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Edicion 2017

Edición Web Limitada

Autora: Doralicia Carmona Dávila.

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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En la Batalla de la Angostura, luchan las tropas nacionales contra las invasoras norteamericanas.

Febrero 22 de 1847

Entre San Luís y Saltillo, en un paso de montaña llamado La Angostura, próximo a la hacienda de Buenavista, inicia el combate más impresionante de la guerra entre Estados Unidos y México, entre las fuerzas mexicanas -comandadas por Santa Anna, Mora, Villamil, Micheltorena, Blanco, Corona, Pacheco, Lombardini, Urrea y otros- y las invasoras norteamericanas al mando de Zacarías Taylor. Se trata de la Batalla de la Angostura o de Buenavista.

Serán dos días de encarnizada y crudelísima lucha, entre catorce mil mexicanos con buena caballería pero con viejos cañones de alcance y capacidad de fuego reducidos, y siete mil invasores mejor posicionados, que contaban con moderna artillería del doble de alcance.

Hoy Santa Anna exige a Taylor que se rinda, lo que sólo provoca su ira, y al negarse, se inician algunas escaramuzas para tomar posiciones y movilizar sus efectivos. Al día siguiente, Santa Anna atacará con todas sus fuerzas y al mediodía habrá roto la línea de los invasores, pero Taylor contraatacará y detendrá momentáneamente el avance de las tropas mexicanas. Cuando las columnas nacionales serán casi dueñas del campo de batalla, de pronto recibirán de Santa Anna la orden de retirada en plena noche.

La retirada del ejército mexicano en la madrugada del 24 de febrero, cuando Santa Anna parecía tener la victoria y podía apoderarse de Saltillo, será muy cuestionada. Al parecer la tropa estaba exhausta, carecía de elementos y llevaba varios días sin probar alimento, tras haber cruzado el desierto durante uno de los más crudos inviernos. Pero en Saltillo podía encontrar agua y alimentos. Además los invasores norteamericanos estaban desalentados y tan convencidos de su derrota, que cuando se dieron cuenta de la retirada de sus enemigos, estallaron en júbilo y hasta se cuenta que, llorando, los generales Taylor y Woolse abrazaron.

Santa Anna cargará su derrota a la falta de valor del general exrealista José Vicente Miñón, cuya caballería de unos mil quinientos efectivos, actúo erráticamente durante las horas más decisivas, por lo que será sometido a juicio militar.

En los "Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos", se da cuenta de la batalla en los siguientes términos:

Poco se dilató en alcanzar a los enemigos en el campo de batalla conocido con el nombre de la Angostura. EI terreno que se acababa de andar, estaba formado de vastas y estensas llanuras, en que no se hubiera podido resistir el empuje vigoroso de nuestras tropas, principalmente el de nuestra hermosa caballería; pero en donde el enemigo se había detenido para combatir, empezaban dos series sucesivas de lomas y barrancas, que constituían una posición verdaderamente formidable. Cada loma estaba defendida por una batería, pronta a dar la muerte a los que intentaran tomarla; y la disposición del lugar, que presentaba grandes obstáculos para el ataque, manifestaba con claridad que, aun cuando las armas mexicanas tuviesen el triunfo, no sería sin una perdida de consideración

Luego que la caballería llegó a la Encantada, desde donde avistó al enemigo, comenzó a batirse en tiradores. Inmediatamente envió orden el general en gefe para que la infantería apresurara su marcha, caminando a paso veloz. Así se verificó: a pesar del cansancio de la tropa, se siguió adelante hasta llegar a la Angostura, con lo que se completó una jornada de 12 leguas. La fatiga mató a varios soldados, que quedaron tendidos en el camino. Luego que llegó la infantería, la brigada del general Mejia se situó a la izquierda de éste entre unos sembrados, sostenida por un cuerpo de caballería. EI resto la infantería se colocó a la derecha, formando en dos líneas con sus competentes reservas y baterías. Las brigadas de caballería quedaron a la retaguardia.

