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Edicion 2017

Edición Web Limitada

Autora: Doralicia Carmona Dávila.

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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Se libra la Batalla del cerro del Telégrafo (Cerro Gordo) contra los invasores norteamericanos; Santa Anna sigue los pasos de quienes le abandonan.

Abril 18 de 1847

Combaten cerca de Jalapa las fuerzas norteamericanas de invasión al mando del general Scott y las fuerzas mexicanas al mando de López de Santa Anna.

Al amanecer de hoy, desde la “Atalaya” la artillería norteamericana abrió el fuego con piezas de grueso calibre y baterías de obuses de montaña sobre el “Telégrafo”, y sus columnas cargaron por diferentes puntos: la primera al mando del coronel Harney se dirigió al Telégrafo por su frente; la segunda, bajo las órdenes del coronel Bennett C. Riley, cargó sobre el mismo cerro por su izquierda o retaguardia y sobre el frente de la batería de reserva; y la tercera, al mando del general Shields, trazando una extensa curva, flanqueó esa batería, apoyando a la columna de Riley.

 

El general mexicano Ciriaco Vázquez muere en combate en el “Telégrafo”, lo que provoca la confusión de sus tropas, que emprenden la retirada en desorden, abandonando la posición al enemigo que había ascendido por la larga y áspera pendiente a pesar del fuego de artillería y fusilería que se le había hecho. Francisco Urquidi, ayudante de Santa Anna, relata que sobre la cumbre del cerro se veía, en medio de una columna de humo denso, una multitud de americanos “circundados de la rojiza luz de sus fuegos, dirigidos sobre la enorme masa de hombres que se precipitaba por la pendiente, cubriéndola como de una capa blanca, por el color de sus vestidos”. Según Urquidi, entre el humo y el fuego, sobre la faja azul que formaban los americanos alrededor de la cima del Telégrafo, flameaba aún nuestro pabellón abandonado y “desprendido con violencia entre la algazara y el estruendo de las armas de los vencedores, y los ayes lastimeros y la grita confusa de los vencidos”; pronto, en la misma asta, por la parte opuesta, se eleva el pabellón de las barras y estrellas, y por un instante flotan entrambos confundidos, cayendo, por fin, el nuestro a las diez de la mañana. El enemigo obliga a capitular al general Jarero. “La brigada de Arteaga, llegada fuera de tiempo de Jalapa, se envolvía con otros cuerpos en confusión, frente al cuartel general”.

La columna de Shields, atraviesa breñales y barrancas para acercarse a la batería de reserva. La caballería de Canalizo no puede atacarla porque lo impide el bosque y pronto vuelve grupas retirándose velozmente a Jalapa. Los artilleros de la batería de reserva, los coraceros de Velasco, que allí muere, Robles, Malagón, Argüelles y Holzinger hacen todavía valerosos esfuerzos de resistencia, pero sin resultado alguno. Antonio López de Santa Anna dice que ante la perspectiva de caer prisionero, prefiere seguir las huellas de los que lo abandonan.

La derrota de los mexicanos es grave. “La pérdida de los americanos en Cerro Gordo fue, según sus partes, de cuatrocientos treinta y un hombres entre muertos y heridos; las nuestras no pueden calcularse por la naturaleza misma de la acción y el desbandamiento con que vino á terminar, y porque no existe parte alguno de ella detallado y general. Según Scott sus tropas hicieron tres mil prisioneros, y tomaron cuatro ó cinco mil armas de infantería y cuarenta y tres cañones”. R. G. Grant (1001 Batallas que cambiaron el curso de la historia), menciona que las bajas de Estados Unidos fueron de 63 muertos y 368 heridos. Las de los mexicanos 1,000, entre muertos y heridos y 1,000 prisioneros.

Semanas antes, después de la Batalla de la Angustura, en Antón Lizardo había desembarcado Scott al mando de otro ejército. Santa Anna había llegado a Jalapa el 5 de abril y se había preparado para resistir a los invasores. Antes, Canalizo, jefe del ejército de Oriente, había recomendado a la autoridad política de Jalapa que fortificara los cerros Puente Nacional y Corral Falso, pero Santa Anna había decidido que se fortificara el árido cerro del Telégrafo o Cerro Gordo. El comandante de ingenieros Manuel Robles había señalado que Cerro Gordo no era apropiado para la batalla y que las lomas Corral Falso y de la Atalaya eran más propicias, ya que la caballería era numéricamente superior a la del enemigo y ahí podría maniobrar con mayor éxito. Esta opinión había sido descartada por Santa Anna. Robles había protestado por escrito, pero se habían instalado tres baterías. Asimismo, el general Ciriaco Vázquez había tratado infructuosamente de persuadir a Santa Anna de fortificar los flancos.

