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Edicion 2017

Edición Web Limitada

Autora: Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1535 Historia Natural y General de las Indias. Gonçalo Hernández de Oviedo y Valdés.

Primera parte de la historia natural y general de las indias, yslas e tierra firme del mar oceano; escripta por el capitan Gonçalo Hernández de Oviedo y Valdés, alcayde de la fortaleza de la ciudad de Sancto Domingo de la ysla Española, y cronista de la sacra, cesárea y catholicas majestades del emperador don Carlos quinto de tal nombre, rey de España, e de la sereníssima e muy poderosa reyna doña Juana su madre nuestros señores. Por cuyo mandado el auctor escrivió las cosas maravillosas que hay en diversas yslas e partes destas indias e imperio de la corona real de castilla, según lo vido e supo en veynte e dos años e más que ha que vive e reside en aquellas partes. La qual historia comiença en el primero descubrimiento destas indias, y se contiene en veynte libros este primero volumen.

 

GENERAL Y NATURAL HISTORIA DE LAS INDIAS

Comienza el primero libro deste volumen. El cual consiste en el proemio o introdución desta primera parte de la General y Natural Historia de las Indias, dirigido a la sacra, cesárea, católica y real majestad del emperador rey, nuestro señor.
S. CES. CAT. R. M.

Escribe el Albulensis, por otro nombre dicho el Tostado, sobre la declaración que hizo de Eusebio (De los tiempos) el glorioso doctor de la Iglesia San Hierónimo, que los etíopes se levantaron de a par del río Indo. Aquesta Etiopía, parte della es en Asia y parte en Africa. Pero los etíopes orientales, en la India son; la cual, según Isidoro (Ethimol., lib. XIV, cap. 111, "De Assia"), hobo este nombre del río Indo: India vocata ab Indo flumine. El cual autor, antes desto, dice que el mar Rojo, en el Oriente, rescibe en sí el río Indo: Indus fluvius orientis qui rubro mari accipitur. Esta es la parte de la Etiopía oriental; pero, en la cosmografía moderna y experimentada, yo hallo señalado y puesto el río Indo no como los autores susodichos escriben, sino quinientas o más leguas adelante del mar Rojo y del mar de Persia; y entra en el Océano en la costa de la cibdad llamada Lima, en la boca del cual está el reino de Cambaya; entre el cual río Indo y el río Ganges está la India mayor, o India más oriental, que es muy lejos, como he dicho, del mar Rojo, y más al Levante que no son los etíopes, contra quien dicen que fué enviado a pelear Moisén, como capitán de los egipcianos. Mas, después, fueron estos etíopes buenos cristianos, e, como dice el Tostado en el lugar de suso alegado, convertidos a la fe por San Mateo apóstol. Y el comienzo de la conversión les fué el sancto Eunucho, mayordomo de la reina Candacis, baptizado y enseñado por sanct Felipe, apóstol.

Quiero significar y dar a entender por verdadera cosmografía, que aquí yo no tracto de aquestas Indias que he dicho, sino de las Indias, islas e tierra firme del mar Océano, que agora está actualmente debajo del imperio de la corona real de Castilla, donde innumerables e muy grandes reinos e provincias se incluyen, de tanta admiración y riquezas como en los libros desta Historia General e Natural destas vuestras Indias será declarado.

Por tanto, suplico a Vuestra Cesárea Majestad haga dignas mis vigilias de poner la mente en ellas; pues naturalmente todo hombre desea saber, y el entendimiento racional es lo que le hace más excelente que a otro ningún animal; y en esta excelencia es semejante a Dios en aquella parte que El dijo: "Hagamos el hombre a nuestra imagen y semejanza." Desta causa, no se contenta nuestra voluntad ni se satisface nuestro ánimo con entender y especular pocas cosas, ni con ver las ordinarias o próximas a la patria, ni dentro della misma. Antes, por otras muy apartadas provincias peregrinando (los que más participan deste lindo deseo), pospuestos muchos y varios peligros, no cesan de inquirir en la tierra y en la mar las maravillosas e innumerables obras que el mismo Dios y Señor, de todo nos enseña, para que más loores le demos, satisfaciendo la hermosa cobdicia desta peregrinación nuestra. Y nos declara, por lo que vemos del mundo, que quien pudo hacer aquello es bastante para todo lo que dél no alcanzamos, así por su grandeza como por la poca diligencia nuestra, e principalmente por la flaqueza humana, de que los mortales están vestidos; de que resultan otras causas e inconvenientes que pueden impedir tan loable ocupación como es ver con los ojos corporales lo que hay en esta composición a ellos visible (allende de lo que es contemplativo), de la universal redondez, a quien los griegos llaman cosmos e los latinos mundo. En el cual, mucho menos de la quinta parte algunos cosmógrafos quieren que sea habitada; de la cual opinión yo me hallo muy desviado, como hombre que, fuera de todo lo escrito por Tolomeo, sé que hay en este imperio de las Indias (que Vuestra Cesárea Majestad y su corona real de Castilla poseen), tan grandes reinos e provincias, y de tan extrañas gentes e diversidades e costumbres y ceremonias e idolatrías apartadas de cuanto estaba escripto, desde ab initio hasta nuestro tiempo, que es muy corta la vida del hombre para lo poder ver ni acabar de entender o conjecturar.

¿Cuál ingenio mortal sabrá comprehender tanta diversidad de lenguas, de hábitos, de costumbres en los hombres destas Indias? ¿Tanta variedad de animales, así domésticos como salvajes y fieros? ¿Tanta multitud innarrable de árboles, copiosos de diversos géneros de frutas, y otros estériles, así de aquellos que los indios cultivan, como de los que la Natura, de su propio oficio, produce sin ayuda de manos mortales? ¿Cuántas plantas y hierbas útiles y provechosas al hombre? ¿Cuántas otras innumerables que a él no son conocidas, y con tantas diferencias de rosas e flore e olorosa fragancia? ¿Tanta diversidad de aves de rapiña y de otras raleas? ¿Tantas montañas altísimas y fértiles, e otras tan diferenciadas e bravas? ¿Cuántas vegas y campiñas dispuestas para la agricultura, y con muy apropiadas riberas? ¿Cuántos montes más admirables y espantosos que Etna o Mongibel, y Vulcano, y Estrongol; y los unos y los otros debajo de vuestra monarquía?

No fueran celebrados en tanta manera los que he dicho por los poetas e historiales antiguos, si supieran de Masaya, y Maribio, y Guajocingo, e los que adelante serán memorados desta pluma, o escriptor vuestro.

¡Cuántos valles, e flores, llanos y deleitosos! ¡Cuántas costas de mar con muy extendidas playas e de muy excelentes puertos! ¡Cuántos y cuán poderosos ríos navegables! ¡Cuántos y cuán grandes lagos! ¿Cuántas fuentes frías e calientes, muy cercanas unas de otras! ¡E cuántas de betum e de otras materias o licores! ¿Cuántos pescados de los que en España conoscemos, sin otros muchos que en ella no se saben ni los vieron! ¿Cuántos mineros de oro e plata e cobre! ¡Cuánta suma preciosa de marcos de perlas e uniones que cada día se hallan! ¿En cuál tierra se oyó ni se sabe que en tan breve tiempo, y en tierras tan apartadas de nuestra Europa, se produciesen tantos ganados e granjerías, y en tanta abundancia como en estas Indias ven nuestros ojos, traídas acá por tan amplísimos mares? Las cuales ha rescebido esta tierra no como madrastra, sino como más verdadera madre que la que se las envió: pues en más cantidad e mejor que en España se hacen algunas dellas, así de los ganados útiles al servicio de los hombres como de pan, y legumbres, e frutas, y azúcar, y cañafistola; cuyo principio destas cosas, en mis días salió de España, y en poco tiempo se han multiplicado en tanta cantidad, que las naos vuelven a Europa a la proveer cargadas de azúcar, e cañafistola y cueros de vacas: E así lo podrían hacer de otras cosas que acá están olvidadas e aquestas Indias, antes que los españoles las hallasen, producían e agora producen, así como algodón, orchilla, brasil, e alumbre, e otras mercadurías que en muchos reinos del mundo las desean y serían grande utilidad para ellos. Lo cual nuestros mercaderes no quieren, por no ocupar sus navíos sino con oro, e plata, e perlas, e las otras cosas que dije primero.

Y pues lo que deste grandísimo e nuevo imperio se podría escrebir es tanto, e tan admirable la lección dello, ella misma me desculpe con Vuestra Cesárea Majestad, si tan copiosamente como la materia lo requiere no se dijere: baste que, como hombre que ha los años que he dicho que miro estas cosas, ocuparé lo que me queda de vivir en dejar por memoria esta dulce e agradable General y Natural Historia de Indias, en todo aquello que he visto, y en lo que a mi noticia ha venido e viniere, desde su primero descubrimiento, con lo que más pudiere ver y alcanzar dello, en tanto que la vida no se me acabare. Pues la clemencia de Vuestra Cesárea Majestad, como a criado que en estas partes le sirve e persevera con natural inclinación de inquerir, como he inquerido, parte destas cosas, ha seído servido mandarme que las escriba y envíe a su Real Consejo de Indias, para que, así como se fueren aumentando e sabiéndose, así se vayan poniendo en su gloriosa Crónica de España. En lo cual, Vuestra Majestad, demás de servir a Dios Nuestro Señor en que se publique e sepa por el restante del mundo lo que está debajo de vuestro real ceptro castellano, hace muy señalada merced a todos los reinos de cristianos en darles ocasión, con este tractado, para que den infinitas gracias a Dios por el acrecentamiento de su santa fe católica. La cual, con vuestro sancto e cristianísimo celo, cada día se aumenta en estas Indias. Y esto será un glorioso colmo de la inmortalidad de vuestra perpetua e única fama, porque, no solamente los fieles cristianos ternán que servir a Vuestra Cesárea Majestad tanta benignidad como es mandarles comunicar esta verdadera y nueva historia, pero aun los infieles e idólatras que fuera destas partes en todo el mundo hobiere, oyendo estas maravillas, quedarán obligados para lo mismo, loando al Hacedor dellas por serles tan incógnitas y apartadas de su hemisferio e horizontes.

Materia es, muy poderoso señor, en que mi edad e diligencia, por la grandeza del objecto e sus circunstancias, no podrán bastar a su perfecta difinición, por mi insuficiente estilo e brevedad de mis días. Pero será a lo menos lo que yo escribiere, historia verdadera e desviada de todas las fábulas que en este caso otros escritores, sin verlo, desde España, a pie enjuto, han presumido eerrihir con elegantes e no comunes letras latinas e vulgares, por informaciones de muchos de diferentes juicios, formando historias más allegadas a buen estilo que a la verdad de la cosa que cuentan; porque ni el ciego sabe determinar colores, ni el ausente así testificar estas materias como quien las mira.

Quiero certificar a Vuestra Cesárea Majestad que irán desnudos mis renglones de abundancia de palabras artificiales para convidar a los letores; pero serán muy copiosos de verdad, y conforme a ésta, diré lo que no terná contradición, cuanto a ella, para que vuestra soberana clemencia allá lo mande polir e limar. Con tanto que del tenor e sentencia de lo que aquí fuere notificado a vuestra grandeza, no se aparte la intención y obra del que tomare cargo de enmendar la mía, diciéndolo por mejor estilo: siquiera porque no se ofenda mi buen deseo, ni se me niegue el loor del trabajo que, en tanto tiempo y con tantos peligros, yo he padescido, allegando y inquiriendo, por todas las vías que pude saber, lo cierto destas materias, después que el año de mill e quinientos y trece de la Natividad del Redemptor nuestro, Jesucristo, el católico rey don Fernando, de gloriosa memoria, abuelo de Vuestra Cesárea Majestad, me envió por su veedor de las fundiciones del oro a la Tierra Firme, donde así me ocupé cuando convino en aquel oficio, como en la conquista y pacificación de algunas partes de aquella tierra con las armas, sirviendo a Dios y a Vuestras Majestades, como capitán y vasallo, en aquellos ásperos principios que se poblaron algunas cibdades e villas que agora son de cristianos; donde con mucha gloria del real cetro de España; allí se continúa e sirve el culto divino.

En la cual conquista, los que en aquella sazón pasamos con Pedrarias Dávila, lugarteniente e capitán general del Rey Católico, e después de Vuestras Majestades, seríamos hasta dos mil hombres, e hallamos en la tierra otros quinientos e más cristianos debajo de la capitanía de Vasco Núñez de Balboa en la cibdad del Darien (que también se llamó antes la Guardia e después Santa María del Antigua); la cual cibdad fué cabeza del Obispado de Castilla del Oro, e agora está despoblada, e no sin gran culpa de quien fué la causa; porque estaba en la parte que convenía para la conquista de los indios flecheros de aquellas comarcas. Y destos dos mil y quinientos hombres que he dicho, no hay al presente en todas las Indias, ni fuera dellas, cuarenta hombres, a lo que yo creo; porque para servir a Dios y a Vuestras Majestades, y para que viviesen seguros los cristianos que después han ido a aquellas provincias, así convenía, o mejor diciendo, era forzado que se hiciese. Porque la salvajez de la tierra, y los aires della, y la espesura de los herbajes y arboledas de los campos, y el peligro de los ríos e grandes lagartos e tigres, y el experimentar de las aguas e manjares fuese a costa de nuestras vidas y en utilidad de los mercaderes e pobladores que, con sus manos lavadas, agora gozan de muchos sudores ajenos.

Y porque estando Vuestra Cesárea Majestad en Toledo, el año que pasó de la Natividad de Cristo de mill e quinientos y veinte y cinco años, yo escribí una relación sumaria de parte de lo que aquí se contiene, e de aquélla fue su título: OVIEDO, De la Natural Historia de las Indias; mas aqueste tratado se llamará General y Natural Historia de las Indias; porque todo lo que en aquel sumario se contiene se hallará en éste y en las otras dos partes, segunda y tercera dél, mejor y más copiosamente dicho, así porque aquello se escribió en España, quedando mis memoriales e libros en esta cibdad de Santo Domingo de la isla Española (donde tengo mi casa), como porque yo he visto mucho más de lo que hasta entonces sabía destas materias, en diez años que han pasado desde que aquello se escribió, experimentando con más atención lo que a este efecto convenía más particularmente ver y entender. Y, demás desto, es de notar que todo lo que aquel reportorio o sumario contiene, habrá en este tratado y sus partes acrescentado, e otras cosas grandes,e muy nuevas, de que allí no podía yo hacer memoria, por no haberlas visto ni sabido.

Así que, muy poderoso señor, por las causas que de suso dije, justo es que tales historias sean manifiestas en todas las repúblicas del mundo; para que en todo él se sepa la amplitud e grandeza destos Estados que guardaba Dios a vuestra real corona de Castilla en ventura y méritos de Vuestra Cesárea Majestad, debajo de cuyo favor y amparo ofrezco la presente obra, e humilmente suplico, en pago del tiempo que en esto he trabajado, e de la antigüedad que en vuestra real casa de Castilla me dan cuarenta y más años que ha que soy del número de los criados de ella, sea servido de aceptar mis libros; porque, aunque éstos que aquí yo escribo no son de mucha industria o artificio ni de calidad que requieran prolija oración e ornamento de palabras, no han sido poco laboriosos, ni con la facilidad que otras materias se pueden allegar e componer escriptos; pero es, a lo menos, muy aplacible leción oír y entender tantos secretos de Natura.

Si algunos vocablos extraños e bárbaros aquí se hallaren, la causa es la novedad de que se tracta; y no se pongan a la cuenta de mi romance, que en Madrid nascí, y en la casa real me crié, y con gente noble he conversado, e algo he leído, para que se sospeche que habré entendido mi lengua castellana, la cual, de las vulgares, se tiene por la mejor de todas; y lo que hobiere en este volumen que con ella no consuene, serán nombres o palabras por mi voluntad puestas, para dar a entender las cosas que por ellas quieren los indios significar.

En toda recompense Vuestra Majestad con mi deseo las faltas de la pluma, pues dijo Plinio de la suya, en el proemio de la Natural Historia, que es cosa difícil hacer las cosas viejas nuevas; e a las nuevas dar auctoridad; y a las que salen de lo acostumbrado, dar resplandor; e a las obscuras, luz; y a las enojosas, gracia, e a las dudosas, fe. Basta que yo he deseado y deseo servir a Vuestra Cesárea Majestad y contentar a quien viere mi obra, y si no lo he sabido hacer. loarse debe mi intención. Conténtese el letor con que lo que yo he visto y experimentado con muchos peligros, lo goza él y sabe sin ninguno; y que lo puede leer sin que padezca tanta hambre y sed, e calor e frío, con otros innumerables trabajos, desde su patria, sin aventurarse a las tormentas de la mar, ni a las desventuras que por acá se padescen en la tierra, sino que para su pasatiempo y descanso haya yo nascido y, peregrinando, visto estas obras de Natura, o, mejor diciendo, del Maestro de la Natura; las cuales he escripto en veinte libros que contiene esta primera parte o volumen, y en los que hay en la segunda y terceras partes, en que al presente estoy ocupado, las cuales tratarán de las cosas de la Tierra Firme.

Verdad es, que el último libro, que agora se pone aquí por el número veinte, se pasará después en fin de la tercera parte, porque es de calidad que sirve a todas tres; el cual se llama De los infortunios y naufragios, de casos acaescidos en las mares destas Indias. Todos estos libros están divididos según el género e calidad de las materias por donde discurren. Las cuales no he sacado de dos mill millares de volúmenes que haya leído, como en el lugar suso alegado Plinio escribe, en lo cual paresce que él dijo lo que leyó; e algunas cosas dice él que acrescentó que los antiguos no las entendieron, o después la vida las falló; pero yo acumulé todo lo que aquí escribo, de dos mill millones de trabajos y nescesidades y peligros en veinte e dos años e más que ha que veo y experimento por mi persona estas cosas, sirviendo a Dios e a mi rey en estas Indias, y habiendo ocho veces pasado el grande mar Océano.

Mas, porque en alguna manera yo entiendo seguir o imitar al mismo Plinio (no en decir lo que él dijo, puesto que en algunos lugares sean alegadas sus auctoridades como cosa deste jaez universal de Historia Natural, pero en el distinguir de mis libros y géneros dellos, como él lo hizo), confesaré lo que él aprueba en su introdución; donde dice que es cosa de ánimo vicioso y de ingenio infelice querer más aína ser tomado, con el hurto que volver lo que le fué prestado, máxime haziéndose capital de la usura; pues por no incurrir en tal crimen, ni en desconocer al Plinio lo que es suyo (cuanto a la invención e título del libro), yo le sigo en este caso.

Una cosa terná mi obra apartada del estilo de Plinio, y será relatar alguna parte de la conquista destas Indias, e dar razón de su descubrimiento primero e de otras cosas que, aunque sean fuera de la Natural Historia, serán muy necesarias a ella para saber el principio e fundamento de todo, y aun para que mejor se entienda por donde los Católicos Reyes don Fernando y doña Isabel, abuelos de Vuestra Cesárea Majestad, se movieron a mandar buscar estas tierras, o, mejor diciendo, los movió Dios.

Todo esto y lo que tocare a particulares relaciones irá distincto e puesto en su lugar conveniente, mediante la gracia del Espíritu Sancto e su divino auxilio, con protestación expresa que todo lo que en esta escritura hobiere, sea debajo de la correpción y enmienda de nuestra sancta madre Iglesia apostólica de Roma, cuya migaja y mínimo siervo soy; y en cuya obediencia protesto vivir y morir. Pero, porque todos los celosos del honor y vergüenza propia temieron la murmuración de los detratores, y no solamente Plinio, que fué tan famoso autor, más tantos que no se pueden contar, y también el sancto rey David temía desto cuando rogaba a Dios que le librase de la lengua dolosa, con más justa razón debo yo temer lo mismo; pues los muertos y los ausentes no pueden responder por sí. Y como Plinio alegó aquel dicho de Plancho, cuando dijo que los muertos no combaten o contienden sino con las máscaras, quiero yo, demás deso, decir a los que desde Europa, o Asia, o Africa me reprendieren, que adviertan a que no estó en ninguna desas tres partes (según se puede sospechar de lo que está visto y descubierto de la mar austral y la vuelta que va dando por ella la tierra hacia el Norte e cabo del Labrador). E pues los letores me han de escuchar desde tan lejos, no me juzguen sin ver esta tierra donde estoy y de quien tracto; y que les baste que desde ella escribo, en tiempo de innumerables testigos de vista, y que se dirigen mis libros a Vuestra Cesárea Majestad, cuyo es aquesté imperio, y que se escriben por su mandado, y que me da de comer por su cronista destas materias, y que no he de ser de tan poco entendimiento que ante tan altísima y Cesárea Majestad ose decir el contrario de la verdad, para que pierda su gracia y mi honor; y que, demás deso, no son cosas las que aquí se tratan para ambiciosos honores de particulares personas, con palabras e ficiones aplicadas por esperanza de ser gratificado de ninguno de los mortales; antes, conformándome con aquella verdadera sentencia del sabio que dice: que la boca que miente, mata el ánima, espero en Dios que guardará la mía de tal peligro, e que, como fiel escriptor, seré dél remunerado por la amplísima liberalidad de su clemencia e real mando de Vuestra Cesárea Majestad, cuya gloriosa persona largos tiempos nuestro Señor favorezca e deje gozar de la total monarquía, como vuestro excelso corazón lo desea e vuestros leales y verdaderos súbditos deseamos, e toda la universal república cristiana ha menester, amén.

Pues, entre todos los príncipes que en el mundo se llaman fieles y cristianos, sólo Vuestra Cesárea Majestad al presente sostiene la católica religión e Iglesia de Dios, e la ampara contra la innumerable e malvada seta e grandísima potencia de Mahoma, poniendo en exilio su principal cabeza y Gran Turco, con tanta efusión de sangre turquesca, y con tan señaladas victorias en la mar y en la tierra, como en los años pasados de mill e quinientos y treinta e dos, y de treinta e tres años se vido, estando allando otros reyes cristianos, esperando en qué pararían vuestros subcesos; e dió nuestro misericordioso y justo Dios tal evento e salida a tan inmortal triunfo, que en cuanto hobiere hombres, jamás será olvidado; y así será en la celestial vida acepto y remunerado, que Vuestra Cesárea Majestad sea glorificado con los bienaventurados rey Ricaredo, primero de tal nombre, y su hermano Sant Hemergildo, mártir, de los cuales, tan larga dependencia y origen trae vuestra real prosapia e silla de España; y de quien hablando el Burgensis dice que entrando en España sesenta mill franceses, envió desde Toledo el rey Ricaredo a Claudio, su capitán general, y los venció, e mató e prendió la mayor parte dellos; y por tanto dijo: Nulla unquam in hispaniis victoria viator vel similis invenitur. Lo mismo escribe el arzobispo don Rodrigo, a quien en esto siguió el Burgensis, y mejor lo pudieran decir estos excelentes varones si vieran lo que obraron vuestros capitanes y vasallos el año de mill e quinientos e veinte e cinco años contra el rey Francisco e su caballería e poder de Francia en la prisión de su persona, e de los más e más principales de sus reinos y Estados en el cerco de Pavía, o si vieran lo que se espera que ha de obrar Dios en vuestra buena ventura e invicto nombre.

Todo esto se quede para vuestros elegantes cronistas que allá están y gozan de verlo, y ellos lo escriban; que acá, en estos tan apartados reinos, aunque los que amamos vuestro real servicio no veamos lo que es dicho de estas grandes victorias de Vuestra Cesárea Majestad, tanta parte deste placer rescibimos, como le han de tener los que aman a su príncipe, según deben como leales súbditos y cristianos; porque, en la verdad, no creo que se pueden decir tales los que dejaren de dar continuas gracias a Dios por el acrescentamiento de vuestra Cesárea persona e vida; pues en ella consisten las nuestras, e todo el bien de la cristiana religión.

 

Comienza el segundo libro de la General y Natural Historia de las Indias.

PROEMIO

Para que más ordenadamente esta grande e natural e general Historia de las Indias se entienda, conviene hacer distinción de mis libros; y en el proemio o principio de cada uno dellos entiendo dar particular e sumaria relación de las materias que se hau de tractar y escrebir en cada uno, o, a lo menos, de lo más substancial. E así digo que en este segundo se seguirá la historia en continuación del primero e precedente libro o proemio, diciendo el motivo e intención con que yo prosigo, cumpliendo lo que por la Cesárea Majestad me está mandado. E junto con esto, diré en qué manera sigo o, mejor diciendo, quiero o deseo imitar al Plinio, e tocaré brevemente las opiniones que hay sobre a quien él enderezó su Natural Historia. E asimismo diré la opinión que yo tengo cerca de haberse sabido estas islas por los antiguos, e ser las Hespérides: e probarélo con historiales e auctoridades de mucho crédito. E diré quién fué don Cristóbal Colom, primero descubridor e almirante destas Indias, e por qué vía e forma se movió al descubrimiento dellas; y en qué tiempo fueron halladas por él, y lo que le acaesció en el primero e segundo viajes que hizo a estas partes e lo que descubrió en ellas en cada viaje; e de la donación e título apostólico que el Sumo Pontífice hizo destas Indias a los Reyes Católicos, don Fernando e doña Isabel, e a sus subcesores en los reinos de Castilla y de León (no obstante que antiquísimamente fueron de España, según mi opinión). E diré quién fueron algunos caballeros e hidalgos que primero se hallaron en la conquista e pacificación desta isla Española, e de los trabajos que los cristianos pasaron en ella, en tanto que el Almirante fué a descobrir la isla de Jamaica; y del origen de la enfermedad de las búas, e de cuatro cosas muy notables que acaescieron el año de mill e cuatrocientos e noventa y dos años que estas Indias se descubrieron; e la orden del camino e navegación que se hace desde España a estas partes; y del crescer e menguar de la mar e su flujo e reflujo; e del nordestear e noruestear de las agujas de navegar, e otras particularidades convenientes al discurso de la historia, como más largamente consta de los siguientes capítulos.

Y porque dije en el primero libro que he pasado el mar Océano ocho veces, las siete fueron antes que esta octava viniese a presentar este tratado a nuestro gran César, como lo he hecho; e placiendo a nuestro señor, la novena será volviéndome Dios a mi casa a servir a Sus Majestades e a escrebir en limpio la segunda e tercera partes destas historias.

CAPITULO PRIMERO

De las opiniones que hay cerca de a quién dirigió Plinio su libro de la Natural Historia; e también relatando en parte, sumariamente, las materias de que se tracta en este libro segundo.

Escribió Plinio treinta e siete libros en su Natural Historia, e yo en aquesta mi obra e primera parte della, veinte, en los cuales, como he dicho, en todo cuanto le pudiere imitar, entiendo hacerlo. El primero de los suyos fué el proemio, enderezando lo que escribió a Tito, emperador; aunque otros tienen que a Domiciano, y no falta quien diga que a Vespasiano. Yo no tengo necesidad deso, pues no escribo de auctoridad de algún historiador o poeta, sino como testigo de vista, en la mayor parte, de cuanto aquí tratare; y lo que yo no hubiere visto, dirélo por relación de personas fidedignas, no dando en cosa alguna crédito a un solo testigo, sino a muchos, en aquellas cosas que por mi persona no hobiere experimentado. Y dirélas de la manera que las entendí, y de quién; porque tengo cédulas y mandamientos de la Cesárea Majestad para que todos sus gobernadores e justicias e oficiales de todas las Indias me den aviso e relación verdadera de todo lo que fuere digno de historia, por testimonios auténticos, firmados de sus nombres e signados de escribanos públicos, de manera que hagan fe. Porque, como celosos príncipes de la verdad e tan amigos della, quieren que esta Historia Natural e General de sus Indias se escriba muy al proprio. Porque, como dice Plinio (lib. V, cap. II), aunque paresce claro el camino o vía de se poder entender la verdad, es difícil, porque los hombres diligentes se cansan o enojan de investigar lo cierto, e por no parescer ignorantes, no se avergüenzan de mentir. Y es gran peligro transcorrer en mucho crédito cuando quien es auctor de lo falso es hombre grave e de auctoridad. Por cierto, yo veo cosas escritas desde España destas Indias, que me maravillo de lo que osaron los auctores decir dellas, arrimados a sus elegantes estilos, seyendo tan desviados de la verdad como el cielo de la tierra; y quedan disculpados con decir: "así lo oí, e aunque no lo vi, entendílo de personas que lo vieron e dieron a entender"; de manera que se osó escrebir al Papa e a los reyes e príncipes extraños.

Pero lo que yo aquí diré, no quiero contarlo a los que no me conoscen, ni a los que viven fuera de España; e por tanto, dico ego opera mea regí, e como quien la relata a su rey proprio e ante tan alta Majestad. Pues Plinio contó su proemio por primero libro, sea así mi introdución precedente en quien comiencen los míos, e aqueste llamemos el segundo.

Dije que Plinio enderezó su Natural Historia a Tito, emperador, e podrá parescer a algunos que me contradigo, porque en aquella sumaria relación de cosas de Indias que escrebí en Toledo el año de mill e quinientos e veinte e cinco, dije que lo quel Plinio escribió de semejantes materias lo dirigió a Domiciano, emperador (y de tal opinión soy). Y para satisfacer a los que desta inadvertencia quisieren culparme, porque a mi parescer no lo es, digo que yo oí sobre la misma quistión al Pontano en Nápoles, año de mill y quinientos, el cual en aquella sazón era tenido por uno de los literatísimos y doctos hombres de Italia; y éste tenía que Plinio escribió a Domiciano e no a su hermano Tito, y para ello daba suficientes razones. Pero, demás de lo que algunos historiadores escriben, es de otro parescer el Antonio de Florencia, el cual alega que Vine., in Specu. hist. (lib. XI, cap. LXVII), hablando en Plinio y su General e Natural Historia, dice así: Hic scripsit de historia naturali libros XXXVII, quos Vespasiano curo epistola prœmissa direxit. Por manera que ésta es otra tercera opinión, conforme a la cual Plinio dirigió sus libros al emperador Vespasiano, e no a ninguno de sus hijos. Dejemos aquesto e tornemos a nuestro principal intento e propósito.

Digo quel segundo libro de Plinio tracta de los elementos y estrellas e planetas y eclipses; y del día y de la noche; e de la geometría del mundo e sus medidas; e de los vientos e truenos e rayos; e de los cuatro tiempos del año; y de prodigios e portentos; y dónde y cómo se congelan la nieve y el granizo; y de la natura de la tierra e de su forma; y cuál parte della es habitada. (Aunque, en lo que dice de ser inhabitable la tórrida zona o línea equinocial, él se engañó, también, como los que tal escribieron: pues que es muy habitada, por lo que hoy vemos en la Tierra Firme destas Indias; e aun Avicena así lo creyó, e dió razón para ello, e no sintió otra cosa en contra, como natural filósofo e cierto, más que todos los que en este caso han escrito e dicho otra cosa.) Y también hizo mención de los terremotos, y en qué tierra no llueve, y dónde continuamente tiembla la tierra, e cómo cresce e mengua la mar; e relata algunos miraglos de fuego.

De aquestas cosas e otras muchas que él dice, las que hobiere semejantes a ellas en esta Historia de Indias, se dirá en las provincias o tierras donde hobiere algo que notar de tales materias, e, por tanto, no las expresaré en este mi segundo libro; mas notificaré en él la persona y ser de don Cristóbal Colom, primer inventor e descubridor e almirante destas Indias; e diré de su origen, y del primero, segundo, tercero e cuarto viajes que hizo a estas partes, por lo cual, habiendo respecto a sus grandes servicios, los Católicos Reyes, don Fernando e doña Isabel, que ganaron los reinos de Granada e Nápoles, &c., le hicieron merçed del Estado e título de almirante perpetuo de sus Indias, e después dél a sus subcesores; e le fueron dadas las armas reales de Castilla y de León, e otras mezcladas con ellas e con las quél se tenía de su linaje, en cierta forma, como adelante se dirá. E fué hecho noble, con título de don para él e sus descendientes. Y también se dirá de qué forma se hobo en el descubrimiento que hizo en parte de la Tierra Firme, la cual creo que no es menor que todas tres juntas, Asia, Africa, Europa, por lo que la cosmografía moderna nos enseña; pues en lo que se sabe hay de tierra continuada desde el estrecho que descubrió el capitán Fernando de Magallanes, que está de la otra parte de la línea equinocial, a la banda del polo antártico, hasta el fin de la tierra que se sabe, la cual llaman del Labrador, que está a la parte de nuestro polo ártico, o Septentrión, andando lo que es dicho, costa a costa, son más de cinco mill leguas de tierra continuada; lo cual parescerá al letor cosa imposible, habiendo respecto a lo que boja o tiene de circunferencia todo el orbe. Pero no es de maravillar, viendo la figura que la Tierra Firme tiene; porque está enarcada, de semejanza de un señuelo de cazador, o como una herradura de un caballo; e considerando la parte e forma en que está asentada esta otra mitad del mundo, entenderá muy bien cualquiera mediocre cosmógrafo, que es muy posible ser tan grande como he dicho la Tierra Firme.

En algunas cosas de las que en esta primera parte yo escribo, no seré largo, por ser notorias. Y también diré algunas opiniones que hoy viven cerca de aqueste descubrimiento, e de donde hobo noticia de estas tierras este primero descubridor dellas, estando tan incónitas e apartadas de todo lo que Tolomeo e otros cosmógrafos escribieron. Pero no daré en este caso más crédito (ni tanto) a lo que el vulgo o algunos quisieron afirmar, porfiando que desta tierra e mares otro fué descubridor primero, como a lo que la misma obra y el efecto del dicho Almirante consintieren. Porque, en la verdad, aunque otra cosa se pudiese presumir de los contrarios indicios o fábulas, para estorbar el Ioor de don Cristóbal Colom, no deben ser creídos. Suya es esta gloria, y a solo Colom, después de Dios, la deben los reyes de España pasados e católicos, e los presentes y por venir; y no solamente toda la nasción de los señoríos todos de Sus Majestades, más aun los reinos extraños, por la grande utilidad que en todo el mundo ha redundado destas Indias, con los innumerables tesoros que de ellas se han llevado e cada día se llevan, e se llevarán en tanto que haya hombres.

CAPITULO II

Del origen e persona del almirante primero de las Indias, llamado Cristóbal
Colom, e por qué via o manera se movió al descubrimiento de ellas, según la opinión del vulgo.

Quieren algunos decir que esta tierra se supo primero grandes tiempos ha, y que estaba escrito e notado dónde es, y en qué paralelos; e que se había perdido de la memoria de los hombres la navegación e cosmografía destas partes, y que Cristóbal Colom, como hombre leído e docto en esta sciencia, se aventuró a descobrir estas islas. E aun yo no estó fuera desta sospecha, ni lo dejo de creer, por lo que se dirá adelante en el siguiente capítulo. Mas, porque es bien que a hombre que tanto se le debe, pongamos por principio e fundador de cosa tan grande como ésta, a quien él dió comienzo e industria, para todos los que viven y después dél nos vinieren, digo que Cristóbal Colom, según yo he sabido de hombres de su nasción, fué natural de la provincia de Liguria, que es en Italia, en la cual cae la cibdad e señoría de Génova: unos dicen que de Saona, e otros que de un pequeño lugar o villaje, dicho Nervi, que es a la parte del Levante y en la costa de la mar, a dos leguas de la misma cibdad de Génova; y por más cierto se tiene que fué natural de un lugar dicho Cugureo, cerca de la misma cibdad de Génova. Hombre de honestos parientes e vida, de buena estatura e aspecto, más alto que mediano, e de recios miembros; los ojos vivos, e las otras partes del rostro de buena proporción; el cabello muy bermejo, e la cara algo encendida e pecoso; bien hablado, cauto e de gran ingenio, e gentil latino, e doctísimo cosmógrafo; gracioso cuando quería; iracundo cuando se enojaba. El origen de sus predescesores es de la cibdad de Placençia, en la Lombardía, la cual está en la ribera del río Po, del antiguo e noble linaje de Pelestrel. Viviendo Domínico Colom, su padre, este su hijo, seyendo mancebo, e bien doctrinado, e ya salido de la edad adolescente, se partió de aquella su patria e pasó en Levante, e anduvo mucha parte, o lo más, del mar Mediterráneo, donde aprendió la navegación y ejercicio della por experiencia; e después que algunos viajes hizo en aquellas partes, como su ánimo era para más extendidas mares e altos pensamientos, quiso ver el grandísimo mar Océano, e fuese en Portugal. E allí vivió algún tiempo en la cibdad de Lisbona, desde la cual, e de donde quiera que estuvo siempre, como hijo grato, socorría a su padre viejo con parte del fructo de sus sudores, viviendo en una vida asaz limitada, e no con tantos bienes de fortuna que pudiese estar sin asaz nescesidad.

Quieren decir algunos que una carabela que desde España pasaba para Inglaterra cargada de mercadurías e bastimentos, así como vinos e otras cosas que para aquella isla se suelen cargar, de que ella caresce e tiene falta, acaesció que le sobrevinieron tales e tan forzosos tiempos, e tan contrarios, que hobo de nescesidad de correr al Poniente tantos días, que reconosció una o más de las islas destas partes e Indias; e salió en tierra, e vido gente desnuda, de la manera que acá la hay; y que cesados los vientos, que contra su voluntad acá le trujeron, tomó agua y leña para volver a su primer camino. Dicen más: que la mayor parte de la carga que este navío traía eran bastimentos e cosas de comer, e vinos; y que así tuvieron con qué se sostener en tan largo viaje e trabajo; e que después le hizo tiempo a su propósito, y tornó a dar la vuelta, e tan favorable navegación le subcedió, que volvió a Europa, e fué a Portugal. Pero como el viaje fuese tan largo y enojoso, y en especial a los que con tanto temor e peligro forzados le hicieron, por presta que fuese su navegación, les turaría cuatro o cinco meses, o por ventura más, en venir acá e volver a donde he dicho. Y en este tiempo se murió cuasi toda la gente del navío, e no salieron en Portugal sino el piloto con tres o cuatro, o alguno más, de los marineros, e todos ellos tan dolientes, que en breves días después de llegados murieron.

Dícese, junto con esto, que este piloto era muy íntimo amigo de Cristóbal Colom, y que entendía alguna cosa de las alturas; y marcó aquella tierra que halló de la forma que es dicho, y en mucho secreto dió parte dello a Colom, e le rogó que le hiciese una carta y asentase en ella aquella tierra que havía visto. Dícese que él le recogió en su casa, como amigo, y le hizo curar, porque también venía muy enfermo; pero que también se murió como los otros, e que así quedó informado Colom de la tierra e navegación destas partes, y en él solo se resumió este secreto. Unos dicen que este maestre o piloto era andaluz; otros le hacen portugués; otros vizcaíno; otros dicen quel Colom estaba entonces en la isla de la Madera, e otros quieren decir que en las de Cabo Verde, y que allí aportó la carabela que he dicho, y él hobo, por esta forma, noticia desta tierra.

Que esto pasase así o no, ninguno con verdad lo puede afirmar; pero aquesta novela así anda por el mundo, entre la vulgar gente, de la manera que es dicho. Para mí, yo lo tengo por falso, e, como dice el Augustino: Melius, est dubitare de ocultis, quam litigare de incertis. Mejor es dubdar en lo que no sabemos que porfiar lo que no está determinado.

CAPITULO III

En que se trata de la opinión que el auctor e coronista de esta Natural e General Historia de las Indias tiene cerca de haberse sabido y escripto por los antiguos dónde son estas Indias, e cómo e con quién lo prueba.

En el precedente capítulo se dijo la opinión que el vulgo tiene cerca del descubrimiento destas Indias; agora quiero yo decir lo que tengo creído desto, e cómo, a mi parescer, Cristóbal Colom se movió, como sabio e docto e osado varón, a emprender una cosa como ésta, de que tanta memoria dejó a los presentes e venideros; porque conosció, y es verdad, que estas tierras estaban olvidadas. Pero hallólas escriptas; e para mí no dudo haberse sabido e poseído antiguamente por los reyes de España. E quiero decir lo que en este caso escribió Aristótiles, el cual dice que, después de haber salido por el estrecho de Gibraltar hacia el mar Atlántico, se dice que se halló por los cartaginenses mercaderes una grande isla que nunca había seído descubierta ni habitada de nadie, sino de fieras e otras bestias; por lo cual ella estaba toda silvestre y llena de grandes árboles e ríos maravillosos, e muy aparejados para navegar por ellos, muy fértil e abundosa en todas las cosas que se pueden plantar e nascer, e nascidas, crescer en grande ubertad; pero muy remota e apartada de la tierra firme de Africa, y por muchos días de navegación. A la cual, como llegasen algunos mercaderes de Cartago, como por ventura, movidos de la fertilidad de la tierra e por la clemencia del aire, comenzaron allí a poblar e asentar sus villas, o pueblos e lugares. Por lo cual movidos los cartaginenses e su Senado, mandaron pregonar, so pena de muerte, que ninguno de ahí adelante a aquella tierra osase navegar, e que a los que habían ido a ella, los matasen, por razón que era tanta la fama de aquella isla e tierra, que si ésta pasase a otras naciones que la sojuzgasen, o a otro de más imperio que los cartaginenses, recelaban que les sería muy gran contrario e inconveniente contra ellos e contra su libertad.

Todo esto que es dicho pone en su repertorio frater Teophilus de Ferrarais, Cremonensis, Vitae regularis sacri ordinis predicatorum, siguiendo lo que escribió el Aristótiles: De admirandis in natura auditis. Esta es gentil auctoridad para sospechar que esta isla que Aristótiles dice, podría ser una destas que hay en nuestras Indias, así como esta isla Española, o la de Cuba, o, por ventura, parte de la Tierra Firme. Esto que es dicho no es tan antiguo como lo que agora diré; porque, segund la cuenta de Eusebio (De los tiempos), trescientos e cincuenta e un años antes del advenimiento de Cristo, nuestro Redemptor, fueron Alejandre e Aristótiles. Pero, en la verdad, segund las historias nos amonestan e dan lugar que sospechemos otro mayor origen de aquestas partes, yo tengo estas Indias por aquellas famosas islas Hespérides, así llamadas del duodécimo rey de España, dicho Hespero. Y para que aquesto se entienda e pruebe con bastantes auctoridades, es de saber que la costumbre de los títulos o nombres que los antiguos daban a los reinos e provincias procedieron después de la división de las lenguas e la fundación de la torre de Babilonia; porque entonces todas las gentes vivían juntas, e allí fueron divididas e se apartaron con diferentes lenguajes e capitanes, presupuesto, como es verdad, que todas las gentes se desparcieron e sembraron sobre la tierra, como la Sacra Escriptura nos lo acuerda en el lugar de suso alegado. Dice Isidoro (Ethim., lib. IX, cap. II) que los asirios hubieron nombre de Asur, e los de Lidia de Lido; los hebreos de Heber; los ismaelitas de Ismael; de Moab descendieron los moabitas; de Amón los amonitas; de Canaam los cananeos; de Saba los sabeos; de Sidón los sidonios; de Jebus los jebuseos; de Gomer los gálatas y galos; de Tiras los traces; del rey Perseo los persas; los caldeos de Caseth, hijo de Nacor, hermano de Abraham; los fenices de Fénix, hermano de Cadmo; los egipcios de Egipto, su rey; los armenios se dijeron así de Armenio, su rey, que fué uno de los compañeros de Jamón; los troyanos de Troo, su rey; los sicionios de Sición, su rey; los archadios de Archadio, su rey, hijo de Júpiter; los argivos de Argo; los macedonios de Emación, su rey; los de Epiro de Pirro, su rey, hijo de Achiles; los lacedemonios de Lacedemón, hijo de Júpiter; los alejandrinos de Alexandre Magno, su rey, que edificó aquella cibdad de Alejandría; los romanos de Rómulo, su rey, que edificó la cibdad de Roma. E así, a este propósito, se podrían decir otros muchos que el mismo Isidoro trae a consecuencia en el lugar de suso alegado.

Esta costumbre quedó desde los primeros capitanes o caudillos que, como dije de suso, se apartaron en diversas lenguas desde la tierra de Senaar, que es adonde se edificaba aquella torre de Babilonia. Pues, conforme a esto, sabemos por Beroso que Ribero, segundo rey de España, hijo de Túbal, dió nombre al río Hebro, donde las gentes de aquella riberá se dijeron hiberos; e, según el mismo Beroso dice, Brigo fué el cuarto rey de España, del cual se dijeron los brigos; e créese que, corrupto el vocablo, e poniendo, por b, ph, se dijeron phrigios los del reino de Frigia, que después se llamaron troyanos, de Troo, su rey; de lo cual se colige haber habido su primero origen los troyanos de los brigios hispanos. Porque dice Plinio (lib. V, cap. XXXIII) que hay auctores que escriben que de Europa fueron los brigos, de quien fueron nombrados los phrigios; pues, luego bien se dice de suso que los de Frigia e troyanos hobieron de España su fundamento e prinçipio.

Tornando a nuestro discurso, según el mismo Beroso, digo que Hispalo fué noveno rey de España, y éste dió nombre al río Hispalis, o a Sevilla, que es la misma Hispalis, e los moradores de su ribera se dijeron hispanos, que fueron gentes venidas de Scithia; los cuales trujo consigo Hércoles, como lo dice el arzobispo don Rodrigo. El cual Hispalo se cree ser hijo del dicho Hércoles Libio (no del fuerte o tebano que nasció cuasi setecientos años después). Al cual Hispalo, subcedió Hispán, de quien se dijo España. Y este Hispán fué nieto de Hércoles Libio susodicho, que fué, según Beroso dice, antes que Troya se edificase, doscientos e veinte e tres años, e mill e setecientos e diez antes quel Salvador del mundo viniese. Y así como deste tomó nombre España, se cree que también se nombró de los otros nueve reyes primeros de sus nombres dellos. Así que éste fué el décimo rey de España.

Cuenta el arzobispo don Rodrigo que Hércoles susodicho trujo consigo a Athlante, que fué cerca de los tiempos de Moisén. El cual Athlante dice Beroso que no fué mauro, sino italiano, y que tenía un hermano llamado Hespero, segund que escribe Higinio. Al cual Hércoles Libio dejó por subcesor y heredero en España; e reinó, segund Beroso dice, diez años, porque el Athlante italiano lo echó del reino, e lo hizo ir a Italia, como dice el dicho Higinio; e por esto prueba él que Italia y España se dicen Hesperias, deste rey Hespero, y no de la estrella, como fingen los griegos.

Este rey Hespero quiere Beroso que comenzase a reinar en España, subcediendo a Hércoles egipcio, antes que Troya fuese edificada, ciento, e setenta e un años, e antes que Roma fuese fundada, seiscientos e tres, que sería antes que nuestro Redemptor fuese vestido de nuestra carne humana, mili e seiscientos e cincuenta e ocho años.

Así que, por lo que tengo dicho, queda probado que las provincias e reinos tomaron antiguamente los nombres de los príncipes e señores que las fundaron o conquistaron, o poblaron, o heredaron, cuyas fueron. E así como de Hispán se dijo España, e después, mudado el nombre, de Hespero se llamó Hesperia, así, de todos los demás se colige que las tierras donde reinaron tomaron los nombres de aquellos reyes que las poseyeron. Habido aquesto por cierto presupuesto, volviendo a lo que aquí hace a nuestro caso, digo que de Hespero, duodécimo rey de España como está dicho, se nombró Hesperia.

Dice el Abulensis (lib. III, capítulo LXXIX) sobre Eusebio (De los tiempos) que fueron tres Athlantes: uno de Archadia, e otro de Mauritania (que vulgarmente llamamos Marruecos), y que Hespero fué hermano deste segundo, y que ambos pasaron en Africa a la parte de Occidente, en tierra de Marruecos, e que el uno dellos tuvo el cabo de Africa contra Occidente, y que el otro tuvo las islas cercanas, que llaman las islas Fortunadas, e los poetas las llaman Hespérides, nombradas de Hespero. Mas yo creo quel Tostado se engañó en pensar que los poetas dicen Hespérides a las Fortunadas o de Canaria, ni tampoco los historiales; porque dice Solino (De mirabilibus mundi, capítulo LXVIII) estas palabras: Ultra Gorgades Hesperidum insulæ sunt, sicut Sebosus afirmat, dierum quadraginta navigatione in intimas maris sinus receserunt. Estas Gorgades, según Tholomeo e todos los verdaderos cosmógrafos, son las que agora se llaman de Cabo Verde, generalmente, y en particular se dicen por los modernos isla de Mayo, isla Brava, etc. Pues si desde las Gorgades, en navegación de cuarenta días están o se hallan las Hespérides, no pueden ser otras, ni las hay en el mundo, sino las que están al Hueste o Poniente del dicho Cabo Verde, que son las de aquestas nuestras Indias; las cuales están derechamente al Occidente de las Gorgades y de necesidad se han de hallar en los cuarenta días de navegación, o en poco más o menos tiempo, como Seboso dice; e así, Colom las halló en el segundo viaje que hizo, volviendo a estas partes, cuando reconosció la isla Deseada, e Marigalante, e las otras islas que están en aquel paraje, como en su lugar se hará particular mención. Y en lo que diçe Seboso de cuarenta días de navegación, está muy bien medido e considerado el camino; e si agora acaesce navegarle algunas veces en menos tiempo, puédelo causar el ser mejores los navíos, e los hombres más expertos e diestros agora en el navegar que en aquella edad o sazón que él lo dijo.

La isla Deseada, que se dijo de suso, está derechamente al Occidente del Cabo Verde e de las islas Gorgades, que Solino, por Seboso, testifica; e hay, desde la isla de Santiago, que es una de las más occidentales de Cabo Verde (o Gorgades), hasta la Deseada, seiscientas leguas, pocas más o menos. Es de tanto crédito esto, que dice Salino que, conformándose con él, cuasi lo mismo dice y escribe Plinio (lib. VI, capítulo XXXI), aprobando la misma opinión e auctoridad; pues dice que que Estacio Seboso pone, desde las Gorgades hasta las Hespérides, navegación de cuarenta días; de lo cual se colige quel Tostado inconsideradamente dijo que los poetas llaman Hespérides a las islas Fortunadas. E si los poetas tal tienen, ellos se engañan como en otras cosas muchas; porque desde las Gorgades a las Fortunadas no hay sino doscientas leguas, o menos; lo cual no sería navegación de cuarenta días, como los auctores de suso alegados dicen. De manera que los poetas no tuvieron por las Hespérides sino a estas islas de nuestras Indias, cuanto más que diçe Isidoro (Ethim., lib. XIV, cap. VI) Hesperidum insulæ vocatæ à civitate Hesperide, quæ fiunt in finibus Mauritaniæ, sunt enim ultra Gorgades sitæ sub Athlanteum littus in intimis maris finibus, etcétera. No discrepa esta sentencia con lo que se tocó de suso de Beroso, alegando a Higinio, que Athlante y Hespero fueron hermanos, e no de Mauritania, sino de Italia; y deste Hespero se dijo Hesperia, España, e no de la estrella, y que Italia y España deste rey se nombrasen Hesperias.

E así digo yo que, pues tuvieron a Mauritania, que aquella cibdad quel Isidoro dice (llamada Hespéride), que dió nombre a las islas Hespérides, que fué situada en el fin de Mauritania, está claro que la fundaría y nombraría así el mismo rey Hespero, y que él daría también su nombre a las dichas islas; pues dice asimesmo que las islas Hespérides son ultra Gorgades, en los fines de los íntimos mares; y en esto se concuerda con los auctores susodichos e con Seboso; e, por tanto, las mismas islas Hespérides son estas islas de las Indias de España.

Item: Ambrosio Calepino, en su tractado de dictiones latinas e griegas, dice así: Hesperides apellatæ sunt Hesperi, fratris Athlantis: las Hespérides son llamadas e se nombraron así, de Hespero, hermano de Athlante.

De forma que se entiende, de tan verdaderas e auténticas auctoridades, que las Hespérides están en navegación de cuarenta días al poniente de las Gorgades o islas de Cabo Verde, que son las mismas, como los auctores que he dicho quieren. E así como España e Italia e aquella cibdad que se dijo en Mauritania, se nombraron Hespéridas y Hespéride, de Hespero, rey duodécimo de España, así las islas que se dicen Hespérides, e que señalan Seboso e Solino e Plinio e Isidoro, segund está dicho, se deben tener indubitadamente por estas Indias, e haber seído del señorío de España desde el tiempo de Hespero, duodécimo rey della, que fué, segund Beroso escribe, mill seiscientos e cincuenta e ocho años antes quel Salvador del mundo nasciese. Y porque al presente corren de su gloriosa Natividad mill e quinientos e treinta e cinco años, síguese que agora tres mill e ciento e noventa e tres años, España e su rey Hespero señoreaban estas islas o Indias Hespérides; e así, con derecho tan antiquísimo, e por la forma que está dicha, o por la que adelante se dirá en la prosecución de los viajes del almirante Cristóbal Colom, volvió Dios este señorío a España a cabo de tantos siglos. E paresce que, como cosa que fué suya, quiere la divina justicia que lo haya tornado a ser e lo sea perpetuamente, en ventura de los bienaventurados e Católicos Reyes don Fernando e doña Isabel, que ganaron a Granada e Nápoles, etc., en cuyo tiempo e por cuyo mandado descubrió el almirante don Cristóbal Colom este Nuevo Mundo o parte tan grandísima dél, olvidada en el Universo; la cual, después, en tiempo de la Cesárea Majestad del emperador nuestro señor, más largamente se ha sabido e descubierto, para mayor amplitud de su monarquía.

Así que, fundando mi intención con los auctores que tengo expresados, todos ellos señalan a estas nuestras Indias. E por tanto, yo creo que, conforme a estas auctoridades, o, por ventura a otras que, con ellas, Colom podría saber, se puso en cuidado de buscar lo que halló, como animoso experimentador de tan ciertos peligros e longuísimo camino. Sea ésta u otra la verdad de su motivo: que por cualquier consideración que él se moviese, emprendió lo que otro ninguno hizo antes dél en estas mares, si las auctoridades ya dichas no hobiesen lugar.

CAPITULO IV

Que tracta cómo Cristóbal Colom fué el que mostró a navegar los españoles por las alturas del sol e Norte, e de cómo fué a Portugal e otras partes a buscar quien le ayudase al descubrimiento destas Indias e le favoreciese para ello; e cómo hobieron noticia de su persona los Católicos Reyes, don Fernando e doña Isabel, por cuyo mandado hizo este descubrimiento.

Es opinión de muchos (e aun la razón lo enseña e amonesta que se crea) que Cristóbal Colom fué el primero que en España enseñó a navegar el amplísimo mar Océano por las alturas de los grados de sol y Norte, e lo puso por obra; porque hasta él, aunque se leyese en las escuelas tal arte, pocos (o mejor diciendo, ninguno) se atrevían a lo experimentar en las mares, porque es sciencia que no se puede ejercitar enteramente, para la saber por experiencia y efecto, si no se usa en golfos muy grandes e muy desviados de la tierra; e los marineros e pilotos e hombres de la mar, hasta entonces arbitrariamente hacían su ofiçio, segund el juicio del nauta o piloto; pero no puntualmente ni con la razón que hoy se hace en estas mares, sino como en la mar Mediterránea, y en las costas de España e Flandes, y en toda Europa y Africa, e restante del mundo donde no se apartan mucho de la tierra. Mas, para navegar en demanda de provincias tan apartadas como estas Indias están de España, e servirse el piloto de la razón del cuadrante, requiérense marea de mucha longitud e latitud, como aquestas que hay de aquí a Europa, o a la Especiería, que tenemos al Poniente de la Tierra Firme destas Indias.

Movido, pues, Colom con este deseo, como hombre que alcanzaba el secreto de tal arte de navegar (cuanto a andar el camino), como docto varón en tal sciencia, o por estar certificado de la cosa por aviso del piloto (que primero se dijo), que le dió noticia desta oculta tierra, en Portugal o en las islas que dije (si aquello fué así), o por las auctoridades que se tocaron en el capítulo antes déste, o en cualquier manera que su deseo le llamase, trabajó, por medio de Bartolomé Colom, su hermano, con el rey Enrique VII de Inglaterra (padre de Enrique VIII que hoy allí reina), que le favoresciese e armase para descobrir estas mares occidentales, ofreciéndose a le dar muchos tesoros, en acrescentamiento de su corona y Estados, de muy grandes señoríos e reinos nuevos. Informado el rey de sus consejeros, y de personas a quien él cometió la examinación desto, burló de cuanto Colom decía, e tuvo por vanas sus palabras. El cual, no desconfiado por esto, así como vido que allí no era acogido su servicio, comenzó a mover e tractar la misma negociación con el rey don Juan, segundo de tal nombre en Portugal; e tampoco fió dél, aunque ya era Colom casado en aquel reino, e se había hecho natural vasallo de aquella tierra por su matrimonio. Pero por eso no se le dió más crédito, ni el rey de Portugal quiso favorescer ni ayudar al dicho Colom para lo que decía. De manera que determinó de irse en Castilla; y llegado a Sevilla, tuvo sus inteligencias con el ilustre y valeroso don Enrique de Guzmán, duque de Medina-Sidonia; y tampoco halló en él lo que buscaba. E movió después el negocio más largamente con el muy ilustre don Luis de la Cerda, primero duque de Medinaceli, el cual también tuvo por cosa fabulosa sus ofrecimientos, aunque quieren decir algunos que el duque de Medinaceli ya quería venir en armar al dicho Colom en su villa del Puerto de Santa María, y que no le quisieron dar licencia el Rey e Reina Católicos para ello. Y, por tanto, como no era tan alto señorío, sino para cuyo es, fuese Colom a la corte de los serenísimos Católicos Reyes, don Fernando e doña Isabel; y allí anduvo un tiempo con mucha nescesidad e pobreza, sin ser entendido de los que le oían, procurando que le favoresciesen aquellos bienaventurados Reyes y le armasen algunas carabelas con que en su real nombre descubriese este Nuevo Mundo, o partes incónitas dél en aquella sazón.

Y como esta empresa era cosa en que los que le escuchaban no tenían el concepto e gusto, o esperanza, que sólo Colom tenía del buen fin de su deseo, no solamente se le daba poco, mas ningún crédito, y aún teníase por vano cuanto decía. Y turóle cuasi siete años esta importunación, haciendo muchos ofrescimientos de grandes riquezas y Estados para la corona de Castilla. Pero como traía la capa raída, o pobre, teníanle por fabuloso y soñador de cuanto decía o hablaba, así por no ser conoscido, y extranjero, y no tener quien le favoresciese, como por ser tan grandes y no oídas las cosas que se profería de dar acabadas.

Ved si tuvo Dios cuidado de dar estas Indias, cuyas son; pues rogados Inglaterra e Portugal con ellas, y los duques que he dicho, no permitió que alguno de aquellos reyes tan poderosos, ni los duques tan ricos que dije, quisiesen aventurar tan poca costa como la que Colom les pedía, para que, descontento de aquellos príncipes, fuese a buscar los que halló tan ocupados, como a la sazón estaban, en la sancta guerra de los moros del reino de Granada.

Ni es de maravillar si tan Católicos Rey e Reina, movidos a buscar ánimas que se salvasen, más que tesoros y nuevos Estados para que con mayor ocupación y cuidado reinasen, acordaron de favorescer esta empresa y descubrimiento. Ni crea ninguno que esto se podía escusar a su buena ventura; porque no vió ojo, ni oyó oreja, ni subió en corazón de hombre las cosas que aparejó Dios a los que le aman. Estas y otras muchas venturas cupieron en aquellos buenos Reyes nuestros, por ser tan verdaderos siervos de Jesucristo y deseosos del acresçentamiento de la sagrada religión suya. Y, por tanto, la voluntad divina les dió noticia de Cristóbal Colom; porque el mismo Dios mira todos los fines del mundo, y ve todas las cosas de debajo del cielo.

Y cuando llegó la hora que tan grande negociación se concluyese, fué por estos términos. En aquel tiempo que Colom, como dije, andaba en la corte, llegábase a casa de Alonso de Quintanilla, contador mayor de cuentas de los Reyes Católicos (el cual era notable varón y deseoso del acrescentamiento y servicio de sus reyes), y mandábale dar de comer y lo nescesario, por una compasibilidad de su pobreza. Y en este caballero halló más parte e acogimiento Colom que en hombre de toda España, e por su respecto e intercesión fué conoscido del reverendísimo e ilustre cardenal de España, arzobispo de Toledo; don Pedro González de Mendoza, el cual comenzó a dar audiencia a Colom, e conosçió dél que era sabio e bien hablado, y que daba buena razón de lo que decía; y tóvole por hombre de ingenio e de grande habilidad; e concebido esto, tomóle en buena reputación, e quísole favorescer. Y como era tanta parte para ello, por medio del cardenal y de Alonso de Quintanilla, fué oído del Rey e de la Reina: e luego se principió a dar algún crédito a sus memoriales y peticiones, e vino a concluirse el negocio teniendo los Reyes Católicos cercada la grande y muy nombrada cibdad de Granada, año de mill e cuatrocientos e noventa e dos años de la Natividad de nuestro Redemptor. Y desde aquel real e campo, aquellos bienaventurados príncipes le despacharon a Colom en aquella villa, que en medio de sus ejércitos fundaron, llamada Sancta Fe; y en ella, y mejor diciendo, en la mesma sancta fe que en aquellos corazones reales estaba, hobo principio este descubrimiento.

No contentándose aquellos sanctos príncipes con sola su empresa e conquista santísima que entre las manos tenían, con que dieron fin a la subjeción de todos los moros de las Españas (donde habían estado, en despecho y ofensa de los cristianos, desde el año de sietecientos y veinte que la Virgen parió al Salvador, como muchos auctores en conformidad escriben); pero, demás de reducir a España toda a nuestra católica religión, propusieron de enviar a buscar este otro Nuevo Mundo, a plantarla en él, por no vacar ninguna hora en el servicio de Dios. Y con este sancto propósito mandaron despachar a Colom, dándole sus provisiones y cédulas reales para que en el Andalucía se le diesen tres carabelas del porte y manera que las pidió, y con la gente e bastimentos que convenía para viaje tan largo, y de que ninguna certinidad se tenía mayor que el buen celo e sancto fin de tan cristianísimos príncipes, en cuya ventura e por cuyo mandado, tan grande cosa se comenzaba. Y porque había nescesidad de dineros para su expedición, a causa de la guerra, los prestó para facer esta primera armada de las Indias y su descubrimiento, el escribano de ración Luis de Sant Angel. Y esta primera capitulación e asiento que el Rey e la Reina tomaron con Colom fué en la villa de Sancta Fe, en el real de Granada, a diez y ocho de abril de mill e cuatrocientos noventa e dos años, la cual pasó ante el secretario Juan de Coloma. E fuéle confirmada la dicha capitulación por un real privilegio que le fué dado desde a trece días, que se contaron treinta de abril, en la cibdad de Granada, del dicho año de noventa y dos. Y con este despacho partió Colom donde es dicho, y fuese a la villa de Palos de Moguer, donde puso en orden su viaje.

CAPITULO V

Del primero viaje y descubrimiento de las Indias, hecho por don Cristóbal Co lom, primero descubridor dellas, por lo cual, dignamente fué hecho almirante perpetuo destas mares e imperio de las Indias destas partes.

Oído habéis cómo y de qué manera e por qué rodeos vino Cristóbal Colom a ser conoscido de los Reyes Católicos, don Fernando y doña Isabel, estando sobre la cibdad de Granada con sus ejércitos; e como le mandaron despachar y le dieron sus provisiones reales para ello, y se fué a la villa de Palos de Moguer para principiar su viaje. Debéis saber que desde allí principió su camino con tres carabelas; la una e mayor dellas llamada la Gallega; y las otras dos eran de aquella villa de Palos, e fueron bastecidas y armadas de todo lo nescesario. Y segund la capitulación que con Colom se tomó, había de haber después una decena parte en las rentas y derechos que el rey hobiese en lo que fuese por Colom descubierto; e así se le pagó todo el tiempo que él vivió, después que descubrió esta tierra; e así lo gozó el segundo almirante, don Diego Colom, su hijo; e así lo goza don Luis Colom, su nieto, tercero almirante, que al presente tiene su casa y Estado.

Antes que Colom entrase en la mar algunos días, tuvo muy largas consultaciones con un religioso llamado fray Juan Pérez, de la orden de Sanct Francisco, su confesor, el cual estaba en el monesterio de la Rábida (que es media legua de Palos, hacia la mar). Y este fraile fué la persona sola de aquesta vida a quien Colom más comunicó de sus secretos; e aun del cual e de su sciencia se dice, hasta hoy, que él rescibió mucha ayuda e buena obra, porque este religioso era grande cosmógrafo. Con el cual estuvo, en el monesterio que es dicho, de la Rábida, algund tiempo, y él lo fizo ir al real de Granada cuando se concluyó su despacho y entendió en ello. Y después se fué Colom al mesmo monesterio y estuvo con el fraile comunicando su viaje e ordenando su alma e vida, y apercibiéndose primeramente con Dios, y poniendo, como católico, en sus manos e misericordia su empresa, como fiel cristiano, y como negocio en que Dios esperaba ser tan servido por el acrescentamiento de su república cristiana. Y después de se haber confesado, rescibió el sanctísimo sacramento de la Eucaristía, el día mesmo que entró en la mar; y en el nombre de Jesús mandó desplegar las velas y salió del puerto de Palos por el río de Saltes a la mar Océana, con tres carabelas armadas, dando principio al primero viaje y descubrimiento destas Indias, viernes tres días de agosto, año del nascimiento de nuestro Salvador de mill y cuatrocientos y noventa e dos años, con la buena ventura, efectuando este memorable hecho movido por Dios, el cual quiso hacer a este hombre arbitrario e ministro para tan grande e señalada cosa.

Destas tres carabelas era capitana la Gallega, en la cual iba la persona de Colom; de las otras dos, la una se llamaba la Pinta, de que iba por capitán Martín Alonso Pinzón; y la otra se decía la Niña, e iba por capitán della Francisco Martín Pinzón, con el cual iba Vicente Yáñez Pinzón. Todos estos tres capitanes eran hermanos e pilotos, e naturales de Palos, e la mayor parte de los que iban en esta armada eran asimismo de Palos. Y serían, por todos, hasta ciento y veinte hombres; con las cuales, después que estas tres carabelas se dieron a la mar, tomaron su derrota para las islas de Canaria, que los antiguos llaman Fortunadas.

Las cuales estuvieron mucho tiempo que no se navegaban ni se sabían navegar, hasta que después, en tiempo del rey don Juan, segundo de tal nombre en Castilla, seyendo niño y debajo de la tutela de la serenísima reina doña Catalina, su madre, fueron halladas e tornadas a navegar e conquistarse estas islas por su mandado e licencia, como más largamente se escribe en la Crónica del mesmo rey don Juan segundo. Después de lo cual muchos años, Pedro de Vera, noble caballero de Jerez de la Frontera, e Miguel de Moxica, conquistaron la Gran Canaria en nombre de los Católicos Reyes, don Fernando y doña Isabel, y las otras, excepto la Palma y Tenerife, que por mandado de los mesmos reyes las conquistó Alonso de Lugo, al cual hicieron adelantado de Tenerife.

Esta gente de los canarios era de mucho esfuerzo, aunque cuasi desnuda y tan silvestre, que se dice e afirman algunos que no tenían lumbre ni la tuvieron hasta que los cristianos ganaron aquellas islas. Sus armas eran piedras e varas, con las cuales mataron muchos cristianos, hasta ser sojuzgados e puestos, como están, debajo de la obediencia de Castilla, del cual señorío son las dichas islas. Y están doscientas leguas de España las primeras; e la isla de Lanzarote e la del Fierro a doscientas e cuarenta; por manera que todas ellas se incluyen en espacio de çincuenta e cinco o sesenta leguas, pocas más o menos. Y están asentadas desde veinte e siete hasta veinte e nueve grados de la línea equinocial, a la parte de nuestro polo ártico; la última isla dellas, o más occidental, está del Hueste al Leste con el cabo de Bojador en Africa, e a sesenta e cinco leguas dél. Son todas estas islas fértiles e abundantes de las cosas nescesarias a la vida del hombre, y de muy templados aires. Pero ya, de la gente natural que había cuando fueron conquistadas, hay poca; mas todas están muy pobladas de cristianos.

E allí, como en lugar apropiado y para la navegación al propósito, llegó Colom, continuando su primero descubrimiento destas Indias, con las tres carabelas que tengo dicho, e tomó allí agua, e leña, e carne, e pescado, e otros refrescos, los que le convino para proseguir su viaje. El cual efectuando con su armada, partió de la isla de la Gomera a seis días de septiembre de aquel año de mill e cuatrocientos e noventa e dos años; e anduvo muchos días por el grande mar Océano, fasta tanto que va los que con él iban comenzaron a desmayar e quisieron dar la vuelta, e temiendo de su camino, murmuraban de la sciencia de Colom y de su atrevimiento; e amotinábasele la gente e los capitanes, porque cada hora crescía el temor en ellos, e menguaba la esperanza de ver la tierra que buscaban. De forma que desvergonzadamente e público le dijeron que los había engañado e los llevaba perdidos; y que el Rey y la Reina habían hecho mal e usado con ellos de mucha crueldad en fiar de un hombre semejante, e dar crédito a un extranjero que no sabía lo que se decía. E llegó la cosa a tanto, que le certificaron que si no se tornaba, le farían volver a mal de su grado, o le echarían en la mar; porque les paresçía que él estaba desesperado, e deçían que ellos no lo querían ser, ni creían que pudiese salir con lo que había comenzado, y por tanto, a una voz acordaban de no seguirle.

En esta sazón e contienda, hallaron en la mar grandes praderías, al parescer, de hierbas sobre el agua; e pensando que era tierra anegada, e que eran perdidos, doblábanse los clamores. Y para quien nunca había visto aquello, sin dubda era cosa para mucho temer; mas luego se pasó aquella turbación, conosciendo que no había peligro en ella, porque son unas hierbas que llaman salgazos, y se andan sobreaguadas en la superficie de la mar. Las cuales, segund los tiempos e los aguajes subceden, así corren e se desvían o allegan a Oriente o Poniente, o al Sur, o a la Tramontana; y a veces se hallan a medio golfo, e otras veces, más tarde y lejos, o más cerca de España. E algunos viajes acaesce que los navíos topan muy pocas o ninguna dellas; y también a veces hallan tantas, que, como he dicho, parescen grandes prados verdes y amarillos. o de color jalde; porque en estas dos colores penden en todo tiempo.

Salidos, pues, deste cuidado y temor de las hierbas, determinados todos tres capitanes e cuantos marineros allí iban, de dar la vuelta, e aun consultando entre sí de echar a Colom en la mar, creyendo que los había burlado, como él era sabio e sintió la murmuración que dél se hacía, como prudente comenzó a los confortar con muchas e dulces palabras, rogándoles que no quisiesen perder su trabajo e tiempo. Acordábales cuánta gloria e provecho de la constancia se les seguiría, perseverando en su camino; prometíales que en breves días darían fin a sus fatigas e viaje, con mucha e indubitada prosperidad, y en conclusión les dijo que dentro de tres días hallarían la tierra que buscaban; por tanto, que estuviesen de buen ánimo e prosiguiesen su viaje, que para cuando decía él les enseñaría un Nuevo Mundo e tierra, e habrían concluído sus trabajos, e verían que él había dicho verdad siempre, así al Rey e Reina Católicos como a ellos; e que si no fuese así, hiciesen su voluntad y lo que les paresciese, que él ninguna dubda tenía en lo que les decía.

Con estas palabras movió los corazones de los enflaquecidos ánimos de los que allí iban, a alguna vergüenza, en especial a los tres hermanos capitanes pilotos que he dicho; e acordaron de hacer lo que les mandaba, y de navegar aquellos tres días, e no más, con determinación y acuerdo que en fin dellos darían la vuelta a España, si tierra no viesen. Y esto era lo que ellos tenían por más cierto; porque ninguno había entre ellos que pensase que en aquel paralelo e camino que hacían se había de hallar tierra alguna. E dijeron a Colom que aquellos tres días que él tomaba de término e les asignaba, le seguirían; pero no una hora más, porque creían que ninguna cosa de cuantas les decía había de ser cierta; y en una conformidad todos, rehusaban pasar adelante, diciendo que no querían morir a sabiendas, y que el bastimento y agua que tenían no podía bastar para tornarlos a España sin mucho peligro, por bien que se reglasen en el comer e beber.

Y como los corazones que temen, ninguna cosa sospechan que pueda aflojar sus fatigas, en espeçial en ejercicio de navegación y semejante, ningún momento cesaban en su murmurar, amenazando a su principal capitán e guía. Ni él tampoco reposaba ni cesaba un punto de confortar e animar a todos a la prosecución de su camino; e cuanto más turbados los vía, más alegre semblante él mostraba, esforzándolos e ayudándolos a desechar su temerosa turbación. E aquel mesmo día que el almirante Colom estas palabras dijo, conosçió realmente que estaba cerca de tierra, en semblante de los celajes de los cielos; e amonestó a los pilotos que, si por caso las carabelas se apartasen, por algún caso fortuito, la una de la otra, que pasado aquel trance corriesen hacia la parte o viento que les ordenó, para tornar a reducirse en su conserva. E como sobrevino la noche, mandó apocar las velas y que corriesen con solos los trinquetes bajos; e andando así, un marinero de los que iban en la capitana, natural de Lepe, dijo: "¡Lumbre!... ¡Tierra!..." E luego un criado de Colom, llamado Salcedo, replicó diciendo: "Eso ya lo ha dicho el Almirante, mi señor"; y encontinente Colom dijo: "Rato ha que yo lo he dicho y he visto aquella lumbre que está en tierra." Y así fué: que un jueves, a las dos horas después de medianoche, llamó el Almirante a un hidalgo dicho Escobedo, repostero de estrados del Rey Católico, y le dijo que veía lumbre. Y otro día de mañana, en esclaresciendo, y a la hora que el día antes había dicho Colom, desde la nao capitana se vido la isla que los indios llaman Guanàhaní, de la parte de la Trotamontana o Norte. Y el que vido primero la tierra, cuando ya fué de día, se llamaba Rodrigo de Triana, a once días de octubre del año ya dicho de mill e cuatrocientos y noventa y dos.

Y de haber salido tan verdadero el almirante en ver la tierra en el tiempo que había dicho, se tuvo más sospecha que él estaba certificado del piloto que se dijo que murió en su casa, segund se tocó de suso. Y también podría ser que, viendo determinados a cuantos con él iban para se tornar, dijese que si en tres días no viesen la tierra se volviesen, confiando que Dios se la enseñaría en aquel término que les daba para no perder trabajo e tiempo.

Tornando a la historia, aquella isla que se vido primero, segund he dicho, es una de las islas que dicen de los Lucayos. Y aquel marinero que dijo primero que veía lumbre en tierra, tornado después en España, porque no se le dieron las albricias, despechado de aquesto, se pasó en Africa y renegó de la fe. Este hombre, segund yo oí decir a Vicente Yáñez Pinzón y a Hernán Pérez Mateos, que se hallaron en este primero descubrimiento, era de Lepe, como he dicho.

Así como el Almirante vido la tierra, hincado de rodillas e saltándosele las lágrimas de los ojos del extremado placer que sentía, comenzó a decir con Ambrosio y Augustino: Te Deum laudamus, Te Dominum confitemur, etc.: y así, dando graçias a Nuestro Señor con todos los que con él iban, fué inextimable el gozo que los unos y los otros hacían. Tomábanle unos en brazos, otros le besaban las manos, e otros le demandaban perdón de la poca constancia que habían mostrado. Algunos le pedían mercedes e se ofrescían por suyos. En fin, era tamaña la leticia e regocijo, que, abrazándose unos con otros, no se conoscían con el placer de su buena andanza. Lo cual yo creo bien, porque, sabiendo como sabemos los que agora vienen de España, e los que de acá vuelven allá, que el viaje e camino es seguro y cierto, no tiene comparación otro placer con el que resciben los que ha días que navegan, cuando ven la tierra. Ved qué tal sería el de los que en tan dubdosa jornada se hallaron, viéndose certificados y seguros de su descanso.

Pero habéis de saber que, por el contrario dicen algunos lo que aquí se ha dicho de la constançia de Colom: que aun afirman que él se tornara de su voluntad del camino y no lo concluyese, si estos hermanos Pinzones no le hicieran ir adelante; e diré más: que por causa dellos se hizo el descubrimiento, e que Colom ya çiaba y quería dar la vuelta. Esto será mejor remitirlo a un largo proceso que hay entre el Almirante y el fiscal real, donde a pro e contra hay muchas cosas alegadas, en lo cual yo no me entremeto; porque, como sean cosas de justicia, y por ella se han de decidir, quédense para el fin que tuvieren. Pero yo he dicho en lo uno y en lo otro ambas las opiniones: el letor tome la que más le ditare su buen juicio.

Tardóse el Almirante en llegar desde las islas de Canaria hasta ver la primera tierra que he dicho, treinte e tres días; pero él llegó a estas islas, primeras que vido, en el mes de octubre del año de mill e cuatrocientos e noventa y dos años.

CAPITULO VI

Cómo el Almirante descubrió esta isla Española e dejó en ella treinta e ocho cristianos en tierra del rey o cacique Goacanagarí, en tanto que llevaba las nuevas del descubrimiento primero destas partes; e cómo volvió a España en salvamento.

En aquella isla que he dicho de Guanahaní hobo el Almirante e los que con él iban, vista de indios e gente desnuda, e allí le dieron noticia de la isla de Cuba. E como parescieron luego muchas isletas que están juntas y en torno de Guanahaní, comenzaron los cristianos a llamarlas islas Blancas (porque así lo son por la mucha arena), y el Almirante les puso nombre las Princesas, porque fueron el principio de la vista destas Indias. E arribó a ellas, en especial a la de Guanahaní, y estuvo entre ella y otra que se dice Caicos; pero no tomó tierra en ninguna dellas, segund afirma Hernán Pérez Mateos, piloto que hoy día está en esta cibdad de Sancto Domingo, que dice que se halló allí. Pero a otros muchos he oído decir quel Almirante bajó en tierra en la isla de Guanahaní, e la llamó Sanct Salvador, e tomó allí la posesión; y esto es lo más cierto y lo que se debe creer dello. E de allí vino a Baracoa, puerto de la isla de Cuba de la banda del Norte; el cual puerto es doce leguas más al Poniente de la punta que llaman Maicí; e allí falló gente, así de la propia isla de Cuba como de las otras que están al Norte opuestas, que son la isla Guanahaní que tengo dicho e otras muchas que allí hay, que se llaman islas de los Lucayos generalmente todas ellas, no obstante que cada una tiene su propio nombre y son muchas: así como Guanahaní, Caicos, Jumeto, Yabaque, Mayaguana, Samana, Guanima, Yuma, Curateo, Ciguateo, Bahama (que es la mayor de todas), el Yucayo y Necua, Habacoa e otras muchas isletas pequeñas que por allí hay.

Tornando a la historia, llegado, pues, el Almirante a la isla de Cuba, donde he dicho, saltó en tierra con algunos cristianos, y preguntaba a los indios por Cipango, y ellos, por señas, le respondían y señalaban que era esta isla de Haití, que agora llamamos Española. E creyendo los indios que el Almirante no acertaba el nombre, decían ellos: "¡Cibao! ¡Cibao!", pensando que por decir Cibao decían Cipango; porqué Cibao es donde en esta isla Española están las minas más ricas y de más fino oro. E así, el Almirante, con las tres carabelas, guiados por los indios, de los cuales algunos, de su grado, se entraron en los navíos, se embarcó en aquel puerto de Baracoa de Cuba e vino a esta isla de Haití, que agora llamamos Española, y de la parte o banda del Norte surgió en un muy buen puerto, e llamóle Puerto Real. Y a la entrada dél, tocó en tierra la nao capitana, llamada Gallega, e abrióse; pero no peligró ningún hombre; antes, muchos pensaron que mañosamente la habían hecho tocar para dejar en la tierra parte de la gente, como quedó. E allí salió el Almirante con toda su gente; e luego vinieron a habla e conversación con los cristianos muchos indios de paz de aquella tierra, la cual era del señorío del rey Guacanagarí (que los indios llaman cacique, así como los cristianos decimos rey), con el cual se trató luego la paz e amistad. Y él vino a ella muy de grado, y se vido con el Almirante y los cristianos muy domésticamente e muy continuo, y se le dieron algunas cosas de poco valor entre los cristianos, pero de los indios muy estimadas, así como cascabeles, alfileres, agujas e algunas cuentas de vidrio de diversas colores; lo cual el cacique e sus indios, con mucha admiración contemplando, mostraban apreciarlo y estimar, y holgaban mucho de que algo así se les daba, y ellos traían a los cristianos de sus manjares e cosas que tenían.

Viendo el Almirante que aquesta gente era tan doméstica, parescióle que seguramente podría dejar allí algunos cristianos para que en tanto que él volvía a España, aprendiesen la lengua e costumbres desta tierra. E fizo hacer un castillo cuadrado, a manera de palenque, con la madera de la carabela capitana o Gallega (que es dicho que tocó al entrar del puerto), e con fajina e tierra, lo mejor que se pudo fabricar, en la costa, a par del puerto e arracifes dél, en un arenal. E dió orden el Almirante a treinta e ocho hombres que allí mandó quedar, de lo que habían de hacer en tanto que él llevaba tan prósperas nuevas de su descubrimiento a los Reyes Católicos, e tornaba con muchas mercedes para todos, ofresciéndoles complidos galardones a los que así quedaban. Y nombró entre aquéllos por capitán a un hidalgo llamado Rodrigo de Arana, natural de Córdoba, e mandóles que le obedesciesen como a su persona. Y para si aquél muriese en tanto que él volvía, señaló otro, e para después del segundo nombró otro tercero; de forma que nombró dos para después de los días del primero. Y dejó con ellos a un maestre Juan, cirujano, buena persona. E amonestó a todos que no entrasen en la tierra adentro, ni se desacaudillasen, ni dividiesen, ni tomasen mujeres, ni diesen pesadumbre ni enojo alguno a los indios por ningún caso, en cuanto posible les fuese.

Y como se perdió la nao capitana, pasóse el Almirante a la carabela la Niña, en que iban Francisco Martín e Vicente Yáñez Pinzón. Mas como de la quedada de aquesta gente no le plugo al capitán de la otra carabela, Pinta, llamado Martín Alonso Pinzón, hermano de estos otros, contradíjolo todo cuanto él pudo; e decía que era mal hecho que aquellos cristianos quedasen tan lejos de España, seyendo tan pocos, e porque no se podrían proveer ni sostener y se perderían. Y a este propósito dijo otras palabras, de que el Almirante se resabió, y sospechóse que le quisiera prender; y el Martín Alonso, con temor que hobo desta sospecha, se salió a la mar con su carabela Pinta, e fuése al puerto de Gracia, veinte leguas al Leste u Oriente apartado del dicho Puerto Real.

Y en tanto que el Almirante tardó en la obra que dije de aquel castillo, súpose, de los indios de la tierra, dónde estaba el Alonso Martín e la otra carabela; e luego los otros dos hermanos Pinzones, que estaban con el Almirante, procuraron de le reconciliar e volver a la gracia del Almirante, e acabaron con él que le perdonase. Y él lo fizo así por muchos respectos, y en especial porque la mayor parte de cuantos hombres de la mar tenía, eran parientes e amigos destos Pinzones hermanos, y de una tierra, y estos tres eran los más principales. Y así como le perdonó, le escribió una carta muy generosa, como en el caso convenía, e mandó que aquel puerto se llamase puerto de Gracia, e así se nombra hasta agora. E los indios que llevaron la carta, volvieron otra, respondiendo Martín Alonso al Almirante e teniéndole en merced el perdón; e así se concertaron para que en cierto día el Martín Alonso, desde donde estaba con aquella carabela, y el Almirante con la otra, se fuesen a juntar en la Isabela, e allí saltaron todos en tierra muy conformes. Aquel asiento de la Isabela es en la misma costa, diez e ocho leguas, o poco más, al Leste de Puerto Real.

No fué poca maravilla para los indios ver cómo por las cartas los cristianos se entendían; y llevábanlas puestas los mensajeros en un palillo, porque con temor e acatamiento las miraban, y creían que cierto tenían algún espíritu e hablaban, como otro hombre, por alguna deidad o no arte humana.

Juntos el Almirante e su gente, y quedando los treinta e ocho hombres donde se dijo, tomaron agua y leña, y lo que más pudieron de los bastimentos desta tierra, para que más les turasen los que les quedaban de los que trujeron de Castilla; e salieron de la Isabela, el cual nombre el Almirante puso a aquella provincia e puerto en memoria de la Católica Reina doña Isabel. E desde allí ambas carabelas fueron a Puerto de Plata, el cual nombre le puso el Almirante; e después fueron a puerto de Samaná, así llamado por los indios. E desde Samaná (que es en esta isla Española, de la banda del Norte) tomaron estas dos carabelas su derrota para Castilla, con mucho placer, encomendándose todos a Dios e a la buena ventura de los Católicos Reyes de España, que tan grandes nuevas esperaban, aunque no confiados de la sciencia de Colom, sino de la misericordia de Dios.

E llevó de este camino el Almirante nueve o diez indios consigo, para que, como testigos de su buena ventura, besasen las manos al Rey e a la Reina, e viesen la tierra de los cristianos e aprendiesen la lengua, para que cuando aquestos acá tornasen, ellos e los cristianos que quedaban encomendados a Goacanagarí, y en el castillo que es dicho de Puerto Real, fuesen lenguas e intérpretes para la conquista e pacificación e conversión destas gentes.

E así como Dios Nuestro Señor fué servido que estas tierras se descubriesen, y que para hallarlas hobiese seído próspera e acertada la navegación deste primero viaje, y en breve tiempo, así tuvo por bien e permitió que fuese favorable la vuelta, e llevó en salvamento este primero descubridor destas Indias a España. E fué a reconoscer las islas de los Azores, e a cuatro días de marzo de mill e cuatrocientos e noventa y tres entró en Lisbona, desde donde se fué al puerto de Palos, adonde se había embarcado cuando comenzó esta jornada.

E no estuvo desde que partió desta isla fasta que en Castilla tomó tierra, sino cincuenta días. Pero estando ya cerca de Europa, por tormenta, se apartaron la una carabela de la otra, e corrió el Almirante a Lisbona, y el Martín Alonso a Bayona de Galicia. E después, cada navío destos tomó su camino para el río de Saltes, e de caso entraron en un mismo día; y entró el Almirante por la mañana, e la otra carabela llegó en la tarde. E porque se tuvo sospecha que por las cosas pasadas el Almirante faría prender al Martín Alonso Pinzón, salióse en una barca del navío, así como entraba a la vela, e fuese donde le paresció, secretamente, y el Almirante luego se partió para la corte con la grande nueva de su descubrimiento. Y como el Martín Alonso supo que era ido, fuese a Palos, a su casa, e murió desde a pocos días, porque iba muy doliente.

Tardó el Almirante en reconoscer la primera tierra destas Indias en las islas de los Lucayos, segund he dicho, desde que de España partió, cuasi tres meses, y en volver a España y en lo que acá se detuvo, otros tres; y en todo estuvo en la venida e vuelta seis meses, diez días más o menos.

Tornando a la historia, digo que después que Colom salió en Palos con los indios que llevaba destas islas (de los cuales uno se le había muerto en la mar) tomó los seis que iban sanos, e dejó allí dos o tres que estaban dolientes, e fuese a la corte de los Católicos Reyes a darles cuenta de su prosperidad e de lo que Dios acrescentaba en los reinos e señoríos de Castilla. La cual nueva no se esperaba en tan breve tiempo, porque, en la verdad, fué cosa de admiración, segund lo que después tardaban otras naos e carabelas en venir e volver desde acá, hasta que esta navegación se fué mejor entendiendo. E aun hoy que se sabe mejor, sería asaz dos navíos andar lo que aquéllos anduvieron en tan breve tiempo; puesto que, como digo, agora está la navegación entendida, y estonces la anduvieron a tiento e con la sonda siempre en la mano, apocando las velas de noche, y en recelo, como lo suelen hacer los que son prudentes e sabios pilotos, cuando descubren y van por mares que no se saben ni han navegado.

En esto, que a los hombres de la tierra e que no han cursado la mar no les parescerá por ventura bien, o no tan sabroso, de mi obra, tengan respecto a que yo escribo para los unos e los otros; tome cada uno lo que hace a su gusto o propósito, e lo otro déjelo para cuyo es. Que bien veo que los hombres de la mar me culparían si no pusiese apuntase lo que es para ellos; y los caballeros y gente ejercitada en la tierra, que no entendieren algunos términos de la navegación, con que me conviene dar cuenta destas cosas de la mar, pasen adelante: que aquello no les impide lo demás.

CAPITULO VII

De cuatro cosas notables en el año de mill e cuatrocientos y noventa e dos años; e de cuando el almirante don Cristóbal llegó a la corte de los Reyes Católicos, don Fernando e doña Isabel, e de las mercedes que le fiçieron después que volvió a España del primero descubrimiento de las Indias; e la razón porque se debe creer que en estas partes fué predicado el Evangelio por los apóstoles o por alguno dellos.

Con menor auctoridad enseña el que habla las cosas que oyó, quel que dice las que vió. Esto, Sanct Gregorio lo dice sobre los capítulos catorce e quince de Job; mas yo no lo traigo aquí a consecuencia solamente por los que aquestas cosas de Indias las han escripto desde España por oídas, sino dígolo porque hablaré aquí de las de España desde las Indias. Mas hay en ello lo uno e lo otro; porque, aunque vivo acá, vi lo que acaesció acullá.

Y porque no es fuera de mi propósito, digo que fué muy notable en España el año de mill e cuatrocientos e noventa e dos años; en el cual, a los dos días del mes de enero tomaron los Católicos Reyes, don Fernando e doña Isabel, la muy nombrada e gran cibdad de Granada. El mismo año, en fin de julio, echaron los judíos de sus reinos. El mismo año, viernes, siete días del mes de deciembre, un villano, natural del lugar de Remensa, del principado de Cataluña, llamado Juan de Cañamares, dió en Barcelona una cuchillada al Rey Católico en el pescuezo, tan peligrosa, que llegó a punto de muerte; del cual traidor fué hecha muy señalada justicia, no obstante que, segund paresció, él estaba loco, e siempre dijo que si le matara, que él fuera rey. Y en aquel mesmo año descubrió Colom estas Indias, e llegó a Barcelona en el siguiente de mill e cuatrocientos e noventa y tres años, en el mes de abril, a falló al Rey asaz flaco, pero sin peligro de su herida.

Aquestos notables se han traído a la memoria, para señalar el tiempo en que Colom llegó a la corte, en lo cual yo hablo como testigo de vista, porque me hallé paje, muchacho, en el cerco de Granada, e vi fundar la villa de Sancta Fe en aquel ejército, e después vi entrar en la cibdad de Granada al Rey e Reina Católicos, cuando se les entregó; e vi echar los judíos de Castilla; y estuve en Barcelona cuando fué ferido el Rey como he dicho; e vi allí venir al Almirante, don Cristóbal Colom, con los primeros indios que destas partes fueron en el primero viaje e descubrimiento. Así que no hablo de oídas en ninguna destas cuatro cosas, sino de vista; aunque las escriba desde aquí, o, mejor diciendo, ocurriendo a mis memoriales, desde el mismo tiempo escriptas en ellos. Volvamos a nuestra historia.

Después que fué llegado Colom a Barcelona, con los primeros indios que destas partes a España fueron, o él llevó, e con algunas muestras de oro, e muchos papagayos e otras cosas de las que acá estas gentes usaban, fué muy benigna e graciosamente rescebido del Rey e de la Reina. E después que hobo dado muy larga e particular relación de todo lo que en su viaje e descubrimiento había pasado, le ficieron muchas mercedes aquellos agradescidos príncipes, e le comenzaron a tractar como a hombre generoso y de Estado, e que por el grand ser de su persona propria, tan bien lo merescía.

Mas a mi parescer (so la protestación por mí hecha en el proemio o libro I), digo que en aquestas nuestras Indias, justo es que se tenga e afirme que fué predicada en ellas la verdad evangélica; y primero en nuestra España por el apóstol Sanctiago, e después la predicó en ella el apóstol Sanct Pablo, como lo escribe Sanct Gregorio. E si desde nuestra Castilla se cultivó acá e transfirió la noticia del Sancto Evangelio en nuestros tiempos, no cesa por eso que, desde el tiempo de los apóstoles, no supiesen estas gentes salvajes de la redempción cristiana e sangre que nuestro Redemptor Jesucristo vertió por el humano linaje; antes es de creer que ya estas generaciones e indios destas partes lo tenían olvidado; pues que In omnem terrant exivit sonus eorum, et in fines orbis terræ verba eorum. Conforme a lo que es dicho del psalmista David, dice Sanct Gregorio, sobre el capítulo diez y seis de Job, estas palabras: la Sancta Iglesia ha ya predicado en todas las partes del mundo él misterio de nuestra Redempción. Así que estos indios ya tuvieron noticia de la verdad evangélica y no pueden pretender ignorancia en este caso; quédese esto a los teólogos, cuya es esta materia. Pero quiero decir que, puesto que de nuestra sancta fe católica acá hobiesen habido noticia los antecesores destos indios, ya estaba fuera de la memoria destas gentes; y así fué grandísimo servicio el que a Dios hicieron los Reyes Católicos en el descubrimiento destas Indias. Y grande fué el mérito que adquirió nuestra nación en ser por españoles buscadas estas provincias; e tantos reinos de gentes perdidas e idólatras, por la industria y en compañía y debajo de la guía del primero almirante don Cristóbal Colom, reedificando e tornando a cultivar en estas tierras, tan apartadas de Europa, la sagrada pasión e mandamientos de Dios y de su Iglesia católica, donde tantos millones de ánimas gozaba, o mejor diciendo, tragaba el infierno; y donde tantas idolotrías e diabólicos sacrificios y ritos, que en reverencia de Satanás se facían muchos siglos había, cesasen; y donde tan nefandos crímenes y pecados se ejercitaban, se olvidasen.

En esto se podría decir tanto, que en muchas historias no se pudiese acabar de relatar los méritos de los Reyes Católicos, don Fernando e doña Isabel, y de sus subcesores, por la continuación del sancto celo y obra para la conversión destas gentes. Porque, en la verdad, por su real voluntad y expresos mandamientos e muy continuado cuidado, siempre han proveído en el remedio de las ánimas destos indios, y en el buen tractamiento dellos. Y si en este caso algo ha faltado, es a causa de los ministros; y no tiene la culpa otro sino el que acá viene por gobernador o perlado y en esto se descuida; pero no tura más su negligençia de cuanto tarda de llegar a noticia de César o de su Real Consejo de Indias, donde luego se provee con grande atención en el reparo y enmienda, como conviene.

Yo, en la verdad, la principal causa de lo que en este caso puede haber mal subcedido, o no tan bien efectuádose como fuera razón, tampoco la quiero dar a los oficiales o ministros de tan sancta e pía obra como es doctrinar esta generación de indios, sino a ellos mismos, especialmente por su incapacidad y malas inclinaciones; porque es cierto que son muy raros, e aun rarísimos, aquellos que en tanta multitud dellos perseveran en la fe; antes deslizan della como el granizo de las puntas de las lanzas. Es menester que Dios ponga en esto su mano para que así los que enseñan como los enseñados, aprovechen más que hasta aquí. Vuelvo a la historia.

Seis indios llegaron con el primero Almirante a la corte, a Barcelona, cuando he dicho; y ellos, de su propria voluntad, e consejados, pidieron el baptismo; e los Católicos Reyes, por su clemencia, se lo mandaron dar; e juntamente con Sus Altezas, el serenísimo príncipe don Juan, su primogénito y heredero, fueron los padrinos. Y a un indio, que era el más principal dellos, llamaron don Fernando de Aragón, el cual era natural desta isla Española, e pariente del rey o cacique Goacanagarí; e a otro llamaron don Juan de Castilla; e a los de demás se les dieron otros nombres, como ellos los pidieron o sus padrinos acordaron que se les diese, conforme a la Iglesia Católica. Mas a aquel segundo que se llamó don Juan de Castilla, quiso el príncipe para sí, y que quedase en su real casa, y que fuese muy bien tractado e mirado, como si fuera hijo de un caballero principal a quien tuviera mucho amor. E le mandó doctrinar y enseñar en las cosas de nuestra sancta fe, e dió cargo dél a su mayordomo Patiño; al cual indio yo vi en estado que hablaba ya bien la lengua castellana; e después, dende a dos años, murió.

Todos los otros indios volvieron a esta isla en el segundo viaje que a ella hizo el Almirante; al cual aquellos gratísimos Príncipes Católicos hicieron señaladas mercedes, y en especial le confirmaron su previlegio, en la dicha Barcelona, a veinte e ocho de mayo de mill y cuatrocientos e noventa e tres. Y entre otras, de más de le hacer noble e dar título de almirante perpetuo destas Indias a él e a sus subcesores, por vía de mayoradgo, y que todos los que dél dependiesen, e aun sus hermanos, se llamasen don, le dieron las mismas armas reales de Castilla y de León, mezcladas y repartidas con otras que asimesmo le concedieron de nuevo, aprobando e confirmando de su auctoridad real las otras armas antiguas de su linaje. E de las unas e las otras formaron un nuevo y hermoso escudo de armas con su timbre e divisa, en la manera e forma que aquí se contiene y se vee patente (lám. 1, fig. 1)

Un escudo con un castillo de oro en campo de goles o sanguino, con las puertas e ventanas azules, e un león de púrpura o morado en campo de plata, con una corona de oro, la lengua sacada, e rampante, así como los reyes de Castilla e de León los traen. Y aqueste castillo e león han de estar en el chief o cabeza del escudo, en la parte derecha, y el león en la siniestra. Y de allí abajo, las dos partes restantes del escudo todo han de estar partidas en mantel; y en la parte derecha una mar en memoria del grande mar Océano: las aguas al natural, azules y blancas, e puesta la Tierra Firme de las Indias que tome cuasi la circunferencia deste cuarto, dejando la parte superior e alta dél abierta, de manera que las puntas desta tierra grande muestran ocupar las partes del Mediodía e Tramontana; e la parte inferior, que significa el Occidente, sea de tierra continuada que vaya desde la una punta a la otra desta tierra; y entre aquestas puntas, lleno el mar de muchas islas grandes e pequeñas, de diversas formas; porque esta figura, segund está blasonada en este cuarto, es de la manera que se pueden significar estas Indias. La cual tierra e islas han de estar muy verdes, e con muchas palmas e árboles, porque nunca en ellas pierden la hoja sino muy pocos; e ha de haber en esta Tierra Firme muchos matices e granos de oro, en memoria de las innumerables e riquísimas minas de oro que en estas partes e islas hay. E por esta pintura, si el letor no quedó bien informado de lo que se tocó en el primero capítulo, libro II, de la grandeza e forma del asiento de la Tierra Firme, lo podrá algo más claramente entender. E yo tornaré a difinir estas armas de que agora se tracta. E digo que en el otro cuarto siniestro del escudo hay cinco áncoras de oro en campo azul, como insignia apropriada al mismo oficio e título de almirante perpetuo destas Indias; y en la parte inferior del escudo, las armas de la prosapia del linaje de Colom, conviene saber: un chief o cabeza, o parte alta de goles, vel sanguina; e de allí abajo una banda azul en campo de oro; e sobre el escudo un baúl de Estado, al natural, de ocho lumbres o vistas, con un rollo y dependencias azules e de oro; y sobre el baúl, por timbre e cimera, un mundo redondo con una cruz encima de goles; y en el mundo pintada la Tierra Firme e islas, de la manera que están de suso blasonadas; e por defuera del escudo, una letra en un rótulo blanco, con unas letras de sable que dicen: Por Castilla e por León nuevo mando halló Colom.

Asimismo por respecto del Almirante, hicieron los Reyes Católicos adelantado desta isla Española a don Bartolomé Colom, su hermano; y le hicieron otras mercedes que, por evitar prolijidad, aquí no se dicen, como más largamente paresce por su privilegio real que le concedieron, e yo he visto algunas veces.

CAPITULO VIII

Del segundo viaje que el Almirante primero, don Cristóbal Colom, hizo desde España a esta isla de Haití o Española; e de cómo halló muertos los cristianos que habia dejado en tierra del rey Guacanagarí; e de la concesión quel Papa Alejandre VI hizo destas Indias a los Reyes Católicos, don Fernando e doña Isabel, e sus subcesores en los reinos de Castilla y de León. Y del descubrimiento de las islas de los indios flecheros, llamados caribes, e otras cosas notables.

¿Quién hay que no sepa que dió el Señor las cosas terrenas para nuestros usos, y que crió las ánimas de los hombres para los suyos, como nos lo recuerda Sanct Gregorio? Así, pues, conforme a esto, los bienaventurados reyes don Fernando e doña Isabel, deseando que las ánimas destos indios fuesen para Dios, mandaron quel almirante don Cristóbal Colom volviese a esta isla de Haití o Española, con muy buena armada, en que vinieron algunos caballeros e hidalgos de su casa real, e otros nobles varones e hombres de claros linajes, deseosos de ver esta nueva tierra e las cosas della.

E hobieron primero aquellos sanctos príncipes la merced e concesión destas Indias por el Summo Pontífice, así porque con más justo título su sancto propósito se efectuase (que era ampliar la religión cristiana, como siervos de Dios, aunque para esto no tuviesen nescesidad, tomaron licencia e título del vicario de Cristo, a quien ellos siempre con fiel corazón tuvieron obediencia), como por ser estas mares e imperio de la corona e conquista de Castilla, e haberse solamente los Católicos Reyes, don Fernando e doña Isabel, ocupado en este memorable e sancto ejercicio; cuanto más que, por lo que tengo dicho, ya muchos siglos antes fué este señorío de los reyes de España.

Y así el Papa dió al Rey e Reina e sus subcesores en los reinos de Castilla y de León estas Indias, e todo lo demás, fabricando una línea de polo a polo, por diámetro, desde cient leguas adelante de las islas de los Azores y de las de Cabo Verde, y desde allí, discurriendo al Poniente, todo lo que en el mundo se hallase, de que no tuviese actual posesión algún príncipe cristiano.

Después de lo cual, fué convenido e asentado entre España e Portugal, que desde las dichas islas que dije de suso, trescientas e setenta leguas dellas al Occidente, se hiciese una línea de polo a polo, e lo que quedase entre esta línea la que se dijo primero, fuese de Portugal; y de aquí los portugueses interpretan que les queda todo lo del Oriente, en lo cual se engañan. De manera que, conforme a la bula o donación apostólica hecha a Castilla e a los reyes della, se comprehenden todas las islas de la Especiería e de Maluco e Bruney (donde se coge la canela), con toda la Especiería e lo demás del mundo, hasta tornar por el Oriente a la línea primera que se dijo del diámetro, significada a las cient leguas de las islas de los Azores e de Cabo Verde. Y esto, como he dicho, cae en la parte así concedida a los Reyes Católicos, de gloriosa memoría, e pertenesce a la corona de Castilla.

Pero, porque estas cosas están aprobadas por el vicario de Dios e de la sagrada Iglesia, no es nescesario decir otra cosa, sino que yo he visto un treslado auctorizado y signado de la Bula apostólica, la data de la cual dice: Datis Romæ? apud sanctus Petrum, anno Incarnationis Domini millessimo quadrigentessimo nonagessimo tertio, quarto nonas maii, pontificatus nostri anno primo.

Pues conforme a lo amonestado por el Sancto Padre en su bula e donación apostólica, cerca del cuidado que se debe tener en la conversión de los indios, vinieron religiosos, personas de aprobada e sancta vida e letras. En especial fué escogido para esto fray Buil, de la orden de Sanct Benito, natural de Cataluña; al cual el mismo Sancto Padre dió plenísimo poder para la administración de la Iglesia en estas partes, como perlado e cabeza de los clérigos e religiosos que en aquesta sazón acá pasaron para el servicio del culto divino e conversión destos indios. E trujeron los ornamentos e cruces e cálices e imágenes, e todo lo que era nescesario para las iglesias e templos que se hiciesen. Y en la bula susodicha apostólica amonestó e mandó el Papa, en virtud de sancta obediencia, al Rey e a la Reina, que enviasen, para lo que es dicho, a estas Indias, buenos varones e temerosos de Dios, doctos y expertos, para instruir e enseñar los habitadores destas nuevas tierras en la fe católica y en buenas costumbres, con la debida diligencia que para tan sancta e ardua cosa convenía.

E así, conforme a esta amonestación del Summo Pontífice e al sancto celo que los Católicos Reyes tuvieron para complir por su parte lo que en, ellos era, en complimiento de lo que es dicho, buscaron en todos sus reinos tales personas como eran nescesarias, así de eclesiásticos como de seglares. E con una muy hermosa armada, e lucida e noble compañía de gente, cual he dicho, se partió el mesmo año el Almirante de la corte, desde la cibdad de Barcelona para la provincia de Andalucía; e llegado a la cibdad de Sevilla, comenzóse allí a juntar la gente, e las naos e carabelas, en la bahía de Cádiz, para esta flota.

Desde allí, hecho su alarde, e dada la orden e derrota a cada capitán e a los maestres e pilotos, para su viaje, con la buena ventura salió con su armada a la vela, miércoles veinte e cinco días del mes de septiembre de mill e cuatrocientos y noventa y tres años. Y al cuarto del alba soltó las velas la nao capitana, e lo mismo hicieron todas las otras naos y carabelas, que eran, por todas, diez y siete velas, en que había mill y quinientos hombres de hecho, muy bien aderezados y proveídos de armas e municiones y bastimentos y de todo lo nescesario; la cual gente vino al sueldo real. Y en esta armada vinieron personas religiosas, y caballeros e hidalgos, y hombres de honra y tales cuales convenía para poblar tierras nuevas y las cultivar sancta y rectamente en lo espiritual e temporal; y como por tan cristianísimos príncipes proveído, muchos criados de su casa real; y a todos los más de los principales dellos los vi y conoscí. Y algunos al presente hay vivos en estas Indias y en España, aunque son ya muy pocos los que quedan dellos.

Tornando la historia al camino, digo que el Almirante, como más diestro en la navegación, por la experiencia del primero viaje, trujo más derecha e justa su derrota en este segundo. Y la primera tierra que halló e reconosció fué una isla que él nombró, así como la vido, la Deseada, conforme al deseo que él y todos los de su flota traían de ver la tierra. Y asimismo se vió luego otra isla, e llamóla Marigalante, porque la nao capitana en que el mismo Almirante venía se llamaba así; e puso nombre a todas las otras islas que están en aquel paraje de Norte a Sur, o de polo a polo; conviene a saber: a la parte de la Tramontana, primera e más cercana isla, Guadalupe, la Barbada, el Aguja, el Sombrero e otras; e más cercanas a ella, el Anegada, desde la cual, al Poniente, están muchas isletas que llaman las Vírgines, e más adelante está la isla Boriquén, que agora se llama Sanct Juan, la cual isla es muy rica e de las más notables, como se dirá adelante en su lugar. A la parte austral de la dicha isla Deseada, la más próxima a ella es la isla Dominica, a la cual el Almirante nombró así porque en domingo fué vista. Y los Todos Sanctos es otra isla; y más al Mediodía está Matinino, la cual han querido algunos cronistas decir que era poblada de amazonas, e otras fábulas muy desviadas de la verdad, como paresce por sus tractados, e se ha después averiguado por los que habemos visto la isla y las otras de su paraje; y es todo falso lo que désta se ha dicho cuanto a ser poblada de mujeres solamente, porque no lo es ni se sabe que jamás lo fuese.

Hay otras islas por allí, así como Sancta Lucía, Sanct Cristóbal, los Barbados y otras que no hacen mucho al caso, porque son muchas y pequeñas. Pero cuando se diga del descubrimiento de la Tierra Firme, se dirán otras que hay entre aquestas que he nombrado e la costa de Tierra Firme, destas que he dicho e otras que están con ellas, así como Libuqueira, a la cual los cristianos llamamos Sancta Cruz e el cronista Pedro Mártir la llama Ayay.

