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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1526 Quinta Carta de Relación

3 de Septiembre de 1526

Sacra Católica Cesárea Majestad:

En veinte y tres días del mes de otubre del año pasado de mill y quinientos y veinte y cinco despaché un navío para la isla Española desde la villa de Truxillo, del puerto y cabo de Honduras. Y con un criado mío que en él envié que había de pasar en esos reinos escrebí a Vuestra Majestad algunas cosas de las que en aquél que llaman golfo de Hibueras habian pasado, ansí entre los capitanes que yo envié y el capitán Gil Gonçalez como después que yo vine. Y porque al tiempo que despaché el dicho navio y mensajero no pude dar a Vuestra Majestad cuenta de mi camino y cosas que en él me acaescieron después que partí desta gran cibdad de Tenuxtitán hasta topar con las gentes de aquellas partes, y son cosas que es bien que Vuestra Celsitud las sepa a lo menos por no perder yo el estilo que tengo, que es no dejar cosa que a Vuestra Majestad no manifieste, las relataré en suma lo mejor que yo pudiere, porque decirlas como pasaron, ni yo las sabría sinificar ni por lo que yo dijese allá se podrían comprender. Pero diré las cosas más notables y más principales que en el dicho camino me acaescieron, aunque hartas quedarán por acesorias, que cada una dellas podría dar materia de larga escritura.

Dada orden para en lo de Cristóbal de Olid, como a Vuestra Majestad escrebí, porque me paresció que ya había mucho tiempo que mi persona estaba ociosa y no hacía cosa nuevamente de que Vuestra Majestad se sirviese a cabsa de la lesión de mi brazo, aunque no muy libre della, me paresció que debía de entender en algo. Determinado esto, salí desta gran ciudad de Tenuxtitán a doce días del mes de otubre del año de mill y quinientos y veinte y cuatro años con alguna gente de caballo y de pie que no fueron más de los de mi casa y algunos deudos y amigos míos, y con ellos Gonçalo de Salazar y Peralmíndez Chirino, fator y veedor de Vuestra Majestad, y llevé ansimismo conmigo todas las personas principales de los naturales de la tierra. Y dejé cargo de la justicia y gobernación al tesorero y contador de Vuestra Alteza y al licienciado Alonso de Çuaço, y dejé en esta ciudad todo recabdo de arti llería y munición y gente que era nescesaria, y las atarazanas ansimismo bastecidas de artillería y los bergantines en ella muy a punto, y un alcaide y toda buena manera para la defensa desta ciudad y aun para ofender a quien quisiesen. Y con este propósito y determinación salí desta ciudad de Tenuxtitán. Y llegado a la villa del Spíritu Sancto, que es en la provincia de Coaçacoalco ciento y diez leguas desta ciudad, en tanto que yo daba orden en las cosas de aquella villa envié a las provincias de Tabasco y Xicalango a hacer saber a los señores dellas mi ida a aquellas partes y mandándoles que viniesen a hablarme o enviasen personas a quien yo dijese lo que habían de hacer, y que las personas fuesen tales que a ellos se lo supiesen bien decir. Y ansí lo hicieron, que los mensajeros que yo envié fueron dellos bien recebidos, y con ellos me enviaron siete u ocho personas honradas con el crédito que ellos tienen por costumbre de enviar. Y hablando con éstos en muchas cosas de que yo quería informarme de la tierra, me dijeron que en la costa de la mar de la otra parte de la tierra que llaman Yucatán hacIa la bahía que llaman de la Asunvión estaban ciertos españoles y que les hacían mucho daño, porque demás de quemarles muchos pueblos y matarles alguna gente, por donde muchos se habián despoblado y huido la gente dellos a los montes, recebían otro mayor daño los mercaderes y tratantes, porque a su cabsa se había perdido toda la contratación de aquella costa, que era mucha. Y como testigos de vista me dieron razón de casi todos los pueblos de la costa hasta llegar donde está Pedrarias Dávila, gobernador de Vuestra Majestad, y me hicieron una figura en un paño de toda ella por la cual me paresció que yo podía andar mucha parte della, en especial hasta allí donde me señalaban que estaban los españoles. Y por hallar tan buena nueva del camino para siguir mi propósito y por atraer los naturales de la tierra al conocimiento de nuestra fee y servicio de Vuestra Majestad - que forzado en tan largo camino había de pasar muchas y diversas provincias y de gentes de muchas maneras - y por saber si aquellos españoles eran de algunos de los capitanes que yo había enviado, Cristóbal Dolid o Pedro de Alvarado o Francisco de las Casas, para dar orden en lo que debiesen facer, me paresció que convenía al servicio de Vuestra Majestad que yo llegase allá, y aun porque por el camino me paresció que se serviría Vuestra Majestad; porque forzado se habían de ver y descubrir muchas tierras y provincias no sabidas y se podrían apaciguar muchas dellas, como después se hizo. Y concebido en mi pecho el fruto que de mi ida se siguiría, pospuestos todos trabajos, peligros y costas que se me ofrecieron y representaron y los que más se me podían ofrecer, me determiné de seguir aquel camino como antes que saliese desta ciudad lo tenía determinado.

Antes que llegase a la dicha villa del Espíritu Santo en dos o tres partes del camino había recebido cartas de la gran cibdad, así de los que yo dejé por mis lugarteniente como de otras personas - y también las rescibieron los oficiales de Vuestra Majestad que en mi compañía estaban - en que me hacían saber cómo entre el tesorero y contador no había aquella conformidad que era necesario para lo que tocaba a sus oficios y al cargo que yo en nombre de Vuestra Majestad les dejé. Sobresto proveí lo que me pareció que convenía, y fue escrebirlos reprehendiéndoles muy reciamente de su yerro y aun apercibiéndoles que si no se conformaban y tenían de allí adelante otra manera que hasta entonces, que lo proveería como no les pluguiese y aun que haría dello relación a Vuestra Majestad. Y estando en esta villa del Espírítu Santo con la determinación ya dicha, me llegaron otras cartas dellos y de otras personas en que me hacían saber cómo sus pasiones todavía turaban y aun crecían, y que en cierta consulta habían puesto mano a las espadas el uno contra el otro, en que fue tan grande el escándalo y alboroto desto que no sólo se cabsó entre los españoles, que se armaron de la una parte y de la otra, mas aun los naturales de la cibdad habían estado para tomar armas diciendo que aquel alboroto era para ir contra ellos. Y viendo que ya mis reprehensiones y amenazas no bastaban, porque por no dejar yo mi camino no podía ir en persona a lo remediar, parecióme que era buen remedio enviar al fator y veedor que estaban conmigo con igual poder que el que ellos tenían para que supiesen quién era el culpado y lo apaciguasen. Y aun les di otro poder secreto para que si no bastase con ellos buena razón, les suspendiesen el cargo que yo les había dejado de la gobernación y lo tomasen ellos en sí juntamente con el llicenciado Alonso de Çuaço y que castigasen a los culpados. Y con haber proveído esto, se partieron el dicho fator y veedor, y tuve por muy cierto que su ida de los dichos fator y veedor haría mucho fruto y sería total remedio para apaciguar aquellas pasiones. Y con este crédito yo fui harto descansado.

Partido este despacho para esta cibdad, hice alarde de la gente que me quedaba para seguir mi camino y hallé noventa y tres de caballo, que entre todos había ciento y cincuenta caballos, y treinta y tantos peones. Y tomé un carabelón que a la sazón estaba surto en el puerto de la dicha villa que me habían enviado desde la villa de Medellín con bastimentos, y torné a meter en él los que había traído y unos cuatro tiros de artillería que yo traía y ballestas y escopetas y otra munición, y mandé les que se fuesen al río de Tabasco y que allí esperasen lo que yo les enviase a mandar. Y escribí a la villa de Medellín a un criado mío que en ella reside que luego me enviase otros dos carabelones que allí estaban y una barca grande y los cargase de bastimentos. Y escribí a Rodrígo de Paz, a quien yo dejé mi casa y hacienda en esta ciudad, que luego trabajase de enviar cinco o seis mill pesos de oro para comprar aquellos bastimentos que habían de enviar, y aun escribí al tesorero rogándole que él me los prestase, porque yo no había dejado dinero. Y ansí se hizo, que luego vinieron los carabelones cargados como yo lo mandé hasta el dicho río de Tabasco, aunque me aprovecharon poco, porque mi camino fue metido la tierra adentro y para llegar a la mar por los bastimentos y cosas que traía era muy dificultoso, porque había en medio muy grandes ciénagas.

Proveído esto que por la mar se había de llevar, yo comencé mi camino por la costa della hasta una provincia que se dice Çupilcon que está de aquella villa del Espírítu Santo treinta y cinco leguas. Y hasta llegar a esta província demás de muchas ciénagas y ríos pequeños, que en todos tobo puentes, se pasaron tres muy grandes ríos, que fue el uno en un pueblo que se dice Tumalan, que está nueve leguas de la villa del Espíritu Santo, y el otro es Agualulco, que está otras nueve leguas adelante. Y éstos se pasaron en canoas y los caballos a nado llevándolos de diestro en las canoas. Y el postrero por ser muy ancho, que no bastaba fuerza de los caballos para los pasar a nado, hobo necesidad de buscar remedio, y media legua arriba de la mar se hizo una puente de madera por donde pasaron los dichos caballos y gente que tenía novecientos y treinta y cuatro pasos, que fue una cosa bien maravillosa de ver. Esta provincia de Cupilco es abundosa desta fruta que llaman cacao y de otros mantenimientos de la tierra y mucha pesquería. Hay en ella diez o doce pueblos buenos, digo cabeceras, sin las aldeas. Es tierra muy baja y de muchas ciénagas, tanto que en tiempo de invierno no se puede andar ni se sirven sino en canoas, y con pasarla yo en tiempo de seca desde la entrada hasta la salida della, que puede haber veinte leguas, se hicieron más de cincuenta puentes que sin se hacer fuera imposible pasar. La gente, que estaba algo pacífica aunque temerosa por la poca conversación que habían tenido con los españoles, quedaron con mi venida más seguros y sirvieron de buena voluntad así a mí y a los que conmigo iban como a los españoles a quien quedaron depositados.

Desta provincia de Çupilcon, según la figura que los de Tabasco y Xicalango me dieron, había de ir a otra que se llama Çaguatan. Y como ellos no se sirven sino por agua no sabían el camino que yo debía llevar por tierra, aunque me señalaban el derecho que estaba la dicha provincia. Y ansí fuéme forzado dende allí enviar por aquel derecho algunos españoles e indios a descubrir el camino, y descubierto, abrirle por donde pudiésemos pasar, porque era todo montañas muy cerradas. Y plugo a Nuestro Señor que se halló, aunque trabajoso, porque demás de las montañas había muchas ciénagas muy trabajosas, porque en todas o en las más se hicieron puentes. Y habíamos de pasar un muy poderoso río que se llama Gueçalapa, que es uno de los brazos que entran en el de Tabasco. Y proveí de enviar desde allí dos españoles a los señores de Tabasco y Cunoapa a les rogar que por aquel río arriba me enviasen quince o veinte canoas para que me trujesen bastimentos de los carabelones que allí estaban y me ayudasen a pasar el río y después me llevasen los bastimentos hasta la principal población de Çaguatan, que, según paresció, está este dicho río arriba del paso donde yo pasé doce leguas. Y ansí lo hicieron y cumplieron muy bien como yo se lo envié a rogar.

Yo me partí del postrer pueblo desta provincia de Çupilco, que se llama Anaxuxuca, después de haberse hallado camino hasta el río de Çalapa que habíamos de pasar, y dormí aquella noche en unos despoblados entre unas lagunas. Y otro día llegué temprano al dicho río y no hallé canoa en que pasar, porque no habían llegado las que yo envié a pedir a los señores de Tabasco. Y los descubridores que delante iban hallé que iban abriendo el camino el río arriba por la otra parte, porque como estaban informados que el río pasaba por medio de la más principal población de la dicha provincia de Çaguata, siguían el dicho río arriba por no errar. Y uno dellos se había ido en una canoa por el agua por llegar más aína a la dicha población, el cual llegó y halló toda la gente alborotada, y hablóles con una lengua que llevaba y aseguró los algo. Y tornó a enviar luego la canoa el río abajo con unos indios, con quien me hizo saber lo que había pasado con los naturales de aquel pueblo y que él venía con ellos abriendo el camino por donde yo había de ir y que se juntaría con los que de acá le iban abriendo, de que holgué mucho, así por haber apaciguado algo aquella gente como por la certenidad del camino, que la tenía algo por dudosa o a lo menos por trabajosa. Y con aquella canoa y con balsas que hicieron de madera comencé a pasar el fardaje por aquel río, que es asaz cabdaloso. Y estando ansí pasando, llegaron los españoles que yo envié a Tabasco con veinte canoas cargadas de los bastimentos que había llevado el carabelón que yo envié desde Coazacoalco, y supe dellos que los dos otros dos carabelones y la barca no habían llegado al dicho río, pero que quedaban en Coaçacualco y vernían muy presto. Venían en las dichas canoas hasta docientos indios de los naturales de aquella provincia de Tabasco y Cunoapa, y con aquellas canoas pasé el río sin haber peligro más de se ahogar un esclavo negro y perderse dos cargas de herraje que después nos hizo alguna falta.

Aquella noche dormí de la otra parte del río con toda la gente, y otro día seguí tras los que iban abríendo el camino río arríba, que no había otra guía sino la ríbera dél, y anduve hasta seis leguas y dormí aquella noche en un monte con mucha agua que llovió. Y siendo ya noche llegó el español que había ido el río arríba hasta el pueblo de Çaguatan con hasta setenta indios de los naturales dél, y me dijo cómo el dejaba abierto el camino por otra parte, y que convenía para tomalle que volviese dos leguas atrás. Y ansí lo hice, aunque mandé que los que iban abríendo por la ribera del río, que estaban ya bien tres leguas adelante donde de donde yo dormí, que siguiesen todavía. Y a legua y media adelante de donde estaban dieron en las estancias del pueblo, así que quedaron dos caminos abiertos donde no había ninguno.

Yo seguí por el camino que los naturales habían abierto, y aunque con trabajo de algunas ciénagas y de mucha agua que llovió aquel día, llegué a la dicha población, a un barrío della que aunque era el menor era asaz bueno y habría en él más de docientas casas. No pudimos pasar a los otros barríos porque los partían ríos que pasaban entre ellos que no se podían pasar sino a nado. Estaban todos despoblados, y en llegando, desaparecieron los indios que habían venido con el español a verme aunque les había hablado y dado algunas cosillas de las que yo tenía - agradeciéndoles el trabajo que habían puesto en abrirme el camino - y dicho a lo que yo venía por aquellas partes, que era por mandado de Vuestra Majestad a hacerles saber que habían de adorar y creer en un solo Dios críador y hacedor de todas las cosas y tener en la tierra a Vuestra Alteza por superior y señor y todas las otras cosas que cerca desto se les debían decir. Y esperé tres o cuatro días creyendo que de miedo se habían alzado y que vernían a hablarme, y nunca pareció nadie. Y por haber lengua dellos, para dejallos pacíficos y en el servicio de Vuestra Majestad y para informarme dellos del camino que había de llevar - porque en toda aquella tierra no se hallaba camino para ninguna parte ni aun rastro de haber andado por tierra una persona sola, porque todos se sirven por el agua a causa de los grandes ríos y ciénagas que por la tierra hay -, envié dos compañías de gente de españoles y algunos de los naturales desta cibdad y su tierra que yo conmigo llevaba para que buscasen la gente por la provincia y me trujesen algunos para los efectos que arriba he dicho. Y con las canoas que habían venido de Tabasco que subieron el río arriba y con otras que se hallaron del pueblo anduvieron muchos de aquellos ríos y esteros porque por tierra no se podían andar, y nunca hallaron más de dos indios y ciertas mujeres, de los cuales trabajé de me informar dónde estaba el señor y la gente de aquella tierra, y nunca me dijeron otra cosa sino que por los montes andaban cada uno por sí y por aquellas ciénagas y ríos. Preguntéles también por el camino para ir a la provincia de Chilapan, que según la figura que yo traía debía llevar aquella derrota, y jamás lo pude saber dellos porque decían que ellos no andaban por la tierra sino por los ríos y esteros en sus canoas, y que por allí que ellos sabian el camino y no por otra parte. Y lo que más dellos se pudo alcanzar fue señalarme una sierra que pareció estar hasta diez leguas de allí y decirme que allí cerca estaba la principal población de Chilapan, y que pasaba junto con ella un muy gran río que abajo se juntaba con aquel de Çaguatan y que entraban juntos en el de Tabasco, y que el río arriba estaba otro pueblo que se llamaba Acumba, pero que tampoco sabían camino para allí por tierra. Estuve en este pueblo veinte días que en todos ellos no cesé de buscar camino que fuese para alguna parte, y jamás se halló chico ni grande, antes por cualquier parte que salíamos alderredor del pueblo había tan grandes y espantosas ciénagas que parecía cosa imposible pasarlas. Y puestos ya en mucha necesidad por falta de bastimentos, encomendándonos a Nuestro Señor, hicimos una puente en una ciénaga que turó trecientos pasos, en que entraron muchas vigas de a treinta y cinco y cuarenta pies, y sobre ellas otras atravesadas, y ansí pasamos y seguimos en demanda de aquella sierra hacia donde nos decían que estaba el pueblo de Chilapan. Y envié por otra parte una compañía de caballo con ciertos ballesteros en demanda del otro pueblo de Acumba, y éstos toparon aquel día con él y pasaron a nado y en dos canoas que allí hallaron y huyóles luego la gente del pueblo, que no pudieron tomar sino dos hombres y ciertas mujeres, y hallaron mucho bastimento y salieron a mí al camino. Y dormí aquella noche en el campo, y quiso Dios que aquella tierra era algo abierta y enjuta con hartas menos ciénagas que la pasada. Y aquellos indios que se tomaron de aquel pueblo de Acumba nos guiaron hasta Chilapan, donde llegamos otro día bien tarde y hallamos todo el pueblo quemado y los naturales dél absentados.

Es este pueblo de Chilapan de muy gentil asiento y harto grande. Había en él muchas arboledas de las frutas de la tierra. Había muchas labranzas de maizales aunque no estaban bien granados, pero todavía fue mucho remedio de nuestra necesidad. En este pueblo estuve diez días proveyéndonos de algún bastimento y haciendo algunas entradas para buscar la gente dél para la apaciguar y también para informarme dellos del camino para adelante, y nunca se pudieron hallar más de dos indios que al principio se tomaron dentro en el dicho pueblo. Déstos me informé del camino que había de llevar hasta Tepetitan o Tamacazteperque, que ansí se llama por otro nombre. Y ansí, medio a tiento y sin camino nos guiaron hasta el dicho pueblo, al cual llegué en dos días. Pasóse en el camino un río muy grande que se llama Chilapan, de donde tomó denominación el pueblo. Y pasóse con mucho trabajo porque era muy ancho y recio y no había aparejo de canoas, y pasóse todo con balsas. Ahogóse en este río otro esclavo y perdióse mucho fardaje de los españoles.

Después de pasado este río, que se pasó legua y media del dicho pueblo de Chilapan, hasta llegar al de Tepetitan se pasaron muchas y grandes ciénagas, que de seis o siete leguas que había de camino hasta él no hobo una donde no fuesen los caballos hasta encima de las rodillas, y muchas veces hasta las orejas. En especial se pasó una muy mala donde se hizo una puente donde estovieron muy cerca de se ahogar dos o tres españoles. Y con este trabajo, pasados dos días, llegamos al dicho pueblo, el cual ansimismo hallamos quemado y despoblado, que nos fue doblar nuestros trabajos. Hallamos en él alguna fruta de la tierra y algunos maizales verdes algo más grandes que en el pueblo de atrás. También se hallaron en algunas de las casas quemadas silos de maíz seco, aunque fue poco, pero fue harto remedio segúnd traíamos estrema nescesidad. En este pueblo de Tepetitan, que está junto a la halda de una gran cordillera de sierras, estuve seis días. Y se hicieron algunas entradas por la tierra pensando hallar alguna gente para les hablar y dejar seguros en su pueblo y aun para me informar del camino de adelante, y nunca se pudo hallar sino un hombre y ciertas mujeres. Déstos supe que el señor y naturales de aquel pueblo habían quemado sus casas por inducimiento de los naturales de Çaguatan y se habían ido a los montes. Dijo que no sabía camino para ir a Ystapan, que es otro pueblo adonde segúnd mi figura yo había de llegar, porque no lo había por tierra, pero que poco más o menos él guiaría hacia la parte que él sabía que estaba.

Con esta guía despaché hasta treinta de caballo y otros treinta peones, y mandéles que fuesen hasta llegar al dicho pueblo y que luego me escribiesen la relación del camino, porque yo no saldría de aquel pueblo hasta ver sus cartas. Y así fueron, y pasados dos días sin haber recebido carta suya ni saber dellos nueva, me fue forzado partirme por la necesidad que allí teníamos y seguir por su rastro sin otra guía, que era asaz notorio camino seguir el rastro qúe llevaban por las ciénagas, que certifico a Vuestra Majestad que en lo más alto de los cerros se sumían los caballos hasta las cinchas sin ir nadie encima, sino Ilevándolos del diestro. Y desta manera anduve dos días por el dicho rastro sin haber nuevas de la gente que había ido delante y con harta perplejidad de lo que había de hacer, porque volver atrás tenía por imposible y de lo de adelante ninguna certenidad tenía. Y quiso Nuestro Señor, que en las mayores necesidades suele socorrer, que estando aposentados en un campo con harta tristeza de la gente, pensando allí todos perecer sin remedio, llegaron dos indios de los naturales desta cibdad con una carta de los españoles que habían ido delante en que me hacían saber cómo habían llegado al pueblo de Ystapan; y que cuando a él llegaron, los naturales dél tenían todas las mujeres y haciendas de la otra parte de un gran río que junto con el dicho pueblo pasaba, y que en el pueblo estaban muchos hombres creyendo que no podrían pasar un gran estero que estaba junto al pueblo; y que como vieron que se habían echado a nado con los caballos por el estero, habían comenzado a poner fuego al pueblo, pero que los españoles se habían dado tanta priesa que no les habían dado lugar a que del todo le quemasen; y que toda la gente se había echado al río y lo habían pasado en muchas canoas que tenían y a nado, y que con la príesa se habían ahogado muchos dellos; y que habían tomado siete u ocho personas entre las cuales había uno que parecía principal, y que los tenían hasta que yo llegase. Fue tanta el alegría que toda la gente tuvo con esta carta que no lo sabría decir a Vuestra Majestad, porque, como arriba he dicho, estaban todos casi desesperados de remedio. Y otro día por la mañana seguí mi camino por el rastro, y guiándome los indios que habían traído la carta llegué ya tarde al pueblo, donde hallé toda la gente que había ido delante muy alegres porque habían hallado muchos maizales, aunque no muy granados, y yucas y agíes, que es un mantenimiento con que los naturales de las Islas se man tienen asaz bueno. Llegado, hice traer ante mí aquellas personas naturales del pueblo que allí se habían tomado y preguntéles con la lengua que qué era la cabsa porque ansí todos quemaban sus propias casas y pueblos y se iban y absentaban dellos pues yo no les hacía mal ni daño alguno, antes a los que me esperaban les daba de lo que yo tenía. Respondiéronme que el señor de Çagoutan había venido allí en una canoa y les había puesto mucho temor y les había fecho quemar su pueblo y desamparalle. Yo hice traer ante mí a aquel principal y a todos los indios e indias que se habían tomado en Çaguatan y en Chilapan y en Tepetitan, y les dije que porque viesen cómo aquel malo les había mentido, que se informasen de aquéllos si les había fecho algúnd daño o mal y si en mi compañía habían sido bien tratados. Los cuales se informaron, y después lloraban deciendo que habían sido engañados y mostrando pesarles de lo fecho. Y para más los asegurar les di licencia a todos aquellos indios e indias que traía de aquellos pueblos de atrás que se fuesen a sus casas, y les di algunas cosillas y sendas cartas, las cuales les mandé que tuviesen en sus pueblos y las mostrasen a los españoles que por allí pasasen, porque con ellas estarían seguros. Y les dije que dijesen a sus señores el yerro que habían fecho en quemar sus pueblos y casas y absentarse, y que de allí en adelante no lo hiciesen así sino que se estuviesen seguros en ellos porque no les sería fecho mal ni daño. Y con esto, viéndolo estotros de Ystapan, se fueron muy seguros y contentos, que fue harta parte de asegurar estotros.

Después de haber fecho esto hablé a aquél que parecía más principal y le dije que ya veía que no hacía yo mal a nadie ni mi ida por aquellas partes era a los enojar, antes a les hacer saber muchas cosas que les convenían a ellos, ansí para la seguridad de sus personas y haciendas como para la salvación de sus ánimas; por tanto, que le rogaba mucho que él me enviase dos o tres de aquellos que allí estaban con él, y que yo le daría otros tantos de los naturales de Tenuxtitán para que fuesen a llamar al señor y le dijesen que ningún miedo hobiese, y que tuviese por cierto que en su venida ganaría mucho. El cual me dijo que le placía de buena voluntad. Y luego los despaché, y fueron con ellos los indios de México. Y otro día por la mañana vinieron los mensajeros y con ellos el señor con hasta cuarenta hombres, y me dijo que él se había ausentado y mandado quemar su pueblo porque el señor de Çaguatan le había dicho que lo quemase y no me esperase porque los mataría a todos, y que él había sabido de aquellos suyos que le habían ido a llamar que había sido engañado y que no le habían dicho la verdad, y que le pesaba de lo fecho y me rogaba le perdonase, y que de allí adelante él haría lo que yo le dijese. Y rogóme que ciertas mujeres que le habían tomado los españoles al tiempo que allí habían venido que se las hiciese volver. Y luego lo mandé ansí y se recogieron hasta veinte que allí había y se las di, de que quedó muy contento. Y ofrecióse que un español halló que un indio de los que yo de Temixtitán llevaba conmigo estaba comiendo un pedazo de carne de un indio que mataron en aquel pueblo cuando entraron en él y vínomelo a decir. Y en presencia de aquel señor le hice quemar, dándole a entender al dicho señor la cabsa de aquella justicia, que era porque había muerto aquel indio y comido dél, lo cual era defendido por Vuestra Majestad y por mí en su real nombre les había seído requerido y mandado que no lo hiciesen; y que ansí por le haber muerto y comido dél le mandaba quemar, porque yo no quería que matasen a nadie, antes iba por mandado de Vuestra Majestad a amparallos y defendellos, así sus personas como sus haciendas, y hacerles saber cómo habían de tener y adorar un solo Dios que está en los cielos, criador y hacedor de todas las cosas por quien todas las criaturas viven y se gobiernan, y dejar todos sus ídolos y ritos que hasta allí habían tenido porque eran mentiras y engaños que el diablo, enemigo de la naturaleza humana, les hacía para los engañar y llevarlos a condenación perpetua donde temían muy grandes y espantosos tormentos, y por los apartar del conocimiento de Dios porque no se salvasen y fuesen a gozar de la gloria y bienaventuranza que Dios prometió y tiene aparejada a los que en El creyeren, la cual el diablo perdió por su malicia y maldad; y que ansimesmo les venía a hacer saber cómo en la tierra está Vuestra Majestad, a quien el universo por providencia divina obedesce y sirve, y que ellos ansimesmo se habían de someter y estar debajo de su imperial yugo y hacer lo que en su real nombre los que acá por ministros de Vuestra Majestad estamos les mandásemos; y haciéndolo ansí, ellos serían muy bien tratados y mantenidos en justicia y amparadas sus personas y haciendas; y no lo haciendo así, se procedería contra ellos y serían castigados conforme a justicia. Y cerca desto le dije muchas cosas de que a Vuestra Majestad no hago mención por ser prolijas y largas, y a todo mostró mucho contentamiento y proveyó luego de enviar algunos de los que con él trajo para que trajesen bastimentos, y ansí se hizo. Yo le di algunas cosillas de las de nuestra España que tuvo en mucho, y estuvo en mi compañía muy contento todo el tiempo que allí estuve y mandó abrir el camino hasta otro pueblo que está cinco leguas déste el río arriba que se llama Tatahuitalpan. Y porque en el camino había un río hondo, hizo hacer en él una muy buena puente por donde pasamos y adobar otras ciénagas harto malas. Y me dio tres canoas en que envié tres españoles el río abajo al río de Tabasco, porque éste es el principal río que en él entra, donde los carabelones habían de esperar la instrución de lo que habían de facer. Y con estos españoles envié a mandar que siguiesen toda la costa hasta doblar la punta que llaman de Yucatán y que llegasen hasta la bahía de la Asunción, porque allí me hallarían o les enviaría a mandar lo que habían de hacer. Y mandé a los españoles que fueron en las canoas que con ellas y con las que más pudiesen haber en Tabasco y Xicalango me llevasen los bastimentos que pudiesen por un gran estero arriba que sale a la provincia de Acalan, que está deste pueblo de Yztapan cuarenta leguas, y que allí los esperaría. Partidos estos españoles y hecho el camino, rogué al señor de Yztapan que me diese otras tres o cuatro canoas para que fuesen el río arriba con media docena de españoles y una persona principal de las suyas con alguna gente para que fuesen adelante apaciguando los pueblos porque no se absentasen ni los quemasen, el cual lo hizo con muestra de buena voluntad. E idos éstos delante hicieron asaz fruto, porque apaciguaron cuatro o cinco pueblos el río arriba, según adelante haré dellos a Vuestra Majestad relación. Este pueblo de Yztapan es muy grande cosa y está sentado en la ribera de un muy hermoso río. Tiene muy buen asiento para poblar en él españoles. Tiene muy hermosa ribera donde hay buenos pastos. Tiene muy buenas tierras de labranzas y tiene buena comarca de tierra poblada.

