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2017

 


 

El Instituto Nacional de Estudios Políticos, A.C. (INEP), tiene como propósito el estudio, la investigación y la divulgación de hechos, teorías, ideas, libros y documentos que fundamenten, orienten e inspiren el actuar de políticos y ciudadanos en favor del interés nacional y de la democracia. 

La democracia se define como el sistema político donde los gobernantes son los gobernados;  donde éstos son gobernantes;  y donde el gobernador siempre es gobernado.  Es un sistema que proclama la identificación total entre gobernantes y gobernados. El interés nacional, por su parte, suele definirse en dos contextos: en las relaciones internacionales y en la política interna.  En el primero se establece la necesidad de que el Estado tome todas las providencias para dar certidumbre de su propia existencia, de su seguridad y de la defensa de los intereses nacionales frente a la competencia de los intereses de otras naciones.  En lo que corresponde a la política interna, el interés nacional se concreta en la posibilidad de establecer la cooperación social entre los ciudadanos y los grupos de toda índole que conforman el Estado con el fin de fortalecer la unidad nacional, afianzar la soberanía del país y trabajar sobre una base axiológica  compartida que sustente a la nación con valores como la libertad, la igualdad, la justicia, la tolerancia, las formas democráticas de la vida social y política.

             En la contienda política, el interés nacional es definido e interpretado de manera subjetiva por el gobierno en turno o por los políticos que hacen un uso retórico y demagógico del término.  Sin embargo, consideramos que el  interés nacional debe definirse mediante el diálogo permanente de todos los actores de la sociedad y debe ser deducido del estudio de la historia patria –aunque suene decimonónico- y del éxito o fracaso de las políticas públicas.  Por esta razón el INEP se ha propuesto impulsar, con la colaboración de la maestra Doralicia Carmona Dávila, el diseño y construcción de la  Memoria Política de México, guiado por los dos hilos conductores del INEP: el fortalecimiento del sistema democrático mexicano y el trabajo de definición del interés nacional y de su prevalencia sobre los otros intereses en juego en el seno de nuestra sociedad.

            Doralicia Carmona Dávila nació en León e inició sus estudios de Licenciatura en Historia en la Universidad de Guanajuato, los que concluyó en la Universidad Iberoamericana. Continuó su formación académica en la Maestría en Historia de la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM. Paralelamente participó en los cursos sobre producción de programas de radio y de televisión que impartía Televisión de la República Mexicana TRM para el personal de las emisoras de los gobiernos de los estados.

            Ha desempeñado actividades de investigación en la Dirección de Investigaciones Históricas de Gobierno del Estado de Guanajuato, en la Sección de Investigación del Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec y en el Fideicomiso Archivos Plutarco Elías Calles y Fernando Torreblanca en la ciudad de México.

            En el campo de la divulgación histórica fue productora del programa “En Busca del Pasado” de Radio Televisión de Guanajuato RTG, y desde 2000 ha sido responsable de la Sección “Presencia del Pasado” de la página Web del Instituto Nacional de Estudios Políticos AC a la fecha.

            Desde 1991 es profesora de medio tiempo en la Universidad de Guanajuato, en donde imparte cursos de Historiografía e Historia Social y Cultural.

            Durante los primeros siete años del presente siglo XXI, se ha dedicado a investigar las efemérides, los actores y los textos relevantes de nuestra historia política, que hoy  presenta en su Memoria Política de México, 1492-2000, en un esfuerzo extraordinario e inusitado de divulgación histórica, sólo posible con las tecnologías digitales de manejo de la información y de la imagen.

            La primera tarea de la maestra Doralicia  ha sido ubicarse en la misión de la historia. Tarea nada fácil en el laberinto de concepciones de esta ciencia. Se nos ha enseñado que la historia es la maestra de la vida, que no se repite, que si se repite retorna como tragedia, que es un tribunal que juzga siempre y pone a cada quien en su lugar, que no es un tribunal de apelación, que es un depósito de precedentes, que hay un basurero de la historia, y que la historia no es una escatología secular. Todas estas frases forman parte de los dimes y diretes de quienes se dedican a esta noble profesión.

