de nos servir, con aquella ayuda tan presta acordamos de fundar la Villa Rica de la Vera Cruz, en unos llanos, media legua del pueblo, que estaba como en fortaleza que se dice Quiauiztlan, y trazada iglesia y plaza y atarazanas, y todas las cosas que convenían para ser villa, e hicimos una fortaleza y desde en los cimientos, y en acabarla de tener alta para enmaderar y hechas troneras y cubos y barbacanas, dimos tanta prisa, que desde Cortés, que comenzó el primero a sacar tierra a cuestas y piedras y ahondar los cimientos, como todos los capitanes y soldados, a la continua entendíamos en ello, y trabajábamos por acabarla de presto, los unos en los cimientos, y otros en hacer las tapias, y otros en acarrear agua, y en las caleras, en hacer ladrillos y tejas, y en buscar comida; otros en la madera, los herreros en la clavazón, porque teníamos dos herreros, y de esta manera trabajamos en ello a la continua desde el mayor hasta el menor.

Dejemos de hablar en esto y diré que como aquellos pueblos de la sierra, nuestros amigos, y el pueblo de Cempoal solían estar de antes muy temerosos de los mexicanos, creyendo que eI gran Montezuma los había de enviar a destruir con sus grandes ejércitos de guerreros, y desde que vieron a aquellos parientes del gran Montezuma que venían con el presente, y a darse por servidores de Cortés y de todos nosotros, estaban espantados y decían unos caciques a otros que ciertamente éramos teules, pues que Montezuma nos había miedo, pues enviaba oro en presentes. Y si de antes teníamos mucha reputación de esforzados, de allí adelante nos tuvieron en mucho más.

Volvamos a nuestra relación. Que como salimos de aquellos pueblos que dejamos en paz, yendo para Cempoal, estaban el cacique gordo con otros principales aguardándonos en unas chozas, con comida; que, aunque son indios, vieron y entendieron que la justicia es santa y buena, y que las palabras que Cortés les había dicho que veníamos a desagraviar y quitar tiranías conformaba con lo que pasó, y tuviéronnos en mucho más que antes. Y allí dormimos en aquellas chozas, y todos los caciques nos llevaron acompaiíando hasta los aposentos de su pueblo; y verdaderamente quisieran que no saliéramos de su tierra, porque se temían de Montezuma no enviase su gente de guerra contra ellos. Y dijeron a Cortés que pues éramos ya sus amigos, que nos quieren tener por hermanos, que será bien que tomásemos de sus hijas y parientes para hacer generación; y que para que más fijas sean las amistades trajeron ocho indias, todas hijas de caciques, y dieron a Cortés una de aquellas cacicas, y era lobina del mismo cacique gordo; y otra dieron a Alonso Hernández Puerto Carrero, y era hija de otro gran cacique que se decía Cuesco en su lengua; y traíanlas vestidas a todas ocho con ricas camisas de la tierra y bien ataviadas a su usanza, y cada una de ellas un collar de oro al cuello, y en las orejas zarcillos de oro; y venían acompañadas de otras indias para servirse de ellas. Y cuando el cacique gordo las presentó, dijo a Cortés: "Tecle (que quiere decir en su lengua señor), estas siete mujeres son para los capitanes que tienes, y esta, que es mi sobrina, es para ti, que es señora de pueblos y vasallos". Cortés las recibió con alegre semblante, y les dijo que se lo tenia en merced, mas para tomarlas como dice y que seamos hermanos que hay necesidad que no tengan aquellos ídolos en que creen y adoran, que los traen engañados, y que no les sacrifiquen más ánimas, y que como él vea aquellas cosas malísimas en el suelo y que no sacrifican, que luego tendrán con nosotros muy más fija la hermandad, y que aquellas mujeres que se volverán cristianas primero que las recibamos, y que también habían de ser limpios de sodomías, porque tenian muchachos vestidos en hábitos de mujeres que andaban a ganar en aquel maldito oficio, y cada día sacrificaban delante de nosotros tres o cuatro o cinco indios, y los corazones ofrecían a sus ídolos, y la sangre pegaban por las paredes, y cortábanles las piernas y los brazgs y muslos, y lo comían como vaca que se trae de las carnicerías en nuestra tierra, y aun tengo creído que lo vendían por menudo en los tianguez, que son mercados; y que como estas maldades se quiten y que no lo usen, que no solamente les seremos amigos, mas que les hará que sean señores de otras provincias. Y todos los caciques, papas y principales respondieron que no les estaba bien dejar su ídolos y sacrificios, y que aquellos sus dioses les daban salud y buenas sementeras y todo lo que habían menester; y que en cuanto a lo de las sodomías, que pondrán resistencia en ello para que no se use más.

Y como Cortés y todos nosotros vimos aquella respuesta tan desacatada, y habíamos visto tantas crueldades y torpedades, ya por mí otra vez dichas, no las pudimos sufrir. Entonces nos hablo Cortés sobre ella y nos trajo a la memoria unas buenas y muy santas doctrinas, y que cómo podíamos hacer ninguna cosa buena si no volvíamos por la honra de Dios y en quitar los sacrificios que hacían a los ídolos, y que estuviésemos muy apercibidos para pelear si nos viniesen a defender que no se los derrocásemos, y que aunque nos costase las vidas, en aquel día habían de venir al suelo. Y puesto que estamos todos muy a punto con nuestras armas, como lo teníamos de costumbre, para pelear, les dijo Cortés a los caciques que los habían de derrocar. Y desde que aquello vieron, luego mandó el cacique gordo a otros sus capitanes que se apercibiesen muchos guerreros en defensa de sus ídolos; y desque queriamos subir en un alto cu, que es su adoratorio, que estaba alto y había muchas gradas, que ya no se me acuerda qué tantas eran, vino el cacique gordo con otros principales, muy alborotados y sañudos, y dijeron a Cortés que por qué les queríamos destruir, y que si les hacíamos deshonor a sus dioses o se los quitábamos, que todos ellos perecerían, y aun nosotros con ellos. Y Cortés les respondió muy enojado que otras veces les ha dicho que no sacrifiquen a aquellas malas figuras, porque no les traigan más engañados, y que a esta causa los veníamos a quitar de allí, y que luego a la hora los quitasen ellos, si no que los echaríamos a rodar por las gradas abajo; y les dijo que no los tendríamos por amigos, sino por enemigos mortales, pues que les da buen consejo y no lo quieren creer; y porque ha visto que han venido sus capitanías puestas en armas de guerreros, que está enojado de ellos y que se lo pagarán con quitarles las vidas. Y desde que vieron a Cortés que les decía aquellas amenazas, y nuestra lengua doña Marina que se los sabía muy bien dar a entender, y aun les amenazaba con los poderes de Montezuma, que cada día los aguardaban, por temor de esto dijeron que ellos no eran dignos de llegar a sus dioses, y que si nosotros los queríamos derrocar, que no era con su consentimiento; que se los derrocásemos o hiciésemos lo que quisiésemos. Y no lo hubo bien dicho cuando subimos sobre cincuenta soldados y los derrocamos, y vienen rodando aquellos sus ídolos hechos pedazos, y eran de manera de dragones espantables, tan grandes como becerros, y otras figuras de manera de medio hombre, y de perros grandes, y de malas semejanzas. Y cuando así los vieron hechos pedazos, los caciques y papas que con ellos estaban lloraban y taparon los ojos, y en su lengua totonaque les decían que los perdonasen, y que no era más en su mano, ni tenían culpa, sino esos teules, que os derrocan, y que por temor de los mexicanos no nos daban guerra. Y cuando aquello pasó comenzaban las capitanías de los indios guerreros que he dicho que venían a darnos guerra a querer flechar, y desde que aquello vimos echamos mano al cacique gordo y a seis papas y a otros principales,.y les dijo Cortés que si hacían algún descomedimiento de guerra, que habían de morir todos ellos. Y luego el cacique gordo mandó a sus gentes que se fuesen de delante de nosotros y que no hiciesen guerra. Y después que Cortés los vi sosegados les hizo un parlamento, lo cual diré adelante, y así se apaciguó todo.

Y esto de Cingapacinga fué la primera entrada que hizo Cortés en la Nueva España, y fué harto provecho, y no como dice el coronista Gómara, que matamos y prendimos y asolamos tantos millares de hombres en lo de Cingapacinga. Y miren los curiosos que esto leyeren cuánto va de lo uno a lo otro, por muy buen estilo que lo dice en su corónica, pues en todo lo que escribe no pasa como dice.

COMO CORTES MANDO HACER UN ALTAR Y SE PUSO UNA IMAGEN DE NUESTRA SENORA Y UNA CRUZ, Y SE DIJO LA SANTA MISA Y SE BAUTIZARON LAS OCHO INDIAS

COMO YA CALLABAN los caciques y papas y todos los más principales, mandó Cortés que a los ídolos que derrocamos, hechos pedazos, que los llevasen adonde no pareciesen más y los quemasen; y luego salieron de un aposento ocho papas, que tenían cargos de ellos, y toman sus ídolos y los llevan a la misma casa donde salieron, y los quemaron. El hábito que traían aquellos papas eran unas mantas prietas a manera de sotanas y lobas, largas hasta los pies, y unos como capillos que querían parecer a los que traen los canónigos, y otros capillos traían más chicos, como los que traen los dominicos; y traían el cabello muy largo hasta la cinta, y aun algunos hasta los pies, llenos de sangre pegada y muy enredados. que no se podían esparcir; y las orejas hechas pedazos, sacrificados de ellas, y hedían como azufre, y tenían otro muy mal olor. como de carne muerta; y según decían y alcanzamos a saber, aquellos papas eran hijos de principales y no tenían mujeres, mas tenían el maldito oficio de sodomías, y ayunaban ciertos días; y lo que yo les veía comer eran unos meollos o pepitas del algodón cuando lo desmontan, salvo si ellos no comían otras cosas que yo no se las pudiese ver.

Dejemos a los papas y volvamos a Cortés, que les hizo un muy buen razonamiento con nuestras lenguas doña Marina y Jerónimo de Aguilar, y les dijo que ahora les tendríamos como a hermanos, y que les favorecería en todo lo que pudiese contra Montezuma y sus mexicanos, porque ya envió a mandar que no les diesen guerra ni les llevasen tributo. Y que pues en aquellos sus altos críes no habían de tener más ídolos, que él les quiere dejar una gran señora, que es madre de Nuestro Señor Jesucristo, en quien creemos y adoramos, para que ellos también la tengan por señora y abogada, y sobre ello y otras cosas de pláticas que pasaron se les hizo un muy buen razonamiento, y tan bien propuesto para según el tiempo que no había mas que decir, y se les declaró muchas cosas tocantes a nuestra santa te, tan bien dichas como ahora los religiosos se lo dan a entender, de manera que lo oían de buena voluntad. Y luego les mandó llamar todos los indios albañiles que había en aquel pueblo y traer mucha cal para que lo aderezasen, y mandó que quitasen las costras de sangre que estaban en aquellos cúes, y que lo aderezasen muy bien. Y luego otro día se encalé y se hizo un altar con buenas mantas; y mandó traer muchas rosas, de las naturales que había en la tierra, que eran bien olorosas, y muchos ramos, y lo mandó enramar y que lo tuviesen limpio y barrido a la continua. Y para que tuviesen cargo de ello. apercibió a cuatro papas que se trasquilasen el cabello, que los traían largos, como otra vez he dicho, y que vistiesen mantas blancas y se quitasen las que traían, y que siempre anduviesen limpios y que sirviesen aquella santa imagen de Nuestra Señora, en barrer y enramar, y para que tuviesen más cargo de ello puso a un nuestro soldado cojo y viejo, que se decía Juan de Torres, de Córdoba, que estuviese allí por ermitaño y que mirase que se hiciese cada día así como lo mandaba a los papas. Y mandó a nuestros carpinteros, otras veces por mí nombrados, que hiciesen una cruz y la pusiesen en un pilar que teníamos ya nuevamente hecho y muy bien encalado; y otro día de mañana se dijo misa en el altar, la cual dijo el padre fray Bartolomé de Olmedo, y entonces a la misa se dió orden cómo con el incienso de la tierra se incensasen la santa imagen de Nuestra Señora y a la santa cruz, y también se les mostró a hacer candelas de la cera de la tierra, y se les mandó que con aquellas candelas siempre tuviesen ardiendo delante del altar, porque hasta entonces no sabían aprovecharse de la cera.

Y a la misa estuvieron los más principales caciques de aquel pueblo y de otros que se habían juntado, y asimismo se trajeron las ocho indias para volver cristianas, que todavía estaban en poder de sus padres y tíos; y se les dice a entender que no habían más de sacrificar ni adorar ídolos, salvo que habían de creer en Nuestro Señor Dios; y se les amonestó muchas cosas tocantes a nuestra santa fe: y se bautizaron, y se llamó a la sobrina del cacique gordo doña Catalina, y era muy fea; aquélla dieron a Cortés por la mano, y él la recibió con buen semblante. A la hija de Cuesco, que era un gran cacique, se puso nombre doña Francisca: éstá era muy hermosa para ser india, y la dio Cortés a Alonso Hernández Puerto Carrero; las otras seis ya no se me acuerda el nombre de todas, mas sé que Cortés las repartió entre soldados. Y después de hecho esto, nos despedimos de todos los caciques y principales, y de allí en adelante siempre nos tuvieron muy buena voluntad, especialmente desde que vieron que recibió Cortés sus hijas y las llevamos con nosotros, y con grandes ofrecimientos que Cortés les hizo que les ayudaría, nos fuimos a nuestra Villa Rica. Y lo que allí se hizo lo diré adelante.

Esto es lo que pasó en este pueblo de Cempoal, y no otra cosa que sobre ello hayan escrito Gómara ni los demás coronistas, que todo es burla y trampas.

COMO VOLVIMOS A NUESTRA VILLA RICA DE LA VERA CRUZ, Y DE OTRAS COSAS MAS QUE ALLI SUCEDIERON

ESTANDO EN AQUELLA VILLA sin tener en qué entender más de acabar de hacer la fortaleza, que todavía se entendía en ella, dijimos a Cortés todos los más soldados que r se quedase aquello que estaba hecho en ella para memoria, pues estaba ya para enmaderar, y que hacia ya más de tres meses que estábamos en aquella tierra; que sería bueno ir a ver qué cosa era el gran Montezuma, y buscar la vida y nuestra ventura; y que antes que nos metiésemos en camino, enviásemos a besar los pies a Su Majestad y a darle cuenta y relación de todo lo acaecido después que salimos desde la isla de Cuba; y también se puso en plática que enviásemos a Su Majestad todo el oro que se había habido, así rescatando como los presentes que nos envió Montezuma. Y respondió Cortés que era muy bien acordado, y que ya lo había él puesto en plática con ciertos caballeros, y porque en lo del oro por ventura habría algunos soldados que querrán sus partes, y si se partiese que seria poco lo que se podria enviar; por esta causa dió cargo a Diego de Ordaz y a Francisco de Montejo, que eran personas de negocios, que fuesen de soldado en soldado, de los que se tuviese sospecha que demandarían las partes del oro, y les decían estas palabras: "Señores, ya veis que queremos hacer un presente a Su Majestad del oro que aquí hemos habido, y para ser el primero que enviamos de estas tierras había de ser mucho más; parécenos que todos le sirvamos con las partes que nos caben; los caballeros y soldados que aqui estamos escritos tenemos firmados cómo no queremos parte ninguna de ello, sino que servimos a Su Majestad con ello porque nos haga mercedes. El que quisiere su parte, no se le negará: el que no la quisiera, haga lo que todos hemos hecho, firmelo aquí". Y de esta manera todos a una lo firmaron. Y esto hecho, luego se nombraron para procu. radores que fuesen a Castilla a Alonso Hernández Puerto Carrero y a Francisco de Montejo, porque ya Cortés le había dado sobre dos mil pesos por tenerle de su parte: y se mandó apercibir el mejor navío de toda la flota y con dos pilotos, que fué uno Antén de Alaminos, que sabia como habían de desembocar por el canal de Bahama, porque él fue el primero que navegó por aquel canal. Y también apercibimos quince marineros, y se les dió todo recaudo de matalotaje. Y esto apercibido, acordamos de escribir y hacer saber a Su Majestad todo lo acaecido. Y Cortés escribió por si. según él nos dijo, con recta relación, más no vimos su carta; y el Cabildo escribió, juntamente con diez soldados de los que fuimos en que se poblase la tierra y le alzamos a Cortés por general con toda verdad, que no faltó cosa ninguna en la carta: iba yo firmado en ella: y demás de estas cartas y relaciones, todos los capitanes y soldados juntamente escribimos otra carta y relación.

Y después de hecha esta relación y otras cosas, dimos cuenta y relación cómo quedamos en estos sus reinos cuatrocientos y cincuenta soldados a muy gran peligro, entre tanta multitud de pueblos y gentes belicosas y grandes guerreros, por servir a Dios y a su real corona, y le suplicamos que en todo lo que se nos ofreciese nos haga mercedes: y que no hiciese merced de la gobernación de estas tierras, ni de ningunos oficios reales a persona ninguna, porque son tales y ricas y de grandes pueblos y ciudades que convienen para un infante o gran señor; y tenemos pensamiento que como don Juan Rodriguez de Fonseca, obispo de Burgos y arzobispo de Rosano, es su presidente y manda a todas las Indias, que lo dará a algún su deudo o amigo, especialmente a un Diego Velázquez, que está por gobernador en la isla de Cuba; y la causa por que se le dará, la gobernación u otro cualquier cargo, que siempre le sirve con presentes de oro y le ha dejado en la misma isla pueblos de indios, que le sacan oro de las minas; de lo cual había primeramente de dar los mejores pueblos para su real corona, y no le dejó ningunos, que solamente por esto es digno de que no se le hagan mercedes. Y que como en todo somos muy leales servidores y hasta fenecer nuestras vidas le hemos de servir, se lo hacemos saber para que tenga noticia de todo.

Pues ya puesto todo a punto para irse a embarcar, dijo misa el Padre de la Merced, y encomendándoles al Espiritu Santo que les guiase, y en veinte y seis días del mes de julio de mil quinientos y diez y nueve años, partieron de San Juan de Ulúa y con buen tiempo llegaron a la Habana. Y Francisco de Montejo, con grandes importunaciones, convocó y atrajo al piloto Alaminos, guiase a su estancia, diciendo que iba a tomar bastimento de puercos y cazabe. hasta que le hizo hacer lo que quiso y fué a surgir a su estancia, porque Puerto Carrero iba muy malo y no hizo cuenta de él. Y la noche que allí llegaron desde la nao echaron un marinero en tierra con cartas y avisos para Diego Velázquez, y supimos quo Montejo le mandó que fuese con las cartas; y en posta fue el marinero por la isla de Cuba, de pueblo en pueblo, publicando todo lo por mi aquí dicho, y como Diego Velázquez, gobernador de Cuba, supo las nuevas, y entendió del gran presente de oro que enviábamos a Su Majestad, y supo quién eran los embajadores y procuradores, tomábale trasudores de muerte, y decía palabras muy lastimosas y maldiciones contra Cortés y su secretario Duero y el contador Amador de Lares, que le aconsejaron en hacer general a Cortés. Y tanta diligencia puso, que él mismo en persona andaba de villa en villa y en unas estancias y en otras, y escribía a todas las partes de la isla donde él no podia ir, a rogar a sus amigos fuesen a aquella jornada. Por manera que en obra de once meses o un año allegó diez y ocho velas grandes y chicas. y sobre mil trescientos soldados, entre capitanes y marineros, porque como le veían tan apasionado y corrido, todos los más. principales vecinos de Cuba, así sus parientes como los que tenían indios, se aparejaron para servirle; y también envió por capitán general de toda la armada a un hidalgo que se decía Pánfilo de Narváez, hombre alto de cuerpo y membrudo, y hablaba algo entonado, como medio de bóveda; y era natural de Valladolid, y casado en la isla de Cuba con una dueña ya viuda que se llamaba Maria de Valenzuela, y tenía buenos pueblos de indios y era muy rico. Donde lo dejaré ahora haciendo y aderezando su armada, y volveré a decir de nuestros procuradores y su buen viaje: y porque en una sazón acontecían tres y cuatro cosas, no puedo seguir la relación y materia de lo que voy hablando. por dejar de decir lo que más viene al propósito, y a esta causa no me culpen porque algo salgo y me aparto de la orden por decir lo que más adelante pasa.

COMO NUESTROS PROCURADORES. CON BUEN TIEMPO, DESEMBOCARON EL CANAL DE BAHAMA Y EN POCOS DIAS LLEGARON A CASTILLA Y LO QUE EN LA CORTE LES PASO

EN POCO TIEMPO LLEGARON a las islas de la Tercera, y desde allí a Sevilla, y fueron en posta a la corte, que estaba en Valladolid, y por presidente del Real Consejo de Indias don Juan Rodriguez de Fonseca, que era Obispo 'de Burgos y se nombraba arzobispo de Rosano, y mandaba toda la corte, porque el emperador nuestro señor estaba en Flandes; y como nuestros procuradores le fueron a besar las manos al presidente muy ufanos, creyendo que les hiciera mercedes, y a darle nuestras cartas y relaciones, ya presentar todo el oro y joyas, y le suplicaron que luego hiciese mensajero a Su Majestad y le enviasen aquel presente y cartas, y que ellos mismos irían con ello a besar los reales pies; y por que se lo dijeron les mostró tan mala cara y peor voluntad, y aun les dijo palabras mal miradas, que nuestros embajadores estuvieron para responderle de manera que se reportaron.

Y el obispo escribió a Su Majestad a Flandes, en favor de su privado y amigo Diego Velázquez y muy malas palabras contra Cortés y contra todos nosotros, y no hizo relación de las cartas que le enviábamos, salvo que se había alzado Hernando Cortés a Diego Velázquez, y otras cosas que dijo.

Volvamos a decir de Alonso Hernández Puerto Carrero y de Francisco de Montejo, y aun de Martin Cortés, padre del mismo Cortés, y de un licenciado Núñez, relator del Real Consejo de Su Majestad y cercano pariente de Cortés, que hacían por él, acordaron de enviar mensajero a Flandes con otras cartas como las que dieron al obispo, porque venían duplicadas las que enviamos con los procuradores, y escribieron a Su Majestad todo lo que pasaba, y la memoria de las joyas de oro del presente, y dando quejas del obispo y descubriendo sus tratos que tenía con Diego Velázquez. Y aun otros caballeros les favorecieron, que no estaban muy bien con don Juan Rodríguez de Fonseca, porque, según decían, era malquisto por muchas demasías y soberbias que mostraba con los grandes cargos que tenía. Y como nuestros grandes servicios son por Dios Nuestro Señor y por Su Majestad, y siempre poníamos nuestras fuerzas en ello, quiso Dios que Su Majestad lo alcanzó a saber muy claramente, y desde que lo vió entendió fué tanto el contentamiento que mostró, y los duques y marqueses y condes y otros caballeros que estaban en su real corte, que en otra cosa no hablaban por algunos días sino de Cortés y de todos nosotros los que le ayudamos en las conquistas, y las riquezas que de estas partes le enviamos. Y así por las cartas glosadas que sobre ello le escribió el obispo de Burgos, después que vió Su Majestad que todo era al contrario de la verdad, desde allí adelante le tuvo mala voluntad al obispo, en especialmente que no envió todas las piezas de oro, y se quedó con gran parte de ellas. Todo lo cual alcanzó a saber el mismo obispo, que se lo escribie ron desde Flandes, de lo cual recibió muy grande enojo: y si de antes que fuesen nuestras cartas ante Su Majestad el obispo decía muchos males de Cortés y de todos nosotros, desde allí adelante a boca llena nos llamaba traidores; mas quiso Dios que perdió la furia y braveza, que desde ahí a dos años fué recusado y aun quedó corrido y afrentado, y nosotros quedamos por muy leales servidores, como adelante diré, que venga a coyuntura. Y escribió Su Majestad que presto vendría a Castilla, y entendería en lo que nos conviniese y nos haría mercedes.

COMO DESPUES QUE PARTIERON NUESTROS EMBAJADORES PARA SU MAJESTAD CON TODO EL ORO Y CARTAS Y RELACIONES, LO QUE EN EL REAL SE HIZO Y LA JUSTICIA QUE NUESTRO CAPITAN CORTES MANDO QUE SE HICIERA

DESPUES DE CUATROS DIAS que partieron nuestros procuradores para ir ante el emperador nuestro señor, como dicho habemos, y los corazones de los hombres son de muchas calidades y pensamientos, parece ser que unos amigos y criados de Diego Velázquez, que se decían Pedro Escudero, y un Juan Cermeño, y un Gonzalo de Umbría, piloto, y un Bernardino de Coria, vecino que fué después de Chiapa, padre de un fulano Centeno, y un clérigo que se decía Juan Díaz, y ciertos hombres de la mar que se decían Peñates, naturales de Gibraleón, estaban mal con Cortés, los unos porque no les dió licencia para volverse a Cuba cuando se la había prometido, y otros porque no les dió parte del oro que enviamos a Castilla; los Peñates porque les azotó en Cozumel, cuando hurtaron los tocinos a un Barrio; acordaron todos de tomar un navío de poco porte e irse con él a Cuba a dar mandado a Diego Velázquez para avisarle cómo en la Habana podían tomar en la estancia de Francisco de Montejo a nuestros procuradores con el oro y recaudos, que según pareció que de otras personas que estaban en nuestro real fueron aconsejados que fuesen a aquella estancia, y aun escribieron para que Diego Velázquez tuviese tiempo de haberlos a las manos; por manera que las personas que he dicho ya tenían metido matalotaje, que era pan cazabe y aceite y pescado y agua y otras pobrezas de lo que podían haber. Y ya que se iban a embarcar y era más de medianoche, el uno de ellos, que era el Bernardino de Coria, parece ser que se arrepintió de volverse a Cuba, lo que fue a hacer saber a Cortés.

Y cómo lo supo, y de qué manera y cuántos y por qué causa se querían ir, y quién fueron en los consejos y tramas para ello, les mandó luego sacar las velas y aguja y timón del navío, y los mandó echar presos, y les tomó sus confesiones; y confesaron la verdad y condenaron a otros que estaban con nosotros que se disimuló por el tiempo, que no permitía otra cosa, y por sentencia que dió mandó ahorcar a Pedro Escudero y a Juan Cermeño, y cortar los pies al piloto Gonzalo de Umbría, y azotar a los marineros Penates, a cada doscientos azotes, y al padre Juan Díaz si no fuera de misa también le castigaran, mas metióle harto temor. Acuérdome que cuando Cortés firmó aquella sentencia dijo con grandes suspiros y sentimientos: "¡Oh, quién no supiera escribir, por no firmar muertes de hombres!" Y paréceme que este dicho es muy común entre jueces que sentencian algunas personas a muerte, que tomaron de aquel cruel Nerón, en el tiempo que dió muestras de buen emperador.

Y así como se hubo ejecutado la sentencia, se fué Cortés luego a matacaballo a Cempoal, que son cinco leguas de la villa, y nos mandó que luego fuésemos tras él doscientos soldados y todos los de caballo estábamos en la tierra adentro no se alzasen otras personas, como los pasados; y de más de esto, que tendríamos mucha ayuda de los maestres y pilotos y marineros, que serían al pie de cien personas, y que mejor nos ayudarían a velar y a guerrear que no estar en el puerto. Y según entendí, esta plática de dar con los navíos al través, que allí le propusimos, el mismo Cortés lo tenía ya concertado, sino quiso que saliese de nosotros, porque si algo le demandasen que pagase los navíos, que era por nuestro consejo y todos fuésemos en los pagar. Y luego mandó a un Juan de Escalante que era alguacil mayor y persona de mucho valor y gran amigo de Cortés y enemigo de Diego Velázquez, porque en la isla de Cuba no le dio buenos indios, que luego fuese a la villa y que de todos los navíos se sacasen todas las anclas y cables y velas y lo que dentro tenían de que se pudiese aprovechar, y que diese con todos ellos al través, que no quedasen más de los bateles, y que los pilotos y maestres viejos y marineros que no eran para ir a la guerra, que se quedasen en la villa, y con dos chinchorros que tuviesen cargo de pescar, que en aquel puerto siempre había pescado y aunque no mucho. Y Juan de Escalante lo hizo según y de la manera que le fue mandado, y luego se vino a Cempoal con una capitanía de hombres de la mar. que fueron los que sacó de los navíos, y salieron algunos de ellos muy buenos soldados.

DE UN RAZONAMIENTO QUE CORTES NOS HIZO DESPUES DE HABER DADO CON LOS NAVIOS DE TRAVES, Y COMO APRESTABAMOS NUESTRA IDA PARA MEXICO

DESPUES DE HABER DADO con los navíos al través a ojos vistas, y no como lo dice el coronista Gómara, una mañana, después de haber oído misa, estando que estábamos todos los capitanes y soldados juntos hablando con Cortés en cosas de lo militar, dijo que nos pedía por merced que le oyésemas, y propuso un razonamiento de esta manera: Que ya habíamos entendido la jornada que íbamos y que, mediante Nuestro Señor Jesucristo, habíamos de vencer todos las batallas y reencuentros; y que habíamos de estar tan prestos para ello como convenía, porque en cualquier parte donde fuésemos desbaratados, lo cual Dios no permitiese, no podríamos alzar cabeza, por ser muy pocos, y que no teníamos otro socorro ni ayuda sino el de Dios, porque ya no teníamos navíos para ir a Cuba, salvo nuestro buen pelear y corazones fuertes; y sobre ello dijo otras muchas comparaciones y hechos heroicos de los romanos. Y todos a una le respondimos que haríamos lo que ordenase, que echada estaba la suerte de la buena ventura, como dijo Julio César sobre el Rubicán, pues eran todos nuestros servicios para servir a Dios y a su Majestad. Y después de este razonamiento, que fue muy bueno ( cierto con otras palabras más melosas y elocuencia que yo aquí no las digo), y luego mandó llamar al cacique gordo y é1 tornó a traer a la memoria que tuviesen muy reverenciada y limpia la iglesia y cruz, y demás de esto le dijo que se quería partir luego para México a mandar a Montezuma que no robe ni sacrifique; y que ha menester doscientos indios tamemes para llevar la artillería, que ya he dicho otra vez que llevan dos arrobas a cuestas y andan con ellas cinco leguas; y también le demandó cincuenta principales, hombres de guerra, que fuesen con nosotros.

Estando de esta manera para partir vino de la Villa Rica un soldado con una carta de Juan de Escalante, que ya le había mandado Cortés que fuese a la Villa para que le enviase otros soldados, y lo que en la carta decía Escalante era que andaba un navío por la costa, y que le había hecho ahumadas y otras grandes señas, y había puesto unas mantas blancas por banderas, y que cabalgó a caballo con una capa de grana colorada porque le viesen los del navío, y que le pareció a él que bien vieron las señas y banderas y caballo y capa y no quisieron venir al puerto; y que luego envió españoles a ver en qué paraje iba el navío, y que le trajeron respuestas que tres leguas de allí estaba surto, cerca de un río, y que se lo hace saber para ver lo que manda. Y como Cortés vió la carta, mandó a Pedro de Alvarado que tuviese cargo de todo el ejército que estaba allí en Cempoal, y juntamente con Gonzalo de Sandoval, que ya daba muestras de varón muy esforzado, como siempre lo fué; y este fue el primer cargo que tuvo Sandoval, y aun por haberle dado aquel cargo y se le dejó de dar a Alonso de Avila tuvieron ciertas cosquillas Alonso de Avila y Sandoval. Y luego Cortés cabalgó con cuatro de caballo que le acompañaron, y mandó que le siguiésemos cincuenta soldados de los más sueltos. Y Cortés allí nos nombró los que habíamos de ir con él, aquella noche, soldados muy esforzados, que se decían Andrés de Tapia y Cristóbal de Olea, natural de Castilla la Vieja; no lo digo por el maestre de campo que se decía Cristóbal de Olid, y un Juan de Serna, Bernal Diaz del Castillo. Pongo el postrero de estos esforzados soldados que uno y otros eran hombres para ser capitanes y buenos guerreros, y por sus muchas virtudes les dio el cargo de capitanes de que dejaron todos muy buena fama. Volvamos a nuestra relación.

Así como llegamos a la Villa Rica, como dicho tengo, vino Juan de Escalante a hablar a Cortés y le dijo que sería bien ir luego aquella noche al navío por ventura no alzase velas y se fuese; y que reposase Cortés, que él iría con veinte soldados. Y Cortés dijo que no podia reposar, que cabra coja no tenga siesta; que él quería ir en persona con los soldados que consigo traía; y antes que bocado comiésemos comenzamos a caminar la costa adelante, y topamos en el camino a cuatro españoles que venían a tomar posesión en aquella tierra por Francisco de Garay, gobernador de Jamaica, los cuales enviaba un capitán que estaba poblado en el rio Pánuco. que se llamaba Alonso Alvarez Pineda o Pinedo, y los cuatro españoles que tomamos se decían Guillén de la Loa. éste venia por escribano, y los testigos que traía para tomar la posesión se decían Andrés Núñez, y era carpintero de ribera, y el otro se decía maestre Pedro el de la Arpa, y era valenciano; el otro no me acuerdo el nombre. Por manera que se hubieron de aquel navio seis soldados; los cuatro que hubimos primero y dos marineros que saltaron en tierra; y así nos volvimos a la Villa Rica; y todo esto sin comer cosa ninguna. Y esto es lo que se hizo, y no como lo escribe el coronista Gómara, porque dice que vino Garay en aquel tiempo, y no fué así, que primero que viniese envió tres capitanes con navíos, lo cual diré adelante en qué tiempo vinieron y qué se hizo de ellos, y también en el tiempo que vino Garay. Y pasemos adelante, y diré cómo acordamos de ir a México.

COMO ORDENAMOS DE IR A LA CIUDAD DE MEXICO, Y POR CONSEJO DEL CACIQUE FUIMOS POR TLAXCALA, Y DE LO QUE NOS ACAECIO. ASI DE REENCUENTROS DE GUERRA COMO OTRAS COSAS QUE NOS AVINIERON.

DESPUES DE BIEN considerada la partida para México, tomamos consejo sobre el camino que habíamos de llevar, y fué acordado por los principales de Cempoal que el mejor y más conveniente camino era por la provincia de Tlaxcala, porque eran sus amigos y mortales enemigos de mexicanos. Y ya tenían aparejados cuarenta principales, y todos hombres de guerra, que fueron con nosotros y nos ayudaron mucho en aquella jornada, y más nos dieron doscientos tamemes para llevar la artillería, que para nosotros, los pobres soldados, no habíamos menester ninguno, porque en aquel tiempo no teníamos qué llevar, porque nuestras armas, así lanzas como escopetas y ballestas y rodelas y todo otro género de ellas, con ellas dormíamos y caminábamos, y calzados nuestros alpargates, que era nuestro calzado, y, como he dicho, siempre muy apercibidos para pelear. Y partimos de Cempoal mediado el mes de agosto de mil quinientos diez y nueve años, y siempre con muy buena orden, y los corredores del campo y ciertos soldados muy sueltos delante. Y la primera jornada fuimos a un pueblo que se dice Xalapa, y desde allí a Socochima. y estaba bien. fuerte y mala entrada, y en él había muchas parras de uva de la tierra. Y en estos pueblos se les dijo con doña Marina y Jerónimo de Aguilar, nuestras lenguas, todas las cosas tocantes a nuestra santa fe, y cómo éramos va3allos del emperador don Carlos, y que nos envió para quitar que no haya más sacrificios de hombres, ni se robasen unos a otros, y se les declaró muchas cosas que convenían decir. Y como eran amigos de los de Cempoal y no tributaban a Montezuma, hallábamos en ellos buena voluntad y nos daban de comer. Y se puso en cada pueblo una cruz, y se les declaró lo que significaba, y que la tuviesen en mucha reverencia. Y desde Socochima pasarnos unas altas sierras y puerto y llegamos a otros pueblo que se dice Tejutla; y también hallamos en ellos buena voluntad, porque tampoco daban tributo a México, como los demás. Y desde aquel pueblo acabamos de subir todas las sierras y entramos en el despoblado, donde hacía muy gran frío, y granizó y llovió. Aquella noche tuvimos falta de comida, y venia un viento de la sierra nevada, que estaba a un lado, que nos hacia temblar de frío, porque como habíamos venido de la isla de Cuba y de la Villa Rica, y toda aquella costa era muy calurosa, y entramos en tierra fría, y no teníamos con qué nos abrigar sino con nuestras armas, sentiamos las heladas, como éramos acostumbados a diferente temple. Y desde allí pasamos a otro puerto, donde hallamos tinas caserías y grandes adoratorios de ídolos, que ya he dicho que se dicen cries, y tenían grandes rimeros de leña para el servicio de los ídolos que estaban en aquellos adoratorios. Y tampoco tuvimos qué comer, y hacía recio frío. Y desde allí entramos en tierra de un pueblo que se dice Zocotlan, y enviamos dos indios de Cempoal a decirle al cacique cómo íbamos; que tuviesen por bien nuestra llegada a sus casas; y era sujeto de México. Y siempre caminábamos muy apercibidos y con gran concierto porque veíamos que ya era otra manera de tierra.

Y desde que vimos blanquear azoteas y las casas del cacique y los eñes y adoratorios, que eran muy altos y encalados, parecían muy bien, como algunos pueblos de nuestra España; y pusímosle nombre Castilblanco, porque dijeron unos soldados portugueses que parecía a la villa de Castilblanco, de Portugal, y así se llama ahora. Y como supieron en aquel pueblo, por los mensajeros que enviamos, cómo íbamos, salió el cacique a recibirnos con otros principales, junto a sus casas; el cual cacique se llamaba Olintecle. Y nos llevaron a unos aposentos, y nos dieron de comer, poca cosa y de mala voluntad. Y después que hubimos comido. Cortés les preguntó con nuestras lenguas de las cosas de su señor Montezuma, y dijo de sus grandes poderes de guerreros que tenía en todas las provincias sus sujetas, sin otros muchos ejércitos que tenia en las fronteras y provincias comarcanas; y luego dijo de la gran fortaleza de México, y cómo estaban fundadas las casas sobre agua, y que de una casa a otra no se podia pasar sino por y en otra parte de la plaza estaban otros tantos rimeros de zancarrones, huesos de muerto, que no se podían contar. y tenian en unas vigas muchas cabezas colgadas de una parte a otra, y estaban guardando aquellos huesos y calaveras tres papas, que, según entendimos, tenían cargo de ello; de lo cual tuvimos que mirar más después que entramos bien la tierra adentro, en todos los pueblos estaban de aquella manera, y también en lo de Tlaxcala. Pasado todo esto que aquí he dicho, acordamos de ir nuestro camino por Tlaxcala, porque decían nuestros amigos estaba 'muy cerca, y que los términos estaban allí juntos, donde tenian puestos por señales unos mojones. Y sobre ello se preguntó al cacique Olintecle que cuál era mejor camino y más llano para ir a México; y dijo que por un pueblo muy grande que se decía Cholula; y los de Cempoal dijeron a Cortés: "Señor, no vayas por Cholula, que son muy traidores y tiene allí siempre Montezuma sus guarniciones de guerra", y que fuésemos por Tlaxcala, que eran sus amigos y enemigos de mexicanos. Y así acordamos de tomar el consejo de los de Cempoal, que Dios lo encaminaba todo. Y Cortés demandó luego al Olintecle veinte hombres principales, guerreros, que fuesen con nosotros, y luego nos los dieron. Y otro día de mañana fuimos camino de Tlaxcala y llegamos a un poblezuelo que era de los de Xalacingo; y de allí enviamos por mensajeros dos indios de los principales de Cempoal, de los que solían decir muchos bienes y loas de los tlaxcaltecas, y que eran sus amigos, y les enviamos una carta, puesto que sabíamos que no la entenderían, y también un chapeo de los vede judos colorados de Flandes que entonces se usaban. Y lo que se hizo diremos adelante.

DE LAS GUERRAS Y BATALLAS MUY PELIGROSAS QUE TUVIMOS CON LOS TLAXCALTECAS Y OTRAS COSAS MAS

DENTRO DIA, DESPUES DE encomendarnos a Dios, partimos de allí, muy concertados nuestros escuadrones y los de caballo muy avisados cómo habían de entrar rompiendo, y salir* y en todo caso procurar que no nos rompiesen ni nos apartásemos unos de otros. Y yendo así viénense a encontrar con nosotros dos escuadrones de guerreros, que habría seis mil, con grandes gritas, y a tambores y trompetillas, y flechando y tirando varas, y haciendo como fuertes guerreros. Cortés mandó que estuviésemos quedos. y con tres prisioneros que les habíamos tomado el día antes les enviamos a decir y a requerir no diesen guerra, que les queremos tener por hermanos. Y dijo a uno de nuestros soldados que se decía Diego de Godoy, que era escribano de Su Majestad, que mirase lo que pasaba y diese testimonio de ello, si se hubiese menester, porque en algún tiempo no nos demandasen las muertes y daños que se recreciesen, pues los requeríamos con la paz. Y como les hablaron los tres prisioneros que les enviamos, mostráronse muy más recios, y nos daban tanta guerra que no les podíamos sufrir. Entonces dijo Cortés: "Santiago, y a ellos'. Y de hecho arremetimos de manera que les matamos y herimos muchas de sus gentes con los tiros; y entre ellos tres capitanes; y vanse retrayendo hacía unos arcabucos, donde estaban en celada sobre más de cuarenta mil guerreros con su capitán general, que se decía Xicotenga, y con sus divisas de blanco y colorado, porque aquella divisa y librea era la de aquel Xicotenga. Y como había allí unas quebradas, no nos podíamos aprovechar de los caballos, y con mucho concierto las pasamos, y al pasar tuvimos muy gran peligro, porque se aprovechaban de su buen flechar, y con sus lanzas y montantes nos hacían mala obra, y aun las hondas y piedras como granizos eran harto malas. Y después que nos vimos en lo llano con los caballos y artillería, nos lo pagaban; mas no osamos deshacer nuestro escuadrón, porque eI soldado que en algo se desmandaba para seguir a algunos de los montantes o capitanes, luego era herido y corría gran peligro. Y andando en esas batallas, nos cercan por todas partes, que no nos podíamos valer poco ni mucho. que no osábamos arremeter a ellos, sino era todos juntos porque no nos desconcertasen y rompiesen; y si arremetíamos, hallábamos sobre veinte escuadrones sobre nosotros, que nos resistían; y estaban nuestras vidas en mucho peligro, porque eran tantos guerreros que a puñadas de tierra nos cegaran. sino que la gran misericordia de Dios socorría y nos guardaba.

Y andando en estas prisas, entre aquellos grandes guerreros y sus temerosos montantes, parece ser acordaron de juntarse muchos de ellos, de mayores fuerzas. para tornar a manos algún caballo. Y lo pusieron por obra arremetiendo. y echan mano a una muy buena yegua y bien revuelta de juego y de carrera, y ef caballero que en ella iba, buen jinete, que se decía Pedro de Morón, y como entró rompiendo con otros tres de a caballo entre los escuadrones de los contrarios, porque así les era mandado. porque se ayudasen unos a otros, échanle mano de la lanza, que no la pudo sacar, y otros le dan de cuchilladas con los montantes, y le hirieron malamente; y entonces dieron una cuchillada a la yegua que sustentar no nos llevásen de vencida, que estábamos muy en peligro; y todavía acudimos a la prisa de la yegua y tuvimos lugar a salvar a Morón y quitárseles de poder, que ya le llevaban medio muerto, y cortamos la cincha de la yegua porque no se quedase allí la silla; y allí, en aquel socorro hirieron diez de los nuestros. Y tengo para mí que matamos entonces cuatro capitanes, porque andábamos juntos, pie con pie, y con las espadas les hacíamos mucho daño; porque como aquello pasó se comenzaron a retirar y llevaron la yegua, la cual hicieron pedazos para mostrar en todos los pueblos de Tlaxcala. Y después supimos que habían ofrecido a sus ídolos las herraduras y el chapeo de Flandes, y las dos cartas que les enviamos para que viniesen de paz. La yegua que mataron era de Juan Sedeño: y porque en aquella sazón estaba herido Sedeño de tres heridas del día antes, por esta causa se la dió a Morón, que era muy buen jinete. Y murió Morón entonces, o de allí a dos días, de las heridas, porque no me acuerdo verle más.

Y volvamos a nuestra batalla, que, como había una hora que estábamos en las rencillas peleando, y los tiros les debieron hacer mucho mal, porque como eran muchos andaban tan juntos, y por fuerza les habían de llevar copia de ellos; pues los de caballo y escopetas y ballestas y espadas y rodelas y lanzas, todos a una peleábamos como varones, por salvar nuestras vidas y hacer lo que éramos obligados, porque ciertamente las teníamos en gran peligro cual nunca estuvieron. Y a lo que después nos dijeron, en aquella batalla les matamos muchos indios, y entre ellos ocho capitanes muy principales e hijos de los viejos caciques, que estaban en el pueblo cabecera mayor, y a esta causa se retrajeron con muy buen concierto, y a nosotros que no nos pesó de ello, y no los seguimos porque no nos podíamos tener en los pies de cansados; allí nos quedamos en aquel poblezuelo, que todos aquellos campos estaban muy poblados. y aún tenían hechas otras casas debajo de tierra, como cuevas, en que vivían muchos indios. Y llamábase donde pasó esta batalla Tehuacingo o Tehuacacingo, y fué dada en dos días de septiembre de mil quinientos diez y nueve años. Y de que nos vimos con victoria dimos muchas gracias a Dios, que nos libró de tan grandes peligros; y desde allí nos retrajimos luego con todo nuestro real a unos críes que estaban buenos y altos, como en fortaleza. Y con el unto de indios, que ya he dicho otras veces se curaron nuestros soldados. que fueron quince, y murió uno de ellos de las heridas, y también se curaron cuatro caballos que estaban heridos. Y reposamos y cenamos muy bien aquella noche porque teníamos muchas gallinas y perrillos que hubimos en aquellas casas, y con muy buen recaudo de escuchas y rondas y los corredores del campo, descansamos hasta otro día por la mañana. Una cosa tenían los tlaxcaltecas en esta batalla y en todas las demás: que en hiriéndoles cualquier indio luego los llevaban y no podíamos ver los muertos. Y tuvimos nuestro real asentado en unos pueblos y caserías que se dicen Teoacingo o Teuacingo.

Entonces se informó Cortés muy por extenso cómo y de qué manera estaba el capitán Xicotenga, y qué poderes tenía consigo; y le dijeron que tenía muy más gente que la otra vez cuando nos dió guerra, porque traía cinco capitanes consigo, y que cada capitanía traía diez mil guerreros. Y fué de esta manera que lo contaba, que de la parcialidad de Xicotenga, que ya no veía de viejo, padre del mismo capitán, venían diez mil, y de la parte de otro gran cacique que se decía Maseescaci, otros diez mil, y de otro gran principal, que se decía Chichimecatecle, otros tantos. y de la parte de otro cacique, señor de Topeyanco, que se decía Tecapaneca, otros diez mil, y de otro cacique, que se decía Guaxobcin, otros diez mil: por manera que eran a la cuenta cincuenta mil, y que habían de sacar su bandera y seña, que era una ave blanca, tendidas las alas como que quería volar, que parece como avestruz: y cada capitanía con su divisa y librea. norcue cada cacique así las tenían diferenciadas, como en nuestra Castilla tienen los duques y condes. Y todo esto que aquí he dicho tuvímoslo por muy cierto, porque ciertos indios de los que tuvimos presos, que soltamos aquel día, lo decían muy claramente, y aunque no eran creídos por entonces. Y desde que aquello vimos, como somos hombres y temíamos la muerte, muchos de nosotros, y aun todos los demás, nos confesamos con el Padre de la Merced y con el clérigo Juan Díaz, que toda la noche estuvieron en oír de penitencia, y encomendámonos a Dios que nos librase no fuésemos vencidos: y de esta manera pasamos hasta otro día. Y la batalla que nos dieron, aquí lo diré.

DE LA GRAN BATALLA QUE HUBIMOS CON EL PODER DE LOS TLAXCALTECAS, Y QUISO DIOS NUESTRO SEÑOR QUE EN ELLA HUBIESEMOS VICTORIA, Y LO QUE MAS PASO

DENTRO DIA DE MAÑANA, que fueron cinco de septiembre de mil quinientos diez y nueve años, pusimos Ios caballos en concierto, que no quedó ninguno de los heridos que allí no saliesen para hacer cuerpo y ayudasen lo que pudiesen; y percibidos los ballesteros que con gran concierto gastasen el almacén, unos armando, otros soltando, y los escopeteros por el consiguiente, y los de espada y rodela que la estocada o cuchillada que diésemos que pasasen las entrañas porque no se osasen juntar tanto como la otra vez. La artillería bien apercibida iba; y como ya tenían aviso Ios de caballo que se ayudasen unos a otros, y las lanzas terciadas, sin pararse a lancear, sino por las caras y ojos, entrando y saliendo a media rienda, y que ningún soldado saliese del escuadrón; y con nuestra bandera tendida y cuatro compañeros aguardando al alférez Corral. Así salimos de nuestro real, y no habíamos andado medio cuarto de legua cuando vimos asomar los campos llenos de guerreros con grandes penachos y sus divisas, y mucho ruido de trompetillas y bocinas. Aquí había bien que escribir y ponerlo en relación lo que en esta peligrosa y dudosa batalla pasamos, porque nos cercaron por todas partes tantos guerreros que se podría comparar como si hubiese unos grandes prados de dos leguas de ancho y otras tantas de largo y en medio de ellos cuatrocientos hombres; así eran todos los campos llenos de ellos, y nosotros obra de cuatrocientos, muchos heridos y dolientes. Y supimos cierto que esta vez que venían con pensamiento que no habían de dejar ninguno de nosotros con vida. que no habían de ser sacrificados a sus ídolos.

Volvamos a nuestra batalla. Pues como comenzaron a romper con nosotros, ¡qué granizo de piedra de los honderos! Pues flecheros, todo el suelo hecho parva de varas tostadas de a dos gajos, que pasan cualquier arma y las entrañas adonde no hay defensa; y los de espada y rodela y de otras mayores que espadas, como montantes y lanzas, ¡qué prisa nos daban y con qué braveza se juntaban con nosotros y con qué grandísimos gritos y alaridos! Puesto que nos ayudábamos con tan gran concierto con nuestra artillería y escopetas y ballestas, que les hacíamos harto daño; a los que se nos llegaban con sus espadas y montantes, les dábamos buenas estocadas, que les hacíamos apartar, y no se juntaban tanto como la otra vez pasada; los de a caballo estaban tan diestros y hacíanlo tan varonilmente que, después de Dios, que es el que nos guardaba, ellos fueron fortaleza.

Yo vi entonces medio desbaratado nuestro escuadrón, que no aprovechaban voces de Cortés ni de otros capitanes, para que tornásemos a cerrar; tanto número de indios cargó entonces sobre nosotros, que milagrosamente, a puras estocadas, Ies hicimos que nos diesen lugar, con que volvimos a ponernos en concierto. Una cosa nos daba la vida, y era que, como eran muchos y estaban amontonados, los tiros les hacían mucho mal; y demás de esto no se sabían capitanear, porque no podían llegar todos los capitanes con sus gentes, y, a lo que supimos, desde la otra batalla pasada habían tenido pendencias y rencillas entre el capitán Xicotenga con otro capitán hijo de Chichimecatecle, sobre que decía el un capitán al otro que no había hecho bien en la batalla pasada, y el hijo de Chichimecatecle respondió que muy mejor que él, y se lo haría conocer de su persona a la de Xicotenga. Por manera que en esta batalla no quiso ayudar con su gente el Chichimecatecle al Xicotenga; antes supimos muy ciertamente que convocó a la capitanía de Guaxolzingo que no pelease. Y demás de esto, desde la batalla pasada temían los caballos y tiros y espadas y ballestas, y nuestro buen pelear, y sobre todo la gran misericordia de Dios, que nos daba esfuerzo para sustentarnos.

Y como el Xicotenga no era obedecido de dos capitanes, y nosotros les hacíamos gran daño, que les matábamos muchas de sus gentes, las cuales encubrían, porque como eran muchos, en hiriéndolos a cualquiera de los suyos luego lo apañaban y lo llevaban a cuestas, así en esta batalla como en la pasada no podíamos ver ningún muerto. Y como ya peleaban de mala gana y sintieron que las capitanías de los dos capitanes por mi memorados no les acudían, comenzaron a aflojar; y porque, según pareció, en aquella batalla matamos un capitán muy principal, que de Ios otros no los cuento, comenzaron a retraerse con buen concierto, y los de caballo, a media rienda, siguiéndoles poco trecho, porque no se podían ya tener de cansados. Y desde que nos vimos libres de aquella multitud de guerreros dimos muchas gracias a Dios.

Allí nos mataron un soldado e hirieron más de sesenta y también hirieron a todos los caballos. A mí me dieron dos heridas, la una en la cabeza, de pedrada, y otra en el muslo, de un flechazo, mas no eran para dejar de pelear y velar, y ayudar a nuestros soldados; y asimismo lo hacian todos los soldados que estaban heridos, que si no eran muy peligrosas las heridas habíamos de pelear y velar con ellas, porque de otra manera pocos quedaran que estuviesen sin heridas. Y luego nos fuimos a nuestro real muy contentos y dando muchas gracias a Dios, y enterramos el muerto en una de aquellas casas que tenían hechas en los soterraños, porque no lo viesen los indios que éramos mortales, sino que creyesen que éramos teules, como ellos decían; y derrocamos mucha tierra encima de la casa porque no oliesen los cuerpos; y se curaron todos los heridos con el unto del indio que otras veces he dicho. ¡Oh qué mal refrigerio teníamos, qqe aun aceite para curar, ni sal, había'

COMO OTRO DIA ENVIAMOS MENSAJEROS A LOS CACIQUES DE TLAXCALA, ROGANDOLES CON LA PAZ. Y LO QUE. SOBRE ESTAS COSAS Y DE OTRAS ELLOS HICIERON

DESPETES DE PASADA la batalla por mí memorada y prendido en ella los tres indios principales, enviólos luego nuestro capitán Cortés juntamente con los dos que estaban en nuestro real, que habían ido otras veces por mensajeros, y les mandó que dijesen a los caciques de Tlaxcala que les ro gábamos que luego vengan de paz y que nos den pasada por su tierra para ir a México, como otras veces les hemos enviado a decir, y que si ahora no vienen, que les mataremos todas sus gentes, y porque les queremos mucho y tener por hermanos no les quisiéramos enojar si ellos no hubiesen dado causa a ello; y se les dijo muchos halagos para traerlos a nuestra amistad. Y aquellos mensajeros fueron luego de buena gana a la cabecera de Tlaxcala y dijeron su embajada a todos los caciques por mí ya nombrados, los cuales hallaron juntos, con otros muchos viejos y papas, y estaban muy tristes, asi del mal suceso de la guerra como de la muerte de los capitanes parientes o hijos suyos, que en las batallas murieron, y dizque no los quisieron escuchar de buena gana; y lo que sobre ello acordaron fué que luego mandaron llamar todos los adivinos y papas y otros que echaban suertes, que llaman tacalnaguas, que son como hechiceros, y dijeron que mirasen por sus adivinanzas y hechizos y suertes qué gente éramos y si podríamos ser vencidos dándonos guerra de día y de noche a la con tina, y también para saber si éramos tenles, así como les decían los de Cempoal (que ya he dicho otras veces que son cosas malas como demonios), y qué cosas comíamos, y que mirasen todo esto con mucha diligencia. Y después que se juntaron los adivinos y hechiceros y muchos papas, y hechas sus adivinanzas y echadas sus suertes, y todo lo que solían hacer, parece ser dijeron que en las suertes hallaron que eramos hombres de hueso y carne, y que comíamos gallinas y perros y pan y fruta, cuando lo teníamos; y que no comiamos carnes de indios ni corazones de los que matábamos, porque, según pareció, los indios amigos que traiamos de Cempoal les hicieron creer que éramos teules y que comiamos corazones de los indios, y que las lombardas echaban rayos como caen del cielo, y que el lebrel que era tigre o león, y que los caballos eran para alcanzar a los indios cuando los queriamos matar; y les dijeron otras muchas niñerias. Y lo peor de todo que les dijeron sus papas y adivinos fué que de día no podíamos ser vencidos, sino de noche, porque como anochecía se nos quitaban las fuerzas: y más les dijeron los hechiceros, que éramos esforzados, y que todas estas virtudes teníamos de día hasta que se ponía el sol, y después que anochecía no teníamos fuerza ninguna. Y desde que aquello entendieron los caciques y lo tuvieron por muy cierto, se lo enviaron a decir a su capitán general Xicotenga, para que luego con brevedad venga una noche con grandes poderes a darnos guerra. El cual, desde que lo supo, juntó obra de diez mil indios, los más esforzados que tenían, y vino a nuestro real y por tres partes nos comenzó a dar una mano de flecha y tirar varas con sus tiraderas de un gajo, y los de espadas y macanas y montantes por otra parte, por manera que de repente tuvieron por cierto que llevarían algunos de nosotros para sacrificar.

Y mejor lo hizo Nuestro Señor Dios, que por muy secretamente que ellos venian nos hallaron muy apercibidos, porque como sintieron su gran ruido que traían a matacaballo vinieron nuestros corredores del campo y las espías a dar alarma, y coma estábamos tan acostumbrados a dormir calzados y las armas vestidas, y los cahalles ensillados y enfrenados, y todo género de armas muy a punto, les resistirnos con las escopetas y ballestas y a estocadas; de presto vuelven las espaldas. Y como era el campo llano y hacía luna, los de a caballo los siguieron un poco, donde por la mañana hallamos tendidos, muertos y heridos, hasta veinte de ellos: por manera que se vuelven con gran pérdida y muy arrepentidos de la venida de noche. Y aun oí decir que como no les sucedió bien lo que los papas y las suertes y hechiceros les diieron, que sacrificaron a dos de ellos.

Dejemos esto y digamos cómo doña Marina, con ser mujer de la tierra, qué esfuerzo tan varonil tenía, que con oír cada día que nos habían de matar y comer nuestras carnes con ají, y habernos visto cercados en las batallas pasadas, y que ahora todos estábamos heridos y dolientes, jamás vimos flaqueza en ella, sino muy mayor esfuerzo que de mujer. Y a los mensajeros que ahora enviábamos les habló doña Marina y Jerónimo de Aguilar que vengan luego de paz, que si no vienen dentro de dos días les iremos a matar y destruir sus tierras, e iremos a buscarlos a su ciudad. Y con estas bravosas palabras fueron a la cabecera donde estaba Xicotenga el Viejo y Maseescaci.

Y porque en un instante acaecen dos y tres cosas, así en nuestro real como en este tratar de paces, y por fuerza tengo de tomar entre manos lo que más viene al propósito, dejaré de hablar en los cuatro indios principales que envían a tratar las paces, que aún no han venido por temor de Xicotenga. En este tiempo fuimos con Cortés a un pueblo junto a nuestro real, y dícese este pueblo Zumpancingo, y era cabecera de muchos pueblos chicos, y era su sujeto el pueblo donde estábamos, allí donde teníamos nuestro real, que se dice Tecoadzumpancingo, que todo alrededor estaba muy poblado.

Y Cortés les dijo con nuestras lenguas, doña Marina y Aguilar, que siempre iban con nosotros a cualquiera entrada que íbamos, y aunque fuese de noche, que no hubiesen miedo, y que luego fuesen a decir a sus caciques a la cabecera que vengan de paz, porque la guerra es mala para ellos. Y envió a estos papas porque de los otros mensajeros que habíamos enviado aún no teníamos respuesta ninguna de lo por mí memorado sobre que enviábamos a tratar de paces a los caciques de Tlaxcala con los cuatro principales, que no habían venido en aquella sazón. Y aquellos papas de aquel pueblo buscaron de presto sobre cuarenta gallinas y gallos y dos indias para moler tortillas, y las trajeron. Y Cortés se lo agradeció y mandó que luego le llevasen veinte indios de aquel pueblo a nuestro real, y sin temor ninguno fueron con el bastimento y se estuvieron en el real hasta la tarde, y se les dió contezuelas. con que volvieron muy contentos a su casa, y a todas aquellas caserías, nuestros vecinos decían que éramos buenos, que no les enojábamos.

COMO DESPUES QUE VOLVIMOS CON CORTES DE ZUMPANCINGO CON BASTIMENTOS, HALLAMOS EN NUESTRO REAL CIERTAS PLATICAS. Y LO QUE CORTES RESPONDIO

VUELTOS DE ZUMPACINGO, que así se dice, con los bastimentos y muy contentos en dejarlos de paz, hallamos en el real corrillos y pláticas sobre los grandísimos peligros en que cada día estábamos en aquella guerra. Y desde que hubimos llegado avivarán más la plática, y los que más en ello hablaban y asistían eran los que en la isla de Cuba dejaban sus casas y repartimientos de indios. Y juntáronse hasta siete de ellos, que aquí no quiero nombrar por su honor, y fueron al rancho y aposento de Cortés; y uno de ellos, que habló por todos, que tenía buena expresiva, y aun tenía bien en la memoria lo que había de proponer, dijo, como a manera de aconsejarle a Cortés, que mirase cuál andábamos, malamente heridos y flacos, y corridos, y los grandes trabajos que teníamos, así de noche, con velas y con espías y rondas y corredores de campo, como de día y de noche peleando, y que por la cuenta que han echado, que desde que salimos de Cuba faltaban ya sobre cincuenta y cinco compañeros, y que no sabemos de los de la Villa Rica que dejamos poblados; y que, pues Dios nos había dado victoria en las batallas y reencuentros desde que venimos de Cuba y en aquella provincia habíamos habido, y con su gran misericordia nos sostenía, y que no le debíamos tentar tantas veces, y que no quiera ser peor que Pedro Carbonero.

Y más le dijeron: que mirase en todas las historias, así de romanos como las de Alejandro, ni de otros capitanes de los muy nombrados que en el mundo ha habido, no se atrevió a dar con los navíos al través, y con tan poca gente meterse en tan grandes poblazones y de muchos guerreros, como él ha hecho, y que parece que es homicidio de su muerte y de todos nosotros, y que quiera conservar su vida y las nuestras; y que luego nos volviésemos a la Villa Rica, pues estaba de paz la tierra; y que no se lo habían dicho hasta entonces porque no han visto tiempo para ello por los muchos guerreros que teniamos cada día por delante y en los lados, y pues ya no tornaban de nuevo, lo cual creían que si volverían, pues Xicotenga. con su gran poder, no nos ha venido a buscar aquellos tres días pasados, que debe estar allegando gente, y que no deberíamos aguardar otra como las pasadas; y le dijeron otras cosas sobre el caso.

Y viendo Cortés que se lo decían algo como soberbios, puesto que iban a manera de consejo, les respondió muy mansamente, y dijo que bien conocido tenía muchas cosas de las que habían dicho, y que a lo que ha visto y tiene creído, que en el universo hubiese otros españoles más fuertes ni con tanto ánimo hayan peleado y pasado tan excesivos trabajos como éramos nosotros, y que andar con las armas a la continua a cuestas, y velas y rondas, y fríos, que si así no lo hubiéramos hecho, ya fuéramos perdidos, y por salvar nuestras vidas que aquellos trabajos y otros mayores habíamos de tomar. Y dijo:",Para qué es, señores, contar en esto cosas de valentías, que verdaderamente Nuestro Señor es servido ayudarnos? Que cuando se me acuerda vernos cercados de tantas capitanías de. contrarios, y verles esgrimir sus montantes y andar tan junto de nosotros, ahora me pone grima, especial cuando nos mataron la yegua de una cuchillada, cuán perdidos y desbaratados estábamos, y entonces conocí vuestro muy grandísimo ánimo más que nunca". Y pues Dios nos libró de tan gran peligro, que esperanza tenía que así había de ser de allí adelante. Y más dijo: "Pues en todos estos peligros no me conoceríais tener pereza, que en ellos me hallaba con vosotros". Y tuvo razón de decirlo, porque ciertamente en todas las batallas se hallaba de los primeros. "He querido, señores, traeros esto a la memoria, que pues Nuestro Señor fue servido guardarnos, tuviésemos esperanza que así había de ser adelante; pues desde que entramos en la tierra en todos los pueblos les predicamos la santa doctrina lo mejor que podemos, y les procuramos de deshacer sus ídolos, y pues que ya veíamos que el capitán Xicotenga ni sus capitanías no parecen, y que de miedo no debe de osar verle, porque les debiéramos de hacer mala obra en las batallas pasadas, y que no podría ya juntar sus gentes, habiendo ya sido desbaratado tres veces, y por esta causa tenía confianza en Dios y en su abogado, señor San Pedro. que ruega por nosotros, que era fenecida la guerra de aquella provincia, y ahora, como habéis visto, traen de comer los de Cinpancingo y quedan de paz, y estos nuestros vecinos que están por aquí poblados en sus casas; y que en cuanto dar con los navíos al través, fue muy bien aconsejado, y que si no Llamó alguno de ellos al consejo como a otros caballeros fué por lo que sintió en el Arenal, que no lo quisiera traer ahora a la memoria; y que el acuerdo y consejo que ahora le dan es todo de una manera que el que le podrían dar entonces, y que miren que hay otros muchos caballeros en el real que serán muy contrarios de lo que ahora piden y aconsejan, y que encaminemos siempre todas las cosas a Dios y seguirlas en su santo servicio será mejor. Y a lo que, señores, decís que jamás capitán romano de los muy nombrados han acometido tan grandes hechos como nosotros, dicen verdad. y ahora y adelante, mediante Dios, dirán en las historias que de esto harán memoria mucho más que de los antepasados; pues. como he dicho, todas nuestras cosas son en servicio de Dios y de nuestro gran emperador don Carlos. Y aun debajo de su recta justicia y cristiandad somos ayudados de la misericordia de Dios Nuestro Señor, y nos sostendrá, que vamos de bien en mejor. Así que, señores, no es cosa bien acertada volver un paso atrás, que si nos viesen volver estas gentes y los que dejamos de paz, las piedras se levantarían contra nosotros, y como ahora nos tienen por dioses o ídolos, que así nos llaman, nos juzgarían por muy cobardes y de nocas fuerzas. Y a lo que decís de estar entre los amigos totonaques, nuestros aliados, si nos viesen que damos vuelta sin ir a México, se levantarían contra nosotros, y la causa de ello seria que como les quitamos que no diesen tributo a Montezuma, enviaría sus poderes mexicanos contra ellos para que le tornasen a tributar, y sobre ello darles guerra, y aun les mandara que nos la den a nosotros, y ellos por no ser destruidos, porque les temen en oran manera. lo pondrían por la obra. Así que donde pensábamos tener amigos serían enemigos. Pues desde que lo supiese el gran Montezuma que nos habíamos vuelto, ¡qué diría!, ¡en qué tendría nuestras palabras ni lo que le enviamos a decir! ¡Que todo era cosa de burla o juego de niños! Así que, señores, mal allá y peor acullá. más vale que estemos aquí donde estamos, que es bien llano y todo bien poblado, y este nuestro real bien abastecido: unas veces gallinas y otras perros, gracias a Dios no nos falta de comer, si tuviésemos sal, que es la mayor falta que al presente tenemos, y ropa para guarecernos del frío. Y a lo que decís, señores, que se han muerto desde que salimos de la isla de Cuba cincuenta y cinco soldados de heridas y hambres y fríos y dolencias y trabajos. que somos pocos y todos los más heridos y dolientes, Dios nos da esfuerzo por muchos, porque vista cosa es que en las guerras se, gastan hombres y caballos, y que unas veces comemos bien, y no venimos al presente para descansar, sino para pelear cuando se ofreciere; por tanto, os pido, señores, por merced, que pues sois caballeros y personas que antes habíais de esforzar a quien viéseis mostrar flaqueza, que de aquí adelante se os quite del pensamiento la isla de Cuba y lo que allá dejáis, y procuremos hacer lo que siempre habéis hecho como buenos soldados, que después de Dios, que es nuestro socorro y ayuda, han de ser nuestros valerosos brazos".

Y como Cortés hubo dado esta respuesta, volvieron aquellos soldados a repetir en la misma plática.

Y Cortés les respondió medio enojado que valía más morir por buenos, como dicen los cantares, que vivir deshonrados: y además de esto que Cortés les dijo, todos los más soldados que le fuimos en alzar por capitán y dimos consejo sobre el dar al través con los navíos, dijimos en alta voz que no curase de corrillos ni de oír semejantes pláticas, sino que, con la ayuda de Dios, con buen concierto estemos apercibidos para hacer lo que convenga; y así cesaron todas las pláticas. Verdad es que murmuraban de Cortés, y le maldecían, y aun de nosotros, que le aconsejábamos, y de los de Cempoal, que por tal camino nos trajeron, y decían otras cosas no bien dichas; mas en tales tiempos se disimulaban. En fin. todos obedecieron muy bien.

Como Nuestro Señor Dios, por su gran misericordia, fué servido darnos victoria de aquellas batallas de Tlaxcala, voló nuestra fama por todas aquellas comarcas, y fué a oidos del gran Montezuma, a la gran ciudad de México, y si de antes nos tenían por tenles, que son como sus ídolos, de ahí adelante nos tenian en muy mayor reputación y por fuertes guerreros; y puso espanto en toda la tierra cómo siendo nosotros tan pocos y los tlaxcaltecas de muy grandes poderes y los vencimos, y ahora enviarnos a demandar paz. Por manera que Montezuma, gran señor de México, de muy bueno que era temió nuestra ida a su ciudad y despachó cinco principales hombres de mucha cuenta a Tlaxcala y a nuestro real, para darnos el bien venidos y a decir que se había holgado mucho de la gran victoria que hubimos contra tantos escuadrones de contrarios, y envió en presente obra de mil pesos de oro en joyas muy ricas y de muchas maneras labradas, y veinte cargas de ropa fina de algodón.

COMO VINO XICOTENGA, CANTAN GENERAL DE TLAXCALA, A ENTENDER EN LAS PACES CON DON HERNANDO

ESTANDO PLATICANDO CORTES con los embajadores de Montezuma, como dicho bebemos, y que quería reposar porque estaba malo de calenturas y purgado de otro día antes, viénenle a decir que venía el capitán Xicotenga con muchos caciques y capitanes, y que traen cubiertas mantas blancas y coloradas, digo la mitad de las mantas blancas y la otra mitad coloradas, que era su divisa y librea; y muy de paz, y traía consigo hasta cincuenta hombres principales que le acompañaban. Y llegado al aposento de Cortés le hizo muy granacato en sus reverencias, y mandó quemar mucho copal; y Cortés, con gran amor, le mandó sentar cabe sí. Y dijo el Xicotenga que él venía de parte de su padre y de Maseescaci y de todos los caciques y república de Tlaxcala a rogarle que les admitiese a nuestra amistad, y que venia a dar la obediencia a nuestro rey y señor, y a demandar perdón por haber tomado armas y habernos dado guerras; y que si lo hicieron que fué por no saber quién éramos, porque tuvieron por cierto que veníamos de la parte de su enemigo Montezuma que como muchas veces suelen tener astucias y mañas para entrar en sus tierras y robarles y saquearles, que así creyeron que les quería hacer ahora, y que por esta causa procuraban defender sus personas y patria, y fué forzado pelear; y que ellos eran muy pobres, que no alcanzan oro, ni plata, ni piedras ricas, ni ropa de algodón y aun sal para comer, porque Montezuma no les da lugar a ello para salirlo a buscar, y que si sus antepasados tenían algún oro y piedras de valor, que a Montezuma se lo habían dado cuando algunas veces hacían paces y treguas, porque no les destruyesen, y esto en los tiempos muy atrás pasados; y porque al presente no tienen que dar, que les perdonen, que su pobreza da causa a ello, y no la buena voluntad.

Y di muchas quejas de Montezuma y de sus aliados, que todos eran contra ellos y les daban guerra, puesto que se habían defendido muy bien, y que ahora quisiera hacer lo mismo contra nosotros, y no pudieron, y aun que se había juntado tres veces con todos sus guerreros, y que éramos invencibles, y que como conocieron esto de nuestras personas que quieren ser nuestros amigos y vasallos del gran señor emperador don Carlos, porque tenían por cierto que con nuestra compañía serán guardados y amparados sus personas y mujeres e hijos y no estarán siempre con sobresalto de los traidores mexicanos. Y dijo otras muchas palabras de ofrecimientos de sus personas y ciudad.

Era este Xicotenga alto de cuerpo y de grande espalda y bien hecho, y la cara tenía larga y como hoyosa y robusta; y era de hasta treinta y cinco años y en el parecer mostraba en su nersona gravedad. Y Cortés le die, las gracias muy cumplidas, con halagos que le mostró, y dijo que los recibía por tales vasallos de nuestro rey y señor y amigos nuestros.

Y tornó Cortés a decir, algo más áspero y con gravedad, de las guerras que nos habían dado de día y de noche, y que pues ya no puede haber enmienda en ello, que se lo perdona, y que miren que las paces que ahora les damos que sean firmes y no haya mudamiento, porque si otra cosa hacen los matará y destruirá su ciudad, y que no aguardasen otras palabras de paces, sino de guerra. Y como aquello oyó el Xicotenga y todos los principales que con él venían., respondieron a una que serían firmes y verdaderas, y que para ello quedarían todos en rehenes. Y pasaron otras pláticas de Cortés a Xicotenga, y de todos los más principales, y se les dieron unas cuentas verdes y azules para su padre y para él y para los demás caciques; y les mandó que dijesen que Cortés iría pronto a su ciudad.

Y a todas estas pláticas y ofrecimientos estaban presentes los embajadores mexicanos, de lo cual les pesó en gran manera de las paces, porque bien entendieron que por ellas no les había de venir bien ninguno. Y viendo aquellos embajadores su determinación, rogáronle que aguardásemos allí en nuestro real seis días, porque querían enviar dos de sus compañeros a su señor Montezuma, y que vendrían dentro de los seis días con respuesta. Y Cortés se lo prometió, porque, como he dicho, estaba con calenturas.

Y como en aquella sazón vió que habían venido de paz. y en todo el camino por donde venimos de nuestra Villa Rica de la Vera Cruz eran los pueblos nuestros amigos y confederados, escribió Cortés a Juan de Escalante, que ya he dicho que quedó en la villa para acabar de hacer la fortaleza y por capitán de obra de sesenta soldados viejos y dolientes, que allí quedaron, en las cuales cartas les hizo saber las grandes mercedes que nuestro Señor Jesucristo nos había hecho en las victorias que hubimos en las batallas y reencuentros desde que entramos en la provincia de Tlaxcala, donde ahora han venido de paz; y que todos diesen gracias a Dios por ello, y que mirasen que siempre favoreciesen a los pueblos totonaques, nuestros amigos, y que le enviase luego en posta dos botijas de vino que había dejado enterradas en cierta parte señalada de su aposento, y asimismo trajesen hostias de las que habíamos traído de la isla de Cuba, porque las que trajimos de aquella entrada va se habían acabado. Con las cuales cartas dizque hubieron mucho placer, y Escalante escribió lo que allá había sucedido, y todo vino muy presto. Y en aquellos días en nuestro real pusimos una cruz muy suntuosa y alta; y mandó Cortés a los indios de Cinpancingo, y a los de las casas que estaban juntos de nuestro real, que lo encalasen y estuviese bien aderezado.

Y cumplido el plazo que habían dicho, vinieron de México seis principales, hombres de mucha estima, y trajeron un rico presente que envió el gran Montezuma, que fueron más de tres mil pesos de oro en ricas joyas de diversas maneras, y doscientas piezas de ropa de mantas muy ricas, de plumas y de otras labores: y dijeron a Cortés, cuando lo presentaron, que su señor Montezuma se huelga de nuestra buena andanza, y que le ruega muy ahincadamente que en bueno ni malo no fuese con los de Tlaxcala a su pueblo, ni se confiase de ellos. que le querían llevar allá para robarle oro y ropa, porque son muy pobres.

Y estando en estas razones vienen otros muchos mensajeros de Tlaxcala a decir a Cortés cómo vienen cerca de allí todos los caciques viejos de la cabecera de toda la provincia a nuestros ranchos y chozas, a ver a Cortés y a todos nosotros, para llevarnos a su ciudad. Y como Cortés lo supo, rogó a los embajadores mexicanos que aguardasen tres días por los despachos para su señor, porque tenia al presente que hablar y despachar sobre la guerra pasada o paces que ahora tratan; y ellos dijeron qué aguardarían. Y lo que los caciques viejos dijeron a Cortés, diré adelante.

COMO VINIERON A NUESTRO REAL LOS CACIQUES VIEJOS DE TLAXCALA A ROGAR A CORTES Y A TODOS NOSOTROS QUE LUEGO NOS FUESEMOS CON ELLOS A A SU CIUDAD PARA NOS ATENDER. Y LO QUE MAS PASO

DESDE QUE LOS CACIQUES viejos de toda Tlaxcala vieron que no íbamos a su ciudad, acordaron de venir en andas, y otros en hamacas y acuestas, y otros a pie; los cuales eran los que por mi ya nombrados que se decían Maseescaci, Xicotenga el Viejo y Guaxolocingo, Chichimeca Tede, Tepacneca de Topeyanco, los cuales llegaron a nuestro real con otra gran compañía de principales, y con gran acato hicieron a Cortés y a todos nosotros tres reverencias, y quemaron copal y tocaron las manos en el suelo y besaron la tierra. Y el Xicotenga el Viejo comenzó a hablar a Cortés de esta manera, y dijo: "Malinchi, Malinchi: muchas veces te hemos enviado a rogar que nos perdones porque salimos de guerra, y ya te enviamos a dar nuestro descargo, que fué por defendernos del malo de Montezuma y sus grandes poderes, porque creiamos que erais de su bando y confederados, y si supiéramos lo que ahora sabemos, no digo yo saliros a recibir a Ios caminos con muchos bastimentos, sino tenéroslos barridos, y aun fuéramos por vosotros a la mar adonde teníais vuestros acales (que son navíos), y pues ya nos habéis perdonado, lo que ahora os venimos a rogar yo y todos estos caciques es que vayáis luego con nosotros a nuestra ciudad, y allí os daremos de lo que tuviéremos, y os serviremos con nuestras personas y haciendas. Y mira, Malinche, no hagas otra cosa, sino luego nos vamos, y porque tememos que por ventura te habrán dicho esos mexicanos alguna cosa de falsedades y mentiras de las que suelen decir de nosotros, no los creas ni los oigas, que en todo son falsos; y tenemos entendido que por causa de ellos no has querido ir a nuestra ciudad".

Y Cortés respondió con alegre semblante y dijo que bien sabia desde muchos años antes pasados, y primero que a estas sus tierras vinésemos, cómo eran buenos, y que de eso se maravilló cuando nos salieron de guerra, y que los mexicanos que allí estaban aguardaban respuesta para su señor Montezuma; y a lo que decían que fuésemos luego a su ciudad, y por el bastimento que siempre traían y otros cumplimientos. que se lo agradecía mucho y lo pagará en buenas obras, y que ya se hubiera ido si tuviera quien nos llevase los tepuzques, que son las lombardas. Y luego que oyeron aquella palabra sintieron tanto placer, que en los rostros se conoció. y dijeron: "Pues ¡cómo por eso has estado y no lo has dicho?" Y en menos de media hora traen sobre quinientos indios de carga, y otro día muy de mañana comenzamos a marchar camino de la cabecera de Tlaxcala, con mucho concierto. así artillería como de caballo y escopetas y ballestas y todos los demás, según lo teníamos de costumbre. Ya había rogado Cortés a los mensajeros de Montezuma que se fuesen con nosotros para ver en qué paraba lo de Tlaxcala. y desde allí los despacharía, y que en su aposento estarían porque no recibiesen ningún deshonor, porque según dijeron temianse de los tlaxcaltecas.

Antes que más pase adelante quiero decir cómo en todos los pueblos por donde pasamos y en otros en donde tenían noticia de nosotros, llamaban a Cortés Malinche, y así lo nombraré de aquí adelante. Malinche, en todas las pláticas que tuviéramos con cualesquier indios, así de esta provincia como de la ciudad de México, y no le nombraré Cortés sino en parte que convenga. Y la causa de haberle puesto este nombre es que como doña Marina, nuestra lengua, estaba siempre en su compañía, especial cuando venian embajadores o pláticas de caciques, y ella lo declaraba en la lengua mexicana, por esta causa le llamaban a Cortés el capitán de Marina, y para más breve le llamaron Malinche; y también se le quedó este nombre a un Juan Pérez de Artiaga, vecino de la Puebla, por causa que siempre andaba con doña Marina y con Jerónimo de Aguilar aprendiendo la lengua, y a esta causa le llamaban Juan Pérez Malinche, que es renombre de Artiaga de obra de dos años a esta parte lo sabemos. He querido traer algo de esto a la memoria, aunque no había para qué, porque se entienda el nombre de Cortés de aqui adelante, que se dice Malinche, y también quiero decir que desde que entramos en tierra de Tlaxcala hasta que fuimos a su ciudad se pasaron veinticuatro días: y entramos en ella a veinte y tres de septiembre de mil quinientos diez y nueve años. Y vamos a otro capítulo, y diré lo que alli nos avino.

COMO FUIMOS A LA CIUDAD DE TLAXCALA, Y LO QUE LOS CACIQUES VIEJOS HICIERON, DE UN PRESENTE QUE NOS DIERON, Y COMO TRAJERON SUS HIJOS Y SOBRINOS.

COMO LOS CACIQUES vieron que comenzaba a ir nuestro fardaje camino de su ciudad, luego se fueron adelante para mandar que todo estuviese muy aparejado para recibirnos y para tener los aposentos muy enramados. Y ya que llegábamos a un cuarto de legua de la ciudad, sálennos a recibir los mismos caciques que se habían adelantado, y traen consigo sus hijos y sobrinos y muchos principales, cada parentela y bando y parcialidad por si, porque en Tlaxcala había cuatro parcialidades, sin la de Tecapaneca, señor de Topeyanco, que eran cinco; y también vinieron de todos los lugares sus sujetos, y traían sus libreas diferenciadas que, aunque eran de henequén, eran muy primas y de buenas labores y pinturas, porque algodón no lo alcanzaban. Y luego vivieron los papas de toda la provincia, que había muchos por los grandes adoratorios que tenían, que ya he dicho que entre ellos se dicen cúes, que son donde tienen sus ídolos y sacrifican. Y traian aquellos papas braseros con ascuas de brasas, y con sus inciensos, sahumando a todos nosotros; y traían vestidos algunos de ellos ropas muy largas, a manera de sobrepellices, y eran blancas y traían capillas en ellos, quedan parecer como a las de las que traen los canónigos, como ya lo tengo dicho, y los cabellos muy largos y engreñados, que no se pueden desparcir si no se cortan, y llenos de sangre, que les salía de las orejas, que en aquel día se habían sacrificado, y abajaban las cabezas, como a manera de humildad. cuando nos vieron, y traían las uñas de los dedos de las manos muy largas; y oímos decir que a aquellos papas tenían por religiosos y de buena vida.

Y junto a Cortés se allegaron muchos principales, acompañándole, y desde que entramos en lo poblado no cabían por las calles y azoteas de tantos indios e indias que nos salían a ver con rostros muy alegres, y trajeron obra de veinte piñas, hechas de muchas rosas de la tierra, diferenciados los colores y de buenos olores, y los dan a Cortés y a los demás soldados que les parecían capitanes, especial a los de caballo; y desde que llegamos a unos buenos patios, adonde estaban los aposentos, tomaron luego por la mano a Cortés y Xicotenga el Viejo y Maseescaci y les meten en los aposentos, y allí tenían aparejados para cada uno de nosotros, a su usanza, unas camillas de esteras y mantas de henequén, y también se aposentaron los amigos que traíamos de Cempoal y de Zocotlán cerca de nosotros. Mandó Cortés que los mensajeros del gran Montezuma se aposentasen junto con su aposento.

Y puesto que estábamos en tierra que veíamos claramente que estaban de buenas voluntades, y muy de paz, no nos descuidábamos de estar muy apercibidos, según lo teníamos de costumbre. Y parece ser que un capitán a quien cabía el cuarto de poner corredores del campo y espías y velas, dijo a Cortés: "Parece, señor, que están muy de paz; no habemos menester tanta guarda, ni estar tan recatados como solemos". Y Cortés dijo: "Mirad, señores, bien veo lo que decís; mas por la buena costumbre hemos re estar apercibidos, que aunque sean muy buenos, no habemos de creer en su paz, sino como si nos quisiesen dar guerra y los viésemos venir a encontrar con nosotros, que muchos capitanes por confiarse y descuido fueron desbaratados; especialmente nosotros, como somos tan pocos, y habiéndonos enviado avisar el gran Montezuma, puesto que sea fingido y no verdad, hemos de estar muy alerta". Dejemos de hablar de tantos cumplimientos y orden como teníamos en nuestras velas y guardas, y volvamos a decir cómo Xicotenga el Viejo y Maseescaci, que eran grandes caciques, se enojaron mucho con Cortés y le dijeron con nuestras lenguas:

Malinche: o tu nos tienes por enemigos, o no muestras obras en lo que te vemos hacer, que no tienes confianza de nuestras personas y en las paces que nos has dado y nosotros a ti, y esto te decimos porque vemos que así os veláis y venís por los caminos apercibidos como cuando veníais a encontrar con nuestros escuadrones; y esto, Malinche, creemos que lo haces por las traiciones y maldades que los mexicanos te han dicho en secreto, para qu,e estés mal con nosotros; mira, no los creas, que ya aquí estás y te daremos tono lo que quisieres, vasta nuestras personas e lujos, y moriremos por vosotros; por eso demanda en rehenes lo que fuere tu voluntad. Y Cortes y todos nosotros estábamos espantados de la gracia y amor con que lo decían; y Cortés les respondió que asi lo tiene creido, y que no ha menester rehenes, sino ver sus muy buenas voluntades: y que en cuanto a venir apercibidos, que siempre lo teníamos de costumbre, y que no lo tuviese a mal, y por todos los ofrecimientos se lo tenía en merced y lo pagaría el tiempo andando. Y pasadas estas pláticas, vienen otros principales con muy gran aparato de gallinas y pan de maíz y tunas, y otras cosas de legumbres que había en la tierra, y abastecen el real muy cumplidamente, que en veinte días que allí estuvimos siempre lo hubo muy sobrado; y entramos en esta ciudad, como dicho es. en veinte y tres días del mes de septiembre de mil quinientos diez y nueve años.

Otro día de mañana mandó Cortés que se pusiese un altar para que se dijese misa, porque ya teníamos vino y hostias, la cual misa dijo el clérigo Juan Díaz, porque el Padre de la Merced estaba con calenturas y muy flaco, y estando presente Maseescaci y el viejo Xicotenga y otros caciques; y acabada la misa, Cortés se entró en su aposento y con él parte de los soldados que le solíamos acompañar, y también los dos caciques viejos, y díjole el Xicotenga que le querían traer un presente, y Cortés les mostraba mucho amor, y les dijo que cuando quisiesen. Y luego tendieron unas esteras y una manta encima, y trajeron seis o siete piecezuelas de oro y piedras de poco valor, y ciertas cargas de ropa de henequén. que todo era muy pobre, que no valía veinte pesos.

Y entonces también trajeron apartadamente mucho bastimento. Cortés lo recibió con alegría y les dijo que más tenía aquello, por ser de su mano y con la voluntad que se lo daban, que si le trajeran otros una casa llena de oro en granos, y que así lo recibe, y Ies mostró mucho amor.

Otro día vinieron los mismos caciques viejos y trajeron cinco indias, hermosas doncellas y mozas, y para ser indias eran de buen parecer y bien ataviadas, y traían para cada india otra india moza para su servicio, y todas eran hijas de caciques. Y dijo Xicotenga a Cortés: "Malinche: esta es mi hija, y no ha sido casada, que es doncella, y tomadla para vos". La cual le dió por la mano, y las demás que las diese a los capitanes. Y Cortés se lo agradeció, y con buen semblante que mostró dijo que él las recibía y tomaba por suyas, y que ahora al presente que las tuviesen en poder sus padres. Y preguntaron los mismos caciques que por qué causa no las tomábamos ahora; y Cortés respondió porque quiero hacer primero lo que manda Dios Nuestro Señor, que es en el que creemos y adoramos, y a lo que le envió el rey nuestro señor, que es quiten sus ídolos y que no sacrifiquen ni maten más hombres, ni hayan otras torpedades malas que suelen hacer, y crean en lo que nosotros creemos, que es un solo Dios verdadero. Y se les dijo otras muchas cosas tocantes a nuestra santa fe, y verdaderamente fueron muy bien declaradas, porque doña Marina y Aguilar, nuestras lenguas, estaban ya tan expertos en ello que se lo daban a entender muy bien.

Y lo que respondieron a Lodo es que dijeron: 'Malinche: ya te hemos encendido antes de ahora y bien creemos que ese vuestro Dios y esa gran señora, que son muy buenos; mas mira, ahora viniste a estas nuestras casas; el tiempo andando entenderemos muy más claramente vuestras cosas, y veremos cómo son y haremos lo que es bueno. ¿Cómo quieres que dejemos nuestros teules, que desde muchos años nuestros antepasados tienen por dioses, y les han adorado y sacrificado? Ya que nosotros, que somos viejos, por complacerte, lo quisiésemos hacer, ¿qué dirán todos nuestros papas y todos los vecinos y mozos y niños de esta provincia, sino levantarse contra nosotros? Especialmente, que los papas han ya hablado con nuestro teul el mayor, y les respondieron que no los olvidásemos en sacrificios de hombres y en todo lo que de antes solíamos hacer; si no, que toda esta provincia destruirían con hambres, pestilencia y guerras". Así que dijeron y dieron por respuesta que no curásemos más de hablarles en aquella cosa, porque no los habían de dejar de sacrificar aunque les matasen. Y desde que vimos aquella respuesta que la daban tan de veras y sin temor, dijo el Padre de la Merced, que era hombre entendido y teólogo: "Señor, no cure vuestra merced de más les importunar sobre esto, que no es justo que por fuerza les hagamos ser cristianos, y aun lo que hicimos en Cempoal de derrocarles sus ídolos no quisiera yo que se hiciera hasta que tengan conocimiento de nuestra santa fe. ¿Qué aprovecha quitarles ahora sus ídolos de un cu y adoratorio si los pasan luego a otros? Bien es que vayan sintiendo nuestras amonestaciones, que son santas y buenas, para que conozcan adelante los buenos consejos que les damos". Y también le hablaron a Cortés tres caballeros, que fueron Juan Velázquez de León y Francisco de Lugo, y dijeron a Cortés: "Muy bien dice el Padre, y vuestra merced con lo que ha hecho cumple y no se toque más a estos caciques sobre el caso". Y así se hizo.

Lo que les mandamos con ruegos fué que luego desembarazasen un cu que estaba allí cerca, y era nuevamente hecho, y quitasen unos ídolos, y lo encalasen y limpiasen, para poner en ellos una cruz y la imagen de Nuestra Señora; lo cual luego hicieron, y en él se dijo misa, se bautizaron aquellas cacicas, y se puso nombre a la hija de Xicotenga el ciego, doña Luisa; y Cortés la tomó por la mano y se la dió a Pedro de Alvarado; y dijo al Xicotenqa que aquel a quien la daba era su hermano y su capitán, y que lo hubiese por bien, porque sería de él muy bien tratada; y Xicotenga recibió contentamiento de ello. Y la hija o sobrina de Maseescaci se puso nombre doña Elvira, y era muy hermosa, y paréceme que la dió a Juan Velazquez de León; y las demás se pusieron sus nombres de pila y todas con dones, y Cortés las dió a Gonzalo de Sandoval y a Cristóbal de Olid y Alonso de Avila; y después de esto hecho, se les declaró a qué fin se pusieron dos cruces, y que eran porque tienen temor de ellas sus ídolos, y que adoquiera que estamos de asiento o dormimos se ponen en los caminos; y a todo estaban muy contentos.

Antes que más pase adelante quiero decir cómo de aquella cacica, hija de Xicotenga, que se llamó doña Luisa, que se dió a Pedro de Alvarado, que así como se la dieron toda la mayor parte de Tlaxcala la acataban y le daban presentes y la tenian por su señora, y de ella hubo Pedro de Alvarado, siendo soltero, un hijo, que se dijo don Pedro, y una hija que se dice doña Leonor, mujer que ahora es de don Francisco de la Cueva, buen caballero, primo del duque de Alburquerque, y ha habido en ella cuatro o cinco hijos, muy buenos caballeros; y esta señora doña Leonor es tan excelente señora, en fin, como hija de tal padre, que fué comendador de Santiago, adelantado y gobernador de Guatemala, y es el que fué al Perú con grande armada; y por la parte de Xicotenga, gran señor de Tlaxcala. Y dejemos estas relaciones y volvamos a Cortés, que se informó de estos caciques y les preguntó muy por entero de las cosas de México.

