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Autora: Doralicia Carmona Dávila.

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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Fuerzas invasoras norteamericanas toman Monterrey

24 de Septiembre de 1846

Desde el 27 de agosto anterior, Pedro Ampudia general al mando del ejército del Norte, con una fuerza de cinco mil hombres y treinta y dos cañones, comenzó a fortificar la plaza de Monterrey. El 13 de septiembre siguiente, el ejército norteamericano se concentró cerca del río de San Juan y el día 18 se presentó en la plaza. Mientras el ejército ocupante avanzaba, en la guarnición de Monterrey el ejército se había dividido porque unos no estaban conformes con el mando de Ampudia (nombró inspector de las obras de defensa al general Simeón Ramírez, incompetente en materia de fortificación); además, había rivalidades entre los oficiales.

Los invasores ocuparon el pueblo de Guadalupe. El día 20 por la tarde el general Worth, avanzó hacia la espalda del cerro del Obispado; al amanecer del día siguiente, 21 de septiembre, comenzó una serie de intensos combates en los puntos llamados El Fortín y la Tenería, que con fuerzas superiores fueron tomando.

En la madrugada del otro día, los americanos renovaron sus ataques; concentraron sus operaciones al oeste con el objetivo de atacar el cerro del Obispado. Ante la falta de auxilio de tropas, José López Uraga volvió a la Ciudadela y entre las dos y tres de la tarde los americanos descendieron sobre el Obispado y se posesionaron de él. En lugar de prepararse para el día siguiente, se ordenó que las tropas abandonaran la primera y la segunda línea de defensa y se concentraron en la tercera donde en un área pequeña soldados y oficiales estaban aglomerados; se desmontó parte de la caballería para que actuaran como de infantería, no se intentó recobrar los puntos perdidos, ni se hicieron salidas para apoyar las defensas parciales y rechazar ataques; también se abandonaron dos recintos fortificados.

El día 23 de septiembre, los americanos ocuparon de inmediato las dos primeras líneas de defensa y atacaron la tercera. La Ciudadela quedó aislada y por estar sitiados no se les podía auxiliar. Ese día, como los demás se dieron actos heroicos: “A las diez de la mañana, el enemigo ocupó los puestos abandonados la noche anterior: a las once embiste por el este con decisión: generalízase el fuego y cunde ardiente hasta las casas de la plaza principal. En esos momentos, sublime como las heroínas de Esparta y de Roma, y bella como las deidades protectoras que se forjaban los griegos, se presenta la señorita Doña Maria Josefa Zozaya en la casa del Sr. Garza Flores entre los soldados que peleaban en la azotea; los alienta y municiona; les enseña a despreciar los peligros. La hermosura y la categoría de esta joven Ie comunicaban nuevos atractivos: era necesario vencer para admirarla, o morir a sus ojos para hacerse digno de su sonrisa. ¡Era una personificación hermosa de la patria misma: era el bello ideal del heroísmo con todos sus hechizos, con toda su tierna seducción! (Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos).

Durante los días que duró la batalla los invasores se retiraron varias veces pues los combates fueron rudos. Para ocupar la plaza, derribaban paredes, hacían horadaciones, “abrían aspilleras en los muros intermedios, que solían servir para ambos combatientes, y de esta suerte fueron ganando casa por casa, venciendo una resistencia heroica en que tomaron parte aun algunas mujeres.”(Roa Bárcena en Recuerdos de la invasión norteamericana). Al terminar el día, la guarnición sólo conservaba las manzanas que forman el perímetro de las plazas Principal y del Mercado, aunque la posición era fuerte. Parecía que Taylor levantaría el sitio y se retiraría.

En su parte oficial Pedro Ampudia expresó que: “…hallándonos cercados nosotros de enemigos atrincherados, era consiguiente se dispersase la tropa y nada quedase del material… también tuve presente lo que padecía la ciudad con los ataques comenzados… la escasez que comenzaba a sentirse de parque, los víveres perdidos conforme se adelantaban las líneas del enemigo hacia el centro, lo distante de los recursos, y, por último, que la prolongación por dos o tres días, si acaso era posible… no podía producir mi triunfo, consentí en abrir proposiciones que dieran por resultado el convenio de capitulación adjunto...” por su parte, el subteniente de artillería Manuel Balbontín, que estaba prisionero de los norteamericanos, refiere de oídas que “… que cuando el jefe nombrado por Ampudia, coronel don Francisco B. Moreno, pasó las líneas en busca de Taylor, encontró a un enviado americano que iba a la plaza a pedir una suspensión de armas: más hábil el americano, inquirió del nuestro el objeto que llevaba; cuando lo supo, le manifestó que estimaba mucho le evitara la comisión penosa de que estaba encargado, que era la de intimar la rendición a la plaza, y lo acompañó al cuartel general. Impuesto Taylor de lo acontecido, hizo el papel que le correspondía, diciendo al jefe parlamentario manifestase al general Ampudia que no admitiría más condiciones que las de rendirse a discreción. Ampudia se mostró indignado, y contestó que si no accedía el general Taylor en nombrar una comisión para tratar con otra de la plaza sobre una capitulación honrosa, él prefería enterrarse con la guarnición que mandaba bajo los escombros de Monterrey”. Balbontin infiere que si la situación de los americanos hubiese sido buena, Taylor no habría insistido en la rendición.