Después de haber estado en este pueblo de Ystapan ocho días y proveído lo contenido en el capítulo antes déste, me partí y llegué aquel día al pueblo de Tatahuitalpan, que es un pueblo pequeño, y hallélo quemado y sin ninguna gente. Y llegué yo primero que las canoas que venían el rio arriba, porque con las corrientes y grandes vueltas que el río hace no llegaron tan aína. Y después de venidas, hice pasar con ellas cierta gente de la otra parte del río para que buscasen los naturales del dicho pueblo para los asegurar como los de atrás. Y obra de media legua de la otra parte del río hallaron hasta veinte hombres en una casa de sus ídolos, que los tenían muy adornados, los cuales me trajeron. E informado dellos, me dijeron que toda la gente se había absentado de miedo, y que ellos habían quedado allí para morír con sus dioses y no habían querido huir. Y estando yo con ellos en esta plática, pasaron ciertos indios de los nuestros que traían ciertas cosas que habían quitado a sus ídolos, y como las vieron los del pueblo dijeron que ya eran muertos sus dioses. Y a esto les hablé diciéndoles que mirasen cuán vana y loca creencia era la suya, pues creían que les podían dar bienes quien así no se podía defender y tan ligeramente veían desbaratar. Y respondiéronme que en aquella seta los dejaron sus agüelos y que aquella tenían y temían hasta que otra cosa supiesen. No pude por la brevedad del tiempo darles a entender más de lo que dije a los de Yztapan, y dos religiosos de la orden de San Francisco que en mi compañía iban les dijeron ansimesmo hartas cosas acerca desto. Roguéles que fuesen algunos dellos a llamar la gente del pueblo y al señor y aseguralla, y aquel príncipal que truje de Yztapan ansimesmo les habló y dijo las buenas obras que de mí habían recebido en el pueblo. Y señalaron uno dellos y dijeron que aquél era el señor, el cual envió dos a que llamasen la gente, los cuales nunca vinieron.

Viendo que no venían, rogué a aquél que habían dicho que era el señor que me mostrase el camino para ir a Çaguatespan, porque por allí había de pasar segúnd mi figura y está en este río arríba. Y dijo que ellos no sabían camino por tierra sino por el río porque por allí se servían todos, pero que a tino me llevarían por aquellos montes, que no sabían si acertarían. Dijeles que me mostrasen desde allí el paraje en que estaba y marquélo lo mejor que pude. Y mandé a los españoles que estaban con las canoas que se fuesen el río arríba y que llevasen consigo al principal de Yztapan que conmigo venía hasta llegar al dicho pueblo de Çaguatespan, y que trabajasen de asegurar la gente dél y de otro que habían de topar antes, que se llamaba Ocumacintlan; y que si yo llegase prímero, los esperaría, y que si no, que ellos me esperasen. Y despachados éstos, me partí yo con aquellas guías de la tierra. Y en saliendo del pueblo, di en una muy gran ciénaga que turó más de media legua, y con mucha rama y hierba que los indios nuestros amigos en ella echaron pudimos pasar. Y luego dimos en un estero hondo donde fue nescesario hacer una puente por donde pasase el fardaje y las sillas, y los caballos pasaron a nado. Y pasado este estero, dimos en otra medio ciénaga que turó bien una legua, que nunca abajó a los caballos de la rodilla abajo y muchas veces de las cinchas, pero con ser algo tiesta debajo pasamos sin peligro hasta llegar al monte, por el cual anduve dos días abriendo camino por donde me señalaban aquellas guías hasta tanto que dijeron que iban desatinados, que no sabían adónde iban. Y era la montaña de tal calidad que sino donde se ponían los pies en el suelo y hacia arriba la clarídad del cielo no se veía otra cosa. Tanta era la espesura y alteza de los árboles que aunque se subían en algunos, no podían descubrir un tiro de piedra. Como los que iban delante con las guías abriendo el camino me enviaron a decir que andaban desatinados, que no sabían donde estaban, hice parar la gente y pasé yo a pie adelante hasta llegar a ellos. Y como vi el desatino que tenían, hice volver la gente atrás a una cienaguilla que habíamos pasado adonde por cabsa del agua había una poca de hierba que comiesen los caballos, que había dos días que no la comían ni otra cosa. Y allí estuvimos aquella noche con harto trabajo de hambre, y poníanosla mayor la poca esperanza que teníamos de acertar a poblado, tanto que la gente estaba estaba fuera de toda esperanza y más muertos que vivos. Hice sacar una aguja de marear que traía conmigo por donde muchas veces me guiaba - aunque nunca nos habíamos visto en tan estrema necesidad como ésta - y por ella, acordándome del paraje en que habían señalado los indios que estaba el pueblo, hallé que corriendo al nordeste dende allí salíamos a dar al pueblo o muy cerca dél, y mandé a los que iban abriendo el camino que llevasen aquella aguja consigo y siguiesen aquel rumbo sin se apartar dél. Y ansí lo hicieron, y quiso Nuestro Señor que salieron tan ciertos que a hora de vísperas fueron a dar medio a medio de unas casas de sus ídolos que estaban en medio del pueblo, de que toda la gente hobo tanta alegría que casi desatinados corrieron todos al pueblo, y no mirando una ciénaga que estaba antes que en él entrasen se sumieron en ella muchos caballos, que algunos dellos no salieron hasta otro día, aunque quiso Dios que ninguno peligró. Y los que veníamos atrás desechamos la ciénaga por otra parte, aunque no se pasó sin harto trabajo.

Aquel pueblo de Çaguatepan hallamos quemado cebto las mesquitas y casas de sus ídolos, y no hallamos en él gente ninguna ni nueva de las canoas que habían venido el río arriba. Hallóse en él mucho maíz algo más granado que lo de atrás y yuca y agíes y buenos pastos para los caballos, porque en la ribera del río, que es muy hermosa, había muy buena hierba. Y con este refrigerio se olvidó algo del trabajo pasado, aunque yo tuve siempre mucha pena en no saber de las canoas que había enviado el río arriba. Y andando mirando el pueblo hallé yo una saeta hincada en el suelo, donde conoscí que las canoas habían llegado allí porque todos los que venían en ellas eran ballesteros. Y dióme más pena creyendo que allí habían peleado con ellos y habían muerto, pues no parecían. Y en unas canoas pequeñas que por allí se hallaron hice pasar de la otra parte del río, donde hallaron mucha copia de gente y labranzas, y andando por ellas fueron a dar a una gran laguna donde hallaron toda la gente del pueblo metida en sus canoas y en isletas. Y en viendo los cristianos, se vinieron a ellos muy seguros, y sin les entender lo que decían me trujeron hasta treinta o cuarenta dellos, los cuales después de haberlos hablado me dijeron que ellos habían quemado su pueblo por inducimiento de aquel señor de Çaguatan y se habían ido dél a aquellas lagunas por el temor que él les puso, y que después habían venido por allí ciertos cristianos de los de mi compañía en unas canoas y con ellos algunos de los naturales de Ystapan, de los cuales habían sabido el buen tratamiento que yo a todos hacía, y que por eso se habían asegurado; y que los cristianos habían estado allí dos días esperándome, y como no venía, se habían ido el río arriba a otro pueblo que se llama Petenecte, y que con ellos se había ido un hermano del señor de aquel pueblo con cuatro canoas cargadas de gente para que si en el otro pueblo les quisiesen facer algún daño ayudarlos, y que les habían dado mucho bastimento y todo lo que hobieron menester. Holgué mucho desta nueva y díles crédito por ver que se habían asegurado tanto y habían venido a mí de tan buena voluntad, y roguéles que luego hiciesen venir una canoa con su gente, que fuese en busca de aquellos españoles y que les llevasen una carta mía para que se volviesen luego allí, los cuales lo hicieron con harta diligencia. Y yo les di una carta mía para los españoles. Y otro día a vísperas vinieron, y con ellos aquella gente del pueblo que habían llevado y más otras cuatro canoas cargadas de gente y bastimentos del pueblo de donde venían. Y dijéronme lo que había pasado el río arriba después que de mí se habían apartado, que fue que llegaron a aquel pueblo que estaba antes déste que se llamaba Uçumaçintlan, que le habían hallado quemado y la gente dél absentada; y que en llegando a él los de Ystapan que con ellos traían, los habían buscado y llamado, y que habían venido muchos dellos muy seguros y les habían dado bastimentos y todo lo que les pidieron, y ansí los habían dejado en su pueblo; y después habían llegado a aquél de Çaguatecpan, y que ansimesmo le habían hallado despoblado y la gente de la otra parte del río, y que como les habían hablado los de Yztapan se habían todos asegurado y les habían fecho muy buen acogimiento y dado muy complidamente lo que hobieron menester; y me habían esperado allí dos días y como no vine, creyendo que había salido más alto, pues tanto tardaba, habían seguido adelante y se habían ido con ellos aquella gente del pueblo y aquel hermano del señor hasta el otro pueblo de Pectenete, que está de allí seis leguas, y que ansimesmo le habían hallado despoblado, aunque no quemado, y la gente de la otra parte del río; y que los de Ystapan y los de aquel pueblo los habían asegurado y se venían con ellos aquella gente en cuatro canoas a verme y me traían maíz y miel y cacao y un poco de oro; y que ellos habían enviado mensajeros a otros tres pueblos que les dijeron que están el río arriba, que se llaman Coaçacoalco Y Taltenango y Tebtitan, y que creían que otro día vernían allí a hablarme. Y ansí fue, que otro día vinieron por el río abajo hasta siete u ocho canoas en que venía gente de todos aquellos pueblos, y me trajeron algunas cosas de bastimentos y un poquito de oro. A los unos y a los otros hablé muy largamente para hacerles entender que habían de creer en Dios y servir a Vuestra Majestad, y todos ellos se ofrescieron por súbditos y vasallo s de Vuesta Alteza y prometieron en todo tiempo hacer lo que les fuese mandado. Y los de aquel pueblo de Çaguatezpan trujeron luego algunos de sus ídolos y en mi presencia los quebrantaron y quemaron. Y vino allí el señor principal del pueblo, que hasta entonces no había venido, y me trujo un poquillo de oro. Y les di de lo que tenía a todos, de que quedaron muy contentos y seguros.

Entre éstos hobo alguna diferencia preguntándoles yo por el camino que había de llevar para Acalan, porque los de aquel pueblo de Çaguatepan decían que mi camino era por los pueblos que estaban el río arriba, y aun antes que estotros viniesen habían fecho abrír seis leguas de camino por tierra y hecho una puente en un río por do pasásemos. Y venidos estotros, dijeron que era muy gran rodeo y de muy mala tierra y despoblada, y que el derecho camino que yo había de llevar para Acalan era pasar el río por aquel pueblo, y que por allí había una senda que solían traer los mercaderes por donde ellos me guiarían hasta Acalan. Finalmente se averiguó entre ellos ser éste el mejor camino. Y yo había enviado antes un español con gente de los naturales de aquel pueblo de Çaguatezpan en una canoa por el agua a la provincia de Acalan a les hacer saber cómo yo iba y que se asegurasen y no tuviesen temor, y para que supiesen si los españoles que habían de ir con los bastimentos desde los bergantines eran llegados. Y después envié otros cuatro españoles con guías de aquéllos que decían saber el camino, para que le viesen y me informasen si había algún impedimento o dificultad en él, y que allí esperaría su respuesta. Idos, fuéme forzado partirme antes que me escribiesen porque no se me acabasen los bastimentos que estaban recogidos para el camino, porque me decían que había cinco o seis días de despoblado. Y comencé a pasar el río con mucho aparejo de canoas que había, y por ser tan ancho y de recia corriente se pasó con harto trabajo, y se ahogó un caballo y se perdieron algunas cosas del fardaje de los españoles. Pasado este río, envié delante una compañía de peones con las guías para que abriesen el camino, y yo con la otra gente me fui detrás dellos. Y después de haber andado tres días por unas montañas harto espesas por una vereda bien angosta, fui a dar a un gran estero que tenía de ancho más de quinientos pasos. Y trabajé de buscar paso por él abajo y arriba y nunca le hallé, y las guías me dijeron que era por demás buscarle si no subía veinte días de camino hasta las sierras. Púsome en tanto estrecho este estero o ancón que sería imposible podello sinificar, porque pasar por él parecía imposible a cabsa de ser tan grande y no tener canoas en que pasarlo. Y aunque las tuviéramos para el fardaje y gente los caballos no podían pasar, porque a la entrada y a la salida había unas grandes ciénagas y raíces de árboles que si volando no, de otra manera era escusado pensar de pasar los caballos. Pues pensar de volver atrás era muy notorio perecer todos por los malos caminos que habíamos pasado y las muchas aguas que facía, que ya teníamos por cierto que las crecientes de los ríos habían robado las puentes que dejábamos fechas. Pues tornarlas a hacer era muy dificultoso, porque ya toda la gente venía muy fatigada. También pensábamos que habíamos comido todos los bastimentos que había por el camino y que no hallaríamos de comer porque llevaba mucha gente y caballos, porque demás de los españoles venían conmigo más de tres mill ánimas de los naturales. Pues pasar adelante, ya he dicho a Vuestra Majestad la dificultad que había, ansí que ningún seso de hombre bastaba para el remedio si Dios, que es verdadero remedio y acorro de los afligidos y necesitados, no le pusiera. Y estando en esto, fallé una canoíta pequeña en que habían pasado los españoles que yo envié adelante a ver el camino y con ella hice sondar el ancón, y hallóse en todo él cuatro brazas de hondura. E hice atar unas lanzas para ver el suelo qué tal era, y hallóse que demás de la hondura del agua había otras dos brazas de lama y cieno, así que eran seis brazas. Y tomé por postrer remedio determinarme de hacer una puente en él y mandé luego repartir la madera por sus medidas, que eran de nueve y de diez brazas por lo que había de salir fuera del agua, la cual encargué que cortasen y trajesen a aquellos señores de los indios que conmigo iban, a cada uno según la gente que traía. Y los españoles, y yo con ellos, comenzamos a hincar la madera con balsas y con aquella canoílla y otras dos que después se hallaron. Y era tal la obra que comenzamos que a todos pareció cosa imposible de acabar y aun lo decían detrás de mí, diciendo que sería mejor dar la vuelta antes que la gente se fatigase y después de hambre no pudiesen volver, porque al fin aquella obra no se había de acabar y forzados nos habíamos de volver. Y andaba desto tanto murmullo entre la gente que casi ya me lo osaban decir a mí, y como los viese tan desmayados - y en la verdad tenían razón, por ser la obra que emprendíamos de tal calidad - porque ya no comíamos sino raíces de hierbas, y viese esta murmuración que entre los españoles andaba, mandéles que ellos no entendiesen en la puente, y que yo la haría con los indios. Y luego llamé a todos los señores dellos y les dije que mirasen en cuánta necesidad estábamos y que forzado habíamos de pasar o perecer, que les rogaba mucho que ellos se esforzasen y esforzasen a sus gentes para que aquella puente se acabase, y que pasada, teníamos luego una provincia muy grande que se decía Acalan donde había mucha abundancia de bastimentos, y que allí reposaríamos; y que demás de los bastimentos de la tierra ya sabían ellos que había enviado a mandar que me trajesen de los navíos de los bastimentos que llevaban, y que los habían de traer allí en canoas y que allí ternían mucha abundancia de todo. Y que demás desto yo les prometí que, vueltos a esta cibdad, serían de mí en nombre de Vuestra Majestad muy galardonados. Y ellos me prometieron que lo trabajarían viribus et posse, y ansí comenzaron luego a repartirlo entre sí. Y diéronse tan buena priesa y maña en ello que en cuatro días la acabaron de tal manera que pasaron por ella todos los caballos y gente, y turará más de diez años que no se deshaga si a mano no la deshacen, y esto ha de ser con quemarla y de otra manera sería dificultoso de se hacer, porque lleva más de mill vigas que la menor es casi tan gorda como un cuerpo de un hombre y de nueve y de diez brazas de largo, sin otra madera menuda que no tiene cuenta. Y certifico a Vuestra Majestad que no creo que habrá nadie que sepa decir en manera que se pueda entender la orden que éstos dieron a hacer esta puente sino que es la cosa más estraña que nunca se ha visto.

Pasada toda la gente y caballos de la otra parte del ancón, dimos luego en una gran ciénaga que turó bien tres tiros de ballesta, la cosa más espantosa que jamás las gentes vieron, donde todos los caballos desensillados se sumían hasta las orejas sin parecerse otra cosa, y en forcejar a salir sumíanse más, de manera que allí perdimos del todo la esperanza de poder escapar caballos ningunos. Pero todavía comenzamos a trabajar, y con ponerles haces de hierba y ramas grandes debajo sobre que se sostuviesen y no se sumiesen, remediábanse algo. Y andando trabajando, yendo y viniendo de la una parte a la otra, abrióse por medio de la ciénaga un callejón de agua y cieno en que los caballos comenzaron algo a nadar, y con esto plugo a Nuestro Señor que salieron todos sin peligrar ninguno, aunque salieron tan fatigados que casi no se podían tener en los pies. Dimos todos muchas gracias a Nuestro Señor por tan gran merced como nos había hecho, y estando en esto llegaron los españoles que yo había enviado a Acalan con hasta ochenta indios de los naturales de aquella provincia cargados de mantenimientos de maíz y aves con que Dios sabe el alegría que hubimos, en especial que nos dijeron que toda la gente quedaba muy segura y pacífica y con voluntad de no se ausentar. Y venían con aquellos indios de Acalan dos personas honradas que dijeron venir de parte del señor de la provincia que se llama Apaspapolon a me decir que él había holgado mucho con mi venida, que había muchos días que había noticia de mí por parte de mercaderes de Tabasco y Xicalango y que holgaba de conocerme, y envióme con ellos un poco de oro. Yo lo recebí con toda el alegría que pude agradeciendo a su señor la buena voluntad que mostraba al servicio de Vuestra Majestad, y les di algunas cosillas y los torné a enviar con los españoles que con ellos habían venido muy contentos. Fueron muy admirados de ver el edificio de la puente, lo cual fue harta parte para la seguridad que después en ellos hobo, porque según su tierra está entre lagunas y esteros, pudiera ser que se ausentaran por ellos, mas con ver aquella obra fecha pensaron que ninguna cosa nos era imposible.

También llegó en este tiempo un mensajero de la villa de Santisteban del Puerto, que es en el río de Pánuco, que me traía cartas de las justicias della, y con él otros cuatro o cinco mensajeros indios que me traían cartas desta cibdad y de la villa de Medellín y de la villa del Espíritu Santo. Y hube mucho placer con saber que estaban buenos, aunque no supe del fator y veedor a quien yo había enviado, como arriba dije, desde la villa del Spíritu Sancto para apaciguar las diferencias de entre el tesorero y contador, porque aún no eran llegados a esta cibdad. Este día después de partidos los indios y españoles que iban delante a Acalan, me partí yo con toda la gente tras ellos y dormí una noche en el monte, y otro día poco más de mediodía llegué a las estancias y labranzas de la provincia de Acalan. Y antes de llegar al primer pueblo della estaba una gran ciénaga, y para pasalla se rodeó más de una gran legua. En fin se pasó llevando los caballos del diestro con harto trabajo, y a hora de vísperas llegamos a aquel primer pueblo dicho Tiçatepal, donde hallamos todos los naturales en sus casas muy reposados y seguros y mucho bastimento ansí para la gente como para los caballos, tanto que satisfizo bien a la necesidad pasada. Aquí reposamos seis días. Y me vino a ver un mancebo de buena disposición y bien acompañado que dijo ser hijo del señor y me trajo cierto oro y aves y ofresció su persona al servicio de Vuestra Majestad y dijo que su padre era ya muerto. Yo mostré que me pesaba mucho de la muerte de su padre aunque vi que no decía verdad, y le di un collar que yo tenía al cuello de cuentas de Flandes que él tuvo en mucho y le dije que fuese con Dios. Y él estuvo dos días allí conmigo de su voluntad.

Uno de los naturales de aquel pueblo que se decía ser señor dél me dijo que muy cerca de allí estaba otro pueblo que también era suyo donde había mejores aposentos y más copia de bastimentos porque era mayor y de más gente, que me fuese allá a aposentar porque estaría más a mi placer. Y yo le dije que me placía. Y envió luego a mandar que abriesen el camino y que se aderezasen las posadas, lo cual se hizo todo muy bien. Y nos fuimos a aquel pueblo que está deste primero cinco leguas, donde asimismo hallamos toda la gente segura y en sus casas y desembarazada cierta parte del pueblo, donde nos aposentaron. Este es muy hermoso pueblo. Llámase Teuticarcar. Tiene muy hermosas mesquitas, en especial donde nos aposentamos y echamos fuera los ídolos, de que ellos no mostraron mucha pena porque ya yo les había hablado y dado a en tender el yerro en que estaban y cómo no había más de un solo Dios criador de todas las cosas y todo lo demás que cerca desto se les pudo decir, aunque después al señor principal y a todos juntos les hablé más largo. Supe dellos que una destas dos casas o mezquitas que era la más principal dellas era dedicada a una diosa en que ellos tenían mucha fee y esperanza, y que a ésta no le sacrificaban sino doncellas vírgenes y muy hermosas y que si no eran tales se enojaba mucho con ellos, y que por esto tenían siempre especial cuidado de las buscar tales que ella se satisficiese, y las criaban desde niñas las que hallaban de buen gesto para este efecto. Sobre esto también les dije lo que me paresció que convenía, de que paresció que quedaron algo satisfechos.

El señor deste pueblo se mostró muy mi amigo y tuvo conmigo mucha conversación y me dio muy larga cuenta y relación de los españoles que yo iba a buscar y del camino que había de llevar. Y me dijo en muy gran secreto, rogándome que nadie supiese que él me había avisado, que Apaspolon, señor de toda aquella provincia, era vivo y había mandado decir que era muerto; y que era verdad que aquél que me había venido a ver era su hijo, y que él mandaba que me desviasen del camino derecho que había de llevar porque no viese la tierra ni los pueblo della; y que me avisaba dello porque me tenía buena voluntad y había recebido de mí buenas obras, pero que me rogaba que desto se tuviese mucho secreto, porque si se sabía que él me había avisado, le mandaría matar Apaspolon y le tomaría toda su tierra. Yo se lo agradescí mucho y pagué su buena voluntad dándole algunas cosillas, y le prometí el secreto como él me lo rogaba y aun le prometí que, el tiempo andando, sería de mí en nombre de Vuestra Majestad muy gratificado. Luego hice llamar al hijo del señor que me había venido a ver y le dije que me maravillaba mucho dél y de su padre haberse querido negar sabiendo la buena voluntad que traía yo de le ver y hacer mucha honra y darle de lo que yo tenía, porque yo había recebido en su tierra buenas obras y deseaba mucho pagárselas que yo sabía cierto que era vivo y que le rogaba mucho que él le fuese a llamar y trabajase con él que me viniese a ver porque creyese cierto que él ganaría mucho. El hijo me dijo que era verdad que él era vivo y que si él me lo había negado era por que su padre se lo mandó así, que él iría y trabajaría mucho de lo traer; y que creía que vernía porque él tenía ya gana de verme pues conocía que no venía a hacerles daño, antes les daba de lo que tenía, y que por haberse negado tenía alguna vergüenza de parecer ante mí. Yo le rogué que fuese y trabajase mucho de lo hacer. Y ansí lo hizo, que otro día vinieron ambos y yo los recebí con mucho placer. Y él me dio el descargo de haberse negado que era de temor hasta saber mi voluntad, y que ya que la sabía, él deseaba mucho verme; y que era verdad que él mandó que me guiasen por fuera de los pueblos, pero que agora que me rogaba que me fuese al pueblo principal donde él residía porque allí había más aparejo de darme las cosas necesarías. Y luego mandó abrír un camino muy ancho para allá y él se quedó conmigo. Y otro día nos partimos y le mandé dar un caballo de los míos y fue muy contento cabalgando en él hasta que llegamos al pueblo que se llama Cancanac, el cual es muy grande y de muchas mezquitas y está en la ribera de un gran estero que atraviesa hasta el puerto de Términos y Xicalango y Tabasco. Alguna de la gente deste pueblo estaba ausentada y algunos estaban en sus casas. Tuvimos allí mucha copia de bastimentos y el señor se estuvo conmigo dentro del aposento aunque tenía su casa ahí cerca y poblada. Todo el tiempo que yo allí estuve dióme muy larga cuenta de los españoles que iba a buscar e hízome una figura en un paño del camino que había de llevar. Y dióme cierto oro y mujeres sin le pedir ninguna cosa, porque hasta hoy lo he pedido a los señores destas partes si ellos no me lo quisiesen dar.

Habíamos de pasar aquel estero, y antes dél estaba una gran ciénaga. Hizo hacer en ella una gran puente, y para este estero nos dio mucho aparejo de canoas - todo el que fue menester - y dióme una canoa y guías para que llevasen al español que me había traído las cartas de la villa de Santisteban del Puerto y a los otros indios de México a las provincias de Xicalango y Tabasco. Y con este español tomé a escrebir a las villas y a los tenientes que dejé en esta cibdad y a los navíos que estaban en Tabasco y a los españoles que habían de venir con los bastimentos, diciendo a todos lo que habían de facer. Y despachado todo esto, le di al señor ciertas cosillas a que él se aficionó, y quedando muy contento y toda la gente de su tierra muy segura, me partí de aquella provincia el primer domingo de cuaresma del año de veinte y cinco, y aqueste día no se hizo más jornada de pasar aquel estero, que no se hizo poco. Díle a este señor una carta, porque él me lo rogó, para que si por allí viniesen españoles, supiesen que yo había pasado por allí y que él quedaba por mi amigo.

