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2014

 


Termina la guerra entre México y los Estados Unidos: son firmados los Tratados de Guadalupe Hidalgo.

Febrero 2 de 1848

 

El tratado que hoy se firma, tiene el nombre oficial de “Tratado de Paz, Amistad, Límites y Arreglo Definitivo entre la República Mexicana y los Estados Unidos de América”, con lo que termina la guerra iniciada desde 1846 por el presidente de Estados Unidos James Knox Polk.

Durante el breve tiempo que duró la guerra hubo siete presidentes, uno de ellos, Paredes, fue encarcelado; seis generales dirigieron la guerra contra el invasor; se cambiaron la Constitución y la forma de gobierno; estallaron varias insurrecciones; y sólo 7 de los 19 estados que integran la federación contribuyeron con soldados, armamento y dinero a la guerra contra los Estados Unidos.

Al momento de la firma del tratado, las tropas norteamericanas ya han tomado con las armas el territorio cuyo despojo se “legaliza” hoy y ocupan la capital, las principales ciudades y los puertos más importantes del país, en tanto que el ejército mexicano apenas si llega a ocho mil efectivos disgregados en varios estados, mal armados y peor pertrechados.

En medio de esta anarquía el gobierno federal está ubicado en Querétaro. Santa Anna, presidente durante la invasión norteamericana, después de sus grandes y extrañas derrotas, ha renunciado y el presidente de la Suprema Corte, Manuel de la Peña y Peña, ha asumido el cargo como interino para negociar el arreglo de paz a través del ministro de Relaciones Interiores y Exteriores Luís de la Rosa. El presidente interino ha logrado reorganizar el gobierno e impedido que Nicholas Trist, negociador norteamericano, se retirara a Washington, (en donde el expansionismo norteamericano clamaba por la absorción de todo México) y después demandara más territorio ante el desorden generalizado prevaleciente en México. Se procede a las negociaciones de paz, a pesar de la resistencia de liberales como Valentín Gómez Farías, Ponciano Arriaga y Crescencio Rejón, que desean continuar la guerra.

Bajo la mirada del ejército invasor, se negoció la paz a pesar de que la voluntad de una de las partes no era libre, sino objeto de la violencia militar, porque nadie pudo hablar del derecho de Estados Unidos a un milímetro de territorio mexicano. Fue un acto semejante al de quien firma un documento secuestrado en su propia casa y sin ninguna esperanza de auxilio que cambiara su situación. Urgía al gobierno norteamericano dar un marco de legalidad a sus propósitos expansionistas para tratar de ocultar ante los ojos del mundo lo evidente: que esta guerra ha sido cínicamente una guerra de conquista.

Los delegados mexicanos también pidieron que la esclavitud fuera abolida en los territorios que se despojaban a nuestro país, dado que la guerra había sido por tierras y de muchos modos por esclavos negros. El debate fue inútil porque en la guerra contra México los caballeros sureños esclavistas estuvieron representados por los voluntarios al mando de Putnam, Davis, Yell, Price y Pillow, grandes terratenientes.

El tratado fue firmado en la sacristía de la Basílica de Guadalupe, “La Villa”, en la actual delegación “Gustavo A. Madero” del Distrito Federal y fue suscrito por los políticos conservadores Bernardo Couto, Miguel Atristán y Luís G. Cuevas, representantes de México y por parte de Estados Unidos, Nicholas P. Trist. Por ellos, México pierde más de 2 millones y medio de km2 de su territorio: Texas, la parte de Tamaulipas ubicada entre los ríos Nueces y Bravo; Nuevo México y la Alta California (hoy California, Nevada, Utah, Arizona y parte de Wyoming, de Colorado y de Kansas); se esfuma así el sueño mexicano de alcanzar la grandeza que había tenido Nueva España en el siglo XVIII.