Este día 24 de septiembre de 1846, cada uno de los bandos nombra una comisión. Por una parte los generales Requena y Ortega y el gobernador Manuel María del Llano; por la otra: el general Worth, Pinkney Henderson, y el coronel Jefferson Davis. Una vez reunidas las comisiones, los nacionales moderaron las exigencias exorbitantes de los americanos. López Uraga se resistía a entrar en la capitulación y cedió pues sabía que en la Ciudadela, punto donde estaba fortificado, no podría defenderse muchos días ya que no lo habían abastecido de víveres y no tenían agua. Finalmente y a la media noche, firmaron las siguientes bases de la capitulación:

Términos de la capitulación de la ciudad de Monterrey, capital de Nuevo León, convenidos por los infrascritos comisionados, a sabor: El Sr. general Worth, del ejército de los Estados Unidos, el Sr. general Henderson de los voluntarios de Texas, y coronel Davis, de los rifleros del Mississippi, de parte del Sr. mayor general Taylor, comandante en jefe de las fuerzas de los Estados Unidos; y los Sres. generales D. Tomás Requena, D. José María Ortega, y el Sr. D. Manuel María del Llano, de parle del Sr. general D. Pedro de Amputan, general en jefe del ejército del Norte.

Art.1º Como legitimo resultado de las operaciones sobre este lugar, y la posición  presente de los ejércitos beligerantes, se ha convenido que la ciudad, las fortificaciones, los fuerzas de artillería, las municiones de guerra y toda cualquiera otra propiedad pública, con las excepciones abajo estipuladas, serán entregadas al general en jefe de las fuerzas de los Estados Unidos, que se halla al presente en Monterrey.

Art. 2º A las fuerzas mexicanas les será permitido retener las armas siguientes: los oficiales sus espadas, la infantería sus armas y equipo, la caballería  sus armas y equipo, la artillería una balería de campaña que no excederá de seis piezas con veintiún tiros.

Art. 3º Que las fuerzas mexicanas se retirarán dentro de siete días contados desde esta fecha, más allá de la línea formada, paso de la Rinconada, la ciudad de Linares y San Fernando Presas.

Art. 4º Que la catedral nueva, nombrada Ciudadela de Monterrey, será evacuada por los mexicanos y ocupada por las fuerzas americanas, mañana a las diez de ella.

Art. 5º Con objeto de evitar encuentros desagradables y por conveniencia mutua, las tropas de los Estados Unidos no ocuparán la ciudad hasta la evacuación de ella de las fuerzas mexicanas, exceptuándose para ello las casas necesarias para hospital y para almacenes.

Art. 6º Que las fuerzas de los Estados Unidos no avanzarán más allá de la línea especificada en el segundo articulo, antes de ocho semanas ó el tiempo que se juzgue necesario para recibir las órdenes ó instrucciones de los gobiernos respectivos.

Art. 7º Que la propiedad del gobierno general será entregada y recibida por oficiales nombrados por los generales en jefe de ambos ejércitos.

Art. 8º Cualquiera duda que ocurra sobre la inteligencia de los precedentes artículos, se resolverá de la manera más equitativa y sobre principios de liberalidad para el ejército que se retira.

Art. 9º Se hará un saludo por la misma batería de la catedral nueva, nombrada Ciudadela, al tiempo de bajar la bandera mexicana.

Monterrey, Septiembre 24 de 1846. — T. Requena. —J. María de Ortega—Manuel María del Llano. —W. J. Worth, general del ejército de los Estados Unidos. — J. Pinkney Henderson, general de los voluntarios de Texas. — Jefferson Davis,  coronel de los rifleros del Mississippi. —Pedro de Ampudia-  —Z. Taylor, mayor general comandante de las fuerzas de los Estados Unidos.

NOTA. En el art. 6º se halla citado el 2º. Parece una notoria equivocación, pues no debió haberse hecho mención de dicho artículo, sino del 3. °, que es el relativo; pero se ha dejado en esta copia como se encuentra en el original.

Vicente Riva Palacio (México a Través de los Siglos) reflexiona sobre el hecho y señala que quizá Ampudia firmó la capitulación con la idea de que estando la República desarmada era necesario conservar la división que mandaba para continuar la defensa, pero que hubiera sido más ventajoso que los americanos se retiraran por la prolongación de la resistencia de Monterrey. “Hubo también otras causas… que contribuyeron a la pérdida de la ciudad: la primera fue el estado de revolución en que se hallaba el país; sin esta circunstancia, una fuerza respetable se hubiera acercado con el fin de auxiliar a la plaza… Pero la guerra civil fue poderoso auxiliar para los invasores…”.

En Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos se describe la capitulación: “Ese mismo día, a las once de la mañana, evacuaron nuestras tropas la Ciudadela, al frente de una columna enemiga mandada por el general Smith. Nuestras fuerzas arriaron la bandera; sonó la salva de ordenanza; y nuestro pabellón cayó abatido tributándole los enemigos los honores de la guerra. Las tropas de Smith tomaron posesión de aquel fuerte, tremolando su estandarte, al que saludaron victoriosos entre sus hurras júbilo y nuestro llanto de humillación y de dolor. Nuestras fuerzas se alojaron en la parte este de la ciudad, no habiendo salvado más que el personal y seis piezas de artillería”.

Según R. G. Grant (1001 Batallas que cambiaron el curso de la historia), las bajas de Estados Unidos fueron de 120 muertos y 368 heridos. Las de los mexicanos 430, entre muertos, heridos y desaparecidos.

A las siete de la mañana del 26, el general Tomás Requena, evacuará la ciudad.

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.