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Autora: Doralicia Carmona Dávila.

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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Las tropas mexicanas enfrentan a los invasores americanos en la Batalla del Molino del Rey

8 de Septiembre de 1847

El general Scott cree que en los edificios del Molino y de Casa Mata hay guardado material de guerra, por eso se empeña en tomarlos. En realidad, en el molino había harina y en Casa Mata sí existía un depósito de pólvora. Ambas instalaciones estaban protegidas por el fuego de los cañones de Chapultepec. Los defensores mexicanos formaron una línea oblicua: a la izquierda apoyada en el molino; a la derecha en la Casa Mata y al centro en una pequeña zanja sin agua, que permitía cubrir a la tropa del fuego enemigo. La fuerza que había de decidir la batalla, era la caballería que sumaba cuatro mil hombres, la cual se situó en la Hacienda de Morales, a menos de una legua de Chapultepec. En la tarde del día 7, Santa Anna ordenó que la caballería se colocase a tiro de fusil de la Casa Mata. Las órdenes de Santa Anna no sólo fueron aceptadas por sus generales sino consideradas buenas y acertadas, de modo que rodeado de sus ayudantes, recorría todos los puntos recibiendo aplausos.
 
Por su parte, el general Scott dispuso  el ataque con tres mil quinientos infantes, ocho piezas de artillería y 300 caballos. Antes de romper el fuego, colocó sus baterías de modo que dominaran completamente los edificios y arrasaran la llanura enfrente de los mismos, así como el camino de Tacubaya a Chapultepec.

Todo se dispone durante el día 7, pero por la noche, inexplicablemente Santa Anna cambia de parecer y modifica todo lo planeado, con lo cual la línea de defensa se debilita. En la madrugada de este día cambian su formación los norteamericanos y al amanecer inician el ataque que es repelido por la fiereza con que combaten los mexicanos que se ven sin apoyo por la manera en que Santa Anna cambió las posiciones de defensa; la caballería sin órdenes de avance, está como espectadora: Simeón Ramírez y Carlos Brito, no acuden al auxilio de Antonio León ni de Echegaray. El alto mando no interviene, faltan las órdenes del general en jefe.

Los norteamericanos asaltan por segunda vez y son rechazados. Se reorganizan y atacan por tercera vez y se hace la batalla general. Álvarez se excusa de atacar porque los oficiales no le quieren obedecer y otros disputan y protestan por lo inconveniente del terreno; el hecho es que la caballería pasa por un camino inaccesible y que Lucas Balderas y Antonio León resultan muertos. La reserva de las tropas no acude, ni la caballería ataca cuando asaltan Casamata. Santa Anna no participa en la batalla, dicen los testigos que después de haber formado en persona el día siete su línea y de haberla desbaratado por la noche, se retira a dormir en Palacio y que por la mañana se fue a la garita de La Candelaria porque creyó que por ahí atacarían.

La batalla de Molino del Rey no tuvo general en jefe y la defensa quedó reducida a esfuerzos aislados de quienes cumplían su deber abandonados de jefes y caballería. Santa Anna llega al lugar de combate cerca de las nueve y media de la mañana cuando la derrota es un hecho consumado.

“En concepto de muchos de los gefes enemigos, la acción del Molino del Rey fue una de las mas costosas e inútiles para el plan y objeto de los invasores, pues perdieron, como se ha visto, cerca de ochocientos hombres y sus mejores oficiales, sin haber encontrado esa cantidad inmensa de materiales de guerra, que ellos creían encerrados en los edificios, y que también suponían ser un recurso inagotable para la defensa de la capital.-Los generales Scott y Worth, después de la batalla tuvieron, una agria desavenencia, que mas tarde ocasionó que el primero privara del mando a Worth, y este lo acusara al gobierno de los Estados-Unidos.

Mas cualquiera que fuese el éxito de tal suceso con relación al enemigo, no cabe la menor duda que para nosotros fue una gran desgracia. La muerte del coronel Balderas y las balas del combate destruyeron casi totalmente a uno de los mejores y más valientes cuerpos de Guardia Nacional: una de las piezas de grueso calibre de Chapultepec se reventó. La batería de campaña se perdió, en unión de alguna cantidad de parque; las posiciones, una vez destruidas, no podían servir para una segunda defensa, y la moral, dígase lo que se quiera, padeció mucho, pues casi toda la población se convenció de que esa formidable masa de cuatro mil caballos de poco o nada serviría si no era dirigida por gefes espertos y que supieran aprovechar la buena disposición y entusiasmo de los soldados.” (Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos).

Casi al final de la batalla tuvo lugar la muerte del capitán Margarito Zuazo, que no obstante sufrir una sangrante herida, rescata la bandera de su batallón de artillería, nombrado Mina, y la coloca en su seno; se resguarda en el edificio mayor del Molino del Rey y al enfrentar la última carga a la bayoneta de los invasores norteamericanos, recibe nuevas y más graves heridas, pero logra salvar su bandera y morir fuera del campo en que tuvo lugar la batalla.

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.