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Autora: Doralicia Carmona Dávila.

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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Son ejecutados los coautores de la Conjura de Martín Cortés

3 de Agosto de 1566

La Inquisición decapita a los criollos Alonso y Gil González de Ávila, hijos del conquistador de Nicaragua, por ser coautores de la conjura de Martín Cortés II, hijo legítimo de Hernán Cortés.

Esta conjura fue conocida como la “Conspiración del Marqués del Valle” porque las pesquisas de la Real Audiencia llevaron a demostrar que la encabezaba Martín Cortés II, quien después de estar al servicio de Carlos V, había regresado en 1563 a la Nueva España como segundo marqués del Valle de Oaxaca, señor de Cuilapan, Mexicapa, Cuernavaca, Coyoacán, Toluca, Charo, Tuxtla y otras villas y lugares, y reclamado el vasallaje de los indios asignados a su padre, lo que fue concedido por el rey, con desagrado del virrey, pues una de las llamadas Leyes Nuevas prohibía la conformación de nuevos repartimientos o encomiendas, consistentes en tierras y grupos de indígenas asignados a soldados y capitanes de Hernán Cortés; y abolía las existentes a la muerte del encomendero original sin que pudieran ser heredados, en cuyo caso, disponía que volvieran al dominio de la corona. Lógicamente, la medida provocó el disgusto de los hijos de los conquistadores que “darían la vida antes de perder lo que sus padres habían ganado para ellos, y dejar a sus propios hijos en la pobreza”. Así surgió la idea de quitar al rey lo que habían ganado Cortés y sus padres mediante un movimiento de independencia, encabezado por Martín Cortés, con el propósito de conservar sus legítimos privilegios.

Martín debía levantarse con el plan de apoderarse del palacio, matar a los oidores de la Audiencia, a los hijos del virrey y a cuantos se opusieran, proclamarse rey de la Nueva España, devolver las tierras ya decomisadas y establecer la nobleza nacional y otras concesiones. Vicente Rivapalacio (El Libro Rojo) escribe: “El plan no podía estar mejor combinado, pero en casos semejantes el más acertado proyecto no vale nada si faltan la resolución, el valor y la audacia para la ejecución de lo convenido, que son la dote del atrevimiento la más privilegiada inteligencia sirve poco al hombre que se aventura en empresas semejantes. El marqués no tenía el temerario arrojo de su padre el conquistador; cada día con un nuevo pretexto, con una nueva excusa, detenía el ímpetu de sus partidarios… Débil hasta el extremo, el marqués del Valle, tenía miedo de sus amigos y del compromiso contraído con ellos… al mismo tiempo, acariciaba la idea de ser el monarca de la Nueva España… Ya la Audiencia había tenido noticias de la conspiración, pero si alguna duda abrigaba quedó desvanecida el 5 de abril de 1566 en que por escrito y bajo su firma presentaron formal denuncia de ella don Luís de Velasco y Alonso y Agustín de Villanueva…”

El plan falló por la falta de decisión en cuanto a la oportunidad y por exceso de precauciones. Descubierto el complot, Martín Cortés fue el primer aprehendido, luego sus hermanos, Luís y el otro Martín Cortés I, hijo de Malinche; después los hermanos Ávila, Oñate, Victoria, los Quesada y a otros conjurados.

Por ser tan importante Martín Cortés II, los oidores no sabían que hacer con él y se le permitió ir a España a rendir pleitesía al rey Felipe II, de cuya amistad disfrutaba. Al otro Martín Cortés I se le atormentó; Luís Cortés, clérigo, fue sentenciado a muerte, pero el rey de España revocó la pena.

Alonso y Gil González Ávila, hijos de conquistador y miembros de una de las principales familias del virreinato, fueron algunos de los detenidos por la conjura descubierta el 16 de julio de 1566; su proceso fue rápido y sumario.

Hoy, 3 de agosto son llevados a la Plaza Mayor, lugar de suplicio, ubicado frente a las Casas de Cabildo, y decapitados: “… a las siete de la noche fueron sacados de la prisión al patíbulo, caballeros en sendas mulas, los dos hermanos, Alonso de Ávila vestía traje negro, turca parda, gorra de terciopelo con pluma negra y una cadena de oro al cuello; su hermano Gil González llevaba un traje de color pardo.

Frente a las casas del ayuntamiento, que en México llaman diputación, levantábase el cadalso cubierto de paños negros, iluminado por la roja y trémula luz de algunas hachas de viento; los dos hermanos subieron las escaleras del patíbulo ayudados por algunos religiosos que les acompañaban y rezaban por ellos; allí, en pie sobre el cadalso, Alonso de Ávila confesó ser cierto el delito de que le habían acusado; y en seguida el verdugo derribó las cabezas de los dos hermanos… las cabezas fueron puestas en las picotas…”

Otros conspiradores serán decapitados o descuartizados, y condenados al suplicio, al destierro y a las galeras. Todos sufrirán la incautación de sus bienes. El escarmiento impuesto por la Audiencia será tan feroz que en muchos años nadie conspirará ni hablará de independencia.

A raíz de esta represión, comenzarán las diferencias, los rencores y los odios entre los criollos y los peninsulares.

¿Estos hechos pueden ser considerados como antecedentes de nuestra independencia nacional? Agustín Yáñez (Crónicas de las Conquista) señala:

“Algunos piensan que un intento fundado en el deseo de conservar privilegios de conquista no puede tomarse como antecedente de la independencia nacional; pero ¿cuáles fueron los móviles de la conjura de la Profesa, siglos más tarde, y el interés que llevaban quienes patrocinaron la empresa de Iturbide? Hay en verdad una gran semejanza en ambas situaciones.”

 

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.