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Autora: Doralicia Carmona Dávila.

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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El Grupo Carso de Carlos Slim toma el control de TELMEX

Diciembre 9 de 1990  

 

Con el argumento de que la red pública de telefonía requiere expandirse, modernizarse, mejorar la calidad de servicios y hacer grandes inversiones, el gobierno mexicano deja de ser accionista mayoritario. Antes de ser vendida Teléfonos de México, había tenido –entre enero y septiembre de 1990- utilidades por más de dos billones de pesos. El Grupo Carso, dirigido por Carlos Slim Helú, toma el control de Telmex al hacerse del 71% de las acciones de la empresa (25% queda en manos del Estado y el 4% restante de las acciones, es comprado por el Sindicato de Telefonistas) por mil 757.6 millones de dólares. Su finiquito empezará el 20 de diciembre siguiente. Dos días después se hará público que el Grupo Carso, al ganar la licitación, es el nuevo dueño de Telmex.

Desde hacía una semana circulaba información extraoficial en el sentido que desde el 10 de agosto anterior, el secretario de Comunicaciones y Transportes, Andrés Caso Lombardo; el secretario de Hacienda, Pedro Aspe Armella, y el director general, Alfredo Baranda García, habían ampliado a Teléfonos de México la concesión por 50 años y que sería prorrogable por quince más, y luego por tiempo indefinido, si la empresa se expandía y aumentaba la productividad.

Luego se supo que desde el 15 de noviembre pasado habían hecho sus propuestas la empresa francesa France Telecom, la estadounidense South Western Bell International Holding Co. y el Grupo Carso, que fue el que finalmente adquirió el paquete accionario de Telmex en condiciones muy ventajosas por las elevadas utilidades, por el valor de la infraestructura y porque se le dio el monopolio absoluto durante seis años; además, se le permitió modificar las tarifas para lograr “una expansión eficiente”. El paquete adquirido incluyó Telmex y Telnor (Teléfonos de Noroeste, operador telefónico del noroeste de México), la única concesión de telefonía celular de alcance nacional, la Red Federal de Microondas y bandas de frecuencias. Con excepción de servicios de televisión y radiodifusión, Slim podrá ofrecer todo tipo de servicios de telecomunicaciones. A su vez, a Emilio Azcárraga Milmo, a cambio de respetar su monopolio televisivo, se le prohibió adquirir Telmex.

Eliminados los subsidios también, a partir del siguiente año la empresa telefónica iniciará ajustes mensuales –especialmente a los servicios comerciales y de larga distancia-; los servicios de infraestructura y aparatos, serán sujetados al libre mercado.

Ramón A. Sallard y Salvador Corro (Proceso, No. 736), en su momento refirieron que según la concesión, “queda prohibido, a Telmex, recurrir a la intervención extranjera. ‘Se compromete a no pedir ni aceptar para todo lo relativo a la operación y explotación de los servicios que en este título se consignan, la intervención diplomática de algún país extranjero, ni la de cualquier organismo público o privado de carácter internacional, bajo la pena de perder, en beneficio de la Nación Mexicana, todos los bienes y derechos que hubiese adquirido para construir, establecer y explotar la vía de comunicación y los servicios concesionados…’; que Telmex ‘en ningún caso podrá aplicar prácticas monopólicas que impidan una competencia equitativa con otras empresas en las actividades que desarrolle directa o indirectamente a través de sus filiales’…” En adelante, Telmex segmentará servicios y buscará que “el usuario pague, además del costo del servicio, la inversión futura. En la nueva concesión se plantea que las tarifas del servicio local suban 127 %. Y para 1994, año en que ya debe haber precios reales, la renta básica se haya incrementado en 95 %y el servicio de tiempo medido en 328 %”.

