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Las tropas invasoras norteamericanas ocupan la capital de la República.

Septiembre 14 de 1847

 

Después de la pérdida de la batallas de Molino del Rey y de Chapultepec, los invasores norteamericanos se movilizan para entrar a la ciudad de México que estaba indefensa pues Santa Anna había se había retirado con el ejército a la ciudad de Guadalupe Hidalgo.

En la madrugada de este día martes 14 de septiembre, enviados de la Ciudadela, con bandera blanca, invitan al general Quitman a tomar la plaza, en la que todavía encuentra quince piezas de cañón montadas. A continuación envía una columna sostenida por una batería ligera a recorrer las principales calles de la ciudad hasta la plaza mayor; ya ahí, el capitán Roberts, del regimiento de rifleros, entra al Palacio Nacional, que había sido saqueado, y a las siete de la mañana de hoy coloca en su asta la bandera de las barras y las estrellas. Guillermo Prieto (Memorias de mis Tiempos) relata que un francotirador mexicano disparó certero contra el primer soldado norteamericano que trató de izar esa bandera.


Por otra parte, los regidores Urbano Fonseca y José María Saldívar, acompañados por el oficial mayor del ayuntamiento, Leandro Estrada y por el intérprete Juan Palacios viaja a Tacubaya a pedir a Scott garantías para la ciudad, y éste responde que no firmará capitulación alguna; sin embargo, les da la garantía de honor de que se respetará a la población civil. Nombra al general Quitman gobernador civil y militar de la ciudad. Por su parte, el obispo hizo cantar un Te Deum para celebrar la victoria; muchos ricos lo apoyaron, aplaudiendo a los invasores, y algunos vieron con agrado la idea de la anexión a Estados Unidos.

El pueblo indignado espontáneamente comienza a resistir a los invasores a tiros de fusil desde ventanas y azoteas de las casas. El general Scott ordena que sean voladas, y los vecinos fusilados sin mayor formalidad.

“Entre tanto, el combate se había generalizado ya: en todas las calles que había ocupado el ejercito enemigo, se peleaba con arrojo y entusiasmo. La parte del pueblo que combatía, lo hacía en su mayoría sin armas de guerra, a escepcion de unos cuantos, que más dichosos que los demás, contaban con una carabina o un fusil, sirviéndose el resto, para ofender al enemigo, de piedras y palos, de lo que resultó que hicieran en los mexicanos un estrago considerable las fuerzas americanas.

Algunos nacionales, de los que la noche anterior se habían visto obligados a abandonar sus puestos, salieron de sus casas a la calle, llevando consigo sus fusiles, para tomar parte en la refriega. Ocupáronse algunos edificios altos y varios templos, desde donde se podía hacer más daño a los enemigos. De los barrios de San Lázaro, San Pablo, la Palma y el Carmen, se veían brotar hombres decididos a buscar la muerte por defender su libertad; y muchos que a consecuencia de la distancia, no podían ofender a sus contrarios con sus armas improvisadas, salían a la mitad de las calles, sin otro objeto que provocarlos, para que se arrojaran sobre ellos, y pudiera el que tenia fusil dispararlo con buen éxito.

Multitud de victimas en todo aquel día regaron con su sangre las calles y plazas de la ciudad. Doloroso es decir que aquel esfuerzo generoso del pueblo bajo, fue en lo general censurado con acrimonia por la clase privilegiada de la fortuna, que veía con indiferencia la humillación de la patria, con tal de conservar sus intereses y su comodidad.

Todo el día resonó en la ciudad el ruido desolador de la fusilería; y la artillería, haciendo estremecer los edificios hasta en sus cimientos, difundía por todas partes el espanto y la muerte. Horas enteras se prolongó la lucha emprendida por una pequeña parte del pueblo, sin plan, sin orden, sin auxilio, sin ningún elemento que prometiera un buen resultado; pero lucha, sin embargo, terrible y digna de memoria.