Y las de al par della todas, o las más, estaban pobladas de indios flecheros llamados caribes, que en lengua de los indios quiere decir bravos e osados. Estos tiran con hierba tan pestífera y enconada, que es irremediable; e los hombres que son heridos con ella, mueren rabiando e haciendo muchas vascas, e mordiéndose sus proprias manos e carnes, desatinados del dolor grandísimo que sienten. Y cuando alguno escapa es por sobrada dieta, e diligencia de algunas medicinas apropriadas contra ponzoña, de las cuales, hasta agora, acá se veen pocas que aprovechen; pero lo más cierto, cuando alguno sana, es por ser fecha la hierba de mucho tiempo, o por faltarle alguno de los materiales ponzoñosos de que es compuesta, como adelante se dirá; porque en diversas partes, diversa manera de hacer esta hierba tienen los indios. Estos flecheros destas islas que tiran con hierba, comen carne humana, excepto los de la isla de Boriquén. Pero, demás destos de las islas, también la comen en muchas partes de la Tierra Firme, como se dirá en su lugar. Y aquesto mismo dice Plinio que hacen los antropófagios en Scitia; el cual auctor dice asimismo que demás de comer carne humana, beben con las cabezas o calavernas de los hombres muertos, y, que los dientes, con los cabellos dello, traen por collares; y destos tales collares he yo visto algunos, en la Tierra Firme.

Tornemos a nuestra historia e camino: que para lo que se toca de suso, e de otras criminales costumbres de los indios, en su lugar se dirá más largamente. Digo, pues, así: que reconoscidas estas primeras islas Deseada y las que están más cercanas a ella, pasó el Almirante e su armada, prosiguiendo su viaje, entre las unas e las otras, después que hobieron tomado agua en una dellas: e idos adelante, reconoscieron la isla de Boriquén, que, como se dijo de suso, es agora llamada Sanct Juan. E aquesta es la mayor isla de las que hay en aquel paraje, e más principal de cuyo sitio e medida, e asiento e gente, y de lo que hay desde España fasta ella y a las que tengo dicho, se fará especial mención en su lugar, cuando convenga. E no entienda el letor, como han querido afirmar algunos que han escripto estas cosas de Indias, que todas estas islas que he nombrado las descubrió el Almirante en este segundo viaje; porque, aunque halló la Deseada e las que, viendo aquélla, era forzado que asimismo se viesen, por ser tan propincas unas con otras, después, andando el tiempo, se hallaron e se conquistaron por diversos capitanes, y se descubrieron las más dellas por la continuación de la navegación destas mares.

Tornando a nuestro propósito e camino, digo que después que pasó esta armada de la isla de Boriquén o Sanct Juan, vino a esta de Haití, que llamamos Española, e tomó puerto en ella el mes de deciembre del mesmo año de mill e cuatrocientos e noventa e tres años, en Puerto de Plata, que es de la banda del Norte. E desde allí fué, por la costa abajo al Occidente, a la Isabela; e de allí pasó a Monte-Cristo, donde señoreaba el rey Goacanagarí, que es a donde agora se llama Puerto Real. La cual tierra poseía un hermano suyo, a quien él había dado aquella provincia: e allí habían quedado los treinta e ocho hombres que dejó el Almirante en el primero viaje, cuando descubrió esta tierra e isla: a los cuales todos habían muerto lo indios, no pudiendo sufrir sus excesos porque les tomaban las mujeres e usaban dellas a su voluntad, e les hacían otras fuerzas y enojos, como gentes sin caudillo e desordenada. E habíanse apartado unos de otros, uno a uno, e dos a dos, e cuando más, tres o cuatro juntos, por diversas partes la tierra adentro, por donde querían, continuando su desorden; e como los indios los vieron así divisos e separados, acordaron de los matar, desconfiando de la vuelta del Almirante e creyendo que no habían de volver jamás otros cristianos: e así acabaron aquellos pocos que entre ello; estaban desparcidos dándoles enojo. También fué la causa ser naturalmente la gente desta tierra de poca o ninguna prudencia, porque nunca tienen respecto a lo porvenir.

Murieron aquellos treinta e ocho cristianos (segund después se supo de los mesmos indios) por lo que es dicho y porque no quisieron estar quedos en el asiento que el Almirante los había dejado. El cual, como fué certificado de la verdad, se volvió a poblar en la Isabela; e hizo allí un pueblo de la gente que trujo (que, como se dijo de suso, serían mill e quinientos hombres), e puso nombre a aquella cibdad Isabela, en memoria de la serenísima e Católica Reina doña Isabel.

Aquesta fué la segunda población de cristianos que hubo en las Indias e se fundó en esta isla de Haití, que agora llaman Española. E hasta el año de mill e cuatrocientos e noventa e ocho turó aquella república; porque el primero pueblo que hobo fué aquel de los treinta y ocho cristianos que quedaron del primero viaje; e desde la Isabela se pasó después toda aquella vecindad a esta cibdad de Sancto Domingo, como adelante diré. Pero, porque de la culpa de los antiguos que supieron destas islas (si son Hespérides, segund yo creo por lo que al principio, en el segundo capítulo, se dijo) no nos alcance parte, por no escrebir la forma de la navegación, antes que a más se proceda, será bien que se diga esto, para que en ningún tiempo se pueda ignorar o perder este camino; el cual se navega de la manera que en el siguiente capítulo será declarado, conforme a la verdad de las alturas del sol e Norte, e de la regla de las modernas cartas y experimentada cosmografía.

CAPITULO IX

Del viaje que desde España se hace para estas Indias, e de la manera e forma que se tiene en la navegación; e del árbol maravilloso de la isla del Hierro, que es una de las islas Fortunadas, que agora llaman las Canarias.

En la cibdad de Sevilla tiene el emperador rey de España, nuestro señor, su Real Casa de Contractación para estas Indias, e sus oficiales en ella; ante los cuales, las naos e carabelas, gente e mercaderías, e todo lo que a estas partes viene, se registran e visitan. E con su licencia, la gente se embarcan, con los capitanes e maestres, en el puerto de la villa de Sant-Lúcar de Barrameda, donde entra en el mar Océano el río de Guadalquivir (que los antiguos llamaron Betis, del nombre de Beto, sexto rey de España, segund afirma Beroso). E desde allí siguen su viaje para las islas de Canaria, que los cosmógrafos llaman Fortunadas, que son éstas: Lanzarote, Fuerte Ventura, Gran Canaria, Tenerife, la Palma, la Gomera, el Hierro; de las cuales hace relación Solino en aquel su tractado de Mirabilibus Mundi, e más copiosamente Plinio, aunque no pone tan particularmente como hoy sabemos aquel miraglo de la isla del Hierro (la cual él llama Ombrío). Y porque es cosa mucho de saber, diré lo que en esto he entendido de algunas personas fidedignas, e aun porque es notoria cosa.

La isla del Hierro no tiene agua dulce, de río, ni fuente, ni lago, ni pozo, y es habitada, e todos los días del mundo la provee Dios de agua celestial, no lloviendo. La cual le da desta manera. Cada día del mundo, desde una hora o dos antes que esclarezca, hasta ser salido el sol, suda un árbol que allí hay, e cae por el tronco dél abajo, e de las ramas e hojas dél, mucha agua; estando continuamente en aquel tiempo una nube pequeña o niebla sobre el árbol, fasta quel sol, dos horas después del alba, o poco menos, está encumbrado, e la nube desaparesce, y el agua cesa de caer. Y en el tiempo que es dicho, que pueden ser cuatro horas, poco más o menos tiempo, en una balsa o laguna hecha a mano para esto, allégase tanta agua al pie del árbol, que hasta para toda la gente que en aquella isleta vive, e para sus ganados e bestias. La cual agua que así cae, es muy excelente e sana.

Esta isla y la de la Gomera son del conde don Guillén Peraza, vasallo de Sus Majestades. E todas las otras cinco de las Canarias o Fortunadas son de la corona real de Castilla, excepto la que llaman Lanzarote, que es de un caballero de Sevilla llamado Fernandarias de Sayavedra. Esta del Hierro es pequeña isla, e yo la he visto ya tres veces, viniendo a estas Indias. Está Leste al Hueste con el mar Pequeño (que llaman en Africa), puesta al Occidente, en veinte e siete grados e medio de la equinocial, de la banda de nuestro polo ártico.

Tornando al viaje desde camino de nuestras Indias, digo, pues, que de una destas siete islas, en especial de Gran Canaria, o la Gomera, o la Palma (porque están en más derecha derrota y al propósito, e son fértiles, e abundan de bastimentos y de lo que conviene a los que esta larga navegación hacen), toman allí los navíos refresco de agua e leña, e pan fresco, e gallinas, e carneros, e cabritos, e vacas en pie, e carne salada, e quesos, e pescados salados de tollos e galludos e pargos, e de otros bastimentos que conviene añadirse sobre los que las naos sacan de España.

Aquel espacio e golfo de mar que hay desde Castilla a estas islas se llama el golfo de las Yeguas, a causa de las muchas dellas que allí se han echado. Porque, como es tempestuoso mar, en mucha manera más que desde allí adelante hasta las Indias, e de más peligro, acaesció en los principios que esta tierra se poblaba, que trayendo los ganados e yeguas desde España, todas las más dellas se quedaron en aquel golfo, por tormentas, o por se morir en el viaje; y de ser tan dificultoso de pasarlas, comenzaron les hombres de la mar a llamarle el golfo de las Yeguas. E así se le puso este nombre e se ha quedado con él; porque las que llegaban vivas hasta las islas de Canaria, las tenían por navegadas o puestas en salvo. Mas también pudieran llamarle el golfo de las Vacas, pues no murieron menos que de las yeguas, de la mesma manera.

Tardan desde España hasta estas islas las naos, ocho o diez días, poco más o menos, comúnmente. Y llegados allí, han andado doscientas e cincuenta leguas (digo hasta la del Hierro), porque desde aquel paraje tomamos nuestra derrota para estas partes. Y a la vista desta isla se sigue el camino en demanda de la isla Deseada, o de alguna de las que se dijo (en el capítulo antes deste) que están en su paraje; e tardan veinte e cinco días, poco más o menos, hasta ser con la tierra de las islas llamadas la Deseada, Todos Sanctos, Marigalante, Guadalupe, o la Dominica, u otra alguna de las próximas a éstas, segund el tiempo les hace, o como es prudencia del piloto en saber guiar su navío; puesto que ha acaescido algunas veces pasar las naos, de noche o por tiempos forzosos, adelante; o por estar cerrado el horizonte, discurrir entre estas islas sin ver alguna dellas hasta dar en la isla de Sant Juan, o en esta Española, o en la de Jamaica (que agora se dice Sanctiago, que está más al Poniente), o, por acaso, en la de Cuba, que es la más occidental de todas las que tengo dicho. E algunas veces, por culpa o desventura de los pilotos e marineros, ha habido navíos que en ninguna de todas estas islas han tocado, e se han pasado de largo hasta la Tierra Firme; y los mesnos déstos se salvan. Mas haciéndose el viaje con piloto bien enseñado e diestro (de los cuales ya hay muchos), siempre los más reconoscen a una de las primeras islas que tengo dicho.

E hasta allí se navegan, desde las islas de Canaria, setecientas e cincuenta legras (aunque en algunas cartas de navegar ponen algo más, y en otras menos); pero desta cantidad que he dicho de setecientas e cincuenta leguas, poca puede ser la diferencia. Desde allí hasta llegar a esta cibdad de Sancto Domingo de la isla de Haití (que agora llamamos Española), navegan otras ciento e cincuenta leguas.

Así que, desde España hasta aquí hay mill e ciento e cincuenta, o mil e doscientas leguas, poco más o menos. Esto segund las cartas de navegar que agora se tienen por más corretas e mejores que las pasadas; porque en otras solían poner mill e trecientas leguas, y en algunas, más. Pero como cada día se va mejor entendiendo este camino, los más tienen que aqueste viaje es de mill e doscientas leguas, poco más o menos. Mas a causa del nordestear e noruestear de las agujas, así en el arbitrar este defecto de la aguja de marear como por las continuas mudanzas de los tiempos e corrientes de las aguas, muchas más leguas se andan en este camino de lo que es dicho, las más veces para venir a estas partes, e muchas más a la vuelta, para volver a España; porque es otra derrota e navegación la que se hace para ir desde acá a Europa, como aquí diré.

Tárdanse desde España a esta cibdad de Sancto Domingo, comúnmente, treinta e cinco o cuarenta días, no tornando los extremos de los que tardan mucho más, o llegan muy más presto de lo que he dicho; porque yo no digo sino lo que las más veces acaesce. En la vuelta van desde aquí a Castilla en cincuenta e cinco días, pocos más o menos, puesto que el año de mill e quinientos e veinte e cinco, estando la Cesárea Majestad en la cibdad de Toledo, fueron dos carabelas, desde aquesta cibdad de Sancto Domingo hasta entrar en el río de Sevilla, en veinte y cinco días. Pero no se ha de tomar desto lo que raras veces conteste, sino lo que es más ordinario, pues los extremos no son de seguir.

También solían tardar las naos en volver a España tres y cuatro meses, porque porfiaban a hacer el camino e derrota que para acá habían traído. E así, algunas veces peligraban e se tardaban doblado tiempo; lo cual agora está mejor entendido, e como más diestros los pilotos en esta navegación, corren los navíos la vuelta del Norte, e van en demanda de la isla Bermuda (que también se llama la Garza), que está en treinta e tres grados, e algunas veces la veen, e otras no. Pero cuando en esta altura se hallan las naos, dejan la derrota que hasta allí llevaban, la vuelta del Norte, e corren al Leste la vía del Oriente, porque esta isla está del Leste al Hueste con Azamor en Africa; e desde Azamor a Sanct Lúcar, donde entra Guadalquivir en la mar, hay ochenta leguas, poco más o menos. Esta manera de navegar mostró la experiencia, porque después que los navíos se ponen en los treinta e tres grados, son cuasi ordinarios los vientos Norueste e Norte, con que van más aína que por estotra vía que acá vinieron las naos.

Aquella isla que se dice la Bermuda o la Garza, he yo visto a tiro de lombarda della, estando puesta la proa de la nao a ella, e corriendo ya en ocho brazas de fondo. Es isla pequeña, e créese que está despoblada; e yo iba determinando de hacer salir allí diez o doce mancebos con sus armas, y que echasen media docena de puercos y puercas de los que llevábamos para nuestro matalotaje o bastimento, para que allí se criasen e hiciesen carne para que en algún tiempo sirviese. Y estando aparejando de echar el batel fuera de la nao para lo que es dicho, faltónos el tiempo al contrario de mi propósito, algo esforzado, e fízonos desviar la vuelta de nuestro camino. Es tierra que no es alta, aunque tiene un lomo más alto que toda la otra tierra; y hay muchas gaviotas e otras aves de agua por allí, y muchos pejes voladores, de los cuales se dirá en su lugar. Tiene aquestos dos nombres porque la nao que la descubrió se llamaba la Garza, y el capitán que allí iba se decía Juan Bermúdez, el cual era natural de Palos.

Muchos peligros acaescieron en los principios o primeros años que estas Indias se hallaron, así al venir acá como volviendo a Castilla, como en esta otra navegación de Tierra Firme; e cada día acaescen cosas de notar a los que navegan. E porque hobo cosas señaladas de que miraglosamente escaparon algunos, decirse ha algo desto adelante, en el libro último, porque no se interrompa la materia deste camino de España. El cual afirman todos los que muchas veces le han andado, e son hombres que han experiencia en las cosas de la mar, que es la navegación del mundo más segura entre cuantas se saben del mar Océano.

Desde aquesta isla Española atraviesan las naos que de aquí parten, o en esta tierra tocan para Tierra Firme, en siete y ocho y diez días, y en más, segund a la parte donde van guiadas; porque la Tierra Firme es muy grande, y hay diversas navegaciones o derrotas para ella. Y porque aun no es tiempo para hablar en su descubrimiento, quiero guardar esto para lo decir adelante, en su lugar proprio. Solamente digo en este caso, que quien desde la isla del Fierro, de quien queda fecha mención (que es una de las siete Fortunadas o de Canaria, y tan notable por su agua), fuere en demanda de la costa o Tierra Firme, y a buscar aquel gran río llamado Marañón que está en ella, fallará a la Tierra Firme y aquella costa, navegando seiscientas leguas o menos, como mejor lo podrá entender, quien fuere curioso, por la moderna y experimentada Cosmografía destas Indias. Pues Tholomeo, antiguo e cierto cosmógrafo, no habló cosa alguna de la Tierra Firme, e lo que se dijo de Aristótiles e Solino e Plinio e Isidoro, en el capítulo II deste libro, aquellas auctoridades, islas Hespérides dicen, y en islas hablan y no en Tierra Firme. A lo que yo alcanzo (so enmienda de los que otra cosa hobieren leído), para mí bien creo que el almirante primero, don Cristóbal Colom, no comenzó este descubrimiento a lumbre de pajas, sino con muy encendidas e claras auctoridades e verdadera noticia destas Indias. Pero, porque no quiero ser habido por corto, diré dónde están estas islas e tierras nuevas, cuando hablare en cualquiera parte dellas.

Y satisfaciendo particularmente lo que toca a este camino, digo que los que supieren medir, hallarán que la isla Deseada (que es la primera en cuya demanda las naos vienen de España e hacen su derrota por estas Indias), está en catorce grados de la línea equinocial, a la parte de nuestro polo ártico; e las de demás a ella próximas, todas están en nuestro horizonte deste mismo polo: algunas a los lados de la Deseada, hacia Mediodía, y dellas a la parte septentrional, segund que ya las tengo nombradas en el capítulo IV deste libro II.

Esta isla Española, de la parte que mira al Austro, y en especial en esta cibdad de Sancto Domingo, dista de la Equinocial diez y ocho grados; e a la parte o costa del Norte está en veinte grados, e algún poco más en alguna parte, y en otras mucho menos, por las entradas que la mesma tierra desta isla tiene, ensanchándose y encogiéndose conforme a la proporción e figura suya. Así que, desde diez y ocho hasta veinte es la mayor latitud della; de forma que podrá ser el anchura treinta e siete leguas, e de longitud tiene ciento y veinte leguas, o ciento y treinta, poco más o menos. De las otras islas de demás y de la Tierra Firme, en sus proprios lugares e historias más me deterné.

Algunos de los que bien entienden la Cosmografía, y la disputan y enseñan complidamente estándose en la tierra, y no sabiéndola por vista y experiencia, dirán que he dicho un grande error en esta plática deste viaje, porque dije que la isla del Hierro, donde se apunta e principia esta derrota, está en veinte y siete grados y medio, e que la isla Deseada es la que las naos vienen a buscar primero, y que está en catorce. Y que esta isla Española, por la parte del Mediodía, y esta cibdad de Sancto Domingo están en diez y ocho grados, e que lo más ancho desta isla, por la parte del Norte, está en veinte grados; de forma que paresce que a lo menos se abajan cuatro grados más de lo que conviene para tomar esta isla, por lo menos. Y cada grado, de Norte a Sur, o de polo a polo, tiene diez y siete leguas e media. Así que, setenta leguas se aparta del paralelo desta isla, Española, dejándola a la parte del Norte: y es así verdad. Pero quien, después que toma los diez y ocho grados, no se abaja hasta los catorce, erraría mucho en ello, después que ha navegado veinte días con mediano tiempo. Porque sin tomarlos, iría por los diez y ocho a dar en las islas que llaman las Vírgines, o más afuera; e allí hay muchos bajos e peligrosa entrada entre las islas. E si se fuese en diez y nueve o en veinte, por ventura, por poco de tiempo contrario o por los defectos del aguja de marear (que se dirán en el capítulo siguiente), no tomaría esta isla, e por las corrientes iría a dar en las islas de los Lucayos, o en la de Cuba, como hizo el Almirante en su primero viaje. E para excusar muchos inconvenientes e peligros, e porque el embocamiento de las islas es más segura entrada en los catorce grados hasta quince, tiénense a este numero, procurando siempre que sea de quince abajo; porque después de entradas las naos, por tal paralelo, entre las islas de la Deseada e la que llaman el Antigua e las que por allí hay, lo demás que resta del camino, a causa de las corrientes, muy presto se anda, e toman a placer esta isla.

Esto que he dicho no se puede aprender en Salamanca, ni en Boloña, ni en París, sino en la cátedra de la gisola (que es aquel lugar donde va puesta el aguja de navegar), e con el cuadrante en la mano, tomando en la mar ordinariamente, las noches el estrella, e los días el sol con el astrolabio. Porque, como dice el italiano: altro vole la tabla que tovalla bianca; digo yo que otra cosa quiere también la navegación que palabras; porque, aunque los manteles estén blancos, no comerán los convidados con sólo eso, ni porque uno estudie la Cosmografía e la sepa muy mejor que el Tholomeo, no sabrá, con cuantas palabras están escriptas, navegar hasta que lo use. Ni el que lee medicina curará como debe al enfermo, hasta que, experimentado, sea para catar el pulso, e por él entienda los paroxismos e términos que se deben proveer en la dolencia. Y desa misma manera, el piloto diestro, mirando el pulso de su gisola, que es aquella calamita mixta en el aguja, le enseña el Norte; y el cuadrante su altura; y el astrolabio la del sol; e su experiencia le acuerda cómo ha de templar las velas, e gobernar sus marineros e gente; y la sonda le enseña las honduras. E criado desde paje en la mar, quédale el oficio tan fijo, cuanto le basta su natural; porque aunque pequeños entren en el arte, no salen todos pilotos; ni cuantos estudian no llegan a ser graduados de doctores. Pero puédese tener por cosa muy averiguada que el que no se cría en la mar desde muy pequeño pajecico, nunca salió perfecto marinero. Con esto consuena un proverbio cortesano que suelen decir los curiosos: el que no fué paje, siempre huele a acemilero. Quiero decir, que así como desde niños se han de criar los pajes, hijos de los buenos, en la corte e palacio para ser valerosos e bien criados e gentiles cortesanos, e no tener parte de groseros, así, los que han de ser marineros aprobados, es menester que en tierna edad comiencen a padescer los trabajos de la mar, para no desmayar ni estar acobardados en el tiempo de los afortunados o peligrosos naufragios, e para que salgan diestros pilotos.

Y esto baste cuanto al camino, y cuanto al segundo viaje que el primero almirante fizo, continuando este descubrimiento, e cuanto a la verdadera navegación destas mares desde Europa.

CAPITULO X

Del crescer y menguar del mar Mediterráneo y del mar Océano; en qué partes cresce y mengua como el Mediterráneo, y en qué costas mucho más.

Pues se ha movido la plática del ejercicio de la navegación e destas mares de acá, no es cosa para dejar en olvido, ni de pequeña admiración, lo que agora diré que he visto de la mar Océana en el flujo o reflujo de su crescer o menguar; porque hasta agora ningún cosmógrafo, ni astrólogo, ni hombre experto en las cosas de la mar, ni algund natural, de muchos a quien lo he preguntado, me han satisfecho ni dado razón conveniente de la verdadera causa que pone en efecto lo que mis ojos muchas veces han visto, y es el misterio aqueste.

Muy señalada cosa es el estrecho tan famoso de Gibraltar, donde están aquellos dos montes que los fabulosos griegos dijeron que Hércoles Thebano abrió (llamados Calpe e Abila), dejando el uno en Africa y el otro en Europa, para que el mar Mediterráneo se comunicase con el Océano. Desde aquella puerta, siguiendo al Levante, en todo lo que el mar Mediterráneo, e Adriático, y Egeo, y los otros (que son miembros o partes de aquella agua toda que desde Gibraltar al Levante hay salada entre Africa e Asia e Europa), dese mar Mediterráneo, no cresce ni mengua la mar, comúnmente, más ni menos de lo que en Valencia e Barcelona e Italia; y cuando algo más de lo ordinario sale, es poco espacio más, por algunas señaladas tormentas. Pero çesando aquéllas, tórnase a su orden e tiempos ordinarios del invierno y del verano. Desde el Estrecho afuera, este mar Océano cresce e mengua mucho en la costa de Africa e Europa, como lo han visto o veen cada día los que miran la mar por la costa del Andalucía y Portugal, e Galicia, e Asturias y las Montañas, e Vizcaya, e Guipúzcua, e Normandía, e Bretaña, e Inglaterra, y Flandes, y Alemania, y todo lo demás opuesto al Norte; de tal forma, que es sin comparación, o en grandísima manera más, lo que el Océano cresce donde he dicho. Digo más: que por el mismo mar Océano, desde donde más cresce de las partes que he dicho, partiendo en una nao e llegando a las islas de Canaria, así en ellas como en las islas que he dicho destas Indias, y en cuanto he tractado dellas hasta el capítulo presente, y desta parte acá de la Tierra Firme se ha fecho mención, y en todas las costas della que miran al Norte, en más de tres mill leguas, no cresce ni mengua el agua de la mar más ni menos de lo que en Barcelona e dentro del Estrecho e mar Mediterráneo. Y desta misma manera, en esta isla Española y en la de Cuba, y en todas las otras destas mares, conforme al mar de Italia: que es poquísimo a respecto de lo que el grande mar Océano cresce en las costas de España e Inglaterra e Flandes, etc.

Noten bien los letores todo lo que está dicho, para que se comprehenda mejor lo que agora se dirá. No obstante lo que de suso es apuntado, digo que este mismo mar Océano, en la costa que la Tierra Firme tiene opuesta al Mediodía o parte austral, en la cibdad de Panamá, e desde allí a la parte del Levante o Poniente de la misma cibdad e de la isla de las Perlas (que los indios llaman Terarequi), y en las islas Taboga o Toque, e todas las otras que llaman de Sanct Pablo, e las demás de aquella mar del Sur al Poniente, en más de trescientas leguas que yo he navegado por aquellas costas, cresce e mengua tanto la mar, que cuando se retrae paresce que se pierde de vista en algunas partes. Pero sin duda son dos leguas o más las que se aparta, en lugares algunos, desde la cibdad de Panamá: e por la costa occidental della. Esto he yo visto muchos millares de veces.

Otro notable maravilloso en la mesma materia, e de lo que más se deben los hombres maravillar, y es al mismo propósito de lo que está dicho. Desde la mar del Norte a la del Sur, en que tan gran diferencia hay en el crescer e menguar de la mar, hay poco camino, de costa a costa, atravesando la tierra desde la cibdad del Nombre de Dios, que está desta parte de Tierra Firme mirando el Norte, hasta la cibdad de Panamá, que está al opósito, en la misma Tierra Firme, mirando el Sur; porque no hay más de diez y ocho o veinte leguas de través; e por donde el sol las anda no debe haber doce, porque la tierra es muy áspera e montuosa. De manera que, pues todo lo que es dicho de ambas costas de Tierra Firme es un mismo mar Océano, cosa es aquesta para contemplar y especular los que a semejantes secretos son inclinados y desean entender cosas e secretos de tanta admiración.

Con algunas personas de grandes letras he todo aquesto platicado: no me han satisfecho, o porque no lo alcanzan, o porque no se lo he sabido dar a entender e no lo han ellos como yo visto. Pero para mí, yo me satisfago acordándome que el que estas cosas de admiración permite, sabe obrar estas y otras incomprensibles maravillas que al entendimiento humano no se conceden sin especial gracia. Yo he puesto aquí esta quistión como testigo de vista; de la absolución della no he sido digno hasta agora; mas, en la verdad, mucho holgaría de verla decisa.

Visto he en Plinio lo que dice afirmando que en muchas maneras cresce e mengua la mar; mas que la causa, del sol e de la luna procede. E da para ello ciertas razones de los cursos destos dos planetas; e también dice que los crescimientos del mar Océano son mayores que aquellos del Mediterráneo; y para ello dice que lo puede causar ser más animoso en el todo que en la parte, o porque su grandeza, más esparcida, sienta más la fuerza del planeta, la cual se puede más extender; e trae a su propósito otras razones. Y en el mismo libro segundo de su Natural Historia, dice que en algunos lugares, fuera de razón cresce e mengua la mar, porque los planetas no nascen a un mismo tiempo en todas las tierras; y que por eso interviene que el crescer de la mar no es de una manera. Mas dice que la diferencia está en el tiempo y en la forma: así que en algunas partes hay una especial natura o movimiento, así como en la isla de Euboea, en la cual, siete veces al día va e viene la mar, e tres días del mes está firme, que son el séptimo e octavo e noveno días de la luna.

Esto que dice Plinio, de que aquí se ha hecho memoria, e lo que más en esta materia por él se tracta, cosas son muy notables. Pero yo no tengo por cierto que el sol y la luna sean la causa de la grandísima diferencia que dije que hay en el crescer o menguar de la mar en la cibdad del Nombre de Dios e costa del Norte de Tierra Firme, a respecto de lo que cresce e mengua en la cibdad de Panamá e sus costas australes en la mesma tierra, habiendo tan poco camino de la una cibdad a la otra. Ni tampoco me satisface que diga Plinio que los crescimientos del Océano sean mayores que los del Mediterráneo mar; porque no dijo en parte, particularizando, sino expresa e generalmente en todo el Océano, por las razones que él lo funda; pues el mucho crescer y menguar en España el mar Océano, y el poco menguar en las Indias, en estas islas e costa del Norte de Tierra Firme, todo es en una mar, y la mesma Océana es, así, la de Panamá y sus costas, donde tanto cresce y mengua como tengo dicho. Ni tampoco me satisface que él diga que lo causa no nascer los planetas en un mismo tiempo en cada país o tierra, ni le concedo que la diferencia esté en el tiempo. Más creo que está en la forma, e haber en algunos lugares una especial natura o movimiento, no como él presume que acaesce en la isla de Euboea, porque lo que della él escribe también lo tengo por incomprehensible al ingenio humano, y pienso que es necesario ser alumbrado de arriba el que ese secreto alcanzare. Si como él dice, siete veces al día allí cresce y mengua la mar, y que tres días del mes está firme, ¡cosa es maravillosa!... Esta isla Euboea es en el mar Mediterráneo e Arcipiélago; la cual escribe que fué desapegada o divisa de Boecia, e que la mar hizo este apartamiento; e también dice que la isla de Secilia la despegó la mar e la dividió de la Italia. Pero, porque dije de suso que yo creo que está en la forma, e haber en algunos lugares o partes del mundo una especial natura, no lo entiendo yo como Plinio lo pensaba; mas diré lo que pienso o sospecho deste secreto, y es aquesto.

Desde el estrecho que en la Tierra Firme descubrió el capitán Hernando de Magallanes (del cual en su lugar será hecha más particular mención), hay, desde la boca e punta dél, llamada Arcipiélago del Cabo Deseado, hasta Panamá, por la parte austral (medido por una regla derecha o un hilo), más de mill leguas, las cuales serán muchas más cuando la costa sea descubierta de todo punto, a causa de las puntas y ensenadas que harán la mar e la tierra (de nescesidad), de donde grandísimos secretos se esperan alcanzar e descobrir.

Este estrecho tura ciento e diez leguas de longitud, e tiene dos o tres leguas, e fasta seis, e poco más o menos en algunas partes, de latitud en todo él; de forma que en una canal tan grande e tan estrecha, e de tierras altísimas, como se dice que hay en ambas costas deste estrecho, de creer es que las aguas que por allí entran a la mar del Sur, que correrán con extremada velocidad e ímpetu. E así lo oí decir al capitán Juan Sebastián del Cano, que entró por aquel estrecho con la nao Victoria, e fué a la Especiería, corriendo al Poniente, e volvió por el Levante. Así que anduvo aquella nao todo lo que el sol anda en aquel paralelo, como se dirá en su lugar; e lo mismo oí a Fernando de Bustamente e a otros fidalgos que en la misma nao fueron e vinieron.

Estos fueron los primeros españoles e hombres que hasta agora se sabe haber hecho tal camino e haber bojado el mundo. E poco ha lo entendí más particularmente de un clérigo, sacerdote de misa, que después, en otro viaje e armada pasó por el mismo estrecho, llamado don Juan de Areizaga.

Este estrecho está en cincuenta e dos grados e medio allende de la Equinocial, en el otro polo antártico e al opósito de nuestro hemisferio; y la cibdad de Panamá está en ocho grados e medio desta parte del Equinocio, a la banda de nuestro polo ártico. Y enfrente de Panamá, e por sus costas, al Poniente, hay muchas islas de luengo a luengo de la costa: algunas cerca de la Tierra Firme, e algunas algo más desviadas; por el asiento de las cuales e su forma dellas e de la Tierra Firme, pienso yo que se causan las grandes corrientes, y que aquella disposición de la mar y de la tierra es la causa de tan grandes crescientes e menguantes.

A esto se puede decir que cuando viniendo de España a estas Indias topamos las primeras islas, Marigalante, la Deseada e las que están en aquel paraje (que son truchas en espacio de ciento cincuenta leguas de Norte a Sur), e toman desde las que se llaman las Vírgines fasta el golfo de la Boca del Dragón e costa de Tierra Firme, como allí no se causan tan grandes corrientes e menguantes como en esta costa austral. Esto tiene fermosa e natural respuesta. La cual es. que todas estas islas desta parte de Tierra Firme que digo, las toma el atar Océano de través: y así pasan las aguas con menos resistencia entre ellas, e hay más lugar de exalación o expirar, sin tanto contraste de su curso. Mas las islas de la mar austral están opuestas en longitud, Leste al Hueste, al luengo de la costa de Panamá; e así, naturalmente, resisten a la fuga e ímpetu de las aguas que deben venir, de nescesidad, del dicho estrecho de Magallanes. E así, entre aquellas islas e la Tierra Firme, desta causa, me paresce a mí que son mayores las corrientes, e, por consiguiente, el crescer e menguar de la mar es allí tan extremado como de suso se dijo. Esto, por la forma e asiento de las tierras; e así me paresce a mí que de aquí nasce la especial natura que esto causa, o, mejor diciendo, si esto no es la razón dello: será aquella causa de las causas, que es el mismo Dios, que así le plugo ordenarlo. Cuanto más que, para lo que yo ignoro en este caso, me desculpa Aristótiles con su muerte: en la cual yo no le pienso imitar, investigando estos secretos, del cual escribe Johannes Valensis, que en Grecia, a par de Nigroponte, queriendo Aristótiles investigar la causa del flujo e reflujo del mar, e no pudiendo considerar ni entender la causa suficiente de lo que veía: Ex indignatione alloquens aquam, ait: Quia non possum capere te, capias me: et se precipitavit e submersit. Quiere decir que enojado, se echó en la mar, diciendo: "Pues no te puedo comprehender, comprehéndeme tú a mí": e así se ahogó. Por lo cual concluye San Gregorio Nacianceno: Quod sapientia mundi. stultitia est apud Deum. Y conforme a estas auctoridades, ningún sabio se debe enojar por lo que no alcanza: sino tomar dello lo que tuviere Dios por bien de le comunicar e hacer capaz para lo comprehender; e deso y de todo darle siempre loores, e creer que le es todo posible y él sabe lo que face e para qué efecto. Pero, porque de suso se dijo quién son los que tienen que Aristótiles hizo tal fin, digo que otros escriben que no fué él el que se echó en la mar por no entender el flujo e reflujo della, sino Euripo filósofo; cualquiera que haya sido, erró, y. así errarán los que quisieren investigar las maravillas de Dios y alcanzarlas por su seso, sin intervenir la gracia especial del mismo Façedor dellas.

CAPITULO XI

Del nordestear e noruestear de las agujas de marear, e de las mudanzas de la estrella del Norte, e de las cuatro estrellas que llaman el Crucero del Sur o de la tinta del diámetro.

Dije en el quinto capítulo que las agujas de marear eran defetuosas e nordesteaban e noruesteaban: y porque este tractado no solamente puede ser útil a los que han conoscimiento destas cosas, más también puede aprovechar a los que nunca vieron la mar, avisando a los hombres que aquesto nunca oyeron, y delaitando a los que desean entender cosas raras y de semejantes efetos, digo así:

Las agujas de marear están cebadas e compuestas con la virtud e medio de la piedra calamita (que vulgarmente en Castilla llamamos piedra imán), de la cual y de sus propiedades hacen gran mención los naturales, e la nombran por diversos nombres; porque, demás de los dos que he dicho, la llaman magnete, ematite, siderita y heraclión. Es de diversas especies o géneros esta piedra: una es más fuerte que otra; e no todas las calamitas son de una color; e la mejor de todas es la de Ethiopía, la cual se vende a peso de plata. Tienen todas las verdaderas calamitas grande eficacia, en la medicina, para muchas enfermedades.

Mas, hablando solamente en lo que aquí face a nuestro propósito de las agujas del navegar, cebadas con esta piedra, ellas enseñan a los que navegan el proprio lugar del polo nuestro ártico, o Tramontana (que también se llama Norte), en cualquier tiempo e hora e momento del día o de la noche, así estando los cielos claros y serenos como ofuscados e ñublosos, por cualquier caso de tormentas o lluvias. E aunque de día no vemos la estrella más propinca del polo, que vulgarmente llamamos Norte (puesto que no lo es), o que la noche sea de tales nublados que tampoco parezca el estrella, siempre el aguja, a causa de la mixtura o virtud que tiene por la calamita con que está compuesta, nos señala el polo, e por allí se gobiernan los pilotos e mareantes, e todos los que usan el ejercicio de la navegación.

Dije de suso que la estrella que llaman Norte no lo es; e así lo digo, si pensáredes que por ella se entiende el polo o axis, o que es fija; porque, en la verdad, el polo es otra cosa, y a aquél tiene respecto la piedra calamita e las agujas cebadas con ella. Porque la estrella que vemos es movible e no fija; pues que estando las estrellas que llamamos las Guardas (de esa misma Tramontana), en la cabeza, está la estrella debajo del polo tres grados; y cuando está en el pie, está la estrella tres grados sobre el polo; así que, de Norte a Sur, se mueve tres grados. Estando las Guardas en el brazo del Leste, está la estrella debajo del polo grado y medio; y estando en el brazo del Hueste, está la estrella grado e medio encima del polo; así que, de Oriente a Occidente, se aparta grado e medio de la forma que he dicho. Estando las Guardas en la línia del Nordeste, está la estrella debajo del polo tres grados e medio; y estando en la línia del Sudueste, está la estrella otros tres grados e medio encima del polo. Y estando las Guardas en la línia del Norueste, está la estrella debajo del polo medio grado; y al opósito, estando las Guardas en la línea del Sueste, está la estrella encima del polo medio grado. Por manera que, pues todas estas mudanzas e desvíos face la estrella, no es ella el polo, ni es fija, ni sería medida cierta para los navegantes. Pero, cómo es la que está más cerca del polo, hanse de advertir todas estas mudanzas desta estrella (pues que el proprio polo no se puede ver), atendiendo a la constancia que la calamita e aguja por su respecto tienen, mirando fija e perpetuamente en el polo invisible. E así alcanzan los hombres diestros en esta sciencia o arte de navegar, el camino que llevan, concertando el aguja con el Norte, y por las alturas dél y del sol, cotejando las unas con las otras, conforme a la regla de la declinación del sol. Y por estos avisos llevan concertado su camino.

Todo esto es, para hombres que usan este ejercicio de la mar, más apacible letura que a los que en ella no se ocupan. Pero cuanto a la dificultad que dije que padescen las agujas, o mejor diciendo, el entendimiento de los hombres (pues ellas nos enseñan lo que agora diré), créese que el diámetro o mitad del mundo, o linfa que atraviesa de polo a polo, cruzando la Equinocial, pasa por las islas de los Azores, porque nunca las agujas están derechamente e de todo punto fijas en perfición, de medio a medio del polo ártico, sino cuando las naos e carabelas están en aquel paraje e altura. Y cuando de allí pasan hacia estas partes occidentales, noruestean bien una cuarta cuando más se desvían de allí. E pasando a la vuelta para Levante, desde las dichas islas de los Azores nordestean otra cuarta cuanto más se alejan. Así que, aquesto es lo que quise decir, cuando toqué esta dificultad de las agujas; para nuestro propósito.

Quiero decir otra cosa muy notable, que los que no han navegado por estas Indias no la pueden haber visto, salvo los que fueren en demanda de la Equinocial, o estuvieren a lo menos en veinte e dos grados, poco más o menos della. Y es que, mirando a la parte del Sur, verán que se alzan sobre el horizonte cuatro estrellas en cruz (lám. 1, fig. 2), que andan al derredor del círculo de las Guardas del polo antártico, de la forma que están en esta figura puestas; las cuales la Cesárea Majestad me dió por mejoramiento de mis armas, para que yo e mis subcesores las pusiésemos juntamente con las nuestras antiguas de Valdés, habiendo respecto a lo que yo he servido en estas partes e Indias, e primero en la casa real de Castilla, desde que hobe trece años; porque en tal edad comencé a servir en la cámara del serenísimo príncipe don Juan, mi señor, de gloriosa memoria, tío de la Cesárea Majestad, e después de sus días, a los Reyes Católicos, don Fernando e doña Isabel, de inmortal recordación, e después a Sus Majestades. Las cuales armas estarán en fin deste tractado, pues que es escripto en estas partes donde tantos trabajos padescen los hombres que veen estas estrellas, e donde yo he gastado lo mejor de mi vida.

Toqué esta particularidad de las estrellas, porque son muy notable figura en el cielo; en el cual hay otras innumerables que se ven poco antes dellas, al parescer, hacia el ártico; y de allí, discurriendo la vista a la parte austral, verán el cielo tan lleno de estrellas como está sobre España, en diferentes intervalos o figuras que no se ven ninguna dellas desde España, ni desde parte de toda la Europa, ni en la mayor parte de Asia ni Africa, si no fuere pasando de los veinte e dos grados del polo ártico, abajando el número dellos a la parte del polo antártico, yendo hacia la Equinocial; ni se pueden ver en todo el trópico de Cáncer.

Tornando a la historia, tiempo es que se diga por qué causa los indios e gente del rey Goacanagarí mataron en esta isla Española a los cristianos que el primero viaje dejó en ella el almirante don Cristóbal Colom, e qué gentes falló en esta tierra; hasta que adelante se continúen las otras cosas que a la historia convienen, para que después, con más atención, se escriban los animales e aves e árboles e fructas e mantenimientos que los indios tenían para su sustentación, e las otras cosas que hicieren al caso de la historia.

CAPITULO XII

De lo que hizo el almirante don Cristóbal Colom, después que supo que los indios habían muerto los cristianos que dejó en esta isla Española el primero viaje; e cómo fundó la cibdad de la Isabela e la fortaleza de Sancto Tomás: e cómo descubrió la isla de Jamaica, e vido particularmente la isla e costa de Cuba; e de las primeras muestras de oro de minas que se llevaron a España.

Dicho se han el primero y segundo viajes que el almirante don Cristóbal Colom fizo a estas islas e Indias, y cómo en el primero camino dejó treinta y ocho hombres en tierra del rey o cacique Goacanagarí. Aquellos cristianos escogió que le parecieron de mejor tiento y esfuerzo; pero como conoscía la fragilidad desta humana vida, dejó tantos, porque si algunos muriesen, otros quedasen que él pudiese hallar cuando volviese; y también para que fuesen parte para corregir y enmendar los unos a los otros, si entre ellos algún exceso se cometiese. Y no dejó más de aquéllos, porque tenía necesidad de los que le quedaban en los navíos, para volver a España, y porque esta gente le paresció muy doméstica y mansa. Así que, para fronteros o hacer guerra no quedaban, ni el pensamiento del Almirante fué que los indios tal tentarían, segund su mansedumbre, porque si él esto sospechara, no los dejara. Pero para lenguas e sostenerse en paz, eran muchos; e cierto, para aquello bastaran diez o doce, e no había de dejar más; o habían de quedar doscientos, y él no los tenía. Finalmente, su intención erró menos en los mandar quedar, que ellos mismos en no se saber conservar y estar bien ordenados. Con todo eso, el Almirante les hizo muchas amonestaciones, e dióles la orden que debían tener para se conservar entre aquestas gentes salvajes. Prometiéndoles muchas mercedes, partió con ellos así de los bastimentos, como de todo lo demás que él pudo darles para su vestuario. Dejóles armas, de las cuales les exhortó que no usasen en ninguna manera, sino siendo muy forzados y no siendo jamás los agresores; y encomendólos, cuanto más aficionadamente lo supo mostrar, al señor de la tierra, Goacanagarí, al cual dió asimismo muchas cosas, porque mejor los tractase e favoresciese. Y quedó por capitán con esta gente, como tengo dicho, un buen hidalgo, natural de Córdoba, llamado Rodrigo de Arana, e asimismo quedó con ellos otro hombre de bien, llamado maestre Juan, gentil cirujano. Pero, como los más de aquellos hombres que así quedaron eran marineros, y estos tales es gente sobre sí, e tan diferentes de los de la tierra como lo es su oficio, muy pocos dellos o ninguno hobo capaz para lo que el Almirante los quería: que era saberse comportar e regirse entre los indios, e aprender la lengua e sus costumbres, e comportar los defectos e bestialidades que en los indios viesen. Mas, en la verdad, hablando sin perjuiçio de algunos marineros que hay, hombres de bien, e comedidos e virtuosos, soy de opinión que por la mayor parte, en los hombres que ejercitan el arte de la mar, hay mucha falta en sus personas y entendimiento para las cosas de la tierra; porque, demás de ser, por la mayor parte, gente baja y mal doctrinada son cobdiciosos e inclinados a otros vicios, así como gula, e lujuria, e rapiña, e mal sufridos. E como no cupo en los que Colom dejó en esta isla, alguna parte de prudencia ni vergüenza para se sostener, obedesciendo a los preceptos de tan prudente varón, ni quisieron estar quedos donde él los había dejado, dieron mala cuenta de sus personas, o no dieron ninguna, pues no les quedó vida para ello.

Luego se supo de los indios cómo aquellos cristianos les hacían muchos males, e les tomaban las mujeres e las hijas e todo lo que tenían, segund lo querían hacer. Y con todo esto, vivieron en tanto que estuvieron quedos e acaudillados; mas, así como se descomidieron con el capitán que les quedó y se entraron la tierra adentro, pocos a pocos y desviados los unos de los otros, todos los mataron sin que alguno quedase. Súpose asimismo que la eleción de los dos capitanes que el Almirante mandó que quedasen para después del primero, fué mucha causa de su separación, porque, segund los indios decían, cada uno de los otros quiso ser capitán; e así como el Almirante se partió para España, comenzaron a estar diferentes e dividirse, e cada uno dellos quiso ser la cabeza y el principal; y la señoría de muchos no es útil en los hechos de guerra, segund dice Livio. E así hobo lugar su perdición por sus diferencias; y no teniendo en nada a los indios, de dos en dos, e tres en tres, e pocos juntos, se desparcieron en diversas partes, usando de sus ultrajes en tal manera, que los indios, no lo podiendo ya comportar, e durmiendo unos e otros descuidados dejando las armas, o cuando mejor aparejo se fallaba, a todos les dieron la muerte, sin que ninguno dellos quedase.

E como el Almirante volvía consigo algunos de los indios que había llevado a España, entre ellos uno que se llamaba Diego Colom, e había mejor que los otros aprendido, e hablaba ya medianamente la lengua nuestra, por su interpretación, el Almirante fué muy enteramente informado de muchos indios y del proprio rey Goacanagarí de cómo había pasado lo que es dicho, mostrando este cacique mucho pesar dello. Pero muy mayor le sintió el Almirante, el cual, después de se haber certificado desto, desde a pocos días que estuvo en Puerto Real, se vino a una provincia desta isla e fizo allí una cibdad que nombró la Isabela.

Desde aquélla partió con dos carabelas el Almirante a descobrir, y dejó en esta isla Española por su teniente e gobernador a don Diego Colom, su hermano, entre tanto que llegaba don Bartolomé Colom, adelantado y hermano suyo asimismo, que había quedado en España e venía de Inglaterra a buscar al Almirante. Y dejó al comendador mosén Pedro Margarite por alcaide de una fortaleza que el Almirante había mandado hacer en las minas que llaman de Cibao (que son las más ricas desta isla, a par de un río que llaman Janico), así como se tuvo noticia dellas; en las cuales se cogieron algunos granos de oro por los españoles, porque los indios no lo sabían coger si no se lo hallaban encima de la tierra. Y también los españoles no tenían aquella esperiencia que los antiguos asturianos, e lusitanos, e gallegos tuvieron antiguamente en este ejercicio de las minas en las provincias que he dicho en España, de donde los romanos tan grandes tesoros hobieron.

Esta fortaleza fué la segunda que hobo en esta isla, e allí fué el comendador mosén Pedro Margarite primero alcaide della; e llamáronla Sancto Tomás, porque, como estaban en dubda del oro, e quisieron ver y creer, como desto fueron certificados los cristianos, quiso el Almirante que la fortaleza se llamase como he dicho. Pero en aquel principio no se sacó sino poco oro, con el cual envió el Almirante, en ciertos navíos, al capitán Gorvalán. Y este hidalgo llevó las nuevas del oro e minas ricas de Cibao a los Católicos Reyes don Fernando e doña Isabel; por lo cual le hicieron mercedes, aunque otros quieren decir que el que primero trujo las muestras del oro a España, por mandado del Almirante, fué el capitán Antonio de Torres, hermano del ama del príncipe don Juan, de gloriosa memoria.

Así que, hallado el oro, el Almirante puso en efeto su camino e salió de la Isabela, y con él otros caballeros, e los que le paresció que convenía llevar en dos carabelas muy bien armadas e proveídas. En tanto que él iba a descobrir, se siguieron muchos trabajos a los cristianos que aquí quedaban, como se dirá adelante. Y aquel mesmo año de noventa y cuatro se perdieron en la Isabela cuatro navíos, uno de los cuales fué la nao capitana llamada Marigalante.

Deste viaje descubrió el Almirante la isla de Jamaica, que agora se llama Sanctiago, hasta la cual hay, desde la parte más occidental desta isla (que es la punta del Tiburón), veinte e cinco leguas. Pero la verdad es que el Almirante llamó el principio o parte más oriental desta isla cabo de Sanct Rafael, e al cabo último e más occidental de la isla llamó cabo de Sanct Miguel; al cual, agora, algunos ignorantes de la verdad le llaman el cabo del Tiburón. Tornando a Jamaica, digo que está aquella isla en diez y siete grados de la línia equinocial; tiene de longitud cincuenta leguas o más, e de latitud, veinte y cinco; pero, primero que el Almirante la descubriese, fué a la isla de Cuba, e vido sus costas más particularmente que cuando la había descubierto en el primero viaje; la cual agora se llama isla Fernandina, en memoria del serenísimo e Católico Rey don Fernando, de gloriosa memoria. Esta isla creo yo que es la que el cronista Pedro Mártir quiso intitular Alfa, e otras veces la llama Juana; pero de tales nombres no hay en estas partes e Indias isla alguna. Y no sé qué le pudo mover a la nombrar así; pero, pues destas islas adelante se ha de tractar más especificadamente, basta lo que en esto está ya dicho.

CAPITULO XIII

Que tracta de los trabajos y guerras que pasaron los cristianos que quedaron con don Diego Colom e con el adelantado don Bartolomé Colom en la villa de la Isabela, en tanto que el Almirante fué a descobrir desde allí; y de lo que acaesció con ciertas tórtolas al alcaide mosén Pedro Margarite en la fortaleza de Sancto Tomás; y de la población e fundamento de aquesta cibdad de Sancto Domingo, adonde el Almirante tornó después de haber descubierto a Jamaica e otras cosas, etc.

Cuando el Almirante primero partió de la cibdad de la Isabela, dejó por su teniente e gobernador desta isla, e con toda la más gente de los cristianos, a don Diego Colom, su hermano, entretanto que venía, como después vino, el adelantado don Bartolomé Colom, su hermano.

Habéis de saber que como luego que se pobló aquella cibdad y el Almirante repartió los solares para que los españoles hiciesen, como hicieron, sus casas, e les señaló las caballerías e tierras para sus heredamientos, siendo los indios que esta vecindad les había de turar, pesóles de ver el propósito de los cristianos. E para escusar esto é darles ocasión que se fuesen desta tierra, pensaron un mal ardid con que murieron más de las dos partes o la mitad de los españoles, e de los proprios indios murieron tantos que no se pudieran contar. Y esto fízose de forma que no se pudo entender ni remediar, porque como eran tan nuevos en la tierra los cristianos, no caían en el trabajo en que estaban, ni le entendieron; y fué aqueste. Acordaron todos los indios de aquella provincia de no sembrar en el tiempo que lo debían hacer, e como no tuvieron maíz, comiéronse la yuca, que son dos maneras de pan, y el principal mantenimiento que acá hay. Los cristianos comiéronse sus bastimentos; e aquéllos acabados, queriéndose ayudar de los de la tierra, que los indios acostumbran, no los tenían para sí ni para ellos. Y desta manera se caían los hombres muertos de hambre, en aquella cibdad, los cristianos; y en la fortaleza que es dicha de Sancto Tomás, do estaba el comendador mosén Pedro Margarite, también por la misma nescesidad se le murió la mitad de la gente, e por toda la tierra estaban los indios muertos a cada parte. El hedor era muy grande y pestífero; las dolencias que acudieron sobre los cristianos fueron muchas, allende del hambre; e desta manera, los indios efectuaban su mal deseo, que era, o que los cristianos se fuesen huyendo por falta de bastimento, o que se muriesen, si quedasen, no lo teniendo. Los indios que escapaban metíanse la tierra adentro e desamparaban la conversación de los nuestros, por les hacer más daño e ir a buscar de comer por otras provincias.

En este tiempo de tanta nescesidad se comieron los cristianos cuantos perros gozques había en esta isla, los cuales eran mudos, que no ladraban; e comieron también los que de España habían traído, e comiéronse todas las hutias que pudieron haber, e todos los quemis, e otros animales que llaman mohuy, y todos los otros que llaman coris, que son como gazapos o conejos pequeños. Estas cuatro maneras de animales se cazaban con los perros que se habían traído de España; e desque hobieron acabado los de la tierra, comiéronse a ellos también, en pago de su servicio. E no solamente dieron fin a estos cinco géneros de animales de cuatro pies, que solamente había en esta isla; pero, acabados aquéllos, se dieron a comer unas sierpes que se llaman ivana, que es de cuatro pies, de tal vista que, para quien no la conosce, es muy espantoso animal. Ni perdonaron lagartos, ni lagartijas, ni culebras, de las cuales hay muchas e de muchas maneras de pinturas, pero no ponzoñosas. Así que, por vivir, a ninguna bestia o animal de cuantos he dicho perdonaban; porque cuantos podían haber, iban al fuego, e cocidos o asados, no faltaba a su nescesidad apetito para comer estas cosas tan temerosas a la vista. De lo cual y de la humedad grandísima desta tierra, muchas dolencias graves e incurables, a los que quedaron con la vida, se les siguieron. Y desta causa, aquellos primeros españoles que por acá vinieron, cuando tornaban a España algunos de los que venían en esta demanda del oro, si allá volvían, era con la misma color dél; pero no con aquel lustre, sino hechos azamboas e de color de azafrán o tericia; e tan enfermo, que luego, o desde a poco que allá tornaban, se morían, a causa de lo que acá habían padescido, e porque los bastimentos y el pan de España son de más recia digestión que estas hierbas e malas viandas que acá gustaban, e los aires más delgados e fríos que los desta tierra. De manera que, aunque volvían a Castilla, presto daban fin a sus vidas, llegados a ella.

Padescieron más estos cristianos, primeros pobladores desta isla, mucho trabajo con las niguas, e muy crueles dolores e pasión del mal de las búas, porque el origen dellas son las Indias. E digo bien las Indias, así por la tierra donde tan natural es esta dolencia, como por las indias mujeres destas partes, por cuya comunicación pasó esta plaga a algunos de los primeros españoles que con el Almirante vinieron a descobrir estas tierras, porque, como es mal contagioso, pudo ser muy posible. Y déstos, después de tornados en España e haber sembrado en ella tal enfermedad, de ahí pasó a Italia y a otras partes, como adelante diré, sin desacordarme de hacer relación particularmente, donde convenga, de once cosas notables que en este capítulo se han tocado, que son cinco animales de cuatro pies, conviene a saber: perro, hutia, quemi, mohuy, cori; e asimesmo se dirá de la ivana, que es una serpiente también de cuatro pies. Y no olvidaré las lagartijas, culebras, lagartos, que hay en esta tierra; e diré de la pasión de la nigua, e de la dolencia aborrescible de las búas, con que se dará cuenta de las once cosas de suso tocadas.

Así que, continuando lo que prometí en el título deste capítulo XIII, digo que al tiempo que en la Isabela los cristianos padescían estos males que he dicho, e otras muchas nescesidades (que por evitar prolijidad se dejan de decir), estaba el comendador mosén Pedro Margarite con hasta treinta hombres en la fortaleza de Sancto Tomás, en las minas de Cibao, sofriendo las mismas angustias que los de la Isabela; porque también les faltaba de comer, e tenían muchas enfermedades, e padescían aquellos trabajos a que están obligados los primeros pobladores de tierras tan apartadas, e tan salvajes e dificultosas para los que tan lejos dellas se criaron; e por estas causas, los que en esta fortaleza estaban se morían e de cada día eran menos. Porque para salir de la fortaleza eran pocos; dejarla sola, era mal caso; la lealtad de aquel caballero era la que debía; el Almirante estaba fuera de la isla, en el descubrimiento que he dicho; los que en la Isabela estaban con el adelantado don Bartolomé, tenían tanto trabajo que no se podían valer; los indios habíanse ido la tierra adentro los que querían o podían escapar de la hambre; de manera que, estando este alcaide e su gente a tan fuerte partido, vino un día un indio al castillo (porque, segund él decía, el alcaide mosén Pedro Margarite le parescía bien y era hombre que no hacía ni consentía que fuese hecha violencia ni enojo a los indios e naturales de la tierra), e trujo este indio al alcaide un par de tórtolas vivas presentadas. E siéndole dicho al alcaide, mandó que lo dejasen subir a la torre donde él estaba; e subido el indio le dió las tórtolas, y el alcaide le dió las gracias y la recompensa en ciertas cuentas de vidrio (que los indios en esa sazón presciaban mucho), para se poner al cuello. Y el indio ido muy gozoso con su sartal, dijo el alcaide a los cristianos que con él estaban en el castillo, que le parescía que aquellas tórtolas eran pocas para comer todos dellas, e que para él solo ternía que comer aquel dia en ellas; todos dijeron que él decía bien, e que para todos no había nada en aquel presente, y él podría pasar aquel día con las tórtolas e las había más menester, porque estaba más enfermo que ninguno. Entonces dijo el alcaides "Nunca plega a Dios que ello se faga como lo decís: que pues me habéis acompañado en la hambre e trabajos de hasta aquí, en ella y en ellos quiero vuestra compañía, y paresceros, viviendo o muriendo, fasta que Dios sea servido que todos muramos de hambre o que todos seamos de su misericordia socorridos." E diciendo aquesto, soltó las tórtolas, que estaban vivas, desde una ventana de la torre, e fuéronse volando.

Con esto quedaron todos tan contentos e hartos, e como si a cada uno de los que allí estaban se las diera; y tan obligados se hallaron por esta gentileza del alcaide, para sofrir con él lo que les viniese, que ninguno quiso dejar la fortaleza ni su compañía, por trabajo que tuviese. Estando, pues, en tanta nescesidad los cristianos, por la continuación destas fatigas e dolencias que he dicho, y porque para ser complidos sus males no les faltasen ningún afán, sobrevinieron muchos vientos del Norte (que en Castilla se llama cierzo), y en esta isla es enfermo; e moríanse no solamente los cristianos, pero, como es dicho, los naturales indios.

No teniendo ya otro socorro sino el de Dios, El permitió su remedio; y éste fué la mudanza de la cibdad de la Isabela, donde estaban los españoles avecindados. Y para esta trasmigración acaesció que un mancebo aragonés, llamado Miguel Díaz, hobo palabras con otro español, e con un cuchillo dióle ciertas heridas; e aunque no murió dellas, no osó atender, puesto que era criado del adelantado don Bartolomé Colom, e ausentóse de temor del castigo, e con él, siguiéndole e faciéndole amigable compañía, cinco o seis cristianos; algunos dellos porque habían sido participantes en la culpa del delito del Miguel Díaz, e otros porque eran sus amigos. E huyendo de la Isabela, fuéronse por la costa arriba hacia el Leste o Levante, e bojáronla hasta venir a la parte del Sur, adonde agora está aquesta cibdad de Sancto Domingo, y en este asiento pararon, porque aquí hallaron un pueblo de indios. E aquí tomó este Miguel Díaz amistad con una cacica, que se llamó después Catalina, e hobo en ella dos fijos, andando el tiempo. Pero, desde a poco que aquí se detuvo, como aquella india principal le quiso bien, tratóle como amigo que tenía parte en ella, e por su respecto, a los de demás; e dióle noticia de las minas que están siete leguas de esta cibdad, e rogóle que ficiese que los cristianos que estaban en la Isabela que él mucho quisiese, los llamase e se viniesen a esta tierra que tan fértil y hermosa es, e de tan excelente río e puerto; e que ella los sosternía e daría lo que hobiesen menester. Entonces este hombre, por complacer a la cacica, e más porque le paresció que llevando nueva de tan buena tierra e abundante, el adelantado, por estar en parte tan estéril y enferma, le perdonaría, e principalmente porque Dios quería que así fuese e no se acabasen aquellos cristianos que quedaban, acordó de ir al adelantado, e atravesó con sus compañeros por la tierra, guiándole ciertos indios que aquella su amiga mandó ir con él fasta que llegaron a la Isabela, que está cincuenta leguas desta cibdad, poco más o menos. E secretamente tuvo manera de hablar con algunos amigos suyos, e supo que aquel hombre que había ferido estaba sano; e así osó ver al adelantado, su señor, e pedirle perdón en pago de sus servicios e de la buena nueva que le llevaba de aquesta tierra e de las minas de oro. Y el adelantado le rescibió muy bien y le perdonó, e fizo las amistades entre él e su contendor. Y después que le hobo oído muy particularmente las cosas desta provincia e desta ribera, determinó de venir en persona a verla, e con la compañía que le paresció, vino aquí y falló ser verdad todo lo que Miguel Díaz había dicho; y entró en una canoa o barca de las que tienen los indios, e tentó este río llamado Ozama, que por esta cibdad pasa,• hízolo sondar, e tentó la hondura de la entrada del puerto, e quedó muy satisfecho y tan alegre como era razón; e fué a las minas y estuvo en ellas dos días, e cogióse algún oro. E desde allí se volvió a la Isabela, e dió muy grande placer a los españoles todos, después que los hobo dicho lo que había visto por acá; e dió luego orden cómo la gente toda viniese con él por tierra a este asiento, e mandó traer por la mar lo que allá tenían los cristianos, en dos carabelas que, tenían; e llegó a este puerto, segund algunos dicen, domingo día del glorioso Sancto Domingo, a cinco días de agosto, año de mill e cuatrocientos y noventa; e cuatro años. E fundó el dicho adelantado don Bartolomé aquesta cibdad, no donde agora está, por no quitar de aquí a la cacica Catalina e a los indios que aquí vivían, sino de la otra parte deste río de la Ozama, junto a la costa y enfrente desta población nuestra. Pero, inquiriendo yo e deseando saber la verdad por qué esta cibdad se llamó Sancto Domingo, dicen que, demás de haber allí venido a poblar en domingo e día de Sancto Domingo, se le dió tal nombre, porque el padre del primero Almirante y del Adelantado, su hermano, se llamó Domínico, y que en su memoria, el fijo llamó Sancto Domingo a esta cibdad.

Desde a dos meses e medio, pocos más o menos días, vino el Almirante e los que con él habían ido a descobrir; e llegado a esta cibdad, envió luego a saber si era vivo mosén Pedro Margarite, e mandó por su carta que él e todos los que con él hobiese, se viniesen para él e dejasen la fortaleza en poder del capitán Alonso de Hojeda, que fué el segundo alcaide della, e así lo hicieron. Y llegados aquí, se repararon todos por la abundancia e fertilidad de la tierra, e cobraron salud.

Después que todos fueron juntos, como nuestro común adversario nunca se cansa ni cesa de ofender e tentar a los fieles, sembrando discordias entre ellos, anduvieron, muchas diferencias entre el Almirante e aquel padre reverendo, fray Buyl. Y aquesto hobo principio porque el Almirante ahorcó a algunos, y en especial a un Gaspar Ferriz, aragonés; e a otros azotó; e comenzó a se mostrar severo e con más riguridad de la que solía, puesto que, aunque fuese razón de ser acatado, y se le acordase de aquella grave sentencia del emperador Otto: pereunte obsequio imperium quo que intercidit; que dice: si no hay obediencia no hay señoría; también dice Salomón: universa delicia operit charitas. Pues si todos los delictos encubre la caridad, como el sabio dice en el proverbio alegado, mal hace quien no se abraza con la misericordia, en especial en estas tierras nuevas, donde, por conservar la compañía de los pocos, se han de disimular muchas veces las cosas que en otras partes sería delicto no castigarse. Cuanto más debe mirar esto el prudente capitán que otro ninguno, pues está escripto: constituyéronse por cabdillo, no te quieras ensalzar; más serás en ellos así como uno de ellos. Auctores son destas palabras sanctas Salomón e Sanct Pablo. El Almirante era culpado de crudo en la opinión de aquel religioso, el cual, como tenía las veces del Papa, íbale a la mano; e así como Colom hacía alguna cosa que al fraile no paresciese justa, en las cosas de la justicia criminal, luego ponía entredicho y hacía cesar el oficio divino. Y en esa hora el Almirante mandaba cesar la ración, y que no se le diese de comer al fray Buyl ni a los de su casa.

Mosén Pedro Margarite e los otros caballeros entendían en hacerlos amigos, e tornábanlo a ser; pero para pocos días. Porque así como el Almirante hacía alguna cosa de las que es dicho, aquel padre le iba a la mano e tornaba a poner entredicho e a hacer cesar las horas e oficio divino, y el Almirante también tornaba a poner su estanco y entredicho en los bastimentos, e no consentía que le fuesen dados al fraile ni a los clérigos, ni a los que los servían. Dice el glorioso Sanct Gregorio "Nunca la concordia puede ser guardada, sino por sola la paciencia; porque continuamente nasce en las obras humanas por donde las ánimas de los hombres sean de su unidad e amor apartadas."

A estas pasiones respondían diversas opiniones, aunque no se publicaban; pero cada parte tuvo manera de escrebir lo que sentía en ellas a España. Por lo cual, informados en diferente manera los Reyes Católicos de lo que acá pasaba, enviaron a esta isla a Juan Aguado, su criado (que agora vive en Sevilla). E así se partió con cuatro carabelas e vino acá por capitán dellas, como paresce por una cédula que yo he visto de los Reyes Católicos, hecha en Madrid a cinco de mayo, año de mill y cuatrocientos e noventa e cinco; e por otra cédula mandaron a los que estaban en las Indias que le diesen fe y creencia, la cual decía así: "El Rey, la Reina: caballeros y escuderos y otras personas que por nuestro mandado estais en las Indias, allá vos enviamos a Juan Aguado, nuestro repostero, el cual de nuestra parte os fablará. Nos vos mandamos que le dedes fe y creencia. De Madrid, a nueve de abril de noventa e cinco años. Yo el Rey.-Yo la Reina." Y de Fernand Alvarez, secretario, refrendada.

Este capitán fizo pregonar en esta isla Española esta creencia, y por ella todos los españoles se le ofrecieron en todo lo que les dijese de parte de los Reyes Católicos: e así, desde a pocos días, dijo al Almirante que se aparejase para ir a España, lo cual él sintió por cosa muy grave, e vistióse de pardo, como fraile, y dejóse crescer la barba.

Esta vuelta del Almirante a España fué año de noventa y seis, en manera de preso, puesto que no fué mandado prender; e mandaron llamar el Rey y la Reina a fray Buyl e a mosén Pedro Margarite, e fueron a España en la mesma flota; e asimesmo el comendador Gallego, y el comendador Arroyo, y el contador Bernal de Pisa, e Rodrigo Abarca, e Micer Girao, a Pedro Navarro, que todos éstos eran criados de la casa real; y llegados todos en España, cada uno se fué por su parte a la corte a besar las manos a los Católicos Reyes. E aunque por cartas desde acá, y después personalmente allá, oyeron a fray Buyl e otros quejosos, e fueron aquellos bienaventurados príncipes informados de las cosas del Almirante (e por ventura haciéndolas más criminales de lo que eran), después que a él le oyeron, habiendo respecto a sus grandes servicios, e por su propria e real clemencia, no solamente le perdonaron, pero diéronle licencia que tornase a la gobernación destas tierras. E mandaron que continuase el descubrimiento de lo restante destas Indias, y encargáronle mucho aquellos cristianísimos Reyes el buen tractamiento de sus vasallos españoles y de los indios, y que él fuese más moderado e menos riguroso, como era razón. Y el Almirante así lo prometió no obstante que los más de los que de acá fueron, fablaron mal en su persona. De lo cual no me maravillo, aunque él no tuviera culpa alguna; porque, como a algunos de los que a estas partes vienen, luego el aire de la tierra los despierta para novedades e discordias: que es cosa propria en las Indias; así, naturalmente, están los indios e gentes naturales dellas muy diferentes de continuo; e no sin causa, por este pecado e otros muchos que entre ellos abundan, los ha Dios olvidado tantos siglos.

A esto, también, de las discordias que entre los cristianos ha habido en los tiempos pasados, o primeros años que acá pasaron, dieron mucha ocasión los ánimos de los españoles, que de su inclinación quieren antes la guerra que el ocio, e si no tienen enemigos extraños, búscanlos entre sí, como lo dice Justino; porque su agilidad e grandes habilidades los hacen muchas veces mal sofridos. Cuanto más que han acá pasado diferentes maneras de gentes; porque, aunque eran los que venían, vasallos de los reyes de España, ¿quién concertará al vizcaíno con el catalán, que son de tan diferentes provincias y lenguas? ¿Cómo se avernán el andaluz con el valenciano, y el de Perpiñán con el cordobés, y el aragonés con el guipuzcoano, y el gallego con el castellano (sospechando que es portugués), y el asturiano e montañés con el navarro, etc.? E así, desta manera, no todos los vasallos de la corona real de España son de conformes costumbres ni semejantes lenguajes. En especial, que en aquellos principios, si pasaba un hombre noble y de clara sangre, venían diez descomedidos y de otros linajes obscuros e bajos. E así, todos los tales se acabaron en sus rencillas.

Mas, como la cosa ha seído tan grande, nunca han dejado de pasar personas principales en sangre, e caballeros, e hidalgos que se determinaron de dejar su patria de España para se avecindar en estas partes, y especial y primeramente en esta cibdad, como sea lo primero de Indias donde se plantó la sagrada religión cristiana, como se dirá más adelante.

Mas, porque me paresce que se me podría notar a descuido dejar de decir dos plagas nuevas que los cristianos, en este segundo viaje del Almirante (entre otras que he dicho e muchas que se dejan de decir), padescieron, las diré en el siguiente capítulo, porque fueron de mucha admiración e peligrosas. Y una dellas fué transferida, con esta vuelta de Colom a España y de allí a todas las otras provincias del mundo todo, segund se cree.

 

CAPITULO XIV

De dos plagas o pasiones notables y peligrosas que los cristianos e nuevos pobladores destas Indias padescieron e hoy padescen algunos. Las cuales pasiones son naturales destas Indias, e la una dellas fué transferida e llevada a España, y desde alli a las otras partes del mundo.

Pues que tanta parte del oro destas Indias ha pasado a Italia e Francia, y aun a poder asimesmo de los moros y enemigos de España, y por todas las otras partes del mundo, bien es que, como han gozado de nuestros sudores, les alcance parte de nuestros dolores e fatigas, porque de todo, a lo menos por la una o por la otra manera, del oro o del trabajo, se acuerden de dar muchas gracias a Dios. Y en lo que les diere placer o pesar, se abracen con la paciencia del bienaventurado Job, que ni estando rico fué soberbio, ni seyendo pobre e llagado impaciente: siempre dió gracias a aquel soberano Dios nuestro.

Muchas veces, en Italia me reía oyendo a los italianos decir el mal francés, y a los franceses llamarle el mal de Nápoles; y en la verdad, los unos y los otros le acertaran el nombre si le dijeran el mal de las Indias. Y que esto sea así la verdad, entenderse ha por este capítulo y por la experiencia grande que ya se tiene del palo sancto y del guayacán, con que especialmente esta terrible enfermedad de las búas, mejor que con ninguna otra medicina, se cura e guaresce; porque es tanta la clemencia divina, que adonde quiera que permite por nuestras culpas nuestros trabajos, allí, a par dellos, quiere que estén los remedios, con su misericordia. Destos dos árboles se dirá en el libro X, capítulo II; agora sépase cómo estas búas fueron con las muestras del oro destas Indias, desde aquesta isla de Haití o Española.

En el precedente capítulo dije que volvió Colom a España el año de mill• cuatrocientos e noventa e seis; así es la verdad; después de lo cual vi e hablé a algunos de los que con él tornaron a Castilla, así como al comendador mosén Pedro Margarite, e a los comendadores Arroyo e Gallego, e a Gabriel de León, e Juan de la Vega, e Pedro Navarro, repostero de camas del príncipe don Juan, mi señor, e a los más de los que se nombraron donde se dijo de algunos criados de la Casa Real que vinieron en el segundo viaje e descubrimiento destas partes. A los cuales y a otros oí muchas cosas de las desta isla, de lo que vieron e padescieron y entendieron del segundo viaje, allende de lo que fui informado dellos, e otros del primero camino, así como de Vicente Yáñez Pinzón (que fué uno de los primeros pilotos de aquellos tres hermanos Pinzones de quien queda hecha mención), porque con éste yo tuve amistad hasta el año de mill e quinientos e catorce, que él murió. E también me informé del piloto Hernán Pérez Mateos, que al presente vive en esta cibdad, que se halló en el primero e tercero viajes que el almirante primero, don Cristóbal Colom, fizo a estas Indias. Y también he habido noticia de muchas cosas desta isla, de dos hidalgos que vinieron en el segundo viaje del Almirante, que hoy día están aquí y viven en esta cibdad, que son Juan de Rojas e Alonso de Valencia, y de otros muchos que, como testigos de vista en lo que es dicho tocante a esta isla y a sus trabajos, me dieron particular relación. Y más que ninguno de todos los que he dicho, el comendador mosén Pedro Margarite, hombre principal de la Casa Real, y el Rey Católico le tenía en buena estimación.

Y este caballero fué el que el Rey e la Reina tomaron por principal testigo, e a quien dieron más crédito en las cosas que acá habían pasado en el segundo viaje, de que hasta aquí se ha tractado. Este caballero mosén Pedro andaba tan doliente e se quejaba tanto, que también creo yo que tenía los dolores que suelen tener los que son tocados desta pasión, pero no le vi búas algunas. E desde a pocos meses, el año susodicho de mill e cuatrocientos e noventa y seis, se comenzó a sentir ésta dolencia entre algunos cortesanos; pero en aquellos principios era este mal entre personas bajas e de poca auctoridad, e así se creía que le cobraban allegándose a mujeres públicas, e de aquel mal tracto libidinoso; pero después extendióse entre algunos de los mayores e más principales.

Fué grande la admiración que causaba en cuantos lo vían, así por ser el mal contagioso y terrible, como porque se morían muchos desta enfermedad. E como la dolencia era cosa nueva, no la entendían ni sabían curar los médicos, ni otros, por experiencia, consejar en tal trabajo.

Siguióse que fué enviado el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, a Italia con una hermosa y gruesa armada, por mandado de los Católicos Reyes e como su capitán general, en favor del rey Fernando, segundo de tal nombre en Nápoles, contra el rey Carlos de Francia, que llamaron de la cabeza gruesa; y entre aquellos españoles, fueron algunos tocados desta enfermedad, y por medio de las mujeres de mal trato e vivir, se comunicó con los italianos e franceses. Pues, como nunca tal enfermedad allá se había visto por los unos ni por los otros, los franceses comenzáronla a llamar mal de Nápoles, creyendo que era proprio de aquel reino; e los napolitanos, pensando que con los franceses había ido aquella pasión, llamáronla mal francés; e así se llama, después acá, en toda Italia; porque hasta que el rey Charles pasó a ella, no se había visto tal plaga en aquellas tierras.

Pero la verdad es que de aquesta isla de Haití o Española pasó este trabajo a Europa, segund es dicho; y es acá muy ordinario a los indios; e sábense curar, e tienen muy excelentes hierbas e árboles e plantas apropriadas a esta y otras enfermedades, así como el guayacán (que algunos quieren decir que es hebeno), y el palo sancto, como se dirá cuando de los árboles se tractare.

Así que, de las dos plagas peligrosas que los cristianos e nuevos pobladores destas Indias padescieron, e hoy algunos padescen, que son naturales pasiones desta tierra, esta de las búas es la una, e la que fué transferida e llevada a España e de allí a las otras partes del mundo, sin que acá faltase la misma. Así que, continuando el propósito de los trabajos de Indias, dígase la otra pasión, que se propuso, de las niguas.

Hay en esta isla y en todas estas Indias, islas e Tierra Firme, el mal que he dicho de las búas, y otro que llaman de las niguas. Esto de las niguas no es enfermedad, pero es un mal acaso; porque la nigua es una cosa viva e pequeñísima, mucho menor que la menor pulga que se puede ver. Pero, en fin, es género de pulga, porque, así como ella, salta, salvo que es más pequeña. Este animal anda por el polvo, e donde quiera que quisieren que no le haya, hase de barrer a menudo la casa. Entrase en los pies y en otras partes de la persona, y en especial, las más veces, en las cabezas de los dedos, sin que se sienta hasta que está aposentada entre el cuero e la carne e comienza a comer de la forma que un arador e harto más; y después, cuanto más allá está, más come. De manera que, como acuden las manos rascando, este animal se da tanta priesa a multiplicar allí otros sus semejantes que, en breve tiempo, hace muchos; porque luego que entra el primero, se anida, e hace una bolsilla, entre cuero e carne, tamaña como una lenteja (e algunas como garbanzo), llena de liendres, las cuales todas se tornan niguas. E si con tiempo no se sacan con un alfiler o aguja, de la forma que se sacan los aradores, son malas; y en especial que después que están criadas (que es cuando comienzan mucho a comer), de rascarlas, se rompe la carne y despárcense de manera que si no las saben agotar, siempre hay en qué entender.

En fin, como en esto tampoco eran diestros los cristianos, como en el curarse de las búas, muchos perdían los pies por causa de estas niguas, o a lo menos algunos dedos dellos, porque después se enconaban e hacían materia, y era nescesario curarse con hierro o con fuego. Pero aquesto es fácil de remediar presto, sacándolas al principio; pero en algunos negros bozales son peligrosas, porque o por su mala carnadura, o ser bestiales e no se saber limpiar, ni decirlo con tiempo, vienen a se mancar de los pies, e así otros muchos que se quejan. E yo las he tenido en mis pies, en estas islas y en la Tierra Firme, y no me paresce que en hombres de razón es cosa para se temer, aunque es enojo en tanto que tura o está la nigua dentro; mas fácil cosa es sacarla al principio. Yo tengo averiguado, e así lo dirán las personas que tienen experiencia en sacar estas niguas, que es menester tener aviso, cuando las sacan, para las matar; porque alguna vez, así como con el alfiler o aguja la descubren, rompiendo el cuero del pie, así salta y se va la nigua como una pulga. Esto acaesce si ha poco que allí entró; y por esto se cree que la que entra en el pie, después que ha hecho su mala simiente, se va, así como vino, a otra parte a hacer más mal; o por ventura, por sí se despide del pie, después de haber dejado en él una mala enjambre de innumerable simiente y generación.

 

Comienza el libro tercero de la Natural y General Historia de las Indias.

PROEMIO

En este tercero libro se tractará de la guerra que los cristianos tuvieron, y el capitán Alonso de Hojeda, en nombre del almirante don Cristóbal Colom, con el rey Caonabo, y de su prisión e muerte; y de las victorias que hobo el adelantado don Bartolomé Colom, hermano del Almirante, contra el rey Guarionex e otros catorce caciques o reyes que con él se juntaron; e cómo se apartó Roldán Jiménez, con algunos cristianos de su opinión, de la obediencia del Almirante y Adelantado. Y también se dirá del tercero viaje y descubrimiento del Almirante primero, cuando halló y descubrió parte de la gran costa de la Tierra Firme, e descubrió la isla de las Perlas, llamada Cubagua. Y de la gobernación del Almirante, y qué reyes y señores principales había en esta isla; y del gran lago de Xaraguá; e de otro lago que hay en las sierras e cumbres más altas de esta isla; y cómo e con qué armas peleaban los indios, y qué gentes son los caribes e flecheros. E decirse ha también de la miraglosa y devotísima Cruz de la Vega; y de la venida del comendador Francisco de Bobadilla, el cual envió preso en grillos a España al Almirante e a sus hermanos, el adelantado don Bartolomé e don Diego Colom. Y por qué causas se murieron los muchos indios que hobo en esta isla Española; y de la venida del comendador mayor de Alcántara, don frey Nicolás de Ovando, e partida del comendador Bobadilla (que se ahogó en la mar con muchos navíos e gentes e mucho oro), y de la buena gobernación del comendador mayor. Y cómo el almirante viejo e primero, donCristóbal Colom, fizo el cuarto viaje e descubrimiento en estas Indias, cuándo descubrió a Veragua e otras provincias de la Tierra Firme; e de su muerte, después, en España. Y cómo se mudó esta cibdad de Sancto Domingo adonde agora está; e de la nobleza e particularidades desta cibdad e isla; y de las villas e poblaciones, e otras cosas concernientes e nescesarias a la prosecución de aquesta Historia Natural, como se verá más particularmente en los capítulos siguientes.

CAPITULO PRIMERO

Que tracta de la guerra que tuvo el capitán Alonso de Hojeda con el cacique Caonabo, y de su prisión e muerte.

En el segundo libro se dijo cómo después que el comendador mosén Pedro Margarite dejó la fortaleza de Sancto Tomás, mandó el Almirante que la tuviese el capitán Alonso de Hojeda, e le fizo alcaide della, e dióle cincuenta hombres para que la guardase, porque estaba en parte que importaba mucho, así para lo que tocaba a las minas ricas de Cibao como para la reputación e fuerza de los cristianos.

Mas como el Almirante fué partido para España, los indios, con soberbia (y en especial Caonabo, de cuyo señorío era aquella provincia), no eran contentos de aquel nuevo señorío e vecindad de la fortaleza. E determinado el Caonabo e los ciguayos (que así se llamaban los flecheros indios de la costa del Norte en esta isla), acordaron de dar en la fortaleza y quemarla, o ponerla por el suelo, si pudieran. E con mano armada, e seyendo más de cinco o seis mill hombres, cercaron aquel castillo e tuviéronle en mucho aprieto hasta treinta días, sin dejar salir de la fortaleza a algún hombre dellos. Pero, como el alcaide era mañoso y esforzado caballero, resistió a los contrarios de tal forma, que, al cabo del tiempo que he dicho, desviaron su campo, e como gentes salvajes y no guerreros, se descuidaron e dieron lugar que este alcaide hiciese mucho daño en ellos. E como era hombre mañoso e de mucha solicitud, continuó la guerra de todas las maneras que él pudo, así con las armas, cuando convino, como con las astucias e cautelas que suele haber en los capitanes de experiencia. E no obstante que en la continuación de la guerra murieron algunos cristianos, muchos fueron los indios que mataron, e al cabo fué preso Caonabo con mucha parte de los suyos principales; puesto que se dijo que Hojeda no le había guardado la seguridad que el cacique decía que le fué prometida, o no lo habiendo entendido Caonabo.

Por manera que desta prisión de Caonabo, se causó la paz e subjeción de la isla toda; pero como Caonabo tenía un hermano, hombre de mucho esfuerzo e bien quisto de los indios, luego se juntaron con él todos los de su señorío; el cual, no olvidando la prisión de su hermano, acordó de lo ir a redemir con fuerza de armas, llevando prosupuesto de tomar todos los cristianos que él pudiese presos; creyendo que después, a trueco dellos, podría haber e rescatar a su hermano Caonabo, e libertar asimismo otros indios principales que con él estaban presos en poder de los cristianos. E juntó más de siete mill hombres para esto, y los más dellos flecheros; e ordenadas cinco batallas, se pusieron bien cerca de los españoles, el capitán de los cuales, Alonso de Hojeda, con algunos de caballo e con la gente que él pudo sacar de la fortaleza, dejándola guardada, e con alguna que el adelantado don Bartolomé le había enviado en su socorro (que por todos no eran trescientos hombres), peleó contra los indios. E quiso Dios favorescer los nuestros e darles victoria, e así como los jinetes dieron en la delantera o primera batalla de los indios, los pusieron en huida, porque hobieron mucho espanto de tal novedad, e nunca habían visto esta manera de hombres a caballo pelear con ellos ni con otros. E así fué hecho mucho estrago en los contrarios, e fué preso su principal caudillo, hermano de Caonabo, y otros muchos indios. Este día fizo Hojeda el oficio de valiente soldado y esforzado caballero, e no menos prudente capitán.

Después que este cacique o rey fué preso, y su hermano, acordó el adelantado don Bartolomé de los enviar a España, con otros indios, algunos de los principales, prisioneros; porque le paresció que en esta isla sería mucho inconviniente tener al dicho Caonabo detenido, ni dejarle en la tierra, así por ser tan principal señor en ella como porque siempre habría novedades a su causa, porque era hombre de mucho esfuerzo e sabio en la guerra. Y en dos carabelas que estaban puestas para España, mandó el Adelantado que los llevasen; pero así como Caonabo e su hermano supieron que habían de ir al Rey a la Reina Católicos, el hermano se murió desde a pocos días, y el Caonabo, entrado en la mar, desde a pocas jornadas que navegaron, también se murió; y desta manera quedó pacificada toda la tierra deste Caonabo, por los cristianos. Y su mujer Anacaona, hermana del cacique Behechio (que era señor en la parte occidental hasta el fin de aquesta isla), se fué de la tierra de su marido a vivir en la de su hermano, a la provincia que llaman de Xaraguá; allí fué tan acatada e temida por señora como el mesmo Behechio. De esta Anacaona se dirá adelante, porque fué grande persona y en mucho tenida en estas partes, por ser muy valerosa y de grande ánimo e ingenio; e sus cosas desta mujer fueron notables en bien y en mal, cono se dirá en su lugar.

CAPITULO II

De la batalla e victoria que hobo el adelantado don Bartolomé contra el rey Guarionex e otros catorce caciques o reyes; e cómo se apartó Roldán Ximénez de la obediencia e compañía del adelantado don Bartolomé e del almirante primero.

Cuasi en el tiempo que el cerco se tenía por Caonabo contra el capitán Hojeda (segund algunos dicen), o después que fué desçercado (segund otros afirman), el cacique Guarionex convocó todos los indios o caciques que él pudo, se juntaron más de quince mill hombres para dar sobre el adelantado don Bartolomé e los cristianos que estaban con él en la cibdad de la Vega e por aquella comarca. Porque, como tengo dicho, los indios se iban enojando desta vecindad de los cristianos, e no querían, por ningún caso, que permanesciesen e quedasen en la isla, así porque su señorío no fuese turbado ni aniquilado (como les parescía que se les iba aparejando), como porque sus ritos e cerimonias e vicios no parescían bien a los cristianos, e decían mal dellos. Y también porque les paresció el tiempo aparejado para su mal propósito, a causa de los pocos cristianos que habían quedado en la tierra toda, así por las enfermedades e trabajos pasados que he dicho, como porque antes que viniesen otros de nuevo con el Almirante (que de cada día se esperaba), pudiesen excluir e acabar los que parescía que tenían ya alguna noticia de la tierra, e podrían ser aviso e mucho provechosos, o parte para les poder dañar en compañía de los cristianos que de nuevo viniesen. Y para ejecución desto, juntado su ejército, movieron a buscar los cristianos.

El Adelantado, certificado de lo que es dicho, no esperó ni quiso atender a se hacer fuerte en aquel pequeño pueblo, ni dar causa a que de noche le pegasen fuego o le cercasen en él; sino como buen caballero e diestro capitán, salió al campo, e trasnochó e anduvo tanto, que llegó cerca del real del rey Guarionex, e a la segunda guarda, o cuasi a medianoche, con hasta quinientos hombres (entre sanos y enfermos), dió con tanta furia e ímpetu, animosamente, en los enemigos, por dos partes, que los desbarató. Y como los indios eran gente salvaje e desarmada, e no diestra en la guerra a respecto de los cristianos, mataron muchos dellos, e los demás fueron presos, puesto que muchos escaparon por la escuridad de la noche. Pero fué preso el mismo rey Guarionex con otros catorce reyes o caciques, los más principales que en esta batalla se hallaron, la cual fué cerca de donde es fundada la villa del Bonao.

Fué aquesta victoria tan señalada cosa y de tanto favor para los cristianos, que demás de aumentarse su crédito y esfuerzo en la reputación e memoria de los indios, dió causa a que cesaran en sus ruindades e rebeliones, e comenzaron a ser más domésticos e a se comunicar más con los cristianos, e a desechar los pensamientos de la guerra; puesto que, en la verdad, la gente de aquesta isla es la que de menos ser e esfuerzo se ha visto en todas las Indias e islas e Tierra Firme, e la que más quieta e sosegada manera de vivir tenía, no obstante que, como tengo dicho, no faltaban algunas guerras e discordias entre estas gentes; pero no tan continuadas e sangrientas como en otras partes.

Tornando a la historia, es de saber que después que el Adelantado hobo este vencimiento, parescióle que sería mucha causa, para perpetuar la paz e amistad entre los cristianos e los indios, soltar a Guarionex con los mejores partidos que él entendiese. E así se dió orden en ello e fué libre. De ahí adelante hacía buen acogimiento e tractaba bien a los cristianos en su tierra, cuando por ella pasaban o a ella iban. Otros dicen que en esta batalla no se halló Guarionex, sino su gente, e que iba por su capitán general el cacique Mayobanex, y que éste fué después, con otros, suelto; pero que continuándose la guerra, había sido presa la mujer de Guarionex, e que por redemirla, había venido de paces e a ser amigo de los cristianos.

Después que estas victorias hobo el Adelantado, parecía que se le había trocado la condición, porque se mostró muy riguroso con los cristianos de allí adelante, en tanta manera que no le podían sofrir algunos, en especial Roldán Ximénez, que había quedado por alcalde mayor del Almirante. Al cual el Adelantado no hacía la cortesía o tractamiento que él pensaba ser merecedor, ni el Roldán consentía que en las cosas de la justicia fuese el Adelantado tan absoluto como quería serlo; y desta causa hobieron malas palabras, y el Adelantado le tractó mal e, según algunos dijeron, puso o quiso poner las manos en él. Por lo que él se indignó de manera que con setenta hombres se apartó de su compañía y se entró la tierra adentro, alzado y desviado de la conversación de los cristianos, pregonando e diciendo las sinrazones que el Adelantado y el Almirante habían fecho (o que él, por su enojo, les quería imponer). E con determinación de no se apartar del servicio de los Reyes Católicos, el dicho Roldán facía sus protestaciones para no estar debajo de la gobernación del Almirante ni del Adelantado en ningún tiempo (como nunca lo quiso después estar), sino fuese a la provincia de Xaraguá, a la tierra e señorío del rey Behechio, e por allá anduvo y estuvo fasta que después algún tiempo, vino a gobernar esta isla e tierra el comendador Francisco de Bobadilla, como se dirá adelante.

CAPITULO III

Que tracta de lo que en esta isla pasó en tanto que el Almirante fué a España, del tercero viaje e descubrimiento que él hizo cuando halló la costa (e grandísima parte del mundo incógnita,) llamada Tierra Firme generalmente, donde muy grandes reinos e provincias se incluyen; e de cómo descubrió asimismo la isla de Cubagua, donde es la riquísima pesquería de las perlas; e de otras islas nuevas que halló; y del subceso de todo ello, con otras cosas adherentes a la historia.

Así como el Almirante estuvo algunos días en la corte de los Católicos Reyes, satisfaciendo a las quejas e informaciones que contra él habían dado fray Buyl e otros, e fué con clemencia oído y absuelto, como se dijo en el segundo libro, diósele licencia que tornase a la gobernación destas tierras, e mandáronle continuar el descubrimiento dellas. Y para lo poner en efecto, partió de la bahía de Cádiz en el mes de marzo del año de mill e cuatrocientos e noventa y seis (aunque algunos dicen que era en el año de noventa e siete de la Natividad de Jesucristo, nuestro Redemptor); e salió a la mar océana con seis carabelas, muy bien armadas e proveídas de bastimentos e de todo lo necesario para su viaje. E después que llegó a Canaria, envió las tres carabelas a esta isla Española, con bastimentos e alguna gente, y él siguió su camino con las otras tres carabelas que le quedaron, la vuelta de las islas que llaman, entre los vulgares, islas de Antonio, e agora se dicen de Cabo Verde, que son las mismas que los antiguos nombraban las Gorgades. Y desde allí corrió con sus navíos al Sudeste bien ciento e cincuenta leguas. E tomóles una gran tormenta, e púsolos en tal necesidad, que cortaron los másteles de las mezanas, e aliviaron mucha parte de la carga, y se vieron en grandísimo peligro. Pero esta tormenta que dice Hernán Pérez Mateos, piloto que hoy está en esta cibdad de Sancto Domingo, no fué así, según dice don Fernando Colom, hijo del Almirante, que allí se halló, el cual afirma que fué de calmas e calor tanta, que las vasijas se les abrían y el trigo se podría; y les fué necesario alijar e arredrarse de la Equinocial, e corrieron al Huesnorueste e fueron a reconoscer la isla de la Trinidad. El cual nombre le puso el Almirante porque llevaba pensamiento de poner, a la primera tierra que viese, la Trinidad. E así, cuando vido la primera tierra firme e la dicha isla, vido tres montes a un tiempo o cercanos, e luego puso a aquella isla por nombre la Trinidad, e pasó por aquel embocamiento que llaman la Boca del Drago, e vióse la Tierra Firme e mucha parte de la costa della. Pero como es de flecheros caribes, y la isla que he dicho asimesmo, e tiran con la hierba inrremediable, y es gente muy fiera e salvaje, no pudieron haber lengua con los indios, aunque vieron muchos dellos en sus piraguas e canoas en que navegan, de las cuales e de su forma se dirá adelante; y también vieron gente en tierra.

Está aquesta isla en nueve grados, a la parte de nuestro polo ártico, de la banda que tiene esta isla hacia el Sur o Mediodía; e de la que tiene mirando al Septentrión o Norte, está en diez grados. Tiene de latitud dieciocho o veinte leguas, poco más o menos, e de longitud veinte e cinco o algo más.

La tierra que está opuesta a la parte del Sur desta isla en la Tierra Firme, se llama el Palmar, porque allí vieron e hay grandes palmares. Y más al Levante, la costa arriba, está Río Salado; e porque queriendo tomar agua en él, le hallaron muy salobre, dió causa que el Almirante así le nombrase. Al poniente desta isla de la Trinidad, está la punta de las Salinas, en Tierra Firme, diez o doce leguas; y entre aquesta punta e la Tierra Firme (aunque también la mesma punta es tierra firme), está un golfo al cual el Almirante llamó la Boca del Drago (porque paresce algo la figura deste embotamiento, boca de drago abierta, dentro del cual hay muchas isletas.

Y desde la punta de las Salinas, que está en diez grados de la Equinocial, discurrió el Almirante por la costa al Poniente, e reconosció otras islas y púsoles nombre los Testigos, e a otra isla llamó la Generosa. E vió otras muchas islas que por allí hay. E fué adelante y descubrió la rica isla llamada Cubagua, que agora llamamos la isla de las Perlas, porque allí es la principal pesquería dellas en estas Indias. E junto con ella está otra isla muy mayor, e mandóla el almirante llamar la Margarita. La isla de Cubagua, o de las Perlas, está cuasi cincuenta leguas al poniente de la punta de las Salinas que se dijo de suso. Esta es una isla pequeña que terná de circuito tres leguas, poco más o menos, e desde ella a la Tierra Firme hay cuatro leguas a la provincia que se dice Araya. E allí descubrió los Testigos (que son isleos), e isla de Pájaros y otras islas. Y pasó el Almirante, con sus tres carabelas, la costa de Tierra Firme al Poniente, e halló la isla de Poregari, que está veinte e siete o treinta leguas de Cubagua. Y más adelante descubrió otras islas que se llaman Los Roques, y la isla de la orchilla, que se dice Yaruma, donde hay mucha cantidad della, segund fama. Esta isla está a doce leguas de otra que también descubrió el Almirante, más al Hueste, que se llama Corazao. E asimismo descubrió otras muchas islas e isleos, hasta que llegó al cabo de la Vela. Y porque allí se vió una gran canoa o piragua de indios que iba a la vela, púsole nombre a aquella tierra el cabo de la Vela, en Tierra Firme. Desde el cual cabo a la dicha punta de las Salinas e Boca del Drago, hay ciento e ochenta leguas, poco más o menos. E desde aquel cabo de la Vela atravesó el golfo que hay entre Tierra Firme e aquesta isla Española, e vino a esta cibdad (que en aquel tiempo estaba de la otra parte deste río). Está aquel cabo de la Vela, Norte Sur con la isla Beata, que es una isleta cerca desta isla de Haití o Española, al Poniente desta cibdad treinta e cinco leguas.

Así que, aqueste fué el tercero viaje • descubrimiento que hizo el primero almirante destas Indias. Mas, porque se dijo de suso que en Cubagua halló la pesquería de las perlas, y es cosa tan notable e rica, decirse ha de qué manera supo que allí las había, cuando en particular tractaremos desta isla.

CAPITULO IV

De lo que el adelantado don Bartolomé fizo, en tanto que el Almirante fué a España, hasta que tornó a esta cibdad, después que descubrió parte de la Tierra Firme; e de la gobernación del Almirante hasta su prisión; e de los reyes o señores que había en esta isla.

En el capítulo de suso se dijo el tercero viaje del Almirante don Cristóbal Colom, hasta que volvió a esta cibdad de Sancto Domingo. Es agora de saber que en tanto quél estuvo en España y en el descubrimiento de parte de la costa e tierra grande e firme, y de las otras islas que se dijo en el capítulo precedente, no venían navíos de España ni de acá iban a ella. E como los que habían ido de acá con el Almirante (e antes sin él), e habían padescido los trabajos que se han dicho, e iban enfermos e pobres, e de tan mala color que parescían muertos, infamóse mucho esta tierra e Indias, e no se hallaba gente que quisiese venir a ellas.

Por cierto, yo vi muchos de los que en aquella sazón volvieron a Castilla, con tales gestos, que me paresce que aunque el rey me diera sus Indias, quedando tal como aquéllos quedaron, no me determinara de venir a ellas. Y no era de maravillar si tales quedaban algunos, sino cómo pudo vivir o escapar hombre de todos ellos, mudándose a tierras tan apartadas de sus patrias, e dejando todos los regalos de los manjares con que se criaron, y desterrándose de los deudos e amigos, y faltando las medicinas, e por otras causas e necesidades que no se podrían acabar de expresar sin prolija relación.

Y como faltaba ya la gente, e no dejaban de irse a España sino los que no podían o por falta de navíos, e de la vuelta del Almirante ninguna certinidad se tenía, estaba ya cuasi perdida esta tierra e tenida por inútil, y con mucho temor los que acá estaban. E sin duda se perdieran, sino fueran socorridos de aquellas tres carabelas que vinieron de España con gente (que dije que el Almirante envió desde la isla de Canaria), e trujeron, más, trescientos hombres sentenciados e desterrados para esta isla, los cuales llegaron en tal sazón, que así los tales como los que los trujeron, juntados con esos, pocos que acá estaban, fueron causa que la tierra no se despoblase e se sostuviese; pues los cristianos no osaban ya salir desta cibdad ni pasar el río para esta otra parte o costa dél. Y puédese afirmar que por este socorro fué restaurada la vida de los que acá estaban, e se sostuvo y no se perdió totalmente esta isla; porque entre aquella hobo muchos hombres valientes y especiales personas.

E así, luego los indios descercaron la cibdad de la Concepción de la Vega, e a esta cibdad e su fortaleza (estando de la otra parte deste río, donde primero fué fundada), e los indios perdieron la esperanza que tenían de ver la tierra sin los cristianos. En especial viendo desde a poco tiempo después venir al Almirante con otras tres carabelas, e muy buena gente en ellas, dejando ya descubiertas las islas y parte de la Tierra Firme e las Perlas, segund se dijo en el capítulo antes de aqueste. El cual, llegado a esta cibdad (que estaba, como he dicho, de la otra parte deste río, enfrente de donde agora está), halló, al Adelantado, su hermano, e a los otros cristianos que con él estaban en paz; pero no muy contentos, algunos dellos, por la ausencia de Roldán Ximénez, e con las murmuraciones que suele haber en esta tierra; porque quedaban algunos aficionados, o inficionados, de las pasiones viejas del tiempo de fray Buyl. Mas todos obedescieron e rescibieron al Almirante con alegre semblante, y le dieron la obediencia como a visorrey e gobernador que en nombre de los Católicos Reyes venía.

Y ejerciendo su oficio e gobernación como él mejor podía, nunca faltaron quejosos de sus obras, porque les parescía que así copio favorescía e ayudaba a unos, así ofendía o maltrataba a otros. Angélico ha de ser el gobernador que a todos contentare, e más que humano, porque unos hombres son inclinados a vicios, e otros a virtudes: unos a trabajar y ejercitar las personas,e otros al reposo e quietud; unos a despender, e otros a guardar; y unos a una cosa, e otros a otra. E así, el que gobierna no puede contentar a tantos géneros de inclinaciones, porque unos quieren la guerra e robar y no poblar la tierra, sino darle un repelón y volverse donde le esperan y desea acabar sus días; otros que querrían lo contrario y asentar e arraigarse, no les dan con qué ni los favorescen. E así como son diversos los fines de los hombres, y tan difícil cosa entenderlos, así el que gobierna es menester que tenga especial ventura y favor de Dios para ser amado; no obstante que mucho está en la mano del que puede mandar para que le quieran bien los gobernados. E si uno estuviere desabrido, muchos estarán satisfechos con que solamente tenga tres cosas: reto en las cosas de justicia, liberal, e sin codicia. Volvamos a nuestra historia.

En esta sazón, dió orden en fundar, o mejor diciendo, reformar la cibdad de la Concepción de la Vega, e la villa de Sanctiago, e la villa del Bonao. Estas tres poblaciones hizo el almirante primero, don Cristóbal Colom, en esta isla; e primero que todas ellas, la cibdad Isabela, de la cual se pasó la gente a dar principio a esta cibdad de Sancto Domingo, como se dijo en el segundo libro. Y estando las cosas en este estado, tornó el Almirante don Cristóbal en España; y los Reyes Católicos, teniéndose por muy servidos dél, le confirmaron otra vez sus privilegios, en la cibdad de Burgos, a veinte e tres días de abril de mil e cuatrocientos e noventa y siete años.

Mas porque, para lo que se espera proseguir adelante en la historia, conviene que se diga qué reyes o príncipes tenían el señorío desta isla de Haití, que agora llamamos Española, digo que aquí hobo (segund yo supe de los testigos que tengo alegado, e por las memorias que yo he copilado desde que en Barcelona, año de mill y cuatrocientos e noventa y tres, vi los primeros indios e a Colom en la corte de los Reyes Católicos), cinco prefetos o reyes, que los indios llaman caciques, que mandaban y señoreaban toda la isla. Debajo de los cuales había otros caciques de menor señorío, que obedescían a alguno de los cinco principales. E así, todos cinco eran obedescidos de los inferiores que mandaban o eran de su jurisdición e señorío, e aquellos menores venían a sus llamamientos de paz o de guerra, cómo los superiores ordenaban, e mandábanles lo que querían. Los nombres de los cinco eran éstos: Guarionex, Caonabo, Behechio, Goacanagarí, Cayacoa.

Guarionex tenía todo lo llano e señoreaba más de sesenta leguas en el medio de la isla. Behechio tenía la parte occidental e la tierra e provincia de Xaraguá, en cuyo señorío cae aquel gran lago de que en adelante se dirá. El cacique o rey Goacanagarí tenía su señorío a la parte del Norte, donde y en cuya tierra el Almirante dejó los treinta y ocho cristianos, cuando la primera vez vino a esta isla. Cayacoa tenía la parte del Oriente desta isla, hasta esta cibdad e fasta el río de Haina, e hasta donde el río Yuna entra en la mar, o muy poco menos; y, en fin, era uno de los mayores señores de toda esta isla, e su gente era la más animosa por la vecindad que tenía de los caribes. Y aqueste murió desde a poco que los cristianos comenzaron a le hacer la guerra; e su mujer quedó en el Estado, e fué después cristiana, y se llamó Inés de Cayacoa. El rey Caonabo tenía su señorío en las sierras, y era gran señor y de mucha tierra. Este tenía un cacique por su capitán general en toda su tierra, e la mandaba en su nombre, que se decía Uxmatex; el cual era bizco o bisojo, y era tan valiente hombre, que le temían todos los otros caciques e indios de la isla. Este Caonabo casó con Anacaona, hermana del cacique Behechio, e seyendo un caribe principal, se vino a esta isla como capitán aventurero, y por el ser de su persona, se casó con la susodicha e hizo su principal asiento donde agora está la villa de Sanct Juan de la Maguana, e señoreó toda aquella provincia.

Nunca había ni acaescían guerras o diferencias entre los indios desta isla sino por una destas tres causas: sobre los términos e jurisdición, o sobre las pesquerías, o cuando de las otras islas venían indios caribes flecheros a saltear. Y cuando estos extraños venían, o eran sentidos, por muy enemigos e diferentes que los príncipes o principales caciques desta isla estuviesen, luego se juntaban y eran conformes, y se ayudaban contra los que de fuera venían.

CAPITULO V

Que tracta del lago de Xaraguá, y de otro lago qué está en las sierras e cumbres más altas desta isla; y de la forma de la gente que en esta isla se halló, e con qué armas peleaban; y qué gente son los caribes flecheros; y de la Santa Vera Cruz de la Concepción de la Vega.

Quiero aquí declarar qué cosa es el lago de Xaraguá, y qué tal es el que esta en las cumbres e sierras más altas de aquesta isla, e quién son los indios caribes que nombré de suso, e todo lo que contiene el título deste quinto capítulo, porque todas estas cosas son muy notables.

El lago de Xaraguá comienza a dos leguas de la mar, cerca de la villa de la Yaguana. E dícese de Xaraguá, porque así llaman los indios a la provincia en que él está. Extiéndese al Oriente; y en algunas partes tiene de ancho tres leguas; y en todo lo demás, es de dos y de una legua, e algo más o menos. Es salado, así como la mar, porque es un ojo que se hace e sale della, puesto que en algunas entradas de ríos e arroyos es dulce. Hay en él todos los pescados que hay en la mar, excepto ballenas e otros de los muy grandes; e aún también hay tiburones que son bien grandes, e otras muchas diferencias de pescados, e muchas tortugas, que llaman los indios hicoteas. Y en el tiempo que esta isla estuvo muy poblada, estuvo poblado por toda la costa este lago de todas partes. El año de mill y quinientos y quince, yo anduve por toda su longitud, y hallé muchos indios que a par, deste lago vivían en muy hermosos asientos. Terná este lago, desde donde está más cerca de la mar fasta donde está más metido en la tierra, diez y ocho leguas. Y es de muchas pesquerías, a causa de lo cual era muy poblado; porque el pescado es el manjar a que los indios son más inclinados.

