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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1590 Historia Natural y Moral de las Indias

Joseph de Acosta
"Fragmento"

CAPITULO  III

Que en los indios hay algún conocimiento de Dios

PRIMERAMENTE, AUNQUE las tinieblas de la infidelidad tienen escurecido el entendimiento de aquellas naciones, pero en muchas cosas no deja la luz & la verdad y razón algún tanto de obrar en ellos; y así comunmente sienten y confiesan un Supremo Señor y Hacedor de todo, al cual los de Pirú llamaban Viracocha, y le ponían nombre de gran excelencia, como Pachacamac o Pachayachachic, que es creador del cielo y tierra, y Usapu, que es admirable, y otros semejantes. A este hacían adoración, y era el principal que veneraban, mirando al cielo. Y lo mismo se halla en su modo en los de México, y hoy día en los chinos y en otros infieles. Que es muy semejante a lo que refiere el libro de los Actos de los  Apóstoles, haber hallado San Pablo en Atenas, donde vió un altar intitulado, Ignoto Deo, al Dios no conocido, de donde tornó el apóstol ocasión de su predicación, diciéndoles: "al que vosotros veneráis sin conocerle, ese es el que yo os predico". Y así al mismo modo los que hoy día predican el Evangelio a los indios, no hallan mucha dificultad en persuadirles que hay un supremo Dios y Señor de todo, y que ése es el Dios de los cristianos, y el verdadero Dios. Aunque es cosa que mucho me ha maravillado que con tener esta noticia que digo, no tuviesen vocablo proprio para nombrar a Dios. Porque si queremos en lengua de indios hallar vocablo que responde a este Dios, como en latín responde Deus y en griego Theos, y en hebreo El y en arábigo Alá, no se halla en lengua del Cuzco, ni en lengua de México, por donde los que predican o escriben para indios usan el mismo nuestro español, Dios, acomodándose en la pronunciación y declaración a la propriedad de las lenguas índicas, que son muy diversas. De donde se ve cuán corta y flaca noticia tenían de Dios, pues aun nombrarle no saben sino por nuestro vocablo. Pero en efecto, no dejaban de tener alguna, tal cual, y así le hicieron un templo riquísimo en el Pirú, que llamaban el Pachamac, que era el principal santuario de aquel reino. Y como está dicho, es lo mismo Pachacamac que el Creador, aunque también en ese templo ejercitaban sus idolatrías, adorando al demonio y figuras suyas, y también hacían al Víracocha, sacrificios y ofrendas, y tenía el supremo lugar entre los adoratorios que los reyes ingas tuvieron. Y el llamar a los españoles, viracochas, fué de aquí por tenerlos en opinión de hijos del cielo, y como divinos, al modo que los otros atribuyeron deidad a Paulo y a Bernabé, llamando al uno Júpiter, y al otro Mercurio, e intentando de ofrecerles sacrificio como a dioses. Y al mismo tono los otros bárbaros de Melite, que es Malta, viendo que la víbora no hacía mal al Apóstol, le llamaban  dios. Pues como sea verdad tan conforme a toda buena razón, haber un soberano Señor y Rey del Cielo, lo cual los gentiles con todas sus idolatrías e infidelidad no negaron, como parece así en la filosofía del Timeo de Platón, y de la Metafísica de Aristóteles, y Asclepio de Trismegisto, como también en las Poesías de Homero y de Vergilio. De aquí es que en asentar y persuadir esta verdad de un Supremo Dios, no padecen mucha dificultad los predicadores evangélicos, por bárbaras y bestiales que sean las naciones a quienes predican. Pero esles dificultosísimo de desarraigar de sus entendimientos, que ninguno otro dios hay ni otra deidad hay sino uno, y que todo lo demás no tiene proprio poder ni proprio ser, ni propria operación, más de lo que les da y comunica aquel supremo y solo Dios y Señor. Y esto es sumamente necesario persuadilles por todas vías, reprobando sus errores en universal, de adorar más de un Dios. Y mucho más en particular de tener por dioses y atribuir deidad y pedir favor a otras cosas que no son dioses, ni pueden nada, más de lo que el verdadero Dios, Señor y Hacedor suyo les concede.

