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Edicion 2017

Edición Web Limitada

Autora: Doralicia Carmona Dávila.

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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Matanza de Cholula

16 de Octubre de 1519

Para buscar una alianza con los tlaxcalteca que eran enemigos de los mexica, Hernán Cortés salió el 16 de agosto de 1519 de Zenpoala –Cempuállan- hacia Tlaxcala con cuatrocientos peones, diez y seis caballos, seis piezas de artillería y mil trescientos totonaca; la ruta que siguió fue la de los aliados de los totonaca por en medio del Citlaltépetl y el Poyaúhtécatl -Pico de Orizaba y Cofre de Perote-: de Cempuállan a Xalápan, de ahí a Xicochimilco, Ixhuacán hasta llegar a Xocotla ubicado en la frontera de Tlaxcala; por cada lugar que pasaba hacía saber que los liberaba del tributo que pagaban a Moteczuma.

Los tlaxcalteca vacilaron en unirse a Cortés, unos eran de la opinión de buscar la paz y aliarse con los españoles; otros como el viejo Xicoténcatl, veían peligroso recibir a los extranjeros; otros más como el joven Xicoténcatl, decían que preferían morir por su nación.

El 2 de septiembre en Tecoac se libró una batalla en la que un ejército de tlaxcaltecas y otomíes dirigido por Xicoténcatl trató de detener el paso a Cortés. Antes del combate, Cortés, que era formalista mandó al escribano Diego Godoy a que les hiciese el requerimiento de ley, que no entendieron, y en seguida arremetió sobre ellos quienes lo cercaron; todo el día duró la batalla y los dos bandos se atribuyeron la victoria. Al día siguiente, dejó Cortés en el montículo donde se había guarecido a Pedro de Alvarado y con el grueso de las tropas atacó algunos pueblos para encontrar víveres y mandó a Tlaxcala a dos prisioneros con un mensaje en el que decía que no quería hacer mal al señorío, sino pasar solamente para México. Durante diez o doce días, hubo varios encuentros más y finalmente fueron vencidos los tlaxcalteca por la fuerza de los cañones y porque estaban acostumbrados a otro tipo de guerra –las que ellos hacían duraban un día- y se desesperaron; en el ínterin, los que estaban a favor de la paz se impusieron, dieron orden de retirada a Xicoténcatl y lo enviaron a pactar la paz con Cortés.

Hecha la paz, hubo una gran danza de guerreros y fiestas a los dioses con sacrificio de esclavos. Cortés ocultó sus bajas y se mantuvo en el campamento hasta que entró a Tlaxcala el 18 de septiembre de 1519. Se instaló junto con los embajadores mexica –que recién había mandado Moteczuma en lugar de enviar un ejército- en el palacio de Xicoténcatl, los soldados españoles en un lugar próximo y los aliados en las cuadras del teocali principal (otra fuente -Andrés de Tapia-dice que se alojó en el teocali). Los tlaxcalteca le dieron regalos de joyas, ropa y trescientas hermosas jóvenes para sus soldados y el viejo Xicoténcatl le dio para él a su propia hija. Con este hecho el valle del Anáhuac quedó aislado.

Cortés comenzó a organizar un ejército con sus ahora aliados tlaxcalteca, quienes aumentaron sus fuerzas con seis mil hombres; Huexotzinco se le unió y también Ixtlilxóchitl, quien seguía ambicionando el reino de Texcoco. Y se fueron el 12 de octubre de 1519 a Cholollan –Cholula- cuya forma de organización es teocrática y tiene treinta mil habitantes; son pacíficos y protegidos de los mexica. Cortés manda una embajada con el requerimiento por escrito y es bien recibido, aunque la ciudad ha sido fortalecida. El principal embajador mexica es requerido por Moctezuma. Según algunas fuentes, tres días después de haber llegado a la ciudad Cortés es notificado que los cholultecas han hecho sacrificios al dios de la guerra; otras dicen que un sacerdote le denuncia que intentarán matarlos y que está cerca un ejército de Moteczuma; sea cual fuere el caso, Cortés reúne el  consejo de capitanes y juntos convienen en sorprender a los chololteca al amanecer.