El otro lago qué dije que está en las cumbres e sierras de aquesta isla, es una gran novedad e cosa muy notable para mirar en ella; y aunque en esta isla hay algunos que hablan en él, pocos son e muy raros los que le han visto. Y llegado al cabo esto, sólo uno he visto que más se deba creer, porque es buena persona y hoy vive y es vecino desta cibdad de Sancto Domingo; el cual dice que en tiempo de la gobernación del comendador mayor, don frey Nicolas de Ovando, y por su mandado, este hombre y otros cristianos fueron a aquellas sierras altas donde nasce el río de Nizao, en especial adonde vivía el cacique Biautex, que estaba al pie de la sierra más alta. Hasta el cual cacique o asiento hay, desde aquesta cibdad de Sancto Domingo, quince o diez y seis leguas; e por aquella parte no se puede subir a la dicha sierra, porque está allí tan áspera y derecha, que no es posible subir arriba. Pero por la otra parte, a la banda del Norueste, este hombre, llamado Pedro de Lumbreras, subió a ver este lago, e con él otro hidalgo llamado Mexía, e con ellos hasta seis indios gandules e bien dispuestos; pero cuando fueron cerca de la altura, se quedaron el Mexía e los indios, así como comenzaron a oír el ruido que en lo alto sonaba. E como esto vido Pedro de Lumbreras, dijo al Mexía que por qué no andaba, y le respondió que porque de cansado e muerto de frío no podía ir adelante; y él por esto no dejó de proseguir su camino, aunque muy cansado e con mucho frío, por la altura grande que hay en aquella montaña. E ya que habían seguido por un río que hay entre aquellas sierras, que se dice Pani, y que el río seguía otra vía e se apartaba por el través, siguió Pedro de Lumbreras por la Cuesta Rasa que llaman (que está de la parte que he dicho del Norueste) e llegó muy cansado, e desmayado cuasi, a la sumidad e más alta parte de las cumbres, e descansó allí un poco, no dejando de se encomendar a Dios, segund el mucho espanto que había tomado del estruendo que andaba en lo alto. E porfió por subir arriba y llegó hasta en fin de todo lo que se pudo subir, por un camino muy dificultoso e que con mucho trabajo se pudo andar; y llegado allá, vido una laguna que, a su parescer, dice que sería de tres tiros de ballesta en luengo o longitud, e ternia de ancho la tercia parte de lo que he dicho. Y estuvo mirando este lago tanto espacio cuanto se podrían decir tres credos. Dice Pedro de Lumbreras que era tanto el ruido y estruendo que oía, que él estaba muy espantado, e que le parescía que no era aquel estruendo de voces humanas, ni sabía entender qué animales o fieras pudiesen hacer aquel horrible sonido. En fin, que, como estaba solo y espantado, se tornó sin ver otra cosa. Yo le he preguntado si había llegado al agua, e si era dulce o salada, y él me dijo que no llegó a ella con doce o quince pasos, y que, visto lo que es dicho, Pedro de Lumbreras se tornó en busca de aquel Mexía e de los indios que había llevado. Así que, esto es lo que más se sabe de aqueste lago, del cual hay derramadas por esta isla muchas novelas que yo no creo, ni son para escrebir sin más certificación dellas.

Vengamos a los caribes flecheros. Estos viven en las islas comarcanas; y la principal isla desta gente fué la isla de Boriquén (que agora se llana Sanct Juan), e las otras cercanas della, así como Guadalupe, la Dominica, Matinino y Cibuqueira (que agora se dice Sancta Cruz), e las de aquel paraje. E de aquéllas venían en sus canoas, con arcos y flechas, a saltear por la mar, e a hacer la guerra a la gente desta isla de Haití. Son aquellos flecheros más denodados e valientes que los desta isla, porque solamente había en ella flecheros en una parte sola, o provincia, que se dice de los Ciguayos, en el señorío de Caonabo; mas no tiraban con hierba ni la sabían hacer.

Créese que éstos antiguamente vinieron de alguna de las islas cercanas de los flecheros, que hay muchas (como he dicho), y por la antigüedad habían olvidado su lengua y hablaban la desta tierra, habiendo dejado la suya. E si esto no es, por aventura, para se defender de sus enemigos, aprendieron a usar sus armas mismas. Los que son caribes tiran con hierba e muy mala. Mas yo tengo cuasi por naturales armas, o por las más antiguas, las flechas. Aunque dice Plinio que el arco y las saetas halló primero Scithe, hijo de Júpiter, otros dicen que las saetas las halló Perseo, hijo de Perneo. Pero yo tengo que es muy más antiguo que lo que dice Plinio el arco y las flechas; pues que Lamech, el cual fué padre del patriarcha Noé, en la primera edad mató a Caim con una flecha o saeta que le tiró. Haber muerto Lamech a Caim, él lo confiesa; pero no dice con qué arma. Mas, en aquel Suplemento de chrónicas dice que, engañado Lamech por un mochacho, le tiró con el arco; y aquella Chrónica theutónica, que tracta desde el principio del mundo, dice así: Cumque Caim confectus esset senior, et ínter fructifera aliquando sederet, a pronepote suo Lamech, qui senectutis vitio cecus factus, dum venationi insisteret, pueri ductoris suasu credens Caim feram, sagita occisos fuit. Por las cuales auctoridades digo que las flechas o saetas son las más antiguas armas de todas, o cuasi naturales, y, como tales, naturalmente pudieron estas gentes salvajes venir en conocimiento dellas.

Tornando a nuestro propósito. digo que la color desta gente es lora. Son de menor estatura que la gente de España, comúnmente; pero son bien hechos e proporcionados, salvo que tienen las frentes anchas, e las ventanas de las narices muy abiertas, e lo blanco de los ojos algo turbio. Esta manera de frentes se hace artificialmente: porque, al tiempo que nascen los niños, les aprietan las cabezas de tal manera en la frente y en el colodrillo, que, como son las criaturas tiernas, las hacen quedar de aquel talle: anchas las cabezas delante e detrás, e quedan de mala gracia. Andan todos desnudos e no tienen barbas, antes, por la mayor parte, son lempiños.

Las mujeres andan desnudas, e desde la cinta abajo traen unas mantas de algodón fasta la mitad de la pantorrilla; e las cacicas e mujeres principales, hasta los tobillos. Las tetas e lo demás, desde la cinta arriba, está descubierto. Este hábito traían las que eran casadas o habían conoscido varón; pero las doncellas vírgines, ninguna cosa traían destas mantas (que llaman naguas), sino, de todo punto, toda la persona desnuda. Hay algunas de buenas disposiciones. Tienen muy buen cabello ellas y ellos, y muy negro e llano y delgado. No tienen buenas dentaduras.

Después que los cristianos vinieron, tomaron, de su conversación, alguna vergüenza estas gentes, e pusiéronse los indios unas pampanillas, que es un pedazo de lienzo o de paño, tamaño como una mano, delante de sus vergonzosas partes: pero no con tanto aviso puesto que se les deje de ver cuanto debrían encobrir.

Pelean con macanas los indios de esta isla, que son unos palos tan anchos como tres dedos, o algo menos, e tan luengos como la estatura de un hombre, con dos filos algo agudos: y en el extremo de la macana tiene una manija, e usaban dellas como de hacha de armas a dos manos. Son de madera de patina muy recia, y de otros árboles.

Plinio dice que los africanos fueron los primeros que ficieron batalla contra los egipcios con mazas de leña, las cuales se llaman phalange: lo cual me paresce que es lo mesmo que las macanas, no obstante que los latinos llaman phalange al escuadrón de gente de pie, puesta en ordenanza. Y deste nombre phalange, también hay una arana ponzoñosa. Y el latino dice asimismo phalanga sive palanga por la palanca: y esto es lo que quiere decir Plinio, y, a lo que paresce, la macana o arma destos indios.

Asimismo pelean con varas arrojadizas como dardos, e agudas las puntas, que, para entre gente desnuda, son asaz peligrosas, e aun para donde no fallaren buena resistencia; porque las que son de palmas, desgranan después que han herido: que es madera muy cruda, hilosa y enconada, e se quiebra fácilmente tomándola de través; en fin, que es leña que, sobre ser muy recia, se desgrana, e salen rajas delgadas della, que son peores, después que la llaga principal, fasta sacarlas.

Cuanto a la sancta Vera Cruz de la cibdad de la Concepción de la Vega, es de saber que el segundo viaje que el almirante don Cristóbal vino a esta isla, mandó a veinte e tantos hombres que fuesen a cortar un buen palo derecho y alto e bien hecho. E los más de aquellos a quien lo mandó, eran hombres de la mar; e fué con ellos Alonso de Valencia, que hoy vive en esta cibdad, e cortaron un árbol grueso e redondo, e de lo más alto dél, cortaron un tronco que atravesaron, haciéndolo cruz, la cual será de diez e ocho o veinte palmos de alto. Afirman muchos e tienen por cosa pública e cierta que ha hecho miraglos después acá, y que el palo desta cruz ha sanado a muchos enfermos; y es tanta la devoción que los cristianos en ella tienen, que hurtan muchos pedazos e astillas della, así para llevar a España como a otras partes. Y es tenida en mucha veneración, así por sus miraglos como porque, en tanto tiempo como estuvo descubierta, jamás se pudrió, ni cayó por ninguna tormenta de agua ni viento, ni jamás la pudieron mover de aquel lugar los indios, aunque la quisieron arrancar, tirando della con cuerdas de bejucos mucha cantidad de indios; de lo cual espantados ellos, la dejaron estar donde agora está, como avisados de arriba, o del cielo, de su deidad. Y como cosa sancta y a ellos de mucha admiración, no osaron porfiar en la arrancar de donde estaba: antes viendo cómo los cristianos tienen en la cruz mucha reverencia, e acordándose que aquélla, allí hincada, no eran bastantes tantos hombres a la menear ni quitar de aquel lugar, la miraban con acatamiento y respeto, y se humillaban a ella de ahí adelante.

CAPITULO VI

De la venida del comendador Francisco de Bobadilla a gobernar esta isla Española, e de cómo envió preso en grillos al almirante don Cristóbal Colom y al adelantado don Bartolomé e don Diego, sus hermanos, con él; e de los muchos indios que hobo en esta isla y las causas por qué se murieron o son cuasi acabados.

Estuvo el Almirante en esta gobernación hasta el año de mill e cuatrocientos noventa y nueve, que los Católicos Reyes don Fernando e doña Isabel, muy enojados, informados de lo que pasaba en esta isla y de la manera que el almirante don Cristóbal Colom e su hermano el adelantado don Bartolomé tenían en la gobernación, acordaron de enviar por gobernador desta isla a un caballero, antiguo criado de la Casa Real, hombre muy honesto y religioso, llamado Francisco de Bobadilla, caballero de la orden militar de Calatrava. El cual, llegado a esta cibdad, luego prendió al Almirante e a sus hermanos, el adelantado don Bartolomé e don Diego Colom, y los fizo embarcar en sendas carabelas; y en grillos fueron llevados a España, y entregados al alcaide o corregidor de la cibdad de Cádiz, hasta tanto que el Rey e la Reina mandasen lo que fuese su servicio cerca de su prisión y mérito,. Quieren decir que al comendador Bobadilla no le mandaron prender al Almirante, ni había venido sino por juez de residencia, e para e informar del alzamiento de Roldán e sus consortes; pero, en fin, mandándoselo o no, él prendió al Almirante e sus hermanos e los envió a España. Y quedó en el cargo y gobernación de aquesta isla este caballero, e la tuvo en mucha paz e justicia fasta el año de mill e quinientos y dos años, que fué removido y se le dió licencia para tornar a España, aunque no fué su ventura de llegar a Castilla.

E así como este caballero llegó a esta isla, luego el Roldán, que estaba apartado del Almirante, escribió al comendador, e se vinieron él e los otros cristianos que con él estaban en la provincia de Xaraguá, a le servir y estar en la obediencia que debían a los Reyes Católicos, cuyos vasallos eran. Y este Bobadilla envió muchas quejas e informaciones contra el Almirante e sus hermanos, sinificando las causas que le movieron a los prender; pero las más verdaderas quedábanse ocultas, porque siempre el Rey e la Reina quisieron más verle enmendado que maltratado. Pero diré lo que entonces algunos le oponían para culparle. Decíase que había querido tener secreto el descubrimiento de las perlas, e que nunca lo escribió fasta que él sintió que en España se sabía; e habían ido a la isla de Cubagua ciertos marineros llamados los Niños; e que aquesto lo hacía a fin de capitular de nuevo. Decían, asimismo, que era muy soberbio e ultrajoso, e que tractaba real a los servidores e criados de la Casa Real, e que mostraba ser absoluto, e que no obedescía, de las cartas e mandamientos de sus reyes, sino aquello quél quería, e que con lo de demás disimulaba e hacía su voluntad.

Todo esto cuentan otros de otra manera, e dicen que la muestra de las primeras perlas que se hobieron la envió el Almirante a los Reyes Católicos, luego que las descubrió, con un hidalgo dicho Arroval. Y lo más cierto de todo fué que nunca faltaron en el inundo murmuradores y envidiosos. Y como esta tierra está lejos de su rey, e los que acá vienen son fijos de diferentes provincias e contrarios deseos e opiniones, así sienten las cosas diferenciadamente: unos, con buen celo del servicio de Dios y del rey, paresciéndoles que el Almirante usaba absolutamente en la justicia y en todo lo demás, aunque la voz fuese en nombre de los Católicos Reyes, no quisieran tanta riguridad; otros, por diversos fines o pasiones, pintáronle de tal manera con sus cartas, que, por ordenarlo así Dios, se efectuó la prisión del Almirante e de sus hermanos, e los llevaron a España segund he dicho. A esto dió macho lugar la poca paciencia del Almirante y estar muy mal quisto y en posesión de crudo.

Llegado en España, así como el Rey e la Reina lo supieron, enviaron a mandar que lo soltasen a él e a sus hermanos, e que se fuesen a la corte; e así lo ficieron. E así como fué suelto el Almirante, fué a besar las manos al Rey e a la Reina, e con lágrimas refirió sus desculpas lo mejor que él pudo. E después que le oyeron, con mucha clemencia le consolaron e le dijeron tales palabras que él quedó algo contento. Y como sus servicios eran tan señalados, aunque en algo se hobiese desordenado, no pudo comportar la Real Majestad de tan agradescidos príncipes que el Almirante fuese maltratado; e, por tanto, le mandaron luego acudir con todas las rentas e derechos que acá tenía, que se los habían embargado e detenido cuando fué preso. Pero nunca más dieron lugar que tornase al cargo de la gobernación.

Mas, como era prudente hombre luego que a España fué con las nuevas del primero descubrimiento, suplicó a los Reyes Católicos que hobiesen por bien que sus hijos el príncipe don Juan los recibiese por pajes suyos. Los cuales eran don Diego Colom, hijo legítimo e mayor del Almirante, e otro su fijo don Fernando Colom, que hoy vive. El cual es virtuoso caballero, y, demás de ser de mucha nobleza e afabilidad e dulce conversación, es doto en diversas ciencias, y en especial en cosmografía; e de quien la Católica Majestad hace cuenta, méritamente, como de tan buen criado y servidor, porque los servicios del Almirante, su padre, así lo piden. E así, el príncipe don Juan tractó bien a estos sus hijos, y eran dél favorescidos, e anduvieron en su casa hasta que Dios le llevó a su gloria en la cibdad de Salamanca, año de mill e cuatrocientos noventa y siete años.

Así que, tornando a la historia, después que el Almirante fué perdonado, no le tractaron menos bien el Rey e la Reina que primero. E como era sabio, procuró, por todas las vías que él pudo, de tornar a la gracia de aquellos buenos príncipes, y que le diesen licencia de volver a estas Indias. Pero, como eran muchas las quejas que hobo contra él, no lo pudo acabar tan aína; y en tanto, gobernó esta isla el comendador Bobadilla fasta el año de mill e quinientos y dos, segund he dicho. En el cual tiempo se sacó mucho oro en las minas desta isla, porque había muchos indios que andaban en ellas sacándolo para los cristianos e para los Reyes Católicos, que también mandaban tener sus proprias haciendas e granjerías en su real nombre.

Todos los indios desta isla fueron repartidos y encomendados por el Almirante a todos los pobladores que a estas partes se vinieron a vivir; y es opinión de muchos que lo vieron e hablan en ello como testigos de vista, que falló el Almirante, cuando estas islas descubrió, un millón de indios e indias, o más, de todas edades, o entre chicos e grandes. De los cuales todos, e de los que después nascieron, no se cree que hay al presente en este año de mill e quinientos y cuarenta e ocho, quinientas personas, entre chicos e grandes, que sean naturales e de la progenie o estirpe de aquellos primeros. Porque, los más que agora hay, son traídos por los cristianos de otras islas, o de la Tierra Firme, para se servir dellos. Pues como las minas eran muy ricas, y la cobdicia de los hombres insaciable, trabajaron algunos excesivamente a los indios; otros no les dieron tan bien de comer como convenía; e junto con esto, esta gente, de su natural, es ociosa e viciosa, e de poco trabajo, e melancólicos, e cobardes, viles e mal inclinados, mentirosos e de poca memoria, e de ninguna constancia. Muchos dellos, por su pasatiempo, se mataron con ponzoña por no trabajar, y otros se ahorcaron por sus manos proprias, y a otros se les recrescieron tales dolencias, en especial de unas viruelas pestilenciales que vinieron generalmente en toda la isla, que en breve tiempo los indios se acabaron.

Dieron asimismo gran causa a la muerte desta gente, las mudanzas que los gobernadores e repartidores ficieron de estos indios; porque, andando de amo en amo e de señor en señor, e pasando los de un codicioso a otro mayor, todo esto fué unos aparejos e instrumentos evidentes para la total difinición desta gente, e para que, por las causas que he dicho o por cualquiera dellas, muriesen los indios. Y llegó a tanto el negocio, que no solamente fueron repartidos los indios a los pobladores, pero también se dieron a caballeros e privados, personas aceptas y que estaban cerca de la persona del Rey Católico, que eran del Consejo Real de Castilla e Indias, e a otros. Cosa, en la verdad, no para sufrirse, porque, aunque eran personas nobles y de buena conciencia, por ventura sus mayordomos e fatores, que acá andaban con sus indios, los hacían trabajar demasiadamente por los disfrutar para los de allá e de acá. Y como eran personeros e ministros de hombres tan favorescidos, aunque mal hiciesen, no los osaban enojar. Por cierto, ningún cristiano habrá envidia de la hacienda que así se allegase.

Ni tampoco fué de todo punto la final perdición de los indios lo que es dicho; sino permitirlo Dios por los pecados de los descomedidos cristianos que gozaban de los sudores de aquestos indios, si no los ayudaron con su dotrina de manera que conosciesen a Dios. Y no tampoco se dejaron de juntar con esto, para le permisión divina que los excluyó de sobre la tierra, los grandes y feos e inormes pecados e abominaciones destas gentes salvajes e bestiales; al propósito de los cuales, cuadra bien e conviene aquella espantosa e justa sentencia del soberano y eterno Dios: Videns autem Deus quod multa malitia hominum esset in terra, et cuncta cogitatio cordis intenta esset ad malura omni tempore, poenituit eum quod hominem fecisset in terra. E así, con justa causa, dijo: Poenitet enim me fecisse eos: "Pésame de haber hecho al hombre sobre la tierra." De que infiero que, no sin grande misterio, tuvo Dios olvidados tantos tiempos estos indios, e después, cuando se acordó dellos, conforme a la auctoridad de suso, viendo cuánta malicia estaba sobre esta tierra toda, e que todas las cogitaciones de los corazones déstos, en todos tiempos, eran atentas a mal obrar, consintió que se les acabasen las vidas, permitiendo que algunos inocentes, y en especial niños baptizados, se salvasen, e los de demás pagasen. Porque, en la verdad, segund afirman todos los que saben estas Indias (o parte dellas), en ninguna provincia de las islas o de la Tierra Firme, de las que los cristianos han visto hasta agora, han faltado ni faltan algunos sodomitas, demás de ser todos idólatras, con otros muchos vicios, y tan feos, que muchos dellos, por su torpeza e fealdad, no se podrían escuchar sin mucho asco y vergüenza, ni yo los podría escrebir por su mucho número e suciedad. E así, debajo de los dos que dije, muchas abominaciones e delictos, e diversos géneros de culpas hobo en esta gente, demás de ser ingratísimos, e de poca memoría e menos capacidad. E si en ellos hay algún bien, es en tanto que llegan al principio de la edad adolescente; porque, entrando en ella, adolescen de tantas culpas e vicios, que son muchos dellos abominables. Así que estos tales hombres, como dice el Evangelio, en los fructos dellos los conosceréis.

Todo esto se ha platicado e disputado por muchos religiosos e personas de aprobadas letras e mucha conciencia, así de los monesterios e hábitos que acá hay de Sancto Domingo, e Sanct Francisco, e la Merced, como de la regla del apóstol Sanct Pedro; e muchos perlados e grandes varones en España han bien trillado esta materia, para asegurar las conciencias reales cerca del traetamiento destos indios, e así para poner remedio en sus ánimas e que se salvasen, como para que sus personas e vidas se sostuviesen. Y especiales e muchos mandamientos e provisiones reales se han dado para los gobernadores e ministros de su justicia e sus oficiales; pero yo veo que ninguna cosa ha bastado para que esta gente infelice no se haya consumido en estas islas, segund he dicho.

 

Y desta culpa no quiero señalar a ninguno de los que acá han estado; mas sé que lo que los frailes dominicos decían, lo contradecían los franciscos, pensando que lo que aquéllos porfiaban era mejor; y lo que los franciscos amonestaban, negaban los dominicos ser aquello tan seguro como su opinión. Y después, andando el tiempo, lo que tenían los dominicos lo defendían los franciscos; y lo que primero alababan los franciscos, ellos mismos lo desecharon, y lo aprobaban entonces los dominicos. De forma que una misma, opinión e opiniones tuvieron los unos e los otros en diversos tiempos, pero, a la continua, muy diferentes en cada cosa de todas ellas: quiero decir que en lo que los unos estaban, nunca los otros venían en ello en un mismo tiempo. Ved cómo acertaría a entender esta cosa quien la escuchaba, o a cuál parte se había de acostar el lego que había de escoger lo que mejor fuese para su conciencia, viendo que lo de antaño era el año venidero, malo, e lo mala tornaba a ser alabado. Y estas cosas son peligrosas no tan sólo a los que nuevamente vienen a la fe, pero aun a los que son cristianos castizos podrían poner en muchos escrúpulos, pues vían que los unos frailes no los querían oír de penitencia si no dejaban a los indios, e los otros padres religiosos de la contraria opinión los oían e daban los sacramentos.

Yo digo lo que vi. Esto no quiero tanto hacerlo de la cuenta o culpa de tan buenos religiosos como ha habido e hay en esta isla e Indias, como de la propria infelicidad e desaventura de los mismos indios. Y, mejor diciendo, este secreto es para el mismo Dios, que no hace cosa injusta, ni permite que estas cosas de tanto peso sean sin misterio grande. Ni es de pensar que los religiosos todos, ni alguno dellos, dirían cosa que no pensasen ser buena e cual convenía a la buena reformación y seguridad de las conciencias de los cristianos, e por evitar la perdición de los indios. Ni quiero extenderme a más en esta materia; porque yo ya me he fallado dos veces en España a jurar, por mandado de los señores del Consejo Real de Indias, lo que me paresce e siento del ser e capacidad destos indios e de los de Tierra Firme (cuanto a aquellas partes donde yo he andado): e la una vez fué en Toledo, año de mill e quinientos e veinte y cinco, y la otra en Medina del Campo, el año de mill e quinientos y treinta e dos años. E así lo juraron otras personas señaladas, e cada uno creo que miraría su conciencia en lo que dijese, atento lo que le fué preguntado e mandado por aquellos señores que declarasen. Y en verdad que, si aquel mismo día o días en que lo juré, yo estuviera en el artículo de la muerte, aquello mismo dijera. Así que yo me remito a estos religiosos dotos, después que estén acordados. Y entre tanto, esté sobre aviso quien indios tuviere, para los tratar como a prójimos, e vele cada cual sobre su conciencia.

Aunque ya, en este caso, poco hay que hacer en esta isla y en las de Sanct Juan, e Cuba, e Jamaica, que lo mismo ha acaescido en ellas, en la muerte e acabamiento de los indios, que en esta isla. Y agora que son acabados, podrán estos padres religiosos, como avisados de la experiencia que tienen de las cosas que aquí han pasado, mejor decidir e determinar lo que conviene hacerse con los otros indios que están por sojuzgar en aquellos muchos reinos e provincias de la Tierra Firme: que para mí, yo no absuelvo a los cristianos que se han enriquescido o gozado del trabajo destos indios, si los maltractaron o no hicieron su diligencia para que se salvasen. Ni quiero pensar que, sin culpa de los indios, los había de castigar e casi asolar Dios en estas islas, seyendo tan viciosos e sacrificando al diablo, e haciendo los ritos e cerimonias que adelante se dirán. E porque decirlas todas sería cosa imposible, diré algunas de las que a mi noticia e de otros muchos son notorias: e por aquello se podrá entender lo demás, cuando a esta materia volvamos.

CAPITULO VII

De la venida del comendador mayor de Alcántara, don frey Nicolás de Ovando, el cual gobernó esta isla, e de la partida del comendador Francisco de Bobadilla, el cual con toda la flota se perdió en la mar con mucho oro; e del aviso que dió el Almirante al comendador mayor para que no dejase salir la flota deste puerto, como hombre que conoscía la disposición del tiempo, e por no le creer ni dejar entrar aquí, se perdió el armada e mucha gente.

A la sazón que el comendador de Lárez, don frey Nicolás de Ovando, de la Orden e caballería militar de Alcántara, pasó a esta cibdad e isla, no era comendador mayor de su Orden: que después, estando acá, vacó la encomienda mayor de Alcántara por muerte de don Alonso de Santillán, y el Rey Católico le envió el título e merced de la encomienda mayor al dicho comendador de Lárez, que acá estaba algunos años había. Y, por tanto, no le llamaré, en todo lo que dél se tractare, sino comendador mayor. El cual, por mandado del Rey e Reina Católicos, vino a esta isla con treinta naves e carabelas, e muy hermosa armada; e vinieron con él muchos caballeros e hidalgos, e gente noble de diversas partes de los reinos de Castilla e de León. Porque, en tanto que la Católica Reina doña Isabel vivió, no se admitían ni dejaban pasar a las Indias sino a los proprios súbditos e vasallos de los señoríos del patrimonio de la Reina, como quiera que aquéllos fueron los que las Indias descubrieron, e no aragoneses, ni catalanes, ni valencianos, o vasallos del patrimonio real del Rey Católico; salvo, por especial merced, a algún criado e persona conoscida de la Casa Real, se le daba licencia, no seyendo castellano. Porque, como estas Indias son de la corona e conquista de Castilla, así quería la serenísima Reina que solamente sus vasallos pasasen a estas partes, e no otros algunos, si no fuese por les facer muy señalada merced; e así se guardó fasta el fin del año de mill e quinientos e cuatro que Dios la llevó a su gloria. Mas después, el Rey Católico, gobernando los reinos de la serenísima reina doña Juana, su fija, nuestra señora, dió licencia a los aragoneses e a todos sus vasallos, que pasasen a estas partes con oficios e como le plugo. Y después la Cesárea Majestad extendió más la licencia, e pasan agora de todos sus señoríos, e de todas aquellas partes e vasallos que están debajo de su monarquía.

Partió, pues, el comendador mayor desde España, año de mill e quinientos y dos años, e llegó a esta cibdad de Sancto Domingo a quince de abril de aquel año, estando poblada esta vecindad de la otra parte deste río Ozama. E luego fué obedescido por gobernador; y el comendador Bobadilla, que lo había seído, dió orden en su partida, porque los Reyes Católicos le removieron del cargo e le dieron licencia que se fuese a España, teniéndose por muy servidos dél en el tiempo que acá estuvo, porque había retamente e como buen caballero hecho su oficio en todo lo que tocó a su cargo. E así se partió para Castilla en la flota e armada en que había venido el comendador mayor. Mas, como habían sacado mucho oro, llevábanse en aquel viaje sobre cien mill pesos de oro fundido e marcado, e algunos granos gruesos por fundir para que en España se viesen. Porque, aunque ya otras veces se había llevado oro para los Reyes Católicos, e de personas particulares, nunca hasta entonces en un viaje había ido tanto oro juntamente, fundido e por fundir y en algunos granos señalados. Entre los cuales iba un grano que pesaba tres mill e seiscientos pesos de oro; e al parescer de hombres entendidos y expertos mineros, decían que no tenia de piedra tres libras, que son seis marcos, que montan trescientos pesos. Así que, descontado lo que podría haber de piedra, quedaría el grano en tres mill e trescientos pesos de oro; y era tan grande como una hogaza de Utrera. Y porque dije en la memoria que escribí en Toledo, año de mill e quinientos e veinte y cinco años, que este grano pesaba tres mill e doscientos pesos, e aquello se escribió sin ver mis memoriales, e teniéndome atrás de lo que pudiera decir en muchas cosas, ahora digo (pues estoy donde hay muchos testigos vivos que vieron aquel grano), que pesaba algo más de tres mil e seiscientos pesos, segund que dije de suso, con piedra e oro. El cual halló una india de Miguel Díaz, del cual se dijo que fué causa que esta cibdad se poblase aquí, de la otra parte deste río. E porque éste tenía compañía con Francisco de Garay, quedó el grano por entrambos, e sobre lo que montó el quinto que pertenesció al rey, sacados los derechos, se les pagó la demasía, e quedó el grano para el Rey y la Reina; e llevándole en aquella armada, se perdió. Y era tan grande, que así como la india que le halló lo enseñó a los cristianos mineros, ellos, muy alegres, acordaron de almorzar o comer un lechón bueno e gordo, e dijo el uno dellos: "Mucho tiempo ha que yo he tenido esperanza que he de comer en platos de oro, e pues deste grano se pueden hacer muchos platos, quiero cortar este lechón sobre él." E así lo hizo; e sobre aquel rico plato lo comieron, e cabía el lechón entero en él, porque era tan grande como he dicho.

Tornando a la historia, partió el comendador Bobadilla en fuerte hora e con mala ventura, e con él, Antonio de Torres, hermano del ama del príncipe, que era capitán general de la flota en que el comendador mayor había venido. Y estando para partir, acaesció que uno o dos días antes que el armada saliese deste puerto, llegó el almirante primero don Cristóbal Colom, con cuatro carabelas, que venía a descobrir por mandado de los Reyes Católicos, e traía consigo a don Fernando Colom, su fijo menor. Y como llegó a una legua deste puerto de Sancto Domingo, envió allá el comendador mayor un batel con ciertos marineros; e créese que estaba avisado de su venida e aun prevenido para que no entrase aquí. Y como el Almirante sintió esto, envió a decir al comendador mayor que, pues no quería que entrase en lo que había descubierto, que fuese como lo mandaba: que él no pensaba que de aquello se servían los Reyes Católicos; mas que le pedía por merced al comendador mayor, que no dejase salir el armada deste puerto, porque el tiempo no le parescía bien, quél se iba a buscar puerto seguro, pues aquí no le fallaba ni le acogían. E así se fué con sus carabelas a Puerto Escondido, que es en esta isla, a diez leguas desta cibdad de Sancto Domingo, en la costa o banda del Sur, al Occidente, e allí estuvo hasta que pasó la tormenta que adelante diré. Y después de pasada, atravesó desde allí para la costa de Tierra Firme, e descubrió lo que se dirá adelante en su lugar. Otros dicen que se fué a Azua, e que allí estuvo el Almirante hasta que pasó la tormenta.

CAPITULO VIII

De lo que descubrieron en la costa de Tierra Firme los capitanes Alonso de Hojeda y Rodrigo de Bastidas.

En el tiempo que estuvo en España el Almirante primero, se siguió quel capitán Alonso de Hojeda, con el favor del obispo don Juan Rodríguez de Fonseca (que era el principal que entendía en la gobernación destas Indias), vino a descobrir por la costa de Tierra Firme, e trujo su derrota a reconoscer debajo del río Marañón, en la provincia de Paria, e llegó a tomar tierra ocho leguas encima de donde agora está la población de Sancta Marta, en una provincia que se decía Cinta. Y era allí cacique uno llamado Ayaro, el cual quedó de paces e muy amigo de los cristianos; al cual después tronó por engaño, e no bien faciéndolo, otro capitán dicho Cristóbal Guerra. Esto fué año de mill e quinientos y uno.

Pero no fueron solos estos armadores; porque el capitán Rodrigo de Bastidas corrió desde el cabo de la Vela (donde el Almirante había llegado cuando descubrió la costa de Tierra Firme), e pasó adelante al Poniente, como se dirá en su lugar. Porque sin culpa mía no podría callar lo que a mi noticia ha venido de lo que señaladamente ha hecho cada uno en estas partes, que sea digno de acuerdo, por tanto, digo que Rodrigo de Bastidas salió de España año de mill e quinientos e dos, con dos carabelas, desde el puerto o bahía de la cibdad de Cádiz, a su costa e de Juan de Ledesma e otros sus amigos. E la primera tierra que tomaron fué una isla, que por ser muy fresca e de muy grandes arboledas, la llamaron Isla Verde; la cual isla está a la banda o parte que hay desde la isla de Guadalupe hacia la Tierra Firme, e cerca de las otras islas que en aquel paraje hay. E de allí, levantados estos navíos, fueron por la costa de la Tierra Firme, e platicando con los indios en diversas partes della, hobieron hasta cuarenta marcos de oro: e discurrieron por la costa, la vía del Poniente, por delante del puerto de Sancta Marta, desde el cabo de la Vela, e por delante del río Grande. Y más adelante descubrió el mismo capitán Rodrigo de Bastidas el puerto de Zamba, e los Coronados, que es una tierra donde todos los indios della traen muy grandes coronas. Y más al Occidente descubrió el puerto que llaman de Cartagena, y descubrió las islas de Sanct Bernaldo e las de Baru, e las que llaman islas de Arenas, que están enfrente e cerca de la dicha Cartagena. Y de ahí pasó adelante e descubrió a Isla Fuerte, que es una isla llana, dos leguas de la costa de Tierra Firme, donde se face mucha sal e buena. E más adelante está la isla de la Tortuga; ésta es muy pequeña e no poblada. E más adelante descubrió el puerto del Cenú: y pasó más adelante e descubrió la punta de Caribana, que está a la boca del golfo de Urabá, y entró dentro del mismo golfo e vió los isleos o farallones que están en la otra costa frontera, junto a tierra, en la provincia del Darién. Y como allí llegó, acabó de descubrir las ciento e treinta leguas que he dicho, poco más o menos, que hay desde el cabo de la Vela hasta allí. E cuando el agua fué de baja mar, hallóla dulce en cuatro brazas donde pudo estar surgido, e llamó golfo Dulce aquel que se llama de Urabá; pero no vido el río de Sanct Juan, que también le llaman río Grande, que entra por siete bocas o siete brazos en el dicho golfo, el cual es causa que se torne dulce en la jusente o menguante el agua de la atar, y en más espacio de doce leguas de luengo e otras cuatro e cinco, y en partes seis, de ancho que hay de costa a costa, dentro en el dicho golfo de Urabá; de lo cual y del dicho río se dirán más particularidades adelante, porque yo he estado algunos años en aquella tierra. En este viaje iba por piloto principal Juan de la Cosa, que fué muy excelente hombre de la mar.

En aquel golfo estuvieron estos armadores algunos días, e como los navíos estaban ya muy bromados e facían mucha agua, acordaron de dar la vuelta e atravesaron a la isla de Jamaica, donde tomaron refresco. Y de allí fueron a la isla Española, y entraron en el golfo de Xaraguá, e allí perdieron los navíos, que no los podían sostener; e salió la gente en tierra, e fuéronse a la cibdad de Sancto Domingo, donde fallaron al comendador Bobadilla, que ya tenía preso al Almirante. E también prendió al dicho capitán Bastidas porque había rescatado con los indios de la misma isla Española, y envióle preso a España en el mismo navío quel Almirante fué llevado: porque la una prisión e la otra fueron casi a un tiempo. Pero luego el Rey e la Reina le mandaron soltar, e por este servicio, que fué grande e fecho a propria costa del mismo capitán Rodrigo de Bastidas e otros sus amigos, como he dicho, los Católicos Reves le ficieron merced de cincuenta mill maravedís de juro de por vida en aquella tierra e provincia del Darién.

Todo lo que descubrió Bastidas en este viaje, fasta la punta de Caribana, es de indios flecheros e de la más recia gente de la Tierra Firme, e tales son desde el cabo de la Vela, al Oriente, fasta la punta de las Salinas e Boca del Dragón, e todo lo quel primero Almirante había descubierto en Tierra Firme. E tiran, en toda la dicha costa e islas della, con hierba muy mala e inremediable; e si hay remedio, los cristianos no le saben. En su lugar se dirá de qué manera o con qué materiales facen los indios esta ponzoñosa hierba; e por no me detener agora en esto, tornaré al Almirante e a su descubrimiento.

CAPITULO IX

Que tracta de cómo se perdió el armada con el comendador Bobadilla, e del último viaje e descubrimiento que fizo el almirante don Cristóbal Colom en la Tierra Firme.

Dicho tengo en el capítulo VII deste libro, cómo el Almirante llegó cerca del puerto desta cibdad, viniendo de España para ir a descubrir lo que descubrió en su último viaje de la Tierra Firme, yendo a buscar el estrecho quél decía que había de fallar para pasar a la mar austral (en lo cual se engañó, porqué el estrecho quél pensaba ser de mar, es de tierra, como se dirá adelante). Pero no le fué dado lugar por el comendador mayor para que entrase en este puerto desta cibdad de Sancto Domingo. Por lo cual, después, el Almirante envió a avisar quel tiempo estaba de manera que le parescía quel comendador Bobadilla, e la armada que con él estaba aparejada para ir a España, en ninguna manera debía partir desta cibdad; mas, como no se le dió crédito, subcedió dello lo que aquí diré. Y el Almirante, como prudente nauta, se acogió a Puerto Escondido; e pasada la tormenta, tiró su camino para el descubrimiento de la Tierra Firme. E como ya él tenía noticia quel capitán Rodrigo de Bastidas había descubierto hasta el golfo de Urabá (que está en nueve grados e medio la punta de Caribana, que es a la boca de aquel golfo), pasóse adelante a descobrir la costa de Tierra Firme más al Poniente; lo cual en este capítulo se dirá, porque no quiero olvidar la muerte del comendador Bobadilla e del capitán de la flota, Antonio de Torres, hermano del ama del príncipe, lo cual pasó desta manera.

Partieron estos caballeros de aqueste río e puerto desta cibdad de Sancto Domingo, por no haber tomado el consejo del Almirante. E salida el armada a la mar, ocho o diez leguas de aquí, dióles tal tiempo, que de treinta naos e carabelas. no escaparon más de cuatro o cinco, e dieron al través todas las de demás por estas costas, e muchas se hundieron e las tragó la mar, que jamás parescieron. E anegáronse más de quinientos hombres, entre los cuales eran los más principales los que tengo dicho, e asimismo aquel Roldán Ximénez, que se había alzado contra el Almirante e Adelantado, su hermano; e se ahogaron asimismo otros gentiles hombres, hidalgos e muy buena gente. E allí se perdió aquel grano de oro que dije que pesaba tres mill e seiscientos pesos, con más de otros cien mill pesos de oro y otras muchas cosas: así que fué muy gran pérdida mala jornada.

El Almirante, como conosció el tiempo, recogióse al Puerto Escondido, el cual nombre él le puso; e desde allí, así corto fué pasada la tormenta, atravesó la vuelta de la Tierra Firme, e no corrió riesgo, segund paresció por el efeto; porque descubrió, debajo de lo que tengo dicho que costeó Bastidas, segund yo oí a los pilotos Pedro de Umbría e Diego Martín Cabrera, e Martín de los Reyes, y a otros que se hallaron en ello, lo que agora diré. El Almirante fué a reconoscer la isla de Jamaica; y de allí pasó y fué a reconoscer el cabo de Higüeras y las islas de los Guanajes (una de las cuales se dice Guanaja), y fué a Puerto de Honduras, a la cual tierra llamó e puso nombre Punta de Cajines; e de allí fué al cabo de Gracias a Dios, y tiró la vuelta del Levante, la costa arriba de Tierra Firme, y descubrió la provincia e río de Veragua, e pasó a otro río grande, que está más al Oriente, e llamóle río de Belén. Este está una legua del río que los indios llaman Yebra, que es el mismo de Veragua (la cual se cree que es una de las más ricas cosas que hay en todo lo descubierto). Y de ahí, subiendo la costa al Oriente, llegó a un gran río, e llamóle río de Lagartos. Este es el que agora los cristianos llaman Chagre, que nasce cerca de la mar del Sur, aunque viene a fenescer en la del Norte, e pasa a cuatro leguas de Panamá. Y de allí, discurriendo, llegó a una isla que está junto a la costa de la Tierra Firme, e llamóla isla de Bastimentos, e a Puerto Bello. E de allí pasó por delante del Nombre de Dios (el cual nombre puso después a aquel puerto el capitán Diego de Nicuesa, como se dirá en su lugar). E pasó el Almirante al río de Francisca e al puerto del Retrete; e de allí subió hasta el golfo de Secativa, e llamólo golfo de Sanct Blas; e subió más por la costa, hasta las islas de Pocorosa, e allí llamó el Almirante a aquello el cabo del Mármol. Por manera que deste camino, que fué el último quel Almirante fizo a estas partes, descubrió de la Tierra Firme ciento e noventa o doscientas leguas de costa, poco más o menos.

E desde allí atravesó a la isla de Jamaica, la cual está, del cabo de Gracias a Dios, la vuelta del Nordeste, cient leguas. E allí se le perdieron los dos navíos, que los traía ya muy cansados e bromados; e de cuatro que había llevado, el uno dejó perdido en el río de Yebra (que es en la provincia de Veragua), y el otro le dejó en la mar, porque no se podía tener sobre el agua; porque en aquellas costas de Tierra Firme,. como hay muchos e grandes ríos,
así hay mucha broma en ellos, e presto se pierden los navíos. Pero, en treinta días que atravesaron, fué a reconoscer la tierra de Omohaya, que es en la isla de Cuba, de la banda del Sur, cuasi al fin de la isla, donde agora está poblada la villa de la Trinidad. E desde allí fué a Jamaica, donde, como es dicho, perdió los otros dos navíos, e dió con ellos, zabordando en la costa, donde agora dicen Sevilla. E desde allí dió noticia de su venida al comendador mayor (que estaba en esta cibdad de Sancto Domingo) con una canoa que envió de indios, y en ella a Diego Méndez, su criado, que es un hidalgo, hombre de honra, vecino desta cibdad, que hoy día vive. El cual se atrevió a mucho, por ser la canoa muy pequeña, e porque fácilmente se trastornan en la mar tales canoas, e no son para engolfarse ninguno que ame su vida, sino para la costa e cerca de tierra. Pero él, como buen criado e hombre animoso, viendo a su señor en tanta nescesidad, se aventuró e determinó, e pasó toda la mar que hay desde aquella isla a ésta, con las cartas del Almirante para quel comendador mayor le socorriese y enviase por él. Por el cual servicio (que en la verdad fué muy señalado, cuanto se puede encarescer) el Almirante siempre le tuvo mucho amor, e le favoresció. E sabido por el Rey Católico, le hizo mercedes, e le dió por armas la misma canoa, por ejemplo de su lealtad. E sin dubda, en aquellos principios, meterse un hombre en la mar con sus enemigos, seyendo como son tan grandes nadadores, y en barca o pasaje tan peligroso e incierto, fué cosa de grande ánimo y de señalada lealtad e amor que a su señor tuvo.

Y cómo el comendador mayor vido las cartas del Almirante, envió luego una carabela a saber si era verdad, e para ver de la manera que estaba el Almirante e sentir la cosa, e no para lo traer. Pero el Diego Méndez compró un navío de los dineros del Almirante, e bastecióle y envió por su señor, en que vino a esta isla, en tanto quel Diego Méndez fué a Castilla a dar noticia al Rey e Reina Católicos de lo quel Almirante había fecho en aquel viaje.

No es razón de dejar en silencio lo que al Almirante intervino en aquella isla, después de haber enviado a Diego Méndez a ésta, como es dicho, a dar noticia de su quedada allí, porque es cosa memorable y para ser notado lo que agora diré. Es de saber que, así de los trabajos que su gente e marineros habían pasado en este descubrimiento, como en haber pasado por tan diferentes regiones, e con tan malas comidas e falta de reposo, había muchos enfermos; e los que estaban sanos se le amotinaron, inducidos a ello por dos hermanos que allí iban, llamados Francisco de Porras, capitán de un navío de aquéllos, e Diego de Porras, contador de aquella armada. Los cuales tomaron todas las canoas que los indios tenían, e publicaron que el Almirante no quería ir a Castilla, porque les había dicho que esperasen la respuesta de Diego Méndez y que enviase navíos que los llevasen a todos. Pero ellos, mal aconsejados, no queriendo obedescer su mandado, se fueron e metieron en la mar, pensando atravesar e venir en las canoas a esta isla Española: e aunque muchas veces lo tentaron, no pudieron salir con su intención; antes, porfiándolo, se anegaron algunos de los compañeros que a éstos seguían. Por lo cual acordaron los que dellos quedaron, de volver donde el Almirante quedaba, con determinación de le tomar los navíos que le hobiesen venido. Mas, en tanto que los alzados e desobedientes entendían en lo que es dicho, cobraron salud los que habían quedado enfermos, y en compañía del Almirante, aunque eran pocos en número. Y como fué entendida la malicia, mandó el Almirante al adelantado don Bartolomé, su hermano, que saliese al campo a resistir el mal propósito de los contrarios. E peleó con ellos, e los desbarató e venció, e mató tres o cuatro dellos, e otros muchos quedaron heridos. E aquesta fué la primera batalla que se sabe haber habido entre cristianos en estas partes e Indias. Y el Francisco e Diego de Porras fueron presos.

Antes que esta batalla e diferencias subcediesen, como los indios vieron que los que estaban sanos de los cristianos se habían ido e dejado al Almirante, e que los que con él habían quedado eran pocos y enfermos, no lee querían, dar de comer ni otra cosa alguna. E viendo esto el Almirante, hizo juntar a muchos de los indios e díjoles que si no le daban de comer a él e a los cristianos, que tuviesen por cierto que había de venir muy presto una pestilencia tan grande que no quedase indio alguno dellos, e que por señal desto e de la pestilencia e vertimiento de sangre que habría en ellos, verían tal día (que él les señaló), e a tal hora, la luna hecha sangre. Esto dijo él porque, como era gentil astrólogo, sabía que había de ser eclipse de la luna cuando les había dicho. Llegado, pues, el tiempo, como vieron los indios eclipsada la luna, creyeron lo que el Almirante les había dicho, e muchos dellos fueron, dando voces e llorando, a pedir perdón e rogar al Almirante que no estuviese enojado; e diéronle a él e a los que con él estaban cuanto querían e habían menester de sus mantemientos, e sirviéronle muy bien.

En aquesta aranera de vida trabajosa estuvo el Almirante e los cristianos que le quedaron, un año, durmiendo e habitando en los navíos que estaban al través, anegados hasta la cubierta, dentro del agua de la mar, junto a tierra, e dentro del puerto donde agora está la villa de Sevilla, que es la principal población de aquella isla. E allí cerca fué la batalla que es dicho, y el puerto se dice Sancta Gloria.

Pasado lo que es dicho, llegó la carabela que Diego Méndez envió por el Almirante; y cuando se embarcaba en ella, lloraban los indios porque se iba, porque pensaban que él e los cristianos eran gentes celestiales.

Llegado el Almirante a esta cibdad de Sancto Domingo, estuvo algunos días descansando aquí; e festejóle el comendador mayor, e túvole en su posada, fasta que después se partió el Almirante, en los primeros navíos que fueron a España, a dar cuenta al Rey Católico de lo que había fecho en este su postrero descubrimiento de parte de la Tierra Firme. E de aquel camino, después que volvió a Castilla, como ya era viejo y enfermo, e muy apasionado de gota, murió en Valladolid, año de la Natividad de Cristo de mill e quinientos y seis años, en el mes de mayo, estando el Rey Católico en Villafranca de Valcázar, a la sazón quel serenísimo rey don Felipe e la serenísima reina doña Juana, padres de la Cesárea Majestad, nuestros señores, venían a reinar en Castilla.

Así que, muerto el Almirante donde he dicho, fué llevado su cuerpo a Sevilla, al monesterio que está de la otra parte del Guadalquivir, llamado las Cuevas, de la orden de la Cartuja, e allí se puso en depósito. ¡Plegue a Dios de le tener en su gloria!..., porque, demás de lo que sirvió a los reyes de Castilla, mucho es lo que todos los españoles le deben; porque, aunque en estas partes han padescido e muerto muchos dellos en las conquistas e pacificación destas Indias, otros muchos quedaron ricos e remediados. E, lo que mejor es, que en tierras tan apartadas de Europa, e donde el diablo era tan servido e acatado, le hayan los cristianos desterrado della, e plantado y ejercitado la sagrada fe católica nuestra e Iglesia de Dios en partes tan remotas y extrañas, e de tan grandes reinos e señoríos, por medio e industria del almirante don Cristóbal Colom. Y que, demás desto, se hayan llevado e llevarán tantos tesoros de oro, e plata, e perlas, e otras muchas riquezas e mercaderías a España; por lo cual, ningún virtuoso español se desacordará de tantos beneficios como su patria rescibe e han resultado, mediante Dios, por la mano de aqueste primero Almirante destas Indias.

Al cual subcedió en su título e casa y Estado el almirante don Diego Colom, su hijo; el cual casó con doña María de Toledo, sobrina del ilustre don Fadrique de Toledo, comendador mayor de León en la Orden militar de Santiago. En la cual hobo el almirante don Diego Colom al almirante don Luis Colom, que después heredó su casa y Estado y al presente lo tiene, e hobo otros fijos en esta señora.

CAPITULO X

De la gobernación del comendador mayor, don frey Nicolás de Ovando; e de cómo se pasó la vecindad desta cibdad, que estaba de la otra parte del río, adonde agora está, y de las iglesias y perlados dellas que ha habido y hay en esta isla Española, e de los edificios desta cibdad de Sancto Domingo y otras cosas notables desta isla.

Porque en la segunda parte destas historias se continuarán los descubrimientos de los particulares armadores, solamente digo que el año de mill e quinientos y cuatro Juan de la Cosa e otros sus consortes pasaron con cuatro navíos a la costa de la Tierra Firme, y en ella y en algunas islas cargaron de brasil y esclavos.

En el cual tiempo, también otro capitán, llamado Cristóbal Guerra, armó e pasó a la Tierra Firme a extragar lo que pudo; y del mal subceso de los unos e los otros se dirá en su lugar conviniente. E asimesmo de la desventurada muerte del capitán Diego de Nicuesa, y del primero descubrimiento de la mar del Sur, hecho por Vasco Núñez de Balboa, y del mal fin e nombre con que acabó sus días. Pero, porque todo esto es del jaez de la segunda parte de la Natural e General Historia destas Indias, decirlo he donde mejor cuadre e sea más conviniente la relación dello.

E, por tanto, volveré a esta isla Española e cibdad de Sancto Domingo, donde llegó el comendador mayor, don frey Nicolás de Ovando (estando la población de la otra parte deste río), a los quince del mes de abril de mill e quinientos y dos años, e se fué el comendador Bobadilla con la armada, segund es dicho. E aquel mismo año vino el almirante don Cristóbal Colom a facer el descubrimiento de Veragua e parte de la Tierra Firme: e aportó después en Jamaica, do quedaron sus carabelas perdidas, e vino aquí en el mes de septiembre de mill e quinientos y cuatro años. Pero lo cierto es que el Almirante vino el mismo año o desde a poco tiempo que el comendador mayor acá estaba, porque en los mismos navíos quél vino se tomaba a España el comendador Bobadilla; e aquellos se perdieron por no haber tomado el consejo del Almirante, segund lo he dicho.

Así que, tornando a la historia, digo que, después que ahí llegó Colom venido de Jamaica, hobo una tormenta (que los indios llaman huracán), a los doce días del mes de septiembre, que derribó todas las casas e buhíos desta cibdad, o la mayor parte dellas. Mas, porque después, pasados algunos años, hobo otras dos tormentas o huracanes mayores, de que más largamente se dirá adelante, no diré aquí más en esto del huracán.

E ya esta cibdad la había hecho pasar donde agora está el comendador mayor. E de allí adelante se comenzaron a edificar e labrar casas de piedra e de buenas paredes, y edificios. Pero yo no le pienso loar haber pasado aquí la cibdad, ni haberla quitado de la otra costa o ribera deste río, donde primero fué fundada; porque, en la verdad, de nescesidad sería más sano asiento e vivir del otro cabo que de aqueste, porque entre el sol e aquesta cibdad, pasa el río de la Ozama; e así, las nieblas de la mañana, luego quel sol aparesce, las derriba o trastorna sobre esta cibdad. Demás de aqueste defeto, que es muy grande, el agua de una muy buena fuente, de donde se provee la mayor parte desta población, está enfrente della, de la otra parte del río, e los que no quieren beber de los pozos, que no son buenos, o no hacen traer agua de otras partes lejos, van allí por agua. E como este río es muy hondo, no tiene puente; e a esta causa, aunque hay una barca ordinaria que la cibdad paga e tiene para pasar a cuantos quisieren ir o venir e atravesar el río a pie o a caballo, es menester tener un esclavo, o más otros mozos, ocupados solamente en proveer la casa de agua de la dicha fuente: así que, grande inconveniente es también. Mas dió lugar a esta inadvertencia del comendador mayor, ser muy posible traerse el agua a esta cibdad desde un río que se llama Háina, que está a trs leguas de aquí, de muy buena agua, e pueden facer que venga a la plaza desta cibdad e a todas las casas que aquí hay; con lo cual sería una de las poblaciones muy buenas del mundo, e así cesaría el defeto del agua. E también pudo causar la mudanza deste pueblo, que siempre los gobernadores nuevos quieren enmendar las obras de los pasados, o dar forma cómo se olvide lo que los antecesores en el oficio obraron, para escurecer la fama del que pasó.

Pero, con estos inconvenientes que he dicho desta cibdad, tiene otras cosas buenas. Lo primero, está aquí una iglesia catedral cuya erección se fizo por el Católico rey don Fernando e la serenísima reina doña Joana, su fija, nuestra señora; y el primero obispo della fué don fray García de Padilla, de la Orden de Sanct Francisco, el cual no pasó a estas partes porque vivió poco después que fué obispo; y el segundo fué el maestro Alejandro Geraldino. Este fué romano, e buen perlado y, de sana intención. El tercero obispo desta sancta iglesia e obispado de Sancto Domingo, que hoy tenemos, es don Sebastián Ramírez de Fuente Leal, presidente que fué de la Audiencia Real que aquí reside, el cual es asimismo obispo de la iglesia de la cibdad de la Concepción de la Vega, en esta misma isla de Haití o Española, que está treinta leguas la una cibdad de la otra.

Mas, para que mejor se entienda la unión destas dos iglesias e obispados, es de saber que cuando fué hecho el primer obispo desta cibdad fray García de Padilla, fué hecho el primer obispo de la cibdad de la Concepción de la Vega don Pero Suárez de Deza. Y aqueste fué el primero obispo que pasó a esta isla e a las Indias destas partes; e después de los días de aquél, no proveyeron de obispo de la Vega a otro alguno. Y estando vacantes ambas iglesias, la de la Vega en este su primer obispo, don Pero Suárez de Deza, e aquesta de Sancto Domingo en su obispo segundo, que fué el maestro Alejandro Geraldino, la Cesárea Majestad quiso unir entrambas iglesias catedrales debajo de una mitra e solo un obispo, a causa que, seyendo dos perlados, era poca renta, e juntas las iglesias, es buena cosa. E así proveyó Su Majestad de perlado en quien entrambos obispados estuviesen; y éste fué fray Luis de Figueroa, prior del monesterio de la Mejorada, de la Orden de Sanct Hierónimo, que es una legua de la villa de Olmedo. Y estando las bulas concedidas e despachadas por el Papa el año de mill e quinientos e veinte y cuatro, antes quel despacho viniese de Roma, murió el eleto en el monesterio suyo, que he dicho, de la Mejorada. E la Cesárea Majestad, después desta, hizo la misma merced quel mismo eleto tenía, a don Sebastián Ramírez de Fuente Leal, obispo que hoy tenemos, en el cual fueron unidas ambas iglesias en un perlado, e la presidencia desta Real Audiencia e Chancillería que aquí reside. Y después que en esta cibdad estuvo un poco de tiempo, le mandó la Cesárea Majestad que pasase a la Nueva España, con el mismo cargo de la presidencia, para reformar aquella tierra.

Y esto baste cuanto a los perlados, e fablemos en la propria Iglesia: la cual, demás de tener las dignidades e canónigos e racioneros que conviene, e todo lo demás concerniente al servicio del culto divino, es muy bien edificada en lo que está fecho, e acabada, será sumptuosa e tal que algunas de las catedrales de España no le harán ventaja; porque es de fermosa e fuerte cantería, de la cual hay aquí asaz canteras o veneros de piedra junto a la cibdad, en la costa deste río, cuanto quieren. E así está aquesta cibdad tan bien edificada, que ningún pueblo hay en España, tanto por tanto, mejor labrado generalmente, dejando aparte la insigne e muy noble cibdad de Barcelona. Porque, demás deste aparejo grande que he dicho de la piedra, e toda la buena cal que al propósito de la fábrica es menester, hay muy singular tierra para tapiería, e hácense tales tapias, que son como muy fuerte argamasa. E así hay aquí muy buenas e muchas casas principales en que cualquier señor e grande se podría aposentar; e aun algunas dellas son tales, que en muy buenos pueblos de los de España he yo visto la Cesárea Majestad aposentado en casas no tales, cuanto a la labor dellas, y en muchas que en sitio e vista no se igualan con éstas.

Es aquesta cibdad toda tan llana como una mesa; e al luengo della, de Norte a Sur, pasa el río de la Ozama, que es navegable, hondo e muy hermoso a causa de las heredades e jardines e labranzas que en sus costas hay, con muchos naranjos e cañafístoles e arboledas de fructa de muchas maneras. A la parte que esta cibdad tiene el Mediodía, está la mar batiendo en ella, de forma quel río e la mar cercan la mitad o más parte desta cibdad. E a la parte del Poniente e del Norte está la tierra, donde se extiende más la población de hermosas calles, e muy bien ordenadas e anchas, e tiene de parte de la tierra muy hermosos prados y salidas.

En conclusión: que en vista e asiento, y en lo que es dicho, no hay más que pedir; puesto que no está tan poblada ni de tanta vecindad como estuvo el año de mill y quinientos e veinte e cinco, cuando yo fice relación a Su Majestad desta cibdad en aquel Sumario reportorio que escrebí de cosas de Indias, a causa que todo lo desta vida sana y adolesce; e muchos que se han hallado ricos, se han ido á España, e otros a poblar en otras islas, e a Tierra Firme, porque desde aquí se ha descubierto e poblado e proveído siempre lo más de las Indias, como desde cabeza e madre e nudridora de todas las otras partes deste Imperio. También han sido causa de se haber ido mucha gente de aquesta isla, las grandes nuevas que en diversos tiempos han venido de los descubrimientos nuevos del Perú e otras partes: e como los hombres son amigos de novedades e desean presto enriquescer, muchos dellos (en especial los que ya estaban aquí asentados) han acertado a empobrescer, por no reposar.

El puerto desta cibdad es doce o quince pasos de tierra donde surgen las naos; e las casas que están en la costa del río, están así cercanas de los navíos como en Nápoles, o en el Tíber de Roma, o en Guadalquivir en Sevilla e Triana. Y en cuatro brazas de agua, tan cerca como he dicho, surgen naos grandes de dos gavias, y otras algo menores se allegan tanto a la tierra, que echan una plancha e sin barca, por la plancha, botan en tierra las pipas e toneles, e también toman la carga. Hay, desde donde surgen las naos hasta la boca de la mar e comienzo de la entrada del puerto, tiro e medio de escopeta, o poco más. Y entrando en el río dentro, a par del puerto, está un castillo asaz fuerte para la defensión e guarda del puerto y de la cibdad; el cual edificó el comendador mayor don frey Nicolás de Ovando en el tiempo de su gobernación. Pero, porque no se olvide tan señalada particularidad, ni pierdan las gracias los que las merescen por primeros edificadores, digo quel que primero fundó casa de piedra e al modo de España en esta cibdad fué Francisco de Garay; e después dél, frey Alonso del Viso, de la Orden e Caballería de Calatrava; y el tercero fué el piloto Roldán, en las Cuatro Calles; y el cuarto fué Juan Fernández de las Varas. Después, y tras las que he dicho, se principió la fortaleza e se ficieron otros edificios, e se hacen e labran cada día por el gran aparejo de los materiales que hay para la fábrica.

CAPITULO XI

De la ventaja y diferencia que el auctor pone de esta isla Española a las islas de Secilia e Inglaterra, e las razones que para ello expresa.

Bien conozco que toda comparación es odiosa para algunos de los que escuchan lo que no querrían oír; e así acaescerá a algunos letores secilianos e ingleses con este mi tractado, en especial con lo que podrán ver en este capítulo, en el cual torno a decir lo que he dicho y escrito otras veces, y es: que si un príncipe no tuviese más señorío de aquesta isla sola, en breve tiempo sería tal, que hiciese ventaja a las islas de Secilia e Inglaterra; porque lo que aquí sobra, a otras provincias haría muy ricas. Y porque he puesto la comparación en dos islas de las mayores y mejores de los cristianos, razón es que diga qué me movió a poner la comparación en ellas.

Díjelo, porque aquellas dos islas e cada una dellas son muy ricas e notables reinos, e porque son muy conoscidas. Díjelo, porque esta isla Española es donde hay muy ricas minas de oro, e muy abundantes e continuas, que solamente se enflaquescen cuando los hombres dejan de ejercitarse en ellas. Díjelo, porque, habiendo venido en nuestro tiempo las primeras vacas de España a esta isla, son ya tantas, que las naves tornan cargadas de los cueros dellas; e ha acaescido muchas veces alancear trescientas e quinientas dellas, e más o menos, como place a sus dueños, e dejar en el campo perder la carne, por llevar los cueros a España. Y porque mejor se entienda esto ser así, digo quel arrelde de carne vale a dos maravedís. Díjelo, porque asimismo se trujeron las primeras yeguas del Andalucía, y hay tantos caballos e yeguas, que han valido a cuatro e a tres castellanos, e una vaca paridera un castellano, y un carnero un real. Yo digo lo que he visto en esto de los ganados, e yo los he vendido de mi hacienda, en la villa de Sanct Juan de la Maguana, a este prescio o menos. Deste ganado vacuno e de puerco se ha hecho mucho dello salvaje; y también de los perros e gatos domésticos que se trujeron de España, hay muchos dellos bravos por los montes.

En esta isla hay tanto algodón que la natura produce, que si se diesen las gentes a lo curar y labrar, más e mejor que en parte del mundo se haría. En la isla del Xío, que es en el archipiélago la principal que tienen genoveses, es una de sus más principales riquezas e granjerías el algodón, y aquí no curan dello. Hay innumerable cañafístola en esta isla; y muy hermosas arboledas della, y en gran cantidad, continuamente se carga para España e otras partes, y es muy buena e vale el quintal a cuatro ducados y menos.

Hay tanto azúcar, que entre los ingenios que muelen e los que se labran (que molerán presto), hay, en sola esta isla, veinte ingenios poderosos, que cada uno dellos es muy rico y hermoso heredamiento; sin otros trapiches de caballos.

E continuamente van las naves cargadas, e muchas carabelas, con azúcar a España, e vale aquí el arroba a ducado, y a peso, y a menos, y es muy bueno. Y las mieles y sobras que del azúcar acá se pierden e se dan a los negros e trabajadores, serían en otras partes un gran tesoro.

Hay en estas islas mucho brasil, e non curan dello, por no trabajar en ir a lo sacar e cortar en las sierras que llaman del Baoruco, e porque hay otras cosas muchas en que ganar y emplear el tiempo, sin tanto trabajo e con menos costa. Hay excelente color de azul, y mucho, aunque acá lo estiman poco, puesto que no es menos bueno que el que nuestros pintores llaman de acre. Hay muchos y muy grandes montes e boscajes de los árboles del guayacán, que, puesta esta madera o leños dél en la playa del puerto desta cibdad, vale el quintal a sesenta maravedís, e a veces a real de plata: e hay en muchas partes del mundo donde vale a dos e a tres reales la libra; e yo lo he visto vender en Medina del Campo a dos reales la libra, y aquí es tenido en poco por la mucha abundancia que hay dello, y es muy excelente y maravilloso árbol, por las grandes curas y diversas enfermedades que con este palo se curan e con el agua dél.

Todas las cosas que se siembran e cultivan en esta isla, de las que han venido de España, las más se dan e han multiplicado muy bien. En lo que dije de los ganados, hay hombres e vecinos desta cibdad, de a siete y de a ocho y de a diez y doce mill cabezas de vacas, y tal de a diez e ocho o veinte mill cabezas e más, y aun veinte y cinco e treinta y dos; y si dijere cuarenta y dos, hay quien las tiene: que es una dueña viuda, honrada hijadalgo, llamada María de Arana, mujer de un hidalgo que se decía Diego Solano, que ha poco tiempo que murió. Y porque cuando la primera vez se imprimió esta primera parte, dije quel señor obispo de Venezuela, que agora lo es de Sanct Johan, don Rodrigo de Bastidas, tenía diez e seis mill cabezas deste ganado, digo que al presente, en este año de mill e quinientos e cuarenta e siete años, tiene veinte e cinco mill cabezas, o más, de vacas. De los carneros y yeguas hay mucho ganado asimismo. De los puercos se han alzado e ido al monte tantos, que andan a grandes rebaños, fechos monteses salvajes, así dellos como de las vacas; porque los pastos son muchos e muy ordinarios, las aguas muy buenas, los aires templados, y el verano y el invierno de tal manera, que hay poca diferencia, en todo tiempo, de los días a las noches; y el tiempo del invierno es sin frío, e la calor del verano no es demasiada. Y la isla es grande, donde se pueden bien extender los ganados e las gentes con sus labranzas, porque boja su circunferencia de aquesta isla trescientas e cincuenta leguas, pocas más o menos, costa a costa terrena, e aun algunos dicen cuatrocientas.

En esta isla se han fecho innumerables naranjos, e cidras, e limas, e limones dulces e agros, y es tan bueno todo, que lo mejor de Córdoba o Sevilla no le hace ventaja, e haylo siempre. Hay muchas higueras e granados, e solamente se han dejado de dar en esta tierra las fructas e árboles de cuesco: e aunque podrá alguno decir con verdad que hay olivos dentro en esta cibdad, e algunos dellos hermosos e grandes, digo que es así, pero son estériles, porque no llevan otra fructa alguna, salvo hojas. Hay muy buena hortaliza, así de lechugas e rábanos y berros, como de perejil e culantro e hierbabuena, e cebolletas e coles de las que llaman llantas o berzas napolitanas e abiertas, como de los repollos cerrados o murcianos. Hácense también las berenjenas, que les es tan natural e a su propósito esta tierra, como a los negros la Guinea; porque acá se hacen muy mejor que en España, y un pie de una berenjena tura dos y tres años e más, dando siempre berenjenas. Hácense también los fésoles, que es muy grande su abundancia, y es muy gentil legumbre. (Estos se llaman en Aragón judías.) Hácense buenos nabos, algunas veces, e zanahorias, e muchos pepinos. Hay melones de Castilla muy buenos, e la mayor parte de todo el año. E lo mismo hacen los higos, que la mayor parte del año los hay, pocos o muchos (como los melones); pero en su tiempo ordinario son mayores e mejores. Poco tiempo ha que por la diligencia de un vecino desta cibdad, se han fecho muchos cardos. Como cosa nueva, los vendió bien; pero desgraciados e amargos, e aparejados para los cobdiciosos de beber, porque, a la verdad, este manjar o granjería no es tal acá como en las tierras frías de nuestra España; ni los nabos e las zanahorias.

En conclusión: que todas las cosas que he dicho que se trujeron de España, aquéllas se dejan de hacer e multiplicar de que los hombres se descuidan e no curan; porque el tiempo que las han de esperar, le quieren ocupar en otras granjerías gruesas e de más provecho e para enriquescer más pronto. Y en especial, los que en estas partes no tienen pensamiento de permanescer ni quieren desta tierra sino desfructalla e volverse a sus patrias, danse a la mercaduría o a las minas, o a la pesquería de las perlas, e a otras cosas con que presto alleguen hacienda con que se vayan. E, por tanto, ningunos o muy raros son los que quieren ocuparse en sembrar pan o poner viñas, porque los más que por acá andan, tienen esta tierra por madrastra, aunque a muchos hales ido muy mejor que en su propria madre.

Pues no se piense que si falta pan e vino de Castilla que es por culpa de la tierra: se ha probado algunas veces el pan e se ha hecho muy bien; e asimismo las uvas, como se puede ver en muy buenas uvas de muchas parras que hay en esta cibdad. E aunque no se hubieran traído de Castilla los sarmientos, muchas uvas de parras salvajes hay en la isla, e dellas se pudieran plantar y enjerir: que así se cree que hobieron principio todas las del mundo. Cuanto más que yo vi en el mes de febrero del año de mill e quinientos e treinta y nueve, que un vecino desta cibdad hizo sacar de la plaza una canasta de uvas de un majuelo o viña nueva que tiene en la ribera de Nigua, cuatro leguas y media o cinco de aquí, e se vendieron, a dos reales de plata la libra, hasta en cuantía de nueve o diez pesos de oro; y éste fué el mismo de los cardos que se dijo de suso. Así que las uvas e pan que faltan en la tierra es a culpa de los moradores della.

Por manera que la comparación que toqué de aquellas tan famosas islas, por lo que está dicho, se puede muy bien ver y entender cuánta ventaja esta nuestra isla Española les hace a entrambas e a cada una dellas, examinadas todas las particularidades dichas e otras muchas más que se podían decir.

Había en esta isla, de suyo, que no se trujeron de España ni de otra parte, muchas buenas hierbas como las de España, que acá por los campos ellas se hacen sin industria de los hombres, como lo podrá ver el letor en el libro IX desta historia, porque allí se tracta esta materia.

Dije de suso, que vale el arrelde a dos maravedís de la vaca en esta cibdad. E todas gentes no entenderán qué cosa es arrelde ni qué prescio es el maravedí, si no fuere español el que lo leyere. Y para que esto se entienda, digo que un dinero o jaqués de Aragón, o un dinero de Italia, es un maravedí e medio; e un cuatrín romano es tanto como un maravdeí; e cuatro cavaluchos de Nápoles valen tanto cuanto un maravedí. Y un arrelde es peso de cuatro libras, e cada libra es peso de diez e seis onzas. Y desta manera seré entendido de los italianos, e de otras gentes muchas, por lo que he dicho; e conoscerán cuán barato vale aquí la carne, puesto que es de las mejores que puede haber en el mundo.

Gallinas como las de Castilla no las había; pero de las que se han traído de España, se han fecho tantas, que en parte del mundo no puede haber más; porque raras veces sale huevo falto de cuantos se echan a una gallina de los que ella puede cobrir con sus alas e cuerpo.

Así que, generalmente, yo he tomado lo que hace al caso de mi comparación, y desta isla e cibdad, e de la iglesia principal della, que está, con su clero e dignidades e canónigos e racioneros e capellanes, bien doctada. Asimismo hay en esta cibdad tres monesterios, que son Sanct Francisco e Sancto Domingo e la Merced, los cuales, por la orden que los he nombrado, así son antiguos o primeramente fundados; e todas tres casas de gentiles edificios, pero moderados e no tan curiosos como los principales de España, aunque el de la Merced no está acabado, pero su principio es muy suntuoso e se cree que será el mejor edificado. En estos monasterios digo (hablando sin ofensa de ningún monesterio de cuantos hay por el mundo de aquestas tres Ordenes) que hay, en estos de aquí, personas de tanta religión e gran ejemplo, que bastarían a reformar todos los otros monesterios de otros muchos reinos, porque son sanctas personas y de gran doctrina. Hay asimismo un muy buen hospital, bien edificado, e doctado de buena renta, donde los pobres son curados e socorridos, en que Dios es muy servido. Hanse fecho agora nuevamente unas escuelas para un colegio donde se lea Gramática e Lógica, e se leerá Filosofía e otras sciencias, que a do quiera será estimado por gentil edificio. E cada día se ennoblesce más esta cibdad en edificios de casas, e las iglesias e monesterios e fortalezas continuamente edifican.

Reside en esta cibdad la corte de la Audiencia e Chancillería Real, debajo de cuya jurisdicción no solamente está aquesta isla Española, pero todas las que he dicho están, con mucha parte de Tierra Firme. Reside aquí asimismo el señor almirante don Luis Colom, duque de Veragua e de las islas e bahía de Cerebaro, marqués de la isla de Jamaica, nieto del primero almirante, don Cristóbal Colon, que descubrió estas partes, e hijo del segundo almirante, don Diego Colom. Desde aquesta isla han salido la mayor parte de los gobernadores e capitanes que han conquistado e poblado la mayor parte de lo que los cristianos poseen en estas Indias (como se dirá más largamente en sus lugares e partes que convengan), pero tomando ejemplo e principio e dechado en la industria del primero descubridor deste Nuevo Mundo, o parte tan grandísima dél.

Así que, tornando a mi propósito de la comparación fecha desta isla con la de Inglaterra e Secilia, a consecuencia de lo cual he traído todo lo que está dicho, digo asimismo que no se han acabado de decir otras particularidades desta tierra, que se podrán notar de los capítulos adelante escriptos, porque aqueste no sea prolijo, e aun porque la brevedad del tiempo no ha dado lugar a saberse otras cosas muchas que adelante se sabrán, e porque la orden no se pervierta e vaya reglada, así en lo que toca a los árboles, como a los animales, e al pan e agricoltura de la propria isla, e a otras materias e particularidades de medicina, e de los ritos e cerimonias e costumbres desta gente de Indias. Y en especial desta isla, de que agora se tracta, hay mucho más que decir e notar, allende de lo que está dicho y escripto hasta aquí. Por tanto, iré distinguiendo e particularizando lo que hasta el tiempo presente ha venido a mi noticia.

Y porque toda comparación semejante suele ser odiosa, e algunos querrán responder por su misma patria, e podrá decir el inglés que no se debe admitir lo que digo en perjuicio de su isla, que, de tantos tiempos es habitada de reyes e príncipes, e gente noble e belicosa, e tan fértil e rica e poderosa, e con otras muchas particularidades y excelencias que se le pueden atribuir, así como dos arzobispados, Cantuarensis et Evoracensis, e diez y nueve obispados, e cincuenta cibdades, e la principal dellas Londres, que es una de las famosas de la cristiandad, e ciento e treinta y seis villas, e sesenta y tres provincias e ducados, e señalados barones e príncipes debajo de la administración e señoría de un rey tan poderoso e de tantos reyes descendiente, podrán decir que cuarenta años después de la destruición de Troya, fué su fundación inglesa, y que, por tanto, debe preceder a todas las otras islas. Podrá decir el seciliano que hobieron su origen de los iberos e de Sicano su capitán, del cual se llamó Sicania, al cual subcedió Sículus, Neptuni filius; e que es copiosa de excelentes cibdades, antiquísimas e nobles, así como Mecina, Siracusa. Palermo e otras, e de muchas villas, e varones muchos de títulos, e gente noble; e fertilísima de pan e vino, e todo lo que es menester para el uso de los hombres; e situada en el corazón de Europa; e así, a su propósito traerán a su Diodoro Sículo e otros auctores aprobados que largamente han escripto en su favor, e, por tanto, dirán que ninguna otra isla le debe preceder. Ninguna cosa desas e de otras muchas que se pueden decir en loor de Secilia e de Inglaterra, no contradigo; pero ha de considerar el letor, que todas esas cosas hacen a mi propósito, pues desde tantos siglos aquellas islas están pobladas de gente de razón, e con corte de príncipes e reyes tan señalados como en la una y en la otra ha habido: que tanto más se debe estimar nuestra isla, pues siempre ha estado en poder de gente salvaje e bestial, e que su principio se puede contar desde el año de mill e cuatrocientos e noventa y dos años que los primeros cristianos aquí vinieron con el primero almirante, don Cristóbal Colom (que en este de mill e quinientos e cuarenta y siete, son cincuenta e cinco años). Y en tan breve tiempo, estar las cosas desta isla en el estado que es dicho, base de tener en mucho, e atribuirse a solo Dios e a la buena ventura de los Reyes Católicos de España, y al invictivísimo emperador don Carlos, su nieto, nuestros príncipes, e a la diligencia e virtud de sus mílites y vasallos castellanos, con cuya industria e armas se ha poblado e, mediante Nuestro Señor, siempre se va más ennoblesciendo.

Pasemos a las otras cosas de nuestra historia.

CAPITULO XII

De la gobernación del comendador mayor de Alcántara, don frey Nicolás de Ovando, e de las partes de su persona y rectitud, e de las poblaciones e villas que hizo e fundó en esta isla Española.

Quien hobiere continuado la lección deste tractado, visto habrá que queda dicho que el año de mill e quinientos e dos de la Natividad de Cristo Nuestro Salvador, llegó a esta cibdad de Sancto Domingo de aquesta isla Española (que aún estaba de la otra parte del río) el comendador mayor de Alcántara, don frey Nicolás de Ovando, y también habrá sabido cómo se fué y se perdió con el armada el comendador Francisco de Bobadilla, que primero había gobernado esta isla. Por tanto, dígase agora qué persona fué este subcesor en la gobernación, y qué manera tuvo en el cargo e oficio en tanto que acá estuvo.

Por cierto, segund lo que a muchos testigos fidedignos he oído, e a los muchos que hoy hay que dicen lo mismo, nunca hombre en estas Indias le ha fecho ventaja ni mejor ejercitado las cosas de la buena gobernación, y tuvo en sí todas aquellas partes que mucho deben estimar los que gobiernan gente; porque él era muy devoto e gran cristiano, e muy limosnero e piadoso con los pobres, manso y bien hablado con todos; e con los desacatados tenía la prudencia e rigor que convenía: a los flacos e humildes favorescía e ayudaba,
e a los soberbios altivos mostraba la severidad que se requería haber con los transgresores de las leyes reales. Castigaba con la templanza y moderación que era menester; e teniendo en buena justicia esta isla, era de todos amado e temido. E favoresció a los indios mucho; e a todos los cristianos que por acá militaban debajo de su gobernación, tractó como padre, e a todos enseñaba a vivir bien. Como caballero religioso y de mucha prudencia, tuvo la tierra en mucha paz e sosiego.

Cuando a esta isla llegó, halló la tierra pacífica, salvo la provincia que llaman Higüey; y en breve tiempo la allanó e hizo justicia de los rebeldes y culpados. Después, siendo avisado que la cacica Anacaona, mujer que había seído del cacique Caonabo, con otros muchos caciques tenían acordado de se alzar e apartar del servicio de los Reyes Católicos, e de la amistad de los cristianos, e dejar la paz que tenían con ellos, e matarlos en la provincia de Xaraguá e sus comarcas, prendió muchos dellos, e a más de cuarenta caciques, metidos en un buhío, les hizo pegar fuego e quemáronse todos. Y también, e hizo justicia de Anacoana, e pasó así: que teniendo el comendador mayor información de la traición acordada, el año de mill e quinientos y tres fué con septenta de caballo e doscientos peones a la provincia de Xaraguá, que estaba en lo secreto alzada por consejo de Anacaona; la cual, para ello, estaba confederada con otros muchos caciques. E certificado desto el gobernador, mandó que un domingo los cristianos jugasen a las cañas, e que los caballeros viniesen apercibidos no solamente para el juego, más para las veras e pelear con los indios, asimismo, si conviniese; e así se hizo.

Aquel domingo, después de comer, estando juntos todos aquellos caciques e principales indios de aquella comarca confederados, dentro de un caney o casa grande, así como la gente de caballo llegó a la plaza, llamaron al comendador mayor para que viese el juego de cañas; al cual hallaron que estaba jugando al herrón con unos hidalgos, por disimular con los indios e que no entendiesen que de su mal propósito él tenía aviso. E luego vino allí aquella cacica Anacaona e su hija Aguaimota e otras mujeres principales. E Anacaona dijo al comendador mayor que ella venía a ver el juego de cañas de sus caballeros cristianos, e que aquellos caciques que estaban juntos, lo querían asimismo ver e le rogaban que los hiciese llamar. E luego el comendador mayor les envió a decir que viniesen allí; e dijo que primero los quería hablar e darles ciertos capítulos de lo que habían de hacer: e mandó tocar una trompeta, y juntóse toda la gente de los cristianos, e hicieron meter a todos los caciques en la posada del comendador mayor, e allí fueron entregados a los capitanes Diego Velázquez e Rodrigo Mexía Treillo, los cuales ya sabían la voluntad del comendador mayor, e hiciéronlos atar todos. E súpose la verdad de la traición e fueron sentenciados a muerte: e así los quemaron a todos dentro en un buhío o casa, salvo a la dicha Anacaona, que, desde a tres meses, la mandaron ahorcar por justicia. Y un sobrino suyo, que se llamaba el cacique Guaorocaya, se alzó en la sierra que dicen Baoruco, e el comendador mayor envió a buscarle e hacerle guerra ciento e treinta españoles que andovieron tras él hasta que lo prendieron e fué ahorcado.

Después de lo cual, se hizo la guerra a los indios de la Guateaba, e de la Sabana, e de Amigayahua, e de la provincia de Guacayarima, la cual era de gente muy salvaje. Estos vivían en cavernas o espeluncas soterrañas e fechas en las penas e montes. No sembraban ni labraban la tierra para cosa alguna, e con solamente las fructas e hierbas e raíces que la Natura, de su proprio e natural oficio producía, se mantenían y eran contentos, sin sentir nescesidad por otros manjares; ni pensaban en edificar otras casas, ni haber otras habitaciones más de aquellas cuevas donde se acogían. Todo cuanto tenían, eso que era de cualquier género que fuese, era común y de todos, excepto las mujeres, que éstas eran distintas, e cada uno tenía consigo las que quería; e por cualquier voluntad del hombre o de la mujer, se apartaban, e se concedían a otro hombre, sin que por eso hobiese celos ni rencillas. Aquesta gente fué la más salvaje que hasta agora se ha visto en las Indias.

En esta guerra estuvo, con gente de pie e de caballo, seis meses, el capitán Diego Velázquez, hasta el mes de hebrero de mill e quinientos e cuatro que se acabaron de conquistar las provincias que es dicho, e así quedó pacificada la isla.

El castigo, que se dijo de suso, de Anacaona e sus secuaces fué tan espantable cosa para los indios, que de ahí adelante asentaron el pie llano e no se rebelaron más. Y en memoria de aquesto, y para que aquella provincia estoviese en paz, fundó allí una villa el comendador mayor, que se llamó Sancta María de la Vera Paz, cerca del lago grande de Xaraguá. En la cual villa yo estuve el año de mil e quinientos e quince; y era muy gentil pueblo, e de gente de honra, y había en él muchos hidalgos; y porque estaba desviado del puerto y de la mar, se despobló después, y se pasó aquella vecindad a otra villa, que fundaron a par de la mar, que se llama Sancta María del Puerto de la Yaguana.

Antes desto había fundado esta cibdad de Sancto Domingo donde agora está, y pasó la población della aquí; la cual, en esa otra costa o parte del río, estaba primero. E hizo labrar esta fortaleza; y dió la tenencia della a un caballero, su sobrino, llamado Diego López de Salcedo; e repartió y dió los solares deste pueblo, e hizo hacer la traza dél como está. E fundó el hospital de Sanct Nicolás desta cibdad, e dotóle de muy buena renta, que hoy tiene, en los mejores edificios de casas de renta que hay en esta cibdad; la cual renta han acrescentado otras limosnas de personas devotas. Fundó asimismo el comendador mayor de Alcántara la villa que se llama la Buena Ventura, que está ocho leguas desta cibdad. Fundó la villa de Sanct Juan de la Maguana en la costa del río de Neiva, que es cuasi en el medio desta isla, a la parte de las sierras, cuarenta leguas desta cibdad, y otras cuarenta está el puerto de la Yaguana o villa de Sancta María del Puerto. Fundó la villa del Puerto de Plata, la cual está cuarenta e cuatro leguas desta cibdad, en la costa del Norte. Fundó a Puerto Real, en la misma costa, que es adonde el primero Almirante, cuando descubrió esta isla, dejó los treinta e ocho hombres (que falló muertos cuando volvió el segundo viaje). Fundó la villa de Azua, que está veinte e cuatro leguas desta cibdad, y es buena cosa por los ingenios de azúcar que hay en ella y en su comarca. Fundó la villa de Lares de Guahaba; fundó la villa de Higüey; fundó la fortaleza de la villa de Yaquimo; fundó la villa de la Sabana. Por manera que fizo esta cibdad de Sancto Domingo y su fortaleza y otras diez villas de cristianos, segund tengo dicho. Porque las que el primero almirante, don Cristóbal Colom, fizo e fundó, fueron: aquella primera población de los treinta e ocho cristianos, donde quedó por capitán Rodrigo de Arana, la cual se llamó la Navidad, e fué el primer pueblo católico en esta isla; y después, en el segundo viaje que vino, fundó la cibdad llamada Isabela, de donde hobo principio esta cibdad, cuando estuvo del otro cabo deste río; porque allí trujo la gente de la Isabela el adelantado don Bartolomé Colom, hermano del dicho Almirante, como en otras partes está dicho. Fundó asimismo el Almirante primero la cibdad de la Concepción de la Vega, e fundó las villas de Sanctiago y del Bonao.

Mas, porque los Católicos Reyes, don Fernando y doña Isabel, siempre desearon que estas tierras se poblasen de buenos, pues de todo lo que tiene buen principio se espera el fin de la misma manera, entre los proprios criados de sus Casas Reales, de quien más conocimiento y experiencia tenían, escogían y los enviaban a esta isla con cargos e oficios, porque se ennoblesciesen y hobiesen principio y mejor fundamento y origen las poblaciones della, y principalmente esta cibdad; no de pastores, ni salteadores de las sabinas mujeres, como los romanos ficieron, sino de caballeros y personas de mucha hidalguía e noble sangre, y aprobados en virtudes, y cristianos perfetos y castizos, que están en la otra vida, y otros que al presente están y viven en esta cibdad y en las otras poblaciones desta isla. Y porque esto tuviese más cumplido efeto, tenían aquellos príncipes en la memoria aquella auctoridad de Sanct Mateo que dice: Non potest arbor mala bonos fructus facere. Pues, porque no puede el mal árbol hacer buen fructo, como dice el Evangelista, y porque un poco de levadura corrompa toda la masa, segund dice el apóstol Sanct Pablo, mandaron el Rey la Reina, expresamente, que en Sevilla sus oficiales de la Casa de Contractación (que allí residen para el proveimiento e tracto destas Indias), no dejasen pasar a estas partes ninguna persona sospechosa a nuestra sancta fe católica, en especial hijos ni nietos de quemados ni de reconciliados, y así se ha guardado y guarda; e si por caso algunos hay de los tales, échanlos de la tierra. Y así por este cuidado de los Católicos Reyes, como por los lindos deseos y valerosos ánimos de los mismos españoles, han pasado a todas las Indias deste Imperio muchos caballeros e hidalgos y gente noble, y se han avecindado en esta isla (y en especial en esta cibdad de Sancto Domingo), y en las otras islas y Tierra Firme.

Dije aquesto a propósito que cada uno de los dos gobernadores, el comendador Francisco de Bobadilla y el comendador mayor de Alcántara, don frey Nicolás de Ovando, eran caballeros e hombres principales y de limpia sangre, y con cada uno de ellos, e antes con el primero Almirante, y después vinieron otros muchos hombres de linaje, e personas señaladas y prudentes y de grandes habilidades para los oficios y cargos reales e administración de la justicia, e para la conquista e pacificación e población deste mundo oculto que acá estaba tan olvidado e lejos de Europa e de Asia e Africa.

E demás de las personas que en algunos capítulos quedan nombradas, e de las que se nombraren cuando convenga por sus obras e méritos, digo, como tengo dicho, que de los criados proprios y conoscidos en la Casa Real, se solían elegir e proveer para los oficios destas partes. E así vino Miguel de Pasamonte, criado antiguo del Rey Católico, por tesorero a esta cibdad, en el mes de noviembre del año de mill e quinientos y ocho; hombre de auctoridad y experiencia en negocios, docto e gentil latino, honesto e apartado de vicios. Y es opinión de algunos que nunca conosció mujer carnalmente, aunque pasó de aquesta vida constituído en edad e bien viejo. Este fué mucha parte para la buena gobernación desta isla, así en el tiempo que la gobernó el comendador mayor, como después, hasta que este tesorero murió; porque siempre tuvo mano en la hacienda real y en las cosas de la gobernación, porque en todo se le daba parte e lugar, por mandado del Rey Católico, con quien tuvo tanto crédito, que bastó a ser causa de parte de los trabajos del segundo almirante, don Diego Colom, así por su mucho crédito como por cosas quel tiempo ofresció, de lo cual se dirá algo brevemente en el lugar que convenga a la historia e orden della. Así que este tesorero fué, en la verdad, proprio oficial de tan alto rey, y como han de ser los que en semejantes oficios e cargos estovieren. Y así, con enviar a estas partes, segund he dicho, los Reyes Católicos y después la Cesárea Majestad, personas conoscidas, se hace mejor su servicio, y cuando no son tales, ni el suyo ni el de Dios (que es lo que más se había de mirar). Y aquesto, ello mismo se dice cuando es digno de enmienda.

Volvamos al comendador mayor, que por bueno e reto que fué, no le faltaron trabajos; pues que estando en pacífica paz e común concordia de todos los cristianos e pobladores destas partes, halló e tuvo tantos murmuradores como el primero Almirante; y revolviéronle de tal manera con el Católico Rey (seyendo ya la Católica Reina ida a la gloria), que le quitó el cargo y le envió a llamar. Y en la verdad no por deméritos suyos, sino porque ninguna cosa ha de estar largo tiempo en un ser en esta vida; puesto que, lo que aquel caballero aquí estuvo, fué harto menos de lo que acá le quisieran e fuera menester. A su ida dió mucha causa esta fortaleza de Sancto Domingo e la cobdicia que della tuvo Cristóbal de Tapia, veedor de las fundiciones del oro en aquesta isla, criado que había seído del obispo de Badajoz, don Juan Rodríguez de Fonseca, que en aquella sazón, desde España, gobernaba estas Indias, e fué de aquesta manera.

Así como el comendador mayor labró esta fortaleza de esta cibdad, dió la tenencia della a un su sobrino, llamado Diego López de Salcedo, buen caballero. E como el veedor Cristóbal de Tapia vido fecha esta fuerza, escribió al obispo, su señor, e fuéle fecha merced de la tenencia, por su favor. E cuando presentó el título al comendador mayor, obedesció la provisión, e cuanto al cumplimiento, dijo quél informaría al Rey Católico, e en fin se haría lo que Su Alteza fuese servido. De manera que no le admitió al cargo o alcaidía, y escribió al Rey cómo aquél era veedor e le bastaba el oficio que tenía, sin que se le diese la fortaleza. E, por tanto, respondió el Rey suspendiendo la merced de la tenencia, porque el comendador mayor alegaba quél la había fecho e que tenía merced de las tenencias de todos los castillos e fuerzas en tanto quél gobernase; y que el Rey no debía innovar aquello en su perjuicio, pues le había muy bien servido.

Después estuvo preso el veedor Tapia en la misma fortaleza, por algunas palabras que dijo contra el comendador mayor. Y como el negocio era proprio e tocaba a él e a su sobrino, Diego López de Salcedo, a quien tenía encomendada la fortaleza, mandó a su alcalde mayor, el licenciado Alonso Maldonado, que hobiese información de los desacatos e soberbias palabras mal dichas del veedor Cristóbal de Tapia contra él, e hiciese justicia. El cual dicho alcalde mayor, fecha la pesquisa, le envió con ella a España remitido. Pues como en aquel tiempo era el obispo don Juan Rodríguez de Fonseca todo el todo de las cosas destas Indias, el cual solamente con el secretario Lope Conchillos proveía las cosas destas partes, y ambos eran privados y personas muy aceptas al Católico Rey, aprovechó poco lo quel comendador mayor escribió o altercó sobre este caso. E así, por industria del veedor Cristóbal de Tapia e del obispo, se tuvo forma que un trinchante suyo, quél había criado, llamado Francisco de Tapia, hermano del dicho veedor, fuese proveído de alcaide desta fortaleza con un buen repartimiento de indios: e así vino acá con el título de la alcaidía.

Poco antes desto había fecho merced el Rey Católico al secretario Lope Conchillos de la escribanía mayor de minas; y mandó que todos los que fuesen a sacar oro llevasen una cédula firmada del teniente que en este oficio toviese Conchillos y de los otros oficiales del Rey, so graves penas; e que por aquella licencia o cédula se le diesen a Conchillos tres tomines de oro, que son ciento y sesenta y ocho maravedís, e otros derechos de todo lo que se registrase e de los navíos que saliesen desta isla: e fasta entonces dábanse las cédulas de minas de balde e graciosamente. E demás desto, mandóle el Rey dar ciertos indios de repartimiento al secretario Conchillos, por razón del oficio de la escribanía mayor de minas.

Cuando se presentaron las provisiones, obedeciólas el comendador mayor; mas, cuanto al complimiento, suplicó e suspendió la ejecución dellas, para lo consultar e informar al Rey; e dióle a entender cuánto perjuicio era tal impusición e derechos en una tierra tan nueva. E el Rey oyólo, e suspendió la cosa por entonces, e remitiósela al mismo comendador mayor; y tasó las tales licencias en la mitad de los ciento e sesenta y ocho maravedís, e quedaron en tres reales de oro, que son ochenta y cuatro maravedís, para el mismo secretario Conchillos; pero siempre el comendador mayor tuvo sospecha que no le había de ser buen amigo el secretario Conchillos, por le haber fecho perder la mitad de lo que primero se le había mandado dar por aquellas licencias.

Y así, por estas dos ocasiones, el obispo por sus criados los Tapias, y el secretario Conchillos por sus derechos, creyó el comendador mayor que ambos habían sido mucha parte para quel Rey removiese, como removió, del cargo desta gobernación al comendador mayor, y se diese a don Diego Colom, segundo almirante e primogénito heredero del primero almirante, descubridor destas Indias, don Cristóbal Colom; porque andaba importunando al Rey que le diese el cargo, conforme a sus privilegios y capitulaciones que su padre había fecho con los Católicos Reyes, cuando descubrió estas partes. Y el Rey, así por esto como porque el duque de Alba, don Fadrique de Toledo, su primo, era la más acepta persona al Rey que había en sus reinos, e favorescía al almirante don Diego, porque era casado con su sobrina, doña María de Toledo, hija del comendador mayor de León, don Fernando de Toledo, bastaron estas cosas para quel comendador mayor de Alcántara fuese quitado de la gobernación.

Porque, en la verdad, se tenía por cierto que ninguna cosa hobiera que en aquella sazón el duque de Alba pidiera, con alguna color de justicia, que le fuera negada; porque, no tan solamente el Rey le amaba por el deudo grande que habían (pues las madres fueron hermanas, hijas del almirante de Castilla, don Fadrique Enríquez), más, allende de ser el Rey y el duque primos hermanos, el año de mill e quinientos e seis años, cuando el rey don Felipe, de gloriosa memoria, e la serenísima reina doña Joana, nuestra señora, padres de la Cesárea Majestad, vinieron a heredar e reinar en Castilla, por fin de la Católica Reina doña Isabel, ningún deudo, ni amigo, ni vasallo tuvo el Rey Católico, en aquellos trabajos e mutación de estado, tan propincuo ni tan determinado en le seguir e servir como fué el dicho duque de Alba; y por esta razón era muy acepto al Rey. Porque, aunque entonces salió de Castilla y se pasó a sus reinos de Aragón, e fué a Nápoles, así como llevó Dios después al rey don Felipe en el mismo año de mill e quinientos y seis, la reina doña Joana, nuestra señora, por sus pasiones y enfermedades, no quiso ni pudo gobernar sus reinos, e siempre dijo que quería que los gobernase su padre; y a su ruego, e suplicación de todos los pueblos principales de Castilla y de León, el Rey Católico volvió a España y tornó a tomar la gobernación de los reinos de su hija. E cómo el duque de Alba se había tan bien señalado en su servicio, siempre le amó y le tuvo cerca de sí, y le hizo muchas mercedes a él e a sus hijos e deudos.

Pues cómo el almirante don Diego Colom se casó con doña María de Toledo, que como es dicho era sobrina del Rey y del Duque, así por este respecto como por satisfacer a la demanda del Almirante e a los servicios de su padre, el Rey Católico le proveyó y mandó venir a esta isla (y pasó e vino aquí con su mujer), e mandó al comendador mayor de Alcántara que se fuese a España. E así se hizo, no sin pensar que el obispo don Juan Rodríguez de Fonseca y el secretario Lope Conchillos le habían ayudado a echar de aquí, por lo que es dicho. Ni tampoco salió desta tierra sin mucho sentimiento de la mayor parte de cuantos en ella vivían; porque, como se ha dicho en otra parte, era muy gran varón de república, e muy reto: honraba a los buenos, como era razón, e a los de menos calidad era muy manso y gracioso, e a todos los que bien servían, favorescía y ayudaba; e a los indios hacía muy bien tractar, e así era muy amado de todos en general. En conclusión, fué tal gobernador, que en tanto que haya hombres en esta isla, siempre habrá memoria dél; porque veo que todos los que en él hablan, de los que le alcanzaron e vieron, hoy en día le sospiran, e dicen que por la propria infelicidad desta tierra, salió della, cuya partida fué llorada y sospirada algunos años.

Otra cosa notable se me acuerda de aqueste caballero (porque segund es pública y notoria y loable, era imposible olvidarla), y es quél tenía muy buena renta. E así deso quél tenía como comendador mayor de la Orden militar e caballería de Alcántara, como de los salarios que con esta gobernación llevaba, tenía ocho mil ducados de renta en cada un año, o más, segund yo lo supe de Diego López de Salcedo, su sobrino, y de otras personas que cerca dél estuvieron. Estos despendió él de manera que lo que medró en esta tierra, con el cargo que tuvo, fué quince casas de piedra que hizo, muy bien edificadas, en la calle desta fortaleza desta cibdad, en ambas aceras; e las seis que están juntas de la una parte, dejó a los pobres del hospital de Sanct Nicolás, quél fundó; e las otras nueve dejó a su Orden e convento, como buen religioso. E cuando se hobo de partir desta cibdad, le prestaron quinientos castellanos para su camino; porque, de no ser cobdicioso, gastó cuanto tenía con los pobres e necesitados, por heredarse en el cielo, donde se cree que está por la clemencia de Dios y sus buenas obras, que fueron tales, que no dan lugar a sospechar lo contrario.

Tornando a la historia, digo que de la subcesión de la gobernación desta isla, que paso del comendador mayor en el almirante segundo, don Diego Colom, se tractará en el libro siguiente, con otras cosas que para aquel libro son anejas a la continuación de la historia.

Este es el cuarto libro de la Natural y General Historia de las Indias, Islas y Tierra Firme del mar Océano. El cual tracta de la gobernación e trabajos del segundo almirante, don Diego Colom, e de otros jueces e justicias que ha habido en esta Isla Española hasta el presente tiempo; e de otras cosas convinientes al discurso de la historia.

PROEMIO

Pues que es ya tiempo que se dé conclusión a las cosas de la gobernación e gobernadores que ha habido en esta cibdad de Sancto Domingo e Isla Española e sus anexos, e hay hasta el presente; fecho aquesto, pasaremos a las otras cosas que serán de más agradable recreación a los lectores. Y, por tanto, diré, en suma primero y en pocas hojas, en este libro cuarto, lo que falta de explicar destas tales materias, por llegar a las que son de admiración e de grandes novedades no oídas jamás. E para esto, diré aquí la venida a estas partes del almirante segundo, don Diego Colom; e tocarse han las mudanzas que ha habido en la gobernación desta isla e otras hasta el tiempo presente. E diré lo que alcancé de la persona e méritos deste segundo almirante y su muerte; y de la subcesión de su hijo, don Luis Colom, tercero almirante y agora nuevamente duque de Veragua e de la Bahía e islas de Cerebaro, marqués de Jamaica, por nueva concesión y merced perpetua de la liberalidad de la Cesárea Majestad del Emperador Rey, don Carlos, nuestro señor. E decirse ha cuándo hobo principio el Audiencia e Chancillería Real que reside en esta cibdad de Sancto Domingo; y también se hará memoria de la venida de los reverendos priores de la Orden de Sanct Hierónimo a esta isla, e lo que hicieron; e no dejaré en olvido otros jueces que ha habido en la misma Real Audiencia e los que hay al presente. E continuarse ha la narración de otras cosas necesarias a la historia.

CAPITULO PRIMERO

Donde se tracta de la venida del segundo almirante, don Diego Colom, a esta cibdad de Sancto Domingo, puerto de la Isla Española, e de las mudanzas que ha habido en la gobernación della e otras cosas

Díjose en el libro precedente que el año de mill e quinientos e seis vino a reinar en Castilla el serenísimo rey don Felipe, e cómo el mismo año le llevó Dios a su gloria. Digo, pues, así, que tornando a Castilla desde Nápoles el Católico rey don Fernando a gobernar los reinos della por la serenísima reina doña Joana, su hija, nuestra señora, intercedió don Fadrique de Toledo, duque segundo de Alba, para que el Rey le diese esta gobernación al almirante don Diego Colom; e aun antes que el Rey Católico partiese de Nápoles para España, se la otorgó por sus cartas, segund yo lo oí decir al mismo Almirante, estando en Hornillos la reina doña Joana, nuestra señora, desde a pocos meses que estaba viuda; e cesó la venida de don Fernando de Velasco (tío del condestable de Castilla, don Bernaldino de Velasco), al cual, pocos días antes que el rey don Felipe pasase desta vida, se la había concedido esta gobernación. Así que, después que el Rey Católico acordó de admitir al segundo Almirante, e hobo por bien que acá pasase, llegó a esta cibdad de Sancto Domingo, con su mujer la visorreina doña María de Toledo, a diez días de julio, año de la Natividad de Cristo de mill e quinientos e nueve años, muy bien acompañado, e su casa poblada de hijosdalgo. E con la visorreina vinieron algunas dueñas e doncellas hijasdalgo, e todas, o las más dellas, que eran mozas, se casaron en esta cibdad y en la isla con personas principales e hombres ricos de los que acá estaban; porque, en la verdad, había mucha falta de tales mujeres de Castilla; e aunque algunos cristianos se casaban con indias principales, había otros muchos más que por ninguna cosa las tomaran en matrimonio, por la incapacidad e fealdad dellas. E así, con estas mujeres de Castilla que vinieron, se ennoblesció mucho esta cibdad, e hay hoy dellas e de los que con ellas casaron, hijos e nietos, e aún es el mayor caudal que esta cibdad tiene e de más solariegos, así por estos casamientos, como porque otros hidalgos e cibdadanos principales han traído sus mujeres de España. E está ya esta cibdad aumentada en tan hermosa república, que es cosa para dar muchas gracias a Dios, acordándonos que donde el diablo era tan solemnizado, sea Jesucristo en tan breve tiempo alabado e servido, con tal cibdad e con los otros moradores cristianos de la isla e pueblos della.

Volviendo a nuestro propósito, digo que así como el Almirante salió de la nao, vínose a posar en la fortaleza desta cibdad de Sancto Domingo, donde el alcaide Diego López de Salcedo, que a a la sazón la tenía, fué causa que el Almirante se entrase; no porque le dejase él entrar en ella de su grado, pero su descuido dió lugar a ello; porque estando fuera de la cibdad cuando llegó el Almirante, y la casa no bien guardada, ni estorbándolo alguno, se entró en esta fortaleza con su mujer e criados. En la cual sazón estaba en la isla, la tierra adentro, apartado desta cibdad, el comendador mayor, al cual no pesó poco desque supo que el Almirante estaba en la fortaleza. Y llegado a esta cibdad, como era prudente, mostró que holgaba de la venida del Almirante, e obedesció lo que el Rey Católico le mandaba, que era que se fuese para él a España a le dar cuenta de las cosas de acá. E así se partió de esta cibdad por el mes de septiembre del mismo año de mill e quinientos y nueve.

Francisco de Tapia, criado del obispo Fonseca, y su hermano el veedor Cristóbal de Tapia, venían ambos con el Almirante y muy encargados a él por el obispo; e desde a pocos días que aquí llegaron, presentó el Francisco de Tapia el título e merced que traía de la tenencia y alcaidia de esta fortaleza. Pero dilatósele el entregamiento della, y fuéle dado aviso al Rey Católico de cómo el Almirante se había entrado en la fortaleza; e envióle a mandar, so graves penas, que luego que viese su real mandamiento, se saliese fuera e la entregase al tesorero, Miguel de Pasamonte, para quél toviese esta casa hasta tanto que el Rey proveyese lo que fuese su servicio. E así el Almirante, vista la voluntad e mandado del Rey, luego se salió de la fortaleza y la entregó al tesorero, y se fué a posar a la casa de Francisco de Garay.

E desde a cinco o seis meses que el tesorero Pasamonte tenía esta fortaleza, la entregó, por mandado del Rey, al alcaide Francisco de Tapia, estando aún el Almirante en la casa de Francisco de Garay, su alguacil mayor que fué en esta cibdad, del cual adelante será fecha más particular mención. Así que, Francisco de Tapia quedó pacífico alcaide en la tenencia de esta fortaleza, e le fueron dados doscientos indios muy buenos con ella, allende del salario, con que después fué rico; el cual murió el año que pasó de mill e quinientos e treinta y tres años. Y en tanto que la Cesárea Majestad proveyese de alcaide desta fortaleza, los oidores desta Audiencia Real e los oficiales que Sus Majestades aquí tienen, la depositaron e pusieron en poder del capitán Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, vecino desta cibdad, auctor e cronista desta Historia, como en antiguo criado de la Casa Real; al cual, después, la Cesárea Majestad le hizo merced de la tenencia desta fortaleza, e la tiene al presente como su alcaide.

Tornando al propósito primero, digo que el comendador mayor siguió su camino, e con él el licenciado Maldonado, su alcalde mayor; el cual, segund la pública voz e fama de su persona e obras, fué uno de los mejores jueces que han pasado a las Indias: e así como era hijodalgo e virtuoso, así administró su oficio rectamente, siendo amado, temido y acatado. No fué tirano cobdicioso, ni dejó de hacer justicia, así en el tribunal como fuera dél, e a doquiera que se le pedía: tanto que en las calles e cantones por do iba, avenía e concertaba las partes, y deshacía los agravios, y excusaba las contiendas en cuanto podía, sin dar lugar a gastos de papel y tinta; la cual, con otros jueces, suele doler e costar más que la sangre de los descalabrados.

Llegado el comendador mayor a España, fuese a Madrid, donde halló al Rey Católico, año de mill e quinientos e diez años, el cual lo rescibió muy bien e mostró haber holgado de verle, e le tractó con mucha urbanidad e placer. Porque, demás de ser mucha la bondad y clemencia del Rey, era el comendador mayor su criado antiguo e de la Católica Reina, la cual, por caballero virtuoso y bien acostumbrado, le puso en el número de aquellos primeros caballeros que los Reyes Católicos escogieron en todos sus reinos para que sirviesen al príncipe don Joan, su hijo primogénito y heredero, e que toviese a par de su real persona caballeros experimentados, virtuosos y de buena sangre. Y este comendador mayor fué uno de aquellos escogidos que cerca dél estovieron fasta que llevó Dios al Príncipe a su gloria y era entonces comendador de Lárez. Así que, ido de acá en España, aunque él sospechaba que el obispo Fonseca ni el secretario Conchillos no le habían de ser amigos, por las causas que están dichas, no fué por eso mal acogido del Rey; antes, después que le hobo bien oído e se informó de él de todo lo de aquestas partes, se dijo muy público que le había pesado al Rey por le haber removido del cargo, porque acá le echaron luego menos e le lloraban muchos. E si no se muriera desde a poco tiempo después que de acá fué, se creía que el Rey le tornara a enviar a esta tierra, por la necesidad que hobo de su persona, con mayores poderes, por las cosas que después subcedieron.

Concluyendo en las cosas del comendador mayor, continuaré el subceso de las del almirante don Diego Colom, que en la verdad fué buen caballero e católico, mas no le faltaron trabajos en el tiempo que gobernó esta tierra, ni faltarán a los que la gobernaren, por todas estas causas que agora diré. Lo primero. de aquí a España hay muchas leguas, e suélese decir que de luengas vías, etc.; y aunque fuese más corto, el camino, el día de hoy, por nuestros pecados, anda ofendida e olvidada la verdad en la mayor parte de las lenguas; y aunque se quieran escudriñar las verdades, no hay tiempo para saberse lo cierto dellas; y cuando algo se sabe en Castilla que requiera proveerse, citando acá llega lo proveído, es tarde, y el que queda lastimado, nunca suelda su dolor. Lo otro, porque como su padre descubrió esta tierra, no han faltado en ella aficionados a él e a sus subcesores (en especial de aquellos que por su mano fueron gratificados): y cómo subcedió la gobernación, después del primero Almirante, en el comendador Francisco de Bobadilla, y después en el comendador mayor de Alcántara, don frey Nicolás de Ovando, e tovieron servidores e amigos que de su mano e por sus buenas obras les quedaron obligados, e aqueste segundo Almirante trujo otros criados e amigos que se allegaron a su casa, a los cuales gratificó y encomendó buenos indios e los favoresció, de todas estas mezcladas voluntades se fundaron muchas pasiones, e engendróse una contención desvariada e vana, e dieron a entender al Rey Católico que en esta cibdad e isla había parcialidades, en que los unos se mostraban señaladamente por servidores e aficionados al almirante don Diego Colom, e que los que a éstos repugnaban, se llamaban del Rey. Y daban a entender los unos e los otros, por sus cartas, lo que les parescía.