Años después, A. Roller Noll, economista de la Universidad de Stanford que asesoró a México en la venta de Telmex en 1990, declarará (La Jornada, 24 de mayo de 2005) que no fue aceptada su “propuesta de privatizar por separado los servicios de telefonía local y de larga distancia, después de instituir una entidad reguladora independiente…”; que ‘‘la forma de generar la mayor cantidad de dinero (para el Estado) es privatizar el monopolio con un mínimo de regulaciones. Si el objetivo es mejorar el desempeño (de la industria), primero se establece una entidad reguladora, luego los competidores, y después se privatiza la competencia”. Noll dirá además, que “México enfrentó el consejo contradictorio del Banco Mundial que recomendó vender Telmex como un monopolio… ‘En el momento en que la privatización se efectuó en México, en el Banco Mundial dijeron que era una industria muy frágil y que no habría incentivos para la inversión. Fue un completo error’’.

Carlos Slim nació en la Ciudad de México el 28 de enero de 1940, quinto hijo del libanés Khalil Slim, inmigrante a los catorce años por la persecución a los cristianos maronitas, y próspero empresario en los ramos de la confección e inmobiliario. A instancias de su padre, el niño Carlos se inició en los negocios con su propia cuenta bancaria y comprando deuda del Estado, “descubrió el interés compuesto –y la base para una riqueza instantánea-.” (Kampfner John. Ricos.)

Hasta los años ochenta, Slim, ingeniero civil egresado de la UNAM y de un curso en Chile de la CEPAL, no fue un empresario poderoso. Sus comienzos fueron como agente de bolsa. Se cuenta que al contraer matrimonio, en lugar de comprar una casa, construyó un edificio de doce pisos, uno de los cuales ocupó la nueva familia (“preferían las rentas al lujo”). Así, a partir de 1976 comenzó a comprar -con una visión estratégica- empresas arruinadas por la crisis económica, como Galas de México, Tabacalera Mexicana y Seguros de México. En 1980 fundó el Grupo Carso (Carlos y Soumaya, su esposa) SA de CV. (http://www.carlosslim.com/biografia.html)

“Con veintitantos años el modelo de Slim no era otro que John Paul Getty y sus meditaciones, publicadas primero como una serie de ensayos en la revista Play Boy, titulados Cómo Ser Rico…El hundimiento del peso en 1982 jugó a su favor. Su mayor oportunidad llegó a finales de esa década y comienzos de los años noventa… con la caída del comunismo y la economía planificada, las privatizaciones permitían grandes beneficios a aquellos con perspicacia y contactos”. (Kampfner ya citado)

Al anunciar el presidente Miguel De la Madrid la desincorporación de las empresas públicas, Slim se unió a los más grandes empresarios para comprarlas mediante una sociedad llamada "Libre Empresa", promovida por Emilio Azcárraga Milmo -autodeclarado “soldado del PRI y del presidente”-, para organizar a los posibles compradores en apoyo al gobierno privatizador. “Libre Empresa” no trascendió y el siguiente gobierno, de Carlos Salinas de Gortari, optó por la licitación pública, pero amañada, a modo de que quien perdía un concurso ganaba el siguiente: Roberto Hernández perdió Telmex frente a Slim, pero a la ulterior licitación ganó Banamex. (López Obrador Andrés Manuel. La mafia que se adueñó de México). Se inició así el vuelco histórico hacia el neoliberalismo, opuesto a lo que había sido hasta entonces la ideología de los regímenes revolucionarios. Con el Consenso de Washington el neoliberalismo se consolidó, y en México y América Latina se pusieron a la venta las más lucrativas empresas de propiedad estatal, entre ellas Telmex.

En este contexto tiene lugar la venta al Grupo Carso. Para garantizar el buen éxito de la política de privatización del presidente Salinas, se otorgan a la telefónica importantes ventajas que aseguran su alta rentabilidad económica inmediata. Así, “Telmex se convirtió en la vaca lechera del resto de las actividades de Slim”. (Kampfner).

A partir de entonces, la fortuna de Slim crecerá aceleradamente, y será cuestionado periódicamente por el precio (1,757 millones de dólares) que pagó por Telmex, para algunos muy por debajo de su valor y por haber sido favorecido por el propio presidente Salinas, ya que obtuvo una financiación del gobierno federal por un monto de 426 millones de dólares, al 10.68 por ciento de interés y un plazo de seis meses. Asimismo, será impugnado por sus altas tarifas y por su condición de monopolio.

