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Edicion 2017

Edición Web Limitada

Autora: Doralicia Carmona Dávila.

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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Benito Juárez, prisionero en Guadalajara por Antonio Landa, salva la vida por la elocuencia de Guillermo Prieto

Marzo 14 de 1858

Aprehendido el presidente Benito Juárez y los miembros de su gabinete el día anterior en Guadalajara por el amotinado coronel Landa, que alentado por la derrota que sufrieron los juaristas en Salamanca, decide apoyar al gobierno de Zuloaga, los mantiene prisioneros en el palacio de gobierno. En otros puntos de la ciudad se enfrentan los leales y los rebeldes, sin que la victoria favorezca a alguno de los bandos.

Por la mañana de este día domingo, Landa vio cómo se había debilitado su prestigio personal y su autoridad entre sus compañeros sublevados. A las nueve, la corneta tocó a parlamento, cesó el fuego y se abrieron las conferencias en el templo de San Agustín para negociar la liberación de Juárez. Mientras esto ocurre, el general liberal Miguel Cruz Aedo, con una columna de treinta hombres escogidos entre voluntarios, decide asaltar el palacio de gobierno. Marchan “a la deshilada” y al llegar a la esquina de la cárcel, vieron que había un cañón custodiado por un centinela, se lanzan sobre la pieza para ronzarla y abrir fuego sobre el palacio; los muchos curiosos que estaban en la plaza huyeron, lo que alertó a los pronunciados que salieron a los balcones y descargaron la fusilería sobre la columna que retrocedió destrozada. Con los pocos que quedaban, Cruz Aedo se retiró al templo de San Francisco.

Al fragor del combate, el teniente rebelde Filomeno Bravo, quien el año anterior había sido el causante de la muerte del gobernador Manuel Álvarez y que en ese momento era el capitán del 5º Batallón y estaba a cargo de la custodia del presidente preso, se sintió traicionado por el ataque liberal y sin órdenes hizo tomar las armas a los soldados de la guardia bajo su mando, los formó frente a Juárez, que de pie apoyaba la mano en el picaporte de la puerta que conducía a otra pieza y dio la voz ¡al hombro! ¡presenten! ¡preparen! ¡apunten!, en aquel momento se presentó Guillermo Prieto que ante las bocas de los fusiles y cubriendo con su cuerpo al del Presidente, dirigió a los soldados unas sentidas palabras que se impusieron a la orden de ¡fuego!: “¡Alto, los valientes no asesinan!... sois unos valientes, los valientes no asesinan, sois mexicanos, éste es el representante de la ley y de la patria”. Entonces, los soldados sin aguardar otra orden, ante la impactante oratoria de Prieto, paulatinamente echaron sus armas al hombro y se quedaron impasibles.

El propio Guillermo Prieto escribiría después sobre el suceso:
"Los rostros feroces de los soldados, su ademán, la conmoción misma, lo que yo amaba a Juárez... yo no sé... se apoderó de mi algo de vértigo o de cosa de que no me puedo dar cuenta ... Rápido como el pensamiento, tomé al señor Juárez de la ropa, lo puse a mi espalda, lo cubrí con mi cuerpo ... abrí mis brazos ... y ahogando la voz de "fuego" que tronaba en aquel instante, grité: "¡Levanten esas armas!, ¡levanten esas armas!, ¡los valientes no asesinan ... !" y hablé, hablé, yo no sé qué hablaba en mí que me ponía alto y poderoso, y veía, entre una nube de sangre, pequeño todo lo que me rodeaba; sentía que lo subyugaba, que desbarataba el peligro, que lo tenía a mis pies... Repito que yo hablaba, y no puedo darme cuenta de lo que dije... a medida que mi voz sonaba, la actitud de los soldados cambiaba... un viejo de barbas canas que tenía al frente, y con quien me encaré diciéndole: "¿Quieren sangre? ¡Bébanse la mía...!" alzó el fusil... los otros hicieron lo mismo... Entonces vitoreé a Jalisco.

Los soldados lloraban protestando que no nos matarían y así se retiraron como por encanto... Bravo se pone de nuestro lado.

Juárez se abrazó de mí... mis compañeros me rodeaban llamándome su salvador y salvador de la Reforma... Mi corazón estalló en una tempestad de lágrimas."

Sobre su discurso, Justo Sierra señalaría: “era el efecto, casi físico de aquella voz musical, comunicadora como ninguna de emoción, que estaba hecha para penetrar en el corazón del pueblo, de donde salían aquellos hombres”.

Los testigos del hecho refieren admirativamente el valor y la serenidad de Juárez, quien no se movió del lugar donde estaba aún cuando iba a ser sacrificado y la presencia de ánimo de Prieto, que con su elocuencia desarmó a sus enemigos.

Landa entró para reclamar la violación del armisticio, después de algunas explicaciones, quedó satisfecho y se retiró. La corneta volvió a tocar a parlamento y siguieron las negociaciones.

Entretanto, seguían discutiendo los puntos del convenio que liberaría a Juárez y a su gabinete:

1.- una fuerte cantidad a Landa para salir de Guadalajara con sus tropas (Landa había prometido fuertes cantidades de dinero a los conspiradores y a él sólo le habían entregado en cantidades parciales tres mil pesos por conducto de agentes del clero)

2.- la libertad del presidente y sus ministros;

3.- la salida de Landa de Guadalajara con piezas de artillería escogidas por él, armas, parque y equipajes y que el gobierno le diera los carros y bagajes necesarios;

4.- amnistía para los conspiradores; y

5.- plazo de 48 horas para salir de Guadalajara.

Prieto hacía presente la escasez del erario y decía que no traían ni un peso. Al día siguiente, con el convenio listo, Landa se arrepintió de firmarlo para evitar que de ese hecho se aprovecharan quienes le pagaban y lo traicionaran; sin embargo, lo firmó. En el convenio no hay alguna mención de dinero.

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.