            ¿Cuáles son entonces las coordenadas que señalan el camino más objetivo, más imparcial, más científico y, por supuesto, más provechoso para la sociedad? En primer lugar, la pretensión de Doralicia es el reconocimiento de nuestras raíces y de nuestro devenir; sobre ese conocimiento, avanzar en la interpretación del mundo para transformar a la sociedad, defendiendo las verdades, deshaciendo falacias, denunciando mecanismos de opresión, fortaleciendo luchas libertarias. Hacer historia de esta manera es una forma de participar políticamente, de defender principios y causas sociales.

            El trabajo historiográfico que se presenta tiene una línea muy clara. Pertenece a la línea pragmático-utilitaria como lo es toda acción académica con pretensión política. En las biografías se estudia el hombre en sí mismo y en sus circunstancias; se investiga y se seleccionan las fuentes primarias clave para interpretar el hecho histórico, por ello el apartado de documentos; y finalmente, en las efemérides, al traer a la memoria los acontecimientos notables que fueron conformando nuestra identidad y nuestras instituciones, se pretende no repetir ni la comedia ni la tragedia de los hechos históricos. Estos tres apartados siguen la línea de la escuela clásica de la historiografía: el estudio del pasado como proceso de conversión en presente; y el presente como proceso de conversión en futuro. Se aborda una historia viva, dinámica, presente en nuestro tiempo.

            La Memoria Política de México –que se divide en tres grandes apartados: los documentos, las biografías y las efemérides-  recorre los siete senderos de la historiografía: 1) como memoria de la sociedad, que es la que da el nombre a la obra; 2) como inconveniente; 3) como maestra de la vida; 4) como disciplina de la experiencia humana; 5) como actitud anti-broncínea; 6) como biografía de los grandes hombres; 7) y, finalmente, como actividad crítica de los acontecimientos.

  1. La historia como memoria

            La historia como disciplina científica tiene como misión emprender una permanente lucha contra el olvido y la amnesia  que son armas para dar muerte y enterrar acontecimientos que deberían estar presentes en la conciencia colectiva para perpetuar una sociedad, para fortalecerla por el conocimiento de su pasado y para pasar de la conciencia a la acción.

            La historia es, ante todo, memoria del pasado en el presente; recreación colectiva del hito histórico; comprensión y explicación;  respuesta al por qué del presente. La esencia de la historia como memoria de la sociedad consiste en hacer del pasado un problema presente.

            La historiografía moderna ha puesto énfasis en la hermenéutica con la intención de que la memoria no se llene de historias fácticas, áridas sobre cada vez más de cada vez menos. Por lo tanto, la tarea del historiador es discriminar y asentar sólo lo trascendente. Una memoria no puede ser almacén de todo, debe ser un archivo de lo importante y  recuperable en tiempo real para la toma de decisiones. Croce asevera que la historia consiste esencialmente en ver el pasado con los ojos del presente y a la luz de los problemas de ahora; la tarea primordial del historiador no es entonces recoger datos, sino valorar. Porque si no lo hace, ¿cómo puede saber lo que merece ser recogido? Croce resume su interpretación de la historia con esta frase: “toda historia es contemporánea”.

            Siguiendo esta línea de argumentación, Collingwood sentencia que el pasado que estudia el historiador no es un pasado muerto, sino un pasado que vive en el presente. Todo lo que esté muerto no debe interesar. Lo más vivo es la mentalidad que tuvieron las civilizaciones para enfrentar sus  problemas,  por lo que “toda historia es historia del pensamiento”  Historiar significa interpretar; es un diálogo sin fin entre el presente y el pasado. La gran historia se escribe precisamente cuando la visión del pasado ilumina al historiador para aportar conocimientos a los problemas del presente. Éste es el verdadero sentido de la historia como memoria: el pasado presente en los problemas de aquí y de ahora, pero en horizontes que perfilen escenarios de lo que puede ser.

