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Edicion 2017

Edición Web Limitada

Autora: Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1531 Carta al Consejo del licenciado Quiroga, oidor de aquella Audiencia sobre la venida del obispo de Santo Domingo al presidente de la misma Audiencia y sobre otras cosas de que habla en su carta a aquel tribunal a 14 de agosto.

Agosto 14 de 1531.
 

 

Muy Ilustre señor: Porque por la carta que todos juntos escribimos a su Majestad, que vuestra Señoría verá, escribimos asaz largo sobre todo lo que acá se ofrece que hacer saber, ésta solamente será para besar los pies y las manos de vuestra Señoría y decir mi parecer más en particular sobre algunas cosas de las que, así, todos juntos escribimos; y en lo que toca a la venida del obispo de Santo Domingo, por presidente, por ser tan necesaria como por otras particularmente tengo escrito a vuestra Señoría y a esos señores del Consejo de las Indias, en ninguna manera se debe disimular ni dilatar ni cambiar por venida de otro, si ya no concurriesen en él las calidades que concurren en el obispo, así de perlado como de ciencia y conciencia y experiencia de las cosas de estas partes y de la buena orden de audiencia y chancillería real, de que aquí ha habido y hay necesidad; porque, según del obispo conocí, lo poco que le vi y conversé en Santo Domingo, y lo que después que llegué a esta Nueva España acá he visto, me parece que es tan importante la venida de su persona, que no se le debe dejar a su albedrío, porque, proveído esto, con efecto se provee, a mi ver, más de lo que se piensa. Enviar caballero por presidente no conviene más que enviar un fuego, porque acá para cosas de guerra no es menester, y conviene que sea persona de letras y experiencia y mucha conciencia y sin codicia, que nos ayude a llevar tan grande e importante carga como tenemos a cuestas, y, si necesario es, nos guíe en lo que no alcancemos.