Frente a frente, el ejército de Santa Anna aparentemente se componía de casi nueve mil hombres y cuarenta piezas de artillería; el de Scott, de ocho mil quinientos hombres, incluyendo las reservas.

A las once de la mañana de ayer, día 17 de abril, el general Twiggs estaba al noroeste de los cerros del Telégrafo y de la Atalaya; sobre éste destacó una fuerza que atacó a la del general Alcorta. El ataque de los norteamericanos contra el Telégrafo fue rechazado, pero se adueñaron del cerro de la Atalaya. Santa Anna se dio cuenta de su error y trató de repararlo. Por la noche, los norteamericanos fortificaron con artillería la Atalaya y los mexicanos el Telégrafo y establecieron una cuarta batería; aún así estaban descuidados los flancos pues Santa Anna pensó que eran infranqueables debido a los profundos barrancos que había.

En los Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos, se describe la sangrienta derrota:

“AI amanecer el día 18, el estruendo del cañón enemigo resonó en aquellos campos como anuncio solemne de la batalla. Sobre el cerro mismo donde los bravos insurgentes habían en otro tiempo derramado su sangre por la independencia, flameaba nuestro pabellón, y bajo su sombra, desde aquella altura, se descubría una línea de hombres que debía servir de muro contra el invasor. Entre las filas, los diversos rangos y distintivos del ejército, desde el soldado hasta el general en gefe, condecorado también entonces con la suprema dignidad nacional, aparecían en aquellos momentos con todo el prestigio, con todo el brillo, que las ilusiones del patriotismo les concedieron.

EI enemigo, sirviéndose de la batería de la Atalaya, rompió desde aquellas horas sus fuegos sobre el Telégrafo, de donde Ie fueron contestados por nuestra parte. El general Santa Anna se ocupaba entonces de acabar de situar la batería de la orilla del camino, y los ingenieros Robles y Cano bajo los fuegos enemigos construían obras pasageras en la falda del mismo Telégrafo, en el propio sitio donde habían formado la tarde anterior los cuerpos que defendieron el centro de la posición. Sobre las posiciones de la derecha y del centro de nuestra línea se hallaban las mismas fuerzas que desde antes las guarnecían: sobre el cerro se hizo subir al 1.º y 2.º ligeros que habían bajado en la madrugada a tomar su rancho: el 6.º de infantería volvió a cubrir la derecha. El 4.º de línea quedó situado donde mismo se había defendido tan intrépidamente el día 17. La caballería, que se hizo venir de Corral-Falso en la noche, formó sobre el camino, apoyando su derecha frente a la batería que se acababa de establecer, y que estaba sostenida por el 11.º de infantería; y los batallones 3.º y 4.º ligeros permanecieron formados también en el camino, dispuestos para marchar al punta que se les señalase.

Tal era la disposición de nuestras fuerzas antes de la salida del sol, a cuyo tiempo el cañoneo fue siendo más y más vivo entre los dos cerros, hasta llegar a repetirse el estruendo instante por instante. El enemigo arrojaba sin cesar granadas, cohetes y toda clase de proyectiles, que caían sobre el cerro, sobre el camino, y aun mucho más allá de nuestro campo. Sus columnas avanzaban entre tanto por detrás de la Atalaya por las escabrosidades del frente de nuestra izquierda, y cerca de las siete de la mañana emprendió una de elIas, al mando del general Twigs, el ataque sobre el Telégrafo.

El general Santa-Anna, luego que estableció la batería de la izquierda, se dirigió a las posiciones de la derecha, movido acaso de su primera idea; pero deteniéndose después de haber pasado la batería del centro, y observando desde alIi la viveza con que se sostenía el cañoneo por nuestra parte, mandó orden al general Vázquez para que no desperdiciase el parque y para que abrigase la tropa de los fuegos enemigos. Regresando en seguida por el camino, al llegar al pie del Telégrafo, se rompía entonces el fuego de fusilería, e inmediatamente hizo subir a los batallones 3º y 4º ligeros en auxilio de las fuerzas que defendían aquel punto.