Aquí en esta provincia acaesció un caso que es bien que Vuestra Majestad lo sepa, y es que un cibdadano honrado desta cibdad de Tenuxtitán, que se llamaba Messicalcingo y agora se llama Cristóbal, vino a mí una noche muy secretamente y me trujo cierta figura en un papel de lo desta tierra. Y queriéndome dar a entender lo que sinificaba, me dijo que Guatemucin, señor que fue desta cibdad de Tenuxtitán - a quien yo después que la gané he siempre tenido preso, teniéndole por hombre bullicioso, y le llevé conmigo aquel camino con todos los demás señores que me pareció que eran parte para la seguridad y revuelta destas partes -, y Guanaçuçin, señor que fue de Tezcuco, y Tetepanquecal, señor que fue de Tacuba, y un Tacatelz, que a la sazón era en esta cibdad de México en la parte de Tatelulco, habían hablado muchas veces y dado parte dello a este Mexicalcingo que se llama agora Cristóbal, diciendo cómo estaban desposeídos de sus tierras y señorío y las mandaban los españoles, y que sería bien que buscasen algúnd remedio para que ellos las tornasen a señorear y poseer; y que hablando en ello muchas veces en este camino, les había parecido que era buen remedio tener manera como me matasen a mí y a los que conmigo iban y después ir apellidando la gente de aquellas partes hasta matar a Crístóbal de Olid y la gente que con él estaba y enviar sus mensajeros a esta ciudad de Tenuxtitán para que matasen todos los españoles que en ella habían quedado, porque les parecía que lo podían hacer muy ligeramente, diciendo que todos los que quedaban aquí eran de los que habían venido nuevamente y que no sabían las cosas de la guerra; y que acabados ellos de hacer lo que pensaban, irían apellidando y juntando consigo toda la tierra por todas las villas y lugares donde hubiesen españoles hasta los matar y acabar todos; y que hecho esto, pornían en todos los puertos de la mar recias guarniciones de gente para que ningúnd navío que viniese se les escapase, de manera que no pudiese volver nueva a Castilla; y que ansí serían señores como antes lo eran, y que tenían ya fecho repartimiento de las tierras entre sí y que a este Mexicalcingo le hacían merced de cierta provincia. Pues como yo fui tan largamente informado por aquel Crístóbal desta traición que contra mí y contra los españoles estaba urdida, di muchas gracias a Nuestro Señor por habérmela ansí revelado. Y luego en amaneciendo, prendí a todos aquellos señores y los puse apartados el uno del otro y les fui a preguntar cómo pasaba el negocio, y a los unos decía que los otros me lo habían dicho - porque no sabían unos de otros - y a los otros que los otros, ansí que hubieron todos de confesar que era verdad que Guatemucin y Tetepanquecal habían movido aquella cosa, y que los otros era verdad que lo habían oído, pero que nunca habían consentido en ello. Y desta manera fueron ahorcados estos dos, y a los otros dos solté porque no parecía que tenían más culpa de habello oído, aunque aquella bastaba para merecer la muerte, pero quedaron sus procesos abiertos para que cada vez que se revuelvan puedan ser castigados. Aunque creo que ellos quedan de tal manera espantados, porque nunca han sabido de quien lo supe, que no creo se tornarán a revolver. Porque creen que lo supe por algúnd art, y ansí piensan que ninguna cosa se me puede esconder, porque como han visto que para acertar aquel camino muchas veces sacaba una carta de marear y una aguja, en especial cuando se acertó el camino de Çaguatepan, han dicho a muchos españoles que por allí lo saqué. Y aun a mí me han dicho algunos dellos, queriéndome hacer cierto que tienen buena voluntad, que para que conozca sus buenas intenciones que me rogaban mucho que mirase el espejo y la carta, y que allí vería que cómo ellos me tenían buena voluntad, pues por allí sabía todas las otras cosas. Yo también les hice entender que ansina era la verdad, y que en aquella aguja y carta de marear vía yo y sabía y se me descobrían todas las cosas.

Esta provincia de Acalan es muy gran cosa porque hay en ella muchos pueblos y de mucha gente - y muchos dellos vieron los españoles de mi compañía - y es muy abundosa de mantenimientos y de mucha miel. Hay en ella muchos mercaderes y gentes que tratan en muchas partes, y son ricos de esclavos y de las cosas que se tratan en la tierra. Está toda cercada de esteros, y todos ellos salen a la bahía y puerto que llaman de Términos por donde en canoas tienen gran contratación en Xicalango y Tabasco, y aun créese, aunque no está del todo sabida la verdad, que atraviesan por allí a estotra mar, de manera que aquella tierra que llaman Yucatán queda hecha isla. Yo trabajaré de saber el secreto desto y haré dello a Vuestra Majestad verdadera relación. Segúnd supe, no hay en ella otro señor principal sino el que es el más cabdaloso mercader y que tiene más trato de sus navíos por la mar que es este Apaspolon de quien arriba he nombrado a Vuestra Majestad por señor principal. Y es la cabsa ser muy rico y de mucho trato de mercadería que hasta en el pueblo de Nito, de que adelante diré, donde hallé ciertos españoles de la compañía de Gil Gonçales de Avila, tenía un barrío poblado de sus fatores y con ellos un hermano suyo que trataban sus mercaderías. Las que más por aquellas partes se tratan entre ellos es cacao, ropa de algodón, colores para teñir, cierta manera de tinta con que se tiñen ellos los cuerpos para se defender del calor y del frío, tea para alumbrarse, resina de pino para los sahumerios de sus ídolos, esclavos y ciertas cuentas coloradas de caracoles que tienen en mucho para el ornato de sus personas en sus fiestas y placeres. Tratan algúnd oro, aunque todo mezclado con cobre y otras mezclas.

A este Apaspolon y a muchas personas honradas de la provincia que me vinieron a ver les dije lo que a todos los otros del camino les había dicho cerca de sus ídolos y lo que debían creer y hacer para salvarse y también lo que eran obligados al servicio de Vuestra Majestad. De lo uno y de lo otro paresció que recibieron contentamiento, y quemaron muchos de sus ídolos en mi presencia y dijeron que de allí adelante no los honrarían más y prometieron que siempre serían obidientes a cualquier cosa que en nombre de Vuestra Majestad les fuese mandado, y ansí me despedí dellos y me partí, como arriba he dicho.

Tres días antes que saliese desta provincia de Acalan envié cuatro españoles con dos guías que me dio el señor della para que fuesen a ver el camino que había de llevar a la provincia de Maçatlan, que en su lengua dellos se llama Quiacho, porque me dijo que había mucho despoblado y que había de dormir cuatro días en los montes antes que llegase a la dicha provincia, para que viesen el camino y mirasen si había en él ríos o ciénagas que pasar. Y mandé que toda la gente se apercibiese de bastimentos para seis días porque no nos acaeciese otra necesidad como la pasada, los cuales se bastecieron muy cumplidamente, porque de todo tenían harta copia. Y a cinco leguas andadas después de la pasada del estero topé los españoles que venían de ver el camino con las guías que habían llevado, y me dijeron que habían hallado muy buen camino aunque cerrado de montes, pero que era llano, sin río ni ciénaga que nos estorbase; y que habían llegado sin ser sentidos hasta unas labranzas de la dicha provincia donde habían visto alguna gente y de allí se habían vuelto sin ser vistos ni sentidos. Holgué mucho de aquella nueva y de allí adelante mandé que fuesen seis peones sueltos con algunos indios de nuestros amigos delante una legua de los que iban abriendo el camino para que si algún caminante topasen, le asiesen, de manera que pudiésemos llegar a la provincia sin ser sentidos, porque tomásemos la gente antes que se ausentasen o quemasen los pueblos como lo habían hecho los de atrás. Y aquel día cerca de una laguna de agua hallaron dos indios naturales de la provincia de Acalan que venían de la de Maçatlan, según dijeron, de rescatar sal por ropa, y en algo paresció ser ansí verdad porque venían cargados de ropa. Y trajéronlos ante mí, y yo les pregunté si de mi ida tenían noticia los de aquella provincia y dijeron que no, antes estaban muy seguros. Yo les dije que se habían de volver conmigo y que no recibiesen pena dello porque ninguna cosa de lo que traían se les perdería, antes yo les daría más, y que en llegando a la provincia de Maçatlan les daría licencia para que se volviesen, porque yo era muy amigo de todos los de Acalan porque del señor y de todos ellos había recebido buenas obras. Y ellos mostraron buena voluntad de lo hacer y ansí volvieron guiándonos, y aun nos llevaron por otro camino y no por el que los españoles que yo envié primero habían ido, diciendo que aquél iba a dar a los pueblos y el otro iba a ciertas labranzas. Y aquel día ansimesmo dormimos en el monte. Y otro día los españoles que iban por corredores delante toparon cuatro indios de los naturales de Maçatlan con sus arcos y flechas, que estaban, segúnd pareció, en el camino por escuchas. Y como dieron sobre ellos, desembarazaron sus arcos e hirieron un indio de los míos, y como era el monte espeso, no pudieron prender más de a uno, el cual entregaron a tres indios de los míos. Y los españoles siguieron el camino adelante creyendo que había más de aquéllos, y como los españoles se apartaron, volvieron los otros que habían huido que, segúnd pareció, se quedaron allí cerca metidos en el monte. Y dando sobre los indios nuestros amigos que tenían a su compañero preso, pelearon con ellos y quitáronsele. Y los nuestros, de corridos, siguiéronlos por el monte y alcanzáronlos, y tornaron a pelear e hirieron a uno dellos en un brazo de una gran cuchillada y prendiéronle, y los otros huyeron porque ya sentieron venir gente de la nuestra cerca. Deste indio me informé, y le pregunté si sabían de mi ida y dijo que no. Preguntéle que para qué estaban ellos allí por velas, y dijo que ellos siempre lo acostumbraban así hacer porque tenían guerra con muchos de los comarcanos, y que para asegurar los labradores que andaban en sus labranzas el señor mandaba siempre poner sus espías por los caminos por no ser salteados. Seguí mi camino a la más priesa que pude porque este indio me dijo que estábamos cerca y porque sus compañeros no llegasen antes a dar mandado, y mandé que a la gente que iba delante que en llegando a las primeras labranzas se detuviesen en el monte y no se mostrasen hasta que yo llegase. Y cuando llegué era ya tarde, y díme mucha priesa pensando llegar aquella noche al pueblo, y porque el fardaje venía algo derramado mandé a un capitán que se quedase allí en aquellas labranzas con veinte de caballo y los recogiese y durmiese allí con ellos, y recogidos todos, que siguiesen mi rastro. Yo trabajé de andar por un caminillo algo seguido aunque de monte muy cerrado a pie con el caballo de diestro, y todos los que me seguían de la misma manera. Y fui por él hasta que cerró la noche y di en una ciénaga que sin aderezarse no se podía pasar, y mandé que de mano en mano dijesen que se volviesen atrás. Y ansí nos volvimos a una cabañilla que atrás quedaba y durmimos aquella noche en ella sin tener agua que beber nosotros ni los caballos. Y otro día por la mañana hice aderezar la ciénaga con mucha rama y pasamos los caballos de diestro, aunque con trabajo. Y a tres leguas de donde durmimos vimos un pueblo en un peñol, y pensando que no habíamos sido sentidos, llegamos en mucho concierto hasta él, y estaba tan bien cercado que no hallamos por donde entrar. En fin se halló entrada, y hallámosle despoblado y muy lleno de bastimentos de maíz y aves y miel y frisoles y de todos los bastimentos de la tierra en mucha cantidad. Y como fueron tomados de improviso, no lo pudieron alzar, y también como era frontero estaba muy bastecido.

La manera deste pueblo es que está en un peñol alto, y por la una parte le cerca una gran laguna y por la otra parte un arroyo muy hondo que entra en la laguna. Y no tiene sino sola una entrada llana, y todo él está cercado de un fosado hondo, y después del fosado un petril de madera hasta los pechos de altura, y después deste petril de madera una cerca de tablones muy gordos de hasta dos estados en alto con sus troneras en toda ella para tirar sus flechas, y a trechos de la cerca unas garitas altas que sobrepujaban sobre la cerca otro estado y medio, ansimismo con sus troneras y muchas piedras encima para pelear dende arriba y sus troneras también en lo alto, y de dentro de todas las casas del pueblo ansimismo sus troneras y traveses a las calles por tan buena orden y concierto que no podía ser mejor, digo para próposito de las armas con que ellos pelean. Aquí hice ir alguna gente por la tierra a buscar la del pueblo, y tomaron dos o tres indios. Y con ellos envié al uno de aquellos mercaderes de Acalan que había tomado en el camino para que buscasen el señor y le dijesen que no hobiese miedo ninguno, sino que se volviese a su pueblo porque yo no le venía a hacer enojo, antes le ayudaría en aquellas guerras que tenía y le dejaría su tierra muy pacífica y segura. Y dende a dos días volvieron y trujeron a un tío del señor consigo, el cual gobernaba la tierra porque el señor era muchacho. Y no vino el señor porque diz que tuvo temor. Y a éste hablé y aseguré, y se fue conmigo hasta otro pueblo de la misma provincia que está siete leguas déste que se llama Tiac. Y tienen guerra con los deste pueblo y está también cercado como estotro y es muy mayor, aunque no es tan fuerte porque está en llano, pero tiene sus cercas y cavas y garitas más recias y más, y cercado cada barrio por sí, que son tres barrios cada uno dellos cercado por sí y una cerca que cerca a todos. A este pueblo había enviado dos capitanías de caballo y una de peones delante y hallaron el pueblo despoblado y en él mucho bastimento, y cerca del pueblo tomaron siete u ocho hombres de los cuales soltaron algunos para que fuesen a hablar al señor y asegurar la gente. E hiciéronlo tan bien que antes que yo llegase habían ya venido mensajeros del señor y traído bastimento y ropa, y depués que yo vine vinieron otras dos veces a nos traer de comer y hablar ansí de parte deste señor deste pueblo como de otros cinco o seis señores que están en esta provincia que son cada uno cabecera por sí, y todos ellos se ofrecieron por vasallos de Vuestra Majestad y nuestros amigos, aunque jamás pude acabar con ellos que los señores me viniesen a ver. Y como yo no tenía espacio para detenerme mucho, enviéles a decir que les agradecía su buena voluntad y que yo los recebía en nombre de Vuestra Alteza y les rogaba que me diesen guías para mi camino adelante, lo cual hicieron de buena voluntad, y me dieron una guía que sabía muy bien hasta el pueblo donde estaban los españoles y los había visto. Y con esto me partí deste pueblo de Tiac y fui a dormir a otro que se llama Yasuncabil que es el postrero de la provincia, el cual ansimesmo estaba despoblado y cercado de la manera que los otros. Aquí había una hermosa casa del señor, aunque de paja. En este pueblo nos proveímos de todo lo que hubimos menester para el camino, porque nos dijo la guía que teníamos cinco días de despoblado hasta la provincia de Taica por donde habíamos de pasar, y ansí era verdad. Desde esta provincia de Maçatlan o Quiache despedí los mercaderes que había tomado en el camino y las guías que traía de la provincia de Acalan y les di lo que yo tenía ansí para ellos como para que llevasen a su señor, y fueron muy contentos. También envié a su casa al señor del primer pueblo que había venido conmigo, y le di ciertas mujeres que habían tomado por los montes de las suyas y otras cosillas de que quedó muy contento.

Salido desta provincia de Maçatlan, seguí mi camino para la de Taiça y dormí cuatro días en despoblado, que todo el camino lo era y de grandes montañas y sierras, y aun hubo en él un mal puerto que por ser todas las peñas y piedras dél de alabastro muy fino le puse nombre puerto de Alabastro. Y al quinto día los corredores que llevaba delante con la guía asomaron a una muy gran laguna que parecía brazo de mar y aun ansí creo que lo es, aunque es dulce, segúnd su grandeza y hondura. Y en una isleta que hay en ella vieron un pueblo, el cual les dijo aquella guía ser el principal de aquella provincia de Taiça y que no teníamos remedio para pasar a él si no fuese en canoas. Y quedaron allí los españoles corredores puestos en salto y volvió uno dellos a hacerme saber lo que pasaba. Yo hice detener toda la gente y pasé adelante para ver aquella laguna y la disposición della, y cuando llegué a los corredores, hallé que habían prendido un indio de los del pueblo que había venido con una canoa chiquita con sus armas a descubrir el camino y ver si había alguna gente. Y aunque venía descuidado de lo que les acaesció se les fuera sino por un perro que tenían, que le alcanzó antes que se echase al agua. Deste indio me informé, y me dijo que ninguna cosa se sabía de mi venida. Preguntéle si había paso para el pueblo y dijo que no, pero dijo que cerca de allí, pasando un brazo pequeño de aquella laguna, había algunas labranzas y casas pobladas, donde creí, si llegásemos sin ser sentidos, hallaríamos algunas canoas. Y luego envié a mandar a la gente que se viniese tras mí, y yo con diez o doce peones ballesteros segui a pie por donde el indio nos trujo y pasamos un gran rato de ciénaga yagua hasta la cinta y otras veces más arríba y llegué a unas labranzas. Y con el mal camino y aun porque muchas veces no podíamos ir sino descubiertos, no podíamos dejar de ser sentidos, y llegamos a tiempo que ya la gente se embarcaba en sus canoas y se hacían al largo de la laguna. Y anduve con mucha priesa por la ribera de aquella laguna dos tercios de legua de labranzas, y en todas habíamos sido sentidos e iban ya huyendo. Ya era tarde y seguir más era en vano. Reposé en aquellas labranzas y recogí toda la gente y aposentéla al mejor recabdo que yo pude, porque me decía la guía de Maçatlan que aquella era mucha gente y muy ejercitada en la guerra a quien todas aquellas provincias comarcanas temían. Y díjome que él quería ir en aquella canoíta en que había venido el indio que tomaron al pueblo que se parecía en la isleta y está bien dos leguas de agua hasta llegar a él; y que hablaría al señor, que él conocía muy bien y se llama Canec, y le diría mi intención y cabsa de mi venida por aquellas tierras, pues había venido conmigo y la sabía y la había visto y creía que se aseguraría mucho y le daría crédito a lo que dijese porque era dél muy conocido y había estado muchas veces en su casa. Y luego le di la canoa y el indio que la había traído con él y le agradeci el ofrecimiento que me hacia y prometí que si lo hiciese bien, que se lo gratificaría muy a su contento, y ansí se fue. Y a medianoche volvió, y con él dos personas honradas del pueblo que dijeron ser enviados de su señor, a me ver y se informar de lo que aquel mensajero mío les había dicho y saber de mí qué era lo que quería. Yo los recibí muy bien y di algunas cosillas y les dije que yo venía por aquellas tierras por mandado de Vuestra Majestad a verlas y hablar a los señores y naturales dellas algunas cosas cumplideras a su real servicio y bien dellos, que dijesen a su señor que le rogaba que, pospuesto todo temor, viniese a donde yo estaba, y que para más seguridad yo les quería dar un español que fuese allá con ellos y se quedase allá en rehenes en tanto que él venía. Y con esto se fueron, y con ellos la guía y un español. Y otro día de mañana vino el señor y hasta treinta hombres con él en cinco o seis canoas y consigo el español que había enviado para las rehenes, y mostró venir muy alegre. Fue de mí muy bien recebido, y porque cuando llegó era hora de misa hice que se dijese cantada y con mucha solemnidad con los menistriles de cheremías y sacabuches que conmigo iban, la cual oyó con mucha atención y las cerimonias della. Y acabada la misa, vinieron allí aquellos religiosos que llevaba, y por ellos les fue fecho un sermón con la lengua en manera que muy bien lo pudo entender acerca de las cosas de nuestra fee, y dándole a entender por muchas razones cómo no había más de un solo Dios y el yerro de su secta. Y segúnd mostró y dijo, satisfízose mucho y dijo que él quería luego destruir sus ídolos y creer en aquel Dios que nosotros le decíamos y que quisiera mucho saber la manera que había de tener para servirle y honrarle, y que si yo quisiese ir a su pueblo vería cómo en mi presencia los quemaba. Y quería que le dejase en su pueblo aquella cruz que le habían dicho que yo dejaba en todos los pueblos por donde yo había pasado. Después deste sermón yo le torné a hablar, haciéndole saber la grandeza de Vuestra Majestad y que cómo él y todos los del mundo éramos sus súbditos y vasallos y le somos obligados a servir, y que a los que ansí lo hacían Vuestra Majestad les mandaría hacer muchas mercedes, y yo en su real nombre lo había fecho en estas partes así con todos los que a su real servicio se habían ofrescido y puesto debajo de su imperial yugo, y que ansí lo prometía a él. El me respondió que hasta entonces no había reconocido a nadie por señor ni había sabido que nadie lo debiese ser; que verdad era que había cinco o seis años que los de Tabasco, veniendo por allí por su tierra, le habían dicho cómo había pasado por allí un capitán con cierta gente de vuestra nación; y que los habían vencido tres veces en batalla, y que después les habían dicho que habían de ser vasallos de un gran señor y todo lo que agora le decía, que le dijese si era todo uno. Yo le respondí que el capitán que los de Tabasco le dijeron que había pasado por su tierra con quien habían peleado era yo, y para que creyese ser verdad, que se informase de aquella lengua que con él hablaba - que es Marina, la que yo conmigo siempre he traído - porque allí me la habían dado con otras veinte mujeres. Y ella le habló y le certificó dello y cómo yo había ganado a México, y le dijo todas las tierrras que yo tengo sujetas y puestas debajo del imperio de Vuestra Majestad. Y mostró holgarse mucho en habello sabido y dijo que él quería ser súbdito y vasallo de Vuestra Majestad y que se tenía por dichoso de serio de un tan gran señor como yo le decía que era Vuestra Alteza, e hizo traer aves y miel y un poco de oro y ciertas cuentas de caracoles colorados, que ellos tienen en mucho, y diómelo. Y yo ansimismo le di algunas cosas de las nuestras, de que mucho se contentó. Y comió conmigo con mucho placer, y después de haber comido yo le dije cómo iba en busca de aquellos españoles que estaban en la costa de la mar porque eran de mi compañía y yo los había enviado y había muchos días que yo no sabía dellos y por eso los venía a buscar, que le rogaba que él me dijese alguna nueva si sabía dellos. Y él me dijo que tenía mucha noticia dellos, porque bien cerca de donde ellos estaban tenía él ciertos vasallos suyos que le servían de ararle ciertos cacaguatales porque era aquella muy buena tierra dellos, y que déstos y de muchos mercaderes que cada día iban y venían de su tierra allá sabía siempre nueva dellos, que él me daría guía para que me llevasen adonde estaban, pero que me hacía saber que el camino era muy áspero, de sierras muy altas y de muchas peñas, que si había de ir por la mar, que no me fuera tan trabajoso. Yo le dije que ya el vía que para tanta gente como yo conmigo traía y el fardaje y caballos que no bastaran navíos, y que me era forzado ir por tierra. Roguéle que me diese orden para pasar aquella laguna, y díjome que yendo por ella arriba hasta tres leguas, se desechaba, y por la costa podía tornar al camino frontero de su pueblo; y que me rogaba mucho que ya que la gente se había de ir por acullá, que yo me fuese con él en las canoas a ver su pueblo y casa y que vería quemar los ídolos y le haría hacer una cruz. Y yo por darle placer, aunque contra la voluntad de los de mi compañía, entré con él en las canoas con hasta veinte hombres, los más dellos ballesteros, y me fui a su pueblo con él, donde nos recibieron bien y nos dieron algunas aves y miel. Y se quemaron y quebraron muchos ídolos y se le puso una cruz después con que quedaron muy contentos, y me estuve con él todo aquel día holgando. Y ya que era casi noche me despedí dél, y me dio una guía y me entré en las canoas y me salí a dormir a tierra, donde hallé ya mucha de la gente de mi compañía que había bajado la laguna, y dormimos allí aquella noche. En este pueblo, digo en aquellas labranzas, quedó un caballo que se hincóun palo por el pie y no pudo andar. Prometióme el señor de lo curar. No sé lo qué hará.

Otro día, después de recogida mi gente me partí por donde las guías me llevaron, y a obra de media legua del aposento di en un poco de llano y cabaña y después torné a dar en otro montecillo que turó obra de legua y media y torné a salir a unos muy hermosos llanos. Y en saliendo a ellos envié muy delante ciertos de caballo y algunos peones porque si alguna gente hobiese por el campo, la tomasen, porque nos dijeron las guías que aquella noche llegaríamos a un pueblo. Y en estos llanos se hallaron muchos gamos y alanceamos a caballo diez y ocho dellos, y con el sol y con haber muchos días que los caballos no corrían, porque nunca habíamos traído tierra para ello sino montes, murieron dos caballos y estuvieron hartos en mucho peligro. Hecha nuestra montería, seguimos nuestro camino adelante, y a poco rato hallé algunos de los corredores que iban delante parados, y tenían cuatro indios cazadores que habían tomado y traían muerto un león y ciertas iguanas, que son unos grandes lagartos que hay en las Islas. Y destos indios me informé si sabían de mí en su pueblo, y dijeron que no y mostráronmele a su vista, que al parecer creí que no podía estar de una legua arriba. Y díme mucha priesa por llegar allá creyendo que no había embarazo ninguno en el camino. Y cuando pensé que llegaba a entrar en el pueblo y vi a la gente entrar por él, fui a dar sobre un gran estero de agua muy hondo, y ansí me detuve y comencélos a llamar. Y vinieron dos indios en una canoa y traían hasta una docena de gallinas, y llegaron así cerca de mí, que estaba dentro del agua hasta la cincha del caballo, y detuviéronse, que nunca quisieron llegar afuera. Y allí estuve con ellos hablando gran rato asegurándolos, y jamás quisieron llegarse a mí, antes comenzaron a volverse al pueblo en su canoa. Y un español que estaba a caballo junto conmigo puso las piernas por el agua y fue a nado tras ellos y de temor desampararon la canoa, y llegaron de presto otros peones nadadores y tomáronlos. Ya toda la gente que habíamos visto en el pueblo se había ido dél. Y pregunté a aquellos indios por dónde podíamos pasar y mostráronme un camino que rodeando una legua arriba se desechaba, y por allí fuimos aquella noche a dormir al pueblo, que hay desde donde partimos aquel día ocho leguas grandes. Llámase este pueblo Checan y el señor dél Amohan. Aquí estuve cuatro días por bastecerme para seis días que me dijeron las guías que tenía de despoblado y por esperar si viniera el señor del pueblo, que le envié a llamar y asegurar con aquellos indios que había tomado. Y nunca él ni ellos vinieron.

Pasados estos días y recogido el más bastimento que por allí se pudo haber, me partí y llevé la primera jornada de muy buena tierra llana y alegre sin monte, sino algunos pedazos. Y andadas seis leguas, al pie de unas sierras y junto a un río se halló una gran casa y junto a ella otras dos o tres pequeñas y alrededor algunas labranzas. Y dijéronme las guías que aquella casa era de Amohan, señor de Checan, y que la tenía allí para venta porque pasaban por allí muchos mercaderes. Allí estuve otro día sin el que llegué, porque era fiesta y por dar lugar a los que iban delante abríendo el camino. Y se hizo en aquel río una muy hermosa pesquería, que atajamos en él mucha cantidad de sabogas y las tomamos todas, sin írsenos una de las que metimos en el atajo. Y otro día me partí y llevé la jornada de harto áspero camino de sierras y montes y anduve siete leguas y fui a dormir a un río grande. Y de ahí salí otro día y habiendo andado tres leguas o casi de harto mal camino, salí a unos llanos muy hermosos sin monte, sino algunos pinares. Duráronnos estos llanos otras dos leguas, y en ellos matamos siete venados y comimos en un arroyo muy fresco que se hacía al cabo destos llanos. Y después de haber comido comenzamos a subir un portezuelo aunque pequeño harto áspero, que de diestro subían los caballos con trabajo, y en la bajada dél hubo hasta media legua de llano. Y luego comenzamos a subir otro que en subida y bajada tuvo bien dos leguas y media, tan áspero y malo que ningúnd caballo quedó que no se desherrase. Y dormí a la bajada dél en un arroyo, y allí estuve otro día casi hasta hora de vísperas esperando que se herrasen los caballos, y aunque había dos herradores y más de diez que ayudaban a echar clavos, no se pudieron en aquel día herrar todos. Y yo me fui aquel día a dormir tres leguas adelante, y quedaron allí muchos españoles ansí por herrar sus caballos como por esperar el fardaje, que por haber sido el camino malo y haberle pasado con mucha agua que llovía no había podido llegar.