La historia como memoria proporciona los síntomas prodrómicos de las formas del porvenir. Sin memoria no hay pasado ni futuro, hay presentismo. Por ello la obra que se presenta lleva el nombre de Memoria Política de México.

  1. La historia como inconveniente

            Cuando se percibe que el pasado pesa, estorba u obstaculiza el presente, se procura romper con él. El diáfano recuerdo de los sucesos trágicos contribuye a la catarsis social para superarlos. Esta manera de hacer historia pretende desanudarnos del pasado; es un saber histórico liberador. Muchos acontecimientos lacerantes, muchos lastres del pasado, son susceptibles de expulsarse del presente haciendo conciencia de su cara sombría. Ésta es una tarea que Memoria Política de México ha emprendido como misión. El trabajo consiste en quitar velos y opacidades, seguros de que somos capaces de vernos a nosotros mismos tal como somos, sin maquillajes, sin  medias verdades para llegar a conclusiones de que somos una sociedad con virtudes y debilidades, pero con voluntad de futuro. Es una encomienda difícil, que Doralicia ha aceptado llevar al cabo.

            La historia, como Jano,tiene dos caras. Una es elegante, abstracta y humanitaria; es un rostro idílico y su significado está en las puertas abiertas hacia el progreso. La otra cara es ruda, violenta y muy concreta, más bien es una pesadilla con el poder hipnótico de un mal sueño y la pérdida de perspectiva y de comprensión de lo que sucedió. Por ello la historia juega un papel de psicoanálisis social de superación de traumas. Goethe afirmaba: “escribir historia es un  modo de deshacerse del pasado”.

            Esta visión de la historia se traduce en una comprensión de la tragedia para superarla. Diderot sentenció: “Si desde los primeros tiempos la historiografía hubiese tomado por los cabellos y arrastrado a los tiranos civiles y religiosos, no creo que éstos hubiesen aprendido a ser mejores, pero habrían sido más detestados y sus desdichados súbditos habrían aprendido tal vez a ser menos pacientes”.

            La historia así concebida es un saber de liberación. Denuncia la  opresión; socava la autoridad; ataca de frente  a los tiranos; quita el velo a toda aquella  injusticia encubierta; describe movimientos sociales reprimidos; reseña las intervenciones de los países imperialistas en las naciones frágiles. La historia es entonces un tribunal que sentencia para cerrar casos.

            Cuando los aztecas consolidaron su poderío, Tlacaélel mandó quemar los archivos para generar una historia conforme a los nuevos tiempos y sepultar todos los antecedentes que consideró inconvenientes para el futuro del imperio. Fray Diego de Landa condenó al fuego los códigos en donde se guardaba la vieja y primitiva historia del mayab. Muchos otros pueblos han hecho más o menos lo mismo. Sepultan la vieja cultura y crean nuevos mitos. César Augusto sustituyó la vieja historia de Rómulo y Remo amamantados por una loba por la Eneida de Virgilio para crear la idea de que Roma era la continuación de Troya. Le toca al historiador revelar la verdadera historia para que la sociedad sea consciente de sus verdaderos orígenes, se acepte y se desarrolle sobre la verdad de los hechos históricos por más traumáticos que éstos sean.

            La Memoria Política de México se ha escrito teniendo presente que el conocimiento de la historia y su divulgación desencadenarán un proceso de desenajenación de la historia falsificada y la construcción de opciones de liberación frente a la cultura dominante.

           

  1. La historia como maestra de la vida

            Desde el renacimiento se estableció que eran dos las vías para el conocimiento de la fundación y el devenir de los estados.  Por un lado, la historia; por otro, la experiencia.  Si queremos saber si el país va por un rumbo democrático y si el interés nacional prevalece sobre los intereses de los individuos y de los grupos es necesario ir a las dos fuentes primarias. 