Los americanos cargaban decididamente, dispersándose en tiradores, ocultándose tras de los arbustos y maleza que cubrían el terreno, sobre las talas apenas indicadas que se habían tratado de construir esa mañana, sostenidas por el 3º de línea, 2º ligero y parte del 4º: hacían empujes igualmente esforzados sobre la izquierda del Telégrafo, defendida por el 4.º de línea, y sobre la derecha, donde el 6.º de infantería se situó, como la tarde anterior, para rechazarlos. La artillería de una y otra parte había cesado de obrar por la proximidad a que se hallaban los combatientes: el fuego de fusilería era tan vivo como el ardor de la pelea: la muerte, agitando sus alas sobre aquel campo ensangrentado, incendiado en algunos puntos por los proyectiles enemigos, se mecía horriblemente sobre la espesa humareda que envolvía a millares de hombres encarnizados en la lucha: nuestros soldados caían a montones en medio de aquella confusión, y los enemigos, cayendo también, eran instantáneamente reemplazados por otros que parecían reproducirlos. Entonces perecía dignamente el coronel Palacios, comandante de la artillería del cerro, herido por las balas enemigas; entonces la fama de los guerreros coronaba la carrera del general Vázquez en la plenitud de su ejercicio, con una muerte gloriosa en medio del estruendo de las armas; entonces centenares de valientes derramaban su sangre por la más santa de las causas. Muerto aquel general, debía reemplazarlo su segundo el general Uraga; pero este se hallaba a la cabeza de su batallón, el 4.º de línea, en la falda izquierda del Telégrafo; y no habiendo momento que perder, tomó el mando el general Baneneli, cuyo cuerpo, el 3.º ligero, había permanecido como de reserva, cubierto de los fuegos con la misma cima del cerro. La viveza del cornbate, redoblándose más y más, hacía caer nuevas víctimas: el 2º ligero y el 3.º y 4.º de línea habían perdido casi toda su fuerza, y aun el último la mayor parte de su oficialidad: los enemigos, sobrepujando con el mayor número los esfuerzos de los nuestros, se apoderaban sucesivamente de las obras bajas de la posición, y sin perder un instante, ascendían rápidamente a asaltar la ultima de la cumbre.

Algunos de nuestros soldados comenzaban ya a abandonar sus filas, y descendían por la parte opuesta, tratando oe confundirse con los heridos que se retiraban; pero advirtiéndolo el general Santa-Anna, para impedir aquel desorden mandó algunos de sus ayudantes, quienes por la fuerza y por el estímulo del entusiasmo, consiguieron que volviesen a subir los fugitivos.

Entre tanto, el general Baneneli apelaba al último recurso, mandando calar bayoneta a sus soldados, que ufanos de tomar por fin parte en un combate que sólo habían escuchado, hicieron esta operación levantándose llenos de brío para acudir a donde se les llamaba; pero sorprendidos de encontrarse desde luego brazo a brazo con el enemigo, tan superior en número, rodeados por todas partes, aterrorizados instantáneamente, se desordenaron en este momento, y en vano su gefe apuró todos los esfuerzos para contenerlos. Envueltos, el mismo, los gefes de ingenieros y otros oficiales que con espada en mano trataban de ordenarlos, rodaron materialmente por la pendiente opuesta del cerro, atropellados por la multitud que, como un torrente, se despeñaba desde la altura.

Sobre la cumbre del cerro se veía entonces, en medio de una columna de humo denso, una multitud de americanos, circundados de la rojiza luz de sus fuegos dirigidos sobre la enorme masa de hombres que se precipitaba por la pendiente, cubriéndola como de una capa blanca, por el color de sus vestidos. Era aquel horrible espectáculo como la erupción violenta de un volcán, arrojando lavas y cenizas de su seno y derramándolas sobre su superficie.