También dijeron aquellos mismos caciques que sabían de sus antecesores que les había dicho un su ídolo, en quien ellos tenian mucha devoción, que vendrían hombres de las partes de donde sale el sol y de lejanas tierras a los sojuzgar y señorear; que si somos nosotros, que holgarán de ello, que pues tan esforzados y buenos somos. Y cuando trataron las paces se les acordó de esto que les habían dicho sus ídolos, y que por aquella causa nos dan sus hijas para tener parientes que les defiendan de los mexicanos. Y después que acabaron su razonamiento, todos quedamos espantados y decíamos si por ventura decían verdad. Y luego nuestro capitán Cortés les replicó y dijo que ciertamente veníamos de hacia donde sale el sol, y que por esta causa nos envió el rey nuestro señor a tenerles por hermanos, porque tiene noticia de ellos, y que plega a Dios que nos dé gracia para que por nuestras manos e intercesión se salven. Y dijimos todos amén.

Hartos estarán ya los caballeros que esto leyeren de oír razonamientos y platicas de nosotros a los tlaxcaltecas y ellos a nosotros; querría acabar ya, y por fuerza me he de detener en otras cosas que con ellos pasamos, y es aquel el volcán que está cabe Guaxocingo, echaba en aquella sazón que estábamos en Tlaxcala mucho luego, más que otras veces solía echar, de lo cual nuestro capitán Cortés y todos nosotros, como no habíamos visto tal, nos admiramos de ello; y un capitán de los nuestros que se decía Diego de Ordaz tomóle codicia de ir a ver qué cosa era, y demandó licencia a nuestro general para subir en él, la cual licencia le dio, y aun de hecho se lo mandó. Y llevó consigo dos de nuestros soldados y ciertos indios principales de Guaxocingo; y los principales que consigo llevaba poníanle temor con decirle que luego que estuviese a medio camino de Popocatepeque, que así !laman aquel volcán, no podria sufrir el temblor de la tierra y llamas y piedras y ceniza que de él sale, y que ellos no se atreverían a subir más de donde tienen unos ales de ídolos que llaman los tenles de Popocatepeque. Y todavía Diego de Ordaz con sus dos compañeros fué su camino hasta llegar arriba, y los indios que iban en su compañía se le quedaron en lo bajo, que no se atrevieron a subir, y parece ser. según dijo después Ordaz y los dos soldados, que al subir que comenzó el volcán a echar grandes llamaradas de fuego y piedras medio quemadas y livianas, y mucha ceniza, y que temblaba toda aquella sierra y montaña adonde está el volcán, y que estuvieron quedos sin dar más paso adelante hasta de ahí a una hora que sintieron que había pasado aquella llamarada y no echaba tanta ceniza ni humo, y que subieron hasta la boca, que era muy redonda y ancha, y que habría en el anchor un cuarto de legua, y que desde allí se parecía la gran ciudad de México y toda la laguna y todos los pueblos que están en ella poblados.

Y está este volcán de México obra de doce o trece leguas. Y después de bien visto, muy gozoso Ordaz y admirado de haber visto a México y sus ciudades, volvió a Tlaxcala con sus compañeros, y los indios de Guaxocingo y los de Tlaxcala se lo túvieron a mucho atrevimiento. Dejemos de contar del volcán, y diré cómo hallamos en este pueblo de Tlaxcala casas de madera hechas de redes y llenas de indios e indias que tenían dentro encarcelados y a cebo, hasta que estuviesen gordos para comer y sacrificar: las cuales cárceles les quebramos y deshicimos para que se fuesen los presos que en ellas estaban, y los tristes indios no osaban ir a cabo ninguno. sino estarse allí con nosotros, y así escaparon las vidas; y de allí en adelante en todos los pueblos que entrábamos lo primero que mandaba nuestro capitán era quebrarles las tales cárceles y echar fuera los prisioneros, y comúnmente en todas estas tierras los tenían. Y como Cortés y todos nosotros vimos aquella gran crueldad, mostré tener mucho enojo de los caciques de Tlaxcala, y se lo riñó bien enojado, y prometieron que desde allí adelante que no matarían ni comerían de aquella manera más indios. Digo yo que, qué aprovechaban todos aquellos prometimientos, que en volviendo la cabeza hacían las mismas crueldades. Y dejémoslo así y digamos cómo ordenamos de ir a México.

Viendo nuestro capitán que había ya diez y siete días que estábamos holgando en Tlaxcala y oíamos decir de las grandes riquezas de Montezuma y su próspera ciudad, acordó tomar consejo con todos nuestros capitanes y soldados, en quien sentía que le tenían buena voluntad, para ir adelante, y fué acordado que con brevedad fuese nuestra partida. Y sobre este camino hubo en el real muchas pláticas de desconformidad, porque decían unos soldados que era cosa muy temerosa irnos a meter en tan fuerte ciudad siendo nosotros tan pocos, y decían de los grandes poderes de Montezuma. Y el capitán Cortés respondía que ya no podíamos hacer otra cosa, porque siempre nuestra demanda y apellido fué ver a Montezuma, y que por demás eran ya otros consejos. Y viendo que tan determinadamente lo decía y sintieron los del contrario parecer que muchos de los soldados le ayudamos a Cortés de buena voluntad con decir "¡adelante en buena hora!", no hubo más contradicción. Y los que andaban en estas pláticas contrarias eran de los que tenían en Cuba haciendas, que yo y otros pobres soldados ofrecido teníamos siempre nuestras ánimas a Dios, que las crió, y los cuerpos a heridas y trabajos hasta morir en servicio de Nuestro Señor Dios y de Su Majestad.

Y estando diciendo esto y otras cosas que convenía decir sobre este caso, vinieron a hacer saber a Cortés cómo el gran Montezuma enviaba cuatro embajadores con presentes de oro, y de muchos géneros de hechuras, que valía bien dos mil pesos. y diez cargas de mantas de muy buenas labores de pluma. Cortés los recibió con buen semblante. Y luego dijeron aquello embajadores, por parte de su señor Montezuma, que nos rogaba que fuésemos luego a su ciudad y que nos Baria de lo que tuviese, y aunque no tan cumplido como nosotros merecíamos y él deseaba, y puesto que todas las vituallas le entran en su ciudad de acarreto, que mandaría proveernos lo mejor que pudiese.

Y estando platicando sobre el camino que habíamos de llevar para México, porque los embajadores de Montezuma que estaban con nosotros, que iban por guías, decían que el mejor camino y más llano era por la ciudad de Cholula, por ser vasallos del gran Montezuma, donde recibiríamos servicio, y a todos nosotros nos pare ció bien que fuésemos a aquella ciudad; y como los caciques de Tlaxcala entendieron que nos queríamos ir por donde nos encaminaban los mexicanos, se entristecieron y tornaron a decir que. en todo caso, fuésemos por Guaxocingo, que eran sus parientes y Pues otros amigos, y no por Cholula, porque en Cholula siempre tiene Montezuma sus tratos dobles encubiertos.

Y después de muchas pláticas y acuerdos, nuestro camino fué por Cholula. Y luego Cortés mandó que fuesen mensajeros a decirles que cómo estando tan cerca de nosotros no nos envían a visitar y hacer aquel acato que son obligados a mensajeros como somos de tan gran rey y señor como es el que nos envió a notificar su salvación, y que les ruega que luego viniesen todos los caciques y papas de aquella ciudad a vernos y dar la obediencia a nuestro rey y señor; si no, que los tendría por de malas intenciones.

COMO FUIMOS A LA CIUDAD DE CHOLULA EN DOCE DE OCTUBRE DE 1519 AÑOS. Y DEL GRAN RECIBIMIENTO QUE NOS HICIERON LOS NATURALES DE AQUELLAS TIERRAS

EN LA MAÑANA COMENZAMOS a marchar por nuestro camino para la ciudad de Cholula, e íbamos con el mayor concierto que podíamos, por que, como otras veces he dicho, adonde esperabamos haber revueltas o guerras nos apercibíamos muy mejor, y aquel día fuimos a dormir a un rio que pasa obra de una /agua chica de Cholula, adonde está ahora hecho un puente de piedra, y allí nos hicieron unas chozas y ranchos. Y esta misma noche envieron los caciques de Cholula mensajeros, hombres principales, a darnos el parabién venidos a su tierra, y trajeron bastimentos de gallinas y pan de maíz, y dijeron que en la mañana vendrían todos los caciques y papas a recibirnos, y que les perdonemos porque no habían salido luego. Y Cortés les dijo con nuestras lenguas doña Marina y Jerónimo de Aguilar que se los agradecía, asi por el bastimento que traían como por la buena voluntad que mostraban. Y allí dormimos aquella noche con buenas velas y escuchas y corredores del campo, y desde que amaneció comenzamos a caminar hacia la ciudad. Y yendo por nuestro camino ya cerca de la población nos salieron a recibir los caciques y papas y otros muchos indios. Y todos los más traían vestidas unas ropas de algodón de hechuras de marlotas, como las traen los indios zapotecas, y esto digo a quien las ha visto y ha estado en aquella provincia, porque en aquella ciudad así se usaban: y venian muy de paz y de buena voluntad, y Ics papas traían braseros con incienso con que sahumaron a nuestro capitán y a los soldados que cerca de él nos hallamos. Y parecer aquellos papas y principales, como vieron los indios tlaxcaltecas que con nosotros venían, dijéronselo a doña Marina, que se lo dijese al general, que no era bien que de aquella manera entrasen sus enemigos con armas en su ciudad. Y como nuestro capitán lo entendió, mandó a los capitanes y soldados y el fardaje que parásemos, y desde que nos vió juntos y que no caminaba ninguno, dijo: "Paréceme, señores, que antes que entremos en Cholula que demos un tiento con buenas palabras a estos caciques y papas y veamos que es su voluntad, porque vienen murmurando de estos nuestros amigos tlaxcaltecas, y tienen mucha razón en lo que dicen, y con buenas palabras les quiero dar a entender la causa por qué venimos a su ciudad; y porque ya, señores, habéis entendido lo que nos han dicho los tlaxcaltecas, que son bulliciosos, y será bien que por bien den la obediencia a Su Majestad. Y esto me parece que conviene".

Y luego mandó a doña Marina que llamase a los caciques y papas allí donde estaba a caballo y todos nosotros juntos con Cortés. Y luego vinieron tres principales y dos papas, y dijeron: "Malinche: perdónanos porque no fuimos a Tlaxcala a verte y llevar comida, no por falta de voluntad, sino porque son nuestros enemigos Maseescaci y Xicotenga y toda Tlaxcala, y que han dicho muchos males de nosotros y del gran Montezuma, nuestro señor. y que no basta lo que han dicho, sino que ahora tengan atrevimiento, con vuestro favor, de venir con armas a nuestra ciudad": y que le piden por merced que les mande volver a sus tierras, o al menos que se queden en el campo y que no entren de aquella manera en su ciudad, y que nosotros que vamos mucho en buena hora. Y como el capitán vió la razón que tenían, mandó luego a Pedro de Alvarado y al maestre de campo, que era Cristóbal de Olid, que rogasen a los tlaxcaltecas que allí en el campo hiciesen sus ranchos y chozas y que no entrasen con nosotros sino los que llevaban la artillería y nuestros amigos los de Cempoal, y les dijesen que la causa por que se les mandaba era porque todos aquellos caciques y papas se temen de ellos, y que cuando hubiésemos de pasar de Cholula para México que los enviará a llamar, y que no lo hayan por enojo. Y después que los de Cholula vie ron lo que Cortés mandó, parecían que estaban más sosegados, y les comenzó Cortés a hacer un parlamento, diciendo que nuestro rey y sefior, cuyos vasallos somos, tiene tan grandes poderes y tiene debajo de su mando a muchos grandes príncipes y caciques, y que nos en vió a estas tierras a notificarles y mandar que no adoren ídolos, ni sacrifiquen hombres, ni coman de sus carnes, ni hagan sodomías ni otras torpedades, y que por ser el camino por allí para México, adonde vamos a hablar al gran Montezuma, y por no haber otro más cercano, venimos por su ciudad, y también para tenerles por hermanos, y que pues otros grandes caciques han dado la obediencia a Su Majestad, que será bien que ellos la den como los demás. Y respondieron que aún no babemos entrado en su tierra y ya les mandábamos dejar sus tenles, que así llamaban a sus ídolos, que no lo pueden hacer, y que dar la obediencia a ese vuestro rey que decís, les place, y así la dieron de palabra y no ante escribano. Y esto hecho, luego comenzamos a marchar para la ciudad. Y era tanta la gente que nos salía a ver, que las calles y azoteas estaban llenas, y no me maravillo de ello, porque no habían visto hombres coma nosotros, ni caballos. Y nos llevaron a aposentar a unas grandes salas, en que estuvimos todos, y nuestros amigos los de Cempoal y los tlaxcaltecas que llevaron el fardaje. Y nos dieron de comer aquel día y otro muy bien y abastadamente. Y puesto que los veíamos que estaban muy de paz, no dejábamos siempre de estar muy apercibidos. por la buena costumbre que en ello teníamos; y al tercero día ni nos daban de comer ni parecía cacique ni papa; y si algunos indios nos venían a ver, estaban apartados, que no se llegaban a nosotros, y riéndose, como cosa de burla. Y desde que aquello vió nuestro capitán dijo a doña Marina y Aguilar, nuestras lenguas, que dijesen a los embajadores del gran Montezuma, que allí estaban, que mandasen a los caciques traer de comer, y lo que traían era agua y leña; y unos viejos que lo traían decían que no tenían maíz. Y en aquel mismo día vinieron otros embajadores de Montezuma y se juntaron con los que estaban con nosotros, y dijeron a Cortés muy desvergonzadamente que su señor les enviaba a decir que no fuésemos a su ciudad porque no tenía qué nos dar de comer, y que Iuego se querían volver a México con la respuesta. Y después que aquello vió Cortés, y le pareció mal su plática, con palabras blandas dijo a los embajadores que se maravillaba de tan gran señor como es Montezuma de tener tantos acuerdos. y que les rogaba que no se fuesen a México, porque otro día se quería partir para verle y hacer lo que mandase, y aun me parece que les dió unos sartalejos de cuentas. Y los embajadores dijeron que sí aguardarían.

Hecho esto, nuestro capitán nos mandó juntar, y nos dijo: "Muy desconcertada veo esta gente; estemos muy alerta, que alguna maldad hay entre ellos". Y luego envió a llamar al cacique principal. que ya no se me acuerda cómo se llamaba, o que enviase algunos principales; y respondió que estaba malo y que no podía venir. Y desde que aquello vió nuestro capitán mandó que de un gran cúe que estaba junto a nuestros aposentos le trajésemos dos papas con buenas razones, porque había muchos en él. Trajimos dos de ellos sin hacerles deshonor, y Cortés les mandó dar a cada uno un chalchtti, que son muy estimados entre ellos, como esmeraldas, y les dijo con palabras amorosas que por qué causa el cacique y principales y todos los más papas están amedrentados, que los ha enviado a llamar y no han querido venir. Y parece ser que el uno de aquellos papas era hombre muy principal entre ellos y tenía cargo o mando en todos los demás cúes de aquella ciudad, que debía ser a manera de obispo entre ellos y le tenían gran acato, y dijo que ellos, que son papas, que no tenían temor de nosotros; que si el cacique y principales no han querido venir, que él irá a llamarlos, y que como él les hable que tiene creído que no harán otra cosa y que vendran. Y luego Cortés dijo que fuese y quedase su compañero allí, aguardando hasta que viniese. Y fué aquel papa y llamó al cacique y principales, y luego vinieron juntos con él al aposento de Cortés. Y les preguntó con núestras leguas que por qué habían miedo y que por qué causa no nos daban de comer, y que si reciben pena de nuestra estada en su ciudad, que otro día por la mañana nos queríamos partir para México a ver y hablar al señor Montezuma; y que le tengan aparejados tamemes para llevar el fardaje y tepuzques, que son las lombardas, y también que luego traigan comida. Y el cacique estaba tan cortado, que no acertaba a hablar, y dijo que la comida que la buscarían; mas que su señor Montezuma les ha enviado a mandar que no la diesen, ni quería que pasásemos de allí adelante.

Y estando en estas pláticas vinieron tres indios de los de Cempoal, nuestros amigos, y secretamente dijeron a Cortés que han hallado, junto adonde estábamos aposentados, hechos hoyos en las calles, encubiertos con madera y tierra encima, que si no miran mucho en ello no se podría ver, y que quitaron la tierra de encima de un hoyo y estaba lleno de estacas muy agudas, para matar los caballos si corriesen, y que las azoteas que las tienen llenas de piedras y mamparos de adobes, y que ciertamente no estaban de buena arte, porque también hallaron albarradas de maderos gruesos en otra calle. Y en aquel instante vinieron ocho indios tlaxcalte• cas, de los que dejamos en el campo, que no entraron en Cholula, y dijeron a Cortés: "Mira, Malinche, que esta ciudad está de mala manera, porque sabemos que esta noche han sacrificado a su ídolo, que es el de la guerra, siete personas, y los cinco de ellos son niños, porque les dé victoria contra vosotros, y también babemos visto que sacan todo el fardaje y mujeres y niños". Desde que aquello oyó Cortés luego les despachó para que fuesen a sus capitanes los tlaxcaltecas y que estuviesen muy aparejados si les enviásemos a llamar; y tornó a hablar al cacique y papas y prin cipales de Cholula que no tuviesen miedo ni anduviesen alterados, y que mirasen la obediencia que dieron que no la quebrantasen, que les castigaría por ello, que ya les ha dicho que nos queremos ir por la mañana, que ha menester dos mil hombres de guerra de aquella ciudad que vayan con nosotros, como nos han dado los de Tlaxcala, porque en los caminos los habrá menester. Y dijéronle que sí darian, y demandaron licencia para irse luego a apercibirlos, y muy contentos se fueron, porque creyeron que con los guerreros que nos habían de dar y con las capitanías de Montezuma que estaban en los arcabuesos y barrancas, que allí de muertos o presos no podríamos escapar por causa que no podrían correr los caballos, y por ciertos mamparos y albarradas, que dieron luego por aviso a los que estaban en guarnición que hiciesen, a manera de callejón, que no pudiésemos pasar, y les avisaron que otro día habíamos de partir y que estuviesen muy a punto todos, porque ellos nos darían dos mil hombres de guerra, y como fuésemos descuidados, que allí harían su presa los unos y los otros y nos podían atar; y que esto que lo tuviesen por cierto, porque ya habían hecho sacrificios a sus ídolos de la guerra y les han prometido la victoria.

Y dejemos de hablar en ello, que pensaban que seria cierto, y volvamos a nuestro capitán, que quiso saber muy por extenso todo el concierto y lo que pasaba, y dijo a doña Marina que llevase más chalchiuis a los dos papas que había hablado primero, pues no tenían miedo, y con palabras amorosas les dijese que los quería tornar a hablar Malinche, y que los trajese consigo. Y la doña Marina fué y les habló de tal manera, que lo sabía muy bien hacer, y con dádivas vinieron luego con ella. Y Cortés les dijo que dijesen la verdad de lo que supiesen, pues eran sacerdotes de ídolos y principales que no habían de mentir, y que lo que dijesen que no sería descubierto por vía ninguna, pues que otro día nos habíamos de partir, y que les daría mucha ropa. Y dijeron que la verdad es que su señor Montezuma supo que íbamos a aquella ciudad, y que cada día estaba en muchos acuerdos, y que no determinaba bien la cosa, y que unas veces les enviaba a mandar que si allá fuésemos que nos hiciesen mucha honra y nos encaminasen a su ciudad, y otras veces les enviaba a decir que ya no era su voluntad que fuésemos a México; que ahora nuevamente le han aconsejado su Tezcatepuca y su Ichilobos, en quien ellos tienen gran devoción, que allí en Cholula nos matasen o llevasen atados a México, y que habían enviado el día antes veinte mil hombres de guerra, y que la mitad están ya aquí dentro de esta ciudad y la otra mitad están cerca de aquí entre unas quebradas, y que ya tienen aviso cómo habéis de ir mañana, y de las albarradas que les mandaron hacer, y de los dos mil guerreros que os habemos de dar; y cómo tenían ya hecho conciertos que habían de quedar veinte de nosotros para sacrificar a los ídolos de Cholula. Cortés les mandó dar mantas muy labradas y les rogó que no lo dijesen, porque si lo descubrían que a la vuelta que volviésemos de México los matarían: y que se quería ir muy de mañana, y que hiciesen venir a todos los caciques para hablarles, como dicho les tiene.

Y luego aquella noche tomó consejo Cortés de lo que habíamos de hacer. Y fue de esta manera: que ya que les había dicho Cortés que nos habíamos de partir para otro día, que hiciésemos que liábamos nuestro hato, que era harto poco, y que en unos grandes patios que había donde posábamos, que estaban con altas cercas, que diésemos en los indios de guerra, pues aquello era su merecido; y que con los embajadores de Montezuma disimulásemos y les dijésemos que los malos cholultecas han querido hacer una traición y ecnar la culpa de ella a su señor Montezuma, y a ellos mismos, como sus embajadores, lo cual no creímos que tal mandase hacer, y que les rogábamos que se estuviesen en el aposento y no tuviesen más plática con los de aquella ciudad, porque no nos den que pensar que andan juntamente con ellos en las traiciones, y para que se vayan con nosotros a México por guías. Y respondieron que ellos ni su señor Montezuma no saben cosa ninguna de lo que les dicen, y aunque no quisieron les pusimos guardas porque no se fuesen sin licencia, y porque no supiese Montezuma que nosotros sabíamos que el era quien lo había mandado hacer.

Y aquella noche estuvimos muy apercibidos y armados, y los caballos ensillados y enfrenados, con grandes velas y rondas, que esto siempre lo teníamos de costumbres, porque tuvimos por cierto que todas las capitanías, así de mexicanos como de cholultecas, aquella noche habían de dar sobre nosotros.

Y una india vieja, mujer de un cacique, como sabía el concierto y trama que tenían ordenado, vino secretamente a doña Marina, nuestra lengua; como la vió moza y de buen parecer y rica, le dijo y aconsejó que se fuese con ella a su casa si quería escapar la vida, porque ciertamente aquella noche y otro día nos habían de matar a todos, porque ya estaba así mandado y concertado por el gran Montezuma, para que entre los de aquella ciudad y los mexicanos se juntasen y no quedase ninguno de nosotros a vida, y nos llevasen atados a México, y que porque sabe esto y por mancilla que tenía de la doña Marina, se lo venia a decir, y que tomase todo su hato y se fuese con ella a su casa, y que allí la casaría con su hijo, hermano de otro mozo que traía la vieja, que la acompañaba. Y como lo entendió la doña Marina y en todo era muy avisada, la dijo: "¡Oh, madre, qué mucho tengo que agradeceros eso que me decís! Yo me fuera ahora con vos, sino que no tengo aquí de quién me fiar para llevar mis mantas y joyas de oro, que es mucho; por vuestra vida, madre, que aguardéis un poco vos y vuestro hijo, y esta noche nos iremos, que ahora ya veis que estos tenles están velando y sentirnos han". Y la vieja creyó lo que le decía y quedóse con ella platicando; y le preguntó que de qué manera nos habían de matar y cómo y cuándo y adónde se hizo el concierto. Y la vieja se lo dijo ni más ni menos que lo habían dicho los dos papas. Y respondió la doña Marina: " IPues cómo siendo tan secreto ese negocio lo alcanzastes vos a saber?" Dijo que su marido se lo había dicho, que es capitán de una parcialidad de aquella ciudad y, como tal capitán, está ahora con la gente de guerra que tiene a cargo dando orden para que se junten en las barrancas con los escuadrones del gran Montezuma, y que cree que estarán juntos esperando para cuando fuésemos, y que allí nos matarían; y que esto del concierto que lo sabe tres días había, porque de México enviaron a su marido un atambor dorado y a otros tres capitanes también les envió ricas mantas y joyas de oro, porque nos llevasen atados a su señor Montezuma. Y la doña Marina, como lo oyó, disimuló con la vieja y dijo: "¡Oh, cuánto me huelgo en saber que vuestro hijo, con quien me queréis casar, es persona principal; mucho hemos estado hablando; no querría que nos sintiesen; por eso, madre, aguardad aquí; comenzaré a traer mi hacienda, porque no la podré sacar todo junto, y vos y vuestro hijo, mi hermano, lo guardaréis, y luego nos podremos ir!" Y la vieja todo se lo creía. Y sentóse de reposo la vieja y su hijo. Y la doña Marina entra de presto donde estaba el capitán y le dice todo 10 que pasó con la india, la cual luego la mandó traer ante él; y la tornó a preguntar sobre las traiciones y conciertos; y le dijo ni más ni menos que los papas. Y la pusieron guardas porque no se fuese.

Y desde que amaneció, ¡qué cosa era de ver la prisa que traían los caciques y papas con los indios de guerra, con muchas risadas y muy contentos, como si ya nos tuvieran metidos en el garlito y redes! Y trajeron más indios de guerra que les demandamos, que no cupieron en los patios, por muy grandes que son, que aún todavía están sin deshacer por memoria de lo pasado. Y por bien de mañana que vinieron los cholultecas con la gente de guerra, ya todos nosotros estábamos muy a punto para lo que se había de hacer, y los soldados de espada y rodela puestos a la puerta del gran patio, para no dejar salir ningún indio de los que estaban con armas, y nuestro capitán también estaba a caballo, acompañado de muchos soldados para su guarda. Y desde que vió que tan de mañana habían venido los caciques y papas y gente de guerra, dijo: "¡Qué voluntad tienen estos traidores de vernos entre las barrancas para hartarse de nuestras carnes; mejor lo hará Nuestro Señor!" Y preguntó por los dos papas que habían descubierto el secreto, y le dijeron que estaban a la puerta del patio con otros caciques que querían entrar. Y mandó Cortés a Aguilar, nuestra lengua, que les dijese que se fuesen a sus casas y que ahora no tenían necesidad de ellos; y esto fué por causa que pues nos hicieron buena obra no recibiesen mal por ella, porque no los matásemos. Y como estaba a caballo y doña Marina junto a él, comenzó a decir a los caciques que, sin hacerles enojo ninguno, a qué causa nos querían matar la noche pasada, y que si les hemos hecho o dicho cosa para que nos tratasen aquellas traiciones.

Y que bien se ha parecido su mala voluntad y las traiciones, que no las pudieron encubrir, que aun de comer no nos daban, que por burlar traían agua y leña y decían que no había maíz, y que bien sabe que tienen cerca de allí, en unas barrancas, muchas capitanías de guerreros esperándonos, creyendo que habíamos de ir por aquel camino a México, para hacer la traición que tienen acordada con otra mucha gente de guerra que esta noche se han juntado con ellos. Que pues como en pago de que venimos a tenerlos por hermanos y decirles lo que Dios Nuestro Señor y el rey manda, nos querian matar y comer nuestras carnes que ya tenían aparejadas las ollas, con sal y ají y tomates, que si esto querían hacer, que fuera mejor que nos dieran guerra como esforzados y buenos guerreros, en los campos, como hicieron sus vecinos los tlaxcaltecas, y que sabe por muy cierto que tenían concertado que en aquella ciudad, y aun prometido a su ídolo, abogado de la guerra, que le habían de sacrificar veinte de nosotros delante del ídolo, y tres noches antes, ya pasadas, que le sacrificaron siete indios porque les diese victoria, lo cual les prometió, y como es malo y falso no tiene ni tuvo poder contra nosotros, y que todas estas maldades y traiciones que han tratado y puesto por la obra han de caer sobre ellos.

Y esta razón se lo decía doña Marina, y se lo daba muy bien a entender. Y desde que lo oyeron los papas y caciques y capitanes, dijeron que así es verdad lo que les dice, y que de ello no tienen culpa, porque los embajadores de Montezuma lo ordenaron por mandado de su señor. Entonces les dijo Cortés que tales traiciones como aquellas, que mandan las leyes reales que no queden sin castigo, y que por su delito que han de morir. Y luego mandó soltar una escopeta, que era la señal que teníamos apercibida para aquel efecto, y se les dió una mano que se les acordará para siempre, porque matamos muchos de ellos, que no les aprovechó las promesas de sus falsos ídolos. Y no tardaron dos horas cuando llegaron allí nuestros amigos los tlaxcaltecas que dejamos en el campo, como ya he dicho otra vez, y pelean muy fuertemente en las calles. donde los cholultecas tenían otras capitanías, defendiéndolas, porque no les entrásemos, y de presto fueron desbaratadas. Iban por la ciudad robando y cautivando, que no les podíamos detener. Y otro día vinieron otras capitanías de las poblazones de Tlaxcala y les hacen grandes daños, porque estaban muy mal con los de Cholula. Y desde que aquello vimos, así Cortés y los demás capitanes y soldados, por mancilla que hubimos de ellos, detuvimos a los tlaxcaltecas que no hiciesen más mal. Y Cortés mandó a Cristóbal de Olid que le trajese todos los capitanes de Tlaxcala para hablarles, y no tardaron de venir, y les mandó que recogiesen toda su gente y que se estuviesen en el campo, y así lo hicieron, que no quedaron con nosotros sino los de Cempoal.

Y en este instante vinieron ciertos caciques y papas cholultecas, que eran de otros barrios que no se hallaron en las traiciones, según ellos decían, que, como es gran ciudad, era bando y parcialidad por sí, y rogaron a Cortés y a todos nosotros que perdonásemos el enojo de las traiciones que nos tenían ordenado. pues los traidores habían pagado con las vidas. Y luego vinieron los dos papas amigos nuestros que nos descubrieron el secreto, y la vieja mujer del capitán que quería ser suegra de doña Marina, como ya he dicho otra vez, y todos rogaron a Cortés fuesen perdonados. Y más les mandó a todos los papas y caciques cholultecas que poblasen su ciudad y que hiciesen tianguez y mercados, y que no hubiesen temor, que no les haría enojo ninguno. Respondieron que dentro en cinco días harían poblar toda la ciudad, porque en aquella sazón todos los más vecinos estaban remontados, y dijeron que tenían necesidad que Cortés les nombrase cacique, porque el que solía mandar fue uno de los que murieron en el patio. Y luego preguntó que a quién le venía el cacicazgo. Y dijeron que a un su hermano, el cual luego les señaló por gobernador hasta que otra cosa les fuese mandado.

Y además de esto, después que vió la ciudad poblada y estaban seguros en sus mercados, mandó que se juntasen los papas y capitanes, con los demás principales de aquella ciudad, y se les dió a entender muy claramente todas las cosas tocantes a nuestra santa fe.

Dejaré de hablar de esto y diré cómo aquella ciudad está asentada en un llano y en parte y sitio donde están muchas poblazones cercanas que son Tepeaca, Tlaxcala, Chalco, Tecamachalco, Guaxocingo y otros muchos pueblos que, por ser tantos, aquí no los nombro. Y es tierra de mucho maíz y otras legumbres y de mucho ají, y toda llena de magueyales, que es donde hacen el vino. Hacen en ella muy buena loza de barro, colorado y prieto y blanco, de diversas pinturas, y se abastece de ella México y todas las provincias comarcanas, digamos ahora como en Castilla lo de Talavera o Plasencia.

Tenía aquella ciudad en aquel tiempo tantas torres muy altas, que eran cúes y adoratorios donde estaban sus ídolos, especial el cu mayor, era de más altor que el de México, puesto que era muy suntuoso y alto el ca mexicano, y tenía otros patios para servicio de los cúes. Según entendimos, había allí un ídolo muy grande, el nombre de él no me acuerdo; mas entre ellos se tenía gran devoción y venían de muchas partes a sacrificarle y a tener como a manera de novenas, y le presentaban de las haciendas que tenían. Acuérdome, cuando en aquella ciudad entramos, que desde que vimos tan altas torres y blanquear, nos pareció al propio Valla dolid.

Como habían ya pasado catorce días que estábamos en Cholula y no teníamos más en qué entender, y vimos que quedaba aquella ciudad muy poblada y hacían mercados, y habíamos hecho amistades entre ellos y los de Tlaxcala, salimos de Choula con gran concierto, como lo teniamos de costumbre, los corredores de campo a caballo descubriendo la tierra, y peones muy sueltos juntamente con ellos para si algún mal paso o embarazo hubiese ayudasen los unos a los otros, y nuestros tiros muy a punto, y escopeteros y ballesteros y les de a caballo de tres en tres, para que se ayudasen, y todos los más soldados en gran concierto. No sé yo para qué lo traigo tanto a la memoria, sino que en las cosas de la guerra por fuerza hemos de hacer relación de ello, para que se vea cuál andábamos, la barba siempre sobre el hombro. y así caminando llegamos aquel día a unos ranchos que están en una como serrezuela, que es poblazón de Guaxocingo, que me parece que se dicen los ranchos de Jscalpán, cuatro leguas de Cholula. Y allí vinieron luego los caciques y papas de los pueblos de Guaxocingo, que estaba cerca, y eran amigos y confederados de los tlaxcaltecas, y también vinieron otros poblezuelos que están poblados a las faldas del volcán que confina con ellos, y trajeron bastimento y un presente de joyas de oro de poca valía, y dijeron a Cortés que recibiese aquello y no mirase a lo poco que era, sino a la voluntad con que se lo daban, y le aconsejaron que no fuese a México.

Y otro día comenzamos a caminar, y a hora de misas mayores llegamos a un pueblo que ya he dicho que se dice Tamanalco, y nos recibieron bien, y de comer no faltó, y como supieron de otros pueblos de nuestra llegada, luego vinieron los de Chalco y se juntaron con los de Tamanalco y Chimaloacán y Mecameca y Acacingo, donde están las canoas, que es puerto de ellos, y otros poblezuelos que ya no se me acuerda el nombre de ellos. Y todos juntos trajeron un presente de oro y dos cargas de mantas y ocho indias, que valdría el oro sobre ciento cincuenta pesos, y dijeron: "Malinche: recibe estos presentes que te damos y tennos de aquí adelante por tus amigos". Y Cortés lo recibió con grande amor, y se les ofreció que en todo lo que hubiesen menester les ayudaría: y desde que los vió juntos dijo al Padre de la Merced que les amonestase las cosas tocantes a nuestra santa fe.

COMO EL GRAN MONTEZUMA NOS ENVIO OTROS EMBAJADORES CON UN PRESENTE DE ORO Y MANTAS. Y LO QUE DIJERON A CORTES Y 1.0 QUE EL LES RESPONDIO

LA QUE ESTABAMOS de partida, para ir nuestro camino a México, vinieron ante Cortés cuatro principales mexicanos que envió Montezuma y trajeron un presente de oro y mantas, y después de hecho su acato, como lo tenian de costumbre,dijeron: "Malinche: este presente te envía nuestro señor el gran Montezuma, y dice que le pesa mucho por el trabajo que habéis pasado en venir de tan lejas tierras a verle, y que ya te ha enviado decir otra vez que te dará mucho oro y plata y chalchiuis en tributo para vuestro emperador y para vos y los demás tenles que traéis, y que no vengas a México, y ahora nuevamente te pide por merced que no pases de aquí adelante, sino que te vuelvas por donde viniste, que él te promete de te enviar al puerto mucha cantidad de oro y plata y ricas piedras para ese vuestro rey, y para ti te dará cuatro cargas de oro, y para cada uno de tus hermanos una carga porque ir a México es excusada tu entrada dentro, que todos sus vasallos están puestos en armas para no os dejar entrar, y demás de esto, que no tenía camino, sino muy angosto. ni bastimentos que comiésemos". Y dijo otras muchas razones de inconvenientes para que no pasásemos de allí. Y Cortés, con mucho amor. abrazó a los mensajeros, puesto que le pesó de la embajada, y recibió el presente. y les respondió que se maravillaba del señor Montezuma. habiéndose dado por nuestro amigo y siendo tan gran señor, tener tantas mudanzas, que unas veces dice uno y otras envía a mandar al contrario. y que en cuanto a lo que dice que dará el oro para nuestro señor el emperador y para nosotros. que se lo tiene en merced, y por aquello que ahora le envía que en buenas obras se lo pagará el tiempo andando, y que si le parecerá bien que estando tan cerca de su ciudad. será bueno volvernos del camino sin que con poca cosa que comemos nos pasamos, y que ya vamos camino de su ciudad, que haya por bien nuestra ida.

Y luego en despachando los mensajeros comenzamos a caminar para México, y como nos habían dicho y avisado los de Guaxocingo y los de Chalco que Montezuma había tenido pláticas con sus ídolos y papas que si nos dejaría entrar en México o si nos daría guerra, y todos sus papas le respondieron que decía su Llichilobos que nos dejase entrar, que allí nos podrá matar, según dicho tengo otras veces en el capítulo que de ello habla; y como somos hombres y temíamos la muerte, no dejábamos de pensar en ello, y como aquella tierra es muy poblada, íbamos siempre caminando muy chicas jornadas y encomendándonos a Dios y su bendita madre.

Y fuimos a dormir a un pueblo que se dice Iztapalatengo, que está la mitad de las casas en el agua y la mitad en tierra firme, donde está una serrezuela y ahora está una venta, y allí tuvimos bien de cenar. Dejemos esto y volvamos al gran Montezuma, que como llegaron sus mensajeros y oyó la respuesta que Cortés le envió, luego acordó de enviar a un su sobrino, que se decía Cacamatzin, señor de Texcuco, con muy gran fausto, a dar el bienvenido a Cortés y a todos nosotros. Y como siempre teníamos de costumbre de tener velas y corredores del campo, vino uno de nuestros corredores a avisar que venían por el camino muy gran copia de mexicanos de paz, y que al parecer venían de ricas mantas vestidos; y entonces cuando esto pasó era muy de mañana y queríamos caminar, y Cortés nos dijo que reparásemos en nuestras posadas hasta ver qué cosa era. Y en aquel instante vinieron cuatro principales y hacen a Cortés gran reverencia y le dicen que allí cerca viene Cacamatzin, gran señor de Texcuco, sobrino del gran Montezuma, y que nos pide por merced que aguardemos hasta que venga, y no tardó mucho, porque luego llegó con el mayor fausto y grandeza que ningún señor de los mexicanos habíamos visto traer, porque venia en andas muy ricas, labradas de plumas verdes y mucha argentería y otras ricas pedrerías engastadas en arboledas de oro que en ellas traíahechas de oro muy fino, y traían las andas a cuestas ocho principales, y todos; según decían, eran señores de pueblos. Ya que llegaron cerca del aposento donde estaba Cortés le ayudaron a salir de las andas y le barrieron el suelo, y le quitaban las pajas por donde había de pasar, y desde que llegaron ante nuestro capitán le hicieron grande acato, y el Cacamatzin le dijo: "Malinche: aquí venimos yo y estos señores a servirte y hacerte dar todo lo que hubieres menester para ti y tus compañeros, y meteros en vuestras casas, que es nuestra ciudad, por que así nos es mandado por nuestro señor el gran Montezuma, y dice que le perdones porque él mismo no viene a lo que nosotros venimos, y porque está mal dispuesto lo deja, y no por falta de muy buena voluntad que os tiene".

Y cuando nuestro capitán y todos nosotros vimos tanto aparato y majestad como traían aquellos caciques, especialmente el sobrino de Montezuma, lo tuvimos por gran cosa y platicamos entre nosotros que cuando aquel cacique traía tanto triunfo, qué haría el gran Montezuma. Y como el Cacamatzin hubo dicho su razonamiento, Cortés le abrazó y le hizo muchas quiricias a él y a todos los más principales, y le dió tres piedras que se llaman margaritas, que tienen dentro de sí muchas pinturas de diversos colores; y a los demás principales se les dió diamantes azules; y les dijo que se lo tenía en merced, y que cuándo pagaría al señor Montezuma las mercedes que cada día nos hace. Y acabada la plática, luego nos partimos, y como habían venido aquellos caciques que dicho tengo, traían mucha gente consigo y de otros muchos pueblos que están en aquella comarca, que salían a vernos, todos los caminos estaban llenos de ellos, que no podíamos andar, y los mismos caciques decían a sus vasallos que hiciesen lugar, e que mirasen que éramos teules, que si no hacían lugar nos enojaríamos con ellos. Y por estas palabras que les decían nos desembarazaron el camino e fuimos a dormir a otro pueblo que está poblado en la laguna, que me parece que se dice Mezquique, que después se puso nombre Venezuela, y tenía tantas torres y grandes cúes que blanqueaban, y el cacique de él y principales nos hicieron mucha honra, y dieron a Cortés un presente de oro y mantas ricas, que valdría el oro cuatrocientos pesos; y nuestro Cortés les dió muchas gracias por ello. Allí se les declaró las cosas tocante a nuestra santa fe, como hacíamos en todos los pueblos por donde veníamos, y, según paresció, aquellos de aquel pueblo estaban muy mal con Montezuma, de muchos agravios que les había hecho, y se quejaron de él. Y Cortés les dijo que presto se remediaría, y que ahora llegaríamos a México,. si Dios fuese servido, y entendería en ello.

Y otro día por la mañana llegamos a la calzada ancha y vamos camino de Estapalapa. Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblazones, y aquella calzada tan derecha y por nivel cómo iba a México, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro en el agua, y todos de calicanto, y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían si era entre sueños, y no es de maravillar que yo escriba aquí de esta manera, porque hay mucho que ponderar en ello que no sé como lo cuente: ver cosas nunca oídas, ni aun soñadas, como veíamos. Pues desde que llegamos cerca de Estapalapa, ver la grandeza de otros caciques que nos salieron a recibir, que fué el señor de aquel pueblo, que se decía Coadlabaca, y el señor de Culuacan, que entrambos eran deudos muy cercanos de Montezuma. Y después que entramos en aquella ciudad de Estapalapa, de la manera de los palacios donde nos aposentaron, de cuán grandes y bien labrados eran, de cantería muy prima, y la madera de cedros y de otros buenos arboles olorosos, con grandes patios y cuartos, cosas muy de ver, y entoldados con paramentos de algodón. Después de bien visto todo aquello, fuimos a la huerta y jardín, que fué cosa muy admirable verlo y pasearlo, que no me hartaba de mirar la diversidad de árboles y los olores que cada uno tenía, y andenes llenos de rosas y flores, y muchos frutales y rosales de la tierra, y un estanque de agua dulce, y otra cosa de ver: que podían entrar en el vergel grandes canoas desde la laguna por una abertura que tenían hecha, sin saltar en tierra, y todo muy encalado y lucido, de muchas maneras de piedras y pinturas en ellas que había harto que ponderar, y de las aves de muchas diversidades y raleas que entraban en el estanque. Digo otra vez lo que estuve mirando, que creí que en el mundo hubiese otras tierras descubiertas como éstas, porque en aquel tiempo no había Perú ni memoria de él. Ahora todo esta por el suelo, perdido que no hay cosa.

Pasemos adelante, y diré cómo trajeron un presente de oro los caciques de aquella ciudad y los de Cuyuacán que valía sobre dos mil pesos, y Cortés les dió muchas gracias por ello y les mostró grande amor, y se les dijo con nuestras lenguas las cosas tocantes a nuestra santa fe.

DEL GRANDE Y SOLEMNE RECIBIMIENTO QUE NOS HIZO EL GRAN MONTEZUMA A CORTES Y A TODOS NOSOTROS EN LA ENTRADA DE LA GRAN CIUDAD DE TENUSTITLAN

LUEGO OTRO DIA DE MAÑANA partimos de Estapalapa, muy acompañados de aquellos grandes caciques que atrás he dicho; ibamos por nuestra calzada adelante, la cual es ancha de ocho pasos, y va tan derecha a la ciudad de México, que me parece que no se torcía poco ni mucho, y puesto que es bien ancha, toda iba llena de aquellas gentes que no cabían, unos que entraban en México y otros que salían, y los indios que nos venían a ver, que no nos podíamos rodear de tantos come vinieron, porque estaban llenas las torres y cries y en las canoas y de todas partes de la laguna, y no era cosa de maravillar, porque jamás habían visto caballos ni hombres como nosotros. Y de que vimos cosas tan admirables no sabíamos qué decir, o si era verdad lo que por delante parecía, que por una parte en tierra había grandes ciudades. y en la laguna otras muchas, y veiamoslo todo lleno de canoas, y en la calzada muchas puentes de trecho a trecho, y por delante estaba la gran ciudad de México; y nosotros aún no llegábamos a cuatrocientos soldados, y vinieron muchos principales y caciques con muy ricas mantas sobre si, con galanía de libreas diferenciadas las de los unos caciques de los otros, y las calzadas llenas de ellos, y aquellos grandes caciques enviaba el gran Montezuma adelante a recibirnos, y así como llegaban ante Cortés decían en su lengua que fuésemos bien venidos, y en señal de paz tocaban con la mano en el suelo y besaban la tierra con la misma mano. Así que estuvimos parados un buen rato, y desde allí se adelantaron Cacamatzin, señor de Tezcuco, y el señor de Iztapalapa, y el señor de Tacuba, y el señor de Cuyuacán a encontrarse con el gran Montezuma, que venía cerca, en ricas andas, acompañado de otros grandes señores y caciques que tenían vasallos.

Ya que llegábamos cerca de México, adonde estaban otras torrecillas, se apeó el gran Montezuma de las andas, y traianle de brazo aquellos grandes caciques, debajo de un palio muy riquísimo a maravilla y el color de plumas verdes con grandes labores de oro, con mucha argentería y perlas y piedras chalchihuis, que colgaban de unas como bordaduras, que hubo mucho que mirar en ello. Y el gran Montezuma venia muy ricamente ataviado, según su usanza, y traía calzados unos como cotaras, que así se dice !r que se calzan; las suelas de oro y muy preciada pedrería por ima en ellas; y los cuatro señores que le traían de brazo venial, con rica manera de vestidos a su usanza, que parece ser se los tenían aparejados en el camino para entrar con su señor, que no traían los vestidos con los que nos fueron a recibir, y venían, sin aquellos cuatro señores, otros cuatro grandes caciques que traían el palio sobre sus cabezas, y otros muchos señores que venían delante del gran Montezuma, barriendo el suelo por donde había de pisar, y le ponían mantas porque no pisase la tierra. Todos estos señores ni por pensamiento le miraban en la cara, sino los ojos bajos y con mucho acato, excepto aquellos cuatro deudos y sobrinos suyos que lo llevaban de brazo. Y como Cortés vió y entendió y le dijeron que venia el gran Montezuma, se apeó del caballo, y desde que llegó cerca de Montezuma, a una se hicieron grandes acatos. El Montezuma le dió el bienvenido, y nuestro Cortés le respondió con doña Marina que él fuese el muy bien estado; y paréceme que Cortés, con la lengua doña Marina, que iba junto a Cortés, le daba la mano derecha, y Montezuma no la quiso y se la dio a Cortés. Y entonces sacó Cortés un collar que traía muy a mano de unas piedras de vidrio, que ya he dicho que se dicen margaritas, que tienen dentro de sí muchas labores y diversidad de colores y venía ensartado en unos cordones de oro con almizque porque diesen buen olor, y se le echó al cuello el gran Montezuma, y cuando se le puso le iba a abrazar, y aquellos grandes señores que iban con Montezuma le tuvieron el brazo a Cortés que no le abrazase, porque lo tenían por menosprecio.

Y luego Cortés con la lengua doña Marina le dijo que holgaba ahora su corazón en haber visto un tan gran principe, y que le tenía en gran merced la venida de su persona a recibirle y las mercedes que le hace a la contina. Entonces Montezuma le dijo otras palabras de buen comedimiento, y mandó a dos de sus sobrinos de los que le traían de brazo, que era el señor de Tezcuco y el señor de Cuyuacán, que se fuesen con nosotros hasta aposentarnos, y Montezuma con los otros dos sus parientes, Cuedlavaca y el señor de Tacuba, que le acompañaban, se volvió a la ciudad, y también se volvieron con él todas aquellas grandes compañías de caciques y principales que le habían venido a acompañar; y cuando se volvían con su señor estábamoslos mirando cómo iban todos los ojos puestos en tierra, sin mirarle, y muy arrimados a la pared, y con gran acato le acompañaban; y así tuvimos lugar nosotros de entrar por las calles de México sin tener tanto embarazo.

Nos llevaron a aposentar a unas grandes casas donde había aposentos para todos nosotros, que habían sido de su padre del gran Montezuma, que se decía Axayaca, adonde, en aquella sazón. tenía Montezuma sus grandes adoratorios de ídolos y tenia una recámara muy secreta de piezas y joyas de oro, que era como tesoro de lo que había heredado de su padre Axayaca, que no tocaba en ello. Y asimismo nos llevaron a aposentar a aquella casa por causa que, como nos llamaban teules y por tales nos tenían, que estuviésemos entre sus ídolos como tulles que allí tenían. Sea de una manera o sea de otra, alli nos llevaron, donde tenían hechos grandes estrados, y salas muy entoldadas de paramentos de la tierra para nuestro capitán, y para cada uno de nosotros otras camas de esteras y unos toldillos encima, que no se da más cama por muy gran señor que sea, porque no las usan; y todos aquellos palacios, muy lucidos y encalados y barridos y enramados.

Y como llegamos y entramos en un gran patio, luego tomó por la mano el gran Montezuma a nuestro capitán, qua alli le estuvo esperando, y le metió en el aposento y sala adonde había de posar, que le tenía muy ricamente aderezada para según su usanza, y tenía aparejado un muy rico collar de oro de hechura de camarones, obra muy maravillosa, y el mismo Montezuma se le echó al cuello a nuestro capitán Cortés, que tuvieron bien que mirar sus capitanes del gran favor que le dió. Y después que se lo hubo puesto Cortés le dió las gracias con nuestras lenguas, y dijo Montezuma: "Malinche: en vuestra casa estáis vos y vuestros hermanos; descansa". Y luego se fué a sus palacios, que no estaban lejos, y nosotros repartimos nuestros aposentos por capitanías, y nuestra artillería asestada en parte conveniente, y muy bien platicado el orden que en todo habíamos de tener y estar muy apercibidos, así los de a caballo como todos nuestros soldados. Y nos tenian aparejada una comida muy suntuosa, a su uso y costumbre, que luego comimos. Y fué esta nuestra venturosa y atrevida entrada en la gran ciudad de Tenustitán México, a ocho días del mes de noviembre, año de Nuestro Salvador Jesucristo de mil quinientos diecinueve años. Gracias a Nuestro Señor jesucristo por todo, y puesto que no vaya expresado otras cosas que había que decir, perdónenme sus mercedes que no lo sé mejor decir por ahora hasta su tiempo.

COMO EL GRAN MONTEZUMA VINO A NUESTROS APO SENTOS CON MUCHOS CACIQUES QUE LE ACOMPAÑABAN, Y DE LA PLATICA QUE TUVO CON NUESTRO CAPITÁN

COMO EL GRAN MONTEZUMA hubo comido y supo que nuestro capitán y todos nosotros asi mismo había buen rato que habíamos hecho lo mismo, vino a nuestro aposento con gran copia de principales y todos deudos suyos y con gran pompa. Y como a Cortés le dijeron que venía, le salió a mitad de la sala a recibir. Y Montezuma le tomó por la mano; y trajeron unos como asentadores hechos a su usanza y muy ricos y labrados de muchas maneras con oro. Y Montezuma dijo a nuestro capitán que se asentase, y se asentaron entrambos, cada uno en el suyo. Y luego comenzó Montezuma un muy buen parlamento, y dijo que en gran manera se holgaba de tener en su casa y reino unos caballeros tan esforzados como era el capitán Cortés y todos nosotros.

Y Cortés le respondió con nuestras lenguas que consigo siempre estaban, especial la doña Marina, y le dijo que no sabe con qué pagar él ni todos nosotros las grandes mercedes recibidas de cada día, y que ciertamente veníamos de donde sale el sol, y somos vasallos y criados de un gran señor que se dice el emperador don Carlos, que tiene sujetos a si muchos y grandes príncipes, y que teniendo noticia de él y de cuán gran señor es, nos envió a estas partes a verle y a rogar que sean cristianos como es nuestro emperador, y todos nosotros, y que salvarán sus ánimas él y todos sus vasallos, y que adelante le declarará más cómo y de qué manera ha de ser, y cómo adoramos a un solo Dios verdadero, y quién es, y otras muchas buenas cosas que oirá.

Y acabado este parlamento, tenía apercibido el gran Montezuma muy ricas joyas de oro y de muchas hechuras, que dió a nuestro capitán, y asimismo a cada uno de nuestros capitanes dió cositas de oro y tres cargas de mantas de labores ricas de plumas; y entre todos los soldados también nos dió a cada uno a dos cargas de mantas, con una alegría, y en todo bien parecía gran señor. Y desde que lo hubo repartido preguntó a Cortés si éramos todos hermanos y vasallos de nuestro gran emperador; y dijo que sí, que éramos hermanos en el amor y amistad y personas muy principales, y criados de nuestro gran rey y señor. Y porque pasaron otras platicas de buenos comedimientos entre Montezuma y Cortés, y por ser ésta la primera vez que nos venia a visitar, y por serle pesado, cesaron los razonamientos.

Otro día acordó Cortés de ir a los palacios de Montezuma, y primero envió a saber qué hacía y supiese cómo íbamos y llevó consigo cuatro capitanes, que fué Pedro de Alvarado y Juan Velázquez de León y a Diego de Ordaz y a Gonzalo de Sandoval, y también fuimos cinco soldados. Y como Montezuma lo supo, salió a recibirnos a mitad de la sala, muy acompañado de sus sobrinos, porque otros señores no entraban ni comunicaban adonde Montezuma estaba si no eran en negocios importantes, y con gran acato que hizo a Cortés, y Cortés a él, se tomaron por las manos, y adonde estaba su estrado le hizo sentar a la mano derecha, y, asimismo, nos mandó asentar a todos nosotros en asientos que allí mandó traer. Y Cortés le comenzó a hacer un razonamiento con nuestras lenguas doña Marina y Aguilar.

Y lo que ahora le pide por merced que esté atento a las palabras que ahora le quiere decir.

Y luego le dijo, muy bien dado a entender, de la creación del mundo, y cómo todos somos hermanos, hijos de un padre y de una madre, que se decían Adán y Eva, y como tal hermano, nuestro gran emperador, doliéndose de la perdición de las ánimas, que son muchas las que aquellos sus ídolos llevan al infierno, donde arden a vivas llamas, nos envió para que esto que ha ya oído lo remedie, y no adorar aquellos ídolos ni les sacrifiquen más indios ni indias pues todos somos hermanos, ni consienta sodomías ni robos. Y más les dijo: que el tiempo andando enviaría nuestro rey y señor unos hombres que entre nosotros viven muy santamente, mejores que nosotros, para que se lo den a entender, porque al presente no venimos más de a se lo notificar, y así se lo pide por merced que lo haga y cumpla. Y porque pareció que Montezuma quería responder, cesó Cortés la plática, y dijo a todos nosotros que con él fuimos: "Con esto cumplimos, por ser el primer toque".

Y Montezuma respondió: "Señor Malinche: muy bien tengo entendido vuestras pláticas y razonamientos antes de ahora, que a mis. criados, antes de esto, les dijese en el Arenal, eso de tres dioses y de la cruz, y todas las cosas que en los pueblos por don de habéis venido habéis predicado; no os hemos respondido a cosa ninguna de ellas porque desde ab initio acá adoramos nuestros dioses y los tenemos por buenos; así deben ser los vuestros, y no curéis más al presente de hablarnos de ellos; y en eso de la creación del mundo, asi lo tenemos nosotros creído muchos tiempos ha pasados, y a esta causa tenemos por cierto que sois los que nuestros antecesores nos dijeron que vendrían de adonde sale el sol; y a ese vuestro gran rey yo le soy en cargo y le daré de lo que tuviere. porque, como dicho tengo otra vez, bien ha dos años tengo noticia de capitanes que vinieron con navíos por donde vosotros venistes, y decían que eran criados de ese vuestro_ gran rey, querría saber si sois todos unos". Y Cortés le dijo que sí, que todos éramos hermanos y criados de nuestro emperador, y que aquellos vinieron a ver el camino y mares y puertos, para saberlo muy bien y venir nosotros, como venimos. Y decíalo Montezuma por lo de Francisco de Córdoba y Grijalva, cuando venimos a descubrir la primera vez; y dijo que desde entonces tuvo pensamiento de haber algunos de aquellos hombres que venían, para tener en sus reinos y ciudades para honrarles y que pues sus dioses les habían cumplido sus buenos deseos y ya estábamos en su casa. las cuales que se pueden llamar nuestras, que holgásemos y tuviésemos descanso, que allí seríamos servidos: y que si algunas veces nos enviaba decir que no entrásemos en su ciudad, que no era de su voluntad, sino porque sus vasallos tenían temor, que les decían que echábamos rayos y relámpagos, y con los caballos matábamos muchos indios, y que éramos teules bravos y otras cosas de niñerías. y que ahora que ha visto nuestras personas y que somos de hueso y carne y de mucha razón, y sabe que somos muy esforzados, y por estas causas nos tiene en mucha más estima que le habían dicho, y que nos daría de lo que tuviese. Y Cortés y todos nosotros respondimos que se lo teníamos en gran merced, tan sobrada voluntad.

Y luego Montezuma dijo riendo, porque en todo era muy regocijado en su hablar de gran señor: "Malinche, bien sé que te han dicho esos de Tlaxcala, con quien tanta amistad habéis tomado, que yo soy como dios o teul, y que cuanto hay en mis casas es todo oro y plata y piedras ricas; bien tengo conocido que como sois entendidos, que no lo creeríais y lo tendríais por burla; lo que ahora, señor Malinche, veis mi cuerpo de hueso y de carne como los vuestros, mis casas y palacios de piedra y madera y cal; de señor, yo gran rey sí soy, y tener riquezas de mis antecesores sí tengo, mas no las locuras y mentiras que de mí os han dicho, así que también lo tendréis por burla, como yo tengo de vuestros truenos y relámpagos" Y Cortés le respondió también riendo, y dijo que los contrarios enemigos siempre dicen cosas malas y sin verdad de los que quieren mal, y que bien ha conocido que otro señor, en estas partes, más magnífico no lo espera ver, y que no sin causa es tan nombrado delante nuestro emperador.

Y estando en estas pláticas, mandó secretamente Montezuma a un gran cacique, sobrino suyo, de los que estaban en su compañía, que mandase a sus mayordomos que trajesen ciertas piezas de oro, que parece ser debieran estar apartadas para dar a Cortés, y diez cargas de ropa fina, lo cual repartió: el oro y mantas entre Cortés y a los cuatro capitanes, y a nosotros los soldados nos dió a cada uno dos collares de oro, que valdría cada collar diez pesos. y dos cargas de mantas. Valía todo el oro que entonces die) sobre mil pesos, y esto daba con una alegría y semblante de grande y valeroso señor. Y porque pasaba la hora más de mediodía y por no serle más importuno, le dijo Cortés. "Señor Montezuma. siempre tiene por costumbre de echarnos un cargo sobre otro en hacemos cada día mercedes; ya es hora que vuestra merced coma" Y Montezuma respondió que antes, por haberle ido a visitar, le hicimos mercedes. Y así nos despedimos, con grandes cortesías de él, y nos fuimos a nuestros aposentos, e íbamos platicando de la buena manera y crianza que en todo tenían, y que nosotros en todo le tuviésemos mucho acato, y con las gorras de armas colchadas quitadas cuando delante de él pasásemos, y así lo hicimos. Y dejémoslo aquí y pasemos adelante.

DE LA MANERA Y PERSONA DEL GRAN MONTEZUMA, Y DE COMO VIVIA Y DE CUAN GRANDE SENOR ERA

ERA EL GRAN MONTEZUMA DE EDAD de hasta cuarenta años y de buena estatura y bien proporcionado, y cenceño, y pocas carnes, y el color ni muy moreno, sino propio color y matiz de indio, y traía los cabellos no muy largos, sino cuanto le cubrían las orejas, y pocas barbas, prietas y bien puestas y ralas, y el rostro algo largo y alegre, y los ojos de buena manera, y mostraba en su persona, en el mirar, por un cabo amor y cuando era menester gravedad; era muy pulido y limpio, bañábase cada día una vez, a la tarde: tenía muchas mujeres por amigas, hijas de señores, puesto que tenía dos grandes cacicas por sus legitimas mujeres, que cuando usaba con ellas era tan secretamente que no lo alcanzaban a saber sino alguno de los que le servían. Era muy limpio de sodomías; las mantas o ropas que se ponía un día, no se las ponía sino de tres o cuatro días; tenía sobre doscientos principales de su guarda en otras salas junto a la suya, y éstos no para que hablasen todos con él, sino cuál y cuál, y cuando le iban a hablar se habían de quitar las mantas ricas y ponerse otras de poca valía, mas habían de ser limpias, y habían de entrar descalzos y los ojos bajos, puestos en tierra, y no mirarle a la cara, y con tres reverencias que le hacían y le decían en ellas: "Señor, mi señor, mi gran señor", primero que a él llegasen; y desde que le daban relación a lo que iban, con palabras les despachaban; no le volvían las espaldas al despedirse de él, sino la cara y ojos bajos, en tierra. hacia donde estaban, y no vueltas las espaldas hasta que salían de la sala.

Y otra cosa vi: que cuando otros grandes señores venían de de las tierras a pleitos o negocios, cuando llegaban a los aposentos

Y así no miramos de ello; mas sé que ciertamente desde que nuestro capitán le reprehendía el sacrificio y comer de carne humana, que desde entonces mandó que no le guisasen tal manjar.

Dejemos de hablar de esto y volvamos a la manera que tenía en su servicio al tiempo del comer. Y es de esta manera: que si hace frío, tenianle hecha mucha lumbre de ascuas de una leña de cortezas de árboles, que no hacía húmo; el olor de las cortezas de que hacían aquellas ascuas muy oloroso, y porque no le diesen más calor de lo que él quería, ponían delante una como tabla labrada con oro y otras figuras de ídolos, y él sentado en un asentadero bajo, rico y blando y la mesa también bája, hecha de la misma manera de los sentadores; y allí le ponían sus manteles de mantas blancas y unos pañizuelos algo largos de lo mismo, y cuatro mujeres muy hermosas y limpias le daban agua a manos en unos como a manera de aguamaniles hondos, que llaman xicales; le ponían debajo, para recoger el agua, otros a manera de platos, y le daban sus toallas, y otras dos mujeres le traían el pan de tortillas. Y ya que encomenzaba a comer echábanle delante una como puerta de madera muy pintada de oro, porque no le viesen comer, y estaban apartadas las cuatro mujeres aparte: y allí se le ponían a sus lados cuatro grandes señores viejos y de edad, con quien Montezuma de cuando en cuando platicaba y preguntaba cosas; y por mucho favor daba a cada uno de estos viejos un plato de lo que él más le sabía, y decían que aquellos viejos eran sus deudos muy cercanos y consejeros y jueces de pleitos, y el plato y manjar que les daba Montezuma, comían en pie y con mucho acato, y todo sin mirarle a la cara. Serviase con barro de Cholula, uno colorado y otro prieto.

Mientras que comía, ni por pensamiento habían de hacer alboroto ni hablar alto los de su guarda, que estaban en sus salas, cerca de la de Montezuma. Traíanle fruta de todas cuantas había en la tierra, mas no comía sino muy poca de cuando en cuando. Traían en unas como a manera de copas de oro fino con cierta bebida hecha del mismo cacao; decían que era para tener acceso con mujeres, y entonces no mirábamos en ello; mas lo que yo vi que traían sobre cincuenta jarros grandes, hechos de buen cacao, con su espuma, y de aquello bebía, y las mujeres le servían con gran acato, y algunas veces al tiempo de comer estaban unos indios corcovados, muy feos, porque eran chicos de cuerpo y quebrados por medio los cuerpos, que entre ellos eran chocarreros, y otros indios que debieran ser truhanes, que le decían gracias y otros que le cantaban y bailaban, porque Montezuma era aficionado a placeres y cantares, y a aquéllos mandaba dar los relieves y jarros del cacao, y las mismas cuatro mujeres alzaban los manteles y le tornaban a dar aguamanos, y con mucho acato que le hacían; y hablaba Montezuma a aquellos cuatro principales viejos en cosas que le convenían; y se despedían de él con gran reverencia que le tenían; y él se quedaba reposando.

Y después que el gran Montezuma había comido, luego comían todos los de su guarda y otros muchos de sus serviciales de casa, y me parece que sacaban sobre mil platos de aquellos manjares que dicho tengo; pues jarros de cacao en su espuma, como entre mexicanos se hace, más de dos mil, y fruta infinita. Pues para sus mujeres, y criadas, y panaderas, y cacahuateras ¡qué gran costo tendría! Dejemos de hablar de la costa y comida de su casa, y digamos de los mayordomos y tesoreros y despensas y botellería, y de los que tenían cargo de las casas adonde tenían el maíz. Digo que había tanto, que escribir cada cosa por si, que no sé por dónde encomenzar, sino que estábamos admirados del gran concierto y abasto que en todo tenía, y más digo, que se me había olvidado, que es bien tornarlo a recitar, y es que le servían a Montezuma, estando a la mesa cuando comía, como dicho tengo, otras dos mujeres muy agraciadas de traer tortillas amasadas con huevos y otras cosas substanciosas, y eran muy blancas las tortillas, y traíanselas en unos platos cobijado con sus paños limpios y también le traían otra manera de pan, que son como bollos largos hechos y amasados con otra manera de cosas substanciales, y pan pachol, que en esta tierra así se dice, que es a manera de unas obleas; también le ponían en la mesa tres cañutos muy pintados y dorados, y dentro tenían liquidámbar revuelto con unas yerbas que se dice tabaco, y cuando acababa de comer, después que le habían bailado y cantado y alzado la mesa, tomaba el humo de uno de aquellos cañutos, y muy poco, y con ello se adormía.

Dejemos ya de decir del servicio de su mesa, y volvamos a nuestra relación. Acuérdome que era en aquel tiempo su mayordomo mayor un gran cacique, que le pusimos por nombre Tapia, y tenía cuenta de tocas las rentas que le traían a Montezuma con sus libros, hechos de su papel, que se dice amal, y tenían de estos libros una gran casa de ellos. Dejemos de hablar de los libros y cuentas, que va fuera de nuestra relación, y digamos cómo tenía Montezuma dos casas llenas de todo género de armas, y muchas de ellas ricas, con oro y pedrería, donde eran rodelas grandes y chicas, y unas como macanas, y otras a manera de espadas de a dos manos, engastadas en ellas unas navajas de pedernal, que cortan muy mejor que nuestras espadas, y otras lanzas más largas que no las nuestras, con una braza de cuchilla, engastadas en ellas muchas navajas, que aunque den con ella en un broquel o rodela no sal tan, y cortan, en fin, como navajas, que se rapan con ellas las cabezas, y tenían muy buenos arcos y flechas, y varas de a dos gajos, y otras de a uno, con sus tiraderas, y muchas hondas y piedras rollizas hechas a mano, y unos como paveses que son de arte que los pueden arrollar arriba cuando no pelean, porque no les estorbe, y al tiempo de pelear, cuando son menester, los dejan caer y quedan cubiertos sus cuerpos de arriba abajo. También tenían muchas armas de algodón colchadas y ricamente labradas por de fuera de plumas de muchos colores, a manera de divisas e invenciones, y tenían otros como capacetes y cascos de madera y de hueso, también muy labrados de pluma por de fuera, y tenían otras armas de otras hechuras que por excusar prolijidad lo dejo de decir: y sus oficiales, que siempre labraban y entendían en ello, y mayordomos que tenían cargo de las armas.

Dejemos esto y vamos a la casa de aves, y por fuerza he del detenerme en contar cada género, de qué calidad eran. Digo que desde águilas reales y otras águilas más chicas y otras muchas maneras de aves de grandes cuerpos, hasta pajaritos muy chicos, pintados de diversos colores, también, donde hacen aquellos ricos plumajes que labran de plumas verdes, y las aves de estas plumas son el cuerpo de ellas a manera de las picaces que hay en nuestra España; liiámanse en esta tierra quezales. y otros pájaros que tienen la pluma de cinco colores, que es verde y colorado y blanco y amarillo y azul; éstos no sé cómo se llaman. Pues papagayos de otras deferenciadas colores tenían tantos que no se me acuerda los nombres de ellos: dejemos patos de buena pluma y otros mayores, que les querían parecer, y de todas estas aves les pelaban las plumas en tiempos para que ello era convenible, y tornaban a pelechar, y todas las más aves que dicho tengo criaban en aquella casa, y al tiempo del encoclar tenian cargo de echarles sus huevos ciertos indios e indias que miraban por todas las aves y de limpiarles sus nidos y darles de comer, y esto a cada género de aves lo que era su mantenimiento. Y en aquella casa que dicho tengo había un gran estanque de agua dalce, y tenía en 61 otra manera de aves muy altas de zancas y colorado todo el cuerpo y alas y cola: no sé el nombre de ellas, mas en la isla de Cuba les llamaban ipiris a otras como ellas; y también en aquel estanque había otras muchas raleas de aves que siempre estaban en el agua.

Dejemos esto y vamos a otra gran casa donde tenían muchos ídolos y decían que eran sus dioses bravos, y con ellos todo género de alimañas, de tigres y leones de dos maneras, unos que son de hechura de lobos, que en esta tierra se llaman adives y zorros, y otras alimañas chicas, y todas estas carniceras se mantenían con carne, y las más de ellas criaban en aquella casa, y las daban de comer venados, gallinas, perrillos y otras cosas que cazaban; y aun oí decir que cuerpos de indios de los que sacrificaban. Y es de esta manera: que ya me habrán oído decir que cuando sacrificaban algún triste indio, que le aserraban con unos navajones de pedernal por los pechos, y bulliendo le sacaban el corazón y sangre y lo presentaban a sus ídolos, en cuyo nombre hacían aquel sacrificio, y luego les cortaban los muslos y brazos y cabeza, y aquello comían en fiestas y banquetes, y la cabeza colgaban de unas vigas, y el cuerpo del sacrificado no llegaban a 61 para comerle, sino dábanlo a aquellos bravos animales.

Pues más tenían en aquella maldita casa muchas víboras y culebras emponzoñadas, que traen en la cola uno que suena como cascabeles; éstas son las peores víboras de todas, y tenianlas en unas tinajas y en cántaros grandes, y en ellas mucha pluma, y alli ponían sus huevos y criaban sus viboreznos; y les daban a comer de los cuerpos de los indios que sacrificaban y otras carnes de perros de los que ellos solían criar; y aún tuvimos por cierto que cuando nos echaron de México y nos mataron sobre ochocientos cin cuenta de nuestros soldados, que de los muertos mantuvieron muchos días aquellas fieras alimañas y culebras, según diré en su tiempo y sazón; y estas culebras y alimañas tenían ofrecidas a que líos sus ídolos bravos para que estuviesen en su compañía. Digamos ahora las cosas infernales, cuando bramaban los tigres y leones, y aullaban los adives y zorros, y silbaban las sierpes, era grima oírlo y parecía infierno.

Pasemos adelante y digamos de los grandes oficiales que tenía de cada oficio que entre ellos se usaban. Comencemos por lapida ríos y plateros de oro y plata y todo vaciadizo, que en nuestra Espana los grandes plateros tienen que mirar en ello, y de éstos tenía tantos y tan primos en un pueblo que se dice Escapuzalco una legua de México. Pues labrar piedras finas y chalchiuis, que son como esmeraldas, otros muchos grandes maestros. Vamos adelante a los grandes oficiales de labrar y asentar de pluma, y pintores y entalladores muy sublimados, que por lo que ahora hemos visto la obra que hacen, tendremos consideración en lo que entonces labraban; que tres indios hay ahora en la ciudad de México tan primisimos en su oficio de entalladores y pintores, que se dicen Marcos de Aquino y Juan de la Cruz y el Crespillo, que si fueran en el tiempo de aquel antiguo o afamado Apeles, o de Micael Angel o Berruguete, que son de nuestros tiempos, también les pusieran en el número de ellos. Pasemos adelante y vamos a las indias tejedoras o labranderas, que le hacían tanta multitud de ropa fina con muy grandes labores de plumas. De donde más cotidianamente le traían era de unos pueblos y provincia que está en la costa del norte de cabe la Veracruz, que se decían Cotastan, muy cerca de San Juan de Ulúa, donde desembarcamos cuando vinimos con Cortés. Y en su casa del mismo gran Montezuma todas las hijas de señores que él tenía por amigas siempre tejían cosas muy primas, y otras muchas hijas de vecinos mexicanos, que estaban como a manera de recogimiento, que querían parecer monjas, también tejían. y todo de pluma. Estas monjas tenían sus casas cerca del gran cú del Uichilobos, y por devoción suya o de otro ídolo de mujer que decían que era su abogada para casamientos, las metían sus padres en aquella religión hasta que se casaban, y de allí las sacaban para las casar. Pasemos adelante y digamos de la gran cantidad que tenía el gran Montezuma de bailadores y danzadores, y otros que traen un palo con los pies, y de otros que vuelan cuando bailan por alto, y de otros que parecen como matachines, y éstos eran para darle placer. Digo que tenía un barrio de éstos que no entendían en otra cosa. Pasemos adelante y digamos de los oficiales que tenían de canteros y albañiles, carpinteros, que todos entendían en las obras de sus casas; también digo que tenía tantas cuantas quería.

No olvidemos las huertas de flores y árboles olorosos, y de los muchos géneros que de ellos tenía, y el concierto y paseaderos de ellas, y de sus albercas y estanques de agua dulce; cómo viene el agua por un cabo y va por otro, y de los baños que dentro tenian y de la diversidad de pajaritos chicos que en los árboles criaban, y de qué yerbas medicinales y de provecho que en ellas tenia era cosa de ver, y para todo esto muchos hortelanos, y todo labrado de canteria y muy encalado, así baños como paseaderos y otros retretes y partamientos como cenadores, y también adonde bailaban y cantaban; y había tanto que mirar en esto de las huertas como en todo lo demás, que no nos hartábamos de ver su gran poder; y así, por el consiguiente, tenía cuantos oficios entre ellos se usaban, de todos gran cantidad de indios maestros de ellos. Y porque ya estoy harto de escribir sobre esta materia y más lo estaran los curiosos lectores, lo dejaré de decir, y diré cómo fue nuestro Cortés con muchos de nuestros capitanes y soldados a ver el Tatelulco, que es la gran plaza de México, y subimos en alto cu donde estaban sus ídolos Tezcatepuca y su Uichilobos. Y esta fué la primera vez que nuestro capitán salió a ver la ciudad, y lo que en ello más pasó.

COMO NUESTRO CAPITAN SALID A VER LA CIUDAD DE MEXICO Y EL TATELULCO, QUE ES LA PLAZA MAYOR, Y EL GRAN CU DE SUS UICHILOBOS, Y LO QUE MAS PASO

COMO HABÍA YA CUATRO días que estábamos en México y no salía el capitán ni ninguno de nosotros de los aposentos, excepto a las casas y huertas, nos dijo Cortés que sería bien ir a la plaza mayor y ver el gran adoratorio de su Uichilobos, y que quería enviarlo a decir al gran Montezuma que lo tuviese por bien. Y para ello envió por mensajero a Jerónimo de Aguilar y a doña Marina, y con ellos a un pajecillo de nuestro capitán que entendía ya algo la lengua, que. se decía Orteguilla. Y Montezuma como lo supo envió a decir que fuésemos mucho en buena hora, y por otra parte temió no le fuésemos a hacer algún deshonor en sus ídolos, y acordó de ir él en persona con muchos de sus principales, y en sus ricas andas salió de sus palacios hasta la mitad del camino; cabe unos adoratorios se apeó de las andas, porque tenía por gran deshonor de sus ídolos ir hasta su casa y adoratorio de aquella manera, y llevábanle del brazo grandes principales; iban adelante de él señores de vasallos, y llevaban delante dos bastones como cetros alzados en alto, que era señal que allí iba el gran Montezuma, y cuando iban en las andas llevaba una varita medio de oro y medio de palo, levantada, como vara de justicia. Y así se fué y subió en su gran cú, acompañado de muchos papas, y comenzó a sahumar y hacer otras ceremonias a Uichilobos.

Dejemos a Montezuma, que ya había ido adelante, como dicho tengo, y volvamos a Cortés y a nuestros capitanes y soldados, que, como siempre teníamos por costumbre de noche y de día estar armados, y así nos veía estar Montezuma cuando le íbamos a ver, no lo tenía por cosa nueva. Digo esto porque a caballo nuestro capitán con todos los demás que tenían caballo, y la más parte de nuestros soldados muy apercibidos, fuimos al Tatelulco. Iban muchos caciques que Montezuma envió para que nos acompañasen; y desde que llegamos a la gran plaza, que se dice el Tatelulco, como no habíamos visto tal cosa, quedamos admirados de la multitud de gente y mercaderías que en ella había y del gran concierto y regimiento que en todo tenían. Y los principales que iban con nosotros nos lo iban mostrando; cada género de mercaderías estaba por sí, y tenían situados y señalados sus asientos. Comencemos por los mercaderes de oro y plata y piedras ricas y plumas y mantas y cosas labradas, y otras mercaderías de indios esclavos y esclavas; digo que traían tantos de ellos a vender a aquella gran plaza como traen los portugueses los negros de Guinea, y traíanlos atados en unas varas largas con colleras a los pescuezos, porque no se les huyesen, y otros dejaban sueltos. Luego estaban otros mercaderes que vendían ropa más basta y algodón y cosas de hilo torcido, y cacahuateros que vendían cacao, y de esta manera estaban cuantos géneros de mercaderías hay en toda la Nueva España, puesto por su concierto de la manera que hay en mi tierra, que es Medina del Campo, donde se hacen las ferias, que en cada calle están sus mercaderías por sí; así estaban en esta gran plaza, y los que sogas y cotaras, que son los zapatos que calzan y hacen del mismo árbol, y raíces muy dulces cocidas, y otras rebusterías, que sacan del mismo árbol, todo estaba en una parte de la plaza en su lugar señalado; y cueros de tigres, de leones y de nutrias, y de adives y de venados y de otras alimañas, tejones y gatos monteses, de ellos adobados, y otros sin adobar, estaban en otra parte, y otros géneros de cosas y de mercaderías.

Pasemos adelante y digamos de los que vendian frijoles y chía y otras legumbres y yerbas a otra parte. Vamos a los que vendian gallinas, gallos de papada, conejos, liebres, venados y anadones, perrillos y otras cosas de este arte, a su parte de la plaza. Digamos de la fruteras, de las que vendían cosas cocidas, mazamorreras y malcocinado, también a su parte. Pues todo género de loza, hecha de mil maneras, desde tinajas grandes y jarrillos chicos, que estaban por si aparte; y también los que vendían miel y melcochas y otras golosinas que hacían como nuégados. Pues los que vendían madera, tablas, cunas y vigas y tajos y bancos, todo por sí. Vamos a los que vendían leña, ocote, y otras cosas de esta manera. Qué quieren más que diga que, hablando con acato, también vendían muchas canoas llenas de yenda de hombres, que tenían en los esteros cerca de la plaza, y esto era para hacer sal o para curtir cueros, que sin ella dicen que no se hacia buena. Bien tengo entendido que algunos señores se reirán de esto; pues digo que es así; y más digo que tenían por costumbres que en todos los caminos tenían hechos de cañas o pajas o yerba, porque no lo viesen los que pasan por ellos; allí se metían si tenían ganas de purgar los vientres, porque no se les perdiese aquella suciedad. Para qué gasto yo tantas palabras de lo que vendían en aquella gran plaza, porque es para no acabar tan presto de contar por menudo todas las cosas, sino que papel, que en esta tierra llaman amal, y unos cañutos de olores con liquiámbar, llenos de tabaco y otros ungüentos amarillos y cosas de este arte vendían por sí; y vendían mucha grana debajo los portales que estaban en aquella gran plaza. Había muchos herbolarios y mercaderías de otra manera; y tenían allí sus casas, adonde juzgaban, tres jueces y otros como alguaciles ejecutores que miraban las mercaderías. Olvidado se me había la sal y los que hacían navajas de pedernal, y de cómo las sacaban de la misma piedra. Pues pescadores y otros que vendían unos panecillos que hacen de una como lama que cogen de aquella gran laguna, que se cuaja y hacen panes de ello que tienen un sabor a manera de queso; y vendían hachas de latón y cobre y estallo, y jícaras y unos jarros muy pintados, de madera hechos.

Ya querría haber acabado de decir todas las cosas que allí se vendían, porque eran tantas de diversas calidades, que para que lo acabáramos de ver e inquirir, que como la gran plaza estaba llena de tanta gente y toda cercada de portales, en dos días no se viera todo. Y fuimos al gran cú, y ya que íbamos cerca de sus grandes patios, y antes de salir de la misma plaza estaban otros muchos mercaderes, que, según dijeron, eran de los que traían a vender oro en granos como lo sacan de las minas, metido el oro en unos canutillos delgados de los de ansarones de la tierra. y así blancos porque se pareciese el oro por de fuera; y por el largor y gordor de los canutillos tenían entre ellos su cuenta qué tantas mantas o qué xiquipiles de cacao valía, o qué esclavos u otra cualesquiera cosas a que lo trocaban.

Y así dejamos la gran plaza sin más verla y llegamos a los grandes patios y cercas donde está el gran cu; tenia antes de llegar a él un gran circuito de patios, que me parece que eran más que la plaza que hay en Salamanca, y con dos cercas alrededor, de calicanto, y el mismo patio y sitio todo empedrado de piedras grandes, de losas blancas y muy lisas, y adonde no había de aquellas piedras estaba encalado y bruñido y todo muy limpio, que no hallaran una paja ni polvo en todo él. Y desde que llegamos cerca del gran cu, antes que subiésemos ninguna grada de él envió el gran Montezuma desde arriba, donde estaba haciendo sacrificios, seis papas y dos principales para que acompañasen a nuestro capitán, y al subir de las gradas, que eran ciento y catorce, le iban a tomar de los brazos para ayudarle a subir, creyendo que se cansaría, como ayudaban a su señor Montezuma, y Cortés no quiso que llegasen a él. Y después que subimos a lo alto del gran cú en una placeta que arriba se hacía, adonde tenían un espacio a manera de andamios, y en ellos puestas unas grandes piedras, adonde ponían los tristes indios para sacrificar, y allí había un gran bulto de como dragón, y otras malas figuras, y mucha sangre derramada de aquel día.

Y así como llegamos salió Montezuma de un adoratorio, adonde estaban sus malditos ídolos, que era en lo alto del gran cit. y vinieron con él dos papas, y con mucho acato que hicieron a Cortés y a todos nosotros, le dijo: "Cansado estaréis, señor Malinche, de subir a este nuestro gran templo". Y Cortés le dijo con nuestras lenguas, que iban con nosotros, que él ni nosotros no nos cansábamos en cosa ninguna. Y luego le tomó por la mano y le dijo que mirase su gran ciudad y todas las más ciudades que había dentro en el agua, y otros muchos pueblos alrededor de la misma laguna, en tierra; y que si no había visto muy bien a su gran plaza, que desde allí la podría ver muy mejor, y así lo estuvimos mirando, porque desde aquel grande y maldito templo estaba tan alto que todo lo señoreaba muy bien; y de allí vimos las tres calzadas que entran en México, que es la de Iztapalapa, que fue por la que entramos cuatro días había, y la de Tacuba, que fue por donde después salimos huyendo la noche de nuestro gran desbarate, cuando Cuedlavaca, nuevo señor, nos echó de la ciudad, como adelante diremos, y la de Tepeaquilla. Y veíamos el agua dulce que venía de Chapultepec, de que se proveía la ciudad, y en aquellas tres calzadas, las puentes que tenía hechas de trecho a trecho, por donde entraba y salía el agua de la laguna de una parte a otra; y veíamos en aquella gran laguna tanta multitud de canoas, unas que venían con bastimentos y otras que volvían con cargas y mercaderías; y veíamos que cada casa de aquella gran ciudad, y de todas las más ciudades que estaban pobladas en el agua, de casa a casa no se pasaba sino por unas puentes levadizas que tenían hechas de madera, o en canoas; y veíamos en aquellas ciudades cúes y adoratorios a manera de torres y fortalezas, y todas blanqueando, que era cosa de admiración, y las casas de azoteas, y en las calzadas otras torrecillas y adoratorios que eran como fortalezas.

Y después de bien mirado y considerado todo lo que habíamos visto. tornamos a ver la gran plaza y la multitud de gente que en ella había, unos comprando y otros vendiendo, que solamente el rumor y zumbido de las voces y palabras que allí había sonaba más que de una legua, y entre nosotros hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo, y en Constantinopla, y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan bien compasada y con tanto concierto y tamaña y llena de tanta gente no la habían visto.

Dejemos esto y volvamos a nuestro capitán, que dijo a fray Bartolomé de Olmedo, ya otras veces por mí mencionado, que allí se halló: "Paréceme. señor padre, que será bien que demos un tiento a Montezuma sobre que nos deje hacer aquí nuestra iglesia". Y el padre dijo que seria bien, si aprovechase; mas que le parecía que no era cosa convenible hablar en tal tiempo; que no veía a Montezuma de arte que en tal cosa concediese. Y luego nuestro Cortés dijo a Montezuma, con doña Marina, la lengua: "Muy señor es vuestra merced, y de mucho más es merecedor; hemos holgado de ver vuestras ciudades; lo que os pido por merced, que pues que estamos aqui, en este vuestro templo, que nos mostréis vuestros dioses y teules". Y Montezuma dijo que primero hablaría con sus grandes papas. Y luego que con ellos hubo hablado dijo que entrásemos en una torrecilla y apartamiento a manera de sala, donde estaban dos como altares, con muy ricas tablazones encima del techo, y en cada altar estaban dos bultos, como de gigante, de muy altos cuerpos y muy gordos, y el primero, que estaba a mano derecha, decían que era el de Uichilobos, su dios de la guerra, y tenía la cara y rostro muy ancho y los ojos disformes y espantables; en todo el cuerpo tanta de la pedrería y oro y perlas y ajar pegado con engrudo, que hacen en esta tierra unas como raíces, que todo el cuerpo y cabeza estaba Lleno de ello, y ceñido el cuerpo unas a manera de grandes culebras hechas de oro y pedrería, y en una mano tenía un arco y en otra unas flechas. Y otro ídolo pequeño que allí junto a él estaba, que decían que era su paje, le tenía una lanza no larga y una rodela muy rica de oro y pedrería; y tenía puestos al cuello el Üichilobos unas caras de indios y otros como corazones de los mismos indios, y éstos de oro y de ellos de plata, con mucha pedrería azules; y estaban allí unos braseros con incienso, que es su copal, y con tres corazones de indios que aquel día habían sacrificado y se quemaban, y con el humo y copal le habían hecho aquel sacrificio. Y estaban todas las paredes de aquel adoratorio tan bañado y negro de costras de sangre, y asimismo el suelo, que todo hedía muy malamente. Luego vimos a otra parte, de la mano izquierda, estar el otro gran bulto del altor de Uichilobos, y tenía un rostro como de oso, y unos ojos que le relumbraban, hechos de sus espejos, que se dice tezcal, y el cuerpo con ricas piedras pegadas según y de la manera del otro su Uichilobos. porque según decían, entrambos eran hermanos, y este Tezcatepuca era el dios de los infiernos, y tenía cargo de las ánimas de los mexicanos, y tenia ceñido el cuerpo con unas figuras como diablillos chicos y las colas de ellos como sierpes, y tenía en las paredes tantas costras de sangre y el suelo todo bañado de ello, como en los mataderos de Castilla no había tanto hedor. Y allí le tenían presentado cinco corazones de aquel día sacrificados, y en lo alto de todo el cu estaba otra concavidad muy ricamente labrada la madera de ella, y estaba otro bulto como de medio hombre y medio lagarto, todo lleno de piedras ricas y la mitad de él enmantado. Este decían que el cuerpo de él estaba lleno de todas las semillas que había en toda la tierra, y decían que era el dios de las sementeras y frutas; no se me acuerda el nombre, y todo estaba lleno de sangre, así paredes como altar, y era tanto el hedor, que no veíamos la hora de salirnos afuera. Y allí tenían un atambor muy grande en demasía, que cuando le tañían el sonido de él era tan triste y de tal manera como dicen estrumento de los infiernos, y más de dos leguas de allí se oía; decían que los cueros de aquel atambor eran de sierpes muy grandes.

Y en aquella placeta tenían tantas cosas muy diabólicas de ver, de bocinas y trompetillas y navajones, y muchos corazones de indios que habían quemado, con que sahumaban a aquellos sus ídolos, y todo cuajado de sangre. Tenían tanto, que los doy a la maldición; y como todo hedía a carnicería, no veíamos la hora de quitarnos de tan mal hedor y peor vista. Y nuestro capitán dijo a Montezuma, con nuestra lengua, como medio riendo: "Señor Montezuma: no sé yo cómo un tan gran señor y sabio varón como vuestra merced es, no haya colegido en su pensamiento cómo no son vuestros ídolos dioses, sino cosas malas, que se llaman diablos, y para que vuestra merced lo conozca y todos sus papas lo vean claro, hacedme una merced: que hayáis por bien que en lo alto de esta torre pongamos una cruz, y en una parte de estos adoratorios, donde están vuestros Uichilobos y Tezcatepuca, haremos un apartado donde pongamos una imagen de Nuestra Señora (la cual imagen ya Montezuma la había visto), y veréis el temor que de ello tienen esos ídolos que os tienen engañados". Y Montezuma respondió medio enojado, y dos papas que con él estaban mostraron malas señales, y dijo: "Señor Malinche: si tal deshonor como has dicho creyera que habíais de decir, no te mostrara mis dioses. Estos tenemos por muy buenos, y ellos nos dan salud y aguas y buenas sementeras y temporales y victorias cuantas queremos; y tenérnoslos de adorar y sacrificar; lo que os ruego es que no se diga otras palabras en su deshonor". Y desde que aquello le oyó nuestro capitán y tan alterado, no le replicó más en ello, y con cara alegre le dijo: "Hora es que vuestra merced y nosotros nos vamos". Y Montezuma respondió que era bien; y que porque él tenía que rezar y hacer cierto sacrificio en recompensa del gran tatacul, que quiere decir pecado, que había hecho en dejarnos subir en su gran cú y ser causa de que nos delase ver a sus dioses, y del deshonor que les hicimos en decir mal de ellos, que antes que se fuese lo había de rezar y adorar. Y Cortés le dijo: "Pues que así es, perdone, señor".

Y luego nos bajamos las gradas abajo, y como eran ciento y catorce y algunos de nuestros soldados estaban malos de bubas o humores, les dolieron los muslos del bajar. Y dejaré de hablar de su adoratorio y diré lo que me parece del circuito y manera que tenía, y si no le dijere tan al natural como era, no se maravillen, porque en aquel tiempo tenía otro pensamiento de entender en lo que traíamos entre manos, que es en lo militar y en lo que mi capitán me mandaba, y no en hacer relaciones. Volvamos a nuestra materia. Paréceme que el circuito del gran cú, sería de seis muy grandes solares de los que dan en esta tierra, y desde abajo hasta arriba, adonde estaba una torrecilla, y allí estaban sus ídolos, va estrechando, y en medio del alto cú, hasta lo más alto de él, van cinco concavidades a manera de barbacanas y descubiertas sin mamparos. Y porque hay muchos cúes pintados en reposteros de conquistadores, y en uno que yo tengo, que cualquiera de ellos a quien los han visto podrían colegir la manera que tenían por de fuera: mas no lo que yo vi y entendí, y de ello hubo fama en aquellos tiempos que fundaron aquel gran cú, en el cimiento de él habían ofrecido de todos los vecinos de aquella gran ciudad oro y plata y aljófar y piedras ricas, y que le habían bañado con mucha sangre de indios que sacrificaron, que habían tomado en las guerras, y de toda manera de diversidad de semillas que había en la tierra, porque les diesen sus ídolos victorias y riquezas y muchos frutos.