Respecto de los cuerpos ligeros, el general en gefe dispuso que Ampudia, que los mandaba, fuera a apoderarse de un cerro que había quedado abandonado a nuestra derecha, y que importaba demasiado ocupar para el éxito de la batalla. Los cuerpos ligeros se dirigieron a esa posición; pero el general Taylor conoció entonces la falta que había cometido, y para remediarla envió por su parte una fuerza respetable, esperando que llegara primero que la nuestra. Las dos divisiones se acercaron una a otra: conociendo que la ocupación del cerro no era ya empresa fácil, y que no debía quedar sino en poder del vencedor, rompieron sus fuegos, trabando un reñido combate. Además de la oposición del enemigo, aquella eminencia presentaba por si misma obstáculos de consideración: el ascenso era casi perpendicular, de suerte que aun para subir el parque había penosas dlflcultades, siendo necesario valerse de mil arbitrios para superarlas.

El combate continúa con encarnizamiento: la noche cierra completamente, y está aun indeciso el resultado. Los cuerpos ligeros se baten con denuedo: el resto del ejército, simple espectador de la acción, sigue ansioso con la vista la dirección de los fuegos, luchando entre la duda y la esperanza. "Luego que oscureció”, dice la relación citada anteriormente "el espectáculo era magnífico. Se veía flotar realmente en los cielos una nube de fuego, que o se elevaba o se abatía, según los enemigos ganaban o perdían terreno". Por ultimo, los americanos ceden; sus soldados se retiran; los nuestros coronan el cerro  tenazmente defendido como intrépidamente ganado.

El resto de la noche se pasó al vivac y enfrente del enemigo. Estuvo lloviendo: el frío era crudísimo: se había prohibido hacer lumbradas, por lo que no se veía ninguna luz en el campamento. La mayor parte del ejército esperaba el combate indiferente y tranquilo,. como si la muerte no girara sonriendo sobre sus cabezas, mientras algunos oficiales velaban, agobiados de los pensamientos que siempre dominan la víspera de una gran batalla.

Amaneció el 23: la aurora de aquel día de grandioso recuerdo, fue saludada con las marciales dianas de los cuerpos: el general Santa-Anna estaba ya a esa hora a caballo dando sus disposiciones. El fuego de cañón comenzó: las tropas ocuparon sus puestos: la brigada del general Mejia pasó de la izquierda a la derecha del camino. La batalla se generalizó  poco después, y como no hubo tiempo para repartir el rancho, los soldados pelearon todo el día sin tomar alimento.

El combate comenzó por el cerro ganado la víspera, y que de nuevo disputaron los contrarios sin fruto a los cuerpos ligeros. Entre siete y ocho de la mañana ordenó el general en gefe que se diese una carga sobre el enemigo. Entonces avanzaron todas las tropas, moviéndose en batalla paralelamente: por el camino iba una columna a las órdenes del general Blanco (D. Santiago) compuesta de los batallones de zapadores, misto de Tampico y Fijo de México, llevando al regimiento de húsares a la izquierda. A la derecha de esta columna marchaba la división del general Lombardini, que formaba el centro de nuestra línea, y a su lado la del general Pacheco. Un poco atrás, y siempre a la derecha como sirviendo de reserva, seguía la del general Ortega; y el general Ampudia con los cuerpos ligeros, reforzados con el 4º de línea, seguía batiendo a las fuerzas americanas que había al pie del cerro.

La línea enemiga era oblicua, de suerte que, aunque nuestro ejército marchaba paralelamente como se ha dicho, la columna del camino empezó a recibir un mortífero fuego de cañón, mientras que las otras divisiones estaban aun lejos del enemigo. Sin embargo, aquella no se desconcertó: los soldados seguían impávidos para adelante, cerrando los claros que las balas abrían en sus filas, con la arma al brazo, y esperando llegar a la bayoneta para vengar la muerte de sus compañeros, impunemente sacrificados; pero el general Santa-Anna,. observando Ios estragos que sufría, dispuso que se detuviera, abrigándose tras de una colina que podía defenderla del fuego de los americanos.