Al respecto, Francesc Relea en el libro Los amos de México, coordinado por Jorge Zepeda Patterson, cita un uniforme del Banco Mundial elaborado tras más de quince años de privatización en el que se lee: "Los costos son altos si se les compara con otros países... Telmex domina el mercado de larga distancia y el mercado celular y de telefonía local. Sus márgenes de utilidad netos son de más del doble que los de su rival más cercano. Asimismo, las tarifas telefónicas son altas en México si se les compara con América Latina, en especial en los precios locales para la telefonía comercial. Las tarifas comerciales de telefonía (incluyendo costos de instalación, cuotas mensuales y tarifas por minuto) son más de tres veces mayores en México que en Argentina y cuatro veces mayores que en Brasil."

Asimismo, Relea reproduce la información oficial con que Telmex responde a la acusación de monopolio:

“En el mercado A (grandes ingresos, grandes clientes) Telmex tiene el 48 por ciento del mercado.

En el mercado B (empresas pequeñas, barrios ricos como Lomas de Chapultepec, Polanco), 66 por ciento

En los mercados C, D, E Y F (sierra de Oaxaca, Chiapas, Guerrero), Telmex tiene el 100 por ciento del mercado. Esos mercados constituyen el 80 por ciento de las líneas”.

Y además, Relea cita las declaraciones de Eduardo Pérez Motta, presidente de la Comisión Federal de Competencia CFC, respecto a la actuación de Telmex: “Ha tratado de evitar la regulación y la aplicación de la ley, haciendo caso omiso a las acciones de la Comisión de Competencia... Ha hecho un uso muy intenso del poder Judicial. Recurren todas y cada una de las decisiones de la CFC. Tratan constantemente de evitar la participación de competidores. Muy pocas decisiones de la CFC en materia de investigaciones han significado algún tipo de sanción o castigo para Telmex. Incluso ante las últimas multas han logrado presentar los correspondientes recursos que han sido aceptados por el Poder Judicial".

En el futuro, Telmex será una las firmas de mayor valor de América Latina; influirá para bloquear o retrasar normatividades regulatorias o para eliminar la competencia; controlará el 94% de telefonía fijas, 78% de servicios celulares y 70% del mercado de banda ancha de Internet y expandirá sus servicios a centro y Sudamérica; sin embargo, México tendrá menos teléfonos por persona y las tarifas más altas que cualquier otro país de la OCDE.

El Grupo Carso con su agresiva estrategia de compra de empresas, controlará y operará gran cantidad de negocios tanto dentro del país, como en América Latina y aún en los Estados Unidos, en sectores estratégicos como el industrial, de construcción y en general de infraestructura, comercial y de consumo; pero sobre todo el de telecomunicaciones; ningún consumidor le será ajeno, hasta el más pobre le proporcionará ganancias.

En México, sus más de doscientas empresas llegarán a representar el 40% del valor de mercado en la Bolsa. Inbursa, Volaris, Sanborns, Sears, obviamente Telmex serán las más conocidas, pero su emporio comprenderá mineras, hoteles, una embotelladora, una cigarrera, constructoras, aseguradoras, financieras y un importante patrimonio inmobiliario.

A semejanza de Rockefeller y Carnegie, creará fundaciones filantrópicas para reducir la pobreza, regenerar la CDMX y regalar a los niños pobres gafas, computadoras y bicicletas; patrocinará equipos de futbol; y construirá el Museo Soumaya en el que abrirá al público, gratuitamente, sus colecciones de estatuas de Rodin (la mayor fuera de Francia) y de cuadros de Picaso, Da Vinci, Renoir, Dalí (la más grande en latinoamérica), entre sus obras más relevantes.

En agosto de 2007, según la revista "Fortune", Slim se convertirá en el primer hombre más rico del mundo nacido en un país pobre, con una fortuna calculada en 59 mil millones de dólares, amasada a partir de la compra de Telmex, empresa pública privatizada en un país en el que cerca de la mitad de sus habitantes vive por debajo de la línea de la pobreza y cuyo PIB per cápita es de sólo 7 mil dólares.