También escribimos sobre ciertas poblaciones nuevas de indios que conviene mucho hacerse, que estén apartadas de las viejas, en baldíos que no aprovechan a las viejas y de que, trabajando, se podrán muy bien sustentar estas nuevas poblaciones que digo, rompiendo y cultivando los dichos baldíos, y ésta es sin duda una gran cosa y muy útil y necesaria, porque de ello se siguen los provechos siguientes: Uno, que lo baldío y estéril aprovechará y dará su fruto y se cultivará y no estará perdido. Lo otro, que estas nuevas poblaciones se han de hacer de los indios que desde muchachos se crían y doctrinan con gran diligencia y trabajo de los frailes que están en estas partes, en la disciplina Xpiana, en los monasterios, de los cuales hay mucho número de ellos y, en llegando a la edad núbil, los frailes los casan por les quitar otras ocasiones y pecados; y los unos por el peligro que hay de los volver entre las idolatrías de sus padres y de ellos, en que parece que están ya confirmados por tan luengo tiempo, y los otros por ser pobres y huérfanos y no tener donde les enviar ni que les dar, ni manera alguna para su sustentación. Y, habiendo ya, como hay, de ellos muchos casados, vense los frailes en mucha perplejidad y congoja, y todos nos vemos en ella, porque los frailes nos piden el remedio y no sabemos ni hay otro que les dar, sino el de estos pueblos nuevos, donde, trabajando y rompiendo la tierra, de su trabajo se mantengan y estén ordenados en toda buena orden de policía y con santas y buenas y católicas ordenanzas; donde haya y se haga una casa de frailes, pequeña y de poca costa para dos o tres o cuatro frailes, que no alcen la mano de ellos, hasta que por tiempo hagan hábito en la virtud y se convierta en naturaleza y será tanto el número, que en poco tiempo se podrían juntar en estas nuevas repúblicas que no se podría fácilmente creer (e) cada cual estaría poblado en los baldíos de los términos de su comarca, porque en cada se ha de edificar un pueblo de éstos, y porque hay tantos, que parece que son como las estrellas en el cielo y arenas en la mar, que no tienen cuento y no se podría allá creer la multitud de estos indios naturales, y así su manera de vivir es un caos y confusión, que no hay quien entienda sus cosas ni maneras, ni pueden ser puestos en orden ni policía de buenos Xpianos, ni estorbarles las borracheras e idolatrías ni otros malos ritos y costumbres que tienen, si no se tuviese manera de los reducir en orden y arte de pueblos muy concertados y ordenados, porque, como viven tan derramados sin orden ni concierto de pueblos, sino cada uno donde tiene su pobre pegujalejo de maíz, alrededor de sus casillas, por los campos, donde sin ser vistos ni sentidos pueden idolatrar y se emborrachar y hacer lo que quisieren, como se ha visto y ve cada día por experiencia. Y, si los muchachos que se han criado y crían en los monasterios se hubiesen de volver a este vómito, confusión y peligro que dejaron, y a la mala y peligrosa conversación de sus padres, deudos y naturales, como sea cosa natural toda cosa volverse de fácil a su naturaleza, muy ligeramente se pervertirían volviéndose a su natural, y sería perderse lo servido y trabajado por estos muy provechosos y no menos religiosos padres, y mejor no haber sido Xpianos que retroceder, y no pequeña culpa de negligencia de todos. Y, si esto Dios lo guía, como espero que lo ha de guiar, por ser una tan gran cosa que no se puede por palabras, a mi ver, explicar, y vuestra Señoría y los señores del Consejo de las Indias lo favorecen de manera que haya efecto, pues esto de la buena conversión de estos naturales debe ser el principal intento y fin de lo que en las cosas de estas partes entienden, como esta gente no sepa tener resistencia en todo lo que se les manda y se quiera hacer de ellos y sean tan dóciles y actos natos para se poder imprimir en ellos, andando buena diligencia, la doctrina Xpiana a lo cierto y verdadero, porque naturalmente tienen innata de humildad, obediencia y pobreza y menosprecio del mundo y desnudez, andando descalzos con el cabello largo sin cosa alguna en la cabeza, Amicti sindone super nudo a la manera que andaban los apóstoles y, en fin, sean como tabla rasa y cera muy blanda, yo no dudo sino que, haciendo apartados así los dichos pueblos para estas plantas nuevas y nuevos casados, se podría de aquestos tales, con el recaudo que dicho tengo, y que en ello se podría tener. Y yo me ofrezco con ayuda de Dios a poner plantar un género de cristianos a las derechas como todos debíamos ser y Dios manda que seamos y por ventura como los de la primitiva iglesia, pues poderoso es Dios tanto ahora como entonces, para hacer y cumplir todo aquello que sea servido y fuere conforme a su voluntad guiándolo El, mayormente favoreciéndolo su Majestad y vuestra Señoría y esos señores, como tengo dicho, aprobándolo y enviando a mandar que así se haga y que hagan las iglesias y edificios los indios de las comarcas de donde se han de hacer y que den los baldíos para ello, o se les tomen, pues todo es para ellos mismos y para sus hijos y descendientes y deudos y para pro y bien común de todos donde se han de recoger los huérfanos y pobres de las tales comarcas y ser doctrinados y enseñados en las cosas de nuestra santa fe, que será una grande obra pía y muy provechosa y satisfactoria para el descargo de las conciencias de los españoles que acá han pasado, que se cree que mataron y fueron causa de ser muertos en las guerras y minas los padres y madres de los tales huérfanos y de haber quedado así pobres, que andan por los tianguez y calles a buscar de comer lo que dejan los puercos y los perros, cosa de gran piedad de ver y estos huérfanos y pobres son tantos, que no es cosa de se poder creer si no se ve.

