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2014

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O’Donojú e Iturbide acuerdan firmar los Tratados de Córdoba

5 de Agosto de 1821

Juan O'Donojú, último virrey de la Nueva España e Iturbide, jefe del Ejército Trigarante, acuerdan la firma de los Tratados de Córdoba para el 24 de agosto, en virtud de los cuales la Nueva España se reconoce como un imperio independiente.

El gobierno asignado al nuevo imperio será monárquico constitucional moderado. La corona imperial será para Fernando VII o a para algún infante en primer término, y de no aceptarla, las Cortes del Imperio designarán al emperador con la obligación de fijar su Corte en México. Conforme a los Tratados (Ver Documento) y al espíritu del Plan de Iguala, se formará una Junta Provisional Gubernativa a la que quedará integrado O'Donojú. Sin embargo, Fernando VII no reconoció los Tratados de Córdoba. Durante los festejos de la independencia O’Donojú muere de pleuresía y es enterrado en la catedral metropolitana.

Juan O’Donojú, teniente general del ejército español, era Jefe Político en Sevilla, cuando por influencia de los diputados mexicanos a las Cortes, fue elegido para que en la más importante de las colonias españolas coadyuvara a la realización de los principios constitucionales.

El 30 de mayo anterior, había zarpado de Cádiz a bordo del navío Asia. En el momento en que llega, casi todo el territorio está dominado por los independentistas, excepto México, Veracruz, Durango, Chihuahua, Acapulco y la fortaleza de San Carlos de Perote.

En cuanto ancló, Juan de O’Donojú fue al castillo de San Juan de Ulúa ocupado aún por españoles; el 3 de agosto pasó a la ciudad de Veracruz; en donde durante su corta estancia, “murieron del vómito… dos sobrinos suyos, siete oficiales de su comitiva y cien hombres de la tropa y marinería del navío Asia”.

Ante la imposibilidad de ir a la ciudad de México por estar interceptado el camino, tomó posesión de los cargos de capitán general y jefe superior político de Nueva España. Enterado de la situación general, publicó una proclama (Ver Documento) dirigida a los habitantes de Nueva España, en la cual pedía se pusiese a prueba su gobierno y en el caso de que no llenase los deseos de los mexicanos, él mismo abandonaría el mando a la primera señal de disgusto, y dejaría libre al país para que eligiese al jefe que más le conviniera.

Al día siguiente, publicó otra proclama dirigida a las tropas de la guarnición de San Juan de Ulúa en el que reconocía a las tropas en nombre del rey y de la nación por el valor con que habían defendido la ciudad del reciente ataque dirigido por Santa Anna.

Por una parte, O'Donojú se puso en contacto con Santa Anna y pactaron “que sus oficiales pudiesen entrar libremente en la ciudad, y que no se hostilizase a las patrullas de los independientes que se aproximasen y que al quién vive se contestase: amistad, con lo que se abrió el mercado y se restableció en el puerto la abundancia de víveres”.

Por otra parte, Iturbide estaba en Puebla cuando se enteró de la llegada de O'Donojú.

Este día, 5 de agosto salen de Veracruz el teniente coronel Gual y el capitán Pedro Pablo Vélez, comisionados por O'Donojú para entregar a Iturbide dos cartas -una oficial en la que acredita a sus enviados y otra privada:

Veracruz, 5 de Agosto de 1821.

—Sr. D. Agustín de Iturbide.

—Muy señor mío y amigo:

Permítame V. usar de este titulo, que me honra y deseo merecer. Acabo de llegar a este puerto con el objeto de dirigirme a México, en donde habla de tomar posesión de los mandos militar y político de estas provincias, en virtud de haber sido nombrado por el gobierno capitán general, y jefe superior político de Nueva España, como V. sabrá. Aun no había puesto el pié en tierra, cuando me instruyeron de las últimas ocurrencias del reino, y del estado de las provincias: quedé sorprendido con tamañas novedades que no esperaba, ni esperarla ninguno que se hallase en mi lugar, que tuviese los antecedentes que yo, y que estuviese en correspondencia y relaciones de amistad con los americanos más conocidamente decididos por la verdadera felicidad de su patria.