Otro día me partí de allí porque las guías me dijeron que cerca estaba una casería que se llama Asuncapin, que es del señor de Tayca, y que llegaríamos allí temprano a dormir. Y después de haber andado cuatro o cinco leguas, llegamos a la dicha casería y la hallamos sin gente, y allí me aposenté y estuve dos días por esperar todo el fardaje y por recoger algúnd bastimento. Y después me partí y fui a dormir a otra casería que se llama Taxuytel, que está cinco leguas destotra y es de Amuhan, señor de Checan, donde había muchos cacagüetales y algún maíz, aunque poco y verde. Aquí me dijeron las guías y el principal desta casería - que se hubo él y su mujer y un su hijo - que habíamos de pasar unas muy altas y agrías sierras todas despobladas hasta llegar a otras caserías que son de Canec, señor de Tayca, que se llaman Tenciz. Y no reposa mos aquí mucho, que luego otro día nos partimos. Y habiendo andado dos leguas de tierra llana comenzamos a subir el puerto, que fue la cosa del mundo más maravillosa. Y querer yo decir la aspereza y fragosidad deste puerto y sierras ni quien mejor que yo lo supiese lo podría explicar ni quien lo oyese lo podría entender, sino que sepa Vuestra Majestad que en ocho leguas que turó este puerto estuvimos en las andar doce días digo los postreros, en llegar al cabo dél, en que muríeron sesenta y ocho caballos despeñados y desjarretados, y todos los demás vinieron heridos y tan lastimados que no pensamos aprovechamos de ninguno. Y ansí muríeron de las herídas y del trabajo de aquel puerto sesenta y ocho caballos, y los que escaparon estuvieron más de tres meses en tomar en sí. En todo este tiempo que pasamos este puerto jamás cesó de llover de noche y de día, y eran las sierras de tal calidad que no se detenía en ellas agua para poder beber. Padecimos mucha necesidad de sed y los más de los caballos murieron por esta falta, y si no fuera porque de los ranchos y chozas que cada noche hacíamos para nos meter - que dellos cogíamos agua en calderas y otras vasijas, que como llovía tanto había para nosotros y para los caballos - fuera imposible escapar ningúnd hombre ni caballo de aquellas sierras. En este camino cayó un sobrino mío y se quebró una píerna por tres o cuatro partes, que demás del trabajo que él recibió nos acrecentó el de todos por sacarle de aquellas sierras, que fue harto dificultoso. Para mayor desconsuelo de nuestros trabajos hallamos una legua antes de llegar a Tenciz un muy gran río que con las muchas agua iba tan crecido y recio que era imposible pasarlo. Y los españoles que fueron delante habían subido el río arríba y hallaron un vado el más maravilloso que hasta hoy se ha oído decir ni se puede pensar, y es que por aquella parte se tiende el río más de dos tercios de legua porque unas peñas muy grandes que se ponen delante le hacen tender, y hay entre estas peñas y angosturas por donde pasa el río la cosa más espantosa de recia que puede ser, y déstas hay muchas, que por otra parte no puede pasar el río sino por entre aquellas peñas. Y allí cortábamos árboles grandes que se atravesaban de una peña a otra, y por allí pasábamos tanto peligro asidos por unos bejucos que también se ataban de una parte a otra que a resbalar un poquito era imposible escaparse quien cayese. Había déstos pasos hasta acabar de pasar el río hasta veinte y tantos, de manera que se estuvo en pasar el río dos días por este vado. Y los caballos pasaron a nado por abajo, que iba algo más mansa el agua, y estuvieron tres días muchos dellos en llegar a Tenciz - que no había, como digo, más de una legua - porque venían tan maltratados de las sierras que casi los llevaban a cuestas y no podían ir.

Yo llegué a estas caserías de Tenciz víspera de Pascua de Resurrección a quince días del mes de abril del año de mill y quinientos y veinte y cinco, y mucha de la gente no llegó hasta tres días adelante, digo los que tenían caballos, que se detuvieron por ellos. Y dos días antes que yo llegase habían llegado los españoles que llevaban la delantera, y hallaron gente en tres o cuatro casas de aquéllas y tomaron veinte y tantas personas porque estaban muy descuidados de nuestra venida. Y a aquéllos pregunté si había algunos bastimentos y dijeron que no, ni se pudieron hallar por toda la tierra, que nos puso en harta más necesidad que traíamos, porque había diez días que no comíamos sino cuescos de palmas y palmitos, y aun déstos se comían pocos porque no teníamos ya fuerzas para cortalIos. Pero díjome un principal de aquellas caserías que a una jornada de allí el río arriba, que lo habíamos de tornar a pasar por donde le habíamos pasado, había mucha población de una provincia que se llama Tahuycal, y que allí había mucha abundancia de bastimentos de maíz y cacao y gallinas, y que él me daría quien me guiase allá. Luego proveí que fuese allá un capitán con treinta peones y más de mill indios de los que iban conmigo, y quiso Nuestro Señor que hallaron mucha abundancia de maíz y hallaron la tierra despoblada de gente y de allí nos remediamos, aunque por ser tan lejos nos proveíamos con trabajo.

Desde estas estancias envié con una guía de los naturales dellas ciertos españoles ballesteros que fuesen a mirar el camino que habían de llevar hasta una provincia que se llama Acuculin, y que llegasen a una aldea de la dicha provincia que está diez leguas de donde yo llegué y seis de la cabecera de la provincia que se llama, como digo, Acuculin y el señor della Acahuilguin. Y llegaron sin ser sentidos y de una casa tomaron siete hombres y una mujer y volviéronse. Y dijeron que el camino era hasta donde ellos habían llegado harto trabajoso, pero que les había parecido muy bueno en comparación de los que habían pasado. Déstos indios que trujeron estos españoles me informé de los cristianos que iba a buscar, y entre ellos venía uno natural de la provincia de Aculan que dijo que era mercader y tenía su casa de asiento de mercadería en el pueblo donde residían los españoles que yo iba a buscar, que se llama el pueblo Nito, donde había mucha contratación de mercadería y de todas partes, y que los mercaderes naturales de Aculan tenían en él un barrio por sí, y con ellos estaba un hermano de Apaspolon, señor de Aculan; y que los cristianos les habían salteado de noche y les habían tomado el pueblo y todas las mercaderías que en él tenían, que eran en mucha cantidad porque había mercaderes de muchas partes, y que desde entonces, que podía haber cerca de un año, todos se habían ido por otras provincias; y que él y ciertos mercaderes de Aculan habían pedido licencia a Acahuilguin, señor de Acuculin, para poblar en su tierra, y habían hecho en cierta parte que él les señaló un pueblezuelo donde vivían y dende allí contrataban, aunque ya el trato estaba muy perdido después que aquellos españoles allí habían venido, porque era por allí el paso y no osaban pasar por ellos; y que él me guiaría hasta donde estaban, pero que habíamos de pasar allí junto a ellos un gran brazo de mar y antes de llegar allí muchas sierras y malas, y que había desde allí diez jornadas. Holgué mucho con tener tan buena guía e hícele mucha honra, y habláronle las guías que yo llevaba de Maçatlan y Tayca, diciéndole cuán bien tratados habían sido de mí y cuán amigo era yo de Apaspolon, su señor, y con esto paresció que él se aseguró más. Y fiándome de su seguridad, le mandé soltar a él y a los que con él habían traído, y con su confianza hice que se volviesen de allí las guías que traía y les di algunas cosillas para ellos y para sus señores y les agradecí sus trabajos, y se fueron muy contentos. Luego envié cuatro de aquéllos de Acuculin con otros dos de los de aquellas caserías de Tenciz para que fuesen a hablar al señor de Acuculin y le asegurasen porque no se ausentase, y tras ellos envié los que iban abriendo el camino. Y yo me partí desde ahí a dos días por la necesidad de los bastimentos aunque teníamos harta de reposar, en especial por amor de los caballos, pero llevando los más dellos de diestro, nos fuimos. Y aquella noche amaneció ido el que había de ser guía y los que con él quedaron, de que Dios sabe lo que sentí, por haber enviado las otras. Seguí mi camino y fui a dormir a un monte cinco leguas de allí donde se pasaron hartos malos pasos y aun se desjarretó otro caballo que había quedado sano que hasta hoy lo está. Y otro día anduve seis leguas y pasé dos rios. El uno se pasó por un árbol que estaba caído que atravesaba de la una parte a la otra, con que hecimos sobre él con que pasase la gente para que no cayesen, y los caballos le pasaron a nado y se ahogaron en él dos yeguas. Y el otro se pasó en unas canoas, y los caballos también a nado. Y fui a dormir a una población pequeña de hasta quince casas todas nuevas, y supe que aquellas eran donde los mercaderes de Acalan que habían salido deste pueblo donde los cristianos están habían poblado. Allí estuve yo un día esperando recoger el fardaje y gente. Y envié delante dos compañías de caballos y una de peones al pueblo de Acuculin, y escribiéronme cómo le habían hallado despoblado y en una casa grande que es del señor habían hallado dos hombres que les dijeron que estaban allí por mandado del señor esperando a que yo llegase para se lo ir a hacer saber porque él había sabido de mi venida de aquellos mensajeros que yo le había enviado desde Tenciz, y que él holgaba de verme y vernía en sabiendo que yo era llegado, y que se había ido el uno dellos a llamar al señor y a traer algún bastimento, y el otro había quedado. Escribiéronme también que habían hallado cacao en los árboles pero que no habían hallado maíz, pero que había razonable pasto para los caballos. Como yo llegué a Acuculin, pregunté si había venido el señor o vuelto el mensajero, y me dijeron que no. Y hablé al que había quedado, preguntándole cómo no habían venido. Respondióme que no sabía, que él también estaba espantado dello, pero que podria ser que hobiese aguardado a saber que yo fuese venido y que agora que ya lo sabía, vernía. Esperé dos días y como no vino tornéle a hablar, y díjome que él no sabía qué era la cabsa de no haber venido, pero que le diese algunos españoles que fuesen con él, que él sabía dónde estaba y que lo llamarían. Y luego fueron con él diez españoles, y llevó los bien cinco leguas por unos montes hasta unas chozas que hallaron vacías donde, segúnd dijeron los españoles, parescía bien que había estado gente poco había. Y aquella noche se les fue la guía y se volvieron. Ansí quedé del todo sin guía, que fue harta cabsa de doblamos los trabajos. Y envié cuadrillas de gente, ansí españoles como indios, por toda la provincia, y anduvieron por todas las partes della más de ocho días y jamás pudieron hallar gente ni rastro della si no fueron unas mujeres que hicieron poco fruto a nuestro propósito, porque ni ellas sabían camino ni dar razón del señor ni gente de la provincia. Y una dellas dijo que sabía un pueblo dos jornadas de allí que se llamaba Chianteca, y que allí se hallaría gente que nos diese razón de aquellos españoles que buscábamos, porque había en el dicho pueblo muchos mercaderes y personas que trataban en muchas partes. Y ansí envié luego gente y a esta mujer por guía, y aunque era el pueblo dos jornadas buenas de donde yo estaba y todo despoblado y mal camino, los naturales dél estaban ya avisados de mi venida y no se pudo tomar tampoco guía. Quiso Nuestro Señor que estando ya casi sin esperanza, por estar sin guía y porque de la aguja no nos podíamos aprovechar por estar metidos entre las más ásperas y bravas sierras que jamás se vieron sin hallar camino que para ninguna parte saliese más del que hasta allí habíamos llevado, que se halló por unos montes un muchacho de hasta quince años que, preguntándole, dijo que él nos guiaría hasta unas estancias de Taniha, que es otra provincia que llevaba yo en mi memoría que había de pasar, las cuales estancias dijo estar dos jornadas de allí. Y con esta guía me partí y en dos días llegué a aquellas estancias donde los corredores que iban delante tomaron un indio viejo, y éste nos guió hasta los pueblos de Taniha, que están otras dos jornadas adelante. Y en estos pueblos se tomaron cuatro indios, y luego como les pregunté, me dieron muy cierta nueva de los españoles que buscaba, diciendo que los había visto y que estaban dos jornadas de allí en el mismo pueblo que yo llevaba en mi memoria que se llama Nito, que por ser pueblo de mucho trato de mercaderes se tenía dél mucha noticia en muchas partes - y ansí me la dieron dél en la provincia de Aculan, de que ya a Vuestra Majestad he hecho relación -, y aun trujéronme dos mujeres de las naturales del dicho pueblo Nito donde estaban los españoles, las cuales me dieron más entera noticia porque dijeron que al tiempo que los cristianos tomaron aquel pueblo ellas estaban en él, y como los saltearon de noche las habían tomado entre otras muchas que allí tomaron, y que habían servido a ciertos cristianos dellos los cuales nombraban por sus nombres.

No podré sinificar a Vuestra Majestad la mucha alegría que yo y todos los de mi compañía tuvimos con las nuevas que los naturales de Tahiba nos dieron, por hallarnos ya tan cerca del fin de tan dudosa jornada como la que traíamos era, que aunque en aquellas cuatro jornadas que desde Acuculin allí trujimos se pasaron innumerables trabajos porque fueron todas sin camino y de muy ásperas sierras y despeñaderos donde se despeñaron algunos de los caballos que nos quedaban - y un primo mío que se dice Juan de Avalos rodó él y su caballo una sierra abajo donde se quebró un brazo, y si no fuera por las platas de un arnés que llevaba vestido que le defendieron de las piedras se hiciera pedazos, y fue harto trabajoso de le tornar a sacar arriba - y otros muchos trabajos que serían largos de contar que aquí se nos ofrecieron, en especial de hambre - porque aunque traíamos algunos puercos de los que saqué de México que aún no eran acabados había más de ocho días cuando a Taniha llegamos que no comíamos pan sino palmitos cocidos con la carne y sin sal, porque había muchos días que nos había faltado, y con algunos cuescos de palmas nos pasábamos, y tampoco hallamos en estos pueblos de Taniha cosa ninguna de comer, porque como estaban tan cerca los españoles estaban despoblados mucho había creyendo que habían de venir a ellos, aunque desto podían estar bien seguros segúnd yo hallé a los españoles -, con las nuevas de hallarnos tan cerca olvidamos estos trabajos pasados y púsonos esfuerzo para sufrir los presentes que no eran de menor condición, en especial el de la hambre, que era el mayor porque aun de aquellos palmitos sin sal no teníamos abasto, porque se cortaban con mucha dificultad de unas palmas muy gordas y altas, que en todo un día dos hombres tenían que hacer en cortar uno, y cortado, le comían en media hora.

Estos indios que me dieron las nuevas de los españoles me dijeron que hasta llegar allá había dos jornadas de mal camino, y que junto con el dicho pueblo de Nito donde los españoles estaban estaba un muy gran río que no se podía pasar sin canoas, porque era tan ancho que no era posible pasarle a nado. Luego despaché quince españoles de los de mi compañía a pie con una de aquellas guías para que viesen el camino y el río, y mandéles que trabajasen de haber alguna lengua de aquellos españoles sin ser sentidos para me informar qué gente era, si era de la que yo había enviado con Cristóbal de Olid o Francisco de las Casas, o de la de Gil González de Avila, y ansí fueron. Y el indio los guió hasta el dicho río donde tomaron una canoa de unos mercaderes, y tomada, estuvieron allí dos días escondidos. Y a cabo deste tiempo salió del pueblo de los españoles, que estaba de la otra parte del río, una canoa con cuatro españoles que andaban pescando, a los cuales tomaron sin se les ir ninguno y sin ser sentidos en el pueblo, los cuales me trujeron. Y me informé dellos y supe que aquella gente que allí estaba eran de los de Gil Gonzáles de Avila y que estaban todos enfermos y casi muertos de hambre. Y luego despaché dos criados mios en la canoa que aquellos españoles traían para que fuesen al pueblo de los españoles con una carta mía en que les hacía saber de mi venida, y que yo me iba a poner al paso del río y que les rogaba mucho me enviasen allí todo el aderezo de barcas o canoas que tuviesen en que pasase. Y yo me fui luego con toda mi compañía al dicho paso del río, que estuve tres días en llegar a él. Y allí vino un Diego Nieto, que dijo estar allí por justicia, y me trujo una barca y una canoa en que yo con diez o doce pasé aquella noche al pueblo y aun me vi en harto trabajo, porque nos tomó un viento al pasar y como el río es muy ancho allí a la boca de la mar por donde le pasamos, estuvimos en mucho peligro de perdernos, y plugo a Nuestro Señor de sacarnos a puerto. Otro día hice aderezar otra barca que allí estaba y buscar más canoas y atarlas de dos en dos, y con este aderezo pasó toda la gente y caballos en cinco o seis días.

La gente de españoles que yo allí hallé fueron hasta sesenta hombres y veinte mujeres que el capitán Gil Gonzáles de Avila allí había dejado, los cuales los hallé tales que era la mayor compasión del mundo de los ver, y de ver las alegrías que con mi venida hicieron, porque en verdad si yo no llegara fuera imposible escapar ninguno dellos, porque demás de ser pocos y desarmados y sin caballos estaban muy enfermos y Ilagados y muertos de hambre, porque ya se les acababan los bas timentos que habían traído de las Islas y alguno que habían habido en aquel pueblo cuando lo tomaron a los naturales dél, y acabados, no tenían remedio de donde haber otros porque no estaban para irlos a buscar por la tierra, y ya que los tuvieran, estaban en tal parte asentados que por ninguna tenían salida, digo, que ellos supiesen ni pudiesen hallar - segúnd se halló después con dificultad - y la poca posibilidad que ellos habían para salir a ninguna parte, porque a media legua de donde estaban poblados jamás habían salido por tierra. Vista la gran necesidad de aquella gente, determiné de buscar un remedio para sostenerlos en tanto que le hallaba para poderlos enviar a las Islas donde se aviasen, porque de todos ellos no había ocho para que pudiesen quedar en la tierra, ya que se hobiese de poblar. Y luego de la gente que yo truje envié por muchas partes por la mar en dos barcas que allí tenían y en cinco o seis canoas. Y la primera salida que se hizo fue a una boca de un río que se llama Yasa que está diez leguas deste pueblo donde yo hallé estos cristianos hacia el camino por donde había venido, porque yo tenía noticia que allí había pueblos y muchos bastimentos. Y fue esta gente y llegaron al río y subieron por él seis leguas arriba y dieron en unas labranzas asaz grandes, y los naturales de la tierra sintiéronlos venir y alzaron todos los bastimentos que tenían en unas caserías que por aquellas estancias había, y sus mujeres e hijos y haciendas y ellos se escondieron en los montes. Y como los españoles llegaron por aquelllas caserías dicen que les hizo una grande agua y re cogiéronse a una gran casa que allí había, y como descuidados y mojados, todos se desarmaron y aun muchos se desnudaron para enjugar sus ropas y calentarse a fuegos que habían fecho. Y estando así descuidados, los naturales de la tierra dieron sobre ellos, y como los tomaron desapercibidos hirieron muchos dellos de tal manera que les fue forzado tornar a embarcar y venir donde yo estaba sin más recabdo del que habían llevado. Y como vinieron Dios sabe lo que yo sentí, ansí por verlos heridos, y aun algunos dellos peligrosos, y por el favor que a los indios les quedaría, como por el poco remedio que trujeron para la gran necesidad en que estábamos.

Luego a la hora en las mismas barcas y canoas torné a embarcar otro capitán con más gente, ansí de españoles como de los naturales de México que conmigo fueron. Y porque no pudo ir toda la gente en las dichas barcas, hícelos pasar de la otra parte de aquel gran río que está cabe este pueblo, y mandé que se fuesen por toda la costa y que las barcas y canoas se fuesen tierra a tierra junto con ellos para pasar los ancones y ríos, que hay muchos. Y ansí fueron, y llegaron a la boca del dicho río donde primero habían herio los otros españoles y volviéronse sin hacer cosa ninguna ni traer recabdo de bastimento más de tomar cuatro indios que iban en una canoa por la mar. Y preguntados cómo se venían ansí, dijeron que con las muchas aguas que hacía venía el río tan furioso que jamás habían podido subir por el agua arríba una legua, y que creyendo que amansara habían estado esperando a la boca ocho días sin ningún bastimento ni fuego más de frutas de árboles silvestres, de que algunos vinieron tales que fue menester harto remedio para escaparlos.

Vídeme aquí en harto aprieto y necesidad, que si no fuera por unos pocos puercos que me habían quedado del camino, que comíamos con harta regla y sin pan ni sal, todos nos quedáramos aislados. Pregunté con la lengua a aquellos indios que habían tomado en la canoa sí sabían ellos por allí a alguna parte donde pudiésemos ir a buscar bastimentos, prometiéndoles que si me encaminasen donde los hobiese, que los pondría en su libertad y demás les daría muchas cosas. Y uno dellos me dijo que él era mercader y todos los otros sus esclavos y que él había ido por allí de mercaduría muchas veces con sus navíos y que él sabía un estero que atravesaba desde allí hasta un gran río por donde en tiempo que hacía tormentas y no podían navegar por la mar todos los mercaderes atravesaban, y que en aquel río había muy grandes poblaciones y de gente muy rica y abastada de bastimentos; y que él los guiaría a ciertos pueblos donde muy cumplidamente pudiesen cargar de todos los bastimentos que quisiesen, y porque yo fuese cierto que él no mentía, que le llevase atado con una cadena, para que si no fuese ansí yo le mandase dar la pena que mereciese. Y luego hice aderezar las barcas y canoas y metí en ellas toda cuanta gente sana en mi compañía había y envié los con aquella guía. Y fueron, y a cabo de diez días volvieron de la manera que habían ido, diciendo que la guía los había metido por unas ciénagas donde las barcas ni canoas no podían navegar, y que habían hecho todo lo posible por pasar y que jamás habían hallado remedio. Pregunté a la guía cómo me había burlado. Respondióme que no había, sino que aquellos españoles con quien yo le envié no habian querido pasar adelante, que ya estaban muy cerca de atravesar a la mar adonde el río salía, y aun muchos de los españoles confesaron que habían oído muy claro el ruido de la mar y que no podía estar muy lejos de donde ellos habían llegado. No se puede decir lo que sentí en verme tan sin remedio, que casi estaba sin esperanza dél y con pensamiento que ninguno podía escapar de cuantos allí estábamos sino morir de hambre.

Estando en esta perplejidad, Dios Nuestro Señor, que de remedio a semejantes necesidades siempre tiene cargo, en especial a mi inmérito, que tantas veces me ha remediado y socorrido en ellas por andar yo en el real servicio de Vuestra Majestad, aportó allí un navío que venía de las Islas harto sin sospecha de hallarme, el cual traia hasta treinta hombres, sin la gente que navegaba el dicho navío, y trece caballos y setenta y tantos puercos y doce botas de carne salada y pan hasta treinta cargas de lo de las Islas. Dimos todos muchas gracias a Nuestro Señor que en tanta necesidad nos había socorrido, y compré todos aquellos bastimentos y el navío, que me costó todo cuatro mill pesos. Y ya yo me había dado priesa a adobar una carabela que aquellos españoles tenían casi perdida y a hacer un bergantín de otros que allí había quebrados, y cuando este navío vino ya la carabela estaba adobada, aunque el bergantín no creo que pudiéramos dar fin si no viniera aquel navío, porque vino en él hombre que aunque no era carpintero tuvo para ello tal buena manera. Y andando después por la tierra por unas y otras partes, se halló una vereda por unas muy ásperas sierras que a diez y ocho leguas de allí fue a salir a cierta población que se dice Leguela donde se hallaron muchos bastimentos, pero como estaban tan lejos y de tan mal camino era imposible proveernos dellos.

De ciertos indios que se tomaron allí en Leguela se supo que Naco es un pueblo donde estuvieron Francisco de las Casas y Cristóbal de Olid y Gil Gonzáles de Avila y donde el dicho Cristóbal de Olid murió, como ya a Vuestra Majestad tengo fecha relación y adelante diré, de que yo tuve noticia por aquellos españoles que hallé en aquel pueblo. Y luego hice abrir el camino y envié un capitán con toda la gente y caballos, que en mi compañía no quedaron sino los enfermos y los criados de mi casa y algunas personas que se quisieron quedar conmigo para ir por la mar. Y mandé a aquel capitán que se fuese hasta el dicho pueblo de Naco y que trabajase de apaciguar la gente de aquella provincia, porque quedó algo alborotada del tiempo que allí estuvieron aquellos capitanes; y que llegado, luego enviase diez o doce de caballo y otros tantos ballesteros a la bahía de Sant Andrés, que está veinte leguas del dicho pueblo, porque yo me partiría por la mar con aquellos navíos y con ellos todos aquellos enfermos y gente que conmigo quedaba y me iría a la dicha bahía y puerto de Sant Andrés; y que si yo llegase primero, esperaría allí la gente que él había de enviar, y que les mandase que si ellos llegasen primero, también me esperasen para que les dijese lo que habían de hacer.

Después de partida esta gente y acabado el bergantín, quise meterme con la gente en los navíos para navegar, y hallé que aunque teníamos algúnd bastimento de carne que no lo teníamos de pan, y que era gran inconveniente meterme en la mar con tanta gente enferma, porque si algúnd día los tiempos nos detuviesen sería perecer todos de hambre en lugar de buscar remedio. Y buscando manera para le hallar, me dijo el que estaba por capitán de aquella gente que cuando luego allí habían venido que vinieron docientos hombres, y que traían muy buen bergantín y cuatro navíos, que eran todos los que Gil Gónzales había traído; y que con el dicho bergantín y con las barcas de los navíos habían subido aquel río arriba, y que habían hallado en él dos golfos grandes todos de agua dulce y alrededor dellos muchos pueblos y de muchos bastimentos; y que habían llegado hasta el cabo de aquellos golfos, que era catorce leguas el río arríba, y que había tornado a se angostar el río y que venía tan furíoso que en seis días que quisieron subir por él arríba no habían podido subir sino cuatro leguas, y que todavía iba muy hondable y que no había sabido el secreto dél; y que allí creía él que había bastimentos de maíz hartos, pero que yo tenía poca gente para ir allá porque cuando ellos habían ido habían saltado ochenta hombres en un pueblo, y aunque lo habían tomado sin ser sentidos, pero después, que se habían juntado y peleado con ellos y fécholes embarcar por fuerza y les habían herido cierta gente.