Resultó desto que así como el Almirante era visorrey, e las justicias eran puestas por él, e los repartimientos de los indios por su mano repartidos, acordó el Rey Católico que en esta cibdad de Sancto Domingo se pusiesen ciertos letrados, e que éstos se llamasen jueces de apelación, e conosciesen como superiores, e se apelase del Almirante e de sus tenientes e alcaldes mayores, e de otras justicias cualesquier, para los tales jueces. Parescióle al Almirante que sus poderes e privilegios se le limitaban por los tales jueces, e quejábase desta compañía o superioridad que le ponían. E sobre estas cosas subcedieron otras, de tal forma que él envió a pedir residencia sobre los tales jueces, e a quejarse de tan nuevo oficio en su perjuicio. Y ellos también, y el tesorero Miguel de Pasamonte le armaron de tal manera, que el Rey Católico envió a mandar al Almirante que fuese a España; y estuvo allá algún tiempo, en el cual negoció poco e gastó mucho. En la cual sazón vino por juez de residencia, para tomar cuenta al licenciado Marcos de Aguilar, alcalde mayor del Almirante, e a sus oficiales, el licenciado Joan Ibáñez de Ibarra; el cual, desde a pocos días que aquí estuvo, murió él y el secretario Zavala que con él venía a entender en aquellos negocios. Y por la muerte de Ibarra, vino después, año de mill e quinientos y quince, el licenciado Cristóbal Lebrón; el cual, por la ausencia del Almirante y por cosas que subcedieron tomando la residencia, estuvo un tiempo cuasi absoluto en la gobernación. Y lo que a esto dió después más oportunidad, fué que desde a poco tiempo después que el Almirante llegó a la corte, llevó Dios al Rey Católico, año de mill e quinientos y diez e seis años.

Antes que adelante se proceda, es bien que se escriba (e habían de ser las letras de oro) de un dicho que dijo la Católica Reina doña Isabel de la calidad desta tierra e gente de ella; porque, con este dicho tan grande e natural filosofía, acabaré de fundar mejor lo que dije de suso, expresando las causas por donde nunca han de faltar trabajos a los que gobernaren en las Indias. E lo que dijo aquella serenísima Reina fué aquesto: cuando el primero almirante, don Cristóbal Colom hobo descubierto estas Indias, estando un día dando particular razón al Rey e a la Reina de las cosas o particularidades, que los árboles en esta tierra, por grandes que sean, no meten hondas debajo de tierra sus raíces, sino poco debajo de la superficie.

Y así es la verdad, porque allende de aquella corteza o temple que tiene la superficie del terreno (que puede ser medio estado o poco más), poquísimos y raros árboles llegan las raíces un estado de hondo; porque allí adelante, o antes, hallan la tierra seca e cálida cuanto más ahondan; y como en lo alto está húmeda, en aquello poco se sustentan los árboles e se extienden e multiplican, e esparcen tantas raíces, o más, que tienen ramas; pero, como es dicho, no entran en lo hondo de la tierra. Verdad es que el árbol de la cañafístola sólo en estas partes llega hasta el agua con las raíces; pero tales árboles no los vido Colom ni los había desta cañafístola, hasta que, andando el tiempo, se comenzaron a hacer de las pepitas de la cañafístola que se trujo para medicina, no obstante que en la mayor parte de las Indias hay cañafístolas salvajes, como se dirá en su lugar.

Así que, tornando a la historia, cómo la Reina oyó lo quel Almirante había dicho, preguntóle que a qué atribuía el no meter los árboles sus raíces en la tierra, sino tan poco como decía; y él replicó que como en estas Indias llueve mucho e hay muchas aguas naturales que tiemplan la haz e superficie de la tierra, que aquello era la causa que los árboles, con poca hondura, se extendiesen en raíces e no las metiesen en la calor de lo muy bajo de la tierra, que de necesidad hallarían en lo hondo, por estar en tal clima esta tierra, e por eso había de ser más caliente en lo hondo e quemar las raíces que allá bajasen; las cuales, sintiendo esto, naturalmente se extendían por donde esta misma naturaleza las guía e les conviene extenderse para su nutrimiento. Después que la Reina le hobo escuchado, mostró haberle pesado lo que había oído, e dijo estas palabras: En esa tierra, donde los árboles no se arraigan, poca verdad y menos constancia habrá en los hombres.

Por cierto, quien conosciere bien estos indios, no podrá negar que la Reina Católica habló lo que es dicho sino como más que filósofo natural, y no adevinando, sino diciendo la misma verdad y como pasa. Porque esta generación de los indios es muy mentirosa e de poca constancia, como son los muchachos de seis o siete años, e aun no tan constantes. E así creo yo que a algunos cristianos se les ha pegado harto desto, en especial a los mal inclinados; porque otros muchos hay de mucha prudencia y los ha habido en estas partes; mas también han venido otros acá de tal suerte, que bastaran para revolver a Roma e a Sanctiago, como lo suelen decir los vulgares. Que se deba creer lo que digo de los indios, prúebase porque la experiencia e obras de algunos lo mostraron, y por los mestizos, hijos de cristianos e de indias; porque con grandísimo trabajo se crían, e con mucho mayor no los pueden apartar de vicios e malas costumbres e inclinaciones a algunos.

Y para lo que apunté que han pasado acá algunos que no debieran venir, eso se comenzó a remediar por los Católicos Reyes e su Real Consejo en procurar que los que a estas partes viniesen, fuesen personas escogidas. Y así se debe pensar que no se moverían ni darían lugar a semejantes mudanzas tan Católicos Reyes como los pasados, ni la Cesárea Majestad, después, por ligeras informaciones o dañadas voluntades de particulares, sino con muy pensado e sano acuerdo e determinación, así en la mudanza que se hizo del Almirante primero, como en las de demás; puesto que, como los reyes son hombres, pueden errar como hombres: en especial que la mayor infelicidad o más ordinaria que se atribuye al ceptro real, es que pocos le digan al príncipe la verdad, e que si le fuere dicha, que no la crea. Esta desventura anda tan junta con el reinar, como la misma corona real. Pero hay en esto otra cosa de más poderío, que a lo que es dicho contrasta, por donde se crea que todo aquesto ni está en mano de los hombres ni en descuido o infelicidad total de los príncipes; pues que no se puede negar aquella auctoridad del sabio que dice que el corazón del rey está en la mano del Señor, nuestro soberano Dios. E así habemos de tener por cierto que estas cosas de tanta importancia para la fe e para la república cristiana, e donde tantas gentes de indios han de ser gobernados e industriados, que todos los errores o acertamientos que en los gobernadores e gobernados ha habido, que no es sin permisión e causa oculta; e para mí yo así lo pienso, so mejor enmienda. No me quiero detener más, por el presente, en aquesto.

Volviendo a la historia, digo que estando las cosas desta isla en el estado que está dicho, como llevó Dios a su gloria al Católico Rey don Fernando (su nieto el príncipe don Carlos, nuestro señor, estaba en Flandes), mandó en su testamento el Rey que gobernase a Castilla e León e sus reinos el cardenal don fray Francisco Jiménez de Cisneros, arzobispo de Toledo, en tanto que el príncipe, nuestro nuevo rey e señor, e subcesar de los reinos de España, venía a tomar la posesión della. El cual, luego que supo la muerte del Católico Rey, su abuelo, no solamente aprobó la gobernación del cardenal, pero envióle de nuevo muy más bastante e plenísimo poder para la administración e gobernación de sus reinos y estados, en tanto que Su Alteza venía a España.

CAPITULO II

En que se tracta de la persona e grand ser del cardenal don fray Francisco Jiménez de Cisneros, arzobispo de Toledo, gobernador de España, y de algunas cosas que en su tiempo subcedieron; e cómo por su mandado vinieron a gobernar estas Indias tres padres reverendos, priores de la orden de Sanct Hierónimo, e con ellos el licenciado Alonso Zuazo, e otras cosas notables.

El cardenal don frey Francisco Jiménez de Cisneros, arzobispo de Toledo, fué gran varón, y lo que le turó el cargo de la gobernación de los reinos de Castilla y de León (que fué después que llevó Dios al Rey Católico don Fernando, que por su testamento lo mandó, en tanto que su nieto el rey don Carlos venía a España, y hasta que murió), lo hizo tan bien, que tuvo en paz los reinos, aunque se comenzaron algunas novedades e asonadas de gentes, en especial sobre el prioradgo de Sanct Joan en Castilla y en León, en la posesión del cual estaba don Diego de Toledo, hijo del duque de Alba. E pedíale e llamábase prior don Antonio de Stúniga, hermano del duque de Béjar; y estos dos duques, el uno por el hijo y el otro por el hermano, tenían competencia, e comenzaron a tomar las armas de la una e de la otra parte. Pero el fraile cardenal se dió tal recabdo en su oficio de gobernador real, que no les convino a los unos ni a los otros llegar a rompimiento, ni osaron hacer cosa que al Rey despluguiese. E el cardenal se apoderó del Prioradgo, y le tuvo de su mano en nombre del Rey hasta que Su Alteza, después que vino a España, concertó a ambos priores e partióles la renta e vasallos de aquel estado e dignidad; e al uno dió lo del reino de Castilla e al otro lo del reino de León, con tal regreso y aditamento, que, muriendo el uno, se tornase la parte del tal defuncto al que vivo quedase dellos. E así intervino después; porque murió el prior don Antonio de Stúñiga, e quedó en todo el Prioradgo don Diego de Toledo.

Dejemos aquesto e tornemos a nuestras Indias, las cuales, así como los otros reinos, estaban a cargo del cardenal. Y en aquella misma sazón estaba en la corte de España el almirante don Diego Colom negociando lo que le convenía; e también había procuradores por esta cibdad de Sancto Domingo e Isla Española. Pero como el cardenal, desde mucho tiempo antes, tenía larga noticia de las cosas destas partes, acordó, para el bien dellas, de buscar tres religiosos de la Orden de Sanct Hierónimo, personas de grand auctoridad e letras, e de aprobada vida, y enviólos a esta cibdad de Sancto Domingo con muy bastantes poderes para gobernar las Indias. Estos religiosos fueron fray Luis de Figueroa, prior del monasterio de la Mejorada, que está a una legua de Olmedo; y aqueste fué el mismo que dije (en el libro tercero) que murió estando eleto e concedidas por el Papa las bulas para la unión deste obispado de Sancto Domingo y del obispado de la cibdad de la Concepción de la Vega, y le enviaba la Cesárea Majestad para estas dignidades e obispados, como obispo de ambas iglesias, e por presidente desta Real Audiencia; pero atajóle la muerte, y por ventura fué mejor para su ánima, que es de creer, porque era tenido por sancta persona; e murió el año de mill e quinientos e veinte e cuatro. Mas, como de suso dije, él había acá pasado primero por mandado del cardenal, el año de mill e quinientos e diez y seis años, juntamente con los otros dos religiosos que con él vinieron, iguales en el poder e gobernación, que fueron: fray Alonso de Sancto Domingo, prior del monesterio de Sanct Joan de Ortega, que es a cuatro leguas de la cibdad de Burgos; y el otro fué fray Bernaldino de Manzanedo, prior de Monta Marta, que es a dos o tres leguas de Zamora.

Y llegaron a esta cibdad de Sancto Domingo poco antes de Pascua de Navidad del año de mill e quinientos e diez y seis años, e aposentáronse en el monesterio de Sanct Francisco. Y notaron mucho que, estando en maitines con los frailes franciscos la noche de Navidad, hobieron tanto calor que sudaron. Y aquel día, a comer les dieron los frailes uvas frescas y higos acabados de coger de las parras y higueras; las cuales fructas y calor son acá comúnmente en tal tiempo; cosa jamás oída ni vista en los reinos de España ni en todo Europa. Aunque se lee (segund dice el maestro Olchod en la glosa que hizo sobre la Esphera), que teniendo un sancto varón en Inglaterra un demonio apremiado en cierta clausura, y deseando el demonio verse libre de aquella prisión, prometió a aquel sancto hombre, la noche de Navidad, de le traer higos frescos de las Indias si le libertase de aquel encerramiento en que estaba; e así, con esta condición libertado, el demonio, en muy breve espacio de tiempo, le trujo los higos frescos que le prometió. De lo cual aquel sancto varón quedó muy maravillado, conjecturando la grand templanza de tiempo que habría donde te había cogido tal fructa, con la diferencia e rigor del frío que en el mismo tiempo era en Inglaterra, donde era natural creyendo que tierra tan templada y en tal tiempo era muy propincua y cercana al Paraíso Terrenal. Pero no creo yo que los higos serían destas nuestras Indias, porque no los hobo en ellas hasta que de España se trujeron las higueras; uvas bien podría ser, porque así en esta isla como en otras, y en la Tierra Firme, son naturales.

Tornando al propósito de la venida destos padres reverendos que, como he dicho, vinieron por visorreyes e gobernadores destas partes, enviados por el cardenal de España, que a la sazón presidía, con los Consejos Reales, en la gobernación de todos los reinos de España por Su Majestad; el cual, con muy íntimo deseo de proveer e remediar las muchas querellas y agravios que destas partes iban (de que continuo se quejaban los vasallos españoles, y los naturales también destas Indias), eligió en toda la Orden de Sanct Hierónimo estos tres religiosos que es dicho, para en todo lo que conviniese al estado de la tierra e buen tractamiento e conservación de los indios naturales destas partes todas de nuestras Indias, islas e Tierra Firme del mar Océano, e para que supiesen las pasiones de acá entre los cristianos, e lo pusiesen e toviesen en todo concierto; de manera que en lo de adelante se acertase e proveyese como al servicio de Dios nuestro Señor más conviniese, y para que la consciencia del Rey se satisfaciese e la tierra se remediase.

Con estos padres religiosos fué elegido por juez, en las cosas de la justicia civil e criminal, el licenciado Alonso Zuazo, el cual, estando ya acá los padres hierónimos, llegó a esta cibdad desde a poco tiempo, en el siguiente año de mill e quinientos e diez e siete años, a ocho de abril, miércoles de la Semana Sancta. Al tiempo que los religiosos llegaron, como en aquel tiempo la muerte del Rey Católico era reciente, los jueces de apelación que aquí residían (que ya se llamaban oidores, e su auditorio ya se decía Audiencia Real), e otras personas, desta cibdad principales, quisiéronse informar de la venida de aquellos padres hierónimos (nunca vistos en estas partes hasta entonces), e de los poderes que traían e a qué venían; y ellos, como prudentes, mostraron el poder que les era dado, y luego fué obedescido. E comenzaron a entender en sus oficios y cargos, hasta en tanto que el licenciado Zuazo vino pocos meses después, como es dicho.

Lo cual asimismo causó más admiración, porque llegado e presentado en las casas de cabildo desta cibdad con sus poderes, maravilláronse mucho, e aún dió temor a algunos, viendo que en el despacho de los negocios e pleitos civiles e criminales había de haber brevedad; e que segund la forma destos poderes, se habían de acabar e fenescer aquí, sin apelación ni otra dilación para Su Majestad en los reinos de España; y para que tomase residencia a los oidores, que eran a la sazón los licenciados Marcelo de Villalobos, e Joan Ortiz de Matienzo, e Lucas Vázquez de Ayllón, y que también la tomase a todos los otros gobernadores, jueces e justicias; e para que tomase cuenta e razón a todos los oficiales de Su Majestad y escribanos de minas e otras personas que hobiesen tenido cargos e oficios en todas estas partes, e con muy crescido salario. Por manera quél fué por el cabildo rescebido e obedescido para en todo lo contenido en sus poderes. E comenzó luego a entender en las residencias de los oidores e de los otros jueces e justicias e gobernación, e hizo sus procesos e los cerró e sentenció. Hizo hacer algunos edificios públicos; reparó los caminos e cárceles que estaban abiertas, o no como convenían, e proveyó, juntamente con el regimiento desta cibdad, cómo hobiese una barca de pasaje (que hoy hay para el río e puerto desta cibdad para la otra banda della), con otras obras públicas y provechosas a la república.

La gobernación destas cuatro personas por la forma que es dicha, fué asaz buena lo que turó, y aquellos padres lo hicieron lo mejor que Dios les dió a entender; pero también entendieron en remover indios. El remover los indios ha seído una cosa de las más peligrosas que acá ha habido para la conciencia de los gobernadores. Lo que estos padres en este caso hicieron, fué sancto, porque los quitaron a todos los caballeros y privados a quien el Rey Católico había mandado darlos, y no los dejaron a ninguna ausente, e diéronlos a los pobladores e vecinos de la isla; e hiciéronlos reducir en pueblos, a causa que les fuesen mejor administrados los sacramentos estando juntos, e fuesen informados de las cosas de nuestra sancta fe.

Sobre este servicio de los indios ha habido muy grandes altercaciones en derecho entre famosos legistas, e canonistas e teólogos, religiosos, e perlados de mucha sciencia e conciencia, diciendo si deben servir o no estos indios, e si son capaces, o no; e si esos a quien se encomiendan los tienen con buena conciencia, o no; e con qué calidades e limitaciones se deben admitir, o concederse tal tutela. Pero cómo han seído muy diferentes en las opiniones en esta disputa, ningún provecho se ha seguido a la tierra ni a los indios.

Hallaron estos padres hierónimos grandes quejas por causa de un repartimiento general que Rodrigo de Alburquerque6, primo del licenciado Luis Zapata (que a la sazón era el más principal en el Consejo del Rey), había fecho con parescer del tesorero Miguel de Pasamonte. Este Rodrigo de Alburquerque era vecino de la cibdad de la Concepción de la Vega en esta isla, e con favor del dicho licenciado, hobo provisión del Rey Católico para repartir los indios, con parescer y voto del tesorero Miguel de Pasamonte, y con facultad de poder enmendar otro repartimiento que había fecho antes el Almirante, don Diego Colom. Pero tantas e más quejas resultaron desta enmienda, como de lo que el Almirante había primero fecho e repartido. Y en la verdad esto es de calidad que del postrero repartidor de los indios ha de haber más quejas, aunque sea mejor mirado, que lo primero; porque el mudar la costumbre (y especial en los indios), es cortarles la cabeza; e así quedó la tierra muy dagnificada en toda esta isla. Y cómo estos padres hierónimos eran servidores de Dios, pensando de lo enmendar, lo remendaron, e pusieron los indios en pueblos, quitándolos de sus asientos; que fué harto daño, porque todos estos remedios resultan en mayor perdición de aquesta gente. Porque, cómo los cristianos vían tantas mudanzas, e no había seguridad que les habían de turar los indios y dejárselos, o los trabajan demasiadamente, o no los tractaban como los tractaran si no temieran estas revoluciones que tan a menudo se hacían. E aunque algunos comedidos e católicos lo hiciesen bien, otros los desfructahan e acosaban de manera (con excesivos trabajos e de otras formas) que presto se morían.

Pero, así como se reducieron a pueblos, les sobrevinieron unas viruelas tan pestilenciales, que dejaron estas islas e las otras comarcanas, Sanct Joan, Jamaica e Cuba, asoladas de indios, o con tan pocos, que paresció un juicio grande del Cielo. Débese creer que la intención de aquellos tres religiosos hierónimos fué sancta, e yo así lo tengo por cierto; porque quitarlos a los caballeros e privados ausentes fué sanctísimo, e si algunas mudanzas hicieron o proveyeron, fué con celo caritativo, por aprovechar a los mismos indios y que mejor e más tiempo se sustentasen. E si los quitaban a los señores e caballeros que se estaban en España gozando destos sudores ilícitos, e sirviéndose dellos por mano de criados e de cobdiciosos mayordomos, dábanlos estos padres a los vecinos e pobladores de la isla, e a los que habían pacificado e conquistado la tierra e la poblaban.

Pero esta gente destos indios de sí misma es para poco, e por poca cosa se mueren, o se ausentan e van al monte; porque su principal intento (e lo que ellos siempre habían hecho antes que los cristianos acá pasasen), era comer, e beber, e folgar, e lujuriar, e idolatrar, e ejercer otras muchas suciedades bestiales; de las cuales e de sus ritos e cerimonias se dirá en su lugar adelante.

 

CAPITULO III

De cómo la Cesárea Majestad dió licencia en cierta forma al almirante don Diego Colom, que tornase a esta cibdad de Sancto Domingo e isla Española, e otras cosas.

Después que el rey don Carlos, nuestro señor, vino en buena hora a España, el año de mill e quinientos e diez y siete, e fué después, en el de diez e nueve, elegido por Rey de los romanos e futuro Emperador (la cual nueva supo Su Majestad en la cibdad de Barcelona), estaba allí el almirante don Diego Colom entendiendo en su despacho, e litigando con el fiscal real sobre sus preeminencias e privilegios. E sin descidirse la causa, le dió Su Majestad licencia, el año de mill e quinientos y veinte, en La Coruña, desde donde Su Majestad se embarcó a la sazón para volver a Flandes. E por aquella licencia volvió el almirante don Diego Colom a esta cibdad en cierta forma, el cual estaba en España desde el año de mill e quinientos e quince, cinco años había. Pero, non obstante su venida, todavía quedó esta Audiencia, como Real Chancillería, en su preeminencia e superioridad, y de la misma manera se despachaban ya los negocios que a ella concurrían, como agora lo hacen, aunque después acá se le ha traído el sello real.

Poco antes había el Emperador nuestro señor enviado a llamar a los padres hierónimos que se fuesen a España; e así lo hicieron algunos meses antes que el Almirante aquí volviese, teniéndose Su Majestad por muy servido dellos en lo que tocó la gobernación; porque en la verdad aprovecharon mucho e dieron industria (con que se aumentaron los ingenios de azúcar desta isla), en favorescer a los que los fundaban, e ayudaban a los buenos vecinos, e los allegaban, como personas notables e de buen celo e sancto propósito. Pero es de saber que cuando continuaron éstos religiosos y el licenciado Alonso Zuazo esta jurisdición e gobernación, acaesció que estos padres llegados a esta isla, e informados de los graves daños e muertes que sobrevenían a los indios naturales destas partes, que estaban encomendados a caballeros e perlados que residían en España e que tenían favor, e aun algunos dellos a cargo los negocios del Estado destas partes. Porque como los indios eran tractados por criados e mayordomos de los tales caballeros, y por ellos deseado el oro que se cogía con las vidas destos indios e gente miserable, escrebían a las personas principales de acá, e a sus mayordomos, que les enviasen oro; y cómo todos los principales oficiales de acá eran favorescidos de aquellos señores, el fin de todos ellos era adquirir y enviar y rescebir oro, por lo cual se daba excesivo trabajo e mal tractamiento, a esta causa, a los indios; e morían todos o tantos dellos, que de los repartimientos que cada cual tenia en número de doscientos e trescientos indios, brevemente este número era consumido y acabado, e tornado a rehacer de los otros indios que estaban encomendados a los casados e vecinos destas partes; en manera que los repartimientos de los pobladores se iban disminuyendo, e los de los caballeros acrescentando; y de los unos y de los otros, todos morían con el mal tractamiento: que fué potísima causa para grand parte de su total destruición e acabamiento.

Pues como los caballeros fueron certificados de cómo los padres hierónimos les habían quitado los indios, enviaron luego a la Cesárea Majestad (que a la sazón aún estaba en sus señoríos de Flandes e no era venido a España), e díjose que ganaron cierta cédula o provisión, endereszada al licenciado Zuazo, para que él conosciese desta causa e restituyese todos los indios que se les habían quitado a los caballeros ausentes y que primeramente les estaban encomendados. Pero ello no se hizo, ni se les restituyeron; porque informado el Rey de la verdad, hobo por bien lo que estaba hecho. E habiendo respecto a no dar causa para que aquella miserable gente e indios que a los caballeros de Castilla estaban encomendados, con el mal tractamiento que les era hecho, en muy breve peresciesen si les fuesen restituidos como Su Majestad lo mandaba, sobreseyó el licenciado en la ejecución de las provisiones a él dirigidas, e informó a Su Majestad de lo que acerca desto pasaba, e de cómo los más destos indios se habían quitado a personas que habían seido conquistadores en esta isla, y estaban casados e avencidados en ella, e que los tenían e tractaban como a hijos; e cómo después que les fueron quitados y puestos en poder de los mayordomos de los caballeros, y que no tenían respecto a más de sacar oro para enviar a Castilla a sus señores (que iba teñido con la sangre destos indios), todos ellos perescían, y los españoles, cuyos fueron, sin ellos quedaban desaturdías e desamparaban la tierra; e la población de aquesta isla se destruía e desminuía. De lo cual certificado Su Majestad, tuvo en mucho servicio lo hecho, e disimuló en la importunación de los que pedían los indios.

Pues cómo esto llegó a noticia de los caballeros, sintiéronlo mucho por perder gran cantidad de oro que en cada año, con el trabajo destos indios, les era enviado. Y por esto tuvo creído el licenciado Zuazo que no faltaron en España solicitadores para ser removido del cargo. E vino proveído para le tomar residencia el licenciado Rodrigo de Figueroa, hombre asaz astuto y no poco cobdicioso, segund después paresció por los cargos que en su residencia le fueron fechos e probados (como adelante se dirá). Así que, llegado a esta isla el año de mill e quinientos y veinte, con las informaciones que traía de España contra el licenciado Zuazo, halló acá muy grand parte para le destruir en algunos de los principales desta isla. E comenzóse la residencia, e apercibiéronse en ella todas las cibdades e villas desta isla e de las otras comarcanas, e fuéronle puestas muchas demandas e acusaciones civiles e criminales, e de muy excesivas cantidades; pero él se dió tan buen recabdo en la defensa de su limpieza, que, finalmente, todos los pleitos conclusos, con otros muchos que se dejaron de seguir, se sentenciaron por el licenciado Rodrigo de Figueroa en favor del licenciado Zuazo; aunque fué muy perseguido de los criados e servidores de aquellos caballeros a quien se habían quitado los indios (como ya se dijo), con acuerdo de los padres hierónimos en no se los querer tornar, el licenciado Zuazo, mandándolo Su Majestad (por más le servir). Y es de saber que el licenciado Figueroa fué pedido por los enemigos de Zuazo, y escogido como persona muy rigurosa para que le destruyese; y aunque él vino con intención de no le perdonar alguna cosa o culpa, por venial que fuese, nunca pudo ni hobo lugar de le ofender, por la rectitud que había usado en su oficio.

Estando las cosas en estos términos, y el licenciado Zuazo viéndose entre sus émulos e personas que, por lo que tengo dicho e casos que resultan contra los buenos jueces que administran justicia, en alguna manera como desfavorescido y sin cargo, aunque con mucho favor de todos los pobres y de aquellas personas a quien había administrado justicia en sus pleitos e causas, e viendo aún a otros muchos que tomaban las piedras en las manos contra él, a ejemplo de nuestro Redemptor, ascondióse de todos ellos e pasóse a la isla de Cuba, con poder que le dió el almirante don Diego Colom para la gobernar; en el cual oficio se hobo como adelante se dirá en el lugar que convenga.

Así que, ido el licenciado Zuazo a Cuba, quedó absoluto en la gobernación desta isla aquel juez de residencia, llamado el licenciado Rodrigo de Figueroa, el cual no dejó de qué se le pudiese dar gracias en cuanto acá estuvo, puesto que no le turó tanto el cargo como él quisiera. Yo pasé por esta cibdad el año de mill e quinientos y veinte, yendo a la Tierra Firme, e supe de los desta cibdad, e aun de algunos de los principales della, que era juez muy perjudicial e cobdicioso. E dije a quien esto me decía, que por qué no daban noticia de aquello a Su Majestad, para que lo mandase remediar, e fuéme respondido estas palabras: "¿Cómo nos han de creer? Que nosotros le pedimos." Luego bien dije de suso que había seído juez granjeado e pedido por apasionados contra Zuazo. Y así, este juez, como conoscía él de sus obras que no había de permanescer en el cargo que tenía, recogió todo el oro e perlas que él pudo asir, e fuese a España (o mejor diciendo, hiciéronle ir, porque su cobdicia era insaciable, e su conversación no de juez que se debiese comportar); porque, después que en esta cibdad le fué tomada residencia, e le pusieron muchas demandas en ella, e acusaciones criminales, fué condepnado en muchas de ellas; e apeló para el Real Consejo de Indias, que reside en la corte de Su Majestad, e allí se vido su residencia, de la cual resultó una sentencia contra él, pronunciada en la cibdad de Toledo, año de mill e quinientos e veinte e cinco, bien rigurosa e fea, condenándole en cuatro tantos de cohechos e robos que había llevado en esta cibdad de Sancto Domingo e en esta Isla Española, con otras condenaciones de penas pecuniarias no bien sonantes, e privándole de tener oficio de juzgado real. La cual sentencia original yo vi e leí, firmada de los señores del Consejo Real de Indias, en aquella misma sazón en Toledo; desde donde este licenciado se fué a Sevilla en fiucia de un amigo suyo, natural de Zamora, de donde era, el cual gobernaba la Casa del duque de Medina Sidonia, y éste se llamaba el comendador Alonso de Sotelo, el cual le metió por letrado de la Casa e Estado de Medina Sidonia, donde murió desde a poco tiempo.

CAPITULO IV

En que se tracta la rebelión de los negros e del castigo que el almirante don Diego Colom hizo en ellos, etc.

Fué un caso de mucha novedad en esta isla, e principio para mucho mal, si Dios no lo atajara, la rebelión de los negros; y no sería razón que cosa tan señalada se dejase de 'escrebir; porque si se callase la forma de cómo pasó, también se callaría el servicio que algunos hombres de honra de aquesta cibdad en ello hicieron. Y porque esta culpa no se me pueda dar, ni se crea que queda por mí de inquerir la verdad del fecho, diré lo que en este caso he podido saber de personas que en ello pusieron las manos; y tenga por cierto el que lee, que si algo se deja de decir, que será por falta de los que informan y no del que escribe. Así que, diré lo sustancial deste movimiento y alteración de los negros del ingenio del almirante don Diego Colom: que por sus esclavos fué principado este alzamiento (y no por todos los que tenía). E diré lo que del mismo almirante e de otros caballeros e hombres principales supe desta materia; y es aquesto.

Hasta veinte negros del almirante, y los más de la lengua de los jolofes, de un acuerdo, segundo día de la Natividad de Cristo, en principio del año de mill e quinientos e veinte e dos, salieron del ingenio e fuéronse a juntar, con otros tantos que con ellos estaban aliados, en cierta parte. E después que estovieron juntos hasta cuarenta dellos, mataron algunos cristianos que estaban descuidados en el campo e prosiguieron su camino para adelante, la vía de la villa de Azua.

Súpose luego la nueva en esta cibdad, por aviso que dió el licenciado Cristóbal Lebrón, que estaba en un ingenio suyo. Y sabido el mal propósito e obra de los negros, luego cabalgó el almirante en seguimiento dellos, con muy pocos de caballo y de pie. Pero, por la diligencia del almirante e buen proveimiento desta Audiencia Real, fueron tras él todos los caballeros e hidalgos, e los que hobo de caballo en esta cibdad e por la comarca; y el segundo día después que aquí se supo, fué a parar el almirante a la ribera del río de Nizao, e allí se supo que los negros habían llegado a un hato de vacas de Melchior de Castro, escribano mayor de minas e vecino desta cibdad, nueve leguas de aquí; donde mataron a un cristiano, albañir7, que estaba allí labrando, e tomaron de aquella estancia un negro e doce esclavos otros indios, e robaron la casa; y hecho todo el daño que pudieron, pasaron adelante, haciendo lo mismo y pesándoles de lo que no se les ofrescía para hacerlo peor.

Después que en el discurso de su viaje hobieron muerto nueve cristianos, fueron a asentar real a una legua de Ocoa, que es donde está un ingenio poderoso del licenciado Zuazo, oidor que fué en esta Audiencia Real, con determinación que el día siguiente, en esclaresciendo, pensaban los rebeldes negros de dar en aquel ingenio e matar otros ocho o diez cristianos que allí había, e rehacerse de más gente negra. E pudiéronlo hacer, porque hallaran más de otros ciento e veinte negros en aquel ingenio; con los cuales si se juntaran, tenían pensado de ir sobre la villa de Azua y meterla a cuchillo y apoderarse de la tierra, juntándose con otros muchos más negros que en aquella villa hallaran de otros ingenios. E sin dubda se juntaran a su mal intento, si la Providencia Divina no lo remediara de la manera que lo remedió.

Así que, llegado el almirante a la ribera del Nizao, como he dicho, e sabidos los daños ya dichos que los negros iban haciendo por el camino que llevaban, acordó de parar allí aquella noche, porque la gente que con él iba reposase, e los que atrás quedaban le pudiesen alcanzar, para partir de allí otro día, al cuarto del alba, en seguimiento de los malfechores.

Es de saber que entre los que allí se hallaron con el almirante estaba Melchior de Castro, vecino desta cibdad, al cual habían fecho en su hacienda y estancia el daño que se dijo de suso; e cómo le dolía su proprio trabajo (demás e allende del general de todos que se aparejaba), acordó de se adelantar con dos de caballo, sin decir cosa alguna al almirante (porque creyó que si le pedía licencia, no se la daría ni le dejaría ir tan solo adelante), quedando el almirante donde es dicho. E secretamente se salió del real, e fué a su estancia e hato de sus vacas, y enterró el albañir que allí habían matado los negros, e halló su casa sola e robada. Allí se juntó con él otro cristiano de caballo, e determinó de ir adelante; e desde allí envió a decir al almirante que él se iba en seguimiento de los negros con tres de caballo que con él estaban, y que le suplicaba que le enviase alguna gente, porque él iba con determinación de entretener los negros, en tanto que los cristianos con su señoría llegasen, puesto que él y los que con él iban eran pocos. Sabido esto por el almirante, le envió luego nueve de caballo e siete peones, los cuales le alcanzaron; e juntados con Melchior de Castro, fueron por todos doce de caballo, e siguieron a los negros hasta donde es dicho que estaban.

Entre esta gente de caballo que el almirante envió a tener compañía a Melchior de Castro para detener los negros rebelados, fué el principal Francisco Dávila, vecino desta cibdad, que agora es uno de los regidores della. E prosiguiendo su camino, al tiempo que el lucero del día salía sobre el horizonte, se hallaron a par de los negros. Los cuales, así como sintieron estos caballeros, se acaudillaron, e con gran grita, fechos un escuadrón, atendieron a los de caballo. Los caballeros, viendo la batalla aparejada, sin atender al almirante, por las causas que es dicho e no esperar que los negros se juntasen con los de aquel ingenio, determinaron de romper con ellos, e embrazaron sus daragas, e puestas sus lanzas de encuentro, llamando a Dios y al apóstol Santiago, todos doce de caballo fechos un escuadrón de pocos jinetes en número, pero de animosos varones, estribera con estribera, a rienda tendida, dieron por medio del batallón contra toda aquella gente negra, que los atendió con mucho ánimo para resistir el ímpetu de los cristianos; pero los caballeros los rompieron, e pasaron de la otra parte. E deste primero encuentro cayeron algunos de los esclavos; pero no dejaron por eso de juntarse encontinente, tirando muchas piedras e varas e dardos, e con otra mayor grita atendieron el segundo encuentro de los caballeros cristianos. El cual no se les dilató, porque, no obstante su resistencia de muchas varas tostadas que lanzaban, revolvieron luego los de caballo sobre ellos, con el mismo apellido de Sanctiago, e con mucho denuedo dando en ellos, los tornaron a romper, pasando por medio de los rebelados. Los cuales negros, viéndose tan emproviso apartados unos de otros, e con tanta determinación e osadía de tan pocos e tan valientes caballeros acometidos e desbaratados, no osaron esperar el tercero encuentro que ya se ponía en ejecución. E volvieron las espaldas, puestos en huida por unas peñas e riscos que había creta de donde este vencimiento pasó, e quedó el campo e la victoria de los cristianos, e allí tendidos, muertos, seis negros, e fueron heridos dellos otros muchos. Y al dicho Melchior de Castro le pasaron el brazo, izquierdo con una vara y quedó mal herido.

E los vencedores quedaron allí en el campo hasta que, fué de día, porque, como era de noche y muy escura, e la tierra áspera e arborada en partes, no pudieron ver a los que huían ni por dónde iban; pero sin se apartar del mismo lugar donde esto había pasado, hizo llamar Melchior de Castro, por voz de un vaquero suyo, al negro e indios suyos que le habían robado los negros de su estancia; e luego como conoscieron la voz del que los llamaba, los recogió e se vinieron todos, porque estando ahí cerca, escondidos entre las matas, e de oírle e conoscerle en la voz se aseguraron, y se fueron a su señor con mucho placer.

Así como fué de día claro, Melchior de Castro e Francisco Dávila e los otros pocos de caballo que en este trance honroso se hallaron, se fueron al ingenio del licenciado Alonso Zuazo a reposar. E llegó el almirante e la gente que con él iban, aquel día cuasi a hora de vísperas; y de lo que hallaron fecho, todos los cristianos dieron muchas gracias a Dios Nuestro Señor por la victoria habida. Porque, aunque estos negros rebelados no eran de mucho número, iban encaminados, con su mala intención e obra, donde dentro de quince días o veinte, no yéndoles a la mano, fueran tantos y tan malos de sobjuzgar, que no se pudiera hacer sin gastar tiempo y muchas vidas de cristianos. Sea Dios loado por el buen subceso desta victoria, que en calidad fué grande.

El almirante mandó a Melchior de Castro que se viniese a esta cibdad de Sancto Domingo para que se curase, como lo hizo. Y quedando el almirante en el campo, hizo buscar con tanta diligencia los negros que habían escapado de la batalla y eran culpados, que en cinco o seis días se tornaron todos, e mandó hacer justicia dellos, e quedaron sembrados a trechos por aquel camino, en muchas horcas. Pero como los que escaparon de la batalla se habían metido en partes ásperas, fué nescesario que los siguiese gente de pie, de la cual fué por capitán Pero Ortiz de Matienzo, el cual los siguió e peleó con ellos, e mató a algunos, e prendió a aquellos de quien se hizo la justicia que he dicho. Y en la verdad, este hidalgo se hobo como muy varón en esto, segund la dificultad e aspereza de la tierra donde los alcanzó e desbarató a los fugitivos. Por manera que la diligencia de Melchior de Castro (mediante Dios y el esfuerzo dél y de Francisco Dávila, que fué en su ayuda e socorro por capitán, como es dicho, de aquellos ocho caballeros, que juntados con Melchior de Castro todos fueron doce de caballo), salió el vencimiento a tan buen fin e victoria como es dicho, y el castigo hobo perfecta ejecución por el animoso ejecutor que siguió los negros e mató parte dellos e prendió los restantes para colocallos en la horca e horcas.

Y fecho este castigo, el almirante se tornó a esta cibdad: en lo cual él cumplió muy bien con el servicio de Dios y de Sus Majestades y con quien él era; y desta manera quedaron los negros que se levantaron penitenciados como convino a su atrevimiento e locura, e todos los demás espantados para adelante, y certificados de lo que se hará con ellos si tal cosa les pasare por pensamiento, sin que se tarde más en castigarlos de cuanto se tardare la ventura suya en descubrir su maldad.

CAPITULO V

De cómo el almirante don Diego Colom volvió a España por mandado de la Cesárea Majestad, y de cómo el licenciado Lucas Vázquez de Ayllón, oidor desta Audiencia Real, fué a cierta gobernación de Tierra Firme, donde murió, y de cómo se han subcedido otros jueces e oidores en esta Real Audiencia, e otras cosas que tocan a la historia.

Dicho se ha de la manera que el almirante segundo, don Diego Colom, volvió a esta cibdad de Santo Domingo, donde estaban por jueces en esta Chancillería e Audiencia Real los licenciados que primero se dijo, llamados Marcelo de Villalobos, Joan Ortiz de Matienzo, Lucas Vázquez de Ayllón e Cristóbal Lebrón, que estaba ya rescebido por oidor. E como no faltaron contiendas entre el almirante e los oidores sobre las cosas de la jurisdicción, fué el licenciado Ayllón a España, así sobre eso como sobre sus negocios proprios, e a procurar cierta gobernación e descubrimiento en la Tierra Firme, a la banda del Norte, que no debiera. E Su Majestad le hizo merced de la capitanía general e gobernación, e le dió el hábito de Sanctiago. Y después que estuvo en la corte e hizo allá relación de las cosas de acá, envió su majestad a llamar al almirante don Diego Colom, porque habían ido algunas quejas dél. Y de quien el almirante más enojo y queja tenía era del licenciado Ayllón, porque creía que le había fecho daño con sus informaciones, seyendo mucho su amigo.

Y así se partió desta cibdad de Sancto Domingo a diez y seis días de septiembre de mill e quinientos e veinte e tres años. Llegado en España, se fué a la corte del Emperador nuestro señor, a donde llegó el año siguiente de mill e quinientos e veinte e cuatro, en el mes de enero, estando Su Majestad en la cibdad de Vitoria. E luego el almirante comenzó a entender en sus pleitos e negocios hasta que Su Majestad, después, en el año de mill e quinientos e veinte y cinco, se partió de Toledo para Sevilla.

Y al tiempo que el almirante partió de Sevilla para la corte, que fué en el mes de diciembre de mill e quinientos e veinte e tres, en la misma sazón venía el licenciado Ayllón para Sevilla, de camino para esta isla. Y venido aquí, hizo después aquella su armada para aquella su gobernación que he dicho; de donde nunca volvió, y murió allá desde a poco tiempo que llegó, con otros muchos que de mal consejados le siguieron, después de haber gastado mucha parte de su hacienda. Y en la verdad, él se ocupó en lo que le complía no meterse, porque aquí estaba rico e honrado, y era uno de los oidores desta Audiencia Real que en esta cibdad reside, y de los más antiguos en ella; e no contento desto, buscó la muerte para sí e para otros, de la manera que más particularmente se dirá en la segunda parte destas historias; porque destos descubrimientos de la Tierra Firme, hay muchas historias y cosas que notar, las cuales se reservan para en su lugar, y cuando lleguemos a ellas se dirá, de cada una en particular, lo que convenga en sus lugares proprios, porque son cosas que tocan a la segunda parte desta General y Natural Historia de Indias.

Tornando al propósito de los jueces, digo que, ido el licenciado Ayllón, quedaron residiendo en esta Chancillería, por oidores, los licenciados que primero dije, Villalobos, Matienzo e Lebrón. E no desde a mucho tiempo fué a España el licenciado Matienzo, e le proveyó Su Majestad de oidor en la Nueva España. Desde a poco tiempo murió el licenciado Villalobos, por manera que quedó esta Audiencia con sólo el licenciado Lebrón. Desde a poco fué proveído por oidor el licenciado Alonso Zuazo (del cual tengo dicho que vino a esta cibdad con los padres hierónimos), a quien tomó residencia el licenciado Figueroa; y hecha aquélla, fué por gobernador a Cuba en nombre del almirante; y desde aquella isla pasó a la Nueva España; y en el camino se perdió en las islas de los Alacranes, y de allí escapó miraglosamente e prosiguió su camino; y Hernando Cortés le dió cargo de la justicia de la Nueva España; y estando allá gobernándola, fué preso y traído a la isla de Cuba a hacer allí residencia del tiempo que allí fué juez e la gobernó; e dió tal cuenta de sí como adelante se dirá, donde se tractará de muchas cosas notables que por él pasaron, en el último libro de los Infortunios y Naufragios. Así que, por su retitud e servicios e persona, la Cesárea Majestad, como gratísimo príncipe, informado de la verdad, y viendo que a su real servicio convenía que tal juez aquí en esta Real Audiencia asistiese, como hombre que tacita experiencia tenía de las cosas destas partes, se quiso servir dél por su oidor, e le mandó aquí residir. Hasta la cual elección de su persona pasaron por este caballero muchas desaventuras y trabajos, y grandes experiencias de su paciencia.

Después de lo que es dicho, entró por oidor el licenciado Gaspar de Espinosa, en lugar del licenciado Villalobos. Este vino asimismo por juez de residencia, la cual tomó a los oidores e a las otras justicias, e fué un tiempo absoluto e solo en la gobernación, aunque no bien quisto de algunos, puesto que asimesmo otros decían bien dél. Y no me maravillo de cosa que oiga decir de juez en estas partes; porque, demás de ser sólo Dios el que podría contentar a todos, siempre en las tierras nuevas son peligrosos semejantes oficios, así para el cuerpo como para el ánima.

Pasada la residencia, quedaron juntamente en esta Real Audiencia los licenciados Lebrón y Zuazo y Espinosa; pero desde a poco tiempo se pasó a vivir a la Tierra Firme, donde tenía ciertos indios de repartimiento que le servían desde que allí había seído alcalde mayor de Pedrarias Dávila, en la provincia que llaman Castilla del Oro, como más largamente se dirá, cuando de aquella tierra se tracte y escriba. Ido Espinosa donde he dicho, entró en su lugar en esta Audiencia el doctor Rodrigo Infante, e porque ya era muerto el licenciado Cristóbal Lebrón, entró en su lugar el licenciado Joan de Vadillo, que estaba en esta cibdad de Sancto Domingo desde el año de mill e quinientos e veinte y cinco, entendiendo en las cuentas y debdas de la hacienda real. Y estos tres oidores, conviene saber, licenciado Zuazo, doctor Infante y el licenciado Joan de Vadillo, residieron en esta Real Audiencia e gobernaron esta isla e otras, conosciendo de las apelaciones de mucha parte de la Tierra Firme, juntamente con el muy reverendo e noble señor el licenciado don Alonso de Fuenmayor, presidente por Sus Majestades, que llegó a esta cibdad en el tiempo que adelante se dirá; el cual, al presente, es obispo desta Sancta Iglesia.

CAPITULO VI

Del subceso e vida del segundo almirante, don Diego Colom, después que volvió a España e llegó a la corte en la cibdad Vitoria, e hasta que murió en la Puebla de Montalbán, e otras cosas concernientes al discurso desta historia.

Dicho se ha cómo el almirante segundo, don Diego Colom, fué por mandado de la Cesárea Majestad a España e llegó a la corte en el mes de enero del año de mill e quinientos e veinte y cuatro, estando el Emperador nuestro señor en la cibdad de Vitoria; e allí entendió luego en sus negocios e pleitos con el fiscal real (que de tiempo atrás pendían), todo el tiempo que Su Majestad e su Consejo Real de Indias estuvieron en aquella cibdad, e después en la de Burgos, e después en Valladolid, e después en Madrid, e últimamente en la cibdad de Toledo, hasta el año de mill e quinientos e veinte y seis, que Su Majestad se partió de allí para Sevilla. En la cual sazón, el Almirante había adolescido e estaba ya muy enfermo e flaco. E con todo su trabajo e indispusición, partido Su Majestad, se quiso ir tras él, e acordó de hacer su camino por Nuestra Señora de Guadalupe. Y dos días antes de su partida, le dije que me parescía que no acertaba en ponerse en tan largo camino estando tal como estaba; e así se lo dijeron otros sus amigos e servidores, consejándole que, pues estaba en Toledo, donde no faltaban médicos singulares ni medicinas, e las otras cosas que conviniesen para se curar, que no se fuese en manera alguna porque su mal no se aumentase; y que se estoviese quedo hasta que convalesciese e toviese salud. E respondió que se sentía mejor, y que en pensar que iba hacia las Indias, do estaban su mujer e hijos, y en ir a Sevilla la corte, le parescía que estaba ya sano; y que él se quería ir por nuestra Señora, Sancta María de Guadalupe, porque esperaba que ella le daría esfuerzo para tal jornada; y que en su bendita casa quería tener novenas, y desde ella irse tras el Emperador nuestro señor. Y aunque le fué replicado estorbándole su partida, no aprovechó, porque había de ser su fin donde Dios lo tenía ordenado. E así continuando su voluntad, determinó de hacer su camino, e partióse de Toledo un miércoles, veinte y uno de hebrero de aquel año de mill e quinientos e veinte y seis, y en una litera o andas, llegó aquel día a una villa de don Alonso Téllez Pacheco, que se llama la Puebla de Montalbán, que es a seis leguas de Toledo. E allí le aquejó luego el mal de tal manera, que el jueves siguiente ordenó su ánima como católico cristiano, el cual se había confesado e comulgado el día antes, que fué el mismo que de Toledo partió; y el viernes, que se contaron veinte y tres de hebrero, a las nueve horas de la noche, espiró con mucha contrición e acuerdo, dando gracias a Dios Nuestro Señor, e con grandísima paciencia e atención encomendándose al Redemptor e a su gloriosa Madre, dió el espíritu a Dios; y así se debe creer que su ánima fué a la celestial gloria. E quiso Nuestro Señor que para su consolación e ayudarle a bien morir, se hallasen cuatro religiosos de la Orden de Sanct Francisco con él, porque desta religión era muy devoto; y éstos estuvieron allí, acordándole lo que a su salvación convenía, hasta la última hora e punto. Así cómo espiró, sus criados tomaron su cuerpo e lleváronle a Sevilla al monasterio de las Cuevas, de la Orden de Cartuja, e pusiéronle allí en depósito, junto al cuerpo de su padre, el almirante primero don Cristóbal Colom. Desta manera que es dicho, acabó el almirante don Diego Colom esta miserable vida. E subcedió en su Casa e título su hijo mayor, don Luis Colom, tercero almirante en este Estado e Casa suya.

CAPITULO VII

De la subcesión del tercero almirante destas Indias, llamado don Luis Colom, e de cómo su madre, la virreina, fué a España a seguir los pleitos que su marido, el almirante don Diego Colom, tractaba con el fiscal real sobre sus privilegios; y de cómo vino por presidente a esta Audiencia Real el obispo de aquesta cibdad de Sancto Domingo e de la Concepción de la Vega, don Sebastián Ramírez de Fuenleal.

Cómo en esta cibdad se supo la muerte del almirante don Diego Colom, luego se llamó almirante su hijo mayor, don Luis Colom, que a la sazón sería de poco más de seis años, o no los había. Y pocos días antes había venido a esta isla, por juez de residencia, el licenciado Gaspar de Espinosa (como tengo dicho), y en tanto que aqueste juzgado le turó, él gobernó aquesta isla; y después, como en otra parte queda dicho, se pasó a la Tierra Firme. A algunos plugo de su ida, y otros le quisieran para más tiempo; pero esto es común cosa a los que son gobernados: aborrescer a quien los manda e desear nuevos jueces; e así, no le faltaron los murmuradores que tovieron otros que gobernaron antes que él, como no faltarán a los presentes y venideros.

En aquel tiempo estaba aquesta Sancta Iglesia sede vacante, y mucho antes, asimismo, el obispado de la cibdad de la Concepción de la Vega, e la Cesárea Majestad había fecho merced de ambas, debajo de una mitra, al reverendo padre fray Luis de Figueroa, prior de la Mejorada, de la Orden de Sanct Hierónimo, e murió estando eleto, e aun tomó tengo dicho, estando concedidas a despachadas las bulas. E por su fin, acordó Su Majestad de proveer de ambas dignidades e obispados, e de la presidencia desta Real Audiencia e Chancillería al licenciado don Sebastián Ramírez de Fuenleal (del cual asimismo se dijo en el precedente libro), por persona conviniente para lo espiritual e temporal; e para que el servicio de Dios e de Sus Majestades y el bien destas partes muy bien se mirase, así por su buena conciencia e letras, como por su grande experiencia. E así, Su Majestad, como estaba bien informado de su persona e obras, le escogió e envió a esta cibdad, donde residió ejercitando sus oficios como buen pastor para las ánimas e buen presidente e gobernador para todo lo demás.

Pero, como las cosas de la Nueva España tenían mucha necesidad de se ordenar e bien gobernar, envióle a mandar Su Majestad que fuese allá, como presidente de aquella Audiencia Real que reside en la gran cibdad de Méjico, para la justicia de aquellas partes e reinos; e asimismo tuvo ambos obispados. Pero así cómo llegó aquí, desde a poco tiempo salió desta Audiencia el licenciado Gaspar de Espinosa, porque él mismo diz que lo había suplicado; pero la verdad dello fué que en Tierra Firme tenía, en la gobernación de Castilla del Oro, un cacique e buenos indios que le servían desde el tiempo que él había en aquella tierra seído alcalde mayor de Pedrarias Dávila. E los de aquella gobernación se quejaban e decían que Sus Majestades no debían consentir quel licenciado Espinosa ni otro alguno que estoviese ausente toviese indios; por manera que se fué a vivir a la cibdad de Panamá, donde le servía el cacique Pacora e su gente e indios, e llevó allá su mujer e hijos. E después quel Perú se descubrió, pasó allá, donde murió en demanda deste oro que a muchos más ha quitado las vidas en estas partes, que no remediado ni hartado.

Tornando al nuevo almirante, digo que, así como la visorreina doña María de Toledo supo la muerte de su marido el almirante don Diego Colom, e le hobo mucho llorado e fecho el sentimiento e obsequias semejantes a tales personas (porque en la verdad esta señora ha seído en esta tierra tenida por muy honesta, y de grande ejemplo su persona e bondad, e ha mostrado bien la generosidad de su sangre), determinó de ir en España a seguir el pleito que su marido tenía, sobre las cosas de su Estado, con el fiscal real; y llevó consigo a su hija menor, doña Isabel, y al menor de sus hijos, llamado don Diego, y dejó en esta cibdad a su hija mayor, doña Felipa (la cual era enferma, e sancta persona), y al almirante don Luis, y a don Cristóbal Colom, sus hijos, harto niños.

Y cómo la virreina fué en España, desde a pocos días casó la hija menor que consigo llevó, doña Isabel Colom, con don Jorge de Portugal, conde de Gelves e alcaide de los alcázares de Sevilla. Llegada a la corte, halló ido al Emperador a Italia, a su gloriosa coronación en Boloña, e por la ausencia de Su Majestad, hobo de residir e entender a sus pleitos e negocios en la corte de la Emperatriz nuestra señora, de gloriosa memoria, solicitando a los señores del Consejo de Sus Majestades en los negocios del almirante don Luis, su hijo. E Su Majestad la tractó muy bien, e la favoresció, e fué rescebido don Diego Colom, su hijo menor, por paje del serenísimo príncipe don Felipe, nuestro señor, e mandaron Sus Majestades dar quinientos ducados de ayuda de costa en cada un año al almirante don Luis, en las rentas reales de aquesta isla.

Pero, porque para la segunda impresión desta primera parte o historia, vamos añadiendo y enmendando lo que le compete y el tiempo va obrando, digo que esta señora visorreina, continuando su buen propósito e siguiendo la justicia que pretendía por parte de sus hijos, litigando como quien ella era, e acordando a César, después que volvió de Italia, el grande servicio (e no como él otro jamás fecho a príncipes), como lo hizo el primero almirante, vino esta pendencia a se concertar. E el Emperador nuestro señor, descargando las reales conciencias de sus padres y abuelos y suya, como gratísimo príncipe, hizo al almirante don Luis, duque de Veragua e del golfo e islas de Cerebaro en la Tierra Firme, e dióle la isla de Jamaica con mero y mixto imperio e título de marqués della; e demás deso, le hizo merced de diez mill ducados de oro de contado en cada un año, situados en las rentas reales e derechos desta Isla Española; e el alguaciladgo mayor desta cibdad, con voto en el regimiento della, e confirmación del oficio de almirante perpetuo destas Indias, así en lo descubierto como en lo que está por descobrir. E todo lo que es dicho, con título de mayoradgo perpetuo, entera e indivisiblemente para el dicho Almirante e sus subcesores, sin que se pueda enajenar ni salir de sus legítimos herederos. E demás deso, mandó Su Majestad dar de merced un cuento de maravedís de renta en cada un año en sus derechos reales, por todos los días de sus vidas, a doña María e doña Joana Colom, hermanas del Almirante, para ayuda a sus casamientos, e otras mercedes. E dió Su Majestad el hábito de Sanctiago a don Diego Colom, menor hermano del Almirante, con cierta renta en aquella Orden militar. Lo cual todo fué negociado e concluído con la diligencia de tan buena e prudente madre como ha seído la visorreina a sus hijos, a quien sin dubda ellos deben mucho; porque, aunque esta satisfacción pendiese de los méritos e servicios del primero almirante, mucho consistió el efecto destas mercedes y su conclusión en la solicitud desta señora, e en su bondad e buena gracia para lo saber pedir e porfiar. A lo cual ayudó asaz el mucho e cercano debdo que la visorreina tiene con Sus Majestades; porque su padre della y el Rey Católico fueron primos, hijos de dos hermanas, ambas hijas del almirante de Castilla, don Fadrique Enríquez.

Luego que se hobo dado el asiento que es dicho en los letigios del Almirante, casó la visorreina a doña Joana Colom, su hija, con don Luis de la Cueva, hermano del duque de Alburquerque tercero; el cual don Luis fué capitán de la guarda de la persona de César, e muy acepto a Su Majestad, e muy valeroso caballero.

Tornando a la gobernación desta isla e Audiencia Real, digo que, ido el obispo presidente a la Nueva España, segund he dicho, pesó a muchos dello, e a otros plugo; porque los unos no le quisieran tan justo, y los otros le quedaron deseando. Y sirvió tan bien en aquel camino en las cosas de la Nueva España, que pocos le loan al presente, por las ordenaciones o parescer que dicen que dió de quitar los indios a los conquistadores, de que han resultado e habido muchas novedades en aquella tierra. Lo cual, mediante la prudencia del visorrey, don Antonio de Mendoza, avisado Su Majestad de la verdad, lo proveyó de manera que, revocando algunas cosas de las que el obispo dejó en su tiempo, aquellas tierras se han remediado y mucho asegurado. Con que, después que Su Majestad hizo visorrey dellas al señor don Antonio de Mendoza, mandó ir al obispo a Castilla, le hizo merced del obispado de León, e le hizo su presidente de la Real Audiencia e Chancillería que reside en la villa de Valladolid; por ausencia del cual, ido de aquí, quedó esta Audiencia Real de Sancto Domingo con los tres oidores que he dicho: el licenciado Alonso Zuazo, e el doctor Rodrigo Infante, y el licenciado Joan de Vadillo. Los cuales después gobernaron esta isla con parte de la Tierra Firme, como personas de experiencia e letras, e tales como conviene ser en tan alto oficio e tribunal, residiendo en esta cibdad de Sancto Domingo hasta los catorce de diciembre de mill e quinientos e treinta e tres años que llegó a esta cibdad el muy reverendo e noble señor, el licenciado Alonso de Fuenmayor, por presidente de Sus Majestades en esta Real Chancillería, donde fué rescibido al oficio e gobernación, e presidiendo con los oidores que es dicho.

Desde a algún tiempo, por la tiranía de García de Lerma, gobernador en Tierra Firme de la provincia de Sancta Marta, fué allá, por mandado de Sus Majestades, a le castigar, el doctor Infante; e después que tornó aquí, desde a poco tiempo, murió. El licenciado Vadillo fué a tomar residencia a Pedro de Cartagena, e quedó esta Audiencia con el presidente o el licenciado Zuazo, hasta que el postrero día del mes de mayo del año que pasó de mill e quinientos e treinta y ocho años, llegó a esta cibdad el licenciado Alonso de Cervantes, al cual envió Su Majestad por su oidor en lugar e por fin del doctor Infante. Después de lo cual, a los trece de marzo del año siguiente de mill e quinientos e treinta y nueve, llevó Dios al licenciado Alonso Zuazo, e quedó esta Audiencia con el señor presidente e con el licenciado Cervantes, hasta que Su Majestad proveyese a otro, e que volviese Vadillo o quien Su Majestad fuese servido.

Aquí llegué con esta materia, cuando esto se escribía en limpio, en fin de marzo del año de mill e quinientos e treinta e nueve; en el cual tiempo se tenía aviso que Su Majestad Cesárea había fecho merced al señor presidente, el licenciado don Alonso de Fuenmayor, de los dos obispados desta isla, como los tuvo el presidente pasado (que son el de aquesta cibdad y el de la cibdad de la Concepción de la Vega), méritamente. Dios le dé gracia para ambas administraciones, porque, así como son diversos los gladios espiritual e temporal, así es menester muy mayor cuidado, y con más trabajo y vela la administración para quel clero e los seglares se conserven. Pero, como Dios ha de ser la guía, El le dará a este señor el favor que conviene para que en todo acierte; pues que es letrado e de buena casta, e naturalmente noble persona, e celoso del servicio de Dios e de Sus Majestades.

Después de lo ques dicho, vino por oidor de Sus Majestades desta Real Audiencia el licenciado Guevara, en lugar de Zuazo, e tornó Vadillo de Tierra Firme.

Mas, porque es tiempo de pasar a otras materias de dulce lección e de muchos secretos de Naturaleza, acábese lo que queda por decir de aquesta isla, que son cosas notables e no dignas de preterir ni dejar en olvido. E para dar más particular razón de lo que atrás se tocó del azúcar, quiero decir como hobo origen en esta isla (antes que pasemos a otras particularidades), pues que aquesta es una de las muy importantes e ricas granjerías destas partes, y aquí mayor que en ninguna provincia de todas las Indias.

CAPITULO VIII

Que tracta de los ingenios e trapiches de azúcar que hay en esta Isla Española, y cuyos son y de qué manera hobo principio esta rica granjería en aquesta partes, y primero en esta isla.

Pues aquesto del azúcar es una de las más ricas granjerías que en alguna provincia o reino del mundo puede haber, y en aquesta isla hay tanta e tan buena y de tan poco tiempo acá así ejercida e adquirida, bien es que (aunque la tierra e fertilidad della, y el aparejo grande de las aguas e la dispusición de los muy grandes boscajes de leña para tan grandes y continuos fuegos, sean tan al propósito como son para tales haciendas), que tanto más sean las gracias y el premio que se debe dar a quien lo enseñó e puso primero por obra. Pues todos tovieron los ojos cerrados hasta que el bachiller Gonzalo de Velosa, a su propria costa de grandes y excesivos gastos, segund lo que él tenía, e con mucho trabajo de su persona, trajo los maestros de azúcar, a esta isla, e hizo un trapiche de caballos, e fué el primero que hizo hacer en esta isla azúcar; e a él sólo se deben las gracias, como a principal inventor de aquesta rica granjería. No porque él fuese el primero que puso cañas de azúcar en las Indias, pues algún tiempo antes que él viniese, muchos las habían puesto e las criaban e facían mieles dellas; pero fué, como he dicho, el primero que hizo azúcar en esta isla, pues por su ejemplo, después, otros hicieron lo mismo. El cual, como tuvo cantidad de caña; hizo un trapiche de caballos en la ribera del río de Nigua, e trujo los oficiales para ello desde las islas de Canaria, e molió e hizo azúcar primero que otro alguno.

Pero, la verdad desto inquiriendo, he hallado que dicen algunos hombres de crédito e viejos, que hoy viven en esta cibdad, otra cosa e afirman que el que primero puso cañas de azúcar en esta isla fué un Pedro de Atienza, en la cibdad de la Concepción de la Vega, y que el alcaide de la Vega, Miguel Ballester, natural de Cataluña, fué el primero que hizo azúcar. E afirman que lo hizo más de dos años antes que lo hiciese el bachiller Velosa; pero, junto con esto, dicen que lo que hizo este alcaide fué muy poco, e que todo, lo uno e lo otro, hobo origen de las cañas de Pedro de Atienza. De manera que, de la una e de la otra forma, esto que está dicho es el fundamento o principio original del azúcar en esta isla e Indias; porque deste comienzo que a ello dió Pedro de Atienza, se multiplicó para llegar esta granjería al estado en que agora está, e cada día se aumenta y es mayor, puesto que de quince años a esta parte, algunos ingenios han quebrado e se deterioraron por las causas que en su lugar se dirá; pero otros se han perficionado.

Así como por aquél se fué mejor entendiendo esta hacienda, juntáronse con él el veedor Cristóbal de Tapia, e su hermano el alcaide desta fortaleza, Francisco de Tapia, e todos tres hicieron un ingenio en el Yaguate, legua e media de la ribera del río Nizao. E desde a algún tiempo se desavinieron, y el bachiller les vendió su parte a los Tapias. Después, el veedor vendió la suya a Joan de Villoria, el cual después la vendió al alcaide Francisco de Tapia, y quedó en sólo él este primero ingenio que hobo en esta isla.

Como en aquel tiempo o principios no se entendía tan bien como convenía la necesidad que tales haciendas tienen de muchas tierras y de agua e leña e otras cosas que son anejas a tal granjería (de lo cual todo allí no había tanto como era menester), despobló el alcaide Francisco de Tapia aqueste ingenio, e pasó el cobre o caldereras e petrechos, e todo lo que pudo, a otro mejor asiento, en la misma ribera de Nigua, a cinco leguas desta cibdad, donde hasta quel dicho alcaide murió, tuvo un muy buen ingenio e de los poderosos que hay en esta isla.

Porque no se repita muchas veces lo que agora diré, ha de notar el lector en este ingenio, para todos los otros, por este aviso, que cada ingenio de los poderosos e bien aviados, demás e allende de la mucha costa e valor del edificio e fábrica de la casa en que se hace el azúcar, e de otra grande casa en que se purga e se guarda, hay algunos que pasan de diez e doce mill ducados de oro e más, hasta lo tener moliente e corriente. Y aunque se diga quince mill ducados, no me alargo, porque es menester tener, a lo menos, continuamente ochenta o cient negros, e aun ciento e veinte e algunos más, para que mejor anden aviados; e allí cerca un buen hato o dos de vacas, de mill o dos mill o tres mill dellas que coma el ingenio; allende de la mucha costa de los oficiales e maestros que hacen el azúcar, y de carretas para acarrear la caña al molino e para traer leña, e gente continua que labre el pan e cure e riegue las cañas, e otras cosas necesarias y de continuos gastos. Pero, en la verdad, el que es señor de un ingenio libre e bien aviado, está muy bien e ricamente heredado; e son de grandísima utilidad e riqueza para los señores de los tales ingenios.

Así que éste fué el primero ingenio que hobo en esta isla; e es de notar que hasta que hobo azúcares en ella, las naos tornaban vacías a España, e agora van cargadas della e con mayores fletes de los que para acá traen, e con más ganancia. Y pues esta hacienda se comenzó en la ribera del Nigua, quiero decir los demás ingenios que están a par del mismo río.

Otro poderoso ingenio hay en la misma ribera del río Nigua que es del tesorero Esteban de Pasamonte e sus herederos, que es uno de los mejores e más poderosos desta isla, así en edificio como en lo demás, de muchas aguas e montes y esclavos y todo lo que le conviene, el cual está siete leguas desta cibdad.

En la misma ribera de Nigua, más bajo del que se dijo de suso, está otro ingenio muy bueno que hizo Francisco Tostado, a seis leguas desta cibdad, que quedó a sus herederos, e es muy gentil hacienda, e tiene todo lo que le es necesario.

En esta misma ribera de Nigua hay otro ingenio de los mejores e más poderosos desta isla, el cual está cerca de la boca de la mar, a cuatro leguas y media desta cibdad de Sancto Domingo; el cual es del secretario, Diego Caballero de la Rosa, regidor desta cibdad; heredad, en la verdad, mucho de ver y de presciar, así por su asiento como por otras calidades que tiene.

Encima de la ribera de Nigua, en el río que llaman Yaman, ocho leguas desta cibdad, está á otro gentil ingenio que hizo Joan de Ampiés, ya defunto, factor que fué de Sus Majestades y regidor desta cibdad; el cual es agora de doña Florencia de Avila e de sus herederos del dicho factor.

Otro ingenio, y de los mejores desta isla, tiene el duque almirante don Luis Colom. Pero, porque esta granjería de azúcar e ingenios della se comenzó en la ribera del río Nigua, por decir todos los que hay en ella, e otro que con ellos confina, que son los cinco de suso nombrados, no se puso el del Almirante al principio, como es razón que, en todo lo que toca a Indias, preceda su persona a todos, pues que cuantos tienen de comer en ellas e lo han ganado con ellas, le deben el primero lugar; pues su abuelo fué causa de todo lo que en estas partes se sabe, e lo enseñó e descubrió para todos los que lo gozan. Pero, como he dicho, por llevar la materia ordenada, fué necesario hablar primero en el ingenio del alcaide Francisco de Tapia, e tras aquél, proseguir en lo que está dicho; y porque cuando éste del Almirante se hizo, ya había otros ingenios en esta isla. Aqueste fundó y edificó el segundo almirante, don Diego Colom, a cuatro leguas desta cibdad, donde dicen la Isabela Nueva; y después, su mujer, la señora visorreina doña María de Toledo, lo pasó donde agora está, que es en mejor asiento e más cerca desta cibdad, desde el cual, en tres o cuatro horas, este río abajo, en barcas traen el azúcar e lo meten en las naos: que es muy gran calidad e ventaja a cuantos ingenios acá hay.

Otro ingenio fundaron los licenciados Antonio Serrano, regidor que fué desta cibdad, e Francisco de Prado, que después fué del contador Diego Caballero, regidor que fué desta cibdad, y al presente, por nueva merced de la Cesárea Majestad, es mariscal desta isla. El cual, como acordó de se ir a España, desamparó el dicho ingenio e se perdió; porque, como fué fundado por letrados legistas, y de semejante materia el Bartulo no les dejó algún documento, erraron el artificio; porque ni comprehendieron las calidades que había de tener tal granjería, ni sus bolsas eran bastantes para la sostener ni aviar el ingenio. Cuanto más que, por la incomodidad del asiento, era la costa mayor que la ganancia. E cómo el segundo señor desta hacienda la entendió mejor, la desbarató después que se aprovechó de lo que pudo della, así de los negros e vacas, como de parte de los pertrechos, y como prudente, quiso más perder la parte quel todo.

Otro ingenio se fundó a tres leguas desta cibdad, y un tiempo se pensó que fuera muy bueno, porque así lo mostró, e molió cantidad de azúcar; pero también fué fundado sobre leves, cerca de la ribera de Haina. El cual edificaron el licenciado Pero Vázquez de Mella y Esteban Justinián, genovés; y después de la vida del uno e del otro, quedó a sus herederos, e se perdió a causa del acequia e agua que le faltó, e porfiando a la tornar e traer del río de Haina, se gastaba mucho tiempo e hacienda. E así acordaron los herederos de partir las tierras e los negros e las vacas e petrechos, e todo aquello de que se podían aprovechar, e dejaron el ejercicio del azúcar por no se acabar de perder en tal granjería e compañía. Pero después, Juan Baptista Justinián le tornó a reparar, e quedó con la casa, e ha fecho en ella un trapiche de caballos en que al presente se muele azúcar, e cada día será aumentado e rica hacienda, si le dan recabdo de caballos.

Otro ingenio fundó Cristóbal de Tapia, veedor que fué de las fundiciones del oro en esta isla e regidor desta cibdad, ya defunto; el cual quedó a Francisco de Tapia, su hijo, a cuatro leguas de aquesta cibdad, donde dicen Itabo, que es un arroyo. E después de los días de Cristóbal de Tapia, su hijo Francisco de Tapia no lo pudo sostener e lo desamparó, porque era más la costa quel provecho: así que este ingenio se perdió como los susodichos.

Tienen otro muy gentil ingenio los herederos del tesorero Miguel de Pasamonte, el cual está en la ribera del río Nizao, ocho leguas desta cibdad de Sancto Domingo; e es uno de los mejores desta isla y de los que permanescen; le podemos contar por el octavo ingenio.

Alonso de Avila, contador que fué en esta isla por Sus Majestades, e regidor desta cibdad, hizo muy buen ingenio, a ocho leguas desta cibdad, en la ribera de Nizao; el cual quedó a su hijo y heredero, Esteban Dávila, e a su hermana, e es muy gentil hacienda.

Otro muy buen ingenio fundó e tiene Lope de Bardecia, vecino desta cibdad; el cual está en la ribera de Nizao, a nueve leguas desta cibdad de Sancto Domingo, y es de las muy buenas haciendas que acá hay desta calidad.

Otro ingenio, y de los mejores de toda la isla, y de los muy poderosos, fundó el licenciado Zuazo, oidor que fué por Sus Majestades de la Real Audiencia que en esta cibdad reside; el cual está en el río y ribera que llaman Ocoa, diez e seis leguas desta cibdad de Sancto Domingo; y es una de las buenas haciendas destas partes, y quedó, después de los días del licenciado, a su mujer, doña Felipa, e a dos hijas suyas, llamadas doña Leonor e doña Emerenciana Zuazo, con otros muchos bienes e haciendas. Y es opinión de algunos que de aquesta granjería son diestros, que sólo este ingenio, con los negros e ganados e pertrechos e tierras e todo lo a él anejo, vale al presente sobre cincuenta mill ducados de oro, porque está muy bien aviado. E yo le oí decir al licenciado Zuazo que cada un año tenía de renta, con el dicho ingenio, seis mill ducados de oro, o más, y aún pensaba que le había de rentar mucho más, adelante.

El secretario Diego Caballero de la Rosa, demás del ingenio que se dijo de suso que tiene en la ribera de Nigua, tiene otro muy bueno a veinte leguas desta cibdad, en término de la villa de Azua; el cual ingenio está en la ribera del río llamado Cepicepi, y es muy gentil heredamiento e provechoso.

Jácome Castellón fundó otro muy buen ingenio en término de la villa de Azua, en el río o ribera que llaman Bia, a veinte e tres leguas desta cibdad de Sancto Domingo; e después que fallesció Jácome, quedó el ingenie, e todos los otros sus bienes a su mujer, doña Francisca de Isásaga, e sus hijos; y es muy buena hacienda e provechosa, no obstante que no ha andado este ingenio así aviado como convenía, por la muerte de Jácome de Castellón.

Fernando Gorjón, vecino de la villa de Azua, tiene otro ingenio de azúcar en la misma villa, veinte e tres leguas o veinte e cuatro desta cibdad de Sancto Domingo; el cual heredamiento es muy útil e, provechoso a su dueño, e de mucha estimación.

Una trapiche de caballos hizo en la misma villa de Azua el chantre don Alonso de Peralta, dignidad que fué en esta sancta iglesia de Sancto Domingo, e después de sus días quedó a sus herederos. Los tales edificios no son tan poderosos como los de agua, pero son de mucha costa, porque lo que había de hacer el agua, revolviendo las ruedas para la molienda de azúcar, lo hacen las vidas de muchos caballos que son necesarios para tal ejercicio. Y esta hacienda quedó a los herederos del chantre e a Pedro de Heredia, gobernador que es agora en la provincia de Cartagena en la Tierra Firme.

Hay otro trapiche de caballos en la misma villa de Azua, que es de un hombre honrado, vecino de allí, que se llama Martín García.

En la villa de Sanct Joan de la Maguana, cuarenta leguas desta cibdad de Sancto Domingo, hay otro ingenio poderoso, que es de los herederos de un vecino de allí, que se llamó Joan de León, e de la compañía de los alemanes Velzares que compró la mitad deste ingenio.

En la misma villa de Sanct Joan de la Maguana, está otro muy bueno e poderoso ingenio que fundaron Pedro de Vadillo y el secretario Pedro de Ledesma y el bachiller Moreno, ya defuntos; y quedó a sus herederos, y es muy gentil e rica hacienda.

Once leguas desta cibdad, a par de la ribera e río que llaman Cazuy, hizo e fundó Joan de Villoria, el viejo, un muy buen ingenio, e su cuñado, Hierónimo de Agüero, ya defuntos; la cual hacienda quedó a los herederos de ambos, e asimismo a los herederos de Agostín de Binaldo, ginovés, que tiene parte en este ingenio asimismo.

El mismo Joan de Villoria hizo e fundó otro ingenio, de los muy buenos desta isla, en el río e ribera que llaman Sanate, veinte e cuatro leguas desta cibdad de Sancto Domingo, en término de la villa de Higüey; el cual quedó, después de sus días, a sus herederos e a doña Aldonza de Acebedo, su mujer, y es rico heredamiento.

El licenciado Lucas Vázquez de Ayllón, oidor que fué en esta Audiencia Real de Sancto Domingo, e Francisco de Ceballos, ya defuntos, edificaron un muy buen ingenio e poderoso en la villa de Puerto de Plata, que es cuarenta y cinco leguas desta cibdad, en la banda e costa del Norte; la cual hacienda agora tienen al presente sus herederos.

Dos hidalgos naturales de la cibdad de Soria, que se llaman Pedro de Barrionuevo e Diego de Morales, vecinos de la villa de Puerto de Plata, hicieron otro muy buen ingenio en aquella villa; y es muy gentil heredamiento.

En la misma villa de Puerto de Plata hicieron (e hay) un buen trapiche de caballos8 Francisco de Barrionuevo, gobernador que fué de Castilla del Oro, e Fernando de Illiescas, vecinos de aquella villa, y es muy buena hacienda.

En la misma villa de Puerto de Plata tienen otro trapiche de caballos Sancho de Monesterio, burgalés, y Joan de Aguilar; y es muy gentil heredad.

En la villa del Bonao, diez e nueve leguas desta cibdad de Sancto Domingo, está otro buen ingenio de azúcar, que tienen los hijos de Miguel Jover, catalán, e Sebastián de Fonte, e los herederos de Hernando de Carrión; y es buena hacienda.

El licenciado Cristóbal Lebrón, oidor que fué en esta Audiencia Real, hizo otro ingenio en un muy gentil y provechoso asiento, diez leguas desta cibdad de Sancto Domingo, adonde dicen el Arbol Gordo; el cual heredamiento es muy bueno, e quedó a sus herederos.

Otro buen ingenio habían principiado en la ribera del río Quiabón, a veinte e cuatro leguas de esta cibdad de Sancto Domingo, Hernando de Carbajal e Melchior de Castro, en un muy gentil asiento; pero este edificio cesó, porque éstos deshicieron la compañía, e porque se les hizo lejos, o porque les paresció que la costa era mucha hasta le tener aviado: en fin, no permanesció.

Por manera que, resumiendo la relación destos ingenios e ricos heredamientos de azúcar, hay en esta isla veinte ingenios poderosos, molientes e corrientes, e cuatro trapiches de caballos. E hay en esta isla dispusición para edificar otros muchos, e no se sabe de isla ni reino alguno, entre cristianos ni infieles, tan grande e semejante cosa desta granjería del azúcar. E continuamente, las naos que vienen de España, vuelven a ella cargadas de azúcares muy buenos; e las espumas e mieles dellos, que en esta isla se pierden y se dan de gracia, harían rica otra gran provincia. Y lo que es más de maravillar destas gruesas haciendas, es que en tiempo de muchos de los que vivimos en estas partes, y de los que a ellas pasaron desde treinta e ocho años a esta parte, ningún ingenio destos hallamos en estas Indias, y que por nuestras manos e industria se han fecho en tan breve tiempo. Y esto baste cuanto al azúcar e ingenios della; y no es poco gentil notable para la comparación, que hice poco antes, desta Isla Española e su fertilidad, a las de Secilia e Inglaterra.

Otros ingenios hay, aunque son pocos en las islas de Sanct Joan e Jamaica, e en la Nueva España, de los cuales se hará memoria en su lugar conveniente.

El prescio que vale al presente, aquí en esta cibdad de Sancto Domingo, es un peso (y a tiempos algo más de un peso e medio de oro, e menos), leal dado, por cada arroba de veinte e cinco libras, e las libras de diez e seis onzas. Y en otras partes desta isla vale menos, a causa de las otras costas e acarretos que se han de pagar hasta lo conducir al puerto, en este año de mill e quinientos e cuarenta y seis años de la Natividad de Cristo, nuestro Redemptor. Con lo cual se da fin a este libro cuarto, porque la historia se continúe en otras cosas desta Natural e General Historia de Indias.

Este es el quinto libro de la primera parte de la Natural y General Historia de las Indias, Islas y Tierra Firme del mar Océano; el cual tracta de los ritos e cerimonias e otras costumbres de los indios, e de sus idolatrías, e vicios, e otras cosas.

PROEMIO

En el libro tercero desta Natural Historia se expresaron algunas causas por qué se acabaron e murieron los indios de aquesta Isla Española, y también se repitió algo de la misma materia más adelante, en el primero capítulo del cuarto libro, hablando en la calidad destos indios. Y porque mejor se entienda que esta culpa e castigo está principalmente fundado en los delitos e abominables costumbres e ritos desta gente, se dirán alguna parte dellos y de sus culpas en aqueste libro quinto. Por lo cual fácilmente se puede colegir la retitud de Dios, e cuán misericordioso ha seído con esta generación, esperando tantos siglos a que se enmendasen. Pues ninguna criatura deja de conoscer que hay un Dios todopoderoso, y por tanto, dice el psalmista: "Los cielos recuentan la gloria de Dios, e las obras de sus manos denuncian el firmamento". Cuanto más que, como en el segundo libro dije, que la Sancta Iglesia ya tenía en todo el mundo predicado, en todos las partes dél, el misterio de su redempción; pues estas palabras dijo Sanct Gregorio Magno, doctor de la Iglesia, el cual tomó el pontificado e silla de Sanct Pedro año del Señor de quinientos y noventa, e la tuvo e gobernó catorce años; y Francisco Petrarca, en aquella Summa que escribió de las vidas de los Summos Pontífices, dice que Gregorio tuvo la silla apostólica trece años y seis meses e diez días. Síguese que subió Sanct Gregorio al cielo año de seiscientos e cuatro; y aunque el postrero año de su vida se acabara de predicar en todas las partes del mundo (como él dijo), el misterio de la redempción nuestra, han pasado después, hasta que Colom vino a estas partes (año de mill cuatrocientos y noventa y dos años), ochocientos e ochenta y ocho. Y después que vino Colom a estas Indias e pasaron los cristianos a ellas, corren, hasta el presente año de mill e quinientos y cuarenta e ocho, otros cincuenta y seis años más, que serían novecientos e cuarenta y cuatro años después de Sanct Gregorio. Y, por tanto, estas gentes debrían ya de haber entendido una cosa en que tanto les va, como es salvar sus ánimas, pues no han faltado ni faltan predicadores e religiosos celosos del servicio de Dios que se lo acuerden, después que las banderas de Cristo y del Rey de Castilla pasaron acá, puesto que lo tuviesen olvidado, o que de nuevo se les tornase a enseñar. Pero, en fin, estos indios, por la mayor parte de ellos, es nasción muy desviada de querer entender la fe católica; y es machacar hierro frío pensar que han de ser cristianos, sino con mucho discurso de tiempo, y así se les ha parescido en las capas, o, mejor diciendo, en las cabezas; porque capas no las traían, ni tampoco tienen las cabezas como otras gentes, sino de tan rescios e gruesos cascos, que el principal aviso que los cristianos tienen cuando con ellos pelean e vienen a las manos, es no darles cuchilladas en la cabeza, porque se rompen las espadas. Y así como tienen el casco grueso, así tienen el entendimiento bestial y mal inclinado, como se dirá adelante, especificando algunos de sus ritos e ceremonias, e idolatrías e costumbres, e otras particularidades que al mismo propósito ocurrieron e yo tuviere noticia dellas hasta el tiempo presente. Y aunque esto se haga e note en aqueste libro, no se dejarán de decir algunas cosas de las ceremonias e ritos, con otros, a donde cuadren, en otras partes destas historias.

 

CAPITULO PRIMERO

Que tracta de las imágenes del diablo que tenían los indios, e de sus idolatrías, de los areitos e bailes cantando, e la forma que tienen para retener en la memoria las cosas pasadas que ellos quieren que queden en acuerdo a sus subcesores y al pueblo.

Por todas las vías que he podido, después que a estas Indias pasé, he procurado con mucha atención, así en estas islas como en la Tierra Firme, de saber por qué manera o forma los indios se acuerdan de las cosas de su principio e antecesores, e si tienen libros, o por cuáles vestigios e señales no se les olvida lo pasado. Y en esta isla, a lo que he podido entender, solos sus cantares, que ellos llaman areitos, es su libro o memorial que de gente en gente queda, de los padres a los hijos, y de los presentes a los venideros, como aquí se dirá.

Y no he hallado en esta generación cosa entre ellos más antiguamente pintada ni esculpida o de relieve entallada, ni tan principalmente acatada e reverenciada, como la figura abominable e descomulgada del demonio, en muchas e diversas maneras pintado o esculpido; de bulto, con muchas cabezas e colas, e diformes y espantables, e caninas e feroces dentaduras, con grandes colmillos, e desmesuradas orejas, con encendidos ojos de dragón e feroz serpiente, de muy diferenciadas suertes, y tales, que la menos espantable pone mucho temor y admiración. Y ésles tan sociable e común, que no solamente en una parte de la casa le tienen figurado, más aún en los bancos en que se asientan (que ellos llaman duho), a significar que no está solo el que se sienta, sino él e su adversario. Y en madera, y de barro y de oro, e en otras cosas, cuantas ellos pueden, lo esculpen y entallan, o pintan, regañando e ferocísimo, como quien él es. Al cual ellos llaman cemí, y a éste tienen por su Dios, y a éste piden el agua, o el sol, o el pan, o la victoria contra todos sus enemigos, y todo lo que desean; y piensan ellos que el cemí se lo da cuando le place; e aparescíales fecho fantasma de noche.

E tenían ciertos hombres entre sí, que llaman buhití, que servían de auríspices, o agoreros adevinos. E aquestos les daban a entender que el cemí es señor del mundo e del cielo y de la tierra y de todo lo demás, y que su figura e imagen era aquélla, tan fea como he dicho y mucho más que se sabrá pensar ni decir, pero siempre diferente y como la hacían, en diversas maneras. Y estos cemís o adevinos les decían muchas cosas, que los indios tenían por ciertas, que vernían en su favor o daño. E aunque muchas veces saliesen mentirosos, no perdían el crédito, porque les daban a entender que el cemí había mudado consejo, por más bien suyo, o por hacer su propria voluntad.

Estos, por la mayor parte, eran grandes herbolarios e tenían conoscidas las propiedades de muchos árboles e plantas e hierbas; e como sanaban a muchos con tal arte, teníanlos en gran veneración e acatamiento, como a sanctos; los cuales, eran tenidos entre esta gente como entre los cristianos los sacerdotes. E los tales siempre traían consigo la maldita figura del cemí, e así, por tal imagen, les daban el mismo nombre que a ella, e los decían cemíes, allende de los decir buhitís. E aun en la Tierra Firme, no solamente en sus ídolos de oro y de piedra y de madera e de barro huelgan de poner tan descomulgadas y diabólicas imágenes, más en las pinturas que sobre sus personas se ponen (teñidas, e perpetuas, de color negro, para cuanto viven, rompiendo sus carnes y el cuero, juntando en sí esta maldita efigie), no lo dejan de hacer. Así que, como sello que ya está impreso en ellos y en sus corazones, nunca se les desacuerda haberla visto ellos o sus pasados, e así le nombran de diversas maneras.

En esta Isla Española, cemí, como he dicho, es el mismo que nosotros llamamos diablo; e tales eran los que estos indios tenían figurados en sus joyas, en sus moscadores, y en las frentes e lugares que he dicho, e en otros muchos, como a su propósito les parescía o se les antojaba ponerle.

Una cosa he yo notado de lo que he dicho y pasaba entre esta gente, y es que el arte de adevinar (o pronosticar las cosas por venir), y cuantas vanidades los cemíes daban a entender a esta gente, andaba junto con la medicina e arte mágica. Lo cual paresce que concuerda con lo que dice Plinio en su Natural Historia, confesando que, bien que sea el arte más fraudulente o engañoso de todos, ha habido grandísima reputación en todo el mundo y en todos siglos.

Ni se maraville alguno aquesta arte haber adquirido tan grandísima auctoridad, porque ella sola abraza en sí otros tres artes, los cuales, sobre todos, tienen el imperio de la vida humana. Porque, principalmente, ninguno dubda este arte haber venido de la medicina, como cosa más sancta e más excelente que la medicina, y en aquesta forma, a sus promesas, muy deseadas y llenas de halagos, haberse juntado la fuerza de la religión. E después que aquesto le subcedió, juntóse con esto el arte matemática, la cual puede mucho en los hombres, porque cada uno es deseoso de saber las cosas futuras e por venir, e creen que verdaderamente se puedan entender del cielo. Así que, tal arte habiendo atado los sentidos de los hombres con tres ñudos, ha llegado a tanta sublimidad o altura, que aún hoy ocupa la mayor parte de la gente, y en el Oriente manda a rey de reyes. E sin dubda allí nasció, en la región de Persia; y fué el primero auctor deste arte Zoroastres, en lo cual todos los escriptores concuerdan. Todo esto que he dicho es de Plinio, a propósito de lo cual, dice Isidoro en sus Ethimologías que el primero de los magos fué Zoroastres, rey de los batrianos. Por manera que en estas partes de nuestras Indias muy extendida está tal vanidad, e junto con la medicina la traen y ejercitan estos indios, pues sus médicos principales son sus sacerdotes adevinos, y éstos sus religiosos les administran sus idolatrías y cerimonias nefandas y diabólicas.

Pasemos a los areitos o cantares suyos, que es la segunda cosa que se prometió en el título deste capítulo. Tenían estas gentes una buena e gentil manera de memorar las cosas pasadas e antiguas; y esto era en sus cantares e bailes, que ellos llaman areito, que es lo mismo que nosotros llamamos bailar cantando. Dice Livio que de Etruria vinieron los primeros bailadores a Roma, e ordenaron sus cantares acordando las voces con el movimiento de la persona. Esto se hizo por olvidar el trabajo, de las muertes de la pestilencia, el año que murió Camilo; y esto digo yo que debía ser como los areitos o cantares en corro destos indios. El cual areito hacían desta manera: cuando querían haber placer, celebrando entre ellos alguna notable fiesta, o sin ella, por su pasatiempo, juntábanse muchos indios e indias, algunas veces los hombres solamente, y otras veces las mujeres por sí, y en las fiestas generales, así como por una victoria o vencimiento de los enemigos, o casándose el cacique o rey de la provincia, o por otro caso en que el placer fuese comúnmente de todos, para que hombres e mujeres se mezclasen. E por más extender su alegría e regocijo, tomábanse de las manos, algunas veces, e también, otras, trabábanse brazo con brazo ensartados, o asidos muchos en rengle, o en corro asimismo; e uno dellos tomaba el oficio de guiar (ora fuese hombre o mujer), y aquél daba ciertos pasos adelante e atrás, a manera de un contrapás muy ordenado, e lo mismo, y en el instante, hacen todos, e así andan en torno, cantando en aquel tono alto o bajo que la guía los entona, e como lo hace e dice, muy medida e concertada la cuenta de los pasos con los versos o palabras que cantan. Y así como aquél dice, la moltitud de todos responde con los mismos pasos e palabras e orden; e en tanto que le responden, la guía calla, aunque no cesa de andar el contrapás. Y acabada la respuesta, que es repetir o decir lo mismo que el guiador dijo, procede encontinente, sin intervalo, la guía a otro verso e palabras que el corro e todos tornan a repetir; e así, sin cesar, les tura esto tres o cuatro horas y más, hasta que el maestro o guiador de la danza acaba su historia; y a veces les tura desde un día hasta otro.

Algunas veces, junto con el canto mezclan un atambor, que es hecho en un madero redondo, hueco, concavado, e tan grueso como un hombre, e más o menos, como le quieren hacer; e suena como los atambores sordos que hacen los negros; pero no le ponen cuero, sino unos agujeros e rayos que trascienden a lo hueco, por do rebomba de mala gracia. E así, con aquel mal instrumento o sin él, en su cantar, cual es dicho, dicen sus memorias e historias pasadas, y en estos cantares relatan de la manera que murieron los caciques pasados, y cuántos y cuáles fueron, e otras cosas que ellos quieren que no se olviden. Algunas veces se remudan aquellas guías o maestro de la danza, y mudando el tono y el contrapás, prosigue en la misma historia, o dice otra (si la primera se acabó), en el mismo son u otro. Esta manera de baile paresce algo a los cantares e danzas de los labradores cuando en algunas partes de España, en verano, con los panderos, hombres y mujeres se solazan. Y en Flandes he yo visto lo mesma forma de cantar, bailando hombres y mujeres en muchos corros, respondiendo a uno que los guía o se anticipa en el cantar, segund es dicho.

En el tiempo que el comendador mayor don frey Nicolás de Ovando gobernó esta isla, hizo un areito ante él Anacaona, mujer que fué del cacique o rey Caonabo, la cual era gran señora; e andaban en la danza más de trescientas doncellas, todas criadas suyas, mujeres por casar; porque no quiso que hombre ni mujer casada, o que hobiese conoscido varón, entrasen en la danza o areito.

Así que, tornando a nuestro propósito, esta manera de cantar en esta y en las otras islas (y aun en mucha parte de la Tierra Firme), es una efigie de historia o acuerdo de las cosas pasadas, así de guerras como de paces, porque con la continuación de tales cantos no se les olviden las hazañas e acaescimientos que han pasado. Y estos cantares les quedan en la memoria, en lugar de libros, de su acuerdo; y por esta forma rescitan las genealogías de sus caciques y reyes o señores que han tenido, y las obras que hicieron, y los malos o buenos temporales que han pasado o tienen; e otras cosas que ellos quieren que a chicos e grandes se comuniquen e sean muy sabidas e fijamente esculpidas en la memoria. Y para este efecto continúan estos areitos, porque no se olviden, en especial las famosas victorias por batallas. Pero en esto de los areitos, más adelante, cuando se tracte de la Tierra Firme, se dirán otras cosas; porque los de esta isla, cuando yo los vi el año de mill e quinientos e quince años, no me parescieron cosa tan de notar como los que vi antes en la Tierra Firme y he visto después en aquellas partes.

No le parezca al letor que esto que es dicho es mucha salvajez, pues que en España e Italia se usa lo mismo, y en las más partes de los cristianos, e aún infieles, pienso yo que debe ser así. ¿Qué otra cosa son los romances e canciones que se fundan sobre verdades, sino parte e acuerdo de las historias pasadas? A lo menos entre los que no leen, por los cantares saben que estaba el rey don Alonso en la noble cibdad de Sevilla, y le vino al corazón de ir a cercar Algecira. Así lo dice un romance, y en la verdad así fué ello: que desde Sevilla partió el rey don Alonso onceno cuando la ganó, a veinte e ocho de marzo, año de mill e trescientos e cuarenta e cuatro años. Así que ha, en este de mill e quinientos e cuarenta e ocho, doscientos e cuatro años que tura este cantar o areito. Por otro romance se sabe que el rey don Alonso VI hizo cortes en Toledo para cumplir de justicia al Cid Ruy Díaz contra los condes de Carrión; y este rey murió primero día del mes de julio de mill y ciento e seis años de la Natividad de Cristo; así que han pasado hasta agora cuatrocientos cuarenta e dos años hasta este de mili e quinientos e cuarenta e ocho; y antes habían seído aquellas cortes e rieptos de los condes de Carrión, y tura hasta agora esta memoria o cantar o areito. Y por otro romance se sabe que el rey don Sancho de León, primero de tal nombre, envió a llamar al conde Fernán González, su vasallo, para que fuese a las cortes de León. Este rey don Sancho tomó el reino año de nuevecientos e veinte • cuatro años de la Natividad de Cristo, e reinó doce años; así que, murió año del Redemptor de nuevecientos e treinta e seis años; por manera que ha bien seiscientos doce años, este de mill e quinientos e cuarenta e siete, que tura este otro areito o cantar en España. Y así podríamos decir otras cosas muchas semejantes y antiguas en Castilla. Pero no olvidemos, de Italia, aquel cantar o areito que dice:

A la mía gran pena forte
dolorosa, aflicta e rea
diviserunt vestem mea
et super eam miserunt sorte.

Este cantar compuso el serenísimo rey don Federique de Nápoles, año de mill e quinientos e uno, que perdió el reino, porque se juntaron contra él, e lo partieron entre sí, los Reyes Católicos de España, don Fernando e doña Isabel, y el rey Luis de Francia, antecesor del rey Francisco. Pues haya que tura este cantar o areito, de la partición que he dicho, cuarenta e siete años, este de mill e quinientos e cuarenta e ocho, e no se olvidará de aquí a muchos.

Y en la prisión del mismo Rey Francisco se compuso otro cantar o areito que dice:

Rey Francisco, mala guía
desde Francia vos trujistes;
pues vencido e preso fuistes
de españoles en Pavía.

Pues notorio es que esto fué así, e pasó en efecto, estando el rey Francisco de Francia sobre Pavía con todo su poder, e teniendo cercado e en grand nescesidad al invencible e valeroso capitán, el señor Antonio de Leiva, que por el Emperador Rey nuestro señor la defendía, e seyendo socorrido del ejército imperial de César (del cual era vicario e principal capitán el duque de Borbón, e juntamente en su compañía se halló Mingo Val, caballerizo mayor e visorrey de Nápoles, e el valeroso marqués de Pescara, don Fernando de Avalos e de Aquino, e su sobrino el marqués del Guasto e otros excelentes milites), un viernes veinte e cuatro de hebrero, día de Sancto Matías apóstol, año de mill e quinientos e veinte e cinco, el proprio rey de Francia fué preso, e juntamente con él, todos los más principales señores e varones, e la flor e la caballería e poder de la Casa de Francia. Así que, cantar o areito es aqueste, que ni en las historias se olvidará tan gloriosa jornada para los trofeos y triunfos de César y de sus españoles, ni los niños e viejos dejarán de cantar semejante areito cuanto el inundo fuere e turare. Así andan hoy entre las gentes estas e otras memorias muy más antiguas y modernas, sin que sepan leer los que las cantan e las rescitan, sin haberse pasado de la memoria. Pues luego bien hacen los indios, en esta parte, de tener el mismo aviso (pues les faltan letras), e suplir con sus areitos e sustentar su memoria e fama; pues que por tales cantares saben las cosas que ha muchos siglos que pasaron.

En tanto que turan estos sus cantares e los contrapases o bailes, andan otros indios e indias dando de beber a los que danzan, sin se parar alguno al beber, sino meneando siempre los pies e tragando lo que les dan. Y esto que beben son ciertos bebrajes que entre ellos se usan, e quedan, acabada la fiesta, los más dellos y dellas embriagos e sin sentido, tendidos por tierra muchas horas. Y así como alguno cae beodo, le apartan de la danza e prosiguen los demás; de forma que la misma borrachera es la que da conclusión al areito. Esto cuando el areito es solemne e fecho en bodas o mortuorios o por una batalla, o señalada victoria e fiesta; porque otros areitos hacen muy a menudo, sin se emborrachar. E así unos por este vicio, otros por aprender esta manera de música, todos saben esta forma de historiar, e algunas veces se inventan otros cantares y danzas semejantes por personas que entre los indios están tenidos por discretos e de mejor ingenio en tal facultad.

La forma quel atambor (de que de suso se hizo mención), suele tener, es la que está pintada en esta figura. El cual es un tronco de un árbol redondo, e tan grande como le quieren hacer, y por todas partes está cerrado, salvo por donde le tañen, dando encima con un palo, como en atabal, que es sobre aquellas dos leguas que quedan del mismo entre aquesta señal semejante (lámina la, fig. 5a). La otra señal, que es como aquesta (Lámina la, fig. 6a), es por donde vacían o vacuan el leño o atambor cuando le labran; y esta postrera señal ha de estar junto con la tierra, e la otra (que dije primero) de suso, sobre la cual dan con el palo. Y este atambor ha de estar echado en el suelo, porque teniéndole en el aire no suena.

En algunas partes o provincias tienen estos atambores muy grandes, y en otras menores, de la manera que es dicha. Y también en algunas partes los usan encorados, con un cuero de ciervo o de otro animal. Pero los encorados se usan en la Tierra Firme; y en esta e otras islas, como no había animales para los encorar, tenían los atambores como está dicho. Y de los unos y de los otros usan hoy en la Tierra Firme, como se dirá adelante, en la segunda parte, cuando se tocare la materia misma u otra donde intervengan atambores.

 

CAPITULO II

De los tabacos o ahumadas que los indios acostumbran en esta isla Española, e la manera de las camas en que duermen.

Usaban los indios desta isla, entre otros sus vicios, uno muy malo, que es tomar unas ahumadas, que ellos llaman tabaco, para salir de sentido. Y esto hacían con el humo de cierta hierba que, a lo que yo he podido entender, es de calidad del beleño; pero no de aquella hechura o forma, segund su vista, porque esta hierba es un tallo o pimpollo como cuatro o cinco palmos, o menos, de alto, y con unas hojas anchas e gruesas, e blandas e vellosas, y el verdor tira algo a la color de las hojas de la lengua de buey (o buglosa, que llaman los herbolarios e médicos). Esta hierba que digo, en alguna manera o género, es semejante al beleño. La cual toman de aquesta manera: los caciques e hombres principales tenían unos palillos huecos, del tamaño de un jeme o menos, de la groseza del dedo menor de la mano, y estos cañutos tenían dos cañones respondientes a uno, como aquí está pintado (Lámina la, fig. 7a), e todo en una pieza. Y los dos ponían en las ventanas de las narices, e el otro en el humo e hierba que estaba ardiendo o quemándose; y estaban muy lisos e bien labrados. Y quemaban las hojas de aquella hierba arrebujadas o envueltas de la manera que los pajes cortesanos suelen echar sus ahumadas: e tomaban el aliento e humo para sí, una e dos e tres e más, veces, cuanto lo podían porfiar, hasta que quedaban sin sentido grande espacio, tendidos en tierra, beodos, o adormidos de un grave e muy pesado sueño. Los indios que no alcanzaban aquellos palillos, tomaban aquel humo con unos cálamos o cañuelas de carrizos, e a aquel tal instrumento con que toman el humo, o a las cañuelas que es dicho, llaman los indios tabaco, e no a la hierba o sueño que les toma (como pensaban algunos).

Esta hierba tenían los indios por cosa muy presciada, y la criaban en sus huertos e labranzas, para el efeto que es dicho; dándose a entender que este tomar de aquella hierba e zahumerio, no tan solamente les era cosa sana, pero muy santa cosa. Y así como cae el cacique o principal en tierra, tómanle sus mujeres (que son muchas), y échanle en su cama o hamaca, si él se lo mandó antes que cayese; pero si no lo dijo e proveyó primero, no quiere sino que lo dejen estar así, en el suelo, hasta que se le pase aquella embriaguez o adormecimiento.

Yo no puedo pensar qué placer se saca de tal acto, si no es la gula del beber, que primero hacen que tomen el humo o tabaco; y algunos beben tanto de cierto vino que ellos hacen, que antes que se zahumen caen borrachos; pero cuando se sienten cargados e hartos, acuden a tal perfume. E muchos también, sin que beban demasiado, toman el tabaco e hacen lo que es dicho, hasta dar de espaldas o de costado en tierra, pero sin vascas, sino como hombre dormido. Sé que algunos cristianos ya lo usan, en especial algunos que están tocados del mal de las búas, porque dicen los tales, que en aquel tiempo que están así transportados, no sienten los dolores de su enfermedad. Y no me paresce que es esto otra cosa sino estar muerto en vida el que tal hace; lo cual tengo por peor que el dolor de que se excusan, pues no sanan por eso.

Al presente, muchos negros de los que están en esta cibdad y en la isla toda, han tomado la misma costumbre, e crían en las haciendas y heredamientos de sus amos esta hierba, para lo que es dicho, y toman las mismas ahumadas o tabacos; porque dicen que cuando dejan de trabajar e toman el tabaco, se les quita el cansancio.

Aquí me paresce que cuadra una costumbre viciosa e mala que la gente de Tracia usaba entre otros criminosos vicios suyos, segund el Abulensis escribe sobre Eusebio De los tiempos, donde dice que tienen por costumbre todos, varones e mujeres, de comer alrededor del fuego, y que huelgan mucho de ser embriagos, o lo parescer; e que como no tienen vino, toman simientes de algunas hierbas que entre ellos hay, las cuales, echadas en las brasas, dan de sí un tal olor, que embriagan a todos los presentes, sin algo beber. A mi parescer, esto es lo mismo que los tabacos que estos indios toman.

Mas, porque de suso se dijo que cuando algún principal o cacique cae por el tabaco, que lo echan en la cama, si él lo manda así hacer, bien es que se diga qué camas tienen los indios en esta isla Española, a la cual cama llaman hamaca; y es de aquesta manera: una manta tejida en parte, y en partes abierta, a escaques cruzados, hecha red (porque sea más fresca). Y es de algodón hilado de mano de las indias, la cual tiene de luengo diez o doce palmos, y más o menos, y del ancho que quieren que tenga. De los extremos desta manta están asidos e penden muchos hilos de cabuya o de henequén (de los cuales hilos se dirá adelante, en el capítulo X del libro VII. Aquestos hilos o cuerdas son postizos e luengos, e vánse a concluir, cada uno por sí, en el extremo o cabos de la hamaca, desde un trancahilo (de donde parten), que está fecho como una, empulguera de una cuerda de ballesta, e así la guarnescen, asidos al ancho, de cornijal a cornijol, en el extremo de la hamaca. A los cuales trancahilos ponen sendas sogas de algodón o de cabuya, bien fechas, o del gordor que quieren; a las cuales sogas llaman hicos (porque hico quiere decir lo mismo que soga, o cuerda); y el un hico atan a un árbol o poste, y el otro al otro, y queda en el aire la hamaca, tan alta del suelo como la quieren poner.

E son buenas camas e limpias, e como la tierra es templada, no hay nescesidad alguna de ropa encima, salvo si no están a par de algunas montañas de sierras altas donde haga frío; e como son anchas, e las cuelgan flojas porque sean más blandas, siempre sobra ropa de la misma hamaca, si la quieren tener encima, de algunos dobleces della. Pero si en casa duermen, sirven los postes o estantes del buhío, en lugar de árboles, para colgar estas hamacas o camas; e si hace frío, ponen alguna brasa, sin llama, debajo de la hamaca, en tierra o por allí cerca, para se calentar. Pero, en la verdad, al que no es acostumbrado de tales camas, no son aplacibles si no son muy anchas; porque están la cabeza e los pies del que duerme en ellas, altos, y los lomos bajos, y el hombre enarcado; y es quebrantado dormitorio; pero cuando tienen buena anchura, échanse en la mitad dellas de través, y así está igual toda la persona.

Para en el campo, y en especial donde hobiere arboledas para las colgar, me paresce, que es la mejor manera de camas que puede ser entre gente de guerra; porque es portátil, e un muchacho se la lleva so el brazo, y el de caballo por caparazón o cojín de la silla. Y en los ejércitos no serían poco provechosas, en España e Italia e otras partes, porque no adoloscerían ni morirían tantos por dormir en tierra en los inviernos e tiempos tempestuosos. Y llévenlas en estas partes e Indias los hombres de guerra dentro de unas cestas, con sus tapadores, ligeras, que acá se llaman hayas, y en otras partes destas Indias se dicen patacas (segund se dirá adelantes, las cuales hacen de los bihaos, e así van guardadas e limpias: e no duerme la gente en tierra tendidos. como en los reales de los cristianos se hace en Europa e África e otras partes. Y si acá esto no se hiciese, por ser la tierra tan húmeda, sería mayor peligro éste que la misma guerra.

E si la he sabido dar a entender, esta cama es desta manera que aquí está pintada. (Lám. 1.a. fig. 8.a).

 

CAPITULO III

De los matrimonios de los indios, e cuántas mujeres tienen; en qué grados no toman mujeres ni las conoscen carnalmente; e de sus vicios e lujuria; e con qué manera de religiosidad cogían el oro: e de la idolatría destos indios e otras cosas notables.

Hase dicho en el precedente capítulo la forma de las camas de los indios desta Isla Española. Dígase del complimiento dellas, que es el matrimonio que osaban: puesto que, en la verdad, este acto que los cristianos tenemos por sacramento, como lo es, se puede decir en estos indios sacrilegio, pues no se debe decir por ellos: los que Dios ayunta, no los aparte el hombre; pues antes se debe creer que los ayunta el diablo, segund la forma que guardan en esto. Y como cosa de su mercadería, los tenía impuestos de manera que en esta isla cada uno tenía una mujer, e no más, si no podía sostener más, pero muchos tenían dos e más, y los caciques o reyes tres e cuatro e cuantas querían.

