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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1525 Vida y pasión de Cuauhtémoc. Andrés Cavo

 

 

Luego que los mexicanos supieron el desgraciado fin de su rey (Mocthecuzoma), conforme a sus leyes eligieron por su señor a Cuitláhuatl, hermano del difunto, hombre de valor y acreditada experiencia, como lo probó en aquella noche que huyeron de México los españoles y llamaron triste. Pero la suerte privó a los mexicanos de tan gran rey, que murió de viruelas, enfermedad desconocida hasta entonces de aquella nación. Por muerte de éste, los votos de los electores se acordaron en Cuauhtémoc, sobrino de los reyes precedentes y cuñado de Mocthecuzoma, hombre de espíritu y dotado de tal grandeza de ánimo que aun sus enemigos lo estimaron. Este fue el que soportó los trabajos del largo sitio de México, en el cual -considerando Sus generales que no se podía por más tiempo defender la plaza- lo obligaron a salvarse en una canoa que fue apresada por Holguín, a quien Cuauhtémoc conjuró que tratara con el respeto debido a la reina y damas que la acompañaban. Llevado Cuauhtémoc a la presencia de Hernán Cortés, le hablo en estos términos: “Habiendo cumplido con los deberes del rey, defendiendo a mi nación, por voluntad de los dioses vengo cautivo a tu presencia"; y extendiendo la mano al puñal que Cortés traía a la cintura, le dice: "Ea, español, con este puñal pásame el corazón y quítame la vida, que es ya inútil a mis pueblos."

Esta acción sucedió el 13 de agosto del año de 1521, y desde ella comenzó la historia de la Ciudad de México, por haber pasado entonces el imperio de aquel Nuevo Mundo a los españoles. Este día se celebra anualmente con un paseo a caballo en que marchan los tribunales y nobleza llevando con gran pompa a San Hipólito el pendón que sirvió a la conquista de la ciudad, que se conserva en las Casas de Cabildo. Es digno de notarse que en toda la carrera no se ven mexicanos, como lo aseguran hombres de verdad. Tan profunda esta en sus ánimos la herida que después de más de dos siglos parecía ya curada...

Cortes, entretanto, no omitía diligencia por descubrir los tesoros de los mexicanos; pero éstos, siempre constantes en la máxima de no revelarlos, frustraban sus pesquisas. No obstante, habiendo llegado a sus noticias (que), por la voz común de los adivinos que del Oriente vendrían naciones que los sojuzgarían, habían los mexicanos zampuzado en la laguna de México las piedras preciosas y alhajas de oro y plata, hizo Cortes venir los buzos más diestros que se hallaron; pero sus diligencias fueron vanas, porque fue tan poco lo que sacó, que ni menos se compensaron los gastos. Visto esto por Cortés, pasó a destruir los sepulcros de los caciques, que se veían en varias partes, sabedor de que los mexicanos enterraban a sus muertos con lo más precioso que poseían, y una piedra preciosa en la boca. De estos es verdad que se sacaron alhajas de valor y algún oro; pero no por eso se embotaron en Cortés ni en los demás españoles los deseos de adquirir los tesoros de aquella nación; antes bien se aguzaron de tal manera, que se amotinaron los soldados pidiendo su parte, que decían haber ocultado Cortés de inteligencia con el tesorero del ejército. Agregábase a esto, que el mismo tesorero Alderete amenazaba a Cortes con el emperador, por haber escondido las riquezas que secretamente había recibido de los mexicanos. Ni le valió a Cortés el protestar que era falso cuanto se decía, ni menos que no quería hacerse aborrecible de aquella nación ni atraerse la ira del cielo haciendo nuevas extorsiones. Esto no satisfizo a los soldados, que hicieron que Cortés perdiera la paciencia, y casi desesperado (como él decía), con acuerdo de varios, se determinó a cometer uno de los hechos más bárbaros en la historia; al valeroso Cuauhtémoc, rey de los mexicanos, y a un caballero o su confidente o secretario, mandó dar el tormento de fuego lento, aplicado a las plantas de los pies ungidas; inhumanidad que se usaba en aquellos tiempos. Este tormento lo toleraron aquellos dos héroes con tal silencio y constancia de ánimo, que los españoles que asistían quedaron atónitos. EI caballero, después de tiempo, volvió la cara a Cuauhtémoc; pero este, pareciéndole que aquella demostración era efecto de delicadeza, le dijo: "Hombre muelle y de poco corazón: ¿estoy yo acaso en algún deleite?" Poco después expiró aquel, y Cortés casi avergonzado de su inhumanidad, mandó con despecho a aquellos ministros que dejaran de atormentar a Cuauhtémoc...