            El Renacimiento fue un retorno a las fuentes clásicas grecorromanas.  Se estudiaba a Plutarco, a Polibio y  a Cicerón, para quienes la historia era la maestra de la vida, magistra vitae. Esta manera de hacer historia recoge los acontecimientos que suelen celebrarse en las fiestas patrias, en el culto religioso y en el seno de las instituciones. La función principal es didáctica, enseñar tomando hechos y hombres paradigmáticos.

En el siglo XVI, este tipo de historia fue declarada materia fundamental de la educación cívica y política. En su modalidad pragmático-política tuvo un autor de primer orden, Maquiavelo. En el sustrato de su argumentación no duda en afirmar que la naturaleza es siempre la misma, que también el hombre y los pueblos son siempre los mismos. La identidad del ser de las cosas consigo mismas permite predecir su curso, prever las cosas futuras al conocer lo que las pasadas fueron.  Ésta es la lección de la maestra de la vida.

            Maquiavelo en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio asienta que el hecho histórico no se define por su singularidad, sino por su similitud con los demás.  La utilidad de la historia estriba por consiguiente, en la posibilidad de tipificar el acontecer humano. Los hombres y los pueblos son siempre los mismos y en lo esencial sólo varían muy de tarde en tarde.  La tarea del historiador es entonces ordenar el material histórico tratando de construir unos “tipos comunes” donde la diferencia entre unos accidentes y otros queda anulada por los rasgos comunes típicos que emparentan a los diferentes hechos similares entre sí.

            Siguiendo esa argumentación renacentista se podría entonces argüir que como las cosas son siempre como son, continuarán siendo como fueron y ésta es la razón suprema de la utilidad didáctica de la historia.  El valor de una verdad histórica depende, por tanto, de que exprese la realidad común a una serie de hechos análogos.

            El conocimiento de la historia desvela al historiador las vías que siguieron los hombres del pasado.  Importa discernir las buenas de las malas, las corruptas de las honestas, las eficaces de las que llevan a la derrota; las epopeyas de las tragedias.  La tradición y la historia impelen al hombre a volver al pasado, a recoger en él las vías buenas aprovechando la tendencia natural del hombre a repetirse a sí mismo. 

            En el siglo XIX, esta corriente histórica se impuso en la educación como elemento fundamental en la consolidación de las nacionalidades. El civismo era una historia en el sentido de maestra de la vida, era una predicación moral para promover los valores cívicos y el amor a la patria. Recordar las hazañas del pueblo serviría para fortalecer las defensas del cuerpo nacional. Luis González dice que “todos nuestros pedagogos creen a pie juntillas que los hombres de otras épocas dejaron gloriosos ejemplos que emular, que la recordación de su buena conducta es el medio más poderoso para la reforma de las costumbres, que como ciudadanos debemos nutrirnos de la sangre más noble de todos los tiempos, que las hazañas de Quiroga, de Hidalgo, de Juárez, de los héroes de la revolución, bien contadas por los historiadores, harán de cada criatura un apóstol, un niño héroe o un ciudadano merecedor de la medalla Belisario Domínguez”. Ejemplos de esta manera de historiar son los libros de Guillermo Prieto, Lecciones de Historia Patria; de Manuel Gamio, Forjando Patria; de Gregorio Torres Quintero, La Patria Mexicana.

            Siguiendo esta tradición renacentista Hans Meter Martin en su libro, La Trampa de la Globalización. El ataque contra la democracia y el bienestar reseña las actividades de Steve Trent quien pertenece a la élite del negocio financiero. Trent es un hedge fund, un corredor de inversiones de alto riesgo. Su trabajo es procurar rendimientos de dos cifras a sus clientes. De cinco a diez veces al año viaja durante una o dos semanas a las más importantes regiones de mercado y en crecimiento del mundo.  Allí se informa sobre todo aspecto digno de mención de la vida económica.  En sus conversaciones, Trent no busca cifras o pronósticos matemáticos, dice que todo mundo tiene los datos actualizados en sus computadoras y explica: “lo que cuenta es el ambiente, los conflictos subyacentes e historia, historia una y otra vez.  Quien conoce la historia de un país puede prever mejor lo que ocurrirá en caso de crisis agudas”.