El cacique Behechio tuvo treinta mujeres proprias, e no solamente para el uso e ayuntamiento que naturalmente suelen haber los casados con sus mujeres, pero para otros bestiales e nefandos pecados; porque el cacique Goacanagarí tenía ciertas mujeres con quien él se ayuntaba segund las vívoras lo hacen. Ved que abominación inaudita, la cual no pudo aprender sino de los tales animales. Y que aquesta propriedad e uso tengan las víboras, escríbelo el Alberto Magno: De proprietatibus rerum, e Isidoro en sus Ethimologías, y el Plinio, en su Natural Historia, y otros auctores. Pero muy peores que víboras eran los que las cosas tales hacían, pues que a las víboras no les concede natura otra forma de engendrar. e como forzadas vienen a tal acto; pero el hombre que tal imitaba, ved si le viene justo lo que Dios le ha dado, donde tal cosa se usó o acaesció.

Pues si deste rey o cacique Goacanagarí hay tal fama, claro está que no sería él sólo en tan nefando e sucio crimen: pues la gente común luego procura (y aun todo el reino), de imitar al príncipe en las virtudes o mesmos vicios que ellos usan. Y desta causa, sus culpas son mayores, e dignas de mayor punición si son inventores de algún pecado o delicto; y sus méritos y gloria es de mayor excelencia e premio cuando son virtuosos los que reinan; e dando en sus mesuras personas loables ejemplos de virtudes, convidan a sus súbditos a ser mejores, imitándolos.

Así que, lo que he dicho desta gente en esta isla y las comarcanas, es muy público, y aun en la Tierra Firme, donde muchos destos indios e indias eran sodomitas, e se sabe que allá lo son muchos dellos. Y ved en qué grado se prescian de tal culpa, que, como suelen otras gentes ponerse algunas joyas de oro y de presciosas piedras al cuello, así, en algunas partes destas Indias; traían por joyel un hombre sobre otro, en aquel diabólico e nefando acto de Sodoma, hechos de oro de relieve. Yo ví uno destos joyeles del diablo que pesaba veinte pesos de oro, hueco, vaciado e bien labrado, que se hobo en el puerto de Sancta Marta, en la costa de Tierra Firme, año de mill e quinientos e catorce, cuando allí tocó el armada quel Rey Católico envió con Pedrarias Dávila, su capitán general, a Castilla del Oro. E cómo se trujo a montón el oro que allí se tomó, e lo llevaron después a fundir ante mí, como oficial real veedor de las fundiciones del oro, yo lo quebré con un martillo e lo machaqué por mis manos sobre un tas o yunque en la casa de la fundición, en la cibdad del Darién.

Así que, ved si quien de tales joyas se prescia e compone su persona, si usará de tal maldad en tierra donde tales arreos traen, o si se debe tener por rosa nueva entre indios: antes por cosa muy usada e ordinaria e común a ellos. Y así, habés de saber que el que dellos es paciente o toma cargo de ser mujer en aquel bestial e descomulgado acto, le dan luego oficio de mujer, e trae naguas como mujer.

Yo querría, cuando en algún paso se toca algún nombre extraño a nuestra lengua castellana, satisfacerle, sin pasar adelante, por el contentamiento del que lee; y a este propósito digo que las naguas son una manta de algodón que las mujeres desta isla, por cobrir sus partes vergonzosas, se ponían desde la cinta hasta media pierna, revueltas al cuerpo; e las mujeres principales hasta los tobillos. Las doncellas vírgenes, como he dicho en otras partes, ninguna cosa se ponían o traían delante de sus partes vergonzosas, ni tampoco los hombres se ponían cosa alguna; porque, como no saben qué cosa es vergüenza, así no usaban de defensas para ella.

Tornando a la materia deste pecado abominable contra natura, muy usado era entre estos indios desta isla; pero a las mujeres aborrescible, por su intere9 más que por ningún escrúpulo de conciencia, y aun porque, de hecho, había algunas que eran buenas de sus personas, sobre ser en esta isla las mayores bellacas e más deshonestas y libidinosas mujeres que se han visto en estas Indias o partes. E digo que eran buenas e amaban a sus maridos, porque, cuando algún cacique se moría, al tiempo que le enterraban, algunas de sus mujeres, vivas, le acompañaban de grado, e se metían con él en la sepoltura en la cual metían agua e cazabi consigo (que es el pan que comen), e algunas fructas. Llamaban los indios desta isla athebeane nequen la mujer hermosa e famosa que viva se enterraba con el marido; mas, cuando las tales no se comedían, aunque les pesase, las metían con ellos. E así acaesció en esta isla, cuando murió el cacique Behechio (grand señor, como se dijo en su lugar), que dos mujeres de las suyas se enterraron con él vivas, no por el amor que le tenían, mas porque de enamoradas dél no lo hacían de su grado, forzadamente e contra su voluntad las metieron en la sepoltura vivas, y cumplieron estas infernales obsequias por observar la costumbre.

La cual no fué general en toda la isla, porque otros caciques, cuando morían, no tenían esta forma; sino después que era muerto, le fijaban todo con unas vendas de algodón tejidas, como cinchas de caballos, e muy luengas, y desde el pie hasta la cabeza lo envolvían en ellas muy apretado, e hacían un hoyo e allí lo metían, como en un silo, e poníanle sus joyas e las cosas que él más presciaba. Y para esto, en aquel hoyo donde había de ser sepultado, hacían una bóveda de palos, de forma que la tierra no le tocase, e asentábanlo en un duho (que es un banquillo bien labrado), y después lo cubrían de tierra por sobre aquel casamento de madera e rama. E turaban quince o veinte días las endechas que cantaban e sus indias e indios hacían, con otros muchos de las comarcas e otros caciques principales que venían a los honrar. Entre los cuales forasteros se repartían los bienes muebles del cacique defunto. Y en aquellas endechas o cantares rescitaban las obras e vida de aquel cacique, y decían qué batallas había vencido, y qué bien había gobernado su tierra, e todas las otras cosas que había hecho dignas de memoria. E así, desta aprobación que entonces se hacía de sus obras, se formaban los areitos e cantares que habían de quedar por historia, segund ya se dijo de los areitos en el capítulo primero deste libro.

Mas, porque se ha fecho memoria de Anacaona, que fué la mujer más principal desta isla en su tiempo, es bien que se sepa que toda la suciedad del fuego de la lujuria no estuvo solamente en los hombres en esta tierra, puesto que fuese en ellos más abominable. Esta fué una mujer que tuvo algunos actos semejantes a los de aquella Semíramis, reina de los asirios, no en los grandes fechos que de aquélla cuenta Justino, ni tampoco en hacer matar los muchos con quien se ayuntaba, ni en hacer traer a sus doncellas paños menores en sus vergonzosas partes, como de aquella reina escribe Joan Bocacio. Porque Anacaona ni quería sus criadas tan honestas, ni deseaba la muerte a sus adúlteros; pero quería la moltitud dellos. Y en muchas suciedades otras libidinosas le fué semejante. Esta Anacaona fué mujer del rey Caonabo y hermana del rey Behecchio; la cual fué muy disoluta, y ella y las otras mujeres desta isla, aunque con los indios eran buenas o no tan claramente lujuriosas, fácilmente a los cristianos se concedían e no les negaban sus personas. Mas, en este caso, esta cacica usaba otra manera de libídine, después que murieron su marido y su hermano, en vida de los cuales no fué tan desvergonzada; pero muertos ellos, quedó tan obedescida e acatada como ellos mismos o más. Hizo su habitación en la tierra e señorío del hermano, en la provincia de Xaraguá, al Poniente e fin desta isla, e no se hacía más de, lo que ella mandaba. Porque, puesto que los caciques tenían seis e siete mujeres e todas las que más querían tener, una era la más principal e la que el cacique más quería, y de quien más caso se hacía, puesto que comiesen todas juntas. E no había entre ellas rencilla ni diferencia, sino toda quietud e igualdad e sin rifar pasaban su vida debajo de una cobertura de casa e junto a la cama del marido. Lo cual paresce cosa imposible e no concedida sino solamente a las gallinas e ovejas, que con un solo gallo e con un solo carnero muchas dellas, sin mostrar celos ni murmurar, se sostienen. Pero entre mujeres es cosa rara, y entre todas las naciones de la generación humana, estas indias e la gente de Tracia guardan tal costumbre; e paréscense estas dos maneras de gentes en muchos ritos e cosas otras, como más largamente adelante se dirá. Porque, aunque entre los moros e otros infieles, en algunas partes usan tener dos e tres e más mujeres, no cesan entre si sus envidias e murmuraciones e celos, con que dan molestia al marido e a sí mesmas.

Así que, tornando a nuestra historia, entre las muchas mujeres de un cacique, siempre había una singular que precedía a las otras por generosa o más querida, sin ultrajar a las demás ni que ella desestimase ni mostrase señorío, ni lo toviese sobre las otras. E así era esta Anacaona en vida de su marido e hermano; pero después de los días dellos, fué, como tengo dicho, absoluta señora e muy acatada de los indios; pero muy deshonesta en el acto venéreo con los cristianos, e por esto e otras cosas semejantes, quedó reputada y tenida por la más disoluta mujer que de su manera ni otra hobo en esta isla. Con todo esto, era de grande ingenio, e sabía ser servida e acatada e temida de sus gentes e vasallos, e aún de sus vecinos.

Dije de suso que las mujeres desta isla eran continentes con los naturales, pero que a los cristianos, de grado se concedían. E porque salgamos ya desta sucia materia, me paresce que cuadra con esto una notable religiosidad que los indios guardaban en esta tierra, apartándose de sus mujeres, teniendo castidad algunos días, no por respeto de bien vivir ni quitarse de su vicio e lujuria, sino para coger oro. En lo cual paresce que en alguna manera querían imitar estos indios a la gente de Arabia, donde los que cogen el encienso (segund Plinio), no solamente se apartan de las mujeres, pero enteramente son castos e inmaculados del coito.

El almirante don Cristóbal Colom, primero descubridor destas partes, como católico capitán e buen gobernador, después que tuvo noticia de las minas de Cibao e vió que los indios cogían oro en el agua de los arroyos e ríos, sin lo cavar, con la cerimonia e religión que es dicho, no dejaba a los cristianos ir a coger oro sin que se confesasen e comulgasen. Y decía que, pues los indios estaban veinte días primero sin llegar a sus mujeres (ni otras), e apartados dellas, e ayunaban, e decían ellos que cuando se vían con la mujer, que no hallaban el oro, por tanto, que, pues aquellos indios bestiales hacían aquella solemnidad, que más razón era que los cristianos se apartasen de pecar y confesasen sus culpas, y que estando en gracia de Dios nuestro Señor, les daría más complidamente los bienes temporales y espirituales. Aquesta santimonia no placía a todos, porque decían que, cuanto a las mujeres, más apartados estaban que los indios los que las tenían en España; e cuanto al ayunar, que muchos de los cristianos se morían de hambre e comían raíces e otros malos manjares, y bebían agua; y que cuanto a la confesión, que la Iglesia no los costreñía sino una vez en el año, por Pascua de la Sancta Resurresción, e que así lo hacían todos, e algunos más veces; e que pues Dios no les pedía más, que le debía al Almirante bastar lo mismo e dejarlos buscar su vida, e no usar con ellos de tales cautelas. E así lo atribuían a otros fines que por aventura sería bien posible no le pasar por pensamiento. Pero, a los que se confesaban e comulgaban, no les negaba la licencia para ir a coger oro; mas a los otros no les consentía ir a las minas, antes los mandaba castigar si iban sin expresa licencia suya.

Del reino o cacicado e Estados destos indios, he seído de muchos informado, que se heredaban e subcedían en ellos, e venía la herencia al hijo mayor de cualquiera de las mujeres del señor o cacique; pero si después que tal hijo heredaba, no había hijos, no venía el estado al hijo de su hermano, sino al hijo o hija de su hermana, si la tenía o tuvo; porque decían que aquél era más cierto sobrino o heredero (pues era verdad que lo parió su hermana), que no sería el que pariese su cuñada, y el tal sería más verdadero nieto del tronco o mayoradgo. Pero si el cacique moría sin dejar hijos ni hijas, e tenía hermana con hijos, ni ellos ni ellas heredaban el cacicado si había hermano del cacique muerto que fuese hermano de padre, si por el padre venía la hacienda; y si venía por la madre, heredaba en tal caso el pariente más propincuo a la madre por aquella vía que procedía o venía la subcesión del señorío e hacienda. No paresce esto mucha bestialidad o error, en especial en tierra donde las mujeres eran tan deshonestas e malas como se dijo desuso.

Los hombres, aunque algunos eran peores que ellas, tenían un virtuoso e común comedimiento e costumbre, generalmente, en el casarse. Y era así: que por ninguna manera tomaban por mujer ni habían aceso carnal con su madre,ni con su hija ni con su hermana, y en todos los otros grados las tomaban e usaban con ellas, siendo o no sus mujeres: lo cual es de maravillar de gente tan inclinada e desordenada en el vicio de la carne. E a tan bestial generación es de loar tener esta regla guardada inviolablemente, y si algún príncipe o cacique la quebranta, es habido por muy malo, e comúnmente aborrescido de todos los suyos e de los extraños. Pero, entre algunos que tienen nombre de cristianos, en algunas partes del mundo, se habrá quebrantado algunas veces, y entre judíos e gentiles no menos, como se prueba en la Sagrada Escriptura con Amón y Thamar, su hermana. Suetonio Tranquilo dice así en la vida de Cayo Calígula: Cum omnibus sororibus suis stupri consuetudinem fecit; e en aquel Suplementum chronicarum dice que el emperador Cayo Calígula usaba con dos hermanas suyas, y de una dellas hobo una hija que también la forzó el mismo padre. La hija le perdona Eusebio, e dice que Cayo, con sus hermanas hobo ayuntamiento e las desterró a ciertas islas. Y en el mismo Suplimento de chrónicas se escribe, hablandó de la gente de los partos, que, dejando aparte la debida castidad, usaban los naturales usos con sus propias hijas e hermanas e otras mujeres en debdos estrechos e a ellas conjuntos. Pero en este caso, uno de los más malos príncipes de quien se escriben tales excesos es el emperador Cayo Calígula, de quien de suso se hizo memoria; y quien más particularmente lo quisiere saber, escuche a Suetonio Tranquilo, que escribió su vida, e mire lo que dice. El Tostado, sobre Eusebio De los tiempos, dice, alegando a Solino en el Polihystor, que los que no tienen leyes algunas, no usan de matrimonio, mas son todas las mujeres comunes, como entre los garamantas, que son etiopgos; y el mismo Tostado, alegando a Julio Celso, dice haber seído en otro tiempo costumbre entre los ingleses que seis dellos casasen con una mujer juntamente. Esta costumbre no la aprobara en estos tiempos nuestros el rey Enrique VIII de Inglaterra; antes pienso yo que la mandara él guardar al contrario.

Pero no hablemos en los extraños, pues que hoy viven algunos en nuestra España, o son naturales della, e yo he visto e conoscido dos destos, y aun tres, que cada uno dellos se casó con dos hermanas; y déstas, siempre moría la primera ante que casasen con la segunda. Y también he visto dos hermanos casados con una mujer, siendo vivos todos tres. Y también he visto un religioso de la Orden militar de Calatrava (que es la misma del Cístel), después de ser muchos años profeso, que dejó la Orden que tenía, e tomó la de Sanctiago e una mujer casada, e habiendo habido hijos de su marido, le dejó e tomó el mismo hábito de Sanctiago, e se casó con el otro comendador que dije que primero fué de Calatrava. Pero, para estas cosas tan recias e raras veces usadas, interviene una licencia e auctoridad del Summo Pontífice, Vicario de Cristo, que todo lo puede dispensar; lo cual él consiente cuando le es fecha tal relación, que, por muy legítimas causas e necesarias, e por evitar otros mayores daños, aprueba los tales matrimonios. Y así creo yo que lo habrá fecho con los que yo he visto. Pero plega a Dios que hayan dicho verdad a Su Sanctidad, porque él siempre dice aquel fiat, clave non errante. Pues luego no es tanto de maravillar si entre esta gente salvaje de nuestras Indias de España, hobo los errores que he dicho.

Mas, en eso poco que yo he leído, la gente que a mí me paresce ser más conforme a estos indios, en el uso de las mujeres, son los de Tracia; porque escribe el mismo Abulensis que cada hombre tiene en aquella tierra muchas mujeres, e que aquél se tiene por más honrado que más mujeres tiene; e que las mujeres destas que más aman a sus maridos, vivas se echaban en el fuego cuando quemaban el marido defunto (como era su costumbre quemarse los cuerpos de los hombres, en aquella tierra, después que morían). Y la que esto no hacía, era tenida por mujer que no había guardado castidad a su marido. Pues ya tengo dicho que en estas nuestras Indias, de su grado, se enterraban vivas algunas mujeres con sus maridos, siendo ellos muertos.

Y en el capítulo siguiente dice este mismo auctor que esta gente de Tracia sacrifica. hombres de los extranjeros, e que con las calavernas de los muertos hacen vasos para beber sangre humana e otros bebrajes. Isidoro, en sus Ethimologías, dice que esto es más fabuloso e falso que no verdadero; lo cual yo pienso que él no dubdara si supiera lo que hoy sabemos de los caribes en estas islas, e de la gente de la Nueva España, e de las provincias de Nicaragua, e de las provincias del Perú, e aquellos que viven en la Tierra Firme, debajo de la Equinocial e cerca de allí, así como en Quito e Popayán e otras partes muchas de la Tierra Firme donde es cosa muy usada sacrificar hombres, e tan común comer carne humana, como en Francia e España e Italia comer carnero e vaca. Cuanto más que, en esto del comer carne humana, dice Plinio que entre los scitios hay muchas generaciones que se substentan de comer carne humana, e que en el medio del mundo, en Italia e en Secilia fueron los cíclopes e estrigones, que hacían lo mismo, e que nuevamente, de la otra parte de los Alpes, en Francia, o a la banda del Norte, sacrificaban hombres.
Pero dejemos esto del comer carne humana e un hombre a otro, para en su lugar adelante; que desto, en la segunda parte, cuando se tracte de la Tierra Firme, hay mucho que decir; e volvamos al error de los indios en esto de las mujeres. Digo que se podrían traer a consecuencia otras generaciones de gentes tan culpadas en esta materia, y aunque entre cristianos no es de buscar tamaño delicto, no dejo de sospechar que podría haberse cometido por algún temerario desacordado o apartado de la verdadera fe católica. Y por esta misma razón estoy más maravillado destos indios salvajes, que tan colmados de vicios están, no haberse errado en esto de las mujeres, ayuntándose con las madres e hijas o hermanas, como en las otras sus culpas que es dicho. Ni tampoco se ha de pensar que lo dejaban de hacer por algún respecto virtuoso, sino porque tienen por cosa cierta y averiguada los indios desta isla (y de las a ella circunstantes), que el que se echa con su madre, o con su hija o hermana, muere mala muerte. Si esta opinión, como se dice, está en ellos fijada, débese creer que se lo ha enseñado la experiencia.

Ni es de maravillar que los indios estén metidos en los otros errores que he dicho, ni que incurran en otros más los que desconocen a su Dios Todopoderoso y adoran al diablo en diversas formas e ídolos, como en estas Indias es costumbre entre estas gentes; pues que, como he dicho, en muchas cosas e partes pintan y entallan, y esculpen en madera y de barro, y de otras materias hacen un demonio que ellos llaman cemí, tan feo e tan espantable como suelen los católicos pintarle a los pies del arcángel Sanct Miguel o del apóstol Sanct Bartolomé; pero no atado en cadenas, sino reverenciado: unas veces asentado en un tribunal, otras de pies y de diferentes maneras. Estas imágenes infernales tenían en sus casas, en partes y lugares diputados e obscuros que estaban reservados para su oración, e allí entraban a orar e a pedir lo que deseaban, así agua para sus campos y heredamientos, como buena simentera, e victoria contra sus enemigos; y en fin, allí pedían e ocurrían, en todas sus nescesidades, por el remedio dellas. E allí dentro estaba un indio viejo que les respondía a sabor de su paladar, o conforme a la consultación habida con aquel cuya mala vista allí se representaba. En el cual es de pensar que el diablo, como en su ministro, entraba e hablaba en él; y como es antiguo estrólogo, decíales el día que había de llover, o otras cosas de las que la Natura tiene por oficio. A estos tales viejos hacían mucha reverencia, y eran entre los indios tenidos en gran reputación, como sus sacerdotes y perlados; y aquestos eran los que más ordinariamente tomaban aquellos tabacos o ahumadas que se dijo de suso, y desque volvían en sí, decían si debía hacerse la guerra o dilatarla; e sin el parescer del diablo (habido de la forma que es dicho), no emprendían ni hacían cosa alguna que de importancia fuese.

Era el ejercicio principal de los indios desta isla de Haití o Española, en todo el tiempo que vacaban de la guerra, o de la agricoltura e labor del campo, mercadear e trocar unas cosas por otras, no con la astucia de nuestros mercaderes, pidiendo por lo que vale un real muchos más, ni haciendo juramentos para que los simples los crean, sino muy al revés de todo esto y desatinadamente; porque por maravilla miraban en que valiese tanto lo que les daban como lo que ellos volvían en prescio o trueco, sino, teniendo contentamiento de la cosa por su patiempo, daban lo que valía ciento por lo que no valía diez ni aun cinco. Finalmente, que acontesció vestirlos y darles los cristianos un muy gentil sayo de seda o de grana, o muy buen paño, e desde a poco espacio, pasado un día o dos, trocarlo por una agujeta o un par de alfileres. E así, a este respecto, todo lo demás barataban, y luego, aquello que habían habido, lo tornaban a vender por otro disparate semejante, valiendo o no valiendo más o menos prescio lo uno que lo otro. Porque entre ellos, el mayor intento de su cabdal, era hacer su voluntad, y en ninguna cosa tener constancia.

El mayor pecado o delicto que los indios desta isla más aborrescían e que con mayor riguridad e sin remisión ni misericordia alguna castigaban, era el hurto; e así, al ladrón, por pequeña cosa que hurtase, lo empalaban vivo como dicen que en Turquía se hace), e así lo dejaban estar en un palo o árbol espetado, como en asador, hasta que allí moría. Y por la crueldad de tal pena, pocas veces acaescía haber en quien se ejecutase semejante castigo: mas ofresciéndose el caso, por ninguna manera, ni por deudo o amistad, era perdonado ni disimulado tal crimen; y aun cuasi tenían por tan grande error querer interceder o procurar que tal pena fuese perdonada ni promutada en otra sentencia, como cometer el mismo hurto.

Ya se desterró Satanás desta isla; ya cesó todo con cesar y acabarse la vida a los más de los indios, y porque los que quedan dellos son ya muy pocos y en servicio de los cristianos o en su amistad. Algunos de los muchachos y de poca edad destos indios podrá ser que se salven, si creyeren e baptizados fueren, como lo dice el Evangelio. Así que, salvarse han los que guardaren la fe católica e no siguieren los errores de sus padres e antecesores. Pero ¿qué diremos de los que andaban alzados algunos años ha, seyendo cristianos, por las sierras e montañas, con el cacique don Enrique e otros principales indios, no sin vergüenza e daño grande de los cristianos e vecinos desta isla? Mas, porque aqueste es un paso notable e requiere particularizarse, tractarse ha la materia en el capítulo siguiente, para que mejor se comprehenda el origen desta rebelión, e a qué fin la trujo Dios con la clemencia de la Cesárea Majestad del Emperador Rey don Carlos, nuestro señor, e por la prudencia de su muy alto e Real Consejo de Indias.

CAPITULO IV

De la rebelión del cacique Enrique e la causa que le movió para ello, e de la rebelión de los negros.

Entre otros caciques modernos e últimos desta Isla Española hobo uno que se llamó Enrique, el cual era cristiano baptizado, y sabía leer y escrebir, y era muy ladino e hablaba bien la lengua castellana. Este fué desde su niñez criado e doctrinado de los frailes de Sanct Francisco, e mostró en sus principios que sería católico e perseveraría en la fe de Cristo. Después, seyendo mancebo, se casó, e servía a los cristianos con su gente en la villa de Sanct Joan de la Maguana, donde estaba, por teniente del almirante don Diego Colom, un hidalgo llamado Pedro de Vadillo, hombre descuidado en su oficio de justicia, pues por su negligencia, o poca prudencia, se siguió la rebelión deste cacique: el cual se le fué a quejar de un cristiano de quien tenía celos o sabía que tenía que hacer con su mujer, lo cual este juez no tan solamente dejó de castigar, pero, demás desto, tractó mal al querellante, e túvolo preso en la cárcel, sin otra causa, porque quiso complacer al adúltero, y después de haber amenazado e dicho algunas palabras desabridas al Enrique, le soltó. Por lo cual, el cacique se vino a querellar a la Audiencia Real que en esta cibdad de Sancto Domingo reside, y en ella se proveyó que le fuese fecha justicia, la cual no se le hizo, porque el Enrique volvió a la misma villa de Sanet Joan, remitido al mismo teniente Pedro de Vadillo que era el que le había agraviado e le agravió después más, porque le tornó a prender e le tractó peor que primero. De manera que el Enrique tomó por partido el sofrir, o a lo menos disimular sus injurias e cuernos, por entonces, para se vengar adelante, como lo hizo, en otros cristianos que no le tenían culpa. Y después que había algunos días que este cacique fué suelto, sirvió quieta e sosegadamente hasta que se determinó en su rebelión e alzamiento; y cuando le paresció tiempo, el año de mill e quinientos e diez e nueve, se fué al monte con todos los indios que pudo recoger e allegar a su opinión, y en las sierras que llaman del Baoruco e por otras partes desta isla anduvo cuasi trece años.En el cual tiempo salió de través algunas veces a los caminos con sus indios e gente, e mató algunos cristianos, e robándolos, les tomó algunos millares de pesos de oro; y otras veces algunas, demás de haber muerto e salteado a otros, hizo muchos daños en pueblos y en los campos desta isla, e se gastaron muchos millares de pesos de oro, por le haber a las manos, e no fué posible hasta que Dios lo permitió. Porque él se dió tal recabdo en sus saltos, que salió con to dos los que hizo, por la poquedad de aquellos que lo habían de remediar; pues está claro que cuando estaba esta isla próspera de indios, y eran tantos que no se pudieran contar, no habiendo sino trescientos españoles en esta tierra, o menos, los destruían e sobjuzgaban por continuas batallas y rencuentros; e estando poblada de cristianos anduvo este Enrique e otro capitán indio, llamado Tamayo, alzados e con poca gente, haciendo muchos daños, salteando e quemando pueblos e haciendas de los cristianos e tratando hombres con sus acechanzas.

Quiero decir que era la causa desto. Cuando los cristianos, seyendo pocos, vencían e destruían a los indios (que eran muchos), dormían sobre las daragas o rodelas, con las espadas en las manos, y estaban en vela con los enemigos. Cuando Enriquillo hacía esas cosas, dormían los cristianos en buenas e delicadas camas, envueltos en granjerías de azúcar y en otras en que las personas e memorias andando ocupadas, no les dejaban libremente entender en el castigo de los indios rebelados con la atención e diligencia que se requería. E no se había de tener en tan poco, en especial viendo que cada día se iban e fueron a juntar con este Enrique e sus indios, algunos negros; de los cuales ya hay tantos en esta isla, a causa destos ingenios de azúcar, que paresce esta tierra una efigie o imagen de la misma Etiopía.

Por cierto, si el almirante don Diego Colom, el año de mill e quinientos e veinte e dos años, no fuera tan presto en el remedio de la rebelión de los negros que en aquella sazón desde su ingenio e hacienda se principió (como se dijo en el libro precedente), pudiera ser que fuera necesario reaquistar esta isla de nuevo, e que no dejaran cristiano a vida, como lo tenían pensado, e aun como lo iban poniendo por obra los negros alzados.

Para lo que tocaba a la rebelión del cacique Enrique, la Cesárea Majestad e los señores de su Real Consejo de Indias, viendo que las armadas e gastos que esta cibdad e isla había fecho contra él, eran muchos e de ningún provecho, enviaron gente de guerra con el capitán Francisco de Barrionuevo (que después fué gobernador en Castilla del Oro, en la Tierra Firme), para que hiciese la guerra a este Enrique. E aun después que aquella gente llegó, un principal indio o capitán del Enrique, llamado Tamayo, hizo ciertos saltos e daños, e mató un cristiano, e a otro cortó la mano derecha e lo dejó vivo. E al mismo pobre soldado le oí yo decir, después. que cuando fué preso, e el Tamayo mandó a otro indio que le cortase la mano, porque tuvo compasión de verle muy mozo (que a mi parescer, cuando yo le vi sin la ufano, podría haber diez e seis o diez e siete años), él le rogó que no le cortasen la mano derecha, sino la izquierda; e el Tamayo le dijo así: "Bachiller sois: agradesced que no os matan e habed paciencia."

Pero estas alteraciones de los indios es poco o ningún temor para los cristianos, en la verdad, e tienen remedio, e muy presto le tuvo este alzamiento cuando de hecho se quiso remediar; porque Su Majestad Cesárea envió a mandar que de su parte se le diese seguro a este Enrique e a los otros indios que con él estaban rebelados, para que, reduciéndose él y ellos a su real servicio, fuese perdonado y bien tractado; e no queriendo venir a su obediencia por bien de paz, le fuese fecha la guerra a fuego e a sangre. muy en forma, de manera que no faltase, el castigo a proporción de sus méritos. Y aquesta Audiencia Real entendió luego en ello, segund Su Majestad se lo mandó, con esperanza del buen subceso que nuestro Señor dió en ello. Y lo que se siguió se especificará en el capítulo siguiente.

Pero, porque dije de suso que de no haber fecho justicia a este cacique el teniente Pedro de Vadillo, subcedió su rebelión (así es notorio en esta isla), parescerá, al que esto oyere, que por mis palabras queda aquel hidalgo obligado a alguna culpa, digo que ya la que él tuvo en aqueste caso, él lo ha pagado. Porque tiene Dios cargo de punir e castigar los que los jueces del suelo disimulan y no castigan, y aun a las veces se ejecuta su divina sentencia en los mismos jueces, como le acontesció a éste: que yendo desde aquesta cibdad a España en una nao, entrando por la barra del río Guadalquivir, a par de Sanct Lúcar, se perdió la nao en que iba, y él y el maestro Francisco Vara y otros muchos se ahogaron, y con mucha riqueza; y así escotó este juez la sinrazón fecha al cacique Enrique. Dios haya piedad de su ánima y de las de aquellos que allí padescieron.

Tornando a lo que se propuso en el título deste capítulo IV, creer se debe, por lo que está dicho, que los indios desta isla tenían otros muchos más ritos e cerimonias de las que de suso se han apuntado; pero como se han acabado, e los viejos e más entendidos dellos son ya muertos, no se puede saber todo totalmente como era. Mas, cuanto a la justificación que dije de su fin e acabamiento, cuando se tractare de la Tierra Firme, en la segunda parte destas historias se dirán muchas más cosas e abominaciones de sus ritos e cerimonias e idolatrías; porque en aquella tierra he yo gastado más tiempo, y hay mucho más que escrebir della; porque es grandísima tierra, e de diversas lenguas e costumbres, e habitada de gentes muy diferentes en su manera de vivir.

CÁPITULO V

Del subceso de la rebelión del cacique Enrique, que después se llamó don Enrique, porque así lo nombró Su Majestad en una carta que le envió, y de cómo el capitán Francisco de Barrionuevo se vido con él, e fué reducido al servicio de Sus Majestades, y se asentó la paz con él y sus indios.

Porque en los capítulos de suso se ha dicho cómo Su Majestad envió al capitán Francisco de Barrionuevo a esta isla, para requerir a Enrique que se reduciese a su real servicio, o se le hiciese la guerra a fuego y a sangre, y no con la tibiez e espacio de antes, digo, así, que esta Audiencia Real, visto el mandamiento de César, quiso tomar el parescer de las personas principales desta cibdad, e se juntaron para platicar en la forma que se debía tener en la pacificación o guerra de aqueste cacique Enrique. Y después de se haber consultado, se acordó que el mismo capitán Francisco de Barrionuevo fuese primero a tentar la paz, e si no se pudiese haber, que se usase de los remedios de las armas, porque primero fuese ante Dios fecha esta diligencia en justificación de la conciencia de la Cesárea Majestad y de sus vasallos, para todo lo que subcediese, y que las muertes y daños que redundasen de la guerra, no se pudiesen imputar ni atribuir a los cristianos. Y para este efecto partió de aquesta cibdad de Sancto Domingo a buscar al Enrique, a los ocho de mayo de mill e quinientos e treinta e tres años, en una carabela con que salió del puerto de esta cibdad, e con él treinta e dos hombres cristianos e otros tantos indios para les ayudar a llevar las mochilas. Y fué por la costa abajo desta isla, al Poniente, por la banda del Sur, de puerto en puerto. Y porque la carabela no podía ir muy junto a tierra, llevaba por la costa un batel con gente. Y llegó a la villa de Yaquimo, bajo de las sierras del Baoruco, y en todo el camino no halló rastro alguno, ni humo, ni indicio de que se pudiese presumir dónde se pudiese hallar este cacique e su gente. E inquiriendo esto por la costa, entrando en la tierra e volviendo a la mar muchas veces, gastó en esto dos meses de tiempo; e al cabo, habiendo un día salido en tierra, subió por la costa de un río, e halló una estancia de indios despoblada de gente; pero había en torno della comida de conucos (que son labranzas de indios), e no consintió que se tomase cosa alguna, por no alterar: que bien entendió que los indios de aquella estancia debían ser idos a pescar, o a cazar o montear, o donde les conviniese. Y visto esto, se tornó a la mar e acordo de enviar por ciertas guías a la villa de la Yaguana; e traídas éstas, envió un indio dellas con una carta al mesmo Enrique (porque aquella guía decía que sabía dónde estaba), y este indio nunca más tornó ni se supo qué se hizo. Y como vido el capitán que esta guía o lengua no tornaba a cabo de veinte días que la había enviado, acordó de ser él mismo mensajero e ir en persona con otra guía que le quedaba; e con treinta hombres cristianos fué a buscar este cacique adonde aquella india decía que Enrique tenía sus labranzas e que le hallarían. E habiendo caminado tres días y medio, hallóse una labranza; e andando a buscar agua para beber, hallaron cuatro indios, los cuales se tomaron todos; y de aquéllos se supo que Enrique estaba en la laguna que llaman del Comendador Aibaguanex (que era un indio que así se llamaba en tiempo pasado, cuando gobernó esta isla el comendador mayor don Frey Nicolás de Ovando); la cual laguna estaba ocho leguas de allí, de mal país y de tierra muy montuosa, e cerrada de espinos y arboledas e matas tan espesas como acá suelen ser; y él determinó de ir allá.

Antes de llegar a la laguna que es dicho, topó el captán e los que con él iban, un pueblo muy bueno e de muchos e buenos buhíos o casas, y tal que en los tiempos pasados pudieran muy bien vivir en él mill e quinientos indios. En el cual se creyó que estaría Enrique, e que sería tornado de la laguna; donde, en la verdad, él estaba haciendo sus cahobas o ahumadas que los indios toman (que asimismo llaman tabacos, como atrás se dijo, en el capítulo II). E hizo noche el capitán, con los que llevaba, a media legua del pueblo que es dicho; e al cuarto del alba, el día siguiente, dió sobre él, y llegado al pueblo, no se halló gente alguna; mas halláronse aparejos de casa, según los indios los tienen, de forma que claramente parescía ser poblado, y estar la gente fuera del lugar. E mandó el capitán que no se tocase en cosa alguna, excepto algunas calabazas que se tomaron para llevar agua, por la falta que della hay por aquella tierra. Desde allí hasta la laguna había un camino, fecho a hacha y a mano, que podía ir una carreta y venir otra por la anchura del; y por allí, según se mostraba, llevaron los indios trece canoas que tenían, hasta la laguna; las siete grandes y las seis pequeñas. E siguiendo por este camino el capitán e los cristianos que con él iban, oyeron los golpes de una hacha dentro del monte (que ya era montaña alta e tierra andadera); e sentidos aquellos golpes, hizo sentar la gente, e desde allí proveyó de enviar por todas partes indios de los que llevaba, mansos, que tomasen en media al que golpeaba o hacía leña dentro, en lo emboscado y espeso del monte; e así se hizo, e fué tomado un indio que estaba cortando leña.

Es de notar que en todo el camino del monte hasta allí, no habían en parte alguna hallado que estoviese cortado un palo ni rama; porque el Enrique, como hombre apercebido y de guerra, lo tenía así mandado, so pena de la vida, a sus indios, y lo ejecutaba en el que lo contrario hacía. Después que este indio fué tomado, el capitán, Francisco de Barrionuevo se retrujo a un lado, dentro en la montaña, fuera del camino, dejando su guarda donde le paresció que convenía, para que la gente que pasase no tomase rastro ni sintiesen que andaban por allí cristianos. E informóse de aquel indio en qué parte e dónde estaba don Enrique. El cual les dijo dónde le hallarían, pero que habían de ir cerca de media legua por de dentro de la laguna, en algunas partes hasta la rodilla el agua, y en otras hasta los sobacos, e algo más e menos; y que de la otra parte había peñas e mangles muy cerrados y espesos (que son árboles de cierta manera, muy tejidos y dentro del agua en las costas marinas), y que el camino era muy malo. E informados muy bien de la dispusición e pasos por donde habían de ir, estaban a legua e media del Enrique. E partieron luego de allí el capitán e su gente, fuera de camino; y llegados a la laguna, fueron vistos de unos indios que estaban fuera della, en tierra; los cuales en el instante se comenzaron a apellidar e dar voces, e se recogieron, hasta doce indios que podrían ser, en las canoas que es dicho, las cuales allí tenían; e comenzaron a dar golpes con los nahes o remos en las canoas, porque los cristianos sintiesen que estaban dentro, ya en ellas, los indios, los cuales decían a voces: "A la mar, capitán; a la mar. capitán." Y él no quiso responder, aunque los cristianos le decían que respondiese; pero él replicó e dijo: "Esos indios tienen capitán e no sabemos si le llaman a él o a mí." E tornaron a dar voces e dijeron: "Señor capitán de la Majestad, a la mar, a la mar." Entonces, el capitán salió de la sabana o monte, echando por los lados del camino por do iba algunos compañeros de sus soldados, por ir en orden e saber si había más gente de la de Enrique en alguna celada. (Este nombre sabana se dice a la tierra que está sin arboledas, pero con mucha e alta hierba, o baja.) Así que, de la manera que dicha es, llegó el capitán e los que con él iban, a las costa e agua de la laguna (la cual tiene de circunferencia doce leguas); e allí habló con los indios de las canoas e les preguntó que dónde estaba Enrique, porque le iba a hablar en nombre de Su Majestad, e a le dar una carta real suya. E preguntóles si había allí venido el indio o guía primera que había enviado solo, como ya está dicho; e dijeron que no había ido allí tal indio, pero que ya sabían que era venido un capitán que enviaba la Majestad. Entonces, el capitán Francisco de Barrionuevo les rogó que tomasen una india que él llevaba, que había estado un tiempo antes con el mesmo Enrique, e le conoscía muy bien, para que della se informase de su venida. E con mucha importunidad la rescibieron, diciendo que habría enojo su señor Enrique. Y entró la india en la laguna, dándole el agua hasta la cinta, e tomáronla en una de aquellas canoas e dijeron que ellos la llevarían a su señor Enrique, e así lo pusieron en efecto.

Y fecho esto, el capitán e los cristianos se apartaron de allí cuanto un tiro de ballesta, e entráronse a la sabana o campo raso (por su seguridad), donde durmieron aquella noche. Otro día siguiente, dos horas después de salido el sol, volvieron dos canoas en que vino un indio principal, capitán del dicho Enrique, con doce indios, llamado Martín de Alfaro, muy pariente del Enrique, y el más acepto a él. E traían la india que es dicho. E salieron todos en tierra con sus lanzas y espadas, e apartóse un poco de los cristianos Francisco de Barrionuevo, e abrazó a este indio capitán e a todos los indios que con él salieron a tierra. Los cuales se tornaron luego a sus canoas, salvo aquel principal, que quedó en tierra hablando con Barrionuevo. E era bien ladino, e hablaba la lengua castellana suficientemente; el cual dijo al capitán nuestro, que le pedía por merced el señor Enrique, que, porque él estaba mal dispuesto, que se fuese allá. El cual pensó que aquello se le enviaba a decir para conoscer dél si su ida era por buena amistad, o fraudosa aquella visitación; porque el camino y entrada eran tales, que si mostrara algún temor o recelo de la ida, sospecharan Enrique e su gente que los querían engañar o prender. E por quitarles tal sospecha, se determinó el capitán Barrionuevo de ir allá, aunque contra la voluntad de los más de los que con él iban; porque recelaban, segund la dispusición e pasos del camino que habían de pasar, que los podrían los indios matar, o aprovecharse dellos muy a su salvo. Pero el capitán Barrionuevo, non obstante eso, tomó consigo hasta quince hombres (los que le paresció escoger de los cristianos), e dejó allí los demás, con los indios mansos que había llevado; e siguió su camino por donde le quiso guiar el Martín de Alfaro, por tales pasos e viaje, que era bien aparejado para temer el evento e fin de la jornada que hacían. E aun así lo iban, algunos de los cristianos que llevaba, diciendo e murmurando; porque era muy áspera tierra e muy cerrada y espesa de árboles e manglares y espinos. E indudablemente, los más de los compañeros pensaban que no habían acertado en creer a aquel indio; e de parescer de los más, se tornaran. Pero su capitán conosció la flaqueza de algunos de su compañía, e díjoles lo que se sigue, por animarlos e que no le dejasen.

 

CAPITULO VI

Del razonamiento que el capitán Francisco de Barrionuevo hizo a ciertos compañeros que con él iban por un camino sospechoso e áspero, yéndose a ver con el cacique Enrique, llevando por guía a un capitán del mismo Enrique.

"Señores: yo vine acá con vosotros, no a más de servir a Dios e al Emperador nuestro señor; e no será bien que se conozca temor en ninguno de vosotros, pues que sois hidalgos e personas experimentadas en mayores peligros. Cuando más que aquí no hay de qué temer, y el que quisiere tornarse, vuélvase donde quedan nuestros compañeros, e aguárdeme allí; e el que hobiere gana de me seguir e hacer lo que debe, haga lo que yo hago; porque yo no tengo de volver un paso atrás, aunque pensase escapar de morir: que a esto vine e venís, y a ganar honra e no a perderla."

E así, seyendo él el delantero, prosiguió su camino, llevando una espada en la cinta e una lanza jineta en la mano, e sin otras armas defensivas ni ofensivas, e con un jubón de cañamazo o anjeo, e unos zarahuelles, e unas antiparas de vitre de las rodillas abajo, e unos alpargates calzados. E desta manera que he dicho, como buen capitán e animoso caballero, exhortando los que con él iban, todos ellos le siguieron, e llegaron a una caleta o ensenada o ancón, que estaba no más de hasta dos tiros de ballesta de donde Enrique estaba. E de cansado del trabajoso camino, se asentó debajo de un árbol, e desde allí vido en la vuelta del ancón de la mesma laguna a Enrique e los indios que con él estaban.

E tuvo mucha razón de descansar, porque hasta llegar allí, muchas veces habían andado a gatas e rastrando por debajo de los árboles e matas. Y también lo hizo porque, demás de tomar aliento él e los que con él iban, debajo de aquella disimulación pudiese entender e conjecturar mejor la dispusición de aquella tierra donde estaba, para lo que le conviniese hacer si alguna nescesidad le ocurriese. Y desde allí hizo atravesar por el agua a un mestizo que con él iba, e al indio capitán Martín de Alfaro, e mandóles que le dijesen a Enrique que él iba cansado e que por eso había parado allí, e no por otra causa; e que si el Enrique se recelaba, que mirase que no había razón para que temiese, pues veía cómo él había llegado allí con aquellos pocos cristianos que con él estaban. Pero que si desto no se aseguraba, que él se tornaría a salir a la sabana o a lo raso, y él podría venir con sus canoas a le hablar seguramente, o como él quisiese hacerlo; porque él iba de parte de Su Majestad a le hablar e traer en paz a su servicio; e le quería el Emperador nuestro señor por suyo, e hacerle mercedes, e le traía una carta de Su Majestad; e que no temiese de cosa alguna, porque César le perdonaba todas las cosas pasadas, viniendo él a su servicio e obediencia, como lo vería por su real letra que le escribía. E así. a este propósito. otras palabras exhortatorias a la paz e amistad convinientes le envió a decir. Y cómo el mestizo y el capitán Martín de Alfaro llegaron al Enrique e le refirieron lo que es dicho, luego él comenzó a dar mucha priesa a sus indios, e llamábalos bellacos porque no se daban priesa e no habían abierto el camino.

E luego tornaron aquel mestizo e capitán que es dicho, donde Barrionuevo estaba, e le dijeron que fuese él e su gente toda. El cual envió luego a llamar a los que había dejado atrás, de los españoles, en la sabana con los indios mansos. E llegados, él comenzó a ir hacia donde estaba Enrique por el camino que ya estaba hasta él abierto. E los indios que le abrían, pasaron de allí adelante, abriendo e prosiguiendo su tala hacia donde los cristianos habían quedado, los cuales ya venían haciendo lo mismo.

Llegado el capitán Francisco de Barrionuevo, con los cristianos, donde Enrique estaba, había allí un árbol grande, de buena sombra, e debajo dél estaba una manta de algodón tendida en tierra. E así como se vieron, fué el uno para el otro e se abrazaron con mucho placer, e asidos de las manos, se fueron a sentar sobre aquella manta. E allí llegó a abrazar al capitán Barrionuevo, Tamayo, principal indio y el que más daño por su persona hacía en esta isla; y después deste abrazo a todos los otros indios de Enrique, que eran seis capitanes principales, inferiores e criados deste cacique Enrique, e los otros indios restantes, gandules e, hombres de guerra, que serían hasta septenta hombres bien dispuestos, e los más dellos con lanzas y espadas y rodelas. Los cuales traían alrededor del cuerpo, desde los sobacos hasta las caderas, rodeados muchas vueltas de hicos o cuerdas de algodón, juntas y espesas, en lugar de corazas, y emhijados todos o pintados de cierta color roja, como almagre, o más subida color (que se llama bija), con muchos penachos, e puestos en orden, como suelen estar en las batallas e guerra. E mandó el capitán Francisco de Barrionuevo asentar a los cristianos a un cabo, apartadas un poco dél, y Enrique mandó a sus indios que se sentasen al otro cabo. Fecho aquesto, el capitán Francisco de Barrionuevo, con mucho placer e gentil semblante, le hizo un razonamiento en la manera siguiente.

CAPITULO VII

Del razonamiento que hizo el capitán Francisco de Barrionuevo al cacique Enrique, cuando le dió una carta de Su Majestad e quedaron asentadas las paces.

"Enrique: muchas gracias debéis dar a Dios nuestro Señor por la clemencia y misericordia que con vos usa en las mercedes señaladas que os hace el Emperador Rey nuestro señor, en se acordar de vos, y os querer perdonar varios yerros e reduciros a su real servicio e obediencia, y querer que, como uno de sus vasallos, seáis bien tractado, y que de ninguna cosa de las pasadas se tenga con vos memoria; porque os quiere más enmendado y por su vasallo y servidor, que no castigado por vuestras culpas, porque vuestra ánima se salve y sea de Dios, y no os perdáis vos e los vuestros; sino que, como cristiano (pues rescebistes la fe y sacramento del sancto baptismo), seáis rescebido con toda misericordia, como más largamente lo veréis por esta carta que Su Majestad, haciéndoos estas mercedes que he dicho, y las que más os hará, os escribe." Y acabado de decir esto, se la dió. La cual Enrique tomó en la mano, e tornósela a dar e le dijo que le rogaba que se la leyese, que él se fiaba dél, porque tenía malos los ojos; y así era verdad.

Entonces. Francisco de Barrionuevo la tomó e leyó alto, que todos los que allí había lo podían oír y entender (los indios que entendiesen nuestra lengua); y leída, la tornó a dar a Enrique e le dijo: "Señor don Enrique, besad la carta de Su Majestad e ponedla sobre vuestra cabeza." Y así lo hizo él luego con mucho placer; y el capitán le dió encontinente otra carta de seguro de la Audiencia Real e Chancillería de Sus Majestades que reside en esta cibdad de Sancto Domingo, sellada con el sello real, y le dijo así: "Yo vine a esta isla por mandado del Emperador Rey, nuestro señor, con gente española de guerra, para que con ella y toda la que más hay en aquesta isla, os haga guerra. E mandóme Su Majestad que de su parte os requiera primero con la paz para que vengáis a su obediencia y real servicio; y si así lo hiciéredes, os perdona todos los yerros y cosas pasadas, como por su real carta ya habéis sabido. Y así de su parte os mando e requiero que lo hagáis, porque haya lugar que se use con vos tanta liberalidad y clemencia. E mirad que sois cristiano, e temed a Dios e dadle infinitas gracias, e nunca le desconozcáis tanta misericordia, pues que os da lugar que os salvéis, y no perdáis el ánima ni la persona; porque, aunque hasta aquí él os ha guardado de los peligros de la guerra, ha seído porque cuando os alzastes, tuvistes alguna causa para apartaros de aquel pueblo donde vivíades; pero no para desviaros del servicio de Dios y de vuestro Rey. Porque, en fin, si a noticia de Su Majestad llegara que habiades rescebido algún agravio, sed cierto que lo mandara muy enteramente remediar y castigar, de manera que fuérades satisfecho y contento. Pero, ya que todo aquello es pasado, os digo e certifico que si agora no venís de corazón y de obra a conoscer vuestra culpa y a obedescer a Su Majestad, perdonándoos como os perdona, que permitirá Dios que os perdáis presto, porque la soberbia os traerá a la muerte. Y quiero que sepáis que la guerra no se os hará como hasta aquí se os ha fecho en el tiempo pasado; ni os podréis esconder, aunque fuésedes un corí o un pequeño gusano de debajo de la tierra; porque la gente de Su Majestad es mucha, y el poder real suyo el mayor que hay en el mundo. Y entraros han por tantas partes, que de lo más hondo y escondido os sacarán. Y acordaos que hace trece años o más que no dormís seguro ni sin sobresalto e congoja e temor grande, así en la tierra como en la mar; e que no lo habéis con otro cacique que tan pocas fuerzas tenga como vos, sino con el más alto e más poderoso señor e rey que hay debajo del cielo, a quien otros reyes y muchos reinos obedescen, e temen e le sirven. Y creed que si Su Majestad fuera informado de lo cierto, que ha mucho tiempo que vos fuérades enmendado o castigado si no viniérades a su merced; porque es de su real e católica costumbre y clemencia, mandar primero amonestar que castigar a quien le desirvió algún tiempo; pero, hecho este cumplimiento, ninguna cosa desta vida basta para defender a ningún culpado de su ira e justicia. E así os digo que ni tampoco creáis que si viniéredes (como creo que vernéis), a conoscer lo que se os ofresce, e a ser el que debéis en vuestra obediencia e servicio, que os conviene, por ningún caso deste mundo, tornar a la rebelión en ningún tiempo; porque su indignación sería muy mayor, y el castigo ejecutado en vos y en vuestra gente con mayor rigor; porque hallaréis muy buen tractamiento en sus gobernadores y justicias, e ningún cristiano os enojará que deje de ser punido e castigado muy bien por ello. Por tanto, alzad las manos al cielo, e dad infinitos loores a Jesucristo por las mercedes que os hace, si hiciéredes lo que Su Majestad os manda e yo en su real nombre os requiero. Porque si amáredes vuestra vida e la de los vuestros, amaréis su real servicio e la paz, libraréis vuestra ánima e las de muchos, e daréis seguridad a vuestra persona e a las de todos aquellos que os siguen. E Su Majestad terná memoria de vos para haceros mercedes, e yo, en su nombre, os daré todo lo que hobiéredes menester; y os otorgaré la paz e seguro, e capitularé con vos cómo viváis honrados y en la parte que os pluguiere escoger en esta isla, con vuestra gente y con toda aquella libertad que gozan los otros vasallos cristianos e buenos servidores de Su Majestad. Así que, pues me habéis entendido, decidme vuestra voluntad y lo que entendéis hacer."

A todas estas palabras, el cacique Enrique estuvo muy atento, e todos los indios e los cristianos, e con mucho silencio; e como el capitán Francisco de Barrionuevo hobo acabado de hablar, respondió Enrique así: "Yo no deseaba otra cosa sino la paz, y conozco la merced que Dios y el Emperador nuestro señor me hacen en esto, y por ello beso sus reales pies y manos; e si hasta agora no he venido en ello, ha seído a causa de las burlas que me han hecho los cristianos, e de la poca verdad que me han guardado, y por esto no me he osado fiar de hombre desta isla." E diciendo esto, dió muchas disculpas particulares e quejas de lo que con él se había fecho, relatando desde el principio de su alzamiento. E dicho aquesto se levantó e se apartó con sus capitanes, y mostrándoles las cartas que es dicho, habló un poco espacio con ellos cerca de su determinación. E se volvió a Barrionuevo, donde estaba, e se dió asiento e conclusión en la paz, e hablaron en muchas cosas concernientes a ella. Y el cacique Enrique prometió de la guardar siempre inviolablemente. E dijo que recogería todos los otros indios que él tenía e que andaban de guerra por algunas partes desta isla; e que cuando los cristianos le hiciesen saber que andaban algunos negros alzados, los haría tomar, e que si fuese necesario, él mismo iría a lo hacer, y enviaría capitanes a ello, para que los tornasen e los trujesen atados a poder de los cristianos cuyos fuesen tales negros. De allí adelante, sus indios todos le llamaban don Enrique, mi señor, porque vieron que en la carta, Su Majestad le llamaba don Enrique.

Hecho esto, el cacique don Enrique se fué a comer con su mujer, e llevó consigo alguna gente de la que allí tenía, e quedaron sus capitanes a comer con el capitán Francisco de Barrionuevo. Después, en la tarde, volvió don Enrique e pidió que se le diese facultad para tener dos alguaciles del campo, e se los señalase Barrionuevo en los mismos indios del don Enrique, e se les tasase lo que se les había de dar por su trabajo de cada negro y por cada indio de los que se les huyesen a los cristianos e los alguaciles los recogiesen. E así lo tasó Barrionuevo, y le dijo que si quería ganados e otras cosas, que lo dijese: que él se lo haría dar. Y el don Enrique respondió quél no tenía tierra allí donde tener ganados, por ser tan cerrada y áspera; pero que cuando hobiese comido aquellos conucos e labranzas que por allí tenía, e bajase a la tierra llana, teniendo más confianza en esta paz, que entonces los podría ener e los criaría.

Fecho aquesto, dió el capitán licencia a los cristianos para que con los indios de don Enrique hiciesen sus ferias e truecos de lo que les pluguiese, e así lo hicieron de algunas cosas de poca importancia e valor; porque oro decían que no lo tenían, ni se vido en todos ellos cosa alguna de oro. Después, cuando fué hora, cenaron los capitanes indios con el capitán Francisco de Barrionuevo, e don Enrique estuvo presente e no quiso comer ni beber (creyóse que de recelo). Después que fué pasada la cena, se fué don Enrique adonde tenía su mujer, e los cristianos con su capitán se salieron del bosque a dormir fuera, en la sabana o raso donde primero, no lejos de allí, habían asentado su real (como ya se dijo de suso). E aquella noche los cristianos estovieron en vela, e hicieron la guarda que convino hasta que fué de día.

Desde a poco que el sol era salido, vino don Enrique a la misma sabana donde el capitán e los cristianos estaban, e trujo consigo hasta cincuenta hombres, e los más dellos desarmados, e algunos con espadas; e allí se despidió don Enrique del capitán nuestro, abrazándole con mucho placer, e a él primero, e después a todos sus capitanes; e don Enrique, asimismo con mucha alegría, abrazó e todos los cristianos; e dió un capitán e un otro indio de los suyos para que fuesen hasta la mar, adonde había quedado la carabela. E allí holgaron un día. E hobiéranse de matar, bebiendo vino, este capitán e indio de don Enrique; porque, como no lo tenían acostumbrado e les sabía bien, entraron tanto en ello, que les revolvió en los vientres la cahoba que habían tomado; de manera que llegaron a punto de morir. Lo cual no fué poca congoja para los cristianos, porque, sin culpa suya, en tal sazón fuera inconviniente muy grande si murieran de aquella bebedera; e con algunos remedios que se les hicieron, e darles a beber aceite e hacerlos vomitar, escaparon. Desenvinados e tornados en sí, aunque no arrepentidos de lo que habían bebido, el capitán Francisca de Barrionuevo les dió ropas y vestidos a estos dos indios, e también para los otros capitanes, e asimismo envió otras ropas de más prescio, de seda, para don Enrique, con otras cosas de las que le paresció y llevaba, porque más placer y seguridad toviese de la nueva paz e amistad contraída con los cristianos.

E trujo consigo Barrionuevo hasta esta cibdad un indio principal que don Enrique mandó venir con él, del cual se fiaba, para que viese a los señores oidores desta Audiencia Real, e oficiales de Sus Majestades, e a los caballeros e hidalgos e vecinos desta cibdad; e oyese e viese pregonar la paz, como lo vido hacer primero en todos los otros lugares e villas por donde pasó, después que salió de la carabela, hasta llegar aquí, donde se hizo lo mesmo. E al dicho indio se le dió muy bien de vestir e se le hizo el tractamiento que era razón. El cual, como astuto, en aquellos días que estuvo en esta cibdad, entró en muchas casas, o en las más de las principales, para sentir los ánimos e voluntades que se sentían en todos desta paz; o para probar más vinos, porque luego le daban colación e a beber, y le mostraban todos que habían mucho placer e holgaban de la paz e amistad de don Enrique.

Después de lo cual, proveyó esta Audiencia Real e oficiales de Su Majestad, que con este indio volviese una barca e ciertos cristianos, para lo llevar a don Enrique; al cual enviaron muy buenas ropas de seda, e atavíos para él e para doña Mencía, su mujer, y para sus capitanes y otros indios principales; e otras joyas e refrescos de cosas de comer, e vino, e aceite, e herramientas e hachas para sus labranzas; puesto que don Enrique no pidió otra cosa sino imágenes; de que se colige que la fe no estaba en él de todo punto desarraigada o extinta, ni la crianza que tuvo en su niñez con los religiosos del monesterio de Sanct Francisco desta cibdad. Pero porque a esta Real Audiencia e oficiales de Su Majestad e al capitán Francisco de Barrionuevo paresció ser conviniente cosa, haciéndose la paz en nombre de tan alta Majestad como el Emperador Rey, nuestro señor, le enviaron lo que es dicho, juntamente con ciertas imágenes de devoción, para tener este cacique más obligado, e retificar la paz e lo asentado con él, y también porque estos indios son gente de poca capacidad, e no puestos en los primores de la verdad e honra e circunstancias della, que otras gentes miran e observan cuando semejantes paces se hacen e contraen con los enemigos. Ni tienen aquella constancia que es menester, ni sienten las menguas e afrentas con el dolor e injuria que otras naciones, ni aman la verdad, ni la tienen en tanto como debrían. Y por todos estos y otros respectos, convino que fuesen muy animados e halagados, para fijar esta amicicia, nuevamente adquirida, con les dar algunas cosas e traerlos mañosamente a la benivolencia e conversación de los cristianos, y para que paresciese y estos indios conosciesen que no se hacía caso ni se tenía cuenta con sus errores e cosas que este cacique don Enrique, e sus capitanes e indios, hasta entonces habían cometido después de su rebelión.

Esta paz se ha conservado, después, hasta el tiempo presente; y en la verdad era muy nescesaria, porque estaba esta isla perdida a causa del alzamiento deste cacique, e no se osaban ya andar los caminos hacia aquella parte, ni ir desta hacia la Yaguana, si no iban cantidad de cristianos juntos y apercebidos. La verdad es que Dios e Su Majestad fueron muy servidos de esta paz, así por lo que está dicho e otras muchas causas, como porque se baptizasen los niños que había, e los que más subcediesen entre esta gente de don Enrique, los cuales en aquella sazón eran muchos. Una de las cosas que mejor me han parescido en este hombre, es que dijo, cuando estas paces con él se asentaron, que una de las cosas de que él tenía más pena e dolor. era porque aquellos muchachos estaban por baptizar, e otros muchos eran muertos sin baptismo: que es señal que le quiso Dios remediar y que se salvasen él y los demás.

Quédame de decir dos cosas que se dirán en el siguiente capítulo: la una, en honor e gratificación deste caballero. Francisco de Barrionuevo (para complir con mi oficio de fiel escriptor, continuando la verdad de la historia); y la otra, en lo que toca a don Enrique.

CAPITULO VIII

Que tracta de dos particularidades que se dejaron de decir en el capítulo de suso: la una, en lo que toca al servicio y méritos de Francisco de Barrionuevo, y la otra, en la honrosa paz e reconciliación de don Enrique al servicio de Sus Majestades.

Claro está que el servicio que en esto hizo Francisco de Barrionuevo a Dios e a Sus Majestades, en la paz e amistad por él contraída y acabada con el cacique don Enrique, y el pro y utilidad que resultó a esta isla y a otras partes de fuera della, que está muy bueno de entender, y cuán digno es de mercedes. Porque, aunque se deba tener por cierto que todo lo que tan bien en estos tiempos se acierta, es en la buena ventura de tan venturoso Emperador e señor como tenemos, no por eso dejó de merescer mucho tan prudente capitán y que con tanto esfuerzo e gentil ánimo se determinó de entrar a donde fuera fácil cosa perderse él y los que con él iban, segund la dispusición y braveza de las montañas ásperas, y cerrados y salvajes montes, tan trabajosos de andar: que si hobiese en España algo a que lo comparar, muy mejor se estimarían los peligros destas partes. Pero figúraseles a los que estas cosas desde allá las oyen o leen, que esto será como una Sierra Morena, o la de Monserrate, o los puertos de Sanct Joan de Lusa, o los Alpes para pasar a Italia, o los de Alemania para descender a Lombardía, o las sierras de Abruzo e Tallacozo en el reino de Nápoles, o las montañas de Gascuña. Todo lo que he dicho, y lo que en España llaman fragoso y áspero, es como cotejar lo blanco con lo prieto, u otro más diferente y encarescido extremo. E aun así, probando la salvajez destas partes, veo que los hombres que acá lo saben por experiencia, ni han tornado a sus patrias (sino muy raros), ni acá tampoco les ha turado la vida sino muy poco tiempo. Porque, demás de la desconveniencia que el cielo acá tiene con lo de Europa (donde nascimos estos que por acá andamos), así en las influencias como en las diferencias de los aires y vapores y temple de la tierra, ninguna manera de manjar hallamos en estas partes, que fuese como aquel que nos dieron nuestros padres: el pan, de raíces; las fructas, salvajes o no conoscidas ni conformes a nuestros estómagos; las aguas, de diferentes gustos, las carnes, ningunas se hallaron en esta isla, sino aquellos gozques mudos que he dicho e otros pocos animales, e muy diferentes a los de España; y algunos, de tal vista, que son más para temer que para desear quien no los conosce, así como aquellas sierpes que llaman ivanas, culebras e lagartijas. Desto tal, abundancia se halló en los principios questa tierra se conquistó, y aun también faltaron estos malos mantenimientos a los primeros conquistadores; pero no faltaron las enfermedades que tengo dicho. Y como todas estas cosas había probado este capitán desde que fué mancebo e soldado en la conquista de la isla de Sanct Joan (alias Boriquén ), y en la Tierra Firme, al Septentrión, en la Florida, e otras partes, supo darse maña para lo que está dicho. Sin dubda yo creo que si a ello fuera uno que de España viniera nuevamente, nunca la paz se concluyera, y aun en los de por acá no se pudiera hallar quien mejor lo acertara, puesto que hay muchos que lo hicieran muy bien.

Pues ved si ha costado dinero esta guerrilla de don Enrique en trece años, pues paresce por las cuentas e libros que destos gastos hay desta guerra, que montan más de cuarenta mill pesos de oro los que se han gastado, de parte de Su Majestad y de la isla, en esta contienda de don Enrique; y lo que peor paresce de todo, es que se sospechó que algunos holgaban que esto se andoviese así, e que nunca se acabase de ver estas paz.

Bien se debe creer que de tal placer no podrían participar sino dos géneros de hombres; y serían, los que en tal error incurriesen, los que podrían haber parte de sueldo (así como soldados pobres para sostenerse con tal guerra), o los que pusieron la mano ascondidamente en tal pecunia, por indirecta vía. Todos los otros a quien pluguiese que esto no se acabase, yo no los habría por cristianos ni servidores de su rey, sino del diablo; y a los tales y los que antes dije, por más enemigos que al mismo don Enrique. Y así, a esos, el mesmo demonio y el tiempo, y mejor diciendo, aquel a quien ninguna cosa es oculta, les paga sus deseos malos, cuando menos se catan.

Por manera que bien mostró este capitán, Francisco de Barrionuevo, ser numantino e de buena casta, y tener la experiencia que convenía para acabar este negocio tan sabia e prudentemente como se acabó por su persona y esfuerzo: porque, como he dicho de suso, otro se volviera del camino cuando vido que los que con él iban, murmuraban e se arrepentían de la jornada que hacían. Pero él, como varón de buen ánimo e prudente, dió en su empresa el fin que he dicho, acordándose que, aunque dice Salomón que la gloria del hombre viene del honor de su padre, escribe Boecio que si la propria virtud no hace a uno noble, que no lo hará la nobleza paterna. Ovidio dice que aquella virtud, la cual no habemos de nos, no se puede decir nuestra; e aquel que desciende de buen padre, se presume que es de buena natura. Pero dejada esta disputación, digo que este capitán, por ambas causas, hizo lo que hizo: obligado por ser hijodalgo, satisfaciendo a sus antecesores y no olvidando a sí mismo, en continuación de su hidalguía e propria virtud de su persona.

Llaméle numantino, porque es natural de la cibdad de Soria, la cual yo tengo que es la que los antiguos llamaron Numancia (o Numancia fué por allí cerca); porque dice Plinio que Duero es de los mayores ríos de España, e que nasce cerca de Numancia; e Claudio Tholomeo, en el cap. VI de la II tabla de Europa, pone a Numancia, e dice luego allí estas palabras: "Soria hodie romanis, olim acerrima."

Cuanto al cacique don Enrique, me paresce que él hizo la más honrosa paz que ha hecho caballero o capitán o príncipe de Adam acá, y quedó más honrado que quedó el duque de Borbón en el vencimiento e prisión del rey Francisco de Francia en Pavía, segund la desproporción e desigualdad tan grande que hay, del mayor príncipe de los cristianos y Emperador del universo, a un hombre tal como este don Enrique, y que de parte de su Cesárea Majestad fuese requerido con la paz, e se le pidiese e fuese convidado con ella, y se le perdonasen sus culpas e cuantas muertes e incendios e robos habían fecho él y sus indios contra los cristianos, sin alguna restitución, con general e amplísimo perdón, e ofresciéndole más, e dándole a escoger el lugar e asiento que él quisiese tomar y elegir en esta isla para su morada e habitación.

Por cierto, don Enrique, si vos lo conoscístes y supístes sentir, yo os tengo por uno de los más honrados y venturosos capitanes que ha habido sobre la tierra en todo el mundo hasta vuestro tiempo. De lo cual se nota el maremagno de la excelencia y clemencia de la Cesárea Majestad del emperador rey, nuestro señor; que, puesto que en muy breves días se pudiera concluir tal guerra, e que no quedara memoria ni hueso de don Enrique, ni de persona de los suyos, acordándose que pudieran peligrar algunos cristianos, por estar estos indios en montañas asperísimas e salvajes e fuertes, y tales como he dicho, quiso que ante todas cosas se tentase la paz. Porque, como Vejecio dice: "Muchos, mal expertos en el arte militar, creen que la victoria es más complida habiendo a sus enemigos en lugares estrechos, o teniéndolos cercados con gran multitud de gente armada; de tal manera, que no les quede por donde huir puedan." Pero muchas veces, por la desesperación de se ver apretados, cresce la osadía, e donde no les quedaba esperanza, por el temor, toman las armas; e aquellos que no tienen dubda de morir, de voluntad juntamente con su enemigo desean fenescer sus días. Por lo cual se debe loar mucho la sentencia de Scipión, el cual dijo que no se debía impedir el camino por el cual el enemigo ha devisado o determinado de huir, etc. Así que, por esta razón, y considerando que este cacique tuvo causa de se apartar de los cristianos, pues, quejándose de las sinrazones que le fueron fechas en la villa de Sanct Joan de la Maguana, no le fué fecha justicia, por todos estos respectos, y principalmente porque este cacique y los demás que con él andaban, e sus mujeres e hijos, se salvasen e muriesen conosciendo a Dios, seyendo cristianos baptizados (como lo eran algunos dellos), e los otros se baptizasen e no peresciesen todos ellos como infieles, permitió Dios Nuestro Señor, e Su Majestad, que se hiciese con este cacique don Enrique, con toda equidad y sin más rompimiento ni sangre, la misericordiosa paz que he dicho. El cual a la sazón tenía hasta ochenta o ciento hombres de pelea, e con las mujeres e muchachos e niños eran más de trescientas ánimas las que se trujeron a esta reconciliación e amistad a la unión e república de nuestra religión cristiana, con los que más se aumentaron desta gente. E más de otras trescientas personas destos indios de don Enrique murieron sin baptismo en el tiempo que su rebelión se continuó. Por lo cual cuadra bien lo que la verdad evangélica dice: "Yo os digo, que así se gozarán en el cielo sobre un pecador que venga a penitencia, más que sobre noventa e nueve justos que no tengan nescesidad della."

CAPITULO IX

De la venida de don Enrique e sus indios cerca de la villa de Azua, para ver e sentir en qué estado estaba la paz e lo que había subcedido de un indio llamado Gonzalo, que él había enviado con el capitán Francisco de Barrionuevo, e otras cosas al discurso de la historia anejas.

Estando las cosas en el estado que es dicho, un miércoles veinte e siete de agosto del mismo año de mill e quinientos e treinta e tres, este cacique don Enrique llegó a dos leguas de la villa de Azua, e púsose en la entrada o falda de la sierra de los Pedernales, y desde allí envió a saber de los de la villa si habrían por bien que los hablase. El cual traía hasta cincuenta o sesenta hombres, a lo que se sospechó (aunque no hizo muestra de tanta gente), y éstos venían bien adereszados, a punto de guerra, y escondió la mayor parte de sus indios en una celada, cerca de donde estuvo con los cristianos hablando después. E enviáronle a decir que en buen hora viniese, pues que Sus Majestades le habían perdonado, y era ya amigo de los cristianos. E salieron a le rescebir algunos hidalgos e hombres de honra desta cibdad, que acaso se hallaron en aquella villa, e asimismo los alcaldes e vecinos della, en que había hasta veinte e cinco o treinta de caballo, e cincuenta o más hombres de pie, bien adereszados para la paz, e para la guerra, si conviniese usar de las armas. E apeáronse todos e juntáronse con don Enrique, e abrazó a todos los cristianos, y ellos a él y a todos sus indios, y a lo que se entendió de la plática que con él se tuvo, don Enrique venía por saber e sentir en qué estado estaba la paz que con él había asentado el capitán Francisco de Barrionuevo; porque el mensajero suyo, dicho Gonzalo, y lo que se le envió con él, no lo había él visto ni topado. El cual indio había cuatro días que desde la misma villa de Azua se había partido en una carabela en que él e ciertos cristianos iban a buscar a don Enrique; e holgóse mucho de lo saber. E luego, encontinente, envió don Enrique a un hombre de los suyos, a más que andar, por la costa, en busca de la carabela; y él se asentó de espacio y con semblante que holgaba de ver los cristianos. Los cuales habían llevado muy bien de comer, de muchas gallinas e capones, e perniles de tocino, e carne de buenas terneras, y el mejor pan e vino que se pudo haber. E comieron los cristianos e los indios principales juntos, e los de demás cuantos allí se hallaron, con mucho placer e regocijo; mas el cacique don Enrique no comió ni bebió cosa alguna, aunque Francisco Dávila, regidor que agora es desta cibdad (que allí se acertó), e los otros cristianos, se lo rogaron. E dió por excusa que no estaba sano, e que poco antes había comido. E con mucha gravedad, sin se reír, platicaba con todos, con un semblante e aspecto de mucho reposo e auctoridad, mostrando e diciendo que estaba muy alegre e contento de la paz e de ser muy amigo de los cristianos. En esto estovieron hasta cuatro horas, o más, que hobieron comido e mejor bebido (porque estos indios muy de grado toman el vino cuando se lo dan). Serían hasta treinta indios los que en este convite mostró don Enrique y se hallaron en estas vistas, todos ellos con lanzas jinetas y espadas y rodelas, e algunos con puñales.

Después que los alcaldes y aquellos hidalgos le hubieron dicho que todos los cristianos serían sus amigos e le harían buenas obras, así porque el Emperador Rey, nuestro señor, lo había enviado a mandar, como porque ya eran amigos, y que él hallaría mucha verdad y entera amistad en todos los cristianos desta isla, e que sin ningún temor podría, solo o acompañado, venir él e los suyos a esta cibdad de Sancto Domingo e a todas las cibdades e villas desta isla, e le harían todo el placer que él quisiese rescebir, y que así se había pregonado en cada parte, él dijo que ya no había de ser sino hermano y amigo de todos. E abrazando a los cristianos como primero, él e sus indios se despidieron sin ir a la villa de Azua, porque dijo que no quería sino ir a buscar la carabela, porque los cristianos que en ella iban y el Gonzalo, su indio, no se detuviesen por la costa buscándole; e los cristianos le dijeron que hiciese su voluntad. E así se fué don Enrique e sus indios por la misma sierra de los Pedernales do estaba, la cual es, en partes, asaz áspera e montuosa.
Despues que fué algo apartado del lugar donde fueron estas vistas, vieron los cristianos que, a lo que les paresció, llevaba más gente de la que había mostrado en la comida. E, a lo que entendieron los que presentes se hallaron, don Enrique quedó muy maravillado de ver salir de Azua tal gente, y tan presto y tan bien adereszados e dispuestos, así los de caballo como los de pie, e con muchos esclavos negros e indios que llevaron con la comida e para se servir e curar de sus caballos. La admiración fué porque aquella villa es pequeña. E tenía razón de se maravillar e pensar que la tierra estaba a recabdo, porque la mitad de los hombres de bien que allí se acertaron con Francisco Dávila, eran vecinos desta cibdad, e acaso venían de la villa de Sanct Joan de la Maguana de ver sus haciendas, e otros habían ido a la misma Azua por sus negocios. De lo cual, don Enrique pudo conjecturar que, pues allí había tales hombres e gente, que muchos más habría en los otros pueblos mayores y en esta cibdad de Sancto Domingo, que el mismo don Enrique la sabía muy bien e se crió en ella.

Así que, ido este cacique y sus indios, desde a pocos días volvió la carabela e los cristianos que fueron en ella, e llevaron al Gonzalo y el presente que es dicho; e dijeron que se habían holgado mucho don Enrique e su mujer e todos los otros indios suyos. E luego envió en la misma carabela cuatro o cinco negros esclavos y otros indios fugitivos que él tenía de los cristianos, y envió a decir que, en yéndose algún esclavo, negro o indio, a los cristianos, le avisasen dello, que él los harían buscar e los enviaría atados a sus dueños, conforme a lo que con él estaba asentado. E así, para principio desta paga, se le dieron, por los negros e indios que envió, e pagaron sus dueños cuyos eran, la tasa e moderación que el capitán Francisco de Barrionuevo había capitulado con don Enrique; e su receptor e indios que envió para ello, rescibieron la paga de un tanto por cada cabeza, y fueron satisfechos a su voluntad; y se volvieron a su cacique don Enrique, e llevaron de retorno algunas cosas que compraron de aquellos dineros.

CAPITULO X

De ciertos labradores que vinieron de España en este tiempo para poblar en Monte Cristo y en Puerto Real, en la costa del Norte desta isla, por la solicitud de un vecino desta villa, llamado Bolaños.

En el mismo año de mill e quinientos e treinta e tres, en fin del mes de agosto, vinieron en una nao a esta cibdad e puerto de Sancto Domingo de la isla Española hasta sesenta labradores, e la mayor parte dellos con sus mujeres e hijos, para poblar en Monte Cristo y Puerto Real, a los cuales mandó Su Majestad ayudar para ello. Y después que algunos días estovieron descansando en esta cibdad de Sancto Domingo, se fueron a hacer su población. E trujeron ciertas capitulaciones y exenciones e gracias e libertades que Sus Majestades, por les hacer merced, les concedieron para que mejor se poblase aquella villa o población que querían poblar.

En la primera impresión desta historia, dije que les diese Dios gracia que se conservasen e viviesen; porque la tierra a ninguno perdona que no le pruebe, en los principios, con enfermedades, cuando nuevamente a ella vienen. Lo cual no es de maravillar, apartándose tanto de donde nascieron, y mudando luego los mantenimientos y el aire en tan diferentes climas e regiones.

La tierra donde fueron a poblar es de las mejores e más fértiles desta isla toda, e cerca de las minas del oro; e llevaron recabdo de ornamentos, e clérigos para la iglesia que habían de fundar. Y en la verdad, lo que este hombre hizo fué cosa loable e digna de serle agradescida, pues su intención e obra parescían encaminadas en el servicio de Dios e de Sus Majestades, e para más aumentación de la población desta tierra; en lo cual despendió mucha parte de su hacienda, o toda, este Bolaños, por traer acá esta gente. E ya aquel pueblo había seído primero poblado, e se despobló por se haber acabado los indios que servían a los vecinos e pobladores que solía haber en aquella villa, que este hombre pensó reedificar o renovar con los que he dicho que trujo, guiados por vía de entender en ganados e en agricoltura.

Al presente, pues que Dios ha traído el tiempo de la segunda impresión destas historias, acuerdo al letor que esta población no permanesció, por lo que subcedió de las grandes nuevas de la riqueza del Perú, y aun porque, cuando aquéllos vinieron, estaban algunos destos nuevos pobladores en la otra vida; e los que quedaban, algunos se fueron al Perú, por morir más lejos de España, e otros a otras partes. Y este pecador quedó gastado y enfermo de la persona; porque no acertó, como pensaba, y porque lo que el tiempo dispone, nunca lo consulta con quien le atiende. Aquéllos perdieron su patria e quietud por la pedricación e palabras de Bolaños, y pensando huir la pobreza y ganar de comer, no contentos con su estado o manera de vivir, murieron con su deseo, envueltos en mayores necesidades, desterrados, y aun por ventura no enterrados. Y este otro, al olor del nombre de capitán, dejó su oficio de artesano, en que ganaba de comer, y perdió lo que había adquirido hasta que le dió este apetito de mandar a otros, lo cual no todos saben hacer.

CAPITULO XI

Cómo fué un padre religioso de la Orden de Sancto Domingo, desde aquesta cibdad de Sancto Domingo de la isla Española, a donde el cacique don Enrique estaba con sus indios, a la sierra del Baoruco, y estuvo allá algunos días; e del subceso de su camino.

En el monesterio de los frailes de Sancto Domingo, desta cibdad de Sancto Domingo de la isla Española, entre otros religiosos devotos que en este convento residen, había uno llamado fray Bartolomé de las Casas, persona reverenda, e letrado y de buena doctrina e vida. Pero, en el tiempo pasado, no estuvo muy en gracia de todos en la estimativa (seyendo clérigo), a causa de cierta negociación que emprendió, seyendo ya sacerdote e llamándose el licenciado Bartolomé de las Casas, como se dirá más largamente adelante, cuando se tracte de la Tierra Firme e isla de Cubagua. Pero, no obstante que en aquella negociación no acertase, su fin pudo ser bueno. Finalmente, él paró en este hábito e Orden. El cual, estando en este monesterio, supo lo que había subcedido en la pacificación de don Enrique, e movido a hacer bien, acordó de ir a verle, para le consolar e acordar lo que a su ánima convenía. E con licencia del prior de su monesterio, fué y estuvo allá algunos días, entendiendo, como buen religioso, en el forzar e consejar e persuadir a don Enrique e su gente que perseverasen en la paz e amistad de los cristianos, y en ser muy buenos y leales servidores del Emperador Rey, nuestro señor. E díjoles cuán católico e cristianísimo rey tenemos, e dióles a entender la clemencia grande que con ellos había César usado, porque sus ánimas no se perdiesen. Certificóles que la paz e amistad les sería enteramente guardada, si por ellos no fuese rompida e por sus errores; e llevó ornamentos, e cáliz, e hostias, e todo lo demás conviniente para celebrar el culto divino; e díjoles misa cada día, en tanto que en su asiento estuvo con don Enrique e sus indios, e aprovechó mucho para le asegurar e acordar las cosas de nuestra sancta fe católica. E vínose con este padre reverendo hasta la villa de Azua, e con él muchos de sus indios e indias e muchachos, e baptizóse el capitán Tamayo, e asimesmo fueron baptizados otros muchos indios e indias de edad, e muchachos e niños. E en mucha paz e sosiego se tornaron a su asiento e sierras donde este reverendo padre los halló (e primero el capitán Francisco de Barrionuevo), e todos muy alegres e ufanos e loando a Dios, dejando esperanza que han de perseverar en la fe.

Dicho se ha que en todo el tiempo que turó la rebelión de don Enrique, no dejaba de ayunar los viernes, ni dejó de rezar el pater noster y el ave María, y aun muchos días las horas de Nuestra Señora. Tenía otro estilo, demás de ser en la verdad, segund dicen, cristiano: que para conservar su gente para la guerra, y que fuesen hombres de esfuerzo y de fuerzas y de hecho, no daba lugar ni consentía que los hombres llegasen a las mujeres, ni las conosciesen carnalmente, si ellos no pasasen de veinte e cinco años. Acuérdome haber visto en un tractado que escribió Leonardo Aretino, llamado El Aguila volante, que los sajones se delectaban de la guerra e de la caza, e que los hombres no se allegaban a las mujeres en el acto venéreo, hasta que eran de veinte e cinco años. Si don Enrique había leído o sabido esto, o era invención suya, no lo sé; pero el que esto dijo dél fué este padre fray Bartolomé, segund me informaron. E así dijo otras cosas muchas en loor deste cacique, diciendo que estaba muy adelante en la fe y como buen cristiano.

Los señores oidores desta Audiencia Real estovieron muy enojados de la ida deste padre, sin su licencia e sabiduría, a donde estos indios y don Enrique estaban, temiendo que se podrían alterar por ser tan reciente e fresca la paz; pero, cómo su ida quiso Nuestro Señor que fuese provechosa e cuál tengo dicho, holgaron del buen subceso e le dieron las gracias de su trabajo. E así se espera que, de día en día, esta gente será más doméstica e mejores cristianos, para que Dios sea más servido e sus ánimas se salven.

Vivió don Enrique poco más de un año después destas paces, e acabó como cristiano. Haya Dios misericordia de su ánima, amén.

CAPITULO XII

De la venida del licenciado Alonso López Cerrato a esta cibdad de Sancto Domingo de la isla Española, a tomar residencia al Audiencia Real e a todas otras justicias desta cibdad e isla. E vino proveído por oidor de la dicha Audiencia el licenciado Alonso de Grajeda, e llegaron, con estos nuevos oidores, veinte y seis o veinte e siete naos de armada e de mercadería, martes primero día de enero de mill e quinientos e cuarenta y cuatro años.

El licenciado Alonso López Cerrato, natural de Mengabril, aldea de Medellín, tomó residencia al obispo presidente don Alonso de Fuenmayor, e a los licenciados oidores desta Real Chancillería e la envió a España al Real Consejo de Indias; e por lo que allá se determine, vista la residencia, se sabrá si los agravió o les hizo justicia.

El obispo acordó de ir a España, y el licenciado Joan de Vadillo asimismo, a seguir su justicia. El licenciado Guevara, desde a poco tiempo, murió; y el licenciado Cervantes quedó acá, pero no residió en la Audiencia hasta ver cómo subcedía su despacho. Y cuanto a esto que está en justicia, e pende donde es dicho, no hay que decir.

Quedaron en la dicha Audiencia dichos licenciados Cerrato y Grajeda, gobernando e usando sus oficios de oidores. En el cual tiempo, Cerrato, por especial comisión que se le dió, tomó las cuentas de la Hacienda Real, e hizo muchos alcances, e cobró parte dellos, e a otros dió espera, para pagar lo que debían en diversos tiempos e término, como le paresció. De la forma que este juez tuvo en la administración de la justicia, muchos se quejaron dél e se quejan. Yo no me determino si tienen razón todos o no, en lo que toca a sus intereses, porque deso Su Majestad e el Real Consejo de Indias lo han de determinar; y a mí no me está bien de hablar en esto, porque la cibdad de Sancto Domingo me envió a mí e al capitán Alonso de Peña por sus procuradores a España, e con su poder e instrucción, por el mal concepto que de Cerrato e de su riguridad la cibdad tenía. Pero, como son cosas de justicia, pasemos adelante. Yo no le tengo por tan malo como la opinión de muchos le pregona; porque es letrado y cursado en las cosas de justicia, e pienso que su voto, entre letrados, sería admitido. Pero otra cosa es ser gobernador, o no tener quien le vaya a la mano. Sé, a lo menos, que es sacudido y que no tracta bien de su lengua a los que ante él litigan o ha de hacer justicia; porque pienso que querría más espantarlos o enmendarlos con un aspecto airado, o palabras ásperas, que con el azote o cuchillo. Y aunque ese artificio fuese así (que no lo sé, porque sólo Dios entiende al hombre), esas sus amenazas e palabras le hacen aborrescible; porque, en fin, los hombres no han de ser maltractados de la lengua del juez, ni vituperados so color del mando e auctoridad de la justicia e oficio superior.

No sé en lo que parará este negocio. Guíelo Dios a su servicio; que, a lo menos, la verdad se dirá por nuestra parte, conforme a la instrucción de nuestra cibdad y a buena conciencia. Y así creo que el muy ilustre presidente, marqués de Mondéjar, y los señores del Consejo Real de Indias que con su señoría asisten en estas cosas de Indias, lo proveerán como Dios y Sus Majestades sean servidos y aquesta nuestra isla sea conservada, pues que es tan digna de ser favorescida e ayudada, e tan importante.

Pero, ya que estove despachado para volver a la isla, quedé certificado, de alguno de los señores del Consejo Real, que Cerrato sería removido (e así lo fué), del dicho cargo, y que se nos daría juez de residencia para que él y el licenciado Grajeda la hiciesen. E proveyeron de nuevo por oidores al licenciado Bermúdez e al licenciado Zorita. Dios les dé gracia que sirviendo a Dios y al Emperador, hagan justicia de tal manera, que esta isla se aumente e conserve mediante su buena gobernación, de lo cual hay mucha nescesidad.

Pero el licenciado Bermúdez, que se dijo de suso, mudó de propósito; e fué elegido por oidor el licenciado Joan Hurtado de Salcedo y Mendoza, e a Cerrato se le dió la gobernación e presidencia del Audiencia Real que reside en los confines de Honduras, e se fué allá a servir su oficio, Y quedó la isla Española con mucho gozo de su partida, esperando al nuevo presidente, del cual será fecha mención en el discurso destas historias y en la parte que convenga.

En el año de mill e quinientos e cuarenta e nueve tornó a la cibdad e isla el reverendísimo señor obispo don Alonso de Fuenmayor, con título de arzobispo desta nuestra cibdad, nuevamente metropolitana, e su señoría el primero arzobispo della; el cual, por su bondad, era asaz deseado de todos los desta isla. Plegue a nuestro Redemptor que sea por muchos años y a su sancto servicio; que con su venida se espera mucho acrescentamiento e prosperidad a esta nuestra isla e sus comarcas; porque, demás de su buen ejemplo y doctrina cristiana, es buen servidor e leal a Sus Majestades, e muy caritativo e socorredor de los pobres e nescesitados (así en general como en particular), e muy bien quisto e amado de todos.

E porque estas cosas de gobernadores e gobernados son comunes o menos aplacibles en estas leciones que las otras novedades e historias que el letor desea entender, pasaré al libro VI, que tractará de materias e cosas de mejor gusto.

 

Este es el libro sexto de la primera parte de la Natural y General Historia de las Indias, Islas y Tierra Firme del mar Océano; el cual tracta de diversas materias e géneros de cosas, e asimismo se llama libro de los depósitos.

PROEMIO

Poco tiene que hacer en decir la verdad el hombre libre que desea usar della; pero saberla referir como mejor parezca o suene a los que la oyen, ha de ser por gracia especial, junto con el arte o hermosa forma de narrar las cosas, en que el orador o escriptor quiere dar a entender lo que ha de rescitar o escribir, para que con más delectación sea escuchado. Y como esa gracia e ornamento de palabras no acompañan a mi pluma, doyle por guía a mi Dios, a quien suplico, con mis indignas oraciones, que la favorezca, para que, loando su omnipotencia, pueda proseguir e concluir estas materias que aquí se tractan, de tal manera que yo las sepa dar a entender como ellas son. Y a la sombra de la divina misericordia, nunca pienso desacordarme que el sancto Job dice: "Mientras tura mi aliento en mí, y el espíritu de Dios en mis narices, no hablarán mis labios maldad, ni mi lengua pensará la mentira".

Y con esta determinación, digo que es tanta la abundancia de las materias que me ocurren a la memoria, que con mucha dificultad las puedo acabar de escrebir e distinguir, e no con poco trabajo ni con pocas minutas, continuar e conformar aquellas cosas que conciernen e son en algo semejantes e más apropiadas a la historia que se sigue. Y porque tractando de algunas particulares de que hay clara distinción e son desemejantes en sí, no se compadesce a cada una dellas darle libro distinto, por su breve narración e volumen, porné, de aquestas tales, como en depósito común, en este libro VI, las que me acordare y supiere de tal calidad y diferencia; porque, cuanto más raras y peregrinas fueren, y no de compararse las unas a las otras, tanto más será cada cual dellas más digna de ser sabida y no puesta en olvido.

Y comenzaré en las casas y moradas que éstos indios tenían; tras lo cual, se dirá del juego del batey, que es el mismo que el de la pelota, pero en diferente manera y pelota ejercitado; y asimismo se dirá de dos huracanes o tempestades señaladas y de mucho espanto que hobo en esta isla Española; y así procediendo en cosas diferenciadas de unas en otras, como en secresto o armario, se colmará este libro depositario, o sexto, porque después, más fácilmente, en los libros siguientes e destintos pueda escrebir e acomular las otras materias que fueren muchas de una especie e natura, o cuasi, Y podré yo llevar la orden que he deseado tener en esta Historia Natural y General de las Indias; porque en los libros precedentes, de que he tractado hasta aquí, fué nescesario ir mezcladas muchas materias, a causa de decirse los viajes e descubrimientos destas partes que hizo el primero almirante dellas, e otros capitanes, como en relatar su vida e méritos dél e de sus subcesores, y de la manera de gobernación suya, e de la que otros después dél tovieron, y también para dar noticia de la verdad de la historia en muchas cosas e trances belicosos e diferentes que acaescieron e otros auctores, en diversas epístolas o décadas e volúmines, han escripto desde España; y también para dar a entender la verdadera cosmografía de las tierras e provincias de que se ha hecho mención; e de la gente natural destas partes o islas, e cómo fueron conquistadas; y de otras cesas notables que quedan memoradas en los cinco libros antes déste.

Avísoos, letor, que en lo que está por decir, siempre hallaréis cosas nuevas en este libro del depósito, y en los que adelante entiendo escrebir, Y llámole del depósito o depositario, porque todo lo que aquí se dirá en suma, compete más particularmente a diversas provincias o partes donde en efeto cuadran puntualmente tales historias.

Asimismo hallaréis, letor, grandes ocasiones y muchas causas y razón para dar gracias a Nuestro Señor, y para quedar admirado, cualquiera discreto varón, con tanta variedad de secretos no usados ni oídos hasta nuestros tiempos tan particularmente (o nunca sabidos muchos dellos), hasta que la experiencia e la milicia e armas de nuestros españoles los han, con su virtud y trabajos, personalmente visto e experimentado y notificado, aumentando la república de Jesucristo, nuestro Redemptor, y sirviendo al Emperador e a su real silla e ceptro de Castilla, cuyo es aqueste grandísimo imperio; dándome a mí por ejercicio, en esto que escribo, una materia tan famosa e alta e copiosa, que la vida del antiguo Nestor, que tanto supo e tanto vivió (como dice Francisco Petrarca, con la de aquel rey gaditano llamado Argantonio, no fueran tan largas, juntadas con la mía, o acrescentádose las dos en el número de mis años, que pueda yo llegar al cabo lo que se puede escrebir en este caso. Homero afirma de Nestor que vivió longuísimo tiempo, e que por doctrina e experiencia, fué, sobre todos los griegos, sapientísimo, e en las armas excelente; el cual venció los de Tesalia, e fué con Teseo e Peritoo contra los centauros, e se halló en la una e en la otra guerra troyana, e en ambas peleó en favor de los griegos. Ovidio dice que vivió doscientos años, Argantonio, rey gaditano. dice Plinio que reinó ochenta años, y que comenzó a reinar seyendo de edad de cuarenta. Así que, segund estos auctores, trescientos y veinte años vivieron estos dos que he dicho, Pero en la brevedad de mi vida, diré lo que fuere Dios servido que por mí se continúen estas materias; donde con mis canas, pasado ya de los sesenta e nueve años que ha que vivo, ningún día se me pasa fuera desta ocupación algunas horas, trabajando todo lo que en mí es y escribiendo de mi mano, con deseo que, antes del último día de los que me quedan, yo pueda ver corregido y en limpio impreso lo que en todas tres partes de aquesta General Historia de Indias yo tengo notado.

Y entre tanto que el sol me tura, estoy agora, en este año de la Natividad del Redemptor de mill e quinientos e cuarenta e ocho, dando orden como en este año, o en el siguiente, se reimprima esta primera parte, acrescentada y enmendada, y más ornada que estuvo en la primera impresión. E asimismo se imprimirá la segunda, y yo quedaré continuando la tercera; en la cual no me faltará voluntad para concluirla, pues que está una grand parte della escripta en minutas. Y espero en Nuestro Señor que poco tiempo después que estas dos partes parezcan, saldrá la última, en que se procede hasta lo que en mi tiempo está descubierto e visto por los capitanes y ejércitos de Sus Majestades en la Tierra Firme e mares della, así en este nuestro horizonte e polo ártico, como en la otra parte, ultra la Equinocial, del otro hemisferio o polo antártico.

 

CAPITULO PRIMERO

El cual tracta de las casas y moradas delos indios desta isla Española, por otro nombre llamada Haití.

Vivían los indios desta isla de Haití o Española en las costas o riberas de los ríos, o cerca de la mar, o en los asientos que más les agradaban o eran en su propósito, así en lugares altos como en los llanos, o en valles e florestas; porque de la manera que querían, así hacían sus poblaciones e hallaban disposición para ello. E junto a sus lugares tenían sus labranzas e conucos (que así llaman sus heredamientos), de maizales e yuca, e arboledas de fructales. Y en cada plaza que había en el pueblo o villa, estaba lugar diputado para el juego de la pelota (que ellos llaman batey); y también a las salidas de los pueblos había asimismo sitio puesto con asientos para los que mirasen el juego, e mayores que los de las plazas, de lo cual en el capítulo siguiente se tractará más largo.

Tornemos a las casas en que moraban, las cuales, comúnmente, llaman buhío en estas islas todas (que quiere decir casa o morada); pero, propriamente, en la lengua de Haití, el buhío o casa se llama eracra. Estas eracras o buhíos son en una de dos maneras; e en ambas se hacían; segund la voluntad del edificador. Y la una forma era aquesta: hincaban muchos postes a la redonda, de buena madera, y de la groseza, cada uno, conviniente, y en circuito, a cuatro o cinco pasos el un poste del otro, o en el espacio que querían que hobiese de poste a poste. E sobre ellos, después de hincados en tierra, por encima de las cabezas, en lo alto, pónenles sus silleras; e sobre aquéllas ponen en torno la varazón (que es la templadura para la cubierta); las cabezas o grueso de las varas, sobre las soleras que es dicho, e lo delgado para arriba, donde todas las puntas de las varas se juntan e resumen en punta, a manera de pabellón. E sobre las varas ponen, de través, cañas o latas de palmo a palmo (o menos), de dos en dos, o sencillas; e sobre aquesto cubren de paja delgada e luenga; otros cubren con hojas de bihaos; otros con cogollos de cañas; otros con hojas de palmas, y también con otras cosas. En la bajo, en lugar de paredes desde la solera a tierra, de poste a poste ponen cañas hincadas en tierra, someras, e tan juntas como los dedos de la mano juntos; e una a par de otra, hacen pared, e átanlas muy bien con bejucos (que son unas venas o correas redondas que se crían revueltas a los árboles, y también colgando dellos, como la correhuela); los cuales bejucos son muy buena atadura, porque son flexíbiles e tajables, e no se pudren, e sirven de clavazón e ligazón, en lugar de cuerdas y de clavos, para atar un madero con otro, e para atar las cañas asimismo.

El buhío o casa de tal manera fecho, llámase caney. Son mejores e más seguras moradas que otras, para defensa del aire, porque no las coge tan de lleno, Estos bejucos que he dicho, o ligazón, se hallan dellos cuantos quieren, e tan gruesos o delgados como son menester. Algunas veces los hienden para atar cosas delgadas, como hacen en Castilla los mimbres para atar los arcos de las cubas. Y no solamente sirve el bejuco para lo que es dicho, pero también es medicinal; e hay diversos géneros de bejucos, como se dirá en su lugar, adelante, cuando se tracte de las hierbas e plantas e árboles medicinales e sus propriedades.

Esta manera de casa o caney, para que sea fuerte e bien trabada la obra e armazón toda, ha de tener en medio un poste o mástel de la groseza que convenga, e que se fije en tierra cuatro o cinco palmos hondo, e que alcance hasta la punta o capitel más alto del buhío; al cual se han de atar todas las puntas de las varas. El cual poste ha de estar como aquel que suele haber en un pabellón o tienda de campo, como se traen en los ejércitos e reales en España e Italia, porque por aquel mástel está fija la casa toda o caney. Y porque mejor se entienda esto, pongo aquí la manera o figura del caney, como baste a ser entendido (Lámina I.ª, fig. 9.ª).

Otras casas o buhíos hacen asimismo los indios, y con los mesmos materiales; pero son de otra fación y mejores en la vista, y de más aposento, e para hombres más principales e caciques, hechas a dos aguas, y luengas, como las de los cristianos, e así, de postes e paredes de cañas y maderas, como está dicho. Estas cañas son macizas y más gruesas que las de Castilla, y más altas, pero córtanlas a la medida de la altura de las paredes que quieren hacer, y a trechos, en la mitad, van sus horcones (que acá llamamos haitinales), que llegan a la cumbrera e caballete alto. Y en las principales hacen unos portales que sirven de zaguán o rescibimiento; e cubiertas de paja, de la manera que yo he visto en Flandes cubiertas las casas de los villajes o aldeas. E si lo uno es mejor que lo otro e mejor puesto, creo que la ventaja tiene el cobrir de las Indias, a mi ver, porque la paja o hierba de acá, para esto es mucho mejor que la paja de Flandes.

Los cristianos hacen ya estas casas en la Tierra Firme con sobrados, e cuartos altos e ventanas; porque, como tienen clavazón, e hacen muy buenas tablas, y lo saben mejor edificar que los indios, hacen algunas casas de aquestas tan buenas, que cualquier señor se podría aposentar en algunas dellas. Yo hice una casa en la cibdad de Sancta María del Antigua del Darién, que no tenía sino madera e cañas, e paja e alguna clavazón, y me costó más de mill e quinientos pesos de buen oro; en la cual se pudiera aposentar un príncipe, con buenos aposentos altos e bajos, e con un hermoso huerto de muchos naranjos e otros árboles, sobre la ribera de un gentil río que pasa por aquella cibdad. La cual república, en desdicha de los vecinos della, e en deservicio de Dios y de Sus Majestades, y en daño de muchos particulares, de hecho se despobló por la malicia de quien fué causa dello.

Así que, de una destas dos maneras que he dicho, son las casas o buhíos, o eracras desta isla e de otras islas, que los indios hacen en pueblos y comunidades, y también en caseríos apartados en el campo, y también en otras diferenciadas maneras, como se dirá en la segunda parte desta Natural y General Historia, cuando se tracte de las cosas de la Tierra Firme; porque allá, en algunas provincias son de otra forma, y aun algunas dellas nunca oídas ni vistas sino en aquella tierra.

Pero, pues se debujó la forma del caney o casa redonda, quiero asimismo poner aquí la segunda manera de casas que he dicho, la cual es como aquesta que está aquí patente (Lámina 1.ª, fig. 10), para que mejor se entienda lo que en la una y en la otra tengo dicho.

Y puédese tener por cierto que los dos o tres años primeros, la cubierta de paja, si es buena y bien puesta, que son de menos goteras que las casas de teja en España; pero, pasado el tiempo que digo, ya la paja va pudriéndose, e es necesario revocar la cubierta e aun también los estantes o postes, excepto si son de algunas maderas de las que hay en estas partes, que no se pudren debajo de tierra; así como la corbana en esta isla; y el güayacán, me dicen, que en la provincia de Venezuela hacen estantes a las casas con ello, e que no se pudren por ningún tiempo. Y en la Tierra Firme hay otra madera, que la llaman los cristianos madera prieta, que tampoco no se pudre debajo de la tierra. Pero, porque en otras partes se ha de tractar de las maderas, y se especificaran más las calidades dellas, no hay necesidad de decir aquí más de lo que toca a estos edificios o maneras de casas,

CAPITULO II

Del juego del batey de los indios, que es el mismo que el de la pelota, aunque se juega de otra manera, como aquí se dirá, y la pelota es de otra especie o materia que las pelotas que entre los cristianos se usan.

Pues en el capítulo de suso se dijo de la forma de los pueblos e de las casas de los indios, y que en cada pueblo había lugar diputado en las plazas y en las salidas de los caminos para el juego de la pelota, quiero decir de la manera que se jugaba y con qué pelotas; porque en la verdad es cosa para oír e notar. En torno de donde los jugadores hacían el juego (diez por diez, y veinte por veinte, y más o menos hombres, como se concertaban), tenían sus asientos de piedra. E al cacique e hombres principales poníanles unos banquillos de palo, muy bien labrados, de lindas maderas, e con muchas labores de relieve e concavadas, entalladas y esculpidas en ellos, a los cuales bancos o escabelo llaman duho.

E las pelotas son de unas raíces de árboles e de hierbas e zumos e mezcla de cosas, que toda junta esta mixtura paresce algo cerapez negra. Juntas estas y otras materias, cuécenlo todo e hacen una pasta; e redondéanla e hacen la pelota tamaña como una de las de viento en España, e mayores e menores; la cual mixtura hace una tez negra, e no se pega a las manos; e después que está enjuta, tórnase algo espongiosa, no por que tenga agujero ni vacuo alguno, como la esponja, pero aligeréscese, y es como fofa y algo pesada.

Estas pelotas saltan mucho más que las de viento, sin comparación, porque de solo soltalla de la mano en tierra, suben mucho más para arriba, e dan un salto, e otro e otro, y muchos, disminuyendo, en el saltar, por sí mismas, como lo hacen las pelotas de viento e muy mejor. Mas, como son macizas, son algo pesadas; e si les diesen con la mano abierta o con el puño cerrado, en pocos golpes abrirían la mano o la desconcertarían. Y a esta causa le dan con el hombro y con el cobdo y con la cabeza, y con la cadera lo más continuo, o con la rodilla; y con tanta presteza y soltura, que es mucho de ver su agilidad, porque, aunque vaya la pelota cuasi a par del suelo, se arrojan de tal manera, desde tres o cuatro pasos apartados, tendidos en el aire, y le dan con la cadera para la rechazar. Y de cualquier bote o manera que la pelota vaya en el aire (e no rastrando), es bien tocada; porque ellos no tienen por mala ninguna pelota (o mal jugada), porque haya dado dos, ni tres, ni muchos saltos, con tanto que al herir, le dén en el aire.

No hacen chazas, sino pónense tantos a un cabo como a otro, partido el terreno o compás del juego; y los de acullá la sueltan o sirven una vez, echándola en el aire, esperando que la toque primero cualquiera de los contrarios: y en dándole aquél, luego subcede el que antes puede de los unos o de los otros, y no cesan, con toda la diligencia posible a ellos, para herir la pelota. Y la contención es que los deste cabo la hagan pasar del otro puesto, adelante de los contrarios, o aquéllos la pasen de los límites o puesto destos otros. Y no cesan hasta que la pelota va rastrando, que ya, por no haber seído el jugador a tiempo, o no hace bote, o está tan lejos que no la alcanza, e ella se muere o se para de por sí. Y este vencimiento se cuenta por una raya, e tornan a servir, para otra, los que fueron servidos en la pasada. E a tantas rayas cuantas primero se acordaron en la postura, va el prescio que entre las partes se concierta.

Algo paresce este juego, en la opinión o contraste dél, al de la chueca; salvo que en lugar de la chueca es la pelota, y en lugar del cayado, es el hombro o cadera del jugador con que la hiere o rechaza. Y aún hay otra diferencia en esto: y es que, siendo el juego en el campo y no en la calle, señalada está la anchura del juego; y el que la pelota echa fuera de aquella latitud, pierde él e los de su partida la raya, e tórnase a servir la pelota, no desde allí por do salió al través, sino desde donde se había servido antes que la echasen fuera del juego.

En Italia, cuando en ella estuve, vi jugar un juego de pelota muy gruesa, tan grande como una botija de arroba o mayor, e llámanla balón o palón. Y en especial lo vi en Lombardía y en Nápoles muchas veces a gentiles hombres; y dábanle a aquella pelota o balón con el pie; y en la forma del juego paresce mucho al que es dicho de los indios, salvo que, como acá hieren a la pelota con el hombro o rodilla, o con la cadera, no van las pelotas tan por lo alto como el balón que he dicho o como la pelota de viento menor. Pero saltan estas de acá mucho más, e el juego, en sí, es de más artificio e trabajo mucho. Y es cosa de maravillar ver cuán diestros y prestos son los indios (e aun muchas indias), en este juego. El cual, lo más continuamente juegan hombres contra hombres, o mujeres contra mujeres, y algunas veces mezclados ellos y ellas; y también acaesce jugarle las mujeres contra los varones, y también las casadas contra las vírgenes.

Es de notar, como en otra parte queda dicho, que las casadas, o mujeres que han conoscido varón, traen revuelta una mantilla de algodón al cuerpo, desde la cinta hasta medio muslo, e las vírgines ninguna cosa traen, jugando o no jugando, en tanto que no han conoscido hombre carnalmente. Pero, porque las cacicas e mujeres principales casadas, traen estas naguas o mantas desde la cinta hasta en tierra, delgadas e muy blancas e gentiles, si son mujeres mozas e quieren jugar al batey, dejan aquellas mantas luengas, e pónense otras cortas, a medio muslo, Y es cosa mucho de admirar ver la velocidad e presteza que tienen en el juego, y cuán sueltos son ellos y ellas. Los hombres, ninguna cosa traían delante de sus vergüenzas antes que los cristianos acá pasasen, como tengo dicho; pero después se ponían algunos, por la conversación de los españoles, unas pampanillas de paño o algodón u otro lienzo, tamaño como una mano, colgando delante de sus partes vergonzosas, prendido a un hilo que se ceñían (Lám. 1.ª, fig. 11).

Pero por eso no se excusaban de mostrar cuanto tenían, aunque ningún viento hiciese, porque solamente colgaba aquel trapillo, preso en lo alto y suelto en las otras partes; hasta que después fueron más entendiendo ellos y ellas, cubriéndose con camisas que hacían de algodón muy buenas. Y al presente, esos pocos que hay, todos andan vestidos o, con camisas, en especial los que están en poder de cristianos. Y si algunos no lo hacen así, es entre las reliquias que han quedado destas gentes del cacique don Enrique, del cual se hizo mención en el libro precedente.

Este juego de la pelota, o invención de tal pasatiempo, atribuye Plinio al rey Pirro, del cual ninguna noticia tienen estas gentes: por manera que deste primor no debe gozar Pirro, hasta que sepamos quién fué el verdadero e primero enseñador de tal juego, pues que estas gentes se han de tener por más antiguas que Pirro.