En efecto, accediendo a sus insinuaciones admití las honras del gobierno cuando ya no pensaba sino en descansar, y aventuré mi salud y mi vida, sacrificando mis comodidades, sin otra ambición que la de adquirirme el amor de estos habitantes; sin otros deseos que el de satisfacer los de mis amigos; sin otros sentimientos que el anhelo de tranquilizar estas desastrosas inquietudes; no consolidando el despotismo, no prolongando la dependencia colonial, ni incurriendo en las funestísimas debilidades de muchos de mis antecesores, combinados por un sistema de gobierno que se resentía del barbarismo de los siglos en que se estableció y que felizmente no existe ya entre nosotros; sino rectificando las ideas, calmando las pasiones exaltadas y poniendo a los numerosos pueblos en estado de conseguir con más seguridad y sin sacrificios horribles, lo que la propagación de las luces les hizo desear, cuyos deseos jamás puede desaprobar ningún hombre sensato. Así es que he sentido en lo interior de mi corazón que no se haya retardado el pronunciamiento de V., quien aun puede colmarse de gloria llevando a efecto las ideas de que abunda el oficio que escribió al Exmo. Sr. conde de Venadito en 18 de Marzo, de que me he enterado leyendo el impreso El Mexicano independiente, número 4, ratificadas también en el artículo último del papel volante de ese imperial ejército, número 6, de 18 de Junio.

En manos, pues, de V. están realizadas, dando más realce a sus virtudes, y proporcionándome a mí el seguro pase que necesito para poder conciliar con V. desde la capital las medidas necesarias para evitar toda desgracia, inquietudes y hostilidad a este precioso reino, en tanto que el rey y las Cortes aprueban el tratado que celebremos y por que V. tanto ha anhelado.

Si, como justamente debo esperar y prometerme de su bondad, siempre solícito de la felicidad de su patria, quiere apresurarla con placer de todos los sensatos de todas las naciones, dispondrá los más prontos medios de realizar mis sinceros deseos, indicados en la proclama que aquí he publicado y de que incluyo a V. varios ejemplares, en tanto que puedo más adelante y con más inmediación y en lugar más proporcionado, tener el honor de hacerle otras comunicaciones, a más de las que tengo hechas, mediante las que será V. conducido al mejor acierto, como de sumo interés a sus ideas, al mejor servicio del rey como tiene ofrecido, y a la seguridad, gloria y generosidad de la nación española, para la prosperidad de esta privilegiada parte del Nuevo Mundo.

Esta carta será entregada a V. por el teniente coronel Gual y el señor capitán Vélez, por cuyo medio espero contestación pronta que me constituya en la grata retribución obligatoria de nombrarme agradecido amigo de V., que afecto B. L. M.

Juan de O'Donojú

El 11 de agosto Iturbide le responderá a O'Donojú:

“Excelentísimo señor:

Si las relaciones íntimas de la sociedad y el interés particular son las que constituyen las amistades, nunca con más justo titulo puedo dará V. E. el nombre de amigo, no dudando le aceptará, honrándome con este honor, seguro de la sinceridad de mi protesta. Las noticias que tengo de las ideas filantrópicas y liberales de V. E., no menos que de sus conocimientos políticos, me aseguran de que, libre de las ideas miserables de opresión é interesado en el bien de los hombres en general, y particularmente del de los españoles, celebrará la oportunidad de poder sacar en favor de ellos las ventajas que el mariscal de campo don Francisco Novella no puede; pues aislado, sin recursos para defenderse, y sin otra representación que la que le han dado una docena de hombres sublevados, infractores de las mismas leyes de España, en cuyo interés fingen obrar, no tiene las que era preciso para entrar en convenios legales y subsistentes.

V. E. está en el caso de hacer un buen servicio a este imperio, muy particularmente a España. Tendré particular satisfacción en contribuir a ello, así como la tiene de ofrecerse a la disposición de V. E. con la debida consideración atento servidor y afectísimo amigo, Q. B. S. M.

—Agustín de Iturbide

Como resultado de la correspondencia intercambiada, acordarán reunirse en la villa de Córdoba; Iturbide ordenará a sus oficiales Villaurrutia, al conde de San Pedro del Álamo y a Juan Ceballos recibieran a O'Donojú con toda clase de consideraciones.

Mientras tanto, Iturbide tomará medidas para asegurar la ciudad de México e irá a Córdoba a donde llegará la noche del 23 de agosto; el pueblo lo recibirá con mucho entusiasmo. O'Donojú había llegado por la mañana. Al día siguiente se reunirán y firmarán los Tratados de Córdoba.

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.