Entre el humo y el fuego, sobre la faja azul que formaban los americanos al derredor de la cima del Telégrafo, flameaba aun nuestro pabellón abandonado. Pero bien pronto en la misma asta, por la parte opuesta, se elevó el pabellón de las estrellas, y por un instante flotaron entrambos confundidos, cayendo por fin el nuestro desprendido con violencia entre la algazara y el estruendo de las armas de los vencedores, y los ayes lastimeros y la grita confusa de los vencidos. Eran los tres cuartos para las diez de la mañana.

Por la parte de la derecha de nuestra línea el enemigo se había presentado durante el ataque del Telégrafo, avanzando en columna sobre la posición del centro, intentaba asaltarla para hacerse a la vez dueño de todos nuestros atrincheramientos. El capitán de navío Godinez, comandante de artillería, había convenido con los comandantes respectivos de las tres posiciones, en dejar que avanzasen los enemigos sobre cualquiera de ellas, sin hacerles fuego sino hasta que estuviesen a muy corta distancia, teniendo a prevención las piezas cargadas con metralla. La columna americana, compuesta de los voluntarios, al mando del general Pillow, se aproximaba más y más sin que de nuestras líneas saliese un solo tiro; pero no bien estuvo a una distancia conveniente, cuando una descarga cerrada de nuestras piezas, que cruzaban sus fuegos en aquel punto, acompañada de un vivo fuego de fusilería de las tres posiciones, haciendo un estrago horrible en los enemigos, los desordenó y los obligó a huir apresuradamente.

Antes de que pudieran reorganizarse, y cuando nuestros soldados no habían sufrido el mas leve daño, el Telégrafo había sucumbido, y los americanos, que se habían apoderado de él, descendiendo por su falda derecha, sobre la batería del camino, de que no llegaron a hacer uso nuestras fuerzas, cortaron enteramente aquellas posiciones, que quedaron envueltas por todas partes y dominadas por el cerro desde el que el enemigo les dirigía sus fuegos. El general Jarero ya no intento ninguna resistencia, y capituló, entregándose con toda la fuerza que mandaba a disposición del enemigo.

AI perderse el Telégrafo, el 6º de infantería se había replegado a las posiciones de la derecha, donde capituló con los demás cuerpos: el batallón de Granaderos, que había sido traído de la batería del centro al pie del cerro, se dispersó en su mayor parte, a pesar de los esfuerzos que se hicieron para reunirlo.

La brigada del general Arteaga, que había llegado en los momentos del conflicto, contagiada con la desmoralización de las demás fuerzas, se hallaba en desorden frente al cuartel general sin haber combatido: el 11º de infantería, a virtud de distintas ordenes del general en gefe, hacia repetidas marchas y contramarchas por aquel mismo punto: los restos dispersos de los batallones 2.º, 3.º y 4. º ligeros, y 3.º y 4.º de línea, acudían allí también en el desorden consiguiente, y toda aquella masa de hombres, acobardados, sin moral, sin disciplina, se revolvía en un corto espacio de camino en la confusión más espantosa.

Un oficial entusiasta peroraba a voz en cuello a las tropas, asegurando que nada se había perdido aun, queriendo reanimar el espíritu muerto de toda aquella turba desgraciada: el general Baneneli, incorporándose en su caballo, lleno de ira, vomitaba mil horribles imprecaciones contra sus soldados, y con una pistola amartillada amenazaba principalmente a uno de sus capitanes: el general en gefe desahogaba su despecho contra los gefes que habían perdido sus posiciones; y la agitación de aquella multitud, la incomodidad del terreno, el peligro y la desesperación, hacían indescribible aquel desconcierto.