CAPITULO III

Que tracta de los huracanes o tormentas que hobo en esta isla Española, en la mar y en la tierra, muy señaladas y espantables y dañosas, después que los cristianos pasaron a estas partes e poblaron esta isla; por las cuales dos tormen tas o huracanes se pueden entender todos los desta calidad

Huracán, en lengua desta isla, quiere decir propriamente tormenta o tempestad muy excesiva; porque, en efecto, no es otra cosa sino grandísimo viento e grandísima y excesiva lluvia, todo junto, o cualquiera cosa destas dos por sí.

Acaesció un miércoles, tres días de agosto, año de la Natividad de nuestro Redemptor Jesucristo de mill e quinientos e ocho años, seyendo gobernador desta isla el comendador mayor de Alcántara don Frey Nicolás de Ovando, cuasi a hora de mediodía, que súbitamente vino tanto viento e agua junto, e tan excesiva cada cosa destas, que en esta cibdad de Sancto Domingo cayeron por tierra todos los buhíos o casas de paja, e aún algunas de las que estaban labradas de paredes o tapias quedaron muy dannificadas e atormentadas. Y en la misma sazón, en muchos pueblos desta isla hobo lo mismo, e subcedieron desta causa, encontinente, muy grandes daños en los campos, y quedaron destruídas las heredades. Y la villa que llaman la Buena Ventura la puso el huracán toda por el suelo, y la dejó tal, que se podía mejor decir Mala o Triste Ventura, o Derribada Ventura para muchos que quedaron destruídos en ella. Y lo que más recio y de mayor dolor fué que se perdieron en el puerto desta cibdad más de veinte naos y carabelas e otros navíos.

El viento era norte e tal que, así como comenzó a cargar, entraron presto los hombres de la mar, que estaban seguros en tierra, a echar más áncoras e cables por asegurar sus naos, e cómo fué aumentándose más y más la tormenta, no aprovechó ninguna industria ni prudencia de los hombres, ni cuanta diligencia o aparejos pusieron para su defensa: que todo se rompió, e arrancó las naos e navíos chicos e grandes e los sacó el viento, por fuerza, del puerto, este río abajo, e los metió en la mar e dió con algunos dellos al través por estas costas bravas, e otros anegó que no parescieron más.

E cambióse después el tiempo y el viento al opósito, súbitamente, por el contrario, e no con menor ímpetu e furia. E fué tan grande el sur como había seído el norte, e volvió a mal de su grado, trompicado, algunos navíos al puerto. E cómo el norte los había echado fuera e llevado a la mar, así los hizo volver el sur a este río, por él arriba. E después tornaban para abajo, sin verse de algunos dellos sino solamente las gavias, e todo lo demás hundido debajo del agua. De guisa que, como he dicho, el viento norte los había llevado a la mar, y el viento de Mediodía o Sur los tornó a la tierra.

En la cual tribulación se ahogaron muchos hombres, e turó lo más recio de aquesta tormenta veinte e cuatro horas naturales, hasta otro día jueves, a mediodía. Pero no cesó súbitamente, como había venido, este trabajo; el cual fué de tal manera, que muchos que lo vieron (e al presente algunos dellos que viven e están en esta cibdad), testifican e afirman que fué la más espantosa cosa que ojos de hombres pudieron ver en semejantes casos. E dicen que parescía que todos los demonios andaban sueltos, trayendo los navíos de unas partes a otras, como es dicho.

Llevó a muchas personas el viento en peso, sin tocar ni poderse tener en tierra, mucho trecho, por las calles y por los campos, e a muchos descalabró e lastimó malamente. E arrancó algunas piedras que estaban fabricadas en las paredes e muros, e abatió muchos bosques espesos de árboles, e algunos dellos muy grandes, volviéndolos de alto para abajo, e otros echó muy lejos de donde los había arrancado; y, en fin, fué muy grande y general en toda esta isla el daño que hizo esta tormenta o huracán.

Decían los indios que otras veces solía haber huracanes; pero que no había jamás acaescido otro tan grande ni semejante en su tiempo, ni se acordaban haber oído ni visto cosa de tanto espanto e trabajo en sus días ni en los de sus pasados. E así quedaron muchos hombres perdidos en esta cibdad y en la mayor parte de aquesta isla, e sus haciendas destruídas, y en especial las heredades del campo.

El año siguiente de mill e quinientos e nueve años, a diez de julio, vino a esta cibdad el almirante don Diego Colom, segund tengo dicho en otra parte. E aquel mismo mes, a los veinte e nueve días dél, vino otro huracán mayor que el que se ha dicho del año antes; pero no hizo tanto daño en las casas; aras hízole muy mayor en el campo. Otras veces los ha habido después; pero no iguales ni de tanto espanto como aquestos dos. Créese, e afirman los devotos cristianos, e la experiencia lo ha mostrado, que después que el Santísimo Sacramento se ha puesto en las iglesias e monesterios desta cibdad, e de las otras villas desta isla, han cesado estos huracanes, Desto ninguno se debe de maravillar, porque, perdiendo el señorío desta tierra el diablo, e tomándola Dios para sí, permitiendo que su sagrada fe e religión cristiana en ella sea plantada e permanezca, diferencia ha de haber en los tiempos, e en las tempestades e tormentas, y en todo lo demás, tan sin comparación, cuanto es el caso mayor; pues que la potencia de nuestro Dios es infinita, e por su misericordia e clemencia, después acá, cesaron estos peligros y espantables huracanes o tempestades.

Un hombre honrado, vecino desta cibdad, que se, llamó Pero Gallego, el cual ha poco tiempo que fallesció, fué el primero que aposentó el Sancto Sacramento y le hizo un sagrario, de piedra e bien labrado en el monesterio de Sanct Francisco desta cibdad, después de pasados los huracanes que es dicho; e después nunca se han visto. E así por esto como porque era este hidalgo de los primeros pobladores que se hallaron en la conquista desta isla, la Cesárea Majestad, informado desto, le dió título de mariscal de aquesta isla, con el cual murió desde a poco tiempo.

Toqué aquesto, porque, como he dicho en otras partes, no pienso dejar sin memoria lo que es digno della, si a la mía llegare la noticia dello, y por ser al propósito destos huracanes; porque, hasta que se hizo el sagrario que he dicho, no tenían Sacramento en las iglesias, porque eran de madera e paja e no convinientes para ello.

Por cierto, quien hobiera visto e pasado algún boscaje de grandes y espesos árboles, donde haya acaescido algún huracán, habrá visto cosa de mucha admiración e grima espantosa. Porque están innumerables e poderosos árboles arrancados, e las raíces dellos tan altas, cuanto tovieron lo más encumbrado de las ramas algunos dellos; otros quebrados por medio y en partes, e desgajados e hendidos de alto a bajo; otros están puestos sobre otros de tal manera, que paresce luego ser obra diabólica. En algunas partes en la Tierra Firme, lo he visto en no más espacio de un tiro e dos de ballesta, estando todo el territorio cubierto de árboles arrancados e unos sobre otros como he dicho. Y cómo los que por allí íbamos, conveníanos pasar por aquellos mismos lugares o bosques así destrozados, e no teníamos otro camino tan seguro o a nuestro propósito, no se podía excusar el trabajo de pasar por allí. Y era cosa de notar e mirar como iban los hombres tres o cuatro estados más altos unos que otros, de árbol en árbol, y de rama en rama, trepando y trabajando por seguir nuestro camino; porque los ríos grandes y peñas ásperas, e los profundos valles, y espinosos e cerrados boscajes, e otras cosas muchas se excusaban con aquel estorbo o embarazado camino, e también la sospecha de los enemigos, e no saber la tierra.

Todos estos e otros impedimentos daban causa que, con mucho cansancio de las personas e fatiga del espíritu, continuásemos el camino tan cerrado e ocupado como he dicho que estaba del huracán. E a bien librar, por corto que fuese aquel espacio así impedido, siempre escapaban algunos compañeros lastimados, derrochados e rasgados los vestidos, e otros desolladas las manos; e con grande afán se concluyen tales jornadas.

No son, pues, los árboles que están así arrancados, poca cosa para admirar su grandeza, y ser grosísimos muchos dellos; pero, demás deso, es cosa para maravillar verlos tan desviados e apartados, algunos, de donde fueron criados, e con sus raíces trastornados unos sobre otros, de tal forma trabados e apilados y entretejidos, que luego paresce, como he dicho, ser artificio e obra en que ha entendido el diablo o parte de la comunidad del infierno, e no hay ojos humanos de cristiano que sin espanto lo puedan ver.

De los dos huracanes de que tengo fecha expresa mención, que acaescieron en esta isla en los tiempos que he dicho. testigos muchos hay en esta cibdad, e alguno dentro de mi casa, que vido el segundo, Y en la isla hay personas asaz que perdieron mucha hacienda, e asimismo, en España, algunas personas que acá se hallaron, e hombres de la mar que con propria pérdida lo experimentaron en los navíos que dije que se perdieron en el primero huracán. Así que, estas dos tormentas fueron tales como tengo dicho; e jamás se perderá la memoria de tan señalados trabajos en esta isla entre los que viven. E por tanto, es bien que se dé noticia dello a los venideros, para que rueguen a Nuestro Señor que los libre de semejantes peligros; y así se debe esperar que lo permitirá su clemencia, y que por su infinita misericordia, librará esta cibdad e isla e sus cristianos de tan espantosos casos, a la sombra y amparo de su sacratísimo y verdadero cuerpo e Sanctísimo Sacramento; dándonos el mismo Dios su gracia para que en su servicio y amor les presentes y por venir perseveremos, y perseverando, nuestras ánimas se salven, y los cuerpos sean libres y exentos de semejantes calamidades y angustias.

Pasemos a las otras cosas que están por decir destas nuevas historias que a los letores serán gratas, e diferentes de las que hasta aquí hobieren leído en esta Natural y General Historia de Indias.

CAPITULO IV

Que tracta de los navíos o barcas de los indios, que ellos llaman canoas, e en algunas islas e partes las dicen piraguas; las cuales son de una pieza e de un solo árbol

Hablando Plinio en las cosas de la India oriental, dice que Medusa es una cibdad de cierta región llamada Concionada, desde la cual región se lleva la pimienta al puerto llamado Becare con navecillas de un leño. Estas tales navetas creo yo, que deben ser como las que acá usan los indios, que son desta manera: en esta isla Española, y en las otras partes todas destas Indias que hasta el presente se saben, en todas las costas de la mar, y en los ríos que los cristianos han visto hasta agora, hay una manera de barcas, que los indios llaman, canoa, con que ellos navegan por los ríos grandes y asimismo por estas mares de acá; de las cuales usan para sus guerras y saltos, y para sus contractaciones de una isla a otra, o para sus pesquerías y lo que les conviene. E asimismo, los cristianos que por acá vivimos, no podemos servirnos de las heredades que están en las costas de la mar y de los ríos grandes, sin estas canoas. Cada canoa es de una sola pieza, o sólo un árbol, el cual los indios vacían con golpes de hachas de piedras enastadas, como aquí se ve la figura della; y con éstas cortan o muelen a golpes el palo, ahorcándolo, y van quemando lo que está golpeado y cortado, poco a poco, y matando el fuego, tornando a cortar y golpear como primero. Y continuándolo así, hacen una barca cuasi de talle de artesa o dornajo; pero honda e luenga y estrecha, tan grande y gruesa como lo sufre la longitud y latitud del árbol de que la hacen. Y por debajo es llana y no le dejan quilla como a nuestras barcas y navíos.

Estas he visto de porte de cuarenta y cincuenta hombres, y tan anchas, que podría estar de través una pipa holgadamente entre los indios flecheros; porque éstos usan estas canoas tan grandes o mayores como lo que he dicho, e llámanlas los caribes piraguas, y navegan con velas de algodón y al remo, asimismo, con sus nahes (que así llaman a los remos), Y van algunas veces vogando de pies, y a veces asentados, y cuando quieren, de rodillas, Son estos nahes como palas luengas, y las cabezas como una muleta de un cojo o tollido, según aquí está pintado el nahe o remo y canoa, (Lám. 2.ª, f ig. L.ª) ,

Hay algunas destas canoas tan pequeñas, que no caben sino dos o tres indios, y otras seis, y otras diez, e de ahí adelante, segund su grandeza. Pero las unas y las otras son muy ligeras, mas peligrosas, porque se trastornan muchas veces; pero no se hunden aunque se hinchan de agua, e como estos indios son grandes nadadores, tórnanlas a endereszar, y dánse muy buena maña a las vaciar. No son navíos que se apartan mucho de la tierra, porque, como son bajos, no pueden sufrir grande mar, e si hace un poco de temporal, luego se anegan; y aunque no se hundan, no es buen pasatiempo andar hombre asido, dentro del agua, a la canoa, en especial el que no sabe nadar, como ha acaescido muchas veces a cristianos que se han ahogado. Y con todo eso, son más seguras estas canoas que nuestras barcas, en caso de hundirse, porque, aunque las barcas se hunden menos veces, por ser más alterosas y de más sostén, las que una vez se hunden, vánse al suelo; y las canoas, aunque se aneguen e hinchan de agua, no se van al suelo ni hunden (como he dicho), e quédanse sobreaguadas. Pero, el que no fuere muy buen nadador, no las contiene mucho.

Ninguna barca anda tanto como la canoa, aunque la canoa vaya con ocho remos e la barca con doce. E hay muchas canoas que la mitad menos de gente que voguen, andará más que la barca; pero ha de ser en mar tranquila e con bonanza.

El Tostado, sobre Eusebio, De los tiempos, tractando la causa por qué no debieron de entrar algunos animales en la barca de Deucalión, dice que porque no había barca tan grande; porque, segund la intención de Ovidio e Virgilio, en aquel tiempos apenas sabían los hombres hacer unas muy pequeñas barcas de un solo madero cavado, sin alguna juntura, como agora hacen las artesas. Esto que este doctor dice, me paresce que es lo mismo que tengo dicho de las canoas.

CAPITULO V

Que tracta de la manera que los indios tienen en sacar y encender lumbre sin piedra ni eslabón, sino con un palo, torciéndole sobre otros palillos, como agora se dirá

Cuán proveída es la Natura en dar a los hombres todo lo que les es nescesario, en muchas cosas se puede ver cada hora. Esta manera de encender fuego los indios, parescerá cosa nueva en muchas partes, y no poco de maravillar a los que no lo han visto; y es en todas las Indias tan común, cuanto es razón e nescesario que sea comunicable el fuego para la vida humana e servicio de las gentes. Y esto hácenlo los indios desta manera: toman un palo tan luengo como dos palmos o más, segund cada uno quiere, y tan grueso como el más delgado dedo de la mano, o como el grosor de una saeta, muy bien labrado e liso, de una buena madera fuerte que ya ellos tienen conoscida para esto. E donde se paran en el campo a comer o a cenar, e quieren hacer lumbre, toman dos palos secos de los más livianos que hallan, e juntos estos dos palillos ligeros, e muy juntos e apretados el uno al otro, pónenlos tendidos en tierra, y entre medias destos dos, en la juntura dellos, ponen de punta, el otro palo recio que dije primero, e entre las palmas torciéndole o frotando muy continuamente; e como la punta o extremo bajo esté ludiendo a la redonda en los dos palos bajos que están tendidos en tierra, enciéndelos en poco espacio de tiempo, y desta manera hacen fuego.

Esto se hace en esta isla Española y en las otras todas, y en la Tierra Firme: pero en la provincia de Nicaragua e otras partes no traen guardado el palillo que dije que es labrado e liso, de madera recia, que sirve de parahuso o taladro o eslabón, sino de la madera misma de los otros palillos que se encienden y están tendidos en tierra, y son todos tres palillos.

En Castilla del Oro y en las islas, donde los indios andan de guerra e continúan el campo e han menester más a menudo el fuego, guardan e traen consigo aquel palo principal, para cuando van camino; porque está labrado e cual conviene para aquello e para que ande más a sabor entre las palmas, estando liso, e con más velocidad. E así, con aquel tal se saca el fuego más presto e con menos fatiga o trabajo para las manos, que no con los que se hallan acaso, ásperos o torcidos. La figura de lo cual es de la manera que lo enseño debujado (Lám. 2.ª, fig. 2.ª), puesto que sin tal pintura, hasta lo que está dicho para lo entender. Pero todavía es bien, en lo que fuere posible, usar de la pintura para que se informen della los ojos e que mejor se comprendan estas cosas.

Quien hobiere leído, no se maravillará destos secretos, porque muchos dellos hallarán escriptos, o sus semejantes. Esto, a lo menos, del sacar fuego de los palos, pónelo Plinio en su Natural Historia, donde habla de los miraglos del fuego; e dice que torciendo los leños, o ludiendo juntamente, se saca y enciende fuego. De manera que lo que Plinio dice y aquestos indios hacen (en este caso), todo es una mesma cosa. Dice Vitrubio que los árboles por tempestad derribados, e entre sí mismos fregándose los ramos, excitaron el fuego e levantaron llamas, e aqueste origen da este autor al fuego.

Mas, ¿para qué quiero yo traer auctoridades de los antiguos en las cosas que yo he visto, ni en las que Natura enseña a todos y se ven cada día? Preguntad a esos carreteros que tienen uso de ejercitar las carretas o carros; y deciros han cuántas veces se les encienden los cubo de las ruedas por el ludir y revolver de los ejes: que esto basta para que a do quiera se aprenda a sacar fuego de la manera que acá se hace e yo tengo aquí dicho. Mas, porque truje a consecuencia e prueba las carretas, no se encenderán si van despacio o vacías, poco a poco; pero, cuanto más corriere con velocidad, bien cargada, tanto más aína acude el fuego, y más en unas maderas que en otras.

El año de mill e quinientos e treinta y ocho mandó la Cesárea Majestad proveer de artillería gruesa, e muy hermosa, esta fortaleza suya que está a mi cargo; e se trujeron culebrinas de a septenta quintales e más cada una, de bronce, e cañones de a cincuenta e cinco, e medias culebrinas de a cuarenta e algo menos; e después que las naos llegaron a este puerto e se sacaron estas piezas en tierra, hecímoslas llevar a brazos a muchos negros, e trujéronlas hasta esta casa, y como era mucha gente la que tiraba de cada pieza, por muy pesadas que eran, las traían corriendo; pero a cincuenta pasos se encendían las ruedas, y para excusar esto, hice que a par de cada tiro fuesen hombres con calderas llenas de agua, con que iban bañando e matando el fuego, Así que esto es cosa que se ve e es natural.

CAPITULO VI

De las salinas naturales y artificiales que tenían los indios en, esta isla Española, llamada Haití, antes que los cristianos conquistasen estas partes, y de las que hay al presente.

Muy acostumbrada cosa es a los indios saber hacer sal en muchas partes destas Indias, en las costas de la mar, cociendo el agua della; y así lo acostumbraron hacer en esta isla, donde los habitadores della vivían lejos de las salinas naturales, Pero, porque en la Tierra Firme he yo visto hacer sal a los indios, diré la manera que en ello tenían (cuando pase a escrebir las cosas de aquella tierra), porque de la vista yo me satisfago en este caso del hacer los indios la sal, pues la tenían natural; pues que en la costa del río Yaque (el cual va a salir a la parte que esta isla tiene al Norte, a par de Montecristo, y es poderoso río), hay unas salinas de buena sal. Dije que este río va a salir, o entra en la mar, a la banda del Norte, porque en esta isla hay otro río del mismo nombre, Yaque, que va a salir a la banda del Sur o Mediodía; pero este otro, antes que llegue a la mar, va encorporado en el río de Neiva, y en cierta parte desta isla se junta e entra en Neiva. Así que, el otro río Yaque, que dije primero, de las salinas, con su nombre entra en la mar del Norte.

Hay otras muy buenas salinas en Puerto Hermoso (que es 15 leguas desta cibdad de Sancto Domingo, en la costa del Sur), de donde se provee esta cibdad; las cuales salinas son muy abundantes. Estas no las tenían los indios, y aquesta cibdad las ha fecho de poco tiempo a esta parte. En el comedio desta isla, en la provincia que los indios llaman Bainoa, hay una sierra de sal cuasi cristalina o lúcida, cerca de la laguna grande de Jaraguá, a 14 ó 15 leguas de la villa de Sanct Joan de la Maguana, la cual no es inferior a la que en Cataluña llaman sal de Cardona, porque así cresce como aquélla, y ésta es una de las buenas que se saben en el mundo (digo la de Cardona, y por eso puse la comparación en ella).

Desta, de que aquí tracto, de la sierra de Bainoa, digo que se sacan lanchas e piedras della como de una cantera. Yo he visto piedra desta sal, en la villa de Sanct Joan de la Maguana, que pesaba más de un quintal (o cuatro arrobas), que son cien libras de a diez y seis onzas. E decíanme los que esta piedra e otras habían allí traído, que muchas muy mayores desta sal podrían traer, e que las dejan por no matar o fatigar las bestias con su excesivo peso. De manera que allí se podrían fabricar casas de tal cantería de sal, y no serían de menor prescio que aquellas que Plinio dice de Arabia, donde en la cibdad llamada Carrí, así las casas como los muros o adarves con que está cercada, son hechos de masa de sal. Y también dice el mismo auctor que en Capadocia se cava la sal debajo de tierra, e que por el humor se congela, e se corta después como las piedras especulares, e son los pedazos de grand peso, los cuales el vulgo llama uriques.

Ormeno, monte de la India, es de sal; el cual se corta como en otras partes se cortan las piedras, e aquello que se corta renasce, a, causa de lo cual, los reyes tienen más tributo o renta desta sal que del oro ni de las perlas. E córtase asimismo en España Citerior, en Geleaste, e los pedazos desta sal son cuasi transparentes, e aquesta sal ha buen tiempo que muchos médicos la dan la palma sobre todas las otras generaciones de sal. Todo esto es de Plinio y de su Natural Historia. Y esta sal, que el llama de Geleaste, es la misma de Cardona, de que se hizo memoria de suso, cuando dije que le parescía, o era tal la que acá tenemos de Bainoa. La cual asimismo es tenida por medicinal, y es muy buena para todo lo que suele servir la sal al uso de los hombres, y para todo lo que quisieren que la sal pueda aprovechar. De otra manera y maneras de sal contará la historia en la segunda parte, cuando a ella llegáremos, e asimismo en la tercera parte.

CAPITULO VII

Que tracta de las riberas principales desta isla Española; el cual se destingue en diez párrafos o partes.

I. Los ríos principales que hay en esta isla de Haití o Española, son los que agora se dirán. E pues la principal cibdad e población e puerto de mar e cabeza deste reino e isla es Sancto Domingo, justa cosa me paresce que el primero río se nombre el que por esta cibdad pasa, y en ella se acaba e entra en la mar, llamado Ozama; el cual, cuando aquí llega e entra en la mar, viene muy poderoso e hondable; e las naos, cargadas e a la vela, entran e salen por él muy seguras, e llegan a ocho o diez pasos de tierra a poner el costado, e por una plancha puesta en tierra, se cargan e descargan las que quieren, lo cual en pocas partes del mundo se hace sin muelle en tan grandes navíos, El año de mill e quinientos e treinta y tres vino aquí la nao llamada Imperial, de la Cesárea Majestad, la cual era de porte de más de cuatrocientos toneles machos, con cierta gente que trujo a esta cibdad, y cargada, e volvió con mucha más carga, Digo aquesto, porque hasta agora no ha pasado a estas partes tan grueso navío, ni entrado en este puerto, donde estuvo a quince o veinte pasos de tierra surto e anclado. E salen deste puerto algunas naos de noche e sin peligro, y desde donde surgen dentro hasta estar en la mar, fuera del puerto, puede haber tiro e medio de escopeta o poco más trecho. Yo he salido de noche en nao de más de doscientos e cincuenta toneles machos de porte, cargada; porque el terral es ordinario, y salen las naos muy a placer; y al entrar no faltan mareros, de mediodía abajo, la mayor parte del tiempo todo.

Así que, el río e su puerto es muy hermoso, y es navegable y de muchas barcas y canoas, así por las pesquerías que tiene como por las huertas y heredamientos que hay en sus costas, de una e de otra banda o partes desta ribera. E dentro de la cibdad, junto al puerto, se hacen continuamente carabelas e navíos, e hay muy buena dispusición para los varar y echar al agua después de hechos. Así que es río notable e muy hermoso e rico; pero no pueden beber del, porque está la cibdad y el puerto junto, e no más apartada de lo que he dicho de la mar, e aún por la parte del Sur bate la mar en esta cibdad. Pero subiendo el río arriba, poco más de una legua, es buena agua e muy sana. Y es río de mucho pescado, de muy hermosas lizas, e matan en él muchos e grandes manatís, de los cuales y de otros pescados famosos se tractará adelante, en el libro XIII,

Entra este río Ozama en la mar en la costa que esta isla tiene en la parte de Mediodía o austral; e él viene e trae su curso de la parte de hacia el Norte, desde una legua antes desta cibdad, donde se junta con él otro gran río que llaman la Isabela, que viene de la parte del Hueste; e el de la Ozama del Leste hasta donde se juntan, que, como he dicho, es una legua de aquí. E hasta allí, o poco más, sube la marea, pero con la jusente, ya está allí el agua dulce, La entrada de la mar e boca del puerto es de cuatro brazas o más de hondo; e entradas las naos, surgen junto a la cibdad, como es dicho, en otras cuatro brazas o más de fondo.

II. Hay otro río poderoso que se llama Neiva, el cual corre por la mitad de la isla, atravesándola, e corre asimismo de la parte de hacia el Norte, e entra en la mar e costa que esta isla mira al Sur. Pasa junto a la villa de Sanct Joan de la Maguana y es hondable en la boca donde fenesce, pero no mucho espacio. Antes de llegar a la mar, con media legua, es bajo e desierto, e tiene dos millas o más de latitud o anchura en la boca; e todo lo que va o corre en la tierra hasta llegar a la mar, va muy riguroso e con mucha velocidad,

III. Nizao es otro buen río, e asi mismo entra en la mar en la mesma costa del Sur, como los susodichos, pero no es tan grande río; mas es muy rico de heredamientos e cañaverales de azúcar, e por los ingenios della que hay en esta ribera e comarca, e muchos hermosos pastos e ganados en sus riberas e cerca dél.

IV. Haina es otro río riquísimo de heredamientos e haciendas; e en su ribera e comarca hay muchos cañaverales e haciendas de azúcar, y es de la mejor agua que río alguno en toda esta isla, y entra en la mar, asimesmo, como los que es dicho de suso, en la costa del Mediodía. No es tan poderoso ni de tanta agua como los mayores ríos; pero es uno de los mejores de todos e más provechoso por su fertilidad.

V. Nigua se llama otro río riquísimo; el cual tiene el nombre de aquel animal maldito que se entra por los pies, como ya se dijo en el libro II, capítulo XIV. Este río es muy principal y de grandísima utilidad por los grandes heredamientos e labranzas de hermosas haciendas que hay en sus costas e comarcas, e ingenios de azúcar. E sólo este río, con los ingenios e ganados e haciendas gruesas e granjerías que tiene para este ejercicio del azúcar, sería bastante para ser muy rica cualquier cibdad del mundo donde aquesto estoviese. Este, río entra en la mar en la costa que entran todos los que he dicho, e a cuatro leguas o poco más desta cibdad de Sancto Domingo.

VI. Yuna se llama otro río que es de los más poderosos de toda esta isla; el cual pasa por la villa del Bonao, y va a fenescer y entrar en la mar en la costa que esta isla tiene de la banda o parte del Norte. Y es río de muchas haciendas y heredamientos, y de muy buenos pastos en sus comarcas e riberas.

VII. Yaque: deste nombre hay en esta isla dos ríos; el uno dellos se junta con Neiva, que es otro mayor río, y entra en él antes de llegar a la mar; que, cuando a ella llega, no se nombra otro sino Neiva, y por tanto no se hace tanta cuenta déste como de otro llamado Yaque (del cual se tracta), que entra y va a fenescer en la mar, de la banda o parte que esta isla mira al Norte, a par de Montecristo. E hay cerca dél unas buenas salinas, como se dijo en el precedente capítulo. Este río es poderoso, e de grandes e muy buenos pastos y hermosas vegas y haciendas. El otro Yaque, o Yaquecillo, entra con Neiva de la banda o parte del Sur, como tengo dicho, y es muy diferente deste Yaque que va a salir a la otra costa, segund es dicho.

VIII. Hatibonico es otro río muy grande e poderoso; el cual va a fenescer en la parte occidental desta isla, y es de muchos pastos e vegas hermosas, y entran en él otros muchos ríos pequeños, y es de mucha pesquería.

IX. Otros muchos ríos hay en esta isla de muchas y muy buenas pesquerías e aguas e lindas riberas, así como el Cotuy e Cibao. Y aquestos dos son ricos mucho de oro, e con muchas minas donde se saca continuamente. Y en las minas de Cotuy se halla aceche, que lo sudan las peñas e la tierra, e harta cantidad dello, e asimismo se halla asaz azul para pintar, finísimo, que dicen nuestros pintores que no es inferior al que llaman de acre.

X. Otro buen río hay que llaman Macorix, de mucho pescado; y asimisimo, otros muchos ríos se podrían nombrar que se dejan de decir por evitar prolijidades, e porque no son tan grandes como los que se han nombrado. Y de otros muchos no se saben los nombres, porque, como se han acabado los hombres antiguos destos indios naturales de esta isla, así se han olvidado los nombres de los ríos y de otras cosas; pero, allende de ser muchos ríos destos nombrados, e de otros, fértiles de oro, son, por la mayor parte, abundantes de mucho pescado, así de lo que de la mar entra a ellos, como de los pescados que en el agua dulce suya se crían y producen. Y aquesto baste cuanto a los ríos desta isla Española

CAPITULO VIII

El cual tracta de los metales e minas que hay de oro en esta isla Española; el cual se divide en once párrafos o partes. Y decirse ha asimismo, de la manera que se tiene en el coger del oro, e otras particularidades notables e concernientes a la historia

I. En el capítulo antes déste, nombré los ríos principales e poderosos que hay en esta isla Española, e pasé breve mente por ellos. Quiero agora decir de algunos, que tambien los nombre, que no son famosos por grandeza e profundidad de agua ni de tantas pesquerías; pero sónlo, mucho más que todos los que he dicho, por la abundancia del oro que se ha sacado e sacan en sus costas e riberas, a los cuales vienen a lanzarse y encorporar innumerables quebradas e fuentes e arroyos ricos de oro. Entre los cuales ríos, el que llaman Cotuy es riquísimo; a par del cual está una villeta o población de mineros e gente ejercitada en esto del oro, al cual pueblo e río dan un mismo nombre dicho: Cotuy. Ha habido allí y hay mucho ejercicio en sacar oro; pero, porque déste se dirá adelante más particularmente cómo se saca, diré primero de los otros metales que hay en esta isla, allende del oro; porque en lo que es de menos estimación, mas breves sean las palabras, y en lo que tan deseado es en el mundo, se diga algo, y no tanto cuanto la materia es cobdiciosa a los hombres.

II. Cobre hay en esta isla, e muchos lo han hallado muchas veces, e aun dicen que es rico; pero hacen poco caso de tal granjería, porque sería grande error dejar de buscar oro e sacarlo (sabiendo que lo hay), por buscar cobre, seyendo tan grande la desigualdad del prescio y provecho que de lo uno a lo otro se sigue, E así, desta causa, ninguno se quiere ocupar en tal ejercicio como es el sacar del cobre. Basta, para lo que hace aquí al propósito e verdad de la historia, que lo hay y mucho.

III. Han querido decir algunos que hay hierro en aquesta isla; pero yo no lo he visto ni lo afirmo, He oído decir a Lope de Bardeci, que hoy es vecino desta cibdad, e uno de los honrados y heredados que acá hay, el cual afirma que se halló en la ribera del río Nizao y que él hizo en su presencia fundir la vena del hierro, y se hizo, e que él lo tuvo por cierto (si no fué engañado del que lo fundió; lo cual ya no dejo de creer, porque la malicia de los hombres es mucha). Y también no quiero parar en esto, porque en España no está muchas leguas Vizcaya apartada de Asturias e Galicia, y en Vizcaya hay mucho e innumerable hierro, e en Asturias e Galicia hobo grandísimas minas e muy ricas de oro, segund Plinio e otros auctores famosos nos los acuerdan; y no creo que lo deja de haber al presente, si se buscase, en Asturias. Y así podría ser que, aunque hay en esta isla mucho oro, que no faltase hierro; pues que el Maestro que acullá hace estas e otras mayores e naturales cosas, y tan diferenciadas, ese mismo tiene cargo de las de acá, e lo hace todo segund y dónde como es su voluntad.

Diré yo aquí un indicio de la riqueza e abundancia del oro de Asturias (en algún tiempo), que vino a manifestarse en Almazán, el año de mill e cuatrocientos e noventa e seis años, estando los Reyes Católicos y el serenísimo príncipe don Joan, su primogénito (mi señor), y la serenísima reina doña Joana, nuestra señora (madre de la Cesárea Majestad, que entonces era archiduquesa), y todas sus hermanas; pocos días antes que de aquella villa se partiese el Rey Católico para la frontera de Francia (por la guerra de los franceses), y la Reina y el Príncipe y sus hermanas, para Laredo a embarcar el Archiduquesa, para la llevar en Flandes, donde fué aquel mismo año, acaesció en Asturias de Oviedo, que un pastor que guardaba ganado, andando en el campo, se halló, en un monte áspero e lejos de poblado, un collar de oro o cerco, de una pieza todo, a trechos cuadrado e a trechos torcido, y los extremos dél vueltos para se asir el uno con el otro (Lám. 2.ª, figura 3.ª), tan gordo como el dedo menor de la mano. Y era tan grande, que tenía palmo e medio de través. Pesaba algo menos de quinientos castellanos, o diez marcos de oro finísimo de ducados. Este collar envió el corregidor de Oviedo a la Reina Católica, la cual lo dió al Príncipe, porque se había hallado en su principado de Asturias, el cual principado, en la misma villa de Almazán, pocos días antes, con las cibdades de Salamanca y Toro y Zamora y Logroño, y otras villas e fortalezas, dieron el Rey e la Reina al Príncipe, e le apartaron su casa por sí. Yo tuve este collar en mi poder, porque tuve las llaves de la cámara del Príncipe; y vi que se platicó en esa sazón que se debían de buscar e labrar las minas de Asturias. Y sus padres le exhortaron al Príncipe que lo mandase; porque, demás de lo que está escripto, parescía que aquel collar era un despertador para ello, y que donde tal collar se halló o se usó, que era por la abundancia mucha del oro que hay en tal tierra.

Para hombre, el collar era grosero, antes se pensaba que fué fecho para algún animal, lo cual algún tiempo usaron grandes varones. A lo menos, de César, dictador, se escribe que a muchos ciervos hacía poner un collar de oro. en que había escripto: "Noli me tangere, quia Caesaris sum". E andaban libres, que no los osaba ninguno tocar. Esto quiso aplicar Petrarca en aquel soneto que comienza

Una candida cerva sopra l'herba
verde ma parve...

e prosiguiendo dice:

Nessun mi tocchi, al bel collo dintorno
Scripto havea...

Plinio dice que se hallaron ciervos de Alexandre Magno, con sus collares, cient años después, e que habiéndoles crescido la carne encima, estaba cubierto el collar.

Si este collar que yo digo que vi en la cámara del Príncipe, e le tuve en las manos algunas veces, fue de algún ciervo u otro animal, no lo sé. Leído he que Sertorio en España traía una cierva blanca, e daba a entender a la gente que le decía lo que había de hacer, e adivinaba. Valerio Máximo escribe que Quinto Sertorio traía por las ásperas montañas de Lusitania, en España, una cierva blanca, e decía e daba a entender a aquellas gentes idiotas e simples, que la cierva le amonestaba lo que debía hacer e obrar, etc. Infiero de aquí, que Lusitania e Asturias son en España lo uno e lo otro, e en ambas provincias hobo muchas minas de oro. E asimismo podría ser tal collar de aquella cierva de Sertorio. Pero, dejadas las conjeturas aparte, el efeto es que el collar yo le vi, e que se halló en Asturias de Oviedo, donde Plinio dice de las ricas minas de Lusitania e de Asturias, como más largo adelante se dirá. Y tornemos a nuestra materia.

IV. Muy antigua cosa es el uso de los metales e del oro a los hombres en el mundo, segund los historiales en conformidad escriben, Dice la Natural Historia de Plinio, que Cadino halló el oro e la manera de fundirlo en el monte Panges; otros dicen que Thoas e Aclys en Panchaya; o el Sol, hijo del Océano, al cual Gelio atribuye la invención de la medicina. Todo esto es de Plinio en el lugar alegado. A Moisés mandó Dios que tomase el oro e la plata de los hijos de Israel, para la edificación del tabernáculo. Y tambien Joseph, cuando en Egipto mandó henchir de trigo los costales de sus hermanos, hizo poner en la boca de cada costal la pecunia, y en la boca del saco del menor hizo meter su copa de plata, y el prescio del trigo que los hermanos habían dado por ello. Antes de lo cual, el mesmo Joseph había seído vendido por los mesmos hermanos suyos a los ismaelitas, por treinta dineros argénteos o de plata. Así que el oro e la plata e metales antiquísimamente están en uso de los hombres, y en mucha y continua contractación, dando con ello valor a las otras cosas del comercio de las gentes. Servio, rey, fué el primero que acuñó el cobre, segund Thimeo (Plinio lo dice); y antes, en Roma se usaba grosero e no polido, e fué la primera imagen una pecus, id est, una pécora u oveja; por lo cual, la moneda acuñada finé llamada pecunia.

Dejemos las historias pasadas, e volvamos a la que tenemos presente, pues que aquesto del oro es un paso en el cual los cobdiciosos pararán con más atención que a otra particularidad e secreto de los que aquí se tracta o refiere esta Natural y Genera! Historia de Indias. Mas, los hombres sabios y naturales atenderán a esta lección no con otra mayor cobdicia e deseo que por saber e oír las obras de Natura; y así, con más desocupación del entendimiento, habrán por bien de oírme (pues no cuento los disparates de los libros de Amadís, ni los que dellos dependen); antes, muchos virtuosos e católicos esperarán esta leción, no teniendo ni juzgando en el oro mayor provecho que para dar gracias a Dios en haber criado tan excelente e perfecta cosa como este metal; y tanto más de mayor prescio y valor, y más resplandeciente loor y estimación, cuanto mejor e más sabia e sanctamente fuere despendido. Porque el oro que no es bien gastado, y está en poder de mezquinos y avaros, no es de más provecho que el que está escondido debajo de tierra y que nunca el sol lo pudo ver. E así como esta Tierra (nuestra madre universal) se rompe y abre por diversas partes, e aciertan a topar en sus entrañas e interiores las venas de oro los hombres, así cuando las hijadas de la persona del guardador avariento comienzan a se deteriorar e romper, acabándose el curso de su vida, aciertan a salir las monedas ocultas de que nunca osó aprovecharse el miserable que las ayuntó. Quiero decir que he visto en estas Indias grandes allegadores deste oro, e por no lo despender bien, han acabado en mucha miseria, e se les fué de las manos; como rocío o sombra, e aun sus vidas tras sus dineros.

Pues por cualquier fin que el letor me quiera escuchar, quiero que oigan y sepan de mí, en todo el mundo cuán riquísimo imperio es aqueste destas Indias, que tenía Dios guardado a tan bienaventurado Emperador como tenemos, e a tan largo e liberal destribuidor de las riquezas temporales, e que tan sabia e sanctamente son por su mano despendidas y empleadas en tan católicos y sanctos ejercicios y ejércitos, para que con más oportunidad e abundancia de tesoros, hayan efeto sus altos pensamientos e armas contra los infieles y heréticos enemigos de la religión cristiana. E para que los extraños vean y de todo punto entiendan (así como está cierto e notorio), que a España la doctó Dios de animosos y valerosos y altos e muchos varones ilustres, y caballería, y de tanta nobleza y multitud de hidalgos; y comúnmente a todos los naturales della los hizo Dios de tanta osadía, e los constituyó de tanta experiencia en la militar disciplina, y con tanta determinación y esfuerzo de virtuosa e natural inclinación, como todos los auténticos e antiguos e modernos historiales escriben e se ve palpable. E no sin causa, dijo Livio por nuestros españoles: "Ferocísima gente son, porque píensas que ninguna vida es loable sin las armas".

Y sin que se busquen las auctoridades de los pasados, los ojos de los hombres que hoy viven lo han visto e sabido para lo poder testificar e notar, e verificar por los invictos reyes pasados de nuestra España, e por los Católicos Reyes don Fernando e doña Isabel, nunca vencidos e siempre vencedores, que ganaron a Granada, Nápoles, Navarra e Bujía e otros reinos, e descubrieron este Nuevo Mundo destas Indias; y por los trofeos y triunfos de la Cesárea Majestad del Emperador Rey, don Carlos, nuestro señor, el cual ha seído digno, mediante la divina clemencia, que le hizo merecedor de sus buenas venturas y nuestras, de ser señor de tan valerosa nasción, para que veamos al presente, como se ve, la Bandera de España celebrada por la más victoriosa, acatada por la más gloriosa, temida por la más poderosa, y amada por la más digna de ser querida en el universo. Y así nos enseña el tiempo, e vemos palpable, lo que nunca debajo del cielo se vido hasta agora en el poderío e alta majestad de algún príncipe cristiano. Y así se debe esperar que lo que está por adquirir y venir al colmo de la monarquía universal de nuestro César, lo veremos en breve tiempo debajo de su ceptro; y que no faltará reino, ni secta, ni género de falsa creencia, que no sea humillada y puesta debajo de su yugo y obidiencia. Y no digo sólo esto por los infieles, pero ni de los que se llaman cristianos, si dejaren de reconoscer por superior (como deben y Dios tiene ordenado), a nuestro César; pues le sobran osados mílites y gentes. y no le han de faltar riquezas que les reparta, así de sus grandes Estados de Europa y Africa, como desta otra mitad del mundo que comprehenden sus Indias.

¿Puede ser cosa más clara y visible, para verificación de lo que digo de su potencia y tesoros, que haberle dado sus capitanes y gente en la mar austral des las Indias, en un día solo, el año de mill e quinientos e treinta y tres, con la prisión del rey Atabaliba, cuatrocientos mill pesos de oro de valor, en oro e plata, de solo su quinto, e quedar un millón e seiscientos mill pesos de oro de valor, en solos estos dos metales, para partir entre los pocos españoles que allí se hallaron? Y ved cuán pocos en número fueron estos cristianos, que el caballero cupo a nueve mill castellanos de oro de parte; e tal hobo que a quince e veinte e cincuenta mill, si era capitán; y el más mínimo infante a pie, a tres e a cuatro mill pesos de oro de parte, sin muchas e muy ricas e presciosas esmeraldas, como se dirá más par ticularmente en su lugar, en la tercera parte destas historias. ¿Cuál saco de Génova; cuál de Milán; cuál de Roma; cuál prisión del rey Francisco de Francia; cuál presa o despojo grande del rey Motezuma en la Nueva España?... Ya todo lo dé Cortés paresce noche con la claridad que vemos cuanto a la riqueza de la mar del Sur; pues que el rey Atabaliba, tan riquísimo, e aquellas gentes e provincias, de quien se esperan e han sacado otros millones muchos de oro, hacen que parezca poco todo lo que en el mundo se ha sabido o se ha llamado rico, en comparación de lo que vemos en gente que ni tiene saetas con hierba, ni saben qué cosa es pólvora, ni otros remedios o petrechos de guerra para se defender ni ofender. Así huyen de un caballo aquellas nasciones, como el diablo de la cruz.

Por esta isla aportaron tinajas de oro i que mis ojos vieron, y otras muchas cosas e piezas de gran peso y admiración, nunca oídas ni escriptas. Y a España se llevaron muchas, y grandes tesoros, en Sevilla; e las vieron tantos, que no se terná por dudoso: ni es fábula o novelar de gracia lo que digo, ni lo que adelante se dirá en esta materia de las cosas de la Tierra Firme e tierra e mares australes, en la tercera parte desta Historia General. Y es notorio que al tiempo que César quiso partir de la villa de Madrid, en principio de marzo de mill e quinientos e treinta e cinco años, para juntar su armada y ejércitos en Barcelona contra los infieles africanos, llegaron a Sevilla cuatro naos que otra carga no llevaron sino oro e plata, en que, había sobre dos millones de pesos de oro de valor en estos dos metales. Pues ya se sabe que antes había ido el capitán Hernando Pizarro con otra nao cargada de oro e plata. Pues el año de mill e quinientos e treinta e ocho años, el armada de César (de la cual era capitán general el comendador Blasco Núñez Vela) sábese que de Su Majestad, e de personas particulares llevó otro millón y quinientos mill pesos, o más, de valor en oro e plata; allende de otras muchas naos ricas que han ido a España, desde el tiempo que Atabaliba fué preso a esta parte.

Sólo una cosa quiero apuntar, y no la olvide el que lee; y es que, así como a todos cuantos en el mundo han escripto semejantes materias, faltó el objeto, y no pudo ningún escritor hallar tanto que decir como él supiera relatar o notificar en verdadera historia, así, por el opósito, es a mi historia la falta que tiene mi lengua y habilidad. E faltara el tiempo e la pluma e las manos e la elocuencia, no solamente a mí, mas, aquellos famosos poetas, Orpheo, Homero, Hesiodo, Píndaro, no pudieran bastar a tan encumbrada labor. Ni allende de los poetas, los más elocuentes oradores pudieran concluir una mar tan colmada de historias, aunque mill Cicerones se ocuparan en esto, a proporción de la abundantísima e cuasi infinita materia destas maravillas e riquezas que acá hay e tengo entre manos que escrebir. Mas espero, siendo Dios servido e supliendo él mis faltas, decir y expresar en la segunda y terceras partes destas historias, todo lo que della se deba referir, a mucho contentamiento de los hombres de doctrina, y a buen gusto de las otras gentes. Y para entonces quedarán estas cosas del Perú, pues son del jaez e historia de la Tierra Firme; y por las señas que he dado desta victoria que hobo el comendador Francisco Pizarro, gobernador del Perú por Sus Majestades, se le acordará al letor de buscar lo demás en la tercera parte, cuando se tracte del Perú e mar del Sur.

E no ha seído desconveniencia lo que aquí se ha tocado, para traer a mi propósito los tesoros de nuestro César, e el aparejo que Dios le ha dado para quitar algunas soberbias señaladas en el mundo, e ponerle en la paz e justicia que por su mano todos los fieles y católicos cristianos esperan conseguir e gozar. Porque, a la verdad, el mundo ha estado de manera que los menos sabían a cuál opinión se allegasen de las de Heráclito e Demócrito. Mas, ¿qué digo yo? Los que en esta dubda estaban, eran los cargados de años y de más prudencia, porque, en los tales, aunque las cosas subcediesen de cualquier manera, supieran conformarse con el tiempo; pero, por la mayor parte, prevalescía la opinión de Heráclito, e pocos se reían como Demócrito. Esto bastaba para los doctos. Pero, porque escribo en Indias, y no menos para vulgares o no leídos, digo que Heráclito filósofo fué de Efeso, cibdad en Asia, e por continuo estudio, sin maestro, fué singularísimo varón; e como Demócrito de continuo reía de la estulticia o locura de los hombres, así, por el opósito, Heráclito lloraba movido a compasión de la miseria humana; e viendo las malas costumbres de sus cibdadanos, habitaba en los montes en soledad.

Quiero decir que como este oro es cobdicioso, en tanto que turó la discordia entre España e Francia, vinieron acá algunos cosarios al olor destas riquezas. Algunos acertaron a llevar dineros e oro para hacellos ricos con la hacienda de algunos descuidados, y otros se perdieron por acá en esa demanda y dejaron las vidas, y aun allá, en su Bretaña e Normandía, no les faltaron trabajos, hasta que plugo a Nuestro Señor que se concluyó la tregua e subcedieron las vistas entre la Cesárea Majestad e el cristianísimo rey Francisco de Francia, mediante la intercesión e auctoridad de nuestro muy Sancto Padre, el Papa Paulo, III de tal nombre, vicario de Cristo. Y así placerá a Nuestro Señor que la paz se conserve e aumente; pues en ella consiste el bien de todos los fieles, porque de la guerra, Dios se desirve, e su Iglesia e república padesce. Y desta de hasta aquí, bien se puede responder lo que Sophonisba respondió a Petrarca, como él lo dice en un terceto, por estas palabras:

Et ella: altro vogl'io che tu mi mostre
S' Africa pianse; Italia non ne rise:
Domandatene pur l'historie vostre.

V. Tornemos a nuestra historia, y diré de qué forma acá se coge este oro por nuestros españoles, que a la verdad no es con la facilidad que los franceses lo pensaban llevar, sino con mucho trabajo, e con la ventura que Dios da a cada uno. Yo dije, en el libro III, de un grano de oro que pesó tres mill e seiscientos pesos de oro, que se perdió en la mar, e se había hallado en esta isla; y esto sólo debe bastar para que se crea que donde aquél crió Dios, no le hizo solo, ni se le acabó el poder ni el arte a la Natura en aquel grano, ni deja de haber grandísima cantidad de oro. Pero, porque quiero satisfacer en lo demás, puedo yo ser creído e testificar en esta materia más que otro; pues que desde el año de mill e quinientos e catorce, hasta el que pasó de mill e quinientos e treinta y dos, serví al Rey Católico don Fernando, y a la Católica e serenísima Reina doña Joana, su hija, y a la Cesárea Majestad, nuestros señores, dé su veedor de las fundiciones del oro en la Tierra Firme. Y Su Majestad, queriendo que mi hijo, Francisco González de Valdés, le sirva en el mismo oficio, le hizo merced dél por mi renunciación e suplicación; y mandó que yo, como hombre constituido en edad para reposar, descansase ya en mi casa, recoligiendo y escribiendo con más reposo, por su Real mandado, estas materias e nuevas historias de Indias. Y desta causa, sé muy bien y he muchas veces visto cómo se saca el oro e se labran las minas en estas Indias: porque esto es en todas ellas de una manera, e yo lo he hecho sacar para mí, con mis indios y esclavos, en la Tierra Firme, en la provincia e gobernación de Castilla del Oro; e así he entendido, de los que lo han cogido en estas e otras islas, que se hace de la misma forma. Pues que es común el arte e general, decirlo he aquí, en este libro VI, que yo llamo de los depósitos, por no lo repetir después en otras partes.

VI. En muchas riberas e partes desta isla Española se halla oro, así en las sierras e ríos que llaman de Cibao (río muy famoso en esta isla por la riqueza de su oro), como en el Cotuy (de los cuales de suso se hizo mención). Y también se saca en las minas que llaman de Sanct Cristóbal, y en las minas viejas e otras partes, Pero no acostumbran coger el oro a do quiera que se halla (a causa de ser la costa grande, que en ello se pone, de bastimentos e otros aparejos, así como de las compras de los esclavos y herramientas y bateas y otras cosas), sino donde haya tanto, que se supla la costa y sobren dineros, y sea tal la ganancia, que puedan medrar los que en este ejercicio entienden. Porque de hallar oro poco o en cantidad, vista se está la diferencia; y lo poco en muchas partes lo hallan, y si se siguiese lo poco, mas sería perder tiempo y dineros que no hallarlos.

Este oro no es, do quiera que se halle, tan fino ni igual de ley, que no tenga más o menos quilates de bondad, si en diversas partes se coge, aunque sea lo uno e lo otro de un mesmo río, e que haya salido de un mesmo nascimiento o minero. No hablo aquí en el oro que se ha habido por rescates, o en la guerra, ni en lo que de su grado o sin él han dado los indios en estas islas o en la Tierra Firme; porque ese tal oro, ellos lo labran e lo suelen mezclar con cobre o con plata, y lo abajan segund quieren, e así es de diferentes quilates e valores. Mas hablo del oro virgen, en quien la mano mortal no ha tocado o hecho esas mixturas, como adelante diré en el proceso desta materia.

Y habéis de entender que este oro virgen se halla en los ríos del agua, y en las costas dellos, y en el monte, y en las quebradas, y en sabanas, como agora lo iré particularizando e distinguiendo cada cosa destas por su parte. Y tenga el que lee, memoria que digo que se halla el oro en una destas tres maneras: en sabana, o en arcabuco, o dentro del río e agua (ya podría ser que el río o quebrada o arroyo estén secos e hayan mudado su curso, o por cualquier causa que sea, les falte agua; pero no por eso dejará de haber oro, si por allí lo hobo en el curso que tuvieron las aguas). Llaman sabana los indios, como en otro lugar lo tengo dicho, las vegas e cerros e costas de riberas, si no tienen árboles, e a todo terreno que está sin ellos, con hierba o sin ella. El arcabuco es boscaje de árboles, en monte alto o en lo llano: en fin, todo lo que está arbolado es arcabuco. Y en cualquiera destas maneras que se halle el oro, tienen la orden que agora diré, para lo sacar.

Los hombres mineros, expertos en sacar oro, tienen cargo de alguna cuadrilla de indios o esclavos para ello (suyos o ajenos), andando por su proprio interes e hacienda suya, o por su soldada, con ellos. Y este tal minero, cuando quiere dar catas para tentar e buscar la mina que ha de labrar, si las quiere dar en sabana o arcabuco, hace así: limpia primero todo lo que está sobre la tierra de árboles o hierba o piedras, e cava con su gente ocho o diez pies (y más y menos) en luengo, y otros tantos (o lo que le paresce), en ancho, no ahondando más de un palmo o dos, igualmente. Y sin ahondar más, lavan todo aquel lecho de tierra e cantidad que ha cavado en aquel espacio que es dicho, sin calar más bajo. Y si en aquel peso de un palmo o dos halla oro, síguelo; e si no, después de limpio todo aquel hoyo, ahonda otro palmo, e lava la tierra así, igualmente como hizo la que sacó del primero lecho o cata primera. E si tampoco en aquel peso no halla oro, ahonda más e más, por la orden que he dicho, palmo a palmo, lavando toda la tierra de cada lecho (o tiento de cata), hasta que llegan a la peña viva abajo. E si hasta ella no topan el oro, no curan de lo buscar más allí e vánlo a buscar a otra parte. Mas, donde lo hallan, en aquella altura o peso, sin ahondar más, en aquella igualdad que se topó el oro, lo siguen; e si el oro va para abajo, asimismo ven tras él, e continúan su labor hasta haber labrado toda la cantidad de la mina. La cual ya tiene establescida cierta medida, e hay ordenanzas reales que declaran el terreno e cantidad de la mina e territorio de cada una en la superficie de la tierra, E de aquella medida adentro, que es en cuadra o cuasi, pueden para abajo ahondar cuanto quisieren, Hobo un tiempo diez e ocho pasos en cuadra por mina, e también, en otra sazón, hobo veinte, e más e menos; porque esto se hace por ordenanzas que hay para ello, e no son más perpetuas de cuanto le place al que la justicia gobierna. E como conviene, segund el tiempo, así se acorta o alarga el compás que debe tener la mina.

Pero, así como uno halla la mina, es obligado a los oficiales reales notificarlo, y en especial al veedor, y ante el escribano mayor de minas, porque se le mida e señalen la mina con estacas, e le pongan límites, porque otros puedan tomar minas a par de aquel primero que la descubrió. E aquel terreno que tiene o le cabe a la mina, no puede otro alguno entrar ni tocar en él para sacar oro, sin cometer hurto e incurrir en otras penas que se ejecutan sin alguna remisión. Mas allí, a par donde se acaba o pasa la raya de la mina del primero descubridor, luego, desde allí adelante, señala e hinca estacas; e toma otra mina, hacia la parte que quiere juntarse con la primera, el que primero viene. Y aun aquí cuadra bien el proverbio que dice: "Quien ha buen vecino, ha buen matino"; porque aquel descubridor primero avisa al que quiere ayudar e tomar por vecino e aposentarlo a par de sí, E comúnmente, las más veces, cuando la mina es rica, lo suele ser la que es su vecina, aunque no sea en tanto grado; y también acaesce que acierta a ser muy más rica que la primera. También se ve muchas veces que uno coge mucho oro en una mina, y en la que está a par della no se halla grano. Una de las cosas en que se ven palpables las venturas de algunos hombres e cuán diferenciadas son, es en esto de las minas; porque acontesce que hay dos, o tres, y seis, y diez e más minas en un término o costa de un río o quebrada, y sacar todos buen oro; e habrá entre ellos uno que, aunque tenga más e mejor gente, no saca ni topa oro alguno, o muy poco. Y por el contrario, se ve asaz veces que uno sólo halla harto oro, e muchos otros, allí cerca, no cogen alguno ni lo hallan, como poco ha acaesció en la isla de Sanct Joan a un Fulano de Melo, portugués, que sacó en poco tiempo cinco o seis mill pesos de oro, y muchos mineros otros que cogían oro allí, a par dél, no lo sacaban aun para pagar la costa que hacían buscándolo. Dejemos esto: que ninguno ha de ser más rico ni más pobre de lo que Dios tiene ordenado; y por ventura, los que menos oro cogen, son mejor librados; porque les guarda Dios otras riquezas mayores a los que con su voluntad se conforman, e le aman e quieren conoscer.

Estas minas de sabana, o halladas en tierra, siempre se han de buscar cerca de algún río, o arroyo, o quebrada de agua, o laguna, o balsa, o fuente, donde el oro se pueda lavar e limpiarlo de la tierra. Dije de suso que se ha de lavar la cata de la mina un palmo o dos en hondo; no se ha de entender que ha de ser dentro de aquel tal hoyo que se hiciere en la cata e propria mina: que si allí, do se cava la tierra, se lavase, más sería hacer barro o lodo que otra cosa. Pero toman aquella tierra, poco a poco, fuera de la mina, e llévanla al agua o arroyo donde se ha de lavar, e allí purgan o limpian la tierra con el agua, e ven si hay oro en las bateas (que son cierto instrumento con que la tierra se lava). E para lavar esta tierra e labrar la mina hacen así: ponen ciertos indios a cavar la tierra en la mixta, dentro, e aquello llaman escopetar (que es lo mismo que cavar); e de la tierra cavada, hinchen bateas de tierra; e otros indios toman aquellas bateas con la tierra e llévanlas al agua, en la cual están asentados las indias e indios lavadores; e vacían aquellas bateas que trujeron en otras mayores, que tienen los que lavan en las manos; e los acarreadores vuelven por más tierra, en tanto que los lavadores lavan aquella que primero se les trujo.

Estos que lavan, por la mayor parte son mujeres indias o negras; porque el oficio del lavar es de más importancia e más sciente y de menos trabajo que el escopetar ni que acarrear la tierra. Estas mujeres o lavadores están asentadas orilla del agua, e tienen las piernas metidas en el agua hasta las rodillas, o cuasi, segund la dispusición del asiento e del agua. E tienen en las manos sendas bateas, asidas por dos asas o puntas que tienen por asideros; y después que en la batea tienen la tierra que se les trae de la mina para lavarla, mueven la batea a balances, tomando agua de la corriente, con cierta maña e facilidad e vaivén, que no entra más cantidad de agua de la que el lavador quiere, e con la misma maña e arte, y encontinente que toma el agua, la vacían por otro lado e la echan fuera; e tanta agua sale cuanta entra, sin que falte agua dentro mojando e deshaciendo la tierra. La cual se va a vueltas del agua que se despide de la batea; e robada poco a poco la tierra, llevándola tras sí el agua, como el oro es pesado, vase siempre al fondo o suelo de la batea; e como queda de todo punto la batea sin tierra e queda el oro limpio, pónelo el lavador aparte, e torna a tomar más tierra, e lávala segund que es dicho, etc. E así continuando esta manera e labor, cada uno de los que lavan sacan al día lo que Dios es servido, segund a él place que sea la ventura del señor de los indios e gente que en tal hacienda y ejercicio se ocupan.

Hase de notar que para un par de indios que laven son menester dos personas que sirvan en traerles tierra, e otros dos que caven o escopeten e rompan la tierra e hinchan las bateas de servicio (porque así se llaman, del servicio, aquellas bateas en que se lleva la tierra desde los que la cavan hasta los que la lavan). Estos indios están en la ocupación del oro, sin los otros indios e gente que ordinariamente atienden a las heredades y estancia donde los indios se recogen a dormir y cenar y tienen su habitación e domicilio; los cuales andan en el campo labrando el pan y los otros mantenimientos con que los unos y los otros se sustentan y mantienen. Y en aquellas tales estancias e moradas, hay mujeres continuamente que les guisan de comer y hacen el pan y el vino (donde lo hacen de maíz o del cazaba), y otras que llevan la comida a los que andan en la labor del campo o en la mina. De manera que cuando se pregunta a uno que cuántas bateas tiene de lavar en la mina, y responde que son diez, habéis de entender, ordinariamente, que el que tal alcanza, tiene cincuenta personas de trabajo, a razón e respecto de cinco personas por batea de lavar, non obstante que con menos cantidad de gente, algunos las traen; pero esto que he dicho se entiende cuanto a lo conviniente e nescesario para andar las bateas bien servidas (Lám. 2.ª, figura 4.ª).

Sácase oro de otra manera en los ríos e arroyos o lagunas de agua; y es desta forma: si es laguna, procuran de la agotar, siendo pequeña y que se pueda hacer; y después labran y lavan aquella tierra del suelo, y cogen el oro que en ella hallan, segund se dijo de suso. Pero si es río o arroyo el que se ha de labrar, sacan el agua de su curso, e después que está seco, en medio de la madre por donde primero iba el agua, así como lo han jamurado (que en lengua o estilo de los que son mineros pláticos quiere decir agotado, porque jamurar es agotar), hallan oro entre las piedras y hoquedades y resquicios de las peñas, y en aquello que estaba en la canal de la madre o principal curso del agua por donde primero iba el río o arroyo. Y a las veces, cuando una madre destas acierta a ser buena, hállase mucha cantidad de oro en ella; porque acierta algunas veces a lo echar la corriente en hoyos donde no lo pudo llevar el agua adelante.

Hase de tener por cierto (segund paresce por el efecto), que la mayor parte del oro nasce en las cumbres e mayor altura de los montes; pero críase y engéndrase en las entrañas de la tierra, e así como lo pare o echa fuera de sí, por la abundancia de la materia en las cumbres, las aguas de las lluvias, después, poco a poco, con el tiempo, lo traen y abajan a los arroyos y quebradas de agua que nascen de las sierras; non obstante que muchas veces se halla en los llanos que están desviados de los montes. E cuando esto acaesce, todo lo circunstante es tierra de oro, e se halla mucha cantidad por todo aquello. Pero, por la mayor parte e más continuadamente, se halla el oro en las haldas de los cerros y en los ríos mismos e quebradas, porque ha mucho tiempo que se recoge en ellos.

Así que, por una destas dos maneras que he dicho, se saca el oro, comúnmente, en estas Indias. También se halla algunas veces, que la vena del oro no corre al luengo para se hacer lo que es dicho en las minas de tierra o fuera del río, sino para abajo, hacia el centro, derechamente o en soslayo, bajando en unas partes más que en otras; y esto no es muy disforme de lo que está dicho, porque el oro, aunque salga por la superficie, no nasce allí, sino en las interiores e secretas partes de la tierra. Y en tal caso, hácense las minas en forma de cavernas e pozos o cuevas, y siguiendo el oro, vánlas apuntando, porque son peligrosas e cubiertas debajo de la tierra, e suelen hundirse algunas veces e matar la gente que las labra; e destas ha habido hartas en la isla Española.

VII. Desta forma que se ha dicho en el párrafo de suso, debieran de ser las minas que antiguamente, y muy riquísimas, hobo en España, segund Plinio escribe. El cual dice que debajo de tierra, los que buscaban el oro, apuntaban e ponían cuentos e columnas de madera para sostener las cavas; e dice que los montes estériles de España, los cuales ninguna cosa producen, son fértiles de oro. Dice más: que los españoles, en Asturias e Galicia e Lusitania, sacaban veinte mill libras de oro cada año, ordinariamente, y afirma asimismo que daba la mayor parte dello Asturias. E maravillado Plinio de aquesto, dice que no se halla en alguna parte del mundo donde semejante abundancia de oro hobiese turado tantos siglos. Pues donde tanta cantidad de oro se sacaba, no es mucho que sospeche yo que aquel collar de oro que dije que se halló en Asturias, fuese de la cierva de Sertorio, o de alguno de los ciervos de Julio César, que también residió un tiempo en España. Así que, segund el auctor alegado, minas más ricas había en nuestra España que acá en estas Indias e en nuestra Isla se han visto. Cuando más que, allende del oro, había e hoy hay en España muchos mineros de plata y se saca en gran cantidad. E sin eso, otros mineros ricos tiene de hierro, e acero, e colores, e alumbres, e mármoles fuertes, e alabastros, de que grandes tesoros se multiplican, no solamente para la Cámara e Hacienda real de la Cesárea Majestad, mas asimismo para muchos caballeros particulares, sus vasallos, cuyos son algunos mineros de los que tengo dicho.

Para mi opinión, yo tengo a España por una de las ricas provincias que hay en el mundo; e para colmar sus riquezas quiso Dios darle por hacienda accesoria estotras riquezas de nuestras Indias. Mas, porque yo no tracto aquí de lo de allá (que aquesto por el mismo Plinio, y Estrabón, e Trogo Pompeyo, cuyo abreviador es Justino, e Solino De mirabilibus mundi, e aquel glorioso doctor Isidoro en sus Ethimologías, e todos los auctores auténticos que en España hablan, está escripto muy verdadera e complidamente), sino de las cosas que en estas Indias hay, que yo he visto y veo, e cuantos acá vienen no lo ignoran, tornemos a nuestra historia del oro. Digo que cuando se labra alguna ribera de río o quebrada, o en el mismo río, dentro en las madres (segund es dicho), siempre los que lo sacan más bajo (digo el agua ayuso), lo hallan más fino; tanto que, en media legua que estén unos lavadores más bajos que otros, tiene un quilate o más de ventaja e fineza; porque cuanto más corrido es el oro, tanto más alto y de más subida ley es. Pero los que lo sacan más alto, el río arriba, andan más cerca de los nascimientos, del oro, y cogen más comúnente en cantidad. De lo que se colige que ese espacio que corre es en mucho tiempo e años para subir el quilate e refinarse más. Y que esto sea así verdad (aunque no hay necesidad de auctoridades ajenas en lo que acá se ve cada día, e yo he visto innumerables veces), el mismo Plinio dice que por golpearse el oro en el curso del río, se afina y pule.

Hay otra cosa que es mucho de notar; y es que, como se coge el oro sin haberle tocado el fuego, estando así virgen, más hermoso e lindo color e lustre tiene que después que por los hombres es fundido e labrado. De lo cual se comprehende claramente, y nos enseña Natura, cuánto más perfectas son sus obras que las que artificio humano menea y ejercita.

Para que se entienda y crea que el oro nasce en lo alto, y que se abaja después a lo bajo, hállase un indicio muy evidente que testifican los carbones de la leña; y es aqueste. El carbón se dice que no se pudre debajo de la tierra; y yo así creo que es verdad por especial propriedad suya, o a lo menos, si no es en el de todas maderas, tengo por cierto que en algunas hay este privilegio, porque acaesce, labrando algunas minas en las haldas de algún monte (o en el comedio u otra parte dél), e rompiendo la mina en tierra virgen, e habiendo ahondado cuatro o cinco estados, e más y menos, se hallan allá debajo, en el peso que hallan el oro, carbones; y antes que topen con él, algunas veces. Y esto es en tierra que se juzga por virgen, e lo está así para se romper e cavar; e están los tales carbones tan frescos como si el día antes de hallarlos se mataran del fuego; los cuales, no pudieron allí nascer o entrar, segund Natura, sino en el tiempo que la superficie de la tierra do se hallan, estaba en el pego que los carbones, después, entre el oro o allá debajo, se hallan; y derribándolos el agua de lo alto, vinieron a parar e quedar allí. E como después llovió otras innumerables veces (como es de creer), cayó de lo alto más y más tierra, hasta tanto que, en discurso de muchos años e siglos, fué cresciendo la tierra, que el agua llevó sobre los carbones, aquellos estados o cantidad que hay al presente que se labran las tales minas, desde la superficie hasta donde se topan esos carbones. Haber allí bajado los carbones de la manera que he dicho, se prueba, asimismo, porque yo he visto en Tierra Firme, seyendo veedor de las fundiciones del oro, traer ante mí dos mineros (en diversos tiempos), dos zarcillos o anillos de oro labrados, de los que suelen traer las indias e indios en las orejas, redondos como anillos, los cuales se habían sacado e hallado, a vueltas del oro virgen, debajo de la tierra en más de dos o tres estados; los cuales no podían allí haber entrado sino de la forma que entraron los carbones, como es dicho. Desto se puede presumir que los tales zarcillos o anillos (pues eran labrados), se perdieron en algún tiempo muchos siglos antes, e las aguas, con el discurso de los años, los pusieron debajo de la tierra, donde se hallaron. Y como el oro no se corrompe, estaban enteros, e de tan buen lustre como si aquel mesmo día se acabaran de labrar, e yo los tuve ambos anillos en mi poder.

Dije de suso, que cuanta más ha corrido el oro desde su nascimiento hasta donde en el río se halla, tanto más está liso y polido, y de más quilates e fino en ley; así digo, por el contrario, que cuanto más cerca se halla de su vena o nascimiento, habiendo venido al río, tanto más crespo e áspero es e de menos quilates e valor que tuviera habiendo corrido segund es dicho. E mucho más se menoscaba e mengua al tiempo que se funde, e más agro está, e más fuego e carbón ha menester, e más tiempo pará lo fundir que no lo que es más fino.

Y así como en diversas partes se saca el oro, así es de diversos quilates, e más alto o bajo uno que otro, e pocas veces, o ninguna, lo de una provincia es como lo de otra en peso e valor e color e bondad.

VIII. Algunas veces se hallan granos grandes y de mucho peso sobre la tierra, y a veces debajo della; y el mayor de todos los que hasta agora, en aquestas Indias todas, han visto los cristianos, fué el que tengo dicho que se perdió en la mar al tiempo que se ahogó el comendador Bobadilla e otros caballeros e mucha gente, cuando se perdió la flota que desta isla iba a España, como se dijo en el libro III, capítulo VII; el cual pesaba tres mill e seiscientos pesos. Lo cual si Plinio supiera, y de otros muchos granos que yo he visto, que se han hallado de la misma manera, mejor dijera por estas Indias lo que dijo, en favor de Dalmacia, por estas palabras: "Es rara felicidad que se halle el oro en la superficie de la tierra, como de próximo intervino en la Dalmacia en el principio de Nero, donde cada día se fundían cincuenta libras", etc.

Recogiéndome a nuestra historia, digo que yo vi en esta cibdad de Sancto Domingo, año de mill e quinientos e quince, en poder del tesorero Miguel de Pasamonte, dos granos de oro, que el uno pesaba siete libras (que son septecientos castellanos), y el otro cinco (que son quinientos castellanos de oro), de veinte e dos quilates y medio. Y en la Tierra Firme he visto otros muchos granos de ciento, e doscientos, e trescientos castellanos, e algo más y menos, e hallados asimesmo sobre la tierra. Pero muchas veces he visto gozarse mucho más los mineros y señores de las minas con el oro menudo que con el granado; porque es la mina más turable e abundante, e se saca más oro della que de la que paresce el oro en granos. E haylo algunas veces tan menudo e volador, que es menester juntarlo con el azogue.

Y pues que los extranjeros no sabrán, leyendo aquesto, qué peso es el del castellano que acá en Indias decimos un peso, digo que un peso o un castellano es una misma cantidad, que pesa ocho tomines, e un ducado pesa seis; de manera que el peso monta e tiene una cuarta parte más de peso que el ducado.

IX. Un notable grande se me ofresce, que muchas veces me han dicho hombres muy expertos en sacar oro; y es que ha acaescido ir siguiendo la veta o vena del oro por la vía que él camina en las interiores de la tierra o peña, e tan delgado como un hilo, o un alfiler, e donde halla alguna hoquedad, para e hincha todo aquello hueco o concavidad, e allí se hace el grano grueso, e pasa adelante por los poros de la tierra o peña por donde la natura le guía; y acaesce tomarle el minero en aquel viaje que lleva (o por do corre el tal oro debajo de tierra), e hallarle tan blando como cera blanda, e torcerle tan amorosa e fácilmente entre los dedos, como cera cuasi líquida, y en el punto que le da el aire, se enduresce.

X. Pues hasta aquí se ha tractado de las minas del oro, y demás deso se ha dicho al propósito del oro todo lo que más me ha parescido que se debía escrebir. quiero, antes que pase la historia adelante a otras materias, como en lugar apropiado a ésta, decir cómo los indios saben muy bien dorar las piezas e cosas que ellos labran de cobre e de oro muy bajo. Y tienen en esto tanto primor y excelencia, y dan tan subido lustre a lo que doran, que paresce que es tan buen oro como si fuese de veinte e tres quilates o más, según la color en que queda de sus manos. Esto hacen ellos con ciertas hierbas, y es tan grande secreto, que cualquiera de los plateros de Europa, o de otra parte donde entre cristianos se usase e supiese, se ternía por riquísimo hombre, y en breve tiempo lo sería con esa manera de dorar. Este notable no pertenesce a esta isla ni otras de las comarcanas, porque no se hace sino en la Tierra Firme, e allá se ve mucha cantidad de oro bajo dorado de la manera que he dicho; pero, por ser al propósito, quise hacer aquí mención desta particularidad, en este libro de los depósitos. Yo he visto la hierba, e indios me la han enseñado; pero nunca pude, por halagos ni de otra forma, sacar dellos el secreto, e negaban que ellos lo hacían, sino en otras tierras muy lejos, señalando al Sur o parte meridional.

XI. No es cosa para quedar en olvido lo que intervino a tres labradores que vinieron a esta isla Española, naturales de las Garrovillas, que quisieron experimentar su fortuna: los cuales salieron de Espana en compañía, en una nao, e llegaron a esta cibdad de Sancto Domingo en tiempo que el comendador mayor de Alcántara gobernaba esta isla. E venidos aquí, así como se desembarcaron, pidieron luego una cédula que los oficiales del Rey daban para ir a sacar oro (porque sin esta licencia ninguno puede irlo a buscar), e con ésta fuéronse a las Minas Nuevas, que están a siete leguas desta cibdad. Y después que allí estovieron ocho o quince días, cavando e como hombres de poca experiencia trabajando en buscar oro, sin haber hallado alguno, estando un día muy arrepentidos de su venida acá, y sentados debajo de un árbol a merendar y tomar un poco de aliento y reposo para volver a su ejercicio, comenzaron a hablar en su venida a esta tierra, condoliéndose de sí mismos, y expresaban sus cuitas como lo suelen hacer los hombres bajos y de poca suerte e ruin ánimo que no saben comportar callando sus faltas e miseria e se remiten a la lengua. El uno decía que había vendido los bueyes de su labranza, con que, trabajando, sostenía su pobreza en Castilla, e vivía tan bien como otro labrador de los de su tierra. El otro, con la mesma pasión, acudía diciendo que había vendido el dote de su mujer e lo que él tenía, con que en una necesitada, pero reposada vida, se sustentaba con su mujer e hijos, y que se vía desterrado della y dellos, y sin esperanza de volver adonde los había dejado en mucha pobreza a causa de su ausencia. El tercero no sentía menos dolor que entrambos, e también daba de sí la mesma queja que los otros, diciendo que para qué había nascido, e otros desvaríos tales; e después que hobo dicho más querellas contra sí que sus compañeros, por haber venido a esta tierra, comenzó a blasfemar e maldecir a Danao, que fué el primero que de Egipto condució naves en Grecia -porque primero navegaban las gentes con vigas o maderos atados juntamente, lo cual fué invención del rey Erithra en el mar Rojo-; y no loando a Jasón (que dicen que fué el primero que usó nave luenga), escupía contra Amocle, inventor de las galeas trirremes, vituperaba los cartagineses, inventores de las galeas quinqueremi, injuriaba a los fenices por haber enseñado la navegación observando el curso de las estrellas, con todos los otros que tal arte aprendieron; e sobre todos, oraba mal siglo a Colom, que el camino destas Indias enseñó. Y después que se hartó de hablar desatinos, tornó en sí con un poco de más ánimo, viendo que sus lamentaciones eran por demás, e comenzó a consolar a sí e sus compañeros, e decía que "en una hora no se había ganado Zamora", y que Dios es grande, y lo que no habían hallado, El se lo daría cuando le pluguiese, para que se volviesen a sus tierras a descansar e consolar a sus mujeres e hijos, e alegrar a sus parientes e amigos. E a este propósito hablando, y los otros y él a menudo sospirando, enternescidos sus ojos, y aún con algunas lágrimas acompañados, vido uno dellos, a más de veinte pasos de donde estaban, relucir por el sol un grano de oro, y levantóse diciendo: "Aún podría ser que se nos quitase este rencor." Y fué donde le guió la claridad de la reverberación que el rayo solar hacía en el oro, e halló un grano de quince o veinte pesos de oro, e comenzó a saltar de placer, besándole y dando gracias a Dios. E sus compañeros acudieron a participar de la mesma alegría, e mirando a una parte e a otra, hallaron otros muchos granos mayores e menores. Y por no me detener, digo que sobre la superficie de la tierra y escarbando, como hombres menos diestros que venturosos, se descalzaron ciertas botas o borceguís e hinchéronlos de granos de oro, en que había cuasi tres mill castellanos o pesos de oro; e vinieron a esta cibdad, no cesando de rogar a Dios por el ánima de Colom, e bendiciendo el arte de los marineros y de quien primero se quejaban. E dieron noticia desto al comendador mayor, que era gobernador, como he dicho; pero fue cuando no lo pudieron encobrir, porque las minas estaban ya acotadas por el Rey.

Y como estos hombres eran de cerca de su tierra del comendador mayor, quísolos ayudar, e no llevar por el rigor, porque gozasen de su ventura, pues Dios se la había dado, antes los favoresció aquel buen gobernador, el cual, con toda esta cibdad, hobieron extremado placer con la nueva y efeto de tan ricas minas; porque hasta entonces no se había visto tanto oro junto, con tanta facilidad y brevedad allegado así. Y no se pudo acabar con estos hombres que quisiesen sacar más oro ni estar más en la tierra: e como eran villanos e gente de cortos pensamientos, paresciéndoles que con aquello que tenían eran muy ricos y fuera de nescesidad, y que era mucho más de lo que merecían sus personas, en la misma nao que habían venido, se tornaron a España,

En estas minas sacó después el licenciado Becerra, médico vecino desta cibdad, cinco o seis mill pesos de oro; e después se tomaron aquellas minas por el Rey, y como eran nascimientos de oro, sacáronse muchos millares de pesos de oro para los Reyes Católicos. Dió causa esta nueva, que en breve tiempo. por lo que en España predicaron estos de las Garrovillas, viniesen muchos labradores, e otros hombres de más calidad, a esta isla a experimentar su dicha. E muchos dellos murieron en la demanda, e también otros ha habido remediados que se hicieron ricos; porque, en fin, no sacan todos oro con igual ventura: que a unos paresce que se les va el oro a la mano, y de otros huye, como suele acaescer en otras cosas de haciendas en que los hombres entienden.

E con esto que he dicho, me paresce que he complido con lo que toca a los metales desta isla Española, después que haya dicho lo que he sabido y es notorio en lo de la plata: de lo cual, en la primera impresión deste tractado pasé con silencio, por no estar certificado que la había en esta isla. Agora digo que en las minas del Cotuy se ha hallado e se han fecho algunas piezas e vasos o copas della en poca cantidad; pero en efeto, se halla e la hay, y muy buena, e al presente algunos vecinos se ocupan con su gente e negros en la sacar, e en cantidad.

Pues he seído largo en este capítulo, porque la materia lo sufre y era nescesario hacerse así, quiero acordar al que me oye que, como prudente letor, quiera colegir deste capítulo y lo que contiene, qué grandísimo tesoro habrá ido a España desta isla y de las otras que están pobladas de cristianos, y de la Tierra Firme, después que estas tierras se descubrieron, en oro puro e virgen, sin haber en otra nasción alguna, primero que en españoles, entrado. Y no tan solamente para los reyes de España (cuyo es este Imperio e riquísimo señorío), sino mucho más para sus vasallos e súbditos; porque el Rey no lleva sino el quinto de sus derechos, y en algunas provincias, por hacer merced a sus vasallos, no lleva sino diezmo o menos; allende de los muchos quintales de plata que del Perú e de la Nueva España se han llevado, y sin innumerables marcos de perlas y aljófar, y sin otras granjerías grandes e de mucha importancia que hay en estas tierras, de que tantos provechos resultan en el mundo todo,

Por cierto, aquella estatua llamada Holosphiraton, y la otra de Leonino, que fué el primero de los hombres que en el templo de Delphos puso asimismo una estatua de oro maciza (que fué en la septuagésima olimpiada), muy mejor la meresce don Cristóbal Colom, primero descubridor e inventor destas Indias, y primero almirante dellas en nuestros tiempos; pues no como Leonino, que mostrando arte oratorio allegó el oro de su estatua, sino como animoso e sabio nauta e valeroso capitán, nos enseñó este Nuevo Mundo, tan colmado de oro, que se podrían haber fecho millares de tales estatuas con el que ha ido a España y continuamente se lleva. Pero más dino es de fama y gloria por haber traído la fe católica donde estamos, e a todos estos indios en que, por la gracia de Dios Nuestro Señor, cada día se aumenta la religión cristiana. Ved de cuánto mérito e inmortalidad es el nombre e ánima de aquel cuya industria fué principio de tanto bien.

CAPITULO IX

Cómo el historiador prueba que en otras partes del mundo se usaron los sacrificios de matar hombres e ofrescerlos, entre los antiguos, a sus dioses, y en muchas partes, asimismo, se acostumbró comer carne humana, y al presente se hace en muchas partes de la Tierra Firme destas Indias, y en algunas islas.

En muchas partes de la Natural Historia de Plinio, dice que comen los hombres carne humana, así como los antropófagos, que son gente de los scitas. Y el mesmo auctor dice questos antropófagos, o comedores de carne humana, beben con las cabezas de los hombres o calavernas; y que los dientes, con los cabellos de los que matan, traen por collares, segund que escribe Isigono Nicense. Esta gente dice Plinio que habitan diez jornadas sobre Borístenes.

Estos collares tales he visto yo muchas veces al cuello a algunos indios en la Tierra Firme. En la cual, en muchas partes della comen carne humana, e sacrifican hombres e mujeres e niños, e en todas edades; y también la comen en las islas cercanas a éstas, de quien he tractado. Y donde puntualmente se sabe y es ordinario tal delicto, es en la Dominica y la de Guadalupe y Matinino y Sancta Cruz y otras por allí comarcanas,

El Tostado (alias Abulensis), sobre Eusébio, De los tiempos, tractando de las costumbres de la gente de Tracia, dice que entre otras cosas (las cuales son más fabulosas que verdaderas), destos de Tracia, es una, que a los extranjeros que ellos prenden, los ofrescen a sus dioses, matándolos e haciendo dellos sacrificio, etc. Pero en Tierra Firme, sin fábula ni ficción, sino con mucha verdad, se puede testificar lo mismo, Y porque de suso dije que Plinio en muchas partes de su historia tracta desta materia, tráela en el libro XXVIII, hablando de las medicinas de hombres e de animales grandes, e dice que en esta materia quiere comenzar, del hombre, buscando en él la utilidad del hombre, bien que grand dificultad en esto haya, e dice así: "Beben los pueblos la sangre de los gladiatores (id est, de los esgremidores o acuchilladores), para huir del mal caduco (o gota coral que comúnmente decimos), puesto que nos dé no poco horror o espanto cuando vemos que las fieras en el mesmo teatro la beben". Este teatro era un lugar diputado para los juegos, donde los gladiatores se mataban combatiendo, e también otros animales. Así que, prosigue este auctor e dice: "Mas aquesta mesma sangre dicen haber más eficacia contra el morbo ya dicho o enfermedad, si se bebe caliente, chupando la herida del hombre aún no muerto, e el ánima juntamente con la sangre; lo cual sea lícito haber dicho con ánimo más feroz que no es el ánimo de todas las fieras. Algunos buscan la medula o tuétanos de las piernas, y el cerebro, id est, los sesos de los pequeños niños de teta. E muchos hay de los griegos que han descripto el proprio sabor de cada miembro humano, ninguna cosa olvidando, hasta las cortaduras de las uñas, como si juzgasen que sea o parezca sanidad tornarse, de hombre, fiera, e digno de enfermedad e no de gracia de medicina; lo cual no se hace sin gran decepción o engaño, si no aprovecha. Es escelarada o malvada cosa mirar solamente las interiores del hombre, luego ¿cuánto más será comerlas?" Todo lo susodicho es de Plinio en el lugar alegado, y caso que dijese de suso chupar el ánima con la sangre, visto es que la ánima no se puede chupar e es inmortal, e Plinio no lo ignoraba. Pero, como hombre a quien no satisfacía ni agradó tal medecina, dice que, pues es maldad mirar las interiores partes del hombre, que será mucho más, sin comparación, comerlas.

Y donde tracta lo que es dicho, toca otras cosas muchas a este propósito, en que no me quiero detener, ni aquí lo dijera sino para que se entienda que no solamente los indios son los culpados en esta culpa; y lo que tocare a ello, yo lo diré más largamente en la segunda parte y tercera desta Historia Natural de Indias, así cuando se tracto de Nicaragua e Nagrando e de la Nueva España, como de otras provincias donde tal crimen se ha ejercitado. Solamente lo truje aquí para complir con el título deste sexto libro de los depósitos o diversas materias, porque no le falte aquesta, que tan diversa e apartada es de todas, y muy usada entre los indios caribes, e los que llaman chorotegas, y otras nasciones destas gentes salvajes e crudos. E no sin causa permite Dios que sean destruídos; e sin dubda tengo que por la moltitud de sus delictos, los ha Dios de acabar muy presto, si no toman el camino de la verdad y se convierten; porque son gente cruel, y aprovecha poco con ellos castigo ni halago ni buena amonestación. Son sin piedad, e no tienen vergüenza de cosa alguna. Son de pésimos deseos e obras, e de ninguna buena inclinación. Bien podría Dios enmendarlos; pero ellos ningún cuidado tienen de se lo suplicar, ni de se corregir ni enmendar para su salvación. Podrá muy bien ser que los que dellos mueren niños, se vayan a la gloria si fueren baptizados; pero después que entran en la edad adolescente, muy pocos desean ser cristianos, aunque se bapticen, porque les paresce que es trabajosa orden, y ellos tienen poca memoria, e así, cuasi ninguna atención en lo que les conviene; e cuanto les enseñan, luego o muy presto se les olvida. Bien puedo decir yo y otros aquesto: que los habemos criado a algunos destos desde niños, e cómo llegan a edad de conoscer mujeres, o ellas conoscen a ellos carnalmente, dánse tanto a tal vicio, que ningún bien ni otra cosa tienen en tanto prescio como este pecado de su libídine, e usar de crueldad; e así los va pagando Dios, conforme a sus méritos.

¿Mas, qué diremos, que en el medio del mundo, o lo mejor dél, que es Italia, y en Secilia, fueron los que llamaron cícoples y los lestrigones? Y también de la otra parte del Alpe se sacrificaban hombres, segund Plinio escribe; y en Francia hobo tal costumbre; e Tiberio, emperador, se la quitó, como el mesmo auctor lo acuerda. Y no menos culpados fueron en esto los ingleses. Y porque no puedan decir los unos ni los otros que yo se lo levanto, quiero decirles las palabras puntuales que escribe Plinio, hablando en el arte mágica, y en estos diabólicos sacrificios: "En el año de septecientos e cincuenta e siete después de la edificación de Roma, en el consulado de Cornelio Léntulo y de Publio Licinio Craso, fué hecha una deliberación en el Senado, en que se mandó que ningún hombre fuese sacrificado, e por un cierto tiempo no se celebró abiertamente tan prodigioso sacrificio; mas en Francia se sacrificaba hasta nuestro tiempo (que fué hasta el tiempo de Plinio). Empero, Tiberio César quitó esta generación de adevinos e médicos; pero ¿qué diré yo, que aquesta arte pasó el mar Océano e llegó a Inglaterra e allí fué celebrada con tanta cerimonia, que parescía que los ingleses lo habían enseñado a los de Persia?, etc." Esto que he dicho dice Plinio, y no yo ni otro de quien franceses ni ingleses sospechen que les levantan esta mala e infernal costumbre que en algún tiempo sus antepasados usaron.

Pasemos a las otras cosas de nuestra Historia General de Indias; que cuando sea tiempo, más puntualmente se dirá desta materia en las provincias que en tal delicto han participado, e se usó o usa tamaño crimen.

CAPITULO X

Que tracta de la diversa costumbre que en estas partes tienen los gallos e los capones en el cantar e tomar las galli nas, e asimesmo los gatos en sus ayuntamientos, lo cual no es como lo usan en Europa, etc.

Los gallos, en España e otras partes muchas de los cristianos (e aun así pienso yo que en Europa toda y en la mayor parte de lo que se sabe), cantan a medianoche y cuando quiere amanescer, e aun algunos, e los mejores, cantan tres veces o en tres partes de la noche; conviene a saber: la primera, después que es de noche dos o tres horas, e la segunda puntualmente a medianoche, y la tercera e última vez cantan un cuarto de hora antes de la aurora o que quiera amanescer. Esto es muy común a cuantos quisieren mirar en ello. En estas nuestras Indias hacen su oficio o cantar de otra manera; porque algunos dellos cantan a prima noche, o dos horas después de anochescido, y otra hora antes que amanezca o sea de día; pero nunca a medianoche, Otros cantan a la primera guarda o vigilia, e no cantan más en algún otro tiempo de la noche, hasta que otro día se pasa e tornan a cantar a aquella misma hora que suelen. Por manera que, como tengo dicho, unos cantan la primera e última vez, o una dellas, e nunca jamás a medianoche; e los más, por la mayor parte, acá cantan hora e media o dos antes que el sol salga o parezca en el horizonte; e otros, o los más, algo más cerca del día, e no lo dejan ni cesan de cantar, de rato en rato, hasta que el sol es salido e levantado sobre el horizonte más de una lanza, al parescer.

Los capones acá tienen la misma orden que los gallos en el cantar; e aunque los capen, no dejan la mayor parte dellos de cantar, como si no los taponaran, aunque su canto no es tan recio ni claro como el del gallo. E demás desto, no dejan, porque les falten los granos, de tomar las gallinas como el gallo. Y sin haber gallo visto las gallinas, ponen huevos, de la conversación o compañía de los capones. Esto se ve en esta tierra, y yo lo quise experimentar en esta fortaleza: e pollas que se crían sin que vean los gallos, teniéndolas aparte e criándose con los capones, han fecho lo mismo, de la manera que lo tengo dicho. Mas dícenme estas mujeres de mi casa e otras a quien lo he preguntado, que los tales huevos no valen nada para echar las gallinas, ni sacan pollos con ellos.

Cuanto a los gatos, digo que en España e Francia, e Italia, e Secilia, e todo lo que yo he visto de Europa e de Africa, cuando ellos andan en celo e los llama la natural inclinación para sus ayuntamientos, es en el mes de hebrero, por la mayor parte, o quince días antes o después del tal mes; y en todo el otro tiempo del año están apartados de lujuria, y no se toman ni por pensamiento, o muy rarísimas veces se podría ver otra cosa. En estas Indias guardan los gatos otra costumbre: la cual es obrar en todos los meses y tiempos del año, y es con menos voces e gritos que en Europa; antes, por la mayor parte, callando y no enojando los oídos de los vecinos, han sus ayuntamientos. Por cierto (para mí a lo menos), cuando estudiaba de noche, o por mi recreación leía en España, mucho aborrescimiento y enojo me daban los gatos al tiempo de sus pendencias o amores; pero acá, como he dicho, ordinarios les son todos los meses y tiempos para sus ayuntamientos, e sin gritos ni voces. Y así se han multiplicado mucha cantidad dellos y se han ido al monte, o por esos arcabucos o boscajes, y se han hecho salvajes; porque hallan muchos ratones e lagartijas que comer y en que se ceben, y así olvidan las casas e nunca vuelven a ellas. E lo mismo han hecho los perros, de los cuales hay tantos en esta isla, que hacen mucho daño en el ganado. Pero la experiencia ha mostrado el remedio que aquesto tiene, y es que, después que el gato o el perro son de tres o cuatro meses, e antes, córtanles las orejas, y sosiegan en casa, porque si salen al campo, éntraseles el rocío de las hierbas y el agua en las orejas, o lloviendo, e ésles mucho sinsabor; e así acójense a lo cubierto e no se van al monte.

CAPITULO XI

De un monstruo que hobo en esta isla Española en el tiempo que se escrebía en limpio esta Historia Natural, de dos niñas que nascieron juntamente pegadas, en esta cibdad de Sancto Domingo; e cómo fueron abiertas, para ver si eran dos ánimas e dos cuerpos o uno.

El Antonio, sancto arzobispo de Florencia, en la tercera parte de su historia, describiendo el año de mill e trescientos e catorce, dice que aquel año, en el territorio del valle de Arno, nasció un muchacho con dos cabezas, y fué llevado a Florencia, a Sancta María de la Escala, y que a cabo de veinte días murió. De, lo cual yo comprendo que, pues a aqueste sancto varón (e por tal canonizado, e puesto en nuestros tiempos en el catálogo de los sanctos) le paresció que con las otras sus historias era bien hacer mención de lo que en su tiempo acaesció, que no será fuera de mi propósito y Natural y General Historia de Indias hacer mención yo de otro monstruo que en ellas se vido en el tiempo que yo escrebía estas materias; pues que lo vi, y es cosa muy notable e digna de ser sabida en el mundo, porque una obra de Natura, y que raras veces acaesce, no quede en olvido. En especial que del nuevo monstruo que yo aquí escribo, se deben alegrar los que lo vieron, y los que aquesto leyeren, en quedar certificados que subieron dos ánimas al cielo a poblar aquellas sillas que perdió Lucifer y sus secaces, pues dos niñas que juntas nascieron, rescibieron el sacramento del baptismo conforme a la Iglesia; e vivieron ocho días naturales, de tal forma compuestas, sin fealdad o defecto asqueroso de los que Natura suele mostrar en los monstruos humanos; dejaron grand admiración a cuantos las vimos. Allende de lo cual, eran tan bien proporcionadas estos criaturas, que cada una dellas fuera mujer hermosa, viviendo, si no estuvieran así juntas.

Viniendo a particularizar el caso, digo que en esta cibdad de Sancto Domingo de la isla Española, jueves, en la noche, diez días de julio de mill e quinientos e treinta e tres años, Melchiora, mujer de Joan López Ballestero, vecino desta cibdad, naturales de Sevilla, parió dos hijas juntas, pegadas la una con la otra, de la manera que adelante diré; las cuales, luego otro día siguiente por la mañana yo las vi, juntamente con la justicia e algunos regidores e otras personas principales y muchos vecinos nuestros y otros forasteros y estantes en esta cibdad, e algunos religiosos e personas scientes. Y estando la madre en la cama, presente su marido, a contemplación de los que he dicho, desenvolvieron aquellas criaturas; y desnudas, vi que estaban desde el ombligo arriba pegadas por los pechos hasta poco antes de las tetas; de forma que ambas tenían una vid u ombligo común y sólo para las dos. Y de allí arriba, pegadas las personas hasta los estómagos, o poco más alto; pero destintas las tetas, e los pechos e todo lo demás de ahí arriba, con cada dos brazos, e sendos pescuezos, e cabezas graciosas y de buenos gestos. E del ombligo abajo, estaban separadas cada una por sí, Pero este ayuntamiento no era de derecho en derecho, sino algo ladeado, como adelante diré. Cómo las hobieron desenvuelto e quitado de las fajas, comenzaron ambas a llorar, y después, cuando las cubrieron, calló la una y la otra todavía lloró un buen espacio.

Decía su padre que, así como nascieron, las había hecho baptizar a un clérigo, y que a la una llamaron Joana e a la otra Melchiora; e a cautela, dijo el clérigo, baptizada la una cuando baptizó la otra: "Si no eres baptizada, yo te baptizo." Porque él no se supo determinar si eran dos personas e ánimas, o una.

Siguióse después, a los diez e ocho días del mes e año ya dichos, que a causa que la noche antes estas niñas o monstruo estaban muertas, sus padres vinieron en consentimiento de las abrir; y puestas en una mesa, el bachiller Joan Camacho, óptimo cirujano, en presencia de los doctores de medicina, Hernando de Sepúlveda e Rodrigo Navarro, las abrió con una navaja por a par del ombligo, e les sacó todas las interiores: e tenían todas aquellas cosas que en dos cuerpos humanos suele haber, conviene a saber: dos asaduras, e sus tripas destintas e apartadas, e cada dos riñones, e dos pulmones, e sendos corazones, e hígados. e en cada uno una hiel, excepto que el hígado de la una e de la otra estaban juntos y pegados el uno al otro, pero una señal o línia entre ambos hígados, en que claramente se parescía lo que pertenescía a cada una parte. E así abiertas estas criaturas, paresció que el ombligo o vid, que en lo exterior era uno al parescer, que en lo interior e parte de dentro se dividía en dos caños o vides, e cada una dellas iba a su cuerpo e criatura a quien pertenescía, aunque por defuera, como he dicho, paresciese uno solo.

E desde la dicha vid, para abajo, estaban estas niñas distintas e apartadas una de otra por sí, en vientres y caderas e piernas e todo lo demás que puede tener una mujer, tan perfectamente como si cada una estoviera por sí suelta y separada. Y desde la vid o ombligo para arriba, estaban pegadas las personas hasta la boca del estómago, o poca cosa más. E cada una tenía dos tetas; e la mayor de las niñas tenía por el costado derecho más pegada la persona que por el siniestro a la otra niña. Así que, la parte derecha de la mayor con la siniestra de la menor, estaban más allegadas e juntas que por la otra parte o costados; mas muy distintas y enteras, conoscidamente, cada una por sí. Y en lo demás, y desde donde las costillas se juntan sobre la boca del estómago para arriba, estaban asidas hasta medio pecho, e lo demás suelto e apartado, e destintos sus pechos y brazos e cuellos e cabezas, sin faltar en las manos e pies ningún dedo, ni uña, ni otra particularidad alguna a ninguna destas criaturas. Preguntando al padre desta monstruosidad a qué hora habían fallescido sus hijas, dijo que la noche antes, a media hora antes que anochesciese, había expirado la mayor, e que desde a una pequeña hora expiró la otra; y que otro tanto tiempo antes había nascido y mostrádose primero la mayor antes que la segunda nasciese. De forma que tanto vivió en esta vida, fuera del vientre, la una como la otra. E todo lo que vivieron fueron ocho días naturales, de la forma que es dicho.

Fué preguntado si estas criaturas, en el tiempo que vivieron, si mostraban alguna diferencia en el alimentarse, y en los otros sentimientos e obras. Dijo que algunas veces la una lloraba y la otra callaba; e aquesto yo lo vi cuando la primera vez a mí e a otros muchos se enseñaron o las vimos, como he dicho de suso. E dijo más: que algunas veces dormía la una y la otra estaba despierta, y que cuando la una purgaba por bajo o hacía orina, que la otra no lo hacía, y que también acaescía hacer lo uno y lo otro en un tiempo ambas criaturas, e a veces se anticipaba la una de la otra, Por manera que muy claramente se conoscía ser dos personas e haber allí dos ánimas e diversos sentidos, aunque no las abrieran; pero después se verificó más, seyendo abiertas. E así, la una con nombre de Joana, e la otra de Melchiora, pasaron desta vida a la gloria celestial, donde plega a Nuestro Señor que las veamos. Yo las vi, como he dicho, vivas, e las vi abrir después de muertas. E paréceme que es muy mayor notable o admiración e caso menos veces visto ni oído que el que se tocó de suso que escribe el Antonio de Florencia, y lo uno y lo otro para dar gracias a Nuestro Señor e notificarse a los presentes y porvenir.

CAPITULO XII

De algunas fuentes en general, y de una en especial que está en la mar, al poniente de esta isla, cerca de la isla de la Navaza.

En esta materia de las fuentes e lagos e ríos hay mucho que decir, y por mucho que yo escriba, no será tanto como lo que escribió Plinio en el segundo libro de su Historia natural, o el Isidoro en aquel tractado de sus Ethimologias, De diversitate aquarum; e bien pudiera yo hacer un libro distinto, e no fuera el más breve de los desta mi Natural y General Historia de las Indias, ni de menos admiración que otros. Mas, cómo en las partes e provincias o islas del discurso destas historias, yo he escripto algunas cosas, en particulares lugares, destas fuentes, e haré lo mesmo en la segunda e tercera parte, cuando se tracte de la Tierra Firme, no hay nescesidad de libro particular para sólo este efecto, En el libro II, capítulo IX, escribo de aquella fuente e árbol maravilloso de la isla del Fierro, que es una de las de Canaria; y en el libro XVII, capítulo VIII, escribo de una fuente de betún que hay en la isla de Cuba o Fernandina; y en el libro XIX, capítulo II, escribo de otra fuente de betún o cierto licor que hay en la isla de Cubagua, o isla de las Perlas, que cada una destas fuentes en su especie e manera son maravillosas y muy notables.

Agora diré de otra fuente que está en la mar, cerca de la isla Navaza, al poniente desta isla Española, la cual novedad cabe e cuadra muy bien con el título deste sexto libro de los depósitos. Esta isla Navaza es una isla despoblada e pequeña, e está en el camino e mar que hay entre aquesta isla Española e la de Jamaica (alias Sanctiago), e a doce leguas de la una e de la otra, poco más o menos. La cual dista de la linia equinoccial algo menos de diez e ocho grados y medio. A media legua desta isla Navaza, dentro en la mar, hay ciertos bajos, e allí en ellos, debajo del agua de la mar, viéndose a ojo las piedras y el suelo, entre aquellas peñas, bien un estado de hondo en el agua salada, se levanta encima del agua de la mar un golpe o caño de agua dulce de muy buena agua; lo cual es cosa mucho de ver y de maravillar, y de las rarísimas obras de la Natura. Y es más grueso aquel caño o golpe de agua, que el brazo de un hombre, y levántase tanto esta agua dulce sobre la otra agua salada, que se puede muy bien coger la dulce. Yo no la he visto; mas cuando esto escribí, estaba en esta cibdad un cibdadano honrado, nuestro vecino, hombre de crédito e antiguo, que se llamaba Esteban de la Roca, que testificó haberla visto e estado a par della, e bebido de la mesma agua; y fué uno de los hombres a quien en estas partes se daba mucho crédito, el cual pasó desta vida después que la primera vez se imprimió esta primera parte desta Natural Historia de Indias. Y después, en el año que pasó de mill e quinientos e cuarenta y uno, fui informado de muchas fuentes semejantes (o cuasi), a esta de la Navaza, que se levantan e surgen e están dentro de la mar, e la horadan e salen fuera sobre el agua salada a borbollones, como más largamente podrá el letor verlo en el tractado particular que habla de las cosas de la gobernación e provincias de Yucatán, en el lib. XXXII, cap. II; que son cosas muy notables lo que dejo de decir aquí, pues que destas fuentes e de las otras que de suso se apuntaron, está adelante más particular relación, en sus proprios nascimientos.

 

CAPITULO XIII

De una fuente caliente que pasa debajo de un río dulce e frío en la isla Dominica; la cual el auctor ha experimentado e estado dos veces allí, donde vido lo que en este capítulo dice.

Pues se ha movido la materia, quiero traer a la memoria del letor otra fuente sobre que muchos hombres suelen pasar e pisarla sin la ver. Así que, es invisible e puédese tocar, la cual está en la isla Dominica; y esto no lo testificaré por otro auctor alguno, sino por la experiencia mía propria, lo cual es desta manera. Dicho tengo en otras partes, que la isla Dominica es una de las islas de los indios caribes, la cual dista de la Equinoccial catorce grados, desta parte de la linia hacia nuestro polo ártico, y en la parte del Poniente della, tiene una bahía buena y un muy buen río, que llaman el Aguada, donde los más navíos que a esta isla Española vienen de Castilla, cuando allí tocan, toman aguas; mas muy sobre aviso e con las armas en la mano, por los indios bravos caribes que en aquella isla hay. Yo estuve en tierra dos días y medio, e dormí dos noches a par deste río que digo, el año de mill e quinientos e catorce, cuando tocó allí el armada con que el gobernador Pedrarias Dávila, con dos mil hombres o más, pasó a la Tierra Firme. Después de lo cual, el año de mill e quinientos e veinte e seis estuve otra vez en el mismo puerto, e salí en tierra e estuve cuasi un día entero a par del mismo puerto, en este río del Aguada, cuando pasó a Tierra Firme el gobernador Pedro de los Ríos, subcesor que fué de Pedrarias en la gobernación de Castilla del Oro; y ambas veces vi y experimenté lo que agora diré.

Este río, allí donde entra en la mar, será de veinte pasos de ancho, poco más o menos, y en lo más hondo dél, que es allí a la boca, no llega a los sobacos (donde es más hondo). E junto a la costa o tierra, a la parte del Norte, está tan caliente debajo del agua, que bajando la mano e tomando un puño de arena, paresce que toma hombre otro tanto rescoldo o ceniza muy encendida, cuasi a no se poder sufrir. E así está el agua muy caliente allí debajo basta un palmo, o poco más, sobre la arena; y la otra agua que el río trae por desuso, es fresca e buena, e tan gentil agua de beber como la hay en todas estas Indias. Por manera que allí debe responder algún arroyo o caño de agua caliente. Lo cual yo creo bien, porque basta trescientos pasos, o menos, de allí apartado, en la misma costa de la mar e hacia la banda o parte que he dicho del Norte, está un arroyo caliente que no se puede beber; e cerca de aquél, un estaño o lago tan vuelto e turbio, que paresce de color de una lejía amarilla; e debe ser todo aquello mineros de azufre e aceche, de que se puede sospechar que proceden todas aquellas aguas calientes. Yo probé a meter una calabaza debajo de aquel río frío. bien tapada, e la destapé allí debajo donde se sentía que estaba aquel calor e arena caliente, e tomé en ella alguna de aquella agua, y la tapé allá abajo porque al subir no se mezclase con la fría, e salió tan caliente, que no se podía cuasi sofrir en la boca. E púdose muy bien experimentar lo que he dicho, porque allí, do esto hay, es orilla del río, y donde está no más honda el agua que poco más de hasta la rodilla.

Este río es de oro, e yo lo he catado cuando la última vez en él estuve, e vi ciertas puntas de oro, y se cree que debe ser muy rico. Es de gente que no está conquistada; y es tierra muy áspera la de aquella isla, e muy cerrada de árboles y palmares en lo que della he yo visto a la costa de la mar, y cuanto della se paresce; mas, como tengo dicho, destas materias de las fuentes se dirá mucho más en los libros e partes donde se escriban las cosas de la Tierra Firme.

CAPITULO XIV

De otro depósito o notable que el auctor pone aquí, en este libro VI, por ser cosa no usada ni vista en otra parte, sino en una isla pequeña e muy,junta a la tierra de Gilolo, en la Especiería, hasta que venga su tiempo de hablar y escrebir lo de aquellas partes; en la cual isleta no hay almendros algunos, e se hallan innumerables almendras, sin que las lleven allí ningún hombre humano, ni navío por industria de las gentes; lo cual es de aquesta manera.

Hay una isleta en la Especiería, cerca de Gilolo, metida en la mar, y es pequeña e de muchas arboledas de las que Natura produce; mas ningún almendro hay en ella ni otra fructa útil al uso de los hombres, ni allí la llevan por mar algunos navíos. Y sobre no haber, como digo, almendros, se pueden coger almendras a hanegas o costales llenos. Y lo que es más de maravillar es que si hoy las cogen todas, mañana (digo otro siguiente día), hallan muchas más. E son inagotables en el tiempo que tal fructa hay en las otras partes donde nascen e hay almendros.

