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Edicion 2017

Edición Web Limitada

Autora: Doralicia Carmona Dávila.

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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Degollado es derrotado en Tacubaya; soldados, heridos, vecinos y enfermeros son fusilados por Márquez.

Abril 11 de 1859

Santos Degollado al mando de las fuerzas republicanas es derrotado en Tacubaya, D. F., por el conservador Leonardo Márquez que defiende al gobierno usurpador de Miguel Miramón; los heridos, muertos y 200 soldados que cayeron prisioneros fueron pasados por las armas incluidos enfermeros y practicantes de medicina que prestaban servicio a los heridos, así como algunos vecinos de opiniones radicales.

Por esta acción Márquez se le conocerá como el “Tigre de Tacubaya” y a los victimados, los “Mártires de Tacubaya”. El 23 de abril siguiente, Ocampo informó a los gobernadores de los Estados sobre el hecho: “Aún no se reciben en esta Secretaría los partes oficiales […] una fuerza de reaccionarios en número de 7000 hombres de todas armas, con 40 piezas de artillería y al mando inmediato del faccioso Márquez, emprendieron un riguroso ataque sobre los puntos que en Tacubaya tenía cubiertos el Excmo. Sr. Ministro de la Guerra y Marina y Gral. En jefe del Ejército Federal, don Santos Degollado. El combate se empeñó fuertemente, al extremo de que nuestros valientes soldados han rechazado hasta por tercera vez las columnas del enemigo; pero casi en los últimos momentos una granada incendió el depósito general del parque de nuestras tropas, situado en el Palacio Arzobispal de Tacubaya y el Excmo. Sr. Degollado, careciendo de este artículo indispensable para continuar el combate, determinó retirarse levantando el campo. A las 12 del mismo día y a la vista del enemigo, emprendió la marcha en el mejor orden y con la mayor parte de sus trenes y piezas de artillería, sin que un solo hombre de la fuerza enemiga se destacara en persecución de nuestros valientes o de la persona del Excmo. Sr. Degollado, que fue el último que salió a retaguardia de sus fuerzas. Los facciosos, que no pudieron vencer a nuestros denodados soldados y no tuvieron el valor de seguir en su alcance, se cebaron bárbaramente con los heridos, con los pocos dispersos que aprehendieron por las armas sin ninguna formalidad legal; otros, fría y cobardemente asesinados en el hospital y en sus propias camas y los cirujanos en el acto de recibir la primera sangre a los heridos de una y otra fuerza, confiados a la inteligencia de sus conocimientos científicos, fueron arrebatados del ejercicio de su ciencia y horrorosamente decapitados. Más de 100 personas quedaron sacrificadas y entre ellos varios jóvenes de muy tierna edad. Este hecho espantoso, digno de los que con labios impuros profanan el nombre sagrado de la religión, ha llenado de horror a los habitantes de la capital, y de él llenará a cuantas personas capaces de sentimientos existan en el mundo y lo conozcan. El Gobierno Constitucional lamenta esa sangre villanamente vertida y protesta que hará recaer sobre los asesinos la acción de la justicia”.

Años después, en 1869, mediante un manifiesto publicado en Nueva York, Márquez aclara que el propio Miramón fue quien dio la orden y la transcribe: “en la misma tarde de hoy, y bajo la más estrecha responsabilidad de V. E., mandará sean pasados por las armas todos los prisioneros de la clase de oficiales y jefes, dándome parte del número de los que les haya cabido esa suerte. Dios y Ley. México, abril 11 de 1859. Miramón”. El hecho ocurrió como parte del conjunto de sucesos que siguiera al autogolpe de estado de Comonfort.

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.