Yo viendo la extrema necesidad en que estaba y que era más peligro meterme en la mar sin bastimentos que no irlos a buscar por tierra, pospuesto todo, me determiné de subir aquel río arriba, porque demás de no poder hacer otra cosa sino buscar de comer para aquella gente, pudiera ser que Dios Nuestro Señor fuera servido que de allí se supiera algúnd secreto en que yo pudiera servir a Vuestra Majestad. E hice luego contar la gente que tenía para poder ir conmigo y hallé hasta cuarenta españoles, aunque no todos muy sueltos, pero todos podían servir para quedar en guarda de los navíos cuando yo saltase en tierra. Y con esta gente y con hasta cincuenta indios que conmigo habían quedado de los de Méxíco me metí en el bergantín que ya tenía acabado y en dos barcas y en cuatro canoas, y dejé en aquel pueblo un despensero mío que tuviese cargo de dar de comer a aquellos enfermos que allí quedaban. Y así seguí mi camino el río arriba con harto trabajo por la gran corriente dél, y en dos noches y un día salí al primero de los dos golfos que arriba se hacen que está tres leguas de donde partí, el cual bojará doce leguas. Y en todo este golfo no hay población alguna porque en torno dél es todo anegado. Y navegué un día por este golfo hasta llegar a otra angostura que el río hizo y entré por ella, y otro día por la mañana llegué al otro golfo que era la cosa más hermosa del mundo de ver, que entre las más ásperas y agrias sierras que pueden ser estaba una mar tan grande que boja más de treinta leguas. Y fui por la costa dél hasta que ya casi noche se halló una entrada de camino hacia la tierra, y luego salté en ella con treinta hombres y con todos los indios y seguí aquel camíno, y a dos tercios de legua fui a dar en un pueblo donde, segúnd paresció, había sido sentido, y estaba todo despoblado y sin cosa nínguna. Hallamos en el campo mucho maíz verde, y así que comimos aquella noche. Y otro día de mañana, viendo que de allí no nos podíamos proveer de lo que veníamos a buscar, cargamos de aquel maíz verde para comer y volvimos a las barcas sin haber rencuentro ninguno ni ver gente de los naturales de la tierra. Y embarcados, atravesé de la otra parte del golfo, y en el camino nos tomó un poco de tiempo contrario, que atravesamos con trabajo y se perdió una canoa, aunque la gente fue socorrida con una barca, que no se ahogó sino un indio. Y tomamos la tierra ya muy tarde cerca de noche y no podimos saltar en ella hasta otro día por la mañana que con las barcas y canoas subimos por un riatillo pequeño que allí estaba. Y quedó el bergantín fuera y fui a dar en un camino, y allí salté con treinta hombres y con todos los indios. Y mandé volver las barcas y canoas al bergantín y yo seguí aquel camino, y luego a un cuarto de legua de donde desembarqué di en un pueblo que, segúnd paresció, había muchos días que estaba despoblado, porque las casas estaban todas llenas de hierba, aunque tenían muy buenas huertas de cacaguatales y otros árboles de fruta. Y anduve por el pueblo buscando si había camino que saliese a alguna parte, y hallé uno muy cerrado que parescía que había mucho tiempo que no se seguía, y como no hallé otro seguí por él y anduve aquel día cinco leguas por unos montes que casi todas las anduvimos con manos y pies segúnd era cerrado, y fui a dar a una labranza de maizales adonde en una casita que en ella había se tomaron tres mujeres y un hombre cuya debía ser aquella labranza. Y éstas nos guiaron a otras donde se tomaron otras dos mujeres, y guiáronnos por un camino hasta nos llevar adonde estaba otra gran labranza y en medio della hasta cuarenta casillas muy pequeñas que nuevamente parecían ser hechas. Y segúnd pareció, fuimos sentidos antes que llegásemos, y toda la gente eran huidos por los montes. Y como se tomaron ansí de improviso no pudieron recoger tanto de lo que tenían que no nos dejaron algo, en especial gallinas, palomas, perdices y faisanes que tenían en jaulas, aunque maíz seco ni sal no hallamos. Allí estuve aquella noche, que remediamos aquella necesidad de la hambre que traíamos porque hallamos maíz verde con que comimos estas aves. Y habiendo más de dos horas que estábamos dentro en aquel pueblezuelo, vinieron dos indios de los que vivían en él muy descuidados de hallar tales huéspedes en sus casas, y fueron tomados por las velas que yo tenía. Y preguntados si sabían de algúnd pueblo por allí cerca dijeron que sí y que ellos me llevarían allá otro día, pero que habíamos de llegar casi noche. Y otro día de mañana nos partimos con aquellas guías, y nos llevaron por otro camino más malo que el del día pasado, porque demás de ser tan cerrado como él, a tiro de ballesta pasábamos un río que todos iban a dar en aquel golfo, y deste grande ayuntamiento de aguas que baja de todas aquellas sierras se hacen aquellos golfos y ciénagas y sale aquel río tan poderoso a la mar, como a Vuestra Majestad he dicho. Y ansí, continuando nuestro camino, anduvimos siete leguas sin llegar a poblado, en que se pasaron cuarenta y cinco ríos cabdales, sin muchos arroyos que no se contaron. Y en el camino se tomaron tres mujeres que venían de aquel pueblo adonde nos llevaba la guía cargadas de maíz, las cuales nos certificaron que la guía nos decía verdad. Y ya que el sol era puesto o se quería poner, sentimos cierto ruido de gente y unos atabales, e hice parar toda la gente y pregunté a aquellas mujeres que qué era aquello, y dijéronme que era cierta fiesta que hacían aquel día. E hice poner toda la gente en el monte lo mejor y más secretamente que yo pude y pusimos escuchas casi junto al pueblo y otras por el camino porque si viniese al gúnd indio lo tomasen, y ansí estuve toda aquella noche con la mayor agua que nunca se vido y con la mayor pestilencia de mosquitos que se podía pensar. Y era tal el monte y el camino y la noche tan oscura y tempestosa que dos o tres veces quise salir para ir a dar en el pueblo y jamás acerté a dar en el camino aunque estábamos tan cerca del pueblo que casi oíamos hablar la gente dél, y ansí fue forzado esperar a que amaneciese. Y fuimos a tan buen tiempo que los tomamos todos durmiendo. Yo había mandado que nadie entrase en casa ni diese voz, sino que cercásemos estas casas más principales, en especial la del señor y una grande atarazana en que nos habían dicho aquellas guías que dormía toda la gente de guerra. Y quiso nuestra dicha que la primera casa con que fuimos a topar fue aquélla donde estaba la gente de guerra. Y como hacía ya claro, que todo se vía, uno de los de mi compañía que vido tanta gente y armas en aquella casa parescióle que era bien, segúnd que nosotros éramos pocos y a él le parecían los contrarios muchos aunque estaban durmiendo, que debía invocar algún auxilio, y así comenzó a grandes voces a decir "iSantiago, Santiago!", a las cuales los indios recordaron, y dellos acertaron a tomar las armas y dellos no. Y como la casa donde estaban no tenía pared ninguna por ninguna parte, sino sobre postes armado el tejado, salían por donde querían porque no la pudimos cercar toda. Y certifico a Vuestra Majestad que si aquél no diera aquellas voces todos se prendieran sin se nos ir ninguno, que fuera la más hermosa cabalgada que nunca se vido en estas partes y aun pudiera ser cabsa de dejar todo aquello pacífico tornándolos a soltar y diciéndoles la causa de mi venida a aquellas partes y asegurándolos, y viendo que no les hacíamos mal, antes los soltábamos teniéndolos presos, pudiera ser que se hiciera mucho fruto. Y ansí fue al revés. Prendimos hasta quince hombres y hasta veinte mujeres y murieron otros diez o doce que no se dejaron prender, entre los cuales murió el señor sin ser conocido hasta que, después de muerto, me le mostra ron los presos. Tampoco en este pueblo hallamos cosa que nos aprovechase, porque aunque hallábamos maíz verde, no era para el bastimento que veníamos a buscar.

En este pueblo estuve dos días porque la gente descansase. Y pregunté a los índíos que allí se prendieron si sabían adonde hobiese bastimento de maíz seco y dijeron que sí, que ellos sabían un pueblo que se llama Chacujal que era muy grande pueblo y muy antiguo y que era muy abastado de todo género de bastimentos. Y después de haber estado aquí estos dos días partíme guiándome aquellos indios para el pueblo que dijeron, y anduve aquel día seis leguas grandes tambíén de mal camino y de muchos ríos y llegué a unas muy grandes labranzas. Y dijéronme las guías que aquéllas eran del pueblo donde íbamos, y fuimos por ellas bien dos leguas por el monte por no ser sentidos. Y tomáronse de leñadores y otros labradores que andaban por aquellos montes a caza ocho hombres que venían muy seguros a dar sobre nosotros, y como yo llevaba siempre mis corredores delante tomáronlos sin se ir ninguno. Y ya que se quería poner el sol dijéronme las guías que me detuviese porque ya estábamos muy cerca del pueblo, y ansí lo hice, que me estuve en un monte hasta que fue tres horas de la noche. Y luego comencé a caminar y fui a dar a un río que le pasamos a los pechos, e iba tan recio que fue harto peligroso de pasar, sino que con ir asidos todos unos a otros pasamos sin que nadie peligrase. Y en pasando el río, me dijeron las guías que el pueblo estaba ya junto, e hice parar toda la gente y fui con dos compañeros hasta que llegué a ver las casas del pueblo y aun oírlos hablar, y parescióme que la gente estaba sosegada y que no éramos sentidos. Y volvíme a la gente e hícelos que reposasen, y puse seis hombres a vista del pueblo de la una parte y de la otra del camino y volvíme a reposar donde la gente estaba. Y ya que me reposaba sobre unas pajas, vino una de las escuchas que tenía puestas y díjome que por el camino venía mucha gente con armas y que venían hablando y como gente descuidada de nuestra venida. Y apercebí la gente lo más paso que yo pude, y como el trecho de allí al pueblo era poco vinieron a dar sobre las escuchas, y como las sintieron soltaron una rociada de flechas e hicieron mandado al pueblo, y ansí se fueron retrayendo y retirando y peleando hasta que entramos en el pueblo, y como hacía oscuro luego desaparecieron por entre las calles. Y yo no consentí desmandar la gente porque era de noche y también porque creí que habíamos sido sentidos y tenían alguna celada. Y con mi gente junta salí a una gran plaza donde ellos tenían sus mesquitas y oratorios, y como vimos las mezquitas y aposentos alrededor dellas a la forma y manera de Culúa púsonos más espanto del que traíamos, porque hasta allí después que pasamos de Acalan no las habíamos visto de aquella manera. Y hubo muchos votos de los de mi compañía en que decían que luego nos tornásemos a salir del pueblo y pasásemos aquella noche en el río antes que los del pueblo no sintiesen que éramos pocos y nos tomasen aquel paso. Y en la verdad no era muy mal consejo, porque todo era razón de temer según lo que habíamos visto del pueblo. Y ansí estuvimos recogidos en aquella plaza gran rato que nunca sentimos rumor de gente. Y a mí me paresció que no debía salir del pueblo de aquella manera porque quizá los indios, viendo que nos deteníamos, temían más temor, y que si nos viesen volver, conocerían nuestra flaqueza y nos sería más peligroso. Y ansíplugo a Nuestro Señor que fue, y después de haber estado en aquella plaza muy gran rato, recogíme con la gente a una gran sala de aquéllas y envié algunos que anduviesen por el pueblo por ver si sentían algo. Y nunca sintieron rumor, antes entraron en muchas casas de las casas dél porque en todas había lumbre, donde hallaron mucha copia de bastimentos y volvieron muy contentos y alegres, y ansí estuvimos aquella noche al mejor recabdo que fue posible. Luego que fue de día se buscó todo el pueblo, que era muy bien trazado y las casas muy juntas y muy buenas, y hallóse en todas ellas mucho algodón hilado y por hilar, y ropa fecha de las que ellos usan buena, y mucha copia de maíz seco y cacao, frisoles y ají y sal, y muchas gallinas y faisanes en jaulas, y perdices y perros de los que crían para comer, que son asaz buenos, y todo género de bastimentos, tanto que si tuviéramos los navíos donde los pudiéramos meter en ellos, me tuviera yo por harto bien bastecido para muchos días, pero para nos aprovechar dellos habíamoslos de llevar veinte leguas a cuestas, y estábamos tales que nosotros sin otra carga tuviéramos bien que hacer en volver al navío si allí no descansáramos algunos días. Aquel día envié un indio natural de aquel pueblo de los que habíamos prendido por aquellas labranzas que paresció algo príncipal segúnd el hábito en que fue tomado, porque se tomó andando a caza con su arco y flechas y su persona a su manera bien adereszada. Y habléle con una lengua que llevaba y díjele que fuese a buscar al señor y gente de aquel pueblo y que les dijese de mi parte que yo no venía a les hacer enojo ninguno, antes a les hablar cosas que a ellos mucho convenían, y que viniesen el señor o alguna persona honrada del pueblo y que sabrían la cabsa de mi venida; y que fuesen ciertos que si viniese se les seguiría mucho provecho, y por el contrarío, mucho daño. Y ansí le despaché con una carta mía, porque se aseguran mucho con ellas en estas partes, aunque fue contra la voluntad de algunos de los de mi compañía, diciendo que no era buen consejo enviarle porque manifestaría la poca gente que éramos y que aquel pueblo era recio y de mucha gente segúnd parecía por las casas dél, y que podría ser que sabidos cuán pocos éramos, viniesen sobre nosotros y juntasen consigo gentes de otros pueblos. Y yo bien vi que tenían razón, mas con deseo de hallar alguna manera para nos poder proveer de bastimentos, creyendo que si aquella gente venía de paz me darían manera para llevar algunos, pospuse todo lo que se me pudiese ofrescer, porque en la verdad no era menos peligro el que esperábamos de hambre si no llevábamos bastimentos que el que se nos podía recrecer de venir los indios sobre nosotros, y por esto todavía despaché el indio. Y quedó que volvería otro día, porque sabía dónde podría estar el señor y toda la gente. Y otro día después que se partió, que era el plazo a que había de venir, andando los españoles rodeando el pueblo y descubrien do el campo, hallaron la carta que yo le había dado puesta en el camino en un palo, donde teníamos por cierto que no terníamos respuesta. Y ansí fue, que nunca vino el indio, él ni otra persona, puesto que estuvimos en aquel pueblo diez y ocho días descansando y buscando algúnd remedio para llevar de aquellos bastimentos. Y pensando en esto, me paresció que sería bien seguir el río de aquel pueblo abajo para ver si entraba en el otro grande que entra en aquellos golfos dulces adonde dejé el bergantín y barcas y canoas. Y preguntélo a aquellos indios que tenía presos y dijeron que sí, aunque no los entendíamos bien ni ellos a nosotros, porque son de lengua diferente de la que habemos visto. Y por señas y por algunas palabras que aquella lengua entendía les rogué que dos dellos fuesen con diez españoles a mostrarles la salida de aquel río, y ellos dijeron que era muy cerca y que aquel día volverían. Y ansí fue, que plugo a Nuestro Señor que habiendo andado dos leguas por unas güertas muy hermosas de cacagüetales y otras frutas, dieron en el río grande, y dijeron que aquél era el que salía a los golfos donde yo había dejado el bergantín y barcas y canoas, y nombráronle por su nombre, que se llama Apolochic. Y preguntéles en cuántos días iría de allí en canoas hasta llegar a los golfos. Dijéronme que en cinco días, y luego despaché dos españoles con una guía de aquéllos para que fuesen fuera de camino, porque la guía se me ofreció de los llevar así hasta el bergantín. Y mandéles que el bergantín y barcas y canoas llevasen a la boca de aquel gran río y que trabajasen con la una canoa y barca de subir el río arríba hasta donde salía el otro río. Y despachados éstos, hice hacer cuatro balsas de madera y cañas muy grandes. Cada una llevaba cuarenta hanegas de maíz y diez hombres, sin otras muchas cosas de frisoles y ají y cacao que cada uno de los españoles echaban en ellas. Y hechas ya las balsas, que pasaron bien ocho días en hacellas, y puesto el bastimento a punto para lo llevar, llegaron los españoles que había enviado al bergantín, los cuales me dijeron que había seis días que comenzaron a subir el río arriba y que no habían podido llegar en la barca arriba, y que la dejaban cinco leguas de allí con diez españoles que la guardaban; y que con la canoa tampoco habian podido llegar porque venían muy cansados de remar, pero que quedaba una legua de allí escondida; y que viniendo el río arriba, les habían salido algunos indios y peleado con ellos aunque habían sido pocos, pero que creían que para la vuelta, que se habían de juntar a esperarlos. E hice ir luego gente que subiese la canoa a donde estaban las balsas, y puesto en ella todo el bastimento que habíamos recogido, metí la gente que era menester para guiarnos con unas palancas grandes y para amparar de árboles que había en el río asaz peligrosos. Y a la gente que quedó señalé un capitán y mandé que se fuesen por el camino que habíamos traído, y si llegasen primero que yo, que allí me esperasen adonde habíamos desembarcado y que yo iría allí a tomarlos; y que si yo llegase primero, yo los esperaría. Y yo metíme en aquella canoa con las balsas con solos dos ballesteros, que no tenía más. Aunque era el camino peligroso, [así] por la gran corriente y ferocidad del río como porque se tenía por cierto que los indios habían de esperar el paso, quise yo ir allí porque hobiese mejor recabdo. Y encomendándome a Dios, me dejé ir el río abajo, y llevábamos tal andar que en tres horas llegamos adonde había quedado la barca, y aun[que] quisimos echar alguna carga en ella por aliviar las cargas era tanta la corriente que jamás pudieron parar. Y yo metíme en la barca y mandé que la canoa bien equipada de remeros fuese siempre delante de las balsas para descubrir si hobiese indios en canoas y para avisar de algunos malos pasos, y yo quedé en la barca atrás de todos aguardando a que pasasen todas las balsas delante, para que si alguna necesidad se les ofreciese los pudiese socorrer de arriba a abajo mejor que de abajo para arriba. Y ya que quería ponerse el sol, la una de las balsas dio en un palo que estaba debajo del agua y trastornóla un poco y la furia del agua la sacó, aunque perdió la mitad de la carga. Y yendo nuestro camino ya tres horas de la noche, oí adelante gran grita de indios, y por no dejar las balsas atrás no me adelanté a ver qué era. Y dende a un poco cesó y no se oyó más. A otro rato tornéla a oír y parescióme más cerca y cesó, y tampoco pude saber qué cosa era porque la canoa y las tres balsas iban delante y yo quedaba con la balsa que no andaba tanto. Y yendo ya algo descuidado, porque había rato que la grita no sonaba, yo me quité la celada que llevaba y me recosté sobre la mano porque iba con gran calentura. Y yendo ansí, tomónos una furia de una vuelta del río que por fuerza sin podello resistir dio con la barca y balsa en tierra. Y segúnd paresció, allí habían sido dadas las gritas que habíamos oído, porque como los indios sabían el río como criados en él, y nos traían espiados y sabían que forzado la corriente nos había de echar allí, estaban muchos dellos esperándonos a aquel paso. Y como la canoa y balsas que iban delante habían dado donde nosotros después dimos, habíanlos flechado y herido casi a todos, aunque con saber que veníamos atrás no se hobieron con ellos tan reciamente como después con nosotros. Y nunca la canoa nos pudo avisar, porque no pudo volver con la corriente. Y como nosotros dimos en tierra, alzaron muy gran alarido y echaron tanta cantidad de flechas y piedras que nos hirieron a todos, y a mí me hirieron en la cabeza, que no llevaba otra cosa desarmada. Y quiso Nuestro Señor que allí era una barranca alta y hacía el río gran hondura, y a esta cabsa no fuimos tomados, porque algunos que se quisieron arrojar a saltar en la balsa y barca con nosotros no les fue bien, que como era noche oscura cayeron al agua y creo que escaparon pocos. Fuimos tan presto apartados dellos con la corriente que en poco rato casi no los oíamos, y ansí anduvimos toda aquella noche sin hallar más rencuentro sino algunas gritillas que canoas nos daban desde lejos y otros desde las barrancas del río, porque está todo de la una parte y de la otra poblado y de muy hermosas heredades de güertas de cacao y otras frutas. Y cuando amanesció estábamos hasta cinco leguas de la boca del río que sale al golfo, donde nos esperaba el bergantín. Y llegamos aquel día casi a mediodía, de manera que en un día entero y una noche anduvimos veinte leguas grandes por aquel río abajo. Y queriendo descargar las balsas para echar los bastimentos en el bergantín, hallamos que todo lo más dello venía mojado, y viendo que si no se enjugaba se perdería todo y nuestro trabajo sería perdido y no teníamos donde buscar otro remedio, hice escoger todo lo enjuto y metílo en el bergantín, y lo mojado echarlo en las dos barcas y dos canoas y enviélo a más andar al pueblo para que lo enjugasen, porque en todo aquel golfo no había dónde por ser todo anegado, y ansí se fueron. Y mandéles que luego volviesen las barcas y canoas a ayudarme a llevar la gente, porque el bergantín y una canoa que llevaba que me quedó no podía llevar toda la gente. Y partidas las barcas y canoas, yo me hice a la vela y me fui adonde había de esperar la gente que venía por tierra y esperéla tres días, y a cabo déstos llegaron muy buenos excepto un español, que dijeron haber comido en el camino ciertas hierbas y murió casi súpitamente. Trujeron un indio que tomaron en aquel pueblo donde yo los dejé, que venía descuidado y porque era diferente de los de aquella tierra ansí en lengua como en hábito. Le pregunté casi por señas y porque entre los indios presos se halló uno que le entendía, y dijo ser natural de Teculutlan. Y como yo oí el nombre del pueblo, parescióme que lo había oído decir otras veces, y desque llegué al pueblo miré ciertas memorias que yo tenía y hallé ser verdad que le había oído nombrar, y parece por allí no haber de traviesa de donde yo llegué a la otra Mar del Sur, adonde yo tengo a Pedro de Alvarado, sino setenta u ochenta leguas. Porque por aquellas memorias me parescía haber estado españoles de la compañía de Pedro de Alvarado en aquel pueblo de Teculutlan y aun el indio ansí lo firmaba, holgué mucho de saber aquella traviesa.

Venida toda la gente, porque las barcas no venían allí y gastamos aquel poco de bastimento que había quedado enjuto, metímonos todos en el bergantín con harto trabajo, que no cabíamos, con pensamiento de atravesar al pueblo donde primero habíamos saltado, porque los maizales habíamos dejado muy granadas y había ya más de veintecinco días, y de razón habíamos de hallar mucho dello seco para podernos aprovechar. Y así fue, que yendo una mañana en mitad del golfo, vimos las barcas que venían y fuimos todos juntos. Y en saltando en tierra, fue toda la gente ansí españoles como indios nuestros amIgos y más de cuarenta indios presos al pueblo y hallaron muy buenos maizales y muchos dellos secos, y no hallaron quien se lo defendiese. Y cristianos e indios hicieron aquel día tres caminos, porque era muy cerca, con que cargué el bergantín y barcas, y fuime con ello al pueblo. Y dejé alli toda la gente acarreando maíz y enviéles luego las dos barcas y otra que había aportado allí de un navío que se había perdido en la costa veniendo a esta Nueva España y cuatro canoas, y en ellas se vino toda la gente y trujieron mucho maíz. Y fue este tan grand remedio que dio bien el fruto del trabajo que costó, porque a faltarnos, todos peresciéramos de hambre sin tener ningúnd remedio.

Hice luego meter todos aquellos bastimentos en los navíos y metíme en ellos con toda la gente que en aquel pueblo había de la de Gil Gonzales y los que había quedado conmigo de mi compañía. Y me hice a la vela a [...] días del mes de [...] y fuime al puerto de la bahía de Sant Andrés, echando primero en una punta toda la gente que pudo andar con dos caballos que yo había dejado para llevar conmigo en los navíos para que se fuesen por tierra al dicho puerto y bahía, adonde había de hallar o esperar a la gente que había de venir de Naco, porque ya se había andado aquel camino y en los navíos no podíamos ir sino a mucho peligro porque íbamos muy abalumados. Y envié por la costa una barca para que les pasase ciertos ríos que había en el camino, y yo llegué al dicho puerto y hallé que la gente que había de venir de Naco había dos días que era llegada, de los cuales supe que todos los demás quedaban buenos, y que tenían mucho maíz y ají y muchas frutas de la tierra excepto que no tenían carne ni sal, que había dos meses que no sabían qué cosa era. Yo estuve en este puerto veinte días proveyendo de dar orden en lo que aquella gente que estaba en Naco había de hacer y buscando algúnd asiento para poblar en aquel puerto porque es el mejor que hay en toda la costa descubierta desta tierra firme, digo, desde las Perlas hasta la Florida, y quiso Dios que le hallé bueno y muy a propósito. E hice buscar ciertos arroyos, y aunque con poco aderezo, se halló a una y a dos leguas del asiento del pueblo buena muestra de oro. Y por esto y por ser el puerto tan hermoso y por tener tan buenas comarcas y tan pobladas de gente, parescióme que Vuestra Majestad sería muy servido en que se poblase, y luego envié a Naco, donde la gente estaba, a saber si había algunos que allí quisiesen quedar por vecinos. Y como la tierra es buena, halláronse hasta cincuenta, y aun algunos y los más, de los vecinos que habían venido en mi compañía, y así en nombre de Vuestra Majestad fundé allí una villa que por ser el día en que se comenzó a talar el asiento de la Natividad de Nuesta Señora le puse a la villa aquel nombre. Y señalé alcaldes y regidores y dejéles clérígo y ornamentos y todo lo necesarío para celebrar, y dejé oficiales mecánicos así como herrero con muy buena fragua y carpintero y calafate y barbero y sastre. Quedaron entre estos vecinos veinte de caballo y algunos ballesteros. Dejéles también cierta artillería y pólvora.

Cuando a aquel pueblo llegué y supe de aquellos españoles que habían venido de Naco que los naturales de aquel pueblo y de los otros a él comarcanos estaban todos alborotados y fuera de sus casas por las sierras y montes que no se querían asegurar - aunque algunos dellos habían hablado por el temor que tenían de los daños que habían rescebido de la gente que Gil Gonzáles y Cristóbal Dolid trajeron, escrebí al capitán que allí estaba que trabajase mucho de haber algunos dellos de cualquier manera que fuese y me los enviase para que yo los hablase y asegurase. Y ansí lo hizo, que me envió ciertas personas que tomó en una entrada que hizo. Y yo les hablé y aseguré mucho e hice que les hablasen algunas personas principales de los que aquí de México que yo conmigo traje, y les hicieron saber quién yo era y lo que había fecho en su tierra y el buen tratamiento que de mí todos rescebían después que fueron mis amigos, y cómo eran amparados y mantenidos en justicia ellos y sus haciendas e hijos y mujeres y los daños que rescebían los que eran rebeldes al servicio de Vuestra Majestad y otras muchas cosas que les dijeron de que se aseguraron mucho, aunque todavía me dijeron que tenían temor que no seria verdad lo que les decían, porque aquellos capitanes que antes de mí habían venido les habían dicho aquellas palabras y otras y que después les habían mentido y les habían llevado las mujeres que ellos les daban para que les hiciesen pan y los hombres que les traían para que les llevasen sus cargas, y que ansí creían que haría yo, pero todavía con la seguridad que aquellos de Mésico les dieron y la lengua que yo conmigo traía y como los vieron a ellos bien tratados y alegres de nuestra compañía, se aseguraron algún tanto. Y los envié para que hablasen a los señores y gente de los pueblos, y de ahí a pocos días me escribió el capitán que ya habían venido de paz algunos de los pueblos comarcanos, en especial los más principales, que son aquél de Naco, donde es taban aposentados, y Quimystlan y Zula y Cholome, que el que menos déstos tiene son más de dos mill casas, sin otras aldeas que cada uno tiene sujetas a sí; y que habían dicho que luego vernía toda la tierra de paz, porque ya ellos les habían enviado mensajeros asegurándolos y haciéndoles saber cómo yo estaba en la tierra y todo lo que les había dicho y habían oído a los naturales de Mésico, y que deseaban mucho que yo fuese allá, porque yendo yo se aseguraría más la gente. Lo cual yo hiciera de buena voluntad, sino que me era muy nescesario pasar adelante a dar orden en lo que en este capítulo siguiente a Vuestra Majestad haré relación.