Cortés, sin haber caído de ánimo por las innumerables dificultades que tenía que vencer en su empresa, seguía en su viaje a Hibueras. Pero así como a la historia de la capital del Nuevo Mundo no pertenece el contar estos trabajos, así a muchos no parecerá cosa ajena de ella el referir el infortunado fin de su último rey. Corrían más de dos meses que Cortés iba en pos de Olid, cuando hizo alto en un lugar que nombran lzancanac, y en el silencio de aquella misma noche mandó ahorcar a Cuauhtémoc, rey de México, Cohuanatcox, de Tetzcoco, Tetepanquétzal, de Tlacopan, con otros caciques de los más nobles de entre los mexicanos. Para un procedimiento tan indigno y atroz, que denigraba tanto el nombre español, alegaba Cortés que de Mexicatzincatl había sabido que Cuauhtémoc con los demás ajusticiados se había conjurado contra él, y acaso contra todos los españoles que se habían esparcido por aquel vasto reino. Y a la verdad nada era más fácil a los mexicanos, que poner en obra este proyecto y acabar con sus enemigos; no sólo con los que habían quedado en México, que no pasaban de doscientos, sino también con todos los que hacían aquella jornada, que por muchos que fueran, siempre eran pocos respecto de tres mil mexicanos que había en aquel real. Añadía Cortés que el orden de esta trama se le había presentado en una manta de algodón, en la cual todos los autores de aquella conspiración se hallaban pintados con sus símbolos que los caracterizaban, conforme al modo que tenían los mexicanos de comunicar sus ideas a los ausentes; que sabedor de esto, y asegurado de la verdad por la confesión de los reos, con el parecer de sus capitanes los ahorcó. Pero Torquemada, autor imparcial y uno de los más versados en las historias de los mexicanos, dice que este suceso se lee de otra manera en una historia tetzcocana, manuscrita en lengua mexicana, de cuya sinceridad tenia repetidas pruebas en muchos hechos que había verificado. La dicha historia se expresa de esta manera:

"Llegados los españoles a cierto lugar (Izancanac) muy entrada la noche, los señores mexicanos discurrían de sucesos, y uno de ellos, Cohuanatcox, rey de Tetzcoco, les dijo: 'Véis aquí, señores, que de reyes hemos venido a ser esclavos, y son ya tantos días que el español Cortés nos trae caminando. Si nosotros no fuéramos los que somos, y no miráramos a la fe que debemos, y a no inquietarnos, bien pudiéramos hacerle una burla que le acordara lo pasado y el haber quemado los pies a mi primo Cuauhtémoc.’ Éste al punto le interrumpió aquella conversación, diciéndole: 'Dejad, señor, esa plática, no se entienda que de veras tratamos de esto. Esta conversación la refirió a Cortés un hombre plebeyo, y creída, consultó el caso con los suyos, y en aquella noche los hizo ahorcar de un árbol que llaman pochotl o ceibo. Esto sucedió en las carnestolendas de este año de 1525."

EI mismo Torquemada juzga que la verdadera causa de la muerte de estos reyes y caciques, fue que le eran a Cortes carga muy pesada; que mientras vivían, era preciso lo trajesen sobresaltado. ¡Este fue el fin del valiente Cuauhtémoc! Hecho tan bárbaro a la verdad. que aun Gomara, familiar de aquel conquistador cuyas acciones engrandece, vitupera ésta, y con razón, pues la grandeza de ánimo de aquel último rey de los mexicanos, su constancia en las adversidades, y otras virtudes que sí caracterizan de hombres grandes a los particulares, en los reyes los ensalzan al grado de héroes, pedían -para honra de los españoles y granjear la benevolencia de los mexicanos- que Cortés hubiera colmado de beneficios a su rey, y no que con esta indigna acción oscureció la fama de sus proezas.

(Los Tres Siglos de México)