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Edicion 2017

 

Autora: Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

 

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Sierra Méndez Justo

1848- 1912

Hijo de don Justo Sierra O’Reilly, destacado abogado y literato yucateco, nació en la ciudad de Campeche, Campeche, el 26 de enero de 1848. Fue precisamente en su ciudad natal donde inició sus estudios, y después los continuó en Mérida, a la que abandonó para viajar a la ciudad de México a la muerte de su padre en 1861. En la ciudad capital ingresó al Liceo Franco Mexicano, de ahí pasó al Colegio de San Ildefonso, donde ganó varios reconocimientos por su inteligencia, talento y esfuerzo. Obtuvo el título de abogado en 1871.

Su brillantez intelectual lo llevo a integrarse, aún antes de titularse, a los círculos literarios más importantes de la época, de la mano de su tutor, Ignacio Manuel Altamirano, quien escribiría en 1889, antes de viajar a España, una pieza oratoria en donde lo consagra como guía para las nuevas generaciones. También tuvo otro gran maestro que le enseñó la doctrina positivista, Gabino Barreda. Desde entonces comenzó a publicar diversos textos en diversas publicaciones: por ejemplo, escribió “Conversaciones del domingo” en El Monitor Republicano, colaboraciones que fueron reunidas en Cuentos románticos; además de publicar la novela El ángel del porvenir, en El Renacimiento. También colaboró en otras publicaciones como El Domingo, El Siglo XIX, La Libertad y El Federalista. Asimismo, abordó el drama en su obra La piedad.

Pero Sierra no se limitó a la literatura, sino que su obra se amplió debido a su interés en la historia, la sociología y la pedagogía. Mientras pergeñaba sus extensos libros sobre esas materias, también continuó con una intensa obra periodística, ya que siguió publicando artículos en La Tribuna y La Libertad (de la que fue director) y El Federalista. Asimismo en el periódico El Mundo fue donde publicó originalmente sus impresiones de viaje a los Estados Unidos (1897-1898), que después se editarían reunidas en el libro En tierra yankee.

En materia política, tanto Sierra como Bulnes rechazaban el principio del sufragio popular y justificaban como indispensables las contínuas reeleccciones del general Díaz: “desde sus primeros escritos se habían manifestado partidarios de un gobierno fuerte y cuestionaban la posibilidad de hacer realidad un sistema democrático en un país con el atraso político, socioeconómico y cultural de México. Un país rural, con índices de analfabetismo muy elevados, donde caciques y patrones dirigían al electorado, era mal suelo para un régimen que exigía independencia de criterio e ilustración. La democracia podía ser una meta a futuro, sostenían, pero antes había que sacar a los mexicanos de la pobreza y de la ignorancia. Mientras tanto, en su opinión, la dirección del país debía estar en manos de una oligarquía, con intereses propios que defender y, por ese camino, comprometida con el desarrollo material de México. Tal oligarquía debía estar aconsejada, a su vez, por una élite educada, con los conocimientos necesarios para orientar sus decisiones con el auxilio de las ciencias. En el futuro, quizá, en un México más "maduro", el sufragio universal podría funcionar, pero en ese momento, lo realista era restringir el voto a una comunidad política integrada sólo por quienes supieran leer y escribir.” (Alicia Salmerón en La campaña presidencial de 1892)

Sin embargo, en la cúspide del porfiriato, Sierra tuvo la entereza de manifestar al dictador en una carta privada su preocupación por las consecuencias de sus contínuas reelecciones:

"La reelección significa hoy la presidencia vitalicia, es decir, la monarquía electiva con un disfraz republicano. Yo no me asusto por nombres, yo veo los hechos y las cosas; he aquí lo que con este motivo se me ocurre. La reelección indefinida tiene inconvenientes supremos; del orden interior unos y del exterior otros; todos íntimamente conexos. Significa bajo el primer aspecto que no hay modo posible de conjurar el riesgo de declaramos impotentes para eliminar una crisis que puede significar retrocesos, anarquía y cosecha final de humillaciones internacionales si usted llegase a faltar, de lo que nos preserven los hados que, por desgracia, no tienen nunca en cuenta los deseos de los hombres. Y si se objeta que no es probable que no podamos sobreponemos a esa crisis por los elementos de estabilidad que el país se ha asimilado, entonces ¿cómo nos reconocemos impedidos para dominar la que resultaría de la no reelección? Significa, además, que es un sueño irrealizable la preparación del porvenir político bajo los auspicios de usted y aprovechando sus inmejorables condiciones actuales de fuerzas física y moral (preparación que todos desean, hasta los más íntimos amigos de usted, aunque le digan lo contrario). En cuanto a lo que atañe al exterior, ésta es a mi juicio, la impresión indefectible de los hombres de Estado y de negocios en los Estados Unidos, en Inglaterra, en Alemania, en Francia [...] en la República Mexicana no hay instituciones, hay un hombre; de su vida depende paz, trabajo productivo y crédito".

Literato y periodista, también se dedicó a las tareas políticas. De esa forma ocupó cargos tales como diputado suplente (1884) y propietario (1884) por Sinaloa al Congreso de la Unión; magistrado de la Suprema Corte de Justicia (1894) y subsecretario de Instrucción Pública (1901-1905). Pero sin duda su grandes obras como funcionario público, que realizó como ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes (cargo que ocupó de 1905 a 1911), bajo su lema de “educar es poblar”, fueron el establecimiento de los jardines de niños y la reapertura de la Universidad Nacional en 1910, “para nacionalizar la ciencia y universalizar el saber”. También hizo la apertura de la Escuela de Altos Estudios. Con esa obra se plasmaba su idea educativa: "Convocaremos [...] a los principios de las ciencias y las letras humanas [...] Nuestra ambición será que en esa escuela, que es el peldaño más alto del edificio universitario, se enseñe a investigar y a pensar, investigando y pensando".

Dentro de los festejos del Centenario de la Independencia, durante el congreso nacional de educación primaria, se pronunció por revalorar las manifestaciones de la cultura mexicana de todos los tiempos, incluyendo la prehispánica y por hacer llegar la educación al mayor número de mexicanos para convertir a México en un país de ciudadanos conscientes, cultos y llenos de virtudes cívicas. En ese mismo congreso quedó claro que el 74.6% de los niños en edad escolar no asistían a las aulas.

Su obra histórica y sociológica es ya clásica y se expresa en libros como México y su evolución social, Evolución política del pueblo mexicano y Juárez y su tiempo. Como porfirista pensaba que mediante la enseñanza de la historia patria y el culto a los héroes se podrían integrar las identidades regionales y étnicas en una sola identidad nacional.

Al llegar a su fin la dictadura de Porfirio Díaz y triunfar la revolución maderista, Justo Sierra fue designado ministro Plenipotenciario de México en España, nombrado por el propio presidente Francisco I. Madero. Fue en ejercicio de sus funciones diplomáticas cuando le alcanzó la muerte en Madrid, el 13 de septiembre de 1912. Sus restos fueron trasladados a México, donde fueron sepultados en el Panteón francés.

En 1948, centenario de su nacimiento, la Universidad Nacional Autónoma de México lo declaró “Maestro de América”, a la vez que se dio a la tarea de editar sus obras completas, las que abarcan 15 tomos. También ese año fueron trasladados sus restos a la Rotonda de los Hombres Ilustres, de la que había sido su creador en 1880.

A pesar de haber pertenecido al gobierno de Díaz, mantuvo siempre una actitud de avanzada, es famosa su frase: “La Nación tiene hambre y sed de justicia”.

Como escribió Jesús Silva Herzog, “Sierra puede ser clasificado como periodista, orador, poeta, escritor político, historiógrafo y educador; a veces es sociólogo y economista, y sobre todo, sobre todo y siempre, maestro en el cabal sentido del término. Además, fue hombre bueno que gustó de prodigar el don de la amistad. ¡Hombre admirable!, que jamás se fatigó de hacer el bien. Su robusta personalidad supo reunir la mayor suma de virtudes que puede soportar el ser humano”.


Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.

Efeméride Nacimiento 26 de enero de 1848. Muerte 13 de septiembre de 1912.