            La Memoria Política de México no es ajena a esta corriente. Retoma luchas paradigmáticas y ejemplares dignas de emulación. Saber que nuestros antepasados fueron capaces de realizar hazañas para el bien de nuestro país nos debe alentar para llevar a cabo las que el destino nos ha deparado.

           

  1. La historia como experiencia humana

            Una corriente de historiadores rechaza la idea de que la historia se repita mecánicamente. Esta corriente es una variante de la historia como maestra de la vida. La diferencia estriba en que no se trata de labor pedagógica, sino de experiencia como una virtud de que nos enseña a saber hacer  y de prudencia como conocimiento de qué tanto se puede lograr en un momento determinado. La autocrítica de lo hecho es el factor fundamental para adquirir las virtudes de la experiencia y de la prudencia. Es una diferencia específica, pero importante.

            Tucídides escribió su libro –La Guerra del Peloponeso- porque creyó que sería útil a los hombres saber lo que causó esa ruinosa lucha, precisamente como sirve saber lo que causa una enfermedad mortal.  Puesto que la naturaleza de la mente humana no cambia, como tampoco lo hace la naturaleza del cuerpo humano, las circunstancias causadas por esa naturaleza humana tienen que repetirse y, en una misma situación, los hombres actuarán del mismo modo a menos que se les muestre que ese mismo camino, en otros días terminó desastrosamente.  Cuando se perciba la razón de un desastre, los hombres podrán precaverse contra ese peligro en particular.  En la introducción a su obra relata: “la investigación ha sido laboriosa porque los testigos no han dado las mismas versiones de los mismos hechos, sino según las simpatías por unos o por otros o según la memoria de cada uno.  Tal vez la falta del elemento mítico en la narración de estos hechos restará encanto a mi obra ante un auditorio, pero si cuantos quieren tener un conocimiento exacto de los hechos del pasado y de los que en el futuro serán iguales o semejantes, de acuerdo con las leyes de la naturaleza humana, si éstos la consideran útil será suficiente.  En resumen, mi obra ha sido compuesta como una adquisición para siempre más que como una pieza de concurso”.

            Tucídides detectó una verdad universal;  a través de los interminables encuentros de tierra y mar que relata, está señalando lo que es la guerra, por qué llega a ocurrir, lo que hace y a menos de que los hombres aprendan mejores caminos, lo que seguirá siendo.

            Según Tucídides, atenienses y espartanos lucharon sólo por una razón: porque eran poderosos y, por lo tanto, se vieron impelidos a buscar más poder.  No lucharon porque fuesen distintos, sino porque eran similares.  Polibio retomó esta tesis y asevera que la historia humana es un ciclo que el exceso de poder mantiene girando.  Los déspotas primitivos ponen a circular la rueda.  Cuanto más poder obtienen más codician y así continúan abusando de su autoridad hasta que, inevitablemente, surge una oposición y unos cuantos hombres, bastante fuertes, cuando se unen, toman el poder por sí mismos.  Pero tampoco éstos pueden quedar satisfechos.  Pisotean los derechos de otros, hasta que a su vez, surge una oposición.  El pueblo se levanta contra ellos y la democracia sucede a la oligarquía.  Pero también allí el mal, con todo su poder, sigue actuando, trae consigo corrupción y desprecio por la ley hasta que el Estado ya no puede funcionar y cae fácilmente ante un hombre fuerte que promete restaurar el orden.  El gobierno de uno, de pocos o de muchos, cada uno es destruido a su vez, porque en todos ellos hay un mal invariable: el afán de poder.

            Tanto Tucídides como Polibio nos dejan la lección de que el poder engendra poderosos y éstos son insaciables en la búsqueda de acumular más poder.  Lo único que puede detener esa insaciabilidad es el sistema democrático que se funda en el principio de que el poder controle el poder; además se considera necesario poner todos los controles posibles para que nadie se extralimite en el ejercicio de sus atribuciones y para que nadie, en uso del poder que se le ha conferido, pueda ir en contra del interés nacional, en contra del interés de todos.  Ésta es la línea que la Memoria Política de México quiere asentar siguiendo los dos objetivos básicos del INEP.