Aun en medio del combate, los enemigos se entregaron a los más infames escesos: horribles fueron los desastres que señalaron la ocupación de México. El que no haya visto a una población inocente presa de una soldadesca desenfrenada, que ataca al desarmado, que fractura las puertas de los hogares para saquearlos, asesinando a las pacíficas familias, no puede formarse una idea del aspecto que presentaba entonces la hermosa cuanto desgraciada capital de la República”. (Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos)

Este mismo día, el Ayuntamiento publica un manifiesto exhortando a mantener la tranquilidad, pues mientras siguiera la acción de los francotiradores, los norteamericanos no garantizarían los derechos naturales y de gentes. Pero la resistencia del pueblo continúa. No sirve para el desánimo, la noticia de que las tropas mexicanas que estaban en la Villa de Guadalupe, en vez de venir a defender la capital, se alejan cada vez más sin combatir.

Culmina así la guerra con el terror y espanto de la población de la capital de la República, inerme ante la soldadesca desenfrenada por su "victoria". Una guerra planeada muchos años atrás por los gobiernos norteamericanos en la que se cubrieron todos los frentes con un admirable, si hubiera sido para fines distintos, grado de racionalidad estratégica para sacar ventaja y asegurar la derrota aplastante de los mexicanos. La presa fue cuidadosamente acorralada sin ninguna escapatoria.

Desde años antes del rompimiento de las hostilidades persuadieron a su pueblo de la necesidad de la guerra con México mediante el uso eficaz de propaganda patriótica, lo que generó legitimidad y voluntarios para el esfuerzo bélico. Estudiaron las características y capacidades del ejército mexicano y tuvieron conciencia de su debilidad y atraso: "No creo yo que los varones mexicanos tengan una fuerza muy superior a la que es común entre nuestras mujeres. Son por lo general de estatura muy baja y en su mayoría no están acostumbrados a hacer ningún trabajo ni ejercicio de ninguna clase. ¡Cuán ventajosa y asesina tenía que resultar esa desigualdad entre un cuerpo de caballería americana y un número igual de mexicanos!".

Con anticipación, analizaron las divisiones y contradicciones políticas, económicas, sociales y religiosas de la sociedad mexicana para emplearlas a su favor, y escogieron la situación internacional más favorable a sus planes, en la que ninguna potencia como Francia o Inglaterra estuvieran dispuestas a acudir en ayuda de México.

Enseguida fueron escalando sus reclamaciones y provocaciones hasta que México no tuviera más opción que defenderse con las armas y entonces exhibirlo como país agresor y declararle la guerra con apoyo patriótico popular.

Al decretarse el estado de guerra se apoderaron de inmediato de los territorios mexicanos del norte que ambicionaban incorporar a su país y en donde la resistencia probable era menor y la población mexicana escasa, así se garantizaba la toma del botín por anticipado, independientemente del resultado de la guerra.

A partir de estas acciones emprendieron con gran superioridad militar, sobre todo de su moderna artillería, una guerra despiadada y generalizada, de gran mortalidad, incluso entre la población civil, para provocar el terror y la desbandada, y obligar a los mexicanos a aceptar una indemnización, descontadas sus exorbitantes reclamaciones, por los territorios ya ocupados desde el principio del conflicto.

Además de la guerra convencional usaron lo que ahora se conoce como "guerra política", que trata de aprovechar los conflictos y contradicciones de una sociedad. Así fomentaron las disensiones mediante “oficiales discretos que hablaran español”, convertidos en agentes confidenciales. En una orden de Washington al general Taylor fechada el 7 de julio de 1846, se lee: "hay que aprovechar toda ocasión para enviar oficiales al cuartel general del enemigo con fines militares reales o aparentes, como ocurre de ordinario entre ejércitos, y que en tales oportunidades se hablase de la guerra misma diciendo que solamente se hacía para obtener justicia, y que esto preferiríamos conseguirlo mediante negociaciones a lograrlo por medio de la guerra…. Ya comprenderá usted que en un país tan dividido en razas, clases y partidos como México, y con tantas divisiones locales entre individuos, debe de haber magníficas oportunidades para influir en la mente y en los sentimientos de una gran parte de los habitantes e inducirlos a desear que tenga buen éxito nuestra invasión, la cual no tiene por objeto perjudicar a su país, y, al arrojar a sus opresores, puede beneficiarlos a ellos. Entre los españoles, que monopolizan la riqueza y el poder en el país, y la raza india mezclada que lleva su carga, debe de haber suspicacias y animosidades. Los mismos sentimientos deben de existir entre las bajas y las altas órdenes del clero, siendo estas últimas las que disfrutan de las dignidades y los ingresos, en tanto que las primeras tienen la pobreza y el trabajo. En todo este campo de división, en todos estos elementos de discordia social, política, personal y local, debe de haber manera de llegar a los intereses, las pasiones, los principios de algunos de los partidos, y conciliar de ese modo su buena voluntad, y convertirlos en cooperadores nuestros para hacer una paz pronta y honorable”.