Como resultado de esta guerra de despojo, México, en ese entonces con 4,665,000 kilómetros cuadrados, verá reducido su territorio, tras la venta de La Mesilla unos años después, también a Estados Unidos, a únicamente 1,964,375 km2.

Se otorga una indemnización de quince millones de pesos pagaderos así: tres millones a la ratificación del tratado y el resto en pagos anuales de tres millones. Señala Howard Zinn (La otra historia de los Estados Unidos) que el pago efectuado por los territorios arrebatados, permitió al periódico Whig Intelligence publicar para las "buenas conciencias" norteamericanas: "No tomamos nada por conquista... gracias a Dios".

Por fortuna para los invasores, en enero de 1848, mientras todavía se discutían las condiciones de rendición de México, James W. Marshall descubrió oro en el molino de la granja Nueva Helvecia del suizo Johann August Suter, cercana a San Francisco, California, de modo que los 75 millones que invirtieron los Estados Unidos en esta guerra, producirán de inmediato ganancias incalculables.

En Estados Unidos triunfó la posición del despojo parcial y fue derrotada la que pretendía la anexión completa de México. Pero como señala Juan José Mateos Santillán (Los Derechos Históricos de México sobre el territorio de los Estados Unidos) no fue por altruismo que se respetó la existencia de México, sino por los obstáculos y las dificultades insalvables que se hubieran tenido que afrontar, entre los más importantes: por la religión católica de la mayoría de los mexicanos cuya sede en Europa podría provocar conflictos internacionales en el caso de que se viera afectada; por el racismo que rechazaba la ineludible mezcla a largo plazo con mestizos e indígenas; por lo dilatado del territorio a ocupar que dificultaría su gobierno y requeriría de enorme inversión para explotar sus recursos; por el idioma español y las lenguas indígenas que serían un obstáculo permanente a la integración cultural; por los valores democráticos norteamericanos que tendrían que extenderse a los mexicanos, a menos que se aplicaran prácticas abiertamente discriminatorias a los mestizos y hasta genocidas a los indígenas; y por la falta de legitimidad con que se ejercería el poder político, que implicaría mantener el control militar directo sobre un vasto territorio para contener el nacionalismo mexicano y las ambiciones colonialistas de potencias europeas, como Francia e Inglaterra.

El cese de hostilidades es provisional y hasta la ratificación del tratado. Se dejarán de bloquear los puertos mexicanos y entregarán las aduanas. Los habitantes mexicanos de la parte perdida podrán conservar sus derechos políticos durante un año y su religión (esto no será cumplido). Estados Unidos impedirá los ataques de los indios (tampoco será cumplido).

Después de la firma del tratado, Trist confesará a su familia la vergüenza que lo había invadido “en todas las conferencias (ante) la iniquidad de la guerra, como un abuso de poder de nuestra parte”. Y es que México sufrió la agresión norteamericana con pérdidas enormes e incomparables, como no las tendrá en el futuro ningún país de América y del mundo que se haya enfrentado a los Estados Unidos.

El tratado es la culminación de un complejo conjunto de factores que van desde el expansionismo norteamericano, la inestabilidad provocada por las pugnas entre militares exrealistas, clero, terratenientes y liberales, y la ausencia de una identidad nacional y un liderazgo fuerte capaz de movilizar la resistencia popular como años después sucederá ante la invasión francesa, hasta el centralismo de los conservadores que ocasionó que grandes extensiones de tierra no pudieran ser controladas ni pobladas; además de una administración pública permanentemente en bancarrota por las continuas asonadas y por su ineficiencia en el manejo de los recursos, que expoliaba a la población con impuestos excesivos y los aplicaba a gastos suntuarios.