La riqueza de Slim es producto de las posiciones monopólicas que disfrutan sus compañías, en especial en el sector de las telecomunicaciones, y de un entorno de gran debilidad de las instituciones gubernamentales mexicanas incapaces de legislar, regular y sancionar tales prácticas empresariales, y que permite el uso de la política para adquirir riqueza y de la riqueza para ganar poder político, en un proceso sin fin que conduce a la concentración de todo tipo de poder en unas cuantas manos. Al respecto, Fortune cita un artículo que escribió Mary Anastasia O'Crady en The Wall Street Journal. "El dueño de Microsoft (Bill Gates) hizo su fortuna como un innovador que aportó valor añadido a las vidas de sus clientes. Slim se hizo rico a base de aprovecharse de un entorno favorable en el que disfrutó de privilegios para los monopolios, que le permitió acumular riqueza e influencia política".

Vance Packard (The Ultra Rich) escribió en 1989 respecto a las grandes fortunas norteamericanas: "El hecho de que la libre empresa permanezca como el método más exitoso de estimulación del crecimiento económico no significa que requiera un sistema de gratificación creado y sustentado en una creciente y grotesca acumulación de fortunas familiares. Las acumulaciones empiezan a tener una influencia negativa en la operación eficiente de nuestra economía. Tienen el potencial de ser peligrosas políticamente. En una sociedad democrática, se están convirtiendo en socialmente injustificadas".

Por su parte Kevin Phillps (Wealth and Democracy) concluye en el 2002: "Al inicio del siglo XXI, el desequilibrio entre la riqueza y la democracia en Estados Unidos es insostenible, al menos con las unidades de medida tradicionales. La teología del mercado y el liderazgo de los no electos han desplazado la política y las elecciones. O se renueva la democracia, trayendo de nuevo a la vida la política, o la riqueza va a cimentar un nuevo y menos democrático régimen - plutocracia con otro nombre".

Diego Enrique Osorno en su libro Slim. Biografía política del mexicano más rico del mundo, exhibe las relaciones simbióticas entre política y riqueza. Esboza la historia de un hombre cuya “habilidad matemática” y “visión empresarial” lo condujo a ser el más exitoso hombre de negocios del planeta; que al mismo tiempo “representa la moral neoliberal” que hoy se impone en todas partes; y cuya biografía registra “la desigualdad económica que prevalece en el mundo y en especial en México, donde la riqueza de los millonarios -Slim por delante- creció 32 por ciento entre 2007 y 2012, a pesar de que en el resto del mundo disminuyó 0.3 por ciento según el Global Wealth Report 2014.”

El inmenso enriquecimiento de Carlos Slim tiene lugar en un contexto político dominado por el dogma neoliberal de privatización, de desregulación, de un estado obligado a subastar sus activos más preciados; y en un ambiente monopólico u oligopólico, en el que las nuevas tecnologías -informática, robotización, mercadotecnia, comunicaciones, etc.- abren oportunidades inusitadas de ganancias sin límite para las megaempresas globalizadas, de las cuales surge una nueva y reducida casta de megarricos, que ni siquiera los grandes millonarios del siglo XX, como el norteamericano Jean Paul Getty, o el mexicano Carlos Trouyet, pudieron haber ambicionado o imaginado.

Es una etapa del capitalismo parecida a la que prevaleció durante la segunda mitad del siglo XIX, cuando también se diseminaron nuevas tecnologías -acero, ferrocarriles, electricidad, petróleo, telégrafos, teléfonos, etc., - que hicieron posible el surgimiento en Estados Unidos de los llamados “barones del dinero”, como Carnegie, Vanderbilt o Rockefeller, cuyos poderosos monopolios tuvieron que ser acotados por presidentes como Theodore Roosevelt o Woodrow Wilson.

Eduardo Porter escribió en el New York Times en 2007: “Como muchos barones ladrones, oligarcas rusos o ejecutivos de Enron, el señor Slim trae a la mente las palabras de Honoré de Balzac: ‘Detrás de cada gran fortuna hay un delito’. El pecado del señor Slim, si no técnicamente penal es, al igual que el de Rockefeller, el pecado del monopolista”.