  1. La historia de bronce

            La historia de bronce o historia oficial se ha limitado a conservar en la memoria social los hechos decisivos para la legitimación de sus gobernantes, el funcionamiento de las instituciones políticas y la exaltación de los valores y símbolos que coadyuvan a la cohesión social y evitan las anomias sistemáticas.  La historia de bronce es una colección de hechos ejemplares y situaciones paradigmáticas cuyo objeto es mantener el statu quo.

            Las historias oficiales pretenden mantener el sistema de poder establecido y manejarse como instrumentos ideológicos que justifican la estructura de dominación imperante.  Sin embargo, las historias de minorías oprimidas han servido también para alentar la conciencia de identidad frente a los otros y mantener vivos sus anhelos libertarios.

            La historia de bronce se oficializa en estatuas, en los nombres de las calles, en el calendario cívico, en los rituales del poder. Los héroes epónimos son los preferidos. Los salones de sesiones se vuelven lugares sagrados bajo los nombres de los santos héroes cívicos.

            Cada vez que un movimiento social triunfa e impone su dominio político, su victoria se vuelve la medida de lo histórico: domina el presente, se comienza a determinar el futuro y, por supuesto, se reordena el pasado según la conveniencia de los nuevos victoriosos. Los que triunfan deciden qué hay que recuperar del inmenso y variado pasado. Así, la recuperación del hecho histórico más que historia-ciencia es primordialmente tarea política, una incorporación intencionada y selectiva del pasado, adecuada  a los intereses del presente para justificar lo por venir.

            A lo largo de nuestra existencia como nación, una buena parte de la historiografía mexicana ha recuperado, ocultado, descubierto, revalorizado, integrado y amputado el pasado bajo la presión de la lucha política. En la historiografía mexicana  son escasas las obras que han operado como un instrumento explicativo de los procesos históricos, como un saber que indague el sentido de esos acontecimientos; en cambio han abundado las historias broncíneas. La Memoria Política de México desea inscribirse en la corriente comprensiva y explicativa de nuestra historia;  se considera como un deber hablar con la verdad, por más traumática que ésta sea. En conclusión, busca romper con la interpretación de los acontecimientos históricos que presenta la historia de bronce mexicana.

  1. La historia como biografía

            Existe una concepción de la historia llamada “la nariz de Cleopatra”. Para ella lo importante del trabajo del historiador es conocer y escudriñar  el carácter y comportamiento de los individuos. Se proclama al genio individual como fuerza creadora de la historia y se concluye que la historia es la biografía de los grandes hombres. Wedgwood escribe “el comportamiento de los hombres como individuos me interesa más que su comportamiento como grupos o clases. La historia puede escribirse con este sesgo lo mismo que con otro cualquiera; no tiene por que inducir a más ni menos error… mi historia intenta comprender como sentían aquellos hombres, y por qué, según su propio criterio, obraron como lo hicieron”.

            Por supuesto que existe una distinción entre la biografía que trata del hombre como individuo y la historia que se ocupa del hombre como parte de un todo; se insinúa que una buena biografía del primer caso siempre es una mala historia. G. M. Young en su libro sobre la Inglaterra victoriana escribió “los criados hablan de personas; los señores discuten  asuntos”.

            Tomas Carlyle aseveró en su obra Los héroes: “a mi modo de ver la historia universal, lo realizado por el hombre aquí abajo es, en el fondo, la historia de los grandes hombres que entre nosotros laboraron. Modelaron la vida general grandes capitanes, ejemplos vivos y creadores en vasto sentido de cuanto la masa humana procuró alcanzar o llevar a cabo: todo lo que cumplido vemos y atrae nuestra atención es el resultado material y externo, la realización práctica, la forma corpórea, el pensamiento materializado de los grandes hombres que nos enviaron. Su historia, para decirlo claro, es el alma de la historia del mundo entero”.