Entretanto, las divisiones de Lombardini y Pacheco habían roto los suyos, que fueron al punto contestados. Cuando se empeñó el combate, recibió una herida honrosa el general Lombardini, que tuvo que retirarse del combate, recayendo el mando de su división en el general Pérez. La tropa del general Pacheco, casi toda bisoña, vacila y no tarda en desbandarse, acosada por el fuego certero que recibía de frente, y más aun por el de flanco, que la desordena completamente. La dispersión es general: en vano Pacheco, con un valor digno de elogio, procura contener a sus soldados, que no se detienen hasta que llegan a las últimas filas. El enemigo, por su parte quiere aprovecharse de la ventaja que ha obtenido para alcanzar el triunfo: avanza intrépidamente; pero la división del general Pérez, con serenidad y firmeza, hace un cambio de frente sobre la derecha, y lo obliga a retroceder. Aquel diestro movimiento es favorecido por una batería de a 8 que mandaba el capitán Ballarta, y que Santa-Anna puso a las inmediatas órdenes del sereno general Micheltorena. El fuego de las piezas que la componen, ocasiona a los contrarios pérdidas de consideración: todos los tiros se aprovechan por la corta distancia a que combaten unos de otros, siendo de una loma a la inmediata: los americanos, que han soñado un momento con la victoria, se retiran destrozados, quedando el campo cubierto con los cadáveres confundidos de los valientes que por ambas partes han caído en esta sangrienta lucha.

Grande había sido en efecto el arrojo con que unos y otros habían peleado: ya trepan nuestras soldados a la loma, cargando a la bayoneta; ya descienden a la barranca, revueltos con los enemigos: ahora suben de nuevo sin dejar de combatir; luego vuelven a precipitarse de arriba a abajo, como una avalancha; y así pierden o ganan terreno, y así perecen los mas distinguidos, así, por fin, quedan dueños del terreno ganado a costa de esfuerzos heroicos.

EI triunfo hubiera sido completo desde aquel instante, si la caballería hubiese estado a la mano, para arrojarse sobre los restos desorganizados de las fuerzas vencidas: por desgracia, estaba algo distante, y cuando llegó, ya las encontró rehaciéndose. Sin embargo, carga con denuedo, dirigida por el valiente general Juvera: todos cumplen con su deber: el general D. Ángel Guzmán, coronel del regimiento de Morelia, se distingue de una manera especial, rechazando al enemigo hasta la hacienda de Buena- Vista. Parte de la caballería siguió tan lejos en su persecución, que para volver a nuestro campo, tuvo que tomar por la retaguardia de las tropas de Taylor, viniendo a salir por la izquierda de la posición.

En la primera carga, que acabamos de referir, habían vencido las mexicanas; pero las ventajas que el terreno presentaba a los enemigos, exigían esfuerzos continuados y no una victoria, sino muchas. Replegadas sus tropas de una loma se reorganizaban en la siguiente: era necesario irIas tomando una por una, a costa de la sangre de la parte más escogida del ejército.

Para dar la segunda carga, antes que se disipe el entusiasmo del triunfo, se forma una nueva línea de batalla, a la que entran todas las tropas de reserva, incorporándose con las que se habían batido. La columna que hemos dejado en el caminó, defendida por una colina, viene ahora a formar la reserva de esa nueva linea. Nuestra tropa avanza ordenadamente; la batería del general Micheltorena, única que jugaba por nuestra parte, destroza a los contrarios: se llega a la bayoneta batiéndose los soldados cuerpo a cuerpo: por segunda vez  nuestros valientes vencen: los americanos se replegan a la loma inmediata, dejándonos por trofeo uno de sus cañones y tres banderas.

En estos momentos se presentan al general en gefe unos parlamentarios, intimando rendición. Santa-Anna les contesta con dignidad, negándose a acceder a tan original pretensión. Hubiéramos pasado este hecho en silencio, como insignificante, si no fuera porque el envío de los referidos parlamentarios provino de la inteligencia en que estaba el general Taylor de que Santa-Anna Ie había enviado otro previamente, y así asegura en su parte oficial. En aclaración de los hechos, vamos a esplicar en lo que consistió esta equivocación.