“Lo que hace que Slim destaque no es cómo ha hecho su dinero -Carnegie y Gates, entre otros, también han tenido que enfrentarse a acusaciones de prácticas monopolistas-, ni tampoco cómo lo gasta -lo hace dentro de los parámetros habituales-, sino la cuestión de la geografía. No está establecido en los Estados Unidos -que sigue siendo con gran diferencia el país que proporciona el mayor número de milmillonarios-; ni tampoco encaja en la categoría de los jeques del Golfo, los oligarcas rusos o chinos, los chicos listos de Silicon Valley o los banqueros de Wall Street o la City de Londres. No proviene del mundo desarrollado, sino de la nueva generación de países en los que el dinero se está haciendo rápidamente. El economista de Goldman Sachs, Jim O'Neill, que acuñó el término «Bric» para los países de economía emergente (Brasil, Rusia, India y China), ahora ha bautizado a estos recién llegados como los «Mints» -México, Indonesia, Nigeria y Turquía”.(Kampfner ya citado).

“¿Acaso los ejemplos de Carlos Slim, del multimillonario del cemento en Nigeria, Aliko Dangote, o de Li Ka-Shing en Hong Kong no demuestran que cualquiera, en cualquier parte, puede unirse a las filas de los superricos? En teoría, sí, pero en la práctica el entorno local adquiere una importancia considerable. El premio Nobel Herbert Simon estimaba que el capital social es el responsable de, al menos, el 90 por ciento de lo que la gente gana en sociedades prósperas como la de Estados Unidos y el noroeste de Europa. Por ‘capital social’ entendía los recursos naturales, la infraestructura, la tecnología, el régimen legal y el buen gobierno. Esos son los cimientos con los que los ricos pueden empezar a hacer su trabajo”. (Kampfner ya citado).Para Warren Buffett: “La sociedad es responsable de un muy significativo porcentaje de lo que he ganado -destacaba-. Si me colocaran en medio de Bangladesh o Perú, podrían comprobar hasta qué punto este talento podría producir en el suelo equivocado”. (citado por Kampfner).

Escribe Osorno (ya citado) que Slim “ascendió por un elevador privado al club de Forbes durante los años que abrió su billetera al PRI”. En 1988 fue vocal de una comisión del Partido Revolucionario Institucional dedicada a recabar dinero entre los grandes empresarios, y en 1994 aportó recursos para la campaña de Ernesto Zedillo, quien ya siendo presidente, le pidió apoyo financiero para que Emilio Azcárraga Jean, permaneciera al frente de Televisa, otro monopolio de valor político estratégico. Amigo de expresidentes, concilió a Echeverría y a López Portillo, a quien incluso le otorgó una mensualidad para que pudiera dedicarse a escribir un libro (“Dinámica política de México”) que el expresidente deseaba hacer y que resultó un fracaso comercial.

Al ascenso del PAN, Slim no tuvo inconveniente en participar en el rescate del Centro Histórico de la ciudad de México del gobierno perredista de Andrés Manuel López Obrador, de cuya inversión obtuvo gran plusvalía inmobiliaria.

En plena actividad política electoral, en septiembre de 2005 Slim promovió el Acuerdo de Chapultepec (http://www.cetrade.org/documentos/nacionales/pdf/acuerdo_nacional_2005.pdf) que se negó a firmar López Obrador, entonces puntero en las elecciones de 2006. Fue más allá según los panistas: cuenta Osorno (ya citado) que durante el conflicto post -electoral, Slim simpatizó -nunca en público,- con el recuento que demandaba López Obrador y aun promovió anular las elecciones y nombrar como presidente interino a Juan Ramón de la Fuente.

Las actividades políticas de Slim también se han extendido al poder legislativo: los “Telcel-nadores” y las “Dish-putadas”. Y en el poder judicial sus abogados atienden con gran éxito las demandas de todo tipo, de modo que en general priva el interés de la empresa.

Durante el gobierno de Felipe Calderón, Patrick, hijo menor de Slim, con apoyo de Lorenzo Servitje (Bimbo), de algunos panistas y de la Unión Nacional Sinarquista, intentó en vano, registrar un partido político para luchar contra reformas (como la despenalización del aborto) que impulsaba el PRD.