Muchas reacciones provocará el tratado, habrá intentos de rebelión y algunos pronunciamientos en contra. Los federalistas puros o radicales deseaban continuar la guerra hasta perecer, pues consideraban que de cualquier modo México desaparecería y sólo aceptaban negociar si los invasores se retiraban del país y desbloqueaban sus puertos. Los moderados estaban dispuestos a negociar y a ceder territorio para que México sobreviviera. Aunque en un principio el Congreso de la Unión se opondrá, finalmente se aprobará el tratado en la Cámara de Diputados por 48 votos y 37 en contra; y en la de Senadores por 33 votos contra 4.

La guerra y la derrota fueron una terrible desilusión para los liberales mexicanos que habían considerado a los Estados Unidos como ejemplo y guía por su sistema republicano, que según Teresa de Mier podría “conducirnos a la felicidad”. De quien les hacía el despojo de más de la mitad de su suelo patrio, sólo habían esperado amistad y ayuda por compartir su ideología. El sueño liberal del progreso basado en la convivencia pacífica y justa de una comunidad de repúblicas democráticas, fue borrado abruptamente por el rostro imperialista del país de las libertades. A la admiración antes profesada, se agregó la desconfianza con que muchos mexicanos miran desde entonces a los Estados Unidos.

Valentín Gómez Farías, en un mensaje escrito a sus hijos, sentenciará: “La venta infame de nuestros hermanos está ya consumada, Nuestro Gobierno, nuestros representantes, nos han cubierto de oprobio y de ignominia.”

Los miles de mexicanos que quedaron del otro lado de la nueva frontera, vivirán en adelante como una minoría marginada social y culturalmente bajo el dominio autoritario y discriminatorio de la mayoría blanca, protestante y racista. Serán objeto de hostilidad, vejaciones, abusos y despojos de sus bienes sin posibilidad real de defensa.

En mayo siguiente, los gobiernos canjearán ratificaciones en Querétaro y se iniciará la desocupación del país por las tropas norteamericanas.

Señala Brian Hamnett (Historia de México): “El resultado territorial de la guerra ha oscurecido el hecho de su larga duración teniendo en cuenta la debilidad mexicana. Las tres fuerzas de invasión estadounidenses experimentaron considerables bajas, más que las ocasionadas por el ejército francés durante la guerra de intervención de 1862-1867. Una vez más, esto no se reconoce generalmente en la literatura histórica. Los Estados Unidos pusieron en el campo 104.556 hombres entre regulares y voluntarios, pero 13.768 murieron en la que acabaría conociéndose como la ‘guerra mexicana’. Representa la más alta tasa de mortandad de las guerras combatidas por los Estados Unidos en su historia hasta el momento actual. Como cabe esperar, la guerra produjo un impacto considerable en los Estados Unidos, sobre todo porque el Partido Republicano y una de sus figuras en ascenso, Abraham Lincoln, se opusieron a ella con ahínco, basándose fundamentalmente en que solo iba en interés del sur. Estos factores podrían muy bien contribuir a explicar por qué no se tomó más territorio mexicano en el tratado de 1848 y por qué, pese a los designios estratégicos estadounidenses y los intereses materiales del sur, no se intentó ocupar y anexar el Istmo de Tehuantepec de un modo comparable a la ocupación de la zona del Canal de Panamá en 1903”.

El saldo de la guerra a favor de los Estados Unidos fue enorme: surgió como una potencia continental al apoderarse de un vasto y fértil territorio, rico en oro y petróleo; probó la eficacia de disponer de un ejército profesional y bien armado, capaz de ganar guerras en el extranjero mediante nuevas estrategias y tácticas como las operaciones combinadas mar-tierra, que utilizará exitosamente en sus siguientes guerras de expansión; y avanzó así su política expansionista de “destino manifiesto” al extenderse hasta el Pacífico y que lo llevará a comprar Alaska y apoderarse de Hawaii y de Filipinas unas décadas más tarde en guerra contra España. Como ya lo había vaticinado el Conde de Aranda, cuando los Estados Unidos se independizaron de Inglaterra: “Esta nación ha nacido pigmea; tiempo vendrá en que llegará a ser gigante y aun coloso muy temible en aquellas vastas regiones.”