Entretanto una columna enemiga, mandada por el general Worth, atravesando aquellas barrancas y brenales de nuestra izquierda, que se habían calificado de inaccesibles, se aproximaba a la batería que se había establecido ese mismo día, única que quedaba a nuestras fuerzas. El general en gefe dio orden al general Canalizo para que cargase con la caballería; pero el bosque impedía absolutamente el que se ejecutase esta operación. La columna avanzaba a pesar del fuego de cañón que se Ie hacía, dirigiéndose a salir al camino, más a la izquierda de nuestra batería, para cortarnos la retirada. Sin embargo, cuando se hubo aproximado bastante, se desprendieron más de doscientos tiradores, cuyas descargas hacían desaparecer sucesivamente como de un soplo las dotaciones de nuestras piezas, servidas por los artilleros y por una partida de coraceros, a la que se mandó desmontar para que auxiliase la batería. El primer ayudante Velasco, gefe de los coraceros, tuvo la gloria de sucumbir al pie de ella. Los tiradores avanzaban de frente sobre ella, entre tanto que la cabeza de la columna se hallaba ya muy cerca del camino; y nuestra caballería, viéndose próxima a ser cortada, se retiró velozmente por el camino de Jalapa. El ultimo esfuerzo lo hicieron entonces Robles y los valientes oficiales de artillería Malagón, Argüelles y Olzinger, quienes envueltos ya por todas partes, hicieron ronzar las piezas hacia la izquierda, dirigiéndolas sobre la cabeza de la columna, momentos antes de que los tiradores, que se precipitaron sobre ellas a la bayoneta, las hiciesen suyas y las volviesen en nuestra contra.

El general Santa-Anna, acompañado de algunos de sus ayudantes, se dirigía por el camino a la izquierda de la batería, cuando saliendo ya del bosque la columna enemiga, Ie impidió absolutamente el paso con una descarga que lo obligó a retroceder. El coche del mismo general, que salía para Jalapa, fue acribillado a balazos, muertas las mulas y hecho presa del enemigo, así como un carro, en el que había diez y seis mil pesos, recibidos el día anterior, para el socorro de las tropas. Roto ya todo vínculo de mando y de obediencia entre los nuestros, obraba sólo el deseo de salvación, y agitándose en un espantoso remolino, se agolpaban desesperados al estrecho paso del desfiladero que baja al Plan del Río, por donde el general en gefe se había dirigido con los gefes y oficiales que lo acompañaban.

Horrible era el descenso por aquella vereda estrecha y escabrosa, por donde se precipitaban miles de hombres disputándose el paso desesperadamente, y dejando un reguero de sangre sobre su camino. Confundidas las clases todas, perdido el prestigio y el pudor militar, los distintivos se habían convertido en insignias sarcásticas, que solo graduaban la responsabilidad y la humillación. El enemigo, dueño ya de nuestro campo, asestaba sus tiros sobre los fugitivos, acrecentando más y más el terror de la multitud que se arrojaba por el desfiladero, impulsada a cada instante por una nueva velocidad, y aumentando la confusión y la vergüenza de tan malhadado trance.

¡Cerro-Gordo se había perdido!... ¡México quedaba abierto a la iniquidad del invasor!...

Los resultados no podrían haber sido otros. Como se consigna en los Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos:

“Para esperar el ejército invasor, se escogió definitivamente la posición de Cerro Gordo, adelante de Jalapa; famosa en el tiempo de la insurrección, y mirada por hombres científicos como un punto escelente para hacer la más esclarecida defensa. A este sitio, como acabamos de ver, llegaron las brigadas del Norte, que habían caminado precipitadamente.

Y pues las tenemos ya en el término de su correría, aunque no en el de sus fatigas ni en el de sus peligros, detengámonos un instante a considerar en su conjunto las penalidades y trabajos que hemos visto en particular. Las tropas de que hablamos habían andado de San Luís a la Angostura 106 Ieguas; otras tantas de la Angostura a San Luís a la vuelta de la espedición; 190 de San Luís a Cerro-Gordo, es decir, 402 por todas. Las marchas habían sido pesadísimas, las jornadas largas; se había padecido hambre, sed, frío, viento, enfermedades, peste y miserias: se había atravesado dos veces el desierto; en meses y medio no había habido descanso; y en esa larga cadena de padecimientos, el primer eslabón era una batalla sangrienta en el Norte; el ultimo fue una derrota desastrosa en el Oriente.”

Después de la batalla, durante unos días no se sabrá adónde ha huido Santa Anna, quien se encaminará a Orizaba para tratar de reorganizar a sus fuerzas.

Como consecuencia de la pérdida de esta batalla, este mismo día será evacuado Perote, que junto con su fortaleza, será ocupado por Worth y su división el 22 de abril siguiente. Asimismo, Patterson y Twiggs ocuparán Jalapa mañana mismo, día 19 de abril de 1847.

Además, en poco tiempo los norteamericanos ocuparán Puebla y podrán ya ir directamente a la ciudad de México.

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.