            Sin embargo, podemos afirmar que todos los movimientos sociales tienen unos cuantos adalides y multitud de seguidores; pero esto no quiere decir que la multitud no sea esencial para el triunfo. En la historia, el número cuenta. Lo que ha de investigar el historiador es lo que subyace en el acto, la actividad del actor puede resultar del todo irrelevante. Así, una multitud de personas ha atravesado el Rubicón, pero ninguna de ellas tenía la intención de establecer un imperio al atravesarlo, sólo César.

            Puede afirmarse desde la sociología que el individuo que se alza en contra de la sociedad pertenece a ésta y no hay ninguna antítesis entre ésta y aquél. Los prohombres son interpretadores del sentir social para bien o para mal del estatus establecido. Ninguna sociedad es del todo homogénea; los individuos que apoyan lo establecido o quienes desean destruirlo o modificarlo son producto y reflejo de su propia sociedad. Toda biografía puede, entonces, abordarse siguiendo a Carlyle o tomando a la sociología como ciencia auxiliar de la historia. El apartado de biografías de Memoria Política de México pretende inscribirse dentro de la concepción histórico-sociológica.

  1. Historia crítica

            La historia al dar las razones de los orígenes o al esclarecer la veracidad de las luchas puede conducir a un resultado contrario a la cohesión social.  Revelar la génesis de las creencias e instituciones puede ser el primer paso para dejar de acatarlas.  Al mostrar que todas nuestras reglas de convivencia se basan en la voluntad de hombres concretos, la historia vuelve consciente la posibilidad de que otras voluntades les nieguen obediencia. Desde Heródoto, la historia, al mostrar la relatividad de las costumbres y creencias de los distintos pueblos, ha sido un estímulo constante de crítica a la inmovilidad de las condiciones imperantes.

            La historia se convierte en pensamiento disruptivo porque, al igual que la filosofía, puede expresar un pensamiento de reiteración y consolidación de los lazos sociales o, a la inversa, un pensamiento de ruptura y de cambio.           Chesneaux concluye su historia afirmando que la recordación de algunos acaeceres históricos puede ser fermento revolucionario.

            En esta corriente, el historiador se atreve a edificar una interpretación diferente y la opone a la interpretación oficial en vigor. De ahí la desconfianza de los poderosos hacia los historiadores que resquebrajan, abren brechas, importunan, descubren y desempolvan datos ocultos.

            La política muchas veces es enemiga de la historia o al revés. La política, en ocasiones, intenta destruir o impedir la divulgación de la historia de las clases oprimidas, de las minorías y de las disidencias. La política desea que prevalezca una interpretación unívoca; mientras que el historiador intenta abrir todos los caminos de la plurivocidad. La historia, para ser objetiva, dice Burke, debe ser heteroglosia. Ésta es el conjunto sistemático de voces diversas y opuestas sobre el mismo asunto. La heteroglosia es la disidencia respecto del sistema establecido y hace posible la toma de conciencia de grandes grupos sociales que, de este modo, avanzan en su propia constitución como fuerzas beligerantes  merced a la toma de conciencia histórica. En el trabajo de historiar subyace un material rebelde y una conciencia de insurgencia.

            Si para los poderosos la reconstrucción del pasado ha sido un instrumento de dominación indispensable, para los oprimidos y perseguidos el pasado ha servido como memoria de su identidad y como fuerza emotiva que mantiene vivas sus aspiraciones de independencia y liberación. Los oprimidos y perseguidos poseen una interpretación distinta del pasado, toman una mayor conciencia de sus raíces históricas y tienen razones para fortalecer los intereses propios y destruir los del contrario.

            La Memoria Política de México, al reconstruir el pasado, se inscribe en esta concepción crítica del quehacer histórico. Efectivamente es una tarea de acción política para poner las cosas en el lugar que les corresponde.

Conclusión.