Por otras dos o tres cartas que, después que llegué a esta Nueva España, he escrito a vuestra Señoría, y dando la relación de otras cosas que aquí no refiero, porque creo las habrá recibido vuestra Señoría, si así es, le suplico se provea en todo especialmente si será bueno echar a las minas los que se hubieren de condenar por delitos graves de rebeliones, homicidios, sacrificios, idolatrías y hurtos y otros semejantes que se cometen por estos naturales, muchos en mucha cantidad, de la manera que allá se condenan en las galeras o como en tiempo de la buena policía de los romanos los dañaban y condenaban al metal; yen esto a ellos se les hacía honra en salvarles la vida y los miembros, y se podría tener tal orden en ello, que se hiciesen allí mejores Xpianos que estando en sus tierras, y purgarían sus pecados y darían ejemplo a los otros para que no cometan los tales delitos, y se les podría dejar la puerta abierta de la voluntad de su Majestad para que, purgando sus pecados allí por algún tiempo y dándose a la virtud de manera que pareciese ya estar conformados y hecho hábito en ella, al contrario de lo que eran cuando allí los echaron, su Majestad les podría hacer merced de volverlos a sus tierras y en su libertad, y esto porque en confianza de ello fuesen buenos Xpianos y se hiciesen virtuosos y no viviesen sin esperanza; y así se cree que no se despoblarían las minas como se piensa que, andando el tiempo, se despoblarían, a causa de provisión santa que trujimos e hicimos pregonar para que no se puedan hacer ni hagan esclavos en las guerras, y su Majestad sería de ello muy servido y su hacienda aprovechada, si yo no me engaño. Vuestra Señoría lo mande proveer como sea servido Dios Nuestro Señor y su Majestad y a vuestra Señoría y esos señores les parezca allá, porque acá nos parece una de las buenas provisiones y orden que se podría tener así para el dicho servicio, como para la conservación de la tierra y de los naturales de ella y de las dichas minas. Sobre esto aconteció ahora acá un desconcierto de un teniente de capitán del Marqués, que, habiéndole enviado a allanar cierto levantamiento de los Yopelcangos, conforme a esto y de manera y con aviso que no se hiciesen esclavos por guerra, sino que los culpados fuesen primeramente por nosotros condenados, según la culpa de cada uno, a cavar las minas a cierto tiempo, porque ellos castigasen y los otros recibiesen ejemplo, hasta que por su Majestad se mandase otra cosa, el dicho teniente, entendiendo mal lo acordado y las instrucciones, repartió entre los que con él fueron, según él ha confesado, obra de dos mil indios que tomó por fuerza, que se le hicieron fuertes en un peñol, de los cuales todos los más se piensa que son niños y mujeres, de que acá habemos recibido no poco enojo y tenemos preso al dicho capitán y habemos reprehendido mucho al Marqués, porque le dio la instrucción algo obscura, y hasta ahora está acordado que yo vaya a recoger todos los que repartió que se pudieran haber, y saber lo que hizo y cómo lo hizo, y hacer lo que en ello se deba hacer con justicia. Dicen que es setenta leguas de esta ciudad; venido, escribiré lo que sucediese en la jornada que creo será provechosa la salida para ordenar algunas cosas, y acordose que fuese uno de nosotros por la poca confianza que en semejante caso se tiene de los demás, y así pensamos hacer en las otras cosas que sucedieren que sean de importancia, aunque sea, como en la verdad es, a mucha costa nuestra, que habemos de caminar la manera de Castilla y peligro de nuestra salud, pero es crueldad dejarlo de hacer. Y por tanto convendría mucho que viniese el presidente, porque con su presencia se pudiese cumplir con la ordenanza de estar tres en las audiencias, porque se podría despachar las cosas despidientes, que son acá muchos y muy pesados, y otro podría andar sobresaliente a las cosas semejantes que se ofreciesen y otros tres podrían cumplir con las audiencias y, entre tanto que el presidente viene, se debe mandar dispensar con la ordenanza que dice que a lo menos estén tres en las audiencias, para que puedan estar solamente los dos por las causas que tengo dicho y también porque pueda ir el uno a la cárcel que está fuera de esta audiencia a sustanciar los procesos criminales, y el otro pueda entender en los despedientes, y los otros dos residan en las audiencias, porque de necesidad lo habemos hecho y hacemos así algunas veces, porque la ordenanza también lo sufre, que, salvo caso de necesidad, procuramos lo más claro y sin escrúpulo.