Para algunos pensadores norteamericanos de ese entonces, entre quienes destaca William Jay, el costo que pagaron los estadounidenses, además de unos 130 millones de dólares y de pocos miles de soldados, fue la gran concentración de poder en el ejecutivo y su ejercicio arbitrario, inconstitucional y antidemocrático. "De aquí en adelante será parte de nuestra teoría de gobierno, que durante una guerra el Presidente de los Estados Unidos queda relevado de toda restricción constitucional cuando actúe fuera de los límites del país, y que está completamente sustraído al dominio del Congreso. El inmenso poder y autoridad que se confieren así al Presidente cuando se presenta un estado de guerra, puede resultar en lo futuro un aliciente irresistible para que ese funcionario hunda al país en la guerra y posponga el retorno de la paz".

Otro costo pagado por los norteamericanos fue su degradación moral. Se ganó una guerra inmoral que hasta el propio general Ulyses Grant calificó como “una de las más injustas entre una nación poderosa contra una más débil”, y mediante una muy efectiva propaganda, se hizo creer al pueblo que se había realizado una gran hazaña, digna de gloria y honor. Escribió Jay: "Se nos ha enseñado a repicar las campanas, a iluminar los balcones y echar cohetes en señal de júbilo al enteramos de la gran ruina y devastación, la desdicha y la muerte que han sembrado nuestras tropas en un país que jamás nos ofendió, que nunca disparó un balazo en el suelo nuestro y que estaba completamente incapacitado para defenderse de nosotros... Es seguro que entre las más tremendas responsabilidades que pesan sobre los autores y partidarios de la guerra mexicana, se incluirá la corrupción de la opinión pública y la depravación moral que ellos originaron en el país.

A partir de este inicuo triunfo, los Estados Unidos se convertirán en la mayor nación militarista de la historia y combatirán muchas guerras tan injustas e inmorales como la llamada mexicana, iniciadas por su presidente y toleradas por la mayoría de sus ciudadanos.

Además, al fortalecer la victoria sobre México a los estados sureños esclavistas, se preparó el estallido de la Guerra de Secesión. Así lo vislumbró también Jay: "Cuando reflexionamos sobre la vasta extensión que han dado a nuestro imperio las conquistas recientes; el carácter peculiar de la gente que hemos conquistado y que va a ser investida con los privilegios de la ciudadanía americana; los odios regionales engendrados ya por la disputa referente a la extensión de la esclavitud sobre esos territorios; la diversidad de los intereses que existirán entre los Estados del Atlántico y los del Pacífico, y la lucha perpetua por el predominio que deberá entablarse entre un poderoso artesanado que depende de su propia industria y una aristocracia terrateniente apoyada por algunos millones de esclavos, seguramente se justificará nuestro temor de que sobrevengan muchos motivos de irritación, disensiones civiles y finalmente el desmembramiento de la Unión".

Para los historiadores mexicanos de la época (Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos): “la causa real y efectiva de la guerra que nos ha afligido ha sido el espíritu de engrandecimiento de los Estados Unidos del Norte, que se han valido de su poder para dominarnos. La historia imparcial calificará algún día para siempre la conducta observada por esa república contra todas las leyes divinas y humanas, en un siglo que se llama de las luces, y que no es sin embargo sino lo que los anteriores, el de LA FUERZA Y LA VIOLENCIA.”

El presidente norteamericano Polk, iniciador de la guerra, concluirá su periodo el 4 de marzo de 1849. Dejará la Casa Blanca con su salud y prestigio muy mermados, acusado por los radicales de ser un instrumento de los esclavistas y por los sureños conservadores de servir a los radicales; delgado y ojeroso, creyendo estar enfermo de cólera, morirá a los 53 años en su casa de Nashville, Tennessee, el 15 de junio de 1849.

 


Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.