Esto podría parescer fábula compuesta, o cosa tenida por imposible, y es vista por nuestros españoles; e sélo de los mismos que han estado en aquellas partes, y han comido muchas veces de las mismas almendras en la misma isleta. La cual está un grado e algunos minutos de la línia equinoccial, a esta parte, hacia nuestro polo ártico, segund fuí informado del capitán Andrés de Urdaneta, natural de Salvatierra, en la provincia de Guipúzcoa, e de Martín de Islares, natural de la villa de Laredo. Estos dos hidalgos pasaron a la Especiería en el armada que el Emperador nuestro señor envió con su capitán general, el comendador frey García de Loaysa, de la orden de Sanc Joan de Rodas, el año de mill y quinientos e veinte e cinco; y estovieron allá algún tiempo, e son personas de crédito e que dan muy puntual razón de lo que vieron, e del subceso de aquella armada, como más largamente se dirá en la segunda parte, cuando se tracte de aquella materia.

Preguntándoles yo de qué manera pasaban o iban aquellas almendras a aquella isleta (pues decían que en ella no nascían, ni había almendros ni otros árboles que tal fructa llevasen), diéronme una respuesta que se deja creer y entender; e que en España se vee no en almendras, más en bellotas, lo que quiere parescer a esto. Y es que innumerables palomas torcazas comen aquellas almendras, cuando están cuajadas e encima de la cáscara tienen aquella otra cubierta verde; e digisten, con la calor de su buche, aquella primera corteza verde, e no pueden gastar la cáscala que es dura; e pásanse de noche a dormir a la isleta grandísimas bandas destas palomas, e tullen o echan por bajo esas almendras, gastada, como he dicho, la primera cubierta o corteza. E cómo son tantas, despiden tanta fructa desta que traían en el papo, que me certificaban este capitán e el Martín de Islares, que a costales se podían coger estas almendras cada día. Y preguntando yo si eran propriamente almendras como las nuestras de España, me replicaron que no eran verdaderas almendras, mas que tenían más semejanza con ellas que con otra fructa alguna de las de Castilla, en el sabor e en la manera de la cáscara e dureza della, salvo que son muy mayores, E así como es pasada la noche, luego en esclaresciendo se van las palomas de la isleta e van a se pascer a la tierra grande de Gilolo; e cuando el sol se va a poner, se vuelven a dormir a la isleta que es dicho.

CAPITULO XV

De una ave o pájaro extremado y mucho cosa de ver, que este capitán Urdaneta, de quien se, hizo mención en el capítulo de suso, le dió al cronista e auctor destas histerias, del cual no le supo el nombre.

Escribiendo yo en limpio estas historias de la primera parte, para la segunda impresión, se siguió que aportó a esta cibdad de Sancto Domingo el adelantado de Guatimala, don Pedro de Alvarado, en compañía del cual iban el capitán Andrés de Urdaneta e Martín de Islares; porque, segund el adelantado decía, pensaba armar aquel mismo año, en la mar del Sur, para la China e otras partes; y estos hidalgos, como dije en el precedente capítulo, han estado algún tiempo en la Especiería, e son personas de buen entendimiento, e los comuniqué esos días que en esta cibdad estuvo el adelantado. Y yo holgué mucho del conoscimiento de tales personas; porque este capitán, demás de entender muy bien el arte de la mar e las alturas, hablaba bien; y como sabio, daba a entender qué cosas son aquellas tierras e islas e Esperciería, e lo que vido en aquellos años o tiempo que por allá anduvo. E sin dubda, de su experiencia e persona se cree que el Emperador ha de ser muy servido; y el adelantado, efectuándose su armada, puede rescebir grandes avisos para donde él piensa ir o enviar sus navíos.

Este capitán me dió un plumaje o penacho que es mucho cosa para ver e loar a Dios que le crió. Y es un pájaro o ave que él no supo, ni su compañero Islares, nombrarle; ni yo tampoco sabré describir ni dar a entender su lindeza e extremada pluma de todas las que en mi vida he visto, e la más galana e polida. En fin, es cosa mucho más para la ver que no dispuesta para comprehenderla por mi relación, porque, sin duda, me paresce que es la cosa de cuantas yo he visto, que más sin esperanza me ha dejado de saberla dar a entender con mis palabras.

Decían estos hidalgos que esta ave, e otras como ella, son muy estimadas entre aquellos príncipes e personas principales de la India de la Especiería; e que vale allá el uno de estos pájaros cincuenta e sesenta ducados; e que de otras tierras muy lejos los llevan así enteros, muertos e adobados e conservados con su pluma, sacada la carne, que debe ser poca, porque él es menor que un tordo. E es entre aquella gente una mercadería muy presciada e rara, e si no son los reyes e capitanes o personas de mucho ser, no las alcanzan otros; y aunque algunos las puedan pagar, no se las osaran poner por penachos sino las personas que he dicho,

Esta es una ave, a lo que yo puedo comprehender, del tamaño de un tordo,o más que un zorzal; pero, como está seco e sacada la carne, paresce menor; mas así se me figura a mí que podría ser estando vivo, e antes más que no menos. Su plumaje principal del cuerpo e cola es de muy hermoso e lindo color leonado; e la cola es de hasta diez plumas, derechas, e tan luengas como un jeme: y de encima del nascimiento de la cola, tiene otras dos plumas de cuatro palmos de luengo, e donde son más gruesas (que es en su nascimiento e poco más adelante), son de la grandeza de un alfiler de los gruesos, e de allí hasta el cabo e extremos se van adelgazando que parescen dos hilos, y son leonadas escuras, que vuelven al negro color. E tentadas entre los dedos, son asperísimas, como sierra; e no tienen pelo ninguno, como otras plumas, sino cerca de los nascimientos, e poquito; e toda la otra longitud dellas, áspera, e delgadas, como digo: que cada pluma destas dos paresce un hilo. El pecho y el lomo es, como he dicho, leonado. E de los pies no sé dar cuenta porque no los tiene; verdad es que, tentando con los dedos, se parescen o se sienten dos toconcitos de huesos, de donde debían formarse las piernas e pies. La cabeza es tan grande como de un tordo, e la pluma della amarilla que tira a color naranjado; y el papo es verde dorado, de muy extremada e linda color; y un flueco de pluma muy espesa e corta, que paresce poco más alto que un terciopelo y muy negro, de donde nasce el pico, el cual es tan grande como de una picaza, y derecho y avivado. Las alas son lo que no sé discantar ni aun relatar llanamente; y no son de manera que a mi parescer sea posible questa ave vuele, porque, aunque cada ala tiene muchas plumas, e de dos palmos y medio, o más, luengas, e cada una dellas tiene aquel pelo o pelos que las otras aves tienen apretados para retener el aire, son, en éstas, raros, e apartado cada pelo de otro, como los dientes de un peine escarpidor, y muy delgados y sotiles; y cada pluma dellas tiene la canal o lomo, de cabo a cabo, leonado. E los pelos que le acompañan (que digo que son ralos, como escarpidor) son blanquísimos, e cada pelo o pelito destos blancos es otra plumica delgadísima, de manera que paresce que guardan cada pluma la forma de las hojas de los helechos, que es una hoja con muchas hojas menores. Y estas plumicas sotiles se van disminuyendo cuando llegan al extremo de aquel lomo principal o leonado sobre que está armada cada pluma. Hay otras plumas en cada ala e más afuera (donde suelen las otras aves tener las plumas que se llaman cuchillos), y éstas son de la manera o hechura de las que he dicho; pero son de una color de amarillo mixto con blanco, de manera que juntas parescen y muestran más el color jalde, y cada una por sí parescen cuasi blancas.

En conclusión, yo confieso que no habrá pintor que lo pinte, por lo que he dicho; pero, leído esto a par del pájaro, se me figura que he dicho algo; y así lo he escripto mirándole, y dando gracias a Dios que estas aves crió. Para mí, yo la tengo por la más extremada en su plumaje o gentileza de todas las que yo he visto, y de la que más me he admirado. Ella es de tal artífice y mano hecha, que se puede y debe creer que no se le acabó el arte en ésta. Ni sus obras puede pintor ni escultor ni orador expresar tan al natural, ni perfectamente dar a entender ingenio humano, como ellas son.

Concluyo con que a la Cesárea Majestad, cuando mejor vestido o arruado puede estar, para mejor mostrar su excelente dispusición en una muy principal y solemne fiesta, bastaría tal penacho para en compañía de todo el oro e perlas e piedras preciosas del mundo. Y a la verdad, yo me atreviera a servir a Su Majestad con este pájaro o plumaje, sino que del mismo capitán que me le dió entendí que había traído otros con que sirvió a César, o están en su cántara. Y porque no sé lo que tardaré en llegar con mi historia a la Especiería, quise poner, con los otros depósitos en este sexto libro, lo que he dicho deste pájaro; y aunque se quede aquí, no será inconveniente, porque no se impidan las otras cosas de más calidad, cuando dellas se tracte.

Después de escripto esto, he visto ciertos retratos de Sulumán Otomán, rex turcorum, con una celada a manera de tiara, de cuatro coronas de oro con muchas e muy ricas perlas e piedras presciosas, y encima, por penacho, en la cumbre della, un pájaro déstos, o tal como lo he pintado, puesto por penacho. De que se colige que, pues un príncipe tan grande allí le puso, que la estimación que he dicho de suso, es válida, e mucho más y más en Turquía,

Este pájaro di yo después a un amigo mío que pasó por esta cibdad e fué al Perú. Así que, se puede decir que después de muerto, anduvo e voló o navegó más que mientras fué vivo este pájaro, sin comparación. Después, en el mes de septiembre de mill e quinientos e cuarenta y tres, vino a esta cibdad de Sancto Domingo de la isla Española un hidalgo portugués, comendador de Cristus, e trujo otro pájaro tal como el que tengo dicho, e lo dió a un su amigo, llamado Melchior de Torres, que aquí vive. E aqueste comendador decía muchos cuentos e particularidades, notables deste pájaro o aves semejantes, que eran cosas que se podían dejar de creer; en especial que decía que estas aves salían del Paraíso terrenal, las cuales creo que él ni vió salir de allá ni quién se lo dijo. Este decía que había estado en Calecut e en la Especiería, de donde había traído este pájaro e le hobo muerto, como habría el capitán Urdaneta los que es dicho.

CAPITULO XVI

De cierta goma o cola de árboles que hay en la gobernación de Nicaragua, en la Tierra Firme, e de cierto encienso de la provincia de Venezuela

Parescerle ha al letor desvariada cosa la manera apartada e tan diferente del proceder de una cosas en otras en los capítulos deste libro VI, segund sus géneros. Ved lo que se acaba de escrebir en el precedente capítulo de la extremada hermosura e plumas de aquel pájaro de la Especiería, y que he saltado a hablar agora de una cierta goma que aquí se dirá. Mas, si al letor se le acuerda de lo que dije en el proemio o introducción deste libro, parescerle ha que el desconcierto es concierto e buena orden, para que ninguna cosa se olvide de aquellas que se deben escrebir; y por tanto, llamo yo a este libro el depositario o archivo de depósitos.

Hay en la gobernación de Nicaragua una provincia que se llama Salteba, donde los cristianos tienen una buena villa o cibdad que se nombra Granada, la cual está junto a la laguna grande que los indios llaman Ayaguabo e los cristianos la llaman Mar Dulce. Allí hay unos árboles que echan una goma que paresce anime blanco o encienso, e huele muy bien; e puesta al fuego, se derrite, e derretida es muy singular cola para pegar cosas quebradas, así como platos e escudillas; e aun para entalladores es singular, e suelda muy bien, e están más seguras las piezas por las partes que hobieron soldado con la dicha goma, que por otra ninguna.

En la provincia de Venezuela, en la Tierra Firme, hay ciertos árboles que echan cierta goma de sí, e la tienen en muchas partes sobre la corteza, que paresce natural encienso, e así huele como encienso, quemándolo. E acostumbran los indios en aquella tierra, cuando algún señor o indio principal se muere, que queman deste encienso o goma por perfume, e le meten en la sepoltura, en una cesta, alguna cantidad deste encienso. E como los cristianos saben que en muchas partes de la Tierra Firme los caciques e indios principales se suelen enterrar con su oro e joyas, andando en esta demanda, han hallado, en algunas sepolturas, algunas esportillas destas con aquel encienso, e aunque ha mucho tiempo que allí se metieron, no está dañado ni corrompido.

CAPITULO XVII

Del humo que los indios sacan en la provincia de los Chondales, en la gobernación de Nicaragua, e hacen dél tea para carbón, e tinta para pintar los esclavos; el cual carbón o polvo dél, llaman los indios tile.

En esta isla Española y en algunas partes de la Tierra Firme hay pinos naturales, como los de España; y en la gobernación de Nicaragua, entre los indios chondales, en aquellas sierras, hay pinares, E una de las granjerías en que se ejercitan, es sacar de la tea de los pinos un humo de que hacen unos polvos así como los que sacan los plateros del olio para debujar; e envuelven este polvo (que es como un carbón muy molido) en unas hojas de biahos, e hacen un bollo tan luengo como un palmo e más, e grueso como la muñeca de un brazo. E segund es la cantidad deste polvo o humo, así tiene el prescio. E llévanlo al tianguez, que es el mercado donde se juntan los indios e indias, en sus plazas para mercadear e sus contractaciones; e allí baratan este polvo por otras cosas o por almendras, que es su moneda común. Y el efeto para que es aqueste polvo, es para herrar indios por esclavos con aquella invención que a sus amos les paresce, y también para se pintar por gala otros. Este polvo es negrísimo, e llámase, en aquella lengua, tile.

La manera de usar dél es cortando con unas navajuelas de pedernal la cara o brazo que quieren herrar, sotilmente, como entre cuero e carne; e lo cortado polvorizarlo con este humo, así, fresca la cortadura, e por cima embarrarlo con el humo; e en breve es sano, e queda la pintura negra e muy buena, e es perpetua la pintura para los días que vive el que así es herrado.

Puse esto aquí con los otros depósitos; pero no entendáis, letor, porque se dijo de suso embarrado, que ha de tener barro o ponérsele, sino del mismo humo, henchir de aquel polvo todo lo pintado, por encima, e dejarlo así estar, sin llegar a ellos ni lo lavar hasta que por sí mismo se despida; e si lo quisiéredes limpiar, sea lavándolo de suso desde a cinco o seis días que se pintó, e liviana la mano; porque de ahí adelante quedan fijas las figuras e pintura que es dicha.

CAPITULO XVIII

Por el cual se prueba que las ponzoñosas viandas e cosas que a los hombres son nocivas e mortales, son a otros animales, en estas partes e Indias, útiles e provechosas e grato mantenimiento

En el libro VII, capítulo II, se tractará de la yuca, e de cuán bastante muerte es para los hombres si comen el fructo della así como está en el campo, o si gustan el zumo della. E en aquesta nuestra isla Española cómenla las vacas y los ratones, y aun más de la que querríamos; pues nos destruyen las heredades, e ningún daño a tales animales hace, por mucha que coman della.

En el capítulo VI del libro XXI de la segunda parte, se tracta de la hierba con que los indios flecheros se ejercitan en la costa de Tierra Firme, que es irremediable; e uno de los más potentes materiales que en ella echan, es el zumo de aquellas manzanillas de que se tracta en el libro VIII, capítulo XII desta primera parte; e no obstante eso, como más largo lo escribo en el capítulo VI del libro XXI, podéis ver, letor, que no matan a los cangrejos estas manzanillas, e matan, los cangrejos que las han comido, al hombre que come tales cangrejos.

 

CAPITULO XIX

De una novedad notable y contraria, en la prospectiva, a la mayor parte de lo que nos enseña la vista en las más partes del mundo.

Muy común es a nuestra vista, que lo que está lejos, paresce menor mucho que lo que es la cosa. En la provincia de Venezuela, en Tierra Firme, que la Cesárea Majestad tiene encomendada en gobernación a los alemanes Velzares, hay lo que agora diré en contrario de lo que se dijo de suso, en cierta parte de aquella provincia, donde, desde lejos, las cosas parescen mucho mayores de lo que son; y es desta manera: en el camino que hay desde la cibdad de Coro yendo al cabo de Sanct Román, que los indios llaman a aquella provincia Paraguana, es un cabo que sale a la mar veinte y cinco leguas o más, y en el principio es de ancho una legua pequeña, e vase ensanchando algo más, pero en poca cantidad, e tiene de longitud ocho leguas o nueve. La mayor parte destas leguas o tierra lava el agua de la mar cuando son aguas vivas; y después que el agua se ha quitado, queda aquella tierra que el agua bañó, muy llana e lisa, e desocupada de hierba e piedras e otra cosa alguna, e tan escombrada e limpia como está un pliego de papel muy bien tendido; e queda la arena blanqueando un poco, como salitrales o tierra tocada de sal.

Cosa es maravillosa lo que diré. Viniendo un hombre por el camino, si acaso otro viene al opósito por el mismo camino o llanura, tanto cuanto la vista puede devisar, en comenzándose a parescer, le paresce al que mira que el que viene es tan grande como un mástel de una nao. Y es verdad que se multiplica la cosa, al parescer (ora sea hombre, o caballo, o piedra, u otra cosa que vean), de aquella manera y forma que se multiplica la sombra, cuando se quiere poner el sol, por el suelo, que es mucho mayor la sombra que señala que la cosa que es. E así se aumenta e paresce mayor, en aquella llanura que es dicho, la cosa, en grandeza. Y esto tanto es a la mañana como a mediodía, e en cualquier tiempo e hora del día. E cuanto más la cosa se ve de lejos, paresce mucho más alta, e cuanto más a ella se acerca hombre, tanto menor paresce. Esto se ha mirado y experimentado de muchos, con toda atención, por cosa muy notable.

E pasando esta llanura, la tierra se ensancha en mucha cantidad, e hay montes e arboledas e cuestas e valles, e allí la cosa no paresce sino como en otras partes.

En trece de julio de mill e quinientos e cuarenta años, ante el reverendísimo señor, el señor presidente de la Audiencia e Chancillería Real que reside en esta cibdad de Sancto Domingo de la isla española, el licenciado don Alonso de Fuenmayor, obispo desta cibdad, lo juraron en mi presencia, segund está dicho, Alonso de la Llana, mercader natural de la cibdad de Burgos, e Francisco Núñez, natural de la cibdad de Plasencia, estantes en esta cibdad; e dijeron que era verdad lo que es dicho, e que ellos lo habían visto muchas veces ser así. E después, sin esos testigos, lo dicen otros muchos que lo han visto e experimentado; e entre ellos, Lázaro Bejarano, vecino desta nuestra cibdad, hombre de honra e digno de crédito, que ha poco que estuvo en aquella tierra, dice lo mismo; aún que acaesce, queriendo burlar a alguno que no lo sabe, yendo su camino adelante, dejar un sombrero en tierra, o hacer poner una piedra no mayor que un palmo, sin que el novicio en la tierra lo vea; e desque están apartados un tiro o dos de ballesta, volviendo la cabeza atrás, parescer que es un bulto tan grande como un buey o un caballo. E cómo la tierra es rasa, e no haber visto al pasar cosa ninguna, hacen sus apuestas sobre ello, diciendo: hombre es, o caballo es, o piedra es; e volviendo a ver la cosa, irse ella en la vista resumiendo e achicando, hasta quedar en su ser e tamaño, veinte veces menor, o más, de lo que les había parescido desde lejos.

CAPITULO XX

De la hierba que los indios de Nicaragua llaman yaat, e en la gobernación de Venezuela se dice hado, y en el Perú la llaman coca, e en otras partes la nombran por otros nombres diversos, porque son las lenguas diferentes.

Acostumbran los indios de Nicaragua e de otras partes donde usan esta hierba yaat, cuando salen a pelear o cuando van camino, traer al cuello unos calabacinos pequeños u otra cosa vacua en que traen está hierba, seca, curada e quebrada, hecha cuasi polvo; e pónense en la boca una poca della, tanto como un bocado, e no la mascan ni tragan; e si quieren comer o beber, sácanla de la boca e ponénla a par de sí, sobre alguna cosa que esté limpia, e entonces paresce lo que parescen las espinacas cocidas. Cuando han comido e vuelven a caminar, tornan a la boca la misma hierba; porque, demás de ser gente mezquina e sucia, es cosa ésta que la estiman entre sí, e es buen rescate para la trocar o vender por otras cosas, donde no la alcanzan ni la hay. E traída así en la boca, la mudan de cuando en cuando de un carrillo a otro.

El efeto della es que, discen los indios, que esta hierba les quita la sed y el cansancio. Y juntamente con ella usan cierta cal hecha de veneras e caracoles de la costa de la mar, que asimismo traen en calabacitas; e con un palillo lo revuelven e meten en la boca, de cuando en cuando, para el efeto ya dicho. E aunque totalmente no les quite la sed ni el cansancio, dicen ellos que se quita, o mucha parte della, e que les quita el dolor de la cabeza e de las piernas. E están tan acostumbrados en este uso, que por la mayor parte, todos los hombres de guerra, e los monteros e caminantes, e los que usan andar al campo, no andan sin aquesta hierba.

En la provincia de Venezuela e otras partes la siembran e cultivan e curan con mucha diligencia e cuidado en sus huertos, e cogen la simiente della, e después cogen las hojas e en manojos las secan e guardan. E echa unos tallos o vástagos tan altos como tres o cuatro palmos, o poco más, así como los bledos o malvas; pero esos astiles o vástagos, cogida la hoja, que es el fructo, échanlos por ahí; e dicen que si la comiesen o tragasen, que los mataría: antes ella sirve a tener húmeda e fresca la boca e la lengua, e sin flegma; pero cuando la dejan, se enjuagan bien la boca e lo echan, porque no les quede cosa alguna della. Sé, de vista, que comúnmente esos indios, a vueltas de sus provechos o virtudes desta hierba e de aquella cal, aunque sean mancebos los que la usan, tienen malas dentaduras, de sucias e negras, e podridas muchos dellos.

CAPITULO XXI

De las minas nuevamente halladas en la isla Fernandina, por otro nombre llamada primero Cuba, donde se ha descubierto cierta vena de metal que es oro, e plata e cobre.

El año pasado de mill e quinientos e cuarenta se publicó que en la isla Fernandina, alias Cuba, se descubrió cierta vena e minas nuevamente halladas por un hidalgo natural de Medellín, en Extremadura, vecino de la villa de..., en aquella isla, llamado Vasco Porcallo de la Cerda. La cual vena o metal dicen que es de tal manera, que en un quintal de tal materia salen quince libras de cobre muy bueno, e doce onzas de muy fina plata, e quince pesos de oro fino, Y es el venero e minas desto en grandísima cantidad en una montaña; por manera que es cosa de muy grand riqueza, lo cual no afirmo ni contradigo hasta que el tiempo más manifieste esto. Pero ya estamos siete años adelante, e la nueva e fama de lo que es dicho, tornóse silencio e cayó en olvido, como cosa incierta, a lo menos en mucho menos que se había dicho.

CAPITULO XXII

Que tracta de la gente llamada chacopati, a la cual los españoles llaman magueyes, los cuales nunca beben en toda su vida, sino alguna vez, o rarísimamente.

En la Tierra Firme, cerca de la provincia de Araya, hay una gente a la cual los españoles llaman agoreros, a causa de cierta fructa así llamada; y cerca desta gente, hay otra que llaman magueyes, a causa de cierta planta que llaman maguey, que es muy útil en aquella tierra, como más largamente se dirá en el lib. XI, cap. XI, E aquesta gente magueyes llaman los naturales de aquella tierra, chacopati. Aquestos despencan aquella hierba, e la cabeza o cepa della cuécenla, e hacen cierto manjar de asaz sustancia, con que se sustentan; e de las hojas sacan el zumo por sudor de fuego, a manera de destilarlo. E aquel licor beben aquellas gentes, porque agua nunca la ven ni la tienen, salvo de la mar, que no se sufre beberla. Carescen de ríos, que no los tienen, ni fuentes, ni lagos, ni pozos, ni en toda su vida beben agua, excepto cuando llueve, que allí acaesce muy pocas veces en el año, e algunos años no llueve poco ni mucho. Mas, cuando alguna vez llueve, e en algunos hoyos de la tierra se hacen charcos, beben allí algunos destos indios, como lo haría un perro o otro animal, topando aquella agua acaso; pero no porque les pene ni tengan cobdicia del agua, por estar, como están, criados e habituados a no la beber jamás. Así que, la costumbre está convertida en natura, o su natural en la costumbre.

Estos indios de los chacopati e otros de aquellas comarcas, cuando la luna está eclipsada, júntanse contra ella e tíranle muchas saetas, creyendo que está enojada contra ellos e que los ha de destruir a ellos e todos sus bienes, por lo cual, luego dan orden en trocar e cambiar cuanto tienen, e lo baratan unos con otros, porque son de opinión que, mudando las cosas de un dueño a otro, las aseguran e las apartan de aquel peligro que tenían, o esperaban, de perderlas, si aquesto no hiciesen. E aun van de unos pueblos a otros a hacer los mismos cambios e truecos con sus vecinos e con quien pueden, hasta que no les queda joya ni otra cosa sin baratarla. El cual cambio, así como en castellano se dice trocar, e en la lengua desta isla Española se dice serra, en lengua destos magüeyes o chacopati, el trocar quiere decir uchibican.

CAPITULO XXIII

En el cual se tracta un depósito o nueva manera de culebras ponzoñosísimas que hay en la isla Margarita, que las llaman de los cascabeles, e otras víboras o culebras que les quieren imitar, con un cascabel, e muy ponzoñosas, en la provincia de los Alcázares.

En tanto que llega el tiempo de hablar en las cosas de la isla Margarita, en el libro XIX e capítulo XIV, quiero poner aquí un depósito o acuerdo para mi memoria, de unas culebras de la más extrema manera de ponzoña que nunca oí ni leí peor animal, y es así. En la isla Margarita hay unas culebras ponzoñosísimas, que dentro de tercero día muere aquel a quien muerden, e se le saltan o revientan los ojos de la cara al herido. Son pintadas; pero mirada así, a primera vista, o desde lejos toda junta, paresce que tira su color a pardo, porque aquellas sus pinturas son escuras e no se ven sino desde cerca della. La mayor de aquestas culebras es de cinco o seis pies de luengo, e de ahí para abajo. Tiene esta serpiente en la cola, o cinco o siete ñudos, redondos e distintos, que parescen que están como ensartados; e cuando anda este animal, suenan como proprios e verdaderos cascabeles sordos, el cual sonido paresce que la benigma Natura (y mejor diciendo, Dios), con su misericordia, le dió para aviso de los hombres humanos, porque se guarden della, oyendo aquellos cascabeles. Muy menos cruel fuera su veneno si en picando matara incontinente, que quedando penando aquel que muerde, el espacio e tiempo que es dicho, para perder la vida en el término que digo, e perdiendo los ojos e sin remedio de alguna medecina. Esto es como está dicho e visto por muchos testigos de vista, e aun en esta nuestra cibdad de Sancto Domingo hay hombres de honra e dignos de crédito que dello dan testimonio, y que algún tiempo han seído vecinos o estantes en aquella isla Margarita. Otras culebras hay en la provincia de los Alcázares, en la Tierra Firme, con un cascabel e una uña en el extremo e fin de la cola, muy ponzoñosas, e inremediable su herida, como más largamente podrá el letor verlo en el libro XXIII, capítulo VII, en la segunda parte destas historias.

CAPITULO XXIV

En que se tracta otro depósito para mi memoria, que pertenece al libro XIX, de dos animales que hay en la isla de Cubagua, uno de tierra e otro de agua, y es de aquesta manera que aquí se dirá, e cada cosa muy notable.

Hay en la isla de Cubagua unas arañas muy chiquitas en su tamaño, pero el dolor que causan a quien muerden es tan grande, que no tiene otra comparación igual, sino la que se dirá de otro animal de agua. Y si turase la pasión que causan estas arañas, no sería mucho que el que está herido o picado della desesperase y él mismo se matase, por aflojar su pena muriendo, por no atender tan cruda pasión. Pero no hay en este peligro mayor remedio ni consuelo que la esperanza y experiencia que ya se tiene de llegar al término en que cesa su fatiga, para ser libre el que así está trabajado; porque, en tanto que el dolor persevera, las vascas y trabajos que padescen, sin se aflojar ni mitigar la pena por cosa alguna, es cosa incomportable, sin que pueda comer, ni beber, ni reposar un punto el paciente hasta el día siguiente, a la propria hora que fué picado. Y cuando ha cesado el dolor, queda tal el que ha padescido, que en dos ni tres días no puede tornar en sí ni a su primero estado, puesto que deste mal ninguno muere.

Hay un pescado o animal en la mar, que no es mayor que un dedo pulgar de la mano, y pintadillo de pecas e rayas blancas e otras amarillas, e llámase tatara; y al que pica en el agua, como acaesce algunas veces picar a algún indio, el que está herido hace tantas vascas e siente tan grandes dolores e pasión incomportable, como lo que se ha dicho que sienten los picados del araña que de suso se dijo, sin cesar hasta otro día siguiente que el agua de la mar está en el mismo ser menguante o cresciente que estaba al tiempo que picó este animal. De forma que tura aquella pasión e dolor, del un animal e del otro, veinte e cuatro horas naturales, puntualmente, sin que aproveche remedio alguno en el que está lastimado, hasta que pase el tiempo que es dicho; e aquel complido, ningún peligro hay en ninguna destas dos cosas.

CAPITULO XXV

De los juncos o palmas que, llevados a España e a otras partes por el mundo, sirven de báculos o bordones para los hombres de auctoridad e para los viejos e hombres ancianos, e aunque en muchas partes de las Indias los hay e se nascen de por sí, cuéntase aquí dónde los crían e siembran e cultivan, e para qué efetos.

Cosa es común, o que en muchas partes de las Indias se halla, esta manera de bordones o báculos que en España los llaman juncos de las Indias; y déstos yo diré largamente, en el libro X y capítulo VIII de la primera parte, lo que hace al caso de su forma y manera questos juncos son. Pero no se dirá allí una cosa que a mi noticia ha venido pocos días ha, y que aquí escrebiré, porque aunque ha tantos años que vivo en Indias, nunca lo supe hasta el año que pasó de mill e quinientos e cuarenta y uno, y no pensaba yo questos juncos se cultivaban ni hacían en parte alguna con diligencia humana, sino del proprio oficio de la Natura, donde a su propósito fuese. Y salido yo de una enfermedad que en el año que he dicho tuve, de que quedé muy flaco y con nescesidad de un báculo hasta convalescer, un amigo mío e vecino me presentó uno destos juncos para mi propósito, hombre digno de ser creído; y me dijo que lo tenía desde que se halló con el capitán Diego de Ordaz e Jerónimo Dortal en el descubrimiento del gran río de Huyaparí, donde a los indios es común e ordinaria cosa, en el pueblo que llaman ellos Arvacay, plantar o sembrar e coger estos juncos.

Y el efeto principal para que son e en lo que se sirven dellos, es para levantar las falcas o costados de sus canoas, juntando unos a par de otros, muy bien ligados; y así hacen crescer en alto las paredes o costados de sus navíos o canoas, porque son muy a propósito e útiles para ello, así porque son ligerísimos, como porque de ninguna otra madera ni ligazón podrían hacerlo tan presto, ni que mejor ni tan bueno fuese como de los dichos juncos. Y entre aquella gente, es una buena mercadería e rescate, e muy nescesaria para los que navegan en canoas, para hacerlas de mayor porte e sin detrimento de la canoa. Y esto baste aquí cuanto los juncos, pues que, como es dicho, en el lugar alegado estará relatado lo demás.

CAPITULO XXVI

En el cual se tracta un notable que es razón que por cosa memorable se pomar en te libro, para que mejor se entienda la abundancia de la carne que hay en esta isla Española y la que se mata cada día que es de carne, ordinariamente.

Esta cibdad de Sancto Domingo no llega a seiscientos vecinos al presente, que es el año de mill e quinientos e cuarenta y ocho en que estamos, e ya tuvo más vecindad; pero nunca estuvo tanto edificada. Y cómo quier que es poca población, se matan cada día cuarenta novillos e vacas en la carnescería, que se pesan, e con la carne del rastro, llegan a cincuenta reses un día con otro, y vale el arrelde a dos maravedíes; que es cada arrelde dos libras de a diez e seis onzas. Matan e tómense en esta cibdad treinta e treinta e cinco carneros cada un día, e vale el arrelde a diez e seis maravedís. Mátanse e pésanse, al mismo prescio, cada un día, veinte terneras. Mátanse e pésanse cada día diez o doce puercos, e vale el arrelde a veinte maravedís. Así que, son, por todas, ciento e diez e siete cabezas destos cuatro géneros o forma de ganados, o pocos menos; e aun a veces más de lo ques dicho. La cual cantidad no hay pueblo en España, por grande que sea, en que tanto ganado se pese. Y como en otras partes la historia lo acuerda, es mucha cantidad la que del ganado vacuno se mata e alancea en el campo, e se deja perder la carne, por salvar los cueros para los llevar a España, e por aprovecharse del sebo.

CAPITULO XXVII

En el cual se tracta de las dos especies o maneras de esmeraldas que se han hallado en la Tierra Firme, de las cuales se han llevado muchas en cantidad, de diversas estimaciones e prescios, e aun asaz dellas de mucho valor han discurrido por Europa e otras partes del mundo, que destas nuestras Indias se han transportado, por muchos reinos, en tan ta manera, que la grande abundancia e número dellas ha fecho disminuir el valor de tales gemmas.

En aquel tractado De proprietatibus rerum, están escriptas muchas y grandes propriedades y virtudes de la esmeralda, y entre otras, dice que acrescienta las riquezas, e da hermoso hablar, e guarda de la gota coral; cuando es colgada al cuello, guarda la vista, e la conforta cuando es flaca. Restriñe los movimientos delectables de los lujuriosos, e restituye la memoria perdida, e vale contra las fantasmas e las ilusiones del demonio; apacigua las tempestades e estanca la sangre, e vale a los adevinos, como se dice en el Lapidario. Con cualquiera cosa de las que es dicho que este auctor, o, mejor diciendo, la experiencia, me haga verdad de la esmeralda, me paresce que no hay dinero que se le iguale. No hay aspecto de alguna color más jocundo, e como miramos de voluntad las hojas verdes e las hierbas, tanto más de grado vemos las esmeraldas, porque ninguna cosa verde es más verde que ellas, en su comparación. E son, entre las gemmas o piedras presciosas, las que hinchen los ojos e no los cansan; antes, cuando son cansados por haber mirado otra cosa, los recrean. Ni tienen los ojos más agradable restauración para aquellos que entallan las gemas; porque con aquella verde lenitud o halago, mitigan el cansancio, e asimismo hacen ver por más luengo espacio, dando, por reflexión, su color al aire circunstante. Nerón miraba las batallas de los gladiatores en una esmeralda.

E son de doce maneras. E las de Sicilia son nobilísimas, denominadas de la tierra donde nascen, e ninguna otra es más dura ni con menos vicios; e las batrianas, como son próximas a las que es dicho, así les son en el loor iguales; y dicen que se recogen en las conjuntaras de las piedras, pero que son menores que las scitias. En fin, después que ha dicho Plinio de otras especies de esmeraldas, concluye que las egipcias tienen el principado. Dice más: algunas no se deben horadar, porque son de perfecta bondad, e por eso quieren más aína hacer de aquellas cilindri que gemma (o pieza, como aquí se dirá, que no piedra engastada), porque en las tales es sumamente alabada la longura. Algunos creen que nascen angulosas o esquinadas, e que sean más graciosas horadándolas, porque se les quita la medula de la blancura, e con el oro que se les pone, se castiga e enmienda la causa de la transparencia e hácese más densa e perfecta. Todo lo dicho es de auctoridad del auctor alegado, y muchas más cosas escribe en su último libro de la Natural Historia, tractando de las esmeraldas.

Isidoro en sus Ethimologías sigue enla mayor parte de lo que es dicho al Plinio. Este sancto doctor, declarando en sus Ethimologías este vocablo e figura de celindro, la pinta e pone así. Cilindrus est figura quadrata, habens superius semicirculum, insolidum, ita (Lámina 2.ª, fig. 5.ª). Pero yo no tomo por tal figura lo que el Plinio dijo de suso, sino por lo que lo toma el Antonio de Lebrija en su Vocabulista (Cilindrus, i,): por coluna o cosa rolliza en luengo.

Pero, dejadas estas opiniones aparte, digo que en esos ni en otros auctores no he hallado particularidad que sea totalmente tan satisfactoria en esta materia e nascimiento de las esmeraldas, como lo que han visto nuestros españoles (y he comprehendido de las esmeraldas destas nuestras Indias). Diré mi parescer en ello, remitiéndome del todo a los que con más experiencia e curso las han tractado. Y dicho lo que he oído, y dada relación de lo que he visto, ocurran los lapidarios a su experiencia e doctrina, e sírvanse desto en lo que fuere a su propósito.

En el libro XXVI, cap. XIII, se hallará adelante escripto lo que entendí de dos capitanes, mis amigos, e personas conoscidas e de crédito, e también los supe de otros que asimesmo vieron sacar esmeraldas en la gobernación del Nuevo Reino de Granada, donde nascen e está la mina dellas. Y también hallarás, letor, en el libro XXXXVI, en el capítulo XVII, otra especie de esmeraldas muy desemejantes en su nascimiento; porque las primeras que digo, están en la provincia de los Alcázares, en la jurisdición del cacique Somindoco e de otro que se llama Tena, e las que dije del libro XXXXVI, son en Puerto Viejo, en el Perú.

Las primeras, esto es, en la jurisdición de Somindoco (e de la misma forma se hacen en tierra del Tena, y aun éstas eran las mayores e mejores; pero por cierto terremoto se hundió aquel monte o parte donde en Tena sacaban esmeraldas), sácanse en una sierra, cavando, e después sueltan el agua que tienen para ello retenida en charcos o pozas que hacen cuando llueve, e con ella lavan la tierra de la peña cavada, e cómo el agua la roba e lleva, descúbrense e parescen las esmeraldas. Estas, todas son prolongadas como cañutos, por la mayor parte, pero macizos e de seis ángulos e caras, e muy duras, puesto que participan asaz de una transparencia cristalina. Déstas me han dicho algunos testigos que por experiencia lo han visto, en especial el capitán Gómez de Corral, que el fuego no las corrompe, a las que son limpias dellas, e aun se ofrescía a lo experimentar en mi presencia. Mas aunque él tenía muchas esmeraldas, yo no quise aceptar tal prueba, porque no pensase que ponía en dubda sus palabras; y también le oí decir que las que limpias no eran, se rompían con el fuego.

De las segundas esmeraldas que dije de suso, en el lugar alegado, que se crían en el Perú (libro XXXXVI), en guijarros o piedras como marmoleñas, en las entrañas o interiores de los guijarros o piedras semejantes, digo que el nascimiento dellas, hasta el tiempo presente, a los españoles oculto es; y tengo creído que debe ser mucha verdad así, porque soy informado de hombres de crédito que me han dicho e otros me han escripto, que ellos las han hallado dentro de tales piedras. Y con esta mi opinión e verdad es conforme una esmeralda que yo hobe déstas, e la tuve un tiempo fecha una cuenta redonda e horadada, así como se hobo de los indios, que en parte de ella parescía piedra cristalina o especie de guijarro blanco transparente, y en otra parte della mostraba ser muy fina esmeralda y que se podía sacar della una pieza digna de un anillo para un príncipe o señor grande. Con la cual tuve otra esmeralda, en una sortija o anillo engastada, que me costó doscientos e cincuenta pesos de oro, e no la diera por quinientos; e si no hobiera tanta abundancia de esmeraldas que de las dos provincias que he dicho han resultado e llevádose a España, yo estimaría la mía en más de mill pesos de buen oro; porque, demás de su limpieza e hermosura, es gran pieza, e cuasi tamaña como la mitad de la uña del dedo más grueso de la mano de un hombre, e es gruesa asaz, segund su grandeza.

Estas últimas llaman de Puerto Viejo porque allí venía la contractación dellas, antes que los cristianos ganasen la tierra, e por aquélla comarca se han habido. Mas sospéchase questas esmeraldas se hallan en la tierra e señorío del cacique Tangarala, e de cerca de un gran río así llamado, en la costa del cual se pobló la cibdad de Sanct Miguel, que es a seis leguas de Puerto Viejo, que está desta parte o promontorio de Sanct Lorenzo, algo más de un grado, de la otra parte, de la línia equinocial de manera que las primeras, que están de esta parte, en los grados que he dicho, se deben llamar esmeraldas de Somindoco, e las que están del otro cabo, que son las últimas e mejores, se deben llamar de Tangarala, en tanto que más noticia sea dellas.

Y Por más me certificar de lo que he dicho, hice labrar a un lapidario italiano, llamado Roco, la cuenta que he dicho que tuve redonda, y aun dos cuentas esmeraldas; y se sacaron piezas en toda perfección y verdor, y también sacó este lapidario, de las mismas cuentas, algunas esmeraldas no tan finas, e otras piezas blancas de las mismas cuentas. Cosa es que para mí fué nueva vista e satisfatoria de lo que tengo dicho de suso.

He traído aquí esto a consecuencia de los depósitos diversos o materias diferentes de que tracta este libro VI, porque me paresce que lo que he dicho de las esmeraldas, es notable pertenesciente a este libro, así para considerar las diversidades que el Plinio e otros auctores escriben de tales gemmas, como porque ningún auctor he hallado que de vista pueda testificar cosa tan al propósito e bastante de las esmeraldas como lo que tengo dicho. De las cuales se han llevado muy ricas piezas a España, e de mucho valor, de la una e de la otra parte que he dicho que se han hallado en estas Indias.

Para mi opinión, yo tengo en más estimación las segundas esmeraldas de que he tractado, que llaman de Puerto Viejo o de la Nueva Castilla (o como digo, de Tangarala), non obstante que puntualmente no se sabe hasta aquí, que estamos en el año de mill e quinientos e cuarenta e ocho, su nascimiento, aunque algunos sospechan e otros creen que son de la costa del río de San Joan, que es cerca de Puerto Viejo, e está aquel río en dos grados e alguna cosa más, desta parte de la línia equinocial. Pero, porque las que llaman de Granada o de los Alcázares o Somindoco o Tena o Bogotá, mejor lo entendáis, letor, digo que el Nuevo Reino de Granada se dió por nombre a aquella provincia por los cristianos que la descubrieron; e otros le llaman los Alcázares. El mayor señor de la provincia se decía Bogotá; e a la parte de Bogotá, hacia el Norte, está el cacique Tena, do se solían sacar las ricas e mejores esmeraldas. E a la parte de Bogotá, hacia Mediodía, está la otra mina de esmeraldas, en tierra del cacique Somindoco. Así que, de la una mina a la otra hay veinte leguas, e en medio de ambas minas estaba aquel gran señor llamado Bogotá. E todas tres partes están cuasi en triángulo, e es un valle hermoso e fértil; para subir al cual, siempre se va encumbrando la tierra, poco a poco, desde muchas leguas, como quien fuese desde Sevilla a Burgos; e así concluyen nuestros españoles que lo han visto, que, hasta llegar al dicho valle o señorío del Bogotá, se va la tierra alzando e se pasan muchas e altas sierras. Y esto baste cuanto a las esmeraldas.

CAPITULO XXVIII

En que sumariamente se tracta un depósito, que más largamente se podrá ver en sus lugares apropiados, e donde la Natura en estas Indias ha mostrado e produce algunas fuentes e nascimientos de betún de diversas maneras.

Tráctase en el libro XVII, capítulo VII, de una fuente o minero de betum que hay en la isla de Cuba, alias Fernandina, que es cosa muy notable; pero no nueva en el mundo, porque, como al letor constará por lo que allí puede leer, otras fuentes tales escriben auctores graves e de crédito, que hay en otras partes. Pero, como este libro VI es de depósitos, e paresce que conviene que haya en él una relación de la generalidad o particulares novedades de las cosas que en estas Indias se descubren, parésceme que aquesta de los veneros o manantiales o fuentes de betum no se debe preterir ni dejar de referirse aquí por cosa muy notable. E digo así, que, hasta el presente tiempo del año de mill e quinientos e cuarenta y dos, sabemos que hay tales betumes o licores, señaladamente, en aquestas partes que agora diré: en la isla de Cubagua, que también se llama de las Perlas; en la isla de Cuba, alias Fernandina, está otra fuente o venero de betum; en la Nueva España hay otra en la provincia de Pánuco, e otras fuentes hay en la punta de Sancta Elena, que la una dellas es como perfecta trementina. Otro lago de betum está en la provincia de Venezuela. Otro pozo hay de betum en la gobernación del Nuevo Reino de Granada, en la tierra de los indios bravos que llaman Panches. Así que, hasta el presente se saben en estas nuestras Indias siete fuentes o manantiales de betum; e muy diferentes los unos de los otros, de los cuales todos, nuestros españoles, o de la mayor parte dellos, se han aprovechado para brear navíos, non obstante que, segund lo que de los indios se ha podido saber, son apropriados tales licores a muchas pasiones, e son medicinales, como se dirá en sus lugares e partes apropriadas, cuando en cada parte o isla donde están, se tractare su historia más puntualmente.

CAPITULO XXIX

Del temblor de la mar, e del fundamento o tierra que debajo della está juntamente, o en un instante temblor de ambos elementos.

Son las cosas del mundo y de la Natura tan grandes e de tanto valor e soberana investigación para los despiertos ingenios, que ningún buen entendimiento las puede oír ni considerar sin grande gozo e delectación del espíritu intelectual. Y aun no son poco provechosas en los católicos varones, pues a los tales, y aun a los infieles, causan una ocurrencia de memoria que los lleva al Hacedor y causador de todos los bienes y de todo lo creado y elementado, para darle gracias y loores de sus maravillas; porque, como dijo David: "Señor, no hay otro semejante a Ti". Cierta cosa es, que manifiestamente yerra aquel que a la Natura le da gracias, ni se maravilla de cosa que obre, sino a sólo Aquel que la ordenó e compuso de tal manera, que ella pueda naturalmente obrar aquello que, por acaescer raras veces, nos paresce milagro.

Una cosa diré aquí que, aunque he setenta anos, nunca antes había llegado a mi noticia semejante acaescimiento, y al presente el capitán Joan de Lobera, que está en esta cibdad e puerto de Sancto Domingo, me ha dicho, y también lo dice un maestre de una carabela, llamado Joanes, natural del condado de Vizcaya, e ambos testifican haberse hallado en lo que aquí se dirá. Después que el adelantado don Pedro de Alvarado, viniendo de Castilla, pasó por esta cibdad e llegó a la Tierra Firme e gobernación de Honduras, envió al dicho capitán Joan de Lobera con tres navíos a estas islas. E después que se hicieron a la vela en la Tierra Firme e navegaron para venir aquí, dióles tiempo contrario e hízolos andar temporizando muchos días. E la víspera de Sancta Catelina, veinte e cuatro de noviembre de mill e quinientos treinta e nueve años, a causa que el tiempo no abonanzaba para seguir su viaje, estaban todos tres navíos apartados uno de otro e puestos al pairo, por no se derrotar ni perder lo que habían caminado, e hallábanse cuarenta leguas, o más, apartados de la gran costa de la tierra e de donde habían partido. El norte ventaba mucho, siete días había, sin cesar un punto, que en esto estaban aguardando la mudanza del tiempo; y esperando otro mejor, tembló la mar, e así creyeron que lo hizo la tierra que debajo de sí tenían. Esto fué entre las once e las doce horas de la noche, y de tal manera, que todos los de los navíos pensaron que habían dado en algunos bajos, y ocurrieron a las sondas e no hallaron suelo; y espantado del caso, el capitán Joan de Lobera se hizo a la vela, atinando a los faroles que cada navío tenía para se recoger o entender, e arribó con la nao capitana sobre un navío de los de la conserva, por hablarle, e preguntó a este maestre Joanes (que asimismo al presente está en esta cibdad), que qué le parescía que debían hacer, y el maestre le dijo: "Señor, no sé qué hagamos; hacerse ha lo que vuestra merced mandare." Entonces el capitán Joan de Lobera replicó e le dijo: "¿Paréceos que debemos arribar la vuelta de Tierra Firme?" E el maestre respondió que le parescía que lo debían hacer, pues que la mar ya no los sofría, que había temblado, e el tiempo estaba muy metido en su contraste. E así acordaron de arribar, e fueron la vuelta de tierra; e caminaron lo que les quedaba por pasar de aquella noche, e el día siguiente todo de Sancta Catelina, e la noche, con mucho norte, e el otro día adelante por la mañana llegaron al cabo de Higüeras. E salidos en tierra, supieron que en la misma sazón que pasó lo que está dicho de aquel temblor, tembló asimismo mucho la tierra de aquella provincia, e se siguió grandísimo daño en las heredades e en el campo.

Parescióme notable cosa e dina de ponerse entre las diversidades de cosas queste libro VI tracta, puesto que este maestre Joanes dice que otra vez le acaesció lo mismo en Levante, en el Archipiélago. E caso que a marineros no sea oculto esto, para mí ha seído cosa nueva oírlo, y así será a otros muchos, en especial a los que no han tanta noticia de las cosas de la mar; porque moverse, allá debajo della, la tierra, e temblar en tanta hondura como aquellos navíos tenían debajo de las quillas, e sentirlo de tal manera que les paresció habían topado en rocas o dado al través, caso para espantar e no de poca contemplación e admiración es a los que lo oyeren. Bien sé que escribió Plinio que tiembla la tierra variamente e hace maravillosas operaciones; porque algunas veces derriba los edificios, e otras, abriéndose la tierra, los traga; otras veces echa fuera alguna altura o muela de territorio; otras veces ríos; otras, fuego e cálidas fuentes, e alguna vez revuelve el curso de los ríos. El terremoto es acompañado de sonido, el cual paresce o mormurio, o bramido, o grito humano, o rumor de armas, segund la calidad de quien lo rescibe e la forma de la caverna de donde sale; porque, en la vía estrecha, es ronco, e en la torcida ribomba, y en lo húmido ondea, y muchas veces, sin terremoto, se oye el sonido. Ni en una misma manera se conmueve la tierra; mas, o tiembla, o alanza el abertura que hace el terremoto. Alguna vez queda mostrando lo que ha tragado, e otras veces se rehinche, de manera que ninguna señal queda de las cibdades o tierras sorbidas. El mismo auctor alegado dice, antes de lo que es dicho, lo que sigue: "Yo estimo no ser dubdoso que los vientos son causa de los terremotos; ni jamás tiembla la tierra si la mar no está quieta e el aire tranquilo, que el vuelo de las aves no se sostenga, porque es removido todo espíritu que le lleva. Ni jamás hay terremoto sino cuando el viento es rincluso en las venas de la tierra; porque así es el terremoto en la tierra como el tronido en la nube, ni es otra cosa el abertura de la tierra de lo que es la nube cuando, al salir del rayo, se abre porque el viento encerrado quiere salir a lugar libre". Aplicando lo que es dicho de Plinio, a nuestro propósito e a lo que los testigos alegados dicen que les subcedió, cotejado lo que tan alabado auctor escribió desta materia en su Natural Historia, veo que no se conforma con nuestro caso; porque, pues Plinio dice que jamás tiembla la tierra si la mar no está sosegada y el aire tranquilo, y estos otros, contestes, dicen que la mar andaba muy alta y el viento muy excesivo e grande, e la noche toda con muchos truenos e relámpagos e tiempo tempestuoso, muy diferente es e desviado lo que el Plinio dice de lo que nuestros testigos afirman. Así como no supo este caso, es de creer que hay otras muchas particularidades que él no alcanzó, e que el mundo nunca cesará de enseñar novedades a los que vivieren, y mucho más en estas Indias que en otras partes, porque los secretos dellas están menos entendidos ni vistos con tanta experiencia por los cristianos e hombres de sciencia semejante.

CAPITULO XXX

De un depósito e nueva minera de atabales e atambores e hasta agora nunca oídos ni vistos, excepto en Zisca, capitán herético de los bohemos heréticos.

Un depósito se me ofresce de una nueva manera de atabales que en la parte austral destas nuestras Indias se han hallado y visto, lo cual en la continuación destas historias estará más largamente escripto en sus lugares apropriados, así cuando se tracte de la gobernación de Popayán en el libro XLV, como en el libro XLVI de la última parte destas historias. Mas, por ser cosa muy notable hacer los hombres atabales, o ser los hombres atabales, decirse ha aquí, en suma, lo que en esto pasa. E diré primero una cláusula del testamento del herético Zisca, capitán muy señalado de los heréticos de Bohemia, porque quiere parescer a lo que los indios hacen en algunas provincias, no lejos, sino muy cerca de la línia del Equinocio. Escribe Eneas Silvio Picolomíneo, natural de Sena, cardenal de Sancta Sabina, en su Historia de Bohemia, que seyendo herido de pestilencia en un castillo, llamado Priscovia, el herético capitán Zisca, por permisión de Dios (segund se debe creer), murió aquel aborrescible monstruo, cruel, espantable, enojoso, contra el cual, no bastando poder humano, bastó para matalle sólo el dedo de Dios. Dicen que Zisca, estando enfermo, fué preguntado dónde le enterrarían, e respondió que le desollasen después de muerto, y echasen la carne a las aves e bestias, e del cuero hiciesen un atabal, e le llevasen ante sí, como capitán, cuando fuesen a pelear, e que en oyendo los enemigos el son del atabal, huirían.

Lo que con este tal atabal se conforma, en las partes que he dicho destas nuestras Indias, es lo que agora diré. Cuando fué preso Atabaliba, príncipe muy poderoso e rico, huyó un capitán suyo de Cajamalca, o desde su real de Atabaliba, con cinco o seis mill indios, e alzóse con la provincia de Quito, e traía unos hijos de Atabaliba que allá estaban. E Atabaliba, estando preso, envió por ellos a un hermano suyo, y éste, no queriéndoselos dar, le mató e le hizo sacar todos los huesos por cierta parte, quedando el cuerpo entero, e lo hizo atabal: de tal manera, que la una parte del atabal, o, mejor diciendo, atambor, eran las espaldas, e la otra parte era la barriga. E curada la cabeza, e piernas, e pies, e brazos., e manos, e lo restante del cuerpo estaba entero, como preñado, e fecho atabal o atambor como es dicho. Lo cual hizo por asegurar su tiranía, e por atemorizar a otros a quien amenazaba que no le seyendo obedientes, los convertiría en semejantes atambores.

Estando en esta cibdad de Sancto Domingo de la isla Española el capitán Sebastián de Benalcázar, cuando iba a su gobernación de Popayán, el año que pasó de mill e quinientos e cuarenta, yo platiqué con él algunas veces, como con hombre que se había hallado en la conquista de las provincias de Quito e Popayán, e de aquellas partes australes e señoríos de Atabaliba. E como ha muchos años que nos conoscemos e somos amigos, como tales, sociablemente e de grado me informó de muchas cosas que yo deseaba certificarme; y entre otras, le pregunté por el atabal o atambor que es dicho, y me dijo que él había visto el mesmo atabal, e que era muy gran verdad haber así pasado como es dicho. Y me dijo más: que lo tal es cosa muy usada en aquellas partes, e que vido en una población principal, llamada Lile, que es en la gobernación de Popayán (la cual está en dos grados y medio, desta parte de la línea equinoccial), en solas tres casas, seiscientos e ochenta atabales semejantes al que es dicho. E aquestos tales instrumentos de música, hacen de los enemigos que vencen o pueden haber; e cuanto más valeroso es el capitán o señor de aquellos que en aquellas partes tienen señorío, tanto es mayor el número que tiene de tales atabales, e es un gran testimonio de su esfuerzo e crueldad, de lo cual muchos se prescian. Y ningún atabal de los que de otros animales se hacen, les aplace, ni otra música han por tan suave e grata a sus orejas, como aquesta. E así, cuando hacen sus areitos e fiestas, esos atabales se tañen, e los tienen por un muy excelente ornamento de su Estado, e por grande auctoridad de su potencia. Ved, letor, qué cerimonias les da a entender el diablo que son grandeza e de honrosa reputación, porque cada día crezca la república infernal e no falten homecidios con que se vierta sangre humana, e se ofrezca al demonio en sacrificio. De lo cual él se huelga mucho, como más largamente lo dice el Tostado, excelente doctor, relatando las causas por qué Busiris sacrificaba los extranjeros, por hacer placer o servicio a sus dioses, e porque le prosperasen en estado.

CAPITULO XXXI

De una propriedad de los ganados cerca de la línea equinocial, que es cosa muy notable.

Quito está cinco o seis leguas (segund fuí certificado del capitán Sebastián de Benalcázar y de otros), de la otra banda o parte de la línea equinocial, a 80 leguas de Popayán, de tierra doblada; e Popayán está en dos grados y medio, desta parte de la Equinocial; e el río que llaman Angasmayo parte los términos de Quito e Popayán. Cosa es maravillosa que los ciervos e ganados que están de la parte de Quito, no pasan el dicho río a estotra parte, aunque por muchos vados que tiene lo podrían hacer, ni los que nascen e están destotra banda, tampoco atraviesan el dicho río para la otra parte hacia Quito.

Otra cosa notable quiero referir aquí, la cual supe asimismo del gobernador Benalcázar, el cual me certificó que los ciervos, en la provincia de los Alcázares (hacia Sancta Marta), son chicos, e hacia la parte de Levante son grandes, no estando más de un pequeño monte en medio. Estas cosas e secretos de la Natura, son ocultas las causas, puesto que los efectos son vesibles. Así como en Sigoro, isla donde no entran perros, e llevándolos de otras partes, vagabundos se andan por la ribera e se mueren, en muchas partes de la Tierra Firme, así como en Sancta Marta e en Nicaragua e en el golfo de Orotiña, todos los perros que son naturales de la tierran, no ladran (de los cuales yo he visto muchos); pero los nuestros, que han llevado españoles, ladran como lo suelen hacer en España.

Tenupsisambri, provincia es de Asia donde todos los animales de cuatro pies son sin orejas, e asimismo los elefantes. ¿Quién puede saber ni conjecturar la causa por qué una gente de la India llamada pandora, la cual habita en los valles, vive doscientos años, y en la juventud son canos, y en la vejez tienen el cabello negro? ¿0 porque en otra parte nascen los hombres con cola pelosa e son velocísimos, e otros con tan grandes orejas que cubren todo el cuerpo con ellas? Estas cosas, como dice Plinio, e otras semejantes, produce la Natura, de la generación de los hombres, las cuales a ella dan juego y a nosotros nos parescen miraglos. Y asimismo se ven en los otros animales las diferencias que se han dicho de suso, e otras que no se pueden acabar de escrebir, sin prolijidad. Pero, como mi intento no es decir las que por otros auctores están escriptas, sino las que en estas nuestras Indias vienen a mi noticia que son notables, be traído a consecuencia las que troje aquí del Plinio, para que el letor se acuerde que esta materia es grande, e que en otras partes del mundo hay asimismo otras muchas cosas de que se pueden tanto o más maravillar los humanos, como de las que se han dicho destas Indias, y así tengo por ciertas las unas e las otras.

CAPITULO XXXII

De los vasos hechos de cabezas de hombres; y tráctase aquí en, especial de uno que tuvo el gran príncipe Atabaliba, e de lo que dió por un gato, e de lo que dió a un español por causa de un gavilán.

Un depósito (y aun tres), porné en este capítulo XXXII, en tanto que llega la historia a su tercera parte o volumen, donde se tractará de las cosas del gran príncipe o rey Atabaliba. Y porque ha pocos días que tengo noticia de un tractado nuevamente escripto por un caballero de Sevilla, llamado Pedro Mexía, e a su libro llama Silva de varia leción, no se puede negar que el auctor es doto y su obra provechosa, y el estilo no menos elegante que subido en quilates de mucho valor; y conozco yo, de su ingenio y letras, que bastan a esa obra e otra mayor. Mas diré dos cosas aquí, antes que diga los tres depósitos que ofrecí de suso: la primera es que en nombre o título del libro me paresce muy bien acomunado e puesto muy al proprio e cual le debe tener un volumen semejante; porque, así como en él se tractan muchas e diversas cosas, e en la silva o bosques son diferenciados nos árboles e plantas que producen, e los animales e aves que en ellos hablan e se crían, así le dió el nombre, conforme a la traza e materias que en su mente (del escriptor) estaban ya elegidas y notadas y bien vistas por él, para que, desechando o desviando la prolijidad de los originales (como prudente copilador), cogiendo la flor de tantas e tan suaves memorias e de tan notables leciones, viésemos en breves renglones no que muchos e grandes volúmines contienen. La segunda cosa que me ocurre, o en que este nuevo tractado Silva de varia leción me ha dado casa de hablar en su loor y en el primor de su auctor, es haberle topado su industria un nombre, que paresce peregrino, o no visto antes, y solo; y en la verdad es muy usado, porque, como dice el sancto doctor Isidoro en sus Ethimologías, quiero decir que esa varia leción tiene otro título e nombre proprio, y es Comentarios; y así, lo que escribió César, dictador, se llama Comentarios de César, porque sumariamente escribió sus proprios fechos. Y esto que yo escribo en este libro VI de la Natural Historia de Indias, el mismo y proprio nombre que se le puede dar, es Comentarios; puesto que, así como este caballero Pedro Mexía, huyendo del proprio nombre, dió a su obra otro tan proprio como el mismo, e la llamó Silva de varia leción, así yo, cuando intitulé este sexto libro, por no le llamar Comentarios, le nombré Libro de los Depósitos. Y lo que tuve escripto dél, se imprimió en año de mill e quinientos e treinta e cinco años, y después se ha acrescentado en él todo lo que esta segunda impresión tiene más que la primera, que es mucho, y cada día puede ser más; porque estos tractados o comentarios son de calidad que nunca faltará qué recoger para recreación de los hombres que desean saber y no se apartan de tan loable y virtuoso ejercicio como es leer, con tanto que esa ocupación sea en libros provechosos y verdaderos y no panegíricos, in cujus compositione homines multis mendaciis adulantur, como el mismo Isidoro en el lugar alegado lo dice.

Tornando al primero propósito de los depósitos, digo que en el capítulo IX deste VI libro dije algo de lo que escribe Plinio de ciertos vasos que los antropófagos usan, que hacen de las cabezas de los hombres que matan, y dice estas palabras: "Los antropófagos y comedores de carne humana o de hombres (de los cuales habemos dicho), están diez jornada encima de Borísthenes, e beben con las cabezas o calavernas de los hombres, e los dientes, con los cabellos, traen por collares, segund escribe Isigono". Muchas cosas se hallarán en estas mis historias de Indias, por donde se deba creer la maldad destos indios en el comer carne humana. Mas, por un vaso que he sabido que tuvo aquel gran príncipe Atabaliba, se puede creer lo demás: el cual era la cabeza de su hermano, la cual, vaciados los sesos e interiores partes della muy bien, y de dentro muy lisa, y el brocal de su circunferencia hecho de oro muy bien labrado e fino, tenía el cuero superior con los cabellos muy llanos e negros y curados, de manera que estaban muy fijos en este vaso con que el Atabaliba bebía en las fiestas; y era una de las más presciosas joyas de su cámara e tesoros y de más reputación.

El segundo depósito es, que entre los españoles que se hallaron en la prisión de Atabaliba, uno dellos tenía un gato destos caseros; e acaso un día vido el Atabaliba cómo tomó un ratón, y holgóse tanto de verlo, que rogó al dueño del gato que se lo diese, e dióle por el gato más de mill pesos de oro; y de ahí adelante, cuando quería haber placer, traíanle ratones, e él soltaba el gato e los tomaban, e era para él una caza de mucho porte e risa.

Cuanto al tercero depósito, es de saber que un hidalgo de los del ejército del gobernador don Francisco Pizarro, tomó un gavilán e hízole manso, e cazaba con él cercetas e tórtolas e otras aves. Y ver aquesto fué para Atabaliba una cosa de que él se maravilló, e dijo que los hombres que tal sabían hacer e enseñar a las aves e domarlas, que todas las cosas del mundo les eran posibles e sabrían ser señores del mundo, pues hacían alguaciles para tomar las aves. Y en veces, le dió a aquel hidalgo, por causa del gavilán, más de dos mill pesos de oro, e quería que aunque se le hobiese dado, lo tuviese e curase aquel gentil hombre que lo había hecho, e que cada día se lo trujese delante de sí. E se holgaba mucho de lo ver, e le hizo luego hacer unos cascabeles de oro e guarnescerle como ave de tan gran príncipe, que a la verdad lo fué muy grande e tan valeroso como en su lugar se dirá, cuando se tracte, en la tercera parte, de la conquista de la Nueva Castilla e de aquellas partes australes. Y no fué pequeño delicto matar un señor semejante, y en especial por la forma que lo mataron.

CAPITULO XXXIII

De las mujeres que en las indias viven en repúblicas e son señoras sobre sí, a imitación de las Amazonas; e pónense aquí dos depósitos hasta que en la segunda parte de la General Historia lleguemos a los proprios lugares e provincias donde tales mujeres habitan, e allí se diga más copiosamente lo que en esto hay que escrebir.

Plinos e Escolopytho fueron desterrados de su patria; los cuales, llevando consigo gran moltitud de mancebos, se pasaron a Capadocia, a par del río Termodonte, e tomaron los campos Temiscirios, e allí acostumbraron a robar a los vecinos; mas, después, los pueblos los mataron. Las mujeres, viéndose desterradas e viudas, tomaron armas, e primero defendiendo su tierra e haciendo guerra, osaron, por maravilloso ejemplo de todos los tiempos, hacer su república sin maridos; desechando los vecinos, por no se casar, porque no sería llamado matrimonio, sino servitud, e así se regían, despreciándose de tener marido. E a tal que no paresciese que la una tenía ventaja a la otra, mataron a aquellos que habían quedado en casa, e hicieron venganza de los muertos maridos con la muerte de los vivos. Después, por fuerza habida la paz, a tal que no faltase su generación, comenzaron a lujuriar con los vecinos, e si nascían algunos hijos varones, matábanlos, e las hembras ejercitaban en sus costumbres, no teniéndolas en ocio ni en el arte de la lana ocupadas, sino en armas e en caballos e caza; e cuando eran pequeñas, quemábanles la teta derecha, a tal que no les diese estorbo al tirar con el arco, por lo cual las llamaron amazonas. Estas hobieron dos reinas, Marpesia e Lampedo, etc. Este fué el origen de las que amazonas se llamaron (segund más largamente lo escribe Justino en la Abreviación de Trogo Pornpeyo), e llegó su estado a ser muy grande.

Otra cosa me maravilla más que lo que es dicho, porque esas amazonas conservaban e aumentaban su república con haber ayuntamiento con hombres en ciertos tiempos; pero, república de hombres sin haber ayuntamiento con mujeres, e vivir castamente, e turar e ser siempre mayor su pueblo, esto es de mucha más admiración; y sabido el caso es muy posible, segund Plinio lo escribe, el cual dice, hablando del lago Apháltide, desta manera: "En la ribera del Poniente está la gente de los esenios, los cuales huyeron en todo de los malos. Es gente en todo el mundo maravillosa; viven sin mujeres e sin alguna libídine, sin pecunia. No vienen a menos, porque de tiempo en tiempo van a vivir con aquestos aquellos que, cansados por la adversa fortuna, siguen las costumbres de aquéllos; por lo cual ha muchos siglos que tura aquella gente, entre la cual ninguno nasce. ¡Tanto les es fértil a ellos el tedio o enojo de la vida de los otros!" Todo es del auctor alegado.

Al propósito de lo que está dicho en ambas particularidades, diré, cuanto a los depósitos que ofrescí de suso, dos notables memorias de mujeres. Y es la primera, que, andando el gobernador Jerónimo Dortal en la Tierra Firme, hallaron él e los españoles, en muchas partes, pueblos donde las mujeres son reinas o cacicas e señoras absolutas, e mandan e gobiernan, e no sus maridos, aunque los tengan; y en especial una, llamada Orocomay, que la obedescen más de treinta leguas en torno de su pueblo, e fué muy amiga de los cristianos. E no se servía sino de mujeres, y en su pueblo e conversación no vivían hombres, salvo los que ella mandaba llamar para mandarles alguna cosa o enviarlos a la guerra, como más largamente se dirá en el libro XXIV, capítulo X.

Cuando el capitán Nuño de Guzmán e su gente conquistaban la Nueva Galicia, tovieron nueva de una población de mujeres, e luego nuestros españoles las comenzaron a llamar amazonas. Anticipóse un capitán, llamado Cristóbal de Oñate, a suplicar al capitán Nuño de Guzmán, su general, que le hiciese merced de aquella empresa e pacificación de aquellas amazonas; e el general se lo concedió, e fué con su capitanía en busca dellas, e en un pueblo en el camino fué muy mal herido e otros españoles descalabrados de ciertos indios que les salieron al encuentro, a causa de lo cual, este capitán y los que con él iban no pasaron adelante. E llegado allí él general, pidióle la empresa el maestre de campo, llamado el capitán Gonzalo López, para ir al pueblo de las mujeres, e otorgóselo. E quiso después el mismo general ver estas mujeres, e llegados allá sin resistencia, entraron, con su grado, en el pueblo do viven, llamado de Ciguatán (llámanle así porque en aquella lengua desa provincia quiere decir Ciguatán pueblo de mujeres), e a los españoles diéronles muy bien de comer e todo lo nescesario de lo que tenían. Aquella república es de mill casas e muy bien ordenada; e súpose, dellas mismas, que los mancebos de la comarca vienen a su cibdad cuatro meses del año a dormir con ellas, e aquel tiempo se casan con ellos de prestado e no por más tiempo, sin ocuparse en más de las servir e contentar en lo que ellas les mandan que hagan de día en el pueblo o en el campo; e las noches, dánles sus proprias personas e camas; en el cual tiempo cultivan e siembran la tierra de maizales y legumbres, e lo cogen e lo ponen en las casas donde han seído hospedados. E complido el tiempo que es dicho, ellos todos se van e vuelven a sus tierras donde son naturales. Y si quedan esas mujeres preñadas, después que han parido envían los hijos a sus padres, para que los críen o hagan dellos lo que quisieren; e si paren hijas, retiénenlas consigo, e criánlas para aumentación de su república. Tienen turquesas e esmeraldas en cantidad e muy buenas. Pero el proprio nombre no es Ciguatán de aquella cibdad, como de suso se dijo, sino Ciguatlam, que quiere decir pueblo de mujeres. De las otras sus particularidades se dirá más por extenso en el libro XXXIV, capítulo VIII.

Yo me quise después, en España, informar del mismo Nuño de Guzmán, cerca desto destas mujeres, porque es buen caballero y se le debe dar crédito; e me dijo que es burla, e que no son amazonas, aunque algunas cosas se decían déstas sobre sí; e que él pasó adelante e tornó por allí, e las halló casadas, e que lo tienen por vanidad. Digo yo que ya podría ser que, pues las halló casadas, fuese en el tiempo desos sus allegamientos; pero dejemos eso; e pasemos adelante.

Pues yo he complido con los depósitos que he dicho, quiero decir cerca de lo que se dijo de la gente de los esenios, de quien Plinio escribió lo ques dicho. Y porque no os maravilléis, letor, deso, os traeré a la memoria otras generaciones de gentes que vos y yo y otros muchos habemos visto semejantes, que se aumentan e viven muchos tiempos ha, sin compañía de mujeres. Y aun, asimismo, os acordaré de otras congregaciones que viven e perseveran y nunca faltan, de mujeres que viven sin compañía de hombres, para lo cual digo así.

Demás de lo que Sanct Isidoro dice en sus Ethimologías, ya sabemos que el convento se toma por el lugar donde muchos concurren; y así entiendo yo que muchos conventos e lugares hay que todos son de hombres religiosos y viven sanctamente sin compañía de mujeres, y muchas mujeres y conventos dellas que están sin hombres, y se sostienen largos tiempos ha, como lo testifican los benitos e bernardos e cartujos y las otras santas órdenes de religiosos por sí e religiosas por sí. Y así debieran de ser esa o esas comunidades de los esenios, los cuales pone el auctor que es dicho en parte de la Judea; y judíos castos debieran de ser; pero no de la sanctidad ni bondad de las comunidades o conventos de religiosas o religiosos cristianos que, como aquéllos, huyendo de los malos e pecadores mundanos, se apartan e encierran a servir a Dios, e viven ellos sin mujeres y ellas sin varones, e castamente y en toda honestidad. E no vienen a menos, porque, de tiempo en tiempo, van a vivir en tal compañía aquellos que se cansan de la adversa fortuna, e quieren servir a Dios e dejar el mundo, e hacen profesión con los que antes tomaron el hábito de la religión; por lo cual ha muchos siglos e tiempos que permanece tal gente, sin que entre ellos ni ellas nazcan otras criaturas; porque les es de mucha fertilidad y excelencia el apartamiento de las costumbres de la gente seglar. Y cuando, por industria e solicitud del diablo, alguna incontinencia e feo pecado se comete por algún profeso, ni le falta arrepentimiento ni penitencia al propósito de su delito y para remedio de su ánima. Pasemos a los otros depósitos,

 

CAPITULO XXXIV

De tres depósitos e otros tantos animales vistos en la Tierra Firme, los dos de ellos en la provincia de Paria, y el tercero en muchas partes de la Tierra Firme.

Plinio, hablando en los animales de agua, dice que la torpédine tocada con un asta o verga, aunque sea desde lejos della, hace atormentar cualquier fuerte o valiente brazo e a todo veloce pie para correr; pero no dice este auctor la forma deste animal, Y nuestros españoles que en estas Indias le han topado, no le sabían el nombre; pero dicen su forma e manera. E así, este depósito será mejor entendido e el animal conoscido, de lo cual se tractará más largamente en el libro XXIV, capítulo XIII, donde hallaréis, letor, que en el río de Huyaparí se tomó un pescado como morena, pintado, tan grueso como la muñeca del brazo de un hombre, e tan luengo como cuatro palmos; e tomóse con una red, e sacado en tierra, en tanto que estuvo vivo, tocándole con una lanza o espada o un palo, cuanto quier que apartado estoviese quien le tocaba, en el instante daba tanto dolor en el brazo, e lo atormentaba e adormescía con tal dolor, que convenía presto soltarle. Esto probaron muchos españoles, e tantos se quisieron informar deste secreto, que, apretando el pescado, haciendo la experiencia, le mataron, e después que fué muerto se murió tal propriedad con él, e no dalia algún dolor o empacho a quien le tocaba.

Otro animal hay en la Tierra Firme, en muchas partes della, que son unas zorrillas de tal hedor, que es incomportable. Son de color bermejo e de mal pelo, e tamanas como una pequeña raposa o garduña; y si pasa este animal a barlovento, que el viento pase por él e después toque al hombre, aunque esté desviado un tiro o dos de ballesta, le comunica un grandísimo e aborrescible hedor; e da mucha pena, porque paresce que penetra la persona hasta las entrañas por espacio de una octava parte de una hora, e más e menos, segund la distancia o como este animal está arredrado. Acaesce, topándole en el campo, alcanzarle los perros, pero pocas veces le matan, porque, en dándole un alcance, da de sí aquel hedor tan grande y de tal manera, que el perro se aparta dél atónito e aborrescido y mirándole mal contento, e revuélcase en tierra por desechar de sí aquella infición hedionda que le ha pegado, e vase a buscar el agua, por desechar aquella pestilencia; y esto le tura algunos días. Y cuando alguno de pie o de caballo le toca con la lanza, sube súbito por el asta el hedor, e inficiona el brazo e el hombre e la ropa, e suelta luego la lanza e escupe, e vasca, e no se le quita aquel hedor e asco por algunos días, ni le sabe bien lo que come; e es menester fregar e sahumar la lanza muchas veces, e la ropa, para desechar aquella mala infición e hedor. E asimismo, la silla del caballo queda con la misma infición, e el caballo pierde el comer por algunos días, como más largo se escribirá, en su tiempo, en el lugar alegado,

Un animal pequeño hay en la provincia de Paria, del cual asimismo se dirán más particularidades en su lugar, en la segunda parte destas materias; pero sola una cosa, la más notable dél, quise poner en este depósito; y es que la corriente del pelo la tiene al contrario de los otros animales, porque pasándole la mano desde la cabeza hasta el fin de la cola, es a redropelo, e se le levanta, e llevando la mano al contrario, desde la punta de la cola hasta el hocico, se allana el pelo. Duerme todo el día, si no le recuerdan para darle a comer, e vela toda la noche sin parar, buscando que coma, y anda silvando. Llámanle los indios de la costa de Paria, bivana. El pescado llamado accipensier, solo entre todos los otros, tiene vueltas las escamas al revés, hacia la boca. Por estas variedades es hermosa la Natura, e quiere algunas veces conformar las cosas de la mar con las de la tierra, así como la torpédine con las zorrillas que se dijo de suso, e el accipensier con la bivana. El mismo auctor escribe que ciertas cabras tienen el pelo contra la cabeza, o al contrario, que es lo mismo que dije arriba del animal bivana. Como en otras partes lo he prometido, todas estas cosas e depósitos estarán más copiosa e largamente relatadas en sus lugares e provincias e libros apropriados.

CAPITULO XXXV

De una nueva manera de arma ofensiva que usan cierta gente del río de Paranaguazú, que otros llaman río de la Plata, e llámanse los guaranías.

Por imposible cosa tengo poderse saber ni alcanzar todas las maneras que el arte militar tiene e usan las gentes en sus guerras, así para defenderse de los enemigos como para ofenderlos; y así como ignoramos las nasciones extrañas, así nos son ocultas sus costumbres en la guerra y en la paz. Aquí se porná un depósito, en tanto que llegamos al río de la Plata, e es para mí muy nueva cosa la que diré, y así creo que lo será a otros muchos que más que yo habrán visto e oído.

Tengo averiguado con muchos testigos de vista, que ciertos indios que en el río de la Plata se llaman los guaranías, usan cierta arma, y no todos los indios son hábiles para ella sino los que he nombrado; ni se sabe si este nombre guaranía es del hombre o de la misma arma, la cual ejercitan en la caza, para matar los venados, y con la misma mataban a los españoles, y es desta forma. Toman una pelota redonda de un guijarro pelado, tamaño como el puño, e aquella piedra átanla a una cuerda de cabuya, y tan luenga como cincuenta pasos e más o menos, e el otro cabo de la cuerda átanlo a la muñeca del brazo derecho, en el cual traen revuelta la cuerda restante holgada, excepto cuatro o cinco palmos della que, con la piedra, rodean e traen alrededor, como lo suelen hacer los fundibularios. Mas, así como el que tira con la honda, rodea el brazo una o dos veces antes que salga la piedra, estotros la mueven alrededor, en el aire, con aquel cabo de la cuerda de que está asida, diez o doce vueltas, para que con más furiosidad e fuerza vaya la pelota; e cuando la suelta, en el instante extiende el indio el brazo, porque la cuerda salga libremente, descogiéndose sin algún estorbo. E tiran tan cierto como un diestro ballestero, e dan adonde quieren, a cincuenta pasos e más e menos, hasta donde puede bastar la traílla. E en dando el golpe, va con tal arte guiada la piedra, que así como ha herido, da muchas vueltas la cuerda al hombre o caballo que hiere, e trábase con él de manera, en torno de la persona o bestia a quien tocó, que con poco que tira el que tiene la cuerda atada al brazo, da en el suelo con el hombre o caballo a quien ha herido; y así acaban de matar al que derriban, muy a su salvo del cazador o mílite que tal arma usa.

Dijéronme, por cierta cosa experimentada e vista, que entre más de dos mill hombres que a aquella tierra fueron con el capitán general don Pedro de Mendoza, entre los cuales había muchos sueltos e mañosos, ninguno se halló que cupiese tirar aquellas piedras segund los indios, aunque innumerables veces muchos españoles lo experimentaron; ni lo acertaron a hacer, como más largamente lo escribiré en el libro XXIII, en el capítulo VI, en que esto e otras cosas de aquella tierra austral estarán escriptas.

 

CAPITULO XXXVI

De una ave de rapiña o monstruo de las aves, que caza, en la tierra e pesca en la mar e en los ríos.

De todas las aves que yo he visto o leído que son de rapiña, ninguna me ha dado tanta admiración como una quo se porná aquí en este depósito, y de quien más largamente estará escripto en el libro XIV, capítulo VII. En las islas deste nuestro golfo hay ciertas aves que los españoles las llaman azores de agua, y yo llamo a tal ave monstruo entre las aves. Ni he visto ni oído ni leído otra su semejante ni tan notable entre todas las de rapiña, y muchas veces se ha visto y es notoria en esta nuestra isla Española y en la de Sanct Joan e otras islas. Yo no la he visto; pero supe lo que agora diré, de Pedro López de Ángulo e del capitán Joan de León e del adelantado Joan Ponce de León e otros que la han visto cazar en la tierra e pescar en la mar, e la han tenido en sus manos, los cuales, contestes, me certificaron que es del tamaño de una gavina, e el plumaje cuasi de aquella manera, como blanco mezclado de pardo, y el pico como de gavina e más agudo. Mantiénese de cazar en la tierra y de pescar en el agua. Tiene el pie izquierdo como de ánade o pato, e con aquel se sienta en el agua cuando quiere, e la mano derecha es como de un gran azor o de un sacre; e cuando los pescados salen cerca de la superficie del agua, déjase caer de alto donde anda volando, e con aquella mano de presa apaña algún pez, e a veces se va con él a lo comer sobre un árbol, e otras veces se está asentada en el agua con el pie que tiene como pato, e come su pescado, o se lo va comiendo en el aire, volando. En la tierra se ceba de algunas aves pequeñas, e cuando ésas o el pescado no puede haber, toma lagartijas con que satisface su hambre,

CAPITULO XXVII

De una nueva forma que tienen los indios de la gobernación de la Nueva Castilla en adobar e preparar el pescado e hacerlo cecial sin le echar sal alguna.

Este depósito o nueva leción, me paresce que es una cosa no oída ni vista antes, ni escripta de otra provincia alguna de la forma que en la costa de Sanct Miguel, en la Nueva Castilla, los indios adoban el pescado e lo hacen cecial, sin le echar sal, Y es desta manera: abren el pescado, e cavan en tierra hasta un palmo en hondo, e cúbrenlo allí de tierra, e está así enterrado cinco o seis días, e a cabo dellos sácanlo curado, e sale mejor que el muy buen pescado cecial de Galicia o Irlanda, e tan enjuto; e se tiene después, así, todo el tiempo que quieren, Esto se hace donde he dicho, en la cual tierra nunca llueve; e a donde adoban e curan el pescado como está dicho, es apartado de la costa de la mar cincuenta pasos más o menos.

CAPITULO XXXVIII

En el cual se tracta un caso peligroso e experimentador de la grandísima habilidad que tuvo un vecino en la cibdad de Panamá en nadar, y fué de tal manera, que salvó su vida donde hubiera muy pocos en el mundo que dejaran de ser ahogados, si lo mismo les acaesciera.

En el capítulo XXXII hice memoria de aquel nuevo tractado que un caballero docto ha escripto, llamado Silva de varia lecion, y en la verdad, a mi gusto es una de las que más contentamiento me han dado de las que he visto en nuestra lengua castellana. Y entre las otras gentilezas y admirables casos que han pasado, hace memoria del nadar de un hombre, de donde le paresce que tuvo origen la fábula del peje Nicolao; e trae a consecuencia algunas historias de grandes nadadores, y en especial de un hombre llamado el pece Colan, natural de la cibdad de Catania, en Secilia, e de otros, como lo podrés ver, letor, en el tratado que he dicho. Y esto ha seído causa para acordarme de poner aquí un depósito, en tanto que llegáremos al libro XIII desta parte primera de la General Historia de las Indias, porque allí, en el capítulo XII, lo entiendo escrebir más largo. Supe, y fué así verdad, que a un hombre de bien, llamado Andrea de la Roca, vecino de la cibdad de Panamá, le acaesció un caso que me hace pensar que en el ejercicio del nadar, dejó a este hombre experimentado y aprobado por el mayor nadador que hoy vive ni ha habido grandes tiempos ha. A mi parescer, todo lo que aquel caballero Pedro Mexía escribe en su Silva de varia leción, de aquellos grandes nadadores que allí pone, todo es poco en comparación de lo que agora diré; porque de nadar un hombre por su placer o por nescesidad, hay mucha diferencia a llevarlo atado e arrastrando debajo del agua por la fuerza de un grandísimo animal marítimo, que los tales son de tanta velocidad, que ningún ligero caballo o ciervo en la tierra no es tan suelto ni ligero.

Visto yo he muchas veces en ese grande mar Océano ir una nao cargada de todas velas e con mar bonanza, e largo e recio viento, e tal que en un día puede andar cien leguas e más, e andan los tiburones, e los marrajos, e toñinas, e los dorados e otros pescados a par de la nao, e le dan muchas vueltas en torno, e andan tanto e más mucho que la nao, cuanto un hombre muy ligero correrá más que un niño de tres años; y me paresce que es mucho más, sin comparación, lo que tales pescados corren más que las naos, por muy veleras que sean.

Pues habido esto por máxima, oíd, letor, un caso que en esta materia del nadar es muy extremado y para espantar; y muchos son al presente que saben lo que agora diré, y que ellos y yo conoscemos a este Andrea de la Roca. El cual, como hombre de la mar, tenía cargo, como mayordomo, de andar mirando los indios de la pesquería de las perlas en la isla de Terarequí, que es en la costa de la mar del Sur, a quince leguas de Panamá. Un día, por su placer, quiso ir a pescar, como otras veces, por harponar algún buen pescado desde una canoa, e vido una raya o manta, e tiróle el harpón con una buena asta, e hirió la manta; la cual, incontinente, con la mayor presteza que decirse puede, viéndose herida, se metió para el profundo del agua, e el cordel del harpón, saliendo tras el pescado con el mismo ímpetu, desastradamente, se asió de tal forma al un pie del Andrea, que le arrebató e llevó tras sí fuera de la canoa; e arrastrando le llevó la raya apartado de la canoa más de una legua. E en aquella legua se puede decir que nadó más de quince, porque muchas veces le metió la raya cincuenta e cien brazas debajo del agua, e tuvo tanto esfuerzo e aliento e sentido, que, como era mancebo recio e grandísimo nadador, se supo asir del cordel, para que el pie pudiese, aflojando algo la cuerda, sacarle del lazo en que iba asido. Pero a lo que en esto se pudo alcanzar, segund el juicio de los más, fué que como el harpón se trabó bien con los huesos de la raya, e la herida bastó a la matar, en aquel espacio que corrió arrastrando al pescador, ella, desangrada, se debilitó, e aflojó después su curso, e él tuvo lugar de se desasir e dejar la cuerda. Yo tengo por más cierto que su mañana ni su habilidad dél ni de otro no bastara para dejar de se ahogar, si no fuera socorrido de la Madre de Dios, a la cual, segund él mismo me dijo después, se encomendó tan devotamente como su nescesidad lo requería. E de donde sacó el pie del cordel, a la superficie del agua, subió más de treinta brazas; e se fué nadando hacia donde vido su canoa, más de una legua apartada dél con sus indios, los cuales le recogieron desde a más de dos horas después que la raya le sacó della. Esto pasó el año de mill e quinientos e diez y nueve, donde es dicho.

Y porque podrá parescer dubdoso a muchos poder estar un hombre debajo del agua tanto tiempo, y en especial con tanta nescesidad e trabajo, platicando yo con él en esto, me dijo que más de veinte veces entró debajo del agua e salió encima. Pero a muchos es público en aquella tierra, que todas las veces que este hombre quería estar una hora debajo del agua, lo hacía; mas, como yo no lo he visto, aunque le he tractado e le conozco, no quiero, en esto del tiempo de estar debajo del agua, persuadir al letor que lo crea ni que lo dubde. Mas seyendo, como es verdad, lo que está dicho, por ahí se debe entender la habilidad que este hombre tenía en tal ejercicio.

La manta o raya me dijo que era tan grande como un repostero que estaba colgado en casa del gobernador Pedrarias Dávila, donde estábamos cuando él me informó de lo que es dicho, el año de mill e quinientos e veinte y uno, en la dicha cibdad de Panamá: que por lo menos podría tener dos varas y media de ancho, y tres de caída, que son cuarenta e cuatro palmos en circuito; y así, por esta grandor grande destas rayas, les quitan los marineros su nombre las llaman mantas.

CAPITULO XXXIX

De dos cosas notables de Margarita de Vergara, mujer que fué del historiador destas materias: la una, que nunca escupió, e la otra que en una noche se tornó cana, seyendo muy rubia e hermosa mujer e de veinte e seis o veinte e siete años.

Leyendo esta Silva de varia leción que escribió el noble a muy enseñado caballero Pedro Mexía, honroso varón a su nasción e patria, de la muy noble cibdad de Sevilla, de donde es natural, e de clara e generosa sangre, pero despertador de trabajos míos (que aunque algunos son pasados, no pueden salir de mi memoria en tanto que el ánima estoviere en esta mi flaca e pecadora persona), y éstos se recentaron cuando leí el capítulo XXVIII de su tractado, e topé allí como Antonia, hija de Druso Romano, que en toda la vida nunca escupió. Esto, aunque mucho tiempo ha (e más de cuarenta y cinco años), que lo leí la primera vez, e muchas después en Plinio, nunca lo tuve por tan cierto como después que me casé con Margarita de Vergara, de la cual oso decir, porque hoy viven muchos que la conoscieron que fué una de las más hermosas mujeres que en su tiempo hobo en el reino de Toledo y en nuestra Madrid. La cual, demás de su buena disposición corporal, fué tan acompañada de virtudes, que el menor bien que tenía, fué la hermosura exterior, en que a todas sus vecinas hizo ventaja viviendo. Y como Dios la quiso doctar para la gloria, en que por su misericordia confío que ella está por sus méritos, así, por falta de los míos, la llevó a la otra vida para que yo quedase en ésta sin ella, por un caso que adelante diré, que ni puedo hablar en él sin lágrimas, ni dejar de sospirar por ello en cuanto yo viva.

La auctoridad que este caballero Pedro Mexía dice en su tractado, téngola yo por de Plinio, y así como Otavia nunca escupió, así mi Margarita lo mismo. Y porque su padre e otras personas me lo dijeron, yo estuve todavía dudoso e sobre aviso en tanto que Dios me la prestó (que fueron algo más de tres años), y nunca yo ni otra persona de mi morada la vido escupir. Vengamos a mi desventura y suya, y a la fin que hizo, e a las súbitas canas que le vinieron, y esto también ha acaescido a otras personas. Y en especial me acuerdo que don Diego Osorio fué preso en Sevilla e puesto en la torre del Oro, e dijéronle, o él creyó, que otro día le habían de cortar la cabeza por mandado de la Reina Católica, doña Isabel; y aunque era mancebo y sin tener cana alguna, en una noche se le tornaron los cabellos y barbas tan blancos como un armiño. Esto es muy notorio, e yo lo vi, porque antes que fuese preso le conoscí, y me hallé en la corte paje e muchacho, e le vi después suelto e cano, por lo cual se ponía una cabellera e se hacía la barba a menudo: e ha muy poco tiempo que murió sirviendo de maestresala a la Emperatriz nuestra señora, de gloriosa memoria, estimado mucho por buen caballero e sabio.

Margarita mía, después que nos casamos, se hizo preñada, e a los nueve meses vino a parir un hijo; e fué tal el parto, que le turó tres días con sus noches, e se le hobieron de sacar, seyendo ya el niño muerto: e para tener de donde le asir, porque solamente la criatura mostró la parte superior de' la cabeza, se la rompieron, e vaciaron los sesos, para que pudiesen los dedos asirle, y así salió corrompido e hediondo, e la madre estaba va cuasi finada. El caso es que ella vivió, aunque estuvo seis o siete meses tollida en la cama, muriendo e penando. Mas en aquella trabajosa noche, postrera de su mal parto se tornó tan cana e blanca su cabeza, que los cabellos, que parescían muy fino oro, se tornaron de color de fina plata. Y en verdad mis ojos no han visto otros tales en mujer desta vida; porque eran muchos e tan largos, que siempre traía una parte del tranzado doblada, porque no le arrastrasen por tierra, y eran más de un palmo más luengos que su persona, puesto que no era mujer pequeña, sino mediana y de la estatura que convenía ser una mujer tan bien proporcionada y de hermosura tan complida como tuvo. Y porque ni yo la sabría loar a su medida, ni lo demás sería al propósito de nuestra historia, pasemos a las otras cosas que competan a este libro VI.

 

CAPITULO XL

De un depósito notable e memoria de las cinco naos más famosas que en el mundo, desde su principio hasta nuestro tiempo, se saben, e son, de todas las que ha habido, las más nombradas.

Esto que agora se dirá, tengo yo reservado para tractar dello en la segunda parte desta General Historia, en el libro XX e en el capítulo III. Pero para continuación deste libro de los depósitos, es apropriado y conveniente notable hacerse memoria de las más famosas naves que en el mundo ha habido y de que más memoria se hace. Y hallo yo que son cinco las principales e que a todas las otras preceden hasta nuestro tiempo. La primera es aquella arca que mandó Dios a Noé que hiciese, donde con su mujer e sus tres hijos e tres nueras escaparon del diluvio universal y general, con las cuales ocho personas fué restaurado el linaje humano. Desta arca o nao se nota su grandeza e, forma e navegación e su artificio divino, pues que fué fecho por mandado de Dios, para el efeto que es dicho, y por tanto, es la más noble y la que precede a todas las otras.

La segunda nao fué aquella de Jasón, en la cual fué a la conquista del vellocino del oro, la cual victoria consiguió por medio de los amores de Medea. La tercera nao fué aquella que hizo Sosi, que otros llaman Sisore, rey de Egipto, cuya grandeza fué de doscientos e ochenta cobdos de luengo, de madera de cedro, dorada por de fuera toda, y por de dentro plateada, la cual dedicó al Dios de Tebas. Desta se nota su grand magnificencia e riqueza; pero no su navegación e viajes, pues en eso no hablan. La cuarta nave famosa llamo yo a aquella en que el almirante primero destas nuestras Indias, don Cristóbal Colom, descubrió estas partes e islas, llamada la Gallega, de la cual se hizo mención en el libro II, capítulo y destas historias; de la navegación de la cual se ha seguido plantarse la fe e religión cristianas en nuestras Indias. La quinta nao famosa digo que es aquella nao Victoria en que el capitán Joan Sebastián del Cano bojó o circuyó el mundo; e es la que más luengo viaje hizo de todas cuantas se sabe que hayan navegado hasta nuestro, tiempo, desde que Dios hizo el mundo, pues fué a la Especiería e islas de Maluco, e pasó por el famoso estrecho de Magallanes, e fué la vía del Poniente hasta la dicha Especiería, e cargada della, volvió por la vía del Oriente e tornó a España. Así que, anduvo todo lo que en la circunferencia e redondez del mundo alumbra o corre el sol por aquel paralelo o camino questa nao hizo. Lo cual fué cosa que nunca fué escripta ni vista ni oída, antes ni después, hasta el tiempo presente. Y esto baste cuanto a este depósito, porque mi propósito es en éste variar de historias que siempre se comprehenda en ellas algo del jaez de nuestras Indias.

 

CAPITULO XLI

En el cual se tracta un caso notable del amor que una india tuvo a su marido, e cómo rogó con muchas lágrimas al auctor destas historias que perdonase a su marido (al cual mandó ahorcar), e que ahorcasen a ella. Y pónense otras comparaciones al propósito del amor excesivo que unas personas han mostrado con otras.

En algunas partes destas historias he dicho cuán gratas me son las comparaciones que por buenos auctores yo puedo aplicar o son al propósito de lo que escribo. Aquí cuadra muy bien el intenso amor y entrañable que escribe Valerio Máximo del amor de los casados, donde cuenta que en la casa de Tiberio Graco fueron tomadas dos serpientes o culebras, la una macho y la otra hembra; y los adevinos le certificaron que si dejaba ir al macho y mataba la hembra, que Cornelia, su mujer, moriría desde a pocos días, e que si mataba el macho y dejaba ir la hembra, que él moriría muy prestamente. El tuvo en más la vida de su mujer que la suya misma, e así mandó matar el macho y dejar la hembra. Y por tanto, no sé si Cornelia fué más bien aventurada en tener tal marido, que desdichada en lo perder. E concluye el auctor alegado, que murió Graco desde a poco, e su mujer quedó viva. Sanct Augustín escribe que un amigo suplicó e demandó a un príncipe que, le matase con su amigo que él mataba.

Estando yo por capitán e justicia en la cibdad de Sancta María del Antigua del Darién, el cacique de Vea e sus indios mataron al capitán Martín de Murga, a quien estaban encomendados e le servían, e sobre seguro e buena amistad fengida, así al capitán como a otros cristianos, los mataron estando comiendo, habiéndoles mostrado mucho amor e fécholes buen acogimiento. E desde a pocos días se rebeló otro cacique de la comarca, llamado Guaturo, e se confederó con los malfechores, e tenían acordado de venir sobre aquella cibdad, e quemarla, e matar a todos los cristianos que allí vivíamos.

Este cacique de Guaturo tenía un capitán que se llamaba Gonzalo, y era baptizado, aunque no de buena voluntad, segund paresció por el odio que en su pecho tenía con el nombre cristiano; pero era muy valiente, e el cacique no hacía más, ni su gente toda, de lo queste capitán Gonzalo quería e mandaba. Y como yo tuve noticia de su rebelión, salí a buscarlos, como más largamente se dirá en la segunda parte, en el libro XXIX, capítulo XVI. Y dime tal recabdo, que los prendí con par e de su gente en una sierra muy áspera donde estaban alzados. E en un monte que llaman el cerro de Buenavista fué ahorcado aquel capitán Gonzalo, porque era en un paso, e cerca de las lagunas de Vea, donde habían muerto al capitán Martín de Murga e otros espa ñoles que con él padescieron. Y al tiempo que se estaba fijando la horca, la mujer de aquel capitán Gonzalo, con muchas lágrimas, me estuvo rogando que ahorcase a ella y perdonase a su marido. Y desque vido que yo negué su petición e la justicia se ejecutó en él, comenzó a me rogar e importunar mucho, e dijo que, pues no había querido hacer lo que me había pedido, que, a lo menos, le concediese que en la misma horca quedase ella con su marido ahorcada de la una parte, e que de la otra pusiesen dos hijos que tenían, muchachos de ocho hasta diez años, e que a par della se pusiese colgada una niña de cinco o seis años, su hija. E como vido que yo respondí que no se había de hacer, e que ella ni sus hijos no tenían culpa ni habían fecho por que muriesen (y en la verdad, yo quisiera que este indio fuera tal, que se pensara que habría enmienda en él; pero los españoles que allí se hallaron, todos decían que con la muerte de aquél se aseguraba la tierra), así como la lengua o intérprete le dió a entender lo que yo decía, e que no quería que esta mujer ni sus hijos muriesen como ella decía, ni les fuese fecho mal, cesaron sus lágrimas e limpióse los ojos e dijo: "Capitán, sábete que yo consejé a mi marido que hiciese rebelar al cacique y que matase a todos los cristianos, y que y o tengo más culpa que todos, e mi marido en todo se consejaba conmigo e no hacía más de lo que yo le decía." Y como su deseo era morir e no querer vida sin su marido, e conoscí que ella se levantaba aquello por complir su deseo e dar al diablo su ánima, no quise venir en aquellos partidos, e proseguí mi camino dando la vuelta para el Darién, donde se hizo la misma justicia del cacique, con lo cual se aseguró la provincia.

Pero es de notar que, después que aquella mujer vido que no pudo conseguir sus peticiones, tornó a sus lágrimas primeras; e visto que los indios de aquella entrada yo los mandé repartir entre los españoles que en esto se hallaron, como se dió cargo a dos hidalgos que hiciesen el repartimiento, cupo la india e su hija a un compañero, e, los muchachos, sus hijos, a otros, entonces, la madre, dando gritos, vino a mí e me dijo estas palabras: "¿Tú, señor, no me dejiste que yo ni mis hijos no teníamos culpa? Pues si eso es así ¿por qué me quitas mis hijos e los das a otros, e los apartas de mí?" Entonces yo tuve forma como ella e sus hijos e hija quedasen con un dueño y en un buen vecino de aquella cibdad, porque fuesen bien tractados. Grande amor fué el que mostró tener esta mujer a su marido, y, como ella lo dijo muchas veces, el que tenía a sus hijos, no era por haberlos parido ni ser su madre, sino por haberlos engendrado su marido, a quien ella tanto amó.

Tornando a Valerio Máximo y a lo que dice que los adevinos le pronosticaron de las culebras, pues la vida consistía en el soltar y no matar, y la muerte dél o de su mujer, en la cuál quisiese matar, yo las soltara ambas si los auríspices no dijeron que forzadamente había de morir el uno de los dos, y que aquella eleción de cuál dellos sería estaba en su determinación.
Pasemos a otras cosas.

CAPITULO XLII

De un notable depósito e comparación de las crescientes y menguantes del río de Huyaparí con el Nilo.

Del río Nilo escribe Isidoro en sus Ethimologías, que inunda e riega la tierra del Egipto e la hace fecunda. Lo mismo dice en su Natural Historia Plinio, e que así es por su causa fértil el Egipto, e que segund sus crecientes, así es el año más o menos abundante o estéril. Un depósito quiero aquí poner de otro río que hay en estas nuestras Indias muy poderoso, que es muy semejante en sus crecientes al Nilo. De lo cual yo he visto e hablado a muchos testigos de vista que dicen lo que aquí diré, y aun algunos dellos están en esta nuestra cibdad de Sancto Domingo de la isla Española, hombres de crédito. Pero más largamente se tractará esto en el libro XXIV de la segunda parte destas historias, en el capítulo III, donde se hace mención del gran río llamado Huyaparí, e de lo que per él navegaron nuestros españoles con el capitán Diego de Ordaz; el cual cresce e mengua veinte estados o brazas; e comienza a crescer en el mes de mayo, e lo continúa hasta el mes de octubre, e de ahí adelante abaja, menguando por la misma orden, hasta el mes de mayo. Así que, cresce seis meses e lunas, e otros tantos mengua; en tal manera, que una nao en que fueron con la cresciente, la dejaron en un estero junto al dicho río, e después la hallaron en seco más de dos leguas y media dentro en tierra, en una sabana o campo, que apenas se parescía la nao entre la hierba. Y para llegar hasta allí había ido por encima de los árboles. Y desde ella, subiendo el río arriba, cogían la fructa dellos, e cortaban ramas para poder pasar.

Cuando este río cresce, anega los campos de ambas costas, hasta muy cerca del pueblo llamado Arvacay. E cuando mengua el río, van los indios tras el sembrando hasta que está en su curso; e desque va cresciendo, van ellos comiendo desde lo postrero que sembraron, hasta venir o lo que está a par o más cercano de sus casas. E así usan de las simientes en su agricoltura como ven que les conviene e deben ser tardías e tempranas en sus géneros, segund el tiempo que tienen e les queda para gozar dellas.

Y por imitar más este río al Nilo, se crían e hay en él muchos lagartos o cocatrices de veinte pies o más de luengo. E llámolos cocatrices, porque mandan e mueven tan fácilmente la mandíbula alta como la baja. Otras muchas cosas de decir deste río, para en su lugar, que son muy dignas de saber e son anejas a las historias de la segunda parte e proprias del libro XXIV.

CAPITULO XLIII

En el cual se tracta de la diversidad de las lenguas destas Indias, islas e Tierra Firme del mar Océano.

Un caballero llamado Pedro Mexía, natural de la cibdad de Sevilla, de noble progenie y varón docto (que al presente vive), en un su tractado intitulado Silva de varia leción, pone un capítulo, y es el XXV de la primera parte, y dice cómo al principio del mundo todos los hombres hablaban una lengua, y cuál lengua fué ésta, e por qué vino la confusión de las lenguas, e qué tal e dónde fué la torre de Babilonia; e que si dos niños se criasen, sin les hablar nada, cuál lengua se cree que hablarían. Y de todo lo que es dicho, da suficientes y verdaderas razones y aprobadas auctoridades, con la Sagrada Escriptura e otros autores graves y auténticos, en lo que dice. Bien he visto yo lo que en esta materia se tracta en el Génesis que él alega, y asimismo lo que el Isidoro en sus Ethimologías nos acuerda, donde dice: "Linguarum diversitas exorta est in aedificatione turris, post diluvium". Y afirma este doctor sancto que fué una sola lengua la que todos los hombres hablaron antes de la fundación de aquella torre de Babilonia; y muchos auctores tienen que el número de las lenguas fué septenta e dos, con que se dividieron los hombres en aquel edificio e torre que labraban, e desde allí se extendieron, por el número que es dicho, en otras tantas cuadrillas o capitanías como fueron las dichas septenta y dos lenguas. Sanct Agustín dice que la lengua primera, antes del diluvio, fué hebrea, e que aquesta quedó en el número de las otras en la división que es dicha, e permanesció en los progenitores de Heber, del cula se llamaron hebreos.

Dejemos todo esto: que para el depósito que este capítulo es a mi propósito, solamente es este número de septenta e dos leguas de las cuales, segund la verdad lo permite, hobieron origen todas las que al presente hay en el mundo; que me paresce a mí que son incontables, así por la distención en que el Isidoro las va discantando e particularizando en sus Ethimologías, en el libro IX de suso alegado, así como la hebrea e latina e griega, ática, dórica, jónica, eolia, prisca, siria, caldea, puesto que estas dos últimas consuenan con la hebrea, porque le son vecinas. Dice más este doctor: que destas septenta e dos leguas se hinchieron, cresciendo, todas las provincias e las tierras, así de hebreos como de caldeos e batrianos e scitas e etiopios e egipcios e áfricos e fenices e sidonios, etc.": que me paresce que es mucho más número que de las septenta y dos lenguas. Pero, puesto que para excluir o desechar mi opinión (cuanto a ser el número que al presente hay en el mundo muy mayor e incontable), quieran decir que todas esas lenguas que exceden o son más de septenta y dos, son miembros o partes que descienden e son ramos dellas, así como la lengua italiana e la castellana, que son descendientes e salidas de la lengua latina ¿qué podremos decir a las lenguas tan diferenciadas e apartadas unas de otras que hay en estas nuestras Indias, donde no se entienden más, ni tanto, los indios de una provincia con los de la otra, de lo que se entiende un vizcaíno con un tudesco o con un arábigo? Cosa es maravillosa que en espacio de una jornada de cinco o seis leguas de camino, y próximas y vecinas unas gentes con otras, no se entienden los unos a los otros indios, como más largamente por estos tractados e General Historia de Indias podrás llenamente, letor, informaros, y podéis creer que, segund la innumerable generación destos indios, estas diversidades de sus lenguas han seído las principales armas con que los españoles se han enseñoreado destas partes, juntamente con las discordias que entre los naturales dellas continuamente había. Porque de otra manera, imposible cosa fuera, a mi ver, haber podido sobjuzgar e traer a la obediencia e a la unión de la república cristiana tanta parte destas generaciones en tan apartadas regiones de nuestra Europa.

La primera lengua con que el primero Almirante, don Cristóbal Colom, descubridor destas partes, topó, fué la de las islas de los Lucayos; e la segunda la de la isla de Cuba; y la tercera la de esta isla de Haití o Española, De las cuales, ninguna se entiende con la otra, Esto en el primero viaje y en el segundo que el Almirante hizo a las Indias. Después, cuando descubrió la gran costa de la Tierra Firme e de los caribes, topó e vido otras lenguas muchas e muy diferentes entre sí, así como las de los caribes flecheros, e otras naciones que allí hay, diferentes en las lenguas y en los ritos e cerimonias e en sus creencias e costumbres, en tanta manera y en tantas partes, que lo que está visto hasta el tiempo presente es incontable, y lo que está por ver e saberse es muy a la larga, e para que los venideros tengan mucho más que escrebir de lo que yo he podido comprehender destas materias. En la lengua que llaman de Cueva, que es gran provincia, hay muchas diferencias de vocablos; y sin esa lengua, de las que yo he visto por la Tierra Firme, hay lengua de Coiba, lengua de Burica, lengua de Paris, lengua de Veragua, Chondales, Nicaragua. Chorotegas, Oroci, Orotiña, Guetares, Maribios, e otras muchas que por evitar prolijidad dejo de nombrar, e porque más por extenso se hallarán en estos mis tractados. Las cuales todas pienso yo que son apartadas del número de las septenta y dos (puesto que creo que de alguna o algunas dellas hobieron principio).