La Memoria Política  de México con sus tres apartados: documentos, biografías y efemérides tiene plena conciencia de los siete senderos de la historiografía. Como memoria desea que nuestro pasado esté presente en el México de hoy para ser capaces de configurar un México democrático, en donde el interés nacional  prevalezca por encima de los intereses particulares.

En el sendero de la historia como superación de traumas, la Memoria desea  aclarar lo más posible las tragedias de la patria para superarlas no por la amnesia, sino por el conocimiento pleno de los acontecimientos. Las virtudes de la historia como maestra de la vida son obvias, no es necesario abundar en ellas.

Si bien la historia es el estudio del hombre en sociedad y muchos de ellos, como señala Carlyle, por su excepcionalidad han contribuido de una manera extraordinaria al esfuerzo social, ese aporte al devenir nacional es digno de estar presente en nuestra memoria y se retoma de manera específica en el apartado de biografías.

              Finalmente, la Memoria pretende consolidar su trabajo desde la corriente crítica para contribuir al perfeccionamiento de nuestra sociedad, a la defensa del interés nacional y la esfera de lo público. La defensa del espacio público es una constante del trabajo de historiar y se conceptúa como aquel que nos pertenece a todos y que, por lo tanto, no es privado; como el que ha de ser conocido por todos y, en consecuencia, no es oculto; el que ha de ser accesible a todos y, por ello, no es excluyente.

Cierro esta presentación con dos sentencias. Marx señaló que los filósofos sólo habían tratado de interpretar el mundo, y de lo que se trataba era de transformarlo. La Memoria se inscribe en la línea de la transformación. Max Weber, por su parte, consignó como tarea fundamental del científico social la de desencantar al mundo. La  Memoria pretende explicar mitos, criticar epopeyas de superhombres y poner en entredicho los dogmas de la historia de bronce.

La Memoria Política de México, de Doralicia Carmona, es una obra de divulgación que, gracias a la tecnología digital, pone al alcance de todos en un solo CD los principales textos de nuestra historia que llenarían varios volúmenes impresos, textos a los que vincula con los hechos y personajes que conformaron nuestro estancamiento, retroceso o desarrollo político de 1492 al año 2,000. Así pretende ofrecer, en las vísperas del bicentenario de nuestra Independencia nacional y del centenario de  la Revolución Mexicana, una fuente permanente de consulta que irá actualizándose sexenalmente, de modo que en ella pueda el ciudadano mirar al pasado remoto e inmediato para comprender su propia condición política presente y por lo tanto, inspire su participación informada y activa en la lucha cotidiana por una vida política mejor, por más justa y más libre.

La historia, si quiere contribuir a la salud de la república, tiene que ser crítica,  objetiva y constructiva para que nuestra conciencia nacional se remita siempre a la verdad de los hechos y sobre esa base, con una memoria fiel a nuestro pasado,  podamos construir el México democrático y preservar a nuestro país como estado soberano.

            Roberto Salcedo Aquino

México, D. F., a 14 de julio de 2007.

 

Luis González. “De la múltiple utilización de la historia” en Historia,¿ para qué? Por Carlos Pereyra et.al., México, Siglo XXI Ed., 1998, pág. 66.

Hans Peter Martin y Harold Schumann. La Trampa de la Globalización.  El ataque contra la democracia y el bienestar. Madrid, Santillana-Taurus, 1998. p. 73.

Tucídides. Historia de la guerra del Peloponeso. Libro I. Trad. de Juan José Torres Esbarranch.  Introducción por Julio Calonge Ruiz.  Madrid, Gredos, 1990, pp. 164-166.

Vease Daniel J. Boorstin. Cleopatra´s Nose. New York, Random House, 1994.

Citado por E. H. Carr. ¿Qué es la historia? Barcelona, Ed. Seix Barral, 6a edición, 1976. Pág. 60.

Ibidem, pág.63.

Tomás Carlyle. Los héroes. El culto de los héroes y lo heróico en la historia. México. Editorial Porrúa,   colección Sepan Cuantos…,1976, pág. 3.