Cuando yo, Invitísimo César, llegué a aquel pueblo de Nito donde hallé aquella gente de Gil Gonzáles perdida, supe dellos que Francisco de la Casas, a quien yo envié a saber de Cristóbal Dolid, como ya a Vuestra Majestad por otras he hecho saber, había dejado sesenta leguas de allí la costa abajo en un puerto que los pilotos llaman de las Honduras ciertos españoles, y que cierto estaban allí poblados. Y luego que llegué a este pueblo y bahía de San Andrés, donde en nombre de Vuestra Majestad está fundada la villa de la Natividad de Nuestra Señora, en tanto que yo me detenía en dar orden en la población y fundamento della y en dar asimesmo orden al capitán y gente que estaba en Naco de lo que habían de hacer para la pacificación y seguridad de aquellos pueblos, envié el navío que yo compré para que fuese al dicho puerto de las Honduras a saber de aquella gente y volviese con la nueva que hallase. Y ya que en las cosas de allí yo había dado orden llegó el dicho navío de vuelta, y vinieron en él el procurador del pueblo y un regidor y me rogaron mucho que yo fuese a remediarlos porque tenían muy estrema nescesidad a cabsa que el capitán que Francisco de las Casas les había dejado y un alcalde que él ansimismo dejó nombrado se habían alzado con un navío y llevádoles de ciento y diez hombres que eran los cincuenta, y a los que habían quedado les habían llevado las armas y herraje y todo cuanto tenían, y que temían cada día que los indios los matasen o morirse de hambre por no lo poder buscar; y que un navío que un vecino de la isla Española que se dice el bachiller Pero Moreno traía aportó allí, y le rogaron que les proveyese y que no había querido, como sabría más largamente después que fuese al dicho su pueblo. Y por remediar esto me torné a embarcar en los dichos navíos con todos aquellos dolientes, aunque ya algunos eran muertos, para los enviar desde allí como después los envié a las Islas y a esta Nueva España. Y metí conmigo algunos críados míos y mandé que por tierra se viniesen veinte de caballo y diez ballesteros porque supe que había buen camino aunque había algunos ríos de pasar, y estuve en llegar nueve días porque tuve algunos contrastes de tiempo. Y echando el ancla en el dicho puerto de las Honduras, salté en una barca con dos frailes de la orden de San Francisco que conmigo siempre he traído y con hasta diez críados míos y fui a tierra. Y ya toda la gente del pueblo estaba en la plaza esperándome, y como llegué cerca entraron todos en el agua y me sacaron de la barca en peso, mostrando mucha alegría con mi venida. Y juntos nos fuimos al pueblo y a la iglesia que allí tenían, y después de haber dado gracias a Nuestro Señor me rogaron que me sentase, porque me querían dar cuenta de todas las cosas pasadas porque creían que yo tenía enojo dellos por alguna mala relación que me hobiesen hecho, y que querían hacerme saber la verdad antes que por aquélla los juzgase. Y yo lo hice como me lo rogaron, y comenzada la relación por un clérígo que allí tenían a quien dieron la mano que hablase, propuso en la manera que se sigue:

"Señor, ya sabéis cómo desde la Nueva España enviastes a todos o los más de los que aquí estamos con Crístóbal Dolid, vuestro capitán, a poblar en nombre de Su Majestad estas partes, y a todos nos mandastes que obedesciésemos al dicho Cristóbal Dolid en todo lo que nos mandase como a vuestra persona. Y ansí salimos con él para ir a la isla de Cuba a acabar de tomar algunos bastimentos y caballos que nos faltaban. Y llegados a La Habana, que es un puerto de la dicha isla, se carteó con Diego Velázquez y con los oficiales de Su Majestad que en aquella isla residen, y le enviaron alguna gente. Y después de bastecidos de todo lo que hobimos menester, que nos lo dio muy cumplidamente Alonso de Contreras, vuestro criado, nos partimos y seguimos nuestro viaje. Dejadas algunas cosas que nos acaescieron en el camino que serían largas de contar, llegamos a esta costa catorce leguas abajo del puerto de Caballos. Y luego como saltamos en tierra, el dicho capitán Cristóbal Dolid tomó la posesión della por vuestra merced en nombre de Su Majestad y fundó en ella una villa con los alcaldes y regidores que de allá venían señalados, e hizo ciertos autos así en la posesión como en la población de la villa, todo en nombre de vuestra merced y como su capitán y teniente. Y de allí a algunos días juntóse con aquellos criados de Diego Velázquez que con él vinieron y tuvo allá ciertas formas en que luego se mostró fuera de la obidiencia de vuestra merced, y aunque algunos nos paresció malo a los más no le osamos contradecir porque amenazaba con la horca, antes dimos consentimiento a todo lo que él quiso y aun ciertos criados y parientes de vuestra merced que con él vinieron hicieron lo mesmo, porque no osaron hacer otra cosa ni les cumplía. Y fecho esto, porque supo que cierta gente del capitán Gil Gonzales de Avila había de ir adonde él estaba, que lo supo de seis hombres mensajeros que le prendió, se fue a poner en un paso de un río por donde habían de pasar para los prender y estuvo allí algunos días esperándolos. Y como no venían, dejó allí recabdo con un maestre de campo y él volvió al pueblo y comenzó a aderezar dos carabelas que allí tenía y metió en ellas artillería y munición para ir sobre un pueblo de españoles que el dicho capitán Gil Gonzáles tenía poblado la costa arriba. Y estando aderezando su partida, llegó Francisco de las Casas con dos navíos, y como supieron quién eran mandó que le tirasen con el artillería que tenía en las naos. Y puesto que el dicho Francisco de las Casas alzó banderas de paz y daba voces diciendo que era de vuestra merced, todavía mandó que no cesasen de tiralle, y súbito le tiraron diez o doce tiros en que el uno dio por un costado de un navío que pasó de la otra parte. Y como el dicho Francisco de las Casas conosció su mala intención y paresció ser verdad la sospecha que dél se tenía echó las barcas fuera de los navíos y gente en ellas y comenzó a jugar con su artillería, y tomó los dos navíos que estaban en el puerto con toda el artillería que tenían, y la gente salió se huyendo a tierra. Y tomados los navíos, luego el dicho Cristóbal Dolid comenzó a mover partidos con él no con voluntad de complir nada sino por detenerle fasta que veniese la gente que había dejado aguardando para prender a los de Gil González, creyendo de engañar al dicho Francisco de las Casas. Y el dicho Francisco de las Casas de su voluntad hizo todo lo que él quería y así estuvo con él en los trabtos sin concluir cosa hasta que vino un tiempo muy recio, y como allí no era puerto sino costa brava, dio con los navíos del dicho Francisco de las Casas a la costa y ahogáronse treinta y tantos hombres y perdióse cuanto traían. Y él y todos los demás escaparon en carnes y tan maltrabtados de la mar que no se podían tener, y Cristóbal Dolid los prendió a todos, y antes que entrasen en el pueblo les hizo jurar sobre unos Evangelios que le obedecerían y temían por su capitán y nunca serían contra él. Estando en esto, vino la nueva cómo su maestre de campo había prendido cincuenta y siete hombres que iban con un alcalde mayor del dicho Gil González de Avila, y que después los había tomado a soltar y ellos se habían ido por una parte y él por otra. Desto rescibió mucho enojo, y luego se fue la tierra adentro a aquel pueblo Naco, que ya otra vez él había estado en él, y llevó consigo al dicho Francisco de las Casas y a algunos de los que con él prendió, y otros dejó allí en aquella villa con un su lugarteniente y un alcalde. Y muchas veces el dicho Francisco de las Casas le rogó en presencia de todos que le dejase ir adonde vuestra merced estaba a darle cuenta de lo que le había acaescido, o que, pues no le dejaba, que le hobiese a buen recabdo y que no se fiase dél. Y nunca jamás le quiso dar licencia. Después de algunos días supo que el capitán Gil González de Avila estaba con poca gente en un puerto que se dice Choloma y envió allá cierta gente. Y dieron sobre él de noche y prendiéronle a él y a los que con él estaban y trujéronselos presos, y allí los tuvo a ambos capitanes muchos días sin los querer soltar aunque muchas veces se lo rogaron. E hizo jurar a toda la gente del dicho Gil González que le temían por capitán de la manera que había hecho a los de Francisco de las Casas. Y muchas veces después de preso el dicho Gil González le tornó a decir el dicho Francisco de las Casas en presencia de todos que los soltase; si no, que se guardase dellos, que le habían de matar. Y nunca jamás quiso. Hasta que viendo ya su tiranía tan conoscida, es tando una noche hablando en una sala todos tres y mucha gente con ellos sobre ciertas cosas, le asió por la barba Francisco de las Casas y con un cochillo de escribanías - que otra arma no tenía - con que se andaba cortando las uñas paseándose le dio una cuchillada, diciendo: ya no es tiempo de sufrir más este tirano. Y luego saltó con el dicho Gil González y otros criados de vuestra merced y tomaron las armas a la gente que tenían de su guarda, y a él le dieron ciertas heridas y al capitán de la guarda y al alférez y al maestro de campo y otras gentes que acudieron de su parte los prendieron luego y tomaron las armas sin haber ninguna muerte. Y el dicho Cristóbal Dolid con el ruido se escapó huyendo y se escondió, y en dos horas los dos capitanes tenían apaciguada la gente y presos a los principales de sus secuaces. Y hecieron dar un pregón que quien sopiese de Cristóbal Dolid lo veniese a decir so pena de muerte, y luego supieron dónde estaba y le prendieron y pusieron a buen recabdo. Y otro día por la mañana, hecho su proceso contra él, ambos los capitanes juntamente le sentenciaron a muerte, la cual ejecutaron en su persona cortándole la cabeza. Y luego quedó toda la gente muy contenta viéndose en libertad, y mandaron pregonar que los que se quesiesen quedar a poblar la tierra lo dijesen, y los que se quesiesen ir fuera della, asimismo. Y hallaron ciento y diez hombres que dijeron que querían poblar, y los demás todos dijeron que se querían ir con Francisco de las Casas y Gil González, que iban donde vuestra merced estaba. Y había entre éstos veinte de caballo, y desta gente fuimos los que en esta villa estamos. Y luego el dicho Francisco de las Casas nos dio todo lo que hobimos menester y nos señaló un capitán y nos mandó venir a esta costa y que en ella poblásemos por vuestra merced en nombre de Su Majestad, y señaló alcaldes y regidores y escribano y procurador del concejo de la villa y alguacil y mandónos que se nombrase la villa de Trujillo. Y prometiónos y dio su fee como caballero que él haría que vuestra merced nos proveyese muy brevemente de más gente y armas y caballos y bastimentos y todo lo necesarío para apaciguar la tierra, y diónos dos lenguas, una india y un cristiano, que muy bien la sabían. Y así nos partimos dél para venir a hacer lo que él nos mandó, y para que más brevemente vuestra merced lo supiese despachó un bergantín, porque por la mar llegaría más aína la nueva y vuestra merced nos proveería más presto. Y llegados al puerto de Sant Andrés o de Caballos, hallamos allí una carabela que había venido de las Islas, y porque allí en aquel puerto no nos paresció que había aparejo para poblar y teníamos noticia deste puerto, fletamos la dicha carabela para traer en ella el fardaje y metímoslo todo. Y metióse con ello el capitán y con él cuarenta hombres, y quedamos por tierra todos los de caballo y la otra gente sin traer más de sendas camisas por venir más livianos y desembarazados por si algo nos acaesciese por el camino. Y el capitán dio su poder a uno de los alcaldes, que es el que aquí está, a quien mandó que obedesciésemos en su absencia porque el otro alcalde se iba con la carabela. Y así nos partimos los unos de los otros para nos venir a juntar a este puerto, y por el camino se nos ofrecieron algunos rencuentros con los naturales de la tierra y nos mataron dos españoles y algunas de las indias que traíamos de nuestro servicio. Llegados a este puerto harto destrozados y desherrados los caballos pero alegres, creyendo hallar al capitán y nuestro fardaje y armas que habíamos enviado en la carabela, no hallamos cosa ninguna, que nos fue harta fatiga por vernos así desnudos y sin armas y sin herraje, que todo nos lo había llevado el capitán en la carabela. Y estuvimos con harta perplejidad no sabiendo qué nos hacer. En fin acordamos esperar el remedio de vuestra merced porque le teníamos por muy cierto, y luego asentamos nuestra villa y se tomó la posesión de la tierra por vuestra merced en nombre de Su Majestad y así se asentó por abto, como vuestra merced lo verá, ante el escribano del cabildo. Y de ahí a cinco o seis días amanesció en este puerto otra carabela surta bien dos leguas de aquí, y luego fue el alguacil en una canoa allá a saber qué carabela era y trájonos nueva cómo era un bachilller Pero Moreno, vecino de la isla Española, que venía por mandado de los jueces que en la dicha isla residen a estas partes a entender en ciertas cosas entre Cristóbal Dolid y Gil González, y que traía muchos bastimentos y armas en aquella carabela y que todo era de Su Majestad. Fuimos todos muy alegres con esta nueva y dimos muchas gracias a Nuestro Señor creyendo que éramos remediados de nuestra necesidad. Y luego fue allá el alcalde y los regidores y algunos de los vecinos para le rogar que nos proveyese y contarle nuestra necesidad, y como allá llegaron, púsose su gente armada en la carabela y no consintió que ninguno entrase dentro, y cuando mucho se acabó con él fue que entrasen cuatro o cinco y sin armas, y así entraron. Y ante todas cosas le dijeron cómo estaban aquí poblados por vuestra merced en nombre de Su Majestad y que a cabsa de habérsenos ido en una carabela el capitán con todo lo que teníamos estábamos con muy gran necesidad así de bastimentos, armas y herraje como de vestidos y otras cosas; y que pues Dios le había traído allí para nuestro remedio y lo que traían era de Su Majestad, que le ro gábamos y pedíamos nos proveyese, porque en ello se sirviría Su Majestad y demás nosotros nos obligaríamos a pagar todo lo que nos diese. Y él nos respondió que él no venia a proveernos ni nos daría cosa de lo que traía si no se lo pagábamos luego en oro o le diésemos esclavos de la tierra en precio. Y dos mercaderes que en el navio venían y un Gaspar Troche, vecino de la isla de San Juan, le dijeron que nos diese todo lo que le pidiésemos y que ellos se obligarían de lo pagar al plazo que quesiese hasta en cinco o seis mill castellanos pues sabía que eran abonados para lo pagar, y que ellos querían hacer esto porque en ello servían a Su Majestad y tenían por cierto que vuestra merced se lo pagaría demás de agradecérselo. Y ni por esto nunca jamás quiso darnos la menor cosa del mundo, antes nos dijo que nos fuésemos con Dios, que él se quería ir. Y así nos echó fuera de la carabela y echó fuera tras nosotros a un Juan Ruano que traía consigo, el cual había sido el principal movedor de la traición y llevantamiento de Cristóbal Dolid. Y éste habló secretamente al alcalde y a los regidores y a alguno de nosotros y nos dijo que si hiciésemos lo que él nos dijese, que él haría que el bachiller nos diese todo lo que hobiésemos menester y aun que haría con los jueces que residen en la Española que no pagásemos nada de lo que él nos diese; y que él volvería luego a la Española y haría a los dichos jueces que nos proveyesen de gente, caballos, armas, bastimentos y de todo lo necesario, y que volvería el dicho bachiller muy presto con todo esto y con poder de los dichos jueces para ser nuestro capitán. Y preguntado qué era lo que habíamos de hacer, dijo que ante todas cosas reponer los oficios reales que tenían el alcalde y los regidores y tesorero y contador y veedor que habían quedado en nombre de vuestra merced y pedir al dicho bachiller que nos diese por capitán al dicho Juan Ruano, y que querí amos estar por los jueces y no por vuestra merced; y que todos formásemos este pedimento y jurásemos de obedecer y tener al dicho Juan Ruano por nuestro capitán, y que si alguna gente o mandado de vuestra merced veniese, que no le obdeciésemos; y que si en algo se pusiesen, que lo resistiésemos con mano armada. Nosotros le respondimos que aquello no se podía hacer porque habíamos jurado otra cosa, y que nosotros por Su Majestad estábamos y por vuestra merced en su nombre como su capitán y gobernador, y que no haríamos otra cosa. El dicho Juan Ruano nos tornó a decir que determinásemos de lo hacer o dejarnos morír, que de otra manera que el bachiller no nos daría ni un jarro de agua, y que supiésemos cierto que en sabiendo que no lo queríamos hacer, se iría y nos dejaría así perdidos, por eso, que mirásemos bien en ello. Y así nos juntamos, y costreñidos de nuestra gran necesidad, acordamos de hacer todo lo que él quesiese por no morirnos o que los indios no nos matasen, estando como estábamos desarmados. Y respondimos al dicho Juan Ruano que nosotros éramos contentos de hacer lo que él decía, y con esto se fue a la carabela. Y saltó el dicho bachiller en tierra con mucha gente armada y el dicho Juan Ruano ordenó el pedimento para que le pediésemos por nuestro capitán, y todos o los más lo firmamos y le juramos y el alcalde y regidores, tesoreros, contador y veedor dejaron sus oficios. Y quitó el nombre a la villa y le puso la villa de la Asención, e hizo ciertos abtos cómo quedábamos por los jueces y no por vuestra merced y luego nos dio todo cuanto le pedimos. E hizo hacer una entrada y trujimos cierta gente, los cuales se herraron por esclavos y él se los llevó, y aun no quiso que se pagase dellos quinto a Su Majestad y mandó que para los derechos reales no hobiese tesoreros ni contador ni veedor, sino que el dicho Juan Ruano que nos dejó por capitán lo tomase todo en sí sin otro libro ni cuenta ni razón. Y así se fue, dejándonos por capitán al dicho Juan Ruano y dejándole cierta forma de requerimiento que heciese si alguna gente de vuestra merced aquí veniese. Y prometiónos que muy presto volvería con mucho poder, que nadie bastase a resistille. Y después dél ido, viendo nosotros que lo hecho no convenía al servicio de Su Majestad y que era dar cabsa a más escándalos de los pasados, prendimos al dicho Juan Ruano y lo enviamos a las Islas, y el alcalde y regidores tornaron a usar sus oficios como de primero. Y así hemos estado y estamos por vuestra merced en nombre de Su Majestad, y os pedimos, señor, que las cosas pasadas con Crístóbal Dolid nos perdonéis, porque también fuimos forzados como estotra vez".

Yo les respondí que las cosas pasadas con Cristóbal Dolid yo se las perdonaba en nombre de Vuestra Majestad, y que en lo que agora habían hecho no tenían culpa pues por necesidad habían sido costreñidos, y que de ahí adelante no fuesen abtores de semejantes novedades ni escándalos, porque dello Vuestra Majestad se deserviría y ellos serían castigados por todo. Y porque más cierto creyesen que las cosas pasadas yo olvidaba y que jamás ternía memoria dellas, antes en nombre de Vuestra Majestad los ayudaría y favorecería en lo que pudiese, haciendo ellos lo que deben como leales vasallos de Vuestra Majestad; que yo en su real nombre les confirmaba los oficios de alcaldías y regimientos que Francisco de las Casas en mi nombre como mi teniente les había dado, de que ellos quedaron muy contentos y aun harto sin temor que les serían demandadas sus culpas. Y porque me certificaron que aquel bachiller Moreno vernía muy presto con mucha gente y despachos de aquellos licenciados que residen en la isla Española, por entonces no me quise apartar del puerto para entrar la tierra adentro, pero informado de los vecinos, supe de ciertos pueblos de los naturales de la tierra que están a seis y a siete leguas desta villa y dijéronme que habían habido con ellos ciertos rencuentros yendo a buscar de comer, y que algunos dellos parescía que si tuvieran lengua con que se entender con ellos se apaciguarían, porque por señas habían conoscido dellos buena voluntad aunque ellos no les habían hecho buenas obras, antes salteándoles les habían tomado ciertas mujeres y muchachos, las cuales aquel bachiller Moreno había herrado por esclavosy llevádolos en su navío, de que Dios sabe cuánto me peso, porque conoscí el grand daño que de allí se seguía. Y en los navíos que envié a las Islas lo escrebí a aquellos licenciados y les envié muy larga probanza de todo lo que aquel bachiller en aquella villa había hecho, y con ella una carta de justicia requiriéndoles de parte de Vuestra Majestad me enviasen aquí aquel bachiller preso y a buen recabdo, y con él a todos los naturales desta tierra que había llevado por esclavos, pues había sido hecho contra todo derecho, como verían por la probanza que dello les enviaba. No sé lo que harán sobre ello. Lo que me respondieren haré saber a Vuestra Majestad.

Pasados dos días después que llegué a este puerto y villa de Trujillo, envié un español que entiende la lengua y con él tres indios de los naturales de Culúa a aquellos pueblos que los vecinos me habían dicho, e informé bien al español e indios de lo que habían de decir a los señores y naturales de los dichos pueblos, en especial hacerles saber cómo era yo el que era venido a estas partes, porque a cabsa del mucho trabto en muchas dellas tienen de mí noticia y de las cosas de Mésico por vía de mercaderes. Y a los primeros pueblos que fueron fue uno que se dice Champagua y a otro que se dice Papayeca, que están siete leguas desta villa y dos leguas el uno del otro. Son pueblos muy principales, segúnd después ha parescido, porque el de Papayeca tiene dieciocho pueblos subjetos y el de Champagua diez. Y quiso Nuestro Señor, que tiene especial cuidado, segúnd cada día vemos por esperiencia, de hacer las cosas de Vuestra Majestad, que oyeron la embajada con mucha atención y enviaron con estos mensajeros otros suyos para que viesen más por entero si era verdad lo que aquéllos les habían dicho. Y venidos, yo los rescebí muy bien y di algunas cosillas y los torné a hablar con la lengua que yo conmigo llevé, porque la de Culúa y ésta es casi una ecepto que difieren en alguna pronunciación y en algunos vocablos, y les torné a certificar lo que de mi parte se les había dicho, y les dije otras cosas que me paresció que convenían para su segurídad y les rogué mucho que di jesen a sus señores que me veniesen a ver, y con esto se despidieron de mí muy contentos. Y de ahí a cinco días vino de parte de los de Champagua una persona principal que se dice Montamal, señor, segúnd paresció, de un pueblo de los subjetos a la dicha Champagua que se llama Telica. Y de parte de los de Papayeca vino otro señor de otro pueblo su subjeto que se llama Cecoatl y su pueblo Coabata. Y trujeron algúnd bastimento de maíz y aves y algunas frutas, y dijeron que ellos venían de parte de sus señores a que yo les dijese lo que quería y la cabsa de mi venida a esta su tierra, que ellos no venían a verme porque tenían mucho temor de que los llevasen en los navíos como habían hecho a cierta gente que los crístianos que primero aquí venieron les habían tomado. Yo les dije cúanto a mí me había pesado de aquel hecho, pero que fuesen ciertos que de ahí adelante no les sería hecho agravio, antes yo enviaría a buscar aquéllos que les habían llevado y se los haría volver. Plega a Dios que aquellos licenciados no me hagan caer en falta, que gran temor tengo que no me los han de enviar, antes han de tener forma para desculpar al dicho bachiller Moreno que los llevó, porque no creo yo que él hizo por acá cosa que no fuese por instrución dellos y por su mandado.

En respuesta de lo que aquellos mensajeros me preguntaron cerca de la cabsa de mi ida en aquella tierra tierra les dije que ya yo creía que ellos tenían noticia cómo había ocho años que yo había venido a la provincia de Culúa y cómo Muteeçuma, señor que a la sazón era de la gran cibdad de Tenuxtitán y de toda aquella tierra, informado por mí cómo yo era enviado por Vuestra Majestad, a quien todo el universo es subjecto, para veer y visitar estas partes en el real nombre de Vuestra Exce lencia luego me había rescebido muy bien y reconoscido lo que a vuestra grandeza debía y que así lo habían hecho todos los otros señores de la tierra, y todas las otras cosas que hacían al caso que allá me habían acaescido; y que porque yo traje mandado de Vuestra Majestad que viese y visitase toda la tierra sin dejar cosa alguna e hiciese en ella pueblos de cristianos para que les hiciesen entender la orden que habían de tener, así para la conservación de sus personas y haciendas como para la salvación de sus ánimas; y que ésta era la cabsa de mi venida, y que fuesen ciertos que della se les había de seguir mucho provecho y ningúnd daño, y que los que fuesen obedientes a los mandamientos reales de Vuestra Majestad habían de ser muy bien tratados y mantenidos en justicia, y los que fuesen rebeldes serían castigados, y otras muchas cosas que les dije a este propósito que por no dar a Vuestra Majestad importunidad con larga escriptura y porque no son de mucha calidad no las relato aquí.

A estos mensajeros di algunas cosillas que ellos estiman aunque entre nosotros son de poco precio, y fueron muy alegres. Y luego volvieron con bastimentos y gente para talar el sitio del pueblo que era una gran montaña, porque yo se lo rogué cuando se fueron. Aunque los señores por entonces no venieron a verme, yo disimulé con ellos haciendo que no se me daba nada. Y roguéles que enviasen mensajeros a todos los pueblos comarcanos haciéndoles saber lo que yo les había dicho y que les rogasen de mi parte que me veniesen a ayudar a hacer este pueblo, y así lo hecieron, que en pocos días venieron de quince o dieciséis pueblos, digo, señoríos por sí, y todos con muestra de buena voluntad se ofrescieron por súbditos y vasallos de Vuestra Majestad y trujeron gente para ayudar a talar el pueblo y bastimentos con que nos mantuvimos hasta que nos vino socorro de los navíos que yo invié a las Islas.

En este tiempo despaché los tres navíos y otro que después vino que asimismo compré, y con ellos todos aquellos dolientes que habían quedado vivos. El uno fue a los puertos de la Nueva España, y escrebí en él largo a los oficiales de Vuestra Majestad que yo dejé en mi lugar y a todos los concejos dándoles cuenta de lo que yo por acá había hecho y de la necesidad que había de detenerme yo algúnd tiempo por aquellas partes, y rogándoles y encargándoles mucho lo que les había quedado a cargo y dándoles mi parecer de algunas cosas que convenía que se heciesen. Y mandé a este navío que se viniese por la isla de Coçumel, que está en el camino, y llevase de allí ciertos españoles que un Valençuela que se había alzado con un navío y robado el pueblo que primero fundó Cristóbal Dolid allí había dejado aislados, que tenía información que eran más de sesenta personas. El otro navío que a la postre compré envié a la isla de Cuba a la villa de la Trinidad a que cargase de carne y caballos y gente y se veniese con la más brevedad que fuese posible. El otro envié a la isla de Jamaica a que heciese lo mismo. El carabelón o bergantín que yo hice envié a la isla Española, y en él un criado mío con quien escrebí a Vuestra Majestad y aquellos licenciados que en aquella dicha isla residen. Y segúnd después paresció, ninguno destos navíos hizo el viaje que llevó mandado, porque el que iba a Cuba a la Trinidad aportó a Guaniguanico y hubo de ir cincuenta leguas por tierra a la villa de La Habana a buscar carga. Y cuando éste vino, que fue el primero, me trujo nueva cómo el navío que venía a la Nueva España había tomado la gente de Coçumel y que después había dado al través en la isla de Cuba en la punta que se llama de San Antonio o de Corrientes, y que se había perdido cuanto llevaban y se había ahogado un primo mío que se decía Juan de Avalos que venía por capitán dél y los dos frailes franciscos que habían ido conmigo que también vení an dentro, y treinta y tantas personas otras que me llevó por copia; y los que habían salido en tierra habían andado perdidos por los montes sin saber adónde iban y de hambre se habían muerto casi todos, que de ochenta y tantas personas no habían quedado vivos sino quince que a dicha aportaron a aquel puerto de Guaniguanico donde estaba surto aquel navío mío, y allí había una estancia de un vecino de La Habana donde cargó mi navío porque había muchos bastimentos, y de allí se remediaron aquéllos que quedaron vivos. Dios sabe lo que sentí en esta pérdida, porque demás de perder debdos y criados y muchos coseletes, escopetas y ballestas y otras armas que iban en el dicho navío, sentí más no haber llegado mis despachos, por lo que adelante Vuestra Majestad veerá.

El otro navío que iba a Jamaica y el que iba a la Española aportaron a la Trenidad, y en la isla de Cuba y allí hallaron al licenciado Alonso de Çuaço que yo dejé por justicia mayor y por uno de los que dejé en la gobernación en la Nueva España, y hallaron un navío en el dicho puerto que aquellos licenciados que residen en la isla Española enviaban a esta Nueva España a se certificar de la nueva que allá se decía de mi muerte. Y como el navío supo de mí, mudó su viaje porque traía treinta y dos caballos y algunas cosas de la jineta y otros bastimentos, creyendo venderlos mejor donde yo estaba. Y en este navío me escribió el dicho licenciado Alonso de Çuaço cómo en la Nueva España había muy grandes escándalos y alborotos entre los oficiales de Vuestra Majestad, que habían echado fama que yo era muerto y se habían pregonado por gobernadores los dos dellos y hecho que los jurasen por tales, y que habían prendido al dicho licenciado Çuaço y a los otros dos oficiales y a Rodriga de Paz, a quien yo dejé mi casa y hacienda, la cual habían saqueado, y quitado las justicias que yo dejé y puesto otras de su mano, y otras muchas cosas que por ser largas y porque invío la misma carta original a Vuestra Majestad donde las mandará ver no las expreso aquí.