Y también no dubdo que muchas, después de la torre de Babilonia hasta agora, se han inventado e acrescentado por los hombres, y que les es natural esa invención, como lo dice Pero Mexía en el capítulo alegado de su Silva, que los niños paresce que con nuevos vocablos piden e quieren sinificar algunas cosas, y aun como lo vemos entre la gente rústica, que los aldeanos paresce que usan otro lenguaje diferenciado de la gente cibdadana de donde son sufraganos, Pues si los rústicos domésticos con su rubsticidad, y los niños con su inocencia, y aun los mudos con sus señas, se esfuerzan a ser entendidos por nuevo lenguaje, o apartado y diferente, de pensar es que los que tienen habilidad e los hizo Dios de altos ingenios, que habrán constituido nuevas formas de hablar para ser entendidos y entenderse con los suyos, y para que no los entiendan los extraños o sus adversarios; y de aquesto han resultado las cifras y nuevos caracteres e vocablos, para huir de las cautelas e asechanzas de los enemigos, o para haber victoria dellos e enseñorearlos.

Y como la malicia de los humanos sea tan grande y el mundo lleno dellos y della, de pensar es que esta gente infiel, y en quien el demonio ha seído señor por tantos siglos, les haya enseñado con el tiempo, gozando de tantas ánimas, esas diversidades de lenguajes, hallando aparejo tan manifiesto e abierto para los engañar, e estando estas gentes tan faltas de defensas hasta nuestro tiempo, en que Dios los ha querido socorrer con la lumbre de su sagrada fe, en la cual plega a él que siempre se aumente la religión cristiana. Y esto baste cuanto a las lenguas de los indios, así tocado en general, pues que, como quise sinificar de suso, más puntualmente se hallará en esta General Historia de Indias, en sus discursos e partes apropriadas a esta materia.

CAPITULO XLIV

De ciertos capitanes memorables en el mundo por el mucho valor de sus personas, y todos ellos tuertos.

Como en otras partes deste libro VI o de los depósitos he dicho y fecho mención de un tractado nuevamente copilado y escripto por el muy enseñado y docto caballero Pedro Mexía, natural de la poderosa e insigne cibdad de Sevilla, el título del cual es Silva de varia lección, yo hallo que el mismo nombre podemos dar a éste, en que yo tracto destos depósitos e Historias de Indias. Y porque entre las cosas que aquel caballero memora de cosas notables que de una misma manera acaescieron (más en tinos lugares que en otros y a unas tierras y hombres, como más largamente lo expresa), toca ciertos capitanes e dice así: "Fueron excelentes capitanes Aníbal Cartaginés, y el rey Felipe, padre de Alexandre, y el rey Antígono, padre de Demetrio, e Sertorio romano, e Viriato español, y en nuestros tiempos Federico, duque de Urbino, e aun algunos dellos se parescieron en las condiciones y maneras en la guerra, y en una cosa quisieron ser todos iguales: que todos fueron tuertos e perdieron el uno de los ojos por desastre. Y también los pudiera hacer siete, si se ha de dar crédito a aquel tractado intitulado Suplementum chronicarum, el cual dice que Ligurgo, príncipe de Lacedemonia, prohibía en sus leyes que no se tuviese mucha solicitud en allegar riquezas; y por esto dicen algunos que todos los ricos se levantaban contra él, y rescibió dello muchas injurias, de manera que le sacaron un ojo. Así que, si Ligurgo fué tuerto, no sé cómo le olvidaron, pues que fué uno de los señalados varones del mundo." A este propósito de tuertos, digo yo que pudieran muy bien memorar, con los grandes capitanes tuertos que ha dicho este auctor, a otro nuestro español, igual a ellos en la desdicha, que perdió el un ojo en una batalla de que quedó vencedor, el cual es el adelantado don Diego de Almagro.

Pero a los seis famosos tuertos que es dicho, este seteno hizo mucha ventaja en dos cosas, en especial: la una, que pasó mayores y más excesivos trabajos que ninguno de los que dicho, en sus empresas, y las comportó e se hobo en ella, como valeroso capitán, aunque fueron de mayores peligros e nescesidades en estas India, que las que Catón ea Africa experimentó: y la otra en que precedió y hizo ventaja a los que es dicho y a otros. fué en que su liberalidad e franqueza fué tan grande, que jamás consintió que se le pasase día sin hacer mercedes (después que tuvo posibilidad para hacerlas), ni que hombre alguno del mundo se partiese dél descontento, si menester había su socorro. E aun sin se lo pedir, era tan continuo en el dar, que contaba por perdido el tiempo en que no se le ofrescía ocasión para repartir lo que tenía con sus mílites e amigos, presentes e ausentes, e con todos aquellos que él podía ayudar. E dejados los reyes aparte, que pueden e suelen dar estados e provincias e vasallos a quien los sirve e les plasce, con los cuales yo no le pienso comparar en algunas particulares e grandes mercedes, así como las que hizo el rey don Joan segundo de tal nombre en Castilla, a don Alvaro de Luna (que le hizo condestable de Castilla e maestre de Sanctiago, e le dió muchas villas e castillos para él e sus herederos), e el rey don Enrique IV, su hijo, que hizo a don Joan Pacheco marqués de Villena e maestre de Sanctiago, e a don Beltrán de la Cueva duque de Alburquerque e conde de Ledesma, y así podría decir de otros príncipes que hicieron señores a otros; pero torno a decir que en una cosa este adelantado me paresce que a los modernos e antiguos hizo ventaja: en lo que dió de contado a muchos en oro, e plata e joyas, e más ordinariamente, eso que la vida le turó, después que, como he dicho, el tuvo que dar. Y digo después que tuvo, porque yo le vi pobre compañero e sin oro ni plata; e después sus cosas subcedieron de manera que él e su compañero, el adelantado don Francisco Pizarro, llegaron a tanto, que en el mundo no se sabía (ni pienso que había) otros dos varones, que reyes no fuesen, tan ricos, ni que tanto oro e plata pudiesen dar a quien les pluguiese. Y de estar en sus personas tan diferentes y desproporcionadas voluntades y condiciones, tanto cuanto fueron amigos y conformes seyendo pobres, tanto y más fueron enemigos en su prosperidad, y el uno tan escaso como el otro liberal. Así, mediante sus diferencias y malas lenguas de terceros que entre ellos se mezclaron, el uno y el otro hicieron malos fines, como la historia más largamente lo contará en la tercera parte destas materias, donde cuadrarán más al propósito los subcesos de cada uno dellos. Lo que aquí se ha dicho, solamente lo trujo a mi memoria el número de los tuertos (que el auctor susodicho hizo de seis) varones notables, y porque este adelantado, sin dubda alguna, es muy digno de ponerle en el número de tan señalados capitanes e príncipes tuertos por el seteno u octavo. Y dado que la infelicidad de su muerte fue causada por sus enemigos, e más por envidia que por culpa ni méritos de su persona, murió como católico, con pregón de justicia muy injusta, y sin ser juez para condenarle quien le dió, la muerte que después han otros escotado, y aun se espera que alcanzará a más personas.

CAPITULO XLV

De ciertos notables que el historiador pone aquí en depósito, hasta que en los libros e partes que convenga, se escriban más largamente, que son semejantes a lo que muchos auctores han tocado; y uno, en especial, de las guaraníes, que es arma nunca vista ni usada en otras partes, sino donde el auctor la pone en estas Indias; ninguno ha escripto de tal arma.

Muy a mi gusto ha seído un tractado que se dice Silva de varia leción, que poco tiempo ha salió impreso por la vigilia e diligencia del docto e noble caballero Pedro Mexía, el cual dice en la segunda parte, capítulo XXIV, que un Dionisio, hijo de Júpiter y de Proserpina, fué el primero que domó toros, segund Diodoro Sículo, e que segund Plinio, en su Natural Historia, fue Briges, natural de Atenas, e otros tienen que Triptolemo. Y a este propósito dice Pedro Mexía que no debió ser uno, sino que el ingenio y nescesidad humana, en diversas partes lo halló e imaginó; de manera que unos fueron inventores en unas partes y otros en otras, y así, dice Trogo Pompeo que Abides, rey que fué de España, comenzó a domar toros e a arar con ellos. Todo esto dice este caballero alegando los auctores que es dicho. Parésceme tan bien su opinión, en decir que en diversas partes fueron diversos los auctores o inventores, que no solamente lo creo en lo que dice, mas así lo tengo creído en otras cosas. Y a este mismo propósito, quiero yo decir aquí lo mismo en lo que escriben de los inventores de las flechas y de las hondas. Y no quiero creer a Plinio, que dice que Scythe, hijo de Júpiter, halló el arco y las saetas, y otros las atribuyen a Perseo, y que el dardo con amiento le inventó Etholo, hijo de Marte. Las velas, dice asimismo Plinio que halló Icaro para navegar; e el árbol y entenas, Dedalo,

Yo veo que en estas nuestras Indias, (que no es menos antigua tierra en su creación, ni más moderna gente que esos inventores que se han nombrado de suso), en muchas partes, acá, son comúnmente flecheros los indios, y no se puede probar ni se debe creer que lo aprendieron de Scythe ni de Perseo. E asimismo tiran muchas varas con amientos, y aun algunos señores los traen de oro, e otros de plata, y no lo aprendieron de Etholo. Y asimismo, los indios, en algunas partes usan en sus navíos o canoas e piraguas traer árboles e entenas e velas, sin que los haya enseñado Icaro ni su padre Dédalo. Vegecio dice que los de Mallorca fueron inventores de las hondas, y asimismo lo dice Isidoro en sus Ethimologías que los de las islas Baleares fueron inventores de la honda, que son los mismos mallorquines. Yo veo que en muchas partes destas nuestras Indias es común arma la honda, y no se podría probar, ni tampoco es de creer, que tal ejercicio le supieron acá de los de Mallorca. Mas tengo por cierto que de aquella arma llamada guaranía que los indios usan en las comarcas y costas del río de Paranaguazú (alias Río de la Plata), nunca los cristianos la supieron ni leyeron, ni los moros la alcanzaron, ni los antiguos hobieron della noticia, ni se ha oído ni visto otra en todas las armas ofensivas tan dificultosa de ejercitar; porque, aun donde los hombres la usan, los menos son hábiles para la ejercer. Y pues ya se dijo su forma, y qué cosa son estas guaranías, en el capítulo XXXV, no quiero tornarlo aquí a repetir, por no cansar al letor con una misma leción.

CAPITULO XLVI

De un notable, mucho de notar, de la mudanza de los tiempos en esta cibdad de Sancto Domingo e isla Española, y aun en las otras partes destas Indias que se han poblado de los cristianos.

Estas tierras que los cristianos en estas Indias han hollado, habitándolas, como es notorio a todos los que ha algún tiempo que por ellas andamos (puesto que desde el año de mill e cuatrocientos noventa y dos hasta este de mill e quinientos cuarenta y ocho, no son más de cincuenta e seis años, y yo vi a Colom, primero Almirante y descubridor destas partes, y a los más de los primeros pobladores, digo de los principales hombres que acá pasaron entonces, y aun de los que han venido después con cargos e oficios más señalados), muy trocadas las veo en aquellas provincias por donde yo he andado, y cada día lo están más, en cuanto a los temporales del frío y de la calor, y cada día, cuanto más van e más corre el tiempo, tanto más templada o menos calor hallamos; y en esta opinión todos, comúnmente, los españoles que algún tiempo por acá viven, son conformes e lo dicen.

Yo he platicado con algunos hombres doctos y naturales sobre esta materia, y en lo que concluyen es que así se va domando y aplacando la región y riguridad della con el señorío de los españoles, como los indios y naturales hombres y animalías y todo lo demás desta tierra. Y es muy natural y razonable cosa y evidente que así sea, porque, como esta tierra es humidísima, y no era así hollada ni abierta, sino muy arborada y emboscada, y con tanto curso de años poseída de gente salvaje, siempre se aumentaban los boscajes, y sus caminos eran como sendas de conejos, o muy raros había que caminos fuesen. Sus edificios de pocas maderas para agotar tales espesuras; ningunos ganados tenían por granjería, y si algunos había en la Tierra Firme, era solamente en el Perú, de aquellas ovejas grandes de que hace mención el libro XII, cap. XXX.

Mas, después que la palabra evangélica (desde el tiempo que digo), acá fué repredicada, han seído tantas e tales las granjerías y edificios y la moltitud de los ganados, que se ha abierto y desabahado e tractado de tal manera la tierra, y en especial esta isla, que como solían hallar las maderas para fabricar los templos e casas a par desta cibdad, es menester agora traerlas de doce y más leguas, y con mucha costa. Pero dejemos esta manera de madera; sino que de la común para el fuego ha seído tanta la que han gastado y gastan los muchos ingenios de azúcar, que no se puede creer sin lo ver; y como la solían tener a la puerta, agora la van a buscar lejos, e cada día la han de buscar y hallar más apartada de los ingenios e casas del azúcar.

Los ganados, en especial el vacuno, son poderosos animales, e sus alientos e grandes rebaños rompen el aire e le aclaran, e abren mucho los vapores, y hay, como he dicho en otra parte, hombres en esta cibdad de a veinte e veinte e cinco mill cabezas de aqueste ganado, y de aquí para abajo, de quince e doce e diez mill; y así abajando, de tal forma que el que tiene mill e dos mill cabezas, cuasi no le cuentan ni han por del número de los que se llaman ricos de ganado. Y demás de lo doméstico, es incontable el ganado que se ha hecho salvaje, así de vacuno como de puercos y caballos (de que hay asimismo mucha cantidad doméstico), que todos estos discurren por unas partes y otras. Allende de lo cual, las otras haciendas y heredamientos del campo de los vecinos de la cibdad e de todas las villas e poblaciones desta isla, donde hay todo lo que es dicho, hallan estos que en esta materia platican, que es mucha causa de adelgazarse los aires e purificarse, y de domarse la tierra, como antes dije. Dice Plinio, hablando en el obelisco de Campo Marcio, por donde los ro manos conoscían en la sombra las horas del día, estas palabras: "Mallio, matemático, acrescentó encima una pelota dorada, en la cual summidad la sombra se recogiese en sí mesma, segund los varios e diversos incrementos, los cuales echa la más alta parte; lo cual, como dicen, entendieron de la similitud de la cabeza del hombre. Aquesta observación del día, de treinta años acá, no muestra la verdad; o porque el curso del sol no sea aquel mismo, mas que se haya mudado por alguna razón del cielo, o porque la tierra universalmente se haya alguna cantidad movido de su centro, como yo oigo, que aun en otras regiones se comprehende." Todo lo dicho es de Plinio. Al propósito desta mudanza, aplicando lo que es dicho con los temporales de aquestas nuestras Indias, quiero decir en este capítulo un notable, que aunque no es para todas las gentes o gustos de los que no leen, o no son dados a la contemplación de las cosas naturales, me paresce a mí que es un paso para mirar e atender en él con espíritu sotil, y aun de los avisados o expertos en el estudio de los movimientos celestes; pues que yo y otros que somos faltos desas letras y curso de estrólogos, lo vemos aquí continuar y aumentarse de día en día más y más; y es que de los tiempos atrás después que estas partes cristianos las conoscen (que es breve dilación), hasta el presente, hay mucha diferencia, y tanta que cuasi ya aquí, en esta cibdad de Sancto Domingo de la isla Española, no traemos menos ropa a cuestas que en España traeríamos o allá se trae. Y en los meses de octubre y de noviembre, que hay aguas y corre el viento norte, no sabría mal el zamarro algunos días a quien lo toviese, ni otro enforro de los que en el invierno en Castilla se usan; puesto que aquí vivimos diez e ocho grados, desta parte de la línia equinocial, e no menos.

Y no solamente en esta cibdad, pero en la Tierra Firme, en Nicaragua, que está en trece grados, y en la cibdad de Panamá, que está en ocho y medio, es grandísima la diferencia de cómo estaba aquella tierra cuando se comenzó a poblar de españoles, a como está agora. Y lo mismo digo de la cibdad del Darién, de como la hallaron el adelantado Vasco Núñez de Balboa y el bachiller Enciso y los que allí se avecindaron primero, a cómo estuvo después, cuando se despobló el año de mill e quinientos e veinticuatro, y hablase comenzado a poblar el año de mill e quinientos y nueve. Así que, en quince años que fué tractada, estaba tan mudada y trocada, que era muy grande la diferencia y aun la salud de los vecinos mucho más asegurada, como la experiencia lo mostró a los que vimos lo uno y lo otro. Y aunque yo no me hallé al principio, oí a los primeros, e puedo testificar desde el año de mill e quinientos e catorce, hasta que fué despoblada, por mi mal y de otros muchos. Sea Dios loado por todo.

CAPITULO XLVII

De ciertas aves que no ponen más de un huevo, y hay muchas dellas.

No me paresce que es de poner en olvido un notable depósito que aquí se porná, hasta que más largamente, en un capítulo especial, se diga en el libro dirígido a las aves. Ni para los que no lo han visto será de poca admiración oír que hay aves que no ponen más de un huevo. De las cuales nuestros españoles vieron e comieron muchas en la isla de Sancto Tomé, como más largamente adelante, en el libro XX de la segunda parte destas historias, en el cap. II, se escribirá, cuando se tracte del viaje de la Especiería.

Y sin dubda es gran novedad, porque por la mayor parte y más común y más generalmente, las aves ponen dos huevos, o muchos (digo de aquellas que no son domésticas), sino que en cierto tiempo se anidan para aumentar su ralea o generación, así como las palomas e otras aves que andan pareadas, e como los papagayos; porque, aunque estos e las palomas andan en bandas e muchas en compañía, allí, aunque sean muchas o pocas, siempre andan de dos en dos, macho e hembra. Otras veces hay que ponen más y más huevos, uno a uno y en diversos días, y llegados a cierto número, crían sus hijos, así como las golondrinas y los tordos y vencejos e otros. E otras aves hay que multiplican más e sacan de una nidada muchos, así como las perdices y aun nuestras gallinas caseras, ánsares e ánades. Pero poner solo un huevo e no más, e aquél sacarle, no lo he oído sino de las que he dicho de la isla de Sancto Tomé y de otras que hay en esta nuestra isla Española que los indios las llaman papaícios.

Estas que llaman papaício, son aves nocturnas, y las que primero se dijo de la isla de Sancto Mateo, no son noturnas; pero las unas e las otras son aves de agua e que se mantienen de pescar, y son de patas semejantes a las ánades o ansarones, pero, como es dicho, desemejantes en sus crías; porque los ánsares e ánades ponen muchos huevos uno a uno, e después que han acabado de poner, sacan sus pollos, como las gallinas e los pavos e otras muchas aves que guardan tal costumbre o manera en su aumentación; mas, poniendo un solo huevo, no lo he oído jamás sino de aquellas aves de la isla de Sanct Mateo y destas que he dicho que hay en esta nuestra isla Española.

CAPITULO XLVIII

En que se tracta del remedio que nuevamente e de poco tiempo acá es hallado para curarse las heridas de las flechas con hierba con que tiran los indios, que hasta saberse este secreto, era incurable, e por la mayor parte todos o los más morían, como por estas historias está probado. E dícese la manera por donde la clemencia divina permitió que este remedio se supiese,

Los que han leído, no ternán por cosa nueva en los sueños haberse notificado e revelado muchas cosas que después el tiempo, saliendo verdaderas, les dió auctoridad. Esto, de muchos tiempos está escripto, así como del sueño de Hécuba, que soñó que paría un fuego que quemaba a Troya, e estaba preñada de su hijo Paris. E así fué él suficiente tizón para la ruina de Troya, pues por haber robado a Elena, mujer del rey Menalao, se movieron los príncipes de Grecia para su destruición. Asimismo, del sueño del rey Astrage se escribe que soñó que del cuerpo de su hija e heredera nascía una parra o sarmiento cuyos pámpanos hacían sombra a toda la Asia. Y sus adevinos, interpretando este sueño, le dijeron que significaba que su hija pariría un hijo que le había de quitar el reino, y así se, cumplió; porque Ciro, su nieto, le quitó el reino, como más largo lo escribe Justino en la Abreviación de Trago Pornpeyo. Cuando hobo de nascer el Dante, famoso poeta, su madre soñó que estaba en un verde e florido prado, a par de una fuente cristalina, e que debajo de un laurel paría un hijo, el cual, con los granos e fructa de tal árbol e con el agua de aquella fuente, un tiempo se criaba, e en breve crescía e era pastor; e queriendo tomar de las ramas del laurel, caía e súbito se levantaba, no hombre, mas convertido en pavón. Este sueño interpreta Joan Bocacio, y más largamente Cristóforo Landino en el comento que hizo sobre la comedia del Dante; y dice que el pastor se entiende por la filosófica e teológica doctrina, e las plumas del pavón, por el ornado poema del Dante, e la fuente e el lauro, por la encumbrada e alta poesía. Y desto no se debe maravillar ninguno, porque muchas veces e en varias regiones e siglos han acaescido prodigios que han pronunciado la excelencia de alguno que esté por nascer. De Marón se lee que su madre, una noche antes que le pariese, soñó que paría un ramo de laurel, e que en breve tiempo crescía lleno de flores e fructa. También se lee en la historia del glorioso Sancto Domingo, cómo su madre soñó, estando preñada dél, que paría un perro manchado blanco e negro, con una hacha ardiendo en la boca; y la pronosticación que con obra resultó de su sueño, fué la predicación deste sancto doctor, lumbre e resplandor de la fe católica, e fundador de la sagrada Orden de los Predicadores de la verdad evangélica contra la herejía e apostasía. E el perro se entiende por la fidelidad que este animal tiene, en excelencia sobre todos los otros animales irracionales, con su señor; y la color dél, blanca y negra, denota el hábito desta religión: lo blanco significa la limpieza e castidad, e lo negro la firmeza e constancia de la católica perseverancia que en la cristiana república este bienaventurado tuvo, e la que tienen todos los que le siguen.

Mas, lo que aquí paresce que cuadra con lo que propuse primero del remedio contra la hierba, es el sueño de Alexandre Magno, del cual dice Quinto Curcio que, combatiendo con los del reino de Sambi, aquéllos traían las espadas entosicadas, e al que herían, moría súbito, o muy presto, sin poder los médicos comprender la causa, siendo la herida ligera o pequeña. Herido así Tolomeo, estaba Alexandre con mucha pena por ello, porque le quería mucho, y aun porque se sospechaba que era su hermano e hijo del rey Felipo. Vencido Alexandre de un sueño profundo, cuando despertó, dijo que en visión le paresció la imagen de un dragón, el cual traía en la boca una hierba e se la daba para el remedio del venino, e refería la color e forma de la hierba, e afirmaba que la conosceria si le fuese traída; la cual se halló, porque muchos la buscaban, e hízosela poner sobre la llaga, e súbito le quitó el dolor, e en breve tiempo sanó. En el mismo caso habla Justino, e dice que arribando Alexandre a la cibdad del rey Ambigero, aquellos cibdadanos fabricaron saetas avelenadas, y usando dellas, entre otros heridos fué Tolomeo herido de tal manera, que ya parescía que era muerto; e que le fué enseñada al rey Alexandre (dormiendo) una hierba para el remedio del venino, la cual venida, encontinente, fué Tolomeo librado. Con tal remedio fué salva la mayor parte del ejército de Alexandre. Aunque estos auctores paresce que discrepan en la manera de la historia, ambos concluyen que el aviso por donde este remedio de tal hierba se supo, fué el sueño de Alexandre.

Pues de otro sueño de un hidalgo nuestro, español, quiero yo poner aquí un notable que me paresce que procedió de la misericordia divina. Pues que hasta se saber lo que aquí se dirá, han peligrado e son muertos muchos españoles con la hierba de los indios flecheros, llamados caribes, y los que han padescido, por la mayor parte murieron haciendo vascas e rabiando, mordiendo sus proprias manos e brazos, e muy cruelmente. Y este bien y socorro que Dios ha enviado para esto, se supo desta manera: estando el año que pasó de mill e quinientos e cuarenta años en la isla de Cubagua un hidalgo, natural de la villa de Medina del Campo, llamado García de Montalvo, hijo de Juan Vaca (gobernador que fué de Elche e otras villas en el reino de Valencia, por el duque de Maqueda), soñó una noche que le habían dado un flechazo los indios caribes, y que estando así herida y creyendo presto perder la vida, como otros que él había visto morir así heridos, había tomado por remedio de se echar en la herida polvos de solimán vivo, e soñaba que estaba así atada la pierna: e muy temeroso, encomendándose a Nuestra Señora, Sancta María del Antigua, despertó con mucha alteración, tanto que los que le vie ron así, le preguntaron que qué había e qué temor era aquel que tenía, e se allegaron a él, para le esforzar e ayudar a desechar su espanto. E el Montalvo, retornando en sí, como se vido sin herida e conosció que de aquel sueño era su turbación, comenzó a dar gracias a Dios e a su bendita Madre, e contó lo que había soñado, e dijo que él proponía de probar aquel remedio con el primero que viese herido de la hierba, porque en su ánimo tenía asentado que sanaría quien así se curase. Y segund yo fui informado de personas de crédito, y en especial de un reverendo y devoto religioso llamado fray Andrés de Valdés, de la Orden de señor Sanct Francisco, digno de entero crédito y de muchos años mi conoscido, que me escribió desde la misma isla donde en esa sazón residía, que aquel hidalgo soñó lo que es dicho, tres veces: que para el remedio de la hierba era bueno el solimán; y que después pasó el mismo Montalvo a la Tierra Firme, e flecharon los indios a un compañero de los que con él iban, e abriéronle el flechazo e fregáronle la herida con solimán, y escapó. E está ya tan experimentado este remedio, que, así como en Castilla acostumbraban los soldados, en el tiempo de la guerra de los moros, traer atriaqueras contra la ponzoña de la hierba vedegambre, así agora, acá, los que siguen la guerra contra aquellos indios flecheros, traen consigo solimán molido. E dícenme algunos que han visto curar a heridos después de aquesta revelación o sueño de Montalvo, que ninguno peligra si es socorrido presto. Y que la forma de la cura es que le chupan la herida, presto, todo lo posible, e le abren el golpe un poco más, y le hinchen la llaga de polvo de solimán molido, e se la atan, e le ponen al enfermo do esté apartado e guardado del aire; e ha de tener dieta. Y dentro de cuatro o cinco días le sale de la herida una raíz, como uña o un callo, e después aquel hoyo que queda se encarna se cura como otra llaga o común herida, e presto queda sin lesión alguna. Por manera que el solimán ataja e hace que la ponzoña de la hierba no proceda adelante en su rigor, sino que torne atrás e se resuma e convierta en aquella uña, e que ninguno que herido sea, peligre, excepto si no fuese herido en el vientre, o hueco del cuerpo, donde no se pudiese efectuar el remedio e cura que es dicho. E ya los hombres que siguen la guerra donde hay flecheros, andan tan confiados en esta medicina, que no tienen en nada la ponzoña de esa hierba.

Cosa ha seído muy notable, e lo es, para dar infinitos loores a Dios por tan señalado socorro y merced como ha hecho a los cristianos en mostrarles a se curar en esta tan dificultosa guerra y peligro tan manifiesto e de tanta importancia, que oso decir que, después del Almirante don Cristóbal Colom, que fué el primero descubridor destas nuestras Indias, no ha pasado a ellas otro hombre más útil para la conservación de los cristianos e mílites desta conquista, como García de Montalvo y su sueño (o revelación, diciendo mejor). Mas, por tanto, las gracias a solo Dios se dén e a su misericordia, de cuya bondad e clemencia ha resultado notoriamente tanto bien, porque, como dice el reverendo maestro en santa Teología, Pedro Ciruelo, en aquel católico tractado que escribió en reprobación de las supersticiones y hechicerías, los sueños vienen a los hombres por tres causas; es a saber: natural, moral y teologal; y destas tres, la última es la que aquí hace al propósito. De la cual dice que la teologal y sobrenatural es cuando los sueños vienen por revelación de Dios o de algún ángel, bueno o malo, que mueve la fantasía del hombre y le representa lo que le quiere decir. Desta manera, dice la Sagrada Escriptura que en la ley vieja Dios hablaba a los profetas cuando dormían. Y el Evangelio dice que el buen ángel de Dios aparescía entre sueños a Josef, esposo de la Virgen, Madre de Jesucristo, nuestro Redemptor, e después aparesció a los Reyes Magos, durmiendo ellos, y los avisó para que no tornasen al rey Herodes. Y el diablo, entre sueños, habló al gran nigromántico Balán, para que fuese a maldecir y encantar al pueblo de Dios. Y de la misma manera habla en sueños a los nigrománticos y adevinos que tienen pacto público o secreto con él, y les revela muchas cosas, para que adevinen lo que ha de venir. La diferencia que hay entre estas dos maneras de revelaciones es aquesta. Que en la revelación de Dios o del buen ángel, no se hace mención de cosas vanas, ni acaesce muchas veces, sino por alguna cosa de mucha importancia y que pertenesce al bien común del pueblo de Dios, y con la tal visión queda el hombre muy certificado que es de buena parte, porque Dios alumbra el entendimiento del hombre y le certifica de la verdad. Mas, en los sueños de los nigrománticos y adevinos no hay tal certidumbre, y vienen muchas veces y sobre cosas livianas, y queda el hombre cegado y engañado del diablo. Todo lo dicho es del maestro Ciruelo alegado de suso. Por manera que, reduciendo la sentencia desto a nuestro caso, podemos decir que fué revelación de Dios, o del buen ángel, la de nuestro Montalvo.

Pasemos a otras materias, y désta ninguno se descuide, para que, si nescesidad le ocurriere, se sepa aprovechar de lo que aquí tengo escripto, o para ayudar con este aviso a quien lo hobiere menester, pues será caridad muy bien empleada entre cristianos.

Después de haber escripto lo que es dicho, hallándome en España, en el mes de noviembre de mill e quinientos e cuarenta y siete, Yo me informé del mismo García de Montalvo, e me dijo ser verdad e haber seído el mesmo que este remedio del solimán enseñó, e que subcedió de la manera que está dicho, por la voluntad e misericordia de Dios.

CAPITULO XLIX

En que se tractan diversas e peregrinas historias e materias que han ocurrido en partes muy apartadas, e han tenido con otras, en muy desviadas provincias, mucha conformidad e semejanza; y de ser las unas antiquísimas están olvidadas a los que no leen, y las que agora se ven tales, parescen nuevas, sin lo ser en el mundo. Tócanse lindas e sabrosas leciones en este capítulo, e tales que darán mucho contentamiento a los letores.

En este depósito se dirán algunas cosas que parescerán nuevas, y yo las cuento por viejas y olvidadas. Cuadran en parte a nuestras materias de Indias; y aunque, en la verdad, algunas ternán semejanza o imitación de otras que fuera de España y de nuestras Indias han acaescido, no es de maravillar, por la antigüedad del tiempo que pasó desde que las primeras pasaron hasta que se entendieron las segundas. Así como lo que se cuenta de la lealtad e católico comedimiento que usó el infante don Fernando (que ganó a Antequera), con el niño rey don Joan (el II de tal nombre en Castilla), su sobrino: que cuando murió el rey don Enrique III, hermano del dicho infante, en Toledo, quedó su hijo, el príncipe don Joan, de edad de veinte meses, e si quisiera el infante, su tío, pudiérase hacer rey de Castilla, y ninguna contradición toviera, segund estaba bienquisto e muy amado, por el valor e gran ser de su persona. Y no pudo la cobdicia tanto obrar en él como su lealtad; y salió por Toledo, muerto el rey, con el pendón real, diciendo a voces: "Castilla, Castilla por el rey don Joan, mi señor". El cual niño estaba en Segovia con la reina doña Catalina, su madre, como más largamente las crónicas del rey don Enrique e don Joan lo cuentan.

El caso fué peregrino y a príncipe cristiano conviniente; pero muy semejante a la lealtad que usó Ligurgo, príncipe de los lacedemonios, que muerto su hermano, el rey Polidete, los lacedemonios tovieron creído que él se hiciera rey; mas como la reina quedó preñada, non obstante que le consejaron que se hiciese señor, e que fué por la reina, su cuñada, requerido que la tomase por mujer, e que ella haría de manera que la preñez no saliese a luz, nunca su buen propósito se mudó. Antes, como Ligurgo oyó lo que la reina decía, como prudente disimuló y le dijo que él holgaría de casarse con ella; pero que no quería que pusiese su vida en aventura, exhortándola a que tuviese paciencia hasta que pariese, e que él temía manera para que lo que nasciese fuese muerto en secreto, e sin peligro della se podría hacer su voluntad. Con esta esperanza templó la excelerada locura e infame cruda petición de la reina, e puso guardas e aviso secreto sobre ella, para que, como pariese, fuese tomada la criatura, porque no hiciese en ella alguna maldad tan cruel e deshonesta madre. E así como llegó el tiempo, parió un hijo, el cual luego fué llevado delante de Ligurgo, que estaba comiendo con ciertos señores principales de aquel señorío. E como le vido, tomó el niño en brazos e dijo: "Lacedemonios, nascido es nuestro rey." E abajóse de la silla real, e inclinándose al niño con mucho acatamiento, le puso en ella, e nombróle Carilao. De lo cual todos los circunstantes fueron muy alegres, loando la grandeza e justicia del ánimo de Ligurgo. Caso que, como temeroso de Dios e católico príncipe, el infante don Fernando toviese más razón de usar tan virtuoso e memorable acto e de tan inmortal acuerdo, no dejaré de creer que él hobiese leído lo que aquel gentil hizo, para imitarle. Pero esa leción no bastara, si no estoviera en sus entrañas perficionada su lealtad, por falta de la cual muchos se hallaran en aquel tiempo (y no menos en éste), que pusieran la vergüenza y el ánima a todo riesgo, como lo han fecho otros antiguos y modernos, por verse señores de menores Estados, cuanto más podiéndose hacer rey de Castilla, donde tantos reinos e señoríos se incluyen.

Pasemos al esfuerzo de los macedonios, de los cuales se escribe un caso muy notable; y es que, yendo contra ellos los ilíricos e los de Tracia, los pusieron en tan extrema nescesidad, que eran constreñidos de huir, siendo muerto su rey. Y en el mayor peligro cresció su ánimo, e tomaron el hijo de aquel rey que estaba en la cama, e pusiéronlo contra los enemigos, e pelearon con tanto esfuerzo, que, aunque les faltaba el favor e ayuda real del rey defunto, mataron e vencieron e echaron de la tierra todos sus adversarios, con victoria del nombre macedonio.

A esto me paresce a mí que podemos comparar (y aun anteponer) la lealtad e gloria de los caballeros e hidalgos e memorable república de la cibdad de Avila, en nuestra España, y digo así. En el tiempo que el rey don Alonso, VII de tal nombre en Castilla, rey asimismo de Aragón, yerno del rey don Alonso VI que ganó a Toledo, porque fué casado con su hija doña Urraca. reina de Castilla, la cual primero había seído mujer del conde don Remón de Tolosa, e había habido en ella un hijo, que asimismo se dijo Alonso VIII, el cual era muy niño e estaba en Avila:, e queriendo el padrastro apoderarse de él e de la cibdad, fué contra Avila, pidiendo que le obedesciese por rey. La cibdad respondió que ella tenía rey, E porque el aragonés, e aun muchos de los castellanos que seguían su opinión, decían que el rey niño era muerto, puso cerco sobre aquella cibdad con mucho rigor. E los cercados pidieron término para se lo mostrar, con que levantase el cerco que tenía sobre Avila, e que si dentro de dos meses no mostrasen al niño e rey, que le entregasen la cibdad e le diesen la obediencia. E el rey de Aragón así prometió de lo complir por su parte; e los de la cibdad dieron en rehenes sesenta caballeros de la flor e más escogidos de Avila. E luego los cercados, con este asiento, enviaron secretamente por su rey a la Nava, donde lo criaban; e recogido en la cibdad, dijeron al rey de Aragón que si les volvía sus rehenes, le mostrarían al rey niño, con tanto que no hobiese fuerza ni fraude, sino que, asegurado el campo, estoviesen de tres a tres caballeros, o hasta trescientos por trescientos. E como el rey de Aragón vido que no podría hacer su voluntad e que sus cautelas eran entendidas, hizo matar los rehenes, e mandó que vivos, en calderas, fuesen cocidos parte dellos, en un lugar (que por tan señalada crueldad, hasta el presente tiempo, desde entonces se llama las Hervencias), donde desde la cibdad pudiesen ver los que padescían, e los cercados hobiesen más espanto. E otra parte de las rehenes reservó para los combates e llevarlos atados en la delantera, creyendo que así tomaría la cibdad; pero no dejaron los cercados, en el combate, de matarlos. Lo cual visto, el rey de Aragón levantó el cerco con determinación de tomar otros pueblos de la comarca e destruir la tierra.

Entonces los de Avila enviaron a Blasco Ximeno, caballero muy señalado por su esfuerzo, para que reptase al rey de Aragón por cruel e quebrantador de su palabra, pues les había así muerto sus rehenes. Con este caballero fué un su sobrino e del mismo nombre, e hallaron al rey en un lugar que se llamaba Diaciego (e ahora se dice Sanct Joan de la Torre), e Blasco Ximeno le dijo desta manera: "Si algund rey debe ser reptado por fealdad que cometa, la cibdad de Avila, e yo en su nombre, riepto a vos, el rey de Aragón, don Alfonso, por lo que habés fecho e cometido contra vuestra palabra e seguridad que distes e no guardastes; e sois obligado de hacer la enmienda a la cibdad de Avila, e debéis dar un caballero o dos o más, cuantos quisiéredes, hasta trescientos, e otros tantos dará la cibdad de Avila por su parte, que, con armas iguales, harán bueno lo que digo; e los matarán, o echarán del campo, o harán confesar con sus bocas, rindiéndose, vuestra notoria culpa; y deste hago testigos a todos los que delante de vos, el rey de Aragón, me oyen." El rey atendió todo lo que es dicho; mas rescibió tanto enojo de oírlo, que, aunque había dado licencia para que aquel caballero hiciese su embajada, con mucha ira los mandó matar. Estonces el caballero mancebo echó mano a la espada, pensando matar al rey, porque vido que sus caballeros hacían e ponían por obra lo que les era mandado, e cargaron tantos sobre él, que allí le hicieron pedazos. E en tanto que en esto se ocupaba, el tío se pudo apartar de allí e subió en su caballo, pensando salvarse; pero alcanzáronle, porque salió de Cantiveros, al través, un hermano del rey de Aragón e otros caballeros para le atajar e prender. E como Blasco Ximeno conosció que no podía irse, volvió la cara e adereszó de ir contra el hermano del rey, e matóle, e allí mataron al mismo Blasco Ximeno.

Y en memoria deste fecho, se puso ahí una piedra que llamaban el hito, la cual estuvo mucho tiempo a donde aquel caballero fué muerto. E cada un año iban allí los caballeros de Avila e jugaban cañas e daban de comer a todos los pobres que ende se hallaban, en memoria e por obsequias de aquel buen caballero, su patriota. Después, en el tiempo que en Avila fué corregidor Bernaldo de Mata, que yo conoscí, se puso allí una cruz en forma de humilladero, entre Cantiveros e Hontiveros. Deste Blasco Ximeno quedaron otros caballeros sus descendientes, e dellos descendió Vasco Ximénez, al cual fué fecha merced de Navalmorcuende por el Concejo de Avila, e fué confirmado el privilegio por el rey don Alonso XI, que ganó a Algecira.

Así que, se ha de colegir de lo que está dicho, como más largamente se puede ver en la Crónica del rey don Alonso VIII (el cual se mandó llamar emperador), que los de Avila le criaron, e por le tener seguro, en tanto que fué niño, le pusieron en aquella sumptuosa e gran torre llamada el cimorro de la iglesia mayor. E ordenó aquella cibdad que para sus gastos le diesen, de cada yunta que labrasen de tierra, tres celemines de trigo; e quedó esta costumbre, e dende adelante lo llevaron así los otros reyes que subcedieron en Castilla, hasta que fué fecha merced desta renta a las monjas de Sanct Clemente de Avila, e después se pasó a Sancta Ana, de lo cual tienen previlegio, e hoy día cogen aquella renta e se llanta las cuartillas. Después, este rey don Alonso VIII confirmó a Avila sus privilegios e alcaidías e oficios, e por excelencia de su fidelidad, mandó que se llamase Avila del Rey, e dióles que trujese la cibdad por armas la figura o torre del dicho cimorro, de oro en campo de goles vel sanguino, con un rey, que tiene puesta su corona e un ceptro real en la mano, parado a una ventana de aquel cimorro donde a él le tovieron e criaron, desde la cual le mostraban públicamente para que viesen que era vivo, contra lo que publicaba su padrastro el rey de Aragón. E también les dió privilegio que aquesta cibdad pudiese dar vasallos e jurisdición, e que la cibdad presentase e el rey e reyes sus subcesores confirmasen tales mercedes. De aquí resultó que, viéndose los de Avila tan honrados, muchos dejaron sus apellidos (aunque eran nobles e antiguos), e se llamaron de Avila, como al presente se llaman los caballeros de las dos más principales casas de aquella cibdad, lo cual les confirmó el rey don Sancho el Deseado. Muchas cosas general e particularmente se pueden decir, con verdad, en loor de los caballeros e hidalgos de Avila; mas parésceme que basta lo dicho que aquí se ha traído, para comparación de lo que hicieron los macedonios con su rey niño, como de suso se hizo mención, Pasemos a otras cosas que serán loable recreación para los que se quisieren ocupar en las saber e oír con atención.

Ocurren a mi memoria dos notables e antiquísimas historias, y comiso se ha dicho de las que quedan de suso escriptas, así, las que agora escribiré, tienen conformidad en alguna manera. Dice Livio que Tarquino Superbo, rey de los romanos, teniendo guerra con los de la cibdad de Gabina, e no los pudiendo sobjuzgar, acordó, por fraude e una nueva manera de cautela, de conquistarlos. Y para esto concertóse con uno de sus tres hijos, llamado Sexto, el cual se fué a Cabina fingiendo que huía de la crueldad de su padre, e que se iba a valer con el socorro e favor de aquella cibdad. E tales palabras habló contra el rey su padre, e tal compasión le tovieron, que, demás de le dar crédito, le hicieron su capitán general. E él hizo la guerra contra su padre, mostrándose valeroso en las armas, e de mucha prudencia e buen consejo en los fechos que emprendía. E con mucha liberalidad repartía los despojos e ganancias que se adquerían en los recuentros e escaramuzas contra romanos; de manera que en breve tiempo fué muy acatado e querido de los de Gabina. E cuando le paresció que era tiempo, envió un mensajero a Roma al rey su padre, dándole aviso cómo él tenía Gabina a su voluntad, e que viese lo que quería que se hiciese. Estonces, Tarquino no respondió palabra al mensajero, porque no se fió dél, sino entróse en un corralejo que estaba de dentro su aposento, e mostrando que pensaba en la respuesta. E tras él se entró el mensajero; e el rey, con un palo que tenía en la mano, hería e abatía a tierra las más altas cabezas de ciertas papáveras o dormideras cine había en el corralejo, e andaba paseándose sosegado e sin decir cosa alguna. E el mensajero no le pidió respuesta, e se volvió a Gabina e contó a Sexto lo que había dicho a su padre, e lo que había visto, e dijo que le había parescido que el rey no había querido responder, por ira o enemistad, o de soberbio. Sexto entendió bien aquella respuesta muda, e comenzó a buscar causas injustas contra los príncipes Gabinos, acusándolos falsamente por los infamar e enemistarlos con el pueblo menudo, e a muchos condenó a muerte, e a otros hizo matar públicamente, e a otros, de quien no podía hallar causa para que muriesen, los hizo matar secretamente, e muchos huyeron e hízolos pregonar. E los bienes de los unos e de los otros repartió al pueblo menudo, la cual gente plebea, con este ardid, ni sentían el engaño ni la perdición de su cibdad, la cual, despojada de consejo e de hombres de auctoridad, Sexto la entregó a su padre, el rey Tarquino, sin contradición alguna.

A este propósito se dirá aquí otra cosa que en España intervino al rey don Ramiro de Aragón, el monje, el cual fué profeso de la Orden de Sanct Benito y de orden sacro, e por faltar los subcesores en la silla real de aquel reino, como persona a quien el ceptro venía de derecho, fué compelido por el Papa, e por la obediencia aceptó la gobernación e corona real, año de mill e ciento e diez y nueve años de la Natividad de Cristo, nuestro Redemptor. Pero, como desde muy muchacho entró en la religión que es dicha, fué muy católico cristiano en todas sus cosas, e inoraba las desenvolturas e profanidades de que los legos e gente del palacio se prescian; e por esto era tenido por grosero, e en poca estimación de sus principales varones e súbditos. E acaesció que queriendo dar una batalla a los moros, e que estaban ya las banderas para se mover e trabar el fecho de las armas, le pusieron una daraga en la mano siniestra y una lanza en la derecha, e él preguntó que con qué había de tener las riendas del caballo, pues tenía ambas manos ocupadas; e un caballero, burlando, le dijo que con la boca, e así tomó las riendas con los dientes, e batió las piernas e arremetió, entrando con mucho denuedo en la batalla, de la cual e de los enemigos infieles fué vencedor. Así por esto como por otras cosas, como sabía poco del arte militar, burlaban dél los suyos, como de inhábil. Entonces él, viéndose muy escarnecido, escribió una carta con un mensajero al abad de Sanct Ponce, que le había criado e era hombre de buen seso e asaz prudente, pidiéndole su parescer e consejo. El abad, leída la carta, entróse en un huerto con el mensajero, e con un cuchillo comenzó de cortar por el pie las mayores e más altas hierbas (otros dicen que las coles mayores), e desque esto hobo fecho, por un buen espacio de hora, dijo: "Tornaos al rey vuestro senor, e decilde que se esfuerce con Dios siempre e le sirva, que yo y estos religiosos siempre hacemos oración por él." El mensajero se tornó al rey e le dijo que él había dado su carta e no le traía respuesta, e contóle lo que el abad había fecho en el huerto. E esto entendió el rey que era muy prudente respuesta; e luego envió a llamar a todos los principales señores e caballeros del reino de Aragón, para la cibdad de Huesca, haciéndoles saber que él quería hacer una campana, con su consejo dellos, que la oyesen en toda Aragón. Estas sus cartas fueron muy reídas; pero juntáronse e vinieron a donde el rey estaba, e entró con ellos en una sala secreta donde tenía gente armada, diciendo que quería tomar sus votos uno a uno; e el que entraba no salía, porque luego le era cortada la cabeza. Y desta forma hizo degollar quince grandes de aquel reino; e puestos en torno a la redonda, hechos un corro, hizo llamar a los hijos e herederos de los que así estaban muertos, e díjoles: "Catad ahí la campana que habrés oído decir que yo había de hacer que sonase en todo Aragón e aun fuera de mi reino. Yo he complido mi palabra; e lo mismo digo que será fecho de vosotros, si no fuéredes muy leales e obedientes." E de allí adelante fué este príncipe muy acatado e servido de chicos e grandes en todo su reino, por el consejo de aquel abad que es dicho, El cual yo creo bien que había visto a Tito Livio, e que tenía bien entendido cómo se había de curar aquel menosprecio que del rey don Ramiro hasta allí se había fecho.

Este rey fué hijo del rey don Sancho de Aragón e de la reina doña Sol, hija del Cid Ruy Díaz, e hermano del rey don Alonso e del rey don Pedro, reyes de Aragón, de los cuales este monje fué el derecho subcesor. Y no es de maravillar que, a vueltas de la frailía, le quedase parte del ánimo de tan valiente e invicto capitán como fué el sancto Cid Ruy Díaz, su abuelo. Veis aquí, señor letor, cómo tienen semejanza las berzas o hierbas altas que el abad de Sanct Ponce cortaba, con las papáveras o amapolas que el rey Tarquino derribaba en el corralejo, delante del mensajero de su hijo Sexto Tarquino.

Otro notable quiero aquí poner, que muchas veces he leído en Valladolid, que ni me paresce muy católico epitafio, ni deja de parescer aqueste que diré de don Peno Niago, a otro que se puso en el sepulcro de Sardanápalo, último rey de los asirios: y es desta manera. En la iglesia de Santisteban, en la pared por de fuera de la iglesia, está un bulto de un caballero, que yo no sé quién fué, y es muy notado por un epigrama o letrero que tiene y dice así:

Yo soy don Pero Niago
que en lo mío me yago;
lo que comí e bebí, gocé;
el bien que fice, fallé:
lo que acá dejé, no lo sé.

Muchas interpretaciones se podrían decir, discantando lo que es dicho, en que no me quiero ocupar por remitirlas al prudente letor. Y diré, solamente, a mi propósito, que muchos siglos y aun millares de años antes, segund se escribe de Sardanápalo, rey de los asirios (hombre corrompedor de todas las mujeres), le halló Harbace, su capitán e lugarteniente general, en medio de muchas e deshonestas mujeres, vestido de brocado e una cadena de oro al cuello, hilando en hábito de mujer. De lo cual desdenando aquel su capitán, tractó cierta conjuración contra su señor, e venidos, en efeto, a la examinación e determinación de las armas, así como la batalla se comenzó, fué vencido e puesto en fuga el rey Sardanápalo; e entróse en un gran monte, e allí se quemó, de su grado, con muchas riquezas, e mandó que fuesen escriptos ciertos versos sobre sus cenizas e sepulcro, cuya sentencia, segund Tulio, dicen así: "Yo he habido aquello que he comido, y de la lujuria he alcanzado abundancia: las otras cosas quédense". Por cierto, muchas veces he mirado en aquel don Pero Miyago o Niago, e me paresce más, aquella su memoria, de gentil que de fiel ni católico (so enmienda de quien mejor lo sintiere).

He traído esto a la memoria del propósito que al principio se dijo, que algunas cosas parescen nuevas, porque son muy viejas e olvidadas. Por tanto, dejemos las comparaciones o depósitos que no tocan a nuestras Indias, e pónganse aquí algunos que son del jaez destas partes; pues, a los que por acá han andado, les parescen nuevas, y en Espana y otros reinos también serán por tales tenidas, y darles he yo a cada una dellas sus semejantes, desta manera.

Hieu, rey de Israel, mató septenta hijos de Acab, cuyas cabezas, con las de otros sus parientes, hizo poner sobre sendos palos hincados en tierra. La semejanza de tales cabezas, así puestas a manera de trofeos, en muchas partes lo usan los indios en la Tierra Firme, donde yo he visto innumerables, puestas en árboles e palos en torno de las casas de los caciques e senores principales; e preguntándoles de quién son tales cabezas, dicen que de los enemigos e hombres que ellos han muerto, como más largamente en muchas partes destas historias, y en especial en la segunda e tercera parte desta General Historia estará más copiosamente dicho.

Aquel Suplemento de crónicas dice que los hombres de Chipre tenían por costumbre de enviar las mujeres vírgenes a la costa de la mar, para que los navegantes que allí aportaban, usasen con ellas carnalmente; y desta manera ofrescían a Venus el voto de su perpetua castidad, como más largamente lo escribe Joan Bocacio en aquel su tractado que intituló de las Ilustres mujeres, donde particularmente escribe de Venus; y dice que desta manera ganaban allí las mujeres los dotes para se casar. Esta costumbre, usan en algunas provincias de la Tierra Firme las mujeres, y en especial en la provincia de Nicaragua, donde Yo estuve, e lo entendí de los mismos indios e indias, y vi que la que es más mala de su persona e que con ejercicio libidinoso gana su dote, ésa tienen sus padres, e aun los otros indios, por de más gentil habilidad, como adelante lo escribiré, más largo, en el libro XLII, en el cap. VII, por abreviar aquí la leción e pasar a otras materias.

Atribuyen los antiguos a Baco la invención de hacer el vino, e dicen, asimismo, que que él mostró a hacer la cerveza a los alemanes. Pero quien quisiere saber más por extenso del vino e de sus propriedades e diferencias e diversos géneros lea en Plinio, puesto que, en la verdad, Noé fué el inventor e plantador de la vina después del diluvio, como la Sagrada Escriptura lo dice. Pero, a lo que yo pienso, los indios, para invención de su vinos, ni oyeron a Plinio ni a Columela, ni a Crescentino ni otros auctores, ni han visto la auctoridad que de suso toqué del Génesis. Ni tampoco estas gentes hacen vino de uvas, aunque las tienen salvajes y muchas; pero hácenlo del maíz y de la yuca (que es el pan que comen en ayunas provincias), y en otras, de miel e agua, y en partes algunas, de ciertas ciruelas e piñas; e otros vinos o bebrajes de otras maneras, como más largamente, por esta General Historia, podrá ser el letor informado, Y este vino, en unas partes lo llaman chicha, y en otras, por otros nombres, porque hay muchas y diversas lenguas. Trújose esto a consecuencia de haber en estas partes muchas cosas que en alguna manera imitan a las de los cristianos e gentes de Europa bien acostumbradas.

Atribuyen la invención de los espejos a Esculapio, hijo de Apoline. Tampoco hobieron menester los indios esta invención, ni aprender de otras gentes a hacer espejos; porque de margarita los hacen muy excelentes en la Nueva Espana e en otras partes de la Tierra Firme; e en el Perú acostumbraron los indios principales a hacer una plancha o lámina, del tamano e peso que querían el espejo, de muy fina e cendrada plata, en que se miraban y aun pienso que son de los mejores de todos, porque vi algunos destos que digo.

De la invención del sacar la piedra e hacer muros, hace Plinio inventor a Trason; pero la manera de los muros, así de tierra como de piedra e de ladrillo, muy común y usada e antigua es en el mundo. Pero, la que en algunas partes e pueblos de la Tierra Firme han visto nuestros mílites españoles, es cosa muy extraña e notable, como por estas mis historias se puede ver en algunas poblaciones, muradas de uno e dos e más lienzos o cercas de árboles grosísimos, sembrados e puestos a mano, apartados el uno del otro cuatro e cinco e seis pies, e más e menos. E aquéllos, así como van cresciendo, los van limpiando, para que suban e crezcan derechos, e en discurso de tiempo e años, engordan e se hacen poderosos, e tan al propósito, que no dejan vacuo alguno entre un árbol e otro, e así juntos, en su circunferencia hacen una muralla que, a mi ver, es la más fuerte que pensarse puede, si toviere mediocre companía de defensores.

Dice Plinio que la fábrica de la madera la inventó Dédalo, e asimismo la sierra para la aserrar. Mas, otra manera de aserrar un hierro se ha hallado en estas partes (y aunque sea una gruesa áncora) cosa maravillosa, diré; pues que el indio, con un hilo de algodón o de henequén o cabuya, corta cualquiera hierro. Y esto les ha enseñado la nescesidad, para cortar los grillos o cadenas en que algunos cristianos los han aherrojado e puesto en prisiones. E hase averiguado que, dándoles tiempo, toman un hilo de los que he dicho, e aquél muévenle sobre lo que quieren cortar, echando sobre él arena menuda, poco a poco, allí donde la cuerda lude; e así como comienza a cortar e ser caliente el hierro, le tranzan como cortarían un nabo; e así como se va rozando el hilo, lo mejoran encontinente, poniéndolo sano. Cosa es probada e vista muchas veces en la Tierra Firme.

Segund quiere Plutarco en la vida de Teseo, éste fué el primero que dividió en Atenas los hidalgos e gente noble de los otros hombres populares e artesanos; e les ensenó otras buenas costumbres, convinientes al político uso e de mucha utilidad a su república. Pero a estos indios, acá tan desviados de todo lo escripto, ¿quién diremos que les mostró todas esas diferencias en sus repúblicas, guardadas con tanta humildad a sus superiores e con tan perseverante costumbre? Yo sospecho que la natura es la guía de las artes, e no sin causa suelen decir los florentines, en un su vulgar proverbio: "Tuto il mondo e como a casa nostra." Y así me paresce, en la verdad, que, de muchas cosas que nos admiramos en verlas usadas entre estas gentes e indios salvajes, miran nuestros ojos en ellas lo mismo, o cuasi, que habemos visto o leído de otras nasciones de nuestra Europa e de otras partes del mundo bien enseñadas. En consecuencia de lo cual, se escribe que Dirachio o Durazo, alias Epidauro, cibdad de venecianos, del cual nombre mismo hay otra cibdad en Acaya, en que estuvo, o está, un templo hermosísimo en honor de Esculapio, e allí los romanos, siendo fatigados de pestilencia tres años, leídos los libros de las Sebilas, hallaron que por otro remedio alguno no podrían sanar e que la última senal de su salud era llevar a Roma a Esculapio, cuya estatua era en forma de serpiente. Y de aquí se me ha puesto en la memoria (segund el curso grande de la idolatría destos indios), que en honor deste Esculapio, debía ser aquella memoria de la casa del gran príncipe Atabaliba, en el pueblo de Cajamalca, dentro de la cual está una sierpe muy grande de piedra, como más por extenso se dirá en la tercera parte destas historias, en el libro XLVI, capítulo VII, donde se tractará de la prisión de aqueste príncipe. Y el que dubdare desta mi sospecha, acuérdese que el mismo demonio que mostró a idolatrar los antiguos, ese mismo es el maestro que esa misma condenada idolatría ha sembrado entre aquestos indios. Y el más antiguo simulacro o imagen del diablo es aquesta de la sierpe, en figura de la cual, fueron engañados nuestros primeros padres, como más largamente lo manifiesta la Sagrada Escriptura. Y aquesto baste para probar el intento o propósito del introíto deste capítulo XLIX.

Pasemos a otras materias, puesto que en estas que aquí he escripto, muchas cosas se podrían añadir, que se dejan por evitar prolijidad; porque el pasto de la leción, así como en la mesa del príncipe, es adornamento y auctoridad la diversidad de los manjares, y gran ocasión para despertar el apetito del paladar las diferencias dulces e agras e mezclados sabores, así, al que lee, acrescientan la perseverancia de la leción los diversos discursos e novedades que la historia trae consigo. Y esto es una de las causas que hacen pecar a los oídos y entendimientos que se acostumbran a escuchar o leer fabulosas vanidades, del cual delicto van desviados los que en historias veras e honestas son ejercitados.

CAPITULO L

De los depósitos deste libro, en que se recuenta un caso muy notable que acaesció en una plaza de la provincia de Nicaragua, estando allí el auctor destas historias; la cual materia toca al arte mágica e brujos indios llamados texoxes, e atrae a consecuencia otras transformaciones de hombres en animales, que escriben algunos auctores graves; y lo que en tales casos se debe creer.

Quiero dar fin a estos depósitos con uno que estará adelante más extenso escripto, en lo que toca a Indias, en el libro XLII, capítulo VII, donde, en la provincia de Nicaragua, acaesció un caso de que yo e otros quedamos maravillados; y aun en el instante me acordé de aquello que en la Sagrada Escriptura se lee, cuando dijo Saúl a los suyos que una mujer había spíritu pitónico, e disfrazado, fué a ella e le pidió que suscitase a Samuel, e lo hizo; e Samuel le dijo (o aquella sombra), lo que le había de intervenir. Por manera que concluye allí que Samuel vino por industria de la pitonisa e le dijo a Saúl el mal subceso que le había de venir; por lo cual dice Isidoro: Fertur et quædam maga famosissima Circe, quo socios Ulyssis mutavit in bestias, etcétera. Y más adelante, el mismo doctor sancto dice: Quid plura? Si credere fas est, de Pythonisa, ut prophet, Samuelis animan de inferi abditis evocaret, et vivorum præsentaret conspectibus, si tamem animan prophetæ, fuisse credamus, et non aliquam phantasmaticam illusionem Satanæ fallacia factam. Todo es del doctor alegado. El glorioso Agustino, hablando en esta materia, dice que después que los griegos destruyeron a Troya, derelinquentes, et ad propria remeantes, diversis et horrendis cladibus dilacerati atque contriti sunt: et tamem etiam ex eis deorum suorum numerum auxerunt. Nam et Diomedem fecerunt Deum, quem pæna divinitus irrogata perhibent ad suos non revertisse; ejusque socios in volucres fuisse conversos, non fabuloso poeticoque mendacio, sed historica attestatione confirmant.

Escribió Luciano, griego, que él, con deseo de aprender el arte magia, fué a Tesalia; e que allí, deseando tornarse ave, se convirtió en asno, por industria de una moza llamada Palestra, con un cierto ungüento mágico; y que andando fecho asno, padesció muchos trabajos, hasta que después, comiendo rosas, se tornó en la primera forma de hombre, como era de antes. Imitando a este griego, después escribió en la misma lengua latina Apuleyo un volumen de once libros con alto estilo, Del asno de oro; y dice que anduvo cierto tiempo hecho asno y con su proprio e primero sentido de hombre; pero fecho tal bestia, cuenta que vido e experimentó muchas cosas que él escribe de notables avisos, hasta que de asno fué transformado en hombre. A este propósito, Augustino dice, en su Quinta verdad, de las hechiceras de Italia, e toca, asimismo, el caso de Apuleyo convertido en asno.

Demás de lo que está dicho, se lee, en la Vida de Sanct Macario, obispo, que fueron a él un hombre e su mujer, e mostráronle una yegua que había seído su hija e doncella virgen, e malos hombres, con encantamentos, se la habían tornado yegua. E traída ante aquel sancto hombre, dijéronle: "Esta yegua que vees, doncella virgen e hija nuestra fué; mas malos hombres, con encantamentos, la han tornado este animal que vees: rogámoste que ruegues a Dios y la tornes a lo que fué." El sancto hombre dijo: "Yo a la doncella veo, y no tiene en sí cosa de bestia; y esto que dices no está en su cuerpo, sino en los ojos de los que la miran. Ca fantasías de demonios son ésas y no verdad." Y por la oración deste bienaventurado, e ungiéndola él con el olio en nombre de Jesucristo, desechando el engaño de los ojos de todos los miradores, hizo que paresciese a todos doncella, así como a él.

Tornando a Sanct Augustin, todo lo que en su tractado de la Cibdad de Dios refiere en esta materia, dice ser fecho por ilusión del demonio, nuestro común adversario, y así se debe creer. Al propósito de lo cual, en tanto que llegan estos mis tractados a la tercera parte desta General Historia de Indias, y en especial al libro XLII, donde he de escrebir lo que tocare a la gobernación de la provincia de Nicaragua, quiero aquí, brevemente, tocar un depósito que paresce que tiene conformidad con estas transformaciones o condenadas ilusiones, y el caso es aqueste. En aquella tierra hay muchas brujas, de la cual maldita secta y escuela hay muchos hombres y mujeres en aquella provincia (segund se platica entre los mismos indios), a los cuales brujos llaman texoxes. E tienen ellos por muy averiguado que se transforman en lagartos de aquellos grandes (que más cierto se deben llamar cocatrices, e en aquella lengua les llaman agazpalin), o en perro, o en tigre, o león, o en la forma de cualquiera otro animal, segund ellos lo quieren hacer. Siguióse el año de mill e quinientos e veinte y nueve que, estando yo en una plaza que se dice Guazama, que estaba encomendada a un hombre de bien, llamado Miguel Lucas compañero de otro hidalgo que decían Luis Farfán, e vino allí un cacique de otra plaza a ver al dicho Farfán, a quien estaba encomendado; e una noche pidióle un perro de los que los españoles tienen bravos, porque dijo que había miedo a los texoxes; e el Farfán, no le entendiendo bien, díjole que presto pariría una perra suya, e aquél le daría un perro que el cacique criase e toviese en su casa. El cacique no replicó ni dijo el daño que temía de presente; e con su temor, cuando quiso dormir, tomó un niño hijo suyo (que podría haber seis meses), de los brazos de su madre, e abrazado consigo e cubierto con una manta, e a par dél, a su costado, la mujer, e en torno dellos y no un paso desviados, otros cinco o seis indios suyos, e amonestados que velasen. E así como fué el primero sueño venido, le fué tomado el niño de entre los brazos, sin lo sentir ninguno de los circunstantes ni sus padres, y se lo llevaron. Desde a poco espacio, el padre e la madre e sus indios, e otros muchos de aquella plaza, se levantaron a lo buscar, e los tristes padres e sus indios con lágrimas e hachos encendidos; pero no lo hallaron, aunque les turó aquello basta que vino el día. El cacique dijo al dicho Farfán que los texoxes le habían llevado el muchacho para se lo comer; e preguntóle que cómo sabía él que eran texoxes los que le habían tomado su hijo, y él replicó que, poco antes que él le pidiese el perro la noche pasada, los había visto; e que eran dos animales grandes, uno blanco e otro negro. E andando todavía en esta demanda de buscar el niño, toparon el rastro de los dichos animales, e las pisadas eran como de grandes lebreles. E cuando ya era bien dos horas de día, o cuasi, hallaron ciertas partes de los cascos de la cabeza del niño, bien roídos, obra de un tiro o dos de piedra apartado de donde habían tomado el muchacho de los brazos del padre, e alguna sangre, por allí en torno, entre las hierbas. Los cuales cascos e sangre yo vi, e oí al cacique todo lo que es dicho, con muchas lágrimas que vertía de sus ojos; y en la misma hora que se halló aquella señal deste diabólico fecho, y en mi presencia (aquella mañana) e de otros, se averiguó lo que es dicho. E allí, junto a los cascos del niño, estaba un sartal en una cuerda de algodón con unas piedras verdes, como plasmas de esmeraldas, que el muchacho traía al cuello, e la madre las alzó de tierra con grandes sospiros e llanto, como aquella que lo había parido.

Esto estará más largamente escripto en el libro e capítulo que he dicho que se porná adelante, porque es del jaez de aquella provincia de Nicaragua. Y esto baste para que se entienda la similitud que allí tienen las obras del diablo con las que él mismo ha fecho e hace en otras partes, e para lo que toca a la transformación de los hombres en animales. E aún decía aquel cacique que un vecino suyo era aquel que este daño le había fecho, e que le tenía amenazado que le había de comer el hijo, por cierto desgrado o enemistad que le tenía, e que así, desde su tierra, que era seis o siete leguas de allí, de la provincia e lengua que se dice de los maribios, había venido tras él para lo que es dicho, e yo se lo oí al mismo ofendido. E también oí a otros indios, en el tiempo que estuve en aquella tierra, que muchos había, de esos texoxes, que se mudan en los animales que se quieren transformar. E aunque los cristianos les dicen que es todo falso e ilusiones del diablo, e que se les antoja, e que es mentira, ellos lo tienen por muy cierto, e afirman haber visto muchas veces tales transformaciones. E desta calidad se dirán otras cosas en el libro XLII, en la última parte destas historias.

CAPITULO LI

De un caso nuevamente venido a noticia del auctor de estas historias, e nueva materia e de admiración a cuantos la oyeren e supieren, acaescida pocos días ha, con una nueva forma de montería en esta isla Española. Lo cual acaesció en el año de mill e quinientos e cuarenta y tres.

En esta nuestra isla Española andan muchos negros alzados que se han rebelado del servicio de los cristianos; y así para castigar los tales, como para asegurar los que quedan en las haciendas de los pobladores, andan algunas cuadrillas de españoles en busca de los levantados. Y entre los otros capitanes nuestros, anda un hidalgo, llamado Antonio de Sanct Miguel, natural de Ledesma, hombre de bien e valiente por su persona, al cual yo conozco; y éste puede haber pocos meses que, yendo con sus compañeros por las sierras de la villa de Sanct Joan de la Maguana (que es en la mitad desta nuestra isla, a la parte desta costa del Sur), topó con un indio cimarrón o bravo que andaba en cueros, e con ciertas varas tostadas para pelear o matar algunos puercos cimarrones o salvajes, de los cuales hay innumerables en esta isla, de los que se han ido al monte de los que se trujeron de España. E traía este indio en su compañía una puerca e dos puercos mansos a él, e con aquella compañía hacía su vida e comía e dormía entre ellos, e había doce años, o más, que andaba alzado, e era ladino, e hablaba nuestra lengua castellana muy bien.

E como acaso este capitán e su gente dieron en este indio e su porcesca compañía, los cristianos mataron luego aquellos dos puercos e puerca, en un instante, sin saber su propriedad o ejercicio de los dichos puercos e puerca, por poder reparar su hambre, que había días que no habían comido carne. Cuya muerte de aquellos tres animales fué mucho pesar e dolor para aquel indio, e queriéndose informar el dicho capitán de su manera de vida e soledad, e qué hacía con aquellos puercos, o para qué los quería, respondió e dijo: "Esos puercos me daban a mí la vida e me mantenían e yo a ellos; eran mis amigos e mi buena compañía: el uno se llamaba tal nombre, e el otro se decía el tal, e la puerca se llamaba la tal (como él los tenía nombrados)." El un puerco decía que era muy gran ventor, e el otro era más recio e más pesado, e de presa, e muy denodado; de forma que el uno hacía el oficio de sabueso, e el otro de lebrel, e la puerca era consorte e coadjutor de los dos cuando era el tiempo que convenía ayudarlos. E así como era de día, este indio salía de su rancho e decía a sus compañeros los puercos: "Ea, amigos, vamos a buscar de comer." E así lo hacían; e el ventor tomaba la delantera, e como daba en el viento, aguijaba a donde le parescía que debía ir, e seguíanle el otro puerco e la puerca, e tras ellos iba el indio. E como el ventor topaba el puerco bravo, asíase con él a la lucha, e comenzaban su batalla, mordiéndose; e como llegaba la compañía, dábanle los tres mucha priesa a bocados; e como llegaba el indio con sus varas, daba favor a sus compañeros, e con ellas le hería, al puerco cimarrón, e le mataban presto. El cual muerto, le abría el indio e daba las interioras a sus compañeros, e él encendía fuego con los palillos, como los indios lo usan, e asaba lo que le parescía, con que él comía; e lo restante del defunto animal, hecho pedazos, lo cargaba sobre los dos puercos e puerca con sus cuerdas de bejucos, e íbanse a su rancho do acostumbraban dormir esta compañía. E allí descargados, colgados los tasajos o partes del puerco muerto, lo comían poco a poco, en tanto que, de la manera que es dicho, mataban otros u otros puercos. E las noches, el dicho indio se acostaba entre aquella su bestial compañía, rascando horas al uno e horas al otro, regalándolos a la porcesca. E luego, otro día, si no tenían carne, o no hallaban hovos, o no era tiempo de tal fructa, el indio sabía hallar ciertas raíces con que daba de comer a aquella su compañía, e a él no le faltaba. Desta manera que es dicho, hacía su vida este indio en aquellos montes.

Después que el capitán Antonio de Sanct Miguel e sus compañeros hobieron oído e entendido la nueva e nunca antes oída semejante montería, pesóles mucho de haber muerto los puercos, e lleváronse el indio consigo a la cibdad de la Vega, donde al presente está.

Y porque yo tengo por estilo en lo que no he visto dar mi descargo con testigos fidedignos, digo que desta nuestra cibdad de Sancto Domingo salió el reverendísimo señor obispo don Alonso de Fuenmayor, e fué la tierra adentro a visitar sus iglesias, e en la cibdad de la Vega estuvo algunos días, donde le contó lo que es dicho el mismo capitán Antonio de Sanct Miguel, e otros que con él se hallaron, e vido el dicho señor obispo el mismo indio. E después que tornó a esta cibdad este nuestro perlado, yo oí lo que es dicho a algunas personas de crédito, e para más me satisfacer, lo pregunté al mismo señor obispo, e me dijo que es muy gran verdad e muy público todo lo que es dicho, e que pasó de la misma manera que aquí lo he escripto. Parescióme tan grande novedad y tan varia leción, e tan apartado caso de cuanto está dicho, ni visto, ni escripto, que cuadra bien aquí aquel soneto, a lo menos los cuatro versos primeros, en que dice Francisco Petrarca:

La gola; il sonno, et l'ociose piume
Hanno del mondo ogni vertú sbandita,
Ond'e dal corso suo quasi smarrita
Nostra natura vinta dal costume,

Quiere decir: la gula, el sueño, e las ociosas plumas, o cama, han desterrado del mundo todas las virtudes, e han apartado de su curso, cuasi, a nuestra natura, vencida de la costumbre; porque el hombre es dedicado a la razón, en diferencia de los animales brutos que son carescientes della.

Ved, pues, si en estos animales se muestra esto claramente; pues seyendo los puercos para ser monteados, se convertieron, con la costumbre, en ser monteros e hacer el oficio que no les competía, e el indio, siendo animal racional e humano hombre, se convertía en puerco, o hacía su vida bestial, de la forma que es dicho. Así que, esto procedía de la larga consuetud que aquel indio había ejercitado enseñando aquellas bestias en tal montería, pegándoseles una entrañable amistad al oficio, juntamente con la nescesidad de ser alimentados; e mezclándose con eso unos celos o envidia que constreñía esos puercos a matar los otros que topaban, porque su amo no pusiese amor en otros, ni les mostrase el oficio, como a ellos lo enseñó, para que pudiese desdeñarlos ni poner otros en su lugar. Y el indio, apartándose de la excelencia de la razón, y sin tener cuenta ni respeto ni temor a su Dios, huyendo de los hombres, se contentaba de vevir con bestias y ser bestial.

Cosa es la que he contado que a mí me dió mucha admiración oírla, y no la osara escrebir si no me certificara primero deste reverendísimo señor obispo, presidente de Sus Majestades en la Real Audiencia e Chancillería que reside en esta cibdad de Sancto Domingo, cuya auctoridad e persona es de tanto crédito, que, solo, bastaba para ser creído, non obstante la novedad de tal montería: cuanto más que otros muchos dicen lo mismo, por cosa muy pública e notoria en aquella cibdad de la Vega.

CAPITULO LII

En que se tracta de la forma de un gato monillo, la más nueva cosa, o nunca su semejante vista hasta nuestros tiempos. El cual gato en partes era pájaro o ave e cantaba, como un ruiseñor o calandria, muy excelentemente, e con muchas diferencias en su melodía e cantar.

Cosa es la que aquí escrebiré que se puede bien llamar varia leción, como Pedro Mexía intituló aquel su tractado, no menos bien ordenado e elegante que aplacible a los letores. En el cual, ni en otro, yo no he visto cosa que tanta admiración me haya dado en las obras que la Natura ha obrado entre los animales. Y de aquí podemos pararnos a pensar lo que se dice de los grifos, si es verdad que la mitad del grifo para adelante es águila, e de la mitad para atrás es león. Conforme a esta opinión, dice Isidoro en sus Ethimologías que los grifos son la mitad león e la mitad águila.

Allende de lo que está dicho, es de notar que es verdad que hay tales animales, porque en el Levítico, cap. XI, hace la Sagrada Escriptura mención deste animal grifo. E declarando la glosa este paso, dice que el grifo ha cuatro pies, e que la cabeza e las alas son semejantes al águila, e que lo restante de su cuerpo es o paresce al león; e mora en las montañas hiperbóreas, e hace muchos males a los hombres e a los caballos. E dice, mas desto, aquel tractado llamado De proprietatibus rerum, que este animal grifo pone en su nido las esmeraldas contra las bestias que ende moran.

Yo he tenido por costumbre en estas mis historias, de dar los testigos en aquellas cosas que no he visto e de que otros me han informado; y al propósito de lo que de suso apunté del grifo, ha venido a mi noticia otra cosa que no me es menos maravillosa que los grifos. La cual cuentan que, en la tierra austral del Perú, se ha visto un gatico monillo, destos de las colas luengas, el cual, desde la mitad del cuerpo, con los brazos e cabeza, era todo aquello cubierto de pluma de color parda, e otras mixturas de color; e la mitad deste gato para atrás, todo él, e las piernas e cola, era cubierto de pelo rasito e llano de color bermejo, como leonado claro. Este gato era muy mansito e doméstico, e poco mayor que un palmo. El cual tenía una india cacica, mujer principal, hermana del inga Amaro, hermano del gran príncipe Atabaliba, y con esta su hermana, después que ella vino a poder de los cristianos, se casó un mancebo español, diestro en ambas sillas (de la jineta e de la guisa), hijo de Baptista Armero, e muy conoscido en la corte del emperador nuestro señor. Dije todas estas señas, porque es hombre conoscido este mancebo, el cual rogó a su mujer que diese este gato, para le traer el capitán Per Ansúrez a la emperatriz nuestra señora, de gloriosa memoría, e así se le dió. E este capitán que he dicho, le traía, e por descuido de ciertos criados suyos que un día estaban burlando, e no lo queriendo hacer, uno dellos pisó el gato e lo mató. Cuento este desastre, a infelicidad de los ojos humanos que no alcanzaron a ver tal animal, para dar gracias a Dios que le crió tan diferente de cuantos por el mundo hay. E en esta cibdad de Sancto Domingo han venido hombres dignos de crédito que dicen que vieron e tovieron en las manos este gato, e que era tal cual tengo dicho, e que tenía dientes; e lo que es no de menos maravillar que lo que está dicho, es que el gatito, puesto en el hombro del capitán que he dicho, o donde le tenían atado, cuando él quería, cantaba como un ruiseñor o una calandria, comenzando pasito a gorjear, e poco a poco, alzando las voces, mucho más que lo suelen hacer las aves que he dicho, e con tantas o más diferencias en su canto, que era oírle una muy dulce melodía e cosa de mucho placer e suavidad escucharle; e aquesto le turaba mucho espacio de tiempo, e a veces, como lo suelen hacer los que cantan. Un caballero llamado Diego de Mercado, natural de la villa de Madrigal, e otro hidalgo que se dice Tomás de Ortega, que venían en compañía del dicho capitán (los cuales, después que aquí llegaron ricos, se casaron en esta cibdad, e son nuestros vecinos e personas que en eso e más pueden e deben ser creídos), cuentan, lo que es dicho, de vista, porque muchas veces vieron este gato e le oyeron cantar.

Algunos quieren decir que este animal debía nascer de adulterio o ayuntamiento de alguna ave con algún gato o gata, como pudiese engendrarse estotra especie que participase de ambos géneros. E yo soy de contrario parescer; y tengo opinión (consideradas algunas cosas que se deben pensar de la desconveniencia del sexo e instrumentos generativos que hay de las aves a tales gatos), que tal animal no nasció de tal adulterio, sino que es especie sobre sí e natural, como lo son por sí los grifos; pues que el maestro de la Natura ha hecho otras mayores obras e maravillas, el cual sea loado e alabado para siempre jamás.

Hame pesado mucho en no haber llegado vivo aquel gatico a esta cibdad, ni muerto tampoco. Que en verdad, si yo le viera muerto donde pudiera hacerlo, yo diera mi capa por un poco de sal para salarle e conservarle así, para que otros muchos le vieran, para loar a Dios de sus maravillas; y así creo que en España se tuviera en mucho tal vista, e do quiera que hobiera hombres de buen entendimiento. En esta nuestra cibdad, hay al presente cuatro hombres que le vieron vivo a este gato; y yo quisiera más verle, que cuantas esmeraldas he visto muy ricas que han venido de aquellas partes; e antes veré otras tantas, que se vea otro animal semejante, excepto si, como he dicho que es mi opinión, adelante se hallan, con el tiempo, otros de su ralea. Lo cual no dubdo, porque los secretos deste gran mundo de nuestras Indias siempre enseñarán cosas nuevas a los presentes e a los que después de nos han de venir a esta contemplación e hermosa letura de las obras de Dios, a quien ninguna cosa es imposible de todo cuanto le place hacer e mostrarnos. Y por tanto, el católico letor acuérdese de lo que dice Hilario: "Más puede Dios hacer que el entendimiento del hombre entender".

CAPITULO LIII

En que se tracta otra novedad muy grande e por mí nunca oída y acaso sabida, y que no será de poca admiración para dejar de contemplarla los letores y especulativos; y es acerca del menguar e crescer de la mar en la bahía de Sanct Mateo, en la gobernación e costa del Perú.

Dije, en el capítulo antes déste, que quisiera más ver aquel gato de quien se tractó de suso, que cuantas esmeraldas he visto ricas que han venido del Perú, e que antes vería otras tantas, que otro animal semejante. Y como yo huelgo de ver y entender todas las novedades y cosas raras e que son a propósito de aquesta General Historia, háleme ofrescido una muy extremada, y que a los naturales entendimientos y a todos los que han leído e andado por el mundo, me paresce que les causará admiración e dará aparejo de pararse a contemplar en lo que agora diré e supe de un honrado vecino nuestro, llamado Baltasar García, natural de la cibdad de Trujillo, en la provincia que en España se llama de Extremadura. El cual, hoy martes, veinte días del mes de octubre de mill e quinientos e cuarenta y cinco años, el muy reverendo señor don Rodrigo de Bastidas, obispo de la isla de San Joan (que a par desta fortaleza de la cibdad de Sancto Domingo, en que yo estó e sirvo a Su Majestad, tiene su casa), por su humanidad e bondad acostumbrada, vino con su señoría para ejercitar e quitar cuidados un poco de espacio con su loable conversación, e hacerme conoscer este hidalgo que, pocos días ha, llegó a esta cibdad, segund dicen, rico de diez o doce mill pesos de oro: porque, aunque yo le había visto, no tenía conoscimiento con él; e para que me mostrase un pedazo de oro, o un tejo, de peso de cuatro mill castellanos de oro fino (o a lo menos de veinte e tres quilates). Y venidos a esta fortaleza el señor obispo e el Baltasar García, procedimos e fué nuestra plática tractando en las riquezas del Perú, al propósito de lo cual, yo le rogué que enviase por aquel tejo de oro que me habían dicho que traía, e que asimismo me enseñase sus esmeraldas, e él lo hizo de grado. E venido el tejo, yo lo tuve en mis manos, e aun con trabajo, segund su mucho peso que, segund su dueño decía, era cuatro mill pesos (que son cuarenta libras u ochenta marcos o una arroba e quince libras). Y a mi parescer, yo lo creo bien que lo pesaba, porque, como digo, le tuve en las manos, y el señor obispo e otros que presentes estaban. E con este tejo, hizo traer un hermoso bernegal de oro que pesaba cinco marcos de oro, y cinco esmeraldas ricas (tres engastadas en sendos anillos, e la una puesta en un plomo, e la otra era una cuenta redonda), grandes e en toda perfición e de mucho valor. Si tantas no hobieran venido a poder de cristianos, ninguna dellas, a mi parescer, deja de valer trescientos pesos, y la redonda e mayor de las otras, más de quinientos pesos, entre buenos lapidarios, cada una desas dos. Y antes questas esmeraldas de Puerto Viejo e las de Bogotá e Somindoco paresciesen, valían las cinco esmeraldas que es dicho más de cuatro mill ducados, por lo menos. En fin, son piezas de príncipe, e el tejo, cual tengo dicho, y el bernegal.

Pero, continuándose nuestra plática, dijo este gentil hombre, como testigo de vista, una cosa que me dió más gusto e más contentamiento saberla e oírlo, que todo lo que es dicho, e delante del obispo e dos criados suyos e otros escuderos desta fortaleza que a nuestro razonamiento estaban presentes: que en la bahía de Sanct Mateos (que es en la costa del Perús, grado e medio de aquesta parte de la línia equinoccial), entra un río muy poderoso e mucho mayor que el que pasa por esta cibdad de Sancto Domingo; e que con la marea, seyendo cresciente, está el agua dulce e potable, e que con la menguante está salada, e que acaesce muchas veces desde el navío tomar, por el un bordo o costado, el agua dulce, e por el otro, salada.

Cosa es que nunca a otro hombre la oí, ni jamás, de cuantos en aquella tierra han estado que yo haya visto, les vi hablar en tal novedad. Y no me maravillo yo de no lo decir otros, aunque ello sea así, porque, ni todos los hombres saben entender las cosas aunque las vean, ni las sienten como son, y también porque, como andan de paso e con esta agonía de aqueste oro, ése les hace sentir mal, o no como debrían, las otras cosas que los simples tienen por accesorias o en poca estimación, y ésas son de las que más se maravillan los discretos e de lindos entendimientos. Este hidalgo vivió allí cerca algún tiempo e pudo muy bien ver e considerar lo que es dicho; y en eso y en lo demás, hablaba como hombre de gentil razón, e es merescedor de ser creído. Lo demás, contemplad, los que veis crescer la marea de Guadalquivir e Tajo e de otras riberas de España, que entran en la mar, e que todo lo que es dicho se ve cada día por el contrario: que con la cresciente, los ríos se tornan salados, e con la menguante, retraída la mar, son dulces, lo cual, en la bahía de Sanct Mateos, es al revés, y no debe ser sin misterio e secreto de la Natura, el cual yo no alcanzo.

 

Este es el libro séptimo de la primera parte de la Natural y General Historia de las Indias, islas y Tierra Firme del mar Océano, el cual tracta de la agricoltura.

PROEMIO

Pues ha placido a Dios darme tiempo para que sea ocupado en la particular distinción y relación de los libros que de cada género de cosas podrá hacerse volumen e cantidad que pueda recrear, con cada materia dellos, en muchas cosas, a los letores, quiero en aqueste séptimo principiar en la agricoltura, e decir qué manera de pan e principal mantenimiento tenían los indios, e hay naturalmente en esta isla Española, por la industria y ejercicio de los hombres della. Y porque deste pan hay dos maneras, e muy digerentes la una de la otra, diré de ambas, y cómo se siembra e coge, e cómo después se hace el pan y el vino del mismo pan, e qué propriedades tiene. E asimesmo diré de algunas plantas e legumbres, e otras cosas que estas gentes cultivan para su uso e substentación, e de los otros particulares o acesorios bastimentos que tienen e fueren a este propósito; porque, en muchas cosas déstas, que en este y en los siguientes libros se tractarán, esté dicho y especificado lo que en las mismas materias e géneros semejantes conviniere hacerse mención en las otras islas, de quien adelante se ha de tractar en esta parte primera; y aun para que en la segunda y tercera desta General Historia, que han de hablar en las cosas de la Tierra Firme, esté ya dicho algo dello. Porque ni yo canse, con memorar muchas veces lo que estoviere manifestado, ni el letor, por esta causa, aborrezca la leción. Pues que lo que toca a la gobernación, no es lo que principalmente se me manda escrebir, ni su Cesárea Majestad quiere saber de mí, pues en su Real Consejo de Indias asisten tan grandes e senalados varones como el reverendísimo señor cardenal arzobispo de Sevilla, don frey García Jofre de Loaysa, confesor de la Cesárea Majestad, e presidente e gobernador general del mesmo Consejo destas partes; y en tanto que la Cesárea Majestad estuvo fuera de España (así en Alemania en la resistencia de los turcos, como en Africa en la victoriosa empresa e toma de Túnez e la Goleta), presidió el ilustre señor don GarciFernández Manrique, conde de Osorno, con magníficos, scientes y nobles varones conscriptos e diputados para la gobernación deste Nuevo Mundo; e de cada parte e provincia dél tiene continuos avisos de todo lo que conviene a las cosas de justicia e subcesos de Indias. E después que Dios llevó al cardenal y al conde ya dichos, preside en el Real Cuarto de Indias el muy ilustre señor don Luís Hurtado de Mendoza, marqués de Mondéjar e conde de Tendilla, capitán e alcaide de la grande e muy nombrada cibdad de Granada.

Puesto que para llevar ordenada mi historia se haya dicho alguna cosa de los gobernadores y gobernados, no por eso dejaré en olvido las otras cosas que hacen al caso de la propriedad y novedades destas tierras y de su fertilidad; e pues ya se dijo de los ritos e cerimonias e idolatrías e otros vicios e méritos de los indios, diré, en este libro VII, de sus mantenimientos e cosas tocantes a la agricoltura. E acabado eso, se tractará en libros particulares de los animales terrestres, e de los de agua, e de las aves, e los animales insectos o ceñidos, e de los árboles fructíferos e salvajes, e de las maderas y árboles medicinales, y de las plantas e hierbas, y en fin, de todo lo que prometí expresar y ofrescí que escribiría, segund lo dije en el proemio principal o libro primero, y en el segundo desta primera parte o volumen; porque lo que de aquí adelante se ha de seguir, es lo que más hace al caso de la admiración de tan nueva e peregrina historia.

 

CAPITULO PRIMERO

Del pan de los indios llamado maíz, e de cómo se siembra y se coge, y otras cosas a esto concernientes.

La manera del pan de los indios es de dos géneros en esta isla, muy distintos e apartados el uno del otro, e aquesto es muy común en la mayor parte de todas las islas e aun en parte de la Tierra Firme. E por no lo repetir más adelante, se dirá aquí qué cosa es aqueste pan que llaman maíz, y qué tal es el que llaman cazabi. El maíz es grano, y el cazabi se hace de raíces de una planta que llaman yuca. Para sembrar el maíz, tienen los indios esta orden. Nasce el maíz, en unas cañas que echan unas espigas o mazorcas de un jeme luengas, y mayores y menores, y gruesas como la muñeca del brazo o menos, y llenas de granos gruesos como garbanzos (pero no redondos de todo punto). Y cuando los quieren sembrar, talan el monte o cañaveral (porque la tierra donde nasce solamente hierba, no es habida por fértil en estas partes, como la de los cañaverales y arboledas), y después que se ha fecho aquella tala o roza, quémanla, y queda aquella ceniza de lo talado, dando tal temple a la tierra, como si fuera estercolada. Virgilio quiere que el quemar aproveche al tempero de las tierras; y conforme a esto, dice el doctor Gabriel Alonso de Herrera, que copiló aquel famoso volumen de la agricoltura, que en todo campo, para que en el año siguiente se haya de sembrar, es nescesario se apareje, segund requiere su manera; e si ha llevado el año pasado, en aprovechándose del restrojo, segund más pudieren, débenle quemar en tiempo que el viento no lleve la ceniza, etc.

Quiero decir que estos indios, aunque inoren tales preceptos, la Natura les enseña lo que conviene en este caso, y también la nescesidad que hay de desocupar la tierra de los árboles e cañaverales e plantas que de sí misma produce, para que los indios puedan sembrar e hacer sus simenteras. Y siempre cuando han de sembrar, es al principio de la luna, porque tienen por opinión que, así como ella va cresciendo, así lo hace la cosa sembrada. E cuando han de poner en efecto el desparcir de la simiente, quedando la tierra rasa, pónense cinco o seis indios (e más e menos, segund la posibilidad del labrador), uno desviado del otro un paso, en ala puestos, y con sendos palos o macanas en las manos, y dan un golpe en tierra con aquel palo de punta, e menéanle, porque abra algo más la tierra, y sácanle luego, y en aquel agujero que hizo, echan con la otra mano siniestra cuatro o cinco granos de maíz que saca de una taleguilla que lleva ceñida, o colgada al cuello de través, como tahelí; e con el pie, cierra luego el hoyo con los granos, porque los papagayos y otras aves no los coman. E luego dan otro paso adelante, e hacen lo mesmo. Y desta forma a compás, e prosiguiendo de un tenor, en ala todos aquellos indios, siembran hasta que llegan al cabo de la haza o tierra que siembran, e de la misma guisa, vuelven al contrario, e dan la vuelta sembrando, hasta que hinchen toda la haza e la acaban de sembrar. Y así, como he dicho, en echando cada uno los granos en el hoyo, le cierran encontinente con el pie, por las aves.

Plinio dice, hablando en la forma del sembrar, estas palabras que agora diré, entre otras reglas que él pone, y en la que estos indios se conforman con él; es aquésta: "Aun es nescesario que con cierto arte la simiente se eche igualmente, e que la mano se concuerde con el paso, y siempre con el diestro pie." E más adelante dice que la medida de la simiente será entre cuatro o seis, segund la natura del terreno, e algunos mandan que ni más ni menos de cinco granos sea la medida. Esto guardan los indios enteramente, porque por cuenta echan los granos, como lo he dicho. Asimismo guardan otra regla los indios, que es de Teofrasto, el cual dice que más fructuoso es sembrar rala la simiente e cobrirla bien, que sembrar mucho y espeso y dejarlo descubierto.

Ya dije de suso que los indios, encontinente que echan los granos del maíz en aquel hoyo, los cubren con el pie, apretando la tierra e cerrando aquel agujero en que los lanzan. Y porque el maíz de sí es muy seco e recio, para que más presto nazca, un día o dos antes échanlo en remojo, e siémbranlo el tercero. Y para que su labor se haga mejor, siembran en tiempo que, por haber llovido, está la tierra de forma que el palo, que sirve en lugar de reja, pueda entrar tres o cuatro dedos debajo de tierra, con pequeño golpe.

Este maíz, desde a pocos días nasce, porque en cuatro meses se coge, e alguno hay más temprano, que viene a tres. E otra simiente hay que se coge desde a dos meses después que se siembra. Y en Nicaragua, que es una provincia de Tierra Firme, hay simiente de maíz que viene a cogerse a los cuarenta días; pero es poco lo que se coge dello, e menudo, e no se sostiene, ni es sino para un socorro en tanto que llega el otro maíz de los tres meses o cuatro. E aquesto de los cuarenta días se hace a fuerza de riego y de la manera que adelante se dirá.

Así como el maíz va cresciendo, tienen cuidado de lo desherbar, hasta que esté tan alto que el maíz señoree la hierba. Y cuando está bien crescido, es menester ponerle guarda, en lo cual los indios ocupan los muchachos, y a este respecto, los hacen estar encima de los árboles y de andamios que les hacen de madera e cañas, e cubiertos como ramadas (por el sol e el agua), e a estos andamios llaman barbacoas, e desde la barbacoa están continuamente dando voces, ojeando los papagayos e otras aves que vienen a comer los maizales; la cual vela o guarda paresce a la que en algunas partes de España se hace para guardar los cáñamos e los panizos e otras cosas, de las aves.

Este pan tiene la caña e asta en que nasce, tan gruesa como una lanza o asta quieta, y algunas como el dedo pulgar, e algo más e menos, segund la bondad de la tierra donde se siembra. E cresce, comúnmente, mucho más que la estatura de un hombre; e la hoja es como de caña común de Castilla, y es mucho más luenga e más ancha, y más verde, y más domable o flexible hoja, e menos áspera. E cada una caña echa, a lo menos, una mazorca, e algunas dos e tres, e hay en cada mazorca doscientos y trescientos granos, e aun cuatrocientos, e más e menos, e aun algunas de quinientos, segund es la grandeza de la mazorca. E cada espiga o mazorca déstas, está envuelta en tres o cuatro hojas o cáscaras juntas e justas al grano unas sobre otras, algo ásperas, e cuasi de la tez o género de las hojas de la caña en que nasce, y está tan guardado el grano por aquellas cortezas o cáscaras que lo cubren, que el sol ni el aire no le ofenden, e allí dentro se sazona. Verdad es que acaesce abuchornarse cuando en el tiempo del granar sobrevienen algunos años de demasiados soles. Cuando está seco, se coge con diligencia, porque los papagayos e aves de semejante pico, mucho daño hacen en ello si no se guarda e lleva con tiempo. En la Tierra Firme, demás del peligro de las aves, tienen los maizales no menos recuesta peligrosa de los venados e puercos salvajes, e gatos monillos, e por otros inconvenientes.

Agora ya en esta isla hay más nescesidad de guardar el campo que en el tiempo de los indios, a causa de los ganados, que se han hecho salvajes, de la casta que se trujo de España, así como vacas, e puercos e perros. Esta manera de sembrar se aprendió de los indios, y así lo hacen ellos; mas los cristianos hácenlo muy mejor, porque aran la tierra, donde hay dispusición para ello, e por otros aparejos mejores, que usan en la agricoltura, que los indios. Suele dar una hanega de maíz en sembradura, seis, diez, veinte, treinta, cincuenta, ciento, e aun ciento e cincuenta e más e menos hanegas, segund la fertilidad e bondad de la tierra donde se siembra. Y este año que pasó de mill e quinientos y cuarenta, cogí yo en un heredamiento mío, a tres leguas y media desta cibdad de Sancto Domingo, en la ribera del río de Haina, ciento e cincuenta e cinco hanegas, de una hanega que sembré.

Cogido este pan e puesto en casa, se come desta manera. En esta isla Española y en las otras, comíanlo en grano tostado o, estando tierno, sin tostar, cuasi seyendo leche; e cuando es así tierno, llámanlo ector, queriendo cuajar o recién cuajado. Lo que está bueno y de buena sazón, después que los cristianos poblaron esta isla, dáse a los caballos e bestias de que se sirven, e esles muy gran mantenimiento, y también lo dan a los negros e indios esclavos de que los cristianos se sirven.

En Tierra Firme tienen los indios otro uso de este pan, y decirlo he aquí, por no tractar muchas veces ni repetir una mesma cosa; y es de aquesta manera. Las indias, en especial, lo muelen en una piedra de dos o tres palmos o más o menos, de longitud, e de uno e medio o dos de latitud, cóncava, con otra redonda o rolliza y luenga que en las manos traen, a fuerza de brazos (como suelen los pintores moler colores para su oficio), echando agua e dejando pasar algún intervalo, poco a poco, no cesando el moler. E así se hace una manera de pasta o masa, de la cual toman un poco e hacen un bollo de un jeme, e grueso como dos o tres dedos. Y envuélvenle en una hoja de la misma caña del maíz, u otra semejante, y cuécenlo; y desque está cocido, sácanlo de la olla o caldera en que se coció en agua, y déjanlo enfriar algo, y no del todo. Y si no lo quieren cocer, asan esos bollos en las brasas, al resplandor, cerca dellas, y enduréscese el bollo, y tórnase como pan blanco, e hace su corteza por de suso, y de dentro hace miga algo más tierna que la corteza, e quítanle la hoja en que lo envolvieron para lo cocer o asar, e cómenlo algo caliente, y no del todo frío; porque si se enfría, no tiene tan buen sabor ni es tan bueno de mascar, y cuanto más frío está, tanto más seco y áspero se vuelve. Este pan, cocido o asado, no se sostiene de dos o tres días adelante, porque después se mohece y se pudre y no se puede comer. Ni tampoco es bueno para la dentadura, e así, comúnmente, esta gente de Indias tienen los dientes dañados e sucios, y no los he visto peores a ninguna generación.

En la provincia de Nicaragua y otras partes de la Tierra Firme, hay maizales que son como los que he dicho, e allí usan unas tortas grandes, delgadas e blancas, el arte de las cuales procedió de la Nueva España, así en Méjico como en otras provincias della, de la cual región se verán, en la segunda parte destas historias, grandes cosas e mucho de notar. Este tal pan se llama tascalpachon, y es muy buen pan sabroso. Hácense otras tortas de la misma masa del maíz, escogiendo para ello el grano más blanco, e despican los granos, antes que los muelan, quitándoles una dureza o raspa que tienen en el pezón con que estovieron pegados en la espiga o mazorca; e así sale mejor e más tierno el pan, e no se topan entre los dientes aquellas durezas que se topan cuando los bollos o tortillas son de maíz que no fué despicado.

Los cristianos han dado mucha mejoría a este pan, cociéndolo en horno a la manera de España, e es más sabroso e más lindo en la vista, así cocido, en roscas o tortas. E hácese asaz buen biscocho dello, para navegar con ello no muy largo tiempo.

Tienen los indios en la mar del Sur, e aun los cristianos, un gentil aviso cuando en aquella mar navegan; y es que llevan harina de maíz tostado, y echan un puño della en una taza de agua, e revuélvenla, e hácese una atalvina e bebraje bueno con que se sostienen, aunque no coman otra cosa, porque es pan e agua. Y aun tiene una gentil propriedad e muy provechosa que quiero decir aquí, para aviso de los que andan en la mar, y es aquesta. Caso que el agua está dañada y huela mal, tomen un puño o dos de harina de maíz tostado y échenlo en un vaso o taza, e echen el agua con ello, e revuélvanlo e hágase atalvina, e bébanlo: que ningún daño hará al que lo bebe, ni olerá mal, sino bien e al mismo olor del maíz tostado. Deste aviso me he yo aprovechado en estas mares, y en las que he dicho del Sur, donde lo aprendí. Y aun algunas veces, después que lo supe, yendo yo destas Indias a España, he llevado desta harina para prevenir a semejante nescesidad, y me he aprovechado desto y hecho placer e buena obra a otros.

En la provincia de Cueva, en la Tierra Firme, se hace buen vino del maíz, como lo escribiré cuando en aquella tierra hablare. Lo cual, y todo lo que cerca deste pan del maíz está dicho, tengo yo muy bien experimentado en veinte e ocho años que hasta este de mill e quinientos e cuarenta y uno ha que lo miro, y lo he sembrado y cogido para mi casa, e lo hago, asimismo, al presente.

Como soy amigo de la leción de Plinio, diré aquí lo que dice del mijo de la India, y pienso yo que es lo mismo que en estas nuestras Indias llamamos maíz. El cual auctor dice aquestas palabras: "De diez años acá es venido mijo de la India, de color negro, de grande grano; el tallo como cañas, cresce siete pies; es dicho lobas, e es fertilísimo sobre todas las cebadas: de un grano nascen tres sextarios; siémbrase en lugares húmidos". Por estas señas que este auctor nos da, yo lo habría por maíz, porque, si dice que es negro, por la mayor parte, el maíz de Tierra Firme es morado escuro, e colorado, e también hay blanco, e mucho dello amarillo. Podría ser que Plinio no lo vido de todas estas colores, sino de lo morado escuro que paresce negro. El tallo, que dice que es como cañas, así lo tiene el maíz, y quien no lo conosciese e lo viese en el campo cuando está alto, pensará que es un cañaveral. Los siete pies que dice que cresce, por la mayor parte, acá es el maíz algo más alto, y también mucho más, y en partes menos, segund la fertilidad o bondad del terreno en que se siembra. Cuanto a lo que dice de ser fertilísimo, ya he dicho lo que he visto, que es coger ochenta, e ciento, e ciento e cincuenta hanegas de una de sembradura. Dice que se siembra en lugares húmidos: humidísima tierra son estas Indias. Mas, para comprobar la nescesidad que el maíz tiene de estar puesto en tierra húmida, o donde el agua le sea propicia, digo que, estando en Avila la Majestad de la emperatriz nuestra señora, a la sazón que el emperador nuestro señor estaba en Alemania, vi en aquella cibdad, que es una de las más frías de España, dentro de una casa, un buen pedazo de maizal de diez palmos de alto las cañas, e algo más e menos, e tan gruesas e verdes e hermosas, como se puede ver en estas partes donde mejor se pueda hacer; y allí, a par, tenía una anoria de que cada día le regaban. Y en verdad, yo quedé maravillado acordándome de la distancia y de los diferentes climas destas partes con Avila, y porque los testigos que diere desto, sean a propósito mío, digo que en la misma casa posaba el muy reverendo señor doctor Bernal, del Consejo Real de Indias por Sus Majestades, e que agora es obispo de Calahorra, lo cual fué el año de mill e quinientos e treinta de la Natividad de Cristo nuestro Redemptor.

CAPITULO II

Del pan de los indios que se llama cazabi, que es la segunda manera de pan que en esta isla Española e otras partes hacen los indios, y al presente, asimismo, los cristianos, y aun algunos lo usan más que el maíz, e lo tienen por mejor e se sirven más dello, lo cual se hace de una planta que llaman yuca.

Tractemos agora de otra manera de pan que los indios hacen de la yuca en esta isla Española y en las otras todas que están pobladas de cristianos, y aun en alguna parte de la Tierra Firme. La planta que se llama yuca, son unas varas ñudosas, algo más altas que un hombre (y otras mucho menores), gruesas como dos dedos, y algunas más y otras menos, porque, en esto del grosor y de la altura, es segund la tierra es fértil o flaca, y aun también hace al caso que la planta es de diversos géneros. Quiere alguna yuca parescer, en la hoja, a cáñamo, o como una palma de una mano del hombre, abiertos los dedos tendidos; salvo que aquesta hoja es mayor e más gruesa que la del cáñamo, e cada hoja es de siete o de nueve puntas o departimientos. La vara es muy ñudosa, como he dicho, y la tez del asta como pardo blanquisco, y alguna cuasi morada, e la hoja muy verde, e paresce muy bien en el campo, desque está criada e bien curada e limpia la heredad en que está.

Hay otra generación de yuca, que las ramas ni el fructo no es diferente de la que es dicho de suso, salvo en la hoja; porque, aunque es asimesmo de siete o de nueve departiciones cada hoja, es de otra hechura; e por tanto, puse la forma de la una e de la otra aquí debujadas (lámina 2, figuras 6 y 7), non obstante que, en las mismas maneras de hojas, hay particulares y diferenciadas suertes o generaciones de yuca; y unas tienen más verdor que otras, e otras más recia rama, e otras más o menos blancor en el vástago o asta, e otras diferencias en la corteza, que aquí hacen poco al caso decirse.

Para sembrar esta planta (cualquiera de las que he dicho), hacen unos montones de tierra, redondos, por orden e liños, como en el reino de Toledo ponen las viñas, y en especial en Madrid, que se ponen las cepas a compás. Cada montón tiene ocho o nueve pies en redondo, e las haldas del uno tocan, con poco intervalo, cerca del otro; e lo alto del montón no es puntiagudo, sino cuasi llano, e lo más alto dél será a la rodilla o algo más. E en cada montón ponen seis, e ocho, e diez o más trozos de la misma planta e vástago o rama de la yuca, que entren so tierra un jeme, o menos, e queda de fuera otro tanto descubierto del mismo trozo; e como la tierra está mollida e sin terrones, pónense con facilidad estos palos de la planta, porque, así como van alzando e haciéndose los montones, así se van poniendo en ellos estas plantas e trozos della. Otros no hacen montones, sino allanada la tierra e limpia e mollida, ponen a trechos estos plantones, de dos en dos, o más, cerca unos de otros. Pero primero se tala o roza e quema el monte para poner la, yuca, segund se dijo de suso, en el capítulo precedente, del maíz. Desde a pocos días que así se pone, nasce la yuca, o, mejor diciendo prende, e echan hoja aquellos trozos de la planta e sus pimpollos o pámpanos, que van cresciendo en ramas, e es menester ir desherbando el conuco (que así se llama conuco la haza o heredad de la yuca e de la labranza), hasta que la planta señoree la hierba, y aun en todo tiempo es provechoso estar limpia la heredad cultivada. Siémbrase o pónese, siempre, después que la luna ha hecho e se muestra nueva, e lo más presto que ser puede en los días que cresce hasta el lleno della, pero nunca en la menguante.

Este pan no tiene peligro de las aves ni de los animales (excepto de vacas e ratones, e aun caballos), porque el fructo desto es unas mazorcas, a manera de raíces o de nabos muy grandes, las cuales se crían entre los raigones e barbas que esta planta echa debajo de tierra; e cualquiera hombre o animal, excepto los tres que es dicho, que coma estas raíces, con el zumo, así en fructa, como está antes que se le saque el zumo en ciertas prensas, luego muere sin remedio alguno. Verdad es que en la Tierra Firme hay yuca que no es mortal, e no mata, la cual, en la vista y en la rama y en el fructo e hoja, es como la desta isla, que mata. Y en esta isla e las otras comarcanas deste golfo, toda la yuca que hay, por la mayor parte, es de la que mata, y también hay alguna que llaman boniata, que es como la de Tierra Firme, que no mata, y cierto debe haber venido de allá. Y en la Tierra Firme se la comen por fructa cocida o asada, porque allá no es mortífera, ni allá saben hacer pan della, sino en pocas partes; y en aquellas que lo hacen, no es de la que no mata, sino como la de acá. Verdad es que algunos soldados, pláticos en aquestas islas, han enseñado en Tierra Firme a hacer pan de la yuca que no mata; pero no curan dello, por no perder tiempo, pues que, como he dicho, la comen, sin hacerla pan, cocida e asada sin la expremir ni hacer las diligencias que convienen para que estotra no mate, hecha pan. E siempre se conosce, entre los hombres del campo, cuál es la una o cuál la otra. A lo menos las bestias no ha seído nescesario enseñárselo: que su destinto natural las muestra a se guardar de tal veneno (puesto que no a todas), porque no se sabe que de tal causa ningún caballo ni vaca, ni otro animal de cuantos de España se trujeron, ni de los innumerables que dedos han procedido, haya muerto; antes la han comido vacas, e los ratones cada día, e algunas bestias caballares. Así que, cuanto a los animales, no tiene en todos igual fuerza la yuca.

Estas mazorcas suyas son como gruesas zanahorias o muy gruesos nabos de Galicia; e mayores; y aun en muchas partes se hacen tan gruesas como la pantorrilla, e tales que como la coja o muslo de un hombre. Tienen una corteza áspera, de color de un leonado oscuro, e algunas tiran al color pardo, e por de dentro está muy blanca e espesa, como un nabo o castaña. E hacen destas mazorcas o yuca unas tortas grandes que llaman cazabi; y éste es el pan ordinario desta e otras muchas islas, así de las que están por conquistar, como en las que están pobladas de cristianos, el cual se hace desta manera. Después que los indios e indias han quitado aquella corteza a la yuca, raspándola que no quede nada, como se hace a los nabos para los echar en la olla, despedida aquella costra con unas conchas de veneras de almejas, rallan la yuca, así mondada, en unas piedras ásperas e rallos que para esto tienen. E lo que así se ha rallado, échanlo en un lagar muy limpio, e allí hinchen dello un cibucán, que es una talega luenga, de empleita, hecha d