Con igual propósito usaron proclamas con grandes mentiras: “Venimos a derrocar a los tiranos que han destruido vuestras libertades, pero no venimos a hacer la guerra al pueblo de México ni a ningún Gobierno libre que los mexicanos escojan por sí mismos. Nuestro deseo es veros libertados de los déspotas, rechazar a los comanches bárbaros e impedir que renueven sus asaltos”…

En los lugares que tenían planeado despojar a México, hicieron grandes promesas: "”Es deseo e intención de los Estados Unidos dar a Nuevo México un gobierno libre, con la menor tardanza posible, semejante al gobierno de los Estados Unidos”…. El suscrito absuelve a todos los habitantes de California, por medio de la presente, de toda falta de lealtad a la República de México y los considera ciudadanos de los Estados Unidos. Las barras y las estrellas flotan ahora sobre California; y mientras el sol vierta su luz, seguirán ondeando sobre este territorio y sobre los naturales del país, así como sobre aquellos que quieran acogerse a su seno; y bajo la protección de esta bandera, la agricultura deberá progresar y las artes y las ciencias florecerán como semilla en fértil suelo. Los americanos y los californios forman de aquí en adelante un solo pueblo".

También utilizaron sus periódicos para desalentar la resistencia y convencer de las bondades de la posible anexión a Estados Unidos. La "Estrella Americana" a la vez que insultaba a Santa-Anna y su ejército y hería a los mexicanos, propugnaba por la paz. "El Norte-Americano", además de hacer lo mismo, difundía las ventajas que resultarían a los mexicanos con incorporarse á los Estados Unidos.

Ya habiendo tomado la capital mexicana, el ejército norteamericano exterminó con mano de hierro todo foco de resistencia calle por calle y casa por casa; utilizó presidiarios de Puebla para combatir a los guerrilleros que aun luchaban y estableció un sistema de espías mexicanos para infiltrarse en los grupos que resistían la invasión y denunciar a los participantes para que fueran aprehendidos y fusilados.

El general Scott asumirá el gobierno civil y militar de los territorios ocupados por sus fuerzas, se apoderará de todos los ingresos gubernamentales e impondrá cuantiosas cuotas a los Estados para financiar al ejército estadounidense. México será el primer país que se verá gobernado por un ejército norteamericano de ocupación.

La población sufrirá inmensas penalidades: desde la muerte por los crueles bombardeos, el hambre y la enfermedad por la suspensión de abastos, el aumento de la delincuencia que aprovechará la situación para dedicarse al robo y al saqueo, hasta el abuso de las tropas norteamericanas, especialmente los voluntarios, gente burda sin disciplina ni uniforme, a los que importaba más obtener un botín que el rumbo de la guerra que supuestamente peleaban.

Culminó así un pequeño ensayo de lo que serán las crueles guerras imperialistas de la mayor potencia militar de la historia de la humanidad.

Durante todo el tiempo que durará la ocupación, el pueblo se mantendrá rebelado y una comisión militar, juzgará a los “rebeldes” y será frecuente que a pedradas, la gente impida la aplicación de los castigos impuestos. Como antes de la llegada de las tropas invasoras al valle de México, se habían desempedrado varias calles de la capital y colocadas las piedras en las azoteas para arrojarlas a los norteamericanos, las autoridades de la ocupación ordenarán bajarlas y regresarlas a sus sitios anteriores.

La bandera del águila y la serpiente volverá a ondear en el Palacio Nacional hasta el 12 de junio de 1848.

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.