Ya puede Vuestra Majestad considerar lo que yo sentí destas nuevas, en especial el pago que aquéllos daban a mis servicios dándome por galardón saquearme la casa, aunque fuera verdad que era muerto. Porque aunque quieran decir o dar por color que yo debía a Vuestra Majestad sesenta y tantos mill pesos de oro no inoran ellos que no los debo, antes se me deben más de ciento y cincuenta mill otros que he gastado, y no malgastado, en servicio de Vuestra Majestad. Luego pensé en el remedio, y parescióme por una parte que yo debía meterme en aquel navío y remediarlo y castigar tan grande atrevimiento, porque ya por acá todos piensan, en viéndose absentes con un cargo, que si no hacen befa no portan penacho, que también otro capitán que el gobernador Pedrarias invió allí a Nicaragua está también alzado de su obediencia, como adelante daré a Vuestra Excelencia más larga cuenta desto. Por otra parte dolíame en el ánima dejar aquella tierra en el estado y coyuntura que la dejaba, porque era perderse totalmente y tengo por muy cierto que en ella Vuestra Majestad ha de ser muy servido y que ha de ser otra Culúa, porque tengo noticia de muy grandes y ricas provincias y de grandes señores en ellas de mucha manera y servicio, en especial de una que llaman Hueytapalan y en otra lengua Xucutaco que ha seis años que tengo noticia della y por todo este camino he venido en su rastro y agora tengo por nueva muy cierta que está ocho o diez jornadas de aquella villa de Trujillo, que pueden ser cincuenta o sesenta leguas. Y désta hay tan grandes nuevas que es cosa de admiración lo que della se dice, que aunque falten los dos tercios, hace mucha ventaja a la de Méssico en riqueza e iguálala en grandeza de pueblos y multitud de gente y policía della. Estando en esta perplejidad, consideré que ninguna cosa puede ser bien hecha ni guiada si no es por mano del Hacedor y Movedor de todas, e hice decir misas y hacer procesiones y otros sacrificios, suplicando a Dios me encaminase en aquello de que El más se sirviese. Y después de hecho esto por algunos días, parescióme que todavía debía posponer todas las cosas e ir a remediar aquellos daños. Y dejé en aquella villa hasta treinta y cinco de caballo y cincuenta peones y con ellos por mi lugarteniente a un primo mío que se dice Hernando de Saavedra, hermano de Juan de Avalos que murió en la nao que venía a esta ciudad, y después de dejarle instrución y la mejor orden que yo pude de lo que había de hacer y después de haber hablado a algunos de los señores naturales desta tierra que ya habían venido a verme, me embarqué en el dicho navío con los criados de mi casa. Y envié a mandar a la gente que estaba en Naco que se fuesen por tierra por el camino que fue Francisco de las Casas, que es por la costa del sur, a salir adonde está Pedro de Alvarado, porque ya estaba el camino muy sabido y seguro y era gente harta para pasar por donde quisiera, y envié también a la otra villa de la Natividad de Nuestra Señora instrución de lo que habían de hacer. Y embarcado con buen tiempo, teniendo ya la postrera ancla a pique, calmó el tiem po, de manera que no pude salir. Y otro día por la mañana fuéme nueva al navío que entre la gente que dejaba en aquella villa había ciertas murmuraciones de que se esperaban escándalos siendo yo absente, y por esto y porque no hacía tiempo para navegar torné a saltar tierra y hobe mi información, y con castigar a algunos movedores quedó todo muy pacífico. Estuve dos días en tierra, que no hubo tiempo para salir del puerto, y al tercero día vino muy buen tiempo y toméme a embarcar e híceme a la vela, y yendo dos leguas de donde partí, que doblaba ya una punta que el puerto hace muy larga, quebróseme la entena mayor y fue forzado volver al puerto a aderezarla. Estuve otros tres días aderezándola, y partíme con muy buen tiempo otra vez y anduve con él dos noches y un día. Y habiendo andado cincuenta leguas y más diónos tan recio tiempo de norte muy contrario que nos quebró el mástel del trinquete por los tamboretes y fue forzado con harto trabajo volver al puerto, donde llegados, dimos todos muchas gracias a Dios porque pensábamos perdernos. Y yo y toda la gente venimos tan maltrabtados de la mar que nos fue necesario tomar algúnd reposo, y en tanto que el navío se aderezaba salí en tierra con toda la gente. Y viendo que habiendo salido tres veces a la mar con buen tiempo me había vuelto, pensé que no era Dios servido que esta tierra se dejase así, y aun pensélo porque algunos de los indios que habían quedado de paz estaban algo alborotados. Y torné de nuevo a encomendarlo a Dios y hacer procesiones y decir misas, y asentóseme que con enviar yo aquel navío en que yo habia de venir a la Nueva España y en él mi poder para Francisco de las Casas, mi primo, y escrebir a los concejos y a los oficiales de Vuestra Majestad reprehendiéndoles su yerro y enviando algunas personas principales de los indios que conmigo venieron para que los que acá quedaron creyesen que no era yo muerto, como acá se había publicado, se apaciguaría todo y yo daría fin a lo que allá tenía comenzado. Y así lo proveí, aun que no proveí muchas cosas que proveyera si supiera a esta sazón la pérdida del navío que había inviado primero, y dejélo porque en él lo había proveído todo muy cumplidamente y tenía por cierto que ya estaba allá muchos días había, en especial el despacho de los navíos de la Mar del Sur que había despachado en aquel navío como convenía.

Después de haber despachado este navío para esta Nueva España, porque yo quedé muy malo de la mar - y hasta agora lo estoy - no pude entrar la tierra adentro y también por esperar a los navíos que habían de venir de las Islas y proveer otras cosas que convenían, envié el teniente que allí dejaba con treinta de caballo y otros tantos peones que entrasen la tierra adentro. Y fueron hasta treinta y cinco leguas de aquella villa por un muy hermoso valle poblado de muchos y muy grandes pueblos abundoso de todas las cosas que en la tierra hay, muy aparejado para criar en toda la tierra todo género de ganado y plantas todas y cualesquier plantas de nuestra nación. Y sin haber rencuentro con los naturales de la tierra sino hablándoles con la lengua y con los naturales de la tierra que ya teníamos por amigos, los atrajeron todos de paz. Y venieron ante mí más de veinte señores de pueblos principales y con muestra de buena voluntad se ofrescieron por súbditos de Vuestra Alteza prometiendo de ser obedientes a sus reales mandamientos, y ansí lo han hecho y hacen hasta agora, que después acá hasta que yo me partí nunca había faltado gente dellos en mi compañía, y casi cada día iban unos y venían otros y traían bastimentos y servían en todo lo que se les mandaba. Plegue a Nuestro Señor de lo conservar así y llegar al fin que Vuestra Majestad desea y yo así tengo por fee que será, porque de tan buen principio no se puede esperar mal fin si no es por culpa de los que tenemos el cargo.

[Los de] la provincia de Papayeca y la de Chapagua, que dije que fueron las primeras que se ofrecieron al servicio de Vuestra Majestad y por nuestros amigos, fueron los que cuando yo me embarqué hallé alborotados. Y como yo me volví, tovieron algúnd temor, y enviéles mensajeros asegurándolos. Y algunos de los de Champagua venieron, aunque no los señores, y siempre tuvieron despoblados sus pueblos de mujeres e hijos y haciendas, y aunque en ellos había algunos hombres que venían aquí a servir. Híceles muchos requerimientos sobre que se veniesen a sus pueblos y jamás quesieron, deciendo hoy mas mañana. Y tuve manera como hobe a las manos los señores, que son tres, que el uno se llama Chicohuytl, y el otro Foto y el otro Mendoreto. Y habidos, prendílos y diles cierto término dentro del cual les mandé que poblasen sus pueblos y no estuviesen en las sierras, con apercebimiento que no lo haciendo, serian castigados como rebeldes. Y así los poblaron y yo los solté, y están muy pacíficos y seguros y sirven muy bien.

Los de Papayeca jamás quesieron parescer, en especial los señores, y toda la gente tenían en los montes consigo, despoblados sus pueblos. Y puesto que muchas veces fueron requeridos jamás quesieron ser obedientes, envié allá una capitanía de gente de caballo y de pie y muchos de los indios amigos naturales de aquella tierra, y saltearon una noche al uno de los señores - que son dos - que se llama Piçacura y prendiéronle. Y preguntado porqué había sido malo y no queria ser obediente, dijo que él ya se hobiera venido, sino que el otro su compañe Ro, e se llamaba Maçatel, era más parte con la comunidad y que éste no consentía; pero que le soltasen a él, que él trabajaría de espialle para que le prendiesen, y que si le ahorcasen, que luego la gente estaría pacífica y se vernían todos a sus pueblos, porque él los recogería no teniendo contradición. Y así le soltaron, y fue cabsa de mayor daño, segúnd ha parescido después. Ciertos indios nuestros amigos de los naturales de aquella tierra espiaron al dicho Maçatel y guiaron a ciertos españoles donde estaba y fue preso. Notificáronle lo que su compañero Piçacura había dicho dél y mandósele que dentro de cierto término trajese la gente a poblar en sus pueblos y no estuviesen por las sierras. Jamás se pudo acabar con él. Hízose contra él proceso y sentencióse a muerte, la cual se ejecutó en su persona. Ha sido gran enxemplo para los demás, porque luego algunos pueblos que estaban algo así llevantados se venieron a sus casas, y no hay pueblo que no esté muy seguro con sus hijos y mujeres y haciendas ecepto éste de Papayeca que jamás se ha querido asegurar. Después que se soltó aquel Piçacura se hizo proceso contra ellos e hízoseles guerra y prendiéronse hasta cien personas que se dieron por esclavos, y entre ellos se prendió el Piçacura, el cual no quise sentenciar a muerte puesto que por el proceso que contra él estaba hecho se pudiera hacer, antes le traje conmigo a esta cibdad con otros dos señores de otros pueblos que también habían andado algo llevantados, con intención que viesen las cosas desta Nueva España y tomarlos a enviar para que allá notificasen la manera que se tenía con los naturales de acá y cómo servían, para que ellos lo heciesen ansí. Y este Piçacura murió de enfermedad, y los dos están buenos y los inviaré, habiendo oportunidad. Con la prísión déste y de otro mancebo que paresció ser el señor natural y con el castigo de haber hecho esclavos aquellas ciento y tantas personas que se prendieron se aseguró toda esta provincia, y cuan do yo de allá partí quedaban todos los pueblos della poblados y muy seguros y repartidos en los españoles, y sirvían de muy buena voluntad al parescer.

A esta sazón llegó a aquella villa de Trujillo un capitán con hasta veinte hombres de los que yo había dejado en Naco con Gonçalo de Sandoval y de los de la compañía de Francisco Hernández, capitán que Pedrarias Dávila, gobernador de Vuestra Majestad, invió a la provincia de Nicaragua, de los cuales supe cómo al dicho pueblo de Naco había llegado un capitán del dicho Francisco Hernández con hasta cuarenta hombres de pie y de caballo que venía a aquel puerto de la bahía de Sant Andrés a buscar al bachiller Pedro Moreno que los jueces que residen en la isla Española habían enviado a aquellas partes, como ya tengo hecha relación a Vuestra Majestad. El cual, segúnd paresce, había escripto al dicho Francisco Hernández para que se rebelase de la obediencia de su gobernador como había hecho a la gente que dejaron Gil Gonçález y Francisco de las Casas, y venía aquel capitán a le hablar de parte del dicho Francisco Hernández para se concertar con él para se quitar de la obediencia de su gobernador y darla a los dichos jueces que en la dicha isla Española residen, segúnd paresció por ciertas cartas que traían. Y luego los tomé a despachar, y con ellos escrebí al dicho Francisco Hernández y a toda la gente que con él estaba en general y particularmente a algunos de los capitanes de su compañía que yo conoscía, reprehendiéndoles la fealdad que en aquello hacían y cómo aquel bachiller los había engañado, y certificándoles cúanto dello sería Vuestra Majestad deservido y otras cosas que me paresció convenía escrebirles para los apartar de aquel camino errado que llevaban. Y porque algunas de las cabsas que daban para abonar su propósito eran decir que estaban tan lejos de donde el dicho Pedrarias Dávila estaba que para ser proveídos de las cosas necesarias recebían mucho trabajo y costa y aun no podían ser proveídos y siempre estaban con mucha necesidad de las cosas y provisiones de España y que por aquellos puertos que yo tenía poblados en nombre de Vuestra Majestad lo podían ser más fácilmente, y que el dicho bachiller les había escripto que él dejaba toda aquella tierra poblada por los dichos jueces y había de volver luego con mucha gente y bastimentos, les escrebí que yo deja ría mandado en aquellos pueblos que se les diesen todas las cosas que hobiesen menester por que allí inviasen y que tuviese con ellos toda la contratación y buena amistad, pues los unos y los otros éramos y somos vasallos de Vuestra Majestad y estábamos en su real servicio, y que esto se habían de entender estando ellos en obediencia de su gobernador como eran obligados y no de otra manera. Y porque me dijeron que de la cosa que al presente más necesidad tenían era de herraje para los caballos y de herramientas para buscar minas, les di dos acémilas mías cargadas de herraje y herramientas y los invié. Y después que llegaron adonde estaba Gonçalo de Sandoval, les dio otras dos acémilas mías cargadas también de herraje que yo allí tenía.

Y después de partidos éstos, venieron a mí ciertos naturales de la provincia de Huilancho, que es sesenta y cinco leguas de aquella villa de Trujillo, de quien días había que yo tenía mensajeros y se habían ofrescido por vasallos de Vuestra Majestad. Y me hecieron saber cómo a su tierra habían llegado veinte de caballo y cuarenta peones con muchos indios de otras provincias que traían por amigos de los cuales habían rescebido y rescebían mucho agravio y daños tomándoles sus mujeres e hijos y haciendas, y que me rogaban los remediase pues ellos se habían ofrescido por mis amigos y yo les había prometido que los ampararía y defendería de quien mal les hiciese. Y luego me invió Hernando de Sayavedra, mi primo, a quien yo dejé por teniente en aquellas partes, que estaba a la sazón pacificando aquella provincia de Papayeca, dos hombres de aquella gente de que los indios se venieron a quejar, que venían por mandado de su capitán en busca de aquel pueblo de Trujillo porque los indios le dijeron que estaba cerca y que podían venir sin temor porque la tierra estaba de paz. Y déstos supe que aquella gente era de la del dicho Francisco Hernández y que venían en busca de aquel puerto y que venía por su capitán un Gabriel de Rojas. Luego despaché con estos dos hombres y con los indios que se habían venido a quejar un alguacil con un mandamiento mío para el dicho Gabriel de Rojas para que luego saliese de la dicha provincia y volviese a los naturales todos los indios e indias y otras cosas que les hobiese tomado. Y demás desto le escrebí una carta para que si alguna cosa hobiere menester me lo hiciese saber porque se le proveería de muy buena voluntad si yo la toviese, el cual, visto mi mandamiento y carta, lo hizo luego. Y los naturales de la dicha provincia quedaron muy contentos, aunque después me tornaron a decir los dichos indios que venido el alguacil que yo invié, les habían llevado algunos. Con este capitán torné otra vez a escrebir al dicho Francisco Hernández ofresciéndole todo lo que yo allí toviese de que él y su gente toviesen necesidad, porque dello creí Vuestra Majestad era muy servido, y encargándole todavía la obediencia de su gobernador. No sé lo que después acá ha subcedido, aunque supe del alguacil que yo invié y de los que con él fueron que estando todos juntos le había llegado una carta al dicho Gabriel de Rojas de Francisco Hernández, su capitán, en que le rogaba que a mucha priesa se fuese a juntar con él porque entre la gente que con él había quedado había mucha discordia y se le habían alzado dos capitanes, el uno que se decía Soto y el otro Andrés Garabito, los cuales diz que se le habían alzado porque supieron la mudanza que él quería hacer contra su gobernador. Ello quedaba ya de manera que no puede ser sino que resulte mucho daño así en los españoles como en los naturales de la tierra, de donde Vuestra Majestad puede considerar el daño que se sigue destos bullicios y cúanta necesidad hay de castigo en los que los mueven y cabsan. Yo quise luego ir a Nicaragua, creyendo poner en ello algúnd remedio porque Vuestra Majestad fuera muy servido si se podiera hacer, y estándolo aderezando y aun abriendo ya el camino de un puerto que hay algo áspero, llegó al puerto de aquella villa de Trujillo el navío que yo había enviado a esta Nueva España y en él un primo mío fraile de la orden de San Francisco que se dice fray Diego Altamirano, de quien supe y de las cartas que me llevó los muchos desasosiegos, escándalos y alborotos que entre los oficiales de Vuestra Majestad que yo había dejado en mi lugar se habían ofrescido y aún había, y la mucha necesidad que había de venir yo a los remediar. Y a esta causa cesó mi ida a Nicaragua y mi vuelta por la costa del sur, donde creo Dios Nuestro Señor y Vuestra Majestad fueran muy servidos a causa de las muchas y grandes provincias que en el camino hay, que puesto que algunas dellas están de paz, quedaran más refirmadas en el servicio de Vuestra Majestad con mi ida por ellas, mayormente aquéllas de Utlatan y Guatemala donde siempre ha residido Pedro de Alvarado, que después que se rebelaron por cierto mal trabtamiento jamás se han apaciguado, antes han hecho y hacen mucho daño en los españoles que allí están y en los amigos sus comarcanos, porque es la tierra áspera y de mucha gente y muy bellicosa y ardid en la guerra y han inventado muchos géneros de defensas y ofensas haciendo hoyos y otros muchos ingenios para matar los caballos donde han muerto muchos, de tal manera que aunque siempre el dicho Pedro de Alvarado les ha hecho y hace guerra con más de docientos de caballo y quinientos peones y más de cinco mill indios amigos y aun de diez algunas veces, nunca ha podido ni puede atraerlos al servicio de Vuestra Majestad, antes de cada dia se fortalecen más y se reforman de gentes que a ellos se llegan. Y creo yo, siendo Nuestro Señor servido, que si yo por allí veniera, que por amor o por otra manera los atrajera a lo bueno, porque algunas provincias que se rebelaron por los malos tratamientos que en mi absencia rescebieron, y fueron contra ellos más de ciento y tantos de caballo y trecientos peones y por capitán el veedor que en aquel tiempo gobernaba y mucha artillería y mucho número de indios amigos, no podieron con ellos, antes les mataron diez o doce hombres españoles y muchos indios y se quedó como antes. Y venido yo, con un mensajero que les invié donde supieron mi venida, sin ninguna dilación venieron a mi las personas principales de aquella provincia que se dice Coatlan y me dijeron la cabsa de su alzamiento que fue harto justa, porque el que los tenía encomendados había quemado ocho señores príncipales que los cinco murieron luego y los otros dende a pocos días, y puesto que pedieron justicia no les fue hecha. Y yo los consolé de manera que fueron contentos, y están hoy pacíficos y sirven como antes que yo me fuese sin guerra ni riesgo alguno, y ansí creo que hecieran los otros si yo por allí veniera, porque también otros pueblos que estaban desta condición en la provincia de Coaçacoalco, en sabiendo mi venida a la tierra sin yo les enviar mensajeros se apaciguaron.

Ya, Muy Católico Señor, hice a Vuestra Majestad relación de ciertas isletas que están frontero de aquel puerto de Honduras que llaman los Guanaxos, que algunas dellas están despobladas a causa de las armadas que han hecho de las Islas y llevado muchos naturales dellas por esclavos. Y en alguna dellas había quedado alguna gente, y supe que de la isla de Cuba y de la de Jamaica nuevamente habían armado para ellas para las acabar de asolar y destruir, y para remedio invié una carabela que buscase por las dichas islas el armada y les requiriese de parte de Vuestra Majestad que no entrasen en ellas ni heciesen daño a los naturales porque yo pensaba apaciguarlos y traerlos al servicio de Vuestra Majestad, porque por medio de algunos que se habían pasado a vivir a la tierra firme yo tenía inteligencia con ellos. La cual dicha carabela topó en una de las dichas islas que se dice Huitila otra de las de la dicha armada de que era capitán un Rodrigo de Merlo, y el capitán de mi carabela le atrajo con la suya y con toda la gente que había tomado en aquellas islas allí donde yo estaba. La cual dicha gente yo luego hice llevar a las islas donde los habían tomado, y no procedí contra el capitán porque mostró licencia para ello del gobernador de la isla de Cuba, por virtud de la que ellos tienen de los jueces que residen en la isla Española, y así los invié sin que rescebiesen otro daño más de tomarles la gente que habían tomado de las dichas islas. Y el capitán y los más de los que venían en su compañía se quedaron por vecinos en aquellas villas, paresciéndoles bien la tierra.

Conosciendo los señores de aquellas islas la buena obra que de mí habían rescebido e informados de los que en la tierra firme estaban del buen tratamiento que se les hacía, venieron a mí a me dar las gracias de aquel beneficio y se ofrescieron por súbditos y vasallos de Vuestra Majestad y pedieron que les mandase en que sirviesen. Y yo les mandé en nombre de Vuestra Majestad que al presente en sus tierras heciesen muchas labranzas, porque en la verdad ellos no pueden servir de otra cosa. Y así se fueron, y llevaron para cada isla un mandamiento mío para que notificasen a las personas que por allí veniesen por donde les aseguré en nombre de Vuestra Cesárea Majestad que no rescebirían daño. Y pediéronme que les diese un español que estoviese en cada isla con ellos, y por la brevedad de mi partida no se pudo proveer, pero dejé mandado al teniente Hemando de Saavedra que lo proveyese.

Luego me metí en aquel navío que me trajo las nuevas de las cosas desta tierra, y en él y en otros dos que yo allí tenía se metió alguna gente de los que había llevado en mi compañía, que fueron hasta veinte personas con nuestros caballos, porque los más dellos quedaron por vecinos en aquellas villas y los otros estaban esperándome en el camino creyendo que había de ir por tierra, a los cuales envié a mandar que se veniesen ellos, deciéndoles mi partida y la cabsa della. Hasta agora no son llegados, pero tengo nueva cómo vienen.

Dada orden en aquellas villas que en nombre de Vuestra Majestad dejé pobladas, con harto dolor y pena de no poder acabar de dejarlas tal cual yo pensaba y convenía, a veinte y cinco días del mes de abril de mill y quinientos y veinte y seis años hice mi camino por la mar con aquellos tres navíos, y traje tan buen tiempo que en cuatro días llegué hasta ciento y cincuenta leguas del puerto de Chalchicueca. Y de allí me dio un vendaval muy recio que no me dejó pasar adelante, y creyendo que amansaria, me tuve a la mar un día y una noche. Y fue tanto el tiempo que me deshacía los navíos y fue forzado arribar a la isla de Cuba, y en seis días tomé el puerto de La Habana donde salté en tierra y me holgué con los vecinos de aquel pueblo, porque había entre ellos muchos mis amigos del tiempo que yo viví en aquella isla. Y porque los navíos que llevaba rescebieron algúnd detrimento del tiempo que nos tomóen la mar fue nescesario recorrerlos, y a esta cabsa me detuve allí diez días. Y aun por abreviar mi camino compré una nao que hallé en el dicho puerto dando carena y dejé allí el en que yo iba porque hacía mucha agua. Luego otro día como llegué a aquel puerto, entró en él un navío que iba desta Nueva España, y al segundo día entró otro y al tercero día otro, de los cuales supe cómo la tierra estaba muy pacífica y segura y en toda tranquilidad y sosiego después de la prisión del factor y veedor, aunque me dijeron que había habido algunos bollicios y que se habían castigado los movedores dellos, de que folgué mucho, porque había rescebido mucha pena de la vuelta del camino temiendo algúnd desasosiego. Y de allí escrebí a Vuestra Majestad, aunque breve, y me partí a diez y seis días del mes de mayo y traje conmigo fasta treinta personas de los naturales desta tierra que llevaban aquellos navíos que de acá fueron ascondidamente, y en ocho días llegué al puerto de Chalchicueca y no pude entrar en el puerto a causa de mudarse el tiempo. Y surgí dos leguas dél ya casi noche, y con un bergantín que topé perdido por la mar y en la barca de mi navío salí aquella noche a tierra y fui a pie a la villa de Medellín, que está cuatro leguas de donde yo desembarqué, sin ser sentido de nadie de los del pueblo, y fui a la iglesia a dar gracias a Nuestro Señor. Y luego fue sabido y los vecinos se regocijaron conmigo y yo con ellos. Aquella noche despaché mensajeros ansí a esta ciudad como a todas las villas de la tierra haciéndoles saber mi venida y proveyendo algunas cosas que me paresció convenían al servicio de Vuestra Sacra Majestad y al bien de la tierra. Y por descansar del trabajo del camino estuve en aquella villa once días, donde me vinieron a ver muchos señores de pueblos y otras personas de los naturales de los destas partes que mostraron holgarse con mi venida. Y de ahí me partí para esta ciudad, y estuve en el camino quince días y por todo él fui visitado de muchas gentes de los naturales, que hartos dellos venían de más de ochenta leguas porque todos tenían sus mensajeros por postas para saber de mi venida, como ya la esperaban. Y ansí vinieron en poco tiempo muchos y de muchas partes y de muy lejos a verme, los cuales todos lloraban conmigo y me decían palabras tan vivas y lastimeras, contándome sus trabajos que en mi ausencia habían padescido por los malos tratamientos que les habían fecho, que quebraban el corazón a todos los que los oían. Y aunque de todas las cosas que me dijeron sería dificultoso dar a Vuestra Majestad copia, pero algunas harto dignas de notar pudiera escrebir, que dejo por ser de ore proprio. Llegado a esta ciudad, los vecinos españoles y naturales della y de toda la tierra que aquí se juntaron me rescibieron con tanta alegría y regocijo como si yo fuera su propio padre, y el tesorero y contador de Vuestra Majestad salieron a me rescebir con mucha gente de pie y de caballo en ordenanza mostrando la misma voluntad que todos. Y ansí me fui derecho a la casa y monesterio de San Francisco a dar gracias a Nuestro Señor por me haber sacado de tantos y tan grandes peligros y trabajos y haberme traído a tanto sosiego y descanso, y por ver la tierra que tan en tiranía estaba puesta en tanto sosiego y conformidad. Y allí estuve seis días con los frailes hasta dar cuenta a Dios de mis culpas.

Y dos días antes que de allí saliese me llegó un mensajero de la villa de Medellín que me hizo saber que al puerto habían llegados ciertos navíos, y que se decía que en ellos venía un pesquesidor o juez por mandado de Vuestra Majestad y que no sabían otra cosa. Y yo creí que debía ser que sabiendo Vuestra Cesárea Majestad los desasosiegos y comunidad en que los oficiales de Vuestra Alteza a quien yo dejé la tierra la habían puesto y no siendo cierta de mi venida a ella, había mandado proveer sobre este caso, de que Dios sabe cúanto holgué porque tenía yo mucha pena de ser juez desta causa, porque como injuriado y destruido por estos tiranos me parescía que cualquiera cosa que en ello proveyese podría ser juzgada por los malos a pasión, que es la cosa que más aborresco, puesto que según sus obras no pudiera yo ser con ellos tan apasionado que no sobrara a todo mucho merescimiento en sus culpas. Y con esta nueva despaché a mucha priesa un mensajero al puerto a saber lo cierto y envié a mandar al teniente y justicias de aquella villa de Medellín que de cualquier manera que el juez viniese, viniendo por mandado de Vuestra Majestad, fuese muy bien rescebido y servido y aposentado en una casa que yo en aquella villa tengo, donde mandé que a él y a los suyos se les hiciese todo servicio, aunque, segúnd después paresció, él no lo quiso rescibir.