Al dar nuestras tropas la segunda carga, el teniente de plana mayor D. José Maria Montoya, que iba en las primeras filas quedó confundido entre los americanos. Viéndose solo, y no queriendo ser muerto ni hecho prisionero, se valió de la estratagema de fingirse parlamentario, por lo que fue llevado a presencia del general Taylor. Este lo hizo volver a nuestro campo, en compañía de dos oficiales de su ejército para que se entendieran con el general Santa-Ana; pero Montoya, que tenia sus razones para no presentársele, se separó de los comisionados, los que cumplieron con su encargo.

Despues del segundo combate, que seria entre las diez y las once del día, cayó una ligera llovizna: los soldados toman algún respiro, y a las doce vuelven a marchar de nuevo sobre las posiciones del enemigo. Habían vuelto ya a entrar entonces en batalla los zapadores y demás cuerpos, que estuvieron de reserva. El general Taylor, creyendo débil nuestra izquierda, hace avanzar algunas fuerzas en aquella dirección, las que hallan una resistencia invencible. La brigada de Torrejon carga sobre ellas, y pierde a sus mejores oficiales y soldados. La acción se generaliza: nuestra línea avanza: los cuerpos ligeros que en el curso de la batalla habían hecho retroceder a las tropas que encontraron al paso, estaban ya en el extremo de la loma misma en que se batían los enemigos. De nuevo se empeña la refriega: por ambos lados se multiplican los muertos y heridos: unos atacan bizarramente; otros se defienden con gallardía; ninguno cede: el combate se prolonga por horas enteras y solo al cabo de inauditos esfuerzos, es cuando se logra arrollar al enemigo hasta su última posición. Otras dos piezas y una fragua de campaña, cayeron en nuestro poder.

En aquellos instantes se suelta un fuerte aguacero: las tropas, muertas de cansancio, se detienen: el general Taylor, que ha 'tenido que retroceder de loma en loma, perdiéndolas todas después de una obstinada resistencia, se prepara a hacer el último esfuerzo antes de ceder enteramente la palma de la victoria pero la batalla ha cesado: la carga que se acababa de dar, fue el postrer empuje de nuestras fuerzas. EI enemigo no se cree derrotado, porque si bien ha perdido todas sus posiciones menos una, le basta conservar estar en actitud hostil para pretender la gloria del vencimiento. Por nuestra parte, se proclama el ejército vencedor: alega por títulos los trofeos adquiridos, las posiciones tomadas, las divisiones enemigas vencidas. La verdad es que nuestras armas derrotaron a los americanos en todos los encuentros, sin que el éxito de la batalla nos fuera favorable: hubo tres triunfos parciales, pero no una victoria completa.”

El general Wool comunica lo sucedido en la batalla. “Después que el fuego cesó, el Mayor General en comando regreso nuevamente a Saltillo para ver los asuntos en ese lugar y protegerlo contra la caballería del general Miñón (...) Las tropas permanecieron sobre las armas durante la noche en las mismas posiciones que ocupaban al cerrarse el día. Alrededor de las 2 de la mañana del día 23, nuestros vigías fueron rodeados por los mexicanos y a la alborada, la acción fue renovada por la infantería ligera mexicana sobre nuestros rifleros situados a un lado de la montaña (... ) una fuerte columna de la infantería y caballería enemigas junto con la batería localizada en el costado de la montaña, se movilizó sobre nuestra izquierda (...) la infantería norteamericana, en lugar de avanzar; se retiró en desorden y, a pesar de los esfuerzos de su general y oficiales, dejó a la artillería sin apoyo, al abandonar el campo de batalla (... ) lamento profundamente decir que la mayor parte de esta fuerza no regresó al campo de batalla y muchos continuaron su estampida rumbo a Saltillo. El enemigo de inmediato puso a la delantera una batería sobre nuestra línea de fuego iniciando un certero fuego sobre nuestro centro y continuó su avance perpendicular a nuestro costado izquierdo para cruzar el arroyo seco con objeto de tomar nuestra retaguardia. Un gran cuerpo de lanceros formó una columna en la garganta de la montaña, la cual se adelantó a la infantería para descender sobre la Hacienda de Buena Vista cerca de la cual habían sido estacionados nuestros trenes de reservas y equipaje (...) La columna que había pasado nuestra línea izquierda y había avanzado cerca de 2 millas de nuestra retaguardia, fue detenida y empezó a replegarse (...) muchos fueron forzados a escapar por las montañas y el resto fue dispersado (...) Este fue el último gran esfuerzo del general Santa Anna. Sin embargo, el fuego entre la artillería enemiga y la nuestra continuó hasta en la noche.”