Este día 16 de octubre de 1519, los españoles pertrechan la artillería y salen al alba, penetran los tlaxcalteca en la ciudad que está tranquila y sin aprestos de guerra –no había tal ejército de Moctezuma-, españoles y tlaxcalteca los sorprenden y saqueando y quemando dan muerte a todo el que encuentran; en dos horas mueren tres mil chololtecas. Llega de Tlaxcala un nuevo ejército al mando de Xicoténcatl. Dos días dura la matanza. Y aunque gran parte de la población huye, más de seis mil chololteca quedan muertos.

Bernal Díaz del Castillo (Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España) relata “…vinieron tres indios de los de Cempoal, nuestros amigos, y secretamente dijeron a Cortés que han hallado, junto a donde estábamos aposentados, hecho hoyos en las calles, encubiertos con madera y tierra encima, que si no miran mucho en ello no se podría ver, y que quitaron la tierra de encima de un hoyo y estaba lleno de estacas muy agudas, para matar los caballos si corriesen, y que ciertamente no estaban de buen arte, porque también hallaron albarradas de maderos gruesos en otra calle.

En aquel instante vinieron ocho indios tlascaltecas, de los que dejamos en el campo que no entraron en Cholula, y dijeron a Cortés: ¿Mira, Malinche, que esta ciudad está de mala manera, porque sabemos que esta noche has sacrificado a su ídolo, que es el de la guerra, siete personas, y los cinco de ellos son niños, porque les dé victoria contra vosotros, y también hemos visto que sacan todo el fardaje y mujeres y niños? Como aquello oyó Cortés, luego les despachó para que fuesen a sus capitanes, los tlascaltecas, y que estuviesen muy aparejados si les enviásemos a llamar.

Volvamos a nuestro capitán, que quiso saber muy por extenso todo el concierto y los que pasaban, y dijo a doña Marina que llevase más chalchihuís a dos papas que había hablado primero, pues no tenían miedo, y con palabras amorosas les dijese que los quería tornar a hablar Malinche, y que los trajese consigo… Cortés les dijo que dijesen la verdad de lo que supiesen, pues eran sacerdotes de ídolos y principales que no habían de mentir, y que lo que dijesen no sería descubierto por vía ninguna, pues que otro día nos habíamos de partir, y que les daría mucha ropa.

Dijeron que la verdad es que su señor Montezuma supo que íbamos a aquella ciudad, y que cada día estaba en muchos acuerdos, que no determinaba bien la cosa, que unas veces les enviaba a mandar que si allá fuésemos que nos hiciesen mucha honra y nos encaminasen a su ciudad, y otras veces les enviaba a decir que ya no era su voluntad que fuésemos a Méjico. Que ahora nuevamente le han aconsejado su Tescatepuca y su Huichilobos, en quien ellos tienen gran devoción, que allí en Cholula nos matasen o llevasen atados a Méjico. Que había enviado el día antes veinte mil hombres de guerra, y que la mitad están ya aquí dentro de esta ciudad y la otra mitad están cerca de aquí entre unas quebradas.

… Luego aquella noche tomó consejo Cortés de lo que habíamos de hacer, porque tenía muy extremados varones y de buenos consejos; todo pareció bien este postrer acuerdo; y fue de esta manera, que ya que les había dicho Cortés que nos habíamos de partir para otro día… Desde que amaneció ¡qué cosa era de ver la prisa que traían los caciques y papas con los indios de guerra, con muchas risadas y muy contentos, como si ya nos tuvieran metidos en el garlito y redes! Y trajeron más indios de guerra que les demandamos, que no cupieron en los patios, por muy grandes que son, que aun todavía están sin deshacer por memoria de lo pasado.