Dirán ahora algunos lectores muy curiosos que cómo pudimos alcanzar a saber que en el cimiento de aquel gran cu echaron oro y plata y piedras de chalchiuis ricas y semillas, y lo rociaban con sangre humana de indios que sacrificaban, habiendo sobre mil años que se fabricó y se hizo. A esto doy por respuesta, que después que ganamos aquella fuerte y gran ciudad y se repartieron los solares, que luego propusimos que en aquel gran cd habíamos de hacer la iglesia de nuestro patrón y guiador Señor Santiago. y cupo mucha parte de la del solar del alto cu para el solar de la santa iglesia de aquel cu de Uichilobos, y cuando abrían los cimientos para hacerlos más fijos, hallaron mucho oro y plata y chalchihuis y perlas y aljófar y otras piedras; y asimismo a un vecino de México, que le cupo otra parte del mismo solar, halló lo mismo, y los oficiales de la Hacienda de su majestad lo demandaban por de su majestad, que les venía de derecho, y sobre ello hubo pleito. y no se me acuerda lo que pasó, más que se informaron de los caciques y principales de México y de Guatemuz, que entonces era vivo, y dijeron que es verdad que todos los vecinos de México de aquel tiempo echaron en los cimientos aquellas joyas y todo lo demás, y que así lo tenían por memoria en sus libros y pinturas de cosas antiguas, y por esta causa aquella riqueza se quedó para la obra de la santa iglesia del Señor Santiago.

Dejemos esto y digamos que los grandes y suntuosos patios que estaban delante del Uichilobos, adonde está ahora Señor Santiago, que se dice el Tatelulco, porque así se solía llamar. Ya he dicho que tenían dos cercas de calicanto antes de entrar dentro, y que era empedrado de piedras blancas como losas, y muy encalado y bruñido y limpio, y sería de tanto compás y tan ancho como la plaza de Salamanca; y un poco apartado del gran cu estaba otra torrecilla que también era casa de ídolos o puro infierno, porque

tenía la boca de la una puerta una muy espantable boca de las que pintan que dicen que están en los infiernos con la boca abierta y grandes colmillos para tragar las ánimas; y asimismo estaban unos bultos de diablos y cuerpos de sierpes juntos a la puerta, y tenían un poco apartado un sacrificadero, y todo ello muy ensangrentado y negro de humo y costras de sangre, y tenían muchas ollas grandes y cántaros y tinajas dentro en la casa llenas de agua, que era allí donde cocinaban la carne de los tristes indios que sacrificaban y que comían los papas, porque también tenían cabe el sacrificadero muchos navajones y unos tajos de madera, como en los que cortan carne en las carnicerías; y asimismo detrás de aquella maldita casa, bien apartado de ella, estaban unos grandes rimeros de leña, y no muy lejos una gran alberca de agua, que se henchía y vaciaba, que le venía por su caño encubierto de lo que entraba en la ciudad, de Chapultepec. Yo siempre le llamaba al aquella casa el infierno.

Pasemos adelante del patio, y vamos a otro en, donde era enterramiento de grandes señores mexicanos, que también tenían otros muchos ídolos, y todo Lleno de sangre y humo, y tenía otras puertas y figuras de infierno; y luego junto de aquel cú estaba otro lleno de calaveras y zancarrones, puestos con gran concierto, que se podían ver mas no se podrían contar, porque eran muchas, y las calaveras por sí y los zancarrones en otros rimeros: y allí había otros ídolos, y en cada casa o cu y adoratorio que he dicho estaban papas con sus vestiduras largas de mantas prietas y las capillas largas asimismo, como de dominicos, que también tiraban un poco a las de los canónigos, y el cabello muy largo y hecho que no se puede esparcir ni desenhebrar, y todos los más sacrificadas las orejas, y en los mismos cabellos mucha sangre. Pasemos adelante que había otros cúes apartados un poco, donde estaban las calaveras, que tenían otros ídolos y sacrificios de otras malas pinturas y aquellos ídolos decían que eran abogados de los casamientos de los hombres. No quiero detenerme más en contar de ídolos, sino solamente diré que alrededor de aquel gran patio había muchas casas y no altas, y eran adonde posaban y residían los papas y otros indios que tenían cargo de los ídolos, y también tenían otra muy mayor alberca o estanque de agua, y muy limpia, a una parte del gran cú: era dedicada solamente para el servicio del Uichilobos, Tezcatepuca, y entraba el agua en aquella alberca por caños encubiertos que venían de Chapultepec.

Y allí cerca estaban otros grandes aposentos a manera de monasterios, adonde estaban recogidas muchas hijas de vecinos mexicanos, como monjas, hasta que se casaban; y allí estaban dos bultos de ídolos de mujeres, que eran abogadas de los casamientos de las mujeres, y aquellas sacrificaban y hacían fiestas porque les diesen buenos maridos. Mucho me he detenido en contar de este gran cú del Tatelulco y sus patios, pues digo era el mayor templo de todo México, porque había tantos y muy suntuosos, que entre cuatro o cinco parroquias o barrios tenían un adoratorio y sus ídolos; y porque eran muchos y yo no sé la cuenta de todos, pasaré adelante y diré que, en Cholula, el gran adoratorio que en él tenían era de mayor altor que no en el de México, porque tenía ciento veinte gradas y, según decían, el ídolo de Cholula tenianle por bueno e iban a él en romería de todas partes de la Nueva España a ganar perdones, y a esta causa le hicieron tan suntuoso tú: mas era de otra hechura que el mexicano, y asimismo los patios muy grandes y con dos cercas. También digo que el cu de la ciudad de Tezcuco era muy alto de ciento y diez y siete gradas, y los patios anchos y buenos y hechos de otra manera que los demás, y una cosa de reír es que tenían en cada provincia sus ídolos, y los de la una provincia o ciudad no aprovechaba a los otros, y así tenían infinitos ídolos, y a todos sacrificaban. Y después que nuestro capitán y todos nosotros nos cansamos de andar y ver tantas diversidades de ídolos y sus sacrificios, nos volvimos a nuestros aposentos, y siempre muy acompañados de principales y caciques que Montezuma enviaba con nosotros. Y quedarse ha aqui y diré lo que más hicimos.

COMO HICIMOS NUESTRA IGLESIA Y ALTAR EN NUESTRO APOSENTO, Y UNA CRUZ FUERA DEL APOSENTO. Y LO QUE MAS PASAMOS. Y HALLAMOS LA SALA Y RECAMARA DEL TESORO DEL PADRE DE MONTEZUMA. Y DE COMO TOMAMOS ACUERDO DE PRENDER AL GRAN MONTEZUMA

COMO NUESTRO CAPITAN Cortés y el fraile de la Merced vieron que Montezuma no tenía voluntad que en el cu de su Uichilobos pusiésemos la cruz ni hiciésemos iglesia, y porque desde que entramos en aquella ciudad de México, cuando se decía misa hacíamos un altar sobre mesas y le tornábamos a quitar, acordóse que demandásemos a los mayordomos del gran Montezuma albañiles para que en nuestro aposento hiciésemos una iglesia, y los mayordomos dijeron que se lo harían saber a Montezuma. Y nuestro capitán envió a decírselo a doña Marina y Juan de Aguilar y con Orteguilla su paje, que entendía ya algo la lengua, y luego dió licencia y mandó dar todo recaudo. Y en dos días teníamos nuestra iglesia hecha y la santa cruz puesta delante de los aposentos, y allí se decía misa cada día hasta que se acabó el vino, que como Cortés y otros capitanes y el fraile estuvieron malos cuando las guerras de Tlaxcala, dieron prisa al vino que teníamos para misas, y después se acabó cada día estábamos en la iglesia rezando de rodillas delante del altar e imágenes; lo uno, por lo que éramos obligados a cristianos y buena costumbre, y lo otro, porque Montezuma y todos sus capitanes lo viesen y se inclinasen a ello, y porque viese el adorar y vernos de rodillas delante de la cruz, especial cuando tañíamos el Avemaría.

Pues estando que estábamos en aquellos aposentos, como somos de tal calidad y todo lo trascendemos y queremos saber, cuando mirábamos adónde mejor y más convenible parte habíamos de hacer el altar, dos de nuestros soldados. que uno de ellos era carpintero de lo blanco, que se decía Alonso Yáñez, vió en una pared una como señal que había sido puerta, y estaba cerrada y muy bien encalada y bruñida, y como había fama y teníamos relación que en aquel aposento tenía Montezuma el tesoro de su padre Axayaca, sospechase que estaría en aquella sala que estaba de pocos días cerrada y encalada, y Yáñez lo dijo a Juan Velázquez de León y a Francisco de Lugo, que eran capitanes y aun deudos míos y Alonso Yáñez se allegaba en su compañía como criado; y aquellos capitanes se lo dijeron a Cortés, y secretamente se abrió la puerta. Y desde que fué abierta y Cortés con ciertos capitanes entraron primero dentro y vieron tanto número de joyas de oro y en planchas, y tejuelos muchos, y piedras de chalchihuis y otras muy grandes riquezas, quedaron elevados y no supieron qué decir de tanta riqueza. Y luego lo supimos entre todos los demás capitanes y soldados y lo entramos a ver muy secretamente; y desde que yo lo vi, digo que me admiré, y como en aquel tiempo era mancebo y no había visto en mi vida riquezas como aquellas, tuve por cierto que en el mundo no se debieran haber otras tantas. Y acordase por todos nuestros capitanes y soldados que ni por pensamiento se tocase en cosa ninguna de ellas, sino que la misma puerta se tornase luego a poner sus piedras y se cerrase, y encalase de la manera que la hallamos, y que no se hablase en ello porque no lo alcanzase a saber Montezuma, hasta ver otro tiempo.

Dejemos esto de esta riqueza y digamos que como teníamos tan esforzados capitanes y soldados y de muchos buenos consejos y pareceres, y primeramente Nuestro Señor Jesucristo ponía su divina mano en todas nuestras cosas, y así lo teníamos por cierto, apartaron a Cortés en la iglesia cuatro de nuestros capitanes, y juntamente doce soldados de quien él se fiaba y comunicaba, y yo era uno de ellos, y le dijimos que mirase la red y garlito donde estábamos y la gran fortaleza de aquella ciudad, y mirase las puentes y calzadas y las palabras y avisos que por todos los pueblos donde hemos venido nos han dado que había aconsejado el Uichilobos a Montezuma que nos dejase entrar en su ciudad y que allí nos matarían, y que mirase que los corazones de los hombres que son muy mudables, en especial en los indios, y que no tuviese confianza de la buena voluntad, y amor que Montezuma nos muestra, porque de una hora a otra hora la mudaría, cuando se le antojase darnos guerra, que con quitarnos la comida o el agua o alzar cualquiera puente, que no nos podríamos valer, y que mire la gran multitud de indios que tiene de guerra en su guarda, y que qué podríamos nosotros hacer para ofenderlos o para defendernos, porque todas las casas tienen en el agua. Pues socorros de nuestros amigos los de Tlaxcala, ¿por dónde han de entrar?

Y pues es cosa de ponderar todo esto que le decíamos, que luego sin más dilación prendiésemos a Montezuma, si queríamos asegurar nuestras vidas, y que no se aguardase para otro dia, y que mirase que con todo el oro que nos daba Montezuma, ni el que habíamos visto en el tesoro de su padre Axayaca, ni con cuanta comida comiamos, que todo se nos hacía rejalgar en el cuerpo, y que de noche ni de dia no dormíamos ni reposábamos con este pensamiento, y que si otra cosa algunos de nuestros soldados menos que esto que le decían sintiesen, que sedan como bestias que no tenían sentido, que se están al dulzor del oro, no viendo la muerte al ojo. Y después que esto oyó Cortés, dijo: "No creáis, caballeros, que duermo ni estoy sin el mismo cuidado, que bien me lo habréis sentido, mas ¿qué poder tenemos nosotros para hacer tan grande atrevimiento, prender a tan gran señor en sus mismos palacios, teniendo sus gentes de guarda y de guerra? ¿Qué manera o arte se puede tener en quererlo poner por efecto que no apellide sus guerreros y luego nos combatan?".

Y replicaron nuestros capitanes, que fue Juan Velázquez de León, y Diego de Ordaz, y Gonzalo de Sandoval, y Pedro de Alvarado, que con buenas palabras sacarle de su sala y traerlo a nuestros aposentos, y decirle que ha de estar preso, que si se altera o diere voces que lo pagará su persona, y que si Cortés no lo quiere hacer luego, que les dé licencia, que ellos lo pondrán por la obra, y que de dos grandes peligros en que estamos, que el mejor y más a propósito es prenderle y no aguardar que nos diese guerra, que si la comenzaba, ¿qué remedio podríamos tener? También le dijeron ciertos, soldados que nos parecía que los mayordomos de Montezuma que servían en darnos bastimentos se desvergonzaban y no los traían cumplidamente como los primeros días y también dos indios tlaxcaltecas, nuestros amigos, dijeron secretamente a Jerónimo de Aguilar, nuestra lengua, que no les parecía bien la voluntad de los mexicanos de dos días atrás; por manera que estuvimos platicando en este acuerdo bien una hora si le prenderíamos o no y qué manera teníamos; y a nuestro capitán bien se le encajó este postrer consejo; y dejábamoslo para otro día que en todo caso le habíamos de prender, y aun toda la noche tuvimos rogando a Dios que lo encaminase para su santo servicio.

Después de estas pláticas, otro dia por la mañana vinieron dos indios de Tlaxcala y muy secretamente con unas cartas de la Villa Rica; y lo que se contenía en ellas decía que Juan de Escalante, que quedó por alguacil mayor, era muerto y seis soldados juntamente con é1, en una batalla que le dieron los mexicanos, y tambien le mataron el caballo y a muchos indios totonaques que llevó en su compañia, y que todos los pueblos de la sierra y Cempoal y su sujeto están alterados y no les quieren dar comida ni servir en la fortaleza, y que no saben qué se hacer, y que como de antes los tenían por tenles, que ahora que han visto aquel desbarate les hacen rieron, asi los totonaques como los mexicanos, y que no les tienen en nada ni saben qué remedio tomar. Y desde que oímos aquellas nuevas, sabe Dios cuánto pesar tuvimos todos. Este fue el primer desbarate que tuvimos en la Nueva España. Miren los curiosos lectores la adversa fortuna cómo vuelve rodando. ¡Quién nos vió entrar en aquella ciudad con tan solemne recibimiento y triunfante, y nos teníamos en posesión de ricos con lo que Montezuma nos daba cada día, así al capitán como a nosotros, y haber visto la casa por mí memorada llena de oro, y que nos tenían por tenles, que son ídolos, y que todas las batallas vencíamos, y ahora habernos venido tan gran desmán que no nos tuviesen en aquella reputación que de antes, sino por hombres que podíamos ser vencidos, y haber sentido cómo se desvergonzaban contra nosotros! En fin, de más razones fué acordado que aquel mismo día, de una manera o de otra, se prendiese a Montezuma, o morir todos sobre ello. Y porque para que vean los lectores de la manera que fué esta batalla de Juan de Escalante, y cómo le mataron a él y a los seis soldados y el caballo y los amigos totonaques que llevaba consigo, lo quiero aquí declarar antes de la prisión de Montezuma, por no quedarle atrás, porque es menester darlo bien a entender.

COMO FUE LA BATALLA QUE DIERON LOS CAPITANES MEXICANOS A JUAN DE ESCALANTE, Y COMO LE MATARON A EL Y AL CABALLO Y A SEIS SOLDADOS Y A MUCHOS AMIGOS INDIOS TOTONAQUES QUE TAMBIEN MURIERON

ES DE ESTA MANERA: que cuando estábamos en un pueblo que se dice Quiahuiztlán, que se juntaron muchos pueblos, sus confederados, que eran amigos de los de Cempoal, y por consejo y convocación de nuestro capitán, que les atrajo a ello, quitó que no diesen tributo a Montezuma, y se le rebelaron, y fueron más de treinta pueblos en ello; y esto fue cuando le prendimos sus recaudadores, según otras veces dicho tengo en el capitulo que de ello habla. Y cuando partimos de Cempoal para venir a México, quedó en la Villa Rica por capitán y alguacil mayor de la Nueva España un Juan de Escalante, que era persona de mucho ser y amigo de Cortés, y le mandó que en todo lo que aquellos pueblos nuestros amigos hubiesen menester les favoreciese. Y parece ser que como el gran Montezuma tenía muchas guarniciones y capitanías de gente de guerra en todas las provincias, que siempre estaban junto a la raya de ellos, porque una tenía en lo de Soconusco por guarda de lo de Guatemala y Chiapa, y otra tenía en lo de Guazacualco, y otra capitanía en lo de Mechuacán, y otra a la raya de Pánuco, entre Tuzapán y un pueblo que le pusimos por nombre Almería, que es en la costa del Norte. Y como aquella guarnición que tenía cerca de Tuzapán pareció ser demandaron tributos de indios e indias y bastimento para sus gentes a ciertos pueblos que estaban allí cerca o confinaban con ellos, que eran amigos de Cempoal y servían a Juan de Escalante y a los vecinos que quedaron en la Villa Rica y entendían en hacer la fortaleza, y como Ies demandaban los mexicanos el tributo y servicio, dijeron que no se lo quedan dar porque Malinche Ies mandó que no lo diesen y que el gran Montezuma lo ha tenido por bien. Y los capitanes mexicanos respondieron que si no lo daban que les vendrían a destruir sus pueblos y llevarlos cautivos, y que su señor Montezuma se lo había mandado de poco tiempo acá.

Y desde que aquellas amenazas vieron nuestros amigos Ios totonaques, vieron al capitán de Escalante y quéjanse reaamente que los mexicanos les vienen a robar y destruir sus tierras. Y desde que Escalente lo entendio envió mensajeros a los mismos mexicanos que no hiciesen enojo ni robasen aquellos pueblos, pues su señor Montezuma lo había por bien, que somos todos grandes amigos, si no, que irá contra ellos y les dará guerra. Los mexicanos no hicieron caso de aquella respuesta ni fieros, y respondieron que en el campo de batalla los hallaría. Y Juan de Escalante, que era hombre muy bastante y de sangre en el ojo, apercibió todos los pueblos nuestros amigos de la sierra que viniesen con sus armas, que eran arcos, flechas, lanzas, rodelas, y asimismo apercibió los soldados más sueltos y sanos que tenia, porque ya he dicho otra vez que todos los más vecinos que quedaban en la Villa Rica estaban dolientes, y hombres de la mar, y con dos tiros y un poco de pólvora y tres ballestas y dos escopetas y cuarenta soldados y sobre dos mil indios totonaques, fue adonde estaban las guarniciones de los mexicanos, que andaban ya robando un pueblo de nuestros amigos, y en el campo se encontraron al cuarto del alba.

Y como los mexicanos eran doblados que nuestros amigos los totonaques, y como siempre estaban atemorizados de ellos en las guerras pasadas, a la primera refriega de flechas y varas y piedras y gritas huyeron, y dejaron a Juan de Escalante peleando con los mexicanos, y de tal manera, que llegó con sus pobres soldados hasta un pueblo que llaman Almería, y le puso fuego y le quemó las casas. Allí reposó un poco, porque estaba mal herido, y en aquellas refriegas y guerra le llevaron un soldado vivo, que se decía Argüello, que era natural de León y tenía la cabeza muy grande y la barba prieta y crespa, y era muy robusto de gesto y mancebo de muchas fuerzas, y le hirieron muy malamente a Escalante y a otros seis soldados, y le mataron el caballo; y se volvió a la Villa Rica y de allí a tres días murió él y los soldados.

Y de esta manera pasó lo que decimos de Almería, y no como lo cuenta el coronista Gómara, que dice en su historia que iba Pedro de Ircio a poblar a Pánuco con ciertos soldados. No sé en qué entendimiento de un tan retórico coronista cabía que había de escribir tal cosa que, aunque con todos los soldados que estábamos con Cortés en México no llegamos a cuatrocientos, y los más he. ridos de las batallas de Tlaxcala y Tabasco, que aun para bien velar no teníamos recaudo, cuando más enviar a poblar a Pánuco.

Y dice que iba por capitán Pedro de Ircio, y aun en aquel tiempo no era capitán ni aun cuadrillero, ni le daban cargo, ni se hacía cuenta de él, y se quedó con nosotros en México. También dice el mismo cronista otras muchas cosas sobre la prisión de Montezuma. Yo no le entiendo su escribir, y había de mirar que cuando lo escribía en su historia que había de haber vivos conquistadores de los de aquel tiempo que le dirían cuando lo leyesen: "Esto no pasa así. En esto otro, dice lo que quiere"

Y dejarlo he aquí, y volvamos a nuestra materia, y diré cómo los capitanes mexicanos, después de darle la batalla que dicho tengo a Juan de Escalante, se lo hicieron saber a Montezuma, y aun le llevaron presentada la cabeza de Arguello, que pareció ser murió en el camino de las heridas, que vivo le llevaban. Y supimos que Montezuma, cuando se la mostraron, como era robusta y grande y tenía grandes barbas y crespas, hubo pavor y temió de la ver, y mandó que no la ofreciesen a ningún cu de México, sino en otros ídolos de otros pueblos. Y preguntó Montezuma a sus capitanes que siendo ellos muchos millares de guerreros, que cómo no vencieron a tan pocos teules. Y respondieron que no aprovechaban nada sus varas y flechas ni buen pelear, que no los pudieron hacer retraer, porque una gran tequecihuata de Castilla venía delante de ellos, y que aquella señora ponía a los mexicanos temor y decía palabras a sus teules que les esforzaban. Y el Montezuma entonces creyó que aquella gran señora era Santa María y la que le habíamos dicho que era nuestra abogada, que de antes dimos a Montezuma con su precioso hijo en los brazos. Y porque esto yo no lo vi, porque estaba en México, sino lo que dijeron ciertos conquistadores que se hallaron en ello, y plugiese a Dios que así fuese, y ciertamente todos los soldados que pasamos con Cortés tenemos muy creído, y así es verdad, y que la misericordia divina y Nuestra Señora la Virgen María siempre era con nosotros, por lo cual le doy muchas gracias. Y dejarlo he aquí, y diré lo que pa samos en la prisión del gran Montezuma.

DE LA PRISION DEL GRAN MONTEZUMA Y DE OTRAS COSAS MAS QUE SOBRE DICHA PRISION NOS ACONTECIERON

COMO TENIAMOS ACORDADO el día antes de prender a Montezuma, toda la noche estuvimos en oración rogando a Dios que fuese de tal manera que redundase para su santo servicio, y otro dia de mañana fue acordado de la manera que había de ser. Llevó consigo Cortés cinco capitanes, que fueron Pedro de Alvarado, y Gonzalo de Sandoval, Juan Velázquez de León, y Francisco de Lugo y Alonso de Avila, y a mí, y con nuestras lenguas doña Marina y Aguilar; y todos nosotros mandó que estuviésemos muy a punto y los de a caballo ensillados y enfrenados. En lo de las armas no había necesidad de ponerlo yo aquí por memoria, porque siempre, de día y de noche, estamos armados y calvados nuestros alpargates, que en aquella sazón era nuestro calzado, y cuando solíamos ir a hablar a Montezuma, siempre nos veía armados de aquella manera, y esto digo puesto que Cortés con los cinco capitanes iban con todas sus armas para prenderle, no lo tenía Montezuma por cosa nueva ni se alteraba de ello. Ya puestos a punto todos, envióle nuestro capitán a hacerle saber cómo iba a su palacio, porque así lo tenía por costumbre, y no se alterase viéndolo ir de sobresalto. Y Montezuma bien entendió, poco más o menos, que iba enojado por lo. de Almería, y no lo tenía en una castañeta, y mandó que fuese mucho en buena hora. Y como entró Cortés, después de haberle hecho sus acatos acostumbrados, le dijo con nuestras lenguas: "Señor Montezuma, muy maravillado de vos estoy que, siendo tan valeroso príncipe y haberse dado por nuestro amigo, mandar a vuestros capitanes que teníais en la costa cerca de Tuzapán que tomasen armas contra mis españoles, y tener atrevimiento de robar los pueblos que están en guarda y mamparo de nuestro rey y señor, y demandarles indios e indias para sacrificar, y matar un español, hermano mío, y un caballo". No le quiso decir del capitán ni de los seis soldados, que murieron luego que llegaron a la Villa Rica, porque Montezuma no lo alcanzó a saber, ni tampoco lo supieron los indios capitanes que les dieron la guerra; y más le dijo Cortés: "que teniéndole por tan su amigo, mandé a mis capitanes que en todo lo que posible fuese os sirviesen y favoreciesen, y vuestra merced por el contrario no lo ha hecho, y asimismo en lo de Cholula tuvieron vuestros capitanes con gran copia de guerreros ordenado por vuestro mandado que nos matasen. Helo disimulado lo de entonces por lo mucho que os quiero, y asi mismo ahora vuestros vasallos y capitanes se han desvergonzado y tienen pláticas secretas que nos queréis mandar matar; por estas causas no querria encomenzar guerra ni destruir esta ciudad. Conviene que para todo se excusar que luego, callando y sin hacer ningún alboroto, se vaya con nosotros a nuestro aposento, que alli seréis servido y mirado muy bien como en vuestra propia casa. Y que si alboroto o voces daba, que luego seria muerto de estos mis capitanes, que no los traigo para otro efecto".

Y cuando esto oyó Montezuma, estuvo muy espantado y sin sentido, y respondió que nunca tal mandó que tomasen armas contra nosotros, y que enviaría luego a llamar sus capitanes y se sabría la verdad y los castigaría. Y luego en aquel instante quitó de su brazo y muñeca el sello y señal de Uichilohos. que aquello era cuando mandaba alguna cosa grave y de peso, para que se cumpliese, y luego se cumplía. Y en lo de ir preso y salir de sus palacios contra su voluntad, que no era persona la suya para que tal le mandase, y que no era su voluntad salir. Y Cortés le replicó muy buenas razones, y Montezuma le respondió muy mejores, y que no había de salir de sus casas; por manera que estuvieron más de media hora en estas pláticas. Y desde que Juan Velázquez de León y los demás capitanes vieron que se detenía con él y no veían la hora de haberlo sacado de sus casas y tenerlo preso, hablaron a Cortés algo alterados y dijeron: "¿Qué hace vuestra merced ya con tantas palabras?, o lo llevamos preso, o darle hemos de estocadas. Por eso, tórnele a decir que si da voces o hace alboroto que le mataremos porque más vale que de esta vez aseguremos nuestras vidas o las perdamos" vió a decir, estaba temeroso. Y sin más gastar razones, Cortés sentenció a aquellos capitanes a muerte y que fuesen quemados de, lante los palacios de Montezuma, y asi se ejecutó la sentencia. Y por que no hubiese algún embarazo entre tanto que se quemaban, mandó echar unos grillos al mismo Montezuma. Y desde que se los echaron, él hacía bramuras, y si de antes estaba temeroso, entonces estuvo mucho más.

Y después de quemados fué nuestro Cortés con cinco de nuestros capitantes a su aposento, y él mismo le quitó los grillos y tales palabras le dijo y tan amorosas, que se le pasó luego el enojo: porque nuestro Cortés le dijo que no solamente le tenía por hermano. sino mucho más: y que como es señor y rey de tantos pueblos y provincias, que si él podia, el tiempo andando, le haría que fuese señor de más tierras de las que no ha podido conquistar ni le obedecían, y que si quiere ir a sus palacios, que le da licencia para ello. Y decíaselo Cortés con nuestras lenguas, y cuando se lo estaba diciendo Cortés, parecía que se le saltaban las lágrimas de los ojos a Montezuma. Y respondió con gran cortesía que se lo tenía en merced. Empero bien entendió que todo era palabras, las de Cortés, y que ahora al presente que convenía estar allí preso. porque, por ventura, como sus principales son muchos y sus sobrinos y parientes le vienen cada día a decir que será bien darnos guerra y sacarlo de prisión, que desde que le vean fuera que le atraerán a ello, y que no quería ver en su ciudad revueltas, y que si no hace su voluntad, por ventura querrán alzar a otro señor, y que él les quitaba aquellos pensamientos con decirles que su dios Uichilobos se lo ha enviado a decir que esté preso. Y a lo que entendimos. y lo más cierto, Cortés había dicho a Aguilar que le dijese secreto que aunque Malinche le mandase salir de la prisión. que los demás de nuestros capitanes y soldados no querríamos. Y después que aquello lo ovó Cortés, le echó los brazos encima y le abrazó y dijo: "No en balde, señor Montezuma, os quiero tanto como a mí mismo

Y luego Montezuma le demandó a Cortés un paje español que le servia, que sabía ya la lengua, que se decía Orteguilla, y fué harto provechoso, así para Montezuma como para nostros, porque de aquel paje inquiría y sabía muchas cosas de las de Castilla, Montezuma, y nosotros de lo que le decían sus capitanes, y verdaderamente le era tan buen servicial el paje, que lo quería mucho Montezuma. Dejemos de hablar de cómo estaba ya Montezuma algo contento con los grandes halagos y servicios y conversación que con todos nosotros tenía, porque siempre que ante él pasábamos, y aunque fuese Cortés, le quitábamos los bonetes de armas o cascos que siempre estábamos armados, y él nos hacia gran mesura y honraba a todos.

Y digamos los nombres de aquellos capitanes de Montezuma que se quemaron por justicia. El principal se decía Quetzalpopoca, y los otros se decían el uno Coate y el otro Quiavit; el otro no me acuerdo el nombre, que poco va en saber sus nombres. Y digamos que como este castigo se supo en todas las provincias de la Nueva España, temieron, y los pueblos de la costa adonde mataron nuestros soldados volvieron a servir muy bien a Ios vecinos que quedaban en la Villa Rica. Y han de considerar los curiosos que esto leyeren tan grandes hechos que entonces hicimos: dar con los navíos al través; lo otro osar entrar en tan fuerte ciudad, teniendo tantos avisos que alli nos habían de matar después que dentro nos tuviesen; lo otro, tener tanta osadía, osar prender al gran Montezuma, que era rey de aquella tierra, dentro de su gran ciudad, y en sus mismos palacios, teniendo tan gran número de guerreros de su guarda, y lo otro, osar quemar sus capitanes delante sus palacios y echarle grillos entre tanto que se hacia la justicia.

Muchas veces, ahora que soy viejo, me paro a considerar las cosas heroicas que en aquel tiempo pasamos, que me parece las veo presentes, y digo que nuestros hechos que no Ios haciamos nosotros, sino que venían todos encaminados por Dios; porque ¿qué hombres ha habido en el mundo que osasen entrar cuatrocientos soldados (y aun no llegábamos a ellos), en una fuerte ciudad como es México, que es mayor que Venecia, estando apartados de nuestra Castilla sobre más de mil quinientas leguas, y prender a un tan gran señor y hacer justicia de sus capitanes delante de él? Porque hay mucho que ponderar en ello, y no asi secamente como yo lo digo. Pasaré adelante y diré cómo Cortés despachó luego otro capitán que estuviese en la Villa Rica como estaba Juan Escalante que mataron.

"Cortés envió a la Villa Rica por teniente y capitán a un hidalgo que se decía Alonso de Grado, e hizo alguacil mayor a Gonzalo de Sandoval. Y como Alonso de Grado llegó a la villa, mostró mucha gravedad con los vecinos y quería hacerse servir de ellos como gran señor y con los pueblos que estaba de paz, que fueron más de treinta, enviaba a demandarles joyas de oro e indias hermosas, y en la fortaleza no se le daba nada para entender en ella. En lo que gastaba el tiempo era en bien comer y jugar, y sobre todo esto que fué peor que lo pasado, secretamente convocaba a sus amigos y a los que no lo eran para que si viniese aquella tierra Diego Velázquez, de Cuba, o cualquier de su capitán, de darle la tierra y hacerse con él. Todo lo cual muy en posta se lo hicieron saber por cartas a Cortés a México, y como lo supo hubo enojo consigo mismo por haber enviado a Grado, conociéndole sus malas entrañas y condición dañada. Y como tenía siempre en el pensamiento que Diego Velázquez, gobernador de Cuba, por una parte o por otra había de alcanzar a saber cómo habíamos enviado nuestros procuradores a Su Majestad, y que no le acudiríamos a cosa ninguna, y que por ventura enviaría armada y capitanes contra nosotros, parecióle que sería bien poner hombre de quien fiar el puerto y la villa y envió a Gonzalo de Sandoval. que ya era alguacil mayor por muerte de Juan de Escalante, y llevó en su compañía a Pedro de Ircio, aquel de quien cuenta el coronista Gómara que iba a poblar el Pánuco.

Gonzalo de Sandoval llegó a la Villa Rica y luego envió preso a México con indios que le guardasen a Alonso de Grado, porque asi se lo mandó Cortés.

No quiero dejar de traer aquí a la memoria cómo Cortés le man dó a Gonzalo de Sandoval que así como llegase a la Villa Rica. le enviase dos herreros con todos sus aparejos de fuelles y herramientas y mucho hierro de los de los navios que dimos al través, y las dos cadenas grandes de hierro que estaban ya hechas, y que enviase velas y jarcias, y pez y estopa, y una aguja de marear, y todo otro cualquier aparejo para hacer dos bergantines para andar en la laguna de México, lo cual se lo envió Sandoval muy cumplidamente.

COMO CORTES MANDO HACER DOS BERGANTINES DE MUCHO SOSTEN Y VELEROS PARA ANDAR EN LA LAGUNA, Y COMO EL GRAN MONTEZUMA DIJO A CORTES QUE LE DIESE LICENCIA PARA IR A HACER SU ORACION A SUS TEMPLOS. Y LO QUE CORTES LE DIJO, Y COMO LE DIO LA LICENCIA, Y OTRAS COSAS MAS QUE ADELANTE DIRE

PUES COMO HUBO LLEGADO todo el aparejo para hacer los bergantines, luego Cortés se lo fué a hacer saber al gran Montezuma, que quería hacer dos navíos chicos para andarse holgando en la laguna; que mandase a sus carpinteros que fue sen a cortar la madera, y que irían con nuestros maestros de hacer navíos, que se decían Martín López y un Andrés Núñez. Y como la madera de roble estaba obra de cuatro leguas de allí, de presto fue traída y dado el gálibo de ella. Y como había muchos carpinteros de los indios, fueron de presto hechos y calafateados y breados y puesto sus jarcias y velas a su tamaño y medida y una tolda a cada uno, y salieron tan buenos y veleros como si estuvieran un mes en tomar los gálibos, porque Martín López era muy extremado maestro, y éste fué el que hizo los trece bergantines para ayudar a ganar México, como adelante diré, y fué un buen soldado para la guerra:

Dejemos aparte esto, y diré cómo Montezuma dijo a Cortés que quería salir e ir a sus templos a hacer sacrificios y cumplir sus devociones, para lo que a sus dioses era obligado, como para que conozcan sus capitanes y principales, especial ciertos sobrinos suyos que cada día le vienen a decir le quieren soltar y darnos guerra, y que é1 les da por respuesta que él se huelga de estar con nosotros, porque crean que es como se lo ha dicho, y que así se lo ha mandado su dios Uichilobos, como ya otra vez se los ha hecho creer. Y cuanto a la licencia que le demandaba, Cortés le dijo que mirase que no hiciese cosa con que perdiese la vida, y que

para ver si había algún descomedimiento o mandaba a sus capitanes o papas que le soltasen o nos diesen guerra, que para.aquel efecto enviaba capitanes y soldados para que luego le matasen a estocadas en sintiendo alguna novedad de su persona, y que vaya mucho en buena hora, y que no sacrificase ningunas personas, que era gran pecado contra nuestro Dios verdadero, que es el que le hemos predicado, y que allí estaban nuestros altares y la imagen de Nuestra Señora ante quien podría hacer oración. Y Montezuma dijo que no sacrificaría ánima ninguna; y fué en sus ricas andas muy acompañado de grandes caciques, con gran pompa, como solía. y llevaba delante sus insignias, que era como vara o bastón. que era la señal que iba allí su persona real, como hacen a los visorreyes de esta Nueva España. Y con él iban para guardarle cuatro de nuestros capitanes, que se decían Juan Velázquez de León, y Pedro de Alvarado, y Alonso de Avila, y Francisco de Luqo, con ciento cincuenta soldados, y también iba con nosotros el Padre de la Merced para retraerle el sacrificio, si le hiciese de hombres.

Y yendo como íbamos al cu del Uichilobos, ya que llegábamos cerca del maldito templo, mandó que le sacasen de las andas y fué arrimado a hombros de sus sobrinos y de otros caciques hasta que llegó al templo. Ya he dicho otras veces que por las calles por donde iba su persona todos los principales habían de llevar los ojos puestos en el suelo, y no le miraban a la cara. Y llegado a las gradas de lo alto del adoratorio, estaban muchos papas aguardándole para ayudarle a subir de los brazos y ya le tenían sacrificado de la noche antes cuatro indios, y por más que nuestro capitán le decía y se lo retraía el fraile de la Merced, no aprovechaba cosa ninguna, sino que había de matar hombres y muchachos para hacer su sacrificio, y no podíamos en aquella sazón hacer otra cosa sino disimular con él, porque estaba muy revuelto México y otras grandes ciudades con los sobrinos de Montezuma, como adelante dire. Y después que hubo hecho sus sacrificios. porque no tardó mucho en hacerlos. nos volvimos con el a nuestros aposentos. y estaba muy alegre. y a los soldados que con él fuimos luego nos hizo merced de joyas de oro. Dejémoslo aquí y diré lo que más pasó.

COMO LOS SOBRINOS DEL GRAN MONTEZUMA ANDABAN CONVOCANDO Y ATRAYENDO A SI LAS VOLUNTADES DE OTROS SENORES PARA VENIR A MEXICO Y SACAR DE LA PRISION AL GRAN MONTEZUMA Y ECHARNOS DE LA GRAN CIUDAD DE MEXICO Y MATARNOS A TODOS NOSOTROS

DESDE QUE CACAMATZIN, señor de la ciudad de Tezcuco, que es después de México la mayor y más principal ciudad que hay en la Nueva España, entendió que hacía muchos días que estaba preso su tío Montezuma, y que en todo lo que nosotros podíamos nos íbamos señoreando, y aun alcanzó a saber que habíamos abierto la casa adonde estaba el gran tesoro de su abuelo Axayaca, y que no habíamos tomado cosa ninguna de ello, y antes que lo tomásemos, acordó de convocar a todos los señores de Tezcuco, sus vasallos, y al señor de Coyoacán, que era su primo, y sobrino de Montezuma, y al señor de Tacuba, y al señor de Iztapalapa, y a otro cacique muy grande, señor de Matalcingo, que eran parientes muy cercanos de Montezuma; y aun decían que le venia de derecho el reino y señorío de México, y este cacique era muy valiente por su persona entre los indios. Pues andando concertando con ellos y con otros señores mexicanos que para en tal día viniesen con todos sus poderes y nos diesen guerra, parece ser que al cacique que he dicho que era valiente por su persona, que no le sé el nombre, dijo que si le daban a él el señorío de México, pues le venía de derecho, que él con toda su parentela y de una provincia que se dice Matalcingo serían los primeros que vendrían con sus armas a echarnos de México. y no quedaría ninguno de nosotros a vida. Y Cacamatzin, según pareció, respondió que a él le venia el cacicazgo, y él había de ser rey. pues era sobrino de Montezuma, que si no quería venir, que sin él y su gente haría guerra; por manera que ya tenía Cacamatzin apercibidos los pueblos y señores por mí nombrados, y tenía ya concertado que para tal dia viniese sobre México y con los señores que dentro estaban de su parte les darian lugar a la entrada.

Y andando en estos tratos, lo supo muy bien Montezuma por la parte de su gran deudo, que no quiso conceder en lo que Cacamatzin quería, y para mejor lo saber envió Montezuma a llamar todos sus caciques y principales de aquella ciudad, y le dijeron cómo Cacamatzin los andaba convocando a todos con palabras o dádivas para que le ayudasen a darnos guerra y soltar al tío. Y como el Montezuma era cuerdo y no quería ver su ciudad puesta en armas ni alborotos, se lo dijo a Cortés según y de la manera que pasaba; el cual alboroto muy bien sabia nuestro capitán y todos nosotros, mas no tan por entero como se lo dijo. Y el consejo que sobre ello se tomó era que nos diese de su gente mexicana, e iríamos sobre Tezcuco, y que le prenderíamos o destruiriamo aquella ciudad y sus comarcas; y a Montezuma no le cuadró este consejo. Por manera que Cortés le envió a decir a Cacamatzin que se quitase de andar revolviendo guerra, que será causa de su perdición, y que le quiere tener por amigo, y que en todo lo que hubiere menester de su persona lo hará por éI, y otros muchos cumplimientos. Y como Cacamatzin era mancebo y halló otros muchos de su parecer que le acudirían en la guerra. envió a decir a Cortés que ya había entendido sus palabras de halagos. que no las quería más oír sino cuando le viese venir, que entonces le hablaría lo que quisiese. Tornó otra vez Cortés a enviarle a decir que mirase que no hiciese deservido a nuestro rey y señor, que lo pagaría en su persona y le quitaría la vida por ello. Y respondió que ni conocía a rey ni quisiera haber conocido a Cortés, que con palabras blandas y mentiras prendió a su tío.

Después que envió aquella respuesta, nuestro capitán rogó Montezuma, pues era tan gran señor y dentro en Tezcuco tenía grandes caciques y parientes por capitanes. y no estaba bien con Cacamatzin, por ser muy soberbio y malquisto. y pues allí en México con Montezuma estaba un hermano del mismo Cacamatzin, mancebo de buena disposición, que estaba huido del propio hermano porque no le matase, que después de Cacamatzin heredaba el reino de Tezcuco. que tuviese manera y concierto con todos los de Tezcuco, que prendiesen a Cacamatzin, o que secretamente le enviase a llamar, y que si viniese que le echasen mano y le tuviesen en su poder hasta que estuviese más sosegado, y que pues que aquel su sobrino estaba en su casa y le sirve, que le alce luego por señor y le quite el señorío a Cacamatzin, que está en su deservicio y anda revolviendo todas las ciudades y caciques de la tierra por señorear su ciudad y reino. Y Montezuma dijo que le enviaría luego a llamar; mas que sentía de él que no querria venir, y que si no viniese que se tendría concierto con sus capitanes y parientes que le prendan. Y Cortés le dió muchas gracias por ello, y aun le dijo: 'Señor Montezuma: bien podéis creer que si os queréis ir a vuestros palacios, que en vuestra mano está, que desde que tengo entendido que me tenéis buena voluntad yo os quiero tanto, que no fuera yo de tal condición que luego no os fuera acompañando para que os fuerais con toda vuestra caballería a vuestros palacios, y si lo he dejado de hacer es por estos capitanes que os fueron a prender, porque no quieren que os suelte; y porque vuestra merced dice que quiere estar preso por excusar las revueltas que vuestros sobrinos traen, por haber en su poder esta vuestra ciudad y quitaros el mando.

Y Montezuma dijo que se lo tenía en merced, y como iba entendiendo las palabras halagüeñas de Cortés y veía que lo decía no para soltarle, sino para probar su voluntad, y también OrteguiHa, su paje, se lo había dicho a Montezuma, que nuestros capitanes eran los que le aconsejaron que le prendiese, y que no creyese a Cortés, y que sin ellos no le soltaría, dijo Montezuma que muy bien estaba preso, y que hasta ver en qué paraban los tratos de sus sobrinos, y que luego enviaría mensajeros a Cacamatzin rogándole que viniese ante él. que le quería hablar en amistades entre el y nosotros. Y le envió a decir que de su prisión que no tenga él cuidado, que si se quisiese soltar que muchos tiempos ha tenido para ello, y que Malinche le ha dicho dos veces que se vaya a sus palacios, y que cl no quiere, por cumplir el mando de sus dioses que le han dicho que esté preso, y que si no lo está que luego será muerto; y que esto que lo sabe muchos días ha de los papas que están en servicio de los ídolos. y que a esta causa será bien que tenga amistad con Malinche y sus hermanos. Y estas mismas palabras envió Montezuma a decir a los capitanes de Tezcuco. cómo enviaba a llamar a su sobrino para hacer las amistades. y que mirasen no les trastornase su seso aquel mancebo para tomar armas contra nosotros.

Y dejemos esta plática, que muy bien la entendió Cacamatzin, y sus principales entraron en consejo sobre lo que harian; y Cacamatzin comenzó a bravear, y que nos rabia de matar dentro de cuatro días, y que el tío era una gallina, y que por no darnos guerra cuando se lo aconsejaban, al bajar la sierra de Chalco, cuando tuvo allí buen aparejo con sus guarniciones y que nos metió él por su persona en su ciudad, como si tuviera conocido que íbamos para hacerle algún bien; y que cuanto oro le han traído de sus tributos nos daba, y que le habíamos escalado y abierto la casa donde está el tesoro de su abuelo Axayaca; y que sobre todo esto le teníamos preso; y que ya le andábamos diciendo que quitasen los ídolos del gran Uichilobos, y queríamos poner los nuestros, y que porque esto no viniese a más mal, y para castigar tales cosas e injurias, que les rogaba que le ayudasen, pues todo lo que les ha dicho han visto por sus ojos; y cómo quemamos los capitanes del mismo Montezuma, que ya no se puede compadecer otra cosa sino que todos juntos a una nos diesen guerra. Y allí les prometió Cacamatzin que si quedaba con el señorío de México que les había de hacer grandes señores, y también les dió muchas joyas de oro y les dijo que ya tenía concertado con sus primos los señores de Coyoacán y de Iztapalapa y el de Tacuba, y otros deudos que le ayudarían; y que en México tenía de su parte otras personas principales que le darían entrada y ayuda a cualquiera hora que quisiese, y que unos por las calzadas y todos los más en sus piraguas y canoas chicas por la laguna, podrían entrar sin tener contrarios que se lo defendiesen, pues su tío estaba preso; y que no tuviesen miedo de nosotros, pues saben que pocos días había pasado que en lo de Almería sus capitanes del mismo su tío habían muerto muchos tenles y un caballo, lo cual vieron bien en la cabeza de un teul y el cuerpo del caballo, y que en una hora nos despacharían y con nuestros cuerpos tendrían buenas fiestas y hartazgos.

Y después que hubo hecho aquel razonamiento, dicen que se miraban unos capitanes a otros para que hablasen los que solían hablar primero en cosas de guerra, y que cuatro o cinco de aquellos capitanes le dijeron que cómo habían de ir sin licencia de su gran señor Montezuma y dar guerra en su propia casa y ciudad, y que se lo envíen primero a hacer saber, y que de otra manera que no le quieren ser traidores. Y pareció ser que Cacamatzin se enojó con los capitanes que le dieron aquella respuesta, y mandó echar presos tres de ellos, y como había allí en el consejo y junta que tenian otros sus deudos y ganosos de bullicios, dijeron que le ayudarían hasta morir. Y acordú de enviar a decir a su tío el gran Montezuma que había de tener empacho enviarle a decir que venga a tener amistad con quien tanto mal y deshonra le ha hecho teniéndole preso; y que no es posible sino que nosotros éramos hechiceros y con hechizos le teníamos quitado su gran corazón y fuerza, o que nuestros dioses y la gran mujer de Castilla que les dijimos que era nuestra abogada nos da aquel gran poder para hacer lo que hacíamos. Y en esto que dijo a la postre no lo erraba, que ciertamente la gran misericordia de Dios y su bendita Madre Nuestra Señora nos ayudaba.

Y volvamos a nuestra plática, que en lo que resumió fué enviar a decir que él vendría, a pesar nuestro y de su tío, a hablarnos y matarnos. Y cuando el gran Montezuma oyó aquella respuesta tan desvergonzada, recibió mucho enojo, y luego en aquella hora envió a llamar seis de sus capitanes de mucha cuenta y les dió su sello y aun les die) ciertas joyas de oro y les mandó que luego fuesen a Tezcuco y que mostrasen secretamente aquel su sello a ciertos capitanes y parientes que estaban muy mal con Cacamatzin, por ser muy soberbio, y que tuviesen tal orden y manera que a él y a los que eran en su consejo los prendiesen y que luego se los trajeran delante. Y como fueron aquellos capitanes y en Tezcuco entendieron lo que Montezuma mandaba, y Cacamatzin era malquisto, en sus propios palacios le prendieron, que estaba platicando con aquellos sus confederados en cosas de la guerra. Y también trajeron otros cinco presos con él. Y como aquella ciudad está poblada junto a la gran laguna, aderezan una gran piragua con sus toldos y le meten en ella con los demás, y con gran copia de remeros los traen a México.

Y después que hubo desembarcado le meten en sus ricas andas como rey que era, y con gran acato le llevan ante Montezuha, y parece ser estuvo hablando con el tío y desvergonzóse más de lo que antes estaba, y supo Montezuma de los conciertos en que andaba, que era alzarse por señor de México, lo cual alcanzó a saber más por entero de los demás prisioneros que le trajeron, y si enojado estaba de antes del sobrino, muy más estuvo entonces. Y luego se lo envió a nuestro capitán para que le echase preso, y a los demás prisioneros mandó soltar. Y luego Cortés fué a los palacios y al aposento de Montezuma y le dió las gracias por tamaña merced, y se dió orden que se alzase por rey de Tezcuco el mancebo que estaba en compañía del gran Montezuma. que también era su sobrino, hermano de Cacamatzin, que ya he dicho que por su temor estaba allí retraído al favor del tío porque no le matase, que era también heredero muy propincuo del reino de Tezcuco. Y para hacerlo solemnemente y con acuerdo de toda la ciudad mandó Montezuma que viniesen ante N los más principales de toda aquella provincia, y después de muy bien platicada la cosa le alzaron por rey y señor de aquella gran ciudad, y se llamó don Carlos.

Ya todo esto hecho, como los caciques y reyezuelos, sobrinos del gran Montezuma, que eran el señor de Coyoacán, y el señor de Iztapalapa, y el de Tacuba, vieron y oyeron la prisión de Cacamatzin y supieron que el gran Montezuma había sabido que ellos entraban en la conjuración para quitarle su reino y dárselo a Cacamatzin, temieron y no le venían a hacer palacio como solían. Y con acuerdo de Cortés, que le convocó y atrajo a Montezuma para que los mandase prender, en ocho días todos estuvieron presos en la cadena gorda, que no poco se holgó nuestro capitán y todos nosotros. Miren los curiosos lectores, cuál andaban nuestras vidas tratando de matarnos cada día y comer nuestras carnes, si la gran misericordia de Dios, que siempre era con nosotros y nos acorría, y aquel buen Montezuma a todas nuestras cosas daba buena corte.

Y miren qué gran señor era que estando preso así era tan obedecido. Pues ya todo apaciguado y aquellos señores presos, siempre nuestro Cortés con otros capitanes y el fraile de la Merced estaban teniéndole palacio, y en todo lo que podían le daban mucho placer y burlaban, no de manera de desacato, que digo que no se sentaba Cortés ni ningún capitán hasta que Montezuma les mandaba traer sus asentaderos ricos y les manrdaba asentar, y en esto era tan bien mirado, que todos le queríamos con gran amor, porque verdaderamente era gran señor en todas las cosas que le veíamos hacer. Y volviendo a nuestra plática, unas veces le daban a entender las cosas tocantes a nuestra santa fe, y se lo decía el fraile con el paje Orteguilla, que parecía que le entraban va algunas razones en el corazón, pues las escuchaba con atención mejor que al principio. También le daban a entender el gran poder del emperador nuestro señor, y cómo le dan vasallaje muchos grandes señores que le obedecían, y de lejanas tierras, y le decían otras muchas cosas que él se holgaba de oírlas; y otras veces jugaba Cortés con él a totoliques, y de esta manera siempre le teníamos palacio. Y él, como no era nada escaso, nos daba cada día cuál joyas de oro o mantas. Y dejaré de hablar en ello y pasaré adelante.

Como el capitán Cortés vió que ya estaban presos aquellos reyecillos y todas las ciudades pacíficas, dijo a Montezuma que se bien que él y todos sus vasallos le den la obediencia, porque así se tiene por costumbre.

Y Montezuma reunió en diez días a todos los caciques con excepción del cacique pariente muy cercano de Montezuma, que ya hemos dicho que decían que era muy esforzado, y en la presencia y cuerpo y miembros y en el semblante bien lo parecía, y les dijo que mirasen que de muchos años pasados sabían por cierto, por lo que sus antepasados les han dicho, y así lo tienen señalado en sus libros de cosas de memorias, que de donde sale el sol habían de venir gentes que habían de señorear estas tierras, y que se había de acabar en aquella sazón el señorío y reino de los mexicanos, y que 61 tiene entendido, por lo que sus dioses les han dicho, que somos nosotros, y que hasta tanto Uichilobos no les dé una respuesta categórica. "Lo que yo os mando y ruego que todos de buena voluntad, al presente, se lo demos y contribuyamos con alguna seña de vasallaje". Y desde que oyeron este razonamiento todos dieron por respuesta que harían lo que les mandase, y con muchas lágrimas y suspiros, y Montezuma muchas más. Y lueqo envió a decir con un principal que para otro día darían la obediencia y vasallaje a Su Majestad.

Como nuestro Cortés procuró de saber de las minas de oro y de qué calidad eran, y asimismo en qué ríos estaban, y qué puertos para navíos había desde lo de Pánuco hasta lo de Tabasco, especialmente el río grande de Guazagualco y lo que sobre ello pasó.

COMO VOLVIERON LOS CAPITANES QUE NUESTRO CORTES HABLA ENVIADO PARA QUE. VIESEN LAS MINAS Y PARA SONDAR EL RIO DE GUAZAGUALCO, Y OTRAS COSAS MAS

EL PRIMERO QUE VOLVIO a la ciudad de Mexico a dar razón de lo que Cortés le envió fue Gonzalo de Umbria y sus compañeros, y trajeron obra de trescientos pesos en granos, que sacaron delante de ellos los indios de un pueblo que se dice Zacatula; que, según contaba Umbría, los caciques de aquella provincia llevaron muchos indios a los ríos, y con unas como bateas chicas, y con ellas lavaban la tierra y cogían el oro. Y era de dos dios; y dijeron que si fuesen buenos mineros y lo lavasen como en la isla de Santo Domingo, o como en la isla de Cuba, que serían ricas minas. Y, asimismo, trajeron consigo dos principales que envió aquella provincia, y trajeron un presente de oro hecho en joyas que valdría doscientos pesos, y a darse y ofrecerse por servidores de Su Majestad. Y Cortés se holgó tanto con el oro como si fueran treinta mil pesos, en saber cierto que había buenas minas, y a los caciques que trajeron el presente les mostró mucho amor y les mandé dar cuentas verdes de Castilla, y con buenas palabras se volvieron a su tierra muy contentos. Y decía Umbría que no muy lejos de México había grandes poblaciones y de gente pulida y parece ser eran los pueblos del pariente de Montezuma, y otra provincia que se dice Matacingo; y a lo que sentimos y vimos, Umbría y sus compañeros vinieron ricos, con mucho oro y bien aprovechados, que a este efecto le envió Cortés para hacer buen amigo de el, por lo pasado que dicho tengo.

Dejémosle, pues volvió con buen recaudo, y volvamos al capitán Diego de Ordaz, que fue a ver el río de Guazagualco, que son sobre ciento y veinte leguas de México, y dijo que pasó por muy grandes pueblos, que allí los nombró, y que todos le hacían honra, por donde fué muy de paz, les mandó que hiciesen una gran estancia de cacahuatales y maizales y pusiesen muchas aves de la tierra y otras granjerías que había de algodón, y que desde allí fuesen catando todos los ríos y viesen qué minas había. Y puesto que Cortés calló por entonces, no se lo tuvo a bien a su pariente haber salido de su mandado; supimos que en secreto riñó mucho con él sobre ello, y le dijo que era de poca calidad querer entender en cosas de criar aves y cacahuatales. Y luego envió otro soldado que se decía Alonso Luis a llamar a los demás que había dejado Pizarro, y para que luego viniesen llevó un mandamiento. Y lo que aquellos soldados hicieron diré adelante en su tiempo y lugar.

COMO CORTES DIJO AL GRAN MONTEZUMA QUE MANDASE A TODOS LOS CACIQUES DE TODA SU TIERRA QUE TRIBUTASEN A SU MAJESTAD, PUES COMUNMENTE SABIAN QUE TENIAN ORO. Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO

DILES COMO EL CAPITAN Diego de Ordaz y los demás soldados por mi memorados vinieron con muestras de oro y relación que toda la tierra era rica, Cortés, con consejo de Ordaz y de otros capitanes y soldados, acordó de decir y demandar a Montezuma que todos los caciques y pueblos de la tierra tributasen a Su Majestad, y que él mismo, como gran señor también diese de sus tesoros. Y respondió que él enviaría por todos los pueblos a demandar oro, mas que muchos de ellos no lo alcanzaban, sino joyas de poca valía que habían habido de sus antepasa dos. Y de presto despachó principales a las partes donde habla minas y les mandó que diesen cada pueblo tantos tejuelos de oro fino, del tamaño y gordor de otros que le solían tributar, y llevaban para muestras dos tejuelos, y de otras partes no le traían sino joyezuelas de poca valía. También envió a la provincia donde era cacique aquel su pariente muy cercano que no le quería obedecer, otra vez por mí memorado, que estaba de México obra de doce leguas. Y la respuesta que trajeron los mensajeros que decía que no quería dar oro ni obedecer a Montezuma, y que también él era señor de México y le venía el señorío como al mismo Montezuma que le enviaba a pedir por tributo. Y luego que esto oyó Montezuma tuvo tanto enojo, que de presto envió su señal y sello y con buenos capitanes para que se lo trajesen preso. Y venido en su presencia el pariente, le habló muy desacatadamente y sin ningún temor, o de mu esforzado; y decían que tenía ramos de locura, porque era como atronado. Todo lo cual alcanzó a saber Cortés, y envió a pedir por merced a Montezuma que se lo diese, que él lo quería guardar, porque, según le dijeron, le había mandado matar Montezuma; y traído ante Cortés le habló muy amorosamente, y que no fuese loco contra su señor, y le quería soltar. Y Montezuma después que lo supo dijo que no le soltasen, sino que le echasen en la cadena gorda como a los otros reyezuelos por mí ya nombrados.

Tornemos a decir que en obra de veinte días vinieron todos los principales que Montezuma había enviado a cobrar los tributos del oro que dicho tengo, y así como vinieron envió a llamar a Cortés y a nuestros capitanes, y a ciertos soldados que conocía, que éramos de la guarda, y dijo estas palabras formales, u otras como ellas: "Hágoos saber, señor Malinche y señores capitanes y soldados, que a vuestro gran rey yo le soy en cargo, y le tengo buena voluntad, así por ser tan gran señor como por haber enviado de tan lejanas tierras a saber de mí, y lo que más me pone el pensamiento es que él ha de ser el que nos ha de señorear, según nuestros antepasados nos han dicho, y aun nuestros dioses nos dan a entender por las respuestas que de ellos tenemos. Toma ese oro que se ha recogido; por ser de prisa no se trae más. Lo que yo tengo aparejado para el emperador es todo el tesoro que he habido de mi padre, y que está en vuestro poder y aposentos; que bien sé que luego que aquí viniste abriste la casa y lo mirasteis todo, y la tornasteis a cerrar como de antes estaba. Y cuando se le enviáreis decirle en vuestros amales y cartas: Esto os envía vuestro buen vasallo Montezuma. Y también yo os daré unas piedras muy ricas que le envíes en mi nombre, que son chalchihuis, que no son para dar a otras personas sino para ese vuestro gran señor, que vale cada una piedra dos cargas de oro; también le quiero enviar tres cerbatanas con sus esqueros y bodoqueras, y que tienen tales obras. de pedrería, que se holgará de verlas, y también yo quiero dar de lo que tuviere, aunque es poco, porque todo el más oro y joyas que tenía os he dado en veces".

Y desde que aquello le oyó Cortés y todos nosotros, estuvimos espantados de la gran bondad y liberalidad del gran Montezuma, y con mucho acato le quitamos todos las gorras de armas y le dijimos que se lo teníamos en merced. Y con palabras de mucho amor le prometió Cortés que escribiríamos a Su Majestad de la magnificencia y franqueza del oro que nos dió en su real nombre. Y después que tuvimos otras pláticas de buenos comedimientos, luego en aquella hora envió Montezuma sus mayordomos para entregar todo el tesoro de oro y riqueza que estaba en aquella sala encalada; y para verlo y quitarlo de sus bordaduras y donde estaba engastado tardamos tres días, y aun para quitarlo y deshacer vinieron los plateros de Montezuma de un pueblo que se dice Escapuzalco. Y digo que era tanto, que después de deshecho eran tres montones de oro, y pesado hubo en ellos sobre seiscientos mil pesos, como adelante diré, sin la plata y otras muchas riquezas, y no cuento con ello los tejuelos y planchas de oro y el oro en granos de las minas. Y se comenzó a fundir con los indios plateros que dicho tengo, naturales de Escapuzalco, y se hicieron unas barras muy anchas de ello, de medida como de tres dedos de la mano el anchor de cada barra; pues ya fundido y hecho barras, traen otro presente por sí de lo que el gran Montezuma había dicho que daría, que fué cosa de admiración de tanto oro, y las riquezas de otras joyas que trajo, pues las piedras chalchiuis eran tan ricas algunas de ellas, que valían entre los mismos caciques mucha cantidad de oro. Pues las tres cerbatanas con sus bodoqueras, los engastes que tenían de pedrerías y perlas y las pinturas de pluma y de pajaritos llenos de aljófar y otras aves, todo era de gran valor. Dejemos de decir de penachos y plumas, y otras muchas cosas ricas, que es para nunca acabar de traerlo aquí a la memoria.

Digamos ahora cómo se marcó todo el oro que dicho tengo, con una marca de hierro que mandó hacer Cortés y los oficiales del rey proveídos por Cortés, y acuerdo de todos nosotros en nombre de Su Majestad, hasta que otra cosa mandase, que en aquella sazón era Gonzalo Mexia, y Alonso de Avila, contador; y la marca fue las armas reales como de un real y del tamaño de un tostón de a cuatro. Y esto sin las joyas ricas que nos pareció que no eran para deshacer. Pues para pesar todas estas barras de oro y plata, y las joyas que quedaron por deshacer no teníamos pesos de marcos ni balanzas, y pareció a Cortés a los mismos oficiales de la Hacienda de Su Majestad que sería bien hacer de hierro unas pesas de hasta una arroba y otras de media arroba, y de dos libras, y de una libra, y de media libra, y de cuatro onzas, y de tantas onzas; y esto no para que viniese muy justo, sino media onza más o menos en cada peso que se pesaba.

Y después que se pesó dijeron los oficiales del rey que había en el oro, así en lo que estaba hecho barras como en los granos de las minas y en los tejuelos y joyas, más de seiscientos mil pesos, sin la plata y otras muchas joyas que se dejaron de avaluar. Algunos soldados decían que había más, y como ya no había que hacer en ello, sino sacar el real quinto y dar a cada capitán y soldado nuestras partes, y a los que quedaban en el puerto de la Villa Rica también las suyas, parece ser Cortés procuraba de no lo repartir tan presto hasta que hubiese más oro y hubiese buenas pesas y razón y cuenta de a cómo salían. Y todos los mas soldados y capitanes dijimos que luego se repartiese, porque habíamos visto que cuando se deshacían de las piezas del tesoro de Montezuma estaba en los montones mucho más oro, y que faltaba la tercia parte de ello, que lo tomaban y escondían, así por la parte de Cortés co mo de los capitanes, como el fraile de la Merced, y se iba menoscabando. Y a poder de muchas pláticas se pesóen lo que quedaba, y hallaron sobre seiscientos mil pesos, sin las joyas y tejuelos, y para otro día habían de dar las partes. Y lo repartieron, y todo lo más se quedó con ello el capitán Cortés y otras personas.

COMO EL GRAN MONTEZUMA DIJO A CORTES QUE LE QUERIA DAR UNA HIJA DE LAS SUYAS PARA QUE SE CASASE CON ELLA Y LO QUE CORTES LE RESPONDIO, Y TODAVIA LA TOMO, Y LA SERVIAN Y HONRABAN COMO ERA DEBIDO A HIJA DE TAN GRAN SEÑOR COMO ERA EL

COMO OTRAS MUCHAS VECES he dicho, siempre Cortés y todos nosotros procurábamos de agradar y servir a Montezuma y tenerle palacio, y un día le dijo Montezuma: "Mira, Malinche, que tanto os amo, que os quiero dar a una hija mía muy hermosa para que os caséis con ella y la tengáis por vuestra legítima mujer". Y Cortés se quitó la gorra por la merced y dijo que era gran merced la que le hacía, mas que era casado y tenía mujer, y que entre nosotros no podemos tener más de una mujer y que él la tendría en aquel grado que hija de tan gran señor merece, y que primero quiere se vuelva cristiana, como son otras señoras, hijas de señores. Y Montezuma lo hubo por bien, y siempre mostraba el gran Montezuma su acostumbrada voluntad. Mas de un día en otro no cesaba Montezuma sus sacrificios, y de matar en ellos personas, y Cortés se lo retraia, y no aprovechaba cosa ninguna, hasta que tomó consejo con nuestros capitanes que qué hariamos en aquel caso, porque no se atrevía a poner remedio en ello por no revolver la ciudad y los papas que estaban en el Uichilobos. Y el consejo que sobre ello se dió por nuestros capitanes y soldados, que hiciese que quería ir a derrocar los ídolos del alto Uichilobos, y si viésemos que se ponían en defenderlo o que se alborotaban, que le demandase licencia para hacer un altar en una gran parte del gran cu y poner un crucifijo y una imagen de Nuestra Señora.

Y como esto se acordó, fué Cortés a los palacios adonde estaba preso Montezuma, y llevó consigo siete capitanes y soldados. y dijo a Montezuma: "Señor: ya muchas veces he dicho a vuestra merced que no sacrifique más ánimas a esos vuestros dioses que os traen engañados, y no lo quiere hacer, y hágoos saber, señor. que todos mis compañeros y estos capitanes que conmigo vienen, os vienen a pedir por merced que les dels licencia para quitarlos de allí y pondremos a Nuestra señora Santa María y una cruz, y que si ahora no les dais licencia, que ellos irán a quitarlos, y no querría que matasen algunos papas Y después que Montezuma oyó aquellas palabras y vió ir a los capitanes algo alterados, dijo: 1Oh. Malinche, y cómo nos queréis echar a perder a toda esta ciudad! Porque estaban muy enojados nuestros dioses contra nosotros, y aun de vuestras vidas no sé en qué pararán. Lo que os ruego es que ahora al presente os sufráis, que yo enviaré a llamar a todos los papas, y veré su respuesta". Y luego que aquello oyó Cortés hizo un ademán que le quería hablar muy secretamente a Montezuma y que no estuviesen presentes nuestros capitanes que llevaba en su compañía, los cuales mandó que le dejasen solo, y los mandó salir. Y desde que salieron de la sala dijo a Montezuma que por qué no saliese de allí aquello y se hiciese alboroto, ni los papas lo tuviesen a mal derrocarle sus ídolos, que él trataría con los mismos nuestros capitanes que no se hiciese tal cosa, con tal que en un apartamiento del gran cu hiciesen un altar para poner la imagen de Nuestra Señora y una cruz, y que el tiempo andando verían cuán buenos y provechosos son para sus ánimas y para darles salud y buenas sementeras y prosperidades.

Y Montezuma, puesto que con suspiros y semblante muy triste, dijo que él lo trataría con los papas; y en fin de muchas palabras que sobre ello se hubo, se puso. Y puesto que fué nuestro altar apartado de sus malditos ídolos y la imagen de Nuestra Señora y una cruz, y con mucha devoción, y todos dando gracias a Dios, dijo misa cantada el Padre de la Merced, y ayudaron a la misa el clérigo Juan Díaz y muchos de nuestros soldados. Y allí mandó poner nuestro capitán a un soldado viejo para que tuviese guarda en ello, y rogo a Montezuma que mandase a los papas que no tocasen en ello, salvo para barrer y quemar incienso y poner candelas de cera ardiendo de noche y de día, y enramarlo y poner flores. Y dejarlo he aquí, y diré lo que sobre ello avino,

COMO EL GRAN MONTEZUMA DIJO A NUESTRO CAPITAN CORTES QUE SE SALIESE DE MEXICO CON TODOS LOS SOLDADOS, PORQUE SE QUERIAN LEVANTAR TODOS LOS CACIQUES Y LOS PAPAS Y DARNOS GUERRA HASTA MATARNOS, PORQUE ASI ESTABA ACORDADO Y DADO CONSEJO POR SUS IDOLOS, Y LO QUE SE HIZO SOBRE ELLO

COMO SIEMPRE, A LA CONTINA nunca nos faltaban sobresaltos, y de tal calidad que eran para acabar con las vidas en ellos si Nuestro Señor Dios no lo remediara; y fué que como habíamos puesto en el gran cu, en el altar que hicimos, la imagen de Nuestra Señora y la cruz, y se dijo el Santo Evangelio y misa, parece ser que los Üichilobos y el Tezcatepuca hablaron con los papas y les dijeron que se querían ir de su provincia, pues tan mal tratados son de los tenles, y que donde están aquellas figuras y cruz que no quieren estar, o que ellos no estarían allí si no nos mataban, y que aquello les daban por respuesta, y que no curasen tener otra, y que se lo dijesen a Montezuma y a todos sus capitanes que luego comenzasen la guerra y nos matasen.

Y les dijo el ídolo que mirasen que todo el oro que solían tener para honrarlos lo habíamos deshecho y hecho ladrillos, y que mirasen que nos íbamos señoreando de la tierra y que teníamos presos a cinco grandes_ caciques, y les dijeron otras maldades para atraerlos a darnos guerra. Y para que Cortés y todos nosotros lo supiésemos, el gran Montezuma envió llamar a Cortés para que le quería hablar en cosas que iban mucho en ellas. Y vino el paje Orteguilla y dijo que estaba muy alterado y triste Montezuma, y que aquella noche y parte del día habían estado con él muchos papas y capitanes muy principales, y secretamente hablaban que no lo pudo entender. Y despues que Cortés lo oyó fué de presto al palacio donde estaba Montezuma, y llevó consigo a Cristóbal de

Olid, que era capitán de la guardia, y a otros cuatro capitanes, y a doña Marina, y a jerónimo de Aguilar, y después que le hicieron mucho acato, dijo Montezuma: "¡Oh, señor Malinche, y señores capitanes: cuánto me pesa de la respuesta y mando que nuestros tenles han dado a nuestros papas y a mi y a todos mis capitanes, y es que os demos guerra y os matemos y os hagamos ir por la mar adelante; lo que he colegido de ello, y me parece, que antes que comiencen la guerra, que luego salgáis de esta ciudad y no quede ninguno de vosotros aquí, y esto, señor Malinche, os digo que hagáis de todas maneras, que os conviene: si no mataros han, y mirad que os va las vidas"

Y Cortés y nuestros capitanes sintieron pesar y aun se alteraron, y no era de maravillar, de cosa tan nueva y determinada, que era poner nuestras vidas en gran peligro sobre ello en aquel instante, pues tan determinadamente nos lo avisaban. Y Cortés le dijo que él se lo tenía en merced el aviso, y que al presente de dos cosas le pesaba: no tener navíos en qué irse, que los mandó quebrar los que trajo, y la otra, que por fuerza había de ir Montezuma con nosotros para que le vea nuestro gran emperador, y que le pide por merced que tenga por bien que, hasta que se hagan tres navíos en el Arenal, que detenga a los papas y capitanes, porque para ellos es el mejor partido si comienzan ellos la guerra, porque todos morirían en la guerra si la quisiesen dar; y más dijo, que porque vea Montezuma que quiere luego hacer lo que le dice, que mande a sus carpinteros que vayan con dos de nuestros soldados, que son grandes maestros de hacer navíos, a cortar la madera cerca del Arenal. Y Montezuma estuvo muy más triste que de antes, como Cortés le dijo que había de ir con nosotros ante el emperador, y dijo que él daría los carpinteros, y que luego despachase y no hubiese más palabras, sino obras, y que entretanto él mandaría a los papas y a los capitanes que no curasen de alborotar la ciudad, y que a sus ídolos de Uichilobos que mandaría aplacasen con sacrificios, que no sería con muerte de hombres.

Y con esta tan alborotada plática se despidió Cortés y los capitanes de Montezuma; y estábamos todos con gran congoja, esperando cuándo habían de comenzar la guerra. Luego Cortés mandó llamar a Martín López, carpintero de hacer navíos, y Andrés Núñez, y con los indios carpinteros que le dio el gran Montezuma después de platicado el porte que se podría labrar los tres navíos, le mandó que luego pusiese por la obra de hacerlos y poner a punto, pues que en la Villa Rica había todo aparejo de hierro y herreros. y jarcia, y estopa, y calafatea, y brea; y así fueron y cortaron la madera en la costa de la Villa Rica, y con toda la cuenta y gálibo de ella, y con buena prisa comenzó a labrar sus navíos. Lo que Cortés le dijo a Martín López sobre ello no lo sé, y esto digo porque dice el coronista Gómara en su historia que le mandó que hiciese muestra, como cosa de burla, que los labraba, porque lo supiese el gran Montezuma. Remítome a lo que ellos dijeren, que gracias a Dios son vivos en este tiempo; mas muy secretamente me dijo Martin López que de hecho y aprisa los labraba y así los dejó en astillero, tres navíos.

Dejémosles labrando los navíos y digamos cuáles andábamos todos en aquella gran ciudad, tan pensativos, temiendo que de una hora a otra nos habían de dar guerra, y nuestras naborías de Tlaxcala y doña Marina así lo decían al capitán; y Orteguilla, el paje de Montezuma, siempre estaba llorando, y todos nosotros muy a punto y buenas guardas a Montezuma. Digo de nosotros estar a punto no había necesidad de decirlo tantas veces, porque de día ni de noche no se nos quitaban las armas, gorjales y antipares, y con ello dormíamos. Y dirán ahora dónde dormíamos; de qué eran nuestras camas, sino un poco de paja y una estera, y el que tenía un toldillo ponerle debajo, y calzados y armados, y todo género de armas muy a punto, y los caballos ensillados y enfrenados todo el día y todos tan prestos, que en tocando al arma, como si estuviéramos puestos y aguardando para aquel punto: pues velar cada noche, que no quedaba soldado que no velaba.

Y otra cosa digo, y no por jactanciarme de ello: que quedé yo tan acostumbrado a andar armado y dormir de la manera que he dicho, que después de conquistada la Nueva España tenía por costumbre de acostarme vestido y sin cama, y que dormía mejor que en colchones; y ahora cuando voy a los pueblos de mi encomienda no llevo cama; y si alguna vez la llevo, no es por mi voluntad, sino por algunos caballeros que se hallan presentes, porque no vean que por falta de buena cama la dejo de llevar; mas en verdad que me echo vestido en ella. Y otra cosa digo: que no puedo dormir sino un rato de la noche, que me tengo de levantar a ver el cielo y estrellas, y me he de pasear un rato al sereno, y esto sin poner en la cabeza cosa ninguna de bonete ni paño, y gracias a Dios no me hace mal, por la costumbre que tenía. Y esto he dicho porque sepan de qué arte andábamos los verdaderos conquistadores, y cómo estábamos tan acostumbrados a las armas y a velar. Y dejemos de hablar en ello, pues que salgo fuera de nuestra relación y digamos cómo Nuestro Señor Jesucristo siempre nos hace muchas mercedes. Y es que en la isla de Cuba Diego Velázquez dió mucha prisa en su armada, como adelante diré, y vino en aquel instante a la Nueva España un capitán que se decía Pánfilo de Narváez.

COMO PANPILO DE NARVAEZ LLEGO AL PUERTO DE SAN JUAN DE ULUA. QUE SE DICE DE LA VERACRUZ, CON TODA SU ARMADA. Y LAS COSAS QUE SUCEDIERON LUEGO

VINIENDO PANFILO DE NARVAEZ con toda su flota, que eran diez y nueve navíos, por la mar, parece ser, junto a las tierras de San Martin, que así se llaman, tuvo un viento norte, y en aquella costa es travesía, y de noche se le perdió un navío de poco porte, que dió al través; venía en él por capitán un hidalgo que se decía Cristóbal de Morante, natural de Medina del Campo. y se ahogaron cierta gente. Y con toda la más flota vino a San Juan de Ulúa, y como se supo de aquella grande armada, que para haberse hecho en la isla de Cuba grande se puede llamar, tuvieron noticia de ella los soldados que había enviado Cortés a buscar las minas, y viénense a los navíos de Narváez los tres de ellos, que se decían Cervantes el Chocarrero y Escalona, y otro que se decía Alonso Hernández Carretero; y cuando se vieron dentro de los navíos y con Narváez, dizque alzaban las manos a Dios que les libró del poder de Cortés y de salir de la gran ciudad de México, donde cada día esperaban la muerte. Y, como comían con Narváez y bebían vino, y hartos de beber demasiado, estábanse diciendo los unos a los otros delante del mismo general: "Mirad si es mejor estar aquí bebiendo buen vino, que no cautivo en poder de Cortés, que nos traía de noche y de día, tan avasallados que no osábamos hablar, y aguardando de un día a otro la muerte al ojo". Y aun decía Cervantes, como era truhán, so color de gracias: "¡Oh, Narváez, Narváez, qué bienaventurado que eres y a qué tiempo has venido! Que tiene ese traidor de Cortés allegados más de setecientos mil pesos de oro, y todos los soldados están muy mal con él porque les ha tomado mucha parte de lo que les cabía del oro de parte, y no lo quieren recibir lo que les da".

Por manera que aquellos soldados que se nos huyeron, como eran ruines y soeces, decían a Narváez mucho más de lo que quería saber, y también le dieron por aviso que ocho leguas de allí estaba poblada una villa que se dice la Villa Rica de la Veracruz, y estaba en ella por capitán un Gonzalo de Sandoval con setenta soldados, todos viejos y dolientes, y que si enviase a ellos gente de guerra luego se le darían, y le dicen otras muchas cosas.

Dejemos todas estas pláticas y digamos cómo luego lo alcanzó a saber el gran Montezuma, cómo estaban allí surtos en el puerto los navíos, muchos capitanes y soldados, y envió sus principales secretamente, que no lo supo Cortés, y les mandó dar comida y ore y ropa, y que de los pueblos más cercanos les proveyesen de bastimento, y Narváez envió a decir a Montezuma muchas malas palabras y descomedimientos contra Cortés y de todos nosotros: que éramos unas yentes malas, ladrones, que venimos huyendo de Castilla sin licencia de nuestro rey y señor, y que como se tuvo noticia, el rey nuestro señor, que estábamos en estas tierras, y de los males y robos que hacíamos, y teníamos preso a Montezuma, y para estorbar tantos daños, que le mandó a Narváez que luego viniese con todas aquellas naos y soldados y caballos, para que le suelten de las prisiones, y que a Cortés y a todos nosotros, como malos, los prendiesen o matasen y en las mismas naos nos enviase a Castilla, y que después que allá llegásemos nos mandaría matar; y le envió a decir otros muchos desatinos. Y eran los intérpretes para dárselo a entender a los indios los tres soldados que se nos fueron, que ya sabían la lengua, y demás de estas pláticas le envió Narváez ciertas cosas de Castilla. Y cuando Montezuma lo supo tuvo gran contento con aquellas nuevas, porque como le decían que tenía tantos navíos, y caballos y tiros y escopeteros y ballesteros, y eran mil y trescientos soldados y de allí arriba, creyó que nos prendería y demás de esto, como sus principales vieron a nuestros tres soldados con Narváez, y veían que decían mucho mal de Cortés, tuvo por cierto todo lo que Narváez le envió a decir.

Y toda la armada se la llevaron pintada en unos paños al natu ral. Entonces Montezuma le envió mucho más oro y mantas, y mandó que todos los pueblos de la comarca le llevasen bien de comer; y ya hacía tres días que lo sabía Montezuma, y Cortés no sabía cosa ninguna. Y un día, yéndole a ver nuestro capitán y tenerle palacio, y después de las cortesías que entre ellos se tenían, pareció al capitán Cortés que estaba Montezuma muy alegre y de buen semblante, y le dijo qué tal se sentía. Y Montezuma respondió que mejor estaba. Y también como Montezuma lo vió ir a visitarle en un día dos veces, temió que Cortés sabía de los navíos, y por ganar por la mano, y no le tuviese por sospechoso, le dijo: "Señor Malinche, ahora en este punto me han llegado mensajeros de cómo en el puerto adonde desembarcasteis, han venido diez y ocho y más navíos, y mucha gente y caballos, y todo nos lo traen pintado en unas mantas, y como me visitasteis hoy dos veces, creí que me veníais a dar nuevas de ellos, así que no habrás menester hacer navíos. Y porque no me lo decíais, por una parte tenía enojo de vos tenérmelo encubierto, y por otra me holgaba, porque vienen vuestros hermanos para que todos os vayáis a Castilla, y no haya más palabras".

Y cuando Cortés oyó Io de los navíos y vió la pintura del paño, se holgó en gran manera y dijo: "Gracias a Dios, que al mejor tiempo provee". Pues nosotros, los soldados, era tanto el gozo que no podíamos estar que dos, y de alegría escaramucearon los de a caballo y tiramos tiros; y Cortés estuvo muy pensativo, porque bien entendió que aquella armada que la enviaba el gobernador Diego Velázquez contra él y contra todos nosotros; y como sabio que era, comunicó lo que sentía de ella con todos nosotros, capitanes y soldados, y con grandes dádivas de oro que nos da y ofrecimientos que nos haría ricos, a todos nos atraía para que estuviésemos con él. Y no sabía quién venía por capitán, y estábamos muy alegres con las nuevas y con el más oro de lo que nos había dado por vía de mercedes, como que lo daba de su hacienda y no de lo que nos cabía de parte. Y fué gran socorro y ayuda que Nuestro Señor Jesucristo nos enviaba. Y quedarse ha aquí, y diré lo que pasó en el real de Narváez.

COMO PANFILO DE NARVAEZ ENV 10 CON CINCO PERSONAS DE SU ARMADA A REQUERIR A GONZALO DE SANDOVAL. QUE ESTABA POR CAPITAN EN LA VILLA RICA, QUE SE DIESE LUEGO CON TODOS LOS VECINOS DE LA DICHA VILLA RICA, Y LO QUE SOBRE ELLO ACONTECIO

COMO AQUELLOS TRES malos de nuestros soldados por mí memorados que se le pasaron a Narváez, le daban aviso de todas las cosas que Cortés y todos nosotros habíamos hecho desde que en tramos en la Nueva España, y le avisaron que el capitán Gonzalo de Sandoval estaba obra de ocho o nueve leguas de allí, en una villa que estaba poblada, que se decía la Villa Rica de la Veracruz, y que tenía consigo setenta vecinos, y todos los más viejos y dolientes, acordó de enviar a la villa a un clérigo que se decía Guevara, que tenia buena expresiva, y a otro hombre de mucha cuenta, que se decía Anaya, pariente de Diego Velázquez, gobernador de Cuba, y a un escribano que se decía Vergara, y tres testigos, los nombres de ellos no me acuerdo, los cuales envió para que notificasen a Gonzalo de Sandoval que luego se diese a Narváez, y para ello dijeron que traían unos traslados de las provisiones. Y dicen que ya Gonzalo de Sandoval sabía de los navíos por nuevas de indios, y de la mucha gente que en ellos venía, y como era muy varón en sus cosas, siempre estaba muy apercibido él y sus soldados armados, y sospechando que aquella armada era de Diego Velázquez, que enviaria a aquella villa de sus gentes para apoderarse de ella, y por estar más desembarazados de los soldados viejos y dolientes, los envió luego a un pueblo de indios que se dice Papalote, y quedó con los sanos.

Y Sandoval siempre tenía buenas velas en los caminos de Cempoal, que es por donde habían de venir a la villa, y estaba convocando Sandoval y atrayendo a sus soldados que si viniese Diego Velázquez u otra persona, que no se les diese la villa, y todos los soldados dicen que le respondieron conforme a su voluntad, y mandó hacer una horca en un cerro. Pues estando unos espías en los caminos, vienen de presto y le dan noticia que vienen cerca de la villa donde estaba seis españoles e indios de Cuba. Y Sandoval aguardó en su casa, que no les salió a recibir. Ya había mandado que ningún soldado saliese de su casa ni les hablase. Y come el clérigo y los demás que traían en su compañía no topaban a ningún vecino español con quien hablar, si no eran indios que hadan la obra de la fortaleza, y no les entendían, y como entraron en la villa fuéronse a la iglesia a hacer oración, y luego se fueron a la casa de Sandoval, que les pareció que era la mayor de la villa. Y el clérigo, después de "Enhorabuena estéis" que así dizque dijo, y Sandoval le respondió: "Que en tal buena hora viniese", dicen que el clérigo Guevara, que así se llamaba, comenzó un razonamiento diciendo que el señor Diego Velázquez, gobernador de Cuba, había gastado muchos dineros en la armada, y que Cortés y todos los demás que había traído en su compañía le habían sido traidores, y que les venia a notificar que luego fuesen a dar la obediencia al señor Pánfilo de Narváez, que venía por capitán general de Diego Velázquez. Y como Sandoval oyó aquellas palabras y descomedimientos que el Padre Guevara dijo, se estaba carcomiendo de pesar de lo que oía, y le dijo: "Señor Padre, muy mal habláis en decir esas palabras de traidores; aquí somos mejores servidores de Su Majestad que no Diego Velázquez, y porque sois clérigo no os castigo conforme a vuestra mala crianza. Andad con Dios a México, que allá está Cortés, que es capitán general y justicia mayor de esta Nueva España, y os responderá; aquel no tenéis más que hablar".

Entonces el clérigo dijo muy bravoso a su escribano que con él venía, que se decía Vergara, que luego sacase las provisiones que traía en el seno y las notificase a Sandoval y a los vecinos que con él estaban. Y dijo Sandoval al escribano que no leyese ningunos papeles, que no sabia si eran provisiones u otras escrituras, y de plática en plática ya el escribano comenzaba a sacar del seno las escrituras que traía; y Sandoval le dijo: "Mirad, Vergara: ya os he dicho que no leáis ningunos papeles aquí, sino id a México, y os prometo que si tal leyerais, que yo os haga dar cien azotes, porque ni sabemos si sois escribano del rey o no; mostrad titulo de ello, y si le traéis leedlo; y tampoco sabemos si son originales las provisiones o traslados u otros papeles". Y el clérigo, que era muy soberbio, dijo: "¿Qué hacéis con estos traidores? Sacad esas provisiones y notificádselas". Y esto dijo con mucho enojo. Y como Sandoval oyó aquella palabra, le dijo que mentía como ruin clérigo; y luego mandó a sus soldados que los llevasen presos a México. Y no lo hubo bien dicho, cuando en hamaquillas de redes, como ánimas pecadoras, los arrebataron muchos indios de los que trabajaban en la fortaleza, que los llevaron a cuestas, y en cuatro días dan con ellos cerca de México, que de noche y de día, con indios de remuda caminaban, e iban espantados desde que veían tantas ciudades y pueblos grandes que les traían de comer; y unos los tomaban y otros los dejaban, y andar por su camino. Dizque iban pensando si era encantamiento o sueño.

Y Sandoval envió con ellos por alguacil, hasta que los llevase a México, a Pedro de Solís, el yerno que fue de Orduña, que ahora llaman Solís tras de la puerta. Y así como los envió presos, escribió muy en posta a Cortés quién era el capitán de la armada y todo lo acaecido. Y como Cortés lo supo que venían presos y llegaban cerca de México, envióles cabalgaduras para los tres más principales; y mandó que luego los soltasen de la prisión, y les escribió que le pesó de que Gonzalo de Sandoval tal desacato hubiese hecho, y que quisiera que les hiciera mucha honra. Y desde que llegaron a México los salió a recibir y los metió en la ciudad muy honradamente.

Y desde que el clérigo y los demás sus compañeros vieron a México ser tan grandísima ciudad, y la riqueza de oro que teníamos, y otras muchas ciudades en el agua de la laguna, y todos nuestros capitanes y soldados, y la gran franqueza de Cortés, estaban admirados: y a cabo de dos días que estuvieron con nosotros. Cortés les habló de tal manera, con prometimientos y halagos. y aun les untó las manos de tejuelos y joyas de oro, y los tornó a enviar a su Narváez con bastimento que les dio para el camino, que donde venían muy bravosos leones volvieron muy mansos, y se le ofrecieron por servidores; y así como llegaron a Cempoal y dieron relación a su capitán, comenzaron a convocar todo el real de Narváez que se pasasen con nosotros. Y dejarlo he aquí, y diré cómo Cortés escribió a Narváez, y lo que sobre ello pasó.

COMO CORTES. DESPUES DE BIEN INFORMADO DE QUIEN ERA CAPITAN Y QUIEN Y CUANTOS VENIAN EN LA ARMADA, Y LOS PERTRECHOS DE GUERRA QUE TRAZAN. Y DE LOS TRES NUESTROS FALSOS SOLDADOS QUE A NARVAEZ SE PASARON, ESCRIBIO AL CAPITÁN Y A OTROS SUS AMIGOS. ESPECIALMENTE fA ANDRES DE DUERO. SECRETARIO DE DIEGO VELAZQUEZ: Y TAMBIEN SUPO COMO MONTEZUMA ENVIABA ORO Y ROPA A NARVAEZ. Y LAS PALABRAS QUE LE ENVIO A DECIR MONTEZUMA: Y DE COMO VENIA EN AQUELLA ARMADA EL LICENCIADO LUCAS VAZQUEZ DE AYLLON. OIDOR DE LA AUDIENCIA REAL DE SANTO DOMINGO. Y LA INSTRUCCION QUE TRAIA

COMO CORTES EN TODO tenia gran cuidado y advertencia y cosa ninguna se le pasaba que no procuraba poner remedio y, como muchas veces he dicho antes de ahora, tenía tan acertados y buenos capitanes y soldados que, demás de ser muy esforzados, le dábamos buenos consejos, acordóse por todos que se escribiese en posta con indios que llevasen las cartas a Narváez antes que llegase el clérigo Guevara, con muchas quiricias y ofrecimientos, que todos a una le hiciésemos, que haríamos lo que su merced mandase, y que le pedíamos por merced que no alborotase la tierra, ni los indios viesen entre nosotros divisiones. Y esto de este ofrecimiento fué por causa que, como éramos los de Cortés pocos soldados en comparación de los que Narváez traía, porque nos tuviese buena voluntad, y para ver lo que sucedía. y nos ofreciésemos por sus servidores; y también debajo de estas buenas palabras no dejásemos de buscar amigos entre los capitanes de Narváez, porque el padre Guevara y el escribano Vergara dijeron a Cortés que Narváez no venía bien quisto con sus capitanes y que les enviase algunos tejuelos y cadenas de oro, porque dádivas quebrantan peñas.

Y Cortés les escribió que se había holgado en gran manera él y todos nosotros sus compañeros con su llegada a aquel puerto, y pues son amigos de tiempos pasados, que le pide por merced que no dé causa a que Montezuma, que está preso, se suelte y la ciudad se levante, porque será para perderse él y su gente y todos nosotros las vidas, por los grandes poderes que tiene; y esto que lo dice porque Montezuma está muy alterado y toda la ciudad revuelta con las palabras que de allá le han enviado a decir: y que cree y tiene por cierto que un tan esforzado y sabio varón como él es no habían de salir de su boca cosas de tal arte dichas. ni en tal tiempo, sino que Cervantes el Chocarrero y los soldados que llevaba consigo lo dirían. Y demás de otras palabras que en la carta iban, se le ofreció con su persona y hacienda, y que en todo se haría lo que mandase.

Y también escribió Cortés al secretario Andrés de Duero, y al oidor Lucas Vázquez de Ayllón, y con las cartas envió ciertas joyas de oro para sus amigos. Y después que hubo enviado esta carta, secretamente mandó dar al oidor cadenas y tejuelos, y rogó al Padre de la Merced que luego tras las cartas fuese al real de Narváez, y le dió otras cadenas de oro y tejuelos y joyas muy estimadas que diese allá a sus amigos. Y así como llegó la primera carta que dicho habemos que escribió Cortés, con los indios, antes que llegase el Padre Guevara, que fué el que Narváez nos envió, andabala mostrando Narváez a sus capitanes haciendo burla de ella, y aun de nosotros. Y un capitán de los que traía Narváez, que venía por veedor, que se decía Salvatierra, dicen que hacía bramuras desde que la oyó: y decía a Narváez, reprendiéndole, que para qué lela la carta de un traidor como Cortés y los que con él estaban, y que luego fuese contra nosotros, y que no quedase ninguno a vida; y juró que las orejas de Cortés que las había de asar y comer la una de ellas, y decía otras liviandades. Por manera que no quiso responder a la carta ni nos tenía en una castai z..

Y en este instante llegó el clérigo Guevara y sus compañeros, y hablan a Narváez que Cortés era muy buen caballero y gran servidor del rey, y le dicen del gran poder de México y de las muchas ciudades que vieron por donde pasaron, y que entendieron que Cortés que le será servidor y hará cuanto mandase, y que será bien que por paz y sin ruido haya entre los unos y los otros concierto, y que mire el señor Narváez a qué parte quiere ir de toda la Nueva España con la gente que trae que allí vaya, y deje a Cortés en. otras provincias, pues hay tierras hartas donde se pueden albergar. Y como esto oyó Narváez, dicen que se enojó de tal manera con el Padre Guevara y con Anaya, que no les quería después más ver ni escuchar. Y después que los del real de Narváez les vieron ir tan ricos al Padre Guevara y al escribano Vergara y a los demás, y decían secretamente a todos los de Narváez tanto bien de Cortés y de todos nosotros, y que habían visto tanta multitud de oro que en el real andaba en el juego de los naipes, muchos de los de Narváez deseaban estar ya en nuestro real. Y en este instante llegó nuestro Padre de la Merced, como dicho tengo, al real de Narváez, con los tejuelos que Cortés le dió y con cartas secretas, y fué a besar las maníos de Narváez y a decirle que Cortés hará todo lo que le mandare, y que tengan paz y amor. Y Narváez. como era cabezudo y venía muy pujante, no le quiso oír, antes dijo delante del mismo Padre que Cortés y todos nosotros éramos unos traidores, y porque el fraile respondía que antes éramos muy leales servidores del rey, le trató mal de palabra. Y muy secretamente repartió el fraile los tejuelos y cadenas de oro a quien Cortés le mandó, y convocaba y atraía a si a los más principales del real de Narváez. Y dejarlo he aquí, y diré cómo hubieron palabras el capitán Pánfilo de Narváez y el oidor Lucas Vázquez de Avilón: y Narváez le mandó prender y le envió en un navío preso a Cuba o a Castilla. Cómo Narváez, después que envió preso al oidor Lucas Vázquez de Ayllón y a su escribano, se pasó con toda la armada a un pueblo que se dice Cempoal, que en aquella sazón era grande.

Y en aquella sazón, antes que Narváez viniese, había enviado Cortés a Tlaxcala por mucho maíz, porque había malas sementeras en tierra de México por falta de aguas, y hubo necesidad de ello, y como teníamos muchos indios naborías de Tlaxcala, habíamoslo menester. El cual maíz trajeron, y gallinas y otros bastimentos que dejamos a Pedro de Alvarado, y aun le hicimos unos mamparos y fortalezas con ciertos pertrechos y tiros de bronce y toda la pólvora que había, y catorce escopeteros y ocho ballesteros y cinco caballos, y quedaron con él ochenta soldados por todos. Pues desde que el gran Montezuma vió que queríamos ir sobre Narváez, y como Cortés le iba a ver cada día y a tenerle palacio, jamás Cor. tés le quiso dar a entender que Montezuma ayudaba a Narváez y le enviaba oro y mantas y le mandaba dar bastimentos; y de plática en plática le preguntó Montezuma a Cortés que cómo quería ir sobre Narváez, siendo los que traía Narváez muchos y Cortés tener pocos y que le pesaría si nos viniese algún mal, y aun le prometió enviar en ayuda nuestra cinco mil hombres de guerra, y Cortés le dió las gracias por ello y le dijo que no había menester más de la ayuda de Dios primeramente y de sus compañeros. Y se despidió Cortés de Montezuma y luego habló a Pedro de Alvarado y a todos los soldados que con él quedaban y les encargó que en todo guardasen al gran Montezuma que no se soltase, y obedeciesen a Pedro de Alvarado, y que prometía que mediante Nuestro Señor, que los había de hacer ricos a todos. Y nos abrazamos los unos a los otros y sin llevar indias, ni servicios, a la ligera tiramos por nuestras jornadas a Cholula. Y en el camino envió Cortés a Tlaxcala a rogar a nuestros amigos Xicotenga y Maseescaci que nos enviasen de presto cinco mil hombres de guerra. Y enviaron a decir que si fueran para contra indios como ellos, que sí hicieran, y aun muchos más, y que para contra teules como nosotros, y contra caballos, y contra lombardas y ballestas, que no querían; y proveyeron diez cargas de gallinas.

También Cortés escribió a Sandoval que se juntase con todos sus soldados muy presto con nosotros, que íbamos a unos pueblos obra de doce leguas de Cempoal, que se dicen Tanpaniquita y Mitlanguita, que ahora son de la encomienda de Pedro Moreno Medran, que vive en la Puebla; y que mirase muy bien Narváez no le prendiese ni hubiese a las manos a él ni a ninguno de sus soldados. Por manera que llegamos a Panganequita, y otro día llegó el capitán Sandoval con los soldados que tenía, que serían hasta sesenta, porque los demás viejos y dolientes los dejó en unos pueblos de indios de nuestros amigos que se decían Papalote, para que allí les diesen de comer; y también vinieron con él cinco soldados parientes y amigos de Lucas Vázquez de Aylfón, que se habían venido huyendo del real de Narváez; y vinieron a besar las manos a Cortés, a los cuales con mucha alegría recibió muy bien.

Y pues como ya estábamos en aquel pueblo todos juntos, acordamos que el Padre de la Merced, que era muy sagaz y de buenos medios tornásemos a enviarlo al real de Narváez, y que se hiciese muy servidor de Narváez y que se mostrase favorable a su parte, mas que nó a la de Cortés, y que secretamente convocase al artillero que se decía Usagre, y que hablase con Andrés de Duero para que viniese a verse con Cortés, y otra carta que escribimos a Narváez que mirase que se la diese en sus manos, y lo que en tal caso convenía, y tuviese mucha advertencia, y para esto llevó mucha cantidad de tejuelos y cadenas de oro para repartir. Y como el fraile de la Merced llegó al real de Narváez hizo lo que Cortés le mandó y andando en estos pasos tuvieron gran sospecha de él y aconsejaban a Narváez que le prendiese, y lo supo Andrés de Duero y con palabras sabrosas que dijo a Narváez le amansó. Y luego después que esto pasó se despidió Andrés de Duero y secretamente habló al Padre lo que había pasado.

Volvamos algo atrás de lo dicho, lo que más pasó. Así como Cortés tuvo noticia de la armada que traía Narváez, luego despachó un soldado que había estado en Italia, bien diestro de todas armas y más de jugar de una pica, y le envió a una provincia que se dice los chinantecas, junto adonde estaban nuestros soldados, los que fueron a buscar minas, porque aquellos de aquella provincia eran muy enemigos de los mexicanos, y pocos días había que tomaron nuestra amistad, y usaban por armas muy grandes lanzas, mayores que las nuestras de Castilla, con dos brazas de pedernal y navajas. Y envióseles a rogar que luego le trajesen adondequiera que estuviese trescientas de ellas, y que les quitasen las navajas, y que pues tenían mucho cobre que les hiciesen a cada una dos hierros; y llevó el soldado la manera que habían de ser los hierros.

Y como luego de presto buscaron las lanzas e hicieron los hierros, porque en toda la provincia en aquella sazón eran cuatro o cinco pueblos sin muchas estancias, las recogieron e hicieron los hierros muy más perfectamente que se los enviamos a mandar. Y también mandó a nuestro soldado, que se decía Tovilla, que les

demandase dos mil hombres de guerra, y que para el día de Pascua de Espíritu Santo viniese con ellos al pueblo de Panganequita, que asi se decía, o que preguntase en qué parte estábamos, y que los dos mil hombres trajesen lanzas. Por manera que el soldado se los demandó, y los caciques dijeron que ellos vendrían con la gente de guerra, y el soldado se vino luego con obra de doscientos indios, que trajeron las lanzas; y con los demás indios de guerra quedó para venir con ellos otro soldado de los nuestros que se decía Barrientos, y este Barrientos estaba en la estancia y minas que descubrían, y allí se concertó que había de venir de la manera que está dicho a nuestro real, porque seria de andadura diez o doce leguas de lo uno a lo otro. Pues venido nuestro soldado Tovilla con las lanzas, eran muy extremadas de buenas y allí se daba orden y nos imponía el soldado y amostraba a jugar con ellas, y cómo nos habíamos de haber con los de a caballo.

Y ya teníamos hecho nuestro alarde y copia y memoria de todos los soldados y capitanes de nuestro ejército, y hallamos doscientos sesenta y seis, contados atambor y ¡ano, sin el fraile, y con cinco de a caballo, y dos tirillos y pocos ballesteros y menos escopeteros, y a lo que tuvimos ojo para pelear con Narváez eran las picas, y fueron muy buenas, como adelante verán. Y dejemos de platicar más en el alarde y lanzas, y diré cómo llegó Andrés de Duero, que envió Narváez a nuestro real, y trajo consigo a nuestro soldado Usagre y dos indios nabortas de Cuba, y lo que dijeron y concertaron Cortes y Duero, según después alcanzamos a saber.

Y estuvo Andrés de Duero en nuestro real el día que llegó hasta otro día después de comer, que era día de Pascua del Espíritu Santo, y comió con Cortés, y estuvo hablando en secreto un rato, y después que hubieron comido se despidió Duero de todos nosotros, así capitanes como soldados, y luego fué a caballo otra vez adonde Cortés estaba, y dijo: " 1Qué manda vuestra merced, que me quiero partir?" Y respondióle: "Que vaya con Dios vuestra merced, y mire, señor Andrés de Duero, que haya buen conderto de lo que tenemos platicado; si no, en mi contienda, que asi juraba Cortés, que antes de tres días con todos mis compañeros seré allá en vuestro real, y al primero que le eche la lanza será a vuestra merced si otra cosa siento al contrario de lo que tenemos hablado". Y Duero se rió y dijo: "No faltaré en cosa que sea contrario de servir a vuestra merced". Y luego se fué, y llegado a su real dizque dijo a Narváez que Cortés y todos los que estábamos con él sentía estar de buena voluntad para pasarnos con el mismo Narváez.

Dejemos de hablar de esto de Duero, y diré cómo Cortés luego mandó llamar a un nuestro capitán que se decía Juan Velázquez de León, persona de mucha cuenta y amigo de Cortés, y era pariente muy cercano del gobernador de Cuba, Diego Velázquez.

Y después que hubo venido delante de Cortés y hecho su acato, le dijo: "zQué manda vuestra merced?" Y como Cortés hablaba algunas veces muy meloso y con la risa en la boca, le dijo medio riendo: "A lo que al señor Juan Velázquez le hice llamar es que me ha dicho Andrés de Duero que dice Narváez, y en todo su real hay fama, que si vuestra merced va allá que luego yo soy deshecho y desbaratado, porque creen que se ha de hacer con Narváez". Allí le habló Cortés secretamente, y luego se partió y llevó en su compañía a un mozo de espuelas de Cortés para que le sirviese, que se decía Juan del Río. Y dejemos de esta partida de Juan Velázquez, que dijeron que le envió Cortés por descuidar a Narváez, y volvamos a decir lo que en nuestro real pasó, que de allí a dos horas que se partió Juan Velázquez mandó Cortés tocar el atambor a Canillas, que así se llamaba nuestro atambor, y a Benito de Beger, nuestro pífano, que tocase su tamborino, y mandó a Gonzalo de Sandoval, que era capitán y alguacil mayor, para que llamase a todos los soldados y comenzásemos a marchar luego a paso largo camino de Cempoal.

Y yendo por nuestro camino se mataron dos puercos de la tierra que tienen el ombligo en el espinazo, y dijimos muchos soldados que era señal de victoria, y dormimos en un repecho cerca de un riachuelo, y nuestros corredores del campo adelante, y espías y rondas. Y desde que amaneció caminamos por nuestro camino derecho y fuimos a hora de mediodía a sestear a un río adonde está ahora poblada la Villa Rica de la Veracruz, donde desembarcan las barcas con mercaderías que vienen de Castilla, porque en aquel tiempo estaban pobladas junto al río unas casas de indios y arboledas. Y como en aquella tierra hace grandísimo sol, reposamos, como dicho tengo, porque traíamos nuestras armas y picas. Y dejemos ahora de más caminar y digamos lo que a Juan Velázquez de León le avino con Narváez.

COMO LLEGO JUAN VELAZQUEZ DE LEON Y UN MOZO DE ESPUELAS DE CORTES. QUE SE DECÍA JUAN DEL RIO, AL REAL DE PÁNFILO DE NARVAEZ, Y LO QUE EN EL PASO

LA HE DICHO COMO ENVIO Cortés a Juan Velázquez de León, y al mozo de espuelas para que le acompañase a Cempoal y a ver lo que Narváez le quería, que tanto deseo tenía de tenerlo en su compañía. Por manera que así como partieron de nuestro real se dieron tanta prisa en el camino, que fué a amanecer a Cempoal, y se fué a apear Juan Velásquez en casa del cacique gordo, porque Juan del Río no tenía caballo, y desde allí se iban a pie a la posada de Narváez. Pues como los indios le conocieron holgaron de verle y hablar, y decían voces a unos soldados de Narváez, que allí posaban en casa del cacique gordo, que aquel era Juan Velázquez de León, capitán de Malinche. Y así como los oyeron los 'soldados fueron corriendo a demandar albricias a Narváez cómo había venido Juan Velázquez de León; y antes que Juan Velázquez llegase a la posada de Narváez. y como de repente supo Narváez su venida, le salió a recibir a la calle, acompañado de ciertos soldados, donde se encontraron Juan Velázquez y Narváez y se hicieron muy grandes acatos. Y Narváez abrazó a Juan Velázquez y le mandó sentar en una silla, que luego trajeron sillas y asentaderos, cerca de si, y le dijo que porqué no se fué a apear a su posada, y mandó a sus criados que le fuesen luego por el caballo y fardaje, si llevaba, para que en su casa y su caballeriza y posada estaría. Y Juan Velázquez dijo que luego se quería volver, que no venia sino a besarle las manos y a todos los caballeros de su real y para ver si podía dar concierto que su merced y Cortés tuviesen paz y amistad. Entonces dizque dijo Narváez, habiendo apartado a Juan Velázquez, muy airado, cómo, que tales palabras le había de decir: ¡tener amistad y paz con un traidor, que se alzó a su primo Diego Velázquez con la armada! Y Juan Velázquez respondió que Cortés no era traidor, sino buen servidor de Su Majestad, y que ocurrir a nuestro rey y señor, como envió, no se le ha de atribuir a traición, y que le suplica que delante de él no se diga tal palabra. Y entonces Narváez le comenzó a convocar con grandes prometimientos que se quedase con él, y que concierte con los de Cortés que se le diesen y vengan luego a meterse en su obediencia, prometiéndole con juramento que sería en todo su real el más preeminente capitán, y en el mando segunda persona. Y Juan Velázquez respondió que mayor traición haría él dejar al capitán que tiene jurado en la guerra y desampararle, conociendo que en todo io que ha hecho en la Nueva España es en servicio de Dios Nuestro Señor y de Su Majestad, que no dejar ocurrir Cortés como ocurrió a nuestro rey y señor; y que le suplica que no le hable más de ello.

En aquella sazón habían venido a ver a Juan Velázquez todos los más principales capitanes del real de Narváez, y le abrazaban con gran cortesía, porque Juan Velázquez era muy del palacio y buen cuerpo, membrudo y buena presencia y rostro, y la barba bien puesta, y llevaba una cadena muy grande de oro echada al hombro, que le daba dos vueltas debajo del brazo; parecíale muy bien como bravoso y buen capitán. Dejemos del bien parecer de Juan Velázquez y como lo estaban mirando todos los capitanes de Narváez y aun nuestro fraile de la Merced también le vino a ver y en secreto a hablar, y asimismo Andrés de Duero y el alguacil mayor Bermúdez.

Pareció ser que en aquel instante ciertos capitanes de Narváez, que se decían Gamarra y un Juan Juste y un Juan Bono de Quexo. vizcaíno, y Salvatierra el bravoso, aconsejaron a Narváez que luego prendiese a Juan Velázquez, porque les pareció que hablaba muy sueltamente en favor de Cortés. Y ya había mandado Narváez secretamente a sus capitanes y alguaciles que le echasen preso; mi. polo Agustín Bermúdez y Andrés de Duero y nuestro fraile de la

Merced y un clérigo que se decía Juan de León, y otras personas de las que se habían dado por amigos de Cortés, y dicen a Narváez que se maravillan de su merced, querer mandar prender a Juan Velázquez de León; que qué puede hacer Cortés contra él, aunque tenga en su compañía otros cien Juan Velázquez, y que mire la honra y acatos que hace Cortés a todos los que de su real han ido, que les sale a recibir y a todos les da oro y joyas y vienen cargados como abejas a las colmenas, y de otras cosas de mantas y mosqueadores, y que a Andrés de Duero y al clérigo Guevara y Anaya y a Vergara el escribano, y a Alonso de Mata y a otros que han ido a su real bien los pudiera prender y no lo hizo; antes, como dicho tienen, les hace mucha honra, y que será mejor que le torne a hablar a Juan Velázquez con mucha cortesía y le convide a comer. Por manera que Narváez le pareció buen consejo, y luego le tornó a hablar con palabras muy amorosas para que fuese tercero en que Cortés se le diese con todos nosotros, y le convidó a comer. Y Juan Velázquez respondió que haría lo que pudiese en aquel caso, mas que tenía a Cortés por muy porfiado y cabezudo en aquel negocio, y que sería mejor que partiesen las provincias y que escogiese la tierra que más su merced quisiese.

Y esto decía Juan Velázquez por amansarle. Entre aquellas pláticas llegóse al oído de Narváez el fraile de la Merced, y &jole, como su privado y consejero que ya se le había hecho: "Mande vuestra merced hacer alarde toda su artillería y caballeros y escopeteros y ballesteros y soldados, para que lo vea Juan Velázquez de León y el mozo de espuelas Juan del Río, para que Cortés tema vuestros poderes y gentes y se venga a vuestra merced aunque le pese". Y esto le dijo el fraile como por vía de su muy gran servidor y amigo y por hacerle que trabajasen todos los de caballo y soldados en su real. Por manera que, por el dicho de nuestro fraile, hizo hacer alarde delante de Juan Velázquez de León y de Juan del Río, estando presente nuestro religioso. Y después que fué acabado de hacer dijo Juan Velázquez a Narváez: "Gran pujanza trae vuestra merced; Dios se lo acreciente". Entonces dijo Narváez: "Ahí verá vuestra merced que, si quisiera haber ido contra Cortés, le hubiera traído preso y a cuantos estáis con él". Entonces respondió Juan Velázquez y dijo: "Téngale vuestra merced por tal y a los soldados que con él estamos, que sabremos muy bien defender nuestras personas". Y así cesaron las pláticas.

Y otro día llevóle convidado a comer a Juan Velázquez, y comía con Narváez un sobrino de Diego Velázquez, gobernador de Cuba, que también era su capitán; y estando comiendo tratase plática de cómo Cortés no se daba a Narváez y de la carta y requerimiento que le envió y de unas palabras a otras desmandase el sobrino de Diego Velázquez, que también se decía Diego Velázquez como el tío, y dijo que Cortés y todos los que cen él estábamos éramos traidores, pues no se venían a someter a Narváez. Y Juan Velázquez luego que lo oyó, se levantó de la silla en que estaba, y con mucho acato dijo: "Señor capitán Narváez; ya he suplicado a vuestra merced que no consienta que se digan palabras tales como éstas que dijo de Cortés ni de ninguno de los que con él estamos, porque verdaderamente son mal dichas, decir mal de nosotros que tan lealmente hemos servido a Su Majestad". Y Diego Velázquez respondió que eran bien dichas, y pues volvía por un traidor y traidores, debía de ser otro tal como él, y que no era de los Velázquez de los buenos. Y Juan Velázquez, echando mano a su espada, le dijo que mentía y que era mejor caballero que no él, y de los buenos Velázquez, mejor que no él ni su tío, y que se lo haría conocer si el señor capitán Narváez les daba licencia. Y como había allí muchos capitanes, así de los de Narváez y algunos amigos de los de Cortés, se metieron en medio, que de hecho le iba a dar Juan Velázquez una estocada, y aconsejaron a Narváez que luego le mandase salir de su real, así a él como al fraile y a Juan del Rio, porque, a lo que sentían, no hacía provecho ninguno.

Y luego sin más dilación les mandaron que se fuesen, y ellos, que no veían la hora de verse en nuestro real, lo pusieron por obra. Y dizque Juan Velázquez yendo a caballo en su buena yegua y su cota puesta, que siempre andaba con ella, y con su capacete y gran cadena de oro, se fué a despedir de Narváez. Y estaba allí con Narváez el mancebo Diego Velázquez, el de la brega, y dijo a Narváez: " 1Qué manda vuestra merced para nuestro real?" Respondió Narváez, muy enojado, que se fuese, y que valiera más que no hubiera venido. Y dijo el mancebo Diego Velázquez palabras de amenaza a Juan Velázquez. Y le respondió a ellas Juan Velázquez de León, echándose mano a las barbas: "Por éstas, que yo vea antes de muchos días si vuestro esfuerzo es tanto como vuestro hablar". Y como venían con Juan Velázquez seis o siete de los del real de Narváez, que ya estaban convocados por

Cortés, que lo iban a despedir, dicen que trabaron de él como enojados, y le dijeron: "Váyase y no cure de más hablar, que es gran atrevimiento y digno de castigo". Y asi se despidieron, y a buen andar de sus caballos se van para nuestro real, porque luego les avisaron a Juan Velázquez que Narváez los quería prender y apercibia muchos de a caballo que fuesen tras ellos.

Viniendo su camino nos encontraron al río que dicho tengo que está cabe la Veracruz. Estando que estábamos en el río por mi ya nombrado, teniendo la siesta, porque en aquella tierra hace muy recio calor, porque, como caminábamos con todas nuestras armas a cuestas y cada uno con una pica, estábamos cansados; y en este instante vino uno de nuestros corredores del campo a dar mandado a Cortés que veían venir buen rato de allí dos o tres personas de a caballo, y luego presumimos que serían nuestros embajadores Juan Velázquez de León y el fraile y Juan del Río. Y como llegaron adonde estábamos, ¡qué regocijos y alegrías tuvimos todos!, y Cortés, ¡cuántas caricias y buenos comedimientos hizo a Juan Velázquez y a nuestro fraile! Y tenía mucha razón, porque le fueron muy servidores.

Allí contó Juan Velázquez paso por paso todo lo por mí atrás dicho.

Y volvamos a nuestra relación. Y es que luego todos caminamos para Cempoal y fuimos a dormir a un riachuelo adonde estaba en aquella sazón una puente, obra de una legua de Cempoal. adonde está ahora una estancia de vacas. Y dejarlo he aquí. y diré lo que se hizo en el real de Narváez después que se vinieron Juan Velázquez y el fraile y Juan del Rio, y luego volveré a contar lo que hicimos en nuestro real, porque en un instante acontece dos o tres cosas, y por fuerza he de dejar las unas por contar lo que más viene a propósito de esta relación.

Volvamos a Narváez, que luego mandó sacar toda su artillería y los de a caballo, y escopeteros y ballesteros y soldados, a un campo obra de un cuarto de legua de Cempoal para allí aguardarnos yno dejar ninguno de nosotros que no fuese muerto o preso. Y como llovió mucho aquel día, estaban ya los de Narváez hartos de estar aguardándonos al agua, y como no estaban acostumbrados a aguas ni trabajos y no nos tenían en nada, sus capitanes le aconsejaron que se volviesen a los aposentos, y que era afrenta estar allí como estaban aguardando a dos, tres y as, que decían que éramos, y que asestase su artillería delante de sus aposentos, que eran diez y ocho tiros gruesos, y que estuviesen toda la noche cuarenta de a caballo esperando en el camino por donde habíamos de ir a Cempoal; y que tuviese al pasar del río, que era por donde habíamos de venir, sus espías, que fuesen buenos hombres de a caballo y peones y ligeros para dar mandado; y que en los patios de los aposentos de Narváez anduviesen toda la noche veinte de a caballo.

DEL CONCIERTO Y ORDEN QUE SE DIO EN NUESTRO REAL PARA IR CONTRA NARVAEZ. Y DEL RAZONAMIENTO QUE DON HERNANDO NOS HIZO Y LO QUE LE RESOLVIMOS

LLEGADOS QUE FUIMOS AL riachuelo que ya he dicho y memorado, que estará obra de una le gua de Cempoal y había allí unos buenos prados, y después de haber enviado nuestros corredores del campo, personas de confianza, nuestro capitán Cortés, a caballo, nos envió a llamar, así capitanes con, todos los soldados, y de que nos vió juntos nos dijo que pedía por merced que callásemos, y luego comenzó un parlamento por tan lindo estilo y plática tan bien dicha, cierto otra más sabrosa y llena de ofertas que yo aquí sabré escribir, en que nos trajo luego a la memoria desde que salimos de la isla de Cuba, con todo lo acaecido por nosotros hasta aquella sazón, y nos dijo:

"Bien saben vuestras mercedes que Diego Velázquez, gobernador de Cuba, me eligió por capitán general, no porque entre vuestras mercedes no habla muchos caballeros que eran merecedores de ello; ya saben y tuvieron creído que veníamos a poblar, y así se publicaba y pregonó, y, según han visto, enviaba a rescatar. Ya saben lo que pasamos sobre que me quería volver a la isla de Cuba a dar cuenta a Diego Velázquez del cargo que me dio, conforme a sus instrucciones, pues vuestras mercedes me mandaron y requirieron que poblásemos esta tierra en nombre de Su Majestad, como, gracias a Nuestro Señor, la tenemos poblada, y fué cosa muy acertada. Y demás de esto, me hicisteis vuestro capitán general y justicia mayor de ella, hasta que Su Majestad otra cosa sea servido mandar, y, como ya he dicho, entre algunos de vuestras mercedes hubo algunas pláticas de volver a Cuba, que no lo quiero aquí más declarar, pues, a manera de decir, ayer pasó, y fué muy santa y buena nuestra quedada, y hemos hecho a Dios y a Su Majestad gran servicio, que esto claro está. Y ya saben lo que prometimos en nuestras cartas a Su Majestad después de haberle dado cuenta y relación de todos nuestros hechos, que punto no quedó, y que esta tierra es de la manera que hemos visto y conocido de ella, que es cuatro veces mayor que Castilla, y de grandes pueblos, y muy rica de oro y minas, y tiene cerca otras provincias; y cómo enviamos a suplicar a Su Majestad que no la diese en gobernación ni de otra cualquier manera a persona ninguna, y porque creíamos y teníamos por cierto que el obispo de Burgos, don Juan Rodríguez de Fonseca, que era en aquella sazón presidente de Indias y tenía mucho mando, que la demandaría a Su Majestad para Diego Velázquez o algún pariente o amigo del mismo obispo, porque esta tierra es tal o tan buena que convenía darse a un infante o gran señor, y que teníamos determinado de no darla a persona alguna hasta que Su Majestad oyese a nuestros procuradores y nosotros viésemos su real firma; y vista, que con lo que fuere servido mandar, los pechos por tierra. Y con las cartas ya saben que enviamos y servimos a Su Majestad con todo el oro y plata y joyas y todo cuanto teníamos y habíamos habido" Y más dijo: 'Bien se les acordará, señores, cuántas veces hemos llegado a puntos de muerte en las guerras y batallas que hemos habido, pues traerlas a la memoria, ¡qué acostumbrados estamos de trabajos y aguas y vientos y algunas veces hambres, y siempre traer las armas a cuestas y dormir por los suelos, así nevando como lloviendo, que si miramos en ello, los cueros tenemos ya curtidos de los trabajos! No quiero decir de más de cincuenta de nuestros compañeros que nos han muerto en las guerras, ni de todas vuestras mercedes cómo estáis entrapajados y mancos de heridas que aun ahora están por sanar; pues que les quiera traer a la memoria los trabajos que trajimos por la mar, y las batallas de Tabasco, y los que se hallaron en lo de Almería y lo de Cingapacinga, y cuántas veces por las sierras y caminos nos procuraban de quitar las vidas: pues en las batallas de Tlaxcala en qué punto nos pusieron y cuáles nos traían; pues la de Cholula, ya tenían puestas las ollas para comer nuestros cuerpos; pues a la subida de los puertos no se les habrá olvidado los poderes que tenía Montezuma para no dejar ninguno de nosotros, y bien vieron los caminos todos llenos de árboles cortados; pues los peligros de la entrada y estada en la gran ciudad de México, cuántas veces teníamos la muerte al ojo, ¿quién los podrá componderar? Pues vean los que han venido de vuestras mercedes dos veces primero que no yo, la una con Francisco Hernández de Córdoba y la otra con Juan de Grijalva, los trabajos, hambres y sed y heridas y muertes de muchos soldados que en descubrir estas tierras pasasteis, y todo lo que en aquellos dos viajes habéis gastado de vuestras haciendas"

Y dijo que no quería contar cosas muchas que tenía por decir por menudo y no habría tiempo para acabarlo de platicar, porque era tarde y venía la noche; y más dijo: "Digamos ahora, señores, cómo viene Pánfilo de Narváez contra nosotros con mucha rabia y deseo de habernos a las manos, y no había desembarcado y nos llamaba traidores y malos, y envió a decir al gran Montezuma, no palabras de sabio capitán sino de alborotador, y demás de esto tuvo atrevimiento de prender a un oidor de Su Majestad, que por sólo este gran delito es digno de ser muy bien castigado. Ya habrán oído cómo han pregonado en su real guerra contra nosotros a ropa franca, como si fuéramos moros". Y luego después de haber dicho esto, Cortés comenzó a sublimar nuestras personas y esfuerzos en las guerras y batallas pasadas, y que entonces peleábamos por salvar nuestras vidas, y que ahora hemos de pelear con todo vigor por vida y honra, pues nos vienen a prender y echar de nuestras casas y robar nuestras haciendas, y que además de esto, que no sabemos si trae provisiones de nuestro rey y señor, salve favores del obispo de Burgos, nuestro contrario.

Y que si por ventura caemos debajo de sus manos de Narváez, lo cual Dios no permita, que todos nuestros servicios que hemos hecho a Dios primeramente y a Su Majestad, tornarán en deservidos y harán procesos contra nosotros, y dirán que hemos muerte y robado y destruido la tierra, donde ellos son los robadores y alborotadores y deservidores de nuestro rey y señor; dirán que le han servido, y pues que vemos por los ojos todo lo que ha dicho, y como buenos caballeros, somos obligados a volver por la honra de Su Majestad y por las nuestras y por nuestras casas y haciendas. Y con esta intención salió de México, teniendo confianza en Dios y de nosotros; que todo lo ponía en las manos de Dios primeramente y después en las nuestras; que veamos lo que nos parece.

Entonces todos a una le respondimos, y también juntamente con nosotros Juan Velázquez de León y Francisco de Lugo y otros capitanes, que tuviese por cierto que, mediante Dios, habíamos de vencer o morir sobre ello, y que mirase no le convenciesen con partidos, porque si alguna cosa hacía fea, que le daríamos de estocadas. Entonces, como vio nuestras voluntades, se holgó mucho y dijo que con aquella confianza venía. Y allí hizo muchas ofertas y prometimientos que seríamos todos muy ricos y valerosos. Y hecho esto tornó a decir que nos pedía por merced que callásemos y que en las guerras y batallas han menester más prudencia y saber, para bien vencer los contrarios, que con osadía, y que porque tenía conocido de nuestros grandes esfuerzos, que por ganar honra cada uno de nosotros que quería adelantar de los primeros a encontrar con los enemigos: que fuésemos puestos en ordenanza y capitanías, y para que la primera cosa que hiciésemos fuese tomarles la artillería, que eran diez y ocho tiros que tenía asestados delante de sus aposentos de Narváez, mandó que fuese por capitán un pariente suyo de Cortés que se decía Pizarro, que ya he dicho otras veces en aquella sazón no había fama de Perú ni de Pizarros, que no era descubierto: y era Pizarro suelto mancebo, y le señaló sesenta soldados mancebos, y entre ellos me nombraron a mí: y mandó que después de tomada la artillería acudiésemos todos al aposento de Narváez, que estaba en un muy alto con. y para prender a Narváez señaló por capitán a Gonzalo de Sandoval con otros sesenta compañeros, y como era alquacil mayor, le dió un mandamiento que decía así: "Gonzalo de Sandoval, alquacil mayor de esta Nueva España por Su Majestad, yo os mando que prendáis el cuerpo a Pánfilo de Narváez y, si se os defendiese, matadle, que así conviene al servicio de Dios y del rey nuestro señor, por cuanto ha hecho muchas cosas en deservicio de Dios y de Su Majestad y le prendió a un oidor. Dado en este real, y la firma: Hernando Cortés, y refrendado de su secretario, Pero Hernández". Y después de dado el mandamiento, prometió que al primer soldado que le echase mano le daría tres mil pesos, y al segunde dos mil, y al tercero mil, y dijo que aquello que prometía que era para guantes, que ya bien veíamos la riqueza que había entre nuestras manos.

Y luego nombró a Juan Velázquez de León para que prendiese al mancebo Diego Velázquez, con quien había tenido la brega, y le dió otros sesenta soldados; y asimismo nombró a Diego de Ordaz para que prendiese a Salvatierra, y lc dió otros sesenta soldados. que cada capitán de éstos estaba en su fortaleza y altos cries; y el mismo Cortés por sobresaliente, con otros veinte soldados para acudir adonde más necesidad hubiese, y dónde él tenía el pensamiento de asistir era para prender a Narváez y a Salvatierra. Pues ya dadas las copias a los capitanes, como dicho tengo, dijo: "Bien sé que los de Narváez son por todos cuatro veces más que nosotros; mas ellos no son acostumbrados a las armas, y como están la mayor parte de ellos mal con su capitán y muchos dolientes, y les tomaremos de sobresalto, tengo pensamiento que Dios nos dará victoria, que no porfiarán mucho en su defensa, porque más bienes les haremos nosotros que no su Narváez. Así que, señores, pues nuestra vida y honra está después de Dios en vuestros esfuerzos y vigorosos brazos, no tengo más que pediros por merced ni traer a la memoria sino que en esto está el toque de nuestras honras y famas para siempre jamás, y más vale morir por buenos que vivir afrentados". Y porque en aquella sazén llovía y era tarde, no dijo más.

Una cosa me he parado después acá a pensar, que jamás nos dijo: tengo tal concierto en el real hecho, ni fulano ni zutano es en nuestro favor, ni cosa ninguna de éstas, sino que peleásemos como varones, y esto de no decirnos que tenía amigos en el real de Narváez fué de muy cuerdo capitán, que por aquel efecto no dejásemos de batallar como muy esforzados y no tuviésemos esperanza en ellos, sino después de Dios en nuestros grandes ánimos.

Dejemos de esto y digamos cómo cada uno de nuestros capitanes por mí nombrados estaban con los soldados señalados, cómo y de qué manera habíamos de pelear, y poniéndose esfuerzo los unos a los otros. Pues mi capitán Pizarro, con quien habíamos de tomar la artillería, que era la cosa de más peligro, y habíamos de ser los primeros que habíamos de romper hasta los tiros, también decía con mucho esfuerzo cómo habíamos de entrar y calar nuestras picas hasta tener la artillería en nuestro poder, y después que se la hubiésemos tomado, que con ella misma mandó a nuestros artilleros que se decían Mesa y el Siciliano y Usagre y Arvenga, que con las pelotas que estuviesen por descargar diesen guerra a los del aposento de Salvatierra.

También quiero decir la gran necesidad que teníamos de armas, que por un peto o capacete o casco o babera de hierro diéramos aquella noche cuanto nos pidieran por ello, y todo cuanto habíamos ganado. Y luego secretamente nos nombraron el apellido que habíamos de tener estando batallando, que era, ¡Espíritu Santo, Espíritu Santo!, que esto se suele hacer secreto en las guerras porque se conozcan y apelliden por el nombre que no lo sepan unos contrarios de otros. Y los de Narváez tenían su apellido y voz ;Santa María, Santa María! Ya hecho todo esto, como yo era gran amigo y servidor del capitán Sandoval, me dijo aquella noche que me pedía por merced que después que hubiésemos tomado la artillería, que si quedaba con la vida, que siempre me hallase con él y le siguiese, y yo se lo prometí y así lo hice, como adelante verán.

Digamos ahora en qué se entendió un rato de la noche, sino en aderezar y pensar en lo que teníamos por delante, pues para cenar no teníamos cosa ninguna, y luego fueron nuestros corredores del campo y se puso espías y velas. A mí y a otro soldado nos pusieron por velas, y no tardó mucho cuando viene un corredor del campo a preguntarme que si he sentido algo, y yo dije que no. Y luego vino un cuadrillero y dijo que el Galleguillo que había venido del real de Narváez no parecía y que era espía echada de Narváez, y que mandaba Cortés que luego marchásemos camino de Cempoal; y oímos tocar nuestro pifanón y atambor, y los capitanes apercibidos sus soldados, y comenzamos a marchar; y al Galleguillo hallaron debajo de unas mantas durmiendo, que como llovió y el pobre no era acostumbrado a estar al agua ni fríos, metióse allí a dormir. Pues yendo a nuestro paso tendido, sin tocar pífano ni atambor, y los capitanes apercibiendo sus soldados. y comenzamos a marchar como está dicho; y nuestros corredores del campo descubriendo la tierra, llegamos al río donde estaban las espías de Narváez, que ya he dicho que se decían Gonzalo Carrasco y Hurtado, y estaban tan descuidados, que tuvimos tiempo de prender a Carrasco, y el otro fué dando voces al real de Narváez, diciendo: "¡Al arma, al arma, que viene Cortés!"

Y acuérdome que cuando pasábamos aquel río, como llovía, venia un poco hondo y las piedras resbalaban algo, y con las picas y armas nos hacía mucho estorbo. Y también me acuerdo, cuando se prendió a Carrasco, decía a Cortés a grandes voces: "Mirad, señor Cortés, no vayáis allá, que juro a tal que está Narváez esperándoos en el campo con todo su ejército". Y Cortés le dio en guarda a su secretario Pero Hernández. Y como vimos que Hurtado fué a dar mandado, no nos detuvimos cosa, sino que Hurtado iba dando voces y mandando dar "¡Al arma, al arma!" Y Narváez llamando a sus capitanes y nosotros calando nuestras picas y cerrando con la artillería, todo fué uno, que no tuvieron tiempo sus artilleros de poner fuego sino a cuatro tiros, y las pelotas algunas de ellas pasaron por alto, y una de ellas mató a tres de nuestros compañeros. Pues en aquel instante llegaron todos nuestros capitanes tocando al arma nuestros pífanos y atambor, y como había muchos de los de Narváez a caballo, detuviéronse un poco con ellos, porque luego derrocaron a seis o siete; pues nosotros, los que tomamos la artillería, no osábamos desampararla, porque Narváez desde su aposento nos tiraba muchas saetas y escopetas, e hirió siete de los nuestros. Y en aquel instante llegó el capitán Sandoval y sube de presto las gradas arriba, y por mucha resistencia que le ponía Narváez y le tiraban saetas y escopetas, y con partesanas y lanzas, todavía las subió él y sus soldados. Y luego desde que vimos los soldados que ganamos la artillería que no había quien nos la defendiese, se la dimos a nuestros artilleros por mí nombrados, y fuimos muchos de nosotros y el capitán Pizarro a ayudar a Sandoval, que les hacían los de Narváez venir dos gradas abajo retrayéndose, y con nuestra llegada tornó a subirlas. Y estuvimos buen rato peleando con nuestras picas, que eran grandes, y cuando no me acato oímos voces de Narváez que decía.

"¡Santa Maria, váleme, que muerto me han y quebrado un ojo!" Y desde que aquello oímos luego dimos voces: ¡Victoria, victoria por los del nombre del Espíritu Santo, que muerto es Narváez ¡Victoria, victoria por Cortés, que muerto es Narváez! Y con todo esto no les pudimos entrar en el cu donde estaban, hasta que un Martín López, el de los bergantines, como era alto de cuerpo, puso fuego a las pajas del alto cu, y vienen todos los de Narváez rodando las gradas abajo. Entonces prendimos a Narváez, y el primero que le echó mano fue Pero Sánchez Farfán, y Sandoval y yo se lo di a Sandoval, y a otros'capitanes que con él estaban y todavía dando voces y apellido: "¡Viva el rey, viva el rey, y en su real nombre Cortés, Cortés! ¡Victoria, victoria, que muerto es Narváez!"

Dejemos este combate; vamos a Cortés y a los demás capitanes que todavía estaban batallando cada uno con los capitanes de Narváez que aún no se habían dado porque estaban en muy altos cúes, y con los tiros que les tiraban nuestros artilleros, y con nuestras voces y muerte de Narváez, y como Cortés era muy avisado mandó de presto pregonar que todos los de Narváez se vengan luego a someter debajo de la bandera de Su Majestad y de Cortés en su real nombre, so pena de muerte. Y aun con todo esto, no se daban los de Diego Velázquez el Mozo, ni los de Salvatierra, porque estaban en muy altos cúes y no los podían entrar, hasta que Gonzalo de Sandoval fue con la mitad de nosotros los que con él estábamos, y con los tiros y con los pregones les entraron, y se prendieron así a Salvatierra, como los que con él estaban, y a Diego Velázquez el Mozo. Y luego Sandoval vino con todos nosotros los que fuimos en prender a Narváez a ponerlo más en cobro. Y después que Cortés y Juan Velázquez y Ordaz tuvieron presos a Salvatierra, y a Diego Velázquez el Mozo, y a Gamarra, y a Juan Juste, y a Juan Bono, vizcaíno, y a otras personas principales, se vino Cortés desconocido, acompañado de nuestros capitanes, adonde teníamos a Narváez, y con el calor que hacía grande, y como estaba cargado con las armas y andaba de una parte a otra apellidando nuestros soldados y haciendo dar pregones, venía muy sudado y cansado, y tal que no le alcanzaba un huelgo a otro; y dijo a Sandoval dos veces, que no lo acertaba a decir del trabajo que traía y descansado alqo: "¡Ea, cesad! ¿Qué es de Narváez? ¿Qué es de Narváez?" Dijo Sandoval: "Aquí está, aquí está, y a muy buen recaudo". Y tornó Cortés a decir muy sin huelgo: "Mira, hijo Sandoval, que no os quitéis de él, vos y vuestros compañeros, no se os suelte, mientras yo voy a entender en otras cosas, y mirad, esos capitanes que con él traéis presos, que en todo haya recaudo".

Y luego se fue, y manda dar otros pregones, que so pena de muerte, que todos los de Narváez luego en aquel punto se vengan a someter debajo de la bandera de Su Majestad, y en su real nombre Hernando Cortés, su capitán general y justicia mayor, y que ninguno trajese ningunas armas, sino que todos se las diesen y entregasen a nuestros alguaciles. Y todo esto era de noche, que no amanecía, y aun llovía de rato en rato, y entonces salía la luna. que cuando allí llegamos hacía muy oscuro y llovía, y también la oscuridad ayudó, que como hacía tan oscura había muchos cocuyos, que así los llaman en Cuba, que relumbran de noche; los de Narváez creyeron que eran mechas de escopetas.

Dejemos esto y pasemos adelante, que como Narváez estaba muy mal herido y quebrado el ojo, demandó licencia a Sandoval para que un su cirujano que traía en su armada, que se decía maestre Juan, le curase el ojo a él y a otros capitanes que estaban heridos, y se la dió. Y estándole curando llegó allí cerca Cortés, disimulado que no le conociese, a verle. Dijéronle al oído a Narváez que estaba allí Cortés, y como se lo dijeron, dijo Narváez: "Señor capitán Cortés: tener en mucho esta victoria que de mi habéis habido, y en tener presa mi persona". Y Cortés 1e respondió que daba muchas gracias a Dios que se la dió, y por los esforzados caballeros y compañeros que tiene, que fueron parte para ello, y que una de las menores cosas que en la Nueva España ha hecho es prenderle y desbaratarle; que si le ha parecido bien tener atrevimiento de prender a un oidor de Su Majestad. Y después que hubo dicho esto se fué de allí, que no le habló más, y mandó a Sandoval que le pusiese buenas guardas y que él no se quitase de él con personas de recaudo. Ya le teníamos echado dos pares de grillos, y le llevamos a un aposento, y puestos soldados que le habíamos de guardar, y a mí señaló Sandoval por uno de ellos, y secretamente me mandó que no dejase hablar con él a ninguno de los de Narváez hasta que amaneciese, y Cortés le pusiese más en cobro.

Dejemos esto y digamos cómo Narváez había enviado cuaren ta de a caballo para que nos estuviesen aguardando en el paso cuando viniésemos a su real, como dicho tengo en el capítulo que de ello habla, y supimos que andaban todavia en el campo, tuvimos temor no nos viniesen a acometer para quitarnos a sus capitanes y al mismo Narváez que teníamos presos, y estábamos muy apercibidos. Y acordó Cortés de enviarles a pedir por merced que se viniesen al real, con grandes ofrecimientos que a todos prometió, y para traerlos envió a Cristóbal de Olid, que era nuestro maestre de campo, y a Diego de Ordaz, y fueron en unos caballos que tomaron de los de Narváez, que todos los nuestros de caballo no trajeron ninguno, que atados quedaron en un montecillo junto a Cempoal, que no trajimos caballos sino picas y espadas y rodelas y puñales; y fueron al campo con un soldado de los de Narváez. que les mostró el rastro por donde habían ido, y se toparon con ellos, y en fin, tantas palabras de ofertas y prometimientos les dijeron por parte de Cortés, que los trajeron. Y ciertos caballeros de ellos le tenian voluntad, y antes que llegasen a nuestro real, que era de día claro, y sin decir cosa ninguna Cortés ni ninguno de nosotros a los atabaleros que Narváez traía, comenzaron a tocar los atabales y a tañer sus pífanos y tamborinos, y decían: "¡Viva, viva la gala de los romanos, que, siendo tan pocos, han vencido a Narváez y a sus soldados!" Y un negro que se decía Guidela, que fué muy gracioso truhán, que traía Narvaez, daba voces y decía: "Mira que los romanos no han hecho tal hazaña". Y por más que les decíamos que callasen y no tocasen sus atabales, no querían, hasta que Cortés mandó que prendiesen al atabalero, que era medio loco y se decía Tapia.

Y en ese instante vino Cristóbal de Olid y Diego de Ordaz, y trajeron a los de caballo que dicho tengo, y entre ellos venía Andrés de Duero y Agustín Bermúdez, y muchos amigos de nuestro capitán; y así como venían iban a besar las manos a Cortés, que estaba sentado en una silla de caderas con una ropa larga de color como naranjada con sus armas debajo, acompañado de nosotros. Pues ver la gracia con que les hablaba y abrazaba, y las palabras de tantos cumplimientos que les decía, era cosa de ver, y qué alegre estaba, y tenía mucha razón, de verse en aquel punto tan señor y pujante. Y así como le besaron las manos se fueron cada uno a su posada.

Digamos ahora de los muertos y heridos que hubo aquella noche. Murió el alférez de Narváez, que se decía fulano de Fuentes, que era un hidalgo de Sevilla; murió otro capitán de Narváez, que se decía Rojas, natural de Castilla la Vieja; murieron otros dos de Narváez; murió uno de los tres soldados que se le habían pasado que habían sido de los nuestros, que llamábamos Alonso García el Carretero; y heridos de los de Narváez hubo muchos. Y también murieron de los nuestros otros cuatro, y hubo más heridos, y el cacique gordo también salió herido, porque como supo que veníamos cerca de Cempoal, se acogió al aposento de Narváez, y allí le hirieron. Y luego Cortés le mandó curar muy bien y le puso en su casa, y que no se le hiciese enojo. Pues Cervantes el Loco, y Escalonilla, que son los que se pasaron a Narváez que habían sido de los nuestros, tampoco libraron bien, que Escalona salió bien herido, y Cervantes bien apaleado, y ya he dicho que el Carretero fué muerto. Vamos a los del aposento de Salvatierra, el muy fiero, que dijeron sus soldados que en toda su vida vieron hombre para menos ni tan cortado de muerte. Cuando nos oyó tocar al arma y cuando decíamos: "¡Victoria, victoria, que muerto es Narváez!", dizque luego dijo que estaba muy malo del estómago, y que no fué para cosa ninguna. Esto lo he dicho por sus fieros y bravear. Y de los de su capitanía también hubo heridos. Digamos del aposento de Diego Velázquez y otros capitanes que estaban con él y también hubo heridos. Y nuestro capitán Juan Velázquez de León prendió a Diego Velázquez, aquel con quien tuvo las bregas estando comiendo con Narváez, y le llevó a su aposento y le mandó curar y hacer mucha honra. Pues ya he dado cuenta de todo lo acaecido en nuestra batalla, digamos ahora lo que más se hizo.

COMO CORTES ENVIO AL PUERTO Al, CAPITAN FRANCISCO DE LUGO. Y EN SU COMPAÑIA DOS SOLDADOS QUE HABLAN SIDO MAESTRES DE NAVIOS. PARA QUE LUEGO TRAJESEN ALLÍ A CEMPOAL TODOS LOS MAESTRES Y PILOTOS DE LOS NAVIOS Y FLOTA DE NARVAEZ Y QUE LES SACASEN LAS VELAS Y TIMONES Y AGUJAS. PORQUE NO FUESEN A DAR MANDADO A LA ISLA DE CUBA A DIEGO VELAZQUEZ DE LO ACAECIDO. Y COMO PUSO ALMIRANTE DE LA MAR, Y OTRAS COSAS QUE PASARON

PUES ACABADO DE DESBARATAR a Pánfilo de Narváez, y presos él y sus capitantes y a todos los demás tomadas las armas, mandó Cortés al capitán Francisco de Lugo que fuese al puerto adonde estaba la flota de Narváez, que eran diez y ocho navíos, y que mandese venir allí a Cempoal a todos los pilotos y maestres de los navies, y que les sacasen velas y timones y agujas porque no fuese a dar mandado a Cuba a Diego Velázquez, y que si no le quisiesen obedecer, que les echase presos. Y llevó consigo Francisco de Lugo dos de nuestros soldados que habían sido hombres de la mar que le ayudasen. Y también mandó Cortés que luego le enviasen a un Sancho de Barahona que le tenía preso Narváez con otros dos soldados. Este Barahona fué vecino de Guatemala, hombre rico, y acuérdome que cuando llegó ante Cortés que venia muy doliente y flaco; y le mandó hacer honra.

Volvamos a los maestres y pilotos, que luego vinieron a besar las manos al capitán Cortés, a los cuales tomó juramento que no saldrían de su mandado y que le obedecerían en todo lo que Les mandase, y luego les puso por almirante y capitán de la mar a un Pedro Caballero, que había sido maestre de un navío de los de Narváez, persona de quien nuestro Cortés se fió mucho, al cual dicen que le dice primero buenos tejuelos de oro. Y a éste mandó que no dejase ir de aquel puerto ningún navío a parte ninguna, y mandó a todos los demás maestres y pilotos y marineros que todos le obedeciesen, y que si de Cuba enviase Diego Velázquez más navíos, porque tuvo aviso que estaban dos navíos para venir, que tuviese manera y aviso que al capitán que en él viniese le echase preso y le sacase el timón y velas y agujas, hasta que otra cosa en ello Cortés mandase; lo cual así hizo Pedro Caballero como adelante diré.

Y dejemos ya ios navíos y el puerto seguro y digamos lo que se concertó en nuestro real y los de Narváez; que luego se dió orden que fuese a conquistar y poblar Juan Velázquez de León a lo de Pánuco, y para ello Cortés le señaló ciento y veinte soldados; los ciento habían de ser de los de Narváez y los veinte de los nuestros entremetidos, porque tenían más experiencia en la guerra, y también había de llevar dos navíos, para que desde el rio de Panuco fuesen a descubrir la costa adelante. Y también a Diego de Ordaz dió otra capitanía de otros ciento y veinte soldados, para ir a poblar a lo de Guazagualco, y los ciento habían de ser de los de Narváez y los veinte de los nuestros, según y de la manera que a Juan Velázquez de León, y había de llevar otros dos navíos para desde el río de Guazagualco enviara la isla de Jamaica por manadas de yeguas y becerros y puercos y ovejas y gallinas de Castilla y cabras para multiplicar la tierra, porque la provincia de Guazagualco era buena para ello. Pues para ir aquellos capitanes con sus soldados y llevar todas sus armas, Cortés se las mandó dar y soltar todos los prisioneros capitanes de Narváez, excepto a Narváez y Salvatierra, que decía que estaba malo del estómago. Pues para darles todas las armas, algunos de nuestros soldados les teníamos ya tomado caballos y espadas y otras cosas, manda Cortés que luego se las volviésemos, y sobre no dárselas hubo ciertas pláticas enojosas; y fueron que dijimos los soldados que las teníamos, muy claramente, que no se las queríamos dar, pues que en el real de Narváez pregonaron guerra contra nosotros y a ropa franca, y con aquella intención nos venían a prender y tomar lo que te• níamos; y que siendo nosotros tan grandes servidores de Su Majestad, nos llamaban traidores, y que no se las queríamos dar. Y Cortés todavía porfiaba a que se las diésemos, y como era capitán general, húbose de hacer lo que mandó, que yo les di un caballo que tenía ya escondido, ensillado y enfrenado, y dos espadas, y tres puñales, y una daga; y otros muchos de nuestros soldados dieron también otros caballos y armas.

Y como Alonso de Avila era capitán y persona que osaba decir a Cortés cosas que convenían, y juntamente con él el Padre de la Merced, hablaron aparte a Cortés y le dijeron que parecía que quería remedar a Alejandro Macedonio, que después que con sus soldados había hecho alguna gran hazaña, que más procuraba de honrar y hacer mercedes a los que vencia que no a sus capitanes y soldados, que eran los que lo vencían; y esto que lo decían poique lo que veían en aquellos días que allí estábamos, después de preso Narváez, que todas la joyas de oro fue le presentaban los indios a Cortés, y bastimentos, daba a los capitanes de Narváez, y que como si no nos conociera así nos olvidaba, y que no era bien hecho, sino muy gran ingratitud, habiéndole puesto en el estado en que estaba. A esto respondió Cortés que todo cuanto tenía, así persona como bienes, era para nosotros, y que al presente no podia más sino con dádivas y palabras y ofrecimientos honrar a los de Narváez, porque, como son muchos y nosotros pocos, no se levanten contra él y contra nosotros y le matasen. A esto respondió Alonso de Avila y le dijo ciertas palabras algo soberbias; de tal manera que Cortés le dijo que quien no le quisiese seguir que las mujeres han parido y paren en Castilla soldados. Y Alonso de Avila dijo, con palabras muy soberbias y sin acato, que así era verdad, que soldados y capitanes y gobernadores, y que aquello merecíamos que dijese. Y como en aquella sazón estaba la cosa de arte que Cortés no podia hacer otra cosa sino callar, y con dádivas y ofertas le atrajo a sí; y como conoció de él ser muy atrevido, y tuvo siempre Cortés temor que por ventura un día u otro no hiciese alguna cosa en su daño, disimuló, y de allí adelante siempre le enviaba a negocios de importancia como fué a la isla de Santo Domingo, y después a España, cuando enviamos la recámara y tesoro del gran Montezuma que robó Juan Florín, gran corsario francés, lo cual diré en su tiempo y lugar.

Y volvamos ahora a Narváez y a un negro que traía lleno de viruelas, que harto negro fué para la Nueva España, que fué causa que se pegase e hinchiese toda la tierra de ellas, de lo cual hubo gran mortandad, que, según decían los indios, jamás tal enfermedad tuvieron, y como no la conocían, lavábanse muchas veces, y a esta causa se murieron gran cantidad de ellos. Por manera que negra la ventura de Narváez, y más prieta la muerte de tanta gente sin ser cristianos.

Dejemos ahora todo esto, y digamos cómo los vecinos de la Villa Rica que habían quedado poblados, que no fueron a México, demandaron a Cortés las partes del oro que les cabía, y dijeron a Cortés que puesto que allí les mandó quedar en aquel puerto y villa, que tan bien servian allí a Dios y al rey como los que fuimos a México, pues entendían en guardar la tierra y hacer la fortaleza, y algunos de ellos se hallaron en lo de Almeria, que aún no tenían sanas las heridas, y que todos los más se hallaron en la prisión de Narváez, y que les diesen sus partes. Y viendo Cortés que era muy justo lo que decían, dijo que fuesen dos hombres principales, vecinos de aquella villa, con poder de todos, y que lo tenían apartado y se lo darían. Y paréceme que les dijo que en Tlaxcala estaba guardado, que esto no me acuerdo bien; y asi luego despacharon de aquella villa dos vecinos por el oro y partes, y el principal se decía Juan Alcántara el Viejo.

Y dejemos de platicar en ello, y después diremos lo que sucedió a Alcántara y al oro, y digamos cómo la adversa fortuna vuelve de presto a su rueda, que a grandes bonanzas y placeres, da tristeza, y es que en este instante vienen nuevas que México está.alzado, y que Pedro de Alvarado está cercado en su fortaleza y aposento, y que le ponían fuego por dos partes en la misma fortaleza, y que le han muerto siete soldados, y que estaban otros muchos heridos, y enviaba a demandar socorro con mucha instancia y prisa. Y esta nueva trajeron dos tlaxcaltecas, sin carta ninguna, y luego vino una carta con otros tlaxcaltecas que envió Pedro de Alvarado, en que decía lo mismo. Y desde que aquella tan mala nueva oímos, sabe Dios cuánto nos pesó, y a grandes jornadas comenzamos a marchar para México; y quedó preso en la Villa Rica Narváez y Salvatierra, y por teniente y capitán paréceme que quedó Rodrigo Rangel, que tuviese cargo de guardar a Narváez y de recoger muchos de los de Narváez que estaban dolientes.

Y también en este instante, ya que queriamos partir, vinieron cuatro grandes principales, que envió el gran Montezuma ante Cortés, a quejarse de Pedro de Alvarado, y lo que dijeron llorando muchas lágrimas de sus ojos, que Pedro de Alvarado salió de su aposento con todos los soldados que le dejó Cortés, y sin causa ninguna dió en sus principales y caciques que estaban bailando y haciendo fiesta a sus ídolos Üichilobos y Tezcatipuca, con licencia que para ello les dió Pedro de Alvarado, y que mató e hirió muchos de ellos, y que por defenderse le mataron seis de sus soldados; por manera que daban muchas quejas de Pedro de Alvarado. Y Cortés les respondió a los mensajeros algo desabido y que él iría a México y pondría remedio en todo; y así fueron con aquella respuesta a su gran Montezuma; y dizque la sintió por muy mala, y hubo enojo de ella. Y asimismo luego despachó Cortés cartas para Pedro de Alvarado, en que le envió a decir que mirase que Montezuma no se soltase, y que íbamos a grandes jornadas, y le hizo saber de la victoria que habíamos habido contra Narváez, lo cual ya sabía el gran Montezuma. Y dejarlo he aquí, y diré lo que más adelante pasó.

COMO FUIMOS A GRANDES JORNADAS ASI CORTES CON TODOS SUS CAPITANES Y TODOS LOS DE NARVAEZ, EXCEPTO SALVATIERRA Y PANFILO DE NARVAEZ, QUE QUEDARON PRESOS EN LA VILLA RICA DE LA VERA CRUZ

COMO LLEGO LA NUEVA por mi memorada, cómo Pedro de Alvarado estaba cercado y México rebelado, cesaron las capitanías que habían de ir a poblar a Pánuco y a Guazagualco, que habían dado a Juan Velázquez de León y a Diego de Ordaz, que no fue ninguno de ellos, que todos fueron con nosotros. Y Cortés habló a los de Narváez, que sintió que no irían con nosotros de buena voluntad a hacer aquel socorro, y les rogó que dejasen atrás enemistades pasadas por lo de Narváez, ofreciéndoseles de hacerlos ricos y darles cargos, y pues venían a buscar la vida y estaban en tierra donde podrían hacer servicio a Dios y a Su Majestad y enriquecer, y pues que ahora venia lance. Y tantas palabras les dijo, que todos a uno se le ofrecieron que irían con nosotros; y si supieran las fuerzas de México. cierto está que no fuera ninguno. Y luego caminamos a muy grandes jornadas hasta llegar a Tlaxcala donde supimos que hasta que Montezuma y sus capitanes habían sabido cómo habíamos desbaratado a Narváez, no dejaron de dar guerra a Pedro de Alvarado y le habían ya muerto siete soldados, y le quemaron los aposentos, y que después que supieron nuestra victoria cesaron de darle guerra; mas dijeron que estaban muy fatigados por falta de agua y bastimento; el cual bastimento nunca se lo había mandado dar Montezuma. Y esta nueva trajeron indios de Tlaxcala en aquella misma horn que hubimos llegado.

Y luego Cortés mandó hacer alarde de la gente que llevaba, y halló sobre mil trescientos soldados, así de los nuestros como de los de Narváez, y sobre noventa y seis caballos y ochenta ballesteros, y otros tantos escopeteros, con los cuales le pareció a Cortés que llevaba gente para poder entrar muy a nuestro salvo en México; y demás de esto, en Tlaxcala nos dieron los caciques dos mil indios de guerra. Y luego fuimos a grandes jornadas hasta Tezcuco, que es una gran ciudad; y no se nos hizo honra ninguna en ella, ni pareció ningún señor, sino todó muy remontado y de mal arte. Y llegamos a México día de señor San Juan de junio de mil quinientos veinte años, y no parecían por las calles caciques ni capitanes, ni indios conocidos, sino todas las casas despobladas. Y como llegamos a los aposentos en que solíamos posar. el gran Montezuma salió al patio para hablar y abrazar a Cortés y darle el bien venido, y de la victoria con Narváez. Y Cortés, como venía victorioso, no le quiso oír, y Montezuma se entró en su aposento muy triste y pensativo.

Pues ya aposentados cada uno de nosotros donde solíamos estar antes que saliésemos de México para ir a lo de Narváez, y los de Narváez en otros aposentos, y ya habíamos visto y hablado con Pedro de Alvarado y los soldados que con él se quedaron, y ellos nos daban cuenta de las guerras que los mexicanos les daban y trabajo en que les tenían puesto, y nosotros les dábamos relación de la victoria contra Narváez.

Y dejaré esto, y diré cómo Cortés procuró saber qué fué la causa de levantarse México, porque bien entendido teníamos que Montezuma le pesó de ello, que si le pudiera o fuera por su consejo. dijeron muchos soldados de los que se quedaron con Pedro de Alvarado en aquellos trances, que si Montezuma fuera de ello, que a todos les mataran, y que Montezuma los aplacaba que cesasen la guerra. Y lo que contaba Pedro de Alvarado a Cortés, sobre el caso, era que por libertar los mexicanos a Montezuma, y porque Uichilobos se lo mando, porque pusimos en su casa la imagen de Nuestra Señora la Virgen Santa María y la Cruz: y más dijo que habían llegado muchos indios a quitar la santa imagen del altar donde la pusimos, y que no pudieron, y que los indios lo tuvieron a gran milagro y que se lo dijeron a Montezuma, y que les mandó que la dejasen en el mismo lugar y altar y que no curasen de hacer otra cosa, y así la dejaron.

Y más dijo Pedro de Alvarado que por lo que Narváez les había enviado a decir a Montezuma que le venia a soltar de las prisiones y a prendernos, y no salió verdad, y como Cortés había dicho a Montezuma que en teniendo navíos nos habíamos de ir a embarcar y salir de toda la tierra, y que no nos íbamos y que todo eran palabras, y que ahora ha visto venir muchos más teules. antes que todos los de Narváez y los nuestros tornásemos a entrar a México, que sería bien matar a Pedro de Alvarado y a sus soldados y soltar al gran Montezuma, y después no quedar a vida ninguno de los nuestros y de los de Narváez, cuanto más que tuvieron por cierto que nos vencieran Narváez y sus soldados. Estas pláticas y descargo dió Pedro de Alvarado a Cortés. Y le tornó a decir Cortés que a qué causa les fué a dar guerra, estando bailando y haciendo sus fiestas. Y sabía muy ciertamente que en acabando las fiestas y bailes y sacrificios que hacían a su Uichilobos y a Tezcatepuca, que luego le habían de venir a dar guerra, según el concierto quel tenían entre ellos hecho; y todo lo demás, que lo supo de un papa y de dos principales y de otros mexicanos.

Y Cortés le dijo: "Pues hanme dicho que le demandaron licencia para hacer el areito y bailes". Dijo que así era verdad, y que fue por tomarles descuidados; y que porque temiesen y no viniesen a darle guerra, que por esto se adelantó a dar en ellos. Y después que aquello Cortés oyó, le dijo muy enojado que era muy mal hecho y gran desatino, y que plugiera a Dios que Montezuma se hubiera soltado y que tal cosa no lo oyera a sus oídos. Y así le dejó que no le habló más en ello. También dijo al mismo Pedro de Alvarado que cuando andaba con ellos en aquella guerra que mandó poner a un tiro que estaba cebado, fuego, el cual tenía una pelota y muchos perdigones, y que como venían muchos escuadrones de indios a quemarle los aposentos, que salió a pelear con ellos y que mandó poner fuego al tiro, y que no salió, y que después hizo una arremetida contra los escuadrones que le daban guerra, y cargaban muchos indios sobre él, que venía retrayéndose a la fuerza y aposento, y que entonces sin poner fuego al tiro salió la pelota y los perdigones, y mató muchos indios. y que si aquello no acaeciera, que los enemigos les mataran a todos, como en aquella vez les llevaron dos de sus soldados vivos. Otra cosa dijo Pedro de Alvarado, y esa sola cosa la dijeron otros soldados, que las demás pláticas sólo Pedro de Alvarado lo contaba; y es que no tenían agua para beber y cavaron en el patio e hicieron un pozo y sacaron agua dulce, siendo todo salado también; todo fué muchos bienes que Nuestro Señor nos hacia. Y a esto del agua digo yo que en México estaba una fuente que muchas veces y todas las más manaba agua algo dulce. Estas cosas y otras, diré que lo oí a personas de fe y creer, que se hallaron con Pedro de Alvarado cuando aquello pasó. Y dejarlo he aquí, y diré la gran guerra que luego nos dieron, y es de esta manera.

COMO NOS DIERON GUERRA EN MEXICO, Y LOS COMBATES QUE NOS DABAN, Y OTRAS COSAS QUE PASAMOS

COMO CORTES VIO QUE en Tezcuco no nos habían hecho ningún recibimiento ni aun dado de comer sino mal y por mal cabo, y que no hallamos principales con quien hablar, y lo vió todo remontado y de mal arte, y venido a México lo mismo, y vió que no hacían tiánguiz, sino todo levantado, y oyó a Pedro de Alvarado de la manera y desconcierto con que les fue a dar guerra; y parece ser había dicho Cortés en el camino a los capitanes de Narváez, alabándose de sí mismo, el gran acato y mando que tenía, y que por los caminos le saldrían a recibir y hacer fiestas, y que carian oro, y que en México mandaba tan absolutamente así al gran Montezuma como a todos sus capitanes. y que le darían presentes de oro como solían; y viendo que todo estaba muy al contrario de sus pensamientos, que aun de comer no nos daban, estaba muy airado y soberbio con la mucha gente de españoles que traía, y triste y mohino. Y en este instante envió el gran Montezuma dos de sus principales a rogar a nuestro Cortés que le fuese a ver, que le quería hablar: y la respuesta que les dio dijo: "Vaya para perro, que aun tiánguez no quiere hacer, ni de comer no nos manda dar". Y entonces como aquello le oyeron a Cortés nuestros capitanes, que fué Juan Velázquez de León y Cristóbal de Oid y Alonso de Avila y Francisco de Lugo, dijeron: "Señor, temple su ira, y mire cuánto bien y honra nos ha hecho este rey de estas tierras, que es tan bueno que por si por él no fuese ya fuéramos muertos y nos habrían comido, y mire que hasta las hijas le ha dado".

Y como esto oyó Cortés, se indignó más de las palabras que le dijeron, como parecían de reprensión, y dijo: "¿Qué cumplimiento he yo de tener con un perro que se hacia con Narváez secretamente, y ahora veis que aun de comer no nos dan?" Y dijeron nuestros capitanes: "Esto nos parece que debe hacer, y es buen consejo". Y como Cortés tenia allí en México tantos españoles, así de los nuestros como de los de Narváez, no se le daba nada por cosa ninguna, y hablaba tan airado y descomedido. Por manera que tornó a hablar a los principales que dijesen a su señor Montezuma que luego mande hacer tiánguez y mercados; si no, que hará y que acontecerá. Y los principales bien entendieron las palabras injuriosas que Cortés dijo de su señor y aun también la reprensión que nuestros capitanes dieron a Cortés sobre ello; porque bien los conocían que habían sido los que solían tener en guarda a su señor, y sabían que eran grandes servidores de Montezuma; y según y de la manera que lo entendieron se lo dijeron a Montezuma, y de enojo, o porque ya estaba concertado que nos diesen guerra, no tardó un cuarto de hora que vino un soldado a gran prisá, muy mal herido, que venia de un pueblo que está junto a México que se dice Tacuba, y traía unas indias que eran de Cortés. y la una hija de Montezuma, que parece ser se las dejó a guardar allí al señor de Tacuba, que eran sus parientes del mismo señor. cuando fuimos a lo de Narváez. Y dijo aquel soldado que estaba toda la ciudad y camino por donde venía lleno de gente de guerra, con todo género de armas, y que le quitaron las indias que traía y le dieron dos heridas, y que si no se les soltara, que le tenían ya asido para meterle en una canoa y llevarle a sacrificar, y habían deshecho un puente.

Y desde que aquello oyó Cortés y algunos de nosotros, ciertamente nos pesó mucho, porque bien entendido teníamos, los que solíamos batallar con indios, la mucha multitud que de ellos se suelen juntar, y que por bien que peleásemos, y aunque más soldados trajésemos ahora, que habíamos de pasar gran riesgo de nuestras vidas y hambres y trabajos, especialmente estando en tan fuerte ciudad. Pasemos adelante y digamos que luego Cortés mandó a un capitán que se decía Diego de Ordaz que fuese con cuatrocientos soldados, y entre ellos los más ballesteros y escopeteros, y algunos de caballo, y que mirase qué era aquello que decía el soldado que había venido herido y trajo las nuevas: y que si viese que sin guerra y ruido se pudiese apaciguar, lo pacificase. Y como fué Diego de Ordaz de la manera que le fué mandado con sus cuatrocientos soldados, aun no hubo bien llegado a media calle, por donde iba, cuando le salen tantos escuadrones mexicanos de guerra, y otros muchos que estaban en las azoteas, y le dieron tan grandes combates, que le mataron a las primeras arremetidas diez y ocho soldados, y a todos los más hirieron, y al mismo Diego de Ordaz le dieron heridas. Por manera que no pudo pasar un paso adelante, sino volverse poco a poco al aposento, y al retraer le mataron a otro buen soldado que se decía Lezcano, que con un montante había hecho cosas de muy esforzado varón; y en aquel mismo instante, si muchos escuadrones salieron a Diego de Ordaz. muchos más vinieron a nuestros aposentos, y tiran tanta vara y piedras con ondas y flechas, que nos hirieron de aquella vez sobre cuarenta y seis hombres de los nuestros, y doce murieron de las heridas.

Y estaban tantos guerreros sobre nosotros, que Diego de Ordaz, que se venía retrayendo, no podía llegar a los aposentos por la mucha guerra que le daban, unos por detrás y otros por delante y otros desde las azoteas. Pues quizá no aprovechaba mucho nuestros tiros, ni escopetas, ni ballestas, ni lanzas, ni estocadas que les dábamos, ni nuestro buen pelear, que aunque les matábamos y heriamos muchos de ellos, por las puntas de las espadas y lanzas se nos metían; con todo esto cerraban sus escuadrones, y no perdían punto de su buen pelear, ni les podíamos apartar de nosotros. Y en fin, con los tiros y escopetas y ballestas y el mal que les haciamos de estocadas, tuvo tiempo de entrar Ordaz en el aposento, que hasta entonces, y aunque quería, no podía pasar y con sus soldados bien heridos y catorce menos, y todavía no cesaban muchos escuadrones de darnos guerra y decirnos que éramos como mujeres, y nos llamaban de bellacos, y otros vituperios. Y aun no ha sido nada todo el daño que nos han hecho hasta ahora, lo que después hicieron. Y es que tuvieron tanto atrevimiento, que unos dándonos guerra por unas partes y otros por otra, entraron a ponernos fuego en nuestros aposentos, que no nos podíamos valer con el humo y fuego, hasta que se puso remedio con derrocar sobre él mucha tierra y atajar otras salas por donde venia el fuego, que verdaderamente allí dentro creyeron de quemarnos vivos.

sobre nosotros tantos escuadrones de ellos, y tiraban varas y piedras y flechas a bulto y piedra perdida, que de lo del día y lo de entonces estaban todos aquellos patios y suelos hechos parvas de ellos. Pues nosotros aquella noche en curar heridos, y en poner remedio en los portillos que habían hecho, y en apercibirnos para otro día, en esto se pasó. Pues desde que amaneció acordó nuestro capitán que con todos los nuestros y los de Narváez saliésemos a pelear con ellos, y que llevásemos tiros y escopetas y ballestas, y procurásemos de vencerlos, al de menos que sintiesen más nuestras fuerzas y esfuerzo mejor que el del día pasado. Y digo que si nosotros teníamos hecho aquel concierto, que los mexicanos tenían concertado lo mismo, y peleábamos muy bien: mas ellos estaban tan fuertes y tenían tantos escuadrones. que se remudaban de rato en rato, aunque estuvieran allí diez mil Héctores troyanos y tantos Roldanes, no les pudieran entrar; porque saberlo ahora yo aquí decir cómo pasó, y vimos el tesón en el pelear, digo que no lo sé escribir; porque ni aprovechaban tiros, ni escopetas, ni ballestas, ni apechugar con ellos, ni matarles treinta ni cuarenta de cada vez que arremetíamos, que tan enteros y con más vigor peleaban que al principio; y si algunas veces les íbamos ganando alguna poca de tierra, o parte de calle, hacían que se retraían, era para que les siguiésemos por apartarnos de nuestra fuerza y aposento, para dar más a su salvo en nosotros, creyendo que no volveríamos con las vidas a los aposentos, porque al retraer nos hacían mucho mal. Pues para pasar a quemarles las casas, ya he dicho en el capítulo que de ello habla que de casa en casa tenían un puente de madera levadiza; alzábanle y no podíamos pasar sino por agua muy honda. Pues desde las azoteas, los cantos y piedras y varas no lo podíamos sufrir; por manera que nos maltrataban y herían muchos de los nuestros.

Y no sé yo para qué lo escribo así tan tibiamente, porque unos tres o cuatro soldados que se habían hallado en Italia, que allí estaban con nosotros, juraron muchas veces a Dios que guerras tan bravosas jamás habían visto en algunas que se habían hallado entre cristianos y contra la artillería del rey de Francia, ni del gran turco; ni gente como aquellos indios, con tanto ánimo cerrar los escuadrones vieron, y porque decían otras muchas cosas y causas que daban a ello, como adelante verán: y quedarse ha aquí. y diré cómo con harto trabajo nos retrajimos a nuestros aposentos, y todavía muchos escuadrones de guerreros sobre nosotros, con grandes gritos y trompetillas y atambores, llamándonos de bellacos y para poco, que no osábamos atenderles todo el día en batalla, sino volvernos retrayendo.

Aquel día mataron otros diez o doce soldados, y todos volvimos bien heridos; y lo que pasó de la noche fué en concertar para de ahí a dos días saliésemos todos los soldados cuantos sanos había en todo el real, y con cuatro ingenios a manera de torres, que se hicieron de madera, bien recios, en que pudiesen ir debajo de cualquiera de ellos veinticinco hombres y llevaban sus ventanillas y agujeros en ellos para ir los tiros, y también iban escopeteros y ballesteros, y junto con ellos habíamos de ir otros soldados escopeteros y ballesteros, y los tiros y todos los demás y los de a ca.. bailo hacer algunas arremetidas. Y hecho este concierto, como estuvimos aquel día, que entendíamos en la obra y en fortalecer muchos portillos que nos tenían hechos, no salimos a pelear aquel día. No sé cómo lo diga, los grandes escuadrones de guerreros que nos vinieron a los aposentos a dar guerra, no solamente por diez o doce partes, sino por más de veinte, porque en todos estábamos repartidos, y en otras muchas partes, y entre tanto que los adobamos y fortalecíamos como dicho tengo, otros muchos escuadrones procuraban entrarnos en los aposentos en escala vista, que ni por tiros ni ballestas ni escopetas ni por muchas arremetidas y estocadas les podían retraer. Pues lo que decían que en aquel día no había de quedar ninguno de nosotros, y que habían de sacrificar a sus dioses nuestros corazones y sangre, y con las piernas y brazos que bien tendrían para hacer hartazgos y fiestas, y que los cuerpos echarían a los tigres y leones y víboras y culebras que tienen encerrados, que se harten de ellos; y que a aquel efecto ha dos días que mandaron que no les diesen de comer, y que el oro que teníamos que habríamos mal gozo de él, y de todas las mantas; y a los de Tlaxcala que con nosotros estaban les decían que los meterían en jaulas a engordar, y que poco a poco harían sus sacrificios con sus cuerpos. Y muy afectuosamente decían que les diésemos su gran señor Montezuma y decían otras cosas. Y de noche asimismo siempre muchos silbos y voces y rociada de vara y piedra y flecha.

Y desde que amaneció, después de encomendarnos a Dios, salimos de nuestros aposentos con nuestras torres, que me parece a mi que en otras partes donde me he hallado en guerra, en cosas que bien han sido menester, les llaman muros y mantas; y con los tiros y escopetas y ballestas delante, y los de a caballo haciende algunas arremetidas, y, como he dicho, aunque les matábamos muchos de ellos no aprovechaba cosa para hacerles volver las espaldas, sino que si muy bravamente habían peleado los días pasados, muy más fuertes y con mayores fuerzas y escuadrones estaban este día. Y todavía determinamos que, aunque a todos costase la vida, de ir con nuestras torres e ingenios hasta el gran cu del Uichilobos. No digo por extenso los grandes combates que en una casa fuerte nos dieron, ni diré cómo los caballos los herían, ni nos aprovechábamos de ellos, porque, aunque arremetían a los escuadrones para romperlos, tirábanles tanta flecha y vara y piedra, que no se podían valer por bien armados que estaban; y si los iban alcanzando, luego se dejaban caer los mexicanos a su salvo en las acequias y laguna, donde tenían hechos otros mamparos para los de a caballo, y estaban otros muchos indios con lanzas muy largas para acabar de matarlos; así que no aprovechaba cosa ninguna.

Pues apartarnos a quemar ni deshacer ninguna casa era por demás, porque, como he dicho, están todas en el agua, y de casa en casa una puente levadiza; pasarla a nado era cosa muy peligrosa, porque desde las azoteas tenían tanta piedra y cantos y mamparos, que era cosa perdida ponernos en ello; y además de esto en algunas casas que les poníamos fuego tardaba una casa en quenarse un día entero, y no se podía pegar fuego de una casa a otra lo uno, por estar apartadas una de otra y el agua en medio, y lo otro, ser de azoteas; así que eran por demás nuestros trabajos en aventurar nuestras personas en aquello. Por manera que fuimos hasta el gran cu de sus ídolos, y luego de repente suben en Cl más de cuatro mil mexicanos, sin otras capitanías que en ellos estaban con grandes lanzas y piedra y vara, y se ponen en defensa y nos resistieron la subida un buen rato, que no bastaban las torres ni los tiros ni ballestas ni escopetas, ni los de caballo, porque aunque querían arremeter los caballos, había unas losas muy grandes empedrando todo el patio, que se iban a los caballos pies y manos, y eran tan lisas, que caían; y como desde las gradas del alto cu nos defendían el paso, y a un lado y a otro teníamos tantos contrarios, y aunque nuestros tiros llevaban diez o quince de ellos, a estocadas y arremetidas matábamos otros muchos, cargaba tanta gente, que no les podíamos subir al alto cu; y con gran concierto tornamos a porfiar, sin llevar las torres, porque ya estaban desbaratadas, y les subimos arriba. Aquí se mostró Cortés muy valiente como siempre lo fué. ¡Oh, qué pelear y fuerte batalla que aquí tuvimos! Era cosa de notar vernos a todos corriendo sangre y llenos de heridas, y otros muertos; y quiso Nuestro Señor que llegamos adonde solíamos tener la imagen de Nuestra Señora, y no la hallamos, que pareció, según supimos, que el gran Montezuma tenia devoción en ella, y la mandó guardar; y pusimos fuego a sus ídolos, y se quemó un buen pedazo de la sala con los ídolos Uichilobos y Tezcatepuca. Entonces nos ayudaron muy bien los tlaxcaltecas. Pues ya hecho esto, estando que estábamos unos peleando y otros poniendo el fuego, como dicho tengo, ver los papas que estaban en este gran cu, y sobre tres o cuatro mil indios, todos principales, ya que nos bajábamos, cuál nos hacían venir rodando seis gradas y aun diez abajo, y hay tanto que decir de estos escuadrones que estaban en los pretiles y concavidades del gran cu, tirándonos tanta vara y flecha, que así a unos escuadrones como a los otros no podíamos hacer cara, acordamos con mucho trabajo y riesgo de nuestras personas de volvernos a nuestros aposentos, los castillos deshechos, y todos heridos, y diez y seis muertos, y los indios siempre aprestándonos, y otros escuadrones por las espaldas, que quien no nos vió, aunque aquí más claro lo diga, yo no lo sé significar.

Pues aun no digo lo que hicieron los escuadrones mexicanos que estaban dando guerra en los aposentos en tanto que andábamos fuera, y la gran porfía y tesón que ponían de entrarles. En esta batalla prendimos dos papas principales, que Cortés nos mandó que los llevasen a buen recaudo. Muchas veces he visto pintada entre los mexicanos y tlaxcaltecas esta batalla y subida que hicimos en este gran cu, y tiénenlo por cosa muy heroica, que aunque nos pintan a todos nosotros muy heridos, corriendo sangre y muchos muertos en retratos que tienen de ello hecho, en mucho lo tienen esto de poner fuego al cu. y estar tanto guerrero guardándolo, y en los pretiles y concavidades, y otros muchos indios abajo en el suelo y patios llenos, y en los lados, y otros muchos. y deshechas nuestras torres, cómo fué posible subirle. Dejemos de hablar de ello y digamos cómo con gran trabajo tornamos a los aposentos, y si mucha gente nos fueron siguiendo y daban guerra, otros muchos estaban en los aposentos, que ya les tenían derrocadas unas paredes para entrarles, y con nuestra llegada cesaron. mas no de manera que en todo lo que quedó del día dejaban de tirar vara y piedra y flecha, y en la noche, grita y piedra y vara.

Dejemos de su gran tesón y porfía, que siempre a la contina tenían de estar sobre nuestros aposentos, como he dicho, y digamos que aquella noche se nos fué en curar heridos y enterrar los muertos y en aderezar para salir otro día a pelear y en poner fuerzas y mamparos a las paredes que habían derrocado y a otros portillos que habían hecho, y tomar consejo cómo y de qué manera podríamos pelear sin que recibiésemos tantos daños ni muertes; y en todo lo que platicamos no hallábamos remedio ninguno. Pues también quiero decir las maldiciones que los de Narváez echaban a Cortés, y las palabras que decían, que renegaban de él y de la tierra, y aun de Diego Velázquez, que acá les envio, que bien pacíficos estaban en sus casas en la isla de Cuba, y estaban embelesados y sin sentido.

Volvamos a nuestra plática; que fué acordado de demandarles paces para salir de México. Y desde que amaneció vienen muchos más escuadrones de guerreros, y vienen muy de hecho y nos cercan por todas partes los aposentos, y si mucha piedra y flecha tiraban de antes, muchas más espesas y con mayores alaridos y silbos vinieron este día; y otros escuadrones por otras partes procuraban de entrarnos, que no aprovechaban tiros ni escopetas y aunque les hacían harto mal. Y viendo todo esto acordó Cortés que el gran Montezuma les hablase desde una azotea, y les dijese que cesasen las guerras, y que nos queríamos ir de su ciudad. Y cuando al gran Montezuma se lo fueron a decir de parte de Cortés, dicen que dijo con gran dolor: "¿Qué quiere ya de mi Malinche. que yo no deseo vivir ni oírle, pues en tal estado por su causa mi ventura me ha traído?". Y no quiso venir, y aun dicen que dijo que ya no le quería ver ni oír a él ni a sus falsas palabras ni promesas y mentiras. Y fué el Padre de la Merced y Cristóbal de Olid, y le hablaron con mucho acato y palabras muy amorosas. Y dijo Montezuma: "Yo tengo creído que no aprovecharé cosa ninguna para que cese la guerra, porque ya tienen alzado otro señor y han propuesto de no os dejar salir de aquí con la vida; y así creo que todos vosotros habéis de morir".

Y volvamos a los grandes combates que nos daban. Que Montezuma se puso a pretil de una azotea con muchos de nuestros soldados que le guardaban, y les comenzó a hablar con palabras muy amorosas que dejasen la guerra y que nos iríamos de México, y muchos principales y capitanes mexicanos bien le conocieron, y luego mandaron que callasen sus gentes y no tirasen varas ni piedras ni flechas; y cuatro de ellos se llegaron en parte que Montezuma les podia hablar, y ellos a é1, y llorando le dijeron: "¡Oh, señor y nuestro gran señor, y cómo nos pesa de todo vuestro mal y daño y de vuestros hijos y parientes! Hacemos saber que ya hemos levantado a un vuestro pariente por señor". Y allí le nombró como se llamaba, que se decía Coadlavaca, señor de lztapalapa, que no fué Guatemuz el que luego fué señor. Y más dijeron que la guerra que la habían de acabar, y que tenían prometido a sus ídolos de no dejarla hasta que todos nosotros muriésemos, y que rogaban cada día a su Uichilobos y a Tezcatepuca que le guardase libre y sano de nuestro poder; y como saliese como deseaban, que no le dejarían de tener muy mejor que de antes por señor, y que les perdonase. Y no hubieron bien acabado el razonamiento, cuando en aquella sazón tiran tanta piedra y vara, que los nuestros que le arrodelaban, desde que vieron que entre tanto que hablaba con ellos no daban guerra, se descuidaron un momento de rodelarle de presto, y le dieron tres pedradas, una en la cabeza. otra en un brazo y otra en una pierna; y puesto que le rogaban se curase y comiese y le decían sobre ello buenas palabras, no quiso, antes cuando no nos catamos vinieron a decir que era muerto. Y Cortés lloró por él, y todos nuestros capitanes y soldados, y hombres hubo entre nosotros, de los que le conocíamos y tratábamos, de que fue tan llorado como si fuera nuestro padre, y no nos hemos de maravillar de ello viendo que tan bueno era. Y decían que había diez y siete años que reinaba, y que fué el mejor rey que en México había habido y que por su persona había vencido tres desafíos que tuvo sobre las tierras que sojuzgó. Y pasemos adelante.

DESPUES QUE FUE MUERTO EL GRAN MONTEZUMA, ACORDO CORTES DE HACERLO SABER A SUS CAPITANES Y PRINCIPALES QUE NOS DABAN GUERRA, Y LO QUE MAS PASO

DILES COMO VIMOS a Montezuma que se había muerto, ya he dicho la tristeza que en todos nosotros hubo por ello, y aun el fraile de la Merced, que siempre estaba con él, se lo tuvimos a mal no atraerle a que se volviese cristiano, y le dio por descargo que no creyó que de aquellas heridas muriese, salvo que él debió mandar que le pusieren alguna cosa con que se pasmó. En fin de más razones mandó Cortés a un papa y a un principal de los que estaban presos, que soltamos para que fuesen a decir al cacique que alzaron por señor, que se decía Coadlavaca, y a sus capitanes cómo el gran Montezuma era muerto, y que ellos le vieron morir, y de la manera que murió y heridas que le dieron los suyos, que dijesen cómo a todos nos pesaba de ello, y que lo enterrasen como a gran rey que era, y que alzasen a su primo de Montezuma, que con nosotros estaba, por rey, pues le pertenecía de heredar, o a otros sus hijos, y que al que habían alzado por señor que no le venía por derecho, y que tratasen paces para salirnos de México, que si no lo hacían, que ahora que era muerto Montezuma, a quien teníamos respeto, y que por su casa no les destruíamos su ciudad, que saldríamos a darles guerra y a quemarles todas las casas, y les haríamos mucho mal. Y porque lo viesen cómo era muerto Montezuma, mandó a seis mexicanos muy principales y los demás papas que teníamos presos que lo sacasen a cuestas y lo entregasen a los capitanes mexicanos y les dijesen lo que Montezuma mandó al tiempo que se quería morir, que aquellos que le llevaron a cuestas se hallaron presentes a su muerte. Y dijeron a Coadlavaca toda la verdad, cómo ellos propios lo mataron de tres pedradas. Y después que así lo vieron muerto, vimos que hicieron muy gran llanto, que bien oímos las gritas y aullidos que por él daban: y aun con todo esto no cesó la gran batería que siempre nos daban y era sobre nosotros de vara y piedra y flecha, y luego la encomenzaron muy mayor y con gran braveza, y nos decían: "Ahora pagaréis muy de verdad la muerte de nuestro rey y señor y el deshonor de nuestos ídolos; y las paces que nos enviáis a pedir, salid acá y concertaremos cómo y de qué manera han de ser"

Y decían tantas palabras sobre ello y de otras cosas, que ya no se me acuerda y las dejaré aquí de decir: y que ya tenían elegido un buen rey, que no será de corazón tan flaco que le podáis engañar con palabras falsas como fué a su buen Montezuma; y que del enterramiento que no tuviéramos cuidado, sino de nuestras vidas, que en dos días no quedaríamos ninguno de nosotros para que tales cosas les enviemos a decir. Y con estas pláticas, muy grandes gritas y silbos y rociadas de piedras y vara y flecha, y otros muchos escuadrones todavía procurando de poner fuego a muchas partes de nuestros aposentos. Y desde que aquello visó Cortés y todos nosotros, acordamos que para otro día saliésemos del real todos y diésemos por otra parte adonde había muchas casas en tierra firme. y que hiciésemos todo el mal que pudiésemos y fuésemos hacia la calzada, y que todos los de a caballo rompieser con los escuadrones y los alanceasen o echasen en la laguna, y aunque les matasen los caballos.

Y esto se ordenó para si por ventura con el daño y muerte que les hiciésemos cesarían la guerra y se trataría alguna manera de paz para salir libres, sin más muertes y daños. Y puesto que otro día lo hicimos todos muy varonilmente y matamos muchos contrarios, y se quemaron obra de veinte casas, y fuimos hasta cerca de tierra firme, todo fué nonada para el daño que recibimos, asi de muertes como heridas que nos dieron, y no pudimos guardar ninguna puente, porque todas estaban medio quebradas: y cargaron muchos mexicanos sobre nosotros, y tenían puestas albarradas y mamparos en parte adonde conocían que podían alcanzar los caballos. Por manera que si muchos trabajos teníamos hasta allí muchos mayores tuvimos adelante. Y dejarlo he aquí, y volvamos a decir cómo acordamos de salir de México. En esta entrada y salida que hicimos los de a caballo era un jueves; acuérdome que iba allí Sandoval, y Lares el buen jinete, y Gonzalo Domínguez, Juan Velázquez de León y Francisco de Morla, y otros buenos hombres de a caballo de los nuestros, y de los de Narváez iban otros buenos jinetes, mas estaban espantados y temerosos, como no se habían hallado en guerra de indios.

COMO ACORDAMOS DE IRNOS HUYENDO DE LA GRAN CIUDAD DE MEXICO Y DE LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO

COMO VEIAMOS QUE CADA DIA menguaban nuestras fuerzas y las de los mexicanos crecían, y veíamos muchos de los nuestros muertos y todos los más heridos, y que aunque peleábamos muy como varones no podíamos hacer retirar ni que se apartasen los muchos escuadrones que de día y de noche nos daban guerra, y la pólvora apocada, y la comida y agua por consiguiente, y el gran Montezuma muerto, las paces y treguas que les enviamos a demandar no las querían aceptar; en fin, veíamos nuestras muertes a los ojos, y las puentes que estaban alzadas, y fué acordado por Cortés y por todos nuestros capitanes y soldados que de noche nos fuésemos, cuando viésemos que los escuadrones guerreros estaban más descuidados, y para más descuidarles aquella tarde les enviamos a decir con un papa de los que estaban presos, que era muy principal entre ellos, y con otros prisioneros, que nos dejen ir en paz de ahí a ocho días, y que les daríamos rodo el oro, y esto por descuidarlos y salirnos aquella noche. Y además de esto estaba con nosotros un soldado que se decía Botello, al parecer muy hombre de bien y latino, y había estado en Roma, y decían que era nigromántico, otros decían que tenía familiar, algunos le llamaban astrólogo; y este Botello había dicho cuatro días había que hallaba por sus suertes o astrologías que si aquella noche no salíamos de México, que si más aguardábamos, que ninguno saldría con la vida, y aun había dicho otras veces que Cortés había de tener muchos trabajos o había de ser desposeído de su ser y honra, y que después había de volver a ser gran señor, e ilustre, de muchas rentas, y decía otras muchas cosas.

Dejemos a Botello, que después tornaré a hablar en él, y diré cómo se dió luego orden que se hiciese de maderos y tablas muy recias una puente, que llevásemos para poner en las puentes que tenían quebradas, y para ponerlas y llevarlas y guardar el paso hasta que pasase todo el fardaje y el ejército señalaron cuatrocientos indios tlaxcaltecas y ciento cincuenta soldados; para llevar la artillería señalaron asimismo doscientos indios de Tlaxcala y cincuenta soldados, y para que fuesen en la delantera, peleando, señalaron a Gonzalo de Sandoval y a Diego de Ordaz; y a Francisco de Saucedo y a Francisco de Lugo, y una capitanía de cien soldados mancebos, sueltos, para que fuesen entre medias y acudiesen a la parte que más conviniese pelear; señalaron al mismo Cortés y Alonso de Avila y Cristóbal de Olid y a otros capitanes que fuesen en medio; en la retaguardia a Pedro de Alvarado y a Juan Velázquez de León, y entremetidos en medio de los capitanes y soldados de Narváez, y para que llevasen a cargo los prisioneros y a doña Marina y doña Luisa, señalaron trescientos tlaxcaltecas y treinta soldados.

Pues hecho este concierto, ya era noche para sacar el oro y llevarlo o repartirlo: mandó Cortés a su camarero, que se decía Cristóbal de Guzmán, y a otros soldados sus criados, que todo el oro y joyas y plata lo sacasen con muchos indios de Tlaxcala que para ello les dió, y lo pusieron en la sala, y dijo a los oficiales del rey que se decían Alonso de Avila y Gonzalo Mexia que pusiesen cobro en el oro de Su Majestad, y les dio siete caballos heridos y cojos y una yegua y muchos amigos tlaxcaltecas, que fueron más de ochenta, y cargaron de ello a bulto lo que más pudieron llevar, que estaban hechas barras muy anchas, como otras veces he dicho en el capítulo que de ello habla, y quedaba mucho oro en la sala y hecho montones. Entonces Cortés llamó a su secretario y otros escribanos del rey y dijo: "Dadme por testimonio que no puedo más hacer sobre este oro: aquí teníamos en este aposento y sala sobre setecientos mil pesos de oro, y como habéis visto no se puede pesar ni poner más en cobro, los soldados que quisiesen sacar de ello, desde aquí se lo doy. como ha de quedar perdido entre estos perros". Y desde que aquello oyeron muchos soldados de los de Narváez y algunos de los nuestros, cargaron de ello. Yo digo que no tuve codicia sino procurar de salvar la vida, mas no dejé de apañar de unas cazuelas que allí estaban unos cuatro chalchihuis, que son piedras entre los indios muy preciadas. que de presto me eché en los pechos entre las armas, que me fueron después buenas para curar mis heridas y comer el valor de ellas.

Pues de que supimos el concierto que Cortés había hecho de la manera que habíamos de salir e ir aquella noche a las puentes, y como hacia algo obscuro y hacia niebla y lloviznaba, antes de medianoche se comenzó a traer la puente y caminar el fardaje y los caballos y la yegua y los tlaxcatlecas cargados con el oro: y de presto se puso la puente y pasó Cortés y los demás que consigo traía primero, y muchos de a caballo. Y estando en esto suenan las voces y cornetas y gritas y silbas de los mexicanos. y decía» en su lengua a los del Tatelulco: "Salid presto con vuestras canoas, que se van los tenles y atajadlos que no quede ninguno a vida". Y cuando no me cato vimos tantos escuadrones de guerreros sobre nosotros, y toda la laguna cuajada de canoas que no nos podíamos valer y muchos de nuestros soldados ya habían pasado. Y estando de esta manera cargan tanta multitud de mexicanos a quitar la puente y a herir y matar en los nuestros, que no se daban a manos; y como la desdicha es mala en tales tiempos, ocurre un mal sobre otro; como llovía resbalaron dos caballos y caen en el agua, y como aquello vimos yo y otros de los de Cortés, nos pusimos en salvo de esa parte de la puente, y cargaron tanto guerrero, que por bien que peleábamos no se pudo más aprovechar de la puente. De manera que en aquel paso y abertura del agua de presto se hinchó de caballos muertos y de indios e indias y naborías, y fardaje y petacas; y temiendo no nos acabasen de matar, tiramos por nuestra calzada adelante y hallamos muchos escuadrones que estaban aguardándonos con lanzas grandes, y nos decían palabras vituperiosas, y entre ellas decían: ";Oh, cuilones, y aun vivos quedáis!". Y a estocadas y cuchilladas que les dábamos pasamos, aunque hirieron allí a seis de los que íbamos; pues quizá había algún concierto cómo lo habíamos concertado, maldito aquél; porque Cortés y los capitanes y soldados que pasaron primero a caballo por salvarse y llegar a tierra firme y asegurar sus vidas aguijaron por la calzada adelante, y no la erraron; también salieron en salvo los caballos con el oro y los tlaxcaltecas, y digo que si aguardáramos, así los de a caballo como los soldados, unos a otros en los puentes, todos feneciéramos, que no quedara ninguno a vida: y la causa es esta: porque yendo por la calzada, ya que arremetíamos a los escuadrones mexicanos, de la una parte es agua y de la otra parte azoteas, y la laguna llena de canoas, no podíamos hacer cosa ninguna, pues escopetas y ballestas todas quedaban en la puente, y siendo de noche, qué podíamos hacer sino lo que hacíamos, que era arremeter y dar algunas cuchilladas a los que nos venían a echar mano, y andar y pasar adelante hasta salir de las calzadas; y si fuera de día muy peor fuera; y aun los que escapamos fué Nuestro Señor servido de ello. Y para quien no vió aquella noche la multitud de guerreros que sobre nosotros estaban y las canoas que ellos andaban a rebatar nuestros soldados, es cosa de espanto.

Ya que ibamos por nuestra calzada adelante, cabe el pueblo de Tacuba, adonde ya estaba Cortés con todos los capitanes Gonzalo de Sandoval y Cristóbal de Olid y otros de a caballo de los que pasaron delante, decían a voces: "Señor capitán, aguárdenos, que dicen que vamos huyendo y los dejamos morir en las puentes; tornémoslos a mamparar. si algunos han quedado y no salen ni vienen ninguno". Y la respuesta de Cortes fué que los que habíamos salido era milagro. Y luego volvió con los de a caballo y soldados que no estaban heridos, y no anduvieron mucho trecho, porque luego vino Pedro de Alvarado bien herido, a pie, con una lanza en la mano, porque la yegua alazana ya se la habían muerto, y traía consigo cuatro soldados tan heridos como él y ocho tlaxcaltecas, todos corriendo sangre de muchas heridas. Y entretanto que fué Cortés por la calzada con los demás capitanes, y reparamos en les indios de Tacuba, ya habían venido de México muchos escuadrones dando voces a dar mandando a Tacuba y a otro pueblo que se dice Escapuzalco, por manera que encomenzaron a tirar vara y piedra y flecha, y con sus lanzas grandes; y nosotros hacíamos algunas arremetidas, en que nos defendíamos y ofendíamos.

Volvamos a Pedro de Alvarado; que como Cortés y los demás capitanes le encontraron de aquella manera y vieron que no venían más soldados, se le saltaron las lágrimas de los ojos, y dijo Pedro de Alvarado que Juan Velázquez de León quedó muerto con otros muchos caballeros, así de los nuestros como de los de Narváez, que fueron más de ochenta, en la puente, y que él y los cuatro soldados que consigo traía, que después que les mataron los caballos pasaron en la puente con mucho peligro sobre muertos y caballos y petacas que estaban aquel paso de la puente cuajado de ellos, y dijo más: el que todas las puentes y calzadas estaban llenas de guerreros, y en la triste puente, que dijeron después que fué el salto de Alvarado, digo que aquel tiempo ningún soldado se paraba a verlo si saltaba poco o mucho, porque harto teníamos que salvar nuestras vidas, porque estábamos en gran peligro de muerte, según la multitud de mexicanos que sobre nosotros cargaban. Y todo lo que en aquel caso dice Gómara es burla, porque ya que quisiera saltar y sustentarse en la lanza, estaba el agua muy honda y no podía llegar al suelo con ella; y además de esto, la puente y abertura muy ancha y alta, que no la podría salvar por más suelto que era, ni sobre lanza ni de otra manera; y bien se puede ver ahora qué tan alta iba el agua en aquel tiempo y qué tan altas son las paredes donde estaban las vigas de la puente, y qué tan ancha era la abertura: y nunca oí decir de ese salto de Alvarado hasta después de ganado México, que fué en unos libelos que puso un Gonzalo de Ocampo, que por ser algo feos aquí cifras y rayas y apuntamientos y señales, que decía en ellas: "Si me he de morir aquí en esta triste guerra en poder de estos perros indios". Y decía en otras rayas y cifras más adelante: "No morirás". Y tornaba a decir en otras cifras y rayas y apuntamientos: "Sí morirás". Y respondía otra raya: "No morirás". Y decía en otra parte: "Sí matarán". Y de esta manera tenía otra como cifras y a manera de suertes que hablaban unas letras contra otras en aquellos papeles que eran como libro chico. Y también se halló en la petaca una natura como de hombre, de obra de un gente, hecha de baldrés, ni más ni menos, al parecer de natura de hombre, y tenía dentro como una borra de lana de tundidor.

Pasemos adelante y diré cómo estando en Tacuba, se habían juntado muchos guerreros mexicanos de todos aquellos pueblos y nos mataron allí tres soldados, acordamos lo más presto que pudiésamos salir de aquel pueblo, y con cinco indios tlaxcaltecas. que atinaban el camino de Tlaxcala, sin ir por el camino, nos guiaban con mucho concierto, hasta que llegábamos a unas caserías que en un cerro estaban, y allí junto un cú, su adoratorio como fortaleia, adonde reparamos. Quiero tornar a decir que seguidos que íbamos de los mexicanos y de las flechas y varas y pedradas que con sus hondas nos tiraban, y cómo nos cercaban, dando siempre en nosotros, es cosa de espantar. Y como lo he dicho muchas veces, y estoy harto de decirlo, los lectores no lo tengan por cosa de prolijidad, por causa que cada vez o cada rato que nos apretaban y herían y daban recia guerra, por fuerza tengo de tornar a decir de los escuadrones que nos seguían y mataban muchos de nosotros. Dejémoslo ya de traer tanto a la memoria, y digamos cómo nos defendíamos.

Tornemos a decir cómo quedaron en las puentes muertos así los hijos e hijas de Montezuma como los prisioneros que traíamos, y el Cacamatzin, señor de Tezcuco, y otros reyes de provincias.

Dejemos ya de contar tantos trabajos y digamos cómo estábamos pensando en lo que por delante teníamos, y era que todos estábamos heridos, y no escaparon sino veinte y tres caballos; pues los tiros y artillería y pólvora no sacamos ninguna; las ballestas fueron pocas, y esas se remediaron luego las cuerdas e hicimos saeta. Pues lo peor de todo era que no sabíamos la voluntad que habíamos de hallar en nuestros amigos los de Tlaxcala. Demás de esto, aquella noche siempre cercados de mexicanos y gritas y varas y flechas, con hondas, sobre nosotros, acordamos de salirnos de allí a medianoche. y con los tlaxcaltecas, nuestros guías, por delante, con muy buen concierto caminar, los heridos en medio y los cojos con bordones, y algunos que no podían andar y estaban muy malos a ancas de caballos de los que iban cojos, que no eran para batallar, y los de a caballo que no estaban heridos, delante y a un lado y a otro repartidos. Y de esta manera todos nosotros los que más sanos estábamos, haciendo rostro y cara a los mexicanos, y los tlaxcaltecas heridos dentro del cuerpo de nuestro escuadrón, y los demás que estaban sanos hacían cara juntamente con nosotros, porque los mexicanos nos iban siempre picando con grandes voces y gritos y silbos, y decían: "Allá iréis donde no quede ninguno de vosotros a vida". Y no entendíamos a qué fin lo decían, según adelante verán.

En aquel cu y fortaleza nos albergamos y se curaron los heridos, y con muchas lumbres que hicimos, pues de comer ni por pensamiento; y en aquel cú y adoratorio, después de ganada la gran ciudad de México, hicimos una iglesia que se dice Nuestra Señora de los Remedios, muy devota, y van ahora allí en romería y a tener novenas muchos vecinos y señoras de México. Dejemos esto y volvamos a decir qué lástima era de ver curar y apretar con algunos paños de mantas nuestras heridas, y como se habían resfriado y estaban hinchadas, dolían. Pues más de llorar fué los caballeros y esforzados soldados que faltaban, que es de Juan Velázquez de León, Francisco de Saucedo, y Francisco de Morla, y un Lares el buen jinete, y otros muchos de los nuestros de Cortés. Para qué cuento yo estos pocos, porque para escribir los nombres de los muchos que de nosotros faltaban es no acabar tan presto, pues de los de Narváez todos los más en las puentes quedaron cargados de oro. Digamos ahora el astrólogo Botello no le aprovechó su astrología, que también allí murió con su caballo. Pasemos adelante, y diré cómo se hallaron en una petaca de este Botello, después que estuvimos a salvo, unos papeles como libro, con ver viva a nuestra doña Marina, y a doña Luisa, la hija de Xicotenga, que las escaparon en las puentes unos tlaxcaltecas, y también una mujer que se decía Maria de Estrada, que no teníamos otra mujer de Castilla en México sino aquella, y los que las escaparon y salieron primero de las puentes fueron unos hijos de Xicotenga, hermanos de la doña Luisa, y quedaron muertas las más de nuestras naborías que nos habían dado en Tlaxcala y en la misma ciudad de México.

Y volvamos a decir cómo llegamos aquel día a unas estancias y caserías de un pueblo grande que se dice Gualtitán, el cual pueblo después de ganado México fué de Alonso de Avila; y aunque nos daban grita y voces y tiraban piedras y vara y flecha, todo lo soportábamos, y desde allí fuimos por unas caserías y poblezuelos, y siempre los mexicanos siguiéndonos, y como se juntaban muchos, procuraban de matarnos, y nos comenzaban a cercar y tiraban tanta piedra con hondas y varas y flechas, y con sus montantes, que mataron a dos de nuestros soldados en un paso malo, y también mataron un caballo e hirieron a muchos de los nuestros: y también nosotros a estocadas y cuchilladas matamos algunos de ellos, y los de a caballo lo mismo, y así dormimos en aquellas casas y comimos el caballo que mataron. Y otro día muy de mañana comenzamos a caminar con el concierto que de antes íbamos, y aun mejor, y siempre la mitad de los de a caballo adelante; y poco más de una legua de allí, en un llano, ya que creíamos ir en salvo, vuelven nuestros corredores del campo que iban descubriendo y dicen que están los campos llenos de guerreros mexicanos aguardándonos; y cuando lo oímos, bien que teníamos temor, pero no para desmayar ni dejar de encontrarnos con ellos y pelear hasta morir. Y allí reparamos un poco y'se dió orden como se había de entrar y salir los de a caballo a media rienda, y que no se parasen a lancear, sino las lanzas por los rostros hasta romper sus escuadrones, y que todos los soldados las estocadas que diésemos que le pasásemos las entrañas, y que hiciésemos de manera que vengásemos muy bien nuestras muertes y heridas, por manera que, si Dios fuese servido, escapásemos con las vidas. Y después de encomendarnos a Dios y a Santa Maria muy de corazón, e invocando el nombre de señor Santiago, desde que vimos que nos comenzaban a cercar, de cinco en cinco de a caballo rompieron por ellos, y todos nosotros juntamente. ¡Oh qué cosa era ver esta tan temerosa y rompida batalla; ,cómo andábamos tan revueltos con ellos. pie con pie, y qué cuchilladas y estocadas les dábamos, y con qué furia los perros peleaban, y qué herir y matar hacían en nosotros con sus lanzas y macanas y espadas de dos manos, y los de caballo, como era el campo llano, cómo alanceaban a su placer entrando y saliendo, y aunque estaban heridos ellos y sus caballos, no dejaban de batallar muy como varones esforzados! Pues todos nosotros los que no teníamos caballos, parece ser que a todos se nos ponían doblado esfuerzo, que aunque estábamos heridos y de refresco teníamos otras heridas, no curábamos de apretarlas, por no nos parar a ello, que no habla lugar, sino con grandes ánimos apechugábamos con ellos a darles de estocadas. Pues quiero decir cómo Cortés y Cristóbal de Olid, y Gonzalo de Sandoval, y Gonzalo Domínguez, y un Juan Salamanca, cuáles andaban a una parte y otra, y aunque bien heridos, rompiendo escuadrones; y las palabras que Cortés decía a los que andábamos envueltos con ellos, que la estocada o cuchillada que diésemos fuese en señores señalados, porque todos traían grandes penachos de oro y ricas armas y divisas. Pues ver cómo nos esforzaba el valiente y animoso Sandoval, y decía: "¡Ea, señores, que hoy es el día que hemos de vencer; tened esperanza en Dios que saldremos de aquí vivos para algún buen fin!" Y tornaré a decir los muchos de nuestros soldados que nos mataban y herían. Y dejemos esto y volvamos a Cortés y Cristóbal de Olid, y Sandoval y Gonzalo Domínguez, y otros de a caballo que aquí no nombro, 'y Juan de Salamanca. Y todos los soldados poníamos grande ánimo a Cortés para pelear, y esto Nuestro Señor Jesucristo y Nuestra Señora la Virgen Santa María nos lo ponían en corazón, y señor Santiago, que ciertamente nos ayudaba.

Y quiso Dios que llegó Cortés con los capitanes ya por mi memorados, que andaban en su compañía, en parte donde andaba con su grande escuadrón el capitán general de los mexicanos, con su bandera tendida, con ricas armas de oro y grandes penachos de argentería. Y desde que le vió Cortés, con otros muchos mexicanos que eran principales, que todos traían grandes penachos, dijo a Gonzalo de Sandoval y a Cristóbal de Olid y a Gonzalo Domínguez y a todos los capitanes: "¡Ea, señores!, rompamos por ellos y no quede ninguno de ellos sin herida. Y encomendándose a Dios, arremetió Cortés y Cristóbal de Olid y Sandoval y Alonso de Avila y otros caballeros; y Cortés dió un encuentro con el caballo al capitán mexicano, que le hizo abatir su bandera, y los demás nuestros capitanes acabaron de romper el escuadrón, que eran muchos indios, y quien siguió al capitán que traía la bandera, que aún no había caído del encuentro que Cortés le dió, fué

Juan de Salamanca, ya por mí nombrado, que andaba con Cortés con una buena yegua overa, que le did una lanzada y le quitó el rico penacho que traía y se lo dió luego a Cortés, diciendo que pues él lo encontró primero y le hizo abatir la bandera y le hizo perder el brío del pelear de sus gentes, que aquel penacho era suyo; mas desde ha obra de tres años Su Majestad se lo dió por armas a Salamanca, y lo tienen sus descendientes en sus reposteros.

Volvamos a nuestra batalla, que Nuestro Señor Dios fué servido que, muerto aquel capitán que traía la bandera mexicana, y otros muchos que allí murieron, aflojó su batallar, y todos los de a caballo siguiéndolos, y ni teníamos hambres ni sed, sino que parecia que no habíamos habido ni pasado ningún mal ni trabajo; seguimos la victoria matando e hiriendo. Pues nuestros amigos los de Tlaxcala estaban hechos unos leones, y con sus espadas y montantes y otras armas que alli apañaron hacíanlo muy bien y esforzadamente. Ya vueltos los de a caballo de seguir la victoria, todos dimos muchas gracias a Dios que escapamos de tan gran multitud de gente, porque no se había visto ni hallado en todas las Indias, en batalla que se haya dado, tan gran número de guerreros juntos, porque allí estaba la flor de México y de Tezcuco y todos los pueblos que están alrededor de la laguna, y otros muchos sus comarcanos, y los de Otumba y Tepetezcuco y Saltocán, ya con pensamiento que de aquella vez no quedara roso ni velloso de nosotros. Pues ¡qué armas tan ricas que traían, con tanto oro y penachos y divisas, y todos. los más capitanes y personas principales! Allí junto donde fué esta reñida y nombrada batalla, (para en estas partes así se puede decir, pues Dios nos escapó con las vidas) y en un pueblo que se dice Otumba. tienen muy bien pintada esta batalla y en retratos entallada los mexicanos y tlaxcaltecas, entre otras muchas batallas que con los mexicanos hubimos hasta que ganamos a México.

Y tengan atención los curiosos lectores que esto leyeren, que quiero traer aquí a la memoria que cuando entramos al socorro de Pedro de Alvarado, en México, fuimos por todos sobre más de mil trescientos soldados con los de a caballo, que fueron noventa y siete, y ochenta ballesteros, y otros tantos escopeteros, y más de dos mil tlaxcaltecas, y metimos mucha artillería; y fué nuestra entrada en México día de señor San Juan de junio de mil quinientos veinte años; fué nuestra salida huyendo a diez del mes de julio del dicho año; y fué esta nombrada batalla de Otumba a catorce del mes de julio. Digamos ahora, ya que escapamos de todos los trances por mi atrás dichos, quiero dar otra cuenta, qué tantos nos mataron asi en México coma en puentes y calzadas. como en todos los encuentros y en esta de Otumba, y los que mataron por los caminos: digo que en obra de cinco días fueron muertos y sacrificados sobre ochocientos sesenta soldados, con setenta y dos que mataron en un pueblo que se dice Tustepeque, y a cinco mujeres de Castilla; y éstos que mataron en Tustepeque eran de los de Narváez, y mataron sobre mil y doscientos tlaxcaltecas.

También quiero decir cómo en aquella sazón mataron a un Juan de Alcántara el Viejo, con otros tres vecinos de la Villa Rica que venían por las partes del oro que les cabía, de lo cual tengo hecha relación en el capítulo que de ello trata: por manera que también perdieron las vidas y aun el oro; y si miramos en ello, todos comúnmente hubimos mal gozo de las partes del orp que nos dieron, y si de los de Narváez murieron muchos más que de los de Cortés en las puentes, fué por salir cargados de oro, que con el peso de ello no podían salir ni nadar.

Dejemos de hablar en esta materia y digamos cómo íbamos ya muy alegres y comiendo unas calabazas que llaman agotes, y comiendo y caminando hacia Tlaxcala, que por salir de aquellas poblazones, por temor no se tornasen a juntar escuadrones mexicanos, que aun todavía nos daban grita en parte que no podíamos ser señores de ellos, y nos tiraban mucha piedra con hondas y vara y flecha hasta que fuimos a otras caserías y pueblo chico, porque todo estaba poblado y allí estaba un buen cu y casa fuerte, donde reparamos aquella noche y nos curamos nuestras heridas y estuvimos con más reposo; y aunque siempre teníamos escuadrones de mexicanos que nos seguían, mas ya no se osaban llegar, y aquellos que venían era como quien dice: "Allá iréis fuera de nuestra tierra". Y desde aquella poblazón y casa donde dormimos se parecían las serrezuelas que están cabe Tlaxcala, y como las vimos nos alegramos, como si fueran nuestras casas. Pues ¿quizá sabíamos cierto que nos habían de ser leales, o qué voluntad tendrían o qué había acontecido a los que estaban poblados en la Villa Rica, si eran muertos o vivos?

Y Cortés nos dijo, que pues éramos pocos, que no quedamos sino cuatrocientos y cuarenta con veinte caballos y doce ballesteros y siete escopeteros, y no teníamos pólvora, y todos heridos y cojos y mancos, que mirásemos muy bien cómo Nuestro Señor Jesucristo fué servido de escaparnos con las vidas, por lo cual siempre le hemos de dar muchas gracias y loores, y que volvimos otra vez a disminuirnos en el número y copia de los soldados que con él pasamos, y que primero entramos en México cuatrocientos cincuenta soldados; y que nos rogaba que en Tlaxcala no les hiciésemos enojo, ni se les tomase ninguna cosa; y esto dió a entender a los de Narváez, porque no estaban acostumbrados a ser sujetos a capitanes en las guerras, como nosotros. Y más dijo: que tenía esperanza en Dios que los hallaríamos buenos y muy leales, y que si otra cosa fuese, la que Dios no permita, que nos han de tornar a andar los puños con corazones fuertes y brazos vigorosos, y que para eso fuésemos muy apercibidos y nuestros corredores del campo adelante.

Llegamos a una fuente que estaba en una ladera, y allí estaban unas como cercas y mamparos de tiempos viejos, y dijeron nuestros amigos los tlaxcaltecas que alli partían términos entre los mexicanos y ellos; y de buen reposo nos paramos a lavar y a comer de la miseria que habíamos habido: y luego comenzamos a marchar, y fuimos a un pueblo de tlaxcaltecas que se dice Guaolipar, donde nos recibieron y daban de comer, mas no tanto, que si no se lo pagábamos con algunas pecezuelas de oro y chalchihuis que llevábamos algunos de nosotros, no nos lo daban de balde; y allí estuvimos un día reposando curando nuestras heridas, y asimismo curamos los caballos. Pues desde que lo supieron en la cabecera de Tlaxcala, luego vino Maseescaci y Xicotenga el Viejo y Chichimecatecle y otros muchos caciques y principales, y todos los más sus vecinos de Guaxocingo, y como llegaron a aquel pueblo donde estábamos, fueron a abrazar a Cortés y a todos nuestros capitanes y soldados, y llorando algunos de ellos, especial el Maseescaci y Xicotenga. y Chichimecatecle y Tapaneca, dijeron a Cortés: "¡Oh, Malinche, Malinche, y cómo nos pesa de vuestro mal y de todos vuestros hermanos, y de los muchos de los nuestros que con vosotros han muerto! Ya os lo habíamos dicho muchas veces que no os fiaseis de gente mexicana, porque un día o otro os habían de dar guerra; no me quisisteis creer; ha hecho es, no se puede al presente hacer más de curaros y daros de comer. En vuestras casas estáis; descansa e iremos luego a nuestro pueblo y os aposentaremos. Y no pienses, Malinche, que has hecho poco en escapar con las vidas de aquella tan fuerte ciudad y sus puentes, y yo te digo que si de antes os teníamos por muy esforzados ahora os tengo en mucho más. Bien sé que llorarán muchas mujeres e indias de estos nuestros pueblos las muertes de sus hijos y maridos y hermanos y parientes: no te congojes de ello. Y mucho debes a tus dioses que te han aportado aquí y salido de entre tanta multitud de guerreros que os aguardaban en lo de Otumba, que cuatro días había que lo supe, que os esperaban para mataros; yo quería ir en vuestra busca con treinta mil guerreros de los nuestros, y no pude salir a causa que no estábamos juntos y los andaban juntando".

Cortés y todos nuestros capitanes y soldados los abrazamos y les dijimos que se lo teníamos en merced. Y Cortés les dio a todos los principales joyas de oro y piedras que todavía se escaparon, cada cual soldado lo que pudo: y asimismo dimos algunos de nosotros a nuestros conocidos de lo que teníamos. Pues qué fiesta y qué alegría mostraron con doña Luisa y doña Marina, desde que las vieron en salvamento, y qué llorar y tristeza tenían por las demás indias que no venían, que quedaron muertas, en especial el Maseescaci por su hija doña Elvira, y lloraba la muerte de Juan Velázquez de León, a quien la dio. Y de esta manera fuimos a la cabecera de Tlaxcala con todos los caciques y a Cortés aposentaron en las casas de Maseescaci, y Xicotenga dio sus aposentos a Pedro de Alvarado, y allí nos curamos y tornamos a convalecer, y aun se murieron cuatro soldados de las heridas y a otros soldados no se les habían sanado. Y dejarlo he aquí. y diré lo que más pasamos, que fuimos a la cabecera y mayor pueblo de Tlaxcala y allí supimos que habían venido de la Villa Rica un Juan de Alcántara y otros dos vecinos y que lo llevaron todo el oro que allí habíamos dejado en salvaguarda, porque traían cartas de Cortés para que se lo diesen; y preguntado cómo y cuándo y en qué tiempo lo llevó y sabido que fue por la cuenta de los días que nos daban guerra los mexicanos, luego entendimos cómo en el camino los habían muerto y tomado el oro y Cortés hizo sentimiento por ello, y también estábamos con pena por no saber de los de la Villa Rica, no hubiesen corrido algún desmán; y luego y en posta escribió con tres tlaxcaltecas. Y en posta fueron y volvieron y trajeron cartas, como no habían tenido guerras, y que su Juan de Alcántara, ni los dos vecinos que enviaron por el oro, que lqs deben de haber muerto en el camino y que bien supieron la guerra que en México nos dieron porque el cacique gordo de Cempoal se lo había dicho. Y asimismo escribió el Almirante de la mar que se decía Caballero, que ya miraba que no se fuese ningún navío a Cuba, y que de los navíos de Narváez, uno estaba bueno, y que al otro daría al través y enviaría a la gente, y que había pocos marineros porque habían adolecido y se habían muerto, y que ahora escribirían las respuestas de las cartas y que luego vendría el socorro que envían de la Villa Rica. Que muchas veces por nuestro pasatiempo y burlar dellos decíamos: "El socorro del Lencero, que venían siete soldados y los cinco llenos de bubas, y los dos hinchados con grandes barrigas". Dejemos burlas y digamos lo que allí en Tlaxcala nos aconteció con Xicotenga el Mozo y de su mala voluntad, que andaba convocando a todos sus amigos y parientes y a otros que sentía que eran de su parcialidad y les decía que en una noche o de día cuando más aparejado tiempo viesen, que nos matasen, y haría amistades con el señor de México, que en aquella sazón había alzado por rey a uno que se decía Coadlavaca, y que, de más desto. que las mantas y ropa que habíamos de. fado en Tlaxcala a guardar, y el oro que ahora sacábamos de México, tendrían que robar y quedarían todos ricos con ello.

Y vino a oídos de Chichimecatecle, que era su enemigo mortal del mozo Xicotenga, y lo dijo a Maseescaci; y acordaron de entrar en acuerdo y consultado sobre ello Xicotenga el Viejo y los caciques de Guaxocingo, y mandaron traer preso ante sí a Xicotenga el Mozo, y Maseescaci propuso un razonamiento delante de todos, y dijo que si se les acordaba o habían oído decir que más de cien años hasta entonces que en todo Tlaxcala habían estado tan prósperos y ricos como después que los teules vinieron a sus tierras, ni en todas las provincias habían sido en tanto tenidos, y que tenían mucha ropa de algodón, y oro. y comían sal, y por doquiera que iban sus tlaxcaltecas con los teules les hacían honra, puesto que ahora les habían muerto en México muchos; y que tengan en la memoria lo que sus antepasados les habían dicho, muchos años atrás, que de adonde sale el sol habían de venir hombres que les habían de señorear, y que a qué causa ahora andaba Xicotenga en aquellas traiciones y maldades, concertando de darnos guerra y matarnos, que era mal hecho y que no podía dar ninguna disculpa de sus bellaquerías y maldades que siempre tenía encerradas en su pecho: que ahora que nos veía venir de aquella manera desbaratados, que nos había de ayudar, para que en estando sanos volver sobre los pueblos de México, sus enemigos. quería hacer aquella traición. Y a estas palabras que Maseescaci y su padre Xicotenga el Ciego le dijeron, Xicotenga el Mozo respondió que era muy bien acordado lo que él decía, por tener paces con mexicanos, y dijo otras cosas que no las pudieron sufrir: y luego se levantó Maseescaci y Chichimecatecle y el viejo de su padre, ciego como estaba, y toman a Xicotenga el Mozo por los cabezones y de las mantas, y se las rompieron, y a empujones y con palabras injuriosas que le dijeron le echaron de las gradas abajo, y las mantas todas rompidas, y aún, si por el padre no fuera, le querían matar, y a los demás que habían sido en su consejo echaron presos: y como estábamos allí reunidos y no era tiempo de castigarle. no osó Cortés hablar más. He traído esto a la memoria para que vean cuánta lealtad y buenos fueron los de Tlaxcala y cuánto les debemos, y aun al buen viejo Xicotenga, que a su hijo dizque le hahia mandado matar, desde que supo sus tramas y traición.

Dejemos esto y digamos cómo había veinte y dos días que estábamos en aquel pueblo curándonos nuestras heridas y prevaleciendo, y acordó Cortés que fuésemos a la provincia de Tepeaca, que estaba cerca, porque allí habían muerto muchos de nuestros soldados y de los de Narváez que se venían a México, y en otros pueblos que están junto de Tepeaca, que se dica Cachula, y como Cortés lo dijo a nuestros capitanes y apercibían a los soldados de Narváez para ir a la guerra, y como no eran tan acostumbrados a guerras y habían escapado de la derrota de México, y puentes, y lo de Otumba, y no veían la hora de volverse a la isla de Cuba, a sus indios y minas de oro, renegaban de Cortés y de sus conquistas, especial Andrés de Duero. compañero de nuestro Cortés. Porque ya lo habrán entendido los curiosos lectores, en dos veces que los he declarado en los capítulos pasados. cómo y de qué manera fué la compañía, maldecía el oro que le había dado a él y a los demás capitanes, que todo se había perdido en las puentes. y como había visto las grandes guerras que nos daban y con haber escapado con las vidas estaban muy contentos y acordaron de decir a Cortés que no querían ir a Tepeaca ni a guerra ninguna, sino que se querían volver a sus casas, que bastaba lo que habían perdido en haber venido de Cuba. Y Cortés les habló sobre ello muy mansa y amorosamente, creyendo de atraerlos para que fuesen con nosotros a lo de Tepeaca, y por más plática y reprensiones que les dió no querían, y después que vieron que con Cortés no aprovechaba sus palabras, le hicieron un requerimiento en forma. delante de un escribano del rey, para que luego se fuese a la Villa Rica y dejase la guerra, poniéndole por delante que no teníamos caballos, ni escopetas, ni ballestas, ni pólvora, ni hilo para hacer cuerdas, ni almacén; que estaban todos heridos, y que no habían quedado por todos nuestros soldados y los de Narváez sino cuatrocientos cuarenta soldados; que los mexicanos nos tomarían los puertos y sierras y pasos, y que los navíos si más aguardaban se comerían de broma; y dijeron en el requerimiento otras muchas cosas. Y después que se le hubieron dado y leído a Cortés, si muchas palabras decían en él, muy muchas más contrariedades respondió, y demás de esto, todos los más de los nuestros, de los que habíamos pasado con Cortés, le dijimos que mirase que no diese la licencia a ninguno de los de Narváez ni a otras personas para volver a Cuba, sino que procurásemos todos de servir a Dios y al rey, y que esto era lo bueno, y que no volverse a Cuba.

Después que Cortés hubo respondido al requerimiento, y desde que vieron las personas que le estaban requiriendo que muchos de nosotros estorbaríamos sus importunaciones que sobre ello le hablaban y requerían, con no más decir que no es en servicio de Dios y de Su Majestad que dejen desamparado su capitán en las guerras. En fin de muchas razones que pasaron obedecieron para ir con nosotros a las entradas que se ofreciese, mas fue que les prometió Cortes que en habiendo coyuntura los dejaría volver a su isla de Cuba; y no por ello dejaron de murmurar de él y de su conquista que tan caro les había costado en dejar sus casas y reposo, y haberse venido a meter adonde aún no estaban seguros de las vidas; y más decían que si en otra guerra entrásemos con el poder de México, que no se podría excusar tarde o temprano de tenerla. que creían y tenían por cierto que no nos podríamos sustentar contra ellos en las batallas según habían visto lo de México y puentes, y en la nombrada de Otumba; y más decían, que nuestro Cortés por mandar y siempre ser señor, y nosotros los que con él pasamos porque no teníamos que perder sino nuestras personas, asistíamos con él, y decían otros muchos desatinos, y todos se les disimulaban por el tiempo en que lo decían; mas no tardó muchos meses que no les dió licencia para que se volviesen a sus casas e islas de Cuba, lo cual diré en su tiempo y sazón.

COMO FUIMOS A LA PROVINCIA DE TEPEACA Y LO QUE EN ELLA HICIMOS, Y OTRAS COSAS QUE PASAMOS

COMO CORTES HABÍA demandado a los caciques de Tlaxcala, ya por mí otras veces nombrados, cinco mil hombres de guerra para ir a correr y castigar los pueblos adonde habían muerto españoles, que era a Tepeaca y Cachula y Tecamachalco, que estaría de Tlaxcala seis o siete leguas, de muy entera voluntad tenían aparejados hasta cuatro mil indios, porque si mucha voluntad teníamos nosotros de ir a aquellos pueblos, mucha más gana tenía el Maseescaci y Xicotenga el Viejo de los dar guerra, porque le habían venido a robar unas estancias.

Pues ya que todos estábamos a punto, comenzamos a caminar y en aquella jornada no llevamos artillería, ni escopetas, porque todo quedó en las puentes, y ya que algunas escaparon, no teníamos pólvora; y fuimos con diez y siete caballos y seis ballestas y cuatrocientos veinte soldados, los más de espada y rodela, y con obra de dos mil amigos de Tlaxcala, y el bastimento para un día, porque las tierras adonde íbamos eran muy pobladas y bien bastecidas de maíz y gallinas y perrillos de la tierra y, como lo teníamos de costumbre, nuestros corredores del campo adelante. y con muy buen concierto fuimos a dormir obra de tres lequas de

Tepeaca; y ya tenían alzado todo el fardaje de las estancias y poblazón por donde pasábamos, porque muy bien tuvieron noticia cómo íbamos a su pueblo, y porque ninguna cosa hiciésemos sino por buena orden y justificadamente, Cortés les envió a decir con seis indios de su pueblo de Tepeaca, que habíamos tomado en aquellas estancias, que para aquel efecto les prendimos, y con cuatro sus mujeres, cómo íbamos a su pueblo a saber e inquirir quién y cuántos se hallaron en la muerte de más de diez y seis españoles, que mataron sin causa ninguna, viniendo de camino para México, y también veníamos a saber a qué causa tenían ahora nuevamente muchos escuadrones mexicanos que con ellos habían ido a robar y saltear unas estancias de Tlaxcala, nuestros amigos; que les ruega que luego vengan de paz adonde estábamos para ser nuestros amigos, y que despidan de su pueblo a los mexicanos; si no, que iremos contra ellos como rebeldes y matadores y salteadores de caminos, y les castigaría a fuego y a sangre, y los daría por esclavos.

Y como fueron aquellos seis indios y cuatro mujeres del mismo pueblo, si muy fieras palabras les enviamos a decir, mucho más bravosas nos dieron la respuesta con los mismos seis indios y dos mexicanos que venían con ellos, porque bien conocido tenían de nosotros que a ningunos mensajeros que nos enviaban hacíamos demasía, sino antes darle algunas cuentas por atraerles; y con estos que enviaron los de Tepeaca fueron las palabras bravosas dichas por los capitanes mexicanos, como estaban victoriosos de lo de las puentes de México, y Cortés les mandó dar a cada mensajero una manta, y con ellos les tornó a requerir que le viniesen a ver y hablar; que no hubieseri miedo, y que pues ya los españoles que habían muerto no los podían dar vivos, que vengan ellos de paz y se les perdonará los muertos que mataron; y sobre ello se les escribió una carta, y aunque sabíamos que no la habían de entender, sino como veían papel de Castilla, tenían por cierto que era cosa de mandamiento; y rogó a los dos mexicanos que venían con los de Tepeaca con los mensajes que volviesen a traer la respuesta, y volvieron, y lo que dijeron era que no pasásemos adelante y que nos volviésemos por donde veníamos: si no, que otro día pensaban tener buenas hartazgas con nuestros cuerpos, mayores que las de México y sus puentes y la de Otumba. Y desde que aquello vió Cortés, comunicólo con nuestros capitanes y soldados, y fué acordado que se hiciese un auto por escribano que diese fe de todo lo pasado, y que se diesen por esclavos a todos los aliados at. México que hubiesen muerto españoles, porque habiendo dado la obediencia a Su Majestad se levantaron y mataron sobre de ochocientos y sesenta de los nuestros, y sesenta caballos, y a los demás pueblos por salteadores de caminos y matadores de hombres. Hecho este auto, envióseles a hacer saber, amonestándoles y requiriendo con la paz; y ellos tornaron a decir que si luego no nos volvíamos, que saldrían a matarnos, y se apercibieron para ello, y nosotros lo mismo.

Otro día tuvimos en un llano una buena batalla con los mexicanos y tepeaqueños, y como el campo era labranzas de maíz y magueyales, puesto que peleaban bravosamente los mexicanos. presto fueron desbaratados por los de caballo, y los que no los teníamos no estábamos de espacio; pues ver a nuestros amigos los de Tlaxcala tan animosos cómo peleaban con ellos y les siguieron el alcance. Allí hubo muertos de los mexicanos y de Tepeaca muchos y de nuestros amigos los de Tlaxcala tres, e hirieron dos caballos, el uno se murió, y también hirieron doce de nuestros soldados, mas no de arte que peligró ninguno. Pues seguida la victoria allegáronse muchas indias y muchachos que se tomaron por los campos y casas, que hombres no curábamos de ellos, que los tlaxcaltecas los llevaban por esclavos.

Pues como los de Tepeaca vieron que el bravear que hacían los mexicanos que tenían en su pueblo y guarnición eran desbaratados, y ellos juntamente con ellos, acordaron sin decirles cosa ninguna venir adonde estábamos, y los recibimos de paz, y dieron la obediencia a Su Majestad, y echaron los mexicanos de sus casas. y nos fuimos al pueblo de Tepeaca, adonde se fundó una villa que se nombró la villa de Segura de la Frontera, porque estaba en el camino de la Villa Rica y en una buena comarca de buenos pueblos sujetos a México, y había mucho maíz y teniamos a guardar la raya a nuestros amigos los de Tlaxcala. Y allí se nombraron alcaldes y regidores y se dió orden en cómo se corriese los rededores sujeto• a México, en especial los pueblos adonde habían muerto a españoles, y allí se hizo el hierro con que se habían de herrar los que se tomaban por esclavos, que era una G, que quiere decir guerra; y desde la villa de Segura de la Frontera corriamos los rededores, que fué Cachula y Tecamachalco, y el pueblo de las Guayabas y otros pueblos que no se me acuerda el nombre; y en lo de Cholula fué adonde habían muerto en los aposentos quince españoles, y en este de Cachula hubimos muchos esclavos. De manera que en obra de cuarenta días tuvimos aquellos pueblos muy pacíficos y castigados.

Ya en aquella sazón habían alzado en México otro señor, porque el señor que nos echó de México era fallecido de viruelas, y el señor que hicieron era un sobrino o pariente muy cercano de Mon• tezuma, que se decía Guatemuz, mancebo de hasta de veinte y cinco años, bien gentilhombre para ser indio, y muy esforzado, y se hizo temer de tal manera, que todos los suyos temblaban de él; y era casado, con una hija de Montezuma, bien hermosa mujer para ser india. Y como este Guatemuz, señor de México, supo cómo habíamos desbaratado los escuadrones mexicanos que estaban en Tepeaca, y que habían dado la obediencia a Su Majestad y nos servias y daban de comer, y estábamos allí poblados y.temió que les correríamos lo de Guaxaca y otras provincias y a todos los atraeríamos a nuestra amistad, envió sus mensajeros por todos los pueblos para que estuviesen muy alerta con todas sus armas, y a los caciques les daba joyas de oro, y a otros perdonaba los tributos, y sobre todo mandaba ir muy grandes capitanías y guarniciones de gente de guerra para que mirasen no les entrásemos en sus tierras, y les enviaba a decir que peleasen muy reciamente con nosotros, no les acaeciese como en lo de Tepeaca y Cachula y Tecamachalco, que todos les habíamos hecho esclavos. Y adonde más gente de guerra envió fué a Guacachula y a Ozucar, que está de Tepeaca, adonde estaba nuestra villa, doce leguas. Para que bien se entiendan los nombres de estos pueblos, un nombre es Cachula, otro nombre es Guacachula. Y dejaré de contar lo que en Guacachula se hizo hasta su tiempo y lugar, y diré cómo en aquel instante vinieron de la Villa Rica mensajeros, cómo había venido un navío de Cuba y ciertos soldados en él.

COMO VINO UN NAVIO DE CUBA QUE ENVIABA DIEGO VELAZQUEZ. QUE VENIA EN EL POR CAPITAN PEDRO BARBA. Y LA MANERA QUE EL ALMIRANTE QUE PUSO NUESTRO CORTES POR GUARDA DE LA MAR TENIA PARA PRENDERLOS. Y QUE ES DE ESTA MANERA

DILES COMO ANDABAMOS EN aquella provincia de Tepeaca castigando a los que fueron en la muerte de nuestros compañeros, que fueron los que mataron en aquellos pueblos, y atrayén todos los de paz, y todos daban la obediencia a Su Majestad, vinieron cartas de la Villa Rica cómo había venido un navío al puerto; y vino en él por capitán un hidalgo que se decía Pedro Barba, muy amigo de Cortés, y este Pedro Barba había estado por teniente de Diego Velázquez en la Habana, y traía trece soldados y un caballo y una yegua, porque el navío que traía era muy chico, y traía cartas para Pánfilo de Narváez, el capitán que Diego Velázquez había enviado contra nosotros, creyendo que estaba por él la Nueva España y nos había desbaratado; en que le enviaba a decir Velázquez que si no había muerto a Cortés, que luego se le enviase a Cuba preso, para enviarle a Castilla, que así lo mandaba don Juan Rodriguez de Fonseca, obispo de Burgos y arzobispo de Rosano, presidente de Indias, que luego fuese preso con otros capitanes, porque Diego Velázquez tenía por cierto que éramos desbaratados, o, al de menos, que Narváez señoreaba la Nueva España.

Pues como Pedro Barba llegó al puerto con su navío y echó anclas, luego le fué a visitar y dar el bienvenido el almirante de la mar que puso Cortés, el cual se decía Pedro Caballero o Juan Caballero, por mí memorado, que estaba por Cortés, con un batel bien esquilado de marineros y armas encubiertas; y fue al navío de Pedro Barba, y después de hablar palabras de buen comedimiento: "¿Qué tal viene vuestra merced?", y quitar las gorras y abrazarse unos a otros como se suele hacer, pregunta Pedro Escudero por el señor Diego Velázquez, gobernador de Cuba, qué tal quedaba, y responde Pedro Barba que bueno; y Pedro Barba y los demás que consigo traía preguntan por el señor capitán Pánfilo de Narváez y cómo le va con Cortés, y responde que muy bien, y que Cortés anda huyendo y alzado con veinte de sus compañeros, y que Narváez esta muy próspero y rico, y que la tierra es muy buena; y de plática en plática le dicen a Pedro Barba que allí junto está un pueblo, que desembarque y que se vayan a dormir y estar en él, y que les traerán comida y lo que hubiere menester, que para sólo aquel efecto y servicio está señalado aquel pueblo; y tantas palabras les dicen, que en el batel y en otros que luego allí venían de los otros navíos que estaban surtos, les sacaron en tierra. Y después que lo vieron fuera del navío, ya tenia copia de marineros juntos con el almirante Pero Caballero, y dijeron a Pedro Barbas: "Sed preso por el señor capitán Hernando Cortés, mi señor".

Y asi los prendían, y quedaban espantados; y luego les sacaban del navío las velas y timón y agujas y las enviaban adonde estábamos con Cortés en Tepeaca, con los cuales habíamos gran placer con el socorro que venia en el mejor tiempo que podia ser; porque en aquellas entradas que he dicho que haci fimos, no eran tan en salvo que muchos de nuestros soldados no quedábamos heridos, y otros adolecían del trabajo, porque de sangre y polvo que estaba cuajado en las entrañas no echábamos otra cosa del cuerpo por la boca. como traíamos siempre las armas a cuestas, y no parábamos noches ni días; por manera que ya se habían muerto cinco de nuestros soldados de dolor de costado, en obra de quince días. También quiero decir que con este Pedro Barba vino un Francisco López, vecino y regidor que fué de Guatemala.

Y Cortés hacia mucha honra a Pedro Barba, y le hizo capitán de ballesteros: el cual di() nuevas que estaba otro navío chico en Cuba que le quería enviar Diego Velázquez con cazabe y bastimentos, el cual vino de allí a ocho días, y venía en él por capitán un hidalgo natural de Medina del Campo, que se decía Rodrigo Morejón de Lobera, y traía consigo ocho soldados y seis ballestas y mucho hilo para cuerdas, y una yegua. Y ni más ni menos que habían prendido a Pedro Barba asi hicieron a este Rodrigo

Morejón; y luego fueron a Segura de la Frontera, y con todos ellos nos alegramos. Y Cortés les hacía mucha honra y les daba cargos, y gracias a Dios ya nos íbamos fortaleciendo con soldados y ballestas, y dos o tres caballos más. Y dejarlo he aquí, y volveré a decir lo que en Guacachula hacían los ejércitos mexicanos, que estaban en frontera, y cómo los caciques de aquel pueblo vinieron secretamente a demandar favor a Cortés, para echarlos de allí.

Y dejemos ya esta materia, y digamos lo que más en aquel instante aconteció, y fué que vino un navío al puerto del Peñón del nombre feo que se decía el tal de Bernal, junto a la Villa Rica, que venía de lo de Pánuco, que era de los que enviaba Garay, y venia en él por capitán uno que se decía Camargo: y lo quo pasó diré adelante.

COMO APORTO AL PEROL Y PUERTO QUE ESTA JUNTO A LA VILLA RICA DE LA VERA CRUZ UN NAVIO DE LOS DE FRANCISCO DE GARAY, QUE HABLA ENVIADO A POBLAR EL RIO PANUCO, Y LO QUE SOBRE ELLO PASO

ESTANDO QUE ESTABAMOS en Segura de la Frontera, de la manera que en mi relación habrán oído, vinieron cartas a Cortés cómo había aportado un navío de los que Francisco de Garay había enviado a poblar a Pánuco, y que venía por capitón uno que decía fulano Camargo, y trata sobre sesenta soldados, y todos dolientes y muy amarillos e hinchadas las barrigas, y que habían dicho que otro capitán que Garay había enviado a poblar a Pánuco, que se decía fulano Alvarez Pinedo, que los indios de Pánuco los habían muerto, y a todos los soldados y caballos que había enviado a aquella provincia, y que los navíos se los habían quemado, y que este Camargo, viendo el mal suceso, se embarcó con los soldados que dicho tengo y se vino a socorrer a aquel puerto; porque bien tenían noticia que estábamos poblados alli, y que a causa que por sustentar las guerras con los indios no tenían qué comer, y venían tan flacos y amarillos e hinchados; y más dijeron, que el capitán Camargo había sido fraile dominico, y que había hecho profesión.

Los cuales soldados con su capitán se fueron luego poco a poco a la villa de la Frontera, donde estábamos porque no podían arídar a pie de flacos. Y cuando Cortés los vió tan hinchados y amarillos, y que no eran para pelear, harto teníamos que curar en ellos. y les hizo mucha honra, y tengo que el Camargo murió luego, que no me acuerdo bien qué se hizo, y también se murieron muchos de ellos. Y entonces por burlar les llamamos y pusimos por nombres los panciverdetes, porque traían las colores de muertos y las barrigas muy hinchadas. Y por no detenerme en cada cosa en qué tiempo y lugar acontecían, pues eran todos los navíos que en aquel tiempo venían a la Villa Rica de Garay, puesto que vinieron los unos de los otros un mes delanteros, hagamos cuenta que todos aportaron a aquel puerto, ahora sea un mes antes los unos que los otros. Y esto digo que vino luego un Miguel Diaz de Auz, aragonés, por capitán de Francisco de Garay, el cual le enviaba para socorro al capitán fulano Alvarez Pinedo, que creía que estaba en Pánuco, y como llegó al puerto de Pánuco y no halló rastro, ni hueso, ni pelo de la armada de Garay, luego entendió por lo que vió que le habían muerto; porque a Miguel Díaz le dieron guerra los indios de aquella provincia, luego que llegó con su navio, y a esta causa se vino a aquel nuestro puerto y desembarcó sus soldados, que eran más de cincuenta, y trajo siete caballos; y se fué luego para donde, estábamos con Cortés, y éste fué el mejor socorro y al mejor tiempo que le habíamos menester.

Y para que bien sepan quién fué este Miguel Díaz de Auz, digo yo que sirvió muy bien a Su Majestad en todo lo que se of reció en las guerras y conquistas de la Nueva España, y éste fué el que trajo pleito después de ganada la Nueva España con un cuñado de Cortés que se decía Andrés de Barrios, natural de Sevilla, que llamaban el danzador, y púsosele aquel nombre porque bailaba mucho sobre el pleito de la mitad de Mestitan. Y este Miguel Diaz de Auz fué el que en el Real Consejo de Indias, en el año de mil quinientos cuarenta y uno, dijo que a unos daba favor e indios por bien bailar y danzar, y a otros les quitaba sus haciendas porque habían servido a Su Majestad peleando. Este es el que dijo que por ser cuñado de Cortés le dió los indios que no merecía, estando comiendo en Sevilla buñuelos, y los dejaba de dar a quien Su Majestad mandaba. Este es el que claramente dijo otras cosas acerca de que no hacían justicia ni lo que Su Majestad manda; y más dijo otras cosas: que querían remedar al villano de nombre Abubio, de que se iban enojando los señores que mandaban en el Real Consejo de Indias, que era presidente el reverendísimo fray García de Loaisa, arzobispo que fue de Sevilla, y oidores el obispo de Lugo, y el licenciado Gutierre Velázquez y el doctor don Bernal Diaz de Lugo y el doctor Beltrán. Volvamos a nuestro cuento. Y entonces Miguel Díaz de Auz, desde que hubo hablado lo que quiso, tendió la capa en el suelo y puso la daga sobre el pecho, estando tendido en ella de espaldas, y dijo: "Si no es verdad lo que digo, Vuestra Alteza me mande degollar con esta daga, y si es verdad, hacer recta justicia". Entonces el presidente le mandó levantar y dijo que no estaban allí para matar a ninguno, sino para hacer justicia, y que fue mal mirado en lo que dijo, y que se saliese fuera y que no dijese más desacatos; si no, que le castigarían, y lo que proveyeron sobre su pleito de Mestitan, que le den la parte de lo que rentare, que son más de dos mil quinientos pesos de su parte, con tal que no entre en el pueblo dentro de dos años, porque en lo que le acusaban era que había muerto ciertos indios en aquel pueblo y en otros que había tenido.

Dejemos de contar esto, pues claro va fuera de nuestra relación y digamos que desde allí a pocos días que Miguel Diaz de Auz había venido a aquel puerto de la manera que dicho tengo, aportó otro navio que enviaba el mismo Garay en ayuda y socorro de su armada, creyendo que todos estaban buenos y sanos en el rio de Pánuco, y venía en él por capitán un viejo que se decía Ramírez, y ya era hombre anciano, y a esta causa le llamábamos Ramírez el Viejo, porque había en nuestro real dos Ramírez; y traía sobre cuarenta soldados y diez caballos y yeguas, y ballesteros y otras armas. Y Francisco de Garay no hacía sino echar un virote tras otro en socorro de su armada, y en todo le socorría la buena fortuna a Cortés, y a nosotros era gran ayuda. Y todos estos de Garay que dicho tengo fueron a Tepeaca, adonde estábamos, y porque los soldados que traía Miguel Díaz de Auz venían muy recios y gordos, les pusimos por nombre los de los lomos recios, y a los que traía el viejo Ramirez, que traían unas armas de algodón de tanto gordor que no las pasaba ninguna flecha, y pesaban mucho, pusimosles por nombre los de las albardillas. Y cuando fueron los capitanes que dicho tengo y soldados delante de Cortés, les hizo mucha honra. Dejemos de contar de los socorros que teníamos de Garay, que fueron buenos, y digamos cómo Cortés envió a Gonzalo de Sandoval a una entrada a unos pueblos que se dicen Xalacingo y Zacatami.

Y fué Sandoval con sus compañeros y les entra por dos partes, que puesto que peleaban muy bien los mexicanos y los naturales de aquellos pueblos, sin más relatar lo que allí en aquellas batallas pasaron, los desbarató; y fueron huyendo los mexicanos y caciques de aquellos pueblos, y siguió el alcance y prendió mucha gente menuda, que de los 'ndios no se curaban de ellos, por no tener que guardar. Y hallaron en unos cúcs de aquel pueblo muchos vestidos y armas y frenos de caballos, y dos sillas, y otras cosas de la jineta que habían presentado a sus ídolos.

Acordó Sandoval estar allí tres días, y vinieron los caciques de aquellos pueblos a demandar perdón y a dar la obediencia a Su Majestad, y Sandoval les dijo que diesen el oro que habían robado a los españoles que mataron, y que luego les perdonaría. Y respondieron que el oro que los mexicanos lo hubieron y que lo enviaron al señor de México que entonces habían alzado por rey, y que no tenían ninguno; por manera que les mandó que, en cuanto el perdón, que fuesen adonde estaba Malinche, que es Cortés, y que él les hablaría y perdonaría. Yo no fui en esta entrada. que estaba muy malo de calentura, y echaba sangre por la boca, y gracias a Dios estuve bueno porque me sangraron muchas veces. Y fué aquella entrada que hizo de mucho provecho y se pacificó la tierra, y de allí en adelante tenía Cortés tanta fama en todos los pueblos de la Nueva España, lo uno de muy justificado en lo que hacía, y lo otro de muy esforzado, que a todos ponía temor, y muy mayor a Guatemuz, el señor y rey nuevamente alzado por rey en México. Y tanta era la autoridad y ser y mando que había cobrado Cortés, que venían ante él pleitos de indios de lejanas tierras, en especial sobre cosas de cacicazgos y señoríos. Como en aquel tiempo anduvo la viruela tan común en la Nueva España, fallecían muchos caciques, y sobre a quién le pertenecía el cacicazgo y ser señor y partir tierras o vasallos o bienes, venían a Cortés, como señor absoluto d'e toda la tierra, para que por su mano y autoridad alzase por señor a quien le pertenecía.

Y en aquel tiempo vinieron del pueblo de Ozucar y Guacachula, otras veces por mí memorados, porque en Ozucar estaba casada una parienta muy cercana de Montezuma con el señor de aquel pueblo, y tenían un hijo que decían era sobrino y cacique de Montezuma, y según parece heredaba el señorío, y otros decían que le pertenecía a otro señor; y sobre ellos tenían diferencias, y vinieron a Cortés, y mandó que heredase el pariente de Montezuma, y luego cumplieron su mandado. Y así vinieron de otros muchos pueblos de la redonda sobre pleitos, y a cada uno mandaba dar sus tierras y vasallos según sentía por derecho que les pertenecía.

Y en aquella sazón también tuvo noticia Cortés que en un pueblo que estaba de allí a seis leguas, que se decía Cozotlán y le pusimos por nombre Castil Blanco, habían muerto nueve españoles; envió al mismo Gonzalo de Sandoval para que los castigase y los trajese de paz. Donde lo dejaré, y digamos cómo se herraron todos los esclavos que se habían habido en aquellos pueblos y provincias. y lo que sobre ello se hizo.

COMO SE RECOGIERON TODAS LAS MUJERES Y ESCLAVAS Y ESCLAVOS DE TODO NUESTRO REAL QUE HABLAMOS HABIDO EN AQUELLO DE TEPEACA Y CACHULA Y TECAMACHALCO, Y EN CASTIL BLANCO. Y EN SUS TIERRAS, PARA HERRARSE CON EL HIERRO QUE HICIERON EN NOMBRE DE SU MAJESTAD. Y DE LO QUE SOBRE ELLO PASO

COMO GONZALO DE SANDOVAL hubo llegado a la villa de Segura de la Frontera, de hacer quellas entradas que ya he dicho, y en aquella rovincia todos los teníamos ya pacíficos y no teníamos por entonces dónde ir a entrar, porque todos los pueblos de los rededores habían dado la obediencia a Su Majestad, acordó Cortés, con los oficiales del rey, que se herrasen las piezas y esclavos que se habían habido para sacar su quinto después que se hubiese sacado el de Su Majestad; y para ello mandó dar pregones en el real y villa que todos los soldados llevásemos a una casa que estaba señalada para aquel efecto a herrar todas las piezas que tuviesen recogidas, y dieron de plazo aquel día y otro que se pregonó, y todos ocurrimos con todas las indias y muchachas y muchachos que habíamos habido, que hombres de edad no curábamos de ellos, que eran malos de guardar y no habíamos menester su servicio teniendo a nuestros amigos los tlaxcaltecas.

Pues ya juntas todas las piezas y echado el hierro, que era una G como esta, que quería decir guerra, cuando no nos catamos apartan el real quinto, luego sacan otro quinto para Cortés, y, además de esto, la noche antes, cuando metimos las piezas, como he dicho, en aquella casa, habían ya escondido y tomado las mejores indias, que no pareció allí ninguna buena, y al tiempo de repartir dábannos las viejas y ruines. Y sobre esto hubo grandes murmuraciones contra Cortés y de los que mandaban hurtar y esconder las buenas indias, y de tal manera se lo dijeron al mismo Cortés soldados de los de Narváez, que juraban a Dios que no había tal acaecido haber dos reyes en la tierra de nuestro rey y señor y sacar dos quintos. Y uno de los soldados que se lo dijeron fué un Juan Bono de Quexo; y más dijo, que no estaría en tierra semejante, y que lo haría saber en Castilla a Su Majestad y a los señores de su Real Consejo de Indias. Y también dijo a Cortés otro soldado muy claramente, que no bastó repartir el oro que se había habido en México de la manera que lo repartió, y que cuando lo estaba repartiendo decía que eran trescientos mil pesos los que se habían allegado, y que cuando salimos huyendo de México, mandó tomar por testimonio que quedaban más de setecientos mil, y que ahora el pobre soldado que había echado los bofes y estaba lleno de heridas por haber una buena india, y les habían dado naguas y camisas, habían tomado y escondido las tales indias; y que cuando dieron el pregón para que se llevasen a herrar, que creyeron que a cada soldado volverían sus piezas, y que apreciarían que tantos pesos valían, y que como las apreciase pagasen el quinto a Su Majestad, y que no habría más quinto para Cortés, y decían otras murmuraciones peores que éstas.

Y después que Cortés aquello con palabras algo blandas dijo que juraba en su conciencia, que esto tenía por costumbre jurar, que de allí adelante que no se haría de aquella manera, sino que buenas o malas indias sacarlas a almoneda, y la buena que se vendería por tal, y la que no lo fuese por menos precio, y de aquella manera no tendrían que reñir con él, y puesto que allí en Tepeaca no se hicieron más esclavos, mas después, en lo de Tezcuco, casi que fué de esta manera, como adelante diré.

Y dejaré de hablar en esta materia y digamos otra cosa casi peor que esto de los esclavos, y es que ya he dicho cuando la triste noche salimos huyendo de México, cómo quedaba en la sala donde posaba Cortés muchas barras de oro perdido que no lo podían sacar más de lo que cargaron en la yegua y caballos. y muchos tlaxcaltecas, y lo que hurtaron los amigos y otros soldados que cargarían de ello; y como lo demás quedaba perdido en poder de los mexicanos, Cortés dijo delante de un escribano del rey que cualquiera que quisiese sacar oro de lo que allí quedaba que se lo llevase mucho en buena hora por suyo, como se había de perder; y muchos soldados de los de Narváez cargaron de ello, y asimismo algunos de los nuestros, y por sacarlo perdieron muchos de ellos las vidas, y los que escaparon con la presa que traían habían estado en gran riesgo de morir, y salieron llenos de heridas. Y como en nuestro real y villa de Segura de la Frontera, que así se llamaba, alcanzó Cortés a saber que había muchas barras de oro y que andaban en el juego, y como dice el refrán que el oro y amores eran malos de encubrir, mandó dar un pregón, so graves penas, que traigan a manifestar el oro que sacaron, y que les daba la tercia parte de ello, y si no lo traen, que se lo tomaba todo. Y muchos soldados de los que lo tenían o no lo quisieron dar, y a algunos se lo tomó Cortés como prestado y más por fuerza que por grado, y como todos los más capitanes teniar oro y aun los oficiales del rey, muy mejor se calló lo del pregón, y no se habló de ello; mas pareció muy mal esto que mandó Cortés. Dejémoslo va de más declarar y digamos cómo todos los más capitanes y personas principales de los que pasaron con Narváez demandaron licencia a Cortés para volverse a Cuba, y Cortés se la dio, y lo que más acaeció.

COMO DEMANDARON LICENCIA A CORTES LOS CAPITANES Y PERSONAS MAS PRINCIPALES DE LOS QUE NARVAEZ RABIA TRAIDO EN SU COMPARIA PARA VOLVERSE A LA ISLA DE CUBA, Y CORTES SE LA DIO. Y SE FUERON. Y COMO DESPACHO CORTES EMBAJADORES PARA CASTILLA Y PARA SANTO DOMINGO Y JAMAICA, Y LO QUE SOBRE CADA COSA ACAECIO

COMO VIERON LOS capitanes de Narváez que ya teníamos socorros, asi de los que vinieron de Cuba como los de Jamaica que había enviado Francisco de Garay para su armada, según lo tengo de:yes;clarado en el capítulo que de ello habla, y vieron que los pueblos de la provincia de Tepeaca estaban pacíficos, después de muchas palabras que a Cortés dijeron con grandes ofertas y ruegos le suplicaron que les diese licencia para volverse a la isla de Cuba, pues se lo había prometido. Y luego Cortés se la dió y aun les prometió que si volvía a ganar la Nueva España y ciudad de México que a Andrés de Duero, su compañero, que le daría mucho más oro que le había de antes dado, y así hizo oferta a los demás capitanes, en especial a Agustín Bermúdez, y les mandó dar matalotaje, que en aquella sazón había, que era maíz y perrillos salados y pocas gallinas, y un navío de los mejores. Y escribió Cortés a su mujer, que se decía Catalina Juárez, la Marcaida, y a Juan Juárez, su cuñado, que en aquella sazón vivía en la isla de Cuba, y les envió ciertas barras y joyas de oro y les hizo saber todos los desmanes y trabajos que nos habían acontecido, y cómo nos echaron de México.

Dejemos esto y digamos las personas que demandaron la li' cencia para volver a Cuba, que todavía iban ricos: fueron Andrés de Duero y Agustín Bermúdez, Juan Bono de Quexo, y Bernaldino de Quesada y Francisco Velázquez, el Corcovado, pariente de Diego Velázquez, gobernador de Cuba, y Gonzalo Carrasco, el que vive en la Puebla, que después se volvió a esta Nueva España; y un Melchor de Velasco, que fué vecino de Guatemala; y un Jiménez de Cervantes, que fué por sus hijos; y el comendador Leonel de Cervantes, que fué por sus hijas, que después de ganado México las casó muy honradamente; y se fué uno que se decía Maldonado, natural de Medellín, que estaba doliente; no digo Maldonado, el que fué marido de doña Maria del Rincón, ni por Maldonado el Ancho, ni otro Maldonado que se decía Alvaro Maldonado el Fiero, que fué casado con una señora que se decía Mari Arias; y también se fué un Vargas, vecino de la Trinidad, que le llamaban en Cuba Vargas el Galán; no digo Vargas el que fué suegro de Cristóbal Lobo, vecino que fué de Guatemala; y se fué un soldado de los de Cortés que se decía Cárdenas, piloto. Aquel Cárdenas fué el que dijo a un su compañero que cómo podíamos reposar los soldados teniendo dos reyes en esta Nueva España; éste fué a quien Cortés dió trescientos pesos para que se fuese a su mujer e hijos; y por excusar prolijidad de ponerles todos por memoria, se fueron otros muchos que no me acuerdo bien sus nombres.

Y cuando Cortés les dió la licencia, dijimos que para qué se la daba, pues que éramos pocos los que quedábamos, y respondió que por excusar escándalos e importunaciones, y que ya veíamos que para la guerra algunos de los que se volvían no lo eran, y que valía más estar solo que mal acompañado. Y para despacharles del puerto envió Cortés a Pedro de Alvarado, y en habiéndolos embarcado que se volviese luego a la villa.

Y digamos ahora que también envió a Castilla a Diego de Ordaz y Alonso de Mendoza, natural de Medellín o de Cáceres, con ciertos recaudos de Cortés, que yo no sé otros que llevasen nuestros, ni nos dió parte de cosa de los negocios que enviaba a tratar a Su Majestad, ni lo que pasó en Castilla yo no lo alcancé a saber, salvo que la boca llena decía el obispo de Burgos, delante de Diego de Ordaz, que así Cortés como todos los soldados que pa samos con el éramos malos y traidores, puesto que Ordaz respondía muy bien por todos nosotros. Y entonces le dieron a Ordaz una encomienda de Señor Santiago y por armas el volcán que estaba entre Guaxocingo y cerca de Cholula, y lo que negoció adelante lo diré según lo supimos por carta.

Dejemos esto aparte y diré cómo Cortés envió a Alonso de Avila, que era capitán y contador de esta Nueva España, y juntamente con él envió a otro hidalgo que se decía Francisco Alvarez Chico, que era hombre que entendía de negocios, y mandó que fuesen con otro navío para la isla de Santo Domingo a hacer relación de todo lo acaecido a la real Audiencia que en ella residía, y a los frailes jerónimos que estaban por gobernadores de todas las islas, que tuviesen por bueno lo que habíamos hecho en las conquistas y el desbarate de Narváez, y cómo había hecho esclavos en los pueblos que habían muerto españoles, y se habían quitado de la obediencia que habían dado a nuestro rey y señor, y que así entendía hacer en todos los más pueblos que fueron de la liga y nombre de mexicanos, y que les suplicaba que hiciesen relación de ello en Castilla a nuestro gran emperador, y tuviesen en la memoria los grandes servicios que siempre le hacíamos, y que por su intercesión y de la real Audiencia y frailes jerónimos fuésemos favorecidos con justicia contra la mala voluntad y obras que contra nosotros trataba el obispo de Burgos y arzobispo de Rosano.

Y también envió otro navío a la isla de Jamaica por caballos y yeguas, y el capitán que en é1 fué se decía fulano de Solís, que después de ganado México le llamamos Solís el de la Huerta, yerno de uno que se decía el bachiller Ortega. Bien sé que dirán algunos curiosos lectores que sin dineros que cómo enviaba a Diego de Ordaz a negocios a Castilla, pues está claro que para Castilla y para otras partes son menester dineros, y que asimismo enviaba a Alonso de Avila y a Francisco Alvarez Chico a Santo Domingo, a negocios, y a la isla de Jamaica por caballos y yeguas. A esto digo que como al salir de México como salimos huyendo la noche por mí muchas veces memorada, que como quedaban en la sala muchas barras de oro perdido en un montón, que todos los más soldados apañaban de ello, en especial los de a caballo. y los de Narváez mucho mejor, y los oficiales de Su Majestad, que lo tenían en poder y cargo, llevaron los fardos hechos: y demás de esto, cuando se cargaron de oro más de ochenta indios tlaxcaltecas por mandado de Cortés y fueron los primeros que salieron en las puentes, vista cosa era que salvarían muchas cargas de ello, que no se perdería todo en la calzada, y como nosotros los pobres soldados que no teníamos mando, sino ser mandados, en aquella sazón procurábamos de salvar nuestras vidas y después de curar nuestras heridas, no mirábamos en el oro si salieron muchas cargas de ello en las puentes o no, ni se nos daba mucho en ello. Y Cortés con algunos de nuestros capitanes lo procuraron de haber de los tlaxcaltecas que lo sacaron, y aun tuvimos sospecha que los cuarenta mil pesos de las partes de los de la Villa Rica, que también lo habían habido, y echado fama que lo habían robado, y con ello envió a Castilla a los negocios de su persona, y a comprar caballos, y a la isla de Santo Domingo a la Audiencia real; porque en aquel tiempo todos se callaban con las barras de oro que tenían aunque más pregones había dado.

Dejemos esto, y digamos cómo ya estaban de paz todos los pueblos comarcanos de Tepeaca, acordó Cortés que quedase en la villa de Segura de la Frontera por capitán Francisco de Orozco con obra de veinte soldados que estaban heridos y dolientes, y con todos los más de nuestro ejército fuimos a Tlaxcala; y se dió orden que se cortase madera para hacer trece bergantines para ir otra vez a México, porque hallábamos por muy cierto que para la laguna sin bergantines no la podíamos señorear, ni podíamos dar guerra, ni entrar otra vez por las calzadas en aquella gran ciudad sino con gran riesgo de nuestras vidas. Y el que fué maestro de cortar la madera y dar el gálibo y cuenta y razón como habían de ser veleros y ligeros para aquel efecto, y los hizo, fué un Martín López, que ciertamente, además de ser un buen soldado en todas las guerras, sirvió muy bien a Su Majestad en esto de los bergantines, y trabajó en ellos como fuerte varón. Y me parece que si por desdicha no viniera en nuestra compañía de los primeros, como vino, que hasta enviar por otro maestro a Castilla se pasara mucho tiempo e no viniera ninguno, según el gran estorbo que en todo nos ponía el obispo de Burgos.

Volveré a nuestra materia, y digamos ahora que cuando llegamos a Tlaxcala ya era fallecido de viruelas nuestro gran amigo. y muy leal vasallo de Su Majestad, Maseescaci, de la cual muerte nos pesó a todos, y Cortés lo sintió tanto, como él decía, como si fuera su padre, y se puso luto de mantas negras, y asimismo muchos de nuestros capitanes y soldados. Y a sus hjos y parientes del Maseescaci, Cortés y todos nosotros les hacíamos mucha honra, y porque en Tlaxcala había diferencias sobre el mando y cacicazgo, señaló y mandó que lo fuese un su hijo legítimo del mismo Maseescaci, porque asi lo había mandado su padre antes que muriese, y aun dijo a sus hijos y parientes que mirasen, que no saliesen del mando de Malinche y de sus hermanos, porque ciertamente éramos los que habíamos de señorear estas tierras; y les dijo otros muchos buenos consejos. Dejemos ya de contar del Maseescaci, pues ya es muerto, y digamos de Xicotenga el Viejo y de Chichimecatecle y de todos los más caciques de Tlaxcala, que se ofrecieron de servir a Cortés, así en cortar madera para los bergantines como para todo lo demás que les quisiesen mandar en la guerra contra Ios mexicanos.

Cortés les abrazó con mucho amor y les dió gracias por ello, especialmente a Xicotenga el Viejo y a Chichimecatecle, y luego procuró que se volviese cristiano, y el buen viejo Xicotenga de buena voluntad dijo que lo quería ser, y con la mayor fiesta que en aquella sazón se pudo hacer en Tlaxcala, le bautizó el Padre de la Merced y le puso nombre don Lorenzo de Vargas. Volvamos a decir de nuestros bergantines; que Martín López se dió tanta prisa en cortar la madera con la gran ayuda de indios que le ayudaban, que en pocos días la tenían ya toda cortada y señalada su cuenta en cada madero, para qué parte y lugar había de ser, según tienen sus señales los oficiales, maestros y carpinteros de ribera; y también le ayudaba otro buen soldado que se decía Andrés Núñez, y un viejo carpintero que estaba cojo de una herida, que se decía Ramírez el Viejo.

Y luego despachó Cortés a la Villa Rica por mucho hierro y clavazón de los navíos que dimos al través, y por anclas y velas y jarcias y cables y estopa, y por todo aparejo de hacer navíos, y mandó venir todos los herreros que había, y a un Hernando de Aguilar que era medio herrero, que ayudaba a machar; y porque en aquel tiempo había en nuestro real tres hombres que se decían Aquilar, llamamos a éste Hernando de Aguilar Majahierro; y envió por capitán a la Villa Rica por los aparejos que he dicho, para mandarlo traer, a un Santa Cruz, burgalés, regidor que después fué de México, persona muy buen soldado y diligente; hasta las calderas para hacer brea y todo cuanto de antes habían sacado de los navíos trajo, con más de mil indios que todos los pueblos de aquellas provincias, enemigos de mexicanos, luego se los daban para traer las cargas. Pues como no teníamos pez para brear, ni aun los indios lo sabían hacer, mandó Cortés a cuatro hombres de la mar que sabían de aquel oficio que en unos pinares cerca de Guaxalcingo, que los hay buenos, fuesen a hacer la pez, Acuérdome que fué el que llevó cargo delio e iba por capitán un Juan Rodríguez Cabrillo, que fué un buen soldado en lo de México, que después fué vecino de Guatimala, persona muy honrada, y fué capitán y almirante de trece navíos por Pedro de Alvarado y sirvió muy bien a Su Majestad en todo lo que se le of reció, y murió en su real servicio.

Pasemos adelante, y puesto que no va muy bien a propósito de la materia en que estaba hablando, que me han preguntado ciertos caballeros curiosos que conocían muy bien a Alonso de Avila que cómo siendo capitán muy esforzado, y era contador de la Nueva España, y siendo belicoso y su inclinación dado más para guerras que no para ir a solicitar negocios con los frailes jerónimos que estaban por gobernadores de todas las islas, que por qué causa le envió Cortés, teniendo otros hombres que fueran más acostumbrados a negocios, como era un Alonso de Grado, o un Juan de Cáceres el Rico, y otros que me nombraron. A esto digo que Cortés le envió a Alonso de Avila porque sintió de él ser muy varón, y porque osaría responder por nosotros conforme a justicia, y también le envió por causa que como Alonso de Avila había tenido diferencias con otros capitanes y tenia gran atrevimiento de decir a Cortés cualquiera cosa que veía que convenía decirls, y por excusar ruidos y por dar la capitanía que tenía a Andrés de Tapia, y la contaduría a Alonso de Grado, como luego se la dió, por estas razones le envió. Volvamos a nuestra relación.

Pues viendo Cortés que ya era cortada la madera para los bergantines y se habían ido a Cuba las personas por mí nombradas, que eran de los de Narváez, que los teníamos por sobrehuesos, especialmente poniendo temores que siempre nos ponían, que no seríamos bastantes para resistir el gran poder de mexicanos, cuando oían que decíamos que habíamos de ir a poner cerco sobre México; y libres de aquellas zozobras, acordó Cortés que fuésemos con todos nuestros soldados para la ciudad de Tezcuco, y sobre ello hubo grandes y muchos acuerdos, porque unos soldados decían que era mejor sitio y acequias y zanjas para hacer los bergantines en Ayocingo, junto a Chalco, que no en la zanja y estero de Tezcuco; y otros porfiábamos que mejor sería en Tezcuco, por estar en parte y sitio cerca de muchos pueblos, y que teniendo aquella ciudad por nosotros, desde allí haríamos entradas en las tierras comarcanas de México, y puestos en aquella ciudad tomaríamos el mejor parecer como sucediesen las cosas.

Pues ya que estaba acordado lo por mí dicho, viene nueva y cartas, que trajeron soldados, de cómo había venido a la Villa Rica un navío de Castilla, y de las islas de Canaria, de buen porte, cargado de muchas mercaderías, escopetas, pólvora y ballestas, e hilo de ballestas, y tres caballos, y otras armas, y venia por señor de la mercadería y navío un Juan de Burgos, y por maestre un Francisco de Medel, y venian trece soldados. Y con aquella nueva nos alegramos en gran manera; y si de antes que supiésemos del navío nos dábamos prisa en la partida para Tezcuco, mucha más nos dimos entonces; porque luego le envió Cortés a comprar todas las armas y pólvora y todo lo más que traía, y aun el mismo Juan de Burgos y Medel y todos los pasajeros que traía se vinieron luego para donde estábamos, con los cuales recibimos contento viendo tan buen socorro y en tal tiempo.

Acuérdome que entonces vino un Juan del Espinar, vecino que fué de Guatemala, persona que fué muy rico, y también vino un Sagredo, tío de una mujer que se decía la Sagreda, que estaba en Cuba, naturales de Medellín; y también vino un vizcaíno que se decía Monjaraz, tío que se decía ser de Andrés de Monjaraz y Gregorio de Monjaraz, soldados que estaban con nosotros, y padre de una mujer que después vino a México, que se decía la Monjaraza, muy hermosa mujer. Y traigo esto aquí a la memoria por lo que adelante diré, y es que jamás fué el Monjaraz a guerra ninguna, ni entrada con nosotros, porque estaba doliente en aquel tiempo, y ya que estaba muy bueno y sano y presumía de muy valiente, cuando teníamos puesto cerco a México, dijo Monjaraz que quería ir a ver cómo batallábamos con los mexicanos, porque no tenía a los mexicanos por valientes; y fué y se subió en un alto cu como torrecilla, y nunca supimos cómo ni de qué manera le mataron indios en aquel mismo día. Y muchas personas dijeron, que le habían conocido en la isla de Santo Domingo, que fué permisión divina que muriese aquella muerte, porque había muerto a su mujer, muy honrada y buena y hermosa, sin culpa ninguna, y que buscó testigos falsos que juraron que le hacía maleficio. Quiero ya dejar de contar cosas pasadas, y digamos cómo fuimos a la ciudad de Tezcuco y lo que más pasó.

COMO CAMINAMOS CON TODO NUESTRO EJERCITO CAMINO DE LA CIUDAD DE TEZCUCO, Y LO QUE PASO EN EL CAMINO, Y OTRAS COSAS QUE NOS ACONTECIERON

ODIO CORTES VIO tan buen aparejo así de escopetas y pólvora y ballestas y caballos y conoció de todos nosotros, así capitanes como soldados, el gran deseo que teniamos de estar ya sobre la gran ciudad de México, acordó de hablar a los caciques de Tlaxcala para que le diesen diez mil indios de guerra que fuesen con nosotros aquella jornada hasta Tezcuco, que es una de las mayores ciudades que hay en toda la Nueva España, después de México. Y como se lo demandó y les hizo un buen parlamento sobre ello, luego Xicotenga el Viejo, que en aquella sazón se había vuelto cristiano y se llamó don Lorenzo de Vargas, como dicho tengo, dijo que le placía de buena voluntad, no solamente diez mil hombres, sino muchos más si los quería llevar, y que iría por capitán de ellos otro cacique muy esforzado y nuestro gran amigo, que se decía Chichimecatecle. Y Cortés le dió las gracias por ello, y después de hecho nuestro alarde que ya no me acuerdo bien qué tanta copia éramos, así de soldados como de lo demás, un día después de pasada la Pascua de Navidad del año de mil quinientos veinte años, comenzamos a caminar con mucho concierto, como lo teníamos de costumbre y fuimos a dormir a un pueblo que se dice sujeto de Tezcuco, y los del mismo pueblo nos dieron lo que habíamos menester.

De allí adelante era tierra de mexicanos; íbamos más recatados, nuestra artillería puesta en mucho concierto y ballesteros y escopeteros, y siempre cuatro corredores del campo a caballo y otros cuatro soldados de espada y rodela muy sueltos, juntamente con los de a caballo, para ver los pasos si estaban para pasar caballos, porque en el camino tuvimos aviso que estaba embarazado de aquel día un mal paso, y la sierra con árboles cortados, porque bien tuvieron noticia en México y en Tezcuco cómo caminábamos hacia su ciudad. Y aquel día no hallamos estorbo ninguno y fuimos a dormir al pie de la sierra, que serian tres leguas, y aquella noche tuvimos buen frio; y con nuestras rondas y espías y velas y corredores del campo la pasamos, y después que amaneció comenzamos a subir un puertezuelo, y en unos malos pasos como barrancas estaba cortada la sierra, por donde no podíamos pasar, y puesta mucha madera y pinos en el camino, y como llevábamos tantos amigos tlaxcaltecas, de presto se desembarazó. Y con mucho concierto caminamos con una buena capitanía de escopeteros y balleste ros delante, y nuestros amigos cortando y apartando los árboles para poder pasar los caballos, hasta que subimos la sierra, y aun bajamos un poco abajo a donde se descubrió la laguna de México, y sus grandes ciudades pobladas en el agua. Y desde que la vimos dimos muchas gracias a Dios que nos dejó tornar a ver. Entonces nos acordamos de nuestro desbarate pasado, de cuando nos echaron de México, y prometimos si Dios fuese servido, de tener otra manera en la guerra desde que la cercásemos.

Y luego bajamos la sierra, donde vimos grandes ahumadas que hacían así los de Tezcuco como los de los pueblos sus sujetos; y yendo más adelante topamos con un buen escuadrón de gente,_guerreros de México y Tezcuco, que nos aguardaban en un mal paso, a un arcabuezo adonde estaba una puente como quebrada, de madera, algo honda, y corría un buen golpe de agua; más luego desbaratamos los escuadrones y pasamos muy a nuestro salvo. Pues oír la grita que nos daban, desde las estancias y barrancas no hacían otra cosa, y era en parte que no podían correr caballos, y nuestros amigos los tlaxcaltecas les apañaban gallinas, y lo que podían robarles no lo dejaban, puesto que Cortés se lo mandaba que si no diesen guerra que no se la diesen, y los tlaxcaltecas, decían que si estuvieran de buenos corazones y de paz, que no salieran al camino a darnos guerra, como estaban al paso de las barrancas y puentes para no dejarnos pasar.

Volvamos a nuestra materia y digamos cómo fuimos a dormir a un pueblo sujeto de Tezcuco, y estaba despoblado; y puestas nuestras velas y rondas y escuchas y corredores de campo, estuvimos aquella noche con bastante cuidado no diesen en nosotros muchos escuadrones de guerreros que estaban aguardándonos en unos malos pasos, y de lo cual tuvimos aviso porque se prendieron cinco mexicanos en la puente primera que dicho tengo, y aquéllos dijeron lo que pasaba de los escuadrones, y, según después supimos, no se atrevieron a darnos guerra ni más aguardar, porque, según pareció, entre los mexicanos y los de Tezcuco tenían diferencias y bandos, y también como aún no estaban muy sanos de las viruelas, que fué dolencia que en toda la tierra dió y cundió, y como habían sabido cómo en lo de Guatemala y Ozucar y en Tepeaca y Xalacingo y Castilblanco todas las guarniciones mexicanas habíamos desbaratado, y asimismo teníamos fama, y así lo creían que iban con nosotros en nuestra compañía todo el poder de Tlaxcala y Guaxalcingo, acordaron de no nos aguardar; y todo esto Nuestro Señor Jesucristo lo encaminaba.

Y después que amaneció, puestos todos nosotros en gran concierto, así artillería como escopetas y ballestas, y los corredores el campo adelante descubriendo tierra, comenzamos a caminar hacía Tezcuco, que seria de allí de donde dormimos obra de dos leguas. Y aún no habíamos andado media legua cuando vimos volver nuestros corredores del campo a matacaballo, muy alegres, y dijeron a Cortés que venían hasta diez indios y que traían unas señas y veletas de oro, y que no traían armas ningunas, y que en todas las caserías y estancias por donde pasaban no les daban grita ni voces como habían dado el día antes: al parecer todo estaba de paz. Y Cortés y todos nuestros capitanes y soldados nos alegramos. Y luego mandó Cortés reparar, hasta que llegaron siete indios principales, naturales de Tezcuco, y traían una bandera de oro y una lanza larga, y antes que llegasen abajaron su bandeera y se humillaron, que es señal de paz; y desde que llegaron ante Cortés, estando doña Marina y Jerónimo de Aguilar, nuestras lenguas, delante, dijeron: "Malinche: Cocoyoacin, nuestro señor y señor de Tezcuco, te envía a rogar que le quieras recibir a tu amistad y, te está esperando de paz en su ciudad de Tezcuco, y en señal de ello recibe esta bandera de oro, y que te pide por merced que mandes a todos los tlaxcaltecas y a tus hermanos que no les hagan mal en su tierra, y que te vayas a aposentar a su ciudad, que él te dará lo que hubieres menester". Y más dijeron, que los escuadrones que allí estaban en las barrancas y pasos malos, que no eran de Tezcuco, sino mexicanos, que los enviaba Guatemuz.

Y cuaudo Cortés oyó aquellas paces, holgó mucho de ellas, y asimismo todos nosotros, y abrazó a los mensajeros, en especial a tres de ellos, que eran parientes del buen Montezuma, y los conocíamos todos los más soldados, que habían sido sus capitanes. Y considerada la embajada, luego mandó Cortés llamar a los capitanes tlaxcaltecas y les mandó muy afectuosamente que no hiciesen ningún mal ni les tomasen cosa ninguna en toda la tierra, porque estaban de paz; y así lo hicieron como se lo mandó; mas comida no se les defendía, si era solamente maíz y frijoles y aun gallinas y perrillos, que había mucho, todas las casas llenas de ello. Y entonces Cortés tomó consejo y, con nuestros capitanes, y a todos les pareció que aquel pedir de paz y de aquella manera que era fingido, porque si fueran verdaderas no vinieran tan arrebatadamente, y aun trajeron bastimento. Y con todo ello Cortés recibió la bandera, que valía hasta ochenta pesos, y dió muchas gracias a los mensajeros, y les dijo que no tenía por costumbre hacer mal ni daño a ningunos vasallos de Su Majestad, antes le favorecía y miraba por ellos, y que si guardaban las paces que decían, que les favorecería contra mexicanos, y que ya había mandado a los tlaxcaltecas que no hiciesen daño en su tierra, como habían visto, y que así lo cumpliría adelante, y que bien sabía que en aquella ciudad mataron sobre cuarenta españoles, nuestros hermanos, cuando salimos de México, y sobre doscientos tlaxcaltecas, y que robaron muchas cargas de oro y otros despojos que de ellos hubieron; que ruega a su señor Cuacayutzín y a todos los más caciques y capitanes de Tezcuco que le den el oro y ropa, y que la muerte de los españoles, que pues ya no tenían remedio, que no se les pedirá.

Y mandó a Pedro de Alvarado y a Cristóbal de Olid y a otros soldados y a mí con ellos que subiésemos a un gran cu, que era bien alto, y llevásemos hasta veinte escopeteros para nuestra guarda, y que mirásemos desde el alto cu la laguna y la ciudad, porque bien se parecía toda; y vimos que todos los moradores de aquellas poblazones se iban con sus haciendas y hatos e hijos y mujeres, unos a los montes y otros a los carrizales que hay en la laguna, y que toda iba cuajada de canoas, de ellas grandes y otras chicas. Y como Cortés lo supo quiso prender al señor de Tezcuco que envió la bandera de oro, y cuando lo fueron a llamar ciertos papas que envió Cortés por mensajeros, ya estaba puesto en cobro, que el primero que se fué huyendo a México fué éI con otros muchos principales. Y así se pasó aquella noche que tuvimos grande recaudo de velas y rondas y espías; y otro día muy de mañana mandó Cortés llamar a todos los más principales indios que había en Tezcuco, porque como es gran ciudad había otros muchos señores, partes contrarias del cacique que se fué huyendo, con quien tenían debates y diferencias sobre el mando y reino de aquella ciudad; y venidos ante Cortés e informado de ellos cómo y de qué manera y desde qué tiempo acá señoreaba Cuacoyozín, dijeron que por codicia de reinar había muerto malamente a su hermano mayor, que se decía Cuxcuxca, con favor que para ello le did) el señor de México, que ya he dicho otras veces que se decía Coadlavaca, el cual fué el que nos dió guerra cuando salimos huyendo después de muerto Montezuma; y que allí había otros señores a quien venía el reino de Tezcuco más justamente que no al que lo tenía, que era un mancebo que luego en aquella sazón se volvió cristiano con mucha solemnidad, y se llamó don Hernando Cortés, porque fué su padrino nuestro capitán.

Y este mancebo dijeron que era hijo legítimo del señor y rey de Tezcuco, que se decía su padre Nezabalpinzintle; y luego sin más dilaciones, con gran fiesta y regocijo de todo Tezcuco, le alzaron por rey y señor natural, con todas las ceremonias que a los tales reyes solían hacer, y con mucha paz y en amor de todos sus vasallos y otros pueblos comarcanos, y mandaba muy absolutamente y era obedecido. Y para mejor industriarle en las cosas de nuestra santa fe y ponerle en toda policía y que deprendiese nuestra lengua, mandó Cortés que tuviese por ayos a Antonio de Villa Real, marido que fué de una señora muy hermosa que se dijo Isabel de Ojeda, y a un bachiller que se decía Escobar; y puso por capitán de Tezcuco, para que viese y defendiese que no contratasen con don Hernando ningún mexicano, a un buen soldado que se decía Pero Sánchez Farfán, marido que fue de la buena y honrada mujer María de Estrada.

Dejemos de contar su gran servicio de este cacique, y digamos cuán amado y obedecido fué de los suyos, y digamos cómo Cortés le demandó que diese mucha copia de indios trabajadores para ensanchar y abrir más las acequias y zanjas por donde habíamos de sacar los bergantines a la laguna después que estuviesen acabados y puestos a punto para ir a la vela; y se la dió a entender al mismo don Hernando y a otros sus principales, a qué fin y efecto se habían de hacer, y cómo y de qué manera habíamos de poner cerco a México; y para todo ello se ofreció con todo su poder y vasallos, y que no solamente aquello que le mandaba, sino que enviaría mensajeros a otros pueblos comarcanos para que se diesen por vasallos de Su Majestad y tomasen nuestra amistad y voz contra México. Y todo esto concertado, después de habernos aposentado muy bien, y cada capitanía por si, y señalados los puestos y lugares donde habíamos de acudir si hubiese rebato de mexicanos, porque estábamos a guarda la raya de su laguna, y porque de cuando en cuando enviaba Guatemuz grandes piraguas y canoas con muchos guerreros, y venían a ver si nos tomaban descuidados. Y en aquella sazón vinieron de paz ciertos pueblos sujetos a Tezcuco, a demandar perdón y paz si en algo hablan errado en las guerras pasadas y habían sido en muertes de españoles, los cuales se decían Guatinchan. Y Cortés les habló a todos muy amorosamente y les perdonó.

Quiero decir que no había día ninguno que dejasen de andar en la obra y zanja y acequia de siete u ocho mil indios, y lo abrían y ensanchaban muy bien, que podían nadar por ella navíos de gran porte. Y en aquella sazón, como teníamos en nuestra compañía sobre siete mil tlaxcaltecas y estaban deseosos de ganar honra y de guerrear contra mexicanos, acordó Cortés que, pues tan fieles compañeros teníamos, que fuésemos a entrar y dar una vista a un buen pueblo que se dice Iztapalapa, el cual pueblo fué por donde habíamos pasado cuando la primera vez venimos a México, y el señor de él fué el que alzaron por rey en México después de la muerte del gran Montezuma, que ya he dicho otras veces que se decía Coadlavaca. Y de este pueblo, según supimos, recibíamos mucho daño, porque eran muy contrarios contra Chalco y Tamanalco y Mecameca y Chimaloacán, cada uno que querían venir a tener nuestra amistad y ellos lo estorbaban. Y como había ya doce días que estábamos en Tezcuco sin hacer cosa que de contar sea, más de io por mi ya dicho, fuimos aquella entrada de Iztapalapa, con Cortés, y llevó en su compañía a Cristóbal de Olid y a Pedro de Alvarado, y quedó Gonzalo de Sandoval por guarda de Tezcuco.

Ya he dicho otras veces en el capitulo que sobre ello habla, que en Iztapalapa estaban más de la mitad de las casas edificadas en el agua y la otra mitad en tierra firme. Y yendo nuestro camino con mucho concierto, como lo teníamos de costumbre, y como los mexicanos siempre tenían velas y guarniciones y guerreros contra nosotros, cuando sabían que íbamos a dar guerra a algunos de sus pueblos para luego socorrerle, así lo hicieron saber a los de Iztapalapa, para que se apercibiesen, y les enviaron sobre ocho mil mexicanos de socorro. Por manera que en tierra firme aguardaron como buenos guerreros, así los mexicanos que fueron en su ayuda como los del pueblo de Iztapalapa, y pelearon un buen rato muy valerosamente con nosotros; mas los de caballo rompieron por ellos, y con las ballestas y escopetas y todos nuestros amigos los tlaxcatecas que se metían con ellos como perros rabiosos, de presto dejaron el campo y se metieron en su pueblo.

Y esto fué sobre cosa pensada y con un ardid que entre ellos tenían acordado, que fuera harto daño para nosotros si de presto no saliéramos de aquel pueblo y casas que estaban en tierra f irme, y fué de esta manera: Que hicieron que huyeron y se metieron en canoas en el agua y en las casas que estaban en la laguna, y otros de ellos en unos carrizales; y como ya era noche oscura nos dejan aposentar en tierra firme sin hacer ruido ni muestras de guerra; y con el despojo que habíamos habido estábamos contentos, y más con la victoria. Y estando de aquella manera, puesto que teníamos velas y espías y rondas, y aun corredores del campo, cuando no nos catamos vino tanta agua por todo el pueblo, que si los principales que llevábamos de Tezcuco no dieran voces y nos avisaran que saliésemos presto de las casas a tierra firme, todos quedáramos ahogados, porque soltaron dos acequias de agua dulce y salada, y abrieron una calzada, con que de presto se hinchó todo de agua. Y los tlaxcaltecas nuestros amigos, como no eran acostumbrados al agua ni saber nadar, quedaron muertos dos de ellos, y nosotros, con gran riesgo de nuestras personas, todos bien mojados y la pólvora perdida, salimos sin hato; y como estábamos de aquella manera y con mucho frío y aun sin cenar, pasamos mala noche, y lo peor de todo era la burla y tirita y silbos que los ponían en el cielo, que nos daban los de Iztapalapa y los mexicanos desde sus casas y canoas.

Pues otra cosa peor nos avino: que como en México sabían el concierto que tenían hecho de anegarnos con haber rompido la calzada y acequias, estaban esperando en tierra y en la laguna muchos batallones de guerreros, y desde que amaneció nos dan tanta guerra que harto teníamos de sustentarnos contra ellos no nos desbaratasen; y mataron dos soldados y un caballo, e hirieron otros muchos, así de nuestros soldados como tlaxcaltecas, y poco a poco aflojaron en la guerra y nos volvimos a Tezcuco medio afrentados de la burla y ardid de echarnos el agua; y también como no ganamos mucha reputación en la batalla postrera que nos dieron, porque no había pólvora; mas todavía quedaron temerosos y tuvieron bien en qué entender en enterrar o quemar muertos y curar heridos y en reparar sus casas. Donde lo dejaré, y diré cómo vinieron de paz a Tezcuco otros pueblos, que se dicen Tepezcuco y Otumba. El nombre de otro pueblo no me acuerdo y Mezquique, que por otro nombre lo llamamos Venezuela.

Dejemos de hablar de esto y digamos cómo otro día tuvimos nueva cómo querían venir de paz los de Chalco y Tamanalco y sus sujetos, y por causa de las guarniciones mexicanas que estaban en sus pueblos no les daban lugar a ello y les hacían mucho daño en su tierra, y les tomaban las mujeres, en demás si eran hermosas, y delante de sus padres o madres o maridos tenían acceso con ellas; y, asimismo, cómo estaba cortada en Tlaxcala y puesta a punto la madera para hacer los bergantines, y se pasaba el tiempo sin traerla a Tezcuco, sentíamos mucha pena de ello todos los más soldados. Y demás de esto, vienen del pueblo de Venezuela, que se decía Mezquique, y de otros pueblos nuestros amigos a decir a Cortés que los mexicanos les iban a dar guerra porque han tomado nuestra amistad, y también nuestros amigos los tlaxcaltecas, como tenían ya apañada cierta ropilla y sal y otras cosas de despojos, y oro, y querían algunos de ellos volver a su tierra, no osaban por no tener camino seguro. Pues viendo Cortés que para socorrer a unos pueblos de los que le demandaban socorro e ir a ayudar los de Chalco para que viniesen a nuestra amistad, no podía dar recaudos a unos ni a otros, porque allí en Tezcuco habíamos menester estar siempre la barba sobre el hombro y muy alerta, y lo que acordó que todo se dejase atrás y la primera cosa que se hiciese fuese ir a Chalco y Tamanalco: y para ello envió a Gonzalo de Sandoval y a Francisco de Lugo con quince de a caballo y doscientos soldados, y con escopeteros y ballesteros y nues tiros amigos los de Tlaxcala; y que procurase de romper y deshacer en todas maneras a las guarniciones mexicanas, y que fuesen de

Chalco y Tamanalco porque estuviese el camino de Tlaxcala muy desembarazado y pudiesen ir y venir a la Villa Rica sin tener contradición de los guerreros mexicanos.

COMO FUE GONZALO DE SANDOVAL A TLAXCALA POR LA MADERA DE LOS BERGANTINES, Y LO QUE MAS EN EL CAMINO HIZO EN UN PUEBLO QUE LE PUSIMOS POR NOMBRE EL PUEBLO MORISCO, Y LO QUE MAS PASO

COMO SIEMPRE ESTABAMOS con gran deseo de tener a los bergantines acabados y vernos ya en el cerco de México, y no perder ningún tiempo en balde, mandó nuestro capitán Cortés que luego fuese Gonzalo de Sandoval por la madera y que llevase consigo doscientos soldados y veinte escopeteros y ballesteros y quince de a caballo, y buena copia de tlaxcaltecas, yyeinte principales de Tezcuco; y que llevase en su compañía a los mancebos de Chalco y a los viejos, y los pusiesen en salvo en sus pueblos, y antes que partiesen hizo amistades entre los tlaxcaltecas y los de Chalco, porque como los de Chalco solían ser del bando y confederados de los mexicanos, y cuando iban a la guerra los mexicanos sobre Tlaxcala llevaban en su compañía la provincia de Chalco para que les ayudasen, por estar en aquella comarca, desde entonces se tenían mala voluntad y se trataban como enemigos. Mas, como he dicho, Cortés los hizo amigos allí en Tezcuco; de manera que siempre entre ellos hubo gran amistad, y se favorecieron de alli adelante los unos a los otros.

Y también mandó Cortés a Gonzalo de Sandoval que después que estuviesen puestos en tierra los de Chalco que fuese a un pueblo que allí cerca estaba en el camino, que en nuestra lengua le pusimos por nombre el Pueblo Morisco, que era sujeto a Tezcuco; porque en aquel pueblo habían muerto cuarenta y tantos soldados de los de Narváez, y aun de los nuestros, y muchos tlaxcaltecas y robado tres cargas de oro cuando nos echaron de México; y los soldados que mataron eran los que venían de la Veracruz a México cuando íbamos en el socorro de Pedro de Alvarado. Y Cortés le encargó a Sandoval que no dejase aquel pueblo sin buen castigo, puesto que más merecían los de Tezcuco, porque ellos fueron los agresores y capitanes de aquel daño, como en aquel tiempo eran muy hermanos en armas con la gran ciudad de México, y porque en aquella sazón no se podia hacer otra cosa, se dejó de castigar en Tezcuco.

Y volvamos a nuestra plática. Y es que Gonzalo de Sandoval hizo lo que el capitán le mandó, así en ir a la provincia de Chalco, que poco se rodeaba, y dejar allí a les mancebos señores de ella: y fué al Pueblo Morisco, y antes que llegasen los nuestros ya sabían por sus espías cómo iban sobre ellos, y desmamparan el pueblo y se van huyendo a los montes. Y Sandoval los siguió y mató tres o cuatro, porque hubo mancilla de ellos, mas hubiéron.se mujeres y mozas, y prendió cuatro principales, y Sandoval los halagó a los cuatro que prendió y les dijo que cómo habían muerto tantos españoles. Y dijeron que los de Tezcuco y de México los mataron en una celada que les pusieron en una cuesta por donde no podían pasar sino uno a uno, porque era muy angosto el camino, y que allí cargaron sobre ellos gran copia de mexicanos y de Tezcuco, y que entonces los prendieron y mataron; y que los de Tezcuco los llevaron a su ciudad y los repartieron con los mexicanos. Y esto, que les fué mandado, y que no pudieron hacer otra cosa; y que aquello que hicieron fué en venganza del señor de Tezcuco, que se decía Cacamatzin, que Cortés tuvo preso y se había muerto en las puentes.

Hallóse allí en aquel pueblo mucha sangre de los españoles que mataron, por las paredes, con que habían rociado con ella a sus ídolos, y también se halló dos caras que habían desollado y adobado los cueros, como pellejos de guantes, y las tenían con sus barbas puestas y ofrecidas en uno de sus altares. Y asimismo se halló cuatro cueros de caballos, curtidos, muy bien aderezados. que tenían sus pelos y con sus herraduras, y colgados a sus ido los en su cu mayor. Y hallóse muchos vestidos de los españoles que habían muerto, colgados y ofrecidos a los mismos ídolos. 'Y también se halló en un mármol de una casa, adonde los tuvieron presos, escrito con carbones: "Aquí estuvo preso el sin ventura Juan Yuste, con otros muchos que traía en mi compañía". Este Juan Yuste era un hidalgo de los de caballo, que allí mataron; y de las personas de calidad que Narváez había traído. De todo lo cual Sandoval y todos sus soldados hubieron mancilla y les pesó; mas, ¿qué remedio había ya que hacer sino usar de piedad con los de aquel pueblo, pues se fueron huyendo, y no aguardaron, y llevaron sus mujeres e hijos; y algunas mujeres que se prendían lloraban por sus maridos y padres? Y viendo esto Sandoval, con cuatro principales que prendió, y con todas las mujeres, a todos les soltó y envió a llamar a los del pueblo, los cuales vinieron y le demandaron perdón y dieron la obediencia a Su Majestad, y prometieron de siempre ser contra mexicanos y servirnos con el amor y voluntad que les fuese posible y muy bien. Y preguntados por el oro que robaron a los tlaxcaltecas cuando por allí pasaron, dijeron que a tres habían tomado las cargas de ello, y que los mexicanos y los señores de Tezcuco se lo llevaron, porque dijeron que aquel oro había sido de Montezuma, y que lo habían tomado de sus templos, y se lo dió a Malinche cuando le tenía preso.

Dejemos de hablar de esto, y digamos cómo fué Sandoval camino de Tlaxcala junto a la cabecera del pueblo mayor, donde residían los caciques, y topó con toda la madera y tablazón de los bergantines que traían a cuestas sobre ocho mil hombres y venían otros tantos en resguardo de ellos con sus armas y penachos, y otros dos mil para remudar las cargas que traían el bastimento. Y venían por capitanes de todos los tlaxcaltecas Chichimecatecle, que ya he dicho otras veces, en los capítulos pasados que de ello hablan, que era indio principal y muy esforzado, y también venían otros dos principales, Teuletipile y Tiutical, y otros caciques y principales. Y a todos los traía a cargo Martín López, que era el maestro que cortó la madera, y dió el gálibo y cuenta para las tablazones. Y venían otros españoles que no me acuerdo sus nombres. Y cuando Sandoval los vió venir de aquella manera hubo mucho placer por ver que le habían quitado aquel cuidado, porque creyó que estuviera en Tlaxcala algunos días detenido, esperando a salir con toda la madera y tablazón. Y así como venían, conel mismo concierto fueron dos días caminando hasta que entraron en tierra de mexicanos. Y les daban muchos silbos y gritos desde las estancias y barrancas, y en partes que no les podían hacer mal ninguno los nuestros con caballos ni escopetas.

Entonces dijo Martin López que lo traía todo a cargo, que se bien que fuesen con otro recaudo que hasta entonces venían, porque los tlaxcaltecas le habían dicho que temían que en aquellos caminos no saliesen de repente los grandes poderes de México y les desbaratasen, como iban cargados y embarazados con la madera y bastimentos. Y luego mandó Sandoval repartir los de a caballo y ballesteros y escopeteros, que fuesen unos en la delantera, los demás en los lados, y mandó a Chichimecatecle, que iba por capitán delante de todos los tlaxcaltecas, que se quedase detrás para ir en la retaguarda juntamente con Gonzalo de Sandoval, de lo que se afrentó aquel cacique, creyendo que no le tenían por esforzado, y tantas cosas le dijeron sobre aquel caso que lo hubo por bueno, viendo que Sandoval quedaba juntamente con él; y le dieron a entender que siempre los mexicanos daban en el fardaje que quedaba atrás. Y después que lo hubo bien entendido, abrazó a Sandoval y dijo que le hacían honra en aquello.

Dejemos de hablar en esto, y digamos que en otros dos días de camino llegaron a Tezcuco, y antes que entrasen en aquella ciudad se pusieron muy buenas mantas y penachos, y con atambores y cornetas y puestos en ordenanza caminaron y no quebraron el hilo en más de medio día que iban entrando, y dando voces y silbos, y diciendo: "¡Viva, viva el emperador nuestro señor!", y "¡Castilla, Castilla!", y "¡Tlaxcala, Tlaxcala!" Y llegaron a Tezcuco. Y Cortés y ciertos capitanes les salieron a recibir con grandes ofrecimientos que Cortés hizo a Chichimecatecle y a todos los capitanes que traía. Y las piezas de maderos y tablazones y todo lo demás perteneciente a los bergantines se puso cerca de las zanjas y esteros, donde se habían de labrar; y desde allí adelante tanta prisa se daba en hacer trece bergantines Martín López, que fué el maestro de hacerlos, con otros españoles que le ayudaban, que se decían Andrés Núñez, y un viejo que se decía Ramírez, que estaba cojo de una herida, y un Diego Hernández, aserrador, y ciertos indios carpinteros y dos herreros con sus fraguas, y un Hernando de Aguilar, que les ayudaba a machar, todos se dieron gran prisa hasta que los bergantines estuvieron armados y no faltaba sino calafateados y ponerles los mástiles y jarcias y velas.

Pues ya esto hecho, quiero decir el gran recaudo que teníamos en nuestro real de espias y escuchas, y guarda para Ios bergantines, porque estaba junto a la laguna, y los mexicanos procuraron tres veces de ponerles fuego, y aun prendimos quince indios de los que venían a poner el fuego, de quien Cortés supo muy largamente todo lo que en México hacía y concertaba Guatemuz, y era que por vía ninguna no habían de hacer paces, sino morir todos peleando o quitarnos a nosotros las vidas. Quiero tornar a decir los llamamientos y mensajeros que en todos los pueblos sujetos a México hacían, y cómo les perdonaba los tributos; y el trabajar que de día y de noche trabajaban de hacer cavas y ahondar los pasos de las puentes, y hacer albarradas muy fuertes, y poner a punto sus varas y tiraderas, y hacer unas lanzas muy largas para matar los caballos, engastadas en ellas de las espadas que nos tomaron la noche del desbarate, y poner a punto sus varas y tiraderas y piedras rollizas, con hondas y espadas de a dos manos, y otras mayores que espadas como macanas, y todo género de guerra. Y dejemos esta materia, y volvamos a decir de nuestra zanja y acequia por donde se habían de salir los bergantines a la gran laguna, y estaba ya muy ancha y bondable, que podían nadar por ella navíos de razonable porte; porque, siempre andaban en la obra ocho mil indios trabajadores. Dejemos esto, y digamos cómo nuestro Cortés fué a una entrada de Saltocán.

Y salió con su ejército, y yendo por su camino, no muy lejos de Saltocán encontró con unos grandes escuadrones de mexicanos que le estaban aguardando en parte que creyeron aprovecharse de nuestros españoles y matar los caballos; mas Cortés mandó a los de caballo, y él juntamente con ellos, después de haber disparado las escopetas y ballesteros, rompieron por ellos y mataron pocos mexicanos, porque luego se acogieron a los montes y a partes que los de a caballo no les pudieron seguir; mas nuestros amigos los tlaxcaltecas prendieron y mataron obra de treinta. Y aquella noche fué Cortés a dormir a unas caserías, y muy sobre aviso estuvo con sus corredores del campo y velas y rondas y espias, porque estaba entre grandes poblazones, y supo que Guatemuz, señor de México, había enviado muchos escuadrones de gente de guerra a

Saltocán para ayudarles, los cuales fueron en canoas por unos hondos esteros.

Y otro día de mañana, junto al pueblo, comenzaron los mexicanos, juntamente con los de Saltocán, a pelear con los nuestros, y tirábanles mucha vara y flechas y piedras con hondas, desde las acequias adonde estaban e hirieron a diez de nuestros soldados y muchos de los amigos tlaxcaltecas. Y ningún mal les podían hacer los de a caballo, porque no podían correr ni pasar los esteros, que estaban todos llenos de agua, y el camino y calzada que solían tener, por donde entraban por tierra en el pueblo, de pocos días le habían deshecho y le abrieron a mano y le ahondaron, de manera que estaba hecho acequia y lleno de agua, y por esta causa los nuestros no podían en ninguna manera entrarles en el pueblo ni hacerles daño ninguno. Y puesto que los escopeteros y ballesteros tiraban a los que andaban en las canoas, traíanlas tan bien armadas de talabardones de madera; demás de los talabardones, guardábanse bien.

Y nuestros soldados, viendo que no aprovechaba en cosa ninguna y no podían atinar el camino y calzada que de antes tenían, porque todo lo hallaban lleno de agua, renegaban del pueblo y aun de la venida sin provecho, y aun medio corridos de cómo los mexicanos y los del pueblo les daban grita y les llamaban de mujeres y que Malinche era otra mujer, y que no era esforzado sino para engañarlos con palabras y mentiras. Y en este instante dos indios de los que allí venían con los nuestros, que eran de Tepetezcuco, que estaban muy mal con los de Saltocán, dijeron a un nuestro soldado que había tres días que vieron cómo abrían la calzada y la cavaron y la hicieron zanja, y echaron de otra acequia el agua por ella, y que no muy lejos adelante está por abrir y va camino al pueblo. Y desde que nuestros soldados lo hubieron bien entendido, y por donde los indios les señalaron, se ponen en gran concierto los ballesteros y escopeteros, unos armando y otros soltando, y esto poco a poco y no todos a la par, y el agua a vuelapié, y a otras partes a más de la cinta pasan todos nuestros soldados y muchos amigos siguiéndolos, y Cortés con los de a caballo aguardando en tierra firme haciéndoles espaldas, porque temió no viniesen otra vez los escuadrones de México y diesen en la rezaga. Y cuando pasaban las acequias los nuestros, como dicho tengo, los contrarios daban en ellos como a terrero, e hirieron muchos; mas como iban deseosos de llegar a la calzada que estaba por abrir todavía, pasan adelante hasta que dieron en ellos por tierra sin agua y vanse al pueblo. Y en fin de más razones, tal mano les dieron, que les mataron muchos y pagaron muy bien la burla que de ellos hacían, donde hubieron mucha ropa de algodón y oro y otros despojos. Y como estaban poblados en la laguna, de presto se meten los mexicanos y los naturales del pueblo en sus canoas con todo el hato que pudieron llevar y se van a México. Y los nuestros, desde que los vieron despoblados, quemaron algunas casas y no osaron dormir en él, por estar en el agua, y se vinieron dond4 estaba el capitán Cortés aguardándolos.

Y allí en aquel pueblo se hubieron muy buenas indias, y los tlaxcaltecas salieron ricos con mantas y sal y oro y otros despojos, y luego se fueron a dormir a unas caserías donde estaban unas caleras, que sería una legua de Saltocán, y allí se curaron los heridos, y un soldado murió de allí a pocos días, de un flechazo que le dieron por la garganta. Y luego se pusieron velas y corredores del campo; y hubo buen recaudo, porque todas aquellas tierras estaban muy pobladas de culúas. Y otro día fueron camino de un gran pueblo que se dice Gualtitán, y yendo por aquel camino las poblazones comarcanas y otros muchos mexicanos que con ellos se juntaban les daban gritas, y silbos y voces, diciéndoles vituperios; y era en parte que no podían correr caballos ni se les podía hacer algún daño, porque estaban entre acequias. Y de esta manera llegaron a aquella poblazón, y estaba despoblado de aquel mismo día y alzado el hato. Y en aquella noche durmieron allí con grandes velas y rondas, y otro día fueron camino de un gran pueblo que se dice Tenayuca; a este pueblo le solíamos llamar la primera vez que entramos en México el pueblo de las sierpes, porque en el adoratorio mayor que tenían hallamos dos grandes bultos de sierpes de malas figuras, que eran sus ídolos, en quien adoraban.

Dejemos esto, y volvamos a este propósito del camino. Y es que este pueblo hallaron despoblado como el pasado, que todos los indios naturales de ellos habíanse juntado en otro pueblo que estaba más adelante, que se dice Tacuba, y desde allí fue a otro pueblo que se dice Escapuzalco, que sería de uno al otro media legua, y asimismo estaba despoblado. En este Escapuzalco solía ser donde labraban el oro y plata al gran Montezuma, y solíamos le llamar el pueblo de los plateros. Y desde aquel pueblo fué a otro pueblo que ya he dicho que se dice Tacuba, que es obra de media legua del uno al otro. En este pueblo fué adonde reparamos la triste noche cuando salimos de México desbaratados, y en él nos mataron ciertos soldados, según dicho tengo en el capítulo pasado que sobre ello habla. Y tornemos a nuestra plática. Y antes que nuestro ejército llegase al pueblo ya estaban en campo aguardando a Cortés muchos escuadrones de todos aquellos pueblos por donde había pasado, y los de Tacuba y mexicanos, porque México está muy cerca de M.

Y otro día de mañana, si muchos mexicanos habían estado juntos el día pasado, muchos más se juntaron aquel día, y con gran concierto venían a dar guerra a los nuestros, y de tal manera, que herían algunos soldados; mas todavía los nuestros los hicieron retraer en sus casas y fortalezas, de manera que tuvieron tiempo de entrarlos en Tacuba y quemar muchas casas y meterles a sacomano. Y después que aquello supieron en México, ordenan de salir muchos más escuadrones de su ciudad a pelear con Cortés, y concertaron que cuando peleasen con él que hiciesen que volvían huyendo hacia México, y que poco a poco les metiesen a nuestro ejército en su calzada, que desde que les tuviesen dentro e hiciesen que se retraían de miedo, y así como lo concertaron lo hicieron. Y Cortés, creyendo que llevaba victoria, los mandó seguir hasta una puente. Y después que los mexicanos sintieron que le tenían ya metido a Cortés en el garlito y pasada la puente, vuelven sobre él tanta multitud de indios, que unos en canoas y otros por tierra y otros en las azoteas le dan tal mano, que le ponen en tan gran aprieto, que estuvo la cosa de arte que creyó ser desbaratado; porque a una puente donde habían llegado cargaron tan de golpe sobre él, que poco ni mucho se podia valer. Y un alférez que llevaba una bandera, por sostener el gran ímpetu de los contrarios, le hirieron muy malamente, y cayó con su bandera desde la puente abajo en el agua, y estuvo en ventura de ahogarse, y aun le tenían ya asido los mexicanos para meter en unas canoas, y él fué tan esforzado que se escapó con su bandera. Y en aquella refriega mataron cuatro o cinco soldados e hirieron muchos de los nuestros.

Y Cortés viendo el gran atrevimiento y mala consideración que había hecho, haber entrado en la calzada de la manera que he dicho y sintió cómo los mexicanos le habían cebado, mandó que todos se retrajesen, y con cl mejor concierto que pudo, y no vueltas las espaldas, sino las caras contra los contrarios, pie contra pie, como quien hace represas, y los ballesteros y escopeteros unos armando y otros tirando, y los de a caballo haciendo algunas arremetidas, mas eran tan pocas porque luego les herían los caballos; y de esta manera se escapó Cortés aquella vez del poder de México; y después que se vió en tierra firme dió muchas gracias a Dios. Y desde allí dió la vuelta para Tezcuco, y por el camino que había venido se volvió, y le daban grita los mexicanos creyendo que volvía huyendo, y aun sospecharon lo cierto, y le esperaban en partes que querían ganar honra con él, y matarle los caballos, y le echaban celadas. Y después que aquello vió les echó una en que les hirió muchos de los contrarios. Y a Cortés entonces le mataron dos caballos, y con esto no le siguieron más.

A buenas jornadas llegó a un pueblo sujeto a Tezcuco que se dice Aculmán, que estará de Tezcuco dos leguas y media, y como lo supimos cómo había allí llegado salimos con Gonzalo de Sandoval a verle y recibir, acompañado de muchos caballeros y soldados y de los caciques de Tezcuco, especial de don Hernando, principal de aquella ciudad. Y en las vistas nos alegramos mucho, porque había más de quince días que no habíamos sabido de Cortés ni de cosa que le hubiese acaecido. Y después de darle el bienvenido y haberle hablado algunas cosas que convenían sobre lo militar, nos volvimos a Tezcuco aquella tarde, porque no osábamos dejar el real sin buen recaudo. Y nuestro Cortés se quedó en aquel pueblo hasta otro día que llegó a Tezcuco, y los tlaxcaltecas, como ya estaban ricos y venían cargados de despojos, demandaron licencia para irse a su tierra, y Cortés se la dió, y fueron por parte que los mexicanos no tuvieron espías sobre ellos, y salvaron sus haciendas.

Y al cabo de cuatro días que nuestro capitán reposaba y estaba dando prisa en hacer los bergantines, vinieron unos pueblos de la costa norte a demandar paces y darse por vasallos de Su Majestad; y los cuales pueblos se llaman Tuzapán y Mascalzingo y Nautlán, y otros pueblezuelos de aquellas comarcas, y trajeron un presente de oro y ropa de algodón. Y cuando llegaron delante Cortés, con gran acato, después de haber presentado su presente, dijeron que le pedían por merced que les admitiese a su amistad, y que querían ser vasallos del rey de Castilla, y dijeron que cuando los mexicanos mataron seis teules en lo de Almería, y era capitán de ellos Quezalpopoca, que ya habíamos quemado por justicia, que todos aquellos pueblos que allí venían fueron en ayudar a los teu.les. Y después que Cortés les hubo oído, puesto que sabia que habían sido con los mexicanos en la muerte de Juan de Escalante y los seis soldados que mataron en lo de Almería, según he dicho en el capitulo que de ello habla, les mostró mucha voluntad y recibió el presente y por vasallos del emperador nuestro señor, y no les demandó cuenta sobre lo acaecido ni se lo trajo a la memoria, porque no estaba en tiempo de hacer otra cosa; y con buenas palabras y ofrecimientos los despachó.

Y en este instante vinieron a Cortés otros pueblos de los que se habían dado por nuestros amigos a demandar favor contra mexicanos, y decían que les fuesen a ayudar porque venían contra ellos grandes escuadrones y les habían entrado en su tierra y llevado presos muchos de sus indios y a otros habían descalabrado. Y también en aquella sazón vinieron los de Chalco y Tamanalco y dijeron que si luego no los socorrían que serían perdidos, porque estaban sobre ellos muchas guarniciones de sus enemigos, y tantas lástimas decían, y traían en un paño de manta de henequén pintado al natural los escuadrones que sobre ellos venían, que Cortés no sabia qué decirse ni qué responderles, ni dar remedios a los unos ni a los otros, porque había visto que estaban muchos de nuestros soldados heridos y dolientes y se habían muerto ocho de dolor de costado y de echar sangre cuajada, revuelta con lodo, por la boca y narices; y era del quebrantamiento de las armas, que siempre traíamos a cuestas, y de que a la contina íbamos a las entradas, y del polvo que en ellas tragábamos; y además de esto, viendo que se habían muerto tres o cuatro caballos de heridas, que nunca parábamos de ir a entrar unos venidos y otros vueltos. La respuesta que les dió a los primeros pueblos, que les halagó y dijo que iría presto a ayudarles y que entretanto que iba que se ayudasen de otros pueblos sus vecinos, y que esperasen en campo a los mexicanos y que todos juntos les diesen guerra, y que si los mexicanos viesen que les mostraban cara y ponían fuerzas contra ellos, que temerían, y que ya no tenían tantos poderes los mexicanos, para darles guerra como solían, porque tenían muchos contrarios; y tantas palabras les dijo con nuestras lenguas y les esforzó, que reposaron algo sus corazones, y no tanto que luego demandaron cartas para dos pueblos sus comarcanos, nuestros amigos, para que les fuesen ayudar. Las cartas en aquel tiempo no las entendían, mas bien sabían que entre nosotros se tenía por cosa cierta que cuando se enviaban eran como mandamientos o señales que les mandábamos algunas cosas de calidad; y con ellas se fueron muy contentos y las mostraron a sus amigos y los llamaron, y como nuestro Cortés se lo mandó, aguardaron en el campo a los mexicanos y tuvieron con ellos una batalla, y con ayuda de nuestros amigos sus vecinos, a quienes dieron la carta, no les fué mal.

Volvamos a los de Chalco, que viendo nuestro Cortés que era cosa muy importante para nosotros que aquella provincia y camino estuviesen desembarazados de gente de Culúa, porque, como he dicho otras veces, por allí habían de ir y venir a la Villa Rica de la Vera Cruz y a Tlaxcala, y habíamos de mantener nuestro real de ella porque es tierra de mucho maíz, luego mandó a Gonzalo de Sandoval, que era alguacil mayor, que se aparejase para otro día de mañana ir a Chalco, y le mandó dar veinte de caballo y doscientos soldados y doce ballesteros y diez escopeteros, y los tlaxcaltecas que había en nuestro real, que eran muy pocos, porque todos los más se habían ido a su tierra cargados de despojos; y también una capitanía de los de Tezcuco llevó en su compañía, y asimismo al capitán Luis Marín, que era su muy íntimo amigo; y quedó en guarda de aquella ciudad y bergantines Cortés y Pedro de Alvarado y Cristóbal de Olid.

COMO SE HERRARON LOS ESCLAVOS EN TEZCUCO Y COMO VINO NUEVA QUE RABIA VENIDO AL PUERTO DE LA VILLA RICA UN NAVIO, Y LOS PASAJEROS QUE EN EL VINIERON Y OTRAS COSAS QUE PASARON DIRE ADELANTE.

COMO HUBO LLEGADO Gonzalo de Sandoval con su ejército a Tezcuco, con gran presa de esclavos y otros muchos que se habían habido en las enlatradas pasadas, fué acordado que luego se herrasen, y después que se hubo pregonado que se llevasen a herrar a una casa señalada, todos los más soldados llevamos las piezas que habíamos habido para echar el hierro de Su Majestad, que era una G, que quiereldecir "guerra", según y de la manera que lo teníamos de antes concertado con Cortés, según he dicho en el capítulo que de ello habla, y creyendo que se nos habían de volver después de pagado el real quinto y que las apreciarían cuánto podían valer cada una pieza; y no fué así, porque si en lo de Tepeaca se hizo muy malamente, según otra vez dicho tengo, muy peor se hizo en esto de Tezcuco, que después que sacaban el real quinto, era otro quinto para Cortés y otras partes para los capitanes, y en la noche antes, cuando las tenían juntas, nos desaparecían las mejores indias. Pues como Cortés nos había dicho y prometido que las buenas piezas se habían de vender en la almoneda por lo que valiesen, y las que no fuesen tales por menos precio, tampoco hubo buen concierto en ello, porque los oficiales del rey que tenían cargo de ellas hacían lo que querían, por manera que si mal se hizo una vez, esta vez peor. Y desde allí adelante muchos soldados que tomamos algunas buenas indias, porque no nos las tomasen como las pasadas, las escondíamos y no las llevábamos a herrar, y decíamos que se habían huido; y si era privado de Cortés, secretamente las llevaban de noche a herrar, y las apreciaban lo que valían, y les echaban el hierro, y pagaban el quinto; y otras muchas se quedaban en nuestros aposentos, y decíamos que eran naborías que habían venido de paz de los pueblos comarcanos y de Tlaxcala.

También quiero decir que como había ya dos o tres meses pasados, que algunas de las esclavas que estaban en nuestra compañía y en todo el real conocían a los soldados, cuál era bueno, cuál malo, y trataban bien a las indias y naborías que tenían, o cuál las trataban mal, y tenían fama de caballeros o de otra manera, cuando las vendían en la almoneda, si las sacaban algunos soldados que a las tales indias o indios no les contentaban o las habían tratado mal, de presto se les desaparecían y no las veían más, y preguntar por ellas era como quien dice buscar a Mahoma en Granada, o escribir a mi hijo el bachiller en Salamanca; y, en fin, todo se quedaba por deuda en los libros del rey, así lo de las almonedas y los quintos, y al dar las partes del oro, se consumió, que ninguno o muy pocos soldados llevaron partes, porque ya lo debían, y aun mucho más, que después cobraron los oficiales del rey.

Dejemos esto, y digamos cómo en aquella sazón vino un navío de Castilla. en el cual vino por tesorero de Su Majestad un Julián de Alderete, vecino de Tordesillas, y vino un Orduña el Viejo, vecino que fué de la Puebla, que después de ganado México trajo cinco hijas que casó muy honradamente; era natural de Tordesillas. Y vino un fraile de San Francisco que se decía fray Pedro Melgarejo de Urrea, natural de Sevilla, que trajo unas bulas de Señor San Pedro, y con ellas nos componían si algo éramos en cargo en las guerras en que andábamos; por manera que en pocos meses el fraile fué rico y compuesto a Castilla. Trajo entonces por comisario, y quien tenía cargo en las bulas, a Jerónimo López, que después fué secretario en México; y vinieron un Antonio de Carvajal, que ahora vive en México, y ya muy viejo, capitán que fué de un bergantín; y vino Jerónimo Ruiz de la Mota, yerno que fué después de ganado México, de Orduña, que asimismo fué capitán de bergantín, natural de Burgos; y vino un Briones, natural de Salamanca; este Briones ahorcaron en esta provincia de Guatemala por amotinador de ejércitos desde ha cuatro años que se vino de lo de Honduras. Y vinieron otros muchos que ya no me acuerdo; y también vino un Alonso Diaz de la Reguera, vecino que fué de Guatemala, que ahora vive en Valladolid. Y trajeron en este navío muchas armas y pólvora, y, en fin, como navío que viene de Castilla, y vino cargado de muchas cosas, y con él nos alegramos con su venida de las nuevas que de Castilla trajo.

No me acuerdo bien; mas paréceme que dijeron que el obispo de Burgos que ya había perdido y que no estaba Su Majestad bien con él, desde que alcanzó a saber de nuestros muchos y buenos y notables servicios.

Dejemos esto y volvamos a decir que como Cortés vió los bergantines que estaban acabados de hacer y la gran voluntad que todos los soldados teníamos de estar ya puestos en el cerco de México, y en aquella sazón volvieron otra vez los de Chalco a decir que los mexicanos venían sobre ellos, y que les enviase socorro, y Cortés les envió a decir que él quería ir en persona a sus pueblos y tierras, y no volverse hasta que todos los contrarios echase de aquellas comarcas; y mandó apercibir trescientos soldados y treinta de caballo, y todos los más escopeteros y ballesteros que había y gente de Tezcuco, y fué en su compañía Pedro de Alvarado y Andrés de Tapia y Cristóbal de Olid, y asimismo fué el tesorero Julián de Alderete y el fraile fray Pedro Melgarejo, que ya en aquella sazón había llegado a nuestro real; y yo fui entonces con el mismo Cortés, porque me mandó que fuese con él. Y lo que pasamos en aquella entrada diré adelante.

COMO NUESTRO CAPITAN CORTES FUE A UNA ENTRADA Y SE RODEO LA LAGUNA Y TODAS LAS CIUDADES Y GRANDES PUEBLOS QUE ALREDEDOR HALLAMOS, Y LO QUE MAS PASO EN AQUELLA ENTRADA Y OTRAS COSAS DIRE

COMO CORTES HABÍA dicho a los de Chalco que les había de ir a socorrer, porque los mexicanos no les viniesen a dar guerra, porque harto teníamos cada semana de ir y venir a favorecerlos, mandó apercibir a todos los soldados y ejército arriba memorado, que fueron trescientos soldados y treinta de a caballo, y veinte ballesteros y quince escopeteros, y el tesorero Julián Alderete, y Pedro de Alvarado, Andrés de Tapia y Cristóbal de Olid, y fue también el fraile Pedro Melgarejo, y a mí me mandó que fuese con él, y muchos tlaxcaltecas y otros amigos de Tezcuco. Y dejó en guarda de Tezcuco y bergantines a Gonzalo de Sandoval, con buena copia de soldados y de a caballo. Y una mañana, después de haber oído misa, que fué viernes cinco días del mes de abril de mil quinientos veinte y un años, fuimos a dormir a Tamanalco, y allí nos recibieron muy bien: y otro día fuimos a Chalco, que estaba muy cerca un pueblo del otro: allí mandó Cortés llamar a todos los caciques de aquella provincia y se les hizo un parlamento con nuestras lenguas doña Marina y Jerónimo de Aguilar, en que se les dió a entender cómo ahora al presente íbamos a ver si podía traer de paz algunos pueblos que estaban cerca de la laguna, y también para ver la tierra y sitio para poner cerco a México, y que por la laguna habían de echar los bergantines, que eran trece, y que les rogaba que para otro día estuviesen aparejados todas sus gentes de guerra para ir con nosotros.

Y desde que lo hubieron entendido, todos a una de buena voluntad dijeron que así lo harían. Y otro día fuimos a dormir a otro pueblo sujeto del mismo Chalco, que se dice Chimaluacán, y allí vinieron más de veinte mil amigos, así de Chalco y Tezcuco y Guaxocingo, y los tlaxcaltecas y otros pueblos, y vinieron tantos que en todas las entradas que yo había ido después que en la Nueva España entré, nunca tanta gente de guerra de nuestros amigos. fueron como ahora en nuestra compañía. Ya he dicho otra vez que iba tanta multitud de ellos a causa de los despojos que habían de haber, y lo más cierto por hartarse de carne humana, si hubiese batallas, porque bien sabían que las había de haber, y son a manera de decir como cuando en Italia salía un ejército de una parte a otra y le siguen cuervos y milanos y otras aves de rapiñas que se mantienen de los cuerpos muertos que quedan en el campo, después que se daba una muy sangrienta batalla; así he juzgado que nos seguían tantos millares de indios.

Dejemos esta plática y volvamos a nuestra relación. Que en aquella sazón se tuvo nueva que estaban en un llano cerca de allí aguardando muchos escuadrones y capitanías de mexicanos y sus aliados, todos de aquellas comarcas, para pelear con nosotros, y Cortés nos apercibió que fuésemos muy alerta. Y salimos de aquel pueblo donde dormimos, que se dice Chimaluacán, después de haber oído misa, que fué bien de mañana, y con mucho concierto fuimos caminando entre unos peñascos, y por medio de dos serrezuelas, en que en ellas había fortalezas y mamparos donde estaban muchos indios e indias recogidos y hechos fuertes; y desde su fortaleza nos daban gritos y voces y alaridos, y nosotros no curamos de pelear con ellos, sino callar y caminar y pasar adelante hasta un pueblo grande que estaba despoblado, que se dice Yautepeque; y también pasamos de largo y llegamos a un llano adonde había unas fuentes de muy poca agua, y a una parte estaba un gran peñol con una fuerza muy mala de ganar, según luego pareció por la obra. Y como llegamos en el paraje del peñol, porque vimos que estaba lleno de guerreros y desde lo alto de él nos daban gritos y tiraban piedras y varas y flechas, y luego hirieron a tres soldados de los nuestros, entonces mandó Cortés que reparásemos allí, y dijo: "Parece que todos estos mexicanos que se ponen en fortalezas hacen burla de nosotros desde que no les acometemos", y esto dijo por los que quedamos atrás en las serrezuelas. Y luego mandó a unos de caballos y ciertos ballesteros que diesen una vuelta a una parte del peñol y que mirasen si había otra subida más conveniente, de buena entrada, para poderles combatir, y fueron y dijeron que lo mejor de todo era donde estábamos, porque en todo lo demás no había subida ninguna, que era todo peña tajada. Y luego Cortés nos mandó que le fuésemos entrando y subiendo, el alférez Cristóbal del Corral delante, y otras banderas, y todos nosotros siguiéndoles, y Cortés con los de a caballo aguardando en lo llano por guarda de otros escuadrones de mexicanos no viniesen a dar en nuestro fardaje, o en nosotros, entretanto que combatíamos aquella fuerza.

Y como comenzamos a subir por el peñol arriba, echan los indios guerreros que en él estaban tantas de piedras muy grandes y peñascos, que fué cosa espantosa cómo se venían despeñando y saltando, que fué milagro que no nos matasen a todos; y luego, a mis pies murió un soldado que se decía fulano Martínez, valenciano, que había sido maestresala de un señor de Salva, en Castilla, y este llevaba una celada, y no dijo ni habló palabra. Y todavía subíamos, y como venían las galgas rodando y despeñándose y dando saltos, que así llamamos en estas partes a as grandes piedras que vienen derriscadas, luego mataron a otros dos buenos soldados, que se decían Gaspar Sánchez, sobrino del tesorero de Cuba. y a un fulano Bravo. Y todavía no dejábamos de subir. Y luego mataron a otro soldado harto esforzado. que se decía Alonso Rodríguez, y a otro, y descalabrados en la cabeza dos, y en las piernas todos los más de nosotros, y todavía porfiar y pasar adelante. Y yo, como en aquel tiempo era suelto, no dejaba de seguir al alférez Corral, e íbamos como debajo de unas como socareñas y concavidades que se hacían en el peño, que si por ventura me encontraban algunos peñascos entretanto que subía de socaren a socaren fue gran ventura no matarme. Y estaba el alférez Cristóbal del Corral mamparándose detrás de unos árboles gruesos que tenían muchas espinas, que nacen en aquellas concavidades y estiba descalabrado, y el rostro todo lleno de sangre, y la bandera rota, y me dijo: "¡Oh, señor Bernal Díaz del Castillo, que no es cosa de pasar más adelante, y mirad no os cojan algunas lanchas o galgas; estese al reparo de esa concavidad!", porque ya no nos podíamos tener con las manos. cuanto más poderles subir.

En este tiempo vi que de la misma manera que Corral y yo habíamos subido de socaren en socaren, viene Pedro Barba, que era capitán de ballesteros, con otros dos soldados. Yo le dije desde arriba: "¡Ah, señor capitán, no suba más adelante, que no podrá tenerse con pies y manos, no vuelva rodando". Y cuando se lo dije me respondió como muy esforzado, o por dar aquella respuesta como gran señor, dijo: "¿Y eso había de decir, sino ir adelante?"; y yo recibí de aquella palabra remordimiento de mi persona, y le respondí: "Pues veamos cómo sube donde yo estoy", y todavía pasé bien arriba. En aquel instante vienen tantas piedras muy grandes que echaron rodando de lo alto, que tenían represadas para aquel efecto, que hirieron a Pedro Barba y le mataron un soldado, y no pasaron más un paso de allí donde estaban. Y entonces el alférez Corral dió voces para que dijesen a Cortés, de mano en mano, que no se podía subir más arriba y que el retraer también era peligroso.

Y desde que Cortés lo entendió, porque allá abajo donde estaba, en la tierra llana, le habían muerto tres soldados y herido siete, del gran ímpetu de las galgas que iban despeñándose: y aun tuvo por cierto Cortés que todos los más de los que habíamos subido, arriba estábamos muertos o bien heridos, porque adonde él estaba no podia ver las vueltas que daba aquel peño; y luego por señas y por voces y por unas escopetas que soltaron tuvimos arriba muestras que nos mandaban retraer. Y con buen concierto, de socaren en socaren, bajamos abajo, y los cuerpos de los muertos, todos descalabrados y corriendo sangre, y las banderas rotas y ocho muertos. Y desde que Cortés así nos vió, dió muchas gracias a Dios.

Y luego le dijeron lo que habíamos pasado yo y Pedro Barba, porque se lo dijo el mismo Pedro Barba y el alférez Corral estando platicando de la gran fuerza del peño, y que fué maravilla cómo no nos llevaron las galgas de vuelo, y aun lo supieron luego en todo el real. Dejemos cosas vaciadizas y digamos cómo estaban muchas capitanías de mexicanos aguardando en parte que no les podíamos ver ni saber de ellos, y estaban esperando para socorrer y ayudar a los del peño, y bien entendieron lo que fué que no podríamos subirles en la fuerza, y que, entretanto que estábamos peleando, tenían concertado que los del peño por una parte y ellos por otra, darían en nosotros, y como lo tenía acordado así vinieron a ayudarles a los del peñol. Y cuando Cortés lo supo que venían, mandó a los de a caballo y a todos nosotros que fuésemos a encontrar con ellos, y así se hizo. Y aquella tierra era llana; a partes había unas como vegas que estaban entre otros serrejones; y seguimos a los contrarios hasta que llegamos a otro muy fuerte peñol, y en el alcance se mataron muy pocos indios. porque se acogían a partes que no se podían haber.

Pues vueltos a la fuerza que probamos a subir, y viendo que allí no había agua ni la habíamos bebido en todo el día, ni aun los caballos, porque las fuentes que dicho tengo que allí estaban no la tenían, sino lodo, que como traíamos tantos amigos estaban sobre ellas y no las dejaban manar, y a esta causa mandamos mudar nuestro real y fuimos por una vega abajo a otro peñol, que sería de lo uno a lo otro obra de legua y media, creyendo que halláramos agua, y no la había, sino muy poca. Y cerca de aquel peño había unos árboles de moreras de la tierra, y allí paramos, y estaban obra de doce o trece casas al pie de la fuerza. Y así como llegamos nos comenzaron a dar gritos y tirar varas y galgas y flecha desde lo alto, y estaba en esta fuerza mucha más gente que en el primer peño, y aun era muy más fuerte, según después vimos. Nuestros escopeteros y ballesteros les tiraban; mas estaban tan altos y tenían tantos mamparos, que no se les podía hacer mal ninguno, pues entrarles o subirles, no había remedio; y aunque probamos dos veces que por las casas que por allí estaban había unos pasos, hasta dos vueltas podíamos ir, mas desde allí adelante, ya he dicho, peor que el primero. De manera que así en esta fuerza como en la primera no qanamos ninquna reputación, antes los mexicanos y sus confederados tenían victoria.

Y aquella noche dormimos en aquellas moreras bien muertos de sed, y se acordó que para otro día que desde otro peñol que estaba cerca del grande fuesen todos los ballesteros y escopeteros y que subiesen en el que había subida, aunque no buena, para que desde aquél alcanzarían las ballestas y escopetas al otro peño fuerte, y podríanle combatir. Y mandó Cortés a Francisco Verdugo y al tesorero Julián de Alderete, que se preciaban de buenos ballesteros, y a Pedro Barba, que era capitán, que fuesen por caudillos, y que todos los más soldados hiciésemos acometimiento que por los pasos y subidas de las casas que dicho tengo como que les queríamos subir, y así los comenzamos a entrar; mas echaban tanta piedra grande y menuda, que hirieron a muchos soldados; y además de esto, no les subiamos de hecho, porque era por demás, que aun tenernos con las manos y pies no podíamos. Y entretanto que nosotros estábamos de aquella manera, los ballesteros y escopeteros desde el peñol que he dicho les alcanzaban con las ballestas y escopetas, y aunque no mucho, mataban algunos y herían a otros, de manera que estuvimos dándoles combate obra de media hora, y quiso Nuestro Señor Dios que acordaron de darse de paz, y fue por causa que no tenían agua ninguna, que estaba mucha gente arriba en el peñol; en un llano que se hacia arriba habíanse acogido a él de todas aquellas comarcas así hombres como mujeres y niños y gente menuda; y para que entendiésemos abajo que querían paces, desde el peñol las mujeres meneaban unas mantas hacia abajo, y con las palmas daban unas contra otras señalando que nos harían pan o tortillas, y los guerreros no tiraban vara, ni piedra, ni flecha.

Y desde que Cortés lo entendió, mandó que no se les hiciese mal ninguno, y por señas se les dió a entender que bajasen cinco principales a entenderse en las paces; los cuales bajaron, y con gran acato diieron a Cortés que les perdonase, que por favorecerse y defenderse se habían subido en aquella fuerza. Y Cortés les dijo con nuestras lenguas doña Marina y Aguilar, algo enojado, que eran dignos de muerte por haber comenzado la guerra; mas, pues que han venido de paz, que vayan luego al otro peñol y llamen los caciques y hombres principales que en él están, y traigan los muertos, y que de lo pasado se les perdonaba, y que vengan de paz; si no, que habíamos de ir sobre ellos y ponerles cerco hasta que se mueran de sed, porque bien sabíamos que no tenían agua, porque toda aquella tierra no la hay sino muy poca. Y luego fueron a llamarlos así como se lo mandó.

Dejemos de hablar en ello hasta que vuelvan con la respuesta, y digamos cómo estando platicando Cortés con el fraile Melgarejo y el tesorero Alderete, sobre las guerras pasadas que habíamos habido, antes que viniesen, y asimismo que del gran poder de mexicanos, y las grandes ciudades que habíamos visto después que vinimos de Castilla, y decían que si el emperador nuestro señor fuese informado de la verdad (el obispo de Burgos como lo escribía al contrario), que nos enviara a hacer grandes mercedes; y que no se me acuerdan que otros mayores servicios haya recibido ningún rey eu el mundo que el que Cortés y nosotros le habíamos hecho en cobrar tantas ciudades sin ser sabedor de cosa ninguna. Dejemos estas y muchas pláticas que pasaron, y digamos cómo mandó Cortés al alférez Corral y a otros dos capitanes, que fué Juan Jaramillo y Gonzalo de Ircio y a mí, que me hallé allí con ellos, que subiésemos al peñol y viésemos la fortaleza qué tal era, y que si estaban muchos indios heridos o muertos de saetas y escopetas, y qué gente estaba recogida; y cuando aquello nos mandó, dijo: "Mirad, señores, que no les toméis ni un grano de maíz", y. según yo entendí, quisiera que nos aprovecháramos, y para aquel efecto nos envió y me mandó a mi que fuese con los demás.

Y subidos al peñol por unos malos pasos, digo que era más fuerte que el primero, porque era peña tajada. Y ya que estábamos arriba, para entrar en la fuerza era como quien entra por una abertura no más ancha que dos bocas de silo o de hornos. Y ya puesto en lo más alto y llano, estaban grandes anchuras de prados y todo lleno de gente, así de guerra como de muchas mujeres y niños, y hallamos hasta veinte muertos y muchos heridos, y no tenían gota de agua que beber, y tenían todo su hato y hacienda hechos fardos, y otros muchos líos de mantas, que eran del tributo que daban a Guatemuz. Y como yo así vi tantas cargas de ropa y supe que eran del tributo, comencé a cargar cuatro tlaxcaltecas, mis naborías, que llevé conmigo, y también eché a cuestas de otros cuatro indios de los que lo guardaban otros cuatro fardos, y a cada uno eché una carga. Y como Pedro de Ircio lo vió, dijo que no lo llevase, y yo porfiaba que sí, y como era capitán hizose lo que mandó, porque me amenazó que se lo diría a Cortés. Y me dijo Pedro de Ircio que bien había visto que dijo Cortés que no les tomásemos un grano de maíz; y yo dije que así es verdad, que por esas palabras mismas quería llevar de aquella ropa. Por manera que no me dejó llevar cosa ninguna, y bajamos a dar cuenta a Cortés de lo que habíamos visto y a lo que nos envió.

Y dijo Pedro de Ircio a Cortés, por revolverme con é1, lo pasado, pensando que le contentaba mucho. Después de darle cuenta de lo que había visto, dijo: "No se les tomó cosa ninguna, aunque ya había cargado Bernal Díaz del Castillo de ropa ocho indios; si no se lo estorbara yo, ya los traía cargados". Entonces dijo Cortés, medio enojado: ",Pues por qué no los trajo, que también os habíais de quedar vos allá con la ropa e indios?" Y dijo: vlirad cómo me entendieron, que los envié porque se aprovechasen, y a Bernal Díaz, que me entendió, quitaron el despojo que traía de estos perros, que se quedarán riendo con los que nos han muerto y herido". Y desde que aquello oyó Pedro Ircio dijo que quería tornar a subir a la fuerza. Entonces les dijo que ya no había coyuntura para ello, y que no fuesen allá en ninguna manera. Dejemos de esta plática y digamos cómo vinieron los del otro peño, y en fin de muchas razones que pasaron sobre que les perdonasen lo pasado, todos dieron la obediencia a Su Majestad.

Y como no había agua en aquel paraje, nos fuimos luego camino de un buen pueblo, que se dice Guaxtepeque, adonde está la huerta que he dicho que es la mejor que había visto en toda mi vida, y así lo torno a decir, que el tesorero Alderete y el fraile fray Pedro Melgarejo y a nuestro Cortés, desde que entonces la vieron y pasearon algo de ella, se admiraron y dijeron que mejor cosa de huerta río habían visto en Castilla. Y digamos cómo aquella noche nos aposentamos todos en ella, y los caciques de aquel pueblo vinieron a hablar y servir a Cortés, porque Gonzalo de Sandoval los había recibido ya de paz cuando entró en aquel pueblo.

Y aquella noche reposamos allí, y otro día muy de mañana partimos para Cornavaca y hallamos unos escuadrones de guerreros mexicanos que de aquel pueblo habían salido, y los de a caballo los siguieron más de legua y media hasta encerrarlos en otro gran pueblo que se dice Tepuztlán, que estaban tan descuidados los moradores de él, que dimos en ellos antes que sus espías que tenían sobre nosotros llegasen. Aquí se hubieron muy buenas indias y despojos, y no aguardaron ningunos mexicanos ni los naturales en el pueblo. Y nuestro Cortés les envió a llamar a los caciques por tres o cuatro veces, que viniesen de paz, y que si no venían que les quemaria el pueblo y los iríamos a buscar. Y la respuesta fue que no querían venir. Y porque otros pueblos tuviesen temor de ello, mandó poner fuego a la mitad de las casas que allí cerca estaban. Y en aquel instante vinieron los caciques del pueblo por donde aquel día pasamos, que ya he dicho que se dice

Yautepeque, y dieron la obediencia a Su Majestad. Y otro día fuimos camino de otro muy mejor y mayor pueblo que se dice Goadlavaca, y comúnmente corrompemos ahora aquel vocablo y le lla mamos Cuernavaca; y había dentro en él mucha gente de guerra, así de mexicanos como de los naturales, y estaba muy fuerte por unas cavas y riachuelos que están en las barrancas, por donde corre el agua, muy hondas, de más de ocho estados abajo, puesto que no llevan agua, y es fortaleza para ellos; y también no había entrada para caballos, sino por unas dos puentes que tenianlas quebradas; y de esta manera estaban tan fuertes que no les podíamos entrar, puesto que nos llegamos a pelear con ellos de esta parte de sus cavas, y riachuelo en medio; y ellos nos tiraban muchas varas y flechas y piedras con hondas, que eran más espesas que granizo.

Y estando de esta manera, avisaron a Cortés que más adelante, obra de media legua, había entrada para los caballos. Y luego fué allá con todos los de Narváez y todos los de a caballo y todos nosotros estábamos buscando paso, y vimos que desde unos árboles que estaban junto con la cava se podía pasar a la otra parte de aquella honda cava; y puesto que cayeron tres soldados desde los árboles abajo en el agua y aun el uno se quebró la pierna, todavía pasamos, y aun con harto peligro, porque de mí digo que verdaderamente cuando pasaba que lo vi muy peligroso y malo de pasar, y se me desvaneció la cabeza, y todavía pasé yo y otros de nuestros soldados y muchos tlaxcaltecas y comenzamos a dar por las espaldas de los mexicanos que estaban tirando piedra y vara y f le cha a los nuestros. Y cuando nos vieron, que lo tenían por cosa imposible, creyeron que éramos muchos más. Y en este instante llegaron Cristóbal de Olid y Andrés de Tapia con otros de a caballo, que habían pasado con mucho riesgo de sus personas por una puente quebrada, y damos en los contrarios, por manera que volvieron las espaldas y se fueron huyendo a los montes y a otras partes de aquella honda cava, donde no se pudieron haber; y de allí a poco rato también llegó Cortés con todos los demás de a caballo. En este pueblo se hubo gran despojo, así de mantas muy grandes como de buenas indias, y aun allí mandó Cortés que estuviésemos aquel día, y en una huerta del señor de aquel pueblo nos aposentamos todos, la cual era muy buena, y aunque querría decir muchas veces en esta relación el gran recaudo de velas y escuchas y corredores de campo que a doquiera que estábamos, o por los caminos llevábamos, es prolijidad recitarlo tantas veces, y por esta causa pasaré adelante y diré que vinieron nuestros corredores del campo a decir a Cortés que venían hasta veinte indios, y a lo que parecia en sus meneos y semblante, que eran caciques y hombres principales que traían mensajes o a demandar paces; y eran los caciques de aquel pueblo. Y desde que llegaron adonde Cortés estaba, le hicieron mucho acato y le presentaron ciertas joyas de oro, y le dijeron que les perdonase porque no salieron de paz, que el señor de México les envió a mandar que, pues estaban en fortaleza, que desde allí nos diesen guerra y que les envió un buen escuadrón de mexicanos para que les ayudasen, y que a lo que ahora han visto, que no habrá cosa, por fuerte que sea, que no la combatamos y señoreemos, y que le piden por merced que los reciba de paz. Y Cortés les mostró buena cara y dijo que somos vasallos de un gran señor, que es el emperador don Carlos, que a los que le quieren servir que a todos les hace mercedes, y que a ellos en su real nombre los recibe de paz, y allí dieron la obediencia a Su Majestad. Y acuérdome que dijeron aquellos caciques que en pago de no haber venido de paz hasta entonces permitieron nuestros dioses o los suyos que se les hiciese castigo en su persona y hacienda y pueblos. Donde lo dejaré ahora, y digamos cómo otro día muy de mañana caminamos para otra gran poblazón que se dice Xuchimilco. Y lo que pasarnos en el camino y en la ciudad y reencuentros de guerra que nos dieron, diré adelante, hasta que volvimos a Tezcuco.

DE LA GRAN SED QUE TUVIMOS EN ESTE CAMINO. Y DEL PELIGRO EN QUE NOS VIMOS EN XOCHIMILCO CON MUCHAS BATALLAS Y REENCUENTROS QUE CON LOS MEXICANOS Y CON LOS NATURALES DE AQUELLA CIUDAD TUVIMOS, Y DE OTROS MUCHOS REENCUENTROS DE GUERRAS QUE HASTA VOLVER A TEXCUCO NOS ACAECIERON.

DESPUES COMO CAMINAMOS PARA Xochimilco, que es una gran ciudad, y toda la más de ella están fundadas las casas en la laguna de agua dulce, y estará de México obra de dos leguas y media, pues yendo por nuestro camino con gran concierto y ordenanza, como lo teníamos de costumbre, fuimos por unos pinares y no había agua en todo el camino; y como íbamos con nuestras armas a cuestas y era ya tarde y hacia gran sol, aquejábanos mucho la sed y no sabíamos si había agua adelante, y habíamos andado dos o tres leguas, ni tampoco teníamos certinidad qué tanto estaba de alli un pozo que nos decían que había en el camino. Y como Cortés así vió todo nuestro ejército cansado, y los amigos tlaxcaltecas se desmayaron y se murió uno de ellos de sed, y un soldado de los nuestros, que era viejo y estaba doliente, me parece que también se murió de sed, acordó Cortés de parar a la sombra y cava de unos pinares, y mandó a seis de a caballo que fuesen adelante Camino de Xochimilco y que viesen qué tanto de allí había poblazón o estancias, o el pozo que tuvimos noticia que estaba cerca, para ir a dormir a éI. Y cuando fueron los de a caballo, que eran Cristóbal de Olid y un Valdenebro y Pero González de Trujillo, y otros muy esforzados varones, acordé yo de apartarme en parte que no me viese Cortés ni los de caballo con tres naborias míos tlaxcaltecas, bien esforzados y sueltos, y fui en pos de ellos hasta que me vieron ir tras ellos y me aguardaron para hacerme volver, no hubiese algún rebato de guerreros mexicanos donde no me pudiese valer. Yo todavía porfié a ir con ellos, y Cristóbal de Olid, como era yo su amigo, dijo que fuese y que aparejase los puños a pelear y los pies a ponerme en salvo si había reencuentros de mexicanos. Y era tanta la sed que tenía, que aventuraba mi vida por hartarme de agua. Y pasando obra de media legua adelante había muchas estancias y caserías de los de Xochimilco en unas laderas de unas serrezuelas. Entonces los de a caballo se apartan para buscar agua en las casas; y la hallaron, y se hartaron de ella, y uno de mis tiaxcaltecas me sacó de una casa un gran cántaro, que así los hay grandes cántaros en aquella tierra, de agua muy fría de que me harté yo y ellos; y entonces acordé desde allí de volverme donde estaba Cortés reposando, porque los moradores de aquellas estancias ya comenzaban a apellidar y nos daban gritos y silbos; y traje el cántaro lleno de agua con los tlaxcaltecas, y hallé a Cortés que comenzaba a caminar con su ejército.

Quiero ahora decir que están muchas ciudades las unas de las otras, cerca de la gran ciudad de México, obra de dos leguas, porque Xochimilco y Coyoacán y Huichilubusco e Iztapalapa y Cuedlavaca y Mezquique y otros tres o cuatro pueblos que están poblados los más de ellos en el agua, que están a legua y media o dos leguas los unos de los otros, y de todos ellos se habían juntado allí en Xochimilco muchos indios guerreros contra nosotros. Pues volvamos a decir que como llegamos a aquel_ gran nueblo y estaba despoblado y está en tierra llana, acordamos de reposar aquel día y otro porque se curasen los heridos y hacer saetas, porque bien entendido teníamos que habíamos de haber más batallas antes de volver a nuestro real, que era en Tezcuco. Y otro día muy de mañana comenzamos a caminar, con el mismo concierto que solíamos llevar, camino de Tacuba, que está de donde salimos obra de dos leguas; y en el camino salieron en tres partes muchos escuadrones de guerreros, y todas tres las resistimos; y los de a caballo los seguían por tierra llana hasta que se acogían a los esteros y acequias.

Y yendo por nuestro camino de la manera que he dicho, apartóse Cortés con diez de a caballo a echar una celada a los mexi• canos que salían de aquellos esteros y salían a dar guerra a los nuestros y llevó consigo cuatro mozos de espuelas, y los mexicanos hacían que iban huyendo, y Cortés con los de a caballo y criados siguiéndoles; y cuando miró por sí, estaba una gran capitanía de contrarios puestos en celada y dan en Cortés y en los de a caballo, que les hirieron los caballos, y si no dieron vuelta de presto, allí quedaran muertos o presos, por manera que apañaron los mexicanos dos de los soldados mozos de espuelas de Cortés, de los cuatro que llevaba, y vivos les llevaron a Guatemuz y los sacrificaron. Dejemos de hablar de este desmán y digamos cómo ya habíamos llegado a Tacuba con nuestras banderas tendidas, con todo nuestro ejército y fardaje, y todos los demás de a caballo habían llegado, y también Pedro de Alvarado y Cristóbal de Olid, y Cortés no venía con los diez de a caballo que llevó en su compañía, tuvimos mala sospecha no le hubiese acaecido algún desmán; y luego fuimos con Pedro de Alvarado y Cristóbal de Olid en su busca, con otros de a caballo, hacia los esteros adonde le vimos apartar, y en aquel instante vinieron los otros dos mozos de espuelas que habían ido con Cortés, que se escaparon, que se decían el uno Monroy y el otro Tomás de Rijoles, y dijeron todo lo por mí memorado, y que ellos por ser ligeros se escaparon; y que Cortés y los demás que se venían poco a poco, porque traen los caballos heridos. Y estando en esto viene Cortés, con lo cual nos alegramos, puesto que él venía muy triste y como lloroso. Llamábanse los mozos de espuelas que llevaron a México a sacrificar, el uno Francisco Martín Vendaval, y este nombre de Vendaval se le puso por ser algo loco, y el otro se decía Pedro Gallego.

Pues como allí llegó a Tacuba llovía mucho, y reparamos cerca de dos horas en unos grandes patios, y Cortés con otros capitanes y el tesorero Alderete, que venía malo, y el fraile Melgarejo y otros muchos soldados subimos en el alto cu de aquel pueblo, que desde él se señoreaba muy bien la ciudad de México, que está muy cerca, y toda la laguna y las más ciudades por mí memoradas, que están pobladas en el agua. Y después que el fraile y el tesorero Alderete vieron tantas ciudades y tan grandes, y todas asentadas en el agua, estaban admirados; pues desde que vieron la gran ciudad de México y la laguna y tanta multitud de canoas, que unas iban cargadas con bastimentos y otras andaban a pescar, y otras vacías, mucho más se espantaron y dijeron que nuestra venida en esta Nueva España que no era cosa de hombres humanos, sino que la gran misericordia de Dios es que nos tenía y amparaba, y que otras veces han dicho que no se acuerdan haber leído en ninguna escritura que hayan hecho ningunos vasallos tan grandes servicios a su rey como son los nuestros, y que ahora lo dicen muy mejor, y que de ello harían relación a Su Majestad. Dejemos de otras muchas pláticas que allí pasaron, y cómo consolaba el fraile a Cortés por la pérdida de sus mozos de espuelas, que estaba muy triste por ellos, y digamos cómo Cortés y todos nosotros estábamos mirando desde Tacuba el gran cu de Llichilobos y el Tatelulco y los aposentos donde solíamos estar, y mirábamos toda la ciudad y las puentes y calzadas por donde salimos huyendo; y en este instante suspiró Cortés con una muy gran tristeza, muy mayor que la que antes traía, por los hombres que le mataron antes que en el alto cu subiese, y desde entonces dijeron un cantar o romance:

En Tacuba está Cortés con su escuadrón esforzado, triste estaba y muy penoso, triste y con gran cuidado, una mano en la mejilla y la otra en el costado, etc.

Acuérdome que entonces le dijo un soldado que se decía el bachiller Alonso Pérez, que después de ganada la Nueva España fué fiscal y vecino en México: "Señor capitán: no esté vuesa merced tan triste, que en las guerras estas cosas suelen acaecer, y no se dirá por vuesa merced:

Mira Nerón de Tarpeya a Roma cómo se ardía..."

Y Cortés le dijo que ya veía cuántas veces había enviado a México a rogarles con la paz; y que la tristeza no la tenía por sola una cosa, sino en pensar en los grandes trabajos en que nos habíamos de ver hasta tornarla a señorear, y que con la ayuda de Dios que presto lo pondríamos por la obra.

Dejemos estas pláticas y romances, pues no estábamos en tiempo de ellos, y digamos cómo se tomó parecer entre nuestros capitanes y soldados si daríamos una vista a la calzada, pues estaba tan cerca de Tacuba, donde estábamos, y como no había pólvora ni muchas saetas y todos los más soldados de nuestro ejército heridos, acordándonos que otra vez habla poco más de un mes que, pasando Cortés les probó entrar en la calzada con muchos soldados que llevaba, estuvo en gran peligro, porque temió ser desbaratado, como dicho tengo en el capítulo pasado que de ello habla, y fué acordado que luego nos fuésemos nuestro camino por temor no tuviésemos en ese día o en la noche alguna refriega con los mexicanos, porque Tacuba está muy cerca de la gran ciudad de México y con la llevada que entonces llevaron vivos los soldados, no enviase Guatemuz sus grandes poderes. Y comenzamos a caminar y pasamos por Escapuzalco, y hallárnosle despoblado. Y luego fuimos a Tenayuca, que era gran pueblo, que solíamos llamar el pueblo de las sierpes: ya he dicho otra vez en el capitulo que de ello habla que tenía tres sierpes en el adoratorio mayor en que adoraban, y las tenían por sus ídolos, y también estaba despoblado.

Y desde allí fuimos a Cualtitán, y en todo este día no dejó de llover muy grandes aguaceros; y como íbamos con nuestras armas a cuestas, que jamás las quitábamos de día ni de noche, y de la mucha agua y del peso de ellas íbamos quebrantados y llegamos ya que anochecía a aquel gran pueblo, y también ataba despoblado, y en toda la noche no dejó de llover, y había grandes lodos, y los naturales de él y otros escuadrones mexicanos nos daban tanta grita de noche desde unas acequias y partes que no les podíamos hacer mal, y como hacia muy oscuro y llovía, ni se podían poner velas ni rondas, y no hubo concierto ninguno ni acertábamos con los puestos. Y esto digo porque a mí me pusieron para velar la Prima, y jamás acudió a mi puesto ni cuadrillero ni rondas, y así se hizo en todo el real. Dejemos de este descuido, y tornemos a decir que otro día fuimos camino de otra gran poblazón, que no me acuerdo el nombre, y había grandes lodos en él, y haIlámosla despoblada. Y otro día pasamos por otros pueblos y también estaban despoblados.

Y otro día llegamos a un pueblo que se dice Acolman, sujeto de Tezcuco; y como supieron en Tezcuco cómo íbamos salieron a recibir a Cortés, y hallamos muchos españoles que habían venido entonces de Castilla, y también vino a recibirnos el capitán Gonzalo de Sandoval con muchos soldados, y juntamente el señor de Tezcuco, que ya he dicho que se decía don Fernando, y se hizo a Cortés buen recibimiento, así de los nuestros como de' ios recién venidos de Castilla, y mucho más de los naturales de los pueblos comarcanos, pues trajeron de comer; y luego esa noche se volvic Sandoval a Tezcuco con todos sus soldados a poner en cobro su real. Y otro día por la mañana fué Cortés con todos nosotros camina de Tezcuco, y como íbamos cansados y heridos y dejábamos muertos nuestros soldados y compañeros y sacrificados en poder de los mexicanos, en lugar de descansar y curar nuestras heridas, tenían ordenada una conjuración ciertas personas de calidad de la parcialidad de Narváez de matar a Cortés y a Gonzalo de Sandoval y a Pedro de Alvarado y Andrés de Tapia. Y lo que más pasó diré adelante.

COMO DE QUE LLEGAMOS CON CORTES A TEZCUCO CON TODO NUESTRO EJERCITO Y SOLDADOS DE LA ENTRADA DE RODEAR LOS PUEBLOS DE LA LAGUNA TENIAN CONCERTADO ENTRE CIERTAS PERSONAS DE LOS QUE HABÍAN PASADO CON NARVAEZ DE MATAR A CORTES Y TODOS LOS QUE FUESEMOS EN SU DEFENSA. Y QUEEN FUE PRIMERO AUTOR DE AQUELLA CHIRINOLA FUE UNO QLI'R HABLA SIDO DE DIEGO VELAZQUEZ, GOBERNADOR DE CUBA, EL CUAL SOLDADO CORTES LE MANDO AHORCAR POR SENTENCIA, Y COMO SE HERRARON LOS ESCLAVOS Y SE APERCIBIO TODO EL REAL Y LOS PUEBLOS DE NUESTROS AMIGOS, Y SE HIZO ALARDE Y ORDENANZAS. Y OTRAS COSAS QUE MAS PASARON ALLI COMO ADELANTE DIRE.

HA HE DICHO QUE COMO VENIAMOS tan destrozados y heridos de la entrada por mí memorada, pareció ser que un gran amigo del gobernador de Cuba, que se decía Antonio de Villafafia, natural de Zamora o de Toro, se concertó con otros soldados de los de Narváez, que aquí no nombro sus nombres por su honor, que así como viniese Cortés de aquella entrada, que le matasen a puñaladas, y había de ser de esta manera: Que como en aquella sazón había venido un navió de Castilla, que cuando estuviese sentado a la mesa comiendo con sus capitanes, que entre aquellas personas que tenían hecho el concierto que trajesen una carta muy cerrada y sellada, como que venía de Castilla, y que dijesen que era de su padre, Martín Cortés, y que cuando la estuviese leyendo le diesen de puñaladas, así a Cortés como a todos los capitanes y soldados que cerca de Cortés nos hallásemos en su defensa. Pues ya hecho y consultado todo lo por mí dicho, los que lo tenían concertado quiso Nuestro Señor que dieran parte del negocio a dos personas principales, que aquí tampoco quiero nombrar, que habían ido en la entrada con nosotros, y aun a uno de ellos en el concierto que tenían le habían nombrado por capitán general, después que hubiese muerto a Cortés, y a otros soldados de los de Narváez hacían alguacil mayor, y alférez, y alcaldes, y regidores, y contador, y tesorero, y veedor, y otras cosas de este arte, y aun repartido entre ellos nuestros bienes y caballos. Y este concierto estuvo encubierto dos días después que llegamos a Tezcuco; y Nuestro Señor Dios fué servido que tal cosa no pasase, porque era perderse la Nueva España y todos nosotros, parque luego se levantarían bandos y chirinolas. Pareció ser que un soldado lo descubrió a Cortés que luego pusiese remedio en ello antes que más fuego sobre el caso se encendiese, porque le certificó aquel buen soldado que eran muchas personas de calidad en ello.

Y como Cortés lo supo, después de haber hecho grandes ofrecimientos y dádivas que dió a quien se lo descubrió, muy presto, secretamente, lo hace saber a todos nuestros capitanes, que fueron Pedro de Alvarado, y Francisco de Lugo, y Cristóbal de Olid, y Andrés de Tapia, y a Gonzalo de Sandoval, y a mi y a dos alcaldes ordinarios que eran de aquel año, que se decían Luis Marín y Pedro de Ircio, y a todos nosotros los que éramos de la parte de Cortés; y así como lo supimos nos apercibimos y sin más tardar fuimos con Cortés a la posada de Antonio de Villafaña, y estaban con él muchos de los que eran en la conjuración, y de presto le echamos mano a Villafaña con cuatro alguaciles que Cortés llevaba; y los capitanes y soldados que con él estaban comenzaron a huir, y Cortés les mandó detener y prender. Y después que tuvimos preso a Villafaña, Cortés le sacó del seno el memorial que tenía con las firmas de los que fueron en el concierto, y después que lo hubo leído y vió que eran muchas personas en ello y de calidad, y por no infamarlos, echó fama que comió el memorial Villafaña y que no lo había visto ni leído.

Y luego hizo proceso contra él, y tomada la confesión dijo la verdad, y con muchos testigos que había de fe y de creer, que tomaron sobre el caso, por sentencia que dieron los alcaldes ordinarios, juntamente con Cortés y el maestre de campo Cristóbal de Olid, y después que se confesó con el Padre Juan Diaz, le ahorcaron de una ventana del aposento donde posaba Villafiña; y no quiso Cortés que otro ninguno fuese infamado en aquel mal caso. puesto que en aquella sazón echaron presos a muchos por poner temores y hacer señal que quería hacer justicia de otros, y como el tiempo no daba lugar a ello, se disimuló. Y luego acordó Cortés de tener guarda para su persona, y fue su capitán un hidalgo que se decía Antonio de Quiñones, natural de Zamora, con seis soldados, buenos hombres y esforzados, y le velaban de día y de noche, y a nosotros de los que sentía que éramos de su bando nos rogaba que mirásemos por su persona, y de allí en adelante. aunque mostrara gran voluntad a las personas que eran en la conjuración siempre se recelaba de ellos.

Dejemos esta materia, y digamos cómo luego se mandó pregonar que todos los indios e indias que habíamos habido en aquellas entradas se llevasen a herrar dentro de dos días, a una casa que estaba señalada para ello; y por no gastar más palabras en esta relación sobre la manera que se vendían en la almoneda, más de las que otras veces tengo dichas, en las dos veces que se herraron, si mal lo habían hecho de antes, muy peor se hizo esta vez, que después de sacado el real quinto sacaba Cortés el suyo. y otras treinta trancalinas para capitanes; y si eran hermosas y buenas indias las que metíamos a herrar, las hurtaban de noche del montón; que no parecían hasta de ahí a buenos días, y por esta causa se dejaban muchas piezas que después teníamos por naborias. Dejemos de hablar en esto, y digamos lo que después en nuestro real se ordenó.

COMO CORTES MANDO A TODOS LOS PUEBLOS NUESTROS AMIGOS QUE ESTABAN CERCANOS DE TEZCUCO QUE HICIESEN ALMACEN DE SAETAS Y CASQUILLOS DE COBRE PARA ELLAS, Y LO QUE EN NUESTRO REAL SE ORDENO.

ODIO SE HUBO HECHO JUSTICIA de Antonio de Villafafia y estaban ya pacíficos los que juntamente con él eran conjurados de matar a Cortés y a Pedro de Alvarado y a Sandoval, y a los que fuésemos en su defensa, según más largamente lo tengo escrito en el capítulo pasado, y viendo Cortés que ya los bergantines estaban hechos, y puestas sus jarcias y velas, y remos muy buenos, y más remos de los que habían menester para cada bergantín, y la zanja por donde habían de salir a la laguna muy ancha y hondable, envió a decir a todos los pueblos nuestros amigos que estaban cerca de Tezcuco que en cada pueblo hiciesen ocho mil casquillos de cobre, que fuesen buenos, según otros que Ies llevaron por muestra, que eran de Castilla: y asimismo les mandó que en cada pueblo le labrasen y desbastasen otras ocho mil saetas de una madera muy buena, que también les llevaron muestra, y les dio de plazo ocho días para que las trajesen, así las saetas como los casquillos, a nuestro real, lo cual trajeron para el tiempo que se los mandó, que fueron más de cincuenta mil casquillos y otras tantas mil saetas, y los casquillos fueron mejores que los de Castilla.

COMO SE HIZO ALARDE EN LA CIUDAD DE TEZCUCO EN LOS PATIOS MAYORES DE AQUELLA CIUDAD, Y LOS DE A CABALLO Y BALLESTEROS Y ESCOPETEROS Y SOLDADOS QUE SE HALLARON. Y LAS ORDENANZAS QUE SE PREGONARON, Y OTRAS COSAS MAS QUE SE HICIERON ALLI

DESPUES QUE SE DIO LA ORDEN así como atrás he dicho, y se enviaron mensajeros y cartas a nuestros amigos los de Tlaxcala y a los de Chalco, y se dió aviso a los demás pueblos, acordó Cortés con nuestros capitanes y soldados que para el segundo día de Pascua del Espíritu Santo, que fué del año de mil quinientos veintiún años, se hiciese alarde, el cual alarde se hizo en los patios mayores de Tezcuco. y halláronse ochenta y cuatro de a caballo y seiscientos cincuenta soldaos de espada y rodela, y muchos de lanzas, y ciento noventa y cuatro ballesteros y escopeteros, y de éstos se sacaron para los trece bergantines los que ahora diré.

Para cada bergantín, doce ballesteros y escopeteros, éstos no habían de remar; y demás de esto también se sacaron otros doce remeros, para cada banda seis, que son los doce que he dicho, y más un capitán para cada bergantín, por manera que sale cada bergantín a veinticinco soldados con el capitán y trece bergantines que eran, a veinticinco soldados, son doscientos ochenta y ocho, y con los artilleros que les dieron demás de los veinticinco soldados fueron en todos los bergantines trescientos soldados, por la cuenta que he dicho; y también les repartió todos los tiros de uslera y falconetes que teníamos, y la pólvora que le parecía que habían menester.

Esto hecho, mandó pregonar las ordenanzas que todos habíamos de guardar:

Lo primero, que ninguna persona fuese osada de blasfemar de Nuestro Señor Jesucristo, ni de Nuestra Señora su bendita madre, ni de los Santos Apóstoles, ni otros santos, so graves penas.

Lo segundo, que ningún soldado tratase mal a nuestros amigos, pues iban para ayudarnos, ni les tomasen cosa ninguna, aunque fuesen de las cosas que ellos habían adquirido en la guerra; y aunque fuese india ni indio, ni oro, ni plata, ni chalchihuis.

Lo otro, que ningún soldado fuese osado de salir de día ni de noche de nuestro real para ir a ningún pueblo de nuestros amigos, ni a otra parte a traer de comer, ni otra cualquier cosa, so graves penas.

Lo otro, que todos los soldados que llevasen muy buenas armas y bien colchadas y gorjal y papahígo y antiparras y rodela, que como sabíamos que era tanta la multitud de vara y piedra y flecha y lanza, para todo era menester llevar las armas que decía el pregón.

Lo otro, que ninguna persona jugase caballo ni armas por via ninguna, con gran pena.

Lo otro, que ningún soldado, ni hombre de caballo, ni ballestero, ni escopetero; duerma sin estar con todas sus armas vestidas y con los alpargates calzados, excepto si no fuese con gran necesidad de heridas o de estar doliente, porque estuviésemos muy aparejados para cualquiera tiempo que los mexicanos viniesen a darnos guerra.

Y además de esto se pregonó las leyes que se mandan guardar en lo militar, que es que al que se duerme en vela o se va del puesto que le ponen, pena de muerte, y se pregonaron que ningún soldado vaya de un real a otro sin licencia de su capitán. so pena de muerte.

Lo otro, que el soldado que deja a su capitán en la guerra o batalla y huye, pena de muerte.

Esto pregonado, diré cómo Cortés buscó los marineros que habian de menester para remar los bergantines, y les señaló bergantines y les repartió los ballesteros y escopeteros, y pólvora y tiros y saetas, y todo lo demás que era menester, y les mandó poner en cada bergantín las banderas reales y otras banderas de nombre que se decía ser en cada bergantin, y otras cosas que convenían, nombró por capitanes para cada uno de ellos a los que ahora aquí diré: Garci Holguin, Pedro Barba, Juan de Limpias Carvajal, el Sordo; Juan Jaramillo, Jerónimo Ruiz de la Mota, Carvajal, su compañero, que ahora es muy viejo y vive en la calle de San Francisco; a un Portillo, que entonces vino de Castilla, buen soldado, que tenía una mujer hermosa; a un Zamora, que fue maestre de navíos, que vivía ahora en Oaxaca; a un Colmenero, que era marinero, buen soldado; a un Lema y a Ginés Nortes; a Briones, natural de Salamanca; el otro capitán no me acuerdo su nombre Francisco Rodríguez Magariño y a Miguel Diaz de Ampiés. Y desde que los hubo nombrado y mandado a todos los ballesteros y escopeteros y los demás soldados que habían de remar que les obedeciesen a sus capitanes que les ponía, y no saliesen de su mandado so graves penas, y les dió las instrucciones lo que cada capitán había de hacer, y en qué puesto había de ir de las calzadas, y con qué capitanes de los de tierra.

COMO CORTES MANDO QUE FUESEN TRES GUARNICIONES DE SOLDADOS DE CABALLO Y BALLESTEROS Y ESCOPETEROS POR TIERRA A PONER CERCO A LA GRAN CIUDAD DE MEXICO, Y LOS CAPITANES QUE NOMBRO PARA CADA GUARNICION, Y LOS SOLDADOS Y DE A CABALLO Y BALLESTEROS Y ESCOPETEROS QUE LES REPARTIO, LOS SITIOS EN QUE SENTARIAMOS NUESTROS REALES

CORTES MANDO que Pedro de Alvarado fuese por capitán de ciento cincuenta soldados de espada y rodela, y muchos llevaban lanzas y dalles, y de treinta de a caballo y diez y ocho escopeteros y ballesteros, y nombró que fuesen juntamente con él a Jorge de Alvarado, su hermano, y a Gutierre de Badajoz y Andrés de Monjaraz, y éstos mandó que fuesen capitanes de a cincuenta soldados, y que repartiesen entre todos tres los escopeteros y ballesteros, tanto una capitanía como otra, y que Pedro de Alvarado fuese capitán de los de a caballo y general de las tres capitanías; y le die) ocho mil tlaxcaltecas con sus capitanes, y a mí me señaló y mandó que fuese con Pedro de Alvarado, y que fuésemos a poner sitio en la ciudad de Tacuba; y mandó que las armas que llevásemos fuesen muy buenas, y papahigos y gorjales y antiparras, porque era mucha la vara y piedra, como granizo, y flechas y lanzas y macanas y otras armas de espadas de dos manos con que los mexicanos peleaban con nosotros, y para tener defensas con ir bien armados; y aun con todo esto cada día que batallábamos había muertos y heridos, según adelante diré. Pasemos a otra capitanía.

Y dió a Cristóbal de Olid, que era maestre de campo, otros treinta de a caballo y ciento setenta y cinco soldados y veinte escopeteros y ballesteros, y todos con sus armas, según y de la manera que los soldados que dió a Pedro de Alvarado, y le nombró otros tres capitanes, que fué Andrés de Tapia, y Francisco Verdugo, y Francisco de Lugo, y entre todos tres capitanes repartiesen todos los soldados y ballesteros y escopeteros; y que Cristóbal de Olid fuese capitán general de los tres capitanes y de los de caballo, y le dió otros ocho mil tlaxcaltecas, y le mandó que fuese a sentar su real en la ciudad de Coyoacán, que estará de Tacuba dos leguas.

De otra guarnición de soldados hizo capitán a Gonzalo de Sandoval, que era alguacil mayor, y le dió veinticuatro de caballo y catorce escopeteros y ballesteros, y ciento cincuenta soldados de espada y rodela y lanza, y más de ocho mil indios de guerra de los de Chalco y Guaxocingo y de otros pueblos por donde Sandoval había de ir, que eran nuestros amigos; y le dió por compañeros y capitanes a Luis Marín y a Pedro de Ircio, que eran amigos de Sandoval, y les mandó que entre los dos capitantes repartiesen los soldados y ballesteros y escopeteros, y que Sandoval tuviese a su cargo los de a caballo y que fuese general, que se asentase su real junto a Iztapalapa, y que le diese guerra y le hiciese todo el mal que pudiese hasta que otra cosa por Cortés le fuese mandado; y no partió Sandoval de Tezcuco hasta que Cortés, que era capitán de los bergantines, estaba muy a punto para salir con los trece bergantines por la laguna, en los cuales llevaba trescientos soldados con ballesteros y escopeteros, porque así estaba ya ordenado. Por manera que Pedro de Alvarado y Cristóbal de Olid habíamos de ir por una parte, y Sandoval por otra. Digamos ahora que los unos a mano derecha y los otros desviados por otro camino, y esto es así, porque los que no saben aquella ciudad y laguna lo entiendan, porque se tornaban casi a juntar.

Dejemos de hablar más en ello y digamos que a cada capitán se le dió las instrucciones de lo que les era mandado. Y como nos habíamos de partir para otro día por la mañana y porque no tuviésemos más embarazo en el camino, enviamos adelante todas las capitanías de Tlaxcala hasta llegar a tierra de mexicanos; y yendo que iban los tlaxcaltecas descuidados con su capitán Chichimecatecle y otros capitanes con sus gentes, vieron que no iba Xicotenga el Mozo, que era el capitán general de ellos, y preguntando y pesquisando Chichimecatecle qué se había hecho, adónde había quedado, alcanzaron a saber que se había vuelto aquella noche encubiertamente para Tlaxcala, y que iba a tomar por fuerza el cacicazgo y vasallos y tierra del mismo Chichimecatecle, y las causas que para ello decían los tlaxcaltecas tenía era que como Xicotenga el Mozo vió ir los capitanes de Tlaxcala a la guerra, especialmente a Chichimecatecle, que no tendría contradictores, porque no tenia temor de su padre Xicotenga el Ciego, que como padre le ayudaría, y nuestro amigo Maseescaci ya era muerto, y a quien temía era a Chichimecatecle; y también dijeron que siempre conocieron de Xicotenga no tener voluntad de ir a la guerra de México, porque le oía decir muchas veces que todos nosotros y ellos habíamos de morir en ella.

Pues después que aquello oyó y entendió el cacique Chichimecatecle, cúyas eran las tierras y vasallos que iba a tomar, vuelve del camino más que de paso y viene a Tezcuco a hacérselo saber a Cortés; y como Cortés lo supo mandó que con brevedad fuesen cinco principales de Tezcuco y otros dos de Tlaxcala, amigos del Xicotenga a hacerle volver del camino, y le dijesen que Cortés le rogaba que luego se volviese para ir contra sus enemigos los mexicanos, y que mire que si su padre don Lorenzo de Vargas, si no fuera viejo y ciego como estaba, viniera sobre México y que pues toda Tlaxcala fueron y son muy leales servidores de Su Majestad, que no quiera él infamarlos con lo que ahora hace, y le envió a hacer muchos prometimientos y promesas, que le daría oro y mantas porque volviese. Y la respuesta que envió a decir, que si el viejo de su padre y Maseescaci lo hubieran creído, que no se hubiera señoreado tanto de ellos, que les hace hacer todo lo que quiere, y por no gastar más palabras, dijo que no quería venir. Y como Cortés supo aquella respuesta, de presto dió un mandamiento a un alguacil, y con cuatro de a caballo y cinco indios principales de Tezcuco que fuesen muy en posta y doquiera que lo alcanzasen lo ahorcasen, y dijo: "Ya en este cacique no hay enmienda, sino que siempre nos ha de ser traidor y malo y de malos consejos", y que no era tiempo para mas sufrirle disimulo de lo pasado. Y como Pedro de Alvarado lo supo, rogó mucho por él, y Cortés le dió buena respuesta, y secretamente mandó al alguacil y los de caballo que no le quedasen con la vida; y así se hizo, que en un pueblo sujeto a Tezcuco le ahorcaron, y en esto hubo de parar su traición. Algunos tlaxcaltecas hubo que dijeron que don Lorenzo de Vargas, padre de Xicotenga, envió a decir a Cortés que aquel su hijo era malo, y que no se confiase de él, y que procurase de matarle.

Dejemos esta plática así, y diré que por esta causa nos detuvimos aquel día sin salir de Tezcuco; y otro día, que fueron trece de mayo de mil quinientos veintiún adios, salimos entrambas capitanías juntas, porque así Cristóbal de Olid como Pedro de Alvarado habíamos de llevar un camino, y fuimos a dormir a un pueblo sujeto a Tezcuco otras veces por mí memorado, que se dice Aculma, y pareció ser Cristóbal de Olid envió adelante a aquel pueblo a tomar posada, y tenía puesto en cada casa por señal ramos verdes encima de las azoteas, y cuando llegamos con Pedro de Alvarado no hallamos dónde posar, y sobre ello ya habíamos echado mano a las armas los de nuestra capitanía contra la de Cristóbal de Olid, y aun los capitanes desafiados, y no faltaron caballeros de entrambas partes que se metieron entre nosotros y se pacificó algo el ruido, y no tanto que todavía estábamos todos resabiados. Y desde allí lo hicieron saber a Cortés, y luego envió en posta a fray Pedro Melgarejo y al capitán Luis Marín y escribió a los capitanes y a todos nosotros reprendiéndonos por la cuestión, y como llegaron nos hicieron amigos; mas desde allí adelante no se llevaron bien los capitanes, que fueron Pedro de Alvarado y Cristóbal de Olid.

Y otro día fuimos nuestro camino entrambas capitanías juntas, y fuimos a dormir a un pueblo que estaba despoblado, porque ya era tierra de mexicanos; y otro día también fuimos a dormir a otro gran pueblo que se dice Gualtitán, que otras veces ya le he nombrado, y también estaba sin gente; otro día pasamos por otros dos pueblos que se dicen Tenayuca y Escapuzalco, y también estaban despoblados; y llegamos hora de vísperas a Tacuba, y luego nos aposentamos en unas grandes casas y aposentos, porque también estaba despoblado; y asimismo se aposentaron todos nuestros amigos los tlaxcaltecas, y aun aquella tarde fueron por las estancias de aquellas poblaciones y trajeron de comer, y con buenas velas y escuchas y corredores del campo dormimos aquella noche, porque ya he dicho otras veces que México está junto a Tacuba. Y ya que anochecía oímos grandes gritas que nos daban desde la laguna, diciéndonos muchos vituperios y que no éramos hombres para salir a pelear con ellos; y tenían tantas de las canoas llenas de gente de guerra y las calzadas asimismo llenas de guerreros, y aquellas palabras que nos decían era con pensamiento de indignarnos para que saliésemos aquella noche a guerrear; y como estábamos escarmentados de lo de las calzadas y puentes, muchas veces por mí memoradas, no quisimos salir hasta otro día, que fué domingo, después de haber oido misa, que nos dijo el Padre Juan Díaz, y después de encomendarnos a Dios acordamos que entrambas capitanías juntas fuésemos a quebrarles el agua de Chapultepec, de que se proveía la ciudad, que estaba desde allí de Tacuba a una media legua. Y yéndoles a quebrar los caños topamos muchos guerreros que nos esperaban en el camino, porque bien entendido tenían que aquello había de ser lo primero en que les podríamos dañar, y asi como nos encontraron, cerca de unos pasos malos, comenzaron a flecharnos y tirar vara y piedra con hondas, e hirieron a tres de nuestros soldados; mas de presto les hicimos volver las espaldas, y nuestros amigos los de Tlaxcala los siguieron de manera que mataron veinte y prendieron siete u ocho de ellos; y desde que aquellos escuadrones estuvieron puestos en huida, les quebramos los caños por donde iba el agua a su ciudad, y desde entonces nunca fué a México entretanto que duró la guerra.

Y como aquello hubimos hecho, acordaron nuestros capitanes que luego fuésemos a dar una vista y entrar por la calzada de Tacuba y hacer lo que pudiésemos por ganarles una puente; y llegados que fuimos a la calzada, eran tantas las canoas que en la laguna estaban llenas de guerreros, y en las mismas calzadas, que nos admiramos de ello; y tiran tanta vara y flecha y piedra con hondas, que a la primera refriega hirieron sobre treinta soldados; y todavía les fuimos entrando por la calzada adelante hasta una puente; y a lo que yo entendí, ellos nos daban lugar a ello por meternos de la otra parte de la puente, y desde que allí nos tuvieron digo que cargaron tanta multitud de guerreros sobre nosotros, que no nos podíamos tener contra ellos, porque por la calzada, que era de ocho pasos de ancho, ¿qué podíamos hacer a tan gran poderío que estaba de la una parte y de la otra de la calzada y daban en nosotros como al terrero? Porque ya que nuestros escopeteros y ballesteros no hacían sino armar y tirar a las canoas, no les hacíamos daño sino muy poco, porque las traían muy bien armadas de talabardones de madera; pues cuando arremetíamos a los escuadrones que peleaban en la misma calzada, luego se echaban al agua, y había tantos de ellos, que no nos podíamos valer, pues los de a caballo no aprovechaban cosa ninguna, porque les herían los caballos de una parte y de la otra desde el agua, y ya que arremetían tras los escuadrones, echábanse al agua, y tenían hechos mamparos donde estaban otros guerreros aguardando con unas lanzas largas que habían hecho como dalles de las armas que nos tomaron cuando nos echaron de México, y salimos huyendo, y de esta manera estuvimos peleando con ellos obra de una hora; y tanta prisa nos daban, que no nos podíamos sustentar contra ellos, y aun vimos que venían por otras partes una gran flota de canoas a atajarnos los pasos para tomarnos las espaldas. Y conociendo esto nuestros capitanes y todos nuestros soldados, apercibimos que nuestros amigos los tlaxcaltecas que llevábamos nos embarazaban mucho la calzada, que se saliesen fuera, porque en el agua vista cosa es que no pueden pelear, acordarnos que con buen concierto retraernos y no pasar más adelante.

Pues cuando los mexicanos nos vieron retraer y salir fuera los tlaxcaltecas, qué grita y alaridos y silbos nos daban, y cómo se venían a juntar con nosotros pie con pie, digo que yo no lo sé escribrir; porque toda la calzada hincheron de vara y flecha y piedra de las que nos tiraban, pues las que caían en el agua muchas más serían; y desde que nos vimos en tierra firme dimos gracias a Dios de habernos librado de aquella batalla, y ocho de nuestros soldados quedaron de aquella vez muertos y más de cien heridos; aun con todo esto nos daban grita y decían vituperios desde las canoas, y nuestros amigos los tlaxcaltecas les decían que saliesen a tierra y que fuesen doblados los contrarios, y pelearían con ellos. Esta fué la primera cosa que hicimos: quitarles el agua y dar vista a la laguna, aunque no ganamos honra con ellos. Y aquella noche nos estuvimos en nuestro real, y se curaron los heridos y aun se murió un caballo, y pusimos buen cobro de velas y escuchas.

Y otro día de mañana dijo el capitán Cristóbal de Olid que se quería ir a su puesto, que era a Coyoacán, que estaba legua y media de allí, y por mas que le rogó Pedro de Alvarado y otros caballeros que no se apartasen aquellas dos capitanías, sino que estuviesen juntas, jamás quiso, porque como Cristóbal de Olid era muy esforzado, y en la vista que el día antes dimos a la laguna no nos sucedió bien, decía Cristóbal de Olid que por culpa de Pedro de Alvarado habíamos entrado desconsideradamente; por manera que jamás quiso quedar, y se fué adonde Cortés le mandó, a Coyoacán, y nosotros nos quedamos en nuestro real. Y no fué bien apartarse una capitanía de la otra en aquella sazón, porque si los mexicanos tuvieran aviso de que éramos pocos soldados, en cuatro o cinco días que allí estuvimos apartados antes que los bergantines viniesen, y dieran sobre nosotros y en los de Cristóbal de Olid, corriéramos harto trabajo e hicieran gran daño. Y de esta manera estuvimos en Tacuba y Cristóbal de Olid en su real sin osar dar más vista ni entrar por las calzadas, y cada día teníamos en tierra rebates de muchos escuadrones de mexicanos que salían a tierra firme a pelear con nosotros y aun nos desafiaban para meternos en partes donde fuesen señores de nosotros y no les pudiésemos hacer ningún daño.

Y dejarlo he aquí y diré cómo Gonzalo de Sandoval salió de Tezcuco cuatro dias después de la fiesta del Corpus Christi y se vino a Iztapalapa. Casi todo el camino era de amigos sujetos a Tezcuco y desde que llegó a la población de Iztapalapa, luego les comenzó a dar guerra y a quemar muchas casas de las que estaban en tierra firme, porque las demás casas todas estaban en la laguna; mas no tardó muchas horas que luego vinieron en socorro de aquella ciudad grandes escuadrones de mexicanos, y tuvo Sandoval con ellos una buena batalla y grandes reencuentros, cuando peleaban en tierra, y después de acogidos a las canoas le tiraban mucha vara y flecha y piedra, y le herían a sus soldados; y estando de esta manera peleando vieron que en una serrezuela que estaba allí junto a Iztapaiapa en tierra firme hacían grandes ahumadas, que les respondían con otras ahumadas de otros pueblos que estaban poblados en la laguna, y era señal que se apellidaban todas las canoas de México y de todos los pueblos del rededor de la laguna, porque vieron a Cortés que ya había salido de Tezcuco con los trece bergantines, porque luego que se vino Sandoval de Tezcuco no aguardó allí más Cortés; y la primera cosa que hizo en entrando en la laguna fue combatir un peñol que estaba en una isleta junto a México, donde estaban recogidos muchos mexicanos, así de los naturales de aquella ciudad como de los forasteros que se habían ido a hacer fuertes, y salió a la laguna contra Cortés todo el número de canoas que había en todo México y en todos los pueblos que había poblados en el agua y cerca de ella, que son Xochimilco y Coyoacan, lztapalapa, y riuichilibusco y Mexicalcingo, y otros pueblos que por no aetenerme no nombro, y todos juntamente fueron contra cortes, y a esta causa aflojó algo los que daban guerra en lztapalapa a Sandoval; y como todas las más de las casas de aquella ciudad en aquel tiempo estaban pobladas en el agua, no les podía hacer mal ninguno, puesto que a los principios mató muchos de los contrarios, y como llevaba gran copia de amigos, con ellos cautivó y prendió mucha gente de aquellas poblazones. Dejemos a Sandoval, que quedó aislado, en Iztapalapa, que no podía venir con su gente a Coyoacán, sino era por una calzada que atravesaba por mitad de la laguna, y si por ella vinieran no hubiera bien entrado cuando le desbaratasen los contrarios, por causa que de entrambas a dos partes del agua le habían de guerrear, y él no había de ser señor de poderse defender, y a esta causa se estuvo quedo.

Dejemos a Sandoval, y digamos que como Cortés vió que se juntaban tantas flotas de canoas contra sus trece bergantines, las temió en gran manera, y eran de temer, porque eran más de mil canoas; y dejó el combate del peñol y se puso en parte de la laguna para, si se viese en aprieto, poder salir con sus bergantines a lo largo y correr a la parte que quisiese; y mandó a sus capitanes que en ellos venían que no curasen de embestir ni apretar contra las canoas hasta que refrescase más el viento de tierra, porque en aquel instante comenzaba a ventar. Y desde que las canoas vieron que los bergantines reparaban, creían que de temor de ellos lo hacian, y entonces les daban mucha prisa los capitanes mexicanos y mandaban a todas sus gentes que luego fuesen a embestir con los nuestros bergantines; y en aquel instante vino un viento muy recio y tan bueno, y con buena prisa que se dieron nuestros remeros y el tiempo aparejado, manda Cortés embestir con la flota de canoas, y trastornaron muchas de ellas, y se mataron y prendieron muchos indios, y las demás canoas se fueron a recoger entre las casas que estaban en la laguna, en parte que no podían llegar a ellas nuestros bergantines: por manera que este fue el primer combate que se hubo por la laguna, y Cortés tuvo victoria, y gracias a Dios por todo. Amén.

Y después que aquello fue hecho, vino con los bergantines hacia Coyoacán, adonde estaba asentado el real de Cristóbal de Olid, y peleó con muchos escuadrones mexicanos que le esperaban en partes peligrosas, creyendo tomarle los bergantines; como le daban mucha guerra desde las canoas que estaban en la laguna y desde unas torres de ídolos, mandó sacar de los bergantines cuatro tiros. y con ellos daba guerra y mataba y hería a muchos indios, y tanta prisa tenían los artilleros, que por descuido se les quemó la pólvora, y aun se chamuscaron algunos de ellos las caras y manos. Y luego despachó Cortés un bergantín muy ligero a Iztapalapa, al real de Sandoval, para que trajesen toda la pólvora que tenían, y le escribió que de allí donde estaba no se mudase.

Dejemos a Cortés, que siempre tenía rebatos con los mexicanos hasta que se juntó en el real de Cristóbal de Olid, y en dos días que allí estuvo siempre le combatían muchos contrarios; y porque yo en aquella sazón estaba en lo de Tacuba con Pedro de Alvarado, diré lo que hicimos en nuestro real, y es: que como sentimos que Cortés andaba por la laguna, entramos por nuestra calzada adelante y con gran concierto y no como la primera vez, y les llegamos a la primera puente, y los ballesteros y escopeteros con mucho concierto tirando unos y armando otros, y los de caballo les mandó Pedro de Alvarado que no entrasen con nosotros, sino que se quedasen en tierra firme haciendo espaldas por temor de los pueblos por mí memorados, por donde veníamos, no nos diesen entre las calzadas; y de esta manera estuvimos unas veces peleando y otras poniendo resistencia no entrasen en tierra de la calzada, porque cada día teníamos refriegas, y en ellas nos mataron tres soldados; y también entendíamos en adobar los malos pasos.

Dejemos esto, y digamos cómo Gonzalo de Sandoval, que estaba en Iztapalapa, viendo que no les podía hacer mal a los de lztapalapa porque estaban en el agua, y ellos a 61 le herían sus soldados, acordó de venirse a unas casas y poblazón que estaba en la laguna, que podían entrar en ellas, y le comenzó a combatir; y estándoles dando guerra envió Guatemuz, gran señor de México, a muchos guerreros a ayudarles y a deshacer y abrir la calzada por donde había entrado Sandoval, para tornarles dentro, y no tuviesen por dónde salir, y envió por otra parte muchas gentes de guerra. Y como Cortés estaba con Cristóbal de Olid y vieron salir gran copia de canoas hacia Iztapalapa, acordó de ir con los bergantines y con toda la capitania de Cristóbal de Olid a Iztapalapa en busca de Sandoval; y yendo por la laguna con los bergantines y Cristóbal de Olid por la calzada, vieron que estaban abriendo la calzada muchos mexicanos, y tuvieron por cierto que estaba allí en aquella casa Sandoval, y fueron con los bergantines y le hallaron peleando con el escuadrón de guerreros que envió Guatemuz, y cesó algo la pelea. Y luego mandó Cortés a Gonzalo de Sandoval que dejase aquello de Iztapalapa y fuese por tierra a poner cerco a otra calzada que va desde México a un pueblo que se dice Tepeaquilla, adonde ahora llaman Nuestra Señora de Guadalupe, donde hace y ha hecho muchos y santos milagros. Digamos cómo Cortés repartió los bergantines y lo que más se hizo.

COMO CORTES MANDO REPARTIR LOS DOCE BERGANTINES, Y MANDO SE SACASE GENTE DEL MAS PEQUEÑO BERGANTIN, EL "BUSCA RUIDO", Y LO QUE MAS PASO

COMO CORTES Y TODOS NUESTROS capitanes y soldados entendíamos que sin los bergantines no podíamos entrar por las calzadas para combatir a México, envió cuatro de ellos a Pedro de Alvarado, y en su real, que era el de Cristóbal de Olid, dejó seis bergantines, y a Gonzalo de Sandoval, en la calzada de Tepeaquilla, le envió dos bergantines, y mandó que el bergantín más pequeño que no anduviese más en la laguna porque no le trastornasen las canoas, que no era de sostén, y la gente y marineros que en él andaban mandó repartir en los otros doce, porque ya estaban muy mal heridos veinte hombres de los que en ellos andaban.

Pues desde que nos vimos en nuestro real de Tacuba con aquella ayuda de los bergantines, mandó Pedro de Alvarado que dos de ellos anduviesen por una parte de la calzada y los otros de la otra parte; comenzamos a pelear muy de hecho, porque las canoas que nos solian dar guerra desde'el agua, los bergantines las desbarataban, y así teniamos lugar de ganarles algunas puentes y albarradas. Y cuando con ellos estábamos peleando era tanta la piedra con hondas y varas y flechas que nos tiraban, que por bien que ibamos armados todos los más soldados nos descalabraban, y quedábamos heridos, y hasta que la noche nos despartía no dejábamos la pelea y combate.

Pues quiero decir el mudarse de escuadrones con sus divisas e insignias de Ls armas que de los mexicanos se remudaban de rato en rato; pues a los bergantines cuál los paraban de las azoteas, que les cargaban de vara y flecha y piedra, porque era más que granizo; y no lo sé aquí decir, ni habrá quien lo pueda comprender, sino los que en ello nos hallamos, que venían tanta multitud de ellas más que granizo, que de pronto cubrían la calzada. Pues ya que con tantos trabajos les ganábamos alguna puente o albarrada y la dejábamos sin guarda aquella misma noche la habían de tomar y tornar a ahondar, y ponían muy mejores defensas, y aun hacían hoyos encubiertos en el agua para que otro día cuando peleásemos y al tiempo de retraer nos embarazásemos y cayésemos en los hoyos, y pudiesen con sus canoas desbaratarnos, porque asimismo tenían aparejadas muchas canoas para ello, puestas en partes que no las viesen nuestros bergantines, para cuando nos tuviesen en aprieto en los hoyos, los unos por tierra y los otros en agua dar en nosotros, y para que nuestros bergantines no nos pudiesen venir a ayudar tenían hechas muchas estacadas en el agua encubiertas en partes, para que en ellas zabordasen; y de esta manera peleábamos cada día. Ya he dicho otras veces que los caballos muy poco aprovechaban en las calzadas, porque si arremetían o daban algún alcance a los escuadrones que con nosotros peleaban, luego se les arrojaban al agua y a unos mamparos que tenían hechos en las calzadas, donde estaban otros escuadrones de guerreros aguardando con lanzas largas de las nuestras o dalles que hablan hecho, muy más largas de las armas que tomaron cuando el gran desbarate que nos dieron en México, y con aquellas lanzas, y de grandes rociadas de flecha y vara que tiraban de la laguna, herían y mataban los caballos antes que se les hiciese a los mexicanos daño; y demás de esto, los caballeros cúvos eran no unos capitanes mexicanos que en las batallas prendimos que Guatemuz tenía pensamiento y puesto en plática con sus capitanes que procurasen en una noche o de día romper por nosotros en nuestra calzada, y que venciéndonos por aquella nuestra parte que luego eran vencidas y desbaratadas las dos calzadas donde estaba Cortés y en la donde estaba Gonzalo de Sandoval; y también tenía concertado que los nueve pueblos de la laguna y el mismo Tacuba y Escapuzalco y Tenayuca que se juntasen, y que para el día que ellos quisiesen romper y dar en nosotros que se diesen en las espaldas en la calzada, y que a las indias que nos hacían pan, que teníamos en Tacuba, y fardaje, que las llevasen de vuelo una noche. Y como esto alcanzamos a saber, apercibimos a los de a caballo que estaban en Tacuba que toda la noche velasen y estuviesen alerta, y también nuestros amigos los tlaxcaltecas. Y así como Guatemuz lo tenía concertado lo puso por obra, que vinieron grandes escuadrones, unas noches nos venían a romper y dar guerra a medianoche, y otras a la modorra, y otras al cuarto del alba, y venían algunas veces sin hacer rumor, y otras con grandes alaridos y silbos, y cuando llegaban adonde estábamos velando la noche, la vara y piedra y flecha que tiraban, y otros muchos con lanzas, y puesto que herían alguno de nosotros, como les resistimos volvían muchos heridos, y otros muchos guerreros que vinieron a dar en nuestro fardaje, los de a caballo y tlaxcaltecas los desbarataron. porque como era de noche no aguardaban mucho. Y de esta manera que he dicho velábamos, que ni porque lloviese, ni vientos ni fríos, y aunque estábamos metidos en medio de grandes lodos, y heridos, allí habíamos de estar; y aun esa miseria de tortillas y yerbas que habíamos de comer o tunas, sobre la obra del batallar, como dicen los oficiales, había de ser.

Pues con todos estos recaudos que poníamos nos tornaban a abrir la puente o calzada que les habíamos ganado, que no se les podía defender de noche que no lo hiciesen; y otro día se la tornábamos a ganar y cegar, y ellos a tornarla a abrir y hacer más fuerte con mamparos, hasta que los mexicanos mudaron otra manera de pelear, la cual diré en su coyuntura. Y dejemos de hablar en tantas batallas como cada día teníamos, y otro tanto en el real de Cortés, y en el de Sandoval, y digamos que qué aprovechaba haberles quitado el agua de Chapultepec ni menos aprovechaba haberles vedado que por las tres calzadas no les entrase bastimento, ni agua, ni tampoco aprovechaban nuestros bergantines estándose en nuestros reales, no sirviendo más de cuando peleábamos hacernos espaldas de los guerreros de las canoas y de los que peleaban de las azoteas; porque los mexicanos metiap mucha agua y bastimentos de los nueve pueblos que estaban poblados en el agua, porque en canoas les proveían de noche, y de otros pueblos sus amigos de maíz y gallinas y todo lo que querían. Y para evitar que no les entrase esto, fué acordado por todos los tres reales que dos bergantines anduviesen de noche por la laguna, a dar caza a las canoas que venían cargadas con bastimentos y todas las canoas que se les pudiese quebrar o traer a nuestros reales que se les tomase; y hecho este concierto, fué bueno, puesto que para pelear y guardarnos hacían falta de noche los dichos bergantines, mas hicieron mucho provecho en quitar que no entrasen bastimentos y agua, y aun con todo esto no dejaban de ir muchas canoas cargadas de ello; y como los mexicanos andaban descuidados en sus canoas metiendo bastimento, no había día que no traían los bergantines que andaban en su busca presa de canoas y muchos indios colgados de las entenas.

Dejemos esto, y digamos el ardid que los mexicanos tuvieron para tomar nuestros bergantines y matar los que en ellos andaban; es de esta manera: que como he dicho, cada noche y en las mañanas les iban a buscar por la laguna sus canoas y las trastornaban con los bergantines y prendían muchas de ellas, acordaron de armar treinta piraguas, que son canoas muy grandes, con muy buenos remeros y guerreros, y de noche se metieron todas treinta entre unos carrizales en parte que los bergantines no las pudiesen ver, y cubiertas de ramas; echaban de antenoche dos o tres canoas como que llevaban bastimentos o metían agua, y con buenos remeros; y en parte que les parecía a los mexicanos que los bergantines habían 3e correr cuando con ellos peleasen habían hincado muchos maderos gruesos hechos estacadas para que en ello zabordasen; pues como iban las canoas por la laguna mostrando señal de temerosos, arrimadas a los carrizales, salen dos de nuestros bergantines tras ellas, y las dos canoas hacen que se van retrayendo a tierra a la parte que estaban las treinta piraguas en celada, y los bergantines siguiéndolos, y ya que llegaban a la celada, salen todas las piraguas juntas y dan tras los bergantines, que de presto hirieron a todos los soldados y remeros, y capitanes, y no podían ir a una parte ni a otra, por las estacadas que les tenían puestas, por manera que mataron al un capitán que se decía fulano de Portilla, gentil soldado que había sido en Italia, e hirieron a Pedro Barba, que fué muy buen capitán, y desde allí a tres días murió de las heridas, y tomaron el bergantin. Estos dos bergantines eran de los del real de Cortés, de lo cual recibió gran pesar, mas desde a pocos días se lo pagaron muy bien con otras celadas que echaron, lo cual diré en su tiempo.

Y dejemos ahora de hablar de ellos, y digamos cómo en el real de Cortés y en el de Gonzalo de Sandoval siempre tenían muy grandes combates, y muy mayores en el de Cortés, porque mandaba derrocar y quemar casas y cegar puente, y todo lo que ganaba cada día lo cegaba, y envía a mandar a Pedro de Alvarado que mirase que no pasásemos puente ni abertura de la calzada sin que primero lo tuviese cegado, y que no quedase casa que no se derrocase y se pusiese fuego; y con los adobes y maderas de las casas que derrocásemos cegábamos los pasos y aberturas de las puentes, y nuestros amigos de Tlaxcala que nos ayudaban en toda la guerra muy como varones. Dejemos esto, y digamos que como los mexicanos vieron que todas las casas las allanábamos por el suelo, y que las puentes y aberturas los cegábamos, acordaron de pelear de otra manera, y fué que abrieron una puente y zanja muy ancha y honda que nos daba el agua, cuando la pasábamos, a partes que no le hallábamos pie, y tenían en ella hechos muchos hoyos, que no los podíamos ver, dentro en el agua, y unos mamparos y albarradas, así la una parte como de la otra de aquella abertura, y tenían hechas muchas estacadas con maderos gruesos en partes que nuestros bergantines zabordasen si nos viniesen a socorrer cuando estuviésemos peleando sobre tomarles aquella fuerza. porque bien entendían que la primera cosa que habíamos de hacer era deshacerles la albarrada, y pasar aquella abertura de agua para entrarles en la ciudad; y asimismo tenían aparejadas en partes escondidas muchas canoas bien armadas de guerreros y buenos remeros. Y un domingo de mañana comenzaron de venir por tres partes grandes escuadrones de guerreros, y nos acometen de tal manera que tuvimos bien que sustentarnos no nos desbaratasen. Ya en aquella sazón había mandado Pedro de Alvarado que la mitad de los de a caballo que solían estar en Tacuba durmiesen en la calzada. porque no tenían tanto riesgo como al principio, como ya no había azoteas y todas las más casas derrocadas, y podían correr por algunas partes de las calzadas sin que de las canoas y azoteas les pudiesen herir los caballos. Y volvamos a nuestro propósito: y es que de aquellos tres escuadrones que vinieron muy bravosos, los unos por una parte donde estaba la gran abertura en el agua, y los otros por unas casas de las que habíamos derrotado, y el otro escuadrón nos había tomado las espaldas de la parte de Tacuba, y estábamos como cercados, y los de a caballo con nuestros amigos los de Tlaxcala rompieron por los escuadrones que nos habían tomado las espaldas, y todos nosotros nos estuvimos peleando muy valerosamente con los otros dos escuadrones hasta hacerles retraer; mas era fingida aquella muestra que hacían que huían, y les ganamos la primera albarrada, y a la otra albarrada donde se hicieron fuertes también la desmampararon, y nosotros, creyendo que llevábamos victoria, pasamos aquella agua a vuelapié, y por donde la pasamos no había ningunos hoyos, y vamos siguiendo el alcance entre unas grandes casas y torres de adoratorios, y los contrarios hacían que todavía se retraían, y no dejaban de tirar vara y piedra con hondas y muchas flechas; y cuando no nos catamos tenían encubiertos en parte que no los podíamos ver tanta multitud de guerreros que nos salen al encuentro, y otros muchos desde las azoteas y de las casas, y los que primero hacían que se iban retrayendo vuelven sobre nosotros todos a una y nos dan tal mano, que no les podíamos sustentar: y acordamos de volvernos retrayendo con gran concierto; y tenían aparejados en el agua y abertura que les habíamos ganado tanta flota de canoas en la parte por donde habíamos primero pasado, donde no había hoyos, porque no pudiésemos pasar por aquel paso, que nos hicieron ir a pasar por otra parte adonde he dicho que estaba muy más honda el agua, y tenían hechos muchos hoyos: y como venían contra nosotros tanta multitud de guerreros y nos veníamos retrayendo, pasábamos el agua a nado y a vuelapié, y caíamos todos los más soldados en los hoyos; entonces acudieron las canoas sobre nosotros, y allí apañaron los mexicanos cinco de nuestros compañeros, y vivos los llevaron a Guatemuz, e hirieron a todos los más; pues los bergantines que aguardábamos no podían venir, porque todos estaban zabordados en las estacadas que les tenían puestas, y con las canoas y azoteas les dieron buena mano de vara y flecha, y mataron dos soldados remeros, e hirieron a muchos de los nuestros.

Y volvamos a los hoyos y abertura. Digo que fué maravilla cómo no nos mataon a todos en ellos; de mí digo que ya me habían echado mano muchos indios, y tuve manera para desembarazar el brazo, y nuestro Señor Jesucristo, que me dió esfuerzo para que a buenas estocadas que les di me salvé, y bien herido en un brazo; y desde que me vi fuera de aquella agua en parte seguro me quedé sin sentido sin poderme sostener en mis pies y sin huelgo ninguno, y esto le causó la gran fuerza que puse para escabullirme de aquella gentecilla y de la mucha sangre que me salió, y digo que cuando me tenían engarrafado, que en el pensamiento yo me encomendaba a Nuestro Señor Dios y a Nuestra Señora su bendita madre, y ponía la fuerza que he dicho, por donde me salvé. Gracias a Dios por las mercedes que me hace.

Otra cosa quiero decir, que Pedro de Alvarado y los de a caballo, como tuvieran harto en romper los escuadrones que nos venían por las espaldas de la parte de Tacuba, no pasó ninguno de ellos aquella agua ni albarradas, si no fue un solo de a caballo que había venido poco había de Castilla, y allí le mataron a él y al caballo; y como vieron que nos veníamos retrayendo, nos iban ya a socorrer con otros de a caballo, y si allá pasaran, por Fuerza habíamos de volver sobre los indios, y si volvieran, no quedara ninguno de ellos ni de los caballos ni de nosotros a vida, porque la cosa estaba de arte que cayeran en los hoyos, y había tantos guerreros, que les mataran los caballos con lanzas largas que para ello tenían, y desde las muchas azoteas que había, porque esto que pasó era en el cuerpo de la ciudad. Y con aquella victoria que tenían los mexicanos, todo aquel día, que era domingo, como dicho tengo. tornaron a venir a nuestro real otra tanta multitud de guerreros, que no nos podíamos valer, que ciertamente creyeron de desbaratarnos; y nosotros con unos tiros de bronce y buen pelear nos sostuvimos contra ellos, y con velar todas las capitanías juntas cada noche.

Dejemos esto, y digamos, como Cortés lo supo, el gran enojo que tenía; escribió luego en un bergantín a Pedro de Alvarado que mirase que en bueno ni en malo dejase un paso por cegar, y que todos los de a caballo durmiesen en las calzadas, y toda la noche estuviesen ensillados y enfrenados, y que no curásemos de pasar un paso más adelante hasta haber cegado con adobes y madera aquella gran abertura, y que tuviese buen recaudo en el real. Pues desde que vimos que por nosotros había acaecido aquel desmán, desde allí adelante procuramos de tapar y cegar aquella abertura, y aunque fue con harto trabajo y heridas que sobre ello nos daban los contrarios, y muerte de seis soldados, y en cuatro días la tuvimos cegada, y en las noches sobre ella misma velábamos todas tres capitanías, según la orden que dicho tengo.

Y quiero decir que entonces, como los mexicanos estaban jun. to a nosotros cuando velábamos, que también ellos tenían sus velas, y por cuartos se mudaban, y era de esta manera; que hacían grande lumbre, que ardía toda la noche, y los que velaban estaban apartados de la lumbre, y desde lejos no les podíamos ver, porque con la claridad de la leña que siempre ardía no podíamos ver los indios que velaban; mas bien sentíamos cuándo se remudaban y cuándo venían a atizar su leña, y muchas noches había que como llovía en aquella sazón mucho les apagaba la lumbre y la tornaban a encender, y sin hacer rumor ni hablar entre ellos palabras se entendían con unos silbidos que daban. También quiero decir que nuestros escopeteros y ballesteros tiraban al bulto piedra y saetas perdidas, y no les hacíamos mal, porque estaban en parte que aunque de noche quisiéramos ir a ellos no podíamos, con otra gran abertura de zanja bien honda que habían abierto a mano, y albarradas y mamparos que tenían; y también ellos nos tiraban a bulto mucha piedra, y vara, y flecha.

Dejemos de hablar de estas velas, y digamos cómo cada día íbamos poi nuestra calzada adelante peleando con muy buen concierto, y les ganamos la abertura que he dicho, donde velaban; y era tanta la multitud de los contrarios que contra nosotros cada día venían, y la vara y flecha y piedra que nos tiraban, que nos herían a todos, y aunque íbamos con gran concierto y bien armados, pues ya que se había pasado todo el día batallando y se venía tarde, y no era coyuntura para pasar más adelante, sino volvernos retrayendo, en aquel tiempo tenían ellos muchos escuadrones aparejados, creyendo que con la gran prisa que nos diesen, al tiempo del retraer nos pudiesen desbaratar, porque venían tan bravos como tigres, y pie con pie se juntaban con nosotros; y como aquello conocíamos de ellos, la manera que teníamos para retraernos era ésta: que la primera cosa que hacíamos era echar de la calzada a nuestros amigos los tlaxcaltecas, porque, como eran muchos, y como eran mañosos, no deseaban otra cosa sino vernos embarazados con los amigos, con grandes arremetidas que hacían por dos o tres partes para podernos tomar en medio o atajar algunos de nosotros, y con los muchos tlaxcaltecas que embarazaban no podíamos pelear a todas partes, y a esta causa les echábamos fuera de la calzada en parte que los poníamos en salvo; y desde que nos veíamos que no teníamos embarazo de ellos, nos retraíamos al real, no vueltas las espaldas, sino siempre haciéndoles rostro, unos ballesteros y escopeteros soltando y otros armando, y nuestros cuatro bergantines cada dos de los lados de las calzadas, por la laguna, defendiéndonos por las flotas de canoas y de las muchas piedras de las azoteas y casas que estaban por derrocar. Y aun con todo este concierto teníamos harto riesgo cada uno con su persona y hasta volver a los ranchos; y luego nos curábamos con aceite nuestras heridas, y apretarlas con mantas de la tierra, y cenar de las tortillas que nos traían de Tacuba, y yerbas y tunas quien lo tenía, y luego íbamos a velar a la abertura del agua, como dicho tengo, y luego otro día por la mañana a pelear, porque no podíamos hacer otra cosa, porque por muy de mañana que fuese ya estaban sobre nosotros los batallones contrarios contra nosotros, y aun llegaban a nuestro real y nos decían vituperios; y de esta manera pasábamos nuestros trabajos.

Dejemos por ahora de contar de nuestro real, que es el de Pedro de Alvarado, y volvamos al de Cortés, que siempre de noche y de día le daban combates y le mataban y herían muchos soldados, y es de la manera que a nosotros los del real de Tacuba; y siempre traía dos bergantines a dar caza de noche a las canoas que entraban en México con los bastimentos y agua. Parece ser que un bergantín prendió a dos principales que venían en una de las muchas canoas que metían bastimento, y de ellos supo Cortés que tenían en celada entre unos matorrales cuarenta piraguas y otras canoas para tomar alguno de nuestros bergantines, como hicieron la otra vez; y a aquellos dos principales que se prendieron Cortés les halagó y les dió mantas, y con muchos prometimientos que en ganando a México les daría tierras, y con nuestras lenguas doña Marina y Aguilar les preguntó que a qué parte estaban las piraguas, porque no se pusieron adonde la otra vez; y ellos señalaron el puesto y paraje que estaban, y aun avisaron que habían hincado muchas estacadas de maderos gruesos en partes para que si los bergantines fuesen huyendo de sus piraguas zabordasen, y allí los apañasen y matasen a los que iban en ellos. Y como Cortés tuvo aquel aviso, apercibió seis bergantines que aquella noche se fuesen a meter en unos carrizales apartados, obra de un cuarto de legua donde estaban las piraguas en celada, y que se cubriesen con mucha rama: y fueron a remo callado; y estuvieron toda la noche guardando; y otro día muy de mañana mandó Cortes que fuese un bergantin como que iba a dar caza a las canoas que entraban con bastimento, y mandó que fuesen los dos indios principales que se prendieron dentro en el bergantin para que mostrasen en qué parte estaban las piraguas, porque el bergantín fuese hacia allá; y asimismo los mexicanos nuestros contrarios concertaron de echar dos canoas echadizas, como la otra vez, a donde estaba su celada, como que traían bastimento para que cebase el bergantín en ir tras ellas, por manera que ellos tenían un pensamiento y los nuestros otro como el suyo de la misma manera. Y como el bergantin que echó Cortés disimulando vió a las canoas que echaron los indios para cebar el bergantín, iba tras ellas, y las dos canoas hacian que se iban huyendo a tierra adonde estaba su celada y sus piraguas; y luego nuestro bergantin hizo semblante que no osaba llegar a tierra y que se volvía retrayendo; y desde que las piraguas y otras muchas canoas le vieron que se volvía, salen tras él con gran furia y reman todo lo que podían y le iban siguiendo, y el bergantín se iba como huyendo donde estaban los otros seis bergantines en celada, y todavía las piraguas siguiéndole; y en aquel instante soltaron una escopeta, que era la señal cuándo habían de salir nuestros bergantines; y desde que oyeron la señal, salen con gran ímpetu y dieron sobre las piraguas y canoas, que trastornaron, y mataron y prendieron muchos guerreros; y también el bergantín que echásemos en celada, que iba ya algo a lo largo, vuelve a ayudar a sus compañeros, por manera que se llevó buena presa de prisioneros y canoas, y desde allí adelante no osaban los mexicanos echar más celadas, ni se atrevían a meter bastimentos ni agua tan a ojos vistas como solían. Y de esta manera pasaba la guerra de los bergantines en la laguna y nuestras batallas en las calzadas.

Y digamos ahora cómo vieron los pueblos que estaban en la laguna poblados, que ya los he nombrado otras veces, que cada día teníamos victoria, así por el agua como por tierra, y vieron ve, pían a nuestra amistad así los de Chalco y Tezcuco y Tlaxcala y otras poblazones, y con todo los hacíamos mucha guerra y mal daño en sus pueblos, y les cautivábamos muchos indios e indias, parece ser se juntaron todos y acordaron de venir de paz ante Cortés, y con mucha humildad le demandaron perdón si en algo nos habían enojado, y dijeron que eran mandados y que no podían hacer otra cosa; y Cortés holgó mucho de verlos venir de aquella manera, y aun desde que lo supimos en nuestro real de Pedro de Alvarado y en el de Sandoval nos alegramos todos los soldados. Y volviendo a nuestra plática, Cortés, con buen semblante y con muchos halagos, les perdonó y les dijo que eran dignos de gran castigo por haber ayudado a los mexicanos. Y los pueblos que vinieron fueron: Iztapalapa, Vichilobusco, Culuacán y Mezquique, y todos los de la laguna y agua dulce; y les dijo Cortes que no habíamos de alzar real hasta que los mexicanos viniesen de paz o por guerra los acabase, y les mandó que en todo nos ayudasen con todas las canoas que tuviesen para combatir a México, y que viniesen a hacer sus ranchos de Cortés y trajesen comida; lo cual dijeron que así lo harían, e hicieron los ranchos de Cortés, y no traían comida, sino muy poca y de mala gana. Nuestros ranchos donde estaba Pedro de Alvarado nunca se hicieron, que así nos estábamos al agua, porque ya saben los que en esta tierra han estado que por junio, julio y agosto son en estas partes cotidianamente las aguas.

Dejemos esto, y volvamos a nuestra calzada y a los combates que cada día dábamos a los mexicanos, y cómo les íbamos ganando muchas torres de ídolos y casas. y otras aberturas y zanjas y puentes que de casa a casa tenían hechos, y todo lo cegábamos con adobes y la madera de las casas que deshacíamos y derrocábamos y aun sobre ellas velábamos, y aun con toda esta diligencia que poníamos lo tornaron a hondar y ensanchar y ponían más albarradas; y porque entre todas nuestras tres capitanías teníamos por deshonra que unos batallásemos e hiciésemos rostro a los escuadrones mexicanos y otros estuviesen cegando los pasos y aberturas y puentes, y por excusar diferencias sobre los que habíamos de batallar o cegar aberturas, mando Pedro de Alvarado que una capitanía tuviese cargo de cegar y entender en la obra un día y las dos capitanías batallasen e hiciesen rostro contra los enemigos. y esto había de ser por rueda, un día unos y luego otro día otra capitanía, hasta que por todas tres capitanías volviese la andana y rueda; y con esta orden no quedaba cosa que les ganábamos que no dábamos con ella en el suelo, y nuestros amigos los tlaxcaltecas que nos ayudaban. y así les íbamos entrando en su ciudad; mas al tiempo de retraer todas tres capitanías habíamos de pelear juntos, porque entonces era donde corríamos mucho peligro, y como otra vez he dicho, primero hacíamos salir de las calzadas todos los tlaxcaltecas, porque cierto era demasiado embarazo para cuando peleábamos.

Dejemos de hablar de nuestro real y volvamos al de Cortés y al de Sandoval, que a la contina, así de día como de noche, tenían sobre sí muchos contrarios por tierra y flotas de canoas por la laguna, y siempre les daban guerra, y no les podían apartar de sí; pues en lo de Cortés, por ganarles una puente y abra muy honda, y era mala de ganar, y en ella tenían los mexicanos muchos mamparos y albarradas que no se podían pasar sino a nado, y ya que se pusiesen a pasarla, estábanle aguardando muchos guerreros con flechas y piedra con hondas, y varas y macanas y espadas de a dos manos, y lanzas hechas como dalles y engastadas de las espadas que nos tomaron, y la laguna llena de canoas de guerra; y había junto a las albarradas muchas azoteas, y de ellas le daban muchas pedradas, y los bergantines no les podían ayudar por las estacadas que tenían puestas, y sobre ganarles esta fuerza y puente y abertura pasaron los de Cortés mucho trabajo, y le mataron cuatro soldados en el combate, porque le hirieron sobre treinta soldados, y como era ya tarde cuando lo acabaron de ganar, no tuvieron tiempo de cegarla, y sc volvieron retrayendo con gran trabajo y peligro y con más de treinta soldados heridos y muchos más tlaxcaltecas descalabrados.

Dejemos esto, y digamos otra manera que Guatemuz mandó pelear a sus capitanías, y mando apercibir todos sus poderes; y es que como para otro día era la fiesta del Señor San Juan de junio, que entonces se cumplía un año puntualmente que habíamos entrado en México, cuando el socorro de Pedro de Alvarado y nos desbarataron, según dicho tengo en el capítulo que de ello habla, parece ser tenían cuenta de ello, Guatemuz mandó que en todos tres reales nos diesen toda la guerra con la mayor fuerza que pudiesen, con todos sus poderes, así por tierra como con las canoas por el agua, y manda que fuese de noche al cuarto de la modorra, y porque los bergantines no nos pudiesen ayudar, en todas las más partes del agua de la laguna tenían hechas estacadas para que en ellas zabordasen; y vinieron con tanta furia e ímpetu, que si no fuera por los que velábamos juntos, que éramos sobre ciento veinte soldados, y acostumbrados a pelear, nos entraran en el real, y corríamos harto riesgo; y con gran concierto les resistimos; y allí hirieron a quince de los nuestros, y dos murieron de ahí a ocho días de las heridas. Pues en el real de Cortés también les pusieron en gran aprieto y trabajo, y hubo muchos muertos y heridos, y en lo de Sandoval por el consiguiente. Y de esta manera vinieron dos noches arreo, y también en aquellos reencuentros quedaron muchos mexicanos muertos y muchos más heridos.

Y como Guatemuz y sus capitanes y papas vieron que no aprovechaba nada la guerra que dieron aquellas dos noches, acordaron que con todos sus poderes juntos viniesen al cuarto del alba y diesen en nuestro real, que se dice el de Tacuba; y vinieron tan bravosos, que nos cercaron por dos partes, y aun nos tenían medio desbaratados y atajados, y quiso Nuestro Señor Jesucristo darnos esfuerzo que nos tornamos a hacer un cuerpo y nos mamparamos algo con los bergantines, y a buenas estocadas y cuchilladas, que andábamos pie con pie, les apartamos algo de nosotros, y los de caballo no estaban de balde, pues los ballesteros y escopeteros hacían lo que podían, que harto tuvieron que romper en otros escuadrones, que ya nos tenían tomadas las espaldas. Y en aquella batalla mataron a ocho e hirieron muchos de nuestros soldados, y aun a Pedro de Alvarado le descalabraron: y si nuestros amigos los tlaxcaltecas durmieran aquella noche en la calzada, corríamos gran riesgo con el embarazo que ellos nos pusieran, como eran muchos; mas la experiencia de lo pasado nos hacía que luego los echásemos fuera de la calzada, y se fuesen a Tacuba, y quedábamos sin cuidado. Tornemos a nuestra batalla, que matamos muchos mexicanos y se prendieron cuatro personas principales. Bien tengo entendido que los curiosos lectores se hartarán de ver cada día tantos combates. y no se puede menos hacer, porque noventa y tres días que estuvimos sobre esta tan fuerte y gran ciudad, cada día y de noche teníamos guerra y combates: por esta causa los hemos de recitar muchas veces cómo y cuándo y de qué manera pasaban, y no los pongo por capítulos de lo que cada día hacíamos porque me pareció que era gran prolijidad, y era cosa para nunca acabar, y parecería a los libros de Amadís o Caballerías; y porque de aquí adelante no me quiero detener en contar tantas batallas y reencuentros que cada día pasábamos, lo diré lo más breve que pueda.

DE LA MANERA QUE PELEAMOS, Y DE MUCHAS BATALLAS QUE LOS MEXICANOS NOS DABAN, Y LAS PLATICAS QUE ION ELLOS TUVIMOS, Y DE COMO NUESTROS AMIGOS SE NOS FUERON A SUS PUEBLOS Y DE OTRAS COSAS MAS

LA MANERA QUE TENIAMOS en todos tres reales de pelear, es ésta: que velábamos cada noche todos los soldados juntos en las calzadas, y nuestros bergantines a los lados, y los de a caballo rondando la mitad de ellos en lo de Tacuba, adonde nos hacían pan y teníamos nuestro fardaje, y la otra mitad en las puentes y calzada, y muy de mañana aparejábamos los puños para batallar con los contrarios, que nos venían a entrar en nuestro real y procuraban de desbaratarnos. Y otro tanto hacían en el real de Cortés y en el de Sandoval, y esto no fué sino cinco días, porque luego tomamos otra orden, lo cual diré adelante.

Y digamos ahora cómo los mexicanos cada noche hacían grandes sacrificios y fiestas en el cu mayor de Tatelulco, y tañían su maldito tambor y otras trompas y atabales y caracoles, y daban muchos gritos y alaridos, y tenían toda la noche grandes luminarias de mucha leña encendida; y entonces sacrificaban de nuestros compañeros a su maldito Uichilobos, y a Tezcatepuca y hablaban con ellos, y según ellos decían, que en la mañana o aquella misma noche parece ser, como los ídolos son malos, por engañarlos que no viniesen de paz les hacían en creyente que a todos nos habían de matar, y a los tlaxcaltecas y a todos los más que fuesen en nuestra ayuda: y como nuestros amigos lo oían teníanlo por muy cierto, y porque nos vieron desbaratados y no batallábamos como solía mos. Dejemos estas pláticas, que eran de sus malditos ídolos, y digamos cómo en la mañana venían muchas capitaalas juntas a cercarnos y dar guerra, y se remudaban de rato en rato, unos de unas divisas y penachos y señales, y venían otros de otras libreas, y entonces cuando estábamos peleando con ellos nos decían muchas palabras, llamándonos de apocados y que no éramos buenos para cosa ninguna, ni para hacer casas ni maizales, y que no éramos sino para venirles a robar su ciudad, como gente mala que habíamos venido huyendo de nuestra tierra y de nuestro rey y señor, y esto decían por lo que Narváez les había enviado a heridos, y nos habían muerto muchos de los nuestros, y que de ellos mismos faltaban más de mil y doscientos, y que temieron no nos matasen a todos, y también porque Xicotenga el Mozo, el que mandó ahorcar Cortés en los términos de Tezcuco, siempre que les decía que sabía por sus adivinanzas que a todos nos habían de matar y que no quedaría ningún tlaxcalteca de ellos a vida, y por estas causas se fueron.

Y puesto que Cortés en lo secreto mostró pesar de ello, mas con rostro alegre les dijo que no tuviesen miedo, y que aquello que los mexicanos les decían que era mentira, y por desmayarlos, y tantas cosas de prometimientos les dijo, con palabras amorosas, que les esforzó a estar con él, y otro tanto dijimos a Chichimecatecle, y a los dos mancebos Xicotengas; y en aquellas pláticas que Cortés decía a Estesuchel, que ya he dicho que se dijo don Carlos, como era de suyo señor y esforzado, dijo a Cortés: "Señor Malinche, no recibas penas por no batallar cada día con los mexicanos; sana de tu pierna, toma mi consejo, y es que te estés algunos días en tu real, y otro tanto manda a Tonatio, (que era Pedro de Alvarado, que así le llamaban), que se esté en el suyo, y a Sandoval en Tepeaquilla, y con los bergantines anden cada noche, y de día, a quitar y defender que no les entren bastimentos ni agua, porque están dentro de esta ciudad tantos mil xiquipiles de guerreros, que por fuerza comerán el bastimento que tienen, y el agua que ahora beben es media salobre, de unas fuentes que tienen hechas, y como llueve cada día, y algunas noches recogen el agua, de ello se sustentan; mas qué pueden hacer si les quitas la comida y el agua, sino que es más que guerra la que tendrían con la hambre y sed".

Y como Cortés aquello entendió, le echó los brazos encima y le dió gracias por ello, y con prometimiento que le daría pueblos, y este consejo ya lo habíamos puesto en pláticas muchos soldados; mas somos de tal calidad, que no queríamos aguardar tanto tiempo, sino entrarles en la ciudad. Y desde que Cortés lo hubo muy bien considerado, lo que el cacique dijo, puesto que ya se lo habíamos enviado a decir por nuestra parte, y sus capitanes y soldados se lo decían por otra, mandó a dos bergantines que fuesen a nuestro real y al de Sandoval a decirnos que nos manda que estuviésemos otros tres días sin irles entrando en la ciudad. Y como en aquella sazón los mexicanos estaban victoriosos, no osábamos enviar un bergantín solo, y por esta causa envió dos.

Y una cosa nos ayudó mucho, y es que ya osaban todos nuestros bergantines romper las estacadas que los mexicanos les habían hecho en la laguna para que zabordasen, y es de esta manera: que remaban con gran fuerza, y para que mejor furia trajere el remar, tomaban desde algo atrás, y si hacía viento con las velas y remos muy mejor, y así eran señores de la laguna, y aun de muchas partes de las casas que estaban apartadas de la ciudad; y los mexicanos que aquello vieron, se les quebró algo su braveza. Dejemos esto y volvamos a nuestras batallas, y es que, pues que no teníamos amigos, comenzamos a cegar y tapar la gran abertura que he dicho otras veces que estaba junto a nuestro real, con la primera capitanía, que venía la rueda de acarrear adobes y madera, y cegar, lo poníamos muy por la obra y con grandes trabajos, y las otras dos capitanías batallábamos; ya he dicho otra vez que así lo teníamos concertado y había de andar por rueda; y en cuatro días que todos trabajamos en ella la teníamos cegada y allanada. Y otro tanto hacía Cortés en su real, y tenía el mismo concierto, y aun él en persona estaba trabajando y llevando adobes y madera hasta que quedaban seguras las puertas y calzadas y aberturas, por tenerlo seguro al retraer, y Sandoval ni más ni menos en el suyo, y nuestros bergantines, junto a nosotros, sin temer estacadas, y de esta manera les fuimos entrando poco a poco.

Volvamos a los grandes escuadrones que a la confina nos daban guerra, y muy bravosos y victoriosos se venían a juntar pie con pie con nosotros, y de cuando en cuando cómo se mudaban unos escuadrones y venían otros; pues digamos la grita y alaridos que traían, y en aquel instante el resonido de la cornetilla de Guatemuz, y entonces apechugaban de tal arte con nosotros, que no nos aprovechaban cuchilladas ni estocadas que les dábamos, y nos venían a echar mano; y como después de Dios nuestro buen pelear nos había de valer, teníamos muy reciamente contra ellos hasta que con las escopetas y ballestas y arremetidas de los de a caballo, que estaban a la cantina con nosotros la mitad de ellos, y con nuestros bergantines, que no temían ya las estacadas, les hacíamos estar a raya, y poco a poco les fuimos entrando, y de esta manera batallábamos hasta cerca de la noche, que era hora de retraer.

Pues ya que nos retraíamos ya he dicho otras muchas veces que había de ser con gran concierto, porque entonces procuraban de atajarnos en la calzada, y pasos malos, y si de antes lo habían procurado, en estos días, con la victoria pasada, lo ponían muy más por la obra. Y digo que por tres partes nos tenían tomados en medio un día, mas quiso Nuestro Señor Dios que puesto que hirieron muchos de nosotros, nos tornamos a juntar y matamos y prendimos muchos contrarios, y como no teníamos amigos que echar fuera de las calzadas, y los de a caballo nos ayudaban valientemente, pues que en aquella refriega y combate les hirieron dos caballos, volvimos a nuestro real bien heridos, donde nos curamos con aceite y apretar las heridas con mantas, y comer nuestras tortillas con aji y hierbas y tunas, y luego puestos todos en la vela.

Digamos ahora lo que los mexicanos hacían de noche en sus grandes y altos cúes, y es que tañían el maldito atambor, que digo otra vez que era el más maldito sonido y más triste que se podía inventar, y sonaba en lejanas tierras, y tañían otros peores instrumentos y cosas diabólicas y tenían grandes lumbres, y daban grandísimos gritos y silbos; y en aquel instante estaban sacrificando a nuestros compañeros, de los que habían tomado a Cortés, que supimos que diez días arreo acabaron de sacrificar a todos nuestros soldados, y al postrero dejaron a Cristóbal de Guzmán que vivo tuvieron doce o trece días, según dijeron tres capitanes mexicanos que prendimos; y cuando los sacrificaban, entonces hablaba su Üichilobos, con ellos y les prometía victoria, y que habíamos de ser muertos a sus manos antes de ocho días, y que nos diesen buenas guerras, y aunque en ellas muriesen muchos, y de esta manera los traía engañados. Dejemos de sus sacrificios y volvamos a decir que desde que otro día amanecía ya estaban sobre nosotros todos los mayores poderes que Guatemuz podia juntar, y como teníamos cegada la abertura y calzada y puente y la podían pasar en seco, mi fe, ellos tenían atrevimiento a venirnos a nuestros ranchos a tirar vara y piedra y flechas, que si no fuera por los tiros, que siempre con ellos les hacíamos apartar, porque Pedro Moreno Medrano, que tenía cargo de ellos, les hacía mucho daño. Y quiero decir que nos tiraban saetas de las nuestras, con ballestas, cuando tenían vivos cinco ballesteros, y a Cristóbal de Guzmán con ellos, y les hacían que armasen las ballestas y les mostrasen cómo habían de tirar, y ellos o íos mexicanos tiraban aquellos tiros como cosa perdida, y no hacían mal con ellas; y de la misma manera que nosotros, y aun más reciamente, batallaban con Cortés y Sandoval, y les tiraban saetas, puesto que no nos hacían mal, y esto sabíamoslo por saberlo los bergantines que de nuestro real iban al de Cortés y del de Cortés al nuestro y al de Sandoval, y siempre nos escribía de la manera que habíamos de batallar y todo lo que debíamos de hacer, y encomendándonos la vela, y que siempre estuviesen la mitad de los de a caballo en Tacuba guardando el fardaje y las indias que nos hacían pan; y parásemos mientes que no rompiesen por nosotros una noche, porque unos prisioneros que en el real de Cortés se prendieron le dijeron que Guatemuz decía muchas veces que diesen en nuestro real de noche, pues no había tlaxcaltecas que nos ayudasen, porque bien sabían que se nos habían ido ya todos los amigos, y ya he dicho muchas veces que poníamos diligencia en velar.

Dejemos esto, y digamos que cada día teníamos muy recios combates y no dejábamos de irles ganando albarrradas y puentes y aberturas de agua, que como nuestros bergantines osaban ir por doquiera de la laguna y no temían a las estacadas, ayudábannos muy bien, y digamos cómo siempre andaban dos bergantines de los que tenía Cortés en su real a dar caza a las canoas que metían agua y bastimentos, y cogían en la laguna uno como medio lama que después de seco tenía un sabor de queso, y traían en los bergantines muchos indios presos.

Tornemos al real de Cortés y de Gonzalo de Sandoval, que cada día iban conquistando y ganando albarradas y calzadas y puentes, y en estos trances y batallas, después del desbarate de Cortés, se habían pasado doce o trece días. Y después que Estesuchel, hermano de don Fernando, señor de Tezcuco, vió que volvíamos muy de hecho sobre nosotros y no era verdad lo que los mexicanos decían que dentro de diez días nos habían de matar, porque así se lo habían prometido sus Uichilobos y Tezcatepuca, env;ó a decir a su hermano don Fernando que luego enviase a Cort&a todo el poder de guerreros que pudiese sacar de Tezcuco, y vinieron dentro en dos días que se lo envió a decir más de dos mil hombres de guerra. Acuérdome que vino con ellos un Pero Sánchez Farfán y Antonio de Villarroel, marido que fue de Isabel de Ojeda, porque estos dos soldados había dejado Cortés en aquella ciudad; Pero Sánchez Farfán era capitán, y Villarroel era ayo de don Hernando. Y cuando Cortés vió tan buen socorro se holgó mucho y les dijo palabras halagüeíias; y asimismo en aquella sazón volvieron muchos tlaxcaltecas con sus capitanes, y venía por general de ellos un cacique de Topeyanco que se decía Tepaneca, y también vinieron otros muchos indios de Guaxocingo y muy pocos de Cholula.

Y como Cortés supo que habían vuelto, mandó que todos así como venían fuesen a su real para hablarles, y primero que fuesen les mandó poner guardas de guerra de nuestros soldados en el camino para defenderlos porque si saliesen mexicanos a darles guerra; y desde que fueron delante de Cortés les hizo un parlamento con doña Marina y Jerónimo de Aguilar, y les dijo que bien habrán creído y tenido por cierto la buena voluntad que Cortés siempre les ha tenido y tiene, así por haber servido a Su Majestad como por las buenas obras que de ellos hemos recibido, y que si los mandó desde que venimos a aquella ciudad venir con nosotros a destruir a los mexicanos, que su intento fue porque se aprovechasen y volviesen ricos a sus tierras y se vengasen de sus enemigos, y no para que por su sola mano hubiésemos de ganar aquella gran ciudad, y puesto que siempre les ha hallado buenos y en todo nos han ayudado, que bien habrán visto que cada día les mandábamos salir de las calzadas por que nosotros estuviésemos más desembarazados sin ellos para pelear, y que ya les había dicho y amonestado otras veces que el que nos da victorias y en todo somos ayudados es nuestro Señor Jesucristo, en quien creemos y adoramos, porque se fueron al mejor tiempo de la guerra eran dignos de muerte, pon dejar sus capitanes peleando y desampararlos, y porque ellos no saben nuestras leyes y ordenanzas que les perdona, y que porque mejor lo entiendan, que mirasen que estando sin ellos íbamos derrocando casas y ganando albarradas; que desde allí adelante manda que no maten ningunos mexicanos, porque les quiere tomar de paz.

Y después que les hubo dicho este razonamiento, abrazó a Chichimecatecle y a los dos mancebos Xicotengas y a Estesuchel, hermano de don Hernando, y les prometió que les daría tierra y vasallos más de los que tenían, teniéndoles en mucho a los que quedaron en nuestro real, y asimismo habló muy bien a Tecapaneca, señor de Topeyanco, y a los caciques de Guaxocingo y Cholula, que solían estar en el real de Sandoval; y desde que les hubo platicado lo que dicho tengo, cada uno mandó que se fuese a su real.

Y volvamos a nuestras grandes guerras y combates que siempre herían a muchos de nuestros soldados, y dejaré de contar muy por extenso todo lo que pasaba; y quiero decir cómo en aquellos días llovía en las tardes, que nos holgábamos que viniese el aguacero temprano, porque como se mojaban los contrarios no peleaban tan bravosamente y nos dejaban retraer en salvo, y de esta manera teníamos algún descanso, y porque yo estoy harto de escribir batallas, y más cansado y herido estaba de hallarme en ellas, y a los lectores les parecerá prolijidad recitarles tantas veces, ya he dicho que no puede ser menos, porque en noventa y tres días siempre batallamos a la contina; mas desde aquí adelante si lo pudiese excusar, no lo traeré tanto a la memoria en esta relación. Volvamos a nuestro cuento. Y como en todos tres reales les íbamos entrando en su ciudad, Cortés por su parte y Sandoval por la suya y Pedro de Alvarado por la nuestra, llegamos adonde tenian la fuente, que ya he dicho otra vez que bebían el agua salobre, la cual quebramos y deshicimos porque no se aprovechasen de ella, y estaban guardándola muchos mexicanos, y tuvimos buena refriega de vara y piedra y flecha, y muchas lanzas largas con que aguardaban a los caballos, porque ya por todas partes de las calles que habíamos ganado andábamos, porque estaba llena y sin agua y aberturas y podían correr muy gentilmente. Dejemos de hablar en esto, y digamos cómo Cortés envió a Guatemuz mensajeros rogándole por la paz, y fué de la manera que diré adelante.

COMO CORTES ENVIO TRES PRINCIPALES MEXICANOS QUE SE HABÍAN PRENDIDO EN LAS BATALLAS PASADAS A ROGAR A GUATEMUZ QUE TUVIESEMOS PACES. Y LO QUE GUATEMUZ RESPONDIO, Y DE OTRAS COSAS QUE PASARON

DESPUES QUE CORTES vió que íbamos ganando en la ciudad muchas puentes y calzadas y al barradas, y derrocando casas, como tenia presos tres principales personas, que eran capitanes de México, les mandó que fuesen a hablar a Guate muz para que tuviese paces con nosotros, y los principales dijeron que no osarían ir con tal mensaje, porque su señor Guatemuz les mandaria matar; en fin de palabras, tanto se lo rogó Cortés, y con promesas que les hizo y mantas que les die), fueron, y lo que mandó que dijesen a Guatemuz fué que porque le quiere bien, por ser deudo tan cercano del gran Montezuma, su amigo, y casado con su hija, y porque ha mancilla que aquella gran ciudad, porque no se acabe de destruir, y por excusar la gran matanza que cada día se hacía en sus vecinos y forasteros, que le ruega que vengan de paz, y que en nombre de Su Majestad les perdonará todas las muertes y daños que nos han hecho y les hará muchas mercedes, y que tengan consideración a que ya se lo ha enviado a decir cuatro veces, y que él, como mancebo, y por sus consejeros, y la más principal causa por sus malditos ídolos y papas, que le aconsejan mal no ha querido venir sino darnos guerra; y pues que ya ha visto tantas muertes como en las batallas que nos dan les ha venido, y tenemos de nuestra parte todas las ciudades y pueblos de toda aquella comarca, y que cada día nuevamente vienen más contra ellos, que se conduela de tal perdimiento de sus vasallos y ciudad; y también les envió a decir que sabíamos que se les habían acabado loo mantenimientos y que agua no la tenían, y otras muchas palabras bien dichas.

Y los tres principales lo entendieron muy bien por nuestras lenguas y demandaron a Cortés una carta, y ésta no porque la entendían, sino que ya sabían claramente que cuando enviábamos alguna mensajería o cosas que les mandábamos, era un papel de aquellos que llaman amales, señal como mandamiento. Y desde que los tres mensajeros parecieron ante su señor Guatemuz, con grandes lágrimas y sollozando le dijeron lo que Cortés les mandó, y Guatemuz después que los oyó, y sus capitanes que juntamente con él estaban, según supimos, que al principio recibió pasión de que tuviesen atrevimiento de venirles con aquellas pláticas; mas como Guatemuz era mancebo y muy gentil hombre para ser indio, y de buena disposición y rostro alegre, y aun la color tenia algo más que tiraba a blanco que a matiz de indios, que era de obra de veinticinco o veintiséis años, y era casado con una muy hermosa mujer, hija del gran Montezuma, su tío, y según después alcanzamos a saber, tenía voluntad de hacer paces, y para platicarlo mandó juntar todos sus principales y capitanes y papas de los ídolos, y les dijo que él tenia voluntad de no tener guerra con Malinche, y todos nosotros, y la plática que sobre ello les puso fué que ya había probado todo lo que se puede hacer sobre la guerra, y mudado muchas maneras de pelear, y que somos de tal manera que cuando pensaba que nos tenía vencidos, que entonces volvíamos muy más reciamente sobre ellos, y que al presente sabia los grandes poderes de amigos que nuevamente nos habían venido, y que todas las ciudades eran contra ellos; y que ya los bergantines les habían roto sus estacadas, y los caballos corrían a rienda suelta por todas las calles de su ciudad, y les puso por delante otras muchas desventuras que tenían sobre los mantenimientos y agua; que les rogaba o mandaba que cada uno de ellos diesen su parecer, y los papas también dijesen el suyo y lo que sus dioses Üichilobos y Tezcatepuca les han oído hablar y prometido; que ninguno tuviese temor de decir la verdad de lo que sentían; y, según pareció, le dijeron: "Señor y nuestro gran señor: ya te tenemos por nuestro rey, y es muy bien empleado en ti el reinado, pues en todas tus cosas te has mostrado varón y te viene de derecho el reino; las paces que dices buenas son, mas mira y piensa en ello: desde que estos teules entraron en estas tierras y en esta ciudad cuál nos ha ido de mal en peor; mira los servicios y dádivas que les dio nuestro señor, vuestro tío el gran Montezuma, en qué paró; pues vuestro primo Cacamatzin, rey de Tezcuco por el consiguiente; pues vuestros parientes los señores de Iztapalapa y Coyoacán, y de Tacuba y de Talatzingo, qué se hicieron; pues los hijos de nuestro gran Montezuma todos murieron; pues oro y riquezas de esta ciudad, todo se ha consumido; pues ya veis que a todos tus súbditos y vasallos de Tepeaca y Chalco, y aun de Tezcuco, y todas vuestras ciudades y pueblos les han hecho esclavos y señalado las carnes; mira primero lo que nuestros dioses te han prometido, toma buen consejo sobre ello y no te fíes de Malinche y de sus palabras halagüeñas que todo es mentiras y maldades, que más vale que todos muramos en esta ciudad peleando que no vernos en poder de quien nos haría esclavos y nos atormentarán por oro".

Y los papas también en aquel instante le dijeron que sus ídolos les habían prometido victoria tres noches arreo cuando sacrificaban. Y entonces el Guatemuz, medio enojado, dijo: "Pues que así queréis que sea, guardad mucho el maíz y bastimento que tenemos y muramos todos peleando, y desde aquí adelante ninguno sea osado a demandarme paces; si no, yo le mandaré matar". Y allí todos prometieron de pelear noches y días o morir en defensa de su ciudad. Pues ya esto acordado, tuvieron trato con los de Xochimilco y otros pueblos que les metiesen agua en canoas, de noche, y abrieron otras fuentes en partes que tenían agua, aunque salobre. Dejemos ya de hablar en este su concierto; y digamos de Cortés y todos nosotros, que estuvimos dos días sin entrarles en su ciudad esperando la respuesta, y cuando no nos catamos vienen tantos escuadrones de indios guerreros en todos tres reales y nos dan tan recia guerra, que como leones muy bravos se venían a entrar con nosotros, que creyeron de llevarnos de vencida; esto que digo es por nuestra parte de Pedro de Alvarado, que en la de Cortés y en la de Sandoval también dijeron que les llegaron a sus reales, que no los podían defender, aunque más les mataban y herían, y cuando peleaban tocaban la corneta de Guatemuz; y entonces habíamos de tener orden en que no nos desbaratasen, porque ya he dicho otras veces se metían por las puntas de las espadas y lanzas por echarnos mano, y como va estábamos acostumbrados a los reencuentros, puesto que cada día herían y mataban de nosotros, teníamos con ellos pie con pie, y de esta manera pelearon seis o siete días arreo, y nosotros les matábamos y heriamos muchos de ellos, y con todo esto no se les daba nada por morir peleando.

Acuérdome que nos decían: "¡En qué se anda Malinche cada día que tengamos paces con vosotros! Ya nuestros ídolos nos han prometido victoria, y tenemos mucho bastimento y agua, y ninguno de vosotros hemos de dejar a vida; por eso no tornen a hablar de paces. pues las palabras son para las mujeres y las armas para los hombres"; y diciendo esto viénense a nosotros como perros dañados, todo era uno, y hasta que la noche nos despartía estábamos peleando; y luego, como dicho tengo, al retraer con gran concierto, porque nos venían siguiendo grandes capitanías de ellos y echábamos los amigos fuera de la calzada porque ya habían venido muchos más que de antes, y nos volvíamos a nuestras chozas, y luego ir a velar todos juntos, y en la vela cenábamos nuestra pobreza de quelites, que son yerbas como dicho tengo otras veces; y bien de madrugada pelear, porque no nos daban más espacio; y de esta manera estuvimos muchos días. Y estando de esta manera tuvimos otro muy malo contraste, y es que se juntaban de tres provincias, que se decían los de Mataltzingo y Malinalco y otro pueblo que se dice Tulapa que ya no se me acuerdan los nombres de los demás, que estaban obra de ocho o diez leguas de México, para venir sobre nosotros y mientras estuviésemos batallando con los mexicanos darnos en las espaldas y en nuestros reales, y que entonces saldrían los poderes mexicanos, y los unos por una parte y los otros por otra tenían pensamiento de desbaratarnos, y porque hubo otras pláticas y lo que sobre ello se hizo diré adelante.

COMO GUATEMUZ TENIA CONCERTADO CON LAS PROVINCIAS DE MATALTZINGO Y TULAPA Y MALINALCO Y OTROS PUEBLOS QUE LE VINIESEN A AYUDAR Y DIESEN EN NUESTRO REAL, QUE ES EL DE TACUBA, Y EN EL DE CORTES, Y QUE SALDRIA TODO EL PODER DE MEXICO, ENTRETANTO QUE PELEASEN CON NOSOTROS, Y NOS DARIAN POR LAS ESPALDAS, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO

PARA QUE ESTO se entienda bien ha menester volver atrás a decir que a Cortés desbarataron y le llevaron a sacrificar setenta y tantos soldados, y aun bien puedo decir setenta y ocho, porque tantos fueron después que bien se contaron, y también he dicho que Guatemuz envió las cabezas de los caballos y caras que habían desollado, y pies y manos de nuestros soldados que habían sacrificado, a muchos pueblos y a Mataltzingo y Malinalco y Tulapa, y les envió a decir que ya habían muerto más de la mitad de nuestras gentes, y que les rogaba que para que nos acabasen de matar que viniesen a ayudarle, y que darían en nuestros reales de día o de noche, y que por fuerza habíamos de pelear con ellos por defendernos; que cuando estuviésemos pelean do saldrían de México y nos darían guerra por otra parte, de manera que nos vencerían y tendrían que sacrificar muchos de nosotros a sus ídolos, y harían hartazgas con los cuerpos; de tal manera se lo envió a decir, que lo creyeron y tuvieron por cierto, y además de esto en Mataltzingo y en Tulapa tenía Guatemuz muchos parientes por parte de la madre; y como vieron las caras y cabezas de nuestros soldados, que he dicho, y lo que les envió a decir, luego lo pusieron por la obra de juntarse con todos los poderes que tenían y venir en socorro de México y de su pariente Guatemuz; y venían ya de hecho contra nosotros, y por el camino donde pasaban estaban tres pueblos nuestros amigos, y les comenzaron a dar guerra y robar las estancias y maizales, y mataron niños para sacrificar, los cuales pueblos enviaron en posta a hacérselo saber a Cortés para que les enviase ayuda y socorro.

Y de presto mandó a Andrés de Tapia, que con veinte de caballo y cien soldados y muchos amigos tlaxcaltecas los socorriesen muy bien; y así los hizo retirar a sus pueblos y se volvió al real, de que Cortés hubo mucho placer, y asimismo en aquel instante vinieron otros mensajeros de los pueblos de Cornavaca a demandar socorro, que los mismos de Mataltzingo y de Malinalco y Tulapa y otras provincias venían sobre ellos, y que enviase socorro, y para ello envió a Gonzalo de Sandoval con veinte de a caballo y ochenta soldados, los más sanos que había en todos tres reales, y yo fui con él y muchos amigos; y sabe Dios cuáles quedaban, con gran riesgo de sus personas, todos tres reales, porque todos los más estaban heridos y no tenían refrigerio ninguno; y porque hay mucho que decir en lo que hicimos en compañía de Sandoval, que desbaratamos los contrarios, se dejará de decir, más de que dimos vuelta muy de presto por socorrer a su real de Sandoval; y trajimos dos principales de Mataltzingo con nosotros y los dejamos de paz, y fue provechosa aquella entrada que hicimos: lo uno, por evitar que nuestros amigos no recibiesen más daño del recibido; lo otro, porque no viniesen a nuestros reales a darnos guerra como venían de hecho, y porque viese Guatemuz y sus capitanes que no tenían ya ayuda ni favor de aquellas provincias, y también cuando con los mexicanos estábamos peleando nos decían que nos habían de matar con ayuda de Mataltzingo y de otras provincias, y que sus idolos se lo habían prometido.

Dejemos ya de decir de la ida y socorro que hicimos con Sandoval y volvamos a decir cómo Cortés envió a Guatemuz a rogarle que viniese de paz, y que le perdonaría todo lo pasado, y le envió a decir que el rey nuestro señor le envió a mandar ahora nuevamente que no le destruyese más aquella ciudad, y que por esta causa los cinco días pasados no les había dado guerra ni entrado batallando, y que miren que ya no tienen bastimento ni agua, y más de las dos partes de su ciudad por el suelo, y que los socorros que esperaba de Mataltzingo, que se informe de aquellos dos principales que entonces le envió, cómo les ha ido en su venida, y le envió a decir otras cosas de muchos ofrecimientos; y fueron con estos dos mensajes los dos indios de Mataltzingo y seis principales mexicanos que se habían preso en las batallas pasadas. Y después que Guatemuz vió los prisioneros de Mataltzingo y le dijeron lo que había pasado, no les quiso responder cosa ninguna, mas de decirles que se vuelvan a su pueblo, y luego les mandó salir de México.

Dejemos los mensajeros, que luego salieron los mexicanos por tres partes con la mayor furia que hasta allí habíamos visto, y se vienen a nosotros, y en todos tres reales nos dieron muy recia guerra, y puesto que les heríamos y matábamos muchos de ellos, paréceme que deseaban morir peleando, y entonces cuando más recio andaban con nosotros pie con pie y nos mataron diez soldados, a los que les cortaron las cabezas y corrieron por ellos los martirios que a los demás que hablan muerto, y las traían y nos las echaban delante; entonces decían: "tlenquitoa, rey Castilla, denquitoa", quiere decir en su lengua: "LQué es lo que dice ahora el rey de Castilla?'"; y con estas palabras tirar vara y piedra y flecha, que cubría el suelo y calzada.

Dejemos esto, que ya les íbamos ganando gran parte de la ciudad, y en ellos sentíamos que puesto que peleaban muy como varones, no se remudaban ya tantos escuadrones como solían, ni abrían zanjas ni calzadas; mas otra cosa tenían más cierta: que al tiempo que nos retraíamos nos venían siguiendo hasta echarnos mano, y también quiero decir que ya se nos había acabado la pólvora en todos tres reales, y en aquel instante había venido un navío a la Villa Rica, que era de una armada de un licenciado Lucas Vázquez de Ayllán, que se perdió o desbarataron en la isla de la Florida; y el navío aportó a aquel puerto, y venían en él ciertos soldados y pólvora y ballestas, y el teniente que estaba en la Villa Rica, que se decía Rodrigo Rangel, que tenía en guarda a Narváez, envió luego a Cortés pólvora y ballestas y soldados.

Y volvamos a nuestra conquista, por abreviar: que acordó Cortés, con todos los demás capitanes y soldados, que les entrásemos cuanto más pudiésemos hasta llegarles al Tatelulco, que es la plaza mayor, donde estaban sus altos cúes y adoratorios; y Cortés, por su parte, Sandoval por la suya y nosotros por la nuestra, les íbamos ganando puentes y albarradas, y Cortés les entró hasta una plazuela donde tenían otros adoratorios y unas torrecillas. En una de aquellas casas estaban unas vigas puestas en lo alto, y en ellas muchas cabezas de nuestros españoles que habían muerto y sacrificado en las batallas pasadas, y tenían los cabellos y barbas muy crecidas, mucho mayor que cuando eran vivos, y no lo habría yo creído si no lo viera; yo conocí a tres soldados, mis compañeros, y desde que las vimos de aquella manera se nos entristecieron los corazones, y en aquella sazón se quedaron allí donde estaban, mas desde a doce días se quitaron y las pusimos aquellas y otras cabezas que tenían ofrecidas a ídolos las enterrarnos en una iglesia que hicimos, que se dice ahora los Mártires, cerca de la puente que dicen el Salto de Alvarado.

Dejemos de contar esto, y digamos cómo fuimos batallando los de la capitanía de Pedro de Alvarado, y llegamos al Tatelulco, y había tanto mexicano en guarda de sus ídolos y altos cúes, y tenían tantas albarradas, que estuvimos bien dos horas que no se lo podíamos tomar ni entrarles, y como podían ya entrarles caballos, y puesto que a todos los más nos herían, nos ayudaron muy bien y alancearon muchos mexicanos; y como habían tanto contrario en tres partes, fuimos las dos capitanías a batallar con ellos, y la capitanía de un capitán que se decía Gutierre de Badajoz mandó Pedro de Alvarado que les subiese en lo alto del cá del Huichilobos, que son ciento catorce gradas y peleó muy bien con los contrarios y muchos papas que en las casas de los adoratorios estaban. De tal manera le daban guerra los contrarios a Gutierre de Badajoz y a su capitanía, que le hacían venir diez o doce gradas abajo rodando, y luego le fuimos a socorrer y dejamos el combate en que estábamos con muchos contrarios, y yendo que íbamos nos siguieron los escuadrones con que peleábamos, y corrimos harto riesgo de nuestras vidas, y todavía les subimos sus gradas arriba, que son ciento catorce como otras veces he dicho.

Aquí había bien que decir en qué peligro nos vimos los unos y los otros en ganarles aquellas fortalezas, que ya he dicho otras muchas veces que era muy alta, y en aquellas batallas nos tornaron a herir a todos muy malamente; todavía les pusimos fuego, y se quemaron sus ídolos, y levantamos nuestras banderas y estuvimos batallando en lo llano, después de puesto fuego, hasta la noche, que no nos podíamos valer con tanto guerrero.

Dejemos de hablar en ello y digamos que como Cortés y sus capitanes vieron otro día, desde donde andaban batallando por sus partes, en otros barrios y calles lejos del alto cu, y las llamaradas que el cu mayor se ardía, que no se habían apagado, y nuestras banderas que vieron encima, se holgó mucho y se quisiera ya hallar también en él, mas no podía y aun dijeron que tuvo envidia, porque había un cuarto de legua de un cabo a otro y tenía muchas puentes y aberturas de agua por ganar, y por donde andaba le daban recia guerra y no podía entrar tan presto como quisiera en el cuerpo de la ciudad, como hicimos los de Alvarado; mas desde a cuatro días se juntó con nosotros, así Cortés como Sandoval, y podíamos ir desde un real a otro por las calles y casas derrocadas y puentes y albarradas deshechas y aberturas de agua, todo ciego; y en este instante ya se iban retrayendo Guatemuz con todos sus guerreros en una parte de la ciudad dentro en la laguna, porque las casas y palacios en que vivía ya estaban por el suelo y con todo esto no dejaban cada día de salir a darnos guerra, y al tiempo del retraer nos iban siguiendo muy mejor que de antes.

Y viendo esto Cortés, que se pasaban muchos días y no venían de paz ni tal pensamiento tenian, acordó con todos nuestros capitanes que les echásemos celadas, y fué de esta manera: que de todos tres reales nos juntamos hasta treinta de a caballo y cien soldados, los más sueltos y guerreros que conocía; Cortés envió a llamar a todos tres reales mil tlaxcaltecas, y nos metimos en unas casas grandes que habían sido de un señor de México y esto fué muy de mañana, y Cortés iba entrando con los demás de a caballo que le quedaban y sus soldados y ballesteros y escopeteros por las calles y calzadas, peleando como solía y haciendo que cegaran una abertura y puente de agua; y entonces estaban peleando con él los escuadrones mexicanos que para ello estaban aparejados, y aun muchos más que Guatemuz enviaba para guardar la puente; y luego que Cortés via que había gran número de contrarios, hizo que se retraía y mandaba echar los amigos fuera de la calzada por que creyesen que se iban retrayendo; y vanle siguiendo, al principio poco a poco, y después que vieron que de hecho hacían que iban huyendo, van tras él todos los poderes que en aquella calzada le daban guerra, y desde que Cortés vio que habían pasado algo adelante de las casas donde estaba la celada, mandó tirar dos tiros juntos, que era la señal cuándo habíamos de salir de la celada, y salen los de a caballo primero y salimos todos los soldados y dimos en ellos a placer; pues luego volvió Cortés con los suyos, y nuestros amigos los tlaxcaltecas hicieron gran daño en los contrarios, por manera que se mataron e hirieron muchos, y desde allí adelante no nos seguían al tiempo de retraer.

Y también en el real de Pedro de Alvarado les echó otra celada, mas no fué nada, y en aquel día no me hallé yo en nuestro real con Pedro de Alvarado por causa que Cortés me envió a mandar que para la celada fuese a su real.

Dejemos esto y digamos cómo ya estábamos todos en el Tatelulco, y Cortés mandó que se pasasen todas las capitanías a estar con él y allí velásemos, por causa que veníamos más de media legua desde el real a batallar, y estuvimos allí tres días sin hacer cosa que de contar sea, porque nos mandó Cortés que no les entrásemos más en la ciudad ni les derrocásemos más casas, porque les quería tornar a demandar paces. Y en aquellos días que allí estuvimos en el Tatelulco envió Cortés a Guatemuz rogándole que se diese y no hubiese miedo, y con grandes ofrecimientos que le prometía que su persona sería muy acatada y honrada de él, y que mandaría a México y todas sus tierras y ciudades como solía, y le envió bastimentos y regalos, que eran tortillas y gallinas, y cerezas, y tunas, y cacao, que no tenía otra cosa; y Guatemuz entró en Consejo con sus capitanes, y lo que le aconsejaron que se dijese que quería paz y que aguardarían tres días en dar la respuesta, y que al cabo de los tres días se verían Guatemuz y Cortés y se darían el concierto en las paces, y en aquellos tres días tendrían tiempo de saber más por entero la voluntad y respuesta de su Vichilobos, y de aderezar puentes y abrir calzadas, y adobar vara y piedra y flecha, y hacer albarradas; y envió Guatemuz cuatro mexicanos con aquella respuesta. Creíamos que eran verdaderas las paces, y Cortés les mandó dar muy bien de comer y beber a los mensajeros, y les tornó a enviar a Guatemuz, y con ellos les envió más refresco, y así como antes; y Guatemuz tornó a enviar otros mensajeros, y con ellos dos mantas ricas, y dijeron que Guatemuz vendría para cuando estaba acordado; y por no gastar más razones sobre el caso, nunca quiso venir, porque le aconsejaron que no creyese a Cortés, y poniéndole por delante el fin de su tío el gran Montezuma y sus parientes y la destrucción de todo el linaje noble mexicano, y dijese que estaba malo, y que saliesen todos de guerra, y que placería a sus dioses que les daría victoria, pues tantas veces se la habían prometido.

Pues como estábamos aguardando a Guatemuz y no venía, vimos la malicia, y en aquel instante salen tantos batallones de mexicanos con sus divisas y dan a Cortés tanta guerra, que no se podia valer, y otro tanto fué por la parte de nuestro real; pues en el de Sandoval lo mismo, y era de tal manera que parecía que entonces comenzaban de nuevo a batallar; y como estábamos algo descuidados creyendo que estaban ya de paz, hirieron a muchos de nuestros soldados, y tres murieron muy malamente de las heridas, y dos caballos; mas no se fueron mucho alabando que bien lo pagaron. Y cuando esto vió Cortés, mandó que les tornásemos a dar guerra y les entrásemos en su ciudad en la parte adonde se habían recogido; y como vieron que les íbamos ganando toda la ciudad, envió Guatemuz dos principales a decir a Cortés, que quería hablar con él desde una abertura de agua, y había de ser que Cortés de la una parte y Guatemuz de la otra, y señalaron el tiempo para otro día de mañana, y fué Cortés para hablar con él, y no quiso venir Guatemuz al puesto, sino envió principales y dijeron que su señor no osaba venir por temor que cuando estuviesen hablando le tirasen escopetas y ballestas y le matarían, y entonces Cortés les prometió con juramento que no le enojaría en cosa ninguna; y no aprovechó, que no le creyeron, y dijeron que ya conocen sus palabras.

En aquella sazón dos principales que hablaban con Cortés sacan unas tortillas de un fardalejo que traían y una pierna de gallina y cerezas, y sentáronse muy despacio a comer, y porque

Cortés lo viese y creyese que no tenían hambre; y cuando aquello vió les envió a decir que pues que no querían venir de paz, que presto les entraría en todas sus casas, y verían si tenían maíz, cuando más gallinas; y de esta manera estuvieron otros cuatro o cinco días que no les dábamos guerra, y en este instante se salían cada noche de México muchos pobres indios que no tenían qué comer y se venían a nuestro real como aburridos de la hambre, y desde que aquello vió Cortés, mandó que no les diésemos guerra, quizá se les mudaría la voluntad para venir de paz, y no venían, y aunque les enviaba a requerir con la paz.

Y en el real de Cortés estaba un soldado que decía él mismo que había estado en Italia en compañía del Gran Capitán y se halló en la chirinola de Garellano y en otras grandes batallas, y decía muchas cosas de ingenios de la guerra, y que haría un trabuco en Tatelulco con que en dos días que con él tirasen a las casas y parte de la ciudad adonde Guatemuz se había retraído, que les harían que luego se diesen de paz; y tantas cosas dijo a Cortés sobre ello, porque era muy hablador aquel soldado, que luego puso en obra hacer el trabuco, y trajeron cal y piedra y madera de la manera que la demandó el soldado, y carpinteros y clavazón y todo lo perteneciente para hacer el trabuco, e hicieron dos hondas de recias sogas y cordeles, y le trajeron grandes piedras, mayores que botijas de arroba; y ya que estaba hecho y armado el trabuco según y de la manera que el soldado dió la orden, y dijo que estaba bueno para tirar, y pusieron en la honda que estaba hecha una piedra hechiza, y lo que con ella se hizo es que fue por alto y no pasó adelante del trabuco, porque allí luego cayó adonde estaba armado, y después que aquello vió Cortés, hubo enojo con el soldado que le dió la orden para que le hiciese, y tenía pesar en sí mismo porque le creyó, y dijo conocido tenía de él que en la guerra no era para cosa de afrenta más de hablar, y que no era para cosa ninguna sino hablar, y que se había hallado de la manera que he dicho. Y llamábase el soldado, según decía, fulano de Sotelo, natural de Sevilla; y luego Cortés mandó deshacer el. trabuco. Y dejemos esto y digamos que como vió que el trabuco fué cosa de burla, acordó que con todos doce bergantines fuese en ellos Gonzalo de Sandoval por capitán general, y entrase én la parte de la ciudad a donde estaba Guatemuz retraído, el cual estaba en parte que no podíamos llegar por tierra a sus casas y palacios, si no por el agua, y luego Sandoval apercibió todos los capitanes de los bergantines, y lo que hizo diré adelante.

COMO GONZALO DE SANDOVAL ENTRO CON LOS DOCE BERGANTINES A LA PARTE QUE ESTABA GUATEMUZ Y SE PRENDIO, Y DE TODO LO MAS QUE SOBRE ELLO PASO

PUES COMO DICHO TENGO, Cortés vió que el trabuco no aprovechó cosa ninguna, antes hubo enojo con el soldado que le aconsejó que le hiciese; y, viendo que no quería paces ningunas Guatemuz y sus capitanes, mandó a Gonzalo de Sandoval que entrase con bergantines en el sitio de la ciudad adonde estaba retraído Guatemuz con toda la flor de sus capitanes y personas más nobles que en México había, y le mandó que no matase ni hiriese a ningunos indios, salvo sino le diesen guerra, y, aunque se la diesen, que solamente se defendiese y no les hiciese otro mal; y que le derrocase las casas y muchas barbacoas que habían hecho en la laguna. Y Cortés se subió en el cu mayor del Tatelulco para ver cómo Sandoval entraba con los bergantines que le estaban acompañando y asimismo estaban con Cortés, Pedro de Alvarado y Francisco Verdugo, y Luis Marín y otros soldados. Y como Sandoval entró con gran furia con los bergantines en aquel paraje donde estaban las casas de Guatemuz, y desde que se vió cercado Guatemuz tuvo temor no le prendiesen o matasen, y tenía aparejadas cincuenta grandes piraguas con buenos remeros para que, en viéndose en aprieto, salvarse e irse a meter en unos carrizales, y desde allí a tierra, y esconderse en otros pueblos; y asi mismo tenía mandado a sus capitanes y a la gente de más cuenta que consigo tenia en aquella parte de la ciudad que hiciesen lo mismo; y como vieron que les entraban entre las casas, se embarcan en las cincuenta canoas, y ya tenían metida su hacienda y oro y joyas y toda su familia y mujeres, y se mete en ellas y tira por la laguna adelante, acompañado de muchos capitanes, y como en aquel instante iban otras muchas canoas, llena la laguna de ellas, y Sandoval luego tuvo noticia que Guatemuz iba huyendo, mandó a todos los bergantines que dejasen de derrocar casas y barbacoas y siguiesen el alcance de las canoas y mirasen que tuviesen tino a qué parte iba Guatemuz. y que no le ofendiesen ni lo hiciesen enojo ninguno sino que buenamente le procurasen de prender.

Y como un Garcia Holguin, que era capitán de un bergantín amigo de Sandoval y era muy suelto y gran velero su bergantín, y traía buenos remeros, le mandó Sandoval que siguiese a la parte que le decían iba con sus grande piraguas Guatemuz huyendo: y le mandó que si le alcanza se que no le hiciese enojo ninguno, más de prenderlo; y Sandoval siguío por otra parte con otros bergantines que le acompañaban. Y quiso nuestro Señor Dios que García Holguin alcanzó a las canoas y piraguas en que iba Guatemuz, y en el arte y riqueza de él y sus toldos y asiento en que iba le conoció que era Guatemuz, el gran señor de México, e hizo por señas que aguardasen, y no querían aguardar, e hizo como que le querían tirar con las escopetas y ballestas, y Guatemuz cuando lo vió hubo miedo y dijo: 'No me tires, que yo soy el rey de esta ciudad y me llaman Guatemuz: lo que te ruego es que no llegues a cosas mías de cuantas traigo ni a mi mujer ni parientes, sino llévame luego a Malinche". Y Como Holguin lo oyó, se gozó en gran manera y con mucho acato le abrazó y le metió en el bergantín a él y a su mujer y a treinta principales, y les hizo asentar en la popa en unos petates y mantas, y les di() de lo que traían para comer, y a las canoas donde llevaba su hacienda no les tocó en cosa ninguna, sino que juntamente las llevó con su bergantín.

En aquella sazón Gonzalo de Sandoval había mandado que todos los bergantines se recogiesen, y supo que Holguin había preso a Guatemuz y que lo llevaba a Cortés; y desde que aquello oyó da mucha prisa en que remasen los que traía en el bergantín en que él iba y alcanzó a Holguin y le demandó al prisionero; y Holguin no se lo quiso dar, porque dijo que él le había preso y no Sandoval; y Sandoval le respondió que así es verdad, mas que él es capitán general de los 'bergantines y Garcia Holguin iba debajo de su mano y bandera, y que por ser su amigo le mandó que siguiese tras Guatemuz, porque era más ligero su bergantín. y le prendiese, y que a él como general le había de dar el prisionero; y Holguin todavía porfiaba que no quería; y en aquel instante fué otro bergantín a gran prisa a Cortés a demandarle albricias, que estaba muy cerca en el Tatelulco, mirando desde lo alto del en cómo entraba Sandoval; y entonces le dijeron la diferencia que traía con Holguin sobre tomarle el prisionero.

Y desde que Cortés lo supo, luego despachó al capitán Luis Marín y a Francisco Verdugo que llamasen a Sandoval y a Holguin, así como venían en sus bergantines, sin más debatir y trajesen a Guatemuz y su mujer y familia con mucho acato, porque él determinaría cuyo era el prisionero y a quién se había de dar la honra de ello y entretanto que lo llamaron mandó aparejar un estrado lo en su triunfo a Yugurta con una cadena de hierro al pescuezo, y Mario dijo que no le había de meter sino él, y ya que le metiese que había de declarar que él Mario le dió aquella facultad y le envió por él para que en su nombre le trajese preso, y se lo dió el rey Bocos en nombre de Mario, pues Mario era capitán general y que debajo de su mano y bandera militaba, y Sila, como era de los patricios de Roma, tenia mucho favor, y Mario, como era de una villa cercana a Roma que se decía Arpino y ad venedizo, puesto que había sido siete veces cónsul, no tuvo el favor que Sila, y sobre ello hubo las guerras civiles entre Mario y Sila, y nunca se determinó a quién había de dar la honra de la prisión de Yugurta.

Volvamos a nuestro hilo y propósito, y es que Cortés dijo que él haría relación de ello a Su Majestad, y a quién fuese servido hacer merced de dárselo por armas, que de Castilla traerían sobre ello la determinación, y desde a dos años vino mandado por Su Majestad que Cortés tuviese por armas en sus reposteros siete reyes, que fueron: Montezuma, gran señor de México; Cacamatzi, señor de Tezcuco, y los señores de Ixtapalapa y de Coyoacán y Tacuba, y otro gran señor que era sobrino de Montezuma, a quien decían que le venia el cacicazgo y señorio de México, que era señor de Mataltzingo y de otras provincias, y a este Guatemuz. sobre que fué el pleito.

Dejemos esto y digamos de los cuerpos muertos y cabezas que estaban en aquellas casas adonde se había retraído Guatemuz; digo, que juro, amén, que todas las casas y barbacoas de la laguna estaba llena de cabezas y cuerpos muertos, que yo no sé de qué manera lo escriba, pues en las calles y en los mismos patios del Tatelulco no había otra cosa. y no podíamos andar sino entre cuerpos y cabezas de indios muertos. Yo he leído la destrucción de Jerusalén; mas si fué más mortandad que ésta, no lo sé cierto, porque faltaron en esta ciudad tantas gentes, guerreros que de todas las provincias y pueblos sujetos a México que allí se habían acogido, todos los más murieron, que como ya he dicho, así el suelo y laguna y barbacoas todo estaba Lleno de cuerpos muertos, y hedía tanto que no había hombre que lo pudiese sufrir, y a esta causa luego como se prendió Guatemuz cada uno de nuestros capitantes se fueron a nuestros reales, como ya dicho tengo, y aun Cortés estuvo malo del hedor que se le entró en las narices y dolor de cabeza en aquellos días que estuvo en el Tatelulco.

Dejemos de esto y pasemos adelante y digamos cómo los soldados que andaban en los bergantines fueron los mejor librados, y hubieron buen despojo, a causa que podían ir a las casas que estaban en ciertos barrios de la laguna, que sentían habría ropa, oro u otras riquezas; y también lo iban a buscar en los carrizales adonde lo llevaban a esconder los mexicanos cuando les ganábamos algún barrio y casas, y también porque so color que iban a dar caza a las canoas que metían bastimento y agua, si topaban algunas en que iban algunos principales huyendo a tierra firme para irse entre los pueblos otomíes, que estaban comarcanos, les despojaban de lo que llevaban; quiero decir que nosotros los soldados que militábamos en las calzadas y por tierra no podíamos haber provecho ninguno, sino muchos flechazos y lanzadas y cuchilladas y vara y piedra, a causa que cuando íbamos ganando algunas casas y los moradores de ellas habían sacado toda cuanta hacienda tenían, y no podíamos ir por agua sin que primero cegásemos las aberturas y puentes, y a esta causa he dicho, en el capítulo que de ello habla, que cuando Cortés buscaba los marineros que habían de andar en los bergantines que fueron los mejor librados que no los que batallamos por tierra, y así pareció claro, porque los capitanes mexicanos y aun Guatemuz dijeron a Cortés, cuando les demandaba el tesoro de Montezuma, que los que andaban en los bergantines habían robado mucha parte de ello.

Dejemos de hablar más en esto hasta más adelante, y digamos que como había tanta hedentina en aquella ciudad, Guatemuz rogó a Cortés que diese licencia para que todo el poder de México que estaban en la ciudad se saliesen fuera por los pueblos comarcanos, y luego les mandó que así lo hiciesen; digo que en tres días con sus noches en todas tres calzadas, llenas de hombres y mujeres y criaturas, no dejaron de salir, y tan flacos y amarillos y sucios y hediondos, que era lástima de verlos; y como la hubieron desembarazado, envió Cortés a ver la ciudad, y veíamos las casas llenas de muertos y aun algunos pobres mexicanos entre ellos que no podían salir, y lo que purgaban de sus cuerpos era una suciedad como echan los puercos muy flacos que no comen sino hierba; y hallóse toda la ciudad como arada y sacadas las raíces de las hierbas buenas, que habían comido cocidas, hasta las cortezas de algunos árboles; de manera que agua dulce no les hallamos ninguna, sino salada. También quiero decir que no comían las carnes de sus mexicanos, si no eran de las nuestras y tlaxcaltecas que apañaban, y no se ha hallado generación en muchos tiempos que tanto sufriese la hambre y sed y continuas guerras como éstas.

Pasemos adelante que mandó Cortés que todos los bergantines se juntasen en unas atarazanas que después se hicieron. Volvamos a nuestras pláticas. Que después que se ganó esta tan grande

y populosa ciudad y tan nombrada en el Universo, después de haber dado muchas gracias a Dios Nuestro Señor y a su bendita madre Nuestra Señora, y haber ofrecido ciertas mandas a Dios Nuestro Señor, Cortés mandó hacer un banquete en Coyoacán por alegrías de haberla ganado, y para. ello tenía ya mucho vino de un navío que había venido de Castilla al puerto de la Villa Rica. y tenía puercos que le trajeron de Cuba; y para hacer la fiesta mandó convidar a todos los capitanes y soldados que le pareció tener cuenta con ellos de todos tres reales, y cuando fuimos al banquete no había asientos ni mesas puestas para la tercia parte de los soldados y capitanes que fuimos, y hubo mucho desconcierto, y valiera más que no se hiciera aquel banquete por muchas cosas no muy buenas que en él acaecieron, y también porque esta planta de Noé hizo a algunos hacer desatinos, y hombres hubo en él que anduvieron sobre las mesas después de haber comido que no acertaban a salir al patio; otros decían que habían de comprar caballos con sillas de oro, y ballesteros también hubo que decían que todas las saetas y jugaderas que tuviesen en su aljaba que las habían de hacer de oro de las partes que les habían de dar, y otros iban por las gradas abajo rodando. Pues ya que habían alzado las mesas salieron a danzar las damas que había con los galanes cargados con sus armas de algodón, que me parece era cosa que si se mira en ello es cosa de reír, y fueron las damas que aquí nombraré, que no hubo otras en todo el real ni en la Nueva España; primeramente la vieja María de Estrada, que después casó con Pedro Sánchez Farfán, y Francisca de Ordaz, que casó con un hidalgo que se decía Juan González de León; la Bermuda, que casó con Olmos de Portillo, el de México: otra señora, mujer del capitán Portillo, que murió en los bergantines, y ésta por estar viuda no la sacaron a la fiesta, e una fulana Gómez, mujer que fué de Benito de Vegel, y otra señora que se decía la Bermuda y otra señora hermosa que casó con un Hernán Marín que ya no se me acuerda el nombre de pila, que se vino a vivir a Guaxaca, y otra vieja que se decía Isabel Rodríguez, mujer que en aquella razón era de un fulano de Guadalupe, y otra mujer algo anciana que se decía Mari Hernández, mujer que fué de Juan de Cáceres el Rico, de otras ya no me acuerdo que las hubiese en la Nueva España. Dejemos del banquete y bailes y danzas, que para otro día que habían alzado las mesas, hubo sortija, e ensimismo valiera más que no la hubiera, sino que en todo se empleara en cosas santas e buenas. Pues ya que habían alzado las mesas, hubo mucho regocijo, y se dieron gracias a Dios por los muchos bienes y mercedes que siempre nos hacía y a la continua ha hecho.

Dejemos de hablar en esto, y quiero decir otras cosas que pasaron, que se me olvidaban, y aunque no vengan ahora dichas, sino algo atrás, y es que nuestros amigos Chichimecatecle y los dos mancebos Xicotengas, hijos de don Lorenzo de Vargas, que se solía llamar Xicotenga el Viejo y Ciego, guerrearon muy valientemente contra el gran poder de México y nos ayudaron muy bien, y asimismo un hermano de don Fernando, señor de Tezcuco, muchas veces por mi nombrado, que se decía Estesuchel, que después se llamó don Carlos; éste hizo cosas de muy valiente y esforzado varón, y otro indio capitán, que no se me acuerda el nombre, natural de un pueblo de la laguna, hacía maravillas; y otros muchos capitanes de pueblos de los que nos ayudaban, todos guerreaban muy poderosamente, y Cortés les habló y les dió muchas gracias y loores porque nos habían ayudado y con muchos prometimientos que les haría señores, y les daría el tiempo adelante tierras y vasallos, los despidió, y como estaban ricos y cargados de oro que hubieron y despojos, se fueron a sus tierras, y aun llevaron harta carne de cecina de los mexicanos, que repartieron entre sus parientes y amigos y como cosas de sus enemigos la comieron por fiestas.

Ahora que estoy fuera de los combates y recias batallas que con los mexicanos teníamos de día y de noche, por lo cual doy muchas gracias a Dios que de ellas me libró, quiero contar una cosa que me aconteció después que vi sacrificar y abrir por los pechos los sesenta y dos soldados que llevaron vivos de los de Cortés, y ofrecerles los corazones a los ídolos, y esto que ahora diré parecerá a algunas personas que es por falta de no tener muy gran ánimo para guerrear, y por otra parte, si bien se considera, es por el demasiado atrevimiento y gran ánimo en que aquellos días había de poner mi persona en lo más recio de las batallas, porque en aquella sazón presumía de buen soldado y estaba tenido en aquella reputación, vista cosa era que había de hacer como lo que los más osados soldados eran obligados a hacer, y como cada día veía llevar a sacrificar mis compañeros y había visto cómo les aserraban por los pechos y sacarles los corazones bullendo, y cortarles pies y brazos, y se los comieron a los sesenta y dos que he dicho, y de antes habían muerto ochocientos cincuenta de los nuestros compañeros, temía yo que un día que otro me habían de hacer lo mismo, porque ya me hablan asido dos veces para llevarme a sacrificar y quiso Dios que me escapé de su poder, y acordándoseme de aquellas feísimas muertes, y como dice el refrán, que cantarillo que muchas veces va a la fuente, etcétera, y a este efecto siempre desde entonces temí la muerte más que nunca; y esto he dicho porque antes de entrar en las batallas se me ponía una como grima y tristeza en el corazón, y orinaba una vez o dos, y encomendándome a Dios y a su bendita madre y entrar en las batallas todo era uno, y luego se me quitaba aquel pavor; y también quiero decir qué cosa tan nueva les parecerá ahora tener yo aquel temor no acostumbrado, habiéndome hallado en muchas batallas, y reencuentros muy peligrosos de guerra, y había de estar curtido el corazón y esfuerzo y ánimo en mi persona, ahora a la postre más arraigado que nunca, porque si bien lo sé contar y traer a la memoria, desde que vine a descubrir con Francisco Hernández de Córdoba y con Grijalva, y volví con Cortés, me hallé en lo de la Punta de Cotoche, y en lo de Lázaro, que en otro nombre se dice Campeche, y en Potonchán, y en la Florida, según más largamente lo tengo escrito, cuando vine a descubrir con Francisco Hernández de Córdoba.

Dejemos esto, volvamos a hablar en lo de Grijalva y en la misma de Potonchán y ahora con Cortés en lo de Tabasco y en la de Cingapacinga, y en todas las batallas y reencuentros de Tlaxcala, y en lo de Cholula, y cuando desbaratamos a Narváez me señalaron y me hallé cuando les fuimos a tomar la artillería, que eran diez y ocho tiros que tenían cebados con sus piedras y pelotas, los cuales le tomamos, y este trance fue de mucho peligro, y me hallé en el desbarate primero, cuando los mexicanos nos echaron de México, cuando mataron en obra de ocho días sobre ochocientos cincuenta de nuestros soldados; y me hallé en las entradas de Tepeaca y Cachula y sus rededores, y en otros encuentros que tuvimos con los mexicanos, cuando estábamos en Tezcuco, sobre coger las milpas de maíz, y me hallé en lo de Iztapalapa cuando nos quisieron anegar, y me hallé cuando subimos en los peñoles que ahora les llaman las fuerzas o fortalezas, que ganó Cortés, y en lo de Xochimilco, cuatro batallas, otros muchos reencuentros; y entré con Pedro de Alvarado de los primeros a poner cerco a México, y les quebramos el agua de Chapultepec, y en la primera entrada que entramos en las calzadas con el mismo Alvarado, y después cuando nos desbarataron por la misma nuestra parte y nos llevaron ocho soldados y a mi me llevaban asido a sacrificar, y en todas las más batallas por mí ya memoradas que cada día teníamos, hasta que vi, como dicho tengo, las crueles muertes que dieron delante de mis ojos a nuestros compañeros. Ya he dicho que ahora que por ml habían pasado todas estas batallas y peligros de muerte, que no lo había de temer tanto como lo temía ahora a la postre; digan aquí los caballeros que de esto de lo militar se les entiende. y se han hallado en trances peligrosos de muerte, a qué fin echarán mi temor, si es a flaqueza de ánimo o a mucho esfuerzo, porque, como he dicho, sentía en mi pensamiento que había de poner mi persona batallando en parte tan peligrosa que por fuerza había de temer entonces la muerte más que otras veces, y por esta causa temblaba el corazón, porque temía la muerte, y todas estas batallas que aquí he dicho, donde me he hallado, verán en mi relación en qué tiempo y cómo y cuándo y dónde y de qué manera; otras muchas entradas y reencuentros tuve desde allí adelante, que aquí no declaro hasta su tiempo y lugar, lo cual verán adelante en esta relación; y también digo que siempre no estaba muy sano, porque muchas veces estaba mal herido, y a este efecto no podía ir a todas las entradas; pues aún no son nada los trabajos ni riesgos de muerte de que mi persona he recontado, que después que ganamos esta grande y fuerte ciudad de México pasé otros muchos reencuentros de guerra con capitanes con quien salí de México, como adelante verán, cuando venga a coyuntura. Y dejémoslo ya, y diré y declararé por qué he dicho en todas estas guerras mexicanas. cuando nos mataron a nuestros compañeros, Ileváronlos y no digo matáronlos, y la causa es ésta; porque los guerreros que con nosotros peleaban aunque pudieran matar a los que llevaban vivos de nuestros soldados. no los mataban luego. sino dábanles heridas peligrosas porque no se defendiesen, y vivos los llevaban a sacrificar a sus ídolos, y aun primero les hacían bailar delante de Uichilobos, que era su ídolo de la guerra, y esta es la causa por qué he dicho lleváronlos. Y dejemos de esta materia, y digamos lo que Cortés hizo después de ganado México.

COMO DESPUES DE GANADA LA MUY GRAN CIUDAD DE MEXICO Y PRESO GUATEMUZ Y SUS CAPITANES, LO QUE DON HERNANDO MANDO QUE EN ELLO SE HICIESE,

LA PRIMERA COSA, MANDO Cortés a Guatemuz que adobasen los caños de agua de Chapultepec, según y de la manera que solían estar, y que luego fuese el agua por sus caños a entrar en la ciudad de México, y que limpiasen todas las calles de los cuerpos y cabezas de muertos, que los enterrasen, para que quedasen limpias, y sin hedor ninguno la ciudad, y que todas las puentes y calzadas que las tuviesen muy bien aderezadas como de antes estaban; y que los palacios y casas las hiciesen nuevamente que dentro de dos meses se volviesen a vivir en ellas, y les señaló en qué parte habían de poblar y la parte que habían de dejar desemoarazada para que poblásemos nosotros.

Dejemos de estos mandos y de otros que ya no me acuerdo, y digamos cómo Guatemuz y sus capitanes dijeron a Cortés que muchos soldados y capitanes que andaban en los bergantines y de los que andábamos en las calzadas batallando les habíamos tomado muchas hijas y mujeres de principales; que le pedían por merced que se las hiciesen volver, y Cortés les respondió que serían malas de haber de poder de quien las tenían, y que las buscasen y trajesen ante él, y vería si eran cristianas o se querían volver a sus casas con sus padres y maridos, y que luego se las mandaría dar; y dióles licencia para que las buscasen en todos tres reales, y dió un mandamiento para que el soldado que las tuviese luego se las diesen, si las indias se querían volver de buena voluntad. Y andaban muchos principales en busca de ellas de casa en casa, y eran tan solícitos que las hallaron, y había muchas mujeres que no se querían ir con sus padres, ni madres, ni maridos, sino estarse con los soldados con quienes estaban, y otras se escondían y otras decían que no querían volver a idolatrar; y aun algunas de ellas estaban ya preñadas, y de esta manera no Llevaron sino tres, que Cortés expresamente mandó que las diesen.

Dejemos esto y digamos que luego mandó hacer unas atarazanas y fortalezas en que estuviesen los bergantines, y nombró alcalde que estuviese en ella, y paréceme que fué a Pedro de Alvarado, hasta que vino de Castilla un Salazar de Pedrada, nombrado por Su Majestad.

Digamos, de otra materia, que a todos aplacía cómo se recogió todo el oro y plata y joyas que se hubo en México, y fué muy poco, según pareció, porque todo lo demás hubo fama que lo había echado Guatemuz en la laguna cuatro días antes que le prendiésemos, y que además de esto, que lo habían robado los tlaxcaltecas y los de Tezcuco y Guaxocingo y Cholula, y todos los demás nuestros amigos que estaban en la guerra, y que los tenles que andaban en los bergantines robaron su parte; por manera que los oficiales de la hacienda del rey nuestro señor decían y publicaban que Guatemuz lo tenía escondido y que Cortés holgaba de ello porque no lo diese y haberlo todo para sí; y por estas causas acordaron los oficiales de la Real Hacienda de dar tormento a Guatemuz y al señor de Tacuba, que era su primo y gran privado, y ciertamente mucho le pesó a Cortés y aún a algunos de nosotros que a un señor como Guatemuz le atormentasen por codicia del oro, porque ya habían hecho muchas pesquisas sobre ello y todos los mayordomos de Guatemuz decían que no había más de lo que los oficiales del rey tenían en su poder, que eran hasta trescientos ochenta mil pesos de oro, que ya lo habían fundido y hecho barras; y de allí se sacó el real quinto y otro quinto para Cortés, y como los conquistadores que no estaban bien con Cortés vieron tan poco oro, y al tesorero Julián de Alderete, que así se decía, y a los de Narváez que tenían sospecha que por quedarse con el oro Cortés no quería que prendiesen a Guatemuz, ni le prendiesen sus capitanes. ni diesen tormentos, y porque no le achacasen algo a Cortés sobre ello, y no lo pudo excusar, le atormentaron, en que le quemaron los pies con aceite, y al señor de Tacuba, y lo que confesaron que cuatro días antes que les prendiesen lo echaron en la laguna, así el oro como los tiros y escopetas que nos habían tomado a la postre a Cortés y fueron adonde señaló Guatemuz a las casas en que solía vivir, y estaba una como alberca grande de agua, y de aquella alberca sacamos un sol de oro como el que nos dió Montezuma, y muchas joyas y piezas de poco valor que eran del mismo Guatemuz, y el señor de Tacuba dijo que él tenia en unas casas suyas, que estaban en Tacuba obra de cuatro leguas, ciertas cosas de oro, y que le llevasen allá y diría adónde estaba enterrado y lo daría; y fué Pedro de Alvarado y seis soldados, y yo fui en su compañía, y cuando llegamos dijo el cacique que por morirse en el camino había dicho aquello y que le matasen, que no tenía oro ni joyas ningunas, y así nos volvimos sin ello.

Y en este estado se quedó, que no hubimos más oro que fundir; verdad es que a la recámara de Montezuma, que después que murió poseyó y hubo Guatemuz, no se había allegado a muchas joyas y preseas de oro, que todo se tomó señaladamente para que con ello sirviéramos a Su Majestad, y porque había muchas joyas de diversas maneras y hechuras, y tan primas que si me parase a escribir cada cosa y hechura de ello por si, es gran prolijidad, lo dejaré de decir en esta relación; mas digo que valía dos veces más que lo que se sacó del quinto para Su Majestad y para Cortés, todo lo cual enviamos al emperador nuestro señor con Alonso de Avila, que en aquel tiempo vino de la isla de Santo Domingo, y en su compañía fué a Castilla Antonio de Quiñones.

Y dejemos de hablar de ello, y volvamos a decir que en la laguna, adonde nos decían que había echado el oro Guatemuz, entré yo y otros soldados a zabullidas; siempre sacábamos piecezuelas de poco precio, lo cual luego nos lo demandó Cortés y el tesorero Julián de Alderete por oro de Su Majestad, y ellos mismos fueron con nosotros adonde lo habíamos sacado y llevaron buenos nadadores, y tornaron a sacar obra de ochenta o noventa pesos en sartalejos, y ánades, y perrillos, y pinjantes, y collarejos y otras cosas de nonada, que así se puede decir según la fama que había que en la laguna habían echado de antes. Dejemos de hablar de ello, y digamos cómo todos los capitanes y soldados estábamos algo pensativos después que vimos el poco oro y las partes tan pobres y malas, y el fraile de la Merced y Pedro de Alvarado y Cristóbal de Olid y otros capitanes dijeron a Cortés que pues que había poco oro, que lo que cabía de parte a todos que se lo diesen y repartiesen a los que quedaron mancos y cojos y ciegos y tuertos y sordos, y otros que se habían tullido y estaban con dolor de estómago, y otros que se habían quemado con la pólvora, y a todos los que estaban dolientes de dolor de costado, que a aquéllos les diesen todo el oro; y que para estos tales seria bien dárselo, y que todos los demás que estábamos algo sanos lo habríamos por bien; y esto que le dijeron a Cortés fué sobre cosa pensada, creyendo que nos diera más que las partes, porque había muchas sospechas que lo tenía escondido todo el oro y que mandó al Guatemuz que dijese que no tenía ninguno. Y lo que Cortés respondió fué que vería a cómo salíamos y que en todo pondría remedio. Y como todos los capitanes y soldados queríamos ver lo que nos cabía de parte, dábamos prisa para que se echase la cuenta y se declarase a qué tantos pesos salíamos. Y después que lo hubieron tanteado dijeron que cabía a los de a caballo a ochenta pesos, y a los ballesteros y escopeteros y rodeleros a sesenta o a cincuenta pesos, que no se me acuerda bien. Y desde que aquellas partes nos señalaron, ningún soldado las quiso tomar.

Entonces murmuramos de Cortés, y decían que lo había tomado y escondido el tesorero; y Alderete, por descargarse de lo que le decíamos, respondía que no podía más, porque Cortés sacaba del montón otro quinto como el de Su Majestad para él, y se pagaban muchas costas de los caballos que se habían muerto, y que también se dejaban de meter en el montón muchas piezas de oro que habíamos de enviar a Su Majestad; y que riñésemos con Cortés y no con él. Y como en todos los reales y en los bergantines había soldados que habían sido amigos y paniaguados de Diego Velázquez, gobernador de Cuba, de los que habían pasado con Narváez, que no tenían buena voluntad a Cortés y le querían muy mal, como vieron que en el partir de oro no les daba las partes que quisieran, no lo quisieron recibir lo que les daba, y decían que padeciese todo el oro en poder de quien estaba, y se desvergonzaban mucho en decir que Cortés se alzaba con el oro. Y como Cortés estaba en Coyoacán y posaba en unos palacios que tenía blanqueados y encaladas las paredes, donde buenamente se podia escribir en ellas con carbones y con otras tintas, amanecía cada mañana escritos muchos motes, algunos en prosa y otros en metros, algo maliciosos, a manera como mase pasquines; y en unos decían que el sol y la luna y el cielo y estrellas y la mar y la tierra tienen sus cursos, y que si alguna vez sale más de la inclinación para que fueron criados, más de sus medidas, que vuelven a su ser, y que así había de ser la ambición de Cortés en el mandar, y que había de suceder volver a quien primero era: y otros decían que más conquistados nos traía que la conquista que dimos a México, y que no nos nombrásemos conquistadores de la Nueva España, sino conquistados de Hernando Cortés; otros decían que no bastaba tomar buena parte del oro como general, sino parte como rey, sin otros aprovechamientos; otros decían "¡Oh qué triste está la anima mas hasta que todo oro que tiene tomado Cortés y escondido lo vea!" Y otros dejar que Diego Velásquez gastó su hacienda y que descubrió toda I costa del Norte hasta Pánuco, y la vino Cortés a gozar, y se a ¿ó con la tierra y oro; y decían otras cosas de esta manera, y aun decían palabras que no son para poner en esta relación.

Hablase aquel puerto; y también mandó a un Castañeda y a Vicente López que fuesen a conquistar la provincia de Pánuco; y mandó a Rodrigo Rangel que estuviese en la Villa Rica, como de antes estaba, y en su compañía llevó a Pedro de Ircio; y mandó a Juan Alvarez Chico que fuese a Colima; y a un Villafuerte a Zacatula, y a Cristóbal de Olid que fuese a Mechuacán. Ya en este tiempo se había casado Cristóbal de Olid con una portuguesa que se decía doña Felipa de Arauz o Zarauz, y que había entonces llegado de España; y envió a Francisco de Orozco a poblar a Oaxaca, porque en aquellos días que habíamos ganado a México, como lo supieron en todas las provincias que he nombrado que México estaba destruida, no lo podían creer los caciques y señores de ellas, como estaban lejanas y enviaban principales a dar a Cortés el parabién de las victorias, y a darse por vasallos de Su Majestad, y a ver cosa tan temida, como de ellos fue México, si era verdad que estaba por el suelo, y todos traían grandes presentes de oro que daban a Cortés, y aun traían consigo a sus hijos pequeños y les mostraban a México, y, como solemos decir aquí fué Troya, se lo declaraban.

Dejemos esto, y digamos una plática que es bien que se declare porque me dicen muchos curiosos lectores que qué es la causa que pues los verdaderos conquistadores que ganamos la Nueva España y la fuente y gran ciudad de México por qué no nos quedamos en ella a poblar y nos venimos a otras provincias; digo que tienen mucha razón de preguntarlo y fuera justo; quiero decir la causa por qué, y es ésta que diré: "En los libros de la renta de Montezuma mirábamos de dónde le traían los tributos del oro y dónde había minas y cacao y ropa de mantas, y de aquellas partes que veíamos en los libros y las cuentas que tenía en ellos Montezuma que se lo traían, queríamos ir, en especialmente viendo que salía de México un capitán tan principal y amigo de Cortés como fué Sandoval, y también como veíamos que en los pueblos de la redonda de México no tenían oro, ni minas, ni algodón, sino mucho maíz y magueyales, de donde sacaban el vino, a esta causa la teníamos por tierra pobre, y nos fuimos a otras provincias a poblar, y todos fuimos muy engañados.

Acuérdome que fui a hablar a Cortés que me diese licencia para ir con Sandoval, y me dijo: "En mi conciencia, señor Bernal Díaz del Castillo, que vivís engañado, que yo quisiera que quedárades aquí conmigo; mas es vuestra voluntad de ir con vuestro amigo Sandoval, id en buena hora; yo siempre tendré cuidado de lo que se os ofreciere; mas bien sé que os arrepentiréis por dejarme".

Volvamos a decir de las partes de oro, que todo se quedó en poder de los oficiales del rey por los esclavos que se habían sacado en las almonedas. No quiero poner aquí por memoria qué tantos de a caballo, ni escopeteros ni ballesteros, ni soldados, ni en cuántos días de tal mes despachó Cortés a los capitanes por mí memorados que fuesen a poblar las provincias por mi arriba dichas, porque sería larga relación; basta que diga que pocos días después de ganado México y preso Guatemuz, y desde ahí a otros dos meses, envió Cortés a otros capitanes a otras provincias. Dejémoslo ahora de hablar de Cortés, y diré que en aquel instante vino al puerto de la Villa Rica Cristóbal de Tapia, con dos navíos, el cual era veedor de las fundiciones que se hacían en la isla de Santo Domingo; otros dijeron que era alcalde de la fortaleza de aquella isla; y traía provisiones y cartas misivas de don Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos, arzobispo de Rosano, que enviaba en nombre de Su Majestad para que Cristóbal de Tapia fuese gobernador de la Nueva España. Y lo que sobre ello pasó diré adelante.

COMO VINIERON CARTAS A CORTES COMO EN EL PUERTO DE LA VERACRUZ HABLA LLEGADO CRISTOBAL DE TAPIA CON DOS NAVIOS. Y TRAIA PROVISIONES DE SU MAJESTAD PARA QUE GOBERNASE LA NUEVA ESPAÑA, Y LO QUE SOBRE ELLO SE ACORDO Y LUEGO SE HIZO.

PUESTO QUE CORTES HUBO despachado los capitanes y soldados por mi ya dichos a pacificar y poblar provincias, en aquella sazón vino Cristóbal de Tapia, veedor de la isla de Santo Domingo, con provisiones guiadas y encaminadas pordon Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos y arzobispo de Rosano, porque así se nombraba, para que le admitiesen a la Gobernación de la Nueva España; y además de las provisiones traía muchas cartas del mismo obispo para Cortés y para otros muchos otros conquistadores y capitanes de los que habían venido con Narváez, para que favoreciesen a Cristóbal de Tapia, y demás de las cartas que venían cerradas y selladas por el obispo traía otras muchas en blanco para que Tapia escribiese en ellas todo lo que quisiese y nombrase a los soldados y capitanes que le pareciese que convenían; y en todas ellas traía muchos prometimientos del obispo que nos haría grandes mercedes si dábamos la gobernación a Tapia, y si no se la entregábamos, muchas amenazas, y decía que Su Majestad nos enviaría a castigar.

Dejemos de esto, que Tapia presentó sus provisiones en la Villa Rica delante de Gonzalo de Alvarado, hermano de don Pedro de Alvarado, que estaba en aquella sazón por teniente de Cortés, porque Rodrigo Rangel, que solía estar por alcalde mayor, no sé qué desatinos e injusticias había hecho cuando allí estaba por teniente de alcalde mayor, y le quitó Cortés el cargo; y presentadas las provisiones delante de Gonzalo de Alvarado, y Gonzalo de Alvarado las puso sobre su cabeza como provisiones y mandado de nuestro rey y señor, y en cuanto al cumplimiento, dijo que se juntarían los alcaldes, y regidores de aquella villa, y que platicarían y verían cómo y de que manera eran habidas aquellas provisiones, y que todos juntos las obedecerían, porque sólo era una sola persona, y que tambien verian si Su Majestad era sabedor que tales provisiones enviasen; y esta respuesta no le cuadró bien a Tapia, y aconsejáronle personas que no estaban bien con Cortés que se fuesen luego a México, donde estaba Cortés con todos los demás capitanes y soldados, y que allá las obedecerian. Y demás de presentar las provisiones, como dicho tengo, escribió Tapia a Cortés de la manera que venia por gobernador; y como Cortes era muy avisado, si muy buenas cartas le escribió Tapia y vio las ofertas y ofrecimientos del obispo de Burgos, y por otra parte las amenaz&s si muchas buenas palabras venían en ellas, muy mejores respuestas y más halagüeñas y llenas de cumplimientos le envió Cortés; y luego rogó y mandó Cortés a ciertos de nuestros capitanes que se fuesen a ver con Tapia, los cuales fueron, que fué Pedro de Alvarado, y Gonzalo de Sandoval, y Diego de Soto el de Toro, y un Valdenebro, y Andrés de Tapia, a los cuales envió Cortés luego a llamar en posta que dejasen de poblar entonces las provincias en que estaban y fuesen a la Villa Rica, donde estaba Tapia, y aun con ellos mandó que fuese un fraile que se decía fray Pedro Melgarejo de Urrea. que tenía buena expresiva.

Ya que Tapia iba camino de México a verse con Cortés se encontró con los capitanes y con el fraile ya por mi nombrados, y con palabras y ofrecimientos que le hicieron volvió del camino para un pueblo que se dice Cempoal, y allí le demandaron que mostrase otra vez sus provisiones, y verían cómo de qué manera lo mandaba Su Majestad, y si venía en ellas su real firma o era sabedor de ello, y que los pechos por tierra las obedecerían todos ellos en nombre de Hernando Cortés y de toda la Nueva España, porque traían poder para ello. Y Tapia les tornó a mostrar las provisiones y todos aquellos capitanes a una las besaron y pusieron sobre sus cabezas como provisiones de su rey y señor, y que en cuanto al cumplimiento, que suplicaban de ellas para ante el emperador nuestro señor, y dijeron que no era sabedor de ellas ni de cosas ningunas, que Tapia no era suficiente para gobernador y que el obispo de Burgos era contra todos los conquistadores que servíamos a Su Majestad, andaba ordenando aquellas cosas sin dar verdadera relación a Su Majestad y por favorecer a Diego Velázquez y a Tapia, por casarle con una fulana de Fonseca, sobrina o hija del mismo obispo. Y desde que Tapia vio que no aprovechaban palabras ni cartas ni ofertas ni otros cumplimientos, adoleció de enojo, y aquellos nuestros capitanes que nombrados tengo le escribían a Cortés todo lo que pasaba y le avisaron que enviase tejuelos y barras de oro, porque Tapia era codicioso, y con aquello le amansarían las Curias, lo cual luego envió en posta, y le compraron unos negros y tres caballos y un navío, y se volvió a embarcar y se fue a la isla de Santo Domingo, donde había salido; y cuando allá llegó la Real Audiencia, que allá residía, y los frailes Jerónimos, que eran gobernadores, notaron bien su vuelta, y como iba rico de aquella manera desconsiderada, se enojaron con él por causa que de antes que de Santo Domingo saliese para venir a la Nueva España le habían mandado expresamente que en aquella sazón no curase de venir, porque seria causa de venir daño y quebrar el hilo y conquistas de México, y no quiso obedecer, sino con favor del obispo Fonseca, que no osaban hacer otra cosa los oidores y frailes sino lo que el obispo mandaba, porque era presidente de Indias, y Su Majestad estaba en aquella sazón en Flandes, que no había venido a Castilla.

Dejemos este negocio de Tapia, y digamos cómo Cortés envió luego a Pedro de Alvarado, a poblar Tututepeque, que era tierra rica de oro; y para que bien lo entiendan los que no saben los nombres de estos pueblos, uno es Tustepeque, adonde fué Sandoval, y otro es Tututepeque, adonde en esta sazón va Pedro de Alvarado; y esto declaro por que no me acusen que digo que fueron dos capitanes a poblar una provincia de un nombre. Y también había enviado a poblar el río de Pánuco, porque Cortés tuvo noticia que don Francisco de Garay hacía gran armada para venirla a poblar, porque, según pareció se la había dado Su Majestad por gobernación a Garay, según más largamente lo he dicho y declarado en los capítulos pasados, cuando hablan de los navíos que envió adelante, que desbarataron los indios de la misma provincia de Panuco; e hizolo Cortés porque si viniese Garay la hallase poblada por Cortés. Dejemos esto, y digamos cómo Cortés envió otra vez a Rodrigo Rangel por teniente a la Villa Rica y quitó a Gonzalo de Alvarado, y le mandó que luego le enviase a Coyoacán, donde a la postre estaba Cortés, al capitán Pánfilo de Narváez que tenía preso; que en aquel tiempo estaba Cortés en Coyoacán, que aún no había entrado a poblar a México, hasta que se edificasen las casas y palacios donde había de vivir, y envió a Narváez porque, según le dijeron a Cortés, que cuando el veedor Cristóbal de Tapia Llegó a la Villa Rica con las provisiones que dicho tengo, Narváez habló con Tapia, y en pocas palabras le dijo: "Señor Cristóbal de Tapia, paréceme que tan buen recaudo debéis traer y llevaréis como yo; mirad en lo que he parado trayendo tan buena armada; mirad por vuestra persona y no curéis de más perder tiempo, que la ventura de Cortés no es acabada. Entended para que os den algún oro e idos a Castilla ante Su Majestad, que allá no os faltará favor y quien os ayude, y diréis lo que acá pasa, en especial, teniendo como tenéis, al señor obispo de Burgos, y esto es lo mejor".

Dejemos esta plática, y diré que como Narváez fué luego camino para México, y vió aquellas grandes poblazones y ciudades, y llegó a Tezcuco, se admiró y después que vió a Coyoacán, mucho más desde que vió la laguna y ciudades que en ella había pobladas, y después la gran ciudad de México. Y como Cortés supo que venía, le mandó hacer mucha honra y le mandó salir a recibir, y llegado ante éI, se hincó de rodillas Narváez y le fué a besar las manos, y Cortés no lo consintió y le hizo levantar y le abrazó y le mostró mucho amor y le mandó sentar cabe si. Entonces dijo Narváez: "Señor capitán: ahora le digo de verdad, que la cosa que menos hizo vuestra merced y sus valerosos soldados en esta Nueva España fué desbaratarme y prenderme a mi, aunque trajera mayor poder del que traje, pues he visto tantas ciudades y tierras que ha domado y sujetado al servicio de Dios y de nuestro señor emperador, y puédese vuestra merced alabar y tener en tanta estima que yo así lo digo, y lo dirán todos los capitanes muy nombrados que el día de hoy son vivos, que en el Universo se puede anteponer a los muy afamados e ilustres varones que ha habido, y otra tan fuerte y mayor ciudad como esta de México no la hay, y es digno que a vuestra merced y sus soldados Su Majestad les haga muy crecidas mercedes". Y le dijo otras muchas alabanzas, y son verdaderas. Y Cortés le respondió que nosotros no éramos bastantes para hacer lo que estaba hecho, sino la gran misericordia de Dios, que siempre nos ayudaba. y la buena ventura de nuestro césar.

Dejemos esta plática y de las ofertas que hizo Narváez a Cortés, y diré cómo en aquella sazón se pasó Cortés a poblar la gran ciudad de México, y repartió solares para las iglesias y monasterios y casas reales y plazas; y a todos los vecinos les dió solares, y por no gastar tiempo en escribir según y de la manera que ahora está poblada, que según dicen muchas personas que se han hallado en muchas partes de la cristiandad, otra más populosa y mayor ciudad, de mejores casas y poblada de caballeros, según su calidad y tiempo que se pobló, no se ha habido en el mundo, entiéndese con lo poblado de mexicanos.

Pues estando dando la orden que dicho tengo, al mejor tiempo que estaba Cortés algo descansado, viniéronle cartas de Pánuco que toda la provincia estaba levantada y que eran muy belicosos guerreros. porque habían muerto muchos soldados de los que había enviado a poblar, y que con brevedad enviase el mayor socorro que pudiese. Y luego acordó el mismo Cortés de ir en persona, porque aunque quisiera enviar otros capitanes de los nuestros conocidos no los había en México, porque todos habíamos ido a conquistar provincias, como dicho tengo y así hubo de ir Cortés; y llevó todos los más soldados que pudo, y de caballo y ballesteros y escopeteros, porque ya habían llegado a México muchas personas de las que el veedor Tapia traía consigo y otros que allí estaban de los de Lucas Vázquez de Ayllón, que habían ido con él a la Florida, y otros que habían venido de las islas en aquel tiempo; y dejando en México buen recaudo, y por capitán de él a Diego de Soto, natural de Toro, salió de México. Y en aquella sazón no había herraje, sino muy poco, para los muchos caballos que entonces llevaba, porque pasaban de ciento y treinta personas de a caballo y doscientos y cincuenta soldados con todo, entre ellos escopeteros y ballesteros, y con los de a caballo, y también llevó diez mil mexicanos.

Y en aquella sazón ya había vuelto de Michoacán Cristóbal de Olid, porque dejó de paz, y trajo consigo muchos caciques y al hijo de Cazonzi, que así se llamaba, y era el mayor señor de todas aquellas provincias, y trajo mucho oro bajo, que lo tenía revuelto con plata y cobre. Y gastó Cortés de aquella ida que fué a Pánuco mucha cantidad de pesos de oro, que después demandaba a Su Majestad que le pagase aquella costa, y los oficiales de la hacienda de Su Majestad no se los quisieron recibir en cuenta ni pagar cosa de ello, porque dijeron que si hacía aquella entrada y gasto, que era por causa de apoderarse de aquella provincia, por que don Francisco de Garay, que la venía a conquistar, no la hubiese, porque ya tenían noticia que venían desde la isla de Jamaica con grande armada.

Volvamos a nuestra relación, y diré cómo Cortés llegó con todo su ejército a la provincia de Pánuco, y los halló de guerra, y los envió a llamar de paz muchas veces, y no quisieron venir; tuvo con ellos muchos reencuentros de guerra, y en dos batallas que le aguardaron le mataron tres soldados y le hirieron más de treinta y mataron cuatro caballos, y hubo otros muchos heridos, y murieron de los mexicanos sobre doscientos, sin más de otros trescientos heridos, porque fueron los guastecas, que así se llaman los indios de aquellas provincias, sobre cincuenta mil hombres cuando aguardaron a Cortés. Mas quiso Dios que fueron desbaratados, y todo el campo donde se hubo estas batallas quedaron llenos de muertos y otros muchos heridos de los naturales de aquella provincia, por manera que no se tornaron más a juntar por entonces para dar guerra; y Cortés estuvo ocho días en el pueblo adonde fueron aquéllas reñidas, por causa que se curasen los heridos y se enterrasen los muertos, y habla muchos bastimentos. Y para tornar a enviarlos a llamar de paz envió diez caciques, personas principales de los que se habían preso en aquellas batallas, y con doña Marina y Jerónimo de Aguilar, que siempre Cortés llevaba consigo, les hizo un parlamento y les dijo que cómo se podían defender todos los de aquellas provincias de no darse por vasallos de Su Majestad, pues que han visto y tenido nueva que el poder de México, siendo tan fuertes guerreros, estaba asolada la ciudad y puesta por el suelo, y que vengan luego de paz, y que no hayan miedo, y de lo pasado de las muertes que se lo perdona. Y tales palabras les dijo con amor y otras con amenazas, y como estaban hostigados y habían muerto muchos de ellos y en la batalla pasada habían abrasado sus pueblos, vinieron de paz, y todos trajeron joyas de oro y aunque no de precios, que presentaron a Cortés, y con amor y halagos los recibió de paz.

Y desde allí se fué Cortés con la mitad de su ejército a un río que se dice Chila, que está de la mar obra de cinco leguas, y volvió a enviar mensajeros a todos los pueblos de la otra parte del rio a llamarles de paz, y no quisieron venir, como estaban encarnizados en los muchos soldados que habían muerto, obra de dos años había, a los capitanes que Garay había enviado a poblar aquel río, como dicho tengo en el capitulo que de ello habla, así creyeron que hicieran a nuestro ejército; y como estaban en tres grandes lagunas y ríos y ciéneyas, que es muy gran fortaleza para ellos, la respuesta que dieron fué matar a dos mensajeros de los que Cortés les envió para hablar sobre las paces, y a otros echaron presos y estuvo aguardando Cortés ciertos días a ver si mudarían su mal propósito, y como no vinieron mandó buscar todas las canoas que en el río pudo haber, y con ellas y con unas barcas que se hicieron de madera de navíos viejos que fueron del capitán Garay, que mataron, hizo pasar de noche de la otra parte del río ciento cincuenta soldados. y los más de ellos ballesteros y escopeteros, y cincuenta de caballo, en canoas atadas de dos en dos, de manera que pasaron muy bien. Y como los naturales de aquellas provincias velaban sus pasos y ríos, desde que los vieron dejáronlos pasar con intención que los matarían, y estábanlos aguardando de la otra parte; y si muchos indios guastecas, que así se decían, se habían juntado en las primeras batallas que dieron a Cortés, muchos más estaban esta vez junto, y vienen como leones rabiosos a encontrarse con los nuestros, y a los primeros encuentros mataron dos soldados e hirieron sobre treinta; también mataron tres caballos e hirieron otros quince, y muchos mexicanos; mas tal prisa les dieron los nuestros, que no pararon en el campo, y luego se fueron huyendo, y quedaron de ellos muertos y heridos gran cantidad.

Y después que pasó aquella batalla, los nuestros se fueron a dormir a un pueblo que estaba despoblado, quo se habían huido los moradores de él, y con buenas velas y escuchas y rondas y corredores del campo, se estuvieron, y de cenar no les faltó; y después que amaneció, andando por el pueblo vieron estar en su cn y adoratorio de ídolos colgados muchos vestidos y caras desolladas y adobadas como cuero de guantes, y con sus barbas y cabellos, que eran de los soldados que habían muerto a los capitanes que había enviado Garay a poblar el río de Pánuco, y muchas de ellas fueron conocidas de otros soldados, que decían que eran sus amigos, y a todos se les quebró los corazones de lástima de verlas de aquella manera, y las quitaron de donde estaban y las llevaron para enterrar; y desde aquel pueblo se pasaron a otro lugar, y como conocían que la gente de aquella provincia era muy belicosa siempre iban muy recatados y puestos en ordenanza para pelear, no les tomasen desapercibidos.

Y los descubridores del campo dieron con unos grandes escuadrones de indios que estaban en celada para que después que estuviesen los nuestros en las casas apeados, dar en los caballos y en ellos, y como fueron sentidos, no tuvieron lugar de hacer lo que querían; mas todavía salieron muy denodadamente y pelearon con los nuestros como valientes guerreros, y estuvieron más de media hora que los de a caballo y escopeteros y ballesteros y los indios mexicanos no les podían hacer retraer ni apartar de sí, y mataron dos caballos e hirieron otros siete; y también hirieron quince soldados, y tres murieron de las heridas. Una cosa tenían estos indios; que ya que les llevaban de vencida, se tornaban a rehacer y aguardaron tres veces en la pelea, lo cual pocas veces se ha visto acaecer entre estas gentes; y viendo que los nuestros les herían y mataban, se acogieron a un río caudaloso y corriente, y los de a caballo y peones sueltos se fueron en pos de ellos e hirieron muchos, y otro día acordaron de correrles el campo e ir a otros pueblos que estaban despoblados, y en ellos hallaron muchas tinajas de vino de la tierra puestos en unos soterraños a manera de bodegas, y estuvieron en estas poblazones cinco días corriendo las tierras, y como todo estaba sin gente y despoblados, se volvieron al río de Achile.

Y Cortés tornó a enviar a llamar de paz a todos los mismos pueblos que estaban de guerra de aquella parte del río, y como les habían muerto mucha gente, temieron los indios que volvieran otra vez sobre ellos, y a esta causa enviaron a decir que vendrían de allí a cuatro días, que buscaban joyas de oro para presentarle; y Cortés aguardó los cuatro días que habían dicho que vendrían, y no vinieron por entonces. Y luego mandó que a un pueblo muy grande, que estaba cabe una laguna, que era muy fuerte, así por sus ciénagas y ríos, que de noche, oscuro y medio lloviznaba, que en muchas canoas que luego mandó buscar, atadas de dos en dos, y otras sueltas y en balsas bien hechas, pasasen aquella laguna a una parte del pueblo, en parte y paraje que no fuesen vistos ni sentidos de los de aquella poblazón, y pasaron muchos amigos mexicanos y sin ser vistos dan en el pueblo, el cual pueblo destruyeron, y hubo gran despojo y estrago en é1; y allí cargaron los amigos con todas las haciendas que los naturales de él tenían; y después que aquello vieron todos los más pueblos comarcanos, desde a cinco días todos los pueblos vinieron de paz, excepto otras poblazones que estaban muy trasmano, que los nuestros no pudieron ir a ellos en aquella sazón, y por no detenerme en gastar más palabras en esta relación, de muchas cosas que pasaron, las dejaré de decir, sino que entonces pobló Cortés una villa con ciento veinte vecinos, y entre ellos dejó veintisiete de a caballo y treinta y seis escopeteros y ballesteros, por manera que todos fueron los ciento veinte: llámase esta villa Santiesteban del Puerto, y esta obra de una legua de Chila, y a los vecinos que en aquella villa poblaron repartió y dieron por encomienda todos los pueblos que habían venido de paz, y dejó por capitán de ellos y por su teniente a un Pedro Vallejo. dale los de a caballo que los iban a socorrer reventaron dos cahallos, y llegados a las poblazones muy bien se lo pagaron, que como iban muchos mexicanos nuestros amigos, por vengarse de lo que les robaron en el puerto y camino malo, como dicho tengo, mataron y cautivaron muchos indios, y aun al cacique y a su capitán, que éstos murieron ahorcados después que hubieron vuelto lo que habían robado. Y esto hecho, Cortés mandó a los mexicanos que no hiciesen más daños, y luego envió a llamar de paz a todo los más principales y papas de aquella poblazón, los cuales vinieron y dieron la obediencia a Su Majestad, y el cacicazgo mandó que lo tuviese un hermano del cacique que habían ahorcado y los dejó en sus casas pacíficos y bien castigados; y entonces se volvió a México.

Y antes que más pase adelante quiero decir que en todas las provincias de la Nueva España otra gente más sucia y mala y de peores costumbres no la hubo como ésta de la provincia de Pánuco, porque todos eran sométicos y se embudaban por las partes traseras, torpedad nunca en el mundo oída, y sacrificadores y crueles en demasía, y borrachos y sucios y malos, y tenían otras treinta torpedades, y si miramos en ello, fueron castigados a fuego y sangre dos o tres veces, y otros mayores males les vino en tener por gobernador a Nuño de Guzmán, que desde que le dieron la gobernación les hizo casi a todos esclavos y los envió a vender a las islas.

Volvamos a nuestra relación y diré que Cortés y todos los oficiales del rey acordaron de enviar a Su Majestad todo el oro que le había cabido en su real quinto de los despojos de México y llevaron dos navíos y en ellos cincuenta y ocho mil castellanos en barras de oro, y llevaron. la recámara que llamábamos del gran Montezuma, que tenía en su poder Guatemuz, y fué un gran presente en fin para nuestro césar, porque fueron muchas joyas muy ricas y perlas tamañas algunas de ellas como avellanas, y muchos chalchihuis, que son piedras finas como esmeraldas, y otras muchas joyas, que por ser tantas y no detenerme en describirlas, lo dejaré de decir y traer a la memoria. Y también enviamos unos pedazos de huesos de gigantes que se hallaron en un cu y adoratorio de Coyoacán y eran muy grandes en demasía; y llevaron tres tigres y otras cosas que ya no me acuerdo. Y lo envió con Alonso de Avila y juntamente con él a su capitán de la guarda que se decía Antonio de. Quiñones. Y con estos procuradores escribió el cabildo de México a Su Majestad, y asimismo todos los más conquistadores escribimos juntamente con Cortés y fray Pedro Melgarejo y el tesorero Julián de Alderete, y todos a una decíamos de los muchos y buenos y leales servicios que Cortés y todos nosotros los conquistadores le habíamos hecho y a la contina hacíamos, y todo lo por nosotros sucedido desde que entramos a ganar la ciudad de México, y cómo estaba descubierta la Mar de Sur y se tenia por cierto que era cosa muy rica. Y suplicamos a Su Majestad que nos enviase obispos y religiosos de todas las órdenes que fuesen de buena vida y doctrina, para que nos ayudasen a plantar más por entero en estas partes nuestra santa fe católica; y Ie suplicamos todos a una que la gobernación de esta Nueva España que le hiciese merced de ella a Cortés, pues tan bueno y leal servidor le era, y a todos nosotros los conquistadores nos hiciese mercedes para nosotros y para nuestros hijos, y que todos los oficios reales, así de tesorero, contador y factor y escribanías públicas y fieles ejecutores, y alcaldías de fortalezas, que no hiciese merced de ellas a otras personas, sino que entre nosotros se nos quedase; y le suplicamos que no enviase letrados, porque en entrando en la tierra la pondrían en revuelta con sus libros, y habría pleitos y disensiones. Y se le hizo saber lo de Cristóbal de Tapia cómo venía guiado por don Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos, y que no era suficiente para gobernar, y que se perdería esta Nueva España si él quedara por gobernador, y que tuviese por bien de saber claramente qué se han hecho las cartas y relaciones que le habíamos escrito, dando cuenta de todo lo acaecido en esta Nueva España, porque teníamos por muy cierto que el mismo obispo no se las enviaba y antes le escribía al contrario de lo que pasaba, en favor de Diego Velázquez, su amigo, y de Cristóbal de Tapia, por casarlo con una su parienta o hija que se decía doña Petronila de Fonseca, y cómo presentó ciertas provisiones que venían firmadas y guiadas por el mismo obispo; y que todos estábamos los pechos por tierra para obedecerlas como se obedecieron; mas viendo que Tapia no era hombre para guerra, ni tenía aquel ser ni cordura para ser gobernador, que suplicaron de las provisiones hasta informar a su real persona todo lo acaecido, como ahora le informábamos y le hacíamos sabedor, como leales vasallos que somos obligados a nuestro rey y señor, y que ahora, que de lo que más fuere servidor mandar, que aquí estamos, pechos por tierra, para cumplir su real mando.

Dejemos de las cartas, y digamos de su buen viaje que llevaron nuestros procuradores después que partieron del puerto de la Veracruz, que fué en veinte días del mes de diciembre de mil quinientos veintidós años, y con buen viaje desembocaron por la canal de Bahama, y en el camino se le soltaron dos tigres de los tres que llevaban, e hirieron a unos marineros, y acordaron de matar al que quedaba porque era muy bravo y no se podían valer con éI, y fueron su viaje hasta la isla de la Tercera; y como Antonio de Quiñones era capitán y se preciaba de muy valiente y enamorado, parece ser revolvióse en aquella isla con una mujer, y hubo sobre ella cierta cuestión, y diéronle una cuchillada de que murió, y quedó solo Alonso de Avila por capitán. Y ya que iba con los dos navíos camino de España, no muy lejos de aquella isla topa con ellos Juan Florín, francés corsario, y toma el oro y navíos, y prende a Alonso de Avila y Ilevóle preso a Francia; y también en aquella sazón robó Juan Florín otro navío que venía de la isla de Santo Domingo y le tomó sobre veinte mil pesos de oro y gran cantidad de perlas. y azúcar, y cueros de vacas, y con todo se volvió a Francia muy rico e hizo grandes presentes a su rey y al almirante de Francia de las cosas y piezas de oro que llevaba de la Nueva España, que toda Francia estaba maravillada de las riquezas que enviábamos a nuestro gran emperador; y aun el mismo rey de Francia le tomaba codicia, más que otras veces, de tener parte en las islas y en esta Nueva España. Y entonces es cuando dijo que solamente con el oro que le iba a nuestro césar de estas tierras le podía dar guerra a su Francia, y aun en aquella sazón no era ganado ni había nueva del Perú, sino, como dicho tengo, lo de la Nueva España y las islas de Santo Domingo y San Juan y Cuba y Jamaica; y entonces dizque dijo el rey de Francia, o se lo envió a decir a nuestro emperador, que cómo habían partido entre él y el rev de Portugal el mundo sin darle parte a él; que mostrasen el testamento de nuestro padre Adán si le dejó solamente a ellos por herederos y señores de aquellas tierras, que habían tomado entre ello? dos sin darle a él ninguna de ellas, y que por esta causa era licito robar y tomar todo lo que pudiese por la mar.

Y luego tomó a mandar a Juan Florín que volviese con otra armada a buscar la vida por la mar, y de aquel viaje que volvió, ya que llevaba gran presa de todas ropas entre Castilla y las islas de Canarias, dió con tres o cuatro navios recios y de armada, vizcaínos, y los unos por una parte y los otros por otra embisten con Juan Florín y le rompen y desbaratan, y prenden a él y a otros muchos franceses, y les tomaron sus navíos y ropa, y a Juan Florín y a otros capitanes llevaron presos a Sevilla a la Casa de Contratación, y los enviaron presos a la corte a Su Majestad, y desde que lo supo mandó que en el camino hiciesen justicia de ellos, y en el puerto del Pico les ahorcaron; y en esto paró nuestro oro y capitanes que lo llevaron, y Juan Florín que lo robó.

Pues volvamos a nuestra relación, y es que llevaron a Francia preso a Alonso de Avila y le metieron en una fortaleza creyendo haber de él gran rescate, porque como levaba tanto oro a su cargo guardábanle bien, y Alonso de Avila tuvo tales maneras y conciertos con el caballero francés que le tenía a cargo o le tenia por prisionero que para que en Castilla supiesen de la manera que estaba preso y le viniesen a rescatar, dijo que fuesen en postalo. das las cartas y poderes que llevaba de la Nueva España y que se diesen en la Corte de Su Majestad al licenciado Núñez, primo de Cortés, que era relator del Real Consejo, o a Martín Cortés, padre del mismo Cortés, que vivía en Medellín; o a Diego de Ordaz, que estaba en la corte; y fueron a tan buen recaudo, que las hubieron a su poder y luego las despacharon para Flandes a Su Majestad, porque al obispo de Burgos no le dieron cuenta ni relación de ello; y todavía lo alcanzó a saber el obispo, y dijo que se holgó que se hubiese perdido y robado todo el oro, y dijeron que había dicho: "En esto habían de parar las cosas de este traidor de Cortés". Y dijo otras palabras muy feas.

Dejemos al obispo, y vamos a Su Majestad, que desde que lo supo dijeron que lo vió todo, y que hubo algún sentimiento de la pérdida del oro, y por otra parte se alegró viendo que tanta riqueza le enviaban y que sintiese el rey de Francia que con aquellos presentes que le enviábamos que le podría dar guerra; y luego envió a mandar al obispo de Burgos que en lo que tocaba a Cortés y a la Nueva España que en todo le diese favor y ayuda, y que presto vendría a Castilla y entendería en ver la justicia de los pleitos y contiendas de Diego Velázquez y Cortés. Y dejemos esto, y digamos cómo luego supimos en la Nueva España la pérdida del oro y riquezas de la recámara, y prisión de Alonso de Avila, y de todo lo más aquí por mí memorado, y tuvimos de ello gran sentimiento. Y luego Cortés con brevedad procuró de haber y allegar todo el más oro que pudo recoger, y de hacer un tiro de oro bajo y de plata, de lo que hablan traído de Michoacán, para enviar a Su Majestad, y llamase el tiro Fénix.

Dejemos de cuentos viejos, que no hacen a nuestra relación, y digamos todo lo que acaeció a Gonzalo de Sandoval y a los demás capitanes que Cortés había enviado a poblar las provincias por mí ya nombradas, y entretanto acaba Cortés de mandar forjar el tiro y allegas el oro para enviar a Su Majestad.

COMO GONZALO DE SANDOVAL LLEGO CON SU EJERCITO A UN PUEBLO QUE SE DICE TUSTEPEQUE. Y LO QUE ALLI HIZO, Y DESPUES PASO A GUAZACUALCO, Y TODO LO MAS QUE LE AVINO; ENTIENDASE QUE UNO ES TUSTEPEQUE Y QUE OTRO ES TUTUTEPEQUE. QUE SON DOS.

LLEGADO GONZALO DE SANDOVAL a un pueblo que se dice Tustepeque, que seria de México cien leguas, toda la provincia le vino de paz, excepto unos capitanes mexicanos que fueron en la muerte de sesenta españoles y mujeres de Castilla, que se habían quedado en aquel pueblo cuando vino Narváez, y era en el tiempo en que en México nos desbarataron, entonces los mataron, en el mismo pueblo, y de allí a dos meses que hubieron muerto a los por mí dichos, porque entonces fui con Sandoval, y posé en una como torrecilla que era adoratorio de ídolos, adonde se habían hecho fuertes cuando les daban guerra, y allí los cercaron, y de hambre y sed y de heridas los acabaron. Y digo que posé en aquella torrecilla a causa que había en aquel pueblo de Tustepeque muchos mosquitos de día, y como estaba muy alto y con el aire no había tantos mosquitos como abajo, y también por estar cerca del aposento donde posaba Sandoval.

Y volviendo a nuestra plática, procuró Sandoval de prender a los capitanes mexicanos, que les die" guerra y les mató, y prendió el más principal de ellos e hizo proceso contra él, y por justicia lo mandó quemar; otros muchos había juntamente con él que merecían pena de muerte, y disimuló con ellos, y aquél pagó por todos; y desde que esto fué hecho envió a llamar de paz a unos pueblos zapotecas. Y no quisieron venir. Y envió contra ellos a un capitán Briones.

Dejemos de esta entrada que no aprovechó, antes dañó, y digamos cómo el mismo Gonzalo de Sandoval envió a llamar de paz a otra provincia que se dice Xaltepeque, que también eran zapotecas y confinan con otros pueblos que se decían los minxes, gentes muy sueltas y guerreras, que tenían diferencias con los de Xaltepeque, que ahora como digo son a los que se envía a llamar; y vinieron de paz obra de veinte caciques y principales, y trajeron un presente de oro en joyas de muchas hechuras, y diez canutillos de oro en grano que entonces habían sacado de las minas, y fuimos a aquella provincia a ver las minas y llevamos muchos indios de los de aquellos pueblos, y con unas como hechuras de bateas lavaron en tres ríos delante de nosotros, y en todos tres sacaron oro e hincheron cuatro canutillos de ello, y que era cada uno del tamaño de un dedo de la mano, el de en medio, y eran poco más anchos que cañones de patos de Castilla; y con aquella muestra de oro volvimos donde estaba Gonzalo de Sandoval, y se holgó creyendo que la tierra era rica, y luego entendió en hacer los repartimientos de aquellos pueblos y provincias a los vecinos que habían de quedar allí poblados, y tomó para si unos pueblos que se dicen Guazpaltepeque, que en aquel tiempo era la mejor cosa que había en aquella provincia muy cerca de las minas; y aún le dieron luego sobre quince mil pesos de oro, creyendo Sandoval que tomaba una buena cosa, y la provincia de Xaltepeque, donde trajimos el oro, que depositó en el capitán Luis Marín: pensaba que le daba un condado, y todos salieron muy malos repartimientos, así lo que tomó Sandoval como lo que dió a Luis Marín. Y aun a mí me mandaba quedar a poblar en aquella provincia y me daba muy buenos indios y de mucha renta, que plugiera a Dios que los tomara, que se dicen Matlatán y Orizaba, donde está ahora el ingenio del virrey, y otro pueblo que se dice Ozotequipa, y no los quise por parecerme que si no iba en compañia de Sandoval, teniéndole por amigo, que no hacia lo que convenía a la calidad de mi persona; y Sandoval verdaderamente conoció mi voluntad, y por hallarme con é1 en las guerras, si las hubiese adelante, lo hice.

Dejemos de esto, y vamos camino de Guazacualco, que será de la villa de la Veracruz que dejamos poblada, obra de setenta leguas, y entrarnos en una provincia que se dice Zitla, la más fresca y llena de bastimentos y bien poblada que habíamos visto; y luego vino de paz, y es aquella provincia que he dicho de doce leguas de largor y otras tantas de ancho, muy poblado todo, y llegamos al gran río de Guazacualco: y enviamos a llamar a los caciques de aquellos pueblos que eran cabeceras de aquellas provincias; y estuvieron tres días que no vinieron ni enviaban respuesta, por lo cual creímos que estaban de guerra, y aun así Bizque lo tenían consultado que no nos dejasen pasar el río; y después tomaron acuerdo de venir de ahí a cinco días, y trajeron de comer y unas joyas de oro muy fino, y dijeron que cuando quisiésemos pasar que ellos traerían muchas canoas grandes.

Entonces Ie halagó Sandoval y le mandó que trajesen cien canoas atadas de dos en dos, y pasamos los caballos un día después de Pascua del Espíritu Santo; y, por acortar palabras, poblamos en el pueblo que estaba junto al rio, y era muy bueno para el trato de la mar, porque está el puerto de allí cuatro leguas el río abajo; y pusimos nombre la Villa de Espíritu Santo, y pusimos aquel sublimado nombre, lo uno, porque en Pascua Santa del Espiritu Santo desbaratamos a Narváez, y lo otro, porque el santo nombre fue nuestro apellido cuando le prendimos y desbaratamos; lo otro, pasar aquel río en este mismo dia, y porque todas aquellas tierras vinieron de paz sin dar guerra; y allí poblamos toda la flor de los caballeros y soldados que habíamos salido de México a poblar con Sandoval, y el mismo Sandoval y el mismo Luis Marín y un Diego de Godoy, y el capitán Francisco de Medina, y Francisco Marmolejo, y Francisco de Lugo, y Juan López de Aguirre, y Hernando de Montes Doca, y Juan de Salamanca, y Diego Azamar, y un Mansilla, y otro soldado que se decía Mejía Rapapelo, y Alonso de Grado, y e licenciado Ledesma, y Luis de Bustamante, y Pedro Castellar, y el capitán Briones, y yo y otros muchos caballeros y personas de calidad, que si los hubiese aquí de nombrar a todos es no acabar tan presto.

Volvamos a nuestra relación, y es que estando Sandoval entendiendo en la poblazón de aquella villa y llamando otras provincias de paz, le vinieron cartas cómo había entrado un navío en el río de Ayagualulco, que es puerto, aunque no bueno, que estaba de allí quince leguas, y en éL venían de la isla de Cuba la señora doña Catalina Juárez la IVlarcaida, que así tenia el sobrenombre, mujer que fue de Cortés, y la traía un su hermano, Juan Juárez, el vecino que fué el tiempo andando de México; y venia otra señora, su hermana, y Villegas el de México, y su mujer la Zambrana, y sus hijas, y aun la abuela, y otras muchas señoras casadas; y aun me parece que entonces vino Elvira López, la Larga, mujer que entonces era de un Juan de Palma, el cual Palma vino con nosotros, que después fué mujer de un Argueta; y también vino un Antonio Diosdado, el vecino que fué de Guatemala; y vinieron otros muchos que no se me acuerdan sus nombres. Y como Gonzalo de Sandoval lo alcanzó a saber, él en persona con todos los más capitanes y soldados fuimos por aquellas señoras y por todos los demás que traía en su compañía; y acuérdome que en aquella sazón llovió tanto que no podíamos ir por los caminos, ni pasar ríos ni arroyos, porque venían muy crecidos, que salieron de madre, y había hecho grandes nortes, y con mal tiempo y por no dar al través entraron con el navío en aquel puerto de Ayagualulco; y la señora doña Catalina Juárez, la Marcaida, y toda su compañía se holgarán con nosotros; y luego trajimos a todas aquellas señoras y su compaña a nuestra villa de Guazacualco, y lo hizo saber Sandoval muy en posta a Cortés de su venida, y las llevó luego camino de México, y fueron acompañándolas el mismo Sandoval y Briones, y Francisco de Lugo y otros caballeros. Y desde que Cortés lo supo dijeron que le había pesado mucho de su venida, puesto que no lo mostró, y les mandó salir a recibir, y en todos los pueblos les hacían mucha honra hasta que llegaron a México; y en aquella ciudad hubo regocijos y juego de cañas. y de allí a obra de tres meses que había llegado oímos decir que la hallaron muerta de asma una noche, y que habían tenido un banquete el día antes y en la noche, y muy gran fiesta, y porque yo no sé más de esto que he dicho no tocaremos en esta tecla. Otras personas lo dijeron más claro y abiertamente en un pleito que sobre ello hubo el tiempo andando en la Real Audiencia de México.

Dejemos de hablar de esto, pues ya pasó, y digamos de lo que le acaeció a Villafuerte, el que fué a poblar a Zacatula, y a Juan Alvarez Chico, que también fué a Colima. A Villafuerte le dieron mucha guerra y le mataron ciertos soldados, y estaba la tierra levantada que no les querían obedecer ni dar tributos; y a Juan Alvarez Chico, ni más ni menos; y desde que lo supo Cortés le pesó de ello, y como Cristóbal de Olid había venido de lo de Michoacán, y venia rico, y la había dejado de paz, y le pareció a Cortés que tenía buena mano para ir a asegurar y a pacificar aquellas dos provincias de Zacatula y Colima, acordó de enviarle por capitán y le dió quince de La caballo y treinta escopeteros y ballesteros.

Pues después que Cristóhal de Olid vio que ya tenía apaciguada aquella provincia y le habían venido de paz, Fué desde Zacatula a Colima y hallóla de guerra, y tuvo con los naturales de ella ciertos reencuentros, y le hirieron muchos soldados, los desbarató y quedaron de paz. Juan Alvarez Chico, que había ido por capitán, no sé qué se hizo de él; paréceme que murió en aquella villa. Pues como Cristóbal de Olid hubo pacificado a Colima y le pareció que estaba de paz, como era casado con una portuguesa hermosa que se decía doña Felipa de Araúz, o Zaraúz, dió la vuelta para México; y no se hubo bien vuelto cuando se tornó a levantar los de Colima y Zacatula; y en aquel instante había llegado a México Gonzalo de Sandoval con la señora doña Catalina Juárez Marcaida, y con Juan Juárez y todas sus compañas. como ya otra vez dicho tengo en el capítulo que de ello habla, acordó Cortés de enviarle por capitán para apaciguar aquellas provincias. Y con muy pocos de a caballo que entonces le dió, obra de quince ballesteros y escopeteros, conquistadores viejos, fué a Colima y castigó a dos caciques, y tal maña se dió, que toda la tierra dejó muy de paz, y nunca más se levantó, y se volvió por Zacatula e hizo lo mismo y de presto se volvió a México.

COMO VINO FRANCISCO DE GARAY DE JAMAICA CON GRANDE ARMADA PARA PANUCO, Y LO QUE LE ACONTECIO. Y MUCHAS COSAS QUE PASARON QUE LUEGO DIRE

COMO HE DICHO en otro capítulo que habla de Francisco de Garay, como era gobernador en la isla de Jamaica y rico, y tuvo nueva que habíamos descubierto muy ricas tierras cuando lo de Francisco Hernández de Córdoba, y Juan de Grijalva, y habíamos llevado a la isla de Cuba veinte mil pesos de oro, y los hubo Diego Velázquez, gobernador que era de aquella isla, y que venia en aquel instante Hernando Cortés con otra armada. tomóle gran codicia y levantó más la voluntad de venir él en persona y traer la mayor armada que pudiese; y buscó once navíos y dos bergantines, que fueron trece velas; y allegó ciento treinta y seis caballos y ochocientos cuarenta soldados, todos los más ballesteros y escopeteros, y basteciolos muy bien de todo lo que hubieron menester, y era pan cazabe y tocinos y tasajos de vacas, que ya había harto ganado vacuno, que como era rico y lo tenia todo de su cosecha, no le dolía el gasto; y para ser hecha aquella armada en la isla de Jamaica fué demasiada la gente y caballos que allegó, y en el año de mil quinientos veintitrés años salió de Jamaica con toda su armada por San Juan de junio y vino a la isla de Cuba a un puerto que se dice Xagua, y allí alcanzó a saber que Cortés tenía pacificada toda la provincia de Pánuco y poblada una villa, y que había gastado en la pacificación más de sesenta mil pesos de oro, y que había enviado a Su Majestad a suplicar le hiciese merced de la gobernación de ella juntamente con la Nueva España; y como le decían de las cosas heroicas que Cortés y sus compañeros habíamos hecho, y como tuvo nueva que con doscientos sesenta y seis soldados habíamos desbaratado a Panfilo de Narváez, habiendo traido sobre mil y trescientos soldados con doscientos de a caballo y otros tantos escopeteros y ballesteros y diez y ocho tiros, temió la fortuna de Cortés. Y en aquella sazón que estaba Garay en aquel puerto de Xagua le vinieron a ver muchos vecinos de la isla de Cuba, y viniéronse en su compañia de Garay ocho o diez personas principales de aquella villa, y le vino a ver el licenciado Zuazo, que había venido a aquella isla a tomar residencia a Diego Velázquez por mandado de la Real Audiencia de Santo Domingo; y platicando Garay con el licenciado sobre la ventura de Cortés, y que temía que había de tener diferencias con él sobre la provincia de Pánuco, le rogó que se fuese con él, en aquel viaje, para ser intercesor entre él y Cortés: y el licenciado Zuazo respondió que no podía ir por entonces sin dar residencia, mas que presto sería allá; y luego Garay mandó dar velas y va su derrota para Pánuco, y en el camino tuvo un mal tiempo, y los pilotos que llevaba subieron más arriba hacia el río de Palmas, y surgió en el propio río día de Señor Santiago; y luego envió a ver la tierra; y a los capitanes y soldados que envió no les pareció buena, o no hubieron gana de quedar allí, sino que se viniese al propio Pánuco a la poblazón y villa que Cortés había poblado, por estar más cerca de México; y desde que aquella nueva le trajeron acordó Garay de tomar juramentos a todos sus soldados que no le desampararían sus banderas y que le obedecerían como a tal capitán general; nombró alcaldes y regidores y todo lo perteneciente a una villa; dijo que se había de nombrar la villa Garayana; mandó desembarcar todos los caballos y soldados y los navíos desembarazados enviólos costa a costa con un capitán que se decía Grijalva, y él y todo su ejército se vino por tierra costa a costa cerca de la mar, y anduvo dos días por malos despoblados que eran ciénegas; pasó un río que venía de unas sierras que vieron desde el camino, que estaban de allí obra de cinco leguas, y pasaron aquel gran rio en balsas y en unas canoas que hallaron quebradas; luego, en pasando el río, estaba un pueblo despoblado de aquel día, y hallaron muy bien de comer maíz y aun gallinas. y había muchas guayabas muy buenas. Allí en este pueblo Garay prendió ciertos indios que entendían la lengua mexicana y halagóles y dióles camisas, enviólos por mensajeros a otros pueblos que le decían que estaban cerca para que le recibiesen de paz, y rodeó una ciénega y fué a unos pueblos que eran los mismos, y recibiéronle de paz, diéronle muy bien de comer y muchas gallinas de la tierra y otras aves como a manera de ansarones que tomaban en las lagunas; y como muchos de los soldados que llevaba Garay iban cansados y parece ser no les daban de lo que los indios les traían de comer, se amotinaron algunos y se fueron a robar a los indios de aquellos pueblos por donde venían.

Y en aquella sazón, viendo Garay que se le amotinaban sus soldados y no los podía haber, envió a un su capitán, que se decía Ocampo, a la villa de Santisteban a saber qué voluntad tenía el teniente que estaba por Cortés, que se decía Pedro de Vallejo, y aun le escribió haciéndole saber cómo traía provisiones y recaudos de Su Majestad para gobernar y ser adelantado de aquellas provincias, y cómo había aportado con sus navíos al río de Palmas, y del mal camino y trabajos que había pasado. Y Vallejo hizo mucha honra a Ocampo y a los que con él iban y les dió buena respuesta, y les dijo que Cortés holgara de tener tan buen vecino por gobernador, mas que le había costado muy caro la conquista de aquella tierra y Su Majestad le había hecho merced de la gobernación, y que venga cuando quisiere con sus ejércitos, y que se le hará todo servicio, y que le pide por merced que mande a sus soldados que no hagan injusticias ni robos a los indios, porque se le han venido a quejar dos pueblos, y tras esto, muy en posta escribió Vallejo a Cortés, y aun le envió la carta de Garay, e hizo que escribiese otra el mismo Gonzalo de Ocampo, y le envió a decir que qué mandaba que se hiciese, o que de presto enviase muchos soldados o viniese Cortés en persona.

Y de que Cortés vió la carta, envió a llamar a Pedro de Alvarado y a Gonzalo de Sandoval y a un Diego de Ocampo, hermano del otro Gonzalo de Ocampo que venía con Garay, y envió con ellos los recaudos que tenía cómo Su Majestad le había mandado que todo lo que conquistase tuviese en sí hasta que se averiguase la justicia entre él y Diego Velázquez, y que se los notificasen a Garay.

Dejemos de hablar de esto, y digamos que luego como Gonzalo de Ocampo volvió con la respuesta de Vallejo, a Francisco de Garay le pareció buena respuesta y se vino con todo su ejército a sujetar y estar más cerca de la villa de Santisteban del Puerto; y ya Pedro de Vallejo tenía concertado con los vecinos de la villa, y con aviso que tuvo de cinco soldados que se habían ido a la villa, que eran del mismo Garay, de los amotinados, cómo estaban muy descuidados, y que no se velaban, y cómo quedaban en un pueblo bueno y grande que se dice Nachapalán; y los de Vallejo que sabían bien la tierra, dan en la gente de Garay y le prenden sobre cuarenta soldados y se los llevaron a su villa de Santistehan del Puerto, y ellos lo tuvieron por bueno su prisión; y la causa que dijo Vallejo por qué los prendió era porque sin presentar las provisiones y recaudos que traían andaban robando la tierra. Y viendo esto Garay hubo gran pesar y tornó a enviar a decir al mismo Vallejo que le diese sus soldados, amenazándole con la justicia de nuestro rey y señor; y Vallejo respondió que después que vea las reales provisiones que las obedecerá y pondrá sobre su cabeza, y que fuera mejor que cuando vino Ocampo las trajera y presentara para cumplirlas, y que le pide por merced que mande a sus soldados que no roben ni saqueen los pueblos de Su Majestad.

Y en este instante llegaron los capitanes que Cortés enviaba con los recaudos y vino por capitán Diego de Ocampo, y como Diego de Ocampo era en aquella sazón alcalde mayor por Cortés en México, comenzó de hacer requerimientos a Garay que no entrase en la tierra, porque Su Majestad mandó que la tuviese Cortés, y en demandas y en respuestas se pasaron ciertos días, y entretanto cada día se le iban a Garay muchos soldados que anochecían y no amanecían en el real; y vió Garay que los capitanes de Cortés traían mucha gente de a caballo y escopeteros y de cada día le venían más, y supo que de sus navíos que había mandado venir costa a costa, se le habían perdido dos de ellos con tormenta de nortes que es travesía, y los demás navíos, que estaban en la boca del puerto, y que el teniente Vallejo les envió a requerir que luego entrasen dentro en el río no les viniese algún desmán y tormenta como la pasada; si no, que los tendria por corsarios que andaban a robar y desde que Garay vió el mal recaudo que tenía y sus soldados huidos y amotinados, y los navíos dados al través y los demás estaban tomados por Cortés, si muy triste estaba antes que se los tomasen, más lo estuvo después que se vió desbaratado, y luego demandó, con grandes protestaciones que hizo a los capitanes de Cortés, que le diesen sus naos y todos sus soldados, que se quería volver a poblar el rio de Palmas, y presentó sus pro visiones y recaudos que para ello traía, y que por no tener debates ni cuestiones con Cortés se quería volver. Y aquellos caballeros respondieron que fuese mucho en buena hora, y que ellos mandarían a todos los soldados que estaban en aquella provincia y por los pueblos amotinados que luego se vengan a su capitán y vayan en los navíos, y le mandarán proveer de todo lo que hubiere menester, así de bastimento como de armas y tiros y pólvora, y que escribirían a Cortés le proveyese muy cumplidamente de todo lo que hubiese menester; y Garay con esta respuesta y ofrecimientos estaba contento. Y luego se dieron pregones en aquella villa y en todos los pueblos y enviaron alguaciles a prender los soldados amotinados para traerlos a Garay, y por más penas que les ponía era pregonar en balde, que no aprovechaba cosa ninguna, y algunos que traían presos decían que habían llegado a la provincia de Pánuco y que no eran obligados a más seguirle ni cumplir el juramento que les hubo tomado, y ponían otras perentorias; que decían que no era capitán Garay para saber mandar, ni hombre de guerra. Y de que vió Garay que no aprovechaban pregones ni la buena diligencia que le parecía que ponían los capitanes de Cortés en traer sus soldados, estaba desesperado. Pues viéndose desamparado de todo, aconsejáronle los caballeros que venían por parte de Cortés que le escribiese luego al mismo Cortés, y que ellos serían intercesores con él para que volviese al río de Palmas, y que tenían a Cortés por de tan buena condición que le ayudaría en todo lo que pudiese, y que Pedro de Alvarado y Sandoval serían fiadores de ello y se lo harían cumplir.

Y luego Garay escribió a Cortés dándole muy entera relación de su viaje y desdichas y trabajos, y que si su merced mandaba, que le iría a ver y a comunicar cosas cumplideras al servicio de Dios y de Su Majestad, encomendándole su honra y estado, y que lo efectuase de manera que no fuese disminuida su honra. Y también escribieron Pedro de Alvarado y Diego de Ocampo y Gonzalo de Sandoval suplicando a Cortes por las cosas de Francisco de Garay, en todo fuese ayudado, pues en los tiempos pasados habían sido grandes amigos. Y Cortés, viendo aquellas cartas, hubo mancilla de Garay, y le respondió con mucha mansedumbre, y que le pesaba de todos sus trabajos, y que se venga a México, que le promete que en todo lo que le pudiere ayudar lo hará de muy buena voluntad, y que la obra se remite; y mandó que por doquiera desde ahí a una hora, con el aire que le din a Garay, y él que estaba de antes mal dispuesto, le dió dolor de costado con grandes calenturas; mandáronle los médicos sangrar y purgáronle, y de que veían que arreciaba el mal le dijeron que se confesase e hiciese testamento, lo cual luego hizo; dejó por albacea a Cortés, y después de haber recibido los Santos Sacramentos, de allí a cuatro días que le dió el mal dió el alma a Nuestro Señor Jesucristo que la crió, y esto tiene la calidad de la tierra de México, que en tres o cuatro días mueren de aquel mal dolor de costado, que esto ya lo he dicho otra vez, y lo tenemos bien experimentado de cuando estábamos en Tezcuco y en Coyoacán, que se murieron muchos de nuestros soldados. Pues ya muerto Garay, ¡perdónele Dios, amén!, le hicieron muchas honras al enterramiento, y Cortés y otros caballeros se pusieron luto, y como algunos maliciosos estaban mal con Cortés, no faltó quien dijo que le había mandado dar rejalgar en el almuerzo, y fué gran maldad de los que tal le levantaron, porque ciertamente de su muerte natural murió, porque así lo juró el doctor Ojeda y el licenciado Pedro Lopez, médicos, que lo curaron; y murió Garay fuera de su tierra en casa ajena y lejos de su mujer e hijos. Dejemos de contar esto y volvamos a decir de la provincia de Pánuco.

Que como Garay se vino a México, sus capitanes y soldados, como no tenían cabecera ni quien les mandase, cada uno de los soldados que aquí nombraré, que Garay traía en su compañía, se querían hacer capitanes, los cuales se decían: Juan de Grijalva, Gonzalo de Figueroa, Alonso de Mendoza, Lorenzo de Ulloa, Juan de Medina, el Tuerto; Juan de Avila, Antonio de la Cerda, y un Taborda: este Taborda fué el más bullicioso de todos los del real de Garay, y sobre todos ellos quedó por capitán un hijo de Garay, que quería casar Cortés con su hija, y no le acataban ni tenían cuenta de él todos los que he nombrado, ni ninguno de los de su compañia, antes se juntaban de quince en quince o de veinte en veinte y se andaban robando los pueblos y tomando las mujeres por fuerza, y mantas y gallinas, como si estuvieran en tierra de moros, robando lo que hallaban. Y desde que aquello vieron los indios de aquella provincia se concertaron todos a una de matarlos, y en pocos días sacrificaron y comieron más de quinientos españoles, y todos eran de los de Garay; y en un pueblo hubo que sacrificaran sobre cien españoles juntos. y por todos los más pueblos no hacían sino a los que andaban desmandados matarlos y comer y sacrificar, y como no había resistencia ni obedecían a los vecinos de la Villa de Santisteban que dejó Cortés poblada, ya que salían a darles guerra era tanta la multitud de guerreros, que no se podían valer con ellos, y a tanto vino la cosa y atrevimiento que tuvieron, que fueron muchos indios sobre la villa y la combatieron de noche y de día, de arte que estuvo en gran riesgo de perderse, y si no fuera por siete u ocho conquistadores viejos de los de Cortés, y por el capitán Vallejo, que ponían velas y andaban rondando y esforzando a los demás, ciertamente les entraran en su villa, y aquellos conquistadores dijeron a los demás soldados de Garay que siempre procurasen estar juntamente con ellos en el campo, y que allí en el campo estaban muy mejor, y que no se volviesen a la villa, y así se hizo y pelearon con ellos tres veces; y puesto que mataron al capitán Vallejo e hirieron otros muchos, todavía los desbarataron y mataron muchos indios de ellos; y estaban tan furiosos todos los indios naturales de aquella provincia, que quemaron y abrasaron una noche cuarenta españoles y mataron quince caballos, y muchos de ellos eran de los de Cortés y todos los demás fueron de Garay.

Y como Cortés alcanzó a saber estos destrozos que hicieron en esta provincia, tomó tanto enojo, que quiso volver en persona contra ellos, y como estaba muy malo de un brazo que se le había quebrado. no pudo venir, y de presto mandó a Gonzalo de Sandoval que viniese con cien soldados y cincuenta de a caballo y dos tiros y quince arcabuceros y escopeteros, y le dió ocho mil tlaxcaltecas y mexicanos, y le mandó que no viniese sin que les dejase muy bien hostigados, de manera que no se tornasen a alzar. Pues como Sandoval era muy ardid y cuando le mandaban cosa de importancia no dormía de noche, no se tardó mucho en el camino, que con gran concierto da orden cémo habían de entrar y salir los de a caballo en los contrarios, porque tuvo aviso que le estaban esperando en dos malos pasos todas las capitanías de los guerreros de aquellas provincias, y acordó de enviar la mitad de todo su ejército un mal paso, y él se estuvo con la otra mitad de su cornpañía a la otra parte, y mandó a los ballesteros y escopeteros no hiciesen sino armar unos y soltar otros, y dar en ellos hasta ver si los podían hacer poner en huida; y los contrarios tiraban mucha vara y flecha y piedra, e hirieron a ocho soldados y a muchos de nuestros amigos.

Y esto pasado, luego otro día sale Sandoval con los que trajo en su compañía de México y con los siete que había enviado, y tiene tales modos, que prendió hasta veinte caciques, que todos habían sido en la muerte de más de seiscientos españoles que mataron de los de Garay y de los que quedaron poblados en la villa de los de Cortés, y a todos los más pueblos envió a llamar de paz, y muchos de ellos vinieron y con otros disimulaba, aunque no venían. Y esto hecho escribió muy en posta a Cortés dándole cuenta de todo lo acaecido y que qué manda que hiciese de los presos; y que porque Pedro Vallejo, que dejó Cortés por su teniente, era muerto de un flechazo, a quién mandaba que quedase en su lugar, y también le escribió que lo habían hecho muy como varones los soldados ya por mi nombrados. Y como Cortés vió la carta, se holgó mucho en que aquella provincia estuviese ya de paz, y en la sazón que le dieron la carta a Cortés estaban acompañándole muchos caballeros conquistadores y otros que habían venido de Castilla, y dijo Cortés delante de ellos: "¡Oh, Gonzalo de Sandoval, qué en gran cargo os soy y cómo me quitáis de muchos trabajos!"; y allí todos le loaron mucho diciendo que era un muy extremado capitán y que se podía nombrar entre los muy afamados. Dejemos de estas loas. Y luego Cortés le escribió que para que más justificadamente castigase por justicia a los que fueron en la muerte de tanto español y robos de hacienda y muertes de caballos, que enviaba al alcalde mayor Diego de Ocampo para que se hiciese información contra ellos, y lo que se sentenciase por justicia se ejecutase, y le mandó que en todo lo que pudiese les aplaciase a todos los naturales de aquella provincia, y que no consintiese que los de Garay ni otras personas ningunas los robasen ni les hiciesen malos tratamientos. Y como Sandoval vió la carta y que venía Diego de Ocampo, se holgó de ello, y de allí a dos días que llegó el alcalde mayor Ocampo y después que le dió Sandoval relación de lo que había hecho y pasado, hicieron proceso contra los capitanes y caciques que fueron en la muerte de los españoles, y por sus confesiones, por sentencia que contra ellos pronunciaron, quemaron y ahorcaron a ciertos de ellos, y a otros perdonaron, y los cacicazgos dieron a sus hijos y hermanos a quien de derecho le venían.

Y esto hecho, Diego de Ocampo parece ser traía instrucciones y mandamientos de Cortés para que inquiriese quién fueron los que entraban a robar la tierra y andaban en bandos y rencillas y convocando a otros soldados que se alzasen, y mandó que los hiciesen embarcar en un navío y los enviasen a la isla de Cuba, y aun envió dos mil pesos para Juan de Grijalva si se quería volver a Cuba, y si se quisiese quedar, que le ayudase y diese todo recaudo para venir a México. Y en fin de más razones, todos de buena voluntad se quisieron volver a la isla de Cuba, donde tenían indios, y les mandó dar mucho bastimento de maíz y gallinas y de todas las cosas que había en la tierra, y se volvieron a sus casas e isla de Cuba. Y luego esto hecho nombraron por capitán a un fulano de Vallecido, y dieron la vuelta Sandoval y Diego de Ocampo para México y fueron bien recibidos de Cortés y de toda la ciudad, y de allí en adelante no se tornó más a levantar aquella provincia. Y dejemos de hablar más en ello, y digamos cómo el licenciado Zuazo, vino a México y se le hizo mucha honra, y Cortés le mandó salir a recibir y le llevó a sus palacios y se regocijó con él, y le hizo su alcalde mayor; y en esto paró el viaje del licenciado Alonso de Zuazo. Y dejemos de hablar de ello, y digo que esta relación que doy es por una carta que nos escribió Cortés a la villa de Guazacualco, al cabildo de ella, donde declaraba lo por mi aquí dicho. Dejemos esto, y diré cómo Cortés envió a Pedro de Alvarado a pacificar a las provincias de Guatemala.

COMO CORTES ENVIO A PEDRO Dr; ALVARADO A LA PROVINCIA DE GUATEMALA PARA QUE POBLASE UNA VILLA Y LOS ATRAIESE DE PAZ, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO

DILES COMO CORTES siempre tuvo los pensamientos muy altos y en la ambición de mandar y señorear quiso en todo remedar a Alejandro Macedonio, y con los muy buenos capitanes y extremados soldados que siempre tuvo y después que se hubo poblado la gran ciudad de México, y Guaxaca, y a Zacatula, y a Colima, y a la Veracruz, y a Pánuco, y a Guazacualco, y tuvo noticia que en la provincia de Guatemala había recios pueblos y de mucha gente, y que había minas, acordó de enviar a conquistarla y poblar a Pedro de Alvarado, y aun el mismo Cortés había enviado a rogar a aquella provincia que viniesen de paz que no quisieron venir.

Y dióle a Alvarado para aquel viaje sobre trescientos soldados, y entre ellos ciento y veinte escopeteros y ballesteros, y más le dió ciento treinta y cinco de a caballo y cuatro tiros, y mucha pólvora, y un artillero que se decía fulano de Usagre, y sobre doscientos tlaxcaltecas y cholultecas, y cien mexicanos que iban sobresalientes; y después de dadas las instrucciones en que le demandaba que con toda vigilancia procurase de atraerlos de paz sin darles guerra, y que con ciertas lenguas y clérigos que llevaba les predicase las cosas tocantes a nuestra santa fe, y que no les consintiese sacrificios, ni sodomías, ni robarse unos a otros, y que las cárceles y redes que hallase hechas adonde suelen tener presos indios a engordar para comer que las quebrase, y que los saquen de las prisiones, y que con amor y buena voluntad los atraiga a que den la obediencia a Su Majestad, y en todo se les haga buenos tratamientos; pues ya despedido Pedro de Alvarado de Cortés y de todos los caballeros amigos suyos que en México

había, se despidieron los unos de los otros, y partió de aquella ciudad en trece días del mes de noviembre de mil quinientos veintitrés años; y mandóle Cortés que fuese por unos peñoles que cerca del camino estaban alzados, en la provincia de Teguantepeque, los cuales peñoles trajo de paz; llamase el peñol de Guelamo, que era entonces de la encomienda de un soldado que se decía Guelamo, y desde allí fue a Teguantepeque, pueblo grande, y son zapotecas, y le recibieron muy bien, porque estaban de paz y ya habían ido de aquel pueblo, como dicho tengo en el capítulo pasado que de ello habla, a México y dado la obediencia a Su Majestad, y a ver a Cortés, y aun le llevaron un buen presente de oro.

Y desde Teguantepeque fue a la provincia de Soconusco, que era en aquel tiempo muy poblada de mas de quince mil vecinos, y también le recibieron de paz y le dieron un presente de oro y se dieron por vasallos de Su fvlajestad; y desde Soconusco llegó cerca de otras poblazones que se dicen Zap