Otro día, que fue de San Juan, como despaché este mensajero llegó otro estando corriendo ciertos toros y en regocijo de cañas y otras fiestas, y me trajo una carta del dicho juez y otra de Vuestra Sacra Majestad por las cuales supe a lo que venía y cómo Vuestra Césarea Majestad era servido de me mandar tomar residencia del tiempo que Vuestra Alteza ha sido servido que yo tenga el cargo de la gobernación desta tierra. Y de verdad yo holgué mucho, ansí por la inmensa merced que Vuestra Majestad Sacra me hizo en querer ser informado de mis servicios y culpas, como por la beninidad con que Vuestra Alteza en su carta me hacía saber su real intención y voluntad de me hacer mercedes. Y por lo uno y lo otro cien mill veces los reales pies de Vuestra Cesárea Majestad beso, y plega a Nuestro Señor sea servido de me hacer tanto bien que yo alguna parte desta tan insigne merced pueda servir y que Vuestra Cesárea Majestad para esto conosca mi deseo, porque conosciéndolo, no pienso que era chica parte de paga.

En la carta que Luis Ponce, juez de residencia, me escribió me hacía saber que a la hora se partía para esta ciudad. Y porque para venir a ella hay dos caminos principales y en su carta no me hacía saber por cuál dellos había de venir, luego despaché por ambos criados míos porque le viniesen sirviendo y acompañando y mostrando la tierra. Y fue tanta la priesa que en este camino se dio el dicho Luis Ponce que aunque yo proveí esto con harta brevedad le toparon ya veinte leguas desta ciudad, y puesto que con mis mensajeros diz que mostró holgarse mucho, no quiso rescibir dellos ningún servicio. Y aunque me pesó de le no rescibir porque diz que dello traía nescesidad por la priesa de su camino, por otra parte holgué dello, porque paresció de hombre justo y que quería usar de su oficio con toda rectitud, y pues venía a tomarme a mí residencia no quería dar causa a que dél se tuviese sospecha. Y llegó a dos leguas desta ciudad a dormir una noche y yo hice aderezar para le recebir otro día por la mañana. Y envióme a decir que no saliese de mañana porque él se quería estar allí hasta comer, que le enviase un capellán que allí le dijese misa, y yo ansí lo hice, pero temiendo lo que fue, que era escusarse del rescibimiento, estuve sobre aviso. Y él madrugó tanto que aunque yo me di harta priesa, le tomé ya dentro en la cibdad, y ansí nos fuimos juntos fasta el monesterio de San Francisco donde oímos misa. Y acabada, le dije si quería allí presentar sus provisiones que lo hiciese, porque allí estaba todo el cabildo de la ciudad conmigo y el tesorero y contador de Vuestra Majestad. Y no las quiso presentar, diciendo que otro día las presentaría. Y así fue, que otro día por la mañana nos juntamos en la iglesia mayor desta cibdad el cabildo della y los dichos oficiales y yo, y allí las presentó y por mí y por todos fueron tomadas, besadas y puestas sobre nuestras cabezas como provisiones de nuestro rey y señor natural y obedecidas y complidas en todo y por todo según que Vuestra Sacra Majestad por ellas nos enviaba a mandar. Y a la hora le fueron entregadas todas las varas de la justicia y fechos todos los otros cumplimientos nescesarios, según que más larga y cumplidamente lo envío a Vuestra Majestad Católica por fee del escribano del cabildo ante quien pasó. Y luego fue pregonada públicamente en la plaza desta cibdad mi residencia y estuve en ella diecisiete días sin que se me pusiese demanda alguna. Y en este tiempo el dicho Luis Ponce, juez de residencia, adolesció y todos cuantos en el armada que él vino vinieron, de la cual énfermedad quiso Nuestro Señor que muriese él y más de treinta otros dellos que en la dicha armada vinieron, entre los cuales murieron dos frailes de la orden de Santo Domingo que con él vinieron. Y fasta hoy hay muchas personas enfermas y de mucho peligro de muerte porque ha parescido casi pestilencia la que trajeron consigo, porque aun algunos de los que acá estaban se pegó y murieron dos personas de la misma enfermedad y aun hay otros muchos que aún no han convalescido della.

Luego que el dicho Luis Ponce pasó desta vida, fecho su en terramiento con aquella honra y autoridad que a persona enviada por Vuestra Majestad requería hacerse, el cabildo desta ciudad y los procuradores de todas las villas de la tierra que aquí se hallaron me pidieron y requirieron de parte de Vuestra Majestad Cesaria que tomase en mí el cargo de la gobernación y justicia según que antes lo tenía por mandado de Vuestra Majestad y por sus reales provisiones, dándome para ello cabsas y poniendo inconvinientes que se siguirían no lo aceptando, según que Vuestra Sacra Majestad lo mandará ver por la copia que de todo envío. Y yo les respondí escusándome dello, como ansimismo parescerá por la dicha copia. Y después acá me han fecho otros requerimientos sobre ello y puestos otros inconvinientes más recios que se podían seguir si yo no lo aceptase, y de todo me he defendido hasta agora y no lo he hecho, aunque se me ha figurado que hay en ello algún inconviniente. Pero deseando que Vuestra Majestad sea muy cierto de mi limpieza y fidelidad en su real servicio, teniéndolo por principal, porque sin tener de mí este concepto no querría bienes en este mundo mas antes no vivir en él, hélo pospuesto todo por este fin, y antes he sostenido con todas mis fuerzas en el cargo a un Marcos de Aguilar, a quien el dicho licenciado Luis Ponce tenía por su alcalde mayor, y le he pedido y requerido prosceda en mi residencia fasta en fin della. Y no lo ha querido hacer diciendo que no tiene poder para ello, de que he rescebido asaz pena, porque deseo sin comparación y no sin causa que Vuestra Majestad Sacra sea verdaderamenre informado de mis servicíos y culpas, porque tengo por fee y no sín méríto que por ellos me ha de mandar Vuestra Majestad Cesaría hacer muy grandes y crescidas mercedes, no habiendo respecto a lo poco que mi pequeña vasija puede contener, sino a lo mucho que Vuestra Celsitud es obligado a dar a quien tan bien y con tanta fedilidad le sirve como yo le he servido y sirvo. A la cual humillmente suplíco con toda la instancia a mí posible no permita que esto quede debajo de disimulación, sino que muy clara y magnifiestamente se publique lo malo y bueno de mis servicios, porque como sea caso de honra y que por alcanzalla yo tantos trabajos he padescido y mi persona a tantos peligros he puesto, no quiera Dios ni Vuestra Majestad por su reverencia permita ni consienta que basten lenguas de invidiosos, malos y apasionados a me la hacer perder. Y no quiero ni suplico a Vuestra Majestad Sacra en pago de mis servicios me haga otra merced sino ésta, porque nunca plega a Dios que sin ella yo viva.

Según lo que yo he sentido, Muy Católico Príncipe, puesto que desde el principio que comencé a entender en esta negociación yo he tenido muchos, diversos y poderosos émulos y contrarios, no ha podido tanto su maldad y malicia que la notoriedad de mi fedelidad y servicios no los haya supeditado, y como ya, desesperados de todo remedio, han buscado dos por los cuales, segúnd paresce, han puesto alguna niebla o escuridad ante los ojos de Vuestra Grandeza por donde le han movido del católico y santo propósito que siempre de Vuestra Excelencia se ha conoscido a me remunerar y pagar mis servicios: el uno es acusarme ante Vuestra Potencia de climene legis magestatis, diciendo que yo no había de obedescer sus reales mandamientos y que yo no tengo esta tierra en su poderoso nombre sino en tiranía e inefable forma, dando para ello algunas depravadas y diabólicas razones juzgadas por falsas y no verdaderas conjeturas. Los cuales, si las verdaderas obras miraran y justos jueces fueran, muy al contrario lo debieran significar, porque hasta agora no se ha visto ni se verá en cuanto yo viviere que ante mí o a mis noticias haya venido carta ni otro mandamiento de Vuestra Majestad Sancta que no haya sido, es y será obedescido y cumplido sin faltar en él cosa alguna, y agora se ha magnifestado más clara y abiertamente su maldad de los que esto han querido decir, porque si ansí fuera, no me fuera yo seiscientas leguas desta cibdad por tierra inhabitada y caminos peligrosos y dejara la tierra a los oficiales de Vuestra Majestad, como de razón se había de creer ser las personas que habían de tener más celo al real servicio de Vuestra Alteza aunque sus obras no correspondieron al crédito que yo dellos tuve. Y el otro es que han querido decir que yo tengo en esta tierra mucha parte o la mayor de los naturales della, de que me sirvo y aprovecho, de donde he habido mucha suma y cantidad de oro y plata que tengo atesorado; y que he gastado de las rentas de Vuestra Cesaria Majestad sesenta y tantos mill pesos de oro sin haber nescesidad de los gastar, y que no he enviado tanta suma de oro a Vuestra Excelencia cuanta de sus reales rentas se ha habido y que lo detengo con formas y maneras esquisitas cuyo efecto yo no puedo alcanzar, pero bien creo que pues lo han osado decir, que le habrán dado algún color, mas no puede ser tal, según lo que yo de mí confio, que muy pequeño toque no descubra lo falso. Y cuanto a lo que dicen de tener yo mucha parte de la tierra, así lo confieso, y que he habido harta suma y cantidad de oro, pero digo que no ha sido tanta para que haya bastado para que yo deje de ser pobre y estar adeudado en más de cincuenta mill pesos de oro sin tener un castellano de qué pagarlo. Porque si mucho he habido muy mucho más he gastado, y no en comprar mayorazgos ni otras rentas para mí, sino en dilatar por estas partes el señorío y patrimonio de Vuestra Alteza conquistando y ganando con ellos y con poner mi persona a muchos trabajos, riesgos y peligros muchos reinos y señoríos para Vuestra Excelencia, los cuales no podrán encubrir ni agazapar los malos con sus serpentinas lenguas, que mirándose mis libros se hallarán en ellos más de trecientos mill pesos de oro que se han gastado de mi casa y hacienda en estas conquistas. Y acabado lo que yo tenía, gasté los sesenta mill pesos de oro de Vuestra Majestad, y no en comerlos yo ni entraron en mi poder, sino en darlos por mis libramientos para los gastos y espensas desta conquista. Y si aprovecharon o no vean los casos, que están muy magnifiestos. Pues en lo que dicen de no enviar las rentas a Vuestra Majestad, muy magnifiesto está ser la verdad en contrario, por que en este poco de tiempo que yo estoy en esta tierra pienso, y ansí es verdad, que della se ha enviado a Vuestra Majestad más servicio e interese que de todas las Islas y Tierra Firme que ha treinta y tantos años que están descubiertas y pobladas, las cuales costaron a los Católicos Reys, vuestros abuelos, muchas expensas y gastos, lo que ha cesado en ésta. Y no solamente se ha enviado lo que a Vuestra Majestad de sus reales servicios ha pertenescido, mas aun de lo mío y de los que me han ayudado - sin lo que acá hemos gastado en su real servicio - hemos enviado alguna copia, porque luego que envié la primera relación con Alonso Fernández Puertocarrero y Francisco de Montejo no solamente envié el quinto que a Vuestra Majestad pertenesció de lo hasta entonces habido, mas aun todo cuanto se hubo, porque me paresció ser ansí justo por ser las primicias. Pues de todo lo que en esta cibdad se hubo siendo vivo Muteeçuma señor della, del oro se dio el quinto a Vuestra Majestad, digo de lo que se fundió, que le pertenescieron treinta y tantos mill castellanos. Y aunque las joyas también se habían de partir y dar a la gente sus partes, ellos y yo holgamos que no se dividiesen, sino que todas se enviasen a Vuestra Majestad, que fueron en número de más de quinientos mill pesos de oro, aunque lo uno y lo otro se perdió porque nos lo tomaron cuando nos echaron desta cibdad por el levantamiento que en ella hubo con la venida de Narváez a esta tierra, la cual aunque fue por mis pecados no fue por mi negligencia. Cuando después se conquistó y redujo al servicio de Vuestra Alteza no menos se hizo, que sacado el quinto para Vuestra Majestad del oro que se fundió, yo hice que todas las joyas mis compañeros tuviesen por bien que sin partir se quedasen para Vuestra Alteza, que no fueron de menos valor y prescio que las que primero teníamos. Y así, con mucha brevedad y recaudo las despaché todas con treinta mill pesos de oro en barras, y con ellos a Julián Alderete, que a la sazón era tesorero de Vuestra Majestad en esta tierra. Si no llegaron a Vuestra Sacra Majestad y las tomaron los franceses, tampoco fue mía la culpa, sí no de aquéllos que no proveyeron el armada que fue por ello a las islas de los Azores como debieran para cosa de tanta importancia. Al tiempo que yo me partí desta ciudad para el golfo de las Hibueras asímismo se enviaron a Vuestra Excelencia sesenta mill pesos de oro con Diego de Ocampo y Francisco de Montejo. Y no se envió más, aunque lo había, por parescerme a mí y aun a los oficicales de Vuestra Majestad Cesaria que con enviar tanto junto aún excedíamos y pervirtíamos la orden que Vuestra Majestad tiene mandada dar en estas partes en el llevar del oro, pero atrevímonos por la nescesidad que supimos que Vuestra Sacra Majestad tenía. Y con esto envié yo asimismo a Vuestra Grandeza con Diego de Soto, criado mío, todo cuanto yo tenía sin me quedar un peso de oro, que fue un tiro de plata que me costó la plata y fechura y otros gastos dél más de treinta y cinco mill pesos de oro. También ciertas joyas que yo tenía de oro y piedras, las cuales envié no por su valor ni prescio, aunque no era muy pequeño para mí, sino porque habían llevado los franceses las que primero envié y pesóme en el ánima que Vuestra Sacra Majestad no las hobiese visto, y para que viese la muestra y por ello como desecho considerase lo que sería lo principal, envié aquello que yo tenía. Así que pues yo con tan limpio celo y voluntad quise servir a Vuestra Majestad Cesaria con lo que yo tenía, no sé qué razón hay de creer que yo detuviese lo de Vuestra Alteza. También me han dicho los oficiales que en mi absencia han enviado cierta cantidad de oro, por manera que nunca se ha cesado de enviar todas las veces que para ello ha habido oportunidad.

También me han dicho, Muy Poderoso Señor, que a Vuestra Majestad Sacra han informado que yo tengo en esta tierra docientos cuentos de renta de las provincias que yo tengo señaladas para mí. Y porque mi deseo no es ni ha sido otro sino que Vuestra Cesaría Majestad sepa muy de cierto mi voluntad a su real servicio y se satifaga muy de hecho de mí, que siempre le he dicho y diré verdad, no siento cosa que yo pudiese hacer con que mejor esto se manifestase que con hacer desta tan crescida renta servicio a Vuestra Majestad y hacerse ían a mi propósito muchas cosas, en especial que Vuestra Alteza perdiese ya esta sospecha que tan pública por acá está que Vuestra Majestad de mí tiene. Por tanto a Vuestra Majestad suplico resciba en servicio todo cuanto yo acá tengo y en esos reinos me faga merced de los veinte cuentos de renta y quedarle an los ciento y ochenta, y yo serviré en la real presencia de Vuestra Majestad, donde nadie pienso me hará ventaja ni tampoco podrá encubrir mis servicios. Y aun para lo de acá pienso será Vuestra Majestad de mí muy servido, porque sabré como testigo de vista decir a Vuestra Celsitud lo que a su real servicio conviene que acá mande proveer y no podrá ser engañado por falsas relaciones. Y certifico a Vuestra Majestad Sacra que no será menos ni de menos calidad el servicio que allá haré en avisar de lo que se debe proveer para que estas partes se conserven y los naturales dellas vengan en conoscimiento de nuestra fee y Vuestra Majestad tenga acá perpetuamente muchas y muy crescidas rentas y que siempre vayan en crescimiento y no en diminución como han hecho los de las Islas y Tierra Firme por falta de buena gobernación, y de ser los Católicos Reyes, padres y abuelos de Vuestra Excelencia avisados con celo de su servicio y no de particulares intereses, como siempre lo han fecho los que en las cosas destas partes a Sus Altezas y a Vuestra Majestad han informado. Y estos avisos que podré allá dar digo que no serán menores que fue ganarlas y haberlas sostenido fasta agora habiendo tenido tantos obstáculos y embarazos, por donde no poco se ha dejado de acrescentar en ellas. Dos cosas me facen desear que Vuestra Majestad Sacra me haga tanta merced se sirva de mí en su real presencia: la una y más principal es satisfacer a Vuestra Majestad y a todo el mundo de mi lealtad y fidelidad en su real servicio, porque esto tengo en más que todos los otros intereses que en el mundo se pudiesen seguir, porque por cobrar nombre de servidor de Vuestra Majestad y de su imperial y real corona me he puesto a tantos y tan grandes peligros y he sufrido trabajos tan sin comparación. Y no por cobdicia de tesoros, que si esto me hobiera movido, pues he tenido hartos, digo para un escudero como yo, no los hobiera gastado ni pospuesto por conseguir este otro fin teniéndolo por más principal, aunque mis pecados no han querido darme lugar a ello ni pienso que ya en este caso yo me podría satisfacer si Vuestra Majestad no me hiciese esta tan inmensa merced que le suplico. Y porque no paresca que pido a Vuestra Excelencia mucho porque no se me conceda, aunque todo cabría y aun es poco para yo vivir sin afrenta, habiendo yo tenido en estas partes en nombre de Vuestra Majestad el cargo de la gobernación de ellas y haber en tanta cantidad por estas partes dilatado el patrimonio y señorio real de Vuestra Majestad, poniendo debajo de su principal yugo tantas provincias pobladas de tantas y tan nobles villas y ciudades y quitando tantas idolatrías y ofensas como en ellas a Nuestro Criador se han fecho y traído a muchos de los naturales a su conoscimiento y plantado en ellas nuestra santa fee católica, en tal manera que si estorbo no hay de los que mal sienten destas cosas y su celo no es enderezado a este fin, en muy breve tiempo se puede tener por muy cierto en estas partes se levantará una nueva Iglesia donde más que en todas las del mundo Dios Nuestro Señor será servido y honrado, digo, que seyendo Vuestra Majestad servido de me hacer merced de me mandar dar en esos reinos diez cuentos de renta y que yo en ellos le vaya a servir, no será pequeña merced con dejar todo cuanto acá tengo, porque desta manera satisfaría mi deseo que es servir a Vuestra Majestad en su real presencia, y Vuestra Celsitud asimismo se satisfaría de mi lealtad y sería de mí muy servido; la otra, tener por muy cierto que informada Vuestra Católica Majestad de mí de las cosas desta tierra y aun de las Islas, se proveería en ellas muy más cierto lo que conviniese al servicio de Dios Nuestro Señor y de Vuestra Majestad, porque se me daría crédito diciéndolo dende allá, lo que no se me dará aunque dende acá lo escriba, porque todo se atribuirá como hasta agora se ha atribuído a ser dicho con pasión de mi interese y no de celo que como vasallo de Vuestra Sacra Majestad debo a su real servicio. Y porque es tanto el deseo de besar los reales pies de Vuestra Majestad y servirle en su real presencia que no lo sabría significar, si Vuestra Grandeza no fuese servido o no tuviese oportunidad de me facer merced de lo que a Vuestra Majestad suplico para me mantener en esos reinos y servirle como yo deseo, sea que Vuestra Celsitud me haga merced de me dejar en esta tierra lo que yo agora tengo en ella o lo que en mi nombre a Vuestra Majestad se suplicare, haciéndome merced dello de juro y de heredad para mí y para mis herederos, con que yo no vaya a esos reinos a pedir por Dios que me den de comer, y con esto rescebiré muy señalada merced. Vuestra Majestad me mande enviar licencia para que yo me vaya a cumplir este mi tan crescido deseo, que bien sé y confio en mis servicios y en la católica conciencia de Vuestra Majestad que siéndoles magnifiestos y la limpieza de la intinción con que los he hecho, no permitirá que viva pobre. Y harta causa se me había ofrescido con la venida deste juez de residencia para cumplir este mi deseo, y aun comencélo a poner en obra, sino que dos cosas me lo estorbaron: la una, hallarme sin dineros para poder gastar en mi camino a cabsa de haberme robado y saqueado mi casa, como Vuestra Sacra Majestad ya creo dello está informado; y lo otro, temiendo con mi ausencia entre los naturales desta tierra no hubiese algún levantamiento o bullicio, y aun entre los españoles, porque por el ejemplo de lo pasado se podrá muy bien juzgar lo porvenir.

Estando, Muy Católico Señor, haciendo este despacho para Vuestra Sacra Majestad, me llegó un mensajero de la Mar del Sur con una carta en que me hacían saber que en aquella costa, cerca de un pueblo que se dice Tecoantepeque, había llegado un navío que, segúnd parescíó por otra que se me trajo del capitán del dicho navío, la cual envío a Vuestra Majestad, es del armada que Vuestra Majestad Sacra mandó ir a las islas de Maluco con el capitán Loaysa. Y porque en la carta que escribió el capitán deste navío verá Vuestra Majestad el suceso de su viaje, no daré dello a Vuestra Celsitud cuenta más de hacer saber a Vuestra Excelencía lo que sobre ello proveí, y es que a la hora despaché con mucha priesa una persona de recaudo para que fuese adonde el dicho navío llegó, y si el capitán dél luego se quisiese tornar, le diese todas las cosas nescesarias a su camino sin le faltar nada y se informase dél de su camino y viaje muy complidamente, por manera que de todo trujese muy larga y particular relación para que yo la enviase a Vuestra Majestad porque por esta vía Vuestra Alteza fuese más brevemente informado. Y por si el navío trujese alguna nescesidad de reparo, envié también un piloto para que lo trajese al puerto de Çacatula, donde yo tengo tres navíos muy a punto para se partir a descubrir por aquellas partes y costa, para que allí se remedie y se haga lo que más conviniere al servicio de Vuestra Majestad y bien del dicho viaje. En habiendo la información deste navío, la enviaré luego a Vuestra Majestad para que de todo sea informado y envíe a mandar lo que fuere su real servicio.

Mis navíos de la Mar del Sur están, como a Vuestra Ma jestad he dicho, muy a punto para hacer su camino, porque luego como llegué a esta ciudad comencé a dar priesa en su despacho. Y ya fueran partidos sino por esperar a ciertas armas y artillería y munición que me trujeron desos reinos para lo poner en los dichos navíos, porque vayan a mejor recaudo. Y yo espero en Nuestro Señor que en ventura de Vuestra Majestad tengo de hacer en este viaje un muy gran servicio, porque, ya que no se descubra estrecho, yo pienso dar por aquí camino para la Especería, que en cada un año Vuestra Majestad sepa lo que en toda aquella tierra se hiciere. Y si Vuestra Majestad fuere servido de me mandar conceder las mercedes que en cierta capitulación envié a suplicar se me hiciesen cerca deste descubrimiento, yo me ofresco a descubrir por aquí toda la Especería y otras islas si hobiere cerca de Maluco y Melaca y la China, y aun de dar tal orden que Vuestra Majestad no haya la Especiería por vía de rescate, como la ha el rey de Portugal, sino que la tenga por cosa propia y los naturales de aquellas islas le reconoscan y sirvan como a su rey y señor natural. Porque yo me ofresco con el dicho aditamento de enviar a ellas tal armada o ir yo por mi persona por manera que las sojuzgue y pueble y faga en ellas fortalezas y las bastezca de pertrechos y artillería de tal manera que a todos los príncipes de aquellas partes y aun a otros se puedan defender. Y si Vuestra Majestad fuere servido que yo entienda en esta negociación concediéndome lo que digo, crea será dello muy servido. Y ofrézcome que si como lo he dicho no fuere, Vuestra Majestad me mande castigar como a quien su rey no dice verdad.

También después que vine he proveído enviar por tierra y por la mar a poblar el río de Tabasco, que es el que dicen de Grijalba, y conquistar muchas provincias que están en sus comarcas, de que Dios Nuestro Señor y Vuestra Majestad serán muy servidos. Y los navíos que van y vienen a estas partes reciben mucho provecho en poblarse aquel puerto y apaciguarse aquella costa, porque allí han dado muchos navíos al través y por estar la gente indómita han muerto todos los españoles que iban en los navíos.

También envío a la provincia de los vaputecas, de que ya Vuestra Majestad está informado, tres capitanías de gente que entren en ella por tres partes, para que con más brevedad den fin a aquella demanda, que cierto será muy provechosa por el daño que los naturales de aquella provincia hacen en los otros naturales que están pacífícos y por tener como tienen ocupada la más rica tierra que hay en esta Nueva España, de donde, conquistándose, recebírá mucho servicio.

Tambíén tengo enfilado y ya harta parte de gente llegada para ir a poblar el rio de Palmas, que es en la costa del norte abajo del Pánuco hacia la Florida, porque tengo información que es muy buena tierra y es puerto. No creo que menos allí Dios Nuestro Señor y Vuestra Majestad serán servidos que en todas las otras partes, porque yo tengo muy gran nueva de aquella tierra.

Entre la costa del norte y la provincia de Michuacan hay cierta gente y poblaciones que llaman chechimecas. Son gentes muy bárbaras y no de tanta razón como estas otras provincias. También envío agora sesenta de caballo y docientos peones con muchos de los naturales nuestros amigos a saber el secreto de aquella provincia y gentes. Llevan mandado por instrución que si hallaren en ellos alguna aptitud o habilidad para vivir como estotros viven y venir en conoscimiento de nuestra fee y reconoscer el servicio que a Vuestra Majestad deben, que trabajen - por todas las vías posibles de los apaciguar y traer al yugo de Vuestra Majestad y pueblen entre ellos en la parte que mejor les paresciere; y si no los hallaren aparejados, como arriba digo, ni quisieren ser obidientes, les hagan guerra y los tomen por esclavos, porque no haya cosa superflua en toda la tierra ni que deje de servir ni reconoscer a Vuestra Majestad. Y trayendo éstos bárbaros por esclavos, que casi diz que son gente salvaje, será Vuestra Majestad servido y los españoles aprovechados, porque sacarán el oro en las minas y aun en nuestra conversación podría ser que alguno se salvase.

Entre estas gentes he sabido que hay cierta parte muy poblada de muchos y muy grandes pueblos y que la gente dellos viven a la manera de los de acá y aun algunos destos pueblos se han visto por españoles. Tengo por muy cierto que poblarán aquella tierra, porque hay grandes nuevas de la riqueza de plata.

Cuando yo, Muy Poderoso Señor, partí desta ciudad para el golfo de las Hibueras, dos meses antes que partiese despaché un capitán a la villa de Coliman, que está en la Mar del Sur ciento y cuatro leguas desta cibdad, al cual mandé que siguiese desde aquella villa la costa del sur abajo hasta ciento y cincuenta o docientas leguas no más a efecto de saber el secreto de aquella costa y si en ella había puertos. El cual dicho capitán fue como le mandé fasta ciento y treinta leguas de la dicha villa de Coliman por la costa abajo y algunas veces veinte o treinta leguas la tierra adentro, y me trujo relación de muchos puertos que halló en la costa, que no fue poco bien para la falta de que dellos hay en todo lo descubierto hasta allí, y de muchos pueblos y muy grandes y de mucha gente muy diestra en la guerra con los cuales hobo ciertos reencuentros, y apaciguó muchos dellos y no pasó adelante porque llevaba poca gente y porque no halló hierba. Y entre la relación que trajo me dio noticia de un muy gran río que los naturales le dijeron que había diez jornadas de donde él llegó, del cual y de los pobladores dél le dijeron muchas cosas extrañas. Yo le torné a enviar con más copia de gente y aparejo de guerra para que vaya a saber el secreto de aquel río, y según el anchura y grandeza que dél señalan no temía en mucho ser estrecho. En viniendo, haré relación a Vuestra Majestad de lo que dél supiere.

Todos estos capitanes destas entradas están agora para partir casi a una. Plega a Nuestro Señor de los guiar como él se sirva, que yo aunque Vuestra Majestad más me mande desfavorecer no tengo de dejar de servir, que no es posible que por tiempo Vuestra Majestad no conosca mis servicios. Y ya que esto no sea, yo me satisfago con hacer lo que debo y con saber que a todo el mundo tengo satisfecho y les son notorios mis servicios y lealtad con que los fago. Y no quiero otro mayorazgo para mis hijos sino éste. Potentísimo Señor, de Vuestra Cesárea Majestad muy humilde siervo y vasallo que los muy reales pies y manos de Vuestra Majestad besa. De la ciudad de Tenuxtitán, a tres de setiembre de 1526 años.