Además, según Miguel Ángel Granados Chapa, Slim ha sido “el mecenas invisible de la prensa mexicana” y ha otorgado favores económicos hasta a sus críticos más radicales como Julio Scherer (para pagar rescate de su hijo) y Carlos Monsiváis (museo El Estanquillo). Esto ha provocado la partidización de la prensa en el conflicto Telmex-Televisa.

En el ámbito político internacional, son conocidas sus relaciones con el líder cubano Fidel Castro y la argentina Cristina Fernández de Kirchner. En las conferencias que organiza han participado lo mismo la norteamericana Hillary Clinton, que el español Felipe González.

Para Osorno (citado ya), Slim se ha forjado una imagen de empresario “políticamente correcto”, preocupado por el desempleo que provoca el progreso tecnológico y por la pobreza, que dice que sólo se puede combatir con la creación de empleos, principal responsabilidad social del empresario; sin embargo, se ocupa de atenuar algunas de las consecuencias de la pobreza mediante varias de sus fundaciones dedicadas más a la cultura que a la beneficencia. Naturalmente obligado a hacer política -dada la importancia de su fortuna- Slim se declara abierto y respetuoso de todas corrientes de pensamiento y rechaza que lo califiquen de izquierda o de derecha.

Concluye Osorno (ya citado): “¿Cuántos nuevos ultrarricos mexicanos surgirán de las reformas energéticas aprobadas que han puesto a la venta invaluables recursos naturales? ¿Por qué un pequeño grupo de empresarios bien relacionados con el poder en turno serían una vez más los principales favorecidos con el ‘Mexican moment’, que además no era tal, mirado a partir de los sucesos de los estudiantes de Ayotzinapa?, y ¿cuál es la responsabilidad moral ante un país herido de corrupción y muerte de quien ha amasado exitosamente una enorme fortuna?... El éxito de unos cuantos no debería ser a costa del fracaso de todo un país”.

A nivel global y desde una perspectiva de largo plazo de los más notables hombres más ricos de la historia, John Kampfner (ya citado) considera que “el instinto de hacer y acumular dinero está arraigado en lo más hondo del comportamiento humano… La variable en la ecuación es la exigencia de la sociedad para imponer tributos y regular esa actividad… [sin embargo] las sociedades han consentido a los superricos”, salvo de 1945 y 1979 o 1986 cuando existió una acción concertada de los gobiernos en favor de una mejor distribución de la riqueza. (Al parecer la era del Welfare State).

Explica el citado Kampfner que a partir de los gobiernos de Reagan y Thatcher, el secreto bancario, la laxa regulación fiscal, los paraísos fiscales (a los que habría que agregar la corrupción) y la fascinación popular por la fama y la riqueza que estimulan los medios masivos y confunde a los votantes, así como la fe en que el efecto goteo (la riqueza de los pocos se trasmina a los muchos, lo cual es falso) y la filantropía conducen a la prosperidad general (lo que tampoco es cierto), oscurecen la necesidad de políticas distributivas que desaceleren la concentración de la riqueza.

Concluye pesimistamente que “la gente suele escabullirse con cualquier cosa que pueda llevarse Y ahora piensen en los oligarcas y banqueros de la actualidad y en los barones ladrones, o en Craso y los Médici. Consiguieron llevárselo porque pudieron.

Por tanto no corresponde tanto a los ricos, sino más bien a nosotros mismos, buscar las respuestas… El deseo de mejorar, o la codicia -dos caras de la misma moneda, dependiendo del punto de vista de cada uno-, están tan extendidos ahora como lo han estado siempre. La hegemonía de la baja imposición y de los mercados no regulados por todo el mundo va emparejada con la cada vez más sofisticada tecnología móvil que ha permitido a muchos entrar en el juego. Solo un pequeño grupo llegará arriba, por medios justos o turbios. Y deberá agradecérselo a gobiernos dóciles, parlamentos, reguladores y bancos centrales, como siempre han hecho. Pues la victoria de los superricos en el siglo XXI es un producto de dos mil años de historia”.

Doralicia Carmona. Memoria Política de México.