También escribimos sobre un pueblo que se llama Cuyoacán y Tlacubaya; que es de los nombrados en la merced del Marqués, y el que su Majestad nos manda por la instrucción secreta que, si es perjudicial a esta ciudad, no se le contemos a los 23.000 vasallos, y, porque lo he visto por vista de ojos, digo que, si se diese al Marqués, el perjuicio que en ello se haría a esta ciudad es muy notable, por ser como es sus pies y sus manos de esta ciudad, y por tal se ha opuesto a la merced, y cierto con mucha razón, porque, como esta ciudad por la parte de hacia Tezcuco no tenga tierra sino agua de la laguna y esa poco de tierra la tenga por la parte por donde la tiene cercada el término del dicho lugar de Cuyoacán y Tlacubaya, y en este término tiene los montes de que se suele aprovechar de leña y madera para los edificios, no hay duda a mi ver sino que, quitándole a esta ciudad el dicho término y jurisdicción de él, se le daba mate ahogado y quedaba muy menoscabada y desapropiada de los términos y montes que ha menester, que casi no puede vivir sin ellos, demás de las revueltas y diferencias que siempre sobre ello y sobre las jurisdicciones habría entre esta ciudad y el Marqués y aun algunas veces con esta chancillería real, porque no es posible menos, según está tan vecino y a la mano el inconveniente; y con estar tan cerca la guarida de los malhechores y delincuentes que hubiese en esta ciudad, se harían muchos más delitos en ella de los que se hacen y quedarían sin castigo. Y por quitar esos inconvenientes también le estaría bien al Marqués que, en caso que esto cupiese en su merced, lo dejase o se le quitase por otro tanto que en otra parte se le diese, que no fuese tan perjudicial; así que no conviene quitarlo a esta ciudad en ninguna manera.

Como la tierra sea tan larga, tiene mucha necesidad de muchos más obreros religiosos de los que acá hay al presente, y que sean aprovechados en vida y doctrina, y de la bondad y estrecheza, si posible fuese, de los que acá residen, que en la verdad, a mi ver, aunque son pocos, son siervos de Dios y hacen gran fruto, especialmente los franciscanos en esta ciudad y su comarca doquiera que están, porque se dan mucho a ello y trabajan más en la doctrina de los muchachos hijos de los naturales, que parece ser la vía más acertada para la conversión de ellos, y lo que parece que ha de prevalecer y que más manera y camino lleva para ello; porque tienen gran número de estos muchachos en sus casas y monasterios tan bien doctrinados y enseñados, que muchos de ellos, demás de saber lo que a buenos cristianos conviene, saben leer y escribir en su lengua yen la nuestra y en latín y cantan canto llano y de órgano, saben apuntar libros de ello, harto bien, y otros predican, cosa cierto mucho para ver y para dar gracias a Nuestro Señor. Pero con todo conviene, para aqueste fruto, que sea mostrado sobre la haz de esta tierra, que no menos es de dar gracias a Nuestro Señor, de ver su templanza y bondad y calidad, porque, por falta de graneros, no perezca, se dé orden y favor como se hagan estos pueblos nuevos que dicho tengo, donde se recoja este fruto y, si este aparejo de pueblos donde se recoja es Dios servido, que se haga, éste será, si yo no me engaño, el más hermoso y más fértil agosto que hoy haya en el mundo. No se me ofrece otra cosa al presente de que dar cuenta a Vuestra Señoría, cuya muy ilustre persona Nuestro Señor guarde por muy largos años y estado acreciente a su servicio.
De esta ciudad de Tenuxtitan México a XIIII de agosto de 1531 años.

Muy ilustre Señor de Vuestra Señoría humilde criado y servidor que sus manos beso, Licenciado Quiroga (rúbrica).

Al muy Illustre Señor, el Señor Conde d'Osorno, presidente de los Consejos Reales de Indias y Órdenes, etc., mi Señor.