Por bien de mañana que vinieron los cholultecas con la gente de guerra, ya todos nosotros estábamos muy a punto para lo que se había de hacer, y los soldados de espada y rodela puestos a la puerta de gran patio, para no dejar salir ningún indio de los que estaban con armas. Nuestro capitán también estaba a caballo, acompañado de muchos soldados para su guarda. Y desde que vio que tan de mañana habían venido los caciques, papas y gente de guerra, dijo: ¡Qué voluntad tienen estos traidores de vernos entre las barrancas para hartarse de nuestras carnes! ¡Mejor lo hará Nuestro Señor!

Como Cortés estaba a caballo y doña Marina junto a él, comenzó a decir a los caciques que, sin hacerles enojo ninguno, a qué causa nos querían matar la noche pasada, y que si les hemos hecho o dicho cosa para que nos tratasen aquellas traiciones más de amonestarles las cosas que a todos los demás pueblos por donde hemos venido les decimos y decirles las cosas tocantes a nuestra santa fe, y esto sin apremiarles en cosa ninguna; y a qué fin tienen ahora nuevamente aparejadas muchas varas largas y recias, con colleras, y muchos cordeles en una casa junto al gran cu; y por qué han hecho de tres días acá albarradas en las calles y hoyos, y pertrechos en las azoteas, y por qué han sacado de su ciudad sus hijos, mujeres y hacienda.

Esta razón se la decía doña Marina, y se lo daba muy bien a entender. Y desde que lo oyeron los papas y caciques y capitanes, dijeron que así es verdad lo que les dice, y que de ello no tienen culpa, porque los embajadores de Montezuma lo ordenaron por mandado de su señor.

Entonces les dijo Cortés que tales traiciones como aquellas, que mandan las leyes reales que no queden sin castigo, y que por su delito que han de morir. Luego mandó soltar una escopeta, que era la señal que teníamos apercibida para aquel efecto, y se les dio una mano que se les acordará para siempre porque matamos muchos de ellos, que no les aprovechó las promesas de sus falsos ídolos. No tardaron dos horas cuando llegaron allí nuestros amigos los tlascaltecas que dejamos en el campo, y pelean muy fuertemente en las calles, donde los cholutecas tenían otras capitanías defendiéndolas, porque no les entrásemos, y de presto fueron desbaratadas. Iban por la ciudad robando y cautivando, que no les podíamos detener.

Luego mandó llamar los caciques de Tlascala que estaban en el campo y les dijo que devolviesen los hombres y mujeres que habían cautivado, que bastaban los males que habían hecho. Aunque se les hacía de mal devolverlos y decían que de muchos más daños eran merecedores por las traiciones que siempre de aquella ciudad han recibido; por mandarlo Cortés devolvieron muchas personas, mas ellos quedaron de esta vez ricos de oro, mantas, algodón, sal y esclavos.

Además de esto, Cortés les hizo amigos con los de Cholula, que, a lo que ya después vi y entendí, jamás quebraron las amistades. Y les mandó a todos los papas y caciques cholultecas que poblasen su ciudad, que hiciesen tianguez y mercados, y que no tuviesen temor, que no se les haría enojo ninguno… Este castigo de Cholula fue sabido en todas las provincias de la Nueva España, y si de antes teníamos fama de esforzados y habían sabido de las guerras de Potonchán y Tabasco y de Cingapacinga y lo de Tlascala, y nos llamaban teúles, desde ahí adelante nos tenían por adivinos, y decían que no se nos podrían encubrir cosa ninguna mala que contra nosotros tratasen que no lo supiésemos, y a esta causa nos mostraban buena voluntad”.

 

 

Cuando los sacerdotes piden clemencia, Cortés manda parar la carnicería, acusa a Moteczuma de conspiración y manda a uno de los embajadores de Moteczuma a que le avise que pronto llegará a México. Habiendo sembrado el terror, como es su propósito, cuando el 1º de noviembre inicie la marcha hacia Mexico-Tenochtitlan, no encontrará resistencia.

Doralicia Carmona: Memoria Política de México