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Autora: Doralicia Carmona Dávila.

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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Se celebra por primera vez la "Fiesta del Trabajo" en la ciudad de Chihuahua, México

1 de Mayo de 1892

Así se conmemora el inicio en 1886, de la huelga general de los obreros de Chicago.

Después de la guerra civil, el norte de los Estados Unidos se industrializa aceleradamente y familias de inmigrantes alemanes, polacos e ingleses que ya no alcanzan tierras en el Oeste, se aglomeran en los barrios pobres. Las condiciones de trabajo de hombres, mujeres y niños son insalubres, los salarios muy bajos y las jornadas laborales hasta de catorce horas; asimismo, el desempleo cíclico agrava la miseria de las masas.

Desde 1877 las huelgas de los ferroviarios, las reuniones y las grandes movilizaciones son reprimidas, lo que provoca la resistencia y lucha de los trabajadores. En Chicago miles, sin hogar y hambrientos a causa del Gran Incendio, hacen manifestaciones pidiendo ayuda. Muchos llevan en pancartas inscritas las palabras "Pan o sangre”. Reciben sangre. Corridos al túnel debajo del río Chicago, son balaceados y golpeados.

En la década de 1880 comienza la organización de sindicatos en forma acelerada, por ejemplo el número de miembros de los Caballeros del Trabajo subió de 100.000 en el verano de 1885 a 700.000 al año siguiente.

En 1884 la Federation of Organized Trades and Labor Unions resuelve demandar la jornada de ocho horas diarias de trabajo mediante una huelga general a nivel nacional el 1° de mayo de 1886. Desde 1885 circula un volante que convoca a que ese día sea: "Un día en que con tremenda fuerza la unidad del ejército de los trabajadores se moviliza contra los que hoy dominan el destino de los pueblos de toda nación”.

El 1 de mayo decenas de miles de trabajadores salen a la calle en diversas ciudades norteamericanas, a pesar de que algunas empresas de Chicago contratan esquiroles. La huelga y los mítines continúan el día siguiente. El 3 de mayo los huelguistas y sus familiares se congregan frente a la planta Mc Cormick para recriminar a los esquiroles por su traición a los trabajadores y son brutalmente reprimidos por la policía con un saldo de varios muertos y heridos. En protesta por la agresión sufrida, los huelguistas acuerdan manifestarse pacíficamente en Haymarket. Cuando está hablando el último orador y la gente se dispersa por la lluvia, se presenta un destacamento de 180 policías fuertemente armados. El oficial al mando les ordena dispersarse, a lo que los trabajadores responden que se trata de un mitin legal y pacifico. Entonces un objeto luminoso explota entre el destacamento matando a uno e hiriendo a varios policías. De inmediato la policía comienza a disparar contra los huelguistas y cientos de ellos son heridos y varios acribillados. En la confusión mueren otros 6 agentes por las balas perdidas de sus propios compañeros. Nunca se sabrá quien arrojó la bomba, aunque existe la versión de que fue un provocador identificado como Rudolf Schnaubelt, quien fue arrestado dos veces por la policía después de los hechos, pero en ambas ocasiones se le dejó libre y después de la ultima vez, no se le volvió a ver por Chicago.

Los empresarios y el gobierno usan estos sucesos violentos para acusar a los trabajadores, principalmente a los anarquistas de provocarlos, por lo que les clausuran sus periódicos y allanan sus casas y locales. Asimismo, en supuesta prevención de más desórdenes, los mítines son prohibidos. Por su parte, los medios de comunicación lanzan una intensa campaña de ataque a todo lo que tenga signo de revolucionario o subversivo y piden la horca para los trabajadores que resulten responsables.

El 21 de junio son aprehendidos ocho líderes para ser juzgados, todos miembros de la International Working People Association. El jurado se integra con hombres de negocios y un pariente de uno de los policías muertos, no se sigue el procedimiento normal para la elección de un jurado, en su lugar se nombra un alguacil especial. El juicio es totalmente manipulado: no se comprueba participación o relación con el incidente de la bomba, la mayoría de los encausados no estuvo presente, y uno de los dos que estuvieron presentes era el orador al momento en que la bomba fue lanzada. El mismo fiscal Grinnel lo confiesa: "El gran jurado ha escogido y acusado a estos hombres porque fueron los líderes. No son más culpables que los miles que los siguieron. Señores del jurado, condenen a estos hombres, denles un castigo ejemplar, ahórquenlos y salven nuestras instituciones, nuestra sociedad”.

Se les declara culpables y son sentenciados a muerte Luis Lingg, Augusto Spies, Jorge Engel, Alberto Parsons, Adolf Fischer, Michael Schwab y Samuel Fielden; uno, Oscar Neebe, a 15 años de prisión. Durante varios meses se realizan manifestaciones, movilizaciones y boicots para salvar sus vidas y pedir el indulto.

Fischer escribe "¿pedir perdón por mis principios, por lo que creo justo y bello? ¡Jamás! No soy hipócrita y no puedo intentar que se me perdone por ser anarquista". Engel se pregunta: "¿En qué consiste mi crimen? En que he trabajado por el establecimiento de un sistema social donde sea imposible que mientras unos amontonan millones (...), otros crecen en la degradación y la miseria". Spies desafía: “¡Si la muerte es la pena por declarar la verdad, pues pagaré con orgullo y desafío el alto precio! ¡Llamen al verdugo!".

Lingg se libera mediante el suicidio (hay también la versión de que es asesinado), tras declarar: “Para nosotros la tendencia del progreso es la del anarquismo, esto es, la sociedad libre sin clases ni gobernantes, una sociedad de soberanos, en la que la libertad y la igualdad económica de todos producirían un equilibrio estable con bases y condición del orden natural”.

Se conmuta la pena de muerte por cadena perpetua para Schwab y Fielden, pese a que ellos repiten que prefieren la muerte instantánea a la muerte lenta.

Al mediodía del 11 de noviembre marchan a la horca los cuatro líderes restantes entonando La Marsellesa Anarquista. Parson, que había rechazado la libertad y preferido morir con sus compañeros, grita: "Que se oiga la voz del pueblo”. Spies sentencia mientras le cubren la cabeza con la capucha: “¡Tiempo llegará en que nuestro silencio será más poderoso que las voces que hoy vosotros estranguláis!”

Más de medio millón de personas acompañan al cortejo fúnebre. Siete años después, el Gobernador de Illinois, John Peter Altgeld declarará la inocencia de los ocho acusados y liberará a los tres sobrevivientes. Se construirá un monumento en Haymarket para depositar los restos de los hombres juzgados y honrar su memoria. Pero la jornada laboral de ocho horas esperará hasta 1935 para ser aprobada durante la presidencia de Franklin Delano Roosevelt.

En 1889, el Congreso de la Segunda Internacional celebrado en París, instituirá este día como el Día Internacional del Trabajo en homenaje a los obreros asesinados. Desde 1923, en México se celebrará oficialmente el “Día del Trabajo” y será día de descanso obligatorio. Hoy “Los Mártires de Chicago” son recordados en todos los países del mundo como símbolo de dignidad de la clase trabajadora, menos en Estados Unidos y Canadá, que a partir de 1894 celebran el “Labor Day” el primer lunes de septiembre para reconocer la contribución de los trabajadores al bienestar nacional y celebrar el verano, sin relación alguna con los sucesos de Chicago.

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.