Por su parte, Santa Anna y sus generales informan: “No se puede negar que los norteamericanos combatieron brillantemente ni que su general maniobró con habilidad; pero, a pesar de sus esfuerzos, tenían perdida la batalla desde el momento en que nuestras tropas desbordaron la izquierda de sus líneas. Sin las faltas cometidas por nuestros generales, con la carencia de la dirección que se nota desde aquel momento crítico, la posición del ejército norteamericano era insostenible. Así, sin duda, la juzgó el general Taylor comenzando a preparar su retirada por el camino de Saltillo (...) si aquella retirada se hubiera verificado, enorgullecidas nuestras tropas habían cargado con mayor brío (...) por desgracia nada de esto sucedió. La columna de carros que inicio la retirada sin duda tuvo noticias de la presencia del general Juan José Miñón. No pudieron seguir adelante ni esperar tropas que la protegieran [...] no tuvo más remedio que retroceder y formar un reducto con los carros en la Hacienda de Buena Vista para aumentar la resistencia. La polvareda y el gran movimiento de aquella columna de carros que llegaban al trote, por el camino de Saltillo, hizo creer al principio que los americanos recibían refuerzos [...] el general Taylor estaba, pues, sin retirada, encerrado en una garganta cuyas salidas ocupaba el ejército mexicano. Pero el enemigo tenía víveres, mientras nosotros no contábamos siquiera con una ración por plaza. Ni aun los oficiales tenían con qué alimentarse. Por consiguiente no había esperanza de obligar a Taylor a rendirse por hambre. Era indispensable destruirlo con las armas. Así pues, la combinación de colocar la columna de caballería del general Miñón a retaguardia del enemigo, salió contraproducente. La máxima de al enemigo que huye, puente de plata, hubiera sido conveniente observarla esta vez.”

El ejército mexicano declarará la “victoria” y se retirará de regreso hacia San Luís Potosí, en cuya penosa marcha perecerán otros miles. Esta retirada será muy importante porque causará mucho desaliento entre las tropas nacionales.

Más de 3,400 hombres de Santa Anna resultarán muertos o heridos, mientras que Taylor sólo perderá 650. Otras cifras que se citan son: 594 muertos y 1,039 heridos mexicanos; 267 muertos y 456 heridos estadounidenses. Lo cierto es que regresará menos de la mitad de los hombres que salieron de San Luis. Esta trágica campaña de Santa Anna resultará quizás la más costosa en vidas de nuestra historia militar. Aunque las tropas norteamericanas detendrán su avance en el norte, otras invadirán al país por Veracruz y marcharán hasta apoderarse de la capital mexicana.

Roa Bárcena, (Recuerdos de la Invasión Norteamericana) refiere que: “En cuanto á Santa-Anna, los enemigos de su gobierno le preguntaban en aquellos días por que fue á atacar á Taylor sin los elementos necesarios para vencerle; por qué avanzó hasta las posiciones del enemigo cuando carecía aun de los víveres necesarios para sitiarle en ellas durante dos ó tres días. La respuesta de entonces es la de ahora y será la de siempre: Santa-Anna se hallaba en la terrible disyuntiva de llevar desde luego al combate á un ejército que no contaba con otros elementos que sus armas y decisión, ó verle desaparecer por efecto de la pobreza y de la deserción si le hacia aguardar mejores circunstancias para batirse.”

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.