CAPITULO  IV

Del primer género de ídolatría de cosas naturales y universales

D ESPUÉS DEL Viracocha o supremo Dios, fué y es en los infieles el que más comunmente veneran y adoran, el sol, y tras él esas otras cosas que en la naturaleza celeste o elemental se señalan, como luna, lucero, mar, tierra. Los Ingas, señores del Pirú, después del Viracocha y del sol, la tercera guaca o adoratorio, y demás veneración, ponían al trueno, al cual llamaban por tres nombres, Chuquilla, Catuilla y Intiillapa, fingiendo que es un hombre que está en el cielo con una honda y una porra, y que está en su mano el llover, y granizar y tronar, y todo lo demás que pertenece a la región del aire, donde se hacen los nublados. Esta era guaca (que así llaman a sus adoratorios) general a todos los indios del Pirú, y ofrecíanle diversos sacrificios. Y en el Cuzco, que era la corte y metrópoli, se le sacrificaban también niños como al sol. A estos tres que he dicho: Viracocha, Sol y Trueno, adoraban en forma diversa de todos los demás, como escribe Polo haberlo él averiguado, que era poniendo una como manopla o guante en las manos cuando las alzaban para adorarles. También adoraban a la Tierra, que llamaban Pachamama, al modo que los antiguos celebraban la diosa Tellus, y al mar que llamaban Mamacocha, como los antiguos a la Thetis o al Neptuno. También adoraban el arco del cielo, y era armas o insignias del Inga, con dos culebras a los lados a la larga. Entre las estrellas comunmente todos adoraban a la que ellos llaman Collca, que llamamos nosotros las Cabrillas. Atribuían a diversas estrellas diversos oficios y adorábanlas los que tenían necesidad de su favor, como los ovejeros hacían veneración y sacrificio a una estrella que ellos llamaban Urcuchillay, que dicen es un carnero de muchos colores, el cual entiende en la conservación del ganado, y se entiende ser la que los astrólogos llaman Lira. Y los mismos adoran otras dos, que andan cerca de ella, que llaman Catuchillay, Urcuchillay, que fingen ser una oveja con un cordero. Otros adoraban una estrella que llaman Machacuay, a cuyo cargo están las serpientes y culebras, para que no les hagan mal, como a cargo de otra estrella que llamaban Chuquichinchay, que es tigre, están los tigres, osos y leones. Y generalmente de todos los animales y aves que hay en la tierra, creyeron que hubiese un semejante en el cielo, a cuyo cargo estaba su procreación y aumento, y así tenían cuenta con diversas estrellas, como la que llaman Chacana, y Topatorca y Mamana, y Mirco y Miquiquiray, y así otras, que en alguna manera parece que tiraban al dogma de las ideas de Platón. Los mexicanos cuasi por la misma forma, después del supremo Dios adoraban al sol, y así a Hernando Cortés, como él refiere en una carta al Emperador Carlos Quinto, le llamaban Hijo del Sol, por la presteza y vigor con que rodeaba la tierra. Pero la mayor adoración daban al ídolo llamado Vitzilipuztli, al cual toda aquella nación llamaba el Todopoderoso y señor de lo creado, y como a tal, los mexicanos hicieron el más suntuoso templo y de mayor altura, y más hermoso y galán edificio, cuyo sitio y fortaleza se puede conjeturar por las minas que de él han quedado en medio de la ciudad de México. Pero en esta parte, la idolatría de los mexicanos fué más errada y perniciosa que la de los ingas, como adelante se verá mejor; porque la mayor parte de su adoración e idolatría se ocupaba en ídolos, y no en las mismas cosas naturales, aunque a los ídolos se atribuían estos efectos naturales, como del llover y del ganado, de la guerra, de la generación, como los griegos, y latinos pusieron también ídolos de Febo y de Mercurio, y de Júpiter y de Minerva, y de Marte, etc. Finalmente, quien con atención lo mirare, hallará que el modo que el demonio ha tenido de engañar a los indios, es el mismo con que engañó a los griegos y romanos, y otros gentiles antiguos, haciéndoles entender, que estas criaturas insignes, sol, luna, estrellas, elementos, tenían proprio poder y autoridad para hacer bien o mal a los hombres, y habiéndolas Dios creado para servicio del hombre, él se supo tan mal regir y gobernar, que por una parte se quiso alzar con ser Dios, y por otra dió en reconocer y sujetarse a las criaturas inferiores a él, adorando e invocando estas obras, y dejando de adorar e invocar al Creador, como lo pondera bien el Sabio por estas palabras: vanos y errados son todos los hombres en quien no se halla el conocimiento de Dios. Pues de las mismas cosas que tienen buen parecer, no acabaron de entender al que verdaderamente tiene ser. Y con mirar sus obras, no atinaron al Autor y Artífice, sino que el fuego o el viento, o el aire presuroso o el cerco de las estrellas, o las muchas aguas, o el sol o la luna, creyeron que eran dioses y gobernadores del mundo. Mas si enamorados de la hermosura de las tales cosas les pareció tenerlas por dioses, razón es que miren cuánto es más hermoso que ellas el Hacedor de ellas, pues el dador de hermosura es el que hizo todas aquestas cosas. Y si les admiró la fuerza y maravilloso obrar de estas cosas, por ellas mismas acaben de entender cuánto será más poderoso que todas ellas el que les dió el ser que tienen. Porque por la propria grandeza y hermosura que tienen las criaturas se pueden bien conjeturar qué tal sea el Creador de todas. Hasta aquí son palabras del libro de la Sabiduría, de las cuales se pueden tomar argumentos muy maravillosos y eficaces para convencer el grande engaño de los idólatras infieles, que quieren más servir y reverenciar a la criatura que al Creador, como justísimamente les argulle el Apóstol. Mas porque esto no es del presente intento y está hecho bastantemente en los sermones que se escribieron contra los errores de los indios, baste por agora decir que tenían un mismo modo de hacer adoración al sumo Dios y a esos vanos y mentirosos dioses. Porque el modo de hacerle oración al Viracocha y al sol, y a las estrellas y a las demás guacas o ídolos, era abrir las manos y hacer cierto sonido con los labios como quien besa, y pedir lo que cada uno quería y ofrecerle sacrificio. Aunque en las palabras había diferencia cuando hablaban con el gran Ticciviracocha, al cual atribuían principalmente el poder y mando de todo, y a los otros como dioses o señores particulares, cada uno en su casa, y que eran intercesores para con el gran Ticciviracocha. Este modo de adorar abriendo las manos y como besando, en alguna manera es semejante al que el santo Job abomina como proprio de idólatras, diciendo: Si besé mis manos con mi boca mirando al sol cuando resplandece, o a la luna cuando está clara, lo cual es muy grande